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La propiedad intelectual, un activo estratégico en alza… y en disputa

Un breve repaso de la información que nos ofrecen los medios de comunicación muestra que la cuestión de la propiedad intelectual adquiere cada día mayor relevancia. Unas veces damos con los derechos de autor en la sección de opinión, otras en la de cultura, lo que, probablemente, nos parezca normal; pero el encontrarnos con estos problemas de nuevo y con mayor frecuencia no sólo en las secciones dedicadas a nuevas tecnologías, sino también en las de economía e internacional, puede parecemos ya más extraño. Las noticias sobre las rondas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), las iniciativas como el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), los trabajos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) o de la UNESCO, las negociaciones o acuerdos que concluyen los Estados Unidos o la Unión Europea, están plagadas de referencias a la propiedad intelectual. Podríamos conjeturar que este inusitado interés es fruto de la casualidad; pero cabe asimismo reflexionar sobre el fenómeno, y tratar de encontrar alguna explicación a esta permanente actualidad de la propiedad intelectual.

UNA PRECISIÓN TERMINOLÓGICA

Para ello es conveniente realizar primero una precisión terminológica, no tanto por un prurito formal cuanto por situarnos en el camino que nos llevará a encontrar la respuesta que buscamos. La Ley de Propiedad Intelectual española contiene la regulación referida a los derechos de autor y a lo que denomina «otros derechos de propiedad intelectual», en referencia a los comúnmente conocidos como «derechos derivados» o «conexos» y que se refieren a aquellos que detentan quienes participan en el proceso de difusión o explotación de las obras sujetas a la propiedad intelectual: artistas e intérpretes, editores, productores de fonogramas y productores audiovisuales o entidades de radiodifusión. Paralelamente a los derechos de autor y a los derechos conexos, existen además en el derecho español normas específicas sobre las patentes y las marcas.

Pero cuando, en general, se usa el término inglés «Intellectual Property» y se traduce al español por «propiedad intelectual», su alcance es más amplio y no se refiere sólo a los derechos de autor y derechos conexos, sino a todo el amplio espectro de derechos intelectuales, es decir, los derechos de autor y conexos más el de las marcas, el de las patentes, el de la topografía de circuitos integrados, etc. Esta acotación del sentido de la acepción del derecho español, más estrecha respecto de aquélla otra acepción proveniente del inglés, y ya generalmente aceptada, nos permiten vislumbrar su relevancia actual y futura.

PROPIEDAD INTELECTUAL Y DESARROLLO TECNOLÓGICO

Una de las características de la edad moderna ha sido el reconocimiento y regulación de los derechos sobre las obras y de las patentes, marcas y otros derechos intelectuales que han ido apareciendo vinculados al desarrollo tecnológico. Así ha sucedido, entre otros, con los programas de ordenador y las bases de datos. Este reconocimiento tenía, y tiene, como objetivo básico facilitar y potenciar la creación o la invención, pues garantiza la participación en los beneficios económicos que se derivan de la explotación de las obras o de las patentes.

Naturalmente la regulación de estos derechos no ha estado ni está exenta de fricciones o, si se quiere, de conflictos de intereses, fundamentalmente sobre su contenido y sus límites o, lo que es lo mismo, sobre quién es o debe ser el beneficiario de esa protección y hasta dónde llega o debe llegar esta protección. El debate sobre estos derechos, o sobre la propiedad intelectual, está sometido a una constante tensión «traslativa», ya que su principal dificultad radica en dónde situar la protección y cómo relacionarla con terceros que participan en la explotación o se benefician de la misma.

El creciente interés por la propiedad intelectual se debe, sin duda, al carácter estratégico que ha adquirido, lo que facilita, a su vez, que surjan nuevos aspectos y que varíe el ángulo desde el que se analiza. La tensión traslativa sobre la propiedad intelectual explica que, junto a las cuestiones tradicionales, aparezcan hoy otras tales como la de los recursos genéticos, los conocimientos tradicionales, las exigencias de la salud pública o la diversidad cultural. En todos estos aspectos Brasil está jugando un papel muy relevante.

Para justificar el carácter estratégico de la propiedad intelectual basta con que aportemos unos datos y unas breves reflexiones, dadas las limitaciones de espacio.

PERSPECTIVA CULTURAL Y SOCIOLÓGICA

Si consideramos la propiedad intelectual en el sentido estricto que le da el derecho español, nos referimos a los derechos de autor y derechos conexos, es decir, a las obras, programas de ordenador, bases de datos y a los derechos de los artistas e intérpretes, editores, productores fonográficos y audiovisuales o entidades de radiodifusión y televisión. Su análisis desde esta perspectiva más clásica, o lo que es lo mismo, cultural o sociológica, evidencia su importancia y justifica que se le dispense una atención cuidadosa.

La creación y el desarrollo cultural son un fin en sí mismo y pieza clave para la expresión y proyección de una sociedad, en razón de su referencia al imaginario colectivo y a la concreción de valores y pautas de comportamiento.

Es evidente el carácter dinámico y adaptativo de la expresión cultural de una colectividad y por ello el mantenimiento y la proyección del acervo cultural y el desarrollo del capital de creatividad parecen hoy exigencias insoslayables; así fue señalado en la XIII Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado y de Gobierno celebrada en noviembre de 2003 en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) en su comunicado sobre diversidad cultural y desarrollo.

PERSPECTIVA ECONÓMICA

Pero el interés por la propiedad intelectual, en su sentido estricto, se acentúa si a la perspectiva sociológica y cultural añadimos la económica, es decir, industrial, comercial, laboral y tecnológica. La envergadura, en todos estos aspectos, de los procesos que se desarrollan para la explotación económica de las obras es muy elevada y, para hacernos una idea, bastaría con referirnos a los sectores tradicionales que se han configurado en su entorno: editorial, discográfico o audiovisual.

Pero esta relevancia económica ha experimentado un impulso extraordinario por la confluencia de las tecnologías de la información y las telecomunicaciones, que ha promovido la mundialización o globalización y la llamada sociedad del conocimiento. Esta confluencia ha mostrado la idoneidad de las obras literarias, musicales o audiovisuales para su compresión digital y su aptitud para circular por la red, con el efecto de multiplicar de la capacidad de acceso y la inmediatez.

EFECTO MULTIPLICADOR DE LA TECNOLOGÍA DIGITAL

Naturalmente esta nueva realidad tecnológica ha posibilitado, como ha sido una constante en la historia, la creación de nuevos tipos de obras como programas de ordenador y multimedia, y de nuevas formas de explotación de las mismas con la consecuente apertura de un nuevo nicho de mercado que los operadores económicos han identificado con rapidez y cuya dimensión es ahora mundial.

Según el estudio «La contribución de los derechos de autor y conexos a la economía europea», realizado para la Dirección General de Mercado Interior de la Comisión Europea y basado en datos del año 2000, la aportación al PIB de las llamadas industrias culturales se sitúa en un 4,4%.

Por otra parte, un reciente estudio de Price Waterhouse Coopers, del que se hacía eco el diario Expansión el 19 de febrero de 2004, afirma que «Internet y televisión de pago impulsan el mercado del ocio». Según sus estimaciones, este sector registrará en España e Italia un crecimiento anual del 5% entre 2003 y 2007. El negocio, en este sector, de esos países más Holanda, Francia, Alemania y Reino Unido representará 243.000 millones de euros en el año 2007.

Esta óptica económica, la globalización y la respuesta empresarial han generado grandes conglomerados de comunicación en el sector de la cultura, ocio y entretenimiento, que si han revitalizado el debate sobre la propiedad intelectual, al mismo tiempo, por las tensiones traslativas que le son inherentes, han hecho aflorar nuevas facetas del problema.

Las obras que dan lugar a los derechos de autor son el elemento germinal de la cadena de valor de esos sectores, nuevos o tradicionales, cuya importancia acabamos de señalar. Pero la perspectiva económica no debe soslayar el componente cultural y sociológico de las obras, en la medida en que son expresión del substrato cultural de una sociedad lo que explica, a nuestro entender, la introducción de nuevas cuestiones en el debate como es la de la diversidad cultural o la salvaguardia del patrimonio inmaterial. Los datos aportados y las breves consideraciones formuladas permiten comprender por qué la cuestión de la propiedad intelectual ha adquirido una relevancia inusitada y por qué se ha convertido en un activo estratégico. Si esto resulta así tras el análisis de lo que, en sentido estricto, el derecho español considera la propiedad intelectual, este resultado queda reforzado con la consideración del sentido amplio comprendida en el término «Intellectual Property».

EL PROTAGONISMO DE BRASIL

La propiedad industrial y comercial (es decir, las patentes y marcas, en su formulación más coloquial) se sitúan en las mismas coordenadas y atraen la atención de empresarios, políticos y diplomáticos. Términos tales como intangibles, conocimientos, investigación, desarrollo e innovación se han convertido en llave de acceso a la posibilidad de estar y de permanecer activamente en la llamada sociedad del conocimiento, es decir: son factores o activos de carácter estratégico.

Naturalmente la intensificación de este carácter recrudece las tensiones y conflictos, como lo evidencian las negociaciones internacionales de carácter comercial, y hace aflorar nuevas visiones, que se acuñan en conceptos tales como conocimientos tradicionales, recursos genéticos, exigencias de la salud pública, etc., y que se dejan oír en los foros de la OMC, la OMPI, el ALCA, etc.

En todos esos campos, Brasil ha jugado un papel muy activo en los diferentes foros internacionales, particularmente en las negociaciones en el seno de la OMC.

Los Acuerdos de Marrakech de 1984, por los que se establecía la citada organización, incluyen un Anexo 1.c, cuyo título es «Acuerdo sobre los aspectos de los derechos de la propiedad intelectual relacionados con el comercio» (acuerdo ÁDPIC o TRIPS en versión inglesa); en su parte segunda contiene las «normas relativas a la existencia, alcance y ejercicio de los derechos de propiedad intelectual», para referirse a los derechos de autor y derechos conexos, las marcas de fábrica o comercio, las indicaciones geográficas, los dibujos y módulos industriales, las patentes, la topografía de los circuitos integrados y la protección de la información no divulgada.

Este acuerdo ADPIC representa un gran avance porque no sólo contiene disposiciones sustantivas sino también normas relativas a la observancia de los derechos, incluidos procedimientos y recursos civiles y administrativos.

La efectividad de este acuerdo se demuestra por el hecho de que la interpretación de un apartado de un artículo, concretamente el 31. 0. ha dado pie a intensas negociaciones, declaraciones y acuerdos en Doha y Cancún. La cuestión se centra en el problema de la salud pública y el régimen de licencias obligatorias de patentes, más concretamente de, los medicamentos.

EL PROBLEMA DE LOS MEDICAMENTOS

En la Conferencia Ministerial de Doha (noviembre de 2001) se adoptó una declaración sobre la salud pública en la que los ministros subrayaban la importancia que atribuían al acuerdo ADPIC, pero en la que indicaban que éste debía interpretarse de tal manera que facilitase a los países pobres, y por razones de salud pública, el acceso a los medicamentos. Entraban, por tanto, en juego el régimen de las patentes, y más específicamente todo lo relativo a licencias obligatorias e importaciones paralelas.

Un aspecto no resuelto en Doha fue el del llamado «párrafo 6» de dicha declaración, es decir, cómo ofrecer mayor flexibilidad para que los países que no tienen capacidad para fabricar productos farmacéuticos en su país puedan importar medicamentos patentados que se hayan fabricados con arreglo a licencias obligatorias, flexibilidad que debe mantener el incentivo que el sistema de patentes supone para la investigación y el desarrollo de nuevos medicamentos. Para ello, la Declaración de Doha contenía un mandato.

El Consejo de los ADPIC examinó en diciembre de 2002 un proyecto de decisión que, aunque muy apoyado, no obtuvo el consenso de las partes. Hubo que esperar hasta el 30 de agosto de 2003 para que los 146 países de la OMC acordasen que los países en desarrollo pudieran importar medicamentos genéricos para enfrentar enfermedades graves y epidémicas como el sida, la tuberculosis o la malaria.

El ministro brasileño de Relaciones Exteriores, Celso Amorim, decía en su declaración en la conferencia ministerial de Cancún (1014 septiembre de 2003) que Brasil se sentía orgulloso de haber participado activamente en la Declaración de Doha y en la decisión adoptada sobre el párrafo 6 de la misma; pero ampliando su mirada sobre otros aspectos pendientes de discusión en Cancún, reconocía que quedaba mucho por hacer para crear un sistema multilateral de comercio equitativo.

Desgraciadamente es conocido el fracaso de Cancún, donde Brasil, junto con India, China y Sudáfrica, lideró el llamado Grupo de los veintidós. El riesgo del fracaso de Cancún es un debilitamiento excesivo de la OMC y la vuelta a acuerdos bilaterales.

CONFLICTO DE INTERESES CON ESTADOS UNIDOS

Estados Unidos ha continuado con su política comercial, pretendiendo la creación del ALCA (Área de Libre Comercio de las Américas) o mediante acuerdos bilaterales. El ambicioso calendario fijado por Estados Unidos para este acuerdo de libre comercio parece que está lejos de poder verse cumplido, pero que hay que señalar que un capítulo completo del borrador del acuerdo (concretamente el capítulo XX) se refiere a los derechos de propiedad intelectual, en el sentido amplio antes referido y, por lo tanto, contemplando marcas, derechos de autor y derechos conexos, patentes, recursos genéticos, modelos de utilidad, etc.

El capítulo relativo a la propiedad intelectual es uno de los que enfrenta más dificultades, como ocurre con el intento de caminar por la vía de los acuerdos bilaterales en los que, de nuevo, el capítulo de la propiedad intelectual es una de las piezas clave, en especial, por el interés de Estados Unidos en el ámbito de los derechos de autor y conexos en el entorno digital y en el acceso a los mercados de los productos y servicios audiovisuales. En los acuerdos con Chile, Singápur, Vietnam, Jordania y en las negociaciones con Australia, Corea y Marruecos, el capítulo audiovisual es siempre relevante, por la importancia que Estados Unidos le conceden, en términos culturales y económicos, ya que es uno de sus principales rubros de exportación.

Esta tensión sobre el grado de liberalización del acceso a los mercados y la presencia de grandes conglomerados mundiales en el sector audiovisual y de la comunicación ha propiciado la presión de las industrias culturales locales y el nacimiento de la cuestión de la diversidad cultural, en la que la UNESCO ha adquirido un papel preponderante.

LA SITUACIÓN EN LA UNIÓN EUROPEA

La Unión Europea no es en absoluto ajena a estas cuestiones. Internamente ha ido adaptando un conjunto de normas al respecto y la propiedad intelectual se contempla como un capítulo propio en los acuerdos de última generación que suscribe, como el de la asociación con Chile.

PROTECCIÓN DE LOS CONOCIMIENTOS TRADICIONALES

Los conocimientos tradicionales y la manera de conservarlos, protegerlos y hacer un uso equitativo de ellos son objeto de atención en debates sobre cuestiones tan diversas como la agricultura y alimentación, el medio ambiente (diversidad biológica), la salud (medicinas tradicionales y recursos genéticos), los derechos humanos, la política cultural y el comercio y el desarrollo económico, terrenos todos en los que se intenta encontrar fórmulas tanto para una protección preventiva, es decir, aquella que evite la obtención de derechos de propiedad intelectual sobre conocimientos preexistentes, en muchos casos tradicionales, como para la protección positiva de dichos conocimientos.

Brasil dispone de una ley de 2001 sobre la protección de los conocimientos tradicionales y el acceso a ellos, cuyo objeto es regular el acceso a los componentes del patrimonio genético y los conocimientos tradicionales, la conservación de la diversidad biológica y el de la integridad del patrimonio genético, el reparto de los beneficios derivados de su explotación y el acceso a la tecnología y transferencia de la misma.

Brasil es ciertamente un país pionero en este campo al suscitar nuevas visiones acordes con la dimensión estratégica que la propiedad intelectual ha adquirido y que no hará sino reforzarse en el futuro.

Robert Spaemann sobre lo que corrompe la moral

Insertarnos aquí, por su interés complementario para el presente artículo, extracaos de una entrevista que el periodista Günther Müchler realizó para el programa «Interview der Woche» {«La entrevista de la semana»), de la radio Deuschlandfunk, el 21 de octubre de 2001, al profesor emérito de Filosofía en la Universidad de Munich, Robert Spaemann, y que el profesor J. M. Barrio Maestre ha vertido a! castellano para Nueva Revista.

G. MÜCHLER • Sr. Spaemann, en un corto plazo de tiempo, la civilización occidental ha sido desafiada, en primer lugar, con la decisión de la Cámara de los Comunes británica de autorizar la clonación de seres humanos. Con esta decisión se ha suscitado un debate sobre una cuestión, literalmente, de vida o muerte; y en segundo lugar, con los sucesos del 11 de septiembre. […] Momentáneamente, el debate bioético ha quedado silenciado ante la opinión pública por la discusión sobre el terrorismo, pero pronto volverá a la actualidad de forma virulenta. En poco tiempo, el Consejo Nacional cíe Ética tendrá que resolver si se autoriza la financiación, con dinero público, para importar células madre embrionarias, así como su manipulación. ¿Qué tipo de resultado espera usted del Consejo Nacional de Ética?1.
R. SPAEMANN • Tal como están las cosas, espero que el Consejo llegue a la conclusión de que esto no debería hacerse. Pero soy muy escéptico respecto a la orientación de los comités de ética, pues en tomo a ellos se ha creado la imagen de que la gente que profesionalmente se dedica a la ética han de llegar a resultados sensatos y justos. Sin embargo, esta opinión es falsa, tanto como si pretendiéramos trasladar a un consejo de juristas las querellas entre partidos planteadas ante un tribunal. Uno de aquellos abogados representa a un partido y otro al otro partido. Sólo pueden establecer el fundamento jurídico y preparar la exposición de los hechos un poco mejor. Pero de ahí no podrá inferirse que su posición sea automáticamente la justa. Lo mismo sucede con el consejo de ética. Si se fija usted en tas propuestas, lamentables en mi opinión, presentadas por un profesor de ética, y que han llegado al punto de esbozar la posibilidad de permitir matar a niños de dos años, a los que se les niega cualquier derecho humano a la vida —propuestas que alternativas que ninguna persona normal plantearía — comprenderá usted por qué mi desconfianza respecto a los comités de ética está realmente fundada2.

G. M. • Pero hay que decidir…
R, S. • Sí, pero son los políticos los que deberían decidir.

G. M. • ¿Deberían hacerlo los parlamentos?
R. S. • SÍ.

G. M. • ¿Cuál es su punto de vista acerca de lo más novedoso, lo que más inquietud produce en relación con lo que la investigación bioética ha hecho posible? ¿Cuáles son los puntos esenciales en este debate, en el que actualmente se discute tanto?
R. S. • Sobre todo hay dos cuestiones. Una es la intervención en la herencia genética de un individuo, de modo que en el futuro podamos modelarlo según nuestras expectativas. La idea de que la educación tiene posibilidades más bien modestas —y que es algo reversible, de suerte que al no intervenir directamente en la sustancia del hombre ha de ser ahora suplantada por la programación física — es algo que considero realmente espantoso por motivos sobre los que quizá podamos hablar en esta entrevista. La segunda es que la humanidad comienza ya a utilizar a sus propios descendientes desde los primeros estadios de vida, con objeto de mejorar la calidad de vida de otros individuos adultos. Esto lo considero un canibalismo de la peor clase. Efectivamente, esta es la segunda amenaza.

G. M. • Quisiera comenzar por el segundo punto. ¿Acaso no es la posibilidad de entrever grandes éxitos terapéuticos lo que corrompe la moral?
R . S. • Efectivamente, sucede como en La visita de la vieja dama, de Dürrenmatt. La señora fija un precio exorbitante que habrá que pagar a un pueblo si matan a un hombre al que a ella le gusraría ver muerto, y la gente lo rechaza con indignación. Pero, pasado un tiempo, empiezan a reflexionar: ¿cuánto nos cuesta dejar con vida a este hombre?, ¿cuántos millones? En verdad, esto es demasiado. Y en ese instante en que se plantean la pregunta de cuánto nos cuesta dejar vivo al hombre, es cuando sustancialmente se corrompen, pues dejarle con vida no cambiaría las cosas, pero sí lo haría, porque les reporta algo, darle muerte, y por eso computan como pérdida lo que ganan dejándole vivir. Lo mismo sucede aquí. Si partimos del hecho do que hay determinados medios que no están a nuestra disposición, en ese caso nada puede cambiar la situación por un beneficio terapéutico, por grande que sea. Por el contrario, si se nos representa la cantidad de personas que pueden ser ayudadas, y entonces nos preguntamos: bien, y ese diminuto embrión, ¿acaso posee más valor que las muchedumbres que pueden curarse? Entonces aquí ya se está produciendo la corrupción. Puesto que si se trata de establecer un equilibrio, la balanza sólo se puede desequilibrar en ese caso a favor de la terapia, a costa de la vida del individuo en el estadio más temprano.

G. M. • La dificultad no estriba, naturalmente, en que se difuminen los acontecimientos básicos del devenir humano —concepción, nacimiento, muerte — pero sí se ha cuestionado, por ejemplo, cuándo comienza la vida propiamente humana. ¿Cuándo comienza para usted la vida, y con ella la indisponibilidad sobre el todavia no nacido?
R. S. • Pienso que sobre la cuestión de cuándo aparece la vida existe consenso en que surge concretamente en el momento de la concepción. Igualmente entiendo que nadie puede discutir que la primera célula que surge de la concepción esté viva. La cuestión de a partir de qué momento es protegíble la vida humana es el segundo tema a tratar. Y mi respuesta es la siguiente: no es plausible poner un límite en el que pueda decirse: aquí comienza a ser protegíble. Observará usted, en este sentido, que todos aquellos que tratan de fijar tal comienzo llegan a resultados muy diferentes. Unos afirman que desde la implantación, otros dicen que desde el nacimiento (es el caso de Hoerster), otros establecen que sólo desde el momento en que el individuo alcanza la autoconciencia (es decir, un niño de dos años no tendría todavía derecho a la vida). Ya ve usted que el asunto de cuándo comienza la vida a ser protegíble se plantea caprichosamente. Mi respuesta a esto es la que Kant proporciona cuando dice: Por razones prácticas, se nos presenta como necesaria la idea de que la persona humana comienza desde !a concepción. No se trata de una tesis metafísica sobre la inmortalidad del alma, que empieza en ese momento —podría igualmente decirse que empieza más tarde — sino que la cuestión es la expresión de la ignorancia. Sólo podemos añadir que la persona humana se identifica con el hombre mismo, por lo que en el momento en que la vida comienza, comienza a ser protegible. Todo lo demás es arbitrariedad.

G. M . • Sin embargo, las diferentes posturas filosóficas, y también la legislación sobre el tema, van cada una por su lado, y en no poca medida a causa de la liberación del aborto. ¿Acaso no está ahí el «pecado original»?
R. S. • Efectivamente, estamos ante una nueva situación del discurso. Se dan distintos pecados de origen. Puede decirse que la liberalización del aborto es uno de ellos. El presidente de la Asociación alemana de Investigación ha afirmado que con la fecundación in vitro se traspasó el Rubicón, ya que con ella caen innumerables embriones excedentes, y eso se sabía desde el principio. En el momento en que se tomó la decisión de permitirla, precisamente se traspasó el Rubicón. Esto es completamente cierto. Justo por ello debe darse marcha atrás, y volver a la otra orilla del Rubicón. En el debate sobre el aborto ha sucedido algo interesante, y es que «los verdes»3 que siempre se habían pronunciado vehementemente por la liberalización del aborto, ahora se pronuncian abiertamente a favor de posturas más restrictivas en los sucesivos pasos que se han dado. Y su postura es la de reconocer que el hombre es hombre desde el principio, si hien opinan que la simbiosis de madre e hijo es tan intensa en los primeros estadios, que no puede protegerse al hijo contra la voluntad de la madre y que, por esa razón, al Estado no le está permitido intervenir en ese proceso. No comparto ese punto de vista, pero lo respeto. Esta opinión demuestra que aún no se produce ningún paso irreversible desde la liberalización del aborto a los problemas sucesivos que se han venido planteando, pues aquí ya no se trata de una simple simbiosis, sino de que los seres humanos son completamente instrumentalizados, desde los estadios más tempranos, en función de los intereses de otros seres humanos, por muy nobles que puedan ser.

G. M. • Entonces también aparece en este debate la opinión de Nida-Rümelin4. El señor Nida-Rümelin, ministro federal de Cultura, ha defendido que la dignidad humana sólo puede adscribirse al ser humano dotado de autoestima, y esto lo ha defendido desde el principio del debate. Usted se ha pronunciado vivamente en contra de esa opinión, y la ha considerado un claro ataque a la dignidad humana. ¿Sigue pensando lo mismo?
R. S. • Sí, sigo opinando lo mismo, porque ¿en qué momento posee el hombre autoestima? En primer lugar, son los niños de dos años los que están amenazados, pues apenas podemos decir que un niño de dos años posea autoconciencia, o pongamos también el caso de un niño de año y medio. Entonces, si aceptamos ese criterio, muchos seres humanos estarán en peligro. Peligrarán también las personas ancianas en situación de debilidad, o los pacientes de Alzheimer, sobre los que puede cuestionarse si disponen aún de algo parecido a la consideración de sí mismos. Pues bien, creo que realmente no se debe uno sujetar a ese criterio, si uno no quiere que se llegue a ejercer una gigantesca amenaza contra personas a las que hoy todos consideramos seres humanos.

G. M. • ¿No es extremadamente grave que alguien que, por una parte es filósofo, a la vez que se ha convertido en titular de una función pública y pertenece a un Gobierno, y que igualmente ha adquirido influencia en la composición de una nueva institución, como es el caso del Consejo Nacional de Ética, es decir, alguien como Nida-Rümelin, represente tan extremada posición?
R. S. • Desde luego. Yo diría que él no debería haberla asumido. El ha escrito un buen libro —con el que fue habilitado para ejercer la docencia universitaria — que trata sobre la crítica al consecuencialismo, es decir, la doctrina que afirma que una gran ventaja puede justificar cosas que normalmente son consideradas como injustas. En ese libro defiende que existe algo parecido a prohibiciones absolutas. Vemos que él defiende algo así como una ética de la convicción. En este punto estoy en total acuerdo con él. Pero cuando después afirma: Sí, pero los seres humanos que no disponen de autoestima no pueden ser objeto de tal reflexión, en eso ya no estoy de acuerdo. Según él, quienes disponen de autoestima no pueden ser sacrificados a favor de otros hombres, pero…. ¿sí los seres humanos que él considere que pueden ser sacrificados? Por eso considero tan grave y tan inconstitucional que un ministro pueda decir eso, lo que ciertamente no debería afirmar en ningún caso. El Tribunal Constitucional ha declarado expresamente lo contrario. Ha establecido en una sentencia decisiva que la dignidad del ser humano y la protección de esa misma dignidad no puede depender de si ese individuo es consciente o no de ella. Esta resolución del Alto Tribunal rebate a Nida-Rümelin diametralmente, y yo no sé si un ministro debería pronunciarse de este modo.

G. M. • Quisiera volver al primer punto, que usted ha denominado más o menos como cultivo o modelado del hombre. Yo le preguntaría de manera provocativa: ¿por qué está usted en contra de modelar a un ser humano valioso, guapo y sano?
R. S. • Por dos razones. Una de ellas es que nosotros no disponemos en modo alguno de un criterio que defina lo que es un hombre auténticamente realizado. Si tratamos de cultivar un tipo determinado de hombre, entonces el hombre que se pretende moldear es más bien expresión de las expectativas de la generación actual. Debe ser inteligente, desde luego, y si se trata de un delincuente quizá sería mejor que fuera un poco menos inteligente. Hace poco hablé con alguien a quien aprecio mucho y que posee un bajo cociente intelectual pero que, cuando se le plantean cuestiones importantes sobre la vida, entonces se manifiesta con asombrosa cordura sobre la esencia de los asuntos tratados. De ese modo, si yo me planteara que esta persona tuviera un cociente intelectual más elevado, tendría que preguntarme: ¿debería, por ejemplo, alcanzar el cociente intelectual de Joseph Goebbels? Pues bien, yo no veo que esto tenga ningún sentido. ¿O qué es lo que queremos? ¿Debe ser el hombre especialmente sensible? ¿Debe poseer una sensibilidad delicada? ¿Qué queremos?. Sabemos qué tipo de cerdo preferimos; hoy, desde luego, el que tiene carne magra, aunque antiguamente se prefería con grasa. Bien, pues entonces criémoslos así. Pero fabricar hombres según nuestro modelo sólo puede llevarnos al fracaso. Hemos visto cómo los grandes sistemas socialistas han quebrado, precisamente porque trataban de sustituir los resultados de millones de análisis de mercado por la planificación estatal.

G. M. • Hans Jonas, a quien usted ha citado en este contexto, ha afirmado que el núcleo de la dignidad humana presupone el derecho a un futuro abierto. Esto ya no podría garantizarse a través de un programa de selección de la especie, sino que justamente sucedería lo contrario.
R. S. • En efecto, este es un argumento ante todo contra la clonación. Existe otro que es poco consistente. Se afirma que si se fabrica un duplicado genético de un hombre se está atacando la dignidad humana. Pero lo cierto es que existen gemelos, como ha dicho también, por ejemplo, Sloterdijk: preguntadles entonces a los gemelos si se sienten lesionados en su dignidad humana por el hecho de serlo. Pero es que este no es el tema. Jonas ha señalado con razón que los duplicados de hombres clonados lo serian de hombres que son ya mucho mayores, es decir, de adultos, y estas personas serán en efecto su viva imagen, es decir, tendrán a su gemelo siempre ante las ojos, como alguien que es veinte o treinta años mayor, y al tenerlo enfrente dirán: así sera mi aspecto después, y me irá de este modo, y tendré las enfermedades siguientes, etc. Esto hace peligrar el mencionado futuro abierto. Por lo demás, la naturaleza del hombre, que debe su sustancia genética a la casualidad, es en último término mejor que la sustitución del azar por la planificación humana.

G. M. • Vuelvo nuevamente a la cuestión de si existe la necesidad de regular este tema. Hay una necesidad clara, pero ¿quién debe ocuparse de ello? Usted ha señalado prerisamente al Parlamento. Uno de sus colegas, Walter Schweldler, ha escrito: «La política tiene la responsabilidad ética de garantizar el progreso científico». Pero ¿cómo debe hacerse si las diferentes concepciones de la sociedad van cada una por su lado, en zigzag, y lo que no podrá discutirse es que las reglamentaciones en los países vecinos pueden ser completamente distintas?
R. S. • Sí, pero no tenemos todavía un Estado que pueda considerarse universal. Esto quiere decir que el tratamiento o la regulación de la responsabilidad ética sólo puede hacerse por el momento a través de los parlamentos nacionales, Y la indicación de que esto o lo otro sucede en el extranjero es completamente irrelevante, si lo que allí sucede es reprobable para nosotros. Constituiría un argumento completamente corrupto si pudiéramos indicar, en relación a todas las cosas malas que suceden entre nosotros, que también suceden en tal o en cual país. Si estamos convencidos de que eso no debería ser así, tampoco deberíamos hacerlo nosotros. Tome usted, por ejemplo, el caso de Holanda, la legalización de la eutanasia, y el hecho de que allí son eliminados varios miles (o, ahora no recuerdo la cifra exacta, varios cientos) de personas sin su consentimiento, en virtud de una presunta consideración de un bien entendido interés del muerto, es decir, justamente lo que los nazis habían hecho. Entonces no debería decirse que esto sucede también en Holanda, sino más bien que ese país debe ser sometido a una cuarentena moral, tal como se incluyó a Austria en una especie de cuarentena a causa de las palabras irresponsables de un político. Fueron simplemente un par de discursos, pero en el caso de Holanda se trata de leyes efectivas.

G . M. • La última pregunta. Como fundamento legal, existe la ley de protección del embrión de 1991. ¿Ha caído en desuso tal ley, o debe confirmarla el legislador?
R. S. • Debería ser confirmada. Y el legislador debería permanecer en la misma línea en la que se ha movido desde hace tiempo el Tribunal Constitucional federal.

NOTAS DEL TRADUCTOR
1 Finalmente el Gobierno de Schröder llegó, en 2001, a la «Salomónica» decisión de prohibir la clonación llamada «terapéutica» pero permitir la importación de embriones con fines de investigación.
2 Se está refiriendo a las propuestas, un tanto peregrinas, del australiano Peter Singer, o del alemán Norbcrt Hoerster. En la misma línea se han pronunciado Mary Anne Warren, Peter Tooley, Helga Kuhse y H.T. Engelhardt.
3 Die Grünen, el partido ecologista que actualmente gobierna en Alemania en coalición con el SPD.
4 Julián Nida-Rümelin fue Kultusminister Jcl Bundesregienrng hasta 2002. Es doctor en Filosofía y profesor de bioética —la primera cátejra alemana con ese titulo— en Tubinga. Mantuvo una discusión con Spaemann a propósito Je los embriones.

Nueva Revista, año XV

Con este número 91 Nueva Revista inicia el año quince de su existencia. Quince años, decía el historiador romano Tácito, son un espacio bastante considerable para la vida de los mortales. En sus ensayos sobre las generaciones en la historia, Ortega articulaba de quince en quince años los tramos de vigencia de cada una de ellas. Pero hay también otros precedentes más modestos y corrientes. Por ejemplo, la aplicación de este método «quindenial» a la medición de la existencia humana, que practicaban los antiguos romanos en momentos tan señalados como el de la proclamación de la mayoría de edad de sus ciudadanos, precisamente a los quince años, con diversas ceremonias que solían celebrarse el diecisiete de marzo en el transcurso del festival de los «juegos liberales».

Nuestro primer número se presentó en sociedad en un acto sencillo, pero bastante concurrido a principios de febrero de 1990. Nos acompañaban unos centenares de amigas y amigos del mundo de la cultura, de la política y del periodismo. Como principal responsable de nuestra publicación dije unas palabras, prudentemente breves, en las que glosaba la declaración de la identidad y los propósitos de los editores de la revista que yo mismo había escrito para el frontispicio de aquel número primero. Definía a la revista como «libre y plural», sin adscripción a partidos políticos u otras disciplinas ideológicas. (Condiciones que se han cumplido con bastante rigor). No quería ser la empresa de una persona ni una bandera a la que apuntarse. Aspirábamos a que se convirtiera en un lugar de encuentro de periodistas, políticos y profesionales universitarios que compartían análogas convicciones acerca de unos cuantos principios que, a nuestro juicio, debían inspirar la vida pública española en las concretas circunstancias de lugar y tiempo del país, cuando tras quince años de vida democrática había que dar ya por cerrado el proceso de la transición.

Decía yo entonces —y no me importa repetirlo otra vez ahora— que «por esos azares que acompañan a la vida y por propia decisión había venido a encontrarme en condiciones de promover una empresa como ésa y de invitar a algunas gentes a asociarse para ponerla en marcha».

Varios de los iniciales y actuales miembros de nuestro consejo editorial habíamos hecho algo parecido veinte años antes en el diario Madrid, como redactores o colaboradores. Nuevas promociones de hombres y mujeres, cuyo interés y significación en la política y en la cultura nacionales no disonaban de lo que algunos de nosotros habíamos querido hacer —y en parte habíamos hecho— en otros tiempos, enriquecían con su presencia y con su acción la vida pública española, que era más universalista, más libre y más abierta que cuando los de mi generación éramos más jóvenes. Yo los conocía de la universidad, de las juventudes y los grupos liberales de UCD, del Club Liberal, de «la 1812» y de otros sectores misceláneos repartidos por Madrid y por otras ciudades.

En los últimos meses de 1989 celebramos numerosas «reuniones de trabajo» y cenas de esas en las que no sólo se come y se habla, sino que se discuten ideas y se van conociendo unos a otros los que vienen de distintas procedencias. Todo ello con la espontaneidad y esa cierta indisciplina de aficionados que tan útiles pueden resultar con un poco de tiempo para formar equipos. Los principios a que me he referido antes eran pocos y casi se reducían a tres: la solidaridad, sin confesionalismos, con la cultura cristiana y el respeto por ella y por los valores históricos y humanísticos que distinguen a la civilización que se suele llamar occidental y que es la nuestra; el renovado patriotismo democrático español de nuestra época; y el liberalismo político, económico y social con todas la gama de variedades dignas de ese nombre, sin estrechos y miopes sectarismos de escuela, de esos que dan lugar a peleas con los afines y acaban favoreciendo a los contrarios. Pensábamos que en política, economía y organización social debería haber «tanta sociedad como fuera posible y tanto Estado como fuera necesario o más bien indispensable».

Antes de enero de 1990 quedaron constituidos el consejo editorial de la nueva publicación y la sociedad anónima responsable de gestionarla, a la que por razones de registro y por ajustamos a las acronimias de moda dimos el nombre de «Diproedisa» (Difusiones y Promociones Editoriales S. A.). En total éramos poco más de una treintena las personas que nos habíamos comprometido con el proyecto.

En el primer número (febrero de 1990) publicábamos la relación de los treinta y seis miembros de nuestro primer consejo editorial, que en los años sucesivos se incrementó con casi treinta más, hasta el total de los sesenta nombres que aparecen relacionados en este mismo número 91. Al cabo de tanto tiempo tenemos la satisfacción de que la mayor parte de ellos acudan a nuestras reuniones y debates o suelan estar en frecuente contacto con la dirección y la redacción.

En estos años hemos debido lamentar la pérdida de tres de nuestros compañeros, como quedó en su momento reflejado en nuestras páginas. Primero, Luis Marañón, que hasta el número 44, cuando una penosa enfermedad le impidió trabajar, había publicado veintidós artículos en nuestras páginas. (Todavía después de su fallecimiento recogimos otro trabajo suyo en nuestro número 47, precedido de una semblanza y recuerdo que escribió Amando de Miguel, asiduo colaborador de la revista y compañero de Marañón y mío en las páginas editoriales del Madrid); después Ángel Ramos, de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, que había promovido desde el primer número de la revista las secciones dedicadas a trabajos de Ciencia y de Naturaleza y Medio Ambiente, con la colaboración del también profesor y académico Emilio Fernández Galiano. El propio Fernández Galiano dedicó a su memoria un muy objetivo y sentido artículo en nuestro número 56 (abril de 1998). También fallecía no mucho más tarde Jaime Fonrodona Sala, ingeniero y empresario de prestigio, que había asumido responsabilidades políticas con la UCD como subsecretario del Ministerio de Obras Públicas con Joaquín Garrigues Walker. Fonrodona perteneció a nuestro consejo de administración y en política se mantuvo siempre activo entre los grupos liberales de la transición. En nuestra revista, a cuyas sesiones de trabajo asistió regularmente mientras siguió viviendo en Madrid, había publicado varios artículos sobre temas económicos, industriales y científiconaturales en los números 6, 12 y 21.

Yo me ocupé personalmente de la dirección de la revista en sus primeros años. Me sucedió después Pilar del Castillo, de enero de 1995 a mayo de 1996, cuando fue llamada a dirigir el Centro de Investigaciones Sociológicas. Seguidamente tuvimos un comité de Dirección compuesto por Manuel Barranco Mateos, Manuel Fontán del Junco y Javier Goma Lanzón, del que después fueron miembros, junto con Manuel Barranco, Rafael Llano y Julio Martínez Mesanza. Desde el número setenta (julio-agosto de 2000) es director de Nueva Revista Rafael Llano.

Trabajó como subdirector desde el primer número hasta el 27 Sucre Alcalá. Durante los primeros años contamos en distintos momentos con la asistencia profesional en la redacción de Silvia Cortés Martín, Teresa Fontán Oñate, Isabel Martínez Cubells, José Luis González Quirós y Rafael Gómez y López Egea. Entre 1998 y 2001 fue jefa de redacción Nazareth Echart Orús. En septiembre del 2000 (número 71) ocupó ese lugar la también periodista María Andrés Marín, que se trasladaría a Bruselas, para trabajar en los servicios de información del Parlamento europeo en septiembre del 2002. Desde el principio de Nueva Revista, Pilar Soldevilla Fragero es la secretaria ejecutiva de la publicación y de la editorial, en la que se ocupa además de la gerencia. Poco tiempo después Nieves Simón se incorporó a la secretaría.

Los socios de la empresa editorial fueron desde el principio relativamente numerosos. Forman parte del consejo de administración de Diproedisa, que ahora es una SRL, junto conmigo, Juan Pablo de Villanueva, José María de la Cuesta Rute, Arturo Moreno Garcerán, Eugenio Fontán Oñate, Francisco Caballo y Dámaso Rico y, como secretario, Gregorio Fraile Bartolomé. Actualmente está en trámite el reconocimiento de la «Fundación Nueva Revista», que esperamos dotar con algunos recursos y con un buen número de participaciones de la editorial Diproedisa.

Los noventa números de Nueva Revista han llenado trece mil páginas con un total de tres mil setenta y cuatro artículos o trabajos literarios de los más diversos asuntos culturales, políticos, científicos, económicos o de mera información. Han publicado en nuestras páginas más de dos mil autores, entre los que hay que contar a una o dos docenas de escritores cuyos textos, antiguos o modernos, han sido reproducidos en las secciones correspondientes, con su explícita conformidad cuando eran contemporáneos nuestros. Entre estos autores modernos, en general creadores literarios, se cuentan los poetas de los que incluimos algunas de sus piezas más brillantes en las secciones de que se ocuparon Luis Alberto de Cuenca y Julio Martínez Mesanza. Otros han sido y son «clásicos» de las grandes literaturas, de los que se han recogido en nuestros últimos números «relatos», nuevos o poco conocidos en España.

De los poco más de tres mil trabajos publicados en Nueva Revista a lo largo de estos catorce años, casi una tercera parte (964) han sido escritos por miembros de nuestro consejo editorial. Lo cual, a mi modo de ver, significa que nuestra publicación tiene mucho de empresa colectiva. Suman treinta y cinco los autores, que perteneciendo al consejo editorial o no, han escrito entre quince y treinta artículos cada uno, sin contar algunos que han rebasado ese número.

En un tiempo tan dilatado como el de catorce años y en una publicación viva, el cuadro de colaboradores se ha ido renovando, pero manteniendo una cierta línea de continuidad. Algunas cifras lo confirman: una tercera parte de los 150 colaboradores de los diez últimos números (81 a 90, editados en los años 2002 y 2003) habían escrito ya en la revista en 1990. Y de los 690 trabajos de los cinco últimos años, 277 eran de autores que ya antes habían colaborado en Nueva Revista. Puedo asegurar que esta proporción de un tercio de veteranos y dos de firmas nuevas no ha sido nunca buscada desde la dirección de la casa. Ha resultado así, porque la dirección y el consejo editorial han mantenido un razonable equilibrio entre continuidad y renovación, y porque Nueva Revista, aunque la hagan los directores, no ha dejado nunca de ser esa obra colectiva a que me he referido antes.

Probablemente no todo lo que ha aparecido en Nueva Revista ha sido acertado ni satisfactorio para un público exigente. Pero yo, que creo haber leído íntegramente los noventa números hasta ahora publicados, puedo decir que, en sus líneas generales, ha sido coherente, bien documentado y respetuoso de los valores más estimables de nuestra historia nacional y de nuestra civilización, a la vez que ha representado una ventana abierta a muchas novedades políticas, culturales y científicas de nuestra época.

Hemos prestado atención a la literatura, mayormente a la poesía, gracias a las secciones de Luis Alberto de Cuenca y Julio Martínez Mesanza, así como a las bellas artes, propugnando una política que no sólo consista en la conservación del patrimonio nacional, sino que haga posible y fomente su conocimiento y disfrute por parte de la gente. También se ha recogido una de las más completas historias del cine europeo que se haya ofrecido recientemente en España a un público culto y no necesariamente profesional. La música ha sido tema frecuente en nuestras páginas. Joaquín Madina y Emilio Bonelli García Morente le dedicaron varios artículos en los primeros números. La sección de «Novedades discográficas» de la profesora de música María José Fontán, con más de setenta artículos, ha comentado y criticado para nuestros lectores hasta ciento sesenta nuevas grabaciones de autores clásicos y modernos.

Los economistas de Nueva Revista se declaran o reconocen partidarios de la economía social de mercado y me parece que entre ellos no hay ningún socialdemócrata, pero han examinado en nuestras páginas, sin fanatismos a favor o en contra, a «clásicos» como el propio Keynes y Hayek, han seguido la historia de los premios Nobel de Economía y de los más importantes libros españoles de estas materias publicados en estos años.

El más asiduo de nuestros colaboradores de materias económicas —tanto científicas como de política— ha sido y es el profesor Francisco Cabrillo, autor de más de cuarenta artículos e inspirador de temas y sugeridor de colaboradores en nuestras sesiones de trabajo. También se han examinado en nuestras páginas las cuestiones fiscales y otras medidas de gobierno con una orientación general opuesta a cualquier tipo de fiscalidad «confiscatoria». En la primer época de Nueva Revista escribió en varias ocasiones sobre esta materia el profesor Cristóbal Montoro, que rige el Ministerio de Hacienda desde 1996.

Entre las cuestiones políticas nacionales de las que más se ha escrito en Nueva Revista es la de las autonomías en el Estado español. Se ha dado la voz a presidentes de comunidades autónomas de larga experiencia política y de gobierno en amplias y distendidas conversaciones con Jordi Pujol y con Manuel Fraga. Se han planteado asuntos necesitados de un cauce y un consenso, como son en algunas de esas comunidades la lengua y la educación. No ha faltado información sobre asuntos de actualidad. También se ha defendido con buena argumentación la oportunidad de lo que alguien ha llamado una «segunda descentralización», que habría de consistir en una atribución de competencias a los entes locales para asuntos de directo interés de las personas. Se ha defendido la estabilidad constitucional sin acometer impremeditadamente reformas que no se sabe bien en qué se quiere que consistan ni adonde pueden conducir.

Nos hemos ocupado de la gran actualidad cristiana con una orientación de respeto a la jerarquía de la Iglesia católica, señaladamente con ocasión de las grandes acciones pastorales y doctrinales de Juan Pablo II en especial de las de mayor resonancia en España, como han sido la publicación de sus libros, sus visitas a nuestro país y acontecimientos romanos para algunos de nosotros tan entrañables como la elevación a los altares del fundador del Opus Dei, conocido hoy como san Josemaría Escrivá de Balaguer.

Entre los ensayos científicos, dando cuenta de recientes investigaciones y de su alcance social y político hemos publicado estudios serios y a la vez inteligibles para lectores pero no especialistas sobre asuntos y libros de ciencias matemáticas, físicas y biológicas (en particular de cuestiones de bioética).

Ahora ya a sus quince años —la mayoría de edad de los romanos— Nueva Revista prosigue su curso en un contexto español e internacional, cultural, económico e incluso científico bastante diferente del de nuestros primeros pasos de 1990.

Entonces acababa de caer el muro de Berlín y ahora forman parte de la Europa libre y democrática todos los países que estaban del otro lado. España ha crecido en todos los órdenes de la vida de la sociedad. El «Estado de las autonomías» navega a velocidad de crucero. La situación económica es próspera, en relación con la de quince años atrás y la paz social más que aceptable. En estos momentos hay un cierto griterío de políticos que se refleja más ruidosamente todavía en los medios de comunicación. Pero es que el país y la opinión han entrado ya de lleno en la fiebre preelectoral. A mediados de marzo España entera volverá a la realidad.

Es de prever que entonces las grandes cuestiones políticas que tendrá planteadas España serán de orden internacional más que doméstico. El mundo está cambiando a pasos más rápidos que unos años antes. España ahora es uno de los grandes, con todas las posibilidades y responsabilidades que ello implica. Las relaciones de Occidente con muchos de los Estados árabes e islámicos están moviéndose con prometedora celeridad. El terrorismo ha dejado de ser un problema nacional de un país como el nuestro para convertirse en una amenaza mundial que ya está dando lugar a amplias colaboraciones internacionales.

En la política nacional seguirán por cierto tiempo abiertas cuestiones relacionadas con la estructura autonómica del Estado, tanto las que se derivan de la voluntad secesionista de los más radicales nacionalistas vascos y catalanes, como las que ponen sobre la mesa los mimetismos insolidarios de algunos políticos de la izquierda de otras comunidades españolas. Yo confío en que voces de Nueva Revista contribuyan a serenar el ambiente y a que se consolide la conciencia de que la actual organización del Estado es capaz de funcionar mejor que antiguas centralizaciones o unos imposibles y peligrosos reinos de taifas que partan el cuerpo de la nación. Por eso es especialmente importante que los españoles sepan bien quiénes son ellos, de dónde vienen y quiénes —quiéralo no alguna gente— les acompañan en la caravana de la historia.

Hay finalmente una ética personal y social, la ética humanista de raíz cristiana, que ninguna secularización ha logrado sustituir en la generalidad de Europa y de Occidente, que pide y espera de filósofos, políticos y comunicadores palabras e ideas que la refuercen y propaguen en una sociedad como la española, que lo desea o lo necesita.

Una publicación cultural que aparece cada dos meses no vive sometida a las tensiones generadas por lo que en lenguaje periodístico suele llamarse la «rabiosa actualidad». Pero los hombres y mujeres que la editan viven en la realidad del hoy y ahora de su país. Yo confío en que Nueva Revista ha de seguir atenta a lo que ocurre en los campos de la política, de la cultura y de las artes como ha intentado hacer en sus primeros catorce años.

Un justo sufriente babilonio: Ludlul Bel nemeqi

Con la excepción de algunas epopeyas y varios mitos mesopotámicos, la narración titulada Ludlul Bel nemeqi («Quiero alabar al Señor de la sabiduría») constituye, hoy por hoy, el poema de carácter sapiencial más largo en lengua babilónica. En su origen, constaba teóricamente de 480 versos, de los cuales han llegado hasta nosotros tan sólo una tercera parte, repartida en cuatro tablillas. Lo conservado proviene de una treintena de «manuscritos» —tablillas de arcilla— localizados en distintos lugares de la antigua Mesopotamia (Assur, Babilonia, Sippar, Nínive, Sultantepé). Este hecho nos habla de la importancia y difusión que alcanzó este poema.

FINALIDAD

El Ludlul Bel nemeqi hubo de traducir, sin duda, la visión política de los monarcas absolutos de tiempos babilónicos (los reyes eran amos y señores de sus subditos), así como las nuevas concepciones jurídicas, para las que la justicia debía entenderse no como un favor sino como un derecho. Ambas realidades obedecían al sutil intento de averiguar la razón del mal que se hallaba presente en la sociedad, y que era entendido más como «mal de sufrimiento» que como «mal moral». Aunque parezca extraño, esto ya preocupaba a los hombres en la temprana fecha de principios del tercer milenio antes de Cristo.

Al mismo tiempo, el Ludlul Bel nemeqi intentaba transmitir a los espíritus cultivados la idea de que la felicidad y la desgracia que experimentan los individuos tienen su origen en los planes divinos, unos planes que la pobreza intelectual de los humanos es incapaz de comprender. De ahí que a las desgracias físicas, morales y materiales se les sumase este tormento suplementario: saber que los planes divinos se hallaban tan lejos de los hombres como lo estaba el fondo de los cielos.

EL PROBLEMA DEL MAL

Una de las grandes cuestiones consistía en intentar explicar cuál era la causa del sufrimiento de los hombres, cuando éste, sin justificación aparente y sin un agente que lo causara, se abatía sobre ellos. En tiempos súmenos, en ningún momento sus pensadores implicaron a los dioses, pues entendían que a los mismos no les preocupaban lo más mínimo las miserias de unas criaturas que ellos mismos habían creado para que les sirvieran en todo. Sí, en cambio, pensaron en la existencia de otros entes, también divinos, pero de menor rango (especie de «demonios», espíritus y fantasmas), capaces de causar desgracias. A todos ellos, que podían ofender arbitrariamente, impulsados por su carácter hostil, les atribuyeron los numerosos males que afectaban a los seres humanos.

Pronto, sin embargo, los sumerios idearían una adecuada «terapéutica mitológica», con fundamentos religiosos, que cristalizaría en lo que hoy entendemos como magia y exorcismo.

Con la llegada de nuevos pueblos —acadios, asirios y babilonios— la problemática del mal sufrió un profundo y significativo cambio. Los agentes del mal continuaron, siendo los mismos, pero se entendían ahora como instrumentos de los dioses cuando éstos se hallaban irritados por las ofensas de los hombres. En consecuencia, la infracción de alguna norma divina, por insignificante que fuera, era siempre causa de un castigo. O dicho en otros términos, el castigo existía porque previamente se había producido un «pecado» (arnu), una falta (khititu) o un simple acto hostil (gillatu), cometido por el hombre en contra de los dioses. En un poema sumerio titulado El hombre y su dios, leemos: «Jamás una madre trajo al mundo a un hijo destinado a permanecer sin pecado».

A fin de hacer frente a los constantes males y desgracias, traídos por los demonios y las fuerzas maléficas por orden de los dioses, se establecieron, frente a la vieja «terapéutica mitológica» sumeria, algunas ceremonias y liturgias, algunas de ellas muy complejas, en torno a las grandes divinidades (Enki, Shamash y Marduk). A partir de ahí, los ritos fueron especializándose contra todo tipo de calamidades, que sobrevenían, según era creencia, por violar algunos de los miles de preceptos y prohibiciones atribuidos a los dioses.

La obsesión por averiguar cuál era la causa de que la enfermedad o la miseria —entre otros males— se hubiesen cebado en el hombre, acabaría por plasmarse en significativas obras literarias de carácter sapiencial. Junto a ellas, proliferaron también amplias compilaciones de exorcismos para hacer frente a la infinita variedad de «pecados» que anidaban en los humanos.

PRINCIPALES TEXTOS SAPIENCIALES

Además del Luãul Bel nemeqi, han sobrevivido unas pocas obras centradas en la problemática del doliente sin causa, del hombre que sufre y se queja a su dios y que al final es escuchado. Entre ellas podemos recordar las conocidas como El hombre y su dios, redactada en sumerio, de apenas ciento cuarenta versos; y la denominada Versión antigua del Justo sufriente, en acadio y de unos cien versos. Ambas obras, anónimas, se remontan a finales del tercer milenio precristiano.

Un texto más tardío, de época cassita, conocido técnicamente como PBS I, 135 y a fechar entre los siglos XVIII y XII a.C., pero con muy claros antecedentes sumerios, recoge un monólogo en el que un «justo sufriente» habla de la humillación y del desprecio que experimenta, si bien no los achaca a los dioses.

Mucho más importante que estos últimos es el denominado Poema acróstico (conocido también como Teodicea babilónica o Diálogo de un sufriente con su amigo), texto de casi trescientos versos, que habría que fechar hacia el 1000 a.C., y en el cual conversan en tono filosófico un hombre afligido y su amigo sobre el problema del mal. Curiosamente, el hombre afligido acabará aceptando su situación y el amigo atribuirá las injusticias a los dioses.

Todos estos textos y algún que otro menor (RS. 25.460 de Ugarit, por ejemplo), que tratan directa o tangencialmente el problema del mal, constituyeron un trasfondo cultural muy rico que cristalizaría en el genial y extraordinario Libro de Job, drama, como se ha dicho, «con muy poca acción y mucha pasión»; y en donde se cuestionan de modo directo la imagen de Dios y la esperanza del justo, atenazado por una calamidad no merecida.

BREVE ANÁLISIS DEL LUDLUL BEL NEMEQUI

El poema babilonio presenta una sencilla estructura, que comprende varios bloques temáticos, en los que se van acumulando diferentes circunstancias que sobrevienen a un personaje, en principio de conducta intachable. La serie de detalles que se van enumerando contribuyen por su realismo a hacer más verídica, mucho más creíble para el lector el relato, y por lo tanto más cercano a él.

LOS PROTAGONISTAS

Sin entrar en el análisis del dios Marduk, objeto primero y último del poema, el protagonista principal es un tal Shubshi-meshre-Shakkan, quien, tras pronunciar un himno introductorio y a lo largo de un monólogo, va narrando las desgracias que le sucedieron de modo incomprensible.

Aunque todo hace sospechar que tal personaje es únicamente de cuño literario, debe señalarse que con tal nombre se conoció a un gobernador que vivió en tiempos del rey cassita Nazi-Maruttash (1307-1282 a.C.). A partir del significado semántico de su nombre («¡Shakkán, hazme rico!») es probable que, si se acepta su historicidad, el citado Shubshi-meshre-Shakkan hubiese sido un alto funcionario, al mismo tiempo terrateniente y rico ganadero, que en un momento concreto de su vida padeció una grave enfermedad que le puso al borde de la muerte.

Junto a él se citan, por sus nombres propios, a dos de sus amigos, llamados Laluralimma y Urnindinlugga. Ambos aparecen en el momento de crisis aguda del protagonista y además en circunstancias oníricas.

Casi nada se sabe de ellos. El primero era originario de Nippur, y hubo de ser un importante sacerdote purificador. El segundo, natural de Babilonia, era exorcista.

LO QUE NOS CUENTA EL POEMA

Las cuatro tablillas contienen un monólogo a través del cual el protagonista hace un repaso de su vida, recordando que se ha convertido en víctima de los dioses.

Ya en la primera de ellas Shubshi-meshre-Shakkan se queja de sus desgracias y explica con sumo realismo lo que le ha ocurrido. Ha sido abandonado por su dios personal y por sus otros protectores divinos (diosa y espíritus tutelares). A continuación, ha perdido también la confianza de su rey, la de los otros cortesanos e incluso la de su propia familia y la de sus amigos. Queda, pues, en la más absoluta soledad. Su vida ha quedado reducida a dolor y llanto.

En la segunda tablilla vuelve a recordar sus desdichas. Y a pesar de acogerse a los adivinos, intérpretes de sueños y exorcistas en busca de una respuesta, nadie puede explicarle el origen de sus males. A partir de ahí, y presa de un total abatimiento, comienza a cuestionarse si las prácticas religiosas, la fidelidad a los dioses o la honradez sirven para algo.

En su desesperación llega a decir que lo que parece bueno a uno mismo, quizá sea un ofensa para su dios. Nadie entiende la voluntad de los dioses. Después de reconocer la infinita distancia que existe entre los dioses y los simples humanos, centra su discurso en las enfermedades que le afectan desde la cabeza hasta los pies (cefaleas, convulsiones, dolores de estómago, infecciones, parálisis). Se halla a las puertas de la tumba, sin que nadie pueda descubrir la naturaleza de sus males físicos.

Sin embargo, en la tablilla tercera, la suerte de Shubshi-meshre-Shakkan cambia súbitamente. Gracias a tres sueños —en el segundo sería objeto de un exorcismo mediante el Agua de la Vida—, sus desgracias desaparecen. Y en sentido inverso a como había sido castigado, irá siendo liberado de sus males (todos sus órganos, enumerados minuciosamente, recuperan sus funciones). A continuación también quedan resueltos todos sus problemas de tipo social.

Su sentida gratitud le hará entonar, en la cuarta y última tablilla, un himno de glorificación a Marduk, su liberador, invitando, como persona agradecida que es, a todas las gentes a alabar a dicho dios y a difundir su gloria por la totalidad del cosmos. La acción de gracias se completa con una peregrinación al Esagil, el gran templo babilonio. Y ante cada una de sus puertas, como en un verdadero rito de paso, el sufriente reencontrará las gracias perdidas.

LA LECTURA ÚLTIMA

El anónimo autor de este poema (¿o tal vez fue Shubshi-meshre-Shakkan?) intentó remarcar cómo las desgracias —que implícitamente incumbían a los dioses— eran, sin embargo, debidas a las faltas que podía cometer una persona y que por ello se hacía merecedora del abandono de las divinidades. Aunque la rectitud y la honestidad adornaran a un babilonio, los dioses podían castigarle con las más terribles penas, sin que el sufriente conociera el motivo. Esta incongruencia reflejaba la incompatibilidad de la voluntad divina con la ética humana. Y este era el problema, por supuesto: por qué había de sufrir una persona justa. Obviamente, además, los babilonios entendieron que, a pesar de la pequeñez humana, los dioses mostraban misericordia con los humanos y que, cuando lo creían conveniente, podían suspender tales castigos y sustituirlos por la prosperidad y la felicidad. Nunca los dioses —y esa era la gran esperanza— abandonarían a sus criaturas, los «cabezas negras». Bastaba con esperar con paciencia el retorno de la benevolencia divina. También esa es la lectura última del Ludlul Bel nemeqi bajo tres presupuestos: fatalismo, resignación y paciencia.

2003 © Edición y traducción al castellano, Federico Lara Peinado.

Notas

1 Quien habla es Shubshi-meshre-Sliakkan, persona central del poema, citado más adelante.
2 Dios nacional de Babilonia, hijo de Ea y de Damkina. En los textos mesopotámicos se antepone al nombre del dios o ente divinizado el signo dingir a modo de determinativo, signo que en este y en otros casos omitimos.
3 En el texto, musahhir, participio de saharu «volverse», «cambiarse». Algunos estudiosos lo consideran un hapax legomerxm. Otros traducen «el choque de sus puños».
4 Verso de los colofones de diversas copias.
5 Desde aquí y hasta el verso 40 el texto, muy incompleto, es de imposible traducción.
6 Esto es, se retiró a la torre ziqqurratu de su templo, distanciándose del sufriente.
7 Espíritu protector que equivalía a la fuerza vital de una persona. También, como dios subalterno, vigilaba las entradas de templos y palacios.
8 Espíritu protector femenino, a modo de ángel guardián. Vigilaba también el acceso de templos y palacios.
9 Es decir, presagios negativos.
10 Al hallarse inflamadas, las visceras del animal sacrificado impedían la «lectura» o interpretación de los presagios que se podían deducir de las mismas.
11 El baru o adivino era un sacerdote experto en presagios, que deducía de cuanto observara.
12 El shailu era el sacerdote que interpretaba los sueños (oniromante).
13 Al no estar definidas las respuestas de los omina, es decir, al fracasar el adivino y el oniromante, el caso era incurable.
14 Cfr. Job, 17, 6. El augurio de la palabra percibida casualmente en la calle constituye un ejemplo de adivinación cledónica.
15 La palabra telitu significa «oración». En este contexto puede traducirse por «injurias», esto es, palabras murmuradas en sentido negativo.
16 El sufijo posesivo que acompaña a la palabra Shedu es de tercera persona: shu = «su». Aquí es preferible la primera persona.
17 Los siete demonios malignos. Para tal banda demoníaca, vid. el Poema de Erra.
18 Sigue un hapax legotnenon: u-ri-kish.
19 Aunque cada uno de los Sibitti tenía una función concreta, de hecho actuaban como una unidad.
20 Cfr. ]ob, 29, 7-10; 21-25.
21 Se levantan para escuchar o para prestar atención al sufriente, abandonado por su dios.
22 Cfr. Job, 30, 9-15.
23 Cfr. Job, 19, 13-19.
24 El sentido de este verso es oscuro. Algunos especialistas lo dejan sin traducir o lo traducen a medias (W. G. Lambert).
25 Cfr. Isaías, 38,14.
26 Cfr. Job, 16, 16.
27 El resto del texto (vv. 113-120) está dañado.
28 Este verso deja entender que el sufriente había sobrevivido un año.
29 Cfr. Job, 23, 3.
30 Cfr. Job, 30, 20.
31 El Zaqiqu («soplo», «espectro») era un espíritu fantasmal. El nombre también designaba al dios de los sueños y a un adivino experto en meteorología.
32 En el original acadio: «no abrió mi oído».
33 Se trata del mashmashu sacerdote especializado en encantamientos y rituales tendentes a conjurar las influencias maléficas.
34 Fiestas esh-esh. Aunque en su origen la fiesta era mensual, luego llegó a celebrarse hasta cuatro veces al mes (H. Limet).
35 Se alude a la comida reservada al dios.
36 El vocablo ummanu admite los significados de «muchedumbre», «tropa» y «ejército». Este verso también podría traducirse como «y enseñé a los soldados a reverenciar el palacio».
37 Cfr. Job, 37, 15, 23.
38 En el original, Zananzu, dioses del inframundo.
39 Cfr. Job, 27, 19; 34, 20.
40 Se asimila a la enfermedad di’u.
41 Designado aquí como ersetu, nombre que se aplicaba al hemisferio inferior, esto es, al infierno. La expresión Ersetu la tari equivale a «país sin retorno» (K. Tallqvist).
42 El espíritu o demonio Shulu era el causante de la tos.
43 Abismo primordial de agua, mansión del dios Ea (Enki). El mundo subterráneo (Ersetu) se situaba aún más abajo que el Apsu.
44 Nombre de un demonio especializado en atacar el cuello. También existían Utukku benéficos.
45 «Casa de la Montaña», nombre del templo del dios Enlil en la ciudad de Nippur; tal nombre se aplicaba asimismo al infierno.
46 Espíritu femenino maléfico, que atacaba a embarazadas y niños pequeños. Se le podía hacer frente mediante conjuros y amuletos específicos.
47 Esta Montaña (shadu en el original) alude al mundo infernal.
48 Para W. G. Lambert, «vino el calambre» o entumecimiento
49 Muy sugerente la interpretación que hace G. R. Castellino de este verso: «La impotencia abrió la tierra (para salir de los infiernos) junto con la hierba».
50 Un demonio especializado en atacar el pecho. De noche, según los exorcismos, se apoderaba de los seres humanos.
51 Cfr. Job, 17,1.
52 Esto es, «ya no existo».
53 En el original, mashqu, «lugar de beber».
54 En el texto, Sirish, diosa titular de la cerveza. En Mesopotamia se conocieron diferentes tipos de cerveza, de acuerdo con sus componentes y su calidad.
55 Enfermedad desconocida. El vocablo uriqtu de hecho es un hapax legomenon.
56 Cfr. Sal., 22, 17.
57 Cfr. Job, 16, 7-14.
58 O, si se quiere, «mis nervios, al estirarse han quedado sueltos» (M. García Cordero).
59 En el original, saqiqu. M. García Cordero piensa en la artritis. W. G. Lambert lo traduce con el genérico «enfermedad».
60 El sol. Era el titular de la justicia, hijo de Sin y de Ningal y venerado específicamente en Sippar.
61 Los vv. 119-120 son de difícil traducción. Vid. un paralelo a nuestra versión en Job, 19, 25-26.
62 Cfr. Job, 4, 13-21.
63 Melammu y Puluhtu. Los fenómenos designados con estas palabras equivalían, respectivamente, a una luz sobrenatural positiva y esplendorosa y a una irradiación que podía ser devastadora o protectora, según los casos (E. Cassin).
64 Verso con algunas trazas cuneiformes. Se ignora el contenido de este primer sueño.
65 Shuttu, «sueño», en el sentido de «ver una visión». En sumerio y acadio no existe el verbo «soñar».
66 Sacerdote encargado de las purificaciones.
67 Con tal vara se rociaba con agua a las personas que precisaban una purificación.
68 Se trata del nombre cassita de un sacerdote de Nippur, enviado como ayuda del sufriente.
69 En el original, qiba ahulapi, «pide misericordia».
70 La joven del sueño pronuncia el ahulapu (¡misericordia!) del sufriente, liberándolo así de su mal.
71 Nombre del sacerdote exorcista, enviado, según el sueño, por Marduk al sufriente. Sin duda, hubo de ser conocido o amigo.
72 Nombre del personaje central del poema, cuyo significado es «Shakkan, hazme rico». Tal nombre juega con lo que le trae el exorcista: prosperidad. Shakkan, dios de la campiña, era el titular del ganado.
73 Verso prácticamente desaparecido. Los vv. 62 a 67 están perdidos.
74 Texto proveniente de la tablilla de Sippar (sólo reverso). Faltan los versos del comienzo.
75 Se trata del imhulu o Viento del sur, creído maléfico. Sobre los siete vientos creados por Marduk, vid. el Emama elish.
76 En el original, síiar bera: 3.600 horas dobles. Cada hora doble equivalía a una distancia de 10.692 kilómetros (A. Pichot).
77 En el texto, amiru, tapón (de cerumen).
78 Texto del fragmento de la Biblioteca de Assurbanipal de Nínive. Los versos conservados se numeran alfabéticamente (letras a-u) para su identificación.
79 Verso (f) de difícil traducción por ser susceptible de sentidos muy hipotéticos.
80 Naru, «río». Esta palabra se halla precedida del determinativo dirigir («dios»). Los ríos Eufrates y Tigris fueron considerados divinidades en relación a las ordalías del agua.
81 Esto es, las ordalías (hursum). Quien tenía que someterse a la ordalía del agua debía sumergirse en el río en presencia de las autoridades. Si salía ileso del río se le consideraba inocente.
82 La marca del esclavo y signo distintivo de su condición consistía en la presencia de un específico mechón de cabello (abuttu). La supresión de tal marca está utilizada aquí de modo metafórico. Vid. el Código de Hammurabi, arts. 226-227.
83 Vía procesional de Babilonia. El nombre significa «Inclínate tú, impetuoso» (E. Unger).
84 «Casa de la cabeza excelsa», nombre del templo de Marduk en Babilonia.
85 En el texto, «que lo experimente de mis manos». 86 Otros tres versos (letras s-u) muy fragmentarios.
87 Nombre del río que conducía a los infiernos. Piénsese en el Aqueronte de los clásicos.
88 Marduk, que había castigado a Shubshi-meshre-Shakkan, es también quien le perdona y ayuda.
89 Los vv. 15 a 24 de las tablillas de Assur han desaparecido.
90 Esto es, «vieron cómo Marduk me había restituido a la vida».
91 Es decir, «alguien podría haber dudado de que yo vería otra vez la luz del día».
92 Los vv. 31-33 enfatizan en primera persona la sorprendente recuperación de Shubshi-meshre-Shakkan.
93 Esposa de Marduk y diosa principal de Babilonia.
94 Dios del fuego.
95 Diosa madre que, de acuerdo con algunos mitos, modeló a la humanidad a partir de la arcilla. Tal diosa tuvo otros muchos nombres.
96 Sigue una laguna textual.
97 En el original, el nombre de esta Puerta del Esagila está perdido. Todas las puertas citadas a continuación están escritas en sumerio. Ante ellas el sufriente ha reencontrado una gracia perdida, gracia que coincide con el nombre de la puerta.
98 La cerveza en cuestión era del tipo kurunnu, mezclada con miel. El vino puro citado era de la clase karanu ilu.
99 Esta tablilla hubo de tener ciento veinte versos. Tal vez el fragmento K 3291 G pudo haber sido el final de la tablilla IV (J. Lévêque).


BIBLIOGRAFIA ESENCIAL

G. R. Castellino, Testi sumerici e accadici, Turín, 1977.
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J. Lévéque, Sagesses de Mésopotamie, París, 1996.
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J. B. Pritchard (ed.), Ancient Near East. Texts relacing to the Oíd Testament, Prirtceton, 1974 (reimpr.).
A. Seri, «Ludlul Bel nemeqi», Estudios de Asia y África, 105, XXXIII, 1. México, 1998, pp. 163 ss.

El espectador espectado

Se cuenta que, en cierta ocasión, un sagaz periodista preguntó a Woody Allen: « ¿Es verdad, Mr. Allen, que el cine imita a la vida?». Y sin pensarlo dos veces, el cineasta respondió: «Sí, es verdad». Y añadió: «Lo malo es que la vida imita a la televisión».

Soy consciente que buena parte de la actual literatura ensayística sobre la televisión y sus efectos trata de desmentir las tesis «catastrofistas» que sobre el medio televisivo han expresado no pocos intelectuales, a quienes se acusa de no conocer a fondo la televisión, de despreciarla, de no verla y de no hacer el más mínimo esfuerzo por profundizar en este medio, que tanto influye en nuestra sociedad. Por mi parte, yo sólo me considero un profesor universitario que ha pasado buena parte de su vida trabajando en el medio televisivo y que, en la actualidad, trata de comprender un medio que ama profundamente, desde su actual ocupación, que es básicamente la labor investigadora. Por eso, las observaciones que me dispongo a hacer, que podrán parecer muy radicales a algunos, deben ser interpretadas desde el más profundo cariño a un medio cuyos contenidos he visto cómo se han ido degradando paulatinamente.

LA TV ACTUAL, UN SUPERMERCADO

Comenzaré diciendo que el modelo generalista actual ha convertido la televisión en un gran supermercado: la televisión vende de todo. Y se ha convertido también en una escuela de formas y modos de vida existentes o inexistentes, porque desde el momento en que comparecen en la denominada «ficción televisiva», acaban adquiriendo forma en nuestra sociedad. Por ambos motivos, la televisión tiene una importancia muy superior a la que muchos le atribuyen, incluso aquellos que dicen que pueden prescindir de ella.

Este modelo, que es el actual, se rige por unas normas muy precisas, casi sibilinas, en las que al público se le concede la oportunidad de ser árbitro y juez, según confiesan los gestores de este negocio, pues son las audiencias —dicen ellos— las que con su veredicto crean el mercado de programas.

Pero esto no es del todo cierto, según cabe comprobar repasando brevemente el panorama actual y el que se intuye para un futuro, no tan incierto como algunos creen.

LA PALEOTELEVISIÓN

La etapa fundacional del modelo televisual —la denominada paleotelevisión— consistía en una televisión generalista, tutelada por el Estado, para realizar las funciones que se consideraban específicas y que eran las de informar, formar y entretener. El modelo se basaba en el principio de «servicio público», un concepto merced al cual el Estado tutelaba este instrumento de comunicación, al que consideraba con recelo, como a un arma de doble filo. El «servicio público» se cumpliría aquí, como señala Dominique Wolton, realizando «programas educativos y culturales»1.

Este modelo busca al espectador pasivo; es la televisión que instaura un nuevo sistema de vida alrededor del aparato receptor. Supone el primer acercamiento al entretenimiento familiar catódico, la aproximación al «directo» y, con él, al mundo que deja de ser una incógnita y se presenta en forma de imágenes cotidianas y atractivas, pero que no exigen abandonar el salón de la casa.

Una televisión que tiende a poner el énfasis en lo doméstico, por tanto, pero también que guarda las distancias, que habla al espectador de usted. Una televisión que instaura una nueva forma de relación social, en la medida que sus contenidos sirven de referente diario en las conversaciones en la oficina, en el mercado, en el colegio o en el patio de vecindad.

Este sentido pedagógico alcanza en este punto su vertiente más práctica, contemplada desde el punto de vista del Estado tutelar.

LA NEOTELEVISIÓN

El fenómeno denominado deregulation traerá a Europa un nuevo modelo televisivo, conocido como neotelevisión, según un término propuesto por el semiólogo Umberto Eco en un artículo de 1983, titulado «La transpareza perdutta». La relación paternalista y verticalista entre el emisor y el espectador, típico de la etapa anterior, se ve sustituido ahora por la investigación, por parte del emisor, de una relación fiduciaria con el público, esencial en todo régimen de competencia que quiere asegurarse la fidelidad de la audiencia.

El cambio es colosal. Si en la paleotelevisión el espectador era el destinatario, la neotelevisión impone un modelo comercial basado en el de las networks norteamericanas, es decir, aquel en el que la publicidad se convierte en la primera y fundamental fuente de financiación de cada una de las cadenas en competencia. Por ello, y para alcanzar la optimización publicitaria, hay que conseguir audiencia. Ya no se necesita llegar al público para que conozca los programas, como sucedía en la televisión de Estado; se necesita al público —transformado en audiencia—, para poder venderle la publicidad y así subsistir o, en el mejor de los casos, ganar dinero.

El nuevo modelo busca a toda costa la audiencia como moneda de cambio para conseguir la publicidad, que es su fuente de ingresos.

El término audiencia está íntimamente relacionado con las técnicas sociológicas de investigación, en las que se basan los estudios de marketing. A su vez, los programas pasan a denominarse productos. Asistimos a un claro proceso industrial de fabricación de productos (los antiguos programas) con un objetivo muy claro. Éstos deben ir dirigidos a un público potencial, que se consideran targets específicos, dentro de una oferta total y sinérgica (la programación) con la intención de obtener los mejores resultados (índices de audiencia): ellos son los que permitirán realizar, gracias a la publicidad, los mayores ingresos económicos. Toda una batería de estrategias de marketing sirven para capturar al espectador, objetivo único de las televisiones. El conocimiento de los espectadores en su calidad de posibles compradores, el de sus formas de vida, sus preferencias a la hora de la compra, compondrán un amplio sistema en que se dividirá a los espectadores, atendiendo a diversas clasificaciones (sexo, edad, lugar de residencia, poder adquisitivo, etc.).

Los programas deberán buscar sus afinidades con los productos publicitarios, pues no en vano la televisión comercial entroniza a la publicidad como el corazón de ese nuevo organismo. Sin ella no existe la televisión. La publicidad, en forma de spots —este no será el único aunque sí el principal formato publicitario—, no es ya la frontera entre programa y programa, que suponía una tregua para el espectador de la televisión monopolística. Ahora, para poder alcanzar el beneplácito de la audiencia y no producir su fuga a otras cadenas, la publicidad se introduce dentro de los propios programas, formando parte de un todo.

Esto lo ha explicado Raymond Willians, para quien «la eliminación de los intervalos entre los diferentes programas, sustituidos en los canales comerciales por la publicidad, han dado lugar no tanto a las interrupciones cuanto a un nuevo tipo de fenómeno comunicativo: un flujo planificado en el que la sucesión real no es la secuencia de los títulos de los programas anunciados (en periódicos o revistas), sino esta secuencia transformada por la inclusión de otro tipo de secuencia, de manera que juntas componen el flujo real, la real "televisión"»2.

LA  AUDIENCIA  COMO  MONEDA DE  CAMBIO

Por su  parte, la programación se establece con un conocimiento completo de las diarias migraciones de los espectadores, y se articula sin perder de vista las horas de mayor audiencia potencial y combinando el precio de los programas para conseguir una oferta, a la vez que plural, rentable.

Todo este fenómeno ha dado lugar a una feroz competencia que inauguró un sistema de estrategias y tácticas que tenían su origen curiosamente en el argot bélico. No es casual que John Haldi, uno de los tratadistas norteamericanos de la programación televisual, afirmase que «la programación es la guerra. El programador es el capitán. Su objetivo, ganar la batalla»3.

El espectador pasa a ser una mercancía. De alguna manera queda explicitado este pensamiento en un modelo muy gráfico, del que con frecuencia se servía Silvio Berlusconi para definir la televisión: «La televisión comercial  — decía— es un tren; los vagones son los programas; y los pasajeros, que van cómodamente sentados, son los spots publicitarios»4. El ejemplo no puede ser más significativo.

En la denominada televisión comercial los programas son la excusa para que los spots publicitarios puedan venderse. Esta subordinación de la programación a la publicidad hace que las expectativas sobre el crecimiento del mercado publicitario sean las primeras y más importantes constantes a considerar a la hora de establecer un canal de televisión.

Los programas buscan la seducción del espectador para que la publicidad, incrustada en ellos, pueda ejercer su poder persuasor de venta.

La importancia de la audiencia así entendida resulta vital. Como asegura Paolo Carmignani, «para entender la importancia que, en cada empresa televisiva, tiene el dato referido a la audiencia, es necesario tener presente cómo la televisión es la única organización industrial que no puede conocer por la vía, llamémosla automática, la cantidad de mercancía que vende»5. O en palabras de Carlo Freccero: «La televisión comercial es la única forma de mercancía de la industria cultural que, en realidad, realiza su valor mientras es consumido»6.

FRACCIONAMIENTO DE LA AUDIENCIA

Interesa, por tanto, a las empresas televisuales conocer tanto cuantitativa como cualitativamente la audiencia, su composición y su estructura. Sobre ella se levanta el sistema entero de la televisión denominada comercial, y que corresponde al modelo de la neotelevisión, que comentamos. Con ella se ha producido ya un fraccionamiento de la audiencia, fruto del nacimiento de nuevos canales y de una reñida competencia entre ellos.

Conocer la audiencia y cuantificarla es el objetivo principal de los estudios de audiencia, que se transforma en instrumento imprescindible para todos los involucrados en este negocio. Los resultados quedan refrendados cada veinticuatro horas.

Con el descubrimiento de la audimetría  — e l conjunto de técnicas y de métodos de investigación destinados a cuantificar el consumo televisivo y determinar la composición del público—, el negocio televisual cambia radicalmente. Los resultados diarios servidos en diferentes formas o archivos, según el destino, conforman el análisis diario de este consumo y sirven para hacer reflexionar a los actores (publicitarios, centrales de compra, directivos de las cadenas y programadores) sobre si sus previsiones y programación eran las adecuadas, y para reflexionar sobre las estrategias programáticas que deben emprender a continuación.

Lógicamente, el sistema ha sido objeto de variadas críticas en muchos países. Si bien las empresas dedicadas a las mediciones de audiencia certifican la veracidad y rigor científico de los resultados que ofrecen, no debemos olvidar que en la historia de la neotelevisión se han registrado notables polémicas sobre el tema, en Italia lo mismo que en Francia o en España. Y también en Estados Unidos, donde la competencia entre Arbitran y Nielsen, dos empresas de audimetria, dio lugar a una comisión investigadora que a su vez emitió el famoso informe CONTAN, donde se ponían en tela de juicio la veracidad de los datos.

Las audiencias y su medición representan, desde luego, el talón de Aquiles de este nuevo sistema, pues basta con que «la muestra» esté viciada, o no sea representativa, para que los resultados obtenidos por extrapolación no se correspondan con la realidad. La televisión moderna —se ha dicho— se está perdiendo en el laberinto de los datos de audiencia y no se puede afirmar con certeza que el público obtenga una televisión que responda más a sus necesidades o a sus gustos.

ALGO MÁS QUE NÚMEROS

Como afirma el profesor Francisco Iglesias: «El estudio de las audiencias no se agota en el análisis de cuestiones técnicas ni comerciales. Es cuestión que presenta también perfiles con trascendencia psicológica y social, pues ver masa en los destinatarios o pretender reducir la persona a mero numero, es un serio reduccionismo. En este sentido, es preciso recordar que el marketing no está al servicio de la oferta, sino de las demanda o, por mejor decir, al servicio de la satisfacción de la demanda, logrado gracias a una oferta debidamente realizada, para conseguir resultados beneficiosos para una y otra parte. Dicho en otros términos: así como es propio del marketing actuar sobre la demanda e incluso generarla y desarrollarla, no le corresponde, en cambio, crear y desarrollar las necesidades que se pretenden satisfacer. Lo propio del marketing es identificar necesidades y, con la oferta, darles satisfacción»7.

Difíciles de entender por el gran público los diversos resultados de audiencia que proporcionan los datos de audimetría, las manos expertas de los especialistas en marketing consiguen, en ocasiones, que cantidad se confunda con calidad. Y así se hace referencia a la bondad de los programas en función de su acogida por el público. A este respecto Dominique Wolton ha resumido este problema argumentando que «Aquello que ha sido definido como el "modelo de la televisión privada" sólo ha consistido en la burda aplicación de una regla elemental, según la cual la demanda determina la oferta. De esta manera el conocimiento de los gustos del público llega a ser la única condición de la producción, ya que las técnicas cada vez más avanzadas para medir la cantidad de público que está mirando un canal le permiten convertirse en la Biblia de toda política de programación, tanto en las televisiones públicas como en las privadas. Dicho de otro modo, la televisión ha quedado atrapada entre las tres coacciones: la económica, la consumista y la tecnológica, sin otra orientación que una simple adaptación con sentido común»8.

Si bien la medición de las audiencias representa hoy el valor de los programas y las programaciones, sus resultados como tales responden sólo a la necesidad del mercado de tener algunos criterios por los que regirse. Por tanto, soy de los que piensan que estamos ante una convención entre los actores, que no son otros que los canales de televisión y las agencias de publicidad o los anunciantes.

EL CONSUMO TELEVISIVO

Detengámonos ahora en otro tramo importante: el del tiempo de ocio y el consumo televisivo, ambos imbricados en el modelo de telespectador que ha creado la audiencia televisiva.

Una simple mirada a las estadísticas nos demuestra que en el año 2002 los españoles consumíamos 211 minutos de televisión por habitante y día, tres minutos más que el año anterior. Ello supone que, después de trabajar y dormir, la tercera actividad de los españoles, al menos estadísticamente, es ver la televisión.

Tres horas y media de consumo diario es definitivamente excesiva para unas programaciones generalistas, donde únicamente se ofrece información y entretenimiento. Esto supone que en nuestro día queda muy poco tiempo para otras alternativas de ocio, desde la lectura a la asistencia a espectáculos pasando por un rato de charla familiar.

Pero ¿cómo se comporta ese telespectador cuyo consumo vigilado le convertirá en audiencia?

La pluralidad de canales y el haber llegado cada uno a un non stop programático —veinticuatro horas de emisión diarias—, ha hecho imposible para el espectador retener siquiera las citas horarias en las que se emiten los programas más importantes, que se pierden ya en un mare mágnum de ofertas de programación y horas de emisión.

El ejercicio de la denominada «contraprogramación» y, a veces, una cierta falta de seriedad en el anuncio de los programas por parte de los canales, han convertido las informaciones diarias de los periódicos en lugares poco fiables para conocer la verdadera oferta del día. El espectador, llevado por una falsa comodidad, ha preferido, sobre todo en el horario del llamado prime time, hacer un rápido barrido sobre los canales y elegir sobre la marcha, a organizar la sesión televisiva en base a la oferta previamente consultada en la programación que ofrecen diariamente los periódicos.

EL ESPECTADOR COMPULSIVO

Esta actitud del telespectador nace con esa nueva etapa de la neotelevisión que ha traído consigo el fraccionamiento de la audiencia e inaugurado un nuevo proceso denominado narrowcasting.

La televisión comercial coincide más o menos en el tiempo con un descubrimiento técnico que hace cambiar por completo la forma de ver televisión: el mando a distancia. Un simple aparato que facilita el cambio de cadena en el televisor doméstico sin necesidad de que el usuario se levante a pulsar el botón del aparato cada vez que quiera sintonizar otro canal; un aparato, que nacía para facilitar una acción puramente mecánica y doméstica, se convirtió rápidamente en el tercer brazo del espectador. Este, cada vez que no encuentra un programa de su agrado, con una simple pulsación de la tecla consigue sintonizar otro y otro programa, hasta acabar con la oferta diaria. Así nacieron una serie de comportamientos de la audiencia, a los que sociólogos y comunicadores han dedicado ya variados estudios.

Por zapping se entiende la acción que realiza el telespectador al cambiar de cadena en el momento que comienzan los bloques publicitarios. Muy diferente de lo que se denomina flipping, que consiste en saltar de una cadena a otra para saber qué es lo que está ofreciendo cada una. O del grazzing, que es la actitud por la que el televidente salta de cadena en cadena hasta encontrar algo por azar.

Estas actitudes demuestran claramente que existe una nueva forma de ver la televisión, muy diferente de aquella en la que para cambiar de canal era necesario levantarse de la butaca y pulsar el botón de encendido o de cambio. El mando a distancia condiciona la forma de ver y comportarse ante la televisión. Y lo hace de tal manera que las propias estrategias generales de programación tuvieron que tener en cuenta esta nueva posibilidad del espectador.

Nació así el perfil de un espectador nervioso e insatisfecho, que cada día, siguiendo un ritual, consume horas de televisión de una manera compulsiva. Su retrato robot responde al de la persona que, sin criterio de ningún tipo, comienza a ver un programa, lo abandonaba en la primera pausa publicitaria para buscar otro que también abandona por otro por la misma causa y así sucesivamente hasta que, casi por aburrimiento, se deja seducir por el último. El resultado son varias horas de televisión en una emisión mosaico, compuesta por media hora de una película, diez minutos de un concurso, la mitad de un telediario y el final de una serie. Este espectador nervioso e impenitente a la hora de manejar el mando a distancia, parece no sentirse a gusto con ningún programa; busca entre la programación sin haberse informado antes de aquello que las televisiones le ofrecen ese día.

No es por tanto extraño que nada le satisfaga o que compulsivamente apriete el botón del mando a distancia para buscar continuamente nuevas ofertas. Los cortes publicitarios, tan frecuentes y largos, ayudan a este tipo de espectador a seguir buscando, en una actividad que a nada conduce sino al cansancio o hastío.

Lógicamente, esta actitud es más peligrosa en los espectadores más desprotegidos, los niños, que aprenden de los adultos que el mando no es sólo una facilidad técnica, sino un instrumento de diversión. En definitiva, aprenden a ver la televisión zappeando; y difícilmente llegan a concebirla, sin ese movimiento que para ellos deviene reflejo. Es muy difícil convencer a un niño de que el mando es sólo una ayuda técnica, no un instrumento sin el cual no se podrían contemplar las emisiones. El resultado es que se contagian de esa forma compulsiva de ver televisión. Y eso que los niños, como se ha demostrado sobradamente, son los más fieles seguidores de los programas, cuando éstos resultan de su agrado: su fidelidad hacia sus preferencias es muy superior a la de las personas adultas.

COUCH POTATOS, VIDEO VEGETABLES

¿Es la fascinación del medio sobre el espectador, o la falta de criterio de éste para aceptar lo que le echen, lo que hace que se consuman indiscriminadamente los programas? Parece que hay algo de ambas cosas.

En primer lugar, la televisión como tal es una tentación para las personas no demasiado ocupadas o con tendencia a dejarse atraer por pasar el tiempo frente a ella, sin elección previa de programas, simplemente por el gusto de «ver lo que dan». En este sentido, la tentación de ver la televisión puede llegar a ser patológica. Ya se está estudiando este fenómeno de los espectadores pasivos, capaces de «consumir» más que de «ver» televisión, y a quienes se conoce como couch patato o video vegetables.

El curioso nombre de couch potatoes, según cuenta Ien Ang, procede de un grupo de impenitentes consumidores de televisión en Los Ángeles, que en 1976 decidieron agruparse bajo este nombre. Los modos de hablar y de comportarse de ese tipo de consumidores están más próximos al estereotipo televisivo que a la realidad que les circunda, hasta el punto de acabar transformándose en una forma de marginación social.

Este espectador compulsivo del que hablamos no se forja en un solo día, sino a través del consumo indiscriminado de televisión, sin criterio y, lo que es más importante, sin espíritu crítico frente a lo que se le ofrece por la pequeña pantalla.

Esa contemplación fragmentaria de programas —sean de ficción, informativos o de entretenimiento— no le proporcionarán una dimensión total y equilibrada de la emisión, de la que se quedará más bien sólo con retazos y aspectos concretos, pero sin suficientes elementos de juicio para valorarla. Este espectador, atrapado así con una visión mosaico de la televisión, hecha de retazos de programas, difícilmente podrá escapar a la seducción de la cara consumista del medio. Por eso suele ser un entusiasta de marcas y modas sugeridas, de tics aprendidos en programas o formas de vestir o hablar que, vía televisión, pronto se imponen.

Ya hemos dicho que la televisión, además de otras cosas, es un gran supermercado y una escuela de formas de vida. Y cada vez más. Algunas veces, incluso, estilos o formas de vida inexistentes cobran carta de naturaleza gracias a la «ficción televisiva». Es el efecto mimético que propicia el medio.

SABER ELEGIR

No hay que culpar siempre a las televisiones de todos los males. El saber escoger, el saber qué se debe ver y el ver lo que se debe, forman parte de la obligación que la persona tiene como espectador de televisión y está íntimamente ligado a su libertad.

En este sentido existe también un tipo de consumidor que pregona la excelencia de aquello que cree políticamente correcto en televisión, aunque no haga suyas estas sugerencias. Si un programa de telebasura tuviera el rechazo que al menos se percibe en determinadas conversaciones, no llegaría nunca a obtener audiencias millonarias y desaparecería de las parrillas por falta de audiencia. Si de verdad muchos creyesen lo que dicen cuando afirman que los documentales son magníficos, éstos gozarían de mejores audiencias de las que habitualmente consiguen. En definitiva, frente a los demás, muchos callan sus verdaderas preferencias.

La racionalización del tiempo de ocio es un buen camino para no caer en la trampa y convertirse en un consumidor compulsivo de televisión. Y al mismo tiempo, hay que ser más conscientes de que es en nuestras manos donde está, muchas veces, la solución a tanta crítica al medio televisivo que, si bien debe existir, debería empezar por una autocrítica personal de cada uno como telespectador.

Pero también es verdad que algunos responsables de los canales erigen, por conveniencia, a la audiencia y la entronizan como el paradigma de la ecuanimidad. Las audiencias mandan, ellas son cada día, con su veredicto, las que conforman nuestra actividad, dicen.

En cierto modo, el actual modelo generalista se está difuminando sumergido en el marasmo de dígitos a la que le ha conducido esa dictadura del audímetro. De tal forma que no se puede asegurar ciertamente que sus contenidos satisfagan realmente a los espectadores, ni siquiera que se esté haciendo la televisión que les gusta.

EN EL DOMINIO DE LA CUALIDAD

El argumento más extendido por parte de las televisiones es aquel de que en todo momento se da a los espectadores lo que éstos reclaman. Y para confirmarlo exhiben las cifras de audiencia. Es más, se elevan a categoría moral algunos simples resultados de audiencia. En el fondo, la falacia está servida. Cantidad equivale a calidad. Un programa es bueno si es seguido por una cifra alta de telespectadores. Se suele hablar mucho de raiting y de share, dos parámetros que indican sólo cantidades de consumo televisivo, pero se habla poco de índice de agrado de un programa, un parámetro que existe pero que en pocas ocasiones se recurre a él.

Conceder la soberanía televisiva a la audiencia en términos sólo cuantitativos es una de las grandes falacias. Quizás llegados valga la pena tener en cuenta las acertadas reflexiones de Popper, cuando decía: «Resulta muy instructivo ver cómo los responsables de televisión enjuician hoy el problema desde su medio… Hace pocos años me encontré en Alemania con un director de una cadena que junto con sus colaboradores asistió a una de mis conferencias. Prefiero no citar nombres. Este director defendió una serie de tesis horrendas que, naturalmente, consideraba en su totalidad como justas y acertadas. Por ejemplo, opinaba que "hay que ofrecer a la gente lo que ésta quiere ver". ¡Cómo si de la mano de los porcentajes de audiencia pudieran comprobarse sin más los deseos de las personas! Lo que puede leerse en los porcentajes de audiencia es, en el mejor de los casos, las preferencias en la selección de los programas ofrecidos. Por ello no podemos saber en absoluto, de las manos de estas cifras, lo que deberíamos o tendríamos que ofrecer; tampoco el director de esta cadena de televisión puede saber lo que elegiría el público si hubiera otras ofertas alternativas. Desde luego, estaba convencido de que sólo es posible elegir dentro del marco de lo que es ofrecido realmente. Pero no podía haber una alternativa. La discusión con él fue realmente increíble. Al final opinó incluso que su actitud estaba corroborada por los "principios de la democracia"; se sentía obligado a seguir la dirección que él consideraba como democrática, y que era capaz de comprenderla, en su opinión más popular»9.

PROGRAMAS-AUTOBÚS

Si tenemos en cuenta esos índices de audiencia a los que nos referiremos en términos críticos en cuanto a su solvencia, una simple mirada a un día cualquiera bastará para darnos cuenta que la gran mayoría de los espectadores tiene una visión parcial, fraccionada, mosaico, de la programación, en cuanto ven retazos de programas y sólo ven algunos, muy pocos, en su totalidad.

Este fenómeno, que productores y programadores asumen, da como resultado la necesidad de crear un tipo de formatos diversos pero con una misma estructura, ligera, fácil, propia de ese tipo de audiencias que «picotea» en la programación.

Este planteamiento, al menos en las televisiones generalistas, está relacionado con esa forma de ver televisión a la que antes aludíamos, cada vez más compulsiva y que lleva a los espectadores a consumir televisión saltando de programa en programa.

Así nacen esos programas de tipo mosaico. Programas que facilitan el seguimiento de los mismos y la integración de la audiencia cuando el programa lleva ya tiempo de emisión. Son formatos light, de estructura sencilla y de fácil asimilación por parte de los telespectadores, que permiten ser seguidos en cualquiera de sus tramos, sin necesidad de conocer su comienzo o arranque o esperar su desenlace o final. Son puzzles o «programas autobús», ya que permiten subirse a ellos y bajarse en cualquier momento sin perder trama o ligazón alguna.

Su catálogo comprende desde determinados formatos de tipo concurso hasta programas de «cotilleo» llamados del corazón, «crónicas sentimentales», pasando también por las nuevas fórmulas de talk show. Y por supuesto tienen también cabida los nuevos formatos bautizados como reality soap y no show, en clara referencia al carácter melodramático de las telenovelas.

NUEVOS PROTAGONISTAS

El actual encarecimiento de los denominados costes de producción ha conducido también a recurrir a esas fórmulas light a las que hacíamos referencia, desarrollándolas de maneras diversas. Una de ellas consiste en convertir al público telespectador en el auténtico protagonista de los programas. Existe una cierta tendencia a entronizar al hombre de la calle, al telespectador medio, como principal protagonista de los programas. Bien se trate de los tradicionales concursos modelados y encelofanados de forma que parezcan más novedosos: los vídeos amateurs que convierten en auténticos realizadores de televisión a los telespectadores, u otros en los que sus hijos emulan a los cantantes de moda, vistiéndolos como ellos y creando alrededor de ellos el glamour que rodea a éstos, o bien en curiosas fórmulas «modernas» recientes que, so pretexto de experimentos sociológicos propios de una televisión avanzada, entronizan de lleno la telebasura.

El espectador cambia así su papel convirtiéndose en alma y protagonista del show televisual, en un modelo donde hay que ganar audiencia y showmatizarlo todo. La audiencia es la protagonista. El telespectador, convertido en protagonista, busca el minuto de celebridad al que todo hombre aspira, según Warhol.

Detengámonos aquí en aquellos que se han calificado como reality soap y cuyo ejemplo más representativo lo tenemos en el formato holandés de la productora Endemol, «Big Brother» o «Gran Hermano». El encerrar a una serie de personas en una casa aislada, rodeada de ojos catódicos, asistiendo a sus confesiones y a las sucesivas eliminaciones hasta que uno solo quede finalista, era todo el argumento de este formato renovador. En España, Telecinco se ha servido por tres años del mismo para completar una experiencia programática que he bautizado como «estrategia de irradiación», orientada a fidelizar la audiencia.

El experimento ha servido para que durante los meses que ha durado la experiencia de «Gran Hermano», Telecinco liderase las audiencias mensuales, pero que volviera a perderlas en el momento en que acabó el programa. En su segunda y tercera edición, los resultados fueron parecidos pero denotan un cierto cansancio del público.

También Antena 3, participada accionarialmente por Telefónica, que había comprado la productora Endemol, propietaria de estos formatos, puso en antena otro de ellos «El Bus». El ejercicio programático era el mismo  — l a «estrategia de irradiación»—, sólo que esta vez el programa en prime time no alcanzó la audiencia esperada y por tanto el efecto irradiación no funcionó. El resultado fue una notable crisis en la parrilla de programación de la estación otoñal en ese canal y la demostración de la fragilidad de las parrillas si éstas no se construyen sólidamente.

FIDELIZAR A CUALQUIER PRECIO

Vemos así que esos experimentos sociológicos son en realidad estrategias de programación orientadas a la rápida fidelización de la audiencia y a técnicas persuasivas que mejoren los resultados de ésta, en las franjas menos agraciadas de la programación de las cadenas emisoras. Fidelizar a cualquier precio es el objetivo, alcanzar audiencias que proporcionen rápidos beneficios.

En ese sentido y sin entrar en pormenores apuntaría solamente algunas de las consecuencias a que esto nos ha llevado: un mayor nivel de manipulación en los contenidos (todo vale con tal de conseguir «espectáculo»); trivialización de los temas importantes, tratados por personas no cualificadas; afán por inmiscuirse en la intimidad de las personas; falta de interés por todo aquello que representa una renovación creativa.

Si la televisión aparece dominada por la posibilidad de que la audiencia incida sobre los programas (muchos de ellos han tenido que ser suspendidos precisamente por falta de audiencia), el papel del espectador singular está siempre reducido a la uniformidad del comportamiento mediático. Porque son las televisiones quienes aprietan la soga al cuello, son ellas en definitiva las que cancelan los programas. A veces lo hacen de una manera absurda, de improviso; otras por falta de paciencia o de una mala estrategia programática. Programas que podrían haber dado su juego son sacrificados en aras de la escasa audiencia conseguida. Por otra parte, los espectadores apenas han tenido conocimiento de ellos, simplemente han visto otros sin tener tiempo de aproximarse a esa novedad que podría haber gozado de su estima.

Hemos visto cómo el mal gusto se ha ido apoderando de algunos programas. Cómo determinadas estratos sociales han dejado de ver televisión y cómo ésta se somete a un rígido control de compraventa, en el que el espectador es todopoderoso a la vez que se convierte en la moneda de cambio de este negocio.

Apuntaba al principio que este análisis iba a resultar un poco radical. Afortunadamente, hay todavía programas de interés y valor en las parrillas de programación.

EL NARROWCASTING

Nos hemos referido hasta ahora al modelo generalista, ese modelo que tiene que ver con la neotelevisión, y que abre una nueva etapa con un todavía mayor fraccionamiento de la audiencia, debido a la multiplicidad de ofertas. De alguna manera se corresponde con esa etapa que se ha venido a denominar narrowcasting, un proceso superior al broadcasting cuyo referente sería la televisión que hasta hace años disfrutábamos.

Pues bien, el narrowcasting hace referencia a un tipo de programación muy cuidada, dirigida a un público concreto y específico, un eslabón más en esta cadena: programas concretos para públicos específicos. En definitiva, si el broadcasting suponía el pret a porter televisivo, con el narrowcasting hemos llegado al traje a medida. La irrupción de los new media ha venido a enredar más esta compleja madeja televisiva. Los satélites, el cable y sobre todo la digitalización  —o mejor dicho, la convergencia de estas nuevas tecnologías— están desarrollando ya nuevas fórmulas que traen como consecuencia lo que, ya en los años setenta, se denominaba «televisión de la abundancia». A éstas habrá que añadir los teléfonos de nueva generación; apunto aquí sólo la importancia que éstos van a tener como nuevo soporte de los contenidos televisuales interactivos.

Estas tecnologías van a intervenir directamente en los contenidos. Va a cambiar —de hecho ya está cambiando— la forma de ver y entender la televisión y, por tanto, el negocio televisivo y quizás también la manera de hacer y construir los productos televisuales. En una primera etapa van a convivir programas convencionales con otros novedosos de servicios, ampliando la gama de prestaciones de la televisión; más tarde aparecerán nuevos formatos.

Cuatro ventajas podemos adscribir a lo digital frente a lo analógico: a) aumento de la cantidad de programas (o canales) disponibles en emisoras que lo permiten o hacen posible, b) Mejora de la calidad de la señal y, por tanto, de la imagen que se recibe, c) Oferta de servicios (de valor añadido) y no sólo de información y entretenimiento, d) Posibilidades cada vez mayores de interactividad.

En este nuevo panorama, donde la publicidad no será la única y más importante fuente de financiación, parece que la medición de audiencias estará destinada a un cambio radical, buscando más el índice de agrado del programa, por parte del espectador, que su consumo indiscriminado.

Hay que pensar que estamos ya frente a un tipo diferente de hacer televisión; de ruptura definitiva con el sistema generalista. Estamos ante el fenómeno que ha venido a denominarse time shifting: ruptura de la programación horaria tal y como hoy se entiende, derivado de la programación personal del consumo, posibilitada por las nuevas tecnologías, que lógicamente dejaran ver sus efectos sobre la forma de gestión del negocio televisivo.

¿Qué quedará del broadcasting? Este sistema convivirá durante algún tiempo con el narrowcasting integrándose dentro de él como una oferta más. El avance de las televisiones temáticas es un hecho imparable, a pesar incluso de la baja calidad con que éstas han despegado en algunos países. Según Screen Digest, sólo en Europa han nacido en los últimos años más de cien canales temáticos. El ritmo de crecimiento es notable. Es cierto que muchos de ellos apuntan al deporte y al cine, pero otros muchos se dirigen al mundo de la música, la divulgación médica o científica y las artes.

¿Podemos ver en este fraccionamiento de la audiencia una solución al problema de la televisión generalista, que es pan para todos, y una nueva posibilidad de una televisión de mayor calidad? ¿Una alternativa al telespectador compulsivo? La respuesta estará siempre en los contenidos y en la reacción de este nuevo espectador frente al nuevo reto.

Quisiera haber llamado la atención sobre el papel que juega el espectador televisivo atrapado en ese juego de audiencias y en ese nuevo paisaje dominado por tecnologías emergentes. Con todo, la clave está, insisto, en los contenidos de los programas.

Por ello quiero terminar con una receta. Es de sir David Puttnan, quizás el más reconocido productor de cine y televisión de Europa, entre cuyos títulos están La misión, Carros de fuego o Los gritos del silencio. Con motivo de la concesión del premio Luka Brajnovic (un profesor mío, que ha dejado honda huella en algunas generaciones de periodistas) reconocía Puttnan: «Los artistas creativos y aquellos que trabajan con ellos, tienen, a mi juicio, la responsabilidad moral ineludible de arriesgarse, de inspirar, de preguntar, de afirmar, así como de entretener. Las películas, los programas de televisión, los nuevos medios electrónicos son mucho más que entretenimiento y mucho más que oportunidades de negocio. Sirven para reforzar o recabar la mayoría de los grandes valores de la sociedad. Si la industria falla en el uso responsable y creativo de estos medios, si se tratan simplemente como "industrias de consumo" más que como fenómenos culturales complejos —que eso son propiamente—, entonces se corre el riesgo de dañar, de manera irreversible, la vitalidad de la sociedad».

Hay quienes proclaman que debemos reinventar la televisión. Pienso que sólo desde la creatividad y el respeto al espectador podemos hacer de este medio un instrumento de información, recreo amable, estimulante e inteligente que nos haga cada vez sentirnos más libres como personas y como espectadores.

NOTAS
1 · Dominique Wolton, Elogio del gran público, GEDISA, Barcelona, 1992, pág. 25.
2 · Raymond Willians, Television, Tecnology and Cultural Form, Routledge, Londres, 1990, pag. 144.
3 · J. Haldi, cit. por W. Heat Sindey en Brodcast Cable Programing, Wasword Publishing Company, Belmont, 1989, pág. 4.
4 · José Ángel Cortés Lahera, La estrategia de la seducción, EUNSA, Pamplona, 1999, pág. 58.
5 · Paolo Carmignani, «L’ascolto», en Guido Barlozatti (comp.), II palinsesto, Franco Angeli Libri, Milán, 1986, pág. 131.
6 · Carlo Freccero, «La valeur d’usage de l’audience», en Dossier de l’audiouvisuel  nº 41, pág. 16.
7 · Francisco Iglesias,  «La maduración de las audiencias», en Comunicación y Sociedad, vol. VIII, núm. 1, págs. 98 y 99.
8 · Dominique Wolton, cit., pág. 33.
9 · K. R. Popper y J. Condry, Cattiva maestra televisione, I libri di Rest. Donzeli, Milán, pág. 35.

Portugal: el prestigio internacional de un cine que no existe

Apenas cabe hablar de la existencia en Portugal de una industria cinematográfica propiamente dicha —cosa no muy extraña, en realidad, en un país que sólo después de la I Guerra Mundial empezaba a industrializar su economía—. Si desde el siglo XVIII Portugal se fue alejando de Europa, ya en el XIX era uno de los países más pobres del continente, no obstante poder ser contada, al mismo tiempo, como una de sus naciones más antiguas. En 1900, el 75% de la población portuguesa era analfabeta; en 1960, el 35%; y hoy, todavía lo es el 15%.

Además, es sabido que Portugal estuvo sometido durante cuarenta y ocho años (desde 1926 a 1974) a un régimen autoritario de índole fascista, fuertemente represor de cualquier brote de libertad creativa. Con anterioridad había conocido tres decenios de inestabilidad política y social (1890-1926), repartidos entre los últimos años de monarquía (1890-1910) y lo que se llamó la Primera República (1910-1926). Su imperio colonial agotó la poca energía que le quedaba en una guerra que se alargó trece años, desde 1961 hasta 1974. Después de 1974, Portugal ha vivido un complicado proceso de democratización, que puede considerarse normalizado desde mediados de los años ochenta del siglo pasado. Fue entonces, en 1985, cuando Portugal se adhirió finalmente a la Europa comunitaria.

Respecto a la producción cinematográfica, conviene reconocer para empezar que la portuguesa ha sido siempre reducida e irregular. En los años de abundancia logró producir ocho o nueve largometrajes; en los años de sequía, ni uno siquiera. En las dos últimas décadas, la industria cinematográfica portuguesa no ha llegado a presentar más de diez largometrajes cada año. En el transcurso de toda la historia del cine portugués, pues, el país cuenta con un total de quinientos largometrajes de ficción, que equivalen a un décimo de la producción española y a un sexto de la griega; en Europa occidental, sólo Noruega cuenta con números más bajos.

Si hay algo de qué sorprenderse, no es tanto cómo se ha desarrollado el cine portugués desde finales de los años sesenta y comienzos de los setenta —los decenios en que ha sido mejor conocido—, sino precisamente en lo contrario: que haya logrado un notable prestigio en esos años con tan pocos títulos. Hoy en día, el cine portugués se considera como un caso singular, que se hace presente casi inevitablemente en los festivales internacionales con media docena de películas cada año, y gracias a los cuales se granjea una buena reputación, al menos en estos ambientes especializados y de cinefilia.

LOS COMIENZOS

Nunes de Mattos se llamaba el primer portugués que realizó un largometraje. Sin disponer de estudio profesional de ningún tipo (sólo a partir de 1920 podría trabajar con uno), Nunes decidió no retrasarse más y se lanzó a filmar escenas exteriores con objeto de mostrar la variedad de los paisajes portugueses («el lujurioso paisaje de Entre Douro y Minho»).  A esas secuencias siguieron, poco después, otras escenas de interiores, que realizó en un plato improvisado por él mismo.

A Rosa do Adro (1919), de Georges Pallu

El primer intento serio de producción cinematográfica regular corrió a cuenta de la compañía Cinematográfica Invencible de Oporto, activa entre 1918 y 1925 y que fue dirigida por el propio Nunes de Mattos. La Invencible de Oporto, como era conocida, firmó un contrato con la empresa publicitaria Técnicas Gráficas Caldevilla, que dirigía el entonces mayor empresario publicitario del país, don Raúl de Caldevilla (los maravillosos afiches de su imprenta se consideran en la actualidad verdaderas piezas de museo). Caldevilla inventó el lema de un género:  «Romance portugués», que equivalía a «Película portuguesa –escenas portuguesas– artistas portugueses», para afrontare el primer gran desafío de la producción portuguesa, que era el de conquistar un mercado más amplio que el del propio país. La idea de Caldevilla consistía en mostrar Portugal al exterior como una tierra cinematográficamente virgen y captar lo exótico del país para facilitar la exportación de su cine.

En 1978, Manoel de Oliveira hizo un remake de una de las primeras películas portuguesas, titulada Amor de perdição

Para lograr su objetivo eligió una novela muy popular, escrita por Manuel María Rodrigues, titulada A Rosa do Adro, y cuya acción, que transcurre en el original en siglo XIX, fue adaptada al XVIII. La película aborda la historia de un triángulo amoroso, con la peculiaridad de que, al final, se descubre que el tercer vértice del triángulo es el hermano de  la protagonista, decidido a vengarse de un noble elegante y voluble de Oporto que seduce a su hermana. Dirigida por Georges Pallu y estrenada en 1919 con el mismo título, la película logró cierta notoriedad y se distribuyó en Brasil lo mismo que en varios países europeos (en Francia, con el título Le roman de la rose). El personaje de Rosa Sirvió a Pallu, el director, para hacer el interesante descubrimiento de María Oliveira, llamada a convertirse en la primera vedette específicamente cinematográfica en Portugal.

A pesar de su tardío nacimiento, el cine portugués comenzó bien su andadura con este melodrama de tintes subidos, y prosperó aún más con la difusión que, en 1920, logró la publicidad de la época al anunciar a bombo y platillo el ambicioso proyecto de los estudios que se proponía a continuación la Invencible. Se trataba de la adaptación de tres célebres novelas del siglo XIX, tituladas Os fidalgos da casa mourisca (Júlio Diniz), Amor de perdição de Camilo Castelo Branco y O primo Basilio (Eça de Queiroz). Los tres proyectos iban a ser dirigidos por Pallu.

Os fidalgos (1920) y Amor de perdição (1922) se consideran verdaderas superproducciones para la época, cada una de ellas de casi tres horas de duración y con unos presupuestos enormes. Las dos se realizaron con textos literarios no originales, lo que lastró el trabajo de dirección de Pallu, convencional y poco convincente. Por su parte, Amor de perdição fue un anticipo de la película que Manoel de Oliveira dirigiría cincuenta y siete años después, basada en la misma novela (y fue entonces cuando llegó a ser distribuida en Estados Unidos). Os fidalgos tiene una nueva versión en cine sonoro, de 1938, que es menos conocida. Amor de perdição supuso la revelación de la actriz Brunilde Júdice.

EL PRIMER «CINE NUEVO» (1925-1931)

El 28 de mayo de 1926, un golpe de Estado puso fin a la República parlamentaria para instaurar en su lugar la dictadura militar. Siguieron dos años de confusión, con una serie de reacciones contrarias al régimen golpista, y una situación económica muy próxima a la de bancarrota. En 1928, Antonio de Oliveira Salazar, profesor de la Universidad de Coimbra, aceptó formar parte del Gobierno como ministro de Economía, con plenos poderes. «Sé perfectamente lo que quiero y adonde quiero llegar», aseguró en uno de sus primeros discursos. Lo sabía, en efecto, y lo hizo. Cuatro años después era jefe de Gobierno. En 1933, con una votación en la que la abstención fue contabilizada como votos a favor, Salazar hizo que se aprobara la segunda Constitución de la República, corporativa, antiparlamentaria y antiliberal. Se iniciaba así el llamado «Estado Nuevo», una forma de gobierno que, fascista o no, estaba inspirada en el fascismo de Musolini, a pesar de que algunos se engañaran argumentando que si era un gobierno fascista, lo era no obstante sin movimiento fascista. Lo cierto es que desde 1928 hasta 1968 Salazar fue el jefe indiscutible e indiscutido en un país con un gobierno de partido único, con represión de la libertad y de los derechos fundamentales.

Maria do Mar (1930), de Leitão de BarrosA partir de 1927 fue apareciendo una nueva generación de cineastas conformes, en su mayoría, con las directrices del partido único. Ellos fueron los que comenzaron a preconizar, en los periódicos y en las revistas especializadas, un nuevo cine que estuviera a la altura del nuevo Portugal. La figura más emblemática no fue otra que la de Leitão de Barros, quien, después de sus inicios en el cine al final de los años diez, sobresalió como periodista y escritor de teatro. A su alrededor gravitaron algunos jóvenes cinéfilos entusiastas del vanguardismo francés, lo mismo que del conocido expresionismo alemán y, curiosamente, también del cine soviético, que continuó viéndose en Portugal  hasta el año 1935.

Con Nazaré, praia de pescadores (de 1927, aunque proyectada en 1929), Leitão de Barros inició una muestra de la vida en una pequeña aldea de pescadores. Con la colaboración de Costa de Macedo, realizó a continuación una de sus películas más maravillosas, Maria do Mar (1930), de una belleza admirable en su plasticidad, muy influida por el cine ruso (que Barros había conocido en diversos viajes por Europa). De Maria do Mar, con su dramática coral, se puede decir que es la más grande obra del cine mudo portugués de ficción, superada sólo por otra película de la misma época, titulada Douro, faina fluvial.

Fue Lopes Ribeiro quien descubrió esta otra película, Douro, faina fluvial, dirigida por el entonces joven Oliveira y rodada en las calles de Oporto entre 1929 y 1930. Inspirándose en la película de Walter Ruttmann, Berlín, sinfonía de la gran ciudad (1927), Oliveira superó el modelo establecido hasta entonces y logró realizar una gran obra —la primera— que el tiempo no ha hecho desde aquella fecha sino engrandecer.  Hoy podemos afirmar que ese documento cinematográfico sobre la vida de la gente de la pequeña ciudad del cineasta es la primera impronta de la comedia humana que estaba por realizar, y que ya entonces se mostraba marcada por lo efímero y la frustración.

Con Douro y con Maria do Mar el cine portugués registró sus primeras obras clásicas, que llegaban después de cuatro años de transformaciones sorprendentes. Si existiera una época milagrosa en el cine portugués, sería ésta, la de los últimos años del cine mudo.

Esto tuvo también su reflejo en la crítica cinematográfica. A comienzos de los años treinta, la única revista de cine existente en el mundo exhibía en la portada el famoso lema The Only Magazine Devoted to Film as an Art: era la Close Up, dirigida por Kenneth McPherson, y que se editaba en Suiza, aunque su sede estaba en Londres. Entre 1930 y 1933 esa revista inició una columna dedicada al cine portugués, con la firma del crítico Henrique Alves Costa. En 1931, la presentación de Douro, faina fluvial, en un congreso cinematográfico en Lisboa, motivó la publicación de algunos artículos favorables en varios periódicos prestigiosos de Europa.

LA LLEGADA DEL SONORO

En octubre de 1929, Leitão de Barros, Lopes Ribeiro, Chianca de Garcia y Anibal Contreiras fueron nominados por el Gobierno para formar una comisión que se encargaría de estudiar las bases para la creación de una industria cinematográfica portuguesa. La comisión se puso manos a la obra y en 1931 presentó un informe en el que se proponía un poco de todo: la creación de un estudio adecuado para el sonido, medidas proteccionistas de la cinematografía nacional e incluso la creación de una filmoteca. Aparecía en Portugal una generación de personas portadora de todas las soluciones, acaparando para sí todos los poderes (un fenómeno que se volvería a repetir en los años sesenta).

Esa generación preparó al unísono la primera «película sonora nacional», que aunque realizada en Portugal fue sonorizada en Francia. Llevaba el título A severa y fue dirigida por J. M. Leitão de Barros. Como nuevamente sucediera en los mencionados años sesenta, en la realización de esta película quedaron al margen las gentes del mundo del cine de las generaciones anteriores. Fueron utilizadas nuevas técnicas, actores nuevos y un estilo nuevo: se vivió un «momento único» (Chianca) para producir un cine radicalmente nuevo. Era 1931 y todo el mundo parecía estar convencido del éxito de la empresa. La película fue presentada en Francia, con el beneplácito de René Clair.

REALIZACIONES MÁS NOTABLES DE LOS AÑOS TREINTA

En junio de 1932 nació la Tobis portuguesa, un proyecto cuyo objetivo era la realización de la primera película sonora que se produciría íntegramente en Portugal. La cinta, titulada A canção de Lisboa (1933), sirvió de inspiración para todas las comedias que llegarían a continuación, en los años treinta y cuarenta.

Uno de los candidatos de! proyecto parecía ser Chianca de Garcia, quien, desde que produjera Ver e amar, sólo pensaba en realizar un «musical» portugués. Pero el director elegido para la empresa (el único largometraje que llegó a dirigir), fue Cottinelli Telmo, a quien todos consideraban en aquel tiempo el mejor arquitecto de su generación, el hombre de las obras monumentales del Estado Nuevo.

A canção de Lisboa (1933), de Cottinelli TelmoLa gran novedad de la película corrió a cuenta de la elección de los intérpretes, que lograría lanzar a la fama a una de las figuras de mayor relevancia del teatro cómico: la intérprete de la protagonista principal, Beatriz Costa. Su inolvidable capacidad de improvisación la había convertido en la vedette más popular del teatro ligero. Al lado de Beatriz Costa se reunieron los grandes actores de la comedia del siglo: Vasco Santana, António Silva y Teresa Gomes. Gracias a ellos, A canção de Lisboa representa toda la gama de los personajes del género —el estudiante paupérrimo, la ingenua de respuesta rápida, el comerciante bribón y simpático, y la tía rica—.

La película logró inmortalizar asimismo la canción A agulha e o dedal. A canção fue en definitiva un nuevo éxito del cine portugués, pero cuya continuidad no llegaría hasta al final de la década.

A canção da Terra (1933), de Jorge Brum do Canto

Suscitó asimismo gran interés la primera película de Antonio Lopes Ribeiro, Grado bravo (1934), realizada con actores y personal judíos escapados de la Alemania de Hitler. Maria Papoila (Barros, 1937) es un melodrama agridulce que mantiene el tempo magistralmente. En ella intervino Minta Casimiro, una actriz que, lamentablemente, fue poco tenida en cuenta en el mundo del celuloide. A canção da terra, realizada en la isla de Puerto Santo, en el archipiélago de Madeira, por Jorge Brum do Canto, es una obra muy singular de la misma época, en la que la sensualidad morbosa y el animismo panteísta le confieren una reputación que, durante decenios, la ha eximido de todo sarcasmo y crítica de la denominada «burla nacional».

Con el populismo de A canção de Lisboa, el tono melodramático de Maria Papoila y el naturalismo convulso de A canção da terra, el cine portugués de los años treinta logra sus tres obras más importantes.

LOS AÑOS CUARENTA: COMEDIAS POPULARES Y EXALTACIÓN NACIONALISTA

Aniki-Bobó (1942), de Manoel de Oliveira

La gran película de la productora Lopes Ribeiro, más allá de sus típicas comedias y de la segunda adaptación de Amor de perdição (1943), fue Aniki-Bobó (1942), el primer largóme traje rodado por Oliveira, y que supuso todo un desafío para el productor por su indudable calidad, comparable sólo a la de Douro.

Después de Douro, Oliveira había preparado varios proyectos de películas de marcado carácter ambiental, pero no lograba el apoyo suficiente para su realización. Fue una época en la que se limitó a dirigir algunos documentales de compromiso. Cuando Ribeiro le propuso su idea, le entusiasmó y decidió construir la película sobre una adaptación de Rodrigues de Freirás, publicada en la revista literaria más prestigiosa del momento, Presento, y que dirigía José Regio, la persona que sin duda más influyó en Oliveira.

Aniki-Bobó fue interpretada por niños y rodada casi completamente en exteriores. Estas características llevan a pensar en ella como en una precursora del neorrealismo, en especial de Sciuscià (El limpiabotas, 1946), de Vittorio de Sica. Sea como sea, el hecho es que la película no podía estar más lejos de la preocupación social del neorrealismo, ya que nos presenta, por encima de todo, una reflexión sobre el miedo y la culpa, sobre el deseo y la transgresión. El hecho de que los amores sean infantiles, como lo son las tentaciones, realza la perturbación típica de una obra onírica, dominada por la presencia y la mirada de una muñeca, que en el conjunto de la película simboliza el sexo y el pecado. La última toma es la más inquietante: la pareja de niños vuelve a casa llevando de la mano a la muñeca que simboliza tanta culpabilidad, como si fuera una pareja que lleva de la mano a su hija.

Aniki-Bobó debía representar a Portugal en la Mostra de Venecia de 1942, pero lamentablemente no pudo ser así, y ello impidió que la película fuera adecuadamente valorada en aquel momento. La cinta fue mal acogida en Portugal, y sólo mucho tiempo después llegaría a ser reconocida en el extranjero y valorada como una de las obras más grandes del cine mundial de los años cuarenta.

Su lugar en Venecia lo ocupó Ala-Arriba!, un proyecto de Antonio Ferro que, la verdad sea dicha, demostró ser un gran cineasta. Ferro encargó a Barros la realización de una nueva versión de Maria do Mar, esta vez con pescadores de Povoa do Varzim. Como ya había sucedido con otras películas, la nueva versión no logró la fuerza que tenía Maria do Mar, aunque sí el reconocimiento de la Mostra, que le concedió un premio y homenajeó a Barros, reservándole el privilegio de compartir aquel año, 1942, el cuadro de honor de la Mostra con Goebbels y el conde Volpi.

Finalizada la II Guerra Mundial, Portugal intentó presentarse en el primer Festival de Cannes (1946), después de haberlo logrado en la última Mostra de Venecia de la Italia de Musolini, pero no lo consiguió.

Por otra parte, en la primera década del régimen franquista, los gobiernos «hermanados» de Franco y Salazar intentaron una política sistemática de coproducción de películas, o al menos, de realización de películas en versiones simultáneas español-portugués, con el propósito de conquistar el mercado de la península Ibérica y el latinoamericano en ambas lenguas. (En efecto, durante los años treinta y cuarenta, la mayor parte de la producción cinematográfica portuguesa había sido distribuida también en Brasil —además de en las colonias africanas—, aprovechando la identidad de lengua y la popularidad de algunos actores, que eran muy queridos por el público brasileño).

LOS LÚGUBRES AÑOS CINCUENTA

En los años cincuenta, algunos de los historiadores y críticos de cine de renombre hablaron favorablemente de la película Douro, de Manoel de Oliveira, haciendo también alguna mención de Barros y de Jorge Brum do Canto.

Después de un viaje a Alemania, en el que se familiarizó con el uso cinematográfico de los colores, Manoel de Oliveira volvió al cine (habían pasado catorce años de Aniki-Bobó) con un cortometraje titulado O pintor e a cidade (1956). Se trata de un magnífico documental de la ciudad de Oporto, que inauguraba una nueva etapa en la cinematografía de Oliveira, marcada por el predominio de tomas largas. La película fue aclamada unánimemente, algo que no le volvería a suceder con la misma intensidad al realizador en toda su carrera.

Para el Estado, la televisión —una novedad del año 1956— era un medio más importante que el cine, de modo que éste debía quedar supeditado a aquél. Consecuente con este principio, la televisión reclutó a los «parados» del mundo del cine de los años cuarenta, e intentó sobre todo formar en el extranjero (Londres y París) a un grupo de jóvenes que, aunque menos conocidos, fueran más sumisos a sus consignas. Pero lo cierto es que la mayoría de ellos no volvió, pues a partir de 1956 pudieron disfrutar de unas becas que otorgaba la recién nacida y riquísima fundación Calouste Gulbenkian (una institución privada, creada por uno de los grandes magnates del petróleo, que había establecido su residencia en Portugal en 1940 y que a su muerte donó toda su fortuna a la fundación). Esos jóvenes fueron los hombres que, de allí a un lustro, crearon el segundo nuevo cine portugués.

EL SEGUNDO NUEVO CINE, 1962-1974

L a «campaña de descrédito» de la que se lamentaban los productores y cineastas de los años cincuenta y la campaña a favor de un cine que recomenzara de cero, impulsada por la mayoría de la crítica politizada del momento, fueron la base de la película Dom Roberto (1962), que dirigió el crítico de arte y responsable editorial de la revista Imagem José Ernesto de Sousa. La película fue financiada por una cooperativa creada al efecto, en la que intervinieron casi todos los nuevos escritores, pintores, arquitectos y críticos de cine de aquella época. Claramente inspirada en el neorrealismo y en las primeras obras de Fellini, Dom Roberto contaba una historia de payasos y saltimbanquis que no aportó nada nuevo a lo que ya hiciera Manuel Guimarães con sus películas de comienzos de la década anterior.

Os verdes anos (1963), de Paulo Rocha

Tras la decadencia de los años cincuenta, el impulso decisivo llegó de la mano de un becario de la IDHEC, llamado Antonio da Cunha Telles. De regreso a Portugal después de una estancia en París de cuatro años (1956-1961), Cunha Telles dirigió un curso de cinematografía, con el que el Gobierno pretendía demostrar la eficacia de su injerencia, al mostrar sus buenas relaciones con algunos de los hombres de los Cahiers de París (Pierre Kast, Doniol-Valcroze, etc.). Con un discreto patrimonio y mucha audacia, en 1962 Cunha Telles anunció la creación de una nueva sociedad de producción cinematográfica llamada Produções Cunha Telles, con la clara intención de dar a Portugal un cine nuevo. Y se volvió a repetir el mismo fenómeno que en los años treinta: que toda una serie de nombres nuevos quedaron aglutinados a su alrededor, y en especial los de Paulo Rocha, Femando Lopes y José Fonseca. La nueva generación manifestó su voluntad de «destruir» las generaciones precedentes, utilizando como rampa de lanzamiento la prensa especializada y guiándose por la firme convicción de poder proporcionar a su país el cine moderno que aún no tenía. Entre los «antiguos», el nuevo cine portugués recuperó sólo a Oliveira, lo mismo que un par de películas de Barros y una de Canto.

El primero en abrirse camino fue el también becario de la IDHEC Pauto Rocha, que había sido ayudante de Renoir en Le strane licence del Caporale Dupont (1962). Con Produções Cunha Telles, Rocha realizo en 1963su ópera prima, Os verdes anos, con diálogos de Nuno Bragança. Fue sin duda una de las películas de gran influencia en el renacimiento del cine portugués. El tema se basa en una historia de amor desgraciado entre una camarera y un aprendí: de zapatero que acaba de llegar a la capital. En este sentido se puede apreciar una cierta similitud con Maria Papoilaa. Pero Os verdes anos daba la espalda a cualquier tipo de moraleja final. Apareció así un lenguaje nuevo, privado de retórica y carente de autocomplacencia. La película estaba ambientada en Lisboa, principalmente, que aparecía en la cinta como una ciudad sórdida, gris y muy triste, hasta el punto de que casi fuerza a los personajes al trágico epílogo final. La modernidad de la película la alejaba tanto del romanticismo tardío como de !a ironía típica de Eça de Queiroz, a la vez que evitaba la lágrima fácil o la falacia: el llanto es interior, la ironía es tétrica y terriblemente amarga. Os verdes anos es la película que más acertadamente consigue mostrar Lisboa y Portugal como un lugar de frustración, claustrofóbico, donde todo agoniza y se pudre en una muerte lenta. La película goza, sin embargo, de la belleza escénica de la debutante Isabel Ruth, figura de relieve en un reparto en el que todos eran nuevos, incluso los técnicos y los colaboradores principales.

La siguiente película fue Belarmino (1964), primer largometraje de Fernando Lopes. Adaptando algunos procedimientos del cinema-verità, la película retrata la vida del púgil Belarmino Cardoso, fallido aspirante a campeón. En ella, una voz en off persigue implacablemente la memoria de su triste carrera. Pero por encima de todo, es una película sobre la lucha de un personaje contra un ambiente. En esta obra prevalece, como en el caso de Rocha aunque de forma distinta, la llamativa presencia de la ciudad de Lisboa de los años cincuenta, magistralmente fotografiada por el gran Augusto Cabrita.

Como ya sucediera con otras producciones cinematográficas del pasado, fue acogida con moderación en Portugal, pero con mucho mayor entusiasmo en el extranjero. En esta ocasión, sólo una nueva crítica, mejor preparada e instruida desde el punto de vista cinéfilo, la ensalzó en Portugal con orgullo. «Son las dos primeras obras que una nueva generación se atreve a reivindicar», escribió el futuro cineasta Alberto Seixas Santos, quien, con Antonio Pedro Vasconcelos y João César Monteiro, era uno de los críticos más polémicos de la época.

Aquellos años fueron también, como si de una milagrosa coincidencia se tratara, los del regreso de Oliveira con un cine de ambiente y de ficción. La campaña del decenio precedente, en la que se criticó la inactividad de Oliveira, dio su fruto, y en 1959 el veterano realizador presentó O Pao. Por primera vez en su carrera, Oliveira recibió ayuda del Fundo do Cinema Nacional para esta producción.

Y gracias a esas mismas ayudas, el director consiguió realizar a continuación el largometraje O acto da primavera, y el mediometraje A caça. Ambas se estrenaron el mismo año de Os verdes anos (1963).

Domingo a tarde (1965), de António de Macedo

O acto da primavera recuperaba un texto teatral del siglo XVII, una Pasión de Cristo representada por Pascua en la región montañosa de Curalha, a cargo de los habitantes del lugar, cuyos ancestros habían logrado mantener el texto mediante una transmisión oral inmemorial. A excepción del prólogo y del epílogo, la película recoge íntegramente esa representación, sin pretender hacer una reconstrucción de los hechos, sino presentándolo en su propio mundo, como él se representa a sí mismo. A día de hoy, se puede decir que, al margen del Vangelo de Pasolini {1964), O acto da primavera es la mayor expresión de «cine-poesía» y preludio del «cine de la palabra» que llegaría a estar tan en boga en la década siguiente. En aquellos años, la mayor parte de la crítica entendió que O acto era un punto de llegada, el último eslabón de las grandes producciones de Oliveira, y sólo una refinada minoría advirtió que se trataba de un punto de partida, preludio de los futuros logros de Oliveira, y de gran parte del mejor cine portugués de los años sesenta y setenta.

Por su parte, A caça fue una de las películas de Oliveira más próximas a las de Buñuel por su humor negro. En ella contaba la historia de un muchacho que está siendo engullido por un pantano enfangado. La falta de solidaridad de su entorno hace el resto. «Echenme una mano», suplica desesperadamente el joven y aparece un manco que le tiende lo que le queda de brazo, consiguiendo que se hunda aún más en el fango. La censura de la época impuso al cineasta un «final feliz», obligándole a añadir una secuencia en la que el protagonista salvará su vida. A pesar de eso, no se logró impedir que la película mostrara con toda crudeza un terrible escarnio,  Las películas de Oliveira y la de Rocha dieron origen a una serie de artículos publicados en la prensa internacional sobre el cine portugués y, en particular, sobre la carrera profesional de Oliveira. Por primera vez: en la historia se puede decir que empezaba a existir una cierta, aunque modesta, atención hacia el cine lusitano, una atención que se acentuó con las siguientes producciones de Telles: Domingo a tarde (1965), el primer largo me traje de Macedo, autor de varios ensayos teóricos sobre la evolución del cine en su país; y Mudar de vida (Rocha, 1966), En ambas reaparecía Isabel Ruth en el papel de la protagonista.

Las películas de Oliveira y la de Rocha dieron origen a una serie de artículos publicados en la prensa internacional sobre el cine portugués y, en particular, sobre la carrera profesional de Oliveira. Por primera vez: en la historia se puede decir que empezaba a existir una cierta, aunque modesta, atención hacia el cine lusitano, una atención que se acentuó con las siguientes producciones de Telles: Domingo a tarde (1965), el primer largo me traje de Macedo, autor de varios ensayos teóricos sobre la evolución del cine en su país; y Mudar de vida (Rocha, 1966), En ambas reaparecía Isabel Ruth en el papel de la protagonista.

La primera es una adaptación del romance homónimo del escritor neorrealista Fernando Namora. La segunda, Mudar de vida (un tema de Antonio Reis, bien conocido como poeta, y principiante en un arte en el que llegaría a ser una de las figuras principales), es una extraordinaria película, un réquiem lacerante sobre un país, Portugal, demasiado involucrado en las guerras coloniales e incapaz de sobreponerse a tal esfuerzo, como también lo son los protagonistas, radicados en una miseria ancestral de la que no logran huir. Ninguna de estas películas, sin embargo, llegó a ser reconocida en Portugal.

A lo largo de este decenio, en los festivales y revistas especializadas (y muy particularmente en Cahiers du Cinema), la renovación del séptimo arte portugués quedó asociada no sólo a Oliveira, sino también a Paulo Rocha, Fernando Lopes, José Fonseca y Costa y Antonio da Cunha Telles. Os verdes anos (1963) logró la Palma de Plata del Festival de Locarno de 1964, imponiéndose a personalidades del cine como Pasolini o Clive Donner. En ese mismo año, la filmoteca de Lausana rindió un homenaje a Oliveira, con ocasión de la presentación de O acto da primavera (1962) y A caça (1963).

DE LOS AÑOS DE LA REVOLUCIÓN A LA «NORMALIZACIÓN»: 1974-1982

De entre «las películas Gulbenkian», una en particular fue premonitoria de la Revolución de abril de 1974 —e l histórico golpe militar que puso fin a cuarenta y ocho años de régimen dictatorial—: Brandos costumes, primer largometraje de Alberto Seixas Santos. Fue proyectada en 1975, aunque ya estaba preparada en abril del año anterior. Brandos costumes proponía una relación típica entre una familia de la pequeña burguesía portuguesa (padre autoritario, madre sometida e hijos frustrados) y el país, personificado en Salazar como «imagen paternal». La crisis de la familia coincidió con la muerte de Salazar, de ahí que la película incluyese muchas imágenes documentales de los funerales del dictador. Más allá del intento de demostrar que el régimen, como la familia, no puede sobrevivir tras la muerte del padre, el epílogo de la película presentaba un golpe militar, tan improbable en la ficción como lo parecía en la realidad. Sin embargo, el golpe militar sucedió en la realidad, y sólo gracias a eso la película se pudo proyectar en todo el país, ya que la censura nunca lo hubiera permitido.

También se puede decir que la película, concebida con mucho rigor histórico y teórico, presumiblemente marxista (no ortodoxo), inauguró, como premonición y preanuncio de la Revolución de abril, un prolífico filón de películas políticas del período posrevolucionario.

En un principio, tanto en el cine como en la vida real, prevaleció un clima de gran euforia tras la caída del antiguo régimen. La «Unidad de los cineastas» —así se proclamaba también la del pueblo entero— ocupó el centro del poder cinematográfico. Exigieron y lograron la abolición de la censura y salieron a la calle a filmar la apoteosis que reflejaba el final del «fascismo». Todos los hombres del nuevo cine, a excepción de Oliveira, Paulo Rocha y Reis, se unieron para realizar el gran documental As armas e o povo (1974), una película colectiva que contó con la colaboración de Glauber Rocha, uno de los primeros cineastas revolucionarios del país.

Al margen de este trasfondo político, y en el polo opuesto, se encontraba la película O construtor de anjos (1978), realizada por el pintor Luís Noronha da Costa. Reconocido entre los grandes artistas portugueses del siglo XX, en los años setenta este pintor prosiguió su carrera en el cine, realizando películas «personalistas», muchas de las cuales eran experiencias propias. La única de sus producciones realizada con medios no propios fue el título ya mencionado, una obra de fantasía en la que el autor superaba la pintura romántica y simbolista en un mundo propio, que recuerda a Murnau, a Hitchock y a las películas inglesas de Hammer.

António Reis y su mujer, Margarida Cordeiro, se trasladaron al norte de Portugal para realizar la película Trás-os-Montes. Obra referida a la región del mismo nombre, el documental se transforma en una ficción llena de magia, en uno de los ejemplos más bellos del cine de transfiguración. Lo ancestral y la modernidad se funden en un mundo propio, caracterizado por una fuerte carga onírica, que se manifestaría más adelante en Ana (gran premio del Festival de Valladolid de 1982).

Poco tiempo después (1978), Oliveira terminó la tercera adaptación de Amor de perdição, una película de cuatro horas de duración que reproduce, casi palabra por palabra, la novela del siglo XIX. Esta es una fecha histórica para la relación entre cine y literatura.

Trás-os-Montes (1976), de Antonio Reis y Margarida Cordeiro

La presentación, casi simultánea, de las películas de Reis y Oliveira en Europa (Italia y Francia principalmente) supuso la revelación internacional del cine portugués, pues la crítica más exigente proclamó las dos películas como las obras cinematográficas más importantes de los años setenta. Y a sus setenta años, Oliveira fue proclamado finalmente como uno de los grandes cineastas europeos, situado a la altura de la figura emblemática de Reis.

En Portugal, sin embargo, las dos películas suscitaron cierta polémica. Fueron tachadas de fascistas, aburridas c insulsas. Comenzó entonces una revalorización del cine de los años treinta y cuarenta, como algo verdaderamente comprensible y accesible «a toda la gente». Y así, la película Kilas, o Mau da Fita (1980) se promocionó con el eslogan: «¿Por qué el cine portugués tiene que ser tan aburrido?». Con ella, Fonseca y Costa dieron una nueva orientación a su obra. El protagonista fue Interpretado por otro de esos actores provenientes del teatro, llamado Mario Viegas. La película tuvo un gran éxito de público y superó, por primera vez desde los años cuarenta, los cien mil espectadores.

Una cifra que poco tiempo después fue alcanzada, e incluso superada, por películas como A vida é bela? (Galvao Teles, 1982), un musical de revista, que daba la espalda al radicalismo revolucionario precedente; y Cerromaior (Luís Filipe Rocha, 1980); O reis das berlengas, del veterano Artur Semedo; y también con Manhã submersa (1980), adaptación de la novela homónima de Vergílio Ferreira, que dirigió e interpretó el crítico Lauro Antonio.

Pero aún persistía el interés por el cine de autor. En 1978, João César Monteiro presentó Veredas, una película que entrelaza su propio mundo con el de los dichos populares de su país. Jorge Silva Melo, actor y diseñador de teatro, y Luís Miguel Cintra, ambos fundadores de la compañía Cornucopia, reaparecieron a la sombra de la Revolución con Passagem ou a meio-caminho (1980).

En fin, como conclusión de ese período cabe señalar la película-ensayo de Gestos e fragmentos (1983), de Seixas Santos. Una producción sobre la Revolución portuguesa basada en el testimonio de tres entrevistados: Otelo Saraiva de Carvalho (estratega del 25 de abril), Roberto Kramer (cineasta revolucionario) y Eduardo Lourenço, autor de ensayos de la intrincada historia reciente de su país. Gestos e fragmentos puede considerarse como la obra culminante del recuerdo sombrío de la Revolución. En esos años, el cine portugués había dejado de ser obra de un movimiento o de un grupo de personas, aunque n o dejara de haber toda una serie de disputas entre los que entendían el cine como un arte y los que lo concebían como medio de diversión.

A partir de 1982 comenzó la aventura individual de algunos cineastas, que emprendían un camino que les iba a caracterizar cada vez más singularmente dentro del panorama cinematográfico mundial. Para algunos, ellos llegarían a revelar una de las cinematografías más fascinantes de los años ochenta y noventa.

LA ¿VANAGLORIA? DEL CINE PORTUGUÉS: 1982-2000

Después de algunos grandes éxitos comerciales como Kilas, sem sombra de pecado (Fonseca y Costa, 1982), con Mario Viegas y Victoria Abril, Os abismos da meia-noite (Macedo, 1984), y sobre todo O lugar do morto (Vasconcelos, 1984), que superó ampliamente la cifra de  trescientos mil espectadores y se convirtió en la película más taquillera de la historia del cine portugués, la mayoría de la gente comenzó, mediados los años ochenta, a reclamar más producciones de ese tipo, e n detrimento de películas consideradas como «de entendidos» o para ser presentadas en festivales, películas que «nadie querría ver» o que, en muchos casos, ni siquiera llegarían a proyectarse en los cines (una treintena de largometrajes producidos entre 1976 y 1996 permanecieron, en efecto, en los archivos de la IPC).

Después de la transformación de la IPC en IPACA, y con la intervención del canal privado de televisión SIC (creado en 1991, año en el que apareció en Portugal la televisión privada con la concesión de dos canales), el país, de la mano del productor Tino Navarro, volvió a contar con grandes éxitos de público, después de una sequía de casi diez años (1985-1995). Gracias a él se produjeron películas como Adão e Eva (Joaquim Leitão, 1995), con Maria de Medeiros y Joaquim de Almeida, cuya popularidad internacional lo ensalzó como uno de los grandes personajes cinematográficos del periodo comprendido entre 1985-1999; Adeus, pai (Luís Felipe Rocha, 1997); Tentação (Joaquim Leitão, 1998); Pesadélo cor de rosa (Fernando Fragata, 1998); Zona J (Leonel Vieira, 1998). A este elenco podría añadirse (aunque en esta ocasión financiada por la SIC) Jaime (Vasconcelos, 1999).

Después del éxito logrado con Francisca, en 1982 Oliveira recibió una pequeña subvención para producir Visita ou memórias e confissões, una película claramente autobiográfica, considerada por muchos como su obra postuma (el director deseaba inicialmente que se proyectara sólo después de su muerte).

Pero cuantos pensaban que la carrera cinematográfica de Oliveira había llegado a su fin, se equivocaron, pues en 1985 el realizador presentó la película más ambiciosa de su carrera. El proyecto era al mismo tiempo el desafío más ambicioso de Paulo Branco, por tratarse de la adaptación literal de la obra teatral de Claudel titulada Le soulier de satín, de casi siete horas de duración. La película fue coproducida por Francia y recibió una ayuda de la empresa americana Cannon. Esta obra magna, en todos los sentidos de la palabra, le valió a Oliveira el León de Oro de Venecia. En adelante, el realizador fue considerado, y lo continúa siendo hoy en día, como un cineasta sin igual. A sus setenta y seis años, cuando trabajaba en Le soulier, había dirigido ya ocho largometrajes a lo largo de cincuenta y cuatro años de actividad profesional, a los que cabía añadir otros doce en los años sucesivos. En la actualidad, con sus noventa años de edad, Oliveira está trabajando en una nueva película.

A divina comedia (1991), de Manoel de OliveiraEntre sus realizaciones últimas, se cuenta Mon cas (1986), dirigida en Francia, con Luís Miguel Cintra y Bulle Ogier, y en la que tunde el mundo bíblico (la historia de Job) con el del escritor José Regio (suya es la obra teatral O meu caso) y el de Beckett. Mon cas es una alegoría sobre la condición humana y la del cineasta, que culmina con la recreación de la ciudad ideal de Piero de la Francesca.

Os canibais (1988), basada en una obra escrita para el cine del compositor João Paes, termina con un festín antropófago, que nuevamente recuerda a Buñuel; esta película marcó el debut de la actriz Leonor Silveira, que en adelante tendría una presencia emblemática en otras producciones del maestro.

Non, ou a vã glória de mandar (1990) es una meditación en forma de réquiem sobre la historia de Portugal centrada en los grandes desastres, desde la derrota sufrida por los invasores romanos antes de Cristo hasta el 25 de abril. N o es una de las principales obras de Oliveira, pero él siempre ha sostenido que su carrera cinematográfica no habría sido La misma de no haber realizado esta película.

A divina comedia (1991), inspirada en Dostoievski y no en Dante, se desarrolla en un manicomio en el que los enfermos se creen personajes históricos o literarios; Mario Viegas, la gran pianista Maria João Pires, Maria de Medeiros, además de Luís Miguel Cintra y Leonor Silveira, fueron algunos de los intérpretes de esta extraña versión de El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1919-1920); la película obtuvo el premio especial del jurado en Venecia.

O día do desespero (1992) es una de las películas más austeras y radicales del cineasta, en la que muestra la vida de Camilo Castelo Branco y los últimos días previos a su suicidio.

Vale Abraão (1993) es quizá su obra más aclamada, e n una versión —que ha llegado a nuestros días en portugués— de Madame Bovary deFlaubert.

A caixa (1994), una vez más en la línea de Buñuel, es una historia acerca de la existencia sórdida de algunos «olvidados» de Lisboa.

O convento (1995) es una nueva adaptación de un romance de Agustina Bessa Luís, en la que Oliveira comenzó a dirigir a estrellas internacionales del cine; en esta ocasión se trataba de Catherine Deneuve y John Malkovich.

Party (1996) es una película que, como la anterior, acepta la división de los sexos como «parte de una parte que fue un todo», en una personal interpretación del Fausto de Goethe (los protagonistas son Michael Piccoli e Irene Papas).

Viagem ao princípio do mondo (1997) es una película sobre el origen del hombre, interpretada por Marcello Mastroianni en su último papel.

Inquietude (1998), de nuevo con Irene Papas, es la adaptación de tres historias negras que se entrelazan de una forma un tanto tétrica.

La lettre (1999), una versión moderna de la Princesa de Clèves, con Chiara Mastroianni y el cantante portugués de música pop Pedro Abrunhosa, obtuvo el premio especial del jurado de Cannes.

Y por último, Palavra e utopia (2000), en la que Oliveira narra la vida y obra del jesuíta Antonio Vieira, el mayor escritor en prosa portugués del siglo XVII.

Gracias a Oliveira, los términos «oliveiriano» y «oliveirianismo» forman parte del léxico cinematográfico actual. Homenajes y premios de todas las partes del mundo coronan la singular obra de este autor, que es no sólo un monumento de la cultura portuguesa, sino una de las principales obras cinematográficas del mundo, difícil de igualar. «Bastaría con Oliveira para justificar todo el cine portugués», se ha dicho en referencia a esta oeuvre que va desde 1931, con Douro, faina fluvial, hasta el 2000, con Palavra e utopia.

Después de Silvestre, João César Monteiro dirigió A flor do mar (1986), con la que ganó un prestigioso premio en Salsomaggiore. Pero la película fue ignorada en Portugal, donde ni siquiera fue exhibida.

No sucedió lo mismo con Recordaç oes do Casa Amarela (1989), galardonada con el León de Plata de Venecia, con la que Monteiro fue muy laureado a nivel internacional, llegando a ser considerado por muchos como un «cineasta de culto». En esa película, Monteiro también aparece como actor principal, interpretando a João de Deus. Este personaje reaparece en otras de sus obras como O último mergulho (1992) y A comédia de Deus (1995), ganadora también del León de Plata de Venecia, y Le bassin de John Wayne (1997) o As bodas de Deus (1999).

Paulo Rocha presentó en Venecia (1984) el documental A ilha de moraes, la segunda parte de la obra maestra titulada A ilha dos amores, aquella coproducción lusonipona seleccionada en Cannes en 1982 y que fue considerada por un crítico japonés como «la unificación de la memoria colectiva de la humanidad».

Poco después realizó la película más costosa y ambiciosa de su carrera: O desjado o as montanhas da lua (1987, seleccionada en Venecia), en la que establecía un paralelismo entre el mito portugués del sebastianismo y el de don Juan. Algunos la han considerado una obra maestra, mientras otros piensan de ella que es una película bastante irregular y menos impactante que otras producciones de Rocha. El cineasta pagó ese relativo fracaso con una «peregrinación por el desierto», que nada tenía sin embargo de extraño, habida cuenta de la franqueza con la que se enfrentaba a la política del Gobierno portugués de los años 1991-1995.

Después de realizar unos magníficos documentales sobre las vidas de Oliveira e Imamura, y tras varias películas experimentales, Rocha volvió a estar en alza gracias a O rio do ouro (1998, seleccionada en Cannes). En la actualidad está terminando de dirigir A raiz do coração, una película que muestra hasta el extremo el escarnio de la comedia lisboeta y el trasfondo musical asociado a la misma.

Portugal cuenta con otros directores de cine más jóvenes, que también ocupan un lugar importante en el panorama cinematográfico más reciente del país. Quizá el más conocido sea João Mário Grilo, que se consagró con Precesso al re (1989), una reconstrucción del escabroso proceso en el que Pedro II arrebató a su hermano, el rey Alfonso VI, el trono y su mujer. Esta obra puede considerarse como la más «oliveiriana» de esta generación, por su hieratismo y rigor. Otras películas que muestran similares características forman parte de la serie de los «cuattro elementi» (O fim do mundo, 1993), Os olhos da Asia (1997), sobre los primeros japoneses convertidos al cristianismo en el siglo XVI, y Longe da vista (1999), filmada íntegramente en el interior de una prisión, como una metáfora del mundo contemporáneo.

Pero la mayor revelación de estos últimos años ha sido otro antiguo alumno de la Escuela Superior de Cinematografía, llamado Pedro Costa. Se dio a conocer con O sangue (1990), que recrea, en un magnífico blanco y negro, la visión del mundo de dos niños, mostrando su asombro, su miedo, las amenazas que sienten y su soledad. Es una película comparable con La noche del cazador (Charles Laughton, 1955), o con algunas películas de Tourneur,  milagrosamente poético y púdico a la vez.

En 1994 Rocha se trasladó a la isla del Fuego, donde filmó Casa de lava, una película telúrica y mágica, dura como la pobreza y famélica como el deseo. Su obra más radical fue Ossos (1997, seleccionada en Venecia), filmada en una comunidad timorense de un barrio marginal de Lisboa. Es una representación descarnada de la miseria desnuda y cruda de esa realidad. Después de esta obra, el cineasta, con la ayuda de fieles colaboradores, montó en vídeo una serie que incluye las imágenes más brutales de este final de siglo. En la actualidad está preparando en Francia una película sobre Straub-Huillet.

Después de Pedro Costa, los cineastas más conocidos son Teresa Villaverde Cabral, Joaquim Pinto y Edgar Perea. La primera inició su carrera como directora de cine con A idade maior (1991), siguiendo los pasos de João Botelho. Anteriormente había interpretado el papel protagonista de A flor do mar con Laura Morante. En A idade maior, afronta las reflexiones indirectas de la guerra colonial en la memoria de algunos niños, cuyos padres combatieron en Angola. Su película más conocida, sin embargo, es Três irmãos (1994), con la que la protogonista, Maria de Medeiros, obtuvo en Venecia el premio a la mejor actriz. En 1998, la cineasta presentó a la competición de Cannes Os mutantes, una obra que muestra la miseria, la marginación y la droga de los barrios prohibidos de Lisboa.

La historia cinematográfica de Portugal demuestra que en ese país puede suceder de todo. De hecho, así se podría calificar lo sucedido durante los últimos veinte años. «Un cine que no existe», como se proclamaba hasta los años sesenta, pero que se ha convertido en una cinematografía sin precedentes, tal y como se ha demostrado una y otra vez en los grandes festivales y en los circuitos culturales europeos. «Un cine que no existe», que se ha convertido en uno de los últimos bastiones del cine como expresión artística en cuanto tal, justo en la década en la que en otros países ese tipo de cine estaba en vías de extinción. «Un cine que no existe», y hoy en día se cita inevitablemente como un fenómeno peculiarísimo, sosteniendo la hipótesis, como ha escrito recientemente Michael Frondon, de que Portugal es uno de los países del mundo que posee el mayor número de cineastas de renombre por metro cuadrado… Objetivamente se puede decir que no son muchos los países que cuentan, en este comienzo de siglo, con una veintena de cineastas con obras claras y dignas, y con tres o cuatro de ellos entre los grandes de Europa. Y ya se habla de una nueva generación de cineastas portugueses, aunque por el momento sólo hayan trabajado en cortometrajes o en documentales.

Parafraseando el título de la película de Oliveira No, o la folie gloria del comando, nos podríamos preguntar: ¿será vana esta gloria crepuscular? Siempre aparece alguien en Portugal que opina de esta forma, subrayando que el cine nacional se aleja cada vez más de la producción americana y europea actual; y no hay duda de que ese alguien tiene algo de razón. Pero Portugal, con los medios y las estructuras que posee, ¿podría acercarse cada vez más a ese cine extranjero, sin hacer el papel del pariente pobre ?, ¿o tendría que producir películas que le costasen veinte y hasta treinta veces más de lo que se ha gastado en las películas más caras de su historia? La razón impone una respuesta y sólo una.

Si se considera vana la gloria de los que hoy en día están orgullosos de las películas de Manoel de Oliveira, Paulo Rocha, João César Monteiro, João Botelho, Silva Melo, Seixas Santos, Fernando Lopes, José Álvaro Morais, Pedro Costa, João Mário Grilo y Teresa Villaverde Cabral, ¿no será más vana la gloria de los que se enorgullecen con el caso ejemplar de la cinematografía española, que cada año presenta veinte o treinta películas en los circuitos comerciales europeos, y en aquellos de los países de habla portuguesa? Por lo que respecta a la respuesta, no tengo ninguna duda. Como tampoco la tengo en cuanto al balance global: si el cine es un arte, y para mí lo es, Portugal ocupa un lugar insustituible.

ÍNDICE DE NOMBRES CITADOS EN EL TEXTO

Almeida , Joaquim de, 104
António, Lauro, 103
Botelho, João, 109, 110
Branco, Paulo, 105
Brum do Canto, Jorge, 94, 96, 97
Cabrita, Augusto, 98
Caldevilla, Raúl de, 88
Contreiras, Anibal, 92
Costa, Beatriz, 93
Costa, Pedro, 108,
Cottinelli, Telmo, 93
Cunha Telles, António de, 97, 100
Donner, Clive, 101
Ferro, António, 95
Fonseca y Costa, José, 97, 100, 103, 104
Fragata, Fernando, 104
Garcia, Chianca de, 92, 93
Grilo, João Mário , 108, 110
Guimarães, Manuel, 97
Leitão de Barros, Joaquim, 90, 91, 92, 95, 96, 97, 104
Lopes, Fernando, 97, 98, 100, 110
Lopes Ribeiro, António, 92, 93, 94
Macedo, António de, 100, 109, 110
Mattos, Nunes de, 88
Medeiros, Maria de, 104, 109, 110
Melo, Silva, 110
Monteiro, João César, 99, 103, 107, 110
Morais, José Álvaro, 110
Noronha da Costa , Luís, 102
Oliveira, Manoel de, 90, 91, 94, 95, 96, 97, 99, 100, 101, 102, 105, 106, 107, 108, 110
Pallu, Georges, 8 9, 90
Perea, Edgar, 109
Pinto, Joaquim, 109
Reis António, 102, 103
Rocha, Luís Filipe, 103, 104
Rocha, Gláuber, 102
Rocha , Paulo, 97, 100, 102, 107, 110
Ruth , Isabel, 100
Seixas Santos, Alberto, 99, 101, 103, 110
Semedo, Artur, 103
Sousa, José Ernesto de, 97
Teles, Galvão, 103
Vasconcelos, António Pedro, 9 9, 104
Vieira, Leonel, 104
Villaverde Cabral, Teresa, 109, 110

Todo hombre es un periodista, o no

Don Luis Núñéz me pide que diga uñas palabras sobre el periodismo en este acto de clausura, y yo he aceptado su invitación, aunDque mi osadía no llega al punto de llamar a estas palabras, nacidas de mi propia experiencia profesional, «lección de clausura». ¡Dios me libre de dar lecciones! Si se me permite una exageración a lo Unamuno, «que enseñen ellos». Enseñen ustedes. Yo me voy á limitar a señalar algunas cosas que hoy nos preocupan a los periodistas y a recordar, machacón amen té; que necesitamos periodistas perspicaces e inteligentes, cultos y tenaces, para explicarnos a todos un mundo confuso.

De ahí el título de esta intervención, «Nosotros, los periodistas», que, al final de un congreso que se ha ocupado de cosas tan serias como el derecho a la información, la opinión pública, la redacción periodística, la televisión, la radio, las nuevas tecnologías y la teoría de la información, rio pretende ser más que una reflexión, formulada con cariño y camaradería, pero no siempre con complicidad, sobre los artesanos de la noticia.

¿A qué llamamos periodista? Una vieja definición dice que el periodista es el que escribe la primera versión de la historia. Otra, que el periodismo es la literatura hecha deprisa. El ex presidente de Uruguay, Julio Sanguinetti, que también fue periodista en su juventud -cuando, como él dice, «los informadores éramos producto de la improvisación y la audacia»-, declaró no hace mucho en Madrid, al clausurar un curso de periodismo, que los profesionales de los medios han de ser infatigables intermediarios entre el ruido de la historia y ese flujo interminable que es la vida de las sociedades.

Eso es lo que somos: simples intermediarios. Entre el ruido y la furia de los tiempos difíciles y la necesidad de que las cosas avancen y mejoren. Esta es una profesión que puede resultar fascinante, pero que está llena de frustraciones. No sólo porque no debe llevar ni al poder ni a la riqueza, según Indro Montanelli, sino porque no tiene capacidad para resolver las cosas. Pero, sorprendentemente, cada día atrae a más gente a sus filas. Cualquier universidad que se precie imparte enseñanzas en torno a la Información, a la que entre todos -docentes, estudiantes, periodistas, la propia sociedad- hemos decidido considerar ciencia.

A mí no me molesta que, ante la complejidad de la comunicación en todas sus variantes, se acentúe el rigor en la preparación de quienes van a tener la responsabilidad de administrarla. Pero, precisamente por eso, la propia sociedad debe disponer de mecanismos de control y ser muy exigente en la distinción del grano y de la paja, a la hora de valorar esta tarea.

El grano y la paja: lo que preocupaba al gran periodista Indro Montanelli, que escribió sobre ello lo siguiente: «Para elegir entre miles de noticias -o entre cien ángulos de la noticia- habrá profesionales capacitados. No sé cómo les llamarán. Seleccionadores, quizás. Gente capaz de encontrar la espiga de grano entre la hierba -y perdonen la metáfora agrícola: es una forma de nostalgia-. Y capaces también de explicarla de una forma clara, breve y atractiva. Porque nuestro oficio sigue siendo el de informar interesando».

Porque hemos llegado en este terreno a posiciones realmente confusas. No hace mucho pude leer la intervención de quien se llama director de un periódico digital, en un curso de verano de una universidad importante dedicado a Internet -es sabido el peligro que tienen algunos cursos de verano- en la que, entre otras cosas, aseguró que «Internet nos ha convertido a todos en periodistas o investigadores» y que «las paredes del viejo periodismo han caído». ¿Se imaginan que eso fuera realmente así? ¿Que cualquier individuo con un ordenador en casa y con afición a los chismes pudiese pedir el ingreso en la Asociación de la Prensa de su ciudad? ¿Que llamemos noticia a cualquier cosa que pueda llegarnos por Internet?

Pero parece que con Internet todo tiene que cambiar. La Fundación Auna acaba de publicar un análisis sobre el impacto de Internet en la prensa, del que son autores José M. Cerezo y Juan M. Zafra. En este informe se lee: «La irrupción de Internet ha afectado a la forma de trabajar en los medios y a la propia información. Los hábitos de lectura, acceso y búsqueda de la información del ciudadano también se han visto alterados. Se han abierto las puertas de la información a todo el mundo. Hasta ahora, el profesional de la información era el periodista; en el nuevo medio, con unos pocos conocimientos de edición y acceso a la red cualquiera puede convertirse en informador».

Como en las manifestaciones de solidaridad, aquí todos somos todo. Todos somos informadores. Pero maticemos: todos somos, eso sí, una variante de informadores, como la vecina de una copla de Quintero, León y Quiroga.

¿Qué garantía de auténtica información ofrece Internet? Cerezo y Zafra no ocultan su preocupación: «Los propios periodistas se han visto afectados: dejando que la inmediatez prime sobre cualquier otro aspecto como la veracidad de las fuentes o la redacción periodística; que la primicia informativa sea el valor más importante frente al análisis y la investigación profunda; y, por último, recurriendo a la red para obtener en ella pistas, datos, rumores o confidencias, no siempre contrastadas y en ocasiones carentes de toda veracidad, pero que cada vez con mayor riesgo pueden acabar siendo publicadas en primera página y así elevadas a lo más alto de la información veraz y de prestigio. Internet ha revolucionado, por tanto, la profesión periodística».

Que esta ya veterana profesión sigue atrayendo a los jóvenes es algo que no ofrece demasiadas dudas, aunque las salidas sigan siendo difíciles y el periodismo no pueda absorber tanta fuerza laboral y aunque, pese al aparente brillo social de algunos colegas, el mandamiento del viejo maestro Montanelli -ni poder, ni dinero- sea de obligado cumplimiento para el común de los periodistas.

Las recientes elecciones a la Asociación de la Prensa de Madrid han confirmado no solamente el interés social que suscita esta profesión, sino también cómo ha aumentado la colegiación de los periodistas. Desde las elecciones celebradas en la APM hace cuatro años con alrededor de tres mil miembros, el número de afiliados ha pasado a ser de más de cinco mil.

Un siglo lleva la Asociación de la Prensa de Madrid cumpliendo una misión benéfica, como ha recordado Manuel Martín Ferrand en Abc, al día siguiente de estas elecciones, celebradas el día 12 de noviembre, en un artículo titulado «Cosas de periodistas», en el que ha subrayado que «afortunadamente los tiempos han cambiado mucho y, aunque hay colegas sin empleo, o con subempleo, ya nadie se muere de hambre en este oficio, que ha ramificado sus actividades y prescindido de la magnanimidad de los poderes, no sólo políticos, para llenar el puchero familiar».

Señala este veterano colega que «tampoco abundan ya los periodistas que, descaradamente, superpongan la actividad con la política». Y concluye: «Y, sin embargo, por multitud de razones, los tiempos no son buenos para el desarrollo de las libertades. De ahí que quepa esperar de la renovada APM que, sobre la impecable función existencial que le ha dado fama, abunde en la defensa de la libertad para bien y dignidad de los periodistas y, sobre todo, para mejor atender a nuestra distinguida clientela: lectores, oyentes, espectadores y navegantes de Internet».

Y después de esta larga cita de una persona que, como yo, cree en la necesidad de mejorar la formación de los periodistas, ¿qué les parece si hacemos un poco de autocrítica de nuestro trabajo?

¿A ustedes les molesta la palabra autocrítica, tan poco utilizada, por cierto? A mí, no. Y al periodismo, globalmente, tampoco debería importarle. Pero ya no se producen autocríticas ni en vísperas de los estrenos teatrales, como antes hacían algunos autores para explicar el sentido de su obra y pedir, de paso, como los dramaturgos del Siglo de Oro al final des sus comedias, benevolencia para sus posibles fallos. Reconocer errores está muy mal visto en algunas profesiones, y la nuestra es una de ellas. Pero creo que hay que hacerlo con absoluta naturalidad.

Recientemente he tenido la fortuna de asistir a una mesa redonda en la que participábamos periodistas colombianos y españoles, y me sorprendió comprobar cómo un periodismo de altísimo nivel, como es el de aquel país, se está planteando también la autocrítica en relación con el papel de la prensa respecto al conflicto armado que vive su país.

¡Qué tropa, los periodistas! Yo creo que es un buen momento, por todas las cosas que están pasando a nuestro alrededor, para que nos ocupemos de ellos. ¿Qué somos los periodistas? Unas personas que encauzan hábilmente su curiosidad. Pero como la curiosidad es patrimonio de casi todo el mundo, periodista, efectivamente, puede ser cualquiera, como decía ese director de un chiringuito de Internet al que he aludido antes. Ya sé que esto, afortunadamente, no es así. (¿O sí es así?, como se preguntaría Mariano Rajoy).

El verdadero periodista refuerza y enriquece su curiosidad con el estudio, con la experiencia, con el aprendizaje permanente. Utiliza Internet como una fuente más, pero no olvida las claves esenciales de su trabajo y las cinco «w» de la noticia. Ese es su oficio. Aunque sepa, como escribió Graham Greene en Un caso acabado, que «una vocación es un acto de amor y no una carrera profesional».

Esta necesidadde abrillantar el instinto con la adecuada preparación a la hora de conseguir buenos periodistas se percibe en todas partes. Un gran periodista de Centroamérica, Eduardo Ulibarri, escribe en el prólogo al libro Los mejores reporteros, del costarricense Edgar Fonseca, director de Al Día de San José de Costa Rica: «Si durante décadas un amplio sector de la prensa se conformaba con profesionales de nociones epidérmicas y posturas pirotécnicas, el buen periodismo contemporáneo requiere el manejo de disciplinas y habilidades múltiples. Estas van desde los métodos de investigación típicos de las ciencias sociales hasta el conocimiento especializado -según el caso- de la política, la economía, la cultura o el deporte; desde el uso depurado y preciso del idioma hasta la integración de textos e imágenes en mensajes congruentes para los destinatarios; desde la introspección de decantados principios hasta el dominio de novísimas técnicas para buscar y transmitir informaciones. Demanda también un sentido de humildad bien orientado, que nos alerte sobre nuestras carencias, nos vacune contra la seducción de la fama o el poder y nos incite al constante aprendizaje. Se trata de una pesada responsabilidad que, sin embargo, se aligera y convierte en ímpetu creativo a partir de la vocación: el periodismo, además de misión, puede ser disfrute»

De acuerdo; todo eso está muy bien. Pero, con mayor o menor formación, no debemos olvidar que el periodista es algo quizá más importante de lo que piensan algunos políticos y menos de lo que se creen otros políticos y muchos periodistas. ¿Cuarto poder? El periódico que de verdad tiene poder es el Boletín Oficial del Estado. Obnubilados por el halago de la política, algunos periodistas piensan que nosotros somos quienes dirigimos la marcha del mundo.

Una querida colega, Margarite Riviere, llegó a titular un libro de entrevistas con algunos compañeros como El segundo poder. Pero los periodistas somos, simplemente, quienes trabajamos con las noticias, como los fontaneros trabajan con las tuberías. Una profesión, un oficio, una curiosidad bien dirigida, una habilidad para contar lo que pasa: poco más que esto es el periodismo. Aunque, eso sí, con influencia inevitable en la sociedad y en ese proceso sutil, del que aquí han hablado también ustedes estos días, que es la creación de la opinión pública.

Esa es nuestra gran responsabilidad social. El periodismo pone título a lo que pasa y nombre al mundo que nos rodea, porque, como decía Filón de Alejandría, las palabras crean las cosas. No es lo mismo lucha armada que terrorismo. No es igual tropas invasoras que fuerzas liberadoras. No es equivalente la pobreza al subdesarrollo, ni la vejez a la tercera edad. Siempre me acuerdo del gran Borges y de su famoso poema «El Golem», que arranca con estos cuatro versos imperecederos: «Si como afirma el griego en El Cratilo / el nombre es atributo de la cosa / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo».

Josep Pía, en su Cuaderno gris, cuando aspiraba a dedicarse a este oficio, escribió: «Ser periodista en este país es bien poca cosa y ¡aun, si llegase a serlo!». El periodismo en nuestro país ya no es tan poca cosa como lo veía el juvenil Pía. Se ha ensanchado, se ha dignificado, ha pasado por la universidad, se ha nutrido de toda clase de materiales y personas. Desde la bohemia de los cafés hemos llegado a la tecnocracia y a la digitalización. Aquellas palomas mensajeras que llevaban anillados en sus patas los primeros despachos de las agencias viajan ahora por Internet. La fotografía es digital, la radio es inmediata, la televisión es el gran hermano que nos vigila. Pero la esencia del oficio sigue siendo la misma: ver y contar, mirar lo que pasa a nuestro alrededor y explicarlo para que los demás saquen las consecuencias. Para que, si es posible, las cosas vayan un poco mejor.

¿Qué el periodismo es superficial? No creo que haya dudas sobre esto. Recordarán lo que escribió Larra en su artículo «Ya soy redactor»:
« Grande artículo -me dice el editor-, pero, amigo Figaro, no vuelva usted a hacer otro.
»¿Por qué?
» Porque esto es matarme el periódico. ¿Quién quiere usted que lo lea, si no es jocoso, ni mordaz, ni superficial?».

Superficial, han oído bien. Pues nada menos que Ben Bradley, el director del Washington Post de Katharine Graham, que destapó el caso Watergate, dice en su autobiografía, algunos siglos después de Larra, que la primera lección sobre este oficio, recibida de un colega entusiasta y veterano, fue que la esencia del periodismo es la superficialidad.

Y no hace mucho, a raíz del «caso Kelly», que costó la vida a ese experto inglés en armamento por sus posibles filtraciones a la BBC sobre la situación de Irak, y que puso en peligro la carrera de Tony Blair, la ex ministra británica Clare Short declaró a The Independent: «Todo depende de lo que se va a decir a los medios, y eso lleva a la superficialidad».

Esta naturaleza epidérmica del periodismo, que levanta acta de lo que sucede en cada momento, impregna el carácter de quienes lo desarrollan. El periodismo, en su conjunto, tiene un peso indudable en la sociedad. ¿Cómo no iba a tenerlo en una sociedad que aspira a ser la sociedad del conocimiento y de la información? Pero los periodistas, individualmente, somos soldados anónimos que debemos renunciar al protagonismo exacerbado, al síndrome del redentor o del que cree que una credencial de prensa es una llave que abre todas las puertas. Gente humilde, que cuenta los problemas, pero que no tiene capacidad para resolverlos: eso somos.

Es posible que en estos tiempos de confidenciales sin denominación de origen, tertulias con más vocación política que periodística y tribunos de la plebe disfrazados de espectadores objetivos, esta apelación a la modestia del periodismo pueda extrañar a algunos. Pero creo que vale la pena reflexionar sobre ello.

Si la poesía es palabra en el tiempo, como creía Antonio Machado, ¿qué decir del periodismo? La aceleración que vive es espectacular. Es, cada vez más, una palabra urgente. Aunque en el mundo de la comunicación caben todas las aportaciones, y esta palabra en un tiempo concreto que es el periodismo se ha visto muy influida por las últimas y espectaculares mejoras técnicas y por el fenómeno de la globalización, nosotros, los periodistas, no podemos aspirar a trabajar como concienzudos investigadores que elaboramos sofisticadas teorías a partir de experimentos de laboratorio. Hay que seguir escribiendo deprisa, como hacía Azorin. Nosotros, los periodistas, estamos condenados a ser traductores simultáneos de la realidad.

En ello estriba una de las grandes dificultades de este oficio: somos como atracadores («deprisa, deprisa»), pero el botín tiene que ser valioso: la credibilidad.

Por eso, yo quiero reivindicar hoy aquí el papel anónimo y silencioso de los periodistas de a pie, de los que no se confunden con los personajes que aparecen como «comunicadores» (así se les llama ahora) en algunos programas de televisión, de los viejos periodistas herederos de la bohemia que podían decir, al comienzo de sus carreras, lo que Billy Wilder decía de sí mismo: «Yo estaba bien dotado para el periodismo, pues era impertinente y tenía talento para exagerar».

Ya sé que a algunos de mis amigos, que hoy enseñan Periodismo en universidades como ésta, que creen que las facultades de Ciencias de la Información son el único sitio en el que pueden formarse periodistas de calidad -y probablemente es así-, a ellos no les gusta que yo diga lo que voy a decir a continuación. Pero desde la perspectiva que dan los años y la responsabilidad de pilotar una gran empresa informativa, creo sinceramente que la creciente oferta de titulados en Periodismo no puede ser absorbida por una demanda cada vez más estrecha. A algunos de los jóvenes que vienen a hacer prácticas a nuestra empresa -y que son muchos todos los años, y a todos los cuales desearíamos poder contratar- les muestro una viñeta del formidable Chumy Chúmez en la que aparece el ángel con la espada flamígera expulsando a Adán y Eva del Paraíso. Ante la pregunta angustiada de Eva: «¿Qué vamos a hacer ahora, Adán?», éste responde: «Ya lo tengo pensado: me voy a matricular en la Facultad de Ciencias de la Información, como todo el mundo».

Nunca se me ocurrió preguntarle a Chumy, que me regaló este dibujo, publicado en un periódico de Madrid, por qué su machismo subconsciente le hacía poner en boca de Adán un «me» en vez de un «nos», porque él tendría que saber que las mujeres que estudian y ejercen esta profesión son cada vez más numerosas que los hombres.

Mujeres y hombres ya titulados o en trance de titulación buscan acomodo en los medios de comunicación, y ello, como saben ustedes muy bien, no es fácil. Les voy a leer un texto de un anuncio publicado el mes pasado en la prensa madrileña, que diseña el perfil multidisciplinar de los profesionales que ahora se buscan. Decía así:

«NUEVO PROYECTO DE COMUNICACIÓN. Buscamos profesionales (100) para formar un equipo de redacción multidisciplinar, dinámico e intelectualmente desafiante.
Necesitamos candidatos de cualquier edad,
– con formación universitaria,
– con alto nivel de inglés (se valorarán idiomas adicionales),
– se valorará experiencia profesional previa, estudios de postgrado (doctorado, máster, oposiciones…).
Ofrecemos la incorporación a un proyecto empresarial sólido, con alto contenido intelectual y de alcance social,
– con condiciones salariales muy competitivas (acorde con la valía y experiencia del candidato),
– con ambicioso plan de formación inicial (4 meses) para los candidatos seleccionados.
Las personas seleccionadas deberán mandar su CV, acompañado de una breve carta de presentación, al Apartado de Correos xxx (xxx Madrid) o a la dirección de correo electrónico xxx En ambos casos indicando como referencia «Empresa comunicación» ».

No garantizo el dato, pero he visto en algún confidencial de esos que circulan inmisericordes, que a esta oferta habían contestado 11.000 solicitantes. Con ese número de personas no sólo se puede hacer un nuevo periódico -que, al parecer, es lo que está detrás de ese anuncio- sino varias cadenas de televisión, varias agencias como EFE y hasta una ciudad de la imagen. Habrá que controlar de alguna manera tanta generalizada vocación por la comunicación, para que la selección no venga a través de anuncios como el que he comentado, y se haya podido hacer previamente con un acceso racional a la capacitación profesional de los informadores.

Pero no quiero que se queden ustedes con la impresión de que, para arreglar los problemas del periodismo, tenemos que acudir a los numerus clausus, a cerrar facultades y a desaconsejar a los jóvenes que abracen esta estimulante profesión. Lo que yo creo necesario es que la universidad consiga que el título de periodista -o, para enunciarlo más precisamente, el de licenciado en Ciencias de la Información- sirva para algo más que para ejercer el viejo oficio del gacetillero y del reportero audaz.

Entonces, cuando no sólo el mundo de la comunicación, sino todo el aparato empresarial, las ciencias sociales y los grandes cuerpos de la Administración del Estado, acojan también a estos licenciados en sus filas, los viejos guerreros de la noche, los buceadores del ordenador, los pacientes indagadores de la vida política y los sucesos, los espectadores desde el tendido, los juglares de lo cotidiano seremos sólo periodistas. Dejaremos la gloria -la académica y la otra- a los demás, seremos tan sólo periodistas en el sentido en el que el viejo maestro Montanelli atisbo el futuro de esta profesión: como personas que seleccionaremos lo esencial y sabremos explicárselo con precisión a eso que Martín Ferrand llama nuestra distinguida clientela. El gran periodista italiano, que se planteó al final de su carrera cómo sería el futuro del periodismo, resumía en cinco verbos la tarea que tendrían que abordar los «seleccionadores» del mañana: comprender, resumir, elegir, informar y explicar lo que ocurre. Con brío, pero con honestidad.

Habremos completado así el largo camino recorrido por esta profesión desde que los primeros pasquines contaban a las gentes cosas que les podrían interesar.

Y dejaríamos atrás un pasado de desconfianza hacia este oficio que a lo largo de la historia ha provocado algunos comentarios muy desdeñosos para los periodistas, desde el célebre del vienés Karl Kraus, que afirmaba que lo que hacía al periodista era no tener una idea y poder expresarla, o aquello de Ortega y Gasset en La rebelión de las masas: «Es evidente que una nueva técnica de mutuo conocimiento entre los pueblos reclama una reforma profunda de la fauna periodística».

La reforma que pedía Ortega ya se ha producido, pero hay que seguir profundizando en la mejora de este viejo oficio, cuyas paredes esenciales no sólo no se han caído con Internet y las nuevas tecnologías, sino que no tienen por qué caerse. Se trata de que el periodismo asuma con naturalidad y plenitud sus responsabilidades, para que no se haga realidad el sombrío pronóstico del escritor Martin Amis en su libro Experience: «El cuarto poder se halla en un estado peculiar de su evolución. A la Prensa, por una parte, cada día le place más el poder que la corrompe, y, por otra, camina inexorablemente hacia una mastodóntica impotencia en las cuestiones que realmente importan».

El periodismo es sólo una pequeña luz en medio de la oscuridad. Nosotros, los periodistas, tenemos que saber colocar nuestra lámpara, con entusiasmo, honestidad y perseverancia, sobre esas cuestiones verdaderamente importantes que preocupan a todos los hombres. Eso es el periodismo: la lámpara en la tierra.

Es un combate que sí vale la pena. El combate entre la luz y la sombra. El combate por la solidaridad y el progreso. El combate por la verdad y por la libertad. El combate de unos soldados anónimos que luchan tenazmente, sin miedo, y a veces sin esperanza, por un mundo mejor, más habitable, más cercano, más de todos.

György Konrád: «De aquellas antipolíticas vinieron nuestras libertades»

MERCEDES MONMANY. En su célebre ensayo La antipolítica, usted acuñó el término que servía de título para definir la actitud de los intelectuales que, como usted, vivían en un régimen comunista con un poder político cuya principal característica era la de inmiscuirse en cualquier rincón de la sociedad, incluida por supuesto la cultura. En aquel momento, la antipolítica, para usted, era la política practicada por aquellos que no eran políticos profesionales, es decir: la resistencia de los intelectuales que querían volver a situar la política en su lugar legítimo, al margen de labores que no les pertenecían. Posteriormente, en su recolección de ensayos (1989-1994), The Melancholy of Rebirth, pone al día la labor de aquellos intelectuales, libres ya de cargas y mensajes concienciadores («Se han acabado los libros baratos: el Estado ya no tiene ningún interés en lo que los ciudadanos leen o en lo que los escritores dicen. Los escritores ya no somos unos sumos sacerdotes, pero tampoco somos ya unos herejes»). Pasadas todas las luchas, ¿sigue existiendo alguna función, algún papel especial que hayan de desempeñar los intelectuales?

GYÖRGY KONRÁD. En aquellos tiempos de la dictadura, vivíamos en unas condiciones claramente diferentes. Uno ni siquiera tenía consejos razonables que poder dar a sus colegas. Yo pude describir un cierto comportamiento a un grupo de personas de aquí, que estaban en la oposición democrática a la dictadura, pero que era también congruente con lo que hacían otros compañeros de causa en Chequia o en Polonia, es decir: una especie de movimiento central o del este europeo por la democracia. Un movimiento, que obtuvo bastante resonancia y «éxito»; otra cosa es lo que pasara después con la gente, eso es algo completamente distinto. Aun así, no me gustaría decir que, en la actualidad haya algún tipo de rol, algún deber general reservado a los intelectuales. Todo el mundo tiene un papel, aquel que construye para sí mismo. En ello hay una gran libertad, al tiempo que un gran riesgo. El papel depende las personas. Por otro lado, como el éxito de los escritores en la actualidad se ha convertido por desgracia en algo tan «cuantitativo», ese papel, esa búsqueda permanente de un rol, es la gran coartada para una presencia constante en los medios. El éxito revierte actualmente en el número de ejemplares vendidos, algo que puede ser cuantificado inmediatamente. Sería una gran hipocresía no verlo o no querer hablar de ello; y por otra parte, sería también idiota estar entusiasmado o encantado con esa situación. Se trata de un hecho puro y simple de nuestra época, y cada uno efectúa sus propias desviaciones. A veces esas «desviaciones» se convierten en éxito, y otras veces, no. Pero, como siempre, hay que distinguir netamente los valores literarios de lo que son éxitos mediáticos.

M.M. Una vez superadas las «dos Europas», creadas injusta y artificialmente tras la II Guerra Mundial y el reparto de países en bloques o zonas de influencia, ese viejo regusto que parecía haberse perdido ya de vista —la desunión europea—, pareció retornar cuando estalló la crisis por el conflicto de Irak. ¿Vio usted de forma pesimista esta nueva división, ese desacuerdo entre una llamada «nueva Europa» y otra «vieja Europa»? ¿Cómo vio también las manifestaciones de protesta que se sucedieron en las distintas capitales europeas?

G.K. El hecho de que Donald Rumsfeld dijera aquello estuvo bien, no era grave: él no es un filósofo ni un hombre de ideas, sino un secretario de Estado de Defensa. Pero el hecho de que toda la prensa europea haya estado rumiando esa frase, eso sí que es ya un certificado de pobreza. Por otro lado, la izquierda europea siempre fue propensa a ensalzar los valores pacifistas; aunque, curiosamente, por poner un ejemplo, en los últimos años, no hubo manifestaciones cuando se bombardeaban pueblos enteros de Bosnia, en pleno suelo europeo. En ambos casos, lo que yo observo es la no convención, la no coherencia de la causa; porque, por una parte, está la indiferencia más total, y por la otra, la protesta y sacar las cosas de quicio. Milosevic, por ejemplo, no está muy cerca de mi Corazón, pero Sadam Hussein tampoco. Entonces no entiendo por qué algunos consideran que Sadam Hussein es más simpático que Milosevic; su cuota de asesinatos supera con creces la cuota de asesinatos de Milosevic. Por lo tanto, para mí, todo ese movimiento, francamente, no es sincero.

M.M. Volvemos quizá al fantasma del antiamericanismo…

G.K. Siempre hay que manifestarse contra alguien. ¿Quién es el más poderoso? Cuando se manifiestan los antiglobalización en contra de los G7 o los G8; cuando protestan o se manifiestan en contra de las cumbres europeas, entonces yo quiero imaginar que todos tienen sus razones más o menos racionales. Pero no creo que sean unas razones tan inteligentes como para que, para defenderlas, haya que romper los cristales de los escaparates. Creo que existe cierta energía que tiene que manifestarse de alguna manera, y que a veces esa energía encuentra el contrincante justo. Quizá un buen ejemplo de ello serían las manifestaciones del año 89, a favor de la liberación de Centroeuropa y la Europa del este. Entonces, las manifestaciones tenían un éxito rotundo, pero tengo que decir que Jamás se rompió ni un solo escaparate. Yo he vivido también bastante tiempo en Berlín, largos períodos, y sabía perfectamente que los grupos «autónomos» se iban a manifestar, que se trataba de una serie de acontecimientos de tipo ritual. Que era una cierta dramaturgia, una puesta en escena social.

M.M. No cree por tanto que sea nada fundamental, de gran calado…

G.K. A mí, en modo alguno me parece que el profesor Habermas tenga razón, ya que él piensa que el destino de Europa, de cara al futuro, lo determinan dos fechas o momentos: cuando hubo las grandes manifestaciones contra la guerra de Irak y, por otro lado, con la «Carta de los Ocho». Decir que esas fechas definen todo el futuro de Europa es como decir que un simple grano o suceso determina toda una vida, cuando en realidad se trata de fenómenos pasajeros. Un fenómeno que no es pasajero es que la Unión Europea esté funcionando como una comunidad económica y que se esté preparando una Constitución. Estos son los asuntos realmente importantes y determinantes, no sólo los chismorreos de quién es nuevo o viejo. Puestos a hacer diferencias, tampoco tiene mucho sentido establecerlas porque, según eso, también podría decirse que América es más vieja que Europa, ya que la Constitución americana, como carta democrática, es la primera.

M.M. Hablemos un poco de la relación de América con Europa, o si se prefiere de «América en Europa».

G.K. Cuando intervino en Europa, América lo hizo en casos malos. No tenía muchas ganas de intervenir como aliado de Gran Bretaña en las dos guerras mundiales, pero lo hizo, manteniendo esa solidaridad con sus aliados. Impuso la democracia en Alemania y en Japón y de algún modo detuvo el avance de las dictaduras rusa y china. Yo estuve en el año 82 en Alemania y entonces hubo muchas manifestaciones en contra de las bases norteamericanas y de sus misiles. Pero cuando los americanos dijeron que ya no ponían más bases y que se iban del país, también hubo protestas porque los alemanes necesitaban esa protección, aunque al mismo tiempo no querían que los americanos estuvieran allí. Ese es un problema de lógica difícilmente resoluble. Aunque nunca se planteó la pregunta de cómo resolverlo juntos. Y eso es lo que ocurrió al final.

M.M. Actualmente ¿qué se considera más: novelista, ensayista u hombre de ideas? ¿Cuáles son sus últimos libros aparecidos en Hungría?

G.K. Creo que soy el mismo en todas las facetas, aunque lo que hago preferiblemente es ser novelista. En Hungría han aparecido dos libros míos últimamente. Uno se titula Partir y regresar, y el otro, que es como su continuación, Arriba, en el monte, en el momento del eclipse de sol, aunque el título en húngaro es más breve. Son, para definirlos de alguna forma, dos «novelas autobiográficas», que cubren desde los años de antes de la guerra, los de la guerra, la posguerra y hasta nuestros días. Durante la guerra yo vivía en provincias, en un pueblo llamado Berettyoújfalu, aunque desde mayo de 1944 hasta mayo de 1945 no, porque si me hubiese quedado allí, habría terminado en Auschwitz. Yo tenía once años y mis padres fueron detenidos por la destapo y deportados. Era el método que solían utilizar: escogían primero a los más pudientes de las ciudades o pueblos pequeños. Mi hermana y yo, junto a dos primos, nos quedamos en Budapest. De Budapest nos enviaron unas cartas de invitación, que ya no se podían cursar porque era demasiado tarde. Entonces yo soborné a la autoridad local y nos dieron un pase para viajar. Así que un día antes de que el pueblo donde vivíamos se convirtiera en un gueto, pudimos llegar a Budapest. Los demás jóvenes de la población, al cabo de dos semanas, ya se habían convertido en humo. En realidad, en febrero de 1945, estábamos ya de regreso en nuestra pequeña ciudad. Mis padres, debido a una serie de circunstancias bastante increíbles, lograron sobrevivir. Fueron deportados a Austria y esto también hay que atribuirlo a una casualidad, porque en principio el tren donde iban se dirigía a Auschwitz, y el otro, el que no debían tomar, a Austria. Por un azar se equivocaron de tren. En aquella época había muchas cosas así, puras casualidades, y como resultado, de la pequeña ciudad donde vivíamos, donde había más o menos mil judíos, nosotros fuimos los únicos adolescentes que quedaron con vida y nuestra familia, la única que quedó intacta. Yo tenía entonces once años, pero si hubiera tenido catorce, como Kertész, habría tenido más posibilidades de sobrevivir, porque a esa edad eran enviados a los campos de trabajo. Sin embargo, a los once, uno era enviado directamente al crematorio.

M.M. ¿Qué recuerda del resto de la gente del lugar? ¿Les ayudaban?

G.K. La mayoría se mostraba indiferente. Había una minoría que se alegraba de que a los judíos les tocara pasar problemas. Dentro de esto, había otra pequeña minoría, la de, por ejemplo, los miembros del partido nazi húngaro, los «cruces flechadas», que formaron comandos voluntarios de ejecución. Por otro lado, también había personas que miraban a los judíos con simpatía y los ayudaban hasta cierto punto. Había gente que los ayudó a esconderse. Otros propusieron esconder los bienes de los judíos (y los escondieron bien escondidos: definitivamente). También otra gente les dijo: «Mira, tú ahora estás en una situación muy difícil, yo te doy mis papeles para que intentes escapar». También había gente que en sus casas construyeron huecos donde escondieron a judíos y les pasaban comida todos los días para que se pudieran alimentar. Había de todo.

M.M. Por último, usted pertenece a un país eminentemente literario. En alguna ocasión ha comentado que es «en relación a la lengua y a la literatura por lo que se define a la nación húngara». ¿Qué experimentó al serle concedido el Premio Nobel de Literatura a un compatriota suyo, Imre Kertész, primer galardón concedido a un escritor en lengua húngara de la historia?

G.K. Me alegré y, sin duda, se lo merece. Pero yo siempre he estado convencido de que los escritores no juegan en ningún tipo de «equipo nacional» encaminado a ganar premios como el Nobel. Aunque me alegré, claro está, dada su biografía, y dado el tema que trata. Aunque Kertész dijera recientemente en una entrevista que el verdadero tema de su obra no es el «ser judío», sino un cierto período del comunismo en Hungría, normalmente es imposible no identificar su nombre y su biografía con sus novelas. Aunque también es cierto que una situación de opresión se puede trasponer a las diferentes condiciones humanas. Sólo su novela Sin destino merece ese premio, sin duda.