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Una aventura apasionante

No recuerdo bien el día. Sería hace unos diez años. Quizá fue dando un paseo, o viendo alguna exposición: Juan Pablo no hacía deporte bajo ningún concepto. Le pregunté por lo que había pasado, hacía ya unos años, en Recoletos; sobre su salida del Grupo que fundó y cuyas revistas y periódicos dirigió. Me miró con su mirada socarrona y dijo: «Vamos a tomarnos un vermú, que no quiero hablar mal de nadie». Hasta unos años después no me contó aquella historia. Era otro el contexto. Y no habló mal de nadie.

Hace cinco años fuimos a dar otro paseo. Yo estaba a punto de dejar mi trabajo en Vocento y quería hacer una revista de arte. Se lo conté. Me pidió que le dejara pensarlo. Sabía que a él le gustaba la arquitectura y la pintura, y que vería con buenos ojos aquel proyecto.

Me llamó unos días después y me habló de La Gaceta. De que quería añadirle una parte blanca al salmón, y que ahí podría escribir de cultura, sociedad, arte y lo que quisiera. Le pregunté por la dedicación. Me dijo que un par de horas a la semana un par de días. Que ya tenía gente buena en ello, y que yo podría ser el redactor jefe de aquella sección.

Yo, la verdad, vi aquello un poco nebuloso, pero como conocía a Juan Pablo, me lancé a la aventura y un buen día desembarqué en el periódico. En aquella sección estaban Carlos Bueno, Ángel Peña, Paco Gutiérrez, Isabel Esparza y David Álvarez. Cinco periodistas como la copa de un pino. Y yo venía de jefecillo suyo. Pero también estaba Juan Pablo y así comenzaron cuatro años apasionantes, locos, disparatados.

Por supuesto, el engaño de Juan Pablo quedó inmediatamente al descubierto. Allí trabajaba de diez y media de la mañana a nueve de la noche de lunes a viernes, como era habitual en la prensa económica. Hacíamos ¡once páginas al día! además de un cuadernillo llamado Ocio los sábados. Y los domingos había turnos. Creo que nunca he trabajado más en mi vida y nunca lo he pasado tan bien. El trabajo llegó a ser tal, que un día a la pobre Isabel le dio un surmenage y la tuvieron que llevar a un ambulatorio a que le dieran un calmante. Ese día me planté en el despacho de Juan Pablo, sin que Vicky me pudiera frenar, y le dije que me iba. Que hasta allí habíamos llegado. Juan Pablo me volvió a explicar el proyecto. Me habló del periódico, de la gente que tenía. De lo bien que iban las cosas. De que necesitaba nuestro esfuerzo. Y, finalmente, me autorizó a fichar un nuevo redactor. Entonces me di cuenta de por qué Juan Pablo conseguía hacer equipos. Sabía motivar y animar a la redacción. Ilusionarla. Creaba a su alrededor un ambiente de trabajo y, como ahora se dice, de buen rollo que convertía, aquella tropa disparatada y loca, en una piña.

Dos años después llegó el cansancio. La paliza era, todos los días, soberana. Y cuando le expuse que lo que me había pedido estaba en marcha, y que ya no me necesitaba, me dijo que me iba a nombrar subdirector del periódico. Que no me podía ir. Que tenía planes…

A las pocas semanas me contó que me iba a proponer como director. De nada valieron mis explicaciones sobre lo poco que sabía de economía, ni sobre los agravios que iba a suscitar el nombramiento. «Yo te voy a ayudar. Voy a seguir aquí. Pero tienes que hacer tú el periódico. Y elegir tu gente». Me habló de la redacción con gran afecto y me pidió que trabajara con todos. Y así lo hice.

He de reconocer que, los casi dos años que estuve en la dirección de La Gaceta han sido, sin duda, los años más apasionantes de mi carrera profesional. Conseguimos abrir con nuestras informaciones los telediarios de todas las cadenas y nos posicionamos como segundo diario económico. Luego vendría la salida de Juan Pablo del Grupo Negocios y, meses después, la mía. Pero esa es otra historia que no quiero ahora recordar.

Hace unos meses nos vimos en su despacho de la Fundación Diálogos. Hablamos de planes de futuro. De aquella revista de arte que quería editar. Entonces me contó que en enero había estado «muy, muy jodido»… las dichosas plaquetas. Que se iba a Galicia en verano. Y así fue. Y allí le dio el ictus. Le llamé después de la operación, cuando ya le estaban haciendo un chequeo en Pamplona: «Ya sabes, las dichosas plaquetas» y quedamos para vernos a su vuelta.

En fin, si he contado esta pequeña historia. La historia de estos años de trabajo junto a Juan Pablo, es porque, incluido este triste final, han sido unos años apasionantes. Años de periodismo de primera división. Con pocos medios. Con esfuerzo. Con cansancio. Pero con Juan Pablo. Sin él, seguro, las cosas van a ser muy distintas.

Mi amigo Yampolé

A Juan Pablo de Villanueva lo llamábamos sus amigos, desde la época de estudiantes, Jean-Paul, en francés. No se sabe por qué; al menos, yo no lo sé. Sí creo saber que ponerle ese nombre afrancesado en diminutivo (Jean-Paulet) se le ocurrió a Florentino Pérez Embid, que se dirigía hace casi medio siglo a su entonces jovencísimo amigo llamándolo Yampolé, con todo su acento andaluz. Esta variante más confianzuda hizo fortuna, pero la dejábamos sólo para usarla en los ámbitos más íntimos. Porque Juan Pablo, como ha señalado Antonio Fontán, irradiaba cierta solemnidad de persona mayor ya desde la adolescencia.

Se me acaba de morir mi amigo Yampolé. Ya sé que su alma está ahora con Dios esperando el momento de reunirse con su cuerpo resucitado y glorioso, porque yo pertenezco al sector de católicos que, según las encuestas, creen en la resurrección de la carne; pero no puedo evitar sentirme triste. Los humanos somos así de defectuosos (otro viejo amigo de Yampolé, Nicolás de Laurentis, diría «sois así de defectuosos»), y nos apegamos a los afectos visibles aunque sepamos que la verdad de las cosas trasciende lo que se puede ver y tocar.

Ocurre con las fotografías que contemplarlas resulta particularmente grato o bien inmediatamente después de haberlas hecho, o bien al cabo de mucho tiempo. Con las personas queridas que han muerto es parecido. Por eso, ahora que acabamos de enterrar su cuerpo me resulta de mucho consuelo recordar al amigo, no sólo en lo que tuvo de relevante para la vida pública, sino también, y acaso sobre todo, como ser humano con el que se han compartido tantas vivencias.

No sé cómo se las componía para inspirar a la vez autoridad y proximidad, pero lo cierto es que no sólo sus amigos, sino también sus subordinados, el recuerdo que conservan de Juan Pablo es el de un hombre que parecía estar en el ejercicio permanente de disimular su considerable calidez humana, como si manifestar sus afectos fuese alguna forma de impudor. Lo cierto, sin embargo, es que siempre era igual, incluso en los momentos de desinhibición propios de un rato con los amigos íntimos. Él era así. Era raro oírlo reírse a carcajadas, pero sonreía mucho, y se reía socarronamente con frecuencia. Tal vez una palabra que pudiera definir bien este rasgo de su carácter sería el equilibrio, pero no de equilibrista, sino de equilibrado. O sea, de todo lo contrario al fingimiento.

Mi amigo Yampolé era un hombre verdadero, fiable, enemigo de los extremos, con un hondísimo sentido de la amistad, y, como digo, mucho más afectuoso de lo que aparentaba. En cuanto se le trataba un poco, se percibía en él una instintiva tendencia al acercamiento que era casi imposible no devolverle.

En los meses de la crisis de Nuevo Diario, entre abril y noviembre de 1970, los que constituimos el grupo fundador de lo que se llamó más tarde Grupo Recoletos reconocimos en él desde el primer momento una primacía natural. No era un líder, en el sentido de que no tenía «carisma», que es esa capacidad de algunas personas de hacerse seguir por otras sin que se sepa por qué. Era más bien el aglutinante, el engrudo, como si dijéramos, que nos mantenía unidos. Nosotros (José María García-Hoz, Luis Infante, Juan Kindelán, Nicolás de Laurentis, Sucre Alcalá Rodríguez y yo mismo) éramos «el Equipo»; poco después se nos unió Ramiro Nieto. Y más tarde vinieron otros muchos más (Pilar Cambra, Eduardo Ferreira, Javier Olave, Jesús Martínez, José Jesús López, tantos y tantos) en una especie de círculos concéntricos alrededor de Juan Pablo. Si se me permite la frivolidad, de fuera a dentro la gradación era perceptible: don Juan Pablo, Juan Pablo, Jean-Paul, Yampolé.

Pero Yampolé era también muy, muy tozudo, y no se apeaba del burro fácilmente si estaba convencido de algo. La vida y los avatares de la aventura empresarial común se encargaron de poner de manifiesto las aristas inevitables entre personas dotadas de personalidad fuerte, que desembocaron en separaciones profesionales y en alguna ocasión pusieron en riesgo hasta los afectos personales. Pues bien, en este aspecto hondo de nuestras relaciones soy testigo de primera mano del dolor que experimentó más de una vez mi amigo Yampolé, de sus esfuerzos por restañar las heridas —compartido por los demás—, y de su felicidad tras la restauración de amistades profundas de tantos años.

He tenido, tengo y tendré muy pocos amigos como Yampolé. Egoístamente pido a Dios que todos me sobrevivan, porque este golpe ha sido, de verdad, muy duro para mí.

Poceros y chipirones

Conocí a Juan Pablo cuando fichó a mi mujer, Ángeles Oregui, para hacerse cargo de las páginas de bolsa en el nuevo diario Expansión, hace ya casi 25 años. Como primera medida, Ángeles y Juan Pablo se pusieron a la tarea de diseñar el cuadro de bolsa, que querían que fuera «el mejor de la prensa nacional». Este no fue un objetivo difícil, porque los cuadros de bolsa españoles eran muy elementales, con sota, caballo y rey. Más complicado resultó crear (quizá) el mejor cuadro de la bolsa europea, porque aquí la competencia era mayor. En este intento, se dieron una buena panzada de análisis bursátil que, a lo tonto a lo tonto, en un plazo inferior a un año dio como resultado que Expansión superara la tirada de su principal diario de la competencia. La sección de bolsa fue el motor del éxito del periódico, cuando menos en su origen.

A Juan Pablo le gustaba la bolsa y tenía dinero invertido en ella, pero el dinero, el dinero por el dinero, nunca fue su objetivo. Es más, el dinero por el dinero no le importaba nada. Le divertía la bolsa y le divertían los negocios; era un empresario. Un emprendedor. Hasta la última cena que compartimos en los primeros días del mes de octubre, Juan Pablo hablaba recurrentemente de sus proyectos. Descargaba en ellos todo su entusiasmo, con las mismas ganas y la misma vitalidad que a los veinte años. Ponía los labios en forma de chupete, sacudía los brazos como si espantara a las moscas, y abría la espita de la corriente de ideas. Mejor dicho, del torrente de ideas.

Era un periodista todo terreno, con una vocación absoluta. Y con una virtud profesional por encima de cualquier otra: respetaba al periodismo y a los periodistas. Frente a los «poceros» periodísticos que nos maltratan —a lectores y redacciones—, Juan Pablo era un ejemplo de respeto. De madurez intelectual. Se creía lo que hacía. Creía en el medio periodístico y en el fin del buen periodismo. Nunca la soberbia. Nunca la verdad torticera, ni la mentira; que son lo mismo. Nunca el atajo, sino el trabajo. Nunca el pim-pam-pum, sino la razón. Nunca una crítica esquinada. Nunca una censura ideológica, política o mediopensionista ¡Qué envidia! Nunca una mala palabra. Nunca una mala cara. Hoy que está de moda la bipolaridad, hay que decir a su favor que era un hombre moderado y controlado.

Durante el tiempo que trabajé con él, tras la marcha de Ángeles a sus aventuras extraperiodísticas, nuestra relación fue de cordialidad. No de amistad. O no con la plenitud amistosa que llegamos a alcanzar después, aunque para entonces ya tomábamos cigalas en Motrico, en vacaciones, con Paco Gómez Antón, y me invitó a participar en un retiro espiritual del que no saqué ningún provecho. Quizá yo estaba a la defensiva. Fue más tarde, a raíz de su marcha de Expansión —abandonado por todos y hasta por el gallo que no cantó tres veces, ni dos, ni una—, cuando fuimos armando nuestra amistad, paso a paso, sorbo a sorbo, chipirón a chipirón, confidencia a confidencia. Negocio a negocio; ruinosos. Nunca gané un euro con Juan Pablo y, en cambio, perdí algunos. La aventura de La Gaceta de los Negocios desplumó buena parte de mis ahorros. En cuanto a los que le abandonaron, «allá con su conciencia», decía.

Le gustaban los chipirones y Ángeles se los preparaba con cariño cuando venía a casa. Al final, sin chipirón, salíamos a cenar a una taberna próxima con alguna frecuencia. Comía y bebía con afición, aunque cada vez menos. Cuando hace unas semanas estaba en Pamplona, en el hospital, nos citamos para otra nueva cena, que no pudo ser. Yo nunca supe que tenía leucemia, ni lo adiviné porque no sé, ni quiero saber nada, de medicina. «Me han dado un tratamiento de choque», me dijo poco antes de morir. El martes. «Pero físicamente me encuentro bien», añadió, ¿Bien? «Me encuentro bien», repitió. «Si me dejan, el viernes voy para Madrid». Y nos vemos. Pero el viernes, ¡ay!, ya estaba tocado de muerte. «¿Y después, qué? », le pregunté. «Lo que digan».

Cuando colgué, le mandé un abrazo. Y él, como siempre, me respondió: «Un abrazo muy fuerte», con voz clara. Había tenido peor voz en las últimas semanas. Y yo me creí lo del abrazo; era como si te lo diera de verdad. Así que, cuando me enteré de su muerte, me enfadé mucho por su ausencia y entré en mi coche dando voces: «¡Juan Pablo, Juan Pablo!», grité, o casi grité, como si le llamara, y entonces sentí que se había sentado a mi lado, y me tranquilicé. No era una aparición. No estaba junto a mí, no, naturalmente que no, pero tuve la sospecha de que me había oído. Le llamé y vino, es lo que pensé. Le sentía. Ahora, al alcance de la mano, de la amistad profunda, ya tengo de quien echar mano en los tragos difíciles. Estoy seguro de que me ayudará en lo que él sabía, y en lo que no sabía y ahora sabe.

¿Cómo se hace eso, Juan Pablo?

Para alguien que cursaba estudios de periodismo, el nombre de Juan Pablo de Villanueva estaba asociado a un modelo, a un ejemplo al que debíamos aspirar. Prácticamente desde cero había logrado levantar un grupo de publicaciones de gran prestigio. Los que queríamos trabajar en prensa económica veíamos en Expansión y Actualidad Económica nuestra particular arcadia profesional. «Somos periodistas para influir en la opinión pública, para garantizar y salvaguardar el sistema de libertades, así de claro», recordaba estos días Pilar Cambra que le había dicho alguna vez.

Hasta conocerle personalmente, nunca comprendí que este ejemplo, en realidad, estaba todavía más allá de ser el responsable de unos exitosos resultados profesionales en el periodismo. Cuando yo era aún un estudiante de los primeros años de la carrera, tuve la suerte de ser recibido junto a otro compañero por Juan Pablo en su despacho del paseo de Recoletos, justo al doblar la esquina de la calle Recoletos, donde se cocían todos sus periódicos y revistas. Aquello ya me sorprendió. Todo un presidente de Punto Editorial perdiendo el tiempo con unos estudiantes. Campechano, nos invitó a sentarnos con él en los sofás de su despacho. Queríamos pedirle consejo y apoyo para un seminario que queríamos organizar con la embajada de los Estados Unidos en Nueva York y Washington. Hacía días que recorríamos los despachos de quienes nos podían ayudar en aquel proyecto, para el que ya contábamos con el Departamento de Estado y su programa de visitantes internacionales.

Escuchó sin pestañear toda aquella locura de unos jovenzuelos, a los que parecía habérseles subido demasiado a la cabeza la carrera que estaban cursando. Y con la misma parsimonia dibujó unos cuantos consejos que nos vendrían muy bien para elegir bien las visitas y los encuentros de aquel viaje. «Así que la Bolsa de Nueva York…». Le encantaba todo lo relacionado con los mercados financieros. Había asistido a su explosión en nuestro país, hacía unos pocos años, y había conseguido que muchos de nosotros contempláramos hacernos periodistas económicos como una posibilidad real y ambiciosa.

Muchos años después he coincidido con él en las cenas del Consejo Editorial de Nueva Revista. Yo había llegado a trabajar en Expansión, como quería, pero él ya no era presidente de la compañía editora. El destino me llevó después por territorios que nunca imaginé, hasta que lo encontré allí, acariciando con ese gesto tan característico suyo el lomo y la cubierta de un nuevo número de la revista. Con los mismos comentarios socarrones y agudos de siempre. Con esa bonhomía que tanto contrastaba con el entorno yuppie y competitivo en el que se desenvolvía. Siempre sin perder la calma, aunque hubiese motivos más que justificados para ello. ¿Cómo se hace eso, Juan Pablo? Siempre lamenté no habérselo llegado a preguntar.

Algunos recuerdos de la infancia

Conocí a Juan Pablo cuando nuestras respectivas familias veraneaban en La Granja. Su padre alquilaba durante los veranos un piso en la que fue casa de Oficios, y el mío, otro en las Caballerizas Reales.

A esa diferente domiciliación asociamos una rivalidad que oponía épicamente los de Caballerizas a los de Oficios. La simetría familiar alimentaba las discrepancias. Las edades de Luis, Juan Pablo y Julio eran correlativas a la mía y las de mis hermanos, Carlos e Ignacio. Gabriel era más pequeño y aún no contaba en las hostilidades; tampoco, Blanca y Concha, niñas a su juego. Había tríos en Caballerizas con los que engrosar la beligerancia, como Santiago, Antonio y Javier Esteban, y tríos cerca de Oficios, como Luis, Nicolás y Julio Toledo. Próximos a Oficios eran los Gandarillas, algo mayores para nosotros, Santos, Jaime y Miguel. Con Miguel, ahora sacerdote, volví a reunirme el día del entierro de Juan Pablo. Creo que hacía medio siglo que no lo veía.

Nuestras diferencias se resolvían en el jardín de la Alameda que abraza a la Colegiata del Palacio. Allí nos batíamos a espadas de palo o nos disparábamos con tiradores de goma y hojalata. Cambiábamos de escenario para perseguirnos entre las fuentes de los jardines o perdernos en el Laberinto jugando a policías y ladrones, mientras emulábamos a los guardias reales que, según contaban los más entendidos, enviaba antaño la reina para entretenerse viendo, desde los balcones palaciegos, cómo se desorientaban en los cruces de los artificiosos senderos.

Convivimos durante los interminables veranos de la infancia, intercambiando tebeos de El Guerrero del Antifaz Roberto Alcázar, mucho antes de que la suerte me regalara la oportunidad de compartir con Juan Pablo tantas y variadas concreciones de su oculta imaginación periodística. De esa vida profesional ya han hablado otros que no se detendrán a apreciar que era el mejor jugador de chapas, no tan bueno arrojando el clavo, insuperable en su manejo de la taba, y que recuerde, uno de los pocos de La Granja que nunca jugó al mus en los Cestos.

Salíamos en grupo. Bajábamos en bicicleta la cuesta de Infantes, bordeábamos la Pradera para llegar al Tiro Pichón donde se hallaba el primer campo de golf que se diseñó en España. Tenían Luis y Juan Pablo sendas bicicletas Orbea, esmaltadas en negro. Fueron los primeros en subir en bici al puerto de Navacerrada. Después, en las curvas de las Siete Revueltas, o en la bajada que va del alto de Robledo al puente del Eresma, cuando hacíamos la ruta de La Granja-RiofríoLa Granja, Juan Pablo se frenaba para aguardarnos. Se adelantaba al subir las cuestas, por empinadas que fueran, y se despreocupaba al bajarlas. Ahora sé que lo hacía para que pudiéramos llegar agrupados a la meta.

Maestro de personas

Todos conocemos ya la trayectoria profesional de Juan Pablo de Villanueva. Se graduó en Periodismo en la Universidad de Navarra con premio extraordinario en 1963. Ha dirigido cuatro periódicos en nuestro país y ha fundado uno de los grupos de comunicación más importantes de España. Nadie puede discutir que ha sido un periodista de primer orden y un empresario periodístico que ha creado valor y empleo.

No voy hablar de Juan Pablo desde su faceta de periodista, sino desde su lado humano y como gestor. Le conocí en noviembre de 1997, hace ahora once años. En dicha fecha se hacía cargo del Grupo Negocios, editora de La Gaceta de los Negocios y de la revista Dinero. Me ofreció que me responsabilizara del área comercial y de marketing. La primera instrucción que me dio fue que analizara el equipo humano que había en dicho departamento y que contara con todos ellos y no despidiera a ninguno. Le preocupaban mucho las personas y consideraba el empleo como un medio para el desarrollo humano de las mismas.

Yo venía de un mundo completamente ajeno al de la comunicación, concretamente del sector financiero. Tengo que agradecerle la infinita paciencia que tuvo conmigo enseñándome todos los trucos de una compañía periodística. Era exigente, pero cariñosamente exigente, porque con el primero que era tremendamente exigente era consigo mismo, pero al mismo tiempo era muy compresivo. Era el primero en remangarse y en echar una mano para apoyar una gestión. Como decía él, «hay que pedalear». A pesar de su condición de director del periódico siempre estaba dispuesto a ayudarte, a acompañarte a una reunión o una comida de carácter comercial para reforzar la acción.

No sólo se preocupaba de ti desde el punto de vista profesional sino también desde el punto de vista humano. Continuamente te preguntaba por tu familia, por los chavales, como él los llamaba. De manera muy respetuosa hacía su labor de apostolado y se preocupaba por tu práctica de la fe. Recordaré siempre con mucho cariño las romerías que realizábamos todos los meses de mayo a una preciosa ermita en Colmenar Viejo. Siempre terminaban en una comida en un modesto bar con el menú del día.

Una vez me comentó que no tenía miedo a la muerte. Lo que sí temía era una enfermedad larga o que se quedara en una situación que no se valiera por sí mismo. Juan Pablo, Dios te ha premiado con la muerte que tú querías.

Ambición y emoción, una semblanza de Juan Pablo Villanueva

No sé si Juan Pablo Villanueva era, como yo, un incondicional de El ala oeste de la Casa Blanca. Nunca se lo pregunté, ni tuve oportunidad de sugerirle que se comprara alguna temporada de esta serie de culto. Estoy segura de que le hubiera gustado. Le hubiera gustado porque, más allá de las andanzas del presidente Bartlet en la ficción, de unos guiones inteligentes y precisos, El ala oeste transmite ambición y emoción. Ambición de un país mejor, ambición de gobernar para todos, ambición de superar divisiones. Y emoción por la certidumbre de que la política auténtica es aquella que nace de la vocación genuina de servicio a los demás.

Ambición y emoción. Ésos han sido dos rasgos que han caracterizado tanto la trayectoria profesional de Juan Pablo Villanueva como su vida personal.

Ambición de contribuir, desde los medios de comunicación, a lograr un país mejor, una España mejor. Ambición de evitar sectarismos inútiles y acercarse a los demás sin prejuicios. Ambición de reunir, de superar divisiones, sin traicionar nunca los principios propios. Y también emoción, la emoción que surge ante alguien que no entiende su trabajo si no es como un modo de servir a la sociedad a la que uno pertenece.

Porque, igual que la política, él entendía el periodismo como una tarea de servicio público. Y por eso siempre tuvo muy claro que el papel —y la responsabilidad— de los medios de comunicación en las sociedades democráticas es fundamental. Tanto, que debe contar con el concurso de los mejores en cada campo.

De Juan Pablo recordaré siempre su afabilidad, su inconformismo, su ánimo para evitar el desánimo y superar los obstáculos de todo tipo que aparecieran en su camino. Y su confianza en los demás. Recuerdo muy bien aquel día de 1998 en el que me ofreció incorporarme como columnista a La Gaceta. «Escribe de lo que quieras». Después de muchas dudas, escribí mi primer artículo sobre Bill Clinton, entonces enredado por el caso Lewinski. Casualidades de la vida. La política estadounidense estuvo presente en aquel texto, y lo está también en el inicio de esta despedida. Querido Juan Pablo: somos muchos los que no vamos a olvidarte.

Construir el futuro desde un periódico

A Juan Pablo le faltaba un diario, un nuevo proyecto editorial. Se hacía presente en todas nuestras conversaciones. Juan Pablo tenía un periódico en su cabeza. Me hablaba de las partes y del todo del futuro diario. De las secciones, del diseño, de la línea editorial, de la estructura de sus páginas. Sería una apuesta por un diario de calidad, me insistía.

Un día de 1996 me comentó José María Cuevas que querían deshacerse de la participación que tenía la patronal en el Grupo Negocios, y me preguntó si conocía a alguien que pudiera estar interesado en comprarla. Le dije que creía que sí, pero que tenía que comprobarlo. A medida que el presidente de la CEOE me comentaba la importancia de mantener la presencia de La Gaceta de los Negocios en el mercado, yo estaba pensando en Juan Pablo de Villanueva porque desde hacía años me hablaba de emprender una nueva aventura periodística.

En uno de nuestros frecuentes encuentros, en los que durante diecisiete años cultivamos la amistad, el arte de la buena mesa y el ejercicio intelectual de reflexionar sobre la situación de nuestro país y los cambios que se estaban produciendo en el mundo, le comenté a Juan Pablo el interés de Cuevas por encontrar nuevos inversores para sacar adelante La Gaceta. Desconocía los detalles, la situación económica del diario parecía ser problemática, pero que lo estudiase porque también podía ser una oportunidad para el nuevo proyecto en el que pensaba. Le gustó la idea. Me preguntó sobre el diario, en el que vengo publicando mis artículos semanales desde 1994, y me dijo que lo estudiaría. Durante los meses siguientes me fue contando cómo iba progresando todo. Está en una situación difícil, pero creo que nos podemos arriesgar, me dijo. Y terminó cuajando lo que se convirtió en la nueva aventura periodística de Juan Pablo. Con un grupo de amigos, empresarios, y profesionales, compró la mayoría del Grupo Negocios, y durante diez años fue su presidente-editor.

El 3 de febrero de 2000 asistíamos en Cabo Cañaveral al lanzamiento del satélite de Hispasat 1C, recuerdo que se suscitó una conversación sobre la aventura espacial y del futuro científico y tecnológico que iba a marcar el nuevo siglo XXI que estaba naciendo. Inmersos en aquel ambiente, Juan Pablo me comentó: «Es un futuro en el que creo que podemos hacer muchas cosas desde el periódico». Emprender proyectos, tener iniciativas, hacer futuro, fue una de las pasiones de Juan Pablo hasta su fallecimiento. Lo seguirá haciendo.