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Para alguien que cursaba estudios de periodismo, el nombre de Juan Pablo de Villanueva estaba asociado a un modelo, a un ejemplo al que debíamos aspirar. Prácticamente desde cero había logrado levantar un grupo de publicaciones de gran prestigio. Los que queríamos trabajar en prensa económica veíamos en Expansión y Actualidad Económica nuestra particular arcadia profesional. «Somos periodistas para influir en la opinión pública, para garantizar y salvaguardar el sistema de libertades, así de claro», recordaba estos días Pilar Cambra que le había dicho alguna vez.

Hasta conocerle personalmente, nunca comprendí que este ejemplo, en realidad, estaba todavía más allá de ser el responsable de unos exitosos resultados profesionales en el periodismo. Cuando yo era aún un estudiante de los primeros años de la carrera, tuve la suerte de ser recibido junto a otro compañero por Juan Pablo en su despacho del paseo de Recoletos, justo al doblar la esquina de la calle Recoletos, donde se cocían todos sus periódicos y revistas. Aquello ya me sorprendió. Todo un presidente de Punto Editorial perdiendo el tiempo con unos estudiantes. Campechano, nos invitó a sentarnos con él en los sofás de su despacho. Queríamos pedirle consejo y apoyo para un seminario que queríamos organizar con la embajada de los Estados Unidos en Nueva York y Washington. Hacía días que recorríamos los despachos de quienes nos podían ayudar en aquel proyecto, para el que ya contábamos con el Departamento de Estado y su programa de visitantes internacionales.

Escuchó sin pestañear toda aquella locura de unos jovenzuelos, a los que parecía habérseles subido demasiado a la cabeza la carrera que estaban cursando. Y con la misma parsimonia dibujó unos cuantos consejos que nos vendrían muy bien para elegir bien las visitas y los encuentros de aquel viaje. «Así que la Bolsa de Nueva York…». Le encantaba todo lo relacionado con los mercados financieros. Había asistido a su explosión en nuestro país, hacía unos pocos años, y había conseguido que muchos de nosotros contempláramos hacernos periodistas económicos como una posibilidad real y ambiciosa.

Muchos años después he coincidido con él en las cenas del Consejo Editorial de Nueva Revista. Yo había llegado a trabajar en Expansión, como quería, pero él ya no era presidente de la compañía editora. El destino me llevó después por territorios que nunca imaginé, hasta que lo encontré allí, acariciando con ese gesto tan característico suyo el lomo y la cubierta de un nuevo número de la revista. Con los mismos comentarios socarrones y agudos de siempre. Con esa bonhomía que tanto contrastaba con el entorno yuppie y competitivo en el que se desenvolvía. Siempre sin perder la calma, aunque hubiese motivos más que justificados para ello. ¿Cómo se hace eso, Juan Pablo? Siempre lamenté no habérselo llegado a preguntar.


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