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Cuba. Medio siglo entre la revolución y la dictadura

El próximo 1 de enero se cumplen cincuenta años del triunfo de la revolución cubana. Es decir, medio siglo, expresión que explica mejor el tiempo transcurrido. En 1959 nadie hubiese apostado por la permanencia de la revolución durante tanto tiempo. Ni siquiera Fidel Castro, que había repetido hasta la saciedad que su objetivo era devolver la democracia al país y restaurar la Constitución de 1940.

Desde 1952, Cuba sufría la dictadura de Fulgencio Batista tras un golpe de estado incruento que fue justificado como «revolucionario» y «por el bien de la patria amenazada por la corrupción partidista». Ante la indiferencia casi general de los cubanos, su llegada al poder también fue tolerada por EE.UU.

Batista, que era un sargento mulato convertido en general y hombre fuerte desde los años treinta, tenía una ideología cercana al populismo de Perón o Getulio Vargas. Por eso su primer anuncio fueron viviendas para los más pobres y un aumento general de salarios. De hecho, en 1940 había sido presidente de Cuba gracias a los votos de la clase media, que apoyó mayoritariamente a su partido, la Coalición Socialista Democrática. Su programa estaba basado en el orden y el gasto público, pero sin ocultar su cercanía al socialismo, tendencia confirmada al nombrar ministros a dos destacados comunistas, Juan Marinello y Carlos Rafael Rodríguez.

En 1958, sin embargo, la dictadura estaba a punto de ser derrotada debido (y quizá esto sea el «determinismo retrospectivo» del que hablaba Max Weber) a la corrupción, el rechazo popular y la represión descontrolada de la policía. Sin embargo, un motivo sobresalía por encima del resto: el deseo de libertad de los cubanos, cansados de las injusticias de Batista. Si a eso unimos la retirada del apoyo estadounidense y la presión guerrillera tendremos el cuadro completo de la caída del régimen en la madrugada del 1 de enero de 1959.

Batista, rumbo a Santo Domingo, dejó atrás una república enmarañada y a los pies del Movimiento 26 de Julio. En ese instante, las fuerzas rebeldes ya habían llegado al centro del país, aunque no controlaban las principales capitales de provincia y mucho menos La Habana. Sin embargo, los revolucionarios triunfaron y lo hicieron con el absoluto respaldo de los cubanos, convencidos de que Fidel Castro era el caudillo salvador de Cuba.

Desde 1898, la casi totalidad de los políticos cubanos habían combatido contra España y, por tanto, tenían formación castrense. Esto dio lugar a un estilo de gobierno «militar» en el que la nación era sentida como un gran campamento que se dirigía por decreto e impulsos caudillistas. Y donde hay un caudillo carismático las instituciones se difuminan y terminan por desaparecer. Por eso la república cubana era presa fácil y periódica del populismo y los políticos «revolucionarios», adjetivo habitual desde las guerras contra España del siglo XIX.

En 1958, los rebeldes fidelistas no eran los únicos opositores a Batista y tampoco eran los más preparados para tomar el poder. A su lado había organizaciones como el Directorio Revolucionario (de origen universitario) o la Triple A, además de una oposición en la que destacaba Carlos Márquez Sterling (del Partido del Pueblo Libre), político moderado que en las elecciones de ese año propuso una amnistía general y la conversión del movimiento revolucionario en un partido político. De este modo, podría participar en unas hipotéticas elecciones democráticas que se hubiesen celebrado en 1960. Es decir, entre la dictadura de Batista y la revolución de Castro, Márquez Sterling defendía una vía pacífica y democrática anclada en la Constitución de 1940, cuya Asamblea constituyente había presidido.

Sin embargo, la historia oficial de la revolución no reconoce más oposición a Batista que la de Fidel Castro y se esfuerza por ocultar que el comunismo nunca logró más del 3% de los votos en unas elecciones libres. Tampoco asume que la clase media en Cuba había aumentado sus ingresos y calidad de vida desde el fin de la II Guerra Mundial ininterrumpidamente.

Sin embargo, junto a esas realidades también había otras menos positivas. Así, en 1955 un informe del Banco Nacional de Cuba afirmaba que el país no podía continuar dependiendo del azúcar para mantener su economía, ni tampoco que el trato comercial favorable de los EE.UU. fuera eterno. «Si no damos a nuestra economía una estructura y orientación que permitan una distribución equitativa y adecuada de los medios de vida, días muy aciagos nos esperan».

Otro informe, en este caso de la Agrupación Católica Universitaria, señalaba en 1957: «La ciudad de La Habana está viviendo una época de extraordinaria prosperidad mientras que en el campo se están dando condiciones de estancamiento, miseria y desesperación difíciles de creer» y denunciaba el alto analfabetismo en las zonas rurales, así como la falta de asistencia médica primaria. Ambas realidades fueron aprovechadas por Fidel Castro para respaldar su revolución.

LA HISTORIA COMO COARTADA

El análisis oficial cubano de la etapa prerrevolucionaria se basa en que el comunismo era la voluntad de toda la nación desde la independencia de España. Es decir, el comunismo no es una imposición de la minoría que toma el poder en 1959, sino que es la voluntad del pueblo. Esa voluntad fue correctamente interpretada por Castro que, tras una etapa de transición entre 1959 y 1961, la consagró definitivamente al declarar que Cuba era una república marxista-leninista.

Para que este mensaje sea coherente es necesario convertir el periodo republicano (de 1902 a 1958) en un régimen clasista en el que unos cubanos explotaban a otros, un tiempo de corrupción, segregación racial y servidumbre ante los EE.UU. Por eso se le bautiza como «periodo neocolonial».

Para justificar el triunfo de la revolución, se presenta entonces toda la política cubana anterior a 1959 como una lucha del socialismo contra el capitalismo burgués. De este modo, la pluralidad política y las instituciones son acusadas de ser un lastre para la unidad de la nación en un proyecto común. Es decir, la democracia liberal parlamentaria es el origen de una decadencia que sólo Fidel Castro puede enmendar.

Desde abril de 1961 el discurso oficial se construye sobre divisiones artificiales que justifican la falta de libertades. Por eso comienza a hablarse de «Socialismo contra Democracia» o de «Libertad popular contra Servidumbre neocolonial» y se atacan aquellas realidades que pudieran introducir dudas en el pueblo. Por ejemplo, la fuerte influencia cultural católica y su presencia en la vida diaria republicana, en la que el 90% de la población estaba bautizada, unos 125.000 alumnos iban a colegios religiosos (como el propio Fidel Castro) y la intensa participación en la vida política de miembros en la Acción Católica era constante.

Es cierto que otros índices eran mucho más bajos. Por ejemplo, el cumplimiento dominical, que apenas llegaba al 13%, o la poca atención que recibían las zonas rurales en comparación con las ciudades, ya que prácticamente sólo se visitaba a los guajiros para bautizarlos. Sobre todo, en el Oriente del país, donde su arzobispo, Enrique Pérez Serantes —el mismo que salvó a Fidel de ser fusilado en 1953 tras el asalto al cuartel Moncada—, se esforzó en superar el secular olvido con la población rural. En esto Cuba no era diferente al resto de América.

El mismo espíritu revisionista de los comunistas cubanos provocó el ocultamiento de las guerrillas alzadas contra el gobierno de Castro a principios de 1960 (y que fueron bautizadas como «Luchas contra bandidos») o las acusaciones de connivencia con Batista del movimiento obrero (que había logrado mejoras como la jornada de ocho horas o las vacaciones pagadas) y, en general, cualquier referencia al mayoritario acuerdo político y social que supuso la Constitución socialdemócrata de 1940.

Como ya he señalado, el único referente inexcusable en el discurso oficial cubano es Fidel Castro, y esto a pesar de que no fuera el único líder revolucionario hasta 1958. Por el camino se quedaron otros hombres de gran talla política, como Frank País —el jefe de la guerrilla urbana en Santiago de Cuba y posible rival en la dirección del Movimiento 26 de Julio—, o José Antonio Echeverría, Manzanita, líder del Directorio Revolucionario y último presidente de la FEU (Federación Estudiantil Universitaria). Ambos fueron asesinados antes del triunfo de la revolución, lo que permitió convertirlos en héroes silenciosos.

En ese panorama histórico Batista, es el reverso de Fidel Castro y el justificante de todo lo ocurrido más tarde. Para legitimar aún más a Fidel se crea el mito del Che Guevara y, en menor medida por su temprana y misteriosa desaparición, de Camilo Cienfuegos. Ellos forman la trinidad revolucionaria que salvará a Cuba de sus todos sus males —algunos innegables—. Como es conocido, Guevara y Cienfuegos murieron en los primeros años de la revolución y también se convirtieron en héroes silenciosos.

Por tanto, ya desde la etapa guerrillera, la historia de la revolución ha sido un asunto de Estado que debe ser narrado según el discurso de los sectores más radicales del 26 de Julio, que es llamado «movimiento» por imitación al Movimiento Nacional franquista (no en vano Fidel Castro, ya desde su época con los jesuitas, se sabía discursos enteros de Primo de Rivera y, aparte de copiar los colores negro y rojo de la Falange, de él había tomado su aversión a la democracia parlamentaria y al liberalismo).

Los «sectores radicales» antes citados son los comandantes de la Sierra Maestra: Fidel, Che y Raúl. Entre los tres deciden la composición del primer gabinete ministerial, de modo que no se le pueda tachar de comunista. Así, la mayoría de los ministros nombrados en 1959 eran políticos de reconocida trayectoria democrática (como el primer presidente, el juez Manuel Urrutia) y algunos de ellos abiertamente anticomunistas.

Sin embargo, desde los primeros días del triunfo, Fidel asume que sólo podrá mantenerse el poder si es capaz de crear un Estado fuerte y unitario, ya que es consciente de que el M-26-J tiene escasa implantación urbana, sobre todo en La Habana. Sabe también que aún sobreviven estructuras e intereses que intentarán convertir la revolución en algo pasajero, sin cambiar nada y sin reformas profundas.

El precio para evitarlo será sovietizar la revolución, ya que Castro tomó la senda marxista-leninista por coherencia intelectual con su pensamiento nacionalista y revolucionario (si la partitocracia y la burguesía, la Iglesia y los EE.UU. han saqueado inmoral e impunemente a los cubanos, su gobierno devolvería al pueblo todo lo robado) y porque sólo el comunismo podía justificar un gobierno autocrático y convencer a la URSS de la pureza ideológica de la revolución cubana.

Según esta tesis, Fidel no traicionó la esencia del pensamiento radical nacionalista en el que, como tantos otros, maduró políticamente. Lo único que hizo fue llevarlo al extremo para crear un Estado totalitario. Es cierto que hasta 1961 siempre negó ser comunista, pero, al menos desde El Bogotazo de 1948, en el que participó activamente, puede apreciarse su afinidad con el socialismo.

Cuestión distinta es que dichas tendencias izquierdistas se hubiesen mantenido hasta entonces en los límites de la democracia. Como ha destacado Richard Pipes (Harvard University): «Desde un punto de vista histórico, el castrismo es un líder en busca de un movimiento, un movimiento en busca de una ideología y una ideología en busca del poder».

El resto del trabajo lo hizo la intelectualidad de izquierdas occidental, que saludó con gozo el experimento cubano. Comienza entonces el «turismo revolucionario» de escritores y artistas ávidos por conocer de primera mano los logros de la revolución. Así, desfilan por La Habana Neruda, Vargas Llosa, Sartre, Cortázar y otros conversos a la nueva fe fidelista, que funciona como un fenómeno religioso según las tesis del historiador Michael Burleigh.

En el fondo de todo el proceso hay dos constantes: la revolución como única fuente del derecho y el arraigado convencimiento de que la represión es un elemento imprescindible en la acción de gobierno, ya que sólo el terror revolucionario logra la obediencia colectiva. Batista instauró esas prácticas y Fidel Castro las ha mantenido, ya que nadie se siente a salvo en un sistema que castiga arbitrariamente y en el que las nociones de «ciudadano» o «seguridad jurídica» se convierten en resabios burgueses.

Finalmente, gracias a la propaganda cristaliza la leyenda de que los miles de cubanos que lucharon contra Batista lo hicieron por el socialismo. Lejos de ese mito, lo cierto es que cientos de ellos murieron por derrotar a la dictadura, ya fuera por lealtad a las ideas democráticas, al nacionalismo republicano o simplemente por la libertad de Cuba. Lo que resulta inaceptable es el discurso oficial de que toda oposición al proceso revolucionario sea, en el fondo, anexionista o mafiosa. Esa es la tragedia última de Cuba: la existencia de un exilio y, si se me permite el juego de palabras, un insilio creado por la conversión de la revolución al comunismo, algo que la mayoría de los cubanos no quería y que el gobierno de La Habana sigue sin asumir en 2008.

UN FUTURO INCIERTO

Precisamente 2008 ha sido especial por la renuncia de Fidel Castro a la presidencia y a la jefatura militar de Cuba. Termina así medio siglo de historia concentrada en un solo hombre.

El deterioro de Fidel Castro es progresivo —como demuestra la reciente fotografía filtrada por la Iglesia ortodoxa rusa durante la consagración de un templo en La Habana— y, por lo que se deduce, irreversible. Él mismo confirma que, a sus 82 años, le falta el vigor suficiente para afrontar el futuro.

Sin embargo, Castro está tranquilo porque la vieja guardia, apoyada en los jóvenes comunistas, continuará con la revolución. Concluye así «el postotalitarismo carismático», según expresión del profesor de Georgetown Eusebio Mujal-León, ya que a partir de ahora será el Partido Comunista —pese a su progresiva debilidad ideológica y organizativa quién sustituya— al comandante. Desarmada la utopía, el miedo al cambio es el principal aglutinador y legitimador del régimen, ya que el núcleo nacionalista y antiamericano que tantas cosas ha justificado se ha reducido en la última década.

Da la impresión, por tanto, de que la nación está madura para asumir la despedida. Más dudas existen acerca de si estamos en el inicio de la transición, algo que el paso del tiempo parece desmentir. Raúl Castro y sus ministros, que han realizado con éxito el traspaso de poderes, están ahora inmersos en una batalla política de gran calado y atan cabos para que la situación no se desquicie.

Con la renuncia de Fidel llega el turno de la diplomacia y la política porque el triunfo de Obama y los nuevos acuerdos con Rusia marcarán el futuro escenario cubano. A corto plazo todo seguirá en manos de los militares, como garantes el orden interno, y el Partido Comunista, dueño de un arma poderosa: autorizar la salida incondicional del país. Si eso se permitiera, el éxodo inmediato hacia Miami sería de cientos de miles de personas, posibilidad que aterra a los EE.UU. Por tanto, a todos conviene que el Partido y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) continúen «en la vanguardia del proceso».

Como señala el historiador Rafael Rojas, en las dictaduras la historia oficial es incuestionable y, a la vez, ficticia, ya que transmite la idea de que el poder lo ejercen las masas populares. «Cuando es el pueblo quien rige la nación, la historia política desaparece y en su lugar queda una leyenda consoladora. En ese mundo perfectamente armónico no hay disidencias o fricciones y quienes se oponen son […] asumidos como agentes de alguna fuerza diabólica exterior».

La historia de la revolución o, más bien, de las dos revoluciones cubanas (la que se dio entre 1956 y 1961 y la posterior de 1961 en adelante) sigue rescribiéndose cada día para evitar enfrentarse una dolorosa realidad: la perpetua condena de los cubanos a vivir entre la revolución, la dictadura y el exilio. O dicho de otro modo, a vivir en una guerra civil que dura ya medio siglo. Ni Orwell lo hubiera mejorado.

Siete argumentos a favor de Bolonia

A nadie se le oculta que la universidad española, con las lógicas diferencias entre instituciones, es un bien manifiestamente mejorable. No puede negarse su papel decisivo en la formación de los profesionales actuales y en la democratización de nuestra sociedad, pero no debemos instalarnos en la complacencia por estas bondades, olvidando las insuficiencias que limitan su capacidad. Luces y sombras, combinadas en dosis distintas según los casos, definen una trayectoria gris que debemos mejorar a través de reformas tan profundas, como urgentes.

En contra de algunas voces críticas, soy de la opinión de que el proceso de Bolonia ofrece una excelente oportunidad para replantear la formación de los graduados y hacerla más acorde con la realidad laboral y económica de nuestras sociedades.

Precisamente Bolonia nace no sólo para el establecimiento de titulaciones que sean reconocidas académica y profesionalmente por los otros países que forman parte del proyecto, sino también para modernizar y mejorar la calidad de los sistemas universitarios implicados y para desarrollar la diversidad y flexibilidad en la educación superior como instrumento para afrontar los desafíos de la globalización y de una sociedad basada en el conocimiento.

¿Qué elementos introduce Bolonia para modernizar y mejorar la calidad de las universidades? (Dejo al margen, por el momento, el tema de la investigación que requeriría una reflexión específica y extensa, para centrarme exclusivamente en la formación):

1. La posibilidad de definir nuevos productos educativos derivados de los existentes o completamente nuevos, que permitan una mejor adecuación de las titulaciones a las necesidades del mercado. La substitución de un catálogo rígido de títulos por un registro permitirá una mayor oferta de productos diferenciados. Las universidades no deben producir clones con los mismos conocimientos e ignorancias y deberían evitar los grados uniformes en lo que todo se parece a todo y nada (o muy poco) resulta distinto.

2. Un cambio en los métodos de enseñanza tradicionales. La introducción del crédito ECTS diversifica los procesos de enseñanza-aprendizaje. Reduce, el papel de la lección magistral y prima otros procedimientos, como los seminarios, las tutorías, las prácticas o el propio trabajo personal del alumno, como métodos más adecuados para mejorar la formación.

3. La oportunidad de incorporar a las titulaciones algo más que contenidos. También destrezas, herramientas, valores, capacidades que van a redundar en una mayor empleabilidad de los titulados. Permítanme, en este sentido, que mencione la experiencia que se está llevando a cabo con los nuevos grados en la IE Universidad. Todas las titulaciones, además de los contenidos propios de cada una de ellas, tienen tres módulos que se denominan módulos IE: uno de Management, otro de Humanidades, en sentido amplio (Liberal Arts), y otro de Deontología profesional, sin olvidar en ningún momento la enseñanza de «Skills» fundamentales relacionadas con el aprendizaje de idiomas y las nuevas tecnologías.

Que los estudiantes estén en mejores condiciones para acceder al empleo no debe ser entendido como un proceso de mercantilización de la universidad. En ningún país de los que ya se han adaptado a Bolonia se ha producido una situación de este tipo. Además, en la cumbre de Londres de 2007 se ha dado un impulso significativo a la dimensión social del proceso de construcción del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). En este sentido, se reconoce la importancia de la educación universitaria como elemento de cohesión social y se propone la eliminación de obstáculos socioeconómicos que impidan a los estudiantes acceder y acabar sus estudios.

4. El EEES sienta las bases para que la movilidad de los estudiantes sea mayor que la actual. Una movilidad en el interior de sus universidades para que puedan cambiar de estudios y una movilidad interuniversitaria nacional e internacional para que puedan cursar módulos de estudios o titulaciones completas en otras universidades. De esta manera se enriquecerá su experiencia y crecerá igualmente su empleabilidad.

5. Una mayor internacionalización de las universidades. Condición que se nutre no sólo de una mayor movilidad de estudiantes y profesores, sino de acuerdos básicos entre universidades de países distintos para el establecimiento de estudios compartidos o de programas de investigación conjuntos.

6. Un proceso de acreditación ex post permitirá contrastar la calidad y complementará la autonomía, al menos teórica, de las universidades para el diseño de las titulaciones. Esa garantía de calidad será una condición imprescindible para asegurar la necesaria confianza entre las universidades del espacio europeo, de modo que el reconocimiento de títulos y estudios no planteen reticencias y permita que el sistema avance con confianza y eficacia.

7. Un mayor énfasis en la formación práctica de los estudiantes, lo cual tendrá que provocar una positiva intensificación de las relaciones universidad-empresa hoy manifiestamente mejorables. Se lograría, de esta forma, mitigar la desconexión entre la formación que demanda el mercado de trabajo, atestiguada tanto por los graduados como por las empresas.

El decreto español que recoge y desarrolla estos y otros principios de Bolonia, es esencialmente correcto. Sin embargo, es necesario evitar que, por la vía de ciertas actuaciones, se desvirtúe su aplicación. Los departamentos universitarios no pueden pretender incorporar a las nuevas titulaciones todo lo que saben sus profesores o prescindir de todo lo que ignoran. Las conferencias de decanos y directores de una determinada titulación tienen que admitir que no son Fuenteovejuna y que pretender cerrar lo más posible un grado es un ataque al corazón de Bolonia. Los colegios profesionales han de ser más abiertos y menos corporativos. No pueden pretender regularlo casi todo y considerar inconveniente todo lo que se salga de sus exigencias y recomendaciones.

Las universidades públicas, sobre las que ciertamente descansa el sistema universitario español, tienen que conducirse con menos reticencias con las privadas y no descalificar, sin más, sus iniciativas con el argumento de que las necesidades del mercado están cubiertas con su oferta. Las universidades privadas, en buena parte jóvenes e imperfectas, han hecho un esfuerzo de adaptación a Bolonia mucho más rápido e intenso que las públicas. La mayoría de los títulos sometidos a la verificación han correspondido a las instituciones privadas que además han podido, por sus menores constreñimientos internos, diseñar titulaciones con un mayor grado de libertad. No se pueden desautorizar esos proyectos con el argumento injusto de una pretendida competencia (en el fondo eso sería positivo), tanto más si se tiene en cuenta que las privadas no consumen recursos públicos.

La Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad (ANECA) tiene que actuar con rigor, pero también con flexibilidad en la verificación de los títulos, dando margen a iniciativas novedosas e imaginativas. Ya habrá tiempo, cuando llegue la acreditación, para saber si «el producto» tuvo el valor y el alcance con el que se diseñó.

Quizás tienen razón los alumnos cuando afirman que han intervenido poco o nada en la confección de los nuevos planes. Pero no la tienen algunos grupos o asociaciones cuando afirman que el proceso de Bolonia supone una supeditación de las universidades a los «intereses» empresariales. Todos los estudios no tienen por qué adaptarse como un guante de seda a las necesidades del mercado laboral, pero ese grito que hace pocos días oía en la Universidad Complutense en la entrega de becas patrocinadas por una gran entidad financiera, de «¡Fuera empresas de la universidad!», no tiene fundamento alguno. Permítanme que exprese el contrapunto a esa exclamación, con esta otra: «¡Más empresas en la universidad!». Más empresas para hacer más y mejores cosas. No sólo para ofrecer prácticas a nuestros estudiantes y licenciados, sino para que nos presten sus profesionales, nos ayuden a financiarnos o nos encarguen proyectos de investigación. Pero no lo harán si no somos capaces de mejorar la calidad de la enseñanza y de la investigación que ofrecemos. Si no somos competentes para ofrecer una mayor eficiencia y una mayor eficacia.

Las comunidades autónomas han de superar la pretensión de no crear demasiadas diferencias entre sus universidades. Hace pocos días me comentaban que el Gobierno andaluz pretende que sus universidades se pongan de acuerdo para el diseño de una misma titulación. Una vez más se impone el cómodo, pero poco competitivo, «café para todos».

Por último, el Ministerio, ahora con nueva denominación y competencias, pero con el mismo reto de mejorar el sistema universitario, ha de favorecer, entre otras cosas, la venida de estudiantes internacionales mediante procedimientos ágiles para entrar en nuestro sistema. Favorecer que los centros tengan más estudiantes foráneos es contribuir a paliar las carencias de trabajadores cualificados que vamos a tener a medio plazo. La universidad española, tras sufrir la abundancia de usuarios de la etapa del «baby boom», va a pasar por un periodo de escasez relacionado con los años de fuerte caída de la natalidad. Hay disponibilidad para atender una demanda exterior más fuerte, pero, una vez más, no lo podremos hacer si no somos capaces de ofertar productos atractivos y rigurosos.

Sé que no son buenos tiempos para implementar todas estas acciones. La financiación de las universidades públicas sufre recortes presupuestarios que van a obstaculizar la puesta en marcha del nuevo marco. Y observo una preocupante apatía de una parte del profesorado, con edades medias altas, que no acaba de ver qué ventajas ofrece el sistema de Bolonia. Exigir mayores esfuerzos a los profesores y a las autoridades académicas en un marco económico restrictivo no es el mejor camino para el éxito de la operación. Pero a pesar de todo, Bolonia es la senda para llevar a cabo una reforma basada en la flexibilidad, la transversalidad y la multidisciplinariedad de los sistemas educativos, y en una oferta de productos diferenciados que promueva una auténtica competencia entre universidades. Sólo así será posible que las universidades ejerciten la función de la autonomía responsable que significa libertad de diseño, pero también compromiso con el rigor de los títulos ofertados. Sólo así seremos capaces de superar los estrechos límites de nuestro mercado interior, con un número de estudiantes cada vez más pequeño debido a los efectos de una demografía implacable.

Los estudiantes deben poder elegir aquello que más conviene a su formación. Moverse entre titulaciones, universidades y centros educativos internos y externos a la búsqueda de lo mejor. Adquirir los conocimientos básicos de su profesión, pero también formaciones complementarias y diferenciadas que den singularidad a su competencia. Deben aprender a aprender y el profesor a enseñar de otra manera, más práctica, más ágil, más útil. Bolonia es una oportunidad para hacer cosas nuevas, distintas, originales e innovadoras. Es nuestra gran apuesta de futuro.

Los dibujos de Antonio del Castillo

En noviembre de 2004 la Fundación de Apoyo a la Historia del Arte Hispánico y la empresa Sacyr Vallehermoso publicaron una excelente monografía, profusamente ilustrada, sobre el pintor cordobés Antonio del Castillo. Los autores, Mindy Nancarrow y Benito Navarrete habían realizado, sin duda, de uno de los libros más importantes sobre uno de los pintores más desconocido del Siglo de Oro español, cuya valoración e interés no ha hecho más que crecer en los últimos años.

Pues bien, hace apenas unas semanas, la Fundación Marcelino Botín, que había iniciado con Eduardo Rosales (1836-1873). Dibujos. Catálogo razonado una serie de publicaciones sobre el dibujo en el arte español, acaba de lanzar al mercado Antonio del Castillo (1616-1668). Dibujos. Catálogo razonado. Un catálogo este, realizado igualmente por Benito Navarrete Prieto con la colaboración de Fuensanta García de la Torre, que además incluye artículos de los autores, así como de Priscilla E. Muller y Mindy Nancarrow.

Si en el primer volumen citado ya figuraban algunos dibujos del pintor, este Catálogo razonado supone un estudio importantísimo —nunca se puede hablar de definitivo— para completar la obra de uno de nuestros pintores barrocos más sobresalientes. Y ésta es la primera reflexión que hay que hacer cuando aparecen este tipo de libros.

AUSENCIA DE INVESTIGACIÓN

Si hace unos meses nos lamentábamos, a raíz del libro de Gianni Papi sobre los años romanos de Ribera, de la falta de investigadores patrios de que adolecía nuestra historia del arte, es justo reconocer también que, algunas instituciones realizan trabajos encomiables mientras que las universidades parece que siguen dedicadas a fomentar viajes e intercambios de dudosa eficacia, y se resisten a colaborar con instituciones que podrían paliar sus carencias económicas. Es verdad que, desgraciadamente, carecemos de publicaciones que reflejen esas investigaciones, necesariamente costosas y complejas, pero la presencia de empresas, como Sacyr Vallerhermoso o fundaciones como la de Apoyo a la Historia del Arte Hispánico o la Marcelino Botín preocupadas por abrir caminos a este tipo de textos empieza ya a dar frutos.

Se me dirá que hay muchas otras publicaciones y empresas que colaboran en actividades culturales. Y es verdad, pero no es menos cierto que muchas de ellas se sienten a veces excesivamente impresionadas por los grandes nombres de nuestra historia del arte, o por investigadores ya consagrados, y prescinden de artistas y estudiosos que realizan trabajos verdaderamente sobresalientes. Y uno de ellos es este catálogo razonado de dibujos.

Dice Benito Navarrete en su artículo sobre el pintor que Antonio del Castillo «es el dibujante más importante del Siglo de Oro español por su versatilidad, inventiva y cantidad de dibujos conservados, además de la calidad sostenida de los mismos». No me parece una afirmación exagerada pues sólo Alonso Cano podía entonces hacerle sombra, «quizá más genial pero no más cualificado», según señala el propio Navarrete.

¿Y cómo es posible que un pintor de esta categoría haya permanecido olvidado (como señalan todos los que intervienen en el libro y siga, añado yo) en nuestra historia del arte? Pues sinceramente, creo que en este punto hay también que echar la culpa a los museos y a las instituciones públicas. Como éste es un artículo periodístico y no de investigación, hay que reconocer que también los museos se dejan llevar por los grandes nombres —hoy más que nunca— y las colas de visitantes; y seguramente olvidan esos pequeños tesoros que son compatibles —lo uno no excluye lo otro— con las grandes figuras nacionales e internacionales. Es verdad que la Fundación Marcelino Botín reunió en Santander, hace muy poco, 73 dibujos de Antonio del Castillo en una muestra interesantísima, y que el Museo de Córdoba, su tierra natal, organizó allá por 1985 una primera muestra de su pintura, aunque con algunos cuadros dudosos o del taller, pero es que Antonio del Castillo hubiera necesitado, y necesita como otros autores de su generación, una gran exposición en Sevilla o en Madrid que le devuelva a la primera línea del panorama nacional e internacional.


José ordena la prisión de Simeón, Antonio del Castillo, 
óleo sobre lienzo, 109 x 143 cm

Es pertinente reconocer, llegado este punto, que sin los trabajos de Priscilla E. Muller y Mindy Nancarrow todo lo que ahora estamos descubriendo del pintor sería mucho más costoso, pero tampoco es la primera vez que los investigadores extranjeros nos vienen a descubrir las maravillas que nosotros no conseguimos ver. Pero ese es otro tema frecuente en nuestra historia y que no podemos aquí analizar.


José explica los sueños del Faraón, Antonio del Castillo, óleo sobre lienzo,
 109 x 145 cm.

UNA CONFUSIÓN DE SIGLOS

El olvido actual de Antonio del Castillo, como suele ser habitual, no se corresponde con el éxito que tuvo en vida. Antonio Palomino, autor de las Vidas de pintores, publicado en 1715, no escatima elogios para su paisano, especialmente en lo que se refiere a sus dibujos. Pero es que otros autores como Lázaro Díaz del Valle, Ceán Bermúdez o el viajero y coleccionista Richard Cumberland también se quedaron prendados de su capacidad como dibujante y pintor. El hecho de que muchos de estos dibujos estuvieran firmados con las iniciales AC hizo atribuirlos a Alonso Cano —ése era el nivel— e incluso a Agostino y Aníbal Carracci, pero hoy los expertos, y este estudio es prueba de ello, ya han empezado a devolver al autor sus obras más preciadas. Un tardío reconocimiento a una confusión que ha durado varios siglos.

 

Otra faceta escasamente conocida de Antonio del Castillo son sus paisajes. No era frecuente, en los pintores del Siglo de Oro, dar importancia al paisaje. El extraordinario, y poco conocido Paisaje con san Juanito es buena muestra de lo que digo.


San Jerónimo, Antonio del Castillo,
óleo sobre lienzo, 142 x 105 cm

Pero volviendo a los dibujos, merece la pena destacar la labor de depuración que han realizado respecto a anteriores trabajos. De hecho cuando Priscilla E. Muller realizó el primer trabajo sobre los dibujos del pintor, los 212 que estudió quedaron reducidos a 110 originales. Este nuevo catálogo de la Fundación Marcelino Botín recoge hasta 190 dibujos. Es decir, siguen apareciendo dibujos. Y no sólo de Antonio del Castillo. Aquel tópico sobre la inexistencia de dibujos españoles del Siglo de Oro se sigue cayendo.

Como reconoce Priscilla E. Muller, la calidad de los dibujos de Antonio del Castillo ya era conocida en vida del pintor. Cuenta cómo el pintor cordobés Juan de Alfaro, cuando se trasladó a la corte para trabajar en el taller de Velázquez, se llevó algunos dibujos de Castillo, con quien había trabajado. Dibujos que muy bien pudieron pasar a su muerte a manos de Palomino. Y el propio Palomino cuenta que «habiendo visto Alonso Cano unas pinturas de los evangelistas de mano de Castillo [obras que están hoy en Córdoba] dijo, que dibujaba tan bien, que era verdadera lástima que no viniese a Granada, para enseñarle a pintar», crítica que provocó la inmediata respuesta de Castillo: «Mejor será, que él venga por acá, le pagaremos la buena intención con enseñarle a dibujar». Cano siempre haciendo amigos.


Cuatro cabezas, Antonio del Castillo, lápiz y pluma de caña, tinta 
parda sobre papel verjurado, 130 x 211 mm.

Pero algunos dibujos de Castillo ya figuraban en vida del pintor y eran señalados en colecciones como la del comerciante cordobés Lorenzo Matteo o el pintor Palomino quien decía poseer «la menor parte» de «los innumerables» dibujos que dejó Castillo al morir. Las referencias a «trazas de varios adornos y arquitectura» o a «piezas de platería, y otros artefactos» e incluso a «algunas cabezas (especialmente de viejos) hechas con pluma de caña» permite identificarlos con varios dibujos de los que han llegado hasta nosotros.

PAISAJES Y APUNTES AL NATURAL

Más interesantes son las alusiones de Palomino a los paisajes: «Salía algunos días a pasear, con recado de dibujar, y copiaba algunos sitios del natural, aprovechándose asimismo de las cabañas y cortijos de aquellas tierras; donde copiaba también a los animales, carros y otros adherentes […] y algunas casualidades en aquel arroyo de las peñas, con singularísimo primor». Y digo más interesantes porque permiten comprender que, aun basándose fundamentalmente en grabados flamencos e italianos, los pintores españoles eran capaces de incorporar ya entonces a sus cuadros elementos tomados del natural. Probablemente algunos de estos dibujos fueron a parar a la Academia de Bellas Artes de San Fernando, aunque si se repasa su procedencia, hay auténticas sorpresas: los hay que incluso proceden de coleccionistas mexicanos aunque la mayoría se encontraran y sigan apareciendo en España. Juan Agustín Ceán Bermúdez (1748-1829) poseía varios: «Como [Castillo] había dibuxado mucho, quedaron muchos diseños de su mano, que tienen los profesores, y yo conservo una buena parte […] tocados con magisterio y libertad». También poseía 45 dibujos del cordobés el político Melchor Gaspar de Jovellanos, fallecido en 1812. Permanecieron en el Instituto Jovellanos de Gijón hasta que desaparecieron durante la revolución de Asturias.

Tres dibujos de Castillo figuraban entre los 436 dibujos de la colección de Paul Lefort, corresponsal en Madrid de la Gazette des Beaux Arts, que se subastaron en París en 1869 y que compró Pedro Fernández Durán y que hoy están en el Prado junto a otros 2.800 dibujos que donó el coleccionista madrileño.


Paisaje con árboles y maleza, Antonio del Castillo, pluma
de caña, tinta parda sobre papel verjurado, 312 x 217 mm.

Sorprende que en esas fechas aún quedaran dibujos en manos particulares. La Guerra de la Independencia, ¡como no!, fue la causante de una de las desapariciones masivas de tantos y tan famosos dibujos. Richard Ford escribía en 1832 que en Sevilla no se podían conseguir «ni grabados ni dibujos», añadiendo que los franceses habían «limpiado el país». Y es que hay que reconocer que los dibujos siempre se roban más fácilmente que los cuadros o las esculturas. Pero hubo de todo.

Más suerte tuvo otro inglés, Frank Hall Standish (1799-1840), que, a su muerte en Cádiz, llegó a poseer 260 dibujos españoles, entre ellos más de 25 de Castillo. Todos fueron legados al rey francés Luis-Felipe de Orleans que, ya en el exilio, vendió su colección. El Apostolado y Jesucristo tentado por el diablo de la colección Colomer proceden de aquel coleccionista.

EL MISTERIO QUE PERMANECE

Desde que en 1963 Priscilla E. Muller publicó su tesis The Drawings of Antonio del Castillo y Saavedra, han seguido apareciendo dibujos, como hemos dicho. Pero hay un misterio que permanece: la duplicidad y las copias. Es frecuente que, como setas, hayan aparecido dibujos que repiten bocetos de cabezas, arquitecturas y elementos de sus cuadros que pueden dejar perplejo —así lo analizan los autores— al que se acerca por primera vez al dibujo de Castillo. Sin embargo, hay que encontrar en la fama y éxito del autor la posibilidad de que sus discípulos copiaran también sus dibujos, e incluso que, una vez que éstos ingresaban en las Academias, fueran copiados por los alumnos con mayor o menor destreza.

La labor que ahora Navarrete y Nancarrow han llevado adelante tiene más valor. Discriminar no es fácil y requiere análisis de papeles y filigranas exhaustivos. Se trata de depurar para conocer mejor al maestro. La poesía que acompaña a uno de sus dibujos, «Quejarse un prado porque el enero lo había agotado», es una buena imagen: estudiar para no agotar, sino para que resplandezca más la calidad de la obra de Antonio del Castillo. Un trabajo ejemplar.

Mucho más que un jefe

«Os quiero mucho». Estas palabras que pronunció a dos amigos, que se desplazaron a Pamplona, horas antes de fallecer resumen muy sucintamente el lema de su vida.

Juan Pablo de Villanueva, amigo, maestro, consejero, jefe y presidente, fue una persona con profundas convicciones que intentó desarrollar en su vida tratando a todos por igual. No estaba encerrado en los despachos, actitud muy propia de los presidentes. Eran muy frecuentes sus paseos por las redacciones departiendo amigablemente con todos, desde el director adjunto hasta el último becario, siempre tenía tiempo para todos. Le interesaba no sólo la faceta profesional de sus trabajadores, sino primordialmente la humana. Sabía meterse en la piel de la otra persona, en sus problemas y alegrías, porque esto era lo que le ocupaba. Le interesaban las personas, la amistad, la felicidad. Más de uno de sus trabajadores cambió el rumbo de su vida por un consejo acertado que le dio.

Recuerdo que cuatro días antes de fallecer estuve comiendo con él en Pamplona. En esa comida salieron a relucir muchos nombres, con algunos de ellos mantuvo ciertas discrepancias profesionales. Me llamó la atención que no tuvo ninguna palabra negativa para ellos, más bien al contrario, siempre justificaba una actitud equivocada de la otra parte, porque tal y como repetía como un soniquete «siempre hay que ponerse en el lugar del otro».

Decía las cosas, pero nunca las imponía, dejaba hacer. Con su famoso «tú verás» la redacción hacía y deshacía a su libre antojo, pero con una enorme responsabilidad. Esto que es muy fácil de decir no es lo que ocurre precisamente en las redacciones de los periódicos españoles, donde si te descuidas la noticia que aparece publicada no tiene nada que ver con lo que habías firmado. A quién no le han cambiado un titular o el enfoque de una noticia. Con Juan Pablo, esto no pasaba, siempre y cuando toda la información fuera veraz y estuviese contrastada. Por eso era muy fácil que siempre se pusiera del lado de su trabajador ante las presiones externas.

Recuerdo un día que estaba en su despacho cuando le llamó un importante empresario para quejarse de una información que publicaba el periódico. Enseguida le amenazaron con retirar la campaña publicitaria que había en marcha. Daba igual, Juan Pablo se ponía al lado de su trabajador. Muchas veces le escuché: «Nosotros no nos ponemos de rodillas delante de nadie». Ésta era otra de sus frases, pero tenía muchas más que reflejaban su pensamiento y su forma de vida en la que no paró de trabajar, aunque en estas líneas haya intentado dibujar el perfil profundamente humano que tenía. De hecho, días antes de su fallecimiento aún seguía dándole vueltas a un nuevo proyecto empresarial que ya estaba avanzado y en vías de financiación. Aunque el primer sentimiento que hayamos podido tener es el de la orfandad, ahora es el momento de seguir desarrollando toda su obra, incluso este último proyecto, ya que contamos con toda su ayuda desde el cielo.

Periodista y empresario (por ese orden)

Tuve la suerte de trabajar diez años con Juan Pablo de Villanueva. Él me nombró director de la revista Dinero y apoyó mi trabajo en tiempos difíciles. Siempre me llamó la atención la doble faceta de Juan Pablo, un periodista formado en la prestigiosa Universidad de Navarra, graduado con premio extraordinario, que a los 26 años ya dirigía un diario en Madrid. Luego llevaría las riendas de tres más, llegando al difícil récord de haber dirigido cuatro diarios en la capital del Reino. Pero desde muy temprano tuvo el acierto de ser empresario de sus propias aventuras periodísticas.

Juan Pablo era un hombre muy preocupado por la cuenta de resultados de las empresas que presidía, muy batallador y tenaz, con la porfía sin igual de un navarro para perseguir metas elusivas. En las reuniones mensuales para el seguimiento de la revista dedicaba el máximo esfuerzo para empujar la gestión comercial de Ediciones Intelige, editora de Dinero. Sabía muy bien que la consecución de la excelencia periodística precisa de una independencia que sólo se logra con una cuenta de resultados positiva y holgada. Le molestaban grandemente las presiones que inevitablemente sufre una publicación prestigiosa del mundo de los negocios.

Las publicaciones de economía a menudo adolecen en España de magros resultados financieros. Incluso las mejores tienen difusiones que son la quinta y aun la décima parte de la prensa hermana de Italia o Francia. En un país en el que se lee poco, las publicaciones especializadas de calidad están condenadas a ser estrictamente minoritarias. Pero sus modestas tiradas no son óbice para alcanzar una notable influencia en los círculos de elites a los que se dirigen. Esta circunstancia las convierte en blanco fácil de presiones de variada índole. Una de las pocas veces que he visto a Juan Pablo golpear su mesa con el puño, fue con este motivo, notablemente irritado por las insistentes llamadas de los altos responsables de una importante empresa española que querían influir más allá de lo razonable en un reportaje de Dinero. «¿Es que pretenden decirnos lo que tenemos que publicar?», me dijo, para terminar dictaminando: «Haz lo que estimes oportuno».

Siempre vi a Juan Pablo como un colega, sin dejar de ser mi editor. Comprendía muy bien las complejas encrucijadas a las que se enfrenta el responsable periodístico de un medio. Y su apoyo era roqueño, de una tenacidad excepcional. Aprendí con él unas cuentas cosas que no te enseñan en las escuelas de periodismo, pero que tal vez son la sal de esta profesión, que sólo puede ejercerse con plena entrega si en la raíz de tu trabajo está la idea de servicio a los demás. Gracias, Juan Pablo.

Nada menos que un compañero

La primera frase que oí a Juan Pablo Villanueva referida directamente a mí fue «tú te quedas». Iba a decirle, recién llegado él a La Gaceta, que como director daba por hecho que querría un adjunto de su confianza, que lo entendía y que… No me dio lugar a ello. Y aquí empezó una espléndida relación profesional y una creciente amistad que, en los últimos tiempos, se hizo más densa y más profunda. Acaso sólo teníamos en común la imposibilidad incluso física de dedicarnos a otra cosa que no fuera hacer periódicos.

Nuestra educación, nuestras costumbres, nuestra manera de ser, eran muy distintos, pero a la hora del cierre, entonces, nos hervía la misma tinta por la venas, nos invadía ese trémolo más maternal que paternal de un nuevo y van… muchos miles de periodicos.

Estos días se han prodigado los recuerdos a Juan Pablo que destacan su condición de empresario de periódicos. Con ser importante y exitosa su carrera de editor, yo al que he conocido y he querido es a Juan Pablo nada menos que periodista, capaz de garabatear una portada sobre otra para ayudarse a pensar, capaz, siendo empresario y director a un tiempo, de poner siempre por delante el número del día a cualquier urgencia de otro tipo. Y capaz de confiarnos (se fiaba de nosotros) aquello tan valioso. Él se jugaba todo y, sin embargo, tantas veces dejó en nuestras manos la criatura. Sólo podíamos corresponderle con la máxima lealtad.

A lo largo de mi carrera he tenido empresarios, mejores y peores. Alguno realmente descabellado. Y he tenido directores. Los recuerdo uno a uno por sus nombres y por lo que aprendí de y con ellos. Alguno intuitivo y brillante, alguno locoide e iluminado, alguno distante y mayestático, alguno compañero, sobre todo. Si alguna vez vuelvo a dirigir un medio, sé que ahora me parecería mucho al director que fue Juan Pablo y no porque haya sido uno de los que más me han durado (o yo a él) sino porque fue un magnífico director de periódico. Y eso es lo más.

Peleón infatigable y tenaz

De mirada limpia, amplia sonrisa, sorprendentemente tímido… Y con un carácter fuerte, como se suele definir a las personas con un cierto genio. Juan Pablo era así. O más bien, yo le veía así. Y precisamente por ello, porque tenía un carácter fuerte, me sorprendía su pelea diaria, minuto a minuto, por ahogar sus primeros impulsos y esmerar al máximo su trato con los demás.

Juan Pablo era un peleón infatigable, tenaz. En primer lugar, insisto, consigo mismo, porque se conocía lo suficiente como para plantearse metas de mejora personal día a día, con esa visión sobrenatural que poseía como consecuencia de su libre y responsable correspondencia a su condición de católico practicante. Un día, por ejemplo, me comentó a los postres de un almuerzo de trabajo —con medias palabras, porque no era amigo de hablar habitualmente de estas cuestiones— que había decidido dejar de tomar café. No es que hubiera recibido algún consejo médico al respecto, sino simplemente que deseaba evitar cualquier tipo de dependencia. Y había decidido también dejar de depender del café.

Era un peleón infatigable y tenaz, sí. Y prueba de ello es su propio currículum personal y profesional. Primero como estudiante; después, como profesional de la comunicación —fue un periodista de raza, como se suele decir—; y en tercer lugar, por aquello de seguir un orden cronológico, como empresario editor.

Es cierto que tenía visión de futuro. Evidentemente. Pero más importante, a mi juicio, era su compromiso diario con los proyectos planteados y su altura de miras. Sabía sentarse en la mesa de un consejo y compartir sus proyectos empresariales con otras personas. Y disfrutaba haciendo el periódico cada tarde, en medio de la redacción, sin evitar un intenso debate sobre cómo debía valorarse cada noticia y en qué términos la podía entender mejor el lector.

Y llegados a este punto, no quisiera dejar de apuntar una cuestión más. Era arrollador en la exposición de sus argumentos. Con numerosos recursos y una vasta formación cultural. No en vano se definía a sí mismo como un gran devorador de libros. Y al tiempo, un gran intelectual liberal, capaz de defender con pasión su puntos de vista y de escuchar con la misma atención las opiniones de los demás.

Desde este punto de vista se puede entender mejor que, siendo un católico practicante por los cuatro costados, fiel hijo de la Iglesia como numerario de la Prelatura del Opus Dei, evitó en todo momento impulsar proyectos periodísticos confesionales. Porque sabía muy bien que un católico no puede ni debe hacerse portavoz de opiniones sometidas al debate cotidiano como si fuesen las de la Iglesia católica, cuyas verdades trascienden la coyuntura de cada época.

Su talante liberal le llevó a respetar siempre las opiniones de los demás, a las que sumaba también las suyas propias. Y buscó siempre la verdad en medio de ellas. Aunque jamás cedió en el debate de las verdades objetivas, como son la libertad de las personas y la defensa de la vida. Dos de los pilares básicos que se dibujan claramente en todos y cada uno de los proyectos con los que se identificó a lo largo de su dilatada vida profesional.

Lamentablemente, los párrafos anteriores no son más que una pobre y sobria aproximación a la verdadera y rica personalidad humana e intelectual de Juan Pablo de Villanueva, periodista y editor. Así lo habrán entendido quienes hayan compartido algunos años de su vida con él. Y por ello, quizá, entenderán también que el teclado del ordenador se haya negado a dar forma a esos impulsos del corazón que fluyen sin remedio, y con cierto desorden, cuando se evoca el recuerdo cariñoso de un compañero y amigo leal.

Juan Pablo en tres frases

Juan Pablo estaba extrañado de su éxito material. Me lo comentó un día que quedamos a comer cerca de su despacho de la Fundación Diálogos. «He ganado mucho dinero, pero no lo buscaba. Llegó por añadidura. Sólo hacía periodismo». Juan Pablo acababa de dejar el Grupo Negocios. Había sido un divorcio largo y triste, que había sorprendido a viejos camaradas en trincheras opuestas. Estas cosas pasan. Maquiavelo ya advirtió esta trágica inconsistencia: los deseos de las personas y los intereses de los grupos no siempre coinciden. La razón de Estado obliga a veces a adoptar decisiones dolorosas y la buena marcha de la empresa exige amargos sacrificios. No hace falta estudiar Económicas para entenderlo. ¿Se imagina que su jefe diera una oportunidad a todos los desheredados que se encontrara por la calle? ¿Cuánto tardaría en quebrar una empresa gestionada sólo con criterios de caridad?.

Nadie experimentó como Juan Pablo los desencuentros y la amoralidad del capitalismo, pero justamente por eso nadie se esforzó tanto por poner moral en él. Rara vez adoptó una de esas decisiones dolorosas. En los diez años que coincidimos en La Gaceta de los Negocios creo que prescindió de dos redactores. A su alrededor nunca faltaba alguien pidiéndole cabezas. Es el modo más sencillo de zanjar diferencias con un subalterno díscolo. Además, refuerza el principio de autoridad y, en fin, ya saben, es inevitable, no somos una ONG, probablemente le hacemos un favor echándole y reorientando su carrera…

Pero Juan Pablo no cedía. Arrugaba la nariz en un gesto muy suyo y sacudía la cabeza: «No vamos a despedir a nadie». Para él era de verdad un recurso desesperado, algo de lo que sólo se echaba mano cuando todo lo demás había fallado.

Cualquier experto en gestión le explicará que semejante filosofía causa una fatal acumulación de incompetentes que acaba por hundir el negocio. Pero ya digo que Juan Pablo ganó mucho dinero. Sus proyectos salían adelante, y algunos espectacularmente, como Marca o Expansión. En La Gaceta de los Negocios no repitió éxito, aunque hay que precisar que cogió un diario terminal, lo estabilizó y lo situó segundo en difusión, lo que no es poca cosa.

¿Cuál era su fórmula? Ni él mismo la sabía. No buscaba el dinero. Cuando el régimen de Franco le obligó a dejar la dirección de Nuevo Diario, montó una modesta redacción y se dedicó a hacer boletines. Por lo visto, todo lo que este hombre necesitaba era un pedazo de papel impreso en el que levantar acta de lo que pasaba a su alrededor.

Aquella redacción acabó siendo el embrión de un imperio. Además de hacer los boletines, asesoraban a otras publicaciones que querían mejorar los contenidos, cambiar de diseño o modernizar la impresión. Actualidad Económica fue una de las que buscó su consejo. Juan Pablo se dio cuenta enseguida de que era una mina y decidió comprarla con un grupo de amigos: Juan Kindelán, José María García Hoz y Luis Infante. No tenían ni un duro, así que fueron al Banco de Vizcaya, a pedirle 40 millones de pesetas a Pedro Toledo. «¿Y cómo planeáis devolverlos?», les preguntó. Juan Pablo le tendió un papel con una lista de nombres. «Los van a poner estos señores», dijo. «Pensamos venderles el 49% de la revista». Toledo examinó el papel. «Esta lista está muy bien hecha», comentó. Les dejó los 40 millones. Antes de un año se los habían devuelto.

Lo demás llegó por añadidura. Actualidad Económica era, efectivamente, una mina. Compraron Telva, reflotaron Marca, lanzaron Expansión. Todo paso a paso, mirando cada peseta, respetando mucho a las personas, pero aún más la verdad. Eso les granjeó problemas. Otros periodistas que hacen grandes aspavientos se las arreglan para estar siempre en el machito: con Franco eran jerarcas en los medios del Movimiento y ahora reparten el carné de demócrata. Juan Pablo no tuvo una relación fácil con el poder. Franco le cerraba los periódicos, pero ni populares ni socialistas le regalaron nada. Es natural. Sólo hacía periodismo.