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Ver productosLa última vez que hablé con Juan Pablo fue el pasado 29 de octubre, cuatro días antes de su fallecimiento. Ese día un grupo de amigos de don Antonio Fontán íbamos en el AVE camino de Sevilla para encontrarnos con él en Guadalcanal, referencia familiar de los Fontán y apelativo del marquesado otorgado por la Casa Real a don Antonio, como reconocimiento por su larga y leal trayectoria al servicio de la Monarquía y de España.
Durante el viaje rondaba en la atmósfera una preocupación coincidente y recurrente entre nosotros sobre el estado de salud de nuestro amigo Juan Pablo. Pensé que era un buen momento para llamarle, pues en otras circunstancias hubiera hecho el viaje con nosotros y estaba seguro de que le alegraría saber que íbamos a Guadalcanal y que nos acordábamos mucho de él. La sensación que tuve al despedirnos y, pasar el teléfono a otros amigos, fue la de un hombre que se enfrentaba a la enfermedad con la normalidad, la fortaleza y la confianza tan habituales en su comportamiento. No percibí ningún rastro de abatimiento, ni de miedo al acercarse a la gran hora; quizás sólo un cierto cansancio del exhaustivo tratamiento médico que recibía.
Conocí a Juan Pablo hace veinte años, y siempre fue un hombre pulcro, digno, de entusiasmo contenido pero evidente, conversador y conciliador, prudente y mesurado en el juicio, que amaba la vida y la honraba como regalo divino. Juan Pablo con su aire bonachón, tranquilo y un tanto eclesiástico, siempre tenía algo entre las manos. Reunía condiciones de hombre de pensamiento, enraizado en la fortaleza de sus convicciones y en su sentido patriotismo, y de acción, como demuestran sus continuas iniciativas empresariales en torno a proyectos periodísticos; siempre con la firme idea de influir en la sociedad y de difundir los valores que fueron el motor de su actividad humana.
Recuerdo que era habitual oírle hablar con altura y firmeza sobre los temas que le importaban: la unidad de España, Navarra, la educación, la justicia, la economía, y lo hacía siempre con cordialidad, cercanía y profundidad pero con el deseo ferviente de conocer la opinión de los demás para corregir, ampliar o ratificar su juicio. Era un hombre sensible, abierto y flexible, que en las reuniones en las que coincidíamos nunca pontificaba ni limitaba el debate, sino que galvanizaba adecuadamente la discusión y, sin que los interlocutores lo percibieran, obtenía un juicio útil y ponderado sobre las diversas cuestiones que podían interesar.
Juan Pablo de Villanueva era una persona con la que siempre se estaba cómodo, porque aun siendo muy claro en sus opiniones, no tenía un sentido imperativo de las mismas. Le recuerdo muchas veces, en cualquier restaurante, acompasando su opinión con la utilización de los cubiertos a modo de improvisada batería, que para sí quisieran los últimos grupos pop. Había una felicidad innata en él.
Nueva Revista fue el origen y el motivo de nuestra creciente amistad. Coincidimos habitualmente, desde 1990, en las cenas-coloquio que se celebraban en el restaurante La Dorada, después de las reuniones del Consejo Editorial. Pero nuestra relación se intensificó a raíz de la adquisición, en 1996, del Grupo Negocios propietario a la sazón de La Gaceta de los Negocios. Colaboré activamente con él en la obtención del capital necesario para afrontar ese reto empresarial y posteriormente me encargó que me hiciera cargo del Consejo Editorial, como coordinador del mismo.
Durante cerca de diez años, aparte de las cotidianas llamadas telefónicas, nos reuníamos todos los meses con Juan Pablo en el restaurante Arturo de la calle Sagasta un grupo de personas, entre las que se encontraban Sucre Alcalá, Salvador Bernal, Álvaro Delgado-Gal, Fernando Méndez, Rafael Puyol, Antxón Sarasqueta, y también en su época de director Fernando Rayón. Entre todos pasábamos revista a las materias de actualidad y sobre todo a los temas de fondo que afectaban al futuro de España.
Para Juan Pablo, como dijo Ortega, «la vida era un quehacer». Tenía unas dotes excepcionales como periodista y ese fue su destino. Se entregó en cuerpo y alma a su profesión, inspirando múltiples iniciativas empresariales en el campo periodístico, como la mejor vía para trabajar por un fin superior: el construir una España mejor sustentada en los principios a los que siempre fue fiel. Se puede decir que Juan Pablo de Villanueva fue el creador e impulsor de la prensa económica en España. No sé si fue el primero, pero sí el que le dio la dimensión actual. Así, contribuyó a través de la información económica a la modernización económica de nuestro país.
No todo fueron éxitos, tuvo también Juan Pablo decepciones y fracasos. Pero desde su fortaleza moral, el sentido trascendente de la vida en la que firme y fielmente creía, un fair play irreductible y una fe incansable en los proyectos que emprendía, y cuya característica más notoria era su proverbial terquedad, le ayudaron a que su buen corazón y su nobleza de espíritu nunca se enturbiaran.
Siguió siempre adelante, tenía la misma ilusión de siempre por los nuevos proyectos. Nunca perdió la iniciativa, ni abdicó en el combate. Nos deja un recuerdo imborrable, e inevitablemente le echaremos de menos.
El arte nunca ha sido democrático. Y sólo cuando ha empezado a serlo, ha dejado de ser arte. No quiere esto decir que el mero hecho de que un artista resulte indescifrable lo convierta en un genio. En todo caso, hubo una época, la que media entre los filólogos alejandrinos del siglo III a.C. y la consolidación —a partir de los años sesenta y hasta nuestros días: la posmodernidad— de la cultura como industria y de la hegemónica clase media como consumidor poco cualificado, en que la función crítica se ejercía con un saludable desparpajo elitista y más o menos independiente. En nuestras sociedades del espectáculo sigue habiendo algún que otro crítico valiente y culto, pero no suele dejársele hablar muy alto. Los demás son publicistas.
El arte se ha vendido y comprado siempre. Miguel Ángel no esculpía gratis, ni Velázquez retrataba por puro gusto, ni Cervantes pudo publicar su famosa novela sin adular bajunamente al noble de turno. Lo que sucede es que hoy no hay nobles, ni reyes, ni papas y cardenales expertos y sofisticados como Julio II o Scipione Borghese, sino una gran multitud de personas que compran entradas de cine o libros en las grandes superficies y que no han podido dedicar años al cultivo de su gusto porque tienen que trabajar ocho horas diarias para ganar el sueldo mediano del que extraerán la cuota dedicada a eso que se llama ocio personal y que engloba en nuestros días toda la variedad de la experiencia estética. Y sobre todo, carecen de formación porque sus padres fueron iguales que ellos, y la biblioteca excepcional o el conservatorio quizá no entraban entre las prioridades de la somera economía familiar. Y otro tanto sucederá con sus hijos. Esto es la cultura en la democracia contemporánea. Es justo reconocer que el sistema de prosperidad y libertades civiles que rige en un país como España permite cosas tan previas y perentorias al disfrute de un cuadro como comer todos los días y no ser represaliado por escribir contra un alcalde, más o menos. Y es justo reconocer también que hoy salen sabios y buenos escritores que no han nacido precisamente de padres ricos —tampoco de padres pobres, digámoslo todo, porque uno pasea por los suburbios madrileños y no tropieza con un Baudelaire castizo en cada esquina—, lo que quiere decir que el que tiene suerte y entra en contacto de niño con ese libro iluminador que desata una vocación creativa, tiene el camino hacia la excelencia mucho más despejado que en los tiempos en que los libros se imprimían a mano. Esta es la parte buena de la prosperidad tecnológica.
Sin embargo, el hecho de que el mercado marque hoy el canon literario o artístico, y de que sus creaciones sean consideradas estrictamente productos, nos hace dudar de que las nuevas generaciones sean más cultas e inteligentes —libres, por tanto, de espíritu— que las pasadas. Los nuevos poderosos de este mundo ya no encargan grandes obras ni dan la alternativa a artistas talentosos, porque ya no acompañan sus meteóricos ingresos de una formación amplia y una sensibilidad cultivada, que era lo mejor de la clase aristocrática.
Aparte del capitalismo y de la democracia, existe otro factor deletéreo de la excelencia artística. En realidad, es una consecuencia de la coyuntura social, al tiempo que su causa: nos referimos a la ideología. ¿Qué ideología impera en nuestro tiempo en el mundo desarrollado? Pues la ideología de la crisis de las ideologías. Agotados y sin crédito los grandes relatos deterministas que estudia la filosofía de la historia —resumibles en la idea del eterno progreso que forjó el Renacimiento y culminó trágicamente el comunismo—, vivimos más que nunca en la elusión de la funesta manía de pensar, es decir, en el puro presente. Sin embargo, el hombre no puede vivir sin pensar cómo vive. Por tanto, si la vida es hoy consumo, la superestructura ideológica que asista a la vida habrá de presentar una liviandad correlativa. Si la filosofía de Marx acompañaba la vida trabajosa de un obrero decimonónico, los eslóganes publicitarios se convierten en el vademécum intelectual de los adolescentes eternos que pululan por lujosos despachos lo mismo que por populacheros centros comerciales.No cabe siquiera apelar a Epicuro: se vive en la absorción de un irrazonado hedonismo, únicamente articulado a base de imágenes y anuncios. La publicidad es cada día más importante: en política —no hay más que atender a los discursos del hombre que preside España, y al nivel retórico general de nuestra política posmoderna—, en las empresas, en la industria del ocio y del espectáculo.
Habrá gente que esté muy contenta con todo esto. Con que los ricos no sean cultos sino que vayan a ver las mismas películas superficiales que el común de los mortales, lean los mismos libros y escuchen la misma música prefabricada; con que del cuello de un traje carísimo emerja una cabeza tan fachendosamente peinada como toscamente educada. Posiblemente sea este afán profundo de compartir miseria o de expiar en otro las limitaciones propias el resorte psicológico que sostiene la industria de la prensa rosa. La excelencia y la sabiduría, en todo caso, siguen reservadas a la élite, porque biológicamente no es viable una sociedad sólo de inteligentes, como es inviable una colmena sólo de abejas reinas. Eso sí: hoy la élite cultural no tiene por qué asociarse ya a ostentación, riqueza, abolengo o posición social; es más probable encontrar un hombre culto en un piso mediano que en una mansión ajardinada. Ellos debieran ser los amos de la sociedad, y algunos llegan a ser influyentes empresarios o periodistas merced al puro autodidactismo, que tal como está la enseñanza escolar y universitaria (especialmente en España, pero no sólo) es el único medio eficaz de formación. Pero hay que reconocer que las élites ya no fijan el canon.
Esta concepción del darwinismo intelectual ligeramente nietzscheana que mantengo es absolutamente reaccionaria y políticamente incorrecta —porque la corrección política quiere imponer la creencia de que todos somos iguales—, pero en la práctica la asume todo el mundo, sobre todo en los departamentos de recursos humanos de las empresas. Lo que se constata por doquier es que este equilibrio social saludable se ha descompensado en favor de los necios.
¿Por qué ha triunfado la publicidad sobre el pensamiento? ¿Por qué aquellos que se felicitaban de la caída de los viejos ídolos —el paradigma cristiano, principalmente— se entregan ahora al culto más ridículo, al mito más insolvente, a la moda más efímera? «Ganar dinero e inundar nuestras vidas de unos bienes materiales cada vez más trivializados es una pasión profundamente vulgar, que nos deja vacíos», advierte George Steiner. A nadie parece importarle, pero las consultas de los psiquiatras se abarrotan y los medicamentos psicoterapéuticos se han generalizado a parecido ritmo que la comida rápida. Mucho de esto se ahorraría la sociedad con entendimientos bien cultivados, que supieran subvenir con verdades probadas e imaginación viva las contradicciones de la vida moderna y urbana. El pueblo no sabe tratarse porque sus médicos también son el pueblo, y también necesitan medicinas. A nadie se le reconoce salud y autoridad. Estamos todos locos y nos gusta la televisión, valga la redundancia.
La respuesta, evidentemente, está en los libros. En leer mucho (mínimo, un libro a la semana). No cualquier libro, sino los buenos: aquellos que la gente que sepa mucho le confirme a uno que sean buenos libros. Leer no es un entretenimiento: es un acto de constitución antropológica y de formación moral. El que no lee a los clásicos no llega a ser del todo humano. Mientras no cierren las bibliotecas, algunos ejemplares de la especie pervivirán en su estadio civilizado. Aquellos que lean mucho y bueno, por mediana que sea su extracción social, constituirán la aristocracia de nuestro tiempo. Los demás sólo verán la televisión y continuarán entregando sus cuerpos macilentos al bombardeo envilecedor de la publicidad. Acretinándose con revistas ligeras, por toda lectura.
EL BUCLE DEL MITO POP

La cultura pop es un sucedáneo de alta cultura. Cuando la masa se rebeló y tomó el control —según el lúcido dictamen de Ortega—, descubrió que no era tan sencillo deleitarse con la ópera, puesto que exige una maduración previa de las papilas gustativas de la estética. Y como no entendían nada, entonces las masas inventaron el musical, o sea, una cultura pop (popular), una cultura a su medida, porque sin cultura no se puede vivir. Por supuesto, baja cultura había en tiempos de Shakespeare, y el propio Shakespeare disfrutaba también con las canciones tabernarias. A todos nos gustan los Beatles, y con razón. Con más razón aún Bob Dylan, por citar a alguien capaz a veces de lograr con los medios de masas los efectos de la élite. Pero el público que se emocionaba con los dramas shakesperianos estaba formado, aparte de por aristócratas, por hosteleros y costureras. Y no imponían en los escenarios el género de la canción tabernaria, sino que aceptaba el magisterio del literato, y acababa ilustrándose. Esto es lo que ha cambiado. No que haya cultura popular, sino que nadie la distinga de la otra y que a nadie le interese hacerlo. Y el que acierta a sugerir algún criterio de canonicidad distinto del mercado, no tiene ningún crédito.
La victoria de Warhol consistió en sacralizar lo banal, que es la función propia de la publicidad, o sea, el reverso exacto del arte genuino. Por supuesto, Warhol no fue ningún estúpido, puesto que se hizo inmensamente rico. Pero a su público, al ser ya masa, le bastaba con una alfabetización exigua para admirar cosa tan facilona y, necio de suyo, encumbró al personaje e instituyó el modelo para otros visionarios con su cohorte de necedad asombrada. Hay mil casos iguales en el siglo XX. Antes, mal que bien, los ignaros hacían un esfuerzo por acercarse al arte; ahora, el arte se ha acercado tanto a los ignaros que ellos mismos se han hecho artistas. De ahí viene la generalización casi siempre certera de que lo comercial es basura. Libro que vende mucho, malo; canción que se oye mucho, mala. ¿Por qué? Porque la mayoría de los compradores no ha estudiado en Harvard. Esto no es así siempre, y hay honrosas excepciones: precisamente porque hay autodidactas de clase media.
Roland Barthes escribió Mitologías en 1957. Preconizaba el imperio de la posmodernidad, y desde posiciones entonces marxistas —luego evolucionó—, censuró lo que consideraba decadentismo burgués sin saber que diagnosticaba el funcionamiento de la industria cultural vigente cincuenta años después. Definió el mito como mensaje y describió su circularidad superficial, la correosa resistencia de los tópicos, a la manera de ciertas bacterias. Sobre todo, se dio cuenta de que el mito proliferaba en las sociedades de consumo como sustituto de la razón, como una vuelta atrás en el paso civilizatorio griego del mythos al logos. Los mitos, vio Barthes, son la publicidad. Lo mismo una camiseta del Ché que una pegatina de un icono —sinónimo de mito, pero más particular y menos duradero aún— de Hollywood. De hecho, hoy los medios de comunicación se desesperan por vender nuevos mitos, cuando la obscena vulgaridad de nuestro tiempo no ofrece otra cosa que iconos fugaces. Con Internet llega la apoteosis de la creación desvalorizada, publicable únicamente en razón de su particularidad. «Mira lo que hago» es la frase infantil que hoy basta para justificar el lanzamiento de un producto cultural. La pronuncia una nueva clase social, tecnificada y urbana, sedentaria y cultivadora de una erudición fragmentaria y banal. Son los friquis. Individuos socialmente deficientes los ha habido siempre: lo que caracteriza a los de hoy es su voluntad de proyección cibernética como medio de obtener un aval social que los redima de su marginalidad. Al principio se requería alguna habilidad especial; hoy, el bucle creado por la alianza entre la tecnología y la cultura pop genera monstruos diarios y anodinos.
Rodolfo Chiquilicuatre, la creación de una productora de humor televisivo, es un ejemplo del funcionamiento de la cultura pop en la era de la información y la vulgaridad democrática: un actor que alberga la sabia intención de parodiar la iconización urgente de seudoartistas de la canción pop, acaba convertido en uno de ellos merced al efecto multiplicador e invasivo de Internet y la televisión. Y ese proceso no es lo más significativo, sino el hecho de que la mitad de los que se pronunciaban sobre él no llegaban a entender la parodia y entraban a juzgar su actuación o a deplorar la fama concedida a semejante espantajo en vez de a un musculoso generador de gorgoritos vocales; es como si el cura y el barbero, en Don Quijote, desaprobaran las aventuras desquiciadas de Alonso Quijano no porque saliera a matar gigantes inexistentes, sino porque se dispusiera a hacerlo con armas oxidadas. Que una gran parte de esta sociedad, incluyendo aquella que puede acreditar estudios superiores, ni siquiera sea capaz de discernir la ironía y la parodia de trazo grueso, revela hasta qué punto somos proporcionalmente menos inteligentes que los distinguidos nobles europeos de la época de la Ilustración o los burgueses del París decimonónico que paseaban en carruaje por los Campos Elíseos en pos del estreno de la última ópera, o de la actuación del emergente virtuoso del piano.

En nuestra época no hay cerebros individuales, sino mass media, que son los que tienen delegadas las funciones de la reflexión. Se habla de la publicidad agresiva: crearse incluso una mala imagen de marca con tal de que la marca gane visibilidad y fama a raíz del escándalo. La sentencia de Wilde parece inspirar esta práctica: «Lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien». Barthes lo explica en su libro: «Destruir el mito desde dentro resultó extremadamente difícil. El mismo movimiento de desembarazarse de él, cae de inmediato presa del mito: el mito siempre puede, al final, significar la resistencia a sí mismo». Así, no me sorprendería descubrir en una calle de Austria un puesto de camisetas estampadas con el retrato del carcelero de Amstetten, el hombre que secuestró a su hija en el sótano oculto de su propia casa y tuvo con ella varios hijos, a los que igualmente encerró y torturó durante décadas. Por supuesto, las camisetas se agotarían rápidamente. Los friquis se encargarían de su canonización pop.
Este mecanismo publicitario hunde sus raíces en la rebelión cultural de los sesenta, que en Europa suele circunscribirse simbólicamente a los acontecimientos parisinos de mayo de 1968. En realidad, ni siquiera murió nadie. El gobierno untó a los líderes sindicales y compró la paz social. Fueron unas jornadas de novillos generalizados que los chicos burgueses excusaron con grandes palabras y un mito subyacente: la idealización del obrero asumida por el estudiante, acomplejado por su falta de compromiso con la causa comunista que entonces llegaba a Francia —también a España— tamizada por una aureola romántica. El mismo procedimiento mitificador aplicaron autores como Walter Scott o Alejandro Dumas a la figura del forajido Robin Hood, por ejemplo. Y antes Homero a los guerreros griegos primitivos. Sin la roja insignia del valor, los estudiantes se avergonzaban de poder dormir calientes y comer en abundancia; aunque no sospechaban que el obrero luchaba nada más que por manta y comida, y que en cuanto las tuvo se convirtió en neoburgués revanchista, o sea, Stalin.
En todo caso, la comunicación pública a base de consignas experimentó en esos días una importante catálisis, y hoy sus tesis siguen surtiendo de ingenuos y sonrosados lemas a las campañas publicitarias. El silogismo fue derrotado por el efectismo verbal. El argumento, por el poema cursi.
LA PRETENCIOSIDAD INDIE
Los iconos —el Che Guevara, Marilyn, James Dean, Maradona, Bob Marley, Nelson Mandela, la furgoneta Volkswagen Westfalia de los hippies, la hoz y el martillo, la A del signo anárquico, Tim Burton y sus muñecos, etc.—, poseen la virtualidad de suministrarle a uno una identidad personal evitando la costosa tarea de pensar, estudiar, confrontar la historia verídica con una determinada atribución mediática. Es una identidad vicaria y epidérmica, pero es más llevadera que la abstención pura, bartlebyana. Al aislar los objetos o personalidades míticas de su nacimiento y desarrollo históricos, pasan a ser mercancía de consumo, lo cual tiende a diluir el abuso ideológico que entraña su imposición coetánea. Tampoco es cuestión de pararse a ilustrar en la verdad histórica a todo necio adolescente portador de una camiseta del famoso guerrillero argentino. Para él tiene un sentido: un aura romántica de heroísmo que él quisiera imitar, lo mismo que los oyentes de Homero cuando le oían cantar las hazañas del sanguinario Aquiles. La vigencia del pensamiento mítico queda probada una vez más por el reciente éxito del biopic protagonizado por Benicio del Toro. Opino que el director no sólo ha dedicado seis años de rodaje hagiográfico para rentabilizar en entradas la mitomanía guerrillera, lo que le convertiría en un simple cínico codicioso; sino algo mucho peor: Soderbergh se encuentra sinceramente fascinado, acríticamente seducido por el icono barbudo de la boina. Y este es el síntoma malo de verdad, que los directores de cine resulten intelectualmente asimilables a sus espectadores más pueriles.
Más grave se antoja la pretenciosidad de cierto sector social, autodenominado indie (independiente), que deplora como nosotros la mercantilización de la cultura… para acabar adorando el becerro de oro de productos culturales alternativos, igual de caros e igualmente ayunos de valores estructurales que aquellos mayoritarios en cuya denostación basan la noción de prestigio. Sólo hay que darse un paseo por el madrileño barrio de Malasaña o por la calle Fuencarral. Tiendas carísimas de prendas raídas venden a los jóvenes incautos una supuesta autonomía de criterio y la pretendida resistencia a la uniformización representada por los grandes centros comerciales. Como los del mayo del 68, venden conceptos atractivos, que lo serán siempre para el ser humano: la libertad, la distinción, la rebeldía contra lo hegemónico, la especificidad artística. La misma noción de exclusivismo venden en la calle Serrano a los yuppies, quienes están tan interesados como los indies en que se reconozca a simple vista dónde realizan sus compras. Unos llevan las iniciales de Hermenegildo Zegna en la bocamanga de su chaqueta; otros, la chapa del enternecedor personaje gótico Eduardo Manostijeras en la solapa de su chupa de cuero, como queriendo transmitir al resto de viandantes la bondad de sus corazones latente bajo la crisálida de triste extravagancia a la que el capitalismo salvaje los tiene condenados.
Un viaje reciente a París le sirve a uno para constatar idéntico fenómeno en la otrora capital mundial de la cultura. La famosa margen izquierda del Sena está recorrida por las simpáticas casetas de los vendedores de libros, al estilo de una cuesta de Moyano kilométrica y paralela al río. En esas casetas, además de viejos libros de bolsillo a precio de saldo —sobre todo novelas de intriga y misterio, aunque hay también viejos clásicos y títulos de gran impacto generacional, como algunos de Freud, Foucault o Lévi-Strauss—, se exponen principalmente pegatinas, pósters, postales, cromos, cuadritos y estampas de todos los iconos pop imaginables, desde Sinatra a Morrison, pasando por un Sartre más citado que leído. Incluso se venden antiguos números de revistas eróticas en un intento de mitificar, convirtiéndola de hecho en mercancía de valor coleccionable, a tal o cual musa en cueros de los ochenta. Los turistas se paran a curiosear, pero casi nadie compra libros. El negocio de estos tenderos, me cuenta un amigo de París, sería ruinoso de no ser porque el propio ayuntamiento subvenciona su simbólica presencia, que tanto tipismo y gloria añeja aporta a la orilla del viejo río. Esta forma de publicidad, más preocupada de sostener una imagen que de la oferta y demanda real de una cultura meritoria, resume a la perfección la situación que venimos denunciando y que está vigente en todo el mundo.

La posmodernidad ha instalado a la ciudad de la luz en la vivencia de presentada por los grandes una paradoja fundamental. Aquello que distingue a París es justo aquello que París odia, y a ambas operaciones sentimentales debe su prestigio mundial, por no hablar del turismo. Todo lo que llevó a París a ser el centro cultural del planeta fue construido, edificado, emprendido y fomentado durante los años del imperio hegemónico de la burguesía decimonónica y primisecular hasta la Gran Guerra. El urbanismo, la ópera, la gastronomía, la jardinería, los institutos científicos y las sociedades artísticas, la aplicación práctica y por extenso de las conquistas de la Ilustración fue acometida por hombres conservadores, blancos y profundamente orgullosos de su elitismo, como en cualquier parte de Europa y EE.UU., por otro lado, en esa época. Fueron los pintores de Montmartre y los poetas simbolistas de la bohemia de entresiglos los que, desde su vanguardismo nuevamente burgués, configuraron sin buscarlo la primera autocrítica nacional, cuyo legado puramente estético fue traducido política y mediáticamente por los estudiantes, nuevamente burgueses jugando a malditos, de mayo de 1968. Hoy, el mito de París como tierra prometida de malditismo artístico —«Voy a París a escribir una novela, que allí me saldrá bien»— sigue funcionando y atrayendo a estudiantes de todo el mundo, singularmente de la sensible Latinoamérica. En París parece obligatorio ser escritor, fotógrafo o cosa por el estilo, porque allí hasta los vagabundos recitan versos, se diría. Ahora, los supuestos indies de medio mundo que viven de alquiler en la capital gala lamentan que Sarkozy vaya a acabar con el vergel de libertades sociales y exuberancia cultural de París, identidad que juzgan una conquista de la izquierda. Sin embargo, Hugo, Pasteur, Foucault (no el polígrafo gaseoso, sino el astrofísico que con su péndulo probó el movimiento de rotación de la Tierra), los urbanistas de Napoleón III, Flaubert, Renoir, Baudelaire (también) y De Gaulle eran consumados burgueses. Lo era igualmente Sartre, de hecho, y todos sus estudiantes atrincherados. Así, a nuestros pijoprogres de Malasaña y Gran Vía los llaman, en el París de Las Halles y el barrio latino, los «bo-bo» (bourgeois-bohémiens): gozan de una posición desahogada pero ponen los ojos en blanco tras pagar la cara entrada de ese espectáculo anticapitalista y antieurocentrista de cánticos swahilis tradicionales que oferta tal o cual teatro, cuyo programador anda ansioso por sacudirse el estigma conservador que infama el repertorio de la belle époque. Un amigo español, profesor en la Sorbona y ya con años de residencia en la ciudad, me confirma que el clasismo parisién se manifiesta relampagueante en cuanto alguien contesta a la pregunta: ¿En qué distrito vives? Porque todos saben que tal número o tal otro corresponde a un Salamanca, o bien a un Usera. O sea, que por debajo de la cosmética integración racial, encontramos los mismos atavismos de identidad pobre o rica ya diagnosticados por Marx. Lo mismo sucede en cualquier gran metrópoli moderna.
Hoy, como en ninguna otra época, sociedades ricas —de consumo— alientan la proliferación de innumerables tribus o grupos urbanos, nutridos por exponentes de una adolescencia elástica que sobrepasa la treintena. Sus necesidades no son distintas de la de cualquier joven en cualquier época: labrarse un futuro, ser un hombre o una mujer cabal, madurar una personalidad propia. El consumismo y la saturación informativa, sin embargo, son el caldo de cultivo de adolescentes eternos e insatisfechos, que compran en Praga una camiseta de Kafka porque han oído que era un tipo auténtico, un sufridor de los buenos, pero no se animarán a leerlo en profundidad. Cualquier genio es susceptible de revisitación comercial en forma de estampado textil o carátula discográfica. Todo lo que la masa consume de Pessoa es fotografiarse en chancletas y bermudas con la efigie en bronce del poeta que el avispado dueño del A Brasileira colocó a la entrada de este célebre café lisboeta, donde el torturado autor escribía y se embriagaba habitualmente.
CONCLUSIÓN
El panorama esbozado en estas líneas está dominado por los tonos de una crítica melancólica y desabrida, ya que es la postura que, por minoritaria, estimamos más urgente adoptar. Pero es indudable, como hemos dicho antes, que la presente coyuntura ofrece también posibilidades magníficas a la excelencia. Por un lado, el modelo democrático neoliberal que sostiene la sociedad de consumo ha derrotado afortunadamente a otros paradigmas políticos y socioeconómicos donde la cultura era dirigida, y por más que la dirijan ministros geniales hacia elevados criterios —que no fue el caso, además—, el arte sólo florece en libertad. Y en segundo lugar, la instauración del consumismo obliga a generar ofertas de todo tipo, y entre la máxima cantidad se encuentra más fácilmente la anhelada calidad. Sin embargo, es preciso acotar la influencia que en la formación de las nuevas generaciones ejerce la lógica mercantil, tan estrecha y empobrecedora. Su hegemonía ha convertido la cultura en un confuso melting pot de lo popular y lo excepcional en donde muchos no sabrán cómo encontrar y discernir lo mejor. Contra lo que quiera vender la demagogia relativista, no es lo mismo Madonna que Haendel, y ni siquiera que Dylan. No desarrollará lo mismo las potencias cognitivas del ser humano la lectura de Vasili Grossman o Enrique Vila-Matas que la de Ken Follet o Carlos Ruiz Zafón. En esa tarea de desbroce los críticos son, por tanto, más necesarios que nunca. Su labor es contrariar la anulación de las jerarquías que persigue por naturaleza el mercado, para afirmar categóricamente que hay cultura mejor y cultura peor. Que aunque estén desacreditados los viejos sistemas holísticos de legitimación cultural, existe un marco de significados arraigados en la psique y las emociones humanas a los que la cultura debe seguir apelando para poseer un valor, el que le corresponda. Si los anunciantes permiten hablar a los críticos, y éstos saben hacerlo, la gente los escuchará. Si no, en todo caso, queda la esperanza de encontrar tipos afines predicando en el desierto, y hacer amigos.
Finalmente la grave crisis financiera y la consiguiente recesión económica mundial que veníamos anunciando desde hace años se están desencadenando con toda virulencia. En efecto, como ya explicábamos en nuestros artículos titulados «El crash bursátil» y «¿Crisis financiera o recesión económica?» publicados respectivamente en los números de octubre de 1998 y en mayo de 2001 de Nueva Revista, la alocada política de expansión artificial del crédito consentida y orquestada por los bancos centrales (encabezados por la FED norteamericana) durante los últimos quince años no podía terminar de otra forma.
El ciclo expansivo que ahora ha visto su fin se inicia a partir de que la economía norteamericana saliera de su última recesión en 1992 y la Reserva Federal emprendiera una gran expansión artificial crediticia e inversora que, en ningún momento, se vio soportada por un aumento paralelo del ahorro voluntario de las economías domésticas. Durante muchos años la masa monetaria en forma de billetes y depósitos (M3) ha crecido a un ritmo medio superior al 10% anual (lo que equivale a duplicar en cada periodo de 6 a 7 años el volumen total de dinero que circula en el mundo). Esta grave inflación fiduciaria de los medios de pago se ha colocado en el mercado por el sistema bancario en forma de créditos de nueva creación concedidos a bajos tipos de interés. Esta manera de proceder ha impulsado, como es natural, una burbuja especulativa en forma de importante subida en los precios de los bienes de capital, activos inmobiliarios y títulos representativos de los mismos que se intercambian en la bolsa de valores, cuyos índices crecieron de forma espectacular.
Curiosamente, y al igual que ocurriera en los «felices» años previos a la Gran Depresión de 1929, el shock de crecimiento monetario no ha impactado de forma significativa al subconjunto de precios de bienes y servicios de consumo (aproximadamente tan sólo un tercio del total de bienes). Y es que en la última década, al igual que en los años veinte del siglo pasado, se ha experimentado un notable aumento de la productividad, resultado de la introducción masiva de nuevas tecnologías y de importantes innovaciones empresariales que, en ausencia de la «borrachera monetaria y crediticia», habrían producido una saludable y continua reducción en el precio unitario de los bienes y servicios que consumen todos los ciudadanos. Además, la plena incorporación al mercado globalizado de las economías china e india fue incrementando aún más la productividad real de bienes y servicios de consumo y de capital. Que no se haya producido esta sana «deflación» de precios en los bienes de consumo, en una etapa de tan gran crecimiento de la productividad como la de los últimos años, es la principal prueba de que el proceso económico se ha visto muy perturbado por el shock monetario.
Desgraciadamente, la teoría económica (y el sentido común) nos enseña que la expansión crediticia artificial y la inflación fiduciaria no constituyen un atajo que haga posible el desarrollo económico estable y sostenido, sin necesidad de incurrir en el sacrificio y en la disciplina que supone toda tasa elevada de ahorro voluntario (que, por el contrario, en Estados Unidos y en Europa no sólo no ha crecido sino que incluso ha experimentado algunos años tasas negativas).
Y es que las expansiones artificiales del crédito y del dinero siempre son, como mucho, «pan para hoy y hambre para mañana». En efecto, hoy no existe duda alguna sobre el carácter recesivo que, a la larga, siempre tiene el shock monetario: el crédito de nueva creación (no ahorrado previamente por los ciudadanos) pone de entrada a disposición de los empresarios una capacidad adquisitiva que éstos gastan en proyectos de inversión desproporcionadamente ambiciosos (durante los últimos años especialmente en el sector de la construcción y las promociones inmobiliarias), es decir, como si el ahorro de los ciudadanos hubiera aumentado, cuando de hecho tal cosa no ha sucedido.
Se produce así una descoordinación generalizada en el sistema económico: la burbuja financiera («exuberancia irracional») afecta negativamente a la economía real y tarde o temprano el proceso se revierte en forma de una recesión económica en la que se inicia el doloroso y necesario reajuste que siempre exige la readaptación de toda la estructura productiva real que se ha visto distorsionada por la inflación.
Los detonantes concretos que anuncian el paso de la euforia propia de la «borrachera» monetaria a la «resaca» recesiva son múltiples y pueden variar de un ciclo a otro. En las circunstancias actuales han actuado como detonantes más visibles la crisis de las denominadas hipotecas subprime en Estados Unidos, la elevación del precio de las materias primas y especialmente del petróleo y, finalmente, la crisis de importantes instituciones bancarias al descubrirse en el mercado que el valor de sus activos (préstamos concedidos) era inferior al de sus deudas.
En las actuales circunstancias son muchas las voces interesadas que reclaman ulteriores reducciones en los tipos de interés y nuevas inyecciones monetarias que permitan al que quiera culminar sin pérdidas sus inversiones en la medida de lo posible.
Sin embargo, esta huida hacia adelante sólo lograría posponer temporalmente los problemas a costa de hacerlos luego mucho más graves. En efecto, la crisis ha llegado porque los beneficios de las empresas de bienes de capital (especialmente en los sectores de construcción y promociones inmobiliarias) han desaparecido como resultado de los errores empresariales inducidos por el crédito barato, y porque los precios de los bienes de consumo han empezado a comportarse relativamente menos mal que los de los bienes de capital.
A partir de este momento se inicia un doloroso e inevitable reajuste que, a los problemas de caída de la producción y aumento del desempleo, se está añadiendo un muy negativo aumento de los precios de los bienes de consumo (recesión inflacionaria).
El análisis económico más riguroso y la interpretación más fría y ponderada de los últimos acontecimientos económicos y financieros fuerzan la conclusión de que, al igual que sucedió con los fracasados intentos de planificar desde arriba la extinta economía soviética, es imposible que los Bancos Centrales (verdaderos órganos de planificación central financiera) sean capaces de acertar en la política monetaria más conveniente para cada momento.
O expresado de otra forma, el teorema de la imposibilidad económica del socialismo, descubierto por los economistas austriacos Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek, según el cual es imposible organizar económicamente la sociedad en base a mandatos coactivos emanados de un órgano de planificación, dado que éste nunca puede llegar a hacerse con la información que necesita para dar un contenido coordinador a sus mandatos, es plenamente aplicable a los Bancos Centrales en general, y a la Reserva Federal (en su momento a Alan Greenspan y hoy a Ben Bernanke): nada hay más peligroso que caer en «la fatal arrogancia» —en feliz expresión de Hayek— de creerse omnisciente o al menos tan sabio y poderoso como para ser capaz de ajustar en cada momento la política monetaria más conveniente (fine tuning). De manera, que lo más probable es que la Reserva Federal y, en menor medida, el Banco Central Europeo, más que suavizar los movimientos más agudos del ciclo económico, hayan sido los principales responsables de su génesis y agravamiento.
La disyuntiva para Ben Bernanke y su consejo en la Reserva Federal y para el resto de los Bancos Centrales (encabezados por el europeo) no es, por tanto, nada cómoda. Durante años han hecho dejadez de su responsabilidad monetaria y ahora se encuentran en un callejón sin salida: o dejan que el proceso recesivo se inicie ya y con él un saludable y doloroso reajuste; o huyen hacia adelante «dándole al borracho, que ya siente con toda su virulencia la resaca, más alcohol», con lo que las probabilidades de caer en un futuro no muy lejano en una aún más grave recesión inflacionaria aumentarían exponencialmente (este fue precisamente el error que se cometió tras el crash bursátil de 1987, que nos llevó a la inflación de finales de los ajustar en cada momento la ochenta y terminó en la grave rece- política monetaria más sión de 1990-1992).
Además, reiniciar a estas alturas una política de crédito barato no puede sino dificultar la necesaria liquidación de las inversiones no rentables y la reconversión de las empresas, pudiendo incluso llegar a hacer que la recesión se prolongue indefinidamente. Esta situación ya se dio en la economía japonesa, que tras probar todas las intervenciones posibles, dejó de responder a estímulo alguno de expansión crediticia o de tipo keynesiano.
En este contexto de «esquizofrenia financiera» hay que interpretar los últimos «palos de ciego» dados por las autoridades monetarias (responsables de dos objetivos íntimamente contradictorios: por un lado controlar la inflación, y por otro inyectar toda la liquidez necesaria para evitar la crisis del sistema financiero). Y así la FED un día salva a AIG, Bear Stern y a Fannie Mae y Freddie Mac, para al siguiente dejar caer a Lehman Brothers, bajo el pretexto más que justificado de «dar una lección» y no alimentar el moral hazard o «riesgo moral».
La situación comparativa de las economías de la Unión Europea es algo menos mala que la norteamericana (dejando ahora de lado el efecto expansivo de la política deliberada de depreciación del dólar, y las relativamente mayores rigideces europeas especialmente en el mercado laboral, que tienden a hacer más duraderas y dolorosas las recesiones en nuestro continente). La política expansiva del Banco Central Europeo, aunque no exenta de graves errores, ha sido algo menos irresponsable que la de la Reserva Federal. Además, el cumplimiento de los criterios de convergencia supuso en su día un notable y saludable saneamiento de las principales economías europeas. Solamente algunos países periféricos como Irlanda y, sobre todo, España, se vieron inmersos desde que iniciaron su proceso de convergencia en una importante expansión crediticia.
El caso de nuestro país, España, es paradigmático. Nuestra economía experimentó un boom económico que, en parte, se debió a causas reales (reformas estructurales de liberalización emprendidas a partir de los gobiernos de José María Aznar); pero, en otra parte nada desdeñable, se vio alimentado por una expansión artificial del dinero y del crédito, que crecieron a una tasa que casi triplicó la evolución de esas mismas magnitudes en Francia o Alemania.
En gran medida, nuestros agentes económicos interpretaron la bajada de los tipos de interés, resultado del proceso de convergencia, en los términos de relajación monetaria que han sido tradicionales en nuestro país: mayor disponibilidad de dinero fácil y peticiones masivas de créditos a los bancos españoles (sobre todo para financiar la especulación inmobiliaria), que éstos han satisfecho creándolo de la nada ante la mirada impávida del Banco Central Europeo. Este último, ante la subida de los precios, y fiel a su mandato, ha decidido mantener los tipos de interés a pesar de las dificultades de aquellos miembros de la Unión Monetaria que, como España, ahora descubren que gran parte de lo invertido en inmuebles fue un error y se ven abocados a una duradera y dolorosa reestructuración de su economía real.
En estas circunstancias, la política más adecuada sería la de liberalizar la economía a todos los niveles (y en especial el mercado laboral) para permitir que los factores productivos (y en especial el factor trabajo) se reasignen rápidamente hacia los sectores rentables. Igualmente es imprescindible la reducción del gasto público y de los impuestos para incrementar la renta disponible de los agentes económicos fuertemente endeudados que necesitan devolver sus préstamos cuanto antes. Es imprescindible un mercado laboral muy flexible y un sector público mucho más austero. De ello dependerá que el mercado descubra cuanto antes cuáles son los verdaderos valores reales de los bienes de inversión producidos por error, creando las bases de una recuperación económica sana y sostenible.

Una primera duda que podría asaltar al lector, se refiere al significado del rótulo que figura en la portada. ¿Por qué esta novela aparecerá titulada de un modo tan extraño y tan poco llamativo desde el punto de vista comercial o de marketing?
La respuesta es sencilla: las palabras del título reproducen la opinión que Paloma, uno de los más destacados personajes del relato, dedica a la protagonista, la portera encargada del inmueble n.o 7 de la rue Grenelle de París, que muestra en su talante «la elegancia del erizo», es decir, «que por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que por dentro tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes».
Con estas frases, define la pequeña Paloma de doce años, e hija superdotada de un rico diputado socialista, ex ministro y probable futuro presidente de la Asamblea Nacional, a la portera de su casa. En efecto. Estamos en presencia de una típica madame la concièrge, parisina, rara vez amable pero siempre cortés. Aunque carece de estudios, es lectora insaciable, admiradora de Tolstói, en cuyo recuerdo llama León a su gato. En cuanto a la filosofía, la señora opina de Edmund Husserl que es «un nombre para aspiradores sin bolsa» y a su fenomenología la considera como «un monólogo solitario y sin fin de la conciencia consigo misma».
Aclarado el asunto del título, cabe aún el intento de averiguar las razones que movieron a los libreros franceses a otorgar su premio a la obra de creación literaria que les pareció la mejor novela de 2007. Podemos pensar que lo hicieron porque el relato muestra el espíritu francés, hasta la médula de su estructura: ingenioso, sutil, cartesiano, erudito y aplastante por su despliegue técnico, impropio de una segunda incursión en el género narrativo de la autora, profesora de filosofía, no muy versada en lides literarias. Sobre todo, a la vista de la brevedad y escasa enjundia de su primera obra, publicada, sin mayor relieve, con el titulo de Una golosina.
Aun a su modo de niña rica y rebelde, la adolescente Paloma se comporta como la conciencia del edificio, mientras la portera es la mente, el intelecto que da forma y estilo a este antiguo palacete, transformado en grandes y lujosos pisos. La niña escribe dos diarios a la vez: uno se refiere a su vida personal, mientras en el otro expresa, a su manera, la evolución de las ideas que pasan por su cerebro. En uno y otro cuenta al lector cómo es su familia, padre, madre y hermana mayor, los remordimientos del padre, angustiado porque su madre, la abuela de Paloma, no vive con ellos, sino en una lujosa y aséptica residencia. Tampoco faltan las referencias al carácter y costumbres de los vecinos, cada uno de ellos dotados de su peculiar idiosincrasia y costumbres refinadas, incluyendo los cuidados que dedican a sus perros de lujo.
Madame Michel, Renée para los amigos, representa a la portera cincuentona, viuda y sin hijos, poco agraciada y muy inteligente, que no escribe, si bien lee con entusiasmo, incansable, en su ratos de ocio, a base de continuas visitas a la sección de préstamo de una biblioteca pública. Además, toma el té con su gran amiga, una asistenta portuguesa que trabaja para dos familias de la casa.
A estas tertulias acabará por unirse Paloma, que encuentra en ellas respiro ante el agobio y cansancio que le causan sus familiares. El rechazo llega a tal punto, que ha pensado incendiar su apartamento, aprovechando, eso sí, un día en el que todos los familiares se encuentren fuera del hogar. Renée y la asistenta Manuela, portuguesa del Algarve, limpian, charlan y dejan pasar los días. Mientras, Paloma sigue estudiando, a la espera de que llegue el 16 de junio, fecha que se ha fijado para provocar el incendio de su piso. De repente, ocurre un hecho insólito, algo inesperado. Un caballero japonés, jubilado y con mucho dinero, compra el piso que ha dejado libre la mujer de un famoso crítico gastronómico a la muerte de su marido. La aparición de este último personaje, dotado del refinamiento oriental y tan consumado lector como Renée, fascina a Paloma, estudiante de japonés en sus ratos libres, y atrae las miradas del resto del edificio, incluida, como es natural, la titular de la portería.
La novedad aporta una nota de color en la vida de todos aquellos que residen en el n.o 7 de la rue Grenelle, que se mueren de curiosidad por conocer detalles sobre el exótico inquilino, que se ha colado en un recinto reservado a la rancia estirpe gala y, para colmo, ha reformado la vivienda al más puro estilo de su país de origen. Paloma, Renée y el caballero japonés, señor Ozu, se hacen amigos, en un idealizado proceso que inspira la trama narrativa y, a veces, hace pensar en el cuento de La Cenicienta. Sensación que termina al llegar al quiebro final, con un desenlace dramático, propio de la novela rusa clásica, de esas que tanto gustan a los tres. La acción externa, claramente minimalista, transcurre casi exclusivamente dentro del edificio donde residen los personajes con algunas, escasas y esporádicas, salidas al mundo exterior.
Por ejemplo, el día que Paloma acompaña a su madre a las rebajas, lo que da lugar a episodios muy divertidos. En cambio, la interioridad de los personajes, su mundo de pensamientos parece todo lo contrario: intenso, activo y variado, tanto como para implicar en él al lector, que acaba sintiéndose mudo testigo, presente en las reuniones de Renée, Paloma y el señor Ozu. El juego de sentimientos interiores, tratados con gran agudeza y lucidez, descubre la faceta pedagógica de una profesora de filosofía y muestran un expresivo retrato de las inquietudes del mundo posmoderno, hecho de fortunas inestables, poderes cambiantes, ideas confusas, ausencia de certezas y de creencias y temores, que miran tanto al pasado como al futuro. La variedad y nitidez de los trazos personales y ambientales, constituyen el mejor acierto de la novela y hacen olvidar los rasgos, un tanto forzados de los protagonistas, que aparecen trazados como criaturas de diseño, más que como seres humanos de carne y hueso. El intelectualismo autodidacta de Renée, la precoz agudeza de la adolescente Paloma y la serena y bien humorada actitud vital del amigo japonés, ofrecen, no obstante, un material novelístico de buena calidad, donde razón y sentimiento se equilibran. Ingredientes que la autora alterna con buen estilo aunque, a este respecto, hemos de lamentar que la traducción española no contribuya a resaltar la calidad literaria del original francés.
Pocos mecanismos mejores que las urnas para averiguar el estado de ánimo de los ciudadanos. Aun siendo la actual crisis económica muy profunda, todavía no ha tocado fondo. Ese momento se calcula para mediados del curso político que ahora comienza, justo cuando en junio de 2009 los españoles sean convocados a unas elecciones de carácter nacional, las europeas. Antes o después de esa fecha, se celebrarán otras dos de ámbito regional, las vascas y las gallegas.
Habrá urnas en pleno estancamiento de una economía con promesa firme de cursar en recesión. El más peligroso de los escenarios, sobre todo para el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, responsable de una situación social cada vez más angustiosa. El mismo riesgo que para Mariano Rajoy, presidente del Partido Popular, quien desde marzo de 2004 no ha sufrido debacles electorales pero sí ha perdido todos los combates, aunque sea a los puntos.
EUROPEAS EN CLAVE INTERNA
¿Deciden los españoles alternativas de gobierno o problemas de política nacional en los comicios al Parlamento europeo de junio próximo? En absoluto. ¿Son candidatos Zapatero y Rajoy? Tampoco. ¿Están en liza algo más que los 54 eurodiputados de la cuota hispana? Evidente que sí. Es una actitud poco consciente, pues la soberanía de los 27 Estados de la Unión Europea se va recortando mediante las directrices de la Unión, en detrimento de cada uno de ellos.
El dato es que la virtualidad de las europeas trasciende ese marco. Así, cuando en las de 2004, Zapatero obtuvo un eurodiputado más que el PP, lo interpretó como la reválida de su cuestionado triunfo en las generales de tres meses antes. Por lo tanto, la jornada electoral europea de 2009 será la primera gran oportunidad para medir la fuerza del Gobierno en este tiempo de crisis económica. Si mantiene sus 25 escaños, significará que los españoles confían más en él que en Rajoy para acabar con el desempleo, la inflación, el déficit, la pérdida de competitividad, la falta de inversiones y el deterioro de servicios públicos fundamentales.
Abundando en las consecuencias de un resultado electoral adverso para Zapatero, ello constituiría el aviso más serio en sus cinco años de mandato. Además de un duro correctivo a su errático y negligente modo de enfrentarse al embrollo económico que padece España, supondría el primer revés en su carrera hacia el estrellato indiscutido dentro del PSOE. Y lo más temible para su complejo de Moisés salvador, un frenazo a sus aspiraciones de reformar el orden social heredado, con un nuevo concepto de la persona, la obsesión por nuevos modelos de familia, por anular las diferencias de género —sexo incluido—, por borrar las huellas del fenómeno religioso en la sociedad, por saldar cuentas con el franquismo, o decidir cuándo empieza o termina la vida humana. Es decir, fuertes desconchones para el socialismo de diseño siglo XXI.
De igual modo, si Rajoy conserva los actuales 24 eurodiputados, fortalecerá su liderazgo, tambaleante por su segunda derrota en las últimas generales y tras su reelección como presidente del PP con un moderado 78% de los votos, en el XVI congreso del partido. Al contrario, una pérdida de eurodiputados reabriría las intrigas subterráneas, no sólo para apearle de la jefatura del PP sino también como candidato a la Moncloa en 2012. El centro derecha español está al acecho contra Rajoy, secundado por grupos externos de presión, de prensa y del mundo económico.
AUTONÓMICAS VASCAS
Una sensación generalizada en el socialismo vasco es el optimismo ante las autonómicas del año próximo. La jugada de relevar a Nicolás Redondo por Patxi López en el timón del PSE-PSOE dio ya sus frutos en los comicios de 2005. El PSE se ha mimetizado con el fuerte sentimiento vasquista hasta rozar los bardales del nacionalismo, pero sin atreverse a saltar el parapeto del soberanismo. Alentados por la mínima adhesión de Zapatero al Estado autonómico, los socialistas vascos copiaron con López y con Jesús Eguiguren (éste tocado por el fiasco de la negociación con ETA/Batasuna) el modelo triunfante en Cataluña con Pasqual Maragall.
Contra todo pronóstico, ni tamaña pirueta ideológica, ni el desastre y las mentiras de Zapatero en la negociación con la banda terrorista ETA, parecen haber causado rasguños en el cuerpo electoral socialista. Al contrario, las expectativas de cambio, tras casi treinta años de hegemonía peneuvista, vuelven en estos momentos su mirada hacia el PSE.
DEMASIADO PARA EL PP
En cambio, el horizonte está menos despejado para el Partido Popular de Antonio Basagoiti, el hombre colocado ahí por Rajoy, en sustitución de la voluntariamente desaparecida María San Gil. De acuerdo con el nuevo equipo que gobierna en Génova 13, ese PP vasco es menos combativo contra el nacionalismo que el de San Gil. ¿Por qué? Porque el Rajoy actual necesita no hacerse odioso a partidos que, como el PNV y CiU, son las únicas bisagras capaces de ayudarle a abrir las puertas de la Moncloa, aunque sean formaciones sin escrúpulos.
Dicho esto, el País Vasco es una pieza demasiado grande para la escasa potencia de fuego de los populares vascos. Al contrario que el PSE, viene retrocediendo en elecciones vascas, de toda índole, desde 2005. El PP ya no es una primera raqueta. Le basta con no derrumbarse, para no contribuir a arrastrar a Rajoy en la caída.
Por eso, la intrépida y desacomplejada María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, busca una salida de emergencia, adherirse a la eventualidad de un acuerdo con el PSE —si este partido le hiciera algún guiño— para ayudar a Patxi López a expulsar a un extenuado PNV de Ajuria Enea y conquistar los socialistas el poder. Más aún, Ramón Jáuregui, tuerca polivalente de Zapatero en el País Vasco, se mueve para poner en suerte un nuevo partido, nacionalista pero no violento, en el que los votantes huérfanos de PCTV y ANV —por haber sido ilegalizadas ambas formaciones— puedan aterrizar y, de paso, restar votos al PNV y EA.
IBARRETXE DESARBOLADO
Veamos ahora el terreno de juego del veintinueve años gobernando la comunidad dotada de las mayores y más numerosas competencias exclusivas de España, y sin parangón en Europa. Juan José Ibarretxe no termina de digerir la negativa del Tribunal Constitucional a permitirle llevar a cabo su estrafalario referéndum de autodeterminación. Por mucho que patalee y toque la campana gorda llamando al «pueblo vasco» a denunciar en Estrasburgo la falta de libertades en España, sus conmilitones saben que el lehendakari ha ido demasiado lejos en sus ocurrencias.
El presidente Ibarretxe está ahora desarbolado. Le apetecería anticipar las elecciones y transformar la pregunta que no podrá hacer en el referéndum en el único punto crucial de su programa electoral. La ventaja consistiría en atraerse el voto del mundo radical y secesionista; la factura, el alejamiento de los sectores más moderados, incluso del nacionalismo. Y encima, no está claro que vaya a ser otra vez el candidato.
Dado que los sondeos más recientes dan una bajada al PNV y a sus socios IU y EA, una subida al PSOE y una leve pérdida al PP, Ibarretxe ha decidido esperar a que la crisis económica quite fuelle a los socialistas y así estar en mejores condiciones de competir, al tiempo que buscará atraerse los votos del sustrato social etarra, a fecha de hoy sin otra esperanza que un radicalizado PNV.
GALICIA , CAMPO MINADO PARA RAJOY
En las autonómicas gallegas, Rajoy se juega mucho más que Zapatero. Al candidato popular, Alberto Núñez Feijóo, no le basta con ganar las elecciones. Ha de conseguirlo por mayoría absoluta. Manuel Fraga le dejó el partido con 37 escaños, a falta de mil votos para el diputado número 38, el de la mayoría absoluta. Si el PP, en lugar de mejorar esa marca, retrocede frente a la coalición PSOEBNG, entonces sí que se abrirá un seria crisis de liderazgo en el partido. El 22% de los compromisarios que negaron su voto a Rajoy en el congreso nacional de junio, afinarán más su puntería contra la nueva estrategia política del PP.
Rajoy está entre la espada y la pared porque sólo una actitud más conciliadora que la de la anterior legislatura puede reportarle amigos; pero la flexibilidad puede acabar en tibieza frente a los principios que siempre defendió el PP. Galicia es un campo minado para el líder popular, su verdadero banco de pruebas en el que ya no le perdonarán más derrotas.
Naturalmente, las consecuencias de las elecciones europeas, vascas y gallegas estarán en función de la magnitud de la derrota de cada candidato, sea del PP, del PSOE o del PNV, en el caso de los comicios vascos. Los demás partidos, excepto Unión, Progreso y Democracia, de Rosa Díez, que concurrirá por primera vez a los tres comicios citados, cuentan poco. Son Zapatero y Rajoy los que más se juegan el futuro. El presidente puede salir debilitado de las europeas y el virus de la infección trasladarse, de algún modo, a la vascas y gallegas.
La muerte de Alexandr Solzhenitsin, ocurrida el pasado 3 de agosto, paradójicamente pasó desapercibida… Desapercibida en Rusia, su país natal.
No puedo evitar los paralelos históricos, como, por ejemplo, la muerte y entierro de León Tolstói (noviembre, 1910) y las reuniones estudiantiles póstumas que sacudieron a todo el país después del entierro. O, también, podríamos recordar cómo en enero de 1881 el féretro de Dostoievski fue acompañado por treinta mil personas y unas cien mil que simplemente llenaban las calles del trayecto que iba desde la calle Kuznechnaya hasta la necrópolis Alexandr Nevski.
En agosto de 2008 apenas unos centenares de personas acudieron al monasterio Donskoy, en pleno centro de Moscú, para despedir a Alexandr Solzhenitsin.
¿Acaso no es felicidad simplemente sobrevivir para un recién nacido y ya huérfano de padre en el año 1918 en la Rusia de la guerra civil?
Pienso que Solzhenitsin tuvo que ser un hombre feliz, y toda su vida me parece una vida feliz, un ejemplo de superación humana y de búsqueda de la verdad. ¿Acaso no es felicidad simplemente sobrevivir para un recién nacido y ya huérfano de padre en el año 1918 en la Rusia de la guerra civil? ¿Acaso no es felicidad casarse por amor a los veintidós años, tener grandes proyectos y necesidad de realizarlos? ¿Acaso no es felicidad haber sobrevivido a casi toda la guerra?
Tres meses antes de terminar la contienda —en febrero de 1945— lo arrestan para más tarde condenarle a ocho años de trabajos forzosos en el campo. Fue el famoso artículo 58 el que arrasó con la intelectualidad soviética, la época de la «muerte al por mayor» como escribió O. Mandelshtam.
Millones de personas fueron rápidamente juzgadas y deportadas a los lugares más inhóspitos de la Unión Soviética. Jamás regresaron a sus casas. Morían a centenares en medio del largo camino, atravesando el país; a miles en los primeros días y meses de frío, de hambre, de infecciones, de angustia. Solzhenitsin sobrevivió los ocho años. ¿Acaso no se traduce eso en felicidad?
En 1952, a los treinta y cuatro años le diagnostican cáncer y lo operan en el gulag. Realmente hay que esforzarse para tratar de imaginarse una operación oncológica hace más de medio siglo en una prisión estalinista… Al principio del 53 sale del campo y es condenado al destierro perpetuo en el sur de Kazajstán. Unos meses más tarde… una recaída, un nuevo tumor y tratamiento radiológico en Tashkent. ¡Sobrevivió!
Durante años enseñó matemáticas y astronomía en las pequeñas ciudades y pueblos. Siempre escribió. Muchas de sus obras son autobiográficas, en ellas aparece bajo distintos nombres, así como también sus amigos y compañeros. Luego vendría el éxito de Un día en la vida de Iván Denísovich, breve reconocimiento durante el deshielo de Kruchev… y de nuevo el olvido, las acusaciones, las persecuciones. Pero el lector ya había descubierto el talento. Los libros de Solzhenitsin cruzan las fronteras soviéticas (¡imposible!), se copian en máquinas de escribir y se leen de noche a hurtadillas. La tenencia de alguno de estos libros significaba arresto y juicio.
El reconocimiento mundial (Premio Nobel de 1970) empeora su situación en la URSS
El reconocimiento mundial (Premio Nobel de 1970) empeora su situación en la URSS. Unos años más tarde le quitan la ciudadanía y lo expulsan del país. Solzhenitsin conoce la paternidad a la edad en que uno se prepara para ser abuelo. Sus tres hijos varones nacieron de su segundo matrimonio. Ahora tienen algo más de treinta años. Estaban en el velatorio, muy cercanos a la madre, muy libres y muy serenos en esta última reunión familiar.
El día del velatorio en Moscú llovía torrencialmente. Algunos aluden al clima para justificar la escasa concurrencia de los moscovitas al monasterio. También me costó a mí, pero fui de noche y me habría quedado horas. Muy poca gente, mucha policía, nada de rostros jóvenes y en el jardín florido del monasterio —creí estar soñando— unos cuantos tanques T-34 (del año 1943) de color blanco, cerca de la entrada.
Dicen que Solzhenitsin hace unos cuantos años le había pedido al Patriarca ortodoxo ser enterrado en el cementerio del monasterio Donskoy y obtuvo tal permiso. Quisiera creer que no fue el deseo de estar al lado de unos cuantos personajes célebres, sino en el lugar donde en las fosas comunes yacen las cenizas de miles de víctimas de las terribles represiones del siglo pasado.
La partida de Solzhenitsin deja muchas preguntas. Desde preguntarnos por qué tanta indiferencia —si en Rusia amamos los entierros— hasta si Solzhenitsin (ya un personaje histórico) es demasiado incómodo para un país que sigue viviendo con los ojos semicerrados su presente e intenta olvidar enérgicamente su pasado. ¿Por qué la llamada de Solzhenitsin a «vivir de acuerdo a la verdad» ni se menciona?
Es una figura monumental en la historia y en la literatura rusa. Archipiélago Gulag, El pabellón de cáncer son relatos que obligaron a mucha gente a pensar y a preguntase sobre nuestra historia cotidiana.
EL PODER NO LOGRÓ ASUSTARLOS NI ADIESTRARLO
Podemos estar o no de acuerdo con él, podemos criticarlo, por ejemplo, por su nacionalismo o por recibir un premio de las manos de Putin, pero indudablemente fue él quien nos contó por primera vez la verdad desde el otro lado del alambre de espino y quedamos horrorizados, y muchos abrimos los ojos. Fue quien aprendió a vivir «a pesar de» y no «gracias a» y pagó muy caro por el derecho a decir la verdad.
El poder no logró ni asustarlo, ni adiestrarlo, ni comprarlo. Alguna vez también lo reconoceremos por su labor titánica e idealista de preservar el idioma ruso precisamente en nuestra época de la globalización, por sus investigaciones sobre la historia de la Revolución de 1917, por su capacidad de medir el tiempo y trabajar, trabajar… Lo haremos cuando nos animemos a abrir los ojos. Si es que nos animamos… ¡Gracias, Solzhenitsin!
El Olimpo, en Tesalia, se caracterizaba por ser ante todo asphalés, morada segura en que reina una quietud perpetua desde donde los dioses pueden contemplar y decidir imperturbados las batallas de los mortales. Sobre el Monte Olimpo de Chipre son en cambio las antenas de escucha británicas las que se yerguen soberanas, inalterables y omniscientes como los inmortales, ajenas desde sus 1.935 metros de altitud a las incertidumbres que se ciernen sobre el futuro de la isla. Chipre, el Estado más oriental de la Unión, es en tantos aspectos un país homologable a las economías europeas medias, no carente de problemas, pero saneado y boyante en otros ámbitos, como el financiero (si es que eso no es contradictorio en estos tiempos). Su situación política es por contra una de las más complejas que pueden encontrarse.
El conflicto de Chipre se considera un clásico de las relaciones internacionales. Ha sumado desafortunadamente a sus condicionantes geoestratégicos e históricos de gran calado —la eterna Cuestión de Oriente— varios de los más importantes problemas de la segunda mitad del siglo pasado: la descolonización y el terrorismo étnico, los desplazados, el esfuerzo de los bloques de la Guerra Fría por mantener su cohesión o la presencia de bases militares foráneas. A ellos se unen hoy otros problemas más familiares para el panorama contemporáneo como la integración en el ámbito europeo de Estados con rivalidades étnicas, la condición fronteriza de la cultura social y jurídica turca, la migración masiva o la sustitución y destrucción sistemática de signos identitarios; recientemente también el hallazgo de reservas de hidrocarburos. Estas circunstancias explican que Chipre sea hoy una de las áreas más militarizadas del planeta. El conflicto chipriota tiene además la particular capacidad de saturar el Tribunal de Estrasburgo y entorpecer con llamativa frecuencia los trabajos de la OTAN y la UE.
Hay otro aspecto por el que puede decirse también que el chipriota es un conflicto tradicional, histórico: en Chipre ha pervivido la filigrana verbal bizantina y la mítica habilidad política de los jenízaros. La fortaleza negociadora de las partes (algunos de los protagonistas han sido además curtidos abogados) ha forzado a los mediadores internacionales a desplegar las técnicas más originales para vencer las evasivas de turcos y grecochipriotas.
Pero fuera de secundarios intereses teóricos, el sufrimiento que este conflicto ha infligido a demasiadas generaciones de chipriotas reclama con urgencia un esfuerzo para ponerle fin.
TOO MANY COOKS
Desde que en 1878 en Berlín, y en 1923 en Lausanne, el Reino Unido consolidara su presencia en Chipre como baluarte para el control del Mediterráneo oriental, los británicos se sumaron a la larga lista de actores externos (fenicios, persas, griegos, árabes, venecianos, turcos) que han generado en la isla la sensación inveterada de que sus problemas se gestionan siempre más allá de sus orillas. Gran Bretaña sigue hoy disponiendo de las importantes bases de Akrotiri y Dhekelia, suficientemente amplias, olvidadas y próximas al Middle East para resultar realmente útiles militarmente. Una situación compleja en la isla facilita además un disfrute de estas bases relativamente más pacífico que el de otros «territorios soberanos» de los trece que ocupa alrededor del Globo. En la actualidad, la posición inglesa es, junto con la sueca, la más cercana a las tesis turcas.

Con respecto a otros actores, la implicación de Atenas se ha ido reduciendo desde finales del XX por el interés preferente griego en cuidar sus relaciones con Turquía, sensiblemente mejoradas como fruto de la «diplomacia de los terremotos». De hecho, la ministra Bakoyannis ha llegado a calificar razonablemente de anticuado el Tratado de Garantía, que autorizaba a las «Potencias protectoras» a intervenir para salvaguardar el orden establecido en el tratado de Alianza y la participación griega en el conflicto se reduce casi exclusivamente a una cierta solidaridad en las votaciones comunitarias.
Son en cambio frecuentes las opiniones de los analistas que señalan a las complejas instituciones de Ankara como centro principal de decisión de la parte turcochipriota. Parece algo indudable que los principales avances en Chipre se producen cuando existen condiciones propicias en Turquía. Chipre ha sido un elemento cardinal de la retórica kemalista, que le ha prestado una atención desproporcionada para su valor real para la sociedad turca. El AKP ha mostrado una actitud más pragmática: en 2002 decidió no sufrir nunca más el reproche internacional por el obstruccionismo turco que alejaba otras metas más vitales para el interés nacional. También en esta cuestión, el enfrentamiento del AKP con la cúpula militar es directo. Son muy numerosos los cuadros del ejército turco con experiencia chipriota, incluidos los que vivieron las operaciones de 1974. Sobre la isla se encuentran aún más de 30.000 soldados turcos.

Bajo el mandato del AKP, son pocos los aspectos del conflicto para los que no parezca posible una solución. Uno de los problemas que más atención pública ha reclamado, el incumplimiento turco de la Unión Aduanera con Chipre y el no reconocimiento de los barcos bajo pabellón chipriota, estará probablemente solucionado a mediados de 2009 cuando Turquía deba someterse al examen de los criterios de Copenhage. Se han dado también algunos pasos en el reconocimiento de pasaportes grecochipriotas o en el pago de la compensación económica impuesta por el Tribunal de Estrasburgo en el caso Loizidou, nacional grecochipriota a la que se impidió el regreso a su propiedad en Kirenia. Turquía ha aceptado de este modo su responsabilidad internacional. En este sentido, parece que las circunstancias reinantes en Turquía, una vez que el mandato del AKP ha resistido el examen judicial, pueden ser favorables para la reunificación. Esto no impide el menudeo de conflictos, algunos de entidad, como el surgido tras el hallazgo de un yacimiento de gas y petróleo en la plataforma continental chipriota, de un valor estimado de 400.000 millones de dólares, que ha llevado a las autoridades de la isla a firmar acuerdos de delimitación de sus fronteras marítimas con Líbano (2007) y Egipto (2006), impugnados por Turquía.
Francia ha estado también últimamente muy activa con respecto a Chipre y ha logrado, basándose públicamente en una política cultural (explotando a Rimbaud o a Apollinaire), que en 2006 la isla ingresara en la Francofonía, además de otros acuerdos de defensa (2007) y materias de interior (2005). Parece que puede afirmarse que el acercamiento de Mitterand y Chirac a Turquía fue una excepción en la postura tradicional francesa. Francia defendió en el seno de la UE que no se condicionara el ingreso de Chipre a la resolución previa del conflicto y Sarkozy ha denunciado en diversas ocasiones la negativa turca a reconocer la República de Chipre.
También la posición de Rusia merece un especial seguimiento. No tanto por el ya olvidado apoyo de la URSS a Makarios, orientado a debilitar el flanco sur de la OTAN, como por el aún reciente veto ruso de las resoluciones que habían de garantizar la aplicación del Plan Annan. La creciente rivalidad energética ruso-turca es probablemente una clave de estas posiciones. El sistema financiero chipriota acoge además muchas fortunas rusas. Y no se ha valorado todavía, por otra parte, el efecto que puedan tener la conexión personal con Rusia de Christophias, líder grecochipriota educado en Moscú, y la creciente búsqueda rusa de escenarios de influencia en su perímetro (desconocemos aún en qué medida la Ortodoxia siga delimitando esferas culturales activas políticamente). El apoyo singular de Francia y Rusia es percibido por los grecochipriotas como un contrapeso al sesgo proturco que creen apreciar en Naciones Unidas.
UN PASADO RECIENTE CON MAS ARES QUE AFRODITA
A la complejidad del número y los intereses de los actores se suma la intensidad de los eventos de la historia reciente de Chipre. El orden postcolonial basado en los Tratados de Garantía, Alianza y Establecimiento de 1960 colapsó tres años más tarde, por desavenencias principalmente fiscales. Se sucedieron después los enfrentamientos entre grecochipriotas partidarios de la énosis, la unión con Grecia, y los turcochipriotas que, ante el abandono británico, defendían el taksim, partición de la isla y acercamiento a Turquía. Como consecuencia, 30.000 turcochipriotas se desplazaron hacia la parte septentrional de la Isla. En 1964 se desplegó una Operación de Mantenimiento de la Paz de NU, UNFICYP, cuyo mandato se ha seguido prorrogando hasta hoy (el más largo, junto con el de Cachemira).
Con ocasión del derrocamiento del arzobispo Makarios III, instigado por la Grecia de los Coroneles, Turquía invadió en 1974 el norte de la isla, hasta la llamada Línea Atila —de la bahía de Morphou en el Noroeste hasta la ciudad de Farmagusta al Este—. En torno a 140.000 grecochipriotas tuvieron que huir hacia el Sur; 60.000 turcochipriotas hicieron el camino inverso. Posteriormente, un número no bien determinado de turcos procedentes de Anatolia, superior al de los turcochipriotas autóctonos, ha establecido colonias en el norte de la isla que han cambiado su configuración social. Se ha producido desde entonces una destrucción o desatención del patrimonio artístico e histórico cristiano del norte de la isla. En 1983, la «República Turca del Norte de Chipre» declaró su independencia, censurada por el Consejo de Seguridad de NU. Sólo Turquía ha reconocido hasta la fecha a esta entidad política como Estado.
El fin de la Guerra Fría hizo posible que la ONU interviniese en un conflicto entre países del bloque occidental estratégicamente relevantes, y en 1989, el SGNU Pérez de Cuéllar presentó su Summary of ideas como posibles términos para el arreglo. La adamantina oposición de Rauf Denktash, líder histórico de los turcochipriotas, se convertiría desde ese momento en el obstáculo principal para las negociaciones. Boutros Ghali ofreció en 1992 su Set of ideas como borrador de base de un acuerdo, con un resultado análogo. Se idearon entonces las medidas de fomento de la confianza, que se han venido aplicando con el apoyo de NU. Cuando Richard Holbrooke logró reunir a Rauf Denktash y a Glaukos Clerides en Troutbeck (NY) y Glion (Suiza), a lo largo de 1997, chocó con la oposición de los turcochipriotas a la petición de ingreso de Chipre en la UE (que no impidió que las negociaciones se abrieran en 1998). También los proximity talks, con intermediación de la ONU, comenzados a finales de 1999 fracasaron, pese a que Turquía había logrado en Helsinki ser reconocida como candidata a la Unión.
EL FRACASO DE LOS PLANES ANNAN Y SUS CONSECUENCIAS
El nuevo contexto de los procesos de adhesión a las Comunidades Europeas, que obligaba a las partes a adoptar compromisos, fue aprovechado por Kofi Annan para lanzar un esfuerzo negociador que había de durar cuatro años. La tarea fue confiada al peruano Álvaro de Soto. En este periodo, Bruselas se convierte para las partes en conflicto en una especie de maestro de baile. Las relaciones de la UE con todo el proceso merecerían un artículo aparte. En el Consejo Europeo de Sevilla de 2002, la presidencia española —cuyo trabajo es calificado de excelente por Lord Hannay, representante británico e importante actor y narrador del proceso— mantuvo el compromiso de no condicionar la entrada a una previa unificación de la isla, al mismo tiempo que subrayaba el requisito de que pudiera hablar con una sola voz en las Instituciones comunitarias y manifestaba con claridad su preferencia por un Chipre unido.
A partir del llamado Plan Annan III, de 2003, los avances hacia un acuerdo comenzaron a tener una plasmación escrita estructurada, aunque no vinculante. El fracaso del Plan Annan (V) en el referéndum del 24 de abril de 2004 (64, 91% de aprobación en el norte turcochipriota, pero 75, 83% de voto negativo de los grecochipriotas) escenificó un final abrupto para un proceso meritorio, cuyo resultado adolecía no obstante de importantes deficiencias. Por señalar sólo una que el ánimo constructivo de Bruselas no hubiera podido superar: la separación étnica que se proponía en el Plan era irreconciliable con el acquis communautaire1. Los principales puntos conflictivos fueron, sin ser exhaustivos: la presencia de las tropas turcas y las garantías de su retirada, la devolución o compensación a los grecochipriotas desplazados por la pérdida de propiedades al norte2, el problema de los colonos turcos, la libertad futura de establecimiento en el norte de los grecochipriotas. Los turcochipriotas veían que el Plan les permitía sumarse al progreso económico que iba a comportar la pertenencia a la UE, los grecochipriotas temían que las peculiaridades políticas que el Plan imponía pudieran perpetuar la anomalía chipriota dentro del club europeo3, cuyo umbral acababan de cruzar con alivio y grandes expectativas.
El resultado del referéndum tuvo como consecuencia el cambio en la valoración de los actores por parte de la opinión pública occidental. Los turcochipriotas habían dejado de monopolizar el papel de Mr. Niet. Papadopoulos fue juzgado con dureza por su abandono del proceso. Se acusó a los grecochipriotas de ingratitud frente a la generosa celeridad comunitaria, que había permitido la entrada el 1 de mayo de 2004 a una isla dividida. Este balance generalizado debería recibir nuevos análisis, una vez pasada la desilusión del momento. Es destacable, por ejemplo, el hecho de que la opinión pública grecochipriota considerara mayoritariamente el Plan Annan como una imposición de potencias que miraban por sus propios intereses. Si los turcochipriotas habían votado sí a pesar de Denktash, los grecochipriotas dijeron no con una fuerza mayor de la que hubiera logrado Papadopoulos a quien se responsabilizó en exceso del resultado.
En cualquier caso, la situación de bloqueo era patente: se había avanzado en las mediciones técnicas que permitían aquilatar al detalle cualquier iniciativa, pero precisamente por eso había quedado al descubierto que las líneas rojas de turco y grecochipriotas se cruzaban hasta enmarañarse. Sólo las palabras bajo presión habían creado la ficción de que el acuerdo era viable.
LOS ACUERDOS DEL 8 DE JULIO
Ambas partes percibían ese estancamiento como doloroso. Los turcochipriotas querían volver a unas negociaciones que les habían acercado tanto a un acuerdo favorable; los grecochipriotas necesitaban despegarse de la censura internacional. Los compromisos del 8 de julio de 2006, en la llamada Iniciativa Gambari —por Ibrahim Gambari, Subsecretario General de NU para Asuntos Políticos—, fueron un primer paso hacia la reanudación del diálogo. Comprendían un buen número de asuntos, entre ellos el no menor de terminar con el «juego de los reproches», el blame game que dificultaba el avance enormemente.

Los acuerdos concretaron un importante marco para la solución futura, que ambas partes definieron como una «Federación bizonal y bicomunal, con igualdad política, de acuerdo con las resoluciones del CS». Como método de trabajo se planteó la creación de Grupos de Trabajo y Comités Técnicos que abordarían tanto «asuntos substantivos» como «materias cotidianas»4, con el objetivo de alcanzar progresos visibles mientras se lograban concertar los problemas políticos más complejos y lentos. El nivel más técnico elevaría al nivel político sólo aquellos asuntos en los que no hubiera acuerdo —es un sistema semejante al seguido en el Comité de Representantes Permanentes del Consejo de la UE—.
Aunque el lanzamiento de un proyecto tan definido parecía inminente, el desacuerdo sobre la visión global del proceso impidió su inicio: los turcochipriotas, liderados ahora ya por Mehmet Alí Talat, querían un proceso acelerado con término en el final de 2008, mientras que los grecochipriotas aspiraban a un final abierto, en el que no pudiera volver a culpárseles del fracaso. La apertura del Periodo de Sesiones de 2007 de la AGNU sirvió para que Talat (23 de septiembre) y Papadopoulos (16 de octubre) presentaran nuevas iniciativas, que fueron interpretadas como gestos vanos orientados a sus opiniones públicas respectivas. La presión internacional aumentó: la UE invitó a Turquía, en las conclusiones del Consejo de Asuntos Generales de diciembre de 2007 a asumir un papel constructivo; Ban Ki-moon reprochó a los líderes la falta de avances en los meses anteriores.
LAS ELECCIONES DE FEBRERO DE 2008
La realidad es que los comités no se reunieron hasta el 21 de marzo de 2008. Su constitución fue el resultado inmediato de la victoria de Demetrio Christophias, líder del Partido (aún) Comunista AKEL5. Chistophias había tenido relación personal con Talat, quien pertenece a la misma corriente político-sindical. Formaba parte del gobierno de coalición de Tassos Papadopoulos, y quedó como candidato al no obtener este último el 30% de los votos necesario para la segunda vuelta. Algunos analistas han apuntado que la excesiva dureza de Papadopoulos podría haberle enajenado algunos votos de quienes veían que convertir a los turcochipriotas en una minoría aislada dentro de la isla podría tener consecuencias semejantes a lo que estaba sucediendo en Kosovo.
El 4 de abril, un gesto de Christophias y Talat trascendió a la opinión pública como la verdadera señal de que el proceso estaba en marcha: se abrió en Nicosia el paso de la calle Ledra, símbolo de la división de la isla, y escenario de aún recientes enfrentamientos. Los Grupos de Trabajo han estado trabajando desde su puesta en marcha, sin que hayan faltado los tradicionales reproches, muchos referidos al recuento de los colonos o la calificación como asunto cotidiano o sustantivo. Algunos elementos externos han influido en el interés público por el proceso. Los problemas de sequía de este verano, por ejemplo, que podrían haberse resuelto mediante un acueducto submarino desde Turquía, mucho menos costoso que los barcos cisterna desde Grecia, han tenido una vinculación inmediata con el conflicto en el imaginario chipriota.
ESTE OTOÑO, LA MEJOR OPORTUNIDAD. ¿TAMBIÉN LA ÚLTIMA?
Con el inicio del nuevo curso, las negociaciones han entrado en la fase sustantiva. El 3 de septiembre Talat y Christophias han comenzado ante el enviado de Naciones Unidas, el antiguo ministro de Exteriores australiano Alexander Downer, una nueva serie de encuentros para llegar a un acuerdo global y omnicomprensivo. El aeropuerto de Nicosia, dentro de la buffer zone controlada por NU, es la sede de las reuniones que han tenido lugar hasta ahora los días 11 y 18 de septiembre, con los problemas de gobernanza y división del poder como primer espinoso asunto en la agenda. A partir del 8 de octubre, las conversaciones entrarán en el no más fácil problema de las propiedades de los desplazados. Downer ha señalado que, de llegarse a un acuerdo, éste sería sometido a referendo en ambas zonas el mismo día. La Comisión Europea está programando el envío de un representante especial para Chipre, que colaboraría también con el representante especial del Secretario General de NU Taye Brook Zerihoun.
Sobre muchos actores y analistas del problema chipriota pesa la responsabilidad de saber que la coyuntura para lograr la reunificación de la isla es excepcional. Pero pesa sobre todo la conciencia de que tal vez se trate también de la última oportunidad. La comunidad internacional ha perdido recursos para ejercer presión sobre las partes —principalmente por Kosovo, pero también por el debilitamiento del «efecto CE»—, y la UE cada vez endurece más su línea con respecto a la adhesión de Turquía, una vez que ha experimentado las dificultades de las últimas ampliaciones. La división de la isla puede consolidarse definitivamente. Las jóvenes generaciones no tienen experiencia de una isla unida y no hablan una lengua común con sus coetáneos del otro lado. Los colonos turcos han creado una nueva sociedad que tiene su hábitat natural en una versión renovada del taksim. El tiempo puede convertir en injusta una devolución de estos emigrantes que ahora parece perfectamente exigible pues han llegado a la isla como consecuencia de una práctica condenada por el derecho internacional. El tiempo electoral dejará de ser propicio en Turquía a mediados de 2009. Se desconoce hasta qué punto en Ankara se puede permitir un avance abierto del proceso, como requiere una negociación que sigue al colapso de un plan detallado.
También en el seno de la coalición que sostiene a Christophias los partidarios de una solución posibilista son escasos: DIKO, el Partido Democrático6 de Papadopoulos es poco partidario de las salidas acordadas, y tampoco EDEK, partido integrado en la Internacional Socialista, parece querer apartarse de un nacionalismo de vieja escuela. Y no son descartables en un futuro reacciones como la adoptada por el AKEL de Christophias en el referéndum de 2004, cuando el actual presidente tuvo que pedir el no para evitar verse expulsado de la coalición de gobierno.
En las negociaciones se perciben además, pese al cambio de tono, demasiados ecos de enfrentamientos pasados. Sigue siendo constante en los turcochipriotas la referencia a los dos estados fundantes de un nuevo estado bicomunal. En este adjetivo se introduce además un componente marcadamente étnico, con deseo de permanencia como criterio de diferenciación social. Con respecto a las tropas, el propio Erdogan sigue afirmando que son defensoras de la seguridad de la isla. Los grecochipriotas, por su parte, niegan su responsabilidad en el aislamiento turcochipriota.
Algunos microprocesos van acrecentando los obstáculos para la marcha atrás. El auge de la construcción en el norte complica el ya intricado problema de las propiedades grecochipriotas. Hay además iniciativas internacionales que se plantean por primera vez la partición como salida aceptable. Y el precedente vergonzante de Kosovo está en la mente de todos.
Todos estos elementos son ciertos en mayor o menor medida. Pero no reflejan en nuestra opinión la realidad esencial de la isla. No sólo se ha avanzado decisivamente en la reducción de la violencia, el desminado, la celebración de eventos intercomunales, etc. Los cambios más relevantes están en el plano político y en el de las percepciones. Los mandatos surgidos de las últimas elecciones en las dos partes de la isla han sido muy claros: la población pide una negociación flexible. En una encuesta realizada en abril de 2007 por UNFICYP (citado por ICG 2008), el 72% de los turcochipriotas y el 66% de los grecochipriotas consideraban tolerable una federación.
Una exigencia compartida por ambos líderes y repetida dentro de la isla es la de que la solución debe llegar de los propios chipriotas. «Entre chipriotas y para los chipriotas» está siendo uno de los lemas más repetidos por Christophias. El propio SGNU ha asumido también esta necesidad (S/2007/699, 45). La falta de apropiación determinó la caducidad del régimen establecido en 1960 y ha dificultado los avances posteriores.
Como opinión general sobre algunas líneas del proceso, se pueden apuntar algunos comentarios7:
La estructura de dos vías creada en las negociaciones del 8 de julio, que va partiendo de lo cotidiano para llegar a lo político, irá sumando adhesiones al proceso conforme éste avance. La impaciencia proviene más bien de fuera de la isla. A nuestro modo de ver, sus habitantes han emprendido un camino hacia la reunificación que no se debe dejar sofocar por la presencia de otros intereses.
En el Plan Annan no puede verse ya una base para las negociaciones. Cualquier intento de imponerlo probablemente conllevaría el encastillamiento de los grecochipriotas y el legitimismo inflexible del lado turco. El proceso Gambari tiene ya su propia dinámica que se ha de respetar.
Las medidas orientadas a reducir el aislamiento de los turcochipriotas en línea con lo aconsejado por el SGNU (S/2007/699, 47) deben tener como objetivo la mejora de sus condiciones sociales, que permita una reunificación no traumática. Emplear estas medidas como vía indirecta para favorecer el reconocimiento de la República Turca del Norte de Chipre y crear otro Estado problemático, siguiendo el modelo antijurídico kosovar sólo puede dificultar la resolución del conflicto.
En algunas soluciones maximalistas propuestas por Turquía y los turcochipriotas subyace una tradición política y jurídica que considera las minorías étnicas como sujetos jurídicos primeros (en la línea de los Millet). Existe una incompatibilidad esencial entre esta visión y los sistemas democráticos basados en las libertades del individuo. La Unión Europea reconoce esta tradición democrática como uno de sus principios fundantes y la PESC tiene un compromiso expreso con estos valores, que constituyen su razón de ser, como se reconoce expresamente en el vigente TUE. Si se aceptara un arreglo en el sentido otomano se condenaría a Chipre a un régimen jurídico permanentemente anómalo dentro del sistema europeo. No en vano el Plan Annan colocaba los tratados que debían firmarse expresamente por encima del Derecho Comunitario.
El lado grecochipriota debe centrarse en los ámbitos en que las cesiones podrían ser más constructivas, especialmente para la integración turcochipriota en el acervo comunitario y sus beneficios económicos, de garantías jurídicas y de estabilidad social.
Los turcochipriotas podrían contribuir a resolver el problema atendiendo a los casos más sobresalientes relacionados con propiedades grecochipriotas, para amoldar la situación a la doctrina del Tribunal Europeo de Derechos Humanos; deteniendo las nuevas construcciones sobre propiedades grecochipriotas; adaptando la legislación al acervo comunitario; disminuyendo la presencia militar y de colonos turcos; colaborando en la localización de los restos de los desaparecidos (en torno a 2.500) y restaurando y conservando los monumentos dañados.
Aunque el jefe del Estado Mayor Büyükanit mostró recientemente su oposición a que las tropas turcas abandonasen la isla, Erdogan manifestó en su visita a Suecia que la retirada debía ser simultánea con la salida de las tropas griegas, lo que da una esperanza y una orientación sobre la posible desmilitarización de la isla. Christophias es partidario de la desmilitarización total, pero no parece que el abandono de las bases británicas esté sobre la mesa.
El beneficio económico que puede reportar la reunificación podría financiar sobradamente algunas de las dificultades que plantea el conflicto, como el retorno de colonos y desplazados, compensación por propiedades perdidas, nuevas infraestructuras por migraciones internas previsibles, etc.
Existen problemas como el deterioro del medio ambiente y del patrimonio arqueológico, cultural, artístico y religioso de la isla que deben ser atendidos con urgencia y suficientes medios por las instituciones comunitarias.
Favorecer la percepción de los beneficios logrados en cada paso hacia la normalización puede sumar posibilidades a los acuerdos y restarlas a los populismos nacionalistas. El peso de una opinión pública concienciada y participativa como la chipriota puede ser definitivo.
NOTAS
1· Los permisos de residencia en el norte para los grecochipriotas estarían limitados a 45.000 hasta 2019, y las autoridades turcochipriotas podían reducirlos aún más. Otras limitaciones se referían a cuotas lingüísticas o a la constitución de empresas.
2· La comunidad grecochipriota integraría nada menos que el 92% de la base imponible (Palley 2008: 2). Cualquier política redistributiva supondría una transferencia masiva sin contrapartida en ámbitos de decisión. Las compensaciones por los bienes abandonados (anexo VII del apartado A del Plan) por los desplazados se financiarían en gran medida por un complejo mecanismo de venta de estas propiedades.
3 · El Plan suponía, por ejemplo, en gran medida, la renuncia a la jurisdicción del TJCE sobre la adaptación del nuevo orden de cosas al derecho comunitario.
4· Eran sustantivos problemas territoriales, forma de gobierno y forma política, propiedades de los desplazados, la seguridad, materias relativas a la UE, ciudadanía e inmigración, y la economía. Entre los asuntos cotidianos se encuentran la salud, la gestión del agua y la energía, el comercio y la cooperación económica y un largo etc.
5· Tradicionalmente euroescéptico, trató recientemente de retrasar la exitosa entrada en el euro de Chipre. Ha moderado sus posturas hasta colaborar plenamente en las políticas comunitarias.
6· Centro derecha nacionalista, liderado anteriormente por Spyros Kyprianou.
7· Estas reflexiones recogen algunas ideas desarrolladas con mayor amplitud en el Cuaderno de la Escuela Diplomática citado en la bibliografía.
BIBLIOGRAFÍA
Hannay, David, Cyprus, the search for a solution, ed. I. B. Tauris, Londres-Nueva York 2005. Es el relato más completo de las negociaciones hasta su fecha de edición.
AAVV, Politique International, n.º 118, Invierno de 2008. Un número reciente dedicado casi monográficamente al problema chipriota.
International Crisis Group, The Cyprus stalemate: What next?, Europe Report n.º 171, 8 marzo 2006.
Cyprus: Reversing the Drift to partition, Europe Report n.º 190, 10 enero 2008.
Tarín Martín, Luis P., Evolución reciente del conflicto de Chipre. ¿Nuevos intentos o última oportunidad, ed. Ministerio de Asuntos Exteriores, Serie Cuadernos de la Escuela Diplomática, Madrid, en prensa.
Castiella, Begoña., «Un desafío continental: Chipre», Nueva Revista de política, cultura y arte, nº 86, marzo-abril de 2003, (3-21)
A veces, cuando nuestros intereses se dirigen decididamente hacia un objetivo, no es raro que en nuestro camino se cruce una buena razón para detenernos. Quizá nuestra mente está ocupada con el pensamiento de aquello que anhelamos y… ¡ah!, algo distinto nos saca del ensimismamiento y nos perturba con su presencia. La belleza se esconde en todos los lugares si se sabe mirar. Es precisamente cuando estamos con una disposición de búsqueda que la vida ilumina mejor nuestros pasos. Ese algo al que nos dirigíamos en un primer momento alimenta de tal forma nuestros deseos y sentidos que los hace capaces de admirar de un modo nuevo aquello en que se posan. ¿Acaso nunca has «descubierto» un cuadro mientras caminabas hacia otro?, ¿o tus ojos no han tropezado jamás con una «nueva» poesía? El descubrimiento entonces no oscurece lo demás, pero ese grito mudo de admiración, ese segundo en que nuestro entendimiento choca contra la nueva imagen, el sagrado estupor que sentimos al encontrarnos con un regalo no esperado, esa admiración momentánea, digo, que produce un calambre en nuestros receptores de belleza, no la olvidarás nunca mientras vivas. Ese descubrimiento será tuyo para siempre. Y tú serás suyo. Nunca más podrás dejar de mirarlo, de admirarte. Siempre serás consciente de aquel momento íntimo en que os encontrasteis por primera vez. Será un secreto que, por mucho que cuentes, nadie podrá entenderlo, porque sólo tú participaste de aquel maravilloso encantamiento.
París. La grandeza de la ciudad sobrecoge. La inmensidad de sus formas te hace pequeño. Su belleza se revela en sus grandiosos espacios, en sus monumentos, en sus bulevares. Pero la magia de París se esconde también en sus rincones. Son ellos precisamente los que regalan el misterio a tu alma. La belleza se esconde tras el quiebro de una esquina, quizá en un callejón solitario, o en la luz. Entonces, inesperadamente, temblamos ante ella, y la grandeza y la perfección dejan de ser cuestión de dimensiones. Una pequeña plaza hace grande una ciudad. Sólo hay que saber mirar, y admirar. Magia.
Rue de Varenne, ése era mi destino cuando desperté aquel día de agosto cerca del Louvre. Durante cuatro años, el número 77 de esa calle albergó a uno de los poetas más misteriosos y fascinantes de todos los tiempos. ¿Mi destino? Estar allí, tocar aquellas piedras, vivir allí unos instantes y respirar el aire creado por sus árboles. Según mi mapa aquella casa se había convertido en un museo; el museo de otro gran artista, Auguste Rodin, propietario de la mansión y huésped del autor de Las elegías. Así pues, Rilke estaba escondido tras las esculturas del escultor parisino. Contemplaría entonces aquellas obras.
De Rodin nunca me sentí deudor. Conocía algunas de sus esculturas más célebres sólo como simples ejemplos modélicos de un tipo de escultura. Le penseur, Le baiser… eran obras archifamosas y habían sido reproducidas una y otra vez en multitud de láminas. Y ahora me daba cuenta de que las vería realmente y casi podría tocarlas, pero también sabía que eso no sería suficiente para conmoverme. Debía haber un descubrimiento.
El sol caía a plomo sobre el jardín de Los Inválidos. Mi inquietud al caminar por el bulevar era creciente. A media altura de la ancha calle se emplaza el Café du Musée y junto a él se abre la Rue de Varenne. Hace esquina el número 79. Pocos metros más allá, en un ensanche de la acera, está el gran portalón de la mansión-museo del escultor. El número 77 colocado en los muros de entrada todavía está clavado en mi carne. Era verdad. Existía. Rue de Varenne 77. Rilke. Toqué las piedras. Lo que vino después fue lo que el poeta y su ciudad me habían preparado para cuando fuera a visitarles.
Desde fuera se puede ver ya la gran fachada del museo, una verdadera mansión. No muy grande, pero de un gusto extraordinario, con el toque parisino propio de los jardines. Belleza. Estaba, pues, junto a las obras de un gran escultor, pero me resultaba extraño y terriblemente molesto que nada me hablara del poeta. Mi resignación duró poco tiempo. Mi severo juicio se desvaneció al atravesar la verja y abrirse ante mí el jardín delantero, entonces, al darme la vuelta, apareció aquella placa colocada en el muro de la entrada, invisible desde fuera:
DANS CET HOTEL
OU IL FIT DECOUVRIR A
AUGUSTE RODIN
RAINER MARIA RILKE
VECUT DE 1908 A 1911
Una reliquia. Mi ánimo creció desmesuradamente. Después quedó colgado en el espejo de la gloria.
Después conocí a Rodin.
Cuando leí la Divina Comedia la historia de Paolo y Francesca me fascinó y lo hizo precisamente por ser una escena natural, nada complicada, incluso pueril. Que un libro sea el nexo que une a los dos amantes resulta simplemente encantador. Pero lo que en una amistad podría mantenerse indefinidamente, aquí no es posible, aquí el libro se convierte en un cómo, en el camino por el que finalmente ascienden los besos. Siempre me he preguntado ¿no es el infierno demasiado castigo? El arte ha expresado de mil formas a los dos amantes. También Rodin cuenta con varias esculturas que presentan la escena recogida por el poeta florentino. Pero hay una que hace temblar el suelo. ¿Qué tiene la mirada de Paolo? ¿Por qué esa mirada de arcilla reconcentra todo el amor del alma? Paolo mira hacia sí mismo en aquella mirada, como si fuera ciego, y el amor el deseo que se hace criatura junto a él. Hay, además, en aquella mirada una nota inmensa de tristeza que rodea a la escena entera. ¿Es posible el amor?, ¿el amor infinito que yo siento por ella es posible que exista? No te vayas, Francesca, no te vayas, permanece conmigo, así, como ahora, para siempre. La mirada de Paolo se convierte en quejido. La mirada de Paolo está viva, sí, como tú y yo. ¿Quién no es capaz de verse reflejado en aquella mirada?

La fuerza de Rodin radica en la vida de sus obras. Cada una es única, ella, personal. Sus rostros nunca se pierden entre la multitud, son personas, historia, relato. Lo excepcional es que esa individualidad no se limita a los rostros, también sus manos contienen esa poderosa fuerza. También en ellas la unicidad de la persona grita y afirma «yo soy yo». Sus obras misteriosamente remiten al presente. Toda la riqueza del escultor se vacía en cada creación, sus obras poseen esa enigmática fuerza y a la vez son animadas por ella. Vida.
Ahora quiero mostrarte la tierna hermosura de Diane. Un prodigio. Un milagro. La blancura del mármol ya es capaz de oscurecer todo alrededor. Llama a lo sobrenatural, al mundo de los dioses. Ese «atributo coronador de lo terrible» de Melville alcanza en Diane una fuerza asombrosa, ciertamente no fantasmal ni capaz de infundir pánico en el alma. Lo terrible en Diane es el mundo de la perfección, indecible, que sobrepasa la apreciación humana. Ese busto blanco, esa mujer, parece venir realmente de un Olimpo lejano, muy lejano, precisamente por la blancura que irradia.

Rodin no modeló a la Diana portadora del carcaj. No, no es el rostro enojado por Acteón, ni la Diana presa de la ira y la vergüenza por ser descubierta en su gruta secreta. La Diana de Rodin es la Diana salida del baño tras un día de caza, es la hermana de Apolo, casi niña, en su alegría inmaculada, rebosante de frescura en el valle de Gargafie, muchos, muchos días antes del encuentro con el nieto de Cadmo. Aquí la poesía se encuentra con Rodin, aquí Rodin esculpió versos blancos. Todo es alma. La frente, los ojos, la nariz, la boca… ¡La boca! «Mi alegría muerde tu boca de ciruela».
Te das cuenta de que ya no eres el mismo, ya no podrás olvidar la visita.
El origen del hombre Rodin lo hace piedra, roca. La naturaleza se alía para formar de sus entrañas la criatura humana. Así es Terra, el nacimiento de la humanidad. La tierra negra, bronce, se organiza para formar el cuerpo. La naturaleza erupciona en esa masa informe, todavía brutal, postrada. Terra es genuinamente lo corpóreo, porque lo que emerge bestialmente de la tierra negra, es un hombre sin rostro, sin nombre. ¿Un hombre? Ni siquiera. Está boca abajo. No es sino media criatura. Negra. Carne de alquitrán. Triste carne de alquitrán sin alma.
Pero, si continúas, si atraviesas todavía alguna estancia, entonces… ¡ah!, verás que a esa criatura, a esa incipiente bestia de la tierra, a esa roca de carne, La main de Dieu la ha señalado. La ha sacado del fango y convertido en única. La oscuridad se esconde detrás de la persona, y la blancura del creador refulge en ella, irreconocible. Mármol blanco. La claridad de Dios. El hombre es engendrado de la negra tierra con la luz blanca de la mano de Dios. El escorzo del hombre recuerda la posición del feto en el seno materno. Nace la persona. Hombre y mujer. Ambos amoldados en la palma creadora, mirándose. ¿Y la mano?… ¿Qué pensaba Rodin al esculpirla? Tan cercana, ¡tan humana! Una mano de dimensiones extraordinarias, poderosa, terrible, de venas palpitantes, que recorre los cuerpos de sus criaturas en un recio y tierno abrazo de padre y madre. Dios.
Ignoro si el escultor había leído las Historias del buen Dios de su amigo Rainer. Esa pequeña obra, escrita en 1904, incluye un cuento titulado Historia de las manos de Dios. Un cuento para niños y para aquellos mayores que una vez fueron niños y aún desearían serlo. Dios, mientras modelaba al ser humano allá en el cielo, es avisado por un ángel de las calamidades que ocurren en la Tierra con los demás animales. Dios entonces se pone furioso y decide velar el mundo. Pero con el fin de dar acabamiento a su gran obra, su sabiduría toma la determinación de que sean sólo sus manos las que modelen al hombre, al tiempo que sus ojos mantienen la armonía creada. Y así, mientras Dios está distraído con sus demás criaturas, el hombre, una vez terminado por las manos de Dios pero sin que la mirada de Éste se haya posado sobre él, se escapa hacia la Tierra presa de sus ansias por vivir…
Bien pudo Rodin esculpir esas manos de las que habla el poeta o, quizá, tomar prestada esa imagen para concebir su obra. Lo que no cabe duda es que las manos de Rodin son manos singulares, únicas. Tienen vida propia, crean. La divinidad está en ellas no como parte de un todo, sino como algo propio, esencial. De un modo extraño, al ver esas manos vemos al creador sin intuir —y aún menos sin buscar— figura alguna con que relacionarlas. No. Las manos lo son todo. Dios es sus manos. En La main de Dieu la admiración es casi adoración. Fíjate. Estás mirando a Dios.
Más adelante ves otra mano, y un beso es el reclamo.
En el muro de entrada, junto a la verja negra, una fotografía de El beso te adentra ya en el mundo de Rodin. Es como un «adelante» sin vergüenza, en respuesta quizá al pretendido escándalo que ese beso de mármol ha causado durante tantos años. Una vez que has entrado y estás delante de la piedra blanca, te asombran las extraordinarias dimensiones. Al primer vistazo, la escultura es un juego de contrastes. La esbeltez del hombre es como el contrapunto de la mórbida figura femenina. La mujer cae inerte, y su espalda combada ejerce la atracción gracias a que su brazo atrapa el cuello del amante. El hombre asombrosamente erguido gira el torso en postura imposible. Fuerza y ternura.
Luego ves el secreto. Toda la sensualidad del grupo se pierde precisamente en el reclamo, el beso, un beso ciego, escondido, imposible a la vista. Es entonces cuando el genio de Rodin vuelve de nuevo a golpear tus sentidos. Y es otra vez cuando ves la mano masculina, tan inmensa que bien podría pertenecer a un Hércules, posando suavemente su palma sobre el muslo de la mujer. El beso. Imposible plasmar tal delicadeza. Toda la fuerza de los músculos se diluye en una caricia extrema, un roce apenas incoado. En esa delicadeza está el poder de El beso. Ahí está Rodin. Algunos piensan que los enamorados son de nuevo los amantes del segundo círculo, Francesca de Rimini y Paolo Malatesta. Yo no. Aunque el escorzo de los enamorados de piedra pudiera sugerir el eterno torbellino giratorio de Dante, yo sé que no es así. Los italianos de Dante son de arcilla y besan con la mirada.
Sí. Rodin es un cazador de instantes. Lo fugaz de la vida, el momento, él quiere hacerlo eterno. Sus obras son gestos y miradas eternas que duran un instante. El acto se convierte en historia, el gesto en biografía. El ademán efímero de esas dos manos albas de piedra que se acercan furtivas, recelosas, puede ser hecatombe, tormenta de sentido y existencia. La fragilidad se torna perdurable, sólida, serena, como una Catedral.

Sientes tu respiración. Tu ahogo momentáneo busca en el aire viciado un narcótico ante tanta pureza, ante tanta presencia. Sientes latidos de un mundo insospechado, escondido, latente. La vida se dilata en cada talla y se convierte en otra de repente, más real, más verdadera. Pero aún te queda ver el llanto de este mundo de tierra en aquel bronce oscuro, tirano e implacable para el hombre.
El mundo desdoblado, sin sentido, lo ha labrado Rodin eterna y fugazmente. Aquí siempre se escapa, siempre vuela el descanso perpetuo. El trasiego incansable del alma encarcelada ha quedado esculpido en Fugit Amor. Hay un enamorado que desea y que encuentra, y que pierde y desea, siempre, siempre. Velozmente se escapa la mujer, la belleza, el anhelo. Pero el enamorado no la pierde de vista, va junto a ella siempre en la mirada. Ahí está, a unos pasos. A una pequeña distancia de espacios infinitos. Es una huida eterna, la voz desenfrenada de un adiós que taladra los huesos. Y es que grita tan cerca que la puede tocar, sí, ¡ya te tengo!, ¡espera, no te vayas! ¡No!, ¿acaso no me quieres? No hay derrota, ni victoria tampoco. La escena parece haber salido de aquella otra piedra de los griegos, aquella misma piedra de doncellas esquivas y éxtasis salvaje que ya cantó el poeta. Solamente el poeta soporta así la vida. Y las piedras son versos.
Cabizbajo, doblado ante el júbilo inmenso del ser y la existencia me despedí de allí. Dejaba mi sorpresa colgada en las cornisas de aquella gran mansión número 77 de la Rue de Varenne. Y aún siento a miles de kilómetros mi jadeo emocionado en aquellos rincones misteriosos. Lo llevo aquí, conmigo, en el centro del cuerpo, como una gran condena. Ya no puedo vivir de otra manera. La otra vida, la que vivo entre risas, es una gran mentira, quizá un sueño del que sólo despierto cuando abro bien los ojos y me miro por dentro. La belleza es un peso en el alma que me hace estar cansado y más sediento.

Al terminar mi visita volví a buscar a Rilke entre las piedras. Él era el hechicero. Le miré entre los árboles y en el cielo y en la tierra que sostenía mi cuerpo, y le dije: Rilke, mi buen Rainer, ¿por qué me has hecho esto? Y entonces comprendí que esas vidas de piedra eran los fieles altavoces de aquellos otros versos, los primeros de Duino:
«Pues lo bello no es nada
más que el comienzo de lo terrible, que todavía apenas soportamos,
y si lo admiramos tanto, es porque, sereno, desdeña
destrozarnos. Todo ángel es terrible».