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Juan Pablo estaba extrañado de su éxito material. Me lo comentó un día que quedamos a comer cerca de su despacho de la Fundación Diálogos. «He ganado mucho dinero, pero no lo buscaba. Llegó por añadidura. Sólo hacía periodismo». Juan Pablo acababa de dejar el Grupo Negocios. Había sido un divorcio largo y triste, que había sorprendido a viejos camaradas en trincheras opuestas. Estas cosas pasan. Maquiavelo ya advirtió esta trágica inconsistencia: los deseos de las personas y los intereses de los grupos no siempre coinciden. La razón de Estado obliga a veces a adoptar decisiones dolorosas y la buena marcha de la empresa exige amargos sacrificios. No hace falta estudiar Económicas para entenderlo. ¿Se imagina que su jefe diera una oportunidad a todos los desheredados que se encontrara por la calle? ¿Cuánto tardaría en quebrar una empresa gestionada sólo con criterios de caridad?.

Nadie experimentó como Juan Pablo los desencuentros y la amoralidad del capitalismo, pero justamente por eso nadie se esforzó tanto por poner moral en él. Rara vez adoptó una de esas decisiones dolorosas. En los diez años que coincidimos en La Gaceta de los Negocios creo que prescindió de dos redactores. A su alrededor nunca faltaba alguien pidiéndole cabezas. Es el modo más sencillo de zanjar diferencias con un subalterno díscolo. Además, refuerza el principio de autoridad y, en fin, ya saben, es inevitable, no somos una ONG, probablemente le hacemos un favor echándole y reorientando su carrera…

Pero Juan Pablo no cedía. Arrugaba la nariz en un gesto muy suyo y sacudía la cabeza: «No vamos a despedir a nadie». Para él era de verdad un recurso desesperado, algo de lo que sólo se echaba mano cuando todo lo demás había fallado.

Cualquier experto en gestión le explicará que semejante filosofía causa una fatal acumulación de incompetentes que acaba por hundir el negocio. Pero ya digo que Juan Pablo ganó mucho dinero. Sus proyectos salían adelante, y algunos espectacularmente, como Marca o Expansión. En La Gaceta de los Negocios no repitió éxito, aunque hay que precisar que cogió un diario terminal, lo estabilizó y lo situó segundo en difusión, lo que no es poca cosa.

¿Cuál era su fórmula? Ni él mismo la sabía. No buscaba el dinero. Cuando el régimen de Franco le obligó a dejar la dirección de Nuevo Diario, montó una modesta redacción y se dedicó a hacer boletines. Por lo visto, todo lo que este hombre necesitaba era un pedazo de papel impreso en el que levantar acta de lo que pasaba a su alrededor.

Aquella redacción acabó siendo el embrión de un imperio. Además de hacer los boletines, asesoraban a otras publicaciones que querían mejorar los contenidos, cambiar de diseño o modernizar la impresión. Actualidad Económica fue una de las que buscó su consejo. Juan Pablo se dio cuenta enseguida de que era una mina y decidió comprarla con un grupo de amigos: Juan Kindelán, José María García Hoz y Luis Infante. No tenían ni un duro, así que fueron al Banco de Vizcaya, a pedirle 40 millones de pesetas a Pedro Toledo. «¿Y cómo planeáis devolverlos?», les preguntó. Juan Pablo le tendió un papel con una lista de nombres. «Los van a poner estos señores», dijo. «Pensamos venderles el 49% de la revista». Toledo examinó el papel. «Esta lista está muy bien hecha», comentó. Les dejó los 40 millones. Antes de un año se los habían devuelto.

Lo demás llegó por añadidura. Actualidad Económica era, efectivamente, una mina. Compraron Telva, reflotaron Marca, lanzaron Expansión. Todo paso a paso, mirando cada peseta, respetando mucho a las personas, pero aún más la verdad. Eso les granjeó problemas. Otros periodistas que hacen grandes aspavientos se las arreglan para estar siempre en el machito: con Franco eran jerarcas en los medios del Movimiento y ahora reparten el carné de demócrata. Juan Pablo no tuvo una relación fácil con el poder. Franco le cerraba los periódicos, pero ni populares ni socialistas le regalaron nada. Es natural. Sólo hacía periodismo.


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