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Tuve la suerte de trabajar diez años con Juan Pablo de Villanueva. Él me nombró director de la revista Dinero y apoyó mi trabajo en tiempos difíciles. Siempre me llamó la atención la doble faceta de Juan Pablo, un periodista formado en la prestigiosa Universidad de Navarra, graduado con premio extraordinario, que a los 26 años ya dirigía un diario en Madrid. Luego llevaría las riendas de tres más, llegando al difícil récord de haber dirigido cuatro diarios en la capital del Reino. Pero desde muy temprano tuvo el acierto de ser empresario de sus propias aventuras periodísticas.

Juan Pablo era un hombre muy preocupado por la cuenta de resultados de las empresas que presidía, muy batallador y tenaz, con la porfía sin igual de un navarro para perseguir metas elusivas. En las reuniones mensuales para el seguimiento de la revista dedicaba el máximo esfuerzo para empujar la gestión comercial de Ediciones Intelige, editora de Dinero. Sabía muy bien que la consecución de la excelencia periodística precisa de una independencia que sólo se logra con una cuenta de resultados positiva y holgada. Le molestaban grandemente las presiones que inevitablemente sufre una publicación prestigiosa del mundo de los negocios.

Las publicaciones de economía a menudo adolecen en España de magros resultados financieros. Incluso las mejores tienen difusiones que son la quinta y aun la décima parte de la prensa hermana de Italia o Francia. En un país en el que se lee poco, las publicaciones especializadas de calidad están condenadas a ser estrictamente minoritarias. Pero sus modestas tiradas no son óbice para alcanzar una notable influencia en los círculos de elites a los que se dirigen. Esta circunstancia las convierte en blanco fácil de presiones de variada índole. Una de las pocas veces que he visto a Juan Pablo golpear su mesa con el puño, fue con este motivo, notablemente irritado por las insistentes llamadas de los altos responsables de una importante empresa española que querían influir más allá de lo razonable en un reportaje de Dinero. «¿Es que pretenden decirnos lo que tenemos que publicar?», me dijo, para terminar dictaminando: «Haz lo que estimes oportuno».

Siempre vi a Juan Pablo como un colega, sin dejar de ser mi editor. Comprendía muy bien las complejas encrucijadas a las que se enfrenta el responsable periodístico de un medio. Y su apoyo era roqueño, de una tenacidad excepcional. Aprendí con él unas cuentas cosas que no te enseñan en las escuelas de periodismo, pero que tal vez son la sal de esta profesión, que sólo puede ejercerse con plena entrega si en la raíz de tu trabajo está la idea de servicio a los demás. Gracias, Juan Pablo.


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