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No recuerdo bien el día. Sería hace unos diez años. Quizá fue dando un paseo, o viendo alguna exposición: Juan Pablo no hacía deporte bajo ningún concepto. Le pregunté por lo que había pasado, hacía ya unos años, en Recoletos; sobre su salida del Grupo que fundó y cuyas revistas y periódicos dirigió. Me miró con su mirada socarrona y dijo: «Vamos a tomarnos un vermú, que no quiero hablar mal de nadie». Hasta unos años después no me contó aquella historia. Era otro el contexto. Y no habló mal de nadie.

Hace cinco años fuimos a dar otro paseo. Yo estaba a punto de dejar mi trabajo en Vocento y quería hacer una revista de arte. Se lo conté. Me pidió que le dejara pensarlo. Sabía que a él le gustaba la arquitectura y la pintura, y que vería con buenos ojos aquel proyecto.

Me llamó unos días después y me habló de La Gaceta. De que quería añadirle una parte blanca al salmón, y que ahí podría escribir de cultura, sociedad, arte y lo que quisiera. Le pregunté por la dedicación. Me dijo que un par de horas a la semana un par de días. Que ya tenía gente buena en ello, y que yo podría ser el redactor jefe de aquella sección.

Yo, la verdad, vi aquello un poco nebuloso, pero como conocía a Juan Pablo, me lancé a la aventura y un buen día desembarqué en el periódico. En aquella sección estaban Carlos Bueno, Ángel Peña, Paco Gutiérrez, Isabel Esparza y David Álvarez. Cinco periodistas como la copa de un pino. Y yo venía de jefecillo suyo. Pero también estaba Juan Pablo y así comenzaron cuatro años apasionantes, locos, disparatados.

Por supuesto, el engaño de Juan Pablo quedó inmediatamente al descubierto. Allí trabajaba de diez y media de la mañana a nueve de la noche de lunes a viernes, como era habitual en la prensa económica. Hacíamos ¡once páginas al día! además de un cuadernillo llamado Ocio los sábados. Y los domingos había turnos. Creo que nunca he trabajado más en mi vida y nunca lo he pasado tan bien. El trabajo llegó a ser tal, que un día a la pobre Isabel le dio un surmenage y la tuvieron que llevar a un ambulatorio a que le dieran un calmante. Ese día me planté en el despacho de Juan Pablo, sin que Vicky me pudiera frenar, y le dije que me iba. Que hasta allí habíamos llegado. Juan Pablo me volvió a explicar el proyecto. Me habló del periódico, de la gente que tenía. De lo bien que iban las cosas. De que necesitaba nuestro esfuerzo. Y, finalmente, me autorizó a fichar un nuevo redactor. Entonces me di cuenta de por qué Juan Pablo conseguía hacer equipos. Sabía motivar y animar a la redacción. Ilusionarla. Creaba a su alrededor un ambiente de trabajo y, como ahora se dice, de buen rollo que convertía, aquella tropa disparatada y loca, en una piña.

Dos años después llegó el cansancio. La paliza era, todos los días, soberana. Y cuando le expuse que lo que me había pedido estaba en marcha, y que ya no me necesitaba, me dijo que me iba a nombrar subdirector del periódico. Que no me podía ir. Que tenía planes…

A las pocas semanas me contó que me iba a proponer como director. De nada valieron mis explicaciones sobre lo poco que sabía de economía, ni sobre los agravios que iba a suscitar el nombramiento. «Yo te voy a ayudar. Voy a seguir aquí. Pero tienes que hacer tú el periódico. Y elegir tu gente». Me habló de la redacción con gran afecto y me pidió que trabajara con todos. Y así lo hice.

He de reconocer que, los casi dos años que estuve en la dirección de La Gaceta han sido, sin duda, los años más apasionantes de mi carrera profesional. Conseguimos abrir con nuestras informaciones los telediarios de todas las cadenas y nos posicionamos como segundo diario económico. Luego vendría la salida de Juan Pablo del Grupo Negocios y, meses después, la mía. Pero esa es otra historia que no quiero ahora recordar.

Hace unos meses nos vimos en su despacho de la Fundación Diálogos. Hablamos de planes de futuro. De aquella revista de arte que quería editar. Entonces me contó que en enero había estado «muy, muy jodido»… las dichosas plaquetas. Que se iba a Galicia en verano. Y así fue. Y allí le dio el ictus. Le llamé después de la operación, cuando ya le estaban haciendo un chequeo en Pamplona: «Ya sabes, las dichosas plaquetas» y quedamos para vernos a su vuelta.

En fin, si he contado esta pequeña historia. La historia de estos años de trabajo junto a Juan Pablo, es porque, incluido este triste final, han sido unos años apasionantes. Años de periodismo de primera división. Con pocos medios. Con esfuerzo. Con cansancio. Pero con Juan Pablo. Sin él, seguro, las cosas van a ser muy distintas.


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