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De citas, con los famosos

Dice el Diccionario de la Academia que cita es «señalamiento, asignación del día, hora y lugar para verse y hablarse dos o más personas». También: «nota de ley, doctrina, autoridad u otro cualquier texto que se alega para prueba de lo que se dice o refiere». Y, en tercer lu gar: «mención». No es lo mismo citar o mencionar a alguien que citarse o quedar con él. El libro que nos ocupa, va de citas con los autores famosos, pero sólo para mencionarlos, reconociendo su autoridad.

El conocimiento del hombre se produce en gran medida por acumulación de los saberes ajenos. Son raros los pensamientos estrictamente originales, aunque los hay y el mundo avanza. Mientras no existió la imprenta, la sabiduría popular era el depósito de la tradición oral de unos conocimientos que se transmitían de generación en generación, sin acordarse del autor original de esos pensamientos que merecía la pena retener. Los refranes son un buen ejemplo de esto. En aquella época, sólo los doctos -que sabían leer y tenían libros- se podían permitir el lujo de una cita precisa y enriquecedora. Y también sólo a ellos se les podía exigir la honestidad de mencionar la paternidad originaria de un pensamiento o de su feliz expresión. Ahora, en la época de los ordenadores y de las bases de datos, todo ha cambiado. La propiedad intelectual es un derecho en buena medida protegido y la cita o mención del trabajo ajeno es una exigencia cuando menos ética de la comunidad intelectual.

Con frecuencia las citas son, sin embargo, no exigencia moral del respeto a lo ajeno, sino más bien un recurso dialéctico para dar lustre al propio discurso, apoyándose en la autoridad reconocida de otros. Generalmente cuando se cita a alguien es porque se busca el prestigio del citado o la brillantez de la cita en amparo de lo que se está diciendo. Sólo un bobo cita a otro bobo.

Pienso que las citas son algo muy personal, fruto de las propias lecturas, en las que cada uno ha ido espigando pensamientos y frases especialmente lúcidas por su contenido y expresión. Mencionar alguna obra o autor que no se conoce lo suficiente, aunque sea con precisión, suele resultar postizo y, a menudo extravagante. Pero hay también frases famosas que pertenecen al acerbo común de la cultura, cuya cita exacta no es siempre fácil y, sin embargo, puede contribuir al lucimiento de quien las hace. Por eso pienso, que un diccionario de citas, un libro en que se recojan éstas y otras frases de autores destacados por su talento y su dicción puede resultar de utilidad para los que preparan un discurso o un escrito. No es tarea fácil. Se necesita la paciente laboriosidad de una hormiga y, al tiempo, audacia y chispa intelectual para acometer con dignidad un empeño semejante. Por eso son tan escasas estas obras en lengua castellana.

Los profesores Wenceslao Castañares y José Luis González Quirós han debido dedicarle mucha ilusión y muchas horas a su «Diccionario de citas», un libro de 650 páginas que han publicado recientemente en la Editorial Nóesis.

En este diccionario se recogen más de 6.800 citas de cerca de 1.500 autores conocidos en español, latín, inglés, francés, alemán, italiano, portugués, catalán y gallego. Y, lo que es más importante, las citas han sido comprobadas y, en su inmensa mayoría, localizada su procedencia.

El libro está organizado por orden alfabético de autores. Detrás de cada autor, con su fecha de nacimiento y defunción, aparecen las frases dignas de ser citadas, con la mención de la obra de la que han sido extraídas o, en su defecto, con la de otros autores importantes que se las atribuyen.

El diccionario se completa con un índice temático de ciento veinte páginas. Muy útil para los que necesitan una cita ad hoc con la que enriquecer su discurso. Aspecto este muy importante, ya que cualquier libro de consulta rápida y frecuente, tiene que ser de sencillo manejo, no tanto por su tamaño -que en este caso lo es- como por la facilidad que ofrezca para encontrar, en un momento, lo que se busca.

Resulta entretenido ojear el diccionario e ir leyendo aquí y allá una cita docta o una sentencia clásica de la que se desconocía su autor o al menos, se dudaba la obra en que apareció por vez primera. Aunque no sea el propósito del libro, puede invitar a conocer mejor a alguno de los autores y, quien sabe si a leer en profundidad una determinada obra.

En fin, una obra rara por lo infrecuente, que puede ser de utilidad en cualquier biblioteca. Los autores reconocen que puede tener insuficiencias. Lo que me parece lógico, porque se trata de una selección que es siempre subjetiva.

Un testimonio elocuente

El magistral retrato de la portada, obra de Alberto Schommer, nos introduce a un libro que es, a la vez, balance de una vida de producción intelectual y acción política, y fiel trasunto de la personalidad de su autor. En efecto, Miguel Herrero reúne las poco frecuentes cualidades entre la clase política española de parlamentario y político, con altas responsabilidades en los sucesivos partidos de la derecha democrática española desde la transición al presente, y gran teórico, racionalizador y divulgador del pensamiento de esa misma derecha. En realidad, la lectura de estas Memorias de estío parece sugerirnos que el autor ha ido a la política con objeto de plasmar y hacer operativas las ideas que el intelectual elaboraba.

Miguel Herrero cuenta con una sólida formación jurídica y filosófica, adquirida en España y ampliada en Oxford, Lovaina, Ginebra y Edimburgo. Precisamente, son esos estudios de filosofía los que permiten comprender la profundidad del pensamiento y su engarce lógico que, unida a una precisa metodología, son algunos de los caracteres más sobresalientes de este libro.

Herrero de Miñón comienza su vida profesional y política participando, en su calidad de joven letrado del Consejo de Estado, en las deliberaciones y proyectos que rodearon el proceso de independencia de Guinea Ecuatorial. En este caso, su labor de asesoría constitucional -su tesis doctoral había versado, precisamente, sobre el Constitucionalismo de los países emergidos de la descolonización- estuvo encuadrada en el equipo que Fernando Castiella formó en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Como sucede en otros pasajes del libro con diversos asuntos, Herrero explica el problema, expone su razonada posición y nos cuenta el desenlace, a menudo contrario al que él defiende. El lector no puede dejar de compartir la frustración de que, a menudo, no sean las opciones más sensatas e inteligentes las que se impongan entre nosotros.

A la muerte de Franco, Miguel Herrero formó parte del grupo «Libra», a cuyo frente se encontraban Joaquín Garrigues y Antonio Fontán, y más tarde del Partido Demócrata, cuyo ideario redactó. Desde ese momento y a través del cargo de secretario general técnico del Ministerio de Justicia, estuvo en el origen de algunas de las más importantes medidas políticas y jurídicas del período de la transición. Su libro “El principio monárquico” sirvió de fundamento teórico al papel promotor de la Corona en la democratización de España, en esa reforma consistente en ir «de la ley a la ley», evitando así la ruptura del orden jurídico e institucional interno.

Tras las elecciones de 1977, se abre, con la creación de la UCD y el inicio del proceso constituyente, la época más apasionante y quizá mejor tratada en el libro. Miguel Herrero enumera los tres problemas fundamentales que debía abordar la Constitución in fierv. la definición de las competencias de la Corona, la consagración y la garantía de los derechos y libertades fundamentales, y el reconocimiento y plasmación a través de instituciones de las reivindicaciones nacionalistas de vascos y catalanes, las únicas realmente consistentes en la España del 78. En el primer caso se impuso el papel arbitral y moderador de la Corona, al igual que en las monarquías británica y belga, y se atribuyó a la figura del Rey la dirección constitucional y la más alta representación del Estado en sus relaciones internacionales. Si los criterios más funcionales y conformes a nuestra tradición se impusieron en la redacción del Título II, la elaboración de la parte dogmática -«reino de la axiología, la retórica y la efectividad», para Herrero- adoleció del intento de unos y otros de llevar a su contenido sus particulares filosofías, hasta partes de sus programas de partido. Todo ello redundó en una gran prolijidad del texto resultante, que recoge, a un mismo tiempo, «derechos y libertades tuteladas por los Tribunales» y «principios rectores» de los poderes públicos.

Pero la parte más polémica y de mayor potencial conflictivo se encuentra en el tratamiento de lo que el artículo 2 de la Constitución llama «el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones». Como acertadamente señala el autor, confluían en este asunto diversos planteamientos de origen, desde el principio de los derechos históricos hasta las autonomías de corte republicano, pasando por la corriente regionalizadora y de conciertos económicos. Por su parte, la izquierda defendía un modelo de «federalismo funcional y cooperativo». El resultado del debate es bien conocido, y la falta de una posición clara, defendida con la necesaria firmeza, condujo a la UCD a aceptar el «café para todos» inspirado por Manuel Clavero, al referendum andaluz, y con él, al principio del fin de ese partido.

Los derechos históricos

Miguel Herrero reitera lo que él denomina -quizá con excesiva carga retórica- «nacionalismo historicista», que no es sino un patriotismo entendido a partir de los derechos históricos de los reinos diversos que han configurado España, en línea con lo mejor del pensamiento tradicionalista. Ni esta aproximación ni ninguna otra medianamente coherente prevalecieron, yendo en desmedro de la eficacia administrativa y de la economía presupuestaria, sin contar con sus efectos sobre la gobernabilidad del Estado.

En todas estas labores legislativas participó Miguel Herrero como miembro de la ponencia junto con José Pedro Pérez-Llorca y Gabriel Cisneros en representación de la UCD, y su buen criterio quedó plasmado en numerosos preceptos constitucionales. Tras la etapa constituyente, fue elegido portavoz del Grupo Parlamentario de UCD en el Congreso. Desde esta posición asistió a la dimisión de Suárez, a la gestión de Calvo Sotelo y al desastre del Partido. La evolución de los acontecimientos, el fracaso de la «Plataforma Moderada» de la que fue activo promotor y la pasividad de la dirigencia centrista ante la progresiva disgregación del Partido, lo condujeron a las filas de Alianza Popular, y después, tras su cambio de denominación, al Partido Popular. De todo ello da cuenta detallada, y su aportación a la vida y crónica de la derecha de los años ochenta, resulta enormemente valiosa. Pese a reconocerse él mismo hombre liberal-conservador, sus análisis de los males que aquejan a la Derecha española es lúcido y descarnado a la vez. Sus errores le hicieron perder el poder en 1982, sin que lo haya podido recuperar hasta la fecha. De ahí el interés y la utilidad de su crítica.

Todo el libro está salpicado de observaciones mordaces, que denotan el agudo ingenio, a veces un tanto corrosivo, del autor. Sus retratos de los principales hombres políticos adquieren el acento clásico de un Salustio o de un Tácito, y son casi antológicos. Finalmente, aparecen de vez en cuando detalles más humanos, más próximos al Miguel Herrero como persona desprovista de su bagaje intelectual y de sus cargos públicos. No deja de resultar divertido que, emulando a Grimod de la Reynière, nos facilite la composición del menú en las comidas en las que oficiaba como anfitrión en el «Nuevo Club».

Como quiera que la modestia es defecto muy pernicioso en la vida pública, Miguel Herrero ciertamente no incurre en él en las páginas de este libro. Al menos en su caso, hay abundantes libros, artículos y trabajos que avalan sus aseveraciones.

Nos encontramos, en definitiva ante el testimonio, denso y elocuente, de una de las figuras intelectuales y políticas más interesantes de la España de nuestros días. En la medida en que su apartamiento de la vida política, que muchos desearíamos fuese momentáneo, no supone cesación de su brillante aportación intelectual, Miguel Herrero sigue prestando un destacado servicio a la democracia en España.

Payasos

Leoncavallo es de los pocos autores que ocupa un lugar importante en la historia de la música por una sola obra: su ópera Pagliacci (Payasos). El resto de su producción fracasó al poco tiempo de darse a conocer. La obra, de fuerte tensión dramática representa una de las más destacadas obras del verismo italiano, es decir de la corriente realista que caracterizó la ópera y la literatura europea de finales de siglo.

Escrita con libreto del propio Leoncavallo, fue estrenada por Toscanini en el Teatro de Verme de Milán el 21 de mayo de 1892. Su éxito fue inmediato. Y es que Leoncavallo acertó plenamente al introducir payasos en la ópera, en un momento en que los circos ambulantes estaban de moda y aunque no era una idea nueva, al presentar el teatro dentro del teatro, con los personajes de la Commedia dell’Arte que estaban igualmente muy en boga. Según se cuenta, el argumento está inspirado en un hecho real: siendo niño el compositor, un empleado doméstico de los Leoncavallo había mantenido relaciones amorosas con la mujer del payaso de una compañía ambulante, hasta que éste mató a puñaladas a su joven esposa. Y con este tema, compuso una pieza teatral perfecta. La música alejada de toda sofisticación posee una gran fuerza, con bellísimas melodías que conmueven por su fondo trágico y su expresividad. En esta reciente grabación de la obra maestra de Leoncavallo destaca especialmente Riccardo Muti que logra una espléndida versión de conjunto. A Pavarotti le cuadra muy bien el personaje de Canio y canta con soltura el famoso recitativo-aria Vesti la giubba, que suele incluir en sus recitales y siempre con éxito. El español Juan Pons hace un Tonio muy convincente. Daniela Dessi, cuya voz no nos gusta demasiado, tiene momentos muy logrados, como la escena de amor del primer acto.

Los dos actos discurren con el mismo escenario y casi sin pausa entre ellos, lo que le da a la ópera una continuidad y una creciente tensión acentuada por la música en continuo cambio melódico y armónico. Este aspecto está muy cuidado en la versión que nos ocupa que crece en intensidad expresiva hasta llegar a la pelea final en que Canio da muerte a su mujer y su amante y la música alcanza un fortissimo y rememora la melodía del aria del payaso: ríe payaso por tu amor fracasado, ríe por el dolor que te envenena el corazón. Como rúbrica del drama, la voz de Tonio que anuncia irónicamente al público de ficción que la comedia ha terminado.

Memoria contrapunto de un proyecto

El proyecto «Las Edades del Hombre», ambiciosamente llevado a cabo desde 1988 por las once diócesis de Castilla y León, a través de cuatro grandes exposiciones, celebradas con enorme éxito en otras tantas ciudades -Valladolid, Burgos, León, Salamanca-, termina ahora con una reflexión sobre la manifestación y la expresión de las cuestiones que forman el entramado sustancial de la vida humana en el arte del pasado y del presente. La distinta visión de cada problema en ambos, con la coincidencia o la falta de sintonía en la respuesta, en el silencio o en la interrogación ante una u otra cuestión se intentan mostrar en la exposición que albergan las dos catedrales salmantinas, Vieja y Nueva.

Más importantes que el resultado de la confrontación de obras concretas que presenta la última exposición de «Las Edades del Hombre» -discutible o dudoso en bastantes casos- es, a mi juicio, la idea misma que se ha pretendido realizar plásticamente en ella y en las demás exposiciones que conforman este proyecto. A partir de reflexiones intelectuales y de planteamientos estéticos muy afines a lo que significa la célebre frase de Dostoievski «la belleza salvará al mundo», oportunamente recordada por Bernard Bro en su reciente libro (1990) sobre la misma cuestión, estas cuatro exposiciones han intentado plasmar las relaciones entre el arte y lo sagrado, sin eludir las dificultades que presenta en este campo el arte moderno, fiel reflejo de la situación espiritual de nuestra cultura, progresivamente secularizada desde la Ilustración.

Las tres primeras exposiciones, centradas en la imagen del hombre y de su vida (Valladolid 1988), en la palabra escrita (Burgos 1990) y en la música (León 1992) desde la Edad Media hasta finales del siglo XVIII, podían, sin embargo, desdibujar en alguna medida el propio argumento que pretendían exponer a causa de la acumulación en ellas, de obras insignes, que respondían sin fisuras a la concepción cristiana del mundo, mantenida por la Iglesia y reflejada históricamente en nuestra cultura. Esas exposiciones podían ser vistas de varias maneras, desde la pura contemplación estética de piezas excepcionales del arte sacro de diversas épocas hasta la reflexión acerca de su significado como testimonios de una continuidad histórica apoyada en la identificación con la tradición cristiana, sin plantearse hasta qué punto las obras de arte que albergaban podían diverger, no ya en su forma y estilo, sino en su inspiración más profunda, de las tendencias artísticas que iban a sucederías en siglos posteriores.

Memoria y contrapunto

La exposición de Salamanca no admite, en cambio, esta posible sustitución de puntos de vista. La memoria cede aquí la primacía al contrapunto, como muy bien expresa su título. Y en ello reside precisamente la dificultad de conseguir plasmar de modo adecuado, en este caso, la idea rectora del conjunto del proyecto de «Las Edades del Hombre», que hubiese requerido una mayor preparación de la exposición, sobre todo en lo referente a la selección de piezas.

La idea fundamental del proyecto no es otra que mostrar la «dimensión de profundidad» de la existencia humana en que consiste el fenómeno religioso. Esta dimensión se manifiesta de múltiples formas y, desde luego, en toda verdadera obra artística, incluso desde planteamientos aparentes de no creencia, según la conocida tesis del gran teólogo luterano de nuestro siglo Paul Tillich. Uno de los principales autores del proyecto, José Jiménez Lozano, lo expresaba con agudeza en su bello estudio Los ojos del icono, publicado en 1988 por «Las Edades del Hombre», cuando terminaba diciendo: «Y el relato y el recuerdo de los perdedores es esencialmente un relato de pasión y muerte, como no podía ser menos; pero también incluye sueños de un Paraíso levantado sobre la más devastada estepa, y esperanzas de segunda vuelta. En concreto, eso es lo que relatan los iconos cristianos; y aún algo más primordial todavía, porque son arte muy alto. Lo que ofrecen es belleza gratuita: fascinantes líneas y colores, y la imagen del hombre sobre el paisaje neutro de la geometría y el cristal. Y lo que tenemos que decidir es si esos iconos y su belleza emiten señales significativas, pero también si no es un espantoso juicio sobre los habitantes de las torres de cristal del sistema el hecho de que esa belleza no resulte significativa ni devastadora: que los ojos del icono hayan quedado enceguecidos».

Exigencias intelectuales

El contraste entre lo que significan ahora y han significado antes los iconos del pasado y lo que nos revelan y expresan las imágenes y formas del presente, cuando revisten auténtica significación artística y versan, por tanto, sobre asuntos esenciales, es en consecuencia el argumento de todo el proyecto de «Las Edades del Hombre», por encima incluso de la expresión de la memoria histórica y de la identidad cultural de Castilla y León. El atrevimiento y la originalidad del proyecto en nuestra situación actual son, por eso mismo, innegables. Pocas veces se ha intentado en nuestros días plantear explícitamente estas cuestiones de manera visible y sensible, tal y como se hacía muy a menudo en un pasado ya remoto, casi enteramente olvidado. Pero menos aún se ha planteado hacerlo desde una reflexión y una mentalidad críticas, sabiendo que se está ante «cuestiones disputadas» y no ante respuestas mayoritariamente aceptadas, y muchas veces ante preguntas cuya mera formulación ni siquiera se acepta.

Las exigencias intelectuales de semejante proyecto no se han agotado, ni mucho menos, con su formulación concreta en estas cuatro exposiciones -y en particular en la de Salamanca. Siguen estando vigentes y, por ello, merecen tener una continuidad en el futuro a la altura de las cuestiones que han tenido el mérito de plantear.

Estas cuestiones son decisivas para el porvenir de nuestra cultura y para la comprensión de nuestra existencia en este tiempo, verdadero «epílogo» de la civilización en que habitamos. Así lo denominó certeramente George Steiner, al describirlo en su ensayo Real Presences (1991) en términos comparables a las palabras transcritas de Jiménez Lozano, de pocos años antes.

Un reto a la sociedad actual

El conjunto de las cuatro exposiciones que bajo el título genérico de «Las Edades del Hombre», se han venido celebrando durante los últimos cuatro años en diversas capitales de la Comunidad de Castilla y León, representan para mí uno de los acontecimientos culturales más importantes que se han desarrollado en España en los últimos decenios. Concederle esta importancia lo fundamento no sólo en la calidad y cantidad de obras expuestas, en la forma de presentar estos objetos y las ideas que ellos representan, sino también en lo que todo este conjunto de obras, ideas y conceptos, tienen como representación de una realidad histórica del pasado y por lo que todo ello tiene de reto para la sociedad de nuestro tiempo y para la creación del arte y del pensamiento comprometido con el hombre de hoy.

Al contemplar un fragmento de un retablo castellano del XV, o un órgano del XVI o una pintura o escultura de nuestro barroco, y observar que estos «objetos» eran creados por unos hombres que nacían, vivían y morían en unas tierras que son esencialmente las mismas que hoy habitamos, que seguimos hablando básicamente una misma lengua que comunica también unos mismos conceptos sobre la mayor parte de nuestras creencias. Así, empiezan a surgir en la persona sensible que contempla este panorama una serie de ideas, de comparaciones y hasta de dudas, que hacen ver nuestra sociedad actual de una manera diferente y hacen preguntarnos si esta sociedad actual y los creadores del pensamiento, arte y cultura que ella genera, cumple con el ineludible compromiso que todo conjunto social tiene con los valores más altos del ser humano.

¿Qué diferencias existen entre aquella sociedad castellano-leonesa del pasado que promovió la ideación, que posibilitó la planificación y la construcción de una obra tan perfecta como la catedral de León -por sólo citar uno entre miles de ejemplos-… qué diferencias existen entre aquella sociedad y la nuestra, analizadas desde este punto de vista? ¿Es que hoy no somos capaces ni de promover, ni de imaginar, ni de realizar y, ni si- quiera, de necesitar obras no sólo de esa trascendencia, sino también, de esa envergadura y que contengan tanta intención de crear belleza?

Ese es el reto que he querido ver en el conjunto de «Las Edades del Hombre», reto que se propone al ser humano de hoy y a su entorno social y que con mayor claridad, si cabe, queda patente en la edición que actualmente se celebra en Salamanca.

Al servicio de la dignidad

La respuesta a ese reto, no sólo puede estar en la intencionalidad de crear con mayor o menor perfección y belleza las obras que están realizando los pintores, los escultores, los músicos, los poetas y los arquitectos de nuestro tiempo. Esto sería ver el problema desde un sólo ángulo y además, intentar comparar las obras maestras del pasado con las obras contemporáneas, es un juego absurdo, ya que cada obra responde a criterios estéticos, estilísticos y creativos que pertenecen al conjunto de una realidad histórica determinada. Por lo tanto no son susceptibles las valoraciones objetivas en términos comparativos ni de calidad ni de belleza. La respuesta a esta pregunta está en buscar la necesidad que nuestra realidad social contemporánea tiene en provocar, en incentivar, en promover la creación de unas determinadas obras, que naciendo de los criterios estéticos y estilísticos propios del mundo en el que vivimos, se instalen en ese mundo de la misma forma que se instalaron en el suyo los objetos del pasado que contemplamos. Y entonces veremos las tremendas diferencias existentes entre ambas sociedades, entre las distintas formas de necesitar el «consumir» la belleza que se crea en su entorno. Veremos como, gran parte de nuestra sociedad actual, con más medios, con más formación, más cultura y más conocimientos, -con más alma que diría el Segismundo de Calderón,- en sus capas rectoras, en aquellos estamentos que dirigen nuestra sociedad, tiene menos afán de promover una evolución social en la que la inteligencia, la sensibilidad y la auténtica espiritualidad trascendente sean los valores primeros a alcanzar por los seres humanos que la componen.

Al lado de ese retablo, de esos objetos del pasado de infinita belleza, había, sí, mucha miseria, mucha injusticia, mucha hambre y hasta mucha necesidad. Hoy, la técnica y los medios de comunicación nos pueden liberar, si no de todos estos males, sí en una medida como nunca el ser humano había podido anteriormente imaginar. Pero esa técnica y esos medios, están en su gran mayoría en unas manos que ni moral, ni espiritual, ni culturalmente están preparadas para afrontar la responsabilidad que tienen. Es más, persiguen unos afanes de poder y dominio que se sitúan precisamente en las antípodas de las auténticas necesidades que la dignidad de todo ser humano demanda. Desde ellos, desde esos inmensos poderes, se fomenta para conseguir sus fines lo mediocre, lo banal, lo intranscendente, la vulgaridad, los instintos básicos y hasta se persigue lo excelente. Se estimula, en fin, la lucha por alcanzar el bienestar, marginando a aquellos que simplemente aspiran a vislumbrar la felicidad.

Esto ha sido para mí el resumen de las cuatro exposiciones de «Las Edades del Hombre» y el reto que he visto en ella: una llamada de atención a nuestra sociedad actual para que analice lo que ella es capaz de promover en la evolución de los conceptos espirituales, en el estímulo de la creación y percepción de belleza y en la ampliación del conocimiento de nuestro entorno, actividades en las que se basan las únicas diferencias entre el ser humano y el resto de la creación. Si al analizar el núcleo social que hizo posible la catedral de León desde su ideación hasta el resultado final y comparar lo que promueve y consume en su gran mayoría nuestro entorno social nos damos cuenta de la gran distancia que hay tanto en las intenciones como en los resultados, observaremos que podemos encontrarnos en una evolución regresiva y peligrosa en lo que se refiere a las auténticas necesidades del hombre de hoy y de siempre. Presentar con esta claridad un problema, que para mí es esencial, es uno de los logros que hacen que «Las Edades del Hombre» no pasen desapercibidas a todos aquellos que aún tenemos esperanzas en que el conocimiento y la tecnología actual pueden ponerse al servicio de elevar la condición y la dignidad humana.

La cuarta estación

El título de «Las Edades del Hombre» es tan arbitrario y convencional como todos los signos del lenguaje. Pero el acierto y el éxito de las muestras amparadas bajo él, lo han convertido en nombre propio de un tipo original de exposición, de alto nivel artístico y de casi sorprendente aceptación popular, y en la cifra de un logrado propósito de recuperación de la memoria histórica de una cultura en sus dos dimensiones, de experiencia vivida y de misterio.

«Las Edades del Hombre» se llamó a la primera de las exhibiciones de la serie que iba a recorrer después, sucesivamente, las cuatro principales ciudades del antiguo Reino de Castilla y León, almendra histórica de España: Valladolid, Burgos, León, Salamanca.

En la inicial muestra vallisoletana, las secciones o apartados seguían el curso temporal y simbólico de la «historia sagrada de la humanidad». (Homo res sacra homini, dijo Séneca, el filósofo pagano y no cristiano, pero romano y por ello universal, que precisamente había nacido en la península).

El relato bíblico, desde la Creación al Apocalipsis, la historia de Cristo, del Nacimiento a la Ascensión, y la de la salvación humana -ruina, promesa, esperanza, felicidad-, ofrecían el marco sistemático de la tensión dialéctica que viven los hombres y las épocas entre la sublime vocación del espíritu y la grave pesadumbre corporal e histórica de la naturaleza (de la común naturaleza de la humanidad y de la individual de cada uno).

La espléndida iconografía religiosa de León y de Castilla, con piezas escalonadas a lo largo de nueve siglos, se engarzaban como joyas preciosas en el relicario lineal de las diversas salas que se habían acondicionado en los amplios espacios de la Catedral.

En un intento de representar en los cuatro elementos primordiales las diversas fases de «Las Edades», la de Valladolid podría tener su símbolo en el fuego. El fuego que anima la existencia, fuente de vida, llama ardiente o escondido rescoldo, origen de la vocación de salvarse y ser salvado que caracterizan al hombre y a su historia.

Palabra y Música en Burgos y León

En Burgos, un trazado cronológico continuo, como una corriente de agua viva, constituía el testimonio de la historia en la voz de documentos y de libros y de los descubrimientos del mundo desde Castilla y la Cristiandad.

El agua de la historia resultaba en Burgos cambiante y en ocasiones caprichosa, con un curso ondulado y meándrico, encauzado por el rigor de la cronología, de los avances técnicos y de las aventuras de la libertad, y empujado por la fuerza del tiempo, que no se deja atrapar ni conoce marchas atrás o retrocesos. Fugit irreparabile tempus, dijo Virgilio, otro romano y poeta que quiere decir dos veces universal.

El elemento de León era el aire. Angeles cantores y volantes, armoniosos sonidos que poblaban el ambiente, la música callada de unos millares de partituras reencontradas, la música gráfica recogida en pinturas y tapices, en relieves y esculturas de bulto con figuras de instrumentos, de tañedores y artistas terrenos y celestiales: la música, en fin, sonora de los instrumentos de cuerda y de metal, pero sobre todo de aire, entre los que se hallaban algunas de las más notables piezas de la organistería de las iglesias de la región.

El aire podría ser el símbolo de la muestra leonesa. Pájaros canoros y ángeles voladores ante la embelesada contemplación de los monjes, santos y paisanos de las diferentes piezas exhibidas, y en medio de la más o menos prendida atención de los visitantes, curiosos o devotos, que llenaban el sacro recinto de la pulchra leonina.

Por fin, Salamanca, en el tramo final del 93 y el primer tercio del 94. El tema central de Salamanca -«La morada y su contrapunto»- es el hombre en la vida y en la tierra. Su elemento primordial simbólico, sería precisamente la tierra: el hombre en este mundo, que es la morada de su existencia, habitando en la tierra, viviéndola, y sin dejar de contemplar un destino final más alto en la historia y en el más allá, como corresponde a esa cultura de raíz y naturaleza cristiana que es la de Castilla y de España.

Magníficas tallas de Juan de Juni y de Gregorio Fernández y otros imagineros renacentistas y barrocos junto a las modernas esculturas y pinturas de Miró, Tapies o Blanco, entre otros muchos nombres dignos de recordación.

Cuadros trasladados a la vida, como se ha realizado en la selección de objetos que acompañan en la misma sala al primitivo flamenco de Covarrubias y que está inspirada en lo que se ve en el propio cuadro.

En Salamanca se ha logrado también, quizá más plenamente que en muestras anteriores, una revalorización del incomparable marco del Claustro y de la Catedral Vieja, con notables restauraciones, que tal vez fueran más necesarias que en otros lugares. Allí, por ejemplo, se puede contemplar desde una perspectiva hasta ahora desconocida el retablo de la capilla mayor del templo.

En Salamanca, en fin, al igual que en las ediciones anteriores de la gran muestra castellana, se ponen al descubierto verdaderas maravillas en tablas y esculturas (Paredes, Becerril, etc.) que permanecían ocultas para la mayor parte de las gentes cultas. Y que ahora se pueden disfrutar visitando esta especie de efímero museo que se diferencia de los tradicionales y estáticos en que además de arte tiene vida.

¡Fuego, agua, aire, tierra, los cuatro elementos primordiales de la naturaleza y de la vida en las cuatro exposiciones de Valladolid, Burgos, León y Salamanca!

Una empresa castellana y nacional para toda España

«Las Edades del Hombre», cuya estación final salmantina todavía se halla abierta, han constituido uno de los acontecimientos culturales e históricos hispanos de mayor alcance de los últimos años. Feliz idea de un grupo de intelectuales y estudiosos castellanos, tuvo la fortuna de encontrar comprensión y acogida por parte de los directivos de la Caja de Salamanca y Soria y, enseguida de la Junta de Castilla y León, bajo el patrocinio del episcopado de la región.

Son numerosas las personas e instituciones que han contribuido a la realización de esta espléndida y meritoria iniciativa social. La relación seria interminable y equivaldría a reproducir los índices -y algunas páginas más- de los cuatro grandes catálogos. Pero sería injusto hablar de estas muestras sin mencionar, por lo menos, cuatro nombres particularmente destacados entre los inspiradores y realizadores de las cuatro fases: José Velicia, José Jiménez Lozano, Eloísa Wattenberg, Pablo Puente. A ellos habría que unir los de más de un centenar -o dos- de estudiosos, historiadores, archiveros, conservadores, artistas, etc. que han aportado su mucho saber y buen hacer al servicio de este magnifico empeño.

El patrimonio artístico, histórico y cultural de Castilla y de León se ha enriquecido con descubrimientos tan sensacionales como los millares de partituras musicales de los maestros de capilla de las catedrales de varios siglos que ahora se ofrecen al conocimiento de los musicólogos, y eventualmente en muchos casos de orquestas e intérpretes; con el millar de estudios monográficos que se han realizado ya en los catálogos sobre centenares de objetos, y que pueden y deben ampliarse en muchos casos en contextos más amplios.

También se posee ahora un inventario más nutrido y preciso de los tesoros de la región y se ha renovado el interés por su conocimiento, al mismo tiempo que se ha despertado en la conciencia pública un legítimo orgullo por la obra de sus mayores y por la historia toda de la región, que con ello afirma su identidad a la vez.

que se vierte generosamente sobre toda España. Uno de los más notables y beneficiosos efectos del esfuerzo castellano-leonés de «Las Edades» ha sido la proliferación en todo el territorio nacional de proyectos semejantes: Cataluña, Aragón, Galicia, Asturias, Sevilla -con la «Magna Hispalensis» del 92 de la Expo-, etc.. Desde Castilla -la almendra histórica de la España medieval y moderna- se ha acertado a realizar, una vez más, un empeño nacional. Cuando esta clase de acontecimientos conectan con la conciencia pública de la ciudadanía, promueven una restauración de memoria histórica, además de un conjunto de empresas artístico-culturales y eruditas que, por sí solas son valiosas y merecen aplauso.

Son realizaciones de una sociología histórica, por así decir, interactiva (o sea de conocimiento y acción) de que tan necesitada está actualmente la cultura nacional y de las que tantas veces se ha dicho, -y con orgullo- que eran una manera de hacer patria.

Entrevista con Wm. F. Buckley Jr.

Convertirse en americano es asumir la responsabilidad de ser libre

William F. Buckley es uno de los pilares por antonomasia del pensamiento conservador americano contemporáneo. Nacido en Nueva York, formado en la UniversiWdad de Yale. Desde los años 50 ha intervenido con fuerza y originalidad extraordinarias en el debate político americano. En 1955 fundó la revista más influyente de la derecha americana, National Review, que hoy todavía preside. Lleva 40 años participando activamente en todos los debates internos del partido republicano y en sus campañas electorales. Sin embargo, se presentó él mismo a alcalde de Nueva York en 1965 como candidato conservador independiente. En los años 70 asesoró a la Casa Blanca de Nixon y participó en la delegación americana ante las Naciones Unidas. Los 80 vieron fructificar su activismo intelectual y político. Buckley inspiró la revolución conservadora de Ronald Reagan, seguida hasta cierto punto por George Bush. Nuestro personaje, es quizás el conferenciante más prolífico y entretenido de todo Estados Unidos. Su programa de televisión En la línea de fuego refleja todavía la gran tradición anglosajona de debate heredadas de los clubs de Oxford y Cambridge. Junto a su pluma política, irónica y sutil, respaldada por fuertes convicciones morales, Buckley ha sorprendido a la opinión pública con una larga serie de libros de ficción y otra de relatos de viajes a vela; tanto sus historias de espías como sus ensoñaciones nómadas han recibido la mejor acogida. La opinión pública, ha convertido sus libros en best-sellers. La intelectualidad americana, tantas veces contraria a él en cuestiones políticas, ha elogiado vivamente sus creaciones literarias. Charlar con William F. Buckley es un raro privilegio. Contesta todas las preguntas con humor y claridad en un inglés sorprendente y riquísimo. También podía haberlo hecho en su perfecto español.

Un año después de las últimas elecciones presidenciales, ¿cómo explicaría la victoria del candidato demócrata? ¿Qué es lo que falló en la estrategia del Partido Republicano?

Varios elementos debilitaron la candidatura de Bush. Primero, el mal momento económico, con un desempleo en aumento y un crecimiento económico vacilante. Segundo, el apoyo del Presidente Bush a la Ley de Medidas Fiscales de 1990, percibido por muchos como una clara ruptura con el legado de Reagan. Tercero, el éxito que tuvieron los demócratas al presentar al Partido Republicano como el partido de los más ricos, enemigo de la clase media americana. Cuarto, el fin de la Guerra Fría, que llevó a la gente a pensar que no sería del todo arriesgado experimentar con los demócratas, pese a su reputación de capitular en todos los frentes. Como en la mayoría de las naciones democráticas, después de un largo período en el que manda un sólo partido doce años en nuestro caso, la gente se cansa y quiere cambiar.

Pensando en las elecciones presidenciales siguientes, las de 1996, el partido Republicano tal vez todavía sea capaz de atraer a la vez a votantes libertarios y comunitaristas -simplificando las dos grandes tendencias ideológicas del centro y la derecha americana. ¿Es necesario, además, que el partido Republicano sea la «gran carpa común» que algunos predican, si quiere recuperar el poder?

La metáfora de la gran carpa común fue una invención de los demócratas, concebida como una cualidad necesaria para cualquier partido. De este modo, ellos pudieron afirmar que estaban más abiertos a votantes de distintos orígenes raciales y étnicos. Sin embargo, el gran porcentaje de votantes negros que hoy tiene el Partido Demócrata, por poner un ejemplo, lo tenían los Republicanos hace setenta y cinco años. La noción de carpa común ha sido, en esencia, una táctica de los demócratas, y desde luego ha tenido éxito.

A estas alturas, ¿se puede predecir qué ocurrirá en las presidenciales de 1996?

Dependerá mucho del estado de la economía. El Presupuesto de 1993 va a tener unos efectos nocivos para los pequeños y medianos empresarios americanos. Las consecuencias de estas medidas se percibirán durante 1994 y con certeza harán mella en la popularidad del Partido Demócrata. No obstante, los demócratas argüirán la Administración demócrata cuesta más cara, pero produce más beneficios sociales, la clásica justificación socialista, entendiendo la palabra socialista en sentido amplio, si no quién llamaría hoy socialista, por ejemplo, a Felipe González…

¿Qué le parece el Plan de Reforma de la Sanidad propuesto por Clinton? ¿Es acaso una muestra de que la socialdemocracia está tentando a los Estados Unidos o se trata de algo nuevo?

Es una receta para acabar en el desastre financiero; su resultado será una atención médica de peor calidad que la que tenemos ahora, y todo ello a un coste más alto del que tendría fomentar los planes de pensiones individuales. Los que apoyan el plan de Clinton de buena fe simplemente creen que la gente ordinaria es incapaz de tomar sus propias decisiones a la hora de ahorrar para su retiro o de asegurarse atención médica. También hay gente que lo apoya sólo para acaparar poder. Un ejemplo clásico de socialismo.

Hace unos años el debate sobre el aborto dividía a los americanos en dos campos muy difíciles de reconciliar ¿Es el aborto menos importante hoy para el electorado americano?

No, pero es importante de modos distintos.

A algunos estrategas republicanos les gustaría que se dejaran de hacer esfuerzos para atraer el voto provida basándose en que: a) los votantes d.i.n.k.s. (las parejas en los que los dos trabajan y no tienen hijos, dual income, no kids) son más importantes; b) muchos votantes provida tienen también otras preferencias políticas que les mantendrían fieles al Partido Republicano y; c) es problemático que un partido sea provida. Gran parte de la energía del Partido Republicano tal como lo concibió Reagan se podría derrochar en peleas internas.

En el Partido Demócrata, el aborto podría provocar conflictos similares, aunque en una escala menor, a causa de grupos como el de Feministas ProVida o PLAGAL, el grupo de gays y lesbianas provida.

Tras el fin de la Guerra Fría, el Presidente Clinton se ha tenido que enfrentar a varias crisis en las que la seguridad internacional estaba en juego un cometido para el que no ha parecido muy preparado. A muchos observadores su falta de prioridades en su actividad internacional y su preferencia por los asuntos domésticos les ha recordado al Presidente Johnson ¿ Cree usted que Clinton puede llevar a los Estados Unidos a participar de forma involuntaria en demasiados problemas internacionales no fáciles de resolver o hacia un aislacionismo no deseable?

Si un Presidente puede hacer las dos cosas a la vez, sin duda es él. Su liderazgo internacional es en cierto sentido como un cañón sin frenos circulando por el puente de un buque a la deriva. Resulta extraordinario cuánto sufrimiento puede causar el llamado Partido de la Compasión sólo por la falta de decisión (por ejemplo en Somalia). En este sentido, la presidencia de Johnson es un buen término de comparación.

¿Qué opina del Tratado de Zona de Libre Comercio Norteamericana, que ha sido criticado no sólo por proteccionistas sino también por algunos defensores del libre comercio, dadas las ambigüedades de los llamados acuerdos laterales y la incertidumbre sobre sus consecuencias políticas a largo plazo?

Los librecambistas han sufrido en su apoyo o rechazo a NAFTA la compañía desagradable y polémica de grupos opuestos. Demasiadas voces favorables a NAFTA estaban demasiado entusiasmadas con el futuro control Americano sobre las políticas laborales y de medio ambiente de Canadá y de México. Demasiados entre los que se oponían a NAFTA temían el funcionamiento del libre mercado. Teniendo en cuenta todos los argumentos, creo que se debe ir hacia adelante, porque los beneficios del libre comercio son muy significativos y afectan a todo el espectro económico de los tres países. Sin embargo, debemos negociar para que se limite el daño que puede causar una regulación excesiva del comercio.

¿Qué está ocurriendo al alma americana en este fin de siglo? ¿ Qué piensa acerca del serio diagnóstico efectuado por el Papa en su reciente visita a Denver?

Todavía el alma americana puede ser identificada como tal. El orgullo que nos causó rescatar a los kuwaitíes, por ejemplo, no fue una vuelta al pasado ni una simple satisfacción de acabar con una arrogancia odiosa. Creo que sentimos una genuina y generosa complacencia al poner nuestra fuerza al servicio de la parte relativamente inocente y más débil. (El que yo sugiriera que los kuwaitíes deberían corresponder con algo decente, por ejemplo ajustando el precio de su petróleo, sólo significa que sigo siendo el de siempre: hace cincuenta años dije lo mismo respecto a los británicos, que nos debían algo).

De un modo análogo, hemos sentido un rechazo, un horror, ante la situación en Somalia, y hemos tenido la voluntad de sacrificar recursos materiales e incluso vidas humanas para ayudar a las víctimas de tal brutalidad. Pero la mala administración y la indecisión en este caso han peijudicado seriamente nuestra voluntad de ayudar. Ello ha afectado a la confianza que teníamos en nuestra propia capacidad, y sabemos desde Vietnam lo desastroso que puede llegar a ser esto. Otra catástrofe de tales dimensiones podría llevarnos de nuevo a una oleada de cinismo sobre nuestro carácter nacional y nuestro destino.

Las llamadas virtudes domésticas americanas son más difíciles de describir. El Papa tiene razón en prestar tanta atención al aborto, porque es un delito de soberbia y de desesperación. De soberbia cuando constituye una negativa a someterse a un criterio externo sobre lo que sea el bien y el mal, y cuando se da una decisión voluntaria de aprovecharse del sufrimiento y de la muerte de otro ser humano. De desesperación algo que se hubiera dicho hace unos años nada característico de los americanos cuando el aborto implica que uno no puede, por sí mismo, vivir su vida de un modo razonable, moral; o que los desposeídos de la sociedad no pueden, y deben ser inducidos a abortar antes de que se conviertan en una amenaza para el resto de nosotros.

A pesar de los millones de muertes, de los millones de divorcios irreflexivos, del azote de la pornografía, debemos tener en cuenta los millones de americanos que todavía temen a Dios e intentan servirle, que son responsables de lo que hacen con sus vidas y ayudan a sus conciudadanos. Es especialmente desconcertante que la mayoría de estos últimos, aquellos que retienen lo que podemos identificar como un alma americana, son combatidos en vez de apoyados por gran parte de la maquinaria estatal. Y no sé si deberíamos ver a los manipuladores del Estado como mandarines sin relevancia moral alguna, que de modo fortuito han llegado al poder, o como parte de una nueva y nada atractiva América.

El debate académico en muchas de las mejores universidades americanas está dominado hoy por la ortodoxia del pensamiento multiculturalista y su consecuente efecto paralizador llamado corrección política («political correctness»). Una de sus primeras contribuciones al debate intelectual americano fue una crítica de la educación liberal universitaria. ¿Tuvo razón Alian Bloom hace unos años cuando continuó esta crítica? ¿Es cierto, tal como decía Bloom, que en un día cualquiera se convierte en americano?

Menos de un día, en el sentido de que convertirse en americano consiste en asumir la responsabilidad de ser libre. Sin embargo, cuando el significado de la Declaración de Independencia y la Constitución se limita a una cuestión de opiniones o de quien tiene más poder, el qué sea convertirse en americano puede quedar reducido a una serie inacabable e inútil de argumentos.

Sabes que durante la Guerra Fría, los suecos eran bien conocidos por su postura de que los Estados Unidos y la Unión Soviética debían cesar en su conflicto. Era una equivalencia moral falsa, que sugería que nuestras comunidades políticas y nuestras preferencias ideológicas eran cuestión de gustos, en vez de opciones con un valor intrínseco. El mismo falso argumento se acepta hoy en casi todos los campus universitarios americanos: nuestra vieja y ordinaria noción de libertad es sólo una entre muchas otras opciones e ideas del mundo igualmente válidas. Pero no debemos renunciar al valor de una comunidad política basada en el Derecho natural y no en preferencias personales o luchas de poder, si no queremos que el edificio se derrumbe.

Ha sido usted calificado por uno de sus biógrafos como el santo patrón de los conservadores americanos y, sin embargo, su condición de icono de la derecha americana no le ha impedido disfrutar de la amistad de conocidos demócratas, por ejemplo la de John K. Galbraith, ni mantener opiniones controvertidas, como la favorable a la legalización del tráfico de droga. ¿ Cuál es su fórmula para esta gran independencia de espíritu?

En lo que se refiere a la gente, es muy sencillo. Es más divertido pelearme con Galbraith que estar de acuerdo con alguien que comparte mis ideas pero no tiene la menor idea de por qué. Además, hay siempre la posibilidad de encontrar algo de luz a lo largo de debates encendidos.

La descriminalización de la droga es simplemente un caso de vuelta a los fundadores y forjadores de América, a los principios formativos. Si separamos de la persecución del tráfico de droga la represión del robo y del asesinato, que serán siempre crímenes, entonces el único efecto que se consigue al dejar fuera de la ley a dicho tráfico es la corrupción del aparato policial y judicial. Y si crecen desmedidamente los beneficios de la corrupción, ésta empieza a ser muy atractiva y se acaba corrompiendo a las instituciones financieras. Me han dicho que quedan sólo dos o tres bancos en el estado en donde vivo, Connecticut, que no hacen negocio con el blanqueo de dinero de la droga.

Mi libertad de espíritu no es nada de extraordinario. Simplemente reconozco que ceder en la defensa de ciertos principios tiene un precio enorme. En el fondo, esta es una idea populista, porque resulta que siempre la gente más indefensa es la que acaba sufriendo por tales concesiones, por ejemplo cuando los ricos no pagan impuestos o los poderosos se procuran inmunidades.

Muchos de sus críticos en América insisten que haría mejor dejando de escribir sobre política y continuando su no menos exitosa carrera como escritor de ciencia-ficción o sobre viajes a vela…

Me preocupa cuando a la gente que odia mis principios le gustan mis novelas de espías o mis libros sobre navegación a vela. Se supone que tratan sobre cómo distintos personajes actúan cuando se enfrentan a diversos acontecimientos y principios.

Por otro lado, me pondría muy nervioso si mis críticos quisieran que escribiera más sobre política. Consuela un poco que quieran que lo deje.

America latina despues del TLC y con estados unidos al fondo

La historia es una llama imperecedera, y las llamas queman.

– Anthony Burgess

Después de ingentes cabildeos partidistas, en Estados Unidos acabaron imponiéndose el interés general y la racionalidad económico-social a un coste político razonable: el Tratado de Libre Comercio N.A.F.T.A. en versión inglesa fue aprobado el 17 de noviembre de 1993 por el Congreso norteamericano, mediante el cómputo de 234 votos a favor y 200 en contra (de estos últimos, 156 procedentes del partido demócrata). Tras su ratificación por el Senado y la firma presidencial, estampada el 8 de diciembre, el T.L.C. ha entrado en vigor el 1 de enero de 1994.

La creación del área más grande de libre comercio del mundo entre los países signatarios Canadá, Estados Unidos y México entraña el desarrollo y la aplicación de las diversas clausulas y los acuerdos complementarios como medio ambiente y mercado de trabajo a lo largo de quince años. Evidentemente, la puesta en marcha del T.L.C. significa mucho para México con elecciones presidenciales en otoño de 1994 pero también para el conjunto de naciones latinoamericanas. En mayor o menor medida, el Tratado afectará económica y políticamente a América Latina como apuesta y desafío de un futuro prometedor y estable, puesto que hace posible una corriente inversora y un flujo comercial diversificado como jamás se había soñado. El T.L.C. me mueve a hacer una serie de reflexiones.

Convocar el optimismo

No hace mucho tiempo que un tipo altiricón y barbudo de la banda oriental escribió una frase que destilaba un pesimismo estremecedor: América Latina es un archipiélago de patrias bobas, organizadas para el desvinculo y entrenadas para desamarse. Y me pregunto ¿corresponde tan sombría sentencia con la realidad latinoamericana actual?; ¿comparten ese fatalismo los latinoamericanos?; ¿es que ya no quedan voces para infundir aliento y esperanza?; ¿acaso no puede restallar un grito que convoque al trabajo y a la ilusión?. Aceptando los riesgos de las oportunas respuestas a tan apesadumbrado diagnóstico mi palabra intentará desterrar a los abatidos y, también, alimentar encandilamientos más o menos inmediatos. A mi juicio, América Latina merece un mejor trato, una mayor comprensión de sus problemas y avatares, tanto en España como en otros países del mundo occidental, incluidos los que conforman la titubeante Unión Europea.

Es claro que en el curso de los últimos años el continente latinoamericano -esa «realidad inverosímil», como la definió el guatemalteco Cardoza- ha avanzado significativamente en el terreno político: el Estado de Derecho, la democracia, se ha constituido como marco normal de convivencia; y sólo quedan Haití y una dictadura patrimonial, que hace aguas y padece crecientes racionamientos la Cuba castrista; por su parte, Perú transita como puede la «etapa Fujimori» con ciertos visos de mejora económica y México se halla metido de hoz y coz en pleno reformismo político y económico.

Es verdad que, en el contexto de unas escasas vertebración y cohesión sociales y de unas expectativas socioeconómicas reiteradamente defraudadas, América Latina tiene que terminar por digerir las dos crisis económicas mundiales casi sucesivas que originaron la caída vertiginosa de los precios de las materias primas producidas por la región, así como el cierre de los mercados tradicionales a sus exportaciones, que dieron lugar a la generación de una voluminosa Deuda Externa (en dólares, más de 438.000 millones, al término de 1993). De todas formas quedan atrás dos peligros que asolaban la región: la hiperinflación y el despilfarro del gasto público (Brasil excluido).

El regreso de la sensatez política

Resulta estimulante comprobar que se han enterrado la Doctrina de la Seguridad Nacional y las inaplicables utopías marxistas-leninistas, si bien todavía quedan enormes desajustes y desequilibrios por resolver, sobre todo en los gigantescos núcleos urbanos, a rebosar de miseria y marginación. Los latinoamericanos continúan hambreando soluciones específicas profundas y urgentes en el marco democrático establecido que, en principio, todos aprueban: del saldo de los populismos y de las dictaduras militares, sean de derecha o de izquierda, ya están hartos; los primeros son clientelistas y despilfarradores, y los segundos son sistemas que esclavizan, no resuelven los problemas y sólo se sostienen con el empleo del miedo psicológico y la represión.

Afortunamente, el clima de distensión y desarme global aparece aposentándose con vigor -es el fin del costoso esquema Este-Oeste y de la guerra fría- y, cada vez más, los hechos insisten de forma recurrente que las coordenadas latinoamericanas pasan, de manera ineluctable, por el eje Norte/Sur. Sentenciado el «equilibrio del terror», impuesto por motivos geoestratégicos, todos los recursos humanos y financieros deberían dedicarse a construir la paz democrática y sanear las economías, en un contexto de multipolaridad. Es evidente que la reconversión a la fe democrática lleva aparejada la economía de mercado, con los imprescindibles programas de reajuste estructural y un mayor protagonismo de las iniciativas empresariales privadas.

La identidad recuperada

Por otra parte, el planteo de un asunto concreto lleva malgastando cientos de horas y miles de empeños. Me refiero al hábito secular que mantienen algunos intelectuales latinoamericanos de querer aclarar sus raíces. En mi opinión, se trata de la combinación teórica de dos ingredientes: el rechazo integral de la mimesis española y la falta de seguridad en sí mismos, más acusada en algunos países que en otros. Tan morbosa actitud y, consiguientemente, tan infructuosa dedicación, procede de una negación concreta: la no aceptación de la síntesis cultural y del proceso históricoidentificatorio, desarrollados durante cinco siglos. Que yo sepa, nadie oculta el basamento inicial de la identidad latinoamericana -las culturas indígenas- como tampoco nadie escamotea la contribución enriquecedora a la misma de elementos europeos con predominio de los españoles y los portugueses, de elementos africanos y de aportaciones derivadas de los flujos migratorios de los siglos XIX y XX, procedentes de Europa y Extremo Oriente.

La conformación de la identidad latinoamericana constituye un proceso abierto de sedimentación en el tiempo de los distintos materiales acarreados: la identidad surgida de la amalgama viva es nueva y distinta, cultural y biológicamente. Convendría, por tanto, que aquellos latinoamericanos mortificados por el concepto de la identidad propia se sacudieran de encima el «complejo de periferia», en sentido cultural -es sustituir la resignación por la ilusión de la nueva vida definida por el discurrir histórico-, así como huir del «complejo de dependencia», en sentido socio-económico, pues sería reemplazar la fatalidad del desarrollo hacia dentro por un dinamismo dirigido a plantear y solucionar -entre todos- los problemas que existen y se aparecen tan cambiantes en el recorrido diario.

América Latina no tiene nada que esconder ni nada de qué avergonzarse. Es más, individual y colectivamente se halla obligada a admitir su modo específico de estar en el tiempo histórico y debe enorgullecerse de su original cosmovisión. Asumir ambas cosas es reafirmarse en el ser latinoamericano, la mejor expresión de su dignidad colectiva, la aceptación racional de sus virtudes y defectos, de su paisaje, de su ética y estética, de sus mitos y ritos, de sus signos y símbolos. Aldous Huxley dijo que «el nacionalismo, como conjunto de pasiones traducidos en términos teológicos, es un pretexto para las pasiones». A una América Latina segura de sí misma no le cabría apegarse a esa provinciana cortedad de miras que es el nacionalismo exacerbado -hoy bárbaramente acusado en algunos países de la Europa del Este-. Admitir la interrelación regional y las sinergias que propicia este final del siglo XX y más globalizado que nunca sería la manera idónea de reforzar aún más la identidad propia, respetando, claro está, la singular idiosincrasia y la ritualidad específica de las minorías étnicas.

Hacia un crecimiento económico sostenido

Aun cuando el P.I.B. de los países latinoamericanos ha vuelto a la senda del crecimiento (al término de 1993 + 3%) y se está logrando mantener una tasa de inflación reducida, América Latina no ignora que vive un período en el que se maridan el resurgimiento democrático -a ratos algo débil- y el rezago económico, si bien este último ofrece claros indicios de mejora siempre y cuando se apliquen internamente las políticas económicas adecuadas y la economía internacional recupere el paso de su crecimiento. Desde los shocks petrolíferos de 1973 y 1978/79 América Latina sabe que está en declive la omnipresencia estatal y es necesario poner fin a los desequilibrios básicos, mantener el rigor presupuestario, desregular y liberalizar gradualmente, a fin de recuperar el crecimiento económico sostenido y no inflacionario, para consolidar, definitivamente, los sistemas democráticos de su área. La región ha desechado por sí misma, las tesis de la planificación central y las nacionalizaciones, y está favoreciendo la flexibilidad de los mercados internos, la liberalización comercial, el pago de impuestos, el aumento de la inversión productiva y el ahorro interno en una economía de mercado para poder, así, absorber las elevadas tasas demográficas la media fue del 22% en 1989 y las demandas sociales -tan atrasadas- que se solicitan el salario real mínimo de 1989 fue un 25% menos que en 1980. Desde Le Monde Paul Fabra ha escrito: «sostener que el mercado es la forma de organización más productiva de la vida económica no es ideología: se puede demostrar. La ideología comienza con la pretensión de asimilar esta eficacia a la felicidad». La clave de las democracias latinoamericanas reside en el éxito económico para todos.

Al término de la Reunión Extraordinaria del Consejo Económico para América Latina, la CEPAL, de enero de 1987, se redactó la «Declaración de México». En la misma quedaron reflejadas las preocupaciones más acuciantes del sistema económico latinoamericano: la Deuda Externa, la modernización estructural, -quedan todavía muchas rigideces en el Sistema, incluida la del sector público excesivamente protagonista e intervencionista- y el impulso integracionista. Pero fue el entonces canciller uruguayo, Enrique V. Iglesias, quien puso el dedo en la llaga económica latinoamericana: «gran parte de los males tienen que ver con nuestra propia responsabilidad; el sector privado latinoamericano siempre ha sido proteccionista; existe la necesidad de crecer, exportar y pagar; se hace imperativo engancharse al avance tecnológico; tiene importancia decisiva la educación y la actitud ante el trabajo». Se trata, en realidad, de convocar la propia responsabilidad y la necesaria imbricación regional -el comercio intraregional es sólo el diez por ciento del total-. Si el siglo XIX fue la centuria de la separación de la Iglesia y del Estado, el fin del XX consistirá en la separación de la economía del Estado: los vientos de la historia no soplan en balde.

No procede hacer, aquí y ahora, un resumen de la historia económica de la región. No obstante, conviene señalar algunos elementos en el devenir económico latinoamericano: alcanzar la Independencia de la Corona española no supuso una transformación radical de las estructuras sólo valió para la expropiación de los bienes eclesiásticos que pasaron a manos de los caudillos militares y sus compadres, fuesen liberales o conservadores; la separación de la Corona española acarreó la dependencia británica hasta 1880; a raíz de la independencia de Cuba y Puerto Rico, en 1898, comienza a fraguarse la hegemonía norteamericana en la economía de la región que se consolidaría a partir de 1920; y todos los intentos de integración económica han fracasado en los últimos treinta años. De ahí que el Tratado de Libre Comercio o T.L.C. puede convertirse en el paradigma del siglo XXI para la región.

Romper viejos esquemas

Ante tantas promesas incumplidas, cuyo dramático exponente son la economía subterránea de un 30% a un 60%, según países y las villas miseria o poblaciones brotadas, como cinturones amenazadores, en los grandes núcleos urbanos, y ante tantas expectativas fallidas, a nadie le puede extrañar la esporádica presencia de airados movimientos sociales como los caracazos que se constituyen, por sí mismos, en violenta repulsa del inoperante statu quo que ha venido deteriorando históricamente la supervivencia de las mayorías. Todavía hoy la realidad económica latinoamericana ofrece unos datos negativos relevantes: desempleo elevado, desproporcionada participación del sector público en las economías, excesos de i nef¡ciencia, sectores en declive, baja cualificación profesional y descenso de los precios de sus producciones exportables. Con relación a la Deuda Externa, ésta es un capítulo más de la inestabilidad política, de la tradicional corrupción y de la insolidaria evasión de capitales, habiéndose calculado esa fuga en 250.000 millones de dólares para el período 19801989. A esta inclemente realidad hay que añadir los coca-dólares, sólo Perú, Bolivia y Colombia generan unos ingresos anuales de 14.000 millones de dólares, de alta rentabilidad para los traficantes y los militares, políticos, funcionarios, policías y guerrilleros, enganchados en la tupida red de comisiones y alijos, con la triste secuela de violencia y crimen urbanos. Se hace imperativo un reajuste a fondo del sistema judicial latinoamericano y la toma de medidas correctoras en los mercados demandantes de droga.

La década de los ochenta en América Latina se vio sacudida por el binomio trágico de economía de la deuda externa economía de la droga, resultantes de la codicia, la corrupción y la falta de competencia técnica y política para gestionar las políticas y las economías latinoamericanas. Pero esta historia no es nueva en el continente. Si se mira con detalle, desde la Emancipación, la historia económica de América Latina ha consistido en unas series de ciclos crediticios, con fases de auge y depresión, que han ido reforzando la condición de inadecuado desarrollo. Lo que ocurrió en la década de los 80 es que el volumen de los créditos y de inversión extranjera fue enorme y la complejidad de las economías superó, abrumadoramente, los parámetros tradicionales, en un esquema nuevo de interacciones comerciales, financieras en las rentabilidades y en los tipos de cambio, tecnológicas y políticas sofisticadas y en tiempo real. Si a todo ello se le suma la ceguera y la voracidad de los políticos, los gestores y los inversores, así como la asimetría en el tratamiento de los problemas y la feroz competencia en los mercados en crisis, nadie puede sorprenderse de que América Latina plagada de monopolios, concesiones administrativas y aparatos regulatorios proteccionistas se convirtiera desde 1980 hasta 1990, en exportadora neta de capital, y en donde el 40% de la población sólo recibe el 10% de los ingresos reales y el 60% de éstos se destinan a bienes elementales de consumo. Por ejempio, al día de hoy 70 millones de latinoamericanos cuentan con un ingreso de un solo dólar al día. Por eso la advertencia del Banco Mundial, de octubre de 1993, ha sido clara: el fracaso de una acción agresiva en materia de pobreza probablemente creará conflictos distributivos, descontento social y, a lo mejor, el regreso al dirigismo, al populismo y al caos.

Es claro que América Latina no puede echar la culpa de todos sus males al amigo norteamericano: una parte muy considerable de sus desgracias la debe a la irresponsabilidad, incompetencia y codicia de sus dirigentes políticos y empresariales. En este sigo XX, las asonadas y las dictaduras militares vinieron del brazo de los desaciertos de los populismos y estatismos civiles; y si los civiles han ido regresando lentamente al poder se debe a que las autocracias militares y las dictaduras uniformadas de izquierda también fracasaron, tanto política como económicamente, y todo porque las recetas impuestas procedían de unas construcciones ideológicas de la realidad, en lugar de tener presente la realidad misma y sus posibles soluciones. La revista The Economist aportó recientemente las tres claves para arreglar el desorden latinoamericano: compromiso, competencia y consenso.

De la oratoria a los hechos

Los políticos latinoamericanos tienen ganada fama de buenos oradores: cuentan con escuela y, por eso, son maestros en retórica, si bien hasta hace bien poco se mostraban ineficientes en las tareas de gobierno. La historia política de América Latina se halla sembrada de figuras de labia demagógica y ardiente, pero más de un bello y patriótico párrafo terminó con un plan de desarrollo o hizo que brotase con el rastro de sangre derramada un golpe militar. Acontece con frecuencia que los discursos políticos latinoamericanos están despegados de la realidad, de las prioridades económicas y sociales. A ello se le añade la falta de apoyo suficiente, debido a la raquítica dimensión de los partidos políticos con implantación nacional, lo que hace que la gestión pública se quede empantanada en enredos partidistas o en conflictos derivados de puros intereses personales o de clientelas políticas. Suelen ser estos lances tribales como surrealistas peleas de gallos desarrolladas en un escueto palenque, vigilado por unos militares propensos al golpe y autodeclarados salvadores de la patria ante los desmanes e ineficacias civiles. Salir de este círculo vicioso en América Latina ha costado mucho tiempo y muchos recursos, y, ahora, es exigencia diaria demostrar que la clase política y los gobiernos se comportan honesta y rigurosamente. Los líderes políticos y empresariales latinoamericanos tienen que cohonestar discursos y comportamientos, a fin de responder a las demandas económicas y sociales y, a fin, también, de gestionar eficientemente los recursos públicos y privados.

Pero veamos también lo que ocurre en ese trozo de América Latina incrustrado en Estados Unidos. Me refiero a los hispanos o latinos que abandonaron su país por razones políticas o económicas y sentaron sus bases en suelo norteamericano para tratar de salir adelante.

Cine pero menos

Cuando un equipo de cineastas se propone jugar a fondo la baza de la sensiblería en una producción determinada, normalmente consigue el resultado apetecido. Sobre los hispanos en Estados Unidos existen tres películas que, tras las escenas contempladas y con el adobo de músicas calientes, logran que los espectadores abandonen la sala con las lágrimas pegadas a las pestañas y los corazones estrujados y a punto de taquicardia. Sus títulos están archivados cronológicamente en la mente de todos: «West-Side Story», «La bamba» y «Los Reyes del Mambo». De una u otra manera, las tres cintas vienen en apoyo de la versión oficial de las relaciones entre la mayoría blanca y anglo y las diferentes minorías coloreadas: Estados Unidos como crisol (melting-pot) de etnias, cuando lo que en realidad sucede se parece bastante más a una ensaladera (salad-bowl), en donde los distintos elementos a duras penas alcanzan a combinarse, y de lograrlo parcialmente es a base de gestos airados e incómodos para todos.

El poeta Walt Whitman se constituyó, en los años 60 y 70 de este siglo, en el «hippy» por antonomasia, si bien su célebre texto Hojas de hierba, había sido publicado en 1885. Adelantándose en casi un siglo su optimismo visceral le condujo a manifestar que América no es una simple nación sino una bien avenida nación de naciones, con unas masas de gentes esplendorosamente en movimiento. Si el gurú de las generaciones «beat» y «hippy» pudiera presenciar lo que está aconteciendo en su país tan lejano del amor y las flores soñados a buen seguro que se apuntaría a la tesis de la ensaladera norteamericana: sociedad pluricultural, multiétnica y plurilingüística con claro predominio anglo y en la que las minorías, entre ellas la hispana, ocupan los escalones sociales inferiores y malviven crispadamente, en particular los habitantes de los grandes núcleos urbanos, estremecedores guetos de desigualdades de toda suerte.

Según el Censo de 1990, más de 22 millones de hispanos, el nueve por ciento de la población total, habitan en Estados Unidos. Aparte de los registrados oficialmente, por el territorio deambula una cohorte de hispanos ilegales cercana a los seis millones. Para el año 2010 se estima una población hispana superior a los 50 millones, convirtiéndose, así, en la primera mayoría de las minorías y por encima de la negra. Pero los fríos datos estadísticos, con las inevitable repercusiones sociales, se apoyan, a mi juicio, en unas corrientes históricas bastante claras, sin que ello entrañe negar una realidad positiva: para muchos emigrantes latinoamericanos Estados Unidos ha sido la tierra de acogida y de oportunidades, donde han desarrollado al máximo sus capacidades individuales. La patriótica generosidad de los anglos continúa dándose, si bien opera sobre la base de cuotas limitativas y sobre la imposibilidad de ejercer plenamente los derechos políticos establecidos por la «Voting Rights Act» de 1965: el citado Censo de 1990 reconoce que el 35% de los electores norteamericanos -65 millones de votantes posibles- no está registrando oficialmente, incluyendo a un gran número de hispanos y jóvenes por estar desengañados ambos colectivos del circo político estadounidense.

Dos modelos de colonización

El arranque del desajuste histórico-cultural en Estados Unidos hay que situarlo en el modelo de colonización británica y en las pautas de comportamiento que propició, tanto culturales, como políticas, raciales y religiosas. Así como con el modelo de colonización española se implantaron unas fronteras de inclusión, en las que las comunidades indígenas quedaban incorporadas, con el británico se levantaron a resultas de su anterior experiencia en Irlanda unas fronteras de exclusión. La historiografía contemporánea, los politólogos y los científicos sociales coinciden en apreciar que la colonización británica en América y fuera de ella, también siempre tuvo unos tintes excluyentes y segregacionistas, muy acordes en sus conceptos protestantes y puritanos: ellos se consideraban el pueblo elegido de Dios y, por ello, no podían permitirse el lujo de mezclarse con las poblaciones indígenas; hacerlo conllevaría una verdadera degradación cultural, racial y, por supuesto, religiosa. Antes que esto pudiera ocurrir resultaba más fino aniquilar a los indios.

Más que fronteras lo que el modelo de colonización británico levantó fueron barreras anticontaminantes y marginadoras, comenzándose de esta forma a generar la «North-South Story», dialéctica que continuaría desarrollándose a lo largo de los siglos posteriores y, con mayor rigor, tras la Declaración de Independencia de la Corona británica, en 1776. Este exclusivismo en origen no se daría en los territorios españoles de Nuevo Mundo, en donde funcionaría, con mejor o peor fortuna, el mestizaje racial y la síntesis cultural. John H. Elliot señala con acierto que el compromiso de la Corona española con la empresa misionera en el transcurso de tres siglos pone de manifiesto una de las diferencias más acusadas entre los planteamientos británico y español en la colonización. El modo peculiar de hacer británico se remataría con la puesta de los indios supervivientes en zonas reservadas o reservas auténticos zoos para turistas y con el trato dispensado a las oleadas de africanos, sometidas de inmediato a la esclavitud en las plantaciones sureñas de Estados Unidos.

Parece evidente que la corriente mayoritaria -main stream- norteamericana se ha formado en la ¡dea exclusiva de una cultura de frontera. Indudablemente, dicha concepción ha aportado grandes dosis de movilidad y dinamismo a la sociedad en su conjunto, pero, al mismo tiempo, le ha imbuido de un sentimiento de profundo desasosiego, algo parecido a un estado de huida permanente, por falta de arraigo y por haber fermentado en unos espacios desérticos y de horizontes infinitos. Una cultura individualista y sin mezclas ni contrastes, no pulida ni sedimentada por tradiciones y ritos comunes, suele generar, por sí misma, una violencia congénita que, mal empleada, acaba por transformarse en una simple y tremenda ley del más fuerte. Ante el hecho real y operativo de la cultura del revólver no extraña oír el comentario crítico de los propios norteamericanos, haciendo referencia a los jóvenes estadounidenses de hoy, que en una sociedad desconectada, insolidaria, egoísta, hedonista y violenta: el hecho de matar es una especie de sueño-secuencia en vídeo. Terrible aserto que se ve confirmado por medio de los cientos de miles de pandillas juveniles que aterrorizan las noches de las ciudades norteamericanas.

¿El fin de la North-South Story?

Es de lamentar que la lógica de esta North-South Story interna haya estado siendo aplicada igualmente por los sucesivos gobiernos norteamericanos en las relaciones con los países latinoamericanos al Sur de Río Grande: sobre los pilares teóricos del patio de atrás y la tesis del dominó quedan contabilizadas, entre 1845 año en que Estados Unidos arrebató Texas a Méjico y 1989, veinticuatro intervenciones militares en naciones de habla española. Bajo diferentes formulaciones la política exterior de Estados Unidos con América Latina ha respondido, hasta hace bien poco, a registros musculares y a principios tutelares, bajo la etiqueta de las democracias controladas. El maniqueismo de los decimonónicos planteamientos monroístas ha conducido a que en América Latina se construyera defensivamente la teoría del opuesto: ser latinoamericano principia por ser antinorteamericano. El caso haitiano y el embargo cubano se perfilan como paradigmas de esa paranoia.

Afortunadamente, tras la democratización global de América Latina, iniciada por Ecuador en 1970, los países latinoamericanos buscan con afán una mayor cohesión regional a distintos niveles y en diferentes grados, sin que esto suponga el reverdecimiento de nacionalismos fuera de época y de radicales posturas antinorteamericanas. Todo ello está permitiendo el que la región adopte voces y posícionamientos más independientes y respire un aire menos contaminado de subordinación. Es muy posible que estemos asistiendo al fin de una parte de la NorthSouth Story: la otra parte de la película se sigue proyectando diariamente en los barrios de los hispanos y de los negros de Estados Unidos.

Y termino con un rastreo de la política reciente. John F. Kennedy, creador de la nueva frontera, impulsó la Alianza para el Progreso. George Bush, tras el Plan Baker y el Plan Brady, puso en marcha la Iniciativa para las Américas. Albert Gore, el segundo de a bordo en el gobierno demócrata de Bill Clinton, anunció, hace escasas semanas, en México, la convocatoria de una Cumbre al máximo nivel para toda América. El punto de partida del Vicepresidente estadounidense fue, más o menos, el siguiente: El T.L.C. se constituye en el arranque para tratar los desafíos comunes de las Américas y puede cerrar la brecha existente entre el Norte y el Sur. Confiemos en que la declaración se traduzca en construcciones concretas y positivas para América Latina. Ya sólo queda ver el funcionamiento del acuerdo G.A.T.T. que, tras una larga y dura negociación de la Ronda Uruguay, se suscribió el 15 de diciembre pasado. Curiosamente, en el G.A.T.T. juegan un papel singular los países asiáticos, los herederos del galeón de Manila que arribaba al puerto mexicano de Acapulco en la época virreinal. Pero ahora son tiempos de liberalización y globalización económicas a escala planetaria.