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Claudio Arrau

La carrera pianística de Claudio Arrau (1903- 1991) ha sido de las más intensas y dilatadas de este siglo. A lo largo de 77 años de vida profesional, desde sus comienzos como niño prodigio y hasta casi sus últimos días, ha cautivado al público de todo el mundo por su extraordinaria musicalidad y pureza de estilo.

Nacido en Chillán, Chile, pronto demostró su precoz talento dando su primer recital a los 5 años. Gracias a una beca del gobierno chileno, viajó dos años más tarde con su familia a Berlín, para estudiar con Martin Krause, uno de los pedagogos del piano de mayor prestigio de la época, que había sido alumno de Liszt. El aprendizaje con Krause hizo que Arrau se sintiera siempre como el depositario de la herencia pianística de Liszt, su larga estancia en Alemania durante aquellos años decisivos de la infancia y primera adolescencia, aunque nunca olvidó su origen chileno, le hizo sentirse más alemán, hasta el punto de confesar que se expresaba mejor hablando en alemán que en español.

Pocos han podido contar con un maestro como lo fue Krause para Claudio Arrau. Su magisterio trascendía la mera relación profesor-alumno, pues durante su constante convivencia no sólo le enseñaba a tocar y perfeccionar la técnica pianística, sino que le llevaba a conciertos, a museos, paseaba con él, y hasta se preocupaba por su estado de salud. Una relación muy intensa pero muy breve, pues después de cinco años, murió Krause y se vio tan huérfano que pudo haber abandonado su carrera, de no ser por su talento musical innato que pujaba por salir adelante y la formidable síntesis doctrinal que había recibido de Krause.

No quiso tener otros maestros y de forma autodidáctica aquel muchacho de tan sólo 12 años comenzó su andadura ante el público actuando junto a directores como Arthur Nikisch y Karl Muck y la Filarmónica de Berlín.

Entre las grandes proezas del joven prodigio destaca el haber ganado el Premio Liszt dos años consecutivos con la edad de 16 y 17 años. En 1923, con veinte años comienza sus giras por todo el mundo actuando por primera vez en Estados Unidos. A partir de entonces comienza una actividad incesante de giras y actuaciones, ganando en 1927 el Concurso Internacional de Ginebra cuando formaban parte del jurado Alfred Cortot y Arthur Rubinstein.

Antes de que estuvieran tan de moda como en nuestros días las series de recitales con la obra integral de un solo autor, ofreció en 1935 toda la obra para teclado de Bach y, más tarde, la totalidad de las Sonatas de Mozart, así como las obras de Schubert y Weber. Su repertorio era amplísimo aunque ha merecido siempre un mayor reconocimiento con los autores románticos, desde Schubert a Liszt, pasando por Schumann, Chopin y Brahms.

Su magnífica técnica y asombrosa agilidad estaban siempre al servicio del resultado más puro y musical. Profundizaba en las partituras para extraer de ellas la esencia, sorteando apenas sin dificultad las mayores complicaciones técnicas.

En este último disco del sello discográfico para el que siempre grabó, se ofrece un recital de otras breves pero muy homogéneas en su intención, y que resultan ser lo más representativo del estilo pianístico de Claudio Arrau. Son grabaciones de fechas muy distantes unas de otras, de 1963 hasta el 89. Desde el Liebestraum n. 3 y Harmonies du soir de Liszt, hasta Soirée dans Grenade y Poissons d’Or de Debussy, pasando por Arabeske y El pájaro profeta de Schumann, el Impromptu en Sol M de Schubert, los Nocturnos Op.62 de Chopin, el Scherzo Op.4 de Brahms y Rondó 0p51 n-2 de Beethoven,

El fomento de la biodiversidad

La diversidad biológica o biodiversidad, es la característica que poseen los seres vivos de estar formados por muchas y diversas entidades. Por ejemplo, nuestro cuerpo está formado por muchas y diversas células, y todos los seres humanos, incluso los hermanos gemelos, se distinguen entre ellos. La biodiversidad es una propiedad básica de la vida. Se manifiesta en todos los niveles de organización, desde las células hasta los ecosistemas. Se la considera esencial para el funcionamiento adecuado de los seres vivos, ya que proporciona a las poblaciones, especies y ecosistemas, los elementos necesarios para poder hacer frente a los cambios del entorno.

Una propiedad básica de la vida

Poblaciones, especies y ecosistemas pueden diferir significativamente en su biodiversidad. Mientras que los individuos de la mayoría de especies difieren genéticamente unos de otros, hay poblaciones de plantas y animales, como por ejemplo los dientes de león y los leopardos, que están formadas por individuos que son genéticamente idénticos. Lo mismo sucede con los ecosistemas. Algunos, como la vegetación del Cabo de Buena Esperanza, conocida como feinbos, las selvas tropicales y los arrecifes de coral, están formados por cientos de especies. Otros en cambio, como la taiga, los mares antárticos y las comunidades de brezo, están formados por muy pocas especies. En general los ecosistemas tropicales son más variados que los ecosistemas templados.

No sabemos con seguridad qué factores explican estas grandes variaciones en biodiversidad. Ni siquiera sabemos si estas diferencias obedecen a algún principio biológico, o si son el resultado de factores históricos aleatorios.

Si el papel principal de la biodiversidad es proporcionar a los seres vivos, la capacidad de hacer frente a los inevitables cambios ambientales, tanto si son graduales como repentinos, tal capacidad debería ser mayor cuanto más diverso es un sistema. Pero las comunidades de las regiones tropicales, que son más diversas que las de las zonas templadas, no parecen mucho más capaces de resistir cambios ambientales que estas últimas.

El impacto humano y los cambios ambientales

La emergencia de los seres humanos como principales agentes de cambios ambientales en los dos últimos siglos, pero sobre todo en los últimos cincuenta años, y el constante incremento de su capacidad transformadora, hacen temer que muchos sistemas naturales no podrán seguir funcionando bajo la intensa presión transformadora a la que son expuestos.

Contrariamente a lo que sucede con los cambios naturales, los impactos humanos a menudo se dirigen sólo a determinadas especies y ambientes. Por lo tanto, la biodiversidad y los mecanismos que la originan y mantienen han dejado de ser un tema puramente académico. El impacto humano reduce la biodiversidad, pero aumenta la complejidad de las sociedades humanas. Las personas influyen en la biodiversidad de forma directa e indirecta. El uso de recursos naturales renovables, sobre todo en industrias extractivas, como la silvicultura o las pesquerías, generalmente conduce a la pérdida de biodiversidad. El resultado es la remoción de las especies de valor comercial, y la destrucción de las nocivas.

La agricultura y la ganadería también afectan a la biodiversidad, ya que destruyen o modifican la biota nativa. Se estima que el área cubierta por bosques se ha reducido en un 15%, especialmente en Africa, Asia y Latinoamérica. Los seres humanos también afectan a la biodiversidad indirectamente, al provocar cambios en el uso de la tierra, al usar energía fósil y biomasa, y al alterar las pautas hidrológicas. La introducción de especies exóticas, ya sea de forma intencionada o accidentalmente, ha tendido a reducir la diversidad entre regiones. La simplificación de los paisajes por causa, entre otras, de la remoción de los setos que delimitan los campos y zonas colindantes de los bosques etc, ha reducido las diferencias entre ambientes, y por consiguiente su biodiversidad. Una nueva amenaza es la producción de sustancias tóxicas, que son liberadas a la atmósfera, a los ríos, a los lagos y a los océanos. Los fluorocarbonos y los plaguicidas clorados son las sustancias tóxicas más conocidas.

Si bien es cierto que la biodiversidad se encuentra en todos los niveles de la jerarquía biológica, la pérdida de especies ha causado una gran inquietud. Pero los científicos están también preocupados por la reducción de la diversidad genética de nuestros cultivos y animales domésticos. Ambos problemas van íntimamente ligados. Los biólogos que estudian especies en peligro de extinción también están preocupados por la pérdida de diversidad genética. Otro problema es la pérdida de diversidad en los paisajes. Aunque se ha dedicado menor atención a la diversidad a nivel molecular, aquí es donde se origina la biodiversidad.

La UNESCO y el medio ambiente

Federico Mayor Zaragoza ha sido recientemente reelegido director general de la Unesco, cargo que venía desempeñando desde hace justamente seis años. Traemos hoy a esta sección medioambiental de Nueva Revista unas palabras suyas sobre la necesidad de implicar educación, ciencia y cultura con las cuestiones de Medio Ambiente (objetivos que dan nombre a la Organización), escritas con motivo de la publicación por el Centre Unesco de Cataluña, también recientemente iniciada, de unos Cuadernos de Educación Ambiental que, al difundir las ideas más avanzadas sobre la cuestión, y al hacerlo desde una perspectiva a la par mesurada y atrevida es decir, científica y cultural en la mayor dimensión de ambos términos, aspiran a inducir cambios en las actitudes de sus lectores, es decir, a educar.

«En efecto, la importancia creciente de los problemas ecológicos del planeta pide una actuación mancomunada de todos los sectores y agentes sociales lúcidos y sensibles, pero especialmente de aquellos que, como la UNESCO, tienen la responsabilidad moral de hacerlo y el explícito mandato de ocuparse de ello.

Educar para cambiar. Educar para contribuir a la formulación del nuevo modelo socioeconómico que el mundo precisa con urgencia. Los serios problemas ambientales que lo amenazan no son, desde luego, fruto, del azar, ni de la mala suerte. La crisis demográfica y el cambio global con que nos enfrentamos son consecuencia de muchos años de uso abusivo del entorno, a causa del egoísmo, de la ignorancia, o de ambas cosas a la vez, pero proceden sobre todo de muchas décadas de economía occidental reducida al libro de caja. Quien más sabe y quien más posee, más responsabilidades administra. Por eso los países más desarrollados concentran los mayores niveles de responsabilidad histórica en relación con la crisis ambiental, como corresponde a quienes ostentan el liderazgo del planeta. El primer mundo, pues, debe admitir la necesidad del cambio o debe propiciarlo, aún a costa de verse obligado a considerables sacrificios y de ver frustradas algunas expectativas exageradas, concebidas en momentos de ofuscación expansionista.

El nuevo modelo obligará a todo el mundo, porque todos nos veremos afectados y todos hemos formulado o aceptado planteamientos socioeconómicos ambientalmente objetables. Por eso todos debemos cambiar, por eso todos debemos reflexionar» (Cuadernos Ambientales na 1, Centre Unesco de Cataluña).

Programas y actividades

El primer número de los Cuadernos se centra en la biodiversidad, uno de los puntos más candentes y actuales en el plano de la Conservación de la Naturaleza, con una breve descripción, a cargo de Otto T. Solbrig, Universidad de Harvard, de lo que es y de los peligros que la amenazan, más una serie de consejos para preservarla. Como es sabido, en la Conferencia de Río, celebrada el año pasado, se llegó a un Acuerdo Internacional sobre Diversidad Biológica, que firmaron 156 países y la Comunidad Europea (aunque hasta el momento no se ha conseguido el número de ratificaciones necesario para su validez). Entre las actividades de la Unesco relacionadas con la biodiversidad, destacan el Programa Diversitas, las Reservas de la Biosfera y las Actividades de Cooperación.

El programa Diversitas

Diversitas es un programa científico que tiene como objetivo perfeccionar los conocimientos científicos sobre la diversidad biológica y en concreto el papel que desempeña la biodiversidad en el funcionamiento de los ecosistemas, así como los orígenes, la dinámica y el mantenimiento de la biodiversidad. El programa consiste en una combinación de síntesis de descubrimientos en la investigación, inventarios y controles sobre el terreno, formación y preparación de material informativo para diferentes grupos de personas. Se subrayan no sólo los ecosistemas terrestres sino también la biodiversidad marítima y los microorganismos. Diversitas ha sido iniciado conjuntamente por la UNESCO y dos organizaciones no gubernamentales, la International Union of Biological Sciences y el Scientific Committee on Problems of the Environment.

La red internacional de reservas de la biosfera

Se ha establecido una red de zonas protegidas (311 en 81 países) para la protección de la biodiversidad sobre el terreno, en combinación con otras actividades, como la investigación científica en el campo de la utilización de recursos biológicos sostenibles, educación sobre el medio ambiente y formación de especialistas. Las reservas de la biosfera están al servicio de los intereses de desarrollo de las personas que viven en éstas o en su entorno. La red internacional proporciona un marco para la comparación, cooperación e intercambio de información. Las reservas de la biosfera constituyen una parte importante del programa de la UNESCO Man and the Biosphere (MAB) iniciado en el año 1971.

Comunidades locales y diversidad cultural

Existen una serie de actividades de cooperación en el seno de la UNESCO que reúnen y perfeccionan los conocimientos tradicionales sobre la biodiversidad, como la utilización de plantas y animales en medicina, alimentación, materiales de construcción, etcétera, así como el papel que desempeñan las plantas en determinadas culturas y religiones.

Ahora bien, ahora mal

Cuando los líderes renuncian a sus ideales los públicos no tienen razones para el respeto.

(En escena, al fondo, en fila, dando cara al público, quizá sentados, quietos pero no inmóviles, tres personajes (Al, A2 Y A3) vestidos de forma aparatosa y deformante cuya personalidad o simbolismo se explica luego. Aparece, de entre los espectadores, el presentador (P), mezcla de presentador de circo, de cabaret y de televisión, con movimientos y palabra rápidos, generando, desde el primer momento, un ritmo vertiginoso, sin el cual esta obra perdería sentido y significado).

P. ¡Qué bien! ¡y cuanto de bien! ¡y qué requetebien!. Bendito sea el destino que nos permite encontrarnos todos ¡untos en estos graves y terribles momentos de la gran crisis universal, en esta gran madre de todas las crisis, en esta gran madre de todas las dudas y de todas las inseguridades, en este comienzo deslizante, grasiento y polvoriento con el que se anuncia ¡al fin! el fin de la historia. Y bendito sea, asimismo, el destino que en un rapto de generosidad, en un revuelo de gracia y de misterio, en un hervor de necesidades y deseos, nos ofrece lo oportunidad de recibir en nuestros corazones, debidamente maniatada y vencida, a la gran solución, a la solución única, a la solución absoluta, y dicho sea con todo respeto y con sumo cuidado histórico, a la solución final. Les voy a explicar el cómo, el cuándo y el porqué.

Es para mí un orgullo y asimismo un placer y desde luego un privilegio, tener la oportunidad de anunciarles que, en el día de hoy, se inician con carácter de estreno para todo el mundo las sesiones de teatro participativo integral, T.P.I., modalidad de representación dramática en la que es el público y sólo el público quien decide por el sistema de democracia, en parte directa y en parte representativa, lo que debe suceder y lo que no debe suceder. En esta noche, que yo intuyo que va a ser única, pródiga y mágica, son Vds. los que escriben, ensayan y representan su propia obra de teatro. Son Vds. los que triunfan o los que fracasan. Son Vds. los que sufren o los que gozan, según su voluntad, y son Vds., finalmente, los que se viven o los que se desviven. ¡Bendita libertad! ¡Bendita liberación de imposiciones e imaginaciones ajenas! ¡Se acabaron para siempre aquellas obras de teatro rígidas, pretenciosas, subliminales, crueles, ofensivas, inútiles, necias y sobre todo inexorables e inevitables. Ha llegado el gran momento de la creación colectiva, de la improvisación solidaria, de la afirmación de la soberanía pública. Reciban Vds. mi más sincera enhorabuena y mi más sincero aplauso. (Aplaude con exquisita vehemencia controlada.) Y ahora, mis queridos amigos, empecemos sin tardanza a diseñar la función de esta noche. Permítanme, por de pronto, que les haga mi presentación. Yo simbolizo la unión de todas sus conciencias y sensibilidades. Yo represento el zumo sin azúcar ni colorantes, de todos sus cerebros exprimidos, el ectoplasma de sus muchas vanidades, el resumen de sus muchos deseos inconfesables, pero también y sobre todo, la esencia de su bondad, de su integridad, de su espiritualidad. Y en su consecuencia, o por ende, como dicen algunas personas insoportables, yo actúo como a Vds. les da la gana, yo digo lo que Vds. me hacen decir, y pienso lo que me hacen pensar y hago lo que me hacen hacer. Por ejemplo: ahora mismo estoy notando, o mejor dicho, me están Vds. haciendo notar, con toda certeza, inequívocamente, que ya no quieren más presentaciones, ni más dilaciones, ni más explicaciones, ni más tonterías y, en definitiva, que tenemos que pasar del necio, estéril y funesto pensamiento a la acción pura y dura, a la acción directa, a la acción normal y corriente. ¿A que estoy en lo cierto? ¿A que es así? (después de la reacción del público) ¡Claro que sil Les conozco, dicho sea con perdón y también con verdad, como si me hubieran parido. Y por eso mismo, siguiendo sus órdenes vamos a ir enseguida a la purificante y benéfica acción. Pero primero me tienen que facilitar algunos datos imprescindibles. No se asusten. Spn dos cositas nada más. Primera: hablando en términos teatrales, ¿Vds. quieren que esto sea una tragedia o una comedia?, o para más claridad, y para que no haya confusiones, ¿Vds. quieren que esto acabe bien o que esto acabe mal?. Por favor, digan algo. ¿Bien o mal?. (Después de la reación del público). Tranquilos. Vamos a decidirlo democráticamente. Los que quieran que acabe bien que levanten la mano. (Hace que cuenta). A los que les dé lo mismo o no quieran ni una cosa ni otra, que levanten la mano. (Hace que cuenta y luego suma y resuma). Pues esto, señoras y señores, va a ser una tragicomedia que en parte acaba bien y en parte acaba mal, pero más bien tirando a bien que a mal. Y ahora sólo nos falta un dato: ¿quieren Vds. que sea un espectáculo de mucha risa o de poca o ninguna risa?. Vamos a ver. Los que quieran risa que levanten la mano. Los que no quieran risa que levanten la mano. Los que no sepan o no entiendan o no quieran contestar que levanten la mano. (Suma y resuma). Resultado final: por mayoría minoritaria absoluta y en virtud de la coalición de unas facciones con otras, Vds. han decidido colectivamente que esto sea una tragicomedia sentimental costumbrista con un dulce sentido del humor debidamente controlado, pero que llegue a humedecernos las faldas y los pantalones. Pues eso es exactamente lo que va a ser. Ni más ni menos. Lo que Vds. han querido que sea. (Da una vuelta pensativa por el escenario). Pero eso no puede ser todo. Una simple tragicomedia no puede ser todo. Yo detecto, yo noto, yo siento, yo sé que ustedes quieren algo más. Algo más divertido y divertente, algo más calentito y más caliente. Pero no me digan nada. Déjenme pensar. (Da otra vuelta). ¡Ya lo tengo!. Ya sé sin la menor duda, lo que Vds. quieren y lo que Vds. necesitan. Mis queridos amigos, mis queridos dueños: tengo el placer de comunicarles que este espectáculo, además de ofrecer la ya citada tragicomedia, va a contar asimismo con: (Aparece rápidamente A4 con un traje de desbordantes colores).

A4. (Como un vendedor ambulante). Con todo lo que Vds. más aprecian, más gustan y más necesitan. Vean, si no, lo que les ofrecemos: empezaremos con una tertulia radiofónica de lo más divulgadora y dicharachera en donde al pan se le llama vino, y al vino, pan, pero no importa nada porque es una cosa muy entre amigos y muy informal; tendremos, después, un apasionante informe en el que se narrará, se juzgará y se condenará la escandalosa desviación sexual de un hombre que forzó y violó reiteradas veces a una sequoia, y la contagió el virus del ser humano, con lo cual la sequoia acabó convirtiéndose en un bonsai ridículo y torpe; analizaremos asimismo el feliz reencuentro con su novia de un adorable gato siamés que fue robado de su propia mesa camilla y que tuvo que soportar un largo cautiverio en una cloaca londinense; escucharemos también ¡cómo nol a un futurólogo de voz profunda, melosa y deliciosamente atontadora, predecir con toda exactitud el futuro profesional y sentimental de personas que ni siquiera merecerían tener futuro; y ya dentro de esta maravillosa vorágine, y para concluir, veremos simultáneamente un partido de tenisfútbolbaloncesto y al mismo tiempo, pero en el otro lado de la pantalla, una carrera de cochesmotosbicicletas; e inmediatamente después, una película a todo color de porno blando, duro, flácido y a media asta; y, por fin, nos emocionaremos tiernísimamente con las guajiras andaluzas de una tonadillera vasca, de madre belga, a quien se le desgarra el corazón en dos, ¡a la vista del propio público!, cuando canta un pasodoble tirolés a un caballo garañón que, persiguiendo a una yegüa rociera y casquivana, se partió las tres patas delanteras esquiando en las altas llanuras de Albacete; y por si todo ello fuera poco, entre número y número, gozaremos alegremente con la irrupción de miles de bailarinas jovencísimas y guapísimas con su culito respingón al aire, moviéndose febrilmente de un lado al otro, de abajo a arriba y de atrás hacia adelante, en una búsqueda apasionada de aquellas cosas que pueden llenar y rellenar de sentido sus dulces ambiciones y ensueños. Thats all. ¡Voilal. (Se retira de la escena dando saltitos que imitan los movimientos de las bailarinas).

P. ¿Qué les parece?. No aplaudan. No reaccionen. No digan nada todavía. (Vuelve a dar una vuelta pensativa). Les noto inquietos y por eso estoy yo inquieto. Sigo notando que Vds. quieren algo más. Algo más concreto. Algo más real. (Da otra vuelta). Pues saben lo que les digo: que lo van a tener. Al fin y al cabo, una noche es una noche. Escuchen con atención. (Aparece de nuevo con rapidez A4 con un traje distinto pero tan aparatoso como el anterior).

A4. Señoras y señores, éste es, realmente, su día de suerte. Por el mero hecho de haber venido a este espectáculo, cada uno de los espectadores, es decir, cada uno de ustedes, ha ganado lo siguiente: Primero: un elegantísimo, potentísimo, agilísimo y brillantísimo coche con el que podrán ligar, seducir, o enamorar a cualquier persona, cualquiera que sea su sexo y aún mejor si no lo tiene; un coche con el que generarán no sólo elogios y admiraciones sin límite, sino sobre todo, auténticas rabias y envidias profudísímas e indelebles; un coche con el que podrán subir a las más altas montañas del mundo y frenar con firmeza y seguridad ante cualquier obstáculo o precipicio. Segundo. Han ganado, asimismo, como es lógico además de inevitable, jun apartamento!. Sí, señores, nada más y nada menos que un apartamento repleto de las cosas más exquisitas e innecesarias, situado en el mismo centro de las Montañas Rocosas, todo el alicatado hasta el techo y decorado al alimón por Butragueño y Madonna. Y, por fin, ¡prepárense!, la diosa fortuna ha decidido concederles no uno, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni cinco, ni seis, ni siete, ni ocho, ni nueve, sino ¡¡diez millones de pesetas!!. Pero no unas pesetas vulgares y corrientes. No, de esas, no. Se trata de pesetas a prueba de todo género de serpientes monetarias, porque han sido debidamente impregnadas con el nuevo líquido antidevaluante Marcoyen. Thats all. ¡Vo¡lal (Saluda respetuosamente y se retira).

P. No está mal, eh?. No está nada mal. (Se queda mirando al público). ¿Qué pasa?, ¿que no les parece suficiente?, ¿que todavía quieren algo más?. Pienso sinceramente que se están pasando un poco de la raya, pero como donde manda patrón no manda marinero, ahí va lo último y definitivo. Estoy seguro de que les va a gustar. Me complace notificarles, formalmente, que para evitar posibles problemas de comunicación y de entendimiento, que son siempre ¿verdad? problemas muy delicados y muy molestos, todos aquellos de nosotros, o mejor dicho, de Vds., que sepan diferenciar el romanticismo italiano del romanticismo francés y del alemán o distinguir adecuadamente entre ética y estética y entre ética y moral, o analizar las distintas escuelas filosóficas presocráticas, o hablar correctamente el árabe, el chino y el japonés, serán detenidos, vilipendiados y expulsados del territorio nacional, con lo cual sólo quedaremos en este reino de la gran pomada, en esta gigantesca verbena, en este alucinante casino, los que amamos la vida tal y como es, la vida en su sabor inmediato, la vida en su realidad realista y realizada, o, en una palabra, que es lo que se suele decir cuando son seiscientas palabras, la venturosa vida a palo seco, sí señor, a palo seco, con todas sus connotaciones vitales y hasta eróticas. ¿Están, ya, satisfechos?. Yo noto ahora que sí y noto además que quieren expresar su satisfacción y su alegría con un gran aplauso. ¡Pues adelante!. Aplaudan sin límite ni medida!. (Después del aplauso). ¡Muchas gracias! ¡Muchas grúciasl. Señoras y señores, va a dar comienzo en estos momentos la tragicomedia Ahora bien, ahora mal, así titulada en agradecimiento y emocionado recuerdo de la única persona en este mundo capaz de entender el porqué de este título. Estos tres personajes, estos tres símbolos, estos tres pellejos, estos tres jinetes solitarios se van a poner en seguida en movimiento, que es como el aire se transforma en viento, y como quien no quiere la cosa, (se interrumpe), por cierto, ¿alguien sabe porqué se dice como quien no quiere la cosa?, bueno, pues como quien no quiere la cosa, estos tres muñecos van a fabricar para Vds. la solución única, la solución absoluta, la solución final que les había prometido desde el principio. Háganles mucho caso, por favor. Ellos tienen la clave, precisamente porque Vds., a través mío, se la han dado. Pero que conste una cosa, Vds. pueden intervenir en cualquier momento ya sea para discrepar o para acentuar o para alterar radicalmente cualquier situación. Nada ni nadie puede coartar su libertad. Yo ahora, por exigencias del guión, me tengo que ir de la escena. Pero no se apuren. Desde allí en donde esté, seguiré a sus órdenes, minuto a minuto, hasta el final de la noche, que coincidirá, ya lo verán ustedes, con el final de mi persona. Sres. actores: prepárense. (Así lo hacen las dos actrices y el actor). ¡Acción! (Se retira el presentador y se sienta con el público. Se adelanta Al). Al. (Es una mujer de alguna edad, muy aparente y vestida de prostituta). Todo empezó cuando me ofrecieron hace algunos años, no crean que muchos, un millón de dólares por ya saben Vds. qué. Después de pensarlo algunos segundos, acepté. Era la moda en aquelíos tiempos. Luego, poco a poco, le tomé el gusto a la cosa y lo que fue una aventura apasionante acabó convirtiéndose en un fascinante oficio. Del millón, claro está, tuve que pasar pronto al medio millón, del medio millón, rápidamente, al cuarto de millón y desde ahí, en un descenso vertiginoso, a las 10.000 pesetas por hora y media, taxi incluido, aunque estoy dispuesta a hacer descuentos por grupo. Quiero que sepan desde el principio que cuando me ofrecieron el millón de dólares, mi estructura mental era muy peculiar y mis circunstancias personales también lo eran. Se lo contaré después con todo detalle. (Se retira. Se adelanta A2).

A2. (Es un hombre hecho y derecho vestido de soldado). Me escapé de la guerra, eso es verdad. En términos técnicos soy un desertor. Lo acepto. Sólo quiero dejar clara una cosa. No huí por miedo. No soy cobarde y nunca he sido un cobarde. Deserté porque no entendía nada, absolutamente nada, de lo que estaba pasando. Llegó un momento en el que ya no sabía quien era mi compañero y quien mi adversario, quien mi amigo y quien mi enemigo, quien Caín y quien Abel, quien Sadam Clinton y quien Bill Hussein. Y por lo tanto no podía disparar, no podía apretar el gatillo ante el temor de equivocarme. Un día incluso, mi confusión de términos llegó a tal nivel, que me autoconvencí de que yo era el único enemigo posible y estuve a punto, créanme, de descerrajarme un tiro entre ceja y ceja. Por eso me fui. Por eso deserté. Así comienza esta alucinante historia que tengo el propósito y la obligación de narrarles paso a paso. (Se retira. Se adelanta A3).

A3. (Es un ¡oven ejecutivo o una ¡oven ejecutiva vestida de hombre). Yo soy lo que, en términos estrictos, se denomina un ser corrupto. Engaño, miento, amenazo, me humillo, compro, vendo, me vendo, sumo la resta, multiplico lo dividido, me fumo un puro y aunque soy mujer me llamo Francisco. Cuido mucho la imagen física pero me trae sin cuidado lo que la gente piense de mí. Me da exactamente igual. Soy el más genuino, el más perfecto, el más envidiable ejemplo de sepulcro blanqueado. Y por ello no tengo el menor inconveniente en desvelarles esta noche mi proceso evolutivo hacia la corrupción, ni los matices de mi galopante ambigüedad sexual, ni mi más absoluta adoración por el pragmatismo rentable. Pero todo eso lo haré, y lo haré a fondo y caiga quien caiga, después de una pequeña pausa publicitaria. (Se apaga la luz). (Se enciende la luz. Suena la música procedente). (Aparece A4 con largo pelo falso de mujer que le llega hasta la cintura).

A4. He utilizado todo género de shampoos. Alemanes, italianos, checos, eslovacos, españoles, costaricenses, egipcios y muchos otros, con el solo propósito de poder mover mi cabellera con esa dulce cadencia, ese tiernísimo movimiento que observamos con gozo y con frecuencia en nuestras pantallas de televisión. Pero todo fue un fracaso. Mi pelo se negaba sistemáticamente a balancearse y mi frustración aumentaba la intensidad de mis fuertes depresiones matutinas. Pero un día, siempre lo recordaré, una amiga, buena amiga aunque un poco pendón ¡porque hay que ver lo que me hizo ayer la muy sucia I, me ofreció este producto maravilloso que en una sola toma o aplicación cambió la faz y la paz de mi vida. Vean Vds. Vean Vds. Miren con que elegancia refinada se desliza y se recoge mi cabello. Gocen Vds. también de esta sensación de libertad, de placer, de magnanimidad, de longaminidad. Por cada lote que compren recibirán un compactdisc con la barcarola de Hoffman para que puedan ensayar los movimientos de su cabellera frente a los espejos de sus casas señoriales y asimismo un precioso número de una maravillosa lotería benéfica que si les es favorable les permitirá descubrir, a bordo, claro está, de un lujoso yate, las verdaderas y misteriosas fuentes del río Manzanares y, si aún se atreven, las terroríficas cataratas del Guadalquivir, es decir, que podrán llevar a cabo las más grandes aventuras, las más apasionantes aventuras que se le ofrecen hoy al hombre moderno. (Vuelve a mover el pelo). Thats all. ¡Voilal (Se retira enviando un beso al público). (Se apaga la luz). (Se enciende la luz. Se adelanta A1).

A1. Tengo que reconocerlo y lo reconozco. Mi marido se comportó como un auténtico caballero de los tiempos contemporáneos. Cuando le transmití la curiosa propuesta que había recibido, apoyó en todo momento y sin la menor reserva, mi libertad de decisión y preparó, sin pérdida de tiempo, un pequeño contrato regulando la distribución entre nosotros de la cantidad convenida, atribuyéndose él un pequeño porcentaje mayoritario, que a mí, por cierto, me pareció muy razonable, en razón del daño moral y de imagen que iba a sufrir. Ya saben Vds.: el qué dirán. Previo también en el contrato el reparto de los beneficios que pudiéramos obtener por vender la exclusiva de la noche en cuestión o el relato íntegro de la historia, así como los posibles derechos de cine y televisión. Luego me abrazó con cariño y con ternura y me susurró al oído algo que me tranquilizó muchísimo, aunque, si les digo la verdad, todavía no lo he entendido bien. Me dijo: no te inquietes, amor mío, tú no eres lo que pareces, sólo pareces lo que eres. Y añadió con el buen sentido del humor que le caracteriza: con ese cuerpazo que tienes ¿no podrías negociar un millón doscientos?. Yo hice como que me enfadaba, pero la idea se me quedó en la cabeza. Pensé además otras cosas pero quiero meditarlas bien antes de contárselas a Vds. Vuelvo enseguida. (Se retira. Se adelanta A2).

A2. Yo, al principio de ser soldado, pensaba que era una cosa muy natural eso de ser soldado, e incluso muy propia y muy honesta, porque el ser humano lleva la guerra dentro de sí mismo aunque se vista de feriante, de ginecólogo o de arquitecto, o de seda. El ser humano es bélico porque, como ya sabemos, necesita que le reconozcan y le diferencien del otro, con lo cual el otro, quizá no sea el infierno, como exageraba alguien, pero sí el enemigo esencial de nuestra personalidad. Quiero aclarar enseguida que esto no lo digo yo. Según se me ha informado, me obligan Vds. a decirlo porque, al parecer, quieren tranquilizarse y yo les comprendo. Pero, con su permiso, quiero dejar constancia de que yo no lo digo. Yo digo que hay una diferencia abismal entre matar a un hombre o no matarlo, y digo que esa diferencia abismal es mucho menos abismal si se compara la matanza de un hombre con la matanza de las esperanzas de un hombre, y afirmo categóricamente que entre matar a un hombre o arrebatarle su dignidad, no hay la más mínima diferencia, pero que aún así es preferible quitarle la dignidad antes que matarle, aunque debo aclarar que de eso no estoy muy seguro porque antes tendría que saber si aquéllos que murieron con dignidad, hubieran preferido, una vez conocida la muerte, estar vivos. Por otra parte, al soldado, Vds. lo saben, le pagan muy mal y no es que eso influyera en mi decisión de desertar, pero me hizo pensar, además de lo anterior, que si con lo poco que le pagan a un soldado es capaz de matar, ¿qué no haría un ser humano por un millón de dólares?. Les dejo un momento con esa pregunta, que es, por cierto, también, su propia pregunta, y luego vuelvo. (Se retira. Se adelanta A3).

A3. Yo también tengo una pregunta. Supongan Vds. por un momento que todos nuestros actos, nuestros comportamientos y nuestras decisiones fueran realizados o adoptados correctamente de acuerdo con el más estricto código de ética del país más desarrollado y avanzado del mundo. ¿Creen Vds. que eso erradicaría el mal?. Desengáñense. Nunca habrá nada nuevo debajo del sol, ni tampoco debajo de esta luna maravillosa que hoy nos acompaña. De hecho, nunca habrá nada nuevo debajo de nada. El mal y los malos siempre han sido la misma cantidad y las mismas personas. Es más, tiene que existir un equilibrio razonable, un cierto equilibrio exacto, entre el bien y el mal. Un exceso, o un defecto, de uno o de otro, sería tan catastrófico como la desaparición absoluta de la capa de ozono. Sería, pura y simplemente, la aniquilación de la condición humana. Y por eso se nos ha advertido con toda claridad, que el sol lucirá siempre sobre los justos y también sobre los pecadores. Tengamos de una vez el coraje de renunciar a la utopía. Gracias a Dios, insisto, gracias a Dios, ahora ya no es necesario ocultarse, ni pretender, ni disimular. La hipocresía carece de sentido y de eficacia. Yo hago lo que tengo que hacer, lo que necesito hacer para sobrevivir, que no es otra cosa que superar al otro, y si es necesario, o en último término muy conveniente, destruir al otro. Es decir, lo que se ha hecho siempre de una u otra forma. Dirán algunos: conforme, pero eso hay que hacerlo con buenas artes. ¡Qué gracia!. Los que así piensan me recuerdan a esos soldados, a esos militares que no tienen ningún reparo en matar seres humanos, sin límite cuantitativo alguno, pero que cuando son apresados exigen que se les apliquen las reglas humanitarias de alguna convención burocrática para prisioneros. Yo, lo reconozco, soy corrupto. Y pienso seguir siéndolo. Y si me preguntan: ¿Cúanto? les diré que no me interesa la pregunta. No creo que eso de ser corrupto o no, sea una cuestión de grado. Yo seré exactamente lo corrupto que tenga que ser. Y para que quede claro, añadiré que no pienso asumir ni tolerarme el más mínimo sentimiento de culpabilidad, y que me sentiré, en todo momento, tan moral y tan ético como cualquiera de Vds. Pero no se enfaden todavía. No se enfurezcan, ni se escandalicen. No se dejen dominar por un instinto lapidario. Si alguno de Vds. tiene una piedra en la mano, por favor déjenla caer suavemente al suelo y, si lo tienen a bien, y yo se lo pido humildemente, piensen conmigo si ser un poco corrupto no es lo mismo que estar un poco embarazada. Mientras lo piensan, sin ira, escuchen con optimismo este nuevo consejo publicitario. (Se apaga la luz). (Suena la música procedente y aparece A4 vestido de una manera aún más fascinante que las anteriores).

A4. (Llevando en la mano muchos productos que se le van cayendo). ¿Miedo al futuro?. ¿Que usted tiene miedo todavía al futuro?. Elimine desde ya todo temor, elimine desde ahora mismo tada inquietud. La firma multinacional X, Y, 12, S, 8, W pone a su disposición toda una serie de productos que convierten el futuro en un suave y delicioso descenso primero hasta la dulce inconsciencia y luego ya directamente hacia una felicidad quizá un poco anestesiada pero absolutamente perenne, que es lo importante. Estos productos que sólo se encuentran en farmacias muy especializadas y en algunas discotecas de música clásica, permiten a todos los seres humanos, y ustedes, no lo duden, lo son, afrontar su destino sin traumas, sin vacilaciones, sin penurias e incluso sin hambre. Vean ustedes qué cosa tan simple. Al desayuno una pildora de éste, de éste y de éste (se le caen todos los productos); al mediodía de éste, de éste no y de éste sí y de éste tampoco (se le vuelven a caer) y antes de cerrar sus ojos, cuatro lingotazos de esta bebida, tres inhalaciones de este extracto concentrado y una cucharadita de estas sales (se le vuelven a caer al suelo y allí las deja) y se acabó el miedo al futuro. ¿Que por qué?. ¿Quieren saber el porqué?. Lamentándolo mucho no puedo aceptar esa pregunta. No me pagan por contestar preguntas estúpidas a un personaje estúpido como yo. Pero además no contesto, porque las fórmulas son secretas, y por si ello fuera poco, confidenciales. Sólo puedo decirles que proceden de una secta de la Amazonia que logró una mezcla de plantas medicinales milagrosas que producen los siguientes efectos: Adelgazan, moldean, endurecen, afinan, aprietan, eliminan el estrés, el mal aliento, el mal de ojo, la mala uva, la celulitis, el vértigo, las piernas cortas, la capacidad crítica, los hijos y las arrugas, pero sobre todo facilitan tremendamente, enormemente, decisivamente, el tránsito intestinal y todos los demás tránsitos posibles. (Recoge los botes y los t¡ra al público). ¡Prueben!. Prueben estos productos y si nos envían pruebas de que los han probado, nosotros, a vuelta de correo, les enviaremos nuevos productos con los que ustedes, además de conseguir todo lo anterior, podrán convertir el día en la noche y las realidades en deseos. That’s all. Voila!. (Aparece A1).

A1. Cuando miro hacia atrás, y yo no suelo hacerlo, son ustedes los que me obligan, me encuentro con ese sabor amargo, con esa sensación de estupidez injusta, con esa tristeza de lo estéril y de lo impotente que nos dejan los hombres. ¿Se han preguntado ustedes, alguna vez, para que están los hombres?. Cuando vienen hacia nosotras, con ese aire de bomberos en pantuflas, con esa manga riega que aquí no llega, con ese corazón de cuervo y de gusano y con esa sonrisa de mafiosos cobardes, dan ganas de decirles: un seis y un cuatro la cara de tu retrato, un tres y un ocho, no vales ni un bizcocho, un catorce y un quince, déjate de hacer el lince, dos mil y dos mil doscientos, ya no acepto más lamentos. Pero luego cuando los tienes en la mano, cuando te persiguen por todo el cuerpo buscando su propia orilla y su propia sangre, cuando se vuelven gorilas salvajes disfrazados de oficinistas, cuando miran tu pecho como si fueran recién nacidos, cuando se doblan como avestruces ciegas, cuando gimen suspiros que tú siempre has sabido, cuando suceden todas esas cosas, la mujer se convierte en esa eterna amante incestuosa, en ese paño abierto de lágrimas saladas, en ese recipiente que siempre está vacío para poder llenarse de cantos espasmódicos. (Mira al público). ¡Qué cosas me obligan a decir ustedes!. Pero ya que están dichas, permítanme añadir mi propia síntesis: una mujer puede venderse, pero nunca jamás se prostituye. El hombre, en cambio, se prostituye incluso cuando no se vende. Esta frase es como la que me dijo mi marido. No se entiende y a lo mejor no quiere decir nada. Pero confío en que pueda tranquilizarles, porque he llegado a la conclusión de que, cara al futuro, sólo nos pueden tranquilizar las frases. ¿Qué más quieren que les diga?. ¿A que lo adivino?. ¿A que quieren que les diga lo que pasó la famosa noche?. (Se ríe). No estuvo mal. No estuvo nada mal. Y, ¿saben por qué?. Porque los dos nos dimos cuenta enseguida, pero enseguida, enseguida, nada más empezar, de que yo no valía, ni muchísimo menos, un millón de dólares. Y a partir de ahí todo fue muy fácil. Ahora tengo que hacerles una declaración final. El sexo, espero que lo hoyan descubierto ya es un engañabobos. Un auténtico engañabobos. Buenas noches. (Se retira. Avanza A.2).

A2. Les dejé con la pregunta de qué haría un ser humano por un millón de dólares, pero se me ha advertido que ustedes no han venido aquí a responder preguntas, y mucho menos ésa, sino simplemente a comprobar que no hay respuestas. Pues bien. Yo puedo serles un testimonio útil. Desertar me pareció en su momento, y así se lo dije a ustedes, la única contestación posible a mi desconcierto emocional e intelectual. Ahora ya sé que aquello fue un exceso de sensibilidad, una gran patochada. Pero no tengo otro remedio que seguir esta farsa. Dicho ésto, ya he dicho todo lo que tenía que decir, y salvo que ustedes me obliguen a seguir hablando, no pienso decir nada más. Les agradezco mucho su atención y me despido de ustedes afectuosamente. Buenas noches. (Inicia el gesto de irse).

P. (Desde el público). Continué hablando.

A2. No puedo. No tengo nada que decir.

P. Eso no es una excusa. Eso exactamente es lo que nos pasa a todos.

A2. ¿Pero qué quiere que diga?.

P. Cualquier cosa. Lo importante es pronunciar palabras. Haga una reflexión sobre la paz. O sobre la guerra, o sobre las dos cosas o sobre ninguna de ellas. Pero continué hablando. No podemos soportar ni tolerar el silencio. Ya es demasiado tarde.

A2. La paz, excelentísimos señores y señoras, la paz, es como la luz, la paz es una cosa bellísima. (Se interrumpe. Piensa). Y ahora que hablo de belleza, debo decirles que antes de desertar yo tenía una novia que me quería mucho y yo también a ella, porque era de verdad bellísima, era como esa chica que está allí sentada (señala a alguien del público), pero tenía los ojos aún más grandes y sobre todo mucho más azules y el pecho un poco más pequeño aunque muy sensible y las piernas quizá un poco más largas, pero tenía ese mismo aire que tiene esa espectadora tan guapa. (Se vuelve a interrumpir. Se dirige a la espectadora). Que, por cierto, que si tu quieres salir conmigo esta noche, a mí me encantaría, porque no tengo nada que hacer y además porque soy un hombre libre. Mi novia, al enterarse de que había desertado, me abandonó, o mejor dicho, la que se abandonó fue ella en los brazos de otro hombre más guerrero que yo y además multimillonario. (Se dirige a la espectadora imaginaria como esperando una respuesta). Bueno, pues luego hablamos. (Al público). Total que el millonario se compró a mi novia con un millón de dólares mi novia era bellísima, pero tampoco era para tanto y yo me quedé sin guerra y sin novia, y sin dinero y sin patria y sin libertad. (Se dirige a P). ¿He dicho ya bastante?.

P. ¡No ha dicho absolutamente nada!. ¡Y lo malo es que lo ha dicho muy rápidamentel.

A2. ¡Ya le advertí que no tenía nada que decir!.

P. Pues haga, al menos, una declaración final, o ya puede olvidarse de su paga.

A2. (Después de pensarlo). Excelentísimos señoras y señores. Quiero cantarles una canción. Les digo, primero, la letra.

Todo lo he perdido.
Nada volverá.
Sólo tengo un sueño
que nunca he de soñar.

No sé si es «que nunca he de soñar» o «que no quiero soñar» pero va por ahí la cosa. Y ahora, con su permiso, se la canto. (Así lo hace, con música de Lili Marlen. Luego saluda y se retira. Se adelanta A3).

A3. Quiero hacerles una declaración final que tiene algo que ver con lo de un poco corrupto y un poco embarazada. Me está sucediendo algo que quiero comentar con ustedes y muy especialmente con las mujeres, porque tiene su gracia y su interés. He confesado desde un principio que soy mujer y no me avergüenzo de ello. Aunque vaya vestido como voy vestido. Aunque me llame Francisco, soy mujer. Bueno, pues ahora resulta que desde hace algunos meses empiezo a sentir cada vez con más fuerza sentimientos misóginos, es decir, detestación y odio por aquellos seres humanos que no son hombres. Me ofende la existencia de la mujer, mujer. Me irritan profundamente esas amigas que gozan comportándose como hembras y que observan al hombre como si sólo fuera un orangután poderoso, con lo cual coinciden con el estúpido de Norman Mailer cuando piensa que un poquito de violación es muy positiva para el alma de cualquier hombre y también con el cretino de Nietzsche quien llegó a afirmar que todo en la mujer tiene una única solución: se llama embarazo. No puedo con esas mujeres que se visten como mujeres, se perfuman como mujeres, y se dejan abrazar como mujeres, porque, claro está, la mujer es abrazada, la mujer nunca abraza. Y lo malo de esas mujeres, lo que más me calienta de ellas, es que son las que tienen más éxito con los hombres, porque ahora resulta que los famosos varones ya no quieren guerrear con nadie, ni arriesgarse por nadie, ni defender a nadie. Han desertado del oficio para siempre jamás. Lo que está de moda en estos momentos es comprarse refugios en cómodos plazos, refugios a prueba de verdades y de hechos, refugios contra cualquier compromiso de justicia, refugios contra todos los imposibles inteligentemente prefabricados por el egoísmo y la indecencia, refugios contra todos los molinos de viento. A mí eso me parece muy bien, yo comprendo la corrupción. Pero que no anden presumiendo de nada. Son como nosotras. Ni más ni menos.

P. Le ruego formule su declaración final y se retire. Esto no es un meeting político. A3. Y usted ¿quién es?. P. A usted no le importa.

A3. Me importa muchísimo. Dígame quién es.

P. Yo soy quien me da la gana ser.

A3. Eso es justamente lo que usted no es. Usted es todo lo contrario. Usted es lo que tiene que ser.

P. Pues mire usted por donde que a mi me encanta ser lo que tengo que ser.

A3. (Al público y señalando a P). ¡Ahí lo tienen!. Mírenlo con mucho cuidado. Vean ustedes al gran hombre, al gran macho, al gran varón y después abandonen toda esperanza, pero antes de abandonarla, aunque sólo sea para divertirse, escuchen este último consejo publicitario. (Se retira. Se apaga la luz. Se enciende y aparece A4 con un nuevo traje que supera los anteriores).

A4. Gracias amigos míos. Gracias y más gracias. Sois gente única. Sois verdaderamente maravillosos. Habéis alcanzado todos los récords más apabullantes, las metas más inasequibles, las cotas más inalcanzables. Estoy en condiciones de confirmaros la gran noticia: ya no queda nada más que vender. Habéis comprado absolutamente todo y el sistema, una vez cumplidos sus objetivos, ha colapsado en una apoteosis digna de unos juegos olímpicos. Ya tenéis para siempre, comáis lo que comáis, esa deliciosa delgadez que embellece y agiliza vuestro cuerpo; ya tenéis para siempre esa mente serena y equilibrada que ha sabido renunciar a cualquier ¡dea o propósito; ya tenéis para siempre esos objetos perfectos, lúcidos, estéticos, que acompañan gozosamente vuestra armonía física y espiritual. Eso sí. El sistema ha muerto, pero podemos gritar con alegría: ¡viva el sistema!, porque el sistema, de una u otra forma, volverá. La historia, por mucho que parece que termina, siempre vuelve a comenzar. Lo importante es que hemos demostrado entre todos la capacidad del ser humano para evitar la humanidad del ser. Hemos roto todos los círculos viciosos, enviciando todos los círculos que los mantenían unidos. Hemos descubierto todos los teoremas, todas las adivinanzas, todos los crucigramas, todos los jeroglíficos, todas las mil y una trampas intelectuales que había creado nuestra propia mente perversa. Sólo nos falta una cosa, sólo nos falta una respuesta a una simple pero trucada pregunta: ¿y ahora qué?. ¿Y ahora qué?. ¿Y ahora qué?. ¿Y ahora qué?. (Clamando al cielo melodramáticamente). ¿Quién tiene la respuesta?. ¿Quién ha tenido siempre la respuesta?. ¿Quién ha decidido no responder jamás?. Los que quieran información sobre este tema, deben seguirme. Yo no soy la verdad y el camino. Yo soy, más bien, el campo a través y la mentira, yo soy el recoveco y la falsedad, pero también soy el único que puede conducirles, como un gran rebaño, hacia la contestación de cualquier pregunta, incluida la de ¿ahora qué? y asimismo hacia la profunda y sorprendente solución final. Seguidme, amigos míos, seguid siguiéndome. Mi yugo es amargo y doloroso y mi carga abrumadora, pero estaremos todos ¡untos, estaréis con toda vuestra gente, con todos los amigos del cuerpo y del alma y empezaremos una vez más la larga marcha, la eterna marcha de las limitaciones, la marcha sagrada de las cosas pequeñas y nos revolcaremos, como niños apátridas, en ese barro nuevo de las nuevas historias con los intelectuales que nazcan con la idea de acertar para siempre cosas equivocadas. Enviad vuestra ficha al apartado 22.200 de Barcelona y una amable señorita os dirá el precio y el lugar del encuentro. Allí os espero. Nunca, nunca os abandonaré. ¡Thats all. jVoilát. (Se retira. Se apaga la luz. Aparece P.).

P. ¿Y ahora qué hacemos, mis queridos dueños?. En este momento transcendental, ¿qué hacemos?. ¿En dónde nos arrodillamos?. ¿Qué mirada o qué látigo ponemos en los ojos?. ¿Qué sensación dejamos que emane de esta tremenda cosa?. ¿Qué disculpa, qué cuento, qué mentira, qué trapisonda absurda, inventamos los hombres?. ¿Qué cosas les diremos a nuestros hijos cuando salgan del vientre y vengan a comernos?. ¿Qué hacemos con las deudas?. ¿Qué hacemos con nosotros?. Mis queridos amigos yo espero su respuesta. Yo sumaré sus votos. (Finge hacerlo intensamente. En un momento determinado su actitud cambia de forma súbita. Se comporta con gran nerviosismo e inquietud). Sé lo que piensan y les aseguro que están profundamente equivocados. Yo no he puesto nada de mi cosecha. Me he limitado a cumplir, una a una, sus indicaciones y a transmitir, palabra por palabra, su pensamiento. No acepto por lo tanto responsabilidad alguna. Yo me he quedado tan sorprendido como ustedes mismos de que ustedes pensaran lo que han pensado. Pero así es la vida y así es este género de teatro participativo en el que el público decide lo que está sucediendo y lo que ha de suceder. Pero todo lo decide el público, es decir ustedes. A mí no me miren, ni me culpen de nada. Yo he sido solamente su portavoz. Si quieren ustedes empezamos de nuevo o nos olvidamos de todo, o hacemos que aparezcan miles de chicas jóvenes con su culito respingón al aire. Pero, por favor, eso que están pensando no lo hagan. De verdad que no merece la pena. Yo se lo pido de rodillas. (Lo hace). No van a lograr nada con esas tácticas. Han sido ustedes. No yo. (Suena un disparo que le hiere). (Gritanto). ¡Es inútil matar al mensajero!. (Suenan varios tiros. Cae P. Se apaga la luz). (Es posible que al encenderse, un grupo de chicas jóvenes bailen con toda alegría).

Meditaciones de xochimilco

El México de la Independencia y la Revolución encara el futuro con esperanza, lleno de ilusiones, camino de la prosperidad. Una generación nueva que busca la razón de su mestizaje racial y cultural con el propósito de asumir lo bueno de unos y de otros, olvidando los viejos prejuicios.

A la memoria de Rafael Calvo Serer

Preámbulo inevitable Conforme lo trajinera se desliza por las espejeantes aguas de los infinitos canales el viajero se dedica a desgranar y a perfilar los matices de su recorrido mexicano, tan reciente como impactante. Piensa para sus adentros que una demorada navegación por los jardines de Xochimilco, tan coloristas como familiares, puedan contribuir a sedimentar lo visto y escuchado a lo largo y ancho del iluminador viaje por las tierras altas y sureñas de México.

Teniendo por telón de fondo el tupido follaje que se levanta apretado en las xinampas la mente del viajero va aclarando conceptos y perspectivas, al tiempo que repasa las situaciones vividas. Una suave brisa del norte se hace presente mientras el piloto de la trajinera adentra la navecilla por los canales más apartados. El silencio es vegetal y fecundo, y sólo se ve interrumpido, muy de vez en cuando, por los distantes ecos de un mariachi o de una marimba. El agua siempre quieta y acogedora.

Provoca el viajero un desvío de ruta para aposentar la embarcación en un inmenso plantón de nenúfares. Nada se mueve y nada le distrae, en el sosiego de la media tarde. Pronto se apercibe el viajero de que el rosario de meditaciones surge pegado a la realidad y sin prisas, pero, también, sin pausas. No hay lugar para las metáforas ni es tiempo de echar en cara antañones prejuicios y resabios. La realidad se le presenta al viajero desnuda y de cuerpo entero, y piensa que México y los mexicanos viven un momento histórico trascendental pues afecta a lo políticoinstitucional y a lo económicosocial. Confía el viajero en que la vitalidad mexicana afronte la encrucijada con su valentía tradicional y con la mirada puesta en el futuro: un desaforado e incompleto «culto a la historia pasada» no suele ser buen consejero a la hora de analizar los problemas reales y de proyectar las soluciones más adecuadas. La realidad del México de hoy es compleja, acumulativa y exigidora en imaginación, coraje y acciones perseverantes.

Una fiesta tradicional de las comunidades indígenas del Valle de Oaxaca es la «Gualaguetza». En la majestuosa ciudad de Oaxaca, fundada en 1522 como Antequera por Pizarra y otros conquistadores enviados por Cortés, se celebra este acontecimiento festivo en el que quince comunidades del bellísimo Valle se reúnen para bailar las danzas típicas de sus respectivos pueblos. Es un encuentro cargado de esencialidad y colorido, en el que prima la generosidad, la entrega de ofrendas. Las palabras del viajero quieren sumarse, por tanto, a esta festividad, aspiran a ser una «guelaguetza» escrita desde la otra orilla.

Momentos antes de abandonar la silenciosa embarcación por la espesura de los jardines de Xochimilco ve el viajero gatear unas sombras fragmentadas y huidizas: son las sombras de los tapados, los posibles aspirantes a la carrera presidencial del año 1994. Cuando las meditaciones enhebradas con placidez comienzan a posarse en las páginas en blanco las borrosas figuras de los candidatos a Presidente de México no se han destapado ni han cobrado cuerpo, todavía. Pero las meditaciones no pueden esperar y piden paso al viajero narrador, derramándose con prontitud y poderoso aliento. Por eso el viajero no deja que se estanquen, inútilmente. Como dijo Ítalo Calvino en uno de sus cuentos «son las palabras de mis pensamientos».

Tras el parón producido por los sexenios de los Presidentes Echeverría y López Portillo, México viene avanzando a buen tranco desde 1982. El antiguo virreinato de Nueva España está en ebullición y se aprecia un decidido brillo de ilusión en la mirada de sus habitantes. También ganas de trabajar, síntoma evidente de que se quiere romper con los esquemas estatalistas y subsidiados nacidos al socaire revolucionario de 1910.

Comprobado ese impulso colectivo, produce una desagradable comezón los reiterados avisos que le propinan al viajero: ojo con beber agua del grifo; bebe sólo agua embotellada; cuidado con las comidas picantes y las ensaladas; no dejes nada de valor en la habitación del hotel; no se te olvide pagar un 10/15% de propina, que ésta no está incluida en la factura; aclara el precio de la carrera antes de subirte a un taxi y siempre tira por lo bajo, que los taxistas piden de más; mira bien antes de cruzar, que los conductores atacan a los peatones; ¡ojo!, que como te vean con cara de turista despistado te asaltarán grandes y menores, unos detrás de otros, solicitándote unos pesos.

Al hilo de los consejos y cautelas recibidos, el viajero confiesa abiertamente y sin vergüenza alguna, que en ningún momento del periplo pudo superar las abrasadoras enchiladas y demás especias picantes. Sin embargo recupera la tranquilidad cuando le viene a la memoria la frase leída en una de las deliciosas novelas de Jorge Ibargüengoitía que dice así: «Un ejército de criados sirvió los catorce platillos, todos indigestos». Las traidoras amebas pueden respirar tranquilas y a sus anchas.

Segunda A mediados del siglo pasado, los norteamericanos se quedaron, por cuatro cuartos, con un millón de kilómetros cuadrados de territorio mexicano; hoy conforman los estados de Texas, Arizona, California, Nuevo México, Utah, Nevada y Colorado. La pequeña y absurda guerra del General López de Santa Anna el héroe de Tampico y del Alamo, el llamado dictador perpetuo, tales eran los pomposos títulos otorgados por el común fue el causante del desaguisado y de colmar las apetencias norteamericanas. Su derrota ante el General Houston trajo el Texas independiente en 1836. La traca final vino de la mano del Tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848: a México «se le robó» un tercio de su suelo.

Esa inmensa tierra vacía que es el México actual 31 Estados y el Distrito Federal; dos millones de kilómetros cuadrados y ochenta y cinco millones de habitantes es espectacular y poderosamente atractiva. También es pródiga en recursos naturales y en retazos arquitectónicos, tanto civiles como religiosos, de distintas épocas. Lástima que algunos paisajes urbanos se encarguen de deslucir las piedras y los trazados antiguos. El tono agrisado de las poblaciones de aluvión, los depósitos de agua sobre las azoteas y los socavones de las carreteras secundarias, delatan que hacen falta ingentes recursos económicos, públicos y privados, por invertir en infraestructuras básicas. Gracias al Programa Nacional de Solidaridad se han dedicado, de 1989 a 1993, más de once mil millones de dólares en este renglón. Me temo que van a necesitarse muchísimos más y durante bastantes años: los mexicanos crecen al 29% anual, sin contar con los que habitan al otro lado de la frontera con Estados Unidos. Los posibles inversores se van a ver obligados a tener en cuenta que los mexicanos son un gentío… y va a continuar siéndolo en el futuro. El Secretario de Hacienda lo ha dicho recientemente con una expresión muy por lo fino: existen condiciones estructurales de atraso y segmentación que impiden que los mercados sean canales eficientes para la transmisión de información relevante y asignación de recursos. El viajero se muestra conforme con la aseveración y estímulo a que se faciliten las condiciones necesarias para su cumplimiento.

Tercera

Observa el viajero que la Prensa mexicana combate acertadamente con artículos durísimos los problemas de la higiene nacional. No es de recibo la falta de salubridad en infinidad de poblamientos, como tampoco los avispones que se hacinan sobre los alimentos expuestos en los tenderetes ambulantes.

A estas alturas del siglo no se puede admitir que los históricos zócalos -la Plaza Mayor o antigua Plaza de Armas- se conviertan en malolientes zocos: el recinto de los tres poderes no debe devenir en un costroso mercadillo de baratijas. Lee el viajero en la Prensa que el Secretario General de Gobierno aborda este problema en el casco histórico del Distrito Federal: los vendedores ambulantes serán desplazados, estableciéndose en otros lugares menos históricos y más adecuados en instalaciones.

El viajero no sabe si está hablando de la cólera de los dioses mayas o de una peculiar venganza de Moctezuma. A ello se añade el grave problema de la contaminación medioambiental, producida por el tráfico rodado. Claro que no es de extrañar viendo tanto tufo como se ve y se palpa, que los autobuses y los camiones son algo así como chimeneotas despidiendo toneladas de humos venenosos por la Avenida de los Insurgentes de la capital mexicana. Es una forma aberrante de ahuyentar al turismo foráneo y de deteriorar diariamente la salud del pasajero nacional.

Cuarta

Allá adonde ha ido el viajero, que es padre de familia, se ha enamorado de los escuincles. No ha visto niños más alegres, felices y tan bien cuidados como en México. A pesar que han aprendido de memoria la ley no escrita de la propina la piden, de tres pesos, por cantarte una canción chichimeca ininteligible los niños de México resultan deliciosos y simpáticos. ¡Y son miles y miles!.

No por sabido hay que dejar de mencionar que el vínculo familiar es un rasgo característico de los mexicanos. Gracias a ese tirón los chamaquitos se sienten queridos y atendidos, ocupando un lugar preferente en los quehaceres diarios. México cuenta con una historia antigua y una población ¡oven. Así, a voleo, el 30% de la población total tiene menos de 15 años y el 80% menos de 40 años. La mano de obra crece a un ritmo del 3% al año y se necesitan crear más de 550.000 empleos nuevos en cada ejercicio para atender la demanda de trabajo de las oleadas juveniles.

Los «escuincles» mexicanos van a ser los primeros beneficiados del montón de reformas que se están llevando a cabo en el país. Entre otras cosas aprenderán en los libros de historia planteamientos y enfoques hasta ahora inéditos. Antes se contaba la historia mexicana por cierto, una historia violenta a saltos y con grandes e improcedentes silencios, en la que casi siempre se buscaba un enemigo para echarle la culpa de todos los males acaecidos en el país. Parece ser que a partir de ahora no va a ocurrir así: las comunidades indígenas del Antiguo México no eran tan pacíficas e idílicas, como se decía, sino más bien lo contrario; el Virreinato español trajo un sinfín de cosas buenas para la nación entre otras la modernidad en muchas facetas de la vida cotidiana y no sólo la rapiña o la negra Inquisición; las guerras de insurgencia, que terminaron en la Independencia de 1821, supusieron un nuevo reparto del poder político y económico pero arreglaron pocas cosas, salvo que los criollos, liberales o conservadores, se quedaron con casi todo; las guerras de Reforma, de mediados del siglo pasado, fueron tremendas como todas las guerras civiles y en ellas Benito Juárez tuvo el respaldo de los norteamericanos para derrotar a Miramón; el gobierno del General Porfirio Díaz el porfiriato se extendió de 1876 a 1910 fue una Dictadura liberal conservadora con sus luces y sombras; y la Revolución de 1910 fue otra larga guerra civil… pero el asunto queda para otra meditación. Lo cierto es que muchos mitos de la historia mexicana, hasta ahora intocables, se están derrumbando sin atropellos, dulcemente. De seguir así la tendencia de los hoy niños mexicanos cuando sean mayores y formados de manera menos sectaria y reduccionista, y más objetivase pararán a contemplar los murales de Rivera, Orozco y Siqueiros y tal vez comenten a sus hijos que esos son los desmesurados cómics de tus papás y tus abuelitos, pero la verdad histórica es muy otra.

Tiene la sensación el viajero que la sombra de José Vasconcelos, el inventor de la «raza cósmica», el Secretario de Educación del General Alvaro Obregón, que tanto hizo por la instrucción pública mexicana, vuelve a planear sobre las aulas y los hogares mexicanos, con otro talante y un modo renovado de contar la Historia y de enfocar las necesidades y los problemas propios. México está recuperando la realidad que el dogmatismo oficial no le dejó ver: la enseñanza obligatoria se sube de 12 a 15 años; que existe un déficit de aulas en la enseñanza secundaria y el ratio de aulaalumno en la primaria pública es de 70, pues se construyen 67.000 aulas públicas nuevas y se remodelan 70.000 escuelas (periodo 8993); que la educación es fundamental para el despegue mexicano, pues se eleva el gasto público en ella (el 7808%, de 1988 a 1993); que las nuevas tecnologías son básicas, pues la oferta de centros de informática se hace masiva, viéndose sus anuncios por todas las esquinas; que sólo el 436% de los asalariados cifra de 1991 cuenta con estudios primarios pues para paliarlo se potencia al máximo la formación profesional. Además, en un país de purititos machos las aulas universitarias se ven inundadas de jovencitas que aspiran a llegar lejos, profesionalmente hablando; no hay fondos públicos bastantes para aliviar el alto índice de paro, por lo que se establece un programa de becas, a cambio del seguro de desempleo, para capacitar y recualificar a los trabajadores. Hasta hace bien pocos años en México se enseñaba y adoctrinaba con Marx en la mesilla de noche; ahora se arrumban sus catecismos y se sustituyen por los evangelios de Peter Drucker y M¡chael Porter, adquiridos a cómodos plazos. Antes se desplazaban los docentes a Cuernavaca para debatir con Paulo Freyre la educación sin escuela y ahora el Gobierno mexicano solicita recursos materiales y financieros a los empresarios para potenciar la educación. La Revolución mexicana de este final de siglo puede ser más importante y más decisiva para el país que la de 1910, con sus corridos y soldaderas: afecta a las actitudes y a la calidad de vida, y solicita la excelencia en la educación y en el l+D. Las hornadas de escuincles formadas bajo los nuevos parámetros tendrán otra mentalidad, se comportarán de un modo más moderno, y dejarán de pensar horas y horas inútiles, por otra parte en el sexo del caracol o en las ocultas virtudes de la serpiente emplumada. Pero, esto sí, continuarán enamorándose cantando las románticas mañanitas y las «bravas rancheras».

Quinta

México no es Chile, evidentemente. Pero el modelo chileno en materias económicas ha dado unos resultados tan positivos crecimiento promedio del P.I.B. del 6,1% de 1983 a 1992 que está siendo aplicado en México y otros países latinoamericanos. En el campo económico México también ha dejado de mirar hacia el pasado y se está encarando el futuro con espíritu renovado desde 1982, año en que se inició la reforma económica por el Presidente Miguel de la Madrid. A partir de 1988 el Presidente Salinas se puso a profundizar en ella, manteniendo lo fundamental. Parece claro al viajero que las reformas económicas se han comenzado gracias a que, por primera vez en la historia de México, dos economistas con vocación política y con voluntad de recuperar el rezago económico nacional, se ponen al frente de los destinos del país. Hablando del reciente cambio chileno Alain Touraine escribía hace poco lo siguiente: el gran obstáculo al desarrollo de Chile ha sido siempre el hecho de que la economía estuviera dominada por la política y el clientelismo, el sectarismo o el autoritarismo, según las épocas, que han agravado esa politización de la economía. Si esto ha sido así en el caso de Chile, país con una arraigada práctica democrática, ¿qué decir de México que lleva penando, desde 1917, los sueños igualitarios jamás alcanzados?.

Afortunadamente, en México llevan once años largos hablando de economía real y dejando a un lado el lastre de utopías trasnochadas. Entre ellas el viajero destaca su contrario: no se puede distribuir riqueza si previamente no existe crecimiento económico. Por ello el impulso reformista de los gobiernos de la Madrid y Salinas, ha sido escuchado por la ciudadanía mexicana, habiéndose ya conseguido dos hitos importantes: que los mexicanos se pongan a trabajar con ilusión y que estén convencidos que es tarea de todos resolver los problemas que el país tiene. México cuenta con profesionales excelentes, con líderes empresariales y con una clase media creciente que aborrecen la intervención estatal y sólo piensan en sacarse por sí mismos las castañas del fuego.

La modernización económica mexicana, basada en la iniciativa individual, sin desmedro de una acción social solidaria pero ágil y eficiente, propiciada desde el Gobierno, posee tres líneas básicas de acción: macroeconómica, microeconómica -«el lado difuso del desarrollo», -según un ilustre economista y de actitudes. A pesar de contar con una Administración Pública, unos administradores públicos y unos administrados habituados al proteccionismo y a los subsidios gubernamentales y partidistas -los del P.R.I.- la triple dimensión de la Reforma económica está sacudiendo el país, de arriba abajo, aunque el proceso de reajuste estructural en curso tardará tiempo en consolidarse y beneficiar a todas las capas sociales. Un dato fundamental de esta Reforma: se ha puesto el acento en el cambio radical en la filosofía del gasto público, abandonando la actitud paternalista del Estado y la toma de decisiones en forma centralizada. El ajuste estructural va de la mano de la descentralización económica y administrativa y todo ello aceptando un régimen comercial abierto, con fomento de las exportaciones industriales más diversificadas y con mayor valor añadido.

Como resultados concretos de esta nueva Revolución mexicana merece la pena señalar los siguientes: rebaja de las tarifas arancelarias del 45 al 911% promedio; eliminación de las barreras no arancelarias y firma de acuerdos de libre comercio; la inflación que desciende del 200%, de 1987, al 7% en 1993; déficit público del 16% del P.I.B., en 1987, a un superávit del 06%, en 1992; la deuda pública neta pasa del 62,4% del P.I.B., en 1988, al 25%, en 1992; la entrada de inversiones extranjeras del orden de los 24.000 millones de dólares en el período 19881992, de los que 23 fueron a parar a la industria y el 20% al sector turismo; y las privatizaciones de empresas públicas (en 1982 había 1.155 y en 1993 quedan 214), mediante ofertas públicas transparentes y dedicando los 21.000 millones de dólares obtenidos de las ventas a aminorar la Deuda Interna.

Un elemento clave de las reformas llevadas adelante ha sido la reiterada disposición y dedicación al diálogo, es decir, aquéllas son consecuencia directa de los pactos alcanzados a tres bandas (gobierno, empresarios y sindicatos): el Pacto para la estabilidad y el crecimiento económico y el Pacto de competitividad y productividad, en ambos casos sector por sector, y teniendo en cuenta siempre unos objetivos de diversificación, de desregulación y desintervención, de simplificación administrativa, de liberalización y mayor competencia, de mayores flexibilidad, eficiencia y productividad, y de poner coto a los monopolios vienen del Virreinato, en un marco de compromiso general y responsable. Y como herramientas insustituibles de tan ambiciosas operaciones se mencionan cuatro: la reforma fiscal (de I.R.P.F. y Sociedades), la reducción del tamaño del sector público, la renegociación de la Deuda Externa y la reducción de la Deuda Interna, teniendo por sustrato ideológico la economía de mercado corregida. Obviamente, en el recorrido se llevó acabo la reforma constitucional de 1991, por la que se puso punto final al artículo 27 relativo a los ejidos abriéndose la posibilidad de su expropiación.

Con esta Revolución desde arriba y pactada, que ha generado grandes expectativas dentro y fuera del país, México se encuentra en la necesidad de adentrarse por la senda del crecimiento económico sostenido y no inflacionario. Un crecimiento razonable del 3% del P.I.B. al año no es suficiente para que este seísmo económico cuaje en el tiempo y sin sobresaltos sociales y derrumbes empresariales: el P.I.B. mexicano necesita alcanzar una media del 6% por año como en el caso chileno. Por lo tanto el sucesor de Salinas tendrá ante sí un doble desafío: crecimiento económico elevado y democratización política con estabilidad. Y esto lo remacha el viajero porque a su juicio la cantidad es un elemento clave en la economía mexicana y, consiguientemente, en la consolidación de tan osada Revolución. Para entenderlo el viajero facilita unos cuantos datos: en el período 19881992 se crearon 1.303.146 nuevos empleos, un 14% más; los trabajadores cotizantes a la Seguridad Social se situaron, al cierre de 1992, en 10.104.105 y el Instituto Mexicano de la Seguridad Social atendía, a esa fecha, a más de 40.000.000 de mexicanos, número casi igual al que vive en el límite de la pobreza, situándose el 70% del mismo en el campo. El agromexicano contribuye al P.I.B. con el 7% y ocupa el 23% de la mano de obra total, siendo México importador neto de maíz y trigo (sólo se cultivan 20 millones de hectáreas de los 196 millones de hectáreas cultivables, de las que 50 millones se dedican a bosques). Parece claro al viajero que a ese otro México hay que atenderle con prontitud e ingentes recursos de todo tipo, especialmente los formativos.

Sexta

La relación mexicana con el vecino de la frontera Norte ha sido complicada, históricamente. Y no sólo por la aplicación de la bochornosa Doctrina Monroe. Ya desde 1821, año de la Independencia, se comenzó a cultivar la amarga flor de la xenofobia antigringa, por aquello del miedo a la predominancia de Estados Unidos. Aparte de la ya mencionada expoliación de un tercio del territorio mexicano por los norteamericanos, un manojo de estos ciudadanos avispados labraron a mediados del siglo pasado, gigantescas fortunas personales con sus inversiones en el sector petrolífero de México: Guggenheim, Hurst y Pearson son algunos de sus nombres.

Durante la llamada «Pax porfiriana» algunos influyentes promotores estadounidenses obtuvieron concesiones para construir y explotar las líneas de ferrocarril, revitalizar la minería y desarrollar determinadas zonas agrícolas. En pleno fragor revolucionario Theodore Wilson colocó a los marines en Veracruz y apostó por Pancho Villa, pero al fin tuvo que reconocer a Don Venustiano Carranza como Presidente… si bien enviaría otra expedición de castigo a Chihuahua que traería cola, pues en 1919 Carranza se doblegaba ante las Compañías petroleras. Las expropiaciones petrolíferas llegarían con Lázaro Cárdenas, en 1938, y el sentimiento antiyanki había adquirido la categoría de cruzada nacional. Pero el futuro de México y de la reforma en curso depende en una proporción decisiva de Estados Unidos. De una parte, el 70% del comercio exterior mexicano se hace con ellos y el 8% de la inversión total se materializa en las plantas ensambladoras o maquiladoras, linderas al dominio norteamericano. Dentro del realismo con que está actuando el Gobierno mexicano, la firma del T.L.C. o Tratado Libre Comercio entre los tres socios Canadá, México y Estados Unidos, se considera esencial por varios motivos: se superarían los prejuicios norteamericanos; se enterraría definitivamente la parte obsoleta del bagaje revolucionario; se harían imparables las reformas económicas internas puestas en práctica; se apuntalarían con suficientes medios financieros las reformas sociales; y el sueño del crecimiento económico sostenido, podría hacerse realidad con sus repercusiones favorables en el empleo, en la inversión 23 de la total procede de Estados Unidos, en el comercio intrazonal y en la renta per cápita de los mexicanos, situada actualmente en el entorno de los 4.000 dólares.

Esto del T.L.C., es como un síndrome nacional para los mexicanos y con razón. Raro es el local que en un momento de la conversación deje de mencionar u olvide el T.L.C. y las expectativas creadas en su torno. México y los mexicanos se juegan muchísimo en la operación: Todas las partes implicadas están de acuerdo en la bondad y en la necesidad de suscribir el Tratado… salvo algunos sindicalistas proteccionistas y ecologistas utópicos norteamericanos. La última palabra la tiene el Congreso de Estados Unidos, más concretamente un sector de la bancada demócrata que, por razones muy personales de clientela local, trae de cabeza al Presidente Clinton y destroza el descanso nocturno del Presidente Salinas. Piensa el viajero que el asunto del T.L.C. más que un síndrome es una pesadilla y, como tal, incómoda y desabrida, fomentada por unos insensatos un tanto paletos que no tienen en cuenta porque lo desconocen el curso y las necesidades de la Historia. El vudú aislacionista de Ross Perot se compadece mal con el libre comercio, afectando a América Latina en su conjunto.

Séptima

Cree el viajero que México está corriendo un marathón titulado «a la búsqueda del tiempo perdido», pero que no tiene nada que ver con el moroso y detallista caudal novelesco del ilustre Proust. Uno de los aspectos de la carrera tan particular, en un país de profunda religiosidad popular y sincrética, se refiere a la recuperación de las relaciones Iglesia Católica-Estado mexicano, rotas desde la Constitución Liberal de 1857, por la que quedó abolido el catolicismo como religión del Estado. La Carta Magna de Benito Juárez fue seguida, en 1872, con varias leyes anticlericales: la Ley Lerdo de Tejada nacionalizó todas las propiedades eclesiásticas; se introdujo el matrimonio civil y se expulsó a una gran parte de las órdenes religiosas, las Hermanas de la Caridad incluidas. Por la Constitución de 1917 se decretó la enseñanza laica obligatoria, prohibiéndose, además, todo acto público religioso y el derecho de la Iglesia a la posesión de templos, urgiéndose, mediante la Ley Calles, de 1924, el cumplimiento con la amenaza de fuertes sanciones. Todo este ordenamiento legal se producía en una nación en la que, según el dicho popular, el 90% es católico y el 10% restante son curas.

Las dos visitas Papales de 1979 y 1990 sirvieron para facilitar el inicio del cambio en las mal avenidas relaciones y que dejaban mal sabor de boca en la sensibilidad de los mexicanos. Se abrió, así, una nueva etapa muy diferente a la anterior, tan cargada de anticlericalismo que, curiosamente, $e había iniciado con la insurgencia de dos clérigos seculares Hidalgo y Morelos, en 1810, bajo la enseña Viva la Virgen de Guadalupe; abajo los gachupines. A medio camino quedaba la guerra de los cristeros, de 1926 a 1929, llena de crispación y sembrada de muertos.

La última visita Papal a Mérida, de agosto de 1993, se efectúa bajo la impronta de varios hechos principales: el reconocimiento jurídico de la Iglesia aprobado mediante la reforma Constitucional del artículo 32 de 1991; el establecimiento de relaciones diplomáticas, entre la Santa Sede y el Estado mexicano, de 1992; el preocupante aumento de las sectas protestantes y evangélicas en territorio mexicano, concretamente en el sureste, que han comprado ya, con dólares contantes y sonantes, al 49% de la población mexicana; y la necesidad imperiosa que tiene la sociedad mexicana de contar con un mayor número de escuelas privadas, regentadas por órdenes religiosas, con larga experiencia en la educación de promociones de mexicanos desde que pusieron los pies en el suelo de México, allá por 1.519. Ahora el diálogo entre Gobierno e Iglesia ésta como Asociación religiosa es fecundo. Paso a paso, se está favoreciendo el reencuentro con temas prosaicos pero de largo alcance: la obtención del registro federal inmobiliario de los 1.014 templos propiedad de la nación; el trámite legal para el Registro Federal del Contribuyente; la obtención de la exención del impuesto predial de los templos y la de los ingresos de los sacerdotes, quedando libres de gravamen los ingresos por limosnas; y, por último, el otorgamiento de validez oficial a los estudios en los seminarios. Mientras se dialoga y, probablemente, se pacte en fechas próximas, los miles y miles de escuincles se apiñan en aulas públicas repletas, pero de dudosa capacidad educativa. El empeño de este esfuerzo conjunto Estado mexicano e Iglesia merece la pena, ya que supone dejar a un lado y para siempre la obsesión de las manos muertas, pues, lo que México necesita es contar con mano vivas que se pongan a trabajar de verdad y de forma sostenida.

El viajero confía en la sabiduría e inteligencia de las dos partes; también en la habilidad y generosidad recíprocas. Todo, antes que se produzca de nuevo lo que la letra de una ranchera inmortal de Cuco Sánchez dice: «también el Cristo se puso a llorar».

Octava

Si con la insurgencia de 1810 los discursos políticos alborotados comenzaban a desplazar a los sermones recitados desde los pulpitos, con la Reforma de 1857 y, sobre todo con la Revolución de 1910 se dió paso a la sacralización de la ideología. De tal punto es así, que los mensajes que aparecen hoy en los carteles y en las pintadas de las tapias de los pueblos más insignificantes de México constituyen para el viajero el resto arcaico de consignas políticas, elevadas a la categoría de lo sagrado. Por raro que parezca o suene, al viajero, cuando los veía, le volvía a habitar la sensación de hallarse en lugares colmados de una rara atmósfera, muy parecida a la época del franquismo puro y duro, bajo la estólida y muda presencia de las antenas de televisión sobre los tejados. Es opinión del viajero que en México coexisten el culto a la cargazón del pasado revolucionario y el frenético deambuleo de la cultura de la imagen. Probablemente, ésta terminará por enterrar al primero, aun cuando el viajero confía en que no sea a base de concursos y culebrones, como tampoco con la ayuda de los telefilms estadounidenses, plagados de violencia gratuita, sexo sin amor y familias rotas. Y como comentaba un personaje novelesco: el entierro es la parte más terrible de la victoria, los entierros de ideologías fuera de época hay que hacerlos con respeto y piedad.

Están desapareciendo muchos «tics» y modos de actuar en la política mexicana. El viajero piensa que para bien, porque ha apreciado que los mexicanos están ya bastante hartos de las viejas mañas políticas y aspiran a la modernidad en todas sus modalidades y formatos. El mexicano es corajudo y, de no mediar un contratiempo significativo, seguro que lo conseguirá más pronto que tarde.

El déficit democrático que arrastra el sistema político mexicano es histórico. Con la suma de la independencia de España, las pugnas de criollos liberales y conservadores, las guerras de Reforma, el prolongado porfiriato y la Revolución, ese vacío no se logró llenar. Es más, las pugnas de los generales revolucionarios que cristalizaron en la Constitución de 1917 la primera socialista del mundo sirvieron para tapar la posible olla democrática; la creación del Partido Nacional Revolucionario, en 1929, contribuyó a cerrarla a cal y canto, y convertirla en un Partido Revolucionario Institucional, el P.R.I., en 1946 en 1938 se le denominó P.R.M. de la Revolución Mexicana, teniendo a la sazón por el primer mandatario a Manuel Avila Camocho. El México revolucionario acabó transformándose en una burocracia partidista y centralizada que controlaba toda la vida mexicana hasta las parcelas más ínfimas, incluyendo, claro está, las Administraciones Públicas, los servicios de seguridad, la Justicia, la Prensa y los Sindicatos (mediante la Confederación de Trabajadores Mexicanos, en 1938, teniendo por líder a Vicente Lombardo Toledano y bajo la Presidencia de Cárdenas). Todo el sistema político nacional quedó, hasta hace bien poco, bajo el inflexible control del omnipresente P.R.I.

Los primeros y tímidos pasos de vertebración democrática fueron dados en 1989 con la creación del Código Electoral, mediante una reforma de la Constitución vigente, aprobada por el 85% de la Cámara de Diputados, es decir, por cinco de los seis partidos en ella representados. Así y todo, queda mucho por rectificar todavía, aun cuando el Gobierno Salinas parece que está decidido a reactivar el proceso democratizador, conducente, vía diálogo y consensos puntuales, a una reforma en serio del sistema.

El que los altos dirigentes del P.R.I. manifiesten que andan buscando crear vínculos con la sociedad civil y el que se propongan y aprueben una serie de reformas constitucionales que abundan en la flexibilidad y apertura democráticas el principio de representación proporcional en la Cámara Baja; la configuración del Senado, con tres escaños por Estado, el otorgamiento de autonomía al Tribunal Federal Electoral; la fijación de topes de los gastos de las campañas electorales; la creación de la figura del observador electoral independiente; y el establecimiento de las reglas de financiación pública y privada de las campañas de los partidos políticos muestran el coraje y la determinación gubernamentales, de cara a las elecciones de 1994, en sacudirse el lastre corporativista y centralista del P.R.I. Este se creó como una maquinaria de poder, tanto para ganar las elecciones y controlar el Estado, como para considerar que los poderes legislativo y judicial eran meros apéndices del Ejecutivo que, a su vez, asumía el cargo por delegación del P.R.I. Era el clásico sistema de cooptación subliminal, en el que la lealtad ideológicopartidista primaba sobre cualquier otra consideración o categoría. La gigantesca y omnívora burocracia que es el P.R.I. contaba, además, con todos los medios de comunicación del país para canalizar su propaganda con alarde y grandes palabras, muchas de ellas vacías.

Pero en México todavía hay que leer entre líneas los periódicos. Los cambios que se están operando son profundos y los impulsores de los mismos deben ir con cuidado y mucha paciencia: setenta años de impunidad partidista son muchos años y muchos tinglados corruptos que desmontar. Aunque las diferencias internas no aparezcan a la luz pública, los resabios y las resistencias de los llamados dinosaurios ante lo nuevo, se están produciendo. Después de tantos años de vender una imagen pseudoprogresista y uniforme la del P.R.I. ponerse a predicar la democracia real resulta bastante complicado y azaroso, cuando menos.

Por ello cuando el viajero lee en la Prensa las advertencias presidenciales a los comerciantes acceder a la nueva era de la competitividad con responsabilidad y plena conciencia; a comprender que tienen frente a sí el reto permanente de modernizar sus sistemas administrativos de mercadeo y distribución; a profundizar en la desregulación, para evitar trámites innecesarios que no hacen sino afectar la actividad comercial se pone a pensar con cierta retranca tal vez sea un atavismo antitotalitario en los mensajes, pues considera que al buen entendedor con pocas palabras le bastan: todo esto también va dirigido y afecta ¡y de qué modo! al P.R.I. Al viejo y anquilosado P.R.I. se le están moviendo los cimientos bajo sus pies, precisamente a causa de su falta de modernidad y escasa capacidad de adaptación a los fuertes vientos de la historia política y económica que hoy soplan por doquier. Como institución partidista monolítica que se ha estado recreando en el culto al pasado, el P.R.I. soporta con dificultad las aguas poderosas que circulan por los innumerables canales de la sociedad mexicana, exigiendo modernidad real y un futuro promisorio para todos los mexicanos y no sólo para los priístas.

Novena

Este apasionante y lleno de zozobras fin de siglo se está encargando de desmitificar de modo abrupto muchos contenidos históricos, considerados, hasta hace bien poco tiempo, como modélicos y espejos donde mirarse: el régimen soviético, la Revolución cubana, la socialdemocracia sueca, etc. La pérdida de fuelle de los logros de la Revolución mexicana, sin embargo, y dejando a un lado la implacabilidad de los datos económicos que los cuestionan cruelmente, hace que se halle en una fase de catarsis amplia y profunda. De una parte, el grupo modernizador del P.R.I. está rebajando con habilidad muchas de las utopías, sustituyéndolas con pragmatismo y visión de futuro. Y de otra, los intelectuales mexicanos, orgánicos o no, liberales o estatalizadores , aceptan debatir de manera sincera y abierta no sólo los fundamentos mismos de la Revolución sino también los éxitos y los fracasos obtenidos al calor de ella durante su dilatado y no siempre uniforme trayecto. Al viajero esta capacidad autocrítica sobre la vaca sagrada que era la Revolución le llena de satisfacción por cuanto se realiza no de modo airado y maniqueo sino pacíficamente y en bien del interés general de México y los mexicanos. Cree el viajero que la televisión mexicana está jugando un papel decisivo en el revisionismo de la Revolución, puesto que está permitiendo que los intelectuales aparezcan ante las Cámaras y divulguen sus opiniones a favor o en contra, de este suceso trascendental de la historia mexicana. De todas formas, parece claro que cuando la introspección se endurece y no se realiza conforme al espíritu de la época, puede convertirse en dogma, terminando por morir de manera inanimada.

El viajero tuvo la suerte de presenciar uno de ellos y realmente salió impresionado por la libertad con que los intelectuales se pronunciaron. A vuela pluma, el viajero recuerda algunos de los comentarios que se alejan bastante de la metáfora manida y se ajustan a la realidad de lo ocurrido y no sólo en la etapa revolucionaria, sino abarcando hasta el periodo prehispánico. Veamos primero esto último: el centralismo fue una respuesta a la pluralidad de México; los mexicas lo intentaron a través de la fuerza de las armas, pero nunca llegaron a constituir una verdadera base sólida e ideológica para poder sustentarlo; Tula era un Estado militar y un modelo para los aztecas con su espíritu de conquista militar y, también, con la ciudad de Quetzalcoatí, con relevante papel en la mitología azteca. Según las investigaciones de toda suerte se perfeccionan, un dato se presenta con nitidez: Mesoamérica no era un paraíso y precisamente, y su idealización ha resultado perjudicial, ahistórica.

Por lo que respecta a la Revolución, los pronunciamientos recientes de intelectuales e historiadores, constituyen una auténtica sorpresa. Veamos unos cuantos: no se debe suprimir a los adversarios, sino buscar el diálogo para alcanzar la democracia, no alcanzada en el siglo XIX ni en el XX; el libro de texto en México es importante, pues es un país necesitado de cohesión social nacional y sin énfasis nacionalista corre el riesgo de descomponerse… pero los libros de texto surgieron en México como en Francia de manera politizada; es necesario abrirse a una legitimidad nueva, no ya la carismática, la de los caudillos o la de la Revolución, sino la de las leyes y los votos; los gobiernos postrevolucionarios se han legitimado porque no hay otra vía, como es la del libre juego de partidos; una de las promesas incumplidas, además de la justicia social, es la democracia, ya que se cambió el centralismo de Porfirio Díaz por el partido del Estado; el movimiento armado de 1910 dió estabilidad, pero acabó con la inidativa, instituyó la corrupción y la mentira, pero evitó las dictaduras militares y las grandes catástrofes europeas, como la llegada de Mussolini, Hitler y Stalin.

Vistas y oídas tales afirmaciones, macro y micro históricas, y tan desapasionadas, el viajero piensa que México camina por la buena senda: la vida y la historia de los pueblos no son estancas y las naciones son cuerpos vivos, es decir, dinámicos y mudadizos, lo más lejano a los dogmas, al anquilosamiento y a la exclusión del otro. Hacen bien los intelectuales e historiadores mexicanos, en despojar su Historia nacional de la máscara que ocultaba su auténtico rostro, y ello sin el empleo de la televisión basura. Con las llagas todavía abiertas de los sucesos de la plaza de Tlatelolco, acaecidos en 1968, han comenzado a surgir higiénicas y fuertes corrientes de opinión que consideran que todos los males mexicanos no son de responsabilidad exclusiva de los gachupines voraces y codiciosos ni de los gringos imperialistas.

Décima

El viajero abandona reconfortado el paradisíaco paraje de Xochimilco. La última meditación mexicana que se le viene a la pluma coincide con su paso por el colonial adoquinado del barrio de San Angel, tan cargado de sabor y estilo. No puede por menos que echar mano de un recuerdo histórico de su patria: todos los días 2 de enero de cada año los granadinos se concentran en la plaza del Ayuntamiento para asistir a la tremolación del pendón de Castilla, enarbolado por el titular de la Villa, que pronuncia las palabras del ritual. Es la fiesta que conmemora la entrega de la llave de la ciudad por Boabdil a los Reyes Católicos en 1492, poniéndose, así, el punto final a siete siglos de Reconquista. Tanto los granadinos como el resto de los españoles asumimos con gusto las aportaciones de toda suerte de los árabes, al igual que la de los iberos, los celtas, los fenicios, cartagineses, los judíos aunque fueron expulsados varias veces, los godos y visigodos, los franceses y, por supuesto, los romanos que permanecieron más de 600 años en nuestro suelo. España es una sociedad mestiza, como lo es su cultura y su historia. El mestizaje, si está asumido colectivamente, enriquece y abre nuevos y fecundos horizontes a las naciones. Mucho de este espíritu de mestizaje lo trasladamos con vigor a México. Como testigos mudos pero implacables de la síntesis, allí se ven, aparte de la lengua y la religión, esos fabulosos edificios civiles y religiosos que fueron levantados con el correr de los siglos, y muchos de ellos incorporando elementos indígenas. La cultura y la historia de México son mestizas; son elaboraciones fusionadas y sincréticas.

La fiesta del «grito» de 15 de septiembre de los años mexicanos, posee un carácter rupturista con la dominación española. Desde hace siglo y medio se viene celebrando en la balconada de todos los municipios como encendido homenaje a los autores de la insurgencia: Hidalgo, Morelos, Allende, Aldama, Josefa Rodríguez, la corregidora de Querétaro, ciudad fundada en 1.531 por D. Fernando de Tapia, Pipila el héroe de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato, etc. Todos ellos criollos, es decir, hijos de españoles nacidos en México. La coincidencia de fondo que existe entre la tremolación y el grito es clara; además, ambas fiestas poseen un preminente rango popular.

Pero el viajero no cree que deba finalizar estas diez meditaciones mexicanas sin consignar la frase que sus cansados ojos leyeron en la pared de ladrillo rojo de un jardín de infancia, situado en la entrada de la acogedora y bien trazada villa de San Miguel -ex-el Grande- de Allende, fundada por Fray Juan de San Miguel, en 1542, con el nombre de Itzcuinapan y vuelta a fundar, en 1555, por don Ángel de Villafañe, a instancias del virrey don Luis de Velasco. La pintada rezaba así: «Yo creo en México». Está seguro el viajero que durante el curso escolar los escuincles allendinos se paran todos los días para deletrear orgullosos el hondo significado de la propuesta. El viajero se suma a la operación y afirma sin rebozo alguno: «Yo también creo en México». Su ferviente deseo es el de, como se titula una canción inolvidable de José Alfredo Jiménez,Ojalá te vaya bonito… México y los mexicanos.

El esplendor de la verdad

El binomio libertad y verdad ofrece hoy a pensadores, sociólogos y políticos abundante materia de reflexión. Esclarecer el sentido de tales conceptos, determinar sus fronteras es un empeño comprometido, pero imprescindible en nuestra sociedad actual.

Descubrir que se vive, intentar hacerse cargo de la propia vida, confesar que -y como- se ha vivido, son etapas a través de las cuales el ser humano persigue aunque no lo pretenda su propia identidad. Y el método que emplea para ello siempre es el mismo: mediante el análisis y la reflexión quiere más claridad y más seguridad, la potenciación del mundo objetivo y del subjetivo. Todavía otra cosa: el buen enlace de los dos. Es decir, busca la verdad. Ella significa la quintaesencia de la vida y del reposo, de la tranquilidad. Es la luz y la paz.

Pero nos damos cuenta inmediatamente de la dificultad con que se nos presenta. La posesión de la verdad nos daría, sin duda, la felicidad, pero, ¿quién puede alardear de haberla hallado? En este punto empiezan a dividirse los espíritus. Las posibilidades son múltiples.

En primer término aparece la conciencia vulgar o perezosa. Como es difícil, renuncia. Su lema implícito es el conocido «hay que vivir», el cual representa, sin duda, un imperativo perentorio. Si hubiese de esperar a encontrar la claridad y la seguridad para desarrollar su existencia, teme que no empezaría nunca a vivir la vida, o que, al menos, tardaría mucho en hacerlo. Pero la vida no puede esperar, está ahí, he de vivirla. Esa es, pues, la prueba irrefutable según parecey, por consiguiente, la verdad de la conciencia vulgar: el sentido de que la vida no puede esperar es afirmado (constituido, por tanto, en dogma) y el resultado no puede ser otro que la relativización de la claridad y la seguridad. Da lo mismo que lo vea más o menos claro, eso es circunstancial, no tiene valor definitivo. Lo que cuenta es vivir. Incluso si hubiese algo último y seguro, lo importante es que no me es posible hacerlo relevante para mí. No es preciso, por ello, negar la existencia de un Dios que me pudiera dar la felicidad.

Es más, no hay ni motivo ni interés en cargarse, en tomar sobre sí, una tal afirmación. ¿Por qué afirmar lo que no sabemos? Así pues, la conciencia vulgar tiene un ateísmo práctico, que se basa en un agnosticismo teórico.

No hay que pensar que la mencionada conciencia sea afílosófica o antifilosófica. Lo que acabamos de ver muestra precisamente lo contrario. Pero parece, efectivamente, no serlo, porque cierra el paso a la posibilidad de proseguir filosofando. Cuando alguien vive al minuto -como tantos hoy- se ríe de los filósofos y de la filosofía, pero no podría hacerlo con tan inmensa seguridad si no fuera porque él ya sabe toda la filosofía que tiene que saber. La ha cerrado ya. Reírse es relativizar, pero sólo se puede relativizar desde una posición absoluta.

Hay otra forma de conciencia vulgar que es la que se aferra a una fe religiosa porque sí, porque le hace falta, o le parece bien, sin entrar en mayores dibujos ni profundizaciones. Tiene muchos puntos en común con la anterior y ha sido encarnada, históricamente, por un gran número de personas. Es también una conciencia perezosa. Buscar la claridad y la seguridad últimas sería muy complicado y por ello, precisamente, la religión es un instrumento estupendo: con creer en ella me evito todos los problemas. Pero no todos, porque la fe tiene una forma determinada, y, por ello, me encorseta en cierta medida. El arreglo se busca por dos caminos. De un lado, una moral de mínimos: hasta donde puedo llegar. De otro, el recurso a la debilidad del hombre y a la bondad de Dios. El perdonará.

Como se ve, también aquí -exactamente como en el caso anterior- hay una filosofía que cierra el paso a toda prosecución filosófica.

Frente a la conciencia vulgar aparece la que comúnmente se presenta como filosófica en forma explícita. Ella decide proseguir. Ahora bien, esa continuación se puede hacer principalmente de dos maneras: por modo de justificar, en el fondo, el punto de vista de la conciencia vulgar, o mediante el esfuerzo efectivo por encontrar la verdad.

Actitud negativa

Se trata de dos estilos muy diferentes, cada uno de los cuales sobre todo el primero tiene maneras diversas de presentarse. La clave de la distancia está en la actitud diversa frente a la negatividad.

Cada intento de justificar la conciencia vulgar se tiene que apoyar -aunque lo quiera esconder, el que desarrolla esta estrategia más profundamente es F. Nietzsche- en una cierta superioridad de lo negativo. Lo negativo me puede constitutivamente, en mi presunta relación con la verdad: no puedo, no tengo posibilidad de llegar a alcanzarla. El ser humano es así una miseria o desgracia constitutiva, pero no -según esta teoría- porque no pueda de ningún modo alcanzar la verdad que, en el fondo, anhelaría, sino simplemente porque la única verdad es que no existe la verdad como positividad, como cumplimiento o plenitud. No queda entonces más, como queda dicho, que reconocer el dominio de lo negativo: somos -y toda la realidad también lo es- débiles, limitados, finitos.

Aquí aparece un sentido peculiar de la libertad y de la disposición fundamental ante la vida, que son muy característicos y distintos del de la conciencia que pretende ser verdadera. La libertad no está entendida como un dominio sobre la propia vida en general. Esa es la tesis católica: puedo decidir aunque sea Dios el que concede ese poder salvarme o condenarme. Esto no tendría sentido, pues nadie puede nada según esta teoría sobre su vida en general. Ser libre significa aquí poder hacer en cada instante lo que yo quiera, aunque ese querer no sea él mismo libre frente a las determinaciones psicofísicas, sociales, etc., que sufre. Llevar con dignidad y sin coacciones añadidas, innecesarias mi propia finitud y limitación: ese es el ethos y el pathos que, desde Platón, al menos, se llamó democrático, propio de demos. El demos era el pueblo en el sentido del vulgo, es decir, del conjunto de personas que no luchan por alcanzar una plenitud o perfección, que sería la verdad.

Filosofía política

Nos encontramos frente a uno de los puntos cruciales de la discusión cultural de los últimos siglos que no sólo de este momento. El éxito social de la teoría política democrática ha sido grande, y los propios escritos eclesiásticos la han bendecido de modo progresivo. Pero la cuestión es qué antropología y qué filosofía política subyacente en un sistema político determinado reaparece cada vez que se agudiza la conciencia de crisis social.

El tema es de largo alcance. La política de cada día se hace con acuerdos y una buena dosis de pragmatismo. Pero cada político tiene -implícita o explícita- una filosofía de base, a partir de la cual procura orientar sus acciones. Las diferencias en este punto se hacen prácticamente relevantes cuando, como queda dicho, llega la crisis. En nuestros días, en concreto, a través del concepto de moda: corrupción.

La encíclica que lleva por título «El esplendor de la verdad» conecta con un estilo que es característico de la tradición filosófica de inspiración católica los problemas sociales y políticos, y remite a los errores morales para dar una explicación última de ellos.

La tesis fundamental es que la democracia no debe basarse en la moral del demos lo que aquí se ha llamado conciencia vulgar si quiere subsistir y mejorar, sino en la de la verdad y perfección. Es cierto que el objetivo del escrito papal -así está expresamente manifestado- es el de aclarar algunos puntos fundamentales de la moral. Pero no es menos cierto que el peso específico y la importancia de las actitudes y tesis morales reprobadas, que amenazan la estabilidad interna de la Iglesia, se debe a que ellas se armonizan perfectamente con la interpretación más generalizada del espíritu democrático, el cual es hoy, sin duda, un dogma indiscutido en el Occidente. Ahora bien, lo que esas tesis pretenden es, justamente, forzar a la Iglesia a aceptar esa interpretación del espíritu democrático.

A mi juicio, no darse cuenta de esto es lo mismo que no percibir lo que hay en juego. El capítulo II de la encíclica -que encierra las objeciones principales contra algunas doctrinas morales justificativas de la conciencia vulgar, sobre todo el consecuencialismo, el proporcionalismo y el teleologismo- va dirigido no contra filósofos o líneas doctrinales de gran calado, sino contra teólogos morales actuales de larga influencia en los medios católicos. Lo más significativo es el título de ese segundo capítulo: «No os conforméis a la mentalidad de este mundo» (Rom. 12,2). La mentalidad de este mundo es la conciencia vulgar, justificada o no.

Lo que hay -en último término- en discusión son cuestiones apasionantes, de gran belleza, interés y relevancia teórica y práctica para la vida humana. Sería una maravilla el poder discutirlas a fondo y con serenidad, pero eso resulta ahora difícil. Una de las razones de esa dificultad es la escasez de pensadores católicos que entren a esos temas con profundidad y fuera de los clichés al uso. Esa escasez está forzando cada vez más a la autoridad eclesiástica, primero en materias de doctrina social y ahora por primera vez en cuestiones morales, a intervenir directamente.

Siempre el problema es la finitud, la limitación. Estamos limitados por un horizonte, por las fronteras de una teoría, por el conflicto de nuestros deseos, por la imposibilidad de captar el fin último, etc. Y ese problema incide en otro -que es un leitmotiv de la encíclica-, a saber, el cambio de significado del término naturaleza. Sí para el pensamiento católico la naturaleza es la disposición dinámica, la tendencia a un fin -al menos, último-, pues desde una limitación o negatividad congénita, nada positivo y definitivo puede haber al final. Así pues, desde un fin último considerado como verdadero, todo lo demás se coloca en orden a él: hay un orden general, y él es lo racional, lo verdadero mismo. Pero si no hay fin último, no hay ningún orden objetivo.

Este tema es un lugar común de la tradición filosófica de inspiración católica. La encíclica lo vuelve a subrayar con trazos firmes. Rechaza que la conciencia pueda encontrar su identidad en diálogo reflexión consigo misma, y afirma que sólo lo puede hacer mirándose en el espejo de la naturaleza, es decir, en último extremo, en Dios, fin final y autor de dicha naturaleza a El ordenada. Descalifica, en resumen, cualquier tesis en favor de una autonomía de la conciencia individual. Las intenciones son siempre de un sujeto, pero si no están ordenadas según naturaleza se convierten en meramente subjetivas o «subjetivistas», como se les llama, no porque carezcan de objeto -toda intención persigue algo- sino porque no persiguen un objeto dado por naturaleza. Ese es el sentido del objetivismo moral defendido por la encíclica con referencia explícita a Tomás de Aquino.

La argumentación en favor del objetivismo moral se despliega a través de los dos momentos de la metodología clásica. Por un lado, se alude de diversas maneras a las dificultades y contradicciones de la posición contrario. Por otro, se exponen positivamente las claves de la propia tesis.

Desde el punto de vista moral, el principal problema de una conciencia que no se orienta a la verdad es muy simple, a saber, que no puede evitar la desesperación; lo más que puede es intentar olvidarla. Pero en este punto no se insiste. Más bien la referencia -característica de los últimos escritos eclesiásticos en general- va dirigida a los grandes temas de la llamada modernidad. La libertad fuera de la verdad -un verdadero ritornello- de la encíclica se anula a sí misma. Este tema -para emplear terminología filosófica- es bien claro en sí y apenas aceptado hoy por el común de las gentes. Una libertad desconectada de la verdad no puede realizar eficazmente ninguna de sus características propias. Si no conoce la verdad no puede ser duéña de sí misma; tampoco puede orientarse, y queda encerrada en sí; y, por último, la propia desesperación causada al comprobar ésta su desgracia, la paraliza.

Libertad y verdad

Aquí es menester, a mi juicio, señalar que desde el punto de vista técnico la situación es hoy bien difícil, sin embargo, para la defensa de la ecuación verdad-libertad, debido a la terminología filosófica al uso, totalmente temporalista. Incluso Tomás de Aquino que, desde luego, permite bien esa defensa, es interpretado sobre todo aristotélicamente y, a su vez, el aristotelismo -no del todo sin razón- de manera «estrictamente científica». Ahora bien, está claro que el tema citado como tantos otros relativos a la dogmática católica sólo es comprensible con categorías platónicas. Cualquiera puede asombrarse de la profundidad con que Proclo, por ejemplo, -un platónico, aunque no cristiano- explica por qué la máxima libertad se encuentra en la máxima obediencia (a la verdad).

Se pone de relieve también otra herida de la modernidad: la dialéctica inevitable del poder -y poder totalitario- que una idea de libertad sin apoyo que la verdad lleva consigo. Si no hay verdad, no hay criterio para la propia acción. En esas condiciones el que no busca imponerse es un tonto. No hay alternativa, como ahora se acostumbra a decir, posible a ello. La guerra que surge de ahí tema característico de la filosofía política moderna sólo se soluciona con un Estado totalitario. La situación política actual totalitarismo encubierto del Estado y los deseos generales de evitarlo, muestran hasta qué punto el pensamiento utópico de los últimos siglos no ha podido solucionar nada. La filosofía política anarquista contiene las críticas modernas más profundas al Estado totalitario, pero su propia oferta es irrealizable.

El mal objetivo

Desde el punto de vista positivo, lo más característico de la encíclica es su apoyo explícito y continuo en la fe y en los lugares en donde podemos encontrar su contenido auténtico: la Escritura, la tradición y el magisterio autorizado de la Iglesia.

En efecto, el escrito papal no lleva a cabo una exposición filosófica que justifique suficientemente el «punto de vista» de la verdad, si puedo hablar así. Es bien sabido que la defensa positiva de esta tesis no puede ser apodíctica. Por eso la fe, su contenido en este caso, acaban de iluminarnos y de quitar las dudas para algo tan bello y tan difícil como el poder decir: efectivamente, la esperanza en la verdad no es un engaño, no es una tendencia ilusoria de mi naturaleza.

Por ello, toda la argumentación se lleva a cabo mediante el uso abundante y bien seleccionado de textos del Nuevo Testamento y de la tradición. A mi juicio, el núcleo de lo que se quiere mostrar queda inapelablemente claro. Es imposible apoyarse, con buena voluntad, en la fe católica, -eso es lo que queda claro-, y defender al mismo tiempo la autonomía de la conciencia individual, la primacía de la intención meramente subjetiva o «creativa», el valor positivo de la homosexualidad, etc. El fin nunca justifica los medios y hay acciones objetivamente malas y, por tanto, que se han de evitar siempre, más allá de mis gustos o mis ignorancias.

De este modo y con la sólida referencia a la fe, se confirma y aclara con mayor profundidad lo que la ética filosófica clásica de la virtud, el bien y la verdad había defendido desde antiguo, y que responde a los cánones de una normalidad humana, hoy cada vez menos reflejada en la normalidad sociológica, particularmente en ciertos ambientes intelectuales de la Iglesia católica.

Pero también esto último ha de tener su explicación. Nuestra sociedad se ha acostumbrado tanto al crecimiento del saber y del nivel de vida, ha visto tantas posibilidades realizadas inesperadas, algunas de ellas, que pide mucho para creer, no acepta aclaraciones fáciles como guía. Una doctrina meramente abstracta no puede ser la última verdad, pues la realidad es concreta. Y un ser concreto el Jesús de Nazaret, por ejemplo, del que ahora se habla que no encarna toda una profunda verdad, tampoco me dice nada. La Iglesia vuelve a ofrecer como solución a las dificultades e incertidumbres múltiples que afectan al hombre y a cada ser humano, la misma que dió desde el primer momento. Pues si, para San Juan, Jesús era el ser cercano querido, cuyo vivir humano tanto le había entusiasmado, se cuida mucho de añadir: El es el Logos, la inmensa profundidad de la verdad, la luz que ilumina con su resplandor.

Fellini, el encantador

ROMA, 5 de noviembre. En Rímini, donde nació, enterraron definitivamente el cuatro de noviembre pasado, a Federico Fellini, el «encantador». A nadie le importa saber dónde se encuentra Rímini, cuando tres palabras «doloevita» o juerga casera, «paparazzo» o fotoreportero y «felliniano» se han incorporado al vocabulario de todo el mundo.

Es justo que la prensa italiana haya sido la más pródiga en buscar símbolos y adjetivos. Los adjetivos son definitorios por estatuto, mientras los símbolos no, dejan abierto un resquicio al doble sentido, a la interpretación.

Como con los santos o los campeones, se ha recurrido a la lengua de la retórica que de por sí uniforma, es ponderativa por el superlativo y la exclamación. Es la línea en que enseguida se mueven los recuerdos y declaraciones de quienes se confiesan amigos, que le oyeron por teléfono pocos días antes o que almorzaron con él, pocos meses antes del «día fatal».

Sin el «día fatal», los grandes suelen vivir una vida de rutina. A Fellini, cuando le hablaron de un posible nombramiento como senador vitalicio, le vino a la mente una rutina, respondiendo: Por fin tendré un sueldo. Tener un sueldo es lo común de los mortales y no sólo de las clases medias.

Humor y poesía

De repente Fellini, muñéndose, pasa a las candilejas de todos los escenarios del mundo, no sólo de cine y teatro, sino de la vida nacional italiana y del mismo patrimonio cultural de Occidente. También esta denominación pertenece a la unificadora retórica. El mismo vocabulario internacional dejará pasar su tiempo antes de que se sedimente el sentido de «felliniano». Será difícil definir lo que Fellini inventa como poeta, lo que aporta de original en la historia de un arte que trata de comunicar o incomunicar con las imágenes, como el escultor con la piedra y el pintor con los colores. Cuando se es poeta, se confunden los lenguajes, por más que el recurso de la expresión sea casi siempre el mismo, la ironía o la caricatura y la evocación sigan identificando lo bello o lo que llamamos sublime con lo inefable. Woody Allen, que como cineasta se considera hijo del «genio» de Fellini, ha declarado que «cuando muere un gran artista, lo mínimo que puede esperarse es una reacción de masa que inevitablemente se manifiesta en gestos de difícil interpretación».

Ante esta dificultad los buenos cronistas, fieles a los hechos más que a la evocación, se han limitado a informar: «Se ha marchado un grande, se queda sola una noble señora de corazón generoso». Era inevitable no asociar la figura de la viuda, sobre todo cuando se trata de Giuletta Masina, protagonista de la realidad y de la ficción de Fellini: «Hoy el último beso de Giuletta» o «La gente en lágrimas hace llorar a Giuletta», que no le acompañará al borde de la fosa, sino que le seguirá desde su casa romana, viéndole vivo por televisión, desgranando el rosario.

Esta dificultad de interpretar a los genios es proporcional a la originalidad de su creación. Desde un punto de vista del espectáculo y de lo que la vida de todos tiene de «gran teatro», un llamado «Museo del Espectáculo» ha propuesto ya que las principales ciudades italianas dediquen una calle principal al cineasta. En Roma mismo se avanza la discutida idea de dar a Vía Venetto, uno de los padres históricos de la Patria, el mismo nombre de Fellini o el de «Dolce Vita». Es humano que las iniciativas de nuevos museos, asociaciones culturales, congresos y debates excaven en los orígenes de Fellini, reconstruyan filológicamente el entramado de su obra, preanuncien incluso la futura, es decir la obra que ha dejado inconclusa. La revista «NOI» ha anunciado ya, en exclusiva mundial, la publicación de los últimos proyectos de Fellini, una película que se iba a titular «El viaje de G. Mastorna» y un serial sobre el mismo mundo del cine, que era su mundo.

Deprisa y corriendo críticos y analistas de costumbres han tratado de sintetizar la obra de un artista que puede ser definido como un «cristiano anarquista» o como un «realista onírico». La fantasía habría sido su dote principal de acercamiento a la realidad. Decía siempre, como para curarse en salud, que la realidad que describía era sólo una realidad «reconstruida». Lo suelen decir todos los grandes artistas. Las historias que contaba eran para Fellini «profecías del pasado» más que pesquisas del presente. Amó toda su vida los tebeos y desde su encuentro en 1960 con Ernest Berhard sentía curiosidad por el psicoanálisis. Sus películas son indagaciones psicosociales en que la elegía, lo grotesco y lo lúdico definirán o connotarán de «felliniano» cualquier tema que el arte del cine pueda abordar desde los encantos y neurosis del amor («La dolce vita», «Ocho y medio», «Giuletta degli spiriti», «La strada», «La misma Giuletta», «Ginger et Fred»).

Justamente ha observado el New York Times que, a medida que Fellini se hacía mas introspectivo en sus películas, eran menos comerciales. «Volver a ser niños», «sueño» y «encanto» han sido los conceptos que han campeado en los titulares de la prensa italiana: «75 mil personas lloran la muerte de los sueños». «Con Fellini han soñado todos los italianos y no sólo ellos». En un momento de la vida del país en que la realidad supera a la fantasía y la sátira con sus amplificaciones se hace estéril, se recurre al «encanto» que se advierte al dar «el extremo adiós entre los ángeles al gran italiano».

Fellini habría sido un «ángel», un encanto de hombre y un «encantador», un artista «jocoso e inofensivo» que a la «delicadeza, disponibilidad y pudor de los sentimientos» que le atribuye un amigo suyo Gustavo Rol, mago de profesión, habría que añadir el de haber visto juntos el Paraíso. «Así yo y Fellini veíamos el Paraíso», declara Rol a La Stampa de Turín. Rol posee el guion original de «II viaggio di G. Mastorna». Mastorna era un cura de Rímini que vivió en el 700. En una sesión espiritista aprobó el film. El problema de fondo era y es representar el más allá, el Paraíso. En la imaginación de Fellini era un telón de fondo con un cielo azul de primavera, de un extraño color, el mismo que han levantado como fondo de su catafalco en la «Ciudad del Cine» en la Ciudad eterna, donde el artista se ha muerto lentamente, inconscientemente, por no poder respirar.

Cincuentenario de la muerte de Simone Weil

Este año se ha cumplido medio siglo del fallecimiento (el 24 de agosto de 1943) de la pensadora francesa Simone Weil. Hablar de su muerte como de su desaparición sería, aun más que paradójico, inexacto. En efecto: esta escritora que, en vida, sólo fue conocida en círculos muy restringidos de su país, hizo su aparición después de muerta ante el público culto de Francia y, de allí a poco, ante los de otras naciones de Europa y América, gracias a la edición póstuma de la mayor y mejor parte de su obra, asombrosamente rica y abundante si se tiene en cuenta que, nacida en 1909, falleció a la edad de 34 años en el Grosvenor Sanatorium de Ashford (condado de Kent), no lejos de Londres.

Tras de haber marchado de Marsella a Nueva York con sus padres en el verano de 1942, se había trasladado sola, en el otoño siguiente, a Inglaterra para incorporarse a la France Combattante que actuaba allí a las órdenes del general De Gaulle. Pese a sus insistentes esfuerzos para conseguir que le encomendasen una misión en suelo francés, y arriesgar así su vida en las filas de la Resistencia que, sobre el terreno, combatía contra la ocupación alemana, sus superiores la retuvieron en territorio británico, dado lo frágil de su salud, su debilidad física, su acentuada miopía… y su inconfundible fisonomía judaica, que difícilmente habría dejado de ponerla en peligro en la Francia ocupada. Fue encargada de la redacción de documentos diversos, entre los cuales figuran algunas de sus obras más valiosas: reflexiones y análisis de denso contenido filosófico, religioso, social y político, escasamente aprovechables en aquella hora a ojos de quienes se encontraban absorbidos por el vértigo de la acción inmediata en circunstancias nada propicias a la meditación.

Filosofía y acción social

Nacida en París, en el seno de una familia de la burguesía acomodada (su padre era médico y su abuelo materno había emprendido prósperos negocios en Bélgica), Simone Weil se consagró simultáneamente al estudio y la enseñanza de la filosofía (ocupó cátedras de esta disciplina en varios Liceos de segunda enseñanza) y a la actividad social y política en favor de los más desheredados.

En su pensamiento y en su conducta se manifiestan, con pureza y rigor poco comunes, la búsqueda apasionada de la verdad y la sumisión total al bien. Habiendo descubierto que la negación más radical del bien es la humillación y la opresión del ser humano, quiso dedicarse, en la práctica, a compartir la suerte de los humillados y oprimidos al mismo tiempo que a ayudar a éstos en su lucha por la dignificación y la liberación.

A ello obedecieron su militancia en los sindicatos de trabajadores desde el momento mismo en que empezó a ejercer una ocupación remunerada, y la actividad revolucionaria que caracterizó su primera juventud, así como su empeño en realizar -pese a su natural torpeza- labores manuales en la agricultura y en la industria. En 1934 interrumpió durante varios meses su carrera docente para emplearse como obrera fabril, viviendo así la dureza del trabajo en cadena, la estrechez económica, los despidos, el paro y el empeoramiento de su estado de salud, al que pusieron remedio los persistentes desvelos de sus padres.

Su agudo sentido crítico y su convicción plena de la superioridad del individuo sobre la colectividad, así como su decidido espiritualismo, le impedían una aceptación global (y mucho menos, dogmática) del marxismo; pero, lejos de rechazarlo en bloque, hacía suyos no pocos de los análisis y de las ideas de Marx. Sin haber viajado nunca a la Unión Soviética, percibió muy pronto el carácter opresivo de su totalitarismo burocrático; y a partir de su estancia en el Reich en el agitado año 1932, en vísperas de la subida al poder de Hitler, analizó, también con perspicacia, la naturaleza y el comportamiento del nacionalsocialismo alemán.

Pacifista, antimilitarista y antinacionalista, al estallar la guerra civil española tomó una postura paradójica, pero rigurosamente conforme a sus convicciones: por un lado, defendió calurosamente la no intervención de las potencias extranjeras, pues a su juicio ningún gobierno tenía derecho a conducir su pueblo a la matanza que sería irremediable efecto de la generalización de la guerra; y por otro, individualmente y dado que el choque bélico no había podido ser evitado, se apresuró a alinearse y a ocupar un puesto del mayor peligro en el bando cuya victoria deseaba. Tres semanas después del alzamiento de julio, se encontraba en Barcelona; y a los pocos días, en el frente de Aragón formando parte de las milicias anarcosindicalistas (las más próximas, o siquiera las menos distantes de su personal ideología) mandadas por Durruti. Y ya el 20 de agosto, víctima de su miopía, abrasaba una de sus piernas en un caldero de aceite hirviendo, lo que obligó a evacuarla. Cuidada por sus padres (que habían acudido en su seguimiento) y parcialmente restablecida, regresó a Francia el 25 de septiembre. «Salí de España a mi pesar y con intención de volver -escribió a Georges Bemanos en la primavera de 1938-; posteriormente, y por mi propia voluntad, me he abstenido de hacerlo. He dejado de experimentar la necesidad de tomar parte en una guerra que no era ya (como al principio me había parecido ser) la de unos campesinos hambrientos contra los terratenientes y el clero cómplice de éstos, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia».

Simone Weil siguió siendo pacifista hasta que, en marzo de 1939, el gobierno de Hitler se apoderó de lo que quedaba de la Checoeslovaquia mutilada en septiembre anterior. Y su «conversión» al belicismo -no nacionalista, sino antitotalitario- fue definitiva. Pero, sin dejar de dar importancia a las cuestiones políticas del día, ni de opinar sobre ellas en sus escritos, ni de tratar (como hemos visto) de intervenir en la guerra, su mente y su obra van engolfándose progresivamente en la elaboración de lo que empezaba a ser una doctrina social coherente, en un pensamiento filosófico encaminado a demostrar que la liberación del ser humano mediante su progresivo acercamiento al bien, la verdad y la belleza, pasa por la purificación a través del infortunio, y en una religiosidad a la vez experimental y especulativa, por la que llegó hasta el cristianismo. Un cristianismo, el suyo, muy sui generis, mucho más próximo al catolicismo que a cualquiera de las demás confesiones, pero al cual le faltó, para ser completo, la que cabe llamar sensibilidad eclesial. En enero de 1942 escribía: «Amo a Dios, al Cristo y a la fe católica, todo lo que es capaz de amarlos un ser tan miserablemente insuficiente [como yo]; pero no tengo, en ningún grado, amor a la Iglesia». Rechazaba en esta última el doble legado de Israel, cuyas cruentas hazañas tanto ensalza el Antiguo Testamento, y de Roma, gran organizadora y dominadora implacable, pero escasamente creadora, tributaria de la cultura helénica. Era en el helenismo tal y como se manifiesta en Homero, Esquilo y Platón, y no en el judaísmo, donde veía la preparación histórica de la venida de Cristo. Conocía mal la religión y la tradición judías, que sus padres no habían recogido ni -menos- trasmitido. Nunca se decidió a solicitar el bautismo y, por otra parte, su actitud hacia Israel le ha valido duras críticas de sus hermanos de raza, especialmente desde sus sectores más nacionalistas.

Extenuada por el exceso de trabajo y, sobre todo, por las privaciones que se imponía para no llevar una vida mejor que la de los económicamente más débiles (y esto, en las penurias de la guerra, significaba muchísimo), la tuberculosis acabó con ella a los cuatro meses y medio de ser hospitalizada, alejada de sus familiares e incomprendida por casi todos sus compañeros.