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Ver productosCierto día las veleidades cortesanas del conde Lecquio se pusieron de moda en la tertulia madrileña. El nombre de Antonia Dell’Atte pasó de la condición gramatical de nombre propio a la de común de la noche a la mañana. El comentario de este tratamiento informativo quiere pasar de puntillas sobre la anécdota noticiosa para fijarse en la categoría subyacente. No se trata de una noticia ocasional, que se esconda en las secciones más amarillentas de los periódicos ni en las más sonrosadas de los noticiarios. Forma parte de un estilo informativo generalizado que consigue destacar en las portadas de los llamados periódicos de calidad y que es objeto de comentario de los más prestigiosos comentaristas de la actualidad política. No era la primera vez que ocurría algo parecido. Noticia de primera plana fue también la peripecia matrimonial de Chábeli Iglesias. Siempre que se produce una noticia de este estilo se esconde algún resabio de aderezo político. Y si no lo tiene, la prensa soi-disant cualitativa consigue sazonarla con este condimento que permite amparar en sus páginas una valoración proporcionada a la curiosidad que suscitan. El caso es que hace tiempo que Madrid se ha convertido en una gran tertulia deletérea a través de las antenas de la radio, la pantalla de la televisión y de la letra impresa de los rotativos. Se puede asegurar que la tertulia es un invento español de cierta tradición. De las tertulias de Pombo a las del café Gijón, pasando por las charlas de café de don Santiago Ramón y Cajal, se desprenden alicientes que podrían sugerir que se considerase la conversación como un peculiar género literario. Pero hemos pasado de la tertulia de salón y de café a la del medio de comunicación. Y ahí los valores tradicionales languidecen y se metamorfosean en otros insólitos.
En el caso más elemental y exigente, tres o cuatro periodistas se reúnen para comentar la actualidad. Generalmente se habla de política y se dice cualquier cosa, con tal de que tenga interés para una audiencia que carece de tiempo para leer el periódico, pero le sobra para atender lo que pudo leer en menos tiempo que el que dedica a escuchar. En los demás casos, las cosas se complican. El tertuliano o contertulio comparte el micrófono con la vedette del día o de la noche. Cuentan con sillón y micrófonos fijos para emitir un amasijo de juicios sobre los asuntos más variados de la agenda setting elaborada sobre la información de actualidad. Lo que interesa es que alguien de moda hable de algún asunto de moda. La política nacional se confunde con el comentario deportivo, el comentario con la crítica de sociedad, la crítica con el chismorreo, el chismorreo bordea con facilidad el umbral de la injuria y la injuria muy fácilmente se convierte en contumelia. En ese revoltijo se hace cierto el escolio de que «nada es verdad ni mentira» porque, independientemente de cual sea el cristal con que se mira, no hay mirada que sea tan poderosa como para distinguir entre lo que es cierto y lo que sólo parece verosímil, entre lo razonable y lo conjetural, entre lo hipotético y lo insinuado, entre lo metafórico y lo imaginario o entre lo insidioso y lo erróneo.
Tampoco es preciso hacer inventario de asuntos privados que repentinamente pasan a serlo de dominio público, para comprender hasta qué punto de popularidad, convertida en simple pasatiempo de los comentaristas, es una especie de pasión inútil que entretiene al personal en esta sociedad en la que los medios de comunicación tanto contribuyen a exaltar como a adormecer, a prestigiar como a denigrar, y con el mismo ardor informan de la guerra de Bosnia que de los amoríos de Ana García Obregón. Con decir que uno de los más afamados comentaristas de la actualidad política nacional ganó su barbado prestigio disfrazándose con el atuendo, deliberadamente impudoroso, de Aurora Pavón, ya está todo dicho. O casi todo. Falta añadir que los ministros del Interior pueden citarse a duelo en una tertulia radiofónica con un director de periódico o que los rectores de Universidad no rehuyen entrar al trapo de la simuladamente descocada señorita Pavón. Si tales son los guantes que ofenden cuando se arrojan a la cara, no es de asombrarse que el chismorrero de tertulia se haya convertido, no en un género periodístico, sino en el género informativo por antonomasia. Quien no está al cabo de lo que se dice en la tertulia es que no sabe lo que pasa en la calle ni cómo la calle se las trae. Quien no se haya servido de un micrófono para hablar desde una butaca es que su opinión no merece consideración social. «Ayer estuve en la tertulia de menganito», equivale a una condecoración de prestigio y de autenticidad. Cada tertulia tiene además de su nombre el de su inventor, o su director, o su diseñador. Y quien no tenga un puesto en alguna de ellas es que no ha pasado todavía de la condición de meritorio en la jerarquía de su profesión.
Pero tampoco hay que escandalizarse. Ni siquiera pensar que estas cosas ocurren porque habitamos de Pirineos para abajo. Es un fenómeno generalizado que en nuestro país tiene aspectos propios, acaso más pintorescos y peculiares. Para sociologizar el comentario basta con reflexionar sobre cómo la enorme capacidad de suscitar estímulos a causa de la concentración de funciones que se asignan a la tarea de informar libremente, dificulta distinguir hoy día qué significa realmente y qué está efectivamente en juego cuando se habla o se discute sobre libertad de información.
Y no digamos si de lo que se trata es de la libertad de opinión. ¿Quién predica y por qué en la radio, quién pregunta y quién responde en la televisión? ¿De qué se habla en la calle cuando se comenta la información del día? Son cuestiones todavía más interesantes que la que podríamos formular sobre quién escribe y opina en los periódicos. Parece que esta especie de disgregación del juicio en la que decir que tanto vale el de un especialista como el del primer advenedizo aficionado, expresaría una afirmación optimista por su ingenuidad, no es una enfermedad nueva ni tampoco peculiar. Comte se preocupó por esta indisciplina de los juicios del valor cuando criticó la modernidad incluso antes de que Tocqueville escribiera su Democracia en América y con mucha anticipación a que Ortega profetizara La rebelión de las masas. Para Comte resultaba problemático cómo podría orientarse el ciudadano moderno en el laberinto en el que todo juicio tiene el mismo valor y las libres opiniones se aceptan también libremente, por eso le preocupaba situar guías o señales que indicasen o permitieran seleccionar de acuerdo con algún criterio doctrinal la opinión solvente de la estólida, el conocimiento genuino del enmascarador. Pero no encontró la fórmula, pues perdidos los vínculos institucionales en que se basaban las fuentes de la autoridad doctrinal, el padre del actual positivismo comprendió que no había manera de sustituirlos. Por lo demás, enmascarar la ignorancia y aparentar que se sabe de lo que no se sabe, es asunto relativamente fácil y ni siquiera, a pesar de las apariencias, novedoso. Platón anticipó el diagnóstico al delatar la causa. En su diálogo Gorgias, dice el padre de la filosofía que «el ignorante resultará, ante los ignorantes, más convincente que el conocedor… no hace ninguna falta que la retórica conozca cómo son las cosas mismas, sino haber encontrado una artimaña para persuadir de tal manera que el orador parezca a los no conocedores saber más y mejor que los conocedores» (459 b).
En una sociedad donde la ignorancia es un valor generalizado y el conocimiento un valor especializado, la tarea de persuadir estará siempre en manos de quien sintonice con el fervor general. Siglos después de Platón, Lope de Vega asumió el mismo punto de vista transformando el alegato moral en preceptiva estética: «pues si lo paga el vulgo es justo hablarle en necio para darle gusto».
Pensar que en el juego de las libres opiniones las más dignas y relevantes prevalecerán sobre las más triviales y anecdóticas es una ingenuidad. El lingüista Bloomfield se refirió a ello cuando escribió que «en la pseudociencia se mimetizan los aspectos perjudiciales del lenguaje científico pero no los ventajosos». Por «aspecto perjudicial» puede entenderse el uso esotérico de la terminología para aparentar que se dice algo profundo cuando se usa una palabra específica y extraña. Al alcance está de cualquier guionista publicitario el uso de una palabrería pretenciosamente científica, encaminada a persuadir al ama de casa de que el jabón o la lejía X «tiene tal eficacia que permite prescindir de ingredientes alternativos», cualquiera sea la cosa que se entienda por «ingredientes alternativos», en el supuesto, realmente optimista, de que esa expresión pueda significar cosa alguna. Pero también esta forma de publicidad contribuye a ornar el escenario de las tertulias. Mientras se expone el anuncio, los contertulios dinamitan con sus comentarios sobre la rapiña capitalista los estímulos que alientan los intereses de los publicitarios del capital.
Justamente porque la opinión es libre, las recomendaciones y propuestas que Augusto Comte, y luego otras muchas advertencias de inteligencias no menores que la suya, no sirvieron para nada. Ni tan siquiera el aumento de la escolarización y la generalización de la alfabetización. Las cosas son como son. Con la masificación de la enseñanza superior, un título de licenciado de la Complutense lo mismo sirve de pasaporte para una embajada que de recomendación para la cárcel de Carabanchel. En alguna medida, en eso ha quedado la ensoñación utopista de la enseñanza universitaria general y gratuita.
Algunos piensan que las cosas son de tal suerte y no de tal otra a causa de la televisión. Sin duda, la televisión con mucha más eficacia de la que tuvo la radio, ha contribuido a convertir el liderazgo del conocimiento y de la opinión autorizada en una función de escaparate. Pero los condicionamientos son recíprocos. Si el público no fuera como es, la televisión no sería como el público desea. Y los más listos de los programadores, como Valerio Lazarov, harían perfectamente las cosas que hacen de un modo distinto de como las hacen si pensaran que el público que las atiende respondiera con más fervor a otros estímulos. Si presentan taparrabos es porque presumen que el taparrabos gusta más que la bufanda, de otro modo las presentarían en bufandas. Si prefieren el comentario de la actriz de moda es porque estiman que resulta más sugerente que el de un investigador del CSIC.
Además, no es tan difícil conjeturar los criterios de que se valen los que tienen la capacidad de selección. Por lo común, no se trata de recoger el comentario más solvente sino de exhibir el juicio del más llamativo. También influye la relación personal y la evitación del esfuerzo. Si un periodista sabe de alguien que conoce un tema o cree que lo conoce ese presunto especialista ya es convidado, y no de piedra, a ocupar una plaza fija de contertulio selecto. Lo que resalta es que sea selecto sin que se sepa cuál es la causa de su selección. Se comenta al público respetable un escuálido curriculum vitae enfatizado para que pueda impresionar en Orcasitas, en Ortigosa o en Almuñécar. Eso no es difícil. No hay quien no tenga algo de que presumir, incluso en cuestión de letras o de especialidades y, sobre todo, si se trata de hacer valer un juicio político. La opinión de Concha Velasco es mejor atendida que la de Laín Entralgo. Entre otras razones, porque los académicos cuando no alcanzan el rango de premio Nobel, que les permite estar por encima del bien y del mal, entrando y saliendo indemnes del abrazo moral de las tertulias, también tratan de distinguirse rehuyendo este tipo de distinción. Hay que salvar el prestigio hurtándose a las candilejas cuando estas enfocan en cualquier dirección, pero, sobre todo, cuando no hay manera de conseguir que enfoquen hacia la nuestra.
Este procedimiento de selección contribuye a popularizar al seleccionado. Así la pescadilla se muerde la cola en la tertulia, de manera que si hay algún desvío o error de selección no habrá modo de rectificarlo. La libertad de opinión administrada en los consejos ocultos de los tertulianos, se convierte en una especie de algarabía cuyo sentido, si es que lo tiene, resulta imposible de captar. Esto no es ni bueno ni malo, pues aunque haya muchos motivos para lamentarlo hay otros tantos para celebrarlo. No suele hablar el que más sabe justamente porque el que más sabe no suele necesitar hablar para demostrarlo. Como la ignorancia es el estado más difundido socialmente, pero menos reconocido entre quienes lo padecemos, los efectos pueden ser inesperados. A cualquiera le puede engañar un taumaturgo o un matasanos pero él sufre las consecuencias. Con todo, la ignorancia está tan difundida que los taumaturgos y los brujos siguen conservando, transformados en portavoz de una tertulia, su viejo poder. Las cosas no son mejores porque haya tertulianos, pero tampoco son peores que si no los hubiera. Al menos, queda claro que si hay algún derecho a la ignorancia estamos bien nutridos de jueces para preservarlo.
Cierto político británico comentaba al final de la Segunda Guerra Mundial que Estados Unidos acierta siempre en política exterior, pero sólo después de haber intentado antes todas las demás posibilidades. Esta caricatura empieza a cobrar visos de realidad en la presidencia de Clinton.
Con la Guerra Fría terminada, el presidente demócrata llegó a la Casa Blanca dispuesto a dedicar la mayor parte de su tiempo a asuntos domésticos, a diferencia de su predecesor. Su elección había despertado grandes expectaciones en la sociedad americana, preocupada por las tensiones raciales, la educación, la salud pública, el clima de recesión económica y el desempleo (que había llegado a un alarmante 7.5%).
Aún así, Clinton manifestó en su campaña electoral que estaba dispuesto a renovar la tradición internacionalista yanqui. El candidato demócrata entendía que, después de 50 años de intervencionismo y combate ideológico y moral entre las dos superpotências, era el momento no sólo de recoger el llamado dividendo de la paz por la reducción del gasto en tropas y armamento. Su declaración de intenciones incluía dar una nueva orientación a la política exterior americana, para promover, por fin sin la amenaza soviética, la democracia y los derechos humanos en todo el mundo, además de la protección al medio ambiente y el justo, que no libre, comercio.
Pero la Historia es imprevisible. En menos de un año, Clinton ha tenido que hacer frente a múltiples desafíos en el terreno de la seguridad militar y el uso de la fuerza, como en los mejores momentos de la Guerra Fría. En la mayoría de estas crisis ha reaccionado tarde y confusamente. El presidente Clinton ha utilizado para salir al paso de la acusación de no tener una serie de prioridades que orienten su política exterior, los vagos términos de ampliación (del número de países democráticos y prósperos) y compromiso (con la comunidad internacional). Las lecciones de David Gergen, exasesor de Reagan, para que Clinton se comunique a través de gestos y metáforas simples tal vez sirvan para vender su plan de Seguridad Social, pero no le han dado buenos resultados en la esfera internacional. La prensa ha repetido sin cesar que el fantasma de Lyndon B. Johnson vive en la Casa Blanca, dada la preferencia de Clinton por las grandes reformas domésticas y su propensión a dejarse envolver en guerras ajenas.
El fin de siglo dirá si queda una superpotencia o ninguna. Tal vez para mantener una hace falta la tensión de la otra, que encubra la decadencia interna. Pero aún así, se puede afirmar que todavía en cuanto EEUU toma parte en una guerra, dicho conflicto se convierte en su guerra y es responsable del resultado. Thomas L. Friedman, del New York Times, subrayaba hace poco que si antes los EEUU eran vistos como el líder del mundo libre, ahora pueden ser percibidos como el líder de todo el mundo. Más aún, cuando empezando por los hogares americanos se reciben hoy de forma inmediata, continua y con gran dramatismo, las noticias de las distintas tragedias y guerras en todo el globo. Los EEUU son vistos como el policía mundial, aunque carezcan de recursos o inclinación internacionalista.
La supervivencia de los Estados Unidos no ha estado amenazada en ninguna de estas crisis, como era costumbre antes. El reverso de la moneda es que esto complica la justificación de la acción o inacción militar americana. Se ha pasado de no discutir la necesidad de intervenir sino el cómo hacerlo, a poder elegir cuándo actuar y porqué. El equipo de Clinton ha improvisado para salir al paso. Factores como el coste en vidas, la probabilidad de éxito y el desgaste del capital político del Presidente pesan mucho, además del cálculo sobre si se dispone de los medios económicos suficientes para llevar a cabo la intervención deseada. El uso de la fuerza ha quedado, al final, limitado a aquellas situaciones en las que la pérdida de vidas americanas aseguren intereses americanos, siempre que sea con un coste global bajo y un riesgo limitado.
Esta nueva etapa de la política de seguridad yanqui, ha sido bautizada no sin cierta ironía por el mismo Friedman como el paso de la contención a la autocontención. La administración Clinton ha optado por un multilateralismo descafeinado, cuyos orígenes podrían buscarse en las presidencias de Woodrow Wilson y de Franklin Rooselvelt. La acción unilateral sería la excepción, en casos de peligro inminente y cerca del territorio americano.
La ONU ha tenido una relevancia desconocida en el ensayo frustrado de la nueva política militar americana. En vez de instrumentalizar abiertamente la zarandeada organización internacional, como hizo Bush en la Guerra del Golfo, Clinton ha estado dispuesto a poner las tropas americanas bajo mando de la ONU. Como ésta militarmente no es operativa, junto a la cesión de tropas, los EEUU han afirmado estar dispuestos a compartir sus servicios de inteligencia militar con dicha organización.
La onufilia llegó al máximo en la administración Clinton con la ya famosa Decisión o Directiva Presidencial número 13, que al ser filtrada al Congreso este verano, causó un gran revuelo y serias críticas entre republicanos y demócratas, preocupados por el papel central que se le asignaba a la ONU. Hasta el punto que el presidiente dio marcha atrás, precisamente en su discurso ante la Asamblea General de la ONU en otoño, molesto sin duda además por las crecientes interferencias del secretario general de la ONU, que pedía ser consultado antes de uso de la fuerza en Bosnia y cuyo consejo en Somalia ha resultado luego desastroso.
Desde la ONU se ha fomentado la confusión terminológica y práctica entre sus distintas misiones de hacer la guerra y mantener la paz. Como señala Michael Lind, de New Republic, el léxico diplomático de la organización internacional ha intentado fundir las dos nociones en una nueva, hacer la paz (peace-making). En la ONU, los ejemplos de «hacer la guerra» eran hasta ahora Corea e Iraq. Dichas intervenciones trataban de defender a las víctimas de un estado agresor. Mantener la paz era a lo que se habían dedicado las trece misiones de la ONU desde 1948 hasta 1988. Consistía en que cascos azules, no necesariamente armados, patrullaban para mantener el orden público en zonas desmilitarizadas, en las que había acuerdo de alto el fuego entre las partes y cierta paz que mantener.
La imprecisión del idiotismo hacer la paz tiene consecuencias graves a la hora de fijar los objetivos y los medios de una acción multilateral de éxito. Igual puede consistir en supervisar unas elecciones o en prestar ayuda humanitaria que acabar con una guerra civil. Dicha expresión tal vez esté basada en una visión de la realidad internacional como un mundo uniforme en el que un agente neutral y bien intencionado puede poner orden.
Para los analistas de política de seguridad conservadores, el problema de la afición multilateralista de Clinton es que indica un retorno a una doctrina incrementalista. Las demostraciones colectivas de fuerza simbólicas y graduales, en busca de efectos políticos, estaban desterradas del escenario de la «guerra fría» y hasta cierto punto de la Guerra del Golfo. La autolimitación que guía las acciones y omisiones de Clinton (predicada por el propio secretario de Defensa, Lee Aspin, en su confirmación por el Congreso) habría sido tomada como falta de credibilidad por los causantes de inestabilidad y las innumerables consultas que la preceden, como duda y vacilación. Una vez más, el incrementalismo revelaría falta de voluntad política para emplear los medios necesarios, o de haber fijado con claridad los objetivos buscados. En el terreno operativo siempre fallaría la adecuación entre unos y otros.
De hecho el ataque con misiles, «proporcional y medido», contra el cuartel general de inteligencia militar iraquí el 26 de junio como respuesta al frustrado atentado contra Bush, no tuvo impacto político suficiente ni siquiera para satisfacer a los halcones republicanos y desde luego consiguió que el resto de los opinantes domésticos y la mayoría de los actores internacionales pusieran el grito en el cielo.
En la guerra de los Balcanes, Clinton ha vacilado entre hacer frente de manera escalonada al agresor serbio, y mantenerse al margen del avispero, tratando sólo de que llegase la ayuda humanitaria y de evitar que la guerra de secesión se propagara fuera de la antigua Yugoslavia. Al fin y al cabo, no había apoyo interno para intervenir, era difícil probar que estaba comprometido un interés nacional y la situación económica no lo permitía. Aún así, el presidente ha mantenido un severo embargo general que favorece a los serbios, ha amenazado repetidas veces con usar su fuerza aérea contra ellos para lograr distintos objetivos limitados y parece dispuesto a mandar 25.000 soldados a hacer valer el inestable acuerdo para repartir Bosnia.
En Somalia, la intervención americana fue empezada por Bush en su interregno antes de la sucesión demócrata. Con Clinton, se ha pasado de prestar sólo ayuda humanitaria a los que mueren de hambre, a buscar una solución a menos corto plazo. La insistencia del secretario general de la ONU en poner precio a la cabeza del general Aidid ha hecho que Estados Unidos emplee fuerza limitada para parar la agresión de una de las facciones de la guerra civil que asóla el país. Pero no está claro que al acabar con Aidid se vaya a terminar la anarquía. La aventura de Somalia ha resultado cara y peligrosa. Tras sufrir noventa bajas, doce de ellas muertos, los EEUU han decidido retirarse en marzo próximo, pase lo que pase y buscar una solución diplomática.
En Haití, al no poder mantener sus promesas electorales de facilitar la entrada de los emigrantes de Haití en los EEUU, Clinton se ha dejado llevar por un vago izquierdismo y ha apoyado, incluso militarmente, el regreso de Aristide, pero sin decisión. Algunos comentaristas de política exterior afirman que el clima social y político es peor en Haití que en Somalia para establecer algo semejante a una democracia jeffersoniana: al menos Somalia cuenta con cierta estructura tribal.
El apoyo a Yeltsin ha sido sin embargo acertado, un verdadero gesto de Realpolitik, a pesar de las reservas de Clinton expresadas a lo largo del año sobre una solución en Rusia a la Fujimori. Pero tiene que ser un apoyo a corto plazo. Un nuevo nacionalismo militar ruso, incluso con aspecto democrático, puede que sirva para remediar algo el caos en su periferia del mismo modo que puede amenazar la independencia de los países emancipados de la antigua Unión Soviética.
Otro acierto menudo de Clinton ha sido su actuación en el Oriente Medio. A pesar de que el principio de acuerdo entre palestinos e israelíes se negoció a espaldas suya, EEUU ha contribuido no criticando el que Israel respondiera militarmente en julio a los ataques en el sur del Líbano, poniendo presión sobre los líderes palestinos y organizando la financiación multilateral de los nuevos territorios palestinos.
El presidente ha prestado poca atención a la OTAN y a sus aliados occidentales, -no ha puesto todavía el pie en Europa. La resistencia a ampliar la alianza de países democráticos a Europa del Este demuestra de nuevo su visión a corto plazo, en este caso por presión de Rusia. Analistas conservadores como Peter Rodman del John Hopkins Institute afirman que el vacilante Christopher, secretario de Estado, desaprovechó esta primavera la visita del ministro francés de Asuntos Exteriores, que venía dispuesto a negociar la integración más estrecha de Francia en la OTAN. A esto se añade la mala relación comercial con la Comunidad Europea, aunque la irracionalidad francesa frente al GATT, protegida por el entramado comunitario, justifique cierta agresividad del departamento de comercio americano.
El Congreso americano se ha rebelado frente a la peligrosa diplomacia de las causas perdidas del equipo de Clinton. A las crisis mencionadas hay que añadir los cambios constantes de opinión sobre Camboya, Vietnam, Cuba, Angola, etc… Algunos prominentes miembros del legislativo, como Bob Dole, han llegado a pedir que el Congreso tenga el control sobre la decisión de mandar tropas fuera de los EEUU, lo cual en la práctica constitucional establecida corresponde al Presidente (para mandar medio millón de hombres a Kuwait, Bush afirmó que no necesitaba autorización del Congreso, aunque la obtuvo).
La política exterior americana es hoy menos un asunto de Estado que bajo Bush o Reagan. El tradicional consenso entre los dos partidos está fragmentándose por una división ideólogica más grave que la que pueda haber entre republicanos y demócratas. Los aislacionistas en los dos partidos han aumentado y tal vez Clinton ceda ante la tentación hemisférica, una de las constantes de la historia americana. Pero la alergia al internacionalismo, creada por las vacilaciones del antiguo gobernador de Arkansas ante un mundo más imprevisible, puede que afecte hasta el desarrollo del Tratado de Libre Comercio con México y Canadá. Clinton mismo ha expresado repetidas veces dudas sobre el contenido del Tratado, apoyando el proteccionismo encubierto de los acuerdos multilaterales. Hoy en día existe poco apoyo público a la proyección internacionalista americana. Como afirmaba recientemente Michael Kinsley, se puede discutir si EEUU debe seguir liderando el mundo o no debe. Lo difícil es pensar que pueda hacer las dos cosas a la vez.
Un capítulo de relieve de nuestra historia económica ha comenzado a roturarse en los últimos tiempos. El mundo empresarial, decisivo en cualquier organización social a la altura del presente, atrae, en efecto, el interés de los estudiosos de dicha rama, imantado hasta días recientes por aspectos y cuestiones no siempre descollantes. Prepósteramente, se han tendido a analizar las consecuencias antes de las causas. La distribución de las riquezas es sin duda una faceta esencial de la actividad económica y de la estructura política; pero su creación resulta innegablemente de mayor trascendencia en todos los planos.
De ahí, que trabajos como el glosado susciten espontáneamente la simpatía y el aplauso. A los héroes -soldados, gobernantes, juristas, escritores…- cuyo culto se inculcara tan plausiblemente en la formación educativa del siglo que ahora acaba y en la de su antecesor, deben de añadirse el de las figuras consagradas con éxito a generar bienes económicos en sobresaliente escala. En particular, en países como España, cuya lista de capitanes de industria y empresarios de notable talla se ofrece muy reducida. Por muchos y justos títulos, se incluye en sus primeros puestos el nombre del navarro Félix Huarte (1896-1971), quien puso en la tarea, aparte de una destacada inteligencia y un instinto económico de primer orden, todas las cualidades de la personalidad de una región entrañablemente española -honestidad, perseverancia, firmeza.
Un madrileño seducido por sus gentes y tierras ha colocado su saber y esfuerzo al servicio de retratar historiográficamente al propulsor de algunas de las empresas más conocidas y fecundas del desarrollo peninsular de mediados del novecientos. La documentación allegada y puesta en envidiable orden de salida para una biografía del hombre y su ambiente se ofrece, en verdad, asombrosa. Cuentas y discursos, números y reflexiones ascéticas y, sobre todo y ante todo, un epistolario inigualable en cantidad y expresividad. Esta fuente, tan poco utilizada por los historiadores nacionales pese a su gran valor, despliega en el libro reseñado todas sus virtualidades. Cartas íntimas, profesionales, políticas, burocráticas, amicales, religiosas, permiten con su mucho trigo recomponer las piezas siempre difíciles de una vida, incluso de la más rectilínea. Posiblemente la España de Franco sea el período más beneficiado en su estudio e interpretación por los testimonios y noticias aportados en la obra glosada. Y dentro de ella la denominada con toda exactitud, al menos en el caso hispano, «década prodigiosa», esto es, los años sesenta resulta la más enriquecida por las fuentes epistolares exhumadas por el profesor alcalaíno.
La aventura está ahí, al alcance de un historiador con sensibilidad y acervo de la España comprendida entre las dos dictaduras de nuestro siglo. Es probable, y, desde luego, deseable que sea el mismo que ha llevado a cabo con encomiable éxito todo su complicado y laborioso apresto el que la acometa. Viento favorable a una travesía muy necesaria para el conocimiento de las raíces más determinantes de la actualidad.
Jesús Huerta de Soto es un brillante profesor universitario de Economía Política. Tiene una amplia formación humanística y una personalidad dinámica; ardiente y confesado -así como sólido- defensor del liberalismo económico, milita -también confesadamente- en las filas de los economistas seguidores de la Escuela Austríaca -en general- y de Mises y Hayek -en particular- cuya difícil y extensa obra conoce perfectamente.
No es de extrañar, pues, que en el libro que nos disponemos a reseñar combine todas estas cualidades -pues cualidades son sin dudaincluida su visión dinámica personal, ya apuntada, de la vida y de la economía. El argumento del libro -muy rigorosamente y pulcramente escrito- presenta varios frentes, me atrevería a decir que es polifacético, en el sentido literal del término.
1.- Su punto de partida es un análisis metodológico penetrante de los problemas que presenta aplicar el cálculo económico fuera de los parámetros monetarios y reales de la economía de mercado: el cálculo económico ha de hacerse en el marco de la incertidumbre, elemento inseparable de las actividades humanas en el tiempo y en la sociedad. Y que requiere, por ello, contar, al menos, con los indicadores, esencialmente dinámicos y cambiantes, de los precios de mercado, como haremos del día a día, que permiten, sí, hacer previsiones de ingresos, beneficios y costes, así como reajustarlos en función de la evolución de la coyuntura económica; esta última siempre cambiante y que necesita ser constantemente anticipada por el empresario, cuya función, la función empresarial, es el tema muy brillante, original y creativamente expuesto, del capítulo segundo de la obra que comentamos.
El lector que conozca las indudables pretensiones de rigor científico con las que estos autores -eminentes- construyeron sus aportaciones, comprenderá que su crítica y refutación no eran fáciles. Pero Huerta de Soto las realiza también con rigor científico, de una manera convincente; sin caer en el ensayo cultural o sociopolítico, sino desde las premisas teóricas metodológicas y doctrinales, de estricta Economía Política, previamente adoptadas por él, y que hemos tratado de resumir en los párrafos iniciales de esta recensión. Permítasenos insistir en que la crítica es científica y sólida. Pero además, es de gran claridad y amenidad, lo que hace que tanto lectores especializados como no especializados, puedan seguir el argumento riguroso del autor con facilidad y hasta con entretenimiento intelectual.
Por si no estuviera claro, incluso para los más recalcitrantes progresistas, que este final de siglo está siendo bastante chapucero y que los apologetas, especie proclive a la superpoblación, están más bien atónitos, el Marqués de Tamarón ha redactado un memorándum de desdichas que pone el corazón en un puño. Su lectura es un placer, y no es masoquismo.
Un buen número de autores se ven en la necesidad de justificar la publicación de libros que no son otra cosa que una gavilla de artículos inconexos para lo que recurren a señalar alguna suerte de oculta unidad bajo el disperso fruto de sus preocupaciones: no existe este problema para Tamarón quien aúna con mirada burlona y subversiva un elenco de panoramas sobre el estado del buen sentido en diversos rincones del espíritu. La política internacional, la ecología, el lenguaje, los intelectuales y la fama, por citar algunos temas, quedan un poco menos aislados con el repaso tamaroniano.
Especialmente luminoso resulta su análisis de la simbiosis entre patriotismo y guerra, ahora que los patriotas se descubren y multiplican con insólita fecundidad, con variopintas clases de autoconciencia, al socaire de identidades escindidas, atormentadas y fugaces. Puestos a espigar alguna discrepancia se podría sugerir al autor que la relación entre pensamiento y lenguaje no es tan estrecha como tienden a suponer los buenos escritores, aunque tal vez no sea tan tortuosa como se temen algunos matemáticos y filósofos.
Tras la lectura del libro queda un regusto paradójico, porque las «manías» que Tamarón confiesa resultan todavía un poco inconfesables y aunque ello sea un aliciente para el satírico, habrá de ser de lamentar para el común de los mortales. ¿Por qué está la tontería tan extendida en un mundo que parece tener los medios para neutralizarla?.
Es un misterio, se ha de suponer con pudor, que la generalización de la instrucción elemental y los medios de comunicación masivos no hayan aumentado el nivel de buen sentido y que, como diría Tamarón, en el mejor de los casos, hayamos de soportar el parloteo de colectivos de «cursis» en lugar de disfrutar de la conversación instructiva con auténticos paletos. Sin embargo, y sin ánimo de molestar, en la lectura de páginas como estas se encuentra tónico suficiente como para seguir teniendo fe en la inteligencia humana y esperanza en algo no siempre peor. Un final como el del párrafo anterior podría amargar paladares aún menos exquisitos que el de nuestro autor y sería descortés no compensarlo mencionando el probable carácter, no ya minoritario, sino francamente clandestino de la publicación. Leer se ha convertido en un vicio extraño y lo legible ha de ser forzosamente raro. Azaña dijo alguna vez que, entre nosotros, la mejor manera de guardar un secreto era escribir un libro y no creo que haya criterios mucho mejores para distinguir los auténticos de la basura en similar formato.
No se si desear éxito a una obra como esta es un caso de ingenuidad o de perversión extrema, pero en cualquier caso, parece una obligación intelectual y, aunque a ello se añada que alguno de sus capítulos se ha publicado entre nosotros, la recomendación no deberá tomarse como mera autocomplacencia. Porque justamente de tal se padece en el mundo que Tamarón retrata sin saña pero también sin recato.
Aunque la historia de la humanidad se viene caracterizando por un relevo de generaciones, herederas todas ellas de los logros y descubrimientos de las anteriores, lo que ha permitido un progreso continuo debido al carácter acelerado del progreso en virtud del cual cada generación supera a las anteriores, la actual ha conocido un desarrollo inédito hasta ahora y que, probablemente, será excedido en la próxima. Así, en la vida de una sola persona, en lo que se refiere a la conservación de la Naturaleza, hemos pasado de una preocupación protagonizada por unos individuos cultos, poco numerosos y poco representativos, a un clamor general a cargo de grandes colectividades que algunas veces responden más a estímulos emotivos que racionales.
La situación presente es heredera de numerosos errores del pasado que condujeron a la elaboración de planes políticos tendentes a corregirlos y que más de una vez dieron como resultado la acumulación de un error sobre otro error. Así, desde los primeros años de nuestro siglo se emprenden acciones tendentes a corregir los pasados errores. Por un lado, procurando la regeneración de las masas forestales, alcanzando en bastantes casos éxitos notables. Por otro, repoblando, es decir, procurando dotar de cobertura arbórea a superficies en acentuado estado de degradación, no cubriéndose siempre el objetivo propuesto. La necesidad de utilizar especies arbóreas muy frugales en los terrenos muy degradados obligó a echar mano de especies resinosas de gran combustibilidad, lo que, en la mayoría de los casos no condujo a la regeneración de la vegetación, sino al establecimiento de disclímax muy alejadas de la cobertura natural originaria. Así, entre 1940 y 1982 se repoblaron en España casi tres millones de hectáreas con pinos, modificando en la mayoría de los casos la composición de las formaciones vegetales originales.
Nada conduce, pues, al optimismo con respecto a la situación actual del bosque español. La marginalización y el olvido de las comarcas forestales, debidos en gran parte a su baja productividad, se han traducido en un despoblamiento generalizado que ha empobrecido todavía más a las zonas montañosas (donde es mayor el porcentaje de bosques) y que ha motivado la disminución e incluso la decadencia de los tratamientos, aprovechamientos de leña y frutos, embastecimiento de los pastos y abandono de los matorrales, procesos todos que conducen a una disminución de la diversidad vegetal.
Sin embargo, la presión sobre los bosques no ha disminuido sino, al contrario, parece crecer. El empleo de nuevos materiales de construcción en unos aspectos ha reducido el uso de la madera, pero en otros lo ha aumentado exigiendo tipos más selectos, como madera para muebles. La subida de los precios de los combustibles está obligando nuevamente al uso de la madera para calefacciones, especialmente en las áreas rurales. Y también el consumo de celulosa en multitud de sus aplicaciones aumenta continuamente, lo que repercute en la demanda de maderas para ese destino.
Las ideas conservacionistas del pasado siglo (y aun del presente), que dieron lugar a la creación de los parques nacionales y reservas donde se practica una conservación a ultranza, han evolucionado hasta el extremo de considerar al hombre como un elemento más de los ecosistemas, de los cuáles ha de vivir mediante una utilización racional de sus recursos, lo que nos conduce a considerar el bosque como un elemento vital, no sólo en sus aspectos económicos, sino en los estéticos o culturales.
Por otra parte, los cambios estructurales que se están produciendo en la Europa actual obligan a contemplar el futuro del bosque y matorral mediterráneos con una óptica a largo plazo. Esta situación obliga a prestar gran atención a los bosques, muy especialmente a los correspondientes a áreas críticas, en lo que se refiere al mantenimiento de la diversidad biológica y la estabilidad de las formaciones forestales. El sostenimiento de estas áreas necesita de una importante actividad humana, ya que el tipo de ecosistemas mediterráneos estables convenientes para evitar desequilibrios, como la disminución de la diversidad, alteraciones de carácter hidrológico y los fuegos, debe inspirarse en nuevos planteamientos silvopastorales y en la promoción de vegetaciones protectoras que disminuyan los riesgos de incendios.
Los aproximadamente cincuenta años de repoblaciones con empleo casi exclusivo de especies resinosas, nos han proporcionado grandes extensiones en las que se ha obtenido una cobertura vegetal que no tiene nada, o muy poco, que ver con la vegetación primitiva, pero de la que quedan retazos aprovechables. Debería impulsarse la reconversión de estas áreas, provistas ya en muchos casos de suelos medianamente viables, para promocionar el crecimiento de especies frondosas con la eliminación lenta y pogresiva de las resinosas. Se trata, evidentemente, de una labor lenta, a largo plazo, de las que no suelen complacer a los políticos, pero precisamente su lentitud justifica la urgencia en comenzarla.
Esta actitud debe complementarse con la creación de una red de espacios naturales protegidos que cubra los aspectos de representatividad y la protección de especies amenazadas por unas causas u otras. Este, aspecto, por fortuna, se va teniendo en cuenta más cada vez y son notables los esfuerzos hechos en muchas Comunidades Autónomas en esta materia de protección del medio natural.
Algunos productos de los bosques españoles, especialmente de las áreas de carácter más mediterráneo, se encuentran injustamente postergados, como maderas de buenas calidades de nogal, castaño, roble (sobre todo, de algunos quejigos, actualmente infrautilizados) u otros aprovechamientos, como el corcho, la montanera o el carbón. La potenciación de estas producciones, así como la utilización del ganado como instrumento económico en la gestión de los bosques aumentaría su interés, lo que contribuiría a su conservación.
Debería aprovecharse y fomentarse el proceso sociológico en virtud del cual se está desarrollando progresivamente un interés por la naturaleza, canalizándolo en forma de turismo, tanto nacional como extranjero, especialmente hacia las áreas boscosas del interior e incluso procurando de esta manera aumentar la población residente. La vegetación y el paisaje adquirirían así un cometido importante en lo referente a la promoción de la salud y del recreo y podría servir de marco complementario de nuevos asentamientos de carácter semirural.
El futuro de nuestros bosques se presenta pleno de incertidumbres y dificultades si se contempla dentro del marco de la Comunidad Económica Europea. No parece que las perspectivas de fomentar la producción de maderas y pasta de papel sean muy favorables. Los programas centroeuropeos de producciones forestales contemplan la producción de fuertes contingentes en llanuras de clima oceánico, mediante fenotipos mejorados, como sustitución de la agricultura intensiva productora de excedentes agrarios, y la competencia con ellos será muy difícil.
Así, pues, la gestión de los bosques españoles plantea nuevos retos de imaginación y hay que ser prudentes en extremo en no acometer acciones que puedan resultar irreversibles, como actuaciones con maquinaria pesada, laboreo de pendientes, aterrazamientos, etc., que con tanta frecuencia se han venido aplicando en España.
Por último, deben fomentarse y recibir asistencia prioritaria las actividades de investigación, experimentación y vigilancia continua de los procesos, especialmente en lo que se refiere a estudios hidrológicos, experimentación de nuevas fórmulas pastorales, reconstitución y conversión de la vegetación, racionalización de productos combustibles e importancia del entorno natural para la salud física y mental.
Nunca se ha caracterizado el pueblo español al menos en la Edad Contemporánea por el amor a sus instituciones. Comunidad individualista y proclive a la invertebración, la celtíbera es difícil de atraer por cualquier empresa que implique integración y solidaridad. Más que ninguna otra, la ¡institución parlamentaria debiera sentirse envuelta por el interés y la simpatía de los ciudadanos. Pero no ha ocurrido así en ningún periodo de nuestra historia. Después del conmovedor arrebato que despertara la restauración del régimen parlamentario y su texto constitucional de 1978, su afianzamiento no ha corrido parejo a la vibración popular ante la andadura del órgano legislativo y sus componentes. Muy pronto la agresividad, cuando no el escarnio, se han cebado sobre él por parte de una opinión pública hipercrítica y en exceso quizás exigente, aunque tampoco han faltado desmaña, narcisismo y presuntuosidad del lado de las Cámaras.
Tal estado de cosas no es irreversible y la esperanza es aquí un sentimiento realista. Ella animó, los primeros pasos de una andadura que tuvo en los cronistas de aquel radiante parlamentarismo sus mejores testigos.
Antequam y postquam de la Constitución pudo recogerse un amplio y variado elenco de artículos y ensayos en torno a la institución parlamentaria. Este gran caudal publicístico creó la imagen del Parlamento en la España de la transición. Puede aventurarse que la literatura de signo cautelar o interrogativo acerca de las nuevas Cortes, fue más abundosa que la opuesta. Bien mirado, el fenómeno no tiene mucho de extraño. Sus defensores más encendidos estaban inmersos en la política activa, en tanto que los demócratas reconvertidos, o los nostálgicos, canalizaban sus energías políticas a través de escritos en los que se llamaba a la prudencia o se vertían anatemas contra un Parlamento que no se observaba como el atlante de todo el nuevo espacio político.
Expresiones muy significativas de esta última corriente, son las reveladas por un destacado protagonista del régimen precedente y por un periodista incombustible. Denominado el ministro eficacia en el fastigio del desarrollismo, Federico Silva se convirtió en disidente de su propio partido, Alianza Popular, al ser uno de los dos diputados que no votaron la Constitución. Sin tener oportunidad de explicar su postura en el hemiciclo parlamentario, se sintió obligado a dar a conocer al público las razones que le condujeron a ello, una viva conciencia de que el mapa autonómico diseñado por la Constitución ponía en grave peligro la unidad española.
No obstante, sus reservas ante el parlamentarismo eran casi invencibles y no tenía empecho en revelarlas. En su desiderátum político, la visión del órgano legislativo era un tanto funcionalista. En cuanto al poder legislativo, habría que considerar con todo detenimiento las ventajas e inconvenientes del bicameralismo. Para mí ha sido un ideal durante mucho tiempo. Sin embargo, debo reconocer que su resultado bajo la Ley de Reforma Política y la Constitución del 78 no ha tenido demasiada brillantez. Es un tema que considerar a la luz de la historia y de la experiencia. Soy partidario de unas Cortes elegidas por sufragio universal con una doble y fundamental misión: legislar y fiscalizar. Esa Cámara debe elaborar y aprobar los tratados internacionales y las leyes, bien mediante su iniciativa excepcional, o la normal del Gobierno, y con la final sanción real; ha de fiscalizar la acción gubernamental con arreglo a las técnicas constitucionales bien conocidas de interpelaciones, preguntas, ruegos, etc.; su acción debe extenderse al conocimiento e información de los problemas políticos que debe darle el Gobierno en todo momento con la máxima extensión, profundidad y hasta solemnidad. Pero lo que no puede la Cámara es ser un riesgo constante de la caída de los gobiernos ni una guillotina parlamentaria.
La posición mantenida por el prohombre de la ACNP es, como se ve, muy elocuente de las aporías y dificultades que tenían que vencer las gentes de sus mismos sentimientos y filiación ideológica que, aceptando la democracia iban a redropelo al asumir los partidos políticos como el agente y vehículo primordiales de la soberanía popular y de su representación. Dichos sectores aceptaban muy a regañadientes el que unos partidos, legitimados por el voto popular, pudieran llegar al famoso consenso y promulgar las leyes y la Constitución que creían más oportuno para los intereses nacionales.
Avalado por múltiples títulos, Emilio Romero puede comparecer como arquetipo de la metamorfosis de muchos hombres del franquismo que se insertaron en un régimen por el que, según sus declaraciones, lucharon prolongadamente por su advenimiento. En la variada y extensa producción del famoso director de Pueblo, cabe encontrar materiales aptos para la construcción parcial de algunas alas del edificio de la democracia que había de erigirse posteriormente.
Sin embargo, su acrisolado pedigree franquista provocaría en Romero y en todas las plumas de igual porte e historia, no pocos actos fallidos sobre la plasmación de una convivencia democrática. Tal extremo era el que traducía de forma más ostensible sus innegables prevenciones hacia el fenómeno parlamentario. Dicha posición resultaba inobjetable en el plano constitucional, pero indudablemente no favorecía en amplios sectores de la sociedad española la creación de una atmósfera de estima y simpatía por el nuevo régimen.
A fines de noviembre de 1976, cuando las Cortes franquistas habían votado la Ley de la Reforma Política y ésta se hallaba a punto de sancionarse en referéndum, G. Fernández de la Mora, firmaba el prólogo de su libro La Partitocracia (Madrid, 1977, 302 págs.). En otro contexto, la intención de la obra no era muy diferente a la que alentara en la de su predecesor en la cartera de Obras Públicas Jorge Vigón, Mañana, que escoliamos muy someramente en otro trabajo. El sistema de partidos era desvenado en su plasmación europea contemporánea tras un esquemático recorrido por la historia decimonónica.
El apriorismo y unilateralidad de la importante obra no quedaban contrarrestados por su notable acopio documental, agudeza analítica y brillantez expositiva. La democracia en su versión más extendida y aceptada, la llamada demoliberal por el escritor, era bataneada y puesta en solfa a causa de la oligarquización y superficialidad de su instrumento básico, los partidos políticos. Aunque el propio autor viniera a desmentir el mismo año de la publicación de su libro algunas de las tesis fundamentales de éste con su participación como diputado de Alianza Popular en las Constituyentes de 1977, su obra fue un jarro de agua fría pero también un aguijón para las generaciones que iban a estrenar, ilusionadamente, el parlamentarismo en la recta final del siglo XX.
Precisamente serán los trabajos preparatorios de la Constitución los que concentren el mayor afán de una literatura que, importará insistir, no encuentra ya la acogida de antaño ni en las tribunas periodísticas ni en el favor de la opinión. Víctor Márquez Reviriego, licenciado en Políticas y dueño de una vasta cultura literaria y una larga experiencia en los medios de información, será uno de los cronistas que con mayor tenacidad e interés registre la actualidad en una y otra Cámara. Con ostensible voluntad de estilo, la labor del escritor onubense se caracterizará, con relación a los cronistas de otras épocas, por el acortamiento de distancias entre los hombres del Parlamento y su buenhumorado notario, más a pie de obra también que sus predecesores de tiempos del liberalismo.
Consciente del enorme esfuerzo que implica la formación apresurada de una clase política, el cronista apenas si castigará con algún réspice ocasional las deficiencias de los hombres que pondrán en marcha la máquina parlamentaria en una sociedad industrializada que desea a toda costa exorcizar sus demonios familiares, a través del diálogo y la tolerancia. Las mayores reservas las adoptará así Márquez Reviriego frente a los intransigentes de uno y otro signo, saliendo a veces malparadas en su pluma ciertas intervenciones de Ramón Tamames en su etapa de diputado comunista o las de otro compañero entonces de escaño y también como él, aunque algo más tarde, catedrático: Solé Tura. Pero para ello, decíamos, su cálamo gustará de discurrir preferentemente por los terrenos de la leve ironía, de la pincelada eminentemente crítica, del esbozo sin hiél.
Así sucede en la más extensa obra de su triada parlamentaria, aquella que recoge sus apostillas y escolios a los trabajos de las Constituyentes hasta los inicios de abril de 1978. Las crónicas agavilladas en Apuntes parlamentarios. La tentación canovista (Madrid, 1978, 331 págs.) se publicaron semanalmente en la revista Triunfo y están precedidas de dos curiosos y muy ilustrativos prólogos, fechados ambos en marzo del citado año y firmados uno por José Pedro PérezLlorca y otro por Alfonso Guerra. Leyéndolas se sigue paso a paso el aprendizaje de las Cámaras democráticas en un aula cerrada durante casi medio siglo y no puede dejar de admirarse su rápida instrucción. Pero la filiación histórica de las Cortes de 1977 obedecía más al deseo que a la realidad. Frente al individualismo y centrifugismo de las republicanas, la centralidad y mitomanía empezaron a perfilarse desde el primer momento como sus notas dominantes.
Era, desde luego, lógico que el personalismo de las figuras más relevantes del sector aperturista de la dictadura y de las fuerzas de la oposición a ella monopolizasen los debates del Congreso, dada la inexperiencia política de la mayor parte de sus integrantes.
Todo lo que implicase una devaluación de la función política de las Cámaras, sería denunciado por el periodista onubense que sintetizaría con fruición una de las más resonantes intervenciones de un valor en alza, Miquel Roca. Roca hizo una defensa del Parlamento que podríamos resumir así: «Queremos que el Parlamento sea el centro de la vida política del país, que todo lo que se haga sea antes conocido y debatido aquí. No queremos refugiarnos en la crítica a posteriori, cuando ya no hay remedio para lo hecho. Queremos una participación activa, porque parlamentariamente, controlar es colaborar, y el Gobierno debería estar satisfecho de ello… Nosotros no queremos dar primas al extraparlamentarismo, que radicalizaría la vida social del país».
El tema expuesto por el portavoz de la minoría catalana plato de gusto para el cronista nos introduce en el núcleo de otro de trascendencia pareja al primero. Las principales funciones de un Parlamento moderno son indivisibles y resulta aventurado establecer prioridades entre ellas. Es natural que en una etapa constituyente, la función legisladora prime sobre cualquier otra, pero sin que la situación se perpetúe una vez normalizada la vida nacional. El bipartidismo ha introducido en numerosos países elementos de disfuncionalidad y distorsión, particularmente dañinos en el orto de una democracia. La polarización puede hacer que el debate político se desplace a otros escenarios como los poderes y organismos mediáticos, con evidente perjuicio de las Cámaras. Para el comentarista onubense, ello fue lo que acaeció en la primera etapa de la Restauración canovista, amenazando la gran capacidad integradora del régimen ideado por el estadista malagueño. Su fantasma revoloteaba sobre las Constituyentes de un siglo adelante, cuando el país, al contrario de lo que ocurriera en tiempos de Alfonso XIII, estaba ávido de cultura política.
El partido gobernante y su principal opositor, no resistieron la tentación censurada por Márquez Reviriego al incurrir en un consenso que si deturpó y destiñó las respectivas posiciones privilegiando el pragmatismo sobre la ideología, sería luego observado por los historiadores como la clave de bóveda de todo el edificio de ía transición, admirado e imitado como no fuera ningún otro período de nuestro pasado inmediato. En todo caso, empero, el libro El pecado consensual –Apuntes parlamentarios-, (Barcelona, 1979, 156 pp.) -que colecta las crónicas del autor entre mayo y diciembre de 1978- no se caracteriza por sus excursus doctrinales. La pericia biográfica, y la anécdota imantan todas sus páginas. El cronista deja al descubierto sine ira las flaquezas culturales del cuerpo parlamentario constituyente, pero las envuelve en indulgencia. Es probable que si su observatorio se hubiera trasladado con mayor frecuencia a la Alta Cámara sus impresiones revestirían otra tonalidad, dado el sobresaliente plantel de intelectuales y hombres públicos que en ella se sentaban, casi todos por designación real. En las contadas ocasiones en que traslada sus reales al Palacio de la Marina su pluma se muestra gustosa de encontrarse en una atmósfera en la que el pensamiento y sus clásicos parecen ejercer una mayor soberanía. Los desbordamientos oratorios y fintas dialécticas de Sánchez Agesta, Ollero, José Luis Sampedro, Villar Arregui,… permiten a Márquez Reviriego zambullir a sus glosas en aguas profundas de la estasiología, tan reconfortantes para su pluma.
El cronista perdió algo de su aparente distanciamiento sus simpatías prosocialistas se delatan indisimulablemente para convertirse en un actor más del férvido aplauso que la Constitución despertó en los cuerpos colegisladores y en todo el país como prenda de bienandanza nacional. No obstante, sus pujos de imparcialidad le dictarían páginas muy comedidas y casi circunspectas al dar cuenta y razón del acto de la aprobación en el Congreso del proyecto constitucional: «No fue exactamente así. Ni todos los señores diputados estaban en pie, ni todos aplaudieron grande y prolongadamente […] Dentro faltaban setenta y seis diputados. Motivos políticos, como los peneuvistas irresolutos: enfermedad, ausencia justificada o simple absentismo y zanganería incivil… […] Estamos dispuestos a llamar al pueblo para que defienda la Constitución, dijo Felipe González. Pero primero hay que explicársela, y su excelente discurso tuvo ese claro didactismo habitual en los suyos que los hace accesibles. Los ucedeos, que luego aplaudirían, lo manifestaban con su cabeceo. A veces, también cabecean aprobatoriamente a Fraga (es de suponer que no los mismos). Y es que UCD tiene también como una doble alma. No histórica como el PSOE, porque no le ha dado tiempo, pero sí política que hace cabecear su barco (no nave del Estado, que diría Villar Arregui, sino nave del Gobierno) a babor y estribor. Es un movimiento pendular.
Es también el movimiento pendular de la Historia española, que nos hace reescribirla con frecuencia. Pero esta vez con esta Constitución, según explicó Pérez Horca, «el péndulo hubo de pararse en el centro, único lugar donde como es sabido puede permanecer inmóvil». El jefe parlamentario de los ucedeos cerraba con su explicación una «solemne y emocionante sesión». Y hablaba con palabras de Burke, de la mano temblorosa de los parlamentarios en momentos trascendentales. Es esta una Constitución de significación fundacional, de tolerancia, de concordia y de paz, que hace realidad las palabras reales del primero de los discursos de Juan Carlos I: «Efectivo consenso de concordia nacional».
No variará mucho la descripción del refrendo en el Pleno parlamentario de 27XII1978. Ahora, sin embargo, acaso el frío de la estación entibiara algo de su calor de viejo y entusiasta defensor de una Constitución para España: «Todo fue suave, sencillo y pequeño burgués […] Dentro de cien años algún Antonio Elorza buscará los periódicos en una hemeroteca […] ¿Y qué hallará el Elorza de turno?: la crónica de un acto sin ritual.
El hemiciclo del Congreso rebosante de senadores y diputados, tribunas llenas de lo que antes se llamaban «jerarquías y personalidades» […] Bajo la mirada marmórea de cuatro glorias del parlamentarismo español que hacen guardia en las esquinas (Mendizábal, Toreno, Martínez de la Rosa y Argüelles), los parlamentarios pasaban en fila y daban la mano a la real familia.
Extraña ceremonia que hubiera parecido de pésame a no ser por las faces (e incluso fauces) sonrientes de los parlamentarios. A postenon, resultaría ser su propio pésame (su, de ellos)».
La temperatura del Parlamento disminuyó tras la Constitución. La entrada de las Cámaras en un nuevo paisaje centrado en los aspectos de fiscalización y control del poder ejecutivo rebajó la tensión política de su primera andadura. Ni siquiera el astillamiento del consenso de las dos principales fuerzas que impulsaron la primera legislatura democrática, quebraría este panorama, vigente sobre todo en 1979, único año de cuyas vicisitudes parlamentarias se da circunstanciada cuenta en el tercero y último libro de Márquez Reviriego Escaños de penitencia (Barcelona, 1981, 258 pp.).
Despreocupado o desinhibido un tanto de seguir el día a día del trabajo de las dos Cámaras, el cronista tendrá tiempo y ocasión para apuntar aquí alguno de los problemas suscitados en todas las democracias, para esbozar allá el papel del Senado en la joven democracia española y, en fin, para discurrir con mesura sobre una extensa porción de los asuntos más candentes de aquella hora del país. Posiblemente, es este su libro más logrado en el fondo y la forma y el que más placenteramente escribió el autor, que desembridará su pluma para trazar etopeyas y retratos de indudable prestancia como entre otros, los de Tierno Galván, Fraga, Felipe González, Villar Arregui o Landelino Lavilla. Todo ello, naturalmente, sin olvidar la referencia a la política menuda y al impacto en el órgano legislativo de los sucesos más resonantes de un año no carente de ellos. Merece también reseñarse en el haber del autor y en las virtudes del libro, su capacidad adivinatoria, pues tanto el descalabro final de UCD como el ascenso imparable del PSOE se atalayan en muchas de sus páginas.
En conjunto, la labor de cronista de Márquez Reviriego fue una positiva contribución al nacimiento de una cultura parlamentaria en la España de la transición. Identificado plenamente con el Estado de Derecho y con los objetivos democráticos, el cronista pretendió familiarizar a sus lectores con los rudimentos de una pedagogía encaminada a aceptar la voluntad general como eje de toda convivencia política. Esta simpatía no le conduciría, sin embargo, a ningún angelismo. Intelectualmente, las primeras Cortes de la transición española constituyeron una exhibición de mediocridad. La hora de las grandes figuras del parlamentarismo clásico, de las polémicas doctrinales de alto gálibo y de los discursos enjundiosos y perforantes había pasado ya para siempre y el cronista, melancólicamente, dejaría constancia en aras de un realismo que es el más preciado timbre de su tarea, acrecentando así su interés historiográfico y su valor testimonial.
En una literatura política de rango menor, el libro que colecta las crónicas de Luis Carandell, El show de sus Señorías (Madrid, 1988), se sitúa en una cota no demasiado elevada. Los estragos producidos en sus páginas por la desenvoltura ponen en serio peligro las notas de exaltación del régimen representativo como el más justo e idóneo para una convivencia plural y libre. No es el cultivo de la pequeña historia lo que suscita la renitencia del lector, sino el tratamiento de temas acreedores a una aproximación rigurosa y el desenfado con que se siluetean los di¡ maiores, del Parlamento lo que motiva una actitud de rechazo. Postura explicable por cuanto en su» A manera de prólogo» dibuja un cuadro de la esencia y existencia parlamentarias lleno de vigor y atractivo. De igual modo, su teoría acerca de la anécdota como elemento configurador de la atmósfera parlamentaria resulta también convincente. Pero después… la amalgama indiscriminada de asuntos y personajes, de fechas y situaciones, disminuye el interés por un prólogo excitante y bien construido.
En cualquier caso, al ser siempre muy discutibles las cuestiones de método, el autor del inolvidable Celtiberia Show abocetará una galería de los personajes de las Cortes de la transición muy pocos senadores entre ellos merecedora de contemplarse con morosidad.
Sin duda, la amenidad es para Luis Carandell la meta que debe perseguirse en toda suerte de escritos, aplicando el consejo quintilianeo de enseñar deleitando. Como obra de divulgación y dado el escaso nivel de la cultura parlamentaria en nuestro país, es muy posible que se haya alcanzado los objetivos deseados por el periodista barcelonés. En naciones como Francia o Inglaterra esta clase de obras tiene una mayor dependencia de la investigación académica erudita, pero también ésta es de mayor calidad, por lo común, que la hispana.
En todo el reinado de Juan Carlos I, los debates senatoriales no han tenido mayor brío ni más audiencia que durante el primer año de vida parlamentaria. Aunque el cronista se trasladará a ella, en efemérides señaladas, para dar noticias a sus lectores de la andadura de la Cámara Alta, ésta ocupa un lugar secundario en sus páginas. De ahí que los interesados por los entresijos de la vida senatorial acogieran con aplauso la obra de Santiago López Castillo Senado: propósito de enmienda. (Barcelona, 1983, 256 pp.). Se aperdiga en ella gran parte del material que le sirviera a este periodista para sus crónicas televisivas, completadas con la biografía, a caballo entre la ficción y la realidad, del senador murciano Antonio Rodríguez. Más que de una crónica se trata, pues, de un relato escorado ostensiblemente hacia lo noticioso. Pues muy rica, en efecto, resulta la obra en punto a la semblanza política de los senadores más representativos y de sus gestos y actitudes. Descarnada a las veces, la descripción de los avatares senatoriales es, en líneas generales, bastante plausible y elogiosa, con una visión muy positiva de los hombres que hicieron el rodaje de la Alta Cámara, bajo la aristrocática y eficaz presidencia de Antonio Fontán.
En tono desenfadado y hasta desmitificador López Castillo bajará la Constitución del pedestal senatorial, al trajinar de los hombres de la calle.
«En los bancos socialistas y de UCD se oyó un ‘muy bien'». El senador Rodríguez, al finalizar el pleno, acudió a felicitar a Aguiriano (senador socialista vasco). Cuando daban las once de la noche la sesión había concluido diez minutos antes Aguiriano y Rodríguez Horcajuelo tomaban unos pinchos en la tasca de enfrente del Senado, donde el televisor comunicaba que los debates en la Alta Cámara habían finalizado, y sólo los dos senadores y el dueño del bar Goyo, el de los pinchos de tortilla escucharon atentos esta última crónica parlamentaria sobre la elaboración de la Constitución.
La terminación de la obra con la visita en pleno del primer gobierno socialista a la Alta Cámara 15 diciembre 1982 pone punto final también por el momento, al menos al género literario y periodístico del que nos hemos ocupado en estas páginas.
Afianzada la democracia y concluida la transición, el acontecer diario de la vida parlamentaria semeja no despertar ya particular interés entre los ciudadanos españoles. Tal apatía ha recibido, como se sabe, diversas interpretaciones. Según algunos comentaristas, se debe a la asunción plena de los deberes democráticos por parte del cuerpo social maduro en el ejercicio de sus obligaciones y derechos. Para otros observadores de la vida pública, dicha preterición encuentra su causa en el divorcio entre realidad social y representación política que hoy aqueja a la democracia de los países postindustrializados.
Al revalidar el PSOE en 1986 su arrollador triunfo de 1982, la transición pudo darse como conclusa. Desde ese instante, el interés por conocer el día a día parlamentario, ya decrecido, desapareció por completo. Los periódicos dejaron de privilegiar dicho aspecto de la actividad política y los cronistas de Cortes abandonaron sus tribunas para no ocuparlas sino en efemérides muy salientes.
Su función vino en cierta manera a cubrirse del lado de los estasiólogos y contemporaneístas que, junto a estudios eruditos, darían también a la estampa de vez en cuando, otro de fibra más ágil y subjetiva. El libro Los errores del cambio (Barcelona, 1986, 249 págs.) escrito por G. Fernández de la Mora al filo de la segunda travesía gubernamental def PSOE, se incluye por derecho propio en el género mencionado. El casandrismo de la recuperación de las libertades públicas ya reseñado más atrás, habíase visto, en el sentido del autor, absolutamente cumplido y el temporal más deshecho se abatía sobre la nave estatal y aún sobre todo el ser histórico de España. El naufragio sería prontamente total y hasta las ruinas perecerían conforme al director de Razón Española. El principal responsable de tal descalabro era un parlamentarismo que reproducía, hipostasiados, todas las carencias y errores de los regímenes demoliberales.
Bien que en sintonía con la crítica de los gobiernos socialistas realizada por Fernández de la Mora, Justino Sinova y Javier Tusell se situaban en las antípodas en las premisas desde las que abordaban el análisis del último periplo del parlamentarismo hispano. En su polémico libro «El secuestro de la democracia. Cómo regenerar el sistema político español». (Barcelona, 1990, 315 págs.), denunciaban la erosión sufrida por el órgano legislativo a manos de un gobierno que utilizaba sus mayorías absolutas como caballo de Atila. El debate político y la función fiscalizadora genuínas de cualesquiera Cortes, habían quedado reducidos a una liturgia huera y desmedulada con nocivos efectos para el régimen democrático, alzado todo él sobre un vigoroso cimiento parlamentario. Más que la Cámara baja, era quizás la Alta la que concentraba la requisitoria de los autores que se preguntaban, escépticos, por la utilidad de una institución defraudadora desde su nacimiento de las esperanzas depositadas en ella como órgano por antonomasia de las autonomías. Está motivada [la crisis] por las escasas atribuciones que le concede la Constitución y por la no configuración de su carácter como Cámara de representación territorial. El Senado nació como segunda Cámara y así se ha quedado: segunda en el proceso legislativo, segunda en importancia política y segunda en la consideración de la sociedad, hasta el punto de haber desaparecido, en la práctica, del interés político […] la realidad es que el Senado no cuenta para prácticamente nada en el panorama político español, pese a que celebra frecuentes sesiones. Sus problemas estructurales han quedado agravados durante los últimos ocho años por la existencia de una mayoría absoluta aún más aplastante que la del Congreso, lo que le ha impedido compensar sus deficiencias de constitución con el ejercicio de la crítica política. La mayor parte de sus sesiones ni siquiera obtienen reflejo en las páginas de los periódicos. En las páginas finales de la obra, los autores se adentraban en su receta palentocrática. En cuanto al órgano legislativo su propuesta llamaba a favor de un Parlamento que, volviera a recuperar su genuino ser y se convirtiera en el eje de la política de un Estado democrático.
En cualquier caso, sería bueno para la salud política que los españoles, sin abandonar la capacidad crítica contemplasen con afección y gratitud la misión y funciones de los principales vehículos y portavoces de la soberanía popular, esto es, las Cámaras legislativas. Su descrédito y desprestigio no pueden conducir a otra cosa que a la devaluación, cuando no a la degradación, de las responsabilidades públicas y, en general, de todo el ordenamiento del Estado, asentado sobre la pureza y el buen trabajo de las instituciones parlamentarias.
Los españoles tenemos un déficit histórico de solidaridad con ellas. Agravarlo sería tal vez suicida y, desde luego, únicamente rentable para los aventureros y los nostálgicos del autoritarismo.
Está de moda decir que han fracasado todas las ideologías y que ha sucedido a la guerra fría, teatro de batalla que enfrentó al socialismo y el capitalismo, un vacío. Sin embargo, el liberalismo y el capitalismo no se ha ensayado a fondo en ninguna parte.
Está de moda decir que vivimos en la era del fin de las ideologías. Que han fracasado todas las ideologías y que ha sucedido a la guerra fría, teatro de batalla que enfrentó al socialismo y el capitalismo, un vacío. Que el muro de Berlín aplastó a los dos enemigos y que entre los escombros políticos de este fin de siglo alucinante yacen los restos mortales de todas las grandes concepciones políticas. Esta es una afirmación que, ahora que han sido puestos en evidencia, hacen los estatistas, siguiendo una vieja táctica prestada del mundo del hampa, para tratar de impedir que su derrota histórica signifique la victoria del enemigo. Pero a ella no han contestado con suficiente contundencia, y ni siquiera convicción, los destinatarios directos de la afirmación que hacen los estatistas, es decir los supuestos defensores del capitalismo. De tal modo que, una vez más, una idea falsa amenaza con entronizarse en el Olimpo de las verdades inamovibles no por mérito de sus portavoces sino por ausencia de contestación.
No. La lección de este fin de siglo no es que la humanidad ha sido desprovista de sus dos grandes polos ideológicos y que la verdad, siguiendo el viejo precepto aristotélico del justo medio, hay que encontrarla en algún punto equidistante de ambas opciones. La lección de este fin de siglo es otra: por un lado, que el sistema capitalista no sólo es mejor que todos los otros, sino que es el único sistema justo; por el otro, que en todos estos años, a pesar de la propaganda, quienes se han enfrentado en el campo de batalla no han sido el socialismo y el capitalismo sino distintas variantes de la filosofía estatista, que iban desde el comunismo y el fascismo hasta la economía mixta y el Estado del Bienestar. El capitalismo o liberalismo son todavía opciones no jugadas a fondo en ninguna parte. Ni siquiera en los Estados Unidos, donde el poder político ha ido estropeando, a lo largo del siglo XX, muchas de las virtudes de un sistema que durante el siglo XIX convirtió a esa nación en una gran sociedad capitalista.
Es bueno recordar, ya que pocos lo hacen hoy a pesar de que es tan obvio, que el capitalismo acabó con el feudalismo y la Edad Media, que gracias a él sucumbieron la servidumbre y la esclavitud, que nunca gozó Europa de tanta paz como durante el siglo XIX, siglo capitalista por excelencia, que este sistema es el que puso a los Estados Unidos, de la noche a la mañana, a la vanguardia de la humanidad, y que, allí donde se le permitió entrar, aunque fuera a poquitos, la libertad ha demostrado ser capaz de desarrollar a las diferentes culturas. Pero el capitalismo tiene tres particularidades que permiten explicar el que aun hoy, a pesar de su apabullante verdad, siga despertando tantos odios y enconos. Es un sistema reciente. Es un sistema que, a diferencia de los otros, no ha contado con una base moral o filosófica que lo sustentara a lo largo de los años, sobre todo durante el siglo pasado, en que la naciente Economía Política entronizó el colectivismo como visión de la sociedad. Y es un sistema que por haber carecido de una sustentación filosófica o ideológica adecuada ha s¡do fácilmente prostituido hasta convertirse en esa caricatura de capitalismo que es la sociedad occidental contemporánea y que los enemigos de la libertad denuncian como una opción fracasada.
La ausencia de una ideología liberal que estuviera a la altura de las ideologías rivales (algunos liberales piensan que el liberalismo no es una ideología, pero si no lo es a lo mejor conviene que lo sea) ha permitido que se atribuya al capitalismo los defectos del estatismo.
El hombre persigue, desde muy antiguo, la sociedad perfecta. Aunque las raíces de la visión colectivista y estatista de nuestro tiempo se asocian comúnmente con el racionalismo constructivista de la Ilustración, esta perversión intelectual tiene una larga historia. La idea del pueblo, la nación, el Estado o la raza como entidades políticas organizadoras de la vida en sociedad nace, en verdad, con esa obsesión de los griegos por objetivizar en la realidad aquellas concepciones generadas en la conciencia. A la atribución de rasgos personales a las abstracciones de la mente la llamaban hipostatización. Los romanos, por su parte, incorporando esas mismas creaciones mentales, dieron derecho de ciudad a las ficciones jurídicas, muy útiles para el tráfico diario de transacciones legales y políticas. La distorsión de esas concepciones de grupo y la degeneración de un principio más moderno, el de soberanía, crearon el marco intelectual para un avasallador asalto filosófico a la libertad. (La idea de soberanía colocó al monarca absoluto por encima de la ley, y Rousseau se las arregló para desplazar la soberanía de la persona del rey hacia el pueblo). Hijas directas de esas aberraciones son la dictadura del proletariado, la supremacía de la raza aria, el imperialismo colonial y el Estado paternalista. Depositar en una abstracción mental la soberanía de todos los individuos de una sociedad ha sido la manera como, a lo largo de los siglos, la libertad individual, la única que existe, ha sido pisoteada.
El rescate filosófico del capitalismo, en consecuencia, debe empezar por un regreso al individuo como fin último del sistema político. Las sociedades no existen. Lo que existen son los individuos. Todos los sistemas del pasado se arrogaron, en nombre de abstracciones, la capacidad de decidir por los demás: los faraones egipcios, el gobierno ilimitado de la mayoría en Grecia, el Estado del Bienestar de los romanos, la Inquisición medieval, la monarquía absoluta prusiana, Hitler, Stalin, etc. El capitalismo es un sistema de derechos individuales, entre ellos, fundamentalmente, la propiedad. Sin propiedad, de cualquier tipo, el hombre no es libre. En una sociedad libre toda propiedad es privada y ningún ente superior puede primar sobre el derecho del individuo a su propiedad: ni el rey, ni la mayoría, ni el pueblo, ni el Estado.
La justificación moral del capitalismo está en el hecho de que es el único sistema compatible con la naturaleza racional del hombre, pues la existencia del hombre depende de su capacidad racional para suministrar su propio sustento. La tarea de la supervivencia de la especie depende del uso de la razón, a diferencia de lo que ocurre con todas las otras especies. Y sólo la libertad permite al individuo la puesta en práctica de su capacidad de razonar. El capitalismo, que es el único sistema basado en la libertad, es por tanto el único sistema fiel a la naturaleza del hombre.
Ayn Rand ha dividido en tres las distintas teorías de lo que es el bien en una sociedad (1). La intrínseca cree que el bien está en ciertas cosas y que el Estado debe simplemente aplicarlas por su valor inmanente. La subjetiva cree que el valor está en la percepción que se tenga de determinado hecho, lo que da al Estado la última palabra sobre el lugar donde reside el bien común. La objetiva, en cambio, cree que el bien es algo más flexible, que depende de la evaluación que haga la conciencia de los hechos de la realidad de acuerdo con ciertas pautas racionales. El bien, por tanto, es plural. La sociedad libre está fundada sobre esta última teoría del valor, mientras que todas las dictaduras y los sistemas mixtos parten de las otras.
Es hora de defender a la sociedad libre, oponiendo argumentos morales y filosóficos, no solamente prácticos, a los enemigos de la libertad. Los defensores del capitalismo han hecho un flaco favor a este sistema, circunscribiendo su retórica procapitalista a los beneficios prácticos del sistema. Han puesto el énfasis, por ejemplo, en que el mercado es un mejor asignador de recursos, hecho estrictamente cierto, pero que parte del error de suponer que existen determinados recursos de los que es posible disponer. Esos recursos no existen, ni siquiera los recursos naturales, pues también éstos deben pasar por la mano creativa y el esfuerzo del hombre antes de volverse servibles. Se ha dicho mucho que el mercado beneficia a los consumidores. Pero su grandeza mayor no está allí: está en que beneficia a los productores, que son potencialmente todos los individuos del planeta, pues la producción es la condición previa del consumo. Con pocas excepciones, los intelectuales y políticos no han defendido este sistema desde sus verdades esenciales.
El capitalismo nació espontáneamente, por accidente, y algunos estudiosos lo abordaron como un producto parcial e incompleto de algunas ideas aristotélicas. Pero, con pocas excepciones ilustres, no tuvo una contrapartida filosófica. En consecuencia, no pudo hacer frente a la avalancha misticista del siglo XIX, a pesar de que ese siglo ofreció ejemplos maravillosos de libertad encarnados, por ejemplo, en el libre comercio de los ingleses o el nacimiento de los Estados Unidos como gran nación capitalista. El siglo XIX estuvo dominado, en Occidente, por economías mixtas y no por economías totalmente libres, en buena parte por la influencia política de los distintos pensadores colectivistas.
No olvidemos que la versión moderna del Estado del Bienestar que hoy llega a su crisis nació en Alemania a fines del siglo pasado (el famoso Wohlfahrtstaat) y alcanzó las costas de Inglaterra con la legislación laboral de 1906. También a Estados Unidos llegó la onda intervencionista con las célebres barbaridades del Sherman Act de 1890, en teoría una ley antimonopolios, y en la práctica una espada de Damocles sobre la iniciativa privada, y con la introducción, ya en este siglo, del impuesto a la renta (income tax). Poco a poco se fue perdiendo esa desconfianza hacia el gobierno y el poder que había marcado las constituciones del siglo XVIII y comienzos del XIX, textos que esquivaban por lo general la vida económica y se preocupaban por los derechos de propiedad.
Al compás del nacionalismo, el estatismo fue cobrando vigor hasta apoderarse, a partir del fin de la primera guerra mundial, del cuerpo político occidental. A todos aquellos, de izquierdas y derechas, que hoy hablan de pactos sociales o concertaciones u otras formas de compromiso entre los agentes de la sociedad para obtener determinados resultados políticos o económicos, habría que recordarles que eso fue precisamente la malhadada República de Weimar, gran plataforma de lanzamiento del nazismo, o que el new deal norteamericano tenía inspiración semejante. Pero fue sobre todo a partir del final de la Segunda Guerra Mundial cuando el Estado del Bienestar occidental alcanzó su apogeo cuantitativo, en nombre de determinados servicios (educación, salud, pensiones), de determinadas ayudas a la producción (subsidios, aranceles, regulaciones) y, por supuesto, de una tabla de valeres morales según la cual había que hacer pagar más a quien más riqueza creara (la escala progresiva de impuestos).
El resultado ha sido un pavoroso intervencionismo que ha entrampado a la sociedad y le impide respirar con total libertad, anestesiando en muchos casos su iniciativa, reduciendo el espacio de sus oportunidades y socavando su moral; y unos servicios paupérrimos que avergüenzan a todos menos, al parecer, a su proveedor, el Estado. Medrando al amparo de esta realidad pulula una ingente y todopoderosa burocracia que se ha convertido en legisladora de facto (a veces también de jure) y que los teóricos del public choice definen como un grupo de interés gremial motivado por el afán de lucro en abierta competencia, desde una posición de poder, con los demás. En tiempos recientes, este cuadro del Estado del Bienestar alcanza, con la Comunidad Europea, dimensiones supranacionales que han llevado a muchos ciudadanos a denunciar que la integración económica e incluso política de Europa se va convirtiendo en una cesión, a la burocracia comunitaria, de las cada vez más limitadas prerrogativas que al interior de las fronteras nacionales aun quedaban en manos del individuo.
Casi un siglo de Estado del Bienestar ha hecho crisis definitiva. Es un Estado que crearon socialistas, socialdemócratas, democratacristianos y conservadores, separados por muchas cosas pero unidos en lo esencial: la idea de que el Estado debe corregir, morigerar, enderezar, atemperar o complementar al mercado. A la Europa del socialismo fabiano de todos estos años, han contribuido no sólo los socialistas sino la mayor parte de aquellas fuerzas que decían combatir la visión colectivista de la historia. Entre ellos, por supuesto, los conservadores, con excepciones notables como las de Margaret Thatcher o Ronald Reagan. El resultado es que hoy en las democracias punta, la mitad de la riqueza que producen los ciudadanos es birlada por el Estado, a través de los impuestos, que es la manera democrática de hacer lo que con otros métodos hacían el comunismo y el fascismo.
En Estados Unidos el Estado se traga un cuarenta por ciento de lo que produce el ciudadano, mientras que hace treinta años el porcentaje era el veinticinco por ciento. En Alemania las cifras son parecidas a las norteamericanas y en Francia superiores. Aunque el comunismo y el fascismo se diferenciaban en que el primero expropiaba los medios de producción y el segundo los controlaba sin expropiarlos, en el fondo ambas constituían un similar asalto al principio esencial de la propiedad privada. ¿Y qué es el Estado del Bienestar, que usurpa la propiedad de la mitad de la riqueza de los ciudadanos, si no una forma hipócrita del comunismo o del fascismo? ¿Qué es el principio de la tributación progresiva si no una manera de castigar el éxito?. Tenemos una expresión muy reciente de este fenómeno en Estados Unidos, donde el gobierno ha justificado la reciente subida de impuestos con el argumento de que hay que hacer pagar a quienes disfrutaron del boom de los ochenta.
Toda legislación tiene un costo. La legislación no es el instrumento benéfico que creen los estatistas. Es una de las cosas más peligrosas del mundo. Toda la legislación social que en uno u otro momento han adoptado los Estados del Bienestar ha tenido costos terribles. Los salarios mínimos o pactados trasladan los costos a los consumidores y a los productores marginales que se quedan sin empleo, al igual que ocurre con las regulaciones que dicen proteger el empleo del trabajador. Los controles de alquileres inciden en el aumento del déficit de vivienda. La progresividad del impuesto sobre la renta frena o hace cesar o huir la formación de capital, cosa que se empieza a notar el día en que los capitales foráneos, que antes tapaban ese agujero, pierden la confianza y deciden emigrar. Los controles de precios hacen desaparecer los productos del mercado. El proteccionismo de subsidios, cuotas, y aranceles perjudica al consumidor y aletarga la creatividad y el esfuerzo del productor, cosa de la que la Europa comunitaria de hoy ofrece abundantes ejemplos. Las regulaciones burocráticas elevan el costo de acceder a la legalidad y empujan, por tanto, a mucha gente a la economía sumergida. Los impuestos ocultos múltiples, como los controles de cambios, hacen a un país menos competitivo en el mercado mundial. Los impuestos a la importación los pagan los exportadores porque se exporta para importar. La rigidez y tardanza de las decisiones judiciales desalientan el mucho menos costoso arbitraje voluntario y tientan a otros a hacerse justicia por sus propias manos. Los monopolios del Estado, que abundan en las democracias más desarrolladas, son una de las más criminales agresiones a los ciudadanos. Y lo paradójico es que sus creadores suelen arremeter contra los monopolios privados, que no existen. Los monopolios sólo los puede crear el Estado.
La prostitución del capitalismo, perpetrada por el sistema de economía mixta, ha llevado a las democracias modernas a convertirse en una fábrica de lobbies o grupos de presión que pugnan por conseguir que la legislación refleje sus intereses. Esta interacción de lobbies es en apariencia una gran virtud democrática. Pero en el fondo es lo contrario: el fin de la legislación abstracta, sucinta y general que debe regir una economía de mercado, y su reemplazo por una legislación que interviene específica y directamente en mil y una esferas de la actividad privada. GJ. Stigler ha mostrado contundentemente que los gobiernos no se guían, a la hora de reglamentar la actividad industrial, por ejemplo, por la eficacia sino por las presiones políticas (2). Y esta concatenación de intereses económicos y legislación política que se ha dado en llamar mercantilismo, es la gran fuente de corrupción, como lo atestiguan tantas democracias occidentales en estos días.
El problema parte de un doble error: la idea de que el Estado encarna algo así como el bien común o el interés público, y la degeneración del concepto de derechos. El Estado no encarna ningún bien común o interés público. Es simplemente una institución que ejerce el monopolio de lo fuerza para proteger los derechos de los ciudadanos. Por ello las funciones del Estado son sólo las que ejercen la policía, las fuerzas armadas y los jueces. La policía y las fuerzas armadas protegen a los ciudadanos contra agresiones internas o externas, y los tribunales dirimen las querellas. Todo lo que se añada a estas funciones, inevitablemente significará un recorte, por pequeño que sea, de la libertad de alguien. El otro asunto, el de los derechos, es clave.
El Estado del Bienestar ha entronizado la idea de los derechos económicos, emparentándolos con los derechos políticos. Este es un monumental contrabando. Los derechos económicos suponen que la alimentación, o la salud, o la vivienda, o la educación, son recursos naturales ya existentes que hay que repartir. Ninguna de estas riquezas existe: son creación del hombre. La riqueza hay que producirla. Legislar en función de derechos económicos, por lo tanto, sólo puede significar coacción, obligar a alguien a hacer algo, despojar a alguien de una parte de su riqueza, infligir a los ciudadanos un costo o, para decirlo más claramente, un castigo. El ciudadano tiene derecho a buscar trabajo, pero no tiene ningún derecho natural al trabajo porque el trabajo, es un producto del hombre.
Como muchas de estas ideas colectivistas llevan tanto tiempo entre nosotros, se ha vuelto casi imposible discutirlas porque es impolítico hacerlo. El problema es que este sistema mixto ha llegado a su fin. Ya no hay posibilidad alguna de que levante cabeza o de que sea salvado. Ahora bien: junto con la crisis del Estado del Bienestar ha llegado la crisis de las instituciones políticas y de la función política en sí.
Creo que, con todos sus desventajas, ésta es una excelente ocasión para que los liberales lancemos una gran ofensiva ideológica que ponga de cabeza buena parte de los supuestos filosóficos y políticos sobre los que se han construido las sociedades modernas, amparados en una realidad que ofrece, todos los días, en todas partes del mundo, ejemplos poderosos de lo que decimos. La crisis de credibidilidad de los políticos es la mejor ocasión para ofrecer a los ciudadanos una alternativa radical y nueva, una ruptura con lo establecido. Porque la crisis de los políticos es simultánea y sinónima con la crisis del Estado del Bienestar. Ofrecer libertad es no sólo ofrecer el mejor sistema: también una nueva forma de hacer política.
1 Ayri Rand, «Capitalism: The Unknown Ideal», Signet, 1967.
2)Citado por Cento Veljanovski en The Economics of Law, The Institute of Economic Affairs, 1990.