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Sonatas de Scarlatti

Ivo Pogorelich es uno de los fenómenos del piano de la última mitad de siglo: de un extremado virtuosismo y de una musicalidad sorprendente sus interpretaciones causan verdadera sensación y exacerbadas críticas. El hecho de que Pogorelich aborde las Sonatas de Scarlatti hará despertar mucho interés pero también inquietud. Estas partituras del XVIII escritas para el clavecín de doble teclado, son endiabladamente difíciles si se tocan en un piano moderno, pues exigen a veces constantes entrecruzamientos de manos y una agilidad fuera de lo común. Esa dura prueba queda a priori salvada con las manos de Pogorelich. Dedos largos, manos grandes y vigorosas, y entrenamiento técnico muy perfeccionado, capaz de sortear cualquier dificultad técnica que se le presente.

Otro capítulo merece la interpretación. Pogorelich huye del tópico y sus versiones son muy personales. Puede decirse que aplica a esta música del barroco un estilo romántico. Fundamentalmente en los tempo, que maneja a su aire. No apreciamos aquí el pulso constante de la música barroca, pues son muy frecuentes los ritardandi, accelerandi e incluso rubatos al término de cada frase musical. Pero no se trata de abusos desajustados del ritmo, pues en general hay una gran coherencia interna, ya que Pogorelich pone el tempo al servicio del sentido de la música. Y es que no abandona el espíritu scarlattiano de estas partituras.

La música de Scarlatti posee un carácter muy popular, tanto de su origen italiano como español, pues no hay que olvidar que fué aquí donde transcurrió la mayor parte de su vida profesional y donde compuso estas Sonatas para su alumna Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VI. Pogorelich canta las melodías de Scarlatti, pero también las dice y las medita. Sabe poner de relieve la esencia de cada una de ellas. Si el clave con los registros puede variar los timbres, el piano moderno ha de servirse de su facultad de matización. Es éste otro aspecto que queremos destacar en la interpretación del pianista yugoslavo. La riqueza de matices es tan asombrosa que nos hace redescubrir la música de Scarlatti.

A lo largo de estas quince Sonatas permanece la claridad y frescura del auténtico Scarlatti. Pogorelich no hace sino poner las posibilidades del piano a disposición de esta preciosa música, y lo lleva a cabo con una brillantez y maestría difícilmente igualables.

La democracia invertebrada

La estrepitosa caída de los regímenes comunistas ha traído consigo no sólo la desaparición de la ideología comunista, sino también un avergonzado silencio de los socialismos más radicales.

Después de todas las barbaridades que hemos tenido que leer durante tantos años es reconfortante que el realismo y el rigor del mercado dominen los análisis de la inmensa mayoría de los gobernantes de este mundo. Gracias a ello, la mayor parte de los países subdesarrollados están empezando a vislumbrar algo de luz al final del túnel y las libertades cívicas, bastante ligadas a las económicas, van floreciendo cada vez más.

¿Pero qué diablos ha pasado con esa izquierda honesta que se rebelaba contra la desigualdad y la injusticia y que aunque en general proponía remedios peores que la enfermedad expresaba al menos ideas y sentimientos conformes a los instintos de solidaridad, hermandad o caridad propios de las facetas más positivas del ser humano? La honestidad parece haberla perdido pero también carece de un proyecto claro de sociedad a la vez libre y solidaria. Sólo el reciente discurso de Michel Rocard en las elecciones francesas permite vislumbrar un intento de redefinición de un proyecto progresista.

Algo parecido, aunque en menor grado, le ocurre a la derecha, que ha visto triunfar sus planteamientos económicos pero no sabe como enfrentarse a las nuevas demandas de una sociedad en plena evolución en la que las ideas conservadoras están a menudo completamente desfasadas.

El silencio de la izquierda nos deja sin una confrontación global entre las soluciones que propone la ideología conservadora y una visión progresista del universo. Ambos enfoques son indispensables porque los rápidos y profundos cambios demográficos y tecnológicos que vive el mundo no pueden enfocarse solamente desde perspectivas conservadoras que pueden tender a ignorar realidades importantes simplemente porque no corresponden a una visión del universo demasiado anclada en el pasado. De hecho, la caída del socialismo radical se debe ante todo a su incapacidad de evolucionar, tanto en lo intelectual como en lo político, ante un mundo que no siguió el rumbo que sus dogmas predecían.

Grupos de presión espontáneos

Han aparecido en cambio los nuevos movimientos sociales, que expresan la reacción solidaria de grupos con afinidad de identidades que no tienen nada que ver con las clases de antaño y que defienden sus escalas de valores y sus intereses de forma parcial, subjetiva e independiente de cualquier visión global de los intereses de la sociedad en su conjunto.

Para un liberal, los intereses del conjunto de la sociedad se defienden mucho mejor como resultado de la defensa de intereses parciales en una sociedad democrática que como imposición por la burocracia, que dice defender los intereses de una clase social más numerosa, de su visión de lo que es mejor para la sociedad. Pero, ¿verdad que se nota a faltar una visión global de la forma de optimizar el bienestar colectivo respetando los intereses individuales o de grupo?

Frente al pragmatismo conservador y a la falta de proyecto socialista, nos encontramos pues con visiones radicales defendidas por grupos con intereses muy parciales, ante los cuales la sociedad va cediendo de forma a menudo incoherente.

Un ejemplo cuantitativamente muy importante se produce con la presión de los grupos ecologistas, que en algunos países alcanza niveles absurdos. Entre la destrucción sistemática del ecosistema tolerada por los gobiernos y la adopción de medidas cuyos beneficios son muy inferiores a su costo existe también un término medio que sólo se consigue con una visión global de la relación entre la Humanidad y la Naturaleza. Estamos pasando de la producción de desechos de todo tipo y su vertido clandestino con consecuencias enormemente nocivas a la imposibilidad de verter o tratar residuos que se producen inevitablemente. Algunos ecologistas prefieren ignorar el problema oponiéndose indiscriminadamente a cualquier solución por racional que sea y muchos políticos prefieren ceder a presiones localizadas en lugar de enfrentarse con la inevitable realidad: la civilización industrial produce residuos. Su producción debe reducirse, pero nunca podrá eliminarse totalmente y los que se produzcan deberán reciclarse, almacenarse o tratarse en función de un análisis racional de los costes y beneficios de las distintas alternativas.

Otro ejemplo menos importante en cuanto a sus implicaciones económicas pero significativo como ejemplo del impacto que puede tener la presión de los nuevos movimientos sociales es el de los éxitos que van obteniendo los grupos homosexuales de ambos sexos en cuestiones como la adopción, el matrimonio entre personas del mismo sexo, los derechos de pensión, etc…

Entre la tradicional visión conservadora que conducía a la represión indiscriminada y lo que está empezando a ocurrir en algunas sociedades avanzadas que consideran igualmente a la pareja homosexual y la heterosexual cabe sin duda un término medio que debería basarse en un elemental equilibrio entre la libertad individual y las prioridades de la sociedad en su conjunto.

La familia como ente socialmente protegido se basa en un hecho tan evidente que debería ser innecesario recordarlo: el instinto de supervivencia de cualquier especie le lleva a proteger la reproducción, que en la especie humana sólo es posible heterosexualmente. El enorme entramado jurídico y económico que las sociedades humanas han ido creando para proteger a la familia no hace otra cosa que plasmar ese instinto de supervivencia y no hay ninguna razón para extrapolarlo a formas de convivencia que no satisfacen ese objetivo. Si una pareja homosexual desea convivir y cederse derechos económicos debe adecuarse la legislación a esa posibilidad pero en ningún caso subvencionarla o protegerla fiscalmente con aportaciones que corresponden a la sociedad en su conjunto. En cuanto a la adopción de un niño, no debe olvidarse que independientemente de los traumas psíquicos que pudieran resultar para el niño, la sociedad tiene obligación, para su propia supervivencia, de proteger la heterosexualidad.

Necesidad de proyectos globales

Estos dos ejemplos de la influencia de los nuevos movimientos sociales no son un requisitorio en contra suya sino la manifestación de mi inquietud ante la carencia de una visión global que permita a la sociedad en su conjunto enfrentarse con las realidades del mundo de hoy. Esa inquietud, compartida por una parte cada vez mayor del electorado en los países democráticos, coloca a los políticos y líderes de opinión ante una responsabilidad histórica: la elaboración de propuestas ideológicas adaptables al siglo XXI.

Los nuevos movimientos sociales

Desde hace algunos años, sobre todo desde la caída de los regímenes comunistas de los países del Este, la Izquierda Europea está a debate.

Los partidos tradicionales de Izquierda dudan entre el total abandono de la doctrina marxista y el inmovilismo. Algunos se deciden por la primera opción, se hacen socialdemócratas y aceptan plenamente el mercado libre y el juego democrático parlamentario. Otros, como tercera posibilidad, prefieren quedarse en una trinchera desde la cual defender sus reivindicaciones sin participar en el poder.

Han pasado desde entonces tres años y tanto si los partidos y formaciones de Izquierda han emprendido cambios como si no, le resulta difícil tener buenos resultados políticos. Hay una teoría en sociología que podría ayudarnos a comprender la razón por la cual un partido posicionado en el mercado político como puramente de izquierda, tiene menos probabilidades de gobernar que el que no lo reivindica. Se trata de la Teoría de los Nuevos Movimientos Sociales, iniciada por sociólogos europeos en los años ochenta . En este artículo me centraré en el modelo explicativo del sociólogo italiano Alberto Melucci, expuesto en su libro «Nomads of the Present» (Temple University Press, 1.989).

¿Que son los Nuevos Movimientos Sociales?

Para A. Melucci, los Nuevos Movimientos Sociales son la forma de movilización colectiva propia de las sociedades más avanzadas, las por él llamadas sociedades de la información. En estas sociedades, el poder es como un ente difuso y sin cara que no se puede reconocer con facilidad. Tiende a racionalizarlo todo y así penetra en zonas de nuestra vida que tradicionalmente estaban bajo control individual y no social o administrativo. El poder, se entromete en aspectos tan personales como la muerte (la forma de morir, el momento de morir), la enfermedad y la salud (vacunas obligatorias, prohibido tomar alimentos no controlados), la sexualidad (heterosexual, por supuesto), nuestra identidad como personas de uno u otro sexo, nuestra relación con el medio ambiente.

En la sociedad de la Información, los Nuevos Movimientos Sociales son la forma de acción colectiva que se opone a ese aspecto invasor del sistema. Surgen en defensa de valores, actitudes y formas de vida diferentes de los propuestos por el poder. Los conflictos puramente laborales por el contrario, ya no revisten este carácter antisistématico: siguen existiendo y no carecen de importancia, pero cuando reivindicamos una subida salarial o determinadas condiciones para el cobro del subsidio de paro, no pedimos que cambie el sistema, no estamos atacando su lógica interna. En cambio, los movimientos ecologistas, de mujeres, de objeción de conciencia y de liberación sexual, por nombrar algunos, ponen en cuestión aspectos fundamentales del sistema como, respectivamente, la sociedad de consumo en relación con la naturaleza, las relaciones tradicionales entre sexos, la defensa del territorio con ayuda de instituciones militares y su forma característica de ejercer la autoridad entre sus miembros y la pareja heterosexual tradicional.

Características de los Nuevos Movimientos Sociales

Cada Nuevo Movimiento Social participa activamente en la construcción de la identidad personal de sus miembros con la puesta en práctica de un código cultural que le es propio, es decir de su propia jerarquía de valores, costumbres, actitudes, lenguaje, vestido, etc… Los Nuevos Movimientos Sociales son, por lo tanto, laboratorios culturales en los que se ensayan y experimentan formas de vida alternativas a las propuestas por el sistema: los actores suelen creer que el cambio de la sociedad empieza por el cambio de uno mismo. Uno de los aspectos fundamentales de ese código cultural alternativo es la forma de organización de los movimientos. Estos se caracterizan por tener una estructura organizativa descentralizada y poco jerarquizada. Se procura tomar las decisiones lo más democráticamente posible y se evita la profesionalización de los cargos. La militancia en los movimientos es limitada y temporal, las movilizaciones se producen para causas puntuales. Sus seguidores forman redes de grupos dispersos, fragmentados y sumergidos en la vida diaria que a veces dejan de ser invisibles y emergen a la luz pública para actuar colectivamente.

Este tipo de acción colectiva supone una ruptura con las formas de militancia, de organización y de movilización tradicionales de los sindicatos y partidos de Izquierda. La organización, la forma de participación y de toma de decisiones en los Nuevos Movimientos Sociales no constituyen un conjunto de medios necesarios para alcanzar el poder y lograr sus objetivos, sino que representen un fin en sí mismo, son la expresión de la nueva forma de ser y de relación interpersonal que predican. Los objetivos reivindicados, en cambio, pasan a un plano secundario ya que cambian continuamente, según los actores que los protagonizan y su relación con el poder.

Conclusión

Tras ver la Teoría de los Nuevos Novimientos Sociales de A. Melucci, podemos contestarnos a la preguna formulada más arriba: ¿Por qué no consiguen gobernar los partidos que reivindican ante todo su posición de izquierda en el mercado de la política? Los partidos de izquierda tradicional pueden hacer tres cosas:

– Los que decidan conservar los objetivos políticos y la forma de movilización típicamente marxistas, envejecerán con sus electores ya que no los renovarán.

– Los que adopten la ideología socialdemócrata o la liberal, entrarán en competencia directa con los ya existentes partidos de centro y de derecha y serán unos más a repartirse la misma tarta. En esta nueva andadura, pueden tener éxito pero habrán dejado de comportarse como partidos de izquierda puesto que no realizarán ataques contra el sistema.

– Finalmente, pueden cambiar su concepción tradicional de izquierda como ideología portavoz de los intereses de los trabajadores por la de izquierda como acción social defensora de las minorías y de los desfavorecidos de nuestra sociedad. Para ello, ya hemos visto que tenderán a abandonar la forma tradicional de los partidos, con su organización estructurada y su modo centralizado de tomar las decisiones. En este caso, lo más difícil es que un partido consiga mantenerse en el juego político propio de las democracias parlamentarias sin fragmentarse hasta quedar reducido a unos modestos y efímeros movimientos sociales.

Los partidos políticos de izquierda tienen que mantenerse en el difícil equilibrio entre la forma de organización y toma de decisiones tradicional que les permite participar en las Instituciones, y la forma de desorganización descentralizada y flexible imprescindible para estar en contacto con las redes sumergidas que conforman las protestas de los ciudadanos contra el sistema, para conocer las propuestas culturales alternativas que nacen en esos laboratorios de la vida que son los Nuevos Movimientos Sociales, y tener así garantizado el voto de sus seguidores.

La crisis de Alemania

Así que los alemanes no han cambiado. A lo largo de los 45 años últimos se creía cada vez más que la sociedad alemana se había convertido en una verdadera sociedad basada en principios democráticos y humanos. Y ahora, de repente, vemos aparecer esas imágenes de los Skinheads que marchan por las calles de las ciudades alemanas gritando Deutschland den Deutschen, Auslander raus (Alemania para los alemanes afuera los extranjeros), que admiran a Hitler y aparecen con símbolos nazis, que amenazan, que tiran cócteles Molotov a las residencias de pobres e inofensivos refugiados políticos, que propagan ideas antisemitas, destrozan cementerios judíos y que matan a pobres indefensos. El odio, en su forma más irracional y cruel, ha vuelto a aparecer en Alemania. ¡En Alemania, país cuya historia reciente debería servir de lección para todos los futuros! ¿Cómo es posible todo esto? Y ¿qué ha pasado con la Alemania democrática? ¿Cómo reacciona la sociedad ante tal barbarie?

La confusión de los hechos

La reacción de la sociedad alemana se caracteriza sobre todo por las confusiones: se confunden las crueldades de los neonazis con la xenofobia en general, se confunde la violencia con el problema político de la inmigración, se confunden los aspirantes al refugio político con los refugiados políticos y los extranjeros en general. Es cierto que hay relaciones entre todo, y aún más, factores como la unificación alemana, la crisis económica o la búsqueda de identidad también juegan un papel importante, pero estos factores no se deberían confundir, sino separar claramente para ser comprendidos en su conjunto. Primero hay que separar a los Skinheads de la xenofobia como fenómeno mucho más amplio y complejo y profundamente arraigado en medidas variadas* en ciertos sectores de la sociedad alemana. Los cabezas rapadas existen a nivel europeo y presentan las típicas características de los grupos de marginados jóvenes que siguen una moda cruel e inhumana en este caso sin motivos propiamente políticos y juegan con símbolos que muestran su rebelión contra los valores vigentes en la sociedad. Pero en Alemania, hay que preguntarse primero por qué estos Skinheads son tan numerosos y además por qué tienen tantas posibilidades de actuar libremente: si no se tratara más que de cuatro gatos que tuvieran todo el resto de la población contra sí, no podrían actuar durante tanto tiempo y con tanta fuerza en todo el país. En los últimos meses ha habido numerosas reacciones de cientos de miles de personas que se han lanzado a la calle a masificarse en contra de la xenofobia, señal de que la Alemania actual no se puede comparar con la de los años 30 y que en Alemania hay gran número de verdaderos demócratas para quienes los principios constitucionales son más que meras frases. Sin embargo no sólo los Skinheads, sino una parte considerable de la sociedad comparte las ideas xenófobas, y cree que Alemania debería protegerse contra la masiva inmigración (que, en realidad, no es tan masiva) para no perder su identidad (que a veces no saben definir por otro rasgo que el de ser alemanes, lo cual, en el fondo, dice bien poco). Lo peligroso de la evolución de los últimos meses es, amén de la violencia, que gran parte de la sociedad, en vez de oponerse y defender con todas sus posibilidades los valores democráticos, se calla.

Si bien el auge del racismo y de la xenofobia se da a nivel internacional, cabe preguntarse con todo si no hay diferencias entre el racismo de Alemania, de Inglaterra, de Polonia, de Italia, de Portugal o de España. Los Skinheads se parecen en todos los países europeos. Pero como fenómeno dentro de sociedades diversas, significan cosas distintas en cada una de las sociedades. Si nos preguntamos en qué se distinguen los Skinheads alemanes de los de otros países, lo primero que hay que destacar es la situación histórica particular de este país: en Alemania, la barbarie y la crueldad en sus manifestaciones más extremas pertenecen a la historia reciente, están aún presentes en la memoria de los que las han vivido, y cada acontecimiento que hace recordar esa barbarie la actualiza, la vuelve a hacer presente, tanto desde la perspectiva extranjera como desde la propia perspectiva alemana. En Alemania se vive con el trauma del recuerdo del Holocausto, y se sabe que lo pasado siempre se puede repetir. Los propios alemanes estamos en peligro de confundir lo presente con lo pasado, como un individuo que después de un ataque psicótico vive siempre con el temor de que se repita. De este modo absurdo, el miedo a la barbarie nos acerca más a ella. En segundo lugar, hay un acontecimiento que fomenta la xenofobia a varios niveles: la unificación alemana. En Alemania oriental, no se conocían fuera de minorías totalmente marginadas e impuestas de rusos, polacos y vietnameses las otras culturas: No se conocía el Occidente, no se viajaba por los países mediterráneos, no se estudiaba en países occidentales. En Alemania oriental, ni el contacto con los otros pueblos, ni la integración europea tuvieron lugar. Además, el regimen de la RDA fue en muchos sentidos en cuanto a la organización completa de la vida cotidiana, en cuanto al estado autoritario y la ideología omnipresente y en cuanto al individuo que se disolvía en la colectividad continuadora de la dictadura hitleriana. No estaban maduros para hacerse cargo de la libertad recibida escribió Theodor W. Adorno en 1966 en el ensayo La educación después de Auschwitz sobre los alemanes de los años veinte. La frase se puede repetir ante la situación actual. Otro factor importante es la falta de una ideología nueva: los ideales perdidos no han sido sustituidos por otros.

Por último, en Alemania hay quizá más que en otros países una especie de temor colectivo ante lo extraño. En el propio prejuicio de los alemanes se cree que es la organización de la sociedad real o imaginaria y la vigencia de unas normas sociales muy estrictas lo que forma la base de la seguridad del individuo dentro del colectivo y lo que a nivel económico provoca el bienestar de todos, el prestigio del Made in Germany, la fuerte posición económica a nivel mundial. Olvidando que gran parte de esta riqueza se basa en la colaboración de trabajadores de fuera y en la posibilidad de vender en el extranjero, se teme que el que tenga otras costumbres, y se comporte de otra forma, puede destruir la base de la riqueza. A veces también el que vive de forma muy estricta y organizada le tiene pura envidia al que parece más libre y espontáneo. El individuo se esconde en la sociedad hiperorganizada detrás de las normas sociales. Adorno critica en el ensayo mencionado la no-existencia de una sociedad consciente de las ventajas del contacto con el otro: «La sociedad en su forma presente no se basa -y esto probablemente desde hace miles de años-, como se pensaba ideológicamente desde Aristóteles, en la gravitación y la atracción, sino en la búsqueda de los propios intereses contra los intereses de los otros». Y la alternativa no hay que buscarla en una utopía ingenua, sino en la comprensión de que el contacto con el otro es lo único que hace que una sociedad evolucione y se desarrolle.

Patriotismo constitucional

Lo que Adorno propone no es la creación de nuevos valores positivos impuestos desde arriba, no lo que él llama el «carácter manipulativo», no una nueva autoridad sino -de acuerdo con los ideales de la Escuela de Francfort- un individuo responsable por sus decisiones, un miembro crítico de la sociedad. Esto no contradice la idea recientemente formulada por Jürgen Habermas, quien, en contra de todo nacionalismo basado en conceptos como sangre, raza o linaje defiende la idea de un patriotismo basado en valores ideales prescritos en la constitución: El único patriotismo que a los occidentales no nos aliena es un patriotismo constitucional. Un lazo basado en convicciones constitucionales universales. Según Habermas, aún seguimos en Alemania dentro de los viejos conceptos de sangre y raza al definir la nación no como una comunidad del mismo destino y de las mismas ideas sino como comunidad de personas del mismo origen: a un ruso con bisabuelos alemanes se le considera alemán, mientras que a un hijo de padres turcos que lleva veinte años en Alemania y se siente alemán se le considera extranjero.

La crisis económica

Puede parecer ridículo hablar de crisis económica en el caso de un país que sigue figurando, desde el punto de vista económico, entre los más potentes del mundo. Pero la crisis económica, cada vez más presente en los últimos meses, tiene psicológicamente más importancia de lo que parece. Alemania ha vivido desde la guerra un crecimiento económico continuo. Cuando llegó el momento de la unificación de las dos Alemanias, el canciller Helmut Kohl prometió una unificación rápida sin subida de impuestos. Ahora se le reprocha la equivocación, pero hay que admitir que dentro de la mentalidad de 1989 se comprendía esta postura. Ya en los años 70 aparecen en Alemania las primeras noticias que anuncian el fin del crecimiento. Pero hasta hace poco, la economía las ignoraba. El crecimiento seguía, el sistema no tenía que preocuparse por el tema de la crisis. Y ahora, desde hace algunos meses, prácticamente cada día salen en los periódicos las noticias del cierre de fábricas, de la subida del paro de la falta de dinero público y de la subida de precios e impuestos: la patronal postula por vez primera desde la guerra retrocesos en los servicios sociales y la congelación de los salarios. Y el gobierno intenta camuflar la subida de los impuestos llamándola contribución de solidaridad. La crisis económica hace dudar de toda la ideología basada en el consumo y el crecimiento, sobre todo en la parte oriental, que con ansias votó a favor de la unificación esperando la participación en el mundo lujoso de la riqueza. Esta crisis está provocando una ruptura profunda en la mentalidad alemana de la posguerra. Todavía queda la esperanza de que sólo sea un episodio que termine pronto; en las últimas semanas del 92 empezaron a aparecer nuevas previsiones económicas que hablaban de la superación del bajón. Pero parece que fueron sólo las previsiones optimistas de fin de año; ya a principios de Enero salió un estudio del D.I.W. (Instituto alemán de investigaciones económicas) que habla de la economía al borde de la catástrofe. Y con la crisis económica, el problema de la xenofobia se puede agravar. No faltan argumentos de los partidos de extrema derecha para explicar todo el problema económico a través de la presencia de los extranjeros. En un panfleto reciente del partido más importante de extrema derecha, los llamados Republikaner, se compulsan los gastos para la unificación que producen las deudas del Estado y la subida de impuestos con los gastos para los extranjeros, mezclando el apoyo para los refugiados políticos con los pagos de pensión a los trabajadores inmigrantes y los pagos de paro a los extranjeros (que por su propia contribución reciben lo que les corresponde). El cotejo da dos cantidades iguales. Y la solución de los extremistas es que la crisis económica no es más que la otra cara de la inmigración. Este tipo de cuentas es muy peligroso, pues los que prenden fuego a las casas de los refugiados políticos justifican sus barbaridades a través de ellas: los cabezas rapadas se convierten así, según la opinión terrible de algunos, en héroes que consiguen resolver los problemas que el gobierno no es capaz de solucionar. Esto confirma lo que Max Horkheimer anotó ya en 1962 en un estudio sobre prejuicio y racismo, donde analiza la psicología de la xenofobia y dice que, a parte de complejos a nivel del individuo, lo que fomenta el odio a nivel colectivo es el «retroceso económico».

El problema de la xenofobia nos afecta a todos. No sólo a los alemanes. Hay que tener presente que la xenofobia es, en primer lugar, síntoma de una sociedad que no funciona perfectamente sino cuando florece su economía, en tiempos de consumo y riqueza. Pero no podemos correr el riesgo de recaer en la barbarie y de olvidarnos de todos los principios humanos siempre que vienen tiempos difíciles. Una de las grandes tareas de nuestra época es la de insistir sobre principios firmes y válidos también en tiempos de crisis. Es precisamente en esos tiempos de crisis que las democracias tienen que someterse a la prueba del fuego: tienen que demostrar si se componen de verdaderos demócratas o no. Esperemos que en Alemania no perdamos la oportunidad de demostrarlo.

Leyes a go-go

Cualquier profesional del Derecho, por el mero hecho de moverse en este ramo, vive entre apuros. Apuros continuos. El Abogado vive pendiente de la necesidad de cumplir los plazos, de entregar en el Juzgado sus papeles a tiempo. La prisa es para él, a poco que trabaje, algo cotidiano.

Pero en compensación, hasta no hace mucho, temamos tiempo para estudiar. Por mucho lío que uno tuviese en el despacho, siempre existía la garantía de que el Derecho tiene un mínimo de estabilidad. No quiero decir con esto que vayamos a seguir aplicando siempre la misma Ley de las XH tablas, pero sí que los decenviros trabajaron pausadamente; y por tanto produjeron un buen sistema jurídico.

Hoy no. Hoy todo el mundo corre. La informática y el fax han jugado una mala pasada al Derecho. El número de las sentencias, ya sea del Tribunal Constitucional o del Tribunal Supremo, puede calificarse, para los efectos de su conocimiento o lectura directa, de inabarcable.

Y lo mismo pasa con las leyes. Ni siquiera los profesionales del Derecho pueden seguir el ritmo legislativo. Cuánto menos la gente. Es cierto que la ignorancia de las Leyes no excusa de su cumplimiento. Se trata de un principio general del Derecho, plasmado en el Código Civil, pero que está de algún modo Ínsito en toda norma: cada disposición general viene al mundo diciendo el que no me conoce, es porque no quiere.

Pero esto no es verdad. Aun quien quiere, en las actuales circunstancias, no puede conocer todo el derecho vigente. Es demasiado numeroso. Y cambia demasiado deprisa. Se trata de una nueva forma de despotismo que los antiguos no conocieron.

Demasiadas leyes

En primer lugar, se legisla demasiado. Desde 1983 hasta 1992, ambos años inclusive, en España se han promulgado 534 normas con rango de Ley (contando, por tanto, leyes orgánicas, Decretos-Leyes, y Decretos Legislativos). O sea: 53,4 leyes por año.

Y eso sin contar ni las leyes de las Comunidades Autónomas (que son tan leyes como las demás), ni los efectos jurídicos de los tratados internacionales, ni los Reglamentos y Directivas CEE. Las Leyes de las Comunidades Autónomas son innumerables. Y además, recurridas frecuentemente ante el Tribunal Constitucional; el cual, pasados no pocos años, declarará su nulidad. O sea, además de numerosas, inciertas.

Esta presión es difícil de aguantar: sólo la árdua tarea de estar al día en qué partes de las leyes son las que están vigentes, es un exasperante ejercicio de paciencia. El legislador obliga al profesional del Derecho que quiera estar al día a dedicar muchas horas al estudio.

O a gastar mucho: cuesta mucho dinero a los profesionales comprar el último capricho del legislador con forma de Ley. Existen ya numerosos servicios que lo único que venden es la posibilidad no ya de estudiar, sino de estar al día. Los mecanismos editoriales son variados. Unos, recopilan la normativa (lo que en sí a veces no es fácil), determinan cuál está vigente y cuál no (muy difícil, a veces), y finalmente publican un libro en el que lo más importante es la fecha de edición. El estado de la Nación Hay quien publica también, pero en hojas sueltas, prometiendo un futuro cuadernillo con las modificaciones futuras. Otros, con más medios, venden las leyes ya informatizadas. Pero esto es carísimo. Mucho más caro que un libro. Y a pesar de todo, se vende. El último grito comercial de Aranzadi es la legislación suministrada en… disco óptico. Un éxito en el mercado. Muy caro, pero compensa más que conservar en casa los cinco tomos anuales de legislación, para no mencionar los tomos de jurisprudencia. Hasta el BOE se suministra ahora en CDROM, o on line, vía módem. A este paso, en las Facultades de Derecho habrá que introducir una asignatura de informática aplicada. Y los Abogados ya talluditos, al paro. Porque de otro modo, no sabrán qué es lo vigente.

Leyes de poca monta

Nuestro legislador es, además, un caprichoso. No se ocupa y menos mal de los grandes temas del Derecho. Se ocupa sólo de los resortes económicos del Poder, y de lo que las encuestas no el sentido del buen gobierno consideran urgente. Parece como que se ha propuesto zurcir todo el ordenamiento, y desde luego va a conseguirlo. Porque los grandes Cuerpos Legislativos el Código Civil (de 24VH1889), la Ley de Enjuiciamiento Civil (de 3XI1881), la Ley de Enjuiciamiento Criminal (de 14EX1882), el Código Penal (de 14IX1944), etc., siguen ahí, incólumes. Ya veremos qué pasa con el Código Penal. De momento, lo que viene pasando es esto: se aprueba una nueva Ley; y luego, pocos meses después, se remiendan sus defectos en la Ley de Presupuestos.

La Ley de Presupuestos

Hasta que el Tribunal Constitucional ha puesto orden en esto, el legislador ha hecho de nuestra capa un sayo, cada año, por la vía de la Ley de Presupuestos. Menos mal que con la sentencia del Tribunal Constitucional de 18 de mayo de 1992 se acabaron por lo menos en teoría los chanchullos normativos por vía de Ley de Presupuestos. Durante no pocos años, se han venido introduciendo en el ordenamiento, mediante esta maniobra, modificaciones de casi todo, como si la Ley de Presupuestos fuera la empanada anual, llamada a ser condimentada con las sobras legislativas de todos los Ministerios durante el año. Los colegas extranjeros se extrañaban más o menos de que pudiésemos tragar semejantes mendrugos, pero nosotros, poco a poco, nos íbamos acostumbrando.

Puede pensarse que exagero. Pero no: por Ley de Presupuestos se ha modificado frecuentemente (por irrisorio que esto parezca), la propia Ley General Presupuestaria. La Ley de Presupuestos ha servido de cauce para regular materias tan presupuestarias y financieras como las estructuras de los ejércitos, regular las zonas e instalaciones de interés para la defensa nacional, fundir RNE y Radio Cadena, reglamentar el pase a la segunda actividad en el Cuerpo Superior de Policía, o quitar y poner Organismos Autónomos. La Ley de Presupuestos ha convertido el Texto Articulado de la Ley de Contratos del Estado más bien en un Texto Parcheado (nueva categoría conceptual que habrá que introducir prontamente en el ordenamiento, si las cosas siguen como hasta ahora). La Ley General Tributaria se ha hecho cada año más incierta. En suma: la Ley de Presupuestos hasta hoy ha sido una Ley sorpresa. Allí podía salir de todo.

Por Decreto-Ley

Es también frecuente el abuso en la utilización de los Decretos-Leyes: el total de los Decretos-Leyes producidos desde el 28 de diciembre de 1978 hasta hoy octubre de 1992, es de 155 Decretos-Leyes. La media cuantitativa anual de este tipo de legislación excepcional y supuestamente de emergencia, desde 1979 hasta hoy (excluyendo para este cómputo los cuatro días en que la Constitución estuvo en vigor en 1978), es por tanto de 155/13 Decretos-Leyes: 12 Decretos-Leyes por año. Uno, por tanto, al mes. Y eso que se supone que son normas con carácter excepcional, y que han de limitarse a las circunstancias de extraordinaria y urgente necesidad.

En la práctica, el Decreto-Ley ha servido sobre todo para que los Gobiernos salgan de sus apuros políticos. Para Astarloa, que escribe en 1985, y por tanto no podía tener en cuenta los casos más modernos, la extraordinariedad no ha corrido buena fortuna: «se han dictado decretos con fuerza de ley sobre las prácticas y enseñanzas sanitarias especializadas (Decreto-Ley 1/1981), la autorización de obras en el Puerto Autónomo de Bilbao (Decreto-Ley 17/1979), la modificación de las fechas de referencia del censo (Decreto-Ley 20/1979), la reordenación de organismos autónomos en diversos Ministerios (DecretoLey 13/1980), la prohibición de utilización de determinados gasóleos (DecretoLey 21/1979), la extinción de entidades de ahorro (DecretoLey 11/1981, que justifica su urgencia en las garantías a tomar ante la extinción que él mismo decide), etc..»

Con tanto abuso, todo el sistema constitucional de producción normativa se ha subvertido, y el Decreto-Ley ha pasado a ser una forma ordinaria de legislación. Porque claro: si el Gobierno tiene problemas políticos para sacar adelante un proyecto de ley, y le resulta incómoda la tramitación parlamentaria del procedimiento legislativo ordinario (porque la discusión será real, y la prensa se hará eco de lo que se diga), hay que eliminar dos obstáculos: hay que evitar al máximo la discusión social, y hay que imponer a las Cámaras una «política de hechos consumados» a la que no puede sustraerse. El remedio: el Decreto-Ley.

Nocivo para la salud política

La volatilidad del Derecho tiene un efecto social demoledor. No tanto porque el incumplimiento de lo que se desconoce se haga más excusable, cuanto porque el conocimiento de lo que hay que cumplir deviene muy oneroso. Especialmente, en materia fiscal:

Hacienda tiene demasiados privilegios. También en las Cortes. La normativa fiscal, o bate récords de velocidad en la tramitación parlamentaria (por ejemplo, Ley del IVA), o se aprueba descaradamente, sin el más mínimo rubor, por Decreto-Ley; y aun con carácter retroactivo (por ejemplo, IRPF), esperando que el TC sea benévolo. O pensando que, sea cual sea la sentencia del TC, no habrá que devolver. Pero, si no hay que devolver, entonces ¿por qué hay que pagar?

Muy en particular, la relativización de las exigencias de rigor constitucional impuestas para el uso del Real Decreto-Ley han dado fruto especialmente en cuanto a la enorme laxitud con que se ha venido entendiendo que la economía es circunstancia siempre perentoria que autoriza para que se haga uso, más que de la legislación ordinaria, de cualquier forma de desmán normativo, no importa cual. Durante los pasados años, la historia demuestra cómo el Ministerio de Economía y Hacienda se ha servido a cada momento de las formas legislativas que más le convenía, instrumentando una situación política de coyuntura favorable en las Cortes Generales del partido que le apoya, para ostentar privilegios normativos con rango de ley, casi siempre de tratamiento urgente o excepcional, como si recaudar o arreglar los problemas económicos de la nación fuera lo único importante de la política, o tuviese reglas especiales, privilegios, sólo válidos para las iniciativas de ese Ministerio. Para Hacienda, vale todo: la ley de presupuestos, la presentación de enmiendas en el Senado para torear al Congreso de los Diputados, y sobre todo, hacer uso del Real Decreto-Ley.

Todo ello, para no hablar del uso que se ha hecho de la potestad reglamentaria, tanto por el Ministerio de Economía y Hacienda como por cualquier otro Ministerio. Eso lo dejamos para otro día.

Las vecindades enojosas

España limita al Norte con cierta angustia colectiva, al Sur con la amenaza irracional del integrismo y la pobreza, al Oeste con la plácida y reciente prosperidad de los otros ibéricos… Estas son, hoy por hoy, sus vecindades.

Durante muchos años gobiernos, funcionarios, intelectuales, políticos, diplomáticos, civiles y militares miraron hacia el Norte con cierto malhumor envidioso, vieron el Sur a través del prisma colonial o neocolonial y se olvidaron de mirar hacia el Portugal lejano del que hablaron, en solitario, Unamuno y Gaziel.

Asumir la evidencia

Las cosas, afortunadamente, han cambiado aunque no tanto como para declarar enfáticamente que la nación haya asumido la evidencia de sus vecindades. En eso debía estar pero ¿no constituye acaso la crisis actual, la recesión económica y social del momento, una nueva invitación para seguir contemplando fijamente nuestro borroso ombligo?. El problema estriba en que, a diferencia con otras épocas, los españoles no pueden no podemos distraerse ya con asuntos domésticos de menor calado: lo que ocurre a nuestro alrededor es hoy, más que nunca, un problema interno. Que se lo digan si no a nuestros angustiados campesinos, a nuestros metalúrgicos amenazados, a nuestros pescadores bajo sospecha, pendientes mas que nada de lo que se decide en Bruselas o en Rabat.

Por si esta evidencia no resultara meridiana habría que recordar apenas algunas realidades transfronterizas como, por ejemplo, el drama de las pateras y sus infelices tripulantes en el largo del estrecho de Gibraltar o la última batida en Bidart contra el santuario etarra. ¿Nos afectan o no estas realidades?. Sí, responden unánimes los que ahora se llaman interlocutores sociales, ciudadanos, gente. Pero ¿el país, la sociedad, la opinión pública han asumido al fin estos hechos como algo cotidiano, insoslayable?. Parece, en cambio, menos evidente.

Los miedos de Francia

Francia ha vivido en los últimos meses la angustia o el miedo producidos por ciertas percepciones u obsesiones irracionales y desmesuradas que ofrecen las características de una depresión colectiva como escribió hace poco Alain Duhamel (Les peurs fran§aises. Flammarion. París 1993).

Miedo a una crisis social (menor, si se contempla desde el prisma español) y económica, miedo al proyecto de unión europea que constituye una verdadera alternativa histórica para el país de Jean Monnet, miedo al otro (al árabe, al negro, al meteco, al ilegal, al clandestino) y a su cultura, miedo a las reformas, incluso a la democracia y a la propia historia nacional. Y sin embargo… pocos países han ofrecido en los últimos años un ejemplo más cumplido de crecimiento económico, estabilidad social, control de precios e incluso pese al avance, tal vez inevitable, del paro entre los jóvenes de promoción del empleo. La paja en el ojo galo se ha convertido en una viga. Pero sigue siendo una paja, al menos a nivel continental.

¿Servirán las elecciones legislativas de marzo para exorcizar los miedos franceses?. Tal vez, aunque la recuperación y la renovación no se producirán seguramente de forma mecánica. La cohabitación inevitable para salvar el orden constitucional vigente podría despertar la razón tolerante, hibernada en los últimos tiempos.

Entre la peste y el cólera

Ninguna justa electoral podría, en cambio, variar sustancialmente lo que sucede al sur de Gibraltar, en nuestras vecindades magrebinas. Claro que esa eventualidad no suele producirse en condiciones civilizadas con mucha frecuencia y cuando se produce constituye más la excepción que la regla.

En Argelia se vive desde hace más de un año una guerra civil más o menos solapada. Los asesinatos de militares y civiles se repiten a lo largo y ancho de todo el país. El gobierno antaño provisional pero cada vez mas decidido a eternizarse en el poder omnímodo parece dispuesto a meterse en el túnel del tiempo y repetir la experiencia autárquica (socialismo a la africana, partido único como cobertura de unas fuerzas armadas corruptas, economía planificada) del difunto presidente Huari Bumedien. Claro que este revival tiene su coste tanto humano como social, sobre todo social.

El país, pese a sus inmensos recursos, está endeudado hasta las cejas y no podrá salir del pozo si no cuenta con el apoyo de los países occidentales, especialmente Francia y Estados Unidos, y también España. La pregunta es si estos países y otros más están dispuestos a sufragar un proyecto político que sólo resulta convincente en uno de sus enunciados guerra sin cuartel al integrismo musulmán e intragable en el resto. Habrá que escoger entre la peste y el cólera, entre la amenaza integrista y su facilidad de contagio en la región y un regimen de dictadura militar cuya principal preocupación no parece ser el respeto a los derechos humanos sino el mantenimiento del orden público y las regalías de algunos privados.

Marruecos, donde al parecer no hay nubarrones integristas ni amenazas al sistema de poder basado en la baraka (hado, suerte) de un hombre, debe pechar sin embargo con una serie de dificultades la emigración salvaje, la amenaza demográfica son, apenas, un síntoma derivadas de una estructura de producción y social arcaica y, a medio plazo, inviable. Sin el capital humano imprescindible, los recursos naturales son insuficientes para alimentar a una población mayoritariamente joven. Sin la ayuda del Norte para evitar la emigración clandestina pero también el narcotráfico y hasta la subversión, de la Comunidad Europea, el futuro se presenta sombrío.

El todavía pendiente contencioso sahariano no ayudará a clarificar las cosas hasta fin de año, plazo establecido por la ONU para la celebración del referendum de autodeterminación. En éste como en otros asuntos España parece atrapada entre los principios y las realidades. Cualquier paso en falso de nuestra diplomacia conducirá inevitablemente al malhumor de cualquiera de las partes. El margen de maniobra que la ONU establece es muy limitado, máxime cuando se forma parte del Consejo de Seguridad donde hasta ahora se cocieron las resoluciones casi todas ellas imposibles para un contencioso que tiene casi veinte años de antigüedad.

Unidos por la barriga

Ningún enojo ni quebranto previsibles en la frontera occidental. La temida osmosis hispanoportuguesa se está realizando sin dificultades a través de los cada día mas estrechos contactos económicos y comerciales impulsados por la realidad europea en primer lugar y la prosperidad económica del amable vecino ibérico.

España y Portugal vivieron unidos por la espalda durante siglos, como siameses desconfiados. Ahora parecen decididos a unirse por la barriga, lo que tampoco es mala idea. Pero la oportunidad, tal vez única, de que la aproximación se produjera como resultado de un conocimiento mutuo parece haberse frustrado una vez más. Las cosas son como son y no como nos gustaría que fuesen.

Don Juan en la historia

El Conde de Barcelona, Don Juan de Borbón, ha sido una de las personalidades políticas más notables y decisivas del último siglo y medio de la vida española. Sin su presencia y sin su acción difícilmente habría podido tener lugar la restauración democrática del 75 y la recuperación de la convivencia nacional, sin excluidos ni excluyentes, que se logró con ella. Su poderosa humanidad y su figura pública ocupan un noble y hermoso lugar en la historia de la nación.

Nacido al filo del verano, el 20 de junio de 1913 en el Real Sitio de la Granja de San Ildefonso, Don Juan fue el quinto vástago de la numerosa familia de los Reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia. Con dos hermanos varones mayores que él, nada parecía destinarle a encarnar las responsabilidades que veinte años más tarde habría de asumir, como heredero de la Corona primero y como titular de la dinastía después.

No obstante, los problemas de salud del Príncipe Alfonso y del Infante Jaime, pese a las discreciones de rigor en aquella sociedad y aquella época, no tardaron mucho en ser de general conocimiento. Lo cual determinó que la atención pública empezara a fijarse en aquel espigado y simpático muchacho, expansivo y alegre, de risa fácil y espontánea cordialidad, que de alguna manera empezó a ser pronto contemplado como la secreta esperanza de la sucesión en la Corona. Al terminar su bachillerato, el joven y apuesto Infante quiso estudiar una carrera, y concretamente ser marino. A los diecisiete años era alumno de la Escuela Naval de San Fernando y, aunque fuera hijo del Rey, sin privilegios especiales a la hora de examinarse de ingreso y de observar la disciplina de la Armada.

Unos recuerdos muy lejanos

En el verano de 1930 se había inaugurado en Cádiz el Hotel Playa, que entonces se presentaba como un establecimiento de lujo por sus modernas instalaciones y su privilegiado emplazamiento. Una noche se celebraba una fiesta con no recuerdo qué motivo. Sí conservo la imagen del espacioso comedor abierto a la playa, adornado con efímeras guirnaldas de papel y farolillos de colores. Era una cena, probablemente seguida de baile, para gente joven y personas mayores.

Excepcionalmente los padres y el abuelo del autor de estas líneas dejaron que los niños se quedaran hasta la llegada de los guardiamarinas con sus elegantes uniformes blancos como los nuestros en la Primera Comunión. Entre ellos se distinguía un muchacho alto, guapo y sonriente en el que se concentraban todas las miradas, diciéndose la gente en voz baja es el Infante Don Juan. Uno sabía que eso quería decir que era un hijo del Rey. Y un niño de familia monárquica, a los seis años, si era un poco avispado, conocía los nombres de las Infantas e Infantes y había visto fotos de ellos de todas las edades en las colecciones de Blanco y Negro de las casas de los abuelos. Ver de cerca y de verdad a uno de esos Infantes, era una señalada experiencia de que luego se podría presumir con los amigos al empezar el colegio.

Ese fue mi primer encuentro con Don Juan, ciertamente fugaz y unilateral, porque él no se percató de mi presencia. A mí tampoco se me pasó por la cabeza que veinte años después empezarían los centenares de audiencias y otras ocasiones de hablar con él en los más diferentes lugares: Portugal, Suiza, Italia, Alemania, París, Madrid, La Granja, El Escorial, Sanlúcar, etc. y, por fin, en los meses últimos, Pamplona.

Alguna de esas conversaciones sería un destacado honor para mí y entraña cierto interés público. Algún día habrá que referirla. Quizá aquí mismo, antes de terminar esta semblanza.

Poco habrían de prolongarse los estudios del Infante en la Escuela de San Fernando. El 14 de abril, en pleno curso, se proclamó la República y toda la Familia Real hubo de emprender el camino del destierro. Ninguno más largo que el de Don Juan, que se prolongaría cuarenta y cinco años, bastante más de la mitad de su vida. Destierro que no exilio, fuera de la tierra suya y de sus mayores, pero con España dentro, viva y presente en su espíritu. De la

Escuela Naval al destierro

Ya en el mismo año 31 se vio claro, -si no en los medios monárquicos oficiales, sí en los populares más cortos en organización y fuerza que en número- que Don Juan habría de ser el Heredero. E incluso cundía la idea de que en caso de restauración el rey sería el hijo y no el padre. Eso pasa siempre: Carlos IV, Isabel II, el propio Conde de Barcelona…

Con la tenacidad de la memoria propia de aquellos años jóvenes, todavía se acuerda uno de ciertas coplillas ingenuas, y otras más picaras y desenfadadas, que predecían ese futuro. Alguien y aquí un nombre propio había robado una corona, pero fué la corona mural, porque la corona de España es del Rey y del Infante Don Juan. Otras aleluyas destinaban a malolientes lugares a los prohombres republicanos, mientras anunciaban con seguro disgusto del Rey Alfonso el advenimiento de Juan Tercero para el mes de febrero, con una precisión cronológica más fijada por la rima que por la información política.

No fue febrero sino noviembre y cuarenta y cuatro años después, y no fue el Infante de aquellas malas coplas sino su hijo. Pero fue. Algo hizo Don Juan en ese casi medio siglo para que el presagio se convirtiera en realidad.

Al salir de España Don Juan, tras unas gestiones de Alfonso XIII, pudo seguir sus estudios en la Escuela Naval Británica, e hizo las prácticas de Oficial en diversas unidades y por una larga temporada en el Océano Indico.

Heredero de Alfonso XIII

En 1935 Don Juan asumió oficialmente la condición de Príncipe de Asturias sin reconocimientos legales por estar en el destierro, y contrajo matrimonio con una princesa de Borbón, española también y muy próxima a la Familia Real. El padre de Doña María, originario de Nápoles y militar español, había estado casado en primeras nupcias con una hermana de Alfonso XIII. Borbones ambos, pero apenas parientes. Sus genealogías confluían en Carlos III, quinto abuelo de los dos.

Cuando estalló la guerra civil, Don Juan, como tantos jóvenes monárquicos -y, ¿quién puede dudar que él lo era?- se presentó como voluntario a alistarse en las fuerzas nacionales. Los generales no quisieron la responsabilidad de que tomara parte en la contienda y pudiera pasarle algo: primero Mola, después Franco. Este último, ya Generalísimo y Jefe del Estado, dio una explicación política de cierta entidad e incluso compromiso, si esta palabra valiera algo para los profesionales de la Realpolitik.

Fue en unas declaraciones a Juan Ignacio Luca de Tena, que se publicaron en el ABC de Sevilla en julio de 1937: el día 18, si no recuerdo mal. Don Juan, vino a decir Franco, podría tener algún día responsabilidades nacionales, y si se restablecía la monarquía sería mejor que el titular no hubiera combatido en ninguno de los dos bandos. (El general indudablemente pensaba en la victoria del suyo y en que sería una buena carta ese príncipe preservado).

En enero de 1941, Alfonso XIII estaba gravemente enfermo en sus habitaciones del Grand Hotel de Roma. El día 15 de ese mes abdicó, con toda la solemnidad posible en aquel lugar y en aquellas circunstancias, cediendo los derechos dinásticos al que era ya príncipe heredero desde seis años antes, su hijo Don Juan. Fue una sabia resolución que ratificaba la situación establecida en 1935, con la explícita conformidad de toda la Familia y la aceptación de los monárquicos españoles.

Don Juan presidió los funerales de su padre, con su hermano mayor, Jaime, en segundo lugar tras él y caminó por las calles de Roma a la derecha del Rey de Italia con Don Jaime a la izquierda del monarca. La condolencia oficial de Franco y del gobierno español estaba dirigida a Don Juan, dando principio a unas asiduas relaciones habitualmente corteses, y con frecuencia tensas, entre el Jefe del Estado y el titular de la dinastía.

En la historia de estas relaciones se distinguen tres momentos sucesivos y distintos, en los cuales siempre acaba apareciendo de una manera u otra la persona de Don Juan Carlos. El primer período llega hasta la entrevista del Azor en 1948, el segundo concluye con el nombramiento del Príncipe como Sucesor en el 69 y el tercero es el que acaba con el fallecimiento del general y la proclamación del actual Rey.

El tema sucesorio

La transitoriedad era connatural al régimen de Franco. El general se había propuesto desde el primer momento durar todo lo que pudiera y terminar su mandato el día que Dios dispusiera de su vida. Pero los políticos y la gente común pensaban en el después.

Hubo en los primeros años un proyecto de falangismo franco fascista que buscaba una institucionalización a la manera de Italia y de Alemania, sobre la base ideológica y organizativa de un partido totalitario. Pero fracasó, porque no logró eliminar a otras fuerzas políticas de la coalición nacional y porque sus más radicalizados elementos chocaron con los militares (15 de agosto de 1942, atentado de Begoña). Además, con los americanos en la Guerra Mundial empezaba el declinar de los fascismos.

No mucho después los más destacados generales pidieron a Franco la restauración de la monarquía. Por fin, casi al final de la Guerra, Don Juan publicó el Manifiesto de Lausanne (19 de marzo de 1945).

Este documento fue menos conocido en España que los dos hechos anteriores, pero produjo unos efectos políticos cuyas consecuencias duraron treinta años y medio, hasta la proclamación como Rey de Don Juan Carlos.

En el Manifiesto, Don Juan ofrecía una pacífica sustitución del régimen de Franco por una monarquía reconciliadora, tolerante, constitucional y democrática, con elecciones libres y amnistía política. Él no levantaba, decía, bandera de rebeldía ni incitaba a nadie a la sedición. Llamaba a la responsabilidad a personas e instituciones. El propósito de la futura monarquía sería la paz y la concordia de todos los españoles. (Unas palabras que suenan bastante parecidas a las de Don Juan Carlos en noviembre del 75 y al espíritu de la Constitución de 1978).

La cólera oficial del régimen fue tremenda. En la prensa falangista se insultó a Don Juan con toda suerte de bajezas. Los monárquicos fueron orillados del sistema y no pocos de ellos sancionados, confinados o víctimas de otras persecuciones menores.

Pero la cuestión sucesoria estaba planteada sin que hubiera ya ninguna alternativa seria a la que representaba una monarquía. El fantasma de una república, que habría significado una vuelta atrás, a los planteamientos de la guerra civil, y que no dejaba de flotar en el ambiente de los salones de Potsdam, se desvaneció para siempre.

El Jefe del Estado tenía que buscar la manera de acallar al Conde de Barcelona y ganar tiempo, pero con la corona en el horizonte político y alguna votación sin demasiados rigores democráticos. España pasó a llamarse Reino, hubo referéndum, ley de sucesión y, finalmente, en agosto de 1948, entrevista entre Franco y Don Juan a bordo del Azor.

Don Juan Carlos en España

En 1948 el Príncipe Juan Carlos (nadie le llamó nunca Infante) había cumplido los diez años, que era la edad en que los escolares de entonces hacían el ingreso en el Bachillerato. Su vida había transcurrido en diversos lugares, pero sin pisar nunca su patria. Era muy español, porque en su casa no se podía ser otra cosa. Pero de oídas: por el ambiente familiar, por las visitas que recibían sus padres y por lo que le contaba Eugenio Vegas.

Aunque no faltaban personas que le recomendaran lo contrario, Don Juan había tomado la decisión de que Don Juan Carlos se educara en España y en ambiente español: que conociera el país y que fuera conocido en él. Lo exigían la vocación histórica de la Familia y el destino del jovencísimo príncipe. Franco había proclamado que España era un reino y, aunque acudiera a toda clase de ambigüedades acerca de tiempos y personas, sabía bien que no había más monarquía posible que la del testamento de Alfonso XIII. Y que fuera de la monarquía no había caminos practicables sin atravesar un endemoniado juego de revolución y contrarrevolución, igual que en la década de los treinta.

Don Juan se daba cuenta de que Franco había resuelto hacer todo lo que estuviera en su mano para cerrarle a él el acceso a la corona. Incluso el Príncipe y su presencia en España podían utilizarse para marginarlo.

Los largos veintiún años

En un libro reciente, y generalmente bien informado, se cuenta que al regresar de despedir al Príncipe cuando éste emprendía su primer viaje a Madrid en octubre del 48, a los dos meses del encuentro del Azor, Don Juan comentó a su esposa que entonces comenzaban para ellos las verdaderas preocupaciones.

Desde el 48 al 69 -¡veintiún años!- el Príncipe en España estudiando todo lo estudiable o simplemente estando aquí, a título de hijo de Don Juan y a la espera de algo, y el padre, titular de la dinastía de que Don Juan Carlos era heredero, en el destierro… Mientras Don Juan Carlos era mozo, soltero y estudiante, las contradicciones de la situación estaban enmascaradas. Pero en algunos momentos las cancillerías no salían de su asombro.

Por ejemplo, en la boda de Atenas, el novio no tenía otra condición oficial que la de teniente del Ejército, y una posición de hecho derivada de su condición de heredero de una dinastía que no estaba reconocida como tal. Sin embargo, el Estado español estuvo representado por el buquealmirante de la Escuadra y el Gobierno por el Ministro de Marina, que había sido profesor de aquel guardiamarina Borbón, padre del novio, que ahora era el legítimo titular de una corona que estaba colgada en el aire…

Durante todos esos veinte larguísimos años, en torno a Estoril y en Madrid cerca del Príncipe, hubo de todo: gente leal que hacía lo posible por ayudar al mejor futuro de España y cuidaba los puentes, otros que jugaban a los partidos políticos como si los hubiera, otros que hacían planes en el aire y ofrecían consejos que nadie había solicitado, etc. etc. Pero, en general y casi siempre, reinó la prudencia en ambos lados y se mantuvo una profunda y leal confianza personal y comprensión política entre el padre y el hijo, incluso cuando un mismo asunto era contemplado desde distintas perspectivas y con las diversas y contrarias informaciones del que está dentro y del que está fuera.

Para resumir en pocas palabras los rasgos que caracterizaron la actitud de Don Juan y sus actuaciones, habría que decir que estuvieron presididas por la firmeza en lo que consideraba que eran sus deberes históricos, por la paciencia, por la dignidad y por la generosidad. Primero España y después él. Los brazos siempre abiertos, sin ánimo de revancha y sin rencores contra los que le insultaban y calumniaban y los que trataban de manipularlo. Incluso llegó a ofrecer al general el Toisón de Oro cuando se lo pidieron desde el Gobierno, para tener que soportar la humillación de recibir una impertinente carta de Franco que lo rechazaba, poniendo en duda su derecho a concederlo. Esos eran los gajes del oficio, como había dicho Alfonso XIII a propósito de los atentados.

El Conde de Barcelona mantuvo su independencia, lo cual le permitió hablar y obrar conforme a su conciencia, con la mirada siempre puesta en sus responsabilidades históricas. El no era el dueño, sino el depositario de ellas y estaba dispuesto a ejercitarlas cuando lo quisiera el país, así como a transmitirlas sin adulterar el legado si las circunstancias lo exigían.

El ánimo de don Juan era que se lograra una restauración que sirviera al restablecimiento de las libertades y de los derechos ciudadanos, a la concordia nacional y a la modernización del país. En torno a su persona y a la causa que encarnaba se fueron hilando asistencias que luego habrían de tener continuidad en el reinado de su hijo.

Don Juan Carlos, Sucesor

En julio de 1969 Franco, haciendo uso de una prerrogativa que él mismo se había concedido, procedió a nombrar Sucesor a título de Rey a Don Juan Carlos que asumió el título de Príncipe de España. (Era el que había tenido Felipe II bajo su padre Carlos V).

Don Juan se vió obligado a decir que así no se hacen las cosas y que así no son las monarquías. Él sigue siendo el responsable de la corona y de la dinastía. Pero al mismo tiempo disolvió su Consejo Privado y ordenó desmontar el Secretariado, que era una especie de comisión ejecutiva que encabezaba José María de Areilza, futuro ministro de Asuntos Exteriores en el primer gobierno de Don Juan Carlos. Prescindió también de los secretarios diplomáticos que siempre le tuvo asignados el Gobierno, nombrándolos a propuesta del propio Don Juan.

El Conde de Barcelona no podía renunciar incondicionalmente a lo que en esos momentos y en esas circunstancias consideraba que era irrenunciable, pero tampoco quería que se desarrollaran en su nombre actividades institucionales y que pudiera haber monárquicos del hijo y monárquicos del padre. Esas querellas dinásticas, diría después, no son cosas de estos tiempos.

Don Juan continuó recibiendo visitas, hablando con políticos y ciudadanos. Seguí funcionando igual, diría en una entrevista de 1978. También visitaba España, muy de vez en cuando y como a saltos, particularmente durante sus travesías marineras a bordo del Giralda. Hubo, sin embargo, una ocasión, ya en el verano del 75, en que se produjo el increíble hecho de que el Gobierno le prohibiera tocar en tierra española, haciéndoselo saber por medio del Embajador en Lisboa, como si fuera una declaración de guerra.

En repetidas ocasiones Don Juan ha explicado su posición de esos últimos años del régimen anterior. En ese tiempo Don Juan no hizo política, pero se mantuvo pendiente de los asuntos de España, sabiendo que su sola presencia al frente de la dinastía sería un estímulo y una efectiva presión para que al final del régimen se produjera el cambio.

Sobre los antecedentes de la renuncia a los derechos históricos, que se formalizó el 14 de mayo de 1977, Don Juan ha declarado que él quiso abdicar en cuanto vio que se había iniciado la evolución. Esto es ciertamente así y ocurrió antes de lo que habitualmente se piensa.

La renuncia de Don Juan

Algo puede decir acerca de eso el autor de este artículo, ya que por encargo de Don Juan le correspondió ejercer algunas funciones de mensajería. La última vez que tuve el honor de que me invitara a almorzar, el pasado 3 de noviembre, en sus habitaciones de la Clínica Universitaria de Navarra, se evocaron los recuerdos parisinos de noviembre del 75, y el Conde de Barcelona dijo, delante de testigos, que le parecía bien que esas cosas se supieran.

Don Juan estaba en París -quizá para no estar en Estoril- en esos días de noviembre de 1975. A mí me había llegado un mensaje de que fuera allí en cuanto pudiera. Como es natural fui inmediatamente, el 27 de noviembre.

Al día siguiente el marqués de Marianao, en cuya casa de París estaban alojados Don Juan y Doña María, había invitado a almorzar con Don Juan el viernes 28 a unas cuanta personas en el restaurante Le Doyen de los Campos Elíseos.

En un aparte, Don Juan me citó para la tarde en casa de Marianao, en el Boulevard Malesherbes, a donde acudí a la hora señalada. Se trataba de un mensaje muy sencillo que quería que se le transmitiera a su hijo, el Rey (dijo el Rey), lo antes posible, directamente y sin testigos. Él, -Don Juan había- decidido abdicar en su favor, transfiriéndole los derechos históricos de que era depositario y la jefatura de la dinastía. Quería conservar el título de Conde de Barcelona.

Los problemas dinásticos, decía Don Juan, no eran cosa de esta época; por el interés de España, era deseable que hechos como la proclamación de Don Juan Carlos como Rey se consolidaran y que nadie fuera a intentar la imposible operación de una vuelta atrás.

A estos razonamientos añadía Don Juan una consideración que después ha repetido el Rey Don Juan Carlos. A éste, al hijo, le dejarían hacer cosas que no le habrían dejado nunca hacer a él.

El Conde de Barcelona estimaba que era sumamente conveniente y urgente que Don Juan Carlos conociera la decisión de su padre, para que actuara con la seguridad de que era el Rey con todos los requisitos y derechos de la dinastía española. Don Juan Carlos tenía que disponer, por ejemplo, sin que nadie pudiera discutírselo, de la facultad de otorgar el Toisón. El modo y el momento de hacer pública esa renuncia y de documentarla quedaban confiados a la prudencia de Don Juan Carlos.

A la mañana siguiente, el sábado veintinueve, salí para Madrid en el primer avión. El encargo quedó cumplido en cuanto el Rey pudo recibirme. Don Juan Carlos me escuchó con emoción, pero yo diría que sin sorpresa. Quizá no esperaba que fuera tan pronto. Pero él conocía muy bien a su padre y sabía que en estos asuntos de Estado sólo se movía por el interés nacional.

En algunas de sus declaraciones posteriores, el Conde de Barcelona ha manifestado que se me encargó a mí perfilar un posible ceremonial para la renuncia. Sáinz Rodríguez ha dejado escrito que él habló en una ocasión con José María de Areilza, siendo éste Ministro de Asuntos Exteriores del plan que se había pensado.

Algo de lo que entonces se diseñó se puso parcialmente en práctica con ocasión del traslado a España y al Escorial de los restos de Alfonso XIII. Sáinz Rodríguez, y el propio Don Juan han comentado el retraso que experimentó el acto de dar estado oficial a la renuncia. Lo importante es que el rey supo enseguida, en su momento, que contaba con el apoyo de su padre.

Don Juan vino por primera vez a España en un avión militar que le trajo a Getafe entrado ya el año 76. Creo que fue avanzado febrero. La formalización de la renuncia tuvo lugar el 14 de mayo de 1977 en un sencillo acto casi de familia en la Zarzuela. Fue bastante significativo a efectos políticos que la abdicación oficial de Don Juan, la que consta en los Archivos de la Corona de España, tuviera lugar cuando estaban convocadas ya las elecciones a las Cortes que serían Constituyentes, y se habían legalizado previamente todos los partidos de todas las ideologías y podían votar todos los españoles en un país en que no había discriminaciones entre ciudadanos, ni presos políticos ni exiliados. Era la primera vez que eso había ocurrido en España desde 1808.

En el «Manifiesto de Lausanne» de 19 de marzo de 1945 el Conde de Barcelona había enunciado como tareas primordiales de la monarquía que él propugnaba para España las siguientes: aprobación inmediata, por votación popular, de una Constitución política, reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes; establecimiento de una Asamblea Legislativa elegida por la Nación; reconocimiento de la diversidad regional; amplia amnistía política, etc. El 14 de mayo de 1977 todo ese programa estaba en marcha y sus puntos preliminares cumplidos.

Después de la renuncia

El Conde de Barcelona instaló por fin su residencia en Madrid primero provisionalmente y luego ya con casa propia en los años siguientes. Una Villa Giralda que conserva muchos recuerdos de Estoril. El común de los españoles empezó a conocerlo mejor. Recibió numerosas muestras de reconocimiento a su persona y a su obra histórica, tanto de entidades oficiales como de instituciones privadas y ciudadanos particulares. Especial satisfacción fue para él el nombramiento de Capitán General de la Armada en diciembre pasado.

Hace unos cuantos años ya que le visitó una cruel enfermedad, a lo largo de la cual ha dado muestras de un temple humano verdaderamente infrecuente. Ha seguido estando presente en la vida de España. Pero siempre pendiente de lo que consideraba que eran sus deberes históricos.

Pocas cosas más emotivas que su celoso interés por reunir en los panteones del Escorial los restos y la memoria de los miembros de la dinastía fallecidos en el destierro. En ese piadoso gesto, Don Juan veía sin duda no un asunto de familia, sino un símbolo más del retorno a tierra española de todo lo que las discordias nacionales habían alejado de ella.

La intemperie y el invernadero

Quizá valga la pena recordar, de entrada, que durante la inmediata posguerra la literatura catalana se vio forzada a subsistir en condiciones penosas y hostiles, A partir de 1939 no sólo se prohíbe publicar en catalán, sino también utilizar el catalán fuera del ámbito estrictamente privado. Quienes desobedecían las imposiciones gubernamentales corrían peligro de ser multados, destituidos si eran funcionarios (según Circular del gobernador civil Wenceslao González Oliveros, firmada en julio de 1940) o, en casos considerados más graves, encarcelados. Se trataba de conseguir, como escribía el por entonces director de La Vanguardia Española Luis de Galinsoga, el 8 de junio de 1939, tres cosas: «Pensar como Franco, sentir como Franco y hablar como Franco, que hablando naturalmente en el idioma nacional ha impuesto su victoria».

Si traigo a colación estos datos —por desgracia, no aislados— no es en absoluto para echar más leña al fuego del resentimiento nacionalista, sino simplemente para mostrar del modo más objetivo posible que la literatura catalana, por el mero hecho de emplear una lengua non grata, se convirtió en una literatura de resistencia, condenada a las inclemencias de la más dura de las intemperies.

Así, no tuvo más remedio, hacia 1940, que buscar refugio en la Iglesia, al amparo del pulpito, el confesionario y la hoja parroquial. Precisamente las primeras publicaciones en catalán no son otra cosa que libros de piedad, misales y breviarios sufragados por el Foment de la Pieiat Catalana. A veces entre estos textos semiclandestinos se cuela alguno de poesía, como Rosa mística, título tan poco sospechoso como sacro —no en vano es obra de un cura—, y tiene además la ventaja de que se escribe igual en los dos idiomas.

En este contexto, no resulta nada extraño que cuando José M.3 Cruset, el editor y fundador de la librería Catalonia, más conocida como Casa del libro, pretenda emprender en 1941 la tarea de recuperación de la literatura catalana, lo haga proponiéndose publicar las Obras Completas de Verdaguer, Mossen Cinto, por su condición de clérigo, adicto, además —al menos durante una época—, a la nueva aristocracia financiera, como capellán de la Cía, Transatlántica del Marqués de Comillas, no representaba tantos peligros de cara a la censura como Joan Maragall, que, aunque burgués, católico y prolífieo padre de familia, había sido tildado por su amigo Unamuno de catalanista. Sin embargo, a pesar de la manifiesta idoneidad del candidato escogido, el permiso tardó dos años en obtenerse. No llegó hasta 1943, y además condicionado: la ortografía que debía ser utilizada en la edición no podía ser la empleada por Fabra. que contaba con la aceptación del Instituí d’Estudis Catalans, que desde 1913 había aceptado sus normas ortográficas, sino la anterior, la de Francesc Matheu. De este modo se pretendía crear la mayor confusión posible entre los lectores, desbaratando así el proceso unificador llevado a cabo por los fabristas, con el que se sentaban las bases del catalán moderno.

Aunque el espacio de este artículo sólo dé para una rápida panorámica, no debo olvidar tampoco que cierta burguesía ilustrada, nacionalista y católica, la misma que en su día impulsaría ta fundación del Omnium Cultural, propició a través del mecenazgo el estímulo literario del catalán. Así, por ejemplo, José M.* de Segarra fue subvencionado para componer un casi inevitable, ¡dadas las circunstancias, Poema de Montserrat, y para traducir a Shakespeare.

La cultura catalana, y de manera especial la literatura, encuentra también buen acomodo a partir de los primeros cuarenta en las casas burguesas, del Ensanche o de los barrios de San Gervasio y Sarriá, en cuyas tertulias, poetas de la categoría de Caries Riba, Foix, Joan Vinyoli, Palau i Fabre o Rosa Laveroni leen sus textos. En otros casos, como ocurre en la tertulia de Félix Mtillet, se representa El mercader de Venecia en versión catalana de Segarra.

Parece ser, sin embargo, que, tanto en los pisos de la burguesía como en las iglesias, de boca de los patriotas laicos o clérigos no salen precisamente cánticos esperanzados, sino lamentaciones jeremíacas. Nadie olvida que Cataluña ha sido pisoteada y humillada por la bota fascista, que le ha destrozado el rostro y arrebatado el habla. El tono lamentatorio usual, la nostalgia por un pasado definitivamente periclitado, comienza a irritar, incluso a parecer obsceno, a una serie de jóvenes poetas que han asistido en las postrimerías de su infancia al espectáculo de la guerra civil, como Gabriel Ferrater. La poesía de Ferrater, de tono informal y cotidiano, tan alejada, por otro lado, de la del poeta nacional por antonomasia, Salvador Espriú, supondría una agradable bocanada de aire nuevo en una literatura a menudo demasiado impostada, que, a causa de unas circunstancias trágicas, había acabado por enrarecerse.

Con estos antecedentes no puede extrañar a nadie que a partir de los años 60, nómico, se inicia un clima de mayor distensión por parle de los poderes capitalinos, obras mediocres sean tenidas en cuenta únicamente por el mero hecho de estar escritas en lengua catalana, dando cumplimiento a la sentencia chauvinista «puix parla catalá, Deu li do gloria» («puesto que habla en catalán, Dios le dé gloria»), en la que a menudo se ha basado el didactismo patriotero.

El efecto intemperie generaría a la larga, como era también esperable, el efecto invernadero, y bajo la misma carpa plastificada habrían de cobijarse obras extraordinarias (pienso, entre otros, en Plá, Rodoreda, Villalonga, Foix o Espriú, el poeta, narrador y autor teatral llevado a escena por obra del talento de Ricard Salvat), junto a otras que nada valían y cuyo único mérito consistía en el empleo —a veces hasta deplorable— de la lengua catalana, paradójicamente maltratada por partida doble.

A estas alturas, cuando acaban de cumplirse quinientos años de la edición princeps de la más inmortal de tas novelas catalanas, Tirant lo Blanc, todo un descubrimiento incluso para el público autóctono, que ha situado el libro en el número uno de las listas de ventas, y de la muerte de Isabel de Villena, la primera escritora catalana cuyas obras, la Vita Christi y ta recién descubierta Speculum animae, debieran despertar un mayor interés de los estudiosos, a estas alturas, pues, heredera de una tradición magnífica que la prestigia, la literatura catalana puede permitirse el lujo de desembarazarse de una serie de estorbos. Ya no tiene necesidad de ser resistencialista ni de manifestar otro interés que no sea el meramente literario. Tampoco debe sentirse única depositaría de la identidad de la «matria», la dolqa Catalunya del meu cor, que con tantas alharacas suele jalear el catalanismo de vía estrecha. Lejos de trasnochados romanticismos, su misión, por suerte, ha dejado de ser en exclusiva la de preservar las palabras, salvaguardando la lengua.

A mi juicio, y únicamente de este modo, aliviada del peso de la trascendencia histórica y del lastre nacionalista, la literatura catalana conseguirá seguir caminando con normalidad a la par de los tiempos modernos y al unísono con las grandes literaturas de Europa, que, al tener la suerte de pertenecer a lenguas con Estado, han visto facilitado su papel de ser sólo creación puesta al servicio del arte.