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Ver productosCataluña figura en vanguardia de las sociedades desarrolladas de Europa. Así lo atestiguan los datos fundamentales en los diversos ámbitos, Cataluña está merecidamente de moda. La celebración de los Juegos Olímpicos de 1992, con la consiguiente transformación de la gran ciudad histórica, constituye un botón de muestra. Por todo ello, Nueva Revista ha querido dedicar este número especial al antiguo Principado. Y nada mejor que empezarlo con un amplío, sincero y cordial coloquio con el Muy Honorable Presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, que ha tenido la amabilidad de dialogar con el director, Antonio Fontán, acompañado de Miguel Ángel Gozalo y Alberto Míguez, miembros de nuestro Consejo Editorial.
Miguel Ángel Gozalo. Empecemos por preguntas que la gente se hace. ¿Qué pasa con el protocolo? ¿Por qué le preocupa tanto a la Generalitat el protocolo?
Presidente Pujol. El protocolo preocupa a toda la gente seria. Toda la gente seria está preocupada por el protocolo. El protocolo es algo así como la plasmación plástica de la estructura de poder, y por lo tanto es muy importante.
M.A.G. Quiere decirse que cuando no se respeta el protocolo no se plasma debidamente el auténtico poder.
Presidente. No es que no se plasme, es que no se considera que esto sea un poder.
Antonio Fontán. No se representa, no se simboliza…
Presidente. Es que si te niegan la representación es que te niegan la esencia de él. Aparte de que política es realidad, pero también es percepción. Aparte de esto, es que si a alguien públicamente le niegan determinado «status», en realidad es que, tarde o temprano, si no se lo han hecho antes, le han retirado la realidad del poder. O se la han retirado ya o le retirarán la realidad de esta jerarquía, no solamente la apariencia externa, el protocolo. Todos los países serios observan el protocolo. Puede que haya algunos países muy pioneros, en los cuales ¡os temas de protocolo se tengan menos en consideración, como Israel, por ejemplo. Pero Suecia tiene muy en cuenta el protocolo, todo el mundo se pone en su sitio y nadie da codazos. En Alemania tienen muy en cuenta el protocolo… Dejemos ya al lado a los países comunistas, que lo tenían muy en cuenta, porque éste no es un buen ejemplo. Norteamérica tiene muy en cuenta el protocolo y nadie da codazos. Además, son países en los cuales nadie discute dónde está y nadie se mete donde no le corresponde, Suiza, el Vaticano, Inglaterra y Francia tienen muy en cuenta el protocolo. Y éstos son países serios. Hay otros en donde existe una cierta anarquía, y se va a ver quién sale mejor en la foto: en estos casos no se observa el protocolo. Pero en los países serios se observa el protocolo. Porque el protocolo es la traducción externa de una realidad interna.
M.A.G. Y la visita de Gorbachov, en ese sentido, ¿fue muy negativa?
Presidente. En ese sentido fue muy negativa. pero al final resultó positiva, en el sentido de que sirvió de toque de atención, como se ha visto después, durante la visita de Havel. Yo, ¿qué quiero? A mí me dijeron: «Lid. va a verse ahora con Gorbachov veinte minutos». Yo no lo había pedido, porque para mí no tenía ningún sentido ver a Gorbachov, Yo, ¿qué tenía que decirle a Gorbachov? Sabía lo que le hubiera dicho. Pero para mí no era esencial. Gorbachov es un hombre muy importante a nivel mundial y para la estabilidad del mundo. Pero a los efectos de lo que debe ser la acción política del President de la Generalitat no es demasiado importante hablar o no hablar con Gorbachov. Sí puede ser importante la foto, pero la verdad es que yo sinceramente no necesito esa foto. Además, la foto la puedo tener igualmente, eso no es un problema. No. Yo, sinceramente, lo que quiero, para que se quede claro, es que cualquier Jefe de Estado que viene a Cataluña tiene que ir a la Generalitat, porque esta casa es la institución que representa a Cataluña y al Estado. Y yo soy el representante ordinario del Estado en Cataluña. Esto lo dice el Estatuto, no me lo invento yo. Y esto, por otra parte, desde un punto de vista español, no tendría que escandalizar. Al contrario, tendría que alegrar mucho que el President de la Generalitat reclamara que se le respetara su papel de representante ordinario del Estado en Cataluña. Según los textos legales, sólo hay dos personas que tienen esta posibilidad. Es decir, yo lo soy cuando no están esas dos personas, que son el Rey y el presidente del Gobierno. Y esto es así, y esto tiene que respetarse así. Entonces, ¿esto cómo se reconoce? ¿Con una conversación de veinte minutos, mientras espera la gente, mientras otro toca con los nudillos en la puerta? No, no… El presidente Gorbachov viene a la Generalitat, los Mozos de Escuadra te rinden honores, el President sube al salón de la Virgen de Montserrat, se sienta debajo del retrato del Rey, firma Mijail Gorbachov con el President de la Generalitat al lado, entran dentro, se dan regalos, si hay tiempo hablan cinco minutos, o quince o veinte, o una hora, eso según los casos, pues de todo ha habido, y se levantan, y luego, si hay que dar una comida o hay que dar un agasajo al presidente Gorbachov, se hace en la Generalitat. Que, además, es algo muy representativo de Cataluña, ¿no? El Palacio de Pedralbes es una mona de Pascua, con todos los respetos; es una mona de Pascua del año 29, que tiene su mérito, que además fue un obsequio que hicieron al Rey, pero que no representa nada en Cataluña, absolutamente nada. Es decir, representa a la Generalitat, y el Ayuntamiento también la representa, ahí, en la calle Moneada, y la Seat y la Volkswagen también representan algo, y Montserrat y el Monasterio de Poblet, y, si se me permite, pues todos los hoteles de la Costa Brava representan algo, o bien la industria del país o e! Bajo Llobregat. Pero, en fin, puestos a hablar en términos de representación política e institucional, el Palacio de la Generalitat. Cuando se va a Cataluña, hay que ir al Palacio de la Generalitat y hay que ir a saludar al que representa ordinariamente al Estado Español en Cataluña, que no es el Sr. Pujol, sino el President de la Generalitat. Y esto es sano que todo el mundo lo aprenda. Por ejemplo, cuando hay algún ministro que dice: «No, yo no quiero ir porque me va a presidir el President de la Generalitat», pues, ¿quién tiene que presidir, sino el President de la Generalitat? A no ser que se hubiera invitado al presidente del Gobierno y el presidente del Gobierno hubiese dicho que no puede venir y delega en un ministro. Entonces los textos legales dicen que preside el ministro. Lo que no puede hacerse es que algún ministro diga: «Oye, como yo no quiero que tú me presidas, invita al presidente, y entonces el presidente va a decir que no puede venir, delega en mí y yo vengo». No, esto no. Es decir, la delegación realmente pone al ministro por encima del President de la Generalitat cuando es un hecho natural, no cuando sirve como estratagema. A esta estratagema no nos vamos a prestar. Pero, en fin, repito, no hay ningún país serio ni ninguna institución seria que no tenga en cuenta el protocolo.
Alberto Míguez. La impresión que da, sin embargo, es que, pese a que el tema del protocolo es muy importante, parece como si detrás del tema del protocolo hubiera algo más importante: como un permanente malentendido, un permanente «zafarrancho» entre lo que se dice y se hace aquí y lo que se dice y se hace en Madrid.
Presidente. Bueno, esto es cierto. En realidad, yo creo que dentro del mosaico que es España, que entre todas las piezas que componen España, hay alguna, como Cataluña, que no termina de encajar. Yo siempre digo que esto no funciona. Y lo que puede llamar a engaño es que yo al mismo tiempo que digo esto y hago mis reivindicaciones, paralelamente aprovecho en todo momento lo que tenemos, y además me presto tanto como corresponde a una labor de colaboración a nivel general español. Por ejemplo, al mismo tiempo que tenemos el problema del protocolo yo le pido —lo había pedido ya antes, pero se lo volví a pedir— a Fernández Ordóñez que me presente él el libro sobre las inmigraciones en el Mediterráneo Occidental. Porque, ¿quién mejor que el ministro de Asuntos Exteriores español para presentar este libro? Para mí no hay contradicción entre una cosa u otra, porque, además, el ministro ya sabe que no estoy de acuerdo con lo otro. Lo que pasa es que mientras yo sigo diciendo que esto no va, en lo que va, que hay cosas que van, muchas cosas, bueno, yo digo: «Bien, sigamos por ahí». Porque, aprovechando las áreas útiles, las áreas de entendimiento, algún día encontraremos la forma de resolver el problema de fondo que queda en parte sin resolver. Esto no es un doble juego, pero puede parecérselo a alguien. Nosotros procuramos aprovechar todo lo que va bien, y hay muchas cosas que van bien.
A.F. Estos son problemas que se producen siempre entre dos poderes. Siempre hay una tensión política entre dos poderes que se ejercen sobre un mismo sujeto, que es el sujeto de un país, de una región, de una zona de España. Dentro de eso, la situación legal y constitucional vigente en los momentos actuales, en la época actual, para Cataluña es un paso histórico, ¿no?
Presidente. Si se quiere decir que ahora estamos mejor que antes, seguro que sí.
A.F. El Estatuto actual en relación con la historia contemporánea, con la historia moderna de Cataluña, es un gran paso adelante. Incluso sobre el Estatuto del 32.
Presidente. Esto no lo sé. No lo sabe casi nadie, porque el Estatuto del 32 es de una época muy distinta. El Estado era muy pequeño comparado al de ahora. Ahora, por ejemplo, tenemos la Sanidad. Entonces no tenía nadie la Sanidad. Entonces teníamos más atribuciones en Justicia y ahora tenemos menos, pero es que ahora hay una separación de poderes entre el Legislativo, el Legislativo y el Judicial mucho más fuerte que entonces. Son difícilmente comparables. Aparte de esto, el nuestro tiene una ventaja sobre el del 32, y es que dura. Esto no es solamente una ventaja del Estatuto, esto es una ventaja de !a democracia española actual, que dura, y además de una forma bastante más sosegada que la del 31. Es difícil hacer la comparación. Nosotros tenemos que sostener a veces la crítica de los sectores catalanistas, nacionalistas más radicales. que dicen que aquel Estatuto estaba mejor que el de ahora, y, en cambio, otros sectores nos dicen que el de ahora es mejor que el de entonces. Pero es que yo no me fijo en el del 32: yo me fijo en lo que son nuestras necesidades y aspiraciones actuales.
A.F. Bueno, el de ahora es un compromiso asumido por el Estado Español, por el Gobierno español y por las fuerzas políticas actuales en Cataluña.
Presidente. Nosotros siempre nos hemos dejado llevar por la idea de gobernabilidad del Estado. En el fondo, estamos en una línea muy colaboradora en general. Yo siempre digo que nosotros en el 77, 78 y 79 tuvimos una actuación muy constructiva y muy positiva, poco rebelde, por así decirlo, y a veces uno piensa que no siempre estas posiciones son las mejores. Porque luego nos encontramos con que tenemos que volver a pedir cosas y discutimos constantemente, y esto resulta tremendamente antipático. Entonces, con un ánimo muy constructivo, aceptamos cosas que luego se nos han puesto en contra desde un punto de vista económico, y ahora, cuando las replanteamos, la gente dice: «Bueno, ahora ya no es la hora de plantear esas cosas». O sea, que yo tengo mis dudas de que esta actitud muy constructiva que tuvimos en aquel momento haya sido debidamente correspondida.
A.F. Pero lo que ocurre es que esa actitud, o esa posición que representaba usted cuando hablaba en el Parlamento, fue una pieza decisiva del compromiso a que se llegó.
Presidente. Por eso lo hicimos, pero no he visto que nadie nos lo haya agradecido nunca. Hay que reconocer que nosotros tuvimos una actitud colaboradora.
M.A.G. Sí, pero da la sensación de que usted se arrepiente de eso ahora.
Presidente. No, me interrogo. Todos aquellos textos tenían una lectura que luego no han tenido. Y todo, desde la lectura del Gobierno hasta la del Tribunal Constitucional, es distinta de la que se hacía entonces. Ahora es mucho más restrictiva. Al lado de esto, nosotros seguimos trabajando con el Estatuto, y seguimos adelante con una actitud de colaboración. O sea, que me parece que no aprendemos.
A.F. Pero en conjunto, Presidente, a la hora de trazar un balance conjunto desde el punto de vista de su experiencia, el saldo sería positivo.
Presidente. Bueno, desde el punto de vista de lo que había antes y de lo que hay ahora el saldo es innegablemente positivo. Sin embargo, de lo que era previsible, desde mi punto de vista, no es positivo. Cuando digo que no es positivo no quiero decir que sea negativo. Es decir, yo pienso que estamos aquí, cuando mucha gente pensaba que sólo llegaríamos más abajo, pero siempre he pensado que llegaríamos más arriba: es decir, para mí hay déficit, y este déficit es muy importante. Este déficit es importante por lo siguiente: nosotros somos una pequeña nación dentro del conjunto de España. con vocación hispánica y española —luego les hablaré de lo que yo creo que son las tres grandes dimensiones históricas de Cataluña—, y todas las pequeñas naciones, todas, sobre todo las que no tienen Estado propio, están siempre en situación más o menos crítica. Las que tienen Estado propio han superado ya esta fragilidad y están más tranquilas, aunque hay algunas que a pesar de todo se sienten inquietas. Por ejemplo, ahí está el caso de Dinamarca, que, a pesar de tener un Estado propio, se siente insegura, manifiesta su miedo ante el hecho de la Comunidad Económica Europea, su miedo ante la influencia cultural del Sur, su pavor ante los alemanes, con algo tan curioso como que todavía son antipapistas. Los dos únicos países del mundo en los cuales el Papa ha tenido un recibimiento hostil —no indiferente, como en Turquía— fueron Noruega y Dinamarca. En Dinamarca se sienten inseguros. Los daneses vienen a preguntarnos a nosotros los catalanes: «¿Qué vamos a hacer, ustedes y nosotros, para evitar que nos coman?». Es un país que desde el siglo XV tiene la sensación de que retroceden. Todas las naciones pequeñas tenemos una vida difícil, pero, claro, cuando se es una nación pequeña dentro de un Estado mayor, esa vida todavía es más difícil. Si, como en nuestro caso, la situación es muy abierta en todos los sentidos, con movimientos de población, movimientos de capitales, etc., y una insuficiencia de poder político, el riesgo es muy grande. Y lo que falta, precisamente, es lo que a mí me daría tranquilidad de futuro. Conste que, a lo mejor, yo esa tranquilidad de futuro la podría tener sin cambiar el Estatuto, con una lectura, unas actitudes y un entendimiento político muy positivo. El Estatuto actual da para mucho más de lo que se está utilizando actualmente. Luego está el tema financiero, que también juega mucho, porque para sacar adelante el país necesitamos un nivel de financiación que el Estatuto no nos da. O sea, que es un problema en parte competencial y en parte financiero: en parte de reconocimiento lingüístico-cultural superior al actual, pero que, en realidad, en último término se traduce en que no nos da las garantías suficientes de supervivencia para siempre. Para siempre quiere decir para cien años, o ciento cincuenta.
A.M. Pero, ¿qué es lo que falta?
Presidente. En el tema lingüístico y cultural falta mucho. En primer lugar, la homogeneización autonómica para nosotros es mala, eso está claro. Mientras ¡a autonomía catalana sea legalmente lo mismo que la de algunas otras que no responden ni a una vocación ni a una voluntad autonómica real, seguro que no vamos bien. Nosotros tenemos un hecho diferencial. Luego, nosotros hemos hecho interpretaciones con la Constitución que, llevadas ante el Tribunal Constitucional, no se hubieran aceptado, pero que, por acuerdo político, se aceptaron. En realidad, lo de las tres autonomías de las nacionalidades históricas diferenciadas de las otras nos lo saltamos a la torera, y hoy en día hay una uniformalización autonómica que, en la práctica, no es tal, porque, naturalmente, los mismos instrumentos en manos de un Gobierno nacionalista o en manos del Gobierno del PSOE dan un resultado distinto. Los mismos instrumentos en manos de un país con fuerte personalidad propia o los mismos instrumentos en manos de una zona, muy digna por otra parte, pero que no tiene esta personalidad diferenciada, dan un resultado distinto. Por lo tanto, y para empezar, la homogeneización ha sido mala, porque forzosamente pone un techo bajo, hace un común denominador que siempre suele tender para abajo, no para arriba. Luego tenemos que nuestras competencias son constantemente interferidas. En algunos casos, como es en el tema cultural, esto es muy grave. Todo aquello que se dijo de las competencias exclusivas, en la práctica ha desaparecido. Luego tenemos una financiación francamente mala, muy mala, que está al final de todo en la escala de todas las financiaciones y que únicamente podríamos a veces aliviar a base de una cosa muy antieconómica, que es llegar a convenios con el Estado, que es lo que nos propone siempre el Gobierno. Luego está el tema lingüístico, que es un tema especialmente delicado. Tal como están las cosas hoy en día, un catalano-hablante que dijera: «Bueno, yo voy a vivir en Cataluña, voy a saber el castellano y voy a leer el Quijote, voy a ser un admirador, como, por otra parte, se merece, de la literatura castellana, de la de ahora y de la de Sudamérica, tal como se merece. Pero yo también voy a leer en catalán en Cataluña». No puede. Y no es que no pueda por el hecho de que haya mucha inmigración, porque todavía en buena parte éste no es el mayor problema en este sentido, sino porque realmente a la hora de hablar con la policía, a la hora de hablar con los funcionarios públicos, pues mil cosas…, pues no puede. A la hora de reclamar que sus hijos reciban la enseñanza en catalán, a pesar de que hay muchos sitios donde hay enseñanza en catalán..,, pues no puede. Por lo tanto, ésta es una situación de inferioridad clara. Y claro, cuando hay una situación de inferioridad de este tipo —es por lo que hablaba del futuro—, no hay la seguridad de que dentro de cien años hayamos podido mantener la situación.
M.A.G. ¿Es cierto que sin la televisión el catalán hubiera estado condenado a la desaparición?
Presidente. Probablemente. La televisión es muy decisiva en cualquier lengua hoy. En fin, volviendo a la situación de Dinamarca. Nosotros a veces para darnos ánimo y por otra parte debo decir que o más bien siempre intento vincular de puertas adentro un mensaje positivo, un mensaje que a veces incluso puede ser un mensaje excesivamente positivo, excesivamente, en cierto sentido, triunfalista. Por ejemplo, decimos: «Tenemos una lengua que se habla más que el danés, el finlandés o el noruego». De ello podríamos sacar la consecuencia de que somos tanto como los daneses. Eso es falso. Porque un danés puede vivir en danés en Dinamarca, pero un catalán no puede vivir en catalán en Cataluña. O, por lo menos, sólo a medias. O bien otro ejemplo: estoy de acuerdo en que me digan que en Dinamarca todos los libros de texto de matemáticas están en inglés, o que en Suecia hay universidades que no enseñan en sueco, sino en inglés. Es cierto. Pero a Umberto Eco sólo lo traducen al danés, nadie lee en italiano, en alemán o en inglés a Umberto Eco, nadie. Quien dice a Eco dice a Moravia, a Cela, etc. Es decir, la seguridad que tiene el danés dentro de su territorio es total, aunque luego resulte que todos sepan hablar inglés. Pero esto no afecta a su identidad ni a su alma ni a su sensibilidad: saben hablar inglés, nada más, y dan en inglés las clases de informática o de física nuclear en la universidad, muy bien, pero se vive en danés. En cambio, nosotros ni lo podemos hacer ahora ni es seguro que lo podamos hacer en el futuro con las limitaciones competenciales, financieras, culturales y lingüísticas que tenemos. Y reconozco que algunas de estas limitaciones son de difícil superación y que no dependen solamente de las leyes, ni dependen sólo del Gobierno de Madrid, atención ahí. El Gobierno de Madrid no puede hacer nada, O tendría que tomar decisiones que probablemente el Gobierno de Madrid no puede tomar tampoco. Cataluña necesita siempre una cierta dosis de voluntarismo para ser.
A.M. Y también hay otra cosa; que, en el futuro, este tipo de limitaciones ya no dependerán ni siquiera del Gobierno de Madrid.
Presidente. Bueno, las culturales y lingüísticas, en algún aspecto, sí. Pero muchas no es que dependan de Bruselas, dependen de nosotros en parte. En Cataluña vivimos ahora un momento lleno de posibilidades y de riesgos. Yo hago siempre la comparación siguiente cuando explico ante el país que nosotros tenemos que reforzar nuestra identidad nacional. Vamos a ganar velocidad, crecimiento económico, Juegos Olímpicos, mucha inversión extranjera, integración europea —que a nosotros yo diría que, en conjunto, no nos va bien—, mucha apertura en todos los sentidos; todo esto es positivo, pero comporta unos riesgos grandes. Si los daneses tienen miedo de todo esto, ¿cómo no vamos a tenerlo nosotros? Pérdida de la nacionalización, de ¡a personalidad, de poder económico… Yo digo que, de la misma forma que si vas en un coche muy deprisa o subes en una montaña rusa, cuando bajas no pides que pare, nosotros no pedimos que la evolución se cambie; pero te agarras fuerte, por si sales disparado: te atas. Pues el reforzamiento de nuestra identidad colectiva es atarse para poder ir deprisa. Esos riesgos tenemos que aceptarlos y tenemos que saber que para nosotros son mayores que para los daneses, pero necesitamos un mínimo de atadura que, en parte, la tenemos que poner nosotros con nuestra voluntad, con nuestro sentimiento colectivo, con nuestro sentido de identidad.
A.M. Pero cuando usted habla de «nosotros», ¿se refiere a todos los catalanes o a una parte de los catalanes?
Presidente. Yo creo que a todos. Es decir, es posible que haya bastantes catalanes que estén muy tranquilos, pero eso es normal. Cataluña tiene tres dimensiones de historia. Una es la europea, que es la primera. La primera vocación catalana no es española, es carolingia. Durante por lo menos tres siglos nuestros objetivos están en el borde de los pirineos, de manera que somos carolingios y esto se nos puede echar en cara históricamente, porque es verdad que la Reconquista básicamente la hicieron los castellanos, los leoneses y los asturianos. Nosotros nos interesamos poco por el tema árabe, con los cuales convivimos; somos la frontera sur del Imperio. Cataluña nació en el norte de los Pirineos. Tenemos una segunda dimensión, española, que viene más tarde, cuando nos echan del norte de los Pirineos. Entonces nosotros, que hemos tenido siempre una vocación española, pero secundaria, la convertimos en primaria, pero llegamos tarde: ya se ha hecho casi todo en España. Y luego tenemos una vocación mediterránea. Cuando Jaime I, todavía muy joven, regresa de su cautiverio, los nobles occitanos que han sido desposeídos de sus tierras van a verle y le piden ayuda para hacer una guerra de reconquista, y él les dice: «Voy a hacer una expedición a Mallorca; vengan ustedes conmigo y yo les daré en Mallorca lo que han perdido en Occitania». O sea, que en realidad aparece una nueva vocación, que es un poco consecuencia de que Cataluña ha sido derrotada en su vocación primera, que es la vocación europea.
Primera vocación, europea; segunda vocación, española, y luego mediterránea. Y esto sigue siendo así. Yo creo que una de las cosas más importantes que ha hecho España durante los últimos quince años ha sido posicionarse en el mundo por primera vez desde hace mucho tiempo, Ahora España sabe dónde está y antes no lo sabía. Porque iba oscilando entre la América Latina, Europa, los Países Árabes y el neutralismo. No, no. Ahora está, y esto es muy importante. Por esto es tan importante que vayan nuestras fuerzas al Golfo, Y yo digo que Cataluña tiene que posicionarse de acuerdo con esos tres componentes: el español, que en ciertos aspectos, evidentemente, es el más importante; el europeo, por genealogía tan importante como el español, y el mediterráneo, que es más secundario, porque en realidad está dentro de lo español y lo europeo.
El movimiento catalanista, en el terreno intelectual, no solamente en el político, siempre tuvo una vocación muy europea. Nuestro objetivo era Holanda. El modernismo, que es el movimiento intelectual más radical que ha tenido el catalanismo, es centroeuropeo y nórdico. El wagnerianismo aquí en Cataluña no es una opción musical, es una opción política. Y, de rechazo, en aquel momento fue el movimiento cultural más antiespañol que se ha producido. Luego vino el nausentismo, que recoge la vocación europea y europeísta, pero ya desplazándolo hacia el Mediterráneo. Tenemos que intentar reunir las tres cosas: dar la espalda a nuestra vocación española no tiene sentido, lo europeo es esencial y lo mediterráneo adereza esto.
A.F. Cuando se planteó, en el año 79, el Proyecto de Estatuto en el Gobierno, me tocaron a mí algunas cosas que hacer en aquellos momentos. Entonces hubo dos opciones: una, que fue la que se plasmó en los acuerdos con los catalanes y con las reuniones aquellas de la Moncloa, y otra opción que no la llegó a asumir ni hacer suya el Gobierno, pero que yo la planteé. No llegó a estudiarse en el Gobierno, pero eran dos proyectos de decretos leyes: uno, el restablecimiento provisional del Estatuto de Cataluña, y otro, el establecimiento provisional del Estatuto vasco.
Presidente. Evidentemente, para nosotros hubiera sido mucho mejor.
A.F. Ésa fue mi acción en el ministerio durante los dos primeros meses: llegar a unas ciertas conversaciones con Tarradellas y restablecer las relaciones entre el Gobierno de Madrid y el PNV. Al cabo de dos o tres meses fracasó aquello. Estuvo en ese momento redactado el Estatuto catalán, detallando artículo por artículo las modificaciones que había que hacer, que eran muy pocas. Era un restablecimiento provisional. Y esto, ¿qué es lo que representaba? Esto representaba que había dos opciones: una de ellas es la generalización del mapa autonómico en toda su integridad, que no respondía a la vocación de la mayor parte del territorio nacional —en mi opinión—, y otra era abordar los problemas concretos planteados por las reivindicaciones históricas de Cataluña y del País Vasco, relacionadas con la gran división nacional que culmina en la Guerra Civil: resulta que sus instituciones, el Gobierno vasco y el Gobierno de la Generalitat, quedan del lado de los vencidos, aunque muchos catalanes y muchos padres de la autonomía y muchos vascos quedaran del lado de los vencedores. Fue una de las tres rupturas que hubo en España. Una, de derechas-izquierdas; otra, la ruptura de ricos y pobres, y la tercera, ¡a ruptura nacional entre el Estado y las regiones, el Estado y las nacionalidades. Había que soldar eso. Entonces predominó la otra fórmula, que fue la fórmula de una generalización del problema autonómico.
Presidente. Sí, nosotros también nos avinimos, e hicimos mal, nos equivocamos. Pero éramos débiles. Débiles en ese caso, quiero decir, mi partido. Porque, fíjese bien: en aquel momento nosotros éramos el cuarto partido en Cataluña. En las elecciones del 77 nosotros quedamos en cuarta posición.
A.F. Sí, la UCD quedó delante, con Antón Cañellas, y el PSUC también quedó delante. El PSOE fue el primero.
Presidente. Y en las del 79 quedamos también cuartos. Nuestra reacción electoral empieza en las municipales del 79, justo después de las elecciones generales del 79. Yo siempre he tenido la duda de si teníamos que habernos planteado entonces, bueno, nos vamos a pasar a la oposición y estos señores que hagan lo que quieran. Pero, en fin, el caso es que nosotros éramos muy débiles y aceptamos esto, un poco a regañadientes, un poco por la ilusión y un poco bastante por ese sentido de la gobernabilidad.
A.F. Es que esa aceptación es lo que le daba una legitimidad. Si no lo acepta un partido nacionalista, el Estatuto no tiene legitimidad.
Presidente. Es muy posible; por eso yo a veces me pregunto si no lo hicimos mal aquello.
A.M. Da la impresión de que éste es un Gobierno, el de la Generalitat, que por un lado tiene unas relaciones lógicamente tensas con los socialistas, pero por otro es como si hubiera por debajo de la mesa una especie de entendimiento para todo. Cuando la derecha dice que la forma de ser alternativa es contando con los partidos nacionalistas vascos, catalanes y tal, bueno, pues inmediatamente señalan que es una locura, y además es imposible, porque de forma subrepticia, tanto en Cataluña como en el País Vasco, hay un acuerdo de gobierno que permite la estabilidad.
Presidente. En Cataluña no hay acuerdo.
A.M. A veces da esa impresión. Por supuesto que no lo hay. No lo hay firmado…
Presidente. No, no; ni firmado ni no firmado. Yo creo que esta observación tiene más sentido aplicada a nivel español. Pero a nivel catalán no hay acuerdo.
A.M. Siempre se habla con una especie de doble lenguaje. Por un lado, una oposición verbalmente fuerte, socialistas y nacionalistas, y por otro lado un entendimiento por debajo de la mesa. Y otro tema que está relacionado con esto, con el tema del doble lenguaje y a lo mejor hasta doble moral: a veces se echa en cara al Gobierno de la Generalitat que tiene con respecto a las instituciones nacionales, a nivel del Estado, una posición como mínimo ambigua y a veces hasta doble. Por un lado se intenta respetar la estabilidad, se defienden los principios de las instituciones, y por otro lado se entregan pitos para pitar a los representantes de estas instituciones.
Presidente. No, esto no es verdad. Lo de los pitos no es verdad. Bueno, yo le soy muy sincero. Yo, por ejemplo, cuando llegué al estadio aquel día la verdad es que no tenía ni idea de nada de lo que iba a suceder. Pero ahí hubo muchos errores…
A.F. Fue muy aplaudido por toda España.
Presidente. Sí, todo el mundo nos felicitó pero nadie nos dio nada. Y cuando nos dicen: «Oiga, que usted está siempre pidiendo», y se habla de insolidaridad… entonces nadie se acuerda de aquello.
A.F. En aquellos momentos de las negociaciones entre las Autonomías y el Estado, alguien empleaba la fórmula de los cuatro ases. Los cuatro ases son Defensa, Política Exterior, Hacienda y Justicia, y son los elementos determinantes del Estado. Es decir, que son cuatro columnas del Estado la moneda, el ejército, la diplomacia y los jueces, aunque los jueces van por su cuenta—, a las que el Estado no puede renunciar. ¿Cómo se armoniza con la vocación autonómica?
Presidente. Lo de los jueces está resuelto. El ejército nunca lo hemos pedido, la diplomacia…
M.A.G. Usted, en una entrevista que le han hecho en una revista francesa de política internacional, pide más política exterior.
Presidente. No. Una cosa es la diplomacia del Ministerio de Asuntos Exteriores y la otra es la presencia internacional de Cataluña. A ésta sí que no podemos renunciar. Yo puedo impulsar unos estudios sobre el Mediterráneo Occidental, puedo hacer un libro sobre las migraciones, puedo irme a Marruecos a ver a no sé quién, incluso a ver al rey Hassan, aunque seguramente si voy a ver al rey Hassan tendrá que ayudarme Fernández Ordóñez a verle, etc. Puedo hacer todas esas cosas, que, más o menos, es lo que hago. Lo que no puedo, en términos institucionales, es pedir la convocatoria de la Conferencia de Seguridad y Cooperación del Mediterráneo como han pedido los Gobiernos de España e Italia, Eso no puedo. En cambio, puedo estar presente en todo el Mediterráneo en muchas cosas. La presencia cultural, la presencia económica y la presencia incluso política, en otros aspectos que no son éstos, en Cataluña sí cabe. Porque Cataluña, como país bien diferenciado, necesita respirar, respirar por sí mismo; entonces necesita estar presente, Ahora, esto no tiene nada que ver con la diplomacia.
A.F. ¿Es imaginable una efectiva participación nacionalista catalana en un momento determinado en el Gobierno de Madrid?
Presidente. Nosotros como partido nacionalista tenemos en cierto sentido un inconveniente, y es que realmente nos sentimos muy responsables ante la política española, incluso la política europea, más modestamente, y esto es lo que probablemente explica los criterios de gobernabilidad y de salvar la democracia, para mí prevalentes en los años 77, 78 y 79.
A.F. Sí, pero sin tener que responsabilizarse de la ejecución de esa política.
Presidente. Bueno, pero seguramente sería compatible. En aquel momento no lo fue por problemas en parte psicológicos. Nosotros veníamos de la oposición de cuarenta años y UCD representaba una cierta continuidad. Gracias a vosotros se hizo el cambio; gracias a todos, pero sobre todo gracias a vosotros, los de UCD.
A.F. Gracias a nosotros y gracias a que la Corona entra en el juego.
Presidente. Gracias a todos. Pero el timonel erais vosotros, no éramos nosotros, ni los socialistas, ni los comunistas: erais vosotros. Por lo tanto, vosotros tenéis ahí un mérito mayor que los restantes. Pero, a pesar de todo, resultaba un poco difícil para nosotros entrar en el Gobierno con vosotros: representabais una cierta continuidad…
A.F. Sí. éramos una nuez por cascar en la posición respecto del tema nacionalista. No se sabia qué íbamos a decir.
Presidente. No se sabía. Algunos, como Ud., Suárez y Garrigues, erais gente muy abierta en cuanto al tema autonómico, pero en vuestro partido había muchos que no, muchos, muchísimos. Lógicamente, en aquel momento no se podía colaborar en una tarea que teníais que hacer vosotros solos y, a lo mejor, quemaros en ella.
A.F. Pero, Presidente, es que esto se puede producir pasado mañana, antes de los cíen años. Tal como se ve evolucionar la vida política española, puede haber un momento en el que se necesita una bisagra, como se dice. Esa bisagra serán los nacionalistas, y, más específicamente, el partido nacionalista catalán.
Presidente. Nosotros no somos una bisagra. Sólo somos los que somos. Es decir, en la práctica se podrá decir que somos una bisagra…
A.F. El partido liberal de Genscher, en Alemania, si cambia de posición, cambia el Gobierno, Esa es una situación en la que os podéis encontrar pasado mañana.
Presidente. Sí, pero sin mentalidad de bisagra, Porque nosotros en Cataluña no somos una bisagra. Y nuestro principal objetivo es Cataluña. Eso es importante. Nuestra mentalidad no es la mentalidad del partido bisagra; nuestra mentalidad es de partido mayoritario y de partido de gobierno, lo que nos hace fallar en los casos en que hay que saber hacer oposición. El material humano de nuestro partido viene de aquello que nosotros llamamos «fer pais». Nosotros, como partido político, somos malos. Vosotros fuisteis pésimos. Nosotros somos tan malos como vosotros, como partido político, porque el sentido de la mentalidad inicial es aquello que llamábamos «fer pais». que quiere decir «hacer país». Por eso nos resulta difícil la oposición, somos muy malos en la oposición, tenemos discursos poco políticos, con ilusión y ternura, si se me permite la expresión. Nosotros tenemos relativamente poco lenguaje político. Nos salva una cosa: que sí tenemos lenguaje nacional catalán y sí tenemos la capacidad de conectar muchas veces con el país en su sentimiento, no solamente en su sentimiento catalán, simplemente en su sentimiento, porque nuestra gente se encuentra más a gusto trabajando en un grupo amateur de teatro que haciendo política. Hacer política es un handicap. pero de todas formas me permite conectar con la gente que hace teatro,
M.A.G. Esa frustración catalana de no poder gobernar España, ¿a qué se debe? La operación Roca, por ejemplo. ¿Qué pasó ahí para que aquello saliera tan mal?
Presidente. Yo creo que en España, hablando claro, los mensajes muy marcadamente de origen catalán son mal recibidos. Y además los distorsionan pero si además los distorsionan es porque saben que son mal recibidos. Cuando Roca hacía un mitin en Madrid, o en Sevilla o en Zaragoza, evidentemente nunca hablaba en catalán, hablaba en castellano. Cuando durante la campaña la televisión se dedicaba básicamente a presentar los discursos de Roca en Cataluña y omitía los de Sevilla, y presentaba los de Cataluña hablando en catalán, con subtítulos en castellano, pues había una distorsión, pero era una distorsión que se hacía porque se sabía que era rentable. Es cierto que además se produjeron otros errores, éstos ya imputables a nosotros mismos. Y luego, aparte de este hecho del origen catalán del mensaje, aparte de los errores de tipo puramente político, había algún planteamiento que no encajaba. Yo puedo entender que un señor de Valladolid pensara: «Mire usted, hay que votar a un señor que es de un partido nacionalista catalán, que no deja de ser del partido nacionalista catalán y que dice que nos quiere gobernar. Pero ahí tiene su parcela y tal». Seguramente esto es difícil. Y seguramente esto no tiene solución hoy por hoy, Pero lo que pasa es que, aunque no tenga solución esto, no quiere decir que no se puedan hacer muchas cosas positivas.
A.F. Puede llegar ese momento, como decía, en que el Gobierno del Estado tenga que ser un partido del Estado y el partido nacionalista catalán. ¿Están ustedes preparados para esto y tienen la conciencia y la vocación de participar?
Presidente. Lo de participar en el Gobierno, siempre. Esto lo digo con toda rotundidad que sí.
A.F. Es muy importante para los españoles no catalanes saber que los nacionalistas catalanes están dispuestos a asumir la responsabilidad y la corresponsabilidad de todo el Estado.
Presidente. A nosotros nos hubiera ido bien poder haber hecho esto hace tiempo. No hablaré de con quién. Pero esto seguro que lo haríamos bien.
En aquella célebre acusación en este sentido que hizo una vez Alcalá-Zamora a Cambó —«Ustedes tienen que escoger entre ser Bismarck y ser Bolívar»—. Niceto Alcalá-Zamora tenía razón. Éste es nuestro drama, porque nosotros somos así. Somos las dos cosas a la vez. Y esto, evidentemente, yo lo tengo que reconocer. Ahí sí que no tiene la culpa nadie. Hoy, como en los tiempos de Cambó, sólo somos eso… Y yo comprendo las reticencias del señor de Valladolid; a nosotros nos hubiera gustado superarlas. Habría sido un fogonazo quijotesco. Seguramente también hubo otras cosas: Conste que la política reformista es la que se está haciendo; probablemente lo que le sobraba eran estas cosas que he dicho, y le faltaba el aderezo. Que el aderezo es lo más importante muchas veces, porque es lo que responde a la sensibilidad. Puestos a hablar en serio, todos estamos de acuerdo. Pero si queremos hablar para que nos entienda todo el mundo y para que la gente vibre con eso, entonces falla el aderezo, y el aderezo es lo más importante. Es decir, la música. El programa es lo mismo aquí que en Italia, es lo mismo aquí que en Portugal, pero el aderezo no. Y el aderezo no lo sabemos dar fuera de Cataluña. Y que conste que cuando lo damos en Cataluña lo sabemos dar también para la gente que no es de origen catalán. Con lo cual quiero decir, entre otras cosas, que esta gente está muy incorporada, aunque hable castellano muchas veces. Éstos también nos votan, porque si no nos votaran no ganaríamos las elecciones por mayoría absoluta. En cambio, nosotros no damos este aderezo a la gente de Zaragoza; no lo damos.
A.F. Recuerdo una intervención suya en el Congreso de los Diputados, en la que hablaba Ud. de otra cosa, pero venía a decir: «Señores, hasta ahora hemos estado repartiendo libertades. Ahora vamos a repartir dinero, y entonces nos entenderemos». Aquello fue algo que causó en el Congreso una grande y excelente impresión. Y que yo relaciono con este otro planteamiento al que ha respondido tan enérgica y tan positivamente; es decir, eso fue una posición de compartir la responsabilidad.
Presidente. Bueno, es que ahora ha habido un caso clarísimo y yo creo que muy laudable: la guerra del Golfo. El partido que ha tomado la decisión más clara y más inmediata a favor del Gobierno y a favor de enviar marineros al Golfo ha sido Convergencia. Y yo lo he llevado al extremo, porque en el Parlamento de Cataluña, el día 25 de septiembre, dije: «Señores, ahora les voy a hablar de una cosa de la que no tengo por qué hablarles —porque es lo que decíamos antes, no es competencia del Gobierno de Cataluña—, y por lo tanto podría perfectísimamente silenciar lo que voy a decir ahora; pero primero, como que afecta a catalanes, y segundo, como que yo creo que nosotros no podemos desvincularnos de ese tipo de decisiones de nivel de Estado, les digo que el Gobierno español ha hecho bien en dar apoyo a las Naciones Unidas, y que además no te quedaba más remedio que enviar a los marineros españoles, entre los que hay bastantes catalanes, por cierto, por la zona naval de Cartagena».
A.F. Dos cuestiones concretas más. Una es la de la integración de los ciudadanos en Cataluña, es decir, de los catalanes que no son cultural, étnica o históricamente catalanes…
M.A.G. Bueno, digamos de los españoles que, según la Constitución, pueden venirse a vivir a Cataluña cuando quieran.
Presidente. Van viniendo muchos…
A.F. De los que vengan mañana o de los que vayan viniendo, Y lo cual implica que, al mismo tiempo que el catalán es la lengua propia y la lengua de la cultura catalana, hasta cierto punto Cataluña va adquiriendo una cultura bilingüe. Ésa es una cuestión, y la otra es el tema del nacionalismo catalán y los nacionalismos europeos de tas naciones sin Estado.
Presidente. Hay que distinguir entre los nacionalismos de la Europa Occidental y los de la Europa Oriental, En la Europa Occidental los Estados están muy consolidados y son Estados viejos.
A.F. Pero en Checoslovaquia empieza ya el tema…
Presidente. Porque Checoslovaquia es un Estado artificial creado en 1918, aunque es un Estado que, en cierto sentido, ha funcionado. En cambio Yugoslavia, que también es de 1918, no ha funcionado nunca. Checoslovaquia ha funcionado mejor, pero no deja de ser un Estado de 1918 que no se desmembrará. Probablemente no se desmembrará ningún Estado, A lo mejor tampoco se desmembrará la Unión Soviética, pero podrían desmembrarse. Yugoslavia probablemente no se desmembrará porque actualmente vivimos una coyuntura que es exactamente la contraria a la que se vivía en 1918, Es decir, en 1918 había una coyuntura de desmembración y ahora hay una coyuntura de miedo a la desintegración. Yo di una conferencia en el Council on Foreign Affairs de Nueva York y había allí una serie de ex-embajadores y profesores de universidad, y me preguntaron muy preocupados, pues me tenían como un especialista en esta cuestión: «Oiga, ¿usted cree que la Unión Soviética se desmembrará?». Yo le dije que no lo creía, y me dijeron: «Pues no sabe usted la tranquilidad que nos da, porque no queremos cometer el mismo error que cometimos en 1918». El error que habían cometido, según ellos, fue dar apoyo a la desmembración del Imperio Austro-Húngaro. Estos Estados los aguantamos nosotros. Raymond Barre me dijo: «Mire usted: la Unión Soviética existe porque nosotros dejamos que exista». Si nosotros decimos a partir de mañana que la Unión Soviética no existe y que lo que existe es Lituania, existe Lituania, porque en realidad existe Lituania y no existe la Unión Soviética, Existe por el ejército y luego existe porque nosotros dejamos que exista. Dentro de unos años seguramente se habrá recuperado y Yugoslavia igual. El otro día asistí muy avergonzado a un discurso dado por la Sra. Laiumiére en Estrasburgo, que decía: «Hay que tener en cuenta los excesos del nacionalismo y tal…». Esto dicho por un francés o una francesa es sorprendente. Para tener en cuenta los excesos del nacionalismo, Europa tiene que exigir, la Europa Occidental y los norteamericanos, tenemos que exigir que, en fin, se encuentren unas soluciones justas a esta cuestión. Los lituanos fueron anexionados por un pacto entre Hitler y Stalin. Hitler y Stalin firmaron un pacto gracias al cual se anexionaron Lituania, y ahora tenemos que hablar a estos señores de «los excesos del nacionalismo»… No, hombre, tengamos un poco de vergüenza, no seamos tan cínicos.
A.M. Eso dijo Felipe González en la CSC.
Presidente. ¿Qué dijo?
A.M. Los excesos del nacionalismo.
Presidente. Bueno, bueno, muy bien. Los excesos del nacionalismo. Analicemos los excesos del nacionalismo. Primer exceso: el pacto Stalin-Hitler.
A.F. Eso no lo hicieron los nacionalistas, lo hicieron las grandes potencias.
Presidente. Bueno, pero, en fin, fue por lo menos el imperialismo soviético o ruso. El otro día lo decía en el discurso que di ante el presidente de Eslovenia, que estuvo aquí hace unos días. Ahora voy a poner otro ejemplo. Se acabó el comunismo. Se acabó la Internacional Comunista, Se acabó es un lenguaje caricaturesco. No es exactamente así. Se acabó el marxismo. Se acabó la lucha de clases. Muy bien, se acabó. ¿Quiere esto decir que ahora las reivindicaciones obreras, las reivindicaciones de justicia, que en un momento determinado esta gente asumió, pueden ser abandonadas? Si ahora alguien dijese desde la perspectiva del capitalismo: «Aquello se acabó, ahora nosotros vamos a hacer lo que queramos», esto sería un error. Pues, de la misma forma, decir que vamos a prescindir de cualquier reivindicación de lituanos, estonios, georgianos o eslovenos sería el mismo abuso. me parece a mí.
A.F. La experiencia catalana y española, ¿puede ser inspiradora para estos casos?
Presidente. Hombre, puede ser inspiradora, pero, evidentemente, quedaría corta. No se les puede decir a los eslovenos hoy que tengan un Estado como el catalán, porque, además, ya lo tienen.
A.F. No, porque a ellos les falta el Estado español, porque ellos lo que no quieren es tener el Estatuto con Serbia.
Presidente. No, pero aparte de esto quiero decir que, suponiendo que Yugoslavia se mantuviera, que es posible que se mantenga por el ejército… Nos decía el presidente de Eslovenia que hace una semana fue De Michelis a Leuleana y les amenazó: «Oigan, que si ustedes se separan de Yugoslavia van a quedar aislados, les vamos a negar el pan y la sal». De Michelis es un hombre un poco extravagante además. Pero, en fin, hizo esto. Pero de todas formas la Sra. Lalumiére no dijo unas cosas muy distintas, y en realidad más o menos es esto. En el lenguaje dominante hay una gran ofensiva antinacionalista en toda Europa, que a veces repercute aquí. En fin, los peligros… Pero claro, es como si ahora, en nombre de los peligros del comunismo, se negara no sé, el derecho a la huelga. No, no. Cuidado…
M.A.G. Yo quería decir una cosa, Presidente. Ud. ha hablado antes de la velocidad, de la imagen del tiovivo. ¿Y qué pasaría si Cataluña decidiera no correr?
Presidente. Nosotros somos un país que no podemos no correr. Tenemos esa desgracia.
M.A.G. Ustedes en algunas cosas van en vanguardia del conjunto español, en carreteras, en renta per cápita. ¿Para qué quieren correr más?
Presidente. No, no, es que ésta es nuestra fuerza y nuestra debilidad, que no podemos no correr. En todos los sentidos, nosotros somos un país sometido siempre a una situación de equilibrio en el Estado, lo cual nos perjudica tremendamente, y por otra parte lo que tenemos de interesante viene de aquí: estamos obligados a una creatividad, Nosotros somos un cruce de caminos, un país sometido a muchas influencias. En comparación con Portugal, Conja Lantorun decía que «Cataluña nace al mundo no solamente en un cruce de caminos, sino que además tiene un balcón que da a una calle muy concurrida». El Mediterráneo en el siglo X, XI y toda la Edad Media es el centro del mundo, y por lo tanto estamos sometidos a todas las influencias de todo tipo, humanas, inmigraciones, ideas, poderes, políticos, etc. Los portugueses nacen en un rincón. con un balcón en una calle por la que no pasa nadie: hasta el siglo XV no pasa nadie. Nacen así, es lo bueno, porque durante unos cuantos siglos nadie se ocupa de ellos. Eso no es negarles méritos a los portugueses. Tienen varios méritos muy notables en aquel momento. Ha sido gente con un criterio político bastante claro. Un error nuestro es que hemos optado por una imagen de país progresista y moderno. Tenemos la manía de la modernidad, lo cual nos hace cometer bastantes errores. Pero la manía de la modernidad y de la innovación nos da a Miró y a Dalí. Hay una cosa muy importante a tener en cuenta cuando se habla de Cataluña: desde finales del siglo XVI11 hasta principios del siglo XX, durante más de cien años, en el sur de Europa sólo hay dos regiones industriales, sólo dos, que son la Lombardia —de influencia austríaca— y Cataluña. No hay más. Porque más del cincuenta por ciento de Francia es país agrario, rural, que es una cultura esterilizante, y España es un país rural, ganadero, que no está al día, y Portugal no digamos, e Italia también, excepto la Lombardia. Eso tiene pros y contras. La modernidad nos ha hecho cometer muchos errores y nos ha fragilizado, pero en cambio, claro, nos ha permitido hacer muchas cosas. Es decir, estamos donde estamos gracias a esto también, Y en cambio hay otros países que no tienen necesidad de moverse para ser. Están ahí quietos y son. Y cuanto más quietos están, más son y más se consolidan. Nosotros no; nosotros hemos hecho esta opción histórica, que en los próximos treinta o cuarenta años no veo yo la posibilidad de cambiar. Esto es lo que en términos no políticos, sino en términos de interpretación histórica, me planteé cuando vinieron un día a preguntarme Samaranch, por un lado, y por otro Narcís Serra y el alcalde de Barcelona, qué diría la Generalitat si pidiésemos los Juegos Olímpicos. Yo les dije enseguida, porque era una reflexión que tenía hecha, que adelante. Yo sabía que los Juegos Olímpicos eran peligrosos para nosotros desde muchos puntos de vista, Pero nosotros no podíamos renunciar, si podíamos tenerlos. Y esto es un riesgo tremendo, no solamente político, en el sentido de que los socialistas ya habrían perdido el Ayuntamiento de Barcelona si no es por los Juegos Olímpicos, la última vez, sino incluso desde el punto de vista histórico que antes decíamos. Vamos a un tipo de velocidad que es peligroso y tenemos que agarrarnos.
A.F. Y para finalizar, el tema de la integración.
Presidente. Hay una definición mía que dice: «Catalán es todo hombre que vive y trabaja en Cataluña y quiere serlo». Algo propio de los países que reciben inmigración, en los que cuenta el ius solis y no el ius sanguinis. Es decir, se sabe que a la larga la tierra acaba mandando, por lo menos es esto lo que se intenta. Yo creo que en este terreno nosotros hemos dado un ejemplo positivo. A nosotros a veces se nos quiere presentar como una gente muy cerrada. Cataluña es un pueblo tremendamente abierto. Tienen muchos más problemas los moros que van a parar a Andalucía que los que vienen aquí. Y con la inmigración de origen español, andaluza, manchega, murciana, naturalmente que siempre hay problemas, pero en realidad yo creo que hemos dado un buen ejemplo de convivencia. Porque vas a Italia, al norte de Italia, y tú ves lo que pasa con los meridionales que llegan a Milán, que hablan la misma lengua, que son italianos, que todos vienen del Resorgimento…
A.F. Pero no los quieren entender en italiano. Como hablan con acento…
Presidente. Nada, nada: les llaman «il terroni» y a los moros igual. Es tremendo.
A.F. Están menos definidas las fronteras. Yo le pregunté a Piero Otoñe, que fue director de La Reppublica y del Corriere, que dónde comienza verdaderamente el Mezzogiorno en Italia, y él me dijo: «Pues un poco más abajo de donde es uno. Yo soy de Genova». De manera que eso del Mezzogiorno en Italia es siempre un término ambiguo. En cambio, aquí, claro, el tema de la identidad histórica y cultural de Cataluña es otra cosa.
Presidente. Eso es aparte. Además, yo creo que España tiene mucho mejor orientado el tema ese que Italia.
A.F. Lo que parece es que esa generalización autonómica, que es un contrasentido histórico, en la práctica no existe. No hay tal generalización.
Presidente. Sí, sí la hay. Lo que pasa es que, claro, nosotros hacemos cosas. Un día Felipe González se enfadó mucho y me dijo: «Oye, vosotros hacéis cosas que no hace La Mancha«. «Sí, pero con Franco también las hacíamos», le dije. «Para eso no necesito la autonomía, para eso necesito doscientos años de tradición industrial. Y se necesita una sociedad civil fuerte, y, evidentemente, una lenga y una cultura distinta, y entonces se hacen cosas distintas a las que hace La Mancha», Esto es así. Con Franco ya hacíamos cosas muy distintas, porque somos distintos, y luego porque, aparte de ser distintos, que eso es el tema lingüístico y cultural, hay una especie de falta de sincronización constante entre la evolución en parte en España, no solamente Cataluña, sino parte de la periferia y el centro. El caso es que desde hace más de doscientos cincuenta años tenemos un desarrollo económico y social… Yo creo que, históricamente, hay una cosa que es muy curiosa, que no es el único factor porque también juegan el tema mediterráneo y los temas lingüístico y cultural y la mucha relación con Europa… Además hay otro factor: nosotros, debido a nuestra debilidad política, hicimos una cosa que nadie más hizo en España y que casi nadie más hizo en Europa, que fue la revolución agraria. En Cataluña se hace la revolución agraria en el siglo XV debido a la debilidad de la Generalitat y de las instituciones catalanas en general. Todos sabemos que en Alemania, por ejemplo, al pobre campesino que se levantaba le cortaban la cabeza. En realidad, algo de esto está en los orígenes de las revueltas campesinas, que en cierto sentido coinciden y dan base a ciertos aspectos de la reforma protestante. Como que las instituciones eran fuertes, a) campesino que se revelaba, te cortaban la cabeza y seguían con su régimen, digamos de terratenientes. Aquí no, aquí el Gobierno del país es débil y la revolución agraria triunfa. Y esto, que desde un punto de vista político e institucional yo, como President de la Generalitat, tendría que considerar como muy negativo, en cambio tuvo una serie de efectos positivos. En realidad, combinado con la decadencia catalana de aquel momento, en el siglo XV, que dura durante todo el XVI, hace que Cataluña sea durante doscientos años un país en el que no pasa nada. Un país decadente. Un país olvidado. Sólo pasa una cosa: durante doscientos años el país trabaja, humildemente nuestros mercaderes se retiran de Sicilia, nuestros mercaderes se retiran de Egipto, se retiran de todas partes y se refugian acá, su dinero lo invierten en tierras, y los labradores, que son labradores libres (o propietarios o, sino son propietarios, con un tipo de contrato muy sólido), durante doscientos años trabajan. Y entonces crean ia riqueza agrícola, que es una riqueza tremendamente lenta, pero sólida. Y esa riqueza agrícola, luego, cuando llega un momento, se empieza a transformar en mercantil e industrial. Y mientras tanto España y Castilla se desangran en la conquista de América. No solamente lo de América es un hecho difícil de entender por su magnitud y su grandeza, sino la lucha de España y del imperio alemán contra franceses, ingleses, suecos, holandeses, el Papa, todo es una cosa un poco sobrecogedora. En cambio aquí no pasa nada o casi nada. Poco, pasa poco. Y entonces se produce de alguna manera el poso del país, y ello permite luego el desarrollo mercantil, industrial.
Por eso cuando Felipe González me dice: «Oye, las cosas son distintas», yo le contesto: «Claro, son distintas, pero no por el Estatuto de Autonomía». Son distintas por razones culturales, lingüísticas, por la vinculación con Europa, que siempre será muy fuerte. Cuando España se cerró, Cataluña consiguió mantener la puerta entreabierta, y eso es cosa muy importante siempre. Y luego por el desarrollo económico, que es distinto, gracias a este hecho probablemente de la revolución agraria y de la tranquilidad que ha tenido el país durante doscientos años.
A.F. Y una de las realizaciones de la vocación hispánica de Cataluña, ¿no puede ser, en beneficio de toda España, tirar de España para arriba?
Presidente. Yo pienso que esta acción Cataluña ya la hace. Una vez un personaje me dijo: «Le felicito a usted. Porque ustedes han triunfado en toda la línea». Y yo, que me siento muy crítico conmigo mismo y como político catalán me siento con una cierta responsabilidad histórica de no haber hecho las cosas mejor, le dije: «¡No me diga!»… Y él me dijo: «Vamos a ver. ¿Ustedes qué han propugnado siempre? La europeización, la democracia, la economía y el reforzamiento de la sociedad civil. Pues España está haciendo esto». Y en cierto sentido eso es verdad. Para ser justos debemos decir que seguramente nosotros hemos contribuido a esto con un diez, un veinte o un cuarenta por ciento, y que hay mucha otra gente y muchas otras cosas que colaboran en este sentido. Lo que si es cierto es que la política española en España siempre ha ido en estas cuatro direcciones. O sea, que en un ochenta o un noventa por ciento el esfuerzo catalán español es esto. Luego también puede haber de vez en cuando un sector anarquista, puede haber un sector carlista, porque hubo sectores carlistas muy estimables. Pero en fin, básicamente Cataluña hace esto, hace esta aportación a España, y por lo tanto incluso yo diría que desde el punto de vista de conjunto español quizá es de agradecer. Lo que pasa es que esto para nosotros tiene también sus inconvenientes: primero, todo esto se hace sin que quede asegurada, y volvemos al principio de la conversación, sin la seguridad de nuestra identidad y el respeto pleno de nuestra identidad catalana, que para nosotros es capital, y segundo, siempre siendo máquina de tren, nunca maquinistas. A nosotros se nos quiere en España para que seamos máquina de tren, nunca maquinistas…
Quizá no haya habido otro filósofo moderno tan amado por los poetas como Spinoza. «En la Etica de Spinoza encontré un apaciguamiento a mis pasiones», decía Goethe. Y añadía: «La imagen de este mundo es transitoria; sólo quisiera ocuparme de las cosas duraderas y procurar a mi espíritu la eternidad, de acuerdo con la doctrina de Spinoza».
La razón de este amor de los poetas por Spinoza reside probablemente en el hecho de que ningún filósofo de los tiempos modernos ha encarnado tan cumplidamente la figura arquetípica del filósofo y la ardua empresa de la filosofía como Spinoza. Frente a las tendencias del escepticismo moderno, Spinoza proclama la ligazón indisoluble de la libertad humana con la potencia del entendimiento. Frente al relativismo y al eclecticismo nos dice que la verdad es siempre norma de sí misma y de lo falso, y que, por tanto, esto último no puede nunca amenazarla. Frente a la inconstancia y provisionalidad de las cosas efímeras que constituyen nuestro mundo, proclama valerosamente que sentimos y experimentamos que somos eternos. En fin, frente a los profetas tan modernos (y tan posmodernos, desde luego) de la muerte de Dios, afirma sin el más leve atisbo de duda que cuanto es, es en Dios, y que nada puede ser ni concebirse sin Dios.
Esta fascinación de los poetas por Spinoza, que ha servido de motivo de inspiración de no pocas obras literarias, ha sido estudiada precisamente en el quinto y, de momento, último de los volúmenes de los Studia Spinozana, consagrado a «Spinoza y la literatura». Spinoza en la obra de Malamud, en la de Borges, en la de Melville, en la de Canetti o en la de Leopardi, Spinoza en la poesía, Spinoza en la literatura finlandesa o en la alemana, son algunos de los temas estudiados en el presente volumen.
Desgraciadamente, la literatura española es, salvo excepciones, poco proclive a inquietudes filosóficas. Aun así, Spinoza no ha dejado de fascinar a algunos escritores españoles. Tal fue el caso, por ejemplo, de Pío Baroja, el protagonista de cuya novela El gran torbellino del mundo lee precisamente la Vida de Spinoza de Colerus para consolarse de sus desengaños. Eso si, no falta en el volumen que comentamos un estudio sobre Borges, sin duda el más spinozista de los escritores de lengua española, que consagró al filósofo dos espléndidos sonetos, uno en El otro, el mismo y otro en La moneda de hierro.
Precisamente, y desde Ciudad Real, el único miembro español del comité editorial de los Studia Spinozana es Atilano Domínguez, al que debemos una recentísima, y excelente, edición del Tratado breve de Spinoza. El Tratado breve, escrito en holandés, en el que Spinoza esboza las ideas que luego desarrollaría en la Ética latina de forma geométrica, permaneció completamente inédito hasta 1852, en que Eduard Boehmer publicó un compendio del mismo. Atilano Domínguez ha hecho su traducción del Tratado breve sobre el texto holandés de la edición crítica de Filippo Mignini (1986), y en su documentada introducción el lector interesado encontrará todos los pormenores relativos a la historia del manuscrito spinozista tan largamente inédito.
Pero la importancia de la edición del Tratado breve reside, además, en que, con ella, con la publicación de este quinto volumen, Atilano Domínguez concluye su proyecto de realizar «una traducción completa, objetiva y crítica, de las obras de Spinoza». Con la excepción de la Ética, de la que ya había una variada gama de traducciones, y del Compendium grammaticae linguae hebreae, excesivamente especializado, Atilano Domínguez ha ido ofreciendo al lector español una fidedigna y documentada traducción de la totalidad de la obra de Spinoza, y el lector español spinozista no puede sino estarle reconocido.
Un último acontecimiento en la bibliografía spinizosta lo constituye la aparición del estudio Amsterdam au temps de Spinoza de Henry Méchoulan, libro subtitulado reveladoramente Dinero y libertad. Lo que le interesa a Méchoulan de Amsterdam en la época de Spinoza es el haber sido «el laboratorio del dinero en su modernidad y el de las libertades en su diversidad». «¿Debemos concluir que dinero es sinónimo de libertad?», se pregunta Méchoulan. Y, de alguna manera respondiendo a esta pregunta, nos dice que en Ámsterdam, en el Ámsterdam de Spinoza, es en el único lugar en el mundo en que se encuentra «una mercancía que no tiene precio: la posibilidad de sustraerse a todo orden transcendente. En las orillas del Amstel no se quema ni a las brujas ni a los filósofos».
En fin, no hace mucho los pensadores marxistas buscaban inspiración en la obra de Spinoza. Así Pierre Macherey, discípulo del recientemente fallecido Althusser, le dedicaba un libro titulado expresivamente Hegel ou Spinoza (1979), en el que la tesis subyacente era que Spinoza es más dialéctico todavía que Hegel, que es Spinoza, y no Hegel, el auténtico padre del pensamiento dialéctico. Y poco después, Antonio Negri, el teórico de las Brigadas Rojas italianas, escribía desde la cárcel L’Anomalía selvaggia (1981), «una obra marxista sobre Spinoza», en opinión de Alexandre Matheron.
Quién sabe, quizás lo mismo que los anatematizadores del capitalismo de ayer, los apologistas del capitalismo de hoy, como parece indicarlo el libro de Méchoulan, encontrarán inspiración sobrada en la obra singular de Benito Spinoza. Pero que ideólogos tan aparentemente contrapuestos encuentren inspiración y aliento en la obra del filósofo sefardita, lo mismo que la fascinación que éste nunca ha dejado de ejercer sobre los poetas, lo único que de verdad nos revela es la perenne actualidad del pensamiento de Spinoza.
De esta manera, oponiéndose decididamente a todas las tentaciones desfallecientes del derrotismo moderno, Spinoza sigue encarnando un pensamiento absoluto, un pensamiento absoluto en el que ni el infinito ni la eternidad están reñidos con la razón, que no puede sino derechamente a ellos encaminarnos. ¿Y qué sino esto sería la filosofía? Una filosofía que Spinoza, como ningún otro en la modernidad, sigue pensando, es decir, encarnando, viviendo, pues el pensamiento no es sino la forma de vida del filósofo. Por eso dice Santayana que tenemos que agradecer a Spinoza «ese espléndido ejemplo de libertad filosófica que nos ofrece, y… el valor, la firmeza, la transparencia con que supo acordar su corazón a la verdad».
Spinoza encarna como ningún otro filósofo moderno la figura arquetípica del filósofo, y, al encarnar la figura arquetípica del filósofo, Spinoza, sin salirse del terreno de la filosofía, sino todo lo contrario, dominándolo sin reserva, pero, al mismo tiempo, por esa encarnación arquetípica de la filosofía, está ingresando en el espacio del mito, y, al entrar en el terreno del mito, resultaba inevitable que Spinoza empezase a interesar a los poetas.
Esta talla mítica de Spinoza no podía pasar inadvertida a sus mismos contemporáneos, como queda patente en la espléndida Vida de Spinoza que le dedicó Colerus poco después de la muerte del filósofo. En realidad, Colerus no llegó a conocer a Spinoza, se limitó a recoger los testimonios de los que lo conocieron, es decir, se limitó a recoger su leyenda, la aureola mítica que envolvió a nuestro filósofo casi desde el principio. En el libro de Colerus queda ya definitivamente establecido el mito del santo laico, ajeno, pero no opuesto, a las iglesias, que se ganaba la vida puliendo lentes, que gustaba de fumar en pipa, y al que nadie vio nunca ni muy triste ni muy alegre, porque nunca se salió de su imperturbable ecuanimidad, a no ser, para que no faltase la nota pintoresca un tanto enigmática, cuando, como solía hacer en ocasiones, gustaba de contemplar cómo una araña se comía a la mosca que había quedado atrapada en la telaraña, en cuyo caso rompía en estruendosas carcajadas.
Colerus, nombre literario latinizado del pastor protestante Johann Koehler, no comulgaba con las ideas de Spinoza, a cuyo pregonado ateísmo no podía sentirse más radicalmente opuesto. En la vida que le consagró, Colerus defiende, frente a Spinoza, la resurrección de Cristo. Y, sin embargo, como dice Gebhardt, la Vida de Spinoza de Colerus «la leemos con la misma veneración y edificación que si se tratara de la vida de un santo». La discordancia con las ideas de Spinoza no le impide a Colerus una admiración incondicional por la beata vida del filósofo. Y es esta beata vida, tal como queda registrada en la obra de Colerus, esa vida impertérrita que encarna como ninguna otra la plenitud de la vida filosófica, la que, desde su altura mítica, no dejará de fascinar a la posteridad, y, muy en particular, a esos amantes del mito que son los poetas. Quizá para los griegos el filósofo fuese Sócrates, y en el medievo lo fuese Aristóteles, pero en los tiempos modernos el filósofo por excelencia es Spinoza.
La imagen corresponde a la obra pictórica, «Spinoza excomulgado» de Samuel Hirszenberg (1907). El archivo se encuentra en Wikimedia Commons y se puede consultar aquí.
La cuestión crucial para los Estados Unidos en los años 90 consiste en desarrollar un sentido realista de la fuerza y los límites de su poder. Las encuestas revelan que el 50% del público cree que la nación está en decadencia, y que quienes opinan así tienden a un mayor proteccionismo y a aconsejar el retiro de lo que consideran «compromisos internacionales excesivamente dispersos». Ahora bien, consejos así resultarían contraproducentes en el mundo actual donde va en aumento la interdependencia: provocarían la situación que se desea evitar y, si la nación más poderosa no logra colocarse a la cabeza, las consecuencias para la estabilidad internacional podrían ser desastrosas. A través de la historia, la ansiedad acerca de la decadencia y de las cambiantes relaciones de poder han llevado a épocas de tensión y desacierto. En la actualidad, cuando declina el poder soviético y surge el japonés, las teorías equivocadas sobre la decadencia de los USA van más allá de lo meramente «académico».
Algunos observadores suponen que el «multipolar» es el adjetivo que mejor describe el mundo que ya despunta y varios teóricos sostienen que el cambio flexible de las alianzas relacionadas con el clásico equilibrio multipolar del poder constituirá una nueva fuente de estabilidad en la política mundial. Sin embargo, el desarrollo de una verdadera multipolaridad de los cinco centros de poder más importantes —los USA, la Unión Soviética, China, Japón y una Europa unida— no parece probable en los próximos decenios.
Una buena evaluación debiera sobrepasar la geopolítica tradicional. Si se fija la atención en las transiciones del poder entre los principales Estados, las analogías históricas podrían hacer que pasásemos por alto otros cambios que están ocurriendo en la política mundial. El final del siglo será muy diferente a sus comienzos; el verdadero problema, más que en la transición hegemónica se encuentra en la difusión del poder.
¿Cómo se debería medir el poder en un mundo cambiante? A través de los siglos, los estadistas y otros observadores han cometido errores al considerar la métrica del poder. En el siglo XVIII quienes concentraron la atención en la población de Francia y en su industria rural no cayeron en la cuenta del surgimiento de Gran Bretaña, nacido de su estabilidad política y de las condiciones que favorecieron la revolución industrial. A principios del presente siglo, el escritor norteamericano Brooks Adams tomó el control de los metales y minerales como indicador de lo que en el futuro sería el poder económico y militar y predijo tanto la decadencia de Inglaterra como el encumbramiento de Rusia y China.
De hecho, como señala el sociólogo Daniel Bell, a fines del presente siglo las materias primas y la industria pesada, como indicadores decisivos, están por debajo de la información y de los servicios profesionales y técnicos. Sí Bell está en lo cierto, los indicadores adecuados del poder son los relacionados con las manufacturas y los servicios dentro de las industrias de la información.
En función de los recursos tradicionales, es probable que los USA conserven su rango de superpotencia, pero el fijarse sólo en los recursos tradicionales del poder no es la forma adecuada de enfocar la cuestión. La prueba del poder se halla en el cambio de proceder, no en los recursos. Estos últimos son pronosticadores imperfectos en materia de influencia. En los juegos no gana siempre quien comienza con la mayor cantidad de fichas. La cuestión- decisiva para el futuro no es que los USA entren al siglo XXI como una superpotencia con el mayor acervo de fichas, sino hasta qué punto podrá controlar su ecología y hasta dónde logrará que otros hagan lo que desea. Dicho en forma sencilla, el juego se complica más y más al aumentar la gama de las cuestiones y la variedad de los jugadores.
A medida que se incrementa la complejidad de la política mundial, parece disminuir la capacidad de todos los Estados más importantes para alcanzar sus metas. Para comprender lo que está sucediendo en los Estados Unidos debe distinguirse entre el poder sobre los demás países y el poder sobre los resultados. Los USA aún tienen influencia sobre ciertas naciones, pero mucho menos en un sistema más complejo si se considera en su totalidad. Dicho país no se encuentra en una situación favorable para obtener en forma unilateral los objetivos de su preferencia, pero en este aspecto tiene compañía. Todos los Estados deben enfrentarse a la naturaleza cambiante de la política mundial.
Estos cambios no son por completo nuevos. El rápido crecimiento de los factores privados que cruzan fronteras internacionales, lo mismo grandes corporaciones que grupos políticos, ya se había observado ampliamente a principios de los años 70, pero para fines de ese decenio cambió el talante norteamericano. Con la ocupación iraní de la embajada estadounidense y la invasión soviética de Afganistán pareció que se restablecía el papel de la fuerza y la primacía del programa tradicional en materia de seguridad. Estas tendencias se acentuaron a principios de los años 80 con la elección de Ronald Reagan. Durante cinco años aumentó en forma ininterrumpida el presupuesto norteamericano de defensa, se dio menor importancia al control de armamento y las fuerzas y la disuasión nucleares despertaron inquietud en la opinión pública. La agenda cambiante de la política mundial al parecer desacreditó la importancia que en los años 70 se daba a la interdependencia y el poder militar coercitivo volvió a su sitio tradicional.
Sin embargo, en contraposición con el tono de la retórica política, el mundo de los años 80 no regresó al de los 50. La psicología y el ánimo del público cambiaron más que los recursos del poder. La interdependencia financiera y comercial continuó creciendo muy rápido. Los déficits comerciales y el endeudamiento internacional sometieron a los gobiernos a nuevas presiones. A pesar de la retórica, las relaciones entre las superpotencias en realidad no volvieron al período de la Guerra Fría. En los años 80 hubo mucho más contacto y comunicación entre la Unión Soviética y los Estados Unidos —tanto a nivel privado como gubernamental— que en cualquier época de los años 50.
En cierto modo, el contraste entre los años 70 y los 80 fue meramente la última fluctuación de una discusión recurrente entre las dos principales corrientes del pensamiento occidental acerca de las relaciones internacionales. El realismo se concentra en la línea dura del poder, de modo particular en el empleo que los Estados hacen de la fuerza militar para equilibrar el poder en el sistema internacional. El realismo ha sido la corriente dominante y la tradición liberal la secundaria. El enfoque liberal se interesa más en los recursos persuasivos del poder y en el impacto de los contactos sociales, de Ja interdependencia económica y de las instituciones internacionales en los Estados.
Sin embargo, en defensa del enfoque realista podría decirse que la política internacional es política en la que no puede apelarse a una instancia superior para zanjar los conflictos. En el terreno de la autoayuda, la fuerza es una carta de triunfo costosa que se reserva para los casos extremos. Los Estados saben a lo que se exponen cuando hacen a un lado la fuerza militar y el equilibrio del poder. Los dilemas a los cuales se enfrenta la seguridad han existido desde la época de Tucídides hasta la fecha. Por otra parte, la tecnología y el crecimiento han añadido nuevos elementos de interdependencia económica y ecológica al acertijo. Tucídides, después de todo, nunca tuvo que preocuparse por el endeudamiento mundial, el invierno nuclear o la reducción de la capa de ozono.
La respuesta adecuada a los cambios en la política mundial no consiste en descartar la cordura tradicional de los realistas y su preocupación por el equilibrio del poderío militar, sino en darse cuenta de sus limitaciones y complementarlas con la perspicacia del enfoque liberal. Por ejemplo, desde el punto de vista tradicional los Estados son los únicos participantes significativos en la política mundial, pero hoy en día el número de Estados triplica el de 1945. Asimismo, es de tomarse en cuenta que ha aumentado la importancia de los participantes «no estatales». Si bien carecen de poderío militar, las empresas transnacionales disponen de enormes recursos económicos.
Al cambiar los participantes de la política mundial también cambian las metas. Desde el punto de vista tradicional, los Estados conceden prioridad a la seguridad militar, pero ahora deben considerar las nuevas dimensiones de ésta. Básicamente, la seguridad es una meta negativa: ausencia de amenaza a la supervivencia del Estado. Sin embargo, la supervivencia nacional rara vez está en peligro y la mayoría de la gente desea una seguridad que no se concrete a la supervivencia. De hecho, la mayor parte de las políticas relativas a la seguridad en el mundo actual buscaba asegurar el bienestar económico, la autonomía de los grupos y el rango político, no sólo la supervivencia física dentro de las fronteras nacionales. Sin duda, algunas políticas concernientes a la seguridad —como la capacidad disuasiva de las armas nucleares— aumentan los peligros que amenazan la supervivencia física, con el propósito de poder gozar más de otros valores.
Según el punto de vista tradicional, el poderío militar es el instrumento dominante del poder, pero su empleo es más costoso hoy para las grandes potencias que en siglos anteriores. Otros instrumentos —como las comunicaciones y la pericia organizativa e institucional— han adquirido mayor importancia.
Además de los instrumentos del poder, también están cambiando las estrategias que relacionan los instrumentos con las metas. Según el criterio tradicional, la meta de la seguridad y el instrumento del poderío militar quedaban enlazados por la estrategia del equilibrio del poder. Los Estados que deseaban preservar su independencia frente a la amenaza militar, adoptaban una estrategia de equilibrio a fin de limitar el poder relativo de otros Estados. El poder militar relativo es, como la división de un pastel, un juego de suma cero donde las ganancias de un bando necesariamente corresponden a las pérdidas del otro. Ahora bien, en las cuestiones económicas y ecológicas intervienen elementos considerables de utilidad mancomunada, como ponerse de acuerdo para hacer un pastel más grande. Esta utilidad se logra mediante la cooperación. En resumen, el equilibrio del poder no es una estrategia caduca, pero se halla más limitada que en épocas anteriores en lo que respecta a predecir en forma atinada sobre las estrategias de los Estados.
Por último, las exposiciones tradicionales de la política mundial a menudo se refieren al «sistema internacional». Dan por hecho que basta con hablar de un sistema cuya estructura proviene del equilibrio de las estrategias de los Estados. Hasta cierto punto, puede hablarse provechosamente de bipolaridad y multipolaridad, pero, en forma progresiva, las diversas cuestiones relativas a la política mundial encierran distribuciones diferentes del poder. En el comercio, donde la Comunidad Europea actúa como una unidad, el poder es multipolar. El poder de los Estados varía, y lo mismo sucede con la significación de los participantes no estatales en diferentes cuestiones. Digamos que no se puede comprender la política sobre la cuestión del endeudamiento internacional sin considerar el poder de los bancos privados. Por ello es mayor la diversidad en las jerarquías que caracterizan cada cuestión.
Así, el problema crítico para comprender el poder norteamericano al finalizar el siglo XX consiste en entender la naturaleza cambiante de la política mundial. No se trata de un mundo por entero nuevo. Vigorosos elementos en materia de continuidad hacen que el interés por los instrumentos militares tradicionales y las estrategias del equilibrio del poder sean condición necesaria para el éxito de una política. No obstante, nuevos elementos del mundo moderno contribuyen a que el poder se vaya alejando de las grandes potencias.
Una tendencia significativa se observa en el aumento de la interdependencia económica. Las tecnologías en evolución de las comunicaciones y los transportes han tenido efectos revolucionarios. Hace un siglo se necesitaban dos semanas para cruzar el Atlántico; en 1927, Lindbergh lo hizo en 33 horas; el Concorde lo hace en tres, y las telecomunicaciones son instantáneas. La baja en los costes de los transportes y las comunicaciones ha revolucionado los mercados mundiales y acelerado el desarrollo de las corporaciones transnacionales que introducen actividad económica a través de las fronteras.
Una segunda tendencia —el proceso de modernización, la urbanización y el incremento de las comunicaciones en las naciones en desarrollo— también ha hecho que, partiendo del gobierno, el poder se difunda a los sectores privados. Una de las razones por las que es más difícil emplear el poderío militar a fines del siglo XX que en épocas anteriores es el despertar social que fortaleció el nacionalismo de países que en otro sentido son pobres o débiles. En el siglo XIX, las grandes potencias con un puñado de tropas se hicieron de imperios coloniales y los gobernaron. Hoy en día la movilización social hace que la intervención militar y el gobierno desde fuera resulten más costosos.
Una tercera tendencia en la difusión del poder se encuentra en el fortalecimiento de los Estados débiles. La diseminación de la tecnología militar fortalece las capacidades de los países en desarrollo. Por una parte, las superpotencias han conservado por amplio margen la delantera en dicha tecnología, pero por la otra las fuerzas que muchas naciones del Tercer Mundo ya pueden desplegar en los años 90 hacen que la intervención regional sea mucho más costosa que en los años 50. Además, ha aumentado el número de países que están adquiriendo armamento complicado. Recientemente se calculó que para el año 2000 podrían producir sus propios misiles balísticos 15 naciones del Tercer Mundo. Esta modesta capacidad nuclear no hará que estas naciones compitan por el poder mundial. De hecho, quizá se multipliquen los peligros a que se enfrentarían si sus vecinos siguen su ejemplo o si las bombas llegan a manos de grupos rebeldes. Con todo, si hará que aumenten su poder local y el coste probable de una intervención regional de las grandes potencias.
La cuarta tendencia, que disminuye la capacidad de las grandes potencias para controlar su ambiente, no obstante sus impresionantes reservas de poder, es la naturaleza cambiante de las cuestiones anejas a la politica mundial. Un creciente número de cuestiones no se (imita a oponer a los Estados entre si. La solución de muchas cuestiones de interdependencia transnacional necesitará de la acción colectiva y de la cooperación entre los Estados. Estas cuestiones abarcan cambios ecológicos como la lluvia ácida y el calentamiento del planeta, las epidemias afectan la salud humana (como el SIDA), el comercio ilícito de las drogas y el control del terrorismo. Estas cuestiones son transnacionales porque si bien tienen raíces nacionales, atraviesan las fronteras internacionales. Cuando ocurre un accidente serio, aun una cuestión nacional como la seguridad de los reactores nucleares puede convertirse de súbito en asunto transnacional.
Aunque la fuerza puede a veces representar un papel, los instrumentos tradicionales del poder sólo en raras ocasiones bastan cuando hay que enfrentarse a esas cuestiones. Los nuevos recursos del poder —como la capacidad para contar con buenas comunicaciones o para emplear y desarrollar las instituciones multilaterales— puede ser más relevante. Más aún, a menudo se necesitará la cooperación de naciones pequeñas y débiles, sin capacidad para enfrentar a fondo sus propios problemas en materia de drogas, salud o ecología. La asistencia económica y la fuerza militar pueden intervenir para combatir el terrorismo, la proliferación nuclear o las drogas, pero la capacidad de cualquier gran potencia para controlar el ambiente y obtener lo que desea con frecuencia es menor de lo que sugieren los indicadores del poder tradicional.
Además, la estructura de la política mundial fragmentada entre diferentes cuestiones ha hecho que los recursos del poder sean menos intercambiables, esto es, menos transferibles de una cuestión a otra. En el siglo XVIII un monarca con las arcas bien provistas podía conseguir tropas de infantería, lo cual le permitía conquistar nuevas provincias y, a su vez, enriquecer el tesoro real, pero, por razones ya expuestas, el empleo directo de la fuerza con fines de engrandecimiento económico por lo general resulta demasiado costoso y peligroso para las grandes potencias modernas.
Aún con mayor razón que en épocas anteriores cabe preguntar: «¿Poder para qué?», Al mismo tiempo, como la política mundial sólo ha cambiado hasta cierto punto y la agenda geopolítica tradicional continúa vigente, subsiste cierto grado de capacidad de intercambio dentro del poder militar. Los USA continúan siendo la garantía suprema de la seguridad militar de Europa y Japón, y esta protección crea un recurso de poder en las complejas negociaciones que sostienen los aliados.
Un segundo efecto de la cambiante política mundial es que el funcionamiento del poder se está haciendo menos coactivo, al menos en las naciones más grandes. Imaginemos un espectro de la coerción en los instrumentos del poder que abarque desde las notas diplomáticas hasta las sanciones económicas y la coerción militar. En épocas anteriores, los costes de la coerción eran relativamente bajos. La fuerza era aceptable y las economías eran menos interdependientes. Pero en las condiciones actuales, es más costoso el empleo de la fuerza contra las naciones pequeñas.
La manipulación de la interdependencia en tales condiciones también es más costosa. Así como la interdependencia económica, por lo general, produce algunos beneficios en ambas direcciones, podría resultar por igual muy caro el que se cumpliesen las amenazas contra esa relación. Por ejemplo, Japón podría desear que los Estados Unidos redujesen su déficit presupuestario, pero el amenazar con negarse a comprar títulos de Hacienda de los USA podría desorganizar los mercados financieros y tener consecuencias costosísimas tanto en Japón como en los USA. Como las aplicaciones más amenazantes y coercitivas del poder tienden a ser más costosas, va en aumento la utilidad de los tipos de recursos del poder menos amenazantes.
Un aspecto importante del poder es la capacidad para estructurar una situación de manera que otras naciones desarrollen preferencias o definan sus intereses de manera consistente con los de la noción estructurante. Este poder atrayente o de incorporación tiende a surgir de recursos como la atracción cultural e ideológica y también de los reglamentos e instituciones con jurisdicción internacional.
Dentro del sistema internacional, los Estados Unidos tienen mayor poder de incorporación que otros países. Las instituciones que gobiernan la economía internacional, como el Fondo Monetario Internacional o el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, tienden a incluir los principios liberales del libre mercado que coinciden en gran parte con la sociedad y la ideología norteamericanas. Los USA han logrado crear para el capitalismo mundial un marco político institucionalizado, además de un marco que ha permitido el desarrollo de las corporaciones transnacionales. Así, a manera de ejemplo, en los años 70 los Estados Unidos se opusieron a un código restrictivo de la ONU sobre las corporaciones transnacionales, pero apoyaron un código liberal emanado de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), más afín a los intereses de la nación. Asimismo, los USA han presionado para que se liberalice el comercio de servicios como la banca, seguros, transportes, publicidad y asesoramiento. Debido a la presión de los USA, los países pertenecientes a la OCDE se comprometieron en 1985 a liberalizar el flujo transfronterizo de la información.
Las corporaciones multinacionales son otra fuente de poder de incorporación. Susan Strange, en su libro States and Markets, sostiene que el poder estadounidense en la economía mundial ha aumentado debido a la producción transnacional. En parte, este poder proviene de que el 40% de las mayores corporaciones multinacionales tienen su casa matriz en los USA y sólo el 16% en Japón.
«Washington puede haber perdido algo de su autoridad sobre las transnacionales con sede en los USA, pero sus directores que aún tienen pasaporte norteamericano pueden verse obligados a comparecer ante tribunales estadounidenses y en caso de guerra o de emergencia deben obediencia en primer lugar a Washington», escribe Strange. «Entre tanto, el gobierno norteamericano ha ganado una autoridad que antes no tenía sobre gran número de corporaciones extranjeras que operan dentro de los USA, todas ellas conscientes de que el mercado de ese país constituye su mejor presea».
La cultura norteamericana es una fuente en términos relativos barata y útil de poder persuasivo. Es evidente que muchos aspectos de esta cultura no resultan atractivos para otros pueblos y existe siempre el peligro de que se introduzcan prejuicios al evaluar las fuentes culturales del poder. Por otra parte, la cultura popular norteamericana incorporada a los productos y a las comunicaciones agrada mucho ai gran público. Los adolescentes soviéticos usan pantalones vaqueros y buscan discos norteamericanos. Los jóvenes japoneses que nunca han salido de su país lucen chaquetas con el nombre de instituciones superiores norteamericanas. Por supuesto, hay elementos de trivialidad y novelería en esta actitud, pero también es cierto que un país con presencia en los canales populares de comunicación goza de más oportunidades para transmitir su mensaje e influir en las preferencias de los demás. Según estudios de la UNESCO, los USA exportaron un número de programas de televisión siete veces mayor al de su competidor más cercano (Inglaterra) y tenía la única red mundial para la distribución de películas. En palabras de Strange, «el lenguaje norteamericano se ha convertido en lengua franca de la economía mundial y de los grupos transnacionales tanto sociales como profesionales… Las universidades estadounidenses [han] llegado a dominar en el campo del estudio y de las profesiones más importantes, no sólo por e) número de sus estudiantes, por sus bibliotecas y recursos financieros, sino también porque realizan su labor en inglés. Comparada con este predominio en la estructura del saber, cualquier pérdida de capacidad en la industria manufacturera norteamericana resulta en verdad insignificante.
La apertura étnica de la cultura norteamericana y la atracción política de los valores de la democracia y de los derechos humanos también constituyen una fuente de influencia Internacional que, hasta cierto punto, tienen algunas naciones europeas pero que han perdido en gran parte los países comunistas. En comparación con Europa y Japón, la puerta relativamente abierta que Norteamérica presenta a los inmigrantes es un manantial vigorizante. Como dice el intelectual europeo Ralf Dahrendorf: «Me parece relevante que en todo el mundo millones de seres humanos deseen vivir en los USA y que, de hecho, muchos estén dispuestos a arriesgar la vida con tal de llegar allá».
Un tercer efecto de la cambiante política internacional sobre la naturaleza del poder es que los recursos menos tangibles están ganando importancia. El poder está pasando a los «ricos en información» en vez de a los «ricos en capital». Sin duda, la información es lo que abre la puerta al crédito, y no la mera posesión y acumulación de capital. El caudal informativo va en aumento, pero la flexibilidad para actuar antes que otros con base en la nueva información continúa siendo una habilidad que escasea. Se están acortando los ciclos de los productos y la tecnología se mueve hacia sistemas de producción por completo flexibles, donde la tradición artesanal de productos «hechos a la medida» se incorporará a las modernas plantas manufactureras. Japón se ha mostrado especialmente hábil como pionero en esos procesos manufactureros flexibles.
La respuesta oportuna a la información es importante no sólo en materia de liderazgo industrial, también lo es en servicios indispensables como fianzas, seguros y transportes. En siglos anteriores, los mercados siempre estuvieron determinados por las limitaciones de los transportes y sistemas de comunicación que enlazaban a compradores y vendedores. En el pasado, esas limitaciones se median en semanas o días, pero los nuevos medios de comunicación permiten que los datos sobre las tendencias del mercado estén de inmediato al alcance de compradores y vendedores en todo el mundo.
Otro aspecto intangible del poder nace del contexto de la interdependencia. Por ejemplo, desde hace tiempo se conoce el «poder del deudor». Si se deben 10.000 dólares al banco el poder está del lado del banco, pero los papeles cambian si la deuda asciende a 10 millones. Si una relación beneficia a ambas partes, la posibilidad de que bajo presión se desplome la más débil limita el poder de la que en teoría es más fuerte. Este es el «poder del débil». La interdependencia crea una situación de poder mal descrita por la patente distribución de los recursos económicos. Los países en desarrollo que no pueden evitar la destrucción de sus bosques, pongamos por caso, afectarán el clima a escala mundial. Sin embargo, precisamente la debilidad de esas naciones hará disminuir la capacidad de influir en ellas, que los Estados Unidos esperarían ejercer debido a sus mayores recursos.
Un último aspecto del poder en el contexto actual no es nuevo, pero adopta un significado diferente. Casi siempre existe una brecha entre e) poder potencial de un país (medido en función de sus recursos) y el poder real o ejecutor (medido por el proceder cambiante que observan otros países y el grado en que esos otros comparten sus preferencias). No se puede movilizar con eficacia todo el poder potencial y convertirlo en poder ejecutor. Por vía de ejemplo, antes de 1914 el poder potencial de Rusia era superior a su poder ejecutor debido a la debilidad de su infraestructura física y a la ineficiencia de su sistema político.
Algunos países son más eficientes que otros respecto a la conversión del poder. En los Estados Unidos el sistema político fomenta más la libertad que la eficiencia, pero en la economía actual basada en la información y donde se recorta el plazo en que debe reaccionarse, las fallas en lo concerniente a la conversión del poder pueden resultar muy costosas. Cambios de alcance nacional como una mejor educación y corporaciones menos jerarquizadas serán necesarios a fin de que los USA renueven su capacidad para movilizar sus recursos de poder. En otra forma, la brecha entre el predominio de recursos de los Estados Unidos y su capacidad para alcanzar sus fines cada vez será más amplia y frustrante.
Los USA pueden hacer variar cosas para aumentar las posibilidades de lograr lo que se propone en el contexto de la interdependencia y la difusión del poder. Una es la modestia en la selección de metas. Si los norteamericanos definen sus intereses nacionales en forma demasiado ambiciosa, es probable que acabarán por sentirse frustrados. Los USA, por ejemplo, no pueden esperar ejercer un gran control sobre las políticas internas de otros países. En una época de nacionalismo, nunca habrá los recursos para controlar naciones en vías de desarrollo que en otra época tuvieron las grandes potencias.
Segundo, los USA tendrán que invertir bastante más que en el pasado reciente en recursos de poder persuasivo, los cuales ayudan a proporcionar un comportamiento de incorporación en cuestiones de poder. Por una parte, esto presupone una inversión mayor en las instituciones internacionales; por la otra, significa que hacen falta reformas nacionales que aumentan la apertura y el atractivo de la cultura política norteamericana. Requiere asimismo un desempeño social más de acuerdo con lo que declaran los ideales de ese país, renglón en el que es más fácil insistir que cumplir.
En suma, el problema de los Estados Unidos al finalizar el siglo XX no se refiere ni a la decadencia ni al reemplazo por una nueva hegemonía. Es un problema de adaptación a la naturaleza cambiante del poder en la política mundial. Sólo si los USA comprenden correctamente la naturaleza de esta situación podrán ejercer el liderazgo internacional necesario al ingresar el mundo al nuevo siglo.
Los recientes acontecimientos que han sucedido y están sucediendo en la Unión Soviética y en los países del Este representan un cambio total en las estructuras políticas y económicas vigentes desde el fin de la II Guerra Mundial. Pero, además de estos cambios, han significado para la izquierda, no sólo europea, sino mundial, un auténtico revulsivo. Más todavía, la izquierda se ha quedado, de la noche a la mañana, vacía y desmantelada. Su última referencia era, con todas las excepciones y salvedades que se pudieran hacer, la Unión Soviética. Era el país en que había triunfado la Revolución. Y constituía el ejemplo a imitar. El marxismo era, para unos, la verdad, más o menos absoluta. Para otros, era el método, el más adecuado, el más apropiado, el único que podía calificarse como científico, de analizar la realidad. Pero ahora resulta que, de buenas a primeras, todo este esquema, tan trabajosamente conseguido, que había costado sangre, sudor y lágrimas a millones de seres humanos, se ha venido abajo lo mismo que un castillo de naipes.
El problema intelectual, que ahora se presenta, es el de reconstruir la ideología de la izquierda. Es bien cierto que, desde Bad Godesberg, todo cambió mucho. De todos modos, los socialismos y todos los progresismos, en sus diversas y hasta contradictorias formas, acaban siempre mirándose en el espejo de la Unión Soviética. El marxismo, más que una teoría, más que una filosofía, más, incluso, que una cosmovisión de la Historia, se había convertido en una religión. Y, en consecuencia, tenía sus defensores y sus detractores, y hasta sus cismas y sus herejías. Es cierto también que las ideologías han perdido fuerza en los últimos tiempos y que cada día es más difícil distinguir un programa de la derecha o de la izquierda. Aunque, forzoso es reconocerlo, las palabras derecha e izquierda tienen unas innegables connotaciones, claras y patentes en cualquier circunstancia. Además, por simple instinto de supervivencia, los partidos socialistas y progresistas tenderán a elaborar unos programas que los diferencien de los partidos conservadores.
A mi juicio, se pueden producir tres corrientes claramente diferenciadas dentro del panorama mundial. En primer lugar, un socialismo, izquierdismo o progresismo de los países del Este, hasta hace muy poco tiempo bajo la bota de Moscú. No parece fácil, de la noche a la mañana, establecer una economía de mercado en donde han transcurrido largas décadas de economía totalmente planificada. Es muy probable que determinados sectores políticos postulen una economía semiplanificada, con una buena dosis de dirigismo estatal. Podría ser una especie de nacionalsocialismo, con una fuerte componente nacional que los diferenciase de forma clara, según fueran las distintas nacionalidades. Hartos del proceso homogeneizador impuesto por el Kremlin, tenderán a fórmulas que realcen sus peculiaridades nacionales. En algún sentido, esta izquierda podría recordar los fascismos, anteriores a la II Guerra Mundial, al menos los más tolerantes y moderados.
Otra modalidad de la izquierda, de color netamente hispánico y cuyo epicentro habría que situarlo en la América de «ínclitas razas, ubérrima sangre de Hispania fecunda», que diría Rubén, hecha a base de teología de la liberación, ribetes marxistas con ciertas gotas de anarquismo, y que pretendería tal vez, en algunas ocasiones con cierto éxito, ser exportada a otros países del llamado Tercer Mundo. Ésta sería una izquierda revolucionaria, agreste y reivindicativa.
Cabría, finalmente, una tercera modalidad del progresismo, para uso y consumo de los países industrializados, entre los que, lógicamente, se encuentran los de la Comunidad Europea. Esta izquierda olvidaría por completo las reivindicaciones obreristas, porque, en una sociedad dominada por la informática y la robótica, carecen casi por completo de sentido. Este progresismo pondría el énfasis en distanciarse lo más posible de la ética tradicional, potenciando soluciones y posturas a determinados aspectos de la persona, de índole íntima y, en muchos aspectos, sexual. Temas como la inseminación artificial, la elección del sexo de los hijos o la experimentación con fetos humanos en el laboratorio podrían ser algunas de sus banderas.
Por si fuese poco, conviene recordar que desde hace algunos años estamos asistiendo a un proceso de tecnificación de la biología y que con toda probabilidad es en esta ciencia donde se producirán los descubrimientos más importantes. Hasta ahora sólo la física había dado lugar a una tecnología. Es cierto que los descubrimientos de esta ciencia han sido muy llamativos e importantes. Pero han sido tantos en número, que han producido una especie de cansancio o de falta de interés en el hombre de la calle. Después de la llegada del primer hombre a la Luna, ¿quién se ha interesado realmente por los importantes descubrimientos de la astrofísica, por ejemplo por las peripecias de Hubble? La biología va a abrir posibilidades inéditas en el mundo de la reproducción y también en el de la muerte, cuyo conocimiento profundo avanza permanentemente. La eutanasia y el sexo pueden ser los polos de atracción de este progresismo de los ricos del mundo.
El día 26 de mayo del próximo año se celebrarán en toda España las IV Elecciones Municipales y Autonómicas desde la restauración de la democracia, y que significarán la configuración de un nuevo mapa de distribución del poder territorial en nuestro país. Desde hace 12 años, el Partido Socialista, de forma hegemónica, homogénea y monolítica — levemente atenuada por los pactos PP-CDS de 1989—, gobierna en los principales ayuntamientos y Diputaciones de España y en la mayoría de las CC.AA. Sin duda, esta implantación territorial ha sido básica para la propia organización del partido, no sólo en su estrategia de obtención y/o conservación del poder, sino que ha sido el más extenso instrumento político de los manejados por el Partido Socialista.
Cuando uno tiene la sensación de que los mecanismos de control del poder político —Parlamento y Justicia— se han convertido en meras organizaciones administrativas subordinadas al Ejecutivo, y cuando la mayoría política —física o psicológicamente— ha paralizado —mediante el síndrome de Estocolmo— a las organizaciones sociales con poder para vertebrar y movilizar la sociedad, es decir, cuando la democracia se ha convertido en España en un «duro y puro juego de poder», puede abrirse entre los ciudadanos la tesis —como marco político de reflexión— de que es necesario un «ajuste fino» de los centros efectivos de poder —municipios y comunidades autónomas, ya que el Gobierno de la nación no está en discusión hasta el 92—, mediante una distribución y equilibrio del poder político.
Dicho en otras palabras, si el Partido Socialista tiene el Gobierno de la nación, la oposición debe tener los principales ayuntamientos y CC.AA. como única forma de control de la mayoría estatal.
Es verdad que se puede morir de éxito, o de risa, o electrocutado por la maraña de cables de los pinchazos telefónicos, o…: pero la peor forma de morir en política es de sobredosis… de poder, claro.
La oposición intentará hacer llegar a) electorado la bonanza de esta solución, que además permitirá ejercer el poder municipal y autonómico como banco de pruebas y escaparate de cara a la consecución en un futuro del Gobierno central.
El Partido Socialista, por el contrario, defenderá la eficacia política de «los 12 años de ayuntamientos socialistas», así como la conveniencia de la unidad de gestión entre el poder central y el periférico en base a un funcionamiento homogéneo.
Las 3 plazas claves donde se va a proyectar especialmente esta lucha política son:
A continuación nos centraremos en un análisis electoral del Ayuntamiento de Madrid, así como en una serie de comentarios sobre cada fuerza política derivada de este análisis electoral.
Las posiciones de cada fuerza política serían:
Partido Popular: Seis meses para demostrar que Sahagún no es del Partido Popular pero la gestión sí.
Extrapolando los datos de las elecciones de octubre de 1989. necesitaría para obtener mayoría absoluta del orden de 137.000 votos más, o, lo que es lo mismo, subir alrededor del 7,5%, es decir, situarse en el 4f>,5% de los votos emitidos a candidaturas. Objetivo teóricamente alcanzable si vemos el número de votos que tiene el afín CDS.
La dirección del Partido Popular. al designar a Álvarez del Manzano como candidato a la Alcaldía de Madrid, apostó por designar a la persona que representa los intereses del partido en el equipo de gobierno municipal. En definitiva, apostó por la actual gestión municipal. Álvarez del Manzano es un político honesto. con doce años de experiencia municipal en el ayuntamiento. y por lo tanto con una voluntad de servicio a Madrid y al centro-derecha innegables.
Dado el perfil del candidato del Partido Popular, parece evidente que este partido situará la campaña en el plano de la gestión técnica y política, presente y futura, del ayuntamiento. En definitiva, no a los ayuntamientos como centro de discusiones políticas. sino como centro de resolución de los problemas concretos de los ciudadanos, mejorando su calidad de vida. Para ello necesita vehiculizar esta oferta tecnocrática a través de un equipo competente y atrayente, quizá poniendo en marcha la renovación generacional anunciada en el congreso del partido, en base a profesionales jóvenes y competentes que tendría más gancho que el trasvase indiscriminado de cuadros del CDS como consecuencia del «ajuste de plantilla» producido por la quiebra de ese partido.
El Partido Popular tiene a su favor en estas elecciones el ostentar una posición de poder, una cuota de poder, ya que no-es lo mismo, sobre todo cuando se gestionan intereses muy concretos de los ciudadanos, el hacer las elecciones desde la oposición que desde el poder. El Partido Popular debe transmitir a su electorado la posibilidad de obtención de mayoría absoluta para conseguir su movilización, buscando, en cualquier caso, ser la oferta más volada por la legitimidad que da a la hora de establecer pactos de gobierno.
CDS: Cómo explicar al electorado que votar a Sahagún no es votar al CDS y que votar CDS no es votar PSOE.
Sahagún intentará «vampirizar» en provecho propio la gestión del equipo de gobierno, repitiendo lo ocurrido en el País Vasco por Ardanza y el PNV a costa del PSOE.
Tiene dos «puntos negros»; pertenece a un partido muy gastado, en riesgo de desaparecer, y además con el compromiso de pactar después de las elecciones con el PSOE.
Sin embargo, llevará como avales la representación máxima de la gestión municipal y una imagen de hombre honesto, moderado y buen gestor.
Si no hay mayoría absoluta del Partido Popular, será bisagra con posibilidades ciertas de conseguir la alcaldía con cualquiera de las fuerzas mayoritarias: pactará con el PSOE si el CDS obtiene una representación suficiente en gran parte del Estado; si, por el contrario, el CDS queda reducido a Madrid y a Canarias, y como fuerza no decisoria en Castilla y León, el partido habrá desaparecido como fuerza nacional y las decisiones de sus cargos electos serán personales, tal y como ocurrió cuando desapareció UCD.
PSOE: Guerra cocina los platos, Morán los sirve.
El recientemente concluido XXXII Congreso del PSOE ha convalidado el modelo político de organización que el PSOE tiene desde el ano 1974. Es decir. Felipe González es el líder, y, por tanto, como referencia de todas las sensibilidades socialistas, fija la dirección a seguir y da el mensaje político. Alfonso Guerra manda en el partido, entendiendo a éste como una organización o maquinaria capaz de obtener o conservar el poder. Así de fácil es el reparto, y el resto es literatura. El Partido Socialista tiene que decidir cuál va a ser su candidato a ia alcaldía en estas elecciones. Dada la relación de fuerzas izquierda-derecha en Madrid, donde el conjunto de fuerzas de centro-derecha son mayoritarias, lo lógico sería presentar un candidato que pudiera recoger el voto más progresista del centro, para ampliar el espacio de la izquierda. En este sentido, pienso que el mejor candidato {para el PSOE) sería Fernández Ordóñez, pero el candidato será seguramente Fernando Morán. que, por el contrario, sin ensanchar el espacio de la izquierda (PSOE + IU), sí es capaz de aglutinar el voto mayoritario de la izquierda, hegemonizando ese espacio político. El PSOE tratará de reavivar, si el candidato es Moran, el «modelo Tierno Galván» de 1979. Es decir, el alcalde de verdad sería el número dos, un Acosta cualquiera —con Tierno fue Barranco—, poniendo Morán la imagen de prestigio y honestidad.
El Partido Socialista no jugará en estas elecciones la carta tecnocrática, sino ¡a política, criticando a fondo la gestión política del centro-derecha en el ayuntamiento. Lo que pasa es que Tierno fue elegido alcalde hace doce años, cuando la democracia se estaba desarrollando en España y tenía atractivo la instalación de una «cultura de izquierdas» en los ayuntamientos. En los dos años de gestión municipal del centro-derecha no ha habido desmanes urbanísticos, Madrid mantiene su pulso cultural, la gestión en medio ambiente ha sido brillante y la Administración tributaria ha funcionado correctamente, sin aumentos escandalosos ni injustos. La no resolución de los problemas de tráfico —concejalía que maneja el CDS— no invalida la gestión municipal y no es un argumento de gran calado político por el escepticismo de la población en la resolución de este problema.
El Partido Socialista intentará detener la caída del voto en el núcleo urbano presentando a candidatos con prestigio personal, pero siempre controlando los centros de poder efectivos a través de políticos de segunda fila del aparato guerrista.
Esta vez —a pesar del prestigio de su posible candidato— no podrá reivindicar la exclusividad de la honestidad, ya que A. Manzano y R. Sahagún también tienen esta cualidad demostrada sobradamente
Si no obtienen mayoría absoluta, cuestión casi imposible, si pactan con el CDS, tendrán que ceder la alcaldía al CDS.
IU: La ampliación de la «casa común» les puede dejar en la calle.
En las elecciones municipales de 1987. IU obtuvo en Madrid-capital el 6,05% de los votos; el candidato era Ramón Tamames. En la actualidad, con Morán de candidato único de la izquierda, si el IU es un tal Herrera, podría dejar a IU por debajo del 5%, y por lo tanto, fuera del Ayuntamiento.
Si al «factor Moran» añadimos el retraso del proyecto organizativo de IU de vertebrar políticamente a grupos sociales autónomos —que no estará concluido hasta liquidar el PCE— y que el aparato del PSOE está por la «voladura controlada» de esta organización, el panorama no es nada bueno para IU en Madrid-capital.
Solamente un clima social conflictivo en mayo de 1991, con una crisis económica castigando, podría ser políticamente beneficioso para IU.
Aparecen en la prensa de estos días informaciones sobre la posibilidad de que Cristina Almeida sea candidata a la Alcaldía de Madrid si el candidato del PSOE es Fernando Morán.
El objetivo de esta candidatura tendería a asegurar la representación política de este partido en el Ayuntamiento de Madrid, taponando sus dos posibles pérdidas: la ocupación de su espacio político y electoral por el Partido Socialista y el desplazamiento de votos hacia el CDS —hacia Rodríguez Sahagún— de sectores anti-PSOE.
Conviene hacer sobre esto algunas precisiones:
1) Después de las elecciones municipales, en el conjunto de la izquierda no hay incógnita, es decir, PSOE e IÜ pactarán. Sólo está en discusión si esta representación es dual o no. En el centro-derecha sí hay incógnita, porque no se sabe qué va a hacer el CDS.
2) La presentación o no de Cristina Almeida sólo en el caso de que el candidato sea Fernando Moran es ridícula, porque si el candidato es Barranco, la candidatura de Almeida tendrá mayor relieve. Barranco no amplía ni hegemoniza el espacio político del PSOF. y de la izquierda; recoge, eso sí. el electorado básico del PSOE. Morán. en cambio, sí lo hace. Barranco, por otro lado, puede ser un buen candidato a la Comunidad, donde el voto urbano e informado es menor y cuenta más la organización. «En el año 79 los ayuntamientos demandaban democratización; en el 91 demandan gestión, resolución de los problemas de los ciudadanos, y menos política».
3) Izquierda Unida necesita asegurar su representación política en Madrid. Parece que la presentación de una candidatura encabezada por Cristina Almeida, Pablo Castellanos o Alonso Puerta —éste último con una sólida experiencia municipal— la asegura. Herrera, actual portavoz municipal, no parece que la garantice. Si IU no obtiene representación política en el Ayuntamiento de Madrid, su proyecto político quedaría seriamente dañado. Esto significaría, por el contrario, el avance del proyecto del PSOE de convertirse en «la Casa Común de la izquierda». quizá con la entrada de Carrillo en el «Asilo Común de la izquierda», avanzaría la integración no a través de la negociación política, sino uno a uno y con el carnet en la boca, tal como quiere Benegas. La «Casa Común de la izquierda», entre otras cosas, significa un conocimiento perfecto por parte del aparato del PSOE de la Ley D’Hom, aglutinando todas las estructuras y personas posibles.
con objeto de mantenerse en el poder. Es decir, la Ley D’Hont prima la hegemonía monolítica en la izquierda (alrededor del PSOE) y perjudica a una alternativa imperfecta de la derecha si proliferan partidos regionalistas, nacionalistas y el centrismo residual.
4) Si Almeida u otra persona con su perfil se presentan, no sería descabellado pensar que Sahagún, para disputar a IU el voto radical —el centrista moderado lo recogió en parte el 29-octubre el PP—, encabezase una candidatura independiente que no provocase el rechazo que tienen las siglas del CDS.
Bien, éste sería el plano estratégico en el que nos moveríamos si se presenta Cristina Almeida, pero, sin desmerecer la trayectoria democrática y la limpieza de muchas de las personas que integran IU, la aportación de Cristina Almeida al Ayuntamiento de Madrid es muy pequeña. En el año 79 los ayuntamientos demandaban democratización; en el 91 demandan gestión, resolución de los problemas de los ciudadanos, y menos política.
El Ayuntamiento de Madrid no es una empresa —como dice el ineficiente eurodiputado y candidato a todo José María Ruiz Mateos—; es una institución política que gestiona los servicios básicos que demandan los ciudadanos. Por lo tanto, necesita una línea política que dé contenido a la gestión. Sin embargo, el tener una línea conductora política no tiene nada que ver con la politización de los ayuntamientos, a la que es tan proclive la izquierda.
Éste es el panorama político que se atisba a seis meses de las próximas elecciones en el Ayuntamiento de Madrid.
El autor tuvo una participación principal en la primera Conferencia de Seguridad y Cooperación Europea (CSCE), celebrada en Helsinki hace 5 años, donde propuso, con éxito, la continuidad de la misma, con el fin de mantener vivo el consenso logrado entre 33 Estados europeos y dos norteamericanos sobre la necesidad de respetar una serie de principios jurídicos y normas de conducta en las relaciones intereuropeas.
Uno de los aspectos más interesantes y debatidos de la Conferencia sobre la Segundad y la Cooperación en Europa fue el de su posible continuidad. Se trataba de decidir si era conveniente prever alguna fórmula que mantuviera vivo el espíritu de la CSCE. o bien si, a su término, procedía sencillamente darle carpetazo y archivarlo lodo. Los occidentales, y en particular los Estados Unidos y Francia, eran partidarios de lo segundo, para evitar que la URSS pudiera utilizar la continuidad de la CSCE como un medio para vigilar las actividades políticas de Occidente. Los países de Europa oriental vetan, en cambio, acertadamente, que la continuidad del proceso de Helsinki les habría de permitir tener un modelo para las relaciones entre Estados europeos soberanos independientes, en lugar de seguir sometidos a la doctrina Breznev de «soberanía limitada». Como ejemplo significativo de esta actitud está el hecho de que los disidentes en algunos de esos países, como Checoslovaquia. se «agarraron» al espíritu y a la letra del Acta Final para organizar su movimiento «Carla 77».
La postura que mantuve fue naturalmente favorable a no desperdiciar una ocasión histórica, única desde el Congreso de Viena de 1815, en que 33 Estados europeos y dos norteamericanos habían llegado a un consenso sobre la necesidad de seguir una serie de principios jurídicos, de normas de conducta, en las relaciones entre las naciones europeas, a la vez que se esbozaban también unas medidas de confianza que harían retroceder el espectro de un conflicto bélico en territorio europeo. Fue esta tesis la que finalmente se aceptó, en la forma de sucesivas Conferencias de seguimiento (Belgrado, Madrid. Estocolmo. Viena) en las que se examinara el cumplimiento por los países miembros de aquellos principios, de aquellas normas de conducta, fijados en un texto, el Acta Final de Helsinki, cuya tinta no se había secado aún.
Estas Conferencias de seguimiento han servido también para desarrollar con más detalle aquellas normas originarias, para buscar su aplicación concreta en algunos campos (por ejemplo, el Mediterráneo, motivo de preocupación española desde el primer momento). Se encontró la manera de asociar a algunos de nuestros trabajos a países no europeos ribereños del Mediterráneo, y en esto también España fue la pionera, junto con Francia. Ya desde enero de 1973 sugerí’ la posibilidad de que, al margen de la Conferencia propiamente dicha, se instrumentaran «grupos de contacto» en que, sin necesidad de sentarse frente a frente, palestinos e israelíes buscaran cauces de entendimiento. El embajador británico rechazó la idea diciendo que se trataba de un conflicto distante y distinto, que no afectaba directamente a Europa… Tan sólo nueve meses más tarde estallaba, en octubre de 1973, la «guerra del Yom Kippur».
Un terreno concreto en que la continuidad de la CSCE se ha mostrado especialmente fructífera ha sido el de las medidas de confianza de contenido militar, las notificaciones de maniobras, de desplazamientos de tropas, etc., que encontraron en la Conferencia de Estocolmo (1984-86) formulaciones cada vez más amplias con vistas a desbrozar los obstáculos que impedían aún abordar abiertamente el tema del desarme de fuerzas convencionales, cuestiones ambas que serían tratadas en la Conferencia de Viena, bien por la totalidad de los 35 miembros, bien por los 22 más directamente afectados. La voluntad política de las dos superpotencias encontraba de nuevo, en el proceso de la CSCE y sus aledaños, el cauce más apropiado para avanzar hacia esa meta tan deseada, el desarme, en un foro multilateral que acogía una contribución efectiva de los países concernidos, y 110 una mera notificación de una res ínter alios acta, como en las conversaciones MBER El feliz resultado de las negociaciones sobre desarme de fuerzas convencionales en Viena (las CFR) ha permitido, tras la firma de un primer Acuerdo de desarme convencional en Europa, celebrar en París la cumbre sobre la CSCE.
Una de las más importantes reuniones recientes dentro del proceso de la CSCE fue la de Copenhague, en junto de este año, que terminó con la firma de un documento que el ministro danés de Asuntos Exteriores calificó de «Carta Europea de la Libertad» o de «Carta Magna Europea». Hay que tener en cuenta que los enormes cambios políticos que tenían lugar en los países de Europa centro-oriental y en la misma Unión Soviética permitieron que el ambiente en las conversaciones de Copenhague fuera totalmente distinto al de las precedentes, de Bonn (abril 1990} y sobre todo París (mayo-junio 1989). Ya en el preámbulo del documento los países miembros «expresan su convicción de que el respeto cabal de los derechos humanos y las libertades fundamentales, así como el desarrollo de sociedades basadas en la democracia pluralista y el imperio de la ley, constituyen un requisito indispensable para el progreso hacia un orden duradero de paz, seguridad, justicia y cooperación que tratamos de establecer en Europa»
El primer capítulo sustantivo se centra en el imperio de la ley y la democracia, estableciendo las normas de conducta para la existencia de sociedades democráticas basadas en el pluralismo político y las elecciones libres. Se respeta el derecho a la constitución de partidos políticos, garantizando la separación entre los partidos y el Estado, Los valores y la práctica de la democracia deben formar parte integral de la vida nacional. Hay que establecer vías de comunicación entre individuos, grupos y organizaciones de la sociedad civil.
En el capítulo sobre derechos y libertades individuales se garantizan, entre otros, el derecho de reunión y asociación pacífica, así como la libertad de expresión. Los Estados se comprometen explícitamente a erradicar la tortura. Se alude también a la pena capital y a la objeción de conciencia.
Al tratar de las minorías nacionales, tema delicado si los hay, se enfoca el problema a través del diálogo y la adopción de medidas especiales para la protección de las minorías nacionales.
Hay que ser consciente de que en esta cuestión batallona el progreso será más lento, y quizás entretanto se pueda convocar una reunión de expertos ad hoc para analizar a fondo el problema, que en ciertos aspectos nos retrotrae a los albores de este siglo, a la época anterior a la I Guerra Mundial, y a la labor específica de la Sociedad de Naciones. Pensemos que el ministro alemán de Asuntos Exteriores hablaba a este respecto en Viena, en abril pasado, del establecimiento de sistemas que permitan comprobar que son respetados tos derechos de las minorías nacionales. La alusión a las minorías étnicas y lingüísticas alemanas que no han sido englobadas en la unificación parece obvia.
Para resaltar la importancia creciente de los aspectos humanos en el proceso de la CSCE, ya el Documento final de la Conferencia de seguimiento de Viena, de enero de 1989, establecía un nuevo mecanismo, la Conferencia sobre la Dimensión Humana de la CSCE, que incluye las reuniones de París y de Copenhague —a las que ya hemos aludido—, así como una en Moscú, en septiembre de 1991. Se prevé el intercambio de información sobre cuestiones relativas a la dimensión humana de la CSCE, la respuesta a peticiones de información por parte de Estados participantes, la celebración de reuniones bilaterales, etc. En declaración expresa del presidente, en Viena se insiste en las prácticas de transparencia y de acceso a las reuniones de la CSCE por parte cíe representantes de los medios de comunicación de masas, de organizaciones no gubernamentales, de grupos religiosos y personas privadas, nacionales o extranjeras. Todo esto tendrá especial importancia en relación con la reunión de Moscú de la Conferencia sobre la Dimensión Humana (CDH) de la CSCE.
Los cambios políticos drásticos ocurridos en los países de Europa central y oriental han alterado profundamente el esquema de defensa colectiva imperante en el Este europeo, llegando a la práctica desaparición del Pacto de Varsovia. Por ello muchos han vuelto los ojos a la CSCE, en busca de un foro en que se puedan discutir las líneas maestras de un nuevo orden político y militar que cubra al continente europeo. Esta actitud me parece totalmente correcta, pues la participación de 32 países europeos más EE.UU. y Canadá permite que tan importante cuestión sea examinada por todos los actores internacionales interesados.
Ahora bien, esto no quiere decir que la CSCE, tal como la conocemos, venga a ser la panacea para todos los problemas de nuestro continente, y tampoco supone que pueda reemplazar en la situación actual a la OTAN, como parecen pretender algunos portavoces soviéticos. Por de pronto, el Acta Final de Helsinki es un documento político, no jurídico; no es un Tratado o Convenio internacional jurídicamente, por muy importante que sea política y moralmente. En segundo lugar, y como ha ocurrido en Viena con las conversaciones sobre desarme de fuerzas convencionales, tampoco la participación efectiva en un Sistema de Seguridad Europeo puede comprender a todos y cada uno de los participantes en la CSCE; piénsese en los mini-Estados (San Marino, Mónaco, Liechtenstein) o en la misma Santa Sede. En tercer lugar, la norma del consenso en sentido positivo y absoluto no puede aplicarse a un Arreglo de Seguridad que podría quedar bloqueado e inoperante por la sola voluntad de uno solo de sus miembros, etc. Todavía por muchos años (¿cinco, diez al menos?) la OTAN o Tratado equivalente será indispensable en el área euro-atlántica, como una red de seguridad por encima de la cual el «circo» de la CSCE podrá seguir hablando, discutiendo, avanzando en el entendimiento y la cooperación en todas las que han sido sus materias objeto de estudio desde Helsinki.
Con vistas a la Conferencia en la cumbre de París, celebrada a finales de noviembre, un Comité preparatorio trabajó desde julio pasado, recogiendo opiniones, propuestas y planes para meter más músculo en la CSCE, institucionalizándola en cierta manera, dándole un soporte administrativo permanente de escasa dimensión personal y escueto presupuesto (justo lo que yo propuse en Helsinki en 1972-73). Por parte del Este, la Unión Soviética presentó ya en la cumbre de Washington a Bush el proyecto de creación de un Consejo de la Ciran Europa, con especial competencia para la salvaguardia de la in tangibilidad de las fronteras y para la solución pacífica de conflictos entre los miembros. Polonia, por su lado, proponía un Consejo de Cooperación Europeo, órgano político permanente con funciones de consulta y coordinación en las materias de la Conferencia, ocupándose también de preparar las reuniones sucesivas y los contactos con otras organizaciones regionales o subregionales, aprovechando la presencia de los embajadores de los países miembros en la capital escogida como sede y teniendo un pequeño secretariado como apoyo administrativo. Estas ideas se parecen bastante a las que en su día expuse. Por último, Checoslovaquia ha hablado de una Comisión Europea de Seguridad, con sede en Praga, que se centraría en una primera fase en el tema del desarme y que, a ¡a larga, y de alguna forma no especificada, iría sustituyendo a las dos Alianzas militares. En una segunda etapa se firmaría un Tratado de Organización de los Estados Europeos (más los dos norteamericanos y la URSS) que desembocaría, en una tercera fase, en una Confederación (palabra que usó Mitterrand) de Estados Europeos libres e independientes.
Por la parte occidental, el comunicado final de la cumbre atlántica de Londres, de julio pasado, accedía a dar un papel más relevante a la CSCE en el futuro de nuestro continente, como vínculo entre Europa y Norteamérica, e indicaba la necesidad de que la cumbre de París refrendara, entre otros principios del proceso de la CSCE, los siguientes:
A fin de facilitar un foro para un diálogo más amplio en una Europa más unida, se buscará la manera de institucionalizar este proceso mediante:
Personalmente estimo excesivo el número de reuniones al más alto nivel, que a menudo sólo sirven de pedestal propagandístico para los políticos; también es demasiado frecuente el ritmo de las Conferencias de revisión o seguimiento, que deberían espaciarse a tres o cuatro años: en cuanto al órgano parlamentario, su composición, para los occidentales, debería ser la misma del Consejo de Europa, so pena de que se superpongan nada menos que cinco círculos parlamentarios (CE, OTAN, UEO. CDEE, CSCE).
La referencia a la localización de la sede señala a Praga. No tengo nada en contra, aunque las materias de cooperación económica y comercial podrían estar mejor en Ginebra, en la Comisión de las Naciones Unidas para Europa (para no malgastar tiempo, personal y dinero).
Un asunto que se puso de manifiesto durante las / discusiones sobre el nuevo nombre del Estado, no sólo en la prensa sino también en la Asamblea Federal y los Consejos Nacionales. Casi todos estaban de acuerdo en que la denominación de «República Socialista Checoslovaca» no reflejaba la nueva situación, y en general se esperaba, sobre todo en la República Checa (Bohemia y Moravia), el retorno al nombre que tuvo el Estado desde 1918 a 1938.
Sin embargo, los representantes eslovacos, tanto de derechas como de izquierdas, se opusieron a esa denominación al tiempo que pidieron que se expresara el carácter federal del Estado. Del mismo modo, rechazaron la propuesta del presidente Václav Havel sobre la denominación de «Checoslovaquia» o de «República Checoslovaca Federativa». Exigieron guion entre «checo» y «eslovaco»: «Checo-Eslovaquia». o «República Checo-Eslovaquia», versando las discusiones sobre si el guion divide o une. La denominación «Checoslovaquia» era inaceptable para los checos, ya que aludía al período de desintegración de la región eslava (octubre de 1938 a marzo de 1939). Se llegó a una solución de compromiso con el complicado nombre de «República Checa y Eslovaca Federativa». Esta polémica no hace sino apuntar el problema del nacionalismo que empaña la actual situación política del país.
La libertad nacional de los pueblos checo y eslovaco no fue conquistada hasta el final de la 1 Guerra Mundial. Sin embargo, el nuevo Estado que se formaba entonces proclamó la idea de una sola nación checoslovaca, que en la práctica significaba la superioridad de la nación checa, más numerosa y desarrollada. Las exigencias de autonomía de los eslovacos no fueron atendidas, lo que llevó, con la ayuda de la Alemania hitleriana, a la formación de un Estado independiente. Durante la sublevación de 1944, los eslovacos demócratas lucharon por la restauración de un Estado formado por dos naciones, la checa y la eslovaca. iguales en derechos, Pero una vez más la idea de la federación no se llevó a cabo, siendo aprobado un sistema simétrico, con unos órganos nacionales eslovacos limitados en sus competencias en favor de los órganos centrales. La formación de la Federación en 1968, compuesta por dos repúblicas nacionales, volvía a limitar los derechos de los órganos nacionales. En todo caso, bajo el régimen comunista, el poder real no se lo disputaban los órganos estatales, sino los propios del Partido Comunista.
Se puede demostrar documentalmente la preferencia de las autoridades del régimen anterior hacia Eslovaquia, pero muchos eslovacos lo niegan y hablan de su predominio bohemio y moravio en toda La historia checoslovaca, así como del centralismo de Praga.
En 1990 los checoslovacos han debido participar en dos elecciones, A primeros de junio tuvieron lugar las del Parlamento (Asamblea Federal, Consejos Nacionales Checo y Eslovaco), A finales de noviembre se celebraron las municipales.
Las últimas elecciones democráticas tuvieron lugar en 1946 en Bohemia y Moravia, concurriendo 4 partidos: comunista, nacionalsocialista, popular (cristiano) y socialdemócrata. En Eslovaquia, dos partidos, el demócrata y el comunista. Los comunistas triunfaron con casi el 40% de los votos. Las ambiciones personales dentro de los partidos demócratas hicieron posible el triunfo comunista y el consiguiente golpe de Estado de febrero de 1948.
La revolución de noviembre de 1989 y la presión del pueblo checoslovaco provocaron la salida de los comunistas de los órganos del Estado. Por entonces, el entusiasmo por la caída del régimen totalitario, la euforia general y la esperanza en rápidos cambios predominaban en todas las esferas de la sociedad, junto a un fuerte sentimiento anticomunista.
A la cabeza de este movimiento social se encontraba en Bohemia y Moravia el Foro Cívico y el Público contra la Violencia, dos movimientos ciudadanos que colaboraban entre ellos, cuyos representantes antes de las elecciones ocupaban cargos públicos. Al mismo tiempo, partidos ya existentes, como e) Nacional Socialista, Popular, Socialdemócrata y Demócrata se reactivaron; se formaron nuevos partidos, como los Verdes, Republicanos, Nacional eslovaco, etcétera.
En las elecciones de junio participaron 22 partidos y movimientos políticos. Tras una campaña a menudo violenta, triunfó el Foro Cívico en la República Checa y el Público contra la Violencia en Eslovaquia, con el 50% y el 33% de los votos, respectivamente, Lo que sorprendió realmente fue el 14% de los votos conseguidos por los comunistas, a los que las encuestas sólo daban un 7%. También destacó el éxito de nuevos partidos nacionales o acentuados en los temas regionales como el Partido Nacional Eslovaco y la Sociedad para Moravia y Silesia.
Durante los meses de verano y de otoño se vio muy claro que construir es mucho más difícil que destruir. Las campañas contra las posiciones de los comunistas, sobre todo en la esfera económica, siguen teniendo todavía apoyo popular, pero muchas de las medidas económicas y sociales aceptadas por el gobierno checoslovaco y el Parlamento provocan descontento, entre otras razones porque el nivel de muchos diputados y ministros no es profesional.
La devaluación de la corona checoslovaca ha hecho empeorar el poder adquisitivo de los checos en comparación con los extranjeros, que se sorprenden de Jos bajos precios deí país. Esto contrasta con los sueldos de los diputados y ministros, que son cuatro veces el salario medio.
La situación social y política en Checoslovaquia en el otoño de 1990 no tiene nada que ver con la de la primera mitad del año.
Hay desunión en el pueblo checoslovaco y debilidad en los representantes por la desconfianza hacia el Gobierno, así como en la capacidad de sus políticos para dirigir el Estado.
El Foro Cívico y el Público contra la Violencia tienen serios problemas con grupos orientados hacia la izquierda o la derecha, mientras que los partidos tradicionales (Nacional Socialista, Socialdemócrata, Popular), tras su fracaso electoral, se debilitan aún más por las luchas internas.
El Partido Comunista, a pesar de negar su pasado estalinista y llevar a cabo un programa de orientación reformista, no es aceptado por la mayor parte del pueblo checoslovaco.
La ola de patriotismo eslovaco con tintes nacionalistas está haciendo aumentar la popularidad del Partido Nacional Eslovaco, así como (a excesiva dedicación a respetar las especificaciones de Moravia y Silesia por parte del Foro Cívico.
En el pasado (y de hecho hoy en día en partes del mundo musulmán) los sistemas económicos también se construyeron para promover ideas religiosas como la salvación personal y la gloria del creador. Otros sistemas han sido elaborados con propósitos militares concretos: por ejemplo, el sistema nacional socialista sacrificó el bienestar material de las personas en aras de la conquista militar y de la pureza racial. El subsistema maoísta del socialismo en la China tenía por objetivo conseguir la distribución igualitaria y la pureza de clase.
Sin embargo, un sistema económico moderno existe para proporcionar a las personas cantidades y calidades crecientes de los bienes que desean a precios que quieren y pueden pagar, y tiene que ser capaz de hacer esto eficazmente, es decir, con el menor gasto posible de recursos, en un momento determinado y con posterioridad. Esto último significa que el crecimiento en la producción de los bienes deseados se logra mejorando la productividad del trabajo, el capital y la tierra. A su vez, esto se produce por la innovación tecnológica y social. Un sistema económico moderno es creativo y su capacidad de invención se usa para mejorar el nivel de vida de las personas. De eso se trata y parece que esto es lo que quieren las personas en todas partes. Aquí estamos hablando de la vida individual y real de las personas, no de la gente considerada como una abstracción colectiva.
Pero el hecho de que un sistema económico moderno se preocupe ante todo por la mejora de las condiciones materiales personales de la vida no significa que haya queexcluir otras necesidades. Al contrario, cuestiones como la equidad en la distribución de la renta y la riqueza, la igualdad de oportunidades, la protección medioambiental, la prevención del fraude, la oferta de bienes públicos y otros imperativos sociales, culturales y morales están en el programa del sistema económico moderno, pero no son la primera preocupación del mismo. Son complementos necesarios de su función principal que consiste en producir y distribuir bienes eficazmente a fin de aumentar el bienestar materia! de las personas. En el terreno de las ideas, un sistema económico debe tener una teoría «científica» positiva que explique cómo funcionan sus instituciones (y, cuando el sistema se hunde, cómo pueden ser arregladas) así como una teoría normativa que se refiera a la ética del sistema, es decir, lo que es y lo que debe ser. El sistema económico moderno no es sólo cerebro sin corazón. Usa sólo un cerebro para producir bienes a fin de que el corazón pueda tener cosas que distribuir de acuerdo con su percepción de lo que es bueno y justo.
Sólo hay un sistema económico que cumpla las condiciones de la modernidad: el sistema de mercado practicado por las democracias occidentales y por un número creciente de los llamados nuevos países industrializados, sobre todo en Asia Oriental. El sistema ha demostrado su capacidad para aumentar el bienestar material de las personas en un periodo, relativamente corto, de tiempo con un gasto comparativamente pequeño. Algunos de sus errores se han corregido y el abanico de oportunidades se ha extendido, sobre todo, a través de la intervención indirecta o indicativa del gobierno en el mercado, basada en un proceso político cada vez más democrático. Este logro, sin parangón en la historia, proviene de la incorporación de la idea de la libertad individual a las instituciones del mercado. Esta idea está basada en cinco principios que soportan el sistema de mercado. Estos son: el derecho inherente del individuo o de las familias a tomar decisiones en su propio interés; la voluntariedad de las transacciones; la responsabilidad personal por las decisiones tomadas; la competencia, es decir, la presencia de alternativas; y la horizontalidad o ausencia de relaciones jerárquicas.
El sistema de mercado soluciona espontáneamente los problemas económicos mediante el intercambio de bienes y servicios, la escasez relativa de precios, la búsqueda del beneficio, la libertad de entrada y salida, la propiedad privada y el Estado de Derecho. El sistema se orienta más a los medios que a los fines. No se propone deliberadamente conseguir un conjunto de objetivos sociales, clasificados jerárquicamente, sino que llega a su solución —la óptima satisfacción de los deseos de los usuarios mediante un proceso continuo de descubrimiento y adaptación a acontecimientos imprevistos, en los que el conocimiento que emerge excede al poseído por los compradores y vendedores individuales. En resumen, el sistema de mercado consiste en reglas de conducta abstractas e independientes en sus fines traducidas a transacciones voluntarias que hacen que la gente se comprometa a ser más rica. Es un modelo económico esencialmente optimista, creado espontáneamente «en allant» —no diseñado de forma consciente— por y para personas libres.
El principio en el que se basa el sistema de mercado, es decir, la conducta de los individuos en su propio interés, molesta a los moralistas de la izquierda. Argumentan que los individuos tienen un conocimiento limitado y, a menudo, equivocado de lo que es mejor para ellos. Creen que, ya que la avaricia y la ambición personales oscurece el propósito superior, una autoridad paternalista, preferiblemente benigna, con una visión más amplia, perspectiva más a largo plazo, sabiduría y conocimiento superiores debe decirles lo que quieren realmente e imponer su interpretación a los más obstinados. El interés individual y el derecho inherente de los individuos a buscar este interés a través de un proceso dialógico de descubrimiento en el mercado es considerado egoísta y caótico, y despreciado por ello.
Este es el camino para la ingeniería social que, a su vez, abre las puertas del terror. La avaricia y la ambición, apunta Peter Berger, son constantes antropológicas. «Hong Kong, escenario de los mayores milagros del capitalismo en este siglo, es la metrópoli más dura del mundo contemporáneo —a menos que uno quiera dar este premio a Moscú—.» Berger encuentra el disolvente de estas constantes antropológicas en «esa constelación poderosa de morales y modos conocidas como la cultura burguesa…».
Probablemente Max Weber tenía razón al decir que tiene que haber una serie de presupuestos culturales para que el capitalismo arraigue en una sociedad, ya sea en la forma de «ética protestante» en Europa y América, ya en la «moralidad post-confuciana» que ha sido tan discutida en años recientes en el contexto de crecimiento económico de Asia Oriental (Berger). Estos presupuestos culturales son los que hacen posible la emergencia de un orden legal, sin el cual el sistema de mercado carece de contenido filosófico y práctico. El Estado de Derecho es la noción institucionalizada de que el poder gubernamental es confiado al gobierno por los gobernados y que los gobiernos que rompen esta confianza pueden ser sustituidos mientras aquélla lo tolere (Leonard Shapiro),
Irving Kristol reflexiona sobre la conjunción del interés propio, la ética optimista y el mecanismo democrático del capitalismo para determinar quién tendrá acceso a los bienes —la voluntad y la capacidad de pagar— («El dinero de todo el mundo tiene el mismo color»): Debido a que esta sociedad (burguesa) propone hacer lo mejor de este mundo, en beneficio de las mujeres y de los hombres corrientes, hunde sus raíces en ta motivación más común de la condición humana: el propio interés. Asume que, aunque sólo en unos pocos son capaces de aspirar a la excelencia, todos pueden saber cuál es su propio interés, y alcanzarlo. Esta asunción «democrática» sobre la igualdad potencial de la naturaleza humana justifica a su vez la existencia de una economía de mercado en la que cada individuo define su propio bienestar, e ilegitima todas las teorías económicas paternalistas de eras anteriores. Sin embargo, uno debe enfatizar que la búsqueda de la excelencia por los pocos —ya sean definidos en términos religiosos, morales o intelectuales— no está prohibida. Tal actividad es meramente interpretada como una forma especial de interés propio, que puede ser truncada libremente pero no puede solicitar tener un status oficial. La sociedad burguesa también asume que la concepción del individuo de su propio interés será bastante «ilustrada» —es decir, prudente y con perspectiva—, como para permitir que otras pasiones humanas (el deseo de formar una comunidad, el sentido de la comprensión humana, la conciencia moral, etc.) puedan manifestarse aunque siempre de forma voluntaria.
Esta clase de sistema favorece actitudes que son indispensables para su función optimista. Estas incluyen: disciplina, respeto a los horarios, preferencia por explicaciones pragmáticas y racionales (más que por explicaciones románticas, utópicas o místicas) de los fenómenos económicos, y siguiendo a Berger «el derribo de barreras tradicionales de linaje y casta, un sentido arriesgado aunque calculado de la vida y una orientación hacia el futuro más que hacia el pasado».
Pero las críticas no están equivocadas del todo. Entre los vicios culturales del sistema de mercado, según Berger, están «la tendencia a juzgar el éxito humano en términos exclusivamente monetarios» («¿Cuánto vale esto?»), la introducción de ¡a competencia en esferas de la vida no económicas donde estas consideraciones no son adecuadas (sobre todo en la esfera privada) y el menosprecio de lo que los griegos llamaban la «vida teorética». No sirve de nada negar que, a pesar de los argumentos persuasivos en apoyo del sistema de mercado, la ética, especialmente cuando es aplicada a la relación entre el comportamiento de lo que es mercado y de lo que no lo es, constituye el talón de Aquiles del sistema al que los enemigos del capitalismo han apuñalado con regocijo, aunque se haya demostrado históricamente que sus propios códigos morales son inferiores.
Un buen ejemplo de las dificultades del capitalismo en las cuestiones éticas nos lo da un artículo reciente publicado en el Wall Street Journal por A. J. Robinson, vicepresidente ejecutivo de una agencia inmobiliaria internacional, hablando sobre cómo deberían reaccionar los empresarios occidentales a la carnicería de la plaza de Tiananmen. Antes de que la empresa del autor del artículo vuelva a China se tienen que cumplir cuatro condiciones: 1) seguridad para los trabajadores extranjeros de la empresa; 2) existencia de un ambiente de trabajo estable y productivo; 3) una solicitud de la empresa asociada china para que aquélla vuelva; 4) una declaración oficial del Gobierno focal asegurando que la ciudad está segura y está abierta a los intereses extranjeros. Dos semanas después de haberse producido la masacre, Robinson declaró: «Parece que estas condiciones se han cumplido en Shangai, y lo más seguro es que volvamos esta semana». Más aún, debido a que las autoridades chinas (una vez (avada la sangre de la plaza) deseaban que las empresas extranjeras volvieran a su país y «podrían estar dispuestas a realizar concesiones a fin de lograrlo», el buen sentido empresarial indica que los chinos tienen que ser presionados para realizar dichas concesiones. Por ejemplo, Robinson dice que antes de volver, el inversor debería intentar una reducción de sus impuestos («¿qué mejor época para pedirlo?»), solicitar más control en la dirección de la empresa y pedir ayuda para solucionar el problema externo de la conversión «a fin de que el dinero ganado pueda ser convertido razonablemente», animar a los gobernantes chinos a realizar una campaña de promoción de la China, dirigida a agencias de viaje, empresarios y turistas («vender una imagen segura y estable del país»), y apremiar a los dirigentes a hacer llamamientos especiales a los chinos de ultramar (especialmente a los que viven en Hong Kong, Taiwán, Singapur y en los Estados Unidos) «a no abandonar la China».
¿Qué tiene de malo esto? Realmente nada, sí hablamos solamente en términos de sistema de mercado. Para que el empresario occidental espere un tiempo antes de volver a la China, el ultraje moral público tenía que haber sido traducido a un lenguaje de mercado que el capitalista pudiera descifrar mediante el beneficio de la empresa y su estado de cuentas. En el ámbito del mercado, lo que produce dinero es bueno, y lo que no es malo. Esta traducción de preocupaciones éticas amplias en mera contabilidad puede darse si la pérdida de confianza en la sociedad del Gobierno chino reduce las expectativas del empresario de ganar dinero. Sin considerar si esto ocurre o no, hay aquí una ambigüedad moral. («Y yo dije: Irene, ¿sabes por qué hago esto?; para ganar dinero») (Tom Wolfe).
El sistema económico socialista («el socialismo real») es un modelo de asignación de recursos planificado y centralizado administrativamente que deriva de la teoría positiva y normativa marxista, interpretada «de forma creativa», desarrollada y revisada por Lenin, Stalin, Mao y otros. Ha sido incorporada a instituciones fundadas por Lenin, sistematizadas por Stalin en Rusia tras 1917, y revisada con frecuencia, pero no trasformada estructuralmente, en Rusia y en todas partes desde la muerte de Stalin en 1953.
A diferencia de la economía de mercado, eí sistema económico socialista se creó deliberadamente para conseguir fines específicos. No surge de la interacción espontánea, voluntaria y competitiva de compradores y vendedores, sino que se impone desde arriba por lo que se considera —según las creencias historicistas de Marx— una autoridad todopoderosa. Esta autoridad es el Partido Comunista, o para ser más precisos, el estrato gobernante del partido, la «antorcha» de la historia. Este estrato gobernante está formado por los escalones más altos del partido, del Estado, de la Policía y del Ejército (la clase dirigente del aparato). La propiedad privada de los medios de producción es abolida y expropiada por la «sociedad», o en otras palabras, por el partido-Estado, formado por los gobernantes que obtienen rentas privadas de la propiedad pública y maximizan estas rentas mediante lo que el economista polaco Jan Winiecki describe como «una interferencia prolongada en el proceso de creación de riqueza», principalmente a través de los nombramientos monopolizados por el partido a todos los puestos directivos («nomenklatura»).
Los fines del sistema, ordenados por la autoridad, están clasificados según su importancia. Los objetivos revelados públicamente (por ejemplo, la mejora del nivel de vida) no son con frecuencia los reales. El objetivo real, principal y fundamental del sistema es la presencia del monopolio económico, social y político de la minoría gobernante. Aunque no se dice públicamente con estas palabras, este objetivo se presenta como la necesidad de mantener el papel dirigente del Partido Comunista. Sin este papel, continúa la argumentación, sólo habría caos. Entre los objetivos revelados de más prioridad («preferencias de los planificadores») se encuentra el rápido crecimiento de la producción.
Se planea que las industrias de producción de bienes sean las que crezcan más deprisa, y en la vanguardia están las industrias intensivas (acero, hierro y construcción de máquinas). El armamento producido por estas industrias mantiene el principal objetivo del sistema, tal y como se acaba de demostrar en el caso chino. Por el contrario, el suministro de bienes y servicios al consumidor ocupa una posición muy baja en la escala de preferencias de los planificadores.
Se busca el crecimiento mediante altos índices de inversión: los más altos, para la industria pesada, mucho más reducidos para la ligera (bienes de consumo), y los más bajos para la agricultura. Los ahorros necesarios para sostener las acumulaciones masivas de capital y trabajo son arrancados de los agricultores y de los trabajadores urbanos nacionalizados. Esto se realiza mediante entregas obligatorias a! Estado de productos agrícolas a precios muy bajos fijados por la autoridad (sin que tengan ningún tipo de relación con las condiciones de coste y demanda del sistema) y mediante la imposición de altos impuestos sobre los bienes de consumo vendidos en tiendas de propiedad gubernamental. El crecimiento es «extensivo» —en lugar de extensivo— en el sentido de que se crea ante todo por la suma de los factores de producción (capital y trabajo, sobre todo), a un nivel tecnológico conocido, en vez de crearse a través de la productividad de estos factores. El sistema es partidario de cálculos físicos y del trueque, y está en contra de las transacciones dineroprecio multilaterales. En un sentido auténtico, supone una vuelta a la forma primitiva, «natural» y anterior a la existencia del dinero, de llevar los negocios de todos los días.
Y precisamente aquí está el problema. El sistema económico socialista, a pesar de las protestas de sus creadores, no fue diseñado para suministrar a las personas cantidades y calidades crecientes de bienes a precios que quieren y pueden ganar, ni para hacer esto de forma eficaz; ni siquiera se pretendió que fuera así. No proviene de decisiones autónomas de individuos que buscan la forma mejor de satisfacer sus propias necesidades, tal y como ellos los ven, estando de acuerdo en transferir sus derechos de propiedad en respuesta a las oportunidades de obtener beneficios indicados por precios competitivos. El hecho es que el sistema económico socialista, concebido e impuesto desde dentro, no mejora las condiciones materiales de la gente corriente, como un resultado normal y natural de su existencia. Trata al consumidor como un demandante residual en una producción en la que no tiene voz. Fue creado e impuesto con el fin específico de preservar el monopolio de los dirigentes comunistas. Esto lo ha conseguido hasta ahora, pero a un coste cada vez mayor (y prohibitivo) y con una eficacia cada vez mayor, hasta el punto de que ni siquiera su objetivo principal se puede sostener.
El sistema es premoderno porque no puede ocuparse del bienestar del consumidor. No sólo produce antiguallas (bienes anticuados), como señaló el economista chino Sun Yelang hace unos años, sino que el propio sistema es una antigualla.
El sistema económico socialista tiene muchas desventajas que lo hacen irrelevante en el mundo moderno. El sistema es incapaz de sacar al Tercer Mundo de su marasmo material, y convierte a países del Primer Mundo (por ejemplo a Checoslovaquia, a Polonia y a las repúblicas bálticas) en países tercermundistas.
El sistema socialista siempre ha alardeado de que se pueden programar y sostener altos índices de crecimiento, en vez de ser dejados a la incertidumbre y a la confusión del mercado. Así, el crecimiento no sólo sería acelerado por una razón central superior, sino que sería un crecimiento pausado pero continuo, sin las explosiones, saltos y sufrimiento humano del anárquico sistema de mercado. Aunque, este argumento siempre ha fallado desde un punto de vista teórico, ya no se mantiene más, ni siquiera momentáneamente, en un sentido estadístico: por ejemplo, en Europa Oriental (incluyendo a la URSS) el índice medio anual de crecimiento de PIB pasó de 5,2 por 100 en 1950-55 a 1,4 por 100 en 1980-85 y a cerca del 0,6 por 100 en 1987. Este resultado relativamente modesto fue atribuido en gran medida al crecimiento de Alemania Oriental, ayudado por la relación especial de este país con RFA y a las fantasías estadísticas rumanas. Los índices de crecimiento anual medio del PNB real soviético descendieron del 6 por 100 en 1950-55 a 2,2 por 100 en 1980-85 {según los cálculos occidentales, del 4,3 al 1,5 por 100). La China, que adoptó cambios de mayor alcance hacia una economía de mercado en los años ochenta, mostró algún crecimiento hasta 1988.
Pero no sólo han disminuido los índices del crecimiento económico en la mayoría de las economías socialistas sino que han fluctuado como si nadie hubiera oído hablar de la alegada superioridad de la economía planificada. La URSS ha sufrido una larga y profunda depresión (15 años de estancamiento con Brezhnev y Gorbachov) y la China experimentó un colapso de proporciones apocalípticas llamado «el gran salto adelante» (58-60), que provocó un descenso de la población, reconocido oficialmente, de 135 millones de personas en dos años (la cifra real es probablemente el doble).
La explicación dada para la caída del índice de crecimiento a largo plazo en el sistema es el agotamiento de las fuentes de crecimiento externo rápido (en particular trabajo, pero también inversión de capital y bienes vírgenes) que estaban disponibles tras la Segunda Guerra Mundial. Estos no fueron sustituidos por fuentes de crecimiento intensivo, es decir, por mejoras en los factores de productividad basados en innovación tecnológica, gerencial y del sistema.
La productividad laboral de los miembros del Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME), Europa Oriental y la Unión Soviética, es 2/5 partes de la de las democracias occidentales. El índice de crecimiento de la productividad laboral pasó de un 4,8 por 100 en 195030 a un 2,5 por 100 en 1960-83, como media anual, y la productividad del capital ha tenido índices de crecimiento negativo desde 1960, El crecimiento medio anual fue de un 2,1 por 100 en 1960-83. (En Checoslovaquia el descenso medio anual fue de un 3,4 por 100 en 1981-85,3,1 por 100 en Hungría y 2,7 por 100 en la URSS). V la caída continúa. La productividad total de los factores se ha estancado prácticamente durante casi 30 años. La causa de ello es la incapacidad del sistema de generar y aplicar la innovación tecnológica al proceso de producción, incluso la tecnología importada o robada. El fallo está en el sistema. El economista soviético Nikolaí Shmelyov (Noryi Mir, junio 1987) se queja de que «la industria soviética rechaza el 80 por 100 de las innovaciones y decisiones técnicas. Nuestro nivel de eficacia está entre ¡os más bajos de los países industrializados. ¿Qué nos impide mejorar? Ante todo el miedo ideológico a dejar salir el genio maligno del capitalismo de la botella».
La preocupación de muchos economistas occidentales con índices de crecimiento comparados no tiene mucho sentido si ignora la calidad del crecimiento en el contexto socialista. El hecho es que gran parte del crecimiento de la producción socialista es inútil ya que lo que se produce no puede ser utilizado, por varias razones. Lo más corriente es que un producto no sea deseado por aquellos para los que se produce (quizá sea comprado por los consumidores debido a la ausencia de mejoras alternativas, como una especie de «sustitución forzosa», pero la producción sigue siendo ruinosa}. En muchos casos la producción es de una calidad tan mala o de un diseño tan atrasado que sólo los consumidores más desesperados la comprarán {sin embargo, tos relojes de pulsera soviéticos que parecen despertadores de 1900 se consumen de forma desesperada en los ambientes modernos y adinerados de Manhattan, aunque nadie digno de respeto se atrevería a llevarlos en el Arbat).
El derroche aumenta también cuando la coordinación entre productos-vendedor y factores-producción se rompe, como ocurre a menudo en el sistema socialista. La producción exigida carece de los factores necesarios. Ambos están en sitios equivocados, o permanecen en el mismo sitio porque los medios de transporte necesarios no existen —no han sido planificados, o si lo fueron, se construyeron en lugares equivocados o según especificaciones erróneas. El despilfarro tiene lugar cuando lo que se produce no son «bienes» sino «males»— cosas que crean más problemas que beneficios, sobre todo degradación medio-ambiental. El sistema socialista va unido a un modelo nocivo y desviado de industrialización centrada en industrias extractivas y de producción de bienes, una estructura de «industrialización chatarra» obsoleta y conducida en la dirección equivocada. «En 1990», dice Irena Dryll, un economista polaco, «la estructura de la producción será peor que hace cinco y diez años». Según otras personas, la economía socialista «o es reformada total y radicalmente o se hundirá». (Jan Czekaj y S. Owsiak).
Sin embargo, la historia de las «reformas» de la economía socialista muestra lo difícil que es cambiar el modelo y la dirección del sistema. Está basada en una teoría económica que garantiza la ineficacia crónica en la asignación de recursos. Una ética que incluye el empleo garantizado de por vida, la inmortalidad de la empresa, el odio a la renta pero no al poder, va en contra de la eficacia. Y el sistema está pegado a una estructura industrial mal dirigida que ignora el rápido avance del mundo moderno hacia modelos de desarrollo. Las industrias pesadas favorecidas por el sistema utilizan trabajo, energía y materias primas con más gasto del garantizado por la tecnología disponible y del utilizado por las democracias occidentales y los Nuevos Países industrializados como Taiwán o Corea del Sur (la China es particularmente mala en cuanto a esto, pero su economía es la propia del TM en sus estadios primarios de desarrollo, Pero las cosas no van mucho mejor en otras partes más desarrolladas del sistema socialista). La URSS utiliza 50 por 100 más acero por unidad de renta nacional que los EE. ÜU. Las economías del CAME consumen más del doble de materias primas y energía por unidad de Producto Nacional que las democracias occidentales. En el proceso de producción, emiten entre tres y cinco veces más dióxido de sulfuro a la atmósfera. El «récord» conseguido en este terreno por los soviéticos, europeos del Este y chinos es todo menos calamitoso.
Con muy pocas excepciones, el socialismo es incapaz de vender sus productos fuera de sus fronteras. Exporta materias primas, energía y algunos alimentos, como por ejemplo, salami e hígado de oca húngaros, y jamón polaco, como si nunca se hubiera producido la industrialización. Al sistema le resulta difícil competir en el mercado mundial con bienes producidos en nuevos países industrializados como Brasil o México, incluso cuando parte de él opera bajo condiciones de nación más favorecida. La causa de esto no es el proteccionismo occidental sino el sistema socialista. La falta de competencia empobrecedora no sólo es grave, sino creciente. Lo que no interesa al mundo libre, es sometido a trueque dentro del sistema.
Durante los años 70, Polonia, Hungría, la Unión Soviética y la China hicieron muchas compras en el mercado mundial, donde uno debe pagar con dinero auténtico (dólares, marcos o francos) y no con rublos o zloties. Escasos de dinero contante y sonante, lo pidieron prestado a los bancos occidentales repletos de petrodólares recién reciclados, y a veces también a los gobiernos occidentales animados por la distensión. La idea era modernizar las economías internas con tecnología importada. Se argumentaba que esta modernización técnica ayudaría a producir los bienes deseados en el mercado mundial, a impulsar las exportaciones de moneda fuerte y a pagar la deuda —el principal y los intereses— dejando dinero de sobra para ahorrar.
Pero la estrategia no funcionó. Aquellas importaciones que no eran bienes de consumo (para seguir encubriendo el descontento económico) sirvieron para apuntalar la industria pesada mal administrada. Incluso aquí, no sirvieron de mucho debido al estrangulamiento de la oferta (los ordenadores no funcionaron sin electricidad o cuando los apagones están a la orden del día).
Más importante aún, la eficacia potencial de la tecnología importada no fue autorizada por el sistema. Para hacer su trabajo de modernización la tecnología de la información debe operar en un entorno cultural de libertad; no es indiferente desde un punto de vista cultural. Pero el sistema socialista, a pesar de la «glasnost», se funda en la proposición de que la información es propiedad estatal privilegiada que debe ser suministrada en pequeños bocados y convenientemente alterada, a habitantes seleccionados que han sido ocultados por motivos contrarrevolucionarios posteriores. Con frecuencia la tecnología, dirigida en su origen a mejorar el bienestar material de los consumidores, se usa para propósitos de «seguridad pública». Por ejemplo, las sofisticadas cámaras suministradas por Gran Bretaña a la China y pagadas mediante créditos de las agencias multinacionales, (es decir, contribuyentes occidentales) fueron instaladas en los faroles y los tejados de la plaza de Tiananmen para contar el tráfico. Pero después del 4 de julio de 1989 {y probablemente antes) se usaron para fotografiar a las personas que hablaban con extranjeros; estos «vendedores de rumores» fueron después enviados a la cárcel. Las transmisiones por satélite de las cadenas de televisión americanas fueron pirateadas por el régimen con fines similares.
En vez de una mejora tangible en la actuación interna y en la competitividad internacional del sistema socialista, el resultado ha sido una deuda exterior creciente —más de 100 billones de dólares en 1989, excluyendo la China— que con el tiempo tendrá que ser pagada por los contribuyentes occidentales para evitar lo que los banqueros dicen que sería el colapso del sistema financiero internacional.
En lugar de cerrar las industrias ineficaces, no competitivas y obsoletas, algo que en la mayoría de los países equivaldría a cerrar la mayor parte de la economía, el sistema recurre a los subsidios. Productores ineficaces son sacados de apuros por otros comparativamente más eficaces gracias a las transferencias presupuestarías del Gobierno.
El sistema económico socialista es un sistema de escaseces de casi todo lo útil —no sólo de bienes de consumo, sino también de equipo—. Los planificadores no pretenden que la principal producción del sistema sea la escasez, del mismo modo que no intentan producir despilfarro; pero las escaseces —extendidas y permanentes— son el resultado concreto de sus esfuerzos. Sin embargo, aunque no del todo intencionado, la escasez y el exceso de demanda resultante no son del todo accidentales.
La economía de la escasez, o el «mercado permanente de los vendedores», supone un dominio insidioso de éstos. El vendedor, al fina! de la cadena de las transacciones, es el Estado; la gente corriente son compradores sumisos. De hecho, es una economía de guerra. Ei sistema, generando tensiones y envidias entre las personas, favorece un culto acusado de la rudeza y el mal humor que degrada la vida personal y social sin aportar ningún tipo de ventaja material que compense. El sistema es una tragedia de costumbres y moral.
Además, la escasez crónica y el exceso de ia demanda hacen que el dinero sea casi inconvertible en bienes, reforzando así su primitivismo. Se han perdido los incentivos del trabajo. Gorbachov, en su carta de julio de 1989 a los dirigentes del Grupo de los Siete en París, pedía que la Unión Soviética fuera invitada a participar en la economía mundial. Pero para que esto ocurra, es necesario que la URSS tenga una economía. La convertibilidad internacional del rublo requiere como condición previa que el rublo sea convertible internamente en bienes útiles. De lo contrario, ¿qué extranjero en sus cabales querría cambiar bienes útiles por rublos que como mucho pueden ser utilizados para empapelar paredes?
La práctica inconvertibilidad interna de las monedas socialistas {cuyo valor nominal se está depreciando también ahora por lo que se refiere a los pocos bienes útiles que se pueden comprar con ellas, a pesar de la inflación) quizá sea más intencionada de lo que parece a simple vista. Ciertamente, por lo que se refiere a los bienes de consumo básicos, como alimentos, vestidos, vivienda y también a muchas materias primas, es el resultado de que el Gobierno ha establecido precios muy por debajo de los niveles de equilibrio del mercado. Esto crea automáticamente una escasez de los bienes. La escasez, a su vez, significa que la decisión sobre quién debe recibir qué ya no la realiza el consumidor mediante su voluntad de pagar el precio del mercado, ya que a precios tan bajos los bienes han desaparecido de los estantes y muchos de ellos están bajo el mostrador. La «decisión excluyente» (es decir, quién recibirá los bienes y quién no) pasa del individuo a) Estado, ya mediante el racionamiento, ya mediante la influencia política personal —comisiones al aparato que controla los bienes, vzyatka (los ingresos), y otros canales culturales socialistas™. En cualquier caso, la libre elección se reduce.
Ya que el dinero no sirve para comprar mucho de nada, tiene que ser tirado o ahorrado, a la espera de que llegue el día en que haya algo útil que comprar. En otras palabras, el ahorro personal no es voluntario, sino que de hecho es forzado por las circunstancias creadas por el sistema. En 1987, en la Unión Soviética sólo el 27 por 100 del aumento de la renta personal nominal se dirigió a compras de bienes de consumo. El73 por 100 restante se ahorró porque no había nada que comprar. Aunque es difícil dar una cifra precisa para el exceso de demanda, se cree que alcanza una cantidad que oscila entre los 30 y 40 billones de dólares al año en la URSS. También existe una escasez crónica en la oferta de los bienes de «lujo» como coches y jabón. Su disponibilidad planificada es insuficiente en relación a su demanda bajo condiciones de pleno empleo y lo que existe es distribuido primero entre los que tienen influencia y los que pueden entrar en el vasto e invisible «banco de intercambio de favores».
La creación de escasez puede ser contemplada también como un sustituto de la competencia entre las empresas. La escasez de factores de producción combinada con cuotas de producción ambiciosas y obligatorias crea tensiones gerenciales que sustituyen a la competencia horizontal. Los directores de las empresas tienen que estar alerta y apresurarse para conseguir los escasos recursos disponibles para poder cumplir las normas impuestas por autoridades administrativas superiores. Por otra parte, estando obligados a llegar a cuotas de producción inalcanzables, dados los factores de producción asignados, los directores de las empresas juegan con los encargados de la planificación: minimizan sus capacidades y exageran sus necesidades, acumulan fuerza de trabajo y capital («reservas escondidas») y generalmente despilfarran.
Desde otro punto de vista, la escasez generalizada y permanente hace que a los productores les resulte fácil «vender» cosas. Los compradores tienen una capacidad de negociación mínima, y por ello es sencillo venderles la basura producida. Los directores de las empresas carecen de incentivos para innovar o para cuidar la calidad de sus productos. En la lucha por conseguir bienes —cualquier tipo de bienes— se ignoran los errores de la planificación, la incompetencia de la dirección y la auto-indulgencia, y estos fallos no se castigan hasta que se produzca la siguiente purga política.
Según Shmelyov, la apatía masiva, la indiferencia, el robo, la falta de respeto por la honradez laboral, unido todo ello a una fuerte envidia de los que ganan más —incluso mediante métodos honrados— ha llevado a la virtual degradación física de una parte significativa de la población como resultado del alcoholismo y de la pereza. La población no se fía de los objetivos e intenciones declaradas ni de que exista la posibilidad de organizar de forma racional la vida económica y social. Esto se llama alienación. El socialismo favorece una predisposición a la «redistribución», que en realidad es desahucio. Cualquier indicio de aumento de la riqueza personal es atribuido a haber hecho trampas en la economía nacional o haber maniobrado con inteligencia en la economía sumergida. La apatía se extiende a todo el sistema, así como la corrupción que la acompaña. «La desesperanza» —escribe Dryll— genera cinismo y éste corrupción, contribuyendo todo ello al declive posterior.» Estamos siendo testigos de una auténtica inversión del darwinismo social: la decadencia competitiva y la supervivencia de los incapaces, ¿de qué sirve la destreza, y de hecho el trabajo, cuando el dinero carece de valor y los costes —del consumidor— sobre todo el tiempo empleado en conseguir bienes de segunda o tercera ciase aumenta cada año? (Según un informe polaco, el tiempo medio utilizado por un ama de casa en hacer cola pasó de 63 minutos al día en 1963 a 98 minutos en 1976, un coste real al que hay que añadir el coste de los productos si es que hay productos cuando uno llega al primer puesto de la cola). Chamstwo —o mal humor— se ha convertido en la norma de la conversación social. ¿A qué se deben los problemas del sistema?
Hay varias razones por las que el sistema genera problemas que harán que estalle con el tiempo
1.—Error intelectual e imposibilidad práctica de planificar el sistema.
Hay algunos que argumentan que el intento de diseñar un orden complejo, espontáneo y que se sostenga por sí solo es erróneo desde un punto de vista teórico e imposible de llevar a la práctica. La distinción es importante, puesto que la impractibílidad de la planificación central, si sólo fuera un problema de utensilios y métodos, podría ser superada cuando se desarrollasen mejores técnicas. Pero la carga del error teórico, de ser éste cierto, condenaría al fracaso a todo el proceso planificador. A comienzos de los años veinte en Rusia, antes de que Stalin llevara a cabo (a planificación central, B.D. Brutkus dijo que la vida económica no podía ser planificada, del mismo modo que ningún otro proceso evolutivo podía planearse de antemano. Según F.A. Hayek (The fatal concept: the error of socialism, 1988), el socialismo se basa en premisas falsas y pone en peligro el nivel de vida y la propia vida de una gran parte de la población existente. Alee Nove (El sistema económico socialista, 1980) cita una estimación que señala que para preparar un plan preciso e integrado de la oferta material y técnica (tabla input-output) sólo para Ucrania durante un año se necesitaría el trabajo de toda la población mundial durante 10 millones de años. Y uno debe añadir que una vez elaborado el plan quedaría obsoleto. Quizás se podría reducir el tiempo a cinco millones de años con modelos matemáticos y ordenadores mejores.
2—Valoración incompleta. El sistema socialista carece de un meca
El sistema socialista carece de un mecanismo de valoración que indique de forma automática, rápida y precisa a los que deciden qué es necesario hacer en la economía, la mejor forma de hacerlo. Carece de un sistema racional de precios que indiquen los costes marginales de los bienes a los productores, y a los consumidores los valores marginales en el sistema, incluidos los planificadores… En el sistema socialista, los bienes que hay que producir por imperativo de los planificadores son valorables por definición calculándose su valor ex ante por los planificadores y expresado en precios establecidos por la autoridad central sin considerar si los bienes sirven a un propósito útil o si terminarán en un montón de chatarra. Ya que el pleno empleo es uno de los imperativos de la ética socialista, se seguirán produciendo y valorando bienes sin demanda para evitar que la gente pierda su empleo. Por el contrario, en un sistema de mercado no se determina el valor de los bienes hasta que éstos son vendidos a consumidores no coaccionados. Los bienes que no tienen compradores carecen de valor, por mucho «trabajo social» que se haya empleado en ellos. Los precios socialistas calculados ex ante por la autoridad central «desinforman a los compradores y vendedores y hacen que los resultados financieros de una empresa y sus cálculos económicos no tengan sentido y sean engañosos» (Bous). La rentabilidad relativa, bajo estas circunstancias, no indica ni remotamente la utilidad social relativa de diferentes modos de acción, siendo un reflejo de precios distorsionados. El sistema es anárquico y subóptimo.
3.—Incentivos desvirtuados y el problema del indicador.
El sistema de mercado establece un vínculo directo y claro entre la eficacia del factor actuación y el factor recompensa. La constelación de los precios de mercado dice a los agentes económicos cuáles son las combinaciones óptimas de recursos. El productor ineficaz sale del mercado porque quiebra; los otros obtienen recompensas. Esta es la única condición que debe ser satisfecha mediante acciones maximizadas de los agentes, dentro de parámetros expresados en precios oferta-demanda flexibles. El sistema socialista rompe este vínculo vital entre la actuación eficaz y la recompensa. Determina a priori qué actividades son socialmente necesarias y cuáles deben ser mantenidas con independencia de su coste. Los trabajadores, directores de empresa y otros maximízan su actuación, pero dentro de parámetros «equivocados» y subóptimos. El resultado es que el mismo sentido y el significado del valor del trabajo se pierde. Muchos trabajadores maximizan matar el tiempo y las empresas maximizan las pérdidas financieras.
El problema radica, esencialmente, en un error teórico. En sus manifestaciones diarias es un problema de «indicadores de éxito» perversos. Esta situación no es desconocida en partes del sistema de mercado sujetas a regulación administrativa. Por ejemplo, en Tammany Hall, Nueva York, a los oficiales de justicia que investigan los casos de muertes violentas se les paga por cada cuerpo. Por ello, cuando encuentran un cadáver en el East River hacen un certificado de defunción y lanzan de nuevo el cuerpo al río para volver a utilizarlo. El socialismo extiende este tipo de comportamiento a todo el sistema. Durante mucho tiempo se recompensaba a los hospitales soviéticos por las curaciones efectuadas. Por ello no admitían a nadie que estuviese gravemente enfermo. se pueden encontrar innumerables ejemplos de este tipo de comportamiento.
La respuesta es sencilla y eficaz, pero inaceptable para los encargados del sistema y para sus acólitos, que se benefician de la situación actual de irracionalidad generalizada.
La solución al problema económico del socialismo es deshacerse de la planificación administrativa centralizada totalmente, sin excepciones ni cualificaciones. Este es el primer paso. El socialismo no puede curarse, tiene que rechazarse. El segundo paso es adoptar todo el sistema de mercado, no partes de él. (Cómo hacerlo es otra historia). No existe una solución de compromiso. He defendido durante muchos años esto y estoy contento de ver que economistas socialistas desilusionados se están aproximando a esta idea, si no a raudales, al menos en un número respetable. El mercado es el único sistema económico moderno no coactivo y centrado en la demanda. Para que tenga éxito ha de aceptarse en su totalidad, como un conjunto integrado y consistente, con propiedad privada y todo y con su cultura liberal característica, incluyendo una cultura política que defienda la democracia y se oponga a la política totalitaria. Las construcciones intermedias son juegos de salón académicos, inteligentes pero equivocados en los hechos y en la lógica, sin significado positivo práctico. Se pueden suavizar los aspectos más duros de los principios operativos del sistema de mercado, y corregir sus errores medíante la intervención apropiada de gobiernos elegidos democráticamente; pero esta intervención no debe ser de una magnitud tal que haga que aquellos principios no sean operativos y que los errores del mercado sean sustituidos por los errores del Gobierno.
El proceso al socialismo de mercado, mercado socialista, autogestión u otras soluciones «híbridas» dadas a los problemas de la planificación central socialista no puede hacerse aquí por simples razones de espacio. Ya se ha hecho en muchas ocasiones y también gracias al instructivo ejemplo negativo de las economías planificadas que han intentado hacer cambios en el sistema. Pero hay que mencionar dos razones de su fracaso. La primera es que la planificación central y el sistema de mercado son incompatibles; de hecho se excluyen mutuamente, tanto desde un punto de vista filosófico como institucional. Los precios no pueden ser rígidos y flexibles ex ante y ex past al mismo tiempo. Las transacciones no pueden ser a la vez horizontal-voluntarias y vertical-obligatorias. la libertad económica es incompatible con el control central de todo lo que muestra el más ligero indicio de actuar según su voluntad. Y la segunda razón es que para abastecer eficazmente la demanda de los consumidores, el sistema de mercado necesita tener un cierto cuerpo claramente dominante, consistente e integrado de instituciones, y no un mosaico de pequeñas partes del mercado sin relación alguna, mezcladas con residuos de los mecanismos de la planificación. Por ejemplo, el sistema de mercado necesita tener un mercado libre para los bienes y otro también libre para los factores, no uno sin el otro (como se ha intentado hacer en China).
Las consecuencias desastrosas del socialismo en el bienestar moral y material han alcanzado unas dimensiones tan críticas que amenazan con provocar una convulsión social masiva en varios países socialistas, La Unión Soviética, la China y Polonia son candidatos al levantamiento revolucionario. Algunos miembros de la clase gobernante (entre ellos Gorbachov) parecen haber entendido esto. Otros, como los gerontócratas de Pekín, no. Los que lo han comprendido, han puesto en marcha una serie de reformas: sin embargo, éstas no van muy lejos.
Hasta que no se tome la decisión de sustituir por medios pacíficos el socialismo por el sistema de mercado, esta solución (la única) se impondrá por la acción revolucionaria de un grupo de personas cuya paciencia está llegando a un limite.