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Ver productosDurante casi cuarenta años, la televisión en España ha sido un monopolio, Nacida como una dependencia del Ministerio de Información y Turismo dentro de la Dirección Genera] de Radio y Televisión. nadie intuyó entonces la influencia terrible que las 625 líneas iban a desplegar sobre la vida española. TVE era una terminal gubernamental, que servía lo mismo para un roto que para un descosido. Por televisión salía el anterior Jefe del Estado deseando a los españoles un feliz año, y por la pantalla se retransmitían partidos de fútbol del triunfal Real Madrid cuando las revoltosas masas obreras amenazaban con manifestaciones.
El bosque de las amenas fue creciendo con el aumento del nivel de vida, pero la concepción del producto que llegaba, a través de ellas, a los bares y a las casas en las que el «seiscientos», el frigorífico y el televisor eran un exponente del llamado «milagro español», tenía su justificación básica en el entretenimiento. Los primeros telediarios se ¡imitaban a ser recortes de periódicos, leídos con voz monocorde por locutores profesionales.
La democracia llegó a las ondas con la prudencia con que la libertad entró en otros ámbitos. En la transición, Adolfo Suárez, que había sido, entre otras cosas, cocinero del control televisivo antes que fraile de la democracia pluralista, pactó un estatuto para RTVE con las fuerzas de la oposición. Pero lo pactó con miedo: la televisión, después de todo, puede ser un arma de combate, y ya Clemenceau dejó dicho que la guerra es demasiado seria para dejarla exclusivamente en manos de los militares. ¿A quién se le podía encomendar algo tan vaporoso como «la tele», que era una especie de mundo operístico en el que habían aterrizado chicos del SEU, directores teatrales, cineastas en ciernes y paisanos de los sucesivos ministros del ramo?
Los políticos, pues, no se resignaron a «profesionalizar» este medio del todo, y metieron la cuchara a fondo en el diseño de las líneas de funcionamiento del llamado Ente. Se creó un Consejo de Administración que no quedaba a cubierto de los altibajos parlamentarios. Sin televisión privada, la libertad de televisión era una libertad vigilada.
Todo ello ha cambiado desde que, con la ley de televisión privada, de mayo del 88, se rompió definitivamente un monopolio, que se había quebrado en parte por la ley del Tercer Canal, de diciembre de 1983, que permitía el nacimiento de las llamadas televisiones autonómicas. Del monopolio se ha pasado a la pluralidad. Si con la ley del Tercer Canal ha sido posible que siete Comunidades —Euskadi, Cataluña, Galicia, Andalucía, Valencia, Madrid y pronto Murcia— tengan autonomía de imágenes y programación propia para los habitantes de sus regiones, que representan el 87% de la población nacional, la ley de Televisión privada, aunque sigue declarando que la televisión es un servicio público esencial, cuya titularidad corresponde al Estado, permite, pese a sus limitaciones en materia de accionariado y publicidad. reiteradamente denunciadas por los concesionarios, que tres cadenas independientes emitan ya para una cada vez más numerosa masa de espectadores.
Todavía no llevan un año de funcionamiento las cadenas privadas. Tele-5. Antena-3 y Canal Plus, pero ya se pueden extraer algunas enseñanzas de su emisión, que, gracias al plan del también organismo público Rete visión, cubrirá el 55% de la audiencia potencia! al finalizar el año. La primera de ellas, que TVE es vulnerable, aunque sigue conservando una enorme capacidad de respuesta. La segunda, que la rentabilidad de la televisión privada, un medio que necesita recursos ingentes, está aún por ver: los más optimistas hablan de tres años de pérdidas para, a partir de entonces, equilibrar las cuentas de resultados y aspirar a obtener beneficios. Y, en tercer lugar, que la competencia ha convertido el paisaje audiovisual en una selva.
Todo vale para captar audiencia. El sexo ha entrado en tromba en las programaciones: es como el «ketchup» de la comida rápida. El canal codificado Canal Plus, que inicialmente disimuló sus intenciones en este terreno, emite semanalmente una película pornográfica de eso que se conoce como «hard pomo». La pública TV-1 ha incorporado el «striptease» al programa de música y entrevistas de los jueves. en hora de máxima audiencia. Tele-5 tiene un espacio similar, camuflado en forma de concurso, que sirve para que profesionales del desvestido y aficionadas con aspiraciones compitan en la exhibición de intimidades. Los que recuerdan que a Rocío Jurado, en una célebre actuación por la pantalla, hubo que echarle una sábana sobre los hombros, no hace demasiado tiempo, porque su exuberancia vital podía herir la sensibilidad de algunos censores, no se lo creen del lodo.
Pero, desde el punto de vista funcional, lo más destacado de lo que está ocurriendo es la irrupción del denominado «zapping», voz onomatopéyica de raíz anglosajona que designa el sonido que hace el mando a distancia del televisor al cambiar de canal. Algo que la curiosidad inevitable del espectador hastiado hace con inusitada frecuencia a lo largo de cualquier programa, y muy especialmente en el momento en que aparece la publicidad. El «zapping» se ha convertido en el terror de los anunciantes, la obsesión de los programadores y la venganza de los usuarios. Porque ia panoplia de ofertas, en ciudades como Madrid y Barcelona, y, en general, en todas aquellas capitales a ¡as que llegan las autonómicas, empieza a estar supersaturada.
Basta hacer una cuenta mínima: a las dos cadenas de la televisión estatal y a los canales autonómicos —que en Cataluña y el País Vasco son también dos—, hay que sumar las tres cadenas privadas y. en muchas partes ya, las emisiones que llegan por antena parabólica, que van desde el SAT alemán a la RAI italiana, y de la CNN norteamericana a la Galavisión de México. Un panorama realmente completo, que es una invitación permanente a la infidelidad del espectador.
Los programadores y los espectadores empiezan a hacerse preguntas, que tarde o temprano se las harán los accionistas de las cadenas y los propios anunciantes. ¿Tiene sentido que todo el mundo ofrezca cine a la misma hora? ¿Cuál va a ser el papel de la televisión pública, y qué sistemas de financiación va a utilizar, si pierde su posición de primer vehículo publicitario del país? ¿La lucha por el «rating» va a condenar a todas las cadenas a competir a través de productos como el serial «Cristal», en detrimento do la calidad?
La televisión privada es un negocio. pero tiene que competir con unas emisoras públicas cuya financiación todavía no está en peligro. RTVE, que ya no goza de subvenciones y debe sostener con los anuncios de TVE a RNE y la Orquesta y Coros de RTVE, sufre estos días la angustia del futuro. Es como un jubilado con la pensión en el aire. El actual director general, Jordi García Candau, ha forzado los criterios comerciales para garantizar el mantenimiento de la audiencia y, por tanto, de los recursos. «No hay que hacer tanto hincapié en la supuesta función educativa v formativa de TVE», ha dicho. «Una televisión pública no puede renunciar a un tipo de programación que gusta al público, como la programación de entretenimiento, para que la hagan terceros». Pero, además, quiere una subvención de 20.000 millones de pesetas.
Los «terceros» hacen, efectivamente, una programación básicamente dedicada al entretenimiento. Por lo que respecta a las autonómicas, los responsables de las televisiones vasca, catalana y gallega han venido compensando con subvenciones los desequilibrios presupuestarios. La justificación, el hecho de promocionar una lengua y una cultura propias. Pero el anecdotario acumulado por esta pretendida vocación cultural, que consiste a veces, sencillamente, en traducir series de dudosa calidad a la lengua vernácula, es rico. La realidad es que el déficit global de estas emisoras será de 22.000 millones este año. Canal Sur, la andaluza. que alcanzó cotas escandalosas en este terreno de las pérdidas y el despilfarro, anuncia, como gran conquista, que en 1991 llegará al 45% de su financiación con recursos propios.
Las privadas, por su parte, luchan como pueden porque no las abandone el espectador que se ha asomado a ellas con lógica curiosidad inicial y ha visto que, en lo fundamental, se parecen y no suponen alternativa, todavía, para TVE. De hecho, van captando audiencia muy lentamente. y todo el mundo reconoce que intentar arrebatar a TVE un 50% de la audiencia que parece tener asegurado, va a ser tarea imposible. La más diligente, gracias al soporte que supone la experiencia italiana de Berlusconi, parece Tele-5. Pero es también la que menos espacios informativos da, que constituyen, por el contrario, la baza preferente de Antena-3. Cana! Plus, por su parte, es de hecho una especie de televisión por cable. La mayor parte de su programación es codificada para abonados que pagan 3.000 pesetas mensuales, además de alquilar, por 15.000, un decodificador. Dicen que cuentan con cerca de 60.000, ya, en este final de año. Pero necesitan 300,000 para empezar a hablar de rentabilidad, aunque su vocación no sea la audiencia, sino la diferencia, pues, como ha dicho uno de sus directivos, se consideran «una boutique de lujo».
Como deporte y cine siguen siendo las bazas fundamentales de cualquier programación televisiva, el fútbol se ha convertido en el centro de las batallas de este medio en ebullición que es la TV. Las televisiones autonómicas, agrupadas en una Federación de Organismos de Radio y Televisión Autonómicas (FORTA), dieron la gran sorpresa en esta guerra al comprar, por 54.000 millones de pesetas, los derechos de los partidos de la Liga de fútbol español para los próximos ocho años. A pesar de que en teoría estos espacios llegan a un alto número de hogares, un gran trozo de la España rural se quedaba sin su ración de balompié semanal. Algo que hubo que corregir obligando a TVE a recomprar, por 1.100 millones de pesetas, los partidos de este año, cuya emisión comparte con los canales regionales.
Pero el caso más representativo ha sido el producido con la retransmisión del partido que la selección española ha jugado en Praga, con motivo de la copa de Europa, frente a Checoslovaquia. Canal Plus se hizo con los derechos, y TVE tuvo que resignarse a ofrecer en diferido este partido que disputaba el equipo nacional. Era la primera vez que ello ocurría. Hasta ahora, la selección nacional era patrimonio de todos. La nación es un plebiscito diario, como dijo Renan, pero, además, once atletas corriendo tras un balón con una misma camiseta. La batalla por la audiencia televisiva ha hecho el milagro. Los futbolistas patrios han pasado a ser objeto de deseo comercial en un mundo dominado por el beneficio. La economía de mercado lo ha invadido lodo: los despachos del Ministerio de Hacienda, los congresos de los partidos políticos y el éter.
Cuando a finales de los años veinte se produjeron las primeras tensiones graves en el matrimonio formado por el escritor norteamericano Francis Scott Fitzgerald y su mujer Zelda Zayre, simplemente se verificaba un hecho constatable si se sigue con detenimiento la exhaustiva biografía que Nancy Milford dedica a Zelda y que ha aparecido recientemente en nuestro país: Nancy Milford, Zelda, traducción de Susana Constante, Barcelona, Ediciones Destino, 1990. Ambos carecieron de residencia fija en el tiempo activo que duró su unión. Una existencia en común repleta de inseguridad y desasosiego e incapaz de edificar un hogar estable que hubiera sido un horizonte reconocible o al menos educativo para ellos.
Primero se vieron atraídos por la ciudad de Nueva York, fábrica de sueños y brillante agencia de modelos creativos donde Zelda, hija de un estricto juez de la ciudad sureña de Montgomery, apoya la prometedora carrera literaria de su flamante marido, respaldada por una irresponsabilidad muy típica de los twenties, cegada por la cantidad ingente de oro que ofrecían las nuevas editoriales neoyorkinas.
Poco después los vemos en París. Scott ya recibe 10, 20, 30.000 dólares de su agente Ober por las ventas de A este lado del paraíso y El gran Gatsby; desde ese Ínstame de éxito, Zelda actuará según las pautas dictadas por los personajes literarios femeninos del mundo fitzgeraldiano: es la encarnación más próxima a la flapper, jovencita alegre y descarada que busca el amor y el dinero con paralela ansia y desorden, encontrando ambos para su felicidad.
En la Riviera tos Fitzgerald, acompañados por el también bello y deportista matrimonio americano Murphy, y con toda el aura romántica exigible, levantaban tablas de surf contra la espuma de veranos de vértigo.
Entre 1926 y 1929, Zelda inicia y completa una serie de relatos que serán publicados en el Saturday Evening Post y en el College Humor de Nueva York. Títulos como La chica sureña, Chica con talento o Nuestra reina de! cine, este último en colaboración con Scott, son cuentos breves, ingenuos en su dificultad, que debían ser corregidos sintácticamente, pero que poseían un valor literario intrínseco, al margen del testimonial. Zelda no imitaba a Fitzgerald, sino que escogía de él rasgos generales, manejando un estilo peculiar y aplicando al argumento una estructura narrativa ensayística c impresionista. El material que utilizaba era de excepción: testigo y protagonista de una época y de unas relaciones sociales extremadamente marcadas, Zelda describe con firmeza y cierto desdén la complementariedad del binomio amor/dinero. Sin embargo, en los escritos de Zelda flotaba una sombra delicuescente escondida detrás de tanta luminosidad y esperanza: es la sombra, que luego se alargaría hasta bifurcarse en esquizofrenia, de Francis Scott Fitzgerald.
En Francia vivieron siempre en casas alquiladas y amuebladas, por lo que acumularon pocas posesiones permanentes, bebían muchísimo y sus vernissages duraban semanas; no obstante, las fisuras comenzaban a aparecer y Zelda, que había sido el prototipo de chica popular, rebelde e independiente, va encontrándose cada vez más vacía y desorientada ante la programada autodestrucción etílica de Scott.
En 1921 había nacido la pequeña Scottie, pero la maternidad no tuvo un efecto calmante para Zelda y la niña fue criada por institutrices y luego en prestigiosos internados. A mediados de los veinte, Scott conoce a Ernest Hemingway; Scott envidiaba la sana vitalidad de su amigo, y Hemingway envidiaba los dólares de su contrincante. Ernest y Zelda no congeniaron; Zelda no soportaba el humor cambiante del boxeador periodista (5tc Cocteau, según G. Stein) y le despreciaba como novelista. La respuesta no se hizo esperar, Hemingway destriparía al matrimonio Fitzgerald en su anecdotario París era una fiesta. Zelda acusó entonces a Scott y a Ernest de mantener una relación oculta de naturaleza homófila. Scott nunca se lo perdonó y la pareja estuvo a punto de irse a pique.
Hacia 1926 Zelda creyó encontrar un verdadero medio de expresión en la danza. Los distintos apartamentos que habitaba en París se convertían, como por arte de magia, en estudios de ballet. Se puso en manos de una ex bailarina de la compañía de Nijinsky llamada Egorova que le impuso severos ensayos, consciente de que había llegado un poco tarde.
La febril actividad que Zelda desarrolló entre 1926 y 1930 como escritora de cuentos y bailarina casi profesional, debilitaron su frágil equilibrio mental. Las depresiones se sucedían y en la primavera de 1930 ingresó en la clínica psiquiátrica suiza «Les Rives des Prangings» y ya no volvería a recuperarse totalmente. Zelda incide en la literatura por la vía del sufrimiento personal. Desde las clínicas escribe a Scott cartas que son talismanes de su pasado inmediato, cartas lúcidas y conmovedoras.
De vuelta a Estados Unidos redacta en seis semanas la novela Resérvame el vals. Un conflicto de intereses surge entre Scott y Zelda, al leer éste las pruebas del libro. La atmósfera de sospecha y plagio se fundamentaban en el paralelismo temático con Suave es la noche, la novela en la que Scott trabajaba incansablemente y a la que no daba una redacción definitiva. Scott aseguraba que Resérvame… comprometía su futuro literario.
La novela de Zelda es autobiográfica y se observa una excesiva acumulación de imágenes. La profunda huella que dejó la danza en su vida se manifiesta en la heroína protagonista, que pretende transformar la existencia cotidiana en arte, pero sus evoluciones se desdibujan en una prosa insustancial y algo retórica.
Resérvame… se puso a la venta en octubre de 1932, gracias a las gestiones de Scott con el editor Scribner. No se vendió bien, aunque no hay que olvidar que se publicó en pleno crack y la edición contó con sólo 3.000 ejemplares. Las recensiones criticas en el Suri o en la sección de libros del New York Times coincidieron al hablar de estilo sugerente.
El relativo fracaso de Resérvame… llevó a los Fitzgerald a unir las piezas deshechas en su matrimonio. Alquilaron una casa victoriana llamada «La paix», en Rodge Forge; allí Scott ultimó su grandiosa y agotadora novela Suave es la noche. Según Nancy Milford, en Suave es la noche hay transcripciones literales de las cartas que Zelda enviaba a Scott desde las clínicas en las que estuvo internada.
A mediados de los treinta Zelda ingresa en el carísimo hotel psiquiátrico de Sheppard Pratt. En este periodo Scott revisa dos ensayos de su esposa: Lleven al Sr. y a la Sra. F. a num. ? y Subasta-modelo 1934. Scott ajustó y afinó estos textos, e ideó una antología con todo lo que se había publicado hasta entonces, añadiendo pequeños artículos, pero el editor Scribner aceptó los dos artículos corregidos por Scott, que aparecieron en dos entregas en el Esquire en mayo y junio de 1934, y se desentendió del resto. Zelda no se daba por rendida: la obra de teatro Scandalabra —psicodrama de cartón piedra con diálogos soporíferos— llegó a montarse y estrenarse en Broadway, cosechando un rotundo pataleo. También expuso sus pinturas surreales en galerías de Nueva York, esta vez con buenas críticas.
El 20 de diciembre de 1940 Francis Scott Fitzgerald —que trabajaba en Hollywood como guionista— cayó fulminado por un ataque cardíaco, sin poder acabar su obra póstuma El último magnate. Zelda comentó que «nunca más iría a buscarla al Este con sus bolsillos llenos de promesas y su corazón repleto de esperanzas renovadas». Después de ¡a muerte de Scott, Zelda vuelve a Montgomery, con su madre, donde se aferrará a su pasado y recibirá a algunos admiradores de su marido. Tras varias recaídas, es ingresada en el Highland Hospital para recibir tratamiento y descansar. El 10 de marzo de 1948, un incendio que se declaró en la cocina principal destruyó un ala del Highland. Murieron seis mujeres; entre ellas se encontraba Zelda Zayre, más conocida como Zelda Fitzgerald. Cuando murió, dejó inconclusa una novela titulada Las cosas del César, en la que se repite hasta la saciedad la palabra exigencia.
El cincuenta aniversario del fallecimiento de D. Manuel Azaña está siendo ocasión para numerosas referencias, recuerdos y debates. En general, la figura de Azaña ha dejado de ser objeto arrojadizo, materia de apasionamiento político entre unos españoles y otros, para convertirse en un elemento de reflexión histórica. En otras palabras, D. Manuel Azaña ha pasado de la Política a la Historia, y por tanto no es ‹‹propiedad›› de una parte de los españoles, de un partido, sino del conjunto de la sociedad española, de nuestra Historia.
Situar la figura de Azaña en la Historia significa hacer un esfuerzo por ‹‹entender›› al Presidente de la II República en el contexto de la crisis europea y española de los años treinta de nuestro siglo; significa valorar en su conjunto los aspectos positivos de su proyecto político y no por ello olvidar alguno de los errores de sus práctica política reconocidos por él mismo al final de su vida. En mi opinión, la imagen que gran parte de los españoles tienen hoy de D. Manuel Azaña es que fue un político honesto y austero, y que pretendió, sin conseguirlo, la modernización de España y el establecimiento de un Estado democrático. Pues bien, en lo esencial, si ésta es efectivamente la imagen más generalizada de Azaña, en mi opinión, creo que se ha hecho finalmente justicia al político republicano.
D. Manuel Azaña fue un escritor y un político radical-liberal. Formaba parte de la generación de políticos liberales del primer tercio del siglo XX que compartieron hasta 1923 el proyecto de democratizar la monarquía de Alfonso XIII: un proyecto político en el que coincidían todos los liberales, desde el Conde de Romanones hasta D. Manuel Azaña, pasando por Santiago Alba y Melquiades Álvarez. Los liberales y conservadores monárquicos, moderados y gradualistas, fracasaron en su empeño en 1923 y en 1931 por la miopía y el freno impuesto por los sectores más inmovilistas de la sociedad española; D. Manuel Azaña tuvo la oportunidad de construir ex novo, un régimen liberal democrático, pero igualmente fracasó, en 1934 y 1936, en gran medida por concebir el régimen republicano excluyendo a una gran parte de la sociedad española. En el primer tercio del siglo XX, fracasaron por tanto los dos intentos de transición democrática: la moderada y gradualista, en la que participó el mismo Azaña hasta 1923, y que pretendía democratizar el régimen de la restauración, y fracasó también la solución republicana de 1931 en un proceso creciente de polarización de la sociedad española a la vez que se devaluaba cada vez más el sistema parlamentario, la libertad y el Estado de Derecho.
Desde un punto de vista histórico-filosófico, a mi juicio, hay tres elementos que explican la orientación radical del discurso azañista: el concepto de soberanía absoluta vinculado al principio democrático muy en la tradición roussoniana; el culto a la razón como elemento suficiente y justificativo para la ordenación de la sociedad y, consecuentemente, el estanismo, la consideración del Estado como instancia esencial y prácticamente única como instrumento vertebrador de la sociedad española. En el fondo, Azaña asimiló mucho de la tradición racionalista y liberal radical francesa y muy poco de las corrientes de pensamiento clásico liberal anglo-sajón.
Por ello su acción política se encontró mediatizada por factores generales de contexto europeo y español, por la crisis de los años treinta, consistente en el rechazo del parlamentarismo y el ascenso de soluciones totalitarias y autoritarias de izquierdas y derechas.
Pero frente a ella, Azaña no utilizó la razón para entender, para explicar, para adaptarse a una realidad difícil e incluso hostil: no utilizó la razón como índice de lo posible, de lo recomendable según el ‹‹sentido común››. D. Manuel Azaña utilizó la razón para transformar la realidad por medio del Estado y al final la realidad se impuso, como se impone siempre, a los que han pretendido realizar ingeniería social.
Personalmente, el Azaña que prefiero es el escritor y el ensayista, y de todos sus discursos sin duda el más memorable fue aquel en el que pedía para todos los españoles, una vez finalizase la tragedia de la guerra civil, Paz, Piedad y Perdón. Lástima que estas tres nobles ideas no fueran las que se impusieron en 1939.
Cuando Antonio Fontán de la Orden, padre del homenajeado, en compañía de unos amigos, fundó Radio Sevilla, Antonio Fontán Pérez Capenas tenía un año de edad. Esto sucedía en 1924. El 14 de noviembre de aquel mismo año, Radio Barcelona, que había obtenido la primera licencia de España para emitir en onda media, comenzó su primera programación estructurada al modo de los pioneros de la radio en otros países.
Sin embargo, desde al menos abril de aquel año, Radio Sevilla y, desde Madrid, Radio Ibérica, ya emitían con calidad técnica suficiente para que sus señales fueran captadas con nitidez no sólo en España sino, gracias a la ausencia de interferencias, desde miles de kilómetros más allá de nuestras fronteras.
Antonio Fontán Pérez hubo de escuchar los primeros conciertos de piano que la emisora de su padre retransmitía a eso del anochecer, y que día a día ganaron una audiencia muy fiel.
Pero gracias a la empedernida costumbre de las Administraciones de exigir licencias para la radiodifusión, ni Antonio Fontán de la Orden ni sus conciudadanos de Sevilla pudieron disfrutar del reconocimiento de haber puesto en marcha la primera emisora de radio española, toda vez que, a pesar de tener títulos más que suficientes para ello, esos primeros meses de «retransmisiones pioneras» habían de quedar subordinadas al numeral de la concesión. Y Radio Sevilla, con un EAJ número 5, vio relegada su anticipación en beneficio de Radio Barcelona, más remolona en la emisión pero titular de un espectacular EAJ 1. De una familia radiofónica donde las hubo, Antonio padre, en unión con otros radiodifusores españoles, fundó Unión Radio, de la que serta su vicepresidente y uno de sus accionistas principales.
No es momento de glosar los emocionantes, a veces turbulentos, años vividos por la radio española en aquellas décadas. Pertenecen a la memoria colectiva. La radio es compañera, y una vivencia personal, aunque en sus comienzos tuviera algo de mágico y fuese frecuente compartir los momentos de su escucha con la familia o con los amigos. Por ello, cada uno guarda de ella sus propias vivencias, a veces entreveradas con los momentos más significativos o los recuerdos más señalados de su vida.
Antonio Fontán Pérez ha desarrollado su vida profesional en campos muy alejados de la radiodifusión. En parte, porque su hermano menor, Eugenio, ha dedicado a ella la suya por entero. Pero a pesar de los latines y la docencia, de la política y el estudio, Antonio Fontán es una figura de primera magnitud en la historia de la radio española. Permítanme unos detalles que pondrán de manifiesto lo que aquí sostengo.
Unión Radio, el germen de lo que luego sería la Sociedad Española de Radiodifusión -la SER-, nació como fruto de la asociación de unos intrépidos empresarios, entre los que figuraba su padre, don Antonio Fontán de la Orden. Su primer responsable fue Ricardo Urgoiti, al que los historiadores de la radiodifusión española deberían reconocer el papel de primer promotor de la radio en España. Urgoiti, que era un hombre extraordinario, padeció los avatares de la guerra, que inevitablemente dividió la naciente cadena entre los dos bandos enfrentados.
A partir de 1940 tomó el relevo de Urgoiti don Virgilio Oñate, y fue él quien trabajando durante más de veinte años consolidó lo que desde entonces ha sido la mayor empresa radiofónica española y una de las más importantes de Europa.
Durante buena parte de aquellos años, hasta su muerte, Antonio Fontán padre ejerció como vicepresidente de la SER. A su fallecimiento, le sustituyó como consejero Antonio Fontán Pérez. Pero fue a partir de la retirada de Oñate, hacia 1962, cuando Antonio Fontán Pérez comenzó a manifestar su influencia en la SER. Primero, apoyando a su hermano Eugenio en la configuración de una red de emisoras que cubriese totalmente la geografía española. En aquel momento el gobierno de Franco estaba embarcado en la tarea de crear una potente cadena radiodifusora pública, que saturase el dial de los españoles no sólo mediante la emisión obligatoria de los partes de noticias por todas las emisoras, públicas o privadas, sino incluso por la simple saturación radioeléctrica. A Radio Nacional se añadieron la red de emisoras del Movimiento, Radio Juventud y otras. Pronto las mejores frecuencias -las de mayor alcance- fueron sustraídas a la SER y a las emisoras más veteranas. Simultáneamente, las radios públicas vieron decuplicadas sus potencias de emisión en relación con las de la SER o las de la naciente Radio Popular.
Negada la expansión geográfica y limitada la potencia y el alcance de sus emisoras, la SER tuvo que ingeniárselas para mantener el liderazgo de audiencia. Para ello, recurrió a los mejores profesionales de la época, algunos de ellos extranjeros, que contribuyeron a renovar la programación. Y todo ello con recursos propios. Antonio, ya embarcado de lleno en el periodismo profesional, participó activamente en el impulso de renovación del panorama radiofónico de aquellos años.Y, mediante la compra de las acciones que antaño fueron de Oñate, se convirtió además en uno de los accionistas de referencia de la SER. A su consejo aportó su prestigio profesional y personal, respaldando, cuando no promoviendo, algunas de las ideas con las que su hermano Eugenio renovó la oferta radiofónica de entonces. Uno de los mejores planteles de profesionales que ha tenido nunca la radio española alumbró y consolidó en aquella época algunos de los más inolvidables y exitosos programas de la radio española: «Mediodía Cadena SER», «Carrusel Deportivo», «El Gran Musical», «Los 40 Principales y tantos otros».
Dicen los artistas que se puede morir de éxito; en el caso de la SER y de la radio privada española, fue sin duda su éxito el que pudo matarla. Durante décadas, y con señaladas excepciones, la radiodifusión en los países más importantes de Europa ha sido una historia de grandes cadenas públicas en régimen de monopolio. Estas cadenas ofrecían programas de calidad, y por supuesto, informativos excelentes; pero no existía la radio privada. Y en este sentido, España era la excepción: en el país entonces menos libre de Europa occidental, la empresa pública, Radio Nacional, había de conformarse con ser minoritaria en audiencia, ampliamente superada (no obstante algunos de sus programas verdaderamente excelentes) por la radio privada.
Una de aquellas «mentes preclaras» que nos gobernaban por entonces decidió que, puesto que la audiencia optaba por las emisoras privadas, la solución pasaba por nacionalizar éstas. Con esta decisión del ministerio de Información y Turismo de nacionalizar la radio privada española, se abrió el abismo de los peores temores que, a duras penas, se habían venido sorteando desde hacía décadas. En España no había prensa libre y reinaba la censura, pero la radio, por su cualidad de compañera, por su vocación de entretener y por su renuncia a informar más allá de los acontecimientos sociales y deportivos, había podido mantener un pequeño reducto de ingenio, frescura y espontaneidad. Y ahora quedaba amenazado también ese pequeño espacio, casi virtual, de iniciativa y de creatividad.
A ese desafío respondieron con toda su ingenio las radios privadas, recabando apoyos sociales tan amplios como les fue posible, con objeto de reducir la acción estatalizadora a un porcentaje minoritario del capital de la empresas de radio que emitían en Cadena. La SER y Radio Popular fueron las más perjudicadas (aunque no las únicas), pero tanto una y otra trataron de conservar su independencia, recurriendo a cuantos argumentos cabe imaginar. Al final, el ministerio consintió en reducir su pretensión a un mero 25% del capital social, en vez de la totalidad que perseguían. Este porcentaje ha sido mantenido por el Estado español hasta 1988; pero esto es otra historia, porque nuestro protagonista hoy es Antonio Fontán y en este año él ya no formaba parte de la SER. Un 25% en manos del Estado era mucho (fue nacionalizado sin compensación económica, como requisito legal para emitir en cadena) pero, a la vista de las circunstancias, pudo considerarse una victoria de los negociadores.
Los Fontanes -Antonio y Eugenio- y los Garrigues -Antonio y su hijo Joaquín-, junto con un puñado de colaboradores, salvaron la empresa y mantuvieron este reducto de libertad. Porque de libertad empresarial se trataba, pero también de libertad de expresión, pues a medida que el régimen franquista se fue debilitando, las emisoras de radio -con la SER al frente- transformaron el panorama informativo español.
Así, conociendo la creciente demanda de actualidad y de información que latía ya entonces en nuestro país, los Fontán, arropando a los jóvenes periodistas que nutrían entonces la plantilla de la SER, abrieron una puerta de frescura y libertad a las ondas. Y comenzaron los informativos de la SER. Y llegó «Hora XXV» y la gavilla de Informativos en cadena: a las 8 de la mañana, a las 20 horas, hasta cubrir poco a poco toda la oferta, limitando la conexión obligatoria con el noticiario público a los pocos minutos que marcaba el reglamento.
Nunca la SER hubiese podido abordar este reto, cuyo alcance político reconocerán aquellos que lo vivieron, si en su consejo de administración no se hubieran sentado los hermanos Fontán. Un tercer protagonista inolvidable, Joaquín Garrigues Walker, aportó su entusiasmo vital y su creatividad.
Otra contribución inestimable de Antonio Fontán se produjo en uno de los momentos más inquietantes y desconocidos de la historia de la radio española. En la década de los años setenta, se había desarrollado en Estados Unidos una innovadora tecnología de transmisión orientada a la cobertura local, de mediano alcance (entonces muy inferior a la de onda media) pero que favorecía una mayor calidad de sonido. Era la frecuencia modulada. En aquel entonces, la inexistencia de receptores no permitía albergar grandes esperanzas en su consolidación, pero el inefable ministerio de Información y Turismo decidió que la radio privada abandonara la onda media y empezara a emitir en frecuencia modulada.
Antonio Fontán propugnó una solución que encontró rápida acogida: la sustitución sería progresiva y se llevaría a cabo en varios años. Así, la SER y el resto de emisoras privadas invirtieron en duplicar su red de transmisión. Pero en vez de simultanear los programas en ambas, Antonio propuso diseñar un programa específico y diferenciado para la FM. Su hermano Eugenio, buen conocedor de la programación norteamericana, contrató a uno de los más innovadores creativos de aquel mercado: Rick Sclarck, el creador de la fórmula «Top Forty ». Así nacieron en España «Los 40 Principales», que en manos de Tomás Martín Blanco, Manuel Revert y otros abrieron un mercado inédito en nuestro país: el de la radio musical especializada.
Naturalmente, con una audiencia juvenil ávida y entusiasmada, la primitiva idea de eliminar la radio de onda media y pasarla a FM quedó totalmente desechada. Las cadenas privadas lograron así desdoblar su programación, consolidando su negocio y manteniendo incólume su cobertura de noticias e información.
Los dos últimos apuntes. En España, como es bien sabido, la radio ha estado siempre sometida a un régimen de gestión indirecto. Las emisoras requieren una concesión del Estado, que además otorga la frecuencia y fija los parámetros técnicos bajo los que podrá operar. Esto restringe enormemente las posibilidades de acceder a una emisora. Fue así en el régimen político anterior, y con escasas diferencias fue recibido en nuestro sistema constitucional.
Pues bien, cuando Antonio Fontán y Joaquín Garrigues, en los primeros años de la transición, ocuparon puestos de relevancia en el Gobierno de la nación, la SER no obtuvo privilegios ni concesiones especiales en las nuevas licencias que se otorgaron. Incrementaron su cobertura, como la COPE y otras, pero fueron otros grupos emergentes los que más se beneficiaron. Así, aparecieron cadenas que posteriormente se convertirían en competidores importantes: Antena 3, la Rueda Rato (luego vendida a la ONCE), Radio 80, Radio 16, Radio El País y otras muchas. Incluso medios de comunicación que renunciaron a su explotación, como ABC, recibieron emisoras. Pero aquello corresponde a un periodo de ilusión y libertad que otros, con mayor conocimiento y más arte podrán glosar en estas páginas.
Una de aquellas cadenas, perteneciente a uno de los grupos más ambiciosos, obtuvo concesiones en las principales ciudades españolas. Apoyada en su buque insignia, un periódico de prestigio y gran tirada, diseñó un modelo de radio muy audaz. El experimento fracasó, pero sólo para resurgir posteriormente de otra manera más contundente. Este grupo mediático, en plena sintonía política con el Gobierno surgido en las urnas en las elecciones de 1982, apoyándose en el inestimable paquete accionarial que aquella lejana nacionalización había dejado en manos del Estado, perfeccionó un plan maestro para hacerse con la principal cadena de radio española, que era la SER. Y se produjo una curiosa carambola, porque los antiguos aliados de los hermanos Fontán tenían el patrimonio quebrado y fueron presa fácil. Sumando a este paquete de acciones las del Estado, hacerse con el control de la SER fue sólo una cuestión de tiempo.
Finalmente, en 1984, sesenta años después de aquellos experimentos que alumbrara su padre desde Radio Sevilla, y tras un año de duras presiones, se comenzó a cerrar parcialmente el ciclo del que venimos hablando. Antonio Fontán y su hermano Eugenio abandonaron la SER, pero ni la radio ni los profesionales que trabajaron con ellos los habrán olvidado.
Sirvan estas líneas para recordar su contribución a la radio española.
«Vaya un artículo profundo; hojeo el Say y el Smith;
de economía política será.
-Grande artículo, me dice el editor, pero, amigo Fígaro,
no vuelva usted a hacer otro.
-¿Por qué?
-Porque esto es matarme el periódico. ¿Quién quiere usted que lo lea,
si no es jocoso, ni mordaz, ni superficial?».
Larra, Ya soy redactor
A nadie puede sorprender que en el mundo actual, en el que la ecoAnomía desempeña un papel protagonista en la vida social, los periódicos dediquen bastantes páginas a la actualidad económica. Pero se equivocaría quien pensara que el periodismo económico es un fenómeno nuevo, ligado al modelo de civilización de nuestros días. En realidad periodismo y economía han mantenido siempre una relación muy estrecha. Desde hace mucho tiempo, la prensa tiene necesidad de personas capaces de explicar al gran público cuestiones a menudo difíciles de comprender; y los economistas, por su parte, precisan conocer lo que sucede cada día en el mundo real si quieren que su ciencia no se base en la mera especulación y responda a los problemas que le plantea la sociedad. No está de más, por ello, recordar que la recomendación de Keynes para llegar a ser un buen economista era muy simple: saber bien los Principios de Alfred Marshall y leer The Times todos los días.
Si los artículos sobre temas económicos son un fenómeno tan antiguo como el propio periodismo, la existencia de periódicos especializados en esta materia tampoco es un fenómeno nuevo. Publicaciones como el Journal des Economistes o The Economist surgieron en la primera mitad del siglo XIX. Y, aunque tuvieran menos difusión y una existencia mucho más breve, tampoco faltaron en España los periódicos económicos en los años centrales de dicho siglo, ligados en buena medida a los debates sobre el libre comercio internacional y el proteccionismo. Algunos de los textos publicados en ésa época pueden hoy seguir sirviendo de modelo de cómo puede difundirse -y defenderse- una idea utilizando un lenguaje claro y accesible al gran público. De esa época es, por ejemplo, el famoso «Manifiesto de los fabricantes de velas» de Frédéric Bastiat, a quien Schumpeter caracterizó en su Historia del análisis económico como «el periodista económico más brillante de la historia».
Hoy casi todos los países avanzados tienen su propia prensa económica. En España son tres los diarios que se centran en la información económica, además de numerosas revistas de periodicidad diversa; y no hay publicación de información general que no tenga una sección, más o menos amplia, dedicada a la economía. Y esto sucede en un momento en el que la economía como ciencia ha alcanzado un nivel de desarrollo y complejidad tal que las revistas profesionales resultan ya totalmente incomprensibles para quienes no sean economistas; y algunas sólo pueden ser leídas por el pequeño porcentaje de economistas especializados en una materia o técnica concretas. Las revistas profesionales viven, por tanto, en su propio mundo, y difícilmente pueden ser consideradas parte del periodismo económico. Este requiere, en efecto, una aproximación más amplia y global a los temas abordados, en la que la precisión debe sacrificarse necesariamente a la claridad en la exposición. Se trata, por tanto, de dos enfoques no enfrentados, pero sí ampliamente separados, cada uno de los cuales desempeña un papel importante: de instrumento para el avance de la ciencia económica, la revista especializada; de difusión y educación, la prensa económica.
Es interesante señalar que quienes escriben artículos en uno y otro tipo de publicaciones pueden ser las mismas personas. No es lo habitual, ciertamente. Pero algunos de los economistas que han hecho aportaciones más importantes al desarrollo de la ciencia económica en la segunda mitad del siglo XX han sido columnistas de éxito en revistas y periódicos económicos o de información general. Bien conocidos son los nombres de algunos de los galardonados con el Premio Nobel de Economía, como Milton Friedman, Paul Samuelson o Gary Becker, que durante muchos años escribieron con regularidad en este tipo de publicaciones. Pero muchos otros nombres podrían ser añadidos a esta lista. ¿Qué es lo que hace que economistas de este nivel decidan abandonar temporalmente la esfera académica para pasar al mundo de la divulgación y el debate público? Los atractivos han de ser grandes, sin duda, porque esta actividad nos obliga a una cierta esquizofrenia a quienes, en los mismos días, tenemos que preparar un artículo para un congreso o una publicación internacional y escribir la columna semanal o quincenal en la prensa, abordando por lo general un tema económico de actualidad, a menudo conflictivo. El artículo académico puede, ciertamente, ser objeto de críticas feroces, que no es fácil que entiendan quienes no han practicado el curioso deporte de someter sus trabajos a debate en congresos o han intentado su publicación en revistas de prestigio. Pero su repercusión pública es infinitamente menor que la que puede tener cualquier reflexión escrita con prisas para que aparezca al día siguiente en un periódico, por la que su autor puede ser atacado sin contemplaciones por haber ofendido a medio país o ensalzado como si lo que escribió no estuviera destinado a un rápido olvido, fuera realmente a tener vigencia en el futuro.
Dos son, en mi opinión, los motivos principales que pueden inducir a un economista académico a abandonar su famosa torre de marfil y entrar en el mundo del artículo periodístico. El primero, que considere esta actividad como una extensión de su labor docente. Si buena parte del trabajo diario de muchos de estos economistas consiste en formar profesionales en la universidad, es razonable que quieran ir más allá y busquen una audiencia menos especializada, pero mucho más amplia, en los medios de comunicación. La segunda, que quieran aplicar sus ideas a la resolución de cuestiones prácticas, ante las que cabe adoptar posiciones diferentes. Se puede así escribir en la prensa, por ejemplo, a favor o en contra de los pactos de estabilidad de la Unión Europea o de los acuerdos de la Organización Mundial de Comercio. Y este objetivo explica el mayor peso del periodismo económico en aquellos momentos en los que se discuten temas relevantes para una determinada sociedad, como el debate sobre el librecambio en los años centrales del siglo XIX al que antes hice referencia.
Resulta evidente, sin embargo, que la mayor parte de la información económica y el análisis de las cuestiones más importantes que surgen en el día a día no pueden estar a cargo de economistas de gran prestigio. Por ello, se discute con frecuencia con respecto a cuáles son las personas más adecuadas para producir un periodismo económico de calidad, es decir, un periodismo que al informar, por ejemplo, sobre la banca española, no se centre en las amistades particulares y en la liaisons dangereuses de nuestros banqueros. ¿Quién será mejor profesional: el periodista que sabe economía, o el economista que decide escribir en la prensa?
Lo que me ha enseñado la experiencia en la prensa económica a lo largo de bastantes años es que esta pregunta no está bien planteada, ya que se basa en una separación radical de profesiones que más tiene que ver con un determinado sistema de enseñanza o ejercicio profesional que con la asignación de la persona adecuada a una actividad concreta. El buen periodista económico será aquel que posea las dos cualidades necesarias para el ejercicio de su actividad: entender los problemas sobre los que tiene que informar al lector y ser capaz de explicarlos de forma comprensible. Las vías para conseguir la formación necesaria son muy diversas. Es posible estudiar periodismo y, después, formarse en economía; o cursar un primer ciclo en economía y un segundo ciclo en periodismo; y cabe también ser economista y participar, más tarde, en alguno de los programas de postgrado que exigen prácticas activas en los medios de comunicación que los organizan.
El trabajo diario en el periódico o la emisora de radio suministran los instrumentos que el periodista especializado en economía puede necesitar. Pero, ¿qué tipo de formación económica precisará? Hoy la economía se ha convertido en una ciencia formalizada que trabaja con modelos abstractos de elevado contenido matemático. Parece claro que no es el conocimiento detallado de este tipo de modelos lo que se debe pedir a un periodista. Sería un error, sin embargo, pensar que la formación en teoría económica no resulta fundamental para el periodista que trabaje en estos temas. La idea de que al periodista le basta con tener unos ciertos conocimientos de lo que pasa en el mundo, estudiando un poco de estructura económica mundial y de España, es una gran equivocación. No sólo porque en economía es cierta aquella vieja idea de que el mejor conocimiento práctico es una buena teoría; sino también porque lo que caracteriza precisamente a la economía es una forma específica de analizar los problemas, que va mucho más allá del mero conocimiento de los datos. La gente, por lo general, suele razonar bastante mal cuando de cuestiones económicas se trata. La razón es, seguramente, que el funcionamiento de un mercado no es algo tan sencillo de comprender como a veces presuponemos los economistas y que algunos de los resultados de la economía son contraintuitivos; por ello es explicable que a muchas personas, por muy alto que sea su nivel cultural, les cueste entender, por ejemplo, que un control de rentas de alquileres acabe perjudicando a quienes buscan una vivienda o que un salario mínimo elevado pueda hace mucho daño a los trabajadores menos cualificados de un país; es decir, que las medidas que aplica un gobierno, si no han sido bien estudiadas, sean a largo plazo contrarias a los intereses de aquellos a quienes se intenta proteger. Es necesario, por tanto, que, cuando analiza una medida de política económica o una nueva reglamentación, el periodista tenga en mente un modelo de comportamiento de los agentes económicos y de funcionamiento de las instituciones del mercado que le permita entender, y explicar a sus lectores, cuáles pueden ser los efectos no buscados de lo que se pretende hacer o las causas del fracaso de un determinado proyecto. Y esto sólo se consigue con una formación teórica bastante más sólida que la que tienen hoy la mayoría de los periodistas españoles especializados en estas cuestiones.
Poca duda cabe de que el futuro ofrecerá grandes oportunidades a quienes se dediquen al análisis de la información económica en los medios de comunicación. En un país como el nuestro, en el que la renta y la riqueza de sus habitantes han crecido sustancialmente en las últimas décadas y en el que un gran número de personas tienen un patrimonio cuya gestión exige unos mínimos conocimientos de economía, la prensa y la radio especializadas pueden desempeñar un papel cada vez más relevante. La formación de buenos profesionales en información económica es, sin embargo, un tema aún no resuelto en España y un reto importante para las empresas que controlan los medios de comunicación.
El acceso de las mujeres al poder es una carrera de obstáculos: pese a los avances conseguidos en los últimos años, su participación en el ejercicio del poder y en la toma de decisiones políticas continúa siendo insuficiente. Las medidas institucionales han facilitado la presencia de la mujer en la esfera pública, pero aún son muchos los obstáculos que quedan por superar, si realmente se pretende alcanzar la meta de la igualdad de oportunidades.
Desde 1975 –declarado por Naciones Unidas, Año Internacional de la Mujer–se han multiplicado las medidas institucionales para garantizar la igualdad de oportunidades de las mujeres. El movimiento feminista inicial ha dado paso a una visión neofeminista que no cuestiona tanto la igualdad, cuanto las alternativas para mantenerla en algunos ámbitos de actuación, muy especialmente en el mercado laboral.
La bandera de defensa de la igualdad ha supuesto algunos avances y podría afirmarse que en muchas legislaciones (al menos, en Occidente) se ha consagrado la igualdad formal. Pero también es cierto que las desigualdades son evidentes y que es fácil constatar la insuficiente participación de las mujeres en el ejercicio del poder y en la toma de decisiones. El mundo sigue gobernado por los varones, situación que implica algunas disfunciones y que fomenta las paradojas de un fin de siglo que -a juicio de Gandhi- “pertenece a la mujer”.
Prueba de las ausencias señaladas son, a modo de ejemplo, los datos recogidos en el ultimo informe de la Unión Interparlamentaria, organización de la que forman parte 135 parlamentos nacionales. Sobre un total de 40.753 parlamentarios (conjunto de las dos cámaras), son mujeres 4.512 y varones 33.981, lo que supone que las primeras representan solo el 11,7% en el marco de la actividad política parlamentaria. También en la educación son notorias las distancias: según las fuentes de la división estadística de la UNESCO, en 1995 había en el mundo un total de 565 millones de mujeres analfabetas, frente a 320 millones de varones. Las mayores diferencias se dan en Asia .
Podríamos seguir constatando insuficiencias, que confirman que -a pesar del avance innegable en materia de igualdad de oportunidades- todavía hay mucho camino por recorrer . Con todo, no hay que omitir que los progresos han sido conseguidos gracias a las luchas y batallas abiertas por el primer feminismo , que en definitiva supuso -entre otras cosas- el origen de las primeras reformas legales. Como antes se afirmaba, dichas reformas han ido dirigidas a garantizar la igualdad formal; pero aún queda pendiente la segunda etapa, la de la igualdad real.
Las medidas institucionales en materia de igualdad pueden ser consideradas positivas , en cuanto que han facilitado un presupuesto legal y político importante para la incorporación de la mujer en todos los ámbitos normativos . Pero, probablemente, lo problemático no es solo la incorporación sino, sobre todo, el mantenimiento de la mujer en unas condiciones laborales que pueda hacer compatibles habitualmente con las responsabilidades familiares .
Por esa razón, las medidas tomadas , aún siendo eficaces , no dejan de resultar solo un añadido si no van acompañadas de soluciones a otros problemas que quizá son mucho más específicos. Resulta obvio que es insuficiente garantizar la incorporación de una mujer a un determinado ámbito laboral, si posteriormente no va a tener el suficiente respaldo para hacer compatible ese trabajo con las “cargas” de su situación privada y, muy especialmente, con las consecuencias que lleva consigo la maternidad.
Sin embargo, no parece acertado enfrentar la maternidad con el posible avance profesional; ni tampoco establecer una serie de medios para hacer viable un trabajo que respete sin más un permiso laboral por razón de maternidad. Más bien, se trata de revisar en qué términos la mujer y el varón despliegan el debate y la relación entre lo público y lo privado, y cuáles son los roles que tradicionalmente han sido atribuidos a la mujer y al varón, diferenciando con claridad entre lo cultural y lo biológico.
Esa revisión conceptual requiere hacer un balance histórico y confirmar que las responsabilidades familiares necesariamente tienen que ser compartidas. No se trata de simplificar la afirmación, reduciendo el tema a un reparto de trabajos domésticos, sino de analizar de fondo en qué medida las mujeres requieren más formación para aparecer en la esfera pública y -al mismo tiempo- de qué modo los varones pueden aumentar su participación en la esfera privada. Como se ha dicho, sin los valores masculinos no se prospera, pero sin los valores femeninos no se puede vivir.
Por ello, el equilibrio entre público y privado no es una guerra declarada entre varones y mujeres, ni una lucha por conseguir protagonismo. Lo necesario es que la revisión de esas esferas se lleve a cabo sobre un presupuesto esencial. Y es que la igualdad de oportunidades de las mujeres no es un problema exclusivo de las mujeres: es un problema que ha de resolverse con la participación de toda la sociedad. La voluntad política, en este sentido, es importante, pero no lo es menos la sensibilización de todos los agentes sociales y la educación de todas las personas.
En esta línea, los acuerdos alcanzados en la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en China en 1995, incluyen no solo propuestas y objetivos que deben ser conseguidos antes del 2000, sino también un plan detallado de seguimiento de todos los acuerdos, que pasa por el análisis de cuestiones de fondo y que -como se señalaba- no puede reducirse a proponer medidas a modo de “parche”.
De acuerdo con ello, resulta especialmente importante la reunión de la Comisión para la Condición jurídica y social de la mujer, convocada también en el seno de Naciones Unidas y celebrada en Nueva York el pasado mes de marzo. Fue la primera vez que Naciones Unidas dio la voz a una experta española, en cuya intervención fueron recogidas las posibles causas de la desigualdad, así como las alternativas para evitarla.
La Comisión para la Condición jurídica y social de la mujer celebró su periodo de sesiones durante el pasado mes de marzo, haciendo efectiva la resolución 51/69 de la Asamblea General de Naciones Unidas, que acogía a su vez el programa propuesto por la resolución 1996/6 del Consejo económico y social.
De los cuatro temas analizados, la prioridad de la educación resultó manifiesta. No solo por la necesidad de aumentar la formación femenina, sino fundamentalmente porque el 63,8% del analfabetismo mundial corresponde a las mujeres, y únicamente 70 países en todo el mundo han alcanzado la paridad entre los géneros en materia de alfabetismo. Esa diferencia en el seno de la educación está confirmada por las disfunciones en sede económica. Con independencia del debate abierto Norte-Sur, que se manifiesta en este foro, la falta de participación en la toma de decisiones económicas resulta no solo una ausencia injustificada, sino también desproporcionada con la realidad. Sobre todo si se tiene en cuenta el trabajo no remunerado de las mujeres, que incluye no solo el trabajo doméstico, sino también el desarrollado en muchas zonas rurales y el que se realiza en empresas familiares. En este sentido, ha quedado confirmada la habilidad de las mujeres con la experiencia positiva de los microcréditos, con los que muchas han mostrado sus capacidades como trabajadoras y como empresarias.
Otro de los asuntos tratados en la Comisión fue el medioambiente. La directora del Instituto de la Mujer de la delegación española propuso algunas cuestiones que pudieron consensuarse. La primera fue la promoción del llamado “consumo responsable”; la segunda, el análisis del impacto ambiental en las mujeres, tanto en el ámbito laboral como en el doméstico; finalmente, la tercera fue la necesidad de formación ambiental en el turismo, teniendo en cuenta que España es el segundo país del mundo receptor de turismo y que la mayor parte de las empresas de turismo rural de nuestro país están dirigidas y son gestionadas por mujeres.
En España, el campo político es el que ha experimentado una mayor incorporación progresiva de las mujeres. En 1977, fecha de inicio del cambio político, en el Senado había 6 mujeres, que pasaron a ser 31 en las últimas elecciones, sobre un total de 208 personas, lo que supone un incremento del 2,4% al 14,9% en un periodo de 20 años. En el Parlamento había, en 1977, 22 mujeres, que son ahora 77, sobre un total de 350, lo que implica un cambio del 6,29% al 22% en el mismo periodo. Y en las corporaciones municipales también ha habido un notable aumento: de 8.096 corporaciones, en 1995 había un total de 529 alcaldesas, respecto a las 164 que había en 1983, lo que implica el paso de un 2% a un 6,5%.
El aumento es evidente, pero también lento. Ciertamente, en nuestro país han colaborado todos los agentes sociales. De manera especial lo han hecho los movimientos de mujeres, a través de las organizaciones no gubernamentales. No han estado al margen los partidos políticos y los sindicatos, ni tampoco el Gobierno como responsable del poder político. Pero, sin embargo, la voluntad de fomentar una mayor capacitación de las mujeres no es todavía satisfactoria. Seguramente porque es necesario sensibilizar a toda la sociedad acerca de la situación de la mujer como realidad no exclusiva de las mujeres. La sociedad se compone de todas las personas que la integran (con todos los matices que requiere esta afirmación por lo que se refiere a la integración) y, por ello, los problemas de una parte importante de la sociedad afectan a ésta por entero.
Dos son las causas genéricas que explican la insuficiente participación de las mujeres. En primer lugar, la situación de pobreza y falta de recursos en la que todavía se encuentran muchas mujeres, que responde a los bajos salarios o a situaciones discriminatorias en el campo laboral.
El punto 49 de la Plataforma de Acción aprobada en Beijing afirmaba rotundamente que la capacitación de las mujeres es un factor decisivo para erradicar la pobreza; la “feminización de la pobreza” limita el acceso de las mujeres a las estructuras de poder, no valora su trabajo no remunerado y hace decrecer su participación en mecanismos e instituciones económicas.
Junto a la situación de pobreza, hay un segundo factor no menos importante: la falta de formación y de educación. Las deficiencias en la formación sobre liderazgo, desarrollo social, político, económico, etc. se añaden a las desigualdades en la formación tecnológica, que hacen que -al menos en España- todavía no exista una paridad en la formación académica en esos ámbitos.
En España no hay ningun sector en el que pueda confirmarse plenamente la igualdad de participación, aunque es cierto que el acceso de la mujer a la educación ha sido uno de los más importantes avances en nuestro país. Sin embargo, avance no es sinónimo de logro conseguido.
Un apunte sobre las “cuotas”
En la IV Conferencia sobre la Mujer también se planteó la posibilidad de debatir el sistema de cuotas. Fue en especial la delegación argentina la que defendió un esquema de actuación que de algún modo obliga a incluir necesariamente un porcentaje de mujeres en todas las candidaturas y, de modo más concreto, en las elecciones políticas. Ya en aquel momento no hubo unanimidad para apoyar la propuesta, como tampoco la hubo en la reciente reunión de Nueva York.
Las posiciones a favor y en contra de este punto resultaban claras en sus propuestas. En el primer caso, se abogaba por este sistema como una medida de presión para incorporar necesariamente a mujeres, que al mismo tiempo también se verían presionadas para incrementar su preparación y formación y así responder a las expectativas. En contra, se utilizaba un argumento obvio: no se trata de incorporar a mujeres por el hecho de serlo, sino porque están en situación de igualdad con el varón. Utilizar el sistema de cuotas puede resultar discriminatorio, en la medida en que se entiende como un arma de protección especial para la mujer, marginando de este modo el planteamiento de la igualdad y considerándola por su condición sexuada y no por ella misma como persona.
Con independencia de la opción que se elija, lo cierto es que en algunos países el sistema de cuotas ha resultado positivo. Las expertas reunidas en marzo de este año en Nueva York también estaban divididas, aunque la mayoría prefería mantener el sistema. Y lo mismo habría que decir de las delegaciones gubernamentales. Pero, a pesar de todo, no se trata tanto de potenciar el “añadido” de las cuotas, forzando la inclusión de mujeres, como más bien de buscar “remedios” previos, potenciando la educación y formación de las mujeres para que se encuentren en situación de igualdad respecto a los varones. En caso contrario las cuotas se convierten en una especie de recurso (o si se prefiere, de engaño) para disfrazar la igualdad, y no se acaba de poner remedio a las causas de la desigualdad.
Para paliar la polémica y la repetición de argumentos que tuvieron lugar en Nueva York el pasado marzo, la Unión Europea abogó por utilizar en sus propuestas oficiosas el término “participación equilibrada” de modo que, buscando la igualdad en la participación, no necesariamente tuviera que recurrirse a las cuotas, una iniciativa que tiene su origen en la recomendación, aprobada en diciembre, que sugiere a los Gobiernos europeos la revisión de la situación interna y propone campañas de educación y sensibilización para adquirir un status de “participación equilibrada”.
Tampoco el informe presentado por el Secretario General zanjó la cuestión. Propuso el reconocimiento de la participación en la adopción de decisiones políticas como un derecho humano fundamental, apelando a los textos internacionales de derechos humanos y dando cuenta de los ámbitos en los que la presencia femenina es prácticamente nula. Es el caso de los procesos para la resolución de conflictos internacionales, los procesos de paz, la diplomacia multilateral y las organizaciones internacionales, entre otros.
En todo caso, la situación de cada Estado condiciona las medidas que pueden tomarse. La mayor parte de las delegaciones latinoamericanas defendieron el sistema de cuotas: es preciso recordar que proceden de unos contextos sociales y culturales con importantes índices de analfabetismo, en los que todavía es más dificil y lenta la formación de las mujeres.
En cualquier caso: aunque no puede negarse que en algunos casos puntuales el sistema de cuotas ha tenido resultados positivos, resulta especialmente importante, sin embargo, insistir en el carácter transitorio y parcial de esa medida y abogar por un sistema de educación y formación adecuado que no lleve a mediatizar la elección por cualidades o elementos que no definen a la persona.
Para poder proponer medios y estrategias es necesario tener en cuenta las medidas que se han tomado, positivas en la medida en que se ha conseguido un incremento de la participación de las mujeres españolas en la toma de decisiones, especialmente en el campo político. Los dos planes de igualdad aplicados en España han abarcado los periodos 1988-90 y 1993-95, respectivamente. Recientemente, ha sido aprobado el m Plan para la Igualdad de Oportunidades de las mujeres.
Es evidente que se hace necesario un programa de educación y formación para la igualdad en el que se preste una atención especial a las niñas y a los proyectos de reciclaje en el mundo laboral de las mujeres adultas. Las responsabilidades familiares han de ser compartidas, lo que requiere campañas de sensibilización pública y estudios que recalquen el carácter sociológico de muchas funciones que tradicionalmente han sido asignadas a las mujeres sin ser exclusivas de ellas. Debe existir un empeño institucional por suprimir y evitar la difusión de imágenes o publicidad que puedan proponer la imagen unilateral de la mujer objeto o la de un ser destinado a la realización exclusiva de algunas funciones.
También es importante reclamar el establecimiento de medidas para facilitar y fomentar el cuidado de los hijos. En este intento, el primer objetivo debe ser la elaboración de políticas que hagan compatible el trabajo familiar con el profesional. Sería necesario revisar la compatibilidad de los horarios de trabajo; la promoción de parvularios y medios para el cuidado de los hijos; la redistribución de los sistemas de trabajo, fomentando el trabajo en equipos para sustituir, donde proceda, el trabajo individualizado; y, en definitiva, un análisis del desarrollo y la interpretación del artículo 39.2 de la Constitución española de 1978, que establece: “los poderes públicos aseguran, asimismo, la protección integral de los hijos, iguales ante la ley con independencia de su filiación, y de las madres, cualquiera que sea su estado civil”.
Además de las medidas relativas a las responsabilidades familiares y al cuidado de los hijos, hay que revalorizar el trabajo no remunerado de las mujeres, siguiendo el texto de la Plataforma de Acción, que entre otras cosas establece: “la plena visibilidad del carácter y alcance de este trabajo no remunerado y su distribución contribuirá también a un mejor reparto de las responsabilidades”.
Como se ha dicho, la solución no es fácil ni mágica. Hay que tener en cuenta los factores socio-culturales, políticos y económicos que perfilan cada tipo de sociedad. Y no sería justo (siguiendo los modos de la IV Conferencia) imponer el modelo occidental como el único que debe seguirse.
Que la mujer todavía no está en situación de igualdad respecto al varón en la esfera pública es evidente. También lo es que el varón no se ha incorporado de modo suficiente a la esfera privada. Pero, partiendo de una nueva lectura de lo público y lo privado, hay que tratar de proponer medidas o estrategias que faciliten el acceso de las mujeres al poder. Como ya se ha afirmado, no es una cuestión de protagonismo, sino de respeto a la realidad. Cuanta mayor sea la participación de las mujeres, más justo será el mundo porque no solo estará gobernado por ojos del varón, sino también por los de la mujer. Y es esa perspectiva conjunta la que hace que la realidad pueda percibirse de modo global, es decir, respetando todos los matices, las coincidencias y las diferencias.
NOTA: Una versión de este artículo fue presentada en el Panel u (Women in Power and Decision-Making ) organizado por las Naciones Unidas entre el 10 y el 21 de marzo de 1997 en Nueva York.
Los montes antiguos, los collados eternos
Encuentro, Madrid, 2011, 583 págs., 22 €.
Historia, cultura, geografía, el hombre y la tierra forman el entramado narrativo de este relato, que funde el presente con el pasado en el marco de una extensa área del paisaje soriano, desconocido para muchos, que narra desde la distancia de un siglo y medio, su azarosa existencia. Un pasado no tan lejano que nos habla de los violentos años del XIX, francesada y guerras carlistas incluidas, como testimonio de un mundo turbulento que llegó a alterar las vidas y haciendas de sus pobladores, y se prolonga hasta los albores de nuestro, ya mucho más cercano, siglo XXI.
No estamos en presencia del clásico relato de evasión ni tampoco de uno de esos alegatos reivindicativos, tan frecuentes hoy día, dedicados a resaltar injustos agravios históricos supuestamente padecidos por sufridos y nobles representantes del pueblo a manos de hacendados poderosos que abusaban de los débiles al amparo de las fuerzas vivas: clero, militares y políticos.
Aquí los papeles de buenos y malos no son patrimonio de ninguna clase: se reparten entre personas, con nombre, apellidos o motes, según los casos, sin reparar en estamentos sociales. Vemos cómo esos buenos, malos y regulares, cuerdos y locos, tal como sucede en la vida misma, solo se representan a sí mismos y actúan de acuerdo con sus rasgos característicos aunque naturalmente influidos por las circunstancias que, en cada época, rodearon su existencia.
El hombre y la naturaleza
Desde las primeras páginas, la novela sitúa al lector en un espacio geográfico determinado, la comarca de Valonsadero, a tan solo ocho kilómetros de la capital de Soria, de complicada orografía, surcada por arroyos, ríos y charcas a la sombra de montañas próximas, valles y rocas escarpadas.
El cronista recorre fascinado esos lugares en su empeño por descubrir un mundo con el que establece un diálogo que le permite reconstruir retazos de vidas, sueños, ilusiones, sufrimientos, tragedias y esplendores de hombres y mujeres que poblaron Valonsadero y forjaron buena parte de su historia, hoy olvidada, ante la mirada del viajero ocasional que solo percibe la belleza del paisaje cautivador, tal vez por aquello de que los hombres pasan y solo las piedras permanecen.
En este caso, el dicho no se cumple. El cronista no prescinde de las «piedras» pero los protagonistas son los hombres. Su mirada recorre el decorado exterior. Queda en ciertos momentos fijo sobre al terruño pero luego el objetivo se dirige a los seres que le dieron vida. Sale al encuentro de los últimos, y ya escasos pobladores de Valonsadero, consulta viejos archivos de iglesias, ayuntamientos y bibliotecas. Trata de recuperar la memoria de las gentes, pueblo, pastores, ganaderos, agricultores, empresarios, eruditos, poetas, escritores, dueños de antiguos hoteles, pequeños empresarios, que habitaron la comarca, vivieron en la prosperidad o la miseria, unidos por el amor de aquellas tierras que llegaron a formar parte esencial de su peripecia humana.
Uno tiene la impresión de que el autor después de presentar con trazos impresionistas el escenario en el que transcurrirá la novela, hubiera centrado la acción en los pobladores que rescatados del olvido, cobran nueva vida.
La paciente labor de reconstrucción, a base de testimonios directos o de viejas habladurías más o menos fiables, nos permite conocer cómo fueron los habitantes de la comarca, sus anhelos, frustraciones, dramas y comedias humanas que hacen reír, enternecen o conmueven según los casos.
Así, una extensa galería de personajes, aparece y se difumina, entra y sale de la historia sin guardar orden aparente, porque sus integrantes dependen del testimonio parcial e incompleto que sobre ellos ofrecen sucesivamente amigos, familiares, vecinos o compañeros de fatigas a los cuales entrevista el escritor/narrador.
Enrique Andrés Ruiz (Soria, 1961) logra transmitir a través de una prosa bien elaborada, la emoción de contemplar la serenidad, el color y el silencio de un paisaje animado por varias generaciones que formaron parte esencial de esas tierras en las que se forjaron costumbres, tradiciones y culturas que merecen ser rescatadas para la Historia.
Los retazos de vida incorporados a la narración no siguen el orden marcado por la cronología de los hechos. El autor toma sus notas cuando se presenta la oportunidad y el improvisado informador decide prestar declaración.
Las biografías de unos y otros se interrumpen, superponen o alternan para completarse finalmente sobre el lienzo multicolor que ofrecen tantos hombres y mujeres habitantes de Valonsadero, perdido rincón de la España rural, guardián de arraigadas tradiciones hoy desaparecidas, que conformaban el carácter y costumbres de épocas no tan lejanas en el tiempo aunque así lo parezcan ante el mundo de hoy.
La nostalgia del tiempo perdido
La novela nos traslada a una realidad que las nuevas generaciones apenas pueden concebir. Durante muchos años, como nos recuerda el autor, el hombre vivía en estrecho contacto con la naturaleza y pendiente de ella, para evitar sus inclemencias y obtener los recursos necesarios.
Largos y gélidos inviernos de hielos, nieves y ventiscas dejaban paso a la explosión de una primavera brillante, casi agresiva con las aguas de blanca espuma que llenaba los pozos y refrescaban el ganado, toros, vacas y ovejas que pastores, granjeros y caporales conducían por trochas y veredas en busca de buenos pastos. Caballos y jinetes eran los reyes de las fiestas de San Juan cuando al inicio del verano guiaban los encierros de reses bravas en largas cabalgadas. Los pueblos dormidos despertaban de su letargo, reunidos los hombres en largas veladas donde se contaban viejas historias. Cada uno aportaba sus propias vivencias, sin que faltaran narradores voluntarios, poetas aficionados, nostálgicos de buena memoria que recordaban y hasta teólogos sesudos que aludían a episodios escuchados a los abuelos al amor de la lumbre en largas veladas familiares. Allí se hablaba sobre partidas carlistas, visitas de don Alfonso XIII, el vuelo del Graff Zeppelin, la llegada de la II República, la guerra civil y la España de Franco.
La novela, pese al elevado número de personajes, incontables anécdotas, episodios costumbristas, consejas y refranes, consigue mantener la unidad del estilo, la coherencia y la fidelidad al lenguaje coloquial de aquellas gentes de una Castilla extrema y diversa, dotada de un peculiar modo de sentir y vivir, forjado a lo largo de los siglos.
Un aspecto que destaca en cuanto se refiere a la mentalidad y formas de exponer sentimientos y opiniones de los tipos humanos representados, es el modo de expresar las ideas políticas en momentos cruciales, como las guerras civiles que asolaron España en los siglos XIX y XX. No hay en esos testimonios el odio resentido tan frecuente en historiadores, ensayistas y novelistas de los últimos tiempos.
Queda al margen la controversia política, la lucha de ideologías y pasiones que llevaron la muerte y el dolor a tantas familias, muchas de ellas aludidas en esta novela, que sufrieron las consecuencias de tensiones sociales generadas fuera de su propia realidad.
Los montes antiguos y los collados eternos a los que se refiere el autor en el expresivo título de su novela, nos conducen con elegancia y elevados sentimientos a un mundo entrañable que deberíamos conocer como parte de nuestras raíces culturales y que nos ayudaría a comprender el sentido real y verdadero de una historia que no se aprende solo al consultar los textos de grandes tratados y manuales.
El arte de la literatura. Otra teoría de la literatura
EUNSA, Pamplona, 2010, 334 págs., 21 €.
Me parece a mí que la palabra clave del título de este nuevo libro de Kurt Spang es otra. En efecto, tenemos innumerables tratados y manuales de teoría de la literatura, especialmente desde que la expresión en cuanto tal hizo fortuna allá por 1950 y hasta hoy, pero últimamente la cosa se ha liado tanto que pocos se atreven a poner en el título de un libro El arte, así, en seco. El libro de Jonathan Culler, Literary Theory, por ejemplo, afirma en 1997 que «la teoría […] no es un conjunto de métodos para el estudio literario, sino una serie no articulada de escritos sobre absolutamente cualquier tema […]: incluye obras de antropología, cinematografía, filosofía, filosofía de la ciencia, gender studies, historia del arte, historia social y de las ideas, lingüística, psicoanálisis, sociología y teoría política».
Kurt Spang, en cambio, se propone estudiar la literatura como una realidad cultural, dentro del apartado que se llama arte, en el sentido estético del término y no en el etimológico de técnica a la que nos referimos cuando hablamos, por ejemplo, de que un alfarero domina el arte de hacer botijos.
La literatura no es solamente un proceso de comunicación, pero la semiótica ha subrayado en el siglo pasado que se da en el proceso de comunicación y el tal proceso supone una línea continua en uno de cuyos extremos hay indudables obras de arte y, en el otro, obras indudablemente no artísticas. En medio, hay de todo. Obras artísticas que no han recibido esa calificación por impericia de los lectores y obras inartísticas que, en determinadas condiciones, han sido objeto de una hiperlectura estética. De aquí ese totum revolutum en que se mete sin discernimiento la literatura junto con la publicidad, el texto etnográfico o el experimento discursivo más peregrino. Como todo ello viene como anillo al dedo al relativismo imperante que deriva de la crisis del sujeto, resulta que una obra que trata de la literatura propiamente dicha, del «arte» de la literatura, sea verdaderamente «otra» en relación con lo que se estila.
Empezando con orden, por lo primero, que es por donde, según Aristóteles, se debe empezar, Spang estudia en la primera parte (pp. 9-68) la noción de cultura, deteniéndose en el análisis de los trascendentales: la unidad, la verdad, la bondad y la belleza para concluir con una premisa necesaria de todo estudio de la literatura en sentido estricto: «Sin volver a lo uno, lo verdadero, lo bueno y lo bello, la cultura y los que deberían poseerla y ponerla en práctica van perdiendo los estribos. La labor de los docentes es la de mentalizar a sus discípulos llamando la atención sobre el peligro que corren y la importancia y la urgencia del dominio y la difusión de unos criterios culturales sólidos» (p. 68).
O sea, que Spang proclama a los cuatro vientos lo que no deja de ser un enunciado irrefutable: si se prescinde de un fundamento metafísico del arte, de la literatura en singular, el arte no es susceptible de definición alguna. Por eso, encabezan la segunda parte (pp. 69-128) sendas citas de los filósofos Rafael Alvira y Ricardo Yepes, por eso también se ha referido previamente al filósofo Alejandro Llano.
Dentro de la literatura, representa un papel fundamental la ficción, que es objeto de atención en este apartado. Pero no cualquier ficción. «La auténtica ficcionalización es un modo de profundizar en el ser, en los hombres y las cosas y no una entelequia más que se añade a la opciones provisionales e intrascendentes de explicación del mundo; nos descubre la realidad tal como es. Si no consigue hacerlo de modo exhaustivo no es porque la ficcionalización falle como instrumento, sino porque la realidad es inabarcable e inescrutable. El arte también nos enseña a ser humildes» (p. 127).
La tercera, última y más extensa parte (pp. 129-323) se dedica a la definición de la literatura en sí misma considerada, sus componentes conceptuales (tema, fondo, mensaje), componentes formales (sustrato, modalidad y genericidad) y componentes funcionales (comunicación y ficcionalización).
La teoría de la literatura de Kurt Spang no elude la pregunta de cómo se fabrica la literatura. Es una pregunta de la retórica (que no una pregunta retórica). En efecto, desde los orígenes griegos sabemos que los procedimientos para confeccionar un discurso atractivo que enseña la retórica en orden a la eficacia son, al menos en parte, los mismos que acoge la poética para configurar el suyo en orden al goce estético. Ocurre, no obstante, que allí donde se descree de poder encontrar un fundamento al arte, una razón a la verdad y una distinción entre bien y mal, lo único que nos queda es la retórica en su género degradado de sofística. Y contra esto se alza la metafísica de Spang.
Pero hay un repaso sistemático de lo que podemos llamar retórica literaria en esta parte dedicada a exponer el tratado fundamental de literatura. La diferencia con otras aportaciones semejantes, insisto, estriba en que nunca se pierde de vista el carácter de arte que tiene la literatura, su irremisible necesidad de mostrarnos lo universal en lo individual.
En los últimos tiempos se había difundido como una mancha de aceite por el mundo académico de las humanidades la moda de los Cultural Studies que podía concretarse en clases (¿de literatura?) donde se proyectaba una película que cada alumno interpretaba en un sentido distinto, todos distintos y todos sin conexión con realidad objetiva alguna. Es expediente cómodo para la persona que imparte (?) la clase, pero carece de sentido.
La lectura del libro del eminente profesor Spang hace imposible algo por el estilo. Por eso, le debemos las más rendidas gracias.