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Nueva producción del Teatro Real. Estreno mundial. Peter Sellars (dir. escena). Coro y Orquesta Titular del Teatro Real, Teodor Currentzis (dir.). Teatro Real, Madrid, 21-1-12.
Algo más de cuarenta años separan en el tiempo estas dos obras. Un lapso que se ha propuesto sortear el director estadounidense Peter Sellars situándolas una junto a la otra en la misma función y cubriéndolas con el mismo paraguas escénico. Iolanta y Perséphone unen sus vivencias para contarnos un viaje a la luz imperfecto, hasta el punto de no poder asegurar con certeza cuál es el punto de origen y de retorno.
Iolanta es una princesa que desconoce su ceguera. Su padre ha conseguido ocultarle tal condición rodeándola de cuidados y de un séquito que la sigue donde quiera que vaya. La música crepuscular de Chaikovski acompaña la vivencia de quien, pasado un tiempo, comienza a sospechar de tanta perfección. «¿Por qué todos los días pasaban entre sonidos celestiales y rosas?», dice ella al comienzo. Solo el inoportuno encuentro con un príncipe le revela su condición. «¿Qué significa ver?», le pregunta azorada, mientras el espectador asiste asombrado al descubrimiento de la princesa, y se pregunta cómo será eso de no saber que uno carece de vista y que todo el conocimiento sobre este mundo pudiera estar limitado al sentido del gusto, del tacto o del oído.
Perséphone es la hija de Zeus y Démeter que ha sido arrebatada a sus padres por Plutón, el dios del Hades, de los infiernos. Cuando ella marcha, desaparece con ella el verdor de los campos y el fulgurante amarillo de la luz del sol, para dejar un rastro de hojas secas y páramos grises sobre la tierra. La mitología griega nos dice que, mediante un pacto entre los dos dioses, Perséphone volverá al mundo terrenal transcurridos seis meses, y retornará a las profundidades del Hades por un periodo similar. En esta versión de André Gide vemos cómo este constante viajar del mundo de los vivos al de los muertos se origina siempre en el corazón de la hija de los dioses, como si la sucesión circular de las estaciones surgiera de un conmovedor acto de amor.
Jorge Luis Borges recuerda en Historia de la eternidad (1936) que una vez Platón, en su Timeo, afirmó que llegará un momento en que los siete planetas volverán a su punto de partida. Tardarán en hacerlo, pero lo harán, y cita a Lucilio Vanini que, en 1616, dirá: «Nada hay ahora que no fue; lo que ha sido, será». De una forma análoga se pronunciará David Hume, en Dialogues Concerning Natural Religion (1779): «No imaginemos la materia infinita, como lo hizo Epicuro; imaginémosla finita. Un número finito de partículas no es susceptible de infinitas trasposiciones».
El hecho de viajar comporta siempre un regreso al punto de partida, como le ocurrirá a Perséphone hasta el fin de los tiempos. La historia, que parece tan lineal y progresiva, se revela en ocasiones sospechosamente repetitiva. El padre de Iolanta consigue, gracias a un médico que contrata, que su hija pueda ver. ¿O, cabría decir, que vuelva a ver? En el momento culminante de la obra, sobre una melodía pastoril y primaveral, Iolanta abre los ojos. Lejos de dar saltos de alegría y aceptar lo que el mundo le muestra, se revuelve contra su visión. «¡Nunca estuve aquí! ¡Tengo miedo!». Quizá durante un instante, en su cabeza se reproduce una inquietante paradoja: ¿Qué será mejor, permanecer en la gozosa inconsciencia del sueño, o desertar y entrar en la dolorosa lucidez de la vigilia?
En realidad, con este gesto aparentemente extraño, Iolanta nos muestra en qué consiste la fascinante aventura de la contemplación. «Morir es perder el presente, que es un lapso brevísimo —escribe Marco Aurelio en sus Meditaciones—. Nadie pierde el pasado ni el porvenir, pues a nadie pueden quitarle lo que no tiene». Esta carencia de futuro es, precisamente, lo que conmueve a Perséphone cuando llega al Hades: «Veo vagar a un pueblo que ya nada espera». Sus habitantes carecen de esperanza y cantan sin descanso: «Aquí nada concluye».
Borges dice que esta afirmación aureliana establece que «cualquier lapso —un siglo, un año, una sola noche, tal vez el inasible presente— contiene íntegramente la historia». Así lo podemos ver en esa pintura de juventud de Cézanne, que en 1867 decidió recrear el rapto de Perséfone. Lo pintó para Émile Zola, su amigo, con quien compartía el gusto por la literatura clásica. En medio de la escena mitológica, al fondo, distinguimos la silueta del monte de Saint-Victoire, el mismo que en su tramo final como artista pintará una y otra vez, como si aquella montaña, tan omnipresente en su vida, hubiera presenciado todos los momentos de la historia y cada uno de ellos hubiera dejado una huella en su superficie.
«Son dos piezas muy visionarias —dice Peter Sellars de estas dos obras, que él ha querido confrontar en la misma función—. En la línea de un Messiaen, estas óperas se aproximan más a una experiencia espiritual». Iolanta y Perséphone compartirán el mismo vestido azul y se moverán por un escenario diáfano sobre el que se elevan unos marcos de puerta, coronados por unas rocas en tensión, inestables. La utilización de la luz, que a veces despliega una sombra dura sobre el suelo, recuerdan a la atmósfera de los cuadros de Giorgio de Chirico. Sellars moverá esta luz a placer y la revertirá para crear una realidad paralela al proyectar las sombras de los personajes sobre el fondo del escenario. De las tinieblas de Iolanta pasamos a la oscuridad invernal que provoca la partida de Perséphone.
Cuando pinta las arcadas de la estación de Montparnasse para su cuadro de 1914, Giorgio de Chirico dirá: «El horizonte viene definido en ocasiones por un muro trasero sobre el que se eleva el ruido de un tren que desaparece. Toda la nostalgia del infinito se nos revela detrás de la precisión geométrica del lugar; experimentamos las emociones más inolvidables cuando algunos aspectos del mundo, cuya existencia ignoramos por completo, hacen que nos enfrentemos súbitamente con la revelación de misterios que nos quedan escondidos en todo momento, que no podemos ver porque tenemos una vista demasiado corta y que no podemos sentir porque nuestros sentidos se hallan poco desarrollados».
Iolanta fue la última ópera de Chaikovski y Perséphone, la primera obra para escena de Stravinski desde que falleciera Sergei Diaghilev, el empresario de los Ballets Rusos que le abrió las puertas de la fama con el primer encargo que le hizo, El pájaro de fuego. Conoció su música un año antes, en 1908, en un concierto de San Petersburgo a cargo del pianista Alexandr Siloti. En el programa estaban el Scherzo fantástico y Fuegos artificiales. Aquella forma de componer llamó poderosamente su atención y pensó que era ese compositor con personalidad que necesitaba para sus arriesgadas y ambiciosas producciones. Diaghilev ya no solo era moderno en la coreografía y en la puesta en escena, sino que quería sorprender también con la música. Una renovación del ballet clásico en toda regla. Así que no fue una sorpresa la cara de íntima satisfacción que reservaría a sus íntimos tras el escándalo provocado por el estreno de La consagración de la primavera el 29 de mayo de 1913 en el Teatro de los Campos Elíseos.
Stravinski retornará al tema de la primavera en Perséphone, esta vez para mayor lucimiento de Ida Rubinstein, la bailarina de Diaghilev que se vio obligada a dejar los escenarios por una lesión, y por quien pondrá fin a veinte años de amistad con el empresario. Los dos discutieron agriamente después de que Stravinski compusiera para ella El beso del hada. No se volverán a ver. Diaghilev morirá en Venecia el 19 de agosto de 1929. Cinco años después, en esta nueva obra, la estilizada silueta de la bailarina no dará ningún paso de ballet. Ella se moverá por el escenario con la gravedad de una diosa y declamará todos sus parlamentos. Su voz, como la de la actriz francesa Dominique Blanc en la producción del Teatro Real, sonará incluso más musical que la de una cantante.
Un día de 1952, durante el descanso de un concierto en el Teatro de los Campos Elíseos de París, la figura de un hombre joven y espigado se arrellana en su asiento, situado en las filas más elevadas, las más baratas, mientras el resto de público sale a estirar las piernas y tomar algo. Había llegado hasta allí para ver en persona al compositor Igor Stravinski, que era quien dirigía, y a Jean Cocteau, que recitaba algunas partes. Los dos habían influido mucho en él. Cuando el teatro se queda vacío, el hombre advierte la presencia repentina de unos personajes indefinibles de color verde, en forma de globo, que se muestran muy divertidos y cómicos. Intrigado, les pregunta cómo se llaman. «Cronopios», responden.
Así fue cómo Julio Cortázar confesó haber empezado a escribir Historias de cronopios y famas, sin que los tales cronopios tuvieran una forma definida. A medida que avanzaba en su escritura, aquellos personajes devinieron en lo que todo el mundo puede leer: unas formas humanas que viven el mundo de modo atemporal, como el poeta, el asocial, el hombre que vive al margen de las cosas. Frente a ellos aparecieron los famas, los que siguen un orden establecido y se encuentran al frente de los bancos y el poder político.
Es tarde, pero menos tarde para mí que para los famas
—medita el cronopio en la obra de Cortázar—,
para los famas es cinco minutos más tarde,
llegarán a sus casas más tarde,
se acostarán más tarde.
Yo tengo un reloj con menos vida, con menos casa
y menos acostarme,
yo soy un cronopio desdichado y húmedo.
Al final de la obra, Perséphone vuelve a las tinieblas por voluntad propia, por compasión, al estado de donde procede Iolanta. La diferencia es que las sombras del Hades saben que la luz existe y han sido privadas de ella para siempre. Por eso se aferran a ella cuando, cada seis meses, ha de volver a la tierra. Esa misma desesperación fue esculpida por Bernini en las manos tensas y firmes de Plutón cuando rapta a Perséfone. La última vez que se oye su voz, acompañada de una bella melodía de la flauta, se despide de la tierra para volver al mundo de las tinieblas. Es una eterna huida guiada por el recuerdo de una flor y el sabor de una granada. «Nunca jamás podrás sujetarme tan fuerte —dice con gravedad Perséphone—. ¿O es que crees que sale impune del abismo del doloroso Infierno un corazón amante?».
Un 8 de octubre de 1962, tras casi medio siglo de exilio en Estados Unidos, Stravinski se sube al podio en Leningrado, la vieja San Petersburgo de su infancia y juventud, para dirigir El beso del hada. Tras los aplausos de bienvenida, se dirige al público con estas palabras: «Hace sesenta y nueve años estaba sentado ahí, en ese rincón, junto a mi madre, escuchando a Napravnik dirigir la Sinfonía Patética en memoria de Chaikovski. Hoy dirijo yo en esta misma sala. Soy feliz».
Stravinski cerró aquel día su propio retorno vital, como Iolanta y Perséphone. De la misma manera, Giorgio de Chirico querrá pintar varias veces el mismo cuadro y La consagración de la primavera volverá a escucharse cada año en los rincones más diversos del planeta. Cuando muera, Stravinski querrá que lo entierren en Venecia, donde descansa su viejo amigo Diaghilev. Y en las funciones de Iolanta y Perséphone del Teatro Real, un estremecido Peter Sellars volverá cada noche para descubrir una y otra vez a sus personajes, que parecen haber cobrado vida propia. Tal vez si hubiera levantado la vista del escenario, habría podido distinguir a su lado unas formas circulares y verdes, muy simpáticas y cómicas, y les habría preguntado:
—¿Cronopio cronopio?
—Cronopio cronopio.
Viraje radical de la razón a la voluntad
En la novela Los Buddenbrook, aparecida en 1901, relata Thomas Mann la decadencia de una próspera familia de comerciantes de Lübeck. El adinerado Thomas Buddenbrook vive uno de los momentos más amargos de su vida: su hijo Hanno ha defraudado las expectativas que en él había depositado. ¿Qué sentido tiene su vida llena de activismo febril? ¿Para qué vive? ¿Quién va a continuar con sus trabajos?
En un lugar recóndito de su biblioteca descubre por casualidad Buddenbrook los dos tomos del libro El mundo como voluntad y representación, de Arthur Schopenhauer. Se traslada al cobertizo de su casa para leer allí detenidamente lo que este filósofo escribe sobre «la muerte y sus relaciones con la indestructibilidad de nuestro ser en sí». Se siente especialmente iluminado. Al hilo de esta lectura, sucede como si la oscuridad en la que se hallaba sumido diera paso a una luz nueva, gracias a la cual puede caminar hacia un nuevo horizonte. La certeza de que todos los hombres habrían de estar unidos entre sí y de que, después de una existencia ficticia en el tiempo, aunque la muerte destruyera la individualidad, habría de quedar intacta la esencia del hombre permite a Thomas ver su vida bajo un nuevo sentido y desde una perspectiva más global.
El arte, la moral, la ciencia y sobre todo la naturaleza remiten, según Schopenhauer, al único manantial del mundo y es precisamente este núcleo oculto el que se propone sacar a la luz con su obra1. A pesar de que generaciones de lectores han tratado de buscar aliento y ánimo en esta obra, su tono general es pesimista, ya que considera la voluntad como la raíz del mal en el mundo: guerras, catástrofes, caos.
Con Schopenhauer, efectivamente, tiene lugar un viraje radical de la razón a la voluntad. La razón queda reducida a un fenómeno accidental (Epiphänomen), algo casualmente añadido. Responsable de todos los males es únicamente la voluntad, desvinculada de la fuerza hegemónica de la razón, que en tiempos de la Ilustración había gozado de un poder supremo.
A lo largo de la historia hubo, sin duda, intentos de recalcar el factor de la voluntad a expensas de la razón, pero hasta Schopenhauer no se había afirmado de manera tan clara y taxativa su supremacía absoluta en el plano metafísico, ya que precisamente la voluntad sería, según él, la realidad verdadera que no nos sería posible captar con la sola razón. Sería precisamente la voluntad la que estaría actuando detrás de todo, como realidad última.
Se trata, en fin, del intento de indagar acerca de los fundamentos de la existencia humana de un genio de la filosofía que acababa de cumplir treinta años, ensayado bajo el influjo de Platón, de Kant, del conocimiento upanisádico y en el ambiente del romanticismo alemán. Su tesis doctoral, publicada en 1813 con el título de La cuádruple raíz del principio de razón suficiente, constituye, según él mismo advierte, el antecedente indispensable para la lectura de su obra capital, El mundo como voluntad y representación.
A los 16 años, Schopenhauer emprende un viaje de formación cultural con sus padres que durará varios años. En la ciudad portuaria de Tolón, en el sur de Francia, descubre unos esclavos encadenados al banco de una galera que llevan una vida de tormento y desesperación. Esta impresión es anotada el 8 de abril de 1804 en su informe del viaje. El impacto es tan grande que considera la vida del hombre en general como la de un esclavo de galera atado a su individualidad y a su cuerpo y, por tanto, a su enfermedad y a la muerte. El destino del hombre —escribirá años más tarde— es carencia, miseria, lamento, tormento y muerte.
En la universidad, Schopenhauer había profundizado en la filosofía de Platón y de Kant. Ambos le condujeron al idealismo filosófico, a la idea de que el mundo no es lo que aparenta, pues detrás de la realidad empírica «se abriría» la verdadera realidad.
Al igual que Kant en su Crítica de la razón pura, Schopenhauer quiere establecer los límites de dicha realidad empírica. Lo que Kant llama «el mundo de las apariencias» (Erscheinungswelt), Schopenhauer lo llama «representación» (Vorstellung). Somos nosotros mismos los que hemos de darle a este mundo un orden y una estructura, estableciendo para cada cosa y para cada proceso una causa (einen Grund angeben). Todo en este mundo estaría sometido, según Schopenhauer, a lo que él llamó el «principio de razón suficiente» (der Satz vom Grund). El mundo de las representaciones se formaría a partir de una red de diferentes causas. La explicación causal en la relación causa-efecto constituiría tan solo una de las cuatro posibles causas. Además, habría que tener en cuenta la razón del conocimiento, es decir, el razonamiento lógico de una afirmación; la razón ontológica, con la que determinaríamos el estado de un objeto en el espacio y en el tiempo; y, finalmente, el motivo de una acción.
Los dos mundos de Kant
Pero lo que a Schopenhauer realmente le interesaba era dar con la verdadera realidad que albergaría la realidad aparente; aquello que Platón había visto en sus ideas y que Kant denominó la «cosa en sí misma» (Das Ding an sich).
Recordemos que Kant concebía la «cosa en sí» o la «cosa en sí misma» como un ente que existe independientemente de nuestro conocimiento, que solo se podría pensar de modo indeterminado, pero no podría ser determinado con categorías y, en este sentido, no podría ser conocida objetivamente. El hombre viviría en dos mundos: por un lado, sería un phainomenon, un organismo regido por el mundo de los sentidos y sus leyes; por otro, sería un noumenon, una «cosa en sí misma» —sin necesidad ni causalidad—, un algo que siempre habría existido, antes de que lo haya podido comprender y explicar y, además, abarcaría mucho más y de otro modo de como «yo mismo» jamás lo hubiese podido comprender.
Las generaciones de pensadores posteriores han visto en este concepto de Kant un reto constante, un aguijón inquietante, sin acertar con su definición definitiva. Fichte lo llamó el Ich (yo); Schelling, Natursubjekt (sujeto de la naturaleza); Hegel, objektiver Geist (espíritu objetivo); Feuerbach, Leib (cuerpo), y Marx, Proletariat (proletariado). Ningún filósofo consiguió domesticar esta palabra mágica, que emerge con la osadía impertérrita de querer acceder a la médula de la realidad. También el joven Arthur Schopenhauer quiso penetrar en el núcleo más interno y profundo de las cosas. En su Crítica de la razón pura, Kant había encontrado una imagen poética para explicar la limitación de la razón recurriendo para ello a la imagen de una isla que está rodeada por un amplio océano tormentoso. Kant se quedó en la isla y dio al «océano tormentoso» la denominación de la ominosa «cosa en sí»; Schopenhauer tuvo la osadía de ir más lejos todavía al designar este «océano tormentoso» con el nombre de «voluntad».
Después de la publicación de su disertación el 5 de noviembre de 1813, Schopenhauer visita a su madre por unos meses en Weimar, donde tiene la oportunidad de hablar con Goethe sobre sus conocimientos acerca de los colores y, de modo especial, de su visión de la unidad de la naturaleza, una idea que ya Baruch Spinoza había sostenido en el siglo XVII. En sus diálogos con Goethe se consolidó el pensamiento de Schopenhauer de que detrás de la vida en sus múltiples formas y facetas se hallaría una fuerza energética única.
El Brahma
Otro conocimiento durante esta estancia en Weimar le vino a través del discípulo de Herder, Friedrich Majer. Este filósofo enseñó a Schopenhauer la ciencia upanisádica que procedía de la India antigua y, en el año 1801, había aparecido escrita por primera vez en un libro por el francés Anquetil bajo el título de Oupnek hat. En esta obra el autor denomina Maja al mundo del acontecer y del transcurrir que experimentamos en el tiempo y en el espacio. Es, al mismo tiempo, un mundo de apariencia y de dolor. Pero el origen principal del mundo sería Brahma, es decir, el alma universal. Schopenhauer identificó Maja con el mundo de las apariencias de Kant (Erscheinungswelt) y, al mismo tiempo, con su propia idea del mundo como «representación». La afirmación de que el mundo en el que vivimos es dolor coincidía exactamente con sus propias experiencias. En Brahma, es decir en el alma universal que sería capaz de penetrarlo todo, podía reconocer Schopenhauer la «cosa en sí» de Kant.
En mayo de 1814 Schopenhauer viaja a Dresden, donde en apenas cinco años consigue escribir la primera edición de su obra maestra, El mundo como voluntad y representación. Pasarán cuarenta años en los que se dedicará a retocar, añadir, pulir y lustrar su obra principal hasta ver concluida su tercera edición en 1859, pocos meses antes de morir. En Dresden conoce a Karl Christian Friedrich Krause, cuya filosofía se llegó a conocer posteriormente en España y en Iberoamérica bajo el nombre de «krausismo». Krause sabía hablar sánscrito y dominaba ciertas técnicas de meditación trascendental. En la última obra de Schopenhauer, Parerga und Paralipomena (1851), se refiere con entusiasmo al influjo tan positivo que había ejercido sobre él el espíritu puro de la India, leyendo para ello sus obras «tan sublimes» y «libres de toda superstición judía». «Ha sido el consuelo de mi vida y lo será de mi muerte», escribiría.
Schopenhauer, del mismo modo que una generación antes que él Novalis (Georg Friedrich Philipp Freiherr von Hardenburg), distingue entre el conocimiento según el principio de causalidad, lo que él llama «representación», y la forma íntima, ligada al cuerpo, de entender la naturaleza desde dentro. «Solo en mí mismo —dice Schopenhauer— experimento lo que es el mundo más allá de lo que a mí se me ofrece en la “representación”». El hombre que se experimenta a sí mismo tendría una vivencia constitutiva de la dimensión interior del mundo. Schopenhauer escribe en sus apuntes: «Hemos ido hacia fuera en todas las direcciones, en lugar de entrar en uno mismo, donde ha de resolverse todo enigma». Lo que es el mundo, además de ser «mi representación», es para Schopenhauer la voluntad experimentada en el propio cuerpo, la voluntad como aquel poder oscuro de la vida que actúa en el hombre al igual que en toda la naturaleza.
Con este nuevo modo de ver y concebir el mundo y el hombre, Schopenhauer lleva a cabo un viraje radical al «conócete a ti mismo» de la sabiduría griega, pues ya no lo considera como resultado de un conocimiento reflexivo sobre sí mismo, ya no es el pensamiento del sujeto lo que le lleva al conocimiento del mundo objetivo, sino que la clave para comprender el mundo en su totalidad sería la «experiencia interior» (die innere Erfahrung) de la voluntad en el propio cuerpo. Con ello realiza un doble movimiento: primero, «contractivo», es decir, de sumersión en la propia experiencia y no en el pensamiento propio de la filosofía reflexiva; y, en segundo lugar, «expansivo», que interpreta el todo del mundo de acuerdo con el modelo de la experiencia interior. ¿Cómo urde esta artimaña tan difícil de entender? Recurriendo para ello a la religión de la India antigua.
La experiencia del cuerpo
El romanticismo alemán había descubierto el espíritu oriental de la India antigua. Uno de sus precursores más notables fue Johann Gottfried von Herder, que se deshacía en elogios hacia esta «religiosidad» sin Dios, sin más allá, sin retribución final. Esto era precisamente lo que Schopenhauer buscaba, una Religión sin un Dios personal y, con tal motivo, por haber pensado encontrar una metafísica sin cielo, pensaba haber acertado en su camino de búsqueda de la verdad. Y precisamente bajo el influjo del Veda o de los Vedas (textos religiosos redactados en sánscrito) consigue interpretar la voluntad como acceso al mundo de la «cosa en sí», entendida del mismo modo que el brahmanismo: como identidad entre la esencia crucial del hombre y del cosmos. No es, por lo tanto, la razón la que le llevará a la verdadera realidad de las cosas, sino su cuerpo o, mejor dicho, la «experiencia interior» de su cuerpo.
Según Schopenhauer, podríamos alcanzar la experiencia de nuestro cuerpo de muy diferentes modos. En primer lugar, considerado como objeto, desde fuera, al estudiar sus funciones, como en la medicina. Pero también lo podríamos experimentar desde dentro, de modo inmediato, a través de sensaciones e instintos: hambre, sed, instinto sexual, dolor. En todos ellos se manifestaría nuestra volición, nuestro propio querer. Y de este querer se podría deducir analógicamente el querer de todos los otros hombres, pues el querer del hombre sería tan solo expresión de una fuerza y energía universal que estaría actuando en toda la naturaleza y que en la India recibe el nombre de Brahma. Y esto es precisamente lo que Schopenhauer denomina voluntad. Por el contrario, el mundo de las experiencias exteriores, del conocimiento a través de la razón y de la ciencia, sería representación. Pero la verdadera realidad, lo que decenios más tarde Martin Heidegger llamará la verdadera realidad (die wirkliche Wirklichkeit), y en el semestre de invierno 1921/22 llamará vida fáctica, basada en hechos (faktisches Leben), es para Schopenhauer «la voluntad», que —según él— no podría ser entendida con la categoría de la razón.
Pero no debemos olvidar que Schopenhauer no pretende explicar definitivamente esa última realidad: él, tan solo, pretende «entenderla». Explicar y entender serían dos cosas diferentes. Explicar pertenecería al ámbito de la acción representativa: uniríamos los objetos unos con otros, bajo su relación causa-efecto. Sobre esto había insistido en su disertación, pero ahora, años más tarde, subraya la importancia de que el verbo «entender» no equivaldría a conocer la causa y el efecto, sino a descubrir el sentido, y esto tan solo lo podemos indagar en nosotros mismos, pues únicamente cada uno de nosotros puede experimentarlo desde dentro. Sería precisamente aquí donde nos encontraríamos con la voluntad, no tan solo como objeto de nuestra representación. Con tal motivo deberíamos en primer lugar entendernos a nosotros mismos, y eso después de haber negado el modelo del «conócete a ti mismo» de Tales de Mileto.
¿Idealismo o materialismo?
Con lo expuesto hasta el momento queda claro que Schopenhauer no entiende el concepto de la voluntad en conexión con una intención o un fin. Solemos decir: «yo quiero algo». Este algo me lo he imaginado y lo he visto con anterioridad. Lo querido ya está en mi cabeza o en mi pensamiento antes de acometer la acción que me lleve a alcanzarlo2. Pero Schopenhauer no piensa de este modo. Para él, lo decisivo de la voluntad no es poner por obra ciertos pensamientos que hayamos visto con anterioridad, sino que se trata de una tendencia vital y primaria, de un movimiento del cuerpo por ser una «voluntad corporal» (verkörperter Wille), que además se percibe a sí mismo. Su punto de arranque no sería el sujeto del conocimiento, sino el sujeto de la voluntad. Schopenhauer no trata de espiritualizar la naturaleza, sino de naturalizar el espíritu y es, precisamente, este el motivo por el que, muchos de sus intérpretes han afirmado de él que, en vez de ser un idealista, ha sido más bien un materialista de tomo y lomo.
El mismo título de su obra maestra, El mundo como voluntad y representación, contiene las dos afirmaciones más importantes de su contenido. Por un lado, una energía universal cósmica carente de finalidad y considerada como el fundamento del mundo; por otro, su manifestación como representación. Estas dos partes encajan entre sí como las dos valvas de un molusco. La voluntad, según Schopenhauer, no obedecería a ningún plan racional, más bien la consideraba como el origen de fuerzas contrapuestas, también entre los individuos. El sufrimiento en el mundo se podría explicar, según Schopenhauer, como consecuencia de esta fragmentación y de las fuerzas disgregadoras y desgarradoras de la voluntad, que nunca cesarían de existir en cuanto hubiese vida en él. Ve el mundo como una maraña de fuerzas instintivas que actúan contraponiéndose y embrollándose de modo irracional, lo que acaba conduciéndole inexorablemente al pesimismo. Y es precisamente este pesimismo lo que tanto caracteriza a Schopenhauer, aunque consiga expresar y plasmar sus pensamientos de un modo estético muy sugerente.
Schopenhauer dominaba a la perfección varios idiomas, leía diariamente periódicos extranjeros y era un gran conocedor de obras literarias. Su estilo literario destacaba por ser sumamente brillante y comprensible. Aborrecía el estilo profesoral de sus contemporáneos Fichte, Schelling y He-gel. Aunque no sea más que por la elegancia de su estilo, se entiende que El mundo como voluntad y representación sea una de las obras más leídas en la historia de la filosofía.
Sobre la muerte y su relación con la indestructabilidad del hombre
El 6 de julio de 1833 Schopenhauer viaja a Fráncfort, donde permanecerá durante veintiocho años, hasta su muerte. Allí escribe diferentes ensayos sobre cada una de las cuatro partes de su obra El mundo como voluntad y representación. Entre ellos destaca el ensayo citado por Thomas Mann en Los Buddenbrook y el prólogo que abre una edición del año 1938. Recuerda aquí, si bien ha llamado a Schopenhauer moderno, hubiese sido más acertado llamarle futurista, por haber sabido dar respuesta a cuestiones vitales para el hombre.
El adinerado prohombre de Lübeck y jefe de la empresa de trigo que lleva el nombre de Johann Buddenbrook se pregunta poco antes de morir: «Una vez muerto, ¿dónde estaré?». Piensa haber encontrado respuesta satisfactoria en la lectura del ensayo de Schopenhauer sobre la muerte. «¡Resulta tan patente, tan fácil! Estaré en todos aquellos que siempre y en todo momento hayan dicho yo, y también en los que lo estén diciendo y lo dirán!». De este modo, el mismo Thomas Mann pensaba haber encontrado en la filosofía de Schopenhauer una vivencia de la verdad tan poderosa, segura, convincente e irrefutable como nunca antes hubiera podido imaginar.
Pero, ¿cómo consigue Schopenhauer quitarle a la muerte su aguijón inquietante y adornarla de tonos apacibles y románticos? Para ello recurre a la antigua aporía de Epicuro (341-271/270), formulada más de dos mil años antes en la carta a su amigo Menecio. El texto nos ha llegado a través de Diógenes Laercio: «La muerte es algo que no nos afecta, porque mientras vivimos no hay muerte, y cuando la muerte está ahí, no estamos nosotros. Por consiguiente, la muerte es algo que no tiene nada que ver ni con los vivos ni con los muertos». La fascinación que ha ejercido esta aporía en la historia de la filosofía se demuestra en el hecho de que, de cuando en vez, emerja en el contexto de las reflexiones filosóficas sobre la muerte. Schopenhauer concluye también que la muerte no sería un mal, a pesar del temor que nos pueda inspirar, pues se trata tan solo de volver al seno de la madre Naturaleza de la que provenimos: «Leben oder Tod des Individuums sind ihr gleichgültig. Demzufolge sollten sie es, in gewissem Sinne auch uns sein: denn wir selbst sind ja die Natur».
El hombre como ser necesario
Pero, ¿cuál es la argumentación que le lleva a Schopenhauer a esta conclusión? Él mismo escribe: «El convencimiento que tenemos de ser indestructibles por la muerte lo ha expresado Spinoza con las palabras sentimus, experimurque, nos aeternos esse. Un hombre que hace uso de su razón tan solo se considerará como imperecedero en tanto que se imagine como carente de principio, carente de tiempo y eterno. Si, por el contrario, se considera como proveniente de la nada, no le quedará más remedio que pensar que vol-verá a la nada, pues sería un pensamiento monstruoso imaginarse que, antes de haber existido, hubiese transcurrido una eternidad para después comenzar de nuevo otra eternidad que ya nunca dejaría de existir. La razón más sólida de nuestra eternidad la expresa esta máxima: ex nihilo nihil fit et in nihilum nihil potest reverti. Pero, cuando se considera el nacimiento como el comienzo absoluto de la existencia del hombre, también hay que considerar su muerte como un fin absoluto. Por lo tanto, solo nos podemos considerar como inmortales en la medida que nunca hemos nacido».
Schopenhauer llega a estas afirmaciones apoyándose para ello de modo especial en la doctrina del budismo de Upham, donde encontramos este texto: «En el infierno, la más dura condición es la de aquellos impíos llamados Deitty, que son los que desprecian el testimonio de Buda y profesan la herética doctrina de que todos los seres vivos han tenido principio en el vientre de su madre y tendrán fin en la muerte».
Por lo tanto, Schopenhauer considera al hombre como un ser necesario, es decir, como un ser cuya definición, exacta y completa, encerraría el atributo de la existencia, pero una existencia que debería ser inmanente en ese ser, puesto que se manifestaría independientemente de todos los estados que pueda imaginarse el encadenamiento causal. Del hecho de que existimos se desprende que debemos haber existido siempre y por siempre. Y para ello vuelve a recurrir a Kant, quien afirmaba que el tiempo es ideal y que solo es real la «cosa en sí». Manteniendo por lo tanto la diferencia entre el fenómeno y la cosa en sí, Schopenhauer afirma que el hombre es pasajero en cuan-to fenómeno, pero su esencia íntima permanece intacta y, por lo tanto, es indestructible, aunque no podamos atribuirle la permanencia, porque excluye absolutamente toda noción de tiempo. Y, de este modo, llega a la noción de una indestructibilidad que no incluye la permanencia.
La muerte disolvente
Pero, para superar definitivamente el posible miedo ante la muerte, Schopenhauer recurre a la metempsicosis, teoría de los estados sucesivos del alma, y a la palingenesia, teoría de los nuevos nacimientos, pero no entendidos en la relación causa-efecto. Aunque cada recién nacido aparezca lozano y alegre, esto no debiera ser considerado como un regalo, pues es consecuencia necesaria de la vejez y muerte de otro, el que llevaría en sí el germen de la inmortalidad heredado ahora por el recién nacido y ambos representarían una misma esencia. La muerte nos enseñaría, por tanto, según Schopenhauer, que la esencia del hombre, es decir su voluntad, viviría en otros individuos después de la muerte. Desaparecería asimismo la diferencia entre lo exterior y lo interior del hombre, y este sería moralmente mejor en la medida en que consiguiese la menor diferencia entre sí mismo y los demás.
Concluye Schopenhauer que hemos de considerar la muerte como la gran oportunidad de ya no ser «Yo mismo» (die gro e Gelegenheit, nicht mehr Ich zu sein). Durante la vida, la voluntad humana, debido a su carácter inamovible, carecería de libertad, pues su actuar tendría lugar dentro de una cadena de motivos necesarios. Pero cada uno llevaría consigo una serie de cosas en su memo-ria que no le permitirían estar a gusto consigo mismo. En caso de vivir eternamente, siempre actuaría del mismo modo, debido a su carácter inamovible. Por lo tanto, según Schopenhauer, tendría que cesar de ser lo que es, para de este modo, a partir del germen de su esencia, llegar a ser otro. De este modo la muerte disolvería esas ataduras y la voluntad sería nuevamente libre.
Durante su estancia en Fráncfort, Schopenhauer recibe el nombre de Buda de Fráncfort, a pesar de no haber adquirido la serenidad y el sosiego que tanto caracterizan a sus maestros de la India. Pero ha sido, en palabras de Thomas Mann, el «filósofo más racional de lo irracional» (der rationalste Philosoph des Irrationalen). Ha conseguido dar a Thomas Mann y a otros muchos la esperanza en un nuevo nacimiento, pero no entendido causalmente. Este mensaje de salvación de Schopenhauer es, sin duda, muy atractivo y parece ser fácilmente asequible para una mentalidad moderna que se caracteriza por negar lo definitivo. En efecto, ni el lugar donde se vive, ni la profesión que uno tiene, ni el matrimonio o cualesquiera otras ataduras se consideran «para siempre». Todo puede cambiarse, y se cambia de hecho, cada vez con más facilidad. ¿Por qué no considerar también la propia vida como provisional? Así, no hay que tomar la vida demasiado en serio, se podría purificar en otras vidas, así quedaría una puerta abierta, la ocasión de intentarlo de nuevo.
Además, nuestra corporeidad, que tanto pesimismo le infunde a Schopenhauer, acabaría en desprecio del cuerpo no solo por su carencia de libertad, pues esta se hallaría en el esse y no en el operari (Die Freiheit, die im Handeln nicht anzutreffen sein kann, mu im esse (Sein) liegen), sino que, además, el hombre estaría esclavizado y atenazado por sus instintos, sobre todo por su sexualidad, que vendría a ser como un poder irracional en los diferentes niveles del hombre y en los lugares más inverosímiles de su cuerpo. Estas observaciones psicológicas de Schopenhauer las encontraremos decenios más tarde y de un modo acentuado en autores tan conocidos como Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud.
Influencia sobre Nietsche y Freud
Durante su estancia en Leipzig (1865-1868), Nietzsche no deja de evocar con emoción el impacto que le produjo la obra capital de Schopenhauer, algo así como una conversión. Después de leerla con avidez —así anota en una autobiografía—, se hallaba como extasiado por su contenido. Había encontrado en Schopenhauer a un educador de quien podía fiarse más que de sí mismo. En octubre de 1868, Nietzsche escribe a Erwin Rohde comentándole aquello que tanto le fascina de Schopenhauer: el aroma a ética, a Fausto, a cruz, a muerte y a tumba, pero de tal modo que precisamente tanto la cruz como la muerte o la tumba no le deprimen, sino que actúan en él como elixir vital.
Como consecuencia de la lectura del cuarto libro de la obra principal de Schopenhauer, Nietzsche decide trabajar hasta las dos de la madrugada y levantarse a las seis de la mañana. Se construye su propia celda monacal donde vive un ascetismo peculiar. Su madre, preocupada, le expresa su descontento por este modo de vivir tan abnegado, a lo que el joven Nietzsche replica el 5 de noviembre de 1865 con la alternativa: o se despilfarra la vida de modo superficial y ligero o se aprovecha de modo prudente y austero. A su amigo Carl von Gersdorff, totalmente deprimido por la muerte de su hermano, le escribe el 16 de enero de 1867 aconsejándole vivamente que lea el cuarto libro de la obra principal de Schopenhauer. En esa lectura podría encontrar la fuerza para superar su dolor, pues le transmitiría una sensación tan feliz como cuando somos cautivados por la música más sublime, sobre todo al darnos cuenta de que con la muerte nos desprenderemos de nuestras envolturas terrenales.
También Sigmund Freud quedó impactado al leer El mundo como voluntad y representación, donde se anticipan las ideas que serán los planteamientos que mejor le caracterizan. Ciertamente, el concepto de Schopenhauer sobre la voluntad contiene los fundamentos de lo que en Freud llegarán a ser los conceptos del inconsciente y del Ello. Los escritos de Schopenhauer sobre la locura anticipan la teoría de la represión de Freud y su primera teoría sobre la etiología de las neurosis. La obra de Schopenhauer contiene aspectos de la futura teoría de la libre asociación. Y lo que es más importante, Schopenhauer anticipa la mayor parte de la teoría freudiana de la sexualidad.
Del vivir del hombre: libertad y confianza
En las páginas precedentes nos hemos asomado a los elementos fundamentales del pensamiento determinista y, en consecuencia, profundamente pesimista de Schopenhauer. Ponemos fin a este recorrido con tan solo dos breves consideraciones acerca de la libertad del hombre y la confianza en un Dios bondadoso y misericordioso.
Nuestra experiencia nos dice que somos libres y protagonistas de nuestra vida, que no es solo biológica, sino, como decía Ortega, biográfica: no está hecha, sino que se nos presenta como un quehacer, como una tarea que tenemos por delante y cuyo curso decidimos al paso de las elecciones que vamos realizando. Es verdad que no somos responsables de todo lo que nos ocurre. Estamos, en cierto modo, condicionados por el país, la sociedad o la familia en la que hemos nacido; por la educación y la cultura que hemos recibido; por el código genético y el sistema nervioso; también por las libres decisiones de los demás. El pensamiento, los sentimientos y las obras de quienes nos han precedido determinan el ambiente en el que crecemos y nos desarrollamos. El destino de los vivientes está, por así decirlo, lleno de tareas que nuestros antepasados dejaron sin concluir. Sin embargo, no estamos predeterminados. Podemos cambiar. Es posible mejorar.
No es cierto, como diría Schopenhauer, que nuestro carácter sea inamovible (auf der Basis des unveränderlichen Charakters geht sein Handeln, an der Kette der Motive, mit Notwendigket vor sich). Por ejemplo, todos tenemos la experiencia de haber conocido personas que quizá en su niñez o en su juventud fueron tímidas o medrosas y que, gracias a una educación adecuada y a la adquisición de buenos hábitos, han ido madurando hasta convertirse en personas equilibradas, responsables y emprendedoras. No cabe duda de que la herencia y el medio influyen poderosamente en nuestro carácter: influyen, pero no lo determinan. Quien piense como Schopenhauer, exclusivamente de un modo determinista, acabará ineludiblemente dejándose dominar por un sentido pesimista y fatalista de la vida.
La doctrina de la metempsicosis y de la palingenesia afirma que el hombre adquiere por su propia cuenta el nirvana a través de un conocimiento cada vez más elevado (das bessere Bewußtsein) y no mediante actos surgidos de la propia voluntad y el ejercicio de la libertad. Este modo de pensar ignora la posibilidad de la ayuda de Dios y, en consecuencia, aboca sin remedio a profesar fe ciega en un progreso humano sin límites. El hombre está obligado a lograrlo todo por sus propios medios. No hay que preocuparse, porque le espera un nuevo nacimiento. Pero, en fin, así queda «libre de toda superstición judía». Y, es verdad, este no es, desde luego, el espíritu del Evangelio: un cristiano tiene más confianza en Dios que en sí mismo. Está convencido de que lo decisivo no es lo que él hace, sino lo que Dios hace por él. No pretende construir con sus fuerzas su propia bondad. Sabe que no necesita salvarse a sí mismo: Cristo ya le ha salvado en la cruz. Y confía en un encuentro definitivo con Dios después de su muerte. Esto le otorga una gran paz interior. La vida se vive una sola vez: «Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23. 43), no es una larga cadena de reencarnaciones. La novedad de la liberación cristiana reside precisamente en la bondad definitiva e inagotable de un Dios que perdona y reconcilia.
BIBLIOGRAFÍA
Gerhard, Michael (2008), «Metempsychose und Palingenese. Begriffsgeschichte und Begriffsaneignung in Schopenhauers Buddhismusrezeption», en: Schopenhauer und die Philosophien Asiens. Beiträge zur Indologie 42. Ed. por Matthias Ko ler. Wiesbaden: Harrassowitz Verlag pp. 47-78.
Safranski, Rüdiger (2000), Nietzsche. Biographie seines Denkens. Múnich: Hanser Verlag.
Safranski, Rüdiger (2007), Romantik. Eine deutsche Affäre. Múnich: Hanser Verlag.
Safranski, Rüdiger (2010), Schopenhauer und die wilden Jahre der Philosophie. Múnich: Hanser Verlag.
Schopenhauer, Arthur (1998), Die Welt als Wille und Vorstellung. Vier Bücher, nebst einem Anhange, der die Kritik der Kantischen Philosophie enthält. Múnich: Deutscher Taschenbuch Verlag GmbH & Co. KG.
Sonnenfeld, Alfred (2011), Liderazgo ético. La sabiduría de decidir bien, Madrid: Encuentro.
NOTAS
1 En la redacción de este artículo se han tenido muy en cuenta las obras de Safranski citadas en la bibliografía.
2 Pensemos en este sentido en la afirmación de Aristóteles Intelligere in actu et intellectum in actu sunt idem, es decir: «el conocer y lo conocido son en realidad lo mismo». También se puede interpretar como «conocer equivale a hacerse una misma cosa con lo conocido».
No quiso empezar el nuevo año bisiesto, y a finales del 2011 Alberto Miguel Arruti, físico, periodista, gran divulgador y colaborador habitual de Nueva Revista desde sus inicios, nos dejó discretamente, sin alardes, sin espectáculo, con un gesto muy de los suyos. «Yo creo que esto va a ser el final», me dijo con toda naturalidad, como aceptándolo de antemano, aunque nadie sospechaba entonces que el motivo de su hospitalización, unas molestias intestinales, le fuera a conducir a tan irremediable y rápido final. Ha muerto un gran periodista, un gran científico, un gran profesor y una gran persona.
Ha muerto Arruti, así le conocía casi todo el mundo, sus compañeros, sus alumnos, sus amigos. Arruti era el apellido materno al que él, en cuanto le dabas la más mínima oportunidad, añadía una larga lista de apellidos vascos que pronunciaba con devoción, como si se trataran de condecoraciones. Su padre había sido militar y el recuerdo de su figura ponía siempre de manifiesto una relación escasa pero de gran influencia. La represión de algunos altercados nacionalistas llevó a su padre hasta el país vasco, donde se enamoró de su madre. «¿Te he contado alguna vez cómo se conocieron mis padres?», te preguntaba con una sonrisa pícara e irónica muy suya… «No, no» decías, aunque hubieras oído la historia cientos de veces, porque te encantaba oírsela contar, siempre te parecía nueva. Se ha muerto uno de los nuestros, para mí un amigo entrañable con el que disfrutaba, con el que buceaba buscando infinitos trascendentes desde las historias, desde el análisis, desde las reflexiones.
Alberto además de ser licenciado en ciencias físicas había hecho periodismo, era periodista, un gran periodista, y aprendía todos los días algo nuevo porque se asomaba a la actualidad con curiosidad, con ganas de saber. Por eso no se limitaba a enterarse de las noticias, las pensaba, las relacionaba, las comentaba, las analizaba…, bajo su cultura vasta, bajo su inteligencia penetrante, bajo sus relaciones sólidas y amplias. Así, siempre era capaz de dar un paso más que los demás, de ofrecerte unas claves mucho más profundas, más enraizadas, más atrevidas. «¿Tú qué opinas…?», sonaba su voz grave, cercana, cariñosa. Te preguntaba siempre por todo, cómo si tu opinión fuera la que iba a darle la clave del arco, como si tú fueras el mayor experto. Y escuchaba, sabía escuchar, por eso era tan gran conversador, un conversador al que le aturdían los ruidos, las inclemencias, los cacareos y los boatos.
Alberto Miguel Arruti vivió su periodismo desde dentro con una intensidad y un rigor difíciles de lograr. Llegó a ser director de los servicios informativos de Radio Nacional y de Televisión Española en los años finales del franquismo, donde coincidió con Victoriano Fernández Asís, y desde allí le tocó dar la información del cambio de régimen.
Fue especialmente enriquecedora su etapa internacional, sus estancias tanto en Alemania como en Francia le dieron unas vivencias únicas. Destacaba en sus recuerdos el romanticismo de una Alemania recién salida de la tragedia bélica. En París vivió los años más espléndidos y rotundos de la generación existencialista y allí tuvo la oportunidad de conocer y tratar a Albert Camús, a J. Paul Sartre, a Picasso y a buena parte de la intelectualidad que marcó toda una época.
Su faceta académica como profesor universitario ha marcado sin duda la etapa más larga y fructífera de su carrera. Después de una serie de años en el departamento de Estructura y Tecnologías de la Información de la Universidad Complutense, pasó a la Universidad CEU- San Pablo, donde todavía conservaba su condición de profesor emérito. Sus clases magistrales sobre historia de la ciencia, divulgación de la ciencia y coherencia teológica de la ciencia han dejado huella en estos últimos años.
Con nosotros, en Nueva Revista, ha estado siempre, ha seguido la trayectoria de todos sus números desde el consejo editorial, y asumiendo toda la información sobre los asuntos científicos que hacía llegar a nuestros lectores asiduamente en la crítica de libros interesantes, en artículos divulgativos, en secciones como «Panorama», donde se asomaba a los cambios que se iban introduciendo en el medio televisivo. Desde el número 2 de la revista hasta las últimas aportaciones en la sección que titulábamos «Ciencia», Arruti ha tenido atendidos a los lectores de nuestra publicación en todo lo relacionado con la ciencia y la tecnología, y desde luego ahí le echaremos de menos.
Pero sin duda donde más se va a notar su falta va a ser entre sus innumerables amigos, entre los que me honraba y me distinguía con su cariño. A todos nosotros no nos queda ya más remedio que esperar gracias a la fe, para poder volver a entablar con él una de esas maravillosas tertulias en las que, con su voz grave y amable, siempre te invitaba a decir la última palabra. Descanse en paz.

¿Qué es hoy el liberalismo? El título del último libro de Carlos Rodríguez Braun y Juan Ramón Rallo pretende ser polémico. Cierto es que el ensayo escrito por el sacerdote Sardá y Salvany en 1884 (El liberalismo es pecado) no se refería al liberalismo económico, sino a la ideología moderna que reputaban generalizadamente anticristiana. Más allá de la polémica, los autores de este libro aciertan porque el liberalismo económico es, precisamente, lo que hoy para muchos constituye un pecado imperdonable en nuestra sociedad secularizada —que por otro lado, asume acríticamente los postulados de la Modernidad a los que se refería aquel sacerdote—. Rodríguez Braun y Rallo han escrito una brillante, por breve y clara, introducción a la economía, en la que apoyan con sólidos argumentos los postulados liberales.
El libro es oportuno y se inscribe en una línea de continuidad con la escuela austriaca que, por aclarar las cosas, no se contrapone, sino que bebe de la tradición de pensamiento católico y cristiano. Desde este punto de vista, esta introducción a la economía es, sin riesgo de resultar simplistas, una introducción a la antropología, sobre todo si se tiene en cuenta que, en la nómina de autores como Mises y Hayek, la economía se preocupa más que nada del análisis de la acción humana. De ahí que los postulados liberales —propiedad privada, libertad e iniciativa individual frente a la intromisión del poder político, orden espontáneo de mercado, etc.— puedan defenderse apelando al sentido común de los ciudadanos más que apoyándose en abstrusos modelos cuantitativos. Este puede ser, para ser francos, un motivo para la esperanza de los liberales, pero no sería muy arriesgado afirmar que su claridad puede sembrar la sospecha.
El liberalismo no es pecado es una inteligente defensa de la libertad individual y, partiendo de ella, de la económica. Defiende que cada ciudadano es capaz de decidir por sí mismo sus preferencias económicas, sin necesidad de que la autoridad política decida por él. Y la libertad, institucionalizada por medio de derechos, constituye el ámbito de la individualidad. Lo que dejan claro los autores es que es preciso defender ese espacio libre de poder político y que esa lucha es precisamente la decisiva. En la medida en que la dinámica social reivindica una mayor intervención, se limita la libertad individual. Eso es lo grave.
Que el liberalismo es pecado y que el mercado y los grandes especuladores son los culpables de la crisis es un eslogan que vende y que facilita las proclamas callejeras.
Es algo similar a lo que ocurrió en el siglo XIX con la propaganda marxista, que debido a cierto maniqueísmo ideológico tiende a contemplar la política como un juego de suma cero. Sombart zanjó para los interesados la cuestión describiendo la honradez, diligencia y laboriosidad de los burgueses, ofreciendo una imagen alejada de los ogros dibujados por los mensajes panfletarios. Ahora bien, la sociedad de masas es demasiado proclive a los eslóganes, más incluso que a una reflexión simple.
Son cinco las lecciones que Rodríguez Braun y Rallo, siguiendo el didáctico estilo de ese clásico del pensamiento económico que es Hazlit, explican. Su idea de fondo es combatir los dogmas asentados por la corrección política. De ellos podemos destacar la explicación del funcionamiento de los precios y de la dinámica de la competencia, subrayando la armonía espontánea que nace en el contexto de mercado y que históricamente se ha demostrado más eficaz que las incursiones controladores del poder político. La argumentación bebe directamente del pormenorizado análisis que hizo Mises, demostrando casi definitivamente la incompatibilidad de la intervención estatal con el análisis económico. La circulación del dinero y del capital, como una especialidad de bienes económicos, ocupa el segundo capítulo. Completan el ensayo unas partes dedicadas a los bancos y al estudio de los ciclos económicos, la riqueza y de la pobreza (haciendo especial hincapié en la trampa de la pobreza y, por último, el dedicado al Estado. La conclusión general del libro no deja lugar a dudas: «La intromisión es lo que está mal, no la libertad. Lo que no es justo, ni recto, ni debido es la coacción y la intimidación del poder y su constante empeño en recortar los derechos de los ciudadanos […]. Esa soberbia de las autoridades, esa prepotencia de los poderosos, esa pasión por controlar, dividir, enfrentar, moralizar, asustar, imponer, organizar, prohibir, vigilar, multar, recaudar, eso es pecado».

Lo interesante de este nuevo repaso por la historia de España no es solo el recuerdo de los hechos relevantes del pasado, ni tampoco —aunque, tal y como anda el panorama editorial español, se agradece— el cuidado estilo literario. Lo que llama la atención es la perspectiva. En un momento en que la nación parece haber caído en desuso, no tanto por la fuerza centrífuga de las entidades menores, sino más bien por las nuevas estrategias relativas a la gobernanza mundial que, desde instancias supranacionales, han decretado la obsolescencia del modelo, la reivindicación de un punto de vista histórico patriótico es, cuanto menos, algo digno de atención. Marco, en cualquier caso, está lejos de engalanar los errores del pasado; simplemente, ejerce el sano sentido común que lleva a ver el pasado como algo propio y característico de esto que llamamos España, propio, característico y, sobre todo, inevitable.
No se engañe el lector, ni se deje presionar por quienes se muestran asustadizos por el empleo del patriotismo. No se reivindica aquí nada relacionado con la virulencia de los nacionalismos, sino la aceptación y el reconocimiento de una historia en la que se fragua el país, querámoslo o no. Es reduccionista pensar, como hacen algunos, que la historia es un constructo en manos del poder político o que se puede manejar al antojo de la ideología. Frente al peligro de rescribir la historia —y, lo que es más lamentable, enseñarla adulterada a los jóvenes—, las páginas de Marco no esconden lo desagradable, pero tampoco se tornan mudas ante lo que, visto desde la distancia, han sido éxitos históricos. Este inteligente autor no se deja influir por las nuevas corrientes de la historiografía.
A nadie se le escapa que la necesidad de escribir una historia patriótica de España solo adquiere sentido en el contexto de un país desnacionalizado. Por ello, no estaría de más que este libro comenzara a leerse por los epígrafes finales, en los que el autor expone sin complejos el proceso de descomposición de España por variadas fuerzas ideológicas. Podrá estarse o no de acuerdo, pero es legítimo afirmar que el contrapeso que supuso la transición quiso ventilar la cuestión de España incurriendo en agravios contrarios, pero igualmente agravios, de los que se acusaba al uso ideológico de la historia realizado por el régimen anterior. La desnacionalización culminó con los gobiernos de Zapatero, a juicio de Marco.
La construcción de un modelo demócrata liberal se realizó sin rescatar un proyecto nacional compartido y no se realizó este esfuerzo para evitar conflictos. Lo paradójico es que, finalmente, conflictos han existido. Y se prevé que las disputas ideológicas sobre la historia continúen durante algunos años más, a juzgar no solo por la situación en una historia patriótica de españa España, sino por ese movimiento que está dispuesto a reescribir el pasado al albur del poder político. Creo, sin embargo, que la verdad histórica, por muy terrible que fuera, levantará menos heridas que su manipulación.
Con independencia de que España se pueda reconocer desde Altamira, lo cierto es que existe una línea de continuidad que atraviesa a los pueblos iberos y celtíberos, recogiendo la herencia romana y visigoda, la influencia musulmana y judía y conectando todo ello con la Reconquista y el Imperio, hasta confluir coherentemente en la democracia de nuestros días. El patriotismo que profesa Marco, de noble ascendencia clásica, constituye una virtud cívica y es seguro que, desde este prisma, ayude más comprender nuestra historia, conocerla de una manera realista, que los cursos de educación para la ciudadanía. Muchos pensadores han advertido de que el ciudadano responde menos al compromiso con valores abstractos que a otros motivos más tradicionales. En este sentido, podríamos resumir diciendo que este libro, de lectura obligada, hace más por nuestra convivencia que muchas propuestas políticas.
Enrique Krauze es, sin duda alguna, el gran historiador liberal latino de las últimas décadas. Su prestigio como intelectual se ha ido incrementando y, por tanto, las obras de este discípulo de Octavio Paz ejercen un influjo importante en la discusión de las ideas latinoamericanas. Krauze es consciente de ello y por eso, tras El poder y el delirio, una pieza en la que disecciona los resortes del populismo de Hugo Chávez, avanza un paso más con Redentores, volumen en el que nos presenta las semblanzas de varios actores importantes de la política y la academia hispanoamericana: Mario Vargas Llosa, José Enrique Rodó, Gabriel García Márquez, Samuel Ruiz, Eva Perón, José Vasconcelos, el Che Guevara, el subcomandante Marcos, José Carlos Mariátegui, José Martí, el propio Octavio Paz y Hugo Chávez. Se trata, como el mismo Krauze afirma, de «figuras que vivieron apasionadamente el poder, la historia y la revolución, pero también el amor, la amistad y la familia. Vidas reales no ideas andantes».
El redentorismo está ampliamente ligado a la sociedad latina. Carl Schmitt, un intelectual que, al igual que tantos latinoamericanos del mundo de la política y las letras fue seducido por el espejismo de Siracusa, sostuvo que todos los conceptos significativos de la moderna teoría del Estado son, en esencia, «conceptos teológicos secularizados». Esta lección ha sido aprendida cabalmente en Latinoamérica, donde la política y las artes con frecuencia han sido prolongaciones de espasmos ideológicos teñidos de fervor religioso. Detrás del redentorismo subyace toda una teología del poder que abraza la escatología y el mesianismo como claves de acción política. El populismo latinoamericano, sin dejar de ser un estilo concreto de la acción pública, está enraizado en una cultura política proclive al autoritarismo y a la sacralización de los detentadores del poder. Así ha sido con todos los caudillos latinos, desde Porfirio Díaz hasta Perón.
Este redentorismo ha sido una de las grandes constantes en la historia latina y lejos de desaparecer, continúa en boga. El socialismo del siglo XXI se nutre de él y, de la misma forma, la tensión entre el mito revolucionario (tan bien intuido por José Carlos Mariátegui) y el ethos democrático. La acción pública de los redentores no se comprende sin la fuerza del mito. De la misma manera en que, desde algunos parapetos se defiende una especie de progreso indefinido liberal (denunciado por North, Wallis y Weingast), desde otros goza de buena salud el mito revolucionario pseudocientífico de la lucha de clases y la sociedad ácrata. Contra todos estos redentorismos, que en el fondo son voluntarismos utópicos, se rebela Krauze rescatando en sus semblanzas no solo la bondad y solidaridad de los personajes (cuando es posible) sino también sus claroscuros y errores de apreciación.
El estilo llano de Krauze convierte a esta obra en una pieza fácil de leer. El dominio de la literatura básica de cada uno de los personajes, la capacidad de síntesis del autor y la posición crítica que asume ante cada uno de sus Rendentores nos obligan, de alguna forma, a tomar partido, a compartir o rechazar sus utopías, a buscar en medio de tanta acción pública los mecanismos íntimos de sus decisiones. El matrimonio entre un sector del liberalismo y la socialdemocracia en Latinoamérica —defendido por Vargas Llosa en un reciente artículo sobre esta obra— permite, además, que gran parte de la generación de Krauze regrese sin mayores traumas a un viejo amor de juventud, sin rendir las banderas ante el caudillismo.
A lo largo de la historia del pensamiento político latino son muchos los que han defendido la necesidad de redentores para realizar las transformaciones sociales que precisa el continente. La teoría del «gendarme necesario» de Laureano Vallenilla Lanz, apoyada por varios arielistas de la talla de García Calderón y Lugones, fue ampliamente invocada a lo largo del siglo XX para legitimar la acción de caudillos iluminados capaces de mantener el equilibrio entre la fronda aristocrática y el desborde popular. Semejante inclinación, antes que desvanecerse, pervive y cobra auge con la irrupción de eso que algunos politólogos denominan «autoritarismos competitivos», siempre en la estela de las viejas autocracias. La figura del caudillo-redentor está íntimamente ligada a la historia latina y pese a la visión esperanzadora de Krauze, pervive en nuestra cultura política como un pesado yugo difícil de eliminar.
La solución a estos redentorismos, Krauze nos lo recuerda, es la libertad. Es preciso introducir en el diseño de las instituciones los incentivos adecuados capaces de mejorar la cultura política de nuestros pueblos educando en valores democráticos a las nuevas generaciones. Las democracias de calidad y los Estados eficientes (high performance government) solo pueden desarrollarse cuando la libertad se materializa en instituciones impersonales, remedio contra los caudillismos mesiánicos que en su afán de traer orden, provocan dictaduras. He allí un gran reto para Latinoamérica. El libro de Krauze, en este sentido, es un aporte fundamental que exorciza el mito redentormesiánico desde el orbe liberal. En suma, una obra imprescindible para comprender las grandes ideas latinas y los hombres que las pusieron en práctica.
¿Qué imagen de la historia y la cultura de Francia han transmitido los escritores españoles a través de los siglos? ¿Se han dejado llevar de emociones o prejuicios, o bien se muestran racionales, objetivos, dispuestos a reconocer, al margen de crisis coyunturales, los méritos o valores de sus vecinos? Como no podía ser de otro modo, hay opiniones para todos los gustos. Respuestas diversas que alternan unos u otros sentimientos al compás de los avatares históricos en los cuales se vieron, españoles y franceses, involucrados con variada suerte.
Estructura de la obra
Para analizar el tema con la seriedad que merece, el volumen incluye una larga treintena de estudios dedicados a exponer la visión que cronistas, críticos, intelectuales, ensayistas, narradores, novelistas, dramaturgos y poetas españoles han reflejado en sus escritos sobre las relaciones entre Francia y España desde la Alta Edad Media hasta finales del siglo XX.
Se trata en la presente edición de ofrecer la contrapartida al otro volumen anterior, publicado con notables resultados, en el que se recogía lo que pensaron y escribieron los autores franceses sobre España a lo largo de los mismos siglos, de la Edad Media hasta nuestros días.
Se mantienen los criterios de tratamiento científico y rigor documental que dieron excelentes resultados en el volumen anterior y acreditan la alta especialización de los investigadores que han colaborado en el proyecto.
Seleccionan y coordinan los trabajos los profesores Mercè Boixareu, de la UNED, y Robin Lefere, de la Universidad Libre de Bruselas, encargados también de exponer en la presentación las intenciones que guían el proyecto y extraer los resultados en las conclusiones finales como resumen de los diversos aspectos tratados en cada uno de los ensayos.
Para facilitar el estudio de los diversos temas, la obra se divide en grandes apartados que corresponden con las épocas tradicionalmente conocidas como Edad Media (Alta y Baja), siglos de oro español (siglos XVI y XVII) y siglos posteriores, XVIII, XIX y XX
Edad Media
Al abarcar una tan larga extensión temporal, estamos hablando nada menos que de un periodo de seiscientos años, resulta muy difícil establecer unos criterios uniformes para valorar el significado y valor de los textos referencia-dos. Los cantares de gesta, romances, poesías y crónicas, incluyendo los autos sacramentales y églogas de la Edad Media, exigen un tratamiento distinto a las géneros literarios del Siglo de Oro y posteriores, tanto respecto al número y calidad de los documentos como a las formas expresivas y valoración de contenidos.
Por lo que se refiere a romances y baladas de la Edad Media, en los reinos españoles es frecuente reconocer la presencia de Francia de un modo romántico, alejado de la realidad, según confirma la investigadora del CSIC Paloma Díaz Más en las conclusiones de su estudio El romancero viejo y tradicional: «En la balada hispánica, Francia es sobre todo el lugar donde está la corte de Carlomagno y sus caballeros, una construcción imaginaria que se presenta como paradigma de la vida cortesana y caballeresca […] La historia de Francia en el romancero viejo y tradicional es, sobre todo, la leyenda de Francia como un lugar literario, más que real».
Siglos de Oro
Esta relación entre la historia real, la imaginación popular o, en su caso, los prejuicios, animosidades y rencores, más o menos justificados, se van a reproducir a lo largo de los siglos en distintas versiones y formas expresivas.
La parte dedicada a los siglos de oro, XVI y XVII, muestra la mayor intensidad y volumen de los testimonios de autores españoles en los que el tema de las relaciones con Francia ocupan lugar destacado.
Opiniones que son fiel reflejo de los acontecimientos de una época marcada por la máxima rivalidad entre los dos pueblos vecinos. Ya a finales del siglo anterior, durante el reinado de los Reyes Católicos en España y de Carlos VIII y Luis XII en Francia, de los desacuerdos se pasa a las tensiones diplomáticas y al final las diferencias se trasladan a los campos de batalla, tanto en la propia Francia(El Rosellón y Cerdaña) como en Italia(Nápoles).
La difusión de la imprenta permite los primeros atisbos de una prensa incipiente que en Europa suelen conocerse como «Gacetas» mientras en España predomina el nombre «Relaciones». En ellas se recoge una versión popular de las testimonios sobre Francia, en las que las invectivas alternan con fases menos hostiles e, incluso, favorables cuando los intereses de Francia coinciden con los de España.
Se ocupa del tema el profesor Henry Ettinghausen, de la universidad de Southampton, que reproduce el texto de una de estas relaciones, dedicada a elogiar al rey Luis XIII en su lucha contra los herejes: «El valiente rey Luis / fuerte Aquiles de la Iglesia / el más famoso guerrero que se conoce en la tierra / cuyas hazañas insignes / dignas de memoria eterna…».
Elogios que se vuelven amargas críticas de Quevedo en su famosa carta al serenísimo rey Luis XIII, cuyos fragmentos comenta la profesora M.ª Soledad Arredondo (Universidad Complutense, Madrid): «La guerra tan injusta que Francia hace hoy a toda la cristiandad en esta monarquía, más con cizaña que con valor ni valentía…».
Las diferencias entre las dos coronas se contemplan con mayor objetividad y prudencia en los escritos del padre Feijoo, ya en la transición entre los siglos XVII y XVIII, quizá por tratarse de obras de contenido más histórico y riguroso que emocional y literario.
Tanto en su tratado Defensa de las mujeres, donde se ensalza a destacadas figuras femeninas de Francia (santa Juana de Arco y Catalina de Médicis), como en el extenso Teatro crítico, Feijoo modera las expresiones pasionales de otros autores, al atribuir la enemistad entre franceses y españoles más a las rivalidades personales entre los monarcas o al choque de los intereses de las dos coronas, que a verdadero odio entre los respectivos pueblos.
Así lo reconoce el profesor François Étienvre, de la Universidad de París III, Sorbonne Nouvelle, al citar un texto significativo de Feijoo en relación a los conflictos del pasado: «Esta ojeriza nace de los daños que mutuamente se han hecho en varias guerras y las guerras de las opuestas pretensiones de los príncipes».
Moderación que no impide a Feijoo, como también consigna Étienvre, recordar el dolor y escándalo que despertaron en España y otras naciones católicas de Europa las alianzas de Francia con los príncipes protestantes de Alemania y sobre todo con los turcos, a los que se permitió refugiarse en puertos franceses del Mediterráneo tras sus correrías y pillajes en las costas levantinas.
Siglos XVIII, XIX y XX
La actitud de los escritores españoles hacia Francia, siempre influenciados por las circunstancias históricas del momento, muestran un significativo cambio de sentido durante el siglo XVIII, al sustituir la rama francesa de la casa de Borbón a la de Austria en el trono de España. La pausa de bonanza en las relaciones hispanofrancesas, que se prolongará hasta finales del XVIII, con la Revolución que acabará con la vida de Luis XVI y María Antonieta, drama que se percibe como una amenaza para la monarquía española.
Relaciones que se enturbian de nuevo y con mayor intensidad en las diversas capas de la sociedad tras la invasión napoleónica y el levantamiento patriótico iniciado en Madrid el 2 de mayo de 1808.
Pasquines, panfletos, odas burlescas de variado pelaje, entremeses y piezas teatrales se convierten en instrumentos de propaganda destinados a movilizar la causa nacional y dar ánimos a los combatientes en su feroz lucha por la independencia.
La profesora Ana M.ª Freire López, de la UNED, resalta el valor testimonial de los numerosos documentos de la época que se conservan y que, sin acreditar una depurada calidad literaria sí expresan el sentir del pueblo que se enfrenta al poderoso ejército de Napoleón en inferioridad de condiciones.
Los avatares de la política del rey Fernando VII, con sus posteriores guerras civiles, convierten a Francia en el «Eje del mal» para los carlistas y en el «refugio salvador» para los exiliados liberales que ensalzan en sus escritos las glorias de la patria de la Cultura, la Libertad y el Progreso. París se convierte en la capital bienhechora que acoge a la destronada Isabel II y contempla la vuelta de su hijo Alfonso al restablecer la dinastía de los Borbones en España.
Durante el siglo XX las relaciones y actitudes de nuestros historiadores escritores ensayistas y narradores se mantiene fiel a las buenas o malas relaciones entre los dos países.
Malas, en cuanto se refiere a las rivalidades en las zonas de influencia en el norte de África, a la falta de apoyo militar español a Francia en la Primera Guerra Mundial y a la neutralidad francesa en la guerra civil española, remisa en acudir en ayuda de la República. Tensiones renovadas en la posguerra mundial y en la Transición democrática al no colaborar con las autoridades españolas en la lucha contra ETA.
Buenas, en los últimos años, con la esperanza de que se mantengan, al llegar a sólidos acuerdos para combatir el terrorismo y establecer unas excelentes relaciones comerciales en el marco de la Unión Europea.

Desde que el cambio tecnológico comenzó a adquirir el fuerte ritmo característico de la sociedad contemporánea han sido muchos los autores que han advertido sobre su condición de arma de doble filo. José Ortega y Gasset y Arthur C. Clarke afirmaron, cada uno a su manera, que la tecnología resolvía unos problemas, pero generaba otros, quizá mayores. Así, desde los albores de la era digital han menudeado los análisis sobre el riesgo de incurrir en el grave error de confundir el crecimiento de la información con el avance del conocimiento, no digamos con la sabiduría.
La ubicua propaganda de la tecnología de uso general, que ha alcanzado con las loas a Steve Jobs tras su reciente muerte, caracteres de tipo cuasi religioso, no cesa de insistir en que vivimos en un mundo nuevo, más ilustrado, más racional, más lógico y que las tecnologías nos hacen mejores y más humanos, de manera que hay que consumirlas sin cesar. Hay una beatería de lo tecnológico que se nutre de intereses mercantiles muy obvios, pero no por ello deja de ser cierto que las facilidades de todo tipo en la comunicación y en el manejo de las informaciones están dando paso a un mundo realmente distinto de cualquier otro del pasado, aunque este tipo de constatación constituya un diagnóstico que podríamos encontrar hasta en la Política de Aristóteles.
Toda exageración crea una necesidad de antídotos, y así, desde el punto de vista intelectual y académico, se nos enfrenta con un tema que se presta a las exageraciones, a la bipolaridad, a un cierto maniqueísmo que se expresó muy bien en libros, ya relativamente añejos, como el de James Surowiecki y el de Andrew Keen, a los que ya nos hemos referido en alguna ocasión en estas mismas páginas. Estamos, pues, ante una situación que se presta a que, del mismo modo que hay una beatería tecnológica, haya una especie de tartufismo de los que se suponen especialmente cultos y que consideran no basta disentir de la primera especie de bobería, sino que resulta necesario y elegante denunciar a la tecnología misma como una mala cosa, como causa de ignorancias y yerros de todo tipo.
El libro que han editado Gonçal Mayos y Antoni Brey, cuyo título trata de poner en solfa la supuesta ilustración de la llamada sociedad de la información, está compuesto por análisis plurales y cuidadosos, pero se inscribe en la tendencia a poner críticamente en evidencia aquellos aspectos negativos del desarrollo tecnológico que una presión insistente y poderosa pretende que pasen inadvertidos tras un balance globalmente positivo del desarrollo de nuestras sociedades.
El prólogo de Gonçal Mayos sitúa el problema en la dicotomía que se crea entre la rapidez del desarrollo tecnológico y cultural y el aparente estancamiento de la evolución biológica, lo que nos lleva a un escenario en el que, literalmente, podríamos llegar a no ser biológicamente capaces de saber qué hacer con el gigantesco volumen de informaciones que recibimos. En más de un aspecto, este problema puede considerarse ya viejo, es muy anterior a la revolución digital; a mediados del siglo pasado, el gran matemático hungaro-norteamericano Stanislaw Ulam estimó en cientos de miles el número de nuevos teoremas matemáticos que se publican cada año, cifra que seguramente no ha dejado de crecer, pese a lo cual la ciencia matemática no parece haber colapsado. Además de esta preocupación por la superabundancia de información, es obvio que, en el mundo práctico, la innovación tecnológica produce algunos desgarros, entre otros, por ejemplo, que las generaciones de mayor edad pueden quedar atrasadas, pero eso es también algo que viene sucediendo desde hace mucho. Lo mismo cabría decir del argumento de que el desarrollo tecnológico genera desempleo, un diagnóstico que tampoco se ha dicho ahora por primera vez, precisamente.
Detrás de algunos de los análisis de este libro hay algo más que un recuerdo, que no siempre se hace explícito, de algunas de las tesis orteguianas de los años treinta, como, por ejemplo, la idea de barbarie del espacialismo, o el temor a que se produzca una ignorancia creciente en el hombre masa. Es casi inevitable que esto sea así, si se parte de que existe una desproporción cada vez mayor entre la capacidad colectiva de generar conocimiento y la capacidad individual de asimilarlo, lo que olvida seguramente algunos procesos complejos y poco conocidos que ocurren al tiempo y que hacen que, al menos hasta ahora, nuestras sociedades se las hayan arreglado relativamente bien para no sucumbir a manos de profecías de este tipo. No parece obligado asentir a la idea de que el creciente desarrollo tecnológico y el fortísimo incremento de la información disponible nos vayan a condenar de manera inapelable a caer en una «sociedad de la ignorancia o de la incultura».
El artículo de Daniel Innerarity, muy breve, es, seguramente, el más incisivo. Pone de manifiesto que estamos ante una situación en que la sociedad del conocimiento ha transformado de manera radical nuestra idea de saber y que sus progresos se traducen, más que por un incremento del conocimiento efectivo, en una progresiva conciencia de la necesidad de gestionar el desconocimiento, de aprender a convivir con la inseguridad, el riesgo y la incertidumbre. Sabemos, por ejemplo, mucho más del clima o del funcionamiento de los mercados, pero ello no se traduce en que podamos sentirnos más seguros, sino, únicamente, más ciertos de nuestra inseguridad, más proclives a adoptar principios como el de precaución, porque el progreso de la sociedad del conocimiento ha acabado por completo con la idea de la autoridad del conocimiento. Como es lógico, esta nueva atmósfera intelectual tiene unas hondas implicaciones en el desarrollo de la política porque nos movemos inevitablemente en un entorno sin límites precisos, en que todo resulta, a medida que más se sabe, más incierto y borroso. Como dice Innerarity, no se trata de que debamos progresar en una especie de humildad kantiana, sino de que hemos de enfrentarnos con el hecho positivo del no saber, con el riesgo de equivocarnos de medio a medio. Este análisis de Innerarity va mucho más allá del maniqueísmo condenatorio de la informática, o de la debelación del perverso liberalismo economicista al que sí tienden algunos otros discursos que se han incluido en este volumen.
Muy probablemente, la mejor lectura del conjunto del libro es la que nos permite comprender que estamos ante una especie de enorme paradoja, porque crece de manera continuada la información, el conocimiento científico y la sofisticación tecnológica, sin que eso se traduzca indiscutiblemente en una población más culta y mejor, de manera que este desfase nos obligará, más pronto que tarde, a repensar el funcionamiento de algunas instituciones, como la educación, y a poner en marcha formas hasta ahora desconocidas de intermediación social que eviten que el desarrollo tecnológico genere nuevas hornadas de analfabetos funcionales, un temor que Ortega describió con bastante precisión en los años treinta, cuando aún nadie, o casi nadie con la posible excepción de H. G. Wells, soñaba con el advenimiento de dispositivos que permitiesen tratar la información disponible con la celeridad y precisión con que ahora lo hacemos.
Los autores de este libro mantienen una preocupación común, pero sus análisis no son convergentes, lo que hace que su lectura resulte más atractiva. Los lenguajes que emplean no son siempre conmensurables porque, al fin y al cabo, se enfrentan a problemas que siguen siendo muy distintos aunque un editor les haya puesto un marbete común. Algunos de los capítulos del libro son más descriptivos, como el de Brey, otros más políticos, como el de Subirats, otros más filosóficos, como el de Innerarity, el de Joan Campás Montaner, o los del propio Mayos, pero todos ellos aportan una perspectiva crítica frente a la excesiva complacencia de los tecnófilos. Mayos cierra el volumen con una análisis de las relaciones entre el clima de la posmodernidad y las condiciones que han hecho posible la sociedad de consumo o, como lo llamó Debord, la sociedad del espectáculo, esa sociedad en que toda posibilidad ha de ser inmediatamente puesta en práctica, al menos de manera simbólica. No se le escapan los riesgos que este tipo de fenómenos plantean a la posibilidad y al sentido mismo de las democracias, de manera que le parece que estas han de afrontar un reto nuevo, la evitación de la incultura. Es difícil no estar de acuerdo con los remedios que habría que poner en práctica para librarse de estos males, aunque no sea tan fácil asentir al análisis causal que, en ocasiones, podría dar la impresión de estar, en parte al menos, afectado por aquello que critica.
El libro constituye, en cualquier caso, una aportación interesante a uno de esos debates que deberían tener más presencia social, pero nuestra sociedad no cae demasiado en la cuenta de este tipo de problemas, y, de nuevo, me parece que no se trata de un defecto reciente. El libro está editado de manera fácil para el editor pero incómoda para el lector, con las notas al final y sin una serie de índices que, en un libro como este, deberían facilitar la consulta posterior a la lectura. Es una pena que no se cuiden más estos aspectos que pueden resolverse con cierta facilidad hoy en día y que, cuando se descuidan, dan la impresión de que hay mayor interés en sacar el libro que en facilitar una lectura atenta, crítica y reflexiva de lo que se ha escrito.