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Antxón Sarasqueta: Somos información. La nueva ciencia de lo intangible

EUNSA, Pamplona, 2012, 160 págs., 12 euros.

La editorial EUNSA acaba de sacar en su colección Astrolabio el último libro de Antxón Sarasqueta, titulado Somos Información, en el que el autor acumula a partes iguales imaginación y conocimientos; intuiciones y experiencias, para llevarnos hasta las mismas orillas del pasado en las que termina todo lo viejo y se distingue ya un nuevo panorama capaz de prepararnos un final feliz, siempre que seamos capaces de interpretarlo.

En veintidós capítulos que no ocupan más de 155 páginas, Sarasqueta va proponiendo con certeros aldabonazos uno de los panoramas más contundentes, lúcidos y sugerentes de los que se han hecho últimamente referidos a la «sociedad de la información». Denominación que por cierto, si no lo remediamos, pronto quedará obsoleta sin haber logrado ni una mínima parte de lo que nos proponía hace ya más de treinta años. Desde luego, de la llamada «sociedad del conocimiento» que se nos prometía como consecuencia de la implantación de la primera, no se vislumbra el más ligero rastro. Y es que, como muy bien insinúa el autor del ensayo que comentamos, es preciso adentrar-se en una nueva ciencia, en una nueva epistemología, en la de la información, y lograr con sus conocimientos aplicados una auténtica «nueva tecnología», haciendo posible el milagro de tangibilizar los intangibles.

Me resulta extraordinariamente cercana la tesis de Antxón Sarasqueta y alguna que otra conversación sobre el particular hemos mantenido ambos, pero tengo que reconocer que desde aquel artículo que tuve la oportunidad de publicar en la revista Telos hace más de veinte años titulado: «¿Nuevas tecnologías o nuevas ciencias?», no he tenido hasta ahora, leyendo su lúcida reflexión, la reconfortante sensación de tener razón. Se sigue y se seguirá hablando de tecnologías de la información sin ningún fundamento, si previamente no se reconoce la existencia de la ciencia de la información.

Esa sociedad de la información se basa hoy por hoy exclusivamente en una tecnología de ciencias diferentes a la información, de conocimientos ajenos a la información, de la física, la informática, la matemática…; por tanto, la tecnología no está siendo de la información sino para la información. Sin embargo, Sarasqueta reconoce desde el principio de su obra que «la información será la ciencia de las ciencias» (pág. 36), lo que la coloca en el lugar que tuvo tradicionalmente la filosofía, ciencia que hoy por cierto se encuentra perdida en el laberinto de la especialización y lamentablemente no ofrece la necesaria coherencia ni favorece síntesis cultural alguna.

A lo largo de toda la obra, el autor se va recreando en sucesivas aportaciones, uniendo en un perfecto tejido sus experiencias profesionales, sus investigaciones, sus reflexiones y sus aportaciones intelectuales y materiales, siempre en la dirección de hacer posible la medida de la información y sus consecuencias. Capítulos con títulos tan sugestivos como «El futuro es un intangible que cotiza en bolsa», «La nueva ciencia de lo intangible», «La amenaza de la desinformación», «Pensar en lo que hace pensar», «Anticipe el futuro y lo cambiará», «Controlados por la información que gestionamos», «El valor oculto de la información», «La variante invariable», «El nuevo cerebro» o «El nuevo ser intelectual», nos permiten entrar en la mente y en el sentimiento del autor, concluyendo con el título de su capítulo diecisiete, que a su vez da título a toda la obra: «El universo cabe en un mensaje: somos información».

Pero cuando el libro alcanza su plenitud y por tanto ofrece perspectivas más profundas e innovadoras es cuando el autor se pregunta si esa sociedad en la que todo vale igual, en la que la información de unos y otros se considera idéntica, en la que aparentemente todo el conocimiento está a disposición de cualquiera, terminará por imponer el relativismo moral y dejarán de tener vigor los valores morales. Entonces viene la mayor advertencia, porque aunque resulte paradójico, como dice en la página 47, «la principal amenaza de la sociedad de la información es la desinformación».

Ahora bien, la desinformación puede ser voluntaria o involuntaria, en cualquiera de los dos casos la consecuencia puede resultar igual de negativa para el receptor, lo importante es no dejarse deslumbrar por la información en sí, sin una correcta interpretación, por eso resulta tan necesaria una adecuada materialización y valoración del mayor y más importante intangible de nuestro siglo, la información, para lograr una comunicación eficaz, de manera que la imagen que obtengamos de acontecimientos, instituciones o verdades sea nítida, fiable y rigurosa. Así, la imagen no será más que el reflejo de la realidad, no un maquillaje artificial para lograr transmitir a toda costa una determinada sensación, porque la imagen no se crea ni se destruye, solo se transmite, y se proyecta sobre el futuro.

Una de las claves que maneja el autor del libro es precisamente la de la necesidad de definir una interfase compleja de dos universos, el ser vivo y la electrónica, la fusión en el ciberespacio de estos dos universos la definió Sarasqueta hace tiempo como «neuroelectrónica», y se abre con ella el itinerario hacia un nuevo ser dominado y sometido necesariamente por la inteligencia y la voluntad humana. De esta manera, las informaciones tendrán siempre el valor que esa inteligencia y esa voluntad sean capaces de darle. Más adelante, la obra ofrece las perspectivas infométricas que el autor ha ido desarrollando a lo largo de su vida profesional, el sistema VAC (Media Value System). Porque el reconocimiento de la intangibilidad de la información no debe hacernos renunciar a su carácter material, de ahí el nuevo concepto acuñado también por Sarasqueta de «infomateria», haciendo posible entonces que la información pueda ser tratada como un sistema. «Lo que permite programar la información precisamente es que siendo un intangible, es un sistema» (pág. 37), por eso podría ser posible tangibilizar los intangibles que contiene la información. Ya en 1977 el autor y sus colaboradores tuvieron la oportunidad de experimentar un programa real denominado «Aldea Digital», que llegaría a implantarse en 2.500 escuelas rurales españolas. En este programa, el lenguaje simbólico-matemático permitió proyectar la evolución de un mensaje antes de ser emitido, por las variables que se computaron en su programa informático. Todas estas experiencias le permitieron publicar en 2002 su obra Kubernésis; la máquina del conocimiento.

Pero para el autor, la información, no es un sistema neutro, sino «un sistema de valores» (pág. 78) en el que la transparencia opera a favor de la verdad, el único riesgo aquí estriba en conseguir o no la adecuada contextualización, y no confundir verdades parciales en verdades absolutas. En ese sentido la subjetividad puede operar de un modo completamente artero, proponiendo aquella parte de la verdad que interese exclusivamente al emisor del mensaje, con apariencia de objetividad, de transparencia, y por lo tanto de verdad.

De todo esto se desprende la necesidad cada vez más urgente de garantizar el uso profesional de la información, admitiendo la necesidad de diferenciar la libertad como punto de partida, de la libertad como punto de llegada, porque es indiscutible que un sistema de información hoy no puede iniciarse sin libertad total, con todas y cada una de las libertades garantizadas, pero no podemos dar por finalizado el proceso con el conjunto de las opiniones libres, es preciso saber orientarlo, saber contextualizarlo y saber interpretarlo, para conseguir los fines que nos hayamos propuesto como sociedad.

Estamos hablando ni más ni menos que de lo que he denominado «gestión social del conocimiento» para identificar la intervención de profesionales libres, responsables y éticos, capaces de transitar desde la sociedad de la información a la sociedad del conocimiento, pasando necesariamente por una sociedad de la comunicación de la que nadie se atreve a hablar pero que no es, ni más ni menos, que esa nueva tecnología, la tangibilidad de la información como intangible.

Si no hay una gestión social del conocimiento a favor de todos a través del periodismo como profesión, otros harán que la haya por otras vías a favor de algunos, de ahí que a todas la brillantes denominaciones que Sarasqueta nos ofrece a través de la obra que estamos comentando, añadamos nosotros ahora una acuñada por el actual Papa, Benedicto XVI, la de «infoética». Y de igual modo que para poder aceptar el concepto de «bioética» hay que partir de una determinada concepción de la biología al servicio del hombre interpretada cabalmente por una profesionalidad con su propia deontología, para poder aceptar la infoética es preciso aceptar precisamente que la información no es algo mostrenco, neutro, indiferente e intangible, sino que se puede establecer como un sistema, pero como muy bien nos dice el autor, «un sistema de valores», con un marcado carácter teleológico cuya orientación la marquen exclusivamente aquellos profesionales que lo hagan a favor de todos. Solo de esta manera se podría aceptar que la nueva ciencia de lo intangible pudiera dar lugar a una nueva tecnología de lo tangible.

Cualquier otra posibilidad nos puede colocar en riesgos graves de manipulación perversa en un momento en el que ya nada va a ser igual, en el que, como nos dice el autor, «los sistemas tradicionales de organización, producción y burocracia chocan con el futuro» (pág. 139). Adentrarnos en ese futuro sin las correspondientes precauciones, entrar en la sociedad del conocimiento sin los adecuados instrumentos y los adecuados guías, puede resultar suicida.

Manuel García Morente: Símbolos del pensador. Filosofía y Pedagogía

Ediciones Encuentro, Madrid, 2012, 59 págs., 10 euros.

Va de año en año aumentando la talla intelectual y moral de Manuel García Morente, opacada en parte por la figura abarcante de Ortega, en parte por nuestra natural tendencia —así estamos— a desmerecer nuestros mejores acervos, en parte, también, por el vivir a espaldas del pensamiento que explica tantas cosas de nuestro malestar. A tal acrecentamiento de nuestro pensador jienense contribuyó sin duda la paciente edición de sus Obras completas en 1997 a cargo de Juan Miguel Palacios y Rogelio Rovira, que se dejaron en la empresa tanta ilusión como esfuerzos robados al sueño.

Y buena prueba de la conveniencia de acudir a Morente y sus honduras luminosas es esta obrita editada en la ya imprescindible colección Opuscula philosophica de Encuentro, que rescata un breve pero intenso ensayo morenteano de 1931. Mas el libro en su prodigalidad nos regala además gratísima propina. A modo de contrapunto, contiene un ensayo ex profeso de Juan José García Norro —profesor actual de Metafísica en la que fue venerable Facultad de Filosofía de la Universidad Central— en el que da réplica con fina inteligencia y socrática ironía a las tesis de su admirado maestro sobre el tema en torno. Como si este diálogo filosófico, con sus idas y venidas, descubrimientos y titubeos, hallazgos de verdades y atención a las cosas, procurando como Platón «salvar las apariencias», se produjera por entre los pasillos azulejados de aquella facultad cuya altura tanto labró su primer rector, no otro que García Morente. Es decir, como si García Norro viviese en verdad y última instancia en conversación con los difuntos y escuchara con los ojos a los muertos egregios, que bien parecen estar muy vivos para quien quiera atenderlos.

El tema objeto de las indagaciones del pensador jienense y del profesor madrileño es ciertamente estupendo y nada baladí: ¿Qué icono —sea escultura o cuadro— simboliza mejor el acto de pensar, el filosofar mismo? Hay fundadas sospechas que tema tan grave ocupase alguna de las tertulias de Ortega en aquel pórtico ateniense que fue la redacción de Revista de Occidente a partir de 1923. Sabido es que Ortega desechó de un plumazo El pensador de Rodin y, de paso, Il penseroso de Miguel Ángel, para quedarse a cambio con el soberbio San Idelfonso del Greco. Pero en realidad, Ortega, urgido por otras menesterosidades, no dedicó a la cuestión la morosidad que requería el tema.

Dejado al vuelo el tema, García Morente sí lo recogió con la parsimonia precisa poco más tarde. Y comulga con su maestro en no aceptar como símbolo del filosofar la escultura maestra rodineana, pero dando esta vez cuenta y razón de su rechazo merced a una distinción formidable que introduce: la que media entre inteligencia y pensamiento. La inteligencia surge ante un problema y se orienta a la acción. El pensamiento mana de la admiración y se dirige cordialmente no a la acción sino a la especulación sobre la verdad de las cosas, en su concreción íntima. Lo primero —la inteligencia— lo representa El pensador, tan presto a la acción, mas no lo segundo.

Por eso tampoco Il penseroso, en su vago mirar de ensueño y rememoraciones, acierta a reflejar qué sea eso que llamamos desde hace veinticinco siglos filosofar. Y es que, para mayor abundamiento, falta otro requisito fundamental a tan soberbias esculturas: la alteridad propia del diálogo filosófico. Ese «pensar con otros» que vemos en la actividad socrática y, a poco que nos fijemos, en todos los grandes maestros de la filosofía. Por eso acierta a decir el pensador jienense que la filosofía es al mismo tiempo pedagogía, y que el filósofo, tan pronto como quiere expresarse, se convierte justamente en pedagogo. Así las cosas, ¿dónde encontrar, pues, la escultura que ilustre tan peculiar actividad especulativa dialógica y pedagógica a un tiempo? El magnífico rector de la Central cree hallarla en El doncel de Sigüenza, en esa callada conversación entre el caballero y el libro —si no siempre entendido siempre abierto—, aduciendo para ello muy serias razones en una digresión filosófica tan espléndida que nos deja, como concluye Morente, «un sabor inolvidable de eternidad» como regusto del genuino filosofar.

Y en este iter recorrido por Morente en busca de la iconografía del pensamiento, va a salir cordialmente al paso su discípulo García Norro para confrontar con él sus tesis e hipótesis, al modo peripatético. En muchas cosas está de acuerdo con su maestro. Pero no le satisface del todo la elección final de El doncel de Sigüenza. No cree García Norro, y le asiste mucha razón, que cumpla cabalmente los requisitos establecidos por el propio Morente. Y propone a cambio dos sugerentes obras de arte, que sí los cumplirían y salvarían las apariencias de la ardua cuestión suscitada. Se las reservo al lector para no malgastar su curiosidad. Una de ellas, la definitiva, es escultura ciertamente moderna y original y revela todo el ingenio y la pulcra inteligencia de García Norro. Pero también su socrática ironía en ese diálogo ciertamente real con su desaparecido maestro, ahora interlocutor presente. Las eternidades se van, según parece, así encadenando.

Y como estas no acaban, me permito apuntar que la elección última del actual profesor de Metafísica me deja un algo de perplejidades. Me gustaría poder exponerlas pero como en ciertos diálogos platónicos, en el pórtico cae ya la noche y los pedagogos anuncian el fin de las disquisiciones. Todo sea quedar un día con nuestro autor en algún banco de la vieja facultad y mostrarle tal o cual presunta objeción. Para que sigan brotando en la amigable conversación esa suerte de «pensamientos cuya gran dulzura probara que habían nacido para ser inmortales», según el verso incomparable de Wordsworth que significa otra manera de anticipar eternidades.

Cómo crear una campaña electoral de éxito. Guía para la gestión integral de campañas electorales

La literatura que analiza las campañas electorales ha crecido exponencialmente a lo largo de las últimas décadas. Desde académicos vinculados al public management hasta expertos en comunicación política, pasando por consultores y protagonistas del propio proceso, todos, de alguna forma, aportan con su experiencia y conocimientos el depósito (cada vez más amplio) de la dialéctica electoral. La profesionalización de la política (Manuel Alcántara acaba de publicar un libro importante sobre el oficio del político desde una postura abiertamente izquierdista) es una realidad innegable y las elites en el poder, cada vez de manera más consciente, apuestan por una suerte de neopositivismo público, intentando dilucidar leyes científicas y apotegmas técnicos capaces de asegurar una victoria clara sobre el oponente.

En este sentido, el libro de Eduardo Baeza Pérez-Fontán, miembro del Gabinete Ejecutivo de Presidencia del Partido Popular, sintetiza lo mejor de estos esfuerzos multidisciplinares. La obra, prologada por dos políticos en activo (Jorge Moragas y José Bono, lo que demuestra su eminente enfoque práctico) también está dotada de un singular marco académico, fruto de la participación del autor en el Máster en Administraciones Públicas de Harvard School of Government y de su desempeño como Course Assistant de la asignatura de Dirección de Campañas Electorales en el departamento de Public Leadership que dirige el prestigioso consultor Steve Jarding.

Esta doble vertiente (de praxis razonada) se manifiesta en la intención del autor: «la presente guía aspira a convertirse en el libro de cabecera de todo ciudadano que pretenda presentarse a unas elecciones en España y desee triunfar en un campo cada vez más dinámico y competitivo, con más ciencia y tecnología». En tal sentido, la obra cumple con creces en analizar el lado práctico del poder, en su concepción primigenia, esto es, en el origen de la potestas democrática: la campaña electoral. En efecto, la campaña electoral, objeto de estudio, adquiere relevancia propia, y no le falta razón a José Bono, uno de los prologuistas del libro, cuando afirma que, de ser un arte (ars aspergendi), la técnica del político en campaña se aproxima al oficio del ingeniero, porque aspira a solucionar los problemas con la mayor eficacia y el menor coste posible.

El arte convertido en técnica (oficio del político) es di-seccionado por el autor en su aproximación de primera mano a la palestra electoral. El análisis, cabe resaltar, se plasma en un esquema sólido en el que se abordan tópicos fundamentales, como el de la consultoría política (Capítulo I), la planificación de una campaña electoral (Capítulo II), la conformación del gabinete ejecutivo del candidato (Capítulo III), un análisis sobre el marco de las donaciones a los partidos políticos en España (Capitulo IV), el presupuesto de campaña (Capítulo V), un análisis práctico sobre la ley electoral española (Capítulo VI), la forma en que se crea y posiciona una marca política ganadora (Capítulo VII), la preparación y exposición del candidato (Capítulo VIII), el mensaje de la candidatura (Capítulo IX), las técnicas de segmentación y targeting electoral (Capítulo X), las intervenciones públicas del candidato (Capítulo XI), la estrategia de comunicación digital (Capítulo XII) y, last but no least, como ejemplo material de todo lo expuesto, la campaña on line de Mariano Rajoy en las elecciones generales de 2011, que el autor lideró y diseñó con evidente éxito.

El proceso de sofisticación de la contienda electoral política, tanto en términos cualitativos como cuantitativos, se ve reflejado en la complejidad de los temas expuestos por Baeza Pérez-Fontán. Son temas que, derivados de varias ciencias empíricas, demuestran su plena actualidad y pertinencia en el mundo de la política posmoderna, tan mediatizada por las nuevas tecnologías y el marketing y la comunicación. El enfoque multidisciplinar que caracteriza a Cómo crear una campaña electoral de éxito aspira a entender las aptitudes del candidato, las necesidades del electorado y «las emociones de los votantes». Los ejemplos de campañas globales, el análisis riguroso de los combates políticos en España y los episodios y anécdotas pedagógicas que se narran en la obra, con un lenguaje accesible, hacen de este libro un referente de primer orden para todos aquellos políticos, directores de campaña, candidatos, analistas y militantes que deseen profundizar en el proceloso mundo del poder en movimiento.

El mundo, a pesar de todo, gira enamorado

“El mundo gira enamorado”
(Victor Frankl)

Un café de Madrid. Les quedaba a mano, a unos pocos pasos de donde se ha producido el reencuentro. Llovía fuera y, desde dentro, desde esta parte del cristal, las gotas escurridas parecen lágrimas. Lágrimas por los dos, y por los trenes parados, y por los barcos que no llegan, y por los titulares que se quejan de esa fórmula hueca que una y otra vez yerra.

Una mesa, dos cafés. Veinticuatro años son suficientes para ahondar los surcos de una tierra reseca. La ausencia de agua se aprecia en la falta de brillo de los ojos. Pero ahora, por unos momentos, olvidan las sequías que vinieron después de los primeros años de actividad febril e ilusionada: los años en los que, lejos ya uno de otro, jugaron a dibujar en un papel dos mapas del mundo a la medida de cada cartógrafo.

Olvidan las sequías. Reviven los años en que ambos compartían la mirada y el asombro, el riesgo de vivir y la esperanza fresca. Las manos sobre la mesa -las de ella inquietas- se rozan casi. El beso anhela.

Fuera, se desmoronan los edificios y las calzadas se agrietan. Semáforos turbados no saben ya de qué color ponerse. El tráfico es un caos. Los viandantes huyen. Y sé, como un relámpago, que si ese beso anhelante no se sella, si esas manos ansiosas no se rozan, los números febriles les llevarán corriente abajo, y se despeñarán con fuerza.

Fuera, otros labios se besan, otros ojos se miran, otras manos se entregan. Son labios tiernos, ojos inquietos, manos ilusionadas. Ella es lirio y clavel, él musgo o hiedra. Caen los ladrillos a su alrededor, y los aviones. Pero no les alcanzan. El mundo vuelve a girar. Gira, por fin, enamorado.

Vaclav Havel y el momento actual de España (con apéndice)

No hace mucho, me demoré en saborear unas palabras de Vaclav Havel, presidente de una Checoslovaquia liberada tras la caída del telón de acero. Hoy me parecen de lo más actuales, cuando España se debate sin saber qué camino tomar. Las copio:

“… sueño con una república independiente, libre y democrática, una república económicamente próspera y, no obstante, socialmente justa. En pocas palabras, una república humana que sirva al individuo y que, por tanto, albergue la esperanza de que el individuo la sirva a ella a su vez. Una república de personas enteras, porque sin ellas es imposible solucionar ninguno de nuestros problemas, ya sean humanos, económicos, medioambientales, sociales o políticos”.

Apéndice:

Se me viene a la memoria una canción que cantaba Merecedes Sosa. La letra, casi ya al final, decía:

“Merecer la vida / es erguirse vertical más allá del mal de las caídas./ Es igual que darle a la verdad/ y a nuestra propia libertad la bienvenida”.

Quizás la haya recordado por la referencia de Vaclav Havel a esas “personas enteras”, justas, dignas. Porque, como decía también la letra de la canción: “no es lo mismo que vivir honrar la vida”.

Dolor, barbarie

Me sorprende la red con las noticias del atentado en Brindisi. De momento, ha fallecido una joven, y otras tres se encuentran en grave estado. Las sospechas apuntaban al principio hacia la mafia; ahora, a un hombre enojado con el mundo.

No me puedo explicar un odio tan grande como para que alguien asesine a nuestros hijos. Hijos a los que, en la mayoría de los casos, no les ha dado tiempo a ser culpables de nada ante la sociedad. Hijos inocentes. A veces niños. El recuerdo doloroso de los horribles atentados de Noruega y los más recientes de Francia nos asaltan. Y los de la infancia víctima de los conflictos que asolan el mundo, y de la explotación en trabajos de muerte o en las redes de la prostitución.

Maldita sea la avaricia, malditos el odio y el agoísmo, y los inteseres económicos o políticos que nos ahogan con la sangre de los inocentes.

En medio del vértigo provocado por tragedias como la que hoy nos sacude, seguimos clamando por el respeto sagrado a la vida humana en todas las etapas de la vida, desde que es concebida hasta que da el salto a la eternidad. Mientras, solo nos queda compartir el dolor de unas familias que de manera bárbara y criminal se han visto privadas del rostro alegre del ser que más aman.

España, entre el poder y la debilidad

El declive del poder español es un proceso íntimamente ligado a su modelo estatal (el del ogro filantrópico) y a la estrategia que España ha empleado para hacer valer sus intereses en el nuevo orden global. Hace diez años, durante el aznarismo, el prestigio de España se acrecentó de manera notable, en función a la expansión económica (gran parte de ella gracias al desembarco en Latinoamérica) y a un conato de entente cordiale con Estados Unidos y sus potencias aliadas. Basándose en premisas ideológicas, el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero desmontó dicha relación incipiente, apostando por el euro-radicalismo y la ensoñación diplomática de la alianza de las civilizaciones. Se construyó así una estrategia a lo “cúpula de Barceló” centrada en lo contingente antes que en lo esencial, una postura decorativa e irreal, utópica, alejada de los imperativos geopolíticos y las necesidades geoeconómicas.

El poder y la debilidad de un país se traducen en hechos concretos y se materializan en un espacio-tiempo histórico. Lo de YPF en la Argentina de Cristina Kirchner y lo que acaba de pasar con Red Eléctrica en Bolivia son ejemplos patentes de la debilidad de España en sus relaciones internacionales, una debilidad aprovechada por países con una concepción menos idealista del escenario multilateral. Países dispuestos a hacer valer sus intereses violentando la seguridad jurídica, seguros del respaldo de su frente interno. La debilidad de España es manifiesta y contrasta con la apuesta de un sector de políticos y empresarios peninsulares por una serie de regímenes populistas caracterizados por la precariedad institucional. Las empresas españolas han repetido durante años el mantra de la estabilidad de ciertas inversiones en mercados sesgados por el autoritarismo, apostando por la relación directa con los caudillos populistas en desmedro de estrategias más realistas y globales. El resultado a este voluntarismo ingenuo es el que todos conocemos.

Si el poder español ha decaído en Latinoamérica —no confundamos imagen con potestas real— lo mismo sucede en otras regiones del mundo. La ambivalente respuesta de Estados Unidos ante la expropiación argentina confirma la vieja política de Washington de no mover un dedo por ningún país europeo, salvo Inglaterra. Brasil y China apoyan a Buenos Aires, al igual que el bloque del ALBA. La Alianza del Pacífico, circunscrita a la dimensión comercial, nada puede hacer ante la ola soberanista que legitima los excesos del kirchnerismo y el etno-nacionalismo de Evo Morales. Frente a este panorama, España, si pretende recuperar protagonismo y cierto nivel de influencia regional y global debe renovar su estrategia apelando al realismo político y abandonando el maniqueísmo impuesto por ideologías híper-estatistas. En Europa, por ejemplo, es preciso renovar la política exterior ante la reconfiguración electoral del eje franco-alemán. Ser realista, para España, pasa por evitar nuevas sorpresas en el plano empresarial y político, eliminando las distorsiones del voluntarismo. No basta con diseñar planes de emergencia que sirven para apagar incendios cuando todo ha sido consumado. Urge aplicar una estrategia preventiva, una auténtica política de prospección, pues son muchos los escenarios en los que la debilidad española es un fuerte incentivo para que los Estados populistas con los que negocia la madre patria intenten humillarla otra vez.