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Ver productosLa colección de Miguel Ángel Cortés, expuesta recientemente en el Palacio de Santa Cruz de Valladolid, MUVa, es un recorrido temporal por el grabado de ilustración focalizado en un tema: Valladolid. Por un lado, es claro que se encuentra el hombre que busca reconocer su entorno, pero también está un apasionado que reconoce el valor artístico de una técnica y un tipo de grabado del que muchas veces se olvida su calidad, anteponiendo el que estuvo al servicio de textos de muchos tipos en libros y obras muy variadas. Es en esta doble vertiente en la que se apoya el valor y significación de una colección hecha a lo largo de los años con entusiasmo y paciencia, rebuscando en anticuarios y libreros.
La colección formada por casi dos centenares de estampas y abierta en su crecimiento, recoge diversos tipos de impresiones con un sentido amplio tanto estético como cultural e informativo. Las estampas de la colección de Miguel Ángel Cortés pueden agruparse de la siguiente forma: en primer lugar una selecta muestra de mapas y planos, son mapas de Europa, de España, de Castilla, de la provincia de Valladolid y finalmente planos de la propia ciudad de Valladolid; después está: Valladolid: la ciudad (vistas panorámicas, vistas generales y perspectivas, sus plazas); a continuación Valladolid: los edificios (hay estampas de iglesias y conventos: portadas y fachadas, claustros y patios, detalles, imágenes religiosas; palacios y edificios civiles: fachadas y monumentos; desde luego que Valladolid no es sólo la ciudad, también es su entorno, de ahí que se hayan agrupado en una sección estampas de las otras ciudades y lugares de la provincia (con sus castillos, monasterios e iglesias y vistas generales). Finalmente se ha recogido una sección que agrupa escenas de la vida e historia de Valladolid con imágenes de hechos históricos, acontecimientos, personajes, tipos populares, etc.
En el conjunto de las sociedades humanas, independientemente de la época, la necesidad de ilustrar parece ir pareja con la escritura, es sabido que una imagen dice más que mil palabras, así que no debe extrañar que muy pronto, en cuanto aparecen medios mecánicos de reproducción de textos, éstos hayan ido acompañados de imágenes igualmente en múltiples copias, y para ello se desarrolló toda una tecnología de reproducción de imágenes: las técnicas de grabado. Estas técnicas manuales estuvieron plenamente vigentes desde la invención de la imprenta de tipos móviles por Gutenberg en el siglo XV hasta el desarrollo de las distintas técnicas fotográficas aplicadas a la imprenta en el siglo XIX y con plenitud en el siglo XX.
Por la necesidad de plasmar la realidad se desarrolla el grabado de ilustración que acompaña, libros, revistas, gacetas y diarios con sus dos técnicas básicas: la xilografía y la litografía, con el paso del tiempo se volverán cromolitografías, fotolitografías, fotograbados, etc., asumiendo los procesos y técnicas mecánicas que desplazarían en los medios masivos de comunicación al grabado manual, y por tanto artístico, puesto que es parte de un proceso creativo individual y no mecánico. Sin embargo, el grabado de ilustración tiene una larga trayectoria pues demuestra gran vitalidad desde el siglo XVI y alcanza su momento de mayor auge en el siglo XIX y los primeros años del XX, cuando es desplazado por los métodos mecánicos. Antes de esto tenemos el grabado de ilustración que se hace manualmente del cual se muestran múltiples ejemplos en esta colección.
Hasta el siglo XIX se escribieron y publicaron infinidad de obras de geografía que eran accesibles primero a quien supiera latín y después a cualquier clase de lector.
Uno de los mapas más antiguos de la colección de Miguel Ángel Cortés es de Girolamo Ruscelli (cartógrafo; Viterbo, 1500- Venecia, 1566).

Se trata de un mapa realizado hacia 1561 en aguafuerte de la España del mundo clásico que describe principalmente ríos, y está sacado de la Geografía de Claudio Tolomeo en una edición hecha por el mencionado polígrafo y aventurero italiano que divulgó la obra de Tolomeo. Es un ejemplo del uso de grabados de ilustración en libros con intención de cartografía para la nueva sociedad. Otro mapa de la colección, también en aguafuerte, basado en Tolomeo es el de Giovanni Antonio Magini (Padua, 1555-Bolonia, 1617). En este mapa de 1596 ya aparece señalada «Valladolit».
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Otros grandes cartógrafos presentes en la colección con estampas relacionadas con Valladolid son el inglés John Speed, el holandés Willem Blaeu, también del siglo XVII se trata de un mapa de León y Asturias al aguafuerte, publicado en Amsterdam en 1650, en el cual se coloca el nombre de Pincia (ciudad citada por Tolomeo) al lado de Valladolid. En la colección no podían faltar los mapas del famosísimo Mercator, uno de los cartógrafos más famosos e inventor de una forma de representación en la que Iglesia de San Juan de Letrán (Valladolid), 1861, las líneas de longitud eran paralelas, S. Isla, litografía a lápiz, negro sobre fondo crema lo que hizo muy apreciados sus planos grabados en cobre. En esta estampa de la colección se recogen numerosas poblaciones de Castilla, entre ellas Valladolid y otras ciudades importantes de la región.
Hasta el siglo XVIII es la tradición de grabado italiana y flamenca la que proporciona las imágenes de España. Con el grabado de ilustración de tradición francesa llega el estilo y las ideas románticas. Ejemplo de esto es la estampa de las fortificaciones francesas cerca de Valladolid, litografía a lápiz de Godefroy Engelmann, realizada en 1818 y coloreada en acuarela. Es un grabado de los dibujos realizados para su libro Suvenires pintorescos de la Campaña de España, por el general Baclér DAlbe. En esta litografía sobre una acción de las fuerzas invasoras francesas en España está presente la atmósfera romántica y pintoresca que deja de lado el aspecto bélico de la situación.
También ejemplo en la colección de la presencia francesa en la tradición gráfica española es el plano de Valladolid incluido en el Viaje pintoresco e histórico de España, del conde de Laborde, hispanista, arqueólogo y político, el cual ocupó altos cargos en la administración napoleónica y fue diputado liberal de 1822 a 1841.
Pero los grabadores y editores del siglo XIX no se contentaban con lo ya conocido y buscaban cada vez imágenes más potentes y novedosas, contando litografías y dibujos de autores como: Guesdon, Louis Haghe, George Vivian, Parcerisa, Charles Whymper, Genaro Pérez Villaamil, Bernardo Rico, Alejandro Ferrant, Juan Comba, José Luis Pellicer, Domingo Muñoz, Ortego, Daniel Perea, Riudavets, Galofre, Isla, Capuz y otros.
En el siglo XIX es muy importante el género de revistas en las cuales el grabado o la ilustración tiene un interés en ocasiones superior al texto informativo. La xilografía a testa fue la técnica usada en las revistas ilustradas. En la primera parte del siglo XIX este tipo de revistas comenzó a aparecer con gran éxito en las ciudades europeas más importantes y rápidamente asumieron en su título la característica que las distinguía: la ilustración. Incluso muchas veces son conocidas con el nombre genérico de «Ilustraciones». En España las publicaciones más importantes de este género son La Ilustración Artística, El Mundo Ilustrado y La Ilustración Española y Americana, de las cuales hay una buena selección en esta colección.
En síntesis la colección de Miguel Ángel Cortés es un excelente ejemplo de lo que es el «grabado de ilustración» en sus diferentes facetas y en un arco temporal muy amplio. También es un brillante ejemplo de colección monográfica, en este caso sobre Valladolid, La calidad de la colección se debe a que en muchos casos las estampas reunidas son de los mejores artistas de este tipo de creación artística.
Mi reflexión versa sobre los métodos del poder, no sobre sus fines. Tampoco trato de juzgar, sino de describir, intentando ser objetivo. Pero observar el espectáculo de la realidad no impide desear que fuera otra: es cierto que referirse a convicciones morales hace sonreír a los cínicos. De esta manera Édouard Balladur, político francés que fue primer ministro (1993-1995) enmarca sus reflexiones en Maquiavelo en democracia. La mecánica del poder.
Con un estilo bastante francés elucubraciones ambiguas con cierto aire intelectual el político nacido en Esmirna en 1929 recupera, sin suscribir, la teoría política de Maquiavelo para explicar que en «democracia o dictadura, el objetivo continúa siendo el mismo: la conquista y la posesión del poder por todos los medios durante todo el tiempo que sea posible». En sus páginas se libra una reflexión lúcida y desencantada de la práctica política en el terreno democrático en el que incurren muchos factores que el político debe tener en cuenta para alcanzar la cima.
El teórico florentino del renacimiento, a quien se atribuye la frase «el fin justifica los medios» fue el primer consultor político que describió los métodos del poder: la lucha por su conquista es el enfrentamiento de ambiciones egoístas, nada más, aunque cuando escribe El príncipe simplemente intenta mostrar a Lorenzo de Médicis cómo debe desempeñar su labor si pretende reunificar Italia.
Cinco siglos más tarde, Édouard Balladur sostiene que, en el fondo, el objetivo continúa siendo el mismo: la apropiación del poder por cualquier medio, durante todo el tiempo que sea posible. Con la diferencia de que, cuando impera la democracia, el político ya no puede inspirarse en los dictadores. Ya no intenta ni puede dar miedo, sino que procura gustar, comunicar, hacer suyo al pueblo utilizando todas las armas de la seducción, como han hecho Blair, Clinton o Sarkozy. Aunque la voluntad de dominio le siga inspirando, los medios que se emplean ya no son los mismos. Referirse a las convicciones morales ciertamente hace sonreír a los cínicos, pero en democracia el poder no puede ser un fin en sí mismo. Conquistarlo para extraer de él la satisfacción y la exaltación del instante no es lo mismo que hacerlo para pasar a la Historia. Aunque a veces ambas cosas ocurren.
Un conocido consultor político, Dick Morris, autor de El nuevo príncipe, admite una mayor variedad de intenciones entre los políticos y distingue entre tres clases: los idealistas fallidos, que tienen una visión del futuro pero no consiguen comunicarla; los demagogos, que, no teniendo una visión del futuro, se contentan con halagar a su audiencia, y los idealistas astutos, que, teniendo una visión del futuro consiguen, además, comunicarla.
La clasificación de Morris entraña una jerarquía de valores. El «idealista fallido» es un ser moral, fiel a sus convicciones, que está dispuesto a esperar lo que sea necesario en el desierto de la indiferencia colectiva hasta el día en que sus conciudadanos terminen por comprenderlo. El «idealista astuto» también alberga convicciones pero las mezcla con el pragmatismo para hacerlas prevalecer. En cuanto al «demagogo», es un ser moralmente despreciable cuyo verdadero fin no es persuadir en dirección de la verdad, sino manipular en dirección del poder.
Édouard Balladur navega entre las tres posibilidades sin adscribirse totalmente a ninguna de ellas quizá a causa de un realismo un tanto pesimista, y se limita a transmitirnos un conjunto de recomendaciones sobre cómo ser lo más eficaz posible en un mundo que conjuga de forma extraña las apariencias y la realidad, el cinismo y las convicciones.
En una reciente entrevista a un periódico español, el ex primer ministro afirmaba: «La política sólo se justifica y se explica cuando nace del deseo de ser útil y de progresar. Pero, como la naturaleza humana es como es, uno enfrenta dos problemas diferentes: conquistar el poder y ejercerlo. En la conquista del poder, efectivamente podríamos hablar de escepticismo. Se puede decir que los hombres son siempre los mismos, en cualquier época y civilización. Por el contrario, si se trata del ejercicio del poder, el idealismo recupera todo su sentido. La conquista del poder sólo tiene razón de ser si se hace algo bueno con él, algo útil. Ese es el objetivo de mi libro».
Balladur parece querer nadar entre dos aguas: ni pretende ser Maquiavelo, dando así cuenta de las interioridades del poder y de lo que debe hacerse prescindiendo de toda consideración no utilitaria, ni tampoco convertirse en el abanderado de una política honesta y sincera.
Hay que agradecer al menos la naturalidad y la cierta sinceridad con la que este experimentado político desgrana sus pensamientos y experiencias en los que, sin mucha dificultad, se pueden reflejar los líderes políticos de nuestro país. Dos citas y una adivinanza. «La única excusa para su voluntad de poder, para la inmoralidad de los medios a los que se considera obligado a recurrir, es su devoción a la grandeza de la misión que ha escogido»; y, «¿Partir cuando todo va mal, cuando su andadura va de fracaso en fracaso? El político no se decide, vuelve a barajar las cartas convencido de haber sido víctima de la mala suerte, está seguro de poder superar la adversidad». ¿De quiénes habla Balladur?
Con este nombre se ha bautizado la recientemente inaugurada exposición del archivo fotográfico del Madrid, Diario de la Noche, cuya misión quedó descrita como «una apuesta periodística por la democracia y la integración en Europa».
A lo largo de aquellos años, del 66 al 71 del pasado siglo, trabajaron al unísono y en pos de la libertad de expresión dos centenares de periodistas, escritores, universitarios y publicistas, dirigidos por Antonio Fontán, actual editor de Nueva Revista, y presididos por Rafael Calvo Serer.
La dignidad y el aprecio por la libertad de quienes hacían el diario impidieron que aquel periódico siguiera publicándose, aunque años más tarde sus tesis triunfarían. En los próximos días quedan a disposición del público en la madrileña calle Larra una selección -comprendidas entre 1926 y 1971- de las más de 80.000 fotografías, que acaban de ser catalogadas y digitalizadas.
A la inauguración asistió Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, cuyo apoyo, a través de la Consejería de Cultura, ha permitido que este proyecto impulsado por la Asociación de Periodistas Europeos y la Fundación Diario Madrid llegara al puerto en el que los madrileños y el resto de los españoles pueden acercarse a recordar cómo era el Madrid de aquellos años. En las páginas que siguen a continuación podrán encontrar algunas citas de los textos que se incluyen en el catálogo de la exposición junto a una selección de las fotografías.
Madrid, al amanecer, es de Velázquez. De día, es de Goya. La casa de los ricos, los jardines, los paseos, los edificios públicos y los bares elegantes son de Velázquez. El Rastro, los mercados, la Casa de Campo, los domingos, la Puerta del Sol, el Gran San Blas, el metro y las tascas son de Goya.
Luis Carandell, vicepresidente de la Asociación de Periodistas Europeos entre 1986 y 2002, en Vivir en Madrid, Editorial Kairós, 1967
Las ciudades, especialmente las ciudades grandes y con alguna historia, tampoco tienen en ningún momento un guión previo o único. La ciudad es un producto social, una construcción colectiva resultante de un conjunto de pactos, acuerdos o coincidencias de muy distintas índoles.
Bernardo Yzenga
¿En qué consiste tal encanto, rayano en el encantamiento?
En la talla humana de las casas y de las cosas; en la
accesibilidad de espacios comunes de uso cotidiano, terrazas
y cafés, iglesias y comercios, donde poder adquirir las
pequeñas cosas que se necesitan todos los días;
en su estabilidad; en la relación cordial de los vecinos que
puede ser tal porque ni somos innumerables ni volanderos.
Ya que el barrio de los Austrias no es repetible
en el Madrid moderno.
Miguel Herrero de Miñón
Revuelvo en mi memoria para recordar nombres,
declaraciones, incidentes, fechas y anécdotas
que forman una historia vertiginosa y desordenada,
parte de la cual me tocó vivir desde el privilegiado
observatorio del Diario Madrid.
Nativel Preciado
Tranvía 45, línea Cuatro Caminos Delicias. El viajero
atraviesa el corazón de la ciudad, margina barrios deprimidos
con vida propia. La ciudad se identifica por la reproducción
o memoria siempre confusa de tres zonas centrales,
que el tranvía recorre: Chamberí, Salamanca, Lavapiés.
Clemente Auger
Fue la primera vez que tuve la sensación inequívoca de lo injusto
del régimen, que planeaba sobre nuestras conciencias de una forma
más bien abstracta, tenía una consecuencia concreta que me afectaba
a mí directamente; aunque obviamente la pérdida de «mi periódico»
no tuviera comparación posible con lo que sufrieron Antonio Fontán,
los periodistas y los trabajadores del Madrid.
Ricardo Aroca (en referencia al cierre del Madrid)
El emperador Rodolfo II, famoso por sus retratos de frutas y verduras firmados por Arcinboldo, era un amante del arte de Pieter Brueghel y coleccionó la mejor representación de sus obras, que hoy se encuentran en el Kunsthistorisches Museum de Viena (14 cuadros de los 40 que se conservan de este autor). La España que se acuerda ahora de Brueghel, con la reciente adquisición para el Prado del cuadro El vino en la fiesta de San Martín, tiene bastante olvidado a Hans Khevenhüller, que además de embajador del emperador en la corte de Felipe II y luego de Felipe III (murió en el cargo en 1606), fue uno de los más cultos marchantes de arte, y adquirió para el emperador muchos de los cuadros que atesoraba su rica colección. Preparó su panteón en una capilla del claustro de los Jerónimos, con esta escultura (figura superior) y con una pintura de Tintoretto, que se trajo de Venecia y que desapareció en el siglo XIX. La escultura, muy deteriorada, fue arrinconada en una capilla de San Jerónimo el Real cuando Rafael Moneo hizo la reforma del Museo del Prado, que incluía dicho claustro. Todavía espera su restauración, y que se haga justicia a quien dejó su amada Carintia natal y el precioso castillo de Hochosterwitz, que era su patrimonio, para enterrarse en la que consideraba su segunda patria. Esta ingratitud de España con sus grandes hombres es con frecuencia algo tan proverbial como traumático (tampoco conservamos las tumbas de Velázquez y Cervantes), y quizás los cuadros de Brueghel hablen proféticamente de ello.
Aunque Pieter Brueghel (el Viejo) ha sido muy valorado por los entendidos, su popularidad ha estado a la zaga de otros pintores paisanos suyos, como el Bosco, que ha eclipsado con su imaginario fantástico el realismo crudo, un tanto naïf, de este otro pintor flamenco. Por eso, y porque le gustaba mucho a Felipe II, contamos en la pinacoteca española con los mejores boscos, pero solo teníamos un brueghel, El triunfo de la muerte, de estilo similar al Bosco, al menos hasta la reciente adquisición del cuadro El vino en la fiesta de San Martín, que ha situado a este pintor en la primera plana de la información artística española.

La fiesta de San Martín (patrón de Utrecht, que aparece montado a caballo entre la multitud, cortando la capa para darle un trozo al pobre desnudo) se asocia al vino porque, además de celebrarse a la flamenca, con todos los excesos característicos de otros cuadros de banquetes y quermeses de Brueghel, tiene lugar en periodo de matanzas: a cada cerdo le llega su San Martín, dice el refranero popular. La popularidad actual de Brueghel obedece a muchas razones, entre otras a la vuelta del realismo, tras los excesos suprarrealistas y abstractos de la segunda mitad del siglo XX. El éxito de la exposición de Antonio López en el Tyssen y en el Bellas Artes de Bilbao es un buen ejemplo de esta nueva tendencia en los gustos de los críticos y connoiseurs.
Se considera moderno a Brueghel por muchas razones, pero especialmente porque hizo de las escenas populares uno de los temas principales de su pintura, con una actitud que recuerda a muchos de los reallities actuales, puesto que solía disfrazarse de campesino para inmiscuirse en las fiestas y banquetes familiares y poder captar esos instantes con absoluta espontaneidad. A la concepción renacentista del hombre formulada por el idealismo italiano opone la del crudo realismo de una humanidad en general festiva, frecuentemente hasta el exceso, con una cierta visión moralizante. Esta actitud moralizante, propia de otros pintores paisanos suyos como el Bosco, se expresa de modo más evidente cuando presenta a esa misma humanidad como parte integrante de un universo a menudo hostil o indiferente, como reflejan La tempestad de Viena, El misántropo de Nápoles o, con un más profundo sentimiento de lo trágico, La parábola de los ciegos (también en Nápoles) y Los mendigos del Louvre. También su famosa Torre de Babel (que él sitúa en el mismo puerto de Amberes) refleja una actitud moralizante crítica, pues habla con expresividad sobre las ambiciones humanas desmesuradas, tanto de su tiempo —cuando Amberes era uno de los mayores centros comerciales del mundo— como del nuestro. Los peligros de no ponerse límites en un mundo global, los estamos sufriendo ahora en forma de crisis económica, y de eso hablaba también Brueghel a sus contemporáneos.
Hay otras razones que explican la actualidad de Brueghel, y no son menores las cuestiones ecológicas, ya que Brueghel otorga a la naturaleza una importancia primordial, sobre todo después de que realizara un viaje a Italia cruzando los Alpes. Sus paisajes animados muestran una naturaleza realista, la de su tierra natal, pero sometida en ocasiones a extremos climatológicos que hoy ya no se dan en aquellas tierras. De hecho, el cuadro los Cazadores en la nieve se ha convertido en la manzana de la discordia entre los partidarios contemporáneos del origen cósmico del cambio climático en la Tierra (pues una ola de frío envolvió el continente europeo entre los siglos XVI y XIX) y los ecologistas antropogénicos, entre los que debe estar Lars von Trier, a la luz de la importancia que le otorga en Melancholia: la protagonista, en un momento de tensión en medio de su frustrante día de boda, cambia la decoración del estudio que le sirve de refugio, cuyos libros abiertos mostraban cuadros geométricos abstractos de Malevich, por otros cuadros realistas, entre los que destaca ese Cazadores en la nieve de Brueghel.
No es este paisaje nevado una excepción; con esa misma temática realista y costumbrista, otros muchos cuadros de este pintor se ambientan en paisajes flamencos cubiertos de nieve y hielo. Por ejemplo, su obra El censo o El empadronamiento, solo en el título parece un tema religioso, pues apenas puede reconocerse a la Virgen María y a san José que caminan con su burrito hacia el lugar de Belén en el que tienen que empadronarse antes del parto.
En este caso la nieve tiene una justificación que va más allá del paisajismo, pues se trata de una escena de Navidad, como lo es también La adoración de los Reyes.
También navideña —de la Navidad de Brueghel, no de la de Cristo— sería La matanza de los inocentes, tema del que se conservan varias versiones, que han suscitado gran controversia, puesto que además de ser escenas costumbristas con títulos religiosos, incluyen dobles lecturas históricas, o al menos así lo entendieron los espectadores no mucho tiempo después de que Brueghel los pintara entre los años 1565 y 1567. Son los riesgos del realismo en la ambientación religiosa. Como ocurre con otro cuadro de la misma época, El triunfo de la muerte del Museo del Prado, se asocian estos temas con la terrible represión que llevó a cabo el duque de Alba, por encargo de Felipe II, en las provincias flamencas que darían después origen a Holanda. En efecto, la barba de Herodes puede recordar a la del duque y la presencia de la bandera de Jerusalén puede ser leída como símbolo del rey de España, que ostentaba entre otros muchos el título de rey de Jerusalén.
Por eso quizás, por su terrible lectura histórica, una de las versiones (actualmente conservada en las colecciones reales británicas) fue censurada por Rodolfo II, el emperador Habsburgo —como su primo el rey de España— de la corte de Praga. Siguen el mismo patrón pero la versión retocada muestra animales y objetos en vez de niños, aunque por rayos X se ve que había niños también, y de hecho conserva todavía el título de La matanza de los inocentes. La hipótesis más aceptada es que se hicieron los retoques para quitar carga a los asesinatos de las tropas imperiales en Flandes, cuando el cuadro ya se leía políticamente, pues la Guerra de los Ochenta Años estaba en su apogeo. Confirma esto el hecho de que en los retoques se hace desaparecer a la figura barbada que lideraba en el centro a la tropa de caballeros, que lo mismo podría ser Herodes que el duque de Alba, y también la bandera con el escudo del rey de Jerusalén, que queda como una referencia más neutra.
El método iconológico de Panofsky nos dice que, más allá de los retoques posteriores, Brueghel hablaba sobre todo de la Navidad, y ambientaba ese acontecimiento de la matanza de los inocentes en su paisaje natal y en invierno porque es cuando se celebra esta fiesta, de modo similar a los otros cuadros navideños citados, con la intención de hacer más cercanos a sus ciudadanos los grandes misterios celebrados en estas fechas (algo así como nuestro belén, que también se ambienta en paisajes cercanos). La matanza de los inocentes ilustraba cómo, en el misterio de la Encarnación de Cristo, el destino de la cruz ya está anunciado desde su mismo nacimiento. Según extraños designios divinos que no coartan la libertad de los hombres tanto para hacer el bien como para el mal, Jesús, la víctima inocente por excelencia, es precedido en su sacrificio por esos niños a los que Herodes hace degollar. De hecho, Brueghel pintó los cuadros antes del comienzo de la Guerra de los Ochenta Años, y no era contrario a España ni fue después favorable a los Orange.
Pero no cabe duda de que las diferentes versiones de La matanza de los inocentes fueron recibidas como algo profético por los holandeses, que todavía hablan del duque de Alba como de un monstruo devora niños; y se conservan también versiones intencionadas que hizo su nieto Jan Brueghel el joven, o interpretaciones literarias como la que escribió Maurice Maeterlinck con el mismo título en 1886. Las perspectivas de la recepción son a veces tan importantes o más que las intenciones del autor, como hemos visto en El Guernica de Picasso, que de ser un cuadro sobre los desastres de la guerra española, ha pasado a simbolizar el homenaje no solo a las víctimas inocentes de Guernica sino de todas las guerras. De hecho, el cuadro de Picasso no estaría muy alejado de las matanzas de inocentes de Brueghel, en su recurso al simbólico tema de la maternidad truncada. Y ambas obras son, sin duda, una denuncia de la guerra y de todo tipo de violencia armada.
Curiosamente, fue la eliminación de los niños lo que convirtió al cuadro en una escena histórica, más que un cuadro religioso ambientado en la Navidad flamenca, por lo que pudo ser artísticamente intencionado ese retoque, ya que Rodolfo II no estaba conforme con la política aplicada en Flandes, y fue distanciándose cada vez más de los intereses de Madrid. Hans Kevenhüller, embajador del emperador en Madrid, cuenta en su minucioso diario, escrito en castellano y conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid y en los archivos de los príncipes de Lobkovicz en la República Checa, que de sus viajes a Flandes sacó la impresión de que Felipe II se equivocaba con la política que estaba aplicando en esas tierras. Él, en nombre del emperador y en el suyo, propugnó otra manera de intervenir en el Norte, pero no tuvo eco su propuesta. Por eso lamenta la muerte de sus amigos aristócratas flamencos y siente por el duque de Alba tanto respeto cuanto recelo. Fueran las que fueran las intenciones del retoque, está claro que se trata de un elemento más que hace a Brueghel muy interesante en una época amante de la novela policiaca ambientada en la historia, más o menos inventada.
Más información: Jiménez Díaz, Pablo. El coleccionismo manierista de los Austrias entre Felipe II y Rodolfo II. Madrid: Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V, 2001.
http://www.decintivillalon.com/hochosterwitz/spanish/containeraboutus.html
Una Convención abierta
El Partido Republicano lleva semanas tratando de elegir al candidato que se enfrentará a Barack Obama el próximo mes de noviembre en las elecciones presidenciales norteamericanas. Aunque algunos presagiaban un proceso rápido, tras la repentina aparición y desaparición de distintos precandidatos, como Herman Cain o Rick Perry, todavía falta tiempo para que se decida quién será su próximo candidato. En el próximo mes el panorama se aclarará un poco, pero no es descartable que el proceso se alargue durante meses, llegando incluso a celebrarse en Tampa Bay (Florida) una convención abierta a la que se llegaría sin el resultado decidido e incluso lo que se denomina una convención «negociada». De darse esta situación —una primera votación sin lograr la mayoría requerida—, los delegados serían «liberados» de su compromiso de voto (por el candidato en representación del que fueron elegidos) y podrían apoyar la candidatura que consideraran más conveniente en las siguientes votaciones, votando incluso a candidatos que no hubieran participado en las primarias, hasta que un candidato consiga la mayoría necesaria.
Sería una situación anómala. En Estados Unidos la última convención de estas características se dio en 1952, cuando el Partido Demócrata eligió a Adlai Stevenson, que no había sido ni siquiera candidato en las primarias, frente a Estes Kefauver que había llegado a la Convención, celebrada en Chicago, con un número de delegados que rozaba la mayoría. Parece que el requisito esencial para que esto se produzca sería que se llegará a la convención con tres candidatos con posibilidades y, a día de hoy, un escenario así sigue pareciendo posible. Aunque no existe acuerdo sobre los números del reparto de delegados, parece claro que el partido sigue abierto, y que tanto Mitt Romney como Rick Santorum y Newt Gringich conservan posibilidades.
Dos caminos, ¿dos almas?
Atrás quedan ya Herman Cain, Michele Bachmann, Rick Perry, Jon Huntsman e incluso Donald Trump. Casi todos ellos tuvieron su semana de gloria pero hoy solo quedan cuatro precandidatos. Ante ellos dos caminos, el de la organización, fruto de un músculo financiero prácticamente inagotable (propio o de sus grupos de apoyo, los polémicos SuperPacs avalados recientemente por el Tribunal Supremo) o el de la energía, consecuencia de un mensaje claro identificado con las bases tradicionales del Partido Republicano. La experiencia de Obama demuestra que este entusiasmo puede terminar traduciéndose en financiación y en una organización competitiva, pero es necesario ir construyendo esa base social con inteligencia y con tiempo, mucho tiempo. Desde ese punto de vista, Romney, favorito desde el inicio, afronta la campaña como una carrera de fondo en la que su objetivo fundamental es aguantar, desgastando a aquellos que amenazan con hacerle sombra y evitando sufrir accidentes por el camino. Sin embargo, Santorum, que entró en campaña de manera dubitativa y se ha convertido en líder por sorpresa, necesita que pase el tiempo para convertir esa ilusión en una auténtica maquinaria electoral que le permita competir con opciones en los más de veinte estados en los que, hasta el mes de junio, se seguirán celebrando primarias.
Algunos han querido ver en la carrera electoral el choque entre las dos almas del Partido Republicano, que, con la aparición del Tea Party, se habrían distanciado todavía más, quizás irreparablemente. No estamos más que ante una situación habitual en un sistema en el que los partidos políticos no ejercen el control organizativo e ideológico al que estamos acostumbrados en España y en el que la diversidad y las posiciones encontradas es la norma habitual, especialmente cuando se encuentran en la oposición.
En uno y otro partido, para ser un candidato con posibilidades, es necesario ser capaz de canalizar todas estas sensibilidades distintas y ofrecerlas de manera atractiva al grupo de votantes independientes, que son los que deciden las elecciones. Enfrentarse a un candidato que genera gran oposición, como fue el caso de George W. Bush, suele ayudar en esta tarea.
Si bien es cierto que gran parte de las bases republicanas más activas, las que sostienen la campaña con su dinero y su voluntariado, se sienten más identificados con aquellos candidatos que defienden una serie de valores, y a los que Romney, como en su momento McCain, no terminan de convencer.
Las elecciones de 2008 son un buen termómetro para comprender lo que se dilucida en este proceso de primarias. McCain, conocido como Maverick por sus posiciones independientes dentro del GOP, trató de apelar con poco éxito a esa base social movilizada que había dado el triunfo a George W. Bush en 2004 y 2008. De poco sirvieron guiños como la elección de Sarah Palin. Siempre queda la duda de saber si, de haber sido fiel a su espíritu libre desde el inicio del proceso, hubiera podido arrebatar a Barack Obama el apoyo de los independientes (aunque probablemente nunca hubiera superado el proceso de primarias). Sea como sea, la lección es clara, en la sociedad de la in-formación el cambio de posición es más difícil que nunca y deja millones de votos por el camino.
El más presidenciable
Aunque no siempre es así, las primarias deberían suponer la elección del más presidenciable, del que mayor posibilidades tiene de desalojar a Barack Obama de la Casa Blanca. Las encuestas nacionales siguen señalando a Mitt Romney como el que más posibilidades ofrece para la victoria final, pero el precedente de 2008 y el sistema de elección, en el que mayoritariamente participan personas que se identifican como republicanos, hace que la cuestión no esté resuelta. Romney tiene un apoyo muy débil entre los grupos de votantes más importantes en el Partido Republicano como evangélicos, miembros del Tea Party, habitantes de zonas rurales o personas con ingresos inferiores a 50.000 dólares. Su apoyo procede, más bien, de distritos con una renta per cápita alta y cuyo voto en las generales no es, ni mucho menos, decisivo. De ahí que, desde hace semanas, haya empezado a reforzar su imagen, humanizándola y dando más contenido a su conocido pasado como gobernador de Massachusetts y millonario, «el hombre que arreglará la economía», con una apelación a las bases, su labor solidaria, en contacto con los más necesitados, como misionero mormón, su éxito como organizador de los juegos olímpicos de invierno en Salt Lake City en 1992, e incluso una historia, ya utilizada en la campaña de 2008, de cómo Romney rescató a una joven de 14 años de un secuestro. Al problema, que arrastra desde la campaña de 2008, su incapacidad de entusiasmar, de «carisma» diría-mos en España, se ha unido durante la campaña una serie de revelaciones derivadas de su condición de millonario y la gestión de su fortuna, especialmente en lo que afecta a la gestión fiscal y a su preferencia por los paraísos fiscales, que en la situación actual genera un gran rechazo entre aquellos que lo están pasando tan mal. Aunque de momento no se ha convertido en tema de campaña, sigue en el aire la duda sobre cómo podría afectarle electoral-mente su condición de mormón practicante.
Santorum es casi antagónico a Romney, nieto de minero e hijo de inmigrante italiano, profundamente católico, miembro de la Orden de Malta y padre de siete hijos. Su coherente visión iusnaturalista del mundo, a través de la cual afronta todas las cuestiones públicas con las que se ha enfrentado en su vida política, le permite ser un parlamentario que defiende con solvencia sus planteamientos, hasta el punto de haberse enfrentado con éxito a míticos senadores norteamericanos como Patrick Moynihan o Ted Kennedy. Quizás también por eso, además de hombre solvente, se ha grajeado una cierta fama de arrogante y obstinado en la férrea defensa de sus postulados conservadores.
Identificado con las posturas más tradicionales dentro del partido Republicano, y cercano al Tea Party, su gran reto es ser capaz de hacer valer su gran experiencia política y, desde una base sólida y amplia, lograr articular un apoyo mayoritario en los Estados que definirán la elección presidencial. Romney ha centrado sus ataques contra él en su falta de experiencia ejecutiva y su excesiva vinculación con la política de Washington, comparándole con Barack Obama, pero eso no le debería inquietar. Su principal objetivo es abandonar la imagen que le identifica con un político que solo ofrece una agenda social conservadora, en temas como el aborto, anticonceptivos o el matrimonio homosexual, basada en la moral natural con raíces en la filosofía de santo Tomás de Aquino, y hacer valer sus años de trabajo en el Congreso y el Senado, donde ha sido capaz de liderar una lista de temas amplia y diversa: negociación de los sistemas de protección social en la época del presidente Clinton, apoyo a la sociedad civil (CARE act), lucha contra la corrupción, asuntos internacionales como Irán, Siria o la guerra de Irak. Aunque partía de una situación de inferioridad, retirado de la vida política, Santorum ha sabido posicionarse como un candidato fiable, y hoy resulta más atractivo y genera menos rechazo en las bases republicanas que su oponente. Su falta de recursos, donde el tiempo juega a su favor, y la dificultad de presentarse como presidenciable en un enfrentamiento con Barack Obama son sus tareas pendientes.
Newt Gringich también tuvo su semana de gloria, pero liderar las encuestas le ha costado muy caro. Este veterano político, pieza clave del movimiento que logró una mayoría republicana en el congreso, después de más de treinta años de predominio demócrata, y que destacó por su papel protagonista en el impechment al presidente Clinton por el caso Lewinsky, no ha perdido su tirón entre los más conservadores de su partido. El problema es que tiene demasiada historia, especialmente en lo personal, con una agitada vida matrimonial, con dos divorcios conflictivos, especialmente el último, en el que engañaba a su mujer mientras esta estaba enferma de cáncer. Inteligente y muy trabajador, desde su retirada ha ido construyendo una plataforma electoral alrededor de iniciativas de corte intelectual (think tanks), que le han permitido construir un programa en campos tan diversos como la energía, la inmigración o la educación. Tras su breve liderazgo en las encuesta ha sufrido una tremenda campaña negativa, lanzada por Mitt Romney. Desde entonces no ha hecho más que perder apoyos. Su afán por mantenerse en la carrera, solo se explica por el generoso apoyo del SuperPac liderado por Sheldon Adelson (el multimillonario que quiere poner una ciudad del juego en Madrid), por su confianza en obtener buenos resultados en los Estados del Sur y, sobre todo, por la posibilidad de una Convención abierta en la que pudiera ser decisivo.
Al fondo queda Ron Paul, que no sueña con ser el candidato republicano, pero que llevará su campaña hasta la Convención. Ya en 2008 comenzó a construir un auténtico movimiento social, con capacidad de incidir en los debates del Partido Republicano, a nivel nacional, una especie de Tea Party con ideas distintas. Además, seguir en la carrera le garantiza la popularidad y la financiación necesaria para asegurarse su reelección como congresista por el Estado de Texas. Para ello cuenta con el respeto de Romney, que de cara a su posible nominación y enfrentamiento con Barack Obama, lo ve como un aliado.
Un futuro incierto
Habrá que estar atentos. Quizás estamos ante una de las primarias más largas de los últimos años, lo que, pese al desgaste económico que supone, proporcionará al ganador una visibilidad que de otra forma sería difícil de mantener. Aunque es probable que estemos ante la campaña más negativa de la historia (más de la mitad de los anuncios emitidos sirven para atacar a algún precandidato rival), a nadie se le oculta que está funcionando como un filtro que, como ocurrió con Obama en 2008, evita sorpresas de última hora y, en cierto modo, inmuniza al ganador durante la campaña presidencial.
Mientras, algunos esperan la entrada tardía de un nuevo candidato de consenso, que pudiera optar a conseguir los delegados restantes (más del 60 %), lo que requeriría organizar en tiempo récord la mastodóntica maquinaría electoral necesaria. Otros no descartan la posibilidad de intentar fundir estas dos almas en una candidatura conjunta, en la que Romney garantice la solvencia económica y Santorum apele a las bases. Aunque el precedente inmediato, con la elección de Sarah Palin para apelar a esas bases, fue un auténtico fracaso, esta vez la personalidad de los dos candidatos y los índices de aprobación/rechazo que suscita Barack Obama puedan servir para una unión que complemente, sin desanimar al electorado. Quizás todo sea en vano y la recuperación económica norteamericana sea el más contundente argumento de Barack Obama, un presidente que apunta firmemente a la reelección, contra la oferta de cualquier candidato republicano.
Enrique Krauze es, sin duda alguna, el gran historiador liberal latino de las últimas décadas. Su prestigio como intelectual se ha ido incrementando y, por tanto, las obras de este discípulo de Octavio Paz ejercen un influjo importante en la discusión de las ideas latinoamericanas. Krauze es consciente de ello y por eso, tras El poder y el delirio, una pieza en la que disecciona los resortes del populismo de Hugo Chávez, avanza un paso más con Redentores, volumen en el que nos presenta las semblanzas de varios actores importantes de la política y la academia hispanoamericana: Mario Vargas Llosa, José Enrique Rodó, Gabriel García Márquez, Samuel Ruiz, Eva Perón, José Vasconcelos, el Che Guevara, el subcomandante Marcos, José Carlos Mariátegui, José Martí, el propio Octavio Paz y Hugo Chávez. Se trata, como el mismo Krauze afirma, de «figuras que vivieron apasionadamente el poder, la historia y la revolución, pero también el amor, la amistad y la familia. Vidas reales no ideas andantes».
El redentorismo está ampliamente ligado a la sociedad latina. Carl Schmitt, un intelectual que, al igual que tantos latinoamericanos del mundo de la política y las letras fue seducido por el espejismo de Siracusa, sostuvo que todos los conceptos significativos de la moderna teoría del Estado son, en esencia, «conceptos teológicos secularizados». Esta lección ha sido aprendida cabalmente en Latinoamérica, donde la política y las artes con frecuencia han sido prolongaciones de espasmos ideológicos teñidos de fervor religioso. Detrás del redentorismo subyace toda una teología del poder que abraza la escatología y el mesianismo como claves de acción política. El populismo latinoamericano, sin dejar de ser un estilo concreto de la acción pública, está enraizado en una cultura política proclive al autoritarismo y a la sacralización de los detentadores del poder. Así ha sido con todos los caudillos latinos, desde Porfirio Díaz hasta Perón.
Este redentorismo ha sido una de las grandes constantes en la historia latina y lejos de desaparecer, continúa en boga. El socialismo del siglo XXI se nutre de él y, de la misma forma, la tensión entre el mito revolucionario (tan bien intuido por José Carlos Mariátegui) y el ethos democrático. La acción pública de los redentores no se comprende sin la fuerza del mito. De la misma manera en que, desde algunos parapetos se defiende una especie de progreso indefinido liberal (denunciado por North, Wallis y Weingast), desde otros goza de buena salud el mito revolucionario pseudocientífico de la lucha de clases y la sociedad ácrata. Contra todos estos redentorismos, que en el fondo son voluntarismos utópicos, se rebela Krauze rescatando en sus semblanzas no solo la bondad y solidaridad de los personajes (cuando es posible) sino también sus claroscuros y errores de apreciación.
El estilo llano de Krauze convierte a esta obra en una pieza fácil de leer. El dominio de la literatura básica de cada uno de los personajes, la capacidad de síntesis del autor y la posición crítica que asume ante cada uno de sus Rendentores nos obligan, de alguna forma, a tomar partido, a compartir o rechazar sus utopías, a buscar en medio de tanta acción pública los mecanismos íntimos de sus decisiones. El matrimonio entre un sector del liberalismo y la socialdemocracia en Latinoamérica —defendido por Vargas Llosa en un reciente artículo sobre esta obra— permite, además, que gran parte de la generación de Krauze regrese sin mayores traumas a un viejo amor de juventud, sin rendir las banderas ante el caudillismo.
A lo largo de la historia del pensamiento político latino son muchos los que han defendido la necesidad de redentores para realizar las transformaciones sociales que precisa el continente. La teoría del «gendarme necesario» de Laureano Vallenilla Lanz, apoyada por varios arielistas de la talla de García Calderón y Lugones, fue ampliamente invocada a lo largo del siglo XX para legitimar la acción de caudillos iluminados capaces de mantener el equilibrio entre la fronda aristocrática y el desborde popular. Semejante inclinación, antes que desvanecerse, pervive y cobra auge con la irrupción de eso que algunos politólogos denominan «autoritarismos competitivos», siempre en la estela de las viejas autocracias. La figura del caudillo-redentor está íntimamente ligada a la historia latina y pese a la visión esperanzadora de Krauze, pervive en nuestra cultura política como un pesado yugo difícil de eliminar.
La solución a estos redentorismos, Krauze nos lo recuerda, es la libertad. Es preciso introducir en el diseño de las instituciones los incentivos adecuados capaces de mejorar la cultura política de nuestros pueblos educando en valores democráticos a las nuevas generaciones. Las democracias de calidad y los Estados eficientes (high performance government) solo pueden desarrollarse cuando la libertad se materializa en instituciones impersonales, remedio contra los caudillismos mesiánicos que en su afán de traer orden, provocan dictaduras. He allí un gran reto para Latinoamérica. El libro de Krauze, en este sentido, es un aporte fundamental que exorciza el mito redentormesiánico desde el orbe liberal. En suma, una obra imprescindible para comprender las grandes ideas latinas y los hombres que las pusieron en práctica.
¿Qué imagen de la historia y la cultura de Francia han transmitido los escritores españoles a través de los siglos? ¿Se han dejado llevar de emociones o prejuicios, o bien se muestran racionales, objetivos, dispuestos a reconocer, al margen de crisis coyunturales, los méritos o valores de sus vecinos? Como no podía ser de otro modo, hay opiniones para todos los gustos. Respuestas diversas que alternan unos u otros sentimientos al compás de los avatares históricos en los cuales se vieron, españoles y franceses, involucrados con variada suerte.
Estructura de la obra
Para analizar el tema con la seriedad que merece, el volumen incluye una larga treintena de estudios dedicados a exponer la visión que cronistas, críticos, intelectuales, ensayistas, narradores, novelistas, dramaturgos y poetas españoles han reflejado en sus escritos sobre las relaciones entre Francia y España desde la Alta Edad Media hasta finales del siglo XX.
Se trata en la presente edición de ofrecer la contrapartida al otro volumen anterior, publicado con notables resultados, en el que se recogía lo que pensaron y escribieron los autores franceses sobre España a lo largo de los mismos siglos, de la Edad Media hasta nuestros días.
Se mantienen los criterios de tratamiento científico y rigor documental que dieron excelentes resultados en el volumen anterior y acreditan la alta especialización de los investigadores que han colaborado en el proyecto.
Seleccionan y coordinan los trabajos los profesores Mercè Boixareu, de la UNED, y Robin Lefere, de la Universidad Libre de Bruselas, encargados también de exponer en la presentación las intenciones que guían el proyecto y extraer los resultados en las conclusiones finales como resumen de los diversos aspectos tratados en cada uno de los ensayos.
Para facilitar el estudio de los diversos temas, la obra se divide en grandes apartados que corresponden con las épocas tradicionalmente conocidas como Edad Media (Alta y Baja), siglos de oro español (siglos XVI y XVII) y siglos posteriores, XVIII, XIX y XX
Edad Media
Al abarcar una tan larga extensión temporal, estamos hablando nada menos que de un periodo de seiscientos años, resulta muy difícil establecer unos criterios uniformes para valorar el significado y valor de los textos referencia-dos. Los cantares de gesta, romances, poesías y crónicas, incluyendo los autos sacramentales y églogas de la Edad Media, exigen un tratamiento distinto a las géneros literarios del Siglo de Oro y posteriores, tanto respecto al número y calidad de los documentos como a las formas expresivas y valoración de contenidos.
Por lo que se refiere a romances y baladas de la Edad Media, en los reinos españoles es frecuente reconocer la presencia de Francia de un modo romántico, alejado de la realidad, según confirma la investigadora del CSIC Paloma Díaz Más en las conclusiones de su estudio El romancero viejo y tradicional: «En la balada hispánica, Francia es sobre todo el lugar donde está la corte de Carlomagno y sus caballeros, una construcción imaginaria que se presenta como paradigma de la vida cortesana y caballeresca […] La historia de Francia en el romancero viejo y tradicional es, sobre todo, la leyenda de Francia como un lugar literario, más que real».
Siglos de Oro
Esta relación entre la historia real, la imaginación popular o, en su caso, los prejuicios, animosidades y rencores, más o menos justificados, se van a reproducir a lo largo de los siglos en distintas versiones y formas expresivas.
La parte dedicada a los siglos de oro, XVI y XVII, muestra la mayor intensidad y volumen de los testimonios de autores españoles en los que el tema de las relaciones con Francia ocupan lugar destacado.
Opiniones que son fiel reflejo de los acontecimientos de una época marcada por la máxima rivalidad entre los dos pueblos vecinos. Ya a finales del siglo anterior, durante el reinado de los Reyes Católicos en España y de Carlos VIII y Luis XII en Francia, de los desacuerdos se pasa a las tensiones diplomáticas y al final las diferencias se trasladan a los campos de batalla, tanto en la propia Francia(El Rosellón y Cerdaña) como en Italia(Nápoles).
La difusión de la imprenta permite los primeros atisbos de una prensa incipiente que en Europa suelen conocerse como «Gacetas» mientras en España predomina el nombre «Relaciones». En ellas se recoge una versión popular de las testimonios sobre Francia, en las que las invectivas alternan con fases menos hostiles e, incluso, favorables cuando los intereses de Francia coinciden con los de España.
Se ocupa del tema el profesor Henry Ettinghausen, de la universidad de Southampton, que reproduce el texto de una de estas relaciones, dedicada a elogiar al rey Luis XIII en su lucha contra los herejes: «El valiente rey Luis / fuerte Aquiles de la Iglesia / el más famoso guerrero que se conoce en la tierra / cuyas hazañas insignes / dignas de memoria eterna…».
Elogios que se vuelven amargas críticas de Quevedo en su famosa carta al serenísimo rey Luis XIII, cuyos fragmentos comenta la profesora M.ª Soledad Arredondo (Universidad Complutense, Madrid): «La guerra tan injusta que Francia hace hoy a toda la cristiandad en esta monarquía, más con cizaña que con valor ni valentía…».
Las diferencias entre las dos coronas se contemplan con mayor objetividad y prudencia en los escritos del padre Feijoo, ya en la transición entre los siglos XVII y XVIII, quizá por tratarse de obras de contenido más histórico y riguroso que emocional y literario.
Tanto en su tratado Defensa de las mujeres, donde se ensalza a destacadas figuras femeninas de Francia (santa Juana de Arco y Catalina de Médicis), como en el extenso Teatro crítico, Feijoo modera las expresiones pasionales de otros autores, al atribuir la enemistad entre franceses y españoles más a las rivalidades personales entre los monarcas o al choque de los intereses de las dos coronas, que a verdadero odio entre los respectivos pueblos.
Así lo reconoce el profesor François Étienvre, de la Universidad de París III, Sorbonne Nouvelle, al citar un texto significativo de Feijoo en relación a los conflictos del pasado: «Esta ojeriza nace de los daños que mutuamente se han hecho en varias guerras y las guerras de las opuestas pretensiones de los príncipes».
Moderación que no impide a Feijoo, como también consigna Étienvre, recordar el dolor y escándalo que despertaron en España y otras naciones católicas de Europa las alianzas de Francia con los príncipes protestantes de Alemania y sobre todo con los turcos, a los que se permitió refugiarse en puertos franceses del Mediterráneo tras sus correrías y pillajes en las costas levantinas.
Siglos XVIII, XIX y XX
La actitud de los escritores españoles hacia Francia, siempre influenciados por las circunstancias históricas del momento, muestran un significativo cambio de sentido durante el siglo XVIII, al sustituir la rama francesa de la casa de Borbón a la de Austria en el trono de España. La pausa de bonanza en las relaciones hispanofrancesas, que se prolongará hasta finales del XVIII, con la Revolución que acabará con la vida de Luis XVI y María Antonieta, drama que se percibe como una amenaza para la monarquía española.
Relaciones que se enturbian de nuevo y con mayor intensidad en las diversas capas de la sociedad tras la invasión napoleónica y el levantamiento patriótico iniciado en Madrid el 2 de mayo de 1808.
Pasquines, panfletos, odas burlescas de variado pelaje, entremeses y piezas teatrales se convierten en instrumentos de propaganda destinados a movilizar la causa nacional y dar ánimos a los combatientes en su feroz lucha por la independencia.
La profesora Ana M.ª Freire López, de la UNED, resalta el valor testimonial de los numerosos documentos de la época que se conservan y que, sin acreditar una depurada calidad literaria sí expresan el sentir del pueblo que se enfrenta al poderoso ejército de Napoleón en inferioridad de condiciones.
Los avatares de la política del rey Fernando VII, con sus posteriores guerras civiles, convierten a Francia en el «Eje del mal» para los carlistas y en el «refugio salvador» para los exiliados liberales que ensalzan en sus escritos las glorias de la patria de la Cultura, la Libertad y el Progreso. París se convierte en la capital bienhechora que acoge a la destronada Isabel II y contempla la vuelta de su hijo Alfonso al restablecer la dinastía de los Borbones en España.
Durante el siglo XX las relaciones y actitudes de nuestros historiadores escritores ensayistas y narradores se mantiene fiel a las buenas o malas relaciones entre los dos países.
Malas, en cuanto se refiere a las rivalidades en las zonas de influencia en el norte de África, a la falta de apoyo militar español a Francia en la Primera Guerra Mundial y a la neutralidad francesa en la guerra civil española, remisa en acudir en ayuda de la República. Tensiones renovadas en la posguerra mundial y en la Transición democrática al no colaborar con las autoridades españolas en la lucha contra ETA.
Buenas, en los últimos años, con la esperanza de que se mantengan, al llegar a sólidos acuerdos para combatir el terrorismo y establecer unas excelentes relaciones comerciales en el marco de la Unión Europea.

Desde que el cambio tecnológico comenzó a adquirir el fuerte ritmo característico de la sociedad contemporánea han sido muchos los autores que han advertido sobre su condición de arma de doble filo. José Ortega y Gasset y Arthur C. Clarke afirmaron, cada uno a su manera, que la tecnología resolvía unos problemas, pero generaba otros, quizá mayores. Así, desde los albores de la era digital han menudeado los análisis sobre el riesgo de incurrir en el grave error de confundir el crecimiento de la información con el avance del conocimiento, no digamos con la sabiduría.
La ubicua propaganda de la tecnología de uso general, que ha alcanzado con las loas a Steve Jobs tras su reciente muerte, caracteres de tipo cuasi religioso, no cesa de insistir en que vivimos en un mundo nuevo, más ilustrado, más racional, más lógico y que las tecnologías nos hacen mejores y más humanos, de manera que hay que consumirlas sin cesar. Hay una beatería de lo tecnológico que se nutre de intereses mercantiles muy obvios, pero no por ello deja de ser cierto que las facilidades de todo tipo en la comunicación y en el manejo de las informaciones están dando paso a un mundo realmente distinto de cualquier otro del pasado, aunque este tipo de constatación constituya un diagnóstico que podríamos encontrar hasta en la Política de Aristóteles.
Toda exageración crea una necesidad de antídotos, y así, desde el punto de vista intelectual y académico, se nos enfrenta con un tema que se presta a las exageraciones, a la bipolaridad, a un cierto maniqueísmo que se expresó muy bien en libros, ya relativamente añejos, como el de James Surowiecki y el de Andrew Keen, a los que ya nos hemos referido en alguna ocasión en estas mismas páginas. Estamos, pues, ante una situación que se presta a que, del mismo modo que hay una beatería tecnológica, haya una especie de tartufismo de los que se suponen especialmente cultos y que consideran no basta disentir de la primera especie de bobería, sino que resulta necesario y elegante denunciar a la tecnología misma como una mala cosa, como causa de ignorancias y yerros de todo tipo.
El libro que han editado Gonçal Mayos y Antoni Brey, cuyo título trata de poner en solfa la supuesta ilustración de la llamada sociedad de la información, está compuesto por análisis plurales y cuidadosos, pero se inscribe en la tendencia a poner críticamente en evidencia aquellos aspectos negativos del desarrollo tecnológico que una presión insistente y poderosa pretende que pasen inadvertidos tras un balance globalmente positivo del desarrollo de nuestras sociedades.
El prólogo de Gonçal Mayos sitúa el problema en la dicotomía que se crea entre la rapidez del desarrollo tecnológico y cultural y el aparente estancamiento de la evolución biológica, lo que nos lleva a un escenario en el que, literalmente, podríamos llegar a no ser biológicamente capaces de saber qué hacer con el gigantesco volumen de informaciones que recibimos. En más de un aspecto, este problema puede considerarse ya viejo, es muy anterior a la revolución digital; a mediados del siglo pasado, el gran matemático hungaro-norteamericano Stanislaw Ulam estimó en cientos de miles el número de nuevos teoremas matemáticos que se publican cada año, cifra que seguramente no ha dejado de crecer, pese a lo cual la ciencia matemática no parece haber colapsado. Además de esta preocupación por la superabundancia de información, es obvio que, en el mundo práctico, la innovación tecnológica produce algunos desgarros, entre otros, por ejemplo, que las generaciones de mayor edad pueden quedar atrasadas, pero eso es también algo que viene sucediendo desde hace mucho. Lo mismo cabría decir del argumento de que el desarrollo tecnológico genera desempleo, un diagnóstico que tampoco se ha dicho ahora por primera vez, precisamente.
Detrás de algunos de los análisis de este libro hay algo más que un recuerdo, que no siempre se hace explícito, de algunas de las tesis orteguianas de los años treinta, como, por ejemplo, la idea de barbarie del espacialismo, o el temor a que se produzca una ignorancia creciente en el hombre masa. Es casi inevitable que esto sea así, si se parte de que existe una desproporción cada vez mayor entre la capacidad colectiva de generar conocimiento y la capacidad individual de asimilarlo, lo que olvida seguramente algunos procesos complejos y poco conocidos que ocurren al tiempo y que hacen que, al menos hasta ahora, nuestras sociedades se las hayan arreglado relativamente bien para no sucumbir a manos de profecías de este tipo. No parece obligado asentir a la idea de que el creciente desarrollo tecnológico y el fortísimo incremento de la información disponible nos vayan a condenar de manera inapelable a caer en una «sociedad de la ignorancia o de la incultura».
El artículo de Daniel Innerarity, muy breve, es, seguramente, el más incisivo. Pone de manifiesto que estamos ante una situación en que la sociedad del conocimiento ha transformado de manera radical nuestra idea de saber y que sus progresos se traducen, más que por un incremento del conocimiento efectivo, en una progresiva conciencia de la necesidad de gestionar el desconocimiento, de aprender a convivir con la inseguridad, el riesgo y la incertidumbre. Sabemos, por ejemplo, mucho más del clima o del funcionamiento de los mercados, pero ello no se traduce en que podamos sentirnos más seguros, sino, únicamente, más ciertos de nuestra inseguridad, más proclives a adoptar principios como el de precaución, porque el progreso de la sociedad del conocimiento ha acabado por completo con la idea de la autoridad del conocimiento. Como es lógico, esta nueva atmósfera intelectual tiene unas hondas implicaciones en el desarrollo de la política porque nos movemos inevitablemente en un entorno sin límites precisos, en que todo resulta, a medida que más se sabe, más incierto y borroso. Como dice Innerarity, no se trata de que debamos progresar en una especie de humildad kantiana, sino de que hemos de enfrentarnos con el hecho positivo del no saber, con el riesgo de equivocarnos de medio a medio. Este análisis de Innerarity va mucho más allá del maniqueísmo condenatorio de la informática, o de la debelación del perverso liberalismo economicista al que sí tienden algunos otros discursos que se han incluido en este volumen.
Muy probablemente, la mejor lectura del conjunto del libro es la que nos permite comprender que estamos ante una especie de enorme paradoja, porque crece de manera continuada la información, el conocimiento científico y la sofisticación tecnológica, sin que eso se traduzca indiscutiblemente en una población más culta y mejor, de manera que este desfase nos obligará, más pronto que tarde, a repensar el funcionamiento de algunas instituciones, como la educación, y a poner en marcha formas hasta ahora desconocidas de intermediación social que eviten que el desarrollo tecnológico genere nuevas hornadas de analfabetos funcionales, un temor que Ortega describió con bastante precisión en los años treinta, cuando aún nadie, o casi nadie con la posible excepción de H. G. Wells, soñaba con el advenimiento de dispositivos que permitiesen tratar la información disponible con la celeridad y precisión con que ahora lo hacemos.
Los autores de este libro mantienen una preocupación común, pero sus análisis no son convergentes, lo que hace que su lectura resulte más atractiva. Los lenguajes que emplean no son siempre conmensurables porque, al fin y al cabo, se enfrentan a problemas que siguen siendo muy distintos aunque un editor les haya puesto un marbete común. Algunos de los capítulos del libro son más descriptivos, como el de Brey, otros más políticos, como el de Subirats, otros más filosóficos, como el de Innerarity, el de Joan Campás Montaner, o los del propio Mayos, pero todos ellos aportan una perspectiva crítica frente a la excesiva complacencia de los tecnófilos. Mayos cierra el volumen con una análisis de las relaciones entre el clima de la posmodernidad y las condiciones que han hecho posible la sociedad de consumo o, como lo llamó Debord, la sociedad del espectáculo, esa sociedad en que toda posibilidad ha de ser inmediatamente puesta en práctica, al menos de manera simbólica. No se le escapan los riesgos que este tipo de fenómenos plantean a la posibilidad y al sentido mismo de las democracias, de manera que le parece que estas han de afrontar un reto nuevo, la evitación de la incultura. Es difícil no estar de acuerdo con los remedios que habría que poner en práctica para librarse de estos males, aunque no sea tan fácil asentir al análisis causal que, en ocasiones, podría dar la impresión de estar, en parte al menos, afectado por aquello que critica.
El libro constituye, en cualquier caso, una aportación interesante a uno de esos debates que deberían tener más presencia social, pero nuestra sociedad no cae demasiado en la cuenta de este tipo de problemas, y, de nuevo, me parece que no se trata de un defecto reciente. El libro está editado de manera fácil para el editor pero incómoda para el lector, con las notas al final y sin una serie de índices que, en un libro como este, deberían facilitar la consulta posterior a la lectura. Es una pena que no se cuiden más estos aspectos que pueden resolverse con cierta facilidad hoy en día y que, cuando se descuidan, dan la impresión de que hay mayor interés en sacar el libro que en facilitar una lectura atenta, crítica y reflexiva de lo que se ha escrito.