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Venezuela. El verdadero rostro del chavismo

Sin dinero, no hay chavismo. El sistema político puesto en marcha por Hugo Chávez fue construido sobre los enormes ingresos petroleros de la primera década del siglo; su desmoronamiento llega con el drástico desplome de los precios del barril de crudo. A Chávez muchos venezolanos lo votaron por las dádivas que repartía la revolución, y a Maduro se le siguió votando por la presión a la que funcionarios y subsidiados eran sometidos. Pero sin dinero ese control social se ha vuelto inefectivo: las resultados de las elecciones legislativas celebradas el pasado 6 de diciembre muestran que no pocos de los que fueron arrastrados a votar por el Partido Socialista Unido de Venezuela (psuv) aprovecharon el voto secreto para castigarle. Tal avalancha hizo insuficiente el fraude electoral habitual. La opositora Mesa de la Unidad Democrática (mud) sumó 112 escaños, mientras que el psuvy sus aliados se quedaron en 55 (hasta ahora el oficialismo tenía 100 diputados y la oposición 65). Que en el barrio 23 de Enero de Caracas, emblema de la revolución y sede de grupos paramilitares del chavismo, ganara la oposición quiere decir que al régimen —término que ciertamente puede aplicarse a la Venezuela chavista— se la ha fugado la base social. Con una inflación del 179%, una contracción del pibdel 10% y un desabastecimiento en las tiendas del 66% —las peores cifras del contexto mundial—, la situación de las familias venezolanas es insostenible. Si ya no hay entrega de vivienda que esperar o alimentos básicos a los que optar, el populismo se queda sin pueblo.

Esa fue la gran sorpresa de los comicios al Parlamento unicameral venezolano. No propiamente que estos marcaran otro umbral en la descomposición del chavismo, en una progresiva pérdida de apoyo del Gobierno de Nicolás Maduro. Eso era algo previsible y que anunciaban las encuestas. Lo que nadie se esperaba era el enorme grado de contestación. Se contaba con que, en todo caso, el electorado chavista descontento se abstendría, pero no que se rebelara. Cuando destacados dirigentes fueron abucheados al acudir a los centros de votación —le ocurrió por ejemplo a Adán Chávez, hermano del difunto presidente, que como gobernador del estado de Barinas, patria chica del comandante, estaba acostumbrado a todo tipo de reverencias— es que la revolución se había acabado, y sucedía de modo abrupto. El enorme voto de castigo entre los sectores populares dejó al chavismo sin plan y sin argumento.

Sin plan, porque la puesta en marcha del operativo del fraude (la emisión de votos falsos en tiempo de prórroga del horario de votación, en centros pequeños controlados por el chavismo) arrancaba abortado, pues la trampa ya no podía arañar mucho el resultado que se había dado. Hubo entonces que buscar una alternativa, que dividió a la cúpula dirigente: para romper la votación había que convocar a los paramilitares a la calle y justificar con esa violencia la paralización del proceso. El ministro de Defensa, Vladimir Padrino, consciente de que en los cuarteles también había una mayoría de castigo al Gobierno, optó por no dividir a las fuerzas armadas y bloqueó esa estrategia, negándose a la alteración del orden.

Y sin argumento, porque el método del discurso chavista era enfrentar a las clases populares con la población de clase media y alta. Galvanizar a las primeras —la mitad del electorado— bastaba para ganar elecciones. Pero si una parte de los pobres se va del cerco, el discurso en su nombre queda hueco.

Las primeras manifestaciones del chavismo derrotado en las urnas no hablan de transición sino de confrontación. Transición la acabará habiendo con inclusión de algunos de sus portavoces, aunque no los más significados. La clave de una Venezuela en paz y próspera está en que al concierto institucional se sume una izquierda democrática que atienda a la población que ahora pueda sentirse huérfana políticamente. Pero de momento el núcleo duro del chavismo no tiene redención, ni la busca: su grado de gansterismo —no es una hipérbole, sino una etiqueta que se ajusta a las actividades de narcotráfico, corrupción y pistolerismo en que muchos han estado envueltos— no les deja otra opción que seguir agarrados al poder; soltarlo es afrontar la cárcel. Solo les queda una huida hacia adelante: imponer a la fuerza la dictadura del Estado Comunal que en ocasiones ya han puesto como meta. Puede que lo procuren, pero el intento no durará. La entraña antidemocrática del chavismo —su objetivo siempre fue imponer una revolución— habrá quedado suficientemente al descubierto.

MÉRITOS DE PARTIDA

Al temprano Hugo Chávez hay que reconocerle haber detectado bien el hartazgo social que existía en Venezuela en las dos décadas finales del siglo XX por la alternancia en el poder de los partidos tradicionales, alejados de las preocupaciones del pueblo y recurrentes en la corrupción. En 1998 ganó las elecciones presidenciales porque supo ilusionar a las masas populares —más de la mitad de la población, en un país que hoy ronda los treinta millones de habitantes— sobre un nuevo comienzo, en el que ellas serían protagonistas.

Tuvo también el mérito de ejecutar al principio de su presidencia lo que fue la decisión estratégica más importante de su paso por el poder: propiciar en el seno de la Organización de Países Productores de Petróleo una política de precios que condujo a un notable incremento del valor del barril en los mercados y, por tanto, a un enorme aumento de los ingresos por la venta de crudo, principal fuente de riqueza de Venezuela. El encarecimiento del petróleo se vio también espoleado por vicisitudes internacionales, como la guerra de Irak o el embargo a Irán, pero todo partió de una confluencia de intereses entre Caracas y Riad. A mediados de 2014, sin embargo, la preocupación de Arabia Saudí era otra y Venezuela comenzó a sufrir como nadie el vertiginoso descenso de precios. La revolución chavista había ascendido encaramada a la ola de la cotización del barril, y el desplome de esta parecía ser su sentencia de muerte, aparentemente avalando la teoría de que en Venezuela los grandes cambios político-sociales siguen los ciclos del precio del petróleo.

Durante la era Chávez, de un mínimo de 10,5 dólares el barril en 1998 se pasó a 103,4 dólares en 2012. En los catorce años en los que el líder bolivariano estuvo en el poder, Venezuela produjo petróleo por valor de aproximadamente un billón (un millón de millones) de dólares. Con unos ingresos tan generosos, el presupuesto venezolano fue también dadivoso en las políticas sociales, a las que en ese tiempo, según las cifras del Gobierno, destinó quinientos mil millones, es decir, la mitad de la renta petrolera. Las holgadas finanzas permitieron también sustentar una política exterior con clara influencia en la región, muestra de la inteligencia estratégica de Chávez: fondos de ayuda a las naciones aliadas del continente y petróleo en condiciones favorables para países del Caribe.

Pero el manejo de tal volumen de ingresos hizo posible una corrupción igualmente desmedida, sin precedentes en la historia del país, y convirtió Venezuela en lugar ideal para la legitimización de capitales procedentes del narcotráfico. Ambas cosas fueron propiciadas desde el Gobierno chavista, como importantes elementos del fraude en que se constituyó el régimen mismo.

CUBA Y EL FRAUDE ELECTORAL

Saludado en el mundo como supremo benefactor de los menos favorecidos, Hugo Chávez no pasará en realidad a la historia de Latinoamérica por haber reducido la pobreza en Venezuela: la mayoría de los países del continente registraron triunfos importantes en ese combate durante el mismo periodo, algunos con mayor efectividad, como Perú, Brasil, Chile y Uruguay. Incluso, dados los fondos públicos empleados, en Venezuela cabría haber esperado mayores avances, al menos más sostenibles. Lo singular de la obra de Chávez, aquello por lo que estará en los manuales de historia, es algo doble: haber puesto en marcha un autoritarismo (un sistema en el que su autoridad presidencial se imponía sin los contrapesos ni la rendición de cuentas esenciales en una democracia) capaz de asegurarse la reelección en las urnas y, sobre todo, haber cedido el control del propio país a los dirigentes de otro.

Fuera de los venezolanos, poca gente se hace cargo del increíble grado de injerencia de La Habana en los asuntos internos de Venezuela, no como resultado de una penetración subrepticia y hostil, a espaldas del Gobierno de Caracas, sino curiosamente a invitación de este. Con Chávez, los cubanos se erigieron en gestores de los documentos de identidad y pasaportes, así como de los registros mercantiles y notarías públicas; en codirectores de puertos y controladores de seguridad de aeropuertos; en supervisores de las Fuerzas Armadas y de las labores de contrainteligencia… El mismo Maduro fue potenciado por ellos como sucesor.

Chávez se puso hasta tal punto en manos de Fidel y Raúl Castro que su propia vida quedó a merced de ellos. Cuando en 2011 le diagnosticaron cáncer, el presidente venezolano optó por el secretismo que le ofrecía Cuba. Aunque a esas alturas la enfermedad era ya irreversible, pudo haber encontrado mejor tratamiento en otro lugar, lo que habría prolongado algo más su vida y, con la convalecencia necesaria, habría suavizado la agonía que tuvo que sufrir durante meses.

Chávez se había aproximado a Cuba en busca de los consejos de Fidel Castro sobre cómo consolidarse y retener el poder. De La Habana llegó la idea de las misiones sociales, una treintena de programas de ayuda a las clases menos pudientes, a las que mejoraban su condición al tiempo que facilitaban su control político. Gestionadas al margen de los ministerios sectoriales correspondientes, con financiación fuera del escrutinio parlamentario, como asistencia tenían más carácter de obra de caridad que de empeño por operar cambios estructurales. Chávez se preocupó de que el número de personas apuntadas a las misiones y el de trabajadores públicos alcanzara en conjunto al menos la mitad del censo: el discurso del chavismo siempre estuvo dirigido a esa mitad de Venezuela, enfrentándola con la otra media para espolear su resentimiento de clase. En una movilización meticulosa, con uso de medios gubernamentales, el oficialismo se encargó de que quienes aparecían en sus listados de beneficiarios del Gobierno se vieran forzados a votar al régimen. Era el ventajismo, que incluía prácticas como el abuso del voto asistido, la amenaza de despidos, la negación del censo a la oposición…

Pero eso solo fue una parte del truco electoral. En las presidenciales de 2012, las últimas de Chávez, y las de 2013, que tuvieron a Maduro como candidato, activistas del chavismo fueron los encargados de manejar en los centros electorales la maquinaria de identificación de electores y la de votación, en connivencia con el Consejo Nacional Electoral (cne). Eso facultó alimentar un sistema informático paralelo al del cne que daba al oficialismo conocimiento sobre la evolución del voto durante la jornada electoral, con lo que podía reaccionar con movilizaciones de última hora o con la activación fraudulenta de las máquinas de votación. Ese sistema paralelo estuvo coordinado por Cuba. Dos figuras del chavismo han admitido privadamente que se falsificaron cientos de miles de votos para Maduro; es decir, que el opositor Henrique Capriles ganó las elecciones.

CORRUPCIÓN EN UN NARCOESTADO

Los enormes ingresos petroleros sufragaron una revolución bolivariana que se abrió camino a golpe de chequera: electrodomésticos y viviendas para sectores sociales afines, condonación de deuda a Cuba, ayudas a gobiernos ideológicamente próximos, compra de armamento a Rusia que convirtió a Venezuela en el mayor importador de armas de toda Latinoamérica… De ser una empresa estatal, pero al margen del Gobierno, Petróleos de Venezuela (Pdvsa) quedó integrada en la estructura de mando gubernamental y se embarcó en actividades más allá del negocio petrolero, como la construcción y la alimentación.

Los males económicos que después padeció Venezuela vinieron principalmente de ese haber desplumado la gallina de los huevos de oro. Ávido en el gasto de lo que entraba en la caja pública, Chávez no procuró que Pdvsa reinvirtiera convenientemente en los campos petroleros, algo que es vital en el sector, pues los pozos declinan con el tiempo y requieren siempre de una continua puesta al día. Así que la producción descendió: de 3,3 millones de barriles diarios, en 1998, a 2,3 millones, en 2013. Mientras el precio del barril estuvo aumentando, los ingresos siguieron creciendo, pero cuando en 2013 el precio se estancó y en 2014 comenzó a caer, Pdvsa y el Gobierno entraron en una situación en la que de inmediato sintieron asfixia.

Que el precio del barril de crudo se hubiera multiplicado por diez en pocos años generó una afluencia de capital que alimentó una corrupción de volúmenes históricos. El dinero fácil, obtenido de manera ilícita —comisiones, sobornos, apropiación de partidas—, enriqueció a multitud de funcionarios del chavismo. En muy pocos años, de tener orígenes generalmente humildes, los mejor situados para aprovechar la oportunidad pasaron a ser milmillonarios. Al tiempo que denunciaban el imperialismo gringo, las nuevas fortunas de Venezuela se lanzaban a la compra en Estados Unidos de jets privados, mansiones y artículos de lujo.

La corrupción económica fue acompañada de corrupción judicial. Jueces y fiscales debían obedecer las consignas políticas dictadas por el Ministerio Público y por el Tribunal Supremo de Justicia (tsj). Ambas instancias se inmiscuyeron indebidamente en multitud de casos, con intervención directa de Chávez, para condenar a inocentes y absolver a culpables.

La movilización de capital sin precedentes y sin apenas escrutinio facilitó el lavado de dinero. Chávez metió a su país de lleno en el narcotráfico. Durante su gobierno, Venezuela se convirtió en el punto de salida del noventa por ciento de la droga colombiana, en su viaje a Estados Unidos y Europa. Lo concibió como parte de su proyecto bolivariano —un modo de favorecer a la guerrilla de Colombia frente a un Gobierno en Bogotá poco entusiasta con el liderazgo regional de Chávez— y como manera de plantear una guerra asimétrica contra Washington. De acuerdo con acusaciones de testigos protegidos por la Justicia estadounidense, el presidente venezolano era informado periódicamente de los principales traslados de cargamento que se realizaban a través del país, en operaciones dirigidas muchas veces por altos mandos militares. Era una actividad en la que también tuvo parte Maduro y en la que se involucró aún más el número dos del régimen, Diosdado Cabello. La decisión de convertir el país en lugar de paso de la droga colombiana aumentó la delincuencia y enganchó a los grupos de población más vulnerables.

El fraude de Chávez a sus ciudadanos también abarcó otros ámbitos, como el de la seguridad. Chávez abrió la puerta de Venezuela a Hezbolá: facilitó la concesión de visados y pasaportes falsos a activistas de la organización terrorista y protegió la presencia de células en el país. En 2007 envió secretamente a Maduro, entonces canciller, a reunirse en Damasco con el jefe de esa milicia libanesa de filiación chií, Hasán Nasralá. La principal actividad del extremismo islamista en Venezuela, acordada con el Gobierno, fue la recaudación, el lavado de dinero y el tráfico de drogas. Aunque hubo en marcha algún campo de entrenamiento, no se apreció operatividad terrorista. No obstante, todo indica que células de Hezbolá ascendieron por Centroamérica y traspasaron la frontera con Estados Unidos, mientras que elementos radicales iraníes llegaron a trazar planes para posibles atentados contra intereses estadounidenses.

Precisamente la especial relación mantenida con Irán se desarrolló bajo una gran simulación. Muchos de los convenios firmados entre Chávez y Mahmud Ahmadineyad tenían como finalidad principal aparentar una gran actividad que sirviera para justificar el flujo de capitales, con el que Teherán evadía las sanciones internacionales impuestas por su programa nuclear. En su ayuda al régimen de los ayatolás, Chávez permitió que Irán hiciera en Venezuela operaciones especulativas con divisas, que constituyeron una estafa al Banco Central venezolano.

Chávez basó su política exterior en un doble componente: la gesticulación antiyanqui y la influencia en los países de la región mediante ayudas económicas (la alianza del Alba) y el reparto de petróleo con facilidades de financiación (Petrocaribe). Con ser cuestionable la reducción de ingresos que para Venezuela suponía la diplomacia petrolera, la peor consecuencia para los venezolanos fue la posibilidad dada a los países beneficiados de retribuir en especie. Eso hizo que el Gobierno concertara importaciones que venían a dañar el sector productivo de Venezuela, ya de por sí constreñido por la política de nacionalizaciones y expropiaciones, así como por el control de precios y de cambio. Por ganar protagonismo entre las naciones vecinas, el chavismo incurría en una suerte de neocolonialismo a la inversa: en lugar de desarrollar la industria nacional, incrementaba las compras en el exterior.

CHÁVEZ SE MARCHÓ A TIEMPO

Todos estos capítulos fueron elementos del bumerán que lanzó Hugo Chávez, cuya consecuencia —el palo que volvía en su vuelo— sería una crisis económica, social e institucional insostenible. Las dádivas a Cuba, a Irán y a otros países; la naturaleza electoralista de parte del gasto público; el abuso sometido a Pdvsa, y la corrupción dejaron las arcas del Estado en un cuadro de colapso, sin suficientes reservas internacionales para cubrir la necesidad de crecientes importaciones. En 2012 estas ya fueron superiores a las exportaciones: ¡una balanza comercial negativa en un país de enorme riqueza energética! Y aún había de llegar el crack petrolero.

El fomento de bandas callejeras armadas como contratuerca de la revolución, la asociación con grupos terroristas y el patrocinio del narcotráfico alimentaron un aumento de la violencia y del consumo de drogas que se cebó especialmente en las clases más débiles, afectadas también por la inflación y la escasez. La injerencia cubana en la soberanía de Venezuela, la ocultación de la incapacidad física de Chávez para optar a la reelección, la manipulación de las elecciones y la politización de la justicia derivaron en un callejón sin salida.

Los efectos negativos de su gestión se le echaron encima a Chávez cuando ya estaba saliendo de escena y acabaron teniendo todo su impacto con Maduro. El sucesor se encontró con que el precio internacional del petróleo dejó primero su ritmo ascendente y luego se precipitó hacia abajo, derrumbando todos los parámetros en los que se había sustentado la revolución bolivariana.

Francamente, Frank: La gran novela americana de la crisis

La globalización era la falta de atención, el expansionismo pacífico del American way of life, la encarnación de las muecas de Norman Rockwell y las renovables aspiraciones de Jay Gatsby, invirtiendo y reciclando energías en la conquista de esa última frontera que se vende como felicidad. Porque de eso trata todo esto, ¿no?, de que la muerte nos sorprenda con la pursuit of happiness.

Por fortuna para los globalizados, los Estados Unidos son tierra de asimilación y exportación de tradiciones variadas, apenas un filtro en formato NTSC de integración de culturas para una cierta originalidad común, previa a la exportación del producto listo para ser imitado. En los flujos e inflexiones de estos intercambios florece una nueva literatura americana que bien podría escribirse en Nigeria, India, China, la vieja Europa o el mar Caribe, tales son los casos de Teju Cole, Amy Tan, Chuck Palahniuk, Junot Díaz, Boris Fishman o Colm Toibin. Salman Rushdie, quién lo diría, escribe desde Nueva York. Se confirma esta como una novelística global, protagonizada por descendientes de esclavos, buscadores de oro de Oriente, fugitivos de holocaustos y exiliados de la tiranía, dramas épicos de tesis y denuncia, de integración y empatía, de anomia y entropías, de temática clásica envalentonada por las buenas intenciones, deudores en mayor o menor medida de la obra de Toni Morrison.

Y, en paralelo a esta grandilocuente lucha racial y de clases, nada más que un hombre: «Soy agente de la propiedad inmobiliaria, y me he dado cuenta de que es una profesión muy propia de nuestro actual y muy extraño estadio de desarrollo humano». Frank Bascombe, antihéroe y alter ego de Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944), ya vendía casas a mediados de los noventa, tras haberse retirado del periodismo deportivo, intentado en vano escribir una novela y fracasado en un par de aventuras matrimoniales. Nada, en definitiva, que no le pueda ocurrir a cualquiera de ustedes.

Ford brilla con luz propia en esa escuela clásica que ha perseverado en las formas de Twain, Hawthorne, Melville, James o Faulkner, incapaz de sustraerse a la búsqueda del gran leviatán barriestrellado, la Great American Novel, obsesión acuñada por John William de Forest en 1868 como propia afirmación y rechazo a la tutela de las letras británicas. Nada nuevo bajo la roca de Sísifo, el tiempo diacrónico y Saturno devorando a sus hijos: en uno de esos ciclos freudianos en que el nacionalismo mata al padre, William Hogarth y los sátiros británicos se habían rebelado contra la pintura francesa solo cien años antes.

Las ficciones que hoy traman los Ford, Franzen, Auster o Roth son percibidas desde el multiculturalismo militante como literatura waspal modo en que la de Hemingway lo es para machotes, y no diremos que a estos no se les vean los complejos, pero su realidad se encuentra más cerca de la Gran Depresión y el New Deal que de los Gol-den Twenties. El zoon politikon —ahora tecnologi.com— pasea hoy la más pesada digestión de los excesos desde el crack del 29. En una de sus irónicas reflexiones, Bascombe define el concepto de burbuja mejor que Paul Krugman y con mayor economía de palabras, a la manera en que solo la literatura tiene la llave para explicar el mundo: «El mercado se volvió tarumba […]. Un reglamento prohibía poner carteles de “Se vende” en los jardines, porque sembraban semillas de ansiedad […]. Se prohibieron los escaparates vacíos, de manera que los comerciantes que querían vender su establecimiento debían fingir que seguían trabajando».

El mérito de Ford, así las cosas, no solo reside en la anticipación de la crisis; también se encuentra en su enfoque, en esa incómoda lucidez que, a lo largo de sus cuatro novelas —El periodista deportivo, 1985; El día de la Independencia, 1995; Acción de Gracias, 2005; y Francamente, Frank, 2015—, no le revela grandes catástrofes para América, sino sutiles síntomas de cambio de ciclo. Sin olvidarnos del estilo, una prosa a la altura de DeLillo con un punzón para el diálogo corto digno de McCarthy. De hecho, mucho antes de consagrarse con el Pulitzer de 1996, el autor ya había firmado un volumen de relatos que no tiene nada que envidiar a los mejores de su amigo Raymond Carver: Rock Springs, de 1987. Decir, por tanto, que nos encontramos ante un soberbio escritor de cuentos está de más, pero sirva el pleonasmo para adelantar que Francamente, Frank es una novela compuesta por cuatro relatos cortos; no aporta grandes novedades a la vida de un personaje que, de por sí, se mece en una placidez de clase media-alta, pero sirve para prolongar en los fanáticos la maravillosa sensación de estar conectado a esa increíble personalidad suya. Dice Mario Vargas Llosa que los mejores libros son aquellos que a uno le hacen querer ser amigo del autor.

Pero, sobre todo, hay que reconocer el valor de haber apostado y persistido en un argumento que promete mucho menos que la realidad misma, tan filtrada por los estímulos de consumo. En Acción de Gracias se nos presenta a Bascombe como un agente inmobiliario cincuentón que prepara la fiesta nacional en compañía de algunos pedazos seleccionados de su familia. Tras dos fracasos matrimoniales, el protagonista ha encontrado el equilibrio en la soledad de su casa junto a la costa de Nueva Jersey. No promete, desde luego, un puesto muy alto en el ranking de ventas, entre libros plagados de acontecimientos brutales.

Ford es un escritor meticuloso y preciso, capaz de conferir un tono de lírica elegancia a la más prosaica decadencia. Reacciona al minimalismo de Carver y Tobias Wolff con la naturalidad del tiempo, reproduciendo la realidad a su propio compás, como la mota de polvo que cae. No solo cae, sino que tarda en caer.

Sin embargo, Richard Ford ha sobrevivido al prejuicio y acredita un cierto prestigio entre el público. Más allá de la empatía que provoca el permanente desengaño de la realidad publicitada, hay algo en Bascombe que nos hace amar profundamente al personaje: en su estoicismo socarrón, a Frank le duele América y le duele Occidente, pero sin aspavientos. Como a otros les dolió con anterioridad, en una suerte de patriotismo por las letras nada complaciente, como esa rebelión cívica de Thoreau o Whitman. Pero la suya es una lucha más tranquila, como de narrador que azuza héroes, dentro de ese «monólogo infinito del día tras día» que verbalizó David Foster Wallace para explicar la terrible soledad que incomunica al hombre moderno.

No hace falta ser un experto en Teoría de la Literatura para observar en las Grandes Novelas Americanas un ritmo que explica, a través de una muestra significativa de historias individuales, la estructura cíclica del alma estadounidense. Sumerjámonos, como referencia, en las dos Grandes Novelas Americanas que marcaron la primera mitad del siglo xx, concretamente en lo que se llamó Generación Perdida. ¿Casualidades? Frank no lo creería así. El bueno de Bascombe no menciona en ningún momento de su epopeya en cuatro actos el rubro Gran Novela Americana, pero alude, como de pasada, a Scott Fitzgerald y John Steinbeck, autores de dos de las obras más unánimemente aclamadas como tales.

El primero publicó en 1925 El gran Gatsby, la historia de un millonario contada por un joven inversor de Wall Street, Nick Carraway, trasunto de Fitzgerald y del propio Frank Bascombe. El brillo del oropel, el Nueva York de los felices años veinte, contrasta con la sensación de desasosiego, la tensión latente que hace inevitable un final propio de la tragedia griega. Los nubarrones que otea el protagonista de Ford en el horizonte de su jubilación. Gatsby, para entendernos, se piensa por encima de sus posibilidades —versión merkelliana de la ya mítica «platónica concepción de sí mismo»— y toda la ciudad de Nueva York se lo critica por la espalda… mientras con sus lenguas afiladas apuran los licores en las fiestas que este organiza en su palacete. Como dejó escrito Steinbeck, «el dinero es muy fácil de ganar, si no se quiere otra cosa. Pero con unas pocas excepciones, lo que los hombres quieren no es dinero, sino lujo, amor y ser admirados». En su obra maestra, Fitzgerald empuñó a un tiempo la pluma y el champagne de los Golden Twenties sin perder de vista la catarsis que se avecinaba como colofón a la década. El frívolo esplendor incuba el virus de la decadencia y dota al crack del 29 de un aire de castigo bíblico inevitable. En Francamente, Frank, el huracán Sandy remeda el diluvio universal, una segunda oleada y un remate para aquellos que habían sobrevivido y se habían enriquecido con el embate de la crisis. Pero Bascombe, como Noé, como Tom Joad, nos muestra el camino al renacimiento.

De vuelta a la Gran Depresión que siguió al crack del 29, Las uvas de la ira cantan la odisea de los arruinados campesinos del Medio Oeste que se echaron a la carretera en busca de una vida mejor. El aliento épico de estos desarrapados, víctimas de un sueño roto, llega al clímax cuando una mujer, loca de dolor por la muerte de su recién nacido, aprovecha la leche de sus pechos para amamantar a un anciano al borde de la inanición.

No hay mejor cronista del despilfarro que Fitzgerald, que es al despilfarro lo que John Steinbeck a la miseria. Sirva de ejemplo la explicación de la teoría de los ciclos económicos de Aftalion que se desprende del espléndido final de El gran Gatsby: «Y así vamos adelante, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado». Ocurre también con la literatura. Sobre la tangente de estas dos cumbres de la novelística universal se yerguen todas las ficciones estadounidenses de la crisis del XXI, sin ser una excepción, como la tetralogía de Ford, las llamadas a ser clásicos con el paso de los años.

De vuelta a las Navidades de 2014, el jubilado Frank Bascombe ya no reconoce los oficios que alguna vez le dieron de comer y que amó como forma de granito de arena particular. Se presenta a lomos de un híbrido asiático, renqueante de un cáncer de próstata y con la Fanfare for the Common Man atronando a su llegada, una directa un tanto burda dirigida a quienes, tras tres entregas, no se hubieran percatado de que míster Bascombe es, señoras y señores, un hombre de la calle, un tipo común, gente corriente, el americano medio. Los periodistas deportivos vomitan tacos en pantallas gigantes de centros comerciales, la especulación sin escrúpulos domina el mercado inmobiliario y él escribe columnas de opinión con seudónimo, símbolo de complejos y del fracaso de su carrera de escritor. Pero hay algo más: la decadencia flota sobre los jardines perfectamente recortados, las casas de un millón de dólares y los asilos «con madera noble como en un suntuoso casino». El mismo virus que derribó el mito de los felices años veinte. Así, Frank recuerda, impotente, la maldición de sus hijos: miembros de otra generación perdida que no pueden parar de urdir enrevesados problemas existenciales para rellenar un vacío fofo y descorazonador. Crisis personales que parecen confirmar la perversa afirmación de Daisy Buchanan en El gran Gatsby: «Lo mejor que le puede pasar a una chica es ser bonita y tonta», llevada al extremo por su amiga, la fútil Jordan Baker: «Llevo tanto tiempo acostada en este sofá que no recuerdo cuánto».

La única salida del otrora entusiasta Frank Bascombe es un estoicismo dulce, la ironía que no desemboca en cinismo, matizada con algún último impulso, como cuando recurre al gran icono americano: «Arriba el ánimo, muchacho, en la carretera está lo bueno»; si bien su terrible lucidez lo desarma: «¿Por qué ocurren tantas cosas dentro de los coches? ¿Acaso son la única vida anterior que nos queda?».

Apenas queda la nostalgia. En una escena de Acción de Gracias, su ex mujer Ann le recuerda un lejano día de béisbol con su hijo: «Un bateador dio a una bola que llegó hasta ti. Y Paul dijo que tú simplemente levantaste el brazo y la cogiste con la mano […] Se te hinchó mucho la mano. Pero estabas muy contento. No dejabas de sonreír».

Frank ha conocido a través del deporte las pasiones que enriquecen la existencia sin hacerse dueñas de ella. «Me parece que le diste la pelota a Paul. La guardó en algún sitio», concluye Ann Dykstra, que ahora tiene Parkinson, la «P mayúscula», pues Bascombe pone su próstata en un segundo plano, un plano minúsculo en comparación con los problemas de los demás.

Frank está cansado. Necesita un relevo que encuentre esa pelota que nunca deja de girar en un país orgulloso de haber hecho de la Segunda Oportunidad parte de su adn. Pero, desde luego, no lo encontrará en sus hijos, con quienes compartió tantos viajes de fin de semana y tantas experiencias que, como el Museo de la Lenteja, iban destinadas a despertarles el gusto y la curiosidad por la vida. Quién sabe, y este es el final abierto de la tetralogía, si el futuro del imperio no estará en los barracones de esas familias que perdieron sus hogares por las hipotecas subprime. Estados Unidos ya resucitó una vez gracias al músculo fibroso de los miserables que sobrevivieron a la Gran Depresión. Escribe Steinbeck en Las uvas de la ira: «Hubo un tiempo en que California perteneció a México y su tierra a los mexicanos; y una horda de americanos harapientos lo invadieron. Y su hambre de tierra era tanta que se la apropiaron: robaron la tierra de Sutter, la de Guerrero, se quedaron con las concesiones y las dividieron y rugieron y se pelearon por ellas aquellos hambrientos frenéticos; y protegieron con rifles la tierra que habían robado. Levantaron casas y graneros, araron la tierra y sembraron cosechas. Estos actos significaban posesión y posesión equivalía a propiedad: los mexicanos estaban débiles y hartos. No pudieron resistir, porque no tenían en el mundo ningún deseo tan salvaje como el que los americanos tenían de tierra».

En el fondo, El gran Gatsby, Las uvas de la ira y la tetralogía de Richard Ford acentúan los peligros del aburguesamiento, de los imperios que no se derrumban, sino que se van erosionando, la necesidad de mantener el sueño americano en forma e inquieto. No hay en sus páginas deconstrucción alguna del American Dream, como en los escritores à la française —pienso en Henry Miller—: una de las claves del éxito de Ford es la implantación de la literatura sureña, con un tono naíf y una ironía demoledora, en una costa Este con las virtudes demodés. Mide el ecosistema snob de Wall Street como lo harían Faulkner, Eudora Welty, Walker Percy o Carson McCullers, y mira desde la barra del bar y la propiedad privada como lo hace Edward Hopper.

Ha escrito Eduardo Lago que «la Gran Novela Americana asume la función que desempeña en otras literaturas la épica nacional, elemento del que Estados Unidos, como nación joven, carecía». La aportación, así las cosas, de Richard Ford cumple los requisitos comunes de calidad expresiva, construcción de los personajes y argumento, largo aliento y agudeza en la descripción y análisis de la realidad social norteamericana. Más allá de las novelas de tesis, el escritor de Mississippi abandera esa literatura que mantiene su fe en el giro hermenéutico de Sócrates, enfocándose al interior del individuo, manteniendo lejos de sus novelas las manos de dioses vengativos y las buenas intenciones de los activistas antisistema. Sin caer en la posmodernidad post mórtem de Foster Wallace o en el anarcosolipsismo de Pynchon y Gaddis y Vollmann, el Zeitgeist de lo que queda de América impregna las páginas de esta escuela clásica que resiste a la globalización, ejerciendo de escenario y no como protagonista de unas desventuras clásicas para el hombre, pues este, para no bañarse nunca en un mismo río, parece haber cambiado bastante poco de esencia con el paso de los siglos. Podríamos identificar esta corriente con el naturalismo, si habláramos de Franzen, el periodismo, caso de Wolfe o Talese, herederos de Capote, Mailer, Hemingway y Twain, o tal vez con el realismo, sucio, si se trata de Richard Russo, o gótico, en el concreto de Joyce Carol Oates.

Con toda probabilidad, Frank Bascombe rechazaría cualquiera de estas etiquetas, al igual que la mayoría de autores a los que este sistema entomológico pretende clasificar. Ellos, por impostura; él, por exceso de complejidad. Su personalidad se encuentra más cercana a Emerson y a Thoreau que a los popes literarios, si bien las obras de los grandes filósofos de la libertad acaso sean las más estrictas aproximaciones por escrito al espíritu americano. De acuerdo con los valores e ideales imperantes en la cuna de la democracia moderna, que de eso se trata, la Gran Novela Americana habría de ser un canto a la libertad y al optimismo, a la primacía de la naturaleza y a la confianza en uno mismo, al esfuerzo y la superación y a los designios divinos que los guían. Norman Mailer, que se fue al infierno a buscar la ballena blanca de la Gran Novela Americana, parece estar hablando de la obra de Ford cuando define su oscuro objeto de deseo: «Las novelas que revigorizan nuestra visión de la sutileza del juicio moral son esenciales para una democracia. Los norteamericanos fueron afectados durante décadas por Las uvas de la ira. Algunos buenos sureños incluso desarrollaron un sentido de lo trágico leyendo a Faulkner. No me gusta decirme: “Quiero hacer entender esta idea”. Más bien trato de suscitar un estado de conciencia en el lector que acomodará el material que estoy presentando. Mi esperanza es que mi obra cambie sus mentes. ¡Que se entienda bien! No deseo cambiar la mente de todos en una dirección: eso equivales a propaganda››.

El estado relacional. De la teoría a la práctica

 

LOS RETOS DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS EN EL SIGLO XXI

Los poderes públicos se enfrentan a grandes retos en la actualidad. Una demografía cambiante, mayor demanda de servicios y presupuestos más ajustados exigen nuevos razonamientos para el mantenimiento y mejora del Estado de Bienestar.

Junto a las transformaciones económicas y laborales asistimos a cambios demográficos de considerable transcendencia debidos a la disminución de la fecundidad, a la caída drástica del número de nacimientos en relación con el total de la población, al aumento de la esperanza de vida y al aumento de la supervivencia; de tal manera, que el proceso de envejecimiento de la población se acentuará considerablemente en el futuro.

Los datos que recoge el Observatorio FEDEA de la Sanidad (diciembre 2014) muestran cómo los indicadores de salud más inmediatos reflejan una evolución preocupantes: el descenso de la mortalidad infantil se ha detenido desde 2009 y el peso al nacer ha empeorado en ese mismo periodo. Asimismo, los indicadores de prevalencia de enfermedades crónicas habrían aumentado dos puntos en los tres últimos años, fundamentalmente los indicadores de hospitalizaciones a causa de la diabetes, depresión, ansiedad y otros trastornos mentales.

Por otro lado, no se podrán obviar los nuevos riesgos sociales y económicos derivados del aumento de gasto en protección social (atención sociosanitaria, pensiones) así como de las modificaciones originadas en las etapas labores y educativas de la población que trastocan la incorporación a la vida laboral de los ciudadanos.

El control de los gastos de salud y de las diversas prestaciones sociales se presentan como cuestiones de fundamental preocupación. La complejidad del retrato de la situación evidencia la dificultad de abordaje y resolución de los retos emergentes a partir de parámetros tradicionales.

Por ello, el Estado de Bienestar deberá modificar los tradicionales ejes sobre los que se sustentaba para construir sus cimientos sobre la base de los cambios sociales y económicos que se están produciendo en los últimos años. La nueva configuración del mismo deberá contemplar, entre otros, la transformación del mercado laboral, los cambios demográficos y sus consecuencias sociales, los cambios en la estructura social, la inmigración y la variable medioambiental, todos ellos desafíos de enorme complejidad.

Este panorama condiciona la respuesta del conjunto de las administraciones públicas. La solución en clave de austeridad, a través de la eliminación de servicios o el establecimiento de copagos, ha sido la fórmula materializada por un número considerable de ellas. En otras administraciones la reacción ha sido planteada en términos de aumento de eficiencia y de productividad o en una combinación de ambos planteamientos.

Sin embargo, los poderes públicos son conscientes de que las respuestas diseñadas hasta la fecha únicamente aportan soluciones a corto plazo pero no son un modelo que posibilita su mantenimiento a medio o largo plazo.

Asimismo, muchos de ellos reconocen que no se puede permanecer en el modelo actual si los objetivos que se plantean persiguen el mantenimiento de un modelo de bienestar sostenible.

EL ESTADO RELACIONAL

El modelo del Estado Relacional ha sido esbozado como una respuesta nueva a los retos planteados. La expresión está presente en España desde hace años aunque todavía no se ha producido su plasmación ni en el ámbito social y ni el político.

El aspecto importante en el contexto actual —tal y como se visibilizará a continuación— es la posibilidad de que este modelo esté cristalizando de manera emergente y tangible, de manera particular, en el área de la sanidad y de los servicios sociales.

En las sociedades occidentales, las políticas sociales se enfrentan a determinados condicionantes estructurales dependientes de los acuerdos establecidos entre el Estado y el mercado. Sin embargo, en el escenario actual, el Estado ya no se erige en protagonista principal sino que aparecen en escena diversos sujetos destacados en la esfera de la gestión social.

Los mecanismos habituales de modernización en el sector público han basculado entre mayor burocracia o mayor mercado. Sin embargo, en la actualidad existe consenso a la hora de reconocer que estas intervenciones tradicionales, únicamente son operativas, para resolver problemáticas relativamente simples pero no sirven para dar respuesta al conjunto de la compleja problemática de la sociedad como pueden ser las enfermedades crónicas, los comportamientos antisociales o los jóvenes desempleados de larga duración. La respuesta a estos desafíos exige soluciones interconectadas y múltiples.

Por ejemplo, hace décadas el sistema de salud debía enfrentarse a problemas de salud agudos como las enfermedades transmisibles o fracturas y accidentes. Estas complicaciones se podían abordar mediante tratamientos relativamente sencillos. Sin embargo, hoy en día el 80% del gasto va destinado a las enfermedades crónicas como la diabetes, las enfermedades mentales graves o la demencia senil. Estas enfermedades no se curan, necesitan apoyo a largo plazo. Requieren una intervención compleja e interconectada. El sistema de salud debe por tanto adaptarse a estos cambios y las viejas recetas ya no sirven. La complejidad planteada en este ejemplo no se resuelve con mayor burocracia ni con simples incentivos de mercado.

El Estado Relacional proporciona algunas pistas para enfrentarse a retos complejos de este tipo.

Existen otros entramados relacionales, además de la pertenencia al Estado que tienden a redefinir y posibilitar la integración social y por tanto, la inclusión social no se encuentra ya, exclusivamente gestionada por las políticas protectoras del Estado sino que concurren, asimismo, diversas formas de relación que viabilizan la inserción social del individuo.

Del mismo modo se produce progresivamente una re-definición de las «empresas relacionales». Estas son cada vez más conscientes de que no es posible apartar la operación corporativa de la responsabilidad social y tratan de responder a las expectativas sociales para ayudar a crear una mejor comunidad. Junto con los desafíos propios de las empresas relativos a la productividad y competitividad, las empresas manifiestan cada vez mayor preocupación por la legitimación de su actuación en el ámbito social y por su función en la cimentación del bien común. Una parte del sector empresarial cada vez es más consciente de la necesidad de adoptar dentro de sus principios rectores la responsabilidad social y el compromiso con la comunidad y abogan a favor de una relación de carácter positivo entre la responsabilidad comunitaria y el desempeño económico.

Este escenario relacional de diversos actores hasta ahora pasivos más que activos conlleva la redefinición de las estrategias y de las políticas de cohesión social tradicionales. Deberán abordarse de manera conjunta y entrelazada por parte de la pluralidad de actores de carácter mixto, público y privado existentes.

Por tanto, los derechos sociales y el bienestar social de la población se configuran en clave de tipo relacional. La inserción social estaría comandada por una ciudadanía caracterizada por múltiples pertenencias que vincula la ciudadanía estatal y la ciudadanía societaria.

El reconocimiento y legitimación de soluciones abanderadas por diversos actores implica la asunción de políticas sociales capaces de responder a las necesidades específicas surgidas en contextos relacionales determinados y la desaparición de los parámetros de normalidad establecidos tradicionalmente.

En este contexto, sin embargo, la autogestión de las diversas esferas y autonomías sociales no debe ser incompatible con estrategias orientadas al bien común y a la solidaridad social y si bien resulta inexcusable que las sociedades occidentales garanticen el ámbito de libertades de los ciudadanos al mismo tiempo resulta trascendental responsabilizar al ciudadano de sus comportamientos individuales.

El Estado Relacional oferta respuestas satisfactorias a problemáticas complejas debido a que interconecta eficazmente los servicios públicos, hecho que posibilita soluciones más integradas y porque crea condiciones en proximidad con los ciudadanos.

TRADUCIR GRANDES CONCEPTOS AL ÁMBITO OPERATIVO

Los grandes cambios de concepto sobreentendidos en la organización del Estado Relacional requieren ser trasladados a la realidad operativa comunitaria. Únicamente servirán como nuevo modelo alternativo al Estado de Bienestar tradicional si en la realidad de nuestro país es tangible la mejora de los resultados.

Este cambio se consigue:

— Considerando a los ciudadanos como un agente activo y no perceptor pasivo de servicios.

— Mediante la gestión de los servicios públicos como red interconectada y no como una batería de elementos fragmentados como ocurre en la actualidad. Por ejemplo, esta opción permite ofrecer a un sector de la población (mayores) un servicio de puerta única al sistema sociosanitario. Nuestros servicios municipales o locales actuales no se encuentran interconectados.

— Mediante una descentralización de los presupuestos otorgados a organizaciones locales con el propósito de que materialicen «sus» respuestas de carácter local mediante innovaciones de perfil local. La evidencia sobre soluciones locales versus soluciones planificadas a nivel central en alguna administración lejana de la realidad, indica de manera creciente que los resultados son mejores. Se consigue de manera más eficaz desgajar la fragmentación local. Las administraciones de carácter más central deben razonar en clave de «facilitadoras» y no gestoras. Este es

probablemente el cambio cultural más difícil de conseguir en España debido a que la práctica habitual de esas administraciones centrales consiste en microgestionar desde «arriba». El liderazgo del sistema interconectado debe ser local, donde los diversos elementos que lo conforman toman sus decisiones de manera conjunta.

— Permitir mayor integración («pooling») presupuestaria en ese ámbito local con el fin de que los servicios puedan planificarse de manera integrada y «sistemática» sobre un área geográfica concreta.

— Otorgar un mayor nivel de autonomía de decisión a la esfera local en esa área.

— Crear condiciones para una mayor integración de los profesionales prestadores de servicios en esa área en equipos multidisciplinares —por ejemplo, equipos socio-sanitarios—. Hoy en día esos prestadores no son equipos, operan de modo fragmentado sobre el mismo individuo.

— Promover nuevas estructuras colaborativas en el ámbito local; es decir organizaciones en red que hoy aún trabajan de forma fragmentada. La función de esas estructuras es fortalecer los lazos entre los ciudadanos y ayudar a que identifiquen soluciones juntos.

UN CAMBIO SOCIOLÓGICO Y ORGANIZATIVO

A medio plazo se precisará un cambio cultural relacional que implique un alejamiento de unos servicios públicos proporcionados a unos ciudadanos pasivos por otros modelos de organización en los que la sociedad civil desempeñe un papel activo y codecida los elementos clave que conforman sus vidas.

En la actualidad se asiste a un cambio en la relación entre ciudadanos y el Estado de tal manera que el ciudadano abandona su tradicional rol pasivo para asumir un papel activo. En este sentido, la reacción a este cambio sociológico no se ha hecho esperar por parte de la mayoría de las formaciones políticas. Este cambio se materializa en el escenario político en una nueva «conversación» con los ciudadanos bajo los parámetros de mayor democratización de las decisiones y participación social (celebración primarias…).

Sin embargo hay sectores como el sanitario y el de servicios sociales que, en una esfera menos politizada y más de gestión, llevan unos años modelando de forma operativa estos cambios sociales. Además están obteniendo resultados positivos en la realidad española e internacional hasta el punto de estar configurando un Estado Relacional en su ámbito de actuación. Esta circunstancia es justificable debido a la necesidad urgente que se plantea en estos sectores de identificar soluciones originales a la sostenibilidad del sistema. Tales cambios merecen ser destacados en este artículo por el interés actual que suscitan y por la forma que están adquiriendo en nuestro país y en otros países occidentales.

LA EMERGENCIA DE MODELOS NUEVOS DEL ESTADO DE BIENESTAR

En el ámbito internacional proliferan ejemplos que se caracterizan por configurar nuevas formas de organización de los servicios del Estado de Bienestar. Se dan en todos los sectores.

Por ejemplo en Ontario (Canadá), las reformas del sistema escolar del 2003 han permitido a esta provincia pasar a tener uno de los mejores sistemas del mundo. La tasa de finalización de la escolarización pasó del 68 al 82% en un plazo de ocho años y el número de profesores que abandonan la profesión cayó drásticamente. M. Fullan (2012) ha identificado varios factores explicativos para este éxito. Se redujeron el número de metas impuestas desde el centro y se otorgó a los profesores mayor autonomía para innovar y experimentar en sus modelos pedagógicos, inversión importante para su desarrollo profesional, así como diseminación rápida de las mejores prácticas y una cultura de trabajo en equipo.

En Finlandia, cuyo éxito en educación es reconocido también mundialmente, en gran medida por el uso intensivo de apoyo a niños con necesidades educativas especiales, todo se lidera localmente. Así, un 30% de los estudiantes finlandeses reciben apoyo educativo especial, tasa mucho mayor que la de cualquier otro país en el mundo.

En Milwaukee, ee.uu., un proyecto dirigido a niños con problemas de comportamiento, el programa Wraparound, reagrupa todos los presupuestos que hasta la fecha funcionaban como compartimientos estancos en esa comunidad. Se han reemplazado todas las estructuras por una única, mediante la cual los profesionales coordinan un «plan» individualizado. Tal estructura además opera localmente un servicio de crisis de 24 horas. Las hospitalizaciones psiquiátricas de niños se han reducido de 5.000 a 300 días de ingreso.

En el ámbito nacional español emergen experiencias pioneras que van configurando la misma manera de actuar. Se describen a continuación tres nuevas formas de actuación en la sanidad española e internacional como ejemplos prácticos del movimiento relacionales en la sanidad.

a) Organizaciones integradas locales

Los servicios de salud reconocen de forma creciente que los resultados no pueden limitarse exclusivamente a la prestación del servicio convencional a los ciudadanos. En consecuencia surgen diferentes innovaciones locales y organizaciones civiles que intentan crear nuevas coaliciones tanto de carácter público-público como de carácter público-privado.

Es el caso concreto de los sistemas integrados de salud. Estos sistemas locales reagrupan todos los actores sociales y sanitarios de una zona geográfica concreta con el fin trabajar de forma coordinada en lugar de fragmentariamente. Se trata de que todos los agentes implicados al efecto en esa comunidad tengan un objetivo único y común —mejorar efectivamente la salud de esa población— y no únicamente proveer de ciertos servicios médicos y sociales tradicionales.

Estos sistemas locales son modelos organizativos que permiten crear redes de potenciales prestadores y sociedad civil en general con el objetivo de trabajar de manera más colaborativa en una localidad. Estas organizaciones locales reciben nombres diferentes en diferentes países pero siempre se refieren a la misma lógica relacional que intenta poner en práctica los conceptos y operatividad arriba mencionados (Care Groups en Holanda, Integrated Networks en Escocia, Accountable Care Organizations en los EE.UU., Áreas Integradas o Microsistemas en España…).

A la vez que se cambia la organización en el ámbito de la prestación de servicios, se ha iniciado una profunda transformación en el modelo de financiación de esos prestadores. Históricamente, los modelos de financiación de esas organizaciones y prestadores también han estado por regla general fragmentados. Sin embargo, en la actualidad crece el número de ejemplos de financiación combinada (contratación de valor en lugar de contratación de actividad) para alcanzar los objetivos comunes.

Este modelo relacional está tomando forma en la sanidad, debido a que los datos indican que esta combinación integrada de prestación de servicios locales consigue mejores resultados y es más eficiente. Aunque estemos en un momento incipiente y sean necesarias más evaluaciones, parece, según dichos resultados, que este modelo puede permitir hacer más sostenible la sanidad y los servicios sociales.

b) El paciente activo

Otra de las innovaciones tangibles, que demuestran estos cambios hacia el Estado Relacional, es el proceso de empoderamiento de ciudadanos y pacientes que se está produciendo en España y en otros países. Se trata de alejarse del modelo histórico del paciente pasivo y dependiente únicamente de los profesionales sanitarios para promover una mayor personalización y dar voz al paciente en relación a las decisiones que le conciernen. Se trata de procesos educativos que activen a los pacientes de forma que auto-gestionen su enfermedad de manera más eficaz, responsabilizándose, con la ayuda del sector sanitario, de la obtención de resultados. En España ya existen 20.000 pacientes operando de esta forma, que confirman también aquí los resultados ya establecidos de otros países en los que se acredita que estos pacientes activos obtienen mejores resultados de salud y hacen menor y mejor uso de la sanidad.

En suma, esta mayor responsabilización de los usuarios sobre la gestión de su propia enfermedad crea al respecto una cultura menos dependiente y más autónoma. Es claramente una forma concreta de empoderamiento ciudadano y de mayor participación colectiva.

c) Gestionar los determinantes sociales de la salud

El establecimiento de determinantes sociales de la salud han difundido la premisa de que los patrones de morbilidad y mortalidad característicos de diferentes grupos sociales se encontrarían condicionados, además de por estilos de vida, por elementos de estratificación social.

El estilo de vida, los factores socioeconómicos, culturales y ambientales son condicionantes que influyen en la salud del individuo y la determinan. Sin embargo, el reconocimiento de determinados estilos de vida como factor de riesgo a la hora de analizar y evaluar ciertos estados de salud no debe presuponer únicamente que un conjunto de decisiones de carácter personal de libre elección por parte del individuo agote la causalidad del riesgo, de tal manera que la irrupción de determinadas enfermedades se debería en exclusiva a la responsabilidad del individuo. Existen evidencias empíricas que permiten afirmar que determinadas políticas institucionales pueden condicionar estados de salud especialmente en casos que implican procesos de desigualdad social.

Pues bien, las iniciativas de los ejemplos arriba mencionados, que reflejan la necesidad de identificar nuevas formas de decidir y gestionar determinados programas sociales en el ámbito local, permitirían además abordar sobre el terreno uno de los grandes retos del sector sociosanitario como son los determinantes sociales de la salud. Para estos determinantes, conocidos científicamente desde hace tiempo como elementos que impactan directamente en la salud de la población, no existía un modelo organizativo local que permitiera abordarlos. Los procesos del Estado Relacional proporcionan también pistas de cómo se puede intervenir al efecto en el ámbito local.

No es mejor callar: Auschwitz y los límites de la representación

En uno de sus muchos guiños a la hemeroteca, Jean-Luc Godard dejó dicho que un travelling es una cuestión moral. Aludía con ello a la influencia de que goza el cineasta -patrón del arte más democrático de la cultura de masas- cuando presenta ante los espectadores una determinada versión de la realidad y no otra. Y si alguien ha tomado al pie de la letra esa afirmación es su compañero de Nueva Ola Jacques Rivette, crítico primero y luego director, quien como es sabido denunció como «abyecto» el movimiento de cámara que en Kapò (Pontecorvo, 1960) se aproxima al cuerpo de un suicida que acaba de arrojarse sobre la alambrada electrificada de un campo de concentración nazi. Desde entonces, no ha habido ningún intento de relatar el exterminio nazi de los judíos europeos que no haya producido -con las debidas variaciones- su polémica correspondiente. Sucedió con La lista de Schindler (Spielberg, 1993) y con La vida es bella (Benigni, 1997), por mencionar los ejemplos más conocidos. Y vuelve a pasar, aunque con menor intensidad que antaño, con El hijo de Saúl, la película del director húngaro Laszlo Némes que ganó el Gran Premio Especial del Jurado en el último Festival de Cannes y acaba de estrenarse en España.

Significativamente, la película comienza con una imagen fuera de foco, que da paso a la figura de un hombre demacrado que camina con la mirada fija y un gesto de extrema concentración. Desde ese momento, la cámara no se separará de él: se trata de un miembro de los Sonderkommando de Auschwitz, unidades formadas por prisioneros judíos encargadas de limpiar los hornos tras la cremación de los allí ejecutados, allá por el otoño de 1944. Más concretamente, se trata de un húngaro llamado Saúl Ausländer, o sea, Saúl el Extranjero, a quien seguimos por todo el campo -a través del cual se mueve con una libertad desde luego ficticia- en sus distintos quehaceres: por un lado, el cumplimiento de sus macabras funciones; por otro, el desempeño de las tareas de resistencia que conducirán a una revuelta rápidamente sofocada por los soldados alemanes. Mientras tanto, conocemos sus relaciones con los demás miembros de la siniestra unidad, no siempre buenas, así como el mercadeo -tambien sexual- entre prisioneros y carceleros. Mientras vacía una de las cámaras de gas, Ausländer topa con el cuerpo moribundo de un niño, pronto rematado por los verdugos, al que reconoce como su hijo: un delirio al que una ambigua escena posterior presta cierta credibilidad. Sea como fuere, Ausländer se consagra a la tarea -¿redentora?- de darle sepultura, con ayuda de un rabino cuya búsqueda constituye uno de los motores de la trama. Ésta, en la medida en que la entrevemos mediante el particular y riguroso punto de vista escogido por el director, incluye una visita nocturna al bosque cercano donde el exterminio se ejecuta pistola en mano, entre inmensas hogueras y fosas donde son arrojados los cadáveres, así como la fallida revuelta de los miembros de la unidad una vez comprenden que su propia muerte está cerca. Todo ello, acompañado por una espectral banda sonora compuesta por voces, golpes metálicos, aullidos: la banda sonora del infierno.

O no. Porque varios críticos han mostrado ya su desacuerdo con la película, a la que acusan de banalizar aquello que, justamente, no puede ser banalizado. Manohla Dargis escribe en The New York Times que se trata de un film «radicalmente deshistorizado e intelectualmente repelente», mientras el austríaco Stefan Grissemann sostiene en Film Comment que el intento de Nemes por hacernos sentir que estamos allí es, además de un acto de narcisismo, una trampa moral: porque si podemos estar en Auschwitz sin volvernos locos, quizá su terror no sea tan inimaginable. O sea, que hacer palpable lo inconcebible conduce en línea recta a la trivialización. Michael Kienzl, adelantándose a una recepción alemana pendiente por estarlo aún el estreno en aquel país, escribe en la revista digital Critic que nuestra proximidad a Saúl, que mantiene los acontecimientos exteriores en un borroso trasfondo, resta fuerza emocional a éstos y amenaza con convertir al Holocausto en una atracción de feria, correspondiendo a Auschwitz el papel del tren de los sustos.

Sobre lo que no se puede hablar, en suma, es mejor callar. Algo que no encaja demasiado bien con ese animal elocuente que es el ser humano, dispuesto a abordar con los medios a su disposición cualquier tema por espinoso que sea. Ninguno lo es más que el Holocausto, que suele describirse como inimaginable y, por eso mismo, irrepresentable. Ahora bien, ¿qué significa que un determinado acontecimiento es irrepresentable? ¿Tiene sentido esta categoría? ¿Puede aplicarse al Holocausto y al cine que intenta narrarlo?

En su ensayo sobre este mismo tema, el filósofo francés Jacques Rancière apunta que la idea de la irrepresentabilidad artística tiene un doble sentido. Por una parte, supone que el carácter esencial de la cosa en cuestión que se trata de representar no puede hacerse presente: su «traducción» es inviable. Por otra, que esa imposibilidad se debe a la naturaleza misma de los medios que el arte pone a nuestra disposición: ya sea por la «irrealidad» que el arte confiere a lo representado, detrayendo así «realidad» de ello; ya porque el artefacto representativo produce una emoción o un placer incompatibles con la gravedad de lo que se pretende hacer presente. Algo que Grissemann sugiere en su crítica de El hijo de Saúl: una película sobre Auschwitz, sostiene, no puede ser vitalista ni excitante: porque Auschwitz era justo lo contrario. En conclusión, algunas cosas quedarían fuera de la competencia del arte y revelarían de paso su impotencia.

Sin embargo, Rancière se rebela contra semejante proposición. A su juicio, ningún suceso o fenómeno es, en sí mismo, irrepresentable: ésta no es una propiedad predicable de las cosas. De hecho, existen un lenguaje y una sintaxis que permiten representar cualquier cosa, y son los mismos que corresponden al régimen estético del arte en general. Por eso, en sentido contrario:

La afirmación de la irrepresentabilidad sostiene que ciertas cosas sólo pueden ser representadas de un cierto modo, por medio de un tipo de lenguaje apropiado a su excepcionalidad. Stricto sensu, la idea es vacua. Sólo expresa un deseo: el deseo paradójico de que, dentro del mismo régimen [artístico] que hace posible la correspondencia entre objetos y formas, existan formas apropiadas para expresar la singularidad de una excepción.

Sugiere así Rancière que el reproche de la irrepresentabilidad nace de una insatisfacción en apariencia irremediable: el anhelo por un arte distinto, capaz de expresar lo radicalmente distinto. Quizá por eso el documental de Claude Lanzmann haya sido aceptado, junto a la mucho más breve pieza de Resnais, dentro del canon: si Shoah (1985) escenifica la renuncia a la representación visual, Noche y niebla (1955) se vale directamente de imágenes documentales. En ninguno de los dos casos habría, se sobreentiende, traición a la realidad atroz del Holocausto. Donde «atroz» ya sería, para esta escuela de pensamiento, una forma trivial de hablar: porque también de un mal partido de Cristiano podemos decir que fue «atroz». Para nuestro filósofo francés, en cambio, este purismo está desencaminado, porque ese otro lenguaje no existe. Tenemos un único lenguaje artístico y lo determinante será el uso que de él se haga; o sea, las elecciones estéticas de cada artista.

Si bien se piensa, no tiene demasiado sentido sostener que algunas cosas son irrepresentables. O bien ninguna lo es, porque el acto mismo de hacer presente lo ausente a través del artificio artístico adultera irremediablemente la realidad representada, o todas lo son sin excepción, sea cual sea la estrategia representativa empleada y la eficacia de la misma. Habrá, podemos conceder, realidades que presenten mayores dificultades; pero ninguna quedaría fuera de la jurisdicción del arte. De ahí no se deduce que el arte sea omnipotente, por la sencilla razón de que siempre habrá algo insatisfactorio en la tarea representativa (algo evidente en la esfera política, por cierto). Ahora bien, que el arte no lo pueda todo no debe llevarnos a pensar que nada puede. ¿Acaso podemos imaginar un mundo desprovisto de representaciones artísticas sobre asuntos problemáticos? ¿Qué ganaríamos con ello? Imaginemos, en relación con nuestro caso, que nunca se hubiera filmado una sola película sobre el Holocausto. ¿Seríamos más conscientes de su barbarie, nos referiríamos a ese crimen con más reverencia, estaría así garantizada su irrepetibilidad? No hay razón para ello. Cualquier representación es ya una banalización, y algunas lo son en mayor medida; pero eso no las convierte en inservibles. De hecho, la falta de ficciones cinematográficas sobre el gulag soviético no ha servido para espolear la imaginación de los ciudadanos occidentales y hacer más presente aquella otra barbarie.

La gran virtud de El hijo de Saúl en el terreno representativo -enfrentándose como lo hace al tema tabú por excelencia- estriba en su capacidad para proporcionar una experiencia sensorial de Auschwitz, arrastrados como somos desde el primer momento por una puesta en escena basada en el uso de tomas largas sin apenas montaje, en la atención a los detalles materiales y gestuales, en un movimiento incesante a través del campo y sus distintos escenarios. Su singularidad no estriba en los acontecimientos, ni en el relato, sino en la textura. Al tiempo, permanecemos siempre junto al personaje protagonista y lo que sucede alrededor de él permanece en sordina, exigiendo del espectador un trabajo permanente de deducción que haga comprensible lo que está sucediendo más allá del plano. Para Jonathan Romney, el Holocausto permanece así fuera de foco: la película trata sobre lo que vemos y no vemos, sobre lo que no puede ser mostrado, por medio de «una dialéctica de oscurecimiento y revelación». Nemes emplea así un arma específica del cine, cuyo poder comprendí el día que vi a un espectador levantarse en una sala con objeto de ver aquello que -la película era de Fritz Lang- quedaba «debajo» del encuadre. De alguna manera, esta limitación epistemológica afecta también a Ausländer, porque el personaje no sabe que está en Auschwitz, como Fabrizio del Dongo ignoraba encontrarse en Waterloo: la dimensión de semejantes acontecimientos históricos sólo es revelada a la posteridad, que convierte esos lugares y sucesos en símbolos que operan, además, como sinécdoques: Waterloo es Napoleón y Auschwitz el Holocausto.

Hay que destacar, como elemento crucial de la puesta en escena de Nemes, su uso del sonido. Ya se ha señalado antes que se trata de una banda sonora fantasmagórica -compuesta por aullidos, conversaciones en alemán y húngaro, sonidos ásperos- que no posee correspondencia literal con lo que vamos viendo en pantalla (posibilidad dramática que Orson Welles, con su experiencia radiofónica, fue el primero en comprender). Es más bien un ulular constante, que a ratos parece la xicofonía de Auschwitz invocada por un médium contemporáneo. En su repaso de las innovaciones tecnológicas en la historia del cine, el director Paul Schrader ha destacado la importancia del sonido, que obedece en primer lugar a la primacía de ese sentido en el ser humano debido al imperativo de la supervivencia: «El oído manda». Actualmente, toda la banda sonora es añadida ex post con un extraordinario grado de virtuosidad; las posibilidades técnicas (al igual que sucede con el color) son ya ilimitadas. Schrader destaca el papel del ingeniero de sonido Walter Murch, subrayando especialmente una escena de Apocalypse Now (aquella en que la barcaza comandada por Marlow llega de noche hasta una trinchera norteamericana situada en un puente donde resuenan los gritos fantasmales de los norvietnamitas) que bien podría haber servido de inspiración a Nemes. Para Grissemann, en cambio, figurarse a unos extras recreando en el estudio los gritos de las víctimas a fin de incluirlos en la película resume la obscenidad de ésta. Su reproche, sin embargo, es más puritano que razonable: las más severas obras de arte han sido creadas en condiciones que no recordaban ni por asomo las recreadas por ella. También Dante, cuando componía su Infierno, hacía descansos para comer bajo el sol italiano.

Naturalmente que no «estamos» en Auschwitz cuando vemos El hijo de Saúl, sino en la sala de cine. Durante la proyección, sin embargo, es «como si» estuviéramos en Auschwitz: la inmersión es eficaz y consigue transmitir una parte -ínfima, insuficiente- de aquel nadir de la especie. Su impacto es afectivo, opera en el nivel de las sensaciones. Para el pensador norteamericano Davide Panagia, ahí reside una de las potencialidades de la cultura popular: su capacidad para crear dislocaciones afectivas que inciden sobre nuestra percepción de las cosas. Si una determinada sensación, producida por un producto cultural, interrumpe nuestra manera convencional de percibir y evaluar el mundo, invitándonos con ello a reconfigurar nuestro cuerpo de significados o su jerarquía emocional, entonces esos momentos de cultura son también momentos políticos. Sobre la importancia política de la recepción de la obra de arte en el marco de la cultura moderna han hablado también Lynn Hunt o Richard Rorty, quienes ponen de manifiesto su capacidad para ubicarnos en lugares y experiencias de otro modo inaccesibles, generando así corrientes de empatía que nos hacen más sensibles al argumento moral. En este terreno, sensacional y afectivo, El hijo de Saúl cumple con creces su función representativa sin dejar por ello de trascender -como experiencia cinematográfica particular- esa misma función. Sobre lo que no se puede callar, parece decirnos, es mejor hablar.

Gregorio Luri (I): “El siglo XX nos enseña de los peligros del sometimiento a la estricta racionalidad científica”

Conversar con Gregorio Luri constituye un lujo intelectual. Su tono, sereno y penetrante, ilumina el presente desde las grandes claves de la filosofía. En esta ocasión, utilizamos su último ensayo, ¿Matar a Sócrates? (Ed. Ariel), para dialogar sobre la actualidad del pensamiento socrático, las dificultades que afronta la democracia, la necesidad de cultivar la atención y el riesgo de caer en la intransigencia de la verdad.

 –          En ¿Matar a Sócrates?, usted se plantea una pregunta que le hubiera resultado pertinente a su admirado Leo Strauss: ¿de qué modo el pasado sirve para iluminar el presente? La cuestión cobra actualidad para alguien que no haya leído su libro: ¿por qué necesitamos a Sócrates? ¿Cuál es su vigencia en un mundo animado por el impacto veloz de la tecnología?

 –          Para contemplar el presente hay que salir de él. Hay dos salidas posibles; hacia el futuro (que es la historicista) y hacia el pasado (que es la humanista). Cuando contemplamos el presente desde el pasado no encontramos respuestas para nuestros problemas presentes, pero sí descubrimos que nuestros problemas importantes son muy antiguos. Tan antiguos que podrían estar indicándonos la presencia de algo que podemos llamar propiamente “naturaleza de las cosas humanas”. Por eso la interrogación socrática sigue iluminándonos.

 Esta interrogación nos muestra que es posible acceder a la singularidad de las cosas humanas desde la manera natural como los hombres se expresan cuando hablan de sus problemas. En tiempos de Sócrates no había “ciencias humanas”, ni “ciencias de la educación”, ni “ciencias políticas”. Esto, lejos de enturbiar su actividad filosófica, le permitió acceder a la manera como los hombres se ven a sí mismos cuando no tienen posibilidad de ser pedantes.

 La posibilidad de acceder a la comprensión de las cosas humanas desde ellas mismas, es decir, desde el lenguaje en que son formuladas en el mundo de la vida, podría ser la manera adecuada de aproximarse a lo humano, es decir, a lo político, siempre y cuando entre las cosas humanas y las cosas no humanas haya una diferencia esencial. Sócrates nos muestra que la hay. Por eso mismo, el asombroso progreso del conocimiento científico, sigue permitiéndonos ser socráticos.

 –          En el libro, usted se refiere a la doble fuente de la cultura clásica europea: Atenas y Jerusalén, la razón griega y el sentido ético del judeocristianismo. Si Sócrates sitúa la quintaesencia de su pensamiento en un mandamiento único –¡atrévete a pensar! –, el cristianismo añade la primacía del mandamiento del amor, hasta el punto de que un autor tan perspicaz como el teólogo ortodoxo John Zizioulas se atreverá a sostener: “amo, luego existo”. Pero habría un tercer elemento, muy propio del judaísmo, que ha llegado trastocado a la modernidad: el valor de las lágrimas. Catherine Chalier ha escrito al respecto un ensayo bellísimo, que nos recuerda cómo la mirada pura de la razón resulta demasiado acerada sin el velo de las lágrimas. Las emociones nos humanizan, siempre que no sirvan para reforzar los rasgos más identitarios de la personalidad. Al judaísmo le interesaban las lágrimas que nos debilitan y nos hacen ser conscientes de nuestras limitaciones y no las que alimentan el resentimiento. ¿Se puede pensar sin una conciencia del dolor y del sufrimiento? ¿Y se puede amar?

 –          ¡Claro que se puede pensar sin una conciencia del dolor! ¡Más aún, hay una contradicción esencial entre las virtudes intelectuales y las morales! O, si se prefiere, el dolor teórico, nada tiene que ver con el dolor moral. Podríamos sospechar incluso que la indignación moral no es una virtud, sino un vicio filosófico, porque enturbia la nitidez de la mirada teórica. Recordemos la sonrisa de Demócrito o el monumental esfuerzo intelectual de Spinoza.

 Si la filosofía es de verdad lo que su nombre indica, es decir, una búsqueda de algo que se intuye pero no se posee, no debemos hacer mucho caso a los que nos dicen que ya han encontrado lo bello, lo bueno y lo justo. Precisamente por esto el lugar del filósofo –del filósofo de raza- en la ciudad es siempre problemático. Avempace sabía lo que se decía cuando hablaba de la vida filosófica como “el régimen del solitario”. En su “Carta del adiós”, Avempace dice que “abrigamos la esperanza de llegar con la filosofía a algo grande, pero no sabemos a qué en concreto”.

 Otra cosa muy distinta es cómo debe ser la conducta política del filósofo, puesto que no vive aislado, sino en la ciudad, o si la filosofía tiene poder para convertirnos en el guardián de nuestro hermano. Pero las respuestas a estas preguntas el filósofo ha de buscarlas filosóficamente, en la naturaleza de las cosas humanas, no en las meras opiniones.

 Sabemos que Cristo lloró al menos una vez y lo hizo por Jerusalén. No sabemos si alguna vez rió. A Sócrates nos lo muestra Jenofonte incluso bailando, pero nunca llorando. Añadiré que tengo una clara alergia a los filósofos lloricas, a los beatos, a los que están siempre a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo, a los que se dedican a hacer de maestros de escuela de la sociedad.

 Lo específico de Jerusalén no es el amor, sino la ley, o, si se quiere, en Jerusalén se ama a Dios obedeciendo su ley. Lo específico de Atenas es preguntarse qué es la ley. Pero quien se pregunta qué es la ley ya está con un pie fuera de ella.

 –          Cabe leer ¿Matar a Sócrates? como una extraordinaria reflexión sobre el sentido de la política. Usted señala que el gran hallazgo socrático sería el descubrimiento de la fragilidad de lo político que se encuentra en tensión con la realidad desnuda de las cosas. “La política es el arte de ocultarnos la realidad – leemos en el libro– no tanto porque sea desagradable, como porque es realidad y la política es arte. Las crisis políticas fuertes, que son las crisis de los regímenes políticos, tienen lugar cuando la naturaleza decide mostrarnos lo que estaba oculto”. Estas líneas me llevan a la relectura crítica que se hace actualmente de la Transición, y me pregunto dos cosas: ¿tiene solución la democracia española sin la confección de un nuevo relato? Y ¿cuánto hay de falso y de intencionado en el desenmascaramiento del régimen actual? ¿No puede suceder que detrás del velo de lo oculto no se encuentre la realidad sino sencillamente otra ficción?

 –          Ningún régimen político es perdurable si no es capaz de generar sus propios encantamientos sobre sus leyes constitucionales. Ninguna constitución se mantiene en pie por la bondad de su articulado, sino porque sostiene y apuntala la fe de la ciudadanía. Y aquí, volvemos, de nuevo a la ley, es decir, a Jerusalén. Las constituciones con una larga historia son las capaces de convertir sus principios arbitrarios en evidencias ciudadanas. Quien busca la racionalidad de una constitución, tarde o temprano acaba reclamando un hombre nuevo y proponiéndose su producción en serie.

 Marx se lamentaba de que los filósofos no habían hecho otra cosa que interpretar el mundo. En lugar de lamentarse, se debería haber preguntado si semejante terquedad no pone de manifiesto que su tarea no es nada fácil. Sin embargo él creyó haber resuelto los enigmas de la historia y se colocó en la posición de timonel de la humanidad, convencido de la posibilidad –y el deber moral – de cambiarla. El marxismo, aunque él crea lo contrario, es la sumisión de la praxis al rigor de la teoría. Es un idealismo porque pone a las ideas a tirar de la realidad. El marxismo es una aberrante reivindicación de Dios. El siglo XX nos ha proporcionado lecciones que deberían ser definitivas sobre los peligros del sometimiento de la específica racionalidad de las cosas humanas a la estricta racionalidad científica. Creo que esto es algo que intuyó Gramsci cuando dijo que la interpretación de la XI tesis sobre Feuerbach es que hay que pasar de Kant a Robespierre. ¿No habrá llegado el momento de ensayar lo contrario y probar de defender la autonomía de la praxis desde el rigor de la teoría?

 Efectivamente, la grandeza de la política se encuentra en su capacidad para ocultar la realidad natural y crear de esta manera al “animal político”. En condiciones de absoluta realidad la ciudad es imposible, porque es invadida por el estado de naturaleza. Por eso mismo la primera ley de la política es que el imperativo represor no puede ser reprimido.

Churchil II: El intelectual en la huella de Gibbon

Es tiempo de volver la vista atrás e intentar indagar, tomando como referencia la vida del político inglés, en aquellos hechos y circunstancias que pudieron influir en la conformación de su carácter, que sería tan decisivo en la heroica victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial.

En su biografía sobre Churchill, Roy Jenkins nos da algunas claves de sus ancestros y de cómo transcurrió su infancia. Gladstone que, en general, tenía un excesivo respeto por los duques, declaró que ninguno de los Marlborough había demostrado tener “moral ni principios“. El abuelo de Churchill, séptimo duque de Marlborough, se acercó más a la respetabilidad al tener un cierto historial de servicio público (fue virrey de Irlanda durante el segundo gobierno de Disraeli). Su hijo, el hermano mayor de Lord Randolph, a la sazón padre de Winston Churchill, era, en palabras de un eminente historiador moderno, “uno de los hombres de peor fama que jamás ha envilecido el más alto rango de la nobleza británica”.

Winston Churchill nació el 30 de noviembre de 1874 y lo hizo, como la mayoría de las cosas que hizo en su vida, con dos meses de antelación. Por eso el lugar de su nacimiento no fue en la casa que sus padres estaban acondicionando en Mayfair (Londres) si no en el Palacio ducal de los Marlborough en Blenheim.

La infancia de Churchill careció de afecto real y continuado y de una relación mínimamente estrecha con sus padres. La relación era inexistente y sufrida con su padre y distante y admirativa hacia su madre, Jennie Jerome, hija de un tiburón de Walll Street, de la que Churchill, en My Early Life, escribió que “brillaba para mí como el Lucero Vespertino. La quería muchísimo, pero de lejos“.

Su padre, Lord Randolph, persiguió a lo largo de su vida la búsqueda y consecución de una fama intensamente personal. Su actuación política estuvo guiada por el oportunismo y no por unos principios coherentes. Tenía ese don de la insolencia que Jenkins define como “la capacidad de pensar frases memorablemente divertidas y el valor de pronunciarlas sin miedo“. En su corta y atribulada vida fue Secretario de Estado para la India, Presidente de la Cámara de los Comunes y Ministro de Hacienda. Salisbury consideraba que su edad mental estaba muy por debajo de lo que indicaba su certificado de nacimiento. “Su carácter’, escribió, ‘está bastante indomado. Por su impulsividad y variabilidad presenta las características de la juventud extrema“.

Lord Randolph acusaba a su hijo con frecuencia de incompetente e irresponsable, señalando su absoluta falta de valía. Así, no lo consideraba válido intelectualmente para ser algo útil en el campo del Derecho, y por ello decidió enviarle a la Sandhurst Royal Military Academy. A pesar del trato desdeñoso y distante con que su padre le obsequió, Churchill siempre honró su memoria, y el 1 de enero de 1906 escribió su laudatoria biografía. Es enorme la huella que dejó su padre en él, y siempre hubo en su actitud un intento permanente de reivindicarse ante su padre, de hacerle ver que se había equivocado con él.

El tono y el tacto con el que sabía dirigirse a nuestro hombre le ayudaron a superar sus estados de abatimiento y a mitigar sus defectos de carácter. Siempre estuvo a su lado, no tanto físicamente, porque viajaba mucho, pero sí en la profunda cercanía espiritual.

El principal legado que dejó a su hijo Winston no fue el dinero, que era muy poco, sino un deseo irrefrenable de alcanzar la fama y el éxito, y de hacerlo pronto porque los Churchill morían jóvenes (Lord Randolph murió con menos de 40 años). En el inestable equilibrio emocional de Winston (tuvo un hermano menor, Jack, con el que siempre se llevó bien) jugó un papel, fue un puntal emocional básico en su infancia, su niñera, la señora Everest, que además parece ser que tenía un gran poder descriptivo. Natural del Condado de Kent, influyó en la percepción de que Churchill lo considerara el mejor condado de Inglaterra, tanto que terminaría por comprarse allí Chartwell, su casa de campo, tan fértil en distintas ocasiones de su vida por tantas razones.

En descargo de su madre hay que decir, que al cabo de los años, mejoró en calidad e intensidad la relación con su hijo Winston, prestándole una atención que, si bien no compensó su ausencia en sus años infantiles y juveniles, por lo menos no extendió sus plazos. La muerte de su esposo Randolph, dos matrimonios posteriores y un abundante trajín sentimental al parecer le restaron capacidad operacional para ocuparse más de sus hijos. Se desconoce si la ajetreada actividad de su madre pudo influir en la ejemplar monogamia de Churchill con su esposa Clementine Hozier, aunque como dice Jenkins, “siempre fue tolerante con quienes tenían hábitos menos concentrados“.

Lady Randolph fue de gran utilidad a su hijo en facilitarle, a través de sus importantes relaciones, los mejores destinos militares y el contacto con editoriales para que publicasen sus primeros libros.

Su matrimonio con Clementine le otorgó la estabilidad emocional y personal que hasta entonces no había tenido

En la primavera de 1908, Churchill conoció a Clementine Hozier. Su matrimonio con Clementine hasta el final de sus días le otorgó la estabilidad emocional y personal que hasta entonces no había tenido. Su buen sentido liberal y el sentido de la proporción que tenía fueron un factor de equilibrio para Churchill. El tono y el tacto con el que sabía dirigirse a nuestro hombre le ayudaron a superar sus estados de abatimiento y a mitigar sus defectos de carácter. Siempre estuvo a su lado, no tanto físicamente, porque viajaba mucho, pero sí en la profunda cercanía espiritual. Él siempre la alababa: “Clementine me ha enseñado lo noble que puede llegar a ser el corazón de una mujer“.

Probablemente un retrato psicológico de la personalidad de Churchill otorgaría una clara preponderancia a la influencia que personas tan próximas ejercieron en su forma de ser, sin menoscabo de la transmisión de los significados factores genéticos recibidos. Trasciende a ciertas facetas de su formidable personalidad una cierta tendencia al desbordamiento emocional como consecuencia de un notorio desarraigo familiar, con riesgo evidente de vacío existencial al afrontarlo, desde el valor del hombre que es capaz de vencer sus propios miedos y acepta el combate con la vida.

En esa lucha, cuyo pulso mantuvo sin pausas ni claudicaciones mantuvo a lo largo de su vida, contó con la inesperada y fiel compañía de la escritura. La necesidad de escribir aporta un método para acercarse al significado de las cosas, una lograda herramienta para tallar trabajosamente la propia identidad, un camino abierto para descifrar el sentido de la experiencia (en la acertada definición de Huxley “no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede”), y es también una llamada que reclama trabajo y rigor para contextualizar los textos dotándolo de una energía histórica y así imprimirles la impronta de la interpretación fiable.

La escritura en sí misma es un acto de valor. La escritura guió la carrera de Churchill y viceversa. Sus inextinguibles hábitos de escritor son coherentes con su vocación declarada de pasar a la historia. Aunque sus escritos eran de los más variado y muchos requerían investigación histórica, otros como por ejemplo sus Diarios, constataban, eso sí elocuentemente, los hechos que acontecían.

Analizando los escritos de Churchill, uno nunca está seguro de hasta qué punto él mismo está perfilando un personaje, un héroe al que ha de asemejar su propia vida. Siempre quiso ser un héroe, se sentía alguien predestinado, alguien que intuía y presentía estar llamado a algo grande. Quizás estaba escribiendo su destino y cada vez que se adentraba en su propio personaje se estaba haciendo más estrafalariamente heroico.

Churchill se apoyó en la escritura para que esta fuera un gran profiláctico contra una cierta propensión al desánimo, descubriendo su poder sanador. Nunca, ni en la más declinante ancianidad, dejó de tener las fuerzas necesarias para dictar sus innumerables notas breves. No olvidó su grandilocuente estilo, lleno de metáforas y fantasías, a las que recurría cuando tenía que escribir un libro. Es cierto que a efectos de documentación algunos libros que escribió necesitaron la contratación de técnicos especialistas (como en The World Crisis y otros) pero en esta puntual derivación industrial de su oficio nunca perdió el toque propio y artesanal que daba Churchill a su escritura y que le valió el Premio Nobel de Literatura en 1953.

La escritura para Churchill representó un cierto afluente vital donde calmar sus ansiedades e impaciencias, remontar su tendencia fluctuante y ocasional, pero intensa, a un intrépido pesimismo anulador (el famoso “perro negro“de Churchill). No obstante, obsesivo y obcecado, nunca olvidaba los asuntos que se traía entre manos, y siempre llevaba consigo al hilo que tiraba de la madeja.

El hábito de la escritura que acompañó a Churchill a lo largo de toda su vida ejercía en él una doble compensación: la emocional y la pecuniaria. La situación económica de la familia Churchill al poco de la muerte de su padre se hizo acuciante, y Churchill, recién salido de la Academia Militar de Sandhurst, se lanzó a hacer lo que mejor sabía. Durante toda su vida siempre pensó que el gasto debería ser determinado por las necesidades (interpretadas estas con generosidad) y no por los recursos obtenidos. Además, tuvo siempre muy asumido que cuando las diferencias entre los ingresos y los gastos fueran incómodamente grandes, la solución siempre debía consistir en aumentar los ingresos y no en reducir los gastos. Siempre gastó todos los recursos generados, con un cierto derroche de carácter epicúreo nunca ajenos a los placeres de la vida (viajar, la buena mesa bien regada, etc.). En las distintas biografías de Churchill aparece con nitidez esta tendencia epicúrea, antes, durante y después de los períodos bélicos, donde no se dejó de descorchar algunas botellas memorables.

Pues así iban pasando los tiempos, entre humaredas de buenos e inagotables habanos, apreciables destilados, que la constitución y el metabolismo de Churchill absorbían milagrosamente, con preferencia hacia el whisky con soda, el brandy añejo y el champagne francés, aunque su biógrafo Jenkins observa admirado la elevada ingestión de Champagne Caucásico durante las Cumbres preparatorias de la Conferencia de Yalta, “que hubiera enterrado a cualquier hombre corriente salvo a Churchill“. Naturalmente, el juego, no podía estar al margen de un ambiente tan logrado y algunos de sus acompañantes tuvieron que aprender a jugar al bezique, un juego de cartas francés que era el preferido de Churchill.

El historiador Edward Gibbon (1737-1794)

El origen de su floreciente vocación de escritor está vinculado a las aptitudes personales que brotaron en Harrow hacia la Historia narrativa, así como un notorio interés por emplear correctamente la lengua inglesa que lucía en sus brillantes redacciones. Además, gozaba de una excelente memoria. Recitaba mil doscientas líneas de los Days of ancient Rome de Macaulay sin cometer ningún error.

Esta vocación latente se va a ver urgida cuando sale de la academia de Sandhurst y estima palmariamente de que adolece de una gran cultura y que debía hacer algo por remediarlo, lanzándose a un plan autodidacta de intensas lecturas. Entre los libros que le envía Lady Randolph, hay dos autores que le impresionaron muy especialmente y que van influir en él decisivamente, se trata de los historiadores Edward Gibbon y Thomas Macaulay. Estas lecturas y otras de autores clásicos fueron complementadas con el trabajo hercúleo de la Lectura de los 27 volúmenes del Annual Register, donde se contienen los detalles de todos los debates parlamentarios importantes y de los distintos progresos legislativos, empezando por el Segundo gobierno de Disraeli (1874–1880). Es decir, Churchill “bombardeó sus venas de datos políticos sin diluir ni digerir“y luego, en un gran trabajo de exégesis política, resumió los informes y dio su propia opinión, moderadamente progresista, sobre cómo hubiera hablado y votado él en cada caso.

La verdad es que la biografía de Churchill, está repleta de su talante descarado, ajeno en ocasiones al respeto -aunque siempre fruto de su temperamento y no de la mala intención- y a la prudencia.

La impresión de sus lecturas, como decía, fue mayor en el caso de Gibbon, que le parecía más sólido, calificando su narrativa como “majestuosa e impresionante“, frente a un Macaulay que era “conciso y enérgico“. En el gran libro que Churchill escribió sobre los Marlborough se atrevió a refutar muy expeditivamente alguno de los enjundiosos artículos de Macaulay sobre su familia. La verdad es que la biografía de Churchill, está repleta de su talante descarado, ajeno en ocasiones al respeto -aunque siempre fruto de su temperamento y no de la mala intención- y a la prudencia. Cuenta Jenkins que el premier Baldwin, en las postrimerías del año 1924, le ofrece a Churchill el Ministerio de Hacienda y este volvía al Partido Conservador, después de una larga estancia en el Partido Liberal, donde destacó con discursos de gran agresividad hacia las filas conservadoras. Pero cuando asumió esta responsabilidad ministerial dentro del Gobierno, fue como si tuviera la experiencia en Hacienda de Gladstone, Disraeli, Lloyd George y Bonar Law juntos, y se comportó con sus colegas como si tuviese las credenciales conservadoras más irrefutables.

Volviendo a Gibbon, fue para él una gran referencia y tuvo una gran influencia tanto en su método de análisis de los asuntos políticos, incorporando a estos la perspectiva histórica, tanto en su exuberante escritura como en su grandilocuente oratoria. La obra de Gibbon “The History of the Decline and Fall of de Roman Empire“ es todo un alarde de utilización de fuentes históricas, de una búsqueda incansable de conocimiento de los hechos tal como fueron, hilvanándolos sabiamente y contextualizándolos para que se pudiera entender lo que realmente pasó. Todo esto desde el dominio del arte literario.

Simon Schama, con su habitual agudeza, dice que “ningún estadista británico desde William Pitt el Viejo estuvo más profundamente marcado por una visión tan providencial del pasado de su nación. La perspectiva de la historia que buscaba era nacional y no monárquica, pese a su cuna de Churchill. La historia, esa historia, fue la religión de Churchill y sus santos y mártires le hablaban a diario”.

Como bien dijo Lukacs, es la visión de Churchill la que engendra su retórica. Sus grandes frases eran consecuencia de su perspicacia y profundidad en los análisis y, sin duda también de su ingenio, pero no eran estas las que condicionaban y prescribían su política.

Al mismo tiempo que Churchill devoraba los libros que le enviaba su madre, como alférez de los Húsares empezó a tener sus primeros destinos en los llamados Dominions, aquellos territorios en el extranjero que pertenecían al Imperio Británico. Combinó la aventura de los viajes militares, con su trabajo de corresponsal en periódicos como el Daily Telegraph, el Morning Post y otros. La experiencia única adquirida en estas singulares aventuras le permitió no sólo el poder escribir algún libro, sino también el aliviar su ajustada situación financiera y la de su madre con los ingresos procedentes de sus crónicas o la venta de sus libros. El palpitante deseo de fama es lo que le animaba sin cesar y la mejor forma que veía de llegar a ella era siendo escritor.

Su primer libro fue “The Story of Malakand Field Force“, un exótico libro resultado de su experiencia en el Regimiento de los Húsares contra las tribus patanes en el valle de Swat, cerca de la frontera afgana de la India. No mucho después escribió la novela de ficción “Savrola”, donde se encuentra una frase paradigmática en la que bien podría estar refiriéndose a el mismo: “la ambición era su fuerza motriz y era incapaz de resistirse a ella“. Este fue el comienzo de la carrera literaria de Churchill, después vinieron “The River War“, una explicación histórica sobre la reconquista del Sudán, la biografía de Lord Randolph y otros muchos libros, así como una actividad como articulista, periódica y pertinaz, en distintos diarios nacionales o locales invariable a lo largo de su vida.

Churchill, como hemos dicho anteriormente, vivió de la escritura. Gracias a ella mantuvo un muy alto nivel de vida, aunque los abundantes recursos económicos generados eran consumidos a gran velocidad, pero su inagotable actividad y su imponente personalidad rindieron un notable beneficio en la negociación con los editores, actuando siempre con gran pericia y habilidad en la defensa de sus intereses. El estilo de vida de Churchill y su familia tiraba a derrochador y tampoco se perdió el crack de octubre del 29: precisamente estaba allí en esas fechas, donde vio cómo algunas de sus poco prudentes inversiones quedaban reducidas a la insignificancia en aquellos atribulados tiempos. Por eso en muchas ocasiones debía redoblar su esfuerzo como conferenciante, escritor, articulista, etc.

Toda esta incesante actividad como escritor, la relaciones que fue trabando en sus destinos militares, las épicas aventuras que relató con pasión para los periódicos que le contrataron como corresponsal (p.ej. su captura por los boers en Sudáfrica y su huida de un campo de concentración) le dieron una significada fama. En el último año del siglo XIX, la vocación política empieza a manifestarse con creciente fuerza, surgiendo un gran deseo de dedicarse a la política: “Lo siento de un modo instintivo. Sé que tengo razón. Tengo instinto para estas cosas. Probablemente heredado. Esta vida es muy agradable, qué terrible será sino tengo éxito. Me romperá el corazón, pues no tengo más ambición a la que agarrarme“.

La fábula más bella del mundo

Los pajes reales habrán recogido, como cada año por este tiempo, millones de cartas escritas con ingenua caligrafía infantil. Muchos niños llevarán organizando la noche de Reyes a lo largo de las semanas anteriores a la Navidad y dejarán todo preparado en el salón de su casa para recibir la visita de los Magos. No existe ninguna fecha en el calendario que atesore tanta magia e ilusión como la del 6 de enero. Ni siquiera hace falta ser niño, o padre de alguno de ellos, para esperar con ansia la cabalgata, para colocar con mimo a los Reyes Magos en el belén casero o para debatir amistosamente sobre cuál de los tres es nuestro preferido. Los más golosos tampoco se olvidarán del roscón, una obra de arte de la sencillez culinaria. Y es que la historia de los Magos que partieron hasta Belén guiados por una estrella para adorar a un niño recién nacido, como ha remarcado el medievalista Franco Cardini (autor de una fascinante obra, desgraciadamente descatalogada: Los Reyes Magos. Realidad y leyenda), probablemente sea la fábula más bella del mundo.

Entonces, ¿quiénes fueron aquellos extraños personajes que se acercaron a Belén en tiempos de Herodes el Grande? La búsqueda de una respuesta a esta pregunta no pretende desmitificar una narración antigua, ni racionalizar históricamente un evento imposible (¿quién puede dudar en un día como hoy de la existencia de los Magos?), sino que trata de adentrarnos con gozo en el hondo y rico simbolismo construido a lo largo de los siglos en relación a la Epifanía, una de las festividades cristianas más antiguas y respetadas. Pero antes de continuar, habrá que regresar a los Evangelios. La tonta polémica creada sobre el lugar del buey y la mula nos ha demostrado que, incluso entre los propios creyentes, muy pocos se detienen a leer lo que allí está escrito. Son historias tantas veces escuchadas que preferimos guiarnos por lo que tradicionalmente nos han contado y hemos contado. Por esa misma razón nos sorprendemos cuando recalamos de nuevo en el texto griego de Mateo (2, 1-12), el único evangelista que se refiere a los magusàioi de Oriente, y descubrimos con otros ojos el nacimiento de Jesús.

¿Y qué nos cuenta Mateo realmente sobre estos enigmáticos Magos? Pues no demasiado. Tras el nacimiento de Jesús en Belén de Judea, éste fue visitado por un grupo de Magos procedentes de Oriente que, guiados por una estrella, buscaban al “Rey de los Judíos”. Los Magos tuvieron un encuentro con Herodes, inquieto por las preguntas que hicieron en Jerusalén estos personajes. Éstos le recordaron el anuncio del profeta Miqueas: “Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel”. Después de esta conversación, siguieron su camino o, mejor dicho, el de la estrella, que se detuvo en el lugar exacto donde se encontraba el niño. Le rindieron homenaje con tres cofres que contenían oro, incienso y mirra. Y a su regreso a casa evadieron a Herodes, porque así se les había comunicado en sueños.

Poco más sabemos. El evangelista nunca señaló el número ni la auténtica identidad de esos exóticos magos de un Oriente excesivamente genérico, como tampoco insinuó en ningún momento que fueran reyes. Los otros tres evangelios canónicos obviaron esta parte de la historia. No es fácil explicar este inicio del relato de Mateo. La escena descrita, por tanto, no podía ser más incómoda y desconcertante. No en vano, los magos aparecen en otros lugares del Nuevo Testamento con perfiles completamente negativos, por ejemplo, aquel popular Simón el Mago, un hechicero charlatán que se enfrentó con Pedro según los Hechos de los Apóstoles. Sin embargo, pese a estas aristas poco aceptables, la fuerza de la narración de la Epifanía recoge en toda su grandeza la cercanía y el misterio, elementos suficientes como para que haya pervivido pluralmente en la memoria de diversas tradiciones culturales.

Estos Magos, según Franco Cardini y la mayoría de especialistas, debieron ser astrólogos mazdeístas, porque la referencia de Mateo solo podía hacer referencia a estos magos de Persia. ¿Y en qué podían creer estos nigromantes? El mazdeísmo fue en esencia un fenómeno religioso dualista entre dos principios básicos: el bien creador y el mal destructor. La religión de Zaratustra se encontraba tensionada por una constante espera mesiánica, que se ligaba en algunas tradiciones con el aviso del nacimiento del Salvador por una estrella. Las piezas de este increíble puzle comienzan a encajar, y nos sorprenden porque esta interrelación tiene su miga. ¿Por qué Mateo relaciona a unos magos paganos enemigos del Imperio romano con la Epifanía? La explicación no puede ser sencilla, y tampoco tenemos las fuentes necesarias para responderla concluyentemente. En cualquier caso, parece indiscutible que el episodio no puede ser entendido como una mera invención. Los datos aportados no podían ser interpretados inocentemente. 

Los Magos nunca llegaron a ser apartados de la tradición cristiana. Es más, a partir de los escasos datos ofrecidos por Mateo, se comenzó a enriquecer simbólicamente la escena de Belén. Según las fuentes de los primeros siglos, el número exacto de magos osciló entre los dos y los quinientos. Pronto los teólogos cristianos (Orígenes, Máximo de Turín o León Magno) se pusieron de acuerdo: si existían tres regalos es que los Magos eran tres. Los evangelios apócrifos, siempre textos posteriores a los canónicos, profundizaron en esta historia maravillosa. Uno de ellos, el Evangelio armenio de la Infancia (no anterior al siglo VI), además de situar el nacimiento de Jesús el 6 de enero y la llegada de los Magos el 9, fija definitivamente el número y los nombres de los Magos, ahora ya considerados monarcas orientales: Melkon, rey de los persas; Gaspar, rey de los indios; y Baltasar, rey de los árabes. Aunque el primer autor que convirtió a los Magos en reyes fue Tertuliano (ss. I-II), que recurrió a los Salmos para plantear una nueva identificación, mucho más respetable que la de meros adivinos. La representación de los tres Reyes Magos fue cambiando con el tiempo al hilo de debates exegéticos y de la constitución de las diversas tradiciones, aunque sus identidades se establecieron definitivamente en el siglo XV. De esta manera, fueron entendidos como un símbolo de las tres razas humanas primigenias, derivadas de los tres hijos de Noé, pero también de los tres continentes conocidos (Europa, Asia y África), de los tres estados de la vida medieval, de la existencia humana (juventud, madurez y vejez) o del tiempo (pasado, presente y futuro).

Poco importó esta indefinición para su imparable avance en el imaginario cristiano, sobre todo a partir del traslado, por orden de Federico Barbarroja, de las reliquias de los Tres Reyes Magos desde Milán a Colonia (s. XII), desde donde la devoción se difundió con fuerza por toda la Cristiandad. Una expansión en la que también tuvo mucho que ver Santiago de la Vorágine y su Legenda Aurea, un cajón de sastre que sirvió de germen inagotable para la gran mayoría autores y artistas cristianos posteriores. Aún así, quedan por iluminar otras partes oscuras del relato. Por ejemplo, ¿cómo fueron capaces de llegar tan rápido los Magos a adorar a Jesús? La cuestión no era insignificante, ya que debilitaba la veracidad de la historia. Y una de las posibles respuestas a este enigma, el probable uso de las artes mágicas, no podía ser aceptada por una teología cristiana que luchaba contra la magia y la brujería. Así que se intentó solventar este enigma con la aparición de los dromedarios, un animal que facilitaría el camino a los Magos. Con todo, tampoco hubo un acuerdo real sobre la fecha de la visita. ¿Cuántos días, meses o, incluso, años tenía Jesús en el momento de la adoración? Los sabios no se pusieron de acuerdo y la iconografía cristiana enredó aún más la madeja. El legado de Mateo no permitía dirimir las contradicciones de los supuestos expertos. Como tampoco se podía explicar la presencia e imagen de la estrella, que todos imaginamos como una brillante estrella fugaz. Sin embargo, el origen de dicha representación la encontramos en la pintura del pintor florentino Giotto, quien decidió incorporar en su Adoración de los Reyes Magos el cometa Halley que acababa de atravesar los cielos en 1307. Hoy en día los astrónomos buscan el fenómeno natural que pueda revelar esta anomalía. Son incapaces de esclarecer el enigma, pero poco nos importa.

La supervivencia de esta fábula en el siglo XXI es una prueba del infinito potencial de los Magos de Oriente. Todos los 6 de enero aunamos pasado, presente y futuro. Los Tres Reyes Magos representan algo más que regalos para los niños, son ellos mismos un regalo para una sociedad que necesita creer en los mitos, aunque haga lo imposible por dejar de hacerlo. La fuerza de este mito traspasa cualquier frontera. Como remarcó el experto en literatura medieval Massimo Oldoni, esta historia es la narración de un encuentro entre dos mundos, el de Dios y el de los hombres. O, lo que es lo mismo, la peregrinación de los Magos es el símbolo del viaje de la humanidad en busca de lo sagrado.

Universidad española. Reformas pendientes

Frente a la situación actual de la universidad española se pueden distinguir dos grandes posturas contrapuestas. La primera insiste especialmente en resaltar los cambios producidos y los logros alcanzados a lo largo de los últimos veinte años que nos han llevado a tener unas universidades mucho mejores que nunca. Los defensores de esta postura reconocen insuficiencias en el funcionamiento actual que vinculan muy prioritariamente a escaseces en la financiación, ahora, con la crisis, especialmente dañada. No se niega la necesidad de introducir cambios, pero muy medidos y necesariamente consensuados entre el legislador y las universidades. Los partidarios de esta concepción apoyan sin fisuras una mayor autonomía universitaria, pero son reacios a incorporar nuevos modelos de gobernanza con el argumento de que atentan contra dicha autonomía, consideran que no van a funcionar en nuestro contexto o que son meros intentos de privatización de la universidad pública. Estas posiciones, que ciertamente están afectadas por un cierto conservadurismo, son defendidas sobre todo desde el interior de las universidades y suelen correlacionar bastante bien con otras variables como la crítica indiscriminada a los rankings, al establecimiento de sistemas de reclutamiento del profesorado que perjudiquen la selección «interna» de los candidatos, o a la reducción de títulos ofrecidos, pese a la escasísima demanda que tienen algunos.

La segunda gran postura, manifestada desde fuera, pero también desde algunos sectores internos, es que la universidad española es un desastre total. Nunca estuvo peor y necesita, por lo tanto, una reforma profunda que no deje títere con cabeza. Los argumentos prioritarios manejados por los catastrofistas son: hay demasiadas universidades y además son malas; no debería estudiar tanta gente una carrera; los títulos ofertados son poco útiles para las necesidades de las empresas y por lo tanto no preparan bien para el mercado laboral.

Como todas las simplificaciones, esta clasificación entre los (razonablemente) conformistas y los (injustamente) catastrofistas, es demasiado generalista. Y, en cualquier caso, deja margen para una posición intermedia en la que personalmente me encuentro mucho más cómodo. La podríamos definir así: son indudables los progresos alcanzados por las universidades españolas en los últimos veinticinco años. Nuestra universidad ni es un desastre, ni mucho menos es peor hoy que hace unos cuantos lustros. Todo lo contrario, es bastante mejor, aunque necesita algunas reformas, ni menores, ni cosméticas, sino profundas para corregir ciertas disfunciones que lastran su funcionamiento y merman su calidad.

Comparto la insatisfacción con la financiación actual. Ya sé que el dinero no lo es todo en la vida, pero tener algo más, público y privado, les vendría bien a las universidades para mejorar su oferta educativa y su investigación. Pero como se ha demostrado en tantos otros casos, una mejor financiación no resuelve todos los problemas de una universidad. Hay que enfrentar otros asuntos de forma atrevida y firme como la selección del profesorado, la oferta de títulos, los sistemas de gobernanza o los niveles de internacionalización. Particularmente, en el caso de las universidades españolas estas son cuatro cuestiones capitales sobre las que introducir algunas reformas de alcance. Pero a los universitarios y a las personas que de fuera opinan sobre la universidad, no siempre con un buen conocimiento de causa, le interesan más temas. En este número de Nueva Revista hemos procurado no olvidar ninguno de los grandes retos que tienen hoy planteados nuestras alma máter. Es una clasificación de materias sin pretensiones de exhaustividad que, sin duda, podría ser completada con otras cuestiones.

En total hemos seleccionado diez grandes asuntos que incorporan análisis sobre el sistema universitario, la selección del profesorado, los sistemas de gobierno, los títulos, la investigación, los estudiantes, la financiación, las nuevas tecnologías, la acreditación y validación del sistema y la internacionalización. A ellos hemos añadido dos argumentos más: el primero es escuchar la voz de la administración sobre las reformas en marcha a través del artículo del secretario general de Universidades, Federico Morán, y la magnífica entrevista que Miguel Angel Gozalo ha realizado a la secretaria de Estado de Educación, Formación Profesional y Universidades, Montserrat Gomendio; el segundo es una consideración especial sobre uno de nuestros grandes contextos académicos: el espacio iberoamericano de educación superior que ha coordinado Julio Montero.

La idea básica que presidió la publicación de este número, fue la de ofrecer soluciones posibles a los problemas que hoy presenta la universidad española. La intención no era por lo tanto realizar un diagnóstico más de la situación actual que ya tiene varios e importantes informes detrás, sino la de ofrecer alternativas útiles para corregir algunas disfunciones.

Y para ello se convocó a un selecto grupo de especialistas de nuestra realidad universitaria. No están todos los que lo son, pero sí son todos los que están. Cada uno ha escrito desde sus propias convicciones. La obra resultante es plural, porque la universidad española lo es y la búsqueda de posibles remedios a sus males puede hacerse desde diferentes perspectivas. Desde estas líneas debo expresar a todos mi gratitud personal y la de la revista por haber aceptado colaborar en este número sabiendo como sé que su compromiso con nuestra universidad ocupa a todos una gran parte de su tiempo. Creo que hay mucha reflexión y muchas aportaciones útiles en sus trabajos, los cuales contribuirán, sin duda, a alimentar el debate imprescindible sobre las universidades que tenemos y aquellas a las que aspiramos.

Este no es un número que exija un orden especial de lectura. El orden de los autores no altera el producto. Lo que sí resulta recomendable es una lectura de todos ellos. Una lectura sosegada y dosificada para que ningún lector sufra de «universititis». Pero, como digo, una lectura global, porque cada artículo es una pieza de un puzzle que ofrece, cuando se construye, una visión bastante completa de nuestra universidad.

Ha sido un honor para mí haber podido coordinar este número. Y por ello debo agradecer a los responsables de Nueva Revista la confianza que me han otorgado. Y no distraigo más al lector con una introducción innecesariamente larga. La intención de estas palabras es poner el toro en suerte. Decir a quien se enfrente a estas páginas lo que hemos pretendido hacer con la publicación. Solo deseo que los resultados estén a la altura de nuestras buenas intenciones.