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Ver productosNo es poca paradoja: la primera fotografía en color de la prensa española apareció en una revista llamada Blanco y Negro. La instantánea, obra de Fungairiño, muestra a una muchacha campesina con pamela de paja y un rústico ramo de flores. Se imprimió el 11 de febrero de 1912. Muchos libros dicen erróneamente que la primera fue otra estampa del mismo autor, publicada tres meses más tarde, pero nadie discute que el flamante estreno se produjo en la cabecera fundada por Torcuato Luca de Tena y Álvarez-Ossorio.
Aquélla no fue la única innovación de Blanco y Negro. Fundada en 1891, la revista popularizó en España el fotograbado, las ilustraciones coloreadas, las portadas limpias y monotemáticas, el papel couché y algo más importante: la mezcla en un mismo ejemplar de temas relajados y asuntos serios. De ahí su nombre, por cierto: “Nuestro periódico, al presentarse con el título que lo hace, se funda en el perpetuo contraste que por todos lados se observa. La risa y el llanto, lo serio y lo festivo, lo formal y lo caricaturesco, lo triste y lo alegre, lo grave y lo baladí, todo ese blanco y negro que nos envuelve desde que nacemos será lo que nuestro semanario refleje”. En suma, una mezcla equilibrada entre actualidad y evasión.
Don Torcuato se inspiró en la revista Fliegende Blätter (1845 -1944), que había conocido en Munich, y se volcó en el proyecto con entusiasmo. Fue editor, director, gerente, responsable de la imprenta y hasta asiduo articulista, embozado tras el pseudónimo “Ego sum”. Fichó a grandes ilustradores y pidió la colaboración de los mejores literatos de la época. El producto resultante, una publicación cosmopolita, optimista y de un conservadurismo templado, logró un éxito rotundo. En 1897 era ya, con más de 40.000 ejemplares vendidos de cada número, la revista española de mayor circulación.
La feliz experiencia animó a su dueño a sacar a la calle ABC, primero como semanario (1903) y luego como matutino (1905). Poco después incorporó a Blanco y Negro una sección infantil, Gente Menuda, que alojó a los grandes maestros de la historieta. El primer tercio del siglo fue una época de gloria para la empresa editora, Prensa Española. Llegó la guerra; las dos publicaciones fueron incautadas por el Gobierno rojo y Blanco y Negro desapareció durante unos años. En 1957 revivió como semanario independiente, con más contenido político y firmas de primer nivel, y desde 1988 se distribuyó los domingos con ABC. El suplemento fue rebautizado en 2002 como XL Semanal, y aquel cambio de nombre, y hasta de talla, fue bastante simbólico. Murió la cabecera, quién sabe si para siempre, aunque el estilo —culto, inteligible y ameno—se mantiene en ABCD las Artes y las Letras, separata cultural del diario de Vocento.
Sin salir de las páginas de la revista se puede hacer una síntesis de las letras españolas de su tiempo: del 98 al 14, del realismo al modernismo, del relato breve al ensayo filosófico. La Pardo Bazán, Rubén Darío, Azorín, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, Eugenio D´Ors, César González-Ruano, Julio Camba, Jardiel Poncela o Wenceslao Fernández Flórez firmaron en Blanco y Negro.En 1895 publicó Valle-Inclán el relato “Iván el de los osos”, un cuento medio gallego, medio ruso, que parecería de Chejov de no ser por lo selvático de la prosa.El semanario acogió durante unos años las greguerías de otro Ramón, Gómez de la Serna, y en su rotativa nació la traviesa niña Celia, imaginada por Elena Fortún. ¿Dónde ha quedado esa tradición literaria de la prensa española? ¿Quién publica hoy cuentos o poemas a un par de páginas de distancia de la crónica parlamentaria?
Pero la gran seña de identidad de la revista no fue el texto, sino la imagen. Las hermosas láminas Art Nouveau de los primeros años se venden hoy —a veces ya enmarcadas—en ferias, rastros y almonedas. En los dibujos tuvieron también cabida el costumbrismo rural, el postimpresionismo à la Toulouse-Lautrec, el prerrafaelismo y las escenas exóticas de inspiración japonesa. El más insigne de los ilustradores fue quizás Narciso Méndez Bringa, que llegó a dar nombre a un tipo humano de los felices años veinte, las “Mujeres Méndez Bringa”: muchachas elegantes, sofisticadas, con un punto belle époque en el vestir. También pintó señoras bellas Rafael de Penagos, de quien Edgard Neville dijo que “enseñó a las españolas a no ser gordas”. Otros asiduos colaboradores fueron Martínez de León, Viladomat o Sancha, entre muchos otros. Hubo también viñetistas y cómicos como Xaudaró, Ramón Cilla o K-Hito. El legado visual de la revista se conserva hoy en el Museo ABC de Dibujo e Ilustración.
Cuando el lector de un viejo Blanco y Negro acabe con los textos y las imágenes, debe fijarse en los anuncios, de una ingenuidad que enternece. En ellos se lee, por ejemplo, que “el mejor, el más espumoso e higiénico de los jabones es el JABÓN HIEL DE VACA marca La Giralda”, o que “Cupido cambia sus armas por la pura y fragante AGUA DE COLONIA AÑEJA, que templa los nervios, refresca y perfuma la piel”, etcétera. Aquella publicidad quintaesencia la España de finales de la Restauración, que miraba con un ojo a las modas parisinas y con otro a las escaramuzas en el Rif.
Hay que defender que Blanco y Negro fue mucho más que el hermano mayor de ABC, como hay que defender que Manuel fue mucho más que el hermano mayor de Antonio Machado (acéptese la comparación, un poco forzada, porque ambos escribieron en la revista). En todo caso, ABC heredó los genes de su predecesora. No es casualidad que Vázquez de Mella, desde la discrepancia política y dinástica, reconociera una gran virtud del diario de la grapa: “sin dejar de ser periódico ha hecho una cosa única: una revista diaria”. Y no sólo por el formato folio: ABC fue desde el inicio un periódico más visual, más pausado y más literario que los otros de su época. Más arrevistado, si se quiere. De tal palo, tal astilla.
Es uno de los historiadores -y pensadores- del arte más influyentes y respetados de hoy, pese a sus visiones hondamente críticas de cierta vanguardia. Jean Clair, académico francés, dirigió el Museo Picasso y ha sido comisario de exposiciones que -como Duchamp en 1977 o Mélancolie en 2005- han hecho historia. A él, en buena parte, se debe el nuevo aprecio por la figuración del siglo XX, y por artistas como Zoran Music, Morandi o Balthus, de cuyo catálogo –también del de Delvaux- es responsable. Clair, traducido con frecuencia al castellano, es autor de libros como La barbarie ordinaria, Malestar en los museos o La responsabilidad del artista.
– ¿Cuáles son los objetivos del arte de vanguardia?
En el siglo XX, antes de la primera Guerra mundial, hubo un gran movimiento de ruptura que acabó con la tradición clásica ante la necesidad de encontrar fórmulas estéticas nuevas. Esto se debe a dos razones. Por una parte porque los destinatarios habituales de la pintura, la iglesia, el Estado y las clases altas estaban desapareciendo. Todo eso se había acabado en el siglo XIX. Por tanto, era necesario encontrar un nuevo destinatario del arte y la concepción de objetos artísticos.
Esa búsqueda se convirtió en un elogio y la exaltación del individuo; de su ego en su originalidad, en su singularidad, en su unicidad. Lo que genera como primera consecuencia la explosión de los cánones de las leyes, dado que cada uno se convierte en su propia regla.
El arte nuevo debe a la vez encontrar su destinatario y responder, dentro del dominio de las formas, al cambio en el dominio de la técnica y de las ciencias. Además, debe responder al desafío extraordinario lanzado a partir de la idea de un progreso humano, de las ciencias humanas, y por tanto, debe adaptarse al progreso y a la nueva visión del mundo que la ciencia aporta.
– En los últimos decenios, hemos visto que el arte de vanguardia, que nació con voluntad de romper con todo, ha sido acogido y jaleado por la política y las instituciones… ¿Cómo se explica esto?
Mi visión es algo pesimista. Tal y como había existido desde hace siglos, el arte carecía de toda razón de ser al no tener comanditarios (financiadores), ni destinatarios, ni sentido, ni utilidad, ni valor. Por consiguiente, el único valor que le quedaba era la exaltación del ego, de la individualidad personal. Y, por otra parte, el desafío de los progresos científicos extraordinarios ante los cuales el arte aparecía singularmente desarmado y miserable.
El resultado es una explosión de fórmulas de aventuras, de evoluciones estéticas que era imposible clasificar según las grandes leyes de la estética de antaño. La vanguardia no fue reconocida como tal inmediatamente. Fue aceptada por algunos individuos, coleccionistas, ricos aventureros, que buscaban una manera de distinguirse y de mostrar su audacia intelectual.
Por ejemplo, la familia Stein, judíos norteamericanos que necesitan un « state of symbol ». Una apertura intelectual, audacia y aventura que encontrarán en París, donde compran las pinturas de vanguardia de Matisse o Picasso. Y lo hacen porque en Estados Unidos no hay tradición artística, la vía está libre, todo comienza. Pueden comenzar a proponer algo sin tener que rechazar el peso del pasado.Están en un país nuevo que comienza y van a coleccionar obras de la vanguardia. Son individuos y no instituciones quienes han comenzado en este arte. Las primeras instituciones públicas que se abren al arte nuevo de vanguardia son el Museo de Arte Moderno de Manhattan en Nueva York, en 1936. Es más o menos la misma época que el Museo de Lodz en Polonia, en una inquietud nacionalista: quieren honorarla porque en Lodz hay una escuela de pintura abstracta polonesa.Existe a su vez un reflejo internacionalista en la creación del Moma en Nueva York: “Somos americanos, y somos neoyorquinos, apostamos por el progreso universal”.O también puede ser una reacción más nacionalista pero a la vez modernista en las ciudades industriales como Lodz, que quiere revalorizar su escuela local.
En todo caso, hay que esperar hasta después de la segunda guerra mundial, después de 1945 para asistir a la apertura de museos de arte moderno, con colecciones, con historias, políticas de exposición, presupuestos….Entre el nacimiento de la vanguardia (1910-1912) y la institucionalización de la modernidad a través de los establecimientos públicos pasan 30 o 50 años. Tarda mucho tiempo en aceptarse.
– En ocasiones, se ha dicho que la vanguardia es el único movimiento que no ha pedido perdón por sus excesos… ¿Seguimos en el reino del vale todo, de la mera ocurrencia, de la frivolidad porque sí, de un lenguaje endogámico sólo para iniciados? ¿No ha habido un exceso de happening y de performance?
Es complicado. La ideología de la vanguardia está basada en el progresismo político y en la vieja idea romántica, según la cual el artista debe indicar el camino. Es el reformador de la sociedad, una especie de guía espiritual de la nueva sociedad contemporánea fundada en el progreso de las ciencias y el avance de la nueva democracia.
Por eso los museos públicos son como nuevos lugares de peregrinación, como nuevas iglesias, encargadas de difundir y enseñar las nuevas luces, el iluminismo, a una sociedad laica y republicana, a través de creaciones singulares de una vanguardia que pretende estar “enchufada” directamente al genio.
En el fondo, esta ideología idealista y triunfalista de los años 10, 20 y 30 es a su vez mirabilista porque la mayoría de pintores viven muy humildemente, son como monjes o nuevos religiosos austeros, monásticos de la nueva religión laica del iluminismo estético.
En los años 30 aparecen nuevos problemas. Por una parte, debido al agotamiento de las fórmulas, y al encuadre de las fórmulas revolucionarias procedentes del marco político, ya se trate de la Unión Soviética, de la Italia fascista o la Alemania nazi.Por otra parte, en lo que respecta a la creencia en el progreso ilimitado de las técnicas y de la ciencia, esta creencia vaciló después de la Gran Guerra. El optimismo por la técnica se acabó porque representó de hecho la muerte y la destrucción.
En el momento en el que la vanguardia se institucionaliza con la creación de los museos, después de la Segunda Guerra Mundial, el ideal mismo de vanguardia está muerto. La institucionalización de este arte llega en el mismo momento en el que todos los sueños y las utopías se han terminado. Después de que el museo público deje de utilizarse como instrumento de educación, surge el problema de para qué va a servir un museo.
Esta oficialización de las obras, hasta ahora casi sagradas, que creaban los artistas de la vanguardia, va a conllevar un cambio de estatus de la obra que se va a convertir en un objeto coleccionado por algunos aficionados cultivados y refinados. Pero que se va a vender cada vez más en un mercado abierto a gente que de alguna manera compra una patente de modernidad.
– En el fondo de cierto arte de ultravanguardia, en su misma raíz, ¿no hay un cierto impulso anti humanista, y totalitario en su utopismo?
Las teorías de la vanguardia se elaboran a partir de la utopía de que el artista es como un mago, como un profeta. Está ahí para elaborar los modelos estéticos de una sociedad futura que será más rica, más sabia, más democrática.
Este detalle figura en todos los artistas de la vanguardia. Van Gogh es una especie de peregrino iluminado. Pretende, al igual que Malevitch veinte años después, fundar las bases de la nueva sociedad soviética. Asimismo Piet Mondrian quiso fundar las bases de la nueva sociedad pura de un mundo geométrico. Estos señores perseguían la utopía.
Estas utopías sufren un primer choque debido a la represión de los regímenes autoritarios, fascismo, estalinismo, hitlerismo. También ante la desconfianza cada vez mayor con respecto al progreso técnico que desemboca en ruinas, bombardeos, destrucciones masivas contrarias al progreso, no dignas de una sociedad futura. Y porque esta exaltación del hombre por el hombre, esa especie de deificación del hombre que propone la vanguardia a través de sus propias creaciones fuera de toda referencia a un Dios y alejado de cualquier ideal político. Esta deificación del hombre por el hombre se convierte enseguida en una repetición estéril y grotesca.
Llega un momento en el que el artista se da cuenta de que todo eso no sirve para nada, no rima con nada. Son supuestas obras maestras creadas por supuestos genios por la única gloria del hombre, alejados de Dios y de las convicciones y utopías políticas, que abandona las religiones antiguas. El hombre se queda solo. Esta soledad es aterradora y enseguida se vuelve insoportable.
Asistimos entonces a movimientos de reacciones no políticas de orden moral. Progresivamente, la irrisión y el sarcasmo invaden la producción de la vanguardia. Es el caso de Pietro Manzoni con su Merda d’artista, o de Marcel Duchamp –mucho tiempo antes- que es muy lúcido y que se da cuenta de que todo ello no sirve para nada. Otro ejemplo son los artistas que se acercan a un arte de la autoprofanación, hacia un arte que se ha vuelto tan desesperado y amargo que no tiene el objetivo de crear obras duraderas sino que hará obras que se destruyen a sí mismas al cabo de un tiempo. A veces la obra tiene una vida de tres meses.
Además, asistimos a una desacralización a través del vilipendio de la obra de arte, que se vuelve cada vez más excremental, -mientras que antes se buscaba la sublimación-; es cada vez más irrisoria con respecto a sí misma. Es una obra que de todas maneras se destruirá muy rápido. Y hay que destacar un tercer rasgo que resurge actualmente: cuanto menos valor tenga la obra, más cara será. Al final el único valor que le queda y que le da un estatus a estos objetos sin valor y sin duración es el precio al que se compran.
Desde hace unos diez años asistimos a esta especie de invasión en las instituciones públicas, y también en el mercado del arte, de estos objetos absolutamente monstruosos de precios extravagantes y adquiridos por un puñado de diez o veinte poderosos que lo compran a su vez por desafío personal y para decir al resto del mundo: “Yo puedo comprarme esto”. Es decir, de la misma manera que se compran yates o aviones privados.
Por tanto, asistimos a un fin de la vanguardia, que ya no se llama vanguardia, se llama hoy arte contemporáneo. En los años 60, se logró desmitificar la idea de vanguardia porque se llamaba vanguardia a un arte que no tenía nada que ver con el de los años diez. En esta época, (años diez), este arte reclamaba una utopía social, una utopía moral que pretendía crear un mundo nuevo y que era la vanguardia de la marcha de la humanidad.
Un ejemplo del cambio en los años 60 es el expresionismo abstracto en Estados Unidos. Todo eso no es vanguardia porque no pretende cambiar la sociedad. Su objetivo no es un proyecto político, ni siquiera pedagógico. Es simplemente la creación de objetos más o menos agradables, pero no es vanguardia. Hay una equivocación del término.
¿Qué otra palabra podría servir para valorizar este arte? Se ha encontrado “arte contemporáneo” que reemplaza desde hace unos quince años a la “vanguardia”. Es una especie de marca como Prada o Bulgari, sin significado particular. Hemos llegado al sistema actual piramidal, con los coleccionistas privados en la cumbre, que trabajan con las salas de subastas Sotheby’s o Christie’s, que pueden ser a la vez coleccionistas privados y propietarios de importantes casas de subastas, lo que es bastante extravagante. Y por desgracia, con la complicidad de los museos y de las instituciones públicas, que forman parte de este sistema triangular (colección, casas de subastas, instituciones públicas). Las instituciones públicas sirven hoy para dar su fianza intelectual a las operaciones puramente bursátiles hechas por aquellos que compran.
-Ese anti humanismo puede también trazarse con el nihilismo implícito en tantas obras que utilizan todas las secreciones de los hombres –orina, excrementos- como material artístico… Al margen de ello, ¿no es extraño que estas obras sean tan jaleadas?
No son jaleadas, son obras que se muestran, y eso ya es demasiado. El elogio de este uso de la escatología, de lo “estercolario”, de los humores del hombre, es el punto extremo de la fase última de la profanación de la obra que comenzó en los años 50 con Manzoni, y aun antes con Marcel Duchamp, cuando estos artistas, a la vez lúcidos y cínicos, se habían dado cuenta de que la obra de arte ya no tenía ningún sentido, ningún alcance, ningún papel, ningún deber, ningún ideal. Y bien, ¿en este caso qué se hace? Pues se hace pis encima, se ultraja la cosa. Lo sorprendente es que sobre el impulso del prestigio de la vanguardia, estas otras obras han encontrado compradores orgullosos de exhibir en sus salones cosas que nadie dejaría ni en un cuarto de baño.
– ¿Ha periclitado ya el paradigma de la transgresión, o la política cultural lo ha asumido como propio?
¿Por qué ese regreso a la “analidad”? El artista regresa a esta especie de fase primaria, anal, que corresponde en el desarrollo del psiquismo humano, a una fase muy agresiva y autoritaria, un poco como el niño que impone su voluntad al mundo que le rodea. Es el maestro absoluto de todos los seres que le rodean.
Hay un paralelismo con el artista contemporáneo actual al que no se le exige nada, es omnipotente. Se le perdona todo exactamente como a un niño al que se le admiten comportamientos incorrectos.
En el fondo es sorprendente ver cómo en los siglos precedentes el artista ocupaba la cumbre de la jerarquía social (Leonardo Da Vinci o Velázquez) y ahora asistimos a un cambio radical del estatus del artista. Antes, en la cumbre de la jerarquía; ahora, ha regresado al nivel más primario del individuo, el de un niño de pecho. Pero inmerso en una especie de potencia fantasmagórica de un niño pequeño que se hace “pun” en su pañal y que se lo da a su mamá.
Es la sociedad entera la que transgrede sus propias reglas. Es una sociedad cada vez más amorfa y sin norma, que está en completa descomposición y decadencia. En ese sentido, el artista sí está en la vanguardia, muestra de nuevo la vía.
– ¿Hasta qué punto la tutela política no coarta y rige la libertad de los artistas, con prebendas, subvenciones y demás? En el caso de Francia, ¿ha terminado el sueño cultural de “la excepción francesa”?
Sí se acabó, porque ya no disponemos de los medios para mantener nuestro patrimonio y de darle vida. Una de las razones por las que el museo Louvre firmó un contrato con el emirato de Abu Dabi y ha multiplicado su mecenazgo es porque los fondos que el Estado otorga al Louvre han disminuido. Existe, por tanto, la necesidad de encontrar inversores extranjeros o pseudo-mecenas porque estos museos no tienen crédito suficiente para funcionar solos. Son dependientes del sector privado.
Si observamos el ejemplo de Versalles, el Estado aporta solo el 30% de sus necesidades de financiación anual. Lo que significa que el 70% de la financiación de Versalles procede de otras fuentes, como instituciones privadas. Estas instituciones públicas están a merced de intereses privados y por tanto, las obras de arte son rehenes de los regateos. Hasta que no tendremos más remedio que vender una parte del patrimonio para financiar el resto. Todo está cambiando.
– A usted le han tachado de provocador y reaccionario, ¿pero acaso no son modernos Zoran Music, Picasso, Balthus…?
Bueno, yo no soy un artista, así que mi posición no es la misma pero soy reaccionario en el sentido etimológico: reacciono ante una situación que ya no es sostenible. El verdadero valor o revolución es reaccionar.
El gran problema actual no es ir hacia adelante, sino conservar lo que aún podemos conservar, ya sea del dominio de la ecología, cultural, social o de la salud. Conservar lo que podamos. Ya no podemos seguir adelante. Reaccionar contra algo que nos conduce a la catástrofe, a un callejón sin salida, al hundimiento.
– ¿Está por reescribir la historia del arte del siglo XX, incorporando la figuración y el realismo? ¿Es todavía posible hoy un realismo?
Por supuesto. Todo mi trabajo ha consistido en reescribir el siglo XX basándome en criterios mucho más objetivos que los criterios ideológicos que han estado presentes en todo el siglo.
Estamos en el siglo XXI. Podemos por tanto, mirar hacia atrás con más objetividad. Si observamos la historia del arte canónico como un catecismo, como lo que aprendemos en el colegio, vemos esta especie de historia: “Fovismo: liberación del color; Cubismo: liberación de la forma”. Eso nos lleva a la abstracción y la abstracción lleva al surrealismo. Esto no ha sido así en absoluto porque existen muchos movimientos artísticos que no han respetado en absoluto este esquema simplista, muy mecánico que encadenan esos movimientos, como la abstracción, que no han sido tan importantes como se cree, de hecho. Nos damos cuenta de que la mayoría de los grandes pintores han sido figurativos. No han sido surrealistas, ni fovistas, ni cubistas. Por consiguiente, si reescribimos la historia a partir de individuos, de figuras, -por ejemplo, Balthus- y no a partir de movimientos, nos damos cuenta de que se puede escribir una historia completamente diferente.
– ¿Qué implicaciones tiene lo que usted Llama “la muerte de la pintura”? ¿Cambiará nuestra manera de ver, de sentir, de padecer? ¿Nuestro imaginario interno?
La pintura no ha muerto. Todavía hay pintores. Podemos citar a muchos artistas: Lucian Freud, alumno de Balthus, que murió no hace tanto en Inglaterra, y es uno de los artistas más importantes de la actualidad. Hay otras filiaciones que existen y que ahora hay que recuperar. En España destaca un gran pintor, López García.
– España ha sido tradicionalmente tierra de pintores. Sin embargo, hace casi una década que casi todos los Premios Velázquez sedan a artistas conceptuales…
Sí, pero serán olvidados en diez años.
– El futuro, ha afirmado usted, quizá no sea un terreno ideal para el arte… ¿Será porque atrae más el vídeo que el lienzo en blanco?
El problema no es el arte, el problema son los artistas. Los individuos estarán ahí, hay siempre un artista. El vídeo es muy aburrido. No va a remplazar a la pintura. No lo creo.
– ¿No tiene, por ejemplo, un peso excesivo hoy la fotografía? ¿Corremos el riesgo de que así se empobrezca nuestra mirada?
No estoy de acuerdo.
– El afán vanguardista a ultranza ha llegado también a ciertos miembros de la Iglesia Católica, cuando curiosamente la Iglesia, según palabras de un teólogo, era la “guardiana de la forma” y tiene una tradición pictórica e iconográfica sin igual. ¿Es posible un arte sacro hoy? El catolicismo en el arte, que pintó tantos sentimientos –el dolor, la maternidad-, ¿ha de reencontrarse con su pasado?
No reencontrarse con su pasado, sino ser fiel al pasado, que es muy diferente. Hay que comprender que la grandeza del arte en Occidente, en Europa y en Estados Unidos procede, por supuesto, de la tradición cristiana. El 70% de las obras en los museos revelan iconografía cristiana. Eso es así. Goya, Velázquez, Ribera, todos los pintores en España, también en Italia y en Francia. Por tanto, esta especie de exaltación muy sensual de la visión, de la visibilidad es una tradición heredada de la religión de la Encarnación, de la resurrección de la Carne. No son ideas, no es conceptual. Por consiguiente, existe un arte hoy que se mantiene fiel a esta tradición. Podemos citar a Bonnard, Bacon, Balthus, Lucian Freud…Son pintores de la carne, no son pintores abstractos ni conceptuales. Conozco hoy a pintores jóvenes de 40 o 50 años en Francia y en España que demuestran que la pintura no está muerta.
– ¿Qué significa ser miembro de la Academia Francesa? ¿No da miedo ver la ilustrísima lista de precedentes que le antecedieron en la institución? ¿Cuál es el trabajo de los académicos?
Significa formar parte de un club de personas, que se parece a un club inglés, -aunque hay algunas mujeres a diferencia de Inglaterra-. Un club de hombres corteses y muy cultos – la cortesía y la cultura es algo que en la sociedad actual ya es mucho -, que se reúnen una vez a la semana para intercambiar sus ideas y para trabajar sobre el diccionario de la lengua francesa. Precisamente la Academia fue creada hace cuatro siglos con el objetivo de salvar la lengua francesa. Intentamos mantener el recuerdo de los predecesores. En la Academia no hay solo escritores, también hay sabios, científicos, juristas, historiadores…Todas las actividades están representadas. Es muy importante para mí.
A la hora de analizar el estado del periodismo cultural en España, ¿hay que darse al lamento o celebrar una esperanza? Seguramente la pregunta merezca una respuesta más matizada. A tal fin, Nueva Revista ha convocado a tres jóvenes pero experimentados periodistas culturales, avalados por su trayectoria y con un criterio fundado en su reconocido buen hacer. Sus perfiles son diversos: Karina Sainz Borgo coordina la sección de cultura del diario digital, de corte generalista, Voz Pópuli; Daniel Gascón busca, desde Letras Libres, acercar la cultura de ambos lados del Atlántico; por último, Borja Gutiérrez, en la revista Leer, se centra en el mundo del libro.
KARINA SAINZ BORGO (VOZ PÓPULI)
En periodismo cultural, ¿informar es prescribir?
Depende de quién informe y cómo informe. Un buen periodista siempre será, incluso aunque no lo pretenda, un prescriptor. El lector lo elegirá como tal, en función de una serie de condiciones: que la información sea de calidad, fiable, rigurosa, novedosa, crítica. Eso no quiere decir que quien haga información –sea cultural o política o económica- tenga una vocación expresa de influir; su influencia es el resultado de un trabajo bien hecho.
¿Hasta qué punto el periodista cultural ha de ser también –desde la selección de temas hasta la escritura de los mismos- un crítico?
La respuesta tiene, como todo, matices. Si con crítica nos atuviésemos sólo a una valoración en función del gusto –o de un prejuicio- sería un flaco favor para el lector. Sin embargo, y aquí está el matiz, elegir es valorar. Pero hay muchas formas de hacerlo sin incurrir en la arbitrariedad: al relacionar hechos, datos, perspectivas. Lo deseable sería dibujar un panorama más amplio que permita al lector elaborar por sí mismo una visión crítica. A eso hay que agregar algo que, no por mencionar de último, deja de ser importante: la dictadura de la actualidad y la precariedad del trabajo periodístico juegan en contra de todos. Cada día es más difícil hacer un periodismo con agenda propia, es decir, uno que no esté influido por la promoción editorial, las miles y miles de novedades o el “síndrome redes sociales” –en dos horas un tema está achicharrado. Hasta el poco tiempo que tenemos (no ya para leer sino para digerir un libro o una exposición y luego generar, en tiempo récord, una pieza) influye en el que trabajo que se hace.
¿Qué riesgos y ventajas hay en esta posición, más aún si tenemos en cuenta que el lector de un periodista cultural lo es, muchas veces, precisamente por fiarse de su criterio?
Riesgos existen en todo momento con cada tema que se trabaja: desde el riesgo del sesgo, del exceso –de entusiasmo o de antipatía- , de la prisa -¿disponemos del tiempo suficiente para ver las cosas en perspectiva?-… La ventaja, si existe tal cosa, vuelve a ser una consecuencia del propio trabajo. El tiempo –trabajar una información de manera continua- favorece el criterio, afina el olfato, depura las lecturas que podamos hacer de determinados elementos. La sedimentación de todo eso –como en la vida en general- favorece el resultado. Y creo que es justamente de esa decantación de donde surge el criterio, eso que, como muy bien dices, hace que un lector siga a un periodista específico. Ésa es una responsabilidad tremenda.
No todos los medios digitales generalistas dan prioridad a la cultura. Sin embargo, en la propia red hay no pocas publicaciones que podrían dar a entender una renovación o un renacimiento del periodismo cultural. La cultura, ¿cada vez más “producto de nicho”, o lo ha sido siempre?
El periodismo se puede hacer bien o mal. El mal periodismo –en cultura o cualquier otra área- se puede conseguir prácticamente en cualquier lugar: ya sea en Internet, en el papel y… ¡hasta en Twitter! El buen periodismo -reposado, con criterio- es una confitura, un destilado, ese tipo de texto o información que sólo conoce y sabe distinguir aquel lector que ya tiene una experiencia previa –ganada a pulso, sobre la base de consumir sistemáticamente determinadas cosas: desde fútbol hasta teatro-. Y en ese sentido, creo que siempre ha sido así. De lo contrario, ¿por qué leemos The Paris Review? ¿O The New Yorker o Le Figaro?
Las nuevas publicaciones con éxito en la red, ¿son, en efecto, una renovación, o tienen también elementos de depauperación, de “cultura-espectáculo” y demás? No pocos lectores se preguntan qué ha sido de la crónica, del retrato, del reportaje largo, de los géneros de siempre… ¿hay que volver a las raíces o entregarse a lo nuevo?
Aquí hay un problema de fondo mucho más grave que la desaparición de determinados géneros. Se trata de la desaparición de la lectura. Internet induce a la proliferación de “visitas”. Se escriben determinados textos, sobre determinados temas y con determinados enfoques en función de los clicks que tendrá, del tráfico que atraerá esa noticia. Cuanto más tráfico, supuestamente, mejor. Ese es un tema que encandila a algunos y condiciona a otros. Encandila porque hay a quienes sólo importan los clicks; y condiciona porque aquel redactor que no pensaba en el tráfico de sus noticias al momento de escribirlas, comienza a sentirse interpelado por el criterio de rentabilidad de aquello que produce -una pésima colisión, valga decir-.
Hay determinadas publicaciones que han renunciado a las listas y la enumeración –el síndrome buzzfeed- y que han sido realmente valientes al momento de recuperar los trabajos de largo aliento y lectura reposada, porque es allí donde tiene sentido nuestro trabajo… en el valor añadido que se pueda ofrecer sobre determinados temas e informaciones. Pero eso requiere no sólo criterio, sino capacidad de ser fiel y consecuente con éste. ¿Volver a las raíces? Pero es que nunca debimos dejarlas olvidadas. Renovar no es arrancar, sino justamente mejorar lo existente.
DANIEL GASCÓN (LETRAS LIBRES)
No pocas publicaciones –culturales o no, pero especialmente culturales- se encuentran ante una dificultad: ¿cómo atraer a un público más joven? Quería preguntarle si esta es, en efecto, una preocupación para las publicaciones culturales por tradición más ambiciosas. ¿Se puede “rejuvenecer” sin banalizar? ¿Es cuestión de imagen, de lenguaje? ¿O el periodismo cultural con vocación de calidad ha de refugiarse en esa “clandestinidad superior” de la que hablaba Bernard Delvaille?
Hay mucha más producción y todo está más fragmentado. Hay muchas más cosas que leer, ver y escuchar, y es difícil encontrar emisores tan fuertes como los que había antes. Todavía hay canales potentísimos, como las televisiones generalistas, que quizá en otras épocas creyeron en un deber pedagógico, pero ahora tienden a tratar la cultura como una excentricidad en el mejor de los casos. Creo que leemos más que nunca, pero la cultura literaria tradicional ha perdido relevancia y parece que eso afecta más a los jóvenes, educados en unos parámetros distintos.
Sin embargo, hay bastante gente joven a la que le interesa la cultura, que disfruta con un buen ensayo, con una reseña seria, con una entrevista bien pensada. Muchos leen ese tipo de textos en medios anglosajones. El objetivo es que sepan que estás ahí: que entren en tu revista, que vean que en castellano también se hacen cosas de ese tipo, que les descubras un libro o un autor. A lo mejor algunos llegan a la cultura de otra manera, a través de las redes sociales. En el caso de Letras Libres, hay gente joven que ha llegado a la revista por Twitter y luego ha ido al kiosco (un joven en un kiosco: probablemente, todavía lo comentan en el barrio) o se ha suscrito a la edición en papel. A veces internet te permite cubrir otras cosas y de otras maneras, y también llegar a gente que no sabe lo que haces, o que a lo mejor tiene una imagen distorsionada y cree equivocadamente que tu publicación no puede interesarle. La audiencia es mayor y más variada de lo que piensan los pesimistas.
Al mismo tiempo, entiendo que una revista cultural, o un producto intelectual serio, aspira a un público determinado. No voy a bajar la exigencia o aligerar los temas que tratamos para intentar gustar a gente a la que nunca le voy a gustar. Los que me preocupan en primer lugar son los lectores que tengo. Trabajo para ellos, para ofrecerles la mejor revista posible. Por supuesto, siempre quieres crecer, mejorar y tener más lectores, y hay que ser imaginativo y esforzarse todo lo posible por encontrar a personas que te podrían escuchar, pero hay gente a la que una revista cultural no le va a interesar nunca. También hay muchas cosas en el mundo que a mí no me interesan. Quiero que gustemos a los que tenemos que gustar.
Una publicación cultural que aspira a la seriedad y la influencia, ¿qué relación ha de tener con la llamada “cultura pop”? Con su vocación de hacer un donoso escrutinio de los mejores temas de la actualidad, y de leer con profundidad en la realidad actual, ¿corremos el riesgo de que el periodismo cultural abone el fenómeno de la “memoria corta”?
El periodismo selecciona una parte de la realidad de la que quiere hablar. Hay unos temas de los que te ocupas más a menudo. Una revista tiene algo de zahorí y de filtro: debe decir dónde hay agua y filtrar la tierra que la ensucia. Creo en los críticos canónicos y en la necesidad de una visión jerárquica y un análisis reposado. Pero una revista debe tener varias miradas, distintos puntos de vista. A mi juicio, en general conviene conocer la tradición de la que, quieras o no, formas parte, pero también perteneces a tu tiempo. Una idea de canon sirve como unidad de medida, pero ese canon está en perpetua transformación, y no debemos confundir el canon con la pereza mental o la autocomplacencia.
No siempre tengo muy claro lo que es la cultura pop, pero, sea lo que sea, hay grandes partes de la cultura pop que ahora han pasado a la cultura mainstream, y tampoco podemos comprender muchas obras del presente si no entendemos aunque sea un poco la cultura pop. Muchas obras que ahora nos parecen canónicas fueron en su momento rompedoras, vulgares, etcétera (seguramente es la única manera de llegar a ser canónico). Una revista debe ayudar a orientarnos, a establecer conexiones y tramas entre las obras y los discursos, a analizar el imaginario. Y, si quieres analizar el imaginario e intentar comprender un poco la realidad (y ese es el objetivo final, supongo) hay lenguajes que no puedes dejar de lado. El que domina un idioma no es el que solo sabe expresarse en un registro muy culto, sino el que es capaz de utilizar varios.
Además, puedes ser no banal sobre algo que es aparentemente banal. George Orwell, Susan Sontag o Christopher Hitchens tienen ensayos inolvidables sobre asuntos que se podrían clasificar como cultura pop. Eso sí, tú eliges los temas y el tono. Una publicación es un espacio de discusión y hay unos asuntos que te interesan más que otros, o que encajan en las preocupaciones y el tono de la revista. Unas buscan más el descubrimiento; otras persiguen otras cosas. El medio y la periodicidad son importantes. Una revista mensual puede aprovechar ese ritmo para hablar de las cosas de otra manera, para esquivar asuntos que concentran mucha atención y desaparecen justo después, para eludir lo más efímero de la actualidad y la moda y subrayar algo que ha pasado un tanto inadvertido. Puedes evitar un poco de ruido y centrarte en una forma de arte o un fenómeno que te parece realmente significativo. Otra periodicidad -como la de una web que se actualiza permanentemente, o una frecuencia semanal o diaria- te da otras posibilidades, también estupendas.
BORJA MARTÍNEZ (REVISTA LEER)
¿Cómo se observa, desde una revista consagrada a los libros, la crisis que ha azotado al sector editorial en estos años, y el cambio de paradigma –autoedición, libro electrónico- que en él se aborda?
Hubo un fenómeno muy característico en los años previos a la crisis, los de mayor expansión del sector: editoriales efímeras creadas por ‘aventureros’ inundaron el mercado más allá de lo razonable con catálogos nutridísimos y heterogéneos que carecían de proyecto editorial, crecían a ritmo, en algunos casos, de cien títulos al año y entre otras cosas permitían satisfacer el deseo de verse publicados de muchos escritores amateurs abocados ahora a la autoedición.
Desde entonces el mundo del libro se ha redimensionado. La contracción del mercado y la reducción de márgenes han obligado a los sellos grandes y medianos a cierta reconversión y en muchos casos a la concentración. Curiosamente, en este ecosistema son los pequeños, aquellos con mayor capacidad de maniobra, menor estructura de costes y más apego a un proyecto coherente y consistente, los que están obteniendo mejores resultados. Con una línea reconocible y una base de lectores humilde pero fiel, han demostrado que editar puede ser un negocio –modesto, pero negocio al fin y al cabo–, y han ejecutado una suerte de venganza del editor, una figura que en muchas editoriales grandes había quedado desplazada en favor de ejecutivos de cuentas y responsables de marketing.
La crisis, pues, está, pero no es fatal; como demuestra el hecho de que se sigue publicando mucho más de lo que el mercado puede absorber. Conclusión: editar sigue siendo un negocio, y siguen siendo necesarios agentes tradicionales como las editoriales, los libreros y las publicaciones especializadas, aunque en muchos casos tengan que revisar su modelo, para ofrecer libros buenos –o demandados– bien editados y que por una razón u otra merezcan la pena.
En cuanto al libro electrónico, su advenimiento se sumó a la crisis y agravó las preocupaciones de los diversos eslabones de la cadena del libro. Como fenómeno comercial, al menos en España, su progresión se ha detenido. No puede ser de otro modo en un país donde una gran masa de consumidores de libros apenas compra un puñado de ellos al año y sigue valorando su adquisición y posesión, y la minoría muy lectora compatibiliza formatos y tiene claro qué libros quiere poseer físicamente y cuáles no. A LEER los libros siguen llegando en papel… Hoy el libro electrónico en España es un negocio marginal, pero paradójicamente es una amenaza en tanto que la literatura de consumo rápido y masivo sí está siendo pasto de la piratería.
Una y otra vez se afirma que ya hay más escritores que lectores. El célebre ocaso del lector, ¿es una realidad, o una excusa para aligerar los contenidos? En paralelo, ¿qué actitud han de tener publicaciones culturales ya consolidadas ante los nuevos talentos que surgen? ¿Qué futuro les espera a estos en los momentos de incertidumbre que vive el periodismo?
Hay un innegable trasvase de atención –e inversión– de la gente hacia otras formas de ocio y satisfacción personal, pero los buenos lectores siempre han sido una minoría… Podríamos pensar que la revolución digital ha terminado de precipitar la desalfabetización que previó McLuhan cuando la tele era la gran amenaza de la cultura escrita. Pero sigue habiendo una minoría resistente empeñada en escribir y en leer, y en hacerlo con calidad y criterio. Lo contamos en el último número de LEER, donde precisamente seleccionamos a treinta escritores en la treintena que lo están haciendo muy bien. Uno de ellos, Andrés Barba, nos aseguraba por ejemplo que la novela goza de excelente salud, y al mismo tiempo llamaba a hacer “un ejercicio de realismo” y reconocer que “la literatura literaria es un club pequeño que en España tiene 3.000 socios” y que goza de una atención desproporcionada respecto a ese dato. En esa insignificancia cifraba Barba la libertad del escritor hoy en día, y yo creo que las publicaciones como LEER debemos hacer lo mismo. Aprovechar nuestra bendita insignificancia para hacer un poco lo que nos dé la gana, pero con criterio y un elevado control de calidad. Los que hoy se dedican a escribir, por lo que les escucho, son conscientes de que están abocados a compatibilizar su pasión con trabajos alimenticios o a andar a la busca de becas y premios, pero creo que es un paisaje que de un modo u otro, salvo una muy selecta minoría, ha padecido desde siempre el escritor profesional. Durante mucho tiempo fue la prensa de masas el apeadero lucrativo del escritor. Ahora tendrá que buscarse otros complementos adicionales. Pero seguirá escribiendo. Y quien sabe si solo quedarán los mejores…
En 2011 se introdujo en el Principado de Asturias el plan de evaluación de la función docente. Fue y sigue siendo una medida pionera, que no ha podido ser mejorada porque a escala estatal no se ha aprobado aún el Estatuto Docente. La consejera de Educación asturiana nos lo explica en esta entrevista.
No hay legislación estatal para desarrollar la carrera docente; lo que hay son ciertos procedimientos de concurrencia para seleccionar directores, docentes en el exterior, o el decreto de la Generalitat sobre plantillas, algo hasta cierto punto marginal, que afecta a muy pocos: parches que no solucionan el problema general de la mejora de la función docente. Tanto más loable, pues, la iniciativa de la Consejería de Educación asturiana.
Ana González Rodríguez (filóloga, profesora de Instituto), la consejera de Educación, Cultura y Deporte del Principado de Asturias, se siente orgullosa de haber sido alumna, en Oviedo, del profesor Emilio Alarcos Llorac, célebre académico especialista en Gramática.
González es una mujer inteligente y apasionada. Defiende sus principios siempre con ágiles raciocinios, que a veces sorprenderían a sus mismos correligionarios. Como cuando comenta: «Es curioso que un gremio que se dedica a evaluar no quiera ser evaluado. Me llama mucho la atención. Es una contradicción cultural». O también cuando afirma: «La docencia compartida no acaba de asentarse porque la gente no quiere que se vea cómo da clase.» Dirige un departamento con unos diez mil docentes repartidos en unos 430 centros.
-Haga, por favor, una valoración del plan de evaluación de los profesores que se introdujo en el Principado de Asturias en 2011.
-El nivel de aceptación ha sido bueno. De hecho, una de las reclamaciones que teníamos, que estamos resolviendo ahora, era que abriéramos un nuevo plazo para que se incorporen quienes no se habían enganchado porque no cumplían los cincos años de antigüedad en el cuerpo. Y prácticamente el cien por ciento de las personas que cumplían los requisitos están en el plan de la evaluación. Por lo tanto, valoración positiva desde la perspectiva de la recepción por parte de profesorado. Es verdad que está ligado a un incentivo económico, y no vamos a obviarlo. Pero por primera vez en España se abrió la sistematización de la evaluación del profesorado. Somos conscientes de que va a haber que revisar los indicadores de evaluación, va a haber que afinar, pero hasta este momento, hasta el 2011, el profesorado no era oficialmente evaluado, no tenía que cumplir en principio con nada, no tenía que rendir cuentas más allá de las cuentas que le pudiera pedir una familia, en el claustro, etc. Esto permite que el profesorado sea consciente de que también es sujeto de evaluación.
-¿Cuál es la razón de que haya sido precisamente el Principado de Asturias la comunidad donde se ha introducido este sistema de evaluación del profesorado? ¿Por qué en Asturias y no en otro sitio?
-Hay dos circunstancias, una interna, del propio sistema educativo asturiano, donde se trabajó mucho todo lo que tiene que ver con las evaluaciones de diagnóstico. El tema de la evaluación fue muy importante en anteriores legislaturas en esta consejería y se trabajó mucho. Pero coincidió con un proceso también de carrera horizontal a través de evaluación en otros sectores de la administración, como el sanitario y el resto del funcionariado. Había una corriente subida a la idea de cumplimiento de objetivos y evaluaciones de cumplimiento de objetivos en toda la Administración del Principado, y la educación no podía quedarse al margen. Aunque los modelos son distintos: hay uno específico para el Sespa (Servicio de Salud del Principado de Asturias), un sistema específico para lo que llamamos funcionariado docente y un sistema propio para el funcionariado.
-¿Todos con incentivos económicos?
-Sí. Cambian los tramos, pero todos tienen incentivos económicos. El defecto que tiene el plan de evaluación que hemos hecho para el profesorado es que no lo hemos podido construir como carrera profesional. Que es lo que ha hecho Salud. Por ejemplo, en Salud, es acumulativo: primero, segundo, tercero, cuarto tramo. Salud es quien más lo ha desarrollado. ¿Cuál es el problema con la evaluación docente? Que no tenemos el Estatuto Básico del Profesorado. No hay regulación de carácter estatal para desarrollarlo como carrera profesional. De hecho, aunque popularmente se llama carrera profesional, nosotros siempre hemos dicho que es un plan de evaluación, porque no tenemos carrera profesional, desde el momento en que solo es un complemento ligado al cumplimento de los objetivos marcados, al cumplimiento de unos indicadores, que permite mantener ese complemento. Pero no hay una carrera profesional propiamente dicha, porque entendemos que no la podemos desarrollar sin el amparo nacional de Estatuto Docente.
-¿Es necesario que se apruebe el Estatuto Docente?
-Sí. Entendemos que es necesario que para desarrollar lo que hemos iniciado, se apruebe una ley básica. Hubo varios intentos, en la anterior legislatura de Zapatero; parece que estaba muy maduro. El Gobierno actual intentó hacer otro, pero lo ha retirado. Por lo que sabemos no va a volver a sacarlo. Antes, la gente empezaba en Primaria y llegaba a ser catedrática de Universidad. Entonces había un recorrido muy largo, pero todo eso, con la especialización de los cuerpos, se cortó. El profesor Emilio Alarcos Llorac fue profesor de Instituto. ¡Y cuántos grandes literatos no empezaron en el Instituto y acabaron en la Universidad! Eso se cortó y quedamos sin carrera profesional. Porque lo único que teníamos era la gente de Educación Secundaria, BUP, que podían llegar a catedrático. Pero al mismo tiempo se fueron recortando esas plazas, de hecho casi nadie saca plazas de catedrático. Nosotros vamos a ver si lo recuperamos porque sí creemos que es un incentivo, también para el profesorado; reconocer una cierta trayectoria. En realidad no hay ningún problema en sacar plazas de catedrático salvo el coste. No hay ningún problema, todas las autonomías tenemos competencias para hacerlo, y sí, hay demanda. De hecho hemos lanzado una convocatoria para catedráticos en el Conservatorio Superior, porque en el Conservatorio Superior todo el mundo tiene que ser catedrático, los puestos tienen que ser de catedrático, no existe otra tipología de plazas, y eso también ha abierto la reivindicación en Secundaria, que yo la entiendo.
-¿Cuál es el motivo por el que una medida que parece tan razonable, como es la evaluación de los profesores, haya sido contestada en parte por los sindicatos?
-La evaluación docente la sacamos con el apoyo de dos sindicatos: Fete-UGT y ANPE; y se opusieron de manera radical Comisiones Obreras y Suatea (STES, en el resto del Estado), porque se negaban a la evaluación del profesorado y lo que decían es que había que dar el complemento a todo el mundo. Comisiones era así de burdo, y no lo digo en sentido despectivo, «lo que queremos», decían, «es que se suba el sueldo al profesorado», unos doscientos euros, que corresponde a Secundaria, y los ciento y pico que corresponden a Infantil; Suatea argumentaba de forma más sutil: no estaba de acuerdo con los indicadores que medían. Decía que no era realmente una evaluación, que se nos pagaba un complemento por hacer lo que teníamos que hacer. Lo que significaba que había que generalizarlo. Aunque al final llegaba a la misma conclusión que Comisiones, por lo menos tenían un discurso más elaborado. Por ejemplo, uno de los indicadores que se tienen que cumplir es el de haber impartido el 70 por ciento de las clases. Esto genera mucho ruido entre el profesorado, un ruido que se mezcla con ideas «humanitarias». Por ejemplo, se dice: ?Es que yo tuve un cáncer y no pude dar clase?. Nosotros lo que explicamos es que evaluamos la docencia, evaluamos el trabajo; si no trabajas no estamos diciendo que eres malo, lo que estamos diciendo es que no has podido trabajar. Punto. No es frecuente, pero siempre hay casos por los que se considera que se es injusto: «Encima de que estoy enfermo», se afirma. Pero hay que entender que no estamos dando un complemento generalizado por ser docente, sino ligado a la evaluación. Y lo que evaluamos es el trabajo, no la situación personal.
-¿No hay excepciones? Para embarazadas, por ejemplo.
-Sí, porque ahí se había negociado con el Instituto de la Mujer para que la maternidad, que es un impedimento en la carrera profesional de las mujeres, no pesara negativamente en la carrera profesional, mientras que un cáncer lo sufre tanto un hombre como una mujer. La ANECA, por ejemplo, penaliza un año de parada, también por maternidad. Nosotros ahí hemos hecho algunas propuestas a la ANECA, pero no nos han hecho ni caso. La filosofía es la misma: tú tienes un embarazo que individualmente y socialmente se entiende como positivo, que haya criaturas; la maternidad es un derecho, como la paternidad es un derecho, y no puede lesionar tu carrera profesional. Es una de las excepciones que tenemos.
-¿Se encuadra también su plan de evaluación de profesores en el plan de potenciar la función directiva en los colegios?
-Realizamos una evaluación anual de los directores pero independientemente de la evaluación como docentes. Aquí pueden llegar a consolidar si tienen varios tramos de evaluación positiva.
-La LOMCE al parecer va a potenciar la función directiva.
-El planteamiento de la LOMCE, yo creo, sin que lo diga expresamente, es ir hacia la profesionalización del director. En España, el modelo de dirección, por lo menos desde la democracia, es el modelo de un docente que, durante una época, combina la docencia, aunque sea rebajada, con la gestión. Porque se entendía que lo que se necesitaba era liderazgo pedagógico, y siempre se ha defendido que los directores, las directoras, tienen que ser líderes pedagógicos. La LOMCE establece un cambio radical porque de lo que habla en el fondo es de gestores. Un modelo que es verdad que existe en otros países. En los Estados Unidos la dirección es un modelo de gestión. Y luego también en los EE.UU. hay otros líderes pedagógicos. En España se había optado tanto en Primaria como en Infantil por el liderazgo pedagógico, y se entendía que del grupo de iguales del profesorado, había en un momento determinado alguien que establecía un liderazgo que era refrendado por el claustro y el consejo escolar y sumaba, al liderazgo pedagógico, la gestión. Nunca hemos profesionalizado. De hecho, lo que había era una reducción de horas de clase. Es verdad que muy significativas, porque un director aquí en Asturias da seis horas semanales de clase, en Secundaria. En Primaria, depende, porque tenemos centros igual con solo dos cursos, y entonces da más horas. ?
La pega de que la evaluación docente en Asturias sea solo para funcionarios, ¿la piensan cambiar?
-De momento, no, sinceramente, porque primero creo que el tema del personal interino no estamos discutiéndolo bien. Lo que la gente tiene que ser es funcionario de carrera. Lo que hay que hacer son oposiciones, para que la gente se estabilice en el sistema. Aquel objetivo que se había marcado la LOE, me parece que en una disposición, de manera expresa, de que no hubiera más del 8 por ciento de interinos, yo creo que incluso es elevado. Un 5 por ciento de interinos es seguramente lo que necesitemos: para un pico de matriculaciones, cubrir la enfermedad del profesor, etc. Pero ahora mismo tenemos en algunas asignaturas hasta el 34 por ciento de interinos. Eso no puede ser. Es verdad que llevamos varios años donde la tasa de reposición es muy baja y donde por circunstancias políticas no se han convocado oposiciones. Con una tasa de reposición del 10 por ciento no haces nada. El objetivo de la educación tiene que ser en la educación pública que haya plantillas estables. No hay una profesión de interino, a ver si me explico. La profesión es ser profesor. Con la estabilidad de un sistema que tiene que ser robusto. Porque es la única manera de fidelizar, al final, al profesorado de un centro, de que haya proyectos, de que la gente pueda incluso planificar su vida. En definitiva, no se trata de extender la carrera profesional a los interinos, la evaluación a los interinos. Se trata de que cada vez la gente pueda optar a plazas de funcionarios de carrera. Yo creo que hay que cambiar el discurso, de lo contrario al final vamos a hacer un sistema de interinos, y no puede ser.
-Pero eso ahora mismo sí que es difícil, por la situación económica.
-No es la situación económica. Cuesta más un interino que un funcionario de carrera. Por una cuestión de la seguridad social. Contratando interinos, la Administración no ahorra dinero. No es cierto. Lo que hemos hecho es un sistema absurdo, porque yo las plazas las tengo que cubrir, a mí que me digan que tengo una tasa de reposición del 10 por ciento, pero es a efectos de oposiciones, porque a mí me falta un profesor, se me pone malo el profesor y tengo que mandar a otro. No se van a quedar los niños solos. Es la mayor, con perdón, estupidez, de verdad, que se ha hecho en el sistema educativo. ¡Se van a quedar los niños solos! ¡En qué cabeza cabe! Yo no he dejado de contratar interinos. La única diferencia es que no hago oposiciones con suficientes plazas. Es el absurdo mayor. Es no entender, además. Yo se lo he explicado al ministro, le he explicado por qué me sale más caro, cómo sería un ahorro para las arcas del Estado; que si quiere que ahorre, que me dejen hacer las oposiciones, y no ha habido manera de convencerlo. Porque no hemos recortado en profesores.
-¿Se refiere al famoso decreto 14/2012 de los recortes?
-En realidad la tasa de reposición se fija en la ley general de Presupuestos del Estado. Para el funcionariado es cero. En el sector educativo había una excepción: tasa del 10 por ciento y en el 2015 será del 50 por ciento. Nosotros vamos a sacar 158 plazas más otras 30, que nos da función pública. Para esta comunidad no está mal, pero son pocas. Los sindicados, incluso cuando hubo aquí convocatoria de 400 plazas, no estaban de acuerdo, querían más.
-¿Tienen pensado cambiar los indicadores de evaluación docente?
-El problema es que nosotros estamos ya de salida. Aquí hay elecciones en mayo. Nosotros sí creemos, y lo hemos hablado muchas veces, que hay que darle una vuelta, que hay que perfeccionarlo, que hay que mejorarlo, que valió para lo que valió. Pero también deberíamos saber con claridad qué va a hacer el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Todo cuesta cambiarlo mucho, y cambiarlo para volver a cambiarlo… Nosotros sí creemos que hay que revisarlo, porque además creemos que hay que revisarlo todo continuamente, no porque esto sea especialmente bueno o malo, sino porque hay que evaluar también los propios instrumentos. Lo que pasa es que también creemos que lo que habría que hacer en la Conferencia Sectorial de Educación es definir si vamos a sacar un Estatuto Básico Docente para todo el mundo, y trabajarlo conjuntamente, y eso debería ser un compromiso de los partidos que va a gobernar este país. Y este es un trabajo de primer año de legislatura, clarísimamente, de primer año de legislatura, pero un trabajo con las comunidades autónomas, porque lo necesitamos todos. La gente tiene derecho a un desarrollo profesional. Estamos hablando de derecho a un desarrollo profesional, de definir cómo se accede, estamos hablando de muchas cosas muy importantes para la profesión. Y ahora que se habla tanto de la autoridad del profesorado, «si sabemos, si somos unos brutos, si no lo somos»… El Estatuto Básico Docente clarificaría todo eso, y nos daría un estatus distinto ante la sociedad y ante nosotros mismos. Es muy, muy importante. Es un trabajo de primer año de legislatura. Que no va a ser fácil. Seguramente ni consensuarlo entre distinto signo político ni con los sindicatos, pero hay que hacerlo.
-¿Se ha planteado la consejería que dentro de la evaluación interviniera también algún organismo externo, como ocurre en el ámbito universitario con la ANECA?
-No, no nos lo hemos planteado. Primero porque, yo no sé cuántas evaluaciones hace la ANECA al año, pero aquí, quitando los interinos, tenemos diez mil profesores aproximadamente, es mucha gente, y significaría una potencia económica impensable. Es verdad que ahí surge la crítica, que se hace extensiva también a los equipos directivos, y es que como al final eres del grupo de iguales, y vas a volver al grupo de iguales, eso coarta tu posibilidad de evaluar. Es cierto, que se puede argumentar así. Pero nunca nos hemos planteado la posibilidad de que haya una evaluación externa. También porque al final la ANECA no te evalúa a ti como docente en tu ejercicio diario. La ANECA evalúa currículos de proyectos, que es muy distinto. Y aquí a la gente no le pedimos ni currículos ni proyectos. Lo que evaluamos es lo que pasa cada día en el centro. Al final, el de la ANECA, o una entidad externa, o una empresa, tiene que preguntar a alguien, y no va a preguntar al interesado, que dirá que hace un trabajo estupendo, sino a la dirección del centro. Es distinto lo que evalúa la ANECA. Nosotros lo que evaluamos es la tarea en el centro: si entras a la hora, si te implicas en las actividades extraescolares, si hay problemas en tu área o no hay problemas, si recibes a las familias, este tipo de cosas; y eso lo sabe la dirección. Creemos que es muy complicada la externalización por el tipo de evaluación que es.
-¿Hay algo así como antigüedad, que suba el monto por más años habiendo pasado la evaluación, porque un profesor en concreto lo esté haciendo muy bien?
-No. Se mantiene constante.
-¿Se incorpora a la evaluación del profesorado también el juicio de los alumnos?
-No, y no tenemos claro que eso sea positivo. Es más, tenemos claro que no es conveniente. Eso no quita que en todas las memorias se haya de reflejar el nivel de aprobados y suspensos por curso o por materia, y que se tengan que explicar los resultados, sobre todo cuando son negativos. Y hacemos otra cosa más. En la Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU) contrastamos las notas medias con las de Bachillerato, y tanto si hay divergencia positiva como negativa, llamamos a los centros y vemos lo que pasa. Son tres maneras distintas de que los resultados obliguen a reflexionar a los profesores. Es decir, pedimos explicaciones pero de otra manera. Yo, además, me opongo a los rankings y a las reválidas porque creo que el sistema es perverso. Porque yo he sido profesora de Segundo de Bachillerato y he acabado dando la PAU. Lo digo con toda sinceridad. Porque a mí lo que me interesa es que aprueben la PAU. No por mí. Se trata de que tengo que asegurar el futuro a mis chavales. No puedo decir: «Sabéis mucho, pero la PAU no la aprobáis». Son sistemas perversos. Pero sí, hay que hacer un seguimiento de los resultados. Y si ves sistemáticamente que hay gente con la que se suspende, pues habrá que tomar medidas. Tenemos otros mecanismos.
-Si a un profesor se le dice que no pasa la evaluación docente, ¿se le razona?, ¿se le indica en qué tiene que mejorar?
-Sí. La mayoría la pasa, un 90 por ciento. Pero sí, se le razona. Y luego hay gente que reclama y se vuelve a revisar. El director entrevista al profesor. Las fichas son públicas y conocidas. Muchos de los indicadores que se utilizan requieren que el centro tenga información que acredite lo que pone en la fichas. Aun así hay la posibilidad de reclamar a una Comisión de Revisión, externa, que está en la Consejería de Educación, formada en parte por la inspección y por funcionarios de aquí. Sinceramente, han sido muy pocos casos los de evaluación negativa, y palmarios. Tengan en cuenta que estamos en el primer plan de evaluación y la idea es hacer lo que ha hecho Salud, cuatro tramos.
Es uno de los formatos dominantes de la televisión actual pero que cada vez genera más críticas. Quince años después de la creación de Tómbola, aquel espacio telebasura desacreditado por políticos e intelectuales que abría un debate a gritos sobre la vida privada de los demás, las tertulias políticas de nuestro país recurren hoy a la misma fórmula de aquellos “debates espectáculo” que garantizan el crecimiento de los índices de audiencia. Cerca de tres millones de espectadores se conectan a diario con estos espacios que combinan demagogia, ideología, pulso, urgencia y decibelios. “El contagio de la simplificación, el partidismo, el ataque personal o el abuso emocionalista, salvo excepciones que confirman la regla, ha logrado que las tertulias sobre política se aparten de la expresión rigurosa y pluralista para asemejarse cada vez más a lo que llamamos televisión basura”, explica el escritor y columnista Valentí Puig. “El hábito de las cuotas de partido deja en precario la articulación de matices. Este proceso perjudica mucho lo que es el buen «opinión making» que una sociedad abierta necesita” añade.
Como asesor de comunicación y consultor político, Antoni Gutiérrez-Rubí, advierte que «es un formato que alimenta los núcleos duros de los partidos, van al estómago del elector. Las voces sustituyen a las palabras, y el volumen a la razón. Es la versión catódica del «combate de barro». Se trata de atacar, de golpear verbalmente al adversario, sin importar enlodarse. Mientras un imaginario público jalea los golpes».
Antonio Sempere, crítico de televisión, considera que “hemos convertido estos espacios en un auténtico culebrón, con una trama de ficción capaz de enganchar a los espectadores durante horas”. Actualidad, ritmo y sensacionalismo son los tres ingredientes que, según Sempere, fidelizan al consumidor. En su opinión, “las televisiones públicas están obligadas a mantener las reglas del juego, pero las privadas invierten para lograr este espectáculo a cualquier precio”. José Apezarena, director de un diario online y tertuliano habitual en diversas cadenas de televisión, apunta que “el elemento de espectáculo que introducen las tertulias en televisión explica, en parte, que los espectadores aguanten tanto tiempo ante la pantalla pero introduce el riesgo de que algunas de ellas tengan más de show que de aportación de puntos de vista y de opiniones”.
En este sentido, el periodista y tertuliano Germán Yanke, señala que el gusto por la pelea, la discusión y el espectáculo, está propiciado por el sistema de medición de audiencias que rebaja, muchas veces, la calidad de estos programas. “Hay un ejemplo muy claro que vivimos con la noticia de Fukushima. Tras aquel suceso, todos los periodistas salían pontificando sobre la energía nuclear como si fueran expertos en el tema. Aquellos que sí sabían, se echaban las manos a la cabeza”, apunta. En su opinión, “es necesario un debate más sereno que aporte claves y análisis interesantes sobre las cosas que pasan”.
Quizá nunca sepamos el final del caso Noós, los papeles de Bárcenas o los ERE fraudulentos en Andalucía. Pero es evidente que asuntos como estos, junto al análisis continuo sobre las causas, predicciones y consecuencias de la crisis económica, han alimentado durante horas las discusiones en pantalla. “Los clamorosos casos de corrupción aumentan la audiencia porque en un país donde tantos lo pasan muy mal por la crisis, tales comportamientos corruptos indignan más que nunca”, apunta Apezarena. SegúnKiko Méndez-Monasterio, periodista y conductor de una tertulia radiofónica apunta que “el escándalo de la corrupción sólo ha llegado cuando se le ha unido la crisis. La gente quiere saber lo que está pasando, oír opiniones diferentes al respecto… y buscar culpables. Las tertulias le dan todo eso”. Y dado el panorama político actual, hay contenido de sobra para llenar varias temporadas. “Hoy en día, podemos decir que la realidad política actual es más entretenida que cualquier ficción. Los debates se convierten en algo similar a las series de televisión, donde luego se comenta el último capítulo de la actualidad”, añade Sampere.
Por su parte, Puig critica la superficialidad que, en algunos casos, domina la argumentación de las exposiciones. “Respecto a la crisis económica, el clima más generalizado en las tertulias era predecir hundimientos del euro, corralitos, rescates y apocalipsis monetarios y ahora que se percibe un respiro, casi nadie se acuerda de lo que dijo hace unos meses y, por supuesto, no rectifica. Al contrario, se compara a Angela Merkel con Hitler y aquí no ha pasado nada”, explica. A pesar de que la situación política exige “analistas con vista de águila”, a menudo “lo que vemos y escuchamos son mutantes político-mediáticos de Belén Esteban”.
Pese a todo, las tertulias políticas, con su dosis de exaltación, su interés por el discurso plural y su grado de sectarismo, han resurgido porque el público las necesita para desahogar silenciosamente su indignación. “Son un magnífico entretenimiento. A la gente le gusta discutir y cuando ven discutir a otros discuten también con ellos, aunque sea en silencio”, señala el periodista Arcadi Espada. Para José Apezarena, “tanto en radio como en televisión, las tertulias son necesarias porque aportan a los ciudadanos puntos de vista diversos, incluso algo de información, que permiten al público formarse mejor una opinión propia a partir de estos datos”. En su artículo‘Un mundo conversable», Ignacio Peyró recuerda que “en su vertiente pública, la conversación será la mejor garantía de estabilidad política, según Hume, en tanto que la sociabilidad implica la necesidad de morigeración en las pasiones”.
Méndez-Monasterio considera que las tertulias son paliativas de la deserción que han hecho los políticos sobre el debate de lo cotidiano. “Los partidos han creado un lenguaje incoloro, inodoro e insípido para no rozar ninguna de las aristas de lo correcto”, explica. “Por eso resulta lógico que radios y televisiones hayan ocupado el espacio que debería tener el parlamento, y en este sentido sí que se han vuelto necesarias”, dice.
Para evitar la dispersión repetitiva de argumentos sobre los temas de interés común, los expertos consultados coinciden en la necesidad de una especialización de los tertulianos. Más profundidad en las exposiciones a precio de rostros menos conocidos. El director de contenidos de una televisión pública que prefiere el anonimato señala que “lo interesante es conseguir opiniones y puntos de vista opuestos con el mismo nivel de especialización. Los ciudadanos buscan una mirada analítica y profunda y no una discusión vacía y repetitiva sobre los mismos temas”. Daniel Capó, crítico de televisión, advierte que “la excesiva generalización de estos debates y la falta de profundidad de los mismos denigran este género televisivo” y apuesta por la especialización de los periodistas que van rotando en las distintas mesas que invaden las parrillas de programación.
La multiplicidad de canales con la TDT en medio de una economía de guerra en el panorama audiovisual pronostica una larga vida para este género por ser un producto de bajo coste, que no exige una gran infraestructura y que además permite adecuar los tertulianos a la línea ideológica del medio.
Resulta llamativo que un pensador político de la trascendencia de sir Edward Coke (1552-1634) apenas haya sido objeto de monografías o de estudios sistemáticos en lengua española. No hay que olvidar que Coke se encuentra entre los poquísimos autores que merecieron ser citados por Thomas Hobbes en su célebre Leviathan. Eso sí, Coke representó para Hobbes la abominable encarnación teórica de una especie de parlamentarismo monárquico mixto –desde las antiguas ideas del «Rey en Parlamento» y del «imperio de la ley»–, y por tanto, comparece en su obra como uno de los principales antagonistas de su colosal absolutismo.
En efecto, el legado de Coke suponía una vigorosa defensa de aquella tradición intelectual que, sin rechazar la monarquía, combatió sus veleidades absolutistas, estableciendo sus justos límites desde la invocación de principios ético-jurídicos basados en el derecho (natural y consuetudinario), la razón y las libertades constitucionales y políticas. Una tradición que para Coke pervivía encarnada desde antaño en los viejos principios y costumbres del constitucionalismo histórico inglés y que se manifestaba a través de su common law. De hecho, su audaz defensa en vida de estos principios, en su calidad de «Attorney General» y sobre todo como juez de altos tribunales, frente al absolutista rey Jacobo, o a su sucesor, le valieron muy diversos sinsabores, como la reclusión temporal en la Torre de Londres, o que su obra fuera prohibida por un Carlos I temeroso de que Coke fuera «celebrado en exceso como un oráculo entre el pueblo». No es extraño que el legado intelectual de Coke encontrase resonancias posteriores en autores como Blackstone, Burke, Montesquieu, Locke, o en diversos padres fundadores de los Estados Unidos, como Adams o Jefferson, –tal y como expone el autor en su capítulo final.
Con «Common law. El pensamiento político y jurídico de Sir Edward Coke» (Encuentro) , escrita con rigor y estilo límpido, el profesor Elio Gallego ha llenado un hueco vergonzante dentro de la bibliografía española sobre historia de las ideas políticas. Pero con ella, su autor no ha tratado simplemente de diseccionarnos el pensamiento de este paladín de lo que podríamos llamar imperio mixto de la ley como si se tratara de un objeto arqueológico de museo. Por el contrario, el autor ha procurado introducirse en las ideas de Coke desde dentro para mostrarnos su pensamiento como algo aún vivo y recuperable, en muchos aspectos. Algo semejante a lo que el profesor Gallego ya hiciera en su ensayo dedicado al análisis del régimen mixto de gobierno como constante de la historia del pensamiento político (Sabiduría clásica y libertad política, Ciudadela, 2009). Se trata por tanto de dos ensayos conectados temática y metodológicamente.
La obra que reseñamos comienza introduciéndonos a Coke y su pensamiento en el contexto histórico-intelectual inglés de la época para posteriormente adentrarse en las diversas facetas de su pensamiento jurídico-político. En este sentido, realiza un diálogo crítico respecto a una de las interpretaciones obligadas sobre Coke, la de John Pocock. Este maestro de la «Escuela de Cambridge» dedicó una parte importante de su ya clásica obra The Ancient Constitution and the Feudal Law –traducida recientemente por Tecnos–, a interpretar el pensamiento de Coke. Sin embargo, el profesor Gallego advierte, a mi juicio certeramente, ciertas carencias interpretativas de Pocock sobre el pensador inglés. En este sentido, la referencia a la cuestión de la «Constitución Antigua» o «Constitución Histórica» es otra de las constantes del libro, puesto que en Coke encontramos a quien seguramente fue su principal exponente anglosajón. Aunque, estando dirigido este libro al lector español quizá se eche en falta en este punto alguna referencia significativa a la teoría de la Constitución Histórica de España. Como es sabido, esta doctrina vetero-constitucional, que aparece ya prefigurada en la obra de Juan Mariana, eclosiona posteriormente en la época de los debates histórico-políticos previos a la Constitución de Cádiz, por autores como Jovellanos o Martínez Marina, y aún más tarde la esgrimen muy diversos autores, como Martínez de la Rosa o Cánovas –quien la asumió bajo la denominación de «Constitución interna» de España.
Por lo demás, el grueso del libro está dedicado a exponer la filosofía jurídico-política de Coke desde la peculiar confluencia que desarrolla en torno a las ideas de razón, autoridad, ley natural y tradición. Posteriormente, desde los capítulos cinco a siete, el análisis se adentra en el corazón del pensamiento cokeano: el common law, la Constitución antigua y la importancia de la jurisprudencia como lugar natural de la ley frente al eventual voluntarismo monárquico –o incluso parlamentarista. El punto de conexión entre estos tres elementos gravitará en torno a la necesidad de un gobierno mixto, como el que caracterizó desde antiguo a la estructura gubernamental inglesa: rey, cámara alta o de los lores, cámara baja o de los comunes. Podemos reconocer, por tanto en Coke a un adelantado con sus ideas, pero también con su propia vida y profesión jurídica, de la doctrina de la división de poderes, que posteriormente popularizó Montesquieu.
La obra añade asimismo un interesante «regalo» en su apéndice. Se trata de la selección de una serie de máximas jurídicas latinas que Coke –desde su doble faceta de pensador y jurista– fue acuñando y que el autor se ha preocupado de rescatar y traducir, como, por ejemplo: Justitia est virtus excellens et Altissimo complacens.
“Creo que un poeta no dice o no debe decir cosas nuevas –afirmaba Borges en una conversación con César Fernández Moreno–. Debe expresar lo que todos los hombres alguna vez han sentido o sentirán en su vida. Es decir, debe encontrar una música verbal para esas emociones que son lo esencial de toda vida humana. Lo demás es mera novelería o sólo puede interesar a los historiadores de la literatura, no a la literatura en sí”. Con este breve fragmento, del prólogo de Miguel D´Ors a la antología poética de Javier Almuzara, podríamos catalogar –si es que ese verbo es factible en la obra de cualquier escritor, llena de matices y de excepciones a la norma general- la producción literaria de dos poetas con una trayectoria notable, de peso y nombre propio: Javier Salvago y Karmelo C. Iribarren. De Iribarren y de Salvago, norte –el primero vasco- y sur –el segundo andaluz- de la poesía contemporánea española, se desprende un estilo que recorre los últimos veinte años del siglo XX y los veinte primeros del XXI: la literatura cercana a lo coloquial, al lenguaje de lo diario, a la ironía, a la claridad en la palabra y en el tono; un estilo ajeno al artificio y a lo hermético, a la “babosa emoción” de Pound. No obstante, la obra de Iribarren y Salvago juega en ese difícil terreno de las emociones, sí, pero sabiendo y conociendo los secretos para driblar y escapar airosos del delicado abismo del sentimentalismo y de la expresión fácil y previsible. En sus libros y en su poesía hay emoción, hay vida, hay reflejo de nuestra condición humana, hay sencillez y precisión, aunque siempre acompañado de una nota de sorpresa, de nueva perspectiva, de original mirada, de sugerente proposición. De todos los logros que encontramos en sus poemas –logros indiscutibles–, me quedo con ese: el hablar con la compleja sencillez de la emoción sin tropezar con el inoportuno sentimentalismo; llegar al tú del lector de poesía desde el yo del autor sin recurrir a tópicos ni clichés, sin necesidad de acudir a lo solemne ni a la oscuridad en la expresión para justificar la existencia y el motivo del poema.
EVOCACIÓN Y ELEGÍA
Miradas
curiosas.
Dichosas
veladas.
Espadas
pringosas.
Sabrosas
tostadas.
Relatos
pausados.
Vagancia.
Zapatos
mojados:
infancia.
Javier Salvago
Este poema de Salvago, tan cercano en geometría y apariencia al conocido de Manuel Machado, nos lleva a sus influencias, a los nombres que hicieron al poeta de Paradas. La primera pista ya la hemos desvelado, o mejor dicho, se desvela sola al leer el poema. Es Manuel Machado una clave indispensable para comprender los poemas de Javier Salvago, tanto en geometría y estructura como en los temas y en la forma e intención de tratarlos. Hay más, claro. Están el maestro Fernando Ortiz –quien contribuyó de manera decisiva a su estilo y su modo de asimilar la literatura en la década de los 80–, los poetas franceses del simbolismo, Gustavo Adolfo Bécquer, el olvidado Giovani Papini, Jaime Gil de Biedma, etc. De todos bebe y de todos se nutre para escribir como éste:
ACLARACIÓN DE INTENCIONES
No era la gloria, porque yo en la gloria
qué pinto. Ni siquiera era la fama.
Siempre fui tímido y le tuve siempre
un cierto horro al público y las cámaras.
Tampoco el oro, porque el oro exige
otra estrategia y otras artimañas.
-Mi ambición es llegar a no tener
más ambiciones que las necesarias-.
Desde esta altura, si me asomo al fondo,
presiento que quizás lo que buscaba
Era escribir, sobre mi propia vida,
mi versión de la vida retirada.
Una vida retirada que entra en colisión con su vida profesional, con su oficio: el de guionista. Paradojas. Guionista en los programas de Jesús Quintero –fue Salvago quien hizo al personaje y buena parte de todo lo que fue Jesús Quintero en la radio y en la televisión-, Carlos Herrera o Iñaki Gabilondo. Entre tanto, lo importante, sus nueve libros de poemas: Canciones del amor amargo y otros poemas (1977), La destrucción o el humor (1980), En la perfecta edad (1982), Variaciones y reincidencias (1985), Volverlo a intentar (1989), Los mejores años (1991), Ulises (1996), Nada importa nada (2011) y Una mala vida la tiene cualquiera (2014). También podemos mencionar su obra en prosa, con sus libros de relatos como El miedo, la suerte y la muerte o sus memorias Memorias de un antihéroe y El purgatorio.
En el poeta vasco Karmelo C. Iribarren es también la vida un sinónimo de su obra. Desde que el editor, y también poeta, Abelardo Linares lo descubriera y lo editara, nueve han sido sus libros de poemas: La condición urbana, Serie B, Desde el fondo de la barra, La frontera y otros poemas, Ola de frío, Atravesando la noche, Otra ciudad, otra vida, Las luces interiores, La piel de la vida. Todos ellos recogidos en el volumen Seguro que esta historia te suena. Iribarren es un poeta con una voz propia y con algo más complicado aún: lectores. Heredero de la estética de Roger Wolfe, se distancia de Salvago en la métrica y en una realidad más próxima, si aún cabe, a lo cotidiano, a lo intrascendente de la vida, a lo sórdido de la rutina, al plomo de la calle y al ruido de la condición humana. En Iribarren prima el ingenio y lo descriptivo a la “fermosa cobertura”. La realidad devora en todo el momento la estética y el prisma del poema. Lejos de las academias y del bullicio de las vanidades y los egos literarios, Iribarren ha fabricado un mundo tan personal como colectivo. Quizá por esta lejanía de los círculos literarios que apuntamos, quizá por eso, ha sabido del mismo modo, como pocos, dar en la tecla de la originalidad y de la tradición. Hablar como todos hablamos pero observando como pocos observamos. Creo que sus poemas serán buena prueba de esto que decimos:
POÉTICA
Poner una palabra
detrás de otra
hasta llegar a la última.
Y cerrar con un
punto. Y que dentro
esté yo, o alguno
de vosotros,
o alguna. Haciendo
cualquier cosa
interesante.
UN MOMENTO FELIZ
Miro la fotografía
Sobre el estante.
Está hecha en Peñíscola,
En el verano de 2005.
Aparecemos mi hija y yo.
Ella me coge por el hombro y se ríe.
Yo, como siempre,
Con mi gesto
Serio,
Adusto.
Engañando
A la cámara,
Esta vez.
EL AMOR
El amor,
ese viejo neón
al que aún
se le encienden
las letras.
El reconocimiento formal de Junípero Serra en California se fue gestando lentamente en las ciudades que deben su fundación a su empeño y tenacidad, principalmente San Diego, Monterey y, por supuesto, San Francisco. Los obispos de California expresaron inmediatamente su alegría y gratitud cuando el papa Francisco anunció en enero la canonización del padre Serra. Pero inmediatamente se levantaron voces en México y California en contra de la exaltación de una persona que según ellos había sido «un conquistador, invasor y criminal». Periódicos como el Excelsior de México y Hoy de Los Ángeles daban publicidad gratuita a la polémica y se adscribían a la turbia corriente descalificadora. Pequeños grupos protestaron frente al obispado de Los Ángeles ante la mirada perpleja o indiferente de la mayoría de los católicos californianos, tanto hispanos como americanos o filipinos, que viven en una comunidad enraizada en una larga historia que es modelo de convivencia aunque no esté del todo exenta de dificultades y en la que algunos siembran como serpientes rumores de confusión.
DEBATES Y PROPAGANDA
La tensión en la calle es en buena parte un reflejo amplificado o distorsionado de los debates académicos que han recorrido la mayor parte del siglo XX y que han sido atizados por las cambiantes tendencias de las universidades norteamericanas. James A. Sandos (1988) resume los extremos de esta polarización y más recientemente Robert M. Senkewicz (2010) ha mostrado de manera muy ecuánime las diversas actitudes hermenéuticas que subyacen a los distintos investigadores. Entre los detractores están Rupert y Jeannette H. Costo (1987), o Robert H. Jackson y Edward D. Castillo (1995), que apoyados en un demoledor ensayo de Sherburne F. Cook (1976) no dudan en calificar el sistema de las misiones en California como un genocidio que tuvo un impacto fatal sobre las culturas originarias. Culpan a las misiones por todo, y así exculpan al despojo que supuso la secularización de las tierras y la llegada masiva de americanos con la violencia que desataron durante la fiebre del oro posterior. Es un discurso manido.
Investigaciones más recientes, dotadas de mayor acopio de datos, ofrecen opiniones más matizadas. Hugo Reid o William McCawley, aunque aceptan que los franciscanos se preocuparon sinceramente por el bienestar de los indios, siguen considerando que las misiones supusieron un daño irreparable en esas culturas o que se mostraron insensibles respecto de las tradiciones culturales de los nativos californianos. Steven W. Hackel (2005 y 2013) considera ahora que las misiones fueron más porosas de lo que los expertos habían pensado y que en general, aunque los indios oscilaban entre la aceptación y el rechazo de las misiones (porque suponían un cambio de su modo de vivir), estas les aportaban claros beneficios. Las misiones les proporcionaban protección, alimentación y vestido, espacios agrícolas y ganaderos, y un intercambio justo y seguro con las poblaciones españolas. Pero, pese a su éxito, les atribuye finalmente el declive de esos pueblos.
Finalmente, profesores como Rubén Mendoza, arqueólogo de las misiones, o Gregory Orfalea defienden la canonización de Junípero Serra por cuanto supone el mejor reconocimiento posible al pasado hispano en su papel más positivo: todos los males de los que se habla tanto (declive, enfermedades, violaciones, esclavitud, etc.) sucedieron con anterioridad a las misiones o fuera de ellas y porque el franciscano español luchó denodadamente contra ellos.
La propaganda antihispánica que reitera esas denuncias tuvo en realidad su primera manifestación en 1898 y sirvió más que nada para justificar la intervención americana en Cuba y la anexión de Puerto Rico y Filipinas. John E. Bennet exacerbó entonces el sentimiento antieuropeo, acusando a los españoles de tiranía, corrupción y lujuria: las misiones habrían sido similares a las plantaciones esclavistas del sur americano. Peor, por el engaño. La cultura hispana se ha dibujado siempre como la imagen inversa de lo que los americanos querían ser, nos pintan con lo que odian: mentirosos, despóticos, holgazanes, débiles, borrachos o mujeriegos, como un mecanismo de desplazamiento de sus propias pesadillas.
Por otro lado, se dio de forma alterna o bipolar la apropiación sentimental de un pasado hispano legendario lleno de exotismo, por ejemplo, con la novela Ramona (1884) o con las historias de El Zorro (1919). Esto ha favorecido sin duda la recuperación de las misiones y del Camino Real desde San Diego a San Francisco. Pero para muchos americanos las misiones pertenecerían más a México o a España y no serían más que huellas curiosas de una presencia difícil de comprender y asimilar, extraños lugares turísticos con cierto encanto y romanticismo pero en donde se observa como intrusión y amenaza la presencia cada vez más nutrida de nuevos hispanos, sobre todo mexicanos, que reivindican con sus banderas, su música y el uso del español su pertenencia a un espacio en el que identifican con un pasado que también fue suyo.
Despotismo y esclavitud son los temas que utilizan como argumentos ahora los opositores de la canonización, aunque sigan una agenda política muy diferente. La ligereza con que se tergiversa o malinterpreta la acción y el efecto causado por las misiones ha obligado a los biógrafos e historiadores a ahondar al máximo y precisar hasta el más pequeño detalle cada jornada de la vida de Junípero Serra y las misiones de California. Zephyrin Englebert con su monumental The Missions and Missionaries of California (1908-1915), señaló el carácter político de las misiones. Posteriormente el padre Omer Englebert (1956) destaca el carácter noble y humanitario de la conquista española y Maynard Geiger (1959) que resalta las cualidades heroicas de fray Junípero.
Se han escrito además muchas biografías del padre Serra, sobre todo en español, las de Pablo Herrera (1943), Gaspar Sabater (1944), José Sanz y Díaz (1956), Ricardo Mayo (1956) o L. Gálmez (1988), además de traducciones como la de Sylvia Hilton (1987) y una evocación en francés de Charles Piette (1946). Todos se apoyan en la excelente relación que ofreció el padre Francisco Palou de Junípero Serra y las misiones de California (1787), que cuenta con no pocas ediciones en castellano, inglés, francés e italiano, aunque tal vez la versión más popular de todas sea The Sword and the Cross de George Whitting que se publicó en español bajo el título La cruz y la espada (1967), con ilustraciones un poco peliculeras de Jaime Juez Castellá, dirigidas al público juvenil por la casa editorial Bruguera de Barcelona.
Sorprende por ello que los anticatólicos reclamen ahora que se dé a conocer mejor la vida del santo. Pocos protagonistas de la época cuentan con biografías tan detalladas. Y por si acaso, la arquidiócesis de Los Ángeles ha puesto en marcha un sitio web para mostrar la vida, la obra, las misiones y el legado del franciscano, «modelo de misionero y evangelizador del siglo XVIII».
Es un momento algo extraño para honrar a un decidido mallorquín que acompañó la conquista de la Alta California a un puñado de coraceros catalanes que se sabían condenados a morir en los confines del mundo por el impulso de un ministro ilustrado de origen también humilde, como lo fue don José de Gálvez, y cuya principal misión buscaba principalmente reforzar el papel internacional de la España de Carlos III, asegurar el comercio con China y contrarrestar el empuje de la Rusia de Catalina la Grande (y el negocio de las pieles de foca) en el Pacífico. Los mismos motivos que llevaron a los americanos a desembarcar allí a sus soldados en 1846.
Tal vez la verdadera controversia está encerrada en la extrema dificultad que supone para Estados Unidos presentarse en ese panorama y asumir el pasado hispánico como parte también integrante de su identidad y no como ese alter ego lleno de defectos que aparece ya deformado por la leyenda negra y se reformula exacerbado por esa imperiosa ansiedad de éxito que dibuja el individualismo laicista norteamericano, tan poco dado a comprender el proyecto solidario y evangelizador que quiso fundar en aquellas tierras lejanas fray Junípero Serra.
CENTENARIOS DE CALIFORNIA
Sin duda, las celebraciones de los distintos centenarios han contribuido al reconocimiento de fray Junipero Serra como una parte integral de la historia norteamericana, aunque siga siendo quizás, como señala Hackel o lo sea para su punto de vista, uno de sus menos comprendidos «pioneros». En 1884 se celebró el primer centenario de la muerte de fray Junípero y en 1913 el segundo centenario de su nacimiento y ambas celebraciones gozaron en California del aplauso unánime de la población y las autoridades. En particular hay que destacar el impulso decidido del obispo José Alemany (1814-1888) y de dos sacerdotes, Ángelo Casanova y Ramón M. Mestres, que se sucedieron en la parroquia de Monterey en dos extendidos periodos de 1868-1891 y 1891-1930.
Ángelo Casanova había nacido en el cantón Ticino, en los Alpes suizos, y luego de estudiar en el colegio Propaganda Fide de Génova y ordenarse sacerdote en Italia, fue destinado a California en 1860, primero a Los Ángeles y luego a Santa Cruz, hasta llegar a Monterey en 1868, donde permaneció como párroco hasta su muerte el sábado 13 de marzo de 1893. Dejó un recuerdo duradero en la ciudad y el Monterey New Era se lamentaba en la edición dominical de la pérdida de un buen cristiano que siempre tenía una palabra amistosa para todos. Todos destacaban su servicio desinteresado y su esfuerzo por restaurar la vieja misión de Carmel, muy cerca de Monterey, a la que dedicó su incansable energía.
La ciudad de Monterey, la segunda más antigua de la Costa Oeste después de San Diego, celebraba y sigue celebrando dos fechas representativas: el 3 de junio de 1770 Junípero Serra fundó allí la misión de San Carlos (muy pronto la mudó al final del valle del río Carmelo); el 7 de julio de 1846 el capitán Sloan, en nombre de los Estados Unidos, desembarcó en Monterey y el territorio de California se incorporó como el trigésimo primer estado de la Unión.
Ya al tiempo poco de llegar procuró que el centenario de la ciudad honrase a su fundador en junio de 1870 «de la mejor manera posible». Según el periódico local, el Monterey Republican, se esperaba para aquel año una gran festividad para reconocer a Monterey como una ciudad centenaria. Para señalar a Junípero Serra como su fundador tuvo que echar mano de un libro, History of California de Forbes. Casanova quería hacer una celebración religiosa el 31 de mayo, aniversario de la llegada de fray Junípero a la bahía, anticipándose al viernes 3 de junio, fecha de la fundación de la ciudad.
Todo ello sirvió para reconocer la historia hispana de California y el papel que tuvieron fray Junípero y las misiones franciscanas. La misión de Carmel estaba en ruinas pero el padre Casanova descubre un documento que revelaría la ubicación de los restos del apóstol de California. Hay más de trescientos invitados de Sacramento y otras ciudades que han venido desde San Francisco en un vapor fletado para la ocasión. Uno de los invitados es el capitán Steele, que alcanzó a conocer las misiones antes de la secularización. Han venido de la Sociedad de Pioneros y personalidades de todas partes. Saludos, canciones, bienvenidas y discursos: el sentimiento general es conforme en su gran aprecio por la labor de los misioneros, aunque sorprende, desde nuestro punto de vista, que lo que más destaca entonces fue que las misiones facilitaron la llegada posterior de los pioneros.
Los invitados accedieron en procesión hasta la vieja iglesia de San Carlos de Monterey donde asistieron a un tedeum a cargo del padre Doroteo Ambris, párroco de San Antonio de Padua. El padre Rubio además dio un sermón en español y en inglés. Luego una profesión y un desfile de las autoridades seguido por los niños de las escuelas públicas, damas en una antigua carroza de la época mexicana, varios señores a caballo, y muchos caminando hasta la colina que domina la bahía, donde se celebró el almuerzo al aire libre lleno de flores, viejas recetas y vinos locales… Discursos del padre Hudson y del señor Philip A. Roach, alcalde de Monterey en 1850, cuando la ciudad se incorporó a la Unión. Es el momento oportuno para destacar la importancia del puerto de Monterey como uno de los más seguros del Pacífico y reclamar un ferrocarril. Como el anciano señor Jacinto Rodríguez no pudo estar presente, fue en su nombre Joaquín Bolado, que habló en su español nativo con un aplauso general. Luego baile, fogatas y colaciones hasta el anochecer.
El padre Casanova se había propuesto reconstruir la misión, cuya cubierta se había derrumbado luego de la desamortización y permanecía abandonada, poco más que un refugio para el ganado. En ocasiones los habitantes del valle, unos pocos descendientes originarios, le pedían que bautizara a los niños en la sacristía con la imagen de Guadalupe, que era lo único que se mantenía cerrado y en pie de la vieja misión, para que fuesen bautizados en la misma pila que sus padres y abuelos. De igual modo, cada año dirigió la romería que desde el pueblo del valle de Carmel llegaba las ruinas de la basílica el 4 de noviembre, fiesta de San Carlos, como lo habían hecho desde los tiempos de Junípero.
Primero se restauró la misión de Dolores en San Francisco, con motivo de celebrarse su centenario en 1876. Casanova ordenó limpiar las ruinas, indagó en los archivos y finalmente halló el lugar de la tumba del santo, que se descubrió un martes 31 de enero de 1882 en un sencillo ataúd de madera. El periódico de aquel momento, el Monterey Argus, daba cuenta detallada del hallazgo, destacando la excitación que había provocado en Monterey el descubrimiento de los restos intactos del «ilustre fundador de la ciudad». Los rumores de que se los habían llevado a España y las mismas ruinas envolvían todo de un ambiente romántico.
Creó un fondo para financiar la restauración con miles de donaciones y emprendió la reconstrucción del tejado para inaugurarlo en el centenario. Esto fue motivo para una celebración aún mayor el 28 de agosto de 1884, cuya crónica mereció toda la primera plana del siguiente domingo del Daily Alta California de San Francisco, que titulaba la crónica con el significativo título de «A Pioneer Padre», sacerdote y pionero.
Fue un día soleado y agradable, propicio para recorrer las cinco millas que separan la ciudad de Monterey de la misión de Carmel: los vehículos disponibles resultaron insuficientes para los visitantes, que esta vez llegaron en el flamante ferrocarril recién inaugurado. Además el camino estaba en mal estado. Lamenta también el editor la incongruencia del nuevo tejado de la misión que «apunta al cielo» pero rompe el estilo y los cálidos matices del adobe y la arenisca.
La ceremonia religiosa comenzó a las 11 de la mañana, y debió ser impresionante por la solemnidad de las vestimentas, alfombras, trajes, sombreros y carruajes, en contraste con la sencillez de los pobladores indígenas, con sus vestimentas brillantes y coloridas, que asistían silenciosos sentados afuera del templo. Fue presidida por el arzobispo Alemany, también catalán, con otros tres obispos, el padre Casanova y numerosos sacerdotes. Una misa de réquiem llena de entusiasmo: 1.500 personas se congregaron en la iglesia, entre los que se contaban numerosas personalidades civiles y militares. Estaban los Bancroft, los Wise, los Kelly, el anciano general Vallejo, y otros muchos. El sermón en español lo pronunció esta vez el padre Adam. La memoria del justo prevalecerá, dijo recordando el salmo.
La explanada se llenó de toldos, mesas y puestos de comida y refrescos. El cronista se queja de los precios exorbitantes que pedían entonces por un vaso de agua o por un entremés, y denuncia además que en varias mesas se jugaba «monte» y otros juegos prohibidos por la ley. Lo mejor de todo, señala el editor, habría sido la espléndida barbacoa preparada por los estudiantes del Colegio Santa Clara, aunque solo para un grupo escogido de invitados.
Luego del almuerzo al aire libre llegó el turno al discurso del senador Del Valle, quien con gran elocuencia habló desde el muro sur del santuario: «Hemos venido —señaló— como americanos a rendir tributo a alguien que salvó el país para que fuera nuestro». Luego agradeció al padre Casanova. Aplausos. No solo había arreglado el templo sino que había restituido también el nombre del padre Serra para que las gentes puedan en adelante rendir tributo a su memoria. J. McDonnell recitó un poema de Miss Harriet
M. Skidmore y J. Smith leyó una oda de Miss Marcella Fitzgerald. Sonrisas. Además el coronel Donahue y otros ofrecían apoyo para continuar con los arreglos del santuario, James R. Kelly costeaba la pintura, y lo mismo el señor Cornelius O’Sullivan. Más aplausos.
Para finales 1884 el templo tenía un tejado nuevo y un interior remozado y pintado, aunque no alcanzó el dinero para reconstruirlo con los arcos de piedra originales, sino con una techumbre de madera. Pero gracias a ese esfuerzo el edificio se pudo conservar en el mejor estado posible. En 1930 se inició la nueva restauración más conservadora, que se completó gracias a los desvelos de Harry Downie en 1957, aunque hasta el día de hoy sigue reparándose (lo último fue la cubierta de la torre). Se repuso el techo con el diseño original, pero en la escultura de Serra del capitolio de 1932 aparece con la miniatura de la iglesia de Carmel con el techo equivocado, asunto que sigue dando lugar a comentarios insidiosos. Cientos de donantes aportaron su apoyo a la restauración del templo y el padre Casanova se lo agradecía a través de notas en el periódico. Como el 16 de noviembre, por ejemplo, porque Donahue, O’Sullivan y Kelly financiaron la pintura tal como lo habían ofrecido en agosto.
EL PRIMER MONUMENTO A FRAY JUNÍPERO
En 1891 se erigió también en Monterey el primer monumento dedicado al santo mallorquín, muy cerca de donde quedaba el viejo roble que vio la primera eucaristía en el promontorio que domina la bahía de Monterey. Hecho de granito cristalizado de una sola pieza, lo pagó la señora Jane L. Stanford (1828-1905), aunque dejó a cargo de todos los arreglos al padre Casanova. Nuevamente fiesta y discursos en español y en inglés.
Ramón M. Mestres (1863-1930), condecorado por Alfonso XIII en 1915, había nacido en Berga (Barcelona), y luego de estudiar en el seminario de Solsona y en Baltimore se ordena sacerdote en Los Ángeles, en 1888. Asumió con apenas treinta años la rectoría de Monterey, donde permaneció hasta el final de sus días.
El aniversario se cumplía el 28 de agosto y tuvo un componente espectacular en la ópera «Mission Play» que se estrenó con gran éxito en San Francisco el 25 de agosto y estuvo en cartelera por diversas misiones y ciudades hasta 1935. Menos impactante pero lleno de simpatía, se presentó en Monterey un drama sobre la vida del franciscano preparado por el padre Mestres, que se presentó los días 28, 29 y 30 en Monterey con la participación de muchos aficionados de la ciudad, casi medio centenar de actores locales. La obra en cinco actos incluía también piezas musicales y danzas, y recreaba distintos momentos de la vida del padre Serra. También representaron el 31 la llegada de Serra a Monterey.
El 27 de septiembre se alzó en San Diego una inmensa cruz. En San Francisco colocaron el 22 de noviembre una corona de laurel al pie de fray Junípero. Siguieron celebrando la festividad de San Carlos. Y más importante, el 23 llegaron en procesión solemne a la misión de Carmel donde hubo misa, actuaciones musicales, himnos y un discurso del senador Del Valle. El sermón del padre Mestres destacó el significado que podía representar el idealismo del padre Serra en el mundo moderno. Las banderas de Estados Unidos y España flanqueaban una cruz de plata. Luego hubo un picnic en la explanada del roble centenario y en la tarde sirvieron una colación a los invitados en los salones del colegio y la parroquia de San Carlos. El tren de regreso a San Francisco salía a las 6:30 pm.
IDENTIDADES EN UN MUNDO COMPLEJO
Las celebraciones que tuvieron lugar en California por los centenarios de fray Junípero Serra y las misiones otorgaron una seña de identidad a las poblaciones, ayudaron a reconciliarse con su pasado y promovieron la recuperación de hermosos monumentos históricos, además de la creación de nuevos elementos simbólicos que quedaron asociados a los fundamentos de California como comunidad enraizada en un pasado hispánico que se podía hermanar con la nueva realidad de un estado pujante y exitoso, el más poblado de Estados Unidos. Diversos movimientos y especialmente las corrientes indigenistas de los años sesenta y setenta juzgan negativamente este patrimonio y cuestionan su significado con una agenda política radical, pero en todo ello también hay un componente de temor y desprecio —también de desafío— por el espectacular crecimiento de las nuevas comunidades hispanas, en su mayoría de origen mexicano. Hoy asisten con entusiasmo los domingos a la misión de San Juan Bautista, con guitarras, muchos niños y cintas de colores. También visitan a pocos kilómetros la misión de Carmel pero no ofrece misas en español.
Los hispanos son un porcentaje casi mayoritario dentro de una población variada y abierta que por muchas décadas fue modelo de tolerancia y respeto. Casi todos aprenden inglés y acogen con alegría la cultura americana pero prefieren la misa en castellano y celebran con gozo estar juntos el domingo.
El último centenario de Junípero Serra no fue apenas sentido en California y su celebración quedó acallada en un discreto marco religioso, sin apenas publicidad ni cobertura mediática. La visita de los entonces príncipes de España y del presidente Bauzá a la tumba de fray Junípero en la misión de Carmel fue de carácter privado y pasó allá inadvertida. Es un mundo cínico, pero las misiones siguen en pie. Quizás en la actualidad les resulte más difícil ser un lugar de encuentro, de paz y concordia, pero sus puertas, desde que las abrió Serra, siguen abiertas.