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Entre ese «especialista en generalidades» que con cierta guasa decía Ferrater Mora de sí mismo y de los filósofos, y el artesano de extrema especialización y corto enfoque, hay una cierta distancia que muchos intentan salvar constituyéndose en puente. Jaron Lanier puede que sea desconocido para muchos, pero resulta ser uno de los tecnogurús de mayor graduación del mundo, inventor de la mitad de los programas y las aplicaciones que todos manejamos en la actualidad, así como de la expresión «realidad virtual» (que ya quisieran muchos haber inventado). Es decir, un súper artesano de su arte, un «tecnólogo», como dice de él mismo. Y también quiere ser ese puente. Lo cual es muy loable, porque propone un encuentro que los del otro extremo casi siempre desdeñan, satisfechos con sus tizas y los ácaros de los legajos. ¿Pero qué sería de la filosofía de la mente si no hubiera leído una primera vez aquel artículo de neurociencia? ¿O de la teoría del conocimiento? Igualmente podemos (y probablemente debemos) preguntarnos: ¿qué será de la filosofía política si se limita a los Maquiavelo, Tocqueville o Constant de siempre, o a los equivalentes que el gusto personal aconseje? ¿Qué podrá decirnos acerca de nuestra sociedad si ignora casi todo desde Sartori para aquí, y no incorpora como mínimo una mirada a realidades tan desconcertantes como insoslayables, como son la hiperconectividad, las decisiones en red, la instantaneidad informativa… y, por ejemplo, el hecho de que ya no son los terratenientes acaudalados de Nueva Jersey los que controlan las decisiones colectivas, sino, probablemente, las compañías telefónicas con sus monstruosos servidores casi clandestinos, por los que pasa toda esa información económica, política y personal?
El título del libro sugiere prospectiva, evidentemente; y sugiere también política, quizá eso que antes se llamaba filosofía social, y hasta puede que algo de intriga tecnocientífica. Probablemente tiene un poco de cada cosa (de prospectiva, menos). Pero el que busque los comienzos de una nueva filosofía política que incorpora los nuevos usos e instrumentos de operatividad mostrada, por ejemplo, en la Primavera Árabe, se verá defraudado. El mejor tecnoartesano vuela hacia la teoría pero al poco de despegar, en cada ocasión, descubrimos que tiene una pata atada a su ordenador, y con una cadena más bien corta. Echamos de menos a cada párrafo la continuación de la idea de cascadas de información de Sartori, y su pérdida de gradiente, y la conversión de informado en informador, y… no. A cada paso, Lanier parece que por fin va a llegar a ese territorio, o a cualquier otro similar, pero siempre, sin excepción, se queda posado en su teclado.
No habría problema con ello, naturalmente, si no fuera porque él afirma que habita en las estratosferas de la teoría. Una sospecha se abre paso muy pronto en la lectura, en cuanto ha mencionado por tercera o cuarta vez una cosa que llama «Europa» o «los europeos», y que recuerda a aquellos antiguos debates universitarios norteamericanos en los que una de las conclusiones inevitables era que esa cosa llamada «los europeos» eran liantes simplemente dados a la sofistería: el autor sabe de lo suyo probablemente el que más, pero no sabe de mucho más. Por ser más precisos: puede que el libro sea perfectamente válido para gentes de Empresariales o incluso de banca, porque Lanier reduce todo al dinero, a la ganancia, a las oportunidades de beneficios, al pago, al cobro y a la libre empresa. La tesis central de la obra es, ni más ni menos, la siguiente: Internet, y todas las empresas que viven en su órbita (es decir: casi todas las empresas del mundo) están obteniendo permanentemente información acerca de nosotros, y obtienen beneficios de esa información; y eso está mal tal como se hace hasta ahora, porque no nos pagan por esa información, cuando habría mil modos de organizar ese pago, de modo que el espionaje de nuestros emails, o simplemente de qué periódicos leemos, ahora pueda convertirse en santo porque se haga a cambio de un dinero (ínfimo, claro, pero ¡dinero!)
Hay que hacer un esfuerzo para comprender cómo Lanier, probablemente una de las personas más informadas del mundo, cree que el resto del mundo está organizado igual que Estados Unidos. Por lo menos en Europa, de momento, no tenemos que negociar el seguro dental cuando aspiramos a un trabajo, ni tenemos que reducir la venta de armas; ni estudiar en la universidad, por lo menos de momento, te deja endeudado de por vida. No celebramos el thanksgiving ni se nos abren las carnes por tener un dni: la observación no es banal, porque el autor basa en esto y en cosas parecidas sus vaticinios acerca del futuro del mundo en general. Si se salvan estos tropiezos, la lectura puede ser de interés para quien se ha fabricado el proyecto de prosperar a costa de leer nuestros correos o de interrumpirnos la lectura de un diario en Internet con publicidad de camisetas. Sí, un cierto aroma a trivialidad recorre las páginas del libro, quizá de esquematismo muy de pragmáticos antisofisterías, y desde luego viene a la mente aquella palabra tan académica: reduccionismo. Hasta la genética es, para el autor, nada más que una rama de la informática (página 148). ¿Cree el artesano que todo es su artesanía? Frecuentemente. ¿Es tan apolítico como continuamente afirma que es? Evidentemente, no.
Rafael Rodríguez Tapia

Eric Voegelin fue uno de los pensadores políticos más importantes del siglo XX y sus teorías son tan relevantes como las propuestas políticas de H. Arendt o Leo Strauss, por mencionar a algunos filósofos significativos. Con ellos compartió el exilio: por motivos ideológicos, tuvo que abandonar Austria tras la anexión alemana. Voegelin se había destacado, desde los años veinte, por su compromiso político y fue uno de los primeros en denunciar las incoherencias de las teorías biológicas de la raza y en augurar el totalitarismo nazi. Por seguridad, tuvo que abandonar el viejo continente.
Pero lo cierto es que, pese a su relevancia teórica, la obra de Voegelin no es apenas conocida. En castellano, hasta el momento, se contaba con La nueva ciencia de la política y El asesinato de Dios. Ahora, la editorial Trotta ha traducido la primera obra importante de este autor, Las religiones políticas, y junto a ella ha editado Ciencia, política y gnosticismo. Falta todavía por traducir su obra más significativa, Order and history, con la que culminó su trayectoria.
Sin embargo, esta última edición permite hacerse una idea completa de cuáles son los temas que más inquietaron a Voegelin y cuál fue su método. Las religiones políticas, siguiendo la estela de la teología política, advierte de las analogías entre religión y política y sostiene que toda sociedad ha de responder al problema de la trascendencia. En este sentido, Voegelin creía que la distinción entre inmanencia y trascendencia era capital para la constitución de la política y para generar orden. De hecho, cualquier amenaza a esas dimensiones genera problemas sociales y políticos, como explica en referencia a la modernidad,
Su interpretación del gnosticismo es quizá una de las teorías más conocidas del autor. A su juicio, la Modernidad tiene un origen gnóstico, en el que se inmanentiza la salvación y paulatinamente se transforma en un explícito rechazo de la trascendencia. Las ideologías y los movimientos de masas contemporáneos —entre ellos el nazismo y el socialismo, pero también el democratismo— constituyen formas espurias de lo religioso, pues adquieren las características y las hechuras de las religiones.
En Voegelin, sin embargo, la interpretación de la génesis, el diagnóstico, ha de ir acompañado de la terapia. Lo trágico del gnosticismo, o del origen gnóstico de la configuración contemporánea de las ideologías, es no solo que reprimen lo trascendente, sino que con ello nublan también el horizonte del hombre. En efecto, la ideología arrostra todas las dificultades y termina erosionando la dignidad humana con la fuerza de su imposición. Por eso todo gnosticismo tiene la ilusión de constituir un nuevo mundo, sea el de la sociedad sin clases o el de la raza o del superhombre, entre otros.
La terapia para Voegelin es retomar los aspectos centrales de la metafísica clásica, sin dogmatismos ni reduccionismo. Una investigación filosófica abierta al ser y la verdad y que reviva la distinción clásica entre inmanencia y trascendencia, sin que ello implique confusión entre religión y política. La apertura a la dimensión trascendente restaura el equilibrio social y asegura el orden político, sin incurrir en riesgos totalitarios.
Conviene leer estos textos: no solo por su claridad, sino porque cuando se leen uno tiene la sensación de estar presente ante una filosofía profunda, original y auténtica. En ellos, la teoría política, tan especializada y académica, se depura filosófica y conceptualmente y se presiente la unidad perdida de la reflexión filosófica. Como complemento a estas obras, la edición cuenta con una presentación de Josemaría Carabante y Guillermo Graíño que contextualiza la filosofía de Eric Voegelin y permite comprender en toda profundidad el conjunto de sus aportaciones.
Alberto Crespo
Aunque hablar de «edición definitiva» en el caso de un clásico es siempre arriesgado y prematuro, esta nueva edición de los Ensayos de Montaigne publicada por Galaxia Gutenberg merece ser celebrada, cuando menos, como un acontecimiento editorial de primer orden. Suele decirse que cada época (o incluso cada generación) tiene la obligación de volver a traducir las obras clásicas, para reinterpretarlas desde su lenguaje, desde su mundo, y devolverles el pálpito de la vida al contacto con los lectores del presente. Por eso los clásicos nunca se terminan de traducir ni de editar. Siempre se renuevan y dan más. No se agotan.
Esta obra inauguró un nuevo género literario: el ensayo moderno
Por lo pronto, estamos ante la primera edición bilingüe que se ha publicado en el ámbito hispánico, lo que ya por sí solo añade un valor diferencial importante; el texto francés que se muestra enfrentado en las páginas impares corresponde a la versión establecida por el especialista galo André Tournon. Además, la traducción del poeta y filólogo Javier Yagüe Bosch se disfruta, en mi opinión, con una intensidad que hasta ahora no era posible experimentar al leer a Montaigne en castellano. De las versiones existentes en nuestro idioma, esta es la que más se aproxima al que debería ser el ideal en este caso: que se puedan leer los Ensayos de Montaigne no tanto como un texto escrito (precisamente esta obra, que inauguró un nuevo género literario: el ensayo moderno), sino como una conversación que el autor mantiene con sus lectores de forma relajada y placentera, o más exactamente, como el soliloquio ameno y variado de un amigo erudito en el transcurso de una prolongada sobremesa.

La traducción de Javier Bosch, forjada a lo largo de una década de cuidadosa labor (la tarea le fue encargada por el editor y catedrático de Literatura Comparada Claudio Guillén, que murió en 2007), parece responder a dos criterios fundamentales: la claridad —esto es, la inteligibilidad— y la cercanía al lector actual. Sin menoscabo del rigor y la exactitud, que son innegociables en cualquier traducción, Yagüe ha tenido en cuenta la necesidad de atrapar literariamente al lector de hoy y ha hecho un esfuerzo constante de comprensión para hacer accesibles todos los pasajes de la obra, incluidos aquellos que pueden resultar más complejos o confusos en el original, reparando hasta en el más mínimo detalle (pero sin perderse en arcaísmos, florituras o rebuscamientos). El imperativo de «nunca traducir sin entender», aunque parezca demasiado obvio o evidente, no siempre es cumplido a rajatabla por los traductores. En este caso sí.
En la polémica sobre cuál debe ser considerado el texto canónico de los Ensayos (debate que ha mantenido entretenidos a varios estudiosos franceses en las últimas décadas), André Tournon ha tomado partido de manera terminante por el denominado «ejemplar de Burdeos», que corresponde a la edición de 1588 anotada a mano por el propio Montaigne con vistas a su edición definitiva (los investigadores descubrieron este ejemplar en una biblioteca a mediados del siglo XIX), y ha relegado como una segunda imagen complementaria la llamada «edición póstuma», publicada en 1595 al cuidado de la ahijada de Montaigne, Marie de Gournay, que durante varios siglos ha sido considerada la edición canónica. Por ejemplo, la edición más reciente que se ha publicado en español, la de Acantilado de 2007, con traducción, introducción y notas de Jordi Bayod Brau, se hizo siguiendo la edición de Marie de Gournay.
A pesar de que el estilo de Montaigne ha pasado a la historia de la literatura como modelo de claridad, naturalidad y sencillez (se suele decir que el autor francés carecía, precisamente, de «voluntad de estilo»), Javier Yagüe advierte de las dificultades que presenta su escritura a la hora de ser traducida: la lengua antigua y el sentido dudoso de muchos vocablos, giros y estructuras; el hilo entrecortado y sinuoso del pensamiento, abierto en multitud de ramificaciones y excursos; el aspecto material del lenguaje… En muchas ocasiones, la prosa de los Ensayos avanza mediante requiebros, sinuosidades y digresiones, lo que complica su trasvase a otro idioma. Además, se producen constantes cambios de ritmo y de tono, pues Montaigne compagina el detalle chusco con la reflexión sutil, las doctrinas del pasado con la experiencia personal, etc.
Por último, hay que destacar las anotaciones que, con pulcra exactitud y moderada exhaustividad, arropan y enriquecen el presente volumen: se anotan las citas literales, manteniendo en las poesías clásicas la forma del verso con métrica regular castellana; se citan también las fuentes no nombradas u «ocultas» (es decir, los préstamos y ecos de autores clásicos, así como los ejemplos extraídos de florilegios o de libros de historia que Montaigne utiliza); otras notas recogen datos geográficos, históricos y biográficos; asimismo, se establecen sugestivas conexiones entre distintos pasajes de los Ensayos. Estas notas son especialmente útiles en una obra como esta, que fue construida por Montaigne reuniendo materiales de muchos autores y obras clásicas, como una especie de centón (o collage, según diríamos ahora, más posmodernamente).
El 28 de febrero de 1571, el día en que cumplía 38 años de edad, Michel de Montaigne decidió retirarse en la soledad de su castillo para consagrarse a la escritura de sus Ensayos. Ahora, gracias a esta nueva edición, podemos hacerle una visita en su torre y escucharle hablar a través de la lectura, pues como dijo Ralph Waldo Emerson de esta obra fundacional del género ensayístico: «No conozco libro que parezca menos escrito. Es el lenguaje de la conversación trasladado a un libro. Cortad esas palabras y sangrarán: son vasculares, están vivas». Volver a disfrutar, por ejemplo, de las páginas dedicadas por Montaigne a la amistad, con su emocionado recuerdo a Étienne de La Boétie (el autor de La servidumbre voluntaria), es siempre una renovada maravilla.

Educar no es domesticar es una obra escrita en primera persona que nos acerca a una forma de vivir la educación muy personal, desde las propias experiencias del autor. Este hace un recorrido por los distintos espacios y tiempos donde se enseña y se aprende para llegar a una definición propia de educación.
A continuación, recorre las prácticas pedagógicas que leemos en los manuales de metodología pero desde un ángulo muy personal: el vivido por el autor a lo largo de sus años como docente en casi todos los niveles educativos. El libro concluye con lo que llama ideas sueltas, sin que por ello sean menos importantes, y que abogan por la idea de dejar que las personas se formen en libertad, «enseñar a pensar, no es enseñar a que piensen como yo».
El libro comienza con las reflexiones en torno a los principales conceptos que guiarán las reflexiones posteriores, mostrando un especial respeto por la palabra educación reservada como una máxima que se irá edificando a lo largo de sus páginas.
Inicia el camino en el espacio donde debe desarrollarse la educación, situando el centro escolar como núcleo para la formación y no por otra razón que el número de horas que el niño/a pasa entre sus paredes; el autor defiende la importancia del entorno familiar como lugar propicio para la educación, si bien hemos de conjugar ambos espacios para atender a la persona y que esta pueda desarrollarse en libertad y plenitud.
En un encuentro con educadores católicos, Benedicto XVI (2008) señalaba así la importancia de educar en términos de lo logrado, «la dignidad de la educación reside en la promoción de la verdadera perfección y la alegría de los que han de ser formados». Calderero parte de esta cita literal (p. 22) para llegar a la necesidad de enseñar con pasión para despertar la vocación, que debe culminar en una contribución a la sociedad en forma de esperanza para otros.
En un escenario educativo como el actual, donde tanta importancia se le da al aprendizaje competencial, esta obra nos invita a desarrollar a la persona desde su inherente «carácter personal» no vinculado a modas, instituciones, países, ni otras vicisitudes parciales que limitan cada una de las características de la naturaleza humana.
En un momento, donde los sistemas educativos a nivel mundial dan cada vez más importancia a la calificación en el proceso evaluador, se defiende la tesis de que la educación no debe limitarse a una medición concreta y numérica, dado que de esta manera estamos restringiéndonos su naturaleza y restando, por tanto, a la complejidad y riqueza del ser humano.
El autor nos aporta una definición propia de educación, atreviéndose así a sentar bases con cada una de las palabras que la componen y justificando su construcción de presente y su contextualización de futuro, «educar es ayudar a cada ser humano a establecer y mantener vínculos valiosos con la realidad» (p. 40). La palabra que más puede esgrimirse como motor para los implicados en el escenario educativo es ayudar, dándole un sentido de despertar, buscar, investigar… ser de alguna manera la razón para dar sentido al «aprender a aprender» tan mencionado en las distintas versiones de la legislación educativa española. Pero esta ayuda ha de ser ajustada, de forma que la persona pueda tomar consciencia de su dignidad y responsabilidad de desarrollar su talento; parece acercarnos a la frase de María Montessori refiriéndose a la mediación con el niño, «cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para el desarrollo». Y, retomando esa idea de ayuda, debe considerarse en sentido amplio haciendo consciente al estudiante de que «su forma de ser, de pensar y de actuar no está condicionada por la genética y por las influencias exteriores» (p. 69); el autor lo expresa como una necesidad de desprogramación, tanto para el educando como para los educadores, para evitar esa expresión que zanja tantas conversaciones y actuaciones en el entorno educativo: «¡no puedo hacer nada!»
Con títulos que más bien parecen estados de ánimo, nos abre pequeños textos que nos hablan de la curiosidad y su importancia al aprender, del salir de uno mismo como un encuentro con el otro, «cada educando y cada educador es persona, y la auténtica educación pasa necesariamente por el establecimiento de vínculos valiosos entre ambos» (p. 111).
Y ordenados con pequeños epígrafes que reflejan tiempos, asignaturas o centros, conocemos al autor como maestro y como directivo educativo. Lecciones que dar, pero muchas también por recibir, gracias a las cuales hoy podemos leer esta obra dinámica y optimista que nos habla de educación, pero también de amor, entrega, búsqueda… entre otras palabras que parece que queremos dejar al margen de los espacios escolares.
No podríamos terminar de hablar de esta obra sin ser optimistas. Parece que en los últimos tiempos nos delimita un cerco de pesimismo social, que ante la falta de expectativas que la crisis económica ha podido causar, no nos dejan tampoco ver en los ambientes educativos signos de positivismo. Pero Calderero sabe transformar cómo mirar las cosas, quizá debido a esa inquietud intelectual y humana, que los que tenemos la suerte de conocerle compartimos a su lado, asumiendo esa «responsabilidad de la propia vida» (p. 272) en nuestra tarea como aprendices del día a día.
Blanca Arteaga

Existen dudas fundadas de que el libro aquí reseñado en realidad haya sido siquiera escrito. Las razones generales que abogan a favor de tal hipótesis no radican en la procedencia de sus capítulos, publicados originalmente en un blog dantesco ad litteram (www.guidocavalcanti.blogspot.com.es), sino en tres hechos muy amplios y a la vez muy elementales: que la parte escrita de la obra de cualquier autor humano, por rica que sea —tanto en cantidad como en calidad—, siempre es más escasa que su obra no escrita; que lo anterior sigue siendo verdad por extensa e intensa que sea la obra escrita de un autor humano; y que la mayor riqueza cualitativa —ciñéndonos ahora solo a esta dimensión— de la obra no escrita de un autor constituye un fenómeno meramente relativo. Esto es: que la obra no escrita de un autor siempre es más rica que la escrita, en todos los casos, pero siempre y únicamente en relación a la obra escrita de esa persona, y no en términos absolutos. Pues aunque siempre ocurre que la creciente extensión de la obra escrita de un autor es debida a la mayor riqueza de su obra no escrita, no siempre tal cosa es, sin embargo, claro indicio de la riqueza intrínseca de su creación. Y por ello no resulta infrecuente que la mera cantidad de publicaciones de un autor en realidad no pruebe sino su indigencia en comparación con la de otros. O que la obra brevísima de uno sea inconmensurablemente más valiosa que la casi infinita de otro. A veces hasta ocurre que el mejor libro de un buen autor es el que nunca escribió. Los casos sorprendentes o paradójicos que los hechos mentados propician son innumerables. Uno de los más llamativos, y por eso nos detenemos en él, es que, en ciertas extrañas ocasiones, incluso sucede que un libro escrito en realidad forma parte de la obra no escrita de su autor.
En nuestra opinión —ya lo hemos dicho—, el libro de Armando Pego Puigbó aquí presentado es precisamente una de tales obras no escritas. Y lo es, a su vez, por tres motivos fundamentales que lo sitúan en los antípodas de la presunta excelencia que tanto obsesiona a la actual burocracia académica: porque está bien escrito, porque es reaccionario «a su pesar» y porque, incluso a su pesar, es verdadero. Tratemos brevemente, y no de forma sucesiva sino en su interconexión, estos tres aspectos.
El libro de Pego que ahora glosamos es de aquellos cuyo riesgo más hondo —al que no dudan en precipitarse— radica en el hecho de estar bien escritos. La simple capacidad (o, peor, la facilidad) para los enlaces sintácticos no solo correctos sino creativos, así como para un vocabulario chispeante y avasalladoramente superior a la media, denuncia de inmediato la existencia de una fe lingüística y gramatical incompatible con la no existencia de Dios postulada por nuestro tiempo. ¿Quién se atrevería hoy, ciertamente, a declarar escrito un libro bien escrito? Naturalmente, un reaccionario, aunque tenga que ser a su pesar…
Pero el riesgo de escribir bien un libro condenándolo, así, a permanecer no escrito, radica igualmente en una segunda cuestión de parejo alcance general: pocos parecen contemplar hoy la posibilidad de que el énfasis puesto en el componente retórico y literario de una obra no signifique inmediatamente la evaporación de cualquier pretensión veritativa. ¿O acaso no ocurre que la atención centrada en los modos del hablar y del escribir desafían per se, en nuestra era postnietzscheana, la noción misma de una adequatio rei et intellectus? Si el libro está bien escrito y es, por tanto, bello, tal cosa significa, para la opinión imperante, que se instala en la quiebra del verum y el pulchrum. El surgimiento de la más mínima duda con respecto a lo absoluto de la mentada fractura implica, por supuesto, la ineludible expulsión de lo escrito a las tinieblas de lo no escrito. A su pesar, un libro que sobrelleva la sentencia que le impone no poder ser verdadero más que siendo reaccionario: la conciencia de tal condición atraviesa no solo los contenidos del libro de Pego, sino también y sobre todo su forma, y esto tanto pasiva como activamente —y de ahí que el riesgo del escrito acabe siendo grandioso—. Un libro que solo puede ser redondo tomando la figura de un estallido: el de la dinamita que la falsedad insertó en la redondez de la verdad y que esta —la propia verdad— no dudó en prender por mor de sí misma…
El libro que reseñamos, en efecto, aspira a superar en su propio desarrollo fragmentario —a través de espléndidos paradigmas literarios, musicales, filosóficos, teológicos…— el claroscuro de una neoescolástica del pseudodiscurso posmoderno, aspiración tanto más grave (en el sentido físico-etimológico del término) cuanto que no solo no desconoce, sino que se asienta en los terrores de la universal carencia de sentido del sentido transparente hoy dominante, proponiendo un paso más allá del mismo que en realidad se vuelve hacia arriba y hacia atrás…
En pocas palabras, y como obra de un laico que se reivindica en cuanto tal contra toda especie de clericalismo eclesiástico y antieclesiástico, el libro solo logra inscribirse en el tiempo, que no escribirse, evocando la hoy cada vez más ininteligible experiencia monástica de la palabra y de lo eterno. Si se quiere comprender el contexto del texto, pues, nada más necesario que releer el clásico de Dom Jean Leclercq, El amor a las letras y el deseo de Dios, al que el propio Pego dedica uno de los capítulos de su Paraíso. En el título de la introducción de este extemporáneo imprescindible (Gramática y escatología —el mismo que el del capítulo de Pego dedicado a rememorarlo litúrgicamente), el lector encuentra el subtítulo real —por supuesto, ausente— del libro reseñado: la clave más determinante de su tan intempestivo como inevitable carácter no escrito.
Alguien dijo unas décadas atrás que «hay cristianos que consiguen hacer tan invisible su cristianismo que en el mundo solo pueden percibirse paganismo e idolatría». No es este, sin duda, el caso de Armando Pego Puigbó y sus XXI Güelfos.
Carlos Llinàs

Un viejo diario, un álbum de fotos, un portafolio lleno de documentos, legajos olvidados en una biblioteca… Tras ellos van los biógrafos con el objetivo de escribir la vida de un hombre o una mujer cuyas acciones han trascendido y pasado a la historia. Resaltar aquello que lo distingue de la mayoría, o lo acerca; descubrir el detalle que reafirma o niega su imagen impulsa la tarea de quienes aspiran revelar facetas ignoradas o reafirmar con nuevos datos lo ya conocido sobre el personaje. Es esta su meta, atractiva y utópica a la vez.
Los estudiosos de las obras literarias no escapan a esta fascinación por conocer al ser de carne y hueso. A la lectura profunda de un poema, novela o drama se suma la curiosidad por conocer el germen de la creación, aquello que impulsa a un escritor a escoger determinados tópicos y cómo estos obedecen a su manera de sentir y percibir, de estar en el mundo. Tal propósito conduce a los críticos a convertirse en «escarbadores de vidas» y recorrer las huellas de ese ser particular y sus circunstancias.
La inclinación por una época y un género, el teatro áureo, y la figura de un dramaturgo menor, Juan Bautista Diamante (1659-1687), llevan a Rubio San Román y Martínez Carro a internarse por el laberinto de legajos en el Archivo de Protocolos de Madrid, el Archivo Histórico Nacional y las parroquias de San Ginés y San Sebastián de Madrid. Búsqueda y hallazgo de manuscritos sustenta el contenido del volumen, afán de ubicar al personaje en el contexto histórico y familiar de aquella España del siglo XVII, de enriquecer los expedientes ya conocidos sobre los que se apoyan investigaciones previas dedicadas a explorar la vida del poeta; de ratificar datos y desmentir otros.
Los autores aspiraron, como bien señalan en la introducción, a enriquecer la biografía de este dramaturgo de prolífica obra, y matizar las afirmaciones que se han difundido sobre su vida de manera arbitraria; subsanar los equívocos y ofrecer conclusiones más mesuradas sobre ella. El empeño se cumple en el sobrio trabajo de 186 páginas.
Dos grandes bloques conforman el libro impreso. Una primera parte, Estudio, reúne en veinte entradas los hallazgos en torno a la biografía de Juan Bautista Diamante, cuyos títulos orientan al lector acerca de su contenido: los orígenes familiares del poeta, los negocios de la familia, las acusaciones de judaísmo, el ascenso social, los círculos literarios a los que accede Diamante, su éxito como dramaturgo, su ordenación como presbítero.
La segunda parte la integran un conjunto de anexos donde los autores explican los criterios que han orientado la edición, la abreviaturas, los índices onomástico y de notas léxicas, así como la bibliografía de consulta que ha servido de marco de referencia a la investigación, base del diálogo para presentar los propios hallazgos.
Se suma a estas dos partes una tercera, recogida en formato de CD, que contiene la transcripción de ochenta y cinco documentos, de diverso género: partidas de bautismo de Juan Bautista Diamante y de otros miembros de su familia, partidas de matrimonio de sus padres y hermanos, poderes, testamentos, partidas de defunción; corpus que sostiene el trabajo y testifica la ardua y minuciosa tarea de búsqueda, y que representa uno de los valores de esta edición. Otros son también los méritos.
Los especialistas reconocerán el esfuerzo realizado de compilar los documentos dispersos relacionados de manera directa o indirecta con Diamante y su familia, así como la transcripción de los mismos, en la que han buscado mantener la fidelidad a los manuscritos originales y el respeto a las formas lingüísticas de la época. Labor encomiable que testificamos cuando, habiendo concluido la lectura del libro y contagiados por la curiosidad de leer viejos legajos —modernizados sus textos siguiendo las actuales reglas de la RAE—, exploramos algunos de los documentos, entre ellos el número 73 (Petición de admisión de Pablo Diamante e Isabel Morales como Familiares de la Inquisición), y comprobamos la extensión de este solo archivo que reúne una serie de escritos diversos recogidos por los fiscales inquisidores, la riqueza de datos que iluminan los hasta ahora claroscuros en la vida del dramaturgo y ratifican, como acabamos de expresar, el tesón y meritorio quehacer de los biógrafos. Igualmente significativo es el diálogo continuo con los trabajos que anteceden al presente —los de Cotarelo y Mori, La Barrera, Pringle, entre otros— y que sirve de telón de fondo sobre el que medir el alcance de los datos inéditos aportados por la presente investigación.
Los menos expertos en el teatro del Siglo de Oro y de sus poetas menores, pero interesados en esta etapa de esplendor literario, agradecerán que, detrás de la sobriedad expositiva, los autores logran recrear con precisión el escenario social y familiar sobre el que se erige la vida de Juan Bautista Diamante; una radiografía individual, familiar y colectiva que nos hace comprender mejor la relación entre el poeta y su obra.
Mireya Fernández Merino

La larga soledad, publicado en inglés en Nueva York en 1997 y traducido al castellano en 2000 por la editorial Sal Terrae, es la autobiografía de una periodista bohemia y luchadora a favor de los derechos humanos y los pobres, forjada en el crisol del pensamiento político y literario del neoyorkino Greenwich Village de los años veinte del pasado siglo XX. Mujer de clase media, hija de un periodista protestante, sufragista, escritora social y política, intelectual de Greenwich Village, activista laica tras su conversión a la Iglesia católica y madre de una hija.
Fundó en Nueva York el periódico The Catholic Worker, revista mensual dirigida a los trabajadores, que Dorothy Day y Peter Maurin, su mentor, habían empezado a vender en Nueva York a principios de mayo de 1933. Con las ganancias del mismo su finalidad era financiar y convivir con pobres y desahuciados en una red de granjas de acogida distribuidas por muchas ciudades y pueblos de Estados Unidos. La base teórica de Peter Maurin, un curtido campesino francés y polifacético, emigrado en 1909 a Canadá y luego a Estados Unidos, consistía en lograr una síntesis de «culto, cultura y cultivo». Convencido de que el ser humano no desarrollaba su dignidad y felicidad humanas sin aquella síntesis, proponía un modelo de «sociedad en la que a las personas les sea más fácil ser buenas, pues es sabido que cuando las personas son buenas, son felices». Quería que los hombres y mujeres produjeran lo que necesitaban, a fin de que hubiera suficientes viviendas, alimentos y ropas para todos. Todo ello regido bajo el mandamiento cristiano del amor, en su sentido más auténtico.
Se mostraba contrario a vivir de la beneficencia del Estado, prefería promover el movimiento agrario como único remedio contra el desempleo y la irresponsabilidad. Allí les proporcionaban comida, techo y trabajo en la construcción de dichas casas para pobres y enfermos. Era un modo concreto de pasar de la doctrina evangélica a la práctica. A esta iniciativa se unían muchos voluntarios entre estudiantes universitarios, gente que colaboraba con sus donativos, trabajo, bienes y artistas que pintaban cuadros o ilustraban viñetas de su periódico, ya que veían un modo práctico de vivir la caridad con los indigentes y hacerles conscientes de su dignidad humana.
Tras la conversión al catolicismo y buscada por Peter Maurin a quien conocía por sus escritos en la prensa sobre inquietudes sociales por los más indigentes, Dorothy se unió a su propuesta. Se pronunciaba en sus artículos a favor del pacifismo, de la no violencia, poniendo su vida y escritura al servicio de los pobres y marginados, viviendo en medio de ellos y recorriendo Estados Unidos de norte a sur y de este a oeste para abrir granjas de acogida.
Dorothy, en sus orígenes como periodista, escribía artículos sobre obras literarias, conoció y trató a famosos escritores norteamericanos, viajaba, participaba en mítines políticos con sus antiguos amigos comunistas, informaba de piquetes con motivo de huelgas y trabajó en la Liga Antiimperialista hasta su conversión al catolicismo. Luego su trabajo ya se centró en escribir para The Catholic Worker y así obtener fondos para recoger a gente sin recursos y atenderlos en todos los aspectos.
Una vez, a sus setenta años, Dorothy Day fue invitada a dar una conferencia a universitarios de la Universidad de Harvard de la ciudad de Nueva York, en su propia casa de acogida en St. Joseph’s House en el Lower East Side de Manhattan, sobre su experiencia vital y profesional, y les dijo:
«Cuando yo tenía vuestra edad, las mujeres no podían votar, y los pobres no podían confiar en nada que no fuera la caridad de los ricos. Recuerdo que siendo niña pregunté a mi madre por qué, por qué unos pocos tenían tanto y muchos tenían poco o nada. Entonces ella me dijo que “no hay explicación para la injusticia; simplemente existe”. Creo que me he pasado la vida intentando hallar una explicación a esta pregunta y tratando de cambiar las cosas, solo un poco, y creo que eso es lo que las personas como yo deberían hacer: si a nosotros nos han ayudado en la vida, ¿por qué no ayudamos nosotros a otros a que tengan también alguna oportunidad?».
Se formó leyendo las obras de grandes escritores como Dickens, Tólstoi, Dostoievski, Orwell, Silone, Chéjov; admiraba la pintura de Van Gogh, así como se familiarizó, tras su conversión al catolicismo, con las encíclicas de la doctrina social de la Iglesia: Rerum Novarum y Quadragessimo Anno. Alentaba a este grupo de universitarios a leer a dichos autores, ya que les decía «me gustaría que la gente dijera que amó de verdad los libros».
Pues bien es el suyo un libro que puede unirse a la cadena de autores que ella sugería a aquellos universitarios de los años treinta del siglo pasado en Estados Unidos, de plena actualidad para pioneros en la defensa de los derechos humanos y de las periferias existenciales de las que habla actualmente el papa Francisco y en concreto de los derechos humanos y sociales como base de la dignidad humana, como dejó claro en su discurso del pasado 25 de noviembre en el Parlamento Europeo de Estrasburgo. Su apuesta por los pobres y su derecho a contar con tierra, techo y trabajo, como base de su dignidad humana, está en la misma línea que los promotores del Catholic Worker, tras 81 años después de esta experiencia clave en su acercamiento a los sin voz y despojados de su dignidad por una sociedad mercantilista, que no ve seres humanos sino objetos de mercancía.
Magdalena Aguinaga

Hay dos tipos de buenas novelas: las que refrescan la cabeza y las que calientan el corazón. García Márquez o Paul Auster frente a Borges o Jonathan Franzen. Las primeras expanden el pensamiento hacia nuevos escenarios, aguijonean la imaginación para que abandone sus derroteros habituales y la abren a horizontes inexplorados. Las segundas hacen disfrutar lo que se recuerda como si fuera nuevo y saborear lo conocido con sorpresa y asombro. Las primeras deslumbran y llaman al olvido de todo lo que no es su lectura, las segundas iluminan todo lo que rodea al lector, en el espacio y en el tiempo. Las primeras son para leer a la sombra de un árbol en verano; las segundas, en invierno, con fuego en el hogar, lluvia en los cristales y vaso alto en la mano.
A la luz de esta meteorología literaria, es un buen signo que la primera novela de Fernando Ariza haya salido a la luz en diciembre, porque entra de lleno en la segunda categoría. En sus más de trescientas páginas brillan los antiguos mitos, la tradición cobra nuevos colores y el polvo de las bibliotecas se torna en tierra húmeda, con olor a cosecha fértil en los viejos campos.
Su inicio es una fiesta que apunta una novela victoriana. Brilla el esplendor de una sociedad perfecta en la que, sin embargo, late ya la corrupción y el desastre. Como unas bodas de Cadmo y Harmonía en las que el cortejo fastuoso de hombres y dioses lleva en sí, ausente la discordia, una simiente imparable de conflagración absoluta. Después se torna en una combinación de novela policíaca, de aventuras, de conspiración política y de fantasía. La cosmogonía, la catábasis, la guerra de duelos individuales, son temas de la antigua épica que se van desplegando al hilo de una trama que culmina en derroteros no menos míticos que no es oportuno desvelar aquí.
El marco es cerrado, una ciudad sin nombre de la que nadie se plantea siquiera la posibilidad de salir. El espacio de esta ciudad no es horizontal, sino de una verticalidad que apunta al infinito sin llegar a él, porque, como universo que es, tiene siempre límites aunque estén en expansión. Desde los profundos cimientos del depósito de la Biblioteca hasta la cúspide del gran rascacielos Alanka, esos límites se alcanzan y se exploran. La dimensión vertical de esta ciudad no solo entronca con el urbanismo más moderno, sino que tiene una evidente lectura temporal: las raíces profundas del pasado sustentan necesariamente el despegue hacia el cielo futuro y a su vez lo embridan.
Casi como actores de los viejos temas míticos, atrapados por las obligaciones que los varios géneros literarios les imponen, y forzados por la trama a moverse cada vez más rápido por los diversos barrios de la ciudad, los personajes podrían haber caído fácilmente en el estereotipo o la incongruencia. Y sin embargo son el mejor hallazgo de esta novela que consigue crear varios hombres y mujeres únicos, infungibles, con toda la complejidad de la carne y la sangre. Lo que vemos de Lang, de Dona, de Lizard, son apenas momentos, pero que apuntan unas vidas cargadas de experiencias y transmiten una personalidad ya muy forjada para cada uno, mucho antes de que se precipiten los acontecimientos que presenciamos. Son personajes que tienen tanto relieve que lejos de acartonarse entre los mitos y la ciudad, se los llevan tras de sí. Personajes a los que se coge cariño y de los que querríamos saber mucho más: que suscitan la curiosidad y se graban en la memoria.
Las buenas novelas, de verano o de invierno, son las que aciertan a contar historias nuevas y a crear personajes y escenarios que sorprendan e inciten a conocerlos mejor. Ciudad dormida cumple esta encomienda, y con creces.
Miguel Herrero de Jáuregui