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¿Es todavía posible escribir sobre París? De Vila-Matas a Chirbes

 

Escribió Ernest Hemingway que “París no se acaba nunca”, y lo escribió, paradójicamente, cuando París ya había acabado para él, cuando París no era más que un recuerdo de juventud. Y los lectores, en una de las tantas ironías de la historia literaria,  leyeron esa frase, con la que finaliza París era una fiesta, cuando no sólo aquel París se había agotado, sino también cuando el propio autor había decidido poner fin a su propia vida. Ni Hemingway ni su París existían más y, sin embargo, aquellas cinco palabras no hacían más que revivir el mito de la capital francesa, convirtiéndose en epíteto involuntario de una ciudad que estaba destinada a trascender su mero carácter de escenario urbano, incluso dejar de se un simple destinto de formación para escritores y aspirantes artistas, para convertirse en relato literario de referencia. De la misma manera que Rodrigo Fresán afirma que la literatura argentina tiene sus raíces en la biblioteca, puede decirse que gran parte de la literatura y, también, de la cinematografía del siglo XX hunden sus raíces en París: de Sarmiento a Pla, de Hemingway a Calvino, de Santiago Rusiñol a Bertolucci, de Vila-Matas hasta Chirbes, con su novela póstuma Paris-Austerlitz, pasando indudablemente por Sebald o Vargas Llosa.  Estos son sólo algunos nombres, meras referencias absolutamente indicativas e insuficientes para recorrer la trayectoria del relato-París en la historia literaria, trayectoria imposible de ilustrar en pocas páginas y cuya inagotabilidad es sólo comparable con la aparente inagotabilidad de la propia capital francesa. Y decimos “aparente” porque es precisamente acerca del posible agotamiento de París como tema literario sobre lo que nos queremos interrogar. ¿Es todavía posible escribir sobre París? La pregunta, así formulada, puede parecer del todo banal, pues no sólo la última y espléndida novela de Chirbes demostraría lo contrario, sino que todavía hoy París sigue estando presente en la narrativa castellana: si por una parte Giralt-Torrente opta por esta ciudad como título de una de sus novelas, por otra parte Marta Sanz elige precisamente esta ciudad como lugar de residencia del protagonista de su última novela, Farándula, Premio Herralde 2015. Asimismo, desde otra perspectiva, el periodista y escritor Máxim Huerta ha recurrido a París como escenario de dos de sus más recientes trabajos o la ilustradora Paula Bonet que, en su más que recomendable trabajo 813 Truffaut, realiza una personal e interesante lectura de la obra del director de los 400 coups.  De ahí que la pregunta inicial sobre si es todavía posible escribir sobre París pueda resultar irrelevante, sin embargo el acento no debe ponserse tanto en la ciudad como en el verbo, pues ¿qué quiere decir escribir sobre París?

 Escribir sobre el relato-París, en efecto, no es utilizar la ciudad francesa como escenario para la trama y, menos todavía, es hacer de esta ciudad, como tantas veces se observa en las más insustanciales obras de creación, una postal tan inverosímil como topificada –tómese como ejemplo de ello, Midnight in París, donde Woody Allen alardea con superficialidad inaudita de tópicos. Y, de hecho, de la misma manera que el acento debe recaer en el verbo “escribir” y no en la ciudad, debe cambiarse la preposición, puesto que no se trata de escribir “sobre”, sino de escribir “a partir de”. Retomando las palabras de Fresán, escribir a partir del relato–París es escribir a partir de una tradición literaria, a partir de un conjunto de relatos recibidos a los que el autor contemporáneo se enfrenta en una reescritura que, como bien señala Bloom en La angustia de las influencias, debe implicar un movimiento de desviación–clinamen, según  el término utilizado por el propio Bloom y tomado de Lucrecio: aquel proceso que lleva al poeta fuerte a desviarse de su precursor, es la mala lectura ejecutada por el poeta fuerte, una mala lectura necesaria en tanto que revisionismo intelectual que conlleva una corrección creadora. Y es precisamente en la novela pseudo-autobiográfica de Enrique Vila-Matas, París no se acaba nunca, donde encontramos el más claro e interesante ejemplo de corrección creadora con respecto al relato-París:

 “Yo pasaba a veces, al atardecer, por delante de aquella casa de la rue de Fleures y deseaba que hacerlo me trajera suerte. No me la trajo nunca, al menos mientras permanecí en París, de modo que este agosto, cuando fui de nuevo a ver la casa talismán, miré la placa conmemorativa, pensé en Gertrude Stein y en la suerte que no me dio y en el miedo que me daba en otro tiempo que su espíritu descubriera mis modestas conexiones con Joyce”.

 Escrito en primera persona, como relato retrospectivo de sus años de formación en París, Vila-Matas (se) narra a través de la repetición paródica del joven Hemingway que, décadas antes, había escrito –poco importa a nivel literario la referencialidad exacta con la realidad- sus experiencias como joven escritor y periodista en París. Demostrando en parte aquello que Karl Marx afirma en las primeras líneas de El 18 Brumario de Luis Bonaparte “La historia se repite dos veces. La primera como tragedia, la segunda como farsa”–, Vila-Matas convierte su relato en una reescritura irónica del texto hemingwayiano: el gesto irónico define París no se acaba nunca, un gesto que revela la farsa y la impostada simulación de la repetición y, por tanto, el carácter retórico de la experiencia narrada. Como se observa en el fragmento, el yo narrativo realiza el mismo recorrido que en su día realizó narrativamente Hemingway, un recorrido por rue de Fleurus hasta alcanzar la casa de Gertrude Stein, donde el yo vila-matiano constata la ausencia de suerte que dicho ritual le da. A diferencia de lo que sucede ap Hemingway, Stein no es un talismán para Vila-Matas, pero ¿acaso podría serlo? Nada quedaba en aquella rue de Fleurus de la autora norteamericana, tan solo un edificio y una placa conmemorativa; solamente el relato, la narración de Hemingway, inscribe en aquella calle la presencia de Stein, la inscribe desde el artificio literario y, consecuentemente, desde la ficción: en este sentido, Stein es un personaje literario de Hemingway, como también lo es la Margarite Duras de París no se acaba nunca.  Y es precisamente desde ese mismo artificio hemingwayiano que Vila-Matas, realizando esa desviación mencionada por Bloom, escribe su narración. El gesto irónico vila-matiano es, en este sentido, la expresión del artificio propio de todo ejercicio literario, es la inscripción del autor barcelonés no en París como escenario, sino en un marco narrativo en el que la ironía se convierte en el punto de fuga. No en vano, en 1965, Eduardo Caballero Calderón realizaba un gesto similar al de Vila-Matas es su olvidadísima novela, afortunadamente recuperada por Ediciones del viento, El buen salvaje. Leída actualmente en relación a Los detectives salvajes –Bolaño ha comenzado a crear sus propios precursores–, la novela de Caballero Calderón es un relato paródico del París literario, un relato en el que confluyen autores cronológicamente distantes como Victor Hugo y Gide, Proust y Balzac, entre otros. Caballero Calderón recurre a la parodia, que bien podría definirse como la expresión más explícita y humorísticamente extrema de la ironía, para narrar las aventuras de un joven escritor hispanoamericano en la capital francesa. El gesto de Caballero Calderón dialoga con el gesto vila-matiano; asimismo, tanto el escritor hispanoamericano como el barcelonés recurren a la figura del escritor como protagonista de la novela, una figura que, como posteriormente también hará Bolaño y más recientemente Fresán, se convierte en un segundo giro irónico en la inscripción de la literatura en la tradición. La figura del escritor se convierte en metáfora del acto de escritura, es decir, en el movimiento de desviación que determina la historia literaria que, lejos de ser un recorrido dialécticamente lineal, adquiere –el paralelismo borgesiano entre biblioteca y laberinto es al respecto lúcido– una (des)estructura en espiral.

 La pregunta que se plantea ahora es si la ironía ha acabado por agotar París o si, por el contrario, como bien había comprobado Perec frente a la Plaza de Saint-Sulpice, todo intento de agotar París queda irremediablemente en un intento. Y si bien es cierto que, como dice Giralt Torrente, para la generación nacida a partir de los setenta “nuestro Paris era Londres o Nueva York”, la capital francesa, considerada como hasta ahora como relato, no es substituida, sino que sigue situada en el centro, como un inevitable lugar de paso, como aquel poeta fuerte al que todo joven poeta debe enfrentarse. “Paris era el recuerdo de la experiencia transmitida, pocas veces apetecida” añade Giralt Torrente, en cuya novela, Paris, la ciudad, si bien una ciudad ausente, se convierte en el correlato metafórico del vacío en torno al cual gravita la trama y en torno al cual se organiza el desarrollo formativo, casi como si se tratara de una novela de formación, del protagonista. El carácter correlativo de París, que bien podría leerse como correlato objetivo a partir de las teorizaciones de T.S. Eliot o de la poética de Eugenio Montale –en concreto Ossi di seppia– puede considerarse el nuevo giro de desviación narrativa: París no se ha agotado, pero el gesto irónico parece haber llegado a una calle sin salida. Si ironizar la ironía resultaría una negación de la propia ironía, la repetición del modelo narrativo del relato-París tal y como lo ha concebido Vila-Matas no sería más que un ejercicio manierístico, un ejercicio que, regresando siempre a la teoría bloomiana, hace permanecer al autor joven bajo la sombra del poeta fuerte al ser incapaz aquel de transgredir, es decir, del movimiento de desviación y, por tanto, de la verdadera creación literaria. Por ello, resulta interesante el caso de Giralt-Torrente y, sobre todo, la novela póstuma de Rafael Chirbes, en la que se encuentra un ejercicio similar al que se observa en Giralt-Torrente, pero llevado al extremo.

 “Cambió mi relación con la ciudad que, hasta poco antes, me pareció bella –ah, ninguna en el mundo como París–, y de la que había esperado tantas cosas. Como en esas escrituras trazadas con tinta simpática que se revelan por efecto de un reactivo, no podía moverme por París sin que se me apareciese una ciudad paralela, que para buena parte de sus habitantes y para los turistas resulta invisible, laberinto de comisarías, juzgados, instituciones de caridad, hospitales públicos y morgues”

 Chirbes no solamente se desplaza del centro, Paris-Austerlitz no es solamente Vincennes o el Hospital de Saint-Louis, tampoco es solamente el bainleau, sino que París-Austerlitz es una novela en la que desaparece “la escritura simpática” en pos de una experiencia vital que bien podría definirse como un viaje al centro de la noche de la destrucción individual. El joven pintor protagonista no es el enésimo artista que llega a París, Chirbes al desplazarse del mapa “tradicional” de París se desplaza también de su relato: la ciudad paralela a la que se refiere el narrador es la experiencia paralela que es narrada. La ciudad no es el escenario sino la expresión figurada de la experiencia vivida, es la exteriorización del yo narrador: la invisibilidad del protagonista es la invisibilidad de la experiencia vivida, de ese proceso de autodestrucción mutua, entre el protagonista y su amante, Michel. La ciudad invisible que descubre Chirbes es la invisibilidad de la íntima autodestrucción, de ese viaje a un abismo del que no parece haber fin, y también la invisibilidad del Sida que comienza a aparecer, todavía sin nombre y sin explicación, ante la más completa indiferencia de un mundo –esa otra ciudad– paralelo. El gesto llevado a cabo por Chirbes remite al proyecto narrativo de Elvira Navarro; sin querer establecer un paralelismo claro entre ambos autores, sí es posible observar como el tratamiento de París por parte de Chirbes dialoga con el tratamiento que Navarro realiza de Madrid, ya sea en narrativa ya sea en crónica periodística. Periferia es el título del blog de Navarro donde, a modo de work in progress, comenzó su experimentación en torno a Madrid y periférico es también el Paris de Chirbes; sin embargo, lo relevante no es tanto el mapa sino el valor que la descentralización con respecto del mismo supone. En efecto, la descentralización geográfica es la descentralización narrativa, es imagen, reflejo y metáfora de aquel movimiento de desviación afirmado por Bloom.

 París no se ha agotado, puede que incluso esta no sea la verdadera cuestión. Al fin y al cabo, ni tan siquiera dos intentos sirvieron a Vila-Matas para agotar la pequeña plaza Rovira. La cuestión, una vez más, vuelve a ser “escribir a partir de París”, la cuestión es cómo relacionarse narrativamente con este relato. Vila-Matas y Chirbes entendieron que París no era una ciudad, sino un texto previo, un precursor tan deseado como inevitable, con el cual no hay enfrentamiento ni rechazo, sino diálogo. Y el diálogo en literatura, al menos en la literatura que merece cada una de las letras de la palabra, es siempre misreading, un ejercicio de mala lectura que opone a cada obra su reflejo inexacto. En la lectura imprecisa, desviada, en la lectura autónoma, infiel y, en cierto modo irreverente, reside, como diría Bloom, la “corrección creadora”. París no se ha agotado, más bien París agota a los narradores. Pocos –Vila-Matas, Chirbes e, incluso, el propio Giralt Torrente– son aquellos que, como la Plaza Saint-Sulplice, resisten a su agotamiento y resisten precisamente huyendo del París ya escrito para escribir uno nuevo.

1516, Annus Mirabilis: «El príncipe», «Institutio Principis Christiani» y «Utopía»

Seleccionamos unos párrafos del libro Príncipes y humanistas que el fundador de Nueva Revista, Antonio Fontán publicó en 2008. Están en el capítulo que dedica a tres obras de filosofía política, que circularon en la Europa de 1516, en los albores de la Edad Moderna. En este libro, Fontán profundiza en la vida de algunos de los más importantes humanistas del siglo XV y XVI, auténticos filósofos en el sentido moderno de la palabra, así como en la estrecha relación que mantuvieron con los distintos príncipes de Europa, lo que los convirtió en una especie de consejeros o asesores. Su opinión era requerida y su voz se dejaba así en las cortes y en los centros de decisión del continente: era tenida en cuenta o valorada a la hora de intentar tomar las mejores decisiones.


MAQUIAVELO Y SU PRÍNCIPE

Parece que la primera de estas tres obras no fue impresa hasta unos años después de la muerte del autor. Igual suerte correrían los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, el otro libro político que Maquiavelo había escrito casi por el mismo tiempo. Pero hay sobrados indicios de que en 1516 El príncipe circulaba ya en los medios políticos y culturales de Italia, encabezado por la ampulosa y adulatoria epístola con que el filósofo florentino lo dedicaba a Lorenzo de Médicis (Lorenzo II, 1492-1519), el «hombre fuerte» de Florencia desde que su tío Juliano (1479-1516) se trasladó a Roma como gonfaloniero, o «abanderado», de otro Médicis, León X, que había sido elegido Papa en junio de 1513.

Antonio Fontán: Príncipes y humanistas. Marcial Pons, 2008.

Las ediciones de Il Principe suelen ir precedidas de una carta del autor a su amigo, el político e historiador de Florencia Francesco Vettori (1474-1538), en la que le da cuenta de la aburrida e insatisfactoria vida que estaba obligado a llevar en su casa familiar de San Casciano, cerca de la capital, pero alejado de las ocupaciones políticas y literarias de su anterior actividad pública. Hacia el final de la epístola, fechada el 10 de diciembre de 1513, Maquiavelo menciona el opúsculo De Principatibus que en esos últimos días del año estaba prácticamente terminado y que él se proponía dedicar a Juliano de Médicis (1479-1516). No hay duda de que se refería a la obra que luego envió a Lorenzo, probablemente utilizando en la carta dedicatoria pasajes enteros del escrito que había preparado para Juliano.

Los Médicis habían recobrado el poder en Florencia en 1512 tras quince años de exilio, durante los que Maquiavelo había colaborado con el gobierno republicano que los mandó al destierro. Ofreciendo este trabajo suyo al Médicis que era entonces el más poderoso de ellos en Florencia, Maquiavelo esperaba ganar el favor de la familia que se había hecho de nuevo con el gobierno de la ciudad y reanudar así su carrera de funcionario y de diplomático.

El retorno de Maquiavelo a la vida pública y al favor de los gobernantes de su ciudad no se produjo, sin embargo, hasta después de la muerte de Lorenzo, cuando otro Médicis, el cardenal Giulio —que en 1523 sería Papa con el nombre de Clemente VII— hizo que el Studio o universidad florentina le nombrara historiador oficial de la república con un sueldo para aquellos tiempos estimable. En 1525 Maquiavelo pudo entregar a este Papa, ocho volúmenes de su Historia de Florencia. Pero, además, había escrito otros libros de carácter literario o de asuntos militares, de desigual valor. Según los especialistas la Storia florentina es notable y brillante, pero más la obra de un político que de un historiador en el sentido moderno o profesional de la palabra.

ERASMO Y SU INSTITUTIO

El primer destinatario de la Institutio erasmiana fue el futuro Carlos V (1500-1558), conde de Flandes y duque de Brabante, que en 1515 había sido proclamado mayor de edad por los Estados Generales de los Países Bajos, asumiendo con ello personalmente el gobierno de las Provincias. Erasmo, tras una estancia en Inglaterra entre 1511 y 1514 y unos meses en Basilea junto al editor Juan Froben, había vuelto a los Países Bajos en 1515, con un príncipe joven, al que en los momentos iniciales de su reinado rodeaban políticos e intelectuales que se consideraban amigos y discípulos del maestro holandés.

Al organizarse la corte y el gabinete del nuevo soberano, ya mayor de edad, se nombró miembro del Consejo al ilustre humanista, que era el más prestigioso escritor y filósofo de Europa en aquellos tiempos. No se le asignaban obligaciones o tareas específicas, pero se le atribuía un «estipendio». Erasmo se sintió obligado a corresponder de alguna manera al honor que le dispensaba un príncipe, que no solo era el soberano de su patria neerlandesa, sino además el nieto mayor y heredero del emperador Maximiliano y de los monarcas españoles.

En ese mismo 1515 el filósofo visitó a Carlos para agradecer su designación y a finales del año siguiente, en una nueva audiencia, le hizo entrega de su Institutio recién impresa en Lovaina en los talleres de Maertens. Probablemente Carlos, como dicen algunos biógrafos, no leyó nunca el libro, que estaba escrito en latín, si bien hay momentos de su gestión política e incluso algunos documentos personales de la época de su madurez en que parece escucharse el eco de la doctrina erasmiana. Por ejemplo, cuando en el documento de Augsburgo de 19 de enero de 1548, Avisos o instrucción para el príncipe, su hijo, recomienda a Felipe que, ante todo, ha de favorecer la justicia y mantener la paz, no entrando en guerra sino forzadamente y «que Dios y el mundo sepan y vean que no podéis hacer menos». (A eso parece apuntar la sustancial coincidencia de este Aviso de Carlos a su hijo con las primeras palabras del último capítulo de la InstitutioDe suscipiendo bello—. «El buen príncipe —escribe en ese lugar Erasmo— no entrará nunca en una guerra salvo cuando, después de haberlo intentado todo, no ha podido por ningún medio evitarlo».)

MORO Y SU UTOPÍA

La «editio princeps» de la Utopía salió también de las prensas lovanienses de Maertens a finales de 1516, por recomendación de Erasmo y otros amigos suyos y del autor, como el acaudalado consejero del príncipe Carlos, Jerónimo Busleyden, de Malinas, y el antuerpiense Pedro Gilles (Petrus Aegidius), que es uno de los pocos personajes reales que aparecen en la obra en diálogo con el protagonista, que era una invención de Moro, y con el propio autor del libro. Esta edición lovaniense de Utopía se abre con unas cartas cruzadas entre Gilles, Busleyden, Moro y algún otro ilustre neerlandés amigo de ellos, más una ingeniosa y divertida epístola de Moro a Gilles, en la que en un contexto irónico y pleno del humor británico, finge consultarle detalles de las supuestas conversaciones que habrían tenido en Amberes con Rafael Hythlodeo, la creación literaria moreana que sería el protagonista de los dos libros de Utopía. En esa epístola Moro cuenta a Gilles —que ya lo sabía— cómo y por qué ha escrito el libro y se extiende sobre la acogida que espera —y teme— que vayan a dispensarle sus posibles lectores. En las siguientes ediciones de París (1517) y Basilea (marzo y noviembre de 1518), la presentación de la Utopía se enriquece con otras dos epístolas laudatorias, nada menos que de Erasmo y de Guillermo Budé, las más destacadas figuras del humanismo en aquellos años.

MAQUIAVELO

Nicolás Maquiavelo (Florencia, 1469-1527) fue hombre de más talento y ambición que reconocimiento como filósofo y escritor a lo largo de su vida. Su fama de pensador y literato, que alcanzaría dimensiones universales, es póstuma. Il Principe, su libro de 1516, dedicado a Lorenzo de Médicis, fue pronto conocido en los círculos políticos y culturales de Italia, pero no se imprimió por primera vez hasta 1532, cinco años después de la muerte del autor, con una licencia especial del papa Clemente VII, un Médicis como el destinatario de la obra. Pero hasta entonces apenas se había difundido fuera de la península itálica. Este libro y los Discursos sobre la primera década de Livio, compuestos por el mismo tiempo, son la aportación del autor a la filosofía política europea, tan grande como discutida desde hace cinco siglos ya.

El primer capítulo de El príncipe empieza afirmando que todos los estados de la historia son repúblicas o principados. De las repúblicas dice que no se va a ocupar porque lo ha hecho largamente en otro lugar. Sin duda, se refiere al primero de los tres libros de los Discursos, que estaría ya terminado cuando se escriben las páginas iniciales de esta otra obra. El realismo político y la experiencia italiana aconsejaron al autor reducir a estas dos las tres formas de estado de Aristóteles y de Cicerón. (Medio siglo después el jurista y politólogo francés Jean Bodin —Bodino— (1529-1596) en sus libros Sobre la república restablecería la división tripartita de griegos y romanos.)

Los principados, es decir los gobiernos absolutos de ciudades, reinos u otros territorios, son hereditarios o son «nuevos». Los primeros no plantean a sus monarcas los problemas que van a ocupar a Maquiavelo. Además, en Italia y entre italianos, apenas hay más caso que el ducado de Ferrara, donde reina un «príncipe natural», o sea histórico, y por tanto con menos dificultades para mantener su dinastía en el poder. Y a Maquiavelo en este libro, igual que en los Discursos y en el resto de sus obras, incluso en sus comedias y en sus escritos de asuntos militares, le interesa sobre todo Italia, como se ve en el brillante discurso con que se cierra Il Principe.

UN MÉTODO DIALÉCTICO

Pero el renombre universal de Maquiavelo proviene de las principales cuestiones tratadas en sus dos famosos libros políticos, que son mucho más generales que esas concretas y frecuentes referencias suyas a la Italia de su tiempo, tantas veces convertida en campo de guerra civil entre príncipes, ciudades y repúblicas, cuando no en escenario de las invasiones de potencias extranjeras que se disputaban el dominio militar de la península.

La filosofía política del autor del Príncipe es notable, e incluso novedosa, por su método y por su contenido. Maquiavelo es un dialéctico que emplea en sus razonamientos las técnicas de la definición y de la división para organizar su pensamiento y expresarlo. Las divisiones bimembres que enseñaba la lógica antigua y medieval sirven de articulación a sus razonamientos. Por ejemplo, los estados son monarquías o repúblicas. Los primeros —principados— son nuevos o hereditarios. Entre los nuevos, unos son tutti nuovi y otros son mixtos, como ya se ha dicho en relación con lo que Maquiavelo querría que ocurriera con Italia, y había pasado con la incorporación al reino de Francia de Bretaña, Borgoña y Normandía. Los gobiernos de un reino o son absolutos, con un solo señor y los demás siervos, como el de los turcos, o hay en ellos instituciones, parlamentos, señoríos, etc., como en Francia, que limitan de hecho el poder del rey. Si un príncipe conquista un estado de otro príncipe, o lo hace con armas propias o con armas ajenas. En el primer caso su éxito será obra de la «virtù» del que lo ha conseguido, y en el otro de la «fortuna» de su aliado, etc., etc.

Fiel a la misma tecnología dialéctica de contraponer dos elementos en la enunciación de su discurso, cuando en la segunda parte del libro analiza las tácticas militares de los príncipes, la composición de sus ejércitos y hasta las virtudes que deben practicar para mantener o engrandecer sus estados, Maquiavelo, el pensador renacentista y moderno, construye sus análisis siguiendo esos preceptos de la lógica tradicional, que en no pocas ocasiones encierran su discurso en la rígida armadura de una forzada disyuntiva —aut… aut— en la que no siempre cabe cómodamente la rica variedad de la historia.

LOS PRÍNCIPES Y SUS CONDUCTAS

En este capítulo VIII, en que se exponen ejemplos de crueldad o perversidad de los dueños de un gobierno, se pregunta Maquiavelo cómo es que príncipes de ciudades o de pueblos que se han conducido así, hayan vivido largamente seguros en su patria y hayan logrado defenderse de los enemigos exteriores sin tener que hacer frente a conspiraciones de sus propios ciudadanos, mientras que otros, con un comportamiento semejante, no consiguieron mantenerse en el poder ni en tiempos de paz ni de guerra.

La respuesta que ofrece el filósofo no deja de ser sobrecogedora para una sensibilidad moderna y es una de las afirmaciones doctrinales que justifican la acusación de inmoralidad que desde pocos años después de la publicación de su libro han lanzado contra él pensadores, teólogos y políticos tanto cristianos como laicos. Maquiavelo dice que eso ocurre porque hay dos clases de crueldades, «las mal empleadas y las bien empleadas»crudeltà male usate o bene usate—.

«Se puede llamar bien empleadas (si es lícito decir que es bueno lo que es malo), a las que se practican de una vez —si fanno ad un tratto— por la necesidad de afirmarse en el poder y después, una vez logrado esto, no se insiste en ellas, sino que se procura que sus efectos sean lo más útiles que se pueda para los súbditos». Las otras son las que, habiendo sido pocas al principio, se aumentan con el tiempo.

Los que han practicado las primeras pueden después arrepentirse delante de Dios y ser útiles a los hombres prestando servicios al estado. «Las injurias se deben hacer todas juntas y así ofenden menos, y los favores se deben hacer poco a poco y de este modo se disfrutan más». Es preciso reconocer que en este lugar, igual que en otros de parecido tenor, Maquiavelo no habla en términos de ética sino, por así decir, de «pragmática», y en algún pasaje como el aquí reseñado, llamando a las cosas por su nombre, reconoce que no es lícito hablar bien del mal (del male… dire bene).

Los textos en que más netamente se expresa lo que se suele entender por el «maquiavelismo» de Maquiavelo se encuentran a partir del capítulo XV, si bien para analizarlos correctamente hay que situarlos en el contexto de política práctica en que el autor los enunció. Se trata, en primer lugar, de exponer, dice, cómo ha de conducirse un príncipe con sus súbditos y con sus amigos. Él quiere escribir cosas útiles para los que gobiernan y para eso ha decidido abordar las cosas tal como son y no entretenerse con fantasías.

Muchos autores se han imaginado repúblicas y principados que no se han visto nunca y nadie sabe que hayan existido. (Si Maquiavelo hubiera podido conocer el libro de Erasmo sobre la educación del príncipe, seguramente habría incluido algunos de sus capítulos entre estos escritos de «política ficción»). Porque hay tanta distancia entre lo que es la realidad y lo que debería ser, que el príncipe que lo olvida se expone a perder su estado, «porque un hombre que quiera hacer profesión de bueno siempre y en todos los asuntos puede buscar su propia ruina en medio de tanta gente que no es buena. Por lo que es preciso que un príncipe, que se quiere mantener en su gobierno, aprenda a ser bueno y no bueno, y a actuar de una manera u otra según lo impongan las circunstancias».

Dejando aparte las imaginaciones y discurriendo por realidades, es manifiesto, dice Maquiavelo, que en todos los hombres, y sobre todo en los príncipes por estar en lugar más alto, se observan conductas que les hacen ser vituperados o alabados. Uno es liberal y el otro mísero; uno generoso y otro rapaz; uno cruel y otro piadoso; uno desleal y otro fiel. Y así con otras cualidades: afeminados y pusilánimes o bravos y animosos, humano en el trato o soberbio, lascivo o casto, sincero o astuto, duro o fácil, grave o ligero, religioso o incrédulo, etc. (Casi toda esta relación de virtudes y vicios contrapuestos aparece enunciada en forma disyuntiva aut… aut mencionada antes).

«Todo el mundo dirá que lo más digno de alabanza es que un príncipe reúna todas las cualidades que son tenidas por buenas entre las que he mencionado». Pero como por las condiciones de la naturaleza humana, dice Maquiavelo, no es posible reunirlas todas y obrar siempre conforme a ellas, es necesario que el príncipe sea lo suficientemente prudente para huir de la infamia de las que le quitarían su «estado», y no le importe incurrir en vicios que le ayuden a conservarlo. «Porque bien considerado todo, siempre se encontrará algo que parezca virtud y su práctica acarrearía la ruina, y otra cosa que pareciendo vicio garantice al príncipe seguridad y bienestar».

Una virtud del príncipe podría ser la liberalidad en el gasto de sus recursos. Pero eso no deja de ofrecer inconvenientes prácticos si le obliga a gravar fiscalmente a su pueblo cuando se le presente una urgencia política o militar y le encuentre sin recursos. Julio II, un contemporáneo de Maquiavelo, tuvo fama de dispendioso en demasía. Y lo fue, en efecto, per aggiungere al papato —para alcanzar el Papado—, pero una vez conseguida su meta, no pensó en mantener esa política y así, con un renversement des alliances, pudo hacer la guerra al rey de Francia (Luis XII) y echarlo de Italia. Fernando de España, el rey católico, por quien en tres pasajes de su libro muestra admiración, dice Maquiavelo que «no habría realizado tantas empresas, ni salido victorioso en ellas si hubiera sido tan dispendioso —liberale— como creía la gente».

Il Principe no está construido sobre la historia, el carácter, o las ideas de un solo personaje. Se trata del retrato abstracto y genérico, elaborado desde un determinado concepto del poder, el del autor, apoyado e ilustrado por las experiencias históricas de varias docenas de figuras políticas —soberanas o no— de la Antigüedad y de la Italia de finales del siglo xv y principios del siguiente.

LA INSTITUTIO PRINCIPIS DE ERASMO

Institutioen latín, por lo menos desde Cicerón, significa, entre otras cosas, «educación» e institutor, preceptor. Vives en sus «Diálogos de la lengua latina» llama institutor o institutor litterarius del príncipe Felipe (Felipe II) al futuro cardenal, Silíceo, que guiaba sus estudios, y educator, o sea «ayo», a Zúñiga, a quien Carlos V había encargado de la formación general de su hijo.

Las virtudes que deben adornar a los poderes supremos —dotes regiae— han de ser la sabiduría, la justicia, la moderación del ánimo, la previsión y el afán por servir al interés público. La política inspirada en ellas es la que hará merecer al «príncipe» la calificación de buen soberano.

La figura contraria a la del buen príncipe es la del tirano. Erasmo dedica una relativamente extensa sección de su obra a la contraposición entre ambos, tal como el institutor debía presentarlos a su regio discípulo, enumerando las virtudes que habría de reunir el primero y los vicios que han caracterizado siempre a los tiranos, terminando esta sección de su obra con una brillante serie de antítesis detrás de las cuales podrían entreverse casos y ejemplos concretos que se cuentan en la historia y la literatura griega o romana. El «educador» del príncipe debe poner ante sus ojos una y otra imagen para que la primera le atraiga y aborrezca la segunda. La diferencia entre el príncipe que se quiere educar y el tirano se parece a la que existe entre un buen padre y un amo cruel. El primero está pronto a emplear su vida en favor de sus hijos; el segundo solo piensa en darse gusto a sí mismo y no en el bien de los suyos.

Séneca, en su tratado «sobre la clemencia» dirigido a Nerón, y Aristóteles, en su Política, son los autores de que parte Erasmo para contraponer los retratos del bonus princeps o rex y el tirano. Las meras palabras «rey» o «príncipe», por sí solas no dicen nada. Según el filósofo de Córdoba, el «rey» difiere del tirano por sus hechos, no por su «nombre». Para Aristóteles, lo que distingue a uno de otro es que el tirano solo contempla sus propios intereses, mientras que el príncipe, ante cualquier asunto, siempre tiene en cuenta lo que conviene a la generalidad de sus conciudadanos. De Séneca toma Erasmo, o más bien reproduce, el comentario sobre las funciones de la «reina» en el mundo de las abejas: no tiene aguijón, y no puede vengarse aun a costa de su vida como las «obreras». Pero está en el centro de la colmena, y si desaparece, el enjambre entero se dispersa. Eso recuerda al lector la misión del príncipe.

Tras lo cual en la Institutio se citan pasajes de la Biblia. En el Deuteronomio se lee un retrato del buen rey y en el libro tercero de los Reyes el de un tirano. Seguidamente, vuelve el autor a Aristóteles y Séneca, para concluir esta sección del libro con textos de los profetas Ezequiel e Isaías que condenan o maldicen a los tiranos.

Las dotes regiae antes enunciadas serían los criterios para la elección de los buenos gobernantes. Pero lo que en los principados hereditarios queda sustraído a la libre opción de los sufragios ha de ser compensado con la educación que reciban sus futuros titulares. Cuando no existe la potestad de elegir al príncipe ha de ponerse el máximo cuidado en la designación del que vaya a ser responsable de su institutio. Por ello, el soberano reinante ha de prestar especial atención a la adecuada formación de sus hijos.

En su trabajo, el institutor ha de proceder con severidad y amabilidad para ganarse la confianza de su alumno e «inmunizarlo contra el veneno de las opiniones del vulgo». El príncipe ha de saber que tiene que estar dispuesto a sacrificarse por el bien de su pueblo, sin temer ni siquiera a la muerte, porque no es más feliz el que vive más años, sino el que vive más honestamente.

Los pasajes de Julio Pollux recogidos por Erasmo son dos relaciones de las cualidades que han de adornar al «buen príncipe» y de los vicios que caracterizan al tirano. Estas dos series de adjetivos o sintagmas de elogio y de reprobación vienen a cerrar la relativamente extensa sección de la Institutio dedicada a la oposición entre las figuras del bonus princeps y el malus, al que siguiendo el uso más común del latín desde Cicerón, Erasmo llama siempre tyrannus.

Por otra parte, ninguna tiranía ha sido duradera, porque es una forma de gobierno contraria a la naturaleza que dio a los hombres una vocación de libertad. Para Jenofonte es casi más divino que humano gobernar una sociedad de hombres libres.

EL PRÍNCIPE CRISTIANO

Con la misma técnica de desarrollar argumentos de razón y aducir testimonios de filósofos griegos y romanos, y pasajes de la Escritura, Erasmo perfila la figura del personaje ideal que propone a la sociedad y a los dueños o depositarios de los poderes públicos: el Príncipe Cristiano, que sabe que no es el señor de su pueblo ni su dueño. Su gobierno debe beneficiar a su pueblo y ampararlo. Para un filósofo pagano, como Séneca, el príncipe es el alma (animus) de la república y esta es su cuerpo: corpus tuum escribe el maestro dirigiéndose al joven Nerón. Pero no es un dominus que dispone de las cosas a su antojo sino que ha de hacerlo para el bien del pueblo y sacrificarse por ello. Ya Homero decía que el príncipe a quien están confiados tantos asuntos y tantas gentes, no puede dormir una noche toda seguida (solidam dormire noctem). Tampoco, añade Erasmo, gastar la vida en juegos, bailes y cacerías o divirtiéndose con sus bufones.

Si el príncipe quiere ser un verdadero príncipe cristiano debe ajustar sus actos de gobierno ad Christi regulam, sabiendo que el christianum imperium no es más que una administración y una buena gestión del poder, y que es el consensus de los súbditos lo que refuerza la autoridad del príncipe. La primera preocupación de este ha de ser querer lo mejor para su estado, y en segundo lugar conseguir que se evite o que se supere el mal. «No ha de desear ser alabado por su belleza física, como se alaba a las mujeres; ni por la elocuencia, como a los oradores y sofistas; ni por sus riquezas, como a los negociantes; sino por saber mirar a la vez adelante y atrás, como dice Homero, recordando lo pasado y previendo el futuro».

En una tercera parte, apoyando también su discurso en la sabiduría de los antiguos y en los libros sagrados, Erasmo se extiende sobre algunas cuestiones más concretas, añadiendo en muy contado número de casos comentarios de hechos o acontecimientos de la vida pública europea que estaban sin duda muy presentes en los medios políticos e intelectuales de la época.

CONSEJEROS, LECTURAS, PROBLEMAS

En las grandes tempestades los navegantes se dejan aconsejar por los que saben más. En un reino nunca faltan tempestades. Eso ha de hacer el príncipe en las cuestiones más delicadas de la vida del reino. Erasmo enuncia entre ellas, los viajes de un rey, las innovaciones legislativas, los pactos o alianzas con otros estados y, finalmente, las guerras.

El libro de Erasmo por su título y buena parte de su contenido era una guía pedagógica para la educación de los futuros reyes. Pero el destinatario de la obra, Carlos, era ya soberano del primero de los que serían sus futuros estados, y Erasmo dedica varios de sus capítulos a exponer su pensamiento sobre asuntos que él consideraba capitales para el ejercicio de gobierno de un príncipe cristiano en el contexto europeo. Así hace al tratar de las alianzas entre reinos.

LAS GUERRAS Y LOS PRÍNCIPES

Erasmo, que no rehuyó las polémicas ideológicas y culturales en toda su vida, fue siempre un declarado pacifista. Varios de sus más famosos Adagios son enérgicas y documentadas condenaciones de las guerras. También son, en principio, pacifistas Moro y su «interlocutor portugués».

En la colección erasmiana de Adagios editada en 1515, por el mismo tiempo en que el autor estaba componiendo la Institutio, se publicaba el más conocido de todos los que tratan de guerras y de paces: Dulce bellum inexpertis (la guerra es dulce para los que no la han probado). El capítulo final de la Institutio, De suscipiendo bello, vuelve sobre el mismo asunto con una argumentación abstracta y filosófica, a la que acompañan reflexiones de sociología política contemporánea.

«No conviene en ningún caso que los príncipes adopten determinaciones precipitadas, pero en ningún asunto han de pensar tan detenidamente las cosas como cuando se trate de una guerra». «La paz es no solo deseable, sino honrosa y saludable». En determinadas ocasiones y lugares, además, se emplean soldados mercenarios, «la clase de hombres más abyecta y execrable que hay». (En lo cual Erasmo venía a coincidir con Maquiavelo y con el interlocutor de Moro y Gilles al referirse a los zapoletas, un pueblo de puros mercenarios profesionales que suelen alquilar los utopienses cuando tienen que enfrentarse con una situación bélica, como se recuerda en este ensayo unas páginas más adelante.)

Hay que evitar las guerras por respeto a la condición humana. «La vida humana es fugaz, breve, frágil, expuesta a muchas calamidades: ruinas, naufragios, terremotos, rayos. No hay por qué añadirle más males con las guerras, que generan más desgracias que todo lo demás».

Pide Erasmo que la Iglesia y sus representantes y ministros tomen partido siempre a favor de la paz: «Habría de ser función de los predicadores arrancar del fondo de las almas de las gentes las inclinaciones a la discordia».

«Aunque concedamos que una guerra es justa, sin embargo, como vemos que todos los mortales enloquecen, debería ser función de los sacerdotes apartar de ella los ánimos de la plebe y de los príncipes. Pero algunos de ellos son a veces las teas que prenden el incendio. Hay obispos que no se avergüenzan de andar en los campamentos militares. Más absurdo todavía es que en dos campamentos enfrentados esté Cristo, como en pugna consigo mismo».

En los párrafos finales el autor se dirige a Carlos pidiendo al cielo que Cristo optimus maximus acompañe con la mejor suerte —bene fortunate— las empresas de un joven príncipe a quien el propio Cristo ha concedido un incruentum imperium.

LA ISLA DE TOMÁS MORO

La Utopía es otra cosa. Su género literario es la fábula. En los diálogos y en el relato se mezclan personajes reales, como el propio Moro y Pedro Gilles, con esa criatura del autor que es el incansable navegante portugués Rafael Hythlodeo, sobre quien recae el peso de la obra. Es un escrito de imaginación con algo de libro de viajes fantásticos e historias de descubrimientos de tierras inventadas, como esa misma isla, Utopía («el no lugar»), que no se sabe dónde está, pero cuya geografía, habitantes, costumbres, organización social y política, cultura y hasta religión y, por así decir, filosofía, son descritos minuciosamente por el increíble personaje de ficción Rafael Hythlodeo (o sea Rafael «el hablador» o «el charlatán») que tan amigo se habría hecho de Gilles y de Moro en un día de fiesta a la salida de los oficios religiosos de la iglesia de Santa María de Amberes. De la obra de Moro se puede decir que encierra lecciones de experiencia y de filosofía política, con esos ejemplos de la república de Utopía, y de sus ciudadanos, no deducidos de la geografía ni de la historia, sino inventados por la genial imaginación creadora del autor.

Con fecha del 5 de septiembre de 1516, Moro envió a Erasmo la obra completa para que, según lo convenido, el maestro gestionara su publicación en los talleres de Maertens de Lovaina, la misma imprenta de la que acababa de salir la Institutio erasmiana. En la carta que acompañaba al libro llamaba a la isla también Nusquama, una palabra formada sobre el adverbio latino nusquam («en ninguna parte»). Ese «latinismo» era una manera irónica de insistir en la irrealidad geográfica y política que se quería significar con el neologismo griego, Utopía, que era el nombre de la isla y del estado que serían descritos y analizados en los discursos del navegante Hythlodeo.

RAFAEL, EN PALACIO

Durante su estancia en Londres, y siendo todavía joven, el «portugués» habría tenido la oportunidad de conocer al cardenal canciller Juan Morton que seguramente, cuando había oído a alguien hablar de él, le invitaría a visitarle como experto informante de las aventuras descubridoras de los navegantes ibéricos y le habría dado acceso a algunas reuniones políticas y sociales de su casa. El Moro, autor o «novelista», situó la presencia de Rafael en «palacio» en 1499, en un ambiente para él muy familiar, porque había estado viviendo allí, entre los pajes del cardenal, pocos años antes.

El relato de la conversación entre el canciller y sus invitados en aquel ya lejano año 1499 fue el artificio literario de que se valió el autor de la Utopía para tributar al cardenal Morton (fallecido en el 1500) en un discurso a dos voces —Rafael Hythlodeo y él mismo— el homenaje de reconocimiento y admiración que merecía su figura de hombre de gran cultura, buenas maneras y sensibilidad social, así como de hábil político, cuyo largo mandato dejó huella en la de historia de la administración de la corona y de la Iglesia de Inglaterra. Pero también permitió que Moro en el imaginado diálogo matutino de Amberes pasara revista a los principales y más urgentes problemas legales, políticos y sociales de Inglaterra. Al fin y al cabo, él era un político al que los asuntos de su patria interesaban más que los viajes y descubrimientos de reales o supuestos navegantes extranjeros.

Las cuestiones sometidas a debate en torno a la mesa de Morton tal como las iría enunciando Rafael eran un índice de los grandes problemas políticos y sociales del reino en el momento histórico en que se escribía el libro. Estaban en la realidad de la calle. Eran endémicos. Eran los mismos que a fines del siglo anterior. Había ideas para hacerles frente. Por lo menos Moro las tenía. Para exponerlas de una manera ordenada y amena, el Moro autor pone en boca de esa criatura de imaginación que es Hythlodeo una minuciosa transcripción de lo tratado con el cardenal en aquella sesión. Solo haría falta que el gobierno, con prudencia y energía, se dedicara a aplicar las medidas que se deducían de los discursos que allí se oyeron.

Según Rafael, se habrían discutido delante del canciller, y sin que faltaran severos juicios críticos, problemas de Inglaterra. El propio Hythlodeo habría tenido la oportunidad de aportar las curiosas y llamativas informaciones de sus viajes a pueblos raros (y fantásticos) y de sus observaciones y experiencias en diversos espacios del mundo. Todo ello, con frecuentes intervenciones de Moro y algunas de Gilles, pero siempre llevando el peso del diálogo el «navegante portugués».

Entre las cuestiones tratadas se hallaba, en primer lugar la del gran número de los ladrones, en buena parte procedentes de la forzosa emigración de los campos, a los que el derecho penal vigente en Inglaterra condenaba a muerte, que era una pena que Rafael combatía enérgicamente con argumentos teológicos, filosóficos y políticos. Pero no bastan las opiniones. Hythlodeo —y Moro hablando por su boca— pide algo más, una revisión en profundidad, como se dice ahora, del derecho penal inglés.

Había otros asuntos más de urgente resolución, la política social y la conducta de la nobleza con sus colonos o aparceros; la política militar y los males que causan las guarniciones permanentes; la excesiva y —a juicio de Moro— disparatada extensión de la ganadería de ovejas, que tanto había contribuido al abandono de grandes espacios antes dedicados a la agricultura, enviando por fuerza a las ciudades masas de inmigrantes que constituirían un subproletariado empobrecido; el problema de los «cercamientos» o enclosures que también habían expulsado del campo a numerosísimos labradores, aumentando los problemas sociales de la población urbana, etc.

La obra de Moro se llamaba Utopía, que era el nombre de una isla que no estaba en ninguna parte del mundo y que sería minuciosamente estudiada en sus tierras y en sus gentes en el libro segundo. Rafael Hythlodeo siempre confesó que en su larga estancia en ella había aprendido muchas cosas. Pero ese curioso e incansable viajero había recorrido también otros rincones del mundo, tan irreales como su amada isla, y había visitado pueblos que tenían mucho que enseñar no solo a él y a sus interlocutores ingleses, sino a todos los europeos.

Con sus referencias a esas tierras y reinos poco frecuentados por occidentales (y también inventados por la imaginación de Moro), había llamado en aquella ocasión la atención del cardenal. De los que más ampliamente habló fueron los polyleritas, un pueblo del interior de Persia, que se caracterizaban por los humanitarios hábitos de su derecho penal, sin condenas de muerte y en el que los ladrones, por ejemplo, tenían que devolver lo robado a su dueño o resarcirle con otros bienes, o con trabajos o servicios, pero en ningún caso pagar multas a un «príncipe» al que no habían sustraído nada, etc.

En el curso del extenso relato en que Rafael cuenta a sus amigos de Amberes sus recuerdos de aquella reunión con el canciller de quince años atrás, que llena una tercera parte del libro primero de Moro, se suceden de modo divertido y ameno una serie de escenas que podrían llamarse «de género» en las que intervienen seis u ocho personajes de muy diversa condición: un abogado, o más bien leguleyo, pedante y adulador que defiende la pena de muerte para casi todos los delitos, y al que el cardenal tuvo que hacer callar, cuando después de haber hablado mucho quiso volver tomar la palabra con grave peligro de alargarse todavía más; un fraile escolasticista que quería aplicar directamente las más comunes citas de la Sagrada Escritura a cualquier clase de asuntos; uno de los bufones del cardenal que se metía con el fraile haciendo uso del privilegio de los de su oficio; un parásito de la casa del canciller que gozaba de licencias análogas a las del bufón, etc.

Cuenta Hythlodeo que el cardenal finalmente levantó la sesión diciendo que continuarían deliberando otro día sobre lo que allí se había hablado.

Terminado de narrar este extenso episodio, Rafael se excusó con Moro por lo largo y minucioso de su relato. Moro le respondió que, por el contrario, él le agradecía mucho lo interesante de su discurso y lo bien que lo había hecho, pero no sin insistirle en su idea de que pensara en dedicarse a aconsejar a los príncipes con todos los saberes y experiencias que había acumulado en estos años. (Y todo ello sin recordar a los lectores de Utopía ni a Pedro Gilles, presente en el jardín durante todo el discurso, que el Rafael Hythlodeo que había hablado tanto no existía ni había existido nunca y que era una criatura de ficción inventada por el propio Moro.)

También en esos pueblos desconocidos, repuso Rafael, se encontraban lecciones luminosas para la política exterior de un reino, pero que era inútil recomendar a un príncipe. Por ejemplo, si él —Rafael— siguiera el ejemplo de los acorios, situados al Euronoto (sur-sudeste) de Utopía, tendría que aconsejar al rey de Francia que dejara en paz a Italia o que se trasladara allí abandonando la corona gala. O a otro príncipe que, imitando lo que hacen los macarios, un pueblo del continente cercano a Utopía, se ponga un límite a los gastos para los que tenía que acudir a sacar cada vez más recursos de las arcas del estado.

Nadie, decía el portugués, iba a hacer caso de nada de eso ni menos a implantar en Inglaterra o en otros reinos de Europa las instituciones de los utopienses, entre los que no existe la propiedad privada, y no dejan de practicarse algunos peculiares hábitos de derecho penal más humanitarios que los europeos. No creía Rafael que esas experiencias pudieran servir de mucho en los consejos de los príncipes, en los que nunca hay lugar para la filosofía. En realidad, esa es una cuestión que en las últimas páginas del libro primero Moro está debatiendo consigo mismo, puesto que habla, por así decir, desde los dos lados de la mesa.

Habla él en primera persona y vuelve a hacerlo cediendo el turno a Rafael, el personaje literario creación suya que en ese capítulo hace las funciones del «abogado del diablo» o del sparring de un boxeador. Hythlodeo es radical y Moro posibilista. En los consejos de los príncipes no hay lugar para la filosofía, dice Rafael.

«Es verdad —replica Tomás— que no lo hay para una filosofía académica que piensa que todas las cosas han de ser iguales en todas partes. Pero hay, añade Moro en primera persona, otra filosofía más política (ciuilior) que conoce el escenario en que se mueve, que se acomoda a él, que sabe la comedia de que se trata y cumple su papel en ella de modo acorde y con decoro (concinne et cum decore)… Si no puedes lograr el bien deseable, haz que el resultado sea lo menos malo posible. Pues para que todas las cosas que se hacen sean buenas, sería preciso que fueran buenos todos los hombres. Y esto sería algo que yo no creo —dice Moro— que vaya a poder pasar en muchos años».

EN LA EUROPA DE LOS REINOS

Al terminar el libro primero de Utopía Moro dice a Rafael: «Yo te ruego y te suplico que nos describas la isla (de Utopía) y que no quieras ser breve, sino que nos expliques ordenadamente cómo son sus campos, sus ríos, las ciudades, la gente, las costumbres y las instituciones, las leyes y todo lo que tú crees que podemos querer conocer de lo que no sabemos de ella».

«Nada haré yo con más gusto —repuso Rafael—, porque lo tengo todo en la punta de los dedos. Pero es asunto que necesita tiempo». «Vayamos, pues —dijo Moro—, dentro de casa a comer y luego tomaremos todo el tiempo que queramos».

«Después de comer (pransi), volvimos —escribe Moro— al mismo sitio de antes, nos sentamos en el mismo banco y dando orden a los criados de que no se nos interrumpiera, Pedro Gilles y yo le pedimos a Rafael que cumpliera lo que había prometido. Cuando él nos vio atentos y deseosos de escucharle, tras sentarse él también y guardar silencio un momento, empezó su discurso».

Utopía, vino a decir, era una isla que estaba situada no se precisa exactamente dónde, pero parece que puede asegurarse que al sur del ecuador y no muy lejos de mares y tierras que habían recorrido efectivamente los navegantes portugueses.

La «internacional cultural de los humanistas» no destruiría la pluralidad de los reinos y de las ciudadanías

Para Moro, la Utopía de que hablaba Rafael era una isla como Inglaterra. Pero también sería el escenario geográfico y humano ideado por Moro para abordar con cierto orden asuntos o materias que tienen que ver, muy principalmente, con Inglaterra. (Eso no se lo atribuye Moro al discurso de Rafael, pero se desprende de él y en él se ofrecen no pocas pistas para entenderlo así.)

Moro es un inglés de principios del xvi que ha asistido, y está asistiendo, a la formación de la Europa de la modernidad, que es la «Europa de los reinos». Moro era un inglés, como Maquiavelo un italiano, Vives un español y Budé un francés. La «internacional cultural de los humanistas» no destruiría la pluralidad de los reinos y de las ciudadanías, o de los patriotismos —que se diría hoy— sino que se enriquece con ella.

La isla tendría aproximadamente la misma extensión que la Inglaterra de tiempos de Moro (sin Escocia). Su más visible condición sería la marítima y desde los primeros pasajes del discurso de Rafael se llama la atención sobre la importancia de las costas y el carácter principal del primero de sus puertos, que se abre a una plácida bahía que es como un gran lago por el que circulaban cómodamente las naves en todas direcciones.

Los utopienses no habían sido los primeros pobladores de Utopía, que antes de la invasión del rey Útopos y su pueblo no era una isla, sino que estaba unida al continente. Fue ese rey o caudillo que la conquistó tras vencer a los pobladores anteriores el que, con el esforzado trabajo de estos preutopienses y de los soldados que le habían acompañado en la conquista, hizo excavar la lengua de tierra que la mantenía unida al continente, con la finalidad política de asegurar su independencia. Quizá lo mismo habría pasado en Inglaterra, donde en algún momento de lo que ahora llamamos protohistoria o prehistoria se habría abierto lo que sería después el canal de la Mancha.

El «aislamiento» de Utopía habría ocurrido mil setecientos sesenta años antes del 1516 en que Rafael la describe. (En alguno de los comentarios que he leído he visto que en ese año, según Plutarco, el rey Agis de Esparta dispuso un reparto de tierras, que estaban en muy pocas manos y una general liberación de las deudas. Al culto humanista que era Moro, la lectura de Plutarco le sugirió que una manera de discutir los problemas de deudas y de tierras de la Inglaterra del XVI, sin nombrar explícitamente a su nación, era situarlos en la fantástica isla de Utopía, donde habrían estado planteados asunto de tanta trascendencia y alcance económico y social como los que sufría su patria inglesa.)

Las semejanzas entre las dos islas, Inglaterra y Utopía, eran más numerosas y visibles, pero sin que la obra moreana dejara en ningún pasaje de ser una obra de pura imaginación. El lector inteligente se daría cuenta fácilmente de los mensajes subliminales que en el relato se emiten. Por ejemplo, la isla estaba dividida en cincuenta y cuatro comunidades, como la Inglaterra de Moro en cincuenta y tres, más la capital, Londres, que como bien saben Tomás y la gente de su tiempo es un lugar en donde no siempre está todo claro. Quizá, por eso la ciudad principal de Utopía, en donde periódicamente celebraba sus sesiones el senado, se llama Amauroto, una palabra de la familia de las voces griegas amauros y amauroo, que significan «oscuro» y «oscurecer». No solo es la ciudad más poblada sino el modelo urbanístico de las demás. El nombre, por otra parte resulta apropiado para la fábula en que consiste el libro. A una isla que no está en ningún lugar (Utopía) corresponde una capital «oscura», que no se ve o que no se distingue bien (Amauroto).

Argentina: El triunfo del cambio

El domingo 25 de octubre de 2015, millones de argentinos acudieron a las urnas en una primera vuelta electoral que se presentaba electrizante. Por primera vez desde el regreso a la democracia en la Argentina existían posibilidades serias de que se celebre un balotaje entre los dos candidatos más votados.

Cabe destacar que lo que realmente se decidía en esta contienda era, según los sondeos, si habrá segunda vuelta electoral o no. ¿Por qué? La Constitución argentina tiene un sistema de elección de doble vuelta peculiar. Para ser elegido presidente sin necesidad de balotaje es necesario conseguir el 45% de los votos o, si se obtiene entre el 40 y el 45%, contar con una ventaja de más de 10 puntos sobre el segundo.

Todas las encuestas las encabeza el candidato Daniel Scioli, que arañaba en ese momento cerca del 40%. Scioli era el candidato del Frente para la Victoria, la fuerza política que gobernó la argentina por doce años. Scioli representaba la continuidad del kirchnerismo, y aunque intentaba, con algunos gestos y señales, diferenciarse en algunos puntos, lo cierto es que cada vez más es percibido desde dentro y fuera de la Argentina como parte del proyecto que lo eligió como candidato.

Mientras realizaba un infructuoso esfuerzo para diferenciarse y ser parte al mismo tiempo permanecía quieto en las encuestas con el mismo porcentaje de votos que obtuvo en las elecciones paso (Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias), celebradas en el mes de agosto.

En ese momento, en segundo lugar destacaba el candidato Mauricio Macri (actual presidente), que en las paso obtuvo el 30,5% de los votos. Macri, líder opositor al kirchnerismo durante todos estos años, alcalde de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, era el candidato de la coalición denominada Cambiemos, espacio político que reúne a Propuesta Republicana (su partido) y a la histórica UCR(Unión Cívica Radical).

Todo ello presagiaba un final abierto, competitivo y complejo donde nada estaba dicho y cada detalle podía ser determinante.

Ninguna encuesta había vaticinado que en primera vuelta la diferencia entre el candidato más votado y el segundo sería menor de tres puntos porcentuales. Sin embargo, la realidad se impuso frente a todos los sondeos que auguraban una holgada ventaja en favor del candidato oficialista y los resultados finales terminaron por otorgarle a Daniel Scioli el 36,86% de los votos, y a Mauricio Macri el 34,33%.

Así las cosas, por primera vez se llegó a una segunda vuelta electoral en la República Argentina.

Aquellas cifras representaron un auténtico cimbronazo para el kirchnerismo y especialmente para su candidato, porque esperaban un mayor caudal de votos y una ventaja amplia con respecto al segundo. En cambio, para Mauricio Macri y su proyecto los porcentajes constituyeron un poderoso impulso, en gran medida por el efecto psicológico que derramó en la sociedad la sensación de que el camino del cambio se había iniciado.

El pueblo argentino debía elegir entre la continuidad del modelo kirchnerista encarnado por la candidatura de Daniel Scioli o la alternativa de cambio liderada por Mauricio Macri.

Asimismo, todo ya parecía indicar que el cambio se había iniciado. Mauricio Macri obtuvo el domingo de la primera vuelta una importantísima victoria. El peronismo perdía la batalla electoral en su principal bastión, la provincia de Buenos Aires, donde gobernaba desde 1987 y en la que se concentra nada más y nada menos que el 37% de los votantes de toda la nación. María Eugenia Vidal, la candidata de Cambiemos, el frente liderado por Mauricio Macri, se alzaba con un triunfo épico la madrugada del domingo 25 de octubre frente al candidato kirchnerista, Aníbal Fernández. El mayor distrito del país, por primera vez, sería gobernado por una mujer.

Tras la perplejidad generada por los resultados, no tardaron en llegar los cortocircuitos, los reproches y los ajustes de cuentas dentro de las filas kirchneristas. Los sectores más duros del oficialismo cargaron sus tintas contra el candidato Daniel Scioli y su alejamiento del relato oficial, mientras que el círculo íntimo del candidato apuntó precisamente a un argumento diametralmente opuesto para explicar los resultados tan inesperados. Daniel Scioli manifestó que está dispuesto a debatir antes de la segunda vuelta, y Macri recogió el guante sin problemas. Fue una gran noticia: por primera vez hubo un debate presidencial cara a cara en Argentina. Cabe recordar que en la primera vuelta un confiado Scioli decidió no participar del debate, dejando el atril vacío.

Finalmente, el 22 de noviembre los argentinos eligieron al presidente que conducirá el destino del país los próximos cuatro años, en un balotaje que se presentó electrizante: Mauricio Macri era electo presidente de la República Argentina en una jornada histórica.

Hace treinta y ocho años el país atravesaba una sanguinaria dictadura, sin libertades ni pluralismo político, en ese momento, solo tres países de América Latina contaban con democracias.

Hoy, podemos estar orgullosos, tanto los argentinos como la mayoría de los latinoamericanos, de poder acudir a las urnas y elegir a nuestros mandatarios. La democracia se ha visto enriquecida, en Argentina, con un modelo competitivo donde la alternativa demostró que tiene capacidad de ganar.

Seguro que son muchos los retos y desafíos a los que tendrá que hacer frente este nuevo Gobierno —una economía en problemas, la pérdida de relevancia en el escenario internacional, la necesidad de atraer inversiones, la creciente inseguridad ciudadana o el déficit en materia de infraestructuras—, pero la decisión final del pueblo argentino estuvo determinada por la fuerza del cambio.

El presidente Macri contó con muy poco tiempo, solamente doce días hábiles, para realizar una transición.

Además del poco tiempo, tuvo muy poca ayuda de los que dejaban el mando. No hubo imagen icónica de la alternancia en el poder en Argentina. Los argentinos no pudieron tener la foto con la entrega de mando de la presidente saliente.

Cristina Fernández de Kirchner se negó a colocarle la banda presidencial a Mauricio Macri, un gesto con gran carga simbólica para la República de la entrega del poder que, en cambio, sí tuvieron Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y la propia presidenta saliente.

El kirchnerismo, que perdió el poder después de doce años, puso de manifiesto así desde antes incluso de la llegada de Macri a la Casa Rosada que tendrá enfrente una oposición dura.

La asunción se celebró el 10 de diciembre, con muy poco tiempo entre la victoria y la asunción, sin embargo, Mauricio Macri tuvo la capacidad y la destreza para conformar un muy buen gabinete —venía trabajando desde la fundación Pensar, desde hacía mucho tiempo para estar preparado— con una buena combinación que tiene equilibrio técnico y político; y con profesionales muy cualificados en cada materia que cuentan con credenciales inmejorables para desarrollar cada una de las responsabilidades que les han sido encomendadas.

En el gabinete de Mauricio Macri destacan dirigentes con gran capacidad de gestión y que han ocupado lugares clave en el sector privado y han dirigido empresas: Susana Malcorra (Cancillería), Francisco Cabrera (Producción), Guillermo Dietrich (Transporte), Esteban Bullrich (Educación), Pablo Avelluto (Cultura), Juan José Aranguren (Energía y Minería), Hernán Lombardi (Medios), Andrés Ibarra (Modernización), Ricardo Buryaile (Agricultura), y Gustavo Santos (Turismo).

Además de otros nombres con experiencia en la gestión pública y en la política: Marcos Peña (Jefe de Gabinete), Rogelio Frigerio (Interior), Alfonso Prat Gay (Economía), Jorge Triaca (Trabajo), Germán Garavano (Justicia), Julio Martínez (Defensa), Patricia Bullrich (Seguridad), Carolina Stanley (Desarrollo Social), Sergio Bergman (Ambiente y Desarrollo Sustentable).

Durante la campaña electoral Mauricio Macri y sus equipos demostraron tener un proyecto de país con ambición de futuro y atractivo. Se trataba de un proyecto que privilegiaba la unidad frente a la grieta que intentaba plantarle el kirchnerismo a la sociedad.

En su carrera hacia la Casa Rosada tomaron la decisión de mostrar a los argentinos que contaban con una agenda social, política y económica de reformas atractiva para reconducir al país hacia la normalidad y que lo podía llevar a la prosperidad.

El flamante mandatario en su primer discurso adelantó algunos de los lineamientos de su futura gestión. En cuanto a la pobreza, señaló: «Vamos a universalizar la protección social, para que ningún chico quede desprotegido. Vamos a trabajar para que todos puedan tener un techo con agua corriente y cloacas, y vamos a urbanizar las villas para transformar para siempre la vida de miles de familias». Con respecto al narcotráfico indicó: «Vamos a encarar este tema de frente, para devolver tranquilidad en todo el país». Con respecto a la corrupción subrayó: «Este Gobierno va a combatir la corrupción. […] Voy a ser implacable con todos aquellos que de cualquier partido de filiación política dejen de cumplir lo que señala la ley. No habrá tolerancia con esa práctica abusiva». Asimismo, en materia de justicia, el presidente subrayó que «en nuestro Gobierno no habrá jueces macristas», en clara referencia a la justicia «militante» de la etapa anterior, y en educación prometió una «educación amplia e inclusiva» y «mayor prestigio y valor a la vocación docente».

Los principales desafíos que tiene por delante el nuevo Gobierno se podrían sistematizar en los siguientes:

Primero: un congreso opositor, la alianza Cambiemos, de Macri, tendrá solo 91 de los 129 diputados necesarios para aprobar leyes y 15 de los 37 senadores requeridos a tal fin. En segundo lugar, la liberalización del cepo (control) cambiario y la posible devaluación de la moneda (el dólar cotiza en el mercado oficial a 9,67 pesos, contra 15,07 de la plaza ilegal). En tercer término, el ajuste fiscal: la Auditoría General de la Nación prevé un déficit fiscal del 7% del pib, lo que supone un incremento respecto del 2,5% de 2014. Cuarto: los juicios de los fondos y la eliminación de barreras proteccionistas son dos temas urgentes que el nuevo presidente se encuentra encima de su mesa.

Asimismo, en quinto lugar, la falta de crecimiento económico ya es un problema: en los últimos cuatro años Argentina ha crecido tan poco que ha caído la renta per cápita. Sexto: la inflación, desde 2007 ha superado el 20% anual. Séptimo: en materia de empleo, el gran problema es el trabajo informal, que afecta al 33,1% de los empleados, y con respecto a la pobreza: el 21,8% de los argentinos vive en la pobreza.

Por último, la inversión: alcanza el 20% del pib. La inversión extranjera en Argentina es menor que la de países latinoamericanos con economías más pequeñas, como Colombia y Chile.

En el terreno internacional, el nuevo gobierno tiene el desafío de retomar la normalidad de sus relaciones con socios sumamente estratégicos para Argentina. Macri y sus equipos se mostraron rápidos dando señales de su acercamiento al mundo y a los valores de democracia y respeto por los derechos humanos.

Tanto los diálogos que mantuvo ágilmente Macri en Brasil y Chile, como la recepción al canciller español, antes de la toma posesión, o la potente presencia de delegaciones extranjeras presentes en la asunción, hacen presagiar que las relaciones internacionales ocuparán un papel central no solo en el relanzamiento de la economía sino que ya se piensa en el país como un actor relevante en el escenario internacional.

En definitiva, un país con un horizonte de futuro y amplitud de miras que quiere formar parte de las soluciones a los problemas globales y no ser parte de ellos.

Las perspectivas de futuro son las de un país con mayor unión, espíritu de reconciliación, confianza y respeto por las normas de juego. Estos requisitos serán imprescindibles para incrementar la inversión genuina y encender el motor del desarrollo y el empleo.

Todo indica que los equipos del nuevo presidente tienen en su agenda una apuesta por más y mejor educación, un trabajo de políticas públicas orientado a una mayor competitividad y a la diversificación de la matriz productiva que serán clave para que la Argentina pueda aprovechar todo el potencial de su tejido social, caracterizado por una nutrida población joven y con talento.

El gabinete de Macri ha dado muestras de que conoce muy bien que el mundo transita a gran velocidad por un tiempo nuevo en el que el desarrollo de la economía del conocimiento será un factor determinante para configurar el grado de competitividad de las sociedades y son conocedores de que si Argentina opta decididamente por este modelo de desarrollo obtendrá logros importantes.

Todo indica que saben que el camino no es otro que el de adoptar políticas públicas concebidas para mejorar la calidad de los servicios, la transparencia y la rendición de cuentas de la Administración, junto con una fuerte y decidida apuesta por el talento y la educación y promover la modernización y una logística idónea en materia de infraestructuras.

En el espíritu de este equipo parece estar incorporada la idea de que todo ello debe hacerse al mismo tiempo que se continúan impulsando entornos de seguridad jurídica que dinamicen las economías.

En resumen, en la aplicación de esta agenda ambiciosa, estratégica y audaz de alcance iberoamericano reside un futuro de desarrollo y progreso para la Argentina. Una agenda que puede generar un efecto contagio muy beneficioso en otros países de toda la región.

En relación a España, después de los resultados obtenidos en las elecciones los empresarios españoles manifestaron un gran entusiasmo y optimismo que se debe aprovechar. En definitiva, todos ellos ansían que el nuevo gobierno abandone las posturas estatistas, proteccionistas y hostiles con la inversión extranjera, que han estado vigentes durante los últimos doce años.

Uno de los principales desafíos para la representación en un país tan importante para la Argentina será la de poder contar con una plataforma potente y efectiva de trabajo que atraiga inversiones, potencie la promoción exterior y que, en definitiva devuelva a nuestro país el papel relevante, que nunca debió perder, en uno de los países que cuenta con mayor volumen de inversiones en la nación.

En esta nueva etapa de las relaciones, además, Argentina puede incorporarse junto a España en la cabeza del proyecto iberoamericano, sería un mensaje positivo para el futuro de la comunidad y, al mismo tiempo, España puede ser un gran valedor dentro de la Unión Europea de la nueva Argentina.

El deseo de cambio demuestra audacia y poca aversión a las reformas. Así se comportó la mayoría del pueblo argentino. Esa audacia es la que empuja a las naciones hacia el progreso.

Argentina es una gran nación que ha sabido dar un salto hacia la democracia y el progreso en muchos momentos clave de su historia. Ojalá que el proyecto que lidera Mauricio Macri logre anclar definitivamente a la Argentina a la vanguardia de las naciones del mundo desarrollado. Es el sitio que le corresponde y del que nunca debió alejarse.

Lagrimas sobre el viento, un homenaje a León Felipe

La Universidad Internacional de La Rioja (unir), en su programa de extensión cultural, ha considerado el teatro como punta de lanza. Nueva Revista ya ha recogido en sus páginas ecos de algunas de sus producciones dramáticas: Tomás Moro, una utopía, el texto recuperado de Shakespeare y otros autores isabelinos sobre el que fue ejemplar canciller de Enrique VIII, o La sesión final de Freud, de Mark St. Germain, sobre el tan hipotético como apasionante encuentro del neurólogo austríaco y el luminoso autor de las Cartas del diablo a su sobrino, C. S. Lewis.

Una especial atención ha prestado unir Teatro a figuras del exilio español como José Bergamín y León Felipe. Del primero, hizo posible la exhibición, en México DF y Madrid, de su obra La sangre de Antígona. Del segundo, ha propiciado que una excepcional dramaturgia sobre la vida y la obra del poeta de Versos y oraciones de caminante, con el título Lágrimas sobre el viento, fuera uno de los espectáculos que, formando parte de un festival de teatro, abriera el denominado UNIR Espacio, en Arapiles, 16, en el barrio madrileño de Chamberí. Nueva Revista publica en este número el texto del espectáculo que, presentado en la Zamora natal del poeta, ha sido mostrado también en México df, donde León Felipe murió en 1968. En la ciudad castellana, su Teatro Principal, bajo la dirección de Daniel Pérez y con producción de Es.Arte, fue el marco de una serie de actos que convirtieron la presentación de Lágrimas sobre el viento en acontecimiento nacional. Lágrimas sobre el viento es una dramatización realizada por el profesor José Gabriel López Antuñano, en la que se da cuenta de la vida de León Felipe, su compromiso político y el influjo que en su espléndida obra poética y teatral tuvieron sus tres principales maestros: Sófocles, Cervantes y Shakespeare. En el festival que abrió unir Espacio, dos espectáculos acompañaron a Lágrimas sobre el viento: una puesta en escena de Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro, realizada por la Escuela de Actores de unir, ubicada en Arapiles, 16, que se presentaba con esta ocasión, y el espectáculo Hablando de España, una antología de la poesía española realizada por el escritor Javier Villán. La puesta en escena de Lágrimas sobre el viento estuvo dirigida por Ignacio García, al que se debió asimismo el montaje de La sangre de Antígona. El estreno en Madrid de Lágrimas sobre el viento, como homenaje a León Felipe, tuvo lugar el 29 de mayo de 2015, corriendo la interpretación del personaje del poeta zamorano a cargo de uno de los grandes actores españoles, Santiago Ramos. Junto a él estuvieron el destacado actor Raúl Escudero y la reconocida actriz y directora escénica mexicana Aurora Cano. Acompañando al texto de la dramatización, Nueva Revista publica unos artículos de los máximos artífices de esta realización escénica: Daniel Pérez, director del Teatro Principal de Zamora; el autor de la dramatización, José Gabriel López Antuñano, y el director de la puesta en escena, Ignacio García.

Ganarás la patria

¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada...

Alguna vez se ha acudido a estos conocidos versos de su Autorretrato para imaginar al poeta León Felipe como un apátrida sin casa que no recuerda su lugar de nacimiento. Y es cierto que su vida errante, su búsqueda poética de la Luz y su carácter combativo, nos dibujan a un personaje alejado de las convenciones sociales y poéticas, incluso como un hombre al que no le importaba ni siquiera su lugar de nacimiento.

Sin embargo, ese poema con el que se abre este comentario es una auténtica añoranza por declarar su lugar de nacimiento, por sujetarse a una patria chica, por tener unos antepasados en los que tomar la medida de su propia existencia. Incluso pone en cuestión la necesidad, la utilidad de su poesía al carecer de las raíces que él declara habérsele negado.

Porque… ¿qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada?

Sin embargo, en Tábara, su lugar de nacimiento en la primavera de 1884, y en Zamora capital, su recuerdo ha permanecido constante, transmitiéndose de generación en generación como un entrañable legado que nos era familiar, cercano y, sobre todo, porque este poeta sabía decir las cosas que a nosotros nos emocionaban. León Felipe forma parte indisoluble de la educación de los zamoranos y es la referencia constante de la poesía de la tierra. Siempre, desde mi infancia, en los años sesenta, he asistido a constantes y emocionantes recitales, conferencias, actos públicos y homenajes a León Felipe. Se han aprovechado todas las efemérides biográficas del poeta para reivindicar su altura literaria y su vinculación con la pequeña historia provinciana.

Es verdad, como dicen los estudiosos, que León Felipe no está considerado como se debe y que todavía no ha recibido el necesario reconocimiento, pero aquí, en esta comarca, patria chica, tierra provinciana, es un referente histórico y sentimental. Y no solamente porque unos jardines lleven su nombre o porque el escultor Baltasar Lobo erigiera una escultura homenaje a León Felipe en ese mismo parque, sino porque sus versos han calado hondo en las gentes de este lugar fronterizo como si no pudiese haber nacido en otro lugar más que en este.

En los últimos días del año 2002, el Ayuntamiento de Zamora compraba a Alejandro Finisterre, su albacea y editor, el llamado legado de León Felipe. Así, el poeta regresa recuperado en su esencia a la tierra que lo mantuvo en su memoria y que aventó sus versos.

Cartas, recuerdos, libros, manuscritos, ideas en tinta verde. El álbum de Berta Gamboa, dedicatorias de amigos, cuadros… se han instalado en la ciudad para que León Felipe, ahora renacido en este legado, tenga por fin su patria chica añorada.

Mi patria está donde se encuentre aquel pájaro luminoso que
vivió hace ya tiempo en mi heredad. Cuando yo nací ya no le
oí cantar en mi huerto…
Y me fui en su busca solo y callado por el mundo.
Donde vuelva a encontrarlo… encontraré mi patria… porque
allí estará Dios.

Es verdad que León Felipe encontró su patria para morir, en México, pero también que gracias a su poesía la encontró para nacer.

Al fin y al cabo, como él escribió:

¡Mi casa es inmortal!
Y no tiene fronteras…
La sangre no tiene fronteras… como el Amor. 

La obra dramática de León Felipe

Felipe Camino Galicia de la Rosa, más conocido como León Felipe (Tábara, 1884), se trasladó desde este rincón de la provincia de Zamora, donde se encontraba destinado su padre en calidad de notario, a Salamanca para estudiar Farmacia, pero no es fácil imaginar a un espíritu inquieto y montaraz refugiado tras el mostrador de una botica. No resistió y azuzado por el sufrimiento de los menesterosos se lanzó a recorrer los caminos. En ellos encontró a los cómicos de la legua y con ellos visitó media España, aunque con extraño pudor en un hombre tan extrovertido y espontáneo se negaba a rememorar sus andanzas teatrales. Con sarcasmo respondía, «les cuento que estuve en muchos cementerios y velorios aldeanos».

Expurgando en su poesía, compilada por José Paulino Ayuso en 2010, se encuentran tres dramaturgos recurrentes: Shakespeare, genial «para jugar con conceptos y frases, y con personajes forasteros», ingenioso para trasladar a escena «invenciones y símbolos universales», y dotado para escribir un teatro extraordinario «de comediante maravilloso que sabe llorar por cualquiera, por gentes extrañas y lejanas, por fantasmas, por mitos (…) por Hécuba»; Sófocles y su Edipo rey, con el que compartía el afán por comprender un mundo absurdo, lleno de crímenes y dislates; y Calderón con Pedro Crespo al frente de todos los personajes, estandarte de hombre del pueblo que se rebela contra un sistema injusto.

La poesía destila dramatismo en la formulación dialógica de algunos poemas y en el transfondo. Los contenidos desgarrados y directos, sencillos y exactos, entretejidos sin los «caireles de la rima» y con palabras a modo de dardos que se clavan en el corazón del lector, recuerda la expresión, despojada de retórica, que sale del escenario y remueve al espectador, como proclama Hamlet en su monólogo de Hécuba al final del acto segundo. Los poemas además resuenan por el carácter invectivo, sacuden por la tensión interior producida a causa de los conflictos de ideas, y remueven con el ritmo interno inductor de la acción.

Con estos mimbres no extraña que León Felipe escribiera (o que nos hayan llegado) un total de cuatro obras dramáticas: El pañuelo encantado, No es cordero… que es cordera, El asesino del sueño, ¡Que no quemen a la dama! Las llamaba paráfrasis, entendida como versión actualizada de un texto ya existente. Se trata de adaptaciones de tres obras de Shakespeare, Otelo, Noche de Reyes y Macbeth, respectivamente y de The Lady’s Not For Burning de Christopher Fry (¡Que no quemen a la dama!). El archivo del poeta de Zamora conserva además las anotaciones manuscritas sobre un Hamlet que esbozó y nunca terminó.

Próximos al teatro se encuentran un par de títulos, La manzana, una extraña obra a mitad entre el lenguaje cinematográfico y dramático, basada en el cuento La sombra de Pérez Galdós, y El juglarón, un conjunto de pequeñas piezas en prosa, escritas para la televisión mexicana, y asentadas en obras de otros tantos escritores admirados, Cervantes o Valle-Inclán. Esta media docena de obras se escriben en verso libre o con combinaciones asonánticas, y están transitadas por la poética de León Felipe, enunciada en Versos y oraciones del caminante: con palabras «amoldadas a la usanza de este tiempo» y «recias como el paño eterno de Manrique o Hamlet».

Cuando Ignacio García y yo recibimos el encargo de montar alguna de las obras teatrales de León Felipe, trabajamos durante unas semanas El asesino de un sueño, un magnífico alegato contra Franco, inspirado en Macbeth, donde además de cargar la tragedia de intencionalidad política, resuelve con destreza los siempre complicados actos cuarto y quinto. Podía haber sido la ocasión de dar a conocer al León Felipe dramaturgo, pero pensamos que se presentaba a un León Felipe menor que eclipsaba al poeta. Además la lectura de su poesía, que realizábamos para contextualizar una escenificación, nos sorprendía por la fuerza dramática de sus versos. ¿Por qué no dramatizarla y aproximar una poesía cargada de humanidad? Así nació Lágrimas sobre el viento, una dramaturgia a partir de la obra poética de León Felipe.

La dramatización muestra tres aspectos vitales del poeta de Tábara, recogidos en tres actos. En el primero, un recorrido por su vida, «porque la poesía se apoya en la biografía», un muestrario de la poética personal, y la relación y opinión sobre otros poetas, con mención especial a su admirado Walt Whitman. Una trayectoria apasionante, cuajada de aventuras, que servirían para una novela o comedia de acción trepidante. En el segundo acto, el compromiso político del hombre, instalado en México, que regresa en 1938 para participar en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas de Valencia. Su voz tronó a orillas del Mediterráneo, pero su presencia no se interpretó con acierto por la mayoría de los asistentes. Decepcionado, cruzó el Atlántico, se exilió y desde allí no dejó de alzar su voz contra un régimen que el tiempo consolidaba. Por último, en el acto tercero, se recogen poemas que muestran la intimidad de un hombre audaz como el Quijote, reflexivo como Sófocles en su intento por comprender un mundo carente de sentido, y que tiembla como Hamlet cuando atisba la presencia de la muerte.

Estos rasgos aparecen diáfanos en una poesía, que atesora dimensión dramática: los poemas rezuman sencillez, se construyen con un léxico llano, «no quiero el verbo raro // ni la palabra extraña», con palabras sencillas para su comprensión por un pueblo iletrado. Esta llaneza lingüística se aproxima hasta fundirse con la coloquialidad del teatro. El verso espontáneo llega de manera directa al lector, como la palabra del cómico impacta de inmediato en el espectador. La poesía de León Felipe busca la esencia de las cosas sin perderse en los meandros de la retórica o en largos periodos sintácticos. Este carácter incisivo que golpea al público confortablemente sentado en una sala, lo buscaba y lograba en sus poemas, para despertar conciencias tumefactas e incitar a la acción a cuantos acudían a escucharle en los recitales. Se diría por su actividad en México que nunca olvidó sus andanzas de cómico de la legua.

Con este material era muy fácil levantar un texto dramático de lágrima y viento, dos de sus metáforas: ¿Lágrimas? Las derramadas por el poeta, según recogen sus poemas, por una España mancillada, pero que «acabarán taladrando el muro». ¿Viento?, «la fuerza poética que canta la vida del hombre y transporta más allá de sí mismo, que atraviesa mares y cumbres». Lágrimas sobre el viento se estrenó en el teatro Principal de Zamora y se representó en México DF. en 2015, pero antes recaló en UNIR Espacio durante la primavera, con Santiago Ramos, Aurora Cano y Raúl Escudero como actores, dirigidos por Ignacio García, que se encargó también del espacio sonoro, e iluminación de Diego Palacios.

León Felipe. De Tábara a Mexico, un viaje con demasiadas lágrimas en el viento

La historia de León Felipe es, como su poesía, un símbolo de lo extraordinario y de lo cotidiano a un tiempo, la de un hombre de la tierra castellana y de su sencillez, pero que vuela sobre ese polvo y ese viento hasta esculpir poemas infinitos. Su historia es la de un país, o mejor dicho, la de dos, sus dos patrias, ambas queridas y ambas dolorosas.

León Felipe es el hombre que pierde una patria para encontrar otra, que pierde una vida para inventar otra, que pierde un patrimonio, unas ilusiones, un pasado y un sueño para encontrar otro más allá del océano. Toda una generación, la de los exiliados de la República, los tras-terrados, los derrotados por el fascismo y la intolerancia, tuvo que inventar su nueva patria en el país que les acogió, en el México republicano del general Lázaro Cárdenas, que abrió los brazos a obreros, a sindicalistas, a maestros, a artistas y a intelectuales como el ilustre zamorano.

Decía Federico García Lorca tras sus viajes americanos que «el español que no ha estado en América no sabe qué es España». Y Valle-Inclán profetizaba antes de que el país se desmembrara que «España no está aquí, está en América. En México está la esencia más pura de España». Lamentablemente a ambos les dio la razón la sangría de la guerra civil española y el posterior destierro y exilio de toda una generación. España se empobreció con una visión monolítica y sesgada, estrecha ideológicamente, y México se enriqueció con su generosa acogida al poner su tierra al servicio de toda esa simiente intelectual, artística y republicana que lloraba su patria y deseaba inventarla de nuevo allende los mares.

Ellos supieron, León Felipe, y Bergamín, y Domenechina, y Max Aub, y tantos y tantos otros, inventar una España mejor allí, sin estridencias ni folclorismos, y esa España nueva y mejor se llamó y se llama México. Por eso León Felipe es poeta español y mexicano, por eso y porque llegó allí antes de la guerra de la mano del gran poeta e intelectual Alfonso Reyes, quien tuvo que sufrir el exilio en sentido contrario y que acogió a generaciones de republicanos. Y porque allí dejó una herencia presente en cada rincón y cada poeta del país.

Leer hoy a León Felipe supone un nuevo reflejo barroco y un amargo y eterno retorno

León Felipe murió en México en septiembre de 1968, semanas antes del peor episodio de la historia mexicana de la segunda mitad del siglo XX, la matanza de estudiantes de Tlatelolco, en Ciudad de México, donde el 2 de octubre de ese año murieron un número ingente, aún sin definir con exactitud, de inocentes y soñadores jóvenes mexicanos.

Ese fue el sangriento epitafio del poeta, escrito con la misma sangre inocente que anegó la España que tuvo que abandonar llena de cunetas y paredones convertidos en cementerios, y con la misma que hoy se entierra en fosas comunes en muchos estados mexicanos. Leer a León Felipe hoy, escucharle a él y a su mujer, la mexicana Berta Gamboa, desde una España en paz que mira a un México asolado por situaciones de violencia e injusticia insoportable hoy en día, supone un nuevo reflejo barroco y un amargo y eterno retorno.

Ese es nuestro homenaje, recordar al gran poeta y al hombre comprometido con su tiempo y con sus ideas, el inmenso humanista que nos dice con cada verso lo que somos y seremos siempre: «El hombre es lo que importa. El hombre ahí, desnudo bajo la noche y frente al misterio, con su tragedia a cuestas, con su verdadera tragedia, con su única tragedia… La que surge, la que se alza cuando preguntamos, cuando gritamos en el viento: ¿Quién soy yo?»