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El atractivo de la historia, la cultura e incluso las formas británicas es indudable en cualquier parte del mundo. Y en términos políticos las deudas que tiene la civilización occidental con lo anglosajón resultan evidentes. Por eso mismo, un libro como el de Ignacio Peyró, que trata de profundizar sobre los elementos, principios, hechos y personas que definen la cultura inglesa resulta casi imprescindible. La tarea que se ha propuesto es, claro está, inabarcable y uno tiende a pensar que, en lo sucesivo, no habrá más que incluir y añadir voces a esta enciclopedia que resume y condensa lo más idiosincrático del mundo inglés.
El diccionario es monumental y permite tanto una lectura seguida como una más selectiva, por voces y temas. Además, Peyró ha buscado jugar con el lector y por ello es interesante seguir sus recomendaciones y dejarse guiar en ese viaje interno que propone con sus remisiones y referencias cruzadas. En ellas el lector puede ir de «Espías» a «Cambridge», por ejemplo. O de «Disraeli» al «Croquet».
Aunque no pretende ser exhaustivo, lo cierto es que resulta bastante completo y ofrece un panorama interesante, plural y amplio de todo lo más significativo de esa cultura. Como ensayo o como obra de consulta, e incluso como narración, la lectura de este libro es especialmente recomendable en un momento en que se pierden las formas y se asiste a la entronización de la mediocridad.
Los de Bloomsbury, así, aparecen cerca de Bádminton y Knox con James Bond
Por otro lado, es acierto del autor el haber sabido combinar las voces más teóricas o cultas con otras que pertenecen más a la cultura popular. Los de Bloomsbury, así, aparecen cerca de Bádminton y Knox con James Bond, por poner un ejemplo. O el Telegraph con The Economist o Dunhill. Son numerosas, además, las dedicadas a personajes e ingleses más representativos, como Shakespeare, Rudyard Kipling o Thomas de Quincey, entre los escritores, Churchill entre los políticos, o los miembros de la realeza, incluida Lady Di.
El libro, en cualquier caso, muestra la pasión del autor por un país y una tradición rica y versátil, epítome de lo que se evoca bajo el término civilización. Peyró quiere recuperar ese legado, proponerlo en un momento de crisis, tanto para el Reino Unido como para Europa. De ahí que no dude en confesar que el libro nace de su admiración por la cultura inglesa y que constituye «un elogio de Inglaterra y una reivindicación de lo mejor de su herencia».
El retrato que Peyró ha compuesto de lo inglés muestra las diferentes perspectivas de una cultura tan admirada como envidiada. Tal vez de la envidia nazca cierta hostilidad que no puede, en efecto, reprimir la admiración. Cualquier cultura puede ser, si se exagera alguna de sus dimensiones, ridiculizada. Pero lo cierto es que el liberalismo, como el conservadurismo, nacieron allí y es su sistema político uno de los más eminentes monumentos a la historia del espíritu humano.
Peyró no ha escondido, sin embargo, lo censurable, ni oculta sus paradojas ni sus defectos. Porque el Reino Unido es el lugar de lo snob y de la etiqueta, pero también del amarillismo; el de la tolerancia, pero también de la hipocresía. En cualquier caso, hacerse una idea de lo que conlleva la referencia a lo inglés y a sus costumbres, penetrar y conocer su cultura, exige leer y reflexionar sobre este libro.
Josemaría Carabante

El concepto de periodismo con el que estamos familiarizados se define en torno a una serie de variables. De entre ellas, la más fundamental quizá sea el respeto al ideal de la objetividad.
Frente a la multitud de cambios formales, temáticos o incluso narrativos que ha sufrido la actividad informativa, sigue existiendo un acuerdo tácito pero unánime de que el periodismo no puede caer en aquello que prohíbe este ideal. Cualquier texto que sea acusado de tergiversar la realidad, presentar una versión interesada de los hechos o directamente de mentir, es rechazado inmediatamente como un ejemplo de periodismo. Podrá ser propaganda o publicidad, pero no es periodismo.
Esta directriz procede del mismo nacimiento de la prensa moderna. Durante el siglo XVIII, las principales publicaciones periódicas circulaban exclusivamente entre los círculos elitistas del poder económico y, sobre todo, político. Se trataba de impresos impulsados por partidos políticos, por sus facciones o líderes, en los que predominaba un contenido esencialmente opinativo. Su intención era propagar y defender las posturas e idearios más que informar u ofrecer una versión aséptica de los hechos.
Sin embargo, a principios del siglo XIX se dan una serie de cambios sociales que desembocan en la aparición de un nuevo público lector. Las clases populares comienzan a participar en política y su grado de alfabetización adquiere cotas nunca vistas en la historia. Nace, así, otra demanda de información y, por extensión, de periódicos. Este nuevo periodismo, sin rechazar a la opinión ni a la toma de posturas editoriales frente a temas polémicos o controvertidos, buscará ofrecer una información fidedigna y veraz a sus lectores. Este es uno de los puntos a partir de los cuales se erige el compromiso periodístico con la objetividad.
En este manual se abordan los factores que influyeron en el establecimiento de este ideal, así como las diferentes modificaciones sobre un concepto tan claro y, a la vez, tan variable como la objetividad. No obstante, la perspectiva histórica es solo una parte mínima del contenido del libro. El autor dedica otra serie de capítulos a las principales críticas, al ideal de la objetividad periodística y, también, a uno de sus conceptos centrales: los «hechos». Una vez expuestas estas críticas, sintetiza las principales corrientes que defienden este ideal, ya sea como un proceso activo o pasivo. Del mismo modo, se expone con claridad y contundencia los argumentos a favor y en contra de la objetividad entendida como un compromiso ético o político.
Finalmente, el autor reflexiona sobre los desafíos concretos a los que se enfrenta la objetividad en la actual sociedad de la información. A modo de epílogo, se cuestiona si la objetividad es un valor universal o es un producto del contexto político y social en el que surge y se desarrolla. Es decir, plantea si la objetividad solo es posible en las democracias parlamentarias occidentales y los mercados capitalistas o, por el contrario, puede crecer con sus propias características en otros escenarios, como el caso de Asia.
Todas estas preguntas se presentan tanto desde un armazón teórico suficiente para iniciados en la materia como comprensible para legos, acompañado de ejemplos reales y prácticos en todo momento.
El periodismo está atravesando uno de sus momentos de cambio más intensos y, probablemente, traumáticos (¿desde?). Este libro supone una ayuda básica y útil para entender cómo estas metamorfosis y zarandeos pueden afectar al núcleo profesional y ético de la actividad periodística: la objetividad.
Francisco Segado

Eric Voegelin fue uno de los pensadores políticos más importantes del siglo XX y sus teorías son tan relevantes como las propuestas políticas de H. Arendt o Leo Strauss, por mencionar a algunos filósofos significativos. Con ellos compartió el exilio: por motivos ideológicos, tuvo que abandonar Austria tras la anexión alemana. Voegelin se había destacado, desde los años veinte, por su compromiso político y fue uno de los primeros en denunciar las incoherencias de las teorías biológicas de la raza y en augurar el totalitarismo nazi. Por seguridad, tuvo que abandonar el viejo continente.
Pero lo cierto es que, pese a su relevancia teórica, la obra de Voegelin no es apenas conocida. En castellano, hasta el momento, se contaba con La nueva ciencia de la política y El asesinato de Dios. Ahora, la editorial Trotta ha traducido la primera obra importante de este autor, Las religiones políticas, y junto a ella ha editado Ciencia, política y gnosticismo. Falta todavía por traducir su obra más significativa, Order and history, con la que culminó su trayectoria.
Sin embargo, esta última edición permite hacerse una idea completa de cuáles son los temas que más inquietaron a Voegelin y cuál fue su método. Las religiones políticas, siguiendo la estela de la teología política, advierte de las analogías entre religión y política y sostiene que toda sociedad ha de responder al problema de la trascendencia. En este sentido, Voegelin creía que la distinción entre inmanencia y trascendencia era capital para la constitución de la política y para generar orden. De hecho, cualquier amenaza a esas dimensiones genera problemas sociales y políticos, como explica en referencia a la modernidad,
Su interpretación del gnosticismo es quizá una de las teorías más conocidas del autor. A su juicio, la Modernidad tiene un origen gnóstico, en el que se inmanentiza la salvación y paulatinamente se transforma en un explícito rechazo de la trascendencia. Las ideologías y los movimientos de masas contemporáneos —entre ellos el nazismo y el socialismo, pero también el democratismo— constituyen formas espurias de lo religioso, pues adquieren las características y las hechuras de las religiones.
En Voegelin, sin embargo, la interpretación de la génesis, el diagnóstico, ha de ir acompañado de la terapia. Lo trágico del gnosticismo, o del origen gnóstico de la configuración contemporánea de las ideologías, es no solo que reprimen lo trascendente, sino que con ello nublan también el horizonte del hombre. En efecto, la ideología arrostra todas las dificultades y termina erosionando la dignidad humana con la fuerza de su imposición. Por eso todo gnosticismo tiene la ilusión de constituir un nuevo mundo, sea el de la sociedad sin clases o el de la raza o del superhombre, entre otros.
La terapia para Voegelin es retomar los aspectos centrales de la metafísica clásica, sin dogmatismos ni reduccionismo. Una investigación filosófica abierta al ser y la verdad y que reviva la distinción clásica entre inmanencia y trascendencia, sin que ello implique confusión entre religión y política. La apertura a la dimensión trascendente restaura el equilibrio social y asegura el orden político, sin incurrir en riesgos totalitarios.
Conviene leer estos textos: no solo por su claridad, sino porque cuando se leen uno tiene la sensación de estar presente ante una filosofía profunda, original y auténtica. En ellos, la teoría política, tan especializada y académica, se depura filosófica y conceptualmente y se presiente la unidad perdida de la reflexión filosófica. Como complemento a estas obras, la edición cuenta con una presentación de Josemaría Carabante y Guillermo Graíño que contextualiza la filosofía de Eric Voegelin y permite comprender en toda profundidad el conjunto de sus aportaciones.
Alberto Crespo
Aunque hablar de «edición definitiva» en el caso de un clásico es siempre arriesgado y prematuro, esta nueva edición de los Ensayos de Montaigne publicada por Galaxia Gutenberg merece ser celebrada, cuando menos, como un acontecimiento editorial de primer orden. Suele decirse que cada época (o incluso cada generación) tiene la obligación de volver a traducir las obras clásicas, para reinterpretarlas desde su lenguaje, desde su mundo, y devolverles el pálpito de la vida al contacto con los lectores del presente. Por eso los clásicos nunca se terminan de traducir ni de editar. Siempre se renuevan y dan más. No se agotan.
Esta obra inauguró un nuevo género literario: el ensayo moderno
Por lo pronto, estamos ante la primera edición bilingüe que se ha publicado en el ámbito hispánico, lo que ya por sí solo añade un valor diferencial importante; el texto francés que se muestra enfrentado en las páginas impares corresponde a la versión establecida por el especialista galo André Tournon. Además, la traducción del poeta y filólogo Javier Yagüe Bosch se disfruta, en mi opinión, con una intensidad que hasta ahora no era posible experimentar al leer a Montaigne en castellano. De las versiones existentes en nuestro idioma, esta es la que más se aproxima al que debería ser el ideal en este caso: que se puedan leer los Ensayos de Montaigne no tanto como un texto escrito (precisamente esta obra, que inauguró un nuevo género literario: el ensayo moderno), sino como una conversación que el autor mantiene con sus lectores de forma relajada y placentera, o más exactamente, como el soliloquio ameno y variado de un amigo erudito en el transcurso de una prolongada sobremesa.

La traducción de Javier Bosch, forjada a lo largo de una década de cuidadosa labor (la tarea le fue encargada por el editor y catedrático de Literatura Comparada Claudio Guillén, que murió en 2007), parece responder a dos criterios fundamentales: la claridad —esto es, la inteligibilidad— y la cercanía al lector actual. Sin menoscabo del rigor y la exactitud, que son innegociables en cualquier traducción, Yagüe ha tenido en cuenta la necesidad de atrapar literariamente al lector de hoy y ha hecho un esfuerzo constante de comprensión para hacer accesibles todos los pasajes de la obra, incluidos aquellos que pueden resultar más complejos o confusos en el original, reparando hasta en el más mínimo detalle (pero sin perderse en arcaísmos, florituras o rebuscamientos). El imperativo de «nunca traducir sin entender», aunque parezca demasiado obvio o evidente, no siempre es cumplido a rajatabla por los traductores. En este caso sí.
En la polémica sobre cuál debe ser considerado el texto canónico de los Ensayos (debate que ha mantenido entretenidos a varios estudiosos franceses en las últimas décadas), André Tournon ha tomado partido de manera terminante por el denominado «ejemplar de Burdeos», que corresponde a la edición de 1588 anotada a mano por el propio Montaigne con vistas a su edición definitiva (los investigadores descubrieron este ejemplar en una biblioteca a mediados del siglo XIX), y ha relegado como una segunda imagen complementaria la llamada «edición póstuma», publicada en 1595 al cuidado de la ahijada de Montaigne, Marie de Gournay, que durante varios siglos ha sido considerada la edición canónica. Por ejemplo, la edición más reciente que se ha publicado en español, la de Acantilado de 2007, con traducción, introducción y notas de Jordi Bayod Brau, se hizo siguiendo la edición de Marie de Gournay.
A pesar de que el estilo de Montaigne ha pasado a la historia de la literatura como modelo de claridad, naturalidad y sencillez (se suele decir que el autor francés carecía, precisamente, de «voluntad de estilo»), Javier Yagüe advierte de las dificultades que presenta su escritura a la hora de ser traducida: la lengua antigua y el sentido dudoso de muchos vocablos, giros y estructuras; el hilo entrecortado y sinuoso del pensamiento, abierto en multitud de ramificaciones y excursos; el aspecto material del lenguaje… En muchas ocasiones, la prosa de los Ensayos avanza mediante requiebros, sinuosidades y digresiones, lo que complica su trasvase a otro idioma. Además, se producen constantes cambios de ritmo y de tono, pues Montaigne compagina el detalle chusco con la reflexión sutil, las doctrinas del pasado con la experiencia personal, etc.
Por último, hay que destacar las anotaciones que, con pulcra exactitud y moderada exhaustividad, arropan y enriquecen el presente volumen: se anotan las citas literales, manteniendo en las poesías clásicas la forma del verso con métrica regular castellana; se citan también las fuentes no nombradas u «ocultas» (es decir, los préstamos y ecos de autores clásicos, así como los ejemplos extraídos de florilegios o de libros de historia que Montaigne utiliza); otras notas recogen datos geográficos, históricos y biográficos; asimismo, se establecen sugestivas conexiones entre distintos pasajes de los Ensayos. Estas notas son especialmente útiles en una obra como esta, que fue construida por Montaigne reuniendo materiales de muchos autores y obras clásicas, como una especie de centón (o collage, según diríamos ahora, más posmodernamente).
El 28 de febrero de 1571, el día en que cumplía 38 años de edad, Michel de Montaigne decidió retirarse en la soledad de su castillo para consagrarse a la escritura de sus Ensayos. Ahora, gracias a esta nueva edición, podemos hacerle una visita en su torre y escucharle hablar a través de la lectura, pues como dijo Ralph Waldo Emerson de esta obra fundacional del género ensayístico: «No conozco libro que parezca menos escrito. Es el lenguaje de la conversación trasladado a un libro. Cortad esas palabras y sangrarán: son vasculares, están vivas». Volver a disfrutar, por ejemplo, de las páginas dedicadas por Montaigne a la amistad, con su emocionado recuerdo a Étienne de La Boétie (el autor de La servidumbre voluntaria), es siempre una renovada maravilla.

Educar no es domesticar es una obra escrita en primera persona que nos acerca a una forma de vivir la educación muy personal, desde las propias experiencias del autor. Este hace un recorrido por los distintos espacios y tiempos donde se enseña y se aprende para llegar a una definición propia de educación.
A continuación, recorre las prácticas pedagógicas que leemos en los manuales de metodología pero desde un ángulo muy personal: el vivido por el autor a lo largo de sus años como docente en casi todos los niveles educativos. El libro concluye con lo que llama ideas sueltas, sin que por ello sean menos importantes, y que abogan por la idea de dejar que las personas se formen en libertad, «enseñar a pensar, no es enseñar a que piensen como yo».
El libro comienza con las reflexiones en torno a los principales conceptos que guiarán las reflexiones posteriores, mostrando un especial respeto por la palabra educación reservada como una máxima que se irá edificando a lo largo de sus páginas.
Inicia el camino en el espacio donde debe desarrollarse la educación, situando el centro escolar como núcleo para la formación y no por otra razón que el número de horas que el niño/a pasa entre sus paredes; el autor defiende la importancia del entorno familiar como lugar propicio para la educación, si bien hemos de conjugar ambos espacios para atender a la persona y que esta pueda desarrollarse en libertad y plenitud.
En un encuentro con educadores católicos, Benedicto XVI (2008) señalaba así la importancia de educar en términos de lo logrado, «la dignidad de la educación reside en la promoción de la verdadera perfección y la alegría de los que han de ser formados». Calderero parte de esta cita literal (p. 22) para llegar a la necesidad de enseñar con pasión para despertar la vocación, que debe culminar en una contribución a la sociedad en forma de esperanza para otros.
En un escenario educativo como el actual, donde tanta importancia se le da al aprendizaje competencial, esta obra nos invita a desarrollar a la persona desde su inherente «carácter personal» no vinculado a modas, instituciones, países, ni otras vicisitudes parciales que limitan cada una de las características de la naturaleza humana.
En un momento, donde los sistemas educativos a nivel mundial dan cada vez más importancia a la calificación en el proceso evaluador, se defiende la tesis de que la educación no debe limitarse a una medición concreta y numérica, dado que de esta manera estamos restringiéndonos su naturaleza y restando, por tanto, a la complejidad y riqueza del ser humano.
El autor nos aporta una definición propia de educación, atreviéndose así a sentar bases con cada una de las palabras que la componen y justificando su construcción de presente y su contextualización de futuro, «educar es ayudar a cada ser humano a establecer y mantener vínculos valiosos con la realidad» (p. 40). La palabra que más puede esgrimirse como motor para los implicados en el escenario educativo es ayudar, dándole un sentido de despertar, buscar, investigar… ser de alguna manera la razón para dar sentido al «aprender a aprender» tan mencionado en las distintas versiones de la legislación educativa española. Pero esta ayuda ha de ser ajustada, de forma que la persona pueda tomar consciencia de su dignidad y responsabilidad de desarrollar su talento; parece acercarnos a la frase de María Montessori refiriéndose a la mediación con el niño, «cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para el desarrollo». Y, retomando esa idea de ayuda, debe considerarse en sentido amplio haciendo consciente al estudiante de que «su forma de ser, de pensar y de actuar no está condicionada por la genética y por las influencias exteriores» (p. 69); el autor lo expresa como una necesidad de desprogramación, tanto para el educando como para los educadores, para evitar esa expresión que zanja tantas conversaciones y actuaciones en el entorno educativo: «¡no puedo hacer nada!»
Con títulos que más bien parecen estados de ánimo, nos abre pequeños textos que nos hablan de la curiosidad y su importancia al aprender, del salir de uno mismo como un encuentro con el otro, «cada educando y cada educador es persona, y la auténtica educación pasa necesariamente por el establecimiento de vínculos valiosos entre ambos» (p. 111).
Y ordenados con pequeños epígrafes que reflejan tiempos, asignaturas o centros, conocemos al autor como maestro y como directivo educativo. Lecciones que dar, pero muchas también por recibir, gracias a las cuales hoy podemos leer esta obra dinámica y optimista que nos habla de educación, pero también de amor, entrega, búsqueda… entre otras palabras que parece que queremos dejar al margen de los espacios escolares.
No podríamos terminar de hablar de esta obra sin ser optimistas. Parece que en los últimos tiempos nos delimita un cerco de pesimismo social, que ante la falta de expectativas que la crisis económica ha podido causar, no nos dejan tampoco ver en los ambientes educativos signos de positivismo. Pero Calderero sabe transformar cómo mirar las cosas, quizá debido a esa inquietud intelectual y humana, que los que tenemos la suerte de conocerle compartimos a su lado, asumiendo esa «responsabilidad de la propia vida» (p. 272) en nuestra tarea como aprendices del día a día.
Blanca Arteaga

Existen dudas fundadas de que el libro aquí reseñado en realidad haya sido siquiera escrito. Las razones generales que abogan a favor de tal hipótesis no radican en la procedencia de sus capítulos, publicados originalmente en un blog dantesco ad litteram (www.guidocavalcanti.blogspot.com.es), sino en tres hechos muy amplios y a la vez muy elementales: que la parte escrita de la obra de cualquier autor humano, por rica que sea —tanto en cantidad como en calidad—, siempre es más escasa que su obra no escrita; que lo anterior sigue siendo verdad por extensa e intensa que sea la obra escrita de un autor humano; y que la mayor riqueza cualitativa —ciñéndonos ahora solo a esta dimensión— de la obra no escrita de un autor constituye un fenómeno meramente relativo. Esto es: que la obra no escrita de un autor siempre es más rica que la escrita, en todos los casos, pero siempre y únicamente en relación a la obra escrita de esa persona, y no en términos absolutos. Pues aunque siempre ocurre que la creciente extensión de la obra escrita de un autor es debida a la mayor riqueza de su obra no escrita, no siempre tal cosa es, sin embargo, claro indicio de la riqueza intrínseca de su creación. Y por ello no resulta infrecuente que la mera cantidad de publicaciones de un autor en realidad no pruebe sino su indigencia en comparación con la de otros. O que la obra brevísima de uno sea inconmensurablemente más valiosa que la casi infinita de otro. A veces hasta ocurre que el mejor libro de un buen autor es el que nunca escribió. Los casos sorprendentes o paradójicos que los hechos mentados propician son innumerables. Uno de los más llamativos, y por eso nos detenemos en él, es que, en ciertas extrañas ocasiones, incluso sucede que un libro escrito en realidad forma parte de la obra no escrita de su autor.
En nuestra opinión —ya lo hemos dicho—, el libro de Armando Pego Puigbó aquí presentado es precisamente una de tales obras no escritas. Y lo es, a su vez, por tres motivos fundamentales que lo sitúan en los antípodas de la presunta excelencia que tanto obsesiona a la actual burocracia académica: porque está bien escrito, porque es reaccionario «a su pesar» y porque, incluso a su pesar, es verdadero. Tratemos brevemente, y no de forma sucesiva sino en su interconexión, estos tres aspectos.
El libro de Pego que ahora glosamos es de aquellos cuyo riesgo más hondo —al que no dudan en precipitarse— radica en el hecho de estar bien escritos. La simple capacidad (o, peor, la facilidad) para los enlaces sintácticos no solo correctos sino creativos, así como para un vocabulario chispeante y avasalladoramente superior a la media, denuncia de inmediato la existencia de una fe lingüística y gramatical incompatible con la no existencia de Dios postulada por nuestro tiempo. ¿Quién se atrevería hoy, ciertamente, a declarar escrito un libro bien escrito? Naturalmente, un reaccionario, aunque tenga que ser a su pesar…
Pero el riesgo de escribir bien un libro condenándolo, así, a permanecer no escrito, radica igualmente en una segunda cuestión de parejo alcance general: pocos parecen contemplar hoy la posibilidad de que el énfasis puesto en el componente retórico y literario de una obra no signifique inmediatamente la evaporación de cualquier pretensión veritativa. ¿O acaso no ocurre que la atención centrada en los modos del hablar y del escribir desafían per se, en nuestra era postnietzscheana, la noción misma de una adequatio rei et intellectus? Si el libro está bien escrito y es, por tanto, bello, tal cosa significa, para la opinión imperante, que se instala en la quiebra del verum y el pulchrum. El surgimiento de la más mínima duda con respecto a lo absoluto de la mentada fractura implica, por supuesto, la ineludible expulsión de lo escrito a las tinieblas de lo no escrito. A su pesar, un libro que sobrelleva la sentencia que le impone no poder ser verdadero más que siendo reaccionario: la conciencia de tal condición atraviesa no solo los contenidos del libro de Pego, sino también y sobre todo su forma, y esto tanto pasiva como activamente —y de ahí que el riesgo del escrito acabe siendo grandioso—. Un libro que solo puede ser redondo tomando la figura de un estallido: el de la dinamita que la falsedad insertó en la redondez de la verdad y que esta —la propia verdad— no dudó en prender por mor de sí misma…
El libro que reseñamos, en efecto, aspira a superar en su propio desarrollo fragmentario —a través de espléndidos paradigmas literarios, musicales, filosóficos, teológicos…— el claroscuro de una neoescolástica del pseudodiscurso posmoderno, aspiración tanto más grave (en el sentido físico-etimológico del término) cuanto que no solo no desconoce, sino que se asienta en los terrores de la universal carencia de sentido del sentido transparente hoy dominante, proponiendo un paso más allá del mismo que en realidad se vuelve hacia arriba y hacia atrás…
En pocas palabras, y como obra de un laico que se reivindica en cuanto tal contra toda especie de clericalismo eclesiástico y antieclesiástico, el libro solo logra inscribirse en el tiempo, que no escribirse, evocando la hoy cada vez más ininteligible experiencia monástica de la palabra y de lo eterno. Si se quiere comprender el contexto del texto, pues, nada más necesario que releer el clásico de Dom Jean Leclercq, El amor a las letras y el deseo de Dios, al que el propio Pego dedica uno de los capítulos de su Paraíso. En el título de la introducción de este extemporáneo imprescindible (Gramática y escatología —el mismo que el del capítulo de Pego dedicado a rememorarlo litúrgicamente), el lector encuentra el subtítulo real —por supuesto, ausente— del libro reseñado: la clave más determinante de su tan intempestivo como inevitable carácter no escrito.
Alguien dijo unas décadas atrás que «hay cristianos que consiguen hacer tan invisible su cristianismo que en el mundo solo pueden percibirse paganismo e idolatría». No es este, sin duda, el caso de Armando Pego Puigbó y sus XXI Güelfos.
Carlos Llinàs

Un viejo diario, un álbum de fotos, un portafolio lleno de documentos, legajos olvidados en una biblioteca… Tras ellos van los biógrafos con el objetivo de escribir la vida de un hombre o una mujer cuyas acciones han trascendido y pasado a la historia. Resaltar aquello que lo distingue de la mayoría, o lo acerca; descubrir el detalle que reafirma o niega su imagen impulsa la tarea de quienes aspiran revelar facetas ignoradas o reafirmar con nuevos datos lo ya conocido sobre el personaje. Es esta su meta, atractiva y utópica a la vez.
Los estudiosos de las obras literarias no escapan a esta fascinación por conocer al ser de carne y hueso. A la lectura profunda de un poema, novela o drama se suma la curiosidad por conocer el germen de la creación, aquello que impulsa a un escritor a escoger determinados tópicos y cómo estos obedecen a su manera de sentir y percibir, de estar en el mundo. Tal propósito conduce a los críticos a convertirse en «escarbadores de vidas» y recorrer las huellas de ese ser particular y sus circunstancias.
La inclinación por una época y un género, el teatro áureo, y la figura de un dramaturgo menor, Juan Bautista Diamante (1659-1687), llevan a Rubio San Román y Martínez Carro a internarse por el laberinto de legajos en el Archivo de Protocolos de Madrid, el Archivo Histórico Nacional y las parroquias de San Ginés y San Sebastián de Madrid. Búsqueda y hallazgo de manuscritos sustenta el contenido del volumen, afán de ubicar al personaje en el contexto histórico y familiar de aquella España del siglo XVII, de enriquecer los expedientes ya conocidos sobre los que se apoyan investigaciones previas dedicadas a explorar la vida del poeta; de ratificar datos y desmentir otros.
Los autores aspiraron, como bien señalan en la introducción, a enriquecer la biografía de este dramaturgo de prolífica obra, y matizar las afirmaciones que se han difundido sobre su vida de manera arbitraria; subsanar los equívocos y ofrecer conclusiones más mesuradas sobre ella. El empeño se cumple en el sobrio trabajo de 186 páginas.
Dos grandes bloques conforman el libro impreso. Una primera parte, Estudio, reúne en veinte entradas los hallazgos en torno a la biografía de Juan Bautista Diamante, cuyos títulos orientan al lector acerca de su contenido: los orígenes familiares del poeta, los negocios de la familia, las acusaciones de judaísmo, el ascenso social, los círculos literarios a los que accede Diamante, su éxito como dramaturgo, su ordenación como presbítero.
La segunda parte la integran un conjunto de anexos donde los autores explican los criterios que han orientado la edición, la abreviaturas, los índices onomástico y de notas léxicas, así como la bibliografía de consulta que ha servido de marco de referencia a la investigación, base del diálogo para presentar los propios hallazgos.
Se suma a estas dos partes una tercera, recogida en formato de CD, que contiene la transcripción de ochenta y cinco documentos, de diverso género: partidas de bautismo de Juan Bautista Diamante y de otros miembros de su familia, partidas de matrimonio de sus padres y hermanos, poderes, testamentos, partidas de defunción; corpus que sostiene el trabajo y testifica la ardua y minuciosa tarea de búsqueda, y que representa uno de los valores de esta edición. Otros son también los méritos.
Los especialistas reconocerán el esfuerzo realizado de compilar los documentos dispersos relacionados de manera directa o indirecta con Diamante y su familia, así como la transcripción de los mismos, en la que han buscado mantener la fidelidad a los manuscritos originales y el respeto a las formas lingüísticas de la época. Labor encomiable que testificamos cuando, habiendo concluido la lectura del libro y contagiados por la curiosidad de leer viejos legajos —modernizados sus textos siguiendo las actuales reglas de la RAE—, exploramos algunos de los documentos, entre ellos el número 73 (Petición de admisión de Pablo Diamante e Isabel Morales como Familiares de la Inquisición), y comprobamos la extensión de este solo archivo que reúne una serie de escritos diversos recogidos por los fiscales inquisidores, la riqueza de datos que iluminan los hasta ahora claroscuros en la vida del dramaturgo y ratifican, como acabamos de expresar, el tesón y meritorio quehacer de los biógrafos. Igualmente significativo es el diálogo continuo con los trabajos que anteceden al presente —los de Cotarelo y Mori, La Barrera, Pringle, entre otros— y que sirve de telón de fondo sobre el que medir el alcance de los datos inéditos aportados por la presente investigación.
Los menos expertos en el teatro del Siglo de Oro y de sus poetas menores, pero interesados en esta etapa de esplendor literario, agradecerán que, detrás de la sobriedad expositiva, los autores logran recrear con precisión el escenario social y familiar sobre el que se erige la vida de Juan Bautista Diamante; una radiografía individual, familiar y colectiva que nos hace comprender mejor la relación entre el poeta y su obra.
Mireya Fernández Merino

La larga soledad, publicado en inglés en Nueva York en 1997 y traducido al castellano en 2000 por la editorial Sal Terrae, es la autobiografía de una periodista bohemia y luchadora a favor de los derechos humanos y los pobres, forjada en el crisol del pensamiento político y literario del neoyorkino Greenwich Village de los años veinte del pasado siglo XX. Mujer de clase media, hija de un periodista protestante, sufragista, escritora social y política, intelectual de Greenwich Village, activista laica tras su conversión a la Iglesia católica y madre de una hija.
Fundó en Nueva York el periódico The Catholic Worker, revista mensual dirigida a los trabajadores, que Dorothy Day y Peter Maurin, su mentor, habían empezado a vender en Nueva York a principios de mayo de 1933. Con las ganancias del mismo su finalidad era financiar y convivir con pobres y desahuciados en una red de granjas de acogida distribuidas por muchas ciudades y pueblos de Estados Unidos. La base teórica de Peter Maurin, un curtido campesino francés y polifacético, emigrado en 1909 a Canadá y luego a Estados Unidos, consistía en lograr una síntesis de «culto, cultura y cultivo». Convencido de que el ser humano no desarrollaba su dignidad y felicidad humanas sin aquella síntesis, proponía un modelo de «sociedad en la que a las personas les sea más fácil ser buenas, pues es sabido que cuando las personas son buenas, son felices». Quería que los hombres y mujeres produjeran lo que necesitaban, a fin de que hubiera suficientes viviendas, alimentos y ropas para todos. Todo ello regido bajo el mandamiento cristiano del amor, en su sentido más auténtico.
Se mostraba contrario a vivir de la beneficencia del Estado, prefería promover el movimiento agrario como único remedio contra el desempleo y la irresponsabilidad. Allí les proporcionaban comida, techo y trabajo en la construcción de dichas casas para pobres y enfermos. Era un modo concreto de pasar de la doctrina evangélica a la práctica. A esta iniciativa se unían muchos voluntarios entre estudiantes universitarios, gente que colaboraba con sus donativos, trabajo, bienes y artistas que pintaban cuadros o ilustraban viñetas de su periódico, ya que veían un modo práctico de vivir la caridad con los indigentes y hacerles conscientes de su dignidad humana.
Tras la conversión al catolicismo y buscada por Peter Maurin a quien conocía por sus escritos en la prensa sobre inquietudes sociales por los más indigentes, Dorothy se unió a su propuesta. Se pronunciaba en sus artículos a favor del pacifismo, de la no violencia, poniendo su vida y escritura al servicio de los pobres y marginados, viviendo en medio de ellos y recorriendo Estados Unidos de norte a sur y de este a oeste para abrir granjas de acogida.
Dorothy, en sus orígenes como periodista, escribía artículos sobre obras literarias, conoció y trató a famosos escritores norteamericanos, viajaba, participaba en mítines políticos con sus antiguos amigos comunistas, informaba de piquetes con motivo de huelgas y trabajó en la Liga Antiimperialista hasta su conversión al catolicismo. Luego su trabajo ya se centró en escribir para The Catholic Worker y así obtener fondos para recoger a gente sin recursos y atenderlos en todos los aspectos.
Una vez, a sus setenta años, Dorothy Day fue invitada a dar una conferencia a universitarios de la Universidad de Harvard de la ciudad de Nueva York, en su propia casa de acogida en St. Joseph’s House en el Lower East Side de Manhattan, sobre su experiencia vital y profesional, y les dijo:
«Cuando yo tenía vuestra edad, las mujeres no podían votar, y los pobres no podían confiar en nada que no fuera la caridad de los ricos. Recuerdo que siendo niña pregunté a mi madre por qué, por qué unos pocos tenían tanto y muchos tenían poco o nada. Entonces ella me dijo que “no hay explicación para la injusticia; simplemente existe”. Creo que me he pasado la vida intentando hallar una explicación a esta pregunta y tratando de cambiar las cosas, solo un poco, y creo que eso es lo que las personas como yo deberían hacer: si a nosotros nos han ayudado en la vida, ¿por qué no ayudamos nosotros a otros a que tengan también alguna oportunidad?».
Se formó leyendo las obras de grandes escritores como Dickens, Tólstoi, Dostoievski, Orwell, Silone, Chéjov; admiraba la pintura de Van Gogh, así como se familiarizó, tras su conversión al catolicismo, con las encíclicas de la doctrina social de la Iglesia: Rerum Novarum y Quadragessimo Anno. Alentaba a este grupo de universitarios a leer a dichos autores, ya que les decía «me gustaría que la gente dijera que amó de verdad los libros».
Pues bien es el suyo un libro que puede unirse a la cadena de autores que ella sugería a aquellos universitarios de los años treinta del siglo pasado en Estados Unidos, de plena actualidad para pioneros en la defensa de los derechos humanos y de las periferias existenciales de las que habla actualmente el papa Francisco y en concreto de los derechos humanos y sociales como base de la dignidad humana, como dejó claro en su discurso del pasado 25 de noviembre en el Parlamento Europeo de Estrasburgo. Su apuesta por los pobres y su derecho a contar con tierra, techo y trabajo, como base de su dignidad humana, está en la misma línea que los promotores del Catholic Worker, tras 81 años después de esta experiencia clave en su acercamiento a los sin voz y despojados de su dignidad por una sociedad mercantilista, que no ve seres humanos sino objetos de mercancía.
Magdalena Aguinaga