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Jordi Gracia: «Entre Cataluña y España ha habido casi una deliberada amputación de puentes»

Josep Pla, Gaziel, Ferrater Mora, Castellet, Margarit: escritores catalanes todos, pero con algo más en común. Para Jordi Gracia, catedrático de literatura española en la Universidad de Barcelona, esa nota compartida es “una rebeldía intraburguesa estimulante y transgresora al margen de su ubicación política a derecha o izquierda”. En Burgueses imperfectos: heterodoxia y disidencia literaria en Cataluña, de Josep Pla a Pere Gimferrer (Fórcola), Gracia, retrato por retrato, nos habla de unos escritores “exigentes con su clase, más irónicos que dogmáticos y más ecuánimes que sectarios”. Analizados al natural, exentos de la pátina de autoridad concedida por el tiempo, las meditaciones sobre los autores catalanes mencionados no dejan de enriquecer el libro con vislumbres en torno al papel público del intelectual, así como sobre las relaciones Cataluña-España y las literaturas en lengua catalana y castellana. Tras su primera edición catalana en 2012, la edición en castellano de Burgueses imperfectos se ve enriquecida y aumentada, marcando así otro hito en la trayectoria de Jordi Gracia –autor bien conocido por sus colaboraciones con El País– tras su muy alabada biografía José Ortega y Gasset (2014) o libros no menos celebrados como La resistencia silenciosa (2004)

–          Desde el XIX, y con momentos de algidez como en la época de la contracultura o el predominio de la crítica marxista, “burgués” ha sido, en términos literarios y artísticos, un gran vituperio. Usted, sin embargo, lo toma como elogio: ¿a qué alude su concepción de escritor burgués? ¿A un cierto individualismo en tiempos más bien colectivistas? ¿A la literatura como protección de una cierta “higiene” o libertad de conciencia? No son centrales en su libro, pero los ejemplos de Villalonga, escritor aristocratizante, y de Fuster, en su antípoda ideológica, pueden introducir bien la pregunta: ¿qué une a todos estos escritores?

–          Sobre todo el intento de identificar una función pública, quizá no intencional pero desde luego efectiva. Aludo a la difusión de la reserva mental y crítica como talante ético, a una mentalidad irónica, afrancesada, distante de efusividades ideológicas, burlona con los tópicos de la tribu. Me parece que ese es patrimonio burgués en el sentido menos clasista posible -casi sólo descriptivo- y con el acento en el sentido formativo y de mentalidad que agrupa a un puñado importante de escritores dispuestos a no acatar fábulas absurdas ni a callar su disconformidad con mayorías masivas o minoritarias (o con cualquier poder).

–          Al poeta Eliot, en cierta ocasión, le reprocharon arremeter contra los de su clase. Él se defendió arguyendo que, si los criticaba, era porque le importaban, porque eran “los suyos”. ¿Hay algo de eso en sus “burgueses imperfectos”?

–          Sin duda, lo hay: la heterodoxia intraburguesa piensa en interlocutores integrados en las minorías, aunque atina de tal modo que sus lecciones y sus revisiones alcanzan a un público ajeno a esas minorías. La heterodoxia de la que hablo no pierde de vista a los responsables de difundir ideas y opiniones pero no renuncia a hablar directamente a los destinatarios -las clases medias-, que son su público natural y en gran medida la garantía de su subsistencia  profesional como tal escritor.

–          Quizá otro rasgo común, salvo excepciones, fue, en tantos escritores, el compartir dos descréditos: una lejanía de la vanguardia por la vanguardia y un distanciamiento escéptico de la radicalidad política…

–          O quizá una gran facilidad y agilidad para escarmentar ante rupturas demasiado radicales o una consistente inteligencia para detectar la fragilidad de ensueños muy subidos de tono. A veces incluso puede parecer que la garantía de un buen heterodoxo burgués es haber padecido su propio sarampión de radicalidad política o estética (aunque a menudo quede poco rastro escrito de lo uno y lo otro, pero no de la vivencia de esa fascinación temprana).

–          Muchos de los escritores que usted cita, además de una convivencia natural con la cultura en lengua castellana, han empleado el castellano y el catalán indistintamente. Sin embargo, también parece haber otro rasgo común a todos ellos: el ser, de alguna manera, escritores “europeos”, moral y literariamente, no circunscritos al redil de lo hispánico…

–          Por eso mencionaba antes como caracterización genérica que fuesen afrancesados, como si eso pudiese valer como rasgo colectivo (y en sí, en efecto, es argumento demasiado débil, además de inexacto). La intención del adjetivo iba en el sentido en el que aduces tú su europeidad: en casi todos ellos hay un horizonte formativo, nativo o adquirido, que ha trascendido las fronteras locales y ha vivido aunque sea en forma vicaria o virtual la inmersión en otras culturas, otros prejuicios, otras formalidades, todo ello entendido como el trasfondo necesario para asimilar una distancia crítica, no desapasionada pero sí curtida, que ha sido común a casi todos ellos.

–          Al pensar hoy en las fluidas relaciones entre Maragall y Unamuno, o en los Congresos de Poesía de la mitad del siglo XX… ¿es legítima, o es una ilusión, la nostalgia de dos culturas más “conectadas”? ¿Se ha mantenido, más allá de las contingencias políticas del día, esa interlocución, o cada vez vivimos más de espaldas?

–      Transitoriamente es innegable que en la última etapa ha habido una casi deliberada amputación de puentes, dictada por coyunturas políticas que han tenido muy poco en cuenta (o que incluso han preferido obviar) la fecundidad de la actitud contraria. Lo que me parece innegable es que ni fue así antes ni hay razón alguna para que siga igual, sobre todo porque fuera del control de la política las relaciones intelectuales, universitarias, editoriales, periodísticas, cinematográficas o televisivas son constantes y muy fértiles. Pero no están casi nunca en el primer plano y, por tanto, parecen no existir, pero existen. Y tanto desde el Estado como desde la Generalitat, hay síntomas o indicios que permiten deducir que ha sido una actitud programática y calculadamente política, con recelos artificiales ante la posible cooperación dictados por un interés partidista o, mejor, expresamente político.

–          Juzga usted positiva y natural –pura vivencia- la coexistencia de lenguas en la literatura escrita en Cataluña. ¿Hasta qué punto sigue siendo esa una “tradición desprotegida”, tanto en la propia Cataluña como en su visión en el resto de España?

–          La desprotección de esa tradición tiene que ver con la escasa relevancia que el discurso más catalanista -pero también el más españolista- ha practicado sobre el pasado, contra la evidencia de una fecunda y densa tradición de convivencia fértil, de intersección e interpenetración, en doble dirección y no en sentido colonizador (ni de un lado ni del otro). Sin ella no habría modo de explicar múltiples fenómenos culturales en la media distancia, y con eso quiero decir al margen de coyunturas tan singulares o atípicas como una crisis económica devastadora y una mayoría absoluta del PP catastrófica. De ese cóctel podía salir cualquier efecto explosivo, y uno de ellos puede haber sido esta sensación de hostilidad mutua de dos mundos culturales, que insisto en poner en duda o incluso en desmentir sin más.

Adelanto: los Diarios de Ramón Loureiro

Conocido por el público como uno de los narradores gallegos más interesantes del panorama actual tras la muerte de su admirado Carlos Casares, Ramón Loureiro da el salto a los dietarios con la publicación de sus Diarios (Ed. Eurisaces, prólogo de César Antonio Molina), donde, al modo torrentiano, no deja de haber «interpolaciones mágicas».

XVI

Como de otro mundo

Nosotros descendemos de una raza vieja, dotada de no de­masiadas virtudes y arrastradora de defectos que por desgracia aún hoy son demasiado frecuentes entre los nuestros. Pertenecemos a la estirpe en extinción de quienes, incluso cuando dan la vuelta para regresar tras apenas haberse movido unos metros, parecen estar lle­gando siempre de muy lejos; de los que, puestos a dar, a veces hasta dan –hasta damos– la impresión de no aparecernos del todo, como espectros que solo pueden verse a medias.

(Como si no fuesen –como si no fuésemos– de este mundo, exactamente.)

Todo el tiempo estamos deseando llegar a donde todavía no he­mos llegado, y cuando por fin llegamos, cuando de verdad alcanza­mos nuestro destino aunque sea aparentando no haberlo hecho, ya querríamos estar yéndonos de nuevo, tal vez para empezar a echar ese lugar de menos.

(Habitamos, o al menos a mí así me lo parece, la melancolía de la ausencia.)

LII

Mientras tomo café

Son muchas las razones por las que yo, que a veces pierdo de­masiado el tiempo, aunque no siempre me suceda eso, no debería tomar café, o al menos tanto café como tomo. Y no todas ellas están relacionadas con mi salud, al menos de forma directa. Es el café, a saber por qué, el que ahora hace que cada vez que levanto la vista no pueda evitar quedarme absorto, casi en trance o hipnotizado, mirando a la insepulta Orquesta del Titanic, que mientras el barco se hunde… sigue tocando. Y bien sé que si me empeñase en ello po­dría apartar la mirada un poco, o hasta cerrar los ojos. Pero al final todo sería inútil. Porque lo que no puedo hacer es apagar los oídos, mientras suena y suena la música de los muertos.

LXXII

Ver a los muertos

No sé si ellos me echarán de menos a mí, pero yo echo mucho de menos a los míos, a mis muertos. Quiero verlos de nuevo. Ya no me basta con intuir la presencia de sus sombras entre la niebla, ni con buscar su rostro entre los recuerdos que alguna vez se con­vierten en libros, ni tampoco con devolverles esa pequeña parte de la vida –siempre insuficiente– que el papel y la tinta logran a veces arrancarle a la muerte. Quiero habitar su particular lejanía para siempre, ir a donde están los que –al menos del todo– jamás han vuelto.

XCIV

La eternidad, en consecuencia

Esta afición a la literatura que yo tengo conlleva ciertos disgus­tos algunas veces. No hay que negar eso, por supuesto. Pero la ver­dad es que lo que suele traer consigo es más de una satisfacción in­mensa. Porque, por más selectivo que uno sea, siempre puede tener la seguridad de que jamás se le agotarán, a la hora de la lectura, los libros buenos. Como la biografía que le dedicó a Valle‑Inclán aquel otro Ramón de muy altos vuelos, Gómez de la Serna, que yo no había leído hasta ahora y que tanto me alegra haber comprado. En ese libro, el biógrafo, para mi gusto particular una de las plumas más brillantes de un tiempo quizás irrepetible para las letras españolas, va desvelando, página tras página, cómo era el verdadero rostro del mejor de todos los valleinclanes posibles. El de aquel que quiso ser quien los demás creían que era, y que de hecho hasta consiguió serlo algunas veces. Pero a mí me gusta, sobre todo, imaginar al Valle‑In­clán que de vez en cuando se harta de ser su propia máscara y que regresa a Galicia. Al Don Ramón, Marqués de Bradomín él también sin saberlo, que entre los muros de pazos ya casi derruidos y por los caminos desiertos y bajo los pinos que frente al mar le plantan cara al viento, envuelto quizás en un eco de campanas todo ello, andaba buscando el sosiego que no encontraba en Madrid, donde no tenía otro remedio que hacer de sí mismo constantemente. A mí me pa­rece que desde Galicia, y en particular desde esta Última Bretaña nuestra, con las islas errantes tan cerca, se ve con mayor nitidez lo que le sirve de sustento al alma, y por lo tanto se entienden mejor muchos de los grandes libros, o al menos se intuye de otra mane­ra lo que habita detrás de ellos. Cuando, como estos días pasados, me reencuentro con Luz Pozo Garza y con Torneiro, cuando puedo abrazarlos de nuevo, que es como abrazar también sus versos y en consecuencia la eternidad, pienso mucho eso.

CXVIII

Dicen que un rayo

Saber que el Santuario da Virxe da Barca ha ardido durante la noche me ha causado un profundo dolor. Ha sido un duro golpe en el corazón. A estas horas dicen que probablemente ha sido un rayo, el que ha incendiado la iglesia. Y en Muxía son muchos quie­nes afirman que, en medio de esta desgracia inmensa, la Virgen ha hecho un milagro más, al atraer ese rayo hacia la iglesia, salvando así el pueblo. Creo que nunca podré olvidar la imagen del templo en llamas frente al Océano. Me gustaría estar allí, ahora. Pero no puedo ir. Tengo que estar en el periódico dentro de un par de ho­ras. Rezo desde aquí, desde el Norte. Desde donde casi siempre se está lejos.

CXXI

El paisaje visto de otra manera

Dice el Emperador, León de Bretaña Resucitado –y yo, como a mí me ocurre lo mismo, no puedo estar más de acuerdo–, que el tiempo, aunque te canse los ojos, también te enseña a ver el pai­saje de otra manera, permitiéndote apreciar detalles que antes no apreciabas incluso en lugares por los que, tal vez, habías pasado mil veces. Si hubiese podido contar con la Torre Peregrina cuando era joven, afirma León Daniel María Bonaparte, probablemente habría querido que solamente se detuviese en aquellos lugares en los que nada pudiese estorbar la visión de paisajes dignos del más almibara­do de los almanaques. Pero hoy, en cambio –añade–, sabe muy bien que el pequeño río que discurre entre fincas cercadas con malos mu­ros de bloque, el molino reconvertido en infravivienda y cubierto de uralita tras perder su antiguo tejado, el edificio de seis pisos alzado en tiempos de la adoración del cemento en medio de la nada y los somieres que sirven de cierre a pastizales en los que se han colocado unas viejas bañeras oxidadas para darles de beber a las vacas, no son sino las huellas de la mano del hombre en este triste tiempo que habitamos.

(Y subraya, el Emperador, a este respecto, que precisamente eso, lo que ante quienes han dejado atrás su juventud presida del hom­bre el Reino, sea con luz o con palabras, es casi lo único que le interesa ahora, cuando las ansias de existir van siendo tan escasas. Esa es la razón, comenta, de que a veces lo enternezca de una forma extraña ver una piedra de moler el trigo, una rueda de molino, ya casi rota en dos pedazos y abandonada, en el extremo de una finca, junto a un camino que el Ayuntamiento mandó asfaltar cuando no hacía ninguna falta asfaltarlo. Porque, más allá de las heridas de esa piedra y de su triste final, a él le da por pensar que también esa piedra de moler tuvo sus días de gloria, cuando –tal vez en el mismo molino que ahora ya no lo es y que está cubierto de uralita– giraba y giraba y giraba en medio del milagro de la harina, soñando con el pan mientras, a su lado, quienes aguardaban a que se terminase de moler su grano reían y, con no poca frecuencia, hasta cantaban canciones de amor mientras les servía de coro el correr del agua.)

Somos cada vez más una melancolía, no sé si para bien –lo más seguro es que no– o por desgracia.

Las cosas de Joaquín Romero Murube y el 27

“Joaquín: tú no te pareces a nadie” le comentó por escrito en una ocasión Paul Morand. Joaquín Romero Murube nace en una familia bien posicionada en Los Palacios y Villafranca, un municipio situado en la provincia de Sevilla. Descendiente de inmigrantes vascos, nació un 18 de julio de 1904, en un ambiente rural y agrario, a imagen y semejanza de otros tantos pueblos de España. Estas estampas del pueblo y del campo, historias de la vida cotidiana de sus paisanos, las recoge y retrata, desde una perspectiva de idealización y en prosa poética, en una de sus últimas obras Pueblo Lejano (Madrid, Ínsula, 1954).

Romero Murube, en 1912, se traslada a Sevilla para ingresar como bachiller en el colegio de los jesuitas. Frecuentó, terminado el bachiller, las tertulias universitarias de la época, estudiantes con inquietudes humanistas, jóvenes que apuntaban maneras y prometían en el panorama literario. En la capital, en Sevilla, se reunían con un poeta laureado y reconocido, un hombre por todos leído: Pedro Salinas. En la reunión estaba Higinio Capote, González Requena, Miguel Romero Martínez… De este grupo surge la revista Mediodía cuyas páginas acogieron los nombres de numerosos escritores de la denominada, unos años más tarde, generación del 27. La revista Mediodía fue, junto con la revista Grecia –publicaron aquí por vez primera a Borges un poema titulado “Himno al mar”- un referente cultural de los años 20’. Llegó Romero Murube a ostentar el puesto de redactor-jefe de la revista y en esta década publica sus primeras obras: La tristeza del conde Laurel, Prosarios y Sombra Apasionada. En estos años, de igual forma, consecuencia de sus actividades literarias y de su contacto permanente con intelectuales coetáneos trató a Jorge Guillén, a Dámaso Alonso, a Gerardo Diego, a Rafael Alberti… Aunque con quien guardó una “amistad llena de complicidad y camaradería”, según las palabras de su biógrafo Juan Lamillar, fue con Federico García Lorca. Por último, el joven escritor de los Palacios y Villafranca, a pesar de su ocupación académica como estudiante de Derecho, colabora con asiduidad en la prensa de la capital, en cabeceras como El Correo de Andalucía, El Liberal, El Noticiero Sevilla, ABC…

Con todo, con sus colaboraciones en periódicos y su incesante actividad en el mundo literario, se ganó la vida como funcionario. Ocupó cargos de responsabilidad en el Ayuntamiento hasta que, en los albores de la Segunda República, lo nombran por orden del alcalde de la ciudad de Sevilla Conservador del Alcázar, uno de los principales monumentos de la ciudad. Este puesto le ocasionó innumerables anécdotas y el trato con personalidades de índole muy diversa: Eva Perón, el doctor Fleming, Jacqueline Kennedy, el Sha de Persia o Jean Cocteau, entre otros. Con respecto a las anécdotas podríamos contar aquella que narra la huida de Miguel Hernández, refugiado en los jardines del Alcázar por motivos de sobra conocidos, recién terminada la guerra, protegido por Romero Murube mientras despachaba al ya caudillo Francisco Franco, que vino a Sevilla a celebrar el desfile de la victoria. Un hombre, como Romero Murube, en apariencia cercano a las filas falangistas-franquistas del régimen debido a su posición de alto funcionario, protegiendo al fugitivo Miguel Hernández cuyas pretensiones eran escapar de España por la frontera de Portugal lo antes posible. La historia de la literatura nos reserva episodios emocionantes.

Como Conservador del Alcázar escribió sus obras más recordadas, con un denominador común: su interés por su ciudad, por Sevilla. En 1938 se publica Sevilla en los labios, en 1943 Discurso de la Mentira, en 1951 Memoriales y Divagaciones y Los cielos que perdimos. Obras que combinan su faceta de escritor, en la recreación de los paisajes de la ciudad idealizada –similar a los textos de Chaves Nogales en La Ciudad, de Juan Ramón Jiménez en Platero y yo, de Luis Cernuda en Ocnos-, y su faceta de periodista crítico con el poder, en la denuncia de la destrucción del patrimonio, que en la década de los 60’ fue tan pronunciada en aras del desarrollismo franquista. Estas denuncias le supusieron más de un trago amargo, como la sonada censura de ABC, motivada por el apoyo de este medio al derribo de un palacete en cuyo solar se construirán unos grandes almacenes. El escritor se marchó a El Correo de Andalucía bajo las siglas XYZ, siglas contrapuestas en el orden alfabético a las que dan nombre al citado medio monárquico fundado por Torcuato Luca de Tena. “Estamos destrozando Sevilla: unos por ambición, otros por torpeza y otros por incultura” escribe en sus artículos.

Romero Murube vestía un uniforme falangista por los jardines de su cuidado monumento –más por una circunstancia inesperada que por convencimiento de la causa falangista, eso sí-, aunque como él indicaba su verdadero traje era el de poeta. No le tembló el pulso si tuvo que enfrentarse a las autoridades, a la oligarquía política de su tiempo. Fue un hombre culto, humanista. Simpatizaba con los parroquianos de su Virgen de la Soledad y con Camilo José Cela, con las vanguardias de las revistas ultraístas de su juventud y con el universo provinciano de Sevilla. Lo dejó escrito Paul Morand, “Joaquín: tú no te pareces a nadie”.

Una obra poco atendida

Andrés Trapiello, en relación con los autores de la posguerra vinculados al régimen franquista, siempre comenta que estos ganaron la guerra pero perdieron los manuales de literatura. Con Romero Murube, esta máxima no fue una excepción. Su inclinación ideológica con las filas de la Falange le ha salido cara, muy cara; su mal interpretado provincianismo, también. La crítica no ha valorado su obra y en las antologías su nombre es un interrogante.

En el género poético, su estilo se mueve entre los principales movimientos de la vanguardias y el neopopularismo tan característico de su generación, influenciado por su amigo García Lorca –al que le dedica su libro Siete romances (Sevilla, 1937)-, como ejemplo, su poema kasida de repique:

Veinticuatro campanas

Repican altas.

Veinticuatro campanas

dentro del alma.

¡Ay quién lograra

ser de plata y de música

en la Giralda!

De su obra Sombra Apasionada destacamos estas greguerías: “El espejo es una de las pocas cosas que da todo lo que se le pide”, “Los trenes arrastran por todos los campos el cadáver del romanticismo”. En 1941 publica Canción del amante andaluz, traemos este poema Armonía, quizá inspirado en sus constantes paseos por el Alcázar:

ARMONÍA

Está la roda y el ciprés y el agua

en el filo celeste de lo bello:

mínimas brisas ponen en sus hojas

un latir de llamadas y destellos.

La luz y el aire miden su contacto

de pétalo y cristal sobre los bordes

del jardín exaltado de belleza

de la más rica ordenación de flores.

Y en el equilibrio de los cielos altos

mantiene en la mudanza de sus luces.

En prosa, sus tempranas novelas: La tristeza del Conde Laurel (1923), Hermanita amapola (1925), Ya es tarde (1948) y Pueblo Lejano (Madrid, 1954). En el género del ensayo, sus obras principales ya mencionadas; copiamos un párrafo de Memoriales y divagaciones, en donde describe su particular visión del paisano:

El sevillano “tipo” es muy difícil de definir. Es lo más alejado, generalmente, de la representación teatral y literaria acostumbrada. Lo más lejos también del consabido flamenquito de barrio, dicharachero, gracioso, bravuconcillo y presumido –ya Cervantes nos habló de este mocería jaranero-. Lo más lejos también del mediquito, del abogadito, del aristócrata o desocupado fanfarronete, héroe de la ocurrencia graciosa porque sí, vocero inapelable en tertulias de casino, corrillos de las aceras o trastiendas de establecimientos. Todo es plebe. No ciudad.

En Los cielos que perdimos, obra a priori *provinciana* en el sentido despectivo del término, si la entendemos como un ensayo sobre la destrucción del patrimonio de la ciudad de Sevilla en los años 60’, encontramos estas líneas que bien podemos interpretar como una crítica universal a los valores de la época posmoderna y capitalista:

Cuando somos jóvenes, creemos que el mundo comienza en nuestras obras. Error lamentabilísimo. Llegarán los años con desengaños y experiencias. Por otra parte, hay prisa. La prisa del dinero. He aquí un tema peliagudo en el que confluyen los nervios matrices de nuestra época: el valor del dinero encajado en el célere tiempo en que vivimos. Lo que se hace en un mes es mucho más valioso –más barato, desde otro punto de vista- que lo que se hace en un año.

El exilio interior

Quien probablemente mejor supo captar el carácter de Romero Murube fue Miguel de Unamuno en esa sentencia sobre los sevillanos como hombres finos y fríos. Joaquín fue un hombre fino y frío, distante de esa gracia sin gracia que atribuyen sin piedad a los andaluces en el tópico manido e irreal, refugiado en sus jardines y sus quehaceres como Conservador del Alcázar de Sevilla. En su condición de funcionario y falangista de carrera, en su faceta de escritor y poeta de vocación y oficio, Joaquín miraba los muros de la patria nuestra con los ojos de Quevedo y evocaba la tradición barroca de las ruinas de Itálica, al modo de su también paisano Rodrigo Caro, tras las piedras del edificio amurallado burocráticamente en su custodia.

No padeció el exilio ni la muerte en un tiempo de guerras y fusiles, cartillas de racionamiento y progresos a marchas forzadas con la pesada carga de un régimen autoritario, pero sí sufrió el descrédito de unos y el desprecio de otros. Vivió el exilio interior, quizá el más duro. El exilio del poeta disfrazado con el uniforme militar de la Falange, “la poesía es sinceridad, hondura y misterio”, decía. El exilio del periodista crítico sin etiqueta ni prejuicio, censurado por los suyos, tomado por loco en sus denuncias a favor de la conservación del patrimonio. Con algo de sorna, de burla e hipócrita compasión lo trataban como a un niño ingenuo e impertunente, “las cosas de Joaquín…”, por lo bajini cuchicheaba la sociedad sevillana de entonces. Benditas sean esas cosas, tan locas y tan cuerdas, de Joaquín.

 

«Libro de la Pasión», de José Miguel Ibáñez Langlois

Presumo de no quejarme de las razones o contrarrazones metaliterarias que hacen que a veces el escritor católico disfrute de menos reconocimiento que el que va a favor de los vientos y las mareas del siglo.

En líneas generales, creo que lo mejor que puede sucederle a cualquier autor es tener que ganarse el aplauso palmo a palmo, si se lo gana, que si no, qué importa. Sin embargo, mi postura gallarda y serena hace agua en el caso de José Miguel Ibáñez Langlois (Santiago de Chile, 1936). Solivianta ver que un poeta de tal potencia artística, de tanta osadía de pensamiento, de oído prodigioso, de visión hondísima, de cultura completa, de sabio manejo de los modos modernistas, de ecos inmemoriales… no tenga un mínimo reconocimiento equiparable al de otros escritores de su generación.

«Libro de la Pasión», (Rialp), 144 págs.

Libros como Futurologías (1980) o Historia de la Filosofía (1983) son hitos únicos, que la inmensa mayoría de los lectores de poesía se están perdiendo. En España no existen ediciones.

Se recorren los últimos días de Jesucristo, intercalando reflexiones, diálogos, oraciones y también, al más puro estilo de Ezra Pound, monólogos dramáticos de distintos personajes

En su obra brilla con especial intensidad un poemario que varios de los happy few que conocen al autor leemos cada Semana Santa: Libro de la Pasión (Rialp, Madrid, 1986). Se recorren en él los últimos días de Jesucristo, intercalando reflexiones, diálogos, oraciones y también, al más puro estilo de Ezra Pound, monólogos dramáticos de distintos personajes. Así, por ejemplo, se nos presenta al centurión del Calvario:

Jesús era sólo un rumor para él hasta anoche

una nota pintoresca del paisaje hebreo

donde se está de paso para ascender

un centurión está hecho a las ejecuciones

y él personalmente no presumió nunca de sensitivo

pero ese crucificado esa bestia agónica qué majestad

cuando suplicó el perdón del cielo para sus verdugos

al centurión se le derrumbó todo su conocimiento de la naturaleza humana

tenía los ojos fijos sobre su cara en sangre

estaba a punto de llorar como ni en su niñez

[…]

Ibáñez Langlois sigue los relatos evangélicos y otros libros piadosos, especialmente el Vía Crucis de San Josemaría Escrivá de Balaguer y La dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo de la beata Anna Katherina Emmerich. Lo hace, como ya han podido comprobar ustedes, con un verso libre, sin apenas signos de puntuación, con un gran despliegue imaginativo y con vuelo poético.

Alguna vez pensé que el hecho de que se publicara en una editorial de espiritualidad, hubo de restarle lectores de poesía generales. Luego se recogió completo en una colección escrupulosamente poética, en la sevillana Númenor, dentro de la antología Oficio (2006) y ya no hubo excusa. En realidad, lo religioso y lo poético no pueden ni deben distinguirse. En la solapa de otro libro de Ibáñez Langlois, Poemas dogmáticos II (Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1995) se explica de forma nítida:

En 1935, T.S. Eliot, en su ensayo sobre Religión y Literatura, decía desconfiar de la poesía intencionalmente religiosa y eclesiástica, pues en ella la conciencia de sus fines obstruiría la inconsciente y sincera energía que lo poético más alto requiere. ¿Es así en idioma inglés, en los metafísicos del siglo XVII, en el propio Eliot? No lo creemos. Y rotundamente ello es inexacto en la verdadera poesía castellana del siglo de oro, y antes, y ahora.

Especialmente, no deben distinguirse en este libro, donde la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo se tratan con tanta exigencia literaria como aliento cósmico, dando lugar a un libro de poesía total, al que nada de la naturaleza ni de la historia ni de la cultura le es ajeno. Partiendo de que estamos ante el momento crucial, todo gira alrededor de él en este libro: «El así llamado curso de la historia humana / no hace otra cosa que dar vueltas en torno suyo por todos los siglos». Se superponen los más alejados momentos históricos, muy diversas citas filosóficas, múltiples visiones. Es una forma muy efectiva de recalcar que lo que ocurrió entonces en Jerusalén afecta a toda la humanidad de todos los tiempos y a toda la creación: «El mundo es una misa que se parece al mundo». El estudioso de Ibáñez Langlois, Juan Manuel Martínez ha concluido: «Este magnífico libro no es sólo una narración, ni sólo una contemplación, ni sólo una catequesis, ni sólo una profundización, sino todas estas cosas a la vez».

En honor a esa unidad, junto a evocaciones históricas bien fundadas, encontramos imágenes de modernidad indiscutible: «El corazón de Judas es una calculadora último modelo». Y expresiones y giros prestados del Derecho, de la informática, de la ciencia, de la psicología, del pensamiento filosófico, etc. Se rompe el tópico del conservadurismo estético para la poesía religiosa; y el de la seriedad tristona: este libro tan grave no es ajeno al humor.

Pero sobre todos los ingredientes destaca una constante cristología: «el camino anda suelto en todas partes y / todo ahora es camino y / la partida el camino la llegada / es Jesús es Jesús es Jesús». El gran poema eucarístico del libro lo demuestra, así como su conjunción de tradición y vanguardia, la dimensión cósmica que el poeta sabe encontrar siempre, y el uso de códigos lingüísticos de diversa procedencia:

En el pequeño pan que yace sobre esta mesa

la materia del universo se ha conmovido

los espíritus tiemblan

nos deslizamos casi eucarísticamente dicen los ríos

nos abrimos como sacramentos musitan las flores

lo que acaba de hacerse sobre esa mesa

me afecta en forma física dice Saturno a sus siete anillos

y lo mismo repite el sistema solar

ah las estrellas resplandecemos con otra luz

mi velocidad es la misma pero ha aumentado dice la luz

los arcángeles tiemblan en la gloria

los siete mil elementos del cosmos han cumplido sus sueños

no sé cómo decirlo exactamente se dice el cosmos

pero tengo la sensación de haberme convertido en un tabernáculo

de aquí a la eternidad de aquí a la gloria

no hay más que un paso dicen los trigales.

La teología no se contradice con la piedad, ni mucho menos. Libro de la Pasión nos interpela personalmente. En el poema dedicado a la tercera caída del Señor en el camino al Gólgota, se dice:

[…]

lo peor de todo es que alguien le hizo la zancadilla

a ver quién fue el gracioso de la zancadilla a ver

el gracioso de la zancadilla que hizo rodar a Dios

es yo mismo es tú mismo y es nadie más

[…]

Sin embargo, Ibáñez Langlois sabe bien que nada más impactante que una mirada objetiva desde la fe a lo que ocurrió en la Pasión. La nota predominante es la reflexión profunda y, por tanto, desbordada sobre el significado de lo que pasó y sus consecuencias:

Cuando hubo gustado el vinagre dijo Jesús

todo está consumado

todas las profecías están cumplidas hasta el exceso

por fin la creación del mundo ha llegado a término

por fin el pueblo escogido sabe para qué

por fin se cumplió ya su éxodo interminable

por fin se dilucidó el misterio de la ciudad de Jerusalén

por fin el sacerdote y la víctima se identifican sobre la cruz

por fin la Salvación desciende como un sueño sobre el Vaticano

por fin se puede escribir la suma teológica

por fin el leñador en lo profundo del bosque es un leñador

el hombre por fin el hombre sobrepasa infinitamente al hombre

por fin es santo santo y santo el trabajo humano

por fin pueden brotarle a Dios ya todos los oficios de su corazón

el sentido del dolor por fin se ha revelado al mundo en su inmensidad

por fin es un misterio la cuna del recién nacido

por fin el hombre y la mujer que yacen son un misterio sobrenatural

por fin los siete sacramentos inician su carrera loca hacia el paraíso

por fin las vidas de santos se han desatado

y se preparan a invadir el mundo con sus historias

todo está consumado gritó el Mesías cuando en su lengua

el vinagre cumplió la última de sus profecías

el cielo por fin ha sido consumado en su luz inmóvil

y desciende como un sueño sobre la tierra.

Siendo tan grande el misterio y sus consecuencias, y siendo tan poeta Ibáñez Langlois no deja en ningún momento de usar todas las potencialidades del lenguaje y la literatura para acendrar su dicción. Aquí recurre a un tono borgiano para explicar una verdad de fe:

Un solo hombre sufrió la crucifixión

en aquellas tres cruces sobre el Gólgota

un solo hombre invadió el imperio romano

sufriendo innumerables bajas en la acción

un solo hombre defendió el imperio de las invasiones

y por todos los frentes caía muerto

a un solo hombre mató la peste negra por todo Europa

cuando ya ni enterrar se podía tantísimos cadáveres

un solo hombre murió en las siete cruzadas

que un solo hombre emprendió por amor a su santo sepulcro

a un solo hombre guillotinó la revolución francesa

uno solo sufrió el innumerable genocidio soviético

un solo hombre cayó fulminado por la primera guerra mundial

el mismo que cayó después bajo la segunda y bajo la tercera

el cuerpo místico de todo el dolor humano

tiene una sola cabeza coronada de espinas.

Otro acierto del libro: no sólo es orgánico porque sigue el relato de la Pasión, sino también lo es musicalmente, construido en un crescendo que se aproxima vibrante a la resurrección. Curiosamente en una escritura tan suelta, el verso no se le parte interiormente hasta la inminencia del gran suceso, desgarrándose entonces para dejar pasar más luz:

[…]

el mundo ya es una reliquia pero el cuerpo debe estar íntegro

porque dentro de unos segundos ese cuerpo

                                                                            oh Dios

cuatro segundos

                              tres

                                      oh Dios ese cuerpo oh

dos

        uno

              ese cuerpo oh Dios

                                                  ya

resucitó.

Si Ibáñez Langlois sabe aprovechar al máximo las aportaciones valiosas de la vanguardia, también sabe crear un himno de ritmo solemne cuando corresponde, como para evocar la derrota definitiva de la muerte. Quizá sea el poema que yo prefiero de todo el libro. De entre los que se han escrito sobre la muerte, ese tema eterno, pocos más potentes y comprensivos, más descarnados y más esperanzados:

Dónde ha quedado oh muerte tu victoria

eras la vencedora la total la reina

de la noche en el aire del olvido

eras la prostituta de las tinieblas

la sin sexo la del oscuro abismo

que devora lo mismo que parió

la lepra de sí misma la asquerosa

la coronada harpía del universo

la heredera legítima del pecado

y dónde ha quedado oh muerte tu victoria

vencida por Jesús eres la más hermosa

dominada por él eres la casi nada

la virgen del umbral la llena de luz

la que besa y se va por el infinito

eres la del relámpago la desnuda

la preñada del sol la que ilumina

y se muere de luz y desaparece

dónde ha quedado oh muerte tu victoria

Cristo resplandeciente aniquiló

golpeó tu vieja cara de carroña

arrastró por el polvo tus cabellos

mírate en el espejo oh dominada

ahora que te has vuelto casi transparente

tu reino ya no existe eres la sombra

del sol sobre ti misma oh casi nada

oh virgen del umbral llena de luz.

Lecciones de Lee Kuan Yew

El poder económico e industrial se desplaza hacia el Pacífico: Japón, Corea del Sur, Singapur, Taiwán, Vietnam; y, sobre todo, los dos viejos imperios orientales: la India y China. La textura cultural de Asia forma parte del mito: geografías lejanas y opacas para los occidentales, idiomas y hábitos incomprensibles a nuestra mirada, disciplina extrema, rigor moral confuciano o politeísmo informe en la religión hindú. Su veloz adaptación a la modernidad – eficiencia tecnológica, calidad educativa, dinamismo comercial – no ha dejado de constituir una sorpresa para el europeo medio que vive de espaldas a la globalización. Mientras la UE continúa inmersa en un proceso de consolidación supranacional, Washington dirige sus sensores hacia el Este. Las prioridades cambian. Ya nadie duda de que China se convertirá, al cabo de unas décadas en el gran poder geoestratégico del Pacífico. Marchamos hacia un espacio bipolar, de equilibrio renovado.

¿Cómo interpretar el futuro? ¿Cómo analizar la partida de ajedrez que se ha iniciado entre Occidente y Oriente? Kissinger ha hablado con frecuencia del sabio dirigente singapurense Lee Kuan Yew, recién fallecido, como punto de referencia hermenéutico. Nacido en 1923 de una familia de origen chino, Kuan Yew se formó en Inglaterra todavía durante la época de la colonización británica. Vivió la Guerra Mundial y la ocupación japonesa; más tarde lideró a su país en su camino a la independencia y, lo que resulta más importante, en el tránsito del Tercer Mundo al primero. Caso peculiar, Lee Kuan Yew dirigió Singapur con mano de hierro durante cuarenta años, forjando el carácter de una de las naciones más competitivas del orbe. ¿Cómo? Centrándose en la educación – su país es líder mundial en Matemáticas -, la meritocracia, el I+D, la estabilidad política, el esfuerzo empresarial y las facilidades comerciales.

Para repartir – en forma de bienestar-, primero hay que lograr ser eficaces en un contexto planetario de gran dificultad, ha repetido en innumerables ocasiones sin apelar nunca al victimismo colonial. Así, en una entrevista concedida a los medios internacionales en 1996, declaraba: “Visité Hungría y me sorprendió la diferencia entre los húngaros y los chinos. Los húngaros y los chinos han tenido en común un desastre similar, un gobierno comunista durante 40 o 50 años. Hungría está junto a Austria y la provincia de Fujian está enfrente de Taiwán. Los húngaros imploran: «América, Europa, por favor, ¡ayúdennos con un Plan Marshall!». Quieren que alguien los saque del agujero para acortar distancias con Austria. En Fujian no se lamentan diciendo: «¡Ayudadnos, hermanos taiwaneses!». Lo que dicen es: «Por favor, vengan a hacer negocios con nosotros. Trabajemos juntos». La actitud supone una diferencia enorme en sus resultados económicos. Cuando la actitud mental de la gente es positiva, los resultados son inconfundibles.” Algo de esto sucede entre Occidente y Oriente.

Desde la óptica europea, a Lee Kuan Yew se lo ha acusado repetidamente de autoritarismo. Él se ha defendido aludiendo a la diversidad cultural, una brecha que no se salva con análisis superficiales. Abrirse al mundo ha sido otra de sus obsesiones, hasta el punto de que a día de hoy el inglés es el idioma curricular de preferencia en Singapur y, sólo después – una vez dominado -, se estudia la lengua materna. En un viaje de ida y vuelta, California ha adoptado la metodología singapurense para la enseñanza de las matemáticas.

Inmersos en el siglo XXI, el pensamiento de Lee Kuan Yew clarifica zonas problemáticas. Por un lado, el crecimiento económico apegado a la virtud social. No se da un desarrollo sostenible sin una textura cultural que lo nutra: esfuerzo, trabajo, honestidad, ahorro, creatividad, innovación, comercio… Por otro, su indudable conocimiento de China nos permite vislumbrar la profundidad del movimiento tectónico que está teniendo lugar: China llamada a convertirse en superpotencia, al lado de los EE.UU. ¿Surgirá una nueva guerra fría? Probablemente no. Su motto incide en la necesidad de colaborar intensamente, esto es, prosiguiendo la senda de la globalización frente a la tentación del proteccionismo. No parece una mala elección. Desconocido en España, leer sus memorias – o cualquiera de sus libros de entrevistas – debería ser una obligación.

 

 

La Cádiz de 1812

La Constitución de 1812, el resultado de unas cortes abiertas dos años antes, fue el principal punto de partida de nuestra enmarañada contemporaneidad. Los ideales liberales e ilustrados que finalmente triunfaron en su extenso articulado proyectaban dejar atrás el Antiguo Régimen y asentar las bases de la futura modernización del país. Era mucho más de lo que podía esperar una sociedad anclada en la tradición y era una respuesta a la constitución napoleónica de Bayona, que ya había nacido herida de muerte, pese a mezclar referencias tradicionales con reformas muy moderadas. La libertad y la igualdad entre ciudadanos – con sus límites en relación a la esclavitud de las colonias o las mujeres- eran su fundamento, aunque paradójicamente los serviles (los defensores del absolutismo) fueron el grupo mayoritario en aquellas cortes extraordinarias, donde «se ve por la primera vez el pueblo español representado en toda su integridad, y árbitro absoluto de sus destinos». Aunque apenas estuvo vigente cinco años – en tres etapas: primero hasta la llegada de Fernando VII, posteriormente a lo largo del Trienio Liberal y durante un breve período progresista antes de la constitución de 1837-, su importancia en la evolución política española es indiscutible. Entre la ruptura y la continuidad, fue el modelo básico utilizado por todas las constituciones decimonónicas españolas y por las nuevas repúblicas hispanoamericanas. La constitución de Cádiz traspasó fronteras y se convirtió en un referente en el extranjero.

Hablar de la Pepa es hacerlo también de un nombre propio: Cádiz. Una ciudad para la historia en un país cercado, cuyo día a día fue reconstruido con trazos vívidos por el novelista e historiador gaditano Ramón Solís (1923-1978) hace más de medio siglo en su imprescindible El Cádiz de las Cortes. La vida en la ciudad en los años de 1810 a 1813 (hay una edición reciente en Sílex). No podemos perder la oportunidad de acercarnos a aquella población y sus moradores. Edmundo de Amicis la consideró «la ciudad más blanca del mundo», sin parangón en el sur de la península, donde se podía confundir el sueño con la realidad. A esos tonos lechosos vislumbrados por el italiano, Théophile Gautier añadió un azul vivo, solamente comparable con el turquesa o el zafiro. Y es que, como recordaba Alcalá Galiano, en la ciudad no se acumulaba la basura en los zaguanes, como en otras ciudades europeas. Cádiz fue en aquel tiempo una privilegiada isla política dentro de una península ocupada por las tropas napoleónicas, conformada por seis parroquias y diecisiete barrios, con calzadas adoquinadas. Pero las condiciones de vida de los gaditanos de la época no fueron nada fáciles. Aunque se hacían sentir los ataques franceses, los gaditanos respondían con burlas a las bombas para atenuar el temor a la derrota: «váyanse los franceses/ en hora mala, /que Cádiz no se rinde,/ ni sus murallas./ Con las bombas que tiran/ los fanfarrones,/ hacen las gaditanas/ tirabuzones». Asimismo, Cádiz se vio azotada en dos ocasiones por epidemias que diezmaron a su población. Las autoridades trataron de ocultarlas, sin éxito, para que no afectase a la moral de una ciudad sitiada y superpoblada. De hecho, el ecuatoriano Mexía Lequerica aseguró en las cortes que no había peligro de contagio días antes de morir por los efectos de fiebre amarilla que padecía.

La calle era el espacio de sociabilidad primordial, donde se confundía lo público y lo privado, lo local y lo nacional. Allí se relacionaron políticos y militares (algunos de ellos también ingleses), religiosos y aristócratas, gacetilleros y literatos, contrabandistas y comerciantes, o ladrones truhanes y espías franceses, que se confundían entre la gente común, conformada por barberos, aguadores, médicos… El centro real de la ciudad era la bulliciosa plaza de San Juan de Dios, con sus fondas y tiendas, donde se encontraba el ayuntamiento y el mercado. En aquella plaza se comerciaba con cualquiera de los múltiples productos que llegaban a la villa, por lo que la presencia de las tripulaciones marineras era constante con sus semblantes cansados y ásperos. La calle Nueva, que desembocaba en esta plaza, era el eje comercial de esta ciudad abierta, donde la ética del trabajo se transformaba en la preciada insignia. No era extraño escuchar los más variopintos idiomas en su entorno, mientras el español se hacía más minoritario. Mientras esta zona de Cádiz comerciaba, otra se dedicaba a la política. En la calle Ancha se encontraba lo más granado de la ciudad en corrillos o, dentro de los cafés, en tertulias animadas donde se discutía y hablaba sin impedimento alguno. En muchas ocasiones no había distinciones importantes de sexo o edad en ellas, porque todo el mundo quería participar de esta costumbre. Con todo, hubo otros lugares donde la gente se encontraba para conversar, pero también para disfrutar de un rato de ocio, como el teatro, las corridas de toros (aunque, en ocasiones, se lanzaban ataques encarnizados en las páginas de la prensa), los bailes y conciertos, o los timbas clandestinas.

Pero el escenario principal de las discusiones fueron las cortes. El público asistente jaleaba o protestaba con pasión los discursos de los diferentes oradores, que se dividían en tres grupos: los absolutistas, los liberales y los americanos. Los estilos eran muy diversos, desde los más agudos hasta los más tediosos, pasando por aquellos que se hacían eco de los chistes más populares en las calles de Cádiz. Pero, por encima de cualquiera de ellos, destacaba Agustín de Argüelles al que se le apodó  el «Divino» por sus capacidades y su elocuencia. En paralelo, la ciudad siguió debatiendo en libertad a través de los múltiples periódicos que originó la llegada de los diputados (aparecen cabeceras como Conciso, Censor General, Diario Mercantil, Diario de la Tarde, Redactor General o Semanario Patriótico) o los polémicos folletos editados al hilo de las frecuentes disputas ideológicas. Manuel José Quintana lo evidenciaba en el Semanario Patriótico: «si alguno hubiera dicho a principios de octubre pasado que antes de un año tendríamos la libertad de escribir sobre reformas del gobierno, planes de Constitución, examen y reducción del poder (…), hubiera sido tenido por un hombre falto de seso». Eso sí, también hubo quien pasó a las manos por cuestiones políticas, como el representativo apaleamiento del coronel Osma al vizcaíno Lorenzo Calvo de Rozas inmortalizado por el burlesco folleto Apología de los palos.

En el oratorio de San Felipe Neri, donde se desarrollaron más de mil sesiones, se construyó un nuevo orden institucional. Alabada y discutida, la Constitución de 1812 fue considerada un emblema de su tiempo, que terminaría alimentando un atractivo mito político. El sitio de la ciudad convirtió a las cortes en un ámbito privilegiado donde se debatieron muchas de las discusiones sin solución de la época, pero sin poder contrastar las decisiones con el sentir de aquellos a los que se suponía que representaban. Era evidente que algunas de sus disposiciones eran impracticables y una constitución, pese a sus potentes ideales, no podía solventar los graves problemas estructurales de un país lastrado por la guerra y la decadencia monárquica. La auténtica revolución constitucional de la que somos herederos solamente llegaría en 1868. Sin embargo, aquellos diputados marcaron la agenda política del siglo XIX español, aunque Fernando VII disolvió sin problemas las cortes y anuló la constitución nada más salir del castillo de Valençay donde había estado confinado. Su influjo durante las sucesivas décadas no fue ningún espejismo, pese a que tuvo un escaso respaldo popular. El principal legado de Cádiz fue la estimulación de un firme interés modernizador, en el que convivía la tradición y la modernidad, y la eclosión por vez primera de un sujeto político llamado nación española. Y no es poco.

Arias Maldonado: ‹‹En Andalucía tiene menos fuerza el cambio que el miedo al cambio››

 


-Si el PSOE vuelve a gobernar, tal vez llegue a estar al mando –si no me equivoco- treinta y siete años seguidos. ¿El socialismo andaluz es el verdadero hecho diferencial de su tierra, convertido ya casi en un estilo de vida? ¿Votar PSOE es la manera andaluza de ser conservador? Bromas aparte, ¿qué ha desincentivado el deseo de cambio que suele manifestar toda sociedad?

Sin duda, la continuidad del PSOE en el poder en Andalucía constituye un hecho diferencial dentro del sistema de poder español, aunque no es un caso único en el contexto europeo: recordemos que la CSU lleva más de cincuenta años gobernando Baviera. Claro que Baviera es la región más rica del país más rico de Europa, y Andalucía la región más pobre de España. Por esa razón, con ser cierto que el voto al PSOE en Andalucía sólo puede interpretarse -programas y proclamas aparte- como un acto conservador, no se ve bien, en principio, qué habría que conservar, dado que Andalucía se encuentra a la cola de todas las estadísticas imaginables. Por esa razón, hay que preguntarse las razones por las cuales el deseo de cambio, entendido a la vez como deseo de mejoramiento y como deseo de renovación simbólica, no ha prendido de Andalucía o lo ha hecho en una medida insuficiente para provocar un relevo político en el poder regional. Y, siendo cierto que hay una parte de voto cautivo por razones puramente clientelares, hay que acudir a otros factores para que salgan las cuentas. El principal sólo puede ser de orden psicológico: el miedo a que las cosas cambien. O sea, que cambien a peor. Aquí, a su vez, identificaría dos explicaciones. Una, que el marco que identifica a «la derecha» como el mal absoluto, o como un serio peligro para el bienestarismo, funciona en Andalucía con singular eficacia. Dos, que el andaluz vive bien, o cree vivir bien, y no ve razones para moverse en la dirección de una sociedad más competitiva, o seria, o exigente. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Y a este respecto, nada más dañino que la «calidad de vida» que el andaluz cree disfrutar, cuyos componentes esenciales serían el buen tiempo, la vida social y las comodidades (presuntas) derivadas de la cercanía de la familia extensa. Parafraseando a Lenin, cambio, ¿para qué?

-Las encuestas indican que el auge de Podemos no ha llegado con igual fuerza a Andalucía. ¿A qué se debe? ¿El PSOE ya hace su función? ¿No llega Podemos, experimento urbanita y profesoral, a las grandes bolsas de voto rural?

Podemos es capaz de ganar votantes de IU, propios de la tradición jornalera, pero ahí acaba su aventura en el mundo rural; la mayor parte de sus votantes provienen de las ciudades y dos son los grupos de donde provienen: intelectuales de izquierda urbana y votantes nuevos, jóvenes que de otro modo se habrían abstenido. La dificultad para dañar de manera sustancial al PSOE, como sugieres, se debe a que su populismo no puede competir con el populismo del propio PSOE, que durante el mandato de Susana Díaz ha adquirido tintes peronistas que sorprenderían al propio Ernesto Laclau.

-El PP, según todos los vaticinios, tenía que haber ganado –de hecho, ganó, pero sin mayoría de gobierno- en 2012. Era su momento. ¿Qué resortes se activaron entonces para evitar una victoria que parecía cantada? Y, más allá, ¿qué error de fondo ha provocado que el PP tope una y otra vez con la misma frustración en Andalucía? ¿Error de personas? ¿Indefinición de un mensaje que se quiere conservadurismo compasivo pero se lee como sacudida neoliberal? ¿En qué se han deslegitimado sus ideas para que cobre tanto auge Ciudadanos?

Si el PP no ganó en 2012, se debió a la fragilidad de una parte de su voto previsto, que se vino abajo cuando -tras la astuta maniobra del PSOE de celebrar las elecciones, por una vez, después de las generales- la ilusión de todos los españoles de que el acceso del PP al poder daría lugar a una superación mágica e indolora de la crisis dio paso a la realidad de que una crisis sólo puede afrontarse mediante la adopción de medidas impopulares (algo parecido sucede en Francia una y otra vez), lo que retrajo a una parte de los votantes que se decían dispuestos a votar al PP. Eran votos prestados contra Zapatero, no votos contra el PSOE andaluz. Dicho esto, el PP no sabe qué decir en Andalucía para convencer a un número suficiente de sus ciudadanos de que el cambio político sería beneficioso. Hay, al fin y al cabo, muchas Andalucías: la litoral y la interior, la oriental y la occidental, la urbana y la rural, la avejentada y la joven. ¿Qué decir, a quién? Una tentación es desarrollar un proyecto intelectual firme, caiga quien caiga; pero ni siquiera eso sería garantía de ninguna clase, porque parece demostrado que hace falta un líder carismático y conocido o capaz de darse a conocer, siendo por otro lado las características de ese líder hipotético capacitado para la victoria completamente desconocidas. No bastan la sociología ni el márketing electoral; se hace necesario echar mano de un psicólogo. Pese a ello, como he sugerido antes, si la idea del cambio, resorte poderosísimo en la retórica política, no funciona en Andalucía, sólo puede ser porque tiene más fuerza el miedo al cambio, que es el único resorte más poderoso que el anterior.

-Andalucía, siempre con la tan mencionada vocación de ser la California de Europa, fue clave en la configuración de nuestro Estado autonómico. Tras numerosas transferencias de renta, tanto de Europa como del Estado central, parece claro que algún postulado no ha funcionado como se pensaba, toda vez que la brecha no se ha reducido. ¿Hay algo de “excepción andaluza” en esto, o bien es un simple espejo privilegiado de nuestros males?

Yo veo lo andaluz como una intensificación de lo español, no como algo separado del resto del país por una invisible barrera antropológica. En ese sentido, Andalucía es un espejo aumentado de los males nacionales – un espejo, añadiría, muy conveniente para la creación de sentimientos de superioridad por parte de otras comunidades, que gustan de pintar Andalucía, a la manera de viajeros románticos del XIX, como un parque temático del subdesarrollo y el pintoresquismo. Algo de eso hay, pero hace unos días escuché un quinteto de viento de Schönberg y nadie dejó la sala antes de tiempo. Por otro lado, el PP gobernó Galicia durante décadas y la alternancia socialista duró apenas una legislatura, de manera que tampoco hay que exagerar el valor de la alternancia per se, si no es consecuencia de un cambio de hábitos y preferencias sociales sino el resultado temporal de la mera suspensión de los hábitos y preferencias habituales. De alguna manera, la facilidad hipotética con la que una democracia hace posible el cambio político nos lleva a sobrestimar, una y otra vez, la medida en que ese cambio político reflejaría un más amplio cambio social.

Armando Pego Puigbó, XXI Güelfos

XXI Güelfos. Armando Pego Puigbó. Editorial Vitela Gestión Cultural. 2014. 136 págs.

Existen dudas fundadas de que el libro aquí reseñado en realidad haya sido siquiera escrito. Las razones generales que abogan a favor de tal hipótesis no radican en la procedencia de sus capítulos, publicados originalmente en un blog dantesco ad litteram (www.guidocavalcanti.blogspot.com.es), sino en tres hechos muy amplios y a la vez muy elementales: que la parte escrita de la obra de cualquier autor humano, por rica que sea —tanto en cantidad como en calidad—, siempre es más escasa que su obra no escrita; que lo anterior sigue siendo verdad por extensa e intensa que sea la obra escrita de un autor humano; y que la mayor riqueza cualitativa —ciñéndonos ahora solo a esta dimensión— de la obra no escrita de un autor constituye un fenómeno meramente relativo. Esto es: que la obra no escrita de un autor siempre es más rica que la escrita, en todos los casos, pero siempre y únicamente en relación a la obra escrita de esa persona, y no en términos absolutos. Pues aunque siempre ocurre que la creciente extensión de la obra escrita de un autor es debida a la mayor riqueza de su obra no escrita, no siempre tal cosa es, sin embargo, claro indicio de la riqueza intrínseca de su creación. Y por ello no resulta infrecuente que la mera cantidad de publicaciones de un autor en realidad no pruebe sino su indigencia en comparación con la de otros. O que la obra brevísima de uno sea inconmensurablemente más valiosa que la casi infinita de otro. A veces hasta ocurre que el mejor libro de un buen autor es el que nunca escribió. Los casos sorprendentes o paradójicos que los hechos mentados propician son innumerables. Uno de los más llamativos, y por eso nos detenemos en él, es que, en ciertas extrañas ocasiones, incluso sucede que un libro escrito en realidad forma parte de la obra no escrita de su autor.

En nuestra opinión —ya lo hemos dicho—, el libro de Armando Pego Puigbó aquí presentado es precisamente una de tales obras no escritas. Y lo es, a su vez, por tres motivos fundamentales que lo sitúan en los antípodas de la presunta excelencia que tanto obsesiona a la actual burocracia académica: porque está bien escrito, porque es reaccionario «a su pesar» y porque, incluso a su pesar, es verdadero. Tratemos brevemente, y no de forma sucesiva sino en su interconexión, estos tres aspectos.

El libro de Pego que ahora glosamos es de aquellos cuyo riesgo más hondo —al que no dudan en precipitarse— radica en el hecho de estar bien escritos. La simple capacidad (o, peor, la facilidad) para los enlaces sintácticos no solo correctos sino creativos, así como para un vocabulario chispeante y avasalladoramente superior a la media, denuncia de inmediato la existencia de una fe lingüística y gramatical incompatible con la no existencia de Dios postulada por nuestro tiempo. ¿Quién se atrevería hoy, ciertamente, a declarar escrito un libro bien escrito? Naturalmente, un reaccionario, aunque tenga que ser a su pesar…

Pero el riesgo de escribir bien un libro condenándolo, así, a permanecer no escrito, radica igualmente en una segunda cuestión de parejo alcance general: pocos parecen contemplar hoy la posibilidad de que el énfasis puesto en el componente retórico y literario de una obra no signifique inmediatamente la evaporación de cualquier pretensión veritativa. ¿O acaso no ocurre que la atención centrada en los modos del hablar y del escribir desafían per se, en nuestra era postnietzscheana, la noción misma de una adequatio rei et intellectus? Si el libro está bien escrito y es, por tanto, bello, tal cosa significa, para la opinión imperante, que se instala en la quiebra del verum y el pulchrum. El surgimiento de la más mínima duda con respecto a lo absoluto de la mentada fractura implica, por supuesto, la ineludible expulsión de lo escrito a las tinieblas de lo no escrito. A su pesar, un libro que sobrelleva la sentencia que le impone no poder ser verdadero más que siendo reaccionario: la conciencia de tal condición atraviesa no solo los contenidos del libro de Pego, sino también y sobre todo su forma, y esto tanto pasiva como activamente —y de ahí que el riesgo del escrito acabe siendo grandioso—. Un libro que solo puede ser redondo tomando la figura de un estallido: el de la dinamita que la falsedad insertó en la redondez de la verdad y que esta —la propia verdad— no dudó en prender por mor de sí misma…

El libro que reseñamos, en efecto, aspira a superar en su propio desarrollo fragmentario —a través de espléndidos paradigmas literarios, musicales, filosóficos, teológicos…— el claroscuro de una neoescolástica del pseudodiscurso posmoderno, aspiración tanto más grave (en el sentido físico-etimológico del término) cuanto que no solo no desconoce, sino que se asienta en los terrores de la universal carencia de sentido del sentido transparente hoy dominante, proponiendo un paso más allá del mismo que en realidad se vuelve hacia arriba y hacia atrás

En pocas palabras, y como obra de un laico que se reivindica en cuanto tal contra toda especie de clericalismo eclesiástico y antieclesiástico, el libro solo logra inscribirse en el tiempo, que no escribirse, evocando la hoy cada vez más ininteligible experiencia monástica de la palabra y de lo eterno. Si se quiere comprender el contexto del texto, pues, nada más necesario que releer el clásico de Dom Jean Leclercq, El amor a las letras y el deseo de Dios, al que el propio Pego dedica uno de los capítulos de su Paraíso. En el título de la introducción de este extemporáneo imprescindible (Gramática y escatología —el mismo que el del capítulo de Pego dedicado a rememorarlo litúrgicamente), el lector encuentra el subtítulo real —por supuesto, ausente— del libro reseñado: la clave más determinante de su tan intempestivo como inevitable carácter no escrito.

Alguien dijo unas décadas atrás que «hay cristianos que consiguen hacer tan invisible su cristianismo que en el mundo solo pueden percibirse paganismo e idolatría». No es este, sin duda, el caso de Armando Pego Puigbó y sus XXI Güelfos.

Carlos Llinàs