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Ver productosEn nuestra era electrónica, si queremos leer a santa Teresa no nos tenemos que preocupar de si están en la biblioteca doméstica los tres volúmenes clásicos de las obras completas, editadas en la BAC por el padre Efrén de la Madre de Dios, ya que a un golpe de tecla accedemos ahora en la pantalla a estas obras completas, en edición del padre Efrén y Otger Steggink (2012) o la edición crítica de Tomás Álvarez en la Editorial del Monte Carmelo, por ejemplo.
Libro de la Vida, Camino de perfección, Castillo interior o las moradas, Las fundaciones, Conceptos de Amor de Dios, Exclamaciones del Alma a Dios, Constituciones, Modos de visitar conventos, Poesías, escritos menores y cartas ahí están. Y si queremos una edición netamente literaria, podemos acudir al volumen I de Místicos del siglo XVI, preparado por Francisco Javier Díez de Revenga para la Biblioteca Castro.

Da qué pensar especialmente las muchas reediciones del Libro de la Vida realizadas en el último año, sin duda al calor del centenario. Hoy, además del mencionado padre Efrén de la Madre de Dios, que lo publicó en la BAC en 1974 y la edición de Dámaso Chicharro (Madrid, Cátedra, «Letras Hispánicas», 1979) y la mencionada de la Biblioteca Castro, está la de José López Navarro (Madrid, Rialp, «Patmos», 2014), la de Fidel Sebastián (Barcelona, RAE, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2014) o la de Elisenda Lobato (Barcelona, Lumen, 2015), por ejemplo.
La edición de Rialp divide la Vida en dos tomitos, los capítulos de la «vida externa» forman el primer volumen; los que constituyen un tratado de oración, inextricablemente unidos en el original a los de su experiencia vital, forman el segundo.
No deja de ser sorprendente que una «cuenta de conciencia», pedida por el confesor, llegue a convertirse en literatura
En todo caso, la proliferación de ediciones y la variedad de editoriales sugieren un público que acude al encuentro del Libro de la Vida (1ª edición sin capítulos, de 1562, edición de Fray Luis de León, 1588. Imprenta de Guillermo Foquel) en busca de una lectura «literaria» y no deja de ser sorprendente que una «cuenta de conciencia», pedida por el confesor, llegue a convertirse en literatura. Y lo que decimos de este libro, podríamos hablarlo igualmente del Libro de las fundaciones (texto elaborado por indicación del padre Ripalda en 1573) o de Las moradas, comenzado en junio de 1577 por encargo del padre Gracián.
¿Es literaria la obra escrita de santa Teresa? ¿Pero qué significa literatura?
Terminológicamente hablando, literatura, con el perfil que hoy damos por supuesto en sus variadas acepciones, es un término que solo tiene una vigencia de dos siglos, el XIX y el XX, pero que todavía no existía como tal en el siglo XVIII y que se está viendo hostigado en sus fronteras en estos comienzos del siglo XXI.
En el siglo XVIII se hablaba de «poesía» con el término aristotélico que significa creación o recreación: «a la recreación hecha con palabras le ocurría —según Aristóteles— que no tenía en su tiempo un nombre particular» y, así, sin nombre particular fue sobreviviendo siglo a siglo el hecho y la disciplina que lo estudiaba (Poética: «Sobre la creación»).
La difusión de la Galaxia Gutenberg, que había propiciado la proliferación del libro y el surgimiento del periodismo, propicia también que nos fijemos en el carácter de escrito que tiene ahora el soporte de toda creación hecha con palabras y que la denominemos así por metonimia.
Nadie pensará, no obstante, que el hecho humano que está detrás de la literatura es igualmente temporal y perecedero. No, pero que haya personas a las que les gusta crear historias o transmitir sentimientos y que haya otras a las que nos gusta que nos cuenten esas historias o nos transmitan esos sentimientos es algo que pertenece a lo eterno del ser humano y salta de cultura en cultura. Por eso, por ejemplo, podemos emplear sin inmutarnos el oxímoron «literatura oral» y podemos haber convertido en «literatura», ya en los siglos XIX y XX, toda la «poesía», desde la Ilíada hasta nuestros días.
Pero la creación literaria de contar historias y transmitir pensamientos se concreta a partir de aquí en un específico modo de comunicación: comienza en un autor o autora (no en uno cualquiera), codifica un mensaje especialmente elaborado para este fin, necesita ser reconocido como tal por el lector. Y el caso es que santa Teresa no se reconocía «autora».
Yo no creo que santa Teresa se engañara a sí misma sin querer. Ocurre, en cambio, que la riqueza de su personalidad, la viveza de su natural lenguaje, el interés que despierta un ser humano tan auténtico convierte en literatura («semiotiza» como literatura) lo que quien escribe nunca pretendió que lo fuera. En casos excepcionales, los lectores acaban por admitir como autor a quien nunca quiso serlo y la falta de elaboración, la sencillez y naturalidad del estilo se aceptan como «estilo» peculiar (un grado cero) que cautiva por estar a tono con lo que se dice y con quien dice. No es cosa frecuente, pero santa Teresa no es caso único, aunque sí singular.
Pero ¿es posible considerar literatura un tratado de oración?
Depende. Pedro Sainz Rodríguez inventarió más de cuatrocientas obras españolas desde la Edad Media hasta el siglo XVIII que clasificó como literatura ascética o mística en virtud de rasgos que corresponden a una sistematización externa de teología espiritual en la que cabría incluir temáticamente estos textos. Se trata de obras que cuentan las experiencias espirituales de sus autores o instruyen sobre el cultivo de la vida del espíritu.
Como en el caso de La Vida de santa Teresa de Jesús, por la calidad de su contenido o por la amenidad de su forma, nos encontramos con un conjunto que cabe inventariar como género literario, aparte de que formalmente se pueden incluir muchas veces en los apartados de colección de máximas, autobiografía, poesía lírica o relato.
Es de notar que nadie ha continuado el inventario de estas obras a partir del siglo XVIII. En parte se debe a que empezaron a proliferar textos más bien teológicos que religiosos, o sea, más directamente relacionados con el género expositivo del tratado filosófico que con el género literario. Ocurre también, sin duda, que la crítica literaria de la época moderna ha prestado menos atención a esta clase de escritos, por lo que se puede aventurar sin temor a equivocarnos que existen muchísimos textos de este tipo sin investigar literariamente, aun poseyendo la misma o mayor categoría estética que los registrados por Sainz Rodríguez.
La obra de santa Teresa enlaza con unas fuentes que se alojan sin duda también en el canon literario: en primer lugar, las Confesiones de san Agustín (leída por Teresa en la edición salmantina de 1554), origen del género autobiografía e inspiración explícita de la Vida. Además de fray Bernardino de Laredo (1482-1540), Subida al Monte Sión (1535); fray Francisco de Osuna (1497-1540), Tercer Abecedario Espiritual (1525-1527); san Juan de Ávila (1500-1569), Audi, filia (1556); san Alonso de Orozco (1500-1591), Epistolario cristiano (1567).
Y esa línea de fuentes se continúa en la serie en que la «fuente» es la obra de Teresa: así, la biografía novelada de Marcelle Auclair (1899-1983), La vie de Sainte Thérèse d’Avila. La dame errante de Dieu (París, Seuil, 1950), cuya 17ª edición española ha sacado la editorial Palabra en 2014, y otros muchos libros literarios bien recientes, editados o reeditados al calor del centenario.
Recordemos el diálogo dramático de Juan Mayorga, «La lengua en pedazos», estrenada en 2011 y la novela de Jesús Sánchez Adalid, «Y de repente, Teresa» (Ediciones B)
Recordemos ahora el diálogo dramático de Juan Mayorga, La lengua en pedazos, estrenada en 2011 y representada después en el teatro Fernán Gómez de Madrid; la novela de Jesús Sánchez Adalid, Y de repente, Teresa (Madrid, Ediciones B, 2014); la reedición de Teresa de Jesús, Una mujer extraordinaria, de Cathleen Medwick, con prólogo de Pablo d’Ors (Madrid, Maeva, 2002, 2014); la obra de Espido Freire, Para vos nací. Un mes con Teresa de Jesús (Barcelona, Ariel, 2015), o el estudio de Clara Janés en Santa Teresa de Jesús. Poesía y pensamiento. Antología (Madrid, Alianza, 2015) y, por fin para esta relación, Malas palabras de Cristina Morales (Barcelona, Lumen, 2015); por no hablar de impactos más o menos indirectos como los reconocidos en Thomas Hardy, Tess la de los d’Urberville, 1871 (Madrid, Alianza, 2015), el prólogo de George Eliot a Middlemarch, y así sucesivamente: Truman Capote, Plegarias atendidas, Simone de Beauvoir, El segundo sexo, Edith Stein.
El Libro de la Vida será, como es, una cuenta de conciencia, un tratado de oración o lo que se quiera, pero nadie duda de que también es una obra imprescindible del canon literario en español.
En todo caso, ¿destinado a desaparecer con el resto de la literatura?
Algunos agoreros vienen diciendo en las últimas décadas que la literatura desaparecerá acosada por el fenómeno cíber. Cuando se empezó a difundir el vídeo doméstico, también hubo quien anunció la desaparición del cine, lo que evidentemente no ha llegado a ocurrir. Es cierto que el número de espectadores ha decrecido de modo notable, pero también lo es que se ha recategorizado el hecho de salir a ver una película. Una cosa es tumbarse en el sofá al final de la jornada y contemplar en duermevela la película que ponen en el televisor y otra es salir a la calle a cumplir una actividad, normalmente integrada en un plan más amplio, en la que nuestra actitud de espectador será más voluntaria y más activa. La incidencia de la tecnología ha diversificado las opciones, pero la del «cine» de antes sigue ahí, minoritaria, pero con más entidad.
Ya a lo largo del siglo XX, el desarrollo de los medios audiovisuales planteó un radical interrogante a la literatura, el cual se ha visto incrementado de manera notable a finales de siglo XX y principios del XXI por la revolucionaria incidencia de las nuevas tecnologías.
En septiembre de 2003 dictaba yo un curso en la Universidad de Puerto Rico y vinieron a invitarme a pronunciar una conferencia en un ateneo. «Se trata de un público no especializado —me dijeron—. Conviene que aborde un tema general». «¿Puedo hablar de cómo se comenta una novela?», inquirí yo. «Ah, quiere hablar de televisión. Está bien». Para mis interlocutores, el término «novela» sin más explicaciones significaba telenovela y sería, al contrario, la referencia al soporte libro la que estaría necesitada de explicitación.
El cine (el vídeo) y la televisión, en efecto, han sustituido muchas veces con ventaja la acción de leer un libro en que se nos cuenta una historia. Los niños de hoy consumen dibujos animados y películas desde su más tierna infancia. Para ellos, la antigua literatura oral de los cuentos narrados por su abuela dista mucho de ser lo único connatural.
Como se sabe, estos anuncios apocalípticos de desaparición de la literatura están frecuentemente basados en el hecho de que a medio o largo plazo la lectura digital ganará terreno en detrimento de la lectura del libro de papel y se impondrá casi con seguridad en las generaciones que habrán aprendido a vivir con una pantalla ante sus ojos al mismo tiempo que a caminar y a hablar. Pero está por demostrar que resulte letal para la literatura que se lea en tableta el texto de un clásico que la casa fabricante del artilugio electrónico regala junto con otros contenidos que constituyen el «paquete» promocional.
En los datos que en un reciente congreso organizado en 2013 por la Universidad Internacional de La Rioja adujo el profesor Zink, provenientes de una encuesta realizada a propósito del consumo de libros digitales en Francia, dos tercios de los lectores de tales libros declaran que no han cambiado sus hábitos de lectura y además creen que cuanto más libros digitales leen, más libros impresos consumen y el 58% piensa que su uso de libros electrónicos permanecerá estable.
El que alguien lea en su agenda electrónica un libro mientras viaje en el transporte público (yo mismo) no lo convierte en un nuevo tipo de lector, propiamente hablando. Claro que eso no tiene nada que ver con la nueva competencia surgida a la literatura y que se llama «ciberliteratura»: un nuevo paradigma que da lugar a la lectura que salta de icono en icono y que, realmente, no integrará la literatura, al revés de lo que la «literatura» hizo con la «poesía», ya que, en efecto, como he dicho, toda «poesía» se convirtió en «literatura» sin más. Supondrá más bien una nueva restricción de tiempo disponible para la lectura literaria que sumar a las mencionadas, provenientes de la radio, el cine, la televisión o el vídeo.
Termine como termine la competencia de que venimos hablando, no afectará de modo especial la vitalidad del libro teresiano
Pero termine como termine la competencia de que venimos hablando, no afectará de modo especial la vitalidad del libro teresiano. Y si hablamos de la pervivencia de su obra por otros canales de expresión, no solamente llama la atención su continuidad en la historia con las pinturas de Rubens o de Ribera, sino que la escultura de Bernini, Éxtasis de santa Teresa (1647), que se encuentra en la iglesia de Santa María de la Victoria (Roma), se replica hoy en las calles de Nápoles por obra del grafitero Banksy; Rey Loriga ofrece como guión, Teresa: cuerpo de Cristo; Jorie Graham habla de Breakdancing; y Sonic Youth presenta la canción Theresa’s sound world (1993). ¿Hay quién dé más?
En cuanto al cine y la televisión, desde la película Teresa de Jesús, dirigida por Juan de Orduña en 1961 (con excelente representación de Aurora Bautista y José Bódalo), hasta la memorable serie de Josefina Molina en TVE, donde Concha Velasco borda el papel de su vida a propósito de un texto en cuya asesoría colaboró eficazmente como especialista Víctor García de la Concha, la capacidad fílmica del relato teresiano está asegurada. Se espera una nueva próxima película.
Vigencia de la obra literaria teresiana
El Libro de la Vida y el resto de la obra literaria de santa Teresa se enfrenta en cada conmemoración con el peligro de todo clásico: las capas de barniz que se van añadiendo para abrillantarlo pueden terminar por desfigurarlo hasta el extremo. El historiador progresista afirmará que la preocupación por los «puntos de honra» tiene que ver con la condena que había sufrido su abuelo por criptojudío, el filólogo con ansias hermenéuticas descodificará la sencillez de su lenguaje (y hasta sus faltas de sintaxis) como una argucia para desligarse de este baldón, apareciendo como cristiana ignorante y no culta judaizante, el crítico deconstruccionista la señalará como feminista avant la lettre, atribuyéndole imposible carga irónica cuantas veces recela de sí misma por si lo que le pasa son «disbarates de mujeres».
Incluso el teólogo moderno afirmará como inspiración profética el descubrimiento de que «Dios está entre los pucheros», interpretándolo como una llamada a la santificación de lo secular y no, como es, una alabanza de la obediencia de la persona consagrada que, haciendo lo que le mande el superior, puede encontrarse con Dios, aunque no sea en el coro, hasta… en los pucheros. El discurso laicista bobalicón llegará, en fin, hasta afirmar que Teresa, antes muerta que sencilla, se adaptará a la vida religiosa y modales de santa, tratará con Dios y se enfrentará con el demonio, como procedimiento para «ser algo» en el siglo XVI en que tan fácil sería para una mujer como ella terminar como un don nadie, una mindundi, vaya.
En la triple intentio que se da cita en la comunicación literaria, la intentio auctoris, lo que quiso decir el autor, no debe ser sustituida por la intentio lectoris, lo que el lector tiene en su cabeza. Las discrepancias se dirimen en la intentio operis, lo que dice el texto en su contexto, su cotexto y su integridad. Las obras de santa Teresa deben ser leídas, como diría san Juan de la Cruz, «con sencillez de espíritu» y así, sí, se entenderán cabalmente.
En 1575 el padre Domingo Ibáñez escribió un dictamen, encargado por la Inquisición, sobre el Libro de la Vida. Y esto es lo que dijo: «Esta mujer, a lo que muestra su relación, aunque ella se engañase en algo, a lo menos no es engañadora: porque habla tan llanamente, bueno y malo, y con tanta gana de acertar, que no deja dudas de su buena intención. Y cuanta más razón hay de que semejantes espíritus sean examinados (por haber visto en nuestros tiempos gente burladora so color de virtud), tanto más conviene amparar a los que con el color parece tienen la verdad de la virtud, porque es cosa extraña lo que se huelga la gente floja y mundana de ver desautorizados a los que llevaban especie de virtud. Se quejaba Dios antiguamente por el profeta Ezequiel (c. 13) de los falsos profetas que a los justos apretaban y a los pecadores lisonjeaban».
Corrían, como casi siempre, tiempos procelosos. Y en la España de entonces no faltaba la fe en Dios, como ahora, pero sí sobraban «alumbrados» y falsos místicos. Existía la Inquisición que evitaba que se profiriera convicción alguna distinta de lo admitido, como hoy existe la nueva Inquisición (lo políticamente correcto) que condena a la muerte civil a quien se atreve a sustentar cualquier postura incompatible con la mentalidad dominante. Santa Teresa es una mujer del siglo XVI y no de hoy. Su lectura debe tener en cuenta esa obviedad.
Por ejemplo, santa Teresa no veía culebrones en televisión, pero leía novelas de caballerías. Y esto le influía, como se ve en las formas del tan citado comienzo del Libro de la Vida: «Pues mis hermanos ninguna cosa me desayudaban a servir a Dios. Tenía uno casi de mi edad (juntábamos entrambos a leer vidas de santos), que era el que yo más quería, aunque a todos tenía gran amor y ellos a mí. Como vía los martirios que por Dios las santas pasavan, parecíame compravan muy barato el ir a gozar de Dios y deseaba yo mucho morir ansí, no por amor que yo entendiese tenerle, sino por gozar tan en breve de los grandes bienes que leía haver en el cielo, y juntávame con este mi hermano a tratar qué medio habría para esto. Concertávamos irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos descabezasen» (Vida I, 35). Pero santa Teresa se arrepentía de esa pérdida de tiempo, lo que quizás ahora no ocurre con los espectadores del culebrón.
Su obra no se dirige solo a los lectores del XVI
La obra escrita de Teresa de Jesús figura con general aceptación en el canon literario del español. Su vigencia no deriva de que nos desvele a una inconformista de su tiempo ni a una feminista avant la lettre, sino de que nos sitúa ante un enorme ser humano auténtico que se compromete en el trato con Dios y con los demás seres humanos. Algo así tiene un valor público e infinito. Su obra no se dirige solo a los lectores del XVI ni a los de ahora. Teresa es una mujer para la eternidad.
«La singularidad es subversiva», decía Edmond Jabès. Recuerdo esas palabras cada vez que pienso en Teresa de Jesús. Nos han acostumbrado a verla como centinela de un cierto orden, pero basta abrir sus escritos y recordar el modo en que levantó sus fundaciones para reconocer en ella a una insurrecta.
Teresa, un cuerpo frágil y una voluntad férrea, es un personaje tan fascinante y complejo como el mundo en que vivió. La España del XVI fue rica en hombres y mujeres capaces de empresas que hoy nos producen vértigo. Mas en esa misma España se llamaba perro al converso, como lo era el abuelo de Teresa, y resultaba sospechosa una mujer que escribía —y más si escribía con la imaginación y la inteligencia de Teresa—.
Mujer contemplativa y mujer de acción, no hay en Teresa brecha entre la visionaria y la fundadora de monasterios. En Teresa la oración es acción, y cada acto es un modo de orar. Ambos están atravesados por el amor. Y ese amor hace de Teresa una subversiva que desestabiliza espíritus, pone en crisis instituciones y divide sociedades.
Teresa se nos aparece como personaje a contracorriente, intempestivo en su propio tiempo y en el nuestro. Por eso mismo es Teresa necesaria. Su interés —¿hace falta decirlo?— no depende de la creencia. Como Francisco Brines sobre Juan de la Cruz, pienso sobre Teresa que un ateo, aunque no crea en su mística, puede sentirse fascinado por el ser humano que se apoya en ella. Y puede y debe sentirse interpelado por ese ser humano —al fin siempre será menos importante lo que nosotros podamos decir sobre Teresa que lo que Teresa puede decir sobre nosotros—.
En todo caso, para dejarse arrastrar hacia Teresa es suficiente leerla y advertir lo mucho que le debe nuestra lengua y, por tanto, lo mucho que le adeuda nuestra experiencia del mundo. Solo nuestros mayores poetas han sometido a tan extrema tensión la lengua castellana, solo ellos han abierto para nosotros territorios como los que conquistó aquella mujer dueña de una palabra igual de poderosa cuando pinta las criaturas celestiales que cuando habla de las gentes.
Ganar para el teatro esa palabra y el personaje que la acuñó fue mi primer objetivo en La lengua en pedazos. Me propuse arraigar palabra y personaje en una situación ficticia pero verosímil en cuyo centro estuviese el grave gesto de la todavía monja de la Encarnación de abrir, con gran riesgo para sí y para las que la seguían, el monasterio de San José: la primera de sus fundaciones.
Entonces apareció, en mi fantasía, el Inquisidor. Que fue creciendo hasta convertirse en el otro de Teresa, su doble: aquel con quien ella estaba a destinada a encontrarse y a medirse. El Inquisidor acorrala a la monja con incómodas preguntas, la enfrenta a momentos de su vida que acaso ella querría olvidar y prende en su corazón la duda, que, como todo en Teresa, es un incendio. Y poco a poco en el diálogo entre ambos personajes va apareciendo un tercero: la lengua misma, que transforma vidas y hace y deshace mundos.
La pelea tiene lugar en la cocina del convento. Allí, entre pucheros, anda Dios.
Cocina del monasterio de San José, al atardecer. Teresa corta cebolla. Hasta que, al darse cuenta de que alguien ha entrado, se levanta en actitud de respeto. El recién llegado observa a Teresa y luego avanza estudiando el lugar. Mira los alimentos, entre los que encuentra libros. Toma uno, lo acaricia sin llegar a abrirlo, lo deja donde lo encontró.
Inquisidor.—«Entre pucheros anda Dios». Se os atribuye tan curiosa sentencia: «Entre pucheros anda Dios». Es justo que nos encontremos aquí, entre pucheros. Porque de él se trata. ¿Sabéis quién soy?
Teresa.—Sé quién sois.
Inquisidor.—Entonces también sabéis por qué estoy aquí.
Silencio.
Veintisiete años hace que tomasteis hábito. Durante lo más de ese tiempo, tuvisteis el amor de vuestras hermanas de la Encarnación. Nadie temía que vinieseis a ser causa de controversia. Mas de un tiempo acá, desafiando a vuestra madre priora, a vuestro confesor y al Provincial de vuestra orden, con otras que habéis arrastrado a vuestra parte, hacéis trato de fundar esta casa que llamáis monasterio de San José. Ya no os parece bastante buena la casa de la Encarnación, ya no os sirve para servir a Dios. Lo que habéis hecho divide a vuestras hermanas y causa escándalo a la ciudad.
Nunca, Teresa, nos habíamos encontrado. Pero si vos sabéis quién soy, tampoco vos sois para mí desconocida. He caminado vuestro camino. He entrado en la casa en que nacisteis, he hallado a quienes os vieron crecer, he escuchado a vuestros amigos y a vuestros enemigos. He oído relatos de portentos que, según se dice, os acompañan en la oración. He discutido con vuestros médicos. He indagado cómo se ha hecho esta casa.
Con lo que tengo sabido, me sobran razones para deshacerla. No es eso, sin embargo, lo que quiero. Quiero que vos misma cerréis la casa.
(…)
Teresa.—Cada noche le digo: «¿Cómo dejaste que se ensuciase tanto esta posada donde habías de morar? De cuántas cárceles me has sacado. ¿Antes me cansaré yo de ofenderte que tú de perdonarme? En tu paciencia conozco tu amor».
Inquisidor.—¿Con tan atrevidas palabras, así le habláis?
Teresa.—No sé otro modo de hablarle. Ni creo que él mire las palabras, sino la voluntad con que se dicen.
Inquisidor.—Solo un dios pequeño atendería a palabras tan pequeñas.
(…)
Inquisidor.—No hay mal mayor que mal de religiosos. ¿Cómo asombrarse de la derrota del mundo cuando quienes habrían de ser los mejores, para que todos los imiten, tienen borrado el espíritu? Limpiar el mundo empieza por limpiar la Iglesia.
(…)
Teresa.—Mi enfermedad fue tal que el cuerpo teme que el alma haga memoria. Cuantos sanadores hace mi padre que me vean, todos me desahucian. El mal de corazón se hace más recio. Dientes agudos me lo muerden, tanto que temo sea rabia. Como la garganta no traga, que aun agua no puede pasar, me hallo sin fuerza, y gastada porque me dan purga cada día, y con tristeza muy honda. Encogidos los nervios en dolores que ni dormida me dan sosiego, me encojo yo en ovillo sin poderme más mover que si estuviera muerta.
La lengua hecha pedazos.
La lengua en pedazos de mordida.
(…)
Inquisidor.—Veis a Cristo ante vos. ¿En qué forma?
Teresa duda.
Teresa.—No veo en qué forma. Pero que está a mi derecha, lo siento muy claro, y que es testigo de lo que hago.
Inquisidor.—No entiendo que podáis verlo a vuestro lado si no veis la forma en que está.
Teresa duda.
Teresa.—Con ojos del alma lo veo.
Inquisidor.—Ojos otros que los del cuerpo, yo no los conozco.
Teresa.—Yo a él lo veo con los ojos del alma más claramente que lo pudiera ver con los del cuerpo.
Inquisidor. —Así como en los sueños.
Teresa. —No es cosa de sueño.
Inquisidor. —¿Cómo sabéis que es Cristo?
(…)
Inquisidor.—«La imaginación es la loca de la casa». Otra curiosa sentencia vuestra. «La imaginación es la loca de la casa». De niña frecuentabais libros de caballería. Gustáis, desde niña, de fantasías. También lo son esas visiones del Señor. Como tantos charlatanes que en estos tiempos abundan, las inventáis para asentar sobre ellas vuestras acciones. Como tantos impostores que antes que a vos desenmascaré, pensáis que nadie discutirá lo que hacéis cuando lo que hacéis parezca dictado de Dios.
(…)
Teresa. —Una noche, estando en oración, me hallé sin saber cómo metida en el infierno. La entrada es una calle angosta de lodo sucio y pestilencial olor y con muchas sabandijas, que también las hay en la pared, la cual te aprieta y desmenuza como boca de bestia. No entiendo cómo, con no haber luz, se ve allí tanto y da tanta pena lo que se ve. Los daños del cuerpo, con haber pasado, según médicos, los mayores que se pueden pasar, no son nada frente a los que allí vi y sentí y acrecidos porque allí son sin esperar consuelo, como sin consuelo te miran las otras almas. Decir que es un arrancarse el alma es poco, porque el alma misma se despedaza. No hay dolor como el agonizar el alma.
Silencio.
Inquisidor.—Muy franca habéis sido dándome a oír ese grave relato. Corresponderé revelándoos algo que a nadie antes me atreví a contar.
Desde hace siete años, cada noche después de la oración, oigo que me llaman voces pronunciadas en lenguas que no entiendo. Pese a no comprenderlas, yo las obedezco. Me mandan que las siga por el bosque hasta un claro en que se alza una ermita. Mas cuando entro en esa ermita, no hallo el Sacramento, sino una biblioteca de muchos libros. Al tocarlos descubro que no están ordenados según el alfabeto, sino del Bien al Mal. El primero es la Biblia, el último uno de páginas negras que arde sin consumirse. A él me empujan las voces que me han guiado hasta allí, que ahora dicen como una sola: «Lee y obedece». «¡Lee y obedece!». «¡¡Lee y obedece!!».
Silencio.
Palabras. Cuanto acabáis de escuchar no es sino palabras. He sumado tres sueños y un par de fantasías como se juntan cebollas, lentejas y dos puntas de tocino. Lo haré mejor la vez próxima, preparando más mi cuento. Me ayudaré de libros donde se pintan las penas infernales. También vos conocéis esos libros.
Teresa. —Cuanto he leído no es nada con lo que viví, como de dibujo a verdad.
Inquisidor. —De lo que no se puede hablar, más vale callar. Las palabras ni siquiera son sombra de aquellas cosas. Si la lengua dijera verdad sobre el cielo o el infierno, se rompería en pedazos.
No podemos hablar de lo único que importa. No en esta lengua.
Querríamos llegar al borde de esta lengua y saltar y hablar desde el otro lado. Pero al otro lado, para nosotros solo hay silencio.
(…)
Teresa.—La regla primitiva decía: «Ninguno de los hermanos tenga cosa propia, sino que todo sea común y las cosas que el Señor os diere se repartan conforme a la necesidad de cada uno».
Inquisidor.—¿Quién os enseñó, mujer, tanto sobre reglas?
Teresa. —Otra mujer. Otra de nuestra orden que tuvo noticia de mí y rodeó leguas por hablarme. Ella me enseñó que el Carmelo, antes que se relajase, mandaba no se tuviese bienes propios.
Inquisidor.—Nada os impide vivir en la Encarnación tan pobre como queráis. ¿Por qué hacer que otras padezcan lo que vos?
Teresa. —Las que me acompañan tampoco pueden poner a paciencia ser ricas. Aquí todas sabemos los cuidados que trae tener propio y la riqueza que está en la pobreza. En esta casa ha de haber la pobreza de la cruz. Viviremos de limosna.Inquisidor.—Una guerra entre descalzos y calzados, ¿eso queréis abrir en el Carmelo? ¿Una guerra en la Iglesia entre calzados y descalzos? ¿Una guerra en el mundo entre descalzos y calzados?
Teresa. —Convento, Iglesia, mundo han de ser casa de iguales, como iguales nos hace a todos el bautismo.
En la Encarnación hay monjas que pagan celda grande y criadas y hasta esclavas. Esas señoras me enseñaron lo poco en que se ha de tener el señorío. Miente el mundo llamando señor al que es esclavo de mil cosas. No habrá señoras en San José. «Entre pucheros anda Dios» también significa que todas trabajaremos en lo que podamos.
(…)
Inquisidor.—¿No os enseñaron a medir las palabras antes de llevarlas a la boca? Las vuestras suenan a utopía, a república de mujeres, a disparate. Advertid que no es solo esta casa lo que condenáis. Se trata de vuestra vida. Y de las vidas de quienes os siguen.
Teresa.—Nuestras vidas solo deseamos que el Señor nos ofrezca en qué perderlas. Todo se gana en perderlo todo por él.
Inquisidor.—«Todo se gana en perderlo todo por él». Sois amiga de paradojas, como suelen serlo los de hablar torcido. Vuestros escritos están llenos de ellas, y de imágenes cifradas. «La loca de la casa». «Castillo interior». Soy buen cazador, me educaron para distinguir el amigo del enemigo detrás de las palabras. Las vuestras, que esconden más que dicen, a mí no conseguirán confundirme. Sin duda son dictadas por demonio, tanto exceden medida de mujer.
Teresa.—A poco que hagamos las mujeres, se juzga exceso lo que hagamos. No hay acierto de mujer que no se ponga bajo sospecha. «Disparate de mujeres», dicen enseguida. Nos tiene el mundo acorraladas, mariposas cargadas de cadenas. Pero el Señor hace a una niña sin letras más sabia que al obispo más letrado. Aunque no nos den libertad para dar voces, no dejaremos de decir nuestras verdades aunque sea en voz baja.
Inquisidor.—¿Tanto habéis leído y no leísteis que Pablo mandó que las mujeres no enseñaran?
Teresa.—Jesús no nos aborreció cuando andaba por el mundo. Antes nos favoreció.
Inquisidor.—En encerramiento no ha de ser difícil a una fuerte gobernar a doce débiles que no puedan escuchar otras lenguas.
Encerramiento significa que nadie desde fuera mire y nadie desde fuera oiga.
¿Qué palabras se dicen entre estos muros? ¿Qué palabras se leen? No dejaré que esta pequeña casa se haga pilar de un gran cisma.
He aprendido que la mística es disfraz que suele tomar la subversión. A menudo se llama espíritu a lo que es desorden.
Teresa.—A veces se llama desorden a lo que es espíritu.
(…)
Inquisidor.—Tengo memoria, Teresa. Memoria de todos los encausados, de cada uno de ellos. También de un Juan Sánchez reo de herejía y apostasía. Condenado a llevar siete viernes el sambenito, aún lo recuerdan por las calles de Toledo con el capuz amarillo. Desde Toledo vino a Ávila, donde compró certificado de hidalguía y cambió apellidos. Se desprendió del Sánchez, se escondió bajo el segundo, Cepeda, y añadió al camuflaje el Ahumada de su madre, nacida, ella sí, de cristianos viejos.
Teresa.—No conocí a ese abuelo mío. Se lo llevó la peste del año siete. Dicen que murió cristianamente, como vivió.
Inquisidor.—Aquel hermano tan lector, entre lo que os dio a leer, ¿estaba la «Guía de Pecadores» de fray Luis de Granada?
Teresa.—No lo creo.
Inquisidor.—Es muy leído de falsos conversos.
(…)
El Inquisidor mira las palmas de sus propias manos. Cubre con ellas sus ojos para recogerse en oración. Silencio. Sale de la oración.
Inquisidor.—¿Nunca dudáis, Teresa? Yo sé que dudáis. Cada instante dudáis. Y en tanto extremo la duda os aprieta, que os pone en la mayor aflicción. Cuánta tristeza bajo esa sonrisa. Cuánto miedo a vivir bajo ese ansiar la muerte.
Cuánto miedo a ese cuerpo que queréis encerrar y amortajar. Cuánto miedo al mundo y a vos misma bajo esa ansia de Dios, bajo ese ansiar un Dios que os hable a cada instante.
Dios es conmigo lejano y silencioso, pero jurad que no os envidio. Preguntadme quién soy y sabré decirlo.
Vos no sabéis quien sois, Teresa. Ni precisáis castigo, pues jamás salisteis del infierno.
Yo haré que no haya otra pena para vos. En cuanto a esta casa, yo haré que no se cierre. Sé que, una a una, las que hoy os acompañan pronto se apartarán. Os dejarán sola con vuestro pequeño Dios. Moriréis sola.
Va a salir. La voz de Teresa lo detiene.
Teresa.—Que dudo, decís. Que dudo cada instante. Si miro esta casa, me da contento haberlo contentado. No por lo que yo haya hecho, pues solo en su poder se puede, sino porque me es regalo que me haya tomado por instrumento.
Mas al poco viene el demonio a revolverme. Dice, riendo, que todo ha sido astucia suya para robarme el alma. La oración de años la quita mi enemigo con un soplo. La fe queda suspendida y yo sin fuerza para defenderme de sus golpes, y en el alma la oscuridad más honda.
Así es esta vida de miserable. No hay contento sin mudanza. Tan pronto no me cambiara por ninguno como no sé qué hacer de mí. Y el único que podría socorrerme, ahora se me oculta.
Dios se esconde del alma y hace al alma no saber de sí.
¿Dónde estás? ¿Por qué me dejas sola?
¿O es que estuve sola siempre? ¿Quién soy, si siempre estuve sola?
Dudo, y con tanta pena que pienso si él quiere que sepa qué es disgusto de vivir para, si alguno veo caído en ese abismo, le sepa acompañar.
Dudo, sí, dudo cada instante. Pero siempre podrá el ángel bueno más que el malo. Siempre acaba venciendo el ángel del Señor. Lo veo a mi izquierda, pequeño, el rostro encendido que parece abrasarse. Tiene en las manos un dardo de fuego que hunde en mi corazón. Es tan grande el dolor que me hace dar quejidos. Dolor del espíritu que corta el cuerpo.
Y la lengua, en pedazos, se niega a dar palabras.
Solo da gemidos, porque más no puede.
Es gran pena, pero tan dulce que no hay deleite que más contento dé. Dios aprieta al alma con abrazo que nunca querría ella salir de él. Cautiva de quien ama, consiente el alma que se la encarcele. Y no anhela sino la muerte, que solo en ella podría gozar su bien.
Ni puede la palabra recoger tanto amor, pues, como fuego que arde demasiado, no cabe a la palabra contener la llama. Se levanta en el alma un vuelo porque, loca, no ve diferencia a Dios y habla desatinos. La lengua está en pedazos y es solo el amor el que habla.
Pero nadie puede hablar de ello. Es mejor no decir más.
Silencio. Teresa corta cebolla. El Inquisidor sale.
“Los vientos y las olas están siempre a favor
de los navegantes más capacitados”
Edward Gibbon
Roy Jenkins concluye, en su ecuánime y sobresalientemente informada Biografía sobre Winston Churchill (1874-1965), que antes de escribir la misma, creía que Gladstone (del que también fue biógrafo) había sido el más grande de los políticos de la historia de Gran Bretaña, pero que mientras escribía el libro sobre Churchill cambió de opinión.
“Ahora considero a Churchill, con todas sus peculiaridades, sus indulgencias, su ocasional puerilidad, pero también su genio, su tenacidad y su persistente capacidad, acertado y equivocado, con éxito y sin éxito, una persona que se salía de lo corriente: el ser humano más grande que jamás habrá ocupado el número 10 de Downing Street”.

La sabia apreciación de Jenkins condensa en alguna de sus cualidades más idiosincrásicas, su indomable voluntad y la determinación con la que siempre compareció ante las impredecibles y profundas mareas del destino.
Pretender definir la personalidad de Churchill de forma lineal mermaría la dimensión de su figura pública, nítidamente veraz y atractivamente contradictoria
Pretender definir la personalidad de Churchill de forma liminar y lineal, sin atender a las diferentes fases e intensidades de su caudalosa trayectoria vital, plural en itinerancias y azarosa en encrucijadas, aguaría la complejidad de su irrepetible carácter y mermaría la dimensión de su figura pública, nítidamente veraz y atractivamente contradictoria. La aportación positiva de este escrito, al fin y al cabo, estará en saber trasladar al lector la motivación profunda de sus diferentes actuaciones públicas y cómo fue transformando, con el paso del tiempo, su volcánica personalidad, sin perder nunca su ímpetu, en un torrente de sabiduría política providencial en la infernal etapa histórica que vivió la Humanidad y que a él le tocó protagonizar en un papel estelar.
El historiador británico Simon Schama, en su luminoso epílogo del libro de Roy Jenkins, hace referencia a las apreciaciones que George Orwell dirige a Churchill a raíz de la publicación de sus Memorias sobre la Segunda Guerra Mundial. Orwell atribuye a Churchill el don de la cercanía con el pueblo. Para Orwell, los escritos de Churchill eran “más parecidos a los de un hombre de la calle que a los de una figura política”. En su obra autobiográfica My Early Life, explica Churchill cómo en sus años escolares en Harrow “me metí en los huesos la estructura esencial de la frase británica corriente, lo cual es algo noble”. Churchill -continúa Orwell- creía que por encima de cualquier cualidad política y militar, era su exuberante humanidad –egotista, errática, histriónica– así como su larga carrera como guerrero de las palabras lo que había prendido en unas gentes agitadas y las había convertido en compañeros de armas. Junto a esa humanidad hay que reconocer la gran capacidad que tenía para burlarse de sí mismo.
El historiador John Lukacs, en sus célebres e imprescindibles libros sobre Churchill, (Sangre, sudor y lágrimas: Churchill y el discurso que ganó una guerra y Cinco días en Londres, Mayo de 1940. Churchill solo frente a Hitler) asegura, con conocimiento, que la primera virtud de su carácter fue la magnanimidad, y ejemplariza esta en su tendencia a perdonar y a pasar por alto los incidentes desagradables. Por ser tan definitoria de su personalidad, me permito reflexionar algo más sobre ello.
Esta cualidad que surge de la nobleza del alma, de la grandeza y elevación del espíritu, Churchill la tenía indeleblemente impresa en la más recóndita intimidad de su ser, a pesar de su predisposición a la retórica pomposa, a sus ocasionales intransigencias y su menos ocasional engreimiento (efecto colateral de su indisimulable seguridad en sí mismo). El magnánimo, como Churchill, suele tener una alta estima de sí mismo. Estima no injustificada, sino acorde con su valor y méritos, y la recompensa que amansa en la incandescencia de su corazón es la obtención del reconocimiento, que ensalza su sentido del honor y dota de altura y serenidad a su dignidad.
En el magnánimo hay restos ancestrales de una inocencia no perdida, una personalidad que, como dijo Hölderlin, se acuerda “de lo que un día prometió siendo niño” y a lo largo de su vida ha sido conmovedoramente fiel, contra mundum, a esa promesa. Brotan a lo largo de su vida signos de heroísmo, de incontaminado idealismo. La entrega hasta las últimas e ineludibles consecuencias que reclama el ideal, el valor auténtico, sin cálculo, ni dobleces, que demandan las grandes empresas y que reluce en las adversidades. El magnánimo es refractario al resentimiento, no le complace recrearse en el mal ajeno recibido, porque no alberga lugar donde consignarlo ni consiente que el recuerdo bondadoso y dulce de su pasado pueda verse alterado por la banalidad del odio. Más bien la Compasión y la Piedad hacia el prójimo forman parte de sus señas de identidad más reconocibles. En su heterodoxa necesidad de armonía parece como si hubiera tomado al pie de la letra el consejo de Cicerón: “borrar con eterno olvido todas las pasadas discordias“.
En Churchill siempre brilló, asimismo, la consistencia de su ejemplar perseverancia. Esa perseverancia que inmortalizó en su último discurso como Primer Ministro en la Cámara de los Comunes: “jamás vaciles, jamás te fatigues, jamás desesperes“. Conoció la fortaleza de la paciencia (laborioso fruto postrero y paradójico de su reconocida “extravagante impaciencia“) en el inacabable recorrido de su existencia, incierta, confusa, llena de tentaciones, siempre vencidas por aquel que nunca declinó el verbo abandonar. En Churchill sobresale el coraje inmanente que, en días de tormenta, oye esa voz que te llama por tu nombre y te pide que continúe sin más porque el sentido del deber no abdica, el compromiso no capitula.
Estas cualidades, cuyas contradicciones certifican su canon, aparecen a lo largo de la vida de Churchill nítidamente contrastadas asoman, en profusos y reiterados lances de su vida construyendo, de forma natural y sin imposturas, paso a paso, el Mito.
Entre los numerosos escritores que han profundizado en su obra, no ha sido fácil para nadie explicar las múltiples singularidades del carácter de Churchill, ni tampoco su larga permanencia en la política a pesar de sus frecuentes y graves equivocaciones. Su carrera alcanzará el mediodía a sus sesenta y cinco años, con la designación como primer ministro en la etapa más difícil de la Historia de Inglaterra. Como bien escribió Schama, “lo difícil consiste en demostrar exactamente cómo la envergadura de una personalidad tan truculenta, tan impulsiva, tan a menudo profundamente obstinada, se convirtió, en la oscura primavera de 1940, en lo que se necesitaba para la supervivencia nacional”.
Desde luego el factor de la fortuna que en sus más caprichosos momentos históricos puede transfigurarse en “accidente“, explica en parte su longevidad política, así como su envidiable lugar en el ranking de supervivencia. Churchill, dijo Clement Attlee, líder del Partido Laborista que formó parte del Consejo de Guerra, “fue un mortal supremamente afortunado, y el nunca dejó de reconocerlo“. Empezando por su designación, la gran mayoría de los estudiosos de su obra coinciden en afirmar que nunca hubiera sido primer ministro de Inglaterra si esta no se hubiera visto inmersa en la II Guerra Mundial.
Queda constatado que su designación como primer ministro está imbuida de una buena dosis de circunstancias accidentales y del clima inédito que vivían Inglaterra y el mundo ante la perpetración del envite totalitario, que ya empezaba a acumular un largo currículum de acciones criminales. Son asimismo significativas las reservas que tuvieron los candidatos naturales conservadores para asumir el reto (Halifax muy notoriamente). Es como si se hubieran alineado, formando “una tormenta perfecta”, una serie de factores que conducían hacia la inevitable elección del hombre predestinado. Ni era la persona que el Rey había elegido, ni la del establishment de Whiteball, ni tampoco era la persona que habría elegido el partido con mayoría en la Cámara de los Comunes. Pero daba igual, era su momento, era la voz inconfundible del destino la que le reclamaba. Él era el guerrero que necesitaba Inglaterra.
Churchill, que como recuerda John Lukacs no era un hombre de convicciones religiosas, evocó y escribió sobre esa jornada –la del 10 de Mayo- muchos años después, en sus Memorias de la Segunda Guerra Mundial. “Cuando me acosté hacia las tres de la madrugada, fui consciente de una profunda sensación de alivio. Al fin me encontraba con autoridad para manejar la escena. Sentí que el Destino marcaba mi camino, y que toda mi vida anterior no había sido sino una preparación para esta hora y para este proceso”.
La Operación de Noruega (abril de 1940) para interceptar el suministro a Alemania de mineral de hierro escandina fue un fiasco
Además, fue elegido después del fracaso de la “Operación de Noruega”, donde ocupaba el cargo de Lord del Almirantazgo y miembro del Gabinete de Guerra del Gobierno de Chamberlain. En abril de 1940 ideó esta operación marítima, cuyo objetivo era la interceptación del suministro a Alemania de mineral de hierro escandinavo. La campaña fue un fiasco, provocando una investigación de la Cámara de los Comunes en la que Churchill asumió la responsabilidad absoluta, diciendo que aceptaba “la parte completa de la carga que me corresponde“
Churchill fue propuesto al Rey, en última instancia, por su viejo adversario Neville Chamberlain, figura muy respetada como líder del Partido Conservador y Presidente del Consejo, que salvo la excepción de Churchill y la inquina que le tenía Lloyd George, quien le había descrito como alguien que tocaba techo siendo alcalde de Birminghmam en un año de vacas flacas, tuvo el apoyo y la indulgencia de la inmensa mayoría de partido Conservador para firmar con Hitler el Pacto de Munich de 1938 (el llamado “Pacto con honor“), culminación y emblema de la política de apaciguamiento y de contemporización.
La evidente erosión de su Gabinete, acentuada por el accidente noruego, precipitó una moción parlamentaria que, aunque superada por estrecho margen, llevó a Chamberlain a la convicción que no podía seguir, porque Inglaterra, en los primeros días de Mayo de 1940, necesitaba un Gobierno que representase la unidad nacional y tuviera un liderazgo más inspirador.
Las relaciones entre Chamberlain y Churchill habían sido malas desde hacía muchos años. Las diferencias de personalidad eran evidentes y resultan muy ilustrativas. Chamberlain era remilgado y apegado a las buenas formas; no tenía ni la energía, ni la seguridad en sí mismo de un Churchill al que consideraba bullicioso, demasiado llamativo, de un temperamento voluble y poco riguroso en la aplicación de los detalles.
Sus diferencias venían de lejos del Gobierno, de los años 1927–1928, siendo primer ministro Stanley Baldwin, y ahí radican las principales razones de que fuera tan reacio a incorporar a Churchill a su gabinete de guerra en 1939.
En aquellos años, dos figuras políticas velaban armas en el Gobierno de Baldwin, Churchill como titular del Ministerio de Hacienda y Chamberlain como Ministro de Sanidad, pero con una posición ministerial crucial. Churchill, con su habitual ingenio –“tenemos que dominar los acontecimientos antes de vernos sumergidos por ellos”-, buscaba sentido político a cada una de sus acciones, con una facilidad innata para dar con el núcleo esencial de las cuestiones. Su plan de acción era el habitual, actuaba como siempre a base del envío masivo de cartas y memorándums, no respetando nunca las fronteras entre ministerios. En la presentación del Presupuesto de ese año, después de haberse enfrentado en 1926 a una huelga del carbón cuyo colofón fue una célebre huelga general, Churchill dijo: “Esta tarde nos reunimos bajo la sombra de los desastres del año pasado. La huelga del carbón ha costado al contribuyente 30 millones de libras. No es hora de lamentar el pasado, es hora de pagar la factura. No me corresponde a mí repartir la culpa; mi tarea es repartir la carga. No puedo presentarme en el papel de juez imparcial. Soy solo el verdugo político“.
Pero este hombre irremediablemente proactivo, irreprimiblemente combativo, veía que el Presupuesto de ese año tenía poca enjundia y se le ocurrió estimularlo con un aligeramiento de la carga de los impuestos municipales, los implantados por las autoridades locales y que gravaban los bienes raíces. La derivada última del plan de Churchill era abrir una reforma importante del Gobierno local, competencia atribuida al Ministerio de Chamberlain.
Las dificultades obvias para concretar esta importante reforma, los detalles engorrosos que iban apareciendo, irritaban sobremanera a Churchill, y la dificultad para avanzar motivó un indiscriminado ataque a los distintos ministerios que llevaba su sello inconfundible” “es realmente intolerable el modo en que estos departamentos civiles avanzan como una horda de perjudiciales langostas”.
Por todo ello, y por la importancia que tiene en la delimitación de la personalidad de Churchill (por lo menos el de aquellos años), es relevante conocer el contenido de la carta que Chamberlain escribió a Baldwin en verano de 1928: “acusé a Winston de defender temerariamente planes cuyos efectos él mismo no entendía. Él me acusó de pedantería y de tener celos personales hacia él. Con Churchill nunca tienes un momento de descanso y no sabes en qué momento se fugará. En la consideración de los asuntos, sus decisiones nunca se basan en el conocimiento exacto ni en las cuidadosas consideraciones de los pros y los contras. Busca de forma instintiva la idea grande y preferiblemente nueva, capaz de ser representada con el perfil más grueso. Lo hace, ya sea factible la idea o no, ya sea buena o mala, con tal de poder verse a sí mismo recomendándola de forma verosímil y con éxito a un público entusiasta”.
LARGA TRAVESIA DEL DESIERTO
En la larga travesía del desierto de Churchill en los años 30 eran bien conocidas sus aceradas observaciones sobre Chamberlain y este, a su vez, había intentado por todos los medios frenar y contrarrestar a Churchill, interviniendo incluso su teléfono en ocasiones. Sin embargo, cuando este, en septiembre de 1939, se incorpora como Lord del Almirantazgo (el mismo cargo que ostentaba en la crisis de Dardanelos en 1915), se comportó con gran lealtad hacia Chamberlain, y cuando el primer ninistro, después de la negativa de Halifax a ocupar la Presidencia del Consejo, le dice que va a proponer su nombre al rey, Churchill le corresponde nombrándole Lord Presidente del Consejo.
Churchill actuó con visión, astucia y prudencia, dada la ascendencia de Chamberlain en el Partido Conservador, del que era Presidente, y conociendo el respeto y la fidelidad que le profesaba Halifax, su gran rival en aquellos momentos, y al mismo tiempo secretario del Foreign Office en el Gobierno de unidad nacional que Churchill formó con los laboristas. Halifax, en las reuniones del gabinete, durante los días decisivos de Mayo de 1940, intentó acorralarle, con su pertinaz defensa de la política de apaciguamiento con Hitler, buscando un Pacto en el que pretendía utilizar a Mussolini como intermediario. Pero Chamberlain se decantó, decisivamente por las tesis de confrontación militar de Churchill, fortaleciendo la entonces débil posición de Churchill en las filas conservadoras.
En la editorial Círculo de Tiza se ha editado una recopilación de columnas y artículos de un pilar fundamental del periodismo literario en España: Francisco Umbral. Recoge el libro las columnas del prolífico escritor publicadas en El País y el diario El Mundo. Se trata de un recorrido por la obra periodística del autor desde los inicios de la Transición (o la santa Transición, como él la bautizó, no sin algo de ironía) hasta los últimos coletazos del gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero. El volumen, por tanto, nos acerca, a través del trabajo publicado en prensa, al pensamiento (mucha ensayística hay en los artículos de Umbral) y al trabajo del escritor. Con prólogo de Antonio Lucas, certero y didáctico, nos sumergimos en la pluma de Francisco Umbral, en su tiempo reversible.
Para abrir boca, como si estuviéramos sentados en un café Gijón de letras y libros, una aproximación al prólogo del periodista Antonio Lucas:
“Naturalmente, a Francisco Umbral no se le perdona. Es el peaje que impone su libérrimo magisterio. Vino a desguazar el oficio con toda naturalidad, no como quien presume sino como quien propone una beneficiosa revolución con prisa. Se enclavijó en la vida como una literatura: desde la sastrería del nombre hasta la confección de la biografía, levantando a puro pulso una personalidad paralela. De la letra la palabra. De la palabra a su intemperie.”
*
“Francisco Umbral es la proclama literaria de los periódicos. La conciencia de la mañana que cambia de luz siempre igual, pero nunca del mismo modo. Sabe ver en la peña los escapes trucados, como se notaba el ahogo en las viejas Bultacos de ruido, y voltea el editorial o la portada con el mecanismo de una catarata lingüística de mucha zumba.”
*
“Los artículos de Umbral, las negritas de Umbral, la torcida consecuencia de su escritura ante un mundo liso, mantienen indiscutible el pulso. Él es un personaje más de su propia refriega. Moderno de cadera estrecha. Miope como un poeta del pesimismo al que tan solo le queda el refugio de la razón. (…). Pisó con la escritura terrenos que nadie había ocupado antes, demostrando que también era posible hacerlo ahí. Esa es una de las formas más altas de su viva rebeldía, de su ajuste de cuentas, de su legítima defensa.”
De Umbral se ha hablado mucho y, a menudo, muy mal. Se ha hablado mal de él no como hombre –aunque alguna que otra trifulca padeció motivada por sus artículos-, sino como escritor, centrando la atención de su carrera literaria en nimiedades sin ningún interés cultural. Alrededor de Francisco Umbral nos encontramos con mucho cotilleo, mucha leyenda, mucho comentario insustancial que ensombrece la figura del hombre y del columnista. Es de agradecer la edición de este El tiempo reversible sobre Umbral, en donde lo que importa no es el pasatiempos y lo anecdótico, el chascarrillo propiciado por la cercanía de la vida literaria, sino la calidad y la genialidad de sus textos, de sus artículos, de sus breves ensayos bajo el cobijo de columnas y negritas. En este El tiempo reversible está el magisterio de su ingenio y su destreza en el idioma, la descripción de la intrahistoria de España según la cátedra del mejor periodismo-columnismo literario del siglo XX.
OFICIOSA HISTORIA DEL PERIODISMO ESPAÑOL
Resulta interesante la disposición de los artículos en este volumen, El tiempo reversible. De manera cronológica, desde la década de los setenta hasta principios del siglo XXI, aparecen ante nosotros los artículos uno tras otro como si de un cortejo fúnebre se tratara. Si leyeran el libro sin descanso, de un tirón, recorrerían en unas horas la infancia, adolescencia y madurez de la España actual. Periodismo sin tapujos: contar y cantar en dos mil quinientos caracteres el qué, el cómo, el cuándo, el dónde… Añadiendo, claro está, como hemos dicho, un estilo literario genuino y personal.
De Gutiérrez Mellado a Solana, de Aznar a Suárez, de los Pegamoides a Lola Flores, de Enmanuelle a la ETA, de los nacionalismos al café Gijón. En este libro nos topamos no sólo con la Iglesia, sino también con una galería que es el espejo de los últimos cuarenta años de nuestra Historia.
Quien tenga la oportunidad de acercarse a El tiempo reversible quizá comprenda los detalles, matices y rasgos, de un tiempo que ha pasado a los manuales y a las estanterías de las bibliotecas, pero no detalles oficiales –en absoluto es esa la hazaña, ni necesario que así sea- sino oficiosos. Uno de los principales valores de este libro: contar la historia oficiosa del periodismo español. Una historia más rica, veraz e interesante.
Bien conocido del público lector por su actividad como columnista y crítico literario en La Vanguardia, el filólogo Jordi Amat (Barcelona, 1978), con una copiosa producción bibliográfica a sus espaldas, publica ahora El llarg procés: cultura i política a la Catalunya contemporània (1937-2014) (Tusquets). Desde las postrimerías de la Guerra Civil hasta las recientes manifestaciones del 11-S, y desde Cambó hasta Junqueras, pasando por Pujol y Maragall, Amat, con un pie en la historiografía y otro en el ensayismo político, analiza la construcción de los distintos relatos del catalanismo, desde sus vertientes más posibilistas a la “izquierda ilustrada” de Maragall o la hegemonía pujolista, para así ahondar en las relaciones entre poder político, cultura y comunidad en la Cataluña contemporánea.
– Quizá no le gustara a todo el mundo, pero parece indudable que la Barcelona del 92 contribuyó a dar resonancia global a una ciudad asociada desde entonces a ideas positivas –modernidad, tolerancia, etc. ¿Quién enterró a Cobi, y por qué habría que lamentar su deceso? ¿Alude a su olvido cuando habla sobre un soberanismo actual que “crece sobre una memoria que se desdibuja?
Durante bastantes semanas El llarg procés debería haberse titulado Matar el Cobi, retomando un largo artículo que publiqué el año 2013 en La Vanguardia. Tal vez Cobi murió de éxito. Los Juegos de Barcelona transformaron la ciudad e incluso la percepción de los barceloneses sobre su propia ciudad, pero lo más trascendente fue la proyección al mundo de un modelo de ciudad creativa que, enraizada en una catalanidad abierta y militantemente mediterránea, podía ser percibida como una alternativa española a la imagen decadente proyectada por el casticismo histórico. Los enterradores han sido múltiples y olvidar ese legado, que es el del Maragall alcalde y su agenda imperfecta como President de la Generalitat, tal vez sea una necesidad del relato rupturista que el soberanismo ha elaborado para legitimarse.
– Centrándonos en las últimas décadas, parece Ud. constatar que el éxito del pujolismo arrolló otras alternativas posibles: el catalanismo clásico y el catalanismo progresista o, como dice Ud. en algún momento, “la izquierda ilustrada”.
Desde el momento que Jordi Pujol sale de la cárcel con la voluntad de construir una hegemonía política e intelectual (creo haber dado con los documentos que lo atestiguan), sus tensiones con la izquierda ilustrada y con la izquierda marxista pura y dura son reiteradas. Esa tensión tuvo una dimensión creativa y demostró que, incluso durante el franquismo represor, un nuevo catalanismo (clásico y socialdemócrata al tiempo) reelaborado en la postguerra podía construir un consenso amplio. La cuestión sería determinar si el pujolismo asumía ese consenso para, tras un sostenido proceso de nacionalización, superarlo. Yo creo que sí. Y creo también que el bloqueo de alternativas a su maduración definitiva por parte del Estado ha acabado por decantar el grueso del catalanismo a propuestas rupturistas.
– Afirma usted que el pujolismo encontró su mejor cómplice en ciertas actitudes del resto de España… Esa misma España que, en las postrimerías del franquismo y el inicio de la Transición, tenía a Cataluña como referente de modernidad y acudir a un concierto de Raimon era todo un síntoma de prestigio cultural…
El mejor cómplice del pujolismo en el resto de España fue, primero, el reformismo franquista, que muy pronto lo identificó como un interlocutor moderado en un contexto –el de la oposición política en la Cataluña de mediados de los setenta– fuertemente escorado hacia posiciones de izquierda dura. Otra cosa distinta es la capacidad del catalanismo de los sesenta para generar un movimiento cultural de masas que expresaba formas más o menos intensas de oposición a la dictadura. Raimon es su mejor paradigma, efectivamente. Fue ese movimiento cultural el que, entre notables capas de población no cegadas por la miopía centralista, adquirió un prestigio hoy, lamentablemente, perdido. Y digo lamentablemente porque, además de representar un empobrecimiento objetivo, su desaparición del sistema cultural español bloquea la posibilidad de articular la pluralidad cultural. Y visualizar esa pluralidad debería ser una prioridad de las políticas culturales del estado cuyo éxito dinamitaría tóxicos prejuicios aquí y allí.
– Ha recibido alguna que otra crítica por defender el papel de Destino como cauce de catalanidad en tiempos difíciles… ¿tiene algo que ver con que –de Gaziel a Espriu o Pla- tantos escritores catalanes, incluso muy distintos entre sí– se hayan leído a partir de coordenadas más ideológicas que literarias?
Destino, creado en Burgos durante la guerra civil por falangistas catalanes, es una revista de compleja trayectoria y que, relativamente pronto, aprovechó zonas de ambigüedad para rehabilitar formas de catalanidad adaptadas a la Europa democrática de la postguerra mundial. Negar esa función supondría dar por buena la severa condena y dolida interpretación que sobre el semanario forjaron en aquel presente de ceniza exiliados republicanos y resistentes del interior. Pero su óptica, forjada en la desolación de los demócratas derrotados por la contrarrevolución, distorsiona el papel de la revista también como plataforma de rehabilitación de una conciencia liberal ya a finales de los cuarenta. El problema, más bien, es que en buena parte la historia de la cultura catalana ha sido escrita por gentes activas en la oposición al franquismo y es esa militancia la que tradicionalmente ha venido dificultando una interpretación más matizada de autores como Pla o Gaziel. Pero lo cierto es que, durante los últimos años, gracias a profesores serios –pienso en Xavier Pla, por ejemplo- esa tradición desprotegida –la expresión es ahora del Jordi Gracia de Burgueses imperfectos–está siendo cada vez mejor conocida.
– También reivindica usted ese catalanismo progresista que antes citábamos, con Maragall como figura axial.
No es tanto una reivindicación, que en parte también, sino la convicción que el legado de Maragall como alcalde representa uno de los clímax de ese catalanismo progresista que yo estudio –el que catapulta a Edicions 62, el que encarna mejor que nada la sonrisa de Castellet, el que sustentará el modo de sociedad pautado por el Vicens de Notícia de Catalunya o La pell de brau de Espriu-. Una aportación sustancial al catalanismo, la de Maragall, cuya actualización podría ser positiva para desencallar la parálisis actual.
– Una pregunta quizá algo ruda: ¿se han volcado demasiadas energías intelectuales en el ser y no ser de Cataluña? El “uso de la cultura como creación de comunidad, ¿ha podido domeñar al estamento intelectual? ¿O lo único grave es ese momento en que “o se era de unos o se era de los otros”?
Me permitirá que le diga que las energías intelectuales volcadas en el ser y no ser de España han centuplicado las dedicadas a reflexionar sobre la esencia de Cataluña. El nacionalismo, cuando es esencialista (y su pulsión natural es serlo), pretende la construcción de una comunidad por oposición a otra y eso, al tiempo que sitúa en el corazón de la ciudadanía la lógica amigo/enemigo, lima la potencia intelectual porque se somete la función crítica a lo colectivo. Pero también, en el caso catalán, dicho nacionalismo ha servido de resistencia democrática para protegerse ante la voluntad centralista de asimilación de la diferencia.
– ¿Qué es “un catalanista desorientado”, tal y como Ud. se define?
Un catalanista desorientado es un tipo –pongamos por caso yo– que constata preocupado cómo el espacio de convergencia entre el consenso catalanista y el consenso transicional español se ha volatilizado sin que las clases dirigentes, ni catalanas ni estatales, se esfuercen por recomponer ese espacio fundamental sino más bien al contrario.
– Esa nueva página que es la Barcelona de Ada Colau, ¿cómo se interpreta desde la perspectiva de El llarg procés?
A la expectativa. Planteado en el plano de las ideas durante el tiempo de deterioro institucional del Constitucional, el procés –como tantas cosas– ha mutado al injertarse en el cuerpo social las toxinas de la desigualdad provocadas por la crisis. Aún es pronto para saber cómo evolucionará dicha mutación, pero aquí está para quedarse porque el sistema aún no ha dado pruebas convincentes de su capacidad de transformación adecuándose a la nueva realidad creada por el debilitamiento severo del estado del bienestar.
El cultivo de la reputación lleva consigo un planteamiento estratégico de la comunicación, entendida no ya como comunicación difusora sino como comunicación transformadora, puesto que para mejorar la reputación hay que mejorar la realidad.
Lo anterior es una de las conclusiones del congreso sobre reputación de las universidades que se ha celebrado en la Universidad de Navarra. A ella, en el apartado de la Comunicación, se unen dos más:
1. La reputación de cada universidad individual no se puede separar de la reputación de la universidad como institución social. La mejora de la reputación implica una actitud de colaboración entre las universidades.
2. El planteamiento cooperativo interesa también a los poderes públicos. Han de hacer lo posible para crear sistemas universitarios sólidos, que permitan a las universidades prestar el servicio que la sociedad espera y merece.
Las tareas del departamento de comunicación, según Juan Manuel Mora, vicerrector de Comunicación Institucional de la Universidad de Navarra, son:
1. Ayudar a hacer explícita la identidad.
2. Contribuir a crear cultura.
3. Identificar a los stakeholders (interesados) y ayudar a cultivar las relaciones que toda la organización tiene con ellos.
4. Elaborar el discurso.
5. Mantener el diálogo.
6. Reunir información sobre la actividad y sobre las percepciones.
7. Lanzar propuestas innovadoras que ayuden a mejorar la organización, es decir, realizar una comunicación no meramente recopiladora o difusora, sino transformadora.
El vicerrector de Comunicación señala cuatro grandes retos para las universidades en este campo:
1. Que los equipos de gobierno asuman que su labor incluye los intangibles y se cualifiquen para ello.
2. Que los responsables de comunicación asuman que su trabajo tiene una misión de gobierno y se cualifiquen para ello.
3. Que juntos sean capaces de involucrar a toda la organización en la tarea de reconocer su identidad, interpretar su entorno, adaptarse e innovar para mejorar su reputación.
4. Si se trabaja de este modo aparece más clara la aportación que puede realizar el departamento de Comunicación: ayudar a conseguir que la calidad objetiva se convierta en calidad percibida, ayudar a que la calidad se convierta en reputación, ayudar a que la universidad tenga el respeto y el apoyo social que merece.
En 1965, cuando aún era un anónimo reportero con un sueldo de quinientos dólares al mes, Tom Wolfe publicó en el New York Herald Tribune un corrosivo artículo titulado “¡PEQUEÑAS MOMIAS! La verdadera historia del rey del país de los muertos vivientes de la Calle 43”. El texto, lleno de hipérboles y exclamaciones, era una declaración de guerra contra el New Yorker, que Wolfe consideraba aburrido, afectado y lleno de eufemismos. El “rey” era su director, William Shawn, retratado como un mero embalsamador de lo que en otro tiempo había sido un producto original.
Hay que admitir la audacia del ataque: el New Yorker tenía un merecido prestigio como la revista culta norteamericana por excelencia y en aquella época llegaba a facturar seis mil páginas de publicidad al año. La polémica, que catapultó a Wolfe a la fama, hizo emerger la pugna entre la tradición contenida que representaba el semanario y las jóvenes estrellas de lo que luego se llamaría Nuevo Periodismo, excesivo y fogoso. Varios colaboradores respondieron con ira y descalificaron el estilo de Wolfe. Shawn hizo algo más inteligente: pocos meses después del incidente publicó en su semanario “A sangre fría”, de Capote, que hoy se considera la obra cumbre de la nueva escuela narrativa.
Harold Ross había creado la cabecera cuarenta años antes, en 1925, cuando Nueva York empezaba a desplazar a Londres como capital del mundo. Pretendía cubrir la actualidad cultural de Manhattan con humor inteligente, buenas ilustraciones y algunas piezas literarias. En la primera portada, un dandi con chistera observaba una mariposa a través de su monóculo. El personaje, desde entonces símbolo y mascota del New Yorker, sería después bautizado como “Eustace Tilley”. Pronto la publicación desbordó su ámbito y se convirtió en la lectura favorita de las élites urbanas del país, al igual que el Post de Lorimer lo era de las clases populares. Llegó la Gran Depresión, y luego la II Guerra Mundial, y la revista fue incluyendo contenidos más serios, aunque sin perder nunca el tono elevado y la vocación literaria.
Tras la muerte de Ross se hizo cargo de la dirección el discreto Shawn. A muchos directores de medios les gustaría poder presumir de su récord: no perdió dinero ni un solo año durante su largo mandato, que se extendió entre 1951 y 1987. Luego pasaron por el cargo Robert Gottlieb (1987–92), Tina Brown (1992–98) y David Remnick, que lo ejerce ahora. Todos ellos merecen alabanzas por no haber alterado las exquisitas rarezas de una publicación que imprime una diéresis en las palabras con dos vocales consecutivas en diferentes sílabas —coöperation, reëlect—, coloca una Oxford comma en cada enumeración y custodia grafías fosilizadas como “teen-ager”. También se han mantenido la tipografía original y las bellas portadas ilustradas, que sobrevivieron al auge de la fotografía. Los textos siguen siendo muy largos y no hay casi ninguna foto.
Más allá de lo formal, el tono del New Yorker ha dejado una huella imborrable en la ficción norteamericana, y en particular en el género del relato corto. Frente al barroquismo de un Faulkner, la revista siempre optó por autores de prosa contenida, adjetivación escueta y un deje levemente irónico. Quizás los más puros representantes de este modo de narrar sean John Cheever, J. D. Salinger y John Updike, aunque la lista de colaboradores ilustres debe incluir también a Roald Dahl, Nabokov, Eudora Welty o Dorothy Parker. Según los historiadores, el característico “toque New Yorker” se debe en gran medida al editor literario William Maxwell, responsable de las páginas de ficción entre 1939 y 1975. Maxwell, sumamente intervencionista, no vacilaba en dar consejos a escritores consagrados, que asumían su criterio sin el menor conato de rebelión. De algún modo, los relatos de la edad de oro del New Yorker son una obra colectiva, con un ethos que supera a sus autores, como ocurría con los maestros medievales. Además del estilo, en los cuentos suelen repetirse los escenarios —barrios residenciales o rascacielos—y los temas —las preocupaciones de una clase media-alta en crisis existencial—. Si hay que elegir una pieza que quintaesencie la narrativa del semanario, uno se inclina por “El nadador”, de Cheever, pero en los viejos números de los 50, los 60 y los 70 es imposible encontrar un cuento que no valga la pena.
En cuanto a la no-ficción, la principal hazaña del New Yorker es conseguir que el lector medio disfrute de artículos sobre temas que antes de pasar la página le resultaban indiferentes. Una de sus piezas, “Hiroshima”, de John Hersey, ha sido ponderada por la Universidad de Nueva York como la crónica periodística más importante del siglo XX. El texto (“Exactamente a las ocho horas y quince minutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el preciso instante en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiki Sasaki, una empleada en el departamento de personal de la Fábrica de Estaño del Asia Oriental, acababa de ocupar su puesto en la planta de oficinas”, etcétera) sigue las vidas de seis personajes anónimos antes y después de la explosión atómica. Otra pieza igualmente canónica, e igual de controvertida en el momento de su publicación, fue “Eichmann en Jerusalén”, de Hanna Arendt, que acuñó el concepto —hoy tan manoseado—de la banalidad del mal. Detrás de cada número hay un complejo engranaje de revisores y correctores, lo que permite que lo trivial y lo elevado se mezclen sin perder rigor. El género estrella, ya desde los primeros números, ha sido el perfil. Las críticas (de literatura, cine o teatro) tienen valor de oráculo para muchos lectores.
Junto a la narrativa y a la no-ficción, el humor es el tercer eje del New Yorker. Los dibujantes de la casa siempre han preferido la sonrisa a la carcajada, la ironía al sarcasmo, la sutileza a la sal gorda. En las viñetas, en blanco y negro y de un solo recuadro, abundan los juegos de palabras y las escenas domésticas. Libros del Asteroide ha publicado en España tres valiosas recopilaciones: “El dinero en The New Yorker”, “Los libros en The New Yorker” y “La oficina en The New Yorker”. Cada semana, por cierto, miles de lectores de todo el mundo participan en un concurso que busca elegir la frase perfecta para acompañar a la caricatura propuesta.
Algunos críticos opinan que el semanario es elitista y que sus redactores, desde las alturas del Upper East Side, miran por encima del hombro al norteamericano de a pie. Según otros, su principal paradoja es que envuelve ideas radicalmente liberales, en el sentido estadounidense del término, en una estética tradicional. Lo cierto es que con los años la discusión intelectual ha perdido nivel: si en los 60 las polémicas giraban en torno a la responsabilidad moral por el Holocausto, el penúltimo alboroto ha venido por una portada que retrata a Epi y Blas como una pareja homosexual. Por lo demás, Remnick ha ido escorando la línea editorial hacia la izquierda más chillona, lejos del barniz de ecuanimidad tan apreciado por muchos lectores. En noviembre de 2004 la revista apoyó públicamente, por primera vez en su historia, a un candidato presidencial: el demócrata John Kerry. Los respaldos se han repetido con Obama en 2008 y 2012, y la política partidista cada vez roba más espacio en las páginas a la cultura. Más allá de los cambios, quizás las virtudes y los defectos de la revista hayan sido siempre los mismos que los de Eustace Tilley: es tan refinada como engreída.
Con todos sus pecados, nadie puede negar que el New Yorker es una de las mejores revistas de todos los tiempos. Hoy sigue siendo una lectura muy grata, en papel o en pantalla. Por otro lado, su redacción es el Shangri-La con el que sueñan periodistas, narradores y dibujantes de todo el mundo, y no sólo por la generosidad con la que los propietarios —se dice—abonan cada pieza. ¿Qué escritor no ha soñado con ver en la solapa de su próximo libro la frase “varios de sus relatos han aparecido en elNew Yorker”?
Murió joven y joven fue, por ende, la obra que nos ha dejado. Hablamos de Manuel Chaves Nogales, uno de los principales escritores de periódicos del siglo XX. Chaves Nogales, hijo de una familia muy vinculada al periodismo y a la cultura, nace en Sevilla en 1897, un año antes del desastre del 98’. Su padre, Manuel Chaves Rey ejerció el oficio del periodismo en El Liberal; en este diario su tío, José Nogales, abogado, escritor y periodista, trabajó como director. Desde el primer momento, si tomamos conceptos como Liberal, crisis del 98, periodismo, siglo XX…, obtenemos un campo semántico que bien resume la vida y la obra del escritor Manuel Chaves Nogales.
Los libros editados por el escritor nacido en Sevilla y fallecido en Londres son de sobra conocidos tras la reedición de muchas de sus obras, cuyas páginas pasaron, quizá demasiado tiempo, desapercibidas por la academia y el gran público. Por fortuna eso es pasado. Podemos decir, sin temor a errar en nuestras apreciaciones, que es Chaves Nogales, hoy día, un referente del periodismo español. Sin embargo, aún persisten pequeños hilos sueltos sin trenzar en su biografía personal y literaria, indagaciones e interrogantes sin resolver: ¿conocemos su ópera prima? ¿Cuáles fueron los primeros trabajos del joven periodista? ¿Qué sabemos de las primeras publicaciones, muchas de ellas inéditas, del autor?
Las publicaciones más reseñadas y mencionadas de Chaves Nogales se centran en el reportaje, la crónica, el artículo, la narración, el relato, la entrevista y la biografía de personajes relacionados con el periodo de entreguerras, como ejemplo la clásica entrevista a Joseph Goebbles y la antológica vida del torero Juan Belmonte retratada por la pluma del astifino escritor; por otra parte, muy leídos son los reportajes y las crónicas retratando sus viajes por Europa. No obstante, retornamos a las anteriores cuestiones, ¿qué nos queda del autor novato y principiante?
LA CIUDAD. UNA OBRA CLÁSICA DE JUVENTUD.
El escritor que no hace en su obra ninguna propaganda a ninguna organización política, no puede ser medido por el mismo rasero con que se mide a los directores de los partidos; tiene derecho a cierta inmunidad, cierta abstracción, que serían imperdonables en cualquiera otra orientación interventora, pero que en literatura son imperiosamente exigidas, porque sin ellas, sin esa original ignorancia, sin esa unilateralidad, sin ese granito de incomprensión, no habría obra literaria posible, tal como la literatura se practica.Cuando el periodista escribe estas líneas aún no había conocido el exilio el Londres, ni la huida de París debido a la persecución de la Gestapo, tampoco había probado el trago amargo de la guerra civil en España ni había desistido en su afán y sus simpatías por el partido y la figura de Azaña, el escritor no había sentenciado frases como miedo de los sectarios al hombre libre e independiente. La causa de la libertad entonces en España no había quien la defendiera; nada de esto, Chaves Nogales tenía por aquel entonces entre diecisiete años y veintitrés años, le quedaban muy lejos las colaboraciones en Estampa, El Heraldo y La Gaceta Literaria así como el premio Mariano de Cavia o su libro A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España cuando publica un ensayo titulado La Ciudad.
No fue La Ciudad la ópera prima de Chaves Nogales, pero sí fue, por así decirlo, un libro que consagró su carrera literaria, un considerable punto de inflexión en su obra. En este ensayo –el género elegido por el autor para el desarrollo- no encontramos, eso sí, al ínclito periodista de los años 30’, sino al retórico joven que pretende deslumbrar, como otros tantos, al lector, en este caso con una sintaxis muy madura y barroca, dominando el lenguaje tras una desconcertante lucidez.
El ensayo lo vertebran tres apartados bien diferenciados. En la primera parte del libro nos encontramos con el ensayo sin alteraciones ni impurezas, en su inmaculada y misma esencia, divagando en un recorrido literario e idealizado por la ciudad de Sevilla a través de diversos signos y símbolos identificados con su acervo cultural: los patios, el cante jondo, los gitanos, los cantaores feos y bárbaros, la peineta, la Semana Santa, el caballero hispalense como biotipo diferenciado del señorito andaluz, la Sevilla intemporal de clérigos, caballeros y menestrales, las andanzas de Miguel Mañara, etc. En el segundo apartado de la obra, más interesante quizá para el lector ajeno a la ciudad de Sevilla y probablemente mejor depurado tanto en el estilo como en el argumento –sin la hojarasca y la retórica algo farragosa-, narra, aproximando el género más al relato que al ensayo, los sucesos acontecidos en los últimos días del trienio liberal en la capital de Andalucía; sucesos protagonizados por el retorno de Fernando VII y un pueblo, efusivo y novelero, gritando la consigna absolutista ¡Vivan las cadenas! mientras un liberal se inmola en una cafetería. Historia, literatura, crónica, periodismo… todo unido para contar uno de los episodios más emocionantes de la historia reciente de España; la faceta del brillante periodista se intuye en este pasaje. El tercer volumen del ensayo, el último, cuenta la huelga que inquilinos de corrales sevillanos plantan contra los abusivos alquileres de los arrendadores, relatado el acontecimiento desde la perspectiva de los propietarios y la perspectiva de los arrendatarios, estableciendo así una dicotomía que genera sugerentes miradas en ambos mundos: el ámbito del señorito y el ámbito del proletario.
La Ciudad, de Manuel Chaves Nogales, es un ensayo imprescindible para comprender, asimilar y entender al hombre y al periodista que fue, sería y es; una obra insólita en un escritor aún precoz, en donde se denotan las futuras aptitudes y las capacidades que quedaron demostradas en sus publicaciones. Para cerrar el reportaje, un breve párrafo del libro:
Para muchos, el sevillanismo, como tantas otras preocupaciones comarcales o regionalistas, es perfectamente despreciable llevado a la literatura; son los mismos que, a nombre de la patria, se complacen en agraviar a la región, y utilizando la región, coartan lo local. En definitiva, fundar méritos o deméritos en la limitación territorial de la obra literaria, aunque se examine en conjunto la obra de toda una generación, es absolutamente gratuito.