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Hace algunos años, la Fundación Rafael del Pino decidió apoyar al politólogo catalán Josep Mª Colomer para llevar a cabo la investigación que ahora se presenta en formato de libro. Su pretensión, corregir un error de enfoque de la cobertura mediática actual, con un claro sobredimensionamiento de la política nacional frente a otras arenas más influyentes, como la europea o la global; idea que también subyace a la tesis de la Democracia intervenida del profesor José Fernández-Albertos, del Instituto Juan March, título de su más reciente publicación (Los Libros de la Catarata: Fundación Alternativas, 2012).
Lo que resulta meridianamente claro es tanto el amplio espectro de las actividades que cubren hoy las instituciones mundiales, como la creciente complejidad técnica de su agenda (véase sin ir más lejos los Objetivos de desarrollo del Milenio de la ONU); dando respuesta a asuntos de amplio alcance (como la sostenibilidad medioambiental, el tráfico de seres humanos, el terrorismo o la corrupción), que requieren consensos igualmente globales. Es en este sentido en el que el autor nos habla de la existencia de un gobierno o directorio mundial, un concepto presente en las teorizaciones de personalidades no coetáneas, como el español Francisco de Vitoria (1483/1486-1546), el prusiano Immanuel Kant (1724-1804), el norteamericano Woodrow Wilson (1856-1924) o el francés Jacques Maritain (1882-1973), por citar algunos ejemplos.
En su mayoría, tales organismos, desde el Banco Mundial o el fmi a los denominados G7 (directorio político de las grandes democracias industriales que antes incluía también a Rusia) o G20 (conformado por las veintiuna economías más desarrolladas), han ganado en eficacia e influencia en las últimas décadas, fruto de la diplomacia multilateral y como consecuencia del marco regulatorio global, y ello, a partir de una difícil operativa conformada por complejas fórmulas institucionales y decisorias (como la rotación de países o la ponderación del voto); la confianza en expertos técnicos no electos, sin filiación política y sometidos a un permanente escrutinio público; o, por último, la formulación, implementación y evaluación de políticas de consenso, más allá de las ideologías (baste aquí recordar las diez reformas estándar configuradoras del denominado «consenso» de Washington).
La investigación resulta mayormente oportuna en la media en que no sortea un debate controvertido a la par que apasionante: la democratización de la gobernanza mundial. Los conceptos de gobierno mundial y democracia cosmopolita (popularizado por el sociólogo británico David Held) no son coincidentes. La utopía de paz mundial es con frecuencia considerada uno de los finales de la historia asociándose a la idea de un superestado soberano inexistente. Por el contrario, hoy una red difusa de instituciones (el profesor Colomer identifica hasta un número de ¡treinta y seis!), cumplirían dicha función a partir de una democracia efectiva, que da cumplimiento a sus postulados básicos (representación imperativa, competencia técnica, consenso y dación de cuentas); constatándose su mayor poder respecto de lo más parecido a un supuesto gobierno global unificado: el sistema ONU y sus agencias especializadas.
Ahora bien, confinar la democracia a las fronteras estatales no solo constituye un craso error sino que supone predeterminar territorialmente el ámbito democrático y asumir sus propias características. Del mismo modo que la democracia existió en sistemas políticos que antecedieron al Estado tradicional (como la polis griega), también debería compatibilizarse con otras formas de organización política que la han sucedido (siendo la UE y sus instituciones un exponente válido).
El profesor de economía política de la Universidad de Georgetown (Washington) advierte por último que, en dicho ámbito, la competencia técnica está ganando la mano a la política. La opción tecnocrática siempre ha estado presente en el ámbito estatal, avanzando en la profesionalización de sus burocracias, la proliferación de las agencias reguladoras independientes o de comités de expertos para los más diversos asuntos (política territorial, sanitaria, o universidades, sin ir más lejos); una dinámica que se reproduce en el ámbito internacional y sirve para ganar influencia sobre otros países, titulares de economías emergentes.
Si en las primeras décadas del siglo XX los tecnócratas justificaron la mayor parte de los problemas sociales, como la pobreza o el hambre, en una economía defectuosa y el uso inapropiado de la tecnología, como ponen de manifiesto las ideas del influyente economista John Maynard Keynes (1883-1946), lo que caracteriza a la tecnocracia del siglo XXI es la tendencia a la suplantación misma del poder político (su secuestro, me atrevería a decir) a través del ejercicio de la función decisional por una élite participando en toda la secuencia de la política, desde su diseño a su ejecución (como hemos podido comprobar en los recientes rescates financieros o bailouts de la eurozona).
La publicación hace un año de la versión anglosajona de la monografía (How Global Institutions Rule the World, Palgrave-Macmillan) sirvió para ofrecer una renovada visión sobre fenómenos no tan nuevos como la internacionalización de la tecnocracia y la reconfiguración del nuevo equilibrio del poder económico mundial, claves para hacer inteligible la nueva gobernanza global.
Mariano Vivancos
El 16 de agosto de 2015 se cumplen los doscientos años del nacimiento de Juan Melchor Bosco Occhiena, san Juan Bosco, más conocido como «Don Bosco», fundador de la congregación de los salesianos y de la red de iniciativas evangelizadoras con ella relacionadas que forman uno de los conjuntos más extensos y vivos de la Iglesia católica en el inicio del tercer milenio cristiano. Si nos fijamos en el número de célibes que la integran (unos 16.000), ocupa uno de los tres lugares de cabeza, junto a las distintas ramas de la orden fundada por san Francisco de Asís en 1209 y la Compañía de Jesús, que creó san Ignacio de Loyola en 1534. Visto desde hoy, san Juan Bosco es uno de los más grandes fundadores de la Iglesia católica y el más grande, sin duda, del siglo XIX.
El padre Ángel Fernández Artime, asturiano que, en agosto también, cumple sus 55 años, ha sido elegido en 2014, como rector mayor, décimo sucesor de san Juan Bosco y parece lógico preguntarle a él por la familia salesiana con ocasión de la efeméride de los doscientos años.
El periodista Ángel Expósito, director de «Las mañanas» de la cadena Cope en la temporada 2014-2015, se ha encargado de formular estas preguntas. Ángel Expósito, persona que destaca por su sentido común y su bonhomía dentro del proceloso mundo de los discursos «tertulianos» (radiofónicos o televisivos), es figura a propósito para sostener un diálogo sereno y clarificador sin los meandros sensacionalistas que suelen ser frecuentes en este tipo de compromisos. El libro, de entrada, promete.
El volumen viene prologado por el cardenal Óscar Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa, eclesiástico mediático donde los haya, actualmente coordinador del Consejo de Cardenales del papa Francisco. Óscar Rodríguez es salesiano también. Como lo es el cardenal Tarsicio Bertone, secretario de Estado con Benedicto XVI, o el cardenal Sturla, arzobispo de Montevideo, quien, por lo que le es dado entender a este exalumno salesiano que escribe, «huele más a oveja» que los dos anteriores, si hemos de calificarlos con esta pintoresca imagen de la jerga del Papa reinante.
Pero, en fin, lo que se nos da a leer son doce capítulos, compuestos por una serie de respuestas del rector al periodista y una «ficha» en que un experto da cuenta resumida, en cada caso, de los datos atinentes a la cuestión planteada. Además de presentar al entrevistado, se trata del fundador, de la entrañable y significativa figura de su madre («mamá Margarita»), de los comienzos de la labor de Don Bosco, de su sistema educativo, de su fundación, de sus sueños y de las implicaciones de la fundación con cuestiones «actuales»: los laicos, la mujer, las migraciones, la comunicación, los jóvenes más desfavorecidos.
En el XIX Don Bosco es, sin proponérselo, una figura moderna (por ejemplo, seguramente será el primer santo de la Iglesia conocido en propia efigie gracias a la técnica de la fotografía, «daguerrotipo», desarrollada en su tiempo). En horas de la gran industrialización, que dan lugar a un nuevo empobrecimiento de las masas y al alejamiento de la Iglesia por parte de las clases populares, se siente movido por la Providencia para promover la educación de la juventud, especialmente de la juventud desfavorecida, y redimirla en lo humano y lo sobrenatural. Con fe en Dios, con piedad popular, Don Bosco realiza una obra grandiosa. Baste un síntoma. A cualquier alumno salesiano se le ha inculcado la devoción a la Virgen María en la advocación de «María, auxilio de los cristianos», abrazada por Don Bosco no por razones históricas y, menos, teológicas, sino porque mamá Margarita tenía una estampa de la advocación y el niño Juan Bosco se prendó de ella. Pues bien, no solo en Turín, sino en todo el mundo, en la iglesia parroquial de Brasilia o en la catedral de Kioto, cualquier antiguo alumno reconocerá aquella imagen sencilla de su capilla colegial. Los sueños proféticos de Don Bosco se quedaron cortos. En todo el mundo, la presencia de la imagen será señal de educación cristiana y de atención a la juventud más desfavorecida.
Cuando se habla de una figura que trasciende la historia, se tiende a señalarla como la de un adelantado de nuestro tiempo. Eso, casi nunca es verdad y no es verdad, en absoluto en Don Bosco. Funda un sistema pedagógico que se puede resumir en establecer con los alumnos una relación de verdadero cariño. Por supuesto, quiere la santidad de los laicos, como desde siempre en la historia del cristianismo, pero ni siquiera tiene la sensibilidad de su patrono san Francisco de Sales hacia una espiritualidad propiamente laical. ¿Cómo no va a estimar el papel de la mujer el gran devoto de la Virgen Auxiliadora? Pero no es dable pensar que entreviera los cambios de rol que adquiere la figura femenina a partir de la segunda mitad del siglo XX. Las migraciones y la mundialización están en su programa, porque a un santo como él el planeta se le hace pequeño para las «misiones» que hay que emprender. No cuesta trabajo imaginar a Don Bosco internauta, pero porque el anuncio de cualquier noticia, de la «Buena Noticia» va ligado a las empresas de la «buena prensa». Hay sí un subrayado de Don Bosco que se vuelve a encontrar especialmente en la Iglesia de nuestros días: como dice el padre Ángel Fernández Artime, «en las casas salesianas, todo los jóvenes tienen cabida. Pero al mismo tiempo, nuestra prioridad desde los inicios de Valdocco, han sido y son los jóvenes más pobres, los excluidos y abandonados».
Frente a las tentaciones teorizantes que han provocado tantas tensiones en la historia reciente de la Iglesia, el compromiso de Don Bosco, real, concreto, directo, con los jóvenes, y especialmente con los jóvenes pobres, sigue siendo la divisa para los salesianos. Y eso es garantía de presente y futuro.
Es verdad que las circunstancias de la cultura en estos inicios del tercer milenio están dando lugar a una apostasía masiva de la fe cristiana en las nuevas generaciones de Europa occidental y de las capas económicamente desarrolladas de todo el mundo en general. En lugares, como España, en que la Iglesia dispone todavía de muchos recursos, escasean de modo indecible las vocaciones. No sabremos si habrán de venirnos a reevangelizar salesianos de ciertas zonas de América Latina o de la India. La Historia de la salvación (como la historia tout court) es un misterio. Lo que no cabe duda es de la actualidad y oportunidad del mensaje de Don Bosco: no porque Don Bosco sea un adelantado de nuestro tiempo, sino porque todo mensaje de Amor («Charitas») es de antes y de ahora, es para siempre. Los jóvenes, los pobres «siempre los tendréis con vosotros» (Mt. VI, 11).
Me parece que esta convicción está en la base de estas declaraciones del nuevo rector y en la celebración del segundo centenario de Don Bosco. Si esto es así, lo considero una excelente noticia.

Ángel Expósito: Don Bosco hoy. Librería Editrice Vaticana/Romana, Madrid, 2015, 203 págs., 20 euros.
Director durante años de ABC y de El Correo, el periodista y ensayista José Antonio Zarzalejos (Bilbao, 1954) nos ofrece en Mañana será tarde (Planeta) un profundo análisis de los males que corroen a la democracia española y de los reformas inmediatas que nuestro país necesita. El autor reivindica la labor de una España moderada y reformista, que contemple el futuro no desde el inmovilismo sino desde la exigencia de no dar la espalda a la historia y asumir los retos del presente. Hablamos con José Antonio Zarzalejos sobre su nuevo libro y sobre la situación general española.
– “Mañana será tarde” constituye un diagnóstico valiente de la situación moral y política en la que se encuentra España. Mientras leía el libro, pensé de inmediato en otro debate, ya clásico, que conforma el ADN de la democracia liberal moderna. Me refiero al debate entre Edmund Burke y Thomas Paine y que sugiere la posibilidad de un liberalismo de estirpe conservadora junto a otro de carácter progresista. “Mañana será tarde” se inserta precisamente en la tradición burkeana que sostiene que, ante situaciones de crisis de Estado hay que reformar con inteligencia las instituciones para así preservarlas de cara a las futuras generaciones. ¿Ha llegado el momento de activar el reformismo inteligente? ¿Es el inmovilismo una alternativa?
-En España hay una larga tradición pendular: la demolición o la paralización. La primera es revolucionaria y arrasadora y la segunda estúpidamente conservadora. De modo que nuestro constitucionalismo es trágico porque no ha sido reformista sino maximalista. La inteligencia es siempre aquella que ajusta, corrige, adapta y complementa, que conserva y desecha según las circunstancias, que mantiene los elementos estructuralmente válidos y arroja lastra cuando el lastre lejos de estabilizar la embarcación la sumerge, la hunde. Sí, el reformismo es la opción claramente inteligente. Siempre lo ha sido.
– En un artículo publicado en La Vanguardia hace aproximadamente un año, el exsecretario de Estado de Economía Alfredo Pastor, afirmaba que la Transición ha muerto de éxito. La idea me pareció interesante: gracias a la Constitución del 78 hemos recuperado las libertades individuales y colectivas, hemos ingresado de pleno derecho en Europa, se ha facilitado la alternancia política y el despliegue autonómico y, en fin, se ha consolidado un digno Estado del Bienestar. A pesar de sus evidentes limitaciones, ¿no le parece excesivo el descrédito que sufre actualmente la democracia española?
-No, no me parece excesivo. ¿Cómo me lo va a parecer con los casos de corrupción debidos a factores criminógenos que son endógenos del sistema? O la mediocridad de la clase dirigente o la perversión que ésta ha provocado en el desarrollo constitucional. ¿La abdicación del Rey no es algo diferente a un deterioro en la cúspide del Estado por prácticas personales e institucionales inadecuadas? Cuando han ocurrido tantas cosas, entre ellas el vuelco del 24-M de 2014, me parece que está justificada la irritación con un sistema que ha funcionado verdaderamente por debajo de las expectativas.
– En el prólogo del libro, Antonio Muñoz Molina habla de la ausencia de pedagogía democrática en nuestro país, lo cual vicia muchos de nuestros debates públicos. La responsabilidad, sin duda, es compartida, pero me gustaría preguntarle por la prensa, a la que le dedica el capítulo final. ¿Qué papel ha jugado la prensa en el deterioro de la vida pública española? ¿Y a qué se debe esta notoria ausencia de prensa y de información de calidad en nuestro país?
-Lo explico en el libro: megalomanía en los tiempos de bonanza, amateurismo gestor, recortes indiscriminados, sin criterios, dependencia financiera, malos modelos de negocio y editoriales y emergencia de nuevas tecnologías que no se han sabido cohonestar con los soportes tradicionales.
En este sentido, resulta asombroso comprobar cómo una parte considerable de los medios ha dejado de lado la tradición constructiva para utilizar un argumentario facilón, maniqueo y falto de matices, que sólo aspira a la destrucción de sus adversarios. En la época del tuit y de los mensajes PowerPoint, ¿cómo se puede rehacer la tradición constructiva del debate público?
-Dando prioridad al factor humano y profesional: el periodista es el intermediario necesario entre la noticia y la audiencia y le corresponde dotarle de valor añadido. El debate debe basarse en información veraz, en argumentos solventes y en razonamientos verdaderamente democráticos y no tramposos. La pedagogía requiere de periodistas que sepan divulgar con rigor y superen la mera función transmisora. Ahí está la calidad del periodismo. No hay otro camino.
– El primer capítulo del libro está dedicado a “los colores de la corrupción”. Uno de los acercamientos más interesantes que plantea es mirar el fenómeno de abajo arriba en lugar de hacerlo al contrario. Usted afirma que “la corrupción municipal es la más perniciosa”, en cierto modo como si todavía pervivieran en España algunos de los vicios decimonónicos del caciquismo. ¿Cree que en determinadas competencias centrales –como la urbanística- habría que plantear algún tipo de recentralización?
-Sí, en parte; pero no necesariamente ni en todos los casos. Más que un problema de recentralización que acaso fuese necesario en municipios de determinada dimensión, es un problema de control y de intervención de funcionarios públicos asépticos, buenos técnicos que redujesen al mínimo los márgenes de discrecionalidad que ahora son de arbitrariedad.
– La lectura del capítulo dedicado al Rey demuestra que la abdicación del rey Juan Carlos I fue un proceso de ingeniería fina para preservar la Corona en la medida de lo posible. En su opinión, ¿qué pasos ineludibles deberá dar el rey Felipe VI para ganarse el futuro?
-Olvidarse del carisma y centrarse en la funcionalidad de su trabajo; impulsar lo que pueda el desarrollo del Título II de la Constitución; moderar y arbitrar las instituciones del Estado del que es el símbolo de su unidad y permanencia; superar el enjuiciamiento de su hermana y su cuñado y proyectarse mucho en el exterior como embajador del país. Por lo demás, seguir como hasta ahora, con transparencia y seriedad en el ejercicio de sus funciones. Pero habrá que abordar el debate del Título II de la Constitución para evitar la prevalencia del varón sobre la mujer en la sucesión y se producirá un debate sobre la forma de Estado. El Rey Felipe VI tiene todo de su lado para salir con bien de esa discusión nacional.
– Usted se refiere a Doña Letizia como “una reina inédita en España” y también señala que “su plebeyez puede ofrecer resultados ahora imprevisibles”. ¿Qué interpretación cabe hacer del notable proceso de aburguesamiento que se da en buena parte de las casas reales europeas? ¿Qué potencialidades ofrece?
-Es lo que se diría el signo de los tiempos. Las monarquías deben ser estéticamente anacrónicas y litúrgicas pero dosificadamente porque en su vida diaria deben empatizar. Hay que buscar el punto correcto de acercamiento. Ni campechanía ni hieratismos. Cercanía desde una distancia que es la que requieren figuras que son referenciales en las sociedades.
– De Cataluña al País Vasco, la cuestión territorial resulta un problema irresoluble al menos desde hace un siglo. La aceleración catalana coincide con el estallido de la crisis económica y con la debilidad del Estado, pero también con la sustitución del relato plural del catalanismo por otro más estrecho, que sería el del pujolismo. ¿Una Cataluña maragalliana hubiera sido distinta a la que ha surgido de los veinte años de gobierno convergente? Y desde la vertiente de Madrid, ¿qué es lo que no se ha sabido entender de Cataluña en estos treinta años de democracia?
-Dedico el capítulo más largo de mi libro a Cataluña. No me es posible contestar brevemente a la pregunta. Pero digamos para resumir que la sociedad catalana y la castellana –ambas españolas- son muy diferentes y han vivido de espaldas. La crisis económica, los errores en el Estatuto de 2006, la angustia vital del nacionalismo y los errores del Gobierno al no ofrecer alternativas razonables para adelgazar las filas del secesionismo explican lo que está ocurriendo. Llegará a un límite muy alto de tensión, pero acabará en un acuerdo que probablemente no protagonicen ni Mas ni Rajoy.
– Hoy asistimos a una reivindicación de la doctrina Herrero de Miñón, que consistía en reconocer la singularidad autonómica de las nacionalidades históricas en lugar de aplicar el “café para todos”. En forma de algún tipo de federalismo asimétrico, ¿sigue siendo una solución o llega ya demasiado tarde?
-No es demasiado tarde. Yo soy partidario de una disposición adicional quinta en la Constitución para singularizar Cataluña y de introducir la ordinalidad en la financiación de las comunidades autónomas.
– ¿Por qué Rajoy no ha planteado ninguna propuesta para resolver la cuestión territorial, más allá de ampararse en la Constitución? ¿Qué coste cree que puede tener esta pasividad?
-El coste de una convulsión nacional y quizás otros muy graves. Toda realidad que se ignora prepara su venganza.
– En este último año, un Rey ha abdicado y otro ha sido proclamado, han entrado en escena nuevos actores políticos, se han sustituido a la mayoría de directores de los principales periódicos nacionales, hay un cambio generacional en marcha. Sólo Rajoy –y Mas– permanecen, por ahora, inalterables. ¿Por cuánto tiempo?
-No lo sé, pero creo que ambos podrían estar ya superados. No tanto por la edad cuanto por las circunstancias.
– ¿Cree que estamos abocados ineludiblemente a un proceso de reforma constitucional en la próxima legislatura?
-Sí, sin duda ninguna, y cuanto más lo retrasemos, peor. La comunidad jurídica se decanta claramente por la reforma de la Constitución. Que sería natural, como ha ocurrido en Alemania, Italia o Estados Unidos.
– Un tema que me interesa al respecto es el papel del llamado “derecho a decidir”. Para Tocqueville, uno de los riesgos evidentes de la democracia era caer en una especie de idolatría de la democracia directa, sin mediaciones ni representación. Y a día de hoy, al menos en ciertos ambientes, se celebra el “derecho a decidir” como el nuevo dogma de la democracia. ¿Qué opina usted de este debate? ¿Hacia dónde nos dirigimos?
-Me adhiero al principio de representación. Pero ha habido una quiebra de la confianza que deteriora ese principio. Hay que ver si es un fenómeno coyuntural o estructural. Me inclino por lo primero. La democracia sólo puede ser representativa. La directa lleva a la confusión y a la postre a la manipulación por elites revolucionarias.
– Finalmente, y aunque sólo se apunta en el libro, me gustaría preguntarle por el fenómeno de la atomización social, que amenaza con erosionar las clases medias y fracturar la sociedad. Algunos economistas hablan ya de un new normal definido por la gran estagnación de la economía. En una sociedad que avanza a dos velocidades, los resortes del populismo van a estar siempre activados. ¿El siglo XXI será el siglo de la inestabilidad?
-Japón es un ejemplo de cierta estagnación. Pero el siglo no sé si lo será porque sólo llevamos tres lustros de su recorrido. Hasta superar la crisis queda otro y pienso que, en atención a los acontecimientos es fácil que la inestabilidad social y política, como resultado de la fragmentación y el malestar, sea una constante por mucho tiempo aún.
Churchill también fue el primero en percatarse de la amenaza que representaba Hitler para Europa y para Gran Bretaña y advirtió severamente de ello en el Parlamento, un mes tras otro. El clima político de la época era semipacifista y antibélico y el mensaje que daba Churchill de que Inglaterra necesitaba rearmarse era impopular, lo que le aislaba aún más dentro del Partido Conservador. Algunos años después, Churchill con mirada retrospectiva, situó lo que él llamó el “Descensus Averno” en el periodo 1931-1932. En 1928, el gobierno Baldwin había tomado la iniciativa de reafirmar la duración del Plan de Defensa durante 10 años, a lo largo de los cuales el esfuerzo inversor debía continuar, aunque en ese periodo no existiese la amenaza de una guerra inminente. El gobierno de McDonald en (1932–1933) consideró que los riesgos económicos y financieros a los que el país se tenía que enfrentar eran, en cambio, más prioritarios y urgentes, por lo que no se ejecutó el compromiso adquirido de mantener la inversión en Defensa.
En esos años Churchill, otro error, tomó partido por Eduardo VIII, el Duque de Windsor, estando tentado en desempeñar el papel de potencial líder de “un partido del rey”, lo que hubiera tenido consecuencias constitucionales devastadoras. Por fortuna, no encontró apoyos.
Sin embargo, fue muy beneficiosa para él la creación del grupo de reflexión y de relaciones políticas transversales denominado “Focus“, compuesto por personalidades políticas y sociales de diversos ámbitos que celebraba habituales almuerzos en el Hotel Victoria. La pertenencia a este grupo le ayudo a centrar su posición política, que anteriormente había adquirido un cierto tono rancio y derechista en relación a la Política Imperial de Gran Bretaña, con una clara posición inmovilista respecto a la debatida autonomía de la India.
La absorción de Checoslovaquia por el régimen nazi, sin respetar el Pacto de Múnich, el 15 de Mayo de 1939 y la invasión de Polonia por Hitler, el 1 de septiembre de 1939,no solo iban a dar la razón a las reiteradas advertencias de Churchill, sino que además iban a precipitar su entrada en el Gabinete de Guerra como Lord del Almirantazgo lo que le otorgaba un poder real.
Concluida pues su travesía del desierto y ya argumentadas, al comienzo del artículo, las circunstancias que motivaron su designación como Primer Ministro, fijemos el foco de atención en ese mes de mayo de 1940, donde un hombre solo, Churchill, se tuvo que enfrentar al desafío de una tiranía, a una dictadura moderna respaldada por las masas , y que pretendía implantar un nuevo y diabólico totalitarismo, seccionando la democracia y sustituyendo al régimen liberal y parlamentario vigente. Se trataba de poner punto y final a una Civilización que había comenzado 500 años antes. Churchill no concebía una Inglaterra aislada y debilitada, con un estatus especial concedido por el nazismo , ajeno a una Europa “dominada por una potencia brutal”; más bien pensaba que el futuro de la Europa occidental y el de Inglaterra estaban indisolublemente unidos. Churchill tenía una comprensión excepcional de la historia y la personalidad de Europa; por sus venas fluía el espíritu europeo.
Cuando Churchill llegó al poder, por fin, un lunes de Mayo, se encontró de bruces con problemas que harían retroceder o inmovilizarse a cualquiera. Francia se había rendido, en el Partido Conservador consideraban, infectado de políticas temerosas y claudicantes, que su mandato sería efímero: el mandatario, por así decir, tenía el cáncer en casa. El pueblo británico había recibido, hasta esa fecha, una información parcial y edulcorada, un tanto lejana, del peligro nazi. Por eso reaccionó sorprendido y conmovido cuando tuvo noticias de la capitulación del gobierno francés. La opinión pública en Francia, entre las clases medias ilustradas, parecía mediatizada por una percepción de que los términos del Tratado de Versalles habían sido muy injustos con Alemania; además, era mayoritaria la idea de que Gran Bretaña y el Imperio debían evitar involucrarse en un conflicto armado (consolidación de una mentalidad pacifista y aislacionista); por último, existía un miedo arraigado a la colaboración con el comunismo (Alianza con Rusia). Churchill, al mismo tiempo, sabía que el poder militar de Alemania y el espíritu que imbuía a sus soldados era grandioso, y que solo una alianza de Estados Unidos, Rusia y la propia Inglaterra podría tener una oportunidad de derrotar a Alemania. No existían combinaciones menores: se requería el concurso conjunto de las tres grandes naciones.
Churchill estaba solo, sin más compañía que el abismo al que le llevaba la situación. Años después, cuando le preguntaron a su entonces lugarteniente y líder del Partido laborista, Clement Atlee, qué hizo Churchill para ganar la guerra, respondió de forma sencilla. “Hablar de ello“.
Utilizó el lenguaje de su pueblo, consiguió convencer a sus compatriotas de que estaba en juego no solo la democracia liberal y parlamentaria, sino la supervivencia nacional, y que el desafío totalitario era de tal naturaleza que la civilización occidental, sus usos y costumbres, el Derecho y las libertades personales y políticas estaban en letal peligro. Solo tenía su palabra, la ética de sus convicciones más profundas, el sentido de la responsabilidad y de la Historia.
El 13 de Mayo de 1940 se dirigió a la Cámara de los Comunes para presentar a su gobierno al que definió como “un gobierno representativo de la unidad y de la inflexible voluntad de la nación de proseguir la guerra contra Alemania hasta la obtención de la victoria final“. No hay ejemplos de políticos que, en circunstancias transcendentales, se hayan dirigido, o se dirijan a su país diciendo “No tengo nada que ofrecer“. Esa era la prueba de su veracidad, del reconocimiento más limpio de la gravedad de una situación que requería la unidad inexcusable del pueblo británico, la plena concertación de voluntades, la sincronía del latido del corazón de Churchill y su pueblo en su hora más difícil. Ahí Churchill fue capaz de articular “la voluntad colectiva” de Inglaterra. Y ese fue el momento en que con toda su fuerza resonó la invitación ejemplarizante a la abnegación y al sacrificio: “Solo sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas”. Existía una necesidad de compartir los ideales, de reforzar la unidad de propósitos, de encontrar las palabras necesarias, aquellas que solo tienen un significado. Por ello, levantando la voz dijo “Si preguntan cuál es nuestro programa político, mi respuesta es luchar, luchar por tierra, mar y aire, con toda la resolución y toda la fuerza que Dios sea capaz de darnos; proseguir la guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en el oscuro y lamentable catálogo de la maldad humana. Esa es nuestra política”. Pero quedaba un último asunto, que consistía en crear en el ánimo y la mentalidad colectiva una dinámica de Victoria (palabra que repite cinco veces en el párrafo concernido) “porque sin Victoria no sobreviviremos”. Como dice Schama en su epílogo, la adulación funcionó y el pueblo británico tomo conciencia de su responsabilidad, de la encrucijada histórica que les legaba el destino y de la necesidad de que todos estuvieran a la altura de sus mejores cualidades.
En el interior del gabinete, Churchill iba venciendo con energía las andanadas pactictas de Halifax, que pretendía explorar la vía de intermediación de Mussolini ante Hitler. Churchill tenía la intuición moral de que los nazis cortejarían a Inglaterra hasta conseguir su neutralización y desarme con la artimaña de asegurarles el mantenimiento del Imperio Británico por “cortesía” personal de Adolf Hitler. Había que evitar el caer “en la pendiente resbaladiza” a la que llevaría el conato de negociación que resquebrajaría la confianza y la moral de los británicos. Churchill impuso su punto de vista: para él no había alternativas, había que luchar hasta el final, asumiendo el riesgo de perderlo todo.
Churchill lo explicó muy bien en algunos de sus discursos de aquellos días. “Si Hitler vence, todo el planeta, incluido EEUU, y todo cuando hemos querido y amado se hundirá en el abismo de una nueva edad oscura, más siniestra y quizás más enquistada aún, porque en ella solo alumbrará la luz de una Ciencia perversa. Si Alemania vence no tendrá compasión, quedaremos reducidos al status de vasallos para siempre; sería preferible que la civilización de Europa Occidental se hundiera con todos sus logros, en un final trágico pero espléndido, que presenciar la agonía de nuestras democracias, carentes ya de todo lo que hace que la vida merezca vivirse”. Aunque continuaba buscando, con extrema insistencia, la implicación del Presidente Roosevelt en la Guerra, en sus misivas siempre le dejó claro que “si fuera necesario continuaremos la guerra solos, no tenemos miedo a hacerlo“.
En medio de una clamorosa soledad internacional, Churchill iba ganando algunas de las muchas batallas abiertas. La exitosa evacuación de Dunkerque, donde las vidas humanas salvadas superaron todas las previsiones (340.000 soldados evacuados, entre ellos 120. 000 franceses) representó una sustancial elevación del ánimo público de la Nación. Ahora se trataba de volver a preparar a su país para la Batalla de Inglaterra, compareciendo el día 18 de junio en el parlamento para pronunciar un discurso histórico. Alguno de sus pasajes más relevantes fueron: “Preveo que la Batalla de Inglaterra está a punto de empezar. De esta batalla depende la supervivencia de la civilización cristiana. De ella depende nuestra existencia nacional y la prolongada continuidad de nuestras instituciones y nuestro Imperio… asumamos, pues, nuestro deber y tengamos presente que si el Imperio Británico y su Commonwealth durasen otros mil años, todos dirán: “Aquella fue su hora más gloriosa“.
Como dice John Lukacs sobre la expresión “su hora más gloriosa“, estas palabras se harían un hueco que aún perdura, en la prosa y la oratoria de todas las naciones de habla inglesa. Benditas palabras de Churchill, la fuerza irremplazable de las palabras verdaderas, alimento imprescindible para mantener la unidad de la nación y fortalecer su espíritu porque Inglaterra tenía que resistir, ese era el camino y no había otro. El mañana no estaba escrito. Vinieron años duros, inequívocamente malos, pero no afectaron a la visión de Churchill, ni a la fuerza de sus convicciones.
Así, cómo olvidar los incesantes bombardeos de la Alemania nazi contra Inglaterra (el terrible Blitz), que la figura desafiante de Churchill contemplaba desde los tejados de los edificios, o el riesgo de que, en 1941, Rusia fuera vencida por Alemania. También resulta inolvidable el 7 de diciembre de 1941, el día que los japoneses atacaron Pearl Harbor y que también refleja Lukacs en el conmovedor retrato que hace de Churchill en Chequers: “permanecía taciturno con la cabeza entre las manos, durante largos minutos. Hasta que llegaron las noticias”.
Inglaterra resistió, en la más difícil encrucijada de su larga historia, porque tuvo al frente a un hombre excepcional como Winston Churchill, cuyas cualidades sobresalen en este texto. Si Inglaterra no hubiera resistido, Hitler se hubiera adueñado de toda Europa (incluida Gran Bretaña) y los apoyos de Rusia (también ocupada); el papel de los Estados Unidos hubiera sido tardío y ya innecesario. Pero Churchill sabía que esos decisivos apoyos internacionales sin los que la resistencia de Inglaterra hubiera sido baldía, iban a tener un precio. Intuía que el precio iba a ser el reparto del mundo entre Rusia y Estados Unidos y que esto significaría el fin del Imperio Británico, por un lado, y la extensión del Imperio Soviético en Europa, con la consiguiente división de la misma.
Pero como bien dice Schama, la disyuntiva a la que se enfrentó Churchill en 1940 era una cuestión de principios: debió optar entre “un fin de la gloria imperial” o el “el fin de la libertad” y no tuvo ninguna duda.
Presintió también el peligro que iba a acechar al mundo de la postguerra (el “Telón de Acero”, en expresión churchilliana, la división de Europa, la Guerra Fría, etc.).
Solo una persona de su talla e importancia podía calificar el final de la guerra (sus consecuencias) como una tragedia. Pero eso y otras muchas más cosas de la azarosa (como siempre) posterior carrera de Churchill, es otra historia.
Ahora debamos quedarnos con su gigantesca figura histórica, emergiendo entre los escombros humeantes provocados por un bombardeo nazi especialmente cruel en la ciudad de Bristol, encontrándose con una mujer que lo había perdido todo y que con su rostro bañado en lágrimas, al ver la presencia de Churchill dejo de llorar y gritó “¡Hurra, Hurra. Es uno de los nuestros!”. Ese era Churchill, uno de los nuestros, el mejor de todos.
En octubre de 1900, con veintiséis años, es elegido diputado tory por el Distrito de Oldham. Luego fue diputado por Manchester, Dundee (que pensaba que iba a ser su escaño de por vida y lo fue de desde 1908 hasta 1922) y Epping (rebautizado Woodford desde 1924 hasta su muerte en 1965).
Este fue el comienzo, de la más importante y apasionante carrera política que desde el siglo XX probablemente hemos conocido. El más longevo Parlamentario de la historia de Inglaterra mantuvo su acta en la Cámara de los Comunes, salvo una circunstancial ausencia de dos años, a lo largo de sesenta y cuatro años, superando incluso los sesenta y dos y medio de Gladstone. Eso le convierte en el más perseverante animal político que la historia ha conocido.
Pero, con su deseo de notoriedad a cuestas, lo que alguien denominó su “jactanciosa ambición”, así como una irreprimible impaciencia, hacen que, junto con otro jóvenes diputados tories, participase en una conspiración contra el Gobierno del Conservador Balfour con motivo de su extraño “giro proteccionista“. No le dolieron prendas en escribirle al propio Balfour y decírselo abiertamente: “Me opongo completamente a cualquier cosa que altere el carácter librecambista de este país (…) Soy un liberal Inglés. Detesto al partido tory, a sus hombres, sus palabras y sus métodos. Soy liberal en todo menos en el nombre“. Churchill podía ser muy agresivo en la descalificación, prejuicioso en sus opiniones sobre personas y situaciones. Así, en 1897, antes de entrar en el Parlamento, podía calificar a líderes del Partido Tory a los que ni siquiera conocía en esa época, como el citado Balfour, de “cínico lánguido, perezoso y ensimismado. Una figura decorativa del Partido Conservador”; a Curzon le llamó “el niño mimado de la política, henchido de presunción, insolente de éxito inmerecido, la personificación del pedante de Oxford“. Con estas y otras personas, tiempo después, llegó a tener una relación entrañable y a elogiar sus eximias cualidades políticas. Pero la gran mayoría de las personas que le conocieron no se dejaron influenciar por sus frecuentes exabruptos, porque creían que Churchill no era un hombre malintencionado.
En el año 1904 ocupó, con el gobierno Liberal de Campbell-Bannerman, su primer puesto en la Administración como de Subsecretario para las Colonias; posteriormente, siendo primer ministro Asquith, y con sólo 33 años, sustituyó a Lloyd George como Ministro de Comercio (el más joven desde el año 1866).
Conviene detenerse un poco en la relación de Churchill con Lloyd George, por ser inusualmente larga e ininterrumpida y por la profundidad de la huella que dejó en ambos. El galés, Lloyd George, con su genómica celta y once años mayor que Churchill, pertenecía a lo que se denominaba el Nuevo Liberalismo, caracterizado por un acentuado sentido del reformismo social. Lloyd George era el mentor de lo que se conocía como “el radicalismo constructivo”. Ya en Glasgow (en St. Andrews Hall) cuando estaba rompiendo con los Tories, Churchill pronunció un discurso contra la plutocracia que sintonizaba con esa línea política “Nadie parece tener en cuenta más que el dinero hoy en día. Nada tiene importancia salvo las cuentas bancarias: la calidad, la educación, la distinción cívica, la virtud pública, cada año parecen estar menos valoradas”.
Se ha especulado en muchas ocasiones sobre las superiores cualidades políticas de uno u otro. Para Jenkins fueron dos genios políticos, en el sentido de que tenían poderes excepcionales y originales que transcendían la medida puramente racional, aunque delimita con conocimiento las condiciones de cada uno.
Churchill tenía un propósito más fijo y más coherente (más principios y menos oportunismo) que Lloyd George. Pero Lloyd George era un orador más espontáneo y en ocasiones más persuasivo que Churchill. Lloyd solía meterse más en la forma de pensar de su público, era mucho mejor oyente que Churchill y, en parte como parte de su intuición celta, poseía una mayor comprensión de lo que pasaba por la mente de sus interlocutores. Churchill hablaba a sus oyentes con una cierta dosis de provocación; Lloyd George los envolvía. Churchill no era hombre que permitiera que se le desviara de un propósito político central, era más rígido; Lloyd George era más flexible.
Bajo la tutela política de Lloyd George, estos dos personajes fueron unos firmes aliados en la defensa de políticas sociales en el Gobierno de Asquith.
En línea con este planteamiento, y siendo Churchill Ministro de Comercio, escribió una relevante carta a Asquith en septiembre de 1908, donde desgrana una agenda social, tomando como modelo la organización social de Alemania. Así, cree que las reformas sociales deben perseguir, entre otras medidas: una bolsa de trabajo, un seguro de desempleo, implantar un seguro de enfermedad o la educación obligatoria hasta los 16 años. Siempre con su brillante lenguaje, le dijo a Asquith: “introduce una rebanada de bismarskismo en toda la cara inferior de nuestro sistema industrial y espera las consecuencias, sean cuales sean, con buena conciencia”.
Todas estas actitudes, sus banalidades, excesos, indiscreciones (ejercía una locuacidad ilimitada y refractaria al secreto), juicios apresurados, giros políticos coyunturales y radicales, errores, carencias, extravagancias, “su pendencierismo instintivo”, no ajeno a los antecedentes de Lord Randolf, devinieron en algunos períodos de penitencia y de una cierta exclusión política. Con todo, estos iban a tener un carácter eventualmente significativo pero no profundamente perjudicial para su carrera, ya que en Churchill siempre se impuso su energía desbordante, su fe en la voluntad y el optimismo, su gran capacidad de discusión, su perseverancia aun en el error, su relevancia como escritor, su singular autenticidad política, su inequívoco sentido nacional, con una permanente defensa de los intereses del Imperio. Y, sobre todo, siempre le acompañaba su infranqueable decencia, su claridad y densidad moral, que compensaban sus eventuales carencias microdirectivas. Como dejó escrito en su discurso de homenaje a Neville Chamberlain, en el día de su muerte (Otoño de 1940), “la única guía para un hombre es su conciencia, el único espejo para su memoria es la rectitud y la sinceridad de sus acciones“.
Como señala Simon Schama a propósito de esa heterodoxia política de Churchill, que extiende, en este caso, también a Lloyd George, “ambos pusieron sus ideas políticas por encima de la lealtad al partido y fueron, en realidad, ideales no muy lejanos a los del liberalismo antimarxista y la reforma social promovida por el Estado, combinación que en una época se consideró una anomalía en la lucha polarizada entre capitalismo y laborismo, pero que, un siglo después de su nacimiento a principios del siglo XX, en realidad es algo muy parecido a llegar a ser, al menos en Europa , rey del zeitgeist”.
Después del Ministerio de Comercio fue designado por Asquith como Ministro del Interior. Churchill destacó como reformador penal; aunque nunca fue un abolicionista respecto a la pena de muerte, sí fue un hombre que tuvo grandes problemas de conciencia sobre esta cuestión, y en cualquier caso fue un reformador social en cuestiones relacionadas con la prevención del número de accidentes de las minas o en la elevación del mínimo de edad necesario para trabajar en estas.
Las rutinarias obsesiones de Churchill eran favorecidas porque siempre miraba los problemas desde el lugar en el que se encontrara en esos momentos, lo que hacía de él un personaje alejado con frecuencia de la objetividad, rasgo que en bastantes ocasiones le jugó una mala pasada.
Churchill, que reconoció que, de todos los cargos de su vida política ese ministerio era el que menos le había gustado, no tardó en demostrar su carácter epicéntrico, siempre cerca del poder o de la acción, (preferiblemente de ambos), que mantuvo a lo largo de toda su carrera política. Había serias dudas en la opinión pública sobre si era un ministro de interior calmado y juicioso. Hay un episodio muy revelador de su forma de ser: se trata del episodio relativo a una banda de letones que, en el atraco a una joyería, mataron a dos policías y escaparon. Descubierto su paradero, Churchill no pudo resistirse a ir personalmente para ver el dispositivo policial con el que cercaron a los delincuentes. Allí se presentó, con su chistera y su elegante abrigo con cuello de astracán, y hay dudas si dio órdenes en el curso de la operación. En cualquier caso, cuando la casa se incendió, el oficial del primer destacamento de bomberos pidió instrucciones a Churchill y se le dijo que la dejara arder. Al final se encontraron los cuerpos carbonizados de varios de estos ladrones. En esta convulsa Inglaterra llena de tensiones laborales en el sector industrial, Asquith pensó que necesitaba a alguien más predecible al frente de Interior.
En 1911, Churchill deja este cargo y pasa a ocupar el que más ambicionaba, el Lord del Almirantazgo. Como no podía ser de otra forma, fue un Primer Lord atrevido y controvertido. En el Almirantazgo quiso poner en práctica su política de “gran Marina”; quería que este factor constituyese el rasgo característico de su “identidad política” en este puesto. Es verdad que su alma de militar se excitaba ante la previsión de grandes conflictos militares, pero siempre tuvo temor a sus consecuencias. Nunca fue indiferente al sufrimiento humano y siempre, en sus estrategias y tácticas, buscaba que hubiese pocas víctimas. Se rodeó de alguna persona con evidentes rasgos de extravagancia, como Lord Fisher, del que Roy Jenkins dice “estaba discutiblemente medio loco, pero tenía una vena genial…”. En general se le consideraba el mayor administrador naval desde Nelson. Recuperado de su retiro por Churchill, eran delirantes la forma en que se despedía en sus largas y continuas cartas “suyo hasta quedar reducido a cenizas” o “suyo hasta que el infierno se congele”. Ambos sentían una asombrosa y casi indestructible fascinación el uno por el otro.
Siempre hiperactivo políticamente, buscó alianzas en el Gabinete con su amigo y protector Lloyd George, que era Ministro de Hacienda, y que comentó con gracia e inocente premonición que Churchill se había convertido en esos momentos en “una criatura acuática”. Pero era difícil contradecirle por su gran capacidad de discusión y polémica; como dijo Asquith tenía “un rayo en zigzag en el cerebro”. Otra de las figuras de ese gabinete era el cultivado e inteligente Ministro del Foreign Office, Edward Grey, con el que Churchill buscaba equilibrar el peso de Lloyd George, que le advirtió con intuición que “las luces de Europa se están apagando”.
Ya incursos en la Primera Guerra Mundial, y con el Gobierno belga evacuando Amberes, Churchill, en otra manifestación de su carácter epicéntrico, se desplaza a esta ciudad para conocer y ayudar a organizar la resistencia de Bélgica, asumiendo el papel oficioso de “Comandante en jefe Local”. Pero, llevado por el fragor de la batalla y de su compromiso personal, telegrafió a Asquith para sugerirle que le permitiera dimitir de Primer Lord y asumir oficialmente el cargo de Comandante en jefe en Amberes con todas las prerrogativas. Esto le hizo exclamar a su mujer Clementine que “había perdido el sentido de la proporción”. Como Lord del Almirantazgo iba también a desarrollar otra de sus características estratégicas y personales más descollantes (el periferismo). Fue muy habitual a lo largo de la vida de Churchill que sus análisis políticos o militares siempre contuviesen elementos extremadamente originales y excéntricos. Sus brillantes “tours d’horizon” ampliaban las perspectivas de sus análisis hacia terrenos desconocidos. Así, cuenta Jenkins, que cuando a principios de 1915 la Primera Guerra mundial se situó ante un impasse, Churchill propuso una alternativa atrevida e imaginativa que era la de forzar la apertura de una ruta por los Dardanelos con objeto de introducir la flota británica en el mar de Marmara, con o sin una ocupación por parte del ejercito de la península de Gallipoli, induciendo, por la penetración hacia el Cuerno de Oro, a que el Gobierno turco tuviera que pedir la paz, al tiempo que se involucraba en la guerra con el bando aliado a Grecia, Bulgaria y Rumania.
La operación fue un desastre porque el error de Churchill fue no plantear una operación naval y militar integrada, sino decantarse por otra preponderantemente naval y cuya consecuencia se resume en cientos de miles de tumbas británicas, lo que constituye por sí solo un elocuente testamento. Churchill siempre argumentó la carencia de un poder supremo en el operativo militar que impedía tomar decisiones rápidas y eficaces. Los Dardanelos reforzaron la imagen de Churchill como un cierto peligro público y también constaron su impopularidad (causaba aversión en los Tories y tenía la oposición de gran parte de su partido). Asquith, que le tenía consideración y afecto y que fue víctima por parte de Churchill de una crítica inmerecida e implacable, le mantuvo como Canciller del Ducado de Lancashire, lo que le permitió seguir siendo miembro del Gobierno y del Consejo de Guerra (cargo del que dimitió a los cinco meses). Pero su obstinación por librarse de “la carga paralizante” de los Dardanelos resultó ser para él una auténtica obsesión. Estaba desesperadamente ansioso de que lo ocurrido en Dardanelos desapareciera de su reputación, o al menos compartirla con todo el Consejo de Guerra. Tenía muy claro que, mientras fuese contemplado como un hombre culpable, tendría difícil volver al Gobierno, y estaba obcecado con que se publicasen los documentos claves referidos a Dardanelos. Asquith creó una comisión de investigación sobre este asunto de la que se haría cargo el Conde de Cromer. Esta comisión de alguna forma le permitió mejorar su reputación, pero al no dictarse una resolución final antes de finales de 1916, se precipitó la caída del gobierno de Asquith y fue sustituido por un gobierno de coalición con los conservadores presidido por Lloyd George, estando Churchill, en ese momento, fuera de juego.
Si Dardanelos es un hito importante en la biografía de Churchill, que en la mayoría de las ocasiones hubiera enterrado a cualquier político, su recuperación política nos permite mantener una sucinta conexión con su hilo biográfico, para volver en el tramo final de este escrito con el inicio del mismo, es decir con su designación como Primer Ministro en Mayo de 1940. Pero antes hay que dejar constancia, de las los hechos más relevantes en la vida de Churchill desde los Dardanelos hasta su momento estelar.
En el verano de 1918 empezó a cambiar la fortuna de Churchill. Pese a la fuerte oposición de los conservadores, 26 meses después de ser excluido del almirantazgo, y cuando quedaban 16 meses para el fin de la guerra, Lloyd George le nombró Ministro de Armamento, salvando, decisivamente, su carrera política. Le quería en el gobierno “por su fértil mente, su indudable valor, su incansable laboriosidad y su meticuloso estudio del arte de la guerra”.
Lloyd George convocó en 1918 elecciones después del triunfo de los aliados, concurriendo los liberales en coalición con los conservadores, pero superando estos a los liberales en las listas en la proporción de dos y medio a uno. Los efectos de la guerra, la incipiente aparición de alguna de las nuevas ideologías que iban a marcar el siglo XX y el acelerado reforzamiento del partido laborista, que actuaba ya como correa de transmisión de los sindicatos, y que recogía la necesidad de una mayor protección social demandada por los ciudadanos después de la guerra, provocaron que el partido liberal se encaminase hacia un papel no relevante en la política británica. Fue el comienzo del fin del viejo partido liberal que desde su constitución formal en Willi’s Room en junio de 1859 y hasta finales de 1916, había gobernado treinta y dos de los cincuenta y siete años transcurridos. En cualquier caso, Churchill fue designado Ministro de la Guerra (también sirvió a ese gobierno en el Colonial Office), en el nuevo gobierno de coalición de Lloyd George, después de la Gran Guerra. No había perdido el instinto político, y desde el primer momento se lanzó a un “abnegado intento de estrangular, casi al nacer, el régimen bolchevique en Rusia”, que ya predecía como un desastre para Rusia y una amenaza para el mundo. Su inequívoca estrategia de confrontación con los bolcheviques acentuó sus diferencias con el Partido Laborista y todo ello le situó en posiciones cercanas al Partido Conservador, perdiendo su escaño por Dundee en 1922.
Ciertamente Churchill, por temperamento, cosmopolitismo, libertad de espíritu, elitismo intelectual, afinidades personales y culturales y estilo social encajaba mejor en los círculos del Partido liberal que en los del Partido Conservador, más predecibles y pomposos, más parroquiales y estrechos. Además, su mujer Clementine era claramente liberal, y lo eran también sus amigos más próximos como los Asquith, su hija Violet Bonham-Carter o el propio Lloyd George.
Pero en 1922, ante el nuevo estado de las cosas, Churchill ya soñaba con ser la referencia del sector liberal dentro de un Partido Conservador nuevo y distinto. Su camino, “sin cargo, sin partido, sin escaño y sin apéndice“, como comentó después de sufrir una aparatosa operación de apendicitis por esas fechas, no iba a ser fácil. Otra vez las tentaciones proteccionistas del Partido Conservador de Baldwin eran para él infranqueables y la sola amenaza de que el librecambismo pudiera ser cuestionado, le retenía en la causa liberal como “un viejo soldado“.
Su entrada en los aledaños del Partido Conservador en esos años vivió algún intento fallido, al presentarse con la etiqueta de “independiente y antisocialista“, aunque con el apoyo de los tories, por Abbey, recorriendo el West End, haciendo campaña en un viejo autobús con un trompetista. Nuevamente lo intentó en Octubre de 1924 (dos años después de perder su escaño por Dundee), consiguiendo salir diputado por Epping (suburbio del Londres medio rico), bajo el manto protector del Partido Conservador pero como candidato independiente, bajo el membrete de “constitucionalista“. En el gobierno que forma Baldwin después de esas elecciones, le nombra Ministro del Tesoro, consiguiendo la aprobación del Presupuesto hasta en cinco ejercicios.
Es ilustrativo, en la tarea que pretende este artículo de descifrar su personalidad, cómo respondió a la Huelga General en que derivó la huelga del carbón en aquellos años. Para combatirla puso en circulación una publicación oficial en desuso, la “British Gazette“, desde la oficina del Morning Post y utilizando la maquinaria requisada de este periódico, con una tirada de 2.200.000 ejemplares. Según cuenta Jenkins en su biografía, iba de un lado a otro de las oficinas del Post, instruyendo a los redactores y “cambiando comas y puntos“. En sede parlamentaria al final de la Huelga, dijo “tengan absolutamente claro que si alguna vez vuelven a soltarnos una Huelga General, nosotros le soltamos otra vez la British Gazette”. Jenkins otorga a este gesto una relevancia simbólica, al considerarlo emblemático del carácter y la determinación de Churchill, de su espíritu desafiante y temerario y lo considera un anticipo de ese ánimo indomable que en el terrible verano de 1940 le hizo dar “el rugido del desafío del león”. Con frecuencia, en esos tiempos, Churchill recurría a soluciones agresivas ante problemas difíciles.
Después de su paso por el Tesoro (1929) y de su salida del gobierno de Baldwin, que había perdido las elecciones ante el laborista Ramsay McDonald, Churchill iba a pasar su conocida travesía del desierto. Casi once años alejados de cargos públicos, aunque mantuvo siempre su escaño en la Cámara de los Comunes por Epping.
Ni siquiera en sus años de más vertiginosa y fructífera actividad política, dejó nunca de escribir con gran energía literaria y laboriosidad. Pero en estos años se dedicó con mayor intensidad si cabe a esta tarea. Siguió publicando, a partir de su tercer volumen, The World Crisis, My Early Life, The Aftermath, la reconocidísima Marlborough, etc. Una anécdota, curiosa y significativa, de la exigencia de su disciplina, de su carácter hiperactivo pero también sistemático es la carta que escribió desde Chartwell a Baldwin, dando cuenta de su verano, después de dejar el gobierno: “He pasado un mes delicioso, construyendo una casita y escribiendo un libro: 200 ladrillos y 200 palabras al día“.
Al centro-derecha liberal español se le ha planteado un nuevo desafío como el que supone gestionar la complejidad de una realidad política dominada por el radicalismo.
El cambio fundamental producido por los resultados electorales de las municipales y autonómicas del 24 de mayo de 2015, es que crece significativamente el grado de complejidad de la política española.
Lo cual a priori no es necesariamente malo, pero lo será si las mentes políticas que gobernarán esta situación no tienen el grado de inteligencia y sofisticación que se requiere para entender y gestionar realidades dominadas por un alto nivel de complejidad como es el caso.
Ante esta situación, uno de los riesgos letales está en caer en la simplicidad y superficialidad de los análisis, que hace que se expandan ideas y teorías que proyectan una falsa realidad.
Los datos no demuestran la teoría de que el bipartidismo se ha hundido. Está en crisis, pero no muerto. Entre el PP y el PSOE han obtenido más de la mitad de los votos y el 64% de los concejales de toda España (43.033). Los dos grandes partidos españoles han bajado respecto a estos comicios en 2011, pero estos datos no demuestran en sí mismos el fin del bipartidismo.
Lo que sí demuestra la crisis del bipartidismo son otros factores, que se resumen en tres hechos y que modifican el mapa global de la política española.
1.La fuerte caída del PP, que le ha hecho perder mayorías absolutas de gobiernos en todas las comunidades donde tenía la hegemonía y en todas las grandes capitales.
2.El hecho de que la fuerza de extrema izquierda Podemos pasa a ser la nueva referencia y vanguardia de la izquierda.
3.Y la dependencia que pasan a tener PP y PSOE de la minorías emergentes como son Ciudadanos y Podemos.
Todo ello es lo que hace aumentar la complejidad del mapa político español, no solo de las autonomías y municipios. El gobierno de la nación y las instituciones del Estado van a tener que lidiar con esa complejidad en todos los terrenos. Con efectos y consecuencias no solo para la política local y regional, sino para la propia política de Estado.
Los resultados electorales proyectan cuatro tendencias de fuerte calado. Radicalización, atomización, inestabilidad y divergencia.
EL PROCESO DE RADICALIZACIÓN
El éxito de la fuerza populista de Podemos y el retroceso de las dos fuerzas clásicas de la izquierda, socialismo y comunismo, demuestran la radicalización de la izquierda española, que se inició con la llegada de Zapatero a la secretaría general del psoe en el año 2000, y sus políticas desarrolladas como presidente del gobierno en dos legislaturas (2004-2011).
Podemos nos es más que la extensión de la ideología populista proyectada por Zapatero en su políticas, y el propio PSOE no ha dudado en anunciar que su estrategia pasa por pactar mayorías con Podemos.
Esa es la diferencia entre la socialdemocracia y el socialismo radical. En Alemania los socialdemócratas pactan un gobierno de coalición con el centro-derecha de Angela Merkel, en España los socialistas han apostado desde hace años por la alianza anti-PP, que tuvo su principal hito en el Pacto del Tinell (2003) de socialistas, comunistas y radicales de la izquierda separatista, para echar de las instituciones al pp y la sociedad que representa.
Este proceso de radicalización de la izquierda española tiene su continuidad en Podemos, que en estas elecciones ha pasado a poder gobernar capitales como Madrid y Barcelona.
La que ha obtenido la mayoría en Barcelona, Ada Colau, sin haber sido confirmada e investida como alcaldesa, ya ha hecho una declaración de principios sobre la justicia desde postulados revolucionarios: «Si hay que desobedecer leyes injustas, se desobedecen».
Esta tendencia radical de la izquierda se suma a la de los separatismos catalán y vasco, conformando en conjunto un mapa político que tiene en el radicalismo uno de sus principales vectores.
Dentro de esta tendencia radical se inscriben los pactos para que la suma de minorías sustituyan a la mayoría más votada. Lo que significa que la sociedad mayoritaria es gobernada por las minorías. Una perversión de la democracia liberal a la que no ha sabido hacer frente el Partido Popular para cambiar la legislación, a pesar de las grandes mayorías absolutas de la sociedad obtenidas en las elecciones de 2000 y 2011.
¿Esto que significa? Que, por ejemplo, ciudades como Pamplona no sean gobernadas por el centro-derecha de UPN que ha ganado las elecciones, y pueda ser gobernada por la alianza de minorías radicales de Podemos, los comunistas de IU y el partido proetarra Bildu. Un modelo de alianza de minorías que se reproduce, con distintos ingredientes, en Madrid y numerosos municipios y regiones de toda España. Lo que hace que la izquierda radical gane buena parte de los ‘torreones’ del poder.
DE LA ESPAÑA FRAGMENTADA A LA ESPAÑA ATOMIZADA
La atomización electoral es otro hecho: el 25% del electorado vota a formaciones con menos del 0,01 de representación. La mayor atomización del voto y por tanto de la sociedad española ha sido reflejada en estas elecciones. Se ha pasado de la España fragmentada a la España atomizada.
Salvo los dos grandes partidos (pp y psoe) que tienen más de veinte mil concejales cada uno, y las seis fuerzas que le siguen, que tienen entre mil y tres mil concejales cada una, el resto se atomiza.
De todas las candidaturas del 24-M después del PP y PSOE la más votada ha sido ‘el resto’, capítulo en el que el Ministerio del Interior agrupa a las formaciones que obtienen por debajo del 0,01%, y que en esta ocasión ha doblado a los resultados de 2011. Ese año ‘el resto’ obtuvo 1.675.339 votos y el 7,42%, y en 2015 ha alcanzado los 3.443.503 votos y el 15,38%.
Son resultados que hacen ver la tercera tendencia señalada: la inestabilidad. Tanto esta atomización del voto como el hecho de que los pactos de mayoría de gobierno en comunidades y municipios puedan verse condicionados ahora y alterados después de las próximas elecciones generales dentro de unos meses, proyectan un escenario inestable en todo lo que representan las políticas y gobernación local, regional y nacional.
Eso es lo que reflejan los resultados electorales: la inercia de la inestabilidad política.
LA INERCIA DE LA INESTABILIDAD POLÍTICA
Basta ver lo que ha pasado en Andalucía, para comprender el grado de inestabilidad a la que conduce la nueva situación. La presidenta del gobierno andaluz, Susana Díaz, convocó elecciones anticipadas argumentando que era necesaria una mayor estabilidad que la que proporcionaba su coalición con los comunistas de Izquierda Unida, y los resultados electorales le han impedido formar gobierno durante meses, desde que se celebraron las elecciones el 22 de marzo. No solo porque bajó cuatro puntos porcentuales desde los anteriores comicios, sino porque no ha sabido gobernar la complejidad.
Antes en Andalucía el psoe dependía de un partido (IU) con el que pactó y gobernó, y ahora ha pasado a depender de las minorías emergentes (Podemos o Ciudadanos) que se han negado a pactar estos meses calculando que les perjudicaría ante las elecciones municipales y las próximas generales. Consecuencia: de la estabilidad que tenía ha pasado a la inestabilidad de la nueva situación.
LA ESPAÑA DIVERGENTE
Pero es la cuarta tendencia, la divergente, la que añade más complejidad. La divergencia de políticas entre comunidades, provincias y municipios, se traduce en la práctica en aumento de diferencias sociales, económicas y de las propias libertades. Que suponen un daño y lastre para el país a nivel interno y externo. A mayor divergencia mayores costes, desigualdades y pérdida de competitividad.
Un modelo global, como es un Estado que compite en el mundo, se potencia si todas y cada una de las partes contribuyen a potenciarlo, y, por el contrario, lo menoscaban si las partes (municipios y regiones) hacen un frente de oposición a lo que representa el todo, que en este caso es España.
Da igual cómo se justifique este fenómeno, es un principio elemental: cuando las partes combaten el todo desde dentro, el todo —que en este caso es España— padece sus consecuencias. Un Estado que dentro de sus poderes públicos, sean autonómico o municipales, estén gobernados por quienes lo atacan, debilitan la nación y crean un proceso revolucionario, que se querrá ver o no, pero que es real.
Y esto es lo que está en juego en España, y que han puesto de evidencia las últimas elecciones europeas, andaluzas, y las municipales y autonómicas del 24 de mayo: en qué medida contribuyen a una mayor fortaleza o debilidad de España como Estado-nación.
UN NUEVO MODELO DE COMPLEJIDAD PARA GOBERNAR ESPAÑA
La complejidad que se refleja en estas tendencias proyectadas por las elecciones del 24-M exige aplicar modelos y patrones políticos muy sofisticados y altamente inteligentes para hacer valer el principio básico del bien común. ¿Qué medidas y políticas benefician al bien común de los ciudadanos, su libertad, servicios y calidad de vida?
Qué políticas son convergentes y no divergentes, cuáles crean menor inestabilidad, cómo se imponen las políticas del bien común, cómo se frena la tendencia del radicalismo. Todo ello forma parte de un modelo para entender y gestionar política e intelectualmente el alto grado de complejidad de la nueva España autonómica y como nación.
Sé por experiencia que los políticos y gobernantes son reacios a aceptar los modelos complejos porque reducen la política de poder a prácticas simples y pragmáticas. Pero esto es precisamente lo que ha cambiado en la política moderna, que para hacer del pragmatismo un éxito de poder hay que saber entender y dominar las situaciones más complejas.
«Me entenderé con Carrillo», me dijo el presidente Suárez cuando estaba poniendo en marcha la transición. Le conté que hacía poco había escuchado al líder del Partido Comunista en Whitehall (Londres) bramar contra él y contra el rey Juan Carlos, y me miró condescendientemente, añadiendo con plena seguridad: «Pero, no te preocupes, llegaremos a un acuerdo». Tiempo después el propio Suárez y Carrillo, por separado, me contaron las vicisitudes que les llevó al acuerdo por el que el Partido Comunista apoyó el nuevo régimen democrático de la monarquía parlamentaria del rey Juan Carlos. Y que fue decisivo para hacer de la transición democrática española un éxito.
Todo esto tenía mucha complicación y suponían grandes maniobras de alta política, pero no la complejidad de lo que nos envuelve hoy y se ha hecho presente en los cambios políticos españoles. En la realidad española hoy se requiere mayor sofisticación en los análisis y procedimientos.
En aquella época Carrillo controlaba el Partido Comunista, y llegar a acuerdos con él daba la certeza de una posición de su partido, pero ¿se imagina alguien que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, controla el fenómeno que a él mismo le envuelve de multitud de franquicias políticas en toda España, y acuerdos con los partidos más dispares? No se lo imagina ni Pablo Iglesias.
El éxito de la complejidad reside en ser gobernada como un todo, en todos los campos de la ciencia, la política y la sociedad, y esa es la mayor contribución que ha hecho el Instituto de Santa Fe (California) al desarrollo de la inteligencia y el conocimiento en las últimas tres décadas.
Pero confieso que me invade la duda de que los políticos e ideólogos de la derecha liberal española respondan con acierto y valor a la complejidad de estos cambios políticos.
LOS ANTECEDENTES
Veinticinco años de desarrollo sostenido han convertido al Perú en un país reconocido en el mundo, competitivo, uno de los modelos de una Latinoamérica pujante y en pleno crecimiento. Después de la recuperación de la democracia tras la dictadura de Juan Velasco Alvarado, de corte marxista, el gobierno de Fernando Belaunde Terry logró restablecer las instituciones y recuperar la legalidad, aunque también contempló el amanecer del terrorismo. El sucesor de Belaunde, Alan García Pérez, al ser elegido presidente, era un político joven y brillante, el heredero de Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del apra (Alianza Popular Revolucionaria Americana).
Tal vez por eso, nada hizo presagiar la magnitud del fracaso del primer gobierno aprista, una etapa en la que el país experimentó la quiebra económica y la destrucción de la institucionalidad. Sendero Luminoso, uno de los movimientos terroristas más letales de la historia latinoamericana, se encargó del resto. Jaqueando al Estado peruano, empleando la técnica del «asesinato selectivo» (un eufemismo para masacrar salvajemente) y destruyendo la moral de las Fuerzas Armadas, Sendero Luminoso logró alcanzar el equilibrio estratégico y el país estuvo al borde del colapso. Durante el primer quinquenio aprista, el Perú casi se transforma en un país inviable, un Estado fallido por mor de la ideología.
Ante este panorama francamente desolador, el pueblo peruano optó por los outsiders. El desencanto de la política, la desafección que provocó la tradición partidista fue el caldo de cultivo en el que emerge el fujimorismo. Mario Vargas Llosa, ya por entonces uno de los peruanos más universales y de mayor prestigio, se presentó aliado de dos partidos tradicionales, el Partido Popular Cristiano y Acción Popular, y a pesar de los enormes apoyos económicos y mediáticos con los que contaba, fue derrotado por Alberto Fujimori, un ingeniero desconocido que protagonizó lo que por entonces se llamó el «tsunami», esto es, un proceso electoral cuyo resultado era inimaginable. Así, el ex rector de la Universidad Agraria, el ilustre desconocido de la vida pública, derrotó al escritor más famoso de la historia del Perú.
Ya en el poder, el fujimorismo inició una serie de transformaciones institucionales esenciales para comprender los últimos lustros de progreso. La captura de Abimael Guzmán Reynoso, el «Presidente» Gonzalo, líder de Sendero Luminoso, fue un golpe contundente a la línea de flotación del terrorismo. Con él fueron apresados los más importantes miembros de la organización senderista lo que produjo una debacle paulatina que se consolidó con la pacificación del país. Este logro, uno de los más importantes de los llevados a cabo durante el fujimorismo, provocó que gran parte de la población peruana optara por respaldar a Alberto Fujimori («El chino») cuando este decidió violentar las instituciones e implantar una autocracia. El autoritarismo fujimorista se impuso por una década y siempre, hasta el final, gozó de un amplio apoyo popular. De hecho, los logros materiales conseguidos durante el fujimorismo son fundamentales para comprender el Perú actual y la supervivencia política del fujimorismo como movimiento político, hoy prolongado en la figura de Keiko Fujimori.
EL PERÚ POLÍTICO EN LA ACTUALIDAD
El Perú político actual no se comprende sin la presencia de tres factores esenciales. Por un lado, Alan García. El expresidente García es una fuerza fundamental para entender la política peruana. Tras la caída de Fujimori, García, a pesar de ser derrotado por Alejandro Toledo, supo construir desde la oposición su retorno a la casa de Pizarro. Así, tras el infructuoso gobierno de Toledo, Alan regresó a la presidencia en un retorno que confirma la tradicional volatilidad del electorado peruano. Después de su primer gobierno (el famoso «Aprocalipsis»), García lideró una segunda etapa aprista que se caracterizó por la ortodoxia económica y el control de la oposición. Así, en un giro inesperado, el apra completó una segunda presidencia con niveles de popularidad aceptables, lo que ha permitido que García continúe presente en la vida pública, constituyéndose en un firme candidato para un tercer periodo.
Alan nunca ha ocultado que esa es su intención: gobernar por tercera vez durante las celebraciones del bicentenario de la independencia peruana. Sin embargo, los diversos escándalos de corrupción protagonizados por cuadros allegados a su partido han mermado sus posibilidades. Con todo, Alan García es un oponente formidable, un estratega capaz de cambiar el resultado de una elección y sus propios contendientes reconocen su capacidad de maniobra y la fuerza y experiencia de los operadores del aprismo. Fue el apra el partido que inclinó la balanza a favor de Fujimori cuando este derrotó a Vargas Llosa (algo que el escritor nunca ha olvidado) y el apra también supo maniobrar para torpedear la candidatura de Nadine Heredia.
El segundo factor a tener en cuenta es el clivaje encarnado por el fujimorismo-antifujimorismo. El fujimorismo polariza al país. No es una distinción menor en la política peruana. Hay un sector importante del electorado (alrededor de un tercio de los votos) que apoya a Keiko Fujimori y este es un caudal de votos muy consolidado porque la hija del expresidente ha sabido trabajar durante muchos años el voto en provincias y no solo en la capital. El fujimorismo es un movimiento con un fuerte arraigo popular y es muy probable que Keiko Fujimori acceda a la presidencia tarde o temprano. De hecho, algo similar sucedió con el apra. El pueblo peruano, después de padecer el primer gobierno aprista, decidió darle una segunda oportunidad a García. El fujimorismo, a pesar de sus gravísimos errores, también está recibiendo esta segunda oportunidad, mediante la captura paulatina por vía electoral de importantes presidencias regionales en el país (Cajamarca, Ica, etc.). Por otro lado, contra lo que diseñó la izquierda peruana, la prisión de Alberto Fujimori genera un fuerte sentido de solidaridad entre sus seguidores, quienes no se muestran de acuerdo con el trato que recibe quien es considerado por ellos «el hombre que puso orden, el presidente que derrotó al terrorismo». Ciertamente, el fujimorismo se ha organizado a nivel nacional y, para la campaña de 2016, muestra una estructura nacional con la que antes no contaba. Por lo demás, Keiko Fujimori es una candidata joven y su proyección política no se ha agotado.
El tercer factor esencial es el vargasllosismo. La tutela moral que Vargas Llosa ha ejercido sobre el gobierno de Ollanta Humala es también una prolongación del apoyo que brindó al toledismo durante su mandato. Vargas Llosa ha logrado nuclear en torno a su persona al sector toledista (más reducido conforme pasan los años y se incrementan los errores de Alejandro Toledo), a la pequeña pero influyente izquierda «caviar», y a un grupo de liberales (no todos) que consideran que el fujimorismo y el aprismo son dos males políticos con los que bajo ningún concepto se puede pactar. El vargasllosismo apoyó a Toledo durante su gobierno y, cuando se llevó a cabo el proceso electoral de 2011, Vargas Llosa no dudó en pronunciarse a favor de Ollanta Humala con tal de evitar un triunfo de Keiko Fujimori. Esta transformación vargasllosista se produjo incluso después de duros artículos escritos por Vargas Llosa en los que se identificaba la raíz chavista del humalismo. Cuando el Nobel peruano decidió sostener la candidatura de Humala, avalando el juramento realizado por los humalistas en la Universidad de San Marcos, se abandonó el programa chavista de la «gran transformación» por una hoja de ruta en la que se respetaban las reglas de juego de la democracia y se optaba por mantener el modelo económico ortodoxo que ha permitido el crecimiento ininterrumpido del país.
EL FINAL DEL GOBIERNO HUMALISTA
El triunfo del Partido Nacionalista en las elecciones de 2011 consolidó la alianza entre el humalismo, el toledismo y los sectores que apoyan a Vargas Llosa. El humalismo, al renunciar a su programa chavista e inclinarse por una nueva hoja de ruta, inició su periplo en el poder sostenido por una amplia mayoría y con el apoyo de los sectores económicos más importantes. La inclusión social fue promovida de manera activa por el gobierno importándose, para ello, la estructura y el sistema de los programas sociales desarrollados en Brasil y en otros países adscritos al socialismo del siglo xxi. Así, el Estado peruano invirtió en grandes programas sociales (Beca 18, Juntos, Pensión 65) que en teoría estaban dirigidos a la población más vulnerable.
La crítica a los programas sociales no se hizo esperar. La poca efectividad de la administración pública peruana, las inercias del clientelismo partidista y la difusión de la cultura del subsidio han generado graves problemas en la performance de los programas sociales, provocando problemas políticos vinculados a la corrupción. De esta manera, el humalismo pasó de ser un movimiento regenerador de la política peruana (con el lema «la honestidad para hacer la diferencia») a padecer los ataques de la oposición por los numerosos escándalos de corrupción que llegan incluso a poner en duda la credibilidad de la pareja presidencial.
La captura de Martín Belaunde Lossio en Bolivia, un íntimo amigo y financista de los Humala, ha provocado un fuerte retroceso del gobierno en las encuestas. El caso Belaunde afecta el círculo íntimo del humalismo ya que estamos ante un ataque al círculo íntimo de Palacio. Durante mucho tiempo, Belaunde Lossio fue considerado uno de los personajes más allegados a los Humala y es por eso que su caída por diversos escándalos de corrupción afecta de manera directa la popularidad del nacionalismo. Los Humala llegaron al poder presentándose como la quintaesencia de la regeneración, los encargados de limpiar al país de la corrupción propagada por el fujimorismo y el aprismo. Sin embargo, con el affaire Belaunde, esta pretensión de transparencia se ve seriamente afectada y el reciente escándalo de las cuentas de Nadine Heredia no hace sino agravar la percepción negativa sobre la corrupción sistémica en el Perú.
El creciente protagonismo de la primera dama afecta directamente al humalismo. De allí que cualquier merma en su popularidad afecte al proyecto nacionalista. Los últimos cuestionamientos que ha tenido que padecer Nadine Heredia por el uso de la tarjeta de crédito de una amiga suya de la infancia que también es funcionaria pública han colocado al gobierno en una difícil posición. Con el humalismo hundiéndose en las encuestas y los problemas que afrontan los exministros Ana Jara y Daniel Urresti (candidatos naturales de no presentarse Nadine) es factible que el gobierno se incline por apoyar la candidatura de Pedro Pablo Kuczynski, ya que ello responde a la lógica que ha dominado la acción política del nacionalismo y el vargasllosismo desde su nacimiento: «cualquier cosa es preferible a que retornen los fujimoristas o los apristas».
A MANERA DE CONCLUSIÓN
Jorge Basadre, el gran historiador republicano, sostuvo que la «promesa de la vida peruana» es siempre una utopía indicativa que solo puede realizarse mediante un arduo proceso de institucionalización y liderazgo de calidad. Así, el proceso electoral de 2016 se presenta como una oportunidad fundamental para consolidar el modelo económico e institucional que ha permitido el crecimiento del país en el escenario regional. Se trata de unas elecciones condicionadas por el protagonismo de diversos actores. Por un lado, Keiko Fujimori cuenta con el sólido respaldo de un tercio del electorado. Por otro, Alan García siempre ha sido un candidato difícil de batir. Pedro Pablo Kuczynski (ppk) cuenta con el apoyo de diversos sectores y en un país de outsiders, todo es posible. Vargas Llosa, siguiendo su estrategia desde que perdió las elecciones de 1990, hará todo lo posible para evitar el triunfo del fujimorismo o del aprismo, en este orden. Nadine Heredia y Ollanta Humala no lograrán revalidar el poder y en unos meses el cogobierno que han llevado a cabo, fenecerá. En un escenario tan volátil siempre queda margen para el surgimiento de un outsider. Con todo, el Perú también se encuentra frente a una oportunidad magnífica para evitar a toda costa el retorno del odio político e intentar pactos partidistas que permitan la supervivencia de un modelo que ha demostrado eficiencia en la generación de la riqueza y la preservación de la paz.
En el lenguaje occidental básico democracia significa, según el imaginario colectivo, el modo de organización por la que los ciudadanos ejercen sus derechos en la comunidad política como miembros del pueblo, titular de la soberanía. La invocación de los derechos del hombre y del ciudadano, que marcaron el rumbo de la historia de los pueblos a finales del xviii, atiende a ese doble concepto: a los derechos fundamentales de cada persona y, a la vez, a sus derechos como miembro de la comunidad política, conceptos totalmente implicados. Los derechos cívicos o políticos dependen, para su efectividad, del pleno reconocimiento de los derechos fundamentales y de la dignidad de todas y cada una de las personas.
Siendo esto así, se explica como un hecho natural, fácilmente constatable, que la comunidad política sea plural. Y la democracia, por tanto, es un sistema intrínsecamente plural. Y cualquiera que se traduzca en organización social no será una democracia, aunque así se llame, si no reconoce y permite la realidad de su pluralismo originario. Porque en ese momento no estaría reconociendo los derechos fundamentales de cada uno de los componentes de su demos constituyente. Desde cualquier prisma o aproximación —filosófica, biológica, teológica— la esencia de la condición humana hace que cada persona sea diferente y distinta de todas los demás. Cada vez que los criterios de seguridad avanzan se recurre más a parámetros biomédicos de identidad. Cada persona es una e irrepetible. Así, dentro de la tradición de la ciencia jurídica política anglosajona, algunos autores parten de ese concepto abierto de «pueblo» en el que reside la soberanía nacional: «…el demos se articula como una comunidad política, a su vez diferenciada y compleja, en la que conviven ciudadanos concretos, dotados de dignidad y derechos, con diversos sistemas de creencias, que a su vez articulan sus relaciones de pertenencia y participación en distintas esferas» (Antonio Díaz Narváez, El demos europeo como sustrato último de la ciudadanía de la Unión, Fundación Ciudadanía y Valores, 2008). Por eso, después de las grandes tragedias del siglo XX, la comunidad internacional proclamó la Declaración de los Derechos Humanos, reconociendo así, frente a las experiencias inmediatamente anteriores, tan dolorosas, la grandeza y dignidad de todo ser humano, de cada persona. Es una declaración articulada básicamente como un conjunto de libertades. Manifiesta, de este modo, el reconocimiento básico de que la grandeza originaria de cada persona le atribuye, no solo una expectativa de derechos que alguien habrá de concederle, sino su propia e individual libertad, una capacidad de desplegar y autodeterminar su actividad en los ámbitos que le atañen más directamente.
En estas convicciones se fundamenta esta idea de que el hombre es titular de sus derechos políticos y por eso cotitular y corresponsable de la organización de la comunidad política en la que se desenvuelve su vida. Esto tiene una plasmación directa en el principio «un hombre (una persona), un voto». La originaria igualdad de dignidad, que se expresa y manifiesta en el pluralismo asimismo originario, pues no hay dos hombres totalmente iguales ni una comunidad que sea plenamente homogénea.
Es natural, así, que la Constitución española, ya en el artículo 1, recoja el pluralismo como básico valor constitucional: «España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político». Esto, no solo para establecer la diferencia fundamental con el régimen anterior, sino, también, como valor fundamental de la vida política que, en ese momento, los españoles queríamos consagrar formalmente, como un valor definidor e informador de la actividad política para que realmente el resultado fuese una democracia en plenitud de sentido.
Ahora bien, una democracia no tiene en el pluralismo una simple característica de lo que sociológicamente es su composición originaria. El pluralismo es algo más: es el modo de ser de la democracia, el modo en que las libertades pueden ser reales y genuinas. Y puesto que la libertad no es inerte e inmanente, sino activa y creadora, la libertad en el pluralismo conlleva participación, es decir, la posibilidad de intervenir en lo que cada uno considera parte de su responsabilidad. Como consecuencia lógica, la Constitución española recoge en su artículo 9, de un modo claro que «corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social». En este artículo está claramente implícita la pluralidad originaria de la sociedad y se explicita la corresponsabilidad de los ciudadanos cuando se habla de la participación de «todos los ciudadanos».
Esa participación puede ser de ejercicio directo: un hombre, un voto. O puede ser organizativa: en el modo de gestionar y organizar los asuntos públicos que a todos interesan. Con ánimo de garantizar esta posibilidad, en el caso español, los constituyentes decidieron incluir en la ley fundamental los partidos políticos, como institución apta para encauzar esa participación en la gestión y resolución de los asuntos públicos, pero añadieron que en su funcionamiento fuesen democráticos. Vemos ahí dos dimensiones: una histórica, en la que se trata de prevenir episodios nefastos en el reciente pasado y otra, esencial e intrínseca, pues, como antes señalaba, el pluralismo es un valor informador de toda la organización social democrática.
Y esto se convierte en un reto permanente, porque la Constitución no nace para un momento concreto sino que proyecta sobre el vivir continuo de la sociedad, constituyendo su soporte permanente. Así lo afirma el profesor El-viro Aranda en el informe de Funciva, Diez propuestas para mejorar la calidad de la democracia (p. 60): «Es difícil imaginar el funcionamiento de una democracia representativa sin partidos políticos. Por eso, las constituciones contemporáneas los reconocen como piezas fundamentales para articular el pluralismo político, canalizar la participación y expresar la manifestación de la voluntad popular. Los partidos políticos como tales no están en cuestión. Los partidos políticos son, y seguirán siendo, piezas fundamentales para integrar la atomización ideológica de la sociedad y garantizar el funcionamiento racional de las instituciones representativas. Lo que sí merece un profundo replanteamiento es su organización y funcionamiento».
El pluralismo, es por tanto actividad política: es debate, intercambio, contraste, negociación, acuerdo. Mayorías y minorías. Derechos fundamentales. Respeto y libertades básicas. Igualdad y dignidad.
En esta realidad y en estos valores es donde cobran sentido los think tanks. No hay una definición estándar pero entre los conceptos más comunes podemos describirlos como entidades normalmente de iniciativa privada, sin ánimo de lucro, dedicados a la investigación, análisis y estudio de la realidad social y que comunican sus conclusiones a la propia sociedad pero muy especialmente a los policymakers, a los responsables de las políticas públicas para influir en sus planes y decisiones con ánimo de contribuir al interés general. Pueden nacer vinculados a organizaciones políticas, otras instituciones sociales—universidades— o ser independientes. Pero su campo de análisis y actuación será siempre la vida pública, ya sea de modo generalista,
o de modo sectorial (defensa, ecología, inmigración, etc.).
La Fundación Ciudadanía y Valores es un ejemplo claro de esto. Nace en 2006 no por un ejercicio intelectual de unos profesores, sino como respuesta nacida desde dentro del humus político de la sociedad para afrontar los problemas de esos años. Era un momento en el que parecía que la democracia daba síntomas de fatiga. El debate y el consenso cedían ante la crispación y el enfrentamiento. Las libertades básicas se perdían detrás de imposiciones ideológicas defendidas por belicosas avanzadillas mediáticas. Los promotores de Funciva compartían la preocupación general de que el camino no era bueno, de que incluso se estaba desandando buena parte del camino recorrido desde el inicial consenso que había hecho fructífera la Transición y consolidado un periodo de estabilidad y de incorporación a la sociedad internacional. Y como una de las consecuencias prácticas de la corresponsabilidad es actuar en consecuencia y aportar al conjunto, a través de una participación congruente con la posición de cada uno en un momento dado, los profesores Andrés Ollero y Javier Paniagua, tanto desde su perspectiva docente como de antiguos parlamentarios, decidieron poner en marcha una iniciativa en defensa precisamente de esos valores fundamentales: el pluralismo y la participación. Era ya una queja general la de que, para asentarse, la democracia española había potenciado y protegido los partidos políticos como vía institucional de participación, pero había descuidado grandemente estimular lo que ahora llamamos sociedad civil. Funciva buscaba y busca destacar la responsabilidad del demos originario de la sociedad política.
En su composición, Funciva, tanto por la trayectoria ideológica y partidista —ppy psoe— de sus cofundadores como por la de quienes enseguida comenzaron a sumarse al proyecto, tenía claro que quería contribuir a defender la calidad de la democracia, el valor y respeto de cada persona plasmados básicamente en los derechos fundamentales y la participación libre, y por lo tanto plural, en la conformación del interés general.
Este pluralismo ha sido desde el comienzo seña de identidad de este think tank. Y no solo como dato originario, de composición y organización, sino como elemento vertebrador de cada una de las actividades realizadas.
«El consenso, empero, ni se fundamenta en la desaparición de las diferentes maneras de ser y de pensar, ni es una especie de sincretismo ideológico. Si así fuera entendido llevarían razón los ultras, de la derecha y de la izquierda, que lo consideran una prueba de cretinismo político. El consenso que ahora anhelamos, como puntualiza bien Thomas Ferenczi, exige coraje e imaginación, ya que reposa menos en la eliminación de las diferencias que en la construcción de un espacio de diálogo que asegure la regulación de cualquier discrepancia. El consenso no se concibe sin una tensión permanente entre las fuerzas que se emplean para estabilizar una situación y las que pretenden cambiarla, o, como sugiere Paul Ricoeur, entre “ideología” y “utopía”. Son palabras del profesor Manuel Jiménez de Parga en el acto de presentación de Funciva. Así es el consenso que Funciva se proponía y se propone, construyendo ese espacio de diálogo al que apelaba el profesor».
Con mucha agudeza lo planteaba el profesor Ollero en la Tercera de abc(«Ciudadanía y valores», 21.03.2007): «Entre las habituales quejas ciudadanas se han convertido en frecuentes las que, más que cuestionar alguna decisión pública merecedora de abierta discrepancia, señalan que ha sido adoptada sin debate previo alguno. Siendo la democracia el sistema que permite sustituir la mera imposición del poderoso por una deliberación con participación ciudadana, la situación no deja de ser sorprendente. Si no hay debate, o si este resulta bloqueado, ya no se trata como ciudadanos a los destinatarios de las decisiones que afectan a los valores, sino más bien como súbditos».
Aun reconociendo el papel no solo positivo, sino fundamental de los partidos como elementos de participación institucional y de racionalización de la toma de decisiones, el profesor Ollero insistía en algo que, como he señalado al comienzo, apela al origen del concepto de democracia: «Pretender, sin embargo, que el debate público se limite a lo escenificado en el Parlamento, sin verse condicionado por un previo contraste más libre de condicionamientos estratégicos, lo empobrecería: la representación política cobraría así más visos teatrales que sociológicamente efectivos».
Ese debate es el que tratamos de recuperar: un debate que sea reflejo y plasmación de un pluralismo cada vez más amenazado institucionalmente. Y cuando los partidos políticos, sujetos a una exigencia constitucional de pluralismo, han ido ahogando el debate en función de otras prioridades —estratégicas, electorales, de poder— es cuando ha sido más urgente la primordial labor que Funciva se propone. Así lo decía el profesor Javier Paniagua, hasta ahora presidente de nuestro think tank en una entrevista a La Gaceta (17.03.2007) contestando sobre el arranque de Funciva: «Fui diputado de las Cortes por el psoe durante trece años y allí coincidí con Andrés Ollero, del Partido Popular. Desde la discrepancia mantuvimos una relación normal. A partir de ahí nos planteamos que el discurso político de este país estaba muy condicionado por la disciplina de partido. Se le ocurrió y me lo propuso».
En Funciva hemos sostenido desde el principio que el pluralismo es elemento constitucional y vertebrador de una democracia. El debate político no es solo una opción, sino una insoslayable expresión del valor que tienen las personas en la comunidad política. Hasta tal punto que ese pluralismo es lo que permite, detrás de las tensiones y discrepancias, la verdadera armonía y desarrollo social. «Frente a las afirmaciones de Rousseau, debe considerarse al diálogo mayoría-minoría como el auténtico generador de la voluntad nacional. Me apoyo en unas afirmaciones de Hans Kelsen, el inolvidable maestro. […] La voluntad general formada sobre la base del principio mayoritario no debe ser una decisión dictatorial impuesta por la mayoría a la minoría, sino que ha de resultar de la influencia recíproca que los dos grupos se ejercen mutuamente, del contraste de sus orientaciones políticas antagónicas». Y, citando a Kelsen: «Esta es la verdadera significación del principio mayoritario en la democracia auténtica: por ello sería preferible llamarlo principio mayoritario-minoritario», volvía a afirmar el profesor Jiménez de Parga en su discurso.
Como señalan Ponsa y González-Capitel en el informe Radiografía de los think tanks en España. Fundación Ciudadanía y valores (2015): «Fruto de la transición democrática, los partidos políticos se blindaron, se consolidaron como instrumento fundamental para la participación política y dieron lugar al llamado Estado de los partidos. Fueron los partidos los primeros impulsores de sus propias fundaciones que serían el germen de los think tanks. Pero hoy en día la sociedad necesita abrirse, sacar el máximo partido de todos los recursos que ella pueda generar para su propio desarrollo y para mejorar la calidad democrática. Es en este contexto donde los think tanks juegan un papel cada vez más necesario. Por un lado, los hechos así lo demuestran. Entre la primera Guía de los think tanks en España (Tello, 2008) y la segunda (Tello, 2013) estas instituciones se duplicaron en número. Es cierto que aún es pequeño. Pero indican una tendencia: la necesidad de pensar la política, de generar ideas y de promover plataformas estables, no meramente reactivas, que aporten pensamiento y propuestas, que por independientes tengan por horizonte el interés general. Y no intereses particulares o intereses de poder».
Los think tanks permiten, ya sean generalistas o de sectores concretos, recuperar aquella idea tan repetida en los tiempos de la transición de la búsqueda de un modelo de sociedad. Por eso serán una instancia de participación necesaria para desbloquear un debate público marcado por los intereses partidistas, por luchas de hegemonía y de poder. Los think tanks en Estados Unidos tienen una larga trayectoria y protagonismo en este pensar el país y la política: El contrato con América de Ronald Reagan, La sociedad compasiva de Bush jr., el New Deal de Roosevelt, han sido grandes proyectos que han tenido su cocina en grandes think tanks norteamericanos cuyos nombres, Heritage, Brookings, Cato, etc., aparecen como grandes instituciones de la vida política de la nación.
Y esto es lo que sería el trabajo y la necesidad de los think tanks: contribuir democráticamente, desde la sociedad civil, a la superación de la crisis política y a la mejora de la vida pública de nuestro país. Para esto son necesarias varias cuestiones: que los políticos sean cada vez más conscientes de que la política no se agota en sus batallas partidistas. Que tienen que buscar ideas y soluciones donde las haya, rescatando recursos disponibles de la sociedad. Esta capacidad de escuchar y contar con otros fuera de la estructuras del propio grupo, le favorecerá a él, enriquecerá al grupo y le hará más capaz de conectar con las realidades sociales. Por otra parte, los medios de comunicación deben aprender a jugar en democracia de otra manera: jugar un papel de servicio amplio, favorecedor del debate público, y no quedar enganchados en el bipartidismo poder-contrapoder. Solo los medios de comunicación pueden permitir aflorar los esfuerzos nacidos de la sociedad por tener protagonismo. Si los medios solo tienen micrófonos para los portavoces, en sí mismos estarían bloqueando una sociedad más abierta y con un discurso más amplio. Tienen que hacer un esfuerzo por descubrir dónde están esas fuerzas que pueden contribuir a enriquecer el debate público. En Estados Unidos, país de referencia democrática, los think tanks están habitualmente en las fuentes de la información e implicados en la discusión nacional.
El ciudadano reclama cada vez más nuevos cauces de participación política, más allá de los partidos políticos. Ahora más que nunca, parece fundamental apostar por instituciones alejadas de los enfrentamientos y que promuevan el debate.
Para que todo ello sea una realidad, debe estar acompañado de una estructura capaz de dar cabida a estas instituciones. Esto será difícil mientras, entre otras cosas, la Ley de Mecenazgo siga esperando tiempos mejores. Como dicen Ponsa y González Capitel, op. cit: «Para revertir esta situación, los think tanks españoles deben acometer acciones que les permitan incardinarse en el sistema político español como actores relevantes y necesarios. Para eso, es necesario consolidar estructuras mediante una financiación estable y amplia». Si queremos que haya actores independientes en la vida pública que defiendan el interés general, así como abrir el debate público y enriquecerlo, es necesario facilitar económicamente que la sociedad pueda apoyar a estas instituciones.
En estos días, parte del discurso político se ha vertebrado en torno a la necesidad de la regeneración democrática. Para ello vemos que están surgiendo nuevos partidos políticos. Pero para que esta transformación sea real hace falta que toda la sociedad participe y se involucren nuevos actores. Esta es una oportunidad para que la sociedad se enriquezca con todos estas instituciones comprometidas con la vida pública y los think tanks deben aprovechar esta oportunidad para contribuir a la mejora de la calidad de nuestra democracia y de toda la sociedad.