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Otra de vampiros

EL CINE, ARTE RABIOSAMENTE CONTEMPORÁNEO

Cuando un motivo literario, pictórico, escultórico o musical se reproduce una y otra vez, a lo largo de las décadas y los siglos, idénticamente o con variaciones más o menos sustanciales, estamos en presencia de algo que nos está abriendo las puertas a la comprensión (afectiva o intelectual) de algún universal humano. Amor, odio, muerte o vida, dolor y sufrimiento, razón y voluntad, verdad y mentira, esperanza o desesperación.

En el arte cinematográfico esta constante se verifica quizá en mayor medida. Probablemente en razón de su naturaleza híbrida, que resulta de la combinación de varias artes, pero también de su fuerte dependencia de los rendimientos comerciales —en los que la experimentación y el riesgo tienen márgenes mucho más estrechos—, el cine versiona, repite y reproduce los motivos principales que definieron su registro narrativo.

A la vez, precisamente por su configuración tecnológica, el cine es el arte contemporáneo por excelencia. Ningún otro arte (ni de los antiguos, ni de los modernos, posibilitados por las nuevas tecnologías) puede compararse a su capacidad para reproducir el espíritu de los tiempos y el alma de la realidad actual: imagen, sonido, realismo en la reproducción y movimiento. En este sentido, quien se interesa por el cine se interesa —a través de un medio excepcionalmente fiel— por nuestros agitados tiempos.

Los clásicos del cine son los motivos principales de nuestra época. Es significativo que por esa razón proliferen versiones y remakes de viejos clásicos, secuelas, precuelas, muchas veces motivadas por los éxitos previos de taquilla y muchas otras por las limitaciones de la creatividad de escritores y guionistas.

En el universo cinematográfico, un motivo se repite y reproduce cada vez con mayor frecuencia y variaciones: el vampirismo. Desde los primeros tiempos, con el Nosferatu de Murnau, las cintas de vampiros nunca han dejado de estar, pero en los últimos años su proliferación ha sido verdaderamente espectacular.

Es notoria la cantidad de filmes sobre vampiros aparecidos recientemente. Bram Stoker’s Dracula, Daybreakers,Let me in, Entrevista con el Vampiro, John Carpenter’s Vampires, Fright Nights, Till Moon to Dawn, Vampire, las muy exitosas sagas de Blade, Underworld y Twilight, Van Helsing, 40 Days of Night, I am Legend, Being Human, Love Bites, The Lost Boys, Dark Shadows. En las series, son notorios los éxitos de Vampire Diaries y True Blood. La lista no es en absoluto exhaustiva y se extendería hasta el infinito si agregáramos las producciones que no salen de las usinas de Hollywood.

Es claro que, tal como se plantea en la mayoría de los casos (las variaciones son innumerables), el tema del vampiro permite explorar una enorme variedad de universales humanos: la compleja y variada relación entre el gozo y el sufrimiento (desde la radical contraposición a la identificación); la inmortalidad en un mundo de mortales; los vínculos entre la belleza, la seducción, la virtud y el amor; entre el amor y el dominio, el amor y la libertad; el amor imposible y el no correspondido; la abnegación; el amor más allá de la muerte; las sociedades secretas, la incomprensión y persecución del mundo; la rebelión del individuo contra su condición física o moral. Esta lista tampoco es exhaustiva.

Adicionalmente, el vampirismo adquiere un significado muy especial en el marco cultural del cristianismo. ¿Cómo no ver en la práctica vampírica una mutación, una degradación, una elaboración estetizante o una inversión simbólica del sacramento de la comunión? Todo esto nos parece indiscutible. Pero aquí nos interesa particularmente explorar qué tipo de rasgos de la cultura contemporánea puede estar mostrando la temática de los vampiros. ¿Qué características de nuestro propio tiempo vemos en ella?

TERROR Y DOLOR

Es de por sí notorio que uno de los géneros más populares del cine actual sea el de terror. Entendemos por terror el estado o actitud de intenso rechazo o repulsión ante una amenaza contra la propia vida o la de los demás. El terror se incrementa cuando la causa o naturaleza de esa amenaza es desconocida o imprevista, que es la modalidad que explota el terror cinematográfico.

Pero ¿por qué florece un género cinematográfico como el de terror en una época caracterizada acertadamente por Ernest Jünger en Sobre el dolor (un diagnóstico que ha resultado mucho más acertado de lo que él pensaba) como de eliminación o supresión del dolor? Quizá porque sencillamente no puede suprimirse, y se presenta de formas alternativas, por ejemplo, en el plano de las representaciones artísticas y la cultura popular.

No hay, sin embargo, exigencias más ciertas que las que el dolor hace a la vida. En los sitios donde se ahorra en dolor el equilibrio se restablece de conformidad con las leyes de una economía enteramente precisa; y puede decirse, introduciendo una pequeña variación en una conocida frase, que existe una «astucia del dolor» que alcanza sus objetivos por todas las vías. De ahí que, al ver ante nuestros ojos una situación de amplio bienestar, nos sea lícito preguntar sin más dónde se halla el sitio en que se soportan las cargas. Por lo regular, no habremos de ir muy lejos para descubrir la pista del dolor; así es como encontramos que tampoco aquí, en pleno disfrute de la seguridad, se halla completamente liberada del dolor la persona singular.

Una respuesta complementaria a la de Jünger, en absoluto opuesta o contradictoria, como pudiera suponerse a partir del dispar origen de los autores, puede encontrarse en las tesis de otro centroeuropeo, el húngaro Imre Kertész, quien en Un instante de silencio en el paredón. El holocausto como cultura establece una serie de vinculaciones que horrorizarían a cualquier pensador de la political correctness:

Da la impresión de que el ser humano ya no vive su propio destino en la tierra y que de este modo ha perdido el derecho, ganado a base de sufrimientos, de repetir las palabras de Edipo rey: «A pesar de todo, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma me susurran que todo está bien…», o de que también se refiera a él la frase de la Escritura: «Y murió Job anciano y colmado de días». Todo lo contrario: mientras provoca dolores y sufrimientos terribles e incomprensibles a los otros y a sí mismo, imagina el hombre de nuestra época que los valores únicos y verdaderamente indiscutibles se encuentran en una vida libre de sufrimiento. Ya que una vida exenta de sufrimiento se desprende al mismo tiempo de la realidad, podemos preguntar con Hermann Broch: «¿Hay aún realidad en esta vida desfigurada? ¿Y hay aún vida en esta realidad hipertrófica?». Por tanto, al igual que la alegría (para no mencionar aquí la felicidad), el sufrimiento también adopta en nuestra época las formas más retorcidas y estériles: es expulsado al escenario de las matanzas, los lager o los cuartos destinados a los interrogatorios de la policía secreta y, en las sociedades más afortunadas, a las cintas de celuloide de las películas pornográficas sadomasoquistas. No hace mucho, en cambio, el sufrimiento —o sea, vivir y padecer el destino humano— era considerado la fuente más profunda del saber, sin la cual no podía concebirse la creación y ninguna obra humana podía hacerse realidad.

Por los grados de refinamiento (estoy pensando en las cintas de origen asiático, sobre todo japonés), así como también por la insoportable explicitud de las escenas de mutilación y masacres (me refiero a la subvariante conocida como gore, de la cual la muy popular saga Hostal de Eli Roth o Seed de Uwe Böll son ejemplos elocuentes) es difícil no asociar a las películas de terror con la pornografía sadomasoquista.

No habría contemplación recreativa posible si las escenas mostradas no generaran cierto placer o gozo. ¿Quién puede entretenerse con algo que ofende o desagrada? Jünger de nuevo: «El aburrimiento no es otra cosa que la disolución del dolor en el tiempo».

Siguiendo las afirmaciones de Kertész el cine de terror es una forma de dolor neutralizado, tanto en su incidencia personal (en definitiva, se observa el sufrimiento de otros) como así también en su potencial pedagógico. Es un dolor que no enseña, estéril, meramente recreativo. Otra vez Jünger, en relación con el cine: «Casi parece que el ser humano posee un afán de crear un espacio en el que resulte posible considerar el dolor como una ilusión, y ello en un sentido enteramente distinto que hasta hace poco tiempo».

El dolor siempre vuelve, aun trasuntado de espectáculo de entretenimiento, esta vez neutralizado en sus efectos benéficos. No es casual que estos filmes de terror sean principalmente producidos en países de altos niveles de seguridad y anestesia: Japón, Europa central y septentrional, Estados Unidos.

EL CANON VAMPÍRICO

El cine de terror es por tanto una elocuente manifestación de la contemporaneidad, al menos en lo que hace a su actitud frente al dolor. Pero la pregunta sigue en pie: ¿por qué estamos rodeados de vampiros? Un poco más acá de los universales humanos a los que alude (y de los que hemos hecho una pequeña lista), el vampirismo podría estar describiéndonos una característica específica de nuestra cultura.

Las variaciones sobre el tema son infinitas, y por eso es preciso reconstruir un canon vampírico que aparece en casi todas sus versiones. Un vampiro es un ser que se alimenta de sangre humana. Esta condición le ha sido dada por una especie de contagio al ser víctima de otro vampiro. Las víctimas experimentan un extraño e irresistible placer y fascinación al ser atacadas por ellos.

El vampiro como tal ha dejado de ser humano, y además se encuentra en una especie de limbo entre la vida propiamente dicha y la muerte (es lo que se llama un no-muerto, en inglés undead), lo que lo convierte en inmortal.

En virtud de tal condición, solo es posible eliminarlo con métodos especiales: el más común es una estaca en el corazón. En virtud de sus rigurosos hábitos nocturnos la exposición a la luz solar (la luz de los seres vivos) también les es fatal. Existen objetos o elementos que producen su rechazo y eventualmente su huida: los crucifijos, el ajo, el agua bendita.

Originariamente, los vampiros son seres solitarios que se ocultan en criptas de castillos medievales situados en valles remotos, o también (modernamente) en mansiones, sótanos y depósitos de las grandes metrópolis. Les resulta imposible establecer relaciones personales con quienes consideran alimento (y el derivado placer que obtienen de ello).

Por otra parte, en la medida en que la condición de vampiro se adquiere pero no es hereditaria, tampoco tiene demasiado sentido que, en su carácter de depredadores, desarrollen hábitos cooperativos entre sí para obtener presas. El vampiro clásico es el rotundo mentís a las fantasías de Kant en torno a un pueblo de demonios: es una contradicción en los términos.

HUMANIDAD, INHUMANIDAD, SUPERHUMANIDAD

Anota Antonio Pérez Fonticoba que los monstruos de nuestra época han dejado de tener la condición de alteridad radical, que los hacía creación de los dioses o caprichos de la naturaleza. Nuestros monstruos tienen una condición humana, según dice el autor citado, por efecto continuo y retardado del cristianismo, que encuentra el origen del mal en el corazón del hombre. Así, más allá de los rescates ocasionales de los bestiarios veterotestamentarios y paganos, el monstruo es —esencialmente— el prójimo, un prójimo.

Pero la condición humana del vampiro no es plena: ha dejado de ser un hombre. Su condición de no-humano es adquirida. Ha sufrido una alienación radical, en cierto sentido irreversible. Este asunto nos lleva a preguntarnos, entonces, por la naturaleza propia del vampiro. Aristóteles explica que los seres que no viven en sociedad eran o dioses o animales, pero no hombres. ¿Dónde ponerlos, entonces?

Los vampiros practican una forma específica de antropofagia. En su caso se trata de una necesidad vital (no de una práctica cultual), y por tanto entra en la categoría de práctica tabú para la mayoría de las culturas. La antropofagia del vampiro tiene características muy particulares.

En primer lugar, podría no considerarse estrictamente canibalismo (práctica de comer congéneres), puesto que el vampiro ha dejado de ser humano y por tanto se alimenta de seres de otra especie. Pero la inhumanidad del vampiro no es absoluta: en realidad parecería tratarse de una post humanidad o más aún, de una cierta superhumanidad (como veremos más adelante) que no puede abandonar referencialmente su condición humana.

En este sentido, Santiago Gelonch advierte que las versiones literarias y cinematográficas más recientes del vampiro han ganado en humanidad, asumiendo conflictos y problemas propiamente humanos. La versión contemporánea del vampiro admite la posibilidad del dilema ético, del conflicto entre condición natural e imperativo moral: también hay vampiros buenos.

Esta humanización progresiva del vampiro es altamente riesgosa para la supervivencia del género: suprimir su inhumanidad es liquidar el arquetipo. La inflación y diversificación del género (a partir de la inclusión de problemáticas humanas) probablemente estaría precipitando su declinación.

En segundo lugar su antropofagia es altamente simbólica, puesto que solo se alimenta de sangre, el fluido vital por antonomasia, y lo hace de organismos vivos. El vampiro trata a los hombres en términos de una instrumentalidad radical, destructiva: son alimento.

En virtud de su humanidad problemática, la antropofagia del vampiro es la negación expresa del imperativo categórico que se halla en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres de Immanuel Kant: «Obra de forma que trates siempre a la humanidad de tu persona y en la de los otros como un fin y nunca como un simple medio».

Pero el rasgo que nos interesa particularmente es que el vampirismo es una práctica inducida, es decir, no es «natural» ni determinada por «necesidades naturales». Al adquirir la condición de vampiro se cambia de dieta básica. En adelante, consume sangre humana.

Tal aspecto tiene una interesante similitud con la observación de John Kenneth Galbraith en torno al sistema de generación de necesidades y de deseos, formado por la publicidad y el marketing y destinado a sostener el paradigma productivista de las economías contemporáneas (La sociedad opulenta). Los hábitos de consumo aparecen no como formas superfluas de adquisición y uso, sino como necesidades que es imperioso satisfacer.

En la medida en que estas necesidades no son reductibles a requerimientos naturales para la supervivencia o el desenvolvimiento razonable, se presentan como exigencias de otro tipo: confort, estatus, modernización. Para el vampiro, en cambio, la sangre humana es una necesidad totalmente adquirida pero vital, no puede prescindir de ella: la generación de una demanda de esta índole es el ideal de los sistemas de creación de necesidades y deseos.

SED DE SANGRE

El concepto de alienación, ya adelantado, aproxima al vampiro a lo que podríamos llamar el argumento humanista del pensamiento marxiano.

Conviene apartarnos para el caso del tradicional cliché del imaginario de la cultura de izquierdas, en torno al burgués como vampiro despiadado y chupasangre. El símil es mucho más complejo de lo que puede tolerar una imagen o un texto destinado a la propaganda.

En sus Manuscritos económico-filosóficos el joven Karl Marx sostiene que el comunismo equivale al fin del autoextrañamiento del hombre, a la apropiación real de la esencia humana para sí mismo. Y establece una explícita relación de equivalencia entre el comunismo, la humanidad y la naturaleza.

Más adelante reformula la esencial inhumanidad de la clase explotadora, la burguesía. El burgués es la negación de lo humano, y en consecuencia, el obrero —la clase obrera— resume en sí la humanidad. La clase obrera representa con su lucha la verdadera causa de la humanidad.

Buen conocedor de Aristóteles, sabe que el hombre es un zoon politikon, ser «social»: «La sociedad ya no puede vivir bajo su dominación [de la burguesía]; lo que equivale a decir que la existencia de la burguesía es, en lo sucesivo, incompatible con la sociedad», puede leerse en el Manifiesto del Partido Comunista.

La condición antisocial de la burguesía la despoja de toda humanidad. Esta idea de inhumanidad es reforzada en las versiones más modernas del vampirismo con argumentos biológicos sobre mutaciones genéticas o variaciones cromosómicas.

El burgués solo puede recuperar su condición humana en la medida en que pierde su condición de clase dominante. En el caso del vampiro la condición humana se recobra al morir, es decir, al abandonar el estado de no-muerto. Tanto para el burgués como para el vampiro, la recuperación de la condición humana opera como una aniquilación pero también como una liberación.

EL PLACER DE LAS VÍCTIMAS

Pero esta particular relación con los humanos no genera en ellos, como podría suponerse, un odio de clase, de género o de estamento ante el opresor, ante la instrumentalización radical de la que son objeto. Más allá de la conocida dialéctica entre amos y esclavos, existe en las víctimas un intenso placer derivado del sometimiento a un vampiro.

No se nos escapan las connotaciones eróticas del tema, pero nos interesa apuntar a otro asunto: la víctima estrictamente no sufre el ataque del vampiro, sino que lo disfruta. En las sociedades de consumo gozan tanto los explotadores (quienes crean las necesidades y las satisfacen) como los explotados (las víctimas de la imposición de hábitos de consumo).

Como sostuviera Franco Rodano en Cristianesimo e società opulenta, todos gozan de la explotación de todos. Solo es posible advertir la monstruosidad del vampirismo (y combatirlo) si uno se sitúa fuera del alcance de su seductor influjo: en términos de mercado, si se sustrae al juego de la oferta y la demanda de las necesidades artificialmente inducidas.

Las similitudes con la sociedad de consumo nos permiten indagar acerca de la inmortalidad del vampiro. ¿Qué sentido tiene esta vida después de la vida, a la que no obstante, no se puede llamar muerte?

Alejada del concepto clásico de inmortalidad (la supervivencia de la persona a través de su obra) y también del cristiano (una vida plena ultraterrena, definitiva, dedicada a la visión beatífica; o un castigo interminable que consiste sobre todo en la privación de esa visión), la inmortalidad del vampiro solo parece tener sentido en el placer que se deriva de la alimentación de la sangre humana.

El vampiro solo parece vivir para alimentarse: no le es dado aspirar a ningún otro tipo de ocupación o de placer. Fuera de su esfera de interés (primario, al menos) se halla la contemplación artística o filosófica, que ha sido considerada desde tiempos remotos la actividad más elevada a la que puede acceder el ser humano.

La presunta superhumanidad del vampiro se muestra sorprendentemente feble y degradada en este aspecto. La alimentación de sangre humana no es un medio para algún tipo de vida superior: es un fin en sí mismo. Todo refinamiento aristocrático (que es el modo habitual de presentar la condición social del vampiro) queda automáticamente barrida: se trata de satisfacer necesidades primarias.

El vampiro vive para beber sangre, para consumir una sustancia. Es la otra condición ideal de toda campaña de marketing o publicidad: generar una necesidad, susceptible de ser satisfecha regularmente por algún bien material pero que se renueve constantemente. Un consumo sin fin.

VAMPIROS: POLÍTICA, SOCIEDAD, ECONOMÍA

En su forma original —tal como se ha explicado— el vampiro tiene una condición esencialmente antisocial. No obstante, en el marco de las numerosas variaciones narrativas sobre el tema, se ha planteado la posibilidad de una sociedad de vampiros. Casi siempre se trata de sociedades secretas, clandestinas, que operan ocultamente y fuera de la vista y la atención de los humanos. No podría ser de otra forma. Estas sociedades tienen dos particularidades que vale la pena señalar.

Por un lado, los vampiros de rango superior poseen un dominio tiránico, completo, sobre los inferiores. No hay imperio político, solo despótico. No hay posibilidad de disenso, y la disidencia es castigada con la eliminación. Tampoco hay tratamiento piadoso o compasivo para con las víctimas. Los reyes vampiros son crueles con sus súbditos y con sus enemigos.

En este sentido, las sociedades de vampiros parecen oponerse a nuestros estándares democráticos y liberales. No obstante, en otros aspectos, las suyas y las nuestras se parecen bastante. Las sociedades de vampiros son precisamente eso: sociedades o asociaciones, es decir grupos definidos por intereses coincidentes o convergentes.

No hay vínculos comunitarios aquí, grupos que otorguen sentido a la vida de sus integrantes, que los eduquen (no hay descendencia), ni que los integren afectivamente, que les provean un universo conceptual, práctico y simbólico que les permita vivir con cierta plenitud. Los vampiros no forman familias, no son comunidades políticas ni tampoco iglesias.

Su estructura interpersonal se asemeja al vínculo sobre el que se funda la modernidad avanzada y su economía capitalista. Las sociedades de vampiros son asociaciones de consumidores, parecidas a veces a ciertas organizaciones financieras. Su condición grupal está definida por la satisfacción de intereses: en la medida en que esta no se verifica, la sociedad se disuelve. Aunque los vampiros poderosos difícilmente toleren algo así: el capitalismo es compatible con las formas políticas autoritarias (aunque al final lo que más le conviene es la democracia).

En tanto y en cuanto los humanos mantienen cierto poder de disuasión, los vampiros están obligados a la clandestinidad. Eso les impide generar una estructura económica que les permita satisfacer regularmente sus necesidades, sin sufrir escasez o caídas en la oferta.

Por lo que se puede ver, la economía vampírica es una economía depredadora, de explotación, que no puede generar sus propios recursos, mantenerlos ni renovarlos. En alguna variante reciente (Daybreakers), los vampiros organizan un farming de humanos. Pero eso probablemente no resolvería el problema, si se ajusta estrictamente al canon narrativo, porque cada humano que es víctima de un vampiro se convierte, a su vez, en un vampiro.

El principio de la escasez formulado por David Ricardo, en torno a un crecimiento aritmético de los recursos, insuficiente para satisfacer las necesidades de una población que crece en proporciones geométricas recibe una confirmación inesperada: no solamente los «recursos» se transforman en consumidores (los consumidores se convierten en esa nueva categoría conocida como prosumidores: productores-consumidores) sino que además ¡son inmortales!

Aunque también es cierto que dada su perversidad intrínseca, no sería extraño que implementaran políticas drásticas de «control de población». La idea de la sociedad de vampiros como núcleo formado a partir de intereses concurrentes facilitaría las cosas.

EXPLOTADORES Y PROLETARIOS DEL BESTIARIO CONTEMPORÁNEO

Pero los vampiros no son los únicos señores en el mundo de los demonios de las sociedades del siglo xxi. Mutantes, animales antediluvianos, monstruos de laboratorio, alienígenas y hombres lobo parecen haber desaparecido o su estela se ha apagado.

Quienes comparten cartel con los vampiros también fueron humanos y han dejado de serlo. También poseen una condición vital que los sitúa entre la vida plena, propiamente dicha, y la muerte. Son, asimismo, no-muertos, o más bien, muertos reanimados a cierto tipo de vida.

Las producciones cinematográficas y televisivas no han hecho más que aumentar: Zombieland, Dawn of the Dead, Diary of the Dead, 28 Days After, Quarantine, Quarantine II Terminal, Land of the Dead, House of the Dead, George Romeros’ Zombies, Doom, Survival of the Dead, la saga Resident Evil, The Living Dead, The Zombie Diaries, The Hills Have Eyes.

A la superhumanidad —ciertamente problemática, como hemos visto— de los vampiros se contrapone la infrahumanidad indiscutible de los zombis. La seducción y el refinamiento de los primeros contrasta con la repugnancia y la repulsión a la que mueven los segundos.

No hay nada atractivo en un zombi: un cadáver en descomposición en busca de carne humana, con las facultades mentales disminuidas, reducidas al desplazamiento y el ataque en masa a las víctimas. No es un dato menor —como advierte Leonardo Martínez— el hecho de que el origen cinematográfico de los zombis se encuentre en filmes conocidos como de clase B, es decir producciones de bajo presupuesto.

Otro elemento que vincula a zombis y vampiros son los hábitos antropofágicos. En el caso del zombi este consumo está desprovisto de todo refinamiento: la preferencia por cerebros, que aparece en algunas películas antiguas, se amplía actualmente al conjunto de la anatomía humana. El zombi consume carne humana como lo haría cualquier carnívoro o carroñero.

Su sociabilidad es básica, apenas gregaria: constituyen masas que se desplazan en bloque en busca de víctimas. No hay vida de relación en el zombi. O mejor dicho, hay solo una relación posible: la de la víctima. Tanto el zombi como el vampiro desarrollan una actividad excluyente: el consumo. En el caso del zombi, su tipo de consumo excluye tácticas de atracción o estrategias de seducción. Es por otra parte un consumo no selectivo.

Las masas zombis se parecen llamativamente a las masas de consumidores atraídas por las estrategias de publicidad igualmente masivas que inundan los medios de comunicación y entretenimiento. Mientras que el vampiro es un consumidor de productos de alto valor agregado (mujeres hermosas, básicamente), el zombi pertenece a otro target: es el comprador masivo e indiscriminado de necesidades inducidas.

No hay apetito de destrucción indiscriminada, afán de venganza, instinto asesino, esclavización o manipulación ni sacrificios humanos para deidades malignas, como otros demonios creados por la fantasía humana: solo consumo, nada más que eso. Los zombis son el proletariado, la clase obrera del bestiario contemporáneo.

Al igual que los vampiros, la inhumanidad completa del zombi parece estar flaqueando. El ritmo de la industria del espectáculo es trepidante y ya se han iniciado procesos de sofisticación en las tramas y los argumentos sobre los zombis, con el consiguiente efecto de humanización progresiva, que se ve desde hace rato en los filmes sobre vampiros: es el caso de la serie británica In the Flesh, que adopta el punto de vista de los afectados por el Partially Deceased Syndrome («Síndrome de Deceso Parcial»).

Zombis y vampiros, no obstante, coinciden en el más preciado y atractivo objeto a la que pueda aspirar una sociedad de consumo: los propios humanos. No hay forma de consumo más radical: es el fin por excelencia, convertido en medio.

LOS VAMPIROS ESTÁN EN TODAS PARTES

El vampiro ilustra con particular riqueza significativa y simbólica el tipo humano de las sociedades de consumo, de las sociedades opulentas de hoy. La inhumanidad del vampiro es el espejo de la inhumanidad de las sociedades actuales. En su inhumanidad los vampiros encarnan una cierta humanidad contemporánea. Con los zombis sucede algo similar.

Resulta sorprendente, por tanto, que con su enorme poder metafórico y de evocación, no haya muchas más películas sobre vampiros. En una entrevista titulada Los dispositivos de incitación del mercado liberan al sujeto perverso, Dany-Robert Dufour ha explorado las transformaciones morales que derivan de la acción de los dispositivos de mercado: su efecto es potenciar la perversidad de los sujetos.

Ya no estamos en el mundo de las neurosis de Freud, en el cual existía el padre que reprimía (represión que luego salía por otro lado de otra manera). Hoy, no existe instancia represora, por eso se nos incita a que nos apoderemos de un máximo de objetos. Hoy se pasa de un funcionamiento neurótico a uno perverso y si en este último funcionamiento las cosas no van bien, lo que les queda a aquellos que no logran triunfar en la instrumentación del Otro, es la melancolía y la depresión.

Quizá no sea posible encontrar una metáfora más perfecta para retratar la contemporaneidad que el vampiro, al encarnar el non plus ultra de la perversidad. En las películas y las series contemplamos pasmados sus sutiles artes de seducción, sus afanes y sus conflictos. Vemos una y otra vez una misma historia contada de mil formas diferentes.

En realidad, lo que estamos observando son retratos de nosotros mismos, como víctimas y como victimarios. Las películas de vampiros tienen similar atractivo de mirar, en solitario, esas viejas y nuevas fotografías en las que aparece nuestra imagen.

Para el amigo Luis José, cinéfilo voraz y ecuménico,

incondicional de las comedias musicales,

que me ayudó a pensar (pacientemente)

esta desorbitada explicación.

Catolicismo español del siglo XXI: ¿De religión oficial a contracultura, pasando por complemento cultural? Un punto de vista

Quien se pregunte por el fondo de la crisis actual detectará, ante todo, una serie de causas políticas —sistema electoral, partitocracia, insuficiente división de poderes; sin olvidar el papel de la UE, tema importantísimo—, pero si profundiza más, posiblemente termine dando además con un cambio antropológico, a cuyo lado los cambios institucionales o legales son importantes, pero menores.

Este ensayo no está escrito desde la Teología, que este firmante ignora, sino desde la (de) formación profesional constitucionalista y desde el intento de entender qué pasa hoy en España, tomando distancia y con el sentidiño de un labriego o marinero gallego. Pertenece al género de la conjetura; así que, si prefiere, no siga usted leyendo.

Buscando las raíces —decíamos—, dimos con la antropología. Al aparecer esta, aparece con ella lo religioso, aunque nuestro punto de partida haya sido el político-constitucional. La pregunta es: ¿qué relación hay entre catolicismo español y política desde la llegada de la democracia? Mi principal argumento es la adhesión del «catolicismo español» a la España democrática; el segundo, su aceptación de la forma mentis dominante; el tercero, que ambas adhesiones han sido negativas para el cristianismo, sin por ello mejorar la escasa democracia.

La empresa no es fácil. Juzgar a todo el catolicismo español1, de la última parroquia al cardenal primado, más los diversos movimientos y actuaciones, ni es posible ni lo intentamos. Trataremos solo de la relación externa, visible, entre las instituciones católicas importantes y el mundo político-constitucional. Sin dificultad podrían rastrearse en el catolicismo español muchos datos contrarios a nuestra línea principal, pero que no alteran esencialmente este juicio, que no es religioso y se limita a las pautas públicas, exteriores. Desde la sociología o las instituciones constitucionales no se puede juzgar la intrahistoria ni la suprahistoria, y menos en materia religiosa. No es posible hilar más fino, pero, como decimos, las personas y movimientos buenos —la mayoría—, carentes de visibilidad exterior, no modifican el juicio global. Si la cope apoya el capitalismo descomedido y la inhumana austeridad, la gente cree que el catolicismo los apoya, diga lo que diga la doctrina social de la Iglesia. Si la Conferencia Episcopal dice algo, la gente cree que lo dice la Iglesia, aunque las conferencias episcopales no sean sino eso, conferencias.

A fines del 2014, la retirada por el gobierno del PP de la ley que iba a restringir un poco el aborto, dejó a parte del catolicismo español como noqueado e incapaz de reacción. No se trataba del más que discutible comportamiento de ese gobierno; sino de que, tras tantos años de cultivar ciertos sectores católicos influyentes, sobre todo de Madrid, el indisoluble «matrimonio» catolicismo-España resulta que por parte de esta no había tal. Y el PP post-Fraga cada día aparece más como ahora es: inmoderado capitalismo financiero, duras condiciones laborales, autoritarismo político, nueva vuelta de tuerca al código penal —antes garantista, ahora punitivo—, y, siempre, nuevas libertades sexuales. Y no se trata solo de un gobierno y un partido sino de un estado que hace aguas moralmente por todas partes, incluyendo sus altas magistraturas. Y no solo se trata del estado, sino de España, cuya sociedad no parece muy preocupada por las vidas humanas en juego, y ya no ostenta una mentalidad muy católica. España no dejó de ser católica cuando Azaña decía, pero quizá ahora sí.

Retrocedamos unas décadas. En 1986, en una universidad luterana norteamericana, un conferenciante sostenía que «el cristianismo debe terminar su matrimonio con América», cosa que uno suponía que solo sucedía en España. En realidad, la supuesta unión catolicismo-España se había deteriorado hacia 1965 (aproximadamente), forjándose hacia 1975-1978 una nueva unión, la cual produjo tres efectos. Primero, el «matrimonio» (quizá falso, pero percibido) con España, que explica el centralismo de muchos obispos y sacerdotes, notablemente mayor que la media (con conocidas excepciones); segundo, el «matrimonio» con el estado democrático, que explica el respaldo a la monarquía, a la Constitución, a la ley civil. Ahora bien, como estos estados son un poco «iglesias light sustitutorias» (ejemplo claro, Suecia), el respaldo (o simplemente la crítica insuficiente) puede parecer respaldo también a su antropología y su weltanschauung. Tercero, la Conferencia Episcopal: por primera vez en la historia el territorio español coincide con una estructura eclesiástica operativa, permanente, con funcionarios y departamentos. Antes, los centros del catolicismo español eran varios, e históricos: Toledo, Santiago, Covadonga, Zaragoza; ahora uno, y político, Madrid.

En realidad, el abrazo a un estado, a un «dios mortal», es, cuando menos, arriesgado. A causa de la soberanía, la plenitudo potestatis y la competencia universal del estado, este será siempre —democrático o no— al menos un competidor de la Iglesia; si no, véase la famosísima portada del Leviatán de 1651. Incluso Felipe II, piadoso pero al fin jefe de un estado, tenía disputas de jurisdicción con el Papa. Adherirse al estado será siempre abrazar al oso, aceptar lo que conviene al rival. Ello no tiene mucho sentido, y menos hoy, pues estos ex-estados —no mucho más que protectorados de la UE—, como solo pueden gobernar lo personal y lo cultural lato sensu, todavía chocarán más con las iglesias, que por definición no pueden ignorar esos campos. Ese acrítico y doble abrazo al estado, por perfecta societas y por democrático, olvida que ni es sociedad ni perfecta, y olvida la realidad española: partitocracia, corrupción, concentración del poder, poca sumisión al derecho y decrecientes libertades políticas. Entonamos así, a base de verdades oficiales sin aparato crítico, las alabanzas de la Constitución.

Al ensalzar como «democracia» a esta apariencia de tal, el catolicismo españolista laudatorio le da un plus de legitimidad y limita su capacidad de reprochar. No importa que a este estado le falte poco para el magnum latrocinium agustiniano y que siga sistemáticamente políticas poco humanas y menos cristianas. Uno escucha la cope, como en mi casa día y noche, y no deduce que la democracia española sea lo menos malo (Churchill), sino una Atenas de Pericles y faro para Iberoamérica. Contraste: mientras que no pocos católicos españoles, necesariamente con poca historia democrática a sus espaldas, repiten que la democracia (entiendo a la española incluida) es «un ethos de paz, justicia y libertad» (así, mi amigo F. Santamaría, ¿Un mundo sin Dios?, 2012, 55, cit. a Rohnheimer), los demócratas con tradición nunca ocultan las insuficiencias: así, Weiler dice que una democracia de personas viles será vil (aunque —añadamos— no por su democracia sino por su vileza). Al hacer suya esa narrativa conformista-laudatoria, el catolicismo español ya solo declara inmorales algunas cosas concretas, como el aborto; no cuestiona seriamente las políticas que el Papa llama del «descarte», o el pretendido deber moral de pagar los injustos impuestos, y se escandaliza si monseñor Reig Plà llama «estructura de pecado» a los grandes partidos políticos (prensa, septiembre de 2014; en la Evangelium Vitae, núm. 12, se hablaba de «estructura de pecado» y «cultura de la muerte»).

Sin duda será deformación profesional de jurista, pero la redonda y feliz frase «unethos de paz, justicia y libertad» me suena como los romanos oponiendo su Imperio a los bárbaros, o como las ideales «repúblicas bien concertadas» del Siglo de Oro. Solo me imagino a Locke, Montesquieu o los Founding Fathers describiendo la democracia en términos bien modestos y realistas. Wishful thinking por wishful thinking, prefiero el lincolniano «gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo», pues el ethos de paz, justicia y libertad puede no garantizar mucho gobierno del pueblo.

Santamaría (54-55, 88-89, passim) ensalza la democracia y refuta a los católicos «demoescépticos» y nostálgicos de la dictadura, y con razón, pero solo en parte, pues hoy no hay democracia con In God we Trust sino posdemocracia con In Gold we Trust. ¿Y los nostálgicos de la dictadura? Aparte de que caeteris paribus la dictadura sea moralmente inferior a la democracia, hacen mal en culpar a esta de todos los males, porque aquí nunca hubo mucha. ¿Quieren una dictadura? Ya la hay, pero del tipo de «La especie de tiranía que hay que temer en las democracias», que ya preveía Tocqueville en 1835-1840. En efecto, el dictador de hoy no será un viejo militar, golpista pero de fondo cristiano y iusnaturalista de fondo, sino más bien la Troika, la partitocracia, un ministro de hacienda esgrimiendo el artículo 135 de la Constitución, el funcionariado europeo, los artículos 32-37 del MEDE, o un Memorándum de Entendimiento como firmaron Grecia y Portugal.

En nuestra vida real, ¿qué queda de la ética de los católicos? Según lo que ve desde fuera el hombre de la calle, parece quedar lo que el pp todavía permite, o no persigue (enseñanza diferenciada), y va variando según varía lo anterior (así, admisión de la ideología de género). Sumando la fuerza normativa de lo fáctico, la tibia crítica, y el jugar en campo contrario, es como si acabáramos asumiendo toda esa inmoralidad autoritaria como asumimos la lluvia en Galicia. Ante la tiranía del dinero, la dura reforma laboral, o un desempleo que clama a los cielos, las enseñanzas de Juan Pablo II o Francisco se reflejan poco en este catolicismo. Uno puede pasar un año escuchando homilías dominicales sin que le planteen grandes cuestiones —el bien, el mal, salvación, condenación, sentido de la vida— ni grandes respuestas, cosa que con el islam no sucede.

Es difícil que el catolicismo español publicite una ética cuando no publicita una antropología. La que subyace a la cope es aproximadamente la hispano-posmoderna-consumista-legalista de cualquier medio, aunque de cuando en cuando con noticias católicas, que quedan como interpolaciones. El oyente recibe más mensajes de apoyo a la unidad de España, la Constitución, el capitalismo (indirectamente) y el gobierno del pp, que mensajes esperables de una emisora católica. Para el observador exterior, que no afina mucho, es básicamente una emisora política, y no de las más moderadas. (Nota: ¿debería existir una emisora comercial episcopal? He ahí otra cuestión.)

¿UNA NUEVA ANTROPOLOGÍA?

En 1965, tras el Concilio Vaticano II, Pablo VI pronunció una declaración de reconciliación y afecto hacia el mundo moderno, aunque con muchos matices que los superficiales ignoraron (en 1968, en la Humanae Vitae, haría serias advertencias). El problema es que aquel mundo, el moderno, no es el nuestro, posmoderno: ya no hay humanismo sino poshumanismo; no democracia, sino pos-democracia; no capitalismo industrial (ni, menos todavía, economía social de mercado), sino capitalismo financiero. En España, aquella aceptación más o menos genérica del mundo moderno, la democracia liberal y otras cosas, parece mantenerse, pero al cambiar el mundo, ahora beneficia al destinatario equivocado. ¿Ha cambiado mucho el mundo? Basta comparar el cine de 2015 con el de 1965. En Occidente, mucha gente eran regular churchgoers; los diez mandamientos y la antropología cristiana básica eran lo normal. No había «cristofobia» (Weiler) ni en el Partido Comunista italiano, y el gran crucifijo del Senado bávaro no era noticia. Taylor dice en A Secular Age algo similar: que la gran descristianización no tuvo lugar sino a partir de esos años. Los matrimonios estables no eran una rareza, las sociedades civiles eran más independientes, la vida estaba mucho menos regulada, había más libertad política; y así sucesivamente. En la misma línea —que el acuerdo fundamental de base cristiana duró hasta los sesenta— está Janne H. Matlàry (When Might becomes Human Right, 2007, 20-21). Si eso es así, ser tan deferente con el sistema político-económico-antropológico español de hoy como Pablo VI con el mundo de 1965, es como esperar de la película Cincuenta sombras de Grey los valores morales de Ben Hur, de Charlton Heston; o como suponer en la CEDAW la carga iusnaturalista que tenía la Declaración Universal de 1948. El artículo 5 de esa Convención ordena a los estados modificar los patrones culturales de conducta para suprimir las costumbres basadas en los roles masculino y femenino y eliminar toda discriminación contra la mujer, justa o no. (Pero nadie puede eliminar toda discriminación, ni toda injusticia, ni todo accidente de tráfico, sin incurrir en totalitarismo, que viene de «todo».)

Sea ello como fuere, parte del catolicismo «oficial» español ha «comprado» la cosmovisión que venden «Los Que Mandan» (como diría J. L. de Imaz): consumismo, neocapitalismo, democracia aparente, corrección política. Es un modelo que aplica el mercado libre a lo humano pero coexistiendo con la regulación exhaustiva de nuestras vidas, y que se caracteriza, aproximadamente por: primacía del self-fulfilment individual, choice (optar en todo y siempre, con sus secuelas de no compromiso y reversibilidad permanente), consumismo (D’Ors: el comunismo producía mártires; el consumismo, apóstatas), regulación y control estatales de todo, incluso lo personal.

En realidad, tanta libertad aparente se limita a sexo, consumo y vacaciones. No es democrática y no se aplica a los impuestos, a la política, a la austeridad económica, a la ley (que ahora «es para cumplirla», sin más), o a las relaciones laborales. Nuestras vidas nunca han estado tan controladas. Para un cristiano, educar a sus hijos en su fe era más fácil en el Imperio Otomano que hoy en Europa, como han comprobado quienes han sufrido multas o prisión por enseñar que el matrimonio es heterosexual. Si no nos saltan las alarmas ante un dato así —que esa libertad es menor en la modélica Suecia que en el Imperio Otomano—, es que nuestra mentalidad no es tan liberal y constitucional como decimos.

Consumismo, autorrealización y opción permanente, pueden tener también algo positivo, pero no para la familia u otros compromisos serios. Según Gray (Enlightenment’s Wake, 2007, 167), la moderna cultura británica del matrimonio está permeada por «ideals of choice and self-fulfilment»; es inevitable, entonces, preguntarse para qué casarse. Por eso disuelven también la «amistad social», que hace de las personas una sociedad y no un conglomerado accidental, como las patatas, que si están en un saco forman un saco de patatas. De la misma manera que la economía de mercado puede ser buena pero una sociedad de mercado es mala (Sandel), el individualismo, que tiene su cara buena, si invade todo es negativo y amortigua los vínculos sociales. Y al final, la combinación de máximo estatismo regulatorio con máximo individualismo, deja indefenso al mismo individuo. Eso, por cierto, se ha buscado en los países nórdicos: que nadie dependa de nadie, ni los hijos de los padres, ni los padres de los hijos; todos átomos, que dependerán del estado (Berggren y Trägardh, «Social Trust and Radical Individualism», en The Nordic Way, informe, Davos, 2011).

Otros rasgos destacables en este «sistema operativo» mental son:

  • La pérdida del conocimiento por analogía y del sentido común, que produce empobrecimiento personal e incapacidad de juzgar.
  • La inmadurez e irresponsabilidad (aunque no para Hacienda); este catolicismo acepta del misántropo estado policía-niñera el hombre desvalido y solitario, y por tanto no confía en su libertad ni capacidad de comprometerse, pues no se le puede exigir mucho.
  • Reducción de los problemas morales a psicológicos y de estos a biológicos, en lo cual colabora el cientificismo biologicista y la general des-moralización de la vida (esto es, que mi vida y comportamientos son cada vez menos enjuiciables moralmente; en contra, Angus Kennedy, «The Vital Importance of Being Moral», Spiked, 25-IV-2014).
  • El tratamiento terapéutico de toda desviación de lo marcado por expertos y burócratas, a menudo trasnacionales; la obsesión por la salud y la seguridad.
  • La razón cede el paso a la emoción y al sentimentalismo (pero efímeros; las creencias y sentimientos no son estables).
  • Utilitarismo, aun a riesgo de «cultura del descarte» (papa Francisco).
  • Al escasear las relaciones interpersonales fuertes, tipo Alma, Corazón y Vida, se vuelve difícil hacer amigos, pues estas relaciones son fruto de compartir experiencias serias e incluso riesgos, que en nuestras reguladas vidas no se dan, y si se dieran, la asistencia social aplicaría el correspondiente protocolo y nos enviaría un psicólogo.
  • Aceptación de lo que digan el mercado, los economistas y expertos.
  • Aceptación de una normativa solo racional y procedimentalista que seca lo que toca, desde la religiosidad al folclore, si no encaja en su neutro tecnicismo.

¿Qué confesión religiosa en su sano juicio aceptará una narrativa sin lugar para el ser, para el conocimiento por analogía, el sentido común, las virtudes personales, los sentimientos humanos o las mínimas visiones religiosas socialmente compartidas? ¿Qué religión «comprará» una cosmovisión sin lugar para la religiosidad humana básica? ¿O una praxis en la que nuestras actitudes estén reguladas por burócratas armados con implacables normativas transversales sobre salud, seguridad o supresión de toda discriminación, incluso justa (aunque florezcan las injustas)? Una cosmovisión que «des-encanta» (Weber) hasta las puestas de sol, quita el sentido al arte y a la arquitectura, e inhibe todo movimiento popular políticamente incorrecto, ¿favorecerá la religiosidad meramente natural? (Por lo mismo, tampoco favorece la democracia o la libertad política). Un esquema de vida que produce competidores en vez de compañeros de curso, ¿cómo producirá compañeros del alma? ¿A qué religión convendrá un discurso que reduce lo bello, lo bueno y lo verdadero al status de una preferencia de consumo? Tal hostilidad hacia lo religioso (y, al final, quizá también a lo humano), no la encontró el cristianismo en Grecia ni en Roma.

Con un discurso de «descarte» y máximo economicismo, más preocupado por la deuda griega que por las interminables muertes en el Mediterráneo, el abrazo y la reconciliación estilo Pablo VI en 1965 no serán tan fáciles. A quien normaliza los tres padres por hijo, los vientres de alquiler, el empobrecimiento masivo y el control total de nuestras vidas, no me parece prudente aceptarle su narrativa, no sea que de repente nos veamos dentro de su entorno informático. No se trata solo de catolicismo, sino de líneas rojas constitucionales (y simplemente humanas), traspasadas por los impuestos, la nueva censura, la irresponsabilidad del gobernante, o los recortes a las libertades políticas, inversamente proporcionales al aumento de las sexuales.

Curiosamente, la aceptación de un guión básico adverso a quien lo acepta, no es nueva. Hace décadas que el socialismo aceptó el consumismo individualista y comenzó a defender como causas socialistas muchas medidas en el fondo antisociales, que a la larga segaban la hierba bajo sus propios pies. Dejó de luchar en serio por la solidaridad económica y social para luchar muy en serio por un individualismo disolvente y un relativismo moral, en los que su enemigo, el capitalismo, está como pez en el agua.

Aquí procede aclarar que, cambiado o no, este mundo sigue siendo básicamente bueno, y nadie niega la bondad y belleza del Obradoiro, la ría de Arousa desde el Xiabre, las torres de los colleges en la niebla oxoniense… Pero de ahí a aceptar su formato antropológico, va un buen trecho; para empezar, más que «suyo», del mundo, es de Los Que Mandan; no ha salido espontáneamente del pueblo, pues las bioideologías no son altruistas (D. Negro), ni de origen popular, como tampoco muchas libertades sexuales, o las actuales políticas económicas; las hacen populares el tiempo y la imposición vía corrección política.

LENGUAJES, NARRATIVAS, OBLIGACIONES

Al lenguaje culturalmente correcto, como de ong filantrópico-constitucionalista, el catolicismo español suma el no segregar arte o simbología propios.

Para la gran mayoría, que ve las cosas desde fuera, la Conferencia Episcopal, aunque en principio no fuera sino una conferencia, casi forma hoy parte del paisaje de poderes públicos. Parece un Vaticano bis, seca las fuentes locales, opaca a los obispos y evoca —permítanme ahora exagerar— una Iglesia nacional centralista. Brevemente, es como si el llamado nacional-catolicismo hubiera dejado paso a una especie de catolicismo nacional centrado en Madrid. Abundan los ejemplos, incluso triviales; véanse los carteles de una función religiosa en la catedral compostelana, o de la Patrona de los mariñeiros, impresos en Madrid y con el logo de la cee (¿es eso religiosidad popular, cabe preguntarse?). Nadie en España desconocía a monseñor Rouco, pero muchos católicos desconocen a su obispo; algo así como si yo conociera al presidente de la Conferencia de Rectores pero no a mi rector. Unas hojitas repartidas mensualmente en la parroquia vecina piden por las intenciones de la Conferencia Episcopal (que propiamente no tiene, pues toda intención es personal) pero no por las del obispo, que vive al lado.

(Reconozco desconocer por completo el funcionamiento de un organismo tan complejo como la Conferencia Episcopal, y no quisiera tomar las opiniones de parte de sus miembros por el todo; por ello insisto en los grandes rasgos exteriores.)

Al no segregar una cultura y narrativa propias, ni publicitar mucho sus aspectos revelados y trascendentes, este catolicismo termina haciendo suya por defecto la cosmovisión políticamente correcta. No pocas universidades católicas dejan las artes liberales y el humanismo (y, con ello, el logos, la libertad y el enriquecimiento personal) y abrazan la cacofónica «empleabilidad» y el economicismo, como todas. Tenía razón Juan Pablo II: una fe que no se hace cultura es una fe no enteramente vivida. Y al no hablar lenguaje católico de fondo, hablaremos de cosas buenas pero no religiosas: valores, solidaridad (más que caridad, aunque los católicos la practiquen, especialmente en la crisis), respetar la ley positiva y los gobernantes, «derechos fundamentales»… Esto se aprecia mejor en algunos portavoces de organismos eclesiásticos, pues a menudo son periodistas, pero también se ve rezar «por los derechos fundamentales» en las misas como si en 2015 no hubiera que separar el grano de la paja, la libertad de culto de la libertad de maternidad subrogada, los derechos políticos de los reproductivos; como si el acuerdo fundamental sobre «derecho» y «humano» de 1776 («Sostenemos que estas verdades son autoevidentes…») o 1948 (Declaración Universal), siguiera vivo hoy. Y como la persona media no tiene que ponerse a deslindar concepciones de los derechos fundamentales, el efecto es desarmarnos moralmente ante cualquier pretensión presentada bajo ese rótulo, aunque sea el derecho a la transversalidad de género.

Síntoma claro: mientras este catolicismo no genera obligaciones para el estado, este las genera, incluso de conciencia, para los católicos, en la línea (pero sin llegar a tanto) de una religión civil o iglesia nacional. Lo que el estado etiqueta como «malo», este catolicismo autodesactivado lo recibe como tal (incluida la consiguiente obligación moral), incluso en cosas menores y discutibles: resistir a la leyes administrativas, superar 120 kph., insultar a la policía, fumar, pagar los injustos impuestos, quizá pronto la obesidad, y, huelga decirlo, la autodeterminación territorial, contra la que cargan algunos obispos como si fuera el cisma de Oriente. Y así, al cerrar filas en cuestiones opinables en torno a un exestado con vocación de iglesia light, el catolicismo español habría hecho un dudoso negocio. Parafraseando a Spaemann, España (o una no pequeña parte de ella) le daría la espalda.

Evocando las religiones nacionales protestantes, algunos eclesiásticos que respaldan la obligación moral de la ley civil (generalmente no leyes, sino meras normas administrativas), tratan las leyes y dogmas de la Iglesia con cierta ligereza. La cuestión es antiintuitiva, pues más lógico es sentirse obligado por lo que resulta de una adhesión íntima y relacionada con mi eterna salvación o condenación, que por una organización (el estado), que pertenece al fuero externo, no trae su autoridad de Dios, y, ni aunque fuera constitucional y democrático (y no será fácil), nunca sería «mío» en sentido profundo. No faltan clérigos y obispos que sostienen públicamente posturas no muy católicas; pero si alguien infiere que deben de ser revolucionarios políticos, como hace cuarenta años, se equivoca. Frente a normas eclesiásticas, en principio, libre examen; frente al estado, en principio, obediencia; por eso al final los católicos se distinguen poco del resto. He ahí un hito histórico: el secular contrapeso ejercido por la Iglesia solo por mantener su faro encendido y publicitar su propia visión, ha disminuido en España, con un efecto parecido al de la reforma protestante en los estados norte y centroeuropeos: controlar sus iglesias nacionales y marcar el ethos social.

Algunos eclesiásticos dan apreciable fuerza moral a instituciones del estado a las que este apenas da. Hay sacerdotes que dan al matrimonio civil un peso que el estado, tras reducirlo a trivial pacto de afecto entre cualesquiera adultos, hoy le niega. (Otro problema: salvo que no le importen sus familias, ha sido un error del estado no mantener un matrimonio civil heterosexual mínimamente sólido.) Ese respaldo moral a lo que quiere el Estado, respaldando menos las obligaciones propias, llega al máximo en la indisolubilidad de España, más defendida que la del matrimonio (contrástese con el respeto del catolicismo británico ante el independentismo escocés). Se suman, así, a la tendencia a dar más peso a las relaciones lejanas o institucionales que a las interpersonales o «prójimas»; una visión en el fondo menos cristiana.

PARALELISMOS

Esa aceptación de la lógica del rival no es un caso aislado. Así, la universidad pública española cambia hasta su lenguaje y acepta el de sus detractores (empleabilidad, competencias, habilidades, supresión de asignaturas formativas). En un tablón de anuncios de cualquier facultad, por cada actividad intelectual hay tres sobre violencia de género, cinco sobre danza del vientre y diez sobre prácticas en empresas, quizá subvencionadas por algún banco. Esta es la primera generación, en siglos, que terminará sus estudios sabiendo casi nada de cultura clásica y cristianismo, hasta ahora puntales de la paideia occidental. Cuando la Divina Comedia o La Escuela de Atenas solo sean una contracultura, todos sabrán inglés e informática.

La Ilustración —otro ilustre ejemplo— está también pasando lentamente, aunque en este caso con todos los honores. Ya el desequilibrado pero agudo Nietzsche vio la Ilustración como un cristianismo secularizado, al que no auguraba mejor fortuna.

Otro ejemplo, ya mencionado, sería el socialismo, y tanto en teoría como en la práctica (véanse las elecciones británicas de 2015). Hoy hay pocos movimientos sociales. Las manifestaciones y huelgas impactaban al poder más al final del franquismo que hoy.

Pero, a diferencia del cristianismo, nadie prometió a la universidad ni a la Ilustración asistencia hasta el fin de los siglos, cosa que en los últimos veinte nadie negará que se ha venido cumpliendo.

Estos casos tienen en común el convertirse primero en planteamientos minoritarios y después tal vez en contra-culturas, como quizá ya lo sean las artes liberales hoy. Para 2050, el cristianismo será minoritario en Inglaterra.

PERO EL POSCRISTIANISMO TAMPOCO FUE UNA FIESTA

Todo regulado, todos sospechosos, todos controlados a toda hora por el massive screening de este estado cada vez menos lejos del totalitarismo… No en teoría, pero en la práctica, solo por condescendencia del estado puedo educar yo a mis hijos, y por eso no puedo decidir su educación. Solo mientras el estado no lo reclame es mío mi dinero, y por eso el Ministerio de Hacienda sube los impuestos a voluntad, como si no hubiera Constitución. ¿Y la libertad? Nadie lo dirá así, pero en la práctica, para Los Que Mandan, pertenece al «poder jurídico del estado el vincular de tal modo al hombre, que no le quede una partícula de libertad» (Kelsen, Teoría General del Estado, 2002, 179).

¿No nos decían, ya desde Dostoievski, que si Dios no existiese todo iba a estar permitido?

¿Querían los progresistas una sociedad cuya lógica no fuese la religión (aunque, al menos desde la revolución jurídica medieval, era más bien el universo ordenado por el derecho)? Dejaremos ahora sin aclarar qué es «progresista» hoy: si es capitalismo más homosexualidad o eutanasia, ya lo conocía Hitler. ¿Querían una sociedad así? Ya la tienen, y su lógica es la depredadora economía financiera globalizada y la ciencia experimental sin norte. Jefferson decía que si el gobierno teme a la gente, hay libertad; si la gente teme al gobierno, tiranía. Temer, en principio, parece malo; ya no somos «God fearing», felicitémonos. En realidad, hay menos discusión pública que en 1975; estamos más asustados y controlados que bajo el último franquismo; vivimos bajo un government by fear: tememos a los impuestos, las desproporcionadas multas (prohibidas en la enmienda VIII americana), la pérdida del trabajo, la banca, el helicóptero Pegasus y, últimamente (y esto es ominoso) también a la blindada policía y al nuevo y anticonstitucional derecho penal. Y como el gobernante no teme a Dios, nada que no sean las próximas elecciones (o los grandes poderes fácticos europeos) lo frena. Ergo, aunque solo fuera por pragmatismo, nos convendría que si Los Que Mandan no nos temen a nosotros, temieran un poco a Dios, como los antiguos reyes absolutistas.

¿Queríamos una sociedad poscristiana? Ya la tenemos: ni el catolicismo ni su doctrina social influyen gran cosa; pero los hombres somos números, quizá descartables; la austeridad nos depaupera por millones; la indiferencia se globaliza; la falta de caridad y solidaridad penetra en nuestros estudiantes como competitividad. No falta quien, como en el calvinismo, culpa a los desfavorecidos de su mala suerte. Se acepta trabajar sin horario por salarios muy bajos que impiden formar una familia; nadie se rebela ni «clama al cielo» como Santiago el Menor, John Locke y los independentistas americanos; nadie enarbola «Do not tread on me», como estos últimos. ¿Qué barreras morales frenarán la corrupción? La nueva ética civil como adhesión racional a reglas procedimentales convenidas y moralmente neutras, o la moral autónoma more kantiano universal y abstracta, fabricada por el pueblo (más bien por gobiernos o burócratas trasnacionales que no responden ante demos alguno), no ha aguantado el primer asalto. En 2014 se aprueba en Bélgica la eutanasia infantil en ciertos casos, con revuelo ciudadano solo relativo. En 2015 se aprueba en Gran Bretaña la triple paternidad. Uno se pregunta qué será lo siguiente. En Galicia, la sanción por elaboración casera de aguardiente acarrea mayor sanción que abortar, lo que, por mucho que nos lo expliquen —y explicaciones no faltarán—, sugiere que en las clases políticas no debe de quedar mucho sentido ya no de la justicia sino de la proporción. ¿Cómo entender las apocalípticas reacciones de algunos jóvenes musulmanes europeos? Véanlo:

¿En qué creen las sociedades occidentales en la actualidad? En el derecho a perseguir el poder, el dinero y la felicidad. En la ilimitada libertad sexual, […]. Libertad para los niños del control de los padres, sin cachetes y ni siquiera gritos de los padres [que] pueden terminar en los tribunales como presunto «abuso emocional». Los maestros son impotentes para controlar a los descarriados adolescentes […]. El 50% de los nuevos matrimonios termina en divorcio antes de cinco años. […]. Drogas, pedofilia, embarazos de adolescentes, suicidios de adolescentes, abandono por los profesionales de la medicina de los cuidados paliativos y creciente envío de los ancianos a residencias por unos hijos que no quieren tener que ver con ellos; todos estos y otros signos de desintegración de la civilización estimulan a los jóvenes musulmanes disgustados a asumir posturas fundamentalistas letales. La posguerra fría, en las sociedades occidentales, es una era de autodestrucción cultural. Es más fatal que el cambio climático, pues está cambiando las reglas de la conducta humana. Está creando una nueva y terrible inhumanidad (Gerbarnes comentando a F. Furedi, Spiked, noviembre 2014).

Demasiado pesimista, sin duda, pero la sensación de seria crisis la tiene cualquiera, tirio o troyano. Sin dificultad pueden detectarse algunos síntomas de autodestrucción cultural, cambio de las reglas de juego humanas e inhumanidad. El general vaciamiento de significado, la pérdida del orden del mundo y el miedo al futuro están ahí, y ningún gobierno podría reponerlos por decreto. Tampoco hay ese peligro, pues ellos han sido destacados modificadores de las reglas humanas, como al suprimir el matrimonio heterosexual. Es interesante el caso de Galicia, cuyo gris gobierno de derechas, aunque antigallego y antisocial, abandera ideologías de género y similares, demostrando así a la izquierda (de nuevo: si realmente existe) que lo que ha hecho abandonando la lucha social por la relativista-identitaria-sexual, no amenaza al capitalismo, además de segar la hierba bajo sus propios pies.

¿FINAL RAZONABLEMENTE FELIZ?

Ahora bien, aunque haya ocurrido eso al socialismo, que es una ideología política —y emparentada con lo aquí criticado—, ¿por qué había de ocurrirle al cristianismo? ¿Por qué aceptar la visión deshumana, poco natural, sin futuro y poco constitucional, de la corrección política? Pues el catolicismo profesa tener quien mire por él, y en todo ve un sentido y espera un final feliz (Tolkien, «Árbol y Hoja», 1947; una «eucatástrofe»). Tolkien (op. cit.) decía también:

Dear Sir, […] — Although now long estranged,

Man is not wholly lost nor wholly changed.

Dis-graced he may be, yet is not de-throned,

and keeps the rags of lordship he once owned.

Después de todo, que sigan nuestros estudiantes y la gente de la calle siendo tan normales, a veces incluso tan buenos, como se vio en el descarrilamiento de Angrois en 2013, prueba lo bien hecha que está la naturaleza humana (ergo, no ha debido diseñarla un cualquiera). Al menos en mi aldea, uno no tiene que vivir con la espalda contra la pared, en guardia contra el lobo hobbesiano. La gente no es mala (aunque tampoco ángeles, sino que, como bien sabemos aquí, «depende»). Somos mucho mejores que los gobiernos que soportamos, que no reflejan la sociedad sino el sistema electoral y la partitocracia. Con la adversidad, más de uno está dando lo mejor de sí mismo, y Cáritas multiplica sus actuaciones.

¿Y si un día somos una contracultura? Cuando llegue el momento, malo será que no sobrevivamos, mientras que España, su estado y su antropología bien pueden no sobrevivir. Solo falta que el catolicismo español se dé cuenta de que, para un estado —España incluida—, siempre será una molestia, y por cierto que en eso vendría a coincidir con el verdadero constitucionalismo, que frena al poder, a todo poder, incluso legítimo. Falta que se distancie de la corrección política, el capitalismo y España; que hable de lo suyo, de aquello en que nadie le puede sustituir; critique lo que tenga que criticar, no esconda su antropología, salga del gueto en el que se ha autodesactivado… y deje a los laicos decir si España es una, diecisiete o ninguna. Falta también que en nuestras iglesias se dé respuesta a las grandes y perennes cuestiones, aunque hoy sea casi mala educación formularlas.

Las nuevas tendencias evangelizadoras, de Juan Pablo II en adelante, no parece que vayan a apoyarse en «religiones nacionales» oficiosas u oficiales; menos aun en «complementos culturales» políticamente correctos.

Pasará esta época; pasará el capitalismo financiero global; cada día tendrá su afán; España quizá haya terminado su ciclo (¿por voluntad propia, como los afrancesados en 1808?); el estado tiene sus días contados. ¿Y el catolicismo? De momento, nadie ha podido contárselos. Es más: ni la religiosidad humana en general ni el cristianismo en particular parecen moribundos (God is Back, Micklethwaith y Wooldridge; 2010).

Por tanto, ni la conclusión es muy pesimista, ni todo es para mal. Simplemente, esta nueva versión de catolicismo nacional quizá no dé más de sí. Lamentablemente, aquí ha sido imposible recoger más matices: las opiniones de otros obispos relevantes en la opinión pública; la vitalidad y diversidad de las iniciativas de tantos católicos, laicos o no. Se detecta también que últimamente los católicos españoles están alejándose de algunas indefendibles políticas de Los Que Mandan. Precisamente todo eso, junto con la naturaleza humana y el poso moral cristiano, contribuye a este moderado optimismo final; todo eso explica que aun habiendo partido de lo negativo, lleguemos a conclusiones razonablemente positivas.

NOTA

«Catolicismo español» es una expresión desafortunada, tanto por ser una religión universal como porque aquí nos limitamos a las posturas públicas e institucionales dominantes y más visibles. No conozco otra expresión menos mala.

El primer Umbral

Francisco Umbral: Balada de gamberros. Ediciones Menos cuarto

A los que sigan en este número de Nueva Revista los aniversarios les complacerá saber que en este 2015 se cumplen cincuenta años de la aparición de los primeros libros de Francisco Umbral: la novela Balada de gamberros (Madrid, La Novela Popular, 1965) y los cuentos de Tamouré (Madrid, Editora Nacional, 1965; aunque, puestos a ser bibliográficamente exactos, lo cierto es que el cuento propiamente titulado «Tamouré» ya había sido publicado exento en 1964 por la institución que lo engalanó en Alicante con el Premio Gabriel Miró, que fue la Caja de Ahorros del Sureste de España). Y, como para cerrar el círculo que entonces se abrió, ha visto ahora la luz el que se anuncia como único libro que quedaba inédito de la oceánica producción literaria umbraliana, que es también el cronológicamente primero, pues recoge aquellos textos inaugurales que un Umbral que andaba en torno a los veinticinco años leyó nocturnamente por las ondas de la emisora radiofónica La Voz de León entre 1958 y 1961, un lustro antes de su debut editorial.

Si Jorge Luis Borges, al hacer un primer balance personal de su obra, afirmó que en los poemas de su debut, Fervor de Buenos Aires, ya estaba en cierto modo toda su escritura sucesiva, algo muy parecido se podría defender en lo que respecta a Umbral a partir de este Diario de un noctámbulo, que se nos presenta dividido en tres secciones, aparentemente divididas por el propio autor, quien las habría encajado en cada uno de los años de sus colaboraciones: las de 1958 figuran bajo el rótulo general de «Buenas noches» y en ellas, a partir de una estructura paralelística que hace que todos los textos sean apóstrofes a determinados personajes («Buenas noches, suicida», «Buenas noches, colegiala», «Buenas noches, torero»…), sentimientos («Buenas noches, tristeza») o lugares («Buenas noches, Madrid», «Buenas noches, suburbio»…); las de 1959 se reúnen en «El piano del pobre», la sección más breve y miscelánea donde se despachan asuntos variopintos, desde la actualidad al retrato; y las de 1961 y 1962 están agavilladas en «El tiempo y su estribillo. Nuestro pequeño León» y, en efecto, abordan temas locales, aunque muchas veces determinado estreno de teatro, cierta conferencia de Gonzalo Torrente Ballester o un recital de poemas de José Hierro le dan pie para alejarse de lo inmediato y divagar sobre temas generales.

Para enfrentarse o entregarse a este libro, lo cierto es que, más que el insulso prólogo de Luis Mateo Díez (que dice recordar remotamente cómo en su infancia leonesa oía la voz sonámbula de Umbral a través del aparato de radio), tal vez habríamos agradecido o incluso necesitado una nota en que la editora, Isabel Martínez Moreno, emergiera de su excesiva discreción y de su silencio completo para explicar algo de la recuperación y reordenación del material, para entender por qué no se publicó en su día o, al menos, por qué han tardado tanto en ver la luz (¿los descartó Umbral?, ¿los olvidó?, ¿se extraviaron?), para saber si aquí está todo (como tácitamente parece indicarse) o para poder enterarnos de si esos breves textos que aquí figuran como introducciones a cada uno de los bloques fueron también leídos por la radio o se añadieron en algún momento posterior, cuando Umbral pretendiera reaprovechar los textos y organizarlos en forma de libro posible que, en todo caso, se ha quedado en el silencio (o ha habitado el olvido) hasta hoy, como si algún amante de los números redondos hubiese programado que la obra de Umbral, desde su primer libro hasta el último que (salvo sorpresas o rectificaciones) va a aparecer, comprendiera exactamente medio siglo. Pero la editora solo interviene escuetamente en las aclaratorias notas al pie (que en algunas pocas ocasiones dan cuenta de que lo escrito es «ilegible» o de que «falta texto», quedando claro solo entonces que existe un soporte físico para la reconstrucción de este original, manuscrito o acaso mecanoscrito) y se nos arrebata así la posibilidad de comprender plenamente lo que leemos, aunque lo que hay basta para justificar y documentar esa idea del anterior párrafo que apunta a que todo lo esencial del particular idioma de Umbral estaba ya en estas prosas primeras: por una parte el estilo es ya el inconfundible y verdaderamente magistral que le caracterizaría y que él supo mantener con firmeza y tenacidad hasta su última columna periodística, género literario en el que ha sido un incontestable portento, tanto por su fecundidad como por su calidad sobresaliente. Y por otra está el «mundo» del escritor, sus obsesiones, sus temas recurrentes, desde la lencería femenina hasta la ciudad de Madrid, a la que tantísimos libros dedicó (recuento de memoria Travesía de Madrid, Trilogía de Madrid, Amar en Madrid, Spleen de Madrid, La noche que llegué al Café Gijón…); desde la atracción malditista (y más estética o retórica que real) por los barrios bajos y los ambientes sórdidos hasta unos nítidos primeros asomos de adicción a la mundanidad de los salones distinguidos y de esos lugares selectos y adinerados donde lo adoptarían pronto, primero como peculiar enfant terrible lleno de gracia insolente y finalmente como cronista oficioso y miembro de pleno derecho. Y está aquí ya también su devoción por determinados escritores a los que sería justa y tozudamente fiel: aparte de referencias oblicuas a su adorado Quevedo y a otros clásicos, por las páginas de este Diario de un noctámbulo van desfilando, entre muchos otros, Azorín, Eugenio d’Ors, César González Ruano, Gerardo Diego o Miguel Delibes (a quienes se dedica textos monográficos), pero hay además una elegía —«Buenas noches, Poeta»— dedicada a Juan Ramón Jiménez (fallecido en el exilio en mayo de 1958), se hace eco de un homenaje a Antonio Machado (con el anhelo de «Sentir íntegra a España en la ancha humanidad de uno de sus grandes solitarios, de uno de sus pocos penitentes…», p. 160), se cita a otros poetas más o menos inoportunos por aquellas fechas como Pablo Neruda (a quien en realidad no se nombra) o Pedro Salinas (autor de aquel sintagma, «mortal y rosa», que Umbral elevaría a título de su libro más celebrado) y se aplaude a un poeta estimable y hoy muy arrinconado como el leonés César Aller. Además, hay páginas para Francisco de Goya y Vincent van Gogh, para Cecil B. DeMille y Elizabeth Taylor, para María Callas o para Victoria de los Ángeles, sobre quien tanto escribió también Ramón Gaya. En este sentido, ha sido una gran idea de la editora incluir, aparte del índice general, otros parciales, muy meticulosos y bien hechos, que dan cuenta de las personas y las obras de creación citadas, a los que se suman un útil índice temático y hasta otro toponímico. Esos cuatro cómodos atajos para búsquedas parciales y futuras lecturas contribuyen a salvar una edición empobrecida por demasiadas erratas.

En la primera prosa de la introducción de la primera parte de este primerísimo proyecto de libro de Umbral ya se habla de poesía y, en efecto, este autor fue un extraordinario poeta de la prosa que siempre tuvo lo lírico como horizonte, excepto en sus «ecos de sociedad» más frívolos, temporales y olvidables (aunque algunos de ellos, procedentes de Spleen de Madrid, han sido rescatados en El tiempo reversible, una antología de columnas de Umbral que ha aparecido simultáneamente y que, prologada por el poeta y periodista Antonio Lucas, quiere reconstruir, muy seleccionado, lo que Umbral escribió durante y sobre la Transición; después habría un Spleen de Madrid 2 —Barcelona, Destino, 1982—, con textos definitivamente indignos de su autor), aunque hay poco donde no asalte de repente el apunte genial, la malicia exacta. De hecho, al arrancar el artículo titulado «Buenas noches, cerveza» hay una explícita declaración de intenciones: «Hagamos el poema en prosa de la cerveza» (p. 147), aunque a renglón seguido, paradójicamente, leemos uno de los textos más decepcionantes, débiles y poco líricos del conjunto, uno de los que menos merecerían adscribirse a ese difícil género que ha sido invocado en la primera línea. Pero poesía, y de la más alta calidad, hay por todas partes en este libro, como cuando (y repaso solo los primeros subrayados de mi ejemplar) se habla de que «La imaginación trae sus lámparas» (p. 22) o de que «Se le ha parado el motor al gran autocar del domingo» (p. 24) o de que «todos somos en cierto modo mendigos de uno mismo» (p. 25) o de que, en fin, inapelablemente, «El futuro siempre es el verano, un verano. Hay una amplitud sin calendarios que el alma presiente a deshora, y por si fuera poco, una mañana intemporal y luminosa amanece entre semana para darnos la razón» (p. 23).

Francisco Umbral fue, sin duda alguna, un escritor irregular, capaz de lo más elevado y lo más suburbial, acostumbrado a darnos mucho de sublime y no poco de arrastrado, escrito todo con la misma mano y probablemente con la misma actitud, el mismo gesto hosco o impasible, el mismo estado de ánimo. Alguien a quien no le importaba nada incurrir a menudo en una temeraria grosería ha sido, sin embargo, uno de los mejores escritores españoles del siglo pasado, y el más delicado y tierno cuando se propuso serlo. A todos nos ofendió alguna de sus opiniones y a todos nos deslumbraron muchos de sus hallazgos. A quien nos irritara con numerosas afrentas le debemos una cantidad sorprendente de páginas perfectas y definitivas. El prosista más desvergonzado y provocador de las últimas décadas ha sido también el más brillante. Nadie más controvertido y pocos más convincentes. De esas contradicciones estaba hecho Umbral, pura literatura, hombre que no dejó de traducirse a texto ni un solo día de su vida adulta. Lo suyo no fue una vida sino, literalmente, una biografía, una existencia que se desarrolló escribiéndose. ¿Un escritor frío? Seguramente sí, pero bendita frialdad la de quien apenas tuvo rival a la hora de jugar a todo lo que quiso probar dentro de los territorios literarios, envidiable impostura la de un hombre duro (o al menos endurecido, acorazado) que nos conmovió con reflexiones de una belleza insoportable o que nos desarmó con imágenes certeras, feliz falsedad la de quien a través de las máscaras que más le convinieran en cada momento podía emocionar o epatar a su antojo. Virtuoso nato de su oficio, con relativamente pocos materiales, con un puñado de escritores-fetiche, con dos o tres ciudades obsesivamente recorridas, tejió una obra que solo muy tardíamente, casi póstumamente, fue valorada como algo más que periodismo divertido, colorido y resultón y, por tanto, reconocida como merecía, esto es, como una de las conquistas literarias más importantes, complejas, sólidas y duraderas de la segunda mitad del siglo pasado.

Ni en las columnas seleccionadas para El tiempo reversible encontramos siempre la precisión maravillosa de otro libro de columnas que quedó recopilado en el año cero de la Transición, como fue La guapa gente de derechas (que apareció en Barcelona, Luis de Caralt, en el mismísimo noviembre de 1975), ni desde luego en el Diario de un noctámbulo se alcanzan las cumbres estilísticas de, por ejemplo, Un ser de lejanías (Barcelona, Planeta, 2001), el libro con el que Umbral entró prodigiosamente en el siglo XXI, pero ambas novedades nos devuelven a un escritor al que todavía no le ha dado tiempo a irse pero a quien no podemos permitir que se vaya, alguien a quien nunca deberemos apartar de nuestra cotidianeidad y a cuyos libros habrá que volver habitualmente para que nos siga explicando cosas, no solo las sociológicas, políticas o folclóricas a las que se entregó, sino otras más imprecisas y valiosas que tienen que ver con esa extraña, indescriptible y escurridiza verdad que solo se expresa o se insinúa a través de la mejor literatura.

Juan Marqués

Simone Weil, Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social

Simone Weil. Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social. Trotta. 2015. 101 págs.

Acostumbraba a dormir en el suelo de sus austeros apartamentos que habitó por toda Francia, sin usar calefacción alguna. Apenas comía una patata hervida con compota, consciente de las hambrunas del mundo y las privaciones de los desdichados. Pocas veces probó el chocolate que tanto gustaba. Aprendió a prescindir de él con ocho años cuando se hizo madrina de un soldado del frente del 14 y decidió, además, no llevar calcetines en el frío invierno. Así era Simone Weil (París, 1909-Ashford, 1943). Hija de burgueses judíos parisinos, no tenía por voluntad propia patrimonio, ni ajuares ni dinero; este simplemente pasaba por sus manos siempre para el otro, normalmente los más desfavorecidos o refugiados en apuros. Vivió el abandono y ascetismo más absolutos, tanto que Hermann Hesse, Albert Camus y T. S. Eliot declararían asombrados su admiración moral y espiritual por ella. Buscó afanosamente a Dios y lo encontró de pleno y si no llegó a entrar en la Iglesia (¿o sí?) ofreció, llegado el caso, la vida en su defensa. Sin poder comulgar, escribió sobre la eucaristía algunas de las páginas más bellas y hondas del siglo xx y sobre la necesidad de los sacramentos en general. Educada en un entorno agnóstico, sus comentarios al padrenuestro nos anonadan por su hondura y la concentración con que lo rezaba diariamente: desgranándolo palabra por palabra en su formulación griega. Para ella, el problema, nuestro verdadero problema, no era otro que el de dónde poníamos nuestra «atención». Tal vez por eso nadie mejor que Simone Weil ha pensado y escrito sobre la desdicha (malheur) y el desdichado (malheureux), tan presentes de nuevo en nuestra crisis de hoy con sus «seres de desgracia».

Para poder comprender y conocer mejor el entorno obrero, eligió trabajar como fresadora en las cadenas de producción de Alsthom y Renault. Ahí conoció la desdicha y quedaría marcada con su estigma para siempre: «Allí recibí la marca del esclavo» —escribirá—, acompañada por esos lacerantes dolores de cabeza que ya no le dejarían. Comprendió por qué ese trabajo tan mecanizado —tal como hoy— mataba el espíritu y había alejado a las masas obreras de Dios y del cristianismo. Y es justo durante su incorporación a la vivencia de la fábrica y de su renuncia a la política pública activa cuando Weil escribe estas páginas que nos ocupan y que no verán la luz hasta que Camus las edite en 1955. En una carta a sus padres en 1943, seis meses antes de morir, anota: «Habría que escribir cosas eternas para estar seguros de que serían de actualidad». Algo de eterno tendrá nuestro ensayo cuando comienza con el siguiente párrafo de tamaña actualidad que explica en buena medida la vieja crisis en la que estamos inmersos otra vez hoy:

La época actual es de aquellas en la que todo lo que normalmente parece constituir una razón para vivir se desvanece, en las que se debe cuestionar todo lo nuevo, so pena de hundirse en el desconcierto o en la inconsistencia […]. Podemos plantearnos si existe un ámbito de la vida pública o privada en el que la fuente de actividad y de esperanza no esté envenenada por las condiciones en que vivimos. El trabajo ya no se realiza con la orgullosa conciencia de ser útil sino con el sentimiento humillante y angustioso de poseer, solo por el hecho de disfrutar, sencillamente, de un puesto de trabajo, un privilegio concedido por un pasajero favor de la suerte, privilegio del que están excluidos muchos seres humanos. Los empresarios han perdido la ingenua creencia en un progreso económico ilimitado que les hacía creer que tenían una misión (p. 23).

Las Reflexiones se articulan en cinco apartados: 1. Crítica del marxismo, 2. Análisis de la opresión, 3. Bosquejo teórico de una sociedad libre, 4. Esbozo de la vida social contemporánea, y 5. Conclusión. Como se ve, comienzan con una pars destruens planteando una objeción a Marx fundamental y clave del pensamiento weiliano. A saber, que la naturaleza última de la opresión no reside tanto en la propiedad sino en algo anterior al capital mismo y que Marx descuida: en las fuerzas de producción, que son a la postre relaciones de poder. No es, pues, el capital sino el trabajo —los modos y métodos del trabajo— lo que oprime. Cualquiera que haya laborado en ese templo de la Revolución Industrial que es la fábrica con su cadena de producción, lo sabe a fuer de padecerlo. Como ella.

Y es que el trabajo moderno, con su racionalización y estandarización fijadas por Taylor, establece una suerte de «segunda expropiación» para el operario: Su impronta, pericia y artesanía —su know-how en suma— quedan diluidos en la máquina y el procedimiento correspondiente, tal que Chaplin lo expuso en Tiempos modernos. Expropiación esta que sigue sucediendo también en la empresa de nuestros días, a partir sobre todo de la década de los noventa a pesar de las indudables mejoras tecnológicas y ergonómicas¹, como ha puesto de relieve agudamente Richard Sennett en su cercana obra La corrosión del carácter. A lo que hay que sumar en nuestro nuevo milenio el impacto de las externalizaciones y nuevas tecnologías en la depauperación de la calidad en y del trabajo, que está llevándonos a la actual degradación profesional. Sin este fenómeno, junto a la escasez del trabajo mismo que será por mucho tiempo irreversible —dado que las nuevas tecnologías crean un puesto de trabajo por cuatro que destruyen—, no entenderemos los malestares últimos que están en las capas tectónicas de nuestra sociedad occidental. Se vuelve a cumplir aquello que nuestra autora había anotado en su diario con su habitual clarividencia: «Dinero, maquinización, álgebra. Los tres monstruos de la civilización actual. Analogía perfecta». Como si hoy estuviéramos asistiendo al paroxismo de un tal dominio con sus correspondientes derivaciones políticas, sociales, laborales y espirituales.

Junto a ello, la originalidad de Weil radica en percatarse de la triple relación de poder que se da en la cadena de producción y que explica el nivel de opresión del operario: La relación de poder entre la máquina y el trabajador, la del operario con su supervisor y finalmente la relación con la dirección, como bien sabemos los que nos dedicamos a la gestión de recursos humanos en las organizaciones. No olvidemos que para nuestra pensadora judeo-francesa, el poder —que encarna el reino bruto de la Naturaleza frente a la fragilidad del orden del espíritu— posee una connotación negativa. Esa fuerza ciega e inexorable que domina y explica la «res extensa» de Descartes, es la misma que domina el ámbito social y del trabajo. El poder es, es pues, la traducción de la fuerza al ámbito humano que se expresa en su acción máxima en lo social. Y escribe lúcidamente al respecto en nuestra obra:

Así, a pesar del progreso, el hombre no ha salido de la condición servil en que se encontraba cuando fue abandonado, débil y desnudo, a las fuerzas ciegas que componen el universo; simplemente el poder que lo mantiene de rodillas ha sido como transferido de materia inerte a la sociedad que forma con sus semejantes […]. Hay que examinar el mecanismo de esta transferencia, buscar por qué el hombre ha debido pagar a ese precio su dominio sobre la naturaleza, concebir en qué puede consistir la situación menos desdichada para él, es decir aquella en que estaría menos avasallado por la doble dominación de la naturaleza y la sociedad; en fin, ver qué caminos pueden llevar a tal situación y qué instrumentos la civilización actual podría proporcionar a los hombres de hoy si aspirasen a transformar su vida en ese sentido (p. 62).

Seis meses después de terminar nuestro ensayo, en agosto de 1935, cerca de Viana do Castelo en Portugal, viendo al anochecer una procesión marinera de mujeres de pescadores con sus cirios y sus cánticos, escribió: «Tuve la certeza de que el cristianismo es por excelencia la religión de los esclavos y que quienes son esclavos tienen por fuerza que profesarla, y yo entre ellas».

La discípula de Descartes y Pascal daba así la vuelta paradójica a la interpretación de Nietzsche. Al poco, en una visita a Asís en la primavera de 1937, en la capilla de santa Maria degli Angeli encuentra a Cristo: «Algo más fuerte que yo —anota— por primera vez en mi vida hizo que me arrodillara». Un año después asiste a los oficios de Semana Santa en la abadía de Solesmes, de los que reportará a su querido padre Perrin: «Durante estos oficios el pensamiento de la pasión de Cristo penetró en mí para siempre». Fue así su tránsito de la desdicha al Desdichado por antonomasia. Por eso me gusta afirmar que quien no haya leído su ensayo sobre la desdicha —también en Trotta²— queda de alguna manera amputado espiritualmente para comprender muchas claves de la condición humana y divina. Y muchas patologías y dolores de nuestro tiempo.

Así era y así pensaba este gigante del espíritu que es Simone Weil. Ciertamente no podemos nosotros —personas ordinarias— replicar su vida, tan inasible. Pero sí acudir a sus textos ya en nuestra lengua, tan a la mano. Y asumir los enormes desafíos que nos plantean en el trabajo, lo político, lo social y lo espiritual: Nada menos. En una carta escrita pocos días antes de morir, al dudar de que pudiera transmitir el oro puro depositado en ella, añade: «Esto no me produce dolor alguno. La mina de oro es inagotable». Gran verdad es, como lo demuestran estas Reflexiones y comprobará el lector que acuda a su yacimiento. Y tal vez así podamos evitar en estas horas crepusculares esa otra negra noche fría del espíritu que ya se presiente.

Ignacio García de Leániz

NOTAS

¹Creo imprescindible que se escriba una interpretación desde el pensamiento de Weil de la profunda crisis que vive la empresa contemporánea con la quiebra del «contrato psicológico» empresa-empleado y el correspondiente problema del  «desarraigo» de los profesionales actuales.

²Cf. «El amor a Dios y la desdicha», en: Simone Weil, A la espera de Dios, Trotta, 5ª ed., 2009, pp. 75-86

Karl Schlögel, Terror y utopía. Moscú en 1937

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1937 marcó un salto cualitativo en el uso del terror soviético: en solo un año fueron arrestadas cerca de dos millones de personas, y de ellas casi setecientas mil fueron asesinadas; el resto, tuvo que sufrir durante años las privaciones y las míseras condiciones de los campos de concentración. Lo terrible es que, como explica Schögel, en esta escala dramática, exclusivamente unos pocos sabían cuál era el motivo de su persecución. Generalmente, se les acusaba de sedición, de intentos de atentar contra el régimen, de tentativa contrarrevolucionaria. Pero en la mayoría de los casos las inculpaciones eran inventadas o se alegaban causas inverosímiles.

Schögel aporta una nueva visión sobre la tragedia del totalitarismo más sanguinario del siglo XX. El centro de su documentado relato es Moscú: su arquitectura, su diseño, en este ensayo que se propone como una topografía del terror. Pero no se trata solo de un exhaustivo testimonio sobre los asesinatos masivos, sino de una descripción exacta y realista del contexto en el que tuvieron lugar. Aparecen las calles de Moscú, sus edificios; las noticias de los procesos; los datos de las purgas, el cine, la cultura y la ciencia. Junto a ello, Schögel recopila la documentación oficial, las notas administrativas y las memorias de los testigos.

Moscú cambió en esta época su fisonomía. Hay que tener en cuenta que en 1937 se celebraba el vigésimo aniversario de la Revolución. Stalin pone en marcha el plan general de modernización de la ciudad, lo que se traduce en una reconfiguración de todo el espacio urbano que transforma a Moscú en una imponente metrópoli moderna. Porque Moscú reproduce geográficamente la apoteosis del poder soviético. Es significativo, en este sentido, el cuidado en el diseño de los edificios públicos y la réplica urbana de toda la maquinaria burocrática que caracterizó al estalinismo.

No es casual que el autor, reconocido historiador especializado en Rusia, haya escogido 1937 como el momento en el que coincide la celebración de la revolución con la máxima crueldad. Hay que tener en cuenta que Stalin comenzó los juicios contra la élite del partido un año antes, en 1936. Y que las grandes purgas, que afectaron a los principales órganos del partido, como del ejército, se extendieron a lo largo de los siguientes dos años. El resultado de los primeros juicios públicos fue, en realidad, la generalización de la sospecha, pues todo aquel que no estaba comprometido con el engrandecimiento del régimen podía ser acusado de subversivo.

Los juicios públicos fueron orquestados también de un modo que tenía como objetivo engrandecer al régimen. En concreto, los procesados estaban acusados de conspirar personalmente contra Stalin y, además, de hacerlo en colaboración con las naciones occidentales, enemigas de la utopía comunista. Entre otros, fueron purgados figuras históricas del partido, a los que Stalin creía capaces de hacerle sombra: Zinóviev o Kámenev. Finalmente, otro de los juicios políticos fue famoso por terminar con la vida de Bujarin, destacado miembro del Politburó y uno de los principales artífices de la política soviética.

Lo paradójico es que los primeros verdugos estaban llamados a convertirse, al cabo del tiempo, en las nuevas víctimas del infatigable y criminal sistema estalinista. Por otro lado, las grandes purgas no deben hacer olvidar que las víctimas principales de Stalin fueron personas humildes, conciudadanos sin relación con las intrigas políticas. A todos, sin discriminación, se les acusaba de espionaje o se les condenaba como quintacolumnistas. En un régimen de terror, cualquiera podía ser culpable.

Se equivocaría el lector que viera en este libro un título más llamado a engrosar la ya voluminosa biblioteca del terror totalitario. La perspectiva y el fin perseguido por Schögel son completamente distintos. Cierto es que ayuda y posibilita una mejor comprensión de los asesinatos masivos, de la psicosis persecutoria que sufría Stalin y de las consecuencias de su institucionalización. Pero pretende mostrar y captar «el momento» ofreciendo un conjunto de imágenes y una serie heterogénea de datos, buscando siempre provocar la sensación de simultaneidad y posibilitando al lector revivir aquel marco histórico.

El libro, premiado hace unos años con el galardón del «Entendimiento Europeo», puede resultar en ocasiones demasiado prolijo y fragmentario, pero es la intención confesa del autor, que ha realizado una relevante contribución al estudio del totalitarismo y que ha dado a conocer con exactitud su poderoso régimen represivo.

Amando de Miguel e Iñaki de Miguel, La percepción del tiempo

 

la_percepcion_de_los_espanoles.jpegEste ensayo es un breve estudio sobre la visión que tienen los españoles sobre el tiempo. El libro tiene dos partes: en la primera, se elabora toda una teoría acerca de la concepción del español sobre el tiempo cronológico; en la segunda, se ofrecen los resultados de una encuesta realizada a nivel nacional. La cuestión no es baladí; e incluso es más importante de lo que a primera vista pudiera parecer, teniendo en cuenta los proyectos de racionalizar los horarios españoles y la intención de adaptarlos a las costumbres europeas.

En realidad, la concepción del tiempo, cómo se vive el transcurso de las horas, es un tema capital y posee consecuencias de índole social, familiar, política y cultural. Por ejemplo, pese a que se ha intentado, todavía es frecuente la ampliación de la jornada laboral, incluso más allá de lo razonable, hasta última hora de la tarde; se afirma que las cenas o comidas son también un momento de trabajo. Por otro lado, hay un horario totalmente diferente en los días laborales que en los fines de semana.

Para los autores se constata un predominio de lo que llama «presentismo». Se trata de una actitud propia de los jóvenes, que en su concepción del tiempo cronológico están aferrados al momento, orillando el pasado pero también el futuro. De un modo preocupante, los autores considera que se está extendiendo también en un sector importante: el de los medios de comunicación. En efecto, el estar tan aferrado al momento, sin hacer referencia a un espectro temporal más amplio, es cada vez más frecuente en los analistas de actualidad, lo que impide una comprensión adecuada y cabal sobre la realidad. Pero es que además en los españoles de cualquier edad, según el famoso sociólogo, «pesa una tradición en el rechazo a otear el futuro».

La segunda parte, en la que Amando e Iñaki de Miguel dan a conocer los resultados de una encuesta nacional, es muy interesante. Ciertamente, el estudio empírico que llevan a cabo es muy amplio, por lo que no es sitio este para consignar todas y cada una de las conclusiones y datos. Pero merece la pena destacar algunas cosas. Por ejemplo, que es general la sensación de «estar acuciados por el tiempo», muy alta en la franja de edad laboral, desde los 18 a los 64 años, con niveles en torno al 60%, y especialmente acusados en el caso de las mujeres.

En la mayoría de los casos, los datos de las encuestas se analizan por género, como se ha mencionado, por edad y por clase social. Es significativo, por ejemplo, que los que más se quejan de que les falta tiempo utilizan normalmente agenda electrónica. Asimismo, el porcentaje que confiesa llevarse el trabajo a casa es más elevado en clases sociales medias y altas que en las bajas.

En definitiva, se trata de un estudio muy interesante para conocer la percepción que los españoles tienen sobre el tiempo y con qué sensación lo viven.

Josemaría Carabante

Robert Putman, Our kids. The american dream in crisis

 

our_kids_by_robert_putnam_-.jpgEn el imaginario colectivo de las sociedades occidentales contemporáneas, el concepto de desigualdad se remonta principalmente a los años de la Revolución francesa y su onda expansiva, cuando se contemplan esos años desde la óptica del enfrentamiento por la ampliación de los derechos sociales y políticos (y, cómo no, económicos) de las sociedades europeas, frente a los privilegios estamentales o de estatus en función del origen; enfrentamiento que conducirá, muy lentamente, al principio del fin de las sociedades cortesanas o de corte.

Tras Waterloo (este año 2015 conmemoramos su bicentenario) la extensión planetaria de la «pax britannica», con su impulso globalizador, pareció adormecer la preocupación por las desigualdades, hasta que Engels y Marx, también desde Londres, la resucitaron ideológicamente (aunque no fueron los únicos), a medida que estas desigualdades volvían a recrudecerse, con las sucesivas fases de lo que conocemos como revolución industrial o industrialización.

En la historia de nuestro mundo actual, la cuestión de la desigualdad —más económica y social que política— se plantea y replantea cíclicamente, a la par que se han venido reproduciendo (y acelerando) las distintas y sucesivas oleadas globalizadoras.

Es más, si nos fijamos detenidamente, del mismo modo que se producen los ciclos económicos de alza o descenso mundiales —con una incidencia evidente en el auge o desinterés por dicha cuestión— es precisamente en los momentos históricos en que se combinan o yuxtaponen un cambio de ciclo, en descenso, con un nuevo proceso de globalización, cuando esta cuestión se vuelve aún más candente… De tal manera que, si bien en el momento actual la percepción es de una grave crisis social y de intensas desigualdades —al menos en el mundo occidental— la globalización ha vuelto a intensificarse desde el año 2012 (como señala el Índice de Conectividad Global DHL 2014, elaborado por los profesores del IESE Pankaj Ghemawat y Steven A. Altman).

De hecho, el referente inmediato, como antecedente, que muchos analistas sociales —y sobre todo periodistas o comunicadores— han utilizado para explicar la larga crisis actual («The Great Recession») ha sido y es la llamada Crisis del 29 («The Great Depression»). Pero, a la par, muy pocos entre ellos han recordado que esa crisis vino precedida por una oleada globalizadora sin precedentes, con la suma consecutiva de grandes avances tecnológicos, al tiempo que se producían singulares avances en otras áreas como la gestión bancaria o la comercial, y nacía la sociedad del ocio, de los primeros deportes de masas, etc.; fundamentalmente, eso sí, en el mundo occidental de aquellos años.

Es plenamente cierto que la primera guerra mundial —la primera gran guerra industrial y total de la historia— lo había desbaratado casi todo; en particular por la combinación casi diabólica de una gran destrucción y una duración desconocida e inesperada… Y que el caos subsiguiente, sobre todo en Europa y en sus correspondientes territorios coloniales, pareció ensombrecer aquellos logros, con el auge subsiguiente e imparable de los nacionalismos autoritarios y totalitarios en y desde Europa.

Más cerca de nosotros, con las llamadas crisis del petróleo de los años setenta, en una nueva fase económica en descenso, los avances sin precedentes, de la década anterior sobre todo, parecieron, a su vez, oscurecerse; y tanto en Europa, como sobre todo desde los Estados Unidos, se replicaba nuevamente la cuestión de las desigualdades, ahora con un repunte decididamente político, en el marco de las llamadas luchas por los derechos civiles de las minorías (raciales) en territorio estadounidense. Y es ahora con el agotamiento del impulso unionista en Europa —con sus evidentes logros igualitarios— y una nueva crisis cíclica desde 2008, procedente de los Estados Unidos, cuando se replantea —¿por enésima vez?— la cuestión de las desigualdades.

RECENTRAR LA DESIGUALDAD

En este relato de (muy simplificadas) argumentaciones, la reciente publicación del nuevo libro del gran sociólogo de Harvard Robert D. Putnam no solo reasume las discusiones anteriores, sino que abre una nueva perspectiva, más allá de quienes solo plantean medidas puramente económicas y/o de decidida responsabilidad gubernamental.

Este último sería el caso, por ejemplo, del reciente libro de otro reputado analista de la desigualdad, sir Anthony Atkinson (Nuffield College, Oxford), titulado Inequality. What Can Be Done? (Harvard U. P., May 2015) —libro que merecería, sin duda, una recensión aparte—.

En realidad, el libro de Putnam parece demostrar que, si bien cierto grado de desigualdad puede pertenecer a la propia naturaleza del quehacer humano, la mayor parte de las soluciones que se han aportado hasta nuestros días reflejan, a la par que una cierta nostalgia de momentos mejores (vividos por el propio autor), una cierta saturación; y sin lugar a dudas una extenso panorama de desesperanza. Hasta tal punto que Jill Lepore, la revisora de la obra de Putnam para The New Yorker, llega a afirmar sobre sus aportaciones: «All of these ideas are admirable, many are excellent, none are new, and, at least at the federal level, few are achievable. The american political imagination has become as narrow as the gap between rich and poor is wide» (Annals of Society, March 16, 2015 Issue, p. 9).

No obstante, el libro de Putnam es muy aprovechable, tanto en cuanto (fórmulas de mejora o corrección de la movilidad social y económica aparte) plantea algunas novedades de fondo y no solo en lo que se debería hacer para superar, al menos en los Estados Unidos, las crecientes desigualdades y facilitar de nuevo el ascenso social, cuyos intensos ritmos y extensas posibilidades han constituido siempre las verdaderas claves del auténtico sueño americano.

Para Putnam, la clave del arco de todo esto se encuentra en el cómo se debería hacer; de ahí que su interés se focalice en los logros o fracasos educativos de la república americana, desde los años cincuenta del pasado siglo, como genuino ámbito de actuación, para la reactivación de su peculiar ascensor social. Y todo ello, en una original combinación de presentación de casos personales y de análisis de tablas y grandes datos, con un número considerable de notas finales, tan completas como orientativas.

Así es cómo el libro se concentra, en realidad, en lo que está o viene sucediendo en los primeros años de la vida de un americano indeterminado, pero fuertemente condicionado —podríamos afirmar— por el papel que familia, escuela y vecindario (digamos, mejor, relaciones comunitarias) han desempeñado y desempeñan en su desarrollo y crecimiento (o no), tanto personal como social.

En este sentido, los trágicos sucesos en Baltimore (Maryland), en los meses de abril y mayo de este año, pueden parecer una reedición de lo acontecido en el pasado, pero en realidad son el fruto de una desigualdad, no solo racial, que las élites gobernantes norteamericanas parecen haber olvidado… Tal vez porque carezcan (¿únicamente en los Estados Unidos?) de la característica esencial que debe demostrar todo verdadero liderazgo: que un líder se puede describir por la confianza que puede aportar, y también por la esperanza que es capaz de generar; pero sobre todo, se demuestra por la capacidad de explicar la realidad y, en particular, de definirla acertadamente. Tal vez sobren —también en los Estados Unidos— demasiados líderes de cartón piedra…

Por otro lado, la obra de Putnam pone en evidencia que estamos, además, ante una ruptura profunda de los lazos intergeneracionales que, en el caso norteamericano, venían reforzados —donde no llegaban precisamente ni la familia ni la escuela— por los lazos comunitarios del asociacionismo, de ese especial comunitarismo, tan norteamericano, que ha sabido nutrir, al menos hasta las décadas precedentes, una cadena de favores que había venido beneficiando siempre a los «american kids», cualquiera que hubiese sido su procedencia o antecedentes; siempre que mostraran la actitud suficiente (tenacity, señala Putnam) para afrontar, con cierto arrojo, los retos de un futuro decididamente más incierto entonces que el de las actuales sociedades del bienestar —también (como no) la norteamericana—.

Por último, cabe señalar que el libro de Putnam sugiere un cambio profundo de actitud ante la vida y sobre todo en la vida escolar, sin el que todo lo que venga detrás sería como pretender poner parches a un globo que se deshincha por varios agujeros a la vez… Por un lado, se requiere reorientar el desarrollo del perfil de los profesores y, por otro, redefinir las prioridades educativas de los alumnos, desde su mismo jardín de infancia —añadiría tal vez el propio Putnam—.

Como ha señalado recientemente, a su paso por España, el profesor británico Richard Gerver: «La enseñanza tiene que ser vista como la ocupación vital y extraordinaria que realmente es. Necesitamos desarrollar el perfil de los profesores, así como el respeto a estos […]. Los grandes profesores siempre han actuado inspirando a los chicos, manteniendo altas las expectativas y confiando en los estudiantes. Una vez que estén inspirados, ¡aprenderán! El profesor más débil es aquel que necesita amenazar y castigar» /Congreso «Innovar es crecer»: http://innovarescrecer.com/

¿Sobra teoría pedagógica y falta reactivar competencias básicas e imprescindibles (ahora también desde nuestro nuevo mundo digital) para retomar o reforzar la formación del carácter de niños y adolescentes, tanto en Europa como en los Estados Unidos? De hecho —me lo van a permitir nuestros lectores y ya, sí, para terminar— si en la cita última del profesor Gerver sustituyéramos las palabras «grandes profesores» por «grandes padres», «estudiantes» por «hijos» y «profesor» por «padre», ¿no nos encontraríamos en la necesidad de admitir que, en la realidad educativa que deben explicar, tanto nuestros líderes como aquellos que somos liderados, la educación de our kids (de facto en cualquier sociedad organizada) es más bien cosa de cuatro (madre, padre, hijo y profesor) que de dos (profesor y alumno)?

Daniel Rivadulla Barrientos

Peter Biskind (ed.), «Mis almuerzos con Orson Welles»

El pasado 6 de mayo se cumplía el centenario de Orson Welles (1915-1985), reconocido genio del cine, aunque no solo es un brillante director de películas, también ha destacado como actor, escritor, director radiofónico y teatral, la suya es una personalidad arrolladora, y sumado a todo su amplia cultura en relación a las bellas artes, se ha hecho merecedor de la definición de «hombre renacentista», lo que incluiría sus dificultades para lograr financiación para sus proyectos, el deseable mecenazgo, y la necesidad de aceptar trabajos «mercenarios» como actor, a veces prestando solo su profunda voz, e incluso dando su imagen a anuncios comerciales.mis_almuerzos_con_orson_welles.docx_portada.jpg

Henry Jaglom es un cineasta británico no demasiado conocido, que en 1971 logró, gracias a la intercesión de terceros, que Orson Welles interpretara el papel de mago en su debut como director en 1971, el filme Un lugar seguro. De allí nació una amistad que derivó también en los deseos de Jaglom de ayudar a Welles a desatascar sus proyectos, algo en lo que no tuvo éxito, los intentos de sacar adelante The Big Brass Ring y El rey Lear quedarían en nada, y tampoco vería la luz bajo la dirección de Welles un guión ajeno sobre él mismo, su aventura teatral narrada años más tarde por Tim Robbins en Abajo el telón (Cradle Will Rock, 1999).

Welles y Jaglom solían compartir almuerzo con frecuencia en uno de los restaurantes favoritos en Hollywood del primero, el francés Mamaison, y a partir de 1983 el otro le pidió permiso para grabar sus entretenidas conversaciones con idea de tal vez en el futuro publicar un libro. Del interés del punto de vista de Welles, expresado con espontaneidad sobre la marcha con multitud de sabrosas anécdotas, dan idea sus anteriores conversaciones con André Bazin y Peter Bogdanovich, publicadas hace tiempo. Y en efecto, la edición de estas grabaciones convenientemente transcritas y reducidas a lo esencial, a cargo de Peter Biskind —autor de la crónica del cine americano de los setenta «Moteros tranquilos, toros salvajes. La generación que cambió Hollywood»—, constituye el meollo del libro que nos ocupa, unas ideas recogidas en apenas los dos últimos años de la vida de Welles.

Lo mejor de Mis almuerzos con Welles consiste en que realmente emerge Orson Welles, nos hacemos cargo de este monstruo de la naturaleza, que opina sobre lo divino y lo humano, con agudeza y rotundidad, y le llegamos a conocer no solo como bon vivant, sino como alguien que sabe atinar enseguida acerca de los rasgos valiosos de otros cineastas, o de los elementos esenciales que definen una obra de Shakespeare o un determinado montaje teatral de la misma, o qué aporta la interpretación de determinado actor. No faltan las reflexiones sobre el mismo cine y su propia obra, donde llega a afirmar que Fraude es la única película verdaderamente original que ha hecho después de Ciudadano Kane: «Yo creo que el cine, y voy a decir algo horrible, no ha ido más allá de Kane. Eso no significa que no se hayan hecho buenas películas, o grandes películas. Pero el cine ya lo ha dado todo, ha alcanzado su punto de fatiga. Se puede hacer mejor, pero siempre dentro de la misma sintaxis».

Pero también pueden detectarse los defectos típicos de una obra de estas características, en que Welles olvida que le están grabando, y en que algunas de sus apreciaciones aparecen transidas de crueldad, injusta o, al menos, necesitadas del matiz que suaviza y pone las cosas en su sitio, propio de una revisión. Al fin y al cabo, no dejan de ser apreciaciones dichas ante una mesa regada con buen vino, donde influye, y se nota a veces, el estado de ánimo, o incluso la intención de provocar al interlocutor o buscar su admiración, Welles ofrece a Jaglom en este sentido en más de una ocasión una de sus estupendas actuaciones, que dejan al otro boquiabierto.

De todos modos, y dejados aparte varios chismes y groserías de dudoso interés —cabría aplicar a Welles lo que él mismo dice de que no le ha gustado leer recientemente una biografía de su amiga Isak Dinesen, porque le descubre cosas que ignoraba y preferiría seguir ignorando, «a mí no me gusta conocer los problemas personales de los escritores ni de la gente del cine»—, el libro, que se lee con sumo gusto, nos muestra al cineasta aplaudiendo a Carol Reed por El tercer hombre y restando importancia a la contribución de Graham Greene, expresando su opinión sobre lo que es un genio en relación a Charles Chaplin, Buster Keaton y Harold Lloyd, incluida su contribución en Monsieur Verdoux, su amistad con Joseph Cotten, sus ideas sobre los festivales como Cannes, o los altibajos de sus proyectos inacabados. Qué es una estrella, qué hace de Casablanca una película capaz de resistir el paso del tiempo, qué papel jugaron los productores en el viejo Hollywood y quiénes les han sustituido, el subrayado de la importancia del montaje y de rodar reduciendo las posibilidades de que otros destrocen tu visión creativa —algo que aprendió de John Ford—, son otras ideas que recorren las páginas del libro. No faltan tampoco sus ideas sobre el arte, expresadas de modo tan sugerente en su Fraude, y que aquí pueden verse ampliadas, por ejemplo cuando expresa rechazo ante la pirámide parisina del Louvre, entonces aún no terminada, aunque admita que su punto de vista puede ser algo generacional y por tanto discutible.

José María Aresté