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El pasado julio, la dirección de The Spectator invitó a sus suscriptores a un té en los jardines de su sede (Old Queen Street, 22, Londres). Asistieron al evento varios de los columnistas más célebres de la revista y un buen número de fieles. Las fotos muestran una sorprendente variedad de público. Se veían entre la concurrencia, claro, trajes impecables de Savile Row y collares de perlas, pero también algún par de zapatillas de deporte. Pese a las diferencias, todos compartían un aire cordial y civilizado. Dice Nelson Fraser, director del semanario, que sus lectores —entre los que hay arquitectos, estudiantes, sacerdotes, abogados y financieros— son “los tipos más cultos y más divertidos que existen sobre la tierra”. Probablemente exagera, pero ser suscriptor de The Spectator sigue siendo para muchos británicos un blasón de orgullo.
Nacida en 1828, The Spectator se ufana de ser la revista más antigua publicada ininterrumpidamente en lengua inglesa. Antes, en los albores del XVIII, hubo en Inglaterra otra cabecera del mismo nombre, pero inclinada hacia el liberalismo whig. No hay relación entre ambas. Tras la muerte del fundador —Robert Stephen Rintoul, férreo detractor de las Guerras del Opio— el semanario atravesó dificultades financieras y cambió varias veces de propietario, aunque nunca de ideas. Ya en el siglo XX, ganó influencia en los círculos conservadores y se convirtió en una pieza fundamental de la vida cultural y política del país. Ha tenido épocas más gloriosas y otras más grises, pero jamás ha cuestionado su tono ni su vocación. Entre las primeras cabe citar la larga etapa de Wilson Harris (1932-1953), que cubrió la II Guerra Mundial con patriotismo y amor a la libertad, o la de Boris Johnson (1999-2005), sin duda menos épica, pero marcada por la provocación intelectual y el buen humor.
En cuanto atañe a la ideología, son bastante justas las palabras que le dedica la Enciclopedia Británica: “Su línea editorial es moderadamente conservadora, aunque mucho más conservadora que la de las publicaciones con las que comparte prestigio, The Economist y New Statesman”. En otros términos, el actual director, Fraser Nelson, ha dicho que sus páginas están “a la derecha del centro, pero no demasiado a la derecha del centro”. Sus relaciones con el Partido Conservador son tan estrechas como complejas. La dirección de la revista ha sido muchas veces una catapulta hacia la jerarquía tory, aunque estos vínculos jamás han significado una adscripción acrítica: bien al contrario, se ha ganado una merecida fama de rabiosa independencia intelectual. Los únicos requisitos para publicar, en palabras de la propia dirección, son la originalidad de las ideas y la elegancia de su expresión.
Boris Johnson dijo a sus colaboradores que podían explayarse “sin restricciones acerca de ellos mismos, de la política, del sexo, del arte, de la comida y de la muerte”, aunque basta con hojear unos pocos ejemplares para inducir unas cuantas normas no escritas en cuestión de estilo y preferencias. En Pompa y circunstancia, su hermoso diccionario sentimental de la cultura inglesa, Ignacio Peyró cita —numerus apertus— varios de los amores de la publicación: “La arquitectura de las viejas rectorías, la mermelada de siempre, el inglés del Prayer book, el tweed, la caza, la poesía con rima o por lo menos con sentido, Woodehouse y Trollope”. Y no es menos entrañable la lista de odios, casi todos muy lógicos: “Todo lo que va de la música disco al cristianismo social, del psicoanálisis a los años sesenta, del arte abstracto a los parquímetros o el hormigón enemigo del paisaje”. Estos afectos los han ido forjando, semana tras semana, autores tan brillantes y tan diversos como Evelyn Waugh, Graham Greene, Anthony Powell o Raymond Carr. Hoy los delicados ensayos filosóficos de Roger Scruton o de Theodore Dalrymple conviven con el diario de la popular Pippa Midleton, hermana de la duquesa de Cambridge, que escribe con gracia sobre vinos, esquí o jardinería.
El decidido conservadurismo de la cabecera no ha sido, ciertamente, sinónimo de apocamiento. La hemeroteca está llena de polémicas. En 1946, en pleno aislamiento internacional contra la España franquista, The Spectator se atrevía a escribir que “nadie puede apartar a Franco salvo los españoles”, y que nuestro país no era “más totalitario que la Rusia soviética”. El término «establishment», similar en el fondo a lo que algún político de moda llamaría casta, fue acuñado por Henry Fairlie en un número de 1955. Incluso, en plena oleada de sentimiento animalista, defiende la caza del zorro y ha tenido en su mancheta a un taurine correspondent. En todo caso, la revista añade a estos asuntos polémicos la dosis justa de humor y ligereza, lo que la diferencia de publicaciones más envaradas. Entre las bromas más legendarias se encuentra una entrevista con las Spice Girls en 1996. Simon Sebag Montefiore sorprendió a las muchachas con preguntas sobre la política fiscal de Tony Blair, la futura unión monetaria europea, Napoleón o los orígenes de la moralidad humana. Las respuestas —“los condes y los duques son buenos para el turismo”— y las desternillantes acotaciones del periodista —“la filosofía de las Spice combina la economía tacherista, la tolerancia budista y el paternalismo feudal neo-Plantagenet”— son una sátira imprescindible de la cultura pop, aunque los tabloides se lo tomaron en serio. Blair sólo dijo que la pieza era “muy ingeniosa, muy ingeniosa”.
Hace un par de años, la empresa editora volcó en internet un millón y medio de páginas, incluyendo casi todos los números desde 1828. La web, gratuita y sin registro, cuenta con un útil buscador que permite acceder a los artículos de interés. Muchos encontrarán paradójico el hecho de que una revista exquisitamente conservadora se haya adaptado tan bien al entorno digital. Por lo demás, poco ha cambiado en el ecosistema del semanario. Por si la insularidad británica no fuese suficiente garantía de aislamiento, los hermanos Barclay, sus propietarios desde 2004, viven en Brecqhou, una de las islas más diminutas del Canal. Recluidos en su castillo, los Barclay, también dueños de The Telegraph, se mantienen alejados de la gestión diaria de la revista: el actual director asegura que ni siquiera los conoce personalmente.
En contraste con otras publicaciones que han pasado por esta serie, hoy desaparecidas o languidecientes, The Spectator parece estar en plena forma: hace un par de meses alcanzó la cifra más alta de ventas de su historia. Los compradores de la versión impresa y los que pagan por acceder a la digital sumaron 62.718 personas; las suscripciones han subido un 6% en el último semestre. En nuestro tiempo, cuando la figura del gentleman está en franca decadencia y el tweed parece batirse en retirada ante el avance del poliéster, la salud de hierro de la vieja dama de las revistas inglesas es un buen augurio para la civilización británica. Hay sin duda una Inglaterra irreductible que comparte la idea de Peyró: “el sentido del honor del gentleman bien podría ser el mejor contraveneno para el imperio de la mediocridad que hoy nos domina”. God save The Spectator!
Su último libro, Sueño y destrucción de España, es un recorrido crítico por la historia del regeneracionismo, que Marco conceptúa como la manera española de ser nacionalista, o en una formulación negativa -más negativa aún, si cabe-, como la negación del liberalismo. El libro puede leerse también como el álbum de familia de los regeneracionistas españoles, tipos que se tomaban tan a pecho la Historia y a sí mismos -sobre todo a sí mismos- que es inevitable imaginarlos con la mirada perdida en un punto lejano del horizonte, hablando de sí en tercera persona, sin el más elemental sentido del humor. Les salva, eso sí, lo hermosamente que escribían el español, cualidad de la que también anda sobrado Marco, su crítico y retratista.
-Contra lo que pueda sugerir el título, su libro no es otra vuelta de tuerca al problema español.
-El problema nacional, el llamado problema español, se resolvió en la Transición. Lo resolvimos los españoles en la Transición. Otra cosa fueron -y siguen siendo- las élites.
-¿Qué ocurre con las élites?
-Que se han quedado atascadas en la crítica -feroz- que regeneracionistas y nacionalistas hicieron al régimen liberal en la Restauración, con lo que la crítica a la realidad de hoy se hace con parámetros establecidos entonces.
-¿Eso qué explicaría?
-Entre otras cosas, la coincidencia de nacionalistas e izquierda en el discurso antinacional.
-Hay quien sitúa la causa de tal confluencia en Franco y su régimen.
-Es la hipótesis tradicional. Al apropiarse la dictadura de Franco de los símbolos y de las instituciones nacionales, incluso de la palabra España, lo habría contaminado todo. Por eso el rechazo de la izquierda a toda identificación con lo nacional y su alianza con los nacionalistas. A esto habría que añadir cierto tacticismo para destruir cualquier posición del centro derecha. Sin embargo, la cosa es más complicada y arranca, ya digo, de la crisis no resuelta -no resuelta por las élites, insisto- del 98.
-¿Y no era esa crítica noventayochista una crítica cargada de legitimidad?
-En Francia se hizo una crítica a la III República igual de dura que la que aquí se hizo a la Restauración. La diferencia es que una vez hecha, los franceses no volvieron a hacerla, sino que restablecieron la continuidad histórica en el momento en que esta fue interrumpida por la III República. Aquí, a la muerte de Franco, no se restablece la continuidad liberal de los años veinte, sino la crítica regeneracionista a la Monarquía Constitucional.
-Pero eso fueron, dice, las élites, no los españoles.
-La gente vive cada vez con más naturalidad su ser español. A ello han contribuido muchos factores. Los éxitos deportivos, por ejemplo. Y el desarrollo económico también. Incluso la política antiterrorista de Aznar.
-¿Atribuye a Aznar el despertar de los españoles frente al terrorismo?
-Los españoles nunca estuvimos adormecidos cuando mataban a un compatriota. Sentíamos horror. El problema es que no había manera -manera política- de expresar nuestra emoción y solidaridad. Y no lo había porque al estar las élites atascadas en la crítica a lo nacional terminaron neutralizando lo nacional.
-Durante un tiempo se pretendió construir un discurso con minutos de silencio y manos pintadas de blanco.
-Recuerdo una discusión que tuve en la radio cuando el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Dije que la movilización era importantísima pero que las manos blancas no eran la respuesta. La respuesta tenía que ser aquello que simbolizaba lo que los terroristas querían destruir: la bandera de España.
-Las banderas terminaron saliendo a la calle.
-Pero el discurso nacional sigue sin ser construido. Un discurso que exprese políticamente lo español, que ya se expresa de forma natural de muchas otras maneras.
-¿Y en el intento no se corre el riesgo de que todo degenere en un discurso nacionalista?
-Sería el propio discurso nacional, un discurso consensuado por los dos grandes partidos, el que marcaría la diferencia con el nacionalismo. El nacionalismo, no lo olvidemos, es un discurso contra la nación. El discurso nacional, en cambio, funda la nacionalidad en una combinación de política y cultura, una combinación difícil pero que funciona, una combinación que no deja fuera a nadie.
-¿Queda así conjurado el peligro de los hechos diferenciales?
-Podemos percibir diferencias entre un español y, por ejemplo, un francés. Diferencias que, en cualquier caso, no nos permiten decir esto es español y esto no lo es. O sea, que no hay forma de fijar lo español a partir del carácter.
-¿Niega eso la existencia un carácter español?
-Existe un cierto carácter español expresado en determinadas maneras de vivir y de relacionarse, en determinados gustos compartidos y propensiones sentimentales. Pero no se es o se deja de ser español porque te guste o no la tortilla de patatas, porque seas aficionado o no a los toros, porque salgas de copas por la noche o prefieras quedarte en casa. Es español quien tiene pasaporte español y punto. La nación española no excluye a nadie.
-Y ese desfase entre los españoles y sus élites que señala, ¿no significa caer en la trampa regeneracionista de distinguir entre la España real y la España oficial?
-No, porque no se pretende una enmienda al sistema, tan solo una crítica a cierta mentalidad, esa que impide que se de contenido vital, práctico, también emocional, a las instituciones. Dicho esto, tanto el sistema como sus instituciones funcionan. En estos años España ha avanzado como no nos hubiéramos atrevido a imaginar en los sesenta.
-¿Adiós a la España invertebrada?
-España es un país social, cultural y en muchos otros órdenes, más vertebrado de lo que creía Ortega, quien, por cierto, importó de Francia la expresión de “invertebrada”.
-Y en esa España vertebrada, ¿qué papel juega la corona?
-Sigue siendo un antídoto, un seguro contra los nacionalismos, contra la voluntad de inventar naciones inexistentes.
-¿Incluso hoy?
-Incluso siempre. En los países con monarquía, los nacionalismos lo tienen más complicado que en los países sin monarquía. La corona es la demostración, y la demostración viva, de que la nación existe.
-En sentido contrario ¿no presupondrían los nacionalismos una nación, cada uno la suya?
-El nacionalismo no requiere una tradición. Se trata de una ideología que nace de la angustia, del miedo, del pavor a desparecer, del intento por salvarse. El nacionalismo es una invención. De hecho, triunfa en muchos lugares donde no había una, llamémosla así, tradición nacional, como Alemania o Italia.
-Donde pincha en hueso es en España, al menos en su versión de nacionalismo español. ¿Por qué?
-Explicar la causa de aquello que no sucedió es difícil, pues están disponibles todas las hipótesis, ninguna con posibilidades de ser demostrada.
-Aventure una.
-El régimen liberal de la Restauración. La sociedad de la época. Sus instituciones, en particular la Monarquía. Los anticuerpos eran fuertes, a pesar de la ferocidad de las críticas, y la nación más consistente de lo que se pensaba. Era, insisto, la España vertebrada.
-Donde si echó raíces fue, por ejemplo, en Cataluña.
-Donde la lucha política se localizó fuera del sistema bipartidista. Hay que observar que los argumentos de los nacionalistas y de los regeneracionistas eran los mismos. En este sentido, el regeneracionismo sería la forma española de nacionalismo.
-Eso es curioso, como también que los nacionalistas sean hoy de los pocos que digan España en lugar de “este país”.
-Porque ya no tiene la necesidad de poner en duda la existencia de España negándole que sea una nación, como cuando se refería a ella como “el Estado español”. Ahora ve a España como una cosa lejana o, si se prefiere, como una nación con la que medirse de igual a igual. En este sentido, el nacionalismo ha ido ganando terreno, evolucionando.
-Lejos quedan los tiempos en que ambicionaba catalanizar España.
-Algo típicamente regeneracionista, por cierto, y que se inscribe en el discurso de la época: el discurso imperialista. Los civilizados, los únicos que tenían un proyecto modernizador, un proyecto capaz de conciliar la España oficial con la España real, los únicos, digo, eran los catalanistas. El resto de españoles solo servían para ser colonizados.
-¿De verdad tenían tal sentido de misión?
-Pero no solo ellos, también el centro derecha español, hasta el punto de delegar durante un tiempo su representación en Cataluña en los catalanistas, quienes tenían su propia agenda.
-Y en esa agenda, ¿qué punto ocupaba la secesión?
-La independencia siempre estuvo en el horizonte del nacionalismo catalán.
-¿Es aquí donde encuentra acomodo la idea -suya, de usted- de que la raíz del tan traído y llevado seny catalán es España?
-No niego que Cataluña tenga entidad propia; la tiene, como cualquier otra región de España. Lo que digo es que cuando a Cataluña la despojas de su dimensión española, pierde la centralidad, la centralidad política, y desbarra, entra en delirio, dejándolo todo a merced de la rauxa, esa forma específicamente catalana de arrebato. Esto se ve muy bien en la situación actual.
-Situación en la que se aboga sin tapujos por la independencia. ¿Se sabe ya qué hay después de dejar de ser español?
-Cualquier proceso de construcción nacional será doloroso, y no solo para los catalanes. Y no, no se sabe qué hay después de dejar de ser español; mejor no experimentar.
-¿En España hemos experimentado mucho?
-Bueno, hemos tenido un rey regeneracionista -Alfonso XIII- y, más difícil todavía, un jefe de Estado anarquista -Pi y Margall.
-¿Detalles así hacen de nosotros un caso único en la Historia?
-Esa, la de la búsqueda de la España original, es una tendencia muy nuestra, muy nuestra y muy romántica, por cierto. Pero no somos un caso único. La nuestra es una Historia que se inscribe en un marco más amplio, más general. Por eso, en ocasiones, es bueno interpretar lo sucedido a través de la plantilla de la Historia de otros países. Es una manera de salir de nosotros mismos, de dejar de mirarnos el ombligo. Pero sin caer en la fantasía, eso sí, de creer que España fue o debió ser o puede llegar a ser, qué sé yo, la República francesa.
-Lo que sí es un caso de excepcionalidad española es el PSOE, el único partido socialista de Europa que nunca aceptó la democracia liberal ni el principio nacional.
-Pero ahí la diferente no es España, es el PSOE. Si las élites se han quedado atascadas en el 98, el socialismo español lo hizo durante muchos años en la lucha de clases, más exactamente en el sindicalismo. Al contrario que el socialismo europeo, tardó en incorporarse a las instituciones, de las que no terminaba de fiarse. Y renunció también a fijar una posición sobre lo nacional, hasta el punto de ser hoy un partido posnacional, como dijo Zapatero en varias ocasiones.
-Refiriéndose al fundador del PSOE, escribe usted: “Pablo Iglesias era una persona de ideas fijas: estaba convencido de que la realidad se acabaría plegando a sus convicciones”. ¿Qué pasa, que a la compulsión del nombre de la que habló Jung hay que sumar la del apellido?
-Eso es como muy católico ¿no? La verdad es que no lo había pensado.
-Se lo formulo de otra manera: ¿está Podemos llamado a ocupar el espacio del PSOE?
-Aunque los movimientos de extrema izquierda tienen su momento de gloria ahora, no creo que cobren nunca la intensidad del PSOE en su día ni que lleguen a sobrepasarlo.
-¿Son acaso flor de un día?
-Flor de un día no. Han venido para quedarse. Solo que su contexto y su alcance son relativamente limitados. Salvo en Cataluña, por lo visto.
-Esa limitación de la que habla ¿cabe situarla en el lado izquierdo, en el lado extremo izquierdo?
-Los de Podemos son, ante todo, activistas. Es verdad que casi todos son funcionarios, pero es que ser funcionario facilita mucho vivir del activismo. Aunque de lo que ellos viven es, sobre todo, de la fantasía revolucionaria. No han aceptado aún que cayera el Muro.
-¿Es eso tanto como decir que su éxito es una proyección de sus larguísimas charlas en la cafetería de Políticas de la Complutense?
-No es tan sencillo. Es innegable que su discurso ha llegado en el momento adecuado, en mitad de una larga crisis que ha afectado a los dos grandes partidos, lo cual es novedoso, pues lo que antes hacía mal un partido lo resolvía el otro.
-Sin embargo, la postura de Podemos no es equidistante respecto a PP y PSOE, sino que se sitúa a la izquierda de este.
-Podemos no se define solo por la extrema izquierda, sino que también tiene un lado regeneracionista. El “no nos representan” es Joaquín Costa en estado puro, es la misma pulsión, el mismo discurso del “nosotros somos lo auténtico y ellos unos falsificadores”.
-Aparte de Costa, ¿son también deudores de Azaña y de su idea de la política como empresa de demoliciones?
-Demoler puede ser más atractivo que construir; de hecho, es una juerga, se lo pasa uno muy bien. Lo de la empresa de demoliciones, por cierto, se lo copia Azaña a Jules Ferry para aplicarlo a la herencia del régimen liberal. O sea, que Azaña como Ortega también importa expresiones de Francia. Porque los regeneracionistas escribían todos muy bien, pero después de que lo hubieran escrito otros.
-Plagiarían, sí, pero con qué estilo, ¿no?
-Cuando uno se enfrenta a una crisis tan profunda como aquella y tiene talento para escribir lo lógico es que salgan cosas muy interesantes.
-Aparte de lo bien que escribían -o de lo bien que plagiaban- no se les puede negar que fuesen capaces de permear el discurso de su época, de la suya y todavía de la nuestra.
-Eso es cierto. Hoy vuelve a hablarse de la vieja política y de la nueva política. Lo hace Ciudadanos, por ejemplo, y antes que Ciudadanos, en 1914, lo hizo Ortega en una conferencia. La idea de la nueva política es típicamente regeneracionista y no se refiere a un nuevo reparto de los intereses, sino a crear algo nuevo.
-¿Es eso posible?
-Hace ya tiempo que la democracia liberal no tiene alternativas.
-Pero eso nos sitúa en el fin de la Historia, que ya anunció Fukuyama.
-Es que una parte de la tesis de Fukuyama no es del todo descabellada. Con que, de alguna manera, sí, estamos ante el fin de la Historia. Al menos, en cierta cultura, la nuestra, heredera de Occidente. Y aún me atrevería a ir más lejos, más lejos de Occidente, aunque pueda sonar exagerado. ¿Qué alternativa se ha articulado a la democracia liberal? Ninguna. Respuesta que debería llevar a preguntarnos si será que no es posible tal articulación.
«Los problemas políticos del mundo moderno son en último termino religiosos»
Religion and the Modern State (1935)
En enero de 1815, Joseph de Maistre escribe a su correspondiente y amigo el conde de Bray, que «toda Europa es testigo de una fermentación que nos ha conducido a una revolución religiosa y la revolución política de la que hemos sido testigos solo fue su espantoso prefacio»1. Es tal vez la primera afirmación de la naturaleza pseudorreligiosa o cuasirreligiosa de la Revolución Francesa. Christopher Dawson la recoge circunstanciadamente en las páginas de este libro, de modo que no resulta fácil sustraerse a la impresión de que Los dioses de la Revolución es algo más que un libro sobre la revolución, su preparación y sus consecuencias. Lo que da coherencia a sus páginas, en las que se remonta al siglo XVI para descubrir las fuentes del pensamiento revolucionario europeo, en primera instancia liberal, hasta llegar a la última posguerra mundial, es el desarrollo de su idea, perfilada ya en los años veinte, de que la religión es el germen de toda civilización y, asimismo, que en circunstancias excepcionales la religión se expresa imperiosamente por cauces bastardos2. En este sentido, Los dioses de la Revolución de Christopher Dawson ocupa un lugar aparte en la historiografía sobre 1789, complementario del acervo fundamental –político, social o económico– y también, por qué no, del accesorio –demográfico3, teoría de los ciclos históricos4 y del cambio5–. Lo que el autor ofrece es pues una interpretación religiosa del cataclismo revolucionario francés.
Cuando en 1929 Dawson escribe sobre el progreso como una religión subsidiaria del cristianismo, una religión enmascarada posibilitada en realidad por aquel, en el sentido en el que Marcel Gauchet habla del cristianismo como «la religión de la salida de la religión» (la religión de la sortie de la religión)6, es cierto que las religiones políticas no son ni una realidad ni una categoría nuevas, pero apenas si se empiezan a nombrar en el Interbellum. Aun apartando las anticipaciones de Gustave Le Bon y Vilfredo Pareto, relativas al socialismo, «religión nueva» que comparan con el cristianismo primitivo7, sobran los ejemplos de economistas, filósofos, sociólogos o escritores políticos que detectan la desviada religiosidad de ciertas doctrinas políticas.
Las visiones del problema de fondo menudean desde entonces, pues la temática de las religiones seculares se ha convertido en un tópico de las ciencias políticas. Con otro sentido, religiones políticas o civiles ha habido siempre
Al redactar su imponente tratado sobre la imposibilidad del cálculo económico socialista, Ludwig von Mises repara en la religiosidad quiliástica del socialismo (socialistic chiliasm), cuyo triunfo supondrá la salvación en este mundo (an earthly Kingdom of Salvation)8. Religiones de Estado (religions d’État) las llama con naturalidad René Guénon en 19299. Cuasi religiones (quasi-religions) Leopold von Wiese en 193010. Religiones políticas (politische Religionen) Eric Vögelin en 193811. Religiones seculares (religions séculières) Raymond Aron en 1944.12 Después de la Segunda Guerra Mundial se encuentra la explicación de la brutal politización de la religión. En las formas desnaturalizadas del mesianismo, dirá Romano Guardini13. En el declive de la fe y en el tremendo hueco que las religiones tradicionales dejan en el corazón del hombre, según el parecer del weberiano Alfred Müller-Armack14. Las visiones del problema de fondo menudean desde entonces, pues la temática de las religiones seculares se ha convertido en un tópico de las ciencias políticas. Con otro sentido, religiones políticas o civiles ha habido siempre, desde la Antigüedad. Probablemente, el primero en captar el problema es el historiador tunecino del siglo XI Abenjaldún, quien detecta una tendencia constante (regolarità15) a la explotación de la religión por razones políticas utilitarias16. No desentona Dawson en el abigarrado paisaje más que descrito sugerido aquí con unos pocos libros y con los nombres de sus autores.
Los dioses de la Revolución, publicado póstumamente en 197217, viene a ser la culminación ideal del recorrido de Dawson por la historia de la noción de progreso, cuyo momento decisivo es sin duda la autoatribución estatal de una función benefactora y transformadora de la naturaleza humana. Esta es la política que Michael Oakeshott llama de la fe18. El estudio de Dawson sobre la Revolución Francesa forma constelación con sus libros de más fuste político19, en particular con Progress and Religion y Religion and the Modern State20.
En Progress and Religion se decanta la creencia raíz del progresismo: la fe en la perfectibilidad del hombre, que se hace mayor en la medida en la que la civilización mecánica seca la vitalidad de la cultura. En el origen de la religión del progreso se encuentra no obstante toda la tensión histórica que el cristianismo hereda del judaísmo. Frente a las grandes religiones que desvían al hombre de la experiencia, encerrándole en una contemplación extática del ser absoluto, el cristianismo le da a la historia un valor único e irrepetible, pues en ella se juega el hombre su salvación. Existe pues una intimidad especial entre el cristianismo y la historia21.
Según el historiador inglés, la filosofía del siglo XVIII sustituye la fe cristiana por su doctrina racionalista, cuyo contenido en realidad proviene del cristianismo. De ello es buena prueba el desarrollo de la cuestión religiosa en Francia durante la revolución, con el descarado remedo gnosticista del cristianismo22. Los filósofos ilustrados ignoran su deuda con él… porque la tradición católica impregna profundamente su pensamiento. Por eso puede decir Dawson que sus ataques contra el cristianismo les convierte en los últimos grandes herejes de la historia europea. ¿Acaso no son sus llamadas a la razón verdaderos actos de fe?23 ¿Y los próceres del socialismo, del anarquismo o del liberalismo nacionalista? ¿Qué son, sugiere Dawson, sino «grandes agitadores religiosos»24?
Comoquiera que el liberalismo y el socialismo sacan su fuerza de una tradición, la cristiana, a la que pretenden suplantar, cuando estas doctrinas triunfan e imponen la secularización de la cultura europea, resulta que han arruinado los fundamentos de su propia existencia25. En este sentido, Los dioses de la Revolución constituyen un denso estudio sobre el proceso de extracción del cristianismo de la cultura por él creada. Con razón Francisco Javier Conde lo llama «profanación», «un grado más hondo y más grave de secularización»26.
La Revolución Francesa lo fija en el lema «Libertad, Igualdad, Fraternidad»; otras revoluciones análogas en la raza o en la emancipación del proletariado.
La separación entre religión y civilización, impensable en las civilizaciones tradicionales (Egipto, China, India), ha sido posible en Europa gracias al «dualismo» de nuestra cultura27, pues la tradición cristiana no forma cuerpo con ella. Lo cual ha generado unas condiciones óptimas para que el poder espiritual o auctoritas se constituya en el máximo elemento regulador de la vida europea28. Esto, que explica por ejemplo el refinado y exclusivo sentido europeo de la libertad política29, tiene como contrapartida que Europa puede renegar un día de sus raíces religiosas y convertirse su civilización en una estrella muerta30. La Cristiandad no agota pues el cristianismo ni la Ciudad de Dios ni el Reino de Cristo31. Este es el «enigma del cristianismo»32.
Constatado el vacío que deja el cristianismo, la revolución encuentra su justificación en la refundación de la sociedad según un ideal de perfección. La Revolución Francesa lo fija en el lema «Libertad, Igualdad, Fraternidad»; otras revoluciones análogas (nacionalsocialista, soviética) en la raza o en la emancipación del proletariado. Por desgracia, los impulsos religiosos de este tipo resultan destructivos, pues aniquilan el «impulso religioso que da la fuerza de cohesión necesaria para unificar una sociedad o una cultura»33.
Este es el punto en el que Dawson advierte del crecimiento del Estado totalitario, beneficiario de los «subrogados [políticos] de la religión» que se revuelven contra su raíz cristiana34.
El nacionalsocialismo, el bolchevismo y democracia capitalista, cada uno a su modo, aceleran la mecanización de la vida y la subordinación del individuo al Estado. De qué modo los nuevos Estados fundados sobre estas doctrinas buscan sustituir los perdidos fundamentos religiosos de la sociedad y cómo combatir esa política constituye el asunto central de Religion and the Modern State. En términos generales, Dawson señala los tres grandes instrumentos explotados por la política del Estado: la enseñanza obligatoria, la conscripción militar y el intervencionismo económico35. Así pues, el Estado del futuro no será político, sino «nurse, maestro y empresario»36, por tanto mucho más difícil de combatir, ya que resulta más fácil resistirse a un Estado que castiga con aceite de ricino y campos de concentración que a uno basado en la procura de la leche infantil y las clínicas de control de nacimientos37. Vaticinio que por cierto afecta también a las democracias estatistas como la norteamericana del New Deal, mera variante constitucional de las dictaduras europeas de la época38.
Por descontado que el estatismo atosiga al hombre y le impide elegir su camino, sea cristiano o no. Sin embargo, para el cristiano el gran peligro no será ya la persecución religiosa, sino la sofocación de la fe39. Tanto es así que el conflicto a punto de vencer según Dawson no es ya un combate entre la religión y la civilización secular, sino entre Dios y una sociedad endiosada, entre la Iglesia y una «contra-iglesia», con sus dogmas, su moral y su jerarquía40. Frente a todo ello la Iglesia, límite natural de la acción estatal, no está llamada a fundar un reino secular, con el riesgo de que el cristianismo se asimile a cualquier tipo de idealismo secular o se identifique con una u otra línea política o social41. La verdadera misión del cristianismo es salvar a la civilización de sí misma, revelando al hombre su verdadera naturaleza y ser luz del mundo42. Con la misma lección concluye Los dioses de la Revolución: «La cultura occidental tiene que buscar en el cristianismo una guía y una ayuda para restaurar la unidad moral y espiritual de nuestra civilización. Fracasar en el intento solo puede significar o la quiebra del cristianismo o la condenación de la civilización moderna».
Christopher Dawson empieza a ser conocido en España como filósofo e historiador de la cultura católico por uno de sus primeros libros. Leopoldo Eulogio Palacios llama la atención sobre Progress and Religion desde las páginas de Acción Española. Es junio de 1934. Al año siguiente escribe también sobre la traducción francesa del mismo libro, en la misma revista, el escritor palentino Teófilo Ortega. La incorporación de Dawson al acervo intelectual del tradicionalismo y del conservadurismo españoles continuará más tarde, sobre todo durante la década de los cincuenta, estimulada por el grupo de la revista Arbor, nucleado en torno Rafael Calvo Serer y Florentino Pérez Embid. Particularmente les interesa Dawson como historiador de la Cristiandad y de Europa. Unos años antes, sin embargo, mediada la década de los años cuarenta, coincidiendo con el giro del régimen de caudillaje hacia una dictadura católica autoritaria, por utilizar una expresión de Raymond Aron, no muy precisa, pero sin duda plástica, hay en la Revista de Estudios Políticos, dirigida ya por Fernando María Castiella, un interés manifiesto por la obra política de Dawson.
Entre el verano de 44 y el invierno del 45, en apenas un año y medio, Leopoldo Eulogio Palacios, Alberto de Mestas y Diego Sevilla escriben sendas notas de mucha sustancia sobre Beyond Politics, The Judgement of the Nations43 y Religion and the Modern State. Los tres escritores, un filósofo, un historiador y un jurista político, encuentran en la política católica de Dawson el revulsivo y la justificación para impulsar una gobernación restauradora y de impregnación católica, alejada tanto del totalitarismo colectivista (nazismo, bolchevismo), como del liberalismo individualista (paleoliberalismo). Dicho de otro modo, en la teología política del historiador inglés hay una respuesta católica, si bien no la única, frente a las religiones políticas44. Frente a los regímenes desviados que aprovechan la mecanización de la vida para tiranizar al hombre, hay pues una ultimidad política, una política a la sazón cristiana capaz del enderezar el fuste torcido de los Estados. A pesar de todo, es efímero el interés por Dawson como uno de los portavoces católicos de la crítica al leviatán totalitario. En un paisaje intelectual como el español de 1935 a 1968, polarizado en torno a la idea del Estado, a favor o en contra, resulta muy chocante que gente tan advertida como Francisco Javier Conde, Jesús Fueyo o Gonzalo Fernández de la Mora45, por citar a tres representantes del pensamiento estatal, no hayan aprovechado las preciosas reflexiones de los libros más políticos del historiador inglés46. Esa parte de su obra, consagrada a la relación del cristianismo con el mundo contemporáneo, apenas recibe desde entonces atención en España.
Después de la lectura pro domo súa en el Instituto de Estudios Políticos, en verdad sin efecto en España, ni político ni intelectual, tiene lugar lo más parecido a una recepción de Dawson en el conservadurismo político español. Todo comienza con la jornada europea de Calvo Serer en el verano de 194547. Entusiasmado en Zúrich con la lectura de la traducción alemana de The Judgement of the Nations, manifiesta su total sintonía con el plan de reconstrucción espiritual de Europa propuesto por Dawson. Tanto es así que en 1947 le visita en Londres con el designio de invitarle a los cursos de verano de Santander y obtener su autorización para incluir un libro suyo en su colección «Biblioteca del Pensamiento Actual», recién estrenada en Rialp. Persevera en el proyecto Esteban Pujals, comisionado por Calvo Serer. Pujals, secretario del Instituto de España en Londres, visita a Dawson, se amista con él y lo traduce, pero esto será más tarde, en 1953 y 1962. Proyecta también un libro sobre su filosofía de la cultura, pero no lo acaba y únicamente publica de él su bosquejo48. Antes escribe sobre él para Arbor y se encarga de organizar su viaje a España en el otoño de 1951, prolongado cinco meses, hasta la primavera siguiente. El Departamento de Filosofía de la Cultura del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el Instituto Británico y la Universidad de Sevilla corren con los gastos. Dawson llega a España la primera quincena de noviembre de 1951. El día 14 conferencia en el Ateneo sobre «La situación actual de la cultura europea», texto publicado inmediatamente en la colección «O crece o muere». Pasa después por Sevilla, en cuya Escuela de Estudios Hispanoamericanos diserta sobre los Estados Unidos de América. Visita Granada y Málaga, ciudad en la que se establece durante varias semanas para curarse una gripe. En Sevilla, según el relato de su biógrafa e hija, Christina Scott, contempla extasiado en la catedral los oficios religiosos por la fiesta de la Inmaculada49.
Después de una etapa de desinterés –en realidad aparente, pues Dawson nunca ha dejado de ser una referencia viva para el pensamiento católico–, a principios de los noventa se recupera la antigua traducción de The Making of Europe elaborada por Francisco Elías de Tejada en 194550. Ediciones Encuentro, en una línea similar, se ocupa de la publicación de una versión española de Religion and the Rise of Western Culture51. La publicación de El espíritu del Movimiento de Oxford y sendas reediciones de las dos obras anteriormente citadas vuelven a colocar a Dawson en la palestra literaria.
Entre la recepción proyectada por el grupo Arbor bajo el pretexto de impulsar su programa de política de cultura y la actual recuperación de su historiografía sobre los orígenes de la Cristiandad y los fundamentos de la cultura occidental median más de dos décadas de silencio, no solo en España, sino también en países como Italia o Francia. Las consecuencias teológico-políticas del concilio Vaticano II, paradójicamente, le alcanzan de lleno. Quien desde finales de los años veinte proclama en su obra la necesidad de un retorno a las fuentes cristianas de Europa espera mucho de la renovación del espíritu católico, pero se encontrará desplazado a una posición intelectual excéntrica y casi marginal. En la nueva óptica católica, políticamente neutralista frente a la neutralidad antirrelativista de los pontificados anteriores, ya no hay espacio para The Idea of a Christian Society de T. S. Eliot, por citar un texto inspirado directamente en la teología política de Dawson52. Para el sector progresista o neomodernista del catolicismo Dawson pasa algún tiempo por escritor reaccionario.
Tal vez ahora se dan las condiciones óptimas para la recepción completa de un escritor de trayectoria rectilínea, cuya obra no conoce ni enmiendas ni rectificaciones, sino la modulación, a lo largo de más de medio siglo, de su tesis central: el sustrato religioso de toda civilización y en particular de la cristiana53, afirmado en la época del Renouveau catholique, durante los años del auge del totalitarismo y en las décadas de relajación o descomposición moral –depende de las valoraciones– que siguen a los primeros años de rearme espiritual de la posguerra. Espero que el libro que ahora llega al lector sea el anticipo de nuevas traducciones que completen la obra de Dawson disponible en español.
Quien desde finales de los años veinte proclama en su obra la necesidad de un retorno a las fuentes cristianas de Europa espera mucho de la renovación del espíritu católico, pero se encontrará desplazado a una posición intelectual excéntrica y casi marginal.
Los dioses de la Revolución, libro póstumo de Christopher Dawson, forma parte de una proyectada historia de las civilizaciones en varios tomos, concebida a mediados de los años veinte y finalmente inconclusa54. Con todo, su huella es perfectamente reconocible en su obra. Los cinco primeros tomos de la serie cuyo lema es The Life of Civilization son (1º) Progress and Religion55, introducción ideal de la obra; (2º) The Age of Gods56, desde la prehistoria hasta los inicios de las civilizaciones griega y romana; (3º) The Rise of the World Religions, inacabado, abarcaría desde el año 1200 a. d. C. hasta el 300 de nuestra era; (4º) The Making of Europe57, dedicado a la alta Edad Media; y (5º) Medieval Religion and other Essays58, antología que sustituye al volumen proyectado sobre la baja Edad Media y que proviene en su mayor parte de las Forwood Lectures de 1934. El tomo sexto y último de su vasto plan se ocuparía del periodo de la Ilustración. Trabaja en su obra con mucho afán, pero problemas de salud y diversos cuidados del autor, preocupado vivamente desde 1935 por el auge del totalitarismo en Europa, van retrasando su propósito y le impiden culminarlo. Del volumen dedicado a la Ilustración publica no obstante algunos capítulos o fragmentos antes y después de la Segunda Guerra Mundial, en 1936 y entre 1954 y 1957. Estos trabajos y material inédito del autor componen Los dioses de la Revolución.
Los dioses de la Revolución, al cuidado de James Oliver, responsable de su factura, orgánica y coherente, se publica en 1972 e incluye una introducción de Arnold J. Toynbee y un sumario balance intelectual del propio Oliver59. La traducción española llega al lector con los textos de Toynbee y Oliver60, mantenidos aquí para respetar la integridad de la edición original.
Siempre que ha sido posible –y creo que siempre he encontrado el medio–, las citas de Dawson se refieren a traducciones y ediciones españolas, versiones que he respetado61. Cuando estas no existen he procurado dar una traducción de la cita a partir de la versión original, generalmente fuentes francesas. Las referencias del texto son en algún caso incompletas, eventualmente inexactas o incluso equivocadas, peaje de una obra de estas características que en ningún caso empaña su acribia. Mis correcciones o aclaraciones, cuando resultan necesarias, aparecen entre corchetes, lo mismo que las referencias exactas de algunas citas o pasajes de la versión inglesa no recogidas por el editor inglés en nota a pie de página.
La efusiva erudición del romanista Jesús Burillo me ha ayudado muchas veces a encontrar la palabra justa, en este y en otros trances literarios. Lo pongo aquí para que no se olvide.
Finalmente, me parece de interés para el lector ofrecer una relación completa de las traducciones de la obra de Dawson publicadas en España. Ordenada por décadas y descartadas en ella las traducciones, sin duda importantes, publicadas en Chile, Argentina y México62, dan una imagen inmediata del oscilante interés por su obra, inevitablemente interferido por los afanes y por los ídolos de cada hora. A ello quiere también servir la breve bibliografía española sobre la obra del historiador y filósofo inglés endosada a continuación63.
1 Véase J. de Maistre, «Lettre à M. le Comte de Bray (28 janvier 1815)», en Id., Oeuvres complètes: Correspondance V (1815-1816), Librairie Générale Catholique et Classique, Lyon 1886, t. XIII, p. 27.
2 Véase C. Dawson, Progrès et religion. Une enquête historique, traducción de Pierre Belperron y prefacio de Daniel-Rops, Plon, París 1935, pp. 77 y 238 (edición original: Progress and Religion: An Historical Enquiry, Sheed & Ward, Londres 1929).
3 Sobre la causalidad demográfica de la Revolución Francesa y la explosiva estructura demoeconómica de Francia véase G. Bouthoul, L’infanticide différé, Hachette, París 1971, pp. 152-153. La bajada de la natalidad en Francia, que empieza con el siglo XIX, se acentúa después de las guerras napoleónicas. «¿Y si el pueblo francés –se pregunta Éric Zemmour– hubiera interiorizado simplemente su derrota [en las Guerras de la Revolución y del Imperio], renunciando a engendrar por abdicación pacifista? […]. Una Francia vencida que no necesita ya combatir, tampoco precisa de hijos». Véase É. Zemmour, Mélancolie française, Fayard, París 2010, p. 100. Hace cuarenta años Alain Peyrefitte decía esto a propósito del hundimiento de la natalidad francesa: «Para crecer hay que creer». Véase A. Peyrefitte, Le mal français, Plon, París 1976, p. 125.
4 Véase G. Ferrari, Teoria dei periodi politici, Hoepli, Milán 1874.
5 Véase C. Brinton, Anatomía de la Revolución, traducción de Ernestina de Champourcin, Fondo de Cultura, México 1942.
6 Véase M. Gauchet, Le désenchantement du monde. Une histoire politique de la religion, Gallimard, París 2005, 197-208.
7 Véase J. Molina, Raymond Aron, realista político. Del maquiavelismo a la crítica de las religiones seculares, Sequitur, Madrid 2014, pp. 69-80.
8 Véase L. von Mises, Socialism. An Economic and Sociological Analysis, Liberty Fund, Indianápolis (IN) 1981, p. 253. La edición original alemana es de 1922.
9 Véase R. Guénon, Autoridad espiritual y poder temporal, Paidós, traducción de A. López Tobajas y M. Tabuyo, Barcelona 2001, p. 90.
10 Véase L. von Wiese, «La civilisation et la guerre», en Annales de l’Institut International de Sociologie, vol. XVI, 1932, p. 151.
11 Véase E. Vögelin, Les religions politiques, traducción de Jacob Schmutz, Les Éditions du Cerf, París 1994.
12 Véase R. Aron, «L’avernir des religions séculières», en Chroniques de guerre. La France Libre 1940-1945, Gallimard, París 1990, pp. 925-948.
13 Véase Romano Guardini, El mesianismo en el mito, la revelación y la política, traducción de Valentín García Yebra y prólogo de Álvaro d’Ors, Rialp, Madrid 1947.
14 Véase A. Müller-Armack, El siglo sin Dios, traducción de P. A. Benemann, F. C. E., México 1968.
15 Véase infra, nota 53.
16 Véase Ibn Jaldún [Abenjaldún], Introducción a la historia universal (al- Muqaddima), edición y traducción de Francisco Ruiz Girela, Almuzara, Córdoba 2008, espec. pp. 258-29 («Que trata de cómo los árabes no pueden alcanzar la soberanía si no es con la fuerza religiosa de la profecía, la santidad o, en general, algo religioso de gran efecto»).
17 Los detalles sobre el origen del libro infra, § 4.
18 Véase M. Oakeshott, La política de la fe y la política del escepticismo, traducción de E. L. Suárez, F. C. E., México 1998.
19 Al respecto véase infra, § 3.
20 Sheed & Ward, Londres 1935.
21 Véase C. Dawson, Progrès et religion, pp. 145 ss. e Id., La religione e lo Stato moderno, pp. 109-117. Cf. H. Butterfield, Christianity and History, Fontana Books, Londres 1958, passim.
22 Véase infra, cap. 5.
23 Véase C. Dawson, Progrès et religion, p. 187.
24 Véase C. Dawson, Progrès et religion, p. 224.
25 Véase C. Dawson, Progrès et religion, p. 211.
26 Véase F. J. Conde, «Sobre la situación actual de europeo», en Revista de Estudios Políticos, nº 45, mayo-junio 1949, p. 24.
27 Civilización y cultura son nociones muy próximas en Dawson. No obstante, en sus primeros trabajos las diferencia claramente en un sentido próximo al que le atribuye O. Spengler. La civilización, llega a decir, es la contrapartida inorgánica y fosilizada de la cultura. Véase C. Dawson, Progrès et religion, pp. 33 y 43-44.
28 Según René Guénon, a diferencia de Oriente, en Occidente no ha habido nunca «una autoridad espiritual pura» dado el carácter orientado a la acción del cristianismo. Véase R. Guénon, Autoridad espiritual y poder temporal, pp. 56-59.
29 Para una exposición clásica véase A. J. Carlyle, La libertad política. Historia de su concepto en la Edad Media y en los tiempos modernos, traducción de Vicente Herrero, F. C. E., México, 1982.
30 A contrario, las civilizaciones antiguas han sobrevivido más de dos milenios, siquiera estancadas, porque en ellas cultura y civilización están soldadas. Véase C. Dawson, Progrès et religion, p. 65.
31 Véase C. Dawson, La religione e lo Stato moderno, D’Ettoris Editori, Crotona 2006, p. 150.
32 La expresión es de Julien Freund. Véase J. Freund, El fin del Renacimiento, traducción de Luis Justo, Belgrano, Buenos Aires 1981, pp. 79-101.
33 Véase C. Dawson, Progrès et religion, p. 227.
34 Véase C. Dawson, La religione e lo Stato moderno, p. 47.
35 Véase C. Dawson, La religione e lo Stato moderno, p. 86.
36 Véase C. Dawson, La religione e lo Stato moderno, p. 135.
37 Véase C. Dawson, La religione e lo Stato moderno, p. 140.
38 Véase C. Dawson, La religione e lo Stato moderno, p. 67.
39 Véase C. Dawson, La religione e lo Stato moderno, p. 94.
40 Véase C. Dawson, La religione e lo Stado moderno, p. 96. De interés R. Aron, L’opium des intellectuels, Hachette, París 2002.
41 Véase C. Dawson, La religione e lo Stato moderno, p. 152.
42 Véase C. Dawson, La religione e lo Stato moderno, pp. 156 y 158.
43 Traducción hispanoamericana de Elvira Romero: El juicio de las naciones, Interamericana, Buenos Aires 1944.
44 Para los equipos y círculos intelectuales hegemónicos en la posguerra española la teología política de Christopher Dawson resulta preferible a la nueva cristiandad de Jacques Maritain y sus consecuencias en el orden político: la ciudad laica, sucedáneo de la ciudad católica, defendida esta por él mismo hasta principios de los años treinta. Cf. J. Molina, Jacques Maritain y la teología política de la democracia contemporánea, en curso de publicación y Paolo Mazzeranghi, «Christopher Dawson, un chierico per il terzo milenio», presentación de C. Dawson, La religione e lo Stato moderno, pp. 25-28.
45 El primero, para ser exactos, es partidario del Estado tout court; los otros dos, más bien, del Estado administrativo. Sobre el Estado en España: J. Molina, «El Estado nacional español de Francisco Javier Conde», en Empresas Políticas, nº 12, enero-junio 2009 y D. Negro, Sobre el Estado en España, Marcial Pons, Madrid 2007.
46 Una continuación de los planteamientos «políticos» de Dawson articulados en los tres libros citados se encuentra en The Movement of World Revolution, Sheed & Ward, Londres 1959 (traducción hispanoamericana de Julio Irazusta: El movimiento de la revolución mundial, Huemul, Buenos Aires 1963), publicado en plena Guerra Fría contra la marea creciente del anticolonialismo y del odio a Occidente.
47 Sobre la relación de Dawson con el grupo Arbor hay noticias de interés en Onésimo Díaz Hernández, Rafael Calvo Serer y el grupo Arbor, Publicacions Universitat de València, Valencia 2008, espec. pp. 53, 106-107, 186 y 371-376.
48 Empujado tal vez por el intelectual hiperactivo Calvo Serer, Esteban Pujals prepara un libro «en el que expongo, con la requerida amplitud y método, el pensamiento de Christopher Dawson». Véase E. Pujals, «La filosofía de la cultura de Christopher Dawson», en Arbor, tomo XXVI, nº 93-94, septiembre-octubre 1953, pág. 68.
49 Véase Christina Scott, A Historian and his World. A Life of Christopher Dawson. With a Postscript by Crhistopher Dawson: Memories of a Victorian Chilhood, Transaction Publishers, New Brunswick (NJ) 1992, p. 164. Dawson dice no entender como una ciudad como Madrid, sin catedral, puede ser capital de España. Le parece que la Sevilla de San Fernando y de Alfonso el Sabio habría hecho mejor ese papel.
50 Hay una versión hispanoamericana de Pedro de Olazábal: C. Dawson, Así se hizo Europa. Introducción a la historia de la unidad europea, La espiga de oro, Buenos Aires 1947.
51 Se trata de las segundas Gifford Lectures de la universidad de Edimburgo. La edición de Encuentro recupera la traducción hispanoamericana de Mª Elena Vela: C. Dawson, La religión y el origen de la cultura occidental, Sudamericana, Buenos Aires 1953.
52 Faber & Faber, Londres 1939. Escribe con pesar Eliot que es normal que el filósofo político, también el cristiano, «se desentienda de la posibilidad de construir un Estado cristiano. Les basta con explorar las posibilidades de un Estado justo y cuando no teorizan sobre una visión laicista del mundo tienden a aceptar nuestro actual sistema político como un régimen susceptible de mejora, pero inalterable en sus fundamentos». Véase T. S. Eliot, L’idea di una società cristiana, traducción y prefacio de Marco Respinti, Gribaudi, Milán 1998, pp. 27-28.
53 Esta tesis fuerte de Dawson, contigua con la afirmación de Carl Schmitt sobre la naturaleza teológica de los «conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado», permite catalogarlo entre los escritores de la estirpe de los realistas políticos, atentos siempre a la realidad (a guardia dei fatti) y a sus regularidades (regolarità) o constantes (patterns). Ser historiador y católico no es una impedimenta para ello, sino todo lo contrario. Véase C. Schmitt, Teología política I, en Estudios políticos, traducción de Francisco Javier Conde, Cultura Española, Madrid 1941, p. 72. Sobre las regularidades de lo político véase C. Gambescia, Liberalismo triste. Un recorrido de Burke a Berlin, traducción y prólogo de Jerónimo Molina, Ediciones Encuentro, Madrid 2015, pp. 159-173 y bibliografía ahí reseñada.
54 Véase P. Mazzeranghi, «Christopher Dawson, un chierico per il terzo milenio», en C. Dawson, La religione e lo Stato moderno, pp. 15-16.
55 Sheed & Ward, Londres 1929.
56 John Murray, Londres 1928.
57 Sheed & Ward, Londres 1932.
58 Shedd & Ward, Londres 1934.
59 C. Dawson, The Gods of Revolution, Sidgwick & Jackson, Londres, 1972. Puede completarse con J. J. Mulloy, «Continuidad y desarrollo del pensamiento de Christopher Dawson», en C. Dawson, Dinámica de la historia universal, traducción de Rosalía Vázquez, Rialp, Madrid 1961, pp. 307-348. El lector español dispone también de la importante monografía de J. Antúnez Aldunate, Filosofía de la historia en Christopher Dawson, Ediciones Encuentro, Madrid 2007.
60 La edición inglesa incluye un apéndice bibliográfico elaborado por J. Oliver que supera ampliamente el aparato crítico de la obra (C. Dawson, The Gods of Revolution, pp. 167-170). Al incluirlo, Oliver desea mostrar la importancia «de primer orden que para Dawson tienen las memorias y periódicos de la época», particularmente los de quienes han sido testigos y superviviente de la Revolución, pues con ese material planea una historia de las ideas no influida por la historiografía social o económica posterior. A pesar del valor testimonial y aun ejemplar de una relación que, por otro lado, únicamente puede consultarse en las grandes bibliotecas y archivos nacionales o en bibliotecas especializadas, parece aconsejable prescindir de ella en esta edición. Mi elenco solo recoge la bibliografía citada o mencionada en el texto de Dawson.
61 Habiendo más de una traducción disponible me he preocupado de cotejarlas y utilizar la que a mi juicio encuentro mejor.
62 Además de las ya citadas en esta Presentación hay otras: C. Dawson, El cristianismo y los nuevos tiempos, versión de José Coronel Utecho, Zig-Zag, Santiago de Chile 1946 (edición original: Christianity and the New Age, Sheed & Ward, Londres 1931); Id., Religión y cultura, Sudamericana, Buenos Aires 1953 (se trata de las primeras Gifford Lectures de la Universidad de Edimburgo: Religion and Culture, Sheed & Ward, Londres 1948); e Id., Historia de la cultura cristiana, compilación, traducción e introducción de Heberto Verduzco Hernández, F. C. E., México 1997, 20012ª, 20063ª. La antología del F. C. E. recoge fragmentos y capítulos de The Making of Europe, Medieval Essays, Religion and the Rise of Western Culture y Progress and Religion.
63 No se registran las recensiones, sin duda numerosas. Ello no obstante, tiene su interés, por las razones aducidas más arriba, consignar los estudios sobre las ediciones inglesa y francesa de Progress and Religion (1929) publicados en Acción Española y las recensiones de Beyond Politics (1939), The Judgement of the Nations
“El sentido de una novela, enemigo de toda pasividad, se proyecta y se expande desde el pasado hacia el porvenir ramificándose en él y produciendo cambios fundamentales en la conciencia de ciertos hombres”
Así definía Juan José Saer, en su ensayo La novela y la crítica sociológica, el género de la novela y, más en concreto, el compromiso que debía tener la novela con los lectores, un compromiso que, como indica el autor de La grande, se explicita en la capacidad –casi obligación- de producir cambios en la conciencia. Hablar de compromiso, sin embargo, no debe traer a engaño: lejos está Juan José Saer de inscribirse en la tradición, predominantemente francesa, del escritor “engagé” así como también lejos está del realismo social aplaudido y sostenido desde la crítica por parte de teóricos marxistas como Georg Lukács. Saer se encuadra en una tradición literaria, muy arraigada en la historia literaria argentina, que encuentra el compromiso con el lector, un compromiso basado en la voluntad de alterar y, en cierta manera, perturbar la conciencia del lector, en la radicalidad del lenguaje, en el estilo narrativo y en la construcción narrativa.
“Actuar en el lenguaje es hacerlo en la realidad”, afirmaba recientemente Patricio Pron, quien, si bien definiendo su propia concepción literaria, describía también, aunque de forma indirecta, el proyecto literario del propio Juan José Saer así como el de Ricardo Piglia o el proyecto de Fogwill, en algunas de cuyas obras la actuación sobre el lenguaje y su correlativa actuación sobre la realidad está estrechamente unidas a una actuación sobre el relato histórico y, por tanto, a una reescritura, desde los mecanismos de la ficción, de la historia reciente de Argentina. Hablar de historia no sólo es hablar de la reescritura de un pasado y, por tanto, hablar desde la distancia de unos acontecimientos, sino también hablar de la construcción de un relato que se construye, y esta es la tesis principal de Hayden White, con los mismos mecanismos de la ficción: la historia, como las tradiciones así definidas por Eric Hobsbawn en su ensayo La invención de la tradición, es resultado de una construcción retórica: “a partir del momento en que interviene el lenguaje, sostiene Roland Barthes, “el hecho sólo puede definirse de manera tautológica: lo anotado procede de lo observable, pero lo observable (…) no es más que lo que es digno de memoria” y, concluye, “el hecho no tiene nunca una existencia que no sea lingüística”.
La concepción de la historia como relato construido por los mismos mecanismos de la ficción – en una entrevista con Carlos Dámasos Martínez, reunida en Novela y Utopía, afirmaba al respecto Ricardo Piglia: “un historiador es lo más parecido que conozco a un novelista”- así como la crítica del relato histórico oficial, un relato –como ya lo señala Georg Simmel en su breve ensayo El secreto y las sociedades secretas– marcado por las omisiones, por un silencio impuesto o aleatorio y por la mezcla confusa de versiones y de testimonios que lejos de trazar un relato lineal y homogéneo de la historia, configuran un discurso palimséstico en el que es difícil averiguar quién habla, a quién pertenecen las palabras y cuál es la verdad. La máquina de Macedonio, esa máquina que relata ininterrumpidamente la historia argentina en la paradigmática isla de Finnegans, creada por Piglia o las cintas que escucha Emilio Renzi –véase La ciudad ausente y Respiración artificial, dos novelas en las que Piglia aborda la historia política y literaria de Argentina-, son representaciones metafóricas de estos postulados teóricos, unos postulados que volvemos a encontrar en Rodrigo Fresán, Patricio Pron y Matías Néspolo: tres autores argentinos actuales, cuyas obras, inscribiéndose en la tradición literaria mencionada –de Fogwill a Piglia, pasando por Saer-, comparten esta concepción de la historia y en algunas de las cuales se realiza una rescritura crítica del relato histórico de la Argentina contemporánea, en concreto de la Argentina de la dictadura militar y de la todavía reciente Guerra de las Malvinas.
Cabe hacer especial hincapié en el hecho de que son las obras quienes se permean de dicha reescritura de la historia, puesto que, al menos en el caso de Néspolo, no se trata de una reescritura propiamente consciente: “no me gusta pensar a la ficción como ejercicio de reescritura de la historia”, señala el autor, “pero a la vez constato en mi producción narrativa una fuerte presencia de la historia argentina reciente. Entonces digamos que en mi caso no es voluntario ni consciente”. La inscripción en la tradición literaria, en su lectura crítica y en la recuperación del relato histórico resulta en el caso de estos tres autores particularmente interesante en tanto que ocupan una posición geográficamente dislocada, teniendo los tres, desde hace diversos años, residencia en España, lugar en el que han compuesto la mayor parte de su obra literaria. No sólo no es críticamente legítimo recurrir a la biografía de los autores como clave de lectura, sino que una lectura biográfica que considere determinante el lugar de residencia lleva a errores, por lo menos en el caso de Rodrigo Fresán, quien escribió Historia argentina, en 1991, cuando todavía residía en la Argentina novela. Se trata de una novela donde los conceptos ya mencionados aparecen como tesis principal de la obra. Sin embargo, independientemente de este hecho e independientemente de la fecha de composición de Historia Argentina, de lo que no cabe duda es que, no sólo por su posición geográfica, sino por el diálogo que establecen con las diversas tradiciones literarias – la narrativa de Fresán bebe directamente de la tradición norteamericana, en particular de nombres como Vonnegut, Updike o David Johnson, mientras que por su formación universitaria, la obra de Pron se caracteriza por un diálogo constante con la tradición anglosajona, y también y sobre todo con la tradición filosófico-literaria alemana-, estos tres autores pueden definirse, adoptando así las palabras que Beatriz Sarlo dirigió a Borges, como autores en la orilla.
“La orilla es un buen lugar desde el cual escribir porque te permite obtener una perspectiva privilegiada de tu tradición nacional y enriquecerla en virtud de la frecuentación de aquello que no se produce en ella”, señala Patricio Pron, mientras que Matías Néspolo subraya que a la “posición o voluntad de apertura le sigue indefectiblemente cierto repliegue a lo que es propio, a una identidad mucho más definida y delimitada a tu origen”. Pero, a pesar del repliegue mencionado por Néspolo e independientemente del lugar de la escritura, cabe destacar la presencia de la historia, en concreto de la historia política, en las obras de estos tres autores, una presencia que, como sucede en Piglia, no puede definirse en clave plenamente realista ni tampoco ser pensada como una reconstrucción lineal de los hechos. “La literatura argentina no está en la tradición de la Gran Novela Latinoamericana. Las mejores novelas argentinas son todas rarísimas”, indicaba en una entrevista Fresán quien, como primer ejemplo ponía Rayuela, a la que bien se podrían añadir las dos novelas ya mencionadas de Piglia, como la propia Historia Argentina. Su “rareza” radica en una construcción aparente de libro de relatos y en la propuesta de una serie de personajes, cuyos lazos entre sí se van dilucidando a lo largo de toda la obra, y que se van repitiendo en un particular eterno retorno, realizando saltos geográficos y temporales. Estos saltos permiten a Fresán no sólo recorrer, entre interrupciones, la historia argentina desde la dictadura militar hasta la guerra de las Malvinas, sino ofrecer un relato constituido de relatos: la construcción de la novela a modo de antología de relatos y la presencia de un gran número de personajes, algunos con reiterativa y paradójica presencia, deconstruye la linealidad histórica y a la vez la plantea, en diálogo con lo que hace Piglia a través de la máquina de Macedonio, como un conjunto confuso de versiones que, solapándose, impiden trazar una línea que separa lo verdaderamente acaecido de lo recordado o inventado.
Algo parecido plantea Pron, en El comienzo de la Primavera y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia: aunque en el primer caso no se puede afirmar que se trate de una obra cuya temática sea la historia argentina, sin embargo la investigación de un joven universitario argentino acerca de la filiación nazista de Heidegger y del grupo de discípulos que le rodeaban, permite a Pron adentrarse en los oscuros años del nazismo en Alemania, abordar el tema de las persecuciones y de las desapariciones, sobre todo por motivos ideológicos, para así remitir, a través de la figura del joven protagonista, a la dictadura militar. Y no es extraño que el propio Matías Néspolo señale en Letras Libres respecto de esta novela: “para encontrar un referente al riesgo que asume con su réplica y a la ambición formal que comporta, es preciso pasar por alto la festiva narrativa argentina de los 90 y remontarnos a Respiración artificial, de Ricardo Piglia”. De la misma manera que debemos remontarnos a Piglia con El comienzo de la primavera, también debemos hacerlo con El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia de Pron y con El sol en la boca de Néspolo: a través de un planteamiento próximo a la autoficción y a través de una novela que, en parte, podría inscribirse en el género de la novela de formación, Pron y Néspolo plantean la reconstrucción por parte de una nueva generación –la de los hijos- del pasado de aquella generación que vivió la dictadura militar –la generación de los padres. Se trata de una reconstrucción fragmentada, a partir de documentos escritos, hallazgos, relatos de terceros, recuerdos… un puzzle de elementos que enfrenta a esta nueva generación a aquella que la precedió y sobre todo al papel que la generación de sus padres jugó en aquellos años. ¿Quiénes fueron? ¿Qué posicionamiento adoptaron? ¿Fueron verdaderamente aquello que sus hijos creen que fueron? Estas son las mismas preguntas que se plantean en todas las obras mencionadas: ¿qué sucedió? Y sobre todo ¿es el relato que nos fue contado el verdadero y único relato posible? Las dudas y la respuesta negativa ante estas preguntas es lo que lleva a los autores a radicalizar el lenguaje, a desbaratar la forma narrativa, a construir “rarezas” narrativas que pongan en entredicho lo narrado y la manera de ser narrado.
La puesta en duda del relato histórico, la puesta en duda de su valor “objetivo” y la necesidad de enfrentarse a la propia historia y, en particular, a las generaciones que los precedieron están presente en la obra de todos los autores aquí mencionados. Es difícil -considerando sobre todo en breve espacio- indicar una razón y un porqué de esta línea –que no tendencia literaria- narrativo/temática; puede que uno de los motivos radique en la necesidad de todo ser humano de mirar hacia atrás y de poner en cuestión aquella historia y aquellas tradiciones que, como diría Hobsbawn, otros inventaron por él. Como dice Matías Néspolo: “todo escritor, aún el más ahistórico, fantástico o intempestivo, es hijo de su tiempo. O para ser más preciso, es hijo de los conflictos de su tiempo y el resultado de los ‘traumas históricos’ de su particular tiempo y lugar. Y no hace falta ponerse muy psicoanalítico para reconocer que por más que se nieguen, oculten o elidan dichos traumas, de un modo u otro acaban aflorando o manifestándose de alguna manera. Quizá la narrativa argentina de los 90 se empeñó en barrerlos a conciencia bajo la alfombra, pero en la última década y media han quedado ahí a la vista. Sospecho que mi generación, la de los hijos de la dictadura, ya no puede ocultar ese ‘trauma’ ni aunque quiera. Somos fruto de la violencia política y el genocidio, y eso sale a la superficie quieras o no.”
En 1922, el sociólogo norteamericano William Ogburn acuñó el concepto de «retraso cultural» para referirse al desajuste entre las condiciones materiales de vida y las actitudes y comportamientos sociales: mientras las primeras cambian con rapidez, o al menos vienen haciéndolo durante la modernidad, los segundos presentan mucha más resistencia al cambio[1]. De ahí un retraso que, en períodos de cambio tecnológico a la vez acelerado y sostenido, amenaza con perpetuarse: como si en la tortuga nunca pudiera alcanzar a Aquiles. Ahora bien, a la vista del actual panorama político y atendidos los discursos dominantes, habría que preguntarse si ese cultural lag no afectaría también a las mismísimas ideologías políticas, provocando un desajuste entre los problemas sociales y las soluciones políticas propuestas. Desajuste que, como es natural, afectaría en mayor medida a aquellas ideologías que se oponen más frontalmente a la organización social vigente.
Tal es el caso de la izquierda radical, cuyos representantes, en los últimos años, han tomado al asalto las posiciones socialdemócratas o amenazado su predominio a la izquierda del espectro político: véase a Syriza en Grecia para lo primero y a Podemos en España para lo segundo. Inesperadamente, una variante de este desplazamiento ideológico se ha producido en el interior del venerable partido laborista británico, cuyo veterano diputado Jeremy Corbyn se ha hecho con el liderazgo ante la perplejidad de blairitas y demás especies reformistas del género labour. A pesar de la abierta oposición de estos últimos, el alambicado sistema de elecciones primarias del partido, que otorga un notable protagonismo a los sindicatos, sumado al apoyo decisivo de los jóvenes, ha terminado por aupar al liderazgo del partido a quien hasta hace poco era un representante maginal de su ala más nostálgica. La sorpresa es tanto mayor, desde el punto de vista de la competitividad electoral del laborismo, si tenemos en cuenta la estruendosa derrota sufrida hace unos meses por Ed Miliband, quien aspiró a la presidencia del gobierno dotado de un indiscutible carisma negativo y apoyado en un programa notablemente escorado a la izquierda; al menos, para los parámetros de la pragmática sociedad británica. ¡Cómo no se habrá pagado, en las casas de apuestas británicas, una apuesta temprana por Jeremy Corbyn, el gran underdog!
Tras el anuncio de su aplastante victoria, ha tenido lugar la habitual marea de entusiasmo en los medios de comunicación y redes sociales, que saludan la presunta novedad como lo que no deja de ser: una buena historia que vender a votantes y espectadores. ¡La socialdemocracia se radicaliza! Sin embargo, el comprensible entusiasmo por esta nueva izquierda esconde una realidad programática más bien decepcionante. Ni los enemigos del capitalismo liberal ni los amigos del debate de ideas pueden sentir demasiado interés por los planteamientos que Corbyn -pero también Podemos y Syriza- están poniendo sobre la mesa. O en las pantallas, ya que la metáfora de la mesa se nos va quedando anticuada. Y por ahí, precisamente, van los tiros.
Es sabido que la nueva política no tiene, en sentido estricto, nada de nueva. Ni siquiera lo es su proclamación: Ortega y Gasset ya en 1914, así como distintos pensadores a partir de los años 60, como Claus Offe, habían presentado un conflicto entre los modos de una vieja política anquilosada y una nueva política más dinámica y apoyada en los movimientos de base, llamada a cambiar el modo en que se organiza el proceso político en las sociedades democráticas[2]. Frente a los partidos burgueses, los movimientos antiburgueses; en lugar del buzoneo, la plataforma digital; contra la hegemonía, contrahegemonías. Este diagnóstico recurrente puede leerse alternativamente como el fruto de un espejismo cíclico o como el señalamiento, también cíclico, de un fenómeno discontinuo pero real. Su reaparición en una época como la nuestra, donde el etiquetado erotizante es un valor fundamental de la práctica comunicativa, no puede así sorprender a nadie: la novedad excita, lo conocido aburre. Pero la izquierda radical ahora en boga, de Podemos a Corbyn, es peculiar al respecto: es una novedad algo aburrida, como un joven prematuramente avejentado. Y no tendría por qué ser así. Si lo es, como se ha sugerido, se debe principalmente al contraste entre la naturaleza de los desafíos contemporáneos y la índole de la respuesta que los partidos de izquierda radical están proponiendo a los electores. Un problema al que no son ajenos, dicho sea de caso, ni la socialdemocracia ni el conservadurismo: la confusión es generalizada.
Hace unas semanas, Chris Giles se preguntaba en las páginas del Financial Times si era posible situarse a la izquierda de la izquierda sin -dejando a un lado los lugares comunes sobre la necesidad de cambiar la política y demás eslóganes bienintencionados- ser económicamente estúpido[3]. O sea, sin regresar a fórmulas caducas cuya inviabilidad ya comprobó, entre otros, el fallecido Miterrand con su fallida «ruptura con el capitalismo» a primeros de los años 80: nacionalizaciones, sobreendeudamientos, regulaciones. Eso no significa que la corbynomics carezcan por completo de coherencia o estén ayunas de elementos de interés. Pero sí que sus planteamientos parecen la recuperación de viejas ideas, no la creación de ideas nuevas. Y ello cuando la sociedad sobre las que habrían de aplicarse tan poco se parece a aquella que la vieja socialdemocracia de posguerra supo modular eficazmente, con la ayuda proporcionada por el dividendo demográfico y la natural igualación de rentas que -como acaba de recordar Thomas Piketty[4]– produjo la formidable destrucción bélica sufrida por todo el continente.
Ahora, por poner un solo ejemplo, nos encontramos con la necesidad de averiguar qué es exactamente un empleado en la nueva economía digital, que es aquella que permite prescindir de los intermediarios y aprovechar recursos antes inaprovechables debido a los costes de transacción asociados a la asignación de recursos. ¿Es un conductor de Uber un empleado de Uber? A esa pregunta se enfrenta un tribunal federal norteamericano, que aceptó la demanda de tres conductores que reclaman ser tratados como trabajadores de la compañía[5]. Si la respuesta es afirmativa, como sin duda esperaría un corbynita, la economía «a demanda» -basada en la acción de intermediarios digitales que conectan a los consumidores con médicos, limpiadores, conductores, floristas e tutti quanti– experimentará un súbito aumento de sus costes, forzando a miles de empresas a cambiar su modelo de negocio.
Sobre esas premisas construye Paul Mason, periodista económico británico, su libro Postcapitalism: un completo programa para la izquierda transformadora en la era digital global[6]. Sus fines no difieren de los de la nueva izquierda aquí glosada, porque todos ellos quieren ‘superar’ el capitalismo liberal, pero sí lo hacen los medios y, seguramente, el tipo de sociedad que imagina como resultado de su aplicación. En lugar de adaptar la realidad a la ideología, Mason trata de ajustar la ideología a la realidad. Sostiene así que la superación del capitalismo no puede basarse en diktats estatales ni en políticas públicas intervencionistas, sino en micro-mecanismos capaces de procurar un desarrollo orgánico del cuerpo social, una suerte de evolución natural del mismo hacia formas distintas de las que ahora conocemos. A su juicio, el postcapitalismo es concebible por la concurrencia de tres novedades: las tecnologías de la información han reducido la necesidad total de trabajo, diluyendo la distinción entre trabajo y ocio y atenuando su relación con el salario; además, los nuevos bienes están dificultando la correcta asignación de precios; finalmente, está aumentando espontáneamente la producción colaborativa al margen del mercado y de la jerarquía empresarial. En suma, la sharing economy ha creado una entera subcultura económica que puede servir de palanca para el cambio social. Mason advierte que, si desea aprovechar esta oportunidad, «el entero proyecto de la izquierda tiene que ser reconfigurado». Y eso, se atrevería uno a decir, no es lo que hacen Corbyn, Iglesias o Tsipras. Este último, de hecho, tuvo la oportunidad de plantear a sus ciudadanos una verdadera ruptura con el capitalismo, pero no quiso llegar tan lejos. Tal vez porque la mayoría de sus ciudadanos no la deseaba.
Por supuesto, las tesis de Mason son discutibles. Baste decir que la economía colaborativa admite sin mayores dificultades -al contrario- una lectura hayekiana. Su confianza en que el capitalismo habría alcanzado sus límites de adaptabilidad bien podría ser un espejismo. Sin embargo, un pensador tan poco estatalista como Matt Ridely ya apuntaba, en los capítulos finales de El optimista racional, la hipótesis de una transformación sustancial del capitalismo por la vía de su desjerarquización y flexibilización: una sociedad marcada por la permanente reconfiguración espontánea de sus elementos infraestatales[7]. Algo que John Barlow llama, no por casualidad, «comunismo.com«: una fuerza de trabajo formada por free-lancers que intercambian libremente sus ideas y esfuerzos[8]. Y no necesariamente por dinero: también por otros bienes, experiencias, reputación. Tampoco se trata de un cambio sencillo, porque esos trabajadores autónomos -el centro despreciado de la sociedad bienestarista contemporánea, al decir de Peter Sloterdijk[9]– tienen una menor cobertura social que los asalariados y no cotizan para una futura jubilación: los ajustes son necesarios. Pero ésa es otra historia.
Salta a la vista que éste no es el lenguaje que hablan Jeremy Corbyn o Pablo Iglesias, acaso porque su aprendizaje sentimental dificulte toda apreciación positiva de los males del capitalismo occidental. Y esta inadecuación conduce a una pregunta insoslayable: ¿es posible ilusionarse con lo nuevo si presenta un viejo aspecto? Más aún: ¿tiene esta vieja novedad alguna posibilidad de triunfar políticamente si cataloga las preferencias mayoritarias como un error derivado de la socialización en el mismo sistema liberal-capitalista que -por su sola existencia- se nos figura ‘natural’? ¿Por qué no es capaz esta nueva izquierda de presentar un programa más atractivo y acorde con los tiempos? ¿No es posible hablar en otros términos?
Pueden aventurarse varias razones. Hay que empezar por recordar la nueva izquierda radical está obligada a presentar una promesa de acción inteligible al electorado por cuyo voto compite. Y que esa promesa, que a su vez representa la esperanza de cambio asociada al sistema democrático, tiende de manera natural a asumir la forma de un estatalismo intervencionista obligado, por añadidura, a contar historias sencillas sobre sociedades complejas: la casta, la oligarquía, el Club Bilderberg. You name it. Añádase que el rechazo visceral del capitalismo y la tardía cooptación del discurso ecologista -con sus acentos decrecentistas- dificultan sobremanera la articulación de una alternativa más audaz en sus conceptos y, sobre todo, más atractiva para las clases medias globales. Sin duda, la era dorada del Estado de Bienestar contituye un comprensible objeto de nostalgia. Pero sabemos que la nostalgia destruye -deformándolo- su objeto. Por eso, regresar al pasado no suele ser buena idea: porque es un viaje imposible. Y conviene darse cuenta antes de que los votantes lo recuerden.
[1]William Ogburn, Social Change. With Respect to Culture and Original Nature, Forgotten Books, Londres , 2012.
[2]José Ortega y Gasset, Vieja y nueva política y otros escritos programáticos, Biblioteca Nueva, Madrid, 2007; Claus Offe, Partidos políticos y nuevos movimientos sociales, Editorial Sistema, Madrid, 1992.
[3]http://www.ft.com/intl/cms/s/0/49454d12-4a59-11e5-9b5d-89a026fda5c9.html
[4]Thomas Piketty, El Capital en el siglo XXI, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2014.
[5]http://www.economist.com/news/business/21663191-judges-and-regulators-ponder-what-it-means-be-employee-work-rule
[6]Paul Mason, Postcapitalism. A Guide to Our Future, Allen Lane/Penguin, Milton Keynes, 2015.
[7]Matt Ridley, The Rational Optimist. How Prosperity Evolves, Fourth State, Londres, 2010.
[8]http://archive.wired.com/culture/lifestyle/news/1999/10/31922?currentPage=all
[9]Peter Sloterdijk, Fiscalidad voluntaria y responsabilidad ciudadana, Siruela, Madrid, 2014.
“Se trajo del corazón / un pez del mar de la China. / A veces se ve cruzar / diminuto por sus ojos. / Olvida siendo marino / los bares y las naranjas. / Mira el agua. / Tenía la lengua de jabón. / Lavó sus palabras y se calló. / Mundo plano, mar rizado, / cien estrellas y su barco. / Vio los balcones del Papa / y los pechos dorados de las cubanas- / Mira el agua”. Titulado Dos marinos en la orilla, de estética vanguardista y con reminiscencias ultraístas,fue el poema que Federico García Lorca le dedicó en los primeros años de la década de 1920.
El nombre de Joaquín Amigo tan sólo nos sugiere interrogaciones y dudas, incógnitas y pasillos sin salida, habitaciones cerradas para el ojo observador y la investigación impertinente. Poco se sabe de su trayectoria y de su vocación, de su publicación y de su vida. Sabemos, eso sí, que nació en Granada y murió en Ronda en el trágico año: 1936. Escritor y profesor, su figura está vinculada a otros autores granadinos como Luis Rosales o el propio Lorca. Catedrático de literatura, de confesión católica e ideología conservadora, perteneciente a ese gran movimiento cultural y literario que fue la edad de plata de la literatura española, Joaquín Amigo es uno de esos nombres, como otros tantos, perdidos en el ruido de la academias y de la amistosa –y peligrosa- correspondencia entre literatos, en la marea de una generación que nos dejó fotografías y homenajes, poemas y corrientes, tesis y estudios, méritos y cátedras, lecciones para impúberes y lecturas para todos.
En el tópico de los felices años veinte –de todo hubo, y no todo bueno-, en un tiempo en que aún quedaba lejos el desastre de la guerra y los exilios, nacieron revistas que se iban incorporando a las ya consagradas –tremendo adjetivo, pero ya me entienden, o eso espero-. Revistas que agruparon –del mismo modo que hoy día sucede en la rutina de las publicaciones literarias- las tendencias, los autores, los diversos pensamientos del escaparate literario de la época; revistas que favorecieron el discurrir de ciertos movimientos, como la revista Grecia, en donde Jorge Luis Borges publica su primer poema, titulado Himno al mar. El nombre de Joaquín Amigo se ahorma en el grupo poético Gallo, promotor a su vez de la revista de nombre homónimo. Amigo fue redactor de la misma, junto con colaboradores como Jorge Guillén, José Bergamín, Francisco Ayala…, y otros tantos.
A pesar de la tirada corta y escasa de la revista -apenas se publicaron dos números-, no pasó desapercibida en la vida cultural de aquella España. Bajo la dirección de Federico García Lorca e ilustraciones de Salvador Dalí –padrinos de cabecera y por aquel entonces caballos ganadores-, la revista Gallo cobijó a numerosos escritores e intelectuales universitarios.
Joaquín Amigo, discípulo y coetáneo de las vanguardias y de Ortega y Gasset, fue arrestado el veinticuatro de agosto de 1936 en Ronda, donde estaba destinado como catedrático de instituto. La madrugada del 27 de agosto de aquel año, tan sólo una semana después de la muerte de su amigo García Lorca, fue arrojado al Tajo del pueblo malagueño por los partidarios del Frente Popular. El resto, como se suele decir, es de sobra conocido.
La revista Gallo: recreo de una generación
Ya lo hemos advertido: sólo fueron dos números, pero representativos. Se editó el primer número en febrero de 1928; el segundo –y último- en abril del mismo año. No obstante, contra el pronóstico que nos sugiere la corta vida de la revista, generó un grupo poético-cultural-literario en torno a ésta. Si bien fueron un par de meses de vida con respecto a las páginas de la publicación, ya en 1926 hubo un intento, una lenta gestación, de la idea final. Entre 1926 y 1928, Enrique Mateos Almoguera, abogado granadino, mantuvo cierta amistad, trato y cercanía con el “ideólogo” de Gallo, es decir, Federico García Lorca, y con otros miembros destacados de la revista: Gómez Arboleya y Joaquín Amigo. El ocho de marzo, en la venta de Eritaña, situada en los aledaños de la capital granadina y hoy desaparecida, presentaron en sociedad la revista. Entre los asistentes, varios nombres relacionados con la vida cultural de Granada: Antonio Gallego Burín, Manuel Fernández-Montesinos, Miguel Rodríguez Acosta, Constantino Ruiz Carnero o Hermenegildo Lanz.
Los principios rectores y estéticos de la revista quedaron grabados en el discurso de su presentación, “alegre, viva, antilocalista, antiprovinciana, del mundo, como lo es Granada”, participando de un ideal “universal y ganivetiana de sus principios”. Por otra parte, García Lorca, lo resume así: “Con el amor a Granada, pero con el pensamiento puesto en Europa. Sólo así podremos arrancar los más ocultos y finos tesoros indígenas. Revista de Granada, para fuera de Granada (…). Hay que proteger esta revista, queridos amigos, porque es la voz más pura de Granada; la voz de su juventud, que mira al mundo y, desde luego, la única que se oirá fuera de ella”.
En los dos números de la revista se publicaron los denominados diálogos lorquianos, “La doncella, el marinero y el estudiante” y “El paseo de Buster Keaton”, prologados por una breve semblanza que iniciaba, a modo de justificación poética, la edición de la revista: “Historia de este gallo”. La reivindicación de García Lorca como icono de la Generación del 27 fue un propósito constante en el canon y el fin de la revista.
La controvertida difusión en versión castellana del ‘Manifiesto antiartístico catalán’ reclamó, además, la atención nacional. La revista literaria descubrió a la sociedad granadina, entre otras cosas, la figura del compositor Manuel de Falla y la música contemporánea, el concepto de vanguardia plasmado en el cinematógrafo y la fotografía y, en general, las nuevas modas y modos, las corrientes artísticas europeas. La revista brindó a sus lectores el trabajo plástico de dos pintores granadinos de la Escuela de París: Manuel Ángeles Ortiz e Ismael G. de la Serna.
No obstante, las ilusiones y el compromiso cultural de los autores se desvanece en unos meses. ¿Por qué una revista que fue el recreo cultural de buena parte de la generación del 27, preparada con mimo y cuidado durante dos años, con las promesas y los padrinos de la crema de la intelectualidad apuntando hacia lo más alto, sólo publica dos números? Las causas, como suele ser normal en este tipo de circunstancias, son múltiples. Las principales serán las tensiones y las distancias en la amistad de Federico García Lorca y Salvador Dalí, padres de la criatura; distancia que supuso, por otra parte, el fin del trato con otro autor de excepción: Buñuel. Este motivo, junto al elevado coste de la publicación y la indiferencia y escepticismo con que se tomaron un nutrido grupo de intelectuales el carácter y el propósito de la revista, debatiendo sobre la calidad de la estética y las tesis de su estilo, ocasionaron el cese de la edición y el fin de una idea literaria.
La revista Gallo cesa. No volverán a la imprenta con la edición de sus títulos y de sus obras. Nunca. Es la primavera de 1928 y se decide impartir una serie de cursos en el Ateneo para homenajear, como un amigo que se ha ido, la pérdida. Quedan, eso sí, los nombres, como el de Joaquín Amigo. Nombres que, de una forma u otra, serán la parte de un todo, la contribución a la edad de plata de la literatura española, como a ésta impondrán los manuales en las universidades. La revista Gallo cierra, se marcha. Como se marchará a Nueva York en un tiempo breve el principal autor de la misma; como se marchará, en otras circunstancias, esos hombres ausentes de toda historia, como el de Joaquín Amigo, que hoy os traemos. El resto, lo han adivinado, es de sobra conocido.
Para Emilio Lamo de Espinosa, catedrático de Sociología y presidente del Real Instituto Elcano, “no hay alternativa a la economía de mercado”, y las pegas del economista Thomas Piketty sobre la desigualdad creciente que produce y el enriquecimiento financiero exponencial de los ya multimillonarios, son ciertas, pero el libro de Piketty se limita a un área concreta y a un arco de tiempo que no invalida las ventajas globales del capitalismo.
Ese juicio lo manifestó Emilio Lamo de Espinosa el pasado viernes, en la última jornada del seminario Después de 2015, ¿más o menos liberalismo? XXV años de Nueva Revista de Política, Cultura y Arte, en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (Santander).
La conferencia del presidente del Instituto Elcano versó sobre La globalización liberal, estado de la cuestión tras 2015. En primer lugar habló de la necesaria humildad que habían de tener los científicos, pues nadie fue capaz de prever la caída del comunismo, ni el 11-S, ni la Primavera Árabe. Pero después repasó la historia universal, desde finales del siglo XVIII hasta la actualidad, para intentar demostrar el triunfo de lo que Francis Fukuyama llamaba el fin de la historia.
Con gráficos y cifras en la mano, Lamo de Espinosa llegó a la conclusión de que no hay alternativa a un modelo de sociedad basada en las libertades, en la economía libre de mercado y en un Estado de derecho con democracia. La única pega en el horizonte, la “única incertidumbre” a este planteamiento, según Lamo de Espinosa, proviene de China, un Estado parecido al régimen de Franco en el sentido de que compatibiliza la economía de mercado con el autoritarismo.
Reflexionó sobre “democracia sin mercado” y sobre “ciencia sin democracia”, sobre la verdad que avanza entre “la contradicción y la disputa”, porque todo es discutible. Estábamos en la “sociedad de la transgresión”. Se quejó de que la libertad religiosa no era una realidad en la mayoría de los países musulmanes.
Habló de que solo “la democracia tiene legitimidad universal”, pero que la calidad de la democracia y la calidad de sus instituciones eran muy diversas según qué país. Insistió en que “no todas las culturas son igualmente valiosas”, en que la libertad si no se defiende se perderá, y en que el español, como lengua global, no compite con el inglés, que está a otro nivel, el máximo, sino con el francés y el portugués, que previsiblemente se expandirán por África de forma notable en los próximos años.
El marqués de Tamarón, ex embajador de España en Gran Bretaña, en su intervención, desarrolló que libertad y democracia no son sinónimos, que espera menos liberalismo pero más democracia tras 2015 y que, como decía Nelson, había que “preparase para lo peor y esperar lo mejor”. El marqués de Tamarón insistió en que sin Estado de derecho la democracia se puede convertir en populismo dictatorial.
Luis Pablo Tarín, diplomático, y Pablo Vázquez, presidente de Renfe, intervinieron a continuación, para ilustrar desde sus ámbitos del trabajo los retos de una democracia mal entendida y de los peligros del relativismo, de la incoherencia personal y la falta de principios para el Estado de derecho. Tarín lo hizo desde su perspectiva de diplomático en Estrasburgo. Vázquez, con ocasión de sus viajes a Arabia Saudí, donde Renfe ha firmado varios contratos. Se preguntó si era sostenible a largo plazo una universidad solo para mujeres en Arabia Saudí, o si era normal que las mismas saudíes que vestían con velo y tapadas hasta los tobillos en su país, al subirse al avión que se dirigía a Londres, cambiaran ese “look” por otro en el que la minifalda fuera la característica común. Vázquez insistió en la importancia del capital humano y de la capacitación profesional, lo cual creaba también inestabilidades sociales peligrosas: la de la gente en Occidente que no conseguía asentarse en un trabajo que les permitiera presentar la tarjeta de visita de su capital humano y capacitación profesional. Terminó con la importancia de los movimientos colaborativos, con repercusiones como la caída de propietarios de coches.
El seminario fue clausurado por Emilio del Río, presidente del Foro Fontán y diputado del PP en La Rioja. Del Río subrayó que “somos libres porque somos esclavos de la ley” y que necesitábamos más libertad si queríamos seguir avanzando. Intervino también Miguel Ángel Garrido, editor de Nueva Revista, que criticó la plena inmersión de los políticos en la sociedad del espectáculo, en la que no contaban la verdad, las ideas y el contenido, sino el ponerse a bailar según el viento que se interpreta va a proporcionar más votos. Finalmente, César Nombela, rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, agradeció a la UNIR que se hubiera elegido su sede para la celebración de un seminario que se basaba en los mismos principios por los que se regía su institución.
I
Rafael Narbona ya es, con su segunda obra, un escritor maduro. Nacido en Madrid hace poco más de medio siglo, retoño de una familia pequeña burguesa con domicilio en el barrio de Argüelles, hijo de un escritor notable que fue un padre deslumbrante y una referencia inamovible y absoluta. Vive hoy junto a su familia, rodeado de animales, a menudo malheridos o abandonados, en un pueblo del entorno de Madrid y escribe con una pasión de visionario sobre el paisaje castellano, sobre los perros que le han acompañado, sobre su madre que todavía conserva, a su lado, la luz suficiente para iluminarlo. Escribe sobre los desprotegidos y los desheredados con una piedad mortificante que le ha llevado a extremos casi desesperados. Escribe, sobre todo escribe diariamente con constancia casi febril una obra creciente de articulista y crítico literario. Rafael Narbona es uno de los escritores más propiamente tales del actual panorama literario, de manera que cada vez queda más paradójicamente definido por ese indefinido título: escritor.
En su primera novela, entre ficticia y biográfica (“Miedo de ser dos” Minobitia, Madrid. 2013), conocimos la figura determinante de su padre. Un escritor injustamente olvidado, del que Rafael Narbona conserva – frente a los modernísimos impugnadores del patriarcado y la familia – una memoria en carne viva, porque este hombre magnífico falleció pronto y su ausencia dejó una cicatriz que aún respira en su piel. A ésta habría de añadirse la marca imborrable de un hermano adorado que joven, alto y fuerte no habría podido vencer la envidia de los dioses, cortando pronto el hilo de aliento que nos ata a la vida, lo cortó con sus propias manos y conmovió, como siempre sucede, el curso de muchos días.
Presente de modo tácito, pero profundo, fue un padre de alegre melancolía, sereno, ejemplar. Alguien podría añadir “a ojos de su hijo”, pero este añadido resultará o bien vacío por evidente, o bien miserable porque busca degradar su estatura apelando a la mentira relativista de que para todo hijo, es su padre encarnación de los más altos valores. Esto es – en efecto – simplemente falso. Sólo para el hijo que ama y es amado por sus padres, puede esto resultar válido. Pero entonces es doblemente verdad: el hijo amado por sus padres los contempla como arquetipos de la divinidad, sin duda, pero entonces los ve como realmente son.
El principio fundamental al que nos atenemos podría presentarse del siguiente modo: los que miran sin la potencia iluminadora del amor están cegados para la presencia real del valor de las cosas. Lejos de falsear, el amor encuentra en su objeto lo que realmente allí existe, aunque se esconde para ojos fríos y distanciados. Miguel de Cervantes expresa con exactitud esa objetividad de los valores morales, visibles únicamente – sin embargo – para el que sabe orientar, amorosamente, la dirección de su mirada. En D. Quijote dice Luscinda a Cardenio: “Cada día descubro en vos valores que me obligan y fuerzan a que en más os estime…” (Iª. 27) Valores descubiertos y estimados en el otro y con capacidad de imponer su estimación cuando el amor orienta la mirada. El principio es, en alguna medida, tan antiguo como la filosofía platónica, aunque sólo recibiría su forma aquilatada y exacta en la esfera del pensamiento y la fe cristianos.
Y este principio nos ayuda a leer esta obra porque entendemos que la comunidad, en que Rafael Narbona tiene su principio y su sostén, conduce su mirada e ilumina su palabra. Pero en esta ocasión el escritor – acaso dejándose llevar por su enorme habilidad de narrador – habría incurrido en un exceso temerario. Su soberbia pericia narrativa le ha llevado a proponerse un programa imposible cuyo resultado es el conjunto de relatos que lleva por título “El sueño de Ares”.
A esta luz ha de leerse, a mi juicio, el desolador prefacio que antecede a sus narraciones – Una nota desde la Eternidad –: como el programa de una literatura extrema cuya posibilidad queda desmentida por las páginas humanas, demasiado humanas, que le siguen. Doy gracias a Dios por el fracaso que cosechan estas magníficas páginas.
II
Escribir conforme a la preceptiva del anónimo psicópata nietzscheano que firma ese prefacio (“Desde la Eternidad”) no puede ser – todavía hoy – más que una intención condenada al fracaso. Siguiendo esa preceptiva, la literatura del superhombre se aproximaría al informe forense, al análisis del cirujano o al estudio técnico o científico de las causas elementales que desencadenan la acción destructiva. Un estudio, radicalmente distanciado, del modo de operar del asesino, de los determinantes económicos de la guerra, de la neurología del temerario o del psicótico, del funcionamiento técnicamente eficaz del armamento y la maquinaria acorazada…
Es el objetivo de toda una mal llamada “literatura científica” que reduce al hombre a magnitud física, neurológica, económica… una suerte de documentación – no literatura – en la que la dimensión antropológica de la vida humana queda analizada en factores, de cuya composición resultaría una acción enteramente a la vista, profanada, y dispuesta para su gestión tecno-científica. Esa reducción de la literatura a documentación técnica de gestión de las disfunciones antropológicas es un aspecto del proyecto ilustrado, científico o industrial: moderno. En su horizonte se puede ver la producción del hombre por el hombre, el último paso del antropoteísmo. Se alcanzaría así el hombre perfectamente racional y translúcido, merced a su completa autognosis, con cuya posibilidad ya contaba una efectiva literatura que ha dejado abundantes monumentos al superhombre. Para mi gusto uno de los primeros ha sido también uno de los mejores: el construido por Mary Shelley en su Frankenstein, frente a la pesadilla nietzscheana.
Dirigiéndose a nosotros desde más allá de la historia – desde la eternidad – el anónimo hombre nuevo, profeta de un nuevo mundo, se desnuda de la vieja moralidad tradicional que contempla como objeción contra la vida. Frente a esa vieja moralidad este profeta impasible, que configura Narbona, no predica el nuevo orden del odio, aunque señala su presencia constante: “el odio es mucho más común que la fraternidad y la fraternidad es tan frágil como una rama seca”. Ese odio es todavía una pasión hondamente antropológica, frente a la que ha de ser absoluta la distancia del ejecutor: “Mientras mataba a las prostitutas de Whitechapel, sólo apreciaba en sus ojos la estupidez de una res en el matadero. He realizado muchas vivisecciones con perros callejeros y sus aullidos me producían la misma indiferencia”.
En el gesto del ejecutor no habría nada enfermizo, nada definible en los devaluados términos morales de esa vieja tradición, condenada por el relativismo crítico. En el gesto aniquilador habría de verse el enconado esfuerzo de la emancipación: “sólo intento liberarme de la carga impuesta por casi dos mil años de cristianismo”. Fundado en un presunto conocimiento inobjetable, en la arquitectura inexpugnable de la Ciencia – el gran mito de nuestro tiempo – el hombre queda reducido a fenómeno natural y la Naturaleza – otro nombre para la totalidad de lo real que incluye un reclamo de perfecta inmanencia – exigiría la supresión del débil o del malogrado. Así es como la razón – trasunto de la ciencia – esconde asombrosas enseñanzas: “…la razón me enseñó a desdeñar la piedad”.
Y así es como este anónimo precursor, este profeta del nuevo orden postantropológico, ha ido extendiendo su doctrina en un mundo que ya estaría maduro para recibirla: “soy la espuma de un tiempo que adviene con la fuerza de una multitud furiosa”. Poco importan fenómenos anecdóticos: nunca envió notas a la policía remitidas desde el infierno, no fue el ejecutor de numerosos crímenes que se produjeron siguiendo sus procedimientos, jamás firmó como Jack el Destripador.
Más importante es que pronto aparecieron discípulos, aprendices del hombre nuevo: “Yo di el primer paso, sembrando dudas sobre la obligación moral de respetar la vida humana. Las guerras que acontecieron en el siglo posterior son el eco de mis crímenes”. Este superhombre es un transfigurado que ríe, liberado de la tradición, hundidos los muros de la vieja religión, en un mundo sin pasado y sin mañana: “mi signo no es la cruz, sino una carcajada inmortal”.
III
Pero Ares es un dios antiguo y la carcajada está ausente de las magníficas narraciones que nos ofrece Rafael Narbona. Nadie pretenderá que el heroísmo o la épica juegan hoy un papel fundamental en las formas modernas de destrucción mutua, pero conserva un espacio propio incluso en los escenarios industriales de las batallas de material, en el cálculo demoledor del torturador o en el bombardeo masivo. Y no tendría sentido alguno ese heroísmo – por mínimo que sea su espacio – sin las pasiones humanas, sin la figura del hombre. Acaso la pasión dominante en estos relatos sea el odio, que invierte nuestra humanidad pero no la niega, porque es la contrafigura misma del amor que nos constituye. Jamás se encuentra aquí auténtica indiferencia o un seco distanciamiento racional. En el pelotón de fusilamiento que descarga sus armas contra una embarazada, en avanzada gestación, hay un odio profundamente brutal. Pero el asco y la repugnante degradación que, ante el espectáculo de una humanidad caída, experimenta el lector, son los mismos que – gracias a la habilidad del escritor – pueden verse en los actores de semejantes crímenes. Siempre está viva en estas páginas una profunda consciencia de culpa. Nadie aquí se ha liberado del peso de esa culpa que ahoga cualquier carcajada inmortal.
El rostro del hombre no presenta nunca “la estupidez de una res en el matadero”. Por el contrario, el gesto humano sigue siendo hondamente significativo y ese significado es a menudo intolerable: “Apartaron los cadáveres, evitando mirarles a la cara. Nadie quiere recordar el rostro del hombre que ha matado”. Es el signo de la culpa que todo el pensamiento moderno ha tratado de limpiar, cifra del pecado original, tratando de crear un hombre sin la marca del pasado: ni culpa, ni ombligo que nos vinculen al prójimo y nos constituyan en herederos. Sólo el hijo de las ingenierías genéticas y de las tecnologías de la identidad, desligado de su pasado y desheredado, podría ofrecer la risa inocente del idiota.
En sus páginas Narbona no ha podido llegar al extremo de ira aniquiladora que alcanzara el gran hereje que fue León Bloy, véanse sus “Cuentos de Guerra”. Hay incapacidades que nos honran. Rafael Narbona llega incluso, a propósito de los últimos días de Walter Benjamin, a indicar las fugaces señas teológicas de un Dios amante. Del Dios que resultara del pensamiento y la fe cristianos, el cual – lejos de la impasibilidad de la idea antigua de perfección, erigida en realidad amada y objeto imperturbable de la tensión a la cual se orientan todas las cosas – aparece como amante que se humilla o se inclina a la realidad inferior. Su propia esencia se torna amor y servicio y, por tanto, creación, voluntad y obra. A un Dios semejante apela Benjamin, contemplado por Narbona: “Ni siquiera Dios es perfecto, basta leer las Escrituras para saber que Dios sufre, se aflige y, en ocasiones, llora de impotencia”.
Quise decir que Narbona no sólo no logra producir una literatura según la preceptiva del superhombre, sino que su escritura resulta honda y conscientemente tradicional y sosegada, sin dejar de ver el abismo pánico que esconde la condición humana. Un abismo al que se asoma el lector en algunos pasajes de estos relatos en los que se define un aislamiento absoluto o una soledad sin amparo que endurece el corazón y sitúa al sujeto degradado sobre el abismo de la indiferencia. Acaso no sea casual que ese límite se presente a menudo en el relato “Abril en Berlín,” cuando se alude al programa de exterminio científicamente fundado, ejecutado por el inclemente imperialismo alemán. Pero incluso en los momentos que describen escenas en que niños de pocos meses son lanzados al aire y acribillados, o matanzas masivas… aparece, en los pocos que son capaces de conservar su estatura humana, un vestigio frágil pero exacto de la condición humana. Aparece, finalmente, en el gesto de horror que no disimula un fondo de piedad.
En efecto, el fundamento de esa condición humana se encuentra – a mi juicio – en una moralidad arraigada en el vínculo interpersonal y metasubjetivo, capaz de desmentir el proyecto tecnológico de una violencia indolora y una destrucción razonada sostenida en una consideración del hombre como individuo abstracto. Y así el fundamento comunitario de la condición humana se hace especialmente visible en cada sacrificio. Allí donde la muerte del prójimo, más querido que uno mismo, se funda en valores que se reconocen superiores a la vida individual que negamos, o a la vida propia: “Milos rodeó el cuello de Jan y comenzó a apretar con ambos pulgares. Cerró los ojos, pues no quiso contemplar la agonía de su amigo. Escuchó los estertores, sintió las manos de Jan intentando liberarse, pero continuó apretando, incluso cuando recibió débiles patadas y puñetazos. Por fin, notó que el cuerpo dejaba de pelear y ofrecer resistencia. No pudo contener las lágrimas. Abrazó a su amigo y le sostuvo la cabeza, observando su rostro hinchado. Le cerró los ojos y le besó la frente.”
Que esa naturaleza comunitaria (interpersonal o metasubjetiva), que define la condición humana, se acendra en el sufrimiento y el dolor compartido es un conocimiento que se opone a cualquier pedagogía moderna y resulta profundamente intempestivo. Pero ese conocimiento se deja ver en cada uno de los protagonistas de estas páginas. En realidad porque toda persona se encuentra siempre y de suyo en constante lucha y en una lucha que nunca es solitaria. Lo saben bien los personajes que retrata Narbona, y alguno llega a formulaciones muy aproximadas: “La milicia es una forma de trascender nuestra condición de individuos”.
El hombre que ha roto todo vínculo con el prójimo, el verdadero solitario, no lucha porque no tiene por qué, aunque puede resultar un preciso ejecutor. En cualquier caso el conocimiento del valor constituyente del sufrimiento compartido (compasión) se hace explícito, a menudo, en las situaciones extremas que ha querido afrontar el autor de estos relatos. “…he descubierto que el sufrimiento prolongado de la esclavitud les ha convertido en hombres con un gran autodominio y con la capacidad de liberar fácilmente su mente después del trabajo intenso y el esfuerzo físico. Su fortaleza mental es notablemente superior a la de los soldados blancos…” Nada más contrario al débil pensamiento dominante en nuestro presente de deleitable indolencia.
El proyecto de una escritura postantropológica, regida por la preceptiva del superhombre moderno cuya figura, que habría orientado el siglo XX, todavía alarga sobre nosotros su sombra, acaba produciendo unas páginas de una dureza elemental y una enorme belleza literaria, pero en modo alguno el resultado responde al proyecto. Por el contrario, el resultado más bien lo contradice. No tenemos el final de la literatura sino, una vez más, una literatura extraordinaria que recoge, no el final del hombre, sino la peripecia de hombres extraordinarios, pero hombres al cabo. Más precisamente: personas singulares – pero jamás individuos aislados – puesto que la persona singular es intrínseca y constitutivamente plural: la flor de la comunidad.
Este hallazgo siempre sabido es redescubierto al final de estas páginas, cuando más allá de la muerte, pero desde la vida, nos habla – los muertos son herméticos y mudos – un condenado que ha sido asesinado en el penal de San Quintín:
“La muerte es un lugar solitario. Nos han hecho creer que morir significa reencontrarse con los que nos precedieron, pero empiezo a pensar que es como abrir una puerta y entrar en una casa deshabitada”
Así es. La muerte es solitaria. Pero nunca hemos creído que la muerte sea un reencuentro. Hemos creído que la vida realizada es un reencuentro en profundidad y una suerte de retorno al principio, anterior de la caída. Este condenado a muerte (Mario) que descubrió que la vida de su padre, al que creyó débil o pusilánime, consistió en una fragorosa batalla en el silencio de su taller de reparaciones, se redime merced al reconocimiento de esa lucha. Una redención que supone retomar la guerra constante con averías y disfunciones, con errores y fallas en relojes, motores, circuitos y todo tipo de máquinas. Ese hombre condenado a cadena perpetua reconoce finalmente la dimensión de la batalla y aprende la lección elemental de la guerra que define la vida humana.
“Aprendí a ser paciente, a no darme por vencido, a volver sobre mis pasos y a repetir el camino hasta descubrir el lugar donde me había extraviado. Podría haber desistido, pero sabía que tirar la toalla significaría la muerte o la locura”
Retomar el procedimiento para hallar el punto en que el mecanismo falla, curso y recurso a través de los días de la vida humana. Así pues, volvamos al comienzo. A la figura determinante del padre. Un escritor injustamente olvidado, del que Rafael Narbona conserva una memoria en carne viva. Hace mucho tiempo que Rafael Narbona aprendió a ser paciente y decidido, a repetir el camino, sin desistir, sin rendirse ante la muerte o la locura. Esta obra es un paso en ese esfuerzo que se reanuda. Nosotros le acompañamos agradecidos.
Nosotros, todos aquellos que no queremos desnudarnos de milenios de civilización encarnados en la cotidiana costumbre siempre renovada.
“Se dijo que Whitechapel era una madrigera de inmoralidad, pero yo creo que Whitechapel es el estado natural del hombre. Eso que llamamos mal sólo es el deseo de quitarnos de encima cinco mil años de civilización”