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La enseñanza de la religión ¿Es posible un debate serio?

 

El estatuto académico de la enseñanza de la religión (ya sea católica o de otras confesiones que tienen acuerdos con el Estado) sigue siendo un tema no solo de debate, si no de confrontación política en España. La mejora relativa del estatus de la religión en la reforma educativa del gobierno del Partido Popular (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad de la Educación, LOMCE) respecto a la legislación anterior (Ley Orgánica de Educación, LOE) ha vuelto a soliviantar a los partidarios de eliminar la religión del currículo académico.

¿Es posible en España un debate serio sobre el tema? Al margen de prejuicios o de opciones ideológicas, ¿se puede enmarcar la discusión solo en términos jurídicos y académicos? Los argumentos contrarios a la enseñanza religiosa en la escuela suelen estar faltos de rigor tanto jurídico como académico. El principal argumento contra la enseñanza religiosa escolar es el eslogan «Fuera la Religión de la Escuela», lo cual esconde la defensa de un modelo tan confesional (el laicista) como el de imponer a todos la enseñanza de la religión.

La principal plataforma contraria a la enseñanza religiosa en los centros de enseñanza en España se agrupa en torno a «Europa laica» (www.laicismo.org) que patrocina el «Observatorio del laicismo». Basta darse una vuelta por los argumentarios y documentos de esta entidad para ver cuál es el punto de partida básico: Dios no existe, por lo tanto la religión es un engaño y, en consecuencia, no se puede enseñar a los niños y adolescentes un engaño. Es suficiente con entrar en la web de «Europa laica» e ir a los apartados «Ciencia y religión» y «Ateísmo», para ver que la negación de la existencia de Dios es afirmada con la rotundidad de un dogma religioso.

¿Y si Dios existe? ¿Y si el ateísmo está equivocado? Esta hipótesis no está contemplada por los laicistas, para quienes la educación debe asentarse sobre el dogma inalterable de que Dios no existe. Curiosamente el punto de partida laicista es similar, pero en sentido inverso, al modelo confesional imperante en España desde 1939 hasta 1978: Dios existe, nadie puede dudar de su existencia, por lo tanto, la educación debe asentarse en este principio y, en consecuencia, la Religión ha de ser una asignatura obligatoria. Los dos planteamientos han desaparecido afortunadamente en el marco jurídico español y la Constitución de 1978 reconoce la libertad religiosa como un derecho fundamental que es negado implícitamente por los laicistas.

Una asociación de carácter laicista es la CEAPA (Confederación Española de Asociaciones de Padres de Alumnos). En realidad, dicha entidad debería ser neutral, ya que muchos padres que llevan a sus hijos a la escuela pública son partidarios de la enseñanza de la religión. La CEAPA nunca ha preguntado a los padres de la escuela pública si están de acuerdo con que los centros educativos ofrezcan la enseñanza de la religión. Si lo hiciera se llevaría una sorpresa. Según datos oficiales del curso 2013-2014, el 57% de los padres de la enseñanza pública piden religión católica para sus hijos (67% en primaria, 40% en eso). A estos datos se deberían añadir los que piden la enseñanza religiosa de otras confesiones. A pesar de la tozudez de los datos, la CEAPA exige al gobierno, en la enmienda que presentó en el Consejo Escolar del Estado al proyecto de LOMCE lo siguiente:

La laicidad de la enseñanza. Las enseñanzas de religión se impartirán fuera del horario lectivo, se eliminará de los impresos de matrícula la obligación de los padres de declarar la propia religión o creencia, y se garantizará la libertad de conciencia de los menores. Las materias alternativas dejarán de existir, al pasar a ser una actividad extraescolar voluntaria. No obstante, el escenario adecuado para recibir adoctrinamiento religioso no es un centro escolar, sino las instalaciones religiosas existentes. En la escuela debe estar presente lo que nos une y no lo que nos separa o enfrenta.

El texto de la CEAPA es una buena síntesis de los tópicos contra la enseñanza de la religión del laicismo y que intentaré debatir a continuación, además de ser una toma de postura escasamente democrática ya que jamás se ha pedido la opinión de los padres de la escuela pública en un tema tan importante.

EL MARCO JURÍDICO ESPAÑOL

Como es imposible centrar el debate en si Dios existe o no existe, lo más lógico y civilizado, tanto para creyentes como para laicistas, sería circunscribirnos primero al marco legal de un Estado de derecho como el español, en donde ninguna creencia (ya sea la religiosa o la atea) puede imponerse. Por eso la libertad religiosa garantiza tanto el derecho a la práctica pública y privada de una religión como a no practicar ninguna. El derecho a la libertad religiosa está en nuestra Constitución, en la Declaración Universal de Derechos Humanos de la onu, de 10 de diciembre de 1948 (art. 18), en el Convenio Europeo de Derechos Humanos, de 4 de noviembre de 1950 (art. 9,1), en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, de 16 de diciembre de 1966 (art. 18,1), en la Declaración sobre la eliminación de todas las formas de intolerancia y discriminación basadas en la religión o convicción, de 25 de noviembre de 1981 (art. 1,1) y en la Convención sobre los derechos del niño, de 20 de noviembre de 1990 (art. 14,1).

¿En qué consiste este derecho fundamental? Su concreción práctica la encontramos en el artículo 9 del Convenio Europeo de Derechos Humanos: «Este derecho implica la libertad de cambiar de religión o de convicciones, así como la libertad de manifestar su religión o sus convicciones, en público o en privado, por medio del culto, la enseñanza, las prácticas y la observancia de los ritos». Así que la enseñanza de la religión forma parte del derecho a la libertad religiosa. Y así lo ha entendido el legislador español que desarrolló este derecho fundamental en la Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1980, en cuyo artículo 2.1 especifica el contenido material de la libertad religiosa señalando, entre otros ámbitos, el siguiente: «Recibir e impartir enseñanza e información religiosa de toda índole. Elegir para sí, y para los menores no emancipados e incapacitados, dentro y fuera del ámbito escolar, la educación religiosa y moral acorde con las propias convicciones». Este texto se fundamenta en el artículo 27.2 de la ce: «Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones».

En el caso español, la enseñanza de la religión tiene también otro importante referente normativo: los acuerdos entre la Santa Sede y el Estado Español, de 3 de enero de 1979 (por lo tanto constitucionales, aprobados por las Cortes después de la Constitución). Pero estos acuerdos solo añaden una especificación. La enseñanza de la religión tendrá la consideración de materia curricular «en condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales». Es decir, aunque se denunciaran los acuerdos, la enseñanza de la religión no podría salir de la escuela, ya que la formación religiosa es un derecho reconocido en el artículo 27.2 de la CE (y ampliamente comentado en diversas sentencias del Tribunal Constitucional). Evidentemente, la denuncia de los acuerdos haría que la religión perdiera su consideración de materia equiparable a las demás.

EL MARCO INTERNACIONAL

Muchos lectores de ciertos medios de comunicación de inspiración laicista pueden pensar que la enseñanza de la religión en España es una especie de anomalía, que el modelo establecido en la legislación educativa es algo extraordinario, reaccionario e insólito en una Europa culta y progresista. Pues bien, basta una simple información para darse cuenta que lo absolutamente insólito y raro es el modelo laicista. En la propia página web de «Europa laica» —por lo tanto una fuente bien fiable en este punto— se pueden obtener los datos sobre la enseñanza de la religión en Europa. En dicha fuente se puede saber cuál es el estatuto académico de la religión en 28 Estados europeos. Falta Rusia que, recientemente, se sumó a quienes han introducido la enseñanza de la religión, lo cual no deja de ser sorprendente.

Si observamos los datos disponibles:

1. En todos los Estados europeos la enseñanza de la religión está en el currículo escolar. El modelo laicista solo existe en Francia y aun de modo parcial: en Alsacia y Lorena la enseñanza de la religión está en el currículo escolar; en el resto de la República la enseñanza religiosa solo está permitida en la enseñanza privada confesional (por otro lado, subvencionada por el Estado) pero no en la enseñanza pública. Llama la atención el caso de los antiguos Estados comunistas: en lugar de seguir el modelo laicista francés han seguido el modelo de escuela neutra: hay religión para quien la solicita.

2. Básicamente hay dos grandes formas de establecer la religión en el currículo. En unos Estados la enseñanza de la religión es obligatoria y, por lo tanto, no tiene alternativa, aunque se permite la exención. Es el caso de: Dinamarca, Grecia, Luxemburgo, Malta, Noruega, Reino Unido, Suecia y Turquía. En los demás casos predomina el modelo español: la enseñanza de la religión tiene una materia alternativa que suele ser la ética o la moral cívica no confesional. El modelo religión/materia alternativa es, por lo tanto, el mayoritario.

La enseñanza de la religión es normal en Europa con la excepción parcial de Francia. Está en el currículo escolar, normalmente con una carga lectiva entre una y dos horas semanales tanto en la enseñanza primaria como en la secundaria y dentro del horario escolar. De esta manera se desarrolla el derecho a la libertad religiosa contenido en las constituciones europeas y se da cumplimiento a una recomendación del Consejo de Europa de 27 de enero de 1999 por la que se pide «fortalecer la enseñanza de las religiones». Justo la recomendación contraria a la que reclama el laicismo.

En todos los Estados donde la enseñanza de la religión no es obligatoria son los padres quienes eligen esta materia o su alternativa. Y, por lo tanto, los centros escolares deben preguntarles si quieren o no que sus hijos la cursen. Dicha pregunta no implica ni de lejos una obligación de manifestar sus creencias religiosas, como acusa el texto de la ceapa. No hace falta recurrir a la jurisprudencia cuando el sentido común es suficiente: pedir para los hijos la enseñanza de la religión no implica manifestar ninguna creencia, ya que la enseñanza de la religión no exige ningún requisito formal de pertenencia a una determinada confesión religiosa. Por ejemplo, no se pide el certificado de bautismo para recibir enseñanzas de la religión católica. Es más, muchos padres no practicantes consideran positivo que sus hijos conozcan la religión católica, por diversas razones. Un dato estadístico lo corrobora: el número total de familias que piden la enseñanza de la religión católica para sus hijos es superior a la de católicos practicantes.

ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN, ADOCTRINAMIENTO Y RESPETO A LA CONCIENCIA

En el texto antes aludido de la CEAPA el núcleo de su argumentación contra la enseñanza de la religión está justamente en que dicha materia es un adoctrinamiento sobre la conciencia moral de los niños. Desde el laicismo se esgrime siempre el tema de la «libertad de conciencia» como argumento supremo contraponiéndola a la enseñanza de la religión como si fueran incompatibles.

En primer lugar habría que decir que el derecho a la libertad de conciencia como tal no figura en la CE. El Tribunal Constitucional ha sentenciado que la libertad de conciencia está implícito en el artículo 16 de la ce, justamente el mismo que reconoce explícitamente la libertad religiosa. Para el mismo tribunal la libertad de conciencia «supone no solo el derecho a formar libremente la propia conciencia, sino también a obrar conforme a los imperativos de la misma» (stc 15/1982, de 23 de abril). Así que la libertad de conciencia tiene dos elementos materiales que la sostienen: a) el derecho a formar la conciencia; b) el derecho a actuar de acuerdo con ella.

¿Cómo se forma la conciencia? Probablemente los laicistas estarán de acuerdo que la formación de la conciencia se realiza primariamente en el ámbito familiar. Son los padres los primeros que forman la conciencia del niño y lo hacen de acuerdo con algún fundamento, religioso o no, pero en todo caso hay un sustrato ideológico-filosófico en esta formación. Es también probable que otros laicistas consideren que la formación moral debe administrarla el Estado el cual crea una conciencia cívica en los ciudadanos. Pero también en este caso la formación de la conciencia se hará de acuerdo a unos presupuestos filosóficos previos, los que imponga más o menos sutilmente el Estado.

Para evitar la injerencia del Estado en el ámbito de la conciencia, los países democráticos renuncian —al menos formalmente— a cualquier intento manipulador de la conciencia de sus ciudadanos. Por ello las constituciones recogen la libertad religiosa y de enseñanza y atribuyen a los padres la responsabilidad de la formación de la conciencia moral de sus hijos de acuerdo con sus convicciones (la de los padres, no las del Estado). Por eso, la ce recoge claramente el derecho de los padres a que sus hijos reciban formación religiosa y moral de acuerdo a sus propias convicciones (art. 27.2 de la CE). Precisamente, al propiciar que en la escuela exista la posibilidad de que los niños y adolescentes reciban una educación moral de acuerdo con las convicciones de los padres se están respetando sus conciencias y evitando un adoctrinamiento contrario a las convicciones que los padres quieren inculcar a sus hijos y que, obviamente, han de ser respetuosas con el ordenamiento constitucional. ¿Qué es más respetuoso con la conciencia de los alumnos, que reciban una enseñanza moral de acuerdo con los presupuestos ideológicos impuestos por el Estado o el profesor de turno, o aquellos libre y previamente elegidos por los padres?

Sorprende que se considere un adoctrinamiento la enseñanza de la religión cuando dicha enseñanza es voluntaria y libremente querida por quienes, en base al derecho a la libertad religiosa, así lo eligen. En cambio, no se denuncian otros sutiles intentos de manipular la conciencia de los niños y esta vez sin contar con la voluntad de los padres.

La asignatura «Educación ético cívica» es una materia que el currículo loe sitúa en el 4º curso de la eso (orden eci/2220/2007, de 12 de julio, por la que se establece el currículo y se regula la ordenación de la Educación secundaria obligatoria. boe 21-VII-2007). El bloque 2 de contenidos, por ejemplo, se denomina «Identidad y alteridad. Educación afectivo-emocional». Una educación de este tipo incide en la conciencia moral del alumno y lo ha de hacer necesariamente de acuerdo con unos presupuestos filosóficos. ¿Cuáles? El que quiera el profesor de la asignatura, que pueden concordar con las convicciones morales que el alumno ha recibido en la familia o no. En este segundo caso será un adoctrinamiento contrario a la voluntad de los padres y, además, obligatorio. En conjunto, toda la materia de ética es susceptible de convertirse en adoctrinamiento según el profesor que la imparta, ya que es imposible una visión de la ética desligada de algún presupuesto filosófico, ideológico o religioso (o antirreligioso) previo. Un docente que impartiera esta asignatura desde un enfoque antirreligioso estaría en su derecho, ya que tiene libertad de cátedra y el programa oficial permite diversos puntos de vista. Por eso, en otros sistemas educativos la ética aparece como alternativa a la religión.

Hay otros intentos más o menos sutiles de influir en la conciencia de los alumnos de los que nadie protesta. Por ejemplo, el nuevo currículo LOMCE de la materia filosofía de primer curso de bachillerato incluye algo que hasta ahora ningún currículo anterior exigía: la lectura obligatoria de determinados filósofos. Y no precisamente clásicos. Así será obligatorio que los alumnos estudien textos de R. Dawkins, el principal y más conocido teórico del ateísmo contemporáneo.

¿HA DE SER EVALUABLE LA ASIGNATURA DE RELIGIÓN?

La primera razón por la que la asignatura de Religión ha de ser evaluable es sencillamente porque así lo determinan los acuerdos entre España y la Santa Sede al considerar esta materia «en condiciones equiparables a las demás disciplinas fundamentales». No sería equiparable si las demás son evaluables y la religión no.

Pero a los laicistas el argumento de los acuerdos les incomoda enormemente, así que deberemos buscar otros. Por ejemplo, cualquier profesor sabe que una materia, si no es evaluable, deja de interesar al alumno y se convierte de hecho en una «actividad» y no en asignatura curricular. Esto es precisamente lo que pretende el laicismo: ya que, por ahora, es difícil eliminar la asignatura de Religión, por lo menos la degradamos académicamente.

Los laicistas consideran que no se puede evaluar una materia que transmite una doctrina y una práctica religiosa, unos sentimientos o unas actitudes personales que son propias de la intimidad de la persona. Probablemente los laicistas ignoran lo que se hace en una clase de Religión. Por mucho que lo repitan, la clase de Religión no es una catequesis que prepara para recibir un rito religioso (el bautismo, la primera comunión). En absoluto. Ningún profesor de Religión vincula la enseñanza de la religión con la práctica ni pregunta a sus alumnos si han ido a misa el domingo.

Se ha criticado recientemente el nuevo currículo de Religión católica por incluir el conocimiento de determinadas oraciones. Con ello no se pretende que los alumnos recen, sino que conozcan algo tan intrínseco a una religión como sus plegarias más importantes. Conocer el padrenuestro no es ningún adoctrinamiento, es conocer la oración más famosa, repetida y antigua de nuestra cultura. Las clases de religión pretenden transmitir, como en otras materias, un corpus de conocimientos, cuyo fundamento epistemológico es la teología, de manera estructurada, adaptada a la edad de los alumnos y con criterios didácticos. Por lo tanto es perfectamente evaluable si el alumno ha asimilado esos conocimientos, independientemente si los lleva a la práctica o no. Y es conveniente recordar lo que la pedagogía moderna entiende por conocimientos: contenidos conceptuales, actitudes, habilidades y valores. ¿Por qué la asignatura de Religión no puede incluir los mismos elementos cognoscitivos que las demás?

No se evalúan prácticas personales religiosas de ningún tipo ni tan siquiera que los alumnos hagan suyos los criterios morales cristianos, solo que los conozcan. En cambio, si observamos el programa oficial de la materia «Educación para la Ciudadanía» (2º curso eso) nos encontramos con el objetivo 2 que pretende «desarrollar y expresar los sentimientos y las emociones», algo que si se pretendiera en la enseñanza de la religión como objetivo curricular escandalizaría a los laicistas. Y en la materia «Educación ético-cívica» de 4º curso, encontramos como criterio de evaluación: «Descubrir sus sentimientos en las relaciones interpersonales». Nada de esto se encuentra en los programas de Religión católica en vigor. ¿Se imagina el lector qué pasaría si en la asignatura de Religión se evaluaran los sentimientos de los alumnos hacia Dios?

En el currículo actual de la eso existe una franja horaria de materias llamadas «optativas», la mayoría con una carga horaria similar a la de la religión. Muchas de estas materias son creadas por los propios centros y bastantes son, de hecho, actividades complementarias bajo la cobertura de una asignatura. Y algunas tienen una carga ideológica adoctrinadora. Por ejemplo, la Junta de Andalucía ha establecido como materia optativa «Cambios sociales y nuevas relaciones de género», que tiene como uno de sus objetivos: «Comprender el funcionamiento del sistema sexo-género como una construcción sociocultural que configura las identidades masculina y femenina, propiciando el conocimiento de uno mismo como sujeto social y favoreciendo la comprensión y el acercamiento a la realidad del otro/a» (Orden de 10 de agosto de 2007, por la que se desarrolla el currículo correspondiente a la educación secundaria obligatoria en Andalucía). Y estas materias optativas son todas ellas evaluables, cuentan para establecer la nota media y para pasar de curso. ¿Por qué estas sí y la religión no? Pues solo por motivos extraacadémicos.

EL PROFESORADO DE RELIGIÓN

Uno de los argumentos contra la enseñanza de la religión es que el profesorado es nombrado por una institución ajena al Estado, la Iglesia, y eso, en un Estado no confesional, es una grave afrenta para los laicistas.

La cuestión del profesorado de Religión es más bien jurídica y consecuencia del derecho a la libertad religiosa. Se trata de cómo se establece la «venia docendi» sobre una determinada materia. En todas las materias, menos la Religión, el Estado concede la «venia docendi» en la escuela pública mediante la previa comprobación de las capacidades del candidato. Una vez efectuada la comprobación, generalmente mediante unas pruebas selectivas, el Estado garantiza la idoneidad del candidato para impartir unas determinadas materias. Pero por ser España un Estado no confesional, ¿puede el Estado garantizar la competencia de un profesor sobre la enseñanza de la religión católica?

En los Estados confesionales donde la religión es obligatoria, el Estado así lo hace: selecciona al profesorado de Religión de la misma manera que si fuera de Matemáticas. La aconfesionalidad del Estado obliga a un sistema mixto: el Estado establece los requisitos de titulación (que son idénticos a los exigidos al resto del profesorado), pero alguien ha de certificar que el profesorado que imparte Religión es competente y eso solo lo puede verificar cada una de las confesiones religiosas que tiene acuerdos para la enseñanza de la religión.

La jurisprudencia del Tribunal Supremo así como la de los tribunales europeos es clara: el principio de libertad religiosa acoge el derecho de los padres a que sus hijos reciban formación religiosa y moral de acuerdo con sus convicciones. Si los padres eligen formación católica se supone que quieren que el profesor sea competente en Religión católica, ¿y quién mejor que la autoridad competente de la Iglesia católica para certificar esta capacitación? Para no cansar al lector, bastará por traer a colación el caso de un profesor español de Religión al cual se le retiró la «venia docendi» por parte de la Iglesia y que recurrió al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo, el cual falló en contra del recurrente. Los jueces estimaron que no ha habido violación del artículo 8 de la Convención Europea de los Derechos Humanos, ya que el derecho a la libertad religiosa garantiza que la enseñanza de la religión exige precisamente la capacidad, en este caso de la Iglesia católica, para determinar la competencia del profesorado y el Estado ha de ser neutral (Court Européenne des Droits de l’Homme, Requête no 56030/07 sentencia de 15 de mayo de 2012). Creo que también es significativa la posición del Tribunal Constitucional español: «La facultad reconocida a las autoridades eclesiásticas para determinar quiénes son las personas cualificadas para la enseñanza de su credo religioso constituye una garantía de la libertad de las Iglesias para la impartición de su doctrina sin injerencias del poder público […] y articulada la correspondiente cooperación a este respecto mediante la contratación por las Administraciones públicas de los profesores correspondientes» (stc 15-II-2007).

EN LA ESCUELA DEBE ESTAR PRESENTE LO QUE NOS UNE Y NO LO QUE NOS SEPARA O ENFRENTA

Esta es la última requisitoria del texto de la ceapa. Y, efectivamente, hay que darles la razón. En la escuela hay que estar por lo que nos une. Pero ¿qué nos une? ¿Un modelo escolar en donde millones de padres no pueden ejercer su derecho a que sus hijos reciban enseñanza religiosa? ¿Nos une una escuela confesional en donde la religión o el laicismo son obligatorios? Si dejamos de lado prejuicios y modelos obsoletos, lo que nos une, o nos debería unir, es una escuela que enseña a respetar la libertad y los derechos de todos. Porque el problema no es enseñanza de la religión sí o no, es libertad sí o no, es aceptar el pluralismo sí o no. No me resisto a publicar un diálogo que reproduce el pedagogo Gregorio Luri en su blog:

«Hoy me han llamado de varios medios, querían que les confirmase por teléfono la posición que ya habían tomado sobre el programa de educación católica elaborado por católicos.

—Me gustaría que me dieras tu opinión pedagógica. —Es que aquí no hay un caso pedagógico. —¿Cómo que no? —Esto no tiene nada que ver con la pedagogía, sino con los derechos civiles. —¿Entonces te parece bien lo que dicen? —A quien tiene que parecérselo es a los padres que libremente eligen la asignatura de religión. —Pero los padres no se leen los programas de religión. —No, ni los electores los programas del partido al que votan. —¿Pero me puedes dar una valoración pedagógica? —¡Y dale! —¿Es que has visto lo que dice? —Es lo que tienen los dogmas de una religión, que a la gente del resto de religiones, les parecen mitos. Precisamente por eso hemos hecho del pluralismo uno de los valores democráticos supremos. ¿Por qué no me preguntas si soy partidario del pluralismo? ¿O dicen algo inconstitucional?

Jaron Lanier, ¿Quién controla el futuro?

¿QUIÉN CONTROLA EL FUTURO?, de Jaron Lanier, DEBATE. 2014. 464 Págs.

 Entre ese «especialista en generalidades» que con cierta guasa decía Ferrater Mora de sí mismo y de los filósofos, y el artesano de extrema especialización y corto enfoque, hay una cierta distancia que muchos intentan salvar constituyéndose en puente. Jaron Lanier puede que sea desconocido para muchos, pero resulta ser uno de los tecnogurús de mayor graduación del mundo, inventor de la mitad de los programas y las aplicaciones que todos manejamos en la actualidad, así como de la expresión «realidad virtual» (que ya quisieran muchos haber inventado). Es decir, un súper artesano de su arte, un «tecnólogo», como dice de él mismo. Y también quiere ser ese puente. Lo cual es muy loable, porque propone un encuentro que los del otro extremo casi siempre desdeñan, satisfechos con sus tizas y los ácaros de los legajos. ¿Pero qué sería de la filosofía de la mente si no hubiera leído una primera vez aquel artículo de neurociencia? ¿O de la teoría del conocimiento? Igualmente podemos (y probablemente debemos) preguntarnos: ¿qué será de la filosofía política si se limita a los Maquiavelo, Tocqueville o Constant de siempre, o a los equivalentes que el gusto personal aconseje? ¿Qué podrá decirnos acerca de nuestra sociedad si ignora casi todo desde Sartori para aquí, y no incorpora como mínimo una mirada a realidades tan desconcertantes como insoslayables, como son la hiperconectividad, las decisiones en red, la instantaneidad informativa… y, por ejemplo, el hecho de que ya no son los terratenientes acaudalados de Nueva Jersey los que controlan las decisiones colectivas, sino, probablemente, las compañías telefónicas con sus monstruosos servidores casi clandestinos, por los que pasa toda esa información económica, política y personal?

El título del libro sugiere prospectiva, evidentemente; y sugiere también política, quizá eso que antes se llamaba filosofía social, y hasta puede que algo de intriga tecnocientífica. Probablemente tiene un poco de cada cosa (de prospectiva, menos). Pero el que busque los comienzos de una nueva filosofía política que incorpora los nuevos usos e instrumentos de operatividad mostrada, por ejemplo, en la Primavera Árabe, se verá defraudado. El mejor tecnoartesano vuela hacia la teoría pero al poco de despegar, en cada ocasión, descubrimos que tiene una pata atada a su ordenador, y con una cadena más bien corta. Echamos de menos a cada párrafo la continuación de la idea de cascadas de información de Sartori, y su pérdida de gradiente, y la conversión de informado en informador, y… no. A cada paso, Lanier parece que por fin va a llegar a ese territorio, o a cualquier otro similar, pero siempre, sin excepción, se queda posado en su teclado.

No habría problema con ello, naturalmente, si no fuera porque él afirma que habita en las estratosferas de la teoría. Una sospecha se abre paso muy pronto en la lectura, en cuanto ha mencionado por tercera o cuarta vez una cosa que llama «Europa» o «los europeos», y que recuerda a aquellos antiguos debates universitarios norteamericanos en los que una de las conclusiones inevitables era que esa cosa llamada «los europeos» eran liantes simplemente dados a la sofistería: el autor sabe de lo suyo probablemente el que más, pero no sabe de mucho más. Por ser más precisos: puede que el libro sea perfectamente válido para gentes de Empresariales o incluso de banca, porque Lanier reduce todo al dinero, a la ganancia, a las oportunidades de beneficios, al pago, al cobro y a la libre empresa. La tesis central de la obra es, ni más ni menos, la siguiente: Internet, y todas las empresas que viven en su órbita (es decir: casi todas las empresas del mundo) están obteniendo permanentemente información acerca de nosotros, y obtienen beneficios de esa información; y eso está mal tal como se hace hasta ahora, porque no nos pagan por esa información, cuando habría mil modos de organizar ese pago, de modo que el espionaje de nuestros emails, o simplemente de qué periódicos leemos, ahora pueda convertirse en santo porque se haga a cambio de un dinero (ínfimo, claro, pero ¡dinero!)

Hay que hacer un esfuerzo para comprender cómo Lanier, probablemente una de las personas más informadas del mundo, cree que el resto del mundo está organizado igual que Estados Unidos. Por lo menos en Europa, de momento, no tenemos que negociar el seguro dental cuando aspiramos a un trabajo, ni tenemos que reducir la venta de armas; ni estudiar en la universidad, por lo menos de momento, te deja endeudado de por vida. No celebramos el thanksgiving ni se nos abren las carnes por tener un dni: la observación no es banal, porque el autor basa en esto y en cosas parecidas sus vaticinios acerca del futuro del mundo en general. Si se salvan estos tropiezos, la lectura puede ser de interés para quien se ha fabricado el proyecto de prosperar a costa de leer nuestros correos o de interrumpirnos la lectura de un diario en Internet con publicidad de camisetas. Sí, un cierto aroma a trivialidad recorre las páginas del libro, quizá de esquematismo muy de pragmáticos antisofisterías, y desde luego viene a la mente aquella palabra tan académica: reduccionismo. Hasta la genética es, para el autor, nada más que una rama de la informática (página 148). ¿Cree el artesano que todo es su artesanía? Frecuentemente. ¿Es tan apolítico como continuamente afirma que es? Evidentemente, no.

Rafael Rodríguez Tapia

Eric Voeglin, Las religiones políticas

LAS RELIGIONES POLÍTICAS. Eric Voegelin. Trotta. 2014. 144 Págs.

Eric Voegelin fue uno de los pensadores políticos más importantes del siglo XX y sus teorías son tan relevantes como las propuestas políticas de H. Arendt o Leo Strauss, por mencionar a algunos filósofos significativos. Con ellos compartió el exilio: por motivos ideológicos, tuvo que abandonar Austria tras la anexión alemana. Voegelin se había destacado, desde los años veinte, por su compromiso político y fue uno de los primeros en denunciar las incoherencias de las teorías biológicas de la raza y en augurar el totalitarismo nazi. Por seguridad, tuvo que abandonar el viejo continente.

Pero lo cierto es que, pese a su relevancia teórica, la obra de Voegelin no es apenas conocida. En castellano, hasta el momento, se contaba con La nueva ciencia de la política y El asesinato de Dios. Ahora, la editorial Trotta ha traducido la primera obra importante de este autor, Las religiones políticas, y junto a ella ha editado Ciencia, política y gnosticismo. Falta todavía por traducir su obra más significativa, Order and history, con la que culminó su trayectoria.

Sin embargo, esta última edición permite hacerse una idea completa de cuáles son los temas que más inquietaron a Voegelin y cuál fue su método. Las religiones políticas, siguiendo la estela de la teología política, advierte de las analogías entre religión y política y sostiene que toda sociedad ha de responder al problema de la trascendencia. En este sentido, Voegelin creía que la distinción entre inmanencia y trascendencia era capital para la constitución de la política y para generar orden. De hecho, cualquier amenaza a esas dimensiones genera problemas sociales y políticos, como explica en referencia a la modernidad,

Su interpretación del gnosticismo es quizá una de las teorías más conocidas del autor. A su juicio, la Modernidad tiene un origen gnóstico, en el que se inmanentiza la salvación y paulatinamente se transforma en un explícito rechazo de la trascendencia. Las ideologías y los movimientos de masas contemporáneos —entre ellos el nazismo y el socialismo, pero también el democratismo— constituyen formas espurias de lo religioso, pues adquieren las características y las hechuras de las religiones.

En Voegelin, sin embargo, la interpretación de la génesis, el diagnóstico, ha de ir acompañado de la terapia. Lo trágico del gnosticismo, o del origen gnóstico de la configuración contemporánea de las ideologías, es no solo que reprimen lo trascendente, sino que con ello nublan también el horizonte del hombre. En efecto, la ideología arrostra todas las dificultades y termina erosionando la dignidad humana con la fuerza de su imposición. Por eso todo gnosticismo tiene la ilusión de constituir un nuevo mundo, sea el de la sociedad sin clases o el de la raza o del superhombre, entre otros.

La terapia para Voegelin es retomar los aspectos centrales de la metafísica clásica, sin dogmatismos ni reduccionismo. Una investigación filosófica abierta al ser y la verdad y que reviva la distinción clásica entre inmanencia y trascendencia, sin que ello implique confusión entre religión y política. La apertura a la dimensión trascendente restaura el equilibrio social y asegura el orden político, sin incurrir en riesgos totalitarios.

Conviene leer estos textos: no solo por su claridad, sino porque cuando se leen uno tiene la sensación de estar presente ante una filosofía profunda, original y auténtica. En ellos, la teoría política, tan especializada y académica, se depura filosófica y conceptualmente y se presiente la unidad perdida de la reflexión filosófica. Como complemento a estas obras, la edición cuenta con una presentación de Josemaría Carabante y Guillermo Graíño que contextualiza la filosofía de Eric Voegelin y permite comprender en toda profundidad el conjunto de sus aportaciones.

Alberto Crespo

Michel de Montaigne: «Ensayos»

Aunque hablar de «edición definitiva» en el caso de un clásico es siempre arriesgado y prematuro, esta nueva edición de los Ensayos de Montaigne publicada por Galaxia Gutenberg merece ser celebrada, cuando menos, como un acontecimiento editorial de primer orden. Suele decirse que cada época (o incluso cada generación) tiene la obligación de volver a traducir las obras clásicas, para reinterpretarlas desde su lenguaje, desde su mundo, y devolverles el pálpito de la vida al contacto con los lectores del presente. Por eso los clásicos nunca se terminan de traducir ni de editar. Siempre se renuevan y dan más. No se agotan.

Esta obra inauguró un nuevo género literario: el ensayo moderno

Por lo pronto, estamos ante la primera edición bilingüe que se ha publicado en el ámbito hispánico, lo que ya por sí solo añade un valor diferencial importante; el texto francés que se muestra enfrentado en las páginas impares corresponde a la versión establecida por el especialista galo André Tournon. Además, la traducción del poeta y filólogo Javier Yagüe Bosch se disfruta, en mi opinión, con una intensidad que hasta ahora no era posible experimentar al leer a Montaigne en castellano. De las versiones existentes en nuestro idioma, esta es la que más se aproxima al que debería ser el ideal en este caso: que se puedan leer los Ensayos de Montaigne no tanto como un texto escrito (precisamente esta obra, que inauguró un nuevo género literario: el ensayo moderno), sino como una conversación que el autor mantiene con sus lectores de forma relajada y placentera, o más exactamente, como el soliloquio ameno y variado de un amigo erudito en el transcurso de una prolongada sobremesa.

ENSAYOS, Michel de Montaigne. Galaxia Gutenberg. 2014. 2400 Págs.

La traducción de Javier Bosch, forjada a lo largo de una década de cuidadosa labor (la tarea le fue encargada por el editor y catedrático de Literatura Comparada Claudio Guillén, que murió en 2007), parece responder a dos criterios fundamentales: la claridad —esto es, la inteligibilidad— y la cercanía al lector actual. Sin menoscabo del rigor y la exactitud, que son innegociables en cualquier traducción, Yagüe ha tenido en cuenta la necesidad de atrapar literariamente al lector de hoy y ha hecho un esfuerzo constante de comprensión para hacer accesibles todos los pasajes de la obra, incluidos aquellos que pueden resultar más complejos o confusos en el original, reparando hasta en el más mínimo detalle (pero sin perderse en arcaísmos, florituras o rebuscamientos). El imperativo de «nunca traducir sin entender», aunque parezca demasiado obvio o evidente, no siempre es cumplido a rajatabla por los traductores. En este caso sí.

En la polémica sobre cuál debe ser considerado el texto canónico de los Ensayos (debate que ha mantenido entretenidos a varios estudiosos franceses en las últimas décadas), André Tournon ha tomado partido de manera terminante por el denominado «ejemplar de Burdeos», que corresponde a la edición de 1588 anotada a mano por el propio Montaigne con vistas a su edición definitiva (los investigadores descubrieron este ejemplar en una biblioteca a mediados del siglo XIX), y ha relegado como una segunda imagen complementaria la llamada «edición póstuma», publicada en 1595 al cuidado de la ahijada de Montaigne, Marie de Gournay, que durante varios siglos ha sido considerada la edición canónica. Por ejemplo, la edición más reciente que se ha publicado en español, la de Acantilado de 2007, con traducción, introducción y notas de Jordi Bayod Brau, se hizo siguiendo la edición de Marie de Gournay.

A pesar de que el estilo de Montaigne ha pasado a la historia de la literatura como modelo de claridad, naturalidad y sencillez (se suele decir que el autor francés carecía, precisamente, de «voluntad de estilo»), Javier Yagüe advierte de las dificultades que presenta su escritura a la hora de ser traducida: la lengua antigua y el sentido dudoso de muchos vocablos, giros y estructuras; el hilo entrecortado y sinuoso del pensamiento, abierto en multitud de ramificaciones y excursos; el aspecto material del lenguaje… En muchas ocasiones, la prosa de los Ensayos avanza mediante requiebros, sinuosidades y digresiones, lo que complica su trasvase a otro idioma. Además, se producen constantes cambios de ritmo y de tono, pues Montaigne compagina el detalle chusco con la reflexión sutil, las doctrinas del pasado con la experiencia personal, etc.

Por último, hay que destacar las anotaciones que, con pulcra exactitud y moderada exhaustividad, arropan y enriquecen el presente volumen: se anotan las citas literales, manteniendo en las poesías clásicas la forma del verso con métrica regular castellana; se citan también las fuentes no nombradas u «ocultas» (es decir, los préstamos y ecos de autores clásicos, así como los ejemplos extraídos de florilegios o de libros de historia que Montaigne utiliza); otras notas recogen datos geográficos, históricos y biográficos; asimismo, se establecen sugestivas conexiones entre distintos pasajes de los Ensayos. Estas notas son especialmente útiles en una obra como esta, que fue construida por Montaigne reuniendo materiales de muchos autores y obras clásicas, como una especie de centón (o collage, según diríamos ahora, más posmodernamente).

El 28 de febrero de 1571, el día en que cumplía 38 años de edad, Michel de Montaigne decidió retirarse en la soledad de su castillo para consagrarse a la escritura de sus Ensayos. Ahora, gracias a esta nueva edición, podemos hacerle una visita en su torre y escucharle hablar a través de la lectura, pues como dijo Ralph Waldo Emerson de esta obra fundacional del género ensayístico: «No conozco libro que parezca menos escrito. Es el lenguaje de la conversación trasladado a un libro. Cortad esas palabras y sangrarán: son vasculares, están vivas». Volver a disfrutar, por ejemplo, de las páginas dedicadas por Montaigne a la amistad, con su emocionado recuerdo a Étienne de La Boétie (el autor de La servidumbre voluntaria), es siempre una renovada maravilla.

Educar no es domesticar. Educando desde la libertad, en libertad y para la libertad

EDUCAR NO ES DOMESTICAR. José Fernando Calderero. Sekotia. 2014. 286 Págs.

Educar no es domesticar es una obra escrita en primera persona que nos acerca a una forma de vivir la educación muy personal, desde las propias experiencias del autor. Este hace un recorrido por los distintos espacios y tiempos donde se enseña y se aprende para llegar a una definición propia de educación.

A continuación, recorre las prácticas pedagógicas que leemos en los manuales de metodología pero desde un ángulo muy personal: el vivido por el autor a lo largo de sus años como docente en casi todos los niveles educativos. El libro concluye con lo que llama ideas sueltas, sin que por ello sean menos importantes, y que abogan por la idea de dejar que las personas se formen en libertad, «enseñar a pensar, no es enseñar a que piensen como yo».

El libro comienza con las reflexiones en torno a los principales conceptos que guiarán las reflexiones posteriores, mostrando un especial respeto por la palabra educación reservada como una máxima que se irá edificando a lo largo de sus páginas.

Inicia el camino en el espacio donde debe desarrollarse la educación, situando el centro escolar como núcleo para la formación y no por otra razón que el número de horas que el niño/a pasa entre sus paredes; el autor defiende la importancia del entorno familiar como lugar propicio para la educación, si bien hemos de conjugar ambos espacios para atender a la persona y que esta pueda desarrollarse en libertad y plenitud.

En un encuentro con educadores católicos, Benedicto XVI (2008) señalaba así la importancia de educar en términos de lo logrado, «la dignidad de la educación reside en la promoción de la verdadera perfección y la alegría de los que han de ser formados». Calderero parte de esta cita literal (p. 22) para llegar a la necesidad de enseñar con pasión para despertar la vocación, que debe culminar en una contribución a la sociedad en forma de esperanza para otros.

En un escenario educativo como el actual, donde tanta importancia se le da al aprendizaje competencial, esta obra nos invita a desarrollar a la persona desde su inherente «carácter personal» no vinculado a modas, instituciones, países, ni otras vicisitudes parciales que limitan cada una de las características de la naturaleza humana.

En un momento, donde los sistemas educativos a nivel mundial dan cada vez más importancia a la calificación en el proceso evaluador, se defiende la tesis de que la educación no debe limitarse a una medición concreta y numérica, dado que de esta manera estamos restringiéndonos su naturaleza y restando, por tanto, a la complejidad y riqueza del ser humano.

El autor nos aporta una definición propia de educación, atreviéndose así a sentar bases con cada una de las palabras que la componen y justificando su construcción de presente y su contextualización de futuro, «educar es ayudar a cada ser humano a establecer y mantener vínculos valiosos con la realidad» (p. 40). La palabra que más puede esgrimirse como motor para los implicados en el escenario educativo es ayudar, dándole un sentido de despertar, buscar, investigar… ser de alguna manera la razón para dar sentido al «aprender a aprender» tan mencionado en las distintas versiones de la legislación educativa española. Pero esta ayuda ha de ser ajustada, de forma que la persona pueda tomar consciencia de su dignidad y responsabilidad de desarrollar su talento; parece acercarnos a la frase de María Montessori refiriéndose a la mediación con el niño, «cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para el desarrollo». Y, retomando esa idea de ayuda, debe considerarse en sentido amplio haciendo consciente al estudiante de que «su forma de ser, de pensar y de actuar no está condicionada por la genética y por las influencias exteriores» (p. 69); el autor lo expresa como una necesidad de desprogramación, tanto para el educando como para los educadores, para evitar esa expresión que zanja tantas conversaciones y actuaciones en el entorno educativo: «¡no puedo hacer nada!»

Con títulos que más bien parecen estados de ánimo, nos abre pequeños textos que nos hablan de la curiosidad y su importancia al aprender, del salir de uno mismo como un encuentro con el otro, «cada educando y cada educador es persona, y la auténtica educación pasa necesariamente por el establecimiento de vínculos valiosos entre ambos» (p. 111).

Y ordenados con pequeños epígrafes que reflejan tiempos, asignaturas o centros, conocemos al autor como maestro y como directivo educativo. Lecciones que dar, pero muchas también por recibir, gracias a las cuales hoy podemos leer esta obra dinámica y optimista que nos habla de educación, pero también de amor, entrega, búsqueda… entre otras palabras que parece que queremos dejar al margen de los espacios escolares.

No podríamos terminar de hablar de esta obra sin ser optimistas. Parece que en los últimos tiempos nos delimita un cerco de pesimismo social, que ante la falta de expectativas que la crisis económica ha podido causar, no nos dejan tampoco ver en los ambientes educativos signos de positivismo. Pero Calderero sabe transformar cómo mirar las cosas, quizá debido a esa inquietud intelectual y humana, que los que tenemos la suerte de conocerle compartimos a su lado, asumiendo esa «responsabilidad de la propia vida» (p. 272) en nuestra tarea como aprendices del día a día.

Blanca Arteaga

Armando Pego Puigbó, XXI Güelfos

XXI Güelfos. Armando Pego Puigbó. Editorial Vitela Gestión Cultural. 2014. 136 págs.

Existen dudas fundadas de que el libro aquí reseñado en realidad haya sido siquiera escrito. Las razones generales que abogan a favor de tal hipótesis no radican en la procedencia de sus capítulos, publicados originalmente en un blog dantesco ad litteram (www.guidocavalcanti.blogspot.com.es), sino en tres hechos muy amplios y a la vez muy elementales: que la parte escrita de la obra de cualquier autor humano, por rica que sea —tanto en cantidad como en calidad—, siempre es más escasa que su obra no escrita; que lo anterior sigue siendo verdad por extensa e intensa que sea la obra escrita de un autor humano; y que la mayor riqueza cualitativa —ciñéndonos ahora solo a esta dimensión— de la obra no escrita de un autor constituye un fenómeno meramente relativo. Esto es: que la obra no escrita de un autor siempre es más rica que la escrita, en todos los casos, pero siempre y únicamente en relación a la obra escrita de esa persona, y no en términos absolutos. Pues aunque siempre ocurre que la creciente extensión de la obra escrita de un autor es debida a la mayor riqueza de su obra no escrita, no siempre tal cosa es, sin embargo, claro indicio de la riqueza intrínseca de su creación. Y por ello no resulta infrecuente que la mera cantidad de publicaciones de un autor en realidad no pruebe sino su indigencia en comparación con la de otros. O que la obra brevísima de uno sea inconmensurablemente más valiosa que la casi infinita de otro. A veces hasta ocurre que el mejor libro de un buen autor es el que nunca escribió. Los casos sorprendentes o paradójicos que los hechos mentados propician son innumerables. Uno de los más llamativos, y por eso nos detenemos en él, es que, en ciertas extrañas ocasiones, incluso sucede que un libro escrito en realidad forma parte de la obra no escrita de su autor.

En nuestra opinión —ya lo hemos dicho—, el libro de Armando Pego Puigbó aquí presentado es precisamente una de tales obras no escritas. Y lo es, a su vez, por tres motivos fundamentales que lo sitúan en los antípodas de la presunta excelencia que tanto obsesiona a la actual burocracia académica: porque está bien escrito, porque es reaccionario «a su pesar» y porque, incluso a su pesar, es verdadero. Tratemos brevemente, y no de forma sucesiva sino en su interconexión, estos tres aspectos.

El libro de Pego que ahora glosamos es de aquellos cuyo riesgo más hondo —al que no dudan en precipitarse— radica en el hecho de estar bien escritos. La simple capacidad (o, peor, la facilidad) para los enlaces sintácticos no solo correctos sino creativos, así como para un vocabulario chispeante y avasalladoramente superior a la media, denuncia de inmediato la existencia de una fe lingüística y gramatical incompatible con la no existencia de Dios postulada por nuestro tiempo. ¿Quién se atrevería hoy, ciertamente, a declarar escrito un libro bien escrito? Naturalmente, un reaccionario, aunque tenga que ser a su pesar…

Pero el riesgo de escribir bien un libro condenándolo, así, a permanecer no escrito, radica igualmente en una segunda cuestión de parejo alcance general: pocos parecen contemplar hoy la posibilidad de que el énfasis puesto en el componente retórico y literario de una obra no signifique inmediatamente la evaporación de cualquier pretensión veritativa. ¿O acaso no ocurre que la atención centrada en los modos del hablar y del escribir desafían per se, en nuestra era postnietzscheana, la noción misma de una adequatio rei et intellectus? Si el libro está bien escrito y es, por tanto, bello, tal cosa significa, para la opinión imperante, que se instala en la quiebra del verum y el pulchrum. El surgimiento de la más mínima duda con respecto a lo absoluto de la mentada fractura implica, por supuesto, la ineludible expulsión de lo escrito a las tinieblas de lo no escrito. A su pesar, un libro que sobrelleva la sentencia que le impone no poder ser verdadero más que siendo reaccionario: la conciencia de tal condición atraviesa no solo los contenidos del libro de Pego, sino también y sobre todo su forma, y esto tanto pasiva como activamente —y de ahí que el riesgo del escrito acabe siendo grandioso—. Un libro que solo puede ser redondo tomando la figura de un estallido: el de la dinamita que la falsedad insertó en la redondez de la verdad y que esta —la propia verdad— no dudó en prender por mor de sí misma…

El libro que reseñamos, en efecto, aspira a superar en su propio desarrollo fragmentario —a través de espléndidos paradigmas literarios, musicales, filosóficos, teológicos…— el claroscuro de una neoescolástica del pseudodiscurso posmoderno, aspiración tanto más grave (en el sentido físico-etimológico del término) cuanto que no solo no desconoce, sino que se asienta en los terrores de la universal carencia de sentido del sentido transparente hoy dominante, proponiendo un paso más allá del mismo que en realidad se vuelve hacia arriba y hacia atrás

En pocas palabras, y como obra de un laico que se reivindica en cuanto tal contra toda especie de clericalismo eclesiástico y antieclesiástico, el libro solo logra inscribirse en el tiempo, que no escribirse, evocando la hoy cada vez más ininteligible experiencia monástica de la palabra y de lo eterno. Si se quiere comprender el contexto del texto, pues, nada más necesario que releer el clásico de Dom Jean Leclercq, El amor a las letras y el deseo de Dios, al que el propio Pego dedica uno de los capítulos de su Paraíso. En el título de la introducción de este extemporáneo imprescindible (Gramática y escatología —el mismo que el del capítulo de Pego dedicado a rememorarlo litúrgicamente), el lector encuentra el subtítulo real —por supuesto, ausente— del libro reseñado: la clave más determinante de su tan intempestivo como inevitable carácter no escrito.

Alguien dijo unas décadas atrás que «hay cristianos que consiguen hacer tan invisible su cristianismo que en el mundo solo pueden percibirse paganismo e idolatría». No es este, sin duda, el caso de Armando Pego Puigbó y sus XXI Güelfos.

Carlos Llinàs

«Juan Bautista Diamante y su familia judeoconversa», de Alejandro Rubio San Román y Elena Martínez Carro

Juan Bautista Diamante y su familia judeoconversa, de Alejandro Rubio San Román y Elena Martínez Carro,

Un viejo diario, un álbum de fotos, un portafolio lleno de documentos, legajos olvidados en una biblioteca… Tras ellos van los biógrafos con el objetivo de escribir la vida de un hombre o una mujer cuyas acciones han trascendido y pasado a la historia. Resaltar aquello que lo distingue de la mayoría, o lo acerca; descubrir el detalle que reafirma o niega su imagen impulsa la tarea de quienes aspiran revelar facetas ignoradas o reafirmar con nuevos datos lo ya conocido sobre el personaje. Es esta su meta, atractiva y utópica a la vez.

Los estudiosos de las obras literarias no escapan a esta fascinación por conocer al ser de carne y hueso. A la lectura profunda de un poema, novela o drama se suma la curiosidad por conocer el germen de la creación, aquello que impulsa a un escritor a escoger determinados tópicos y cómo estos obedecen a su manera de sentir y percibir, de estar en el mundo. Tal propósito conduce a los críticos a convertirse en «escarbadores de vidas» y recorrer las huellas de ese ser particular y sus circunstancias.

La inclinación por una época y un género, el teatro áureo, y la figura de un dramaturgo menor, Juan Bautista Diamante (1659-1687), llevan a Rubio San Román y Martínez Carro a internarse por el laberinto de legajos en el Archivo de Protocolos de Madrid, el Archivo Histórico Nacional y las parroquias de San Ginés y San Sebastián de Madrid. Búsqueda y hallazgo de manuscritos sustenta el contenido del volumen, afán de ubicar al personaje en el contexto histórico y familiar de aquella España del siglo XVII, de enriquecer los expedientes ya conocidos sobre los que se apoyan investigaciones previas dedicadas a explorar la vida del poeta; de ratificar datos y desmentir otros.

Los autores aspiraron, como bien señalan en la introducción, a enriquecer la biografía de este dramaturgo de prolífica obra, y matizar las afirmaciones que se han difundido sobre su vida de manera arbitraria; subsanar los equívocos y ofrecer conclusiones más mesuradas sobre ella. El empeño se cumple en el sobrio trabajo de 186 páginas.

Dos grandes bloques conforman el libro impreso. Una primera parte, Estudio, reúne en veinte entradas los hallazgos en torno a la biografía de Juan Bautista Diamante, cuyos títulos orientan al lector acerca de su contenido: los orígenes familiares del poeta, los negocios de la familia, las acusaciones de judaísmo, el ascenso social, los círculos literarios a los que accede Diamante, su éxito como dramaturgo, su ordenación como presbítero.

La segunda parte la integran un conjunto de anexos donde los autores explican los criterios que han orientado la edición, la abreviaturas, los índices onomástico y de notas léxicas, así como la bibliografía de consulta que ha servido de marco de referencia a la investigación, base del diálogo para presentar los propios hallazgos.

Se suma a estas dos partes una tercera, recogida en formato de CD, que contiene la transcripción de ochenta y cinco documentos, de diverso género: partidas de bautismo de Juan Bautista Diamante y de otros miembros de su familia, partidas de matrimonio de sus padres y hermanos, poderes, testamentos, partidas de defunción; corpus que sostiene el trabajo y testifica la ardua y minuciosa tarea de búsqueda, y que representa uno de los valores de esta edición. Otros son también los méritos.

Los especialistas reconocerán el esfuerzo realizado de compilar los documentos dispersos relacionados de manera directa o indirecta con Diamante y su familia, así como la transcripción de los mismos, en la que han buscado mantener la fidelidad a los manuscritos originales y el respeto a las formas lingüísticas de la época. Labor encomiable que testificamos cuando, habiendo concluido la lectura del libro y contagiados por la curiosidad de leer viejos legajos —modernizados sus textos siguiendo las actuales reglas de la RAE—, exploramos algunos de los documentos, entre ellos el número 73 (Petición de admisión de Pablo Diamante e Isabel Morales como Familiares de la Inquisición), y comprobamos la extensión de este solo archivo que reúne una serie de escritos diversos recogidos por los fiscales inquisidores, la riqueza de datos que iluminan los hasta ahora claroscuros en la vida del dramaturgo y ratifican, como acabamos de expresar, el tesón y meritorio quehacer de los biógrafos. Igualmente significativo es el diálogo continuo con los trabajos que anteceden al presente —los de Cotarelo y Mori, La Barrera, Pringle, entre otros— y que sirve de telón de fondo sobre el que medir el alcance de los datos inéditos aportados por la presente investigación.

Los menos expertos en el teatro del Siglo de Oro y de sus poetas menores, pero interesados en esta etapa de esplendor literario, agradecerán que, detrás de la sobriedad expositiva, los autores logran recrear con precisión el escenario social y familiar sobre el que se erige la vida de Juan Bautista Diamante; una radiografía individual, familiar y colectiva que nos hace comprender mejor la relación entre el poeta y su obra.

Mireya Fernández Merino

Dorothy Day, La larga soledad

Dorothy Day: «La larga soledad», Sal Terrae, 2000

La larga soledad, publicado en inglés en Nueva York en 1997 y traducido al castellano en 2000 por la editorial Sal Terrae, es la autobiografía de una periodista bohemia y luchadora a favor de los derechos humanos y los pobres, forjada en el crisol del pensamiento político y literario del neoyorkino Greenwich Village de los años veinte del pasado siglo XX.  Mujer de clase media, hija de un periodista protestante, sufragista, escritora social y política, intelectual de Greenwich Village, activista laica tras su conversión a la Iglesia católica y madre de una hija.

Fundó en Nueva York el periódico The Catholic Worker, revista mensual dirigida a los trabajadores, que Dorothy Day y Peter Maurin, su mentor, habían empezado a vender en Nueva York a principios de mayo de 1933. Con las ganancias del mismo su finalidad era financiar y convivir con pobres y desahuciados en una red de granjas de acogida distribuidas por muchas ciudades y pueblos de Estados Unidos. La base teórica de Peter Maurin, un curtido campesino francés y polifacético, emigrado en 1909 a Canadá y luego a Estados Unidos, consistía en lograr una síntesis de «culto, cultura y cultivo». Convencido de que el ser humano no desarrollaba su dignidad y felicidad humanas sin aquella síntesis, proponía un modelo de «sociedad en la que a las personas les sea más fácil ser buenas, pues es sabido que cuando las personas son buenas, son felices». Quería que los hombres y mujeres produjeran lo que necesitaban, a fin de que hubiera suficientes viviendas, alimentos y ropas para todos. Todo ello regido bajo el mandamiento cristiano del amor, en su sentido más auténtico.

Se mostraba contrario a vivir de la beneficencia del Estado, prefería promover el movimiento agrario como único remedio contra el desempleo y la irresponsabilidad. Allí les proporcionaban comida, techo y trabajo en la construcción de dichas casas para pobres y enfermos. Era un modo concreto de pasar de la doctrina evangélica a la práctica. A esta iniciativa se unían muchos voluntarios entre estudiantes universitarios, gente que colaboraba con sus donativos, trabajo, bienes y artistas que pintaban cuadros o ilustraban viñetas de su periódico, ya que veían un modo práctico de vivir la caridad con los indigentes y hacerles conscientes de su dignidad humana.

Tras la conversión al catolicismo y buscada por Peter Maurin a quien conocía por sus escritos en la prensa sobre inquietudes sociales por los más indigentes, Dorothy se unió a su propuesta. Se pronunciaba en sus artículos a favor del pacifismo, de la no violencia, poniendo su vida y escritura al servicio de los pobres y marginados, viviendo en medio de ellos y recorriendo Estados Unidos de norte a sur y de este a oeste para abrir granjas de acogida.

Dorothy, en sus orígenes como periodista, escribía artículos sobre obras literarias, conoció y trató a famosos escritores norteamericanos, viajaba, participaba en mítines políticos con sus antiguos amigos comunistas, informaba de piquetes con motivo de huelgas y trabajó en la Liga Antiimperialista hasta su conversión al catolicismo. Luego su trabajo ya se centró en escribir para The Catholic Worker y así obtener fondos para recoger a gente sin recursos y atenderlos en todos los aspectos.

Una vez, a sus setenta años, Dorothy Day fue invitada a dar una conferencia a universitarios de la Universidad de Harvard de la ciudad de Nueva York, en su propia casa de acogida en St. Joseph’s House en el Lower East Side de Manhattan, sobre su experiencia vital y profesional, y les dijo:

«Cuando yo tenía vuestra edad, las mujeres no podían votar, y los pobres no podían confiar en nada que no fuera la caridad de los ricos. Recuerdo que siendo niña pregunté a mi madre por qué, por qué unos pocos tenían tanto y muchos tenían poco o nada. Entonces ella me dijo que “no hay explicación para la injusticia; simplemente existe”. Creo que me he pasado la vida intentando hallar una explicación a esta pregunta y tratando de cambiar las cosas, solo un poco, y creo que eso es lo que las personas como yo deberían hacer: si a nosotros nos han ayudado en la vida, ¿por qué no ayudamos nosotros a otros a que tengan también alguna oportunidad?».

Se formó leyendo las obras de grandes escritores como Dickens, Tólstoi, Dostoievski, Orwell, Silone, Chéjov; admiraba la pintura de Van Gogh, así como se familiarizó, tras su conversión al catolicismo, con las encíclicas de la doctrina social de la Iglesia: Rerum NovarumQuadragessimo Anno. Alentaba a este grupo de universitarios a leer a dichos autores, ya que les decía «me gustaría que la gente dijera que amó de verdad los libros».

Pues bien es el suyo un libro que puede unirse a la cadena de autores que ella sugería a aquellos universitarios de los años treinta del siglo pasado en Estados Unidos, de plena actualidad para pioneros en la defensa de los derechos humanos y de las periferias existenciales de las que habla actualmente el papa Francisco y en concreto de los derechos humanos y sociales como base de la dignidad humana, como dejó claro en su discurso del pasado 25 de noviembre en el Parlamento Europeo de Estrasburgo. Su apuesta por los pobres y su derecho a contar con tierra, techo y trabajo, como base de su dignidad humana, está en la misma línea que los promotores del Catholic Worker, tras 81 años después de esta experiencia clave en su acercamiento a los sin voz y despojados de su dignidad por una sociedad mercantilista, que no ve seres humanos sino objetos de mercancía.

Magdalena Aguinaga