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Ver productosRamón Loureiro, uno de los más prestigiosos escritores gallegos de la actualidad, publica sus Diarios. Ofrecemos aquí en primicia un fragmento de la obra.

9 Abr 2015 (Act. 25 Jun 2026) - 6min.
Conocido por el público como uno de los narradores gallegos más interesantes del panorama actual tras la muerte de su admirado Carlos Casares, Ramón Loureiro da el salto a los dietarios con la publicación de sus Diarios (Ed. Eurisaces, prólogo de César Antonio Molina), donde, al modo torrentiano, no deja de haber «interpolaciones mágicas».
XVI
Como de otro mundo
Nosotros descendemos de una raza vieja, dotada de no demasiadas virtudes y arrastradora de defectos que por desgracia aún hoy son demasiado frecuentes entre los nuestros. Pertenecemos a la estirpe en extinción de quienes, incluso cuando dan la vuelta para regresar tras apenas haberse movido unos metros, parecen estar llegando siempre de muy lejos; de los que, puestos a dar, a veces hasta dan –hasta damos– la impresión de no aparecernos del todo, como espectros que solo pueden verse a medias.
(Como si no fuesen –como si no fuésemos– de este mundo, exactamente.)
Todo el tiempo estamos deseando llegar a donde todavía no hemos llegado, y cuando por fin llegamos, cuando de verdad alcanzamos nuestro destino aunque sea aparentando no haberlo hecho, ya querríamos estar yéndonos de nuevo, tal vez para empezar a echar ese lugar de menos.
(Habitamos, o al menos a mí así me lo parece, la melancolía de la ausencia.)
LII
Mientras tomo café
Son muchas las razones por las que yo, que a veces pierdo demasiado el tiempo, aunque no siempre me suceda eso, no debería tomar café, o al menos tanto café como tomo. Y no todas ellas están relacionadas con mi salud, al menos de forma directa. Es el café, a saber por qué, el que ahora hace que cada vez que levanto la vista no pueda evitar quedarme absorto, casi en trance o hipnotizado, mirando a la insepulta Orquesta del Titanic, que mientras el barco se hunde… sigue tocando. Y bien sé que si me empeñase en ello podría apartar la mirada un poco, o hasta cerrar los ojos. Pero al final todo sería inútil. Porque lo que no puedo hacer es apagar los oídos, mientras suena y suena la música de los muertos.
LXXII
Ver a los muertos
No sé si ellos me echarán de menos a mí, pero yo echo mucho de menos a los míos, a mis muertos. Quiero verlos de nuevo. Ya no me basta con intuir la presencia de sus sombras entre la niebla, ni con buscar su rostro entre los recuerdos que alguna vez se convierten en libros, ni tampoco con devolverles esa pequeña parte de la vida –siempre insuficiente– que el papel y la tinta logran a veces arrancarle a la muerte. Quiero habitar su particular lejanía para siempre, ir a donde están los que –al menos del todo– jamás han vuelto.
XCIV
La eternidad, en consecuencia
Esta afición a la literatura que yo tengo conlleva ciertos disgustos algunas veces. No hay que negar eso, por supuesto. Pero la verdad es que lo que suele traer consigo es más de una satisfacción inmensa. Porque, por más selectivo que uno sea, siempre puede tener la seguridad de que jamás se le agotarán, a la hora de la lectura, los libros buenos. Como la biografía que le dedicó a Valle‑Inclán aquel otro Ramón de muy altos vuelos, Gómez de la Serna, que yo no había leído hasta ahora y que tanto me alegra haber comprado. En ese libro, el biógrafo, para mi gusto particular una de las plumas más brillantes de un tiempo quizás irrepetible para las letras españolas, va desvelando, página tras página, cómo era el verdadero rostro del mejor de todos los valleinclanes posibles. El de aquel que quiso ser quien los demás creían que era, y que de hecho hasta consiguió serlo algunas veces. Pero a mí me gusta, sobre todo, imaginar al Valle‑Inclán que de vez en cuando se harta de ser su propia máscara y que regresa a Galicia. Al Don Ramón, Marqués de Bradomín él también sin saberlo, que entre los muros de pazos ya casi derruidos y por los caminos desiertos y bajo los pinos que frente al mar le plantan cara al viento, envuelto quizás en un eco de campanas todo ello, andaba buscando el sosiego que no encontraba en Madrid, donde no tenía otro remedio que hacer de sí mismo constantemente. A mí me parece que desde Galicia, y en particular desde esta Última Bretaña nuestra, con las islas errantes tan cerca, se ve con mayor nitidez lo que le sirve de sustento al alma, y por lo tanto se entienden mejor muchos de los grandes libros, o al menos se intuye de otra manera lo que habita detrás de ellos. Cuando, como estos días pasados, me reencuentro con Luz Pozo Garza y con Torneiro, cuando puedo abrazarlos de nuevo, que es como abrazar también sus versos y en consecuencia la eternidad, pienso mucho eso.
CXVIII
Dicen que un rayo
Saber que el Santuario da Virxe da Barca ha ardido durante la noche me ha causado un profundo dolor. Ha sido un duro golpe en el corazón. A estas horas dicen que probablemente ha sido un rayo, el que ha incendiado la iglesia. Y en Muxía son muchos quienes afirman que, en medio de esta desgracia inmensa, la Virgen ha hecho un milagro más, al atraer ese rayo hacia la iglesia, salvando así el pueblo. Creo que nunca podré olvidar la imagen del templo en llamas frente al Océano. Me gustaría estar allí, ahora. Pero no puedo ir. Tengo que estar en el periódico dentro de un par de horas. Rezo desde aquí, desde el Norte. Desde donde casi siempre se está lejos.
CXXI
El paisaje visto de otra manera
Dice el Emperador, León de Bretaña Resucitado –y yo, como a mí me ocurre lo mismo, no puedo estar más de acuerdo–, que el tiempo, aunque te canse los ojos, también te enseña a ver el paisaje de otra manera, permitiéndote apreciar detalles que antes no apreciabas incluso en lugares por los que, tal vez, habías pasado mil veces. Si hubiese podido contar con la Torre Peregrina cuando era joven, afirma León Daniel María Bonaparte, probablemente habría querido que solamente se detuviese en aquellos lugares en los que nada pudiese estorbar la visión de paisajes dignos del más almibarado de los almanaques. Pero hoy, en cambio –añade–, sabe muy bien que el pequeño río que discurre entre fincas cercadas con malos muros de bloque, el molino reconvertido en infravivienda y cubierto de uralita tras perder su antiguo tejado, el edificio de seis pisos alzado en tiempos de la adoración del cemento en medio de la nada y los somieres que sirven de cierre a pastizales en los que se han colocado unas viejas bañeras oxidadas para darles de beber a las vacas, no son sino las huellas de la mano del hombre en este triste tiempo que habitamos.
(Y subraya, el Emperador, a este respecto, que precisamente eso, lo que ante quienes han dejado atrás su juventud presida del hombre el Reino, sea con luz o con palabras, es casi lo único que le interesa ahora, cuando las ansias de existir van siendo tan escasas. Esa es la razón, comenta, de que a veces lo enternezca de una forma extraña ver una piedra de moler el trigo, una rueda de molino, ya casi rota en dos pedazos y abandonada, en el extremo de una finca, junto a un camino que el Ayuntamiento mandó asfaltar cuando no hacía ninguna falta asfaltarlo. Porque, más allá de las heridas de esa piedra y de su triste final, a él le da por pensar que también esa piedra de moler tuvo sus días de gloria, cuando –tal vez en el mismo molino que ahora ya no lo es y que está cubierto de uralita– giraba y giraba y giraba en medio del milagro de la harina, soñando con el pan mientras, a su lado, quienes aguardaban a que se terminase de moler su grano reían y, con no poca frecuencia, hasta cantaban canciones de amor mientras les servía de coro el correr del agua.)
Somos cada vez más una melancolía, no sé si para bien –lo más seguro es que no– o por desgracia.