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Ver productosEn la sociedad del espectáculo, los aniversarios, sobre todo cuando son redondos, son una buena excusa para resúmenes, revisiones históricas, e incluso alguna revelación sorpresa. Ahora que se cumplen 50 años del año que lo cambió todo, Josemaría Carabante se une a los que, como González Férriz o Joaquín Estefanía, han revisado en España los acontecimientos sucedidos alrededor del mundo en 1968 pero lo hace por un camino diferente, ofreciendo una biografía intelectual de lo sucedido. Desde el convencimiento de que, como había destacado Richard Weaver, “las ideas tienen consecuencias”, Carabante acierta al centrar su trabajo en estas ideas, en sus orígenes, su desarrollo y su evolución.
Y lo hace a través de un ensayo breve para un proyecto tan ambicioso como complejo, que le obliga a realizar un impresionante ejercicio de síntesis, en el que compagina el manejo crítico de la historia del pensamiento de los últimos 100 años, con profundidad y claridad didáctica, ofreciendo herramientas para reflexionar sobre nuestro presente a la luz de lo sucedido.
El 68 se suele describir como una acumulación de derrotas políticas, y una gran victoria cultural, de cambio social, y psicológica, que afecta a las actitudes de los individuos, llamada a dar fruto durante muchos años. Se olvida a menudo, al realizar este juicio sumario que, como señalaba Aron, entre sus objetivos se encontraba el “deliberado propósito de politizar la cultura y las aulas”, por lo que la victoria cultural fue también en gran medida una victoria política. De ahí que entre los logros de las revueltas estudiantiles se encuentren éxitos de naturaleza política como el otorgar visibilidad a ciertas desigualdades, como las de raza o género, la ampliación las perspectivas de desarrollo de la mujer y la entrada en la agenda política de asuntos como la ecología. Quizás la derrota se produce, sobre todo en el plano cultural, cuando, como apunta el autor haciendo referencia a Zizek, el capitalismo asume cómodamente algunas de las reivindicaciones del 68, como la flexibilidad, el consumismo, la maleabilidad de las identidades y el hedonismo, rasgos que hoy en día constituyen, lo queramos o no, los rasgos de nuestro sistema económico y social.
Tras un breve resumen de lo sucedido durante ese año con el fin de poner en contexto al lector, y que, debido a su carácter introductorio, no puede evitar caer en la breve enumeración de hechos, el ensayo realiza un recorrido intelectual en el que cada párrafo del libro es un ejercicio de concisión y de rigor. El análisis crítico de los orígenes filosóficos del terremoto presenta la Revolución del 68 como una revolución fundamentalmente antimoderna, irracionalista, hija de la filosofía de la sospecha, que denuncia los presupuestos de la Ilustración, aunque paradójicamente lo haga desde una posición de elitismo intelectualista, que hace depender cualquier intento de revolución de la fuerza de seducción de los intelectuales.
Entre las ideas que provocan y alimentan la acción en las calles encontramos la asunción de la importancia cultural del marxismo, en la que tanto contribuyó Gramsci, más allá del terreno económico; la exaltación freudiana del instinto frente a una cultura asociada intrínsecamente con la represión; el impulso de Marcuse al dotar de naturaleza revolucionaria al deseo sexual; el nihilismo vitalista de Nietzsche; y el influjo situacionista, que, a través de las obras de Debord y Vaneigem, introduce los elementos estéticos y lúdicos tan importantes para el éxito de las revueltas. El autor, que no abandona el análisis crítico en ningún momento de la exposición y ofrece, al final, como contrapunto la visión crítica de Raymond Aron, que no dudó en calificar lo sucedido en Mayo del 68 como “psicodrama”, una comedia revolucionaria, obsesionada con la crítica pero sin un modelo social alternativo.
La posmodernidad se presenta como un proyecto de liquidación de los principales dogmas de la modernidad: la razón, la verdad o el sujeto
A continuación, este libro agudiza aún más su perspectiva crítica para analizar a los hijos intelectuales del 68, aquellos que, como Deleuze, Derrida, Foucault o Lyotard, dieron forma filosófica a algunas de las principales tesis que habían acampado en la Universidad a finales de los sesenta. Todos ellos coinciden en adoptar la filosofía como parte inseparable de la política y reducen todo intento de comprensión de la realidad a la categoría de interpretación, convirtiendo la filosofía en una terapia emancipadora. La posmodernidad se presenta así como un proyecto de “liquidación de los principales dogmas en los que se sustentaba (la modernidad), como la razón, la verdad o el sujeto”, explica Carabante. La propuesta de estos supuestos herederos del 68, para quienes la cultura resulta ser “un producto azaroso, arbitrario”, es una “pluralidad de concepciones de vida y de valores, todos igualmente válidos en el universo del igualitarismo pluricultural”. Bajo esta óptica, la diferencia y la alteridad sustituyen a los grandes relatos y culturas.
No es de extrañar que, ante la desaparición de lo común que causa el juego de la “diferencia”, las instituciones se presenten como creaciones artificiales y arbitrarias y se entienda como instancias que limitan el desarrollo del yo individual, más inclinado a las identidades volátiles. El individualismo, mezcla de subjetivismo y narcisismo, se convierte así en el eje vertebrador de la posmodernidad. Eso provoca desarraigo en el individuo contemporáneo y un contexto cultural basado en “la indiferencia, la apatía cool y la trivialidad”, características de nuestra “Era del Vacío”, donde el acuerdo sobre el bien común, e incluso la comunicación imprescindible para alcanzarlo, se hacen mucho más difíciles por la identificación de lo privado y lo público, la fragmentación de intereses, y el realce identitario de las diferencias. No en vano el autor señala como “el liberalismo posmoderno y sus colorarios –el relativismo, la diferencia, el rechazo al poder, su espíritu anti-institucional, su minimalismo ético-“ se ha convertido en un credo transversal y unánime que, como han señalado Bell o Fukuyama, desdibujan las ideologías clásicas, convertidas en una mera agregación de intereses. Ante este panorama, Carabante prefiere finalizar su ensayo con un guiño a la esperanza que, en su brevedad, no puede ocultar cierto voluntarismo.
Sobrevolando todo este ensayo aparece uno de los debates políticos de fondo más relevante de nuestros días, la necesidad de la revolución
Lo más interesante de la obra del joven filósofo madrileño es que, junto al brillante ejercicio didáctico de dar a conocer un acontecimiento determinante de nuestra historia actual, el libro se plantea con una referencia continua al momento actual, iluminando el presente con las luces largas que aporta siempre el pasado. Carabante lo advierte desde el principio al señalar como en «los últimos años, a raíz sobre todo de la última crisis económica, ha regresado la mitología del 68 al escenario público y la arena mediática. Se ha perfilado una nueva cultura política contestataria, de estilo populista, que blande las consignas libertarias de entonces y que, al hastío de la juventud, añade ahora el descontento por las penurias y desigualdades provocadas por el último capitalismo, un componente que faltaba en los levantamientos estudiantiles». De ahí que en esta biografía intelectual de la revolución, el acento en las similitudes entre lo ocurrido alrededor del mundo en 1968 y el momento actual, sean un elemento transversal permanente.
Los momentos, especialmente en el terreno económico, son diferentes. La crisis financiera global de 2008, en la que se sitúa el epicentro de la crisis social y política, contrasta con la satisfacción generalizada del año 68. La sociedad de la abundancia con la de la desigualdad. De ahí que en 1968 el consumismo y el aburrimiento provocado por el hastío existencial fueran señalados como grandes enemigos de la vida, y de la revolución, mientras que hoy es la falta de equidad el eje que articula del malestar social y alimenta su respuesta. Frente al “actúa como si no tuvieras futuro” que animaba entonces a apurar el presente, hoy nos encontramos con el efecto paralizante que provoca el miedo a un futuro peor.
Pero pese a las diferencias, ambas épocas coinciden en su afán por reivindicar nuevos valores y plantear estilos de vida alternativos. En las bases de estos deseos de cambio destacan como presupuestos básicos «el subjetivismo, la importancia concedida a la diferencia, la tendencia individualista, el recelo ante la verdad, hacia los criterios normativos o las jerarquías», que hoy se presentan como presupuestos del debate sobre los que no cabe discusión. El autor alerta de esa paradoja que encierra el pluralismo relativista, pues tiende a “imponer formas de vida y valores que, al normalizarse, dilapidan el pluralismo a través de una poderosa coacción homogeneizadora, y amenazan con erradicar todo aquello que se niega a amoldarse a su supuesto discurso emancipador”.
En este punto Carabante no rehúye el debate intelectual y señala las incongruencias y las dificultades de construir un modelo político sobre una base cultural que rechaza expresamente los fundamentos intelectuales sobre las que se construye el Estado Moderno. No en vano ese interés común por vías informales y alejadas de los focos de poder, con un componente artístico, fundamentalmente contestatario, más dirigido a buscar el cambio social por caminos alternativos que conquistando el poder en las urnas, fue una de las causas por las que fracasó el 68 a la hora de construir una opción política, aunque su influencia en el campo de los valores y la cultura hayan condicionado la agenda de la política de manera clara desde entonces.
En los últimos años, a raíz sobre todo de la última crisis económica, ha regresado la mitología del 68 al escenario público y la arena mediática
Sobrevolando toda este ensayo aparece uno de los debates políticos de fondo más relevante de nuestros días, la necesidad de la revolución. Es difícil no plantearse hoy, como en el 68, la desconfianza en el sistema, y dudar de la capacidad de reforma mediante el consenso y el diálogo propias de la democracia. La alternativa es plantear una enmienda a la totalidad del sistema, apartase de la dinámica institucional y recelar de la democracia liberal. Este debate a su vez está impulsado por el rechazo a la autoridad y a las normas, junto con las instituciones, porque supuestamente coartan las libertades personales. Todo ello se refleja en el carácter amorfo de la respuesta política de la sociedad, sin portavoces, sin rostros, sin interlocutores, y sin fuerzas políticas capaces de capitalizar la agitación social.
Así se ha trasladado el centro de la discusión de las instituciones a la calle, llegando incluso a cuestionarse el papel mediador de la opinión pública. La apuesta por la visualidad y el efectismo que inauguró el 68, que ajustó su actuación a «la lógica de la sociedad de la imagen», anticipó el uso político de las tecnologías de la información propias de la sociedad del espectáculo e incorporó como parte de las tácticas subversivas nuevos elementos -el juego, la parodia o el arte- sustituyendo batalla de la “lucha de clases” por la “del tiempo libre”. Pero también hoy se nos plantea hasta qué punto la reivindicación de la estética frente a la ética y la obsesión por la crítica, sin ánimo constructivo, supone una renuncia expresa a un programa, a un diseño social alternativo.
En la actualidad estamos viendo cómo la política abandona el ideal liberal en el que las instituciones actúan de manera independiente y se sumerge en un proceso que, como se indica en estas páginas, “convierte la lucha política en una guerra cultural, y que expande los conflictos ideológicos de un modo tan virulento que ni siquiera la vieja concepción de la lucha de clases había podido prever”. La batalla cultural se traduce en una batalla política entre la legalidad constitucional y su negación revolucionaria, la reforma paulatina de las instituciones y las mejoras dialogadas, consensuales y realistas, frente al utópico cuestionamiento integral del sistema. La concepción de la política como el arte de la moderación que permite lidiar con las imperfecciones humanas y la contingencia de la historia frente a una concepción abstracta y soñadora de la misma que esboza en el laboratorio académico el orden social perfecto y solventa teóricamente todas las injusticias. Hoy como ayer, asistimos a la lucha entre la democracia liberal e ideas cercanas a las ideologías totalitarias que, en nombre del pueblo, prescinden del respeto por las instituciones y las libertades ciudadanas.
Si algo queda claro tras la lectura de “Mayo del 68. Claves filosóficas de una revuelta posmoderna” es que en esta guerra aún es muy pronto para declarar el bando ganador. El impacto cultural y psicológico del 68 no fue automático y fue necesario que la generación que protagonizó las revueltas y su individualismo ideológico fueran reemplazando los valores de la generación anterior. En el camino fueron quedando algunos sueños y una buena parte del ímpetu revolucionario. Los sueños se enfrentan, tras la euforia, con el ineludible despertar, descubriendo que lo onírico es siempre algo efímero y que se puede volver pesadilla en su contacto con la realidad. Aún es pronto para saber si la situación actual supone la resaca, la culminación o un simple rebrote del momento estudiantil del 68 a manos de una nueva generación, o, por el contrario, es el inicio de una época revolucionaria destinada a cambiar el mundo para siempre. Tal vez tengamos que esperar otros 50 años para saberlo.
Josemaría Carabante: Mayo del 68. Claves filosóficas de una revuelta posmoderna. Editorial Rialp. Madrid, 2018. 96 págs. 12 € (papel) / 6,99 €.

En La taberna errante Chesterton no se contenta con escribir sólo una divertida novela de aventuras ni una defensa de la bebida y la comida ni siquiera una crítica tumbativa a la demagogia y a la alianza de civilizaciones y a la imposiciones de lo políticamente correcto. Haciendo todo esto, que lo hace, no renuncia a dejarnos entre líneas una sólida defensa de una concepción del hombre y una audaz propuesta de sentido.
Con todo, usted puede convalidar este artículo si me da crédito y, en vez de leerlo, se va a la taberna más cercana y se toma una buena cerveza. O mejor (o mejor después) un vaso de buen vino (en honor a Gonzalo de Berceo) o, permítanme el fervor, una copa de jerez. Luego sigan. Acompáñenlas de queso o, discúlpenme el entusiasmo, de jamón ibérico. Y, sobre todo, acompáñenlas de amigos, de conocidos, de saludados y de otros clientes ocasionales. Si se animan entre todos a cantar un poco y a reírse mucho, ya tendrían un sobresaliente cum laude.
Lo que no quita que nos enfrentemos a un tema de inmensa importancia intelectual. En el siglo XIII, cayó en la cuenta la exultante poesía goliárdica, tan itinerante, vitivinícola y universitaria. No en vano aquellos divertidos jóvenes se habían instruido en el método escolástico de la universidad medieval. Nuestra casa, UNIR, por Universidad, por Internacional y por de La Rioja, tiene títulos de sobra para reivindicar esa tradición que entronca con el Gaudemus Igutur y que tanta falta nos hace. Chesterton se apuntó y supo ver su trascendencia en La taberna errante, su novela de 1914. En ella, para huir de la prohibición del alcohol que han impuesto en Inglaterra, por un lado, el neopuritanismo y, por otro, el afán por complacer al Islam, dos amigos se resuelven a huir con un barril de ron y un gran queso y poemas y canciones, auténticos taberneros errantes, goliardos cabalgando de nuevo.
A poco de publicarse, estalló la I Guerra Mundial, por lo que la novela quedó opacada. Para su fortuna, el argumento, con su ataque a las leyes higienistas, a la intolerancia de lo políticamente correcto, a la demagogia de las elites y a la alianza de civilizaciones, ha devenido más actual que cuando se publicó. Parece paradoja chestertoniana, pero es lo propio de las profecías. Optimismo y buen humor aparte, la novela es la hermana gemela (¡y se llevan cien años exactos!) de Sumisión de Houellebecq.
La obra tiene todos los ingredientes chestertonianos (el estilo desbordado, el humor, al amor a Inglaterra, el desdén a los aristócratas (Lord Iwywood) y el amor a los aristócratas (Lady Joan), las aventuras, la imaginación, la crítica política, etc., pero su clave secreta es que, bajo fenómenos que entonces apuntaban y hoy se imponen, tales como el imperio de la dietética, la extensión cada día más beligerante del vegetarianismo y el veganismo o la banalización del sexo, se oculta la enésima reencarnación de la gnosis. Un denominador común de muchas doctrinas y modas contemporáneas es que miran con desprecio todo lo que tiene que ver con el cuerpo, con la vida cotidiana y con la realidad. Sólo valen las ideologías y las utopías. La serie Altered Carbon (basada en la novela homónima de 2002 de Richard K. Morgan) llega al extremo de considerar los cuerpos apenas fundas intercambiables de las identidades individuales.
Santiago Alba Rico, en el excelente prólogo a la edición de La taberna errante de Acuarela Libros (Madrid, 2004), entre muchas observaciones brillantes, acierta al declarar que La taberna errante arremete contra el idealismo de las clases altas. Ésa es su intención, en efecto. Chesterton afina más, incluso, y diferencia en su novela entre dos clases de idealistas: “Los que idealizan la realidad y los, ¡rarísimos!, que realizan el ideal”. Él apuesta por la realización, aunque chafe la perfección abstracta. Por ello emprende una defensa práctica del hombre ordinario y de los placeres sencillos. Cuando más adelante Alba Rico cuenta que Chesterton “desconfiaba de Shaw más por sus costumbres alimenticias que por sus discrepancias filosóficas o políticas”, acierta a explicarnos la razón de fondo: “sus discrepancias filosóficas y políticas tomaban cuerpo en sus irreconciliables costumbres alimenticias”. En consecuencia, si Chesterton prefería un caníbal antes que a un vegetariano, no era para epatar al lector, sino por profundas verdades filosófico-teológicas.
No en vano muchos grandes defensores de la ortodoxia (véase el Aquinate) han sido orondos como toneles. Nada como un bistec combate el gnosticismo. Parece que los jóvenes chestertonianos de Oxford lo supieron ver. Hasta extremos que incitaron a un compañero remilgado a dedicarles este epigrama, que cita Dorothy L. Sayers:
Hay cinco cosas que los jóvenes
chestertonianos reverencian:
el chuletón, la ordinariez,
Roma, el jaleo y la cerveza.
Chesterton, que en su primera juventud estuvo tentado por el idealismo y el espiritualismo, como destaca muy dramáticamente en su Autobiografía, reacciona y lleva, con la fe del converso, la defensa de la encarnación hasta las más últimas consecuencias, pasando siempre por el chuletón y la cerveza. Wells, que era abstemio además de ateo, protestó del “boozy halo of Catholicism”, esto es, del halo alcohólico que Chesterton y Belloc habían aportado a la causa. En realidad, el halo venía de antiguo (el hálito hace al monje), de la Merrie England, de Chaucer y de Shakespeare y del antipuritanismo, que es una veta pura de la Iglesia.
La poesía que defendía Chesterton, incluso pagando el precio de no entender del todo la poesía joven de su tiempo, fue consecuentemente una poética hipercalórica. Siempre con rima, con metro, con música, con aliteraciones, con argumentos, con estrofas: no le faltaba un avío ni un condimento. Ante la poesía más delicada de su tiempo, la modernista, se pregunta: “¿De verdad hemos aprendido a pensar con más amplitud? ¿O tan sólo hemos aprendido a estirar nuestros pensamientos al tiempo que los adelgazamos? Sospecho que un poeta moderno podría elaborar un admirable poema lírico casi con cada uno de los versos de Pope”. Observen: no entiende el adelgazamiento.
En La taberna errante encontramos el epítome de esta poética. El poema se titula “The Song Against Modern Songs” y, tras expresar sus dudas sobre los poemas más actuales, propone sus postulados cyranodebergerascos (en traducción de Jesús Beades):
Pero ¿quién escribirá el galope y la grandeza,
la canción del cazador, la de brindar con cerveza,
para aquellos que se alzaron, tan valientes, con arrojo,
cuando el día y cuando el vino se volvieron color rojo?
Pero ¡trae acá un clarete del que tienes ahí guardado
y te escribo una canción para el brindis más osado,
sobre la guerra, y los barcos que ya zarpan de los puertos,
una canción que consiga que resuciten los muertos!
Las canciones de taberna que Chesterton incluye en su novela se convierten, así, en el ejemplo más palpable de lo que el inglés pedía para un poema y, en realidad, para cualquier escrito suyo: que fuese una canción, que reuniese a su alrededor a los amigos, brindando a ser posible, y que acabase resultando, además, un himno de combate.
He de vencer la tentación de recitar más poemas, siquiera sea para que, quienes han renunciado a ir a tomarse una cerveza en el primer párrafo, no se retrasen más. Pero el último, sí, para ir, además, entonándonos. “El feliz vegetariano” es un ejemplo paradigmático de las paradojas de Chesterton. El bebedor se considera tan vegetariano como el que más. ¿O acaso no es un devoto del… zumo de uva? “I will stick to port and sherry,/ For they are so very, very,/ So very, very, very vegetarian”. En la versión del grupo sevillano The Flying Inn, se contagia el regocijo que refleja el poema:
Chesterton se está riendo de esos vegetarianos que le ponen peros al vino sin que sepamos por qué, aunque lo sospechamos. Roger Scruton, en Bebo, luego existo, ensayo filosófico de muy cartesiano título y muy chestertoniano contenido, ha llamado sabiamente la atención sobre el hecho de que el vino nos revela, en última instancia, la existencia del alma. Lo hace de mismo modo que la buena comida nos recuerda nuestra condición corporal. A primera vista, parece que la novela de Chesterton está defendiendo la existencia de las tabernas frente al estatismo desmadrado, la política excesiva y la demagogia, y sí, claro, pero está defendiendo, sobre todo, la naturaleza humana, su hilemorfismo.
Su espíritu lo recogió George Orwell en un artículo extraordinario: “The Moon Under Water”. Era el nombre de un pub soñado, el arquetipo de todos aquellos de carne y cerveza que se mantuvieron abiertos durante la II Guerra Mundial, símbolos de la resistencia inglesa al nazismo (cuyo líder, por cierto, era vegetariano y abstemio). “The Moon Under Water” volvió a izar la bandera (o, mejor dicho, el poste con el signo) de La taberna errante. Es una bandera que aún tenemos que enarbolar. Ahora sí podemos (¡y debemos!) irnos todos a la taberna donde nos esperan los amigos de la primera hora. Todavía no es tarde.
Es imprescindible que la información suene plausible. Por ello es irreconciliable con la narración. La escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo de la información. Cada mañana nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables”. La frase del filósofo Walter Benjamin pone de manifiesto uno de los mayores desafíos del periodismo: en el entorno actual, en el que la única constante es el cambio, se necesitan historias memorables. Las buenas historias periodísticas enseñan lo que permanece y es consustancial al ser humano, la necesidad de contar el mundo y aportar el contexto para comprenderlo. La llamada posverdad y las noticias falsas que de ella se desprenden son hoy el mayor enemigo de ese periodismo necesario.
Cuando el escritor Apión acusó falsamente en el siglo I d. C. a los judíos de sacrificar a niños griegos para realizar sus rituales, a la calumnia no se le llamó posverdad, se le llamó “libelo de sangre”. Cuando en 1898 la prensa amarilla estadounidense, con William Randolph Hearst a la cabeza, decidió atribuir la explosión del barco estadounidense USS Maine a un ataque español sin esperar ningún tipo prueba que lo confirmase -“usted proporcione las imágenes y yo proporcionaré la guerra”, le dijo Hearst a su enviado especial poco antes de empezar el conflicto-, nadie se preocupó por la veracidad de la información, más bien se consideró razón suficiente para comenzar una lucha que acabó con las últimas colonias españolas en manos de Estados Unidos. Cuando Gabriel García Márquez fue enviado por el diario El Espectador a la ciudad de Quibdó (Colombia) a cubrir una manifestación contra el Gobierno y se dio cuenta de que en realidad no había ninguna protesta en marcha, no dudó en orquestar una revuelta a la que añadió datos falsos y elementos dramáticos para enriquecer la historia sin ningún remordimiento por generar fake news; al contrario, reconoció años después haber inventado noticias en aquellos tiempos sin ningún pudor.
Puede que estemos llamando era de la posverdad a la era de la manipulación.
Las imprecisiones, las informaciones interesadas y las noticias falsas han existido siempre y, como señala Arcadi Espada en una entrevista en Letras Libres, “el periodismo ha sido muy responsable de todo esto. Ha dado alas a la idea de que la verdad era un asunto que no tenía sentido: se hablaba de la pluralidad, la libertad, los poliedros”. Se olvidó, en otras palabras, que los hechos son sagrados y se generó un estado de situación en el que la llamada posverdad, la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”, campa a sus anchas.
Hoy, convertida en la palabra del año 2016 por el diccionario Oxford, tema de debate público y cuestión de Estado (de Macron y su propuesta de control de las fake news durante los periodos de elecciones en Francia, a las injerencias rusas en la crisis durante el vodevil independentista en Cataluña), es una obligación para el periodismo combatirla. Quizá nunca hubo tanta conciencia de su existencia, preeminencia y potencial destructivo. De hecho, como plantea Álex Grijelmo, la propia extensión del término “posverdad” ha dado el primer triunfo a quienes la utilizan para sus intereses: “Podemos preguntarnos sobre todo si ‘posverdad’ no formará parte de lo que la propia palabra denuncia, si no estará desplazando a vocablos más indignantes, como ‘mentira’, ‘estafa’, ‘bulo’, ‘falsedad’ … El engaño siempre existió, sí, pero antes todos decían luchar contra él. Ahora, por el contrario, se empieza a cultivar como una buena técnica profesional el revoltijo de trampas de lenguaje basadas en el sensacionalismo, los sobrentendidos, la insinuación, la alusión, la presuposición, los eufemismos. Y si se trata de definir ese paquete, lo de ‘posverdad’ suena realmente a broma. Porque puede que estemos llamando ‘era de la posverdad’ a la ‘era de la manipulación’”.
El desafío para los periodistas consiste en ofrecer una mirada elaborada sobre la realidad frente a la información sin contrastar, la mentira y la manipulación. Históricamente, factores económicos, como la venta de diarios, aunque sea a costa de empezar una guerra en el caso de la prensa amarilla estadounidense, factores narrativos, como la confusión entre periodismo y ficción, en el caso de García Márquez y, por supuesto, factores políticos, como la búsqueda de la victoria electoral en el caso de las últimas elecciones estadounidenses, han jugado siempre un rol esencial en la destrucción de la verdad y en la erosión de la credibilidad del periodismo.
El periodista no puede limitarse a repetir mensajes oficiales, amplificar fenómenos virales y dar por buena la información sin un mínimo de revisión.
Cabe preguntarse entonces qué es lo permanente en el periodismo, lo que lo hace verdadero, más allá del formato en el que se ofrezca o del soporte en el que se consuma. La respuesta se encuentra no tanto en las posibilidades tecnológicas –sin duda aliadas de los periodistas y fundamentales para el desarrollo de la profesión-, sino en recuperar buenos ejemplos que en tiempo de (otras) crisis, fueron capaces de poner en valor el rol del periodismo, y en el entendimiento del contexto actual en el que nos movemos. La aspiración es ejercer un periodismo basado en hechos, construido sobre datos y ajeno al “periodismo zombi”, diagnosticado de manera muy acertada por Lluís Pastor, ese periodismo que se limita a incluir a la audiencia sin saber en realidad qué hacer con ella y que en última instancia no sabe hacia dónde se dirige.
El buen periodismo, en cambio, es hoy tan necesario como siempre y dista mucho de ser un muerto viviente: es indispensable para el funcionamiento correcto de una sociedad libre y democrática. El periodista, por tanto, no puede limitarse a repetir mensajes oficiales, amplificar fenómenos virales y dar por buena la información sin un mínimo de revisión. Porque, como explica el historiador Timothy Snyder, “renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo”. Y, en última instancia, “la posverdad es el prefascismo”.
Totalitarismo y posverdad
La idea de que la actitud del nazismo hacia los judíos fue algo desconocido por el pueblo alemán y las potencias extranjeras es un lugar común. ¿Cómo, de haberse sabido, se hubiera tolerado? Quizá los extremos de los campos de concentración y la exterminación sistemática de judíos, gitanos y mestizos no podían ser intuidos ni siquiera por la mente más macabra. Sin embargo, la humillación a los enemigos del nazismo era ya algo público años antes de que estallase la II Guerra Mundial.
Así lo prueba, por ejemplo, el viaje del periodista Manuel Chaves Nogales a Alemania en 1933. El 26 de mayo de ese año Chaves escribía: “Hitler va positivamente a cumplir desde el Poder sus promesas de extirpación de los judíos. Conste que esta palabra extirpación es suya. El judío residente en Alemania se encuentra hoy absolutamente bloqueado; la vida se le hace materialmente imposible […]. No; no es que a los judíos les corten las orejas ni les arranquen los pelos; es, sencillamente, que les van suprimiendo los medios de vida”. Y también: “El judío está tan aterrorizado, que se allana a todo, y pasando por las más humillantes vejaciones, sólo pide que le dejen el derecho a vivir”. Produce cierto escalofrío leer estas descripciones, sobre todo si se tiene en cuenta que se produjeron seis años antes de la II Guerra Mundial.
Chaves hizo lo que el periodista puede y debe hacer: contar la realidad, en lo posible de primera mano, con humildad y sin mayores pretensiones.
Y es quizá más dramático cuando Chaves también advirtió entonces lo que el nazismo se traía entre manos: “Alemania va a hacer la guerra […]. Si Adolfo Hitler está gobernando hoy Alemania, es porque lleva doce años predicando la guerra”. Chaves estaba haciendo periodismo en estado puro: contó lo que vio y lo que los ciudadanos alemanes le confesaron, la “misión providencial” del pueblo germánico: “Salvar la raza aria”. Quizá los textos de Chaves no cambiaron nada, pero como él mismo reconocía en su prólogo a La vuelta a Europa en avión, el objetivo del periodismo es otro: “Mi técnica –la periodística– no es una técnica científica. Andar y contar es mi oficio. Alguna vez, lleno de buena fe y concentrando todas las potencias de su alma, uno se atreve a pronunciar la palabra mágica de Keyserling. Desgraciadamente, uno dice ‘sésamo’, y la puerta no se abre. Pero esto es tan consuetudinario que no hay por qué entristecerse ni avergonzarse. Uno se mete las manos en los bolsillos y se va”. Es decir, Chaves hizo lo que el periodista puede -y por tanto debe- hacer: contar la realidad, en lo posible de primera mano, con humildad y sin mayores pretensiones. El periodista es responsable de ejercer con responsabilidad su trabajo, los efectos son ajenos a su profesión.
Describir es mucho más difícil que opinar, y lo es porque exige más trabajo: contrastar, asegurarse de que lo que se cuenta es exacto y no cobijarse en la “libertad de opinión».
No deja de ser curioso y revelador que, en esos mismos textos en los que Chaves contaba la verdadera cara de la Alemania nazi, introdujese también el tema de lo que generan las noticias falsas. En concreto, hablaba de una que afectaba a España: un diario de Berlín aseguraba que el Gobierno de la República necesitaba “300.000 judíos” y estaba dispuesto a pagar un billete y dos meses de estancia a los interesados. El consulado español en Berlín se colapsó, y se vio obligado a aclarar la falsedad de la supuesta ayuda. Las noticias falsas, como se ve, siempre han existido y los más dañados por su utilización son, además de los propios periodistas y su credibilidad, los ciudadanos.
Contrastar ya información y formarse
Decía Josep Pla que “describir es mucho más difícil que opinar”, y lo es porque exige trabajo. Describir implica contrastar, asegurarse de lo que se cuenta es exacto y no cobijarse en la “libertad de opinión”. La mejor defensa para el periodista que describe, es la autoedición, aun en tiempos de inmediatez, y la autoedición va más allá del estilo: incluye contrastar la información y formarse.
Uno de los enemigos tradicionales del periodismo es la prisa. La rapidez es un elemento innegociable a la hora de trabajar en una redacción: el buen periodista debe ser rápido. Las redes sociales han multiplicado este efecto, por eso conviene distinguir entre rapidez, una característica necesaria, y premura, un factor que puede llevar a la irresponsabilidad. Vale la pena tomarse unos minutos para con rapidez, pero sin premura, comprobar la información.
La dificultad marcada por Pla a principios del siglo pasado tiene hoy un aliado en el llamado fact-checking: es más necesaria que nunca la verificación detallada y sistemática de datos e informaciones públicas. Y debe serlo como una rutina profesional habitual de los redactores. Esta sana costumbre nos hubiera ahorrada la famosa anécdota protagonizada por el escritor Mark Twain en 1897. En junio de ese año, el New York Journal publicó que Twain acababa de morir. Twain se vio obligado a escribir una carta al director para aclarar la situación: “La noticia de mi muerte fue una exageración”.
La rapidez es un elemento innegociable a la hora de trabajar en una redacción: el buen periodista debe ser rápido.
José Antonio Zarzalejos considera que “la nueva comunicación y el nuevo periodismo va a centrarse de ahora en adelante […] en verificar, en realizar el fact-checking de manera sistemática, mediante plataformas de las que ya existen muchas (decenas en Estados Unidos)”. Si el periodista no contrasta, no añade valor añadido. El reportero debe ser un curador de la información, debe poner orden entre la avalancha de tuits y robots informáticos, debe ofrecer veracidad.
Si no lo hace, corre el mismo riesgo de caer en trampas como aquella en la que incurrió el Clarksburg Daily News en 1903. Su diario rival, el Clarksburg Daily Telegram, publicó una noticia sobre el asesinato del ciudadano de origen eslavo Mejk Swenekafew. En realidad, esa noticia nunca ocurrió. Se trataba de una estrategia para demostrar que el Clarksburg Daily News llevaba meses robando las historias del Telegram. Y, efectivamente, el día después de la publicación en el Telegram, en News recogió la historia de Swenekafew que, leído hacia atrás, dice: “We fake news”. El Telegram probó su teoría, humilló a su rival reflejando la historia en portada y el News reconoció que llevaba meses utilizando a su competencia para redactar sus contenidos.
Lo propio del oficio periodístico es preguntar, no suponer.
El News supuso que el Telegram no mentiría a sus lectores, y se olvidó de hacer su trabajo. Esa tentación es hoy más accesible que nunca. Como explica Juan Cruz, “suponer es más atractivo y más cómodo que preguntar para despejar las dudas” pero lo propio del oficio periodístico es, precisamente, preguntar. Decía en una conferencia en la Universidad de Navarra el director de El País, Antonio Caño, que entre los factores de la crisis del periodismo está la formación de los periodistas: en ocasiones se ven obligados a preguntar sobre temas que desconocen o no dominan en profundidad. En esos casos, es más fácil que transmitan informaciones imprecisas, inexactas o falsas. Y no se puede transmitir la información con sencillez si no se domina el tema.
La formación es necesaria para combatir el gran enemigo de la libertad intelectual de los periodistas: lo políticamente correcto. Esta corrección ha invadido incluso las universidades, lugares de diversidad ideológica y debate por antonomasia que, sobre todo en Estados Unidos, se han visto envueltas en situaciones en las que los profesores deben advertir a los alumnos del uso de palabras racistas en las lecturas del curso, de comportamientos machistas de los personajes en algunas películas o de cualquier otro elemento que pueda herir sus sensibilidades. La escasa tolerancia a la opinión distinta, por más que se exprese de manera educada y argumentada, es también un problema real a la hora de ejercer la profesión periodística.
Como señala Espada, “la operación de desinformación, de mentiras groseras, como ‘España nos roba’, es una forma de fake news”. De nuevo, el periodista debe señalar con hechos esas mentiras. Y los hechos deben sostenerse en el conocimiento del periodista, en su investigación y en una dosis de valentía: la de estar dispuesto a superar el lenguaje políticamente correcto. ¿Quién podría estar en contra del “derecho a decidir” de una persona o un pueblo? ¿Alguien se opondría a una “reconciliación” social? ¿Quién negaría el “diálogo” a un interlocutor válido? El riesgo para el periodista cuando cuestiona estos dogmas es evidente. Una información que ponga de manifiesto las inconsistencias legales del derecho a decidir, del ofrecimiento de una reconciliación que es en realidad una petición de olvidar crímenes del pasado o de la trampa de un diálogo que es en realidad una manera elegante de hablar de unas exigencias inamovibles, puede convertir a su autor en un fascista o un retrógrado y se expone a la lapidación pública vía Twitter. Es el precio de ejercer la profesión con rigor y libertad.
La formación es necesaria para combatir el gran enemigo de la libertad intelectual de los periodistas: lo políticamente correcto.
La realidad es compleja y el periodista debe describirla. Se necesitan, desde este punto de vista, periodistas críticos, que sean capaces de cuestionarse la realidad. Para ser capaz de hacerse las preguntas adecuadas y de cuestionarse los dogmas de lo políticamente correcto se requiere manejar las palabras adecuadas. Como explica Snyder, “cuando repetimos las mismas palabras y expresiones que aparecen en los medios cotidianos, estamos aceptando la ausencia de un marco más amplio. Poseer ese marco requiere más conceptos y disponer de más conceptos exige leer. […] Cualquier buena novela aviva nuestra capacidad de pensar sobre las situaciones ambiguas y juzgar las intenciones de los demás”. Leer para pensar mejor; leer, también, para escribir mejor. De nuevo, la formación como elemento clave para ejercer el periodismo con rigor. No en vano, como cuenta Paco Sánchez en su blog de La voz de Galicia, “Ben Bradlee, legendario director del Washington Post en los tiempos del Watergate, cuando unos profesores de periodismo le pidieron consejo para formar mejor a sus alumnos, les dio solo uno que he repetido mucho: ‘Que lean todo Shakespeare’”.
Lectores activos
La formación es necesaria, pues, y lo es en dos sentidos: desde el punto de vista del periodista, como se ha dicho, pero también desde el punto de vista del lector. Aprender a leer es esencial.
Si el periodista debe ser autocrítico, culto y contrastar la información para hacer bien su trabajo, el lector debe hoy también estar especialmente alerta. Como explica Elizabeth Kolbert en The New Yorker, varios estudios demuestran que los hechos no nos ayudan a cambiar de opinión necesariamente. En ocasiones el lector no busca la verdad, sino informaciones que refuercen sus prejuicios y sus puntos de vista. El desafío en este sentido es tal que en Estados Unidos ya hay cursos en la universidad y programas para estudiantes de institutos sobre “News Literacy”, orientados a enseñar a los estudiantes cómo diferenciar noticias reales de noticias falsas, entender los estándares del periodismo de calidad y convertirse en ciudadanos informados.
Como defiende Espada, “la verdad es un bien común y debe ser protegida con los instrumentos de que disponen los ciudadanos”. La función del periodismo es dar a conocer hechos verdaderos, y los ciudadanos deben garantizar que la información que reciben es verdadera. En concreto, hay una serie de rutinas que pueden ayudar a los lectores. Por un lado, la selección de los medios de información: el New York Times puede dar una información errónea o sin contrastar, pero es más seguro que el “Blog de noticias del tío Paco”. Por otro, el uso de las fuentes que se hace en las informaciones puede también ayudar a detectar noticias falsas: una información sobre la calidad democrática de Venezuela no tendrá el mismo valor si se alude a un informe gubernamental que si se recogen datos de un organismo internacional e independiente.
Si el periodista debe ser autocrítico, culto y contrastar la información para hacer bien su trabajo, el lector debe hoy también estar especialmente alerta
La otra gran vía para contrastar informaciones es internet: una búsqueda de información puede ayudar a detectar qué medios han confirmado una noticia y puede llevar a comprobar si una imagen corresponde de verdad al contexto atribuido por un medio. En internet se encuentran también muchas opciones informativas. “Si sólo ‘retuiteas’ el trabajo de personas que de verdad han llevado a cabo una labor periodística -afirma Snyder-, es menos probable que acabes degradando tu cerebro interactuando con bots y con trolls”.
Conclusión
Pero, independientemente de la actitud del lector, importa aquí reseñar el rol del periodismo. Los ejemplos del pasado se encuentran en periodistas como Manuel Chaves Nogales y son una buena guía para salir del atolladero posfactual. No ponderar en su justa medida las apreciaciones de personas como Álex Grijelmo, Arcadi Espada o Timothy Snyder sería caer en el mismo error de quienes ignoraron a Chaves durante años: el de menospreciar a una mente lúcida. Cada uno de ellos a su manera, Chaves ejerciendo la profesión con dignidad, Grijelmo, Espada y Snyder reflexionando también sobre ella, contribuyen a la mejora de la profesión, a la búsqueda de un periodismo verdadero, basado en hechos, que describe e informa. Un periodismo necesario para la sociedad.
En ocasiones el lector no busca la verdad, sino informaciones que refuercen sus prejuicios y sus puntos de vista.
En medio de la saturación informativa, absorbido por los exigentes tiempos periodísticos, en ocasiones sin demasiados medios, la profesión depende del esfuerzo individual del periodista: sus estándares éticos y su capacidad de verificar y comprender los datos disponibles son la primera línea de defensa del periodismo, y también la primera línea de vanguardia para que la profesión siga jugando un rol esencial dentro de las democracias liberales. El periodista responsable, que observa, describe, coteja la información y chequea los datos, es el que tiene más cerca la posibilidad de contar las historias memorables a las que aludía Benjamin, historias que transmutan la información en historia. De la formación que reciban los periodistas, de la explicitación y desarrollo de los conceptos adquiridos y de las buenas prácticas de los profesionales de la información depende en buena medida el futuro del periodismo.
La autora de Imperiofobia y leyenda negra ha mantenido una larga conversación con NR, de la que aquí ofrecemos un anticipo. Véase el vídeo pinchando en el enlace de arriba.
«Realmente el libro lo escribí porque Ignacio Gómez de Liaño, que es el director de la colección de ensayo mayor de Siruela, me lo pidió», afirma Roca. Esta obra ha sido posible porque la autora estudió Filología Clásica y se dio cuenta de que «existía un fenómeno de propaganda antirromana que se asemejaba mucho a la leyenda negra». Después marchó a los Estados Unidos. Allí decidió abordar «el fenómeno de acoso propagandístico a los poderes hegemónicos, pero no para escribir un libro simplemente, sino porque pensé que si comprendía lo que les estaba ocurriendo delante de mis ojos a los estadounidenses a lo mejor podía comprender lo que les había pasado a los españoles en el siglo XVIII: un proceso de asimilación de la culpa.»
En el siglo XVIII en España se produce un cambio de dinastía. En el clima cultural francés no sobrevive nadie que no contribuya a darle a Francia brillo y esplendor, mientras que en el clima cultural de España no sobrevive nadie que intente achicarle descalabros o darle una imagen favorable.
Hay muchos estudios que niegan el fenómeno de leyenda negra. Otros historiadores se apuntan a que pudo existir pero que ha sido superada. Roca subraya que persiste, y la sintetiza como la tesis de los que creen que «es una realidad histórica absolutamente justificable». España ha tenido una imagen tan negativa que «cualquier cosa mala que se diga de ella Occidente entero está predispuesto a creerla».
En todo esto distingue un doble aspecto: «Una parte de comportamiento suicida» y de otra la «necesidad de comprender bien», a lo que contribuye su ensayo. «En el siglo XVIII en España se produce un cambio de dinastía. En el clima cultural francés no sobrevive nadie que no contribuya a darle a Francia brillo y esplendor, mientras que en el clima cultural de España no sobrevive nadie que intente achicarle descalabros o darle una imagen favorable».
La leyenda negra es un aspecto de la imperiofobia, a la que define como «el rechazo que los poderes hegemónicos en un continente despiertan en poderes locales muy consolidados, que desarrollan contra ellos la guerra de la propaganda, el único tipo de corrosión que pueden desarrollar, puesto que en lo económico, en lo cultural y en lo militar no los pueden derrotar».
La imperiofobia es un «problema universal, que se da en todas las lenguas de nuestro entorno». No es lo mismo que imperialismo. «La palabra ‘imperialismo’ lleva una connotación moral extraordinariamente negativa. Partimos de la idea de que lo que había antes de que el imperio llegara es como una situación edénica, con una serie de pueblos edénicos, autóctonos, y maravillosos que vivían sin contender y sin pelearse entre sí». Pero eso, dice Roca, «es una una estupidez absoluta y para descubrirlo no hay más que observar los hechos».
Aplica el caso a España e Iberoamérica. «¿Qué había en la Península Ibérica antes de que llegaran los romanos? Pues un montón de tribus dispersas matándose entre sí con saña». Es lo que pasaba en América antes de la llegada de los españoles. «No es que llegan los españoles y destruyen el mundo indígena. ¡Pero de qué indígena está usted hablando si cada indígena es suyo de su padre y de su madre. Y no siente ninguna afinidad con el de enfrente, con el que lleva generaciones guerreando!», destaca.
Partimos de la idea de que lo que había antes de que el imperio llegara es como una situación edénica, con una serie de pueblos edénicos, autóctonos y maravillosos: una estupidez absoluta.
Según Roca, «el europeo tiene cierta tendencia a imaginar que el mundo fuera de él es como él se lo imagina, o sea, usted tiene que ser el buen salvaje sí o sí, porque me da a mí la gana que sea usted un salvaje estupendo, guapísimo y pacífico y toca la flauta; pues no». En realidad, «resulta que el salvaje era cada uno como le daba la gana, y no sentían afinidad entre ellos.»
En Occidente, no todo a lo que se llama un imperio debe ser así calificado. «Lo de los británicos fue un fenómeno colonial, y el colonialismo es aproximadamente lo contrario de un imperio. Los imperios avanzan por replicación, absorbiendo territorios e integrándolos, mientras que el colonialismo es un fenómeno que se basa absolutamente en la distinción entre su metrópoli y su colonia. Fue desde el primer momento planteado como una empresa comercial casi con el único objetivo de obtener beneficios. La historia demuestra que las expansiones que se hacen con solo ese propósito no suelen estabilizarse nunca».
El colonialismo es lo contrario de un imperio. Los imperios avanzan por replicación, absorbiendo territorios e integrándolos, mientras que el colonialismo fue planteado desde el primer momento como una empresa comercial.
Roca propone que se profundice en «ese fenómeno extraordinario que yo considero que debería de ser una de las ramas de la historia y que son los imperios. Porque si hay un fenómeno histórico que ha afectado a más humanidad, ese fenómeno es el imperio.» Cada cierto tiempo, en un continente o en otro, «aparece uno de estos gigantescos fenómenos de integración, que son asombrosos y que hemos estudiado poco o nada y mal por culpa de esa imperiofobia que parece que nos tiene que hacer rechazarlos.»
Meditación española
José María Pemán
Afrodisio Aguado, 1963, Pp. 550
A José María Pemán nadie lo reivindica como los que lo revientan. A costa de quitarle calles, bustos, filiaciones adoptivas y quién sabe si hasta teatros, nos han regalado releerle, que es lo esencial. Y qué sorpresa. Tiene una solera de vino de su tierra que logra que el tiempo lo afine y mejore. Hughes ya ha reivindicado lo más difícil: su pensamiento político o, mejor dicho, su visión de la jugada.
Pero Pemán ha mejorado incluso en aquello que hizo mejor y donde tuvo más éxito: en su articulismo de costumbres. Crece hasta en su apogeo, que fue el personaje de “El Séneca”, hombre de campo (podría haberse llamado “El Columela”) con una filosofía estoica pasada por un hedonismo bajoandaluz. “El Séneca” se impone como soñaba Eugenio d’Ors, paradójicamente, “cuando empezaba a meditar, cuando su ágil espíritu andaluz saltaba de la noticia a la filosofía”.
José María Pemán quiso ser, y lo fue, pero menor, un poeta neopopular, a lo Alberti y a lo Lorca. Como quien no quiere la cosa, con “El Séneca”, Pemán dio en filósofo neopopular. Y con esto, ojo, no rebajo ni su acierto literario (creó un género) ni su pensamiento de fondo (sostuvo una cosmovisión).
“El Séneca” dijo, por ejemplo:
El que hace versos debe preguntarle a cualquier amigo, un día, si están claros.
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Los baches son el atraso; las zanjas son el progreso. [Saboréese qué resuelta retranca reaccionaria.]
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La gracia es un aviso con que Dios nos dice que una cosa está ya en su punto…
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Ese acento de por aquí, que se come unas letras y otras las hace vapor, quita importancia a las cosas y en cierto modo va absolviendo lo que se dice.
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Hay una castidad del cansancio, y una sobriedad de la úlcera de estómago. Quiero decir que, si las virtudes no son una resolución nuestra, acaban siendo un tratamiento médico.
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[Los niños y sus deseos] Pero siempre hacen más ruido en el modo de pedirlos y desearlos que en el jolgorio de conseguirlos. Yo creo que todo juguete defrauda un poco a los niños.
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Es podando mucho como los bosques se convierten en jardines.
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¿Qué sería del progreso si se difundiera demasiado ese secreto andaluz que sabe que como se trabaja para poder descansar, no deja de ser razonable empezar por el final, o sea, por el descanso?
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La pereza tiene mucha mano en eso de los inventos.
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[Un indiano] Yo creo que es un hombre que está acabando por donde yo empecé. Se fue precisamente para volver. Yo empecé por no irme.
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La mucha ambición viene a ser eso: una falta de respeto a los claveles de nuestra maceta.
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[Lamentando la burocracia] No hay palabra de honor que valga lo que una póliza de peseta.
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Los hacemos dos veces tristes: “trabajos forzados”.
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El mundo empieza por el campo y acaba por el arte. En esas dos puntas están toda la elegancia y toda la libertad. En medio están los reglamentos y los sindicatos.
Entregas anteriores:
Luis Garicano, profesor de Estrategia y Economía del IE, catedrático de la London School of Economic (LSE), responsable de Economía de Ciudadanos, y Jordi Sevilla, ex ministro del PSOE con el presidente Zapatero y ahora vicepresidente de Llorente & Cuenca, ofrecieron ayer en UNIR sus recetas para ganar la economía del conocimiento y la innovación. Habían sido invitados por Manuel de la Rocha, economista, director del Foro de Nueva Revista sobre los desafíos de la globalización.
Sevilla sostuvo que había que centrarse en el cómo del ganar la economía de la innovación puesto que el diagnóstico era conocido: hay que cambiar, algo se puede hacer para que las cosas sean distintas, todos pueden ayudar, no debe mantenerse la economía de la época de crisis (devaluación salarial y mantener la competitividad siendo baratos). Sobre esto último añadió: ya no se trata de bajar salarios para mejorar los precios sino de mejorar la producción innovando y de que España se presente en los mercados internacionales como un país que sabe hacer las cosas mejor que otros.
Insistió en que no es un problema de sectores, en que el asunto «no es dejar de producir ladrillo para producir ordenadores», sino de incorporar los valores de la tecnología y aportar valor añadido. Inditex, apuntó, fabrica ropa, algo nada original, lo original es cómo diseñan y distribuyen. Lo mismo ocurre con el vino.
El asunto no es dejar de producir ladrillo para producir ordenadores, sino de incorporar los valores de la tecnología y aportar valor añadido
Los cambios de lo que se ha dado en llamar la cuarta revolución industrial al parecer globalmente crearán más empleo, pero eso no quita para que ese empleo donde crezca sea en la India y donde baje sea en Murcia, dijo Sevilla. Había, pues, que prepararse a conciencia ante este tipo de retos. Fue muy crítico con la educación en España. Ha habido y hay dinero para la Formación Profesional, pero no se ha empleado bien. Sostuvo que en este escenario de la globalización el desempleo afectaría más a la mujer que al hombre y subrayó que el tamaño de la empresa era importante. Las empresas pequeñas tendían a la digitalización solo si veían que abarataban costes; les importaba menos mejorar su cuota en el mercado.
Ante todo esto se necesitaba una estrategia a largo plazo, por encima del partido que estuviera en el poder, propuso Sevilla.
Ha habido y hay dinero para la formación, pero no se ha empleado bien
Luis Garicano asintió a todo lo expuesto por Sevilla excepto que las mujeres perderán más puestos de empleo puesto que son ellas las que copan con más facilidad los de carácter emocional y social. La globalización destruía puestos de formación media-baja, como en el caso de funcionarios de banca. Había que sumar el factor democráfico: menos población y más pensiones. No hay dinero para tantos problemas.
Garicano puso el acento en la necesidad de combatir el inmovilismo, que se aprecia en sectores como el universitario. Para ello propuso: 1. Incentivos (pagar mejor a quien obtenga mejores resultados, gobernar mejor, rendir cuentas, permitir hacer cosas diferentes para cortar con la endogamia); 2. No gastar más sino hacer políticas más inteligentes y saber evaluarlas. 3. Recuperar la confianza, de tal manera que lo que se presentara al público como hecho racional claro se acogiera así y no fuera objeto de recelo y olvido. Había que comunicar mejor y usar mejores ejemplos.
Hacer políticas más inteligentes y saber evaluarlas, no gastar más
A continuación intervinieron en un primer turno de pregutas Daniel Fuentes (macroeconomista, columnista de Agenda Pública), Raúl Sánchez (Centro de Innovación en Tecnologías para el Desarrollo Humano de la UPM), Milagros Avedillo (directora de Solchaga & Recio) y Pedro Mejía (economista, ex secretario de Estado de Comercio). En una segunda ronda la palabra llegó a Paz Guzmán (economista senior de la Representación de la UE en Madrid), Gonzalo García (economista, editor de New Deal), Marian Scheiffer (directora de la Consultora SIDE), Manuel Torres (director de Accenture) y Pablo Cardona (decano de Empresa en UNIR). Al acto asistió también Carmen Vizán (economista senior del Consejo Económico y Social).
Fuentes se quejó de la pésima gestión en España de los intangibles. Sánchez de la falta de pactos de Estados y de que el Estado no fuera más emprendedor. Avedillo de la regulación indebida («no pagas aparcamiento si tienes coche eléctrico»), de la hiperlegislación y de la falta de transparencia; todo ello enmascara los verdaderos dilemas, beneficia solo a las grandes empresas y elimina a las verdaderamente innovadoras. Mejía sentenció: «Nuestras universidades no están preparadas para el cambio o no quieren el cambio, y no es una cuestión de dinero».
Sevilla aludió, a propósito de esas cuestiones, a la falta de capacitación de los empresarios españoles en general, pero no se trataba de un asunto sencillo. El fundador de Inditex y muchos grandes exportadores de naranjas en Levante habían construido, sin estudios, grandísimas empresas. «No sé cómo y no sé cómo reproducirlo, pero pasa y pasa mucho». Por lo tanto, «me centro en aquello que razonablemente puedo controlar y que sea estadísticamente significativo». Había y hay conciencia de que España es «un país de buenos negocios y malas empresas, incluso las grandes empresas han vivido de los amiguetes en los pasillos del poder, más que de abrirse a los mercados internacionales.» Sevilla citó el lema de un gran despacho de abogados para ilustrar lo anterior: «Hay abogados que conocen muy bien las leyes y son grandes abogados, y hay abogados que conocen mejor a los jueces y son mejores abogados».
El fundador de Inditex y muchos grandes exportadores de naranjas en Levante han construido, sin estudios, grandísimas empresas
En opinión del ex ministro del PSOE ese estado de cosas mejoró con el ingreso de España en la UE, aunque todavía hoy los niños prefieren ser Messi a premio Nobel y distribuimos muy mal lo recaudado. En España no hay sociedad civil pero nos conviene a todos que los políticos lo hagan bien, porque nos va en ello la salud al menos económica. Solo con denuestos no se consigue nada. Para reformar la educación y la sanidad, sostuvo, hay que contar con que los docentes y los sanitarios saldrán a la calle porque la reforma afectará a sus privilegios. Criticó la partitocracia, querer el bien del partido antes que el general, lo que acontece tanto con dos como con cinco formaciones. Garicano se centró en que lo más relevante es que se gasta mal independientemente de si se recauda poco o se puede mejorar la recaudación. Se mostró a favor de cambiar el sistema electoral de listas cerradas.
Para reformar la educación y la sanidad hay que contar con que los docentes y los sanitarios saldrán a la calle
Finalmente Paz Guzmán les pidió que opinaran sobre el papel que debiera desempeñar la UE, Gonzalo García citó las cuotas de exportación para concluir que no estábamos tan mal, lo mismo que Marian Scheiffer con la capacidad investigadora y los atractivos de la «marca España»; Pablo Cardona propuso que los estudiantes trabajaran a la vez que estudiaran.
Luis Garicano pidió a la UE que se centre en su papel subsidiario: que haga cosas que sepa hacer y resolver problemas que pueda resolver; advirtió contra la investigación irrelevante. Para Jordi Sevilla la UE naufragó cuando quiso imponer la Constitución europea.
La sesión completa online se puede seguir aquí:
La metáfora y lo sagrado
H. Á. Murena
Editorial Alfa, 1994. 93 pág.
Con La metáfora y lo sagrado (1973) de Héctor Álvarez Murena (Buenos Aires, 1923-1975), autor y libro desconocidos en España, me asalta una tentación de dimensiones evangélicas. Como el trabajador de la parábola que encuentra un tesoro, mi primera idea es esconderlo hasta poder comprar el campo (tal vez con una reedición con prólogo mío o un ensayo en papel en Nueva Revista o una conferencia campanuda…) y quedar como descubridor. Pero soy un barbero y estoy a su servicio de usted, así que vamos al tajo.
No llega a las cien páginas y, sin embargo, La metáfora y lo sagrado las aprovecha al máximo. Las ideas originales, fecundas, hondas y casi incontestables brillan sin solución de continuidad. Partiendo de la cuestión de la esencia del arte, llega, pasando por la religión, la traducción, la filosofía del lenguaje, los grandes relatos, la moral y la metafísica, a la esencia del hombre. Murena, que sostenía que el escritor debía ser “anacrónico, en el sentido originario de la palabra que designa el estar contra el tiempo”, ha sabido saltarse el tiempo para hablar de estos dos anacronismos, la poesía y lo sagrado, y surgir como de la nada desde 1975, fecha de la primera edición del libro, a un presente en el que le leemos como si fuese de ahora mismo: contra este tiempo.
Dice, por ejemplo:
La esencia del arte es la nostalgia por el Otro Mundo.
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El arte es contradictorio: nace de una polarización anormal respecto al Otro Mundo, pero no puede prescindir de este mundo bajo riesgo de desaparecer.
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Ese carácter residual del arte nos proporciona un principio fundamental para determinar la jerarquía estética de las obras: a pesar de que el origen del arte sea la melancolía, las obras en las que la “melancolía” se halla menos presente, las serenas, son superiores a aquellas en las que predomina el tono espiritual originario, pues en las primeras se logra con mayor perfección el fin de fijar los residuos del Otro Mundo.
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Tanto la tradición islámica como la judía declaran que en el Paraíso Adán hablaba en verso.
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El materialismo, en el mejor de los casos, nos conducirá a ese pudor encubierto de desenfado que es el esteticismo.
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Tender al materialismo significa olvidar que los elementos materiales que componen la obra sólo tenían por fin señalar el desplazamiento.
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Aquí podría esbozarse una teoría acerca de la radical imposibilidad de la crítica (…) se torna mero análisis de restos, autopsia.
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Si poseer por mera codicia es subhumano, no poseer por angelismo es el reverso soberbio de la misma medalla, la ilusión de que la Caída no aconteció, de que puede ser borrada.
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Conquistamos el saber de saber que cada acontecimiento de nuestras vidas significa además otra cosa.
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Aquel que come un manjar como si fuera pan común es uno que necesita y merece únicamente pan común, aquél que come pan común como si fuera un manjar es quien necesita y merece un manjar.
*
Lo absolutamente intraducible es la Unidad perdida, que la traducción recuerda con su incesante esfuerzo por reunir las cosas convirtiendo unas en otras.
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[En la Torre de Babel] El gesto de Yahveh libera al hombre de la locura del discurso único. (…) Le indica que el camino de retorno está para el hombre sólo a través de la aceptación de la diversidad.
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La vida: el arte de fracasar fértilmente.
Entregas anteriores:
Para el escritor Julio Ramón Ribeyro, Lima no constituía un objeto de contemplación estética. La cuestión no era si le gustaba o no la ciudad, sino que la vivía como algo tan próximo e íntimo que se veía incapaz de juzgarla con un mínimo de distancia, la necesaria para pronunciarse a favor o en contra a partir de criterios como los monumentos, el clima o la gente. La capital peruana, para él, podía compararse a sus pulmones o su páncreas. Simplemente la llevaba dentro. Como una pertenencia insustituible que estaba, lo mismo que París, más allá del gusto.
Se ha escrito que un grupo de ingleses, fuera de su patria, fundaba un club, mientras los españoles, en parecidas circunstancias, levantaban una ciudad. Lima constituye un ejemplo claro de la civilización urbana que los colonizadores hispanos establecieron en América Latina. Incluso en la actualidad, como ha señalado el historiador Felipe Fernández-Armesto, sigue siendo, seguramente, “la más española de las ciudades hispanoamericanas” tanto por su aspecto como por su ambiente.
La fundación de Lima supuso un giro copernicano en la historia peruana. La antigua capital, Cuzco, cedía su puesto a una urbe de nueva creación. Surgiría así un antagonismo entre la sierra, símbolo del mundo indígena, y la costa, es decir, el territorio hispánico, que ha marcado la historia nacional hasta el día de hoy. La realidad nunca ha permitido dar por cierta la famosa exageración del escritor Abraham Valdelomar (1888-1929), al asegurar que Perú era Lima, Lima era el Jirón de la Unión y el Jirón de la Unión era el Palais Concert. Lejos de comprobar esta supuesta identificación entre la metrópoli y el país, los viajeros han dejado constancia de un distanciamiento notable. A principios del siglo XIX, el explorador alemán Alexander von Humboldt aseguraba que junto al Rímac no había aprendido nada del Perú en su conjunto: “Lima está más separada del Perú que Londres”. A su juicio, nada a orillas del Rímac tenía que ver con el bien público del conjunto del todavía virreinato. Si el patriotismo no era una virtud sobresaliente en América, menos aún en aquel lugar donde reinaba la insolidaridad –“un egoísmo frío”– puesto que nadie se preocupaba de los asuntos que no le afectaban directamente.
Por su parte, un mexicano, Moisés Sáenz, aseguraba que, si ninguna capital era en realidad representativa de su país, Lima lo era menos que las otras. Porque carecía de una tradición indiana. De ahí que pudiera hablarse de su centralismo pero no de su centralidad.
Otros juicios adversos han contribuido, asimismo, a destrozar la imagen de la antigua Ciudad de los Reyes. Así, en el siglo XIX, el chileno Vicuña Mackenna la definió como “una ninfa del ocio”. Por su parte, el novelista norteamericano Herman Melville, en Moby Dick, habló de un espacio más extraño y triste de todos, entre otras razones por su ausencia de lluvias –“la sin lágrimas”– y el color blanco de su cielo.
El naturalista Charles Darwin, a su vez, encontró a la capital peruana miserable y fatua. Más tarde, Manuel González Prada la calificó de “núcleo purulento”, acusándola de extender por toda la República “los gérmenes patógenos”. Desde las provincias llegaban a la capital hombres sanos… sólo para acabar estropeándose.
¿Por qué unas palabras tan duras? Con agudeza, la investigadora Kathya Araujo apuntó que, aunque Lima podía no ser Perú, eso no impedía que muchos le cargaran la responsabilidad de regenerar, ella sola, al conjunto del país. La ciudad, por tanto, funciona como una metáfora de los desafíos de una modernización conflictiva.
Pero el veredicto que hizo más fortuna fue el de Sebastián Salazar Bondy, que, recogiendo un verso de César Moro, titulo su ensayo más famoso “Lima la horrible”. El adjetivo, desde entonces, se cierne con su efecto devastador sobre la capital del Rímac. ¿Tal vez porque ese pesimismo, lo mismo en Perú que en España, ha configurado el pensamiento sobre la nación y la autopercepción de los ciudadanos?
Al viajero le golpean las tremendas desigualdades entre las muchas Limas que conviven encerradas en el mismo recinto, a una distancia sideral las unas de las otras. No es lo mismo el barrio mesocrático de Miraflores que el casco antiguo, alrededor de la plaza Mayor, con más presencia indígena. Y ese centro también es muy diferente de los suburbios de chabolas donde se hacinan los desheredados llegados desde todos los rincones del país.
¿Nos quedaremos solo con lo negativo? Nuestro imaginario estaría incompleto solo con las referencias a lo que encoge el ánimo. Antes que “la Horrible”, la capital del Perú fue la urbe frívola, perfumada, sensual, que encandilaba a los viejos con su aire orientalizante. Fue el escenario mítico creado por el socarrón Ricardo Palma en sus Tradiciones, hasta el punto de que un historiador, Porras Barrenechea, pudo hablar de una doble fundación de la ciudad. La primera, a cargo de Pizarro. La segunda, en el nivel literario, por parte de Palma. Lima es también la de los balcones labrados primorosamente, que encontrarán a su noble y quijotesco defensor, el profesor Brunelli, en una inolvidable obra de teatro de Mario Vargas Llosa. Y, puestos a rescatar del olvido los elogios, también tendremos presente el del novelista y diplomático francés Paul Morand al mencionar una capital accesible y sociable en la que se alzaba el palacio de Torre Tagle. Para Morand, la más hermosa mansión colonial de toda América del Sur.