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Ver productosExcellent Sheep. The Miseducation of the American Elite & the Way to a Meaningful Life, el libro publicado en 2014 por William Deresiewicz, no se limita a la descripción de la situación de la Universidad Americana (tema clásico en Estados Unidos, al que se vuelve una y otra vez desde las reflexiones de Hutchins, Kerr, Bloom y tantos). Además de repasar el status quo de las grandes universidades y de los alumnos que reciben, desde una perspectiva no especialmente optimista que incluye una reivindicación de la eskepsis (expresión que no solo significa escepticismo, sino también ejercicio de la capacidad de mirar), Deresiewicz intenta reivindicar la utopía y propone una serie de medidas para mejorar la calidad de los centros de educación superior. La primera de todas se centra en la que, curiosamente, es una de las piezas más débiles del sistema actual: los profesores.
Su propuesta aparece en el capítulo 9 del libro, titulado Spirit Guides, guías del espíritu. Comienza con una afirmación rotunda: «Si quieres una buena educación, necesitas tener buenos profesores» (p. 173). Es verdad que se trata de una perogrullada, pero como ocurre con tantas cosas evidentes, parece haber sido olvidada en los últimos tiempos. «Con la tendencia que ya viene de lejos de usar adjuntos y otros miembros con dedicación parcial (…) parece que estamos decidiendo que podemos arreglarnos totalmente sin profesores en los colleges» (loc. cit.)[i].
¿Qué es un profesor? A veces se piensa en transferencia de conocimiento, de modo análogo a como se transportan materiales de una caja a otra. Se considera que el profesor es un contenedor de inputs capaz de transportar estos a otros cerebros: un libro de carne, un disco duro sujeto a los embates de enfermedades o errores, a días menos inspirados, a esa dimensión tan molesta de incertidumbre que acompaña a lo humano. Se cree que el quién que es cada profesor no importa, porque su tarea es la aséptica transmisión de saberes técnicos que funcionan perfectamente en el anonimato.
Otros, en cambio, defienden que un profesor tiene una tarea mucho más interesante que la de dar asignaturas. Y esta consiste en educir de la mente de sus alumnos las grandes posibilidades que duermen dentro de ellas, como el escultor devasta el mármol para sacar al descubierto la escultura que se esconde dentro del bloque. El profesor despierta, el profesor inspira. Y la figura hacia la que se mira es Sócrates, quien no solo inculca conocimientos sino que sabe dar a luz las posibilidades ya presentes en la mente del discente. La imagen socrática invita a considerar que es mucho más importante para la vida enseñar a pensar ––un hábito por el que cada cual pueda ser la fuente de su aprendizaje–– que impartir contenidos, pues estos efectivamente se encuentran ya en los libros y las bases de datos.
¿Para qué sirve un college, un grado, un máster, una universidad? Para sacar títulos que abren puertas laborales, por supuesto. Las razones pragmáticas cuentan. Pero es posible que, a la vez que nos aprovechamos de ellas, vayamos mucho más allá de ellas. Un college, grado, máster, universidad, debería servir para adquirir una habilidad fundamental: la de aprender a pensar[ii]. Y esta habilidad tiene una consecuencia: la superación de la omnipresencia de la propaganda, del espíritu de la opinión (doxa), para volver al ideal de la verdad.
Sin embargo para estos dos fines es imprescindible la figura del profesor. Pero no la de cualquier profesor: la clave no es tanto la presencia del docente como la de lo que antes se llamaba maestros[iii].
En castellano la palabra maestro tiene una connotación primera: los sacrificados educadores de niños de primaria, que son capaces de dar clase de matemáticas, o lengua, o conocimiento del medio, porque lo que realmente hacen no es tanto impartir contenidos como enseñar prácticas básicas (estar sentado, trabajar en grupo, centrar la atención, mantener un mínimo de orden y un mínimo de ruido, socializarse, etc.). La palabra fundamental en este contexto es prácticas, skills: la misma que usa Deresiewicz: «Thinking is a skill» (p. 174). Podemos quizá concluir que la tarea principal del profesor–que–es–maestro, tarea que se mantiene también en la educación superior, es enseñar prácticas sirviéndose para ello de diversos conocimientos. Se ve entonces que, en la educación, los conocimientos tienen un papel de medio, pues aunque se logren memorizar cantidades ingentes de cosas para un examen, en general serán olvidadas. Mientras que las habilidades (los hábitos) permanecerán, y dependen del uso de la capacidad de reflexión que se haya adquirido durante el proceso de aprendizaje.
Un buen profesor logrará, sirviéndose de la enseñanza de su materia (no importa cuál sea), que sus alumnos desarrollen en un espíritu de autonomía capacidades reflexivas. Cuando miro hacia atrás y pienso en mis propios maestros (profesores de la Sección de Filosofía de la Universidad de Navarra entre 1987 y 1992) me doy cuenta de que apenas recuerdo qué asignaturas me dieron, pero que ellos (los que considero maestros) me transmitieron una actitud, un estilo, que ha sido determinante a la hora de enfrentarme con mi tarea como investigador, docente o filósofo. Las asignaturas fueron las causas materiales que permitieron la transmisión de la causa formal, esto es, del espíritu o el alma que proporciona determinada actitud de acercamiento al mundo. Y lo mismo puedo afirmar de los pocos profesores de la infancia y la enseñanza media que me consta que siguen influyendo en mi carácter. Si hago estas referencias personales es solo porque seguramente todos (autor y lectores) compartimos esa misma experiencia.
¿Y cómo enseña un maestro? En las escuelas primarias, desde hace ya años, se habla mucho de la ratio profesor–alumno. Es decir, se supone que esta tarea de guía (la mano que sostiene la mano que traza los palotes en el cuaderno de caligrafía) solo puede realizarse si cada profesor tiene pocos alumnos: a lo sumo 25, ojalá menos. Evidentemente, ahí comienzan los problemas, que casi siempre son económicos: que un profesor sea maestro sale caro, porque los grandes números en el aula nunca son eficaces. Un anfiteatro puede acoger a 200 alumnos, un profesor puede tener que corregir 240 exámenes (me ha sucedido repetidas veces), pero entonces la relación con el maestro se queda en ilusión, y la posibilidad de que el docente descubra singularidades entre esa masa de ejercicios (¡siempre tan aburridos y desalentadores!) se minimiza.
Puedes aprender de un profesor en clases suficientemente pequeñas como para permitir la atención individual, con el suplemento de la instrucción de uno–en–uno a la medida de tus propias aptitudes y necesidades. Si estás aprendiendo cómo tocar la guitarra, el profesor colocará tus manos exactamente donde estas necesiten ir (y lo hará una vez y otra hasta que lo hagas bien). La mente tiene ‘manos’ también, y una innumerable cantidad de cosas que puedes hacer con ellas (p. 174).
Deresiewicz está reivindicando el estilo de las escuelas de artes medievales, donde el artesano guiaba al discípulo con un cuidado individual, a menudo casi secreto (como el luthier o el cocinero que comunica los pasos determinantes únicamente al aprendiz o al pinche: «yo no digo mi canción sino a quien conmigo va»[iv]). Eso exige una relación estrecha, y entre pocos. «La enseñanza es una forma de artesanía que no puede ser ni escalable ni automatizada» (p. 176). Basta con seguir la descripción que hace de la escritura de un artículo (p. 175):
«Escribes un texto que presenta un argumento. Tu profesor lo revisa punto por punto, identificando errores de lógica, fallos de estructura, problemas con el modo en que manejas las evidencias, oportunidades que has dejado escapar, lugares donde se podrían haber anticipado las objeciones. También propone preguntas ulteriores, sugiere líneas adicionales de investigación y elogia los momentos en que hiciste bien las cosas. Entonces te pones manos a la obra de nuevo, una y otra vez, clase tras clase, fortaleciendo lentamente tus habilidades. Durante el primer curso en la primera semana escribes un ensayo de tres páginas (con el que consigues como mucho un aprobado), será un grupo de quince páginas en el seminario de segundo, y una tesis de cincuenta que entregarás poco tiempo antes de tu licenciatura».
Y esto último empezará a merecer la pena.
La propuesta de Deresiewicz recuerda a aquel aviso que hacía el poeta Rilke en sus Cuadernos de Malte Laurids Brigge:
Con los versos se ha hecho muy poco cuando se escriben pronto. Se debería esperar para ello, y reunir sentido y dulzura a lo largo de toda una vida, posiblemente una larga vida, y luego, hacia el final, quizá se podrían escribir diez líneas que fueran buenas. Porque los versos no son como cree la gente, sentimientos (estos se tienen bastante pronto): son experiencias. Para escribir un solo verso, es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen las florecitas al abrirse por la mañana. Es necesario poder pensar en caminos de regiones desconocidas, en encuentros inesperados, en despedidas que hacía tiempo se veían llegar; en días de infancia cuyo misterio no está aún aclarado; en los padres a los que se mortificaba cuando traían una alegría que no se comprendía (era una alegría hecha para otro); en enfermedades de infancia que comienzan tan singularmente, con tan profundas y graves transformaciones; en días pasados en las habitaciones tranquilas y recogidas, en mañanas al borde del mar, en la mar misma, en mares, en noches de viaje que temblaban muy alto y volaban con todas las estrellas —y no es suficiente incluso saber pensar en todo esto. Es necesario tener recuerdos de muchas noches de amor, en las que ninguna se parece a la otra, de gritos de parturientas, y de leves, blancas, durmientes paridas, que se cierran. Es necesario aún haber estado al lado de los moribundos, haber permanecido sentado junto a los muertos, en la habitación, con la ventana abierta y los ruidos que vienen a golpes. Y tampoco basta tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener la paciencia de esperar que vuelvan. Pues, los recuerdos mismos, no son aún esto. Hasta que no se convierten en nosotros, sangre, mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de nosotros mismos, hasta entonces no puede suceder que en una hora muy rara, del centro de ellos se eleve la primera palabra de un verso[v].
El profesor–que–es–maestro, según Deresiewicz, sería quien ayuda a eso. Es alguien que «enseña a estudiantes, no asignaturas» (p. 176). Como se ha dicho al principio, sin duda se trata de una propuesta utópica, una auténtica ‘causa perdida’. ¿Pero qué importa? ¿No es a eso a lo que se dedican los caballeros[vi]? Y la universidad, en el fondo, lo que quiere es eso: que sus alumnos sean verdaderos gentlemen[vii].
O al menos se supone que eso es lo que debería haber querido. Ahora va por otros derroteros, que si en los USA de Deresiewicz parecen dramáticos, sin duda se subrayan todavía más en los países donde la cultura universitaria se confunde con la transcripción de información durante las clases (trasferencia de caja a caja) y hay una ausencia completa de seminarios para grupos de 5 o 10 alumnos.
Para Deresiewicz un profesor debe ser un mentor, un guía que sea capaz no solo de acompañar en una investigación, sino en el crecimiento del estudiante. Por eso será alguien que sepa escuchar antes que hablar, que ayude a los estudiantes a que se entiendan a sí mismos y a que sean responsables de sus decisiones, que sean capaces de crear una intimidad intelectual y personal que llegue a que entre ellos «ocurra algo importante, casi sagrado» (p. 178). El profesor, más que enseñar su materia, se enseña a sí mismo. En él cobra vida la letra muerta de un texto[viii]. Pero no se limita a repetirlo, sino a encarnarlo.
Desarrollé una regla para aprobar a los profesores en mi grado. Si el profesor no mencionaba algo personal al menos una vez –una referencia sobre un niño, la referencia a un colega– entonces podía apostar con seguridad que no aprendería nada de él. (…) ‘Mortimer Adler tenía mucho que enseñar sobre la Ética de Aristóteles’, escribió Saul Bellow sobre la eminencia de Chicago, ‘pero me bastaba con mirarle para darme cuenta de que no tenía nada que ofrecerme sobre cómo conducirme en la vida’ (p. 179)[ix].
Y es que un gran profesor sabe «conectar con la experiencia, y en consecuencia llenan de luz la experiencia». De ese modo se puede afirmar que todo buen profesor cambia las vidas de sus estudiantes (p. 180).
Pero, ¿hay lugar para los maestros en las instituciones académicas? Derisewicz es pesimista en este punto: «la estructura de incentivos de toda la profesión [universitaria] está llena de prejuicios contra la enseñanza, y cuanto más prestigiosa es la universidad, mayor parece ser el prejuicio» (p. 181). De hecho, esta es la razón principal por la que Derisewicz desaconseja a los padres que lleven sus hijos a las universidades de la Ivy League –Harvard, Pricenton, Yale, etc.–, al menos para el grado.
¿Cuál es el problema? La cuestión básica de cuál sea la finalidad de la institución universitaria. ¿Lugar de enseñanza, de investigación o de gestión? ¿Existen superhombres capaces de hacer las tres cosas, a cambio de un sueldo bajo y con brillo? ¿Es posible lograr la excelencia si el planteamiento de la dedicación profesional en algunas universidades es de 60% a la docencia, 20% a la gestión y 20% a la investigación?[x] ¿Se proporciona la fuerza de hacer milagros junto con los contratos? ¿O, por el contrario, se trata de ir escalando puestos para poder gestionar más (la universidad del burócrata), dirigir equipos de investigación (a poder ser con todos los miembros mayores de 25 y ya enseñados) y evitar la docencia en niveles básicos (que eso lo hagan los que necesitan currículo, aunque les suponga no investigar, que es lo que los universitarios jóvenes necesitan)?
¿Hay que considerar la educación de grado como una carga? En las certificaciones oficiales se valora más la clase de máster o doctorado. ¿Son los undergratuates esa fuente incómoda de recursos, necesaria para justificar la institución pero molesta por las horas que roban a lo importante? Hay que publicar o morir. Los Journals, las revistas académicas anexadas, están a la espera de papers. A los grandes profesores se les excusa de la responsabilidad de dar clase (aunque sus nombres salgan en los folletos de sus universidades como seguro de prestigio) y se centran en viajes académicos, publicaciones, conferencias o política de despachos. La docencia se sub–contrata a profesores asociados a cambio de irrisorias compensaciones económicas («Solo el 25% de los profesores universitarios en USA han seguido el camino de la vida académica –tenure track–. El trabajo temporal es mucho más barato», p. 184). La corrección de los muchos trabajos que hoy se mandan llevaría demasiado tiempo que tendría que estar consagrado a tareas más importantes. Es imposible una atención personalizada a aulas con 40, 60, 120 alumnos. Además cada uno de los muchachos tiene entre 10 y 15 asignaturas, de apenas tres meses de duración, con agotadoras jornadas de clases de 8,30 a 14,30 sin un solo hueco en el que pararse a pensar. Aprenderse sus nombres (¡no digamos sus circunstancias!) es un ideal hace tiempo abandonado porque no da tiempo y tampoco importan. Además la carga de los docentes es elevada (12 horas a la semana, a grupos amplios, a veces en varios campus que distan entre sí decenas de kilómetros) y no queda tiempo para ‘perder el tiempo’ en el cultivo común de la curiosidad intelectual, el asesoramiento o la amistad.
Dicen que para aprender con excelencia cualquier habilidad (tocar la guitarra, pilotar un Fórmula 1, jugar al tenis) se necesitan 10.000 horas[xi]. La enseñanza es una habilidad tan difícil, o más, que los ejemplos citados: basta con preguntar a los alumnos las diferencias que ven entre sus profesores. Pero a los profesores excelentes difícilmente se les valora más allá de la intimidad del aula. Más bien resultan menospreciados porque se considera que ‘malgastan’ su tiempo en una actividad que desaparece en cuanto ocurre.
La vida académica te aparta de las cualidades que necesitas para ser un buen profesor. Un buen profesor habla de manera clara, con un lenguaje vívido y accesible, porque se dirige a una audiencia general. En cambio la jerga que aprenden a usar los académicos ha sido diseñada para repeler a los no iniciados. Un buen profesor tiene un rango ancho, y es capaz de establecer conexiones entre distintas materias y con el aprendizaje de la vida. Pero los académicos están obligados a la especialización y, cada vez más, a la hiper–especialización, sin mirar ni a derecha ni a izquierda mientras aran su pequeño rincón del campo. Un buen profesor es personal. Pero los académicos aprenden a abstraerse a sí mismos del modo en que comunican, porque lo académico se supone que es objetivo. Se ha descrito la prosa académica como ‘sin autor’ (author evacuated), y hay muchas aulas que podrían definirse como sin profesor (teacher evacuated) (pp. 183 s.).
De hecho, podría decirse que en las grandes instituciones universitarias ha desaparecido el intercambio intelectual entre profesores y alumnos: el profesor transmite, pero no conversa. No tiene tiempo para esas menudencias.
«Por cada egoísta que piensa que su monografía va a cambiar el mundo probablemente hay muchos profesores que estarían encantados de dejar de lado la pesada tarea de publicar y la pretensión de originalidad. Profesores que hace tiempo han sentido que ‘no tienen nada que decir’ (una frase que se escucha con frecuencia), que se encuentran cansados de vomitar jerga para beneficio de media docena de colegas que son subsubespecialistas, que estarían encantados de cambiar el anquilosado trabajo de la biblioteca o el laboratorio por el contacto vivo con estudiantes de verdad» (p. 189).
¿No habrá llegado el momento, propone Deresiewicz, de abrir el debate público sobre la educación superior? ¿No nos damos cuenta de que si tratamos de seguir el camino de lo barato (las clases grandes llenas de alumnos inactivos) solo conseguiremos aquello por lo que pagamos? (cf. p. 190).
[i] En España, «según los últimos datos oficiales publicados por el Ministerio de Educación, correspondientes al curso 2014-2015, 20.000 de los 99.000 profesores de las universidades públicas son asociados, es decir, un 20% del total». En El País, «La Universidad busca soluciones a la lacra de sus ‘profesores pobres’», https://politica.elpais.com/politica/2018/02/02/actualidad/1517601267_811315.html. Muchos de ellos cobran menos de 500€ al mes y viven en una precariedad laboral permanente que dificulta la investigación y la calidad de la docencia.
[ii] Cf. W. Deresiewicz, «What is College for?», en Excellent Sheep. The Miseducation of the American Elite & the Way to a Meaningful Life, Free Press, NY, 2014, pp. 77–87. Su tesis es: «The first thing that college is for is to teach you to think».
[iii] Resulta especialmente inspirador el artículo de A. Ruiz–Retegui, «Maestros y profesores», Nuestro Tiempo nº 428, marzo de 1990, pp. 66–71.
[iv] Conocido verso del anónimo Romance del Conde Arnaldos.
[v] R. M. Rilke, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, trad. De Francisco de Ayala, Losada, Buenos Aires, 1968. Hay una edición más reciente: Los apuntes de Malte Laurids Brigge, Traducción de Juan Sola, Alba Clásica, Barcelona 2016, 240 pp. Cf. J. Choza, Al otro lado de la muerte, Eunsa 1987, p. 153.
[vi] Es una referencia a la conocida anécdota de Jorge Luis Borges, cuando anciano y ciego, «lo invitaron a impartir una conferencia en la Universidad de San Marcos de Lima. Se encontraba entonces Perú bajo una dictadura militar –los coroneles– considerada progresista. Borges se había pronunciado poco antes a favor de posturas tenidas por incorrectas. Cuando llegó al aula magna de la Universidad, lo acogieron los estudiantes con una tremenda bronca. Borges aguantó tranquilo el temporal, mirando a la lejanía con sus ojos vacíos. Los estudiantes, cansados ya de insultarle, hicieron por fin silencio. La lección fue maravillosa. Al comenzar el turno de preguntas, hubo una que valió por todas:
– Señor Borges, inquirió un estudiante, ¿cómo es posible que una persona genial como usted mantenga posturas que van en contra del curso de la historia y son totalmente impopulares?
– Oiga, joven, ¿no sabe usted que los caballeros sólo defendemos causas perdidas?».
[vii] La idea de Newman aparece en el 8º de sus discursos sobre la Universidad (1852). Cf. http://www.newmanreader.org/works/idea/discourse8.html, cap. 10.
[viii] Higinio Marín comparó con brillantez la tarea del lector con el rescate de las almas muertas del Hades. «Siempre me ha parecido que el descenso a los infiernos de Ulises (Odisea, libro XI) era una metáfora penetrante de lo que ocurre en la lectura y el estudio. En los libros y en la tradición los personajes y las ideas son sombras sin vida que para recuperar su vitalidad necesitan que les demos de beber la sangre de nuestro sacrificio consistente, sobre todo, en apartarnos de la luz directa de la vida y en descender al lugar de los muertos –las bibliotecas, los laboratorios– donde los espectros se revitalizan solo si les damos de beber nuestro esfuerzo». La metáfora es perfectamente aplicable al arte de enseñar. Cf. H. Marín Pedreño, El hombre y sus alrededores, Ed. Cristiandad, Madrid 2013, p. 240.
[ix] Mortimer Adler, junto con Robert M. Hutchins, desarrolló el programa de Great Books en la University of Chicago en los años 30. Es autor, con C. Van Doren, de How to Read a Book, Touchstone, Simon & Schuster, NY, 1972, 426 pp.
[x] Cf. B. Ginsberg, The Fall of the Faculty. The Rise of the All–Administrative University and Why it Matters, Oxford UP, Oxford 2013.
[xi] M. Gladwell, Fuera de serie: por qué unas personas tienen éxito y otras no (Outliers), Taurus, Madrid 2011, 336 pp.
Maestro Huidobro
José Jiménez Lozano
Antrophos, 1999, 126 pp.
Antes de leer la última novedad del maestro José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1931), necesitamos coger carrerilla. La nueva obra se llama Maestro Idro Huidobro. Memorias de un escribidor; y remite, naturalmente, a la novela de 2003 sencillamente titulada Maestro Huidobro, que no habíamos leído. La carrerilla nos ha dejado sin aliento, pero de la impresión. Qué belleza.
Por eso la traemos aquí, sin ignorar la extrema dificultad de meter en la barbería a una novela. Por suerte, el argumento es casi lo de menos. Jiménez Lozano narra como un Álvaro Cunqueiro castellano viejo, con oralidad poética y refinada ironía.
Las estampas de la infancia ocupan buena parte de la biografía del Maestro Huidobro, pero en el libro hay, sobre todo, tres mujeres. Tres amores, mejor dicho, porque mujeres hay más, destacadamente las señoras Clemencia y Constancia, las de la novela Las señoras (1999), aquí muy bien instaladas en el pueblo de Idro. Sus amores son la dulce Elena, primer enamoramiento infantil; Sonia, que, sin dejar de amarle, le dejó de amar por otro amor más alto; y, al final, la dama de blanco, inevitable y deslumbrante. Abundan las intertextualidades, hasta un expurgo de libros calcado del de Don Quijote donde salvan una obra de… ¡don José Jiménez Lozano, que no ha muerto, no, “pero está viejo y melancólico”! Eso lo estará él, si él se empeña, pero a nosotros su novela nos deja hondos y emocionados.
Dice, por ejemplo:
[¿Poner o no poner una esquela al difunto?] Aunque fuese sólo el tiempo que dura una candela pequeñita, que es el que dura un periódico, teníamos que alumbrar su nombre.
*
—¡Hay que comenzar desde el principio! —dijo Cosme.
—¡Desde antes del principio! —dijo Bea.
*
Maestro Huidobro quemaba siempre los manuscritos que acababa de escribir. Las llamas, a veces, se volvían de rojos y dorados, verdes y azules, y Maestro Huidobro decía:
—¡Qué bonito! ¡Qué bonito!
*
Luego recogía la ceniza de las llamas más bonitas y se la entregaba a Mosén Pascual para que la utilizase los Miércoles de Ceniza porque era una ceniza muy suave y tiznaba muy bien, y Mosén Pascual comentaba:
—¡Buen producto! ¡Buen producto!
*
… tenía un espejo oscuro de su abuela Engladina, tan lejana, que ésta usaba siempre para su aderezo, y cualquiera que se miraba en él tenía que sonreírse.
*
[Ponían a Idro una dolorosa inyección de vitaminas] Luego Elena pasaba, muy suavecito, la mano por donde le habían pinchado y le daba allí un beso:
—¡Curita, curita sana, si no se cura hoy, se curará mañana! —le decía Elena.
Así que, a lo último, sentía Idro que se acabasen las ampollas de las vitaminas Lorenzini.
*
[El trajinero] Cuando supieron que vendía aceite y velas, le dijeron que era un oficio muy consolador.
*
[Taimado aviso del señor Jiménez Lozano para todos los que dicen que su prosa peca de áspera y mal acabada, hecho en la figura del señor Asterio, carpintero] Pero un día ya estaba muy harto el señor Asterio de tanto decirle que las mesas y las sillas cojeaban, y se sintió muy ofendido en su amor propio, porque a ver si la gente del pueblo iba a creerse que él no era un maestro ebanista y carpintero, y no sabía hacer una mesa y una silla con las patas iguales y que asentara. Lo que pasaba era que, cuando las terminaba de hacer, rebajaba un poquillo una de las patas para que la gente se acordase de él, aunque le maldijese un poco o creyese que era un mal ebanista carpintero. Porque, si no, ¿quién iba a acordarse de él en su vida o en su muerte?
—Pero éste es un secreto —decía el señor Asterio a Idro.
Y añadía:
—Son cojas del grueso de una perra gorda. Si la pusieran debajo de la pata corta, quedarían perfectas.
*
[Va a estudiar a un internado, donde los alumnos] … montaron un sistema de defensa de dunviros y triunviros contra el sistema de opresión, y ganaban algunas batallas contra el absolutismo.
*
[La carta que escribió Idro desde su internado] “Queridas amigas, Clemencia y Constancia, éste un colegio muy malo y absoluto. Todavía andamos con la geometría plana y en historia y geografía no hemos salido de España, y el Padre Valverde no sabía nada de Drácula. Tenemos estudios y recreos, y deportes, pero la biblioteca no tiene libros excitantes, ni alfombra, ni almohadones para leer. Tengo muchos amigos, y he firmado un pacto con Federico Barbarroja. Ganamos siempre al fútbol, y comemos muchas lentejas pero no tomamos té. En el comedor hay un cuadro de Rut, espigando, que se parece a Elena, y lo bueno de este colegio es que tiene unos patios y una huerta y estanque muy grandes, y un perro que se ha hecho amigo mío. Ya les contaré cosas secretas”.
*
[El hambre tras la guerra] … otras artes de comer de que también se hablaba, como eran echar unos botones o guijarros entre las patatas o las alubias como freno para no comer deprisa, ni por lo tanto demasías.
*
[El loro Napoleón de Maestro Huidobro] —Es un traidor y un politicastro este pájaro —dijo Mosén Pascual.
Y que él le devolvería a la pajarera con viento fresco, o le obligaría a marcharse. Hasta que un día Napoleón, cuando Mosén Pascual estaba repitiendo estas intenciones, dijo de repente, dirigiéndose a él:
—¡Monseñor, Monseñor!
Desde ese día, siempre decía luego Mosén Pascual:
—Este pájaro es muy inteligente.
*
[Maestro Huidobro se encuentra con una dama muy hermosa, vestida de blanco] … era directora de Ferrocarriles Exteriores y tenía oficinas en el mundo entero, que tenía que visitar continuamente.
—Y usted —preguntó la dama.
—Yo, señora, me ocupo de mis pensamientos.
—Ajá. Es usted rico.
—No, no. Tengo unas tierrecillas y una pensioncilla.
—La vida es muy hermosa —añadió luego la dama.
—Sí —dijo Maestro Huidobro.
Entregas anteriores:
El profesor Juan Juliá señaló el pasado miércoles en UNIR que hay un elevado consenso en que sea la propia universidad desde su autonomía organizativa la que decida el sistema de gobierno que quiere. Juliá repasó las leyes más importantes en materia universitaria y después propuso una serie de cambios. Juliá es catedrático de la Universidad Politécnica de Valencia, de la que fue rector desde 2005 a 2013.
De la LRU (1983) subrayó que modernizó nuestra universidad (adoptó el modelo humboldtiano, de docencia e investigación) y supuso el paso de una universidad dependiente y burocratizada a otra participativa (democrática) e independiente. Crea tres grandes órganos colegiados: la Junta de Gobierno, órgano central de gobierno, presidido por el rector; el Consejo Social, órgano de participación y representación social, y el Claustro, órgano de representación de la comunidad universitaria, elige al rector. La LOU (2001) incrementa la participación al introducir el sufragio directo universal con voto ponderado (reserva un mínimo del 51 por ciento del peso electoral al profesorado funcionario doctor) e introduce la ANECA como gran agencia de evaluación y acreditación. La LOMLOU (2007) aporta la opción de la elección del rector por el Claustro (algo de lo que solo la Universidad de Sevilla ha hecho uso) y facilita la adaptación de nuestra estructura curricular al EEES.
Juliá se preguntó por el desempeño de nuestras universidades de 1983 hasta aquí. Recordó que en el curso 1982/1983 había 700.000 estudiantes, 29 universidades públicas y 4 privadas. En el curso 2015/2016 había 1.500.000 estudiantes, 50 universidades públicas y 33 privadas. Dijo que nuestra producción científica se consolida en torno al décimo lugar del mundo, y continúa creciendo en cantidad y calidad. Sostuvo que la universidad española ocupa en los rankings una posición razonable en atención a los recursos que recibe y a su entorno tecnológico.
Cambios
Ha habido recientemente informes de dos comisiones de expertos, una presidida por Rolf Tarrach (siendo ministro de Educación Ángel Gabilondo), y otra por María Teresa Miras (con José Ignacio Wert como ministro), que proponen lo siguiente: más recursos (garantizar la suficiencia financiera); más autonomía y rendición de cuentas (capacidad de actuación); más captación y atracción de talento (mejora en la selección y condiciones); más agilidad y profesionalidad en el gobierno.
Tarrach en concreto insitía en que había que combatir la excesiva burocracia, fortalecer el papel del rector (selección abierta por concurso internacional entre académicos con prestigio y experiencia en gestión) y en que hubiera un único órgano de gobierno con un máximo de veinte miembros y con un considerable número de externos.
Hay un elevado consenso en que sea la propia universidad desde su autonomía (organizativa) la que decida qué sistema de gobierno quiere. Juliá citó a Javier Uceda: «No parece sensato que, si tenemos universidades distintas, incluso muy específicas, caso de la UNED, que todas, absolutamente todas, dispongan de una estructura de gobierno idéntica».
Ambos informes necesitarían para su plena implantación de una reforma de nuestro marco normativo actual.
Como elementos esenciales para un buen gobierno apuntó: el respeto a la autonomía y la visión de servicio público de interés general, con una participación efectiva de la comunidad universitaria y la sociedad; entender que es el final de un camino, no el principio, ya que sin los instrumentos legales y financieros necesarios carece de efectividad; y la importancia del acierto en la elección de las personas que conforman la estructura de gobierno, cargos y miembros de los órganos colegiados.
Además hay que ajustar y adaptar más nuestra oferta curricular a las demandas de la sociedad y el mercado laboral, tanto en contenidos curriculares y formación en habilidades como en métodos formativos, lo que redundará en beneficio de la sociedad y de la inserción laboral de los egresados; preservar la equidad, con más y mejores becas y ayudas al estudio; reforzar nuestra capacidad de atracción de estudiantes extranjeros y la presencia de profesorado internacional.
Advirtió de peligros como uno que señalaba Francisco Javier Martín: «La captación del profesorado basada en méritos de investigación y no en profesionales cierra la puerta a los mejores ingenieros y dispara el riesgo de que dentro de diez o quince años la ingeniería sea impartida por quien nunca la ha ejercido». Finalmente habló de diseñar una estrategia para mejorar la reputación y de mayor visibilidad internacional de nuestras universidades.
El acto estuvo presidido por Pedro González Trevijano, catedrático de Derecho Constitucional y director del Foro de Nueva Revista sobre el Gobierno de las universidades y por José María Vázquez García-Peñuela, rector de UNIR. Asistieron, entre otros, Miguel Ángel Garrido Gallardo, editor de Nueva Revista y catedrático de Análisis del Discurso (CSIC); Guillermo Calleja, catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid); Luis Delgado Martínez, doctor en Ciencias Físicas (SEPIE); Alfonso González Hermoso de Mendoza, secretario general técnico de la Consejería de Educación e Investigación de Madrid; Javier Uceda, catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, director la Cátedra Unesco; y Zulima Fernández, catedrática de Economía, Universidad Carlos III (Madrid).
La sesión completa online se puede ver aquí:
https://youtu.be/CKSLuYyQoig&rel=0
Palabras para ser libres, palabras que cambian realidades, que modifican rumbos, que salvan vidas. Palabras que existen y que deben ser usadas aunque duelan y cueste encontrarlas. Palabras que no son solo palabras. Hace tiempo que el cine francés despegó para pivotar en torno a una órbita avant-garde tan rotunda como noble, una vanguardia que les lleva a elevarse mientras, paradójicamente, se adentran más y más en las profundidades de la realidad social. Y lo hacen a las claras, siendo políticamente incorrectos, remarcando estereotipos y subrayando las paradojas de una sociedad que no debe ser juzgada por su superficie, por pulida que parezca. Qué sentido tiene ser pero no parecer; hasta qué punto querer es sinónimo de conseguir; acaso puede llegar todo el que desea hacerlo. Preguntas de primera magnitud que desfilan ante los ojos de un espectador impávido capaz de hacerse preguntas pero que no suele buscar respuestas.
Con Una razón brillante, Yvan Attal nos sumerge en este mundo inexplorado de contrasentidos vitales, intentando extender los límites de una sociedad anclada en presupuestos teóricos que no llevan sino a la crispación y a la desavenencia. Y lo hace vehiculando su mensaje a través de la institución valedora de los derechos democráticos, la universidad, esa ágora en la que el pensamiento crítico y la razón deben primar por encima de todo, fomentando en los alumnos el espíritu de rebeldía intelectual que también genera revolución.
Neïla Salah (Camélia Jordana) es una joven que comienza sus estudios en la prestigiosa facultad de Derecho de París. El recorrido eterno que separa los suburbios en los que reside del centro urbano donde está ubicado su centro de estudios es punteado por sus deseos de romper con el destino manifiesto al que parece abocada. Enfrascada en los acordes de ‘Inner City Blues’ de Marvin Gaye (qué decir de su banda sonora), cada uno de sus pasos no solo representa un logro en su expediente académico, sino la única ocasión plausible de formar parte de algo que cambie realmente su vida.
Pero llega tarde, lo laberíntico del edificio y la escasa ayuda de sus compañeros y bedeles hace que irrumpa en medio de clase de oratoria de manera abrupta, una falta de tacto que no pasa desapercibida para Pierre Mazard (Daniel Auteuil), un profesor tristemente popular por sus salidas de tono, su marcado racismo y su total apatía hacia el lenguaje políticamente correcto. En cuanto Neïla es cuestionada por su tardanza, comenzará un duelo dialéctico en el que el irrespeto de Mazard hacia la religión y las costumbres de la alumna quedará inmortalizado en centenares de móviles y redes sociales. Tal es la descortesía del docente que, de inmediato, el rector le hace llamar para someterle a un tribunal disciplinario. La única manera que encuentran para acallar las acusaciones de discriminación es que Mazard prepare a Neïla para el concurso interuniversitario de oratoria, demostrando con ello su total ausencia de prejuicios. A partir de entonces, y derivado del contacto mutuo, las ideas prefijadas de alumna y docente se enfrentarán en un constante tour de force dialéctico, una situación inesperada que les hará replantearse su propia conciencia y de la que ambos aprenderán de una manera que jamás podrían haber imaginado.
Estimulante película de Yvan Attal, en ella no solo destaca un montaje y una fotografía pulcramente cuidados, sino unos encuadres expresivos de una belleza compositiva extraordinaria. No obstante, si algo llama la atención en esta cinta es, sin lugar a dudas, la fuerza de un guion novedoso y lleno de aciertos, que pone de manifiesto la importancia radical de la oratoria y del debate. A pesar de sus muchos defectos y lacras, Mazard despierta en los alumnos el ansia de adentrarse en un mundo en el que la expresión cobra tanta importancia como el ser, en toda la extensión de la palabra. Con él la universidad se convierte en una puerta hacia la autonomía y la propia individualidad. Aristóteles, François Rabelais, Charles Baudelaire y, sobre todo, Arthur Schopenhauer, se abren camino a través de una trama repleta de contenido y continente, dispuesta de manera didáctica para que la protagonista, y especialmente el espectador, ponga en solfa la importancia de una sociedad cada vez menos dispuesta a dotar a sus ciudadanos de armas de construcción masiva. A través de Dialéctica erística o el arte de tener razón, expuesta en 38 estratagemas, de Schopenhauer, Neïla irá aprendiendo el valor de la fuerza evocadora de las palabras, algo que paulatinamente le hará entregarse a un mundo en el que la emoción y el arrebato deben ceder paso a la razón y la lógica; digan lo que digan, acusen de lo que acusen.
Adquirida esta poderosa herramienta para su independencia, Neïla comprenderá no solo el alcance de términos casi esotéricos como “preterición”, “homonimia” o “panurgismo”, sino también la relevancia de un mundo en el que la indumentaria es un instrumento de alienación, y en el que la imagen exterior debe ser acorde con el espíritu interior. “Lo importante”, remarcará Mazard, “no es tener convicción sino argumentación”, una Piedra de Rosetta que abrirá su mente y le preparará para un futuro inimaginable.
En Una razón brillante, además, la defensa de la oratoria va acompañada por constantes homenajes a la propia historia de Francia, que se enhebran en una trama repleta de documentación de archivo, con declaraciones de Claude Lévi-Strauss, François Mitterrand, Yves Mourousi, Jacques Brel, Romain Gary o Serge Gainsbourg (sin duda un homenaje al que fue padre de su mujer, Charlotte Gainsbourg).
Una cinta que va más allá de la comedia dramática, y que puede servir como perfecta herramienta didáctica para todos aquellos que creen en el debate y en la importancia de la oratoria. En un mundo anegado por las acciones carentes de juicio, no está de más que nos recuerden el valor de la palabra.
Ficha de la película
Título original: Le brio
Dirección: Yvan Attal
Guion: Victor Saint Macary, Yaël Langmann, Yvan Attal, Noé Debré.
Reparto: Daniel Auteuil, Camélia Jordana, Jacques Brel, Serge Gainsbourg, Romain Gary, Yvonne Gradelet, Yasin Houicha, Nozha Khouadra, Jean-Baptiste Lafarge, Louise Loeb, Claude Lévi-Strauss, François Mitterrand, Yves Mourousi, Nicolas Vaude
País: Francia
Música: Michael Brook
Fotografía: Rémy Chevrin
Productora: Chapter 2, France 2 Cinema, Moonshaker, Nexus Factory, Pathé Productions, Umedia.
Año: 2017
Duración: 95 minutos.
Género: Comedia dramática
Estreno en España: 28 de marzo de 2018
A menudo se reniega de los maestros supremos; se rebela uno contra ellos; se enumeran sus defectos; se los acusa de ser aburridos, de una obra demasiado extensa, de extravagancia, de mal gusto, al tiempo que se los saquea, engalanándose con plumas ajenas; pero en vano nos debatimos bajo su yugo.
François de Chateaubriand: Memorias de ultratumba
Stefan Zweig, pronunciaría en Buenos Aires su famoso discurso sobre el misterio de la creación artística, en 1938. No es la primera vez que el reconocido escritor austriaco medita sobre este interrogante. En su libro Momentos estelares de la humanidad, en el relato de “La resurrección de Händel”, cuenta cómo la pieza de “El Mesías” del compositor, y su famoso Aleluya fueron creados en un momento de genialidad y en condiciones excepcionales.
Plantea el interrogante de si los genios deben, como hace Händel, adjudicar los misterios de la creación artística a una fuerza divina superior
Plantea con este relato el interrogante de si los genios deben, como hace Händel, adjudicar los misterios de la creación artística a una fuerza divina superior. Cuenta que el músico ha recibido una inspiración divina, en un momento de gracia, en medio de un gran bache en una carrera, que ya muchos habían dado por terminada. Había triunfado, y había sido derrotado por los acontecimientos históricos, el infortunio de ser pobre.
Pero un día el artista recibe una carta con un nuevo encargo. Al principio rechaza esta tarea, pero después obedece a un nuevo impulso. Camina a ciegas hacia su escritorio y empieza a componer una nueva pieza. Tira de un hilo y nace una melodía. Trabaja dieciseis días, ininterrumpidamente, hasta que al final, tras el último amén, cae presa de un agotamiento profundo. Acaba de crear “El Mesías”.
Händel nunca quiso recibir un penique por esta obra, y todo lo recaudado fue destinado a los enfermos y a los presos. “Yo mismo estaba enfermo, y gracias a esta obra he sanado. Me encontraba preso, y ella me liberó”, decía.
Cuando en el estreno de la obra, el 13 de abril de 1741, sonaron por primera vez los cánticos de ¡Aleluya!, “los oyentes se levantan, como impulsados por un resorte”… “y durante años, la fama de de esta obra corrió como un río impetuoso, a través del tiempo”, cuenta Zweig.
El misterio de la creación artística es abordado de Nuevo por Zweig en Buenos Aires. Zweig trata de explicar en su discurso qué es una obra de arte, cuál es su misterio y el proceso interior que experimenta el artista. “Cada vez que surge algo que antes no había existido cuando nace un niño o, de la noche a la mañana, germina una plantita entre grumos de tierra nos vence la sensación de que ha acontecido algo sobrenatural, de que ha estado obrando una fuerza sobrehumana, divina”.
Dante engendró la escritura de la Italia moderna, y en La Divina Comedia, el narrador, se encuentra algunos grandes genios en el infierno. Entonces le pregunta a su maestro, el poeta Virgilio, su guía a través del infierno y del purgatorio: “¡Oh tú, honor de la ciencia y del arte! ¿Quiénes son éstos, a los que se tributa la honra de recibir trato distinto de los demás?”. Virgilio responde: “La buena fama que de ellos se extiende por tu mundo les ha conquistado del cielo esta distinción”. De esta obra se deduce que los grandes genios no son como el resto de los mortales.
¿Cuál es el papel juegan estos en la Tierra, y que les otorga esta hipotética distinción? François Rabelais, seria considerado uno de los creadores de la escritura francesa moderna. Shakespeare sería un genio de la literatura inglesa, y las letras castellanas siempre le debieron su grandeza a un tal Miguel de Cervantes. De estos maestros bebieron muchos otros, lo que hace que en todos los tiempos se los reconozca como genios de la literatura. Muchos otros, inspirados en ellos, han generado y desarrollado nuevos movimientos literarios y artísticos y han iluminado a la humanidad con sus creaciones.
Edgar Allan Poe se lamentaba, en su ensayo sobre The philosophy of composition, de que poseemos muy pocos informes autobiográficos del proceso de creacion de los propios artistas. Poe considera que la longitud, unidad de efecto y un método lógico son las principales reglas universales para crear una pieza literaria bien escrita; es el método, son las reglas, las que marcan las pautas. Son tan estrictas y rígidas, que todo su trabajo podría haber sido concebido como un ejercicio racional. Como señala Zweig, en el poema “El Cuervo”, Poe utiliza la precisión y consecuencia de un problema matemático”. “Y, milagrosamente, el resultado es el mismo (…) un poema perfecto”.
Zweig por el contrario parte de la hipótesis, en su discurso, de que “toda creación verdadera sólo acontece mientras el artista se halla hasta cierto grado fuera de sí mismo, cuando se olvida de sí mismo, cuando se encuentra en una situación de éxtasis”. Cita de nuevo el caso de Händel, que crea esta obra en un tiempo récord.
¿Podemos imaginarnos lo que ha acontecido en el alma de Händel, cuando crea El Mesías? Este cántico hacia la curación, hacia la inmortalidad, hacia la libertad de un artista enterrado en vida, ¿ha sido fruto de una inspiración, o por el contrario, obedece al impulso, a un anhelo o deseo de alcanzar la gloria que la vida le niega? A este “deseo de lo inalcanzable” haría referencia Beethoven en sus escritos, como un impulso que le empujaba hacia la creacion, y queda constancia de ello en la biografía de Emil Ludwig
Virginia Wolf daría una respuesta más realista. Cuando se le pregunta a la escritora qué necesitan las mujeres para escribir buenas novelas, ésta responde, en forma de un largo e inmortal ensayo con una inteligente y detallada exposición de sus pensamientos y condiciones económicas y situaciones propias. Ella concluye que es la independencia económica y personal, es decir Una habitación propia (el propio título del ensayo) lo que permite a las mujeres ser artistas y creadoras. Pero esto se refiere naturalmente a los medios, y elude sin embargo la cuestión de la fuerza de la creación en las mujeres… los dones que algunas artistas manifestarían a una edad muy temprana, y su imaginación para escribir historias complejas (el caso de las hermanas Brontë es uno de los más paradigmáticos).
¿Y qué hay de la inspiración fruto de los sentimientos? ¿Podemos imaginarnos lo que ha acontecido en el alma de Jorge Luis Borges cuando escribe El enamorado? ¿El amor es un ingrediente necesario para crear un poema como éste, o es prescindible?
Beethoven no era un hombre que obedecía a su genio, trabajaba encarnizadamente; en sus manuscritos no se encuentra la facilidad de un Mozart
Otro ejemplo. Vemos que Beethoven no era un hombre que obedecía a su genio, trabajaba encarnizadamente; en sus manuscritos no se encuentra la facilidad de un Mozart, que creaba casi sin apuntes y anotaciones y desde edad muy temprana muestra ser el niño prodigio de la música.
Al final de su ensayo, y poniendo como ejemplo el caso de Mozart y Beethoven, Zweig ya reconoce cuán enormemente distinto puede ser el acto de la creación artística en dos genios de igual rango.
El propio Zweig fue un magnífico creador, y abarcaría en El mundo de ayer los grandes acontecimientos de la Europa del siglo XX. Sería considerado uno de los grandes escritores de la época, y levantaría pasiones y envidias pese a dedicar él mismo parte de su obra a inmortalizar otros genios y creadores. ¿De dónde salió la genialidad de narrar un siglo en una obra autobiográfica?
En la moderna guerra de la información el principal campo de batalla está en la ciencia de lo intangible. Es mucho más importante saber lo que esconde cada información que sus propios contenidos. Los contenidos están al alcance de todos, lo que esconden no. No es la información secreta lo que da ventaja, como ha sido tradicional en las guerras, sino el dominio de los recursos intangibles lo que hace ganar o perder la guerra.
Por ejemplo, la desinformación no solo está en las ‘fake news’ o noticias falsas, sino en millones de mensajes que digiere la sociedad y que mueve sus estados de opinión, comportamientos, y reacciones que se transforman en resultados políticos, electorales, financieros y económicos. Saber descodificar y analizar este ‘big data’ de millones de mensajes, es lo que proporciona la mejor información para diseñar las estrategias a futuro. El caso de Cambridge Analytica y Facebook que dio la victoria a Donald Trump como presidente de los Estados Unidos forma parte de esta guerra de la información.
Para ganar la guerra de la información hay que ir siempre un paso por delante. Los estallidos sociales que la prensa consideran espontáneos, son diseñados para que así lo parezcan y ocultar los verdaderos objetivos y estrategia de quienes lo hacen. Si no se detectan con antelación luego ya es tarde. Ha prendido la chispa. Has perdido la iniciativa. Hoy, años después de haberse puesto en circulación, todavía hay quien se pregunta como nació el movimiento de los indignados, que ha sido la principal arma en términos de mensaje anti-sistema de los grupos radicales y populistas para ganar poder en las democracias occidentales.
Lo decisivo en la guerra de la información no es lo que ha pasado, sino descubrir lo que hace que pase. Para saber lo que va a pasar y reaccionar antes de que ocurra. Y eso solo se puede saber con antelación dominando la información intangible que utiliza el enemigo. Por eso ya hay laboratorios especializados en este campo.
En la guerra de la información hay que distinguir dos niveles. La que tiene lugar en el ciberespacio con la tecnología e ingeniería más sofisticada, donde los hackers o piratas informáticos se han convertido en los reyes, y la que tiene lugar en la ciencia de lo intangible, que también se conoce como el espacio de lo invisible. Es en este nivel donde la guerra de la información se mueve entre lo difuso, lo confuso, lo disperso, la disrupción o ruptura del sistema, la manipulación de las mentes y las conciencias, y otros muchos aspectos no perceptibles a primera vista, y que son los que determinan la configuración de las estrategias que luego se aplican utilizando las nuevas tecnologías y sus medios.
Desde hace años se dedican presupuestos multimillonarios en el desarrollo de programas científicos y tecnológicos para manipular las conciencias de las personas y condicionar su sistema perceptivo, que se vienen aplicando en la guerra de la información para crear tendencias de opinión y movimientos de masas sociales.
Por eso para ganar la guerra de la información se requieren cerebros y técnicas que dominen la nueva dimensión de la información y su sistema intangible, que es la base de toda estrategia ganadora. Es en este nivel donde se libran las grandes batallas de poder a todas las escalas.
No entender esta nueva dimensión de la guerra de la información, hace que muchas estrategias diseñadas para combatir al enemigo en realidad le están beneficiando. Lo que se llama trabajar para el enemigo, sin saberlo. Esa es al menos mi experiencia de décadas en este campo.
La filosofía del vino
Béla Hamvas
Hamvas nació en 1897 en Hungría y murió en 1968. Su biografía intelectual es apasionante, perseguido por nazis y comunistas por ir y pensar por libre. Contra viento y marea y en circunstancias personales y laborales muy penosas, escribió una obra ingente y profunda. Destaca el libro Scientia Sacra, donde contempla la religión con pensamiento estereoscópico: sin renunciar ni a los maestros orientales ni a los místicos occidentales.
Pero apenas un centenar corto de pequeñas páginas le bastan en Filosofía del vino (Acantilado, 2014) para hacer un alegato pasional en favor de la belleza sensitiva y trascendente de la creación entera. Alza la chestertoniana bandera del optimismo cósmico: “Omnis creatura Dei bona est”. Más que una filosofía ofrece una mística. Pero una mística de la materia, bien maridada con vinos de la tierra.
Da la sensación de que escribe ligeramente achispado, en ese punto exacto en que la inteligencia resulta más perspicaz, la elocuencia fluye copiosa y se disuelven las timideces. Él tampoco es manco describiendo su estilo: “Como dice Nietzsche, sólo hay un modo de expresarse: con cinismo e inocencia. De forma perversa y sofisticada, con una inteligencia casi malvada y, al mismo tiempo, con el corazón puro, con alegría y sencillez, como el pájaro cantor”.
Dice (o canta), por ejemplo:
Lo característico del cientificismo es que no conoce el amor, sino el instinto sexual; no trabaja, sino que produce; no se alimenta, sino que consume; no duerme, sino que recupera la energía biológica; no come carne, patatas, ciruelas, peras, manzanas o pan con mantequilla y miel, sino calorías, vitaminas, hidratos de carbona y proteínas; no bebe vino, sino alcohol; se pesa semanalmente…
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El ateísmo compensa sus deficiencias por otro lado… ¿Y en qué consiste su compensación? En la actividad frenética.
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La sustitución de lo sensitivo por lo abstracto. Resultado, la nada.
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[La boca] habla, besa y se alimenta. […] Doy con la palabra, tomo con el alimento, doy y tomo con el beso.
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Toda persona sabe de forma innata que su vida sólo tiene sentido si la sacrifica.
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[Noé] Con el arco iris, llegó la bebida mitigadora.
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Una copa de vino representa el salto mortal del ateísmo.
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Hay una sola ley para beber: en cualquier momento, en cualquier lugar, de cualquier manera.
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La meticulosidad me parece deplorable. No encaja ni con el vino ni con el amor.
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[Concursos de cata] El ganador debería poder disfrutar hasta su muerte de una pensión completa en alguna región vinícola de renombre. [El barbero aplaude este idea con pasión y con esperanza.]
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Es característico de los cálculos no salir jamás, y cuanto más listo es uno, menos salen.
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[Hamvas replica al ateo] Yo soy el materialista, querido, yo, que rezo a los pimientos rellenos y a las gombóc de patata rellenas de ciruela, que sueño con la fragancia que exhala el lóbulo de la oreja de las mujeres, que adoro las piedras preciosas, que vivo en poligamia con todas las flores y todas las estrellas y que bebo vino.
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Respecto a la materia de la que habla el materialismo no es materia, sino cemento. No se puede comer, ni beber, ni lamer, ni siquiera es posible amarla carnalmente. En realidad, es el cadáver de la materia, un polvo feo y pesado, un símbolo de la razón estúpidamente gris y cotidiana.
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Ya no puedo soportar que el mundo se deje engañar por los falsos rumores sobre el hombre religioso y siga creyendo que es triste, torpe, hipócrita, sombrío y mentiroso, y que la religión es escandalosa y loca. ¿Cómo pudo imponerse en el mundo esta superstición?
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Una persona puede ser puritana siendo materialista o idealista o budista o talmudista, porque el puritanismo no es una concepción del mundo sino un temperamento. (…) El puritano es un puro idiota del corazón.
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Si una mujer acudiera a mí y me preguntara qué debe hacer para ser bella, le respondería: sal a que te dé el sol, querida. Sólo es bello quien toma el sol. Mira las partes de tu cuerpo que siempre llevas cubiertas: parecen ciegas. Cuando te quitas la ropa, pestañean desorientadas, cegadas por la luz. (…) Al cobrar conciencia, se volverán púdicas, ya que las dos cosas son una y la misma. Así aprenderán cuándo mostrarse y cuándo ocultarse.
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[Ateos y puritanos], tened muy en cuenta que hasta el último momento no estáis perdidos. No estáis condenados al infierno por algo externo. Vosotros mismos os mantenéis en el infierno. […] Bebed, que el vino se encarga del resto.
Entregas anteriores:
El culto a la incompetencia
Émile Faguet
Edición y traducción de Jon Rouco
Edición del editor, 2017
160 páginas. Precio: 9 €
Faguet (1847-1916), profesor en la Sorbona, miembro de la Academia francesa, escribió este ensayo de rabiosa actualidad en 1910. Nuestros igualitarismo, total partidismo, corrección política, adoctrinamiento educativo y hasta la aparición de los jueces estrella son profetizados como la conclusión (casi) irremediable de una concepción absoluta de la democracia. Tan profético resulta Émile Faguet que sufre una perenne maldición de Casandra, y no se le da el crédito que merece. Su libro sólo ha sido traducido al español (¡con la falta que nos hace!) recientemente y gracias a los esfuerzos quijotescos de Jon Rouco, traductor y editor (del libro) y editor (del volumen).
Émile Faguet se adelanta sesenta años al best-seller que Laurence J. Peter publicó en 1969. El principio de Peter, basado en el estudio de las jerarquías en las empresas, explicaba la promoción en cadena de las personas hasta su nivel perfecto de incompetencia. Faguet lo detectó antes, de forma más sistémica y, lo que es peor, aplicado a todo el sistema político y social. Lo bueno es que no se contenta con analizar las causas de la incompetencia ubicua y con desarrollarlas con lógica implacable hasta sus actuales consecuencias, sino que propone soluciones (muy aristotélicas). Entre ellas, la vuelta a una aristocracia real, esto es, a la auténtica meritocracia, que hoy por hoy brilla por su ausencia.
Dice, por ejemplo:
Igual que el obispo del chiste, que se dirige a un pierna de venado diciendo: “Yo te bautizo carpa”, el pueblo le dice a sus representantes “Yo os bautizo jurisconsultos, os bautizo estadistas, os bautizo sociólogos…”
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Para que la ley corrija las costumbres, debería elegirse a legisladores que contrarrestasen la moral actual. Sería muy curioso que se llevase alguna vez a cabo dicha elección, y no es sólo que no ocurra nunca, sino que sucede invariablemente lo contrario.
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¿Qué es un político? Es un hombre que, en cuanto a opiniones personales, es una nulidad.
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Todo concurre para que el representante de la voluntad popular sea tan incompetente como omnipotente. (…) un hombre orquesta, un metomentodo, tan ocupado que no puede centrarse en nada. No puede estudiar, pensar, o investigar o, para ser precisos, formarse juicio alguno.
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Proudhon: “Sueño con una república tan liberal que en ella me guillotinasen por reaccionario”. [¿Arquetipo del progresista?]
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Aristóteles: “La ventaja de cambiar las leyes será menor que el riesgo que corremos de contraer el hábito de desobedecer la ley”. [¿Arquetipo del conservador?]
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El sentido común es como el ingenio; sirve para todo, pero no es suficiente para nada.
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El teatro, como ya sabemos, es una imitación de la vida. La vida también es, quizá incluso en mayor medida, una imitación del teatro. Del mismo modo que la ley surge de la moral, la moral surge también, o acaso más aún, de las leyes.
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Entre la escuela que contrarresta la influencia de los padres y el hogar que contrarresta la influencia de la escuela, el niño se convierte en un personaje que no recibe educación alguna.
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La cortesía es una señal de respeto y una promesa de devoción. (…) No se limita a reconocer una superioridad, sino que en efecto la crea. (…) Parece dar a entender que, si la desigualdad no existiera, habría que inventarla. Y ello equivale a proclamar que nunca hay suficiente aristocracia.
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Un defecto es la inferioridad de un hombre con respecto a otro, va implícito (…) pero ‘todos los hombres son iguales’ y por tanto, razona el demócrata, yo no tengo defectos (…) Los así denominados defectos son características naturales de gran interés.
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[El clero] Pese a ser maestros en dogmas y misterios, ahora sólo enseñan moral (…) El resultado es que el pueblo se dice a sí mismo: “¿Qué necesidad tenemos de sacerdotes, si nos basta con filósofos morales?” (…) Hay legiones de ellos.
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[El sistema educativo] El lugar donde debería proceder el antídoto es el origen de la intoxicación.
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Un elemento democrático es una necesidad elemental para un pueblo; lo mismo ocurre con un elemento aristocrático. Es necesario que la aptitud técnica, intelectual y moral desempeñe algún papel, que se limite la soberanía del pueblo y que se acote el principio de igualdad.
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[Propone soluciones, pero sin optimismo] Al final, todas nuestras opiniones se reducirán a una y estaremos todos de acuerdo.
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