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Ver productosContaba Chesterton que nacer en una familia es, en realidad, la bienvenida a un cuento de hadas, un cuento en ocasiones terrorífico porque implica ceder el control y renunciar a veces a uno mismo: “Hay otra defensa de la familia que es posible y esa defensa es que la familia no es pacífica, ni agradable ni unánime”.
Se cumplen veinticinco años de la publicación de Las vírgenes suicidas, la primera novela de Jeffrey Eugenides, que narra el suicidio de las cinco hermanas Lisbon, beldades rubias, silenciosas y etéreas, perfectísimas novias del atormentado Holden Caulfield.
Lo que es una historia de por sí truculenta (el suicidio pactado de las hermanas sin motivos aparentemente suficientes) se suaviza al enmarcarse en una narración que posee un sentido del humor tierno y sutil. La parte trágica de la novela funciona para el lector como un señuelo, una mosca enganchada al sedal de una caña de pescar para atraerlo hacia el filo del cuchillo donde conviven los límites del deseo y la realidad. Y es que Eugenides sabe diseccionar como nadie la incompatibilidad de los anhelos de la adolescencia, que son plenos, infinitos y románticos, con los límites que va poniendo la propia existencia mientras uno va adentrándose en la edad adulta: nunca se volverán a tener los amigos de los doce años, el deseo efervescente de los veranos interminables, la capacidad innata para creer que los sueños serán a la vez eternos, reales e incorruptibles.
En un artículo publicado en El País con motivo del estreno de la adaptación cinematográfica de Las vírgenes suicidas, la primera película de Sofia Coppola y una adaptación completamente fiel del libro, el escritor Gustavo Martín Garzo se reservaba una gran columna para adentrar al lector y al espectador en el verdadero significado de la obra:
La película de Sofía Coppola habla de esa eterna disociación entre la realidad y el deseo que no ha dejado de torturar a los hombres, y que es sin duda el descubrimiento más doloroso a que se tienen que enfrentar los adolescentes en su tránsito hacia la edad adulta. Todos deben aceptar que esa vida a la que se encaminan es demasiado estrecha para albergar los anhelos que albergan en su interior. Tal es la enseñanza de la película de Sofia Coppola: la muerte de las tiernas vírgenes no se debe a un rechazo de la vida sino a un exceso de amor. Aman tanto la vida que no pueden soportar la idea de que esa verdad que ocultan nunca llegue a ser real.
La atmósfera en la que está enmarcada la historia, que se trasladó a la pantalla como una suicida más del relato, es una neblina ensoñadora a ratos irreal y a ratos asfixiante, que le va como anillo al dedo al deseo adolescente y hormonal de los narradores de la historia.
El pacto de suicidio de las hermanas, que va aclarándose en la historia como va aclarándose la neblina rosácea y veraniega de la película, será la excusa que servirá a Eugenides para sentar las bases de toda su literatura: la incomprensión del mundo, la necesidad de encontrar respuestas y la búsqueda de una identidad que siempre aparece difusa y perdida. La historia es, en realidad, una crónica casi periodística, donde los hechos finales sirven para desenredar un hilo cronológico, sentimental y social en el que la narración intenta desentrañar un suceso para el que los testigos no tienen ningún tipo de explicación, sólo conjeturas propias de un corrillo chismoso de un patio de vecinos.
Hay en Las Vírgenes Suicidas una reconstrucción tan minuciosa y a la vez elucubrada del comportamiento de las protagonistas que se asemeja mucho a la recreación forense y policial de un crimen, propia de las series norteamericanas que tanto arrasan en las televisiones actuales. Y quizás, todas esas pistas que nos van adentrando en la historia, todos los testigos que hablan e imaginan a las hermanas, que crean ese halo misterioso y a la vez casi infranqueable, no sean más que otro juego de máscaras, triquiñuelas convertidas en un elemento diferenciador que ha hecho del libro una auténtica historia de culto, una obra continuamente revisada, copiada, emulada, inspirando buena parte de la cultura de los últimos veinte años.
Peter Guttridge bien supo lo que hacía al afirmar en su reseña sobre el libro en el diario The Independent en 1993 que el prácticamente desconocido Eugenides podría ser uno de los próximos grandes escritores de la literatura contemporánea . Lo que el crítico entonces fue incapaz de imaginar es que el libro se convertiría en casi un tesoro que pasa a escondidas como si fuera un secreto y que, también gracias a la película que dirigió Sofia Coppola sobre la historia, acabaría por crear una religión, un grupo de feligreses deslumbrados por los cabellos rubios, las faldas escocesas, las flores arrancadas y la literatura basada en la dificultad del cambio de la infancia a la vida adulta. Si hay algo que es común a toda la adolescencia es el sentimiento de lejanía con el mundo, lo complicado que es cualquier cambio a esa edad si además crece en un hogar puritano, reservado y austero, con horarios marcados, palabras prohibidas y largos de las faldas del uniforme acotados.
Ya en su primera novela Eugenides dejó bien claro el interés de su obra, que no es otro que el cómo ser niña y cómo ser adolescente. En definitiva, cómo es empezar a ser una mujer, algo muy complicado desde dentro y mucho más oscuro e indescifrable desde fuera, tema abordado muchas veces desde la crítica feminista pero pocas desde la literatura, sobre todo aquella construida bajo la mano masculina.
Una de las singularidades de Las vírgenes suicidas frente a la corriente tradicional de la bildungsroman (en alemán, novela de iniciación) es que muy pocos aspectos de la construcción narrativa pertenecen al canon. No se llega a saber nada de las hermanas a través de ellas mismas, es un narrador coral en primera persona del plural el que dibuja a los protagonistas a través de los hechos acontecidos, de las declaraciones de terceros, de sus impresiones maduradas con el paso del tiempo y con recuerdos. Un narrador testigo, propio de un periódico de sucesos en el que el lector confía pese a sólo consigue reconocer sombras fugaces. En Las vírgenes suicidas no existe la aparición de ese egocentrismo autobiográfico tan propio de este tipo de historias; Eugenides vuelve a dar una vuelta de tuerca a la tradición en la novela de iniciación para suplantar ese egocentrismo adolescente natural por la manipulación, literariamente mucho más femenina.
Al final, en cualquier buena historia adolescente que se precie, el verdadero problema, el único e irremediable drama es el amor. Como si de un trío incomprendido se tratara o una comedia casi de enredos, está el amor no correspondido de los vecinos a las niñas, y el amor insostenible de las hermanas Lisbon hacia ellas mismas, en las que el engaño final conlleva a que el telón termine bajado sobre unos chicos adolescentes que comprenden muy tarde, con esa punzada dolorosa e incrédula del que se sabe víctima de una estafa mayúscula.
El amor adolescente está basado en el autoengaño casi místico, un rezo interior y desesperado en el que el resto de religiones apenas creen. El castigo termina siendo la incapacidad de olvido, el recuerdo latente de las cinco hermanas en las vidas de los muchachos después de tantos años, que siguen leyendo sus diarios y los recortes de los periódicos, convertidos en radiografías que esconden los síntomas de una enfermedad incurable o el misterio de un asesinato que la memoria no va a dejar que quede impune. Al final, lo único que queda de esa obsesión es un consuelo, agarrarse a un recuerdo como a un clavo ardiendo para no dejar escapar ese primer amor de juventud, que es tan ambiguo, tan intangible y tan desconcertante como la propia adolescencia.
Tan listo es Eugenides, tan perspicaz, que colocó la primera piedra de su obra en torno a la cuadratura del círculo; mientras las niñas buenas van al cielo y las malas están en todas partes, sólo él parece saber por qué las niñas bien nunca saben dónde ir.
Conversaciones atemporales sobre temas urgentes» es el tercer capítulo de Nobleza de espíritu. Una idea olvidada (Taurus, 2017, pp. 87-151), donde Rob Riemen «charla» con Sócrates, Camus y Nietzsche, entre otros.
Todo el que siente próxima la muerte somete su vida a evaluación. Al final el justo será siempre el más feliz, subrayaba Sócrates, que pasa de la justificación personal al Estado justo argumentando así: el único Estado ideal es el que deja gobernar a filósofos e intelectuales. Pero los intelectuales se corrompen, y los pocos que poseen las cualidades encarnadas por el verdadero filósofo son considerados por la sociedad como excéntricos, de modo que en ningún caso pueden asumir el gobierno. Sócrates era consciente de que el verdadero filósofo difícilmente llegaría a ser rey; sabía que el Estado ideal no existiría nunca y que jamás se pondría fin a los males que azotan la humanidad. Sabía que el verdadero filósofo no podría ser más que un ejemplo.
Europa ha vivido a fondo en pleno siglo XX una época de «rebarbarización», lo que lleva a Riemen a rescatar la tesis de Georges Sorel en Reflexiones sobre la violencia (1912): la violencia es el contrincante victorioso de la verdad. La civilización no es solo, como dijo John Millar en 1771, “las refinadas costumbres fruto natural de la prosperidad y la seguridad”. A ellas hay que añadir valores, porque si algo debiera aprender Europa del siglo XX es la inutilidad de recurrir a la violencia para promover cambios políticos. Quien emplea la violencia con fines políticos en la sociedad occidental se excluye a sí mismo de todo diálogo y es tachado de incivilizado. El fundamento de cualquier clase de civilización hay que buscarlo en la idea de que el ser humano no debe su dignidad y su verdadera identidad solo a su componente material, carne y hueso, sino a lo que debe ser: portador de cualidades eternas. Donde se da la virtud se da la nobleza. Cómo se ha de vivir es la pregunta moral origen de toda civilización.
El esfuerzo por la verdad
Camus tuvo un encuentro en 1946 con Sartre, Malraux y Koestler, en el que les dijo que debieran reconocer la verdad y confesar públicamente que se habían equivocado los seguidores de Nietzsche, los materialistas históricos y los nihilistas, es decir, ellos mismos.
A partir de aquí, Riemen saca consecuencias. Transmitir el conocimiento de los valores, aclarar dudas, establecer distinciones, proteger el significado de los vocablos: actuando de ese modo, el intelectual no cambiará el mundo de la noche a la mañana, pero ya será todo un logro hacer ver al público que las mentiras son mentiras y que el poder y la fama no son capaces de elevar a verdad una falacia. Para Camus solo hay una cosa en el mundo más importante que la justicia: si no la verdad en sí misma, al menos el esfuerzo por la verdad. Ese esfuerzo anula la politización del espíritu y está por encima de la búsqueda de la felicidad, esta última el producto de una vida coherente, compatible con el sufrimiento.
Riemen avanza en su desarrollo con el estupor que produce la historia europea del siglo XX; esa legión de académicos, escritores, poetas, artistas y científicos que renunciaron sin esfuerzo a la vida civilizada para respaldar el triunfo de la falacia, la dictadura y la violencia. ¿Por qué la traición a la nobleza de espíritu? Porque nada es tan adictivo como el poder y la fama y porque si en algún sector reina el conformismo es entre los intelectuales politizados. Para juzgar la realidad se requiere un conocimiento basado en los valores y en la distinción entre el bien y el mal, entre lo que tiene sentido y lo que carece de él.
Concluye el ensayista holandés con doce puntos sobre nobleza de espíritu, con ocasión de lo que el Nobel polaco de literatura Ceszlaw Milosz había aprendido de su amiga filósofa Jeanne Hersch: 1. La razón es un regalo de Dios y sirve para comprender al mundo. 2. Se equivocaron los apóstoles de la lucha de clases, de la libido y del ansia de poder. 3. La realidad no es solo nuestras percepciones. 4. El amor a la verdad es una prueba de la libertad; la esclavitud se manifiesta en la mentira. 5. Convivir es respetar. 6. Hay mejores y peores. 7. Cuidado con los intelectuales charlatanes. 8. El arte sobrepasa a la filosofía. 9. Existe la verdad objetiva. 10. Existe la transcendencia. 11. El tiempo decanta lo bueno. 12. El pasado no está cerrado, cobra significado a través de nuestros actos posteriores.
(El primer capítulo del libro de Riemen se llama «Preludio: cena en el River Café». De él tratamos aquí:
«Preludio: cena en el River Café»
El segundo capítulo del libro de Riemen se llama «El reto de Thomas Mann». De él tratamos aquí:

Rob Riemen: Nobleza de espíritu. Una idea olvidada. Taurus, 2017.
No sé qué rey sueco, algún Gustavo, agobiado como todos, aristócratas y plebeyos, porque el arte es largo y la vida un soplo, encontró un remedio a sus ansias insaciables de lectura. Su barbero tenía la obligación de ir —mientras rasuraba la real mejilla— resumiéndole algún libro de interés. El rey se decía que, de la mayoría de los títulos que había leído en su vida, no recordaba casi nada y nunca tanto como las pocas citas que le recortaba su sirviente. A veces el barbero terminaba despertando el interés del Rey, que leía el libro, y aquel fracaso (su trabajo era ahorrar lecturas, no multiplicarlas) le llenaba de una humilde, secreta alegría; otras veces, no, y el Rey citaba el libro como si lo hubiese leído, convencido de haber captado su espíritu. En esos casos, el barbero sabía que la recensión había dejado un apurado perfecto, y se envanecía de su oficio, con honda melancolía.
En Nueva Revista estamos convencidos de que nuestros lectores no merecen menos que un Rey de Suecia. Además, por puro constitucionalismo, sabemos que la soberanía reside en el pueblo. Y de lo que no tenemos ninguna duda es que ustedes están aún más agobiados que el viejo rey por las demandas crecientes de la vida moderna y de una bibliografía tan apasionante como inabarcable. Ofrecemos, por tanto, nuestros servicios de barbero.
Incluso con los mejores, aunque sobre todo con muchos otros libros (que son los que más nos agobian) es posible seguir este método mínimo. Unas líneas introductorias a brocha gorda (espuma de afeitar) y unos secos cortes a navaja de la obra. También citaremos las citas que el autor hace de otros, barberos de barberos, si nos parecen excelentes, como suelen serlo, pues por eso las escogió el autor. Buscaremos aquellas líneas que condensen el mensaje del libro, pero también —suma de varia intención— los destellos de ingenio, los aforismos inesperados o las briznas de belleza. Lo que no haremos es crítica literaria. Ni un rey de Suecia ni usted necesita que le juzguen el libro, qué va, sino que le den la materia condensada, los antecedentes de hecho y algunos fundamentos de derecho, para juzgar por sí mismo, que es la labor de la majestad.
Las citas, aunque no vayan entre comillas, serán literales, si no se avisa de lo contrario. Entre corchetes irán algunos indicios brevísimos del barbero para poner esas frases en contexto, si fuesen necesarios. Tal vez, incluso, algún guiño travieso, porque no todo es Suecia entre barberos y también nos acogemos al patronazgo del de Sevilla. Con tres puntos suspensivos entre paréntesis se indicará que se ha metido la tijera por medio de un párrafo para apaciguar un remolino en la coronilla, trazar la raya o conseguir un flequillo airoso.
Cuando la barba se puso de moda en todas las cortes europeas, aquel Rey de Suecia no dejó de aparecer perfectamente afeitado en todos sus actos públicos. Aquello chocaba un tanto a los otros monarcas. Claro que también les escandalizaba lo leído e informado que se mostraba en su conversación. Era, ciertamente, un extravagante.
El Capítulo 7 de Excellent Sheep (pp. 131–146) está dedicado a la noción de liderazgo. De un modo sintomático lo comienza con una cita de Heart of Darkness, el inquietante relato de Joseph Conrad. Ahí se cuenta cómo Miller, que sube el río Congo a la búsqueda del enloquecido Kurtz, se cruza con el jefe (el líder) de la Compañía (así, en mayúsculas, entendida como un nombre absoluto). Lo describe así:
«El rostro, los modales y la voz eran vulgares. Era de mediana estatura y complexión fuerte. Sus ojos, de un azul normal, resultaban quizá notablemente fríos (…). Por otra parte, la expresión de sus labios era indefinible, furtiva, como una sonrisa que no fuera una sonrisa. Recuerdo muy bien el gesto, pero no logro explicarlo (…). Era un comerciante común empleado en aquellos lugares desde su juventud, eso es todo. Era obedecido, a pesar de que no inspiraba amor ni odio, ni siquiera respeto. Producía una sensación de inquietud. ¡Eso era! Inquietud. No una desconfianza definida, sólo inquietud, nada más. Y no podéis figuraros cuán efectiva puede ser tal… tal… facultad. Carecía de talento organizador, de iniciativa, hasta de sentido del orden. Eso era evidente por el deplorable estado que presentaba la estación. No tenía cultura, ni inteligencia. ¿Cómo había logrado ocupar tal puesto? Tal vez por la única razón de que nunca enfermaba. Había servido allí tres periodos de tres años… No era capaz de crear nada, mantenía sólo la rutina, eso era todo. Pero era genial. Era genial por aquella pequeña cosa que era imposible deducir en él. Nunca le descubrió a nadie ese secreto. Es posible que en su interior no hubiera nada. Esta sospecha lo hacía a uno reflexionar».
Deresiewicz comenta cómo este texto, invariablemente, le recuerda a varios de los jefes con los que se ha encontrado a lo largo de su vida, y cómo en él le parece que se refleja lo que mayoritariamente se entiende hoy, en la práctica, por líder: siguiendo las palabras de Conrad sería alguien normal, sin estridencias, vulgar, que se ha mantenido en un lugar desde su juventud, no inspira ni amor ni odio (produce indiferencia), carente de talento, de iniciativa, es incapaz de crear nada (y que quizá por eso tampoco se precipita a estropear). Lo más inquietante: que quizá en su interior no haya nada, que en realidad sea eso que Eliot describía (y el coronel Kurtz declamaba en Apocalypse Now de Ford Coppola) como «los hombres huecos, los hombres rellenos de paja».
Hoy el líder es el burócrata, quien se adapta a lo que ‘cabe esperar’, de modo que lo que ayuda a subir la escalera no es ya la excelencia, sino «el talento para maniobrar» (p. 134), la vida en la impersonalidad de lo que ‘se dice, se piensa’, el limitarse a ser lo que algunos llaman ‘la gente’. Jóvenes que desde que eran todavía más jóvenes se han visto dirigidos desde fuera para que todos sus pasos sean firmes, seguros… y previsibles. Esto es, ‘líderes’ que lo son porque «se limitan a ponerse al frente del rebaño que se dirige hacia el precipicio» (p. 137).
«Figura sin forma, sombra sin color,
Fuerza paralizada, gesto sin movimiento»(Eliot, Los hombres huecos).
Frente a eso Deresiewicz propone otra forma de entender el liderazgo: «¿Por qué no entrenamos ciudadanos en vez de líderes? ¿Qué tal si entrenamos individuos capaces de pensar —para eso están las universidades— capaces de poner en duda a quienes están en el poder en vez de competir para convertirse en uno de ellos? Mejor todavía, ¿qué tal si reconocemos que los mejores líderes son los que piensan? Me refiero a la gente capaz de reflexionar críticamente sobre las organizaciones, y la sociedad, a las que pertenecen» (p. 136).
Gente capaz de pensar. Pero eso, como todos los hábitos, no se improvisa, sino que se gana con la repetición y con el tiempo. Sin embargo, ¿se dirigen los estudios universitarios a hacer pensar a los alumnos? La respuesta parece ser tristemente negativa. Y no solo por la estructura (quizá más europea que americana) de las clases como lecciones magistrales, o por la carencia de hábito de lectura (esa acción solitaria que nos hermana con los pensamientos de otros) hace tiempo sustituido por lluvias de trabajitos insignificantes, por apuntes simplificados que memorizar, por exámenes en los que solo se pide señalar una de las cuatro opciones (a, b, c, o d) o la repetición no creativa de «los conocimientos asimilados durante la exposición teórica». No solo por la ausencia de discusiones y debates en clase (donde el alumno no viene leído, y por lo tanto se confunde el debate con las opiniones confusas o con los gritos e interrupciones de los ‘debate–espectáculo’ televisivos). Ni porque no se les ha enseñado a hablar (oratoria), ni a escuchar, ni a esperar, ni a participar, ni a decidir nada (¿cómo podrán hacerlo más adelante, alimentados como están de inseguridades, anclados como andan en la memoria). Ni por la ausencia de la verdad y del sentido en la casi totalidad de la enseñanza (se prefieren cosas menos comprometidas, como los procedimientos o los números y leyes sin alma). Sino también por la omnipresencia de la empleabilidad como criterio rector en la educación superior.
Lo que propone Deresiewicz es generar «gente que puede pensar no solo acerca de cómo lograr hacer las cosas, sino también si esas cosas merecen la pena hacerlas»: pensamiento crítico, dar prioridad a la valentía y la imaginación, salirse de la caja, abandonar la zona de confort, olvidarse por un momento de la seguridad del empleo y apostar por lo interpelante, lo significativo, lo interesante. Sólo los auténticos líderes son así. Pero hoy la universidad más que formar líderes lo que logra es formar oficinistas: gente dócil que no piensa por sí misma, que ni siquiera imagina.
Nuestras voces secas, cuando
Susurramos juntos
Son suaves y sin sentido
Como el viento sobre la hierba seca
O pies de ratas sobre vidrio roto
En nuestra bodega seca (T. S. Eliot, o.c.)
«No basta con resistir a las ideas aceptadas por todos: hay que resistirse a la gente que las suministra, que es más o menos todo el mundo: tus padres, tus profesores, tus colegas, tus amigos… En cualquier contexto hay preguntas que se supone que no debes preguntar. El trabajo de un líder, de un pensador, es identificarlas y preguntarlas. Y aquí es donde entra el espacio para la valentía» (p. 137).
¿Quién es capaz de preguntar? El que piensa por sí mismo. El que alza el vuelo al atardecer (como la lechuza de Minerva) sobre la inmediatez de lo urgente y sobre la oscuridad de las opiniones. El que desarrolla un pensamiento crítico, para lo cual lo primero que necesita es pararse a pensar, salir de la prisa que impone el éxito y el ruido de todo lo que nos rodea. Hasta tal punto es necesario que el pensamiento, según Deresiewicz, se convierte en un auténtico deber moral.
«Sugiero que la única cosa que necesitas hacer —lo único que deberían enseñarte en el college— es pensar. Tienes ‘La obligación moral de ser inteligente’. Eso no significa tener un alto CI. Significa usarlo. La inteligencia no es una aptitud, es una actividad —una actividad ética— que hay que poner en marcha» (p. 144). Hábitos, virtudes, que se ejercen en la soledad del silencio pensante, en la intimidad de la conversación significativa, en la convivencia culta que fructifica en la actividad académica, en no limitarse a convertir el trabajo en gestiones o recados, sino también en la detención del pensamiento (al menos debería ocurrir así en los trabajos intelectuales, asunto que no está en absoluto asegurado).
Pero eso no supone caer en la histeria de un populismo indignado. No tiene nada que ver con lo histérico. «No necesitamos que los estudiantes sean radicales, sino que sean escépticos. ‘Escéptico’ viene de una palabra que significa ‘mirar’. Un escéptico es alguien que se molesta en mirar. ¿Qué bien puede hacerte llegar a la cumbre si en el momento en que llegas no eres más que otro ‘líder’ —otro oportunista, otro conformista genial, otro mediocre?» (p. 145).
El escepticismo como virtud, sin las connotaciones negativas que tantos le suponen. Escepticismo socrático, impopular, inadaptado a los ‘mundos interpretados’ en los que vive ‘la gente’ y a los que se nos supone que tenemos que pertenecer. Deresiewicz busca algo más radical que la protesta. Busca la independencia, la libertad, la honestidad, la vida auténtica, aquello que el viejo Diógenes no fue capaz de encontrar en ningún hombre.
«Emerson insistía en que cada uno debemos ganar nuestra independencia montando una revolución privada que nos liberara a cada cual de la tiranía de las estructuras mentales existentes» (p. 145). La propuesta de Self–Reliance, el libro de Emerson, es una llamada al espíritu de los Founding Fathers de América. Probablemente al mismo espíritu que se podía encontrar en los primeros colleges, aquellos en los que el latín, el griego y la posibilidad de convertirse en un auténtico gentleman (J. H. Newman) eran el core de sus enseñanzas.
Hoy vivimos en un mundo mucho más pragmático, mucho más pueril. «El sistema manufactura estudiantes que son brillantes, con talento y con empuje, sí, pero también ansiosos, tímidos y perdidos, con muy poca curiosidad intelectual y un sentido de la finalidad totalmente aturdido» (p. 3). Parece como si dijeran:
Recuérdennos, -si es que lo hacen- no como perdidas
Almas violentas, sino sólo
Como los hombres huecos
Los hombres rellenos (T.S. Eliot, o.c.)
Y es que «es muy difícil construir la propia alma mientras que a tu alrededor todo el mundo está tratando de vender la suya» (p. 15).
W. Deresiewicz, Excellent Sheep. The Miseducation of The American Elite & The Way to a Meaningful Life, Free Press, NY, 2015
W. Deresiewicz, Don’t Send Your Kid to the Ivy League. The nation’s top colleges are turning our kids into zombies, en The New Republic, https://newrepublic.com/article/118747/ivy-league-schools-are-overrated-send-your-kids-elsewhere.
R. W. Emerson, Self–Reliance and Other Essays, Dover Publications Inc., NY 1993.
Enrique Rojas (Granada, 1949) se sitúa en la tradición de médicos españoles humanistas, precedido por Marañón, Laín, Rof Carballo, Vallejo-Nágera o López-Ibor. Es catedrático de Psiquiatría. Cita a sus autores predilectos con memoria de opositor: Ortega y Julián Marías, Josef Pieper y Jean Guitton, Lorca y Miguel Hernández, Lope de Vega y San Juan de la Cruz, Séneca y Platón… “Soy un libroadicto”, reconoce, “y a la vez soy pobre de tiempo. Por eso no me queda más remedio que escoger muy bien mis lecturas”. No se considera escritor, pero lleva ya tres millones de ejemplares vendidos. Su último título publicado es 5 consejos para potenciar la inteligencia.
En nuestro tiempo y ante un psiquiatra es ineludible hablar sobre la depresión ¿Tiene cura?
Por supuesto. En las depresiones endógenas, se cura un 95 por ciento de los pacientes, y para las más difíciles tenemos medios eficacísimos como el estimulador magnético. En las exógenas, provocadas por circunstancias adversas, depende en gran medida del cambio de esas circunstancias.
¿Es fácil diagnosticar y tratar una depresión?
Es difícil. De entrada, porque existen muchos tipos, y porque no hay enfermedades, sino enfermos. Pero tenemos pautas acreditadas por sus buenos resultados. Me refiero a los pasos con los que se logra una terapia integral. En primer lugar, la psicoterapia ejercida por el propio psicólogo o psiquiatra. Después, las terapias farmacológica, laboral, social y deportiva, sin olvidar la libroterapia.
Woody Allen dice que la psicoterapia no le sirve de mucho, aunque no renuncia a sus sesiones…
Su situación es bastante común. En sus películas parece un ser humano perdido, a merced de psicólogos y psiquiatras a menudo tan perdidos como él. Quizá deba buscar el diván de un buen profesional que logre ordenar su mente, capaz de descomplicarle y equilibrarle, de entusiasmarle con otro tipo de vida… Eso es, en resumen, la psicoterapia. En el vademécum que consultamos los médicos aparecen miles de medicamentos, pero falta el más importante: el propio médico.
¿Qué le diría, si viniera a su consulta?
Charlaría con él durante horas. Entre otras cosas, hablaríamos de las líneas maestras que ha de tener todo proyecto de vida: amor, trabajo, cultura, amistad y trascendencia.
¿Usted ha descendido a los infiernos o los conoce de oídas?
Sentir lo que sienten tus pacientes es imposible, pero yo los acompaño hasta el sótano.
La mitad de la terapia es arte de escuchar. La otra mitad es ciencia rigurosa
¿Hasta el sótano significa hasta perder el sueño?
De momento, no. Pero no lo descarto. Un colega norteamericano me preguntó, en su hospital psiquiátrico, cuál era mi especialidad. Le respondí que las depresiones. “¿Y dentro de las depresiones, cuál en concreto?”. Se quedó muy perplejo cuando me encogí de hombros. Entonces fui yo quien quiso saber su especialidad. “Los psiquiatras neuróticos”, me respondió.
¿Es cierto que Sancho Panza curó a don Quijote porque supo escucharle?
Es cierto. El arte de escuchar es fundamental, tal vez la mitad de la terapia psiquiátrica. La otra mitad, igualmente importante, es ciencia rigurosa.
“No es posible una educación de calidad sin la lectura de biografías estelares”
¿Cómo se puede ayudar a tanta gente que se siente fracasada?
Yo les digo que admiro a los perdedores…, siempre que luchen por convertir sus derrotas en victorias. Es más, pienso que una educación de calidad no es completa sin la lectura de biografías estelares. En ellas aprendemos que, durante una época de su vida, grandes personajes han sido grandes fracasados, a menudo entre rejas: Cervantes, Dostoievski, San Juan de la Cruz… Fíjate en Mandela: ¡27 años en la cárcel Yo he visto su celda en la prisión de Robben. Un lugar macabro. Pero él asegura que fueron los mejores años de su vida, y allí organizó, con otros presos políticos, un foro de debate más propio de una universidad.
Viktor Frankl muestra que el sentido de la vida ayuda a soportar lo insoportable, sin romperse
¿No va por ahí el mensaje de Viktor Frankl, después de sobrevivir a Auschwitz?
Frankl es un ejemplo perfecto. Lo perdió todo, salvo el sentido de su vida. Y ese sentido le dio fuerzas para ponerse al servicio de los demás, dentro y fuera del campo de exterminio. Además de comprobar la eficacia de la logoterapia, Frankl demuestra que el sentido ayuda incluso a soportar lo insoportable, sin romperse. Es lo que hoy llamamos resilencia. Los nazis y los comunistas demostraron que es imposible aplastar al ser humano. ¿Qué consiguieron con el encarcelamiento de Solzhenitsin? Que escribiera Archipiélago Gulag, ganara el Nobel de literatura y contribuyera al desmoronamiento del bloque soviético.
¿Así que nunca es tarde para triunfar?
Yo no hablaría de triunfo. Me parece una moda peligrosa, porque el triunfo emborracha. Como el poder.
¿Prefiere hablar de felicidad?
Con reservas. Pienso, como Platón, que con la efigie del amor y la felicidad se acuña mucha moneda falsa. De entrada, no la encuentran quienes entienden la vida como una ruleta de placeres. Por el contrario, sobre todo en Occidente, la obsesión hedonista y consumista suele producir personas desparramadas, desnortadas e insatisfechas. Lo mismo que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita, la felicidad requiere expectativas moderadas.
¿Hay caminos seguros para llegar a ella?
Más que caminos, la felicidad tiene exigencias propias. Guarda relación con la calidad de los proyectos personales; no suele ser un estado permanente, sino algo que se que se experimenta a ráfagas; no depende de la cuenta corriente, sino de la riqueza emocional que proporcionan los amigos y la familia. Y tampoco depende necesariamente de la realidad circundante, sino de la interpretación de esa realidad. Hace poco, en un autobús de Londres, me llamó la atención el conductor, un joven negro que iba silbando y tarareando una canción. Me picó la curiosidad y quise hablar con él. Are you happy? Me respondió que sí, que esa gran ciudad y su trabajo le encantaban: “Mis abuelos salieron de Jamaica y acertaron al venir a Londres”.
¿Se puede ser feliz en medio del infortunio?
Séneca y los estoicos pensaban que es posible. Yo diría que, más que ser feliz, cuando todo pinta mal se debe gestionar la frustración, se debe conservar la serenidad, y se puede preservar la paz interior. Tomás Moro, encerrado en la Torre de Londres para ser decapitado, se veía igual que San Pablo: de esa clase de hombres que nada tienen y, sin embargo, todo lo poseen.
¿Podemos hablar de sus libros? La semana pasada, un profesor de filosofía me contó que leyó La conquista de la voluntad cuando estudiaba en el Instituto, y que ese libro le ordenó la cabeza de forma decisiva.
Me alegro. El orden es una cualidad necesaria, sobre todo para la mente. Significa jerarquía de valores y elecciones: ¿qué es lo importante y lo que debo hacer? Aunque no lo parezca, es una cuestión esencialmente ética.
Entre mis alumnos, gusta especialmente Remedios para el desamor, ¿Todo un síntoma?
Síntoma de una realidad abrumadora, que ha llegado a resultarnos inmanejable. ¿Quién podía imaginar, hace unas décadas, la enorme epidemia de parejas rotas que tenemos actualmente? Antes de enviar ese libro a la editorial pedí consejo a Juan Antonio Vallejo-Nágera, que por entonces había publicado Concierto para instrumentos desafinados y estaba en la cresta de la ola. Quedamos para comer y me dijo: “Rojitas, no tienes ninguna gracia con los títulos. Deberías llamarlo Remedios para el desamor”.
¿Se trata de remedios sofisticados?
En absoluto. A mi madre le pareció un libro normalito. “Es lo que sabemos desde siempre, has enfatizado lo obvio”, me dijo. Y tenía razón. Lo que sucede es que, cuando se pierde el sentido común y se oscurece lo evidente, no te queda más remedio que recuperarlo, quizá con otras palabras, con otro vestido.
¿Con qué palabras?
Bueno, no hay nada nuevo bajo el sol, nada que no se haya dicho, y menos en cuestiones tan cruciales como el amor. Me limité a recordar, con terminología coloquial, poco académica, que las relaciones humanas no se pueden fundar sobre materiales de derribo, y menos las de pareja. Es cierto que la mecha del amor la enciende el sentimiento, pero con el sentimiento, que es voluble, no se llega muy lejos. Hay que ascender el escalón que nos lleva a la voluntad, al compromiso de estar a las duras y a las maduras. Sin esa decisión no hay madurez. Una tercera pata es la inteligencia, y la cuarta sería la dimensión vertical o trascendente. Solo así, y con un trabajo artesanal constante, se consigue un amor sin fecha de caducidad.
“Un buen padre vale más que cien maestros, y una buena madre es como una universidad doméstica”
¿No le parece un planteamiento muy exigente?
Sin duda, pero se ve recompensado con creces. La estabilidad familiar es un bien de incalculable valor. Bastaría con pensar que un buen padre vale más que cien maestros, y que una buena madre es como una universidad doméstica.
A propósito de la primera pata, ¿no cree que los sentimientos han dado un golpe de estado y se han hecho con las riendas de la conducta humana?
En general, hemos sentimentalizado la vida, y eso es un desorden que en algunos casos degenera en trastorno, en patología. Recomiendo a muchos pacientes que sean menos sensibles, menos sentimentales, menos susceptibles. Qué olviden los sinsabores y los agravios. Suelo decir que la persona equilibrada tiene buena salud y mala memoria. Guardar rencor indica falta de madurez, y la capacidad de olvidar se traduce en salud mental.
Ahora mismo, el error de los errores es reducir el amor a sentimiento. Por eso hay tanta gente infeliz. Julián Marías lo explica perfectamente en La felicidad humana
Si usted fuera político, ¿qué reforma emprendería con urgencia?
¡La del lenguaje! En esta época de posverdad y relativismo, es más necesario que nunca llamar a las cosas por su nombre.
Thomas Mann leyó a Goethe durante toda su vida y estudió con detenimiento a Schopenhauer, Nietzsche, Tolstói, Fontane, Lessing, Cervantes y Freud. Los ensayos sobre ellos los recogió en 1945 en una antología titulada Adel des Geistes. Sechzehn Versuche zum Problem der Humanität (Nobleza de espíritu. Dieciséis intentos sobre el problema de la humanidad).
Rob Riemen, en Nobleza de espíritu. Una idea olvidada (Taurus, 2017), continúa la batalla que comenzó el Nobel alemán de literatura en defensa de ese Adel des Geistes (nobleza de espíritu), porque como subraya el mismo Riemen en su libro, «desde entonces apenas hemos oído hablar ni hemos vuelto a leer gran cosa acerca del concepto de nobleza de espíritu. En nuestra sociedad, el término se considera inoportuno y el ideal subyacente ha caído en el olvido.» Es este Rob Riemen, en palabras de George Steiner, «una persona que cree firmemente en la luz aun antes de que despunte el alba».
El pensador holandés, con su esposa, Kirsten Walgreen, ha creado un instituto, el Nexus Instituut, para potenciar esa aspiración humanística. No es una cuestión solo de fomentar la lectura de pensadores aislados, por extraordinarios que puedan ser y por necesaria que sea esta tarea. Es preciso también el diálogo, porque «el análisis y la promulgación de los valores humanos están incluso fuera del alcance de los genios individuales», señala George Steiner en el prólogo a la obra de Riemen. Añade Steiner: “Mientras el lenguaje continúe marcando la pauta, mientras podamos seguir hablando los unos con los otros, hay esperanza para la civilidad y la búsqueda de la verdad”. De ahí que por el Nexus Instituut hayan pasado hombres y mujeres tan sobresalientes como Richard Rortry, Michael Ignatieff, Daniel Goldhagen, Elisabeth Mann Borgese (hija de Thomas Mann), Mario Vargas Llosa, etc.
El primer capítulo de Nobleza de espíritu. Una idea olvidada se titula «Preludio: cena en el River Café» (pp. 17-50). La imagen que ilustra este artículo es justo del River Café. Riemen nos relata primero su amistad con Elisabeth Mann Borgese, la persona que le empujó a la cruzada en la que está metido y la que en su vida confirmó la regla de que los acontecimientos más importantes no se planifican, sobrevienen. Elisabeth, hija pequeña y ojo derecho del gran Thomas Mann, es la mujer “a la que en gran medida se debe la existencia del presente libro”. Cuando la conoció tenía ochenta años y vivía en Halifax, Nueva Escocia. Con ella, y con el pianista Joseph Goodmann, Riemen tuvo un encuentro memorable en el River Café, Nueva York, el 7 de noviembre de 2001.
Riemen a continuación profundiza en los autores que más le han ayudado en el hallazgo de la nobleza de espíritu.
Walt Whitmann y Baruch Spinoza
La obra de Walt Whitmann se fundamenta en la conciencia de que la vida no es sino búsqueda de la verdad, el amor, la belleza, la bondad y la libertad; es decir, nobleza de espíritu y encarnación de la dignidad humana. Whitmann empuja a Riemen a llegar a la conclusión de que el término técnico de «educación liberal» es sinónimo de adquisición de nobleza de espíritu.
Sigue Riemen con un comentario sobre su paisano Baruch Spinoza. A este sefardí de origen portugués la experiencia le enseñó que prácticamente todo en la vida es vano e insignificante, y que el desastre está asegurado para una sociedad en la que todos se dejan guiar por el ansia de riqueza, honra y voluptuosidad.
Dinero, fama y placer jamás podrán brindar al alma ni serenidad ni dicha duradera. Spinoza siente que solo la entrega a la verdad y a la vida recta le confieren sosiego y júbilo. El poder y el dinero, por paradójico que pueda parecer, no hacen más que restringir la libertad. La verdadera felicidad solo puede consistir en la sabiduría y el conocimiento de la verdad, privativos de la razón humana.
Pero quien persigue lo verdaderamente bueno no puede mostrarse indiferente ante la desgracia ajena. Es más, toda sociedad que ignore la verdad y la libertad dejará de existir inexorablemente en algún momento.
La libertad de pensamiento, la libertad de opinión y la tolerancia han de ser el objeto de toda política. Ello también redunda en beneficio del propio Estado. Spinoza concluía, ya en 1670, que por eso la democracia es el régimen de gobierno que mejor garantiza la libertad.
Sin embargo, no hay futuro ni para la democracia ni para la libertad política cuando la gente se olvida de la esencia de la libertad, no reflexiona y en lugar de obedecer a la razón se deja guiar por la superstición, las emociones, la angustia y los deseos de esclavitud.
La esencia de la libertad, destaca Riemen apoyándose en Spinoza, no es otra cosa que la propia dignidad humana. Solo quien es capaz de prestar oído al llamamiento del hombre a ser hombre, quien en lugar de dejarse guiar por el deseo, la riqueza, la ambición, el poder y el temor consigue alcanzar lo duradero y lo verdaderamente bueno, adquirirá la libertad de espíritu y conocerá la genuina libertad. Esa excelsa libertad, tan difícil como rara, la calificó Goethe de «nobleza de espíritu».
El segundo capítulo del libro de Riemen se llama «El reto de Thomas Mann». De él damos cuenta aquí:

Rob Riemen: Nobleza de espíritu. Una idea olvidada. Taurus, 2017
La pregunta sobre qué es la academia resulta adecuada por un motivo aparentemente accidental: Platón llamó academia a la escuela filosófica que fundó en Atenas. Esa comunidad tomó su nombre de un bosque cercano, Academos. Pero hay coincidencias felices, que en este caso dieron lugar a un concepto esencial en Occidente. Además de continuidades históricas (de la academia y el liceo a las academias imperiales de Bizancio para llegar a las escuelas catedralicias y a la universidad), la academia platónica ha sido propuesta como modelo de la educación superior. Lo académico inspira una forma de reflexión, de acercamiento a los problemas, que no se da en otras culturas.
¿Qué significa académico? Que nuestros centros de educación superior se deben inspirar en las características esenciales de la Escuela de Platón. Y si esta destaca por algo es por ser una escuela filosófica que se dedica a la consideración filosófica del mundo. Resulta curioso que en una sociedad en la que la filosofía se ha convertido en el hazmerreír de todos los saberes se nos quiera convencer de que es esa actitud la que permite la existencia de lo académico.
¿Qué quiere decir aquí filosófico? Lo mismo que teórico como lo opuesto a la práctica. Un conocimiento que se mueve por el deseo de verdad y no por la acción o el activismo. La filosofía siempre ha tenido esa curiosa pretensión: tratar acerca de la verdad. No le interesan ni opiniones, ni mayorías, ni siquiera «cómo hacer cosas». Lo propio de la filosofía, de la teoría, es contemplar, hacerse cargo del ser de las cosas…, y dejar ser.
«Filosófico significa un conocimiento que se mueve por el deseo de verdad y no por la acción o el activismo»
Este planteamiento es clásico. Se inspira en Platón. El pensamiento moderno va en otra dirección: aplicar los conocimientos, dominar la naturaleza, no contemplar el mundo sino transformarlo, hacer las cosas a la medida del hombre, etc. Pero eso no significa que la idea de lo académico sea antigua: habría más bien que decir que es intemporal. No importa que el filósofo parezca ridículo (fuera de la realidad) ante los ojos de muchos: los pensadores se apartan del mundo, del ajetreo diario de reuniones y prisa. Pero precisamente ahí está su magia, su insustituible papel humanizante: quizá la teoría sea propia de dioses, pero es que el hombre se parece a los dioses precisamente en su capacidad de salirse de lo práctico para pararse a pensar.
La universidad entendida como institución práctica, aplicable, abierta a la máxima empleabilidad, olvida lo esencial de su razón de ser. Pertenece a la esencia de lo académico apartar la mirada de todo lo que tenga significación inmediatamente práctica. Sin embargo, el mercado parece indicar otra cosa: los estudiantes buscan títulos porque se los exigen las empresas o las oposiciones. Hoy la universidad tiene una dimensión de formación profesional que no estaba presente entre los jóvenes ricos y nobles que estudiaban junto a Platón. Y, sin embargo, ¿qué es lo que distingue una universidad de una escuela profesional? En el fondo, y solo, la presencia de lo académico, sin importar la titulación que se estudie. Un determinado ente es universitario cuando presenta sus clases y formación de modo académico, esto es, fundamentalmente teórico.
¿Cómo casar esto con la habilidad que se le pide al médico, al abogado, al educador, al empresario o al que diseña edificios y puentes? ¿No será que llegan a la excelencia profesional precisamente en la medida en que no se aferran a lo práctico y se abren al conocimiento desinteresado? Podemos usar un ejemplo: muchas de las grandes cosas de la vida no se buscan de forma directa, no aceptan verse reducidas a instrumentos. Los grandes amigos lo son por el bien del amigo, y la amistad consiste en «alegrarse en el bien del otro». Pero este desinterés tiene una consecuencia sorprendente: tales amistades son también las más
útiles y las más placenteras pues ellas realizan de un modo perfecto la esencia de la amistad.
Pensemos ahora en la educación superior. Si esta se reduce a técnicas, a cosas útiles con las que resolver lo inmediato, ¿no se habrá arrancado del estudiante la experiencia del saber por el afán de saber, es decir, la curiosidad intelectual, condición de posibilidad de resolución de problemas complejos con los que poder enfrentarse con lo nuevo? Lo académico evita la esterilidad de una investigación realizada por su aplicación inmediata: los principios permanecen, las circunstancias cambian. Si no se cultiva la teoría el estudiante se centrará en el afán de novedades, con el peligro de que todo lo que estudió como nuevo pase enseguida al cajón de las cosas trasnochadas. El deslumbramiento que acompaña a la comprensión de un teorema matemático, la experiencia de leer a Joseph Conrad, una discusión en la que se discuta acerca de la libertad humana y el determinismo, generan una serie de hábitos que acompañarán al estudiante de por vida: aprender a pensar, a hablar, a escribir son tres actividades profundamente inútiles que en realidad son lo más útil para la vida. Tener algo que decir, o discernir si el que nos habla tiene algo que decir o camina en el vacío, resulta al final lo más valioso para la vida. Esa capacidad de detenerse, de comprender, de contemplar y dialogar, responde a la esencia de lo académico.
Pieper señala que tal actitud teórica (filosófica) no pertenece solo a los estudiantes de filosofía. Se trata de una manera especial de mirar, centrada no en el uso, sino en el ser. Solo quien se deslumbra ante la profundidad de lo real, ante el misterio de la existencia, podrá investigar. Es necesario desembarazarse de la finalidad utilitaria, recuperar la libertad académica, que se ve sofocada por la necesidad de resultados, por esa comunión entre empresa-universidad más preocupada por el corto plazo que por las cocciones lentas.
¿Debe estar la universidad al servicio de la empresa o la política? Sí en los ámbitos de la ciencia práctica: por ejemplo, para desarrollar una vacuna. De todos modos, una ciencia particular solo será libre si es tratada de modo filosófico (académico): la física fundamental encuentra su espacio en la universidad, no en las empresas; lo mismo las matemáticas, aunque ambas puedan luego usarse en la industria o en las finanzas. Esto es lo que debería distinguir una facultad de Química de un laboratorio químico, y no el nivel de financiación en investigación aplicada que seguramente sea mayor en el segundo.
Sin embargo esa inclinación al conocimiento aplicado no tendría sentido para los saberes puramente liberales, humanísticos: ¿escribir la historia a la medida del vencedor?, ¿redactar una filosofía comprometida con lo que sea «políticamente correcto» en cada momento, adaptada a las ideologías y complejos dominantes?, ¿adaptar la tarea periodística a los relatos de la post-verdad?, ¿educar a los niños según la ideología imperante, como si no existieran otras posibles visiones del mundo? Los conocimientos humanísticos solo pueden darse en un ambiente de libertad, sin ponerse al servicio de ideologías, a no ser que se esté dispuesto a pagar el precio de su corrupción total.
«Si la educación superior se reduce a técnicas, ¿no se habrá arrancado del estudiante la curiosidad intelectual?»
La propuesta de Pieper no exige el estudio generalizado de los conocimientos filosóficos (un studium generale o un core curriculum): en todo tipo de conocimiento debería darse esa actitud académica, es decir, filosófica. De hecho, la misma filosofía se ha convertido con frecuencia en una ciencia particular, que no responde a la definición de académico propuesta por Pieper. Dicho al revés: Platón y muchos de los grandes filósofos de la historia del pensamiento occidental encontrarían serios problemas para introducir sus textos en revistas con índice de impacto, o para conseguir los requisitos mínimos con los que poder certificarse como «contratados doctores». Y sin embargo, no deja de ser curioso que sea ahí —en una especialización de saberes cada vez más atomizados que apenas se relacionan con la sabiduría— donde se cifra en nuestros días el significado de lo académico.
Pieper quiere transmitir una actitud, un estilo, en el que predomine el desinterés de la teoría. Para eso se necesita encontrar algo digno de veneración en la realidad del mundo. Para eso hay que ver en las cosas algo más que materia bruta al alcance de la manipulación humana. Pieper defiende un acercamiento ecológico al ser: no es posible contemplar un mundo que ha sido reducido a mero material para la práctica. El descubrimiento de la condición de criatura del mundo es fundamental para la existencia de la teoría. Y, evidentemente, en este presupuesto se apoya también lo académico. En caso de no existir esa independencia de lo creado, todo lo conocido quedaría sujeto a la voluntad de poder del sujeto humano, erigido como el único ser con condiciones de dar significado y entidad a las cosas. Y entre estas cosas —y Pieper lo sabe porque escribe su texto pocos años después del trauma del nazismo— estarían los hombres mismos: perdida la condición de criatura, el fundamento de su dignidad, el hombre es reducido a materia bruta en manos de los que detentan el poder. La perplejidad del conocimiento científico contemporáneo ante las preguntas de la ética certifica con claridad este hecho.
La presencia de lo digno de veneración, de lo que no depende de la mano del hombre, es la explicación última de la independencia jurídica entre academia y poder político.
El César no puede dictar la gramática: el objeto del conocimiento está más allá del poder. ¿Sigue siendo así en nuestros días?, ¿forma la universidad una república dentro de la República? Siempre se ha dado por hecho que la policía no debería poder entrar en las aulas ni dictar lo que allí se enseña. ¿Y no se ha visto la represión policial sustituida por el dictado de los mercados, el número de alumnos, la empleabilidad que cada titulación proporciona? ¿No ha dejado la universidad de ser un objeto de lujo (expresión de la capacidad desinteresada de los seres humanos, de su posibilidad de conocer las cosas como son y no solo por su uso) para convertirse en una herramienta más del sistema?
¿Cuál es la principal consecuencia de la libertad de la academia ante el gobierno? Que en ella se da la posibilidad de hacer interiormente libres a los hombres, desligándolos de la atadura de los fines inmediatos de la vida. El dictado de lo pragmático promueve la docilidad: sabes lo que tienes que hacer, lo importante es ser uno más que se atiene a los planes que hay previstos para él. Así nos dirigimos a lo inauténtico y a la falta de pensamiento crítico. Justo lo contrario de lo que promovía Sócrates, el inspirador último de la Academia de Platón.
¿Cómo desaparece lo académico de la universidad?
Puede hacerlo de dos maneras: por defecto (el funcionario) o por exceso (el sofista). El funcionario es un trabajador, es decir, un engranaje más en una planificación organizada, en el que el individuo acepta el plan obligatorio que ha sido legislado. El funcionario satisface necesidades. El académico trata de descubrir lo que las cosas son, y no por su utilidad, sino como seres. El funcionario encuentra una estabilidad laboral y la fijeza de un mundo interpretado; el académico no tiene problema por arriesgar en nombre de la verdad.
¿Qué es el sofista? Al sofista la teoría no le interesa. Tampoco le interesa la verdad: la verdad no es ya un aliciente para el universitario, sino que lo importante es la dimensión formal (esa publicación, aquellas citas, ese nuevo paso en el proceso de una acreditación…). No importa el contenido del conocimiento, sino los réditos que se saquen a cada actividad. Así, el sofista termina burlándose de los amantes de la sabiduría (los filósofos), y no hallará problema a ponerse al servicio del poder. Si lo manda la legislación, se hace.
«La inclinación al conocimiento aplicado no tendría sentido para los saberes puramente liberales, humanísticos»
Si hay una contrafigura radical de la academia ha de ser aquella por la que se renuncia por completo a la veneración de lo conocido. Quienes llevan la crítica hasta la destrucción total de lo que merece veneración, los que se limitan a denunciar, los que se ahogan en el cinismo, son los verdaderos enemigos. Sin veneración a lo dado la teoría es irrealizable. Eso es la esencia de lo filosófico, que es a su vez la esencia de lo académico: saber mirar, dejarse asombrar por el misterio del ser. El sofista destruye esta posibilidad con su cinismo; el funcionario la impide por su sometimiento a la utilidad.
La mayoría de los seres humanos, los muchos, no suelen entender la actitud filosófica. La filosofía es una actitud minoritaria: casi todos nos dejamos llevar por las urgencias de lo inmediato y a nuestros ojos la filosofía aparece como algo ininteligible y antipático, no es lo propio de la gente normal.
¿Significa eso que lo académico no es apto para la multitud? ¿Que la democratización de la institución universitaria —el derecho a estudiar— es contradictoria con la misión académica?
Platón sostendría que sí. Y es que hay temas —el deseo de aclarar la esencia de las cosas— que no se pueden tratar delante de muchos, pues los muchos más bien aspiran a lo mediocre (no quieren un gran debate, sino saber los contenidos básicos, lograr el aprobado, seguir chateando con su teléfono móvil). Existe una multitud de los necios, abundan los esclavos por naturaleza, el público cautivo del entretenimiento y las televisiones.
Pieper indica que no todo conocimiento es para todo el mundo. Hace referencia a la distinción entre lo exotérico (lo que llega a todos) y lo esotérico (lo que se queda entre el grupo de iniciados).
¿Tiene sentido hoy la presencia de una élite? En cierto modo sí: lo académico no es democrático si por eso se entiende un «mínimo» al que debería adaptarse lo más valioso al precio de rebajarlo. En cierto modo no: esa exclusividad no hace referencia a privilegios de determinadas clases sociales. La formación debe ser accesible a todos, aún sabiendo que los muchos, la mayoría (también entre los que son ricos) solo sabrán valorar lo útil, lo productivo, el tener y no el ser. La esclava tracia que se burlaba de Tales de Mileto puede pertenecer a cualquier clase social.
La actitud académica no va contra los muchos, no puede emparejarse con el orgullo. Una función básica del académico es ayudar a la multitud a abrir los ojos a la realidad, a caer en la cuenta de la insuficiencia de la existencia diaria. En este sentido, lo académico alcanza parte importante de su misión en el arte de enseñar al pueblo: lo académico incluye la buena docencia.
«La esencia de lo filosófico es a su vez la esencia de lo académico: saber mirar, dejarse asombrar por el misterio del ser»
El académico debe enseñar a la multitud lo que es apariencia de realidad, lo que nace como fruto de la prisa y la falta de sosiego, lo ridículo del constante afán de novedades (entretenimiento) que usamos para aquietar el aburrimiento de fondo. Pan y circo, deporte, series y películas, acción, inmediatez en las informaciones, carácter contingente de las mismas, pasatiempos. La tarea del académico es —frente al agobio de la tarea cotidiana— la de desvelar lo interesante de las cosas que se contemplan con actitud teórica. Apartarse de lo que todo el mundo aprecia, de lo que sin serlo se presenta como esencial e irrenunciable. Descubrir lo realmente real, lo importante en sí y no para el que tiene el poder o el dinero. Eso es lo que hace del académico una figura insustituible.
En el fondo, como todo lo bueno en filosofía, la propuesta de Pieper nos retrotrae hacia Platón. En la alegoría de la caverna, ese texto con el que se fundó Occidente y que se encuentra en el libro VII de La República, Platón invita al lector a levantarse, libre de cadenas, para girarse sobre sí mismo y descubrir la condición de sombra de sus convicciones, para descubrir el peso de lo cultural (de lo relativo) con que ha forjado su visión del mundo, para animarle a trascender la gruta, cruzar el umbral y encontrarse de cara con el verdadero ser de las cosas. La teoría es la actividad más alta a la que puede aspirar el ser humano: «lo divino que hay en el hombre». Ella no produce, no se ve justificada por algo externo, sino que es perfecta por sí misma. Aristóteles diría que es libre. Y Platón, sin duda, identifica la teoría con la liberación (de las cadenas, de las apariencias, de la temporalidad, de lo caduco).
Que los seres humanos seamos capaces de comprender la necesidad de sustentar una institución en la que se respete, fomente y custodie la teoría, viviendo como vivimos cegados en la inmediatez de resultados y en la productividad económica, es una señal estimulante de que estamos capacitados para el lujo. El hecho de que tal posibilidad se haya convertido en una utopía, de que la universidad se reduzca a valorar lo cuantificable, de que la dedicación a formar alumnos se tome como un obstáculo para la auténtica carrera (la producción de papers pomposamente calificados de investigación), de que esos mismo alumnos se entiendan más como clientes que como discípulos, o de que la gestión, la burocracia y la necesidad de publicar (de estar ahí) hayan borrado la serenidad de la actividad universitaria (y esa serenidad, en forma de lentitud, de conversación o de silencio es esencial para cultivar la teoría) produce sin duda razones de preocupación: la universidad, al perder lo académico, ¿ha perdido también su identidad? Usamos el nombre, universidad, ¿pero no habremos perdido su alma? Y un viviente sin alma, ¿no es lo que siempre se ha denominado cadáver?
Josef Pieper (1904-1997) es uno de los pensadores alemanes más influyentes del siglo xx. En su obra se conjuga la tradición tomista junto con una fuerte inspiración clásica, fundada sobre todo en sus reflexiones sobre Platón. Sus obras suelen ser breves. Él decía que seguía la figura musical de la suite. Sus intereses pasan por el significado de la fiesta, el entusiasmo que causa la belleza, la importancia de la teoría frente al activismo o el significado de las virtudes fundamentales.
Más lecturas sobre Qué es lo académico:
Josef Pieper: ¿Qué es lo académico?
Jaime Nubiola: ¿Cómo debe ser un académico?
De los jóvenes poetas superventas es muy fácil hablar muy mal y muy fácil hablar muy bien y, en ambos casos, se estará en lo cierto, aunque no en lo certero. Es verdad que podemos embobarnos con que han logrado la hazaña de romper la maldición comercial de la poesía, aquella que llevó a Gustavo Adolfo Bécquer, padre fundador de la poesía española moderna, a suspirar que una oda solo es buena de un billete de banco al dorso escrita. Pero también podemos enervarnos porque, a menudo, para escribir sus versos, se limitan a «escribir un lema viral y darle al enter a media frase», como diagnosticó el periodista Cristian Campos en Vanity Fair, o despliegan estratégicamente una «demagogia sentimental», como notó el joven poeta Constantino Molina, Premio Adonáis 2014. Lo difícil es encontrar un punto medio que no sea ni equidistante ni condescendiente, sino justo y clarificador.
Dificultad que crece porque ese justo medio de valoración no está inmóvil, sino en permanente evolución y según criterios relativos. La primera relatividad la introduce sabiamente Luis Alberto de Cuenca. Les llama, con la inteligencia para el nombre exacto de las cosas que solo puede tener un poeta, «parapoetas», recordando la existencia paralela de otros jóvenes que escriben poesía mucho más canónica. Esto no debería sorprendernos. Es una constante de la poesía de todos los tiempos que entronca, a través de los siglos, con los viejos y enfrentados mester de clerecía y mester de juglaría, revitalizada, en los últimos tiempos, por la contracultura y los cantautores.
Otra evolución que hay que ponderar es la de sus muchos lectores. Estos parapoetas, que usan como nadie las redes sociales y vienen del mundo (con tanto eco) de la canción, se han ganado un público. Las editoriales lo han visto y aprovechado, desde las pioneras Frida Ediciones, Bartleby o El Gaviero hasta EspasaEsPoesía o Verso&-Cuento de Aguilar, que ejemplifican el legítimo interés en el fenómeno de los grandes sellos. La evolución decisiva, con todo, es la que habrán de tener los propios escritores. Entre autores como Marwan, Elvira Sastre, Irene G. Punto, Isasaweis, Defreds, Rayden, Diego Ojeda, María Cabañas o Luis Ramiro, se atisban signos de esperanza. Enumeremos cinco:
No fiamos todo al futuro. En el presente, consiguen versos a menudo de auténtica poesía (estos, por ejemplo, de Luis Ramiro: «Buscar a Moby Dick en cada charco», «La noche cuando llueve duele menos», «Juré olvidarte pronto. No he podido» o «Tu juego preferido es ignorarme») y un puñado de poemas que lo son sin etiquetas. Ofrecemos una pequeña antología que, en la página web de Nueva Revista, irá acompañada de canciones o recitaciones. No quisiéramos que fuesen una foto fija de un grupo en continuo movimiento, sino una invitación a seguir,
atentos, tantas evoluciones como les esperamos.
Mi corazón se va de su sitio,
se desplaza a la derecha,
salva la clavícula en dirección al hombro
se desliza por el brazo hasta la mano
que lo cede al bolígrafo.
Desde allí se lanza al vacío de la hoja,
arrastra sus pies por la página
y se convierte en este poema
[Todos mis futuros son contigo, Planeta, 2015]
Todos los gurús espirituales
los maestros de educación sentimental
los psicólogos que hablan de no anclarse a nadie
los místicos que promulgan el camino de la
[autosanación]
aquellos que miran por tu crecimiento personal
los expertos en autoestima
los que recomiendan ser fuerte
y depender solo de uno mismo.
Tienen razón,
pero yo soy más feliz cuando tú me miras.
[La triste historia de tu cuerpo sobre el mío, Frida Ediciones, 2016]
Aqunue las lertas etsén mal,
solo nsecetias la preimra
y la útilma ltrea praa leer su sainigficdo
y coerpmndelro todo.
Enetxactame iugal que en el aomr.
Todo iba bien
hasta la primera vez que
ella me hizo daño.
Entonces supe,
irremediablemente,
que había
empezado
a quererla
de verdad.
[Te amo como nunca quise a nadie, Frida Ediciones, 2014]
* * *
El AMOR que no madura, se AMORfa,
le crecen manos y AMORdaza,
se muerde la lengua hasta que AMARga.Te transforma
y muta en AMEnaza,
el AMOR que madura
se AMArra,
provoca risas y AMEniza,
es punto de apoyo
y AMORtigua,
el mayor tesoro y se AMORtiza.Que (te) (AMO) nunca se conviertan
en las piezas que le faltan a
(te)rmin(AMO)s
[Terminamos Y Otros Poemas Sin Terminar, Espasa, 2016]
* * *
Si
vuelves,que
sea
de
otra
formaque
seas
parasiempre
[Siempre donde quieras, Espasa, 2015]