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Desmontando la película de “Altamira” con pensamiento crítico

El fracaso comercial de Altamira estriba probablemente en un guión que supone demasiados sobreentendidos al desarrollar una historia bastante complicada y «basada en hechos reales»: la del descubrimiento, en 1879, de las pinturas prehistóricas de Altamira y la subsecuente campaña de difamación y desprestigio de que fue objeto su descubridor, Marcelino Sanz de Sautuola, por parte de los prehistoriadores franceses de la época.

Recordemos brevemente los hechos: en 1875, un aparcero de Sanz de Sautuola, Modesto Cubillas, encontró la entrada a la cueva cuando trataba de rescatar a su perro de una hondonada en la que había caído, y puso el hallazgo en conocimiento de su patrón. Sanz de Sautuola, un terrateniente de familia hidalga, licenciado en Derecho e inclinado al naturalismo y a la arqueología, visitó por primera vez la cueva ese mismo año de 1875 o el siguiente, encontrando algunos materiales líticos de interés y reparando en ciertos dibujos de carácter geométrico muy esquemáticos cerca de la entrada, a los que, en principio, no concedió importancia.

En 1878 viajó a París en compañía de su amigo Juan Vilanova y Piera, catedrático de Geología en la Universidad de Madrid y renombrado prehistoriador. Ambos asistieron, en el marco de la Exposición Universal, a una conferencia de Émile Cartailhac, figura descollante de los estudios prehistóricos en Francia. Aunque Sanz de Sautuola, nacido en 1831, era bastante mayor que Cartailhac, que a la sazón contaba treinta y tres años y que no poseía titulación universitaria alguna, se dejó ganar por la admiración a lo que parecía ser ya en Francia una disciplina estructurada y científica, con una sólida red institucional de cátedras, publicaciones y museos de la que el joven prehistoriador marsellés ostentaba la representación, al menos oficiosa, y regresó a España decidido a emularlo.

Ahora bien, Sanz de Sautuola nunca habría podido arrogarse la representación de una estructura semejante, porque en España la investigación en esa área estaba todavía en manos de personalidades muy parecidas a la suya propia: voluntariosos propietarios rurales, la mayoría de extracción hidalga, abundantes en las provincias del norte y herederos de una tradición ilustrada, la de las Sociedades Económicas dieciochescas, interesadas ante todo en la modernización de las explotaciones agrarias. Esta casta de hidalgos ilustrados, con casonas que albergaban nutridas bibliotecas, suscritos a publicaciones científicas extranjeras y no pocas veces con laboratorios, herbarios y colecciones de minerales o de conchas, se parecían más a los antiquarians y naturalistas ingleses, miembros de la gentry rural que se financiaban sus investigaciones y monografías, que a la legión de maestros e inspectores de enseñanza de la Tercera República francesa, insertos en redes institucionales que alentaban la investigación local dotándola con abundantes recursos públicos.

En la película, Cartailhac (Clément Sibony) le espeta a Sanz de Sautuola (Antonio Banderas), apenas le ha sido este presentado por Vilanova: «Ustedes, los aficionados honrados, son nuestra infantería». Error. La infantería de los mandarines franceses era una infantería funcionarial, de maestros de primera enseñanza, profesores de liceo e inspectores. Y lo seguirá siendo por mucho tiempo (piénsese, por ejemplo, en la relación casi ancilar entre Léon Laval, el maestro de Montignac, y el abate Henri Breuil, el «Papa de la Prehistoria», tan determinante en la exploración de las cuevas de Lascaux, durante los años de la ocupación alemana). Sanz de Sautuola y sus pares no eran infantería de nadie. Iban por libre, con la ayuda, si acaso, de sus capellanes, como en buena parte del antiguo dominio hispánico (por poner un caso siciliano, recordemos la colaboración científica estrecha entre el príncipe Fabrizio y el padre Pirrone, en Il Gattopardo) y, por supuesto, con la de sus aparceros y criados.

Pues bien, Sanz de Sautuola regresa de París dispuesto a reanudar sus indagaciones arqueológicas. En 1879, mientras excava en la cueva de Altamira, su hija de nueve años, María Justina, descubre a la luz de una linterna las pinturas del techo, es decir, las extraordinarias figuras de bisontes que ella toma por bueyes. Y de ese momento arranca la gloria y el calvario de Sanz de Sautuola, porque la noticia del descubrimiento y la defensa por Vilanova del carácter prehistórico de las pinturas van a tener una gélida acogida por los prehistoriadores franceses (en particular, por los dos más prestigiosos en ese momento, Cartailhac y Gabriel de Mortillet) en el Congreso de Prehistoria de Lisboa (1880).

A la invitación que Sautuola hace a los congresistas para que visiten la cueva, solo responde Harlé, un paleontólogo vinculado a Mortillet, que emitirá un informe chapucero para complacer a su jefe, acusando prácticamente a Sanz de Sautuola de falsario. Cartailhac da por zanjada la cuestión, ninguneando en adelante al español, que en su propia provincia sufre biliosas y constantes desautorizaciones del historiador Ángel de los Ríos y Ríos, pero que contará con el incondicional apoyo de amigos como Vilanova o el biólogo Augusto González de Linares. Con todo, sus detractores franceses no cantarán la palinodia hasta el descubrimiento de los grabados y pinturas de Combarelles y Font-de-Gaume (1895), pero tanto Sanz de Sautuola como Vilanova ya habían muerto para entonces (en 1888 y 1893, respectivamente). En 1902, Cartailhac publica en la revista L’Anthropologie el «Mea culpa d’un sceptique», tardía reivindicación del investigador cántabro, a cuya hija María Justina (o María Sanz de Sautuola) rendirá visita ese mismo año junto al abate Breuil, obteniendo de ella permiso para realizar excavaciones en Altamira.

SIMPLIFICACIONES E INEXACTITUDES

Los hechos hasta aquí expuestos han sido razonablemente recogidos en el guión, con algunas simplificaciones y caracterizaciones maniqueas —las de Ángel de los Ríos (Henry Goodman) y Harlé (Javivi Gil Valle)— e inexactitudes que habrían podido evitarse (por ejemplo, la visita de Harlé a Altamira fue posterior al Congreso de Lisboa, al que asistió Vilanova, pero no Sanz de Sautuola). Ahora bien, los guionistas sospecharon que una fidelidad estricta a los hechos no iba a despertar gran entusiasmo en un público de masas, y que tampoco iba a ser suficiente recrearle la vista en los bellísimos paisajes de Cantabria.

Incluso los escasos y brevísimos guiños culturalistas pasan inadvertidos para los más enterados. Por ejemplo, la conferencia de Cartailhac en la Exposición Universal de París se celebra —supuestamente— en el interior de un pabellón que no es otro que El Capricho, el pequeño edificio de Comillas diseñado por Gaudí (que se construyó entre 1883 y 1885). El chiste pueden entenderlo en Cantabria y quizás en buena parte de España, pero no en Inglaterra ni en Estados Unidos. Más aún: adosados a dicho edificio, aparecen en la película el torso, cabeza y brazo derecho de la estatua de la Libertad, conocida por todo el mundo, pero que solo los muy cinéfilos reconocen como una alusión a la escena final de El planeta de los simios (1968). Sin embargo, aunque sepan interpretarlo así, se preguntarán seguramente a qué viene dicha alusión, y eso solo podrán averiguarlo después, cuando comprueben que la película no va tanto de los desplantes de Cartailhac y compañía a Sanz de Sautuola, como de los problemas de este último con la Iglesia a causa de su supuesta adscripción al evolucionismo.

Lo cierto es que tales problemas no existieron. Sanz de Sautuola, como Vilanova, eran católicos de estricta observancia, y no darwinistas radicales. Algunas webs católicas protestaron por la manipulación histórica que suponía el tratamiento de este asunto en la película. El 29 de marzo de 2016, en la web Religionenlibertad1, Alfonso V. Carrascosa, biólogo del csic, deshacía con acierto las tonterías anticatólicas del guion y citaba elogiosamente al novelista e historiador José Calvo Poyatos, autor de un reciente ensayo sobre el caso de Altamira y Sanz de Sautuola (Altamira. Historia de una polémica, Stella Maris, 2016), pero lo cierto es que Calvo Poyatos parece sugerir que Sanz de Sautuola fue pillado entre dos fuegos: el de una Iglesia «creacionista» que desconfiaba de los prehistoriadores y el de los darwinistas radicales como Mortillet, que veían en el caso Altamira una conspiración de los jesuitas para desprestigiar al evolucionismo. Cuando Vilanova presenta a Sanz de Sautuola en París a Cartailhac, este pregunta descaradamente: «¿Otro jesuita?», dando por hecho que Vilanova lo era. O que estaba al servicio de los jesuitas, por lo menos. El infundio, que partiría de Mortillet, no lo haría, con todo, hasta después del descubrimiento de las pinturas.

HOSTILIDAD HACIA EL EVOLUCIONISMO

En el círculo de defensores de Sanz de Sautuola, el más cercano al evolucionismo fue, sin duda, Augusto González de Linares, nacido, como Cartailhac, en 1845, y discípulo de Francisco Giner de los Ríos, que lo orientó hacia las ciencias naturales. Llegó a ser catedrático de Historia Natural en Santiago con veintisiete años, y encabezó a comienzos de la Restauración el enfrentamiento de los profesores krausistas y evolucionistas con el ministro conservador Orovio, que había exigido a los docentes universitarios el compromiso de atenerse a la ortodoxia doctrinal de la Iglesia, lo que llevó a la expulsión de los enseñantes relapsos, que se agruparon en la Institución Libre de Enseñanza. Pero incluso González de Linares chocaría con la derecha ultraconservadora y no directamente con la Iglesia católica.

Es cierto que, como observa Caro Baroja, «tanto la Iglesia católica como las comunidades protestantes de Europa y América se mostraron muy hostiles durante bastantes años al evolucionismo»2. Sin embargo, cabría matizar esta afirmación (y el propio Caro Baroja no deja de hacerlo). La hostilidad al evolucionismo persiste prácticamente hasta hoy en gran parte de las iglesias evangélicas, pero se fue mitigando en la católica a partir de 1880, cuando el evolucionismo académico, templado en España por el krausismo, perdió gran parte de su mordiente antirreligioso.

En la película, el párroco don Tomás (o padre Tomás) observa que la Iglesia católica no exige seguir al pie de la letra la cronología de la Biblia. Aunque no es precisamente un valedor de Sanz de Sautuola, su moderación contrasta con el fanatismo y la violencia del confesor de la esposa de aquel, Concepción Escalante, Conchita (Golshifteh Farahani), del que solamente conocemos su tratamiento (Mon-señor), porque tal personaje nunca existió. Interpretado por Rupet Everett, Monseñor parece una caricatura de los falsos eclesiásticos de Chesterton, como el anarquista Gregory de El hombre que fue jueves («Me disfracé de obispo, leí todo lo que aparecía sobre los obispos en nuestros panfletos anarquistas […]. En ellos aprendí que los obispos son extraños y terribles ancianos que guardan un cruel secreto que afecta a la humanidad. Me informé mal. Cuando aparecí por primera vez en un salón con mis atavíos de obispo y grité con voz de trueno: “¡Abajo! ¡Humíllate, presuntuosa razón humana!”, la gente descubrió que yo no era un obispo y me detuvieron enseguida»). Cuando el Padre Brown hace apresar al delincuente Flambeau, que se ha disfrazado de cura, le revela que lo que acabó por convencerle de que no era un sacerdote fue que, en el curso de su conversación, Flambeau atacó a la razón, «y eso es de mala teología».

Monseñor resulta incluso más hueco, pomposo y estólido que los clérigos impostados por Gregory y Flambeau. Suelta desde el púlpito cursiladas como «que el Señor nos libre de aquellos que caen en el abismo del materialismo y del ateísmo» y no para de oponer la razón humana a la de Dios.

Valiéndose de este fantoche, el guion inserta en la historia de Sanz de Sautuola una novela, una mala novelita anticlerical. Para empezar, se muestra al matrimonio Sanz de Sautuola-Escalante atravesando una seria crisis, que podría tener diversas causas: las frecuentes ausencias de Marcelino para acudir a congresos; sus aficiones arqueológicas, a las que incorpora a María Justina, que vuelve de ellas con barro y polvo hasta las cejas, y la sospecha creciente en Conchita, que Monseñor alimenta, de que Sanz de Sautuola odia a Dios por la muerte temprana de dos hijas que nacieron antes que María. Así, Monseñor consigue que Conchita se franquee con él y le cuente, dentro y fuera de la confesión sacramental, sus cuitas matrimoniales, información que Monseñor aprovecha para atacar a Sanz de Sautuola desde las páginas de un diario católico de Santander, El Cántabro, cabecera totalmente imaginaria cuyos artículos, en la película, aparecen escritos en inglés. Monseñor firma los suyos con el seudónimo de Tablanca. Conchita reacciona finalmente contra su confesor cuando lee en uno de los titulares de dichos artículos que ella misma piensa que Sanz de Sautuola no es el padre apropiado para María. Solo entonces descubre quién se esconde bajo el nombre de pluma de Tablanca.

Otro ingrediente novelesco es el erótico. Se da a entender que Monseñor desea locamente a Conchita, mientras esta abriga un amor platónico por un joven pintor francés, Paul Ratier, que restaura los frescos medievales del pórtico de un convento local, y a quien Sanz de Sautuola ha encargado que copie los bisontes y ciervos de la cueva. Ya hemos dicho que Monseñor es pura invención de los guionistas, pero Paul Ratier existió. Lo que pasa es que no era joven (tenía la misma edad de Sanz de Sautuola), era sordomudo de nacimiento, y, aunque nacido en Lorient (Bretaña), había vivido en Santander desde su infancia, puerta con puerta con los padres del otro famoso Marcelino cántabro, Menéndez Pelayo. Ni qué decir tiene que jamás hubo amoríos ni platónicos ni de otro tipo entre Conchita y Ratier. Es verdad, por otra parte, que este recibió el encargo de copiar las figuras del techo de la cueva, y que fue acusado por Harlé y otros de haber sido el ejecutor directo de las «falsas» pinturas de Altamira bajo la guía de Sanz de Sautuola y Vila-nova. Es decir, el principal instrumento de la conspiración jesuítica denunciada por Mortillet.

UNA NOVELA ANTICLERICAL

La novela anticlerical de Altamira es, por tanto, pura invención de los guionistas, Olivia Hetreed y José Luis López de Linares, pero si es cierto que carece de fundamento en hechos reales, no lo es menos que reproduce el modelo más conocido de la novela anticlerical española, cuyo esquema arquetípico vendría a ser el siguiente: un héroe progresista, inteligente, culto, generalmente rico y con impulsos filantrópicos y modernizadores, es destruido por un eclesiástico perverso que utiliza para ello a la novia o a la esposa del héroe, o, más en general, a las mujeres de su familia. La novela que implantó ese modelo en las letras españolas fue Doña Perfecta, de Benito Pérez Galdós, publicada en 1876, el mismo año en que Sanz de Sautuola entraba por vez primera en Altamira.

Como se recordará, el principal motivo de los ataques constantes del malvado penitenciario de la catedral de Orbajosa, don Inocencio, contra el joven ingeniero Pepe Rey es la supuesta simpatía de este por el evolucionismo. Estamos en 1876 y todavía la Cuestión universitaria de 1875 (es decir, la expulsión de los profesores evolucionistas en virtud del decreto Orovio) es algo bastante reciente. Pero, ¿a santo de qué viene reproducir ese esquema en una película de 2016? Doña Perfecta tuvo muchísimos imitadores durante la Restauración, pero el modelo estaba ya amortizado antes de la Dictadura de Primo de Rivera. Por no mencionar más que dos de sus numerosos epígonos, recuérdese Almas muertas, de Timoteo Orbe, publicada como folletín por La Lucha de Clases, en Bilbao, 1896, y después refundida bajo el título de Redenta (Sevilla, 1899) —véase Brigitte Magnien (ed.), Hacia una literatura del pueblo: del folletín a la novela, Barcelona, Anthropos, 1995—, y El intruso (1904), de Vicente Blasco Ibáñez. Novelas maniqueas y sectarias, hoy ilegibles. ¿Por qué entonces resucitar el modelo?

Dejando al margen la evidencia de que siempre resulta rentable vapulear a la Iglesia católica, debe tenerse en cuenta que la película se dirige a un público anglosajón. Tanto en el Reino Unido como en los Estados Unidos la hostilidad entre evolucionistas e iglesias protestantes ha sido mucho más intensa y duradera que el contencioso entre la Iglesia católica y la teoría de la evolución. No solo sigue activa desde el lado de las iglesias sino desde el de los científicos evolucionistas (incluso contra la Iglesia anglicana, que ha pedido perdón por sus ataques a Darwin, lo que no ha impedido que sea aún blanco de los de Richard Dawkins, por ejemplo).

En España no sucedió nada parecido: pese a los anatemas de Monseñor, no se persiguió a los evolucionistas. La película de Hudson divulgó una idea falsa, y así Jordi Batllé en Fotogramas afirmaba que Sanz de Sautuola fue «tachado de farsante por las cabezas más reconocidas de la ciencia y por la Iglesia». Mentira. Y lo mismo puede decirse de otro Jordi, Costa, que el 1 de abril de 2016 escribió en El País que Sanz de Sautuola murió «sin ver reconocidos sus hallazgos en un contexto de dogmatismo religioso». También mentira. Muchos de los grandes prehistoriadores del pasado siglo fueron sacerdotes católicos: no solo los «evolucionistas cristianos» franceses Henri Breuil y su discípulo, Teilhard de Chardin, que se impusieron al sectarismo anticlerical de Mortillet y Cartailhac. Los estudios sobre la Prehistoria española quedarían muy menoscabados sin los nombres de Lorenzo Sierra, Jesús Carballo, José Miguel de Barandiarán y tantos otros. Pretender ignorarlo resulta sencillamente estúpido, y es lástima que una película que ha contado con recursos suficientes para reflejar brillante y verazmente un episodio importante de nuestro pasado cultural se haya deslizado, esta vez sí, hacia la falsificación de la Historia por puro complejo de inferioridad nacional y, por qué no decirlo, en aras de una delirante cristofobia.

Zubiri, Gaos y Husserl por las calles de Madrid

Hay un profundo maridaje entre pensar y pasear en compañía. Así nos lo muestra Rafael en su Escuela de Atenas, con Platón y Aristóteles deambulando enfrascados. Así lo indica el nombre preciso de la escuela aristotélica, peripatética, del peripatêín griego que significa el pasear mismo, en este caso en torno a un jardín por parte del maestro y su discípulo. Como si el andar acompañado estimulase nuestra pretensión de verdad.

Y así fue, a lo que se ve, el paseo madrileño que en 1921 emprendieron Zubiri (1898-1983) y José Gaos (1900-1969) con otros alumnos en los que el primero, todavía doctorando, expone la fenomenología entera al joven estudiante.

Parten de la antigua sede de la Facultad de Filosofía y Letras, en San Bernardo, camino de la Residencia de Estudiantes, junto a los Altos del Hipódromo en la calle Pinar, para asistir a una conferencia de Ortega. Un buen trecho en el que Zubiri se vale de una rosa que lleva en la mano para mostrar a sus acompañantes con ese ejemplo fenoménico la arquitectura del sistema filosófico más fecundo del pasado siglo: la fenomenología de Edmund Husserl (1859-1938).

Zubiri era muy consciente de estar viviendo años decisivos para el pensar occidental, en plena crisis de las ciencias positivas

Lo que da cuenta del formidable tenor de la filosofía española en aquellos años dorados, su receptividad a lo mejor del pensamiento europeo y lo que la vieja facultad supuso con Ortega al frente.

Zubiri era muy consciente de estar viviendo años decisivos para el pensar occidental, en plena crisis de las ciencias positivas que han perdido su sentido y se alejan, tal que hoy, de las preguntas que, como dirá Husserl, son decisivas para una autentica humanidad.

Al respecto, anota nuestro autor:

“De acuerdo con el doctorando [Zubiri], el modelo mecanicista del saber, cuyo enorme triunfo en la física matemática se había pretendido extender al resto de saberes, era el que había entrado en quiebra, en “crisis mortal”. El monismo mecanicista reduce el ser a naturaleza, y la naturaleza a materia inerte cuantificable, y este estrecho marco ontológico y metodológico se había visto desbordado por descubrimientos intelectuales imposibles de encerrar en él. La consecuencia era una ruptura desconcertante de la unidad del saber.” (p. 51)

Años más tarde, Husserl apuntará al respecto en su emblemática La crisis de las ciencias europeas (1936), cuya relectura tanto aconsejo: “Meras ciencias de hechos hacen meros seres humanos de hechos”. De ahí, que la tesis doctoral que leerá Zubiri diez días después de la andadura con Gaos que nos ocupa, fuera precisamente sobre la teoría fenomenológica del juicio, que tiene el mérito de ser la primera monografía sobre el pensamiento de Husserl en castellano y una de las primeras en Europa en lengua no germana.

Y sucede en nuestro libro que lo que el pensador vasco va haciendo con Gaos, Agustín Serrano de Haro, uno de los mejores conocedores del pensar fenomenológico, lo va haciendo con sus lectores “en passant” del paseo indicado. Hay, pues, un doble paseo: el histórico rememorado y el del autor con nosotros, lectores ambulantes, en el que nos expone la necesidad del método y saber fenomenológico como una vía de salida no solo de la filosofía misma sino también de la viabilidad de la persona humana, tan acechada entonces como ahora. Sabe muy bien Serrano de Haro de lo que habla: tras su rigurosa educación husserliana ya nos alumbró hace unos años con un ensayo fenomenológico bien intenso sobre la puntería humana , que daba cuenta y razón de la fecundidad de la fenomenología y sus concomitancias humanas.

Y este su saber le permite, además, un gesto de audacia intelectual hecho desde el respeto por Zubiri, pero más por la verdad de las cosas: subsanar un error de recepción comprensiva que este comete sobre lo que Husserl dijo acerca de la “pre-donación” del mundo, por la que Zubiri confunde la reducción fenomenológica con la eidética, haciendo de la fenomenología una “filosofía de esencias”. Error que contaminará la posterior comprensión de la filosofía husserliana entre nosotros, incluyendo la tan determinante Historia de la Filosofía (1941) de Julián Marías en la comunidad hispana como también el Diccionario de Ferrater Mora.

Ahora, casi cien años más tarde, aquejados de nuevo por el desoimiento de las ciencias experimentales de las exigencias de lo humano y por unas nuevas tecnologías que se perciben metafísica y axiológicamente más valiosas que el ser humano mismo, considero el libro que nos ocupa de lectura necesaria. Y ante el panorama ontológico que aparece en nuestro presente con su mecanicismo y subjetivismo añejos, reivindicar como hace Serrano de Haro la filosofía de la objetividad pura que encarna Husserl para superar “lo inadmisible de los tiempos modernos” y refutar el psicologismo otra vez imperante, me parece fundamental.

De manera que en un mundo nuestro dominado por las imágenes y los dispositivos técnicos que “objetivan” al hombre, hacer el esfuerzo de volver husserlianamente a las cosas mismas, esas que ahora se nos escapan veladas fuera de la caverna, aparece como quería el pensador de Moravia un imperativo del filósofo que se considera funcionario de la Humanidad. Función que cumple cabalmente Serrano de Haro con este libro de andaduras tan madrileñas como universales a un tiempo. Y de perentoria actualidad.

Editorial Trotta, Madrid, 2016, 272 páginas. 19 euros

 

Roger Scruton: lamento esperanzado por la cultura sitiada

Para George Steiner el signo más revelador de la crisis de la alta cultura son las nuevas ediciones de los clásicos: cada vez más abarrotadas de notas y de explicaciones para facilitar la lectura. Pero ni Steiner, ni Bloom, como tampoco ahora Roger Scruton, que se ha sumado por derecho propio a la nómina de pensadores que fustigan sin piedad nuestra mediocridad intelectual, pasan por alto en sus respectivos De profundis por la cultura humanística que la búsqueda de la sabiduría siempre ha estado vedada, de una u otra manera, a la amalgama pasional e intensa a la que se refería Ortega con el término «masa».

Pero ¿está realmente la cultura a punto de sucumbir? ¿Son quienes se comprometen con la elegancia y la distinción, es decir, los que siguen escuchando a Mozart o gustando de Milton una especie en peligro de extinción? Y, si así es, ¿existe alguna forma de contrarrestar la agresividad de la mediocridad intelectual y la violencia de sus formas ideológicas, como el relativismo y el nihilismo, o están amenazados y condenados a desaparecer los últimos remansos de erudición y excelencia que sobreviven?

Cuando Scruton habla en este ensayo de «cultura» se refiere a algo concreto, el conjunto de nuestros saberes humanísticos, pero también a una cualidad que es propia de los hombres. Y esto último no es casual, pues las consignas positivistas han irrumpido hoy mutando sus formas: sí, se mantiene que la ciencia es la única forma de conocimiento, y al tiempo se arrumban las humanidades a la sentina de las creencias subjetivas, pero lo que despacha hoy el naturalismo es la diferencia de especie entre el ser humano y el animal. Somos animales, más evolucionados tal vez, pero incapaces de superar nuestras contingencias salvajes, se afirma. Como resultado, se interpreta la cultura simplemente como una superestructura de nuestra dotación genética; se la concibe como un espejismo atávico que ha alimentado durante siglos y siglos nuestros prejuicios especistas. Scruton ha combatido en otros textos esta interpretación, señalando que el hombre es un ser biológico, pero también cultural y simbólico. Por este motivo la defensa de la cultura equivale a una defensa de la superioridad del hombre, pues a diferencia del saber científico y técnico, la cultura fomenta nuestra autocomprensión.

En cualquier caso, Culture Counts no es una elegía: el pensador británico percibe fortines de esperanza y núcleos de resistencia en los que se sigue cultivando la sabiduría que nos hace humanos, cada vez más humanos. Termina su reflexión sobre la cultura atisbando en los confines de la literatura, el arte, la música y la arquitectura los espíritus revulsivos en los que MacIntyre cifraba la salvación del legado occidental. Se trata siempre de hombres libres, que han sabido imaginar espacios de compromiso con la excelencia y aprovechar los intersticios de libertad dejados por la anquilosada burocracia académica, indiferentes a las premuras del consumo y a las trampas mediáticas, y consagrados con entusiasmo a lustrar su taller interior y a venerar las liturgias de la cultura.

LA CULTURA SIEMPRE HA ESTADO EN CRISIS

No sucumbamos a la desesperanza ni idealicemos el pasado: la cultura siempre ha estado en crisis y ha sido asunto de minorías. Sócrates fue condenado a beber la cicuta. Y la censura y las amenazas atraviesan los meandros de nuestra historia cultural. Las crisis son indisociables de las humanidades y la tensión se halla en la misma génesis de la cultura occidental: sus sombras se ciernen amenazando su desarrollo, pero lo hacen a modo de acicate, de estímulo. El ensayo de Scruton no tiene pretensiones académicas, sino que en su cuidado estilo pretende sugerir las causas de nuestro cada vez más desértico panorama cultural y ahondar con perspicacia filosófica en nuestra enfermedad. El síntoma, la superficie, es la crisis de la cultura, pero su sustrato es el que discute la pretensión objetiva de ese legado de saberes —artísticos, científicos y simbólicos— y el depósito de valores que ha definido nuestra propia civilización.

¿CULTURA O CULTURAS?

Es como si el brillo de la cultura occidental se hubiera ido apagando; como si la miscelánea posmoderna hubiera extenuado o desnortado la sensibilidad estética que Occidente consiguió fundar gracias a su peculiar configuración: como punto de intersección entre norte y sur, entre este y oeste, entre las bestias y los ángeles. Curiosamente la vocación universalista de nuestra cultura, que tanto los partidarios del multiculturalismo como los defensores del particularismo cultural denuncian, no constituye el saldo de nuestro impulso colonizador, ni el remanente de nuestro autoritarismo, sino la confirmación de que la excepcionabilidad de la cultura occidental nace de su capacidad por asimilar herencias que no le son propias; por su prolífico talento para la importación. Es esto lo que la convierte en única y la dota de su característica universalidad.

«Se puede interpretar este texto como una defensa de los valores humanos escrita para paliar las consecuencias del igualitarismo cultural»

En términos antropológicos, Occidente no ha perfilado «un hombre occidental» ni establecido sus rasgos; si se ha dedicado a algo ha sido a escudriñar al hombre en cuanto hombre. De ese modo, se puede interpretar este texto como una apología de nuestra naturaleza y como una defensa de los valores humanos escrita para paliar las consecuencias del igualitarismo cultural. El relativismo es una enfermedad tremendamente contagiosa y nociva en el campo de la estética cultural. E inocula diversas enfermedades: complejo de inferioridad, sentimiento de culpa, vergüenza por la tradición. Porque si bien es verdad que, como afirma el pensador británico, los juicios culturales son de alguna forma subjetivos, ya que dependen de experiencias acumuladas, de impresiones vividas y de la formación recibida, también implican cierta adecuación y poseen sentido normativo. Gracias a ello podemos afirmar sin complejos que hay cuadros buenos y malos, mejores y peores canciones, libros más conseguidos en términos artísticos que otros. Son juicios que aspiran a cierta objetividad; ser culto no es realizar afirmaciones arbitrarias, sino tener intuiciones autorizadas sobre lo correcto. De ahí la importancia de la crítica, que revela el valor intrínseco de los fenómenos culturales. Y si hay algo que tienen en común el joven Scruton —el estudioso de la estética— y el de hoy —el empeñado en despolitizar la cultura— es que ambos reivindican la objetividad, la razonabilidad, de la cultura y del gusto artístico frente a quienes se empeñan por demoler lo que Scruton denomina «juicio estético».

La cultura no es ni un depósito de información ni una técnica; no es un producto, sino una esfera de valor intrínseco, de raíces religiosas —el ingenio etimológico es especialmente fecundo en este punto, pues cultura alude en cierto modo a culto—. Se atisba en ella el eco de lo que estécnica; no es un producto, sino una esfera de valor intrínseco, de raíces religiosas —el ingenio etimológico es especialmente fecundo en este punto, pues cultura alude en cierto modo a culto—. Se atisba en ella el eco de lo que es importante para la vida humana, individual o colectivamente. Apoyándose en la distinción aristotélica entre medios y fines, explica Scruton que la esfera cultural es aquella en la que la realización de la actividad no puede desligarse de su sentido, pues posee valor en sí. Ni el arte ni la literatura, ni la filosofía ni la religión tienen, por tanto, un para qué; son valiosas por sí mismas. Lo que ha sido más devastador para la cultura es la mentalidad técnica, esa mirada codiciosa que busca en cada una de las actividades humanas réditos extrínsecos, el tamiz calculador que escruta todo lo que nos rodea en función de una racionalidad instrumental, acechando lo valioso con la amenaza del precio. Pero la cultura es justamente lo opuesto al trabajo y a la necesidad, aunque nos ayude a comprender ambos extremos: el recinto del ocio y del disfrute, pues como intuíamos al comienzo, solo superando el marco estrecho al que nos confina nuestra naturaleza biológica puede despertar el hombre como sujeto y portador de cultura.

Frente a la visión científico-técnica, que exige un criterio espurio para determinar el valor de lo cultural, lo somete a precio y lo incardina en el mercado, Scruton defiende que la cultura, el complejo caudal de símbolos, imágenes y experiencias que nos humaniza, está vinculado con el significado del hombre y del mundo. Y posee naturaleza acumulativa en la medida en que las preguntas que ansía responder son inagotables. Como animales simbólicos, anhelamos sentido, pero este únicamente se nos revela de un modo frágil, provisional, tentativo y poliédrico en las creaciones culturales que nos ha donado el pasado. Y es precisamente ese criterio, escurridizo pero ecuánime y guiado por la prudencia, el que nos permite discriminar la cultura, de las culturas, el arte, del mercado, el espíritu, en fin, de sus falsificaciones frívolas.

CANON Y EDUCACIÓN

Para Scruton la idea de cultura es inseparable de tres nociones: expertos, canon y tradición. Lo que convierte a una creación humana en un clásico es, de un lado, la crítica, que destila lo sublime de acuerdo a criterios intrínsecos al propio arte y que exige en sus cultivadores rigurosidad. El crítico es quien explica por qué una obra en concreto es digna de valor y de conservarse en nuestra memoria colectiva. De otro lado, a lo largo del tiempo, se conforma un depósito inagotable y elitista, es decir, como un poso en el que se sedimentan las revelaciones más excelsas de la existencia humana y que conforma un «canon». Este actúa a la manera de mapa y guía por los meandros de nuestra excelencia. Por último, en tercer lugar, aparece la idea de «tradición», tanto en el sentido que denota la simiente del pasado como en el de «entrega», pues somos lo que recibimos.

Tal vez uno de los apartados más importantes de este breve ensayo sea el que se refiere a la educación. Educar es como lubricar los engranajes que aseguran la continuidad de la cultura y la rememoración de la grandeza creativa del hombre. Nuestras aulas se han transformado en páramos culturales por el embate de dos fuerzas igualmente nocivas para la formación cultural: el cientificismo pedagógico y la ideologización de la educación. A juicio de Scruton la enseñanza está hoy centrada en el alumno —la adquisición de competencias instrumentales, el desarrollo de sus capacidades—, pero este enfoque merma el valor de la cultura y dificulta al mismo tiempo que el alumno se prepare adecuadamente para el descubrimiento de la riqueza estética. En lugar de formar su criterio, el estudiante recibe un batiburrillo de información sin sentido que calibra de acuerdo a su propia expresividad. Pero el objetivo de la educación es «cultivar», formar tan-to estética como moralmente y preservar la comunidad de conocimiento. El maestro no debe rebajar los contenidos, sino vivificar el talento en sus discípulos e instilar en ellos el gusto por la cultura.

Scruton recurre a ejemplos muy ilustrativos. Consciente de la importancia que tiene la transmisión de la cultura, sabe que la persistencia de los valores occidentales depende de la capacidad de los planes de estudios y currículos académicos por alumbrar el espíritu de los jóvenes de hoy, asfixiado por la economía de la distracción y el estruendo de las imposturas. ¿Enseñar no es avivar la llama de la cultura? ¿No es fomentar la aspiración hacia lo más alto?

Hay un punto en el que este filósofo británico se muestra tajante: no, lo importante no es leer ni escuchar música; es imprescindible que se lean buenos libros y se escuche buena música. Hay que formar a los alumnos en la sensibilidad estética y esta solo se desarrolla mediante el contacto frecuente con los gigantes de la cultura. Si se hurta al joven la familiaridad con los genios que nos han precedido, se le está vulnerando su derecho a comprenderse a sí mismo y a verse como un eslabón de nuestra rica y larga tradición humanística. Lo más trágico, sin embargo, no es que estamos robando solo a quienes acuden con pereza a nuestras aulas, sino interrumpiendo el encadenamiento de generaciones que posibilitan tanto la continuidad de la cultura como la propia identidad de los hombres y mujeres del futuro.

«Ni el arte ni la literatura, ni la filosofía ni la religión tienen un para qué; son valiosas por sí mismas»

Frente a quienes ofrecen en sus clases grageas de cultura y una formación hábil para superar test y pruebas que miden la información, Scruton propone la vuelta a la memorización y exige la difusión y la lectura en las aulas de los clásicos: difíciles, arduos y tal vez excesivamente complejos, ciertamente, pero también fuentes inagotables de sentido y gozo. Y frente a quienes sostienen la importancia de la creatividad humana, recuerda que no hay innovación sin recepción. «Ora, lege, lege, lege, relege, labora et invenies», recomendaban los sabios a quien deseaba introducirse en los secretos de la alquimia.

Scruton no diseña un plan de estudios concreto, pero está claro que su aspiración es introducir en la esclerotizada vida académica las artes liberales. En resumidas cuentas se puede decir que insta a recuperar el sentido moral de la educación. Cuando T. S. Eliot, otro de los grandes intelectuales comprometidos con la preservación de la alta cultura, aludía a la diferencia entre información y sabiduría, enseñaba que ser culto no es tener un registro indiscriminado de datos. La cultura se halla vinculada con la capacidad de discriminación y el descubrimiento de la verdad es indisociable de nuestra aptitud para saber contemplar la belleza y practicar el bien. Gran parte de nuestra actual cultura de consumo es narcisista: en lugar de conducir al encuentro con los otros y revelar la riqueza inconmensurable de lo real, apunta al solipsismo; en lugar de habituar nuestra sensibilidad al esplendor de la belleza y de la virtud, o es indiferente en términos morales o nos conmina a someternos a la fuerza del instinto. Explota nuestra tendencia dionisíaca. Y si cuando uno frecuenta los clásicos se vuelve más hombre, cada vez más humano, cuando nos familiarizamos con lo burdo se debilita precisamente nuestra propia humanidad.

LA GUERRA CULTURAL

Admitamos que la cultura siempre ha estado en crisis; admitamos, también, que siempre ha sido un asunto de élites y que ha mostrado cierta indefensión ante las huestes que la asedian. Pero ha sobrevivido al ataque de sofistas, del poder político, de las modas, del fanatismo. ¿Cuál es hoy, según Scruton, la amenaza que se cierne sobre ella? A su juicio es más grave que otras, poderosamente letal. El peligro es que la posmodernidad y el lastre de la sospecha ha convertido la esfera desinteresada de la cultura en un campo de batalla ideológica: los efluvios psicoanalíticos, la maquinaria frankfurtiana, la retícula gubernativa de Foucault, junto con la culpabilidad inyectada por Said, el ironismo rortyano y la deconstrucción han arrollado la objetividad de lo cultural. Lo que Scruton llama «cultura del repudio» pone a trabajar su lente de aumento para desenmascarar la ideología burguesa y el anhelo del dominio capitalista en la música clásica, el arte barroco o la literatura romántica.

Es este, sin lugar a dudas, nuestro drama cultural y lo que nos incapacita como sociedad para darnos cuenta de que el hombre no es solo una alimaña consumista ni un lobo hobbesiano, sino también un ser llamado a la gratuidad. Mientras no seamos capaces de alzar nuestros ojos del egoísmo y de los dobles sentidos, no podremos descubrir el desinterés que nutre la sabiduría humana y la libertad que reporta su ejercicio. Aún más: es nuestra formación cultural la que espolea la capacidad crítica del hombre. Puede que la cultura occidental sea culpable de los males de los que sus desagradecidos hijos la culpan, pero su superioridad se manifiesta en su singularísima capacidad por promover su propio cuestionamiento, su propia autocrítica.

Han sido las últimas acusaciones posmodernas las que han contribuido a la crisis de la cultura occidental. Nadie está a salvo de la sospecha de autoritarismo; se censura a quien defiende los valores del clasicismo; se destierra a quienes afirman que no todas las culturas son iguales o que hay buena y mala música, literatura popular y erudita, objetos de consumo y obras de arte. Y los que levantan su voz para criticar el sesgo ideológico son víctimas de expatriación. Lo paradójico es que quienes, alineándose con el posmodernismo, se han propuesto liberar al hombre de la autoridad y emanciparle de una tradición que conciben como opresora, han terminado imponiendo sus dogmas y lanzando nuevos anatemas. Lo políticamente correcto es el tóxico que emponzoña el debate cultural e intelectual de nuestro tiempo y lo que expulsa de la esfera pública a quienes se han comprometido con la alta cultura y con difundir los valores humanísticos clásicos. Se ha institucionalizado un nuevo absolutismo, el absolutismo relativista.

Pero, como indicábamos al comienzo, hay motivos para la esperanza. Pese al descrédito político, sigue existiendo una élite comprometida con la tarea de conservar y transmitir nuestros símbolos culturales y de cultivar el anhelo humano por la sabiduría. En el cine, en la literatura, en el arte, en la música y en la arquitectura, Scruton ausculta latidos de recuperación y ensayos de rebeldía. Son minorías, pero actúan como antídotos frente al nihilismo. Darles voz es urgente: nos recuerdan el sentido de la tradición cultural y la importancia que tiene conservarla para que nuestro futuro siga siendo humano, cada vez más humano.

María de Magdala según Ernestina de Champourcin

La doctora en literatura española por la Universidad de Santiago de Compostela, Magdalena Aguinaga Alfonso, nos presenta la segunda edición de María de Magdala, segunda y última novela de Ernestina de Champourcin, una de las pocas mujeres del grupo poético español del 27.

La primera edición vio la luz en México D. F. en 1943, donde se encontraban exiliados ella y su marido, Juan José Domeschina, por sus afinidades republicanas.

La autora de esta segunda edición (publicada por «Aracne editrice int.le S.r.l.», di Aricia (RM), 2015), nos la presenta junto a un estudio muy pormenorizado e interesante de la figura de la poetisa vitoriana y de su obra literaria. La editora nos llama la atención sobre la poca repercusión que tuvo la primera edición de esta novela en México, y de los pocos datos informativos que existen acerca del proceso de su elaboración.

Se trata de una novela breve, que se lee con gusto. Ernestina de Champourcin sigue los textos bíblicos y los embellece con su prosa poética. Sabe captar como nadie los innumerables matices de la protagonista, inconformista, caprichosa e insolente. De personalidad apasionada y libre, en permanente búsqueda de aquello que acabe dando sentido a su gran insatisfacción, a su vacío interior, a pesar de todo lo que ha conquistado gracias a su belleza e inteligencia. Magdalena ha conseguido reconocimiento, prestigio, fortuna y protección en un mundo duro y hostil, especialmente por parte del romano Licio que se ha enamorado de ella. Pero ella, aunque le aprecia es incapaz de amarle. Un día se produce el encuentro con Jesús de Nazaret y desde ese momento se origina en ella el cambio que tanto anhelaba.

La autora nos descubre a una Magdalena fuertemente impactada por el encuentro con Jesús, pero a la vez, nos la muestra volviendo a su vida de cortesana. Su transformación no va a ser instantánea sino en proceso. Ernestina, de manera magistral, dejará que el personaje de María de Magdala evolucione psicológica y afectivamente poco a poco. Hasta que se vea con fuerzas para abandonarlo todo por seguir al Maestro sin mirar atrás. Por fin ha encontrado lo que buscaba.

Ernestina de Champourcin. ARACNE, 2015, p. 172.

Thomas Mann como modelo de nobleza de espíritu

Rob Riemen, en Nobleza de espíritu. Una idea olvidada (Taurus, 2017, pp. 51-86), dedica un capítulo sobresaliente a Tomas Mann puesto que en el Nobel alemán Riemen ve un modelo de esa nobleza de espíritu a la que dedica su obra. Lo que sigue a continuación son las principales ideas de esas páginas.

Es significativo que Riemen comience destacando de Mann lo bien que aprovechaba el tiempo. En Elogio de lo efímero Mann desvela los motivos: el tiempo es el espacio en el que se aspira sin tregua a perfeccionase con objeto de convertirse en la persona que se debería ser.

La muerte, las limitaciones, las preguntas sin respuesta conforman la esencia de la condición humana, no la política, que no puede prometer la felicidad, como no la pueden prometer ni las autoridades, ni el pensamiento político. El arte ayuda al ser humano a comprenderse a sí mismo facilitándole un conocimiento imposible de adquirir de otro modo. Sin embargo, degradar el arte a la categoría de instrumento moral significa destruirlo.

Thomas Mann, nos recuerda Riemen, aprendió pronto que «nadie puede tener el monopolio del saber y que a la humanidad le beneficia más la búsqueda de la verdad que la creencia de poseerla” (p. 59).

A continuación, el pensador holandés saca otra serie de enseñanzas basándose en una lectura atenta de las grandes novelas y conferencias del genio alemán.

La montaña mágica

Aquí hay una nueva dimensión de la eternidad, que Proust la situaba en los “paraísos perdidos”, recuperables solo durante un momento gracias al azar y a la memoria involuntaria.

En La montaña mágica, Mann pone de manifiesto que hace falta un tercer elemento para conciliar lo secular y lo divino, la Ilustración y el Romanticismo, la razón y la mística: el humanismo, un vocablo antiguo y clásico para referirse a la democracia.

La existencia humana no puede ser ni exclusivamente espiritual ni exclusivamente sensual, ni tampoco debe centrarse únicamente en lo metafísico o social. Mann toma conciencia de que quien pretenda honrar al ser humano no puede conformarse solo con una parte de él.

Para Mann, y para Riemen, quien niegue que la democracia parlamentaria sea una condición para garantizar la dignidad humana y la supervivencia de la cultura europea, se convierte en cómplice de los actos de los extremistas.

Pero la cultura europea agoniza porque ha eliminado de su horizonte la eternidad y sus atributos más valiosos: el valor y el significado. ¿Y cuál es el significado principal para Riemen de La montaña mágica? El siguiente: Monsalvat, el castillo de los caballeros del Grial, se convierte en sanatorio en la obra de Thomas Mann. Sobre sus personajes: Settembrini representa a la Ilustración; Naphta al Estado totalitario; Pieter Peeperkorn a la buena vida. “No conviene, sin embargo, seguir su ejemplo, porque cuando Peeperkorn ya no puede gozar todo cuanto quisiera de los placeres terrenales, debido a su enfermedad, queda patente su falta de resistencia mental y acaba suicidándose” (p. 69).

La enfermedad y la muerte forman parte de la vida y no pueden ser ignoradas: nos ofrecen una mayor comprensión de los avatares de nuestra existencia que la razón. Para Mann, el Grial no es la copa de la Última Cena, sino un enigma, un secreto, idéntico al eterno enigma que encarna el ser humano.

Cuando Thomas Mann, a los cincuenta años de edad, termina La montaña mágica ha comprendido que tanto la negación del enigma como la aceptación de cualquier sucedáneo conducen necesariamente a la destrucción de aquello a lo que él pretendía mantenerse fiel: la humanidad. El enigma consta de dos elementos: de un lado la naturaleza humana, lo efímero y, con demasiada frecuencia, lo trágico de la vida. De otro lado el hombre que conoce, gracias a sus facultades espirituales, lo absoluto y los valores eternos, a los que hemos de aspirar todos.

Pero un mundo siempre cambiante requiere continuamente formas nuevas en las que la verdad se refleje: eso es cultura. Destruirla significa destruir la verdad. Y destruir la verdad no es otra cosa que privar al hombre de su dignidad.

Gracias al lenguaje existe un mundo que rebasa los límites de la realidad, existe el pasado (érase una vez…), y el futuro (llegará un día…). El lenguaje hace que existan el significado y la verdad. Thomas Mann, siguiendo a su maestro, Goethe, defiende que en un mundo confuso el mero hecho de repetir una y otra vez la verdad es ya todo un mérito.

José y sus hermanos, Doctor Fausto Mi tiempo

Las otras dos grandes novelas de Mann, José y sus hermanos Doctor Fausto, y una conferencia, Mi tiempo, redondean las aportaciones de Riemen a la «nobleza de espíritu».

En José y sus hermanos Mann noveliza que hay que seguir a Dios, no a Hitler, y que ”eterno” no significa únicamente “siempre”, sino asimismo “aquello que está aún por venir”” (p. 78). Con Doctor Fausto muestra cómo pudo estallar la máxima destrucción (el nacionalsocialismo) en una cultura de altos vuelos, la alemana, y para ello Tomas Mann «no tuvo más remedio que sondear las hondonadas de su propia alma, narrando su vida y hablando de su tiempo”. Habla del mal (p. 82).

El 22 de abril de 1950 Thomas Mann pronunció en la Universidad de Chicago su conferencia Mi tiempo. Hace balance y llega a la conclusión de que es necesario un humanismo religioso que respete el inescrutable enigma humano y no niegue ni la tragedia ni los abismos demoníacos; que tenga conocimiento de la verdad, a la que solo tiene acceso nuestra conciencia, la medida absoluta por la que hemos de regirnos; un humanismo que abarque la totalidad de nuestra existencia sin ignorar la realidad política.

Pero eso no lo logra ni una conferencia, ni una institución, ni un Gobierno…; lo logra una nueva sensibilidad, la nobleza de espíritu.

Mann no disimula su desilusión ante la actitud cínica de las democracias occidentales. Después de tolerar el surgimiento del fascismo y el nazismo como mejor arma contra el bolchevismo, por puro interés económico, permiten que reinen de nuevo los intereses económicos (p. 83). Por eso pide «la verdadera democracia», que ha de revestir cierto carácter aristocrático, nobleza no de nacimiento sino de espíritu (p. 84). Se trata de convertir el nivel de los mejores “en opción dominante y reconocida” (p. 84).

En Suiza, Mann se despide de la vida terrenal, consciente de que con él desaparece también el humanismo burgués. Experimenta la desesperación moral por el sentido de la vida. La suya la había cimentado sobre la abnegación, la Entsagung de Goethe. Pero aguanta hasta el final fiel a sus principios: transformándose a sí mismo y sabiendo que necesita una “verdad redentora” (p. 86).

El primer capítulo del libro de Riemen se llama «Preludio: cena en el River Café». De él tratamos aquí:

«Preludio: cena en el River Café»


Rob Riemen: Nobleza de espíritu. Una idea olvidada. Taurus, 2017

 

«To The Wonder» o la vuelta al cine metafísico

En el segundo ciclo de películas de Malick integrado por El Árbol de la Vida (2011), To The Wonder (2012) y Knights of Cups (2015), hay una refutación inequívoca a la deslegitimación de los grandes relatos ontológicos, en la que tanto se afanaron los representantes del posmodernismo. Malick aborda con decisión y de manera muy meditada esos grandes relatos; parte del quebranto del hombre posmoderno, para inmediatamente enhebrar su narración con hilos y patrones netamente metafísicos, trascendentes, religiosos, católicos. Apelo a esos cuatro adjetivos graduales y definitorios de los relatos del segundo Malick, porque es temerario –si se procede con honradez intelectual– prescindir de ellos.

Las tres películas de Malick que se insertan en un ciclo que llamaremos de exaltación del ser humano como criatura caída, redimida y elevada no pueden ser definidas desde los presupuestos formales y materiales del existencialismo, el posmodernismo o el espiritualismo. Porque están concebidas sub specie aeternitatis, con una manera de pensar y de imaginar emocionalmente lo pensado que tiene como referencia permanente la dimensión cósmica del espacio y el tiempo que nos rodea, sin perder de vista nuestra pequeñez y futilidad.

To The Wonder, su sexta película, cuenta una historia de amor estacional que protagonizan un hombre y una mujer en una pequeña ciudad de Oklahoma, después de que su amor florezca en Francia. Ambos quedan conmovidos por el viaje que hacen juntos al Mont Saint-Michel, en la Normandía, conocido popularmente como Le Merveille, La Maravilla.

Neil (Ben Affleck) y Marina (Olga Kurylenko) viajan desde París al Mont Saint-Michel. To The Wonder (2012).

Nuevamente, como en la precedente El Árbol de la Vida, la película es intensamente autobiográfica. Las estrategias narrativas empleadas por el cineasta norteamericano contribuyen a un alto grado de abstracción poética que se pone al servicio del afán de trascendencia de un gran relato ontoteológico. Se trata de una película especialmente importante en la recién citada dimensión, porque Malick insiste en un relato cinematográfico que habían cultivado grandes maestros como Bresson y Tarkovski.

La evocación de lo que Malick conceptualiza en el título de su película como To The Wonder (Hacia La Maravilla podríamos escribir en castellano) se materializa en un cruce de los caminos de la gracia y de la naturaleza, representados por la abadía francesa que aparece al principio y al final de la película.

La primera película de Malick ambientada en el presente

Durante la posproducción de El Árbol de la Vida, Malick empezó a preparar con los productores Sarah Green y Nicolas Gonda una película que sería la más abstracta y la más arriesgada de su filmografía en cuanto al objeto y al tratamiento.

Los recursos narrativos, las estrategias de lenguaje cinematográfico empleados hacen que el retrato de la naturaleza agraciada en To The Wonder tenga una ética y una estética muy adecuadas para establecer nuevamente una suerte de catarsis, de purificación de la memoria de la vida adulta de Malick como ya había hecho con su infancia en El Árbol de la Vida. Al igual que en su anterior película, la invitación al espectador para realizar el viaje de purificación es clara.

Jane (Rachel McAdams) y Neil (Ben Affleck) en una pradera de Oklahoma. To The Wonder (2012).

Por primera vez en su filmografía, Malick ambienta su película en el presente (al rodarse la película en 2010 y 2011 y estrenarse en 2012, el grado de contemporaneidad es alto), de forma que los personajes se mueven en el marco temporal del espectador. El rodaje en la localidad de Bartlesville contó con la buena disposición de los habitantes que dieron todo tipo de facilidades para el rodaje, quizás por conocer bien a la familia Malick.

En las cinco precedentes, el diseñador de producción Jack Fisk tuvo que recrear el pasado. Totalmente en las cuatro primeras, y sustancialmente en la quinta:

  • Malas Tierras (1973) cuenta unos hechos acaecidos en 1959.
  • Días de Cielo (1978): la acción tiene lugar en 1916.
  • La delgada línea roja (1998) cuenta una historia de 1942.
  • El Nuevo Mundo (2005) sitúa su relato en el primer cuarto del siglo XVII.
  • El Árbol de la Vida (2011) bascula entre el presente (2010) y el pasado de la familia O’Brien (los años 50 del siglo XX), con tramos que muestran el origen del universo y de la vida en la Tierra.

Temas y conexiones autobiográficas

Reaparecen en To The Wonder los grandes temas del cine de Malick, como el amor a prueba de tiempo, la soledad, los lazos paternofiliales, la relación de los hombres con Dios, el sentido moral de las acciones, el perdón, la misericordia, la belleza como camino de salvación, lo nuevo y lo antiguo encarnados en América y Europa. La trama, los personajes y los conflictos de la película puede conectarse con facilidad con la historia de amor que Malick vive con la francesa Michèle Morette, su segunda esposa, durante casi dos décadas, en los años 80 y 90 del siglo pasado. En 1998, año del estreno de La delgada línea roja, Malick, tras divorciarse de Morette, se casa con Alexandra (Ecky) Wallace, su tercera y actual esposa, con la que pronto cumplirá veinte años de vida en común.

«¿Qué hemos hecho con el amor que nos fue dado?» es la pregunta en boca de Marina (Olga Kurylenko) que domina el relato, sobrevolando cada secuencia del metraje. La película sondea el misterio del amor, recomponiendo a través de la evocación y del presente continuo como tempo narrativo, los fragmentos que construyen la memoria del amor, como un don que nace, crece y muere. El amor se presenta como un don misterioso del que los seres humanos participan. El concepto de participación ha ido cobrando fuerza en el planteamiento ontoteológico del gran relato malickiano, de forma que esa maravilla que se anhela en la película, el auténtico amor, no es una creación humana sino algo preexistente, concebido en clave agustiniana.

El claustro de la Abadía del Mont Saint-Michel, lugar de revelación. Allí Neil decide que su amor por Marina será fiel. To The Wonder (2012).

Malick actúa siguiendo el consejo aforístico de Joseph Joubert: «Antes de emplear una palabra hermosa, hazle un sitio». Malick le hace sitio al amor, convirtiendo las localizaciones de la película en lugares de revelación, que expresan los sentimientos de unos personajes que entran en comunión con la naturaleza. Los lugares de revelación del sentido último del amor —como donación del que busca el bien para el otro con un compromiso de fidelidad—serán fundamentalmente París y Bartlesville (Oklahoma): en ambos lugares ha vivido Malick, en la madurez y en la infancia.

El amor estacional: París y Oklahoma

Neil y Marina viven en París. Están enamorados. Marina tiene una hija, Tatiana, de diez años fruto de una relación anterior. Tras un viaje decisivo al monasterio del Mont Saint-Michel, Neil decide llevar a Marina y Tatiana a su país, Estados Unidos. Se establecen en un pueblo de Oklahoma, cerca del lugar donde Neil creció. Allí, Neil trabaja como inspector medioambiental. Marina experimenta cómo el amor de Neil se va enfriando; a la par crece en ella un sentimiento de melancolía que la ha acompañado siempre.

En su angustia, Marina acude en busca de ayuda al padre Quintana, un sacerdote católico que pasa por lo que conocemos espiritualmente como una noche oscura. Mientras Marina vuelve a Francia con su hija al expirar el visado que habían obtenido, Neal vuelve a ver a Jane, una antigua compañera de colegio.

El padre Quintana (Javier Bardem) atendiendo a sus feligreses en un suburbio. To The Wonder (2012).

La sinopsis amplia de la película que la distribuidora Magnolia Pictures incluyó al principio del dossier de prensa para el estreno de la cinta en Estados Unidos se refiere expresamente a la película como

un drama romántico centrado en Neil, un hombre dividido entre dos amores: Marina una mujer europea que viene a los Estados Unidos a estar con él, y Jane, el antiguo amor con quien vuelve a conectar en su ciudad natal. En To The Wonder, Malick explora cómo el amor y sus diversas fases y estaciones –pasión, simpatía, obligación, sufrimiento, indecisión- puede transformar, destruir o reinventar vidas.

La lectura de la sinopsis oficial explicita meridianamente la intentio auctoris, facilitando unas claves al crítico o al informador cinematográficos llamados a servir de puente entre la película y el espectador. Como ya hemos comentado, aunque Malick evite estar presente en los actos promocionales de sus películas y no conceda entrevistas, cuida extraordinariamente todos los materiales relacionados con sus películas; por lo que resulta impensable que esta sinopsis no cuente con su aprobación. Lo mismo podemos decir de los carteles promocionales de la película. En el que mostramos junto a estas líneas, se percibe la diferente actitud ante el amor de Neil y Marina: él en sombra, ella iluminada; él quieto, ella volátil.

Siguiendo las ideas de la citada sinopsis, la secuencia inicial en el Mont Saint-Michel supone la exaltación del amor como renacimiento. Un renacimiento para dos seres infelices: Marina, una joven ucraniana divorciada y con una hija de diez años, abandonadas por el padre dos años después de casarse en París; y Neil, un norteamericano aspirante a escritor que viaja a Francia en busca de una vida mejor, tras una serie de relaciones infelices:

Mirando en los ojos de Marina cómo la Abadía se cierne en la distancia, Neil está seguro de que finalmente ha encontrado la mujer a quien poder amar comprometidamente. Hace una promesa de ser fiel a esta mujer sola.

Evocación poética, audacia fotográfica

Los poemas no se explican. Acercarse a ellos queriendo entenderlos o racionalizarlos como si de novelas o piezas teatrales se tratasen es un error que puede provocar el desconcierto o el rechazo. La identidad formal de la película, que fotografía el mexicano Lubezki en su tercera colaboración con Malick se configura, a juicio de Jim Hemphill, como

una sencilla historia de amor con complejas ideas filosóficas discurriendo por debajo de la superficie, es el siguiente escalón en la evolución estilística que Lubezki y Malick han desarrollado como cineastas alejándose de las tradiciones de la narrativa para acercarse

Como señala Emmanuel Lubezki en una larga entrevista que le hace Hemphill para la revista American Cinematographer, el trabajo fotográfico que desarrolló en El Nuevo Mundo discurrió por los cauces comunes a otras muchas películas, con escenas programadas y una cantidad razonable de trama. En El Árbol de la Vida intentaron usar menos estos recursos convencionales y abrirse a cosas nuevas. To The Wonder supone un plus ultra en cuanto a la novedad de las estrategias visuales, que persiguen atrapar momentos sin someterse a un guion convencional:

Fallábamos todo el tiempo, pero en los momentos en los que teníamos suerte y rodábamos buen material, ese material era más poderoso que cualquier otro que juntos [con Malick] hubiésemos hecho antes. En To The Wonder quisimos llevar este planteamiento a sus últimas consecuencias.

Malick quiere atrapar momentos que tienen la capacidad de compendiar la esencia de sentimientos universales, susceptibles por tanto de ser compartidos por el espectador. La fragmentación del relato, menos sujeto a un guion convencional que cualquiera de los cinco largometrajes anteriores, es muy acusada. Malick pide a Olga Kurylenko que su personaje, Marina, esté en continuo movimiento, en una suerte de danza, en una coreografía, que tiene mucho de oración en la que participa el cuerpo.

Marina (Olga Kurylenko) en los alrededores de su casa en Barletsville (Oklahoma). To The Wonder (2012).

La fotografía combina el formato 35mm para las secuencias de Marina y el formato 65mm para las de Jane, en una estrategia por simbolizar la condición volátil del personaje de Marina y la estabilidad del personaje de Jane, siempre según la percepción de Neil.

Música: anticipación, tensión, intervalo

La música de la película encomendada a Hanan Townshend responde al ya conocido deseo de Malick de crear un flujo musical que proporcione a la película otro de los códigos fundamentales para efectuar una lectura inteligentemente emocional de lo que se cuenta, de lo que se representa. Townshend había iniciado su colaboración con Malick componiendo alguna pieza para El Árbol de la Vida. Considera su trabajo en To the Wonder como un profundo viaje personal y profesional, seguido por una ruta nada habitual. Señala el compositor:

El modo en que trabaja [Malick] con los elementos de la película, ciertamente con la música, no se parece a nada que yo haya visto. Cada elemento de la película de Terry es una acabada y valiosa pieza en sí misma considerada. A la vez, cada pieza tiene la suficiente flexibilidad para mezclarse con lo que creativamente surge de otros elementos de la película.

Townshend, a diferencia de Horner en La Delgada Línea Roja, se declara satisfecho por haber trabajado como compositor con esa misma disgregación y cohesión. Confiesa que nunca escribió un corte convencional para la película y que el montaje cambió tantas veces que no se creyó capaz ni siquiera de intentarlo… En este punto, el compositor se refiere a sus conversaciones con Malick «sobre ideas musicales, pensamientos, gestos, motivos». Con esas ideas, compuso para la película, para los paisajes, para los amantes en el Mont Saint-Michel, para los bisontes en las praderas de Oklahoma, para la pequeña ciudad de Bartlesville.

Escribí desde la anticipación, anticipándome a lo que los personajes debieran sentir, a lo que el público debía experimentar, a lo que el director buscaría en cada momento.

Con la experiencia de El Árbol de la Vida, Townshend sabía la música que más ayuda a Malick, de su obsesión por la tensión, por la composición de piezas transicionales. Por eso, trabajó en el estudio con los músicos para crear un amplio despliegue de piezas aleatorias, a veces improvisaciones que encajaban bien juntas tras una grabación.

El trabajo de Townshend, como es habitual en Malick, se ensambla con una generosa lista de piezas musicales que suenan en la película usadas con una inteligencia musical fuera de lo común: Berlioz, Wagner, Haydn, Respighi, Tchaikovsky, Dvorak, Gorecki, Bach, Rautavaara, Pärt, Shostakóvich y Rachmaninoff. A los clásicos se unen composiciones de músicos contemporáneos ya presentes en la película precedente como Lupica y Jovanovic.

Muchos de los compositores mencionados estaban presentes en la música de El Árbol de la Vida y lo están en Knight of Cups, reforzando la tesis de que en esta trilogía Malick bebe de la evocación de sucesos de su vida, que tienen en la música una expresión emocional que lógicamente se repite, surge a la manera del impromptu.

Actores y personajes: cerca y lejos

Las apreciaciones sobre la película del actor Ben Affleck son útiles y relevantes porque representan el punto de vista del que ha trabajado como actor con Malick (lo hacía por primera vez) pero también de quien era, en ese momento, un prestigioso productor, director y guionista, ganador del Oscar a mejor película por Argo (2013), del Oscar al mejor guion original por El indomable Will Hunting (1997) y de un Globo de Oro a mejor director por Argo.

En una conversación con miembros de la Boston Online Film Critics Association, Affleck señala:

Es una película impresionista, con tono poético. Trata sobre una mujer con la que mi personaje se obsesiona, y también la cámara lo hace a su manera.

Affleck completa su descripción precisando que Malick «pinta con los actores». Y esa expresión describe el trabajo de dirección de actores de Malick, que en esta película es el menos convencional de su carrera:

Normalmente, apareces y haces tu trabajo y es lo que hay. Con Terry, sabes que quiere azul de ti y rojo de ella y gris de otro… Más tarde, él [Malick] pinta todo. Esto tiene su aquel, porque ¿qué significa azul? ¿Solo azul? Más adelante lo ves. Y es algo maravilloso. Él [Malick] tiene una teoría que procede de Chejov sobre las relaciones en las que uno está cerca y en la que está lejos. Siempre pensé que era un recurso literario a la primera persona más que un recurso cinematográfico, pero básicamente, todo se redujo a que la película esencialmente fuese un plano por encima de mi hombro sobre esta mujer, siguiéndola, contemplándola, y periódicamente yo entro en plano y la beso y esas cosas.

La consideración del personaje de Neil (que interpreta Affleck) como una torre de silencio es coherente con la praxis que sigue Malick para convertir a Marina en el motor de la película, aunque Neil sea el centro. Affleck sigue diciendo sobre su experiencia interpretativa en la película y las estrategias de Malick en su trabajo con los actores:

No teníamos guion. No sabíamos de qué iba. No sabías dónde encajabas en esto. Él [Malick] dijo que era una película que experimentaba con el silencio, hemos tenido esas voces en off ocasionales, pero no se relacionaban realmente con lo que se está viendo. Yo estaba aterrado y pensé: ¿qué hago? Se trataba de dejarse ir. ¿Sabes a lo que me refiero? Para bien o para mal, se saca todo lo que llevas dentro, saltas fuera de lo que has rodado y ves lo que pasa.

La conclusión de Affleck es reveladora: permite entender por qué considera un privilegio haber trabajado con Malick y, también, los motivos de su admiración por él, más como productor, guionista y director que como actor:

Hay cosas que amo en la película y otras que no entiendo. Pero me encanta que haya alguien que haga películas de este modo. Cuando yo hago una película pienso si al público le va a gustar. Si la van a entender. Y cómo funcionará en la América media. Todas estas inseguridades, toda esta m…. creo que no cruzan nunca por la mente de Terry. Él hace su película y tú verás que haces.

Naturaleza y gracia. En busca de sentido

Además de las ya mencionadas estrategias narrativas (la evocación poética al servicio de la purificación de la memoria, el retrato de la naturaleza agraciada en localizaciones cuidadosamente elegidas que interactúan con las tribulaciones y los gozos de los personajes, las claves visuales de la fotografía de Lubezki) tiene un peso muy notable la esmerada construcción del personaje del padre Quintana.

Quintana es un sacerdote católico de origen español interpretado por Javier Bardem, que resulta decisivo en la estructura dramática de la historia por la naturaleza del conflicto al que se enfrenta y la manera en que tal conflicto se resuelve:

Buscando consejo, Marina acude a otro exiliado en la comunidad, un sacerdote católico llamado Quintana. Aprendemos que el padre Quintana se enfrenta a sus propios dilemas, a las dudas que abriga sobre su vocación. Ya no siente el ardor que experimentó en los primeros días de su fe y se pregunta si alguna vez volverá a tenerlo.

En To The Wonder, el camino de la gracia vuelve a confrontarse con el camino de la naturaleza como en El Árbol de la Vida. Compartimos con Robbins esa percepción, que el profesor de la Universidad de Denver ensancha de una manera original al identificar el camino de la gracia con los aéreos jardines del claustro de la abadía del Mont Saint-Michel y el de la naturaleza con el vasto océano de tierra que suponen los campos de Oklahoma.

El padre Quintana encontrará en el dolor propio y ajeno, en el sufrimiento de los miembros de su comunidad, Neil y Marina entre ellos, el sentido de su vida, de su sacerdocio. La oración de Quintana, la bien conocida Coraza de San Patricio es uno de los momentos más malickianos que pueden encontrarse, verdadera quintaesencia de su cine.

La oración de Quintana es un compendio poético con el que Malick expresa el alma, el núcleo vital de su película: el amor se acrisola en las dificultades y, al purificarse, se hace auténtico, es decir, verdaderamente donal, permanente y exclusivo:

Cristo conmigo,
Cristo delante mí,
Cristo detrás de mí,
Cristo dentro de mí,
Cristo debajo mí,
Cristo sobre mí,
Cristo a mi derecha,
Cristo a mi izquierda,
Cristo cuando me acuesto,
Cristo cuando me siento,
Cristo cuando me levanto,
Cristo en la anchura,
Cristo en la longitud,
Cristo en la altura
Cristo en el corazón de todo hombre que piensa en mí,
Cristo en la boca de todo hombre que hable de mí,
Cristo en los ojos de todos los que me ven,
Cristo en los oídos de todos los que me escuchan.

Escuchamos la voz pausada de Quintana, recitando una oración muy popular entre los católicos norteamericanos. La voz en off de Quintana suena en español: es una forma de expresar que lo que dice Quintana no es reflexión o meditación introspectiva sino oración, como lo han sido sus precedentes invocaciones a Dios. En la angustia de la noche oscura sembrada de preguntas sin respuesta aparente, Quintana usa su lengua materna. También recurre a ella en el agradecimiento serenamente gozoso por la luz que recibe, por la respuesta de Dios que llega de una manera singular.

El padre Quintana protagoniza una de esas secuencias malickianas, en las que una voz en off universaliza la trama. To The Wonder (2012).

Quintana, por su parte, representante de ese amor masculino siempre más imperfecto que el de las mujeres en el cine de Malick, recita una oración que él no ha inventado, una oración de la que participa (una vez más, el concepto de participación en el camino de la gracia como pieza clave de la trilogía personal de Malick), a la que se suma. Esa oración es una acción de gracias y la expresión de un compromiso renovado de amor leal, de un amor que consiste en darse al otro, en este caso la alteridad es netamente cristológica: en los otros, Quintana ve a Cristo, encuentra a Cristo.

Son los tiempos de Dios que aparecen igualmente en la precedente El Árbol de la Vida y en la sucesiva Knight of Cups. Las respuestas a las preguntas del atribulado llegan tras su paso por el crisol del dolor. La luz sigue a las tinieblas. En este último sentido, está llena de simbolismo la extraña luz que ilumina el rostro que se llena de esperanza de una Marina sufriente, que vaga por el campo ya con el sol oculto en el penúltimo plano de la película al que sigue una vista final del Mont Saint-Michel en lontananza.

To The Wonder, cine ontoteológico, cine sub specie aeternitatis. Solo Eugène Green en las magistrales La Sapienza (2014) y El hijo de José (2016) ha logrado algo parecido en el segundo milenio después de Cristo, por caminos muy distintos a los de Malick. Pero eso, es otra historia.


La película To The Wonder puede verse en Filmin. Su enlace aquí.

Lampedusa hace turismo por Europa

El italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957) es conocido por su célebre novela El gatopardo, llevada a la pantalla grande en los años 60 por su compatriota Luchino Visconti. Pero en Viaje por Europa, el escritor se pone en otros zapatos: los del turista, aunque no los del que observa las piedras de los monumentos y se regresa a casa con una postal para enviar a un amigo o para guardarla en un cajón como pasto para polillas.

Lampedusa es, en esto, algo más proactivo que aquel que ve pasar sin más la realidad delante de sus ojos. Es un narrador y un cirujano a la vez: es un artista de la palabra, que toma a modo de bisturí y separa los detalles de lo observado para recrearse en ello y “traducírselo” en vivas imágenes a sus destinatarios. Es, en fin, el “Monstruo”, como gusta de llamarse en estos relatos, porque un poco de buen humor –del mejor humor– le resulta oportuno para dirigirse a los suyos.

El autor escribe lo que Salvatore Silvano Nigro define, sí, como “la novela de un turista”. Quizás porque la colección de cartas enviadas entre 1925 y 1930 a sus primos Lucio y Casimiro Piccolo, desde los más variados sitios: Londres, York, la shakesperiana Stratford upon Avon, París, Berlín, Zurich, etc.,… es, efectivamente, lo más parecido a una novela por entregas. Y lo hace en un estilo que transpira júbilo, placer, el mismo en que se solazaba la Europa sobreviviente a la Gran Guerra, tal vez por no estar a lo suficientemente al tanto de la oscuridad que se abatiría sobre ella.

“París era una fiesta”, sintetizaría mucho después Hemingway sobre su estancia en la ciudad luz durante los “felices años 20”. Y también lo era Berlín. El propio Giuseppe Tomasi, desde la capital alemana, escribía a sus primos con admiración sobre el ambiente disipado de la ciudad, sobre sus cafés con orquestas, sobre lo enorme que le parecía todo, desde las tartas de chocolate a las jarras de cerveza y las cigarreras semejantes a maletas, y sobre la proliferación de las revistas de desnudos “¡en venta en todas las esquinas!”.

Para el italiano, encantado por las modernas librerías berlinesas y por la grácil belleza de la arquitectura y los jardines del imperial Sanssouci, no había dudas sobre el espíritu y la vocación de Alemania, de la que señalaba: “Es un gran país, y el compromiso con que llevan hasta el fondo cualquiera de sus actividades, el deseo de absoluto que los anima siempre, son dignos de auténtica consideración”.

Un apunte final, sin embargo, llama la atención por su tono premonitorio: “Dentro de diez años creo que enviarán a todas las naciones una notita por medio de un camarero…”.

La carta fue escrita en septiembre de 1930, apenas unos días después de otra fechada en la misma ciudad, en la que narra un episodio singular: al pasar por la estación ferroviaria de Kaunas, en Lituania, Lampedusa observa a una multitud de judíos que acude a despedirse de un correligionario que se vuelve a EE.UU. La descripción que hace de la escena deja entrever la perspectiva no demasiado amable del autor sobre el tema judío; una visión que, de tan común en los círculos políticos europeos de la época, daría lugar a una de las mayores tragedias de la historia:

Se trataba de un espectáculo de alto contenido grotesco: las mujeres se parecían a Mahjong, los hombres eran idénticos a los más guapos de los Cupane y a los más notables de los Ziino, (1) con la inverosímil grascia (2) de sus largos abrigos verdes y el sudor que resbalaba por debajo de los rizos engominados; la peste a cabra, los agudísimos gritos orientales cuando se movió el tren, las mujeres cayendo al suelo, pateando el aire con los pies, y la extraordinaria intensidad vital que emanaba de aquellos ojos brillantes explicaron al Monstruo muchas cosas, incluso las periódicas masacres llevadas a cabo, precisamente en Kovno, por los sapientísimos rusos.

Pasando de esa nota, nos podemos quedar más bien con el despliegue que hace el autor de su vasto universo cultural, cuyos elementos conecta con las realidades que va encontrando en su acercamiento a esas grandes ciudades, tan poco parecidas su Palermo natal. Lampedusa apunta diferencias. En Zurich, por ejemplo, describe la arquitectura local, con sus Erker –esos miradores que saltan como a relieve de las paredes medievales–, sus techos en punta, sus escaleras empinadas, y “todo ello bien limpio; es un error palermitano pensar que lo pintoresco y la suciedad son inseparables”.

París, quizás menos pulcra, le seduce –“¡Oh, delicada belleza del París provinciano, de las calles tranquilas, de las fachadas adornadas, de las mujercitas charlatanas e ingeniosas, de las tiendas originales”–, y se incluye a sí mismo entre los espíritus que, como Rilke, France y Proust, han podido palpar el “auténtico rostro” de la urbe, cordial y trabajadora.

La que, sin embargo, parece fascinarle más que ninguna, es Londres. Allí, donde conoció en 1925 a Licy Wolff Stomersee, que sería su futura esposa, escribiría las cartas más deliciosas a sus primos Piccolo –“puercos”, llega a increparlos con fingida dureza, porque no se toman un tiempo para escribir “al pobre Monstruo lejano, solitario y errante”–, y les dice que si un día se deciden a darse una vuelta por allí, podrán ver Westminster y la Torre de Londres, pero que sin él, que se ha sumergido en el alma de la ciudad y que tiene sus claves, “no entenderán nada de nada” .

Para Lampedusa, la capital británica es un bosque de árboles junto a los que han crecido casas. Es una selva, pero espontáneamente ordenada, en la que todo está al alcance de la mano y se mezcla en una vorágine de elementos y sucesos:

Jades de la China, esmaltes de Limoges y los paraguas Brigg, una librería (descubrimiento reciente del Monstruo) donde está todo, restaurantes en los que puedes comer pasta con sardinas, nidos de golondrina y el mulligatawny (…); puedes ver mármoles de Fidias y cerámicas budistas, miniaturas persas e incunables italianos y alemanes; 672 personas arrolladas y muertas por los automóviles en seis meses; zapatos sin una mota de polvo a pesar de haber caminado del amanecer a la medianoche, cuatro millones de liras en un solo día de colecta para los hospitales; y el policeman, ese policeman que el día del Juicio Final será indudablemente el encargado de dar paso, con un gesto de su mano derecha, a los elegidos, con el Monstruo a la cabeza (…).

De sus andanzas por Albión, el italiano se lleva además imágenes muy vivas de los grandes edificios religiosos. Los muros y los vitrales de la catedrales de Lincoln y York empujan al Monstruo, “católico romano y una de las columnas de la Iglesia”, a dolerse del cisma del siglo XVI, evento por el que el país ha sido “artísticamente castigado”, al punto de no edificar ya sino monumentos “de cartón piedra” como la catedral anglicana de San Pablo. Algún otro destello de su sensibilidad católica puede verse en otra carta, esta vez desde Bolzano (norte de Italia), al recomendar a Lucio precisamente la obra de un inglés, nada menos que Chesterton, cuyo ensayo El hombre eterno le parece “el libro más noble de apología católica desde Manzoni, lleno de alta poesía”.

Por último, vale destacar una curiosidad que no pasará desapercibida al lector en castellano: tras pasear por Stratford-upon-Avon , cuna del autor de Hamlet, Giuseppe Tomasi toma la pluma y compara el ambiente de luz y serenidad de la villa con el de la urbe donde yace el creador de la Divina Comedia, padre de las letras italianas. “¡Qué diferente todo esto de la trágica Rávena, donde encontró paz el otro y único espíritu hermano!”, lamenta.

Si el lector puede perdonar a Lampedusa haber dado carta de exclusividad a Dante y olvidado a otro espíritu grande, el de Alcalá de Henares –y seguramente lo hará–, puede prepararse para saborear estas páginas con el mismo deleite con que lo hicieron sus destinatarios originales.


Notas:

1) Familias palermitanas cuyos miembros tenían narices corvas.
2) Grasa.


TÍTULO: Viaje por Europa. Correspondencia (1925-1930)
AUTOR: Giuseppe Tomasi di Lampedusa
TRADUCCIÓN: Juan Antonio Méndez
Acantilado (Barcelona 2017)
205 págs.
16 €

¿Qué es lo académico?

Reproducimos a continuación el ensayo «¿Qué es lo académico?», del filósofo alemán Josef Pieper[1], con la autorización y por cortesía de la editorial Rialp. El texto de Pieper (1904-1997), publicado originalmente en alemán en 1952 en la editorial Kösel de Múnich bajo el título «Was heiβt akademisch?», es un clásico que dice hoy tanto como cuando apareció, justo debido a la crisis de la misión de la universidad.

Un concepto occidental

El nombre «Academia», que los griegos del siglo IV a. de C. dieron a la Escuela de Platón -edificios, jardines y comunidad de maestros y discípulos- se debió a una pura casualidad; es una mera coincidencia exterior, que nada tiene que ver con lo esencial de la Escuela: nada dice que exprese tal esencia. La causa y ocasión de tal nombre fue la vecindad puramente espacial de la Escuela de Platón y de un bosquecillo dedicado al héroe ateniense Academos.

Y ahora cabe preguntar: ¿No puede ocurrir que nuestra genérica denominación de «académico», derivada del nombre propio original, se apoye también en una semejanza externa y accidental, caprichosamente entendida, de nuestros superiores de enseñanza con la Escuela platónica del jardín de Academos?

No sería nada extraño; también hablamos de las lámparas Júpiter y del cinema Apolo sin que nadie se haga cuestión de si hay alguna importante relación interna entre tales cosas y las divinidades antiguas. Otro ejemplo más a propósito: del nombre «Liceo» nadie querrá deducir en serio una relación interna y precisa entre nuestros institutos de enseñanza media y la comunidad investigadora y docente que creó Aristóteles.

Otra vez hay que preguntar si es un caso distinto la asociación con la antigüedad de la denominación y concepto de lo académico. ¿Significa algo más que una relación accidental y externa o es solo un modo de hablar?

Si no fuera más que esto, poco sentido tendría estudiar nuestra cuestión sobre lo académico refiriéndonos a Platón; sería de muy escaso interés y ni siquiera tendría sentido discutir desde el punto de vista de la herencia tradicional de Occidente qué es lo que expresa sobre todo el concepto de lo académico.

Y ya esto último toca el nudo de la cuestión; porque, efectivamente, lo académico es, sobre todo, y en su principal sentido, un concepto occidental.

Se puede afirmar con cierto fundamento que hay continuidad histórica y de hecho entre nuestras Universidades y la primitiva Academia platónica, de la que deriva la denominación de académico. Y esto es algo importante. No es suficiente relacionar la Universidad moderna con la medieval; esta, por su parte, apenas se entiende sin el supuesto del modelo bizantino y romano-oriental[2]. Poco antes de nacer las Universidades de Occidente habría sido erigida por el emperador Constantino Monómacos la Universidad imperial de Bizancio; en realidad, no era más que la reaparición de algo que existía desde antiguo con otro nombre: la Academia imperial, fundada por Teodosio II seiscientos años antes (425) y más o menos expresamente como filial y a la vez como contra de la escuela platónica todavía entonces existente en Atenas.

La paternidad espiritual de esta primera Universidad cristiana debe atribuirse propiamente a una mujer ateniense, hija de un filósofo y dedicada ella misma a la filosofía y a la música, probablemente discípula de la academia platónica y de Plutarco, escolar entonces en Atenas; a una mujer, que por aventurado destino, subió al trono de los emperadores de Bizancio como esposa de Teodosio: la emperatriz Eudoxia, llamada antes de su bautismo «Athenais»[3]. De ella desciende el poema del mago Cipriano, tenido como la primera configuración poética del tema del Fausto.

Realmente es admirable cómo se unen aquí los hilos de la tradición y entre ellos uno -no el único- que relaciona la Escuela de Platón con las formas de educación que hoy llamamos académicas.

Más importante que esta continuidad fáctico-histórica es el hecho de que la Escuela platónica siempre ha sido entendida y propuesta como obligado modelo de nuestras escuelas superiores.

Platonissare y accademicum se facere significan casi lo mismo en el lenguaje de los humanistas[4]. Esto no quiere decir, sin embargo, que Platón fuera descubierto al principio de la Edad Moderna; significa, por el contrario, que la tradición platónica arriesgó su sano crecimiento en esa exclusividad consciente y refleja.

Interprétese como se quiera, es un hecho que la figura predominante de la Edad Media es el platónico San Agustín, que fundó sus comunidades doctrinales en el apartamiento del mundo, según el modelo del bosquecillo de Academos; y hasta en los aristotélicos del siglo XIII estuvo firme la autoridad de San Agustín… Esto debería bastar para obligar a la reflexión, aunque nada se supiera de las demás huellas en otras figuras del cristianismo medieval; aunque no se supiera, por ejemplo, que el anglosajón Alcuino, antecesor y maestro de otros muchos maestros de Occidente, incluso de Rábano Mauro, el de Fulda, dio al modelo de su extenso proyecto el nombre de Atenas, que para él había sido la ciudad de la Academia platónica.

Esto aclara un poco más por qué en todas las lenguas de la comunidad occidental la palabra académico significa una norma y exigencia cuyo sentido, según parece, jamás se ha borrado del todo sin que haya sido destruida la sustancia espiritual de Occidente. Tal posibilidad se ha hecho por primera vez evidente en nuestro tiempo como un agudo peligro interno. Y esto da ya un nuevo aspecto a la cuestión sobre lo académico que adquiere así importancia en un sentido muy actual y casi político: supera lo meramente académico y lo subyace.

Filosofía quiere decir teoría

Quien se haga cuestión sobre el significado de lo académico, no como hombre interesado sobre todo por la Historia, sino como quien tiene su vista puesta en los sucesos actuales; quien pregunte sobre lo esencial y específico de lo académico, dejando a un lado los informes de la pura estadística social, se verá remitido a la Escuela de Platón.

Claro está que esto no quiere decir que la aparición histórica y concreta de la actual formación académica tenga algo que ver con la aparición concreta e histórica de la Academia platónica o viceversa; quiere decir que los caracteres internos y esenciales de la Escuela de Platón son también el principio íntimo y conformador de nuestros académicos de formación, o al menos que así debería ser si quiere adjudicárselos con razón el predicado de académicos.

Con esto se ha dicho algo muy radical e importante; pues siempre que se quieran designar unidamente la actividad, método y doctrina de la Escuela de Platón se encontrará algo indiscutible, a pesar de todas las opiniones: que la Escuela platónica de Atenas fue una escuela filosófica, una comunidad de filósofos, cuya característica íntima es, por tanto, la filosofía, el modo y estilo filosóficos de considerar el mundo.

Así que como primera determinación de lo académico vale esta tesis: académico quiere decir filosófico; formación académica es lo mismo que formación filosófica, o al menos formación que tiene fundamentos filosóficos; tratar una ciencia académicamente significa considerarla de modo filosófico. Por tanto, una formación no fundamentada en la filosofía ni conformada filosóficamente, no puede ser correctamente llamada académica; el estudio no determinado por un filosofar no es académico.

Naturalmente, surge la pregunta: ¿y qué quiere decir filosófico? Vamos a contestarla teniendo en cuenta a Platón y a la luz de los antiguos.

Filosófico, en cualquier caso, significa teórico. Tal explicación puede parecer a primera vista bastante desvaída y casi banal, pero la tesis adquiere sentido crítico, agresivo y casi revolucionario, en cuanto se decide tomarla en serio. ¿Qué significan las palabras teórico y teoría? Ser movido por la verdad y no por otra cosa, tal es la esencia de la teoría, dice Aristóteles en su Metafísica[5], esta vez completamente de acuerdo con Platón; y el comentarista medieval de Aristóteles, Tomás de Aquino, dice sin reparos: «El fin del saber teórico es la verdad; el fin del saber práctico es la acción»; aunque también los prácticos intenten conocer la verdad y cómo se relaciona con ellos en determinadas cosas, la buscan no como 10 propio y ultimo pensado, sino ordenándola al fin de la acción[6]; pero la filosofía -y sobre todo la doctrina de ser o metafísica, que es disciplina filosófica en sumo grado- es de un modo especialísimo scientia veritatis[7], teoría en sentido estricto. Tal es la común doctrina de Platón, Aristóteles, Santo Tomás y de todos los antiguos.

Contemplar una cosa o ver una realidad filosóficamente debe significar apartarse expresamente de todo lo que se llama vida práctica o vida real; estas expresiones acuñadas parecen significar implícitamente que el puro conocimiento de la verdad no es una tarea real.

La clásica definición del filosofar como una relación puramente teórica con el mundo se aparta, pues, de lo que es justamente el fundamento de la filosofía moderna, que es la atención a la nota de poder que tiene el saber, a la potentia humana, con la que identifica la ciencia el Novum Organum de Bacon[8]; es el dirigirse hacia la practicidad, aplicabilidad o utilidad, el orientarse hacia la filosofía práctica, que debe ponernos en situación de llegar a ser dueños y poseedores de la naturaleza[9]. Vista desde el clásico concepto de filosofía, esta añadidura de Bacon y Descartes no es filosófica, porque ensombrece la pureza de la teoría y, en definitiva, la destruye.

Tal consistencia de la filosofía en su carácter teórico no es, sin embargo, algo no-moderno; más bien es un reto intemporal y lleno de fuerza contra ello. No es algo casual el hecho de que la historia de la filosofía occidental empiece con la risa de una fámula tracia al ver caer en un pozo al contemplador de los cielos; respecto a esto comenta Platón en el Teetetes: Nunca han faltado tal risa y tal motivo; siempre será ridículo el filósofo para aquella esclava tracia y para otros muchos. porque él -el extraño al mundo- cae en el pozo y en toda clase de apuros[10].

Así el hecho de que el filósofo parezca ridículo a los muchos, el apartamiento del mundo secuela perduradera del estricto filosofar, deberían entenderse como algo de ningún modo accidental, sino substantivo y esencial del filosofar mismo, como su herencia sucesiva; porque lo filosófico es teórico, es decir, no-práctico.

Esta es una formulación muy esquematizada sin duda, pero, sin embargo, enuncia lo esencial de la filosofía y, por tanto, de lo académico; lo expresa con precisión mucho mayor que todos los intentos de demostrar el íntimo derecho de la formación académica por su «proximidad a la vida», por su significación para la praxis técnica, financiera o militar, o para cualquier otra especie de praxis. Sin embargo, no se puede defender rectamente el carácter académico de la Universidad diciendo que será tanto más académica cuanto menos lo sea. Tales intentos aparecen como absurdos en cuanto se atiende al concepto originario de lo académico. Una defensa tal tiene como decisivo el argumento de la practicidad, olvidando así justamente lo esencial de lo académico que pretende defender: tal defensa ha tomado ya partido por la esclavilla tracia y por los muchos.

Resumamos en dos puntos todo lo dicho hasta aquí: si lo académico es algo más que una denominación extrínseca, solo puede significar lo mismo que lo filosófico. Vistas así las cosas, formación académica significa lo mismo que formación filosófica; el carácter académico de los estudios universitarios consistirá en que incluso las ciencias particulares sean tratadas filosóficamente.

Filosófico quiere decir teórico; con ello no se ha determinado exhaustivamente el concepto de filosofía, pero se alude a una nota esencial de ella. Cuando se pregunta filosóficamente, aparece ante los ojos una realidad con solo aprehender y conocer; tal inteligencia aprehensiva -que por lo demás es ella misma una forma alquitarada de acción y realización-, ¿ocurrirá sin que se abstraiga del poder unido al conocimiento de la utilidad y aplicabilidad para cualquier praxis? El apartar la mirada de todo lo que tenga «significación práctica» pertenece a la esencia de lo académico.

Destrucción por la «puesta en servicio»

Es ya tiempo de lanzar un interrogante y dar paso a una objeción que salta en seguida.

¿No es absurdo definir lo académico como lo filosófico y teórico? A fin de cuentas, ¿no ingresa cada estudiante de la Universidad en una profesión determinada, en la que tiene que hacer fructífero el saber adquirido? ¿No es, por tanto, mejor que el sentido de la formación universitaria sea el preparar hábiles médicos, químicos o juristas? ¿Por qué no va a ser académico preocuparse de tales fines? ¿Cómo puede hacerse filosóficamente -decimos nosotros- un estudio especializado y concreto de la química?

A la primera objeción contestamos que naturalmente nuestras Universidades son lugares de formación profesional, lo que sin duda no fue la escuela de Platón, sita junto al bosquecillo de Academos; con esto se ha concedido un elemento no académico a las Universidades modernas que ya tenían también las medievales. Pero, en Alemania al menos, la exigencia unánime, todavía proclamada, es que las Universidades sean algo más que institutos de enseñanza profesional[11]. ¿Cómo puede justificarse esa exigencia y en qué puede consistir ese «plus» sino en lo académico y filosófico? Por eso tal exigencia no se ha entendido como que lo académico debiera estar junto a la formación propiamente profesional, sino como que la misma formación profesional -en toda auténtica Universidad- debiera ser académica; lo académico debe determinar el carácter de la formación profesional en cuanto tal.

Replica: ¿No se contradice la esencia de lo académico al dedicarlo a los fines de la praxis?

No se puede resolver esta cuestión a la ligera. La relación entre la teoría y la utilidad, que nace casi de ella misma, es difícil de comprender. «Querer expresamente que algo no suceda» y «no querer expresamente que algo suceda» son dos cosas distintas. Hay también fines en el dominio de lo humano que el hombre no consigue justamente cuando son evidentes; hay bienes que solo se consiguen «como que fueron dados», como que fueran, por así decirlo, recompensa de una búsqueda que se orienta hacia otra cosa. «Quien quiere salvar su alma, la perderá; quien la pierde ganará la Vida para sí» (Lc., 17, 33); estas palabras del Señor están lejos de ser una antítesis retórica; expresan un contenido -no limitado exclusivamente al dominio religioso- que no puede entenderse más que en este sentido contradictorio precisamente.

Relacionemos esto con nuestro tema: naturalmente la habilidad profesional del médico, naturalista o jurista, es un magnifico y deseado fruto de los estudios académicos; pero ¿no puede ocurrir que para superar la medianía y la técnica transmisible pedagógicamente esa habilidad suponga un desinteresado hundimiento en el ser, un completo descuido del éxito, una visión puramente teórica, acombrada y aprehensiva? ¿No pudiera ocurrir que el efecto práctico de utilidad dependiera justamente de que antes hubiera sido realizada la pura teoría? Quizá suene esto a irrealidad y romanticismo; pero al menos, dice, que es probable que la investigación que ha sido privada de los fundamentos de la pura teoría, de su carácter académico, sea estéril, por ejemplo, cuando el proyecto último dé la totalidad del trabajo; destruya radicalmente el elemento teórico-académico; es decir, que la investigación no causaría el efecto, útil, aunque tal efecto fuera intentado final y absolutamente. (Obsérvese que hemos dicho «aunque fuera intentado» y no «por haberlo sido».).

Con esto ya está en parte contestada la segunda pregunta: pues deben distinguirse concretamente el estudio especializado hecho filosóficamente del hecho no-filosóficamente. La diferencia consiste en este modo «puramente teórico» del volverse hacia el objeto; lo distintivo es esa manera especial de mirar, que se dirige a aquella hondura en que las cosas no están determinadas de esta o de la otra manera, o son útiles para esto o lo otro, sino que son formas y figuras de lo más admirable que se puede pensar: del ser. En esta salida desde el entorno y los aspectos fijos hasta el libre cielo de la realidad total, es donde está el ser en cuanto tal ser; es el sorprendente y arrebatador entusiasmo en la investigación cada vez más profunda a la vista de la insondable profundidad del mundo, a la vista del carácter misterioso del ser, delante del misterio de que algo exista y sea; es el olvido de todos los fines inmediatos de la vida, que acontece al que así se admira (¿afortunada o desgraciadamente…?); todo esto es lo que distingue exactamente la interna estructura y actitud, la atmósfera del estudio de una ciencia particular hecha filosóficamente.

Lo distintivo es, sobre todo, ese estar libre de cualquier fin utilitario; en eso consiste la libertad académica, sofocada tan pronto como las ciencias se convierten en pura organización finalista de una agrupación de poderes organizados.

La expresión «libertad académica» puede también ser sustituida por la de «libertad filosófica». Ocurre que las ciencias particulares pueden muy bien ser puestas al servicio de fines utilitarios; tal puesta en servicio no contradice a su esencia.

Hablemos concretamente; una determinada política puede sin duda decir: necesitamos, para cumplir un plan quinquenal, físicos que logren un adelanto sobre los extranjeros en tal o tal cosa; o también: necesitamos que se trabaje científicamente un remedio eficaz contra la gripe.

Cualquier política puede hablar o disponer eso sin contradecir la esencia de tales ciencias particulares. Pero jamás podrá decir necesitamos filósofos que desarrollen, fundamenten y defiendan esta determinada ideología… sin que simultáneamente sea aniquilada la filosofía misma. Solo podrá haber teoría filosófica en la medida en que sea libre. Con esto no se afirma la incompatibilidad lógica o psicológica de la teoría y de la puesta al servicio de fines utilitarios, pero tal unión es realmente mortal: la teoría filosófica es ahogada por el servicio. Se puede pensar en poner la filosofía al servicio de algo, pero hay que tener en cuenta que lo que se ponga en servicio no será filosofía. La filosofía es libre o no es filosofía de ningún modo. Las ciencias particulares, por el contrario, solo pueden ser libres en cuanto sean tratadas de modo filosófico, académicamente. Se entiende aquí por libertad -subrayémoslo otra vez- la independencia de toda finalidad práctica; evidentemente no debe entenderse que la filosofía pueda ser libre de la norma de la verdad objetiva. Pero la realización de esta dependencia entre filosofía y norma objetiva de verdad supone justamente la otra libertad.

Sin duda que la diferencia tanto de hecho como de principios entre el estudio especializado académico y el de estilo no-académico difícilmente llega a los límites de lo perceptible. Esta dificultad de percibir tal diferencia es un hecho bastante expresivo de la situación de nuestro tiempo. Se debería hacer un «test» sobre la siguiente cuestión: en qué se distingue propiamente la facultad de Química de una Universidad de las grandes agrupaciones modernas de laboratorios químicos y farmacéuticos. Es de temer que a simple vista fuera difícil hacer distinciones. iQuizá hubiera no pocos que vieran como única diferencia el hecho de que las organizaciones industriales están mejor equipadas y financiadas que las académicas! Esto significaría que ya no se sabe la distinción entre lo académico y no académico, situación a la que en realidad parecemos aproximarnos.

Tal situación se hace evidente en propuestas de reforma como esta: se podría salvar o restaurar el sentido académico de los estudios universitarios, obligando a hacer estudios generales antes de los estudios especializados respectivos[12].

Tal studium generale es sin duda muy deseable; pero no se puede esperar de él que fundamente el carácter académico de la Universidad. Tal carácter puede ser constituido únicamente por el hecho de que todas las ciencias -incluso las particulares- sean tratadas justamente de modo académico, es decir, filosófico. Por la pura agregación aditiva de saberes especializados -incluso de filosofía técnica- no se logra nada; ni tampoco por otras técnicas propuestas como «formativas en general», por ejemplo la sociología
o la economía política[13];  e incluso la filosofía en cuanto especialidad puede estudiarse muy poco filosóficamente.

No es la filosofía técnica, junto a las demás especialidades, la que logra un estudio académico, sino la filosofía como principio, como modo y estilo de considerar el mundo y relacionarse con él. Y viceversa, puede decirse que incluso el estudio de la filosofía como especialidad podría aprender algo del estudio de las ciencias particulares si estas fueran tratadas filosóficamente. Según esto, es insoportable la especialización cada vez más cerrada; en el supuesto de un estudio de las ciencias particulares académicamente hecho, no ocurriría ese daño de la especialización, en la que con raro acuerdo y desde hace tiempo todos ven el primer síntoma de la crisis de la Universidad.

Propiedad exclusiva de los dioses

Lo filosófico en el sentido clásico vive, sin duda, de una raíz escondida, que hay que desenterrar ahora. Así el mismo concepto de lo académico resultará más profundo de lo que a primera vista parecía.

Nos hemos acostumbrado a decir y pensar que una cosa puede ser tratada desde distintos puntos de vista, según se quiera: histórico, psicológico, sociológico o filosófico… Tal modo de hablar -muy empleado y evidente- supone la opinión de que el aspecto filosófico puede aplicarse a discreción, de que se puede llegar facilmente al lugar filosófico y abandonarlo otra vez, de que solo se necesita una operación pensamental para completar la consideración filosófica del objeto.

Platón, Aristóteles, San Agustín y Santo Tomás de Aquino tuvieron tal opinión por completamente desatinada. Para ellos filosofar es, ante todo, una relación fundamental con la realidad, relación que precede a toda posición consciente y que se substrae a cualquier caprichoso de la ratio; no depende de nuestra decisión el comprender una cosa filosóficamente: tal es la opinión de los antiguos. Si se hubiera acercado a ellos un discípulo con la exigencia de querer aprender a tratar filosóficamente un determinado sector de la realidad y preguntando cómo se debe hacer, los antiguos maestros le hubieran a su vez preguntado: ¿te ha sido concedido, te es completamente evidente e íntimo el ver la realidad del mundo como algo en cierto sentido divino y, por tanto, digno de veneración, como algo que en todo caso es otra cosa y siempre más que mera materia bruta de la actividad humana?

De haber escuchado nosotros esa conversación, apenas hubiéramos podido imaginar la relación de tal pregunta con la filosofía; pero justamente concierne a la posibilidad de la teoría filosófica. ¿Por qué? Porque es íntimamente imposible observar teórica y filosóficamente un mundo que, ante todo, es comprendido como material de práctica. Solo puede haber teoría en plena sentido; solo es realizable como actitud cuando se considera el mundo como creación.

Si ahora recordamos que los conceptos de lo teórico, filosófico y académico se implican íntimamente y que más allá de la libertad académica no hay más que la libertad de la teoría frente a toda finalidad y servicialidad de la praxis, es evidente que todo lo académico -y más que nada su libertad- se apoya en un fundamento del todo insospechado; también es claro que sin tal fundamento está desenraizado y ni siquiera puede existir.

Quizá estemos inclinados a tomar esta relación por una simple «historia del espíritu», por alga que no es propiamente real; sin embargo, en lo que respecta a la libertad de la ciencia, creemos saber por experiencia que más que por la pérdida de sus fundamentos metafísicos está amenazada por poderes muy reales. Pero ya se tuvieron suficientemente en cuenta estos poderes reales en la primera concepción de lo académico, y en ellos se pensó ya entonces.

La fundación de la Academia platónica descansa en la idea de que el reino de libertad creado por la teoría no podrá ser afirmado contra los poderes diabólicos y absorbentes de una voluntad de poder, que trata de hacer de todo lo real campo y materia bruta de planes útiles; de que la libertad de la teoría está indefensa y sin amparo, pues ocurre que se da, sobre todo, bajo la protección de los dioses.

Quien se alimentó de necesidad y se justificó por ella tiene una elemental voluntad de utilidad, y tan pronto como se une al poder político o se identifica con la voluntad del mismo, su voluntad utilitaria intenta -por decirlo así, naturalmente- constituirse en absoluta y mediatizar todo lo que existe, incluso al hombre y sus fuerzas superiores (aunque a la larga esto no sea útil de ninguna manera) y esto de tal modo, que lo mediatizado debe parecer irremisiblemente tal, para substraer por principio a la utilidad un determinado dominio de la vida de forma que sea -según la antigua formulación romana– propiedad exclusiva de los dioses[14].

Esto, justamente, fue lo que ocurrió en la Academia platónica: fue en estricto sentido una asociación religiosa, un thiasos, una comunidad cultural que se reunía determinados días para hacer sacrificios. En ella hubo como cargo especial el de preparador de sacrificios[15].

Poco se sabe sobre el particular, pero cae fuera de nuestra exposición aclarar, por ejemplo, la cuestión de si Platón debe la idea de tal comunidad a las escuelas pitagóricas del sur de Italia y de Sicilia (lo que es verosímil) o investigar qué divinidad gozó el culto de la Academia; eran llamadas Musas, pero se sabe muy poco de su rango teológico. Platón mismo las llama en Las Leyes compañeras de fiesta para los sucesivos días de culto, que los dioses han dado al género humano, nacido para el trabajo[16]. Sean las Musas, como Platón dice del Eros[17] medianeras demoníacas entre Dios y los hombres, o divinidades menores, en todo caso se trata de potencias reales del ámbito religioso, con las cuales las modernas concepciones del «servicio de las Musas», «templo de las Musas», «estados sagrados de la ciencia y del arte» no se relacionan más que como una fantástica imitación, nacida de la imaginación y por ella (son palabras de Goethe[18]), como simulación de la realidad; en estricta concordancia serían poderes angélicos y espacio litúrgico.

Para nosotros, es de sumo interés lo siguiente: en la Academia la independencia del poder político se veía de un modo puramente jurídico y estaba, en definitiva, fundada en ese sacro carácter de asociación cultual. El principio jurídico todavía válido en tiempos del imperio romano, «Caesar non est supra grammaticos», da por supuesto que los gramáticos pertenecen al dominio religioso-cultual, políticamente intangible. Únicamente en temas religiosos podía el poder estatal oponerse a un thiasos, por ejemplo, en caso de conflicto con el culto público de la polis.

La supresión de la Academia platónica de Atenas por el emperador Justiniano, después de haber logrado validez pública la religión cristiana, tuvo ese mismo sentido, ya que la Academia tenía aún un señalado carácter religioso-pagano (tal supresión tuvo lugar el año 529, el mismo en que San Benito fundo el Monasterio de Monte Casino).

Y -dicho sea entre paréntesis- podría preguntarse, con algún derecho, si las reformas de la enseñanza superior discutidas de tiempo en tiempo -ya sobre cambios concretos, ya sobre transformaciones programáticas- no pudieran tener a la base más a menos oculta alguna «mutación de la figura de los dioses», alguna transformación de la estructura religiosa del ser o alguna finalidad de tipo religioso.

La libertad fáctica y jurídica de la Academia se fundaba, pues, en su carácter cultual. Pero no hay que olvidar que a este hecho del orden externo de la existencia corresponde otro más profundo; lo llamamos hecho porque ya el cumplimiento del culto por sí mismo y antes que todo estatuto legal hace interiormente libres a los hombres gracias a su fuerza liberadora desligándolos de toda atadura a los inmediatos fines de la vida; es precisamente el culto lo que hace posible y constituye desde dentro esa libertad fáctica y jurídica de la scholé, que es a la vez ocio y escuela[19].

Se hiere de plano el concepto occidental de lo académico y, sobre todo, el de libertad académica, cuando se los separa de este fundamento que no es puramente exterior y fáctico, sino íntimo y siempre generoso; que puede conservar toda su fuerza, incluso cuando el poder político (y ciertamente no porque él adore a otros dioses, sino porque generalmente no respeta a ninguno) haya franqueado desde hace mucho la intangibilidad jurídica de la libertad académica bajo pretexto de que es un «contrasentido liberaloide». Aunque lo académico como institución no tuviera ya ninguna existencia pública, por sus fundamentos metafísicos podría realizarse todavía en una solitaria celda de contemplación: poniéndose de acuerdo con el ser, conociéndolo y venerándolo mediante la teoría cuya libertad siempre debiera hacerse valer como firme, aunque indefenso testimonio a favor de la verdad.

Con esto hemos dado a la vez la última determinación del concepto de lo académico y la última respuesta a la pregunta sobre su significado.

El «trabajador» y el sofista

Basta destacar un poco los contornos del cuadro, hasta ahora esquemáticamente dibujado, bosquejando las figuras de contraste; en una de ellas lo académico aparece negado directa y expresamente; en la otra -aún más peligrosa- está dolosamente afirmado: pertenecen al funcionario y al sofista, respectivamente.

Si ahora hablamos del funcionario -dicho más peligrosamente del «trabajador» -como de una figura opuesta a la esencia de lo académico, es con la intención de evitar un malentendido que, según hemos podido ver muchas veces, parece inevitable. Seguramente se preguntará por qué se ha omitido aquí toda determinación y delimitación social de lo académico. No es el estamento social del trabajador ni el conjunto del pueblo sencillo lo que se ha pensado aquí como contrapartida de lo académico y como apartado de su ámbito; al contrario, tenemos la convicción de que el hombre sencillo y popular, mientras puede acreditar realmente su sencillez (lo que logra bajo determinadas condiciones) tiene en su modo de pensar y en sus fiestas un modo especial de orientarse hacia la totalidad del mundo, que justamente realiza lo más capital y propio de la actitud académica.

¿Qué es lo que entendemos entonces por trabajador y funcionario, si no se trata del hombre «trabajador»?

En el primer cuaderno del ano primero de «Frankfurter Hefte»[20] se encuentra la siguiente formulación: La nueva Universidad debería caracterizarse no solo por estar abierta a los trabajadores de talento, sino por el hecho de que sus estudiantes deberían ser trabajadores, aunque no descendieran de ellos.

La primera parte de esta petición parece, sin duda, evidente; pero ¿qué se entiende por trabajador al decir que el estudiante que no lo es debe serlo? Hay que distinguir entre el trabajador como tipo real dentro de la sociedad y el trabajador como…, ¿como qué?, como imagen rectora ideal y abstracta, como cualidad cuasi moral (lo mismo que se habla del «orante» o «militante»). No es que se haya encontrado una realización concreta de tal figura modélica, pero el campo de esta realización no se identifica con el estamento social de los trabajadores manuales; ninguna elevación sobre las condiciones de trabajo o sobre la renta puede dar un discrimen para saber si uno es «trabajador» según ese modelo ideal y abstracto; de él y solo de él se habla aquí como contramodelo de lo académico.

¿Qué significa, en resumidas cuentas, ese tipo ideal del trabajador? Significa que la vida ha sido entendida como un estado de «servicio», como un completo ajustamiento del hombre en el engranaje de las planificaciones organizadas. Este destino del trabajador gana, sin duda, color cuando se ve con la vehemencia afectiva y fervor religioso con que los fanáticos creyentes en ella procuran que sea afirmada y proclamada la «transformación del individuo en trabajador»[21]. Este completo consumirse en función de otras cosas es presentado como el ápice de una nueva nobleza humana; expresamente se preconiza lo uniforme-enmascarado y como ejemplar para el hombre nuevo, la «falta de alma de la historia del funcionario», que es «como de metal fundido o como tallada en maderas preciosas»[22] más aún: Ernst Jünger, cuyas fórmulas hemos citado, dice que quien ha realizado el carácter del trabajo está en situación «de poder ser sacrificado sin escrúpulos»[23]; habla -o mejor, hablaba- del «rango cultual»[24] de este acontecimiento, de la «construcción» y de la «dureza» de las planificaciones que debieran cumplir como «tarea histórica» los trabajadores.

El proceso histórico de esta herejía pasa por la fase de hacerse destacar en un conglomerado de heroísmos; en esta fase su poder de fascinación alcanza su punto culminante. Es difícil decidir si este punto sumo ha sido alcanzado ya por el absolutismo heroico del «funcionario»; parece que no.

Desde luego, no se debe creer que la fascinación del prototipo del trabajador sea exclusiva de la situación de los regímenes totalitarios y que haya decaído al mismo tiempo que ellos; según parece es justamente entre la elite de la juventud estudiosa donde va ganando prestigio el ideal de la «dedicación heroica a ser únicamente funcionario», sobre todo después que tal ideal se ha amalgamado de modo casi diabólico con otro muy legítimo, que ha nacido de la necesidad -y hace precisamente de la necesidad virtud-: me refiero al ideal de una ascética y disciplinada tacañería en el modo de vivir, que falsamente se cree y se llama «proletaria».

No es necesario decir que la teoría filosófica y la actitud de estar siempre dispuestos al cumplimiento de un plan obligatorio absolutamente legislado se excluyen completamente. El modelaje de la figura del trabajador no tiene más base que el hecho de que la satisfacción de las necesidades está ataviada con símbolos de heroísmo y ha sido elevada al rango metafísico de un proceso salvador. Lo «académico» (= filosófico-teórico) quiere decir, en cambio, lo siguiente: la verdadera y auténtica riqueza del hombre no consiste en llegar a ser «dueño y poseedor de la naturaleza», ni tampoco en cualquier habilidad [todo esto es ciertamente muy importante para la vida, pero no es necesario]; la riqueza más importante y propia es aquella con la que, por así decirlo, paga el ser-hombre y consiste en el hecho de que el hombre puede descubrir lo que es, el ser mismo, las cosas mismas, no solo como útiles o perjudiciales, utilizables o no-utilizables, sino como entes; la dignidad del hombre consiste en que percibiendo y conociendo, se hace «capax universi», capaz de convenir con todo lo que es [«convenire cum omni ente»][25].

La incompatibilidad de lo académico con la figura modélica del trabajador es, por tanto, evidente. Pero es igualmente evidente que en esta oposición a lo académico empiezan ya a fluir fuerzas elementales, destinadas propiamente al ámbito de lo sagrado y, sin embargo, no puestas a su servicio; y de cualquier modo que influya tal ideal -sea por fascinación, sea por la exigencia masiva de que toda acción humana sirva a la utilidad, a la producción, al progreso- está claro asimismo que el poder de ese contramodelo no puede ser vencido por realidades humanísticas o pedagógicas, ni por lo meramente académico, sino por la fuerza primitiva y siempre cautivadora de lo teórico, es decir, por la principal y verdadera riqueza del hombre, despertada mágicamente por virtud de una teoría filosófica que se abre a lo venerable de la creación. Lo humanístico y puramente formativo, sin ese fundamento último, es lo que conviene al sofista.

El sofista es una figura intemporal; no se ha acabado la lucha que Sócrates y Platón hicieron contra Protágoras y Gorgias. Siempre volverá a ella quien invoque la Academia, que tuvo justamente orientación antisofística: académico quiere decir antisofístico. Pero ¿qué es un sofista?

Se dan varios tipos de ellos: el relativista Protágoras, que formuló por vez primera el principio fundamental de todo humanismo sofista de que el hombre es medida de todas las cosas; Hipias, el desconcertante por sus muchos saberes; Pródico, entendido en explicar lo alto por lo bajo y desenmascarar la grandeza como lo demasiado humano disfrazado: la realidad propiamente debe ser calculada según el término medio; y sobre todos, Gorgias, el nihilista corrompido por la elegancia formal que rodea la nada con la ilusión y el encanto de la «haute litterature».

Común a todas estas variadas formas de la sofística es lo que las separa de Sócrates, Platón y Aristóteles. Concretamente: es común a todas las formas de la sofística el no al siguiente principio: la forma fundamental del saber es la teoría, que se orienta hacia el ser mismo y se dirige a la verdad y solo a ella, a hacer patente el ser de las cosas; por tanto, el espíritu del hombre -como un oyente-recibe su medida de la realidad; a la vez el hombre está ligado a los «antiguos» de palabra respetable y verdadera; no por querer la mera antiquitas, sino porque [y en tanto que] en ellos está guardado el testimonio de los dioses sobre el verdadero ser del mundo; porque la palabra de los «antiguos», en cuanto se refiere a la estructura de la realidad en su totalidad, es la suma y vehículo de la tradición primitiva.

Contra todo esto está la sofística: el respeto a los «antiguos» y a la «tradición» debe parecer tan sin fundamento como insoportable a la autonomía ilustrada y crítica del sujeto. Y puesto que desliga la atadura más íntima y esencial del espíritu -la dependencia. de la norma del ser objetivo -para el sofista el contenido será indiferente frente a lo puramente formal.

Tal vez no sospeche el sofista que justamente esta doble liberación le hace accesible y maduro para la puesta en servicio dentro de un poder totalitario: quien niega la normatividad del espíritu por la verdad, hace posible la atadura a la finalidad exterior, a la finalidad arbitrariamente legislada de una praxis impuesta. Tal vez el sofista no ha comprendido que puede encontrar en su propio camino la figura del trabajador; y quizá tal encuentro le pareciera poco simpático. Pero eso no impide que tal relación entre las dos deformaciones de la actitud ante la verdad exista en realidad; en la realidad política puede decirse que se impone. Una ciencia del espíritu sofistica y deformada no solo no puede retrasar la decadencia de la libertad académica, sino que la activa: como una ciencia tal sería continuamente acelerada.

Pero digamos algo más de cómo se presenta en concreto la deformación sofística de lo académico. A) El puro amontonamiento de materiales científicos y conocimientos -por lo demás ya bastante criticado- está más cerca del sofista Hipias, el de los muchos saberes, que del fundador de la Academia; por tanto, no puede pasar por académico. En esto se estará de acuerdo seguramente. B) Más disputable es la cuestión de si el conocimiento científico y sistemático de una disciplina particular ya acabada debe llamarse eo ipso académico, en el sentido originario de la palabra. Se debería decir: el puro investigador es- pecializado es académico, si ha conseguido su objeto; no solo tal objeto determinado, sino en cuanto ser; sería la única manera de sobrepasar realmente el aspecto de ciencia especializada y conseguir e1 horizonte de la realidad total, es decir, la dimensión de lo filosófico. C) Es una figura completamente sofística y, por tanto, no académica la del educado solo en lo formal, el cuItivado solo estética y literalmente, el escritor [en el sentido que dio Confucio a tal designación: «aquel en quien la forma supera al contenido, es un escritor»); la «retorica» en tal sentido es, sin duda, el terreno propio de los sofistas, que -como dice Platón- están tan extraviados que llaman «poderoso por la palabra» al que dice la verdad.

Pero todo esto es, por decirlo así, inocente: la erudición, la extremada erudición que a nada compromete y el formalismo sin contenido no llegan a oponerse extremamente a la esencia de lo académico. Esa última y extrema contradicción, que bajo máscara de academicismo traiciona justamente lo más esencial de ello, debe ser llamada ahora por su nombre: toda formación, todo intento de saber, toda comunidad educadora, no fundadas en la veneración, son esa extrema contrafigura. Donde la actitud crítica llega a ser tan determinante que destruye todo ademán reverente, allí está el máximo modelo de la sofística antiacadémica, allí está destruido en su esencia lo academico mismo; tal actitud crítica aparece bajo distintas formas: como igualación pretendidamente objetiva de todos los valores hecha contra la existencia y realidad de lo venerable; o más aguda y agresivamente como postura denunciatoria, como pura voluntad de desenmascaramiento; o absolutamente -así en determinados estilos de existencialismo -como frío y completo cinismo.

Recordemos rápidamente la respuesta a dos cuestiones: ¿cuál es el objeto de esa veneración? El ente mismo que por el hecho de ser -o mejor por el hecho de haber sido creado- es venerable. Son también objeto de esta veneración los antiguos, entre los que no suelen encontrarse los pioneros de las ciencias particulares- generalmente ya aventajados y con razón olvidados–, sino los representantes de la tradición integral, en la que se expresa y aclara el ser del mundo antes de todos los esfuerzos del pensamiento.

¿Por qué la veneración es la nota más íntima de lo académico, es herido en su médula cuando no se tiene esa actitud reverente? Porque sin veneración la teoría, en su pleno y no debilitado sentido, es irrealizable; porque la teoría es lo mismo que el silencioso percibir pasivo de la realidad; en ella ocurre lo decisivo del acto filosófico, el cual cumple a su vez la esencia de lo académico.

Con esto se acaba de cerrar el círculo de nuestra discusión; es en el concepto de teoría donde el trabajador y el sofista aparecen como típicas contrafiguras de lo académico: el sofista destruye la interna y fundamental posibilidad de la teoría, que, a su vez, en cuanto ejecución real, debe contradecir a todos los planes de utilidad hechos por el trabajador.

Limitación contra la multitud

Ahora una observación final, completamente aparte, un nuevo tema, una coda en figura de cuestión, a la que, por otra parte, no puede contestar del todo.

En el Teetetes de Platón la fámula tracia con su risa realística está expresamente de parte de los muchos[26]; esto debe entenderse como sigue: en opinión de Platón el contratipo del filosofar y de la actitud filosófica es el hombre medio, el hombre de la vida diaria, la multitud, la masa; la realización de la teoría no es cosa de los muchos, sino que generalmente se hace a despecho de ellos. Es algo esencial al filosofar el ser faena impopular en doble sentido: ininteligible y antipática; el filosofar es algo extraño, sospechoso y risible en opinión de los muchos.

Es evidente la cuestión que esto plantea: ¿pertenece, por tanto, a la esencia de lo académico el estar expresamente limitado contra la multitud? ¿Qué quiere decir esa limitación?

Si reflexionamos en la explosiva problemática que late actualmente en el combativo concepto de democracia, apenas necesitaremos decir que con esta cuestión nos estamos moviendo en un campo de minas, por así decirlo. Pero por eso, no debemos dispensarnos de ratificar la cuestión, aun con el agravante de saber que en la tradición occidental ha sido contestada afirmativamente; ciertamente lo académico es un ámbito limitado contra la masa.

Este es, por ejemplo, el motivo de la aversión de Platón a la palabra escrita, porque no se puede callar, cuando el silencio es debido[27]. No hay, a la base de esta aversión, una decisión apriorística, sino un juicio de experiencia, una fundamental experiencia de los hombres, y, casi podría decirse, de la naturaleza humana. «¿Qué cosa más hermosa podríamos hacer en la vida que aclarar para todos la esencia de las cosas?», exclamaba el viejo Platón en la carta séptima; pero añade resignándose que su opinión es que sobre eso no se puede hablar o escribir lo suficiente «delante de muchos» [28]. Y cuando Aristóteles, en la Política[29], habla del «común encanto» de ciertas formas de música, de que es sensible a ella «la gran masa de esclavos», piensa también en los muchos; se interpretaría ese pasaje falsamente si se creyera que el concepto de esclavo significa para él algo que puede desaparecer por la «abolición de la esclavitud» o por el progreso social.

Incluso el doctor cristiano de la Iglesia Tomás de Aquino habla de la «multitud de necios» [«multitudo stultorum»] que persigue el dinero sin darse cuenta de que la sabiduría no se puede comprar [30].

Aquí entra en juego la vieja distinción de lo exotérico, y esotérico completamente extraña al pensamiento moderno. ¿Quién entiende todavía lo que significan el hecho y los motivos de que -según cuenta San Clemente de Alejandría[31]– tanto los bárbaros como los griegos mantuvieron ocultas «las fundamentales doctrinas sobre las cosas»? También Goethe habla con toda seriedad de esa incapacidad de distinguir lo exotérico y lo esotérico como de «un mal y hasta desgracia», mientras el mismo aceptaba y repetía la cita de esta frase: «¡la verdad debiera quedarse entre nosotros, los académicos!» [32].

Dejemos ahora hablar a los adversarios: la exclusividad de lo académico sería hoy un anacronismo y, además, agravaría las luchas sociales; en ningún caso debiera ser establecida y alentada. Ciertamente debería haber una elite, pero sería peligroso aislarla y favorecerla con la conciencia de elite; justamente la clase rectora debería estar en contacto con la realidad diaria de los muchos; el concepto de lo académico aquí formulado sería no-democrático, incluso no-cristiano y censurable, etc.

¿Qué hay que decir a esta objeción?

Si lo democrático se entiende como que lo aristocrático estuviera de ello excluido, si se interpreta lo democrático valorando positivamente lo plebeyo, desde luego lo académico no es democrático; pues lo académico significa que hay distinciones de rango, que el ser del hombre puede realizarse de modo más o menos digno, que la multitud, el hombre medio, el «common sense» no pueden ser tenidos como una instancia digna de consideración y menos como definitivamente valedera cuando está en cuestión lo más valioso, verdadero y bueno para el hombre.

Por lo que respecta a su exclusividad, queremos decir «limitación contra la multitud», no «exclusividad social», nuestro concepto de lo académico nada tiene que ver con la justificación de cualquier privilegio formativo a favor de determinadas clases sociales. Puede mantenerse la idea de la exclusividad como carácter esencial de lo académico, creyendo a la vez que la formación académica debe ser accesible a todas las clases del pueblo: lo uno no impide lo otro. La fámula tracia representa, ciertamente, a la multitud, pero no una clase social: puede pertenecer a cualquier estamento y pertenece a todos, no de otra manera que los sensibles al común encanto de la música; ya hemos dicho también que lo mejor de la actitud académica es realizable en cualquier estamento social.

La postura académica se caracteriza por distinguirse de la actitud de los muchos, no por ser una postura contra ellos. Sin duda hay aquí un peligro: no debe ser olvidado y hay que luchar contra él haciendo destacar, sobre todo, las graves obligaciones que acompañan a la actitud académica; tal peligro no puede ser negado a priori, pues es constitutivo de esa actitud: toda elite se expone interiormente al orgullo, y seguramente mucho más cuanto menos fundada sea su aspiración al modelaje; pero el orgullo no es la esencia de la elite.

Ni el desagrado con que los cristianos suelen oír hablar de la limitación contra los muchos, ni la sospecha de que en esa forma de hablar hay un desamorado desdén a los pequeños y sencillos pueden mantenerse por muy respetables que sean. Se trata de «los muchos», no de «los sencillos o pobres de espíritu»; el mismo hombre de la multitud, en cuanto persona, no es tampoco rechazado. El modelaje de lo académico significa algo muy distinto: que al hombre de la multitud no se le puede ayudar aceptando su modo de vida y su mundo, sino tomándole la palabra como a ser espiritual y enseñándole a sentir lo insuficiente de la existencia media y diaria; esta es, justamente, la tarea pedagógica de lo académico en el pueblo.

Finalmente se comprende también la objeción de que hay que mantener contacto con la realidad diaria de la multitud. Sin duda tiene razón en cuanto habla de realidad real; el hombre culto que cree poder o deber ignorar la vida del trabajador y del pueblo, es una caricatura del académico. Pero hablamos aquí de aquella realidad apariencial, que, sin duda, es la verdadera para la multitud; pensamos en esa misma realidad inflada y vacía de las cosas atrayentes que nace de la incapacidad de pensamiento y de sosiego, de reflexión y de ocio, y que por eso pide siempre novedades, que solo sirven para aquietar vanamente el aburrimiento público y que siempre tienen el aplauso y la participación de la multitud. No se necesita ningún esfuerzo especial para entender de qué se trata en concreto, más bien habría que cerrar los ojos y oídos para no darse cuenta: son las sensaciones de los deportes [circenses] las últimas novedades industriales, las formas epidémicas de matar el tiempo. Pertenece a la situación de nuestro tiempo el que la validez de tal realidad apariencial haya hecho fluctuar toda consistente distinción de clases y grupos sociales; sin duda debiera darse a conocer esta imagen situacional. Pero se deben poner límites y oponer un rotundo no a la exigencia de validez de tal realidad apariencial; en esto se enfrenta lo académico contra la multitud y con la sola intención de que sea libre la mirada hacia la propia realidad.

Así, pues, si apenas llega al ámbito de lo estrictamente académico y no se valora con atención lo que mantiene a la multitud en aliento, no es por el simple deseo de distinguirse, sino para que la verdadera realidad permanezca o se haga visible. Y también porque la realidad descubre un aspecto más profundo e interesante a quien la contempla desde una actitud teórica y filosófica que a quien está agobiado por la tarea de cada día. La distinción que, según esto sería objetiva y nada presuntuosa, sino más bien humilde, se funda en la experiencia; el apartamiento de lo que todo el mundo aprecia y quiere debe ser tenido como esencial e irrenunciable, y, por tanto, lejos de ser sospechoso debe ser alentado.

Naturalmente, después de estas insinuantes observaciones resta el problema de la relación entre lo académico y lo esotérico, que es aún más amplio. Planteada ahora por primera vez debe quedar pendiente como tal cuestión. Parece que aún nos queda mucho que recuperar de lo que fue fundamental en lo académico; más de lo que nosotros podríamos ya lograr. Pero reflexionar sobre el planteamiento de la cuestión, al menos una vez, me parece indispensable.

[1] JOSEF PIEPER: El ocio y la vida intelectual. Rialp, Madrid, 1979, págs. 173-212 (reproducido con autorización de la editorial).

[2] Cfr. OTTO IMMISCH: Academia (Friburgo de Brisgovia. 1924)

[3] FERDINAND GREGORIVIUS: Athenais. Historia de una emperatriz bizantina. Copiado también en su obra Athen und Athenais (Dresde, 1927, pág. 767 y sigs.).

[4] FRITZ HALBAUER: Mutianus Rufus und seine geistesgeschichtliche Stellung (Leipzig y Berlín, 1929, pág. 101 y sigs.) Todavía Alfred N. Whitehead (1861-1947) vivió la Universidad inglesa de Cambridge como «a replica of the platonic method».

[5] Metafísica, 2, 993 b.

[6] In Met., 2, 2; nr. 290.

[7] Ibidem.

[8] I, 3.

[9] DESCARTES: Discours de la méthode, 6.

[10] PLATÓN: Teetetes, 174, 3.

[11] Cfr. por ejemplo Gutachten zur Hochschulreform, de Hamburgo, 1948. Introducción, sección B, 3.

[12] Ibidem, sección Studium generale.

[13] Ibidem.

[14] Reallexicon für Antike und Christentum (Leipzig, 1942. Artículo «Arbeitsruhe», pag. 590).

[15] Cfr. HERMANN UNSENER: «Organización del trabajo científico», en Vorträge und Aufsätze, Leipzig-Berlín, 1914, página 76 y sigs.

[16] Leyes, 643 d.

[17] Banquete, 202 c.

[18] GOETHE a Fizmer, 26 de marzo de 1814.

[19] V. JOSEF PIEPER, El ocio y la vida intelectual, Rialp, Madrid, 1979, págs. 9-76.

[20] Cuaderno de abril, 1948, pág. 8.

[21] Blätter und Steiner «Hamburgo», 1934, pág. 175.

[22] Ibidem, pág. 207. Cf. También Der Arbeiter (Hamburgo, 1933, 2.ª edición, pág. 116 y sigs.).

[23] Blätter und Steiner, pág. 211.

[24] Ibidem, pág. 133.

[25] Ver., I, 1.

[26] 174 c.

[27] Carta séptima, 344 c.

[28] Ibidem, 241 d.

[29] 1.341 a.

[30] I, II, 2, 2, ad. 1

[31] Stromata 5, 21.

[32] Carta a Passow del 20 de octubre de 1811.


Más lecturas sobre Qué es lo académico:

Javier Aranguren: ¿Qué es lo académico según Josef Pieper?

Jaime Nubiola: ¿Cómo debe ser un académico?