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Ver productosLa Fundación MAPFRE inaugura en la Casa Garriga Nogués en Barcelona la muestra Brassaï, que propone un exhaustivo recorrido por la trayectoria de este alabado fotógrafo francés de origen húngaro cuyo trabajo contribuyó a la definición del espíritu de la ciudad de París en la década de 1930.
Brassaï fue una de las figuras más destacadas de entre los fotógrafos europeos y americanos cuyo trabajo, en el período de entreguerras, enriqueció enormemente el potencial de la fotografía como forma de expresión artística.
La presente muestra recorre su trayectoria a través de más de doscientas piezas (fotografías de época, varios dibujos, una escultura y material documental) agrupadas en doce secciones temáticas. De ellas, las dos dedicadas al París de los años treinta son las grandes protagonistas.
Producida por la Fundación MAPFRE y comisariada por Peter Galassi, conservador jefe del Departamento de Fotografía del Museum of Modern Art de Nueva York desde 1991 a 2011, es la primera exposición retrospectiva de Brassaï organizada desde el año 2000 (Centro Pompidou) y la primera que tiene lugar en España desde 1993.
Se van a cumplir sesenta años desde que el gran actor Manuel Galiana, nacido el 9 de marzo de 1941, subió a las tablas. Fue el 4 febrero de 1958. Desde entonces, cada año, no ha dejado de pisar los escenarios. Es el último eslabón de aquella generación de cómicos, como el recordado José Bódalo y la todavía muy activa Lola Herrera, que a través de la televisión, con los históricos Estudio 1 de TVE, llevaron el teatro a todos los rincones de España, desde a los hogares de las grandes ciudades a los teleclubes de los pequeños pueblos. Él es el decano de los actores de nuestro teatro.
Manuel Galiana ha sido ahora la estrella de un montaje teatral exhibido, de octubre a diciembre de 2017, en la madrileña Sala Arapiles 16, que impulsa la Universidad Internacional de La Rioja, la UNIR, dentro de su programa de extensión cultural. Ha representado la obra Nostalgia del agua, de Ernesto Caballero, uno de nuestros más destacados autores dramáticos y actual director del Centro Dramático Nacional (CDN). Galiana ha compartido escenario con la destacada actriz Marta Belaustegui, bajo la dirección de Jesús Salgado.
Al borde de un lago, que en sus aguas guarda el pueblo sepultado del pescador que interpreta Galiana, gracias a la aparición del mágico personaje que incorpora Belaustegui, la acción entra en la rememoración de un pasado que el espectador ha de descifrar mecido por la melodía de una violinista (Natalia Fernández) que acompaña al hombre y a la mujer en su viaje al pasado, y también al futuro.
Los espectadores que gozaron del espectáculo pudieron apreciar el arte de dos generaciones de actores, la más reciente de Marta Belaustegui, vinculada a contemporáneas técnicas de interpretación, como “el método” de Stanislavski, y la de Manuel Galiana, asentada también en la modernidad más rigurosa, pero con la base declamatoria de los maestros de la mejor escuela española, depurada a lo largo de siglos, la de los inolvidables Rafael Calvo, Guillermo Marín, Manuel Dicenta, Carlos Lemos, el citado José Bódalo, o el gran José María Rodero y el no menos grande Fernando Fernán Gómez.
UNIR Teatro, el día del estreno de Nostalgia del agua, quiso rendir un homenaje a Manuel Galiana, como gran señor del teatro español. Él, humilde siempre, quiso que el homenaje no se le hiciera a él, sino a su maestro por antonomasia, a la persona que le introdujo en el mundo del teatro, al profesor don Antonio Ayora, una personalidad del teatro que pasó discretamente por nuestra escena, pero que dejó una siembra fecunda.
«Con Antonio Ayora, sus alumnos no solo aprendían y hacían teatro, también frecuentaban los coliseos de Madrid en su compañía»
Don Antonio Ayora, en los años 50, era profesor de Literatura en el Instituto San Isidro, de la calle de Toledo, de Madrid, donde en esas fechas Juan Carlos de Borbón superaba la reválida del bachillerato superior con sobresaliente. El San Isidro, dotado con destacados catedráticos de aquel bachillerato ya triturado por logses y lomces, tenía en su historia el haber contenido en sus muros de granito el Colegio Imperial fundado por los jesuitas, y donde a lo largo de los siglos se habían educado desde Lope, Calderón o Quevedo, hasta Baroja, los Machado o Aleixandre, pasando por Canalejas, Juan de la Cierva o Eduardo Dato.
En el Instituto San Isidro, don Antonio Ayora estableció su “escuela teatral”. En los tiempos de la Segunda República había aprendido el oficio cerca de Cipriano de Rivas Cherif, figura indiscutible de nuestro teatro, impulsor de la carrera de la actriz Margarita Xirgu, además de cuñado de Azaña. En la posguerra, presos Rivas y Ayora, mientras Cipriano organizaba un grupo de teatro en el Penal de El Dueso, don Antonio formaba otro en la cárcel de Burgos. Luego, Rivas se fue al exilio y Ayora, por la piedad de algún amigo, acabó de profesor en el San Isidro.
En el homenaje, tras el estreno de Nostalgia del agua, se recordó a aquellos muchachos, que bajo la dirección de Ayora estrenaban, aprendiendo teatro, a Cervantes, Lope, Calderón, Moratín, Guillén de Castro, Zorrilla, Arniches, Benavente, Jardiel, los Quintero y Buero Vallejo, o a Shakespeare, Goldoni, Chejov y Bernard Shaw. Se rememoró, con su presencia, a compañeros de Galiana, como los que luego serían reconocidos actores, como él, Emilio Gutiérrez Caba y Pepe Carabias; directores o productores de teatro como Manuel Collado, su hermano Salvador o Emilio Hernández; el crítico de teatro Enrique Centeno; el catedrático de Literatura y fundador del Instituto del Teatro de Madrid (ITEM), Javier Huerta, así como también, a otros que luego desarrollarían su vida profesional fuera del teatro, como el destacado catedrático de Física, Manuel Yuste. En fin, como el instituto en aquellas fechas era masculino, los propios alumnos, colaboradores de Ayora, llamaban a sus hermanas y amigas para los papeles femeninos. Algunas de ellas, después, también serían conocidas actrices: Esperanza Alonso, Amparo Pamplona o María Jesús Hoyos, por ejemplo.
En Arapiles 16 se reivindicó el carácter formativo del teatro en la enseñanza secundaria al pairo de la experiencia de don Antonio Ayora en el San Isidro. No era difícil traer a colación el tema en el marco del San Isidro, que, como se ha dicho, fue el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús. Se sabe que, después de Trento, los seguidores de Loyola instituyeron en sus centros de formación el llamado “teatro de colegio jesuita”, no sólo para que los estudiantes aprendieran el latín, pues las funciones las tenían que escribir y representar en la lengua de Séneca, sino para adiestrarse en las artes sermocionales del Trivium medieval: dialéctica, gramática y retórica. Así, por esta deriva, de las aulas jesuíticas salieron talentos dramáticos como los ya mentados Lope y Calderón, o Corneille y Molière.
Con don Antonio Ayora, sus alumnos no sólo aprendían y hacían teatro, también frecuentaban los coliseos de Madrid en su compañía, conociendo a las gentes de la profesión. Galiana recuerda que en una ocasión fue con don Antonio al teatro Español, al estreno de la obra Enrique IV, de Pirandello, dirigida por José Tamayo e interpretada por Carlos Lemos. Vieron la función desde el “paraíso” del teatro, desde el “gallinero”… Y Galiana nos recuerda la experiencia: “Era mi primera asistencia a un estreno y apenas podía contener la emoción. Fue una noche grandiosa, de teatro abarrotado, aplaudiendo con delirio al genial Carlos Lemos. ¡Y yo estaba allí!, presenciando una representación teatral en toda su grandeza. Luego, pasamos al camerino a saludar a Lemos, todavía con las huellas del enorme derroche de energía que nos había entregado. Y pude ver de cerca a Manuel Dicenta, a Guillermo Marín, a tantos otros… Salí del teatro fascinado, con la sensación de haber descubierto un camino, el mío. “¡Don Antonio, ya lo he decidido: no quiero ser otra cosa que actor!”, le dije a mi maestro.”
«Fue decisivo. Sin él, tal vez mi vida hubiera sido otra o yo fuera otro»
Galiana concede especial significación al encuentro con don Antonio Ayora: “Fue decisivo. Sin él, tal vez, mi vida hubiera sido otra, o yo fuera otro, distinto. Él completó la formación y el ejemplo recibido de mis padres, imprimió en mi espíritu la apetencia por la belleza, canalizó esta ansiedad, nunca colmada, por la calidad y la perfección en mi trabajo actoral, esta pasión por el arte de interpretar. Con él supe que el «oficio» había que elevarlo a categoría artística”.
En aquel 1958, que se indicaba como arranque de su carrera teatral sobre los escenarios, Galiana interpretó tres papeles en el San Isidro: don Hermógenes, de La comedia nueva, de Moratín; Cosme, de La dama duende, de Lope, y Mundo, de El gran teatro del mundo, de Calderón. “Nosotros solíamos montar como tres obras a lo largo del curso… Sueño de una noche de verano, El caballero de Olmedo, La Numancia… Y todo de ese calibre, y aquello era fantástico. Los que formamos ese grupo no queríamos salir del instituto. Nosotros hacíamos el decorado, lo hacíamos todo”.
Sin duda, don Antonio Ayora tuvo en personas como Manuel una buena tierra donde sembrar. Porque hay que decir que a Galiana desde niño le fascinaba el teatro. Ya nos ha dicho que Ayora “completó la formación y el ejemplo recibido de mis padres”. Sí, sus padres le habían llevado al teatro desde pequeño. Manuel recuerda en especial una representación de La bella durmiente: “Fue en el teatro Fontalba. Aquello me pareció mágico. El príncipe avanzaba y el bosque se abría. ¡Fue el colmo! Todavía conservo, como espectador, esa emoción de sentarte en la butaca, que se apaguen las luces, que se levante el telón y que, de pronto, aparezcan allí unas luces, unos personajes y aquello cobre una tensión mágica. Y a mí eso siempre me ha parecido asombroso, como espectador y como actor”.
Don Antonio fue fundamental en Galiana para desentrañar la verdad del teatro, la verdad de un teatro como el español enraizado en siglos de sabiduría. “Don Antonio nos pedía verdad y sinceridad. Recogía para nosotros la tradición de una manera de hacer. Lo que conocí de esa tradición lo supe a través de lo que él nos contaba de cómo se hizo ese teatro y él nos puso en ese sendero y por ahí hemos ido. Era un director súper moderno. Con una concepción muy contemporánea del teatro. Y con él aprendimos a recitar, cosa que mucha gente ahora no sabe. Aprendimos a hacer teatro en verso. Teníamos que hablar bien y teníamos que declamar bien. Y, luego, nos dejaba crear”.
¡El arte del verso! Algo muy apreciado por Manuel. Y ahí otro maestro para Galiana, el gran Fernando Fernán Gómez, muy amigo de don Antonio Ayora. “En el verso hay que tener la medida. Y Fernán Gómez la tenía. Algo que no tuvo ni Margarita Xirgu. ¡Y era la Xirgu! Pero oyes sus grabaciones y te chirrían. Fernando nunca te chirriaba. Fernán Gómez ha sido para todos el gran maestro. Nunca me ha chirriado, para nada. Aparte de Fernán Gómez nosotros hemos tenido ocasión de ver a Rodero, a Bódalo, a Dicenta, a Guillermo Marín… Hemos tenido mucha suerte. Nosotros queremos transmitir lo que aprendimos de ellos. Respetando a Stanislavski, por supuesto, yo he seguido el método de Ayora y el método de Fernán Gómez. A él, a Emilio Gutiérrez Caba y a mí, que fuimos sus amigos, el método de don Antonio nos ha ido estupendamente”.
Manuel Galiana pasó por la Escuela de Cinematografía, donde obtuvo el Premio Extraordinario de Interpretación. “El cine me gustaba mucho. Acabé los estudios en la Escuela con ese premio y me dije “éste será mi camino”; pero, no, en seguida me surgió en el teatro la oportunidad de hacer La casa de los siete balcones, de Alejandro Casona, y unos meses más tarde, El último reloj, con Narciso Ibáñez Serrador, en la serie Historias para no dormir, y ahí se empezaron a encarrilar, todos los años, trabajos interesantes de teatro, y de teatro en televisión. Y en cambio no aparecían trabajos de cine. ¡No se podían comparar los personajes que me ofrecían para el teatro y la televisión! Pero también he hecho cine. Con José Luis Garci, tres películas: Tiovivo, Luz de domingo y El dos de mayo.
Galiana, gracias a don Antonio Ayora no tuvo que pasar por ningún tipo de meritoriaje para entrar por la profesión teatral. Con don Antonio, desde su debut, fue cabecera de reparto. “Yo he tenido muchísima suerte en el teatro. No he tenido que hacer papelitos y papelitos hasta que un día te dan “el papel”. En el teatro profesional comencé haciendo Uriel, en La casa de los siete balcones, de Casona, que ya era un papelón, y a partir de entonces todo se desarrolló de la misma forma”.
Elegido por el propio Casona para interpretar Uriel, entra en la compañía de Amelia de la Torre. “Con Amelia aprendí muchísimo. Y ahí estaba también Enrique Diosdado que te decía: “Niño, cuidado, ese final que se te ha quedado muy flojo”. “Que haces punto y es coma”. Con Amelia fue un aprendizaje sin decir nada. Con ella llegué a un fenómeno parateatral. En esa relación que hay en La casa de los siete balcones entre tía y sobrino, en la que se existe una vinculación absoluta, de manera que como Uriel es mudo ella sabe lo que está diciendo sin que él hable. Y a esa relación llegamos Amelia y yo. Estábamos tan comunicados, tan comunicados, que el último día que hicimos la función enfermamos. Allí aprendí dónde está ese límite que no podemos pisar porque nos pasamos al otro lado del espejo. Y Casona dirigió la obra. Los compañeros te daban notas y él me decía: “Tú no hagas caso, que el que más sabe de mi función soy yo”.
En 1998 recibió Galiana el Premio Nacional de Teatro: “Colmó todas mis alegrías. Fue fantástico. Y un año antes, en un pueblo de Almería, en Terque, se hizo un teatro con mi nombre. Nunca me he alejado del teatro. No quiero. ¡Me gusta tanto subirme a un escenario! El placer que supone para un actor representar en teatro no se puede comparar con el cine o la televisión. En el teatro hacemos un personaje de principio a fin. Mientras que en las películas vamos a trocitos. Y no es igual. No te permite vivir la intensidad del teatro. El teatro es un sueño. Cuando se baja el telón y aplauden, entonces te despiertas. Mientras tanto, tienes que vivirlo con la misma intensidad que vives el sueño”.
«Con él aprendimos a recitar, a hacer teatro en verso. Teníamos que hablar bien y teníamos que declamar bien. Y, luego, nos dejaba crear»
Teatro también en televisión. Primero con Chicho Ibáñez Serrador, que no sólo fue el creador y “explotador” en España y fuera de España del programa Un, dos, tres…, responda otra vez, sino un gran realizador de dramáticos, como la serie de espacios de Historias para no dormir: “Hice con él, porque me vio en la obra de Casona, El último reloj. Ahí se armó el pitote. Fue un bombazo. La primera vez que España consigue un premio internacional. Aquello era televisión-televisión. No esto que hacemos ahora. Tuvo que montarse en París. Lo hicimos en bloques de veinte minutos. El espacio Novela me gustó. Los gozos y las sombras, otro éxito internacional. Ese es un camino que tenía que continuar”.
Galiana fue una gran estrella de los Estudio 1, grabaciones de destacadas obras del teatro español y universal, con buenos realizadores como Juan Guerrero Zamora, Pedro Amalio López o Manuel Aguado, que se exhibían cada semana en día y hora preferentes: “Entonces me parecieron maravillosos. Vistos ahora, yo diría que no hay que hacer teatro en televisión. Aunque la gente lo demanda mucho. Pero el teatro es un local, una puerta, se entra, hay una butaca, un estrado, y sale un actor… Lo otro es un texto teatral hecho con lenguaje televisivo. Teatro es una convocatoria a la que tienes que acudir. Sí, también he estado, y estoy, en series: Los ladrones van a la oficina, El comisario, Cuéntame, Aquí no hay quien viva, Hospital central… Están bien hechas. Hice Escenas de matrimonio, con Carmen Ramírez. Fue una sorpresa. Había he hecho de casi todo, pero ese tipo de comedia no había tenido oportunidad de hacerla”.
Volviendo al teatro, Galiana protagonizó, codo con codo, con su admirado José María Rodero El veneno del teatro, de Rodolf Sirera. Un gran éxito. “¡Ah! Fue la culminación de un deseo que teníamos Rodero y yo. Rodero y yo desde el primer momento en que nos vimos nos enganchamos. Fue un flechazo. Y con la obra de Sirera nos salía la oportunidad de hacer algo juntos para el teatro. En televisión hicimos Calígula, El concierto de San Ovidio y Los emigrados… Pero queríamos hacer algo en teatro. Y surgió El veneno del teatro y lo hicimos y fue una cosa maravillosa. La apoteosis”.
Con Gustavo Pérez Puig, en el teatro Español de la plaza de Santa Ana, también realizó Galiana interpretaciones memorables, especialmente dos: el protagonista de la última obra de Buero Vallejo, Misión al pueblo desierto: “Buero Vallejo me siguió también desde el principio… Manolo, cuidado esto, cuidado lo otro…” Y Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand: “Desde que fui con don Antonio Ayora al Español para ver, desde el “paraíso”, el Enrique IV, de Pirandello, he estado persiguiendo, anhelando, una noche como aquella de Carlos Lemos, en el Español. Ha habido muchas noches maravillosas de triunfo en el teatro, afortunadamente, pero yo quería que fuese en el teatro Español. Y, por fin, la generosidad y el afecto de Gustavo Pérez Puig y de Mara Recatero me brindaron la ocasión con el Cyrano. Y, cada noche, escuchando esas ovaciones, miraba al «paraíso» del teatro y recordaba a aquel muchacho apasionado hasta más allá por el teatro y a su primer maestro: don Antonio Ayora. El personaje de Cyrano es uno de los más bellos del teatro, por no decir el más hermoso. Es un personaje que se tendría que estudiar en el bachillerato por ser la mejor plasmación del amor: un personaje que ama y que hace todo lo que puede hacer para que la persona amada sea feliz, aunque él no pueda ser correspondido nunca”.
Al homenaje de la Sala Arapiles 16, de la UNIR, también quiso sumarse Ignacio Aranguren, un maestro como don Antonio Ayora, que durante 40 años ha estado al frente del Taller de Teatro del Instituto Navarro Villoslada de Pamplona, realizando medio centenar de montajes en los que han intervenido cientos de alumnos, entre los cuales destacan en el teatro español profesionales como Alex Larumbe, Natalia Huarte y Alfredo Sanzol.
No cabe duda de que el fermento de hacer teatro en los colegios e institutos es muy favorable para los propios alumnos, para el teatro y para la sociedad. A las promociones de Antonio Ayora les siguen hoy las de Ignacio Aranguren, una ejemplar sucesión. Recordando el pasado y analizando el presente de la incidencia del teatro en nuestra sociedad, Galiana, a veces, desde la atalaya de la Sala Arapiles 16 y la experiencia de la obra Nostalgia del Agua, de Caballero, compartiendo escenario con Marta Belaustegui, después de medio siglo de profesión, vuelve su mirada hacia don Antonio Ayora y su huella en él: “Cuando a veces me siento un poquito deprimido, echo la vista atrás, y digo: “Jo, no te quejes, que te ha ido muy bien. Has podido pasar con dignidad por el teatro gracias a maestros como don Antonio”.
Nueva Revista aborda en Universidad 2021, número monográfico coordinado por Rafael Puyol, presidente de UNIR, algunas transformaciones imprescindibles que la universidad debe acometer para afrontar el cambio de paradigma educativo del siglo XXI. Algunas de esas transformaciones, como la digital, se han visto aceleradas por el impacto de la pandemia de la COVID-19.

Diecinueve destacados expertos, de diversos países, analizan en las páginas del monográfico los desafíos y oportunidades de crecimiento que depara a la universidad la revolución tecnológica. Y lo hacen desde la perspectiva de la gestión académica, la gestión administrativa, el impacto territorial, la acreditación del aprendizaje, y los nuevos formatos y metodologías de la educación superior.
En un primer bloque, plantean la necesidad de reformas cuatro ex presidentes de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), Juan Vázquez, Federico Gutiérrez-Solana, Adelaida de la Calle y Roberto Fernández.
En el apartado Una mirada al futuro, Miguel Arrufat, director de UNIR; Rafael Puyol; Victoria Galán Muros y Todd Davey, cofundadores de Innovative Futures Institute; y Rubén González, vicerrector de Ordenación Académica de UNIR y director de la Escuela de Ingenieria de esta universidad, reflexionan respectivamente sobre las tendencias globales de la educación superior, el crecimiento del alumnado, los roles estratégicos de la universidad y la revolución tecnológica.
Del impacto territorial de la educación superior se ocupan, con sendos artículos, Xiangcen Guo subdirectora de Skillsfuture (Singapur); Pierre Dubuc, CEO de Openclassroom (Francia); y Santiago Acosta, rector de la Universidad Técnica Particular de Loja (Ecuador).
Escriben sobre la acreditación del aprendizaje en un futuro híbrido Chet Haskell, vicerrector de Asuntos Académicos en Antioch University (EE.UU.); Francisco Cervantes, rector de UNIR México; y Colin Tück, director del Registro Europeo de las Agencias de Garantías de Calidad (EQAR)
Cierra el monográfico el bloque Una visión desde la administración, con las reflexiones de Federico Morán, director de la Fundación Madri+d; Alfonso González Hermoso de Mendoza, viceconsejero de Ciencia, Universidad e Innovación de la Comunidad de Madrid y José Manuel Pingarrón, secretario general de Universidades que escribe en colaboración con Francisco García Pascual, vicerrector de la Universidad de Lleida.
Este es el sumario de Universidad 2021
El número 163 de Nueva Revista es un dosier monográfico sobre múltiples cuestiones que plantea actualmente la institución universitaria. Sigue a un número anterior (el 151), también encargado como este a Rafael Puyol, cuya acogida ha hecho aconsejable la continuidad de la empresa.
NR agradece al ministro de Educación, Cultura y Deporte que haya accedido a responder a un cuestionario preparado por el coordinador del número y el editor de la revista para que sirva de delantal al volumen.
Es bien sabido que las competencias sobre Educación y, por tanto, sobre universidades están transferidas a las Comunidades Autónomas, excepción hecha de la UNED y de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. En todo caso, todas las cuestiones que se plantean inquieren la opinión del Ministerio de Educación al menos en cuanto alto inspirador y coordinador de la política educativa en todo el Estado
¿Cómo ve la salud actual de nuestras universidades?
España cuenta con un sistema universitario de gran calidad con áreas de excelencia en investigación en casi todas nuestras universidades.
El Ranking de Shanghái por áreas (ranking ARWU-FIELD 2016) sitúa a la Universidad Autónoma de Madrid, la Universidad de Barcelona y la Universidad de Santiago de Compostela entre las 150 primeras en ciencias naturales y matemáticas. En ciencias sociales, por dar otro dato, la Universidad Pompeu Fabra se sitúa entre los puestos 76 y 100. Y en Medicina clínica y Farmacia, la Universidad de Barcelona entre los puestos 51-75, y la Universidad Autónoma de Barcelona y la Universidad Complutense de Madrid entre los puestos 151-200.
Este ranking nos indica que tenemos mayor proporción de universidades públicas excelentes en comparación con otros países occidentales.
Tenemos 20 universidades entre las primeras 500 del mundo, una cifra solo superada por Estados Unidos (167), Reino Unido (42), Alemania (41), Canadá (25) y Australia (22). Y España tiene 40 universidades entre las 1.000 primeras del mundo, solo superada por Estados Unidos (274), Reino Unido (79) y Alemania (61). Esto implica que un joven español tiene un 17,5% de probabilidad de estudiar en una universidad entre las 1.000 primeras del mundo, frente al 13,4% de un alemán o al 8,4% de un estadounidense, y solo inferior al 27,7% de un británico. Además, casi todas esas 40 universidades que están entre las 1.000 primeras son públicas, por lo que más de la mitad de las universidades públicas españolas están entre las 1.000 primeras.
Esta buena salud de nuestras universidades no es una declaración de complacencia. Estos datos nos indican también que debemos seguir trabajando en las mejoras que requiere la universidad española para ser más competitiva, como sus sistemas de gobernanza o la formación de los profesores, y, desde luego, apoyar su internacionalización.
Ante el posible Pacto Educativo, ¿se debería impulsar algunas reformas pactadas para la universidades?
La sociedad española nos ha reclamado un Pacto de Estado social y político que dé estabilidad al sistema educativo. Hemos comenzado por la formación preuniversitaria, y la reforma universitaria, en su caso, tendrá que ser abordada en el futuro con el consenso de todos los grupos políticos.
Desde que a finales del año pasado la Comisión de Educación del Congreso aprobó una Proposición no de ley que recogía un amplio acuerdo parlamentario sobre una Estrategia Española de Educación Superior estamos trabajando ya en mejorar el sistema universitario.
Hemos comenzado por las cuestiones que requerían una atención urgente y contaban con el mayor consenso, como las becas o el refuerzo de la internacionalización a través de SEPIE, lo que se ha traducido en la firma de convenios con países como Brasil o Paraguay para traer más estudiantes a nuestros centros.
Hay otros cambios de carácter estructural que necesitan de un mayor consenso y que se abordarán más adelante buscando puntos de acuerdo con todos los agentes implicados.
¿Cuál es la orientación del Ministerio respecto de la creación de nuevas universidades? ¿Debería haber más exigentes requisitos de calidad?
El Ministerio no tiene una competencia directa en la creación de universidades, son las Comunidades Autónomas las que son responsables, pero evidentemente no podemos sino ser favorables al establecimiento de cualquier tipo de centro que reuniendo requisitos mínimos de calidad y excelencia mejore la competitividad de nuestro sistema universitario.
Precisamente con esta finalidad, en 2015 y a través del Real Decreto de Centros, se produjo un cambio importante en cuanto a la creación de nuevas universidades: se exige una mejora de los medios, garantías y calidad de las mismas, permitiendo una especialización que hasta ahora no se producía y que es necesaria.
El profesorado es la piedra angular para impulsar cualquier mejora de nuestro sistema universitario. En este sentido, ¿qué nos puede decir de los sistemas actuales de selección y cómo es posible mejorar su carrera docente? ¿Se deberá establecer una nueva carrera académica para nuestros profesores?
La mejora de la universidad está estrechamente relacionada con la calidad de sus profesores. Además es preciso contar también con que las universidades españolas tienen una gran variedad de figuras docentes entre sus profesores, e incluso con docentes que prefieren dedicarse más a la investigación, y todas ellas han de ser consideradas de forma particular en cuanto a sus necesidades.
Precisamente para mejorar sus condiciones de acceso y permanencia, uno de los ejes de la Estrategia Española de Educación Superior se centra en la creación de un Estatuto del Personal Docente e Investigador que sirva para dotar a los profesores de una carrera docente más transparente, así como que incentive un mejor desarrollo profesional.
Este estatuto tendremos que negociarlo con todas las partes implicadas que están planteando iniciativas como crear una carrera laboral de forma paralela a la funcionarial con pasarelas entre ellas, o figuras especiales para la atracción de académicos de excelencia.
Además, creo importante que nuestra Universidad sea capaz de atraer talento del exterior y recuperar el talento español que se ha ido a formar fuera. En relación con el primero de estos aspectos, el nuevo sistema de acreditación elimina los obstáculos a la atracción de talento que existían hasta ahora, facilitando la entrada de profesores excelentes. Esto por sí solo ya supone una mejora, pero queremos facilitar ese acceso a través de un estatuto del Personal Docente e Investigador más abierto a ese talento.
En relación con el segundo aspecto, hemos anunciado la creación del programa «Beatriz Galindo», cuyo objetivo es atraer de nuevo a nuestro país a investigadores que actualmente desarrollan su trabajo en otros países. Está prevista una inversión de diez millones de euros anuales durante cada uno de los cuatro años de duración del programa.
¿Podríamos imaginar nuevos sistemas de gobierno para las universidades?
Este es precisamente unos de los aspectos que actualmente debatimos.
Acabo de leer recientemente el informe sobre las distintas reformas universitarias que se han realizado en Europa, elaborado por la Fundación CYD, donde se presentan distintas opciones, así como sus efectos positivos, y hay reformas interesantes que debemos tener en cuenta. No obstante, sí quiero subrayar que tenemos que ser cautos al pensar que un sistema que funciona en un país vecino va a funcionar igual en nuestro país, pero sin duda ya se han llevado a cabo reformas con resultados positivos que tenemos que estudiar y, en lo que puedan ser de aplicación, considerarlas.
El presidente saliente de la CRUE señalaba precisamente hace solo unos días la necesidad de plantear la flexibilización del sistema actual, y estoy de acuerdo con él en que podría tener ventajas. En cualquier caso, lo que considero importante es que si se hace un cambio sea a través del consenso entre todos los implicados, como propone la Estrategia Española de Educación Superior.
¿Cabe proponer un sistema de Gobernanza para todos o varios modelos entre los que las Universidades puedan elegir?
En muchos de los países que han acometido reformas se plantea la flexibilidad como uno de los factores que conllevan el éxito, y personalmente creo que ese es el camino. Considero que es positivo que cada universidad pueda decidir su propio sistema de gobernanza según sus propios objetivos y sus propias necesidades, ya que no podemos considerar igual a todas las universidades.
En España hay más de 80 universidades públicas y privadas y no es comparable el modelo que necesita, por ejemplo, una universidad como la Complutense, que tiene 70.000 alumnos y más de 6.000 profesores, con el que necesita la Universidad de la Coruña, que tiene 20.000 alumnos y 1.500 profesores.
¿Va a impulsar el Ministerio una política para cambiar el mapa de títulos existentes?
El Ministerio ya ha realizado un importante trabajo de consenso con las universidades para pactar la posibilidad de incluir grados de 180 créditos, unido a otras medidas como la bajada de las horquillas de precios de los programas de máster no habilitante. Creemos que debemos seguir analizando posibles cambios que permitan que tengamos una universidad más internacionalizada y más accesible.
Todas la universidades públicas piden mejorar su financiación. ¿Qué hay de esto? ¿Algún día llegaremos al añorado 3% del PIB?
Como bien sabe, el Ministerio solo financia la UNED y la UIMP. En los dos casos estamos trabando en mejoras presupuestarias que se recogerían en los presupuestos de 2018. En cualquier caso creemos, y estamos trabajando en ello con la UNED, que la financiación debería estar vinculada a objetivos que permitiesen por un lado mayor autonomía, transparencia y seguridad a las universidades. Por otro lado, esto tendría que estar vinculado a una mayor rendición de cuentas frente a la sociedad.
¿Se podrían establecer otros criterios de reparto del dinero público?
Considero que la fijación de objetivos en áreas como la investigación, la docencia, la transferencia o el impacto en la sociedad podrían, y en algún caso deberían, estar entre los aspectos fundamentales de los resultados evaluables de una universidad.
¿Qué deberían hacer las Universidades para obtener más financiación privada? ¿Sería precisa una ley que lo facilite?
Creo que hay aspectos que afortunadamente están cambiando, lo que implica que iniciativas que son comunes en otros países como las donaciones de exalumnos, de empresas o de otras instituciones empiecen a ser habituales. El desarrollo de grupos de antiguos alumnos o la colaboración con empresas es un primer paso que, en el futuro, se debería plasmar en leyes de mecenazgo que faciliten esa relación.
¿Cambiarán los sistemas de rendición de cuentas a la sociedad?
A más autonomía, mayor rendición de cuentas a la sociedad. Creo que todos los involucrados en el ámbito universitario estamos de acuerdo en esta afirmación, que también se encuentra en la Estrategia Española de Educación Superior. Esta autonomía conllevará una modificación de cómo se realiza esa rendición de cuentas de cara al futuro y cómo se evalúan los responsables de las universidades.
¿Qué nos dice de las tasas? ¿Y del sistema de becas a los estudiantes?
Hemos dado un primer paso con las tasas al bajar las horquillas de los másters no habilitantes e igualarlas con los habilitantes y por debajo de los grados. Pero quiero recordar que son las Comunidades Autónomas las que fijan las tasas y que muchas de ellas, como Madrid, han iniciado una disminución en las tasas de matrícula.
En cuanto a las becas, estamos trabajando en mejorar el sistema a través de diálogo con los distintos agentes, como universidades o estudiantes, todo ello sobre la base de que ningún estudiante con la voluntad y con la capacidad de estudiar se quede fuera del sistema educativo por falta de medios. Este último ejercicio hemos dedicado 1.420 millones a becas generales y ayudas a los estudiantes, el presupuesto más alto de la historia, y para el año 2018 lo volveremos a incrementar.
¿Y de la movilidad?
Como les he mencionado antes el programa «Beatriz Galindo», por ejemplo, va a permitir el retorno a nuestras universidades de 100 profesores e investigadores de calidad para reforzar nuestros centros. Por supuesto, este tipo de actuaciones tiene que favorecer también la movilidad entre instituciones nacionales e internacionales.
Los presupuestos de 2018 recogen por citar otro ejemplo, un millón de euros destinado a la movilidad con Iberoamérica del profesorado para que se establezcan mayores vínculos y redes de colaboración entre universidades que sirvan para la movilidad del talento. Ahora mismo hay una competencia importante entre los sistemas universitarios francés, alemán y español por atraer talento de esos países y estas medidas nos permiten consolidar nuestro liderazgo.
¿Cómo mejorar la empleabilidad de nuestros egresados?
Las universidades están desarrollando un importante trabajo en este ámbito. Actuaciones como el mapa de empleabilidad sirve para orientar tanto a las universidades como a los estudiantes y sus familias sobre cuáles son los resultados en materia de empleo de cada una de las titulaciones y así puedan elegir en función de sus expectativas sobre su futuro laboral. Me consta que las universidades están también utilizando estos datos para orientar mejor sus estudios.
Se acepta que es imprescindible elevar el nivel de internacionalización de nuestras universidades. ¿Cómo se va a impulsar la atracción de más estudiantes extranjeros?
En primer lugar estamos trabajando desde un punto de vista administrativo. Hemos colaborado con los Ministerios de Asuntos Exteriores, Interior y Sanidad y Servicios Sociales para simplificar la tramitación de la documentación de los futuros estudiantes, reduciendo los tiempos y facilitando la entrada de los mismos.
En segundo lugar hemos incrementando la visibilidad de nuestras universidades en Iberoamérica, África, los países asiáticos y, por supuesto, también en Europa.
Hace unas semanas se celebró en Sevilla la reunión de la European Association for International Studies con nuestra colaboración, y a la que asistieron más de 6.000 personas. Allí se pudo ver la calidad de los estudios ofrecidos, el creciente número de titulaciones bilingües, fundamentalmente en inglés, o la excelencia de los estudios de posgrado.
Hay muchas más actuaciones que realizar, pero sin duda este es el camino para seguir trabajando y conseguir que nuestras universidades puedan hacer patente su calidad.
¿Hay posibles políticas definidas para favorecer el emprendimiento y la innovación en las universidades?
Es un ámbito que sin lugar a dudas se tiene que reforzar. Actuaciones como la introducción de los sexenios de transferencia estoy seguro que tendrán un importante impacto en la innovación y el emprendimiento de las universidades como lo tuvieron en su momento los sexenios de investigación.
Como en muchos ámbitos, aquí hemos escuchado lo que nos pedían las universidades, las empresas, y hemos actuado en consecuencia.
¿Cómo va el proceso de asunción universitaria de las nuevas tecnologías?
En este aspecto es evidente una continua mejora. Las universidades están incluyendo una creciente oferta formativa online a través de MOOCs y otros programas, así como un continuado esfuerzo por un uso de las TIC en su gestión diaria y en la modernización de la docencia.
Hace unos días inaugurábamos el curso universitario español en la sede de nuestra universidad más antigua, la Universidad de Salamanca. Decía entonces que la Universidad es una universidad de calidad, pero también que no debemos dejar de lado las reformas que actualmente nos demanda la evolución económica y social, que afectan naturalmente a la universidad. En efecto, necesitamos poner en práctica reformas en la gobernanza, la selección de profesores, la atracción del talento y la internacionalización. Solo así conseguiremos además una universidad competitiva en un entorno global como es el mundo actual. Tenemos un gran reto por delante y solo juntos conseguiremos afrontarlo.
Nueva Revista estrena una web totalmente renovada que permite a los lectores acceder a los mejores artículos sobre ideas, cultura y arte, de la mano de los grandes autores del momento. Artículos, entrevistas, reseñas… el usuario que visite la página tendrá la oportunidad de conocer un legado de más de 25 años y las opiniones de los escritores e intelectuales más relevantes del siglo XX y XXI. Queremos crear un espacio donde todas las ramas del pensamiento confluyan y las opiniones e ideas se intercambien libremente.
Asimismo, en esta nueva etapa se ofrecerán nuevos instrumentos virtuales —talleres, seminarios, foros, etc.— que permitan a nuestros lectores conectar a través de la web. participar en una comunidad intelectual en Internet
Hay pocos consensos tan unánimes como que la solución a los problemas de nuestra sociedad pasa por la educación. En esta nueva etapa que inaugura Nueva Revista pretendemos recuperar una de las funciones, si no la esencial, de la universidad: educar en la cultura. De la mano de la universidad Internacional de La Rioja, intentaremos servir de cauce en la transmisión de la educación humanística a la sociedad. Qué mejor que una publicación como NR, dedicada a las diferentes manifestaciones culturales, para cubrir una demanda social tan necesaria.
La universidad actual, en su afán por dar prioridad a la formación de profesionales, ha relegado a un segundo plano las llamadas Artes Liberales. En esta nueva etapa, NR se marca como objetivo rescatar para el presente la Educación Liberal, aquella que Leo Strauss definió como «educación en la cultura o para la cultura», la que promueve «un ser humano cultivado», la que prescribe «estudiar las obras fundamentales que los más grandes talentos han dejado tras de sí».
No fue casualidad que Antonio Fontán utilizara la palabra nueva en la cabecera en 1990, y esa palabra —todo un lema— nos compromete. El cambio no está en su esencia, sino en su expresión. Mantener los códigos de comunicación del siglo XX a estas alturas del siglo XXI sería traicionar el espíritu fundacional.
«Posthumanismo» y «transhumanismo» no son palabras transparentes para el ciudadano medio, pero quienes frecuentan las modas culturales las conocen bien. No me presento ante ustedes como experto en las materias donde con mayor frecuencia salen a relucir. Por otro lado, ya tengo cierta edad y no es momento adecuado para intentar situarme en la vanguardia del conocimiento y de la historia. De manera que voy a tomar distancia para ganar en objetividad lo que pierda de actualidad. Porque lo cierto es que, aunque haya mucha volatilidad en lo que unos y otros afirman o niegan al respecto, el asunto de fondo es muy serio. Tanto, que reclama el esfuerzo de los que no somos «especialistas» y merece la consideración atenta de todos y cada uno de nosotros. Hay que dar la voz al pueblo soberano, o por lo menos a la parte de él que no desdeña por completo el esfuerzo de ejercer el entendimiento. ¿Y por qué es tan importante lo que se discute? Porque involucra cuestiones esenciales relativas a nuestra identidad y destino. En el Museo de Bellas Artes de Boston se conserva el cuadro más famoso de Paul Gauguin. No me atrae particularmente desde el punto de vista pictórico, pero su título inquieta y a pocos deja indiferente: «¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?». Poco importa que el pintor tomara prestada esta expresión de una trivial fórmula de cortesía que emplean los tahitianos para saludar a un desconocido que encuentran en el camino. Las alas del arte la han transformado en recapitulación canónica de nuestras incertidumbres más lacerantes. Precisamente los conceptos que dan título a mi charla quieren responder en parte a dichas interrogantes, ya que el «transhumanismo» quiere contestar a la tercera —«¿A dónde vamos?»— y el «posthumanismo» pretende responder a «¿Qué o quiénes seremos?»
Podríamos decir por consiguiente que entre las preocupaciones del francés tahitianizado, se prioriza ahora el a dónde y se soslaya o minimiza el dé donde y el qué: parece que lo decisivo no son nuestras raíces ni siquiera nuestra identidad; lo que importa es nuestro destino en la medida que nosotros mismos seamos capaces de propiciarlo. Antaño, cuando un niño era presentado a una persona mayor, esta solía preguntarle: «¿Y qué vas a ser cuando seas mayor?». Recuerdo que yo respondí alguna vez: «Maquinista de tren», porque en mi pueblo hacía mucho frío en invierno y pensaba que echar carbón a la caldera de la locomotora era la mejor forma de ir calentito. Bien, pues ahora nuestra curiosidad se ha colectivizado, y lo que nos preocupa es el porvenir de la humanidad entera: «¿Qué vamos a ser como especie cuando seamos mayores?». Obviamente, ya no se trata de elegir tal o cual oficio. Lo que debería averiguarse es si seguiremos o no perteneciendo a la especie homo sapiens, si todavía nos reconoceremos como hombres o mujeres. Sin duda sería paradójico conjugar la primera persona del plural para renegar de la especie biológica a la que hoy por hoy pertenecemos. Pero los transhumanistas no retroceden ante esa idea. Ray Kurzweil es una de las figuras más representativas del movimiento. Protagonista de la revolución informática que tanto ha modificado nuestras vidas, está detrás de innovaciones tan decisivas como los scanners y los programas de reconocimiento de texto, traducción automática, etc. En 2005 ha publicado el libro La singularidad está cerca, que, si no fuera por su extensión, serviría muy bien como manifiesto del transhumanismo. El subtítulo revela con nitidez la voluntad de dejar atrás nuestro presente y pasado, pues se refiere sin vacilar a «Cuando los humanos trascendamos la biología». O sea: rechaza el escrúpulo de preguntarse si seguiremos siendo humanos cuando hayamos dejado de ser entidades biológicas. Apuesta sin titubeos por la racionalidad frente y contra la animalidad que todavía nos define.
Lo que debería averiguarse es si seguiremos o no perteneciendo a la especie homo sapiens, si todavía nos reconoceremos como hombres o mujeres
Vale la pena examinar este punto con algún detalle. Hace ya más de dos siglos que dominan las concepciones dinámicas sobre las estáticas. Nos hemos acostumbrado a aceptar que somos fruto de una evolución y estamos inmersos en un proceso transformativo de proporciones cósmicas. Después del Big Bang la materia-energía empezó a formar átomos cada vez más complejos en el interior de las estrellas, átomos que luego dispersaron gigantescas explosiones estelares, para propiciar en los planetas una lenta evolución primero química, luego bioquímica y por último biológica. Esta última solo ha podido ser fehacientemente documentada en la Tierra, aunque resulta más que probable que se haya dado también en otros lugares del Universo, dada la inmensidad de este y el tiempo transcurrido desde el momento inicial. Los científicos de los siglos XIX y XX, con Charles Darwin a la cabeza, consiguieron esbozar en líneas generales el proceso de la evolución biológica terrestre y las causas que la desencadenaron. Hay detalles importantes sin aclarar, especialmente en lo que respecta al origen mismo de la vida terrestre y la exclusividad o no del mecanismo de la selección natural, pero podemos dar por buena —yo al menos así lo hago— la imagen global resultante. Sin embargo, incluso los más entusiastas defensores del modelo neodarwinista admiten que con la aparición de nuestra especie la evolución biológica dejó de ser determinante, puesto que a ella se superpuso hasta hacerse predominante la evolución cultural. Seguimos siendo, como nuestros más remotos ancestros, vivientes que se reproducen sexualmente y que a través de mutaciones y recombinación genética generan nuevos individuos cuyas características están determinadas en gran medida por dotaciones genómicas en las que se da cierto porcentaje de diversidad y variabilidad. En las especies biológicas no humanas que escapan a nuestro control, la selección natural impone un sesgo a esa variabilidad vital, lo que a la larga origina nuevas especies y extingue las antiguas. Pero dentro de nuestra esfera de acción la selección artificial compite con la natural, y en lo que respecta al hombre mismo, las mutaciones genéticas tienen tan solo un influjo secundario sobre el rumbo de la especie.
En este punto se produce la irrupción del transhumanismo. Durante un interregno —que a escala geológica debemos considerar muy corto— la selección natural y cualquier otro mecanismo evolutivo natural dejaron de ser determinantes de los cambios que como especie hemos sufrido. Pero ni las decisiones humanas ni la dinámica cultural supusieron una alternativa global reconocible. Ha habido y seguramente sigue habiendo cambios adaptativos, como la oscuridad creciente de la piel a medida que las poblaciones viven de un modo sedentario más cerca del ecuador. O el caso tantas veces comentado del gen responsable de la anemia falciforme, que al mismo tiempo otorga resistencia frente a la malaria. Pero con el tiempo nos hemos ido haciendo cada vez más nómadas y en este sentido hay poco margen para que las condiciones del medio ambiente influyan en la identidad psicosomática de los humanos. Ganaderos y agricultores han desarrollado desde hace milenios procedimientos eficaces para inducir cambios coherentes a largo plazo en las especies animales y vegetales domesticadas, y aun en las salvajes que pueden controlar indirectamente. Ahora bien, más por fortuna que por desgracia, estas técnicas no se han aplicado con seriedad ni constancia a la propia especie humana. La eugenesia muy fácilmente degenera en racismo, de manera que los pocos experimentos sociales que se han hecho a lo largo de la historia —y muy en especial el que puso en marcha el régimen nacionalsocialista alemán— han constituido fracasos sonoros y sobre todo han motivado un rechazo tan universal, que casi podría decirse que este es uno de los pocos puntos en los que la humanidad ha logrado alcanzar un consenso: no estamos dispuestos a permitir que se nos discrimine por motivos raciales ni que se manipule la procreación determinando cómo y cuándo vamos a ejercer el derecho a la paternidad o a la maternidad. Cierto es que la natalidad ha sido objeto de múltiples intentos de control; en algunos casos de un modo tan autoritario como el que aún se ejerce en la República Popular China. Si en otros países la represión no fue tan dura, se debe a que los mecanismos indirectos para ejercer dicho control (en el sentido de reducirla) han resultado plenamente eficaces, hasta el punto de que el riesgo simétrico al de la explosión demográfica (el envejecimiento social y el despoblamiento) se está haciendo cada día más próximo.
Sin embargo, tampoco voy a referirme ahora a estos problemas, ya que gobiernos, instituciones e ideologías han pretendido regular con sus políticas natalicias (por lo menos directamente) no tanto el problema de quiénes como el de cuántos. De un tiempo acá habría que matizar esto último, habida cuenta la generalización de abortos selectivos en razón del sexo o de presumibles enfermedades genéticas en el nasciturus. Pero, en fin, hasta muy recientemente no había ni la posibilidad técnica ni la voluntad política de programar nuevos ciudadanos y ciudadanas a la carta. En este sentido, nadie ni nada ha ejercido las funciones que la selección natural dejó vacantes cuando las relaciones sociales empezaron a ser decisivas para determinar la supervivencia y procreación de los individuos. Podría decirse que desde entonces la evolución de la especie humana se ha producido hasta cierto punto por mero azar.
Pero esta situación, que un poco más arriba califiqué de interregno, parece estar a punto de cambiar. Las posibilidades de control que la biología y medicina modernas ofrecen son cada día mayores, y por otro lado el fenómeno de la globalización es acelerado e imparable. Así pues, la tentación de jugar a ser aprendiz de brujo es más difícil de resistir cada día que pasa. Para evitar que el destino de la humanidad y del planeta quede en manos irresponsables habrá que realizar esfuerzos muy serios. No nos engañemos. Los peligros de clonar humanos, manipular sus genes para suscitar tales o cuales características, programar el tipo de seres que heredarán la Tierra, etc., han sido tratados en múltiples ficciones literarias y cinematográficas, expuestos a lo largo de alarmantes informes divulgativos y anunciados por numerosos pronósticos agoreros. Hasta ahora ninguna de estas amenazas se ha realizado de un modo catastrófico, pero sería muy peligroso pensar que solo son imaginarias. Robert Oppenheimer, que dirigió el equipo científico responsable de la primera bomba atómica, sustentaba un principio según el cual todo lo técnicamente «dulce» —léase: todo lo técnicamente realizable— acaba siendo llevado a cabo de un modo inexorable. Lo cual no es del todo cierto porque, por ejemplo, en la segunda guerra mundial apenas se utilizaron armas químicas, que ya estaban disponibles desde la primera. Sin embargo, Oppenheimer sabía bien lo que decía, y en lo que al presente asunto respecta, hay que entender que si ninguna de las apocalípticas profecías enunciadas se ha cumplido —por el momento— seguramente ha sido porque no ha sido técnicamente posible verificarlas —todavía—. Ha resultado que las ovejas clónicas «nacen viejas», que las posibilidades de controlar patologías genéticas, aun cuando sepamos localizar el gen o genes responsables, son hasta el presente muy limitadas, que programar el fenotipo —esto es, las cualidades que se quieren propiciar— desde el genotipo —las secuencias de nucleótidos en el adn— son hoy por hoy harto limitadas. Y así sucesivamente. Sin embargo, en otros frentes, como el de los vegetales y animales transgénicos, se ha avanzado bastante, sin que —aún— la sangre haya llegado al río. Una vez más he de apartarme de la letra pequeña del contencioso, porque es demasiado intrincada para sacar conclusiones globales de ella. Contemplado desde la lejanía da la impresión de que se abre un periodo de extraordinaria complejidad, en el que la ciudadanía y los poderes públicos tendrán que sacudir su pereza y ponerse al día sobre los presupuestos científicos y técnicos de los procesos en marcha. Se van a tener que tomar miríadas de decisiones en los próximos lustros, y sería de una imprudencia fatal fiarse a la hora de tomarlas de «expertos» y «relatores». Si así se hiciera gravitaría sobre ellos demasiada responsabilidad, de modo que serían fácilmente propensos a la corrupción y a toda clase de mediatizaciones.
Las posibilidades de control que la biología y medicina modernas ofrecen son cada día mayores, y por otro lado el fenómeno de la globalización es acelerado e imparable
De lo anteriormente expuesto extraigo una consecuencia que en este foro conviene subrayar. La interdisciplinariedad ha sido hasta ahora una especie de lujo superfluo. En adelante se va a convertir en un artículo de primera necesidad. La escisión entre la cultura humanista y la cultura científica, sobre la que ya alertó Charles Percy Snow en 19592, viene lastrando nuestras sociedades desde hace decenios, pero los riesgos que comporta van a crecer exponencialmente de ahora en adelante. ¿Cómo va a reaccionar adecuadamente un dirigente político, un juez, un votante ante los retos tecnológicos, si no posee un conocimiento solvente de lo que está en juego? La decisión no es optar entre un sí y un no al progreso científico, porque hace mucho que dejó de ser factible la supervivencia de que la humanidad con los frutos que espontáneamente caen de los árboles. Puede que una solución así sirviera en una paradisíaca isla tropical escasamente habitada, pero para los miles de millones de habitantes que pueblan los continentes resulta por completo impracticable. El planeta está demasiado atestado para lo que la madre naturaleza da de sí, a no ser que se potencie artificialmente su fertilidad. Por lo tanto, se trata de elegir entre los diversos modelos de desarrollo que hay disponibles. Para bien o para mal, nuestro destino está inexorablemente encadenado a la técnica.
Tengo entendido que los aviones de última generación ya no pueden ser comandados directamente por el piloto sin la mediación de los ordenadores de a bordo. A una escala mucho mayor, lo mismo pasa con el orbe terráqueo.
Así pues, ya no es de recibo que nadie intervenga en la determinación del rumbo a seguir por la humanidad sin tener idea de cuáles son los botones que hay que apretar y cuál es su efecto. Pero la inversa tampoco es cierta: no basta con dominar todos los aspectos tecnocientíficos de los desafíos que afrontamos si padecemos una ceguera ética que nos impide ver qué valores debemos preservar y qué riesgos de ningún modo debemos correr. No es que la cultura humanística nos provea automáticamente de la indispensable aptitud moral, pero al menos quien brega con la historia, la literatura o el arte sabe que libertad y bien son dos elementos que no es posible conjugar por separado. Los dones que pudiéramos recibir a cambio de renunciar a nuestra libertad equivaldrían a las treinta monedas de plata con las que se nos pagaría la traición a nuestros semejantes y a nosotros mismos.
A propósito he omitido la filosofía del pequeño muestreo de disciplinas humanísticas que acabo de mencionar. Un signo inequívoco de decadencia en la presente situación es que se considere que la filosofía es «de letras». No se puede ser a la vez juez y parte, y si el filósofo no es capaz de trascender la fragmentación del saber, habrá renunciado a la exigencia de hacerse intérprete de los más profundos anhelos del hombre. Tampoco le corresponde cultivar la neutralidad y equidistancia entre las disciplinas, sino que lo propio de él es ahondar en cualquiera de ellas lo suficiente como para encontrar las raíces comunes que las sostienen y prestan vitalidad. En el sentido más prístino y radical todos somos filósofos, o al menos debiéramos intentar serlo.
Destacaría de todo lo dicho hasta ahora que se ha ido acumulando en los últimos tiempos un conocimiento cada vez más detallado de los mecanismos de la herencia, el desarrollo embriológico y las bases bioquímicas de la vida. Por otro lado, la inteligencia artificial ha progresado hasta el punto de permitir que las máquinas resuelvan con ventaja casi todas las tareas rutinarias que realizamos los seres humanos. Todo ello ha alterado en profundidad nuestra propia identidad, es decir, la relación que tenemos con el entorno físico que nos ampara, la convivencia con nuestros congéneres y el propio futuro de la especie humana. Los desafíos que todas estas novedades acarrean no se refieren al futuro lejano, sino al más inmediato, lo cual plantea con una urgencia insoslayable los retos educativos, de cara a lograr hombres y mujeres capaces de encontrar alternativas a las labores poco creativas y despersonalizadas que aún hoy en día ejerce la mayoría. En tales trabajos las máquinas resultan mucho más competitivas y la única razón para seguir encomendándoselas a los humanos es que no parece fácil extender a toda la humanidad el modelo de actividad creativa y personalizante que hasta ahora ha sido patrimonio de minorías.
Los programas transhumanistas y posthumanistas pretenden ver más allá de lo inmediato y atisbar el resultado último de las transformaciones en curso, en unos casos por mera curiosidad teórica y, más frecuentemente, con el deliberado propósito de abreviar el camino, eliminar obstáculos y acelerar unos cambios que consideran deseables y en definitiva inevitables. En todo ello hay una componente especulativa enorme, ya que muy pocas veces la futurología ha conseguido no ser desmentida por el curso de los acontecimientos, y en el presente caso la cantidad de incógnitas e imponderables es enorme. El inconveniente no sería grave si solo la dimensión teórica fuese relevante, pero la pretensión de activar políticas proclives a tal o cual escenario transhumanista puede acarrear peligros nada triviales. Las víctimas que propiciaron experimentos de ingeniería social puestos en práctica a lo largo del siglo XX (como los de Stalin, Hitler o Pol Pot) no se contabilizaron por miles, sino por millones. Con toda seguridad se quedarían muy cortos con los que el futuro puede deparar, puesto que ahora no se trataría simplemente de conseguir una sociedad más justa o más pura, sino de cambiar —y supuestamente mejorar sustancialmente— la índole misma de la raza humana. En este sentido, todas las cautelas que las instancias políticas, los partidos y las agrupaciones sociales tomen para prevenir los riesgos inherentes al nuevo credo serán pocas. Sin embargo, sería igualmente contraproducente evitar —e incluso prohibir— cualquier discusión concerniente a estos temas. Hacerlo iría contra la tradición occidental que siempre ha amparado la libertad de pensamiento. Además, no dejaría de equivaler a la táctica del avestruz, puesto que los procesos de cambio de la humanidad ya están siendo puestos en marcha, aunque no sea de acuerdo con los protocolos de los más exaltados partidarios del transhumanismo. La alimentación que tomamos, los medicamentos que utilizamos, los medios de locomoción, las comunicaciones, las prótesis de todo tipo —externas e internas— que empleamos, ya están modificando nuestras vidas de un modo que probablemente resultaría irreconocible para nuestros abuelos. La única posibilidad real de controlar el proceso, en lugar de convertirnos en sujetos pacientes y tal vez víctimas de él, consiste en tomar conciencia de lo que está ocurriendo, para detectar qué trayectoria estamos describiendo y dónde podemos ir a parar. En ese sentido, las utopías y distopías transhumanistas permiten ampliar el horizonte de la discusión y evitan que quedemos atrapados en cuestiones de detalle que con frecuencia impiden llegar al fondo del asunto.
La primera es que no estamos ante un fenómeno coherente o unitario. Hay más escuelas y sensibilidades de pensamiento trans y posthumanista que iglesias en el momento más álgido de la reforma protestante. Además, se da un caso de interferencia semántica. Hay una versión de posthumanismo que tiene que ver con la agenda del postmodernismo. Algunos de sus representantes impugnaron el ideal moderno e ilustrado de humanidad y se atrevieron a proclamar la «muerte» del hombre, como si este fuera un invento de Descartes que por su inadecuación y parcialidad debiera definitivamente ser superado. Hay en este debate un exceso de pretenciosidad por parte de unos cuantos intelectuales franceses, pues leyéndoles da la impresión de que Sócrates, Cicerón, Agustín de Hipona o Tomás de Aquino nada pensaron o dijeron que fuera relevante para el conocimiento de nosotros mismos. Me voy a abstener de referirme a ese debate y tampoco voy a entrar en casuísticas, ortodoxias y disputas de escuela. Cortaré por lo sano, dando una versión que no pretende ser original, pero sí reflejar el estado objetivo de la cuestión, más allá de sus variaciones particularistas.
Para ello distinguiré entre humanismo, transhumanismo y posthumanismo. El humanismo reconoce al hombre una identidad biológica más o menos invariable desde al menos unas decenas de milenios, que se ha ido configurando en una evolución cultural cada vez más integrada, de forma que en los albores de este nuevo siglo nuestra dependencia del medio ambiente y del basamento biológico ha dejado de ser pasiva y se ha vuelto cada vez más interactiva.
Los que los transhumanismos tienen en común es la tesis de que los humanos no estamos condenados para siempre al estatuto de mentes pensantes ligadas a un cerebro y un cuerpo legado por nuestros progenitores. Más que una antropología o un racimo de antropologías, suponen una filosofía de tránsito, la tesis de que no hay otros límites que los que la tecnociencia imponga para la transformación (en principio, para mejorarla) de la condición humana, aunque ello suponga dejar atrás nuestra propia identidad y los límites dentro de los cuales seguiríamos siendo reconocibles como especie biológica. Cambio sin límites es lo que prometen y exigen los transhumanismos, en principio se supone que, para bien, aunque la única garantía de que así sea es el optimismo de sus partidarios.
El humanismo reconoce al hombre una identidad biológica más o menos invariable desde al menos unas decenas de milenios
Hay quien se queda con el axioma de «el cambio por el cambio», en el buen entendimiento de que siempre será ascendente y que el espectro de mejora está abierto hacia el infinito. Otros en cambio prefieren pensar que a algún sitio tendremos que ir a parar, que en esta loca carrera de progreso acelerado llegará en momento que se ralentice e incluso se detenga. Cuando eso ocurra, se habrá alcanzado la meta del posthumanismo: una nueva especie o categoría de seres, que ya no serán humanos, pero sí sus legítimos herederos. Si tenemos la fortuna de que no sean unos ingratos y, por supuesto, si no racaneamos a la hora de hacerles sitio, ni remoloneamos a la hora de entregarles el testigo del progreso, tal vez nos dediquen un agradecido recuerdo y erijan algún tipo de monumento en memoria de sus humanos ancestros. Tal vez la nueva casta suponga la parusía definitiva o tal vez tenga, como nuestra especie, sus días contados antes de ser sustituidos por otros o acabar la saga de una vez por todas.
Como la mayor parte de lo que se diga al respecto, recuerdo una vez más, es puramente especulativo, creo que sería una pérdida de tiempo valorar como primera providencia la grandeza, bondad, belleza u horror de todo el empeño. Una persona o un colectivo cualquiera pueden muy bien decidir la consagración de todo o parte de su esfuerzo a impulsar o combatir tal o cual proyecto trans o posthumanista. No obstante, resulta delirante pensar que la humanidad en su conjunto vaya a tomar una postura al respecto, y aunque lo hiciera, de poco valdría, puesto que son muchos los pasos a dar antes de llegar a ninguna parte, y ni siquiera estamos en condiciones de adivinar cuáles podrían ser. Lo único que tiene sentido para mí y presumo también que para pedirles un momento de atención, es valorar la posibilidad de que algo remotamente parecido a cualquier trans o posthumanismo conocido llegue a convertirse en una alternativa real.
El primer aspecto a considerar es si los hombres y mujeres de ahora mismo tenemos algún poder de decisión al respecto. Hay quienes piensan que no, y que la sustitución de los humanos actuales por otro tipo de actores es algo que escapa a nuestro control, un acontecimiento tan ineluctable como el apagamiento del Sol cuando se agote el combustible nuclear que lo mantiene vivo. Kurzweil por ejemplo, lo compara a la caída de las piedras por la fuerza de la gravedad:
Tal y como un agujero negro en el espacio altera de forma dramática los patrones de materia y energía acelerándolos hacia su horizonte de sucesos, esta inminente singularidad de nuestro futuro está transformando paulatinamente cada institución y aspecto de la vida humana, desde la sexualidad hasta la espiritualidad3.
Si fuera así, podríamos ahorrar nuestros esfuerzos, puesto que nada significativo podríamos hacer en un sentido u otro. Pero cuando examinamos la evidencia disponible, lo más probable es que la humanidad sucumba sin dejar herederos por la colisión fortuita de un cometa o asteroide, o bien por un holocausto nuclear, antes de ser capaz de alumbrar formas de vida posthumana o de transferirse a sí misma fuera del planeta Tierra. Perspectiva, por supuesto, más desoladora aún que la transhumanista, incluso para los que sentimos poco entusiasmo por ella. Pero, en definitiva, mi conclusión es que no hay que perder mucho tiempo en adivinar cuál es el panorama que se divisa al final de la senda transhumanista, porque es más que probable que no haya ninguno. Sí resulta aleccionador, en cambio, estudiar cuál es el panorama que los transhumanistas pretenden divisar, porque eso nos muestra cuál es la imagen que de sí mismos tienen muchos contemporáneos y también cuál es el ideal en virtud del cual están dispuestos a resignar su propia identidad.
Parece plausible que la inspiración del transhumanismo haya sido la idea de enhancement o mejora que la revolución científica ha introducido en nuestras vidas. Hasta que Liebig desarrolló los abonos químicos, grandes hambrunas sacudían Europa con tétrica regularidad. Antes de que Pasteur nos enseñara a higienizar el agua y los alimentos, millones perecían por triviales infecciones intestinales. Esa pequeña pastillita que por las mañanas tomamos para controlar el azúcar, el colesterol o la hipertensión, nos otorga por término medio quince o veinte años más de vida que nuestros mayores. ¿Por qué detener esta dinámica una vez iniciada? Es rarísimo que en un país medianamente avanzado alguien muera por una úlcera de estómago, un cólico biliar o una piedra en el riñón. Bien es cierto que muchas patologías siguen resistiéndosenos, que surgen otras desconocidas, y que la vida moderna resulta insatisfactoria desde muchos puntos de vista. Hay tecnoescépticos que no creen que el balance de lo ganado y perdido sea positivo, pero me gustaría saber qué dirían si una máquina del tiempo los trasladara de repente a la época de la peste negra. Los transhumanistas lo tienen perfectamente claro, y están convencidos de que los males e insuficiencias de la civilización técnica solo se pueden remediar con más ciencia y más técnica. Todavía no sabemos del todo cómo curar el cáncer, evitar el alzhéimer, detener el envejecimiento o la caída del cabello. Razón de más para poner toda la carne en el asador y conseguirlo de una vez por todas. Conseguir una vida media en plenitud de facultades de 120 o 130 años no es algo a medio plazo desatinado. Claro está que cuando se consiga eso, parecerá demasiado poco a los que frisen esa edad. Hay optimistas que no descartan prolongar la vida humana hasta cinco o seis mil años, basándose en que hay algún tipo de alga o almeja que alcanza esas edades. La cantidad de revoluciones biomédicas que habría que propiciar para alcanzar este logro no se pueden ni imaginar. Y aun en el supuesto de que se consiguiera, un organismo preparado para ello todavía estaría expuesto a ataques y accidentes de la más variada condición que en un periodo tan largo serían prácticamente inesquivables. Sin contar que tantos años serían pocos para los que se acercaran a su límite con la moral bien alta y más que demasiados para los aburridos o deprimidos por tan larga biografía. El cuento El inmortal de Borges explica de un modo muy verosímil que la principal aspiración de quienes alcanzan tal condición es recuperar su mortalidad. Los riesgos de males irreversibles que estamos acostumbrados a sobrellevar resultan soportables precisamente en virtud de que la vida humana no da para tanto, incluso en condiciones óptimas. Si pudiera alcanzar cimas de excelencia y duración muy superiores, sería absolutamente inaceptable su fragilidad congénita, la circunstancia de estar constantemente sometidos al peligro de quedarnos a mitad de camino en cualquiera de sus respectos.
Cabe hacer estas consideraciones en abstracto, sin atender a todos los obstáculos objetivos que dificultan la empresa de hacer aumentar la longevidad y aptitudes de nuestros organismos. Obstáculos que, por otro lado, son formidables. La persona más longeva de la que hay constancia fue una tal Jeanne Calment, que murió 1997 con 122 años. Hay una foto de su último aniversario y creo que muy pocos desearían verse encerrados dentro de un estuche tan ruinoso. A ojos de la ciencia, la vida es un milagro de la bioquímica, porque conseguir que las moléculas que la sostienen sean como tienen que ser y se mantengan donde tienen que mantenerse es un logro admirable. Por cada fórmula para estar sano, hay millones de estar enfermo. Los evolucionistas saben que el número de mutaciones favorables es ridículo en comparación con las perjudiciales y deletéreas. En definitiva: la fragilidad nos sitia por todos los frentes, y para superarla definitivamente habría que pelear un número interminable de batallas imposibles.
Nada de esto es ignorado por los defensores del transhumanismo, cuyo optimismo es invulnerable, pero no desinformado. La rama más esforzada del movimiento permanece fiel a la vía fisiológica. Se me ocurre denominarlo «transhumanismo biologicista», porque lo fía todo a futuros avances de la cirugía, terapia génica, descubrimiento de drogas maravillosas, recambio de órganos, impresoras 3-D y reanimación de cadáveres congelados. Resulta encomiable su fidelidad a nuestra maltrecha salud y enternecedora la esperanza que contra toda evidencia sostienen de lograr una inmortalidad aquí y ahora, o al menos dentro del sistema solar y en un futuro más o menos remoto. No obstante, la mayor parte de los que consideraron todos los pros y contras han llegado a la conclusión de más vale tirar la toalla e intentar escapar de la cárcel de la carne pues, como proclamaban los pitagóricos, soma sema: el cuerpo es una tumba. Así se conforma la otra gran alternativa, que propongo llamar «transhumanismo cibernético» o de la inteligencia separada. Hasta cierto punto suponen el abandono de Aristóteles para volver a Platón, porque ven en el hombre una dualidad de aspectos del que solo uno tiene posibilidades objetivas de evitar lo inevitable.
Marvin Minsky, gurú de la inteligencia artificial4, es una voz autorizada dentro de este tipo de transhumanismo y hace más de veinte años decretó que la vía biológica lleva sin remedio al fracaso. Según él, la selección natural no preserva genes que prolonguen la vida más allá de lo necesario para cuidar a los retoños. Considera probable que la senescencia sea inexorable para todos los organismos biológicos: los sistemas genéticos no se diseñaron para seguir funcionando a muy largo plazo. Aunque haya posibilidad de prolongar la vida humana agregando o cambiando unos cuantos genes no es posible llegar demasiado lejos por esa senda. Otra manera de aumentar la longevidad radica en trasplantes o sustituciones de órganos. Pero, al llegar al cerebro, la cosa no funcionará, porque perderíamos los conocimientos y formas de actuar que constituyen nuestra identidad.
Según este autor, el progreso del conocimiento se está estancando debido a la lentitud de nuestros cerebros. A medida que conozcamos el funcionamiento de sus subsistemas, los reproduciremos y realizaremos prótesis que insertaremos en nuestra mente mediante interfaces electroquímicas. Al final, reemplazaremos todas las partes del cuerpo y del cerebro y así superaremos nuestras limitaciones.
Inútil es decir que con ello estaremos convirtiéndonos en máquinas. ¿Significaría eso que seremos reemplazados por máquinas? Mi impresión es que no tiene sentido enfocar la cuestión en términos de «ellas» y «nosotros»5
No obstante tampoco piensa Minsky que los cybors, criaturas mestizas biológico-informáticas, representen la solución definitiva. Para él, la idea de una matriz biológica se ha quedado obsoleta. No merece la pena colocarnos un puerto usb en la nuca para conectar el cerebro a un disco duro y potenciar la memoria o la capacidad de cálculo. Considera que es mejor empezar desde el principio, es decir, buscar un soporte más duradero para los procesos de tratamiento de la información que según su filosofía constituirían la esencia de la actividad mental. Al igual que los emperadores romanos adoptaban un joven prometedor como sucesor si desesperaban de la capacidad de sus hijos de sangre, este adelantado del transhumanismo propone que reneguemos de una vez por todas de nuestra especie y apostemos por otra que al fin y al cabo sería el producto de nuestras manos. La paternidad intelectual suplantaría a la paternidad biológica. Tal como responde a su propia pregunta: ¿Serán los robots los herederos de la Tierra? Sí, pero serán hijos nuestros6
La idea que late tras las elucubraciones de los transhumanistas cibernéticos es que la mente asociada al funcionamiento del cerebro puede y debe ser emulada con ventaja por procesos lógicos soportados por otros conductores de corriente eléctrica, tales como circuitos integrados, chips y cosas parecidas. Como apunté un poco más arriba, no deja de ser una apuesta por el dualismo, esto es, por la separabilidad estricta de mente y materia, cuerpo y alma o como lo queramos llamar. Es llamativo que la sombra de Descartes, uno de los autores más denostados por el materialismo contemporáneo, planee sobre los representantes de esta corriente de pensamiento, que en principio no tiene nada de espiritualismo. El filósofo francés afirmaba que hay una sustancia pensante distinta y separable de la sustancia extensa o corpórea. Esta corriente dominante del transhumanismo no pretende que haya tal cosa, pero sí que sea factible abstraer y separar lo mental de lo material-biológico, para transferirlo a un asiento material distinto, más eficiente y más duradero. La vieja noción de metempsicosis o transmigración de las almas es muy parecida, de manera que —dejando a un lado la idea de qué o quiénes heredarán la Tierra, el Sistema Solar o incluso la Vía Láctea— en la perspectiva de poder vaciar nuestra identidad psíquica y asentarla en soportes electromagnéticos muchos han visto una puerta para escapar de la muerte biológica. El pobre Walt Disney se habría equivocado al encargar que su cuerpo agonizante fuera congelado en espera de una resurrección tecnológica de la carne. Tampoco sería buena idea hacer que le congelen a uno la cabeza, como al parecer se está haciendo ahora porque resulta más barato. El único pasaporte válido hacia un más allá que no acaba de abandonar el más acá, consistiría en recopilar toda la información que atesora el cerebro y almacenarla en algún sitio, a la espera de la aplicación informática que sepa inspirarle nueva vida, reiniciando en un entorno virtual la truncada biografía desarrollada en el antieconómico y antiecológico entorno real. El escenario de la serie cinematográfica Matrix no está tan lejano si tal cosa fuera factible.
Otro de los pioneros del transhumanismo, Hans Moravec, ha escenificado cómo podría desarrollarse la crucial operación de extracción la mente para traspasarla del soporte biológico al tecnológico:
Le acaban de meter en el quirófano. […] Usted tiene a su lado un ordenador que espera convertirse en un equivalente humano. Lo único que falta para empezar a funcionar es un programa. [Mediante un bypass establecen un equivalente informático de una parte mínima de su cerebro]. Cuando usted aprieta el botón, una simulación del ordenador sustituye una pequeña parte de su sistema nervioso. Usted aprieta el botón, lo suelta y lo vuelve a apretar. No siente ninguna diferencia. En cuanto queda satisfecho, se establece permanentemente la conexión de la simulación. […] A medida que avanza el proceso, se va simulando y excavando su cerebro, capa tras capa. Finalmente, su cráneo se queda vacío […] Aunque usted no haya perdido la conciencia, ni siquiera el hilo de sus pensamientos, su mente ha pasado de su cerebro a una máquina7.
De principio a fin se trata por supuesto de un ejercicio de pura ciencia-ficción. Si contra toda evidencia aceptamos por un momento que, como en los cuentos de hadas, la fábula llega a realizarse en un día muy, muy lejano, podríamos libremente especular con toda clase de quimeras, como la de las máquinas teleportadoras, capaces de elaborar un mapa exacto de hasta la última molécula de nuestros organismos y enviar a la velocidad de la luz esa información a terminales lejanos para reproducirlos allí, al tiempo que hacen desaparecer la versión original. Roger Penrose llama humorísticamente la atención sobre alguna de las truculentas paradojas que entonces podrían producirse:
¿Qué sucedería si la copia original del viajero no fuera destruida, como requieren las reglas del juego? ¿Estaría su «consciencia» en dos lugares a la vez? (Trate de imaginar su respuesta cuando le dicen lo siguiente: «¡Oh Dios mío!, ¿de modo que el efecto de la droga que le suministramos antes de colocarle en el Teleportador ha desaparecido prematuramente? Esto es un poco desafortunado, pero no importa. De todos modos le gustará saber que el otro usted —ejem, quiero decir el usted real, esto es— ha llegado a salvo a Venus, de modo que podemos, ejem, disponer de usted —ejem, quiero decir de la copia redundante que hay aquí—. Será, por supuesto, totalmente indoloro»)8.
Además, ¿por qué hacer una única reproducción? Con dos podría resolverse el problema de la bilocación. Por supuesto, el Real Madrid y el Barcelona estarían muy felices si pudieran hacer once o doce teleportaciones seguidas de Ronaldo o Messi del vestuario al centro de estadio. Es extraordinariamente difícil entablar y sostener una discusión racional cuando el interlocutor se evade de la realidad de este modo y da por resueltos miles de problemas que con toda probabilidad resultarán irresolubles. Se trataría como mucho de un caso de racionalidad intermitente: se deja en suspenso la razón cada vez que hay que postular una nueva proeza tecnocientífica y luego se retoma el hilo de la discusión. Si uno tiene aguante suficiente y consigue reprimir las ganas de reír, las cosas pueden llegar increíblemente lejos. Uno de los casos más extraordinarios que conozco en este sentido lo ofrece el —por otra parte prestigioso— físico Frank Tipler en su extensa obra Física de la inmortalidad. Da por alegado y aceptado que un ser humano cualquiera puede ser reducido a 10 elevado a 45 bits de información9 y el universo visible en su conjunto a 10 elevado a 10 elevado a su vez a 123 (para los que se pierdan en el manejo de grandes números, añado que, en comparación, la cantidad de átomos que hay en ese mismo universo no pasa de 10 elevado a 80)10. Un súper cd, pendrive o disco duro capaz de almacenar ese ingente caudal de ceros y unos sería el recipiente adecuado para conservar esos certificados de inmortalidad. Pero hay un problema, y es que los soportes de información electromagnética disponibles no ofrecen ninguna garantía de conservación ni siquiera a medio plazo. En unos pocos decenios los datos se volatilizan por sí mismos, mientras que una simple hoja de papel en condiciones razonables consigue mantener durante siglos la legibilidad del mensaje escrito en ella. Por tanto, cabría pensar que ofrece más garantías de supervivencia el embalsamamiento que la codificación electromagnética. Pero, claro está, si tenemos tragaderas suficientes para aceptar que una persona es reductible a 10 elevado a 45 bytes y se puede encontrar la forma de hacerlo, nada cuesta añadir el milagrito tecnológico suplementario de inventar cómo guardarlos a prueba de eones y cataclismos. Surge una dificultad ulterior, y es que la Tierra puede durar a lo sumo unos cuantos miles de millones de años, de modo que después de ese lapso el superordenador que contenga a la humanidad entera y sus promesas de salvación tendrá que ser embarcado en un versión futurista del arca de Noé, e iniciar una navegación cósmica de estrella en estrella y luego de galaxia en galaxia, hasta que el universo mismo entre en estado de comatosa senectud. Les ahorro la estimación del número de veces que tendríamos que cerrar los ojos a inverosimilitudes científicas para dar por bueno el periplo. La vida eterna del físico exige muchos más dogmas y desde luego muchísimos más milagros que la del teólogo. Al final, la limitación y contingencia del universo se imponen a las ansias de infinitud y eternidad que cualquiera de nosotros pueda sentir en abstracto. Pero ahí, y esa es la fórmula de salvación que propone Tipler, nuestra condición subalterna posibilita una versión subjetiva de esas aspiraciones metafísicas que en cierto modo suplantan y subsanan su fracaso objetivo:
Por tanto, aunque un universo cerrado existe solo por un tiempo propio finito, de todas formas podría existir durante un tiempo subjetivo infinito, que es la manera de sentir el paso del tiempo que tiene sentido para los seres vivos11.
Los malos escolásticos hacían las distinciones más increíblemente sutiles para escapar a una conclusión que de otro modo fuera obligado aceptar a regañadientes. De modo semejante, los que quieren encontrar en la ciencia una salvación que esta no es capaz de ofrecer, apuran la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad del modo más abusivo, buscan localizaciones tan insólitas como el disco de acrección de un agujero negro o de la singularidad final del cosmos para que en ellas el tiempo se detenga dando lugar a un pobre sucedáneo de eternidad.
¿Qué puedo decir para poner término a mi charla? Vale la pena escuchar hasta el final los alegatos de los diversos portavoces del transhumanismo. Poco a poco uno va tomando conciencia de que lo que le mueve a rechazarlo es algo más que repugnancia moral, conservadurismo antropocéntrico o antipatía hacia las religiones cienciológicas. El castillo de naipes se va haciendo cada vez más inestable a medida que se le agregan pisos y más pisos, hasta que acaba derrumbándose por el peso de su propia inconsistencia. La quimera se convierte poco a poco en pesadilla, el paraíso prometido cobra acentos infernales y por último solo nos consuela del desamparo de vernos en él la convicción creciente de que, como los malos sueños, estallará en un momento dado como una pompa de jabón. Frente a tanto falso profeta no es el único que se ha atrevido a denunciar la desnudez del rey, pero con buenas razones ha desbaratado Roger Penrose las pretensiones de todos los humanismos no biologicistas12. Estos necesitan como primera providencia reducir la mente humana a un complejo algoritmo lógico. La mente humana simplemente no funciona así13. No es un programa informático susceptible de ser activado en los más variables soportes. La unión entre cuerpo y alma es mucho más íntima que lo que Platón, Descartes y los transhumanistas cibernéticos pretenden. Y por lo que se refiere al polo psíquico del hombre, tampoco se reduce a una mera funcionalidad fisiológica o bioquímica como presumen los transhumanistas biologicistas, porque la función de hacerse autoconscientes y ejercer como tales, no puede ser no ya explicada, sino siquiera concebida desde cualquier punto de vista científico-natural, ya sea informacional, biológico, físico, químico o bioquímico, por la sencilla razón de que la ciencia solo trata de objetividades y es incapaz de generar la perspectiva de primera persona que es la que define lo subjetivo. En cualquiera de sus versiones, transhumanismo y posthumanismo suponen intentos de reducir la metafísica a física, de conseguir que la ciencia efectúe todo el trabajo de la filosofía y de la religión. Y eso, por muchos méritos que le reconozcamos a la ciencia es algo que, sencillamente, no es posible hacer.
NOTAS
1 Texto de la conferencia pronunciada el 2 de junio de 2017 en el V Congreso Internacional de Tecnologías Emergentes y Sociedad (cites), Logroño: «El profesor universitario de hoy ante los desafíos del posthumanismo y transhumanismo».
2 Véase Snow, C. P., Las dos culturas y un segundo enfoque, Madrid, Alianza Editorial, 1987.
3 Kurzweil, R., La singularidad está cerca, Berlín, Lolabooks, 2012, p. 7.
4 Minsky, M., «¿Serán los robots quienes hereden la Tierra? Así será, pues la nanotecnología permitirá crear cuerpos y cerebros de repuesto. Entonces viviremos más, poseeremos mayor sabiduría y gozaremos de facultades inimaginadas», Investigación y Ciencia, diciembre 1994, pp. 86-92.
5 Minsky, M., «¿Serán los robots quienes hereden la Tierra?», p. 89.
6 Minsky, M., «¿Serán los robots quienes hereden la Tierra?», p. 92.
7 Moravec, H., El hombre mecánico. El futuro de la robótica y la inteligencia humana, Barcelona, Salvat, 1993, pp. 130-131.
8 Penrose, R., La nueva mente del emperador, Madrid, Mondadori, 1991, pp. 53
54. 9 Véase Tipler, F. J., La física de la inmortalidad. Cosmología contemporánea: Dios y la resurrección de los muertos, Madrid, Alianza, 1996, p. 367. 10 Tipler, F. J., La física de la inmortalidad, p. 287. 11 Tipler, F. J., La física de la inmortalidad, p. 189. 12 Véanse: Penrose, R., La nueva mente del emperador, Madrid, Mondadori, 1991; Las sombras de la mente, Barcelona, Crítica, 1996. 13 He tratado de ofrecer una visión panorámica del asunto en: Arana, J., La conciencia inexplicada, Madrid, Biblioteca Nueva, 2015.
MIGUEL ÁNGEL GOZALO: Si usted me lo permite, podríamos empezar con una frase de Umbral, que dice lo siguiente: «Lo malo del articulismo es que nos roba el presente. El articulismo supone sacrificar la verdad a la actualidad. En tiendo por verdad la constatación gustosa del presente, el tiempo sin fisuras, el campo sin puertas, la afluencia natural de la vida». Esto que escribía Umbral y yo lo comparto: la actualidad en la que vivimos inmersos estos días de una manera frenética quizá nos supone sacrificar la verdad. ¿Es ese el riesgo del articulismo?
CARMEN POSADAS: Lo que pasa es que yo tengo el problema contrario, porque yo escribo en XL Semanal y ten-go que hacerlo con dos semanas de anticipación. Lo que yo escribo ahora se publica dentro de dos semanas, y eso me complica muchísimo la vida, porque no puedo escribir nada que sea de muy rabiosa actualidad: seguramente a las dos semanas va a quedar obsoleto. Lo que hago es escribir sobre cosas muy atemporales, así que mi caso es al revés: Umbral tenía que escribir todos los días, todos los días tenía que salir con un artículo. En cambio, yo ese problema no lo tengo, tengo otros. Pero ese no.
Esa mirada atemporal nos puede llevar hacia atrás, hasta los clásicos. Dado que Nueva Revista es una publicación de orientación universitaria, dedicada a un público que vive la actualidad, pero quiere asomarse también al pasado del que venimos, ¿qué recomendación daría Carmen Posadas en torno a los clásicos?
Es una enseñanza que tuve hace mil años, cuando fui con mi padre a Pompeya. A papá le encantaba leer a los clásicos y de repente nos empezó a leer a Plinio el Viejo. Y Plinio el Viejo empezaba así: «La juventud de ahora es lo peor que he visto nunca, nunca se ha visto gente tan superficial, tan ignorante…». Todo lo que nosotros decimos ahora, de los jóvenes o de cualquier otra cosa, ya le preocupaba a Plinio el Viejo. Ahí me di cuenta, de que, como dicen los franceses, cuanto más cambian las cosas, más se parecen a lo anterior. Así que eso hay que tenerlo muy en cuenta precisamente cuando uno analiza la actualidad y cuando uno quiere, sencillamente, mirar a su alrededor. Ayuda a relativizar y a saber que todo esto ya ha pasado antes.
¿Y puede Carmen Posadas intentar hacer el papel de su padre con nosotros y recomendarnos qué debemos leer, además de a Plinio el Viejo?
Plinio el Viejo es bastante más divertido de lo que parece.
Seguro que lo leía también Cervantes, que en El Quijote metía de todo. Hay una frase que nuestro primer escritor cuelga del bachiller, que dice: «No hay libro tan malo que no tenga algo bueno», y es de Plinio, no sé si el Viejo o el Joven. Pero, para seguir con los clásicos, ¿qué tenemos que hacer para recuperarlos, en un mundo que vive tan presionado por las maquinitas, por las redes sociales, por el teléfono móvil?
Mi recomendación es, simplemente, que no los olviden. Y vuelvo a una anécdota personal: he descubierto que a mis nietos, a diferencia de lo que les pasaba a mis hijas o lo que me pasaba a mí, no les gusta que les cuentes dos veces el mismo cuento. Es rarísimo, porque a los niños lo que les gustaba era que les repitiese el cuento eternamente. Yo, siguiendo lo que había hecho con mis hijas y lo que mi padre había hecho conmigo, les hablaba de Ulises y les contaba la historia del caballo, y después les hablaba de la Odisea y de las trampas de Ulises una vez más. Y me dicen: «Quiero otro cuento». A mí eso me parece bastante grave, porque la manera en que nosotros hemos transmitido la información, hasta ahora, era a base de repeticiones, siempre a base de repeticiones. Pero, ahora, los niños, cuando les has contado el cuento de Ulises, quieren que les cuentes otro. O sea, que nunca recordarán el cuento de Ulises, porque si lo cuentas solo una vez, no lo van a recordar. Así que mi consejo para todos, y especialmente si son personas vinculadas a la enseñanza, es que nada se aprende si se lee una sola vez. La repetición y el volver a los clásicos es lo que crea un acervo y un poso cultural. Y sin ese poso cultural no se puede entender nada: no puedes entender la literatura, no puedes entender la pintura, vas a un museo y no sabes lo que estás viendo, no puedes entender la música, no puedes entender el presente, porque, como antes he dicho, todo ha pasado ya. Y si no aprendemos en los libros tendremos que aprender en nuestras cabezas. Un golpe en nuestra cabeza que va a ser peor.
Hablando de cuentos. Carmen Posadas empezó con los cuentos. ¿Sigue escribiendo cuentos para niños, o eso lo ha abandonado?
Cada dos años, más o menos, me gusta hacer algo para niños. El año pasado me pidió una marca de chocolates muy conocida que hiciera un cuento para que los mayores volvieran a recuperar la ilusión de la Navidad: era un cuento que un niño le contaba a un adulto. Eso fue el año pasado, así que este año no voy a hacer nada para niños, pero posiblemente el año que viene sí.
Ahora, si me permite el tópico, la pregunta clásica en una entrevista a una escritora: ¿Por qué se escribe?
Mi padre decía que después de lo que habían escrito Cervantes y Shakespeare no tenía nada que añadir, por eso nunca escribió una línea. Mi padre era un gran lector, una persona que aprendió griego para leer a Homero, y ruso para leer a Tolstói. Yo creo que escribir a lo que ayuda es, sobre todo, a ordenar las ideas, a reflexionar. A la gente que tenga un problema, el que sea, yo la recomiendo que lo escriba, porque cuando uno tiene un problema, tiene todas las ideas dando vueltas en la cabeza como si fueran moscardones. La manera de que eso se pose y de tener una visión un poco más fría del asunto, es ponerlo por escrito. Así que escribir ordena las ideas, sobre todo.
Déjeme caer en otro tópico: ¿qué libro se llevaría a una isla desierta? Ya sé que no quedan islas desiertas y que hay que leer de todo. Pero hábleme de sus lecturas preferidas.
El libro que me llevaría a una isla desierta, seguro, es la Biblia, pero no por temas religiosos, que también, sino porque en la Biblia está todo. En realidad, la Biblia no es un libro, es una biblioteca. Hay poesía, hay ciencia ficción, toda la historia de Elías con el carro y de Jonás con la ballena, todo es ciencia ficción; hay novela negra; hay pornografía; hay lo que quieras dentro de la Biblia. Es un libro inagotable y algunos libros en concreto, como el libro de Job, son una pieza de arte, una maravilla como están escritos.
De lo que ha escrito Carmen Posadas, ¿qué destacaría, qué seleccionaría? ¿Hay algún libro por el cuál sienta especial cariño?
Eso es tan difícil como cuando a uno le preguntan a qué hijo quieres más, pero, en fin, a cada uno lo quiero por distintas razones. A Pequeñas infamias porque gané el Premio Planeta con él. Otra biografía de la Bella Otero es un libro que escribí en un momento muy complicado de mi vida. Porque murieron mi padre y mi marido con dos meses de diferencia y yo estaba escribiendo ese libro y me ayudó mucho a pensar en otra cosa, a olvidarme de mí misma y a sumergirme en otra vida que no era la mía, pero que me salvó de mucha pena y de mucha angustia. Y, después, hay otro libro, Hoy caviar, mañana sardinas, al que tengo mucho cariño, porque lo escribí a medias con mi hermano Gervasio y es como un poco las memorias de dos hijos de diplomáticos a los que sus padres arrastran por el mundo, cambiando de colegios o cambiando de país, cambiando de vida cada cuatro años. Le llamé Hoy caviar, mañana sardinas, porque es un poco la metáfora de la vida de los diplomáticos. Un día estás comiendo caviar con la reina de Inglaterra y, al día siguiente, un grasiento bocadillo de sardinas en una «oficinucha» de un ministerio.
El título recuerda el del libro de Cabrera Infante sobre cine, que se llama Cine o sardina. Él no era hijo de diplomático, en su Cuba no había caviar, y su madre le daba a elegir entre cena o cine… Usted, lo de ser escritora, ¿cuándo lo decidió? ¿Cómo fue eso? ¿Una mañana se dijo «voy a ser escritora»?
Bueno, yo me dedico a escribir porque era una niña tan tímida, de esas que cuando la miraban, se tiraba encima la coca-cola, tartamudeaba y cosas así. Además, era la fea de mi familia, todas mis hermanas eran divinas. Y las que hemos sido feas de niñas, seguimos pensando que somos así, que eso no tiene arreglo. Y yo me iba a mi cuarto, y escribía un largo diario, horrible y cursilísimo, que por suerte perdí, que es el comienzo de mi vocación literaria. Por ahí empezó todo.
Oscar Wilde dice que la memoria es el diario que llevamos de una parte a otra.
¿Eso dice Oscar Wilde? Wilde tiene también una frase muy divertida sobre los diarios: «Siempre llevo mi diario conmigo en los trenes, hay que tener algo sensacional para leer entre estaciones».
Y cuando le preguntaban en la aduana si tenía algo que declarar, decía: «Solamente mi talento». Eso era seguridad, aunque la cosa acabara mal. Ciertas niñas tímidas, cuando se consagran como escritoras, ¿conquistan la seguridad?
No, esto de la timidez, no se cura nunca. Es una enfermedad crónica y lo único que se aprende es algún truco para que se note menos. Pero yo siempre pienso que le debo mucho más a mis defectos que a mis virtudes; si yo no hubiera sido esa niña tan acomplejada y tan tímida y tan fea y tan poco graciosa, nunca me hubiera dedicado a escribir.
Me hubiera dedicado a jugar al bridge o algo por el estilo, que es lo que hacían mis amigas. Así que, si estoy aquí, es gracias a mis defectos. En concreto, ese y otros muchos.
Hubo un momento en que usted pertenecía más al mundo del bridge y de la revista Hola, que al de las revistas culturales. Eso ¿cómo se lo quitó de encima?
Con mucho trabajo. Porque para un escritor es letal. Es una cosa terrible. Nadie te toma en serio si estás saliendo todo el día en el Hola. Y me costó bastante. Pero después descubrí el truco, que tampoco es tan complicado y que consiste en no dar cuartos al pregonero. Las personas que salen en las revistas del corazón es porque ellas mismas lo fomentan. La prueba está en que hay muchas personas, de una misma familia, que unos son muy conocidos y otros no los conoce nadie. Para poner un ejemplo que todo el mundo pueda recordar, los hijos de Carmen Franco. Carmencita Martínez Bordiú está en todas partes, pero son seis hermanos y a la mitad de ellos nadie los conoce. O sea, quien no quiere, no sale en las re-vistas del corazón. Es cuestión de no alimentar el monstruo.
Los escritores también tienen hábitos. ¿Cuáles son los suyos?
Yo soy diurna, me levanto muy temprano. Hago una tablita de gimnasia, insignificante, pues son solo quince minutos, pero a rajatabla. Pase lo que pase, caiga quien caiga, yo esa tablita no la dejo de hacer nunca en ninguna parte. Y después me siento a escribir frente al ordenador hasta la hora de comer. Algunos días escribo mucho, y escribir mucho a lo mejor es escribir un folio. Y si no sale nada, corrijo, vuelvo atrás y corrijo lo que ya tengo escrito. Pero me prohíbo terminantemente levantarme de esa silla hasta la hora de comer. Después, por la tarde, leo. Esa es más o menos mi rutina.
¿Podemos saber en qué está metida ahora?
Ahora estoy empezando una novela, pero a pesar de haber nacido un viernes 13, y no ser nada supersticiosa, ten-go una sola superstición y es no hablar de los libros que no existen, porque me dan un mal fario horrendo. Así que si me lo pregunta dentro de unos meses, se lo puedo contar.
¿Alguna manía a la hora de escribir?
Cuando empecé en esto tenía muchas manías. Tenía que escribir a mano, en un cuaderno que se abriera de delante a atrás y no de lado, y hacerlo con un rotulador negro. Y, además, con una manzana cerca, porque me habían dicho que Agatha Christie tenía una manzana en la mesa donde escribía y a mí me encantaba Agatha Christie. Yo tenía una manzana y tomaba té. Toda esa rutina y todo ese ritual… Ahora, como tengo interrupciones, y tengo que escribir en los aeropuertos, en los aviones, en el tren, ya no tengo ninguna manía y escribo donde puedo.
El escritor tiene el reflejo en el público. Ya Larra se preguntaba, en su tiempo, qué es el público y dónde se encuentra. Usted, ¿dónde ha encontrado su público?
Hasta hace poco, nosotros no conocíamos a nuestro público. Ibas a la feria del libro y apenas te encontrabas con gente que te había leído. Ahora el público aparece entre las redes sociales y los clubs de lectura, que son un invento maravilloso. Dios bendiga al inventor de los clubs de lectura, donde se hacen muchos encuentros con lectores. Para mí ha sido de las cosas más emocionantes. Bueno, primero quiero hacer un homenaje a las libreras. Las bibliotecarias, normalmente, son las que organizan esto, y además a pulmón, sin ayuda de ningún tipo. Usando su tiempo libre, incluso trabajando los fines de semana, han conseguido incorporar al mundo de la lectura a muchas mujeres que apenas leían y que habían tenido otras prioridades (criar a sus hijos, trabajar, etc.) y que de repente han descubierto la literatura. Y es que llegas a un club de lectura, y estas mujeres te reciben como si fueras Madonna. Es una emoción. Es realmente extraordinario. Es de las cosas más bonitas que uno puede encontrar. Y, además, cuando te encuentras con esos lectores, te descubren una cantidad de cosas que tú no sabías ni siquiera que habías escrito. Un libro no es lo que un escritor escribe sino lo que un lector lee. Y siempre hay lecturas inesperadas.
¿Le ha hincado el diente al libro electrónico, o no le gusta?
Lo he intentado, pero he fracasado estrepitosamente porque para mí leer es un ritual. Es importante el tacto, es importante el olor, es importante el subrayar; yo creo que el libro, tal como lo conocemos, es un invento perfecto y de momento no se ha conseguido superar. La prueba está que el libro electrónico empezó con mucha fuerza, todo el mundo pensó que iba a acabar con el libro de papel, y ahora se ha estancado y está bajando. La gente, en el libro electrónico, solo lleva novelas rosas y novelas policíacas. Es lo que más se vende en e-book.
Las nuevas tecnologías, ¿no conspiran contra la lectura tal como la hemos venido entendiendo hasta ahora? Me refiero a eso de lo que hablábamos al principio, la tiranía de la actualidad. Esa necesidad de vivir pendientes del teléfono, de mirar el WhatsApp contestando mensajes…
Sí, sobre todo conspira contra la capacidad de prestar atención a algo. Todos picoteamos. Entras en Internet y lees un titular, lees otro titular, lees por aquí y por allá. Con lo cual estás haciendo unas lecturas muy epidérmicas, y yo creo que eso es malo, porque leer requiere una cierta concentración y eso se está perdiendo.
Ha impartido charlas en varios centros Cervantes recientemente, ¿no? Ahí, ¿qué explica?
He estado hace poco en Estocolmo y en Miami. No doy conferencias nunca. A mí me gusta mucho este formato: hago una charla con un interlocutor, y entonces hablamos de lo que surja, un poco como lo que estamos haciendo usted y yo en este momento.
¿También ha encontrado un público receptivo?
Bueno, ahora vengo de Miami, donde estuve hace una semana, y yo iba asustadísima, porque me habían preparado un encuentro de lectores en una biblioteca maravillosa que hay en Miami. Extraordinaria, antigua, una preciosidad. Y yo iba temblando, porque yo siempre soy muy pesimista, diciéndome que no iba a haber nadie. ¿Quién me va a venir a ver en Miami? Bueno, pues estaba hasta arriba.
Es que Miami es un poco España. Comparte valores con nosotros, ¿no?
Además, es una ciudad en la que no hace falta hablar una sola palabra de inglés. En todo el tiempo que estuve, no sé si habré dicho Thank you.
Cuando conocí a Horacio Aguirre, que fundó el Diario de las Américas, un gran periódico en español de Miami, le pregunté la hora y me dijo: «¿Cuál quiere usted, la de la Puerta del Sol o la de aquí? Porque en este reloj llevo la de la Puerta del Sol». Era un periodista de origen nicaragüense, un tipo fantástico, que, por cierto, acaba de morir, y que lo primero que me dijo fue: «Si usted quiere que no se sepa de qué hablamos, hable en inglés. Porque el español lo sabe aquí todo el mundo». Usted, Carmen, ¿cómo ve el papel de España como parte de la comunidad iberoamericana? Porque Nueva Revista también está mirando hacia allí.
Yo tuve la suerte de que la agencia EFE me diera un premio este año, el Premio Iberoamericano de Periodismo, por un artículo que se llamaba Soñar en español, y es un artículo que yo escribí cuando se estaba postulando Trump para la presidencia, y en un momento dado él dijo que lo primero que haría nada más llegar a la Casa Blanca sería cerrar las páginas en español. Es lo primero que dijo. Entonces, me acordé de una frase de Carlos V, que me parece muy bonita. Él decía: «Yo hablo francés con los embajadores, italiano con las mujeres, inglés con los caballos, alemán con los soldados y hablo español con Dios». Y luego añadía: «Y también sueño en español». Entonces a mí me encantó esa frase, soñar en español, porque, mal que le pese a Donald Trump, en este momento hay nada menos que cincuenta millones de personas en Estados Unidos soñando en español. No tiene nada que hacer. Él tiene el caballo de Troya, y en este caso un maravilloso y magnífico alazán con una vía enorme, y eso no va a cambiar, al contrario. Dentro de poco, seguramente Estados Unidos va a ser el mayor país hispano parlante del mundo. Eso no lo para ni Trump ni nadie.
Soñamos en español. ¿Qué habría que hacer para mejorar la enseñanza, no solo del español, sino la enseñanza en general, en el ámbito hispano? En España, hemos acometido una serie de reformas pero ninguna ha cristalizado y ahí seguimos atascados, y se quiere hacer un pacto por la educación. No hemos sido capaces de crear una opinión pública firme, casi sagrada, en torno a la enseñanza. Me gustaría conocer su opinión.
Voy a decir dos cosas muy carcas, pero de vez en cuando las cosas carcas tienen su función en la vida. Una sería recuperar una cierta disciplina: que los alumnos respeten a los profesores. Esto, que parece tan elemental, no se cumple. Con lo cual es muy difícil aprender de alguien de quien ni admiras ni respetas, para empezar. Y la segunda cosa que yo diría es que habría que recuperar una cierta jerarquía respecto a nuestros hijos. Nosotros venimos de una educación muy estricta (no es mi caso, porque mis padres eran muy liberales, pero en general los padres eran de esa mentalidad tan severa de «cuando seas padre comerás dos huevos» o «aquí no se habla si yo no te doy permiso», etc.). Nosotros nos convertimos en unos padres demasiado blandos que permitían todo a sus hijos. Yo me acuerdo que cuando me hacían entrevistas siempre me preguntaban: «Usted, que se lleva tan poca diferencia de edad con sus hijos (yo me llevo veintiún años con mi hija) será su mejor amiga». Y yo respondía: «No. Perdone, no soy su mejor amiga, soy su madre». En aquella época me miraban como si fuera una bruja, un monstruo. ¿Cómo es posible que diga que no es amiga de sus hijos? Me parece mucho más importante ser su madre que su amiga. Yo creo que hay que recuperar un poquito esa jerarquía, porque además los niños agradecen tener un referente. Si te pones de colega con tu hijo no puedes ser un referente.
MÁG: Seguro que eso está también en los clásicos. CP: Seguro que está en los clásicos, seguro que Plinio el Viejo decía «qué horror, qué juventud tan desparramada, que no consigue aprender nada».
En un programa de televisión, Carmen Martínez Bordiú le preguntó a Mario Vargas Llosa, en directo, qué hacía ella para que sus hijos leyeran, porque no eran aficionados a la lectura. Y Vargas Llosa le dijo: «Prueba con El conde de Montecristo, y ya verás cómo sí se aficionan». Usted, ¿qué recomendaría a unos primeros lectores?
Les recomendaría La isla del tesoro. Yo tengo una educación muy inglesa. Tanto en Uruguay, como aquí en España y en Inglaterra, he ido a colegios ingleses, y tienen un sistema que a mí me parece muy bueno y que habría que copiar. Aquí en España, por ejemplo, hay una forma de enseñar literatura que me parece bastante absurda. Para empezar, no te enseñan a leer. Cuando tú das Lope de Vega, siempre te dicen: «Apréndete los títulos de las obras de Lope de Vega», pero jamás ves un texto de él y luego, bastante a menudo, existe la obsesión de recomendar libros que no son para esa edad. Yo me acuerdo de que te decían: «Bueno, niños, para el jueves, La Celestina». Ibas a tu casa desolada y entonces tenías que leerte La Celestina. El mensaje era: «leer es un deber y un aburrimiento». En cambio, en los colegios en Inglaterra lo que hacen es leer en clase, y no solamente leen en clase, sino que cada alumno adopta un papel. En La isla del tesoro, uno es Jim Hawkins, otro es John Silver, el pirata, el otro es el Almirante Trelawney y entonces el mensaje es: «leer es divertido». Eso es muy importante para empezar, porque leer es un hábito. O se tiene o no se tiene. Y la única manera de adquirirlo es leer cosas divertidas. Un niño de diez años no va adquirir el hábito de leer leyendo La Celestina.
(Para cerrar esta tarde de clásicos, a la salida de la entrevista me doy de bruces con el teatro Bellas Artes, al que, de la mano de UNIR Teatro, se ha encaramado Miguel de Cervantes Saavedra, con una función de santos titulada nada menos que El rufián dichoso, nunca representada hasta ahora. Cervantes no tenía tirón teatral, perdía siempre ante Lope. Pero la puesta en escena de esta comedia demuestra, una vez más, que los clásicos están ahí para decirnos algo que debemos escuchar y que Cervantes sigue dando pasatiempo «al pecho melancólico y mohíno», como cuando lanzó mundo adelante, con un mensaje universal, a El Caballero de la Triste Figura).
Con este título en alemán [Was heisst akademisch?] publicaba Josef Pieper en 1952 un interesante libro de apenas un centenar de páginas, que aparecería en España en 1962 con otros tres textos en un volumen bajo el título genérico El ocio y la vida intelectual (Rialp, Madrid, 340 págs.). En 1964 Pieper encabezaría la segunda edición ligeramente ampliada de aquella obra con una jugosa cita del Oxford Dictionary: «Academic: […] Not leading to a decision; unpractical». Han pasado más de cincuenta años y a lo largo de estas décadas ha habido serios intentos de transformar lo académico desde su raíz; sin embargo, para muchos aquella cuarta acepción del diccionario oxoniense quizá sigue siendo válida hoy.
Hay un cierto consenso general de que asistimos a un declive de la universidad en el mundo occidental, a una pérdida de su importancia como conformadora de la sociedad y proliferan las dudas acerca de la relevancia de la institución universitaria para la investigación científica e incluso de su efectiva eficacia docente. Tiende a echarse la culpa de este proceso a la progresiva mercantilización del espacio académico, al papel creciente de los gestores y gerentes en el gobierno de las universidades y a la expansión de las enseñanzas online. Sin embargo, para mí la raíz de ese descarrío se encuentra principalmente en la pérdida del sentido del trabajo de tantos profesores, transformados muchas veces —parafraseando a Weber— en funcionarios sin alma o burócratas sin corazón.
La clave para una revalorización de lo académico se encuentra en comprender que quienes nos dedicamos a la enseñanza superior enseñamos a ser mejores, esto es, a desarrollar un estilo de vida mejor, más razonable; aspiramos a vivir —y a enseñar a vivir— de acuerdo con unos principios de los que somos capaces de dar razón. Como decía Mary Ann Glendon, profesora de Harvard, cuando agradecía el doctorado honoris causa que le había sido conferido en mi universidad: «Podemos dar razones de las posiciones morales que mantenemos». Quienes se empeñan en enseñar esto son los auténticos maestros, los verdaderos académicos en la mejor tradición de la Academia de Platón. El ámbito académico impregna nuestra vida de un hondo sentido vocacional, de un genuino empeño por el perfeccionamiento personal, que queremos compartir con los demás y que es verdaderamente lo que la sociedad necesita y espera de nosotros. Los profesores hemos de estar persuadidos de que tenemos algo valioso que ofrecer a nuestros alumnos, algo que no pueden aprender en los más prestigiosos bufetes o en las empresas más competitivas por mucho dinero que puedan ganar allí.
Tradicionalmente suele dividirse el espacio académico en tres ámbitos: la docencia, la investigación —que hoy se interpreta en términos meramente cuantitativos, de publicaciones en revistas de impacto— y la asistencia, el servicio o la gestión universitaria. En mi breve presentación en estas páginas pretendo abordar tres actitudes básicas que conforman lo académico en su raíz y que han de impregnar la actividad académica en esos tres ámbitos para que esta dé sus mejores frutos: 1º) el amor a la libertad y su lógica consecuencia que es el pluralismo; 2º) el amor a la verdad que mueve a los académicos y se nutre de la experiencia efectiva del crecimiento de la ciencia; y 3º) la cordialidad o amable convivencia dentro de la universidad.
Como es bien sabido, la Constitución española de 1978 reconoce en su artículo 20, c) «la libertad de cátedra», y en el artículo 27, 10 «la autonomía de las Universidades en los términos que la ley establezca». Verdaderamente es importante este marco legal para entender la universidad como un espacio genuino de libertad, de la libertad propia y de la libertad de los demás. El antiguo rector de la Universidad del País Vasco, Pello Salaburu, escribía hace unos meses en su blog a propósito del debate en las universidades norteamericanas sobre los límites a la libertad de expresión: «No puede haber una buena universidad, al menos tal como yo concibo el papel de estas instituciones en el siglo XXI, si en ese ámbito se pone en tela de juicio la libertad personal de los universitarios. No existe buena universidad sin libertad. Si no se permite, en particular, la libertad académica y la libertad de expresión».
El monopolio del espacio universitario por parte de «lo políticamente correcto» es un atentado contra el auténtico espíritu de libertad académica anclado —me gusta verlo así— en la disputatio medieval. Para los viejos maestros todas las opiniones formuladas con seriedad merecían ser escuchadas y discutidas, pues de cada una de ellas había algo que podíamos aprender. Como pone el poeta Salinas en boca del labriego castellano: «Todo lo sabemos entre todos».
No hay una única razón universal como pensaron los ilustrados, que solían escribirla con mayúscula inicial en señal de respeto. Los problemas con los que nos enfrentamos tienen facetas, distintas caras, y hay maneras diversas de pensar acerca de ellos. La teorización que los seres humanos hemos desarrollado a partir de nuestras experiencias es del todo multifacética, es una razón plural (Cf. Jorge V. Arregui, La pluralidad de la razón, Síntesis, Madrid, 2004). Defender la pluralidad de la razón no significa afirmar que todas las opiniones son verdaderas —lo que además resultaría contradictorio—, sino más bien que ningún parecer agota la realidad, esto es, que una aproximación multilateral a un problema o a una cuestión es mucho más rica que una limitada perspectiva individual. Las diversas descripciones que se ofrecen de las cosas, las diferentes soluciones que se proponen para un problema, reflejan de ordinario diferentes puntos de vista. No hay una única descripción verdadera, sino que las diferentes descripciones presentan aspectos parciales, que incluso a veces pueden ser complementarios, aunque a primera vista quizá pudieran parecer incompatibles.
La pluralidad de opiniones no es una triste consecuencia de la limitación de la razón humana, sino que más bien es consecuencia de nuestra libertad personal y de la gran diversidad de la experiencia humana. No solo las sucesivas generaciones perciben la realidad de manera distinta, sino que incluso cada uno a lo largo de su vida va evolucionando en sus opiniones. Además, quienes viven en áreas geográficas distintas y en el seno de tradiciones culturales diversas acumulan unas experiencias vitales sensiblemente diferentes. Los seres humanos somos distintos y eso es un tesoro para todos, en particular en el ámbito académico. Quienes defendemos el pluralismo amamos la libertad personal y pensamos que esa pluralidad es enriquecedora.
La defensa del pluralismo no implica una renuncia a la verdad o su subordinación a un perspectivismo culturalista. Al contrario, el pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además en sostener que entre ellas hay —en expresión de Stanley Cavell— maneras mejores y peores, y que mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de un parecer sobre otro. Nuestras teorías, como los artefactos que fabricamos, son construidas por nosotros, pero ello no significa que sean arbitrarias o que no puedan ser mejores o peores. Al contrario, el que nuestras teorías sean creaciones humanas significa que pueden —¡deben!— ser reemplazadas, corregidas y mejoradas conforme descubramos versiones mejores o más refinadas. ¡A eso precisamente nos dedicamos en la universidad!
Esta defensa de la libertad en el espacio académico y de su necesaria expresión plural es consustancial al pensamiento. Podemos decir con rotundidad que sin libertad no hay pensamiento y sin pensamiento no hay libertad.
Hace muchos años tuve ocasión de acudir a Uppsala para un congreso de lógica. Me impresionó un lema grabado en letras doradas sobre el dintel de mármol de la puerta del aula magna, que decía así: «Tanka Fritt är Stort, Tanka Rätt är Storre». Se trata de un aforismo del filósofo sueco Thomas Thorild (1759-1808) que puede traducirse como «Pensar con libertad es bueno, pero pensar correctamente es todavía mejor». Quienes somos optimistas acerca del uso de la razón humana evitamos contraponer libertad y verdad, pues estamos persuadidos —con Charles S. Peirce y tantos otros filósofos de la ciencia— de que la libertad humana está inclinada a la verdad: «La esencia de la verdad —indicará Peirce— se encuentra en su resistencia a ser ignorada» (CP 2.139, 1902).
El tema de la verdad es una cuestión enrevesada, en la que se entrecruzan buena parte de los puzles y debates que atraviesan la filosofía, la ciencia y la cultura de nuestro tiempo. Nos encontramos en una sociedad que vive en una amalgama imposible de un escepticismo generalizado acerca de los valores y un supuesto fundamentalismo cientista acerca de los hechos. Se trata de una mezcolanza de una ingenua confianza en la Ciencia con mayúscula y de aquel relativismo perspectivista que expresó el poeta Campoamor con su «nada hay verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira» (Obras poéticas completas, Aguilar, Madrid, 1972, p. 148).
La ciencia no es simple experimentación y recolección de datos, sino que sobre todo es interpretación de esos datos y de esas experiencias. El progreso científico estriba en el hallazgo de interpretaciones nuevas que amplíen nuestra comprensión. Tanto en las ciencias naturales como en las humanidades, la selección de qué interpretación en un campo de trabajo específico es mejor no depende ni del capricho personal, ni de la voluntad de los poderosos, ni siquiera del consenso de la comunidad de investigación, sino que, a la larga, depende esencialmente de la intrínseca verdad de tal interpretación y por tanto de su capacidad, intrínseca también, de persuadir a la humana razón.
Frente al escepticismo posmoderno, la defensa de la capacidad de la razón humana para progresar en la investigación de la verdad —ciertamente con titubeos y rodeos— está anclada en la experiencia histórica del efectivo crecimiento del árbol del saber a lo largo de sus diversas ramas. La verdad es primordialmente aquello que los seres humanos anhelamos y buscamos. La verdad buscada es la verdad objetiva, es decir, la verdad objeto de los afanes compartidos en el espacio y en el tiempo de cuantos dedican su vida y su trabajo a saber y a generar nuevos conocimientos: esto no se refiere solo a las ciencias naturales, sino también —y quizá sobre todo— a las más profundas aspiraciones de los hombres por comprender el misterio que envuelve sus vidas.
Los académicos que empeñamos nuestras vidas en saber no lo hacemos por afán de poder ni mucho menos por obtener unas patentes o escribir unos libros que nos hagan millonarios, sino que lo que nos mueve realmente es el saber mismo: nuestras vidas están animadas por el deseo de averiguar la verdad, por el «impulso —en palabras de C. S. Peirce (CP 1.44, c. 1896)— de penetrar en la razón de las cosas». Como escribió Leonardo Polo, es la verdad la que encarga la tarea al pensar. La inteligencia se pone en marcha para ver si puede articular un discurso que esté de acuerdo con la verdad (Introducción a la filosofía, Ediciones Universidad de Navarra, 1995, p. 2).
Los académicos aspiramos a vivir de acuerdo con la verdad, con la mejor verdad alcanzada. Con Hilary Putnam —y con una gran tradición de pensadores antes que él— me gusta distinguir entre la Verdad con mayúscula y las verdades que los hombres forjamos. Estas últimas, las verdades que los seres humanos han conquistado laboriosamente mediante su pensar, son resultado de la historia: Veritas filia temporis, repetían los escolásticos citando al historiador romano Aulo Gelio (125-175). Que la verdad sea hija del tiempo significa también que la verdad futura depende de nuestra libre actividad, de lo que cada uno contribuyamos personalmente al crecimiento de la humanidad, al desarrollo y expansión de la verdad. Con el dicho medieval, somos enanos a hombros de gigantes, construyendo sobre los esfuerzos de quienes nos precedieron llegamos a ver más lejos y con más nitidez que ellos.
Me encantó leer hace algún tiempo el libro de Ken Bain Lo que hacen los mejores profesores universitarios, publicado por la Universitat de Valencia (2006). Aunque el libro esté centrado en la vida académica norteamericana —que es una realidad bastante distinta de la nuestra—, su lectura puede ayudar mucho a los profesores universitarios de nuestro país que quieran aprender de las experiencias de sus mejores colegas norteamericanos. El rasgo más característico de los mejores profesores universitarios es que están interesados por encima de todo en que sus alumnos realmente aprendan y para lograrlo están dispuestos a cambiar sus métodos, sus actitudes y todo lo que sea preciso. «Buscamos personas —explicaba Bain al principio de su libro— que sí pueden conseguir peras de lo que otros consideran que son olmos, personas que ayudan constantemente a sus estudiantes a llegar más lejos de lo que los demás esperan» (p. 18).
Ya Plutarco en su Ars Audiendi advirtió que educar no es llenar un vaso, sino más bien encender un fuego (Cf. Juan Luis Lorda, La vida intelectual en la Universidad, Ediciones Universidad de Navarra, 2016, p. 32 n.). Los mejores profesores son siempre encendedores del afán de aprender de sus estudiantes. «Los mejores educadores pensaban en su docencia como algo capaz de animar y ayudar a los estudiantes a aprender» (p. 62). Los buenos profesores no se plantean solo los resultados en su asignatura, sino que la cuestión decisiva para ellos es siempre la de «¿qué podemos hacer en el aula para ayudar a que los estudiantes aprendan fuera de ella?» (p. 65). Están realmente interesados en el crecimiento personal de sus estudiantes y en qué pueden hacer ellos para lograr ayudarles en ese proceso.
Me llamó la atención que los mejores profesores «tienden a tratar a sus estudiantes con lo que sencillamente podría calificarse como amabilidad» (p. 30), «escuchan a sus estudiantes» (p. 53) y «evitan el lenguaje de las exigencias y utilizan en su lugar el vocabulario de las expectativas. Invitan en lugar de ordenar» (p. 48). Los mejores profesores, a fin de cuentas, son aquellos que quieren a sus estudiantes, quieren que crezcan y ponen al servicio de ese objetivo toda su ciencia y todos sus afanes. Sin duda alguna, la cordialidad es un elemento central para la calidad de la vida académica. Esa cordialidad ha de expresarse en la colaboración afectuosa de unos profesores con otros, en el trabajo en equipo, en el aprendizaje cooperativo y en tantos otros aspectos que hacen tan amable la vida universitaria y el trato entre profesores y alumnos.
La penosa imagen de la universidad decimonónica atravesada por guerras sin cuartel entre profesores de diversas tendencias o escuelas debe dar paso en el siglo XXI a una universidad abierta y plural, en la que el trabajo en equipo, la efectiva colaboración interdepartamental e interdisciplinar sea la tónica dominante habitual. Trabajar en colaboración no significa uniformidad, sino que supone amor a la libertad y entusiasmo por el pluralismo.
En su reciente visita a la Universidad Roma Tre en febrero del 2017, el papa Francisco, después de atender las preguntas de cuatro estudiantes, dejó a un lado el discurso que traía preparado e improvisó unas palabras. Según la crónica de prensa, Francisco se refirió a las llamadas «universidades de élite», en las que no se enseña a dialogar, sino que enseñan ideologías: «Te enseñan una línea ideológica y te preparan para ser un agente de esa ideología. Eso no es una universidad», explicó el papa. En este sentido, destacaba el papel de la universidad para el desarrollo de una cultura del diálogo: «La universidad es el lugar donde se aprende a dialogar, porque dialogar es lo propio de la universidad. Una universidad donde se va a clase, se escucha al profesor y luego se vuelve a casa, eso no es una universidad. En la universidad debe desarrollarse una artesanía del diálogo».
Esta afirmación, de tanta raigambre en la tradición universitaria, traía a mi memoria aquello de John Henry Newman en The Idea of a University de que el crecimiento personal tiene que estar enraizado en un espacio comunitario en el que el intercambio de «bienes espirituales entre estudiantes y profesores» no solo resulte posible, sino que se promueva positivamente. Para Newman, durante los años universitarios resulta esencial el trato afectuoso e inteligente de profesores y alumnos, la conversación cordial y la convivencia libre entre los estudiantes de forma que puedan aprender unos de otros y se ensanchen así su mente y su corazón en favor de la humanidad.
Tal como expresó Robert Bellah, lo decisivo para la construcción de una comunidad son los «hábitos del corazón», capaces de superar el aislamiento individualista mediante el compromiso personal de unos con otros. La vida académica necesita desarrollar unos hábitos comunitarios anclados en el amor a la libertad, la búsqueda compartida de la verdad, el respeto mutuo, la escucha inteligente y la colaboración personal.
En las páginas finales de ¿Qué es lo académico?, Josef Pieper describía las figuras contrapuestas del funcionario y del sofista —quizás hoy diríamos el charlatán— como extremos opuestos a la esencia de lo académico, por negación utilitarista en el primer caso y por afirmación excesiva en el segundo. Se trata de dos lamentables deformaciones personales que podemos encontrar todavía en las universidades de nuestro país.
La universidad del siglo XXI tiene que ser mucho más que la yuxtaposición enfrentada de sus diversos estamentos: profesores, estudiantes y personal de administración y de servicios. Se ha de lograr entre todos la construcción de una efectiva comunidad en la que cada uno ponga lo suyo individual al servicio del proyecto común, en la que cada uno se esfuerce por colaborar en la medida de sus posibilidades en la misión universitaria compartida, en la búsqueda de la verdad, en la capacitación de las nuevas generaciones, en la conformación de una sociedad en la que la libertad, la verdad y el amor sean las coordenadas decisivas de la convivencia. Esto es lo genuinamente académico y ahí radica su decisiva utilidad, denostada por la cuarta acepción del venerable diccionario oxoniense.
Más lecturas sobre Qué es lo académico:
Josef Pieper: ¿Qué es lo académico?
Javier Aranguren: ¿Qué es lo académico según Josef Pieper?