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El espíritu lector

Al comienzo de una novela de un escritor español actual (Luis Landero, Juegos de la edad tardía), el protagonista, Gregorio Olías, recuerda su infancia: cuando, al morir sus padres, se fue a vivir a la capital con un tío suyo, de escasos medios económicos, pero con gran corazón, una enorme fantasía y un entusiasmo contagioso. Su tío le cuenta su historia y la de su negocio (un quiosco de chucherías, golosinas, tebeos y malas novelas) y le explica que, si él de joven hubiera poseído tres libros, su vida hubiera sido muy distinta:

Si yo hubiera sabido que existían estos libros —le dice— a estas horas sería un gran hombre, quien sabe si juez o médico, o incluso cardenal en la propia Roma, y no como tu abuelo o tu padre, sino de verdad, con los papeles bien en orden.

Y le muestra los libros: El primero era un diccionario: «Aquí vienen todas las palabras que existen, sin faltar una». El segundo era un atlas: «Y aquí todos los lugares y accidentes del mundo». Y el tercero, una enciclopedia: «Y este es el más extraordinario de los tres, porque trae por orden alfabético todos los conocimientos de la humanidad, desde sus orígenes hasta hoy. ¿Tú sabías que existía un libro así? Desde entonces lo estoy estudiando».

Quizá parezca una exageración, pero este hombre se había dado cuenta de la importancia que podían haber tenido esos libros en el curso de su vida, de la importancia de leer y cultivarse. Porque, como sabemos, no hay personas cultas: hay personas que se cultivan.

Hace años recibía yo periódicamente el catálogo de una librería de Valencia, que venía con una faja alrededor en la que podía leerse una serie de frases de personajes célebres sobre la lectura. Una de ellas, de un escritor aragonés (Argensola) decía: «Los libros han ganado más batallas que las armas»; otra era de Napoleón: «La lectura es para el espíritu lo que la gimnasia para el cuerpo»; otra era un dicho popular: «Los libros son maestros que no riñen y amigos que no piden nada». Pero había otra frase, de Edmundo de Amicis, que venía a decir más o menos lo mismo que pensaba el tío de Gregorio Olías: «El destino de muchos hombres depende de que haya habido una biblioteca en su casa paterna».

Mario Vargas Llosa dedicó su discurso en el acto de recepción del premio Nobel en 2011 al Elogio de la lectura y de la ficción, y sus palabras iniciales fueron estas:

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida.

Así piensa él. Y desde luego, si no lo más importante, sí que es verdad que aprender a leer es una de las cosas más importantes que nos han pasado a todos en la vida. Y continuaba diciendo: «La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura». Y aquel joven espíritu lector se convirtió en un gran escritor que afirma que: «Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos».

Todos sabemos por experiencia que la buena literatura nos ayuda a conocernos a nosotros mismos y a conocer a los demás, a asomarnos a unas vidas muy diferentes de las nuestras; a comprender —que no siempre significa compartir— el pensamiento y el modo de razonar de otros, lo que nos hace más humanos y nos ensancha la mente, el corazón y el horizonte vital. Los buenos libros son siempre un estímulo para el desarrollo de la personalidad, de la creatividad y proporcionan goce intelectual y estético. Lo que lee un buen lector nunca sustituye a su pensamiento: lo estimula. Leer es un constante ejercicio de la capacidad crítica. Porque el espíritu lector llega a distinguir el grano de la paja, la buena literatura de los productos de consumo y, leyendo mucho y diverso, no todo le satisface por igual. También decía Vargas Llosa en su discurso que en unos momentos difíciles de su vida «mi salvación fue leer, leer buenos libros».

¿Qué es un buen libro? ¿Son buenos libros los best-seller? Puede que sí y puede que no: desde luego no son buenos porque figuren en las listas de libros más vendidos. ¿Son buenos libros los premiados? Algunos sí y algunos no: en estos tiempos, en los que al verdadero espíritu lector no le resulta difícil distinguir la obra de un escritor (noble categoría) de la de un fabricante de libros, es difícil creer en los premios, tan dependientes de la industria editorial. Hay libros premiados muy buenos y hay libros muy buenos que nunca han sido premiados.

En la actualidad se publica muchísimo, el arte literario ha pasado a formar parte de una industria, la industria editorial, que inunda las librerías y una parte de las grandes superficies. La literatura, que es un arte, ha pasado a ser un negocio. Pero no es cosa de hoy. Echemos una mirada atrás y el pasado no nos parecerá tan antiguo.

En los años veinte del siglo XIX llegaron a España tímidamente las primeras traducciones de las novelas de Walter Scott, que todavía vivía, y que se había propuesto dar a conocer, a través de lo que se llamó novela histórica —hasta entonces no existía tal concepto—, el pasado de su Escocia natal, ambientando en distintas épocas de ese pasado aventuras, protagonizadas por personajes bien trazados, que animaran el relato y captaran hasta el final la atención de los lectores. Las primeras traducciones castellanas de Walter Scott datan de 1826, y dos años después surgió en España un verdadero proyecto editorial para traducirlas y editarlas. Lo interesante del caso es que se conserva toda la correspondencia que intercambiaron quienes lo planearon, pues mientras dos de aquellos escritores residían en Barcelona, el tercero, Buenaventura Carlos Aribau (la mente verdaderamente empresarial de aquel equipo), se encontraba en Madrid. En esa correspondencia, interesantísima, llama la atención el conocimiento que Aribau tenía del mundo editorial del momento. Él se muestra en sus cartas como un experto conocedor del público y del mercado: analiza la psicología del lector medio de novelas de entonces, apunta posibles estrategias para «preparar la opinión» y «abrir el apetito» a los lectores, dándoles a probar en la prensa fragmentos de las obras de Walter Scott, para que quieran más; afirma conocer los modos de «hacer hablar a la prensa» para darle la publicidad necesaria al proyecto y el modo de conseguir suscriptores, y apunta que, en caso de que surjan posibles competidores, es conveniente atraerlos al propio proyecto, evitando así que se les adelanten… Un verdadero negocio editorial, enseguida imitado por otros muchos editores en la década de los años treinta del siglo xix, que también se dieron cuenta del filón que suponían las novelas de Walter Scott traducidas al castellano.

Pero algunos de aquellos traductores pensaron que para qué iban a dar a conocer la historia de Escocia teniendo en la historia de España un filón tan rico, y así nació la novela histórica española, cuyo éxito, no siempre paralelo a su calidad, a medida que fue cayendo en peores manos, fue enorme.

La paternidad de Alejandro Dumas sobre sus obras es más que discutible

No mucho después, un autor francés se dio cuenta de que la novela podía ser un negocio tanto más rentable cuantas más novelas fuera capaz de escribir, y puso en práctica un nuevo método de trabajo. Me refiero a Alejandro Dumas padre, bajo cuyo nombre se publicaron más de trescientas novelas, la mayoría de gran extensión y algunas de enorme difusión como Los tres mosqueteros o El conde de Montecristo. Y si he dicho que se publicaron bajo su nombre es porque la paternidad de Dumas sobre sus obras es más que discutible, ya que tenía lo que se conoce como negros que escribían para él. Se cuenta —quizá no es verdad— que en una ocasión preguntó a su hijo (Alejandro Dumas, el autor de La dama de las camelias) si había leído su última novela:

—Hijo, ¿has leído mi última novela?

Y que su hijo le respondió:

—Yo sí, ¿y tú?

El hecho era conocido en Francia y hasta aceptado: todos sabían que había negros trabajando para Dumas. Pero cuando el escritor vino a España en 1846, con motivo de las bodas reales de Isabel II con don Francisco de Asís, y de la infanta Luisa Fernanda con el duque de Montpensier, en Madrid, adonde había llegado ya el rumor de lo de los negros, la alta sociedad de entonces le hizo el vacío, porque consideraba indigno su comportamiento.

Seguramente hoy no harían lo mismo, pues aunque no se publique en letras de molde, lo de los negros ya no es considerado tan indigno, y hay escritores actuales que admiran no solo al novelista francés, sino también sus procedimientos para escribir novelas.

La mercantilización del arte literario no había hecho más que empezar, pues antes de que terminara el siglo, en 1895, a un americano, el editor de la revista cultural The Bookman, se le ocurrió la idea de publicar en su revista la lista de los libros más vendidos en varias ciudades americanas. Lo que no podía imaginar Harry T. Peck era que estaba poniendo la primera piedra de lo que vendría después: los esfuerzos de tantos escritores para figurar en esas listas, que engendraría un producto editorial: el bestseller o libro más vendido.

Casi exactamente un siglo después, en 1997, se publicó en Barcelona la traducción española de Cómo escribir un bestseller, libro de Albert Zuckerman, entonces presidente de la agencia literaria que representaba entre otros autores a Ken Follet, y que resulta muy ilustrativo para comprender el panorama actual. Ahí se señala, entre otras cosas, que el autor de un bestseller debe admitir de antemano que él es una pieza del engranaje editorial, y desde luego no la más importante, antes de analizar los ingredientes necesarios para confeccionar un bestseller.

Desde entonces las cosas han ido a más, y no pocos de estos bestseller se confeccionan con la previa finalidad de que puedan ser llevados al cine, porque, después de haberse llevado a la gran pantalla grandes novelas de todos los tiempos, los lazos entre ambos mercados, el editorial y el cinematográfico, se han ido estrechando y necesitan más materia prima.

Es verdad que en alguna ocasión ocurrió lo contrario, pero no es lo más frecuente. Me refiero a un caso que quizá conozcan. Ocurrió en 1949, cuando se estrenó la película El tercer hombre, protagonizada por Orson Welles, con guión del novelista Graham Greene. La película fue un éxito; tal éxito que se le pidió a Graham Greene que sobre el mismo argumento del guion desarrollara una novela. Y así nació El tercer hombre, novela, que se puso a la venta en 1950.

Después se invirtió el orden, y la industria editorial, que durante años se ha nutrido en gran medida de libros escritos pensando en las ventas, se adelanta al cine, porque ha encontrado un aliado en el mundo de la pantalla.

Ante productos de tan desigual valor en el mercado editorial, la rebelión del espíritu lector viene manifestándose, de un tiempo a esta parte, desde distintos frentes de la creación literaria. Los espíritus más críticos, si además son escritores, publican sus opiniones sobre la manipulación del arte literario, y alertan del peligro que en semejante contexto corre la verdadera literatura. Un ensayo como el de Germán Gullón —por citar solo uno—, titulado Los mercaderes en el templo de la literatura (El Caballo de Troya, 2004), es muy revelador. Pero también los creadores han salido al paso.

En febrero de 2012 se estrenó en Madrid, en los Teatros del Canal, dirigida por Josep Maria Flotats, una obra de Jean Claude Brisville titulada La mecedora (La Fauteuil à bascule, 1981). El argumento surgió de la experiencia personal de Brisville: Jerónimo (el propio Brisville), que ha sido lector de originales para una editorial de prestigio durante casi toda su vida, ha sido despedido y, antes de perder todo contacto con la empresa, decide visitar en su casa a Osvaldo, el director de la editorial, para decirle que desea recuperar la mecedora que tenía en su despacho, en la que pasó años leyendo libros, y que era suya. En realidad el encuentro es una excusa para conocer los motivos del despido y para mostrar a los espectadores los puntos de vista —diametralmente opuestos, alejadísimos— de cada uno de los personajes sobre el mundo del libro y de la edición. Mientras Jerónimo habla de belleza, de creación y de perfección artística, el discurso de Osvaldo gira en torno al abaratamiento de costes para multiplicar las ventas, a los problemas que genera el almacenamiento de excedentes…, llegando a extremos que Brisville ridiculiza, como cuando habla de un nuevo tipo de papel que se utilizará en adelante y que, pasado un tiempo, se desintegrará por sí mismo, evitando que los libros invadan nuestro espacio vital. Incluso se llega a calcular cuánto debe durar el papel utilizado para los libros clásicos y cuánto el de los libros prescindibles una vez leídos… Al entrar en casa de Osvaldo, Jerónimo se sorprende de no ver un solo libro. Efectivamente, el decorado muestra unas paredes desnudas y es que Osvaldo, el editor, no solo no lee, sino que no tiene un solo libro en casa. La conversación entre ambos, que adquiere nuevos matices con la llegada del tercer personaje, Gerardo, un joven dibujante e ilustrador de portadas, va subiendo de tono y mostrando lo que para el lector Jerónimo y para el editor Osvaldo es un libro y es la literatura.

No puedo dejar de recordar que Brisville, cuando fue despedido de su editorial —era el director de la colección de bolsillo de la francesa Hachette— se convirtió en dramaturgo con esta obra, a sus 60 años. La mecedora, afirmaba Flotats, «no es una vendetta, pero sí una reivindicación». Es una denuncia contra la mercantilización del mundo del libro y la manipulación de los lectores.

También en 2012 llegó a las librerías españolas La buena novela, de la periodista Laurence Cossé (Au bon roman, 2009). El título, en apariencia atrevido, es en realidad el nombre de una librería, la que fundan en París los protagonistas, dos personajes de lo más dispares: una mujer bien situada y elegante y un antiguo vendedor de libros, en particular de cómics. El ideal es crear una librería en la que solo se vendan buenas novelas. La trama está bien urdida y en todo caso al servicio del mensaje —la autora tiene algo que decir— y es un acierto —y no por lo melodramático— que la novela se abra con tres intentos de asesinato: los de tres de los ocho miembros del comité (secreto) de selección de las novelas que han de venderse en la librería. En esos ocho miembros del comité está representada una variada gama de espíritus lectores de muy distintos perfiles.

No voy a contarles el final de La buena novela, pero sí la particular opinión de la autora sobre una de las muchas utilidades de la literatura:

De todas las cosas para las que sirve la literatura […] una de las más gratificantes es la de conseguir que personas hechas para entenderse se reconozcan entre ellas y entablen comunicación.

A estas alturas de mi intervención es posible —no sé si peco de optimismo— que a alguna persona de las que me escuchan se le haya despertado el apetito lector. Y es posible que consideren insaciable ese apetito por falta de tiempo, algo que siempre es verdad y que nunca es problema para el auténtico espíritu lector.

Hace varios años un escritor británico, Alan Bennett, publicó una novela divertida y a la vez con un mensaje de fondo. Se titula Una lectora nada común y la protagonista es la reina de Inglaterra, Isabel II. Una mujer ocupadísima, sobre todo en ser reina, y ocupadísima también en los muchos asuntos familiares que de vez en cuando saltan a la prensa. Pero un día —en la novela—, paseando por los jardines del palacio de Buckingham, se le escapan sus perros y, siguiéndolos, llega hasta las puertas de las cocinas del palacio y ve salir a uno de los pinches. El chico se acerca a un autobús aparcado junto a la verja, que es una biblioteca circulante, para devolver una novela y sacar otra, y la reina le pregunta qué hace. Es el principio de la pasión lectora de una reina que hasta entonces, con una vida tan ocupada, nunca había encontrado tiempo para leer y que, guiada por el pinche, ya no podrá abandonar el placer de la lectura ni cuando viaje en carroza para presidir actos oficiales… (Hay situaciones muy divertidas). Ella, a pesar de su apretadísima agenda, logra encontrar sus momentos para leer.

Alguien objetará: «Ella tuvo la suerte de encontrarse con aquel pinche de cocina… Yo no sabría por dónde empezar». Y, sin embargo, eso es lo importante: empezar. Después vienen el asentimiento o el rechazo, el gusto por una obra y el desagrado ante otra…

Y un poco después, la necesidad de explicarse a uno mismo los porqués del placer que le produce un libro y del rechazo que le provoca otro… en el que quizá una trama interesante está sustentada por personajes poco creíbles, o una historia intrascendente deja de serlo por la fuerza con que el autor ha logrado crear la personalidad del protagonista, o…

Y otro poco después, o quizá al mismo tiempo, surge el deseo de compartir lo leído, de intercambiar opiniones sobre este libro y sobre el otro, sobre valores literarios tan discutidos como la verosimilitud o la originalidad…, sobre la historia y sobre la ficción, sobre la belleza del lenguaje o de las descripciones, sobre la viveza de los diálogos, sobre el interés de la trama o sobre el desenlace… Y todo en un torbellino, paradójicamente sereno y enriquecedor, que identifica, inequívocamente, al espíritu lector, que quizá se sentirá tentado a decir, como Borges, que se enorgullece más de los libros que ha leído que de los que ha escrito.

Edmund Burke o la inspiración de los políticos

Para que el mal triunfe, solo hace falta que los hombres buenos no hagan nada» constituye sin lugar a dudas el eslogan más conocido atribuido al político británico del siglo XVIII Edmund Burke (1729-1797). Y bien podría ser la síntesis de muchas de sus consignas, pero esa frase no es suya, aunque si aguantan hasta el final del artículo les revelaré la auténtica.

Y esto sirve como epítome al título. Existe mucho Edmund Burke desconocido y los políticos siempre estarán ávidos de inspiración para los cuales Burke constituirá un arsenal repleto de ideas políticas desbordantes y retórica inspiradora en este siglo del conflicto y la incertidumbre. Y lo es sobre todo por dos motivos fundamentales: porque tuvo que dar respuesta a la globalización de su tiempo y, a su vez, tuvo que contestar al populismo que estrenaba sus ropajes totalitarios.

Burke representa un enorme desafío intelectual para aquellos que se aproximan a su figura. Su pensamiento político ha seguido influyendo mucho tiempo después de que sus contemporáneos le reconocieran como uno de los grandes políticos y filósofos políticos de todas las épocas.

Se ha desplegado a lo largo de tres siglos y algunos de los sobresalientes nombres que se exponen a continuación se reconocen como deudores suyos: George Canning, lord Acton, Gladstone, Macaulay, Bentham, Disraeli, Wordsworth. Los presidentes de Estados Unidos Theodore Roosevelt, Woodrow Wilson, que realiza su tesis doctoral sobre Burke y el parlamentarismo, o Reagan a través de Kirk. Churchill, Thatcher, Chesterton, Yeats, Eliot, Hayek, o el último, Jesse Norman, ministro del actual gobierno del Reino Unido, o David Cameron que inspira su Big Society en Burke.

Burke aporta respuestas para este mundo nuevo de la globalización y la antipolítica

El renovado interés por su pensamiento aparece en plena Guerra Fría por su utilidad en la lucha contra el totalitarismo ante el desarme intelectual que se sigue en Occidente tras 1945. Sin embargo, en este siglo XXI se empiezan a explorar aspectos de su obra que no se habían abordado durante los siglos anteriores, como son su relación con el derecho natural, con la metafísica y la ascética, y con la retórica, así como la imaginación moral o el conocimiento intuitivo. Como nos recuerda Parkin al hablar sobre Burke, la «legitimidad está condicionada por nuestras opciones reales y por las opciones morales, que posibilitan que se puedan defender intereses contrapuestos y su reconciliación». Y por eso nos aporta respuestas para este mundo nuevo de la globalización y la antipolítica.

Esa globalización incipiente a la que debe hacer frente en el XVIII se plasma en su análisis y defensa legal y política del Imperio Británico con la pérdida de las colonias americanas y el mantenimiento de la Compañía de las Indias Orientales manejada por el perverso y eficaz Hastings. Esta respuesta acabará afectando incluso a su natal Irlanda antes de que encare la independencia. La ley como institución liberal que permite el concurso de la civilización en la forma de tradición jurídica que en el caso inglés siempre se asocia al Common Law, el juego constitucional de la monarquía parlamentaria, y la justicia como fin político superior.

La política se presenta como un juego de espejos perfectibles que se fundamenta en la defensa de la libertad y la limitación del poder arbitrario, la atención a las circunstancias en combinación inteligente y prudente con los principios y las capacidades de los gobernantes en lograr el buen gobierno, y en la búsqueda de la estabilidad, plataforma del moderantismo en política. La reforma permanente se muestra «como un acuerdo amistoso que evita el conflicto» y por lo tanto es el método liberal reformista como alternativa a las revoluciones.

Los populistas de su época, como los de ahora, no innovaron mucho, ni tan siquiera en la Revolución francesa. Tomaron todos los prejuicios de su tiempo y los retorcieron; la corrupción de los representantes políticos por la influencia del rey Jorge III, que buscaba ser un rey patriota, o los exagerados privilegios de los nobles franceses; la religión y la tolerancia; el cambio de costumbres sociales asociados a la revolución industrial; los modernos medios de comunicación, y sobre todo la explosión de la prensa y los panfletos políticos. En 1790, cuando Burke y Paine publican los suyos, se calcula que se publicaron casi cuatro mil panfletos que llegaron a los diez millones de copias. Un caldo de cultivo que separados los nombres propios es muy similar al actual.

Y no debemos olvidar la famosa batalla del Wilkes and Liberty, en el que se introdujeron todas las presiones de su tiempo para reformar tanto el Parlamento como el sistema electoral. El patente rechazo a la aristocracia y a la élite administrativa, eclesiástica y militar para conformar una nueva «élite revolucionaria» o una «élite del dinero» y debilitar todo el orden constitucional sirvió para que Burke las denunciara como «oscuros leguleyos de provincia» o «a los jóvenes que hacen crecer su barba sobre la ginebra bebida en la India».

Burke resistió, convenció y venció, y por eso la democracia liberal británica es la más reconocida en la historia de la humanidad. Como reza la arcana broma de la admiración de un joven español ante un viejo jardín británico, su propietario le decía que no era nada, que no necesitaba nada extraordinario, solo regarlo y cortarlo, y así durante doscientos años.

Sin embargo, esos populistas revolucionarios consiguieron parcialmente en el continente lo que en la isla preservaron. En Inglaterra, gracias a la influencia de Burke, se mantuvo la Constitución británica, la monarquía, el sistema electivo pese a los cantos de sirena del «no nos representan». Y lo logró porque en esencia forma parte de la defensa de lo «inglés» con sus comentarios en el Annual Register, en su correspondencia privada con los Adam Smith, David Hume y Paine de su tiempo, y la Ilustración de la isla. En el Annual glosaba, con asombro y alejado de la propaganda de las obras de los epígonos menores de Montesquieu, a esos provocadores que eran Rousseau y Voltaire y su retahíla de admiradores banales. Conocía todo lo que se publicaba y lo acercaba a los caballeros británicos. Estaba en guardia sobre lo que escondía el disfraz de lo moderno.

Para ello tuvo que desarrollar una constante lucha argumental y filosófica, proveyendo de respuestas contextuales a las grandes batallas políticas que sufrió el verdadero acelerador de partículas históricas que es el siglo XVIII. Ese siglo que en España por influencia de la tradición francesa se conoce como «El siglo de las luces», en Inglaterra como «El siglo religioso» y que sin embargo nosotros proponemos completar la definición con «El siglo de la legitimidad política». Efectivamente ese siglo trae el moderno concepto de legitimidad política democrática basada en la soberanía nacional y en las elecciones que crean los representados y los representantes en un Parlamento fuera de los estamentos, con monarquías parlamentarias o repúblicas.

Para ello confronta la teoría del contrato social de Rousseau y de Bolingbroke en su primera obra la Vindicación de la Sociedad Natural, aparecida en 1756. Ese es el comienzo de una vida apasionante y compleja, reflejo vital de su siglo. La suya es una biografía que por el simple placer de la aventura vital merece la pena ser leída como tal. La de un personaje que no es decisor político como el gran primer ministro Pitt el Joven, pero que ejerce en la historia de la humanidad una influencia mayor.

Se debate entre un futuro literario a la altura del gran Samuel Johnson, amigo y parte del propio «The Club» que funda Burke, con su obra Ensayo sobre lo sublime y lo bello, y un comienzo incierto en política de la mano de Hamilton, «el del único discurso». No obstante, cualquiera de las obras que le acompañan hubieran bastado para que tuviera su lugar con nombre propio en los anales de la historia. En los Pensamientos sobre el descontento actual funda la moderna teoría de los partidos políticos «como asociaciones de iguales para defenderse del poder arbitrario y compartir ideales necesarios y transparentes para la edificación moral de la política».

Nada que añadir a los dos panfletos sobre las Colonias americanas que inauguran una tradición que continuará Tocqueville sobre «el amor a la libertad de las colonias… y esa terquedad de la política que busca tener razón en vez de buscar la felicidad de los gobernados». La carta a los electores de Bristol, de 1774, es el documento que explica como ninguno lo que es la democracia representativa: «El Parlamento no es un congreso de embajadores, cada diputado representa a toda la nación y no solo a una parte de la misma […] porque el gobierno es cuestión de razón y de juicio, no debe sacrificarlos a la opinión de sus representantes aunque sus representados deben ser lo que más pese en esa opinión».

Sus detractores convergen en que «el Discurso de la Reforma Económica» es la mayor pieza de reforma liberal que se había planteado en el Reino Unido

Y si esto no fuera suficiente lo completa con el Discurso de la Reforma Económica, donde todos sus detractores convergen en que es la mayor pieza de reforma liberal, tanto económica como política, que se había planteado en el Reino Unido, inspirada en las reformas que Necker había llevado a cabo en la vecina Francia.

Pocos autores, sin embargo, se han atrevido a profundizar en su última obra antes de las Reflexiones, El proceso a Hastings, en los asuntos de la India pensando que era una «vendetta» personal auspiciada por su primo Will Burke y sus fracasos económicos y la animadversión de su amigo Philip Francis, verdadero autor de las Cartas de Junius aunque se las atribuyeran por talento al propio Burke, contra Hastings. O pensando que era otra de sus «extravaganzas» culturales propias de la fascinación orientalista de la sociedad del XVIII. No lo hizo por esos motivos, ni tan siquiera por la alteración que los nabob MP, los nuevos parlamentarios que entraban con el dinero de la Compañía de las Indias Orientales que el rey y el doble gabinete empleaban para introducir personajes favorables en ese cambiante Parlamento, favoreciendo la acción del propio monarca y no el equilibrio y las prerrogativas del Parlamento. Era la civilización lo que estaba en juego y por eso le dedicó casi veintidós años, justo cuando su estrella política se había apagado e «hizo más enemigos políticos que en todas sus batallas juntas». Lo consideraba su legado y ya se quedaban atrás los primeros días de este juicio en la Cámara de los Lores en el que se llegó a pagar la re-venta como un auténtico espectáculo. Al final, Hastings resultó absuelto pero la forma en la que los británicos gestionaron su Imperio cambió para siempre. Y ese era su legado, «recordad, recordad, recordad».

Con el juicio a Hastings la inspiración le encontró trabajando y escribió una fulgurante obra de filosofía política que le sirve a Edmund Burke de pasaporte indiscutible para la posteridad. Es el único político que consigue vislumbrar lo que traerá la Revolución francesa y escribe su célebre Reflexiones sobre la Revolución francesa, que, en palabras del propio rey Jorge III, «es un libro que todo caballero debe leer» y que se convierte en el fundamento sólido de la defensa de la civilización frente a los intentos revolucionarios que asolan Europa hasta el advenimiento de ese «caudillo militar que pondrá orden en estas revoluciones» anticipando la figura de Napoleón, ese Ogro Bony que tendría que esperar a un Waterloo y a Wellington, otro whig irlandés.

Burke siempre fue un whig, un liberal enfrentado a los tories del partido conservador, un liberal enfrentado a los privilegios de la Corona frente al Parlamento, un liberal defensor de la Ley y del Derecho frente a los poderosos, de la tolerancia religiosa. Un liberal que defendía la justicia asociada a la verdad y no a lo que dictara la oportunidad política. No obstante la mayoría de los estudiosos conocedores de la dimensión de su figura lo consideran un liberal clásico hasta el obstáculo, para ellos insalvable, de las Reflexiones que consideran una obra conservadora.

No lo es para nosotros, porque consideramos que es una obra que condensa todo su pensamiento apremiado por «el trueno y tormenta», en palabras de Isaías, al que tanto le gustaba citar, y se impone el deber de frenar la Revolución francesa y su importación por las Sociedades Constitucionales a Inglaterra, «nos quieren hacer creer que la Revolución de allí mejorará atravesando el canal como algunos licores». Por eso inspira a Churchill, avezado lector de Burke. En su soledad infantil y adolescente releyó sus obras completas y muchas de sus originales citas son paráfrasis de las menos conocidas del pelirrojo irlandés. El discurso de Churchill en junio de 1940, de que resistirán en cada playa, en cada esquina a los fascistas de su tiempo, que Inglaterra prevalecería, Burke lo adelantó: «No sucumbáis nunca ante el enemigo, se trata de una lucha para que sigáis existiendo como nación. Y si habéis de morir, hacedlo con la espada en la mano. Hay un agudo y vívido principio de energía en la mente del pueblo inglés que solamente necesita una dirección apropiada para combatir a este o a otro enemigo por feroz que sea. Perseverar hasta que esa tiranía haya sucumbido». Este fragmento pertenece a las obras posteriores a las Reflexiones, a las Cartas sobre una Paz Regicida, en las que Churchill supo leer que la política de apaciguamiento de Chamberlain ya no le había funcionado a Pitt.

Y para cimentar esa aseveración hemos analizado las Reflexiones al hilo de toda su obra anterior, sobre la que existe un consenso de que se trata de una obra liberal, y para sorpresa vemos cómo muchas de las afirmaciones que se contienen en las Reflexiones y su propia estructura aparecen citadas con literalidad en todas las obras que acabamos de citar. Por eso nadie puede afirmar sin sonrojarse que las citadas Reflexiones son un libro conservador, es todo lo contrario. Se opone con una fuerza argumental y con una contundencia anticipatoria sin precedentes a la Revolución francesa, y por eso es más cómodo dejarse llevar y afirmar que es una obra conservadora. Y no tendríamos ningún problema en aceptar que Burke pueda ser un pensador conservador y esto no minaría su influencia, pero faltaríamos a la verdad. Y la importancia de probar este extremo es doble. Uno por justicia con su obra. Otro porque situar una obra como la de Burke en su justa familia ideológica ayuda a entender la evolución del liberalismo a lo largo de la historia.

Edmund Burke es considerado por el gran público un político conservador, a lo sumo liberal-conservador. Junto a lo anterior se une una conjunción de cuatro factores históricos ajenos al fondo filosófico político de su acción.

De una parte, la ruptura provocada por Fox en los whigs tras la Revolución francesa y el aprovechamiento que hace Pitt el Joven de la figura de Burke como ideólogo. Se rompían los whigs y Fox tenía que escenificar que Burke se había hecho un conservador para que nadie dudara que él era su líder auténtico. Sin embargo, es Fox quien se radicaliza y así lo siente cuando le abandonan muchos políticos más que no solo Burke. Esto se contiene en sus obras posteriores El llamamiento de los nuevos a los viejos whigs y las Cartas a un noble lord.

Margaret Thatcher

De otra parte, la necesidad del partido tory de refundarse en el siglo XIX ocupando el espacio político de los whigs ante el aumento de los radicales. Así, Disraeli afirma que el verdadero fundador del moderno partido es Burke y reclame para él mismo el título nobiliario que Jorge III no le concedió: Lord de Beaconsfield.

La tercera se produce por parte del pensamiento conservador norteamericano en la Guerra Fría para su rearme frente a la «otra revolución» que inspiran la política de Reagan y Thatcher con Russell Kirk a la cabeza; y la cuarta, por la contestación furibunda de pensadores estructuralistas y marxistas ante un icono al que desean descalificar para que prevalezca una única interpretación de la historia de la humanidad y de la revolución. Le viene liderada por Krammick y Laski. Lo mejor era apartarlo como un conservador a un rincón de la historia.

Para Burke la libertad es «eleutheria», la libertad que florece bajo el imperio de la ley, que exalta la justicia y la dignidad de la persona

A esto se une la explicación de la tradición de la libertad por parte de la tradición francesa y no de la inglesa, como afirma Hayek; el nacimiento del conservadurismo como fenómeno coetáneo a la reacción frente a la Revolución francesa, y tercero, hasta el auge del socialismo, lo contrario al conservadurismo era el liberalismo. Todas estas coordenadas atrapan de lleno a Burke. Pero la realidad es muy diferente y compartimos la afirmación de Hayek, «el propio Burke, fue un whig, tanto como Macaulay, Tocqueville, lord Acton y Locke, y se habría horrorizado ante la posibilidad de que alguien le tomara por tory».

Para Burke la libertad liberal es la «eleutheria», la libertad que florece bajo el imperio de la ley, que exalta la justicia y la dignidad de la persona, que crea un orden social perfectible basado en el buen gobierno, en la prudencia y en la tradición. Y sabe, como buen liberal, que lo único que protege la libertad y habilita la justicia son las instituciones y que en ese siglo encuentra su mayor expresión sobre esta tierra en la Constitución británica y en el gobierno mixto. Una racionalidad que se basa en el derecho natural.

Lo prometido es deuda

Lo prometido también es deuda. La frase del comienzo no la redacta así, la anticipa en 1770 pero la revisitamos todos los burkianos, que no somos precisamente legión. Pasa desapercibida para muchos y por esa misma justicia que clamo para su exacto conocimiento se la ofrezco de su panfleto Consideraciones sobre las causas del descontento actual. Es su constatación de lo que Warner afirmaba de Julio César de que «no tenía amigos, tenía partidarios» y que nos sirve de reclamo para afirmar «que la verdad también necesita partidarios». La frase reza: Cuando los hombres perversos se asocian, los buenos deben coaligarse, si no lo logran caerán uno tras otro en un inmisericorde sacrificio en una guerra que no conoce la piedad. Mucho más rica y literaria, fruto de ese abismo entre lo sublime y lo bello, fruto de un hombre que descansa para todos aquellos que quieran encontrarlo en una iglesia de Beaconsfield, esperando a los defensores de la libertad de cada época.

«El alma del mundo» vista por Roger Scruton

Aunque el tema de esta obra sea Dios y la religión, el autor argumenta desde mucho más atrás. Como señala él mismo, las polémicas actuales sobre religión suelen moverse en el terreno de los corolarios y dan muchas tesis por supuestas. Se discute si la religión es socialmente útil o engendra violencia; si la creencia en Dios es compatible con las adquisiciones de la ciencia moderna. Ateos y teístas no debaten sobre la validez de las pruebas sobre la existencia de Dios. Nunca llegan a ese punto: la discrepancia viene de mucho antes. Naturalmente, la carga de la prueba cae sobre el que afirma la existencia de Dios. Pero no tendrá oportunidad de presentar su alegato. Si no le conceden que el conocimiento humano alcanza más allá de lo empírico o que la realidad no se reduce a la materia y sus fenómenos, no hay lugar al debate. La existencia de Dios queda fuera de campo, y no se podrá examinar el sentido y la verdad de la religión, sino solo explicar de dónde viene en cuanto creencia, práctica o institución social.

Las explicaciones hoy al uso se apoyan en la neurociencia y en la evolución. Primero, la religión es reducida a su dimensión psíquica, que es reducida a su vez a su base material. Los métodos de diagnóstico por imagen permiten ver cómo se activan unas u otras zonas del cerebro cuando el sujeto realiza conductas conscientes. Es clara la correspondencia en el caso de las reacciones emocionales; pero resulta mucho más difícil seguir el rastro de los procesos mentales hasta las sinapsis. El contenido de los actos psíquicos intencionales no comparece en la resonancia magnética, que detecta la noesis pero no el noema: el diagrama muestra qué pasa en el cerebro cuando uno piensa, no en qué está uno pensando. En particular, la autoconciencia se resiste a ser explicada como «chisporroteo de neuronas» —la expresión es de Scruton—. Lo más común es acabar proponiendo alguna especie de emergentismo: postular que la autoconciencia «sale» del cerebro de un modo u otro, aunque no se sepa bien por qué proceso sale concretamente.

A la neurociencia que no es capaz de determinar bien la cadena causal, le sirve de apoyo el evolucionismo, que suministra finalidad. Aplicado de esta manera, el darwinismo cumple una función semejante a las teorías de Freud, que no dicen cómo la conducta se deriva de la bioquímica de los instintos, pero aportan interpretaciones que hacen verosímil la derivación. Que la prohibición del incesto —observa Scruton— provenga de la represión, por exigencias sociales, de la espontánea atracción sexual hacia el progenitor del otro sexo, será falso o indemostrable, pero tiene sentido.

El evolucionismo viene a suplir la carencia de sentido de que adolece el reduccionismo bioquímico. Por ejemplo, dirá que el altruismo es un rasgo humano adquirido por selección natural. Allá en los tiempos de las cavernas, la supervivencia de la tribu dependía de la cooperación entre todos, de manera que el egoísmo, aunque ventajoso para cada uno, es, desde el punto de vista de la propagación de la especie, contraproducente; en cambio, el altruismo es una ventaja adaptativa. Así, los linajes de gente egoísta tendieron a extinguirse, mientras prosperaban los de los altruistas. Porque uno puede considerar el egoísmo vergonzoso o abyecto, si quiere; pero lo único que de verdad importa es que es antiadaptativo. La religión, que demanda sacrificio y generosidad, entra en este esquema.

DARWINISMO POPULAR

Tales teorías evolucionistas son defendidas en revistas de psicología y difundidas en publicaciones divulgativas como la sección de ciencia de The Economist. Las hay de lo más increíble y absurdo; Scruton menciona algunas. Por ejemplo, dice, se atribuye a la selección natural que las madres canten a los niños. También el enamoramiento y el cortejo humano: así como tienen más posibilidades de reproducirse los pavos reales con colas más grandes, pruebas de su vigor, los hombres que componen poesías amorosas encandilan a las mujeres porque con ello muestran ir sobrados de fuerzas biológicas.

Los críticos del darwinismo no han dejado de señalar un problema epistemológico en el concepto mismo de ventaja adaptativa. En ausencia de pruebas independientes, la conclusión de que un rasgo es adaptativo es ex post facto: si se ha perpetuado, lo es; en caso contrario, no habría prosperado. Entonces, no sabemos en realidad por qué un rasgo es favorable. Rémy Chauvin, en Le darwinisme ou la fin d’un mythe (1997), puso de manifiesto este punto débil de la teoría evolucionista convencional moderna, con ejemplos de distintas especies. Pero en evolución biológica los hay también de selección natural observable y adaptación comprobada. En psicología evolutiva, en cambio, la petición de principio es norma. Si no se pone en cuestión, es porque no se imagina que los datos puedan admitir explicaciones de otro género. La creencia religiosa o la inclinación a la poesía en el hombre tienen que proceder de la evolución: ¿de dónde si no?

Scruton toma completamente en serio la evolución biológica, sin pretender quitarle nada del espacio que le corresponde. Pero examina críticamente la extensión del neuroevolucionismo actual al campo de las humanidades, mostrando adónde conducen cuando se lleva hasta las últimas consecuencias. De esta corriente bien podría decirse lo que Ortega y Gasset, en Historia como sistema (1935), objetaba contra el relativismo: que es una teoría suicida, pues cuando se aplica a sí mismo, se mata. Como la religión o la ética, también las matemáticas, y desde luego la neurociencia y la teoría de la evolución, han de ser productos del cerebro, nacidos de presiones evolutivas y condicionamientos sociales. En tal caso, no sabemos si son verdaderas: solo que son adaptativas. Pero bien podría ser que la falsedad fuera favorable a la supervivencia de nuestra especie y, por tanto, careciéramos de razones para sostener las tesis neurocientíficas.

La libertad cae igualmente: no puede ser más que ilusión, si la conducta consciente está cerebralmente determinada. El yo es entonces, según la ingeniosa comparación de David Eagleman, que Scruton reproduce, «como un pasajero que se pasea por la cubierta de un enorme trasatlántico mientras se dice a sí mismo que él mueve el barco con los pies». Verdad y libertad son, a la postre, la ignorancia de las causas reales de nuestros pensamientos y decisiones.

En realidad, nadie acepta esas conclusiones ni vive conforme a ellas, pues la ciencia carecería de sentido y toda polémica no sería sino una pelea por cuestión de gustos —o de hormonas—; ninguna elección sería laudable o reprobable si decidimos al dictado del cerebro.

LA PRIMERA PERSONA

Scruton vuelve de la aporía a la evidencia. «Las ideas del yo y de la libertad no pueden desaparecer de las mentes de los sujetos humanos mismos. La conducta de unos con otros está mediada por la creencia en la libertad, en el yo personal, en el conocimiento de que yo soy yo y tú eres tú, y cada uno de nosotros es un centro de pensamiento y acción libres y responsables». Nadie haría la pregunta «¿me quieres?» si creyera que va dirigida a unas neuronas. Pero cada quien sabe con toda claridad y certeza que es él mismo, el que dice «yo», quien decide, piensa y obra conscientemente, y distingue sin dudar sus acciones conscientes de lo que no hace él, sino su organismo en él —si él lo percibe—, como la digestión.

Scruton alega por extenso el «privilegio de la primera persona». Lo que una persona se atribuye en primera persona, sobre sus estados de conciencia, sobre lo que piensa y quiere, es indiscutible. Puede mentir, pero no equivocarse. El reduccionismo neurocientista, tomado en serio, implica que incluso cuando uno se refiere a sí mismo, solo puede hablar en tercera persona, como testigo o espectador de hechos que no tienen origen en su yo. Tendría que decir, por ejemplo: «Mi cerebro me ha llevado a tomar una decisión».

Pero la autoconciencia comparece siempre. También si digo algo de mi cerebro o de cualquier cosa distinta de mí, digo en definitiva que yo afirmo eso. La primera persona es insuprimible. Es la reflexión implícita de los actos de la mente y la voluntad, que señalaron los medievales; en términos kantianos, es el «yo pienso» que debe poder acompañar todas mis representaciones; es la cuestión trascendental, si queremos decirlo como Husserl.

Podríamos dar la vuelta a la comparación de Eagleman: el neuromaterialista es como un piloto que maneja el timón mientras se dice a sí mismo que el motor marca el rumbo.

Así pues, en nuestra vida de personas aparece algo que no puede encontrarse en el cerebro. Pero a la vez que personas, somos organismos vivientes. El planteamiento de Scruton lleva al problema, debatido en la neurociencia y en la filosofía contemporáneas, de la mente y el cerebro.

Los «monistas» sostienen que una y otro son lo mismo en realidad, o, a lo sumo, que la mente es una manifestación de la actividad cerebral. Un «dualista», como John Eccles, dirá que la mente es una realidad distinta del cerebro.

La postura de Scruton es un dualismo de otro género. No sostiene que exista una «segunda cosa», como un espíritu encerrado en un cuerpo. Según él, la única realidad, en la que hay cosas y personas, se puede ver de dos modos distintos: el que escudriña las causas, como hacen las ciencias, y el que descubre razones y significados. Un rostro puede ser captado y descrito exactamente, píxel a píxel, por una máquina; se puede incluso determinar los movimientos y posiciones de los músculos faciales. Pero ahí no se ve la sonrisa, ni el rubor, ni la mirada. Tampoco el fonograma de una canción es la música, aunque represente con toda precisión los sonidos con sus propiedades acústicas.

Esas dos formas de ver la realidad son válidas —cada una a su modo— e irreductibles una a la otra. Ni la fisiología facial explica la sonrisa, ni captar una sonrisa tiene que ver con saber de músculos. Scruton propone, pues, no un dualismo ontológico, sino un «dualismo cognitivo», que evita las dificultades del primero, pero no aclara qué consistencia tiene lo inmaterial. El autor halla semejanzas con su teoría en el hilemorfismo de Aristóteles, que concibe el alma como forma del cuerpo. Pero, como él mismo reconoce, recibe más inspiración del monismo de Spinoza.

En este dualismo cognitivo, Dios solo está en el espacio de las razones, no en el de las causas, y solo se puede encontrarlo mirando la realidad de la segunda manera, como se descubre a las personas. El problema es cómo captar su presencia, si por definición no está en el mundo, a diferencia de las personas humanas, que son a la vez organismos vivientes. Es el problema, real y permanentemente planteado, del Deus absconditus. Pero el rígido dualismo cognitivo de Scruton cierra, a la postre, las ventanas por las que Dios podría asomarse a nuestro mundo, o nosotros podríamos asomarnos a Dios. Como parece no admitir que cuanto se da en el mundo pueda tener otro origen que las causas naturales, no se ve cómo sería posible remontarse a Dios desde ellas. De hecho, considera la Encarnación como un mito, lo cual no significa que la desprecie o la considere falsa: muy al contrario, dice, los mitos expresan grandes verdades que la ciencia es incapaz de captar. Pero la gran verdad de ese mito es que Dios se hace presente en el mundo; que se ha hecho hombre, insinúa Scruton, es la forma de decirla.

El alma del mundo me parece más luminosa en la crítica al reduccionismo cientista que en lo que tiene de teología filosófica, que por otra parte no es tanto. Scruton desbroza el camino, se demora en largas digresiones sobre música y arquitectura, y se detiene sin llegar casi al final. Pero llevar al lector hasta ese umbral es el fin y la utilidad de esta obra.

El derecho a ser escuchado

Últimamente se anuncia la muerte del columnismo con especial énfasis, casi con placer. Algunos la profetizan con la satisfacción justiciera del resentido a quien nadie dio voz a tiempo; otros con boba fascinación de rumiantes digitales. Los de más allá desprenden nostalgia de leño prendido en la chimenea, las gafas de cerca sobre las rodillas, una pila de revistas cogiendo polvo en el rincón. El columnismo muere, dicen, porque mueren los periódicos y muere la lectura misma. Y yo no digo que esta vez no vaya la vencida. Yo solo digo que cuanto más se habla del fin de la novela, más novelas se publican; cuantas más actas de defunción cinematográfica se levantan, más dinero recaudan las películas; y cuantas más paladas caen sobre el féretro de la columna, más artículos nos encargan sobre la función social del columnista, y más estudiantes nos hacen llegar el despertar de su vocación, el testimonio de su fidelidad lectora o la educada solicitud de otra entrevista inmerecida.

Quizá el columnismo, que cuenta con la brevedad entre sus premisas, sea género darwiniano que sobreviva a la hecatombe internauta. Puede que el entrañable hábito del desayuno a doble página junto a la taza de café camine hacia la extinción; pero no es menos cierto que está siendo relevado por ese otro del vistazo —furtivo y frecuente como un vicio— a la pantalla de móvil, donde siempre aguarda el enlace al artículo polémico de la jornada, ese que nos hace cabecear de conformidad aferrados a la barra del autobús o ese otro que nos infla de indignación sentados sobre el retrete.

Lo cierto es que los muros de Facebook y los perfiles de Twitter están llenos de columnas. Es una constatación diaria que salva la vigencia del humanismo. Nacen proyectos renovadores del parque columnístico como el que lidera Ignacio Peyró al frente de The Objective, plataforma para el provecho reflexivo frente a la viralidad sensacionalista. Pese a todo, ninguno de los que nos encaramamos con regularidad a una columna estamos libres de desatar el escándalo e incendiar las redes el día menos pensado. A poco talento que atesore, cualquier abajofirmante puede hacerse acreedor a la reprimenda pública de una portavoz parlamentaria. Claro que son mucho peores las reprimendas privadas. Pero algo tendrá la opinión cuando la bendicen con su saña tantos ofendidos de guardia, tantas minorías insomnes, tantas identidades en perfecto estado de revista inquisitorial que salen a patrullar la opinión cada mañana y cada tarde, con la antorcha en una mano y el rostro embozado en un avatar anónimo.

De modo que menos funerales: la pasión lectora goza de una salud que ya quisiéramos a veces menos vigorosa. Mayor robustez le desearíamos a la comprensión lectora: la aptitud para leer la ironía, por ejemplo, en un mundo que alumbra una camada diaria de tontos literales. Personalmente confieso que rara vez concedí a mi oficio la importancia de la que generosamente me han revestido en alguna ocasión mis amigos; pero lo que desde luego jamás pude imaginar es la generosidad de mis enemigos. Si uno, que ni tiene el título reglamentario ni cursó el máster corporativo ni gozó de más padrinos que las amistades que fue haciendo a golpe de escritura es capaz de sostener un par de polémicas semanales —públicas o privadas— con representantes de cuatro o cinco partidos diferentes, significa que el columnismo todavía articula la conversación pública, y que uno puede condicionarla siquiera en grado infinitesimal mientras se gane (y no pierda) el derecho a ser escuchado.

¿Qué es el derecho a ser escuchado? Aristóteles distinguía tres principios activos en la retórica: el logos, que es el argumento, la idea que se defiende; el pathos, que es el estado de ánimo de la audiencia que debe pulsar el buen orador; y el ethos, que es el carácter reconocible o autoridad natural del orador: su derecho a ser escuchado. Es el ethos el cimiento de la carrera del columnista, y no lo asentará sin sacrificio. Es el doctorado que todo aspirante debe preocuparse de obtener antes de ponerse a impartir lecciones con alguna credibilidad, pero por el camino aprenderá valiosas decepciones. La primera de ellas será la indiferencia glacial del público: al principio uno se sienta ante el folio con una pose mixta de responsabilidad y desafío, como quien se sienta a los mandos de un submarino nuclear ruso, calculando la reacción en el Kremlin, o en La Moncloa, o siquiera en la asociación de veganos del barrio; pero sucede que al día siguiente nadie se da por aludido. El golpe suele ser duro, y duradero, y siega no pocas vocaciones demasiado infundadas, tiernos brotes sin raíz. Pero si nuestro articulista persevera y posee el don, acabará conquistando el derecho a ser escuchado. Vencer la indiferencia del personal, indeciso ante la pléyade de firmas que mendigan su vistazo mañanero, representará quizá la mayor victoria de su vida. Pero inmediatamente después empiezan los verdaderos problemas. Cuando se pasa sin transición del estadio árido en que nadie se da por aludido al estadio histérico en que se dan por aludidos todos.

El mismo aprendizaje curte al idealista que debuta en un partido, según explicó Michael Ignatieff en una obra ya clásica de memorialismo tragicómico. Ignatieff era un académico al que ficharon para el partido liberal canadiense como quien secuestra a un abad para presentar un reality. Nuestro político forzoso no tardó en descubrir que soportamos una democracia de baja calidad argumental donde ya no se atacan las ideas o posturas de un candidato, sino lo que el candidato es. Y en el peor de los casos, lo que parece. Se logra mediante un etiquetado exprés que llueve sobre el voluntarioso neófito —en ocasiones con etiquetas excluyentes entre sí, pero algo queda— para desacreditarlo preventivamente. Se trata de que su trabajo no llegue limpio a las entendederas del personal: se trata de disuadir a los sanos curiosos y de suministrar munición a los prejuiciosos doblemente armados. En el actual ecosistema mediático, el debate intelectual está perseguido, porque intercambiar ideas libremente comporta el riesgo turbador de acabar persuadido por el otro. «Una vez que has negado a la gente el derecho a ser escuchada —escribe Ignatieff—, ya no tienes que refutar lo que dicen. Solo hay que ensuciar lo que son». Eso sucede a diario en la política y en el periodismo, y contra esa máquina orwelliana de atribuciones hay que pelear desde el principio. Te llamarán facha, rojo, meapilas, comecuras, vendido, pepero, extremocentrista, homófobo, machista, adicto al canapé, adúltero, impotente y frecuentador de palcos vip, si hay alma capaz de proferir insulto tan lacerante.

Al columnista, por tanto, se le ha de presuponer el valor, pero también el equipo. Casco, chaleco, granadas, fusil y no viene mal un machete en la caña de la bota. Su armamento es la lectura bien metabolizada. Si sale al campo de batalla pertrechado solo con opiniones ajenas, mantras de tertulia, solapas de ensayo o emoción a flor de piel, será masacrado. En la maduración de toda columnista resulta imprescindible saber pasar del testimonio al argumento. Del yo al nosotros. Del blog al ágora. De la anécdota que yo protagonicé a la categoría de lo que a todos nos sucede. Sabemos que hemos consumado el salto si queda flotando en el aire del texto un pensamiento original, una conclusión ética, al menos una perplejidad reveladora. De la observación, la experiencia y los libros nacen las ideas propias que delatan al columnista de mérito. Aquel que modula la soberbia de la opinión gracias a la modestia de los hechos, es decir, que mezcla el ensayo con la crónica. Ese es para mí el columnista ideal.

Un columnista se gana su derecho a ser escuchado porque posee mirada y estilo propios. Hay columnistas que clavan el análisis de los hechos, o les encuentran una perspectiva novedosa que luego expresan con una vulgaridad olvidable. Su hallazgo no hará mella en la mente del lector. Y hay otros —y en España, cuna del barroco, forman escuela— que por una bienintencionada voluntad de autoría esperan que les perdonemos su mediocre raciocinio solo porque amasen el pan duro del tópico con crema pastelera. Son los epígonos de ese umbralismo mal entendido que separa el fondo de la forma, el significado del sonido. A ellos, sin embargo, estamos siempre dispuestos a perdonarlos porque militan contra la dramática agrafía del periodista medio.

Hay que saber mirar, o pensar, y hay que saber describir con precisión lo que se está mirando o pensando. Y la precisión —contra lo que escribió el Ortega más confuso— jamás está reñida con la literatura. Un autor que maneja pocas palabras o se extravía cuando se aventura por las afueras de la frase copulativa no puede ser un buen columnista. Y que no excuse luego su pereza o su incapacidad en la obediencia a la preceptiva anglosajona. Simple no es el antónimo de pomposo sino de complejo, y se puede ser complejo y elegante a la vez como un vino memorable. De quien sea capaz de pasar de la impresión al argumento y del estilo a la idea sin dejarse nada por el camino será el reino de los cielos de la antología. Escribir bien granjea el derecho a ser escuchado, pero no lo garantizará a largo plazo si la estética no se acompaña de la inteligencia.

Tampoco aquí terminan las amenazas. Una vez que se disfruta de una audiencia que sigue tus columnas y las espera para compartirlas, comentarlas o denostarlas con igual fidelidad, se presentan varias tentaciones que provocarán la pérdida del derecho a ser escuchado en caso de que el columnista no ejercite la tensión moral necesaria para resistirlas. ¿Cuáles son esos peligros? Veamos. La presión que acosa al columnista escuchado es de naturaleza variopinta, pero podemos catalogar sus efectos en la siguiente tipología de caídos.

  1. El columnista cursi. Muy extendido. Autobiográfico compulsivo. Es una víctima penosa del Me Gusta. De la droga del elogio viral. Así que, visto lo visto, ha decidido dirigirse resueltamente a las tripas del lector y evitar escrupulosamente su cerebro. Es más rentable, claro. Se justifica reivindicando orgullo plebeyo pero solo resulta ordinario, populachero. Se reclama cruzado contra la pedantería, pero quizá es que acusa problemas de expresión. Es una máquina de atraer seguidoras sexys y desamparadas. Reina sobre esta sociedad de infantes crónicos masajeando como la mejor geisha de Bangkok el ego dolido del narciso occidental que ha perdido un gato o una abuela, y lo siente como el primer nieto de la humanidad. Es también una máquina de expulsar de la lectura de sus columnas a los herederos de la Ilustración.

2. El columnista clown. Ni una frase sin su gag. Estamos aquí para divertir a la gente, que ya tiene demasiados problemas como para ponerla a pensar. Se ríen de todos los políticos porque todos son iguales, pero los de derechas son más iguales que otros. Si alguno se ofende siempre se puede invocar el santo burladero del humor. Y harían bien si lo suyo fuera humor —la mueca de la inteligencia— y no chiste enlatado en la lata manufacturada por la secta. El columnista payaso carece de pensamiento propio: su trabajo es coral, él se atribuye gags producidos industrial mente por unos señores de negro que provienen del área metropolitana de Barcelona.

3. El columnista pisacharcos. Ha venido aquí a incendiar Twitter. En él la provocación no es el efecto colateral que causa un ataque razonado a la corrección política, sino que es el efecto obsesivamente perseguido. Hay algo oscuramente freudiano, sadomasoquista, en este tipo humano que no duerme feliz si no se va caliente a la cama. No cree en nada, pero conoce bien los puntos erógenos de la opinión pública: dónde tocar y dónde apretar. Es barato, cínico y, descubierto el truco, letal para la fidelidad lectora.

4. El columnista papanatas. España es un país de pandereta, clama el panderetero mayor. Tiene un concepto cosmopolita de sí mismo, pero ha viajado mucho menos de lo que predica, o no diría tantas sandeces. Sabe que su aversión retórica a España se cambia a precio de platino iridiado en las redes sociales españolas, donde conceder alguna calidad de vida a este valle de lágrimas corruptas solo puede significar que estás a sueldo del PP. El columnista papanatas pasa por titán de la independencia periodística: no sospecha que no hay pose más cómoda en la vida que la del eterno insatisfecho. Si todo es una mierda, uno no tiene por qué exigirse más. ¡Ojalá fuéramos finlandeses!, lagrimea desde la torre de marfil de su esnobismo de progreso. Pero no se muda del terruño ni por orden judicial.

5. El columnista sectorial. Pasemos por encima de la subespecie de los columnistas de partido, tan despreciables y obvios que no merecen comentario, más allá de que haberlos, haylos. Algunos tienen hijos y no tienen talento, así que se disculpa la pleitesía. Yo me refiero a quienes venden su pluma a un colectivo especialmente ruidoso y mejor visto: las feministas de séptima generación, los autónomos jeremiacos o los ecoverdes antitaurinos, por ejemplo. Son pocos pero bien organizados, y como buenas minorías saben hacerse oír, porque la mayoría está ocupada haciendo la compra a la vuelta del tajo o recogiendo al niño de la clase de kárate mientras envía un par de mails sobre la reunión de mañana. El columnista sectorial lleva en el pecado la penitencia: a partir de su identificación con una determinada tribu social, ya no podrá escribir impunemente sobre gastrobares de moda o corrupción inmobiliaria.

Confieso que soy el primero que ha cedido a alguna de estas tentaciones. Me acuso de furor autorreivindicativo, de enmienda total al mundo moderno, de maldito por entregas con intención lujuriosa. Lo importante es no dejar de examinarse en soledad. Localizar nuestro patinazo para crecer en humildad, que es crecer en inteligencia, y para no convertir la caída en adicción que nos arrebate el derecho a ser escuchados. Ese que tanto nos costó ganar. Observa, lee, apunta, llama. Cultiva tu propio jardín. Y extrae semanalmente de él tu cosecha instructiva y deleitosa de palabras para el paladar apresurado del lector posmoderno, que no tiene tiempo para nadie pero puede que aún lo tenga para ti, siempre que conquistes ese derecho que todos ambicionan. La facultad de opinar, de incidir con eficacia en la construcción del discurso público que modela la sociedad en que vivimos.

Los «saberes inútiles» de Simon Leys

Testamento literario y humanista de uno de los grandes intelectuales del siglo XX, este Breviario de saberes inútiles recoge treinta y nueve ensayos que Simon Leys (Bruselas, 1935 – Canberra, 2014) fue publicando a lo largo de su vida en revistas de prestigio como The New York Review of Books, The Times Literary Supplement o Le Magazine Littéraire, entre otras. Los textos versan sobre temas muy variados, con el único denominador común de la supuesta inutilidad a la que alude el título. Como reza la cita de Zhuang Zi que encabeza el volumen: «Todo el mundo conoce la utilidad de lo que es útil, pero pocos conocen la utilidad de lo inútil».

Cuenta Leys en el prólogo que de joven estuvo viviendo dos años en una chabola de una mísera barriada de refugiados en Hong-Kong y compartía habitación con un calígrafo y grabador de sellos, gran erudito, que había colgado en la pared un cartel que decía: «Escuela de la Inutilidad». Aquellas palabras aludían a un pasaje del Libro de los cambios, el más antiguo de los libros sagrados chinos, y simbolizaban todo ese tipo de saber asociado a la vida cotidiana, en un entorno propicio y con la compañía adecuada, donde aprender y vivir se convierten en la misma cosa, tal y como propugnaba John Henry Newman en su obra clásica La idea de la Universidad. Ese tipo de inutilidad, sentencia Leys, es el fundamento de todos los valores de nuestra común humanidad.

«Todo el mundo conoce la utilidad de lo que es útil, pero pocos conocen la utilidad de lo inútil»

Los ensayos aparecen reunidos en cinco grandes apartados: «Quijotismo», «Literatura», «China», «El mar» y «La universidad», que pretenden organizar de algún modo la incontenible heterogeneidad de los asuntos tratados. De personajes de ficción como don Quijote y el inspector Maigret, a figuras históricas como Confucio, Mao Zedong o Magallanes, pasando por infinidad de escritores como Balzac, Victor Hugo, Chesterton, André Gide, Malraux, Orwell, Nabokov, Joseph Conrad o Simone Weil, este libro hará las delicias de cualquier lector curioso que, por encima de todo, quiera disfrutar leyendo, retomando el clásico precepto horaciano de aprender deleitándose.

El género de los libros misceláneos, que seguramente ha producido algunos de los frutos más logrados de la historia cultural universal, tiene una incomprensible mala prensa en los despachos de los editores, pues parece condenado de antemano a ser solo pasto de lectura de los happy few. Craso error, pues además del placer que proporcionan a los espíritus atentos y curiosos, estos libros re-sultan especialmente indicados para las peculiaridades de un mundo como el nuestro, tendente —según se dice— a la fragmentación, la multiplicidad, el zapping. Ya decía Gracián que «la uniformidad limita, la variedad dilata» y que «la variedad con perfección es entretenimiento de la vida». Desde luego, la capacidad de Leys para abordar con profundidad y desenfado tan amplio espectro de temas es un lujo para la inteligencia.

Estos libros resultan especialmente indicados para las peculiaridades de un mundo como el nuestro

Ironía, naturalidad, curiosidad, impetuosidad, erudición, brevedad, amenidad e incorrección política son algunas de las señas de identidad del escritor belga. La veracidad de un espíritu libre, por así decirlo, que expone su visión sobre las cosas contra viento y marea. No olvidemos que fue Leys uno de los primeros en denunciar y describir al detalle la sangrienta barbarie de la revolución cultural china, enfrentándose a todos aquellos intelectuales occidentales que todavía a comienzos de los años setenta se dejaban seducir por la propaganda soviética y maoísta.

Frente a la afectación espartana de la crítica literaria académica, que presupone que lo que es divertido no puede ser importante ni serio, Leys reivindica el puro placer de la lectura y recuerda que las grandes obras maestras de la literatura se concibieron en origen como entretenimiento popular. Los grandes creadores literarios no se proponían agradar a los entendidos o expertos ni estaban obsesionados por transmitir un «mensaje» en sus novelas, sino que por encima de todo querían llegar al hombre de la calle, para simplemente hacerle reír o llorar. Existe, pues, una gran brecha entre la intención consciente del autor y el sentido más profundo de su obra, y es en ese terreno donde el crítico literario puede ejercer su oficio.

En «La imitación de nuestro señor don Quijote» explica Leys que un síntoma evidente de que nuestra cultura se ha alejado de sus raíces espirituales es que el término «quijotesco» se haya incorporado al lenguaje común con un sentido exclusivamente peyorativo, como sinónimo de «irremediablemente ingenuo e idealista», «ridículamente carente de sentido práctico» o «condenado al fracaso». Recuperando la interpretación de Unamuno en Vida de don Quijote y Sancho, Leys vincula el Quijote con el cristianismo, más concretamente con el catolicismo español y su tendencia al misticismo: «Juan de la Cruz, Teresa de Ávila e Ignacio de Loyola no rechazaron la racionalidad ni desconfiaron del conocimiento científico; lo que les condujo al misticismo fue simplemente “una disparidad insoportable entre la inmensidad de su deseo y la pequeñez de la realidad”» (p. 31). No es que don Quijote estuviera loco y tuviera la falsa ilusión de ser un caballero andante, sino que se propuso llegar a serlo; su profesión es, pues, el resultado de una elección ponderada, como explicó Mark Van Doren en Don Quixote’s Profession. Pero ante la sociedad de su época esa obstinada búsqueda de honor y de gloria representaba un anacronismo grotesco. Don Quijote estaba condenado al fracaso perpetuo porque se negó a adaptar la inmensidad de su deseo a la pequeñez de la realidad. Solo una cultura basada en una «religión de perdedores» podía producir un héroe como él, concluye Leys.

En su defensa de la madre Teresa de Calcuta frente a las críticas de Christopher Hitchens, Leys ofrece una clara muestra de cómo disecciona las ideas con precisión quirúrgica: «El problema es que él da por sentado que la madre Teresa debería ser una especie de filántropa, cuyo objetivo en la vida fuese proporcionar a los necesitados ayuda financiera, servicios sociales eficaces y cuidados médicos modernos» (p.38). Pero la madre Teresa no es filántropa, sino cristiana; es decir, no es meramente una persona que sienta afecto por los antropoides sino alguien que ama a Cristo y hace de esta creencia el fundamento de todos sus actos y pensamientos. El problema, arguye Leys, es que los filisteos no soportan la existencia de la belleza moral y se esfuerzan por denigrar, desfigurar, ridiculizar y desacreditar «cualquier esplendor que se eleve por encima de nosotros» (p. 44).

De Balzac dice que era un gran escritor pero que carecía de gusto literario. A pesar de ser uno de los mejores novelistas de todos los tiempos, su prosa está plagada de «ocurrencias absurdas, metáforas heterogéneas, lugares comunes y diversas muestras de ingenuidad y mal gusto»(p.47). Escribía muy mal, pero su falta de talento era suplida por su enorme fuerza de voluntad y disciplina. Se trata, en cualquier caso, de uno de los ejemplos más puros del genio creador que está libre de virtudes superfluas, porque, según Leys, la verdadera fuente de toda creación no es la inteligencia, ni la sensibilidad, ni la educación o el gusto, sino la imaginación, de la que la obra de Balzac rebosa por todos lados.

Escribía muy mal, pero su falta de talento era suplida por su enorme fuerza de voluntad y disciplina.

De manera sorprendente, compara la mirada de Chesterton, a quien define como «el poeta que baila con cien piernas», con la de los maestros del budismo zen: «La lección es: atente a la realidad; si eres capaz de captar plenamente solo un fragmento de realidad, por muy humilde que sea, en su concreción y singularidad irreductibles, consigues llegar a la parte más profunda de la verdad, y desde allí puedes alcanzar la salvación» (p. 85). Chesterton tenía el don del poeta, que consiste en la capacidad de conectar con el mundo real para mirar las cosas embelesado. Tanto el poeta como el niño están bendecidos con lo que Chesterton llamó «el mínimo místico»: la conciencia de que las cosas son… y punto. Por eso lo que le impulsó a escribir desde siempre fue «el ansia de dar las gracias a su creador».

Chesterton atesoraba todas las cualidades del gran periodista: inteligencia, claridad, viveza, rapidez, brevedad e ingenio. Pero son precisamente estas cualidades las que causan el desprecio «de los críticos engreídos y de las mediocridades pomposas». Chesterton escribió con la generosidad despreocupada del genio, siempre con humildad y discreción y sin tomarse demasiado en serio. Se consideraba a sí mismo un simple aficionado y luchó sin cesar contra ese prejuicio que se interroga: «¿cómo vas a poder decir algo importante si no te das importancia?». Por sus chistes y paradojas, así como por la excentricidad barroca de sus imágenes, Chesterton ha sido considerado por muchos críticos un personaje frívolo o superficial, lo que les ha llevado a ignorar su obra, cuando no directamente a despreciarla y motejarla. Frente a esa imagen distorsionada, defiende Leys la profundidad y seriedad del pensamiento de Chesterton, la precisión de sus análisis y el carácter profético de sus advertencias, concluyendo con un certero diagnóstico: «En cierto modo, el catolicismo ha hecho a la reputación de Chesterton lo que el Imperio británico hizo a la de Kipling: a ojos de un público superficial e ignorante, se convirtió en un lastre, en un motivo para que tanto partidarios como detractores se entregasen a esquematizaciones y distorsiones, buscando un pretexto sectario para el apoyo o rechazo» (p. 95). Desde esa perspectiva reduccionista, erigido en «profeta de la ortodoxia», el catolicismo de Chesterton vino a oscurecer su catolicidad.

Al final del libro se reproduce el discurso que Leys ofreció en la cena inaugural de la Campion Foundation, en Sídney, el 23 de marzo de 2006. Desde el título mismo, «Una idea de universidad», el discurso se presenta como un homenaje al libro del cardenal Newman The Idea of a University. Parte Leys de una definición estándar de la universidad como aquel lugar «donde los estudiosos tratan de buscar la verdad, de perseguir y transmitir el conocimiento por el conocimiento en sí, independientemente de las consecuencias, implicaciones y utilidad de la empresa» y enumera a continuación los cuatro elementos básicos que necesita una universidad: una comunidad de estudiosos; una buena biblioteca para las humanidades y unos laboratorios bien equipados para los científicos; los estudiantes; y dinero. Las dos primeras, dice Leys, son absolutamente esenciales y necesarias; las otras dos son importantes pero no siempre indispensables.

Formula así Leys su visión de una universidad ideal: «Sueño con una universidad ideal que no entregase títulos ni diese acceso a ninguna ocupación específica, ni certificase capacitación profesional de ningún género. Los estudiantes estarían motivados por una sola cosa: un fuerte deseo personal de conocimiento; la adquisición de conocimientos sería la única recompensa» (p. 557). En la sociedad actual se condena el carácter elitista de esta «torre de marfil» en nombre de la igualdad y la democracia. Sin embargo, para Leys, aunque la exigencia de igualdad «es noble y debe apoyarse plenamente», solo tiene cabida dentro de su propia esfera, que es la de la justicia social. Fuera de ahí no tiene nada que decir. Ni la verdad ni la inteligencia ni el talento son democráticos, como tampoco lo son la belleza, el amor o la gracia de Dios, de modo que la educación debe ser «implacablemente aristocrática e intelectual, debe estar enfocada sin el menor pudor hacia la excelencia».

Ni la verdad ni la inteligencia ni el talento son democráticos, como tampoco lo son la belleza, el amor o la gracia de Dios

También se ataca a esa «torre de marfil» por su carácter no utilitario, pero en realidad «la utilidad superior de la universidad (lo que le permite ejercer su función) se basa enteramente en lo que el mundo considera inutilidad». El error, dice Leys, ha sido convertir a las universidades en malas imitaciones de los colegios técnicos, de modo que la distinción fundamental entre educación liberal y formación vocacional ha quedado difuminada y pone en entredicho la propia supervivencia de la universidad. Pone Leys el ejemplo de una respetada universidad europea que, ante los recortes de financiación, se vio obligada a cerrar un departamento, el menos viable económicamente: «El departamento que se cerró fue el departamento de Filosofía, torre de marfil dentro de la torre de marfil, núcleo y origen histórico de la propia universidad». Frente a esta deriva utilitarista, recuerda Leys el lema humanista de Erasmo (Homo fit, non nascitur) y define a la universidad como el lugar «donde se da a los hombres la oportunidad de convertirse en lo que verdaderamente son».

Estos son solo algunos ejemplos de la sabiduría vital, literaria y humanística que Simon Leys fue destilando a lo largo de su vida y que se reúnen en esta excelente recopilación de «saberes inútiles». Son muchos más, y el lector curioso podrá dar cuenta de ellos.

Ya argumentaba Aristóteles respecto de la filosofía que lo inútil es lo más valioso y libre, porque no es siervo de nadie, no sirve para otra cosa, sino que tiene valor en sí mismo. En el manifiesto La utilidad de lo inútil, publicado en 2013 por la misma editorial Acantilado, el profesor italiano Nuccio Ordine reivindicaba la importancia de saberes como la literatura, la filosofía, el arte o la música «que no dan ningún beneficio, no producen ganancias, pero sirven para alimentar la mente, el espíritu y evitar la deshumanización de la humanidad», de modo que no dudaba en redefinir lo útil como «todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores». En este libro Simon Leys lo ha demostrado con creces.

(*) Recomendado como libro del trimestre por Alberto Ruiz-Gallardón (Consejo Editorial)

Manuel Cruz: la necesidad de recuperar el presente

“¿Nos hemos quedado sin futuro? No, pero francamente nos lo han puesto cuesta arriba”. Así concluye Manuel Cruz su ensayo sobre política e historia y lo dice porque sabe que las épocas de cambio son duras. Las creencias, en sentido orteguiano, dejan de ofrecer las certezas necesarias para vivir el presente. Cuando desaparecen o dejan de ser operativas, la acción se ve condenada a un eterno presente sin significado. Cuanto menores son las certezas en las que nos movemos, mayor es la incertidumbre de la acción. Estas afirmaciones, obvias para el ámbito de la filosofía moral, tienen implicaciones importantes para la política. En esta relación entre acción y tiempo y su importancia para la política es en la que se sumerge Manuel Cruz en su ensayo “La flecha (sin blanco) de la historia”.

Hombre político y académico, conjuga en su experiencia el saber de los libros y el de la experiencia en las gradas del debate público, y desde su cátedra hace un alegato por lo político. No habla de los grandes principios universales, sino que se adentra en la complejidad de la contingencia, que en realidad es el ámbito propio de la acción política. La contingencia, que es todo aquello que no es necesario, pero que debe ser hecho, sucede en el presente, pero depende del pasado y del futuro. “El futuro’, sostiene Cruz, ‘sin una idea de pasado es inane, y el pasado sin una idea de futuro es inerte”.

La acción política para Manuel Cruz es la responsabilidad de la construcción y reforma del mundo en que vivimos para hacerlo más agradable y justo. La palabra “responsabilidad” tiene un protagonismo especial en su escrito, pues es la gran damnificada en esta época de descuido de la libertad, y para recuperarla en el presente hay que restablecer una relación adecuada con el pasado y recuperar la confianza en el futuro. Así, el argumento del libro transcurre en esta tríada tradicional de lo político: pasado, futuro y responsabilidad (presente).

El pasado, la historia y la memoria, forman la estructura de la personalidad y, por analogía, del cuerpo político. Pero ninguna de ellas da información a una comunidad política sobre su futuro, eso es cuestión de su presente. Cuando se pierde la comunicación entre las esferas del pasado-presente-futuro, cada una de ellas se convierte en una gónada inútil para transformar la realidad. Manuel Cruz desvela esta cuestión partiendo de una tipología de la memoria:

El pasado, la historia y la memoria, forman la estructura de la personalidad y, por analogía, del cuerpo político

1) Hay una memoria que enseña, y es tenida ideológicamente como maestra que automáticamente nos enseña qué debemos hacer. Cuando esto es así la historia se convierte en una factoría de mitos que vacían de contenido la responsabilidad sobre el presente: todo depende de un momento fundacional y así debe volver a ser hecho. 2) Hay una memoria que legitima: la acción deriva su bondad o maldad (legitimidad) del pasado. “Al historiador (así entendido) le correspondería una tarea muy concreta, a saber, la de convertir su disciplina en una maquinaria productora de identidad nacional”. 3) Hay una memoria que repara: la memoria se vincularía con la justicia y se disfrazan “de reparaciones simbólicas gestos que en realidad poco o nada tienen que ver con ellas”. La memoria histórica, la de los unos y la de los otros, supone que el recuerdo de los daños va a reparar el daño, en sentido literal, de las víctimas. La historia se convierte así en un tribunal reparador. 4) Hay una memoria que cura. El ejercicio de la memoria se asimila al duelo. La memoria tiene como objeto hacer una y mil veces presente, en un eterno aquí y ahora, el daño causado entonces. 5) Hay una memoria que libera. La memoria tiene una función “crítica, de denuncia, reveladora”, que desvela en el presente una verdad que las conciencias adormecidas han olvidado.

La memoria se ha convertido en el escenario de un conflicto. Ninguna de las funciones de la memoria antes descritas le corresponden. Ella no está, según Cruz, para fijar objetivos para la acción, “el futuro histórico no se puede derivar por completo a partir del pasado histórico”. El descuido de la memoria y su reinterpretación ideológica vuelve más problemática, aun si cabe, nuestra relación con el futuro y, por tanto, la posibilidad de la acción política.

El futuro es la gran responsabilidad de la política, es el blanco hacia el que se dirige la flecha. Es el gran problema, y como se advierte en el título del ensayo, el gran amenazado. Uno de los rasgos más característicos de nuestra época es, para Cruz, “nuestra generalizada incapacidad tanto para comprender el pasado como para proyectar el futuro”. La izquierda ha perdido su competencia sobre el futuro y “ha pasado a conservar lo mejor de lo que había”. Las utopías ya no son eficaces y han dejado de actuar como fuerzas motrices. Estamos estupefactos ante nuestro presente, totalmente desconectado de lo real. Ni el pasado ni el futuro nos sirven para relacionarnos con lo que tenemos frente a nosotros. Naufragamos, como sentencia Mark Lilla, en el presente, sucumbimos ante el “no hay nada que hacer”.

El futuro es la gran responsabilidad de la política, es el blanco hacia el que se dirige la flecha

Siempre ha sucedido que nos evadamos en el presente o en el pasado, “progresistas contra reaccionarios”. Hoy la mayoría se retira a los lugares de la memoria y lo novedoso de nuestra época es que cada vez son menos lo que se proyectan en el futuro. La confianza propia de la modernidad en un futuro siempre mejor se está desvaneciendo. Este es un rasgo típico de la posmodernidad. “Nos hemos acostumbrado a que, pase lo que pase en la sociedad, todo ocurrirá con la misma mezcla de fatalidad e ininteligibilidad con que ocurren los fenómenos naturales”. La nueva época que vivimos, lejos ya del optimismo moderno, se caracteriza por un pesimismo respecto al futuro. Es una época de “amenazas generalizadas”. Lo dicen muchos, y de un modo claro, Ulrich Beck, quien habla de la percepción generalizada del riesgo, del riesgo del clima, de la genética, la tecnología, etc. El fin del ciclo de las Guerras Mundiales que acabó con la bomba atómica, y continuó con las catástrofes naturales, los genocidios, la contaminación, el SIDA, y otros males incontrolables fruto del progreso técnico han sembrado en el hombre la reacción anti-ilustrada, la sospecha en el conocimiento y en las capacidades del hombre, el rechazo de la idea de progreso, y con ello, han dejado a las personas sin refugio en un mundo hostil.

El hombre posmoderno se siente inseguro y amenazado, al tiempo que la moral posmoderna es enormemente exigente. Cruz habla de un tiempo nuevo, de una época que balbucea sus procesos, y que aun no llegamos a comprender. Perplejos ante el presente, apenas podemos enunciar algunos de los fenómenos que vienen. Hablamos de la modernidad, nos movemos con conceptos-herramienta tales como “Sujeto, Hombre, Historia o Progreso” pero ya no son útiles, no conectan con lo real. Son conceptos nietzschianos, flatus vocis. La nueva realidad tiene otra estructura aun invisible a nuestros ojos, incomprensible y desconocida. El deber es “pensar en nuevos términos aquello en lo que ha devenido nuestro mundo”. Un mundo que entiende al sujeto desde la emancipación moderna y le obliga a actuar en el paradigma posmoderno. Esto genera, según lo ve con gran claridad el autor, una contradicción frustrante. Los sujetos modernos, al menos hasta los grandes movimientos emancipadores (Revolución Francesa y más cerca en el tiempo, el mayo del 68), eran sujetos de “obediencia”, dependientes de una autoridad que podía ser la familiar, la social, política o religiosa. El desplazamiento emancipador hacia un “sujeto de rendimiento” o, como dirían algunos célebres ilustrados, hacia la “mayoría de edad” ha producido un efecto insospechado. El individuo recibe sobre sus espaldas toda la carga de su existencia y se le despoja de las defensas y seguridades de antaño. Lo que ha sucedido, según Cruz, es “la sustitución de la vieja culpabilidad burguesa y de la lucha por liberarse de la ley de los padres, por el temor a no estar a la altura, el vacío y la impotencia que de allí resulta”. Hasta la emancipación, el sujeto luchaba, en pura lógica dialéctica marxista, contra el opresor, era una víctima que trataba de liberarse de las cadenas. Ahora, liberado del yugo opresor, queda expuesto ante sí mismo y su destino, ya no hay mediaciones. El yo romántico, el sujeto ante su destino desnudo, por fin ha aparecido en la historia. Ahora cualquier eventualidad que le suceda será totalmente imputable a su responsabilidad, porque su vida ya no depende de nadie. “Queda convertido en responsable de cuanto le sucede, puesto que se supone que es dueño y soberano”. Se da una de estas raras paradojas de la posmodernidad, que habiendo nacido contra el moralismo puritano del siglo XIX, acaba generando un moralismo aun más exigente. Así, resulta que “a diferencia de la sociedad disciplinaria, que generaba locos y criminales, la sociedad del rendimiento produce depresivos y fracasados”. La rebelión del sujeto no puede ser contra nadie porque ha triunfado el principio de autonomía moral. El individuo es plenamente responsable de sus actos. Pero la frustración tiene que encontrar su vía de escape y al sujeto no le cabe otra opción que enfrentarse a sí mismo, a su mediocridad, y deprimirse. Como denunciara Umberto Eco hace tiempo, la cultura de los superhéroes hipermusculados genera seres frustrados e impotentes. Paradojas de nuestro tiempo.

Llegados a este punto del ensayo, uno se pregunta, ¿y entonces? Entonces, según Cruz, “ni todo está garantizado de antemano, ni es cierto que no haya nada que hacer”. Estamos en un buen momento para intervenir en lo real, es el momento de la contingencia. Parece que hemos vivido demasiado tiempo dentro de categorías necesarias, predestinados por nuestro pasado o por nuestro futuro, pero en todo caso viviendo en una perfecta irresponsabilidad. Esta irresponsabilidad, que es uno de los temas nucleares del ensayo, se ve a gravada aun más por la política del espectáculo, las redes sociales, el emotivismo, la victimización y la desinformación. “Los políticos abdican de toda responsabilidad propositiva (…) y los ciudadanos (son) perfectos irresponsables, como espectadores del espectáculo”. Todo parece conspirar para desactivar la esfera política y, en efecto, así es.

Acaba el ensayo como empezábamos: “¿Nos hemos quedado sin futuro?”. La política no se mueve dentro de lo necesario, hay que recuperar la esfera de lo contingente y salir de los determinismos pretéritos pero, tras lo expuesto, no parece precisamente sencillo.

«Poemas pequeño-burgueses» de Juan Bonilla

Como Juan Bonilla (Jerez de la Frontera, 1966) es novelista de éxito y periodista cultural en activo, su dimensión de poeta, aunque sea la más antigua y más constante, se pasa por alto a menudo. No hay que culpar de eso exclusivamente a la dificultad del mercado español para asimilar al escritor todo terreno ni tampoco a la condición de cenicienta de la poesía, cercada de hermanastras más mediáticas. Todo es verdad, pero no toda la verdad. Bonilla también ha puesto de su parte para su relativo esquinamiento lírico. No a posta, sino a apuesta. Optando por escribir poesía sin pose y envidando a juegos de palabras, al humor, al prosaísmo, a la narratividad y a cierta desgana manuelmachadiana.

El título de su último libro no podría tener menos aura cultureta ni gancho publicitario: Poemas pequeño-burgueses. Por dentro, arriesga como nunca en el coloquialismo, y sus poemas parecen, a veces, trozos de prosa cortados al albur. Pero, de pronto, cogiéndonos desprevenidos, la emoción nos recuerda que estamos ante un poemario mucho más depurado de lo que parece.

La defensa de «La secta de los viles», esto es, de las vidas ordinarias, pequeñoburguesas y sensatamente satisfechas, no es un poema redondo, a pesar de sus cultos ecos dantescos; pero fija el terreno de defensa de la normalidad y el sentido común desde el que hablan estos versos. No es casualidad que de este poema se extraiga el título de todo el conjunto.

La sencilla riqueza de estar vivo se recalca, como conclusión final, en el último poema de la colección, titulado «Epitafio de cualquiera», que es un canto exaltado a la existencia. Hace exclamar al difunto anónimo:

«Da igual [quien seas]. Me cambiaría por ti, quisiera ser / alguien que lee la lápida de un muerto. / … / Sentir cómo cabalga el tiempo / en el bombeo de tu corazón». Vivir es ser «el propietario de una estrella».

Ese optimismo de mínimos al máximo es de clara raigambre chestertoniana. En uno de los poemas más bordados del libro, «Mateo 19, 24», se le rinde un homenaje explícito, con un cóctel de teología, ingenio alocado y sentido común que habría entusiasmado al maestro. Allí aparece, en su sorpresivo final, uno de los temas vertebradores del poemario: la relación de la realidad con la ficción y cómo ambas se comprenden mutuamente, enriqueciéndose sin cesar.

Desde el principio, Bonilla nos habla de las carencias como una condición para mirar la vida con deseo con esta solvente contrahechura de Juan Ramón Jiménez al más puro estilo de Abraham Maslow: «— Oh, Insolvencia, tú sí que sabes / el nombre exacto de las cosas».

Parte de la filosofía pequeñoburguesa es desconfiar de las soluciones de las utopías políticas: «Toda revolución / acaba siempre en un Napoleón». Cualquier insolvencia la solucionan mejor a cuatro manos la realidad y la ficción, a menudo anudadas. Por eso, Bonilla nos cuenta su vida como una gala de los premios Oscar, nada menos. Más glamour, imposible. El premio a la mejor banda sonora es al mar de Cádiz, «que pronuncia mi infancia en cada ola». Como el mar, la literatura:

«Mejor guion original es para Agustín García Calvo / por enseñarnos que la realidad no es todo lo que hay / y que ser es ser y no ser, sin que puedan prescindir uno del otro». Y la poesía propia, asumida sin subterfugios, ni retóricos ni gramaticales: «En mi favor cabrá decir al menos / que nunca, nunca, nunca / me referí a mí mismo en tercera persona».

Tal mezcla de realidad e imaginación se rebobina y vuelve a proyectarse en «Canicas en un bote de cristal», donde nos confiesa al cumplir sus axiales cincuenta años:

«Fui enlazando seres como todos / en una representación de un solo espectador constante, / a veces crítico ofendido, a veces gran amigo del autor / capaz de perdonarle todo fallo, / y otros espectadores que iban y venían, se asomaban un momento, / reían, se quejaban, lloraban o se encogían de hombros / y a veces hasta entraban en escena / para decir: no, no es ficción, esto no es una ficción / para luego hacerse humo o estamparse contra el decorado».

Por momentos el lector piensa lo mismo que Juan Bonilla cuando se avisa: «Se va, se va, el poema se me va por lo anecdótico»; pero ese mismo aviso demuestra que el poeta está vigilante y que la anécdota o se asciende a categoría o será, como poco, de categoría. El largo poema dedicado al padre («El día de regalo») conjuga los extremos con maestría.

Poemas pequeños-burgueses podría haberse contentado con su tensión entre la realidad y la ficción y entre la anécdota y la categoría. Habría bastado. Pero añade una dimensión más, con un delicado pudor: la trascendencia. Apenas se transparenta, pero está. En el citado homenaje a Chesterton, por ejemplo. Y en «Río». El poeta aspira, en su mismo fluir, a la supervivencia: al siempre. Léanlo:

«Si pudiera elegir, sería un río […] ellos siguen naciendo cuando mueren […] Si pudiera elegir, sería un río, cualquier río. / Algo que siempre está naciendo, / algo que está pasando siempre, / algo que muere en cada instante». Frente a la muerte de cada instante («el tiempo es un suicida reincidente», atestigua otro verso), el nacimiento continuo, pero también el paréntesis instantáneo de una revelación: «Son algo así como paréntesis / entre los que las leyes se hacen humo / y estoy conforme sin saber por qué».

En el poema «Propiedades», Juan Bonilla, pequeñoburgués, hace inventario de lo que tiene y deduce que nada de eso hubiese satisfecho las ambiciones del joven que fue. Entonces comprende «sonriente / lo muy equivocado que estaba». Este libro es un reconocimiento pudoroso y poderoso del acierto de una vida hecha a medias de realidad y ficción, que no ha perdido (o que ha ganado) la aspiración a lo que queda más allá del tiempo.

Gobernanza de la globalización

Nueva Revista me ha pedido que vuelva sobre las cuestiones que traté el pasado mes de marzo en relación a la política comercial de Trump. Como ya han pasado algunos meses desde la elección del controvertido presidente norteamericano, ya va quedando más claro a qué podemos atenernos.

Lo primero que debemos subrayar es que el Trump presidente será muy parecido al Trump candidato. Como parte de su campaña se basó en defender el nacionalismo económico y el proteccionismo comercial, es muy probable que el sistema global de comercio tal y como lo conocemos cambie durante su mandato. Sin embargo, es poco probable que el mundo entre en una espiral proteccionista que genere caos económico y desglobalización.

El eslogan que llevó a Trump a la Casa Blanca, Make America Great Again, tenía un importante componente comercial. En su discurso de toma de posesión del pasado 20 de enero, el presidente afirmó que:

From this day forward, it’s going to be only America first, America first. Every decision on trade, on taxes, on immigration, on foreign affairs will be made to benefit American workers and American families. We must protect our borders from the ravages of other countries making our product, stealing our companies and destroying our jobs. Protection will lead to great prosperity and strength.

Es difícil dilucidar si esta retórica neomercantilista se va a traducir en un creciente aislacionismo económico estadounidense que recuerde a la doctrina Monroe («América para los americanos») o si, por el contrario, veremos un EEUU agresivo y beligerante que utilice su poderío económico y militar para intentar abusar de sus socios comerciales. En cualquier caso, si EEUU, que ha sido el principal garante del orden comercial liberal multilateral que ha estado en vigor desde que en 1947 se estableciera el GATT, opta por dar la espalda al sistema, es poco probable que el mismo pueda continuar funcionando como hasta ahora. Tanto la Unión Europea como China y otras potencias emergentes están interesadas en preservar el régimen de comercio internacional basado en reglas multilaterales que opera bajo el paraguas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Sin embargo, nada garantiza que este pueda sostenerse tal y como lo conocemos sin el apoyo de EEUU, sobre todo si se tiene en cuenta que a lo largo de las últimas décadas el sistema comercial global ha estado sustentado implícitamente por el paraguas de seguridad que EEUU desplegaba tanto en el Atlántico Norte a través de la OTAN como en Asia mediante el apoyo a Japón y Corea del Sur, paraguas que también se está cuestionando. Por lo tanto, aunque es imposible predecir qué aspecto tendrá el sistema comercial global dentro de unos años, no es aventurado anticipar que, tras la elección de Trump, sufrirá cambios.

En las próximas páginas se analizan los cambios que ha experimentado el sistema comercial internacional antes de la llegada de Trump, se esbozan las líneas maestras de lo que parece que será la política comercial de la nueva Administración y se especula sobre su posible impacto tanto sobre los intercambios económicos internacionales como sobre la gobernanza de la globalización.

Un sistema comercial global en cambio

Más allá de que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca suponga un terremoto para el sistema comercial mundial, lo cierto es que ya se estaban produciendo transformaciones importantes tanto en la geografía como en la gobernanza del comercio y las inversiones internacionales. En primer lugar, como explica Richard Baldwin en su nuevo libro The Great Convergence, la naturaleza del comercio internacional ha sufrido una transformación radical en las últimas décadas. La globalización y el cambio tecnológico han creado nuevas cadenas de suministro, que permiten a las empresas multinacionales ubicar distintas partes del proceso productivo en distintos países para aprovechar las ventajas de costes, lo que supone que los bienes y servicios ya no se producen en un solo país. Así, el comercio internacional tiene hoy poco que ver con el que existía hace medio siglo, cuando más del 70% de los bienes manufacturados se producían en los países avanzados y su proceso productivo era relativamente sencillo, al no incluir inputs intermedios de otros países ni procesos de deslocalización. Hoy, aunque sigue habiendo comercio tradicional, sobre todo en sectores como las materias primas o el textil, han aparecido cadenas de producción globales —especialmente en manufacturas industriales relativamente sofisticadas y cada vez más en servicios— que dominan cada vez más los patrones de intercambio internacionales y en las que muchas economías emergentes se han insertado con gran éxito.

En segundo lugar, y en parte como consecuencia de la creciente importancia de las cadenas globales de suministro, que hacen que se desnacionalice la ventaja comparativa y se pase del comercio de bienes y servicios al comercio de tareas o inputs necesarios para la producción de bienes y servicios, la OMC ha quedado relegada a un segundo plano. Esto se debe a que, para incorporarse a las cadenas de suministro globales, los países emergentes, además de bajar sus propios aranceles, tienen que abrirse a las inversiones y ofrecer a las empresas de los países avanzados seguridad jurídica, un marco sólido de protección de inversiones y reglas claras y predecibles sobre su política económica; es decir, políticas que no casan bien con sus compromisos en la OMC (que cubren de forma muy débil estos ámbitos por centrarse sobre todo en el acceso al mercado mediante la reducción de los aranceles). Esto implica que la regulación del desarrollo de las cadenas de suministro globales se haya estado haciendo de espaldas a la OMC básicamente a través de acuerdos comerciales regionales y bilaterales de tipo preferencial, así como mediante acuerdos de protección de inversiones. Como resultado, la Ronda de Doha de la OMC, que se inició en 2001 y cuya agenda de liberalización agrícola y manufacturera pertenece más al siglo XX que al siglo XXI, ha quedado olvidada. Pero como el interés por aumentar los intercambios no se detiene, han surgido con fuerza nuevos acuerdos preferenciales de amplio espectro, que se suelen llamar megarregionales y se centran en su mayoría en estos nuevos aspectos regulatorios (y en menor medida en el tema arancelario), como el Acuerdo Transpacífico (TPP), que eeuu no ratificará a pesar de haberlo liderado bajo la Administración Obama, los ya aprobados entre EEUU y Corea, la UE y Corea y la UE y Canadá (CETA), o los grandes acuerdos en proceso de negociación, como el TTIP entre la UE y EEUU, el UE-Japón, el UE-India o el UE-Mercosur, entre otros, con los que la UE intenta dinamizar sus exportaciones y contrarrestar el auge de EEUU y China como grandes potencias comerciales en el Pacífico. Es evidente que estos nuevos acuerdos no eliminan la importancia de la OMC como garante principal del sistema de reglas multilateral, pero sí habían dejado a la institución en un espacio de creciente irrelevancia como foro de los debates más actuales sobre liberalización y regulación del comercio y las inversiones internacionales. Como veremos, la llegada de Trump resucitará el interés de la comunidad internacional por recuperar la centralidad de la OMC, ya que la nueva administración estadounidense, más allá de no querer avanzar en una mayor liberalización comercial, está yendo un paso más allá y socavando los cimientos del sistema multilateral de comercio.

En tercer lugar, en los últimos años, el comercio internacional ha mostrado claros síntomas de desaceleración. Tras décadas creciendo por encima de la producción salvo en momentos puntuales de recesión como 1981 o 2009, su dinamismo se ha frenado. Las causas son múltiples, e incluyen la caída de la inversión, que reduce la demanda efectiva y con ella el comercio; el cambio del modelo productivo chino, menos orientado hacia las exportaciones que en el pasado; cierta saturación en las cadenas de suministro globales, que no crecerán al mismo ritmo que en las últimas décadas; y la posibilidad de que estemos midiendo mal los intercambios internacionales debido a la desmaterialización de la economía o la dificultad para capturar las nuevas formas de consumo vinculadas a las nuevas tecnologías con nuestros obsoletos métodos de medición. Esta desaceleración del comercio no es en sí misma una mala noticia. De hecho, aunque para los defensores de acuerdos como el TTIP o el TTP es necesario seguir expandiendo el libre comercio para generar más crecimiento, autores como Dani Rodrik sostienen que una mayor liberalización generaría ganancias relativamente reducidas y tendría un impacto negativo sobre la cohesión social de muchos países avanzados, que sería peligroso para sostener la legitimidad de la globalización. En todo caso, de lo que se trata es de evitar que este frenazo en las tasas de crecimiento del comercio sea la antesala de una nueva desglobalización alimentada por el neoproteccionismo.

Por último, y en relación con el punto anterior, en los últimos años se ha producido un creciente rechazo al libre comercio en los países avanzados. De hecho, el voto a favor del Brexit en el Reino Unido, la victoria de Trump o el auge de los partidos antiestablishment en Europa, refleja con claridad ese sentimiento de rechazo a la apertura al comercio, la inversión y la inmigración de amplias capas de la ciudadanía, que buscan recuperar la soberanía económica y comercial perdida levantando nuevas fronteras. Este resurgir proteccionista se traduce en cada vez más contestación por parte de la opinión pública a los nuevos acuerdos comerciales megarregionales, sobre todo el tpp en eeuu, el ttip en Europa y, en mucha menor medida, la OMC.
Es en este convulso contexto en el que pasamos a analizar la visión de la Administración Trump en materia comercial.

La filosofía comercial trumpista

Tanto el nuevo presidente como sus principales asesores en materia comercial, Peter Navarro, Wilbur Ross y Robert Lighthizer, parecen tener cuatro principios sobre los que están diseñando la nueva estrategia comercial norteamericana. El primero es que el sistema comercial multilateral de corte liberal imbricado en la Organización Mundial de Comercio (OMC) ha servido para que el resto del mundo abuse de eeuu y debe ser modificado. El segundo es que los déficits comerciales son perjudiciales y que, por tanto, hay que eliminarlos. El tercero es que EEUU debe utilizar su fuerza para negociar acuerdos comerciales bilaterales más favorables (especialmente con los países con los que tiene déficits comerciales abultados, como México o China), y que saldrá exitoso de dichas negociaciones tanto porque Trump es un astuto negociador como porque, en caso de guerra comercial, los demás países podrían perder más que EEUU, lo que los llevará a someterse. Y, el cuarto y último principio, es que este neomercantilismo debe servir para reindustrializar EEUU y crear empleo.

Estos principios ya se están volviendo operativos. En un documento que la Administración Trump ha hecho público a principios de marzo, en el que se trazan las líneas generales de la política comercial estadounidense (disponible aquí), se plantea, entre otras cosas, que EEUU no debe someterse a las decisiones de la OMC (ya que solo debe obedecer las leyes estadounidenses), así como que su política comercial debe utilizar todos los instrumentos disponibles para abrir los mercados de otros países y para defenderse de prácticas comerciales por parte de terceros que considere injustas. También hay que añadir que la versión final de este documento es más suave que el primer borrador (que fue filtrado al Financial Times), lo que sugeriría que dentro de la Casa Blanca hay cierta división de opiniones sobre la conveniencia de llevar al límite estos principios e iniciar, por ejemplo, una guerra comercial con China o acusar de manipular sus monedas a prácticamente todos los países con los que eeuu tenga un déficit comercial bilateral.

En todo caso, el problema es que estos principios, así como de su plasmación práctica en forma de medidas proteccionistas y desdén por el multilateralismo, se han mostrado como equivocados varias veces a lo largo de la historia. De hecho, el mercantilismo, que fue la doctrina económica imperante en Europa antes de que Adam Smith planteara en el siglo xviii las bases teóricas del liberalismo, y que se resume en que las exportaciones son buenas y las importaciones son malas, no logró elevar los niveles de prosperidad económica ni estabilizar las relaciones internacionales como lo harían posteriormente las prácticas de apertura comercial bajo reglas multilaterales.

Del mismo modo, el déficit comercial (o, mejor dicho, por cuenta corriente) no es bueno ni malo per se. Implica que se está gastando más de lo que se produce, pero si ese gasto se plasma en inversiones que aumentan el crecimiento futuro, no debería haber ningún problema. Además, en todo caso, un déficit por cuenta corriente elevado durante muchos años puede no ser sostenible si el resto del mundo no está dispuesto a financiarlo. Y esto, por el momento, no le sucede a eeuu, entre otras cosas porque el dólar es la moneda de reserva global y su economía es fuerte e innovadora. En todo caso, un déficit permanente suele ser un síntoma de otros problemas de la economía, como la debilidad de su productividad derivada de carencias en su sistema educativo o de infraestructuras. Pero, en estos casos, si el objetivo es reducir el déficit, los aranceles o la negociación de acuerdos bilaterales agresivos con los países con los que se tiene un déficit comercial bilateral no es una buena estrategia, ya que, como demuestra la historia, puede desencadenar guerras comerciales que terminen empobreciendo al país.

Asimismo, la idea de que el déficit comercial de EEUU con México, China o Alemania se podría reducir fácilmente imponiendo aranceles, y que esto permitiría elevar el empleo industrial en EEUU, es bastante engañosa. Es cierto que los trabajos de David Autor y sus coautores han demostrado que existen determinadas áreas de EEUU donde las importaciones chinas han eliminado mucho empleo manufacturero, así como que los trabajadores industriales que han perdido su empleo no han logrado encontrar nuevos trabajos en otros sectores. Sin embargo, la cruda realidad es que el declive industrial ha afectado a todos los países avanzados (incluida Alemania, que suele ponerse como ejemplo de país industrial), que la producción industrial ha aumentado aunque el empleo industrial haya caído (debido a un aumento de la productividad), y, lo que es más importante, que la automatización parece ser mucho más importante que el comercio a la hora de explicar la reducción del empleo industrial manufacturero. Por todo ello, el proteccionismo no servirá para recuperar empleos industriales en EEUU, ya que la mayoría de actividades de bajos salarios que hoy se hacen en México o China, de trasladarse a EEUU, seguramente serían automatizadas en pocos años. Esto no quiere decir que no haya que ayudar a los desempleados de larga duración que solían trabajar en la industria y, sobre todo, a las regiones deprimidas que han sufrido la desindustrialización y necesitan que el gobierno les preste apoyo. Pero, el proteccionismo no es la solución. Como tampoco lo es revocar el Obamacare que, al menos, da a estos desempleados acceso gratuito a la salud.

Por último, pensar que el sistema GATT/OMC que EEUU puso en pie tras la segunda guerra mundial ha servido para que otros países abusen de las buenas intenciones norteamericanas es, cuando menos, exagerado. Es cierto que los países europeos primero, y los emergentes después, se beneficiaron del orden económico liberal y abierto que lideró EEUU. Pero también es cierto que la principal razón por la que EEUU creó y mantuvo dicho orden fue geopolítica, y sirvió tanto para evitar el avance del comunismo por Europa occidental durante los primeros años de la guerra fría como para acomodar a las potencias emergentes en un orden internacional en el que EEUU seguía siendo la principal potencia hegemónica. De hecho, el principal objetivo del TPP, que ha sido la primera víctima del proteccionismo de Trump, era contener el auge geopolítico de China en Asia. Pero si tenemos en cuenta que el documento de estrategia comercial de la Casa Blanca dice textualmente «we reject the notion that the United States should, for putative geopolitical advantage, turn a blind eye to unfair trade practices that disadvantage American workers, farmers, ranchers, and businesses in global markets», lo que supone que no debería utilizarse la política comercial como instrumento de política exterior, algo que va en contra de siglos de estrategia diplomática.

¿Qué podemos esperar?

Si Trump y sus asesores son fieles a sus principios, debemos estar preparados para ver súbitos cambios en el sistema comercial global. Lo primero que sucederá es que los acuerdos en curso se frenarán. El TPP ha muerto. Y EEUU pretende negociar acuerdos bilaterales con los principales países firmantes, algo que tal vez nunca llegue a ocurrir si China aprovecha la oportunidad para liderar un gran acuerdo Transpacífico que no incluya a EEUU. Por su parte, el TTIP, el acuerdo que EEUU estaba negociando desde 2013 con la UE, si no ha muerto también, ha entrado en una larga hibernación. De hecho, parece que EEUU estaría interesado en negociar acuerdos comerciales bilaterales con los países de la Unión Europea (sobre todo uno más favorable con Alemania, con quien tiene un déficit comercial bilateral abultado), algo que no es posible ya que los Estados miembros de la ue tienen cedida su política comercial a Bruselas. Tal vez sea por eso que Trump ha declarado su animadversión por la Unión, a quien ve más como un rival económico que como un aliado geopolítico.

Por otra parte, es muy probable que EEUU renegocie el NAFTA (el acuerdo con Canadá y México). Esto será importante desde el punto de vista simbólico porque, aunque existe amplia evidencia empírica de que el impacto del nafta sobre la economía de eeuu fue pequeño (véase, por ejemplo, el análisis de Bradford DeLong disponible aquí), gran parte de la opinión pública (y sobre todo sus votantes) piensan que el acuerdo sirvió para llevarse muchos empleos estadounidenses al sur. Esta primera negociación (sobre todo en lo relativo a México) será el primer test para evaluar si la estrategia del negociador duro le funciona o no. Y dada la dependencia de México de la economía estadounidense, es posible que le funcione, si bien el nuevo acuerdo no servirá para crear nuevo empleo en EEUU y elevará los precios para los consumidores estadounidenses.

A partir de ahí, y en función de cómo vaya la negociación con México, lo más probable es que Trump se centre en China, a quien ha amenazado con aranceles del 45%. Mientras que México podría ceder, no es probable que China lo haga, aunque sí es posible que haga algunas concesiones para apaciguar a Trump, como ya ha anunciado. En todo caso, es en un futuro conflicto comercial China-eeuu donde están los mayores riesgos para la globalización y el sistema multilateral de comercio. Una escalada arancelaria entre China y eeuu generaría una importante caída del comercio mundial porque ambos países son parte fundamental de las cadenas de suministro globales, y podría abrir una dinámica como la de los años treinta del siglo pasado, que agudizó la Gran Depresión debido a la intensidad de la guerra comercial. Y, además, si China denunciara ante la omc las medidas proteccionistas de eeuu y ganara, habría que ver si Trump sacaría a su país de la organización como prometió en campaña electoral. Si lo hiciera, sería el principio del fin del multilateralismo. Pero, afortunadamente, esto es cada vez menos probable que ocurra.

NOTA

Véase El orden comercial multilateral ante el neomercantilismo de Trump. Análisis del Real Instituto Elcano. Disponible aquí.