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Ver productosAlejandro Llano es un filósofo que escribe sobre casi todo, que ha dicho de sí mismo, en la introducción a sus memorias (dos tomos de prosa autobiográfica, Olor a yerba seca y Segunda navegación) que «el motivo de la diversidad temática de lo que he escrito y, en definitiva, de mis continuas divagaciones intelectuales no es la sabiduría, sino precisamente la curiosidad». O sea, como si fuera uno de los nuestros, de los periodistas, que, en cuanto nos sientan en una tertulia, nos metemos a opinar.
El profesor está en Madrid para participar en un seminario que convoca mensualmente un grupo de filósofos, que esta vez se va a ocupar de «Lo intelectual y lo afectivo», aplicado a la vida práctica e incluso a la política, a partir de las memorias de uno de sus maestros, Fernando Inciarte, un vasco que se fue a estudiar Filosofía a Alemania y ya se quedó allí. En encuentros anteriores se han dedicado a la obra de Millán-Puelles, el maestro de Llano. Vienen colegas de Sevilla, Barcelona, Pamplona y Madrid a darles vueltas a la filosofía, eso que Ortega, en las Meditaciones del Quijote, consideraba que era la ciencia general del amor.
Entremos en materia, profesor. ¿Para qué sirve la filosofía en estos tiempos tan revueltos?
Es una pregunta que, como se puede figurar, me han hecho muchas veces. En primer lugar, mi padre. Y la respuesta obvia y convencional es que no sirve para nada. Es una respuesta, que, como la palabra servir para nosotros, adquiere un gran horizonte. Yo diría que la filosofía sirve para conocer la realidad más a fondo. La filosofía da una visión más neta y más profunda de la realidad, si aciertas a enfocarla bien. Eso, yo creo que es muy válido y que puede servir para cualquier cosa.
Incluso para manejar aviones de guerra. He leído que en la segunda guerra mundial, los licenciados en Humanidades fueron de los mejores pilotos…
Yo tenía un hermano, que ya murió, que por una serie de circunstancias se fue a México, donde mi padre tenía negocios, y resultó ser, además de filósofo, un gran empresario. Mi padre estaba encantado. No dejó la filosofía, porque en México había muy buenos filósofos, los exiliados españoles, que eran muy buena gente. Carlos, mi hermano, se hizo amigo de varios de ellos, terminó su carrera allí, e incluso conectó con una universidad. Él daba clases, pero se dedicaba sobre todo a los negocios de mi padre. Cuando mi padre los redujo, continuó asesorando a gente y resultó ser un hombre de negocios muy bueno. Publicó libros acerca de la vida empresarial. Hablé mucho con él en tiempos, y se veía que tenía una gran precisión y que en algo tan amplio como los negocios, o como la política, ese tipo de cosas que realmente no se pueden aprender en un libro, él acertaba. Bueno, pues yo creo que la filosofía sirve para eso, para ver la realidad, ¿no?
Usted, ¿sigue la carrera de sus alumnos, sabe a qué se dedican?
De muchos de ellos, sí. Muchos, a la enseñanza, porque es lo que tienen más inmediato y ahora, además, resulta que la gente de filosofía, aunque sea en la enseñanza, se coloca bien, cosa que no sucede con otras carreras, como arquitectura e ingeniería. Voy a decir una cosa que es una inmodestia, de la que estoy muy orgulloso: yo he dirigido ochenta y siete tesis doctorales. A muchos de sus autores les he seguido cuando he podido. Con los que están en España casi siempre conectamos, y también con algunos de Latinoamérica, que vienen bastante por aquí. Ha habido de todo, pero los que han podido dedicarse a la filosofía se felicitan entre sí. Hay quien dice: «Yo en cambio me he tenido que dedicar a los negocios; sí, gano mucho dinero, pero no me interesa», cosas así. Yo creo que es frecuente que se dediquen al mundo empresarial, también a cuestiones políticas, cuestiones no técnicas. Son mayoría los que quieren y pueden dedicarse a la enseñanza. Algunos han llegado a la universidad, otros están en institutos y colegios. En los institutos ganan más o menos como en la universidad, ganan poco.
A la misma hora en que estos tenaces filósofos van a reunirse en Madrid, un grupo de profesores de Filosofía de la Universidad Complutense se va a concentrar en la Plaza de España para dar clases al aire libre, reivindicando que no se supriman las enseñanzas clásicas en el bachillerato. Es una vieja batalla de los latinistas. El fundador de esta revista, Antonio Fontán, periodista, político y catedrático de latín y griego, estaba también en esa lucha en defensa de las enseñanzas clásicas.
Los planes de estudio conspiran contra estas enseñanzas, ¿no?
En el sentido de las carreras, filosofía está subiendo otra vez. Ahora allí, en la Universidad de Navarra, se notan mucho las subidas y las bajadas de las carreras, y filosofía está subiendo, tiene más alumnos que hace unos años. Treinta por curso, que a mí me parecen muchos: treinta señores y señoritas que, en contra de la opinión de sus padres, salen adelante con esos estudios. No conozco ninguno que esté arruinado.
Eso pasa con los estudios superiores. La crisis afecta mucho más a los que no los tienen. Siempre es bueno estudiar.
Efectivamente, sin duda. Mis hermanos tenían mucho contacto con Estados Unidos, y me decían que hacer una buena carrera de filosofía está muy bien visto en la política, en la empresa. Es una pena que se hayan suprimido las lenguas clásicas. Nosotros, en Navarra, lo hemos vuelto a poner. Lo quitaron también, pero como se ha visto que no es obligatorio hacerlo, se ha vuelto a poner latín y griego, que a mí me parece fundamental.
Comentamos lo que eso le hubiera gustado a Antonio Fontán, y a través de Fontán y del latín entramos en materia política, su otra asignatura vital.
¿Cuál es la relación de la filosofía con la política?
Es una relación problemática, diría yo, de la que se ha hablado mucho, pues, desde el principio, ha habido conexiones y roces. Ahí tenemos a Platón, que influyó mucho y que, en cierta manera, acabó mal, ¿no? No fue el único que acabó mal. La filosofía trata de lo universal y la política trata de lo actual, pero, al mismo tiempo, la política también se inspira en cosas que son generales, de manera que rara vez los filósofos han triunfado en política. Yo creo que tenemos una cierta dificultad intelectual para tomarnos en serio el aquí y ahora. Tendemos a generalizar o a pontificar. A mí siempre me ha gustado mucho la política, me sigue gustando, pero me doy cuenta de que mi hábito filosófico no es muy adecuado, porque te planteas las grandes cuestiones, y no las oportunidades. Dicho esto, yo señalaría que la filosofía ha influido muchísimo en la política. El liberalismo es un constructo político, y no digamos el socialismo. Los fascismos, desgraciadamente, también. Es decir, las grandes autopistas de la política han venido de la mano de la filosofía y en ese sentido, aunque sea barrer para casa, yo creo que hacen mal los políticos que no tienen en cuenta la filosofía. Se concentran en lo muy pragmático y no tienen la inspiración de las grandes avenidas. Y una cosa que quiero añadir: en general, esto pasa con los políticos de derechas; el político de derechas es escéptico en cuestiones filosóficas. El político de izquierdas, para bien o para mal, por ser más ideológico, tiene más en cuenta las aportaciones de la filosofía, buenas o malas.
Debe ser así, porque Pablo Iglesias, que es de izquierdas, cita a Kant, y Albert Rivera, que parece de derechas, confiesa que no lo ha leído.
(Nos ponemos a hablar de Iglesias y de Rivera, los dos políticos emergentes en la vida española, que se han entrenado para la última campaña electoral con un mano a mano en la Universidad Carlos III, en el que salió a relucir nada menos que Immanuel Kant, para que digamos que los que vienen a renovar el patio no traen su culturita en la mochila. Kant, por cierto, es una de las especialidades de Alejandro Llano, que ha escrito diversos tratados sobre el gran filósofo alemán del siglo XVIII, autor de una de las preguntas centrales de la filosofía: «¿Qué debo hacer?», como explica el profesor en otro de sus libros, La vida lograda. Filosofía que no falte. Otro filósofo, Fernando Savater, que se presenta al Senado en las filas de Unión Progreso y Democracia, ha recordado que se necesitan políticos bien preparados, como el candidato de upydal Congreso, Andrés Herzog. Lenin decía que el gobierno del país lo podría dirigir una cocinera, lo que, a la vista de algunos recientes casos españoles, lleva a Savater a proclamar que este es un país leninista).
También usted ha sido muy crítico con la política, a la que ha calificado de actividad modesta.
Lo primero que diría si me preguntaran por la política sería mediocridad. Yo creo que la política española, en este momento, incluso comparándola con otros países, es muy mediocre. Más que hace treinta años, más que en la Transición. La gente de la Transición ha desaparecido, algunos por edad, pero incluso la gente joven de entonces, con la que yo me trataba, es gente que no ha medrado.
¿Usted cree que los intelectuales, como hizo Ortega en su momento, tienen que bajar a la arena?
Yo creo que deben, pero también deben retirarse pronto, porque es raro, en general, que se les dé bien la vida diaria de la política. Ortega lo hizo bien, porque escribía, se metía pero se salía… En los últimos años de su vida estaba muy desencantado, por no haber hecho la gran obra que él creía que tenía que haber hecho. Se le adelantó Heidegger con Ser y tiempo. Pero no cabe duda de que Ortega ha aportado ideas, expresiones y muchas cosas a la política española. Que personas como Fontán hayan estado en la política, como otros intelectuales, es bueno. Porque la ausencia de la universidad española en el mundo político es muy lamentable.
¿Tiene respuesta la filosofía para los problemas de nuestro tiempo?
Yo creo que sí. Primero, porque hay una tradición de filosofía política muy fuerte, que quizá no está en su momento más brillante, pues en Alemania, Francia e Inglaterra, los países más potentes, e incluso en Italia, se ha producido mucho y muy bueno, en distintas orientaciones, con gran presencia en publicaciones, discursos políticos, sociales, etc., de altura. Pero yo tengo la impresión de que eso prácticamente ha desaparecido, entre otras cosas porque, aunque la gente es igual de inteligente que antes, no tenemos la grandeza de ánimo, la valentía y la generosidad para meternos en esos vericuetos, y, por otra parte, tampoco somos bien recibidos. Hay poca gente a la que le interesen no solo los filósofos, sino quienes piensan en general.
O sea que se conforma con que les escuchen…
Yo considero que la filosofía tiene cosas que decir, porque sigue habiendo filosofía política, filosofía social, poco conocida y poco leída. Me parece que conseguir de algún modo que los que están en la batalla, los que están en el ajo, lean, hablen, sería muy benéfico. No tanto que los filósofos hagan política como que difundan lo que saben y alguien les haga caso. Es fundamental la participación política.
¿Qué ha pasado con la Transición? ¿Por qué ahora ponemos en cuestión la Transición?
Bueno, yo creo que la Transición es lo más brillante que ha habido en España. Al lado de lo que hay ahora, la Transición alumbró muchos políticos nuevos, mucha gente joven, interesante, con ideas. Tengo la impresión de que esa gente ha sido eliminada por los que se integraron en la política pragmática. El caso de España no era un caso fácil. Esa gente, a muchos de los cuales yo los conocía, sabía que meterse en política era jugársela, y no lo hicieron por ambición, entre otras cosas porque la mayor parte de ellos era gente bien situada y de familias más o menos pudientes. Yo creo que sí, que sí que habría que difundir los libros, no solo españoles, sino los que hay, de muy buena filosofía política, en otros países.
¿Y el problema catalán? Que ya viene de los tiempos de Ortega…
Viene de los tiempos de Ortega, es verdad. Bueno, yo creo que algo de lo que estamos diciendo tiene que ver con ello, porque una cosa que me sorprende es que tanto los independentistas, como los contrarios, los españolistas, no digan nada con fundamento.
Como el asunto de Artur Mas, que está en el límite y resulta una caricatura, sí, pero es lo que está ahí. Seguramente Cataluña es la mejor parte de España en muchos aspectos, y que nadie diga nada, por temor, en un asunto tan importante, históricamente tan relevante, es sorprendente, dado que incumbe tanto a los políticos como a los que opinamos y a los que escribimos. Que si se llega a, ¿cómo la llaman?, una desconexión (ya que casi ha sido una desconexión, pues el enchufe se ha salido sin saber qué ha pasado)…
Es curioso que hayan buscado esa palabra, que es precisamente lo contrario al enchufe.
Pero es lo mínimo, la desconexión.
Es preferible seguir con la conllevanza, como decía Ortega. Esto lo decía siempre Fontán, hablando, por ejemplo, del problema palestino, que era una cuestión que le interesaba mucho: «Hay problemas políticos que no tienen solución».
Por los palestinos la conversación se mete por Israel, otro asunto de interés para un filósofo todo terreno como Alejandro Llano: «He leído un libro que le recomiendo, de Amos Oz. Tiene un título tremendo, Judas, es un libro político, no es sobre Judas, es sobre un universitario que está interesado en saber cómo era Judas. Al final hay errores, porque considera que Judas tenía buena intención, incluso lo que está mal es que Judas asiste a la cruz; se suicidó». El filósofo tiene en alta estima a ese eterno aspirante al Nobel que es Amos Oz y sigue con mucha atención la política de Israel.
¿Cómo ve las elecciones que vienen? ¿Qué va a pasar?
No lo sé, no lo sé. Creo que estas cuestiones más recientes, las más recientes del terrorismo, que gracias a Dios no nos ha tocado, todo eso le puede beneficiar a Rajoy. Rajoy estaba muy mal, pero ha levantado un poco la cabeza; no creo que tenga una mayoría suficiente, pero Podemos ha bajado mucho y el psoeestá muy mal. El señor este de Ciudadanos puede ser un buen contrapeso.
Nos falta un tema, la ética y la política, que es un asunto sobre el que usted ha escrito mucho. ¿Cómo conseguiríamos que el país asumiese que no puede haber política sin ética? Eso ha desmoralizado a la gente, ¿no?
Eso es fundamental. En el caso del pp, que ha sido el más notorio, con razón o sin ella, ha sido gente educada, católica, al parecer; bueno, todo eso no sirve para nada si no hay una respuesta personal. Yo creo que esa corrupción también se da en otras cosas, por ejemplo, en el mundo de las cátedras. Es decir, hay corrupción bastante generalizada; no quizá corrupción de robar, preferentemente, pero hay muchos enchufismos y hay muchas recomendaciones. En otros países no hay tanto. Por ejemplo, en Estados Unidos, que no son ejemplares en muchas cosas, pero si se descubre eso, ese señor queda fulminado. Y aquí no ha pasado nada.
Eso sí que sería una buena desconexión. Desconexión frente al enchufismo. He leído un artículo suyo quejándose de la falta de dimisiones.
Aquí no dimite nadie. Lo que alguna vez se ha llamado, sorprendentemente, la cultura de la dimisión, que puede ser, simplemente, el reconocimiento de un fallo o un error. Pero aquí no dimite ni Tarzán. Aquí no se dimite. Incluso, conoces gente que dice: «Voy a dimitir» y a la que le dicen: «No, no, eso es lo último». Aquí dimitir es lo último, y eso es elemental para la ética. Yo pienso que eso es muy grave, y además la gente tampoco es tonta. La gente normal eso lo tiene muy en cuenta, y es un desprestigio.
¿Cómo entrarle a eso? Bueno, yo creo que en parte es un problema de educación, y me resulta muy doloroso también, porque me afecta a mí directamente que los temas de tipo humanístico, ético, etc., en cuanto pueden los quitan del bachillerato, de las carreras. La filosofía habla de esas cosas, pero han suprimido una de las dos asignaturas que había: una, que era de historia, en el último curso, y, otra quizá en el penúltimo, que era de teoría. Esta de la teoría la han quitado, lo cual es un poco absurdo. Se ha protestado mucho, pero no ha servido de nada. Yo veo a mis alumnos, que quieren estudiar filosofía, que son gente selecta en ese sentido, que no saben ni las palabras, claro, la ética tiene todo un repertorio de palabras, y esas palabras no las saben.
Volvemos a la educación, el tema eterno.
Creo que, en general, si ahondamos en el problema de España, el problema de España es un problema de educación. España es uno de los países que proporcionalmente tiene más uso de toda la cuestión informática, de WhatsApp, etc. Y aquí el más pelón y el más niño, sabe cómo se maneja, mientras que a los hijos de los grandes informáticos de Estados Unidos no les dejan tocar un ordenador hasta que tienen unos cuantos años. Aquí eso es letal, sobre todo por el tiempo que les quitan y por la mentalidad, porque eso no tiene nada que ver con la ética. Pienso que también la Iglesia debería tocar más ese tema moral, y explicar cuestiones de ética, porque no se estudia en las escuelas, en los colegios. Entonces yo creo que una buena formación ética, por supuesto, iba a decir el periodismo, creo que en el periodismo es de los pocos sitios donde se toca ese tema. A veces más en línea de escándalo, según la prensa, pero por lo menos se habla de ello, y es la referencia que uno tiene.
Ortega decía que la prensa era la única fuerza espiritual en la España de su tiempo. Me parece un poco exagerado.
Un poco exagerado. Tendríamos que considerar mucho las cuestiones educativas, formativas. Y luego uno se entera de que cierran las librerías…
Antes de que nos entre el ataque de pesimismo que de vez en cuando se cierne, inevitable, sobre dos españoles que charlan sobre las cosas que pasan, nos permitimos un elogio a los vecinos franceses y casi estamos a punto de entonar La Marsellesa en homenaje a la manera solemne, firme, serena, cómo han reaccionado ante el zarpazo del terror sin buscar, como pasó aquí in illo tempore, otro culpable que los asesinos. El profesor me dice: «Yo cada vez tengo más admiración, aunque no cariño, no afición, por los ingleses, porque ahora sale el primer ministro y lo que dice siempre está bien, hable de la guerra o de la paz, o por los alemanes de la señora Merkel».
Al día siguiente van a recorrer Madrid varias manifestaciones. Entre otras, una de los del «No a la guerra» en prevención de que el Gobierno se meta en aventuras. Ojo, Rajoy, que aquí estamos. A ver qué tramas con Hollande. Menos mal que unos profesores de filosofía se llevan a sus alumnos a pedir que sigamos aprendiendo latín, para poder decir, con Séneca, «nec Philosophia sine virtute est, nec sine Philosophia virtus», una frase que podría entender hasta la cocinera de Lenin. La recuerdo mientras digo adiós al profesor Alejandro Llano, que en otra de sus obras asegura que escribe «para salir yo mismo de la perplejidad y ayudar a otros». Siga echándonos una mano, profesor. Porque aquí los perplejos somos mayoría absoluta.
Una entrevista periodística puede ser muchas cosas, de una conversación cordial y relajada a un mitin, de una transcripción de coincidencias a un combate. En realidad, como decía un gran entrevistador, Joaquín Soler Serrano, es un autorretrato: el que contesta se dibuja a sí mismo. He venido a hablar con Miguel Herrero de Miñón (Madrid, 1940), a su casa, llena de empaque, de la calle Mayor, a cincuenta metros de su despacho en el Consejo de Estado, del que es miembro permanente, convencido, ingenuamente, de que esta era una tarea muy sencilla: un tema fascinante, la Transición; un interlocutor brillante, que es uno de los llamados «padres» de la Constitución de 1978, y una actualidad política rabiosa en torno a eso que venimos llamando «España como problema», de la que es difícil sustraerse y sobre la que este jurista, político y ensayista tiene, sin duda, mucho que decir.
Miguel Herrero es hijo de catedrático, doctor en Derecho, licenciado en Filosofía, consultor, académico de Ciencias Morales y Políticas y autor de muchos libros. Tras ingresar en el Cuerpo de Letrados del Consejo de Estado, ha sido un activo protagonista de la política española, de concejal a diputado. Como portavoz del gobierno en el Congreso, adquirió un prestigio temible por su contundencia como orador.
Señor Herrero de Miñón, seguimos en lo de siempre, España como problema. Esto que está pasando, el que sea tan difícil formar gobierno, el que el Partido Socialista viva esta crisis, ¿supone que hay que decir adiós a lo que fue la Transición?
Yo creo que no. Al contrario. Lo que es permanente y estable en España es lo que se hizo en la Transición. El espíritu de la Transición y el desarrollo que la Transición ha tenido durante largos años. Porque tanto con gobiernos del PSOE como del PP, la verdad es que se ha seguido legislando dentro del marco de la Constitución, fruto de la Transición, y, en los temas fundamentales, por consenso. Porque por muchas que hayan sido las polémicas y las tensiones, la verdad es que ha habido una gran parte de consenso en nuestra vida política, que ha permitido que las diferencias nunca fueran abismales.
¿Pero el «no es no» del PSOE no ha sido excesivo?
Lo que ha ocurrido ha sido absolutamente nuevo y absolutamente imprevisible, y yo creo que transitorio. Porque el PSOE, la gran obra de Felipe González, ha sido durante largos años un partido socialdemócrata a la europea. Uno puede estar en desacuerdo con muchas de sus tesis, y muchas de sus realizaciones, pero no cabe duda de que ha supuesto, junto con el partido de la derecha, o del centro derecha, se llamase como se llamase, un pilar de la vida pública española. Que algo tan importante se dilapide dándole una orientación que no gusta a los electores, reducidos elección tras elección, ni a las bases que abandonan poco a poco el partido, es lamentable y lo sería más si la causa fuera una ambición personal.
La verdad es que ha sido un espectáculo bochornoso, que ha dejado en muy mal lugar al PSOE y que salpica a la clase política.
Yo creo que la gran reforma que ahora necesita la política española, y esto sé que puede no ser muy popular, es que no se pueda entrar en política sin tener una profesión y sin haber trabajado. Entonces el político podrá salir del poder o de los aledaños del poder sin irse al paro. Los políticos tienen que ser gente que tenga una experiencia real, seria, de saberse ganar la vida y saber tomar decisiones en una profesión seria. Me da igual que sea la de ebanista o la de arquitecto. Pero una profesión seria, para que se pueda retirar al salir de la política.
¿Hay que reformar la Constitución?
Hombre, yo creo que la Constitución, claro que es reformable y hay muchos aspectos que pueden mejorarse. La semana que viene aparecerá un libro mío sobre la reforma constitucional, en el que señalo que la mayor parte de las cosas que hay que hacer se pueden hacer sin reformar la Constitución, dentro del texto constitucional. Hay cuestiones como la actualización del sistema electoral que en su momento fue muy acertado, al permitir el paso desde muchos partidos, la famosa «sopa de letras», a unos pocos grandes y sólidos partidos homólogos a las democracias de nuestro entorno. Hoy puede ser modificado, actualizado, hecho más flexible y representativo sin alterar las bases fijadas en la Constitución, aunque sí modificando la ley electoral. Y hay otras cuestiones, como por ejemplo la lucha contra la corrupción, que no dependen de textos legales ni constitucionales. Lo que hay que excluir en la práctica de cada día son no ya los abusos, sino lo que es peor, los malos usos.
Vista la Transición con perspectiva, como la empezamos ya a contemplar, ¿qué fallos se cometieron en la Constitución que estamos pagando ahora?
Yo no creo que estemos pagando los errores de la Constitución, al contrario, nos estamos beneficiando de sus aciertos. Lo que ocurre es que la Constitución, cualquier constitución, puede regular el proceso político pero no sustituirlo. La Constitución fija quién manda y hasta dónde se manda, pero no puede garantizar que quienes manden sean inteligentes y lo que manden sea acertado.
Y la Transición, ¿ha ayudado a cambiar algo las costumbres de este país, o estamos volviendo a las andadas?
Desde luego, en aquel momento se cambiaron seriamente muchas costumbres. La gente entró en política por pura vocación, abandonando sus profesiones originales y dedicándose con escaso rendimiento económico a gestionar la cosa pública. Yo creo que eso pasó en la derecha y en la izquierda. Hoy la política se ha vuelto un escenario muy poco agradable. Y hay menos gente capacitada y valiosa que se dedique a la política. Desgraciadamente, la política se ha vuelto terriblemente hostil por las relaciones entre los partidos, y la competencia, a veces cainita dentro de los partidos, y tremendamente impopular ante la opinión pública. En eso, los medios de comunicación han hecho, yo creo, bastante escaso favor, porque han subrayado todos los escándalos y han destacado lo más escandaloso de los escándalos
Menciona usted la opinión pública, un elemento esencial en la democracia. En la Transición, los periódicos se sumaron a la tarea colectiva, y ahora da la sensación de lo contrario. Ahora no se sabe dónde está la opinión pública. Si en los periódicos, en las redes sociales o en las tertulias de la radio y la televisión.
Antes se distinguía entre la opinión pública y la publicada. Ahora lo que rige es la política murmurada, es decir, se murmura, hay rumores por doquier. Hay poco rigor. Y yo creo que hay una mayor dosis de ignorancia en nuestra opinión pública. Aunque se diga que es una opinión pública muy bien formada.
Hay quien empieza a creer que la Transición fue un paréntesis, un milagro que todo el mundo elogia, pero que eso ya pasó…
La Transición, como toda obra histórica, se hizo por hombres a los que no les faltaban defectos y que cometieron lógicamente errores. Es decir, estaba llena de luces y sombras, pero tiene mucho más de las primeras que de las segundas. Fue una gran empresa colectiva en que los protagonistas individuales e institucionales, y en ello incluyo a los partidos políticos y a las fuerzas sociales, a la Iglesia católica, a las centrales sindicales, pusieron todos sus empeños en trabajar por una meta en común. No cambiaron «cromos», como suele decirse, sino que asociaron esfuerzos. No fue un contrato de transacción sino un pacto de unión de voluntades. Sería muy de desear que renaciera tal espíritu.
Otra teoría muy repetida es que el bipartidismo ha muerto por la irrupción de Podemos y Ciudadanos, como fuerzas nuevas. Pero ¿no es posible que sigamos en el bipartidismo, aunque sea imperfecto, y que lo que representen los nuevos partidos sean unas corrientes más modernas?
Es posible eso, pero, claro, el futuro está por ver. Si el psoe se hundiera, cosa que sería muy muy inconveniente para España y para el equilibrio político español. Si la oposición de izquierdas fuera Podemos o principalmente Podemos, yo creo que se estaría en una posición como la italiana en los últimos años de la República, en que la democracia cristiana, cualquiera que fueran sus defectos, terminaba siempre ganando por el terror que inspiraba el Partido Comunista. Esto podría darse aquí, y eso no es bueno para un país. Aquí conviene que haya una sólida fuerza política de centroderecha, pero se requiere también que haya una firme y sólida fuerza política socialdemócrata.
Felipe González dice eso mismo: corremos el riesgo de ser como Italia pero sin italianos. Volvamos a la Transición y a sus posibles fallos. Por ejemplo, el famoso título VIII.
Claro. El título VIII, el mayor fallo que tiene es que no es una ordenación de las autonomías. Es una ordenación del acceso a la autonomía. Los pactos autonómicos del 82 y del 92 generalizaron lo que debía haber sido el resultado de diferentes caminos.
¿Y eso no lo vieron ustedes, cuando ejercían de «Padres de la patria»?
Bueno, unos lo vieron y otros no lo vieron. No voy a decir nombres. Yo he criticado siempre, siempre, que el título VIII se fundamentase en la generalización del modelo catalán y vasco, multiplicando por diecisiete, y que después se desarrollase por los nefastos pactos autonómicos del 81 y del 92, que homogeneizaron ya todas las autonomías y después con la LOAPA trataron de disminuir a todas. Yo creo que gran parte de los problemas de nuestro sistema autonómico proceden de ahí, de la homogeneización. Porque es claro que Cataluña y las necesidades de Cataluña, probablemente no son las que dice el señor Puigdemont, pero son las que durante siglo y medio ha mantenido el catalanismo político y que personificó Miquel Roca en la última fase de nuestra vida política constitucional. Esas necesidades no son las de Madrid. Es decir, aquí hace falta reintroducir la asimetría en el sistema autonómico y hace falta, desde luego, poner unos techos infranqueables a las competencias autonómicas para no vaciar el Estado. Y curiosamente Arzallus propuso eso en las Constituyentes. Arzallus quería que hubiera un techo de competencias intransferibles, y eso no se aceptó porque se dijo: si lo dice Arzallus debe de ser malo.
También se veía venir la con fusión al distinguir entre nacionalidades y naciones.
Eso fue inevitable para conseguir, por parte de UCD, un aliado en cuestiones fundamentales. Ese aliado no pudo ser AP, porque Fraga no jugó a esa alianza, y tuvo que ser Miquel Roca. Las partes más moderadas de la Constitución y el que se constitucionalizase la monarquía en el primer artículo y que las relaciones Iglesia-Estado salieran adelante en una fórmula feliz, que inventó José Pedro Pérez Llorca, se consiguieron fundamentalmente con el apoyo de Miquel Roca. Y después, gracias a Miquel Roca, se atrajo al PSOE y se atrajo hasta el Partido Comunista. Pero Fraga nunca jugó a esa alianza en pro de la moderación.
Y esa minoría catalana, ¿por qué ha derivado en Puigdemont?
Eso es el misterio, yo nunca lo he entendido. Yo nunca he entendido por qué. Hombre, ha habido errores por las dos partes. Yo creo que ha habido, desde la LOAPA, una política de recentralización innecesaria, en pequeñas cosas y cosas hirientes. El Estado ha planteado recursos de inconstitucionalidad contra normas catalanas, un tanto inocuas. Yo recuerdo que se discutió muchísimo sobre la transferencia de la competencia para otorgar el carné de mariscador, y yo he dicho en público muchas veces: ni la unidad de España pasa por eso y ni la identidad de Cataluña pasa por eso. Es una necedad. Ha habido errores de ese tipo, que produjeron el no menor error del estatuto del 2006. Y que, a su vez, provocó, el que yo creo que fue un disparate, el recurso de inconstitucionalidad contra el Estatuto, que impugnaba cosas que están en el Estatuto de Valencia, en el de Andalucía, en muchos. Que produjo el inmenso error de la sentencia del Tribunal Constitucional del 2010. ¿Qué pasó con esa sentencia? Esa sentencia abrió numerosas heridas. ¿Y qué hicieron desde Cataluña? Aumentar el daño de la herida, dolerse demasiado por las heridas. Y, ¿qué se hizo desde Madrid? Ahondar la herida. Entonces el señor Pujol le pega la patada a su propia formación política con sus escándalos familiares y económicos. Cosa que tampoco es fácilmente comprensible. Cómo un hombre que podría entrar por la puerta grande de Cataluña y de España, tira todo eso por la ventana. Por asuntos familiares…
¿No sería más bien por codicia? Hay una frase de Unamuno que me encanta: «A los españoles nos trae a mal traer la sobra de codicia y la falta de ambición».
Pues es muy posible.
Eso también puede explicar la corrupción. Quizá en la Transición, como había que hacer cosas más importantes, no había tiempo para tanta codicia.
Eso coincide con la definición que no sé quién daba de la avaricia: «La avaricia es la ambición inhibida por el miedo».
Volviendo a España como problema, que dijo Laín en la Posguerra, replicado por Calvo Serer con su «España sin problema», ¿cómo estamos ahora? Amelia Valcárcel, que es compañera suya en el Consejo de Estado, decía en una entrevista reciente que los españoles hemos hecho algunas cosas importantes, pero que en el fondo somos gente corriente.
Es que todo el mundo es corriente, claro. Los romanos eran gente corriente, el que no era corriente era César, por ejemplo, o Cicerón. Pero los romanos eran gente corriente y todo el mundo es gente corriente. Ahora bien, los españoles somos uno de los pueblos sin el cual no puede escribirse la historia del mundo. Es decir, Dinamarca es muy respetable, pero puedes escribir la historia del mundo sin mencionar a Dinamarca. Eso no se hace con España, Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia, Estados Unidos, China, y no hay más. Un pueblo sin el cual no se puede escribir la historia del mundo. Eso ya es una baza. Un pueblo sin el que no se puede escribir la historia del mundo, porque ha hecho cosas como América.
¿Y no hemos perdido como pueblo un poco de patriotismo?
Yo creo que mucho patriotismo y lo hemos sustituido por la introducción de la leyenda negra. Es decir, después de haber vivido unos años de falso entusiasmo, diciendo que éramos lo más grande que había en Europa, hemos pasado a decir que no hemos hecho nada, que estamos en pleno desorden, que todos los países de nuestro entorno son mejores. No lo son. Yo tengo una nuera italiana y un yerno argentino. Los dos dicen que este es el país del orden y de la seriedad. E Italia es un país muy serio, muy importante. Y Argentina es un país muy grande, muy valioso. España es un país serio, que ha hecho cosas muy serias, que tiene la segunda lengua del mundo. No es para estar tan triste como a veces se está. Y en eso, Rajoy tiene mucha razón, y hace bien en insistir en ello. Somos un gran país. No podemos considerarnos el culo del mundo.
Y el fenómeno de Podemos y Ciudadanos, como decíamos antes, ¿puede quedarse en unos apéndices de dos corrientes mayoritarias?
Yo creo que Ciudadanos ha sido una aventura que no sabemos cómo acabará, una aventura muy parecida a la famosa operación Roca, sin un líder político de la experiencia y calidad política que tiene Miguel Roca. Una desconfianza frente al Partido Popular, desconfianza que el Partido Popular ha dado motivo en ocasiones de tenerla, pero esa desconfianza ha creado un partido que no se ve muy claro cuál es su fuste ideológico. Y Podemos yo creo que es un fenómeno populista, muy parecido a otros en Europa y que tiene no una raíz, pero sí una causa, y la causa está en las medidas económico-sociales que ha impuesto la Unión Europea. Es decir, la Unión Europea también tendrá que pensar hasta qué punto puede supeditar todo a una lógica económica. Porque no todo son las reglas contables, y prueba de ello es que esas reglas contables no se las ha aplicado a Alemania o a Francia en muchas ocasiones, y cuando las han aplicado a Francia hay populismo en Francia.
Yo creo que ahí, los políticos no solo europeos sino nacionales, y en este caso el partido que gobierna en España, tienen que ponderar lo que la lógica económica exige y lo que exigen otras lógicas. Es decir, cuando se habla de la Reforma de la Administración Local, y se dice: para ahorrar dinero hay que suprimir los pequeños municipios. Oiga y desertifica usted el territorio. Hay ocho mil y pico municipios en España, de los cuales siete mil y pico tienen menos de 20.000 habitantes. Lo que no se puede es suprimir eso. Eso enraíza e identifica la población y mantiene vivo el territorio. Habrá que buscar otras medidas, se podrán fusionar servicios, no necesita cada municipio sostener un polideportivo, pero lo que no se puede es, por razones de ahorro económico, desertificar el territorio.
La frase de Unamuno sobre la ambición y la codicia se complementa con otra perla de Chateau-briand: «La ambición sin talento para sostenerla es un crimen». Y esto nos ha pasado también aquí y nos está pasando. No vamos a dar nombres. Ha habido quien se ha creído Napoleón.
El Estado Social es indispensable. Pero tiene que ser un Estado Social justo, aunque no tiene porqué ser opulento y en ningún caso tiene que ser dispendioso. Se pueden poner muchos ejemplos. La sanidad española es estupenda, los médicos españoles son estupendos. Algunas veces hay derroche en el Estado Social, que como prestador de servicios esenciales, como tenemos en España, es irrenunciable. Pero hay que ajustar los gastos. Se ha gastado más de lo debido y se ha gastado en cosas rigurosamente inútiles, como los aeropuertos sin aviones.
Le veo crítico como siempre, según era su fama, pero optimista.
Yo soy más optimista en conjunto. Yo tenía un maestro, Jaime Guasp, que me decía, «Miguel, España es como el musgo, no dará flores pero lo aguanta todo». Y es cierto que ha dado muchas flores, nuestra historia es una historia llena de flores. Y el que no lo vea así y crea solo en la leyenda negra, es que no sabe historia.
Y la Transición fue un auténtico centro de mesa.
Un centro de mesa muy florido y muy hecho por todos, porque la verdad es que la Transición consiguió aunar el entusiasmo de políticos de derechas y de izquierdas, del centro y de la periferia. La Constitución fue votada en Cataluña más que en ningún otro sitio de España, de la clase alta y la clase menos alta, de intelectuales y trabajadores manuales. Fue un empeño nacional, y todavía en la calle hay mucha gente que a mí me para, y me figuro que pararán a muchos políticos de esa época, y me dicen: «Qué bien lo hicieron ustedes. ¿Por qué no se hace ahora así?».
¿Usted ahora se siente más político o más espectador?
Yo no soy político activo, pero toda mi actuación tiene un fondo político. Sea en el servicio público, sea con las cosas que escribo o predico por ahí. Y predico bastante, porque esta semana voy a Alicante a una reunión de Presidentes de Diputación para hablar del futuro de las Diputaciones provinciales. Yo creo que es una institución muy importante que sería un disparate suprimir. Y el mes que viene tengo que ir a un seminario de Derecho Constitucional que se organiza en Sevilla. Yo, todos los meses hago una o dos cosas docentes.
Y sigue escribiendo, claro. Recuerdo lo que escribió sobre Antonio Fontán, el fundador de esta revista: «La vida política española no ha sido en las últimas décadas un camino de rosas, propicio para el fácil cultivo de ciertos valores ajenos en la práctica rufianesca del navajeo. Pero Fontán, sin dejar de estar de una manera o de otra presente en la escena pública durante más de treinta años, se ha mostrado imperturbablemente leal, tolerante, liberal, amable y valiente». Eran virtudes muy romanas, según usted.
He escrito muchísimo en la prensa. Tengo recogidos cerca de mil artículos. Empecé a escribir en el año 66.
Desde el año 88 al 2009 yo he escrito al menos dos artículos semanales. Me gustaría hacer una selección. Si no, se pierde. Yo recuerdo que Fontán me habló de los estatutos, y lo cuento en las memorias mías en la Semana Santa del año 79, cuando él era ministro de Administración Territorial.
Eso fue un disparate que le metieron a Suárez desde dos perspectivas: la derecha porque quería ahogar la autonomía catalana y vasca, generalizándola, y la izquierda porque no estaba segura de ganar las elecciones siguientes y quería trozos de poder en Extremadura, Andalucía, donde sabían que iban a ganar. Lo cual es muy patriótico, como ve.
Aunque parezca que a Antonio Fontán, político ilustre si los hay, se le atribuyó en 1979 un Ministerio que parecía carecer de importancia, si se le hubiera dejado actuar hubiera sido trascendente, por ejemplo en lo relativo a los estatutos catalán del 36 y el vasco del 36, adobados con oropeles monárquicos. Fontán nunca fue partidario de la generalización y homogenización de las Autonomías.
En esa etapa de la Transición, ¿cómo consiguieron los siete ponentes crear ese clima de entendimiento entre gentes tan dispares?
Hombre, la verdad es que había varios vínculos previos. El único no vinculado era Fraga por razones de edad. Pero Gabriel Cisneros, Peces Barba y yo habíamos sido compañeros de Facultad y con un año también de diferencia con José Pedro; Solé y yo habíamos hecho oposiciones juntos a Cátedra de Derecho Constitucional y nos habían echado a los dos. Lo cual une mucho y revela la agudeza del Tribunal. Y Roca, al que no conocíamos ninguno, es un hombre que cultiva las buenas relaciones. Yo, la verdad es que siempre tuve por el catalanismo especial simpatía antes de conocerle y eso facilitó el entendimiento. Fraga, cuando quería cautivar, cautivaba. Es decir, cuando quería ser simpático y amable, lo era. E inmediatamente entabló relaciones con todo el mundo. Y su mejor relación fue con Peces Barba. Entabló una tremenda amistad porque sedujo a Peces Barba, que probablemente era el más ingenuo de todos…
Pasa siempre igual, uno seguiría hablando toda la tarde, y ainda mais. Pero en algún punto hay que detenerse. Salgo a la calle Mayor añorante de la Transición y reconfortado por el optimismo de uno de sus protagonistas. Al día siguiente, en el centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Juan Pablo Fusi va a insistir en lo mismo, al trazar, en la inauguración del curso académico, la perspectiva sobre la Transición, gracias a la cual España se había transformado y había conquistado la libertad, y que, según este historiador, fue «una respuesta a la crisis española del siglo XX que no queremos ver ni deshonrada ni rectificada». A ver si es verdad.
MIRIAM TEY.— Gao, usted acaba de terminar una película, ¿cuál es su título?
GAO XINGJIAN.—El duelo de la belleza; es el mismo título de un poema que publiqué hace ya tres años, que son los que he tardado en realizar esta película.
¿Qué tenía que decir en esta película que todavía no hubiese dicho?
Es un largo poema, la película también lo es, dura dos horas, es una crítica profunda de nuestra época, de nuestra sociedad. La belleza ha desaparecido.
¿Por qué cree usted que la belleza ha desaparecido?
Porque solo hay política, porque la política lo invade todo, y por otra parte los mass media y la ley del mercado están en todas partes. Ya no hay lugar para la belleza. Incluso en el arte digamos contemporáneo ha desaparecido la belleza, solo hay ideas, conceptos, marketing, diseño, pero la belleza, aquella imagen que nos conmueve, ha desaparecido.
Una película como la suya es de difícil comercialización en Europa y no podría ni siquiera ser estrenada en China por ser usted el director. Pero, ¿cuál de los dos sistemas impone más dificultades al desarrollo y la divulgación del arte, las leyes que imponen el consumismo capitalista o la dictadura comunista?
Las dos, también en el comunismo la política lo invade todo, además está la censura, no hay libertad, y ahora en los países excomunistas, aunque haya una cierta libertad más bien es puro marketing, el arte contemporáneo es puro marketing, en mi opinión es el fin de la belleza; pero no es algo reciente, la belleza ya desapareció a mediados del siglo XX. Son las leyes del mercado las que manipulan, las que controlan la creación del arte. El verdadero lugar del artista ha desaparecido. Por eso mi película es una llamada a los artistas, para que vuelvan a la verdadera creación, al sentido de la belleza, el arte no puede estar al servicio de la moda, de la política o del mercado.
¿Se puede dar verdadero arte en una sociedad que resulta ser un medio hostil para el artista?
Las condiciones de los artistas siempre son difíciles, pero nunca han resultado tan difíciles como hoy en día, en el pasado, por supuesto existía la presión política, pero antes las leyes del mercado no eran tan fuertes, actualmente la ley del mercado está por todas partes, y la corrección política se ha convertido en la verdadera presión política, porque tanto en los países democráticos como en los países excomunistas la intervención de la política está siempre presente, pero de diferente manera. Por ejemplo, en un país de régimen democrático, como Francia o España, los gobiernos no pueden forzar a los artistas a seguir sus políticas, pero existe una ideología detrás de la política y de los partidos políticos, es la ideología de lo políticamente correcto que se impone, y si el artista no sigue esa línea de lo políticamente correcto es excluido del horizonte; pero los artistas tienen que tener la fuerza de oponerse a esta imposición, de resistir y mantenerse independientes en su pensamiento y en su creación, sin convertirse en portavoces de una u otra política. Por otra parte, si el artista busca vender está obligado a seguir las corrientes de moda del mercado; en ese momento es la ley del mercado la que conforma al artista. Si los artistas resisten y siguen su propia voz, su verdadera creación, sin someterse a la corriente, a la publicidad o a la moda, a todo eso que es tan fuerte, y conservan su libertad que está en su mano, si el artista es verdaderamente consciente de las influencias, de las intervenciones que llegan de todas partes, si resiste con su propia voz, él puede perfectamente continuar creando; es por eso que esta película es una llamada a un nuevo renacimiento que quiere decir una vuelta al sentido de lo bello, vuelta al juicio estético, vuelta al sentido humano, vuelta a enfrentarse a las verdaderas cuestiones existenciales. Este es, creo yo, el verdadero trabajo del artista de nuestros días.
Entonces, ¿usted cree que el artista tiene una responsabilidad frente a la realidad, a la verdad, a la injusticia, que la voz del artista tiene que hacerse oír, o un artista puede permitirse vivir de espaldas a la realidad?
Un verdadero artista no puede vivir sin ser consciente, al menos el escritor no puede; por otra parte, si su escritura no se somete a la moda, es verdaderamente difícil vivir de la escritura. Si persistimos en una escritura que no sea sumisa, que no siga la moda, que no sea para vender, es realmente difícil. Si uno escribe asumiendo las verdaderas dificultades existenciales, como don Quijote —ese caballero… en mi película también se evoca la imagen de ese caballero pobre, delgado que se enfrenta a la tormenta—, el artista no puede hacer nada; esa es una imagen en la que profundizar porque es la imagen de la posición de los artistas en nuestros días.
Si tomamos la creación artística como la moda, entonces eso pasará muy rápido, no será gran cosa, pero si queremos que el arte permanezca como un patrimonio de la humanidad, como los grandes maestros de la Antigüedad, deberá reflejar la verdadera reflexión profunda e independiente de los artistas. Pero en el arte de hoy en día, incluso el arte contemporáneo expuesto en los museos, se aprecia la influencia de una ideología que supone la subversión, que supone la revolución del arte, que supone hacer tabla rasa con todo lo que antes era bello…, en el fondo todo esto es muy marxista, y esta ideología persiste todavía entre nuestros artistas.
Usted habla a menudo de la libertad en el arte, pero, ¿cree usted que, hablando en el sentido más profundo del término, el hombre puede ser libre?
Sí, yo creo que el hombre tiene su libertad, si somos conscientes de la necesidad de ser independientes, si el hombre es capaz de reflexionar con su propia cabeza, si es capaz de encarar este mundo, tantas veces absurdo, con sus propias experiencias y responder a las condiciones existenciales, encarando todas las dificultades humanas, entonces sí. De hecho, ese es el tema que afronta siempre lo que considero el verdadero arte; el arte no es una reacción temporal, inmediata, políticamente correcta, el gran arte no es eso. El artista tiene libertad a condición de que sea consciente de esa necesidad de libertad, pero no hablamos de libertad para conseguir un provecho material o político; es por eso que, en el fondo, la libertad nunca nos es dada por otro, ni nos la da la sociedad, ni siquiera en un país de régimen democrático hay libertad si no somos conscientes. Si somos conscientes de ello, si pensamos con nuestra propia cabeza y escuchamos nuestra propia voz, sin asociarla a intereses materiales o políticos, en ese caso la libertad está ahí. Pienso que en nuestros días tenemos necesidad de coger la libertad con nuestras propias manos, sin pedírselo al poder político, ni al mercado, por supuesto, que es ciego y nos hace crear solo para vender.
¿Cómo interviene o qué influencia tiene en su arte, en cualquiera de sus expresiones artísticas, el dolor, el sufrimiento?
Más bien es una soledad, es decir cuando estamos en soledad, en esa soledad escogida, pienso que la soledad no es negativa. Cuando estamos en esa situación, en soledad y somos conscientes, en ese momento empezamos a reflexionar verdaderamente, sin seguir las corrientes del pensamiento en boga, sin seguir ciegamente lo que dicen los mass media, entonces la libertad está ligada a esta soledad despertada por los artistas.
El espíritu y el alma son dos conceptos que aparecen continuamente en su obra literaria, en sus novelas, en su teatro, poesía o ensayos. ¿Qué significan para usted estas dos palabras?
Es la consciencia. El espíritu o bien el alma son para mí una consciencia, una lucidez que se enfrenta a este mundo tantas veces absurdo; si somos conscientes, si tenemos esa consciencia lúcida, tenemos su fuerza, y somos capaces de afrontar todas estas dificultades, sin someternos a ningún interés.
Y ¿cree usted que la situación actual, la sociedad en la que vivimos, pone al hombre en una mayor dificultad para vivir su espíritu, para vivir de acuerdo a su alma, de acuerdo a la consciencia? ¿O las dificultades son las mismas de toda la vida, las que ha tenido siempre el hombre a lo largo de los tiempos?
Es difícil, hay muy poco espacio para el pensamiento verdadero, todo está ocupado por la política, actualmente la política no es un asunto de todos, es más bien la política del escrutinio, cada partido político quiere llevar a cabo sus políticas para conseguir votos, para conseguir el poder en el siguiente gobierno; no hay belleza en la política, no hay política de visión a largo plazo, con perspectiva, hoy los políticos tienen una visión muy corta, solo miran los escrutinios de la opinión; creo que la política es lamentable, esta política es la que ha conducido a la crisis profunda en que está sumido Occidente, porque esta política es la que ha empujado a los países al declive.
Y ¿por qué cree usted que la política ha perdido la belleza que tuvo una vez en el pasado, por qué cree usted que ahora la política es peor de lo que fue?
Esta es una verdadera pregunta y muy profunda que debemos responder y que no pueden responder solamente los artistas. Hace falta un nuevo pensamiento, lo que yo llamo el «Nuevo Pensamiento», un nuevo Renacimiento. Si nos instalamos en la rutina de lo que nos dicen los mass media todos los días, no puede haber lucidez, repetimos las mismas cosas y el discurso va empeorando; es la crisis cada vez más grave que hay en todo Occidente porque falta una verdadera política, una política clarividente que vea dónde se dirige la humanidad que sigue unas leyes de mercado ciegas o una política de escrutinios. Hace falta un Nuevo Pensamiento, hacen falta pensadores, hacen falta filósofos, artistas, escritores que reflexionen; no podemos esperar eso de los políticos en este momento. Esta es la verdadera y profunda cuestión de nuestros días.
Entonces, aún queda esperanza, según usted. ¿Se puede crear un espacio donde este Nuevo Pensamiento tome forma y se desarrolle? Y teniendo esta esperanza frente a nosotros, ¿cuál es su verdadera ambición ahora? ¿Cuál es su próximo sueño por cumplir?
Mi película El duelo de la belleza no es simplemente sobre la creación artística, una crítica del arte contemporáneo, o mejor dicho del marketing del arte contemporáneo. Hay muchos artistas que trabajan independientemente fuera de estas leyes y, aunque es difícil, persisten en mantenerse fuera del horizonte de los mass media, fuera del marketing, porque se trata del espíritu, y siempre han existido artistas así. Y con respecto al pensamiento, siempre ha habido también pensadores que se sitúan más allá de la política, más allá de lo políticamente correcto, porque el verdadero pensamiento no ha nacido nunca dentro de lo que responde solo a la actualidad, donde no hay tiempo para la reflexión, pero puede haber un verdadero debate que afronte las verdaderas dificultades de nuestros días. Por ejemplo, por qué esta crisis profunda ahora en Occidente, ¿por qué? Bueno, hace falta reflexionar profundamente, hace falta otra política y, claro, hace falta el debate, pero ¿dónde está el lugar para que se dé este tipo de debate, esta reflexión pública, este verdadero pensamiento? Pensadores, filósofos, siempre ha habido gente que piensa, que reflexiona, pero no tienen medios para dar a conocer su pensamiento, este es el problema, y no somos suficientemente conscientes; yo busco a los verdaderos pensadores contemporáneos, los busco.
¿Y los ha encontrado?
Es raro, porque en las relaciones, en mis relaciones personales, a menudo aparecen en conversaciones, pero en la prensa, en las publicaciones encontramos muy poca cosa.
¿Y puede usted darnos algún nombre?
No.
¿Y cree usted que Internet puede ser una plataforma en la que estos verdaderos pensadores sin medios encuentren un espacio donde expresarse?
Sí, puede ser un medio a través del que comunicarse, pero el verdadero pensamiento no se da en Internet, no lo creo. Efectivamente, podemos crear un blog y publicar ahí, pero entonces faltan los medios para darse a conocer. El verdadero pensamiento no puede darse en unas pocas líneas, en unos minutos, concentrarse en un pequeño mensaje, el pensamiento no es eso. Además hoy en día se lee muy poco, todos los jóvenes tienen su móvil y los mensajitos se apoderan de todo el tiempo y eso ocupa el espíritu, se lee mucho menos que antes; este es también el problema actual, este desarrollo de la tecnología no empuja verdaderamente a la sociedad hacia el pensamiento. Es por eso que es necesario que los verdaderos pensadores creen un Nuevo Pensamiento que despierte a la gente.
En su literatura, en su cine, en su teatro, en su pintura, el hombre que usted retrata parece perdido, parece que está siempre buscando algo. ¿Qué es lo que busca el hombre representado en su arte?
El hombre está siempre de cara a la dificultad y, por ejemplo, en mi anterior película, la que hice con Círculo de Lectores, Después del diluvio, se afrontan los problemas ecológicos, el deterioro de las condiciones de la naturaleza, el diluvio es un símbolo, es como una fábula en la que se muestra la angustia que vivimos en la actualidad frente a nuestro mundo.
¿Qué es lo que se siente usted más esencialmente: un escritor, un pintor, un hombre de teatro, un cineasta?
No, yo lo amo todo, yo practico todo y lo amo todo, para mí el escritor, el pintor, el cineasta, el teatro no son una profesión para ganarme la vida. Si no tomamos todas estas creaciones artísticas como profesiones, todas son lo mismo, son simplemente la pasión que te empuja a hacer eso. Desde que era niño me ha interesado todo, la poesía, el arte, la pintura, la escritura, también el cine, el teatro… He organizado mi pequeña compañía con estudiantes, y yo mismo actúo, hago la escenografía… Yo soñaba con realizar mis propias películas, y El duelo de la belleza es el resultado de mi reflexión sobre el cine durante más de cincuenta años. Cuando era estudiante leí la obra de Eiseinstein, el cineasta ruso, en la que hablaba sobre el montaje, fue él quien lanzó verdaderamente «la gramática» del cine y es así como el cine se convierte en un arte, comenzó con él, por su concepción sobre el montaje, se trata de una obra estética. Yo soñé cuando era muy joven que se podría hacer cine de la misma manera en que se escribe poesía, desembarazándose de la narración, yo soñé con hacer ese tipo de películas. Una película como esta no está destinada a un fin comercial, nunca estará a la venta. En estas condiciones sí me puedo expresar lo mejor posible, puedo crear buen cine, mi género de cine, y me lo tomo como una verdadera creación artística.
Y en su cine ¿cuál de estos factores es esencial, a cuál le daría prioridad: al color, al movimiento, a la música, a los actores, a la palabra…?
Efectivamente, yo tengo una pasión por el cine porque el cine puede movilizar todos los medios de creación artística. Está la actuación de los actores, no podemos minusvalorar el papel de los actores, está la danza, la música, está también la pintura, el arte cinematográfico en sí mismo, los planos, el zoom, los encuadres… Esta tecnología del cine puede asimilar todos los géneros de creación artística, es por eso que considero el cine como un arte total, y esta película no es una película de ficción, donde se cuenta una historia, con una forma de narración, no, el cine es tan rico que he podido meter todas mis formas de expresión artística en esta película, convirtiéndola en lo que yo llamo, de hecho es mi sueño, un arte total.
Y por último, podría darles un consejo a los jóvenes artistas que empiezan ahora, de cómo afrontar este difícil mundo que les espera?
Sí, a los jóvenes de hoy en día les puedo aportar mis propias experiencias, cuando yo tenía dieciocho años soñaba con hacer mi cine, pero no tenía los medios para hacerlo, pero esta idea, esta reflexión, esta estética del cine ya la tenía bien formada, bien alimentada, bien reflexionada, y más de cincuenta años después he realizado mis películas. Si tuviese que darles un consejo a los jóvenes artistas les diría que encuentren una profesión con la que ganarse la vida, pero que no mezclen el arte con la profesión. No hay que mezclar el arte con la vida material, el arte es otra cosa. Si tienes una forma con la que ganarte la vida, entonces haz tu arte aparte de tu profesión, tu verdadero arte, realizar tu verdadera búsqueda es posible, yo lo he hecho así. Cuando estaba en China, ser traductor era mi profesión, y aunque no podía hacer otra cosa continué escribiendo a escondidas, y después de la muerte de Mao Tse Tung logré publicar, aunque siempre tuve problemas de censura, ataques…, continué escribiendo. Después vine a Occidente donde existen otro tipo de problemas, depresiones. Si tuviese que dar un consejo a los jóvenes artistas les diría ganaros la vida, a través de cualquier profesión, camarero en un restaurante, si yo fuese joven lo haría, pero por las noches, los domingos, durante las vacaciones, hacer vuestro arte. Así podemos ser libres, así somos independientes, así los artistas podemos hacer lo que queremos.
Pocas veces le cuadra a alguien tan bien un puesto como a César Antonio Molina (La Coruña, 1952) el de director de la Casa del Lector, espacio del antiguo matadero de Madrid situado en el muy castizo Paseo de la Chopera. Si Borges imaginaba el paraíso bajo la forma de una biblioteca, este gallego con apariencia de tribuno de la Revolución francesa, más girondino que jacobino, que se ha recorrido los cafés de París para ver pasar la vida, vive entre libros y los lee con voracidad y aprovechamiento, parece que ni pintado para pilotar esta institución creada por la Fundación Germán Sánchez Rupérez, donde estos días se exhibe una exposición sobre la Agencia efe, con motivo de su 75 aniversario. César Antonio está en su despacho, corrigiendo con tinta roja un original. En El País Fernando Savater hace hoy un elogio de La caza de los intelectuales, un volumen de más de 500 páginas lleno de erudición y brillantes evocaciones, que es el último libro publicado por este profesor sosegado, veterano periodista, activo gestor cultural y exministro que, según el filósofo, «es quizá junto a Jorge Semprún el más generosamente culto de todos». De su paso por la política (que en la solapa del libro, donde hay 25 líneas de biografía, queda reducido a cuatro palabras: «Fue ministro de Cultura») ha surgido este vigoroso ensayo en torno al papel que juegan los intelectuales cuando, después de teorizar, se meten en harina.
Su libro es abrumador, erudito, documentadísimo. Pero los títulos de los libros se ponen en función del marketing. Hablar de «La caza de los intelectuales», ¿no es excesivo?
Bueno, el título que yo había puesto era «Cultura y poder». Y, en el proceso por el que pasan los libros, se estudiaron otros títulos y entre la editorial y yo acordamos este. Pero el título sobre el que yo escribí se llamaba «Cultura y poder».
En ese enunciado de «Cultura y poder» ¿qué pesa más, el poder o la cultura?
Para mí, la cultura. Porque en realidad quien ha movido el mundo, aunque muchas veces fuera de una manera oculta o más oculta de lo que debería ser, ha sido la cultura. La cultura no solo la humanística, digamos la literaria, artística, sino también la científica. Por eso hablo de Miguel Servet y de otros científicos. Quienes han ido cambiando el mundo y quienes lo han hecho avanzar han sido la cultura y quienes la han ejercido, a pesar de los inconvenientes que les ha ido poniendo el poder. ¿Cuál es el poder? Pues es el poder político, el poder absoluto de los príncipes, de los reyes, las ideas religiosas. Por eso al hablar de Servet hablo de Calvino, que es un protestante que se supone que protesta contra la Iglesia Católica porque no tenía libertad para expresarse, para pensar, para reflexionar sobre la divinidad. Precisamente la persona que se rebela contra la Iglesia Católica es la que condena a muerte a Servet, que le está pidiendo que realmente se lleve a cabo la reforma en el sentido del pensamiento.
Es la cultura la que va modificando el mundo y, como decía Azaña, la política es una expresión más de la cultura. Por lo tanto, la política no está fuera de la cultura, está dentro de la cultura y es una expresión de ella. Esa mezcla de intelectuales de todo tipo, de humanistas y científicos, ha sido siempre la que ha movido el mundo.
O sea, los intelectuales. Pero escribe usted en su libro: «Steinbeck era un gran escritor, pero en absoluto un intelectual». Un escritor, ¿no es por definición un intelectual? ¿Qué es un intelectual?
No todos, porque un intelectual es alguien que reflexiona sobre el mundo, sobre su tiempo, su época, dialoga con otros intelectuales de otro tiempo y de otra época y da una opinión sobre su tiempo. Hay una serie de convicciones que él expresa, mientras que un narrador se supone que habla a través de los personajes. No habla él, sino que hablan los personajes. Son personajes de ficción que ayudan también a entender la vida y el tiempo, pero que no expresan directamente la opinión del creador, sino que son personajes de ficción que ayudan a entender. La opinión de un intelectual no se expresa por lo general a través de la ficción, sino a través de la realidad y de lo que piensa él directamente.
Las letras y la política, según un paisano suyo (Romay Beccaría) han de caminar siempre juntas, porque, como decía Ortega, «al político de raza le precede la preocupación intelectual y le sigue la acción propiamente política… Esa nota de intelectualidad que corona la figura del hombre de acción es síntoma que distingue al político egregio del político vulgar». ¿Comparte esta opinión?
Totalmente. El político debía ser también un intelectual, tener también una formación y también tener sus opiniones. El problema está en que los partidos conforman una opinión colectiva y muchas veces es imposible salirse de ella. Y eso es lo que ha ido marcando cada vez más la separación entre el intelectual que piensa libre, independientemente, aunque pueda tener una inclinación hacia un lado o hacia otro, pero es libre e independiente, con la opinión que, cada vez más y con mayor fuerza, se ha ido imponiendo en los partidos como una opinión colectiva de la que nadie se puede separar, ni de la que nadie puede discrepar, y sobre la que muchas veces ni siquiera se puede discutir. Pero, evidentemente, como en Platón, en Aristóteles, Ortega y Azaña y demás, dado que la política es una expresión también de la cultura, los políticos deberían ser personas preparadas, cultas, con una opinión y un respeto hacia esa opinión, que ya digo, hoy es difícil por cómo se ha estructurado el desarrollo del Parlamento y el desarrollo de los partidos.
Su libro produce cierta melancolía. ¿De verdad cree que la cultura está bajo sospecha? ¿No hay muchos ejemplos —usted da varios en su libro— en los que la cultura se ha impuesto a la acción política?
Sí, de hecho siempre se ha impuesto, pero a costa de sacrificios. El parlamentarismo ingles se hizo también desde Cromwell, eliminando al rey y estableciendo una dictadura. A partir de ese momento, el parlamentarismo inglés es el ejemplo de lo que debe ser la democracia, pero se hizo con sangre, con mucha sangre. La constitución norteamericana también se hizo con sangre, porque surgió de una guerra y de gente como Franklin, gente que tenía una formación, que eran científicos, que eran escritores muy importantes. La Revolución francesa, todo lo que pasó, lo mismo, ¿no? Si lo traemos a España, imaginemos lo que costó poner en marcha la Constitución de Cádiz que, aunque se puso luego como ejemplo en muchos países europeos, y se copió, es muy poco liberal. Está muy bien para su época, pero lo que significó fue muerte, disturbios, la llegada de las tropas francesas para imponer otra vez a Fernando VII… Ha costado mucho esfuerzo y mucho trabajo el conseguir eso que decía la Constitución de Cádiz, que la leo siempre a mis alumnos, de que todos los españoles tienen derecho a la libertad de pensamiento, de opinión, y además el deber por parte del Estado de la enseñanza. Pues todo eso que nos parece simplísimo costó mucho. Y nosotros lo hemos visto, pues apenas llevamos cuarenta años de democracia. Con lo cual todavía para los españoles el esfuerzo fue mayor que para otros ciudadanos de Europa.
Y dado que ese esfuerzo fue tan tremendo, ¿cómo ve este momento que estamos pasando ahora en el que un rey abdica y viene un nuevo rey y el clima que se ha creado en torno a esto?
Que un rey abdique o que un rey muera debería ser lo más normal del mundo, porque lo tenemos previsto en la Constitución que aprobamos la gran mayoría de los españoles. Pero este es un país muy convulso para todo y muy emocional y muy latino.
La Constitución ¿debe modificarse?
Que la Constitución se deba modificar o adaptarse es normal, como todo en la vida. Porque hay nuevas generaciones, hay nuevas propuestas, nuevos problemas, nuevos conflictos a los que hay que hacer frente. Pero el eje fundamental que es la Constitución, donde están las normas, hay que mantenerlo, excepto que hubiera pasado algo que hubiera destruido el normal funcionamiento de las normas del Estado. Pero no se puede pensar que en cada momento hay que revisarlo todo, cambiarlo todo, modificarlo todo, deshacerlo todo… La constitución americana se ha mantenido aunque luego cada Estado haga sus decretos. Pero la constitución está ahí. Las de la mayor parte de los países llevan tiempo y se adaptan a las circunstancias. En nuestro caso, existen los procedimientos que hay que llevar a cabo para cuando las personas mueren o ceden sus poderes, como es el caso de la abdicación del rey. Yo lo vería con normalidad y absoluta naturalidad.
No dice usted nada: normalidad y naturalidad.
Sí, eso: normalidad y naturalidad. Y luego, evidentemente, yo creo que hay que revisar la Constitución, hay que readaptarla a los nuevos tiempos, pero su eje tendrá que seguir siendo el mismo, el eje esencial. Y por lo tanto, digo que somos un país emocional y esas emociones hay que controlarlas, porque la razón se debe de imponer a esas emociones que están bien y que son legítimas. Pero la razón nos dice que estos últimos cuarenta años, a pesar de las dificultades y las crisis, han sido los mejores de nuestra historia, con la época de Carlos III, que la tenemos mitificada porque realmente fue importante, como alguna otra época de nuestra historia. Pero, ¿cuándo hubo tanta paz como ahora? ¿Cuándo hubo menos conflictos? ¿Cuándo el país se desarrolló más? ¿Cuándo tuvo una presencia menos violenta o militar, sino pacífica, en el mundo? ¿Cuándo se pudieron desarrollar mejor las artes y las letras? ¿Cuándo hubo una mejor convivencia pacífica, física y psíquica? Pues todo eso hay que valorarlo. En cuarenta años hay evidentemente oscuridades, pero si lo ponemos en una balanza y lo medimos, el tanto por ciento es más positivo que lo poco negativo que también existe. Y eso es lo que nos lleva al pragmatismo y a la razón, que es algo que la política debe tener. Hasta ahora esto ha funcionado bien, aunque en los últimos años hayamos sufrido dificultades como todo el mundo, porque la crisis, desgraciadamente, no solo afectó a España, sino a toda Europa, Estados Unidos, Japón y todos los países. La economía ya no es individual sino colectiva y eso ha podido provocar algunos desconciertos. Pero, ya digo: Constitución, normalidad, naturalidad, pragmatismo y razón.
Efectivamente, es que no hay que aspirar a ser la excepción. El judío Shimon Peres —y en su libro se habla mucho del pueblo judío— dice que Israel es la excepción de la historia, pero quizá se debería aspirar a ser la normalidad de la historia. Esta cosa convulsa nuestra, esta impresión de que se quería coronar al nuevo rey de tapadillo, que no fuera a molestarse alguien. Este no es un país confesional, pero que no haya apenas fastos, ni ceremonias religiosas… Inglaterra saca las carrozas cuando puede…
Pero bueno, en Inglaterra no son latinos y tienen sus cosas mejores y sus cosas peores.
Volvamos a su libro. Cuéntenos la génesis de la obra, escrita cuando usted dejó de ser ministro de Cultura. ¿No corre el riesgo de que se tome como un ajuste de cuentas?
No, porque yo no hablo, para nada, de nadie. El libro no habla de ninguna persona con la que yo he tenido relación en mis seis años de la política. Es una labor más que yo hice con mucho agrado, como tantos otros trabajos que he tenido, públicos o privados. Porque hablo de temas generales teóricos y hablo de grandes maestros del pensamiento, de la filosofía, de la literatura, y por lo tanto esos grandes maestros son Cicerón, son Spinoza, es Séneca, Azaña, Milosz, tantos otros. Por tanto no hay ningún ajuste de nada.
Pero ¿no pudo ser, por seguir con Milosz, «su pensamiento cautivo» mientras fue ministro?
Es lo que yo pensé, eso sí. A través de la lectura del libro se pueden obtener muchas explicaciones y muchas respuestas, pero es el pensamiento que yo tuve en el ejercicio del poder, bueno, el trozo de poder que me tocaba a mí representar. De la misma manera que ya lo hizo Semprún. Lo que pasa es que cuando él escribe «Federico Sánchez se despide de ustedes», sí que habla de su gente, habla de los consejos de ministros, de sus amigos, de sus enemigos. Yo no hablo para nada de eso, pero sí que doy mi opinión sobre lo que es la cultura y sobre lo que no debería ser.
O sea, el libro no es un ajuste de cuentas, pero sí una explicación de lo que quiso hacer como ministro…
Quien quiera leer el libro desde la actualidad verá que es mi opinión sobre lo que debería ser la cultura, sobre todo desde la izquierda o desde el Partido Socialista, desde la socialdemocracia. Lo que significó la cultura y lo que yo traté de poner en práctica sin sectarismo, sin fanatismo, con tolerancia y con sentido de Estado. Porque la educación y la cultura tienen que tener un sentido de Estado y estar por encima de los partidos. Y fue lo que yo traté de hacer. Si yo lo explicara solo basándome en mis ideas, sería de una soberbia extraordinaria. Lo hice a través de aquellas personas con las que yo me sentía muy cercano, de Roma hasta nuestros días, apoyándome en ellas y dialogando con ellas porque me ayudaban a no estar solo en ese discurrir. Esta es la única lectura que se puede hacer, porque todo lo demás es explicar los conflictos de los intelectuales y el poder y no es una hagiografía porque hay momentos en que critico a intelectuales que han sido cómplices, los totalitarismos de izquierdas y de derechas… Quiero decir que también dentro de los intelectuales, aunque por lo general siempre han sido libres, independientes y han pagado de alguna manera las libertades e independencias, también los ha habido cómplices y también hay que hablar de ellos y también hay que criticarlos. Y también he explicado, por qué yo, un profesor universitario, un escritor, un gestor cultural, me había metido en política. Que es la gran pregunta que siempre me hacen. He tratado de explicar por qué Séneca estuvo en política, por qué Cicerón estuvo en política, por qué Azaña estuvo en política, por qué Spinoza huyó y no quiso saber absolutamente nada y es el mayor ejemplo…
¿Por eso le han colocado en la portada del libro, metido en una jaula?
Spinoza es el ejemplo del intelectual, para mí, en estado puro. Él no quiso comprometerse ni en la enseñanza universitaria, ni en todas las propuestas que le hicieron sobre todo los príncipes alemanes, ni tuvo ese pecado, venial, que hemos tenido muchos. Yo comparo el caso de Spinoza con el de Diderot y Voltaire, que tuvieron ese pecado, ya digo, entre comillas y venial. Cuando Federico II llama a Voltaire, acude allí pensando que va a ser el genio y se encuentra con que le dice: «El rey soy yo y usted un súbdito». Es el mismo conflicto de Diderot cuando va a Rusia con la zarina y ella le pregunta: «¿Qué podemos hacer aquí?». Diderot, confiando en sí mismo, le dice: «Pues hacer unas universidades, unas leyes…». La zarina dijo no. Siempre ha habido esa confianza de uno mismo, en que su saber y sus conocimientos se pueden poner en práctica y por qué no vamos a ir a la política. Spinoza dice no, no, yo me voy a trabajar, el trabajo para mí es fundamental, yo voy a contribuir a la sociedad a través de mis obras y de mis pensamientos. Eso es fundamental, sobre todo pensando en la vida que llevó Spinoza, cómo vivió, renunció a todo, renunció al poder, renunció al dinero, y hasta a la sexualidad. En realidad era como un místico, un místico laico. Hay gente que ha renunciado por su obra, por su pensamiento, por su creación, como alguien que va a la vida monástica con la creencia de Dios, y otros, con senti-do laico de búsqueda, de la existencia y del saber, pero no esperando ninguna gratitud suprema sino, simplemente, buscando un camino.
Además de esta preferencia por Spinoza, hay otros nombres como Azaña, Larra, Blanco White, Chaves Nogales… Me gustaría que nos detuviéramos en algunos de los escritores españoles que usted cita.
Yo he buscado las raíces de mi manera de ser, de actuar, de vivir. Y aunque hay muchísimos ejemplos de extranjeros, todos los enciclopedistas franceses, los ingleses desde Milton, yo también quería, como español, buscar mis raíces. Y mis raíces no estaban muy lejos. Pensemos en que san Juan de la Cruz, santa Teresa, fray Luis, Molinos, fueron unos intelectuales que sufrieron también, sufrieron el pensamiento libre, sufrieron represión, porque los metieron en la cárcel, los apartaron… La propia santa Teresa dice: «Es que no me dejan leer». Nos podemos remontar a muchos ejemplos anteriores. Pero partiendo de Carlos III están los ilustrados, una época maravillosa, luego están los afrancesados, los liberales, luego viene la gente de la Institución Libre de Enseñanza, luego viene Ortega, luego viene la Re-pública… Hay toda una enseñanza de querer luchar por tu país, de querer que la educación y la cultura sean elementos fundamentales de tu país, por tratar de respetar el pensamiento religioso, político, la libertad de pensamiento que está en la Constitución de Cádiz, de respetar a todo el mundo. Todo ese espíritu de libertad, ese espíritu de cultura, educación, ¿por qué todo esto? Para la convivencia. Para que no vuelvan a suceder guerras civiles, para que no vuelva a haber conflictos, para que no se vuelva a quemar ni a perseguir a nadie por pensar de una manera u otra… Ese espíritu de tolerancia que Larra y Blanco White y también otros muchos ilustrados defendieron, y eran personas tranquilas, de paz y de orden, y Jovellanos, que era un señor que quería eso.
Y ese espíritu ¿ha perdido sitio en la vida española?
El problema es que en educación no se hizo lo que se tenía que haber hecho, pero desde el primer día. El pacto de Estado que se debió haber hecho una vez aprobada la Constitución, fue el de la educación, y el ejemplo lo tenemos al lado, en Francia. Para Francia la educación es esencial. ¿Por qué nosotros no hemos hecho lo mismo? Y en la cultura, lo mismo. La cultura es esencial para España. ¿Qué somos sin la cultura? La cultura viene desde siglos y nosotros somos algo en el mundo por la cultura. El pacto de Estado por la cultura también existe en Francia. Es que la cultura en Francia es esencial. Lo vemos en Cannes, lo que significa Cannes para el cine, porque es la imagen de Francia. Yo siempre cuento este ejemplo. Estaba en obras el museo Picasso de París y entonces pudimos traer toda la obra de Picasso. La inauguraron los Príncipes, en el Reina Sofía. Esa misma exposición fue a Pekín, como representación de Francia: un pintor español representando a Francia en las olimpiadas de Pekín. Porque Francia sabe que, por encima de todo, está la cultura, y la cultura son los franceses, ellos mismos y los que sean, siempre que los representen. Charles Aznavour, George Moustaki, los hay de todos los sitios y lugares y Francia se siente partícipe de la cultura, venga de donde venga. Pero es que ni siquiera tenemos que haberlo inventado, tenemos un ejemplo vecino, el sitio al que fueron los ilustrados, los afrancesados, los liberales… Francia e Inglaterra, porque Londres también fue fundamental.
Por lo tanto, educación y cultura, una cuestión de Estado. Al día siguiente de haber aprobado la Constitución deberíamos habernos puesto de acuerdo. Había sus peleas, sus historias, sus cosas. No se hizo, hemos venido arrastrando una ley por cada ministro, eso no pasa en ninguna parte del mundo.
Y eso ¿ya no tiene arreglo?
Yo creo que no todo está perdido, creo que todavía estamos a tiempo. Porque esta cuestión de Estado la vamos a tener que llevar a cabo para muchas cosas: para cosas territoriales, inevitablemente, y para otras cosas, como pueden ser la educación, la cultura y otros temas fundamentales del país. Además, no tenemos por qué tener vergüenza o decir que un partido pierde autoridad antesus votantes. El partido, precisamente, tiene que llegar a acuerdos en los que sus propios votantes se sientan solidarios con su país. Y de la misma manera que en la Constitución todos cedieron, más que ganar, cedieron, todo el mundo cedió y todo el mundo se puso de acuerdo, ¿por qué no se podía hacer igual en esto?
No se citan episodios concretos, pero nada más aparecer el libro, se ha recordado la forma en que César Antonio Molina fue cesado, aquello de que se le buscaba una sustituta con «glamour»…
Nada más cesar, el ministro vuelve al ministerio, reúne a sus directores generales, a su secretario y secretaria de Estado y les cuenta la conversación que había tenido con el presidente, ni más ni menos. Yo les expliqué la conversación que había tenido. Y nada más, porque yo no les iba a mentir. Nunca he mentido a mi gente ni a nadie. Y, por lo tanto, yo tenía que darles una explicación, porque no solo se me cesaba a mí, sino que se cesaba a todo el mundo. Yo expliqué lo que se me dijo y desde ese momento lo sabe la gente. ¿Qué eso pueda ser privado o público? En política, todo es público. Entonces un señor me dice una cosa y yo no me esperaba eso, sencillamente. Pero que conste: es una cosa conocida, olvidada, y nada más. No tiene mayor historia y quizás a mí me hizo reflexionar para hacer este libro. De hecho, la primera cosa que hice fue, aunque ya las conocía, leer de arriba abajo las obras completas de Azaña. No lo había hecho así hasta ese momento y me dio pie para meditar por qué a veces pueden suceder estas cosas.
No quiero pasar a la historia por algo anecdótico, no quiero hacer pasar a nadie a ningún plano porque al fin y al cabo lo importante es la labor hecha, el trabajo que has hecho por tu país, cómo ves esa satisfacción entre tus conciudadanos (y yo la he visto permanentemente y la sigo viendo) y nada más. A veces surge esto, pero no le dedico ni una sola línea de las seiscientas páginas que tiene el libro.
Pregunta final, obligada. Si le volvieran a llamar para dirigir un ministerio ¿diría que no?
Yo no entiendo por qué siempre se me hace esta pregunta, de verdad. Una persona tiene etapas en su vida y una vez que las pasa ya no tiene que mirar atrás ni tener melancolía, ni nostalgia ni nada. Yo antes de ser ministro ya era alguien, ya tenía mis libros, ya era profesor y había dirigido muchas instituciones. Y cuando dejé el Parlamento seguí haciendo lo mismo que había hecho toda la vida, igual que hago ahora. Y esto me satisface mucho. Y ahora es cuando yo estoy en el plano de Spinoza, ya he visto el mundo, ya he visto las glorias y las nieblas que tiene la vida, la política y demás, y estoy muy bien donde estoy, creo que haciendo una buena labor, escribiendo mis libros. Y por lo tanto yo ya estoy fuera de la política. Que se olviden porque no hay ya vuelta atrás. Ese tiempo pasó y ahora lo importante para mí es hacer lo que estoy haciendo y seguir escribiendo libros que tengan tan buena recepción como están teniendo.
Después de echarme la bronca por haberle formulado esta última pregunta tan vulgar, César Antonio Molina me obsequia con una cita que le ha mandado alguien esta mañana. Es del Canciller Otto Von Bismark: «La nación más fuerte del mundo es sin duda España. Siempre ha intentado autodestruirse y nunca lo ha conseguido. El día en que deje de intentarlo, volverá a ser la vanguardia del mundo».
La caza de los intelectuales es un semillero de citas, que es algo que a César Antonio Molina le gusta mucho, como a mí. En el libro escribe: «Las citas no gastan la narración, sino que la enriquecen». Me dice: «Es que al citar, enriqueces tus pensamientos, haces tuyo lo que han dicho otros, y demuestras que has leído». Se hace tarde para repasar algunas de las que aparecen en su obra. Pero me quedo con una de Santa Teresa, que César Antonio copió de los azulejos de un convento de Ronda: «Poco durará la batalla, y el fin es eterno».
Nos preguntamos qué significa ser liberal en nuestro siglo. Por mi parte, diré que el significado irreductible del liberalismo me sigue pareciendo el mismo hoy que en los siglos XVII y XVIII: ser liberal es sostener de forma conjunta dos críticas que permanecen inalteradas desde entonces: por un lado, la crítica antiabsolutista; por otro, la crítica antiestamental. Si tiramos de estos dos hilos, creo que encontraremos todos los debates que normativamente interesan a cualquier persona de convicciones liberales.
De la crítica antiabsolutista nace la idea del respeto a la autonomía de la voluntad de las personas y del gobierno constitucionalmente limitado como mejor medio para proteger esa autonomía. Lo único que ha cambiado en cuatro siglos es que hoy sabemos que con la llegada de la democracia el peligro del absolutismo no prescribe, dado que este lo puede encarnar tanto el monarca –el rostro del soberano que conocieron los primeros liberales– como la propia sociedad en su conjunto, cuyo poder puede ser en ocasiones tan liberticida como el de cualquier autócrata del pasado. Dicho de otro modo, hoy podemos asegurar que cuando el gobierno se hace democrático y la soberanía reside en el pueblo, ni el principio de la limitación del ejercicio del poder sobre los individuos, ni la cuestión práctica de dónde colocar el límite, pierden una pizca de su importancia. Es más, como advirtieron tempranamente pensadores liberales como Mill o Tocqueville, los medios que la mayoría tiene a su alcance para tiranizar al individuo pueden ser más formidables y opresivos, por ubicuos, que los que tuvo a su disposición cualquier monarca absoluto de antaño.
La segunda crítica, decíamos, es la antiestamental. Es decir, la lucha contra los privilegios de cuna que el Antiguo Régimen había santificado y que impedían la libre circulación del talento en sociedad y lo que hoy llamaríamos el libre desarrollo de la personalidad o de las capacidades de cada uno. Frente al estamento o el colectivo, el liberalismo pone el énfasis en el individuo, cuya esfera de actuación no puede quedar limitada por el factor accidental de su nacimiento. De nuevo, hoy sabemos que tanto los privilegios como las situaciones de exclusión de facto encuentran la manera de reproducirse en las sociedades democráticas que consagran la igualdad formal ante la ley. Y estamos también sobre aviso de que los factores accidentales que se erigen en pretexto para levantar barreras en la sociedad van más allá de la clase social adjudicada al nacer. Sexo, raza, religión, lengua u origen nacional son también marcadores que, sutil o abiertamente, pueden ser alegados para reproducir viejos esquemas de subalternidad y privilegio. En cada uno de estos casos, el credo liberal demanda adoptar una actitud antiestamental, es decir, individualista, es decir, antidiscriminatoria.
Si la crítica antiabsolutista hace que el liberalismo se mantenga a una distancia prudencial de la democracia, receloso de la propensión al absolutismo de las mayorías, la actitud antiestamental tiende a cancelar esa distancia y lo aproxima a doctrinas igualitaristas como el socialismo. Este es el liberalismo que va, podríamos decir, de Payne a Sen, y que considera que una situación de privación material o de pobreza extrema es, al cabo, tan destructiva de la libertad personal como un poder político incontrolado.
Nótese, de cualquier manera, que en ambos casos la preocupación primordial es la misma, esto es, asegurar la esfera de libertad donde el individuo podrá desarrollar sus capacidades o gustos. El liberalismo es algo, por tanto, que tiene que ver con la libertad, convertida en el ojo de la aguja por donde todo pensamiento liberal debe poder pasar. Esta afirmación no parecerá trivial si reparamos en que asume algo como presupuesto que está lejos de ser axiomático: que los hombres y las mujeres somos libres. Para explicar la distancia que en este aspecto nos separa de los primeros liberales, permitidme ahora traer un inciso de uno de las obras más conocidas del canon liberal, La carta sobre la tolerancia de John Locke. No se trata de un paso famoso, sino apenas de un inciso que me llamó la atención en una reciente relectura. Se trata de la definición de iglesia que da Locke al inicio de su Carta (los énfasis míos):
«Estimo que una Iglesia es una sociedad voluntaria de hombres, unidos por acuerdo mutuo en el objeto de rendir culto públicamente a Dios de la manera que ellos juzgan aceptable a Él y eficaz para la salvación de sus almas. Digo que es una sociedad libre y voluntaria. Nadie nace miembro de una Iglesia»
Aquí lo que me llamó la atención fue el reiterado y rotundo uso del calificativo voluntario para referirse a la pertenencia a una iglesia. Y me llamó la atención porque esa es una rotundidad que hoy no puede permitirse un liberal enterado de los debates de su tiempo, que han puesto bajo asedio la propia noción de libre albedrío. Para nosotros la libertad es un concepto controvertido que seguramente no exista en el sentido que le daban los primeros teóricos del liberalismo, esa voluntad completamente autodeterminada de la que hablaba Kant. Sabemos que nuestro libre albedrío, en caso de que realmente exista, está continuamente hostigado por nuestra biología y perimetrado por nuestras circunstancias sociales y que, si bien parece cierto, como sostiene Locke, que no nacemos miembros de ninguna iglesia, ello no obsta para que rápidamente seamos socializados en creencias y valores, en hábitos mentales que nos condicionan en medida que todavía no sabemos calibrar con exactitud pero que, en todo caso, ponen en entredicho que nuestros actos sean cabalmente libres.
Si esto fuera así, si nuestra sospecha hacia los fundamentos de nuestra conducta fuera tan fuerte como para afirmar que no hay en el mundo más que implacables relaciones sociales e invencibles instintos biológicos, ciertamente tendría poco sentido seguir hablando de liberalismo. Sin capacidad de elegir, todo el edificio de la autonomía individual se viene abajo. Afortunadamente, los liberales son dados al pragmatismo y no se dejan paralizar por tremendismos metodológicos. Es decir, para nuestros propósitos, que es el de regular la convivencia, no nos debe quitar el sueño saber si existen o no en este mundo los actos libres. Porque frente al inverosímil acto completamente autodeterminado, el acto libre, tenemos el probable acto voluntario, que es el acto que no se manifiesta como fruto de una coacción física, un acto que es empíricamente detectable. Un acto voluntario en el siglo xvii era el de pertenecer a una iglesia reformada, una de esas sectas protestantes que se habían puesto de moda en la época de Locke. Pero nosotros podemos extrapolarlo a cualquier plan o concepción de la vida buena vigente en el año 2017, plan o concepción que un liberal se siente obligado a respetar en tanto no aparezca marcado por ninguna señal de violencia, esto es, nos parezca voluntario, y no altere el orden público, esto es, no violente el orden legal que maximiza la libertad de todos.
Lo que quiero expresar con esto es que el liberalismo es una doctrina que no tiene o no debería tener ambiciones epistémicas fuertes –es política, no metafísica, como diría Rawls– y que, por tanto, se conforma con que los actos aparezcan revestidos de una apariencia de libertad, es decir, sean voluntarios. Esto implica que ante una conducta que no comprendemos la actitud por defecto del liberal es la del respeto. Respeto no significa candidez. El liberal puede sospechar en la extraña conducta de otros la existencia de una fuerte heteronormatividad distante del ideal de autonomía. Pero esa sospecha no le hace sentir el deseo de correr a liberar a una persona de sí misma. Lo que me lleva a mi definición preferida de liberal, que creo que es de Stendhal: Ser liberal es no enfadarse por las manías de los demás. En consecuencia, el liberal se prohíbe a sí mismo la libertad de moldear desde el gobierno o el parlamento el carácter de los ciudadanos. Y no es que el liberal ignore las ventajas de todo tipo que ofrecen los ciudadanos virtuosos, sino que entiende que ese aprendizaje de la virtud debe dejarse en buena medida a la esfera privada. En lugar de pensar que las personas han de ser mejoradas para que puedan ser libres, el liberal cree en la libertad como condición de nuestro automejoramiento. Mantiene con la virtud una relación análoga a la que tiene con el conocimiento: un cierto optimismo en que será el libre intercambio de ideas, y no el establecimiento de un credo o un catecismo oficial, el que haga prosperar la virtud y saber.
Si las manías de los demás no enfadan a los liberales, cabe preguntarse qué es lo que les enfada entonces. Saber cuál es su mal absoluto, su summum malum, es a veces una guía más eficaz para entender la entraña de una doctrina política que un prolijo tratado sobre sus bienes y valores. Sabemos, por ejemplo, que a los conservadores les saca de quicio el desorden, y que los socialistas detestan, por encima de todo, la desigualdad. ¿Qué es lo que no puede aguantar el liberalismo? Bien, yo diría que lo que más molesta a un liberal, deducible por cuanto llevamos dicho, es la arbitrariedad. Arbitrario es aquello que se sustrae a la razón o a la ley y se funda en el capricho o voluntad del poderoso, esto es, aquello que nos devuelve al mundo del autócrata contra el cual el liberal se rebeló. Dado que, en su grado máximo, la arbitrariedad se convierte en crueldad, me gustaría acabar proponiendo una clase de liberalismo para nuestros días que hiciera precisamente de la crueldad su némesis, su bestia negra, su absoluto contradictor.
Hacer del liberalismo la doctrina que combate contra la crueldad no es una idea mía, sino de una pensadora americana de origen centroeuropeo, una de mis últimas mentoras, una figura importante del pensamiento político del pasado siglo, acaso injustamente olvidada hoy. Se llama Judith Skhlar, y es autora de dos libros que considero muy valiosos, como son Los rostros de la injusticia y Vicios Ordinarios. Pues bien, esta pensadora acuñó un concepto de liberalismo muy claro, muy intuitivo y muy eficaz. Dice Skhlar:
«El liberalismo es la doctrina que sostiene que cada persona adulta debe ser capaz de tomar, sin miedo y sin favor, tantas decisiones efectivas sobre su vida sean compatibles con la libertad de igual tipo de los demás».
A esto Skhlar lo llama liberalismo del miedo, porque, frente al liberalismo de los dere-chos, que es el liberalismo estándar, aquí lo capital es evitar el miedo en las personas. Es decir, el énfasis se pone en prevenir una cierta disposición fisiológica, la más corrosiva de todas y no tanto en facilitar o habilitar una serie de facultades. El liberalismo del miedo es por entero compatible con el liberalismo de los derechos, cuyo máximo representante contemporáneo sería Rawls –compañero de claustro en Harvard de Skhlar– pero mantiene una prioridad lógica respecto de este, en tanto los derechos no serían sino uno de los expedientes con los que el liberalismo intentar prevenir el miedo en sus ciudadanos, porque cuando uno está seguro de sus derechos, entonces no tiene miedo.
Me parece un enfoque interesante, porque en general prefiero doctrinas que sean capaces de proporcionar a sus ciudadanos una pauta ética sencilla, intuitiva, y eficaz a doctrinas más elaboradas que traten de explicar, no cómo debemos conducirnos los unos con los otros, sino cómo debe estar diseñada la sociedad para que esta sea justa, que es lo que pasa con los liberalismos de los derechos. Estos terminan por depender de experimentos mentales (desde el velo de la ignorancia de Rawls o la subasta de derechos de Dworkin, o la propia y fundadora idea del contrato social) que inevitablemente dejan cabos sueltos, abriendo la puerta a bizantinas discusiones que buscan evitar que la doctrina sea defectiva. En cambio, un principio intuitivo como el de evitar que las personas vivan con miedo me parece una afilada navaja capaz de cortar nudos gordianos que de otra manera resultan esquivos. Un principio que hace cierta la promesa de que el liberalismo debe ser una doctrina eminentemente práctica y no metafísica.
El mandato de precavernos del miedo tiene además la virtud de devolver al liberalismo a sus orígenes humanitaristas. Porque no debemos olvidar que la defensa de la libertad de conciencia en la obra de los fundadores del credo liberal no era una preocupación teórica, sino estrictamente humanitaria. Locke, Voltaire o Montesquieu eran personas que habían visto arder a personas en las plazas de sus ciudades por causa de su fe. No es que un día decidieran que la libertad religiosa era una construcción teórica plausible. Lo que pasaba es que querían evitar el sufrimiento y el miedo a sus coetáneos, cuyos gritos de dolor en el cadalso no habían sido capaces de olvidar.
Este, me parece a mí, sigue siendo un buen motivo para ser liberal: que nadie viva con miedo. Y si ahora retomamos el comienzo de nuestra exposición, vemos cómo esos dos hilos que hemos dicho son como la trama y la urdimbre del liberalismo, la crítica antiabsolutista y la crítica antiestamental, desembocan en una aparente paradoja: que el liberalismo descansa en una psicología que es a la vez misantrópica y humanitaria o compasiva.
La misantropía nos induce a creer que cualquier persona, por recta o proba que nos parezca, tarde o temprano abusará del poder que le sea delegado, y que por ello siempre es necesario limitar constitucionalmente a los gobiernos, también cuando son electos. Con las relaciones horizontales de poder rige la misma prevención: es dudoso que el respeto mutuo brote espontáneamente del corazón de los hombres, y son por ello necesarias leyes coactivas que regulen la convivencia. Este prudente escepticismo no comporta, debo aclarar, una antropología esencialmente pesimista sobre la naturaleza humana, sino un juicio prudente sobre la facilidad con que la pasión puede ocupar el papel de la razón en la vida colectiva: «Si todos los atenienses fueran como Sócrates, la asamblea ateniense seguiría siendo un tumulto», observa Madison. Tentación absolutista y deriva tumultuaria son riesgos siempre presentes, que invitan a repartir bien los poderes y centros de decisión.
Pero junto a este componente misántropo, existe una disposición compasiva que desea evitar los efectos corrosivos del miedo en las personas, porque si queremos que todos puedan desarrollar con libertad sus capacidades o gustos, el primer requisito es poder vivir sin la pesada argolla del miedo. Ciertamente hoy no tenemos miedo a ser quemado en la plaza pública por herejes, pero hay innumerables fuentes alternativas de temor que ponen plomo en nuestras alas. Vive con miedo quien tiene su integridad física amenazada, vive con miedo quien no se somete a una coacción identitaria, y vive con miedo quien carece de recursos suficientes para afrontar, en solitario o en familia, el negocio ordinario de la vida. Si la pobreza es un mal es precisamente por eso, porque aniquila la confianza de las personas obligándolas a vivir con miedo. En todos esos frentes el genuino liberal se sabe, hoy como ayer, emplazado, y en todos estos frentes, el liberal se enfrentará a dilemas y casos difíciles sin soluciones fijas. A falta de manuales, buenas son las linternas.
*Este artículo está basado en una presentación para el curso Liberalismo y Filosofía organizado por el partido Ciudadanos en el Campus de Verano de la Universidad Complutense en San Lorenzo de El Escorial, Madrid, el 19 de julio de 2017.
La celebración del centenario de la muerte del escritor francés Léon Bloy (1846-1917) ha pasado prácticamente inadvertida en España, al margen de reseñas puntuales. Aunque el autor de El peregrino de lo Absoluto cuenta con una fidelísima y minoritaria legión de seguidores, la singularidad de su persona y de su obra mantiene intacta, junto con su capacidad de seducción, su orgullosa y arisca, por no decir explosiva, independencia -y también, una limitada historia editorial-.
Escribir sobre Bloy es una tarea titánica. Corre uno el riesgo de querer imitar lo más superficial e inimitable de su estilo o, con mala conciencia, ejercer el papel filisteo de quienes, en su época, fustigados ferozmente por sus escritos, le admiraban tanto como le detestaban. Bloy, como el pobre Lázaro, se había propuesto guardar flamígero los secretos espirituales de una Europa medieval y cristiana en medio de una época positivista y postrevolucionaria de ricos y descreídos Epulones. ¿Quién puede cumplir, con el escrúpulo de Bloy, la exigencia de la parábola del tesoro escondido?
A Bloy le habría gustado verse emerger del mundo monástico de los siglos XI y XII, ajeno a esos balbuceos escolásticos que despreciaba descubrir entre los eclesiásticos de su época. Quien no admitía otra nostalgia que la del Paraíso, hubo de aceptar con una humildad que su verbo furibundo parecía desmentir a cada paso y que, sin embargo, confirmaba más profundamente que “camino por delante de mis pensamientos exiliados en una gran columna de Silencio”.
Su modelo de exégesis espiritual, modelado por el protagonista de la novela El desesperado en la Gran Cartuja, es una de las recusaciones más demoledoras y por ello más ignoradas del programa modernista. Su radicalidad poética y teológica entronca con algunas de las preocupaciones centrales de los análisis fenomenológicos del siglo XX. Como ha dicho recientemente Pierre Glaudes en Léon Bloy, la littérature et la Bible (Les Belles Lettres, 2017), “lo real es para él esencialmente semiótico, puesto que es, en sus estructuras profundas, un lenguaje: la Palabra divina que hace escritura incluso en el acontecimiento más ínfimo”. ¿No se perciben acaso la denuncia y hasta la deconstrucción de la ilusión moderna de una mathesis universalis que la filosofía francesa contemporánea ha fatigado hasta el rumor insignificante bajo las categorías de ausencia y de experiencia?
En el reaccionario Bloy podría inducir a confusión el que parezca no hacerse ninguna concesión al espíritu de su época. Milenarista, se entregó fervoroso a la memoria de Napoleón y a perseguir la canonización de Cristóbal Colón. Devoto de la aparición de la Virgen en La Salette, intuyó, en un plano escatológico, la consumación de una época que sus escasos discípulos tradujeron en los términos inmanentes y literales de la Gran Guerra, a la luz de En el umbral del Apocalipsis (1916). Que el pensamiento de Bloy sigue resultando incómodo lo demuestra el pequeño escándalo que suscitó en Francia en 2013 la censura parcial de su opúsculo La salvación por los judíos (1892), en razón de un supuesto antisemitismo contra el que él se había propuesto arremeter con la redacción de su escrito.
Parecería como si la recepción de la obra de Léon Bloy estuviera condenada a dar la razón a los tópicos que se han construido a partir de los rasgos más bizarros de la personalidad y del estilo de su autor, considerado a veces una especie de Nietzsche católico. A Bloy, tan incómodo, lo que resulta imposible es catalogarlo de «apologeta».
Su obra esconde una subterránea continuidad con el nervio de la espiritualidad católica de Francia que remonta a Pascal y a las polémicas sobre el «amor puro» que atravesaron su siglo XVII. Aun tan ajena al modelo cervantino, tal vez no sea demasiado atrevido considerar la de Bloy una santidad «a la francesa». Bloy afirmó en sus deslumbrantes diarios que no había más que una fatiga: la de la Caída. Y añadía, paulino: “Estoy fatigado de la fatiga”. Era capaz de ver hasta en el más mínimo detalle una cifra sagrada de la historia de la salvación.
«A Bloy le habría gustado verse emerger del mundo monástico de los siglos XI y XII»
¿Acaso, simbolista, no era un heredero del malditismo, capaz de denunciar, exasperado y sablista, el conformismo ejemplar de Paul Bourget como el decadentismo autocondescendiente de Huyssman? Llevaba el tesoro de su escritura, que era por encima de todo el de su fe, en las vasijas de barro de unas obras de género tan inclasificables como (anti)modernas. ¿No son sus Meditaciones de un solitario (1917) las reflexiones espirituales de un guerrero francés que llora ante las ruinas humeantes de la Catedral de Reims? ¿No es La Sangre del pobre (1909) un breviario de economía simbólica, irreductible a todo debate tanto con el sensato «distributismo» de G. K. Chesterton como con los delirios antiusureros de Ezra Pound?
En Bloy no se resuelven nunca las antítesis, sino que cuanto mayor sea la fricción que producen sus términos, tanto más grande es la verdad por la que hacen duelo. Bloy llegó a definirse así: “Yo rezo, como un ladrón que pide limosna a la puerta de una granja a la que quiere prender fuego”. La suya es una furia ética y estética que se sostiene en la precisión y en la elegancia de una mansedumbre espiritual que reflejan -¡y mantienen!- un equilibrio imposible.
Es momento, pues, de leer a Léon Bloy, tan atento a los puntos ciegos del lenguaje en su Exégesis de los lugares comunes (1900) como lo podría haber estado Karl Kraus. Aunque toda la grandeza estuviese exiliada al fondo de la Historia, la escritura de Bloy seguiría sosteniendo desafiante que no se puede encontrar realmente otra fuerza que en la espera del Espíritu Santo.
Desesperado ante la multitud de libros que se acumulaban en su biblioteca, sin tiempo para leerlos, el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro se preguntaba cuánta de toda aquella literatura sobreviviría al filtro de la posteridad. Entre los autores que, a su juicio, habían envejecido mal, citaba al francés Albert Camus. Habían pasado veinte años y sus libros, que antes el público devoraba, ya no le decían nada al hombre contemporáneo. Aunque esta es una opinión compartida por muchos, no parece que se trate de un veredicto justo ni irreversible. En 1994, la publicación de El primer hombre, su novela póstuma, devolvió a Camus a un primer puesto en el Olimpo literario. La Historia parecía darle la razón tanto en su polémica frente a Sartre como en su combate contra los totalitarismos.
A nuestro hombre se le ha presentado más de una vez como una especie de santo laico, pero su figura es mucho más fascinante que este tópico reduccionista. Celoso de su intimidad, era consciente de que no existía una perfecta concordancia entre su imagen pública y su vida privada, la de un seductor impenitente. Tal vez por eso esperaba tener la ocasión de contar, algún día, «la verdad». Pero sus pecados domésticos no restan grandeza al ser humano y, sobre todo, a la obra, una búsqueda épica del bien por parte de un enemigo de los absolutos, un pensador con el suficiente sentido común para dudar incluso de sus propias ideas. Con el coraje necesario para proclamar, contra los dogmas de la tribu, que hubiera sido de derechas de creer que los conservadores estaban en lo cierto.
Al contrario que otros intelectuales, educados en las escuelas más elitistas de París, Camus era un provinciano, hijo de una madre analfabeta y de un soldado muerto fallecido durante la primera guerra mundial. Creció en medio de privaciones, sin poder comprar libros porque su familia ni siquiera podía permitirse el agua corriente. Este ambiente le marcó para el resto de sus días, al proporcionarle un altísimo sentido de la libertad. Aprendió su valor, según confesión propia, en la miseria, no a través de las obras de Marx.
Empujado por el humanismo de sus ideales, Camus solicitó la adhesión al Partido Comunista. Deseaba ver disminuir la suma de las desgracias del género humano. No obstante, no tenía intención de aceptar sin crítica ninguna ortodoxia que le alejara de la experiencia cotidiana. Porque, como le dijo a un antiguo maestro, no podía dejar que un volumen de El capital se convirtiera en el muro que separara el hombre y la vida.
Más tarde, durante la segunda guerra mundial, luchó contra el hitlerismo a través de su trabajo como periodista clandestino en Combat, un medio que llegaría a tirar doscientos cincuenta mil ejemplares. Fue por entonces, en 1942, cuando publicó dos títulos que lo harían famoso, El extranjero y El mito de Sísifo. Esas dos obras, junto al drama Calígula, constituían sus «tres absurdos». Las denominaba así porque versaban sobre el sinsentido de la existencia humana. Este planteamiento filosófico estaba íntimamente vinculado al contexto político, un momento en el que Francia aún no se había liberado del yugo nazi. La situación, bastante calamitosa, favorecía la aparición de reflexiones que incidieran en la falta de sentido de la vida. En una anticipación de la tesis de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, nuestro escritor percibía la contradicción entre el salvajismo de los nazis y su comportamiento cívico en la vida cotidiana. La misma persona que podía cometer terribles asesinatos era la misma que cedía su asiento en el metro. ¿No regresaba Himmler a su domicilio con toda precaución para no despertar a su canario?
Fue por entonces, en 1942, cuando publicó dos títulos que lo harían famoso, El extranjero y El mito de Sísifo
Fue en plena guerra cuando Camus conoció a Sartre. Ambos se habían leído y escrito comentarios sobre la obra del otro. Sartre, por cierto, citó diversas obras con las que El extranjero estaba relacionada, pero no reparó en el influjo de El cartero siempre llama dos veces, una novela policíaca. Treinta años después, recordaría a su amigo como un tipo divertido aunque muy vulgar.
Antes de la Liberación, Camus publica sus Cartas a un amigo alemán, en las que contrapone dos modos de entender la nación. A la obediencia ciega de los nazis, opone el amor exigente que es capaz de señalar las zonas de sombra. Porque nuestro escritor no quiere ser francés de cualquier modo, sino desde la justicia y la libertad. Es entonces cuando proclama que ama demasiado a su país como para ser nacionalista.
En un principio, Camus apostó por un castigo contundente contra los colaboracionistas. Ellos eran, dentro del organismo nacional, un cuerpo dañino al que había que destruir. Por sentido de la justicia, tal como lo exigía la memoria de sus crímenes. En esos momentos, esta era la postura ortodoxa de buena parte de la izquierda. Por defenderla, el autor de Calígula sufrió los ataques del escritor católico François Mauriac, partidario del perdón: «Caridad lo primero».
Pero pronto se demostró que el rigor hacia los traidores, más que con la equidad, tenía que ver con una venganza ejercitada de manera selectiva. Fue por eso que nuestro hombre se opuso a las purgas y firmó una petición a favor del escritor Robert Brasillach, por más fuera un personaje que le inspirara desprecio. Si se pronunció a favor de la clemencia, fue simplemente porque estaba en contra de la pena de muerte, un asesinato bajo el patrocinio del Estado. La izquierda le atacaría por este y otros gestos, pero él reconoció con nobleza que Mauriac tenía razón contra él en la controversia que les había enfrentado, pese a ciertos excesos de lenguaje.
Finalmente, en 1947, dio su versión de lo que había sido la contienda en su propia novela de resistencia, La peste, un título que le convertiría en el escritor más popular de la posguerra. En la ciudad de Orán, durante los años cuarenta, irrumpe de improviso la citada enfermedad. De esta manera, el novelista propone una alegoría de lo que fue la ocupación nazi. Al elegir aquella plaga, y no otra, refuerza el paralelismo con el exterminio de los judíos. Sabe que en la Edad Media, tras la gran epidemia de 1348, surgieron estallidos antisemitas que hacían del pueblo hebreo el gran culpable y que se tradujeron en violencia.

El mal coge a la gente desprevenida, como Hitler a los europeos en la vida real. Ante una catástrofe de proporciones inimaginables, los seres humanos acostumbran a no creer en su realidad porque no encuentran la manera de asimilarla. En consecuencia, no toman las medidas que serían necesarias para atajar el desastre. Los que tienen autoridad prefieren no inquietar a la opinión pública, por miedo a desatar el caos, antes que tomar las medidas profilácticas que salvarían a la población. Así, la peste, como la guerra o cualquier otra situación de crisis, acaba por expandirse imparable.
Camus se muestra en ocasiones disconforme con la izquierda. No simpatiza con el comunismo, crítico con lo que juzga una divinización de la Historia. Rechaza la idea de un futuro idílico al que se llegaría, supuestamente, a través de no importa qué sacrificios. Ninguna política debería defenderse sin medir, antes, sus costes en términos humanos. Los misioneros laicos dispuestos a morir por una idea no son los personajes que más le entusiasman porque su preferencia es justo la contraria, dar la vida por lo que se ama.
Desde su punto de vista, la rebelión contra la peste, o contra el Tercer Reich, no obedece a planteamientos teóricos. Se trata de una cuestión de simple decencia. La de Rieux, por ejemplo, que se entrega a los enfermos mientras su mujer permanece en un sanatorio, muy lejos. Cuando Rambert se entera, no duda en unirse a su combate, convencido por su testimonio, no por el poder de sus razonamientos lógicos.
La peste es derrotada, pero la victoria no es definitiva porque su bacilo «no muere ni desaparece jamás». Camus, por tanto, se distancia de las escatologías laicas que prometen una «lucha final» antes del advenimiento del Paraíso en la Tierra. El hombre, si de verdad quiere serlo, debe permanecer vigilante porque el mal, en cualquier momento, puede revivir. La caída del Tercer Reich, por tanto, no es una excusa para bajar la guardia y dejar de hacer lo que es necesario hacer. La Liberación es siempre provisional incluso en el supuesto de que se haga la Revolución, porque los que ocupan entonces el poder crean una nueva ortodoxia que justifica de nuevo la protesta. De ahí que nos encontremos ante un rebelde que, de forma solo en apariencia paradójica, rechaza las revoluciones.
Con el estreno de Los justos, en 1949, Camus prosigue su reflexión filosófica y, una vez más, consigue que sus personajes no sean abstracciones, simple encarnación de ideas, sino personajes de carne y hueso. Esta vez, la acción transcurre en la Rusia de los zares. Mientras un grupo revolucionario se propone atentar contra el gran duque, sus miembros enfocan la acción de distintas perspectivas. Para Stepan, la justificación del atentado no ofrece dudas. Es un hombre de una pieza, retrato del típico militante estalinista. En su mundo, el fin justifica los medios sean estos los que sean. Solo así se podrá llegar a un punto en el devenir histórico en el que ya no sea necesario derramar más sangre. Su afán de justicia es genuino, pero al mismo tiempo su personalidad implacable lo vuelve aterrador.
Con todo, al principio, está dispuesto a desoír a su conciencia si recibe una orden. Porque el partido, por definición, es la medida de todas las cosas, la luz que separa el bien del mal
Kalyayev, el encargado de tirar la bomba, es un idealista igualmente apasionado, pero con un talante por completo distinto. Porque, frente al carácter sombrío de su compañero, que prefiere la justicia a la vida, él personifica la alegría de vivir. Está dispuesto al sacrificio pero dentro del respeto a ciertas normas morales. Por eso, en una primera tentativa, se niega a seguir adelante al comprobar que hay niños junto a la víctima. Con todo, al principio, está dispuesto a desoír a su conciencia si recibe una orden. Porque el partido, por definición, es la medida de todas las cosas, la luz que separa el bien del mal. Después, sin embargo, advierte a sus compañeros que matar niños es contrario al honor. Si la revolución llegara a triunfar por este camino, no le quedaría más remedio que apartarse de ella.
Dora, en cambio, es una revolucionaria inmensamente trágica y triste. Porque, en su interior, ha dejado de creer en el mesianismo político. Los suyos repiten que están dispuestos a matar para construir un mundo en el que nadie mate… ¿Y si no sucediera eso? ¿Y si las vidas sacrificadas lo fueran en vano? Sus compañeros se creen autorizados a matar porque están dispuestos a morir, pero teme que, más tarde, lleguen otros que se crean con derecho a disponer de las vidas ajenas sin ofrendar la suya a cambio.
En 1951, El hombre rebelde marcará una ruptura definitiva con la izquierda estalinista y sus compañeros de viaje. Para Camus, la rebeldía existirá mientras se conserve la especie humana. No significaba establecer el paraíso en la tierra sino, por el contrario, fijar un límite a la degradación. Eso es su famosa definición del hombre rebelde: alguien que no dice «no» y establece, así, un «hasta aquí».
Sus palabras se interpretaron, con exactitud, como un ataque contra el mundo soviético. Indignado, Sartre cargó contra él. Lo hizo, al principio, por persona interpuesta, al permitir que Francis Jeanson publicara en Les Temps Modernes una dura crítica contra Camus, que esperaba un pronunciamiento negativo pero no una andanada de tal magnitud. La sorpresa le dejó muy afectado, por su violencia y por el detalle humillante de que el director de la revista, su amigo, no se había dignado a tomar la pluma personalmente. Su respuesta apareció en la misma revista, en su número de agosto de 1952, junto a una réplica de Sartre y otro texto de Jeanson.
Camus reprocha a sus críticos que se atrevan a dar lecciones de eficacia política, cuando solo habían colocado en el sentido de la historia sus propios sillones. Pocos saben qué quiere decir en realidad, pero alude al papel poco glorioso de Sartre en la Resistencia. Este, irritado, se siente en la obligación de replicar en un artículo para no perder prestigio. Con una condescendencia mezquina le dice a su antiguo compañero que hasta ese momento nadie se había atrevido a decirle la verdad, su incompetencia filosófica manifiesta: no razonaba con rigor ni se tomaba la molestia de ir a las fuentes, conformándose con basarse en refritos. En realidad, como ha puesto de manifiesto José María Ridao en El vacío elocuente (Galaxia Gutenberg, 2017), esta respuesta era más propia de un profesor de filosofía que de un filósofo. Porque el primero es el que lo basa todo en sus lecturas mientras el segundo aporta un pensamiento original.
En otro momento, Sartre acusa directamente a Camus de falta de autenticidad al hablar en nombre de los desheredados cuando en realidad era un burgués. «Puede que haya sido usted pobre, pero ya no lo es». Ese «puede», como bien observa Olivier Todd, es una maldad. Sartre sabe perfectamente que su hasta entonces amigo lo había pasado muy mal en su infancia. Pero nada de eso le importa porque se ha lanzado a crucificarlo mientras escribe una especie de necrológica en vida del condenado.
Sartre estaba convencido de que debía postergar sus sentimientos personales para combatir a un traidor a la clase obrera. Si el partido comunista era el de los trabajadores, criticar al comunismo significaba dar la espalda al cuarto estado. Había que partir de la política real, no de planteamientos moralistas.
Sin duda, Camus fue el que salió peor parado de la polémica. Y no solo por enfrentarse a las ideas dominantes en la izquierda de su tiempo. Por pura envidia, muchos están encantados de que un escritor exitoso, que hasta ese momento ha ido de triunfo en triunfo, sufra ahora un vapuleo terrible.
En los años cincuenta, la guerra de Argelia colocó a Camus ante una delicada cuestión moral. Herido al comprobar cómo la violencia se apoderaba de su patria, reaccionó con una postura matizada. No era, obvio, un nacionalista francés. En 1947, antes de que estallara la guerra abierta, había denunciado la utilización de torturas mientras recordaba a los lectores de Combat una paradoja sangrante: los mismos que se habían escandalizado con la barbarie nazi ahora utilizaban los mismos métodos contra los nacionalistas argelinos. Francia no podía aspirar al título de maestra de civilizaciones si se presentaba con la declaración de los derechos humanos en una mano y con el garrote en la otra.
Pero Camus tampoco justificaba la lucha armada en nombre del anticolonialismo como hacía Sartre. Creía en la igualdad de derechos entre europeos y africanos pero no en una independencia que juzgaba prematura. Por la pobreza del territorio y por el peligro que representaban determinadas corrientes islamistas, en las que veía un grave peligro por su carácter reaccionario.
Se encontró así en una situación en la que estaba en desacuerdo con los dos bandos, puesto que en las dos partes se daban actitudes intolerantes y actos de salvajismo. Una salida negociada se había vuelto por completo imposible. Por eso, Camus, situado entre dos aguas al ser medio francés, medio argelino, se vio inmerso en un callejón sin salida. En un tema que le suscitaba profunda angustia, las soluciones de la derecha y de la izquierda le parecían fuera de lugar, coincidentes en la misma irritación que le provocaban. De ahí que, en un momento de desesperación, dijera de forma memorable: «La derecha ha concedido a la izquierda los derechos exclusivos de la moralidad y recibido a cambio el monopolio del patriotismo. Francia ha perdido por duplicado».
Para la derecha, estaba claro que era un peligroso amigo de los rebeldes. Para la izquierda, su reacción resultaba más emocional que lógica, ajena a las cuestiones de la política práctica. Por eso, cuando la Academia Sueca le distinguió con el Premio Nobel en 1957, con apenas cuarenta y cuatro años, tronaron las voces en su contra. Se dijo que el galardón reconocía a un autor con pasado pero sin futuro.
Fue entonces, durante un encuentro con estudiantes, cuando Camus pronunció unas palabras célebres que amenazaron con arrastrarle al descrédito. Incapaz de solidarizarse con los independentistas argelinos por su práctica del terrorismo indiscriminado, temía que en cualquier momento sus seres queridos pudieran contarse entre las víctimas. «Creo en la defensa de la justicia, pero defenderé antes a mi madre». Para la izquierda ortodoxa, este comentario bastaba para situarlo en el bando de los colonialistas. ¿Acaso piensa que una sola persona es superior a millones de individuos?
Se puede pensar que el flamante Nobel dijo lo que dijo en un momento de cansancio, o que tal vez dejó que se le calentara la boca. La realidad es que expresó una convicción muy íntima de la que ya había dado cuenta en Los justos. En una escena de esta obra, Dora le pregunta dramáticamente a Kaliayev, el terrorista del que está enamorada, si la querría igualmente en caso de que ella fuera injusta. La cuestión de fondo es la misma: entre una ideología, que por definición es abstracta, y una persona concreta, la elección no debería ofrecer dudas.
Por más que sus detractores se rasgaran las vestiduras, la postura de Camus obedecía a una impecable coherencia moral. Creía, como el Alyosha de Los hermanos Karamazov, que el fin no justificaba los medios y que si los medios eran injustos el fin tampoco podía serlo.
Recuerdo que el día en que conocí a Damián Flores, en Madrid caía una lluvia intermitente y primaveral, que se confundía con la luz del atardecer. Era una luz mortecina, ligeramente porosa, sin aristas ni azules rotundos, como si el paño de la pintura se aprestara a tamizar el presente. Quedamos –así lo anoté puntilloso en mi dietario– en la plaza Manuel Becerra, cerca de su estudio, un antiguo secadero de plátanos de estructura intrincada, muros blancos y techos altos. Allí se apilaban en aparente desorden unas cuantas fotografías, los poemarios de Auden y Pessoa, los cuadernos de Josep Pla y un óleo, limpio y apaisado, sobre el arquitecto suizo Le Corbusier. De fondo, como una danza ritual, se oía el violento Allegretto de la octava sinfonía de Shostakóvich. Hablamos de sus cuartetos y de sus amantes –las de Shostakóvich, quiero decir–, de la fotografía veneciana de Sophie Calle, las ciudades de Adolf Loos, los cafés de Europa, de Manuel Chaves Nogales y Julián Ayesta, de Ernst Jünger en París y de la sombra de Trieste sobre el siglo XX. En ese preciso instante, mientras contemplaba alguno de sus cuadros desparramados por el suelo, y la música y la literatura planeaban sobre ellos, caí en la cuenta de la extraña serenidad que desprende la pintura de Damián Flores: una serenidad antigua, ajena, si se quiere, a la crueldad del mundo y a sus servidumbres. Pensé que ésa debía ser la luz de la memoria: una luz que retrata algo muy distinto al pasado, aunque sea del pasado de lo que habla. Una luz, me dije, que se anuda al presente, alumbrando con su trazo el sentido del tiempo; una luz noble y quieta, respetuosa y frágil, porque nos llega como una veladura de la imaginación que no se posa en un punto fijo, sino que desde el recuerdo adquiere vida propia y se escapa lejos, muy lejos, dejándonos atrás. Ese día escribí, –y lo he repetido ya en alguna que otra ocasión– que “la cultura es la verdadera gramática con la que Damián Flores desentraña el espinazo del mundo”. Son palabras quizás mayúsculas, pero también certeras. La pintura de Damián Flores testimonia la verdad de la escritura, que no es sino el regazo de la memoria. Una pintura que se nutre de la misteriosa continuidad del tiempo.
Frente a los experimentos que dan la espalda a la tradición, fue T.S. Eliot quien aseveró que el arte surge del diálogo con la muerte. Desconozco si nuestro pintor ha retratado en alguna ocasión al poeta angloamericano –como lo ha hecho, y de forma asombrosa, con tantos otros: de Joseph Brodsky a Azorín, de Andreas Feininger a Paul Morand-; pero, sin duda, la noción de la persistencia de la vida, agazapada bajo la osamenta del ayer, recorre toda su obra: desde la ya mítica exposición El viaje de la pintura o la posterior Paseos y ensueños –con las que el artista extremeño se presentó a principios de los años noventa en Madrid– a sus series sobre la arquitectura racionalista, el Nueva York, que ofreció en Santander, o su peculiar homenaje al novelista francés Patrick Modiano, que bebe tanto de los ambientes noirs como de Tintín. Ahora, en Barcelona, Damián Flores llega con la mirada puesta en la década de los cincuenta –otra época enterrada–, sin renunciar a ninguna de las dos vertientes de su imaginación: por una parte, la arquitectura –observen las chimeneas fabriles, de textura penetrante y abstracta, las estaciones de tren o los cafés–; por otra, el homenaje personal a sus más íntimos referentes artísticos. Y ahí, en esa Barcelona soñada, también encontramos las atmósferas impersonales de unos viandantes a menudo apresurados, como si la vida fuera eso: un fluir entre la decepción y el asombro; pero más, mucho más, lo segundo que lo primero. No se puede desdeñar tampoco en estos cuadros la clave melancólica, que actúa en forma de bajo continuo, como una melodía infinita que define un espacio para la mirada. Hablo, lo sé, del rigor de una disciplina, aunque la clave de su pintura reside no sólo en la mirada o en los formalismos de la destreza técnica, sino en esa atalaya desde la que uno contempla el mundo.
Damián Flores mira –y nos observa– desde la perspectiva del relato. Ninguno de sus cuadros, ni siquiera el más estático, carece del dinamismo de la palabra. Piensen en “La Estación de Francia”, imponente en su serenidad italiana y que, sin embargo, nos habla del conteo incesante de los días y de sus afanes, con los labios sellados por el secreto. O contemplen “El Prat”, ese homenaje a la aviación, con la pequeñez de una figura solitaria a pie de pista que nos da la espalda. Como asimismo nos dan la espalda, o se tapan el rostro, Francesc Català Roca –en su fingido autorretrato–, los transeúntes bajo la lluvia –Colón al fondo-, los fotógrafos junto al transatlántico, el viejo Renault años 30/40– ¿o quizás se trate de un Citroën?– y esa maravilla que evoca el sueño truncado de modernidad que fue el Bar Automàtic, en la Rambla de Canaletas. Hay mucho aquí recogido del trabajo de fotógrafos como el propio Català Roca o Miserachs, con los que Damián a menudo conversa y en quienes se inspira. Del mismo modo que esa continuidad del tiempo pervive no sólo en el guiño a la urbe postolímpica de la Torre de Jean Nouvel, sino también en la cúpula granítica de la parroquia de Sant Pere Nolasc, eco de una ciudad –la barroca– que permanece superpuesta a muchas otras capas de la ciudad. Y más aún en la pintura de Damián Flores, infinita como infinito es el arte cuando penetra en las entrañas de la realidad y la alumbra sin otra credencial que la mirada atónita o burlona del artista. Aunque éste es uno de nuestros lujos: compartir la Barcelona de Flores, que es la de Miserachs y de Català Roca, la de Juan Marsé y de Marià Manent, la de Josep Pla y de Gaziel, y la de todos nosotros: hombres anónimos, sin rostro, que cruzamos los bulevares y las ramblas de los años y las generaciones; que nos agolpamos en el puerto, en los bares y en los andenes; que vivimos solos y acompañados, que amamos y sufrimos; que constituimos, en definitiva, la auténtica sustancia secreta de esta ciudad, Barcelona, o de cualquier otra, de la cual Damián Flores Llanos nos ofrece ahora, una mirada nueva y antigua, limpia y certera.
(Este texto acompaña el catálogo de «Barcelona. La luz de la memoria», exposición de Damián Flores en la galería Alejandro Sales; Julián Romea, 16, Barcelona. Desde el 11 de junio)