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Ver productosEn 2014 Nueva Revista publicó un volumen extraordinario titulado La universidad española. Reformas pendientes, que tuvo una gran acogida. El artífice de ese número, Rafael Puyol, ex rector de la Universidad Complutense, es también el coordinador de Universidad 2018 (Nueva Revista, número 163), que esta mañana ha sido presentado en Logroño, en la sede de la Universidad Internacional de La Rioja.
El nuevo monográfico no es, ha resaltado Puyol, «repetición, sino continuación y complemento» del anterior. Si La universidad española. Reformas pendientes versaba sobre grandes temas de la enseñanza superior, en Universidad 2018 se ha dado la palabra a todos los grupos implicados: expertos nacionales y extranjeros, partidos políticos, representantes de la sociedad, de las empresas o de los estudiantes para abordar de otro modo los asuntos importantes: la selección del profesorado, la gobernanza, la salud de la investigación, la financiación, los rankings, los títulos, la empleabilidad, la internacionalización y el uso de las nuevas tecnologías.
Se trata, como ha subrayado Puyol, de «un material riquísimo» que pretende contribuir al debate de «lo que debe ser» y lo que «hay que hacer en nuestras universidades».
En el acto en Logroño, tras las palabras de bienvenida de José María Vázquez García-Peñuela, rector de UNIR, y la presentación de Rafael Puyol, ha habido un coloquio con Segundo Píriz, rector de la Universidad de Extremadura y ex presidente de la CRUE (Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas), Francisco Michavila, catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, y Federico Gutiérrez-Solana, catedrático de la Universidad de Cantabria y también ex presidente de la CRUE. El debate ha sido moderado por Juan Carlos Laviana, director de Nueva Revista.
Contra los tópicos
Durante el coloquio Píriz ha dejado claro, si se utilizan datos comparativos, que en España no sobran universidades y que en los rankings no salimos tan mal. Michavila ha añadido que si la opinión pública percibe lo contrario quizá se deba a que el aumento de las universidades en España se haya dado tarde, y ha recordado que la universidad española, en producción científica, ocupa el puesto décimo del mundo, aunque baja al puesto veintiuno si se mide la producción científica de calidad. Gutiérrez-Solana ha defendido que la universidad tiene mala prensa porque «se nos olvida que es una parte sustancial de la sociedad». El problema no era la «sobrecualificación», sino una sociedad sin el tejido adecuado para acoger a los «sobrecualificados», aunque ambos extremos se relacionen.
Capacitar para conseguir empleo
En este punto, la empleabilidad, Michavilla ha señalado el valor de las «habilidades o capacidades transversales», como saber hablar bien en público o escribir bien. De muchas universidades prestigiosas lo que más se valoraba era la proximidad de los profesores a los alumnos. Los profesores tendrán que cambiar sus prioridades para conseguir objetivos más altos, concluía. Píriz ha dicho que cuando él estudiaba tomaba apuntes, ahora esos apuntes y muchos más contenidos están en el campus virtual, lo cual señalizaba otro tipo de profesor y otro tipo de alumno. Además, la universidad aspira a la formación total, en la verdad, de ciudadanos críticos, no solo a dar una serie de conocimientos más o menos prácticos. Gutiérrez-Solana ha afirmado que los contenidos evolucionan: era necesario adaptarlos y compatibilizarlos con la vida de las empresas. Había que levantar una relación viva entre universidades y alumnos por una parte y el tramado empresarial por otra.
Investigación
Finalmente, en el capítulo de la investigación Gutiérrez-Solana ha puesto el acento en la creación de patentes, algo en lo que baja la universidad española, y en la necesidad de que las empresas privadas inviertan en investigación, algo en lo que España está también muy por debajo de la media de los mejores países. La universidad tenía que «tender puentes», ser «muy proactiva». Píriz ha ilustrado lo anterior aludiendo a que muchas empresas automovilísticas ensamblan en España, pero no diseñan los modelos aquí. Sí crean, por ejemplo, los investigadores de la Universidad de Zaragoza que están en contacto con la empresa Balay para conseguir beneficios mutuos, y eso apunta en la buena dirección. Michavila ha pedido que se modifique la legislación para que cuente en el currículo la investigación de calidad y solo la de calidad. Desea escuelas muy cuidadas de estudios avanzados, como en Suiza y en los Países Bajos, donde un tanto por ciento muy elevado de sus doctorandos son extranjeros.
A principios de este año releía el magnífico libro de Nicholas Carr, Superficiales (Taurus). En él, Carr se carga de argumentos en defensa de una lectura lineal, sin el hipertexto propio de Internet, único camino para desarrollar ciertas áreas del cerebro como la imaginación o la concentración, víctimas colaterales de la Revolución digital. Si Carr ponía el acento en cómo leer, el profesor de literatura Nuccio Ordine hace una interesante propuesta sobre qué leer en su reciente libro Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal, editado por Acantilado (2017).
Ordine aborda la cuestión de por qué leer a los clásicos, tratada de forma célebre por Italo Calvino, en este caso valiéndose un fresco y accesible breviario. Se trata de una recopilación de reflexiones –unas veces más acertadas que otras–, que nacen de diferentes fragmentos escogidos de grandes obras clásicas, una categoría reservada para aquello que reúne la singular propiedad de preservar su vigencia, belleza o verdad con el paso del tiempo. El filósofo Nassim Taleb habla de lo antifrágil. Con cada breve nota se destaca una idea o tema de actualidad a modo de gancho para despertar el interés al futuro lector. Se va dibujando así un pequeño mapa literario, muy personal, donde en cada coordenada se nos da una pequeña pista de los tesoros que nos aguardan en el maravilloso universo paralelo que es la literatura clásica. Una obra con un notable paralelismo con Libroterapia del gran Jordi Nadal.
Nuccio Ordine hace una interesante propuesta sobre qué leer
El libro incluye a modo de prólogo a la selección de textos, un potente panfleto en defensa de los clásicos como pieza fundamental en la educación. Por un lado, Ordine reclama una formación más holística, más humana, menos “profesionalizada” en palabras del propio autor. Por otro, una educación que recupere el lazo irrenunciable entre educación y esfuerzo personal por parte del alumno. El dinero puede comprar casi cualquier cosa, pero no el conocimiento que es siempre el resultado de una fatigosa conquista personal. Un esfuerzo intransferible a terceros. Se puede llevar la mula al río, pero no se la puede obligar a beber. Lo mismo pasa un poco con la educación: se pueden poner todos los medios disponibles, tablets, reducir el número de alumnos por clase, y hacer todos los pactos educativos que se quieran, pero en última instancia lo que acaba siendo determinante es la voluntad del alumno.
Para ello, resulta imprescindible contar con buenos profesores, maestros apasionados por lo que hacen, capaces de transmitir este entusiasmo por todas las ramas del saber a sus alumnos y, especialmente, despertar de nuevo el interés por los clásicos. Einstein advirtió sobre los excesos de la especialización reclamando una educación de espectro amplio como garantía para poder navegar con solvencia por la vida. En la misma línea, el premio Nobel de economía Edmund Phelps subraya la importancia de la historia, la literatura o la filosofía para estimular la innovación y el trabajo creativo.
Despertar la curiosidad es cultivar el espíritu crítico. La lectura enriquece nuestra visión del mundo, nos permite contar con múltiples puntos de vista. Alumnos con hábito lector son alumnos capaces de pensar por sí mismos, no ovejas que sobreviven a base de opiniones prestadas. Los clásicos constituyen un poderoso aliado en esta tarea de educar y de ahí que Ordine quiera volverlos a colocar en el lugar privilegiado que ocuparon antaño. En un momento en donde estamos literalmente saturados de información, donde lo accesorio ocupa el lugar reservado a lo importante, la selección natural que supone la lectura de cualquier clásico tiene un importante valor añadido. Una tarea, leer a los clásicos, que no es empresa fácil. Los clásicos exigen tener un buen hábito lector, un hábito que requiere tiempo, el aprendizaje es un proceso necesariamente lento, silencio y reflexión.
La lectura enriquece nuestra visión del mundo, nos permite contar con múltiples puntos de vista
De las cincuenta luces literarias que nos regala Ordine, me han parecido especialmente destacables la de Shakespeare, sobre la importancia de “atender a la música”; la del poeta Belli, sobre la importancia de los libros; la de mi admirado Hipócrates, el no confundir fines con medios (frecuente cuando hablamos de dinero); la de Maquiavelo, sobre cómo la lectura nutre la mente; la nota de Goethe sobre la importancia de lo inútil (que acaba siendo una reflexión sobre la importancia del largo plazo), mensaje que se refuerza con la entrada de Zweig y su Mendel de los libros; la de Rilke, sobre la imprecisión de cualquier empresa humana, incluso de las más sofisticadas como el lenguaje; la de Mann, reclamando una mayor articulación moral; o la de Dickens, sobre cómo la libertad es una cosa de voluntad y actitud, por poner solo unas pocas.
Una importante reserva de futuras lecturas, un bastión de resistencia contra el pensamiento único y la mercantilización de la cultura de manos de un ávido y apasionado lector.
Tras su iluminador La revolución divertida, que trataba acerca de la influencia del movimiento pop en las ideologías políticas contemporáneas, el ensayista Ramón González Férriz nos adentra en la historia y en la actualidad de la revolución cultural que tuvo lugar hace ahora medio siglo con su último ensayo 1968. El nacimiento de un mundo nuevo (Ed. Debate). En esta larga conversación con Nueva Revista, su autor desgrana las ideas centrales que recorren el libro, plantea inquietudes y reclama ensanchar el marco conceptual del liberalismo contemporáneo
DC. Hace unos años, en un diálogo con Sloterdijk, el filósofo francés Remi Brague habló con una enorme crudeza sobre el mayo del 68: “Pertenezco a una generación especialmente repugnante –dijo-, sobre todo en Europa, la generación del baby boom que se lanzó a las barricadas en mayo del 68, los hijos de familias burguesas, porque los hijos de los obreros eran policías. Tengo la impresión de pertenecer a una generación que para la siguiente generación, pienso en mis hijos, les ha dejado una vida imposible: unas condiciones de trabajo penosas que les hace muy difícil tener una familia, disfrutar de un trabajo estable, que les ha envenenado el cerebro… En resumen, una generación para olvidar”. ¿Crees Ramón que, en efecto, se trata de una época para recordar solo para no volver a cometer sus errores?
RGF. Yo tengo una mirada ambivalente sobre el 68, o sobre la revolución cultural de los sesenta en general: no creo que todo lo sucedido entonces fuera perjudicial ni mucho menos. Cierta ruptura de las jerarquías tradicionales, de rigideces morales o sexuales, me parece positiva Y el gran estallido de cultura pop, aunque tiene sus problemas, también me parece enormemente refrescante.
Pero es cierto que la generación que protagonizó esa revuelta cubrió de narcisismo toda la historia occidental posterior, una especie de obsesión por la identidad y un individualismo tan excitante como nocivo, y dejó un legado muy problemático: los soixante-huitards exprimieron al máximo las posibilidades de bienestar de su época -lo cual es legítimo-, pero sea por ello o por otras razones históricas, dejan el mundo en peor estado que lo encontraron, al menos en términos económicos y ecológicos. No sé bien qué haremos las generaciones siguientes con ese complejo legado. Tengo para mí que, en contra de lo que se esperaba después de la crisis financiera, todo eso nos llevará hacia un nuevo giro conservador. El rechazo a la gente que protagonizó el 68 fue ya muy fuerte en su época y creo que ahora hay un cierto rechazo a su acción política y cultural posterior. Ahí yo también soy ambivalente: siento más agradecimiento que rechazo por esa generación, pero creo poder entender a quienes la juzgan como una especie de élite liberal desconectada del resto de la ciudadanía.
DC. 1968. El nacimiento de un mundo nuevo es un libro minucioso –y de lectura deliciosa-, que te permite seguir al detalle el rostro polifónico de aquel año extraordinario. En los Estados Unidos y en Francia, en Checoslovaquia y en México, Italia o Japón se produce un despertar similar, en contextos diferentes y sin ningún tipo de coordinación. ¿Cómo explicas esta extraña sincronía? ¿Cuáles fueron las causas del 68?
RGF. Hay muchas causas. La más importante es el rechazo a los pactos económicos, políticos y culturales que surgieron después de la Segunda Guerra Mundial. Estos pactos, en muchos sentidos -excluyo al mundo soviético-, fueron positivos: produjeron bastante rápidamente prosperidad, permitieron a mucha gente de clase trabajadora ascender a la clase media, instauraron democracias sólidas en países de historia política convulsa como Italia o Alemania. Crearon un mundo pequeñoburgués y ordenado: tenías que trabajar duro, respetar el orden, pero tendrías recompensa. Un pequeño grupo de jóvenes -universitarios, que en parte lo eran gracias a ese ciclo de crecimiento- pensaban que bajo esa apariencia pacífica y próspera seguía latiendo la violencia, el fascismo, hasta el nazismo. Creían que era una falsa democracia, que la Segunda Guerra Mundial no se había cerrado como contaban las historias triunfalistas y en algunos casos hasta creían que Estados Unidos era ahora el equivalente a la Alemania nazi, como, creían, demostraba la guerra de Vietnam. Ese fue el elemento más importante y global de las revueltas del 68: el rechazo al mundo de los padres, aparentemente pacífico, pero aburrido, criminal y opresor a ojos de los jóvenes, que sentían que el sistema impedía la verdadera expresión de su individualidad, sus sueños y su libertad.
Pero junto a esta causa central se dieron otras que permitieron que el movimiento fuera global y ruidoso: el hecho de que la televisión estuviera ya en casi todas las casas y se pudieran ver las protestas y así reproducirlas, el estallido del rock y de la cultura pop asociada, el resurgimiento de la Escuela de Frankfurt y sus ideas sobre el capitalismo y la opresión, la mayor accesibilidad a la píldora anticonceptiva, las ilusiones que muchos en Occidente se hacían con respecto a la aún reciente revolución cubana o la revolución cultural que Mao estaba llevando a cabo en ese momento en China, los procesos de descolonización…
DC. El 68 tiene mucho de paradójico, sobre todo porque tras una primera mitad de siglo sangrienta, Europa vivió aparentemente en el mejor de los mundos posibles, como bien has indicado. Sorprende que, en ese contexto, prenda con tanta celeridad un anhelo revolucionario que se hará fuerte en buena parte del mundo occidental. ¿Podemos hablar de un estallido populista o eso conllevaría estrechar demasiado el impulso inicial de aquellos jóvenes de clase media?
RGF. Había un elemento populista, sin duda, pero hay que tener en cuenta que esos jóvenes no tenían un programa político en el sentido tradicional. Querían una revolución, pero ni tenían ideas económicas ni de ninguna clase más allá de un impulso a romper cosas y creer que lo que siguiera sería, sin duda, mejor. Esto tiene matices, por supuesto: el movimiento por los derechos civiles de los negros sí sabía muy bien lo que quería -y era de justicia-, los jóvenes mexicanos eran muy conscientes de que el sistema en que vivían -una especie de paradójica democracia de partido único- era una anomalía, y los checoslovacos simplemente querían una reforma a fondo del comunismo para hacerlo democrático. Todo eso convive en el 68. Pero por lo que respecta a los hippies estadounidenses, los enrages franceses, los trotskistas y maoístas alemanes e italianos, sí, fue un estallido de clase media, de jóvenes con unas expectativas confusas, que en realidad eran muy inconsistentes y que, con el tiempo, o se encarrilaron hacia formas socialdemócratas o liberales -en el caso alemán, por ejemplo, con la creación del partido verde-, o en los casos más dramáticos, y siempre minoritarios, se deslizaron hacia el terrorismo, como sucedió con las Baaden-Meinhoff, las Brigadas Rojas, los Weathermen o el Ejército Rojo japonés. ETA ya existía anteriormente, pero mata por primera vez en 1968 dentro de este contexto.

DC. El 68 es la historia de un fracaso político –no llegan al poder en ningún país ni son capaces de hacer la revolución- y la de un relativo éxito ideológico, al menos a largo plazo. La plasticidad del capitalismo liberal se demuestra precisamente en su capacidad de asumir las nuevas ideas y encajarlas dentro del sistema. “No es necesario compartir estas ideas para pensar que no pueden ser ignoradas”, leemos en tu libro. Centrémonos en las ideas: ¿cuál sería el legado ideológico del 68? ¿Y hasta qué punto podemos enlazar la actual crisis de legitimidad que invade la democracia occidental con este legado?
RGF. Si me hubieras hecho esta pregunta antes de la crisis financiera, te habría dicho que el legado del 68 en términos de ideas políticas se había quedado encerrado en la universidad y en un puñado de exitosos autores altermundistas, que no tenía ninguna posibilidad de ser mayoritario y que más bien era una reliquia de los tiempos de la guerra fría. Pero ahora no estoy tan seguro, y en parte por eso escribí el libro. La izquierda dura de nuestros tiempos no se reconoce en el 68, pero sus orígenes ideológicos son los mismos. Se remontan al romanticismo, al rechazo de la vida moderna, urbana e industrial de William Morris, al trotskismo que percibe el estalinismo como un error colosal pero comparable al del capitalismo, a la escuela de Frankfurt que advierte que el camino que ha tomado la modernidad es el equivocado, el reverso del sueño ilustrado, y luego todo el pensamiento poscolonial que no ve en Occidente un modelo de conducta liberal, sino como un invasor compulsivo. Creo que estas ideas están de vuelta en el debate público. No creo que sean ganadoras, no creo que influyan demasiado en la política de leyes y partidos, pero están ahí, y te diré que hay que prestarles atención: uno de los errores del capitalismo en las últimas décadas ha sido su complacencia, de modo que igual no está de más tomarse en serio, de vez en cuando, a sus críticos. Insisto, no creo que sus ideas sean mejores o potencialmente mayoritarias, pero es una corriente que cruza toda la modernidad y que da que pensar: ¿de veras era esta modernidad a la que aspirábamos? ¿No estamos haciendo sacrificios excesivos en términos de bienestar ante una idea de crecimiento equivocada? No tengo respuestas claras a estas preguntas, pero debemos hacérnoslas.
DC. En contra de Dante, el 68 soñó el Paraíso sin pasar por el infierno ni el purgatorio. La evolución posterior de muchos de estos jóvenes resulta, en todo caso, interesante. Pocos años más tarde, los hijos del baby boom coparán los puestos de poder. Y lo harán durante muchísimos años hasta el punto de que han sido acusados de actuar como tapón generacional. Pero más allá de este hecho, cabe preguntarse si en el Paraíso existe un tiempo distinto al presente. Quiero decir que el 68 corta con el pasado –se sueña un mundo nuevo- pero a su vez es incapaz de responsabilizarse del futuro. Como resultado, 50 años más tarde, Europa es un continente más envejecido, endeudado por encima de sus posibilidades, con un Estado del bienestar en riesgo y un horizonte de esperanza complejo. ¿Dirías que los hombres del 68 han sabido pensarse en clave intergeneracional? Antes te preguntaba por el legado ideológico, ahora te pregunto por la fractura social y las políticas de bienestar: ¿qué opinión te merece ese otro legado?
RGF. El 68 coincidió con el fin de un ciclo expansivo sin precedentes, y los setenta fueron muy duros. Pero sí es cierto que esta generación gozó de un bienestar asombroso -en parte financiado por una deuda asombrosa- y que, gracias a su larga vida biológica, ha copado el poder político y cultural durante mucho tiempo, con un dominio de la escena realmente extraordinario. Probablemente esto no sea distinto que en otras generaciones, quizá sea una constante humana, pero tengo la sensación de que esa generación pensó que lo único que tenían que hacer las siguientes era seguir su ejemplo: “si queréis conseguir lo mismo que hemos tenido nosotros”, parecían decirnos, “haced lo mismo que nosotros: rebelaos, luchad, sed originales y osados”. Lo que pasa es que, sin quitarles ninguna clase de mérito, porque lo tuvieron, ahora es más difícil: el ascensor social está mucho más estropeado que cuando ellos eran jóvenes, y si las protestas el 68 fueron en buena medida las de una nueva clase media, las de 2011 para acá son las de una gente expulsada de la clase media. Insisto en que no sé hasta qué punto hay que culpar a esa generación de que esto sea así, ni tampoco si es una aberración histórica o solo “business as usual”, pero no, no pensaron en términos intergeneracionales, o más bien fueron demasiado optimistas pensando que en el nuevo mundo por ellos creado el crecimiento y el bienestar podían crecer indefinidamente. Quizá no.
DC. El ensayista Mark Lilla criticaba recientemente en su último libro el papel negativo que las políticas de identidad están jugando en el desarrollo del pensamiento político de la socialdemocracia. ¿Crees que podríamos ligar de algún modo las corrientes del 68 con la pujanza de los fenómenos identitarios? ¿Y cómo crees que está cambiando nuestro actual modo de concebir el debate democrático y la ciudadanía?
RGF. Los fenómenos identitarios son una consecuencia directa de la revuelta cultural de los sesenta, de la que el 68 es el punto culminante y la explosión. Los estudiantes blancos estadounidenses dicen hacer la revolución en nombre de todos, pero los grupos negros no quieren trabajar con ellos y sienten que su revolución es aparte; muchas mujeres de grupos revolucionarios en Europa y Estados Unidos sienten -con razón- que por mucho que los hombres hablen de revolución, siguen manteniendo actitudes machistas, por lo que crean sus grupos separados porque creen que la lucha de las mujeres es en parte distinta de las de los demás. En los años setenta, la academia estadounidense ve la explosión de estudios culturales que implican la descripción de grupos identitarios definidos por raza, género, preferencias sexuales, etcétera, lo que en cierto sentido es una ruptura con la izquierda obrerista tradicional y la entrada en algo nuevo. Lo que denuncia Lilla es una consecuencia de eso, sin duda. Me resulta un tema difícil de abordar: por un lado tengo el convencimiento de que poner la identidad en el centro de la lucha política es un absurdo contraproducente que normalmente beneficia a posturas de derechas extremas; por otro lado, creo que eso es muy fácil de decir cuando eres un hombre blanco de clase media y heterosexual, que nunca ha sufrido ninguna clase de discriminación.
DC. No en vano, en tu libro Ramón explicas muy bien el trasvase de voto obrero que empieza a producirse en aquella épocas de la socialdemocracia clásica hacia partidos conservadores y hoy diríamos que hacia propuestas de extrema-derecha. Y este hecho, en cierto modo, achanta de algún modo la imaginación moral de la izquierda que pierde conciencia de clase. ¿Cómo se produjo este fenómeno y qué consecuencias de largo plazo puede tener?
RGF. El 68 produjo un enorme rechazo entre la izquierda obrera. Esta era, en cierta medida, conservadora: sus ideas sobre la familia, la nación o la clase eran tradicionales, y su lucha era por la mejora de condiciones laborales y la consolidación de unos determinados rasgos que la caracterizaban y permitían, cuando las cosas iban bien, aspirar a un cierto bienestar, no solo material, sino también, en el sentido que decíamos antes, identitario. Por eso veían, en muchos casos, a los jóvenes estudiantes o hippies como una gente irresponsable, frívola, obsesionada con el sexo y desestabilizadora. Nixon explotó eso en las elecciones de 1968 y consiguió el voto de muchos sureños que tradicionalmente votaban a la izquierda pero ahora estaban asustados por su deriva (también explotó su revanchismo por la progresiva consecución de derechos civiles por parte de los negros). Y creo que, aunque no fuera de una manera tan rápida y tangible, algo parecido pasó en buena parte de occidente. Es cierto que durante décadas partidos de izquierdas como el Labour o el PSOE consiguieron volver a crear grandes coaliciones entre partidarios de una izquierda más tradicional y gente más joven y bohemia de la nueva izquierda, pero es un equilibrio complicado y en esta fase política posterior a la gran crisis parece haberse roto en beneficio de la extrema derecha en algunas partes y de un fenómeno como Trump en Estados Unidos. Creo que es un problema grave, aunque no sé si la prioridad para la izquierda ahora sería volver a crear esa coalición o pensar qué otras novedosas.
DC. La década de los sesenta fue una época de cambios radicales también para la Iglesia. El aggiornamento preconizado por el Vaticano II impulsó cambios litúrgicos fundamentales mientras un aire de modernidad se instalaba en el catolicismo. En 1968, además, se publica el famoso Documento de Medellín que inspira la opción preferencial por los pobres. Aquel mismo año, el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez pone en circulación el concepto de la Teología de la Liberación que tanta influencia tendrá sobre los movimientos políticos hispanoamericanos de la época. Me gustaría preguntarte por el 68 eclesiástico y su influencia en los acontecimientos de la época.
RGF. La verdad es que conozco poco el 68 eclesiástico. Me acerqué a él sobre todo en el caso italiano, donde el catolicismo tuvo una influencia muy poderosa sobre determinados movimientos y creó fracturas notables. Y también mientras decidía si incluía a más países latinoamericanos en el libro, aparte de México, aunque finalmente lo desestimé. Pero, en todo caso, tengo la sensación de que los acontecimientos de los años sesenta obligaron a todo el mundo a reaccionar, fuera en la línea de puesta al día que abordó la iglesia, fuera en el sentido opuesto, como fue el nacimiento del neoconservadurismo, que fue una reacción explícita a lo sucedido en 1968. Pero no me atrevo a comentar en detalle el caso de la Iglesia porque no lo conozco más que de manera superficial.
DC. Finalmente, el último capítulo del libro se dirige al presente. Pienso en el momento populista que, al menos en España, parece no haber triunfado. Ciertas reminiscencias con el 68 existen y tú apuntas algunas. “No sabemos –escribes- cuál es el futuro de esta corriente izquierdista que mezcla un marxismo actualizado con un poco de nostalgia romántica antimoderna y que pretende ser mayoritaria”. Mi pregunta pretende plantear un paralelismo con lo que sucedió hace medio siglo: fracaso político y éxito ideológico a medio plazo. ¿Crees que podría volver a suceder algo similar?
RGF. Es una posibilidad perfectamente verosímil. Ya hemos visto que políticamente no ha acabado de funcionar y no ha monopolizado el descontento producido por la gran crisis. Pero se ha institucionalizado más rápido que en esa ocasión -Podemos, cierto Partido Demócrata estadounidense, la opción izquierdista más dura dentro del Partido Socialista francés- y eso quizá no sea malo, que las protestas queden rápidamente interiorizadas en el seno de las instituciones políticas, por mucho que eso trastoque el sistema de partidos y dé sensación de inestabilidad.
En ese mismo sentido, creo que con la arrogancia propia del capitalismo de los veinte años previos a la crisis, dimos por muertas o por curiosidades académicas muchas ideas que, como decíamos, ahora vuelven, quizá no para dominar la conversación, pero sí para habitarla insistentemente de una manera que no podemos ignorar, ni que sea para desmentirlas. No sé si esas ideas de las que hemos hablado -la sensación de incomodidad en la modernidad tal como es, la percepción del trabajo (y más con las nuevas precariedades) como una explotación, la tecnificación de todos los detalles de la vida- van a vencer, pero estoy seguro de que hablaremos mucho de ellas y que ya no serán una exclusiva de esa izquierda. Yo creo que deben abordarse también desde el liberalismo, y como decía en un artículo reciente, quizá eso nos obligue a los liberales a prestar más atención simultánea al pensamiento conservador y, paradójicamente, al mismo tiempo, a ideas que andaban más a la izquierda de la socialdemocracia.
Eduardo Maura, profesor de Filosofía, diputado de Podemos, reflexionó ayer en UNIR sobre las construcciones nacionales con la ayuda de un panel de expertos y dentro del marco del seminario ¿Conflicto o consenso?, organizado por los Foros de Nueva Revista. Presidió la sesión Miguel Ángel Garrido Gallardo, catedrático de Análisis del Discurso (CSIC) y editor de Nueva Revista.
Maura comenzó la exposición aludiendo a la experiencia familiar: en su casa se hablaba de liberalismo y todos se decían liberales, pero los nacionalistas siempre eran los otros.
Repasando la Revolución francesa, Maura sostuvo que lo primero fue la revolución y luego el nacimiento de la conciencia burguesa. Pero un número considerable de estudiosos de ese periodo, entre ellos Alexis de Tocqueville, llegaba a la conclusión de que no podía haber cambios sin «participación de abajo».
Puso el acento en que las naciones se construyen. En este sentido la discusión que debería haber ahora en España es el de la construcción de la nación española. En ese hacer intervenían también aspectos aparentemente «banales», como el cuidado de los símbolos, desde las banderas a los himnos. El punto clave, pues, era el constructivismo y la actitud constructivista, que ilustró con un dicho de Massimo d’Azeglio: «Hemos hecho Italia, ahora hemos de hacer a los italianos». Lo decisivo, pues, era el «edificar», no tanto el nacionalismo y las variables que introduce el paso del tiempo y que crean identidades nacionales irreversibles. La construcción del nacionalismo político era un proceso político.
Centrándose en el caso de España, recomendó aprender a reconocer a los otros. Todavía hoy, dijo Maura, no asumimos el nacionalismo como problema propio (nacionalismo español frente a nacionalismo catalán, por ejemplo), sino como de los otros. Reclamó una opinión pública más liberal (en el sentido de libre, abierta y humana). Pidió «más liberalismo y menos liberales» y la creación de mejores espacios democráticos para tramitar los conflictos.
En el turno de intervenciones, Manuel Cruz, diputado del PSOE y catedrático de Filosofía (Universidad de Barcelona) sostuvo que la izquierda española no se había aplicado a la construcción de la nación y por lo tanto carecía de relato patriótico, que no podía ser solo el del buen funcionamiento de los ambulatorios de la Seguridad Social. Jorge Moruno (sociólogo) recordó que España no se puede fundar desde arriba y que la clase existe porque lucha. Lo político, muchas veces pasional como el fútbol, se podía canalizar. Pero era necesario el sentido de pertenencia. Pedro Rodríguez (profesor de ICADE) habló de su experiencia en los EE.UU., un país que conoce muy bien de sus tiempos de corresponsal de prensa allí. EE.UU. había sabido aunar opuestos extremos (estados enormes y pequeños, defensores de la esclavitud y abolicionistas, etc.) gracias a un sistema que en su origen separaba bien los poderes y que luego se ampliaba a la garantía de las libertades: liberty (frente a las normas, frente al poder) y freedom (más personal, más de búsqueda de la felicidad por medio de cumplimiento de las obligaciones). Rafael Rubio (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales) subrayó que se edifica «sobre unos cimientos» que los dan las instituciones, las cuales no podían someterse a una evolución cualquiera. Los elementos identitarios había que afirmarlos sobre un territorio, que es la base nacional. Manuel de la Rocha (UNIR) mencionó los nacionalismos iberoamericanos, tan arraigados, y coincidió con Manuel Cruz en la crítica al descuido de la izquierda en la construcción nacional. Finalmente Manuel Herrera (catedrático de Sociología, UNIR) denunció la falta de categorías adecuadas para pensar nuestro mundo. En un contexto globalizado ya no era tan válido el modelo del Estado nación. Había que fijarse más en la «identidad societaria» (Alexis de Tocqueville) y en que las instituciones tienen sentido mientras canalizan los conflictos (Ralf Dahrendorf). A ello Maura replicó con que el Estado nación seguía siendo la medida: uno se ajusta a la imagen del país en que vive, que es «un país con rutinas de país».
(La sesión online completa se puede ver pinchando en este enlace: https://unir.adobeconnect.com/pim4afgwa07z/ )
La primera sesión de este seminario partía de la percepción de que el relato oficial del consenso como motor de la Transición, la sociedad y la democracia no recogía aspectos fundamentales de la experiencia de crecer en la Euskadi de principios de los noventa. La violencia era la norma para nosotras y nosotros entonces, y de alguna manera esto producía una disonancia permanente con el elogio y la lógica del consenso que emanaba de las instituciones, cada una en su registro. No es que nos pareciera mal el consenso. Es que no entendíamos cómo la sociedad en la que vivíamos podía ser producto de un consenso.
De alguna manera, esta sesión retoma otra experiencia vivida en primera persona relativa. Cuando comencé a politizarme, en condiciones de conflicto vasco y en un contexto social y económicamente privilegiado, dos cosas me llamaban la atención. En primer lugar, en mi casa se hablaba poco de liberalismo, pero todo el mundo se decía “liberal”. Las conversaciones cotidianas, de hecho, tendían a ensalzar figuras conservadoras (Cánovas, Antonio Maura o José Calvo Sotelo). Ni eso me parecía muy “liberal” ni encontraba referentes explícitamente liberales en la política oficial, pero así se hablaba entonces en el salón de una casa conservadora.
En segundo lugar, se hablaba mucho de nacionalismo. Específicamente, de nacionalismo vasco. Como miembro de una familia perseguida por ETA, lo llamativo no era la violencia, con la que convivíamos a diario, sino la idea de que los nacionalistas siempre eran los otros. Se criticaba duramente al PNV y a la izquierda abertzale, también al PSE, se hablaba de España, se hacían declaraciones de españolidad y en las fiestas de guardar se lanzaban vivas a España y al Rey, pero nadie era nacionalista. Esa perplejidad no me ha abandonado nunca.
He puesto dos nudos encima de la mesa: liberalismo y nacionalismo/estado-nación. ¿Qué comparten estos elementos? Básicamente, que se corresponden con los procesos de construcción de la modernidad política. Aunque es habitual remitirse a la Guerra de los Treinta Años y a la Paz de Westfalia (1648) para señalar la escena constituyente del estado-nación y del principio de integridad territorial, lo cierto es que las revoluciones americana y francesa han sido y son los principales referentes de la construcción política de las sociedades modernas, con el añadido de que con ellas comienza a hablarse, si bien un poco más tarde, de las clases medias y burguesas, así como del liberalismo político y el parlamentarismo moderno. Al igual que en la sesión anterior, la metodología de mi aproximación no consiste en evaluar la calidad democrática de Francia y Estados Unidos, ni entonces ni ahora, sino reconocer ambas revoluciones como fuente de algunas de las mejores preguntas que podemos hacernos hoy. Ellos ponen las preguntas, nosotras y nosotros las respuestas, mejores o peores.
Si volvemos a los orígenes históricos de la voz “liberal”, encontramos un referente fundamental en la interpretación moderada de la Revolución. Tanto la voz “liberalismo” como la historiografía liberal —Guizot, Thierry o, a su manera, Tocqueville— nacieron después de la caída de Napoleón.
Tal como señala Eric Hobsbawm en Los ecos de la Marsellesa, estos historiadores sentían que estaban contando la historia de las clases medias francesas, de la nación francesa, del ascenso del tercer estado. Pero también estaban contando un proceso que trascendía su época y que trascendía la fecha de 1789. Los jóvenes liberales post-revolucionarios leyeron la Revolución, como luego haría Marx, como la historia de su propio ascenso como clase social. Todos están de acuerdo en algo: la conciencia burguesa nace por y a través de la emancipación. Mientras no se emancipó del Antiguo Régimen no compartió una actividad pública común, un contexto de conciencia. No existía algo así como una construcción económica de lo burgués previa a lo político que la revolución política expresaría como “interés de clase”, sino un movimiento de placas social, económico y cultural que se desplegó como proceso social, económico y político general. Fue la revolución la que creó las clases medias (classe moyenne) y la que creó su “conciencia” a partir de las clases disponibles de Siéyès y los grupos socialmente unificados de “profesionales”. Que los liberales del XIX temprano vieron la Revolución Francesa como una “revolución burguesa” está claro, pero esa construcción es retroactiva y el resultado de una necesidad narrativa. ¿Significa esto, como se dice con desdén desde cierta izquierda, que la Revolución francesa fue una “revolución burguesa”? Debo reconocer que siempre me ha parecido un disparate que la izquierda moderna y contemporánea haya sido adicta a una imagen tan pobre de la modernidad política.
Me interesan dos preguntas al respecto: ¿había burguesía en la Francia de 1789 como para dirigir una revolución? y, no menos relevante, ¿en qué consiste una revolución y una sociedad dirigidas por la burguesía? A la primera cabe responder que un observador de las clases sociales a finales del siglo XVIII habría visto una diversidad muy notable y unas estructuras inconmensurables con la lógica de “burgueses y proletarios” que se impondría más adelante, en otro contexto y por otros motivos. La realidad es que los liberales moderados de los treinta no se identificaban ni con los empresarios ni con los hombres de negocios y comerciantes. Se identificaban tanto con la revolución como con la cultura industrial, en clave progresista y de evolución del espíritu humano: ciencia, tecnología, mercado mundial, industria. Abarcaban un rango de tipos sociales y procedencias mucho más amplio en el que había abogados, médicos y personas de talento en general. Según Hobsbawm, identificar burguesía con empresariado es tener una imagen totalmente descentrada del siglo XIX, luego del periodo revolucionario y post-revolucionario de las clases medias.
La segunda pregunta remite a la revolución: cabe pensar la sociedad burguesa a la manera de una versión liberal del capitalismo, es decir, basada en los principios de propiedad privada, igualdad ante la ley y carreras abiertas al mérito. Estos principios, sin embargo están ya en la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano, cuando aún no existían los términos “liberal” o “capitalismo” (salvo en el sentido de persona que vive de la renta de una inversión, que aparece en 1798). A menudo se ha leído la Declaración en clave de “revolución burguesa”, puesto que en ella se hallan los derechos fundamentales de propiedad, libertad, seguridad y resistencia a la opresión. Esta visión omite algunos elementos decisivos: en primer lugar, el punto primero de la declaración, según el cual las distinciones sociales solo pueden basarse en el bien común. Segundo, que se introduce el principio según el cual la igualdad ante la ley implica igualdad para elegir y para ser elegible para todas las dignidades y cargos públicos, conforme a las “capacidades” y sin otra distinción que la de las “virtudes y los talentos”. Tercero, que esta declaración, que alcanzó su máxima expresión en la Constitución de 1791, fue manifiestamente desbordada por la participación popular a partir de 1792-93. En realidad, la pregunta liberal-burguesa por antonomasia es otra: ¿era necesaria la revolución para avanzar socialmente o no?
El liberalismo político necesitaba “a) una teoría que justificara la revolución liberal ante las acusaciones de que necesariamente produciría jacobinismo y anarquía, y (b) una justificación para el triunfo de la burguesía”. Encontró ambas en la idea de que la revolución había sido estrictamente necesaria para cambiar de orden. Y es que, por encima de todas las cosas, las generaciones post-revolucionarias hicieron un aprendizaje fundamental: los cambios no se producen sin participación de los de abajo, incluso los que uno desearía dirigir desde arriba. El sueño de todas las élites modernas, la “revolución desde arriba”, llegó tan dañado a la España de la Restauración como que los liberales franceses de 1830 ya reconocían que tal cosa se había vuelto imposible… en 1789. Aquel verano implicaba afrontar una de las grandes paradojas de la modernidad política: había que protegerse de los viejos peligros (restauración) y de los nuevos (democracia), así como del peligro de que la reacción azuzara de nuevo a las masas (el mayor temor de un liberal). Era y es incuestionable que el conflicto entre patriotas y aristócratas, tal como se venía dando en el seno de las élites francesas hasta la toma de la Bastilla, fue totalmente desbordado y transformado por la irrupción de la gente común. De esa manera se llegó a julio y fue así cómo la Revolución francesa se convirtió en el fenómeno global que hoy conocemos. ¿Lo habría sido igualmente? Probablemente no, y los liberales lo entendieron mucho mejor que sus sucesores.
Hubo un segundo y un tercer aprendizaje decisivos para el tema que nos ocupa hoy: los liberales moderados franceses se negaron a condenar la revolución en bloque y se negaron a condenar cualquiera de sus fases, incluso la República jacobina de 1793-94. Veían aciertos y errores, pero no repudiaban nada. Incluso Tocqueville, a quien tanto interesaba entender la democracia, a ser posible una democracia no jacobina como la norteamericana, asumía que la revolución tenía que ser radical y moderada. Por último, la lección dramática de 1830, que me veo obligado a plantear sin el desarrollo que requeriría: había que elegir entre democracia y liberalismo, lo cual en ningún caso significa que la tradición liberal no contuviera elementos emancipadores compartidos con la democracia. Hemos visto que sí. La cuestión es que liberalismo había llegado a significar admisibilidad a los lugares de decisión (igualdad liberal) y exclusión legítima, luego no arbitraria, de los mismos (declinación liberal de la desigualdad), mientras que democracia, por más que contuviera lo anterior, significaba otra cosa. Democracia significaba Robespierre. Durante todo el siglo XIX, su nombre siguió siendo equivalente a democracia, y no como en nuestros días, a centralismo y terror.
Tal como han señalado numerosos historiadores y filósofos, la centralización político-burocrático-militar no es una tendencia inherente al jacobinismo. Fue una necesidad puntual que sirvió para un fin concreto: ganar la guerra. Los girondinos querían una república federal, pero para reducir la influencia de París, que era el núcleo más progresista del país. La respuesta jacobina fue hacerse fuerte en París, en primer lugar, y centralizar recursos para ser más eficiente en el esfuerzo de guerra. De hecho, la Gironda mandó tropas de provincias a París, pero se pasaron enseguida a los jacobinos. La Francia rural asumió la hegemonía de París y esa fue la manera social e históricamente determinada en la que se dio al Estado “una base permanente”, creando así “la compacta nación francesa moderna”.
Por tanto, la Revolución francesa ni fue un apaño burgués ni el excedente de la historia que hoy defienden los revisionistas franceses ni un mero derramamiento de sangre terrorista. Solo los reaccionarios más aguerridos habrían puesto en duda que la revolución, con sus aciertos, errores, idas y venidas, enlazaba con la tradición democrática más avanzada, entre cuyos precedentes se encuentran la Petition of Rights de 1228 (protección contra la recaudación arbitraria de impuestos), la ley de habeas corpus de 1679 (libertad personal y normas para regir la detención) y la Revolución americana de 1776.
Volviendo a nuestros días, pienso que la paradoja histórica a la que nos enfrentamos es que España es un país con liberales, pero sin liberalismo, y que eso se debe en parte a la ambigua relación de los políticos españoles, sobre todo los liberales, con la revolución. El liberalismo político, al contrario que en otras sociedades civiles europeas, no fue el ingrediente fundamental de la construcción de la esfera pública española, es decir, de las reglas de juego que han regido los debates más importantes desde 1812, y muy particularmente desde 1931, y esto tiene que ver con nuestra manera de entender el consenso, el conflicto y la cuestión nacional.
En los últimos tiempos se ha hablado mucho de la unidad de España, esto es, de la fortaleza de la construcción nacional española, y sin duda ese debate enlaza con la revolución y con la cuestión de la modernidad política. Por estos motivos, los libros a los que más veces he recurrido en este tiempo han sido libros sobre la Revolución francesa y, en clave más contemporánea, un libro importante de Michael Billig titulado Nacionalismo banal.
Me interesa Billig porque el objeto de su investigación son las formas rutinarias, diarias, digamos “frías”, del nacionalismo. Es decir, las que quedan fuera del encuadre político y científico normalizado, que asimila el nacionalismo a manifestaciones “calientes” y exóticas. Para él, el nacionalismo no aparece como excedente pasional, sino como algo endémico o natural. Su tesis principal plantea que en las naciones/estados-nación consolidados, reconocidos como tales en el orden internacional, “la nacionalidad se ‘enarbola’ o recuerda de forma continua. […] La nacionalidad suministra un telón de fondo continuado a [los] discursos políticos. […] La imagen metonímica del nacionalismo banal no es la de un bandera agitada conscientemente con ferviente pasión, es la de una bandera que vemos colgada en un edificio público y pasa desapercibida”.
Esto es coherente con el dato de que para la Revolución Francesa la nación es un proyecto a realizar, no una realidad histórica preexistente o un dato natural. Esto es lo realmente interesante tanto de la rama democrático-plebeya de la revolución como de su vertiente liberal moderada: entienden que la nación francesa es en gran medida una novedad y una repetición, es la construcción de sus clases medias, sí, y también de su pueblo, de su contexto de conciencia, de sus estructuras de sentimiento, de unas disposiciones naturales, de una “latencia constante”, de un sentido común, de un habitus, de una normalidad específica.
El liberalismo político del XIX, con las debidas reservas, puede leerse como una excelente escuela de constructivismo, y si algo cabe echar de menos en los debates recientes es precisamente una actitud más constructivista. “Hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer los italianos”, como decía el nacionalista italiano Massimo d’Azeglio es un enunciado tan válido para el estado-nación más consolidado como para los grupos sociales más efervescentes. La clave de la creación exitosa de identidades nacionales pasa por crearlas “como si” se tratara de rasgos naturales, pero siempre reconociendo el punto de construcción, el resto de caos, diríamos con Castoriadis, que se halla en la base de todo orden. Al contrario de lo que se estila en algunos discursos contemporáneos, las identidades son constructos imprescindibles. Construir formas de vida abierta, democráticas, libre e iguales también es construir las identidades necesarias para levantar y mantener un edificio institucional de este tipo. Si los liberales del XIX hubieran despreciado las identidades habrían escamoteado uno de los factores fundamentales de la construcción social y política que estaba en juego en su época. Que no lo hicieran nos plantea una pregunta que no estamos sabiendo responder.
En términos generales, hay dos factores fundamentales para el abordaje de la cuestión nacional: el problema del lugar de enunciación y el problema del tiempo y el movimiento. Si partimos de que “la nación se ensalza a sí misma de manera ordinaria” y que nuestra imagen de cualquier sociedad coincide con la de la vida en un estado-nación, entonces el mero hecho de no tener un proyecto político “nacionalista” no nos convierte en árbitros ni de las razones ni de las pasiones ajenas, tal como sugiere Billig, ni convierte a los otros en un todo irracional. O lo que es igual, no se puede abordar ninguna cuestión nacional si no se parte de la premisa de no existe un grado cero de nacionalismo. Los historiadores liberales moderados aprendieron y enseñaron esta lección cuando entendieron que no había tal cosa como una Francia prerrevolucionaria a la que volver, y que si querían construir su nación política iban a necesitar hacer política, llegar a acuerdos, reconocer que la revolución era Mirabeau y era Robespierre, que no podían resolver sus paradojas históricas sin la gente común, por más que la temieran, y que, en definitiva, Francia era un proyecto en 1789 y no había dejado de serlo en 1830. Era un proyecto histórico, sujeto, como todo proyecto y como toda reflexión importante, a las variables tiempo y movimiento.
Toda nación es siempre articulación y construcción de elementos históricos que en muchos casos no preexisten al proceso en curso. Esto implica también la posibilidad de la extrañeza y de reconocer la extrañeza del otro con respecto a uno, e implica reconocer y ser capaces de trabajar en claves anti-esencialistas tanto hacia delante como hacia atrás. Este es un debate filosófico e histórico, pero también un problema político: Billig recuerda acertadamente que los representantes públicos, cuando representan, están hablando “en nombre de” (porta-voz), pero también dibujando (re-presentando) a las personas en cuyo nombre hablan.
En definitiva, lo más impresionante de este periodo no está consistiendo en sus excesos, sino en sus déficits: (1) no sabemos reconocer la cuestión nacional como un problema propio, solo como algo que agitan los otros; y (2) solo sabemos pensar la cuestión nacional, que es la cuestión de la modernidad, sustrayéndole la dimensión histórica —exceptuando algunas versiones geo-histórico-esencialistas, que las ha habido—, neutralizando las variables tiempo y movimiento, esto es, pensando estática y esencialistamente.
Hasta aquí lo que deseaba plantear. En la primera sesión planteé tres interrogantes que me gustaría repetir hoy para finalizar. Siguen pareciéndome importantes y responderlas con las claves que han ido surgiendo puede resultar más provechoso que plantear otros.
N. R. Ante todo, muchas gracias por atender nuestra petición para hablar de su reciente libro Primera página. Vida de un periodista (1944-1988). Su publicación ya ha conocido muchísimas reacciones, pero, si le parece, aquí vamos a centrar nuestra conversación solamente en unas pocas preguntas relacionadas con el tópico de la creación de la opinión pública. Como dice, llegó a ser «el director de un diario extremadamente influyente en la clase política y la opinión pública». Sabemos que esto de la instancia influyente y la opinión pública es una pescadilla que se muerde la cola (cuestión de feedback, si nos ponemos pedantes). ¿Podría decirnos cómo ve esta relación en el caso que nos ocupa, la historia de El País en particular?
JLC. El País sale a la calle en un momento muy especial, justo después de la muerte de Franco. De hecho, fue el primer periódico que salía después de la muerte de Franco. Salió también Avui, pero se trataba de un fenómeno casi únicamente local. Era, pues, el primer periódico del posfranquismo. Teníamos la ventaja que no tenía ningún otro periódico: El País no había publicado nada a favor del régimen, ni se había sometido a las normas del régimen, simplemente porque no existía entonces. Formaba parte por definición de la nueva etapa. Y tuvimos otra virtualidad. En aquel momento, en la prensa española, en revistas, en muchas revistas, como Triunfo o Cuadernos para el diálogo, por supuesto, en los libros, había ya firmas disidentes y algunas formas de protesta contra el régimen. Pero en la prensa diaria, no. El Madrid, dirigido precisamente por el fundador de Nueva Revista, Antonio Fontán, o Informaciones, donde yo había colaborado, eran experimentos muy limitados. El Madrid empieza a tener los problemas ya serios, que le llevaron a la desaparición, por un artículo de Rafael Calvo Serer, titulado «Retirarse a tiempo. No al general De Gaulle».
No era tan grave lo de «No al general De Gaulle» como lo de «Retirarse a tiempo». Entonces, De Gaulle se había ido a Colombey-les-Deux-Églises porque había perdido el referéndum sobre las regiones. Y el artículo de Calvo se interpretó como una indirecta, aunque probablemente no aspiraba a que se fuera Franco. Todo el mundo sabía, empezando por Rafael Calvo Serer, que Franco no se iba a ir.
Pero, así las cosas, El País fue el primero que acogió firmas de izquierda. En el primer número El País publica un artículo de Rafael Alberti, entonces todavía en el exilio en Roma, que era un connotado representante del Partido Comunista. El día en que Adolfo Suárez presenta el proyecto de asociaciones en las Cortes, donde iba la propuesta de que no se admitieran asociaciones o partidos políticos que tuvieran obediencia internacional, en una clara referencia a la Internacional Comunista, ese día, El País publica un artículo de Ramón Sánchez Montero, que estaba en la cárcel por ser miembro del comité central del Partido Comunista. Pero, al mismo tiempo, publicábamos artículos de Ricardo de la Cierva. El periódico ofrecía posiciones muy plurales. En eso mismo consistió, en el fondo, la Transición. Yo siempre he dicho que la Transición fue la reconciliación de los españoles después de la Guerra Civil, los hijos de los vencedores con los hijos de los vencidos. Parece que las nuevas generaciones no entienden esto. No hubo, en efecto, un proceso de responsabilidades políticas, entre otras cosas porque Franco había muerto en la cama. Algunos dicen: «Franco había muerto en la cama, y ¿qué?». ¿Y qué?, no. Eso tiene una significación. Franco había muerto en la cama, no hubo manera de echarle y por lo menos la mitad de España lo apoyaba. Se abrió un proceso de reconciliación que en gran parte la hicieron los franquistas, empezando por Adolfo Suárez, Rodolfo Martín Villa y muchos más. Por otra parte, estuvo la oposición democrática y los comunistas, que habían estado completamente apartados hasta el momento.
De todo eso se benefició El País, un periódico sin pasado y, por lo tanto, sin nada de lo que arrepentirse en un momento de la vida española en que se estaba empezando a construir un nuevo régimen basado en la reconciliación entre españoles. La prensa en general iba adquiriendo mucha influencia porque se había beneficiado de las diversas «liberalizaciones», más grandes o más pequeñas, que a partir de la Ley Fraga se habían producido, como ocurría con el propio ejemplo del Madrid. Existía el parlamento de papel por el que determinadas firmas o determinadas publicaciones eran capaces de debatir lo que no se profería en el parlamento español de carne y hueso. Pero mucha de esa prensa, con todo, tenía a sus espaldas haber sido no solo colaboracionista sino aliada directa del franquismo. Es curioso comprobar que la prensa más opositora al franquismo, con la excepción de Cambio 16, entonces, y Diario 16 que salió a continuación, murió por culpa de la aparición de El País. De hecho, Informaciones, que era lo que quedaba de resistencia en la prensa, desapareció porque El País se lo comió, y lo mismo Cuadernos para el diálogo o Triunfo, todo fue barrido por la aparición, primero de El País y, luego, de otros periódicos que tampoco tenían pasado.
Naturalmente, hubo una interacción prensa-sociedad. El País no fue una empresa ideológica, fue una empresa periodística y profesional, pero obviamente defendía un punto de vista liberal y de diálogo.
Existía el parlamento de papel por el que determinadas firmas o determinadas publicaciones eran capaces de debatir lo que no se profería en el parlamento español de carne y hueso
Al principio, empezamos a autofinanciarnos enseguida. Salimos en mayo y en noviembre del mismo año ya El País no perdía dinero, cosa que no esperábamos ni de lejos, fue casi un milagro. Vimos que teníamos una influencia grande, lo cual nos influía casi automáticamente a nosotros. Nos convertimos en una especie de punto de encuentro de muchas corrientes, no solo político sino ideológico en general. El éxito llegó a ser tan grande que hubo un año, unos cinco o seis años después de la salida, en que El País, que era el primer periódico de España y vendía entonces doscientos cincuenta o trescientos mil ejemplares, sumaba más que las tiradas de La Vanguardia y el ABC juntos, que eran el segundo y el tercer periódico y, además, los otros dos grandes referentes de la sociedad española. Estas cifras ponen de relieve que tuvimos mucho éxito entre los jóvenes y las nuevas generaciones pero también en las generaciones maduras.Yo hice unas declaraciones un mes antes de salir el periódico, diciendo que si vendíamos sesenta o setenta mil ejemplares nos daríamos por muy satisfechos. Con sesenta o setenta mil ejemplares se podía sostener económicamente. Entonces había periódicos como La Vanguardia que vendían ciento ochenta mil o Pueblo que vendía ciento veinte mil. Nosotros nunca hemos vendido menos de ciento cincuenta mil ejemplares. Paradójicamente, casi medio siglo después empezaremos a vender menos de esos ciento cincuenta mil ejemplares a causa de la crisis provocada por los cambios tecnológicos.
Era una obra muy colectiva. Yo me rodeé de muchos consejos asesores, casi uno para cada sección del periódico. Tenía un consejo asesor de economía, formado por gente de mucha valía: Enrique Fuentes Quintana, Luis Ángel Rojo, Manolo Lagares, medio Banco de España. Para los temas de cultura tenía al duque de Alba, a Juan Cueto, a Alfredo Deaño, a Calvo Serraller, a Javier Pradera. A Javier Pradera también para la política. A veces aparecían Pío Cabanillas o Rafael Arias Salgado. O sea, que había un elenco plural de gentes que colaboraban.
En fin, hubo esa simbiosis entre el proceso de transición política y el periódico, lo cual, sumado al éxito económico y profesional, contribuyó a que muy pronto el periódico se convirtiera en una institución.
NR. En concreto, habla de sus visitas al rey Juan Carlos. ¿Podría decirnos cómo influyó El País en el diseño y aceptación social de la institución monárquica, y la monarquía en la línea política de El País?
JLC. Pertenezco a una generación de españoles que no era monárquica, ni en la derecha, ni en la izquierda. Casi todos habíamos cantado aquello de «no queremos reyes idiotas que nos quieran gobernar, implantemos por pelotas el estado sindical», que era una canción de falangistas. No era una generación monárquica, porque no había visto más «rey» que a Franco. En realidad, eso de que España era un reino, que nos enseñaba la asignatura obligatoria de Formación del Espíritu Nacional, incluía la paradoja de reino sin rey. Yo, por mi parte, como cuento en mi libro, había tenido con el príncipe una relación personal, fruto de dos o tres viajes profesionales que hice con él.
El periódico, sin duda, era de estirpe republicana, como lo había sido Ortega y Gasset, y, por lo demás, no había raigambre monárquica, ni entre el accionariado ni entre las nuevas generaciones que colaboraban. Pero tampoco había antimonárquicos. Realmente, el periódico había nacido con una voluntad muy explícita de ayudar a construir un régimen democrático, y se acordará de que en aquella época la cuestión «monarquía sí, monarquía no» era bastante marginal; lo que realmente importaba era «libertad, sí o no», «democracia, sí o no». Desde muy pronto las fuerzas políticas y sociales vieron que el rey estaba dispuesto a traer la democracia, pensando en España y también, sin duda, en el futuro de la dinastía. El rey recibe todos los poderes de Franco y él los entrega sin que nadie se los reclame. Entrega al Parlamento la ingente cantidad de poder que le había traspasado Franco, porque, como digo, tenía la convicción, de que, solo si la monarquía era parlamentaria y democrática, podría prolongar la dinastía. La tenía y yo creo que claramente la siguen teniendo él y sus sucesores.
El periódico, sin duda, era de estirpe republicana, como lo había sido Ortega y Gasset
Desde el principio, para El País, lo de la forma de Estado era un tema aleatorio, lo importante era alcanzar la democracia política en un régimen de libertades, como de hecho sucedió. Felipe González, antes de llegar al poder, solía contar que cuando los socialistas ganaron las elecciones en Suecia, lo hicieron con un programa republicano, explícitamente republicano, en el que prometían un referéndum sobre la forma del Estado. El entonces rey de Suecia recibió a los ganadores de las elecciones y les pidió una demora de seis a nueves meses antes de hacer el referéndum, diciendo: «Les voy a demostrar que es más barato tener un rey que un presidente de la República». Y ahí sigue la monarquía sueca. En España la utilidad de la monarquía empezó a verse claramente enseguida. Con una ventaja añadida importantísima: el rey era el jefe de las Fuerzas Armadas y contaba con el apoyo y respeto del ejército. Y las Fuerzas Armadas eran casi la única fuerza real de la democracia en aquel momento. La Iglesia, aunque con representación en el Consejo de Regencia, estaba muy dividida, aun con un cardenal Tarancón muy beligerante a favor del régimen de libertades. Las fuerzas financieras prácticamente no existían en un capitalismo muy endeble, muy en el estilo de capitalismo monopolista relacionado con los poderes públicos. No había habido dinero en España para acumular. O sea, la única fuerza existente era el ejército y, obviamente, el rey podía desempeñar, como ocurrió más tarde de hecho, un papel decisivo a la hora de desactivar cualquier amenaza militar contra el sistema.
¿Qué influencia tuvo el rey? El futuro rey en aquella época recibía a mucha gente, hablaba con mucha gente, comentaba con mucha gente. Yo creo que sabía desde bastante antes de la muerte de Franco lo que iba a hacer. No creo que improvisara. Fue una improvisación, luego, la hoja de ruta. Se cuenta la anécdota de un viaje suyo a Washington, todavía en vida de Franco, donde hace unas declaraciones, creo que al Times Magazine, y habla de democratización. El periodista saca en primera página el anuncio de que va a haber democracia en España. Cuando el rey, entonces príncipe de España, vuelve a hablar con Franco, después del viaje, parece que Franco tenía la revista sobre la mesa, pero no comentó nada al respecto durante la entrevista, aunque al despedirlo le dijo: «Alteza, recuerde que uno es prisionero de sus palabras y dueño de sus silencios». Seguramente sobre la Transición había sobreentendidos desde antes de lo que uno pudiera pensar.
Como cuento en el libro, estuve con el príncipe, antes y después de mi destino en Televisión Española, después del asesinato de Carrero. Yo le había ido a decir que no estaba inflamado de ardor monárquico, pero que sí creía que él era una posible solución para el futuro y que por eso aceptaba el cargo. Cuando me recibió estaba muy enojado, porque había sucedido el incidente de la flebitis de Franco, la transmisión de poderes por un periodo de un par de meses y la recuperación de esos poderes por parte Franco, hecho del que el príncipe se había enterado, como quien dice, por la prensa. Por lo demás, se había desatado una lucha en la familia de Franco por retener poder después de su muerte y por controlar la situación. El príncipe estaba muy enfadado porque consideraba que le habían utilizado de mala manera.
Se había desatado una lucha en la familia de Franco por retener poder después de su muerte y por controlar la situación
Él claramente pensaba en alguien de su generación, y no de generaciones anteriores, para impulsar el proceso democrático. No sé si ya en Adolfo Suárez. Hay que tener en cuenta que Suárez había sido un protegido de Carrero Blanco y que Carrero había promovido la sucesión de don Juan Carlos frente a la alternativa que los falangistas promovían de don Alfonso de Borbón, casado con la nieta de Franco. Por cierto, todo aquello tuvo más importancia de lo que ahora nadie pueda imaginar, pues hubo un momento en que parecía posible que don Alfonso tratara de optar al trono. Su padre, don Jaime, se presentó en España y le trajo a Franco el toisón de oro.
NR. No hace falta dedicarse al análisis del discurso para darse cuenta de la máxima importancia que atribuye en su libro a que se disculpe su paso como director de los Informativos de TVE en las postrimerías del franquismo: extensión, detallismo, reiteraciones y, lo que para mí es más sorprendente, la comprensión de Alfonso Guerra como favorable traca final. ¿Podría decirme por qué atribuye tanta importancia al hecho?
JLC. A estas alturas no he escrito el libro para justificarme de nada, me he justificado tantas veces que hubiera dado igual. Ni lo necesito. A mí me hacía ilusión profesional ir a Televisión. Era el medio del momento y mi primera reacción a la oferta fue profesional. Además, eso se produce en el clima de lo que entonces se llamó «espíritu del 12 de febrero». En el libro cuento que Gabriel Cisneros me hace saber el aperturismo del discurso del presidente Arias horas antes de que se produjera y lo conozco a través de un periodista que entonces trabajaba para él y que fue redactor de El País, un hombre de izquierdas, Bonifacio de la Cuadra. Hay que tener en cuenta que en aquel final del franquismo todo era mucho más confuso que ahora. Como le dije a Guerra en aquella cena que cuento, yo me creí el discurso del 12 de febrero fundamentalmente porque «me lo quería creer».
Yo pertenezco a una familia de franquistas, mi padre y mi madre, aunque mi abuelo era republicano. Yo tenía un buen conocimiento del franquismo y del sistema. Los que tenemos esta experiencia nos damos cuenta de lo difícil que le resulta interpretar los hechos a la historiografía actual. Franco no era el presidente de una junta militar, como lo pudo ser Pinochet, o los de las juntas militares del Cono Sur. La de Franco no fue, técnicamente hablando, una dictadura militar. Franco representaba la victoria de una guerra civil, tenía, cada vez menos, pero tenía, el apoyo institucional de la Iglesia católica, el apoyo internacional de los países aliados que habían vencido a Alemania, pese a haber sido aliado él de Alemania y del fascismo italiano; tenía el apoyo casi unánime de lo que era la derecha española y, por supuesto, tenía el apoyo del ejército. Por eso duró tanto en el poder. Con todo, la política militar de Franco fue una política tendente a quitar el poder a los capitanes generales; tenían los fusiles en un cuartel y las balas en otro porque, habiendo dado un golpe de estado, lo que quería es que no se lo diesen a él. Yo fui a Televisión Española pensando que la apertura era posible, queriéndome fiar del discurso del 12 de febrero. Sí. Yo fui a Televisión Española; Paco Fernández Ordóñez, al INE con Miguel Boyer como jefe de Estudios; Luis Yáñez había sido ya director general del Ministerio de Comercio, etc. Una gran parte de la generación política de la Transición comenzó a vislumbrar que se podía hacer algo.
Comprobé muy pronto que en realidad no se podía hacer nada. Cuando voy a ver a Suárez, tras el secuestro de Rupérez, me dice que la gente no se fía de mí, me enseña toda la información que hay de los militares… A raíz de todo aquello, no solo la CIA, sino también la KGB, como reacción, me investigó. El informe de la KGB llegó a la conclusión de que no era agente de nada y acabó por definirme simplemente como «un burgués caprichoso».
Eran años confusos. Yo entro en Televisión el día de la ejecución del anarquista Puig Antich. ¡Quién iba a decir que unos años más tarde, un cuñado mío de mi segundo matrimonio resultó ser el carcelero que le acompañó en las últimas horas antes de su ejecución! En mi caso, la situación se agravaba por el hecho de que yo era un «mequetrefe» de apenas treinta años y me consideraban un enchufado. Tampoco tenía mucho apoyo profesional interno. Lo pasé muy mal en Televisión Española.
Si dedico tanto espacio al asunto, es porque en este periodo ocurrieron tres acontecimientos que me afectaron profundamente y tuvieron mucho impacto en la sociedad española.
El primero, la Revolución de los claveles en Portugal. Yo era íntimo amigo de Francisco Pinto Balsemão, fundador del PS portugués que me había presentado a Francisco Sá Carneiro. Tuve, pues, una información privilegiada sobre el golpe desde el principio. Probablemente, como casi ningún periodista en España, hasta el punto de que fui acusado por el agregado de prensa de la embajada de España en Lisboa como participante; vamos, como si yo hubiera estado organizando la revolución portuguesa. El caso es que la revolución portuguesa tuvo un impacto formidable no solo en España, sino en Estados Unidos y en el resto del mundo, porque, tras el asesinato de Carrero Blanco, la CIA y otros servicios secretos internacionales se habían centrado en la posible evolución de España. Franco había salido en primera página del ABC, deshecho en lágrimas, en el funeral de Carrero Blanco. Se daba por hecho que estaba liquidado. Todos pusieron tal atención sobre España que se olvidaron de que existía Portugal. En Portugal, la revolución fue un golpe de los militares, sobre todo por el desastre de la guerra de Angola, pero se había creado la Unión Militar en España y empezó a cundir la preocupación de que fuera un ejemplo para la insurrección militar.
El segundo fue la flebitis de Franco, que confirmaba ostensiblemente su situación de persona en decadencia, hasta tal punto que don Alfonso de Borbón se encargaba de encenderle y, sobre todo, apagarle la televisión oportunamente para evitarle que se alterara con disgustos de todo tipo.
Y el tercero, uno del que se ha escrito poco: el pionero atentado de la calle del Correo. Una masacre que iba dirigida contra policías y cayeron civiles, un atentado de ETA en el que colaboraron antiguos miembros del partido comunista. En mi caso particular, me vi de algún modo involucrado por razones estrictamente coyunturales, a saber, detuvieron a un par de profesores del colegio de mis hijos, los cuales iban a ese centro porque estaba al lado de casa y porque una de las profesoras estaba casada con uno de mis compañeros de trabajo, Enrique Cavestany. Lo curioso es que el director del colegio había sido compañero mío en la carrera de filosofía y yo daba por hecho que era del Opus Dei. Otra cosa sorprendente fue que detuvieron también por el atentado a Genoveva Forés, la mujer de Alfonso Sastre. El caso es que por la mañana yo daba cuenta de todo aquello en televisión y por la tarde me reunía con Enrique Cavestany y Mari Luz para hacer paquetes que llevar a la cárcel. Una esquizofrenia total.
El día 29 de octubre, aniversario de la fundación de la Falange, fecha en que Franco cesó a Pío Cabanillas, aproveché para dimitir. Vi el cielo abierto. No fue ningún acto de heroísmo, fue decir: «me quito de en medio».
NR. Por identidades de tiempo y lugar, tengo la sensación de que hemos vivido las mismas cosas, pero hemos visto a veces dos «películas» distintas. Una causa es (lo tengo claro) que usted, como Peces Barba o Gregorio Marañón, pertenecían «a familias vencedoras en la contienda y de clase dirigente» y yo soy hijo de un maestro represaliado por ser demócrata. En cambio, siento curiosidad sobre cómo veía la universidad de estudiante, porque yo fui casi siempre delegado de curso y estuve, por ejemplo, en la manifestación del 1965 en cuyo podio del edificio de Filosofía y Letras se encontraban (por cierto), además de Aranguren, Tierno y García Calvo, también el catedrático falangista Santiago Montero Díaz y el profesor de Formación Política de cuyo nombre no quiero acordarme. No lo dice en el libro porque eso solamente lo sabemos los que efectivamente estuvimos allí. ¿Cuál era su grado de sensibilización política por aquel entonces?
JLC. Lo mío es otra historia que no se escribe principalmente en la Facultad de Filosofía y Letras o en la universidad. Mi padre era periodista, desde los siete años yo iba a la redacción de Arriba y veía allí a Torrente Ballester y a Cela y a todos aquellos del ámbito falangista. Al propio Luis Ángel Rojo le conocí porque colaboraba en Arriba. Siempre tuve una enorme relación con la prensa. Cuando yo estaba en la universidad, mi padre, que, como era costumbre entonces, practicaba el pluriempleo, escribía programas para Radio Nacional y cuando no tenía tiempo o ganas de hacerlo me pedía a mí que los escribiera yo. Además, como se sabe, soy pilarista e hice todas las revistas del colegio. En el periodismo propiamente dicho, empecé muy joven. Con diecisiete años entré como meritorio, que se decía entonces, lo que ahora es un becario, en la redacción de Pueblo, y luego fue importante para mí la fundación de Cuadernos para el diálogo. Participé en la fundación de Cuadernos para el diálogo porque era muy amigo de Gregorio Peces Barba, de Ignacio Camuñas y de todo un grupo. Peces Barba estudiaba quinto de Derecho; Ignacio Camuñas, cuarto; Javier Rupérez, tercero; Julio Rodríguez Arandel, segundo, y yo, primero de Filosofía. Éramos amigos porque pertenecíamos los cinco a una congregación mariana de la universidad, la Congregación de María Inmaculada, principalmente de antiguos alumnos del Pilar, aunque había otros que no lo eran, como Peces Barba que era antiguo alumno del Liceo Francés. Desde esa congregación entablamos también relación con la congregación de los Jesuitas, los Luises, de Zorrilla, donde estaba, entre otros, Pedro Altares. Cuando Ruiz Giménez decide fundar Cuadernos para el diálogo, le pide ayuda a los profesores de su cátedra, entre ellos a Gregorio, estudiante de quinto de Derecho y profesor ayudante en primero de la asignatura de Derecho Natural, y les señala el objetivo de promover el diálogo, también el diálogo generacional. Allí empezó otra experiencia. A la redacción de Cuadernos iba Marcelino Camacho, recién salido de la cárcel; Julián Ariza, entonces líder importante de Comisiones Obreras; Ramón Tamames, que estaba en el Partido Comunista. Desde ese trampolín salté a la Fundación Konrad Adenauer, de Colonia, que financiaba la Democracia Cristiana alemana, y en la que estaban también Gregorio Marañón y Óscar Alzaga. En un viaje que algunos hicieron a Florencia, invitados por el alcalde de la ciudad, que era el representante de la izquierda demócrata cristiana, conocieron a un jefe de prensa de Aldo Moro, que se llamaba Roberto Savio, y había fundado una agencia con financiación de la Democracia Cristiana italiana. Quería tener un corresponsal en Madrid, y Gregorio, al volver de Florencia, me ofreció la corresponsalía. Me hizo mucha ilusión y me dieron en el Ministerio de Información el carnet de corresponsal de extranjero. Tenía dieciocho añitos y me introducía así en el debate político.
NR. He leído con gran atención su libro y comprendo bien las raíces de su formación religiosa. ¿Me podría explicar de dónde viene la línea laicista, o sea, antirreligiosa, de El País (sorprendente, con Marías, Fraga, etc., como iniciales accionistas)? ¿Y la constante profundización en esa línea a través de su historia?
JLC. Es difícil delimitar la línea que separa «laico», o sea, no confesional, de «laicista». Nosotros quisimos hacer siempre un periódico laico, en ocasiones ha podido ser incluso anticlerical, pero yo creo que no mucho. Esto no era solo un deseo mío, que lo era. Si se fija, desde los primeros números de El País aparecen convocatorias de los diversos ritos, misas católicas, celebraciones de las sinagogas u oficios en los templos protestantes. Había voluntad de fomentar la libertad religiosa. Esa era la línea que queríamos: pluralismo y respeto. Un periódico respetuoso con la libertad religiosa, con las creencias religiosas. Creo que más o menos se consiguió y que sigue siendo así. El problema surge cuando las religiones se convierten en instrumentos o aparatos del poder político. Me refiero a cualquier religión y a ninguna en concreto.
En España había sido muy obvia la connivencia Iglesia-Estado, que se rompe al final del franquismo. Cuando muere Franco todavía había un obispo en el Consejo de Regencia. Hoy se le cuenta esto a un obispo de las nuevas generaciones, por conservador que sea, y no se lo cree. Sensu contrario, también gran parte de las reuniones clandestinas de los sindicatos, de la oposición, se hicieron en conventos y templos, aunque fuera porque estaban protegidos por el Concordato y no podía entrar la policía. También aquí hay ambigüedad.
En la Transición yo tuve buena relación con el jesuita Martín Patino y con el cardenal Tarancón. Honestamente, creo que Tarancón fue una figura muy importante para el proceso de transición. Con el cardenal Rouco se difundió una percepción de que la Iglesia se identificaba con el Partido Popular. No sé si esta percepción se produjo a causa de Rouco o del Partido Popular, no sé. Pero, a mi juicio, eso ha sido malo para la vida política y un mal para la Iglesia. Y creo que El País ha mantenido siempre en esto una postura racional. En este contexto, no quiero dejar de mencionar la labor del nuncio Monteiro, que pasó de Madrid a Roma y ahora es cardenal, persona muy inteligente, y que trató siempre de equilibrar los excesos.
NR. Durante mucho tiempo abrí El País por la columna de Umbral a la que he llamado «contrapunto frívolo» de la sección de Sociedad. Aquello fue un enorme éxito. Aunque habla de ello en el libro, ¿querría ampliarme cuánto hubo de diseño intencionado y cuánto de suma de casualidades en «Diario de un snob», en «Spleen de Madrid»?
JLC. Yo tenía y tengo una reserva enorme, posiblemente equivocada, respecto a los columnistas que escriben todos los días. Esto de tener que decir algo inteligente todos los días me parece un imposible. Ahora hay más columnas en El País. Cuando yo lo dirigía había muy pocas columnas porque tengo esa resistencia a la idea de una especie de subarriendo de una esquina del periódico para que uno diga lo que quiera, sea interesante o no, porque es, por ejemplo, lunes.
Pero a mí me gustaba mucho Umbral, había leído alguno de sus libros, Memorias de un niño de derechas, le conocía, me lo había presentado Jesús Hermida, había comido con él varias veces; Miguel Delibes me había hablado muy bien de él. El caso es que yo hacía un periódico serio, sin nada de vida social, con una sección de deportes muy pequeña, y me decidí a que se hablara un poco de la vida de la calle. También quería hacer un periódico con calidad literaria y, a pesar de su vena locoide, paranoica, me decidí a llamar a Umbral para responder a estas demandas. Desde el principio, los nombres propios de la sección salieron en negrita porque el encargo que tenía Umbral era convocar nombres, cuantos más, mejor, aunque nunca le dije qué nombres tenía que citar.
Yo llegué a tener buena relación con Umbral, iba mucho al teatro con él. Luego se enfadó o fingió que se enfadaba y se fue. Imagino que porque ABC le habría hecho una suculenta oferta económica para que se cambiara. Lo que son las cosas, el primer problema que tuve en el periódico fue con Umbral.
NR. En las últimas líneas de su libro dice: «El precio había sido alto. En la cuneta quedaban amigos muy queridos y, lo más doloroso de todo, una familia agostada, casi destruida, por la obsesión del trabajo, el sentimiento de culpa y la conciencia de mi responsabilidad periodística y mis deberes ciudadanos. Pero también el premio resultó elevado. Embargado por la emoción cerré los ojos y murmuré mentalmente las últimas palabras de mi adiós: —Sí, soy feliz. Lo soy en lo personal, y en lo profesional: tengo el trabajo que quiero, lo hago con la gente a la que quiero. Y no me sale mal del todo».
Lo dejamos aquí.
La reciente crisis territorial española ha vuelto a poner de manifiesto el adanismo con el que tendemos a analizar y encarar los problemas políticos, y en consecuencia, los sociales y económicos. Como si la sociedad se construyera ex novo con los anhelos de cada generación, buscamos soluciones “totales” para nuestras aspiraciones, que devienen así en legítimas por el mero hecho de ser las nuestras. A continuación, los sentimientos parecen explicarlo todo, o peor aún, justificarlo todo.
Sin embargo, olvidamos que estamos moldeados en lo más profundo por ideas y valores construidos por personajes históricos que nos precedieron con su lucha por un orden social justo para afrontar una realidad crecientemente compleja y dinámica. Partimos de un acervo que debemos recordar y reafirmar ante una crisis como la catalana, construida en gran medida en el olvido de esta secuencia. Las democracias liberales han sido negligentes a la hora de transmitir el éxito de este continuum histórico-político, y de ello hay lecciones que extraer. El filósofo alemán Markus Gabriel habla de “campos de sentido” como la ética, la política o el derecho que complementan una realidad que no es idéntica a la naturaleza. Sin tenerlos en cuenta, cualquier diagnóstico de la realidad será parcial y, por tanto, de poca utilidad racional por más fácil que sea de vender.
Este olvido ha dejado el campo expedito para movimientos políticos que han aprovechado estas fallas, reparables, del sistema para hacer de forma oportunista una enmienda a la totalidad que, además de inmerecida, supone un brindis al sol en la peor de las tradiciones de movimientos que ofrecen paraísos que nunca existieron o futuros de segunda mano. Los logros han sido muchos y el error está en que debimos afanarnos más en explicarlos. El uso extendido e indiscriminado de etiquetas como “fascista” u “opresor” en sociedades democráticas nos alerta de este relativismo histórico-moral y es muestra evidente de un proceso que ha facilitado el ascenso del uso falsario de la realidad con la utilización de la así llamada posverdad, tan propia de los movimientos populistas.
Nos encontramos inmersos en una crisis política y moral innegable
A este olvido histórico, nuevo en Europa, se añade en España otro aspecto más coyuntural: la falta de estrategia de respuesta al desafío por parte del Estado en su conjunto. Eso que se conoce como “el relato”, se ha dejado imprudentemente en manos del adversario, mejor financiado y estructurado, y que ha tomado la iniciativa para beneficiarse de la anticipación, sin encontrar más oposición, hasta que no se ha elegido al reto final, que argumentarios coyunturales bienintencionados pero ineficaces por falta de intensidad e inversión en medios.
La estrategia independentista comprendió muy bien desde el principio que, cuando se parte de una posición de debilidad, se impone un ejercicio de inteligencia superior. Y ellos han aplicado esta lógica, más cercana al ideal griego frente a un Estado, poder instituido, legalista, más romano. Si el Estado ha sido el fuerte Aquiles, el independentismo parece haber emulado a Ulises, más apto en ardides, trucos y disimulos para la supervivencia, consciente de su inferioridad real de partida en su estrategia troyana y viajera. No es casual que el independentismo se haya referido en alguna ocasión al Procés como un particular “viaje a Ítaca”. En términos estratégicos la batalla está clara, SunTzu frente a Clausewitz o, como dice el Eclesiastes 9:11, “Ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes… sino que tiempo y ocasión acontecen a todos”.
Cuando Artur Mas tuvo que llegar en helicóptero al Parlament en 2011, un punto álgido de la crisis, el entonces president pareció aplicarse una de las lecciones básicas de El arte de la guerra: “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Desde entonces, el catalanismo moderantista ha estado en manos de partidos y organizaciones antisistema, que son quienes han conducido el procés. Algunos han minimizado la gravedad de las sesiones en el Parlament de los pasados 6 y 7 de septiembre. Las han considerado instrumentales para decisiones más allá del reglamento estatutario, pero dentro de los límites formales de la democracia liberal y consensual que nos rige y que, aparentemente, todos defendemos. Sin embargo, aquellas votaciones que se efectuaron sin concurso de la oposición y violentando el orden constitucional y el reglamento de la Cámara para aprobar leyes de desconexión y referéndum, tienen base ideológica en teóricos políticos del siglo XX que, en su momento, dieron soporte intelectual a otros movimientos. No son hechos espontáneos.
Para justificar este golpe de mano, se ha apelado a la democracia directa y radical que sella la legitimidad del asalto al poder. Nada nuevo en la historia. Recordemos al alemán Carl Schmitt (1888-1985), que defendía una “democracia aclamativa” contra lo que él consideraba protocolos y reglamentos que bajo la coartada de la libertad finalmente servían para defender un orden burgués y liberal que enmascaraba privilegios de clase. Frente a la democracia formal de representación, el “pueblo” tenía que establecer un “mandato imperativo” que dotara al Estado, a la nación homogénea, de un camino providencial, mesiánico, de redención nacional. Viene también al caso esta mención a la uniformidad social, pues en sus propias palabras “a la democracia pertenece necesariamente en primer lugar la homogeneidad y en segundo, en caso necesario, la separación o eliminación de lo heterogéneo”.
Las llamadas al “un sol poble” no proceden en una sociedad plural y en una democracia parlamentaria europea. El filósofo político Daniel Innerarity criticaba recientemente el marco general de cariz schmittiano con el que se tiende a plantear la confrontación política en esta etapa tan contaminada por el populismo: “el esquema de de una oposición entre un poder absoluto y unos individuos desasistidos pertenece a una metafísica del poder que ya no es operativa”.
Cabe reivindicar, por el contrario, a otro intelectual que se preocupó y ocupó de la teoría democrática, como fue el caso del economista e intelectual austro-estadounidense Joseph Alois Schumpeter. Motivos no le faltaron para su empeño analítico, testigo como fue de la etapa de entreguerras, ese sumidero de las democracias occidentales que condujo a la Segunda Guerra Mundial. Schumpeter decía que en sociedades irremediablemente plurales, con ciudadanos con preferencias diversas, no cabía imponer objetivos totales y abarcadores. En sociedades dinámicas y modernas se producen desavenencias en cuestiones de principio que no se corrigen excusándose en una voluntad general universal. Apelando a la racionalidad, a la competencia de ideas entre individuos libres y responsables (aunque falibles), Schumpeter entendía la democracia como un método político en el que el pueblo, como elector, opta periódicamente por sus líderes, que a su vez competían por aplicar unas políticas u otras, y no por un proyecto totalizador de una sociedad homogénea que no existe.
Estamos demasiado lejos de los estragos a los que dio lugar el régimen totalitario al que, entre otros, Schmitt inspiró y Schumpeter padeció. Salvando las distancias conceptuales y temporales, debemos combatir el marchamo supremacista de declaraciones de líderes independentistas, para quienes los votantes del PSC, Cs o el PP no serían “auténticos catalanes”. También Schmitt sirve aquí como alerta temprana: buenas intenciones pueden llevar a consecuencias insospechadas. Hechos inesperados, de baja probabilidad y relativamente fáciles de explicar retrospectivamente, a los que Nassim Taleb denominó “cisnes negros”, pueden tener consecuencias de gran impacto económico.
Salvando las distancias conceptuales y temporales, debemos combatir el marchamo supremacista de declaraciones de líderes independentistas
Pese a la fortaleza histórica de la sociedad civil catalana y su tejido empresarial, cabe preguntarse si un acontecimiento de este tipo sobrevuela Cataluña, vistas las típicas alertas de riesgo alto como la división social e incluso familiar, la subsiguiente fuga de empresas y la crisis de representación democrática. En un escenario de crisis económica global muy reciente y de latente conflicto político global que se ha agravado en estos días, esta situación debería haberse previsto. Lo cierto es que los acontecimientos vividos y sus consecuencias no han causado sorpresa una vez desencadenados, pero sí se consideraron casi imposibles o muy improbables en fechas no muy lejanas. Proyectemos a futuro la experiencia vivida y combinémosla con un contexto internacional complejo: como mínimo la fragilidad del sistema se incrementará y un fenómeno de histéresis proyectará en negativo en el medio plazo, lo que hará difícil la recuperación de daños.
Es conveniente moderar entusiasmos y anhelos políticos en unas sociedades irremediable e irreversiblemente plurales y felizmente mestizas como lo son la catalana, la española y las europeas. Alertaba Popper de que “la mayoría nunca establece lo que está bien o mal” porque “la mayoría también puede equivocarse”. Dejando de lado que el independentismo no ha tenido mayoría de votos en las elecciones autonómicas que se han celebrado hasta ahora, cabe recordar la recurrente denuncia de Popper ante el hecho histórico incontestable de que “el paraíso en la tierra nunca produjo nada, sino un infierno”. Releyendo a Popper, a Isaiah Berlin, a Albert Camus, uno se pregunta qué más tendría que haber ocurrido en el siglo XX para que consideráramos con más cautela determinados movimientos políticos de signo nacionalista o de masas (populistas), o que conjugan ambos elementos a la vez, como es el caso del nacionalpopulismo independentista.
De nuevo, Popper reivindicaba “una sociedad abierta en la que los hombres han aprendido a ser hasta cierto punto críticos de los tabúes, y a basar las decisiones en la autoridad de su propia inteligencia”. Su método empírico hablaba de la “falsación”, del descarte de ideas que los datos históricos objetivos nos decían que eran nocivas para el progreso social. El nacionalismo excluyente lo fue y lo es, pero ha sabido ganar la batalla de la comunicación y de las emociones. El imaginario colectivo prima sobre la reflexión individual, huérfana en el concierto mediático, con honrosas excepciones.
Vivimos un momento que Albert Camus definió bien al describir una época empeñada en tirar por la borda todo su acervo intelectual y moral para echarse en brazos de ideologías de masas liberticidas: “Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”.
Los debates político-sociales del siglo XX parecían cosas de un pasado superado, se hablaba incluso del “final de la historia”, y hemos descubierto, a golpes de realidad inesperada que, en pleno siglo XXI, y en la Europa comunitaria, entramos de lleno otra vez en el decurso de una historia frágil que está lejos de ofrecernos las certidumbres que dábamos por hechas para devolvernos a un pasado que creíamos superado. La situación de Cataluña es un problema para España y para Europa que en el fondo trasluce un problema mayor, como es el de la falibilidad de la razón para explicar y moldear una realidad menos resistente de lo que dábamos por supuesto a una acción educacional y mediática bien dirigida a los sentimientos y en la que las redes sociales se imponen en beneficio de sus gestores más hábiles y que mejor han anticipado su utilización para la implantación de un pensamiento hegemónico, además de su propio beneficio particular.
La crisis económica y social, la disrupción tecnológica y mediática y la incertidumbre derivada no han contribuido a centrar y sosegar el debate. Todo lo contrario. La internacionalización de la crisis catalana ha demostrado que se trata de un fenómeno global, en sintonía con otros movimientos populistas con apoyos antisistema o de intereses antieuropeos. Hechos que en sí mismo representan bien la lucha de fondo que supone el conflicto entre el repliegue identitario a la tribu y la opción por una sociedad abierta, cooperativa; imperfecta y frágil pero preferible a la aldea hobbesiana movida por el miedo y la desconfianza hacia el vecino. Se ha generado un nivel de fragilidad político alto, una volatilidad social desconocida en los últimos años, todavía no reflejada en mercados pero con un claro potencial de contaminación de los mismos en perjuicio de todos, especialmente del ahorro institucional colectivo y la inversión.
Sin apoyos oficiales internacionales, el procés se transforma en una ficha mal colocada en el dominó global, inquieto por la fragilidad del sistema en los tiempos actuales. Se acerca demasiado a la definición mencionada del “cisne negro”, un riesgo que si se desencadena puede acarrear consecuencias negativas muy importantes.
Estamos ante un debate global en el que no sólo nos jugamos un país, España, y, en alguna medida, la Unión Europea tal como la entendemos hoy, sino un modelo de sociedad que, con todos sus defectos y crisis recurrentes, ha conseguido las mayores cotas de libertad y bienestar social de la historia. La autocrítica debe llevarnos a prestar más atención a la pedagogía histórico-política y moral, a contribuir más al debate de ideas y a rebajar las emociones y posverdades en la esfera pública. Por más humanamente comprensibles que sean ciertas actitudes, no dejan de ser propuestas fáciles e idealizadas ante realidades complejas que requieren respuestas difíciles, realistas y exigentes. Es conveniente construir sobre lo que une y no sobre lo que separa. Más difícil pero mejor.
La pregunta presidía el cartel que anunciaba el congreso: «¿Qué libros deberán conservarse cuando todos los textos estén accesibles digitalmente?». Para buscar una respuesta a este audaz interrogante se reunieron en el Congreso Internacional «La Biblioteca de Occidente en Contexto Hispánico», celebrado en Madrid y San Millán de la Cogolla entre los días 17 y 22 de junio de 2013, un centenar de hispanistas de 35 nacionalidades. ¿Estamos ante un súbito Farenheit 451 que, como en la famosa novela de Ray Bradbury, ponga en peligro la letra impresa? ¿Va a condenar a la hoguera al libro la era digital como si hubiera una nueva Inquisición, la del olvido? ¿O deberemos intentar que el libro, los libros que contienen unas pocas palabras verdaderas, sigan siendo un artículo de consumo masivo y que algunos de ellos constituyan un elemento indispensable que hay que conservar en nuestros hogares?
Este ha sido el espíritu que ha animado la discusión promovida por el profesor Miguel Ángel Garrido Gallardo, catedrático de universidad y profesor de Investigación del CSIC, en este encuentro internacional, patrocinado por la Fundación UNIR y que ha contado, para su organización con el apoyo de la Universidad Internacional de La Rioja, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y de Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española). La pregunta en torno a los libros que deberán conservarse, además de ser una sugerencia para quienes no han leído los libros que se seleccionen, como dice Garrido, y una forma de suscitar debate, como dice el también catedrático José Carlos Mainer, implica una mirada al pasado de la literatura, pero es también una apuesta de futuro. ¿Qué libros hay que salvar para la inmensa mayoría? ¿Qué obras deben agruparse en un pequeño anaquel de un mueble doméstico, en un hogar donde la lectura sea una sana costumbre y una prueba de preocupación intelectual? «Un libro es una batalla», ha escrito el precoz y triunfante novelista Jöel Dicker en torno a la lucha que supone escribir. Salvar los libros esenciales es otra batalla que merece la pena.
Para conversar con el hombre que ha impulsado este ambicioso proyecto acudo a su despacho del rutilante Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, situado en ese Madrid periférico de la llamada Ciudad Lineal. En medio de edificios bajos y aburridos, en un Madrid lleno de talleres y con sabor a lo que antes se llamaba las afueras (donde aparcar el coche es, no obstante, una penitencia), este edificio de ladrillo y cristal supone un toque de arquitectura moderna, funcional y despersonalizada. Garrido se sienta bajo un retrato que le hizo Inocente Aguilera. En la pared hay también un dibujo de Pedro Salinas, el gran poeta que en tiempos ocupó el puesto que él tiene en el Consejo.
Considerado una de las primeras autoridades en semiótica en el ámbito de la Filología Hispánica, Miguel Ángel Garrido Gallardo ha obtenido este año el Premio Javier Marías de la Comunidad de Madrid en el apartado de Investigación. Las razones esgrimidas por el jurado me facilitan la entradilla a esta entrevista: «La importancia de sus contribuciones a tareas académicas y el gran número de publicaciones en el área de la Teoría de la Literatura, así como por su trayectoria, notoriedad y prestigio». Esa trayectoria incluye el asesoramiento de revistas españolas e internacionales, la dirección de colecciones bibliográficas, la presidencia de congresos y un largo etcétera en tareas de investigación. La notoriedad y el prestigio se dan por añadidura. Además, es editor-director de Nueva Revista, publicación que ha participado activamente en la puesta en marcha de este congreso.
Lo malo (o lo bueno, mejor dicho) de las entrevistas, y más si es con alguien tan cordial y estimulante como este profesor, sabio y locuaz (en alguna entrevista se ha definido como «bocazas»), es que uno se dispersa y habla de todo. Es la receta del maestro Gay Talesse: acercarse al interlocutor sin agresividad y sin prisas, queriendo averiguar cómo es. Empezamos hablando de grandes entrevistadores, como González Ruano, Soler Serrano o Salvador Pániker, de escritores como Pla o como Pedro Salinas, que nos mira desde su dibujo… Hasta que recuerdo aquello que Ortega decretó en Buenos Aires: «Argentinos, a las cosas». Así que a las cosas: esto es, al congreso que me ha traído hasta aquí.
Lo primero, ¿qué balance hace usted del congreso?
El congreso, realmente, no pretendía hacer un canon. Se trata de hacer una biblioteca doméstica y los criterios son híbridos. No se intentaba decir «estos son los mejores libros posibles». Eso es una quimera. Los mejores cien libros, ¿por qué? Un libro es el mejor según qué persona, qué circunstancia, qué momento histórico, qué hora del día, qué situación psicológica se tiene: es una convención. Y luego, ¿con qué criterio? Hay una serie de criterios mezclados. Por ejemplo, como se dijo en el congreso, Galdós es uno de los cien escritores que no deben faltar, y no falta. Pero quizás entre las obras de Galdós no hay ninguna que sea una de las cien primeras. Con el criterio híbrido pones una buena obra de Galdós para que Galdós esté representado. Queremos hacer una biblioteca desde la perspectiva occidental. Se trata de llevar una biblioteca de culto a la casa de la familia media de habla española.
Eso supone una labor de reducción de lo que es la literatura universal. Pero, ¿no es un poco pretencioso, una misión imposible, querer contenerla en cien volúmenes?
Es una misión imposible, por eso no es un canon. Yo aceptaría que alguien haga una lista como la que yo he hecho, que se discutió en una sesión memorable, y seguramente estaría de acuerdo en que alguien hiciera una lista, en la que no coincidiera ningún título con los míos, aunque eso también es una exageración: que no coincidiera prácticamente ninguno de los cien libros.
Pero la lista que va a salir adelante es la que ya conocemos, que empieza en la Biblia y se remata con García Márquez, ¿no?
UNIR, con Cilengua, que es una institución del Gobierno de La Rioja, va a publicar esa biblioteca. Durante este año se van a encargar los cien libros y luego, por la experiencia que tengo de otras colecciones que he dirigido, después de encargados todos a la vez, se van publicando con una cierta periodicidad, objetiva, establecida, cronológica, pero también según te los van entregando. Si no los encargas a la vez lo que puede producirse son atascos y vacíos enormes. Cuando dentro de un año se empiecen a publicar, a mí me gustaría que salieran con una periodicidad quincenal.
Eso sería estupendo. Ya tenemos la lista de los cien propuesta por usted al congreso. ¿Cómo fue recibida?
Hay unanimidad con la Biblia y con el Quijote. Todo lo demás es discutible. ¿Por dónde empezar? Por la publicación de esta lista, que es arbitraria, porque hay que empezar de alguna manera. Luego, seguramente, vamos a poner en la web la posibilidad de que la gente pueda corregirla de la siguiente forma: «Yo quiero que se incluya este autor o que se incluya esta obra». Pero no se lo admitiremos si no dice qué obra o qué autor deben ser sustituidos. Porque lo de los cien es una convención, que tomamos como inamovible, una convención que significa tener, con realismo, una biblioteca de referencia, aunque a lo mejor lo que se lee luego es la versión electrónica, que seguramente meteremos en una solapa del propio libro. Pero que en las casas se diga: esta es la gran herencia de esa cultura de los siglos XIX y XX que llamamos literatura; aquí tenemos una biblioteca de culto.
Miguel Ángel Garrido se levanta hacia la librería, abre los brazos y abarca entre ellos la distancia de algo más un metro. «Este es el espacio que ocuparán los cien volúmenes», me dice. «Mirando una estantería en mi casa se me ocurrió que sería estupendo que todo el mundo pudiese llenar un anaquel así».
«In illo tempore» (cuando la televisión era una, grande y en blanco y negro) RTVE sacó, en colaboración con la editorial Salvat, una colección muy manejable que estaba muy bien.
Sí. Y luego, también en RTVE, salieron otros libros de tapa negra que no estaban todos tan bien. En esa colección yo publiqué el peor libro de mi vida, por el que el crítico del periódico Pueblo, Dámaso Santos, me dio un palo en toda regla con una reseña que titulaba Mal libro con buen método. El libro era Literatura y sociedad en la España de Franco y creo que tenía toda la razón él, que seguramente pensó que un chico joven que acababa de salir de la Facultad y se dedicaba a cosas de teoría debía saber mucho de método. Pero que el que sabía de novelas era él. Y el que debía ganar las diez mil pesetas que te daban en mano era él, que las necesitaba, mientras que yo, que tenía el sueldo de la Facultad (mil pesetas, no se vaya a creer), con cuatro datos y mucha teoría, hacía un libro… Como tenía razón, le escribí una carta diciéndole que aceptaba la crítica y que supiera que iba a hacer todo lo posible para que nunca más me pudiera hacer una reseña tan dura.
O sea, que ha habido otros intentos de bibliotecas…
Sí, pero no eran de una biblioteca literaria universal. Este intento, en cierta medida, es único, porque lo que ha habido son grandes colecciones. Ahora la Real Academia Española está publicando una colección de literatura española, muy bien editada, como ha hecho la Biblioteca Castro, que es una fundación que publica los grandes libros de la literatura española, con los textos muy depurados. La dirigía Domingo Ynduráin. Hay muchas. Y está esa colección francesa en la que desde España nos hemos mirado todos, «La Pléiade». Pero «La Pléiade» son cientos de tomos, magníficamente editados. Esto nuestro tiene que tener rigor académico, pero debe ser una biblioteca que solamente trata de que la gente no se olvide de eso tan importante que es la literatura, ahora que la literatura está asediada por otros tipos de comunicación.
Me cuenta Garrido que el secretario general de la Academie Française, el francés Michel Zink, que estuvo en el congreso y presentó una ponencia muy bien escrita, le vino a decir que los libros que se pretende editar son como los de esas colecciones de volúmenes muy bien encuadernados, que llenan la biblioteca, pero que nadie los lee, solo los enseñan. Como pasaba antes en España con los libros de lujo de la editorial Aguilar. Pero el animador del congreso le replicó: «Mire, yo quiero que los lean también, pero si no los leen, alguien los leerá algún día. Pero que queden en cada casa esas referencias, como la Biblia, como el Quijote», está bien.
Pero ¿no conspiran los libros electrónicos contra el anaquel de la biblioteca?
Yo no estoy en contra del libro electrónico, porque como decía muy bien Zink, un tipo puede decidir: «Yo me voy a leer una edición de La Galatea en la biblioteca virtual Cervantes que patrocina el Banco Santander y entro en el ordenador y me la voy leyendo, o la meto en el e.book y me la voy leyendo en un viaje». Sin embargo, no hay que vincular esa obra de culto, esa obra importante de alta literatura, al hecho de que tenga que leerse en papel. Si estoy esperando el tren, y se retrasa, o el avión, me compro una novelilla de aventuras que luego tiro, porque es de usar y tirar. No es automática la relación entre la importancia del texto y el medio. Lo que sí se va a intentar con esto, que yo creo no se ha intentado antes, es que la contundencia física de una biblioteca que recoge nuestra herencia cultural, puesta en los hogares, nos llame la atención. Que esté ahí, recordándonos siempre que merece la pena.
A usted, ¿cómo le vino esta idea?
Me vino la idea porque ahora mismo es un debate universal la cuestión de que algo tan importante para la formación de la persona humana como la literatura, no solo en la tradición oral, sino en la cristalización del libro (que obliga a ir a leer el libro, un tipo de comunicación que tienes que seguir hasta el final, que no puedes manipular, que tienes que acoger, y, solo una vez leído íntegramente, contestar si quieres), ese tipo específico de comunicación que es el de la literatura, pero de la literatura porque se da en el libro, podría desaparecer con la desaparición del libro. Ese es el debate.
Y usted cree que hay que dar la batalla por el libro.
Sí. Y da lo mismo que el libro sea electrónico o de papel, como acabo de decir. Se ha difundido aprensión, porque se han confundido dos cosas. Efectivamente, no es lo mismo leer un libro que utilizar las posibilidades que da el mundo ciber, o sea el mundo de Internet. No es lo mismo un texto en el que tú pinchas un icono y piensas: «A ver este qué dice», y entonces pinchas otro icono y de uno vas a otro, que lo de leer literatura. Ese tipo de operación en Internet, que tiene mucho de juego y que ahora sigue mucho más la nueva generación, es un tipo de comunicación que no es la literaria. No es que sea mala, sino que es otra cosa. Y también está restando espacio al tiempo que, hipotéticamente, se podría dedicar a la literatura. Pues bien, la literatura, asediada por el cine, por la radio, por la televisión, por el vídeo, y ahora asediada también por la comunicación ciber, es una cosa importantísima y vamos a ver cómo salvamos esa herencia, un mínimo de esa herencia. Por eso se me ocurrió esta idea, en ese contexto de discusiones, de reflexiones.
Hay que salvar la herencia… Pero ¿solo con cien libros?
Sí, aunque al final, la biblioteca, si esto funcionara bien, si la idea resulta que tiene respuesta, no tiene por qué ser de cien exactamente, cien y los siguientes…
La respuesta puede ser polémica. Por ejemplo, en su lista figura García Lorca, con Romancero gitano. Y ¿si alguien opina que es mejor Poeta en Nueva York?
Figúrese que empezaran a proponer masivamente Poeta en Nueva York, me lo pensaría. Si no, no. También por eficacia.
Hay que reconocer que la lista está muy pensada y es, toda ella, de absoluta solvencia. Desde los clásicos latinos y griegos a las plumas contemporáneas, el nervio de la gran literatura recorre todos los nombres. Casi nadie esencial se queda fuera. Pero, como es natural, la selección es opinable. ¿Por qué de Camus se elige El extranjero y no La peste? ¿Por qué Kafka está con El castillo y no con La metamorfosis? Repaso con Garrido alguna otra obra, y discrepo en la asignada a García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba. Mi voto sería para Cien años de soledad. El crítico José Carlos Mainar también votaría por la evocadora historia de don Aureliano Buendía. «Para esa elección, hay dos razones —me dice Miguel Ángel Garrido—: la extensión, y el año».
La biblioteca es hasta el sesenta y dos, ¿por qué?
Porque ya sí que sería imposible, una misión imposible, reducirse a cien libros, hasta hoy, con cincuenta años más de una producción tan enorme. Hay que dejar que el tiempo decante el listado de las obras. ¿Por qué tan a rajatabla, cien? Porque por algún lado hay que empezar. ¿Por qué tan a rajatabla, 1962? Más cincuenta años, 2012, año en que se ha hecho el listado. Más discutible que lo de García Márquez es lo de Proust, del que he elegido Jean Santeuil. ¿Por qué? Como En busca del tiempo perdido son cinco enormes tomos, selecciono una obra pequeña que tiene el mismo diseño que la otra. Así el lector puede saber de qué va.
En dos entrevistas que le han hecho últimamente, José Grau para ABC e Ignacio Amestoy para El Mundo, insiste en que la sociedad actual está enferma de superficialidad.
Esta es una gran fijación que tengo. A lo mejor tengo que ir al psiquiatra, pero estoy absolutamente convencido de ello. El común denominador del enorme problema de la crisis de entre siglos —final del siglo XX y principios del siglo XXI— es la superficialidad. Se concreta en lo siguiente: con un móvil hoy puedes estar hablando continua y gratuitamente, porque resulta que hay una oferta las veinticuatro horas del día y con todo el mundo. Y sucede que no tienes nada que decir. Oigo las conversaciones en los viajes de AVE y en los ascensores del metro, y es tremendo…
Usted observa a la gente en el metro. ¿Cómo cree que le ve la gente? ¿Como un profesor serio, con mucha publicación, premiado, lo último con el Julián Marías…
No lo sé. Supongo que como un profesor serio y viejo. Lo de serio lo lamento, claro, pero así es la vida. Un día, al salir de dar clase de Teoría de la Literatura en la Complutense, donde he estado hasta hace muy poco, le dije a un alumno que quería hablar conmigo (ya sabe que con los alumnos se habla al final de las clases) que me acompañase a la cafetería, invitándole a desayunar. Se negó y dijo que me esperaba a la puerta. Lo comenté con un colega, el catedrático Tomás González Rolán: « ¡Qué raros que son los chicos de hoy!» Y él me replicó: « ¿Que son raros? ¿Qué hubieras hecho tú si don Sebastián Mariner te hubiese dicho: “Pase conmigo a la cafetería”? Lo mismo». Es una señal de que la vida pasa. Empecé a sentirla cuando la gente se empeñaba en cederme el sitio en el metro…
¿Qué considera usted que es lo más importante que ha hecho en su vida?
Yo soy muy del ten con ten. Con motivo del premio Javier Marías me preguntaban muchas veces que si estaba satisfecho. Yo creo que uno debe dar de sí lo más que pueda al servicio de los demás. Pienso que el trabajo es el primer medio que tiene el ser humano para cumplir su destino. Pero pienso que es un error garrafal ponerse un objetivo máximo inmóvil, fijo, porque si uno se pone un objetivo máximo siempre será un desgraciado. Porque el que llega a Papa lamentará no haber llegado a Emperador, y viceversa. La verdad es que tengo buen humor y he intentando hacer eso lo más que he podido, y, doy gracias a Dios, en la vida me ha ido fantástico.
Casi no me atrevía a decírselo, pero yo, que soy periodista, tengo que confesarle que creo, como Ben Bradley, el que fue director del Washington Post cuando el famoso «affaire Watergate» y consiguieron echar a Nixon, que la esencia del periodismo es la superficialidad. Lo cuenta en sus memorias: fue la primera lección que le dieron en este oficio…
La gran tragedia es, por ejemplo, que podemos formar una opinión pública con una serie de personas que no saben lo que están diciendo. Cuando tratan de lo tuyo, te das cuenta de que no saben lo que están diciendo y piensas: «Dios mío, cómo están informando…».
Al final, nos ponemos a hablar de las cosas que pasan, de la opinión pública, que Ortega decía que es la suma de las perezas individuales, de La rebelión de las masas, que está en esa clave, de la política que padecemos Y mientras me acompaña a la salida tiene tiempo de citar al Papa Benedicto: «A mí me dijo Ratzinger que, en su opinión, el problema moral más grande de esta hora es que se nos presenta como absolutamente igual al sabio y al necio, al santo y al criminal, y no hay forma de discernirlo».
Como despedida, me entrega un texto de su cosecha, dieciocho apretadas páginas, llenas de reflexiones agudas y de referencias bibliográficas, sobre el futuro de la literatura y el libro, en las que analiza la obligada convivencia entre la Galaxia Gutenberg y la Galaxia Internet.
«Ahí está todo lo que pienso sobre lo que hemos hablado», me dice. Apunto una frase que el profesor ha escrito en torno a la supervivencia de la literatura y el libro: «La literatura tiene un futuro asediado, pero tiene futuro». Pienso que, de haber sido su alumno, yo sí me hubiera atrevido a tomar con él una «relaxing cup of café con leche» si me hubiera invitado a desayunar.