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Ver productosLo hemos contemplado muchas veces. Ese barco que se acerca desde el horizonte, cuando tan solo es una sombra recortada sobre el atardecer. O aquel que se aleja, hasta que se vuelve sordo el ímpetu que dejó tras de sí cuando abandonó la bahía. Cuántas historias caben entre ambas singladuras. Esos barcos son, en realidad, un pedacito de tierra que se aleja y otro de mar que se acerca. ¿Qué ocurrió para tamaña transformación?

Benjamin Britten encontraba en Aldeburgh la paz y la tranquilidad. Hasta allí trasladó su residencia cuando el ambiente de Londres se hizo irrespirable. Había nacido no muy lejos de allí, unas treinta millas al norte, en Lowestoft. Hijo de un dentista y de una músico amateur, descubrió su vocación muy pronto, la de compositor. Fue un pianista notable, pero su destino estaba encerrado en los pentagramas en blanco de una partitura. Ahí, ante esas páginas, surcó mares ignotos, como el de su ópera Peter Grimes, la oscura e inquietante historia de un pescador de Aldeburgh. El éxito acompañó su estreno en Sadler’s Wells, tanto que muchos consideraron con el tiempo que aquel fino inglés era el compositor de óperas más relevante que habían dado las islas desde Purcell. Exagerado o no, aquella historia marinera le llevó a descubrir a dónde pertenecía. Y dos años más tarde, animado por la idea del tenor Peter Pears de montar allí un festival de ópera, decidió mudarse al lugar que habitaba el malvado Peter Grimes.
Lo que encontró fue un pueblo marinero, poblado también por todas esas leyendas que traen consigo los barcos. Historias reales o inventadas sobre otros lugares y sobre ese espacio angosto que es el interior de un barco cuando navega. Allí se cocina siempre una pequeña transformación. La de un marinero en tierra que enfrenta con su naturaleza terrestre en el mar. En los dos lugares se ve como un forastero, y siempre parece condenado a extrañar su estado anterior. Quizá por eso Joseph Conrad sintió que el mar era, como los sueños, una imagen de la vida misma, y lo dejó escrito así en Lord Jim: «Un hombre que nace, cae en un sueño como quien cae al mar».
«Un hombre que nace, cae en un sueño como quien cae al mar»
Billy Budd nace en ese lugar de la costa de Suffolk, durante las conversaciones que mantienen Britten, el libretista Eric Crozier y el escritor Edward Morgan Foster en el mes de enero de 1949. La nueva ópera se iba a inspirar en el relato de Herman Melville, que lo aborda después de un tiempo alejado de la prosa. Murió sin publicarlo, creyendo que se trataba de una obra menor. Hasta su mujer pensó que estaba sin terminar. Desconocemos qué lo llevó a interrumpir su producción poética para entregar esta historia. Permaneció inédito hasta 1924, cuando Raymond Weaver lo incluyó en sus obras completas, y pronto alcanzaría la categoría de obra maestra. En él se contaba el inestable triángulo entre el capitán Edward Fairfax Vere, el condestable John Claggart y el marinero Billy Budd, a bordo del Indomitable, un barco de la Armada inglesa. El relato comienza con un capitán que evoca en sus memorias un suceso acaecido en uno de sus destinos, cuando tuvo que condenar a muerte a un joven marinero que asesinó a uno de sus mandos en un arrebato.
Peter Grimes, Billy Budd y The turn of the screw son tres óperas de Britten que están fuertemente vinculadas. Las tres se construyen alrededor de la muerte de alguien.
Billy se convierte en asesino tras el acoso y derribo de Claggart. Recuerda a la ira de Aquiles, que rumia en el interior de un barco, varado en la playa de Troya tras perder a su amigo Patroclo. Claggart comparte la oscuridad de Peter Grimes o Peter Quint, el otro malvado de The turn of the screw. Pero también de otros ilustres, como Yago y, de algún modo, Salieri. De hecho, Foster se inspira en el criado de Otelo, pero el odio de su personaje tiene que ver más con algo reprimido que con un cálculo egoísta. Al escribir el monólogo de Claggart, afirmará en una de sus cartas al compositor que quiere «pasión: amor coartado, pervertido, envenenado, pero que, sin embargo, fluya descendiendo por su angustioso conducto; una descarga sexual que se ha vuelto malvada». Billy, Claggart, Vere. De alguna forma todos estos personajes son el mismo, distintas facetas del ser humano. Unas admirables y otras temibles.
De alguna forma todos estos personajes son el mismo, distintas facetas del ser humano. Unas admirables y otras temibles
Creer que Billy Budd es solo una historia de homosexualidad reprimida es un reduccionismo como otro cualquiera, curiosamente el mismo que suele arrojarse sobre Muerte en Venecia, una obra que también Britten convirtió en ópera. Es evidente, como dice el crítico Alex Ross, que los temas del compositor inglés siempre rondan el amor entre hombres y la belleza de los muchachos, algo que se encuentra entre lo prohibido y cierta vuelta al ideal clásico de belleza, pero más cerca quizá de la atmósfera culpable de Lolita que de la ataraxia del Fedro. Era una obsesión para alguien que nunca escondió su condición sexual y siempre vivió esa tensa convivencia con una sociedad que, en el fondo, nunca dejó de ser victoriana. Pero nos perderíamos gran parte de la hondura de su obra si obviáramos un tercer tema, el de la tragedia que conlleva el peligro de perder la inocencia.
«Es la historia de Caín / que sigue matando a Abel», escribe Borges. Los sabios antiguos consideraban que del agua salada venían todas las cosas y quizá algo oculto en nuestro ser aún lo recuerde. Fue precisamente en el alba del tiempo donde un hermano mató al otro, como si la historia estuviera condenada a repetirse hasta el último de los días que canta Yeats: «Todo se desintegra; el centro no existe; / una banal anarquía invade el mundo; / crece la opaca marea de la sangre y en todas partes / es ahogada la ceremonia de la inocencia». Un último verso que procede de un poema de aires apocalípticos, La Segunda Venida, que Britten cita con intención en la primera escena de la segunda parte de The turn of the screw.

Este tema es precisamente el que cataliza y da sentido a lo demás. Ocurre cuando se escuchan detenidamente los sutiles diálogos entre los personajes de esta ópera y también cuando se lee detenidamente el cuento de Melville. Algo que no puede ocurrir en otro lugar que no sea un barco, siempre en movimiento, donde nada parece asentado y cualquier elemento amenaza con perder la verticalidad y la consistencia. Robert Louis Stevenson también lo apreció en sus escritos: «El mar es un lugar horrible, embota la mente y envenena el ánimo; el mar, el movimiento, la falta de espacio, la ausencia cruel de intimidad, los infames alimentos enlatados, los marineros, el capitán, los pasajeros».
«El mar es un lugar horrible, embota la mente y envenena el ánimo»
Un lugar complejo, donde Magallanes, en su primera escala en puerto durante la expedición de la circunnavegación de la Tierra, tuvo que bajar a tierra para ejecutar al capitán de uno de sus cinco navíos, que había sido condenado a muerte por abusar de un muchacho de su nave. Es también el lugar que Vargas Llosa refiere en El paraíso en la otra esquina, con Paul Gauguin tratando de evitar ser sodomizado en el Luzitano y en el Jerome-Napoleón durante su servicio militar. Quizá el mar sea ese lugar donde el bien y el mal pueden darse en su más absoluta radicalidad, como si el alejamiento de tierra y estar a merced de la mayor fuerza de la naturaleza afilara la intención humana.
Recrear ese lugar ha sido la tarea de Deborah Warner, la directora de escena, que consigue un efecto sorprendente. Toda la escenografía de esta ópera rezuma autenticidad, hasta el movimiento del barco que no debería pasar desapercibido para el espectador, cómodamente sentado en tierra firme. Warner escribe en el programa de mano que Britten le guía como un dramaturgo de primera. Para ella, la genialidad reside en que «al añadir música para adaptarla a la ópera, aumenta la complejidad, retándonos constantemente a cuestionar el bien y el mal, la inocencia y la corrupción, el amor y el odio —y sumergiéndonos en una ambigüedad abierta y sin respuesta—».
Esta ambigüedad solo puede conseguirse a bordo, que es el destino que le espera al capitán Vere. Se encuentra, como él mismo confiesa, «entre Escila y Caribdis». Ha de elegir entre hacer cumplir la ley y su afecto por Billy; entre pasar su nave por los acantilados de Escila o hacerla navegar por los remolinos de Caribdis. Toda la ópera es el relato de la memoria de Vere, que recuerda a Aschenbach. en sus días postreros, antes de terminar sus días en la orilla del Lido.
Melville siempre consideró el mar como una metáfora del populoso universo, un todo en el que podían hallarse todos los recovecos de la existencia y la naturaleza. Enfrentarse a él significaba poner a prueba todos los mecanismos de defensa de alguien concebido para pisar tierra firme. Poner el pie en un barco se convertía en el desafío supremo, azotado por el mar, tan severo en calma como fiero en la tormenta. Este enfrentamiento terminaba, casi siempre, por cambiar a sus moradores. Quizá por eso dice Claudio Magris que «el mar tiene un doble valor simbólico. Antes de nada representa la lucha, el desafío, la prueba, la confrontación con la vida […]. En la Odisea, el mar es el horizonte, el paisaje imprescindible de la búsqueda de uno mismo y del significado de la vida. Por mi parte, yo tal vez sienta más el mar como abandono, el mar vivido no en la posición erecta de la lucha y del desafío, sino en la tumbada del abandono; el mar como símbolo de la unidad de la vida a pesar de las laceraciones, los naufragios y las tragedias; un mar misteriosamente sereno, enigmático, símbolo de la nostalgia pero también de la satisfacción. El mar es ciertamente muchas cosas; es el Leviatán, el elemento hostil y poco de fiar; es el gran sudario que se extiende al final de Moby Dick y del canto de Ulises en Dante; es una gran escuela de humildad, es el mar que desgasta, ese mar que nos derrota, como dice Ntoni en Los Malavoglia (la novela de Giovanni Verga)».
Melville siempre consideró el mar como una metáfora del populoso universo
El movimiento del barco recuerda a ese otro vaivén de tierra firme, el de quien espera con ansiedad o trata de fijar un pensamiento como en el aprendizaje en las madrazas. Un compás telúrico, que busca calmar al animal no fijado, como diría Nietzsche. Los barcos en la ópera son lugares exentos, prolongaciones de tierra firme, que con la distancia elabora sus propias leyes, como el universo de ese buque fantasma condenado a vagar por el mar sin tocar puerto. Su visión desde tierra siempre está relacionada con la esperanza, aunque el espectador presienta que, entre sus cuadernas, esconden una tragedia. Tristán espera sin recompensa y cae exhausto cuando apenas divisa la nave que transporta a Isolda. Cio-Cio-San se levanta cada día con la ilusión de ver entrar el barco de Pinkerton en la bahía, y la bella Dido ve alejarse a Eneas mientras se lanza al vacío.
En las ciencias sociales es muy habitual leer profecías sobre lo que está por venir o crear conceptos en los que resumir fenómenos sociales mucho más complejos. Son dos formas distintas de adquirir una cierta notoriedad en la disciplina, especialmente cuando la profecía se cumple o el concepto se generaliza al ser utilizado por los creadores de opinión. Existen bastantes ejemplos de académicos que acaban siendo vistos como gurús al tener alguna de estas dos habilidades. Un ejemplo paradigmático lo constituye Anthony Giddens y su famosa idea de la tercera vía. Atrás quedaban algunos de sus trabajos más rigurosos sobre la estructura social en las sociedades modernas, puesto que si por algo se le recordará es por un concepto que englobaba una nueva visión de la socialdemocracia. De hecho, esa vida académica anterior de Anthony Giddens, que se caracterizó por una perspectiva más analítica, plagada de datos y reflexiones teóricas que generan más dudas que certezas, no tuvo tanta fortuna entre el gran público.
Seguramente, por estas razones, algunos científicos sociales invierten mucho más tiempo en adivinar el futuro o en hacer de la investigación social una fábrica de generar nuevos conceptos, que en dedicar todos sus esfuerzos al análisis y la explicación causal.
En los últimos tiempos, entregados a esta forma de concebir las ciencias sociales, algunos académicos y opinadores están realizando un enorme esfuerzo por anticipar ya una nueva sociedad. De nuevo, se unen los elementos que le llevan a uno a la notoriedad: se visualiza lo que está por venir y se acuña un nuevo concepto. Ahora el vocablo de moda es millennials. Contiene rasgos un tanto clásicos: una nueva generación y un cambio tecnológico. Por eso, los adeptos a la teoría de los millennials hablan de una nueva sociedad que está formada por aquellos que nacieron a partir de 1980 y que han sido socializados en el ámbito digital. La idea fuerza es que esta nueva generación transformará elementos fundamentales como las relaciones sociales, la estructura social, el proceso productivo o la democracia. Algunos llegan tan lejos en su profecía que parece que todo volviese empezar, como si la sociedad se reiniciara. Pero lo cierto es que, como veremos en las siguientes líneas, ni todo es tan nuevo, ni el cambio es tan drástico, ni las generalizaciones son siempre una buena respuesta.
Algunos científicos sociales invierten mucho más tiempo en adivinar el futuro que en dedicar todos sus esfuerzos al análisis y la explicación causal
En primer lugar, muchas explicaciones generacionales, como la de los millennials, pueden acabar pecando de un cierto adanismo cuando, en realidad, casi todas las preguntas son más bien antiguas y lo que cambian son las respuestas. Por ello, es dudoso que una sociedad pueda empezar de cero. Toda generación es en cierta forma heredera de la anterior, aunque solo sea por los procesos de socialización. Así, aunque los contextos en los que se conforman la cultura y los valores de las personas pueden cambiar, ello no implica que se produzca una ruptura total con lo anterior.
Un ejemplo de lo que quiero decir lo encontramos en los sistemas autoritarios. Si hay un sistema político que realiza un esfuerzo enorme por cambiar los valores de las personas, este es la dictadura. El sistema educativo o los medios de comunicación de los regímenes autoritarios tratan de generar adeptos a la causa. A los dictadores les gusta tener seguidores que simpaticen con los valores del movimiento. Saben que aunque no se celebren elecciones libres y competidas, es necesaria la existencia de un porcentaje de incondicionales que den cierto apoyo social al régimen. No obstante, cuando el sistema autoritario cae y la sociedad puede expresarse libremente, descubrimos que muchos de los valores anteriores a la dictadura siguen perviviendo en la sociedad. Si no fuera así, no entenderíamos por qué tras cuarenta años de dictadura franquista, en 1977, más del 56% de los españoles apoyaron a partidos políticos completamente contrarios al régimen. Dicho en otras palabras, incluso en contextos en los cuales se persiguen cambiar la cultura y los valores de una sociedad, el cambio social no acaba de romper con lo anterior y la sociedad no tiene un kilómetro cero.
Desde el punto de vista analítico existe una explicación adicional que ayuda a entender por qué las sociedades nunca parten de cero y siempre son herederas de lo anterior. Entre los científicos sociales ha hecho fortuna el término path dependence. La idea principal es que el conjunto de elecciones que tenemos en el presente depende de las decisiones que se tomaron en el pasado. De ahí aquello de que la historia importa para explicar el presente. Esto no significa que caigamos en el determinismo histórico y que el cambio no sea posible. Pero entre empezar de cero y que todo sigue igual como hace décadas, hay posiciones intermedias que explican los cambios sociales. Quizás por ello siempre estamos en transición y las transformaciones solo se visualizan de forma nítida cuando comparamos dos momentos muy alejados en el tiempo.
En segundo lugar, la fragmentación de la sociedad va más allá de lo digital y de lo generacional. Cuando uno bucea con algo más de profundidad en los cambios sociales que se han producido en los últimos años, descubre que las sociedades se han roto en mil pedazos. Hay ganadores y perdedores de la globalización, donde el nivel educativo de las personas juega un papel fundamental a la hora de encajarse en alguna de estas dos categorías. La visión crítica de la Unión Europa ha aumentado de forma descomunal, especialmente en el sur del continente, creando una ciudadanía que rechaza la actual Europa. La crisis económica ha generado no solo perdedores económicos, sino también una nueva forma de establecer las relaciones económicas, donde la colaboración o el cooperativismo han cobrado mucha fuerza. La inmigración también va a dividir a nuestras sociedades, generando visiones enfrentadas. Por un lado, tenemos a una ciudadanía horrorizada por la fosa común en la que se han convertido algunas fronteras, como el Mediterráneo, generándose una gran empatía con el sufrimiento de los inmigrantes. Por otro lado, tenemos a un porcentaje de ciudadanos que ven a los inmigrantes como competidores por los puestos de trabajo o por los servicios del estado del bienestar. Por no hablar de la división: rural y urbano. En un mundo en el que se tiende a una mayor concentración en las grandes ciudades, es muy probable que muchos territorios estén cada vez más despoblados, produciéndose una de las desigualdades más invisibles: la territorial. Cada una de estas brechas son profundas y van a marcar la agenda de los próximos años.
Estas múltiples divisiones significan que los millennials solo es un grupo social más dentro de los distintos fragmentos en los que han quedado rotas nuestras sociedades. No ser capaces de ver todas estas fracturas no solo nos hace perder riqueza analítica, sino que además puede tener consecuencias políticas. Así, por ejemplo, la construcción de coaliciones electorales va a ser cada vez mucho más difícil. De hecho, uno de los elementos que estamos observando en numerosas democracias es la mutación de sus sistemas de partidos en dos direcciones: una mayor fragmentación partidista y el surgimiento de nuevas formaciones políticas. Tanto a conservadores como a socialdemócratas les está afectando esta nueva realidad social y una parte de su pérdida de apoyos electorales tiene que ver con una falta de conexión con muchas de estas brechas sociales enumeradas.
No obstante, como se ha remarcado anteriormente, casi todo ha sucedido antes. Es decir, muchas de las fracturas que se acaban de mencionar ya se desarrollaban en el famoso trabajo de Seymur Martin Lipset y Stein Rokkan de 1967, Party systems and voters alignement: Cross-national perspectives (Nueva York, The Free Press). La única novedad en estos momentos es la relevancia que han adquirido tras las múltiples crisis por las que vienen pasando nuestras sociedades desde el año 2007. Es decir, cuando parecían brechas del pasado, muchas de ellas han vuelto a surgir con gran fuerza.
La fragmentación de la sociedad va más allá de lo digital y de lo generacional
En tercer lugar, todo parece indicar que varias sociedades están conviviendo en estos momentos. Si atendemos a la brecha generacional, la sociedad del pasado que representan las personas más mayores sigue mostrando comportamientos y rasgos propios muy diferenciados de los más jóvenes de la sociedad. Ejemplos de estas diferencias las encontramos en el comportamiento electoral en España, donde los más jóvenes son claramente multipartidistas, mientras que los más mayores siguen apostando por el bipartidismo. O en el Reino Unido, donde los más jóvenes apoyaron continuar dentro de la Unión Europea y los más mayores se decantaron por el Brexit. Si atendemos a la brecha tecnológica, la división acuñada por Belén Barreiro en su reciente libro La sociedad que seremos. Digitales analógicos, acomodados y empobrecidos (2017, Barcelona, Planeta) también tiene una gran capacidad explicativa. Así, la fractura ahora se produciría en función al uso de las nuevas tecnologías, mostrando no solo comportamientos diferenciados respecto a la política, sino también en el consumo de productos o en la concepción de los mercados.
En definitiva, lo que se ha pretendido defender brevemente en este texto es que la sociedad se encuentra en transición. Se observan un conjunto de rasgos que muestran claramente un cambio social en profundidad y que están relacionados con el surgimiento o resurgimiento de nuevas fracturas sociales. Ello indica que en muy poco tiempo nuestras realidades sociales van a ser muy distintas a las de hace unos años, algo que es una obviedad. Además, para alcanzar tal conclusión no es exigible tener conocimientos sociológicos. Tampoco es un reinicio o un kilómetro cero de la sociedad. Es más bien un cambio donde la experiencia vital de las múltiples crisis y el cambio tecnológico han jugado un papel fundamental, tal y como explica Belén Barreiro en el libro citado. Las fracturas son múltiples y más numerosas de las que se vienen describiendo. Y estas brechas están generando que distintas sociedades estén conviviendo en estos momentos. Por todo ello considero que antes de comenzar a hablar de la sociedad de los millennials, deberíamos bucear con más detenimiento en la realidad. Es posible que esa nueva generación marque los rasgos elementales de la sociedad del futuro, pero esto es solo una hipótesis. Decía Albert Einstein que «Dios no juega a los dados con el universo». Sería deseable que no jugásemos a los dados con los análisis sociológicos tratando de poner el acento en ver quién tiene una mejor capacidad predictiva o en quién crea el concepto más ingenioso. Detengámonos más en los datos, en las casualidades y en los argumentos teóricos. Quizás nuestro conocimiento no tenga tanta notoriedad, pero seremos más sabios respecto a la realidad que nos rodea.
Lutero era una persona piadosa y un alma atormentada. Tenía razón, como Erasmo y otros intelectuales de la época, en la necesidad de la reforma de la Iglesia de su tiempo, pero, disputando, disputando y luchando con la incomprensión, el centro de su enseñanza y predicación, el verdadero motor de la Reforma llegó a ser afirmar la justificación por la sola fides y no también por las obras del hombre pecador. La distancia entre Dios y el hombre sería tan grande que, en orden a la salvación, cualquier cosa que realice el ser humano es sencillamente irrelevante. Este descubrimiento —que está sin duda vinculado a la psicología y la angustia existencial de Lutero— parece que tiene ya raíces en los años de su primera docencia.
«Yo no le amaba, yo más bien odiaba al Dios justo que castiga a los pecadores. En silencio, sin blasfemar contra Dios, me encolerizaba contra él. Como si no fuera suficiente que nosotros, miserables pecadores, estuviéramos perdidos ya para la eternidad por el pecado original, nos veíamos encima oprimidos por todo tipo de calamidades a través de los diez mandamientos». Y sigue más tarde: «Noche y día medité estas palabras hasta que al final, por gracia de Dios, presté atención al contexto: ‘La justicia de Dios se revela en él de la fe hacia la fe, como está escrito: el justo vive de la fe’. Entonces entendí que la justicia de Dios por la que vive el justo es un don de Dios, esto es, la fe […]. Enseguida tuve la sensación de experimentar un nuevo nacimiento, de entrar en el paraíso con las puertas abiertas de par en par. Inmediatamente, toda la Escritura brilló con una luz diferente. Empecé a recorrer las Escrituras de memoria y encontré muchos otros términos con el mismo significado: la obra de Dios, esto es lo que Dios obra en nosotros; el poder de Dios por el que nos hace poderosos; la sabiduría de Dios que nos hace sabios… Por ello, quería exaltar este nombre dulcísimo, la justicia de Dios, tanto como lo había odiado antes. Esta frase de Pablo fue para mí la entrada en el paraíso».
La cita es bastante larga, pero significativa, pues incluye un conjunto de rasgos clave del pensamiento de Lutero y la teología de la Reforma. Sobre todo, el rechazo de la razón para comprender verdaderamente el mensaje de Dios, y el valor, en cambio, de la actitud existencial: «Es imposible armonizar fe y razón… Hay que abandonar la razón, sin conocerla siquiera, aniquilarla del todo; de lo contrario no se puede entrar en el cielo». De ahí también, el rechazo de la escolástica que incluye, por ejemplo, a Aristóteles —»Virtualmente, la entera Ética de Aristóteles es el peor enemigo de la gracia… En breve, todo Aristóteles es para la teología, lo que es la oscuridad para la luz»— y el «pobre Santo Tomás de Aquino, que no entendió una palabra ni de Aristóteles, ni del Evangelio». Peligroso camino intelectual.
Y concluye: «Creo simplemente que es imposible reformar la Iglesia a no ser que el derecho canónico, la teología escolástica, la filosofía, la lógica, tal como ahora se enseñan, se enraícen profundamente… de modo que el puro estudio de la Biblia y de los padres de la Iglesia sean restaurados». La reforma necesaria en la Iglesia tenía que hacerse desde sus principios íntimos que no eran otros que la Palabra de Dios, el Evangelio, que se contenía en la Sagrada Escritura, que era per se certissima, apertissima, sui ipsius interpres omnium omnia probans iudincans et illuminans.
En 1520 Lutero publica tres obras y, especialmente en una de ellas —De Captivitate Babylonica Ecclesiae—, discute la autoridad del papa, el celibato eclesiástico, los sacramentos, de los que solo acepta el Bautismo y la Cena, etc. En este momento es cuando Erasmo, y otros con él, se dan cuenta de que la Reforma se ha roto y ha comenzado otra cosa, la herejía.
Este mismo año, con el decreto Exurge Domine, el Papa le amenaza con la excomunión. Lutero quema el decreto, pero el príncipe Federico de Sajonia maniobra y consigue que se escuche a Lutero en Alemania. El emperador Carlos V le espera en Worms. Allí acude Lutero como en una procesión triunfal entre la admiración de la gente. Y ante el emperador pronuncia la defensa que concluye con unas conocidas frases: «A no ser que sea persuadido por el testimonio de la Escritura o por una razón clara (ya que no confío ni en el Papa ni en los concilios por sí solos, pues es bien conocido que han errado a menudo y que se han contradicho entre sí), estoy vinculado por las Escrituras que he mencionado y mi conciencia está cautiva por la palabra de Dios». Lutero invoca solo dos fuentes de autoridad: la Palabra de Dios contenida en las Escrituras y la conciencia personal. No acepta ninguna otra mediación. Y así hasta el momento mismo de la muerte. Cuando se le pregunta: «¿Queréis morir constante en la doctrina y en el Cristo que habéis predicado?», con voz tenue pero perceptible responde: «Sí».
Al final de la asamblea de Worms, Lutero es condenado. Se le declara prófugo y hereje y sus escritos son prohibidos. En este momento es cuando propiamente se debería fechar el cambio de la reforma en cisma y herejía. Es el 25 de mayo de 1521, exactamente cinco días después de que Ignacio de Loyola fuera herido en la batalla de Pamplona, iniciando así su conversión.Los escritores españoles del siglo posterior no dejaron de subrayar la coincidencia y el contraste entre los inicios de la herejía alemana y los cimientos españoles de la Contrarreforma.
Lutero no sufrió los embates de la persecución porque el príncipe Federico lo había escondido en su castillo de Wartburg. Mientras tanto, el entusiasmo por la Reforma —así se sigue llamando en Centroeuropa— va extendiéndose por las regiones alemanas. En Wartburg, Lutero trabaja en la traducción al alemán del Nuevo Testamento, que realiza desde el texto griego que Erasmo había publicado en 1516. A finales de 1522 se imprime este Nuevo Testamento; más tarde, con la ayuda de Melanchthon y de otros discípulos, traducirá toda la Biblia, que irá acompañada de introducciones y comentarios. La Biblia había sido traducida ya antes al alemán, pero desde la Vulgata latina. Lutero se propuso una traducción no literalista, sino adecuada al lenguaje hablado por el pueblo y un tanto explicativa y parafrástica cuando se encontraba con textos directamente relacionados con el punto central de su enseñanza: la justificación por medio de la fe, el contraste entre Ley y Evangelio. En todo caso, una obra monumental que significa la mayoría de edad del idioma alemán.
La vida sigue. Lutero abandona pronto el refugio del castillo pues la región en que vive se adhiere al entusiasmo reformista y, por tanto, no corre peligro. Muchos clérigos y monjas escapan de la clausura. En 1925, Lutero contrae matrimonio con una antigua monja cisterciense exclaustrada, Catalina de Bora, con la que tuvo seis hijos. En 1530, el emperador Carlos V convoca una asamblea en Augsburgo. Aunque Lutero no acude porque pesa sobre él la pena de excomunión, su discípulo Felipe Melanchthon presenta ante el emperador la confessio augustana, una profesión que sostienen también los príncipes. (De aquí parece que viene la denominación de protestante: del término protestari, testificar, dar testimonio, usado en el documento).
La asamblea de Augsburgo supone una cierta pacificación mediante la cual protestantes y católicos pueden vivir,al menos legalmente, unos al lado de los otros. Lutero sigue enseñando en Wittenberg, donde fue decano hasta su muerte, y despliega una actividad vertiginosa: predica y canta en alemán, idioma en el que compone también una liturgia, escribe dos catecismos, uno breve y otro más detallado, se ejercita en disputationes teológicas. Como fruto de esta actividad se producen también bochornos de Lutero: las invectivas contra los judíos —y contra los turcos—, la justificación de la bigamia del príncipe Federico, la opción por los nobles en las disputas con los campesinos, que se habían levantado precisamente en nombre de las palabras del reformador, y, sobre todo, las Tisch-Reden, las conversaciones de sobremesa, de las que toman notas sus discípulos y en las que el ingenio de Lutero se vuelve sarcástico, grosero y zafio, especialmente cuando habla del papa.
Desde 1530, la rebelión se ha ido extendiendo. En 1534 Ignacio de Loyola funda la Compañía de Jesús, como Legión del papa, pero ese mismo año Enrique VIII de Inglaterra, que poco antes había escrito una obra contra Lutero en defensa de los siete sacramentos, rompe con Roma y ejecuta a Tomás Moro. En 1536, Calvino publica las Institutio Christianae Religionis y su reforma produce un inimaginable baño de sangre. En la cristiandad se instaura una guerra no solo doctrinal entre católicos y protestantes y entre las diversas iglesias protestantes entre sí.
El 18 de febrero de 1546, Lutero muere en Eisleben, su pueblo natal, donde había acudido a mediar entre los condes de Mansfeld. Desde allí su cuerpo fue trasladado a Wittenberg, donde le enterraron en la iglesia del castillo. Cuando el año siguiente Carlos V entró en la ciudad, prohibió a sus soldados tocar la tumba, honrando de esta manera a quien había sido su adversario.
La producción intelectual de Lutero es inmensa. La edición crítica de Weimar ocupa 121 volúmenes, unas 80.000 páginas, tamaño folio. La edición se inició en 1883 y se ha terminado en 2009. No hay propiamente ningún texto sistemático que proponga una teología acabada. Sus escritos, como su vida, tienen un carácter más bien testimonial. Sus discípulos, Philip Melanchthon, Martin Chemnitz y Matthias Flacius Illyricus, intentaron sistematizar su pensamiento desde una perspectiva taxonómica, polémica o hermenéutica. Pero era ardua empresa. Ya desde la época luterana, cada cuerpo o ciudad libre tenía su corpus doctrinae. A fin de acabar con las disputas, los príncipes luteranos promovieron en 1580 el Liber concordiae, la Concordia, que reúne los artículos de fe de los protestantes. Incluye tres credos, el niceno, el de los apóstoles y el atanasiano; las confesiones de Augsburgo, en latín y en alemán, con ligeras diferencias (1530), y la Apología de la confesión redactada por Melanchthon (1531); los artículos de Esmalcalda de Lutero (1537) y el Tratado acerca del poder y la primacía del Papa (1537); el Catecismo mayor y el Catecismo menor del reformador (1529), y otros textos y testimonios menores. Los protestantes actuales entienden que en la confesión de Augsburgo se contiene aquello en lo que todos coinciden. De todas formas, el establecimiento de las oposiciones fe-razón y Escritura-Tradición compaginan muy mal con los avances científicos de la crítica histórica del siglo XIX y la hermenéutica del siglo XX. La esencia del cristianismo de Harnack echaba por tierra los cimientos sobre los que se habían asentado la pie-dad y la doctrina protestantes. Cuando Erik Peterson, un autor protestante más tarde recibido en la Iglesia católica, le hizo notar a Harnack que, según lo que afirmaba, el principio católico era el correcto, Harnack no pudo sino contestarle que era verdad. Pero esto no lo soluciona todo. Razones tiene el corazón que la razón no entiende.
Por parte católica, la respuesta teológica a Lutero fue el Concilio de Trento que, con gran enfado de Lutero, se convocó en 1545. A la convocatoria no quiso acudir ningún protestante. Desde el punto de vista doctrinal, Trento acogió todo lo «católico» que había en la Reforma, convirtiéndolo en doctrina de la Iglesia. Desde el Concilio Vaticano II, el diálogo ecuménico hacia la unidad está bastante más expedito. El principio sobre el que se asienta este diálogo ecuménico puede resumirse en dos verbos: conocerse y comprenderse. Intelectualmente se puede en-tender que gran parte de las diferencias entre luteranos y católicos vienen de malentendidos y que es posible andar el camino inverso: reducir la herejía a cisma. No pocos teólogos protestantes, comenzando por Dietrich Bonhoeffer, han reclamado un principio de autoridad como el católico, para que la Reforma pueda sobrevivir.
La posibilidad ecuménica se entiende, por ejemplo, leyendo el acuerdo firmado en 1999 por el presidente del Concilio Pontificio para la Unidad de los Cristianos y el presidente de la Federación Luterana Mundial sobre la doctrina de la justificación. El documento, que afirma la doctrina de la justificación de una manera perfectamente ortodoxa para católicos y protestantes, supone que las condenas de Trento no se aplican a quienes aceptan la doctrina tal como se expresa en el documento y viceversa. De manera parecida se está trabajando en un documento sobre la Eucaristía. Es deseo de ambas partes llegar al final sin que eso suponga la aniquilación del otro.
Si Lutero se hubiera dado cuenta de que la pistis es la fe del que confía y, por eso cree, asiente a una verdad (fides), hubiera entendido lo de Santiago: «La fe, si no va acompañada de obras, está realmente muerta. Alguno podrá decir tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras, y yo por mis obras te mostraré la fe. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien, pero también los demonios lo creen, y se estremecen» (Jac. II, 17-19). Si sus contradictores hubieran caído en la cuenta de que la sola fe (de la que habla tanto la Escritura, según señaló Lutero) es fe que compromete a obrar en consecuencia, no se hubieran rasgado las vestiduras tanto por el disparate. Y lo mismo ocurre con el libre examen: un texto puede decir varias cosas, aunque no cualquier cosa. Hay camino por andar.
Melanchthon decía en el servicio funeral de Lutero, su maestro:
No me querellaré con quienes afirman que Lutero era quizás demasiado rudo; me refugiaré más bien en aquellas palabras de Erasmo usadas por él tan a menudo: Dios nos ha prescrito un médico duro y amargo para estos días porque la enfermedad que se había presentado era grave.
(Tras su paso por Madrid, la exposición viajará al Museu Nacional d’Art de Catalunya, en Barcelona, donde se podrá ver entre el 22 de febrero y el 21 de mayo de 2018).
La mayor aportación que podría hacer a la exposición que la Fundación Juan March dedica a William Morris es amplificar la experiencia de la visita con algunas claves de contexto que –en el mejor de los casos- nos puedan ayudar a calibrar el peso específico de su estética y de su tiempo, el humus en que prosperan sus ideas artísticas, el reproche a la época que subyace en su arte y la dimensión innatamente social de su trabajo. Así, el recorrido que les propongo busca, en primer lugar, repasar los aspectos luminosos y el envés en sombra de los años victorianos, para a continuación ahondar en la reacción crítica que suscita esta misma estética victoriana. Después, y siempre en estas coordenadas de crítica y reacción, glosaremos las aportaciones netamente morrisianas, que buscan maridar lo social y lo estético a partir de las intuiciones de un artista con un espectro de inquietudes singular por lo amplio. Por último, intentaremos demostrar cómo Morris, que lleva a su época una filiación estética de aliento antiguo, bien podría pasar por contemporáneo nuestro en razón de los debates que plantea. Sin más demora, les animo a sumergirnos ya en la vida y la época de este –como diría el título de un conocido libro- “victoriano eminente”.
En el otoño de 1984, los conservadores británicos celebraban su convención en la ciudad vacacional de Brighton y –como alguno tal vez recuerde- el IRA quiso mancharla con un severísimo bombazo. Los terroristas lograron matar a varios tories de nota, pero Margaret Thatcher –su gran blanco- sobrevivió al ataque. En cuanto al hotel, el magnífico y vetusto Gran Hotel de Brighton, una fantasía decimonónica de sabor italianizante, apenas sufrió daño. Y puede parecer frívolo que, después del atentado, la prensa británica dedicara la atención que dedicó al estado del hotel, pero eso sería olvidar que –más aún tras la reconstrucción forzosa de posguerra- en Gran Bretaña siempre han caminado irremediablemente juntas la arquitectura y la moral, que en ningún otro país la arquitectura ha ocupado tanto espacio en el debate público. Y cuando una revista tan respetada como el Spectator editorializó sobre la masacre del IRA, no iba a olvidarse de alabar la resistencia del viejo edificio de un modo singular: como un homenaje a la solidez de los valores de la época que lo había alzado.
Esa época era la victoriana, que recoge la mejor parte del siglo XIX de acuerdo con la extensión del reinado de Victoria y en casi pasmoso solapamiento con las seis décadas de vida de William Morris. Y es posible que, ya en pleno Novecento, los años eduardianos tengan un brillo más achampanado. Pero esa “solidez” a la que aludía el Spectator es un nombre que ajusta bien a los tiempos victorianos en Gran Bretaña. Sí, solidez: al inicio de su reinado, Victoria se había encontrado con un Imperio de ocho millones y medio de millas cuadradas de extensión; en la hora de la sucesión real, aún iba a añadir tres millones más a la masa hereditaria de su hijo Eduardo. De 1830 a 1900, el color rojo con que los viejos atlas señalaban los dominios británicos había pasado de cubrir una sexta a cubrir una cuarta parte del mundo. Y aún estaba llamado a continuar su expansión.
Como puede verse, no hay hipérbole alguna a la hora de calificar como “siglo inglés” al que media entre la “llanura sombría” de Waterloo que cantó Hugo y esos “cañones de agosto” que detonaron la guerra del Catorce. Los trenes, invento británico, comenzaban a expandir el mundo conocido, en tanto que las líneas cablegráficas –también de origen insular- contribuían a acercarlo. La prensa diaria, nacida en Fleet Steet, daba semana tras semana noticia de hallazgos geográficos que llamaban a las mentes más excitables de los clubes del Pall Mall. Y si la City se erigía en bomba crediticia para redondear la globalización de un mundo bien vigilado por la Armada, en el hinterland inglés, Manchester o Sheffield hacían buena la definición del país como “taller del orbe”.
Es posible, como se ha dicho, que ningún otro país haya gozado de similar –digamos- sujeción de la escena internacional. Taine o nuestro Donoso dan su medida imperial: “romana es su grandeza”. A ojos del continente, en efecto, como después glosaría Gaziel, “el poder de Inglaterra era incomparable, eso no tuvimos que aprenderlo jamás: cuando vinos al mundo ya llevábamos dentro esa noción política fundamental, como los animales llevan misteriosamente su instinto”.
Pero si eran importantes las penínsulas conquistadas, no lo eran menos los corazones que aquella Gran Bretaña conquistó en el continente. Porque ese Reino Unido era una potencia política, pero también una potencia moral. Y la llama anglófila prendió en el mundo por ambas razones. Mientras Francia caminaba de la Revolución del 48 a la Guerra del 70, o mientras España daba tumbos del carlismo al cantón, Inglaterra consolidaba su modelo parlamentario y ofrecía al mundo, bajo la mirada de Victoria, el estándar político incomparable de Disraeli, de Salisbury o de Gladstone, sí. Pero también la inquietud intelectual del Movimiento de Oxford, la sensibilidad humanísima de un Dickens, el ideal estético de un Ruskin o la ciencia de un Darwin. De hecho, todavía encontramos en nuestras aguas no pocos pecios victorianos, de la enfermería a las exposiciones universales, de la monarquía parlamentaria a la filantropía, la literatura infantil o nuestra manera de celebrar la Navidad. Y tal vez esto resulte indicativo de la verdadera gesta de aquella Gran Bretaña que va de Wellington a Churchill: destacar menos por la altura de sus cumbres que por la altura de su media. Conseguir un éxito cuyo eco todavía resuena: que la palabra “inglés”, además de aludir a un origen, aludiera a un prestigio. Esa fue la razón –por usar un término que ya hemos traído a colación aquí- de la “solidez” victoriana: su desenvoltura, su comodidad con el uso del poder. Ronald Knox resume bien ese aire de pujanza: “sólo quienes nacimos bajo la reina Victoria –escribe- sabemos lo que es asumir, del modo más natural, que Inglaterra es de modo permanente la primera de las naciones, que los extranjeros no importan y que, si ocurre lo peor, Lord Salisbury mandará los barcos”.

Por supuesto, estas son cosas que incluso en su día sólo podían decirse –y entenderse- con sordina. Porque, pese al panorama tan risueño que aquí hemos alzado, convendremos en que hay que ser casi un erudito en la materia para que el adjetivo “victoriano” no nos resulte prácticamente malsonante. Al fin y al cabo, basta con pronunciar el término para tener en él la referencia a una edad pacata, rígida, estirada, moralista, autosatisfecha y –lo más criticado- llena de hipocresía y de doblez. Porque si hubo un puritanismo victoriano, también hubo una variedad victoriana de la perversión y el espanto. Y si fue de buen tono evitar la pronunciación de la palabra “pantalones”, por ejemplo, por sus presuntas connotaciones salaces, también tenemos un amplio espectro del horror, que va de la sombra de Jack el Destripador a los fustazos en los colegios o la cara de Oliver Twist al pedir más sopa en el orfanato. Sin ser tan extremos, una sociedad que erigió en paradigma de conducta pública la vida familiar de su soberana, al final iba a tener como gran exponente doméstico a la figura de la nanny.
Sin duda, siendo la naturaleza humana como es, ya resulta bastante, en muchas ocasiones, pedirle virtudes públicas y vicios privados. Pero los indudables progresos de la época no se vieron libres de contradicción, como Lytton Strachey y el grupo de Bloomsbury subrayarían con cierta impiedad. No todo fue music hall: también estaban ahí los “satánicos telares” de los que ya había hablado Blake; el hacinamiento, el trabajo infantil del que Dickens podía escribir con la autoridad que da el haberse empleado en una fábrica de betunes con doce años. Y si es difícil no admirarse de la sagacidad de hombres de Estado como Palmerston y Peel, tampoco podemos negar problemas políticos agudos con las sufragistas o con esa “tormenta hacia el oeste” que fue Irlanda.
Ante todo, sin embargo, en la Inglaterra victoriana subyace ese mal que se ha dado en llamar “la viruela inglesa”: la existencia de dos mundos, de dos clases, de esas “dos naciones” que bautizó el conservador compasivo Disraeli, y que todavía siguen presentes en el debate nacional. Y eso nos hace concluir que, para algunos, por decirlo también al modo de Dickens, los años victorianos fueron sin duda el mejor de los tiempos, mientras que para otros fueron el peor de los tiempos posibles. O, al menos –los avances fueron ciertamente generalizados-, Hard times, tiempos difíciles. Quizá con un punto de candor, pero con una convicción igualmente pura, este fue el cometido al que iba a dedicar William Morris su vida pública. A una sociedad en la que no hubiera –la cita es literal- “ni ricos ni pobres, ni amos ni siervos, ni ociosos ni abrumados por el trabajo. En una palabra, una sociedad en la que todos los hombres pudieran vivir en igualdad de condiciones”.
Leyenda rosa o leyenda negra, parecería que los victorianos lo hubieran merecido todo salvo la ecuanimidad. Sin embargo, hay una cosa que, no sé si ecuánime, al menos es unánime: la deploración del gusto de la época, motivo recurrente del horror victorianorum.
Quizá nosotros permanezcamos ajenos a ese rechazo estético. Incluso nos cuesta creerlo, hechos como estamos a pensar en las fabulosas casas de campo británicas, en sus cómodos interiores, los butacones en cuero verde Edimburgo, por no hablar de la maravilla encerrada en las palabras “jardín inglés”. Sí, hay una belleza inglesa, el peso de una tradición arquitectónica que va desde esas abadías comidas por la hiedra hasta la mirada clasicista de Adam, de Soane o de Christopher Wren. Por eso nos resistimos a creer que, en la cima de su poder e influencia, en su mejor momento de temperatura moral, Inglaterra no fuera capaz de articular un canon estético a la altura de su poderío.
El recorrido que les propongo busca, en primer lugar, repasar los aspectos luminosos y el envés en sombra de los años victorianos
Y sin embargo, basta con revisitar en la memoria el arte y la arquitectura que comúnmente asociamos a esta edad para inferir un malestar hacia el propio tiempo. Para descubrir que los mejores frutos del gusto victoriano tienen dentro de sí un cierto élan antivictoriano. Desde las puestas en escena artúricas, tan del gusto de los prerrafaelitas, a las justas y castillos de Ivanhoe, el arte de esta era viajará a los terrenos del pasado o de la fantasía con tal de esquivar su realidad. ¿Cómo explicar que las Casas del Parlamento en Westminster, el edificio más señero de la época –y del país- sean una fantasía medievalizante? ¿Cómo explicarlo si no es porque el arte más veraz de este tiempo es, en muy buena parte, un arte contra su tiempo? Sí, la mejor estética victoriana no será la contemporánea, sino la reaccionaria; la que expresa una nostalgia y un apego antiguo, es verdad, pero también, y con el mismo rango, un desdén hacia el presente.
Por eso es una ironía que el propio Morris nos parezca el epítome de lo victoriano cuando se le ha definido como un cruzado contra su época y él mismo se definió como un nacido fuera de su tiempo. Y aun es mayor la ironía cuando –pese a la mala opinión que nos suelen merecer- debemos aceptar que los primeros en criticar a los muy vilipendiados victorianos fueron los propios victorianos. Y la potencia de esta reacción crítica será, por sumar la ética a la estética, algo más que un movimiento artístico: una corriente espiritual de hondo aliento. Que, entre otras cosas, nos explica por qué Morris, a nuestros ojos, no se queda en la dignidad del decorador, sino que habita esa región donde se dan la mano el artista y el profeta.
Esta reacción es el neogótico, y para apreciar hasta qué punto hay en toda la Victoriana una atención constante al retrovisor, vale con resumir cierto debate de fondo de la época: asumido que el futuro es el pasado, algunos como Ruskin querrán recrearlo y otros como Gilbert Scott se conformarán con copiarlo. En verdad, la posteridad crítica ha sido no poco áspera con el neogótico, y es legítimo plantearse si su dureza no habrá resultado excesiva. Al fin y al cabo, cuesta no absolver a un estilo que ha modelado un país en tan amplia medida: una ciudad inglesa parece a medio terminar sin la contemplación de las altas agujas de sus iglesias –sea en gótico original o en su maduración decimonónica. Ante todo, sin embargo, lo que ha modelado el neogótico es el propio imaginario del país, una cierta manera de soñar y habitar Inglaterra. Una nación que –juzgada desde este estilo- revela la fuerza que le tira hacia su propio pasado, hacia una visión arcádica de sí misma, o al menos más pura y más libre; una nueva “Inglaterra alegre”, la Merry England del mito, con sus mercados y sus catedrales, ya sin el hollín ni las chimeneas de la Revolución Industrial.
Incluso en su época, cierto, las obras del revival gótico han tenido no poco de pastiche, y Kenneth Clark observa que las terribles representaciones del Apocalipsis se conducen con el decoro de una garden party. Pero algún respeto intelectual merecerá el neogótico, en tanto que su alzado tuvo algo del blindaje de la fantasía contra una realidad frustrante. Y la ucronía de su ensoñación revela la incomodidad que, en aquellos momentos, recorría la conciencia de algunos artistas frente a la modernidad: el desfase entre la belleza de la naturaleza y la fealdad de las obras del hombre; la precariedad del arte del día frente al arte del pasado; la percepción, como dejara dicho aquel visionario del pasado que fue Blake, de que el progreso era el castigo de Dios. Desde la arquitectura y las artes aplicadas, el neogótico iba a encarnar un rearme moral –y religioso- en la visión del mundo.
Reaccionario y revolucionario a la vez, el gótico y el neogótico también van a explicar esa floración tardía del Medievo que fue William Morris. Y del hombre que –según se ha dicho- recordaba las iglesias con la exactitud de quien recuerda el rostro de un amigo podemos afirmar, sin temor al error, que tenía una inclinación natural hacia este estilo. Pero esa tendencia propia se fortalece con las intuiciones estéticas que, de finales del XVIII en adelante, habían ido arraigando en una Inglaterra paulatinamente neogótica. La inquietud arqueológica. El amor por el llamado “género pintoresco”. El descubrimiento del arte anterior a Rafael. Una pasión por todo el cosero del Medievo que –por ejemplo- popularizó hasta la fiebre los grabados de catedrales. Y entre las visiones de Vathek y El castillo de Otranto, también la literatura iba a ir aportando sus ribetes sombríos para esa confección que llamamos literatura gótica. En la arquitectura, sin embargo, los primeros pasos del movimiento habían tenido algo de divertimento, de extravagancia, con casas-capricho como la Strawberry Field de Walpole o la Fonthill Abbey de Beckford. Sólo el caudillaje incomparable de John Ruskin, árbitro del gusto por excelencia del XIX británico, iba a dar un fuste intelectual de calidad al movimiento, hasta convertirlo en una fuerza del espíritu de primer orden. Y si la influencia general de Ruskin ha llegado a compararse a la de un Vitruvio, con quien nos interesa, con Morris, su papel iba a ser el del Bautista. O, más aún, el del precursor necesario.
De la inclinación natural al Medievo de Ruskin tampoco puede dudarse, ni de su conciencia de infalibilidad: es fácil colegir ambas cosas tras oírle decir que el Vaticano, nada menos, era un desperdicio de mármol. Sus libros, en todo caso –Las piedras de Venecia o Las siete lámparas de la arquitectura- son los que dan el salvoconducto intelectual al gótico moderno, al entender Ruskin que las formas medievales poseían un valor simbólico y moral propio, o al menos eran expresión de un estado noble de la sociedad. Sin duda, a la autoridad de Ruskin iban a contribuir su pasión y su grandilocuencia, pero lo suyo es algo más que una prosa enjoyada destinada a fascinar a Proust y a poner de moda a Turner y el culto al ocaso. Legitima el neogótico. Y avala una visión espiritual de la arquitectura, que –la cita es literal- siempre causará “un efecto en el alma humana, sin limitarse a ofrecer un servicio al cuerpo”. Y, ante todo, Ruskin iba a fungir como defensor de la belleza en un momento en que la belleza tenía pocos amigos –un momento en que, como él mismo dejó dicho, “todo estaba destruido”.
Al hablar de esas cosas inglesas que hoy tratamos aquí, es difícil no encontrar a cada paso una pequeña paradoja. Por ejemplo, que Ruskin –protestante férreo- avalara un movimiento con muchas simpatías católicas. Que, finalmente, abjurase de la corriente que él mismo había validado: llega un momento en que se queja desesperadamente de que, gracias a su influencia, ahora las tabernas intentaban parecerse a Santa Maria de la Salute. O que, pese a ser el mayor carisma intelectual de su siglo, nunca condescendiera a bajar sus ideas a la práctica. Ese papel le iba a quedar reservado a William Morris. Si, según se ha escrito, Ruskin da la voz de alarma del descontento estético, Morris se encuentra con su influencia en un momento de formación crucial: su primer año de universidad. Ahí, el Morris que declamaba a voz en cuello fragmentos de Ruskin va asentando una ambición o vocación particular. La que busca, por los caminos del arte, mostrar a los hombres la felicidad perdida y así reconstituir la vida civilizada de la humanidad.
Estos son, sin duda, propósitos grandilocuentes para un artista. Y, al oírlos tal vez dejaríamos caer una leve sonrisa de autosuficiencia ante cualquier otro, pero no ante William Morris. No ante ese artista que murió –a decir de su médico- por hacer en vida el trabajo de diez hombres. No ante el artífice que ha llegado a ver opacada su fama por una injusticia: el puro abundamiento, el haber dejado un legado y no una obra para resumir su arte.
Leyenda rosa o leyenda negra, parecería que los victorianos lo hubieran merecido todo salvo la ecuanimidad
La vida de Morris, en efecto, es el mejor mentís a aquella vieja máxima de Goethe según la cual la única manera de crecer consiste en limitarse. Nos pasma la anchura de su ambición. Lejos de él la atomización moderna, la especialización, el enterramiento de las potencias intelectuales en un único nicho de la sabiduría. No hablamos únicamente de que, solo o en compañía, trabajara la pintura, el muralismo, el relieve, el vidrio, la hilatura o la joyería, entre tantos oficios: es que también podríamos hablar de cómo los recuperó para su tiempo. Y algo dice también de su fecundidad que hoy pudiéramos tratarlo no sólo como un poeta de fama monumental en su época, sino como uno de los que ha llegado más vivos a la nuestra. O podríamos centrarnos en una de sus herencias más felices: esas artes de la impresión en las que –por cierto- sólo iba a adiestrarse en el último tramo de su vida. Pensemos, también, cuántos eruditos no hubiesen justificado sus días por traducir –como él tradujo- la Ilíada, la Odisea, la Eneida y una buena gavilla de sagas nórdicas –esas mismas sagas que él incorporó al canon del gusto en todo lo que va de su tiempo a Borges. Y este hombre interminable aún tuvo tiempo, como es bien sabido, de ejercer de revolucionario, y no soy el primero ni el segundo en imaginar los frutos que hubiese dado en arte el tiempo que Morris robó para la política. Sí, de todos estos empeños nos pasma la variedad de su ambición. Él mismo consideraba que no tenía más amante que el trabajo, y que “hubiera sido un miserable” de no entregarse a su labor. Y si se necesita genio para terminar en un día tiradas de mil versos, se necesita –y en esto recuerda también al Tolstoi rico y revolucionario- no poca generosidad para llevar una vida fecunda cuando, por familia, tenía la vida resuelta.
Esta bendita tozudez de Morris es hija de su comprensión del trabajo como una militancia. Pero más que su persistencia, a lo largo de su carrera, lo que más nos admira es la integridad de su trazo, la continuidad en el acierto. Porque, desde la embriaguez medievalizante de sus años de formación –entre las torres de Oxford y los libros de Ruskin-, el corpus doctrinal del que emana su arte conocerá quizá la especialización, pero no el cambio abrupto. Hay una congruencia que se puede detectar tanto en el joven Morris como en el Morris viejo. Y si de él se ha dicho que nunca hubo hombre más insensible a la opinión ajena, es porque –desde el principio hasta el final- iba a afirmar, como un verdadero cruzado contra su época, su personalísima estética, su teoría del arte y su teoría del trabajo artístico.
Y es posible –al menos a mí me pasa- que, tratando precisamente de su idea del arte, se nos queden algo cortas definiciones como “el arte es la expresión del gozo del hombre en su trabajo”, o que “la belleza es síntoma de una labor feliz”. Lo más importante –y lo más trascendente- es su propósito de afirmar la unidad de las artes y, como quería Walter Crane, gran inteligencia del Arts and Crafts, de resistirse a esa “distinción artificial” entre bellas artes y artes aplicadas, entre belleza y commoditas: al margen de que las artes decorativas son las que quedan más al alcance de la vida, la única distinción posible es entre lo bello y bueno y verdadero y aquello que lo niega. Como vemos, se trata de reivindicar que –igual que en tiempos antiguos- no hay oficio pequeño ni objeto indigno de esa gracia singular e imperfecta, más bella que la belleza misma, que aporta la mano humana que trabaja.
Y esto sí tiene su repercusión. Desde el punto de vista del trabajo manual, se ha escrito no poco sobre la hostilidad de Morris –de Morris y los suyos- hacia la máquina. La Revolución Industrial conoce un acelerón de importancia justo en su década de nacimiento -1830. Pero Morris nunca será un enemigo de la máquina porque sí, uno de esos luditas que iban por Inglaterra rompiendo arados y telares. El deber del mundo civilizado, afirma nuestro artista, es hacer del trabajo algo feliz. Y la labor del artesano debiera ser –dice- un gozo tanto para su artífice como para su destinatario.
¿En qué consiste ese gozo? En la oportunidad de expresar el pensamiento a través del trabajo. En el respeto a uno mismo que viene con el saberse útil –la cita es literal- y el misterioso placer que acompaña al ejercicio diestro de las potencias del cuerpo. Y ahí, la mecanización –dice- no ha mejorado las condiciones del trabajo: se ha limitado a incrementar la producción. Y –cosa que destemplaba mucho a Morris- ha logrado que los trabajadores permanecieran ajenos a ese potencial de gozo de la labor manual. Desde este punto de vista, ¿qué juicio, sino un juicio negativo, puede merecerle a Morris su propia época? Al fin y al cabo, como había escrito Ruskin, las artes aplicadas y la arquitectura son las más certeras a la hora de hablarnos del marco mental de una sociedad. Y si el deslinde de lo bueno y lo malo tiene que ver con la belleza –como también escribió Ruskin sobre esos tiempos victorianos-, “lo que veo es que los hombres destruyen toda la belleza a su alcance”.
Uno de los atractivos de la aproximación de Morris a la belleza, y quizá lo mejor y lo más auténtico de sus ideas, radica en que tienen mucho ver con su propia experiencia como artesano. Y, a sus ojos, no hubo nada que tuviera que estar condenado a ser anodino o vulgar, a permanecer exento del bautismo de lo recién hecho. En lo que respecta al artista, se trata de no tener en menos ningún trabajo susceptible de belleza. Y, en lo que a nosotros atañe, se trata, como dice su conocida frase, de no poseer nada que no sepamos útil ni juzguemos hermoso.
Siempre en guerra santa contra su siglo, Morris lamenta el adiós a un mundo en el que –la cita es literal- era bueno y bello incluso lo que se hacía sin voluntad artística. Idealizaciones aparte, para él, el capitalismo moderno le ha quitado al creador el poder de trabajar para y con sus propios clientes. Y se propone recuperar esa naturalidad en la belleza, acercando –por ejemplo- diseño y ejecución, diseñador y artífice, frente a la separación y especialización que conlleva la industria.
Esto no era fácil de pensar –iba a contracorriente- en su época y mucho menos iba a ser fácil de poner en práctica. Porque al bajar las ideas de Morris a la tierra, lo que nos encontramos es un mundinovi de estampación, ebanistería, cretonas, damascos, papeles de pared, vidriería y demás. Y si admirábamos a Morris por su genio como artista, no podemos menos que pensar que –por muy socialista que se proclamara- también tuvo que ser un genio de la organización empresarial.

Y tanto que lo fue. Y con mucho éxito. Poco después de fundar Morris and Company –en los años sesenta del XIX-, ya estaban exportando, recibiendo encargos de la realeza y colgando sus piezas en las exposiciones universales. Pero la vertiente empresarial de Morris no podía menos que tener una profunda inspiración medievalizante –en este caso concreto, gremial. La vocación comunitaria, cooperativa, está ahí. Está en –como diría Mario Praz- esas “casas de la vida” que fundó con sus socios y amigos: la célebre Casa Roja a las afueras de Londres; la aún más célebre Kelmscott, que daría nombre a su imprenta. Precisamente del trabajo de construir y decorar la Casa Roja había emanado de modo natural Morris and Company. Y después, el propio movimiento Arts and Crafts, que tuvo a Morris como figura tutelar, también iba a nacer orgánica y naturalmente, sin manifiestos de ningún tipo. Sí, para Morris, el trabajo cooperativo era “la cosa más hermosa del mundo”. Ante todo, porque permitía la suma de inspiraciones, la “comunidad de deseo” que caracterizó a la producción de la Edad Media y que, a su juicio, se quiebra en el Renacimiento.
Y yo debo decir que, si alguno de ustedes aprecia en las ideas de Morris algo de protocomuna hippy, no va del todo mal encaminado, al menos en lo que hay de sentido de comunidad y de retorno a la naturaleza. También podría hablarse no de socialismo utópico, pero sí de un utopismo social que –por la vertiente religiosa de radicales, inconformistas y cuáqueros- ya tenía una noble tradición desde la Inglaterra dieciochesca. Los propios talleres de Morris, ante todo su central en Merton Abbey, iban a ser un modelo de fábrica humanizada frente a unas condiciones laborales todavía predominantemente dickensianas. Pero si el aspecto –digamos- asistencial es importante, lo específico de Morris es su toma de postura ante el trabajo y su organización. Al reflexionar sobre la construcción de las catedrales, Morris aprecia que, en su factura, los distintos maestros no han competido: han cooperado. Y, del mismo modo que él quiso, en sus telares, hacer uno del artesano y del artista, también creyó que la convivencia y el roce entre distintos oficios eran capaces, como en sus siglos más añorados, de crear comunidad. El gótico necesitaba del artista, pero sólo podía explicarse con el entusiasmo del obrero. Con la humildad y la alegría que Ruskin ya había visto detrás del ornamento medieval. Con esa complicidad de espíritu que revela, en las mejores empresas del medievo, la libertad de cada artífice para hacer lo que mejor sabía y disfrutar haciéndolo.
Lejos de cualquier torremarfilismo, Morris fue –como acabamos de ver- todo un hombre de acción. A saber si no lo llamaríamos “emprendedor” en nuestros tiempos. Pero su peculiaridad consiste en ser un hombre de acción en un campo habitualmente abandonado a los contemplativos, como es la estética. Y aunque, al pensar en Morris no estamos lejos del traqueteo de una imprenta, del olor de las tintas de estampación, de un arte que –digamos- sabe mancharse las manos, Morris, y así lo vio Walter Pater, pasó mucho de su tiempo posando en calidad de esteta. Y, en verdad, se ha dicho que apenas ha habido otro hombre más preocupado por los temas del gusto –pero fue, justamente, por haber intuido algo que hoy apartamos de nuestra vista como es la relación entre gusto, razón y moral.
Es una sensibilidad la de Morris que aporta, a la Inglaterra victoriana, una mirada con el frescor de lo antiguo, de un mundo que aún se está estrenando. Un septentrión –de Islandia a las islas británicas- guerrero y religioso, con las palabras todavía, como en sus amadas sagas nórdicas, en la fragua de la lengua. Recordemos que sus peregrinaciones estéticas, de su primera edad hasta la vejez, son precisamente a Islandia y a Bretaña. Pero junto a ese Medievo místico y legendario está también en la estética morrisiana el aprecio por el mundo urbano de los burgomaestres, la ya citada “Inglaterra alegre”, esa “generosidad del gótico” que alababa Ruskin, y cuyos valores Morris intentará oponer a un mundo victoriano feo por fabril y a ese clasicismo “frío e incoloro”, que vio su maestro, “trasplantado de tierras extrañas”, tan abundante en su época. Así, no es de extrañar que Morris sintiera arrobos en Rouen y en Canterbury ni que, con toda congruencia, afirmara que no había nada en Roma que no pudiera ver en Whitechapel. Y en estos instintos de hombre antiguo, a nadie debiera tampoco extrañarle que Morris prefiriera los vitrales, los frescos y los tapices a los lienzos.
Es una sensibilidad la de Morris que aporta, a la Inglaterra victoriana, una mirada con el frescor de lo antiguo, de un mundo que aún se está estrenando.
Lo llamativo es que ese talante antiguo, más que anticuado, de Morris, lo hace relevante para algunos de los debates estéticos de su tiempo. De comienzos del XIX en adelante, por ejemplo, algunos artífices del neogótico, en su afán de restaurar la pureza original, llegan a corregir y enmendar los viejos edificios del Medievo. Ahí, Morris tomará la vía ruskiniana, para la cual la restauración es “la destrucción más total que un edificio puede sufrir”, en tanto que el tiempo es ingrediente capital de la belleza. Así, nuestra mayor intervención en un edificio será proteger, no restaurar, por la conciencia de que los edificios no son nuestros, sino –volviendo a Ruskin- “sagrados monumentos del crecimiento y la esperanza de la nación”. No por nada el gótico iba a ser considerado estilo nacional inglés, aun cuando similar opción podían ejercer y de hecho ejercieron alemanes y franceses. Es más: es esta percepción de estilo nacional la que lleva a erigir en neogótico las Casas del Parlamento. Y no con las formas clásicas que, casi dos siglos antes, habían servido para la soberbia reconstrucción la catedral de San Pablo.
Hay otra polémica, en la que Morris entra a fondo, que enfrenta a –por así llamarlas- la facción goticista y la neoclásica: ambas riñen por demostrar cuál de los dos estilos está más cerca de la naturaleza, si el acanto de los capiteles de un templo o el arboreto de las columnas de una catedral. Casi por instinto, Morris compartirá la visión gótica de la naturaleza como un todo sagrado, si bien en la práctica sus diseños serán siempre más sugerentes que imitativos. Y, junto a la naturaleza, la historia: la atención a la botánica británica, por ejemplo, más que nacionalismo artístico, revela la voluntad de dignificar unos objetos enraizados con su pasado y con su entorno, y así postular una arquitectura con el mismo arraigo. Porque, para Morris, el lugar nunca será sólo un lugar: estará acompañado de su genius loci, de su relato, contexto e historia. El gótico puede ser un arte internacional e incluso –en su origen- de importación, pero sólo se puede entender y abordar como vernáculo, pues esa es la vocación de toda arquitectura. Y, para Morris, no hay lugar habitado por el hombre que no sea susceptible de dignidad, significado y leyenda.
Si por reaccionario, Morris había atacado a la máquina, por revolucionario no puede menos que tener conflictos con el lujo. No es, como pudiera parecer, asunto de ascetismo, de pobreza voluntaria. Morris –simplemente- detesta el mal gusto que a su entender trasparentan “nueve de cada diez” posesiones de los ricos. Y, ante todo, relega al lujo a la consideración de “molestia”: molestia para el verdadero trabajo, pensamiento y placer. Prueba, en cualquier caso, de sus sabidurías de artesano, es que –como señalaría Walter Crane-, Morris y el Arts and Crafts serán capaces de crear las atmósferas más rutilantes y lujosas, pero también las más austeras. Lo mismo “esplendor” que “sencillez”. Y, en consecuencia, si un potentado podía encargar en el establecimiento de Morris todo un cuarto, las gentes más medianas también podían –como una especie de belleza democratizada- comprarse una funda de almohadón.
Las tensiones, sin embargo, terminarán por alcanzar a nuestro protagonista, quizá un peaje por ser de los primeros socialistas británicos comme il faut. Al pobre Morris, la lectura de Marx no dejó de provocarle “una agonía de confusión mental”, pero incluso en su entendimiento naïf de la economía podía haber comprendido que, toda vez que el tiempo es dinero, la máquina que acaba con la mano de obra artesana también la hace más valiosa. Y así, Morris tuvo que soportar las críticas que señalaban cómo un gran movimiento social se había convertido en una pequeña aristocracia que trabajaba para los ricos.
Será mérito suyo en todo caso –y voy terminando ya- figurar como uno de los primeros artistas comprometidos, engagés, y, más aún, ser pionero en conectar lo social y lo estético. Por esa alianza entre el mundo del trabajo y el mundo del arte seguiría transitando después –así lo reconoció Gropius- la Bauhaus, en coordenadas estéticas muy distintas. Quienes, del Arts and Crafts en adelante, sin embargo, siguieron sus mismas coordenadas estéticas, aún tuvieron que agradecer a Morris algunos exotismos: su incorporación de la japonería, por ejemplo, o su proyección natural en el Art Nouveau. Y, de ayer a hoy, sorprende la cantidad de temas en las que William Morris nos habla como si fuese nuestro contemporáneo: ecología y calidad de vida, inserción de las mujeres –él fue un avanzado- en el ámbito laboral, consumo responsable, deslocalización, relaciones laborales o economía social. Todo esto está cifrado en el hacer de un hombre –como quería Darío- “muy antiguo y muy moderno”, capaz también de inspirarnos a la hora de conjugar la tradición con el progreso.
Pero hay una lección morrisiana que no depende de las contigencias de cada época, y que tiene que ver con su –llamémosla así- moral de artista. Su apuesta por la vigencia del espíritu en el mundo de lo utilitario. Su dignificación del trabajo, de la mano del hombre. Su disposición a abandonar las grandes palabras de la arquitectura y la pintura –sus vocaciones primeras- para volcar la multiplicidad de sus talentos en el mundo sólo en apariencia humilde de los objetos, de la artesanía y de lo táctil. Es irónico –se ha señalado- cómo en el gran siglo de la mecanización y de los procesos industriales, Morris encabeza la corriente que se le opone y logra convertir su excentricidad en un triunfo.
En vez de adaptar el gótico a la vida moderna, William Morris quiso cambiar la vida moderna para que pudiese así producirse verdadero gótico. Con sus fracasos y sus logros en esta tarea, sí nos dio una manera de asomarnos al mundo. Y su huella sigue aquí y allá, cada vez que lo identificamos con un aire de romanticismo desgastado, con un tiempo de héroes y de santos y de vírgenes, con jardines secretos, con la luz laboriosa de un telar. Sus imágenes permanecen en el guiño de un tipo de letra, en una tapicería o en el estampado de una corbata. Cuando Waugh lo alaba por reformar el hogar, lo que hace es decirnos que, después de Morris, nuestra relación con la materialidad de las cosas, nuestra mirada a los objetos, iba a ser distinta. Y eso no se lo debemos al Morris emprendedor, ni al Morris revolucionario. Se lo debemos al artista. Al hombre que dejaba algunos de sus objetos sin terminar del todo porque sabía que así –eso es sensibilidad- contaban mejor su historia.
La francesa Anne Christine Girardot, asentada con su productora en Holanda, es una de las directoras de cine documental más originales del panorama contemporáneo. En 2015 con La isla de los monjes ganó el premio Religion Today de Turín. En 2017 presentó Time to die (Tiempo para morir), donde destapa los enormes problemas que la eutanasia presenta a una sociedad como la holandesa. En Time to die Girardot sigue la pista de cinco personas en su fase final y se pregunta sobre lo que la palabra «dignidad» significa en un país donde la eutanasia parece ser la única salida. Ahora prepara la continuación de La isla de los monjes.
Girardot ha mantenido una conversación con Nueva Revista cuyas partes más significativas recogemos en este vídeo:
Para nuestra joven y vital documentalista, casada con el holandés John Gruter (también cineasta) y madre de cuatro hijos, la muerte es «uno de los modos más honrados y potentes para aproximarse al misterio de la vida«. Cabe preguntarse: ¿de dónde le viene ese convencimiento? ¿De su educación religiosa? ¿De su entorno familiar? ¿De su experiencia como voluntaria en Colombia, años que ella considera fundamentales y que cambiaron su vida?
Girardot filma, edita, dirige, comunica con ideas, pero lo que recomienda a alguien que se inicie en ese mundo es sobre todo que sepa «ganarse la confianza de las personas a las que va a grabar». La técnica al fin y al cabo se aprende con relativa facilidad. Desde luego ella es una maestra en el arte de acercarse a los seres humanos y de atraerlos. Se sirve de sus dotes naturales: sinceridad, delicadeza, encanto profesional y personal. Para convencerse de ello, para que las frases precedentes no se consideren adulación, basta con ver La isla de los monjes.
Esta cineasta nacida en Versalles es imaginativa y domina el sentido del ritmo; decide con sumo acierto dónde poner la cámara y selecciona con maestría lo filmado para hallar el punto de vista dramático adecuado a su narración.
San Benito fundó el monasterio de Monte Casino en el 529 y con ello comenzó la rica vida del monacato en Occidente. En 2015 los ocho monjes del monasterio cisterciense holandés de Sión, un edificio neogótico precioso con capacidad al menos para ciento veinte personas, situado en la localidad holandesa de Diepenveen, se decidieron a venderlo e irse a vivir a una residencia sencilla, una casa unifamiliar, en Schiermonnikoog. Schiermonnikoog en holandés significa justo «La isla de los monjes grises». Ese es el punto de partida del documental homónimo, posible gracias a la colaboración de los frailes. Eso sí, Girardot se tiene que levantar a las tres de la madrugada, si hace falta, para ir a ver cómo rezan laudes. El espectador, sin que apenas hable la directora, se entera perfectamente de la vida e inquietudes de los hermanos Jelke, Paulus, Alberic (el abad), Aloysius, Columba, Romero, Vincentius e incluso intuye al elusivo eremita.
«Hay pocos monjes y curas en Holanda», afirma Giradot, «y pese a todo llegan a ser un signo», porque la esencia del monje, como recuerda el abad Alberic, es «la continua contemplación de Dios». Una feligresa de Diepenveen, afectada por la marcha de los cenobitas, subraya que le atraía de ellos su «atención a Dios no adulterada».
La cámara enfoca a unas botas de goma, a una orla del hábito, a las hojas caídas en las lápidas del cementerio, a una foto de los años treinta con un monasterio entonces lleno de hermanos, a los cuadernos viejos de archivo sobre los residentes con anotaciones como «muerto aquí», «vuelto al siglo», «vuelto por inconstancia de ánimo», «vuelto por no soportar un estado de vida difícil»… Girardot todo lo maneja con sabiduría para conseguir su fin: hablar de Dios, la vocación, la fidelidad, la infidelidad, el traslado, la sensación de pérdida, el abandono y la muerte.
Un tráiler de La isla de los monjes se puede ver aquí:
La palabra «Humanidades» proviene del latín, pero así, en plural, no se utilizó nunca en esa lengua. En singular, humanitas tenía todos las acepciones de la voz española «humanidad», excepto la de designar la totalidad del género humano. Su significación original era la de «condición humana» o «naturaleza humana».
El autor que más emplea humanitas en sus diversos valores es Cicerón (106-43 a. G.), aunque la palabra existía en latín antes de él, como prueba su presencia en la obra de algún contemporáneo del orador, una generación anterior a la suya. Pero ya en Cicerón el campo semántico de humanitas se extiende al ámbito de la educación, ocupando el lugar de la paideia griega, que significaba la educación de niños y jóvenes, así como sus contenidos y sus métodos, con inmediata proyección sobre la escuela. En uno de sus discursos más conocidos, la defensa del poeta Arquias, Cicerón utiliza la expresión artes ad humanitatem. Artes, en el latín de todas las épocas quiere decir, entre otras cosas, «disciplinas» o «saberes», pero «saberes» o «artes» que se enseñan y que se aprenden.
Artes son la gramática, la retórica, la poética, la dialéctica o lógica y las otras materias que se estudian en las escuelas e integran los sistemas educativos. Desde el final de la Antigüedad, y durante la Edad Media y el primer siglo de la Modernidad, es frecuente la referencia a las siete artes liberales, que constituyen el currículo académico o plan de estudios más común en el mundo de cultura latina. (El filósofo español Juan Luis Vives es autor de un extenso tratado De disciplinis, en el que se recorren sistemáticamente estas disciplinas o artes, criticando sus métodos de estudio y enseñanza y postulando su modernización en la línea, entonces renovadora, del pensamiento de los humanistas).
Estas siete artes, que se distribuían en los dos departamentos del trivium y del quadrivium, tenían un carácter práctico. Tanto las artes de la palabra y del pensamiento que formaban el trivium —gramática, retórica, dialéctica— como las artes de lo mensurable y lo sensible —aritmética, geometría, astrologia y música— que integraban el quadrivium.
Cicerón, en su discurso, dice que todos estos saberes (y quizá otros, porque el texto ciceroniano no es excluyente ni se presenta como exhaustivo) tienen algún tipo de vínculo o especial relación entre ellos. Todos tienen que ver con la humanitas, que es como el campo en que se mueven o el lugar en que convergen. «Todas las disciplinas (artes) que corresponden al ámbito de la cultura (humanitas) tienen entre sí cierta vinculación y una especie de parentesco». Humanitas en este lugar significa claramente cultura, educación, pedagogía, etc. Esas artes ad humanitatem son las que han hecho a Cicerón orador y sabio. Constituyen los denominados studia liberaiia o liberalissima, que por su condición sociológica son los propios del hombre libre no esclavo.
En el latín posterior a ese momento clásico ciceroniano, humanitas sigue cubriendo los campos semánticos de condición humana y de clemencia, pero también este otro de pedagogía y cultura. De ahí provino que, ya en el siglo XVI, a los estudiosos o cultivadores de las letras, y muy particularmente de las latinas, se les empezara a llamar, primero en italiano, y pronto en español, «umanisti» y «humanistas». Esta última es la palabra con que Baltasar de Céstedes, yerno del famoso lingüista Francisco Sánchez «el Brócense», en un libro del año 1600, designa al hombre culto por excelencia. Poco después, Cervantes llama humanista a un médico distinguido, al que cita también como poeta en el Viaje al Parnaso publicado en 1613. Lo mismo ocurre después en otras lenguas.
Cuando en la Edad Media, a principios del siglo XIII, se formaliza el sistema universitario —París, Oxford, Bolonia, Salamanca—, las escuelas o facultades son de dos órdenes diversos: un orden, el integrado por las facultades mayores o profesionales —Derecho, Teología y Medicina— y otro, el de las «menores». Ese esquema organizativo subsiste en España hasta las reformas de la primera mitad del siglo XIX. En Salamanca se puede visitar y admirar el patio de las escuelas menores, en lugar aparte y a poca distancia de la espléndida gran portada plateresca del edificio principal de la Universidad. Las facultades o escuelas de artes menores comprendían, al nivel y a la altura de aquellos tiempos, los saberes humanísticos. Sus estudios debían cursarse previamente a los de la facultades mayores para aprender el latín y esas artes del pensamiento, la palabra y la medida que, empezando por la gramática, llegaban por la vía de la dialéctica a las distintas partes de la filosofía.
Una vez que se habían superado (con el B.A. o bachillerato de artes) los estudios de esa facultad «menor», se podía seguir cursando ya los grados de las facultades mayores o profesionales, de las que saldrían los juristas, teólogos y médicos que la sociedad demandaba. (En las universidades americanas, con los más diversos currículos, las arts o humanities llenan los estudios de los cuatro años del college).
Yo creo que la penetración del plural humanidades en los diversos niveles de la educación se produce por la vía del inglés, en donde parece que en el siglo XVIII se empleaba humanities para designar el bloque de saberes de aquel entonces, que correspondía a los que antes se habían llamado artes, en el sentido general de disciplinas, y que nosotros ahora, en un debate pedagógico que se extiende por todos los países de cultura occidental, hemos vuelto a llamar Humanidades.
El contexto social y cultural de los estudios en la Edad Contemporánea ha conocido un enorme desarrollo de las disciplinas experimentales, que consisten, sustancialmente, en una clasificación y sistematización racional y científica de las informaciones o conocimientos que se obtienen mediante la observación de la naturaleza, y las repeticiones y ensayos de laboratorio, así como sus aplicaciones e invenciones tecnológicas.
La ciencia del siglo XIX —y también la del XX— y los saberes tecnológicos se caracterizan por su gran confianza en la superioridad de estas disciplinas respecto de las humanísticas. Son ciencias empíricas, racionales, sistemáticas y aplicables, por lo tanto útiles. El sentir común de nuestro tiempo está impregnado de la idea de que esa superioridad es verdadera.
En las épocas dominadas por el positivismo y por el materialismo, desde la orgullosa seguridad del científico empirista, se ha tendido a desdeñar a las humanidades como mera palabrería, o poco más. Y desde las arenas movedizas de todos los relativismos no se acierta a ver en ellas un lugar en que se asienten valores o principios consistentes, que sirvan para la formación y el desarrollo de la personalidad del que las estudia o practica. Esta communis opinio de la superioridad de las ciencias respecto de las humanidades ha producido importantes efectos sobre el conjunto de la sociedad e incluso sobre la comunidad de los estudiosos y cultivadores de los saberes humanísticos. Algo que es «científico», o se puede presentar como tal, suele estar rodeado de un halo de prestigio casi mítico. Cuando una afirmación o una reflexión son calificadas de científicas se acabó la discusión: scientia locuta, causa finita.
La revolución, si es que se puede denominar así, se produjo en el siglo XIX, cuando la mentalidad de los estudiosos, y con ella el sentir común de las gentes instruidas, son ganados por los principios del determinismo científico y del determinismo biológico. Ambos han sido fecundos para el desarrollo de las ciencias experimentales y de las creaciones tecnológicas. El primero conduce a la formulación de leyes —como había empezado a hacer Newton en la centuria anterior— y el segundo sitúa la noción de evolución en el lugar central de las llamadas ciencias naturales. No es ocioso señalar que el determinismo científico linda con la filosofía y el biológico con la historia, que son dos de los elementos capitales de lo que entendemos por Humanidades en las discusiones de nuestros días.
Es muy atractivo, y probablemente también muy pedagógico, titular con nombres de ilustres personalidades fenómenos o procesos que se iniciaron antes de esas grandes figuras epónimas y han proseguido después de ellas, alcanzando a consecuencias que aquellos grandes de la historia no habían podido prever. Así, podría decirse que Newton fue el padre o el abuelo del determinismo científico y, mucho más tarde, Darwin el padre, o más bien el ayo y el propagador, de la doctrina del determinismo biológico. Al reflexionar sobre el lugar y la función de las Humanidades en el sistema educativo hay que recordar que, en el fondo de la mentalidad contemporánea, operan, conscientemente o no, pero de modo más bien simplista, los principios y las consecuencias de la persistencia de esos dos determinismos.
Las disciplinas que integran el bloque de las Humanidades no han escapado ni escapan al contagio de esos determinismos. Sobre todo cuando se convierten o se quieren convertir en «ciencias» a la manera de las experimentales, olvidando que en los saberes humanísticos existen elementos que son obra del azar (por ejemplo los sucesos que cambian el curso de la historia) o producto de la creatividad humana, como las doctrinas filosóficas, los productos de las artes plásticas, la música y algunos hechos del lenguaje, como los neologismos o las metáforas.
Entre los efectos que se derivan de este influjo determinista sobre los saberes humanistas se halla el mimetismo respecto de las ciencias naturales y experimentales y de las tecnologías, que se apoderó de no pocos de los grandes cultivadores de las Humanidades en el siglo XIX.
En este sentido, han sido grandes los progresos que, para el conocimiento de las lenguas y de la relación entre ellas, se han obtenido con el método comparativo. En particular, cuando se ha asociado con el método histórico, o los alcanzados con las técnicas de la clasificación y más recientemente con el estructuralismo y la lingüística funcional.
Existen múltiples ejemplos de influencia determinista en disciplinas humanísticas como la lengua, la literatura y la historia. A continuación expondremos algunos casos. El primero se sitúa en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la gente educada compartía generalmente la idea de que las leyes de la física no conocen excepciones: ni el principio de Arquimedes, ni la ley de Boyle-Mariotte, ni la de la gravedad. Los lingüistas —en este caso concreto, los estudiosos de las lenguas indoeuropeas— descubrieron o comprobaron que los cambios fonéticos que se detectan en su desarrollo histórico se acomodan a determinados patrones y que en las diversas lenguas se observan unas determinadas «leyes fonéticas». Tampoco éstas, según esos lingüistas de la escuela de los que se llamaron a sí mismos «neogramáticos», deberían conocer excepciones, porque están formulados como leyes físicas y la palabra es una realidad física, un sonido que se transmite a través del aire.
Sin embargo, resulta que la realidad lingüística registra numerosas excepciones a cada una de esas «leyes». Muchas de ellas se explican por razones históricas. Por ejemplo, porque un fenómeno se produce en un momento o una época determinada, tras lo cual el sistema de la lengua se reajusta y la «ley» deja de ser obedecida, o por influencias culturales o por innovaciones tecnológicas, que traen consigo la desviación del valor de una palabra, etc.
El segundo ejemplo viene de la mano de otra ciencia de gran prestigio por la misma época, la biología, que había descubierto y abrazado el principio darwiniano de la evolución de las especies. Enseguida hubo lingüistas que se propusieron acometer el estudio de los cambios o evolución de las lenguas con un modelo epistemológico análogo. Este patrón es habitualmente aplicado por eminentes lingüistas de atrás adelante —del pasado hasta hoy—, para entender los cambios que están documentados por testimonios escritos, por comparación interlingüística, o por la observación de la práctica de los hablantes.
Pero este mismo proceso también se aplica de adelante atrás en el tiempo, imaginando —en un estado de lengua anterior o lengua madre del que se estudia— formas hipotéticas que explican el origen de determinadas palabras o usos. Hubo sabios que, a mediados del siglo XIX, llevaron sus inducciones hasta componer textos en un supuesto lenguaje «indoeuropeo», partiendo de las lenguas de esta familia, mediante la comparación de fonéticas, morfologías y sintaxis, guiados en el fondo por los principios de la inexcepción de las leyes fonéticas y de la evolución biológica. Siglo y medio después, el resultado de esa reconstrucción resulta pintoresco. Porque, además, no hay ninguna evidencia de que el «indoeuropeo» haya existido nunca como instrumento de comunicación de una sociedad humana concreta.
Imaginemos por un momento que no hubiera ningún documento u otro testimonio de la lengua latina, y que un sabio se dispusiera a recuperarlo a partir de las lenguas romances. El resultado sería disparatado, aunque las bases de partida del proceso inductivo de reconstrucción hubieran sido traducciones correctas en español, italiano, francés, portugués y catalán de un texto de Cicerón. Es lo que ocurriría con cualquier ensayo que se hiciera sobre el alemán —hochdeutsch— y el neerlandés —niederdeutsch— para obtener la lengua germánica originaria, la lengua actual de ese nombre y el holandés. Este juego se podría hacer con traducciones a estas lenguas modernas, versión del texto germánico auténtico de los juramentos de Estrasburgo, que el cronista Nitardo transcribió en caracteres latinos, dando lugar al que quizá es el primer testimonio literario de la lengua alemana.
Sin extenderme demasiado, no querría dejar de apuntar un tercer ejemplo. En el éxito del florecimiento de la lingüística estructural hay un cierto reflejo o proyección de lo que yo me atrevería a llamar el estructuralismo de la física moderna, anterior a la indeterminación de Heisenberg, y así sucesivamente.
Como cuarto ejemplo de la influencia determinista en los saberes humanísticos, podríamos aludir al momento, en el siglo XIX, en que se dividen los saberes en «ciencias de la naturaleza» y «ciencias del espíritu» (después se diría también, o alternativamente, «ciencias de la cultura»). Para no pocos cultivadores de los saberes humanísticos ésta sería la tabla que podría salvarles del naufragio en que veían hundirse a sus disciplinas en alta mar, lejos de los seguros refugios costeros de las leyes en que los saberes de la Naturaleza podían anclar sus naves.
Los historiadores de la ciencia —y por tanto también los de la educación— XVII no se puede hablar seriamente de especializaciones en ambas materias. Descartes y Pascal fueron notables matemáticos y grandes filósofos, y tienen inscritos sus nombres con caracteres de oro en la historia de tan suelen decir que, hasta finales del siglo diversas disciplinas. Hace poco más de medio siglo, las facultades alemanas de ciencias se llamaban Filosofía II, aunque estuvieran totalmente separadas de las de Humanidades o Filosofía I. En España, hasta 1930, en la antigua facultad de Filosofía y Letras sólo se conocían tres secciones o especialidades —filosofía, letras e historia—. Hoy se ofrecen unas cincuenta titulaciones distintas en el grado profesional o de licenciatura. En las escuelas o facultades científicas y tecnológicas ocurre algo semejante, quizás incluso con una dispersión todavía mayor.
Esta fragmentación académica no es meramente burocrática ni caprichosa. Es la consecuencia de la creciente especialización de las ciencias y las otras disciplinas, a la que se une la complejidad de cada una de ellas, que exige una dedicación práctica y pedagógicamente exclusiva. La materia o facultad que cada escolar cultive es absorbente y sólo ha de ir acompañada o precedida por el aprendizaje de los saberes básicos correspondientes a ella: matemáticas, física, química, derecho romano, bioquímica, lengua, etc.
La gran diversidad académica implica que sería irreal (y probablemente inoperante) pretender introducir disciplinas de Humanidades en los planes de estudio de otras facultades o escuelas. Sin embargo, es un hecho de experiencia que cualquier dedicación profesional de grado académico superior necesita apoyarse en unas bases filosóficas —lógicas y metafísicas— para la observación y el análisis, poder expresarse con corrección gramatical, discutir y persuadir con eficacia retórica —o sea, dominar la lengua— y situar mentalmente la propia tarea científica o profesional en el espacio temporal en que se ejercita, es decir, en la Historia —en la historia general y en la de la disciplina—. Esas son las funciones que corresponde desempeñar a las disciplinas humanísticas.
Como venimos insistiendo, las disciplinas humanísticas no son científicas del mismo modo que las materias experimentales. Y en lo que se refiere al sistema educativo, en todos sus grados, tienen una función distinta de ellas. Las ciencias experimentales están destinadas a dotar al joven escolar de nuestros días de un lenguaje para leer el libro de la naturaleza y para estudiar la enciclopedia de las innumerables aplicaciones de la tecnología, comprendidas las que permiten que el hombre, con su acción material o con su fuerza mental, penetre en la naturaleza, utilice su potencial o modifique su curso. Son, por así decir, los saberes del «texto» o ciencias de la naturaleza.
Las Humanidades, por el contrario, si se me permite seguir utilizando este lenguaje, serían las disciplinas del «contexto», o los saberes —no me gusta decir ciencias— de la cultura. Las primeras enseñan a uno cuál es su medio y lo sitúan en él, las segundas le explican qué hace uno ahí, y por qué y para qué está donde está.
En un sistema escolar en que no se llega a la universidad hasta después de los dieciocho años y donde hay no pocas carreras de cuatro cursos, parece razonable que, para la enseñanza superior, se exija una formación humanística, cultural y técnica, que cubra esas necesidades que podrían llamarse mínimas. Las pruebas de acceso a la universidad tendrían que ser rigurosamente exigentes y estar orientadas a valorar la formación intelectual y cultural que ha alcanzado el aspirante. A los papers o ejercicios escritos, sería ideal que pudiera agregarse una entrevista que no fuera arbitraria. No sería excesivo aplicar, para la entrada en la universidad, métodos de selección análogos a los que hoy se emplean para acceder a un trabajo. Para que eso se pueda lograr, es absolutamente indispensable que, en todas las variedades de bachillerato que se creen como escalón para llegar a los estudios universitarios de cualquier escuela o facultad, los estudios de las Humanidades se lleven la parte del león de la fábula de Fedro.
¿Y luego, dentro ya de la facultad o escuela? Siendo realistas, parece que sólo puede pensarse en acciones complementarias. En mi opinión, esto habría de hacerse básicamente en tres líneas. Una es la de las lecciones de docentes o profesionales de otros campos, los seminarios, coloquios, debates, mesas redondas, que muy frecuentemente pueden tomar como punto de partida asuntos de actualidad. Por ejemplo, al estudiar en las escuelas de ingenieros o militares, o en las facultades de comunicación el caso del submarino ruso, harían falta nociones de geografía e historia del Ártico, geopolítica, energía nuclear y seguridad, geoestrategia de las grandes potencias, etc. Y así con las crisis energéticas, que necesitan, para ser entendidas, el contexto de la historia de la energía —desde la rueda y la palanca hasta el reactor atómico—, la geografía del petróleo, su historia y las proyecciones de futuro, las aplicaciones del derecho internacional político y comercial etc.
Otra segunda línea para las realizaciones de las que he llamado «acciones complementarias» es la colaboración interdisciplinar dentro de la universidad, facultad o escuela, hacedera y de evidente necesidad.
La tercera, en fin, es la que se puede poner por obra cada día en el trabajo académico. La metodología de cualquier disciplina es, sustancialmente, una cuestión filosófica. Las ciencias experimentales trabajan por el método inductivo —inducción primaria y secundaria—, mediante la formulación de hipótesis que han de someterse al banco de pruebas de los hechos, elaborando deducciones lógicas, o clasificando realidades naturales o hechos de experiencia y tratando de explicarlos. Todo lo cual remite, en última instancia, a la dialéctica, los «analíticos», la retórica y hasta la política de Aristóteles, que es uno de los grandes padres de las Humanidades que tanto preocupan en estos tiempos.
Ya he constatado antes que la academia de nuestra época es la continuación de las universidades que nacieron en el siglo XIII. Estas fueron la institucionalización —legitimada por el poder público de entonces— de las escuelas que no habían dejado de existir nunca, por oscuros que hubieran sido algunos siglos. Su historia es una sinuosa sucesión de altibajos en los que no todos los momentos fueron gloriosos. Ocurrió muchas veces que las renovaciones del pensamiento, de las ciencias, de las letras y, en general, de los saberes tuvieron lugar al margen de sus claustros. Así sucedió, por ejemplo con el humanismo. Petrarca y Erasmo no fueron nunca profesores. Ni Descartes ni otros muchos de los grandes nombres que jalonan la historia de las ciencias.
Pero la Universidad de nuestra época tiene funciones análogas a las de los otros períodos de su historia: crear ciencia y fomentarla —también los saberes humanísticos— y formar los profesionales de grado superior que demanda la sociedad.
Tal y como ya escribía en esta misma revista en el año 2010 (n.º 127), la apuesta por la «calidad» televisiva irrumpió con gran fuerza a finales de los años noventa en Estados Unidos. En esa década se había llegado a las máximas cuotas de audiencia, fidelidad y brillantez en lo que se refiere a la ficción televisiva clásica. Aquí estoy haciendo referencia a esos productos televisivos dirigidos a un público general, emitidos por cadenas generalistas en abierto y que estaban sustentados por la publicidad como principal fuente de financiación, al mismo tiempo que se integraba en su desarrollo narrativo. Fue la etapa más importante de la comedia de situación (sitcom), con programas como Seinfeld (NBC, 1989-1998), Friends (NBC, 1994-2004) o Frasier (NBC, 1993-2004), la más fértil en la narrativa dramática, con los ejemplos de Urgencias (NBC, 1994-2009), Ley y orden (NBC, 1990-2010), Expediente X (Fox, 1993-2002) o El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006).
El nuevo modelo de ficción televisiva llegó desde la televisión por cable y lo monopolizó la cadena HBO con su famoso lema: It’s not tv, It’s HBO («No es televisión. Es HBO»). Como ya expliqué en el artículo del año 2010, la apuesta de la cadena estadounidense, de suscripción y sin publicidad, se basó en los siguientes aspectos:
− Introducción de la figura del «showrunner»: productor ejecutivo a la vez que creador y guionista de la serie. Esta figura aseguraba la calidad y control del proyecto en todas sus fases, y se incidía en la importancia del guion y la creación de los personajes.
− Cambio de sistema de producción: reducción del número de capítulos por temporada (entre 10 y 13), aumento de la duración de los episodios (una media de 50 minutos) y limitación de las temporadas para evitar el empobrecimiento del producto.
− Apuesta por temas controvertidos: la HBO se especializó en tratar temas que las cadenas generalistas no abarcaban por las limitaciones de edad en las franjas horarias, así como la dependencia que tenían en la financiación de la publicidad. De esta forma, desde finales de los noventa y durante la primera década del siglo XXI, la HBO desarrolló series que abarcaron contenidos sobre la homosexualidad (A dos metros bajo tierra, 2001-2005), violencia (Los Soprano, 1999-2007), sexo explícito (Oz, 1997-2003), conflictos bélicos (Generation Kill, 2008), drogadicción (The Corner, 2000), declive institucional (Tremé, 20102013) o político (Show me a hero, 2015), etc.
En la pasada edición de los premios Emmy, celebrada en septiembre de 2015, la HBO ganó 43 premios, la cadena más galardonada por decimocuarto año consecutivo.
− Reformulación de los géneros clásicos televisivos: la HBO experimentó con la narrativa clásica bajo el enfoque de «hazlo diferente». Como consecuencia de esta política, la cadena estadounidense abandonó el formato clásico de comedia de situación (Entourage, 2004-2011), jugó con la metaficción, autorreferencialidad y las formas del cinema-verité (Curb your enthusiasm, 2000-), extendió el concepto de serialidad y la necesidad de suspense dramático (The Wire, 2002-2008), abordó géneros muy abandonados por la televisión (el caso de las historias de vampiros en True Blood, 2008-2014), reformuló otros como el western (Deadwood, 2004-2006) o el thriller (True Detective, 2014-) y abordó la puesta en escena y estética cinematográfica, superando la realización multicámara y la producción en plató (el caso más claro puede ser la popular Juego de Tronos, 2011-).
− Apuesta por antiguas formas televisivas: la recuperó el esplendor de productos televisivos como las miniseries o las películas para televisión (Tv-movies), que permitían abordar adaptaciones de obras de prestigio (como premios Pultizer, es el caso de Angels in America, 2003, u Oliver Kitteridge, 2014) o grandes recreaciones históricas como las producidas por Tom Hanks en Hermanos de sangre (2001) o The Pacific (2010).
− Trasvase creativo del cine a la televisión: la apuesta por la calidad de la HBO pasaba, también, por atraer talento creativo del cine hacia la televisión. Hay que reconocer que los objetivos se cumplieron, ya que artistas de la talla de Martin Scorsese (con Boardwalk Empire, 2010-2014, o Vinyl, 2015-), Steven Spielberg y Tom Hanks (Herma-nos de sangre, 2001, o The Pacific, 2010), Todd Haynes (Mildred Pierce, 2011), Mike Nichols (Wit, 2001) o Aaron Sorkin (The Newsroom, 2012-2014) desarrollaron proyectos para la cadena estadounidense en ese intento de dar a la televisión una condición semejante o superior al cine.
El resultado de esta política en la ficción televisiva en los últimos quince años ha sido tremendamente exitosa. Tan solo un ejemplo. En la pasada edición de los premios Emmy, celebrada en septiembre de 2015, la HBO ganó 43 premios, la cadena más galardonada por decimocuarto año consecutivo. Este éxito queda reflejado en el lema que utiliza HBO para promocionarse: The World’s Most Succesful Premium Television Company (la cadena de televisión de pago más exitosa del mundo). La duda que queda es la siguiente: ¿tiene todo el apoyo del público? ¿Cómo ha funcionado su modelo de negocio?
El modelo de la HBO se convirtió rápidamente en un referente internacional por sus contenidos y por su novedosa forma de afrontarlos. Sin embargo, en pocos años se vio que el modelo de «calidad» tenía ciertas debilidades.
La primera, y más evidente, es que un éxito genera repetición y copia por parte de la competencia. Al modelo de la HBO se le unieron otros de cadena pago que iniciaron su apuesta por la producción propia de series y otros formatos de ficción. Los más claros y potentes fueron los de las cadenas Showtime, AMC, Starz o FX, entre otros.
En el caso de Showtime, su apuesta fue muy parecida a la de la HBO, con producción propia centrada en temas relacionados con la homosexualidad, drogas, violencia y reformulación genérica. Apostaron, también, por la adaptación de éxitos del mercado británico y coproducciones, en ese intento de apostar por una ficción de calidad. Entre sus programas exitosos destacaron los siguientes: Queer as Folk (2000-2005), The L Word (2004-2009), Weeds (2005-2012), Dexter (2006-2013), Los Tudor (2007-2010), Californication (2007-2014), Nurse Jackie (2009-2015), Episodes (2011-), House of Lies (20122016), The Affair (2014-), Penny Dreadful (2014-), Masters of Sex (2013-), Homeland (2011-) o Shameless (2011-).
AMC, por su parte, era una cadena centrada en la emisión de películas en su programación. De hecho, las siglas AMC significan American Movie Classics (clásicos cinematográficos americanos). Con el éxito de la HBO, apostaron por la ficción propia centrada en modificar los clásicos géneros dramáticos y, de nuevo, una apuesta por la violencia y el sexo. Aunque su producción no haya sido tan numerosa como HBO y Showtime, AMC ha producido algunas de las series más importantes de la última década en la televisión estadounidense. Por ejemplo: Mad Men (2007-2015), The Killing (2011-2014), Breaking Bad (2008-2013), The Walking Dead (2010- ) o Better Call Saul (2015-).
Starz, una cadena de pago centrada en la emisión de éxitos cinematográficos recientes, también se lanzó a la producción propia apostando por contenidos con alta carga sexual y de violencia. Su orientación a la fantasía también le ha generado cierta reputación con la emisión de series como Spartacus (2010-2013), Camelot (2011) y con la adaptación de grandes éxitos literarios como Los pilares de la tierra (2010) o Outlander (2014).
Hay que recordar que el gran objetivo de estas televisiones era atraer suscriptores a sus servicios, no tanto el índice de audiencia de sus programas.
Por último, FX ha sido otra cadena que ha decidido reformular los géneros al apostar por la comedia alternativa de Louis C.K. (Louie, 2010-), el terror (American Horror Story, 2011-), el policíaco (The Shield, 2002-2008), el thriller de abogados (Damages, 2007-2010), drama (Nip/ Tuck, 2003-2010), o el suspense (Justified, 2010-2015, o Fargo, 2014). En todos estos contenidos ha existido una apuesta clara por creadores que no han seguido las líneas clásicas de la ficción televisiva, con guiones que llevan las tramas al extremo, igual que el lenguaje y las imágenes: por ejemplo los showrunners Ryan Murphy, Shaw Ryan, Kurt Shutter o el citado Louis C.K.
Con todos los ejemplos citados, podemos comprobar la gran dificultad para competir de la HBO en un mercado con una línea de negocio parecida y con las mismas estrategias de producción. Esto provocó rápidamente una feroz carrera por el éxito de audiencia, elemento importante pero no trascendental para las cadenas de pago. Hay que recordar que el gran objetivo de estas televisiones era atraer suscriptores a sus servicios, no tanto el índice de audiencia de sus programas. De esta manera, lo que en un principio era una apuesta por la calidad, se transformó rápidamente en una necesidad por la aceptación popular (el mismo modelo que las cadenas generalistas). Por otro lado, surgieron otras dos consecuencias de la competencia: la necesidad de ajustar los gastos en las producciones (asegurar el retorno económico rápido) y la prolongación de los éxitos que iban surgiendo (algo que era contradictorio con el modelo inicial de la cadena.
La tercera gran debilidad se reveló con la llegada de Internet al mercado audiovisual. Con la progresiva mejora en la calidad y velocidad de la red, los contenidos audiovisuales fueron ganando fuerza en Internet. A mitad de la primera década del siglo XXI nacía Youtube, y rápidamente fueron consolidándose los servicios de intercambio de archivos que habían nacido a comienzos del siglo (P2P; Peer-to-peer apps). El modelo de negocio de las cadenas de televisión, y por supuesto de las televisiones de pago, era el servicio de emisión en directo, el servicio a la carta, venta a otras televisiones y, posteriormente, la explotación a través del vídeo doméstico (en este período hablamos del dvd). Este sistema de ventanas de explotación era crucial en el mercado internacional, ya que las cadenas vendían en exclusiva sus contenidos a televisiones de todo el mundo que lo emitían localmente de forma exclusiva (y así se seguía explotando el producto). Internet rompió esta dinámica ya que la audiencia empezó a compartir los programas a través de redes de intercambio y estableció nuevas formas de consumo. Ya no bastaba con esperar el tiempo que determinaba la cadena, sino que se quería consumir al instante y de manera continuada. También el público demandaba ciertos contenidos específicos y quería comentarlos. En la nueva era de Internet, el modelo de negocio de ventanas quedaba debilitado y, con él, la apuesta por la «calidad» de la HBO: había llegado la muerte de la tercera edad dorada de la ficción televisiva.
Como se ha explicado anteriormente, durante la mitad de la década pasada se inicia una etapa de total influencia de Internet en la producción de contenidos audiovisuales, su forma de consumirlos y, en definitiva, en el modelo de negocio.
Esta etapa, que todavía seguimos viviendo, se ha caracterizado por dos grandes rasgos: la modificación de las formas de consumo y los hábitos de las audiencias y, en segundo lugar, la aparición de nuevas formas de negocio audiovisual en el entorno de Internet. Estos dos rasgos van a provocar un cambio radical en la producción de ficción a nivel nacional e internacional, van a romper los modelos de explotación existentes y van a poner fin a la tercera edad dorada de la televisión, sustituyéndola por otra en la que la especialización, el consumo inmediato y masivo, y la globalización van a ser los rasgos dominantes.
Aunque es un proceso que se desarrolla simultáneamente a la consolidación de la tercera edad dorada de la ficción televisiva, y por lo tanto es complejo y diverso, se puede explicar claramente con el ejemplo de un programa emitido por la cadena ABC y creado por el conocido director y productor, J. J. Abrahams: Perdidos (ABC, 2004-2010).
Perdidos surge en el preciso momento en el que Internet se está desarrollando con la suficiente fuerza para generar comunidades de intercambio de intereses y que, además, permite compartir contenidos audiovisuales con facilidad.
La serie parte de una premisa sencilla pero intrigante: un avión se pierde en medio del océano y unos supervivientes tienen que intentar superar cada día en una isla desierta y muy misteriosa. Con esta trama basada en el suspense y en las preguntas « ¿qué está pasando? y ¿qué va a pasar?», Perdidos se convirtió en un referente de la audiencia, pero especialmente en el público de Internet. Perdidos puede entenderse como un modelo televisivo paradigmático de la nueva era de la ficción en el entorno digital. Aquí reflejamos algunos de sus rasgos:
— Parte de una premisa sugerente y con una gran apuesta comercial (High concept): hay que recordar que el episodio piloto de Perdidos se convirtió en su estreno en el más caro de la historia (14 millones de dólares).
— Mezcla genérica dirigida a un público de nicho: la combinación de ciencia, religión, fantasía y ciencia ficción fue mucho más efectiva en Internet que en las audiencias televisivas.
— El contenido de suspense alimentaba la «conversación social». Tan importante como el argumento y desarrollo del capítulo era la discusión previa y posterior en Internet. Las comunidades se organizaron en torno a los blogs y páginas especializadas.
— Fruto de esa «conversación social», toma gran relevancia el contenido generado por la audiencia: críticas, teorías, debates y productos audiovisuales.
— Narrativamente se construía como materia básica de un producto «viralizable» (con capacidad de ser compartido y consumido en Internet): los personajes huían de los oficios, se normalizaban y se volvían más heterogéneos (se acercaban a la diversidad de una audiencia global), la narración se fragmentaba y se hacía autoconclusiva alrededor de los capítulos (se huía de la linealidad), se jugaba con los saltos temporales y se asumía un punto de vista del espectador.
— La serie se convertía más en un evento que en un programa de televisión: el interés estaba más en compartir lo que se iba a ver que en lo que se veía en sí (de hecho, era siempre muy criticado). Esta fórmula ha marcado completamente las ficciones venideras, incluidas algunas de la HBO como Juego de tronos.
— Con Perdidos, las series dejan de concebirse para un consumo local (inicialmente) y se proyectan a un público global. Con esto ya se asumía el consumo por Internet (ilegal) y empujaba a romper las clásicas ventanas comerciales televisivas. De hecho, el final de la serie pudo ser consumido de forma global por todo el mundo (a través de los operadores nacionales que emitían la serie).
En definitiva, Perdidos generó un paradigma de la nueva etapa audiovisual en Internet y puso sobre la mesa una importante realidad: el público de la ficción televisiva (fundamentalmente el más joven) estaba trasladándose del consumo televisivo tradicional al consumo televisivo en la red.
No es extraño, por lo tanto, que en este momento surjan nuevas fórmulas de distribución de contenido audiovisual en Internet y que, como ya había ocurrido previamente con las televisiones de pago, apostasen por la producción propia de ficción. Los ejemplos más claros en el ámbito internacional han sido Netflix, Hulu o Amazon, y se han basado en las siguientes características:
— Distribución en línea de contenidos audiovisuales: películas, programas de televisión, documentales, etc.
— Suscripción con tarifa plana y acceso a todos los contenidos (con variantes con y sin publicidad).
— Capacidad de consumo masivo y al instante: catálogo completo de contenido y con todos los programas de manera inmediata (no serializada).
— Monitorización de los gustos del consumidor: establecimiento de filtrado por gustos, tendencias, etc.
— Especialización de la producción propia adaptada a los gustos de los suscriptores.
— Consumo multiplataforma: televisión, tabletas, dispositivos móviles, ordenadores, etc.
El desarrollo de estos nuevos modelos de negocio, impulsado por algunas empresas que ya tenían un negocio existente (Netflix en la distribución de vhsy dvd o Amazon con la distribución y venta de todo tipo de libros, fundamentalmente libros electrónicos), constataban el cambio de paradigma de consumo audiovisual y lo profesionalizaban.
Al margen de apostar por la producción propia, estos nuevos agentes rompen progresivamente con las ventanas de explotación (ya habíamos dicho que no tenían sentido en este nuevo entorno) y se instauran en todo el mundo con un modelo de negocio global, modificando las relaciones con los operadores nacionales y cambiando completamente las reglas del juego televisivo.
En el nuevo mundo de Netflix, Amazon, Hulu, etc., ya no hay fronteras de formatos, no hay límites de horas ni programaciones, tampoco de idiomas ni países. El usuario elige lo que quiere ver en cada momento y los proveedores tienen que ofrecérselo. Es por ello que la necesidad de producción masiva para satisfacer todos los gustos ha enterrado la idea original de HBO de calidad televisiva. Aunque hay que reconocerle un gran mérito. Tenía razón, ya no es televisión («it’s not tv»). Es algo totalmente diferente y tenemos unos años por delante para averiguar qué es.
Tal vez no quepa mayor honor a un escritor que el de hacer de su nombre un término literario. «Kafkiano» se ha convertido ya en una palabra de uso corriente y designa lo absurdo y lo perturbador, lo que conmueve con su misterio nuestra cotidianeidad burguesa. También el vasto continente de los sueños. Pero al leer la exhaustiva biografía de Reiner Stach, este repaso total y minucioso por la breve existencia del escritor praguense, se revela el caudal interior y el desasosiego existencial de donde surgió la tersa y paradójica narrativa de Kafka. Si hay una palabra para designar las miles de páginas que, siguiendo al detalle los diarios del escritor, repasan su vida desde que empieza a consignar en papel sus turbulencias interiores, es el miedo y la sensación de desarraigo. Kafka era consciente de que se movía en peligrosos intersticios: escritor en lengua alemana en Praga, judío, hijo de un padre de actitudes tiránicas, obligado a llevar una existencia en apariencia con formista y burguesa, pero con la nítida conciencia de ser un desclasado. Un hombre en busca de su identidad: un escritor consagrado a la tarea de comprenderse.
Pero ¿justifica esa vida exterior tan trivial esta biografía en dos volúmenes, de más de cuatro mil páginas? Sí, sin duda. Explica Stach: «La riqueza de la existencia de Kafka se ha desplegado esencialmente en el ámbito psíquico, en el invisible, en una dimensión vertical que en apariencia nada tiene que ver con el paisaje social y aun así penetra en él por todas partes». De ahí que el autor de esta biografía total, de esta biografía definitiva, también se muestre interesado en tejer un amplio tapiz que repasa la historia de Praga, el fin del Imperio, los entresijos de la familia, sus amores, su trabajo, sus amistades, los vaivenes de su vida emocional, sus depresiones y las sucesivas enfermedades de este escritor que se nos aparece en nuestro imaginario siempre como un joven de mirada profunda.
Puede decirse que lo que resulta kafkiano es que la breve obra escrita de Kafka —tanto las novelas cortas, como los cuentos, así como sus cartas y diarios— haya dado lugar a tanta literatura secundaria, a tanto experto que no se ha apartado del cliché freudiano. Stach sabe mejor que nadie que cada una de las palabras que Kafka escribió ha dado lugar a una red interminable de exégesis y que las lecturas interesadas han convertido al escritor praguense en un ejemplar avant la lettre de todas las modas y las imposturas. Pero no hay mejor narrador en el desvelamiento de su interior que el propio Kafka: fue él quien detalló, con la meticulosidad del oficinista, su búsqueda interior en sus diarios y es este el principal documento que Stach tiene en cuenta para exponer su trayectoria vital.
Kafka representa también el destino del genio moderno. Su literatura palpita en sus demonios interiores y rescata retazos de las oleadas de su imaginación. Su vocación fue literaria pero en un sentido tan excesivo, tan radical, que el trabajo de su genialidad le dejaba exhausto. Todas sus novelas, sus relatos son, de algún modo, la exquisita cristalización de sus obsesiones, la concreción imaginaria de sus miedos. Empleó la literatura a modo de terapia nocturna; la palabra fue el medio que encontró para exorcizarse. Hay en su vida, como explica Stach, disonancias: «Kafka nunca duerme», explica. Víctima de su propio daimon interior, por ejemplo, confiesa que escribió La condena en una sola noche, en un estado de éxtasis casi místico. Stach explica la génesis de la creación literaria de Kafka de un modo magistral: «En el momento en que comienza una nueva fase productiva […], Kafka empieza a sacar de un almacén que ya está lleno. Tensiones, metáforas, gestos, detalles característicos, todo está dispuesto, a menudo incluso en una forma lingüística predeterminada, como se puede atestiguar de múltiples maneras con ayuda de los diarios. Kafka no “elabora” la conmoción sufrida, elabora el material acumulado liberado por la conmoción. De ahí la densidad sin parangón, desafiante, de remisiones y de vínculos entre los elementos metafóricos y lingüísticos de sus textos».
Su dedicación religiosa por las palabras, el bisturí de su prosa, hace que su estilo resalte por su contención, como si, de nuevo, tuviera miedo a dejar que su demonio nocturno se desbordara sobre la hoja. ¿No sería esta la razón por la que dejó a su amigo Brod el encargo de destruir sus papeles? ¿No puede que, a punto de quebrarse su vida por la tuberculosis, hubiera tomado conciencia de que sus obsesiones sobrepasaban a sus coetáneos y de que había perdido el tiempo intentando transformar su procelosa imaginación en palabras? Es esta dimensión, por cierto, la que se descubre también en sus proyectos inacabados, en sus diversas redacciones.
Kafka trabajó como un orfebre de la creatividad. Y, si se permite la licencia, lo kafkiano de Kafka es su propia existencia. ¿No podría ser este joven K., funcionario de seguros, con una típica vida burguesa, encerrado en lo que llamó una «rutina sin espíritu», quien, ya entrada la noche, abre la espita de su imaginación y se convierte en uno de los más grandes autores de la historia de la literatura, uno de esos personajes que salían de su pluma? Son tres, básicamente, las obsesiones que definen su obra: el poder, el miedo y la soledad.
Lo que radiografía en sus escritos, especialmente en la Metamorfosis o en El proceso, son sin duda las secuelas de la vida moderna, la absurda lógica de una racionalidad desmedida, el anonimato de una sociedad que congrega iniciales pero vela los rostros. Antes de que se ensayara una crítica filosófica de la razón moderna, antes de que se cercioraran los expertos de la dialéctica de la Ilustración, Kafka había narrado las heridas existenciales de una dinámica sistémica, abstracta, calculadora que nos termina deshumanizando.
Uno de los textos más reveladoras de la vida interior de Kafka es Carta al padre. Stach ve en esta dura misiva la clave para entender tanto la problemática identidad judía del autor de El proceso como su imagen del cuerpo y la sexualidad. Además en esta carta es donde se explica el miedo como un componente esencial de su biografía y literatura. Recordemos ese inquietante comienzo. Escribe Kafka: «Querido padre: Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas». Es, sin embargo, un miedo que excede el ámbito familiar: también en las relaciones con los otros, especialmente con las mujeres, Kafka está bajo el yugo del terror.
«Kafka —nos explica Stach— no sabía adaptarse, no sabía ubicarse. Sobre todo con las personas que le eran más próximas carecía de toda posibilidad de intercambio y por tanto de todo aliento». Algo de esta imposibilidad por comunicarse —tal vez, siendo consciente de su tensión psíquica, de la vorágine de su creatividad— es lo que hizo tan problemática su relación con las mujeres. Stach construye, a partir de un supuesto problema de identidad, una especie de teoría sobre la sexualidad de Kafka, su inseguridad en el trato con las mujeres, su miedo sexual, su rechazo a la reproducción, y sobre ella vuelve su biografía una y otra vez. Por un lado, aparece Felice Bauer, con quien mantuvo una interesante correspondencia, también importante para comprender sus profundos temores. Su intercambio epistolar es tremendo: Kafka la lleva hasta el límite, la sometió también al trabajo de su genio e imaginación y fue el objeto de sus obsesiones. Es fácil ver también que en esa correspondencia Kafka expresó el esfuerzo por comprenderse a sí mismo; en definitiva, fue una forma de aclarar su propia identidad. Las cartas a Felice se pueden leer como un ejercicio de autenticidad; por ello, Kafka conminaba a la desventurada Felice también a sincerarse.
La relación con Felice no terminó en matrimonio, pese a las sucesivas propuestas. Kafka no tuvo el arrojo suficiente para superar ese miedo visceral. Es ahí donde escribe: «En lugar de esta nada despreciable pérdida, ganarías un hombre enfermo, débil, insociable, taciturno, triste, rígido, casi desprovisto de toda esperanza, cuya única virtud tal vez consiste en que te quiere». Felice, sin embargo, no fue la única. También con Julie tuvo que romper su promesa de matrimonio. Más literaria fue la relación con Milenia, de la que nos ha quedado constancia gracias a su correspondencia. A diferencia de Felice, Milena compartía los intereses artísticos de Kafka; de hecho, le conoció porque mostró interés en traducir sus relatos al checo.
De salud débil, la vida de Kafka fue apagándose como consecuencia de la tuberculosis, y tras haber estado ingresado en sanatorios y casas de cura. Su inadaptación, su naturaleza enfermiza le obligó a solicitar el retiro a los treinta y nueve años. Murió a punto de cumplir los cuarenta y un años en un sanatorio de Viena. No obtuvo el reconocimiento en vida del que disfrutó más tarde y su producción literaria acabada apenas ocupa trescientas cincuenta páginas. Pero ha dejado todo un mundo literario y su figura ha alimentado innumerables interpretaciones. Enigmático, creativo, vivió y murió para la literatura. En esta obra de Stach se perfila no solo los acontecimientos exteriores que marcaron su existencia, sino la resonancia interior de lo exterior, es decir, la configuración de su genio y cómo fue poblando literariamente su desarraigo existencial. Se trata de una obra indispensable para entender su mundo, su concepción de la creación literaria y su relevancia histórica.