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Michael J. Sandel: reorientando la democracia

Hoy ha sido galardonado en Oviedo el filósofo estadounidense Michael J. Sandel con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2018. Sandel es profesor de Filosofía Política en la Universidad de Harvard. Allí ha impartido la asignatura Justicia, con un éxito tal que sus clases se convirtieron en una serie de televisión. Ofrecemos a continuación el artículo de María Gemma Prieto sobre el libro de Sandel Democracy’s Discontent. America in search of a public philosophy, que publicamos en Nueva Revista el 27 de febrero de 1998. 

Parece inevitable que el debate profundo de la filosofía política contemporánea se sitúe en el problema de la democracia, sus realidades y perspectivas. Sobre todo porque, sujetos a la tiranía de A Theory of Justice, la obra capital de John Rawls (publicada en el ya lejano 1972), los scholars norteamericanos se ven en el deber (intelectual y académico) de tomar partido en favor o en contra de aquella tópica «democracia procedimental» predicada por el primer espada del «liberalismo» (cuidado: de la socialdemocracia, en versión europea) de los Estados Unidos.

El comunitarismo es, sin duda, una de las más firmes respuestas a la fría doctrina derivada de la creación racionalista del misterioso «velo de la ignorancia» y de la sagaz decisión por un maximin, tan cara a los ortodoxos rawlsianos, que tanto predicamento han alcanzado también en España, en los ambientes del socialismo democrático. La seña de identidad del comunitarismo es la exigencia de un rearme moral (también religioso, en sentido estricto) de la democracia contemporánea, agobiada por el neutralismo, la tiranía de los valores abstractos y la presencia del bien común (the good, sin más, por evitar resonancias escolásticas), que han conducido al discontent, a la indiferencia del ciudadano desorientado.

El reciente libro del profesor de Harvard Michael Sandel no es particularmente original ni brillante. Sin embargo, refleja con rigor, coherencia y buen sentido el cómo y el porqué del desencanto que la democracia y su particular forma de integrar la tradición liberal (ahora sí, en sentido europeo) están produciendo en nuestro tiempo. Hay que volver a la justicia material y denunciar el formalismo; es imprescindible recuperar el tono religioso (siquiera en el sentido político del maestro Tocqueville) o, al menos, moral (en la línea republicana de los founding fathers) de la democracia americana, la única a la que se refiere —con esa ya habitual falta de perspectiva— este libro. Sandel considera deseable el retorno de las formas más consolidadas de «comunidad», como la familia o la auctoritas social, para evitar que se pongan en primer plano algunas peligrosas pseudo-comunidades; en particular, la nación entronizada como forma de vida.

Las más de 400 páginas, densas y bien estructuradas de Democracy’s Discontent, merecen una lectura atenta y crítica, que permita valorar — un cuarto de siglo después de la gran obra dogmática de Rawls- los errores e inconveniencias de la democracia, desorientada por el socialismo y revestida de procedimientos «neutrales».


Crédito de la imagen: Wikimedia Commons

García Morente y el progreso petrificado

García Morente, Manuel:
Ensayos sobre el progreso. 
Editorial DORCAS, 1980, 108 páginas.

Lo más impresionante de este ensayo es constatar lo poco que ha progresado el progreso. Lo que dijo García Morente (1888-1942) en su Ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1932  –recogido en este libro de 1980– sigue de rabiosa actualidad en 2018. La prueba de la petrificación del progreso es que García Morente no necesitó cambiar ni una coma de su ensayo cuando dejó de ser el agnóstico catedrático de Ética y el incansable rector de la Facultad de Filosofía que lo había escrito para convertirse (tras convertirse) en un inesperado sacerdote.  Lo que había retratado no era su posición o su nueva posición, sino el progreso en su propia esencia (inmóvil). Nada más que por esta lección tácita, ya vale la pena leerlo.

Su comienzo e, incluso, su desarrollo, es moroso, hay que advertirlo. Supongo que esa minuciosidad de ir precisando conceptos y sopesando prejuicios sería necesaria para quien tuviese puestas sus más altas esperanzas en el Progreso o para quien no hubiese leído a los reaccionarios, siempre más rápidos. Con paciencia de profesor, García Morente viene a explicar meticulosamente lo que Chesterton había zanjado en nueve palabras: “Progreso es un comparativo cuyo superlativo no hemos determinado”. La determinación del superlativo ya estaba, además, hecha por Baudelaire: “Teoría de la verdadera civilización. No está en el gas, ni en el vapor, ni en las mesas giratorias. Está en la disminución de las huellas del pecado original”. Y la escandalosa conclusión lógica la había sacado con claridad Cecilia Böhl de Faber: “Cuando es incontestablemente mejor lo pasado que lo presente, retroceder es progresar”.

Sin embargo, el ensayo de García Morente va dando pequeños pasitos seguros y alcanza hacia el final, la excelencia. Cuando analiza algunas de las consecuencias del progreso de entonces. Como sigue siendo el de ahora, esas consecuencias las padecemos aún: la paralización que produce la prisa, la falta de una vocación clara, porque todo el sentido se disuelve en un progreso automático, los peligros de la irreflexión, etc.

Entre otras cosas, dice:

[Detecta la influencia de Kant y su absolutización de la voluntad en nuestra concepción formalista del progreso] Lo importante en el progreso no es la realización de los valores en bienes, sino la continua realización del único valor, que es la propia voluntad idea [de progresar].

La prisa, la insaciable, la devoradora prisa, que nos acucia y nos oprime y que, al fin y al cabo, puede hacer encallar la cultura en un marasmo de puros estremecimientos superficiales.

La creencia en el progreso ha orientado toda nuestra vida hacia el futuro y nos ha desasido del presente.

La embriaguez de la velocidad, al subvertir el juicio estimativo, hace aparecer como ingratas y sin valor la mayor parte de las ocupaciones y, en cambio, concede valor propio a la prisa en sí. La consecuencia de ello es que la prisa se hace todavía más apresurada, porque ahora son muchas más las cosas sin valor que tenemos que hacer y, por tanto, que deseamos despachar pronto.

La multiplicación de las vivencias convierte las emociones en sensaciones.

El hombre moderno no sabe ya aburrirse: ha olvidado esa maravillosa maceración del alma que es la soledad.

[Sobre la condición formalista del “progreso”] Para la cual lo bueno del progreso no es el progreso, sino el progresar. El progreso no sería, pues, plausible porque produce bienes y realiza valores, sino que, por el contrario, lo que el progreso produzca serán bienes y tendrán valor porque lo produce el progreso.

Restituyendo a los bienes su valor verdadero y reponiendo los valores en su auténtica jerarquía, advertiríamos pronto que el éxito no es valioso por sí mismo, sino por el valor del bien que produce; que la técnica no es valiosa por sí misma, sino por los bienes cuya producción facilita; que la prisa solamente se legitima como un medio para lograr más amplia y dilatada calma en el ejercicio de las supremas actividades.

La literatura admirable

Los grandes libros nos cuentan nuestra propia historia. Su lectura nos sirve para encontrar la narración de nuestra propia vida. Jordi Llovet ha dirigido la obra La literatura admirable. Del Génesis a Lolita (Pasado & Presente, 2018) [1], en la que se analizan cincuenta y cuatro de esos grandes libros. Estamos ante una gran antología de clásicos en el sentido que el verso de Juan Ramón Jiménez daba al término: “Clasicos, es decir, actuales”. Esta obra invita a comprender la condición humana a través de la literatura.

¿Cuál es el papel de la literatura en la vida? Una acertada explicación es la que pone Fred Chappell en la mente de Jess, el niño que protagoniza Me voy con vosotros para siempre. En esta escena describe lo que ocurría cada vez que su tío Zeno se ponía a contar historias, es decir, a interpretar el papel de ‘libro viviente’.

«Esto me recuerda que…

Estas cuatro palabras monocordes serán pronunciadas el día del Juicio Final. Son las pausadas notas de los heraldos que anuncian que el tiempo se ha detenido y que se debe suspender toda actividad humana para que toda la atención se centre en descubrir las otras palabras pausadas que vienen a continuación. Tal es el poder que los comienzos de las narraciones ejercen sobre nosotros. Debemos adivinar lo que sigue, y no podemos desempeñar ni la más urgente de nuestras necesidades con un mínimo de satisfacción si antes no lo hemos averiguado. El que pronuncia estas palabras siempre ejerce su dominio sobre los demás»[2].

Sacar al lector (al oyente) del tiempo, sustraerle por un instante de su cotidianidad, ayudarle a vivir más vidas que la propia, regalarle mundo paralelos.

Pero esos mundos pueden tener calidades diversas. A veces por el valor en sí de la obra (¿quién va a negar la realidad de la ontología –no todo es lo mismo– cuando tiene que comparar un best–seller de autoayuda de Paulo Coelho con Crimen y castigo o Madame Bovary?).

A veces por las capacidades del lector, que carga con sus propios prejuicios y etiqueta la narración antes de encontrarse con la realidad de los personajes.

O porque quien lee es un ‘trabajador de la literatura’. «Pienso en los desdichados profesores de ciertas universidades extranjeras, que para conservar sus puestos deben publicar continuamente artículos donde digan, o aparenten decir, cosas nuevas sobre tal o cual obra literaria; o en los que deben escribir reseña tras reseña y tienen que pasar lo más rápido posible de una novela a otra, como escolares que hacen sus deberes»[3]. El afán de novedades hace así su aparición, en este caso en la academia: hay que publicar cosas nuevas aunque haya que renunciar a las buenas.

Hay otros tipos de lectores, llamémosles liberales. «El devoto de la cultura es una persona mucho más valiosa que el buscador de prestigio. Lee, como visita galerías de arte y salas de concierto, no para obtener mayor aceptación social, sino para superarse, para desarrollar sus potencialidades, para llegar a ser un hombre más pleno»[4]. Aquellos que se acercan a los grandes libros porque sí, porque desean crecer, porque entienden que es necesario alzarse sobre los hombros de esos hombres que fueron gigantes.

Otra posible razón para leer es la propuesta por Higinio Marín, que recuerda en cierto modo al papel desempeñado por el tío Zeno: al leer nos convertimos en un remedo de Ulises. «Siempre me ha parecido que el descenso a los infiernos de Ulises (Odisea, libro XI) era una metáfora penetrante de lo que ocurre en la lectura y el estudio. En los libros y en la tradición los personajes y las ideas son sombras sin vida que para recuperar su vitalidad necesitan que les demos de beber la sangre de nuestro sacrificio consistente, sobre todo, en apartarnos de la luz directa de la vida y en descender al lugar de los muertos –las bibliotecas, los laboratorios– donde los espectros se revitalizan solo si les damos de beber nuestro esfuerzo»[5]. Apartarse de la vida en directo, dice Marín; abandonar lo urgente por lo importante, propone Jess, el niño de Chappell. El lector, al leer, vive más, reviviendo al mismo tiempo a las ‘almas muertas’ y el genio del literato.

Estas son razones para leer bien, pero también para tratar de leer sobre todo buenos libros. Tal es el propósito del texto dirigido por Jordi Llovet, La literatura admirable. Del Génesis a Lolita. Tras ese título provocativo por la presencia de una novela (Lolita) en abierta contradicción con los tiempos del Me-too, y también por la defensa del valor literario y de significado de la Biblia, la obra más vendida de la historia que a la vez es un conjunto de libros evitado desde los postulados de la ‘corrección política’.

La tarea de Llovet es múltiple: introducir el volumen y cada una de sus diferentes partes (literaturas de la Época Clásica, de la Edad Media, de la Época Moderna y de la Época Contemporánea), a la vez que es autor de dos de los capítulos (es delicioso su tratamiento de ese libro también delicioso de Dickens, Los papeles póstumos del club Pickwick; y resulta acertado su acercamiento a las Ficciones de Borges y a su ceguera que le alza como prototipo del hombre de letras, en claro paralelismo con Homero). El nivel de los colaboradores es alto, y los textos publicados sirven de aperitivo de esos grandes libros que nos quedan por leer, o de reencuentro con viejos amigos a los que tal vez hace tiempo que no tratábamos (los volúmenes que hemos leído y que los capítulos de esta Literatura admirable nos facilita visitar de nuevo). Carlos García Gual, Isabel de Riquer, Francisco Rico, Fernando Savater, Rafael Argullol, Luis Alberto de Cuenca, Aránzazu Usandizaga o Ignacio Echevarría, son algunas de las 45 firmas que componen la obra.

Como en toda antología, seguro que el lector culto discreparía con la lista de obras tratadas: no están Antígona ni Edipo. Nos faltan también la prosa perfecta de Platón, o la serenidad de Séneca, aunque en este caso sería debido a esa decisión clasificatoria que solo acepta literatura (¿no son cumbres de las letras las Confesiones de San Agustín, los ensayos de Montainge, la abrumadora prosa de Chateaubriand, algunas de las invectivas de Nietzsche?). Nos faltan autores de las últimas épocas: la prosa de Thomas Mann, el agobio que genera Bernhard, la capacidad de análisis de Richard Ford, la pulcritud violenta de McCarthy. Y es curioso, en estos tiempos de reivindicación, que únicamente aparezcan tres mujeres en la lista: Madame de Lafayette, Charlotte Brontë y Virginia Woolf, cuando podría haberse dado paso a George Eliot, Edith Warthon, Willa Cather, Singrid Undset, Isak Dinesen, Flannery O’Conor, Carson McCullers, Nadine Godimer y tantas otras. Resulta curioso que se opte solo por Occidente, sin nombrar a representantes de otras culturas (Japón, China, India, África), y que ese Occidente olvide las literaturas del Norte (otra vez Undset y Dinesen). O la combinación de Homero y Cervantes con Italo Calvino y Josep Pla, autores que cierran el libro y realmente se encuentran a un nivel más bajo que el resto de sus acompañantes en este viaje editorial.

Pero nada de eso importa realmente. El libro es bueno, francamente bueno. Cuenta Llovet en la Introducción que no pretende ser un canon literario, como el propuesto por Bloom[6], o tantos otros que al final dependen del punto de vista del autor o de la cultura de aquel país. La literatura admirable no quiere ser una antología literaria, sino invitar a conocer unos cuantos esenciales y, creo que sobre todo, servir como ocasión para recordar a los grandes lectores que los libros también grandes siguen esperándoles para –¡ojalá!– una nueva lectura. ¿Por qué no volver a recorrer las aventuras del Quijote y su sabia visión del mundo? ¿Por qué no entablar nuevas conversaciones con la multitud de personajes de Guerra y Paz? ¿Por qué buscar fuentes de angustia distintas a El proceso de Kafka? ¿Cómo sustituir la grandeza de espíritu de La Odisea? ¿Dónde saborear el sabor de lo ancestral si no es en las narraciones históricas de La Biblia? Ahora que se habla tanto del descubrimiento del alma femenina, ¿por qué no abobarse con los monólogos de Al Faro? Y cuando los debates políticos han alcanzado su punto más bajo, su tono más pobre, el sabor más amargo de la corrupción, ¿por qué no encontrarse de nuevo con Los viajes de Gulliver y así dejar por fin de creer que es un cuento para niños?

«Todos los libros que se comentan en estas páginas son aconsejables y los artículos correspondientes son todos de enorme calidad. No son muchos, pero, en realidad, tampoco se leen tantos libros en una semana, ni en un año. Una vez leídos esos artículos, eso sí, el lector habrá tenido noticia muy cabal de qué es la buena literatura, sin que deba pararse a pensar si se trata de un canon exhaustivo y perfecto»[7].

Una ventaja de la esta Literatura admirable es la independencia de las distintas entradas: podemos empezarla por donde queramos, cerrarla durante semanas, volver para buscar una nueva recomendación o para certificar nuestros recuerdos sobre un libro leído tal vez hace más de veinte años. Otra, es que desde ella se pueden respaldar actividades de talleres de lectura, asignaturas que trabajen con grandes libros o método crítico, orientaciones para quienes sean conscientes de que el número de obras que nos quedan por leer antes de que llegue la Parca es muy limitado, y que por eso no podemos permitirnos el lujo de errar el tiro. Nunca.

También permite un acercamiento nostálgico, en el que el lector se decida por encarar aquellos capítulos que hablan de los libros que ya conoce, y los saboree así de nuevo, y pierda el miedo a ‘perder el tiempo’ leyéndolos otra vez, quizá solo un capítulo, tal vez todos, del mismo modo que se escuchan y escuchan las sinfonías de Beethoven, poniendo coto al continuo ‘afán de novedades’ que nos empuja a lo malo por conocer mientras desdeñamos lo bueno ya conocido.

Es Borges quien recoge en Ficciones la historia de «Pierre Menard, autor del Quijote». Ese hombre que, queriendo lo nuevo pero también lo perfecto, reescribe palabra por palabra la obra de Cervantes. No la copia, la repite. Esa es posiblemente la experiencia del verdadero lector. Él no necesita producir, él no tiene que ‘trabajar’ con (contra) la palabra. Y busca obras que ya tengan al menos treinta años, y de las que todavía se hable, en vez de recién llegados sin sustancia que pasarán como las flores de otoño. Y acumula volúmenes inmensos, a menudo difíciles (¿quién ha terminado a Faulkner, a Musil, a Joyce?), porque sabe que la espera en el vino y en la literatura es un valor seguro. Él tiene que traer al mundo de los vivos la palabra escrita, la anécdota acaecida, la miseria de la señora Bovary con la matemática lingüística de Flaubert, el tiempo recobrado desde la magdalena de Proust, el drama existencial del Príncipe de Dinamarca o la realidad doliente del Lazarillo: ¡ya hay tanto logrado!, ¡ya hay tanto escrito! ¿Por qué perderlo al grito de ‘ya lo he leído’ cuando de nuestra memoria se esfuman las brillantes imágenes, los matices delicados, los estallidos humorísticos, la demencial violencia?

En mi lectura he preferido volver sobre mis favoritos, reviviendo así algunos de los momentos más importantes de mis últimos treinta años de vida: los capítulos dedicados a La Odisea, Divina Comedia, Don Quijote de la Mancha, Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver, Pickwick, Moby Dick, Madame Bovary, Guerra y Paz, Relatos de Chejov, Dublineses, En busca del tiempo perdido, Al faro, El hombre sin atributos, Ficciones, Nuestros antepasados o El cuaderno gris, son sin duda excelentes.

El lector lee lo que otros lectores escriben sobre lo que ha leído. En este libro se está ‘entre amigos’, se comparte la intimidad (mis sentimientos y sensaciones, con las del crítico, con las del autor, con las del personaje). El lector se encuentra retratado, no solo como arquetipo de lo humano (Ulises), sino también como individuo (Sonia, Raskólnikov), y le queda la duda de saber cuándo se encontró con ese escritor, que vino quizá desde un país lejano, que nació quizá siglos antes de él, y cómo fue ese autor capaz de escarbar en el arcano del corazón del que lee.

Podemos concluir con otra reflexión de un personaje de Chapelle: «–¿Estaba ciego Homero porque era poeta –preguntó mi padre al día siguiente– ¿O era poeta porque estaba ciego?»[8]. Los escritores trascienden el ahora, y por eso nos siguen llegando los clásicos, y nos rescatan de ese puro pasar que sería la vida sin las Letras.

Cervantes es el soldado que nos enseñó a hablar; y Tolstoi, y Shakespeare, y Petrarca o Chaucer. Leer este libro es un modo que tenemos para agradecer, y admirar, su esfuerzo.


[1] J. Llovet, dir., La literatura admirable. Del Génesis a Lolita, Ediciones de Pasado y Presente, Barcelona 2018, 714 pp.


[2] F. Chappell, Me voy con vosotros para siempre, Libros del Asteroide, Barcelona 2008, p. 128.

[3] C. S. Lewis, La experiencia de leer, cap. 2.

[4] Loc. cit.

[5] Higinio Marín, El hombre y sus alrededores, Ediciones Cristiandad, Madrid 2013, p. 240.

[6] H. Bloom, El canon occidental, Anagrama, Barcelona 2008.

[7] J. Llovet, o.c., p. 11.

[8] F. Chappelle, o.c., p. 134.

¿Cómo descubrir hoy los principios de la justicia en el ámbito socio-económico?

I. Introducción

Desde la tradición católica y a primera vista, la respuesta a la pregunta que forma el título de nuestro discurso es inmediata y fácil: se descubren los principios de la justicia en el ámbito socio-económico en el derecho natural. Sin embargo, una reflexión más exigente necesariamente suscita más preguntas que respuestas. El derecho natural es una norma alcanzable por la razón. Recurrir a él manifiesta la convicción católica que Dios no ha revelado una ley civil sino la ley moral, y ha dejado la ordenación concreta de la sociedad a la inteligencia y cura humanas [véase Benedicto XVI, Discurso en el Parlamento alemán, 22 de septiembre de 2011; http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2011/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20110922_reichstag-berlin.html]. Entonces, ¿cuáles son el papel y la competencia de la Iglesia en ese ámbito? ¿Existen principios sociales revelados? ¿Cómo se relacionan fe y razón al afrontar los desafíos de la sociedad actual?

Serán algunas de las preguntas que intentaré afrontar en ese artículo. Tomaré muy en serio la pregunta que se me ha hecho: ¿cómo descubrir hoy los principios de la justicia? Es una pregunta por el método, por el cómo, del descubrimiento de los principios, más que por los principios en sí. Mis reflexiones girarán por lo tanto alrededor del método o de la epistemología de la Doctrina Social de la Iglesia. Me guía, entre otras fuentes, una encíclica de San Juan Pablo II que no es una encíclica social, sino sobre la relación entre fe y razón: Fides et ratio, publicada en 1998 [utilizaré la abreviación FR: http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html]. Ese documento contiene unas consideraciones de carácter general y epistemológico que son de gran relevancia para la metodología de nuestra búsqueda por los principios de justicia que ponen la economía y la sociedad en general al servicio de la persona humana. Y eso no solo por la bellísima consideración de Juan Pablo II de que la adquisición de la verdad a través de la fe humana es antropológicamente más rica que la evidencia: creer, de hecho,

“incluye una relación interpersonal y pone en juego no sólo las posibilidades cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de confiar en otras personas, entrando así en una relación más estable e íntima con ellas» [FR, n. 32].

La fe, humana o sobrenatural, escribió el Papa, incluye relación y confianza. Tantas convicciones nuestras sobre la historia, el mundo, la sociedad, otras personas, etc., non son los resultados de nuestra experiencia personal inmediata, sino el fruto de algo que nos han dicho otros, a los que creemos porque son dignos de confianza o sencillamente porque confirman nuestros propios prejuicios e inclinaciones. Mucho de nuestro “saber” es “fe”. Sin esa fe no sería posible aprender nada, no tendríamos cultura común ni compartiríamos una identidad nacional. Obviamente, la ciencia exacta es un camino a la verdad, pero la difusión de sus descubrimientos presupone la fe de los muchos, que no somos capaces de comprender los detalles de la investigación, que los resultados que nos enseñan los científicos sean creíbles, es decir verdaderos. Si esa fe se basa sobre elementos justificados de credibilidad, la probabilidad es alta que nos llevará a la verdad que crea comunión, cultura y por lo tanto sociedad. Ya esa característica del proceso gnoseológico humano daría carta de ciudadanía a la Doctrina social de la Iglesia (en adelante DSI) en la sociedad: La moral social busca los principios de justicia que configuran la sociedad y la ordenan hacia el bien común. Por eso, reflexiona principalmente sobre las buenas relaciones humanas, basadas sobre la verdad y la libertad, la justicia y la caridad. Una sociedad que se autoconfigura basada sobre tan altos principios humanistas constituye un clima ideal para llegar a la verdad, porque rechaza falsedad y engaño, violencia y rencores que distraen de la pacífica adquisición de la verdad.

Esa apertura a la fe como fenómeno antropológico abre camino a la revelación cristiana y por eso también a la DSI. Si la fe humana, es decir, la fe como confianza es un camino a la verdad, ¿por qué excluir a priori la posibilidad de la fe sobrenatural? ¿No sería eso caer en un dogmatismo secularista, tan pernicioso como un dogmatismo religioso? Sin embargo, antes de entrar en la disquisición de las preguntas estrictamente teológicas, quisiera esbozar algunos desafíos que caracterizan el horizonte actual en el que se desarrolla nuestro dialogo.

II. Desafíos del contexto socio-cultural

¿Cuál es el marco socio-cultural que condiciona nuestra búsqueda por los principios de justicia en la sociedad? ¿Qué ambiente debe afrontar el mensaje de la DSI? Como siempre en la historia de la Iglesia, existen luces y sombras, oportunidades y obstáculos para su misión.

a) Por un lado, el secularismo se ha hecho más agresivo después del atentado a las torres gemelas el 9 de septiembre de 2001; y la posterior onda de violencia terrorista de carácter “pseudo-religiosa”, que tortura el mundo, no hace más que confirmar a los “nuevos ateos” que la religión fuera un mal. Un mal que, según ellos, antes del 9/11 se podía a regañadientes soportar, pero ahora se ha convertido en amenaza. Por eso, afirman equivocadamente los nuevos ateos, los que aman la libertad de Occidente deben luchar contra la religión como tal y combatirla como un “virus”.
Pero los nuevos ateos han perdido. En realidad, nunca desde la Ilustración se ha hablado tanto de religión. La religión pública está en aumento desde los años 1980 [Véase, por ejemplo, la obra “clásica” de José Casanova, Public Religions in the Modern World (Chicago and London: The University of Chicago Press, 1994)]. Además, la globalización en el trabajo nos fuerza a confrontarnos con otras creencias, y líderes como los papas recientes contribuyen a mantener en primer plano el tema de la fe.

b) También en los EE.UU., el país occidental más desarrollado, y tradicionalmente cristiano con una presencia religiosa pública sorprendente, el número de personas que se declaran creyentes está disminuyendo. La razón que muchos de los entrevistados dan para justificar su desafección es la incompatibilidad entre fe y ciencia. Eso confirma la percepción de Charles Taylor que vivimos culturalmente en un “immanent frame” [véase Charles Taylor, A Secular Age (Cambridge, Ma and London: The Belknap Press of Harvard University Press, 2007), 594-617], es decir en una concepción cosmológica que intenta explicar todo y cualquier fenómeno solo en referencia a la realidad intramundana. Al mismo tiempo, y paradójicamente, el progreso y la difusión del secularismo hacen incomprensible el secularismo. En la medida en que el secularismo destruye la religiosidad, en tal medida una postura anti-religiosa pierde su sentido. Si el enemigo ya no existe, ¿contra qué estoy luchando? En realidad, como ya lo vio Niklas Luhmann [Niklas Luhmann, Funktion der Religion (Berlin: Suhrkamp, 1982)], secularidad es un concepto religioso.
A la vez, no poca gente descubre que la libertad que la superación de la religión y de la fe les había prometido, es un engaño. No es una liberación verdadera, sino un desamparo. Una persona que se encuentra en el desierto, sí está libre en el sentido que puede ir donde quiere. Pero, si no sabe cuál es el camino, ¿para qué le sirve su libertad? No es libre, ¡está perdida! Hemos conquistado con tanto esfuerzo la libertad, y una vez conquistada, la cultura occidental se siente como el joven Werther en la novela de Goethe: el único remedio que aparece al horizonte de la pérdida de sentido es el suicidio. No pocos, gracias a Dios, buscan una salida diversa a la auto-extinción. Notamos un nuevo tipo de “secularismo” en un mundo post-secular [José Mapril/Ruy Blanes/Emerson Giumbelli/Erin K. Wilson (ed.), Secularisms in a Postsecular Age? Religiosities and Subjectivities in Comparative Perspective (London: Palgrave-MacMillan, 2017)] que se manifiesta en una apertura mayor, sí atemática, pero post-crítica al sentido trascendente como novedad. El número de “dwellers” ha disminuido, pero ha aumento el número de “seekers” – personas que buscan ansiosamente la felicidad, la verdad, sentido en una espiritualidad y fe sin institución. Esas personas, si encuentran autenticidad cristiana en los testigos de la resurrección, tendrán también su encuentro con el Redentor Resucitado en su Cuerpo que es la Iglesia.

c) El tercer elemento que quisiera mencionar es la irrupción, no pocas veces violenta, del islam político en el mundo occidental que ha roto definitivamente el cómodo compromiso multicultural occidental. Ese credo político había declarado la igualdad de las religiones basada en la indiferencia de la religión en la esfera pública. Es decir, su solución falsa era que todas las religiones son iguales porque todas son igualmente excluidas o indiferentes [Véase Pierpaolo Donati, Oltre Il Multiculturalismo. La ragione relazionale per un mondo comune. (Roma-Bari: Laterza, 2008)]. En tal visión, si una religión desea aportar algo al discurso público-político debe traducirlo en términos seculares, no debe hablar como religión y en términos de fe. Ese consenso no existe más. Grandes porciones de ciudadanos europeos, bajo la guía de demagogos islámicos, piden la vigencia legal de la sharía en las ordenaciones legales nacionales de los países europeos donde sus abuelos, padres, o ellos mismos han inmigrado.
Por parte cristiana, ha habido propuestas muy interesantes de una “transformative accommodation”[Rowan Williams, “Civil and religious law in England: a religious perspective, in Islam and English Law”, en Islam and English Law: Rights, Responsibilities and the Place of Shari’a, ed. Robin Griffith-Jones (Cambridge: Cambridge University Press, 2013), 20 – 33.9]: se podría dar lugar a tribunales de la sharía siempre que esos tribunales respeten la dignidad humana de todas las personas y la igualdad de hombre y mujer. Aunque esta propuesta fue acérrimamente – y con razón – criticada por algunas feministas musulmanas [Elham Menea, Women and Shari’a Law (London: Tauris, 2016)], en este debate se ha abierto la posibilidad de atisbar una lealtad a un orden meta-positivo que antecede la ley civil y crea el sentido de pertenencia más allá de lo público-nacional en un orden sobrenatural. Un católico intuye aquí el redescubrimiento del derecho natural con otro nombre.

El contexto actual se presenta así bajo luces y sombras. Ahora podemos pasar a contemplar tres elementos de innovación o peldaños que nos ayudarán en la búsqueda de los principios de la justicia a la luz de la Fe. Nos señalan el camino o el método para nuestro descubrimiento.

 

III. Tres elementos de renovación de la Doctrina Social de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II

Me parece que podemos resumir esa renovación en tres puntos: la superación definitiva del “fideísmo social” para la moral social; la confirmación de la dimensión histórica del derecho natural; la centralidad de la cultura.

1. La superación del “fideísmo social”

Varias veces, la FR rechaza el fideísmo [FR 9, 25, 49, 52, 80] así como el racionalismo. Aquí me concentro en el fideísmo, no porque el racionalismo no fuera tan pernicioso como ese, sino porque hablaremos del racionalismo en la siguiente sección y el fideísmo ha tenido un mayor impacto en la DSI antes del Concilio Vaticano II. El fideísmo es una actitud de desconfianza para con la razón, que lleva a reducir todo saber verdadero a los contenidos de la revelación. Es una actitud que a veces tiene la apariencia de una gran piedad y religiosidad, como por ejemplo el rechazo del aristotelismo tomasiano por parte de los autores de la sapientia o eruditio christiana. El Concilio Vaticano I, ya en el siglo XIX, condenó el fideísmo. Sin embargo, el documento en que ese Concilio rechazó el fideísmo como contrario a la fe católica (la Constitución dogmática Dei Filius) tenía como principal objetivo defender la fe contra la crítica racionalista, no la razón contra la fe, y su enfoque eran las ciencias naturales no las ciencias sociales que apenas existían [Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius, en El magisterio de la Iglesia: Enchiridion Symbolorum defintionum et declarationum de rebus fidei et morum, ed. Heinrich Denzinger y Peter Hünermann (Barcelona: Herder, 2000), n. 3000-3045]. Me explico: en el siglo XIX, con el auge vertiginoso de las ciencias naturales, fueron estas, las ciencias naturales, la mayor preocupación del magisterio. Los descubrimientos y resultados de las ciencias naturales (evolución, astrología, progreso técnico aparentemente ilimitado, medicina, etc.) pusieron en cuestión no pocas convicciones de la visión del mundo tradicional que habían sostenido creencias religiosas. Reinaba en el ambiente cultural un gran optimismo en la capacidad humana de resolver los desafíos de la vida con la mera razón humana. No fue tanto palpable el peligro del fideísmo, aunque sí existía, más bien su contrario. Sin embargo, el Concilio Vaticano I por su misión de verdad, claramente defendió también la razón humana como ordo cognitionis, no solo la Fe. De todos modos, lo que tenían en la cabeza los Padres del Concilio Vaticano I era el fideísmo que excluía el papel de la razón en las materias de las ciencias naturales. No pensaron explícitamente (tampoco la excluían, sencillamente no era el tema) en el fideísmo social, es decir en los temas tratados por la DSI, o en la verdad práctica en el comportamiento social. La Constitución dogmática Dei Filius es sobre la fe (de fide) no la moral (de moribus).

En consecuencia, el fideísmo social quedó como una actitud subyacente en el magisterio social hasta el Concilio Vaticano II. Con eso me refiero a la actitud que piensa que cualquier problema moral social (ética de la empresa, ética política, ética de la convivencia, etc.) puede ser resuelto con la revelación, y por tanto por el magisterio eclesiástico deduciendo las soluciones desde la fe e imponiéndolas a los laicos como un legislador legisla leyes en un Estado. Fue exactamente esta actitud una de las causas para la crítica sustancial al concepto del derecho natural, y a toda la DSI que hizo Joseph Ratzinger en el año 1964 [“Naturrecht, Evangelium und Ideologie in der katholischen Soziallehre. Katholische Erwägungen zum Thema”, in Gesammelte Schriften Band 4, Einführung in das Christentum. Bekenntnis – Taufe – Nachfolge (Freiburg – Basel – Wien: Herder, 2014), 769 – 776 (originalmente publicado en el año 1964)]. Esa actitud llevó al método deductivo en la aplicación del derecho natural, es decir a un cierto fideísmo social. Me repito intencionalmente: según esta convicción, toda la verdad moral social estaría contenida en la Revelación custodiada por el magisterio de la Iglesia católica. Esta, como legisladora, podría regular cualquier pormenor moral en una especie de positivismo moral legislativo. El Concilio Vaticano II ha cambiado ese método en su Constitución pastoral Gaudium et Spes. Aunque deja a salvo el principio que el magisterio eclesiástico puede declarar inmorales también actos particulares en la esfera socio-política, esas intervenciones quedan limitadas a la salvación de las almas y a los derechos de las personas [GS, 76], o sea a ocasiones de gran envergadura. Para los demás casos (la inmensa mayoría) de la DSI la Gaudium et Spes no propone el método inductivo, como fue erróneamente enseñado por algunos, sino un método que fue llamado “abducción” [Véase Hans-Jörg Sander, “Theologischer Kommentar zur Pastoralkonstitution über die Kirche in der Welt von heute Gaudium et spes”, in Herders Theologischer Kommentar zum Zweiten Vatikanischen Konzil, vol 4, ed. Peter Hünermann y Bernd Jochen Hilberath (Freiburg – Basel – Wien: Herder, 2009), 581 – 916, 698-99]. Es en efecto una combinación de inducción y deducción: se parte de la fe o del hecho social, y mutuamente uno aprende del otro. La Iglesia enseña al mundo, pero también aprende de él. Obviamente, desde una perspectiva de la fe, la última palabra es Cristo la Palabra viva que revela el hombre al hombre. En consecuencia, la misión de la DSI es sobre todo un servicio de Fe: el ofrecimiento de sentido, la propuesta (no la imposición) de un horizonte sobrenatural en el que y solo en el cual la realidad descubre a sí misma como la que realmente es, creatura que sin el Creador desvanece. Ese servicio de la DSI es una hermenéutica de la conducta humana de la sociedad como tal. Comportamientos que parecen inocuos (¿que cambia mi esfuerzo por reciclar? ¿A quién afecta el salario justo que pago a mis empleados?, etc.) alcanzan una nueva importancia a la luz del amor de Jesucristo.

La FR, como encíclica centrada en la relación de fe y razón, completa o complementa el Concilio Vaticano I: siguiendo el cambio metodológico del Vaticano II para la DSI, añade el rechazo magisterial del fideísmo social a la condena anterior del Vaticano I del fideísmo en el campo de las ciencias naturales.

En esta línea metodológica, la FR desarrolla también la doctrina del Papa Pablo VI en su Carta Apostólica Octogesima adveniens (OA). En ese documento, Pablo VI había escrito que no era misión del magisterio proponer una única solución para las diversas situaciones en el mundo, sino correspondía “a las comunidades cristianas analizar objetivamente la situación de su país, aclararla a la luz de las palabras inmutables del Evangelio, inspirarse en los principios de la reflexión, los criterios de juicio y las directivas de acción en la enseñanza social de la Iglesia” [Pablo VI, Carta ap. Octogesima adveniens, 4]. En la formulación de la línea apenas citada no queda del todo claro, si los principios, los criterios, y las directivas se encuentran en el mismo nivel epistemológico, es decir si son diversas expresiones de la DSI en el seno de la misma. Es decir, la cuestión es si es la DSI que produce principios, criterios, y directivas, o si, al contrario, los principios corresponden al nivel más alto y abstracto, los criterios a un nivel más concreto, y las directivas al más inmediato de la acción específica y particular. En otras palabras, ¿pertenecen los tres conceptos todos a la misma disciplina (la DSI), o son frutos de tres disciplinas con metodología diversa y alcance distinto? De nuevo es la FR que arroja luz sobre esa cuestión. En su n. 98 contiene unas líneas que vale la pena citar literalmente:

“En toda la Encíclica he subrayado claramente el papel fundamental que corresponde a la verdad en el campo moral. Esta verdad, respecto a la mayor parte de los problemas éticos más urgentes, exige, por parte de la teología moral, una atenta reflexión que ponga bien de relieve su arraigo en la palabra de Dios.”

El Papa consigna a la teología la reflexión sobre la palabra de Dios, es decir el nivel más alto y de mayor abstracción. Es el nivel de los principios de sabiduría que la Sagrada Escritura contiene. Sin embargo, sola, la teología no es capaz de resolver los desafíos concretos para la DSI porque el papa continua:

“Para cumplir esta misión propia, la teología moral debe recurrir a una ética filosófica orientada a la verdad del bien;…”

Este es el segundo nivel, el de la filosofía que propone una ética para la praxis política y social. Destaca en este campo la necesidad de la prudencia, como recta ratio agibilium, y de la justicia, como primer principio social. Come es sabido, Santo Tomás distingue varios campos de la prudencia: aquella política, económica, militar, etc., remarcando la necesidad imprescindible de un nivel metodológico medio.

Pero tampoco la filosofía es suficiente, porque para conocer las situaciones reales en las que se encuentran las personas se necesitan las ciencias sociales que el Papa menciona en otros pasajes de la encíclica. Solo así,

“[G]gracias a esta visión unitaria … la teología moral será capaz de afrontar los diversos problemas de su competencia —como la paz, la justicia social, la familia, la defensa de la vida y del ambiente natural— del modo más adecuado y eficaz.”

De este modo, la FR aclara con mayor precisión la epistemología de la DSI trazada en OA. Los tres conceptos (principios, criterios, directivas de acción), por lo tanto, corresponden a tres niveles epistemológicos que residen en tres disciplinas: la teología o el nivel sapiencial; la filosofía o el nivel prudencial-ético; y el nivel operativo o técnico (ars como recta ratio factibilium). Esta distinción es para nada solo académica. Significa para la praxis que la política es una combinación de sabiduría, prudencia y arte o técnica. Ningún católico deseoso de servir a su patria en la comunidad política puede pensar que un entusiasmo religioso fuera suficiente, ni debe pensar que hablar bien en público o manejar la técnica de la dinámica de grupos lo fuese. Debe poseer las tres dimensiones arriba mencionadas.

Sin embargo, cabe preguntarse, ¿cuál de estas tres disciplinas tiene el mayor peso en la DSI? Es la filosofía, porque el evangelio no es un programa inmediatamente social o político o económico. El Nuevo Testamente posee un carácter marcadamente de ética individual. Jesús llama a cada una y a cada uno a una vida de seguimiento de Cristo y a entrar por la puerta estrecha en el reino de los Cielos a través de una justicia que supera aquella de los escribas y los fariseos [véase Mt 5:20]. En ningún lugar, Jesús dictamina leyes o habla de estructuras sociales, con la sola excepción de la revocación del divorcio. Sin embargo, el evangelio contiene muchas implicaciones para la vida social, piénsese a la descripción del Juicio Final o el mandamiento del amor o la parábola del Buen Samaritano (por cierto, también esta parábola es de fuerte carácter individual no institucional). Tampoco la virtud de la caridad, centro de toda la enseñanza moral del Señor, es un principio social inmediatamente aplicable como ley social. Los intentos de hacerlo han fallido clamorosamente, es más se han convertido en totalitarismos y opresión. Como ya vieron los estoicos [véase Cicerón, De Officiis, lb. I, 7 (20)], el primer principio social, la primera estructura para la sociedad es la justicia. A su vez, la justicia, una vez asentada, necesita la caridad para moderarla. Si no, se hace dura e inhumana. La centralidad del derecho natural en la tradición de la DSI demuestra que ni el evangelio ni la caridad son inmediatamente aplicables como programas político-sociales [específicamente para la FR véase Roberto Bosca, “Fides et Ratio. La Ley natural en la Doctrina social de la Iglesia”, en Ley y dominio en Francisco de Vitoria, ed. Juan Cruz Cruz (Pamplona: EUNSA, 2008), 253-263.]. Como ya se dijo al inicio, el derecho natural es una norma alcanzable por la razón. Recurrir a él manifiesta la convicción católica que Dios no ha revelado una ley civil sino los Diez Mandamientos como ley moral, y ha dejado la ordenación concreta de la sociedad a la inteligencia y cura humanas. Por eso también se da el carácter cambiante y a veces fluctuante de la DSI porque es una combinación de principios perennes con su aplicación histórica categorial, cuya formulación concreta cambia según las circunstancias a las que son aplicados los principios [véase Nota 1 Proemio de Gaudium et Spes].

Sin embargo, la teología juega un papel imprescindible también en la DSI. La revelación cristiana añade a la ética de la razón elementos específicamente cristianos, en particular la dimensión de la caridad que tiene su máxima manifestación en la Cruz de Cristo. Las virtudes de la Cruz no están en ningún catálogo de las virtudes paganas, alcanzables por la mera razón. Santo Tomas se refería a la Cruz como su libro donde aprendía a identificarse con Cristo: ama lo que amaba Cristo en la Cruz: la obediencia, la paciencia, el amor, la pobreza en medio de desprecio, deshonra, soledad, hambre, sed, y dolor de todo tipo; desprecia lo que despreciaba Jesús en la Cruz: el odio, la soberbia, la avaricia, el temor humano, etc. La FR subraya esa idea:

“El Hijo de Dios crucificado es el acontecimiento histórico contra el cual se estrella todo intento de la mente de construir sobre argumentaciones solamente humanas una justificación suficiente del sentido de la existencia…. La sabiduría de la Cruz, pues, supera todo límite cultural… La filosofía, que por sí misma es capaz de reconocer el incesante transcenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe puede abrirse a acoger en la «locura» de la Cruz la auténtica crítica de los que creen poseer la verdad, aprisionándola entre los recovecos de su sistema.” [FR, 23]

La Cruz es de gran importancia también para la DSI, no solo porque es una llamada continua a proteger al inocente contra juicios injustos, sino porque es una llave intelectual que deja abierta la convicción que Cristo no se deja encerrar en ningún sistema. Su amor es como un terremoto continuo que hace imposible refugiarse cómodamente en construcciones humanas: siempre pide más el Amor.

Ya se aludió al carácter fluctuante e histórico de la DSI. Este es el segundo elemento de la renovación de la DSI después del Concilio Vaticano II, y de eso trataremos enseguida.

 

2. La confirmación de la dimensión histórica de la Doctrina Social de la Iglesia

Es un lugar común teológico (no un lugar teológico común) que durante el siglo XX la teología hizo un cambio copernicano desde el método suareziano de la predicación de verdades universales e inmutables a la mayor comprensión del desarrollo del misterio de la salvación, gracias también a John Henry Newman y su acento en el desarrollo de la doctrina cristiana [Rowland; John Henry Newman, The Development of Christian Doctrine]. En realidad, ese movimiento tiene un lejano antecesor en la tardía escolástica ibérica. Pensemos sobre todo a Melchor Cano quien en De locis theologicis enumera como último lugar teológico la historia sagrada y profana. Ciertamente, solo le sirve para la mejor comprensión del dato revelado, no como fuente de revelación, pero Cano descubre que la fe en un dogma presupone el dato histórico de la existencia del Papa o la legitimidad del Concilio que lo proclamó. También el probabilismo del siglo XVI era un sistema moral que intentaba alcanzar certeza operativa en un mundo real histórico y fluctuante. En un contexto más reciente, fueron el romanticismo, la dialéctica hegeliana y marxista, en el ámbito secular, y la teología de Newman en el ámbito eclesial, que en el siglo XIX prepararon el terreno para la convicción que las ideas de fe son vivas y se desarrollan en el tiempo, o no se desarrollan y entonces es una fe muerta. Por eso, la tradición es la fe viva de los muertos; el tradicionalismo es la fe muerta de los vivos.

Explicando los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II, Benedicto XVI, como es sabido, ha contrastado la hermenéutica de la discontinuidad y ruptura a la correcta hermenéutica de la reforma. Continuidad en los principios es compatible con discontinuidad en la aplicación a las circunstancias concretas, y en el caso de la libertad religiosa como elemento importante de la estatalidad moderna, la Iglesia en su DS ha vuelto a sus raíces [véase Benedicto XVI, Discurso 22 de diciembre de 2005; Martin Schlag, Annales Theologici ]. Ya antes del papa Benedicto XVI, Juan Pablo II en su FR había resaltado fuertemente la importancia de la historia para la fe:

“La revelación de Dios se inserta, pues, en el tiempo y la historia, más aún, la encarnación de Jesucristo, tiene lugar en la «plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4)…. La verdad que Dios ha comunicado al hombre sobre sí mismo y sobre su vida se inserta, pues, en el tiempo y en la historia…. La historia, pues, es para el Pueblo de Dios un camino que hay que recorrer por entero, de forma que la verdad revelada exprese en plenitud sus contenidos gracias a la acción incesante del Espíritu Santo (cf. Jn 16, 13)…. Así pues, la historia es el lugar donde podemos constatar la acción de Dios en favor de la humanidad. Él se nos manifiesta en lo que para nosotros es más familiar y fácil de verificar, porque pertenece a nuestro contexto cotidiano, sin el cual no llegaríamos a comprendernos.” [FR, 10-12]

Lejos del papa predicar un relativismo historicista [véase FR, 87], lo que desea expresar es el desarrollo del dato revelado bajo la guía del Espíritu Santo. Propone no un relativismo sino un “relacionalismo”, en el sentido que esboza en otro lugar:

“Como inteligencia de la Revelación, la teología en las diversas épocas históricas ha debido afrontar siempre las exigencias de las diferentes culturas para luego conciliar en ellas el contenido de la fe con una conceptualización coherente.” [FR, 92]

Se trata pues, de hacer relucir toda la fuerza de la verdad evangélica de modo autentico en las diversas circunstancias históricas.

En el ámbito de la DSI la experiencia de los siglos nos dice que el recurso a verdades ultimas en política puede ser muy peligroso. Ya Jean Bodin había intuido que en la ética política el orden de valores es invertido en comparación con el orden de valores en la ética individual. Allí, en la ética individual, Dios, su gracia y la verdad religiosa ocupan el primer puesto, después vienen la familia, los amigos, y otros valores espirituales, para llegar a las necesidades corporales (comida, casa, vestido, etc.) en los lugares más bajos. Sin embargo, para la política el orden es al revés: no es tarea del Estado decidir sobre cuestiones de fe, o imponer culto a Dios, sino su tarea fundamental es asegurar las necesidades materiales, la convivencia pacífica y justa en libertad. Es decir, el estado moderno se limita a procurar el bien común temporal dejando a la libertad responsable de conciencia las cuestiones más altas de la fe y religión.

En la DSI fueron las encíclicas Pacem in Terris de San Juan XXIII y Centesimus Annus de San Juan Pablo II que superaron lo que llamo “esencialismo socio-político” y lo sustituyeron con un “institucionalismo pragmático-ideal”. Me explico: La neo-escolástica había recuperado el método iusnaturalista que funciona bien para la ética individual. La naturaleza humana se mantiene estable a través de los milenios. Todos los hombres de todos los tiempos tienen alma y cuerpo, pasiones y corazón, hambre por la verdad y el bien, miedo a la muerte y ganas de amar y ser amados. De allí es posible entrever los fines naturales que alcanzamos en las virtudes como hábitos de elección. En contraste, ¿cómo se usa ese método con el Estado u otros entes colectivos? No faltan intentos fallidos en la historia de la Iglesia: el monarquismo, el corporativismo, etc. Fue de la experiencia política y social del mundo anglo-sajón que la DSI moderna ha aprendido un camino quizás más humilde pero más eficaz: basarse en la experiencia de lo que funciona para el bien común de las naciones (pragmatismo-ideal); no fiarse en solo las virtudes de los gobernantes, sino crear sistemas de control mutuo, de división de poder; la garantía de derechos individuales que limitan el poder central. En una palabra, el estado moderno liberal constitucional de derecho con sus sistemas de protección social para los excluidos y marginados.

Estudios recientes nos han hecho entender mejor que el factor determinante para la riqueza y prosperidad de las naciones son las instituciones políticas de la nación. O son inclusivas porque consiguen distribuir más o menos ecuamente el poder político y económico o son extractivas: toda la riqueza es absorbida por una pequeña elite de poderosos que se reservan abundantes medios para alcanzar la educación y la salud que permiten subir [véanse Daron Acemoglu and James A. Robinson, Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty(New York: Crown Business, 2012)].

El hincapié que la filosofía y la teología recientes, y también el magisterio, ponen en la dimensión histórica de la verdad, cuando se traduce a la DSI, paréceme indicar el camino del institucionalismo pragmático-ideal también para la doctrina social católica. Concuerda con el programa de Joseph Ratzinger que intentó salvar los elementos positivos del proyecto político-social de la Ilustración (derechos humanos, libertad religiosa, soberanía popular, democracia, etc.) de su autodestrucción por haber cortado con sus raíces cristianas. Por eso el esfuerzo del Papa Benedicto XVI para ampliar el concepto de razón, y de hacer entender que fe y razón se requieren también en la vida social. En su famoso discurso en Subiaco, después de haber alabado los logros de la modernidad, frutos de la Ilustración, dijo que las filosofías modernas ilustradas

“están basadas en una autolimitación de la razón positiva, que resulta adecuada en el ámbito técnico, pero que allí donde se generaliza, provoca una mutilación del hombre. Como consecuencia, el hombre deja de admitir toda instancia moral fuera de sus cálculos, y –como veíamos– el concepto de libertad, que a primera vista podría parecer que se extiende de manera ilimitada, al final lleva a la autodestrucción de la libertad.” [Joseph Ratzinger, Discurso 1 de abril de 2005; https://es.zenit.org/articles/la-ultima-conferencia-de-ratzinger-europa-en-la-crisis-de-las-culturas/]

En su encíclica Deus Caritas Est el Papa Benedicto XVI aplicó esta consideración a la DSI, y nos dejó unas líneas iluminadas que tienen su respaldo en la importancia que Juan Pablo II atribuyó a la historia. Benedicto XVI acoge la herencia doctrinal de su predecesor y la desarrolla para dejar espacio al estado moderno, y a la vez salvar la razón política de su perversión, ceguera y cerrazón ideológica. Para determinar con mayor precisión la relación entre la Iglesia, por un lado, y el Estado y la sociedad, por otro, recurre a la relación entre fe y razón.

“Ya se ha dicho que el establecimiento de estructuras justas no es un cometido inmediato de la Iglesia [entendida como jerarquía, MS], sino que pertenece a la esfera de la política, es decir, de la razón auto-responsable. En esto, la tarea de la Iglesia es mediata, ya que le corresponde contribuir a la purificación de la razón y reavivar las fuerzas morales, sin lo cual no se instauran estructuras justas, ni éstas pueden ser operativas a largo plazo.” [Benedicto XVI, Deus Caritas Est, 29 (énfasis añadida). En adelante usaré la abreviación DCE]

Es sumamente importante que el Papa Benedicto XVI hable de una tarea mediata (officium intermedium). Con esta expresión el Papa revoca la teoría de la potestad indirecta del magisterio de la Iglesia sobre la esfera temporal de la política, como explica en la misma encíclica: La fe

“es una fuerza purificadora para la razón misma. Al partir de la perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así a ser mejor ella misma. La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado.” [DCE, 28]

Con mayor claridad aun el Papa Benedicto XVI saca las consecuencias de la mutua relación e interdependencia de fe y razón, magisterio y sociedad en su discurso en Westminster en el año 2010. Después de rechazar la idea de que la religión pudiese dictaminar leyes o intervenir directamente en decisiones políticas, declara que el papel de la religión cristiana

“consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos. Este papel “corrector” de la religión respecto a la razón no siempre ha sido bienvenido, en parte debido a expresiones deformadas de la religión, tales como el sectarismo y el fundamentalismo, que pueden ser percibidas como generadoras de serios problemas sociales. Y a su vez, dichas distorsiones de la religión surgen cuando se presta una atención insuficiente al papel purificador y vertebrador de la razón respecto a la religión. Se trata de un proceso en doble sentido. Sin la ayuda correctora de la religión, la razón puede ser también presa de distorsiones, como cuando es manipulada por las ideologías o se aplica de forma parcial en detrimento de la consideración plena de la dignidad de la persona humana.… Por eso deseo indicar que el mundo de la razón y el mundo de la fe —el mundo de la racionalidad secular y el mundo de las creencias religiosas— necesitan uno de otro y no deberían tener miedo de entablar un diálogo profundo y continuo, por el bien de nuestra civilización. » [http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2010/september/documents/hf_ben-xvi_spe_20100917_societa-civile.html”]

Es importante resaltar lo que el papa señala: fe y razón se necesitan mutuamente, y por lo tanto también “racionalidad secular” e Iglesia. La fe deja total libertad a la “racionalidad secular”, y con ella, da espacio al estado moderno con su mayor comprensión de la importancia de las instituciones y el ordenamiento legal. ¿Que mejor lugar para buscar los principios de justicia para la sociedad que en la experiencia de siglos con las instituciones políticas que han llevado a paz y prosperidad?

El programa de salvación de la Ilustración de su propia autodestrucción nos lleva al tercer elemento de renovación de la DSI, o sea la importancia de la cultura.

3. La centralidad de la cultura en la Doctrina Social de la Iglesia

El tema de la Ilustración me sirvió de puente a la sección sobre la cultura porque fue exactamente la cultura latinoamericana que causó una recepción de la Gaudium et Spes diversa en América Latina que en Europa, y tiene que ver con la Ilustración. Ese modo diverso de recepción es muy aleccionador también en un contexto universal porque es un ejemplo como la mediación cultural condiciona la comprensión de textos.

Ratzinger mostró en su Theologische Prinzipienlehre que en Europa, especialmente en los Países Bajos, la Constitución pastoral fue acogida con la ilusión de tener en manos un Contra-Syllabus que finalmente permitiese reconciliarse con la Ilustración y la modernidad. No así en América Latina donde la Ilustración había sido tiempo de esclavitud, de supresión de la Compañía de Jesús, y origen de las ideologías y sistemas que –según la percepción de muchos– seguían explotando a las naciones de la mitad meridional del continente. En América Latina la vuelta paradigmática de la Gaudium et Spes dio origen a la Teología de la Liberación y una mayor preocupación por los pobres y la cultura.

Antes de proseguir con esa línea de pensamiento, miremos en que consistía ese cambio metodológico introducido por la Gaudium et spes. La constitución pastoral en su subtitulo se llama “sobre la Iglesia en el mundo actual”. No es meramente una indiferente combinación de palabras. León XIII había concebido la relación entre Iglesia y Estado de modo análogo a las relaciones entre dos príncipes o dos estados reguladas por concordatos. En su tiempo la Constitución pastoral se habría probablemente llamado “La Iglesia y el Estado actual”. Según el modelo antiguo, el Estado abría su territorio a las instituciones de la Iglesia, las protegía, y prometía conformidad de las leyes civiles a los principios morales enseñados por el magisterio eclesiástico. En cambio, le Iglesia rezaba por el monarca y lo apoyaba. Era el sistema de unión de trono y altar que había emanado de la paz de Westfalia: cuius regio eius religio. Era un modelo de evangelización desde arriba: desde arriba, con medios estatales de coacción, se imponían la religión y la conformidad con la moral cristiana.

La GS, en cambio, ya con su subtitulo “en el mundo”, eligió un método diverso: una evangelización desde dentro, o desde abajo hacia arriba. El Concilio tomó nota del hecho que las sociedades modernas eran democráticas y pluralistas, y que el adecuado método en esas circunstancias requería la intervención de los laicos. Es la hora de los laicos católicos, ciudadanos del mundo que en su propio derecho y estando ya dentro de las estructuras y mecanismos del mundo, en pleno respeto de la autonomía relativa de las realidades terrenas están llamados a iluminar desde dentro la sociedad con la luz de Cristo y calentarla con el Amor de su Corazón. Aunque las leyes civiles jueguen un papel considerable en ese proceso, no son ellas el medio principal para alcanzar el fin deseado. La nueva evangelización que el Concilio Vaticano II quería promover ha sido llamado un proceso de cambio cultural, un proyecto cultural [véase Francis Cardinal George, The Difference God Makes: A Catholic Vision of Faith, Communion, and Culture (New York: The Crossroad Publishing Company, 2009), 38-41].

Juan Pablo II se puede llamar propiamente “el papa de la cultura”. Fue una preocupación constante suya llamar la atención a su importancia, y defenderla. En su último libro Memoria e Identidad dedicó todo un capitulo a reflexionar sobre la cultura y la nación [Pope John Paul II, Memory and Identity. Personal Reflections. London: Weidenfeld & Nicolson, 2005, 91-97]. En el relato del Génesis, concretamente en Gen 1:28 ve la más antigua y más completa explicación de la cultura. El mundo fue confiado al dominio de la humanidad del varón y de la mujer como don y tarea. La tarea es vivir según la verdad, y estructurar todo según esta verdad. En este libro cita su propio discurso a la UNESCO en al año 1980:

“El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. La vida humana es cultura también en el sentido de que el hombre, a través de ella, se distingue y se diferencia de todo lo demás que existe en el mundo visible: el hombre no puede prescindir de la cultura. La cultura es un modo específico del «existir» y del «ser» del hombre. El hombre vive siempre según una cultura que le es propia, y que, a su vez crea entre los hombres un lazo que les es también propio, determinando el carácter inter-humano y social de la existencia humana….”

Uno de esos lazos es la comunidad nacional en el que vivimos:

“La nación es, en efecto, la gran comunidad de los hombres qué están unidos por diversos vínculos, pero sobre todo, precisamente, por la cultura. La nación existe «por» y «para» la cultura, y así es ella la gran educadora de los hombres para que puedan «ser más» en la comunidad. La nación es esta comunidad que posee una historia que supera la historia del individuo y de la familia» [Juan Pablo II, http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1980/june/documents/hf_jp-ii_spe_19800602_unesco.html]

No nos puede sorprender que la cultura tenga un lugar destacado también en el magisterio de los papas recientes [véase FR, 61, 70-71; Benedicto XVI, Discurso de apertura de la 5a Asamblea general del CELAM en Aparecida, en 2007, http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/speeches/2007/may/documents/hf_ben-xvi_spe_20070513_conference-aparecida.html; Francisco: “La Iglesia siempre ha estado presente en los lugares donde se elabora la cultura.” Francisco, Discurso a los participantes en la asamblea diocesana de Roma, junio 2013, http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2013/june/documents/papa-francesco_20130617_convegno-diocesano-roma.html]. Las consideraciones de los papas giran alrededor del encuentro de la fe con las diversas culturas del mundo. Subrayan que el evangelio, cuando es correctamente inculturado, no significa nunca una alienación de la respectiva cultura, sino al contrario su purificación y perfección. Una cultura verdaderamente conforme al hombre y a la mujer es una cultura abierta a la verdad, y por lo tanto abierta a Cristo. Aceptando a Cristo descubre a si misma de un modo más humano y más gratificante:

«Las auténticas culturas no están cerradas en sí mismas ni petrificadas en un determinado punto de la historia, sino que están abiertas, más aún, buscan el encuentro con otras culturas, esperan alcanzar la universalidad en el encuentro y el diálogo con otras formas de vida y con los elementos que puedan llevar a una nueva síntesis en la que se respete siempre la diversidad de las expresiones y de su realización cultural concreta. En última instancia, sólo la verdad unifica y su prueba es el amor. Por eso Cristo, siendo realmente el Logos encarnado, «el amor hasta el extremo», no es ajeno a cultura alguna ni a ninguna persona; por el contrario, la respuesta anhelada en el corazón de las culturas es lo que les da su identidad última, uniendo a la humanidad y respetando a la vez la riqueza de las diversidades, abriendo a todos al crecimiento en la verdadera humanización, en el auténtico progreso. El Verbo de Dios, haciéndose carne en Jesucristo, se hizo también historia y cultura» [Benedicto XVI, Discurso de apertura de la 5a Asamblea general del CELAM en Aparecida, en 2007].

Palabras como esas tienen una importancia enorme para la DSI. Corrigen la reacción latinoamericana inicial a la GS, la Teología de la liberación, a la que el magisterio pontificio se refiere negativamente por su conexión con el marxismo [FR, 54]. Al mismo tiempo al subrayar la importancia de la historia y de la cultura utiliza palabras, expresiones y giros que podrían encontrarse en los escritos de Lucio Gera [Virginia Raquel Azcuy, Carlos Galli, Marcelo González (ed.), Escritos Teológico-Pastorales de Lucio Gera, vol 1: Del Preconcilio a la Conferencia de Puebla (1956 – 1981), Buenos Aires: Agape Libros – Facultad de Teología UCA, 2006; Virginia Raquel Azcuy, Carlos Galli, Marcelo González (ed.), Escritos Teológico-Pastorales de Lucio Gera, vol 2: De la Conferencia de Puebla a nuestros días (1982 – 2007), Buenos Aires: Agape Libros – Facultad de Teología UCA, 2007.], Juan Carlos Scannone [Juan Carlos Scannone, Quando il popolo diventa teologo. Protagonisti e percorsi della teología del pueblo. Bologna: EMI, 2016] u otros autores de la Teología del Pueblo, que han influido al Papa Francisco que, en realidad no dice otras cosas que sus predecesores, aunque de modo y con énfasis diversos.

Conclusiones

En estas líneas hemos recorrido unos peldaños metodológicos para discernir el camino que la Doctrina Social de la Iglesia actual toma en su búsqueda por los principios de la justicia en el ámbito socio-económico. Hemos visto que el magisterio pontificio rechaza el “fideísmo social” para animar a los cristianos laicos a ejercer su conciencia rectamente formada; que la experiencia socio-política anglosajona es el patrón para el enfoque pragmático-idealista que aprende de la historia; y que la DSI ha optado por un programa de transformación cultural para llevar a cabo la evangelización de la sociedad contemporánea.

Ciertamente, no he enumerado ni mucho menos pormenorizado esos principios de la justicia. Algunos lectores podrían echarlos en falta. Sin embargo, es más importante trazar el camino que dar todo por hecho, que por cierto ni es posible. La historia está en nuestras manos como una aventura abierta. Lo que es cierto es que Cristo es el Señor de la historia y a la vez el Gran Disturbador que nos despierta del sueño de la comodidad y nos sacude de falsas seguridades que nos hemos fabricado con estructuras humanas. Cristo es siempre más, pide más justicia y más caridad – y llama a nuestros corazones para una respuesta magnánima que no se achica ante tanta hermosura y tanto desafío.

Un Shakespeare marxista

Emprendemos una búsqueda del sentido de una de las obras menos leídas, menos admiradas y menos representadas de William Shakespeare, Timón de Atenas, y que fue, no obstante, la preferida del últimamente tan conmemorado Karl Marx.

Quitando a Marx, los críticos suelen coincidir en que estamos ante una obra mediocre, además de inacabada y escrita en colaboración. Como sostengo siempre, Shakespeare está muy infravalorado. En Timón de Atenas habría que reconocerle, como poco, un supremo toque de genio: haber escrito una obra mediocre justo porque uno de sus temas es la defensa de la aurea mediocritas y del justo medio. Algo parecido, pero con espléndida prosa, debió de pensar el príncipe de Lampedusa cuando consideraba que estábamos ante un Shakespeare deprimido, sí, cuya obra “parece uno de esos guisotes de caza que los cocineros apañan con las partes menos selectas de los faisanes, de las libres o de los jabalíes. Si el cocinero conoce su oficio te chupas los dedos. Y en este caso el jabalí es Macbeth y el faisán, El rey Lear. Y el cocinero es Shakespeare. La presentación de ese guisote no es muy buena, de acuerdo, y se sirve en la mesa en tajados y bocados poco agradables a la vista. Pero si uno se arriesga a probarlos, encuentra en ellos el aroma de la bestia salvaje y el perfume de los bosques”.

A diferencia de otras obras de Shakespeare, quizá ésta necesite que recordemos su argumento. El fastuoso Timón vive en Atenas prodigando regalos, festines, limosnas y favores. Le acompaña, lógicamente, una corte de adulones y una aureola de lisonjas. Hasta que los prestamistas, amoscados por su nivel de gasto, deciden reclamar sus deudas a una, y lo arruinan. Pide socorro a sus favorecidos y se excusan. Timón cae en un furioso desencanto y, tras ponerlos espléndidamente vestidos de limpio, se retira, en principio misántropo, a las soledades del campo. Con tanta suerte o, mejor dicho, con tanta ironía que da, en la cueva donde se esconde, con un fabuloso tesoro. No muda, sin embargo, de amargura. Se desembaraza de su misantropía y se dispone a aprovechar toda esa riqueza para financiar la destrucción de la sociedad que le desencantó.

Se podría discutir, como propone Harold Bloom, si el Timón primigenio era un benéfico idealista, un caballero misericordioso, un heroico amante de sus convecinos y al que sólo el desengaño convirtió en un monstruo, pero aquí Shakespeare, contra lo que acostumbra, no deja margen a la interpretación. Apemanto, el único filósofo profesional que aparece en la obra completa del Bardo, zanja la cuestión al diagnosticar a Timón: “Nunca has conocido el punto medio de la humanidad”. Con tan aristotélica clave interpretativa, asistimos a toda una cascada de críticas al continuo derramar regalos alrededor, tan vicio como la avaricia: “Nunca hubo nadie tan insensato en su bondad”; “Si desde antes hubieras odiado a los entrometidos, ahora te amarías mejor a ti mismo”; “¿Has conocido a algún pródigo amado?” y “Quien gusta de ser adulado se merece a los aduladores”. La prodigalidad era incluso peor que la avaricia porque tenía un fin espurio: ganarse (comprar) el amor y la admiración de todos.

Si Shakespeare sitúa la moraleja tan en la superficie es que, en el fondo, quiere decirnos mucho más. ¿Teatralizó a un personaje menor de Vidas paralelas de Plutarco porque, en un perfil así de extremoso y en un bandazo vital tan absoluto, se percibe la sombra de Enrique VIII, que pasó de la noche a la mañana de Defensor Fidei , campeón del Papado, a protagonizar un cisma sin contemplaciones? Con independencia de esos ecos o no, dejemos que nos guíe nuestra sensibilidad. Una primera luz es la que deslumbró a Karl Marx, esto es, el papel central que parece tener el dinero en la obra. Se entiende que la oda al dinero que Timón recita “mirando al oro” impresionase al primer marxista:

¡Oh, tú, dulce regicida
y precioso divorcio entre el hijo natural y el padre,
brillante corruptor del más puro lecho de Himeneo,
valiente Marte, galante siempre joven,
fresco, amado y delicado, cuyo resplandor
derrite la nieve sagrada en el regazo de Diana!
¡Tú, dios visible, que sueldas estrechamente
los contrarios y haces que se besen;
que hablas en todas las lenguas y con cualquier objeto!
¡Oh, piedra de toque de los corazones,
piensa que tus esclavos, los hombres, se rebelan,
y haz con tu poder que se enfrenten y se inmolen,
para que en el mundo imperen las bestias!

Una lectura más atenta caerá en la cuenta de que el dinero no tiene un papel principal ni por asomo. Es siempre sólo un medio. Primero, para comprar la pertenencia y la preeminencia social; después, para destruir esa sociedad que se dejaba comprar, pero que, en cuanto deja de ser comprada, vuelve la espalda en busca de un mejor postor.

Las subsiguientes ansias corruptoras de Timón espantan. Qué potencia (también estética) la de sus insultos y, sobre todo, la del discurso de la destrucción. Nos resultaría inverosímil si no supiésemos de la existencia de multimillonarios multinacionales muy empeñados en intervenir de modo parecido en nuestro tiempo en nuestras sociedades. Eso le da un sesgo político y contemporáneo (de rabiosa actualidad) a la tragedia shakespeariana. La diferencia –por la que Shakespeare deviene impagable— es que Timón lo proclama abiertamente:

¡Matronas, volveos lascivas!
¡Abandonad a los hijos, obediencia!
¡Esclavos, tontos, arrancad al grave y rugoso
Senado de su escaño, y gobernad en su lugar!
¡Oh, verde virginidad,
convertíos en este instante en la peor inmundicia!
¡Y que sea ante la mirada de los padres!
¡Hombres en bancarrota, no cedáis, y en vez de devolver,
sacad vuestros cuchillos y cortadle el cuello
a los acreedores! ¡Robad, siervos!
Insumisos bandidos son vuestros venerables amos,
que roban apelando a las leyes.
¡Criada, a la cama de vuestro amo,
que vuestra ama está en el burdel!
¡Adolescente, quítale a tu padre
viejo y renqueante su muleta almohadillada,
y rómpele con ella la cabeza!
¡Que la piedad, el temor, la religión de los dioses,
la paz, la justicia, la verdad, el respeto familiar,
el reposo nocturno y la buena vecindad,
la instrucción, los modales, los oficios, las ocupaciones,
las jerarquías, las tradiciones,
las costumbres y las leyes
degeneren en sus confusos contrarios,
y que después la confusión siga reinando!

Contra mi querencia casi invencible a aceptar, admirar y propagar los análisis girardianos, aquí la crisis no es mimética ni de degree como René Girard propone en Shakespeare, los fuegos de la envidia (1990). Es una crisis voluntariosa, planificada y generosamente financiada.

Shakespeare deja muy abierta la discusión de los motivos por los que Timón de Atenas se revuelve con ansias tan asoladoras. ¿El desengaño, el remordimiento? Sí, claro, aunque la explicación completa sólo podría ser la marxista. Pero no la del más célebre admirador de Timón de Atenas, sino la de Groucho. Timón nunca pertenecería a un club que le admitiese como socio. Al haber comprado la admiración general, él ha adquirido de propina el desprecio de esa sociedad que se había rendido a sus pies. “La docta calva se inclina ante el imbécil dorado”, se dice, situándole en el papel de imbécil dorado y dejando por las doctas calvas rodando por los suelos. Cambian luego las tornas, pero Timón no escapa al círculo vicioso que detectó Nietzsche: “Quien a sí mismo se desprecia continúa apreciándose, sin embargo, a sí mismo, como despreciador”.

Sí hay un hombre honrado (“sólo uno”, recalca Timón), pero con tan mala suerte que es su mayordomo, Flavio. Queda apuntado un hondo problema ético: la honradez de los que sirven virtuosamente a los corruptos o corruptores. Ese dilema queda, por desgracia, sólo levemente sugerido. Al haber sido su siervo, Flavio no tiene el peso suficiente como vencer el odio de Timón a la humanidad o éste, vanidoso y esnob, no tiene la suficiente conciencia o categoría para admirar a un inferior. El noble mayordomo pudo prestarle el mejor servicio, pero Timón lo declina. Muere reconociendo que “en vida odió a los hombres”. Obsérvese: los odió siempre, tanto cuando les daba para ganarlos como cuando daba para perderlos. Timón de Atenas es el único personaje en toda la obra de Shakespeare que carece de todo vínculo familiar o lazo romántico. El elogio fúnebre de Alcibíades (“Ha muerto el noble Timón;/ su recuerdo crecerá con el tiempo”) no sabemos si es irónico o si es, me temo, la aceptación, precisamente, del club que decía Groucho Marx, en el que el victorioso general Alcibíades se apresta a inscribirse, como tantos, con todos los honores.

Rob Riemen: «Nuestra vida no trata de hechos, es búsqueda de sentido»

Rob Riemen (Países Bajos, 1962), una suerte de Erasmo de Róterdam moderno que enarbola la bandera del humanismo en una sociedad deshumanizada, es ensayista, fundador y presidente del Nexus Instituut, un foro que fomenta el debate filosófico y cultural. Entre sus obras cabe destacar Nobleza de espíritu, traducida a dieciocho idiomas. Ha estado en Madrid donde ha presentado su nuevo libro: Para combatir esta era. El pasado viernes conversó con Nueva Revista en los siguientes términos. 

¿Qué supone Para combatir esta era respecto de su ya clásico Nobleza de espíritu?

Para combatir esta era es una secuela de Nobleza de espíritu. En Nobleza de espíritu hay cuatro relatos en los que procuro definir la esencia de la democracia para responder a la pregunta de Sócrates sobre cuál es la mejor forma de vivir. En Para combatir esta era hay dos ensayos, uno sobre el regreso del fascismo, que es una amenaza inmediata a la democracia, y otro sobre el espíritu de Europa, donde indago también en los retos a los que nos enfrentamos. Son libros que se complementan.

¿Qué entiende usted por “nobleza de espíritu”?

Definirla es difícil, porque las definiciones pertenecen más al mundo de la ciencia. No se puede definir el amor, la amistad… Yo por eso narro, y en esas narraciones intento reflejar la dignidad del ser humano, qué es lo que hace que la vida tenga sentido y merezca la pena ser vivida. Nuestra naturaleza necesita del significado. Nobleza de espíritu es una expresión que empieza con Sócrates y se encuentra en todas las culturas, es una expresión de bien. De eso va la vida. No se necesita mucho dinero… no se necesita nada para vivir la vida de acuerdo a la nobleza de espíritu.

¿Cuál es la diferencia entre nobleza de espíritu y “educación liberal”?

La una pertenece a la otra. La “educación liberal” literalmente quiere liberarnos, en el sentido de Spinoza, de nuestra propia estupidez, de nuestro propios prejuicios, de nuestra propia ignorancia, de nuestros propios miedos. Es lo que Sócrates llama παιδεία (paideía), lo que los alemanes llaman Bildung. Se trata de formar el carácter, de convertirse en auténtica persona, en vez de simple individuo parte de la multitud.

¿Qué tienen que ver el sufrimiento, la enfermedad y la muerte con la nobleza de espíritu?

Aunque avancemos mucho desde el punto de vista médico y tecnológico, en cualquier momento podemos morir, podemos enfermar, podemos perder el trabajo… La vida es una experiencia de pérdida. Todos sabemos que lo verdadero de la vida es el amor.

Quien persigue lo bueno no puede mostrarse indiferente ante la desgracia ajena, defiende usted. ¿Es, pues, gente como la madre Teresa de Calcuta un modelo de nobleza de espíritu?

También… Lo peor que podemos hacer es pensar solo en nosotros mismos. En nuestros propios intereses. Somos parte de una comunidad, somos parte de la humanidad. Tengo una gran admiración por quienes dedican su vida a los demás.

¿Por qué es para usted el escritor Thomas Mann un modelo de nobleza de espíritu?

No puedo afirmar que él mismo sea un modelo de nobleza de espíritu. Pero su obra es una expresión profunda de la nobleza de espíritu. Thomas Mann, también con sus ensayos, es un ejemplo muy importante de lo que significa ser un intelectual, un escritor, un escritor europeo, e intentó exportar lo que podemos entender como nobleza de espíritu.

¿Se puede prometer la felicidad?

Lo primera es qué es la felicidad. De qué estamos hablando cuando hablamos de felicidad. Y hasta qué punto es importante la felicidad. La felicidad no es uno de mis valores clave, porque me parece que es una emoción que va y viene… Lo importante es ser quien se supone que tengo que ser, en el sentido de la paideía y de la Bildung, de la “educación liberal”. Es un proceso que dura toda la vida.

Usted escribe que apenas hemos oído hablar ni hemos vuelto a leer gran cosa acerca del concepto de nobleza de espíritu desde 1945. ¿A qué cree que se debe?

Su pregunta se relaciona con mi nuevo libro, Para combatir esta era. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente se enganchó a un enorme progreso económico, impulsa solo el ser ricos, el tener éxito… Nos convertimos en una sociedad muy decadente que ha perdido la noción de lo que hace que tenga sentido una vida lograda.

Usted ha creado en Holanda el Nexus Instituut. ¿Por qué?

Hace treinta años conocí a Johan Polack, un editor judío del estilo antiguo, como Gaston Gallimard en Francia o como Samuel Fischer en Alemania. Polack era amigo de Kafka y de muchos otros. Sobrevivió al Holocausto y después quiso dedicar su vida a transmitir al mundo la cultura que Hitler quiso destruir. Se convirtió en mi mentor, en una especie de padre espiritual para mí. Él murió a los 63 años, en 1992, y yo he seguido con su misión.

“Mientras el lenguaje continúe marcando la pauta, mientras podamos seguir hablando los unos con los otros, hay esperanza para la civilidad y la búsqueda de la verdad”, afirma George Steiner. ¿Es eso para usted también suficiente?

Es esencial. En el momento en que se detiene el diálogo, empieza la guerra. Por eso una de las cosas que más asustan en estos tiempos es que la gente está perdiendo la capacidad de entender sus propias emociones, de ser capaces de expresarlas. Hemos perdido la capacidad de tener fe en la argumentación… Esa es una de las razones, me parece, de que haya tanta agresividad, y por las que hay unas situaciones tan problemáticas ahora mismo.

“Los acontecimientos más importantes no se planifican, sobrevienen”, afirma usted. ¿Cómo aplica eso a la nobleza de espíritu?

Hay eventos trágicos en la vida, también nos ocurren. No los organizamos. La nobleza de espíritu llega también cuando uno tiene que abordarlos.

Nadie puede tener el monopolio del saber. A la humanidad le beneficia más la búsqueda de la verdad que la creencia de poseerla, defiende usted. ¿Es buscar la verdad ya tan importante?

Sí. La razón de nuestro debate ahora sobre la noción de la verdad viene del fenómeno de las fake news, de las noticias falsas, de la propaganda. Y la verdad a que se alude no es otra que la de los hechos, la de que los datos sean correctos. Pero nuestra vida no trata de hechos, la vida es una búsqueda de sentido. Ese sentido es siempre metafísico, como lo explicaba Wittgenstein y muchos otros antes que él; va más allá del mundo de los hechos. El valor de la vida, el valor de la amistad… no es una cosa fáctica, de dato, tiene que tener sentido… Si quitas el significado lo que queda es un sinsentido.

En Doctor Fausto muestra Thomas Mann cómo pudo estallar la máxima destrucción (el nacionalsocialismo) en una cultura de altos vuelos, la alemana. ¿Existe el demonio?

La respuesta corta es sí. Hay poderes del mal. Es imposible negarlo.

¿Y el más allá?

Para mí, como un humanista europeo, es esencial saber que hay una trascendencia, que todos los aspectos espirituales son universales.

Díganos tres libros que tendríamos que leer si todavía no lo hemos hecho.

La montaña mágica, de Thomas Mann, El hombre rebelde, de Albert Camus, y Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. 

Díganos los tres libros que más le han influido. 

Todos los de Thomas Mann, todos los de Platón y quizá los de Boris Pasternak.

Díganos las personas que más le han marcado.

Mis padres, Thomas Mann, Johan Polack y George Steiner.

La idea de universidad y la unidad del saber

Pensar la universidad es un empeño propio de los universitarios, dado que la tarea académica mantiene siempre una actitud reflexiva. Pero hoy la universidad se debate en una doble tensión: la especialización de los campos de conocimiento (pagando el precio de la pérdida de unidad, de la incomunicación entre ámbitos pequeños y particulares) y el utilitarismo de los saberes (el conocimiento que vale es el que genera empleo). El profesor Murillo reflexiona sobre estos temas, e invita a una síntesis en la que la filosofía tiene un papel determinante. Hemos recogido una parte de su texto que se puede encontrar completo en José Ignacio Murillo, “La idea de la Universidad y la Teología”, en Scripta Theologica, Diciembre 2017, Volumen 49, nº 3, pp. 649–664.

La universidad es una de las instituciones que más ha dado que pensar a lo largo de la historia. Este hecho puede que tenga una explicación sencilla. Ninguna institución contiene tantas personas dispuestas a pensar y tan conscientes de la importancia de comprender la realidad. Es lógico, por otra parte, que esta actitud se dirija de un modo particular hacia aquello que resulta más cercano. Las crisis y los cambios afectan a todas las instituciones, pero en la universidad se viven de un modo más intenso porque es más reflexivo. Como la historia no se puede detener, es lógico que esta situación resulta casi permanente. La universidad es una cuestión abierta casi desde sus orígenes, desde el momento en que adquirió conciencia de sí misma como una realidad distinta y bien diferenciada.

La idea de la universidad en las diversas circunstancias

La universidad es una institución orientada al incremento integral del saber y a su difusión. De este modo lo característico de la universidad es convocar a una comunidad de investigadores –personas que estudian y que buscan incrementar el saber–, pero que no lo cultivan en comunidades aisladas, como en algunas escuelas de la Antigüedad, simplemente destinadas a los iniciados, sino que consideran que el saber debe ser puesto a disposición de todos. Ya los griegos habían propuesto que la búsqueda del saber elevaba la vida humana sobre el resto de los animales y nos asemejaba a la Divinidad, y que, por esta razón, era la instancia que merecía ser cultivada con más ahínco y desde la que había que organizar la propia vida. La novedad que introduce la idea de universidad es que ahora el crecimiento del saber se considera también decisivo para la sociedad en su conjunto, un vector esencial de su mejora y crecimiento. Por eso el empeño investigador de la universidad se continúa naturalmente en la difusión del saber, de tal modo que la búsqueda del saber se convierte en servicio al bien común.

Es evidente que la comunicación del saber es una condición necesaria para que este crezca: es preciso aprender lo que se sabe y compartir los propios logros con otros investigadores. Pero la comunicación a la que aspira la universidad no se detiene en una comunidad de investigadores: el saber también debe ser comunicado a la sociedad en su conjunto. Y la primera forma de hacerlo no es aquella que tiene por soporte la piedra o el papel, sino a aquellos que se acercan a esta institución para participar de su vida. La forma más propia de comunicar el saber es escribirlo en las almas[1]. Por eso la comunidad universitaria está esencialmente constituida por profesores y alumnos. Pero además, se encuentra abierta a la totalidad del saber puesto que no cabe resignarse a compartimentar totalmente el saber sin que, al hacerlo, se pierda la tensión que conduce a buscarlo por sí mismo.

Si nos tomamos en serio esta idea de universidad, tal vez concluyamos que su existencia es lo más parecido a un milagro. Como el milagro, la universidad es un acontecimiento inesperado si tenemos en cuenta las leyes de la naturaleza. Y es que lo habitual es que el saber –un rasgo inseparable de la vida humana– se busque y se ponga al servicio de los intereses prácticos. El hombre necesita saber mucho acerca de sí mismo y de lo que lo rodea tan solo para cumplir el sencillo objetivo de sobrevivir, y mucho más todavía para poder vivir bien, para alcanzar una vida digna y propiamente humana. Sin embargo, la universidad se inspira en la tensión del ser humano hacia el saber en sí mismo y lo intenta desarrollar aun al margen de cualquier utilidad práctica inmediata. Parte de la convicción de que conocer, saber, merecen la pena por sí mismos, y de que cultivar el saber es una manera de mejorar al ser humano, algo a lo que el ser humano, si aspira a la excelencia, no puede en modo alguno renunciar.

Esa tensión hacia el saber por sí mismo parece sacar a la universidad del entramado de los intereses inmediatos, y precisamente por eso la realización de la universidad en medio de un mundo configurado en gran medida por esos intereses  experimenta el desafío de realizarse y dar cumplimiento a aquella misión que le da sentido en diversas circunstancias y contextos históricos.

Lo que hoy conocemos como universidad surge a finales del Medioevo, cuando el poder se concentraba en los nobles, los reyes y la Iglesia. Que el milagro se produzca en esta época no es seguramente una casualidad, pero ya desde este primer momento la novedad aparece condicionada por las circunstancias de su tiempo. Por poner un ejemplo, la relación entre profesores y alumnos parece reflejar la distinción entre el clero y los simples fieles. De hecho, el clero se identifica con aquellos que saben, algo que en las lenguas modernas todavía permanece cuando en francés se denomina irónicamente a los intelectuales les clercs o en inglés, cuando una persona que no es especialista en alguna materia, se califica a sí mismo como un laico: a layman.

En cualquier caso, la universidad, para realizar sus fines, necesita un espacio de libertad. Ese ámbito le era concedido por la Iglesia o por el rey, pero, en cualquier caso, esa libertad le resultaba imprescindible para poder organizarse en función de sus fines. En palabras del Fundador de la Universidad de Navarra, “La Universidad, como corporación, ha de tener la independencia de un órgano en un cuerpo vivo: libertad, dentro de su tarea específica en favor del bien común”. Y se detenía a detallar algunos aspectos de esa libertad: “Algunas manifestaciones, para la efectiva realización de esta autonomía, pueden ser: libertad de elección del profesorado y de los administradores; libertad para establecer los planes de estudio; posibilidad de formar su patrimonio y de administrarlo. En una palabra, todas las condiciones necesarias para que la Universidad goce de vida propia. Teniendo esta vida propia, sabrá darla, en bien de la sociedad entera”[2]. Puesto que la libertad no es algo que uno pueda limitarse tan solo a esperar, conquistar ese ámbito de libertad es una de las tareas primaria del gobierno de la Universidad. Por el contrario, la debilidad de esa lucha por la libertad, el conformismo, sería un síntoma claro de que la vida de la universidad languidece.

Desde entonces, la universidad se ha debido realizar en circunstancias distintas. La aparición del Estado Moderno ha influido decisivamente en ella y esta ha tenido que definirse respecto de esta nueva forma de concentrar y gestionar el poder. Así, por ejemplo, la idea del Estado y su organización ha contribuido a configurar una nueva idea del profesor. El profesor aparece ahora como un funcionario, un servidor público cuya función consiste en proporcionar el saber a los estudiantes y que cumple en la sociedad la misión de prepararlos para ejercer una profesión. Mientras que en el Antiguo Régimen se confiaba a la universidad como misión principal formar clérigos o funcionarios reales, la misión que la legitima ahora socialmente es formar profesionales que mantengan en funcionamiento una sociedad supervisada por el Estado, que se presenta como el garante del bien público.

En este contexto, no pocas veces la libertad universitaria se ha visto amenazada. La idea de que el prototipo de la universidad es la universidad pública o, al menos, la que se encuentra respaldada y acreditada por el Estado con frecuencia ha condicionado y entorpecido en muchos países los fines de la universidad. Además la idea moderna de universidad, cuando ha tendido a configurarse como institución pública, ha provocado otros efectos, como el hecho de que el Estado se haya arrogado el derecho de legitimar el saber que se imparte en ella. Con frecuencia, el Estado aspira a convertirse en garante de la universidad, hasta el punto de que ya no es la confianza en la institución universitaria –el lugar donde se encuentran en principio los que saben–, la que refrenda lo que en ella se ofrece, sino el Estado, que respalda, por ejemplo, los títulos que en ella se imparten.

A pesar de todas las dificultades, esta situación es compatible con la realización de la idea de universidad, y de hecho en ella la universidad ha sido también capaz de dar buenos frutos. Pero la condición para que la realización de la idea de universidad en un contexto problemático no sea un mero azar o quede a merced del heroísmo o la idiosincrasia de sus protagonistas es que tanto quienes trabajan en ella –y no me refiero solo a los profesores, pues son necesarias muchas personas para hacerla posible– como, especialmente, quienes la gobiernan no pierdan de vista los peligros que la situación en que desarrollan su actividad comporta. Por lo demás, la universidad se ha realizado siempre en instituciones que siguen modelos diversos: públicas y privadas, de investigación o más centradas en la docencia, colegios universitarios, etc. Pienso que la existencia de muchos tipos de universidad es beneficiosa, aunque solo sea porque la diversidad facilita la selección natural de los modelos que son mejores o más viables, mientras que, si optáramos por un modelo único, su inviabilidad y fracaso comportaría necesariamente el fin de la institución universitaria.

En la actualidad, la situación ha cambiado respecto de la de hace algunos decenios. El papel del Estado, aunque sigue estando bien presente, ya no es tan determinante como antes. Y es que el Estado ha perdido su lugar como la más alta e indiscutida instancia de poder para pasar a convertirse en uno más de los agentes que lo ejercen en un contexto plural, profundamente determinado por las fuerzas de un mercado globalizado y las del capitalismo de última generación. Ahora la existencia de la universidad ya no se legitima solo por unos títulos que dan fe de la formación que han recibido quienes pasan por sus aulas, sino que se le exige que ofrezca al mercado laboral aquello que este le demanda.

En estas circunstancias, la libertad de la universidad para organizarse ya no depende solo del espacio de autonomía que le proporciona el Estado, sino ante todo de su viabilidad económica, y esto la asemeja cada vez más a una empresa que tiene que velar por su productividad, si no para alcanzar el lucro, al menos para garantizar su supervivencia y la posibilidad de realizar nuevos proyectos. Esta dinámica empresarial resulta cada vez más presente en la universidad actual, en la que nos encontramos ante una situación configurada por el entrecruzamiento de las instancias burocráticas estatales –o paraestatales–, de un lado, y, de otro, por los intereses económicos y las fuerzas del mercado.

Como en la Edad Media y en todos los periodos posteriores, el destino de la universidad depende nuevamente, de un modo especial –y ahora más acuciante– de que quienes la gobiernan tengan bien presente la idea de la universidad y, al mismo tiempo, conozcan la situación en que esta debe ser llevada a cabo. Esto implica una invitación a los gestores que intervienen en el funcionamiento de la universidad para que comprendan bien la naturaleza de lo que tienen entre manos, y no intenten aplicar a ella modelos extraídos de otros ámbitos empresariales. Ciertamente si se pierde de vista la idea, la institución corre el peligro de convertirse en algo distinto de aquello que estaba llamada a ser. Pero también es cierto que, si se pierde de vista el contexto en que hay que llevarla a cabo, las decisiones que se toman, por bien intencionadas que sean, corren el riesgo de no lograr sus objetivos: pueden, incluso, generar efectos perversos y crear una dependencia cada vez mayor del ambiente externo, que acaba por hacer imposibles los ideales que se dicen profesar.

El lugar de la filosofía en la universidad

Me he referido a las dificultades y desafíos que plantea cada una de las situaciones en que la idea de Universidad debe llevarse a cabo. Pero también resulta decisivo tener en cuenta el contexto que deriva del modo en que se ejerce en cada momento de la historia la propia tarea universitaria. Si, como hemos sostenido, la universidad aspira al incremento del saber, el modo en que este se configura y se cultiva en cada momento influye de modo decisivo en la forma en que la actividad universitaria se lleva a cabo.

En los últimos siglos la empresa del saber se ha multiplicado en una variedad de disciplinas científicas, que son cultivadas por comunidades o grupos distintos entre los que resulta difícil la comunicación. Esta situación, con todas sus ventajas en cuanto a la extensión y rigor del saber adquirido, pone en serio riesgo la unidad del saber, sin la cual este pierde vitalidad y vigencia en aras nuevamente de la mera aplicación práctica.

No pocos han visto este problema. Una de las soluciones que se aventura es la de unir las ciencias naturales con las humanas y sociales desde la perspectiva, supuestamente más consolidada y científica, de las primeras. Desde luego, cada vez encontramos más problemas humanos abordados, y aparentemente resueltos, con métodos científicos, y es una realidad que con mucha frecuencia la unidad del saber se busca desde los logros de las ciencias y se presenta en ensayos divulgativos más que en trabajos propiamente académicos.

La dificultad de que en este contexto se ofrezca una idea unificada del saber y también, por qué no decirlo, la exigencia de resolver problemas prácticos que exigen la colaboración de disciplinas distintas han llevado a proponer el lema de la interdisciplinariedad. Si reconducimos el problema a la idea de universidad, como el saber no existe por sí mismo, sino que es cultivado por seres humanos y solo está vivo en ellos, la única realización adecuada de una interdisciplinariedad orientada al crecimiento del saber consiste en el diálogo entre quienes cultivan las distintas porciones del saber. Es en ese diálogo donde, en mi opinión, cobra una importancia decisiva lo que yo entiendo por filosofía.

La filosofía no es otra cosa que el empeño incondicionado del hombre por saber. El objeto de su búsqueda no se circunscribe a ninguna región del conocimiento ni a un conjunto de preguntas bien delimitadas. Tampoco sus logros se encuentran constreñidos por las condiciones de validez que establece una determinada comunidad científica[3]. Por eso le corresponde también –es más, de modo especial– tratar las cuestiones últimas, las más decisivas y trascendentes, aun a pesar de su dificultad. En la Antigüedad esto resultaba claro porque por filosofía se comprendía la entera empresa del conocimiento, pero la Edad Moderna, con el desarrollo de las ciencias particulares, comenzando por la mecánica, lo ha ido troceando en disciplinas con objetivos bien delimitados, cuyo método parece ajeno a la simple búsqueda de la intelección que caracteriza a la empresa filosófica y resulta más apto para obtener un rendimiento de su aplicación práctica[4].

Pero, al dar por hecho que los diversos ámbitos del saber eran convertidos progresivamente en disciplinas pretendidamente autónomas, la filosofía ha acabado reduciendo su objeto o bien a las cuestiones epistemológicas o a determinados ámbitos que serían puros sobre los que el método científico (¿cuál de ellos?, cabe preguntar) nada tendría que decir. Probablemente nadie es más responsable de esta retirada de la filosofía que Kant, un pensador que arroja sobre la filosofía académica una sombra alargada, hasta el punto de que podríamos reconocer su influjo en muchas corrientes de pensamiento que han asumido una actitud semejante, como la filosofía analítica, el neotomismo o la fenomenología. En cualquier caso, el resultado es la dificultad de encontrar una forma de cultivar el saber que pueda dar cumplida cuenta de la tarea de integrar los diversos fragmentos del conocimiento humano. “Lo que es válido para la historia y la física en las universidades americanas –señala MacIntyre– lo es también para la teología y la filosofía. Han llegado a ser también disciplinas casi exclusivamente especializadas y profesionalizadas. ¿En quiénes recae, entonces, en dichas universidades la tarea de integrar las diversas disciplinas, de considerar la relación de unas con otras y de preguntarse cómo contribuye cada una a la comprensión global de la naturaleza y del orden de las cosas? La respuesta es: “En nadie””[5].

¿Existe una solución a este problema? Algunos autores, como el mismo MacIntyre, proponen una reforma de la universidad católica que tenga de nuevo como quicio el pensamiento filosófico y teológico. Pero, en mi opinión, esto solo se puede lograr, y aun extender más allá de los muros de las instituciones universitarias cristianas, si se consigue involucrar en ella a investigadores de todos los campos del saber. La filosofía del futuro será fruto de un diálogo entre filósofos y científicos o será irrelevante. Esto presupone, en mi opinión, que los científicos reconozcan que su búsqueda de conocimiento, cualquiera que sea la disciplina que cultivan, es ya filosofía. Este descubrimiento conduce a reconocer los límites de la propia disciplina, pero no debe quedarse ahí. Los especialistas en la filosofía no pueden estar solos en la empresa de buscar y unificar el saber: requieren la colaboración de investigadores de todas las áreas. Por eso la filosofía del futuro, la que puede articular una nueva forma de entender la universidad, debería ser el fruto de un diálogo entre científicos y filósofos. Si a esto le llamamos un diálogo interdisciplinar (no me importa mucho el nombre), la universidad del futuro será interdisciplinar o, sencillamente, no será.

Nada puede legitimar la existencia de la universidad salvo la búsqueda de la verdad; y, si su motor último es la búsqueda del saber, no puede renunciar a ninguno de ellos: el saber es el saber allá donde se encuentre. Es esta una consecuencia de la idea de la universidad para nuestro tiempo. Por otra parte, si esta tarea es importante y la universidad se incapacita para cumplirla, será preciso encontrar otro lugar –¿habrá alguno mejor?– dónde se pueda llevar a cabo. Romano Guardini expresa la situación con su singular clarividencia: “Cuando en el ámbito universitario, que está esencialmente determinado por el ethos de la verdad, decae la capacidad de percibir la verdad y de atenerse a la verdad conocida, ¿en qué otro lugar habrá de encontrarse entonces la verdad?” Y concluye que, en tal caso, habrá que mantener que “el centro de las decisiones determinantes para la historia se traslade a otro sitio, y que las universidades se transformen en meros centro de formación profesional”[6].

Esta tensión esforzada y rigurosa hacia el saber sin limitaciones es lo que convierte a la universidad en un ámbito formativo especial e insustituible. Pero para que los investigadores y estudiantes, y, por ende, la sociedad en su conjunto, reciban ese influjo, es preciso que filósofos y científicos trabajen codo con codo en elaborar y contrastar una visión coherente de la realidad.

 


 

[1] Este es el sugerente título, plenamente inspirado en la tradición socrática, del libro homenaje dedicado a un gran profesor universitario: Herrero, M., Escribir en las almas: estudios en honor del prof. Rafael Alvira, Eunsa, Pamplona 2014.

[2] Escrivá de Balaguer, J., Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 2001, n. 79.

[3] Cf. Murillo, J. I., “¿Puede ser la filosofía científica y académica? El lugar de la filosofía en la república del saber y en la sociedad”, en C. Ortiz de Landázuri, M., González-Ayesta, C., La filosofía hoy: en la academia y en la vida, Eunsa, Pamplona 2016, 87-104.

[4] Cf. “Son realmente autónomas las ciencias?”, en Aranguren, J., Borobia, J., Lluch, M., Fe y Razón. I Simposio Internacional Fe cristiana y cultura contemporánea, Eunsa, Pamplona 1999, 473-480.

[5] MacIntyre, A., Dios, filosofía, universidades: una historia selectiva de la tradición filosófica católica, Editorial Nuevo Inicio, Granada 2012, 35.

[6] Guardini, R., “La responsabilidad del estudiante con la cultura”, en Tres escritos sobre la universidad (Edición y traducción de Sergio Sánchez-Migallón), Eunsa, Pamplona 2012, 51-52.

«Hemos salido de la Unión Europea, pero no de Europa»

Simon Manley es el embajador de Reino Unido en España. Ayer habló en la sede de UNIR en Madrid sobre La negociación del Brexit y su impacto en las relaciones entre España y el Reino Unido, dentro del marco del foro de Nueva Revista sobre los desafíos de la globalización, que dirige el economista Manuel de la Rocha.

Manley recordó que las relaciones entre España y el Reino Unido ya eran firmes antes de que existiera la Unión Europea (UE), pero que el Brexit tendrá impacto y el impacto dependerá del resultado de las negociaciones. Ciento setenta mil españoles viven en el Reino Unido, hay doce mil estudiantes españoles allí y cinco mil investigadores; grandes empresas españolas del Ibex 35 como Iberdrola, el Banco de Santander o Ferrovial operan en territorio británico. A ello hay que añadir que unos trescientos mil británicos residen en España, diecinueve millones de británicos pasan en la Península Ibérica las vacaciones cada año, el Reino Unido es el segundo inversor en España y las relaciones comerciales son de 58.000 millones al año.

La aduana entre Irlanda e Irlanda del Norte

El embajador sostuvo que el Reino Unido nunca se había sentido cómodo en la UE. Eso no significaba que no fuera a luchar para que la salida no supusiera un trauma. Como un punto singularmente espinoso mencionó la frontera de Irlanda del Norte. Había dos posibles opciones. La primera sería un acuerdo aduanero que utilice «tecnología de vanguardia para simplificar los procedimientos actualmente en vigor en las fronteras», evitando así la infraestructura física. La otra era una asociación aduanera mediante la cual los bienes que entraran al Reino Unido con destino a la UE pagaran un arancel externo, y viceversa. Así se esquivaría el control fronterizo terrestre entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda. Confiaba en que se cerrara «un acuerdo aduanero creativo en Irlanda del Norte para no volver al pasado».

Manley subrayó en varias ocasiones que Londres desea «una relación estrecha y positiva con la UE», porque saldrá de la UE «pero no hemos salido de Europa». Los retos, según él, eran comunes: las mismas amenazas rusas, yihadistas, el cambio climático y la inmigración ilegal.

Imaginar el futuro

Había que dejar primero claro qué tipo de relación futura se desea; eso es algo que se preguntaba Londres y que desde Londres se preguntaba a Bruselas. Su país esperaba seguir trabajando estrechamente en el campo de la seguridad, pero también, «pagando», en programas de educación, cultura y ciencia. El Reino Unido cree «en el poder del libre comercio» como pocos otros países, «es parte de nuestro ADN», y por ello quiere «evitar al máximo las barreras arancelarias». No se conformaría el Reino Unido, pues, con acuerdos como los que la UE ha alcanzado «con Canadá o con Singapur», entre otras razones «porque somos ahora mismo un Estado de la UE con cuarenta años de vinculación, estamos más cerca que Canadá y Singapur y nuestro nivel de intercambio comercial es mayor». Por otra parte, cada acuerdo de la UE con países terceros es diferente. El futuro marco con el Reino Unido tenía que ser más ambicioso, en interés no solo de Londres, sino también de Bruselas, de los trabajadores y de las empresas europeas. Millones de puestos de trabajo en toda Europa dependen de ello.

La Unión Europea, añadió Manley, «es y será el mercado más importante del Reino Unido; nuestro país y España intercambian bienes por valor de 165 millones de euros al día; España es su socio principal para el intercambio de servicios; el superávit comercial que tiene España con nuestro país es de 16 millones de euros anualmente».

Millones de puestos de trabajo dependen del acuerdo entre Londres y Bruselas.

Sostuvo que el Reino Unido seguirá con los más altos estándares normativos tras la salida, por ejemplo, en el campo medioambiental. Confiaban en una «competencia justa y abierta, y en un arbitraje justo y abierto», junto a medidas claras en lo que se refiere a protección de datos. Recordó el papel especial de la City para el sector financiero y que no iban a cerrar las fronteras. Respaldó esa afirmación con las buenas cifras macroeconómicas británicas: un paro del 4,2 por ciento y un crecimiento anual del PIB de casi el 2 por ciento.

En definitiva: el futuro depende del modelo de relaciones que se fijen, y del resultado de las negociaciones, pero que en cualquier caso el Reino Unido desea «una relación profunda»,  quieren una «UE que sea un éxito» y «ser el socio principal de esta Unión Europea exitosa».

Queremos que la UE sea un éxito y ser el socio principal de esta UE exitosa

En el turno de intervenciones el primero en tomar la palabra fue Antonio Hernández García, socio de KPMG, cuya empresa acaba de publicar un estudio sobre La empresa española ante el BrexitDestacó que el 46 por ciento de las empresas españolas consideran que el Brexit les afecta, pero a su vez el 19 de las empresas con exposición al Reino Unido admiten que la salida del país de la UE podría generar oportunidades de negocio. Los empresarios españoles estiman que la depreciación de la libra y la contracción de la economía británica son los principales desafíos inherentes al Brexit. La depreciación de la libra podría tener un especial impacto en los sectores del turismo y del ocio. Si embargo, solo hasta ahora un 22 por ciento de las empresas hispanas habían hecho un plan de contingencia ante el Brexit.

Camilia Hillier, José María Beneyto y Joaquín Almunia, al fondo y a la izquierda de la imagen

Joaquín Almunia, ex ministro y ex comisario de la UE, fue el segundo en intervenir. Agradeció al Reino Unido lo que la UE había aprendido del él: el odio a la burocratización y el amor al libre comercio. Pero a su vez recordó que todos los estudios serios señalaban que el Reino Unido había salido beneficiado de su estancia en la UE, y que el ex primer ministro David Cameron conocía estos informes, pero no se emplearon en el referéndum que dio la victoria al Brexit. El resultado de las negociaciones era incierto, pero, según Almunia, «nosotros, los Veintisiete, no podemos ser los perdedores, porque han sido los británicos los que han querido irse». Y si se han ido, «nada va a ser igual». La única manera de que todo siguiera igual sería que el Reino Unido aceptara el modelo noruego, es decir, aceptara todas las reglas de la UE sin participar en las decisiones de Bruselas, algo que evidentemente no ocurrirá, porque para eso no se habría optado por el Brexit. Advirtió contra las divergencias regulatorias: «Cuidado con las divergencias regulatorias, la UE tiene todas las de ganar aquí: en el 27 contra 1 gana el 27». Esto valía igualmente para el sistema financiero británico, porque Bruselas no admitiría ventajas de circulación de capital para el Reino Unidos sin libertad de movimiento de personas. «La única solución sería que el Reino Unido aceptara las regulaciones de la UE también aquí», de lo contrario los costes van a ser muy grandes para Londres. El panorama, pues, era complicado, porque el Parlamento británico mirará con lupa y vetará el acuerdo con la UE si lo considera oportuno, y lo puede considerar oportuno por motivos populistas.

Almunia: los 27 no podemos ser los perdedores, porque han sido los británicos los que han querido irse.

Federico Steinberg, investigador del Real Instituto Elcano, señaló otros problemas: los servicios sanitarios para los británicos en España y al revés; la curiosa alianza que habían hecho los tories británicos con los dañados de la globalización allí, unos ultraliberales y otros ultraproteccionistas; y que la fuerza negociadora del Reino Unido no será tan fuerte. El no ser tan fuerte llevaría a un Reino Unido que tenga que estar pagando por participar en los programas de la UE, es decir, como Noruega, aceptar las decisiones de la UE sin estar en la UE. Ángel Pascual-Ramsay, director de Global Risks ESADEgeo, se preguntó: ¿son los británicos los primeros que han visto que la UE no tiene futuro y que lo mejor es salir fortaleciendo su Estados nacional, o son los primeros que han cometido un gran error?, ¿ha dejado el proyecto europeo de tener sentido? Camilla Hillier, vicepresidenta de Eurocitizens, puso el foco en la gran incertidumbre que hay, porque «el acuerdo de diciembre fue un cierre en falso». También en que están saliendo ya del Reino Unido profesionales muy valiosos, otros no se sentían bienvenidos y la libra estaba bajando. Miguel Ángel Benedicto, presidente del Movimiento Federalista Europeo, se interesó por la opinión del embajador respecto del derecho a veto de España en la cuestión de Gibraltar y la posible soberanía compartida, y si el acuerdo sobre Irlanda afectaría a Gibraltar. También preguntó si el Reino Unido estaba ahora interesado en un «Schengen de Defensa». José María Beneyto, catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad CEU-San Pablo, dijo que a partir de ahora, con el Reino Unido, lo que habrá será «una negociación permanente», y se mostró escéptico ante «la tecnología avanzada» que pudiera sustituir al control fronterizo en Irlanda del Norte.

Manuel de la Rocha leyó seguidamente algunas preguntas que estudiantes de UNIR hacían al embajador, como si se introducirá visado de trabajo para moverse en España, si la Universidad británica cobrará más a los europeos, o si el proceso era reversible y el Reino Unido al final no se irá.

Manuel de la Rocha, Simon Manley y Miguel Ángel Garrido, editor de Nueva Revista

A modo de epílogo, Simon Manley aseguró: «Sí, saldremos de la UE, no veo una segunda consulta». Entendía la decepción de los europeos por esto, pero era una decisión que había que respetar. E insistió en el motivo central de su charla: «Nos interesa que la Unión Europea sea un éxito». Respecto a inquietudes concretas, Manley señaló que los negociadores eran muy buenos y que se iba a encontrar una solución para todo. En el caso de Gibraltar, recordó que son ocho mil los andaluces que trabajan allí y que se avanza en la búsqueda de soluciones. Tampoco había cambiado el Reino Unido en Defensa. Su posición era siempre de pelear por los valores europeos y por la promoción de esos valores en el mundo, «también en Venezuela», «también en África». Prometió a los británicos que vivan en España que seguirán con la mayoría de los derechos, pero recomendó que se empadronen si aún no lo han hecho. Para el futuro se prevé un sistema sencillo, digital, de inscripción de los europeos en Gran Bretaña, con la correspondiente contrapartida de británicos en la UE. En cualquier caso esperaba que sus paisanos no necesitaran visado ni para trabajar ni para vivir en España.