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Ver productosAl principio, existían la ABC, la NBC y la CBS, y eran buenas. El hombre estadounidense de mediados de siglo podía llegar a casa después de ocho horas de trabajo y encender su televisión y saber en qué situación se encontraba él en relación con su esposa, y con sus hijos, y sus vecinos, y su ciudad, y su país, y su mundo. Y eso era bueno. O podía seguir el ritual de abrir el periódico local por la mañana, tomar su café en cívica comunión, y saber que escenas idénticas se desarrollaban en los hogares de todo el país.
En las frecuencias que nuestro estadounidense nunca sintonizó, los predicadores radiofónicos rojos y de ultraderecha hacían hiperventilar a millones de personas. En revistas y libros que él no leía, las élites se preocupaban largamente por los efectos perturbadores de la televisión. Y para la gente que no se parecía a él, que no era como él, los medios de comunicación apenas tenían nada que decir. Pero nuestro hombre vivía en un Edén, no porque fuera virgen o viviera sin mancha, sino porque no se había planteado otro estado de cosas. Para él, la información estaba en su lugar correcto, es decir, era incuestionable. Y eso también era bueno.
Cada vez que se conecta a Facebook, YouTube o Twitter, se encuentra con los subproductos tóxicos de la modernidad tan rápido como sus dedos pueden desplazarse por la pantalla de turno
Hoy día, estamos desfasados. Entendemos los medios de comunicación a través de una metáfora –«el ecosistema de la información»– que sugiere al sujeto estadounidense que ocupa un entorno irremediablemente desnaturalizado. Cada vez que se conecta a Facebook, YouTube o Twitter, se encuentra con los subproductos tóxicos de la modernidad tan rápido como sus dedos pueden desplazarse por la pantalla de turno. Hay discursos de odio, interferencias extranjeras y troleos varios; hay mentiras sobre el número de asistentes a los actos públicos, sobre los orígenes de las pandemias y los resultados de las elecciones.
Mira a sus conciudadanos y los ve contaminados, como los animales que viven en la costa tras un vertido de petróleo, con «desinformación» e «información falsa de todo tipo». No sabe definir a ciencia cierta estos términos, pero cree que definen el mundo, el mundo online y, cada vez más, el que no es online, el real.
Todo el mundo escarba en este estercolero en busca de bocados contaminados de contenido, y es imposible saber exactamente qué ha encontrado cada uno, en qué estado y en qué orden. Sin embargo, nuestro estadounidense está seguro de que lo que sus conciudadanos leen y ven es malo. Según una encuesta de Pew Research de 2019, la mitad de los estadounidenses piensa que las «noticias/información inventadas» son «un problema muy grande en el país a día de hoy», más o menos a la par que el «sistema político de Estados Unidos», la «brecha entre ricos y pobres» y la «delincuencia violenta». Pero lo que más le preocupa es la desinformación, porque parece tan nueva, y por ser tan nueva, tan aislable, y por ser tan aislable, tan remediable. Sabe que tiene que ver con el algoritmo.
¿Qué se puede hacer con todo este contenido dañino, fraudulento? En marzo de 2021, el Instituto Aspen anunció que convocaría una Comisión exquisitamente no partidista sobre el problema de la Desinformación, copresidida por Katie Couric, quien «formulará recomendaciones sobre cómo puede responder el país a esta moderna crisis de confianza en las instituciones clave». Entre los quince miembros de la comisión se encuentran Yasmin Green, directora de investigación y desarrollo de Jigsaw, una incubadora de empresas de tecnología de Google que «explora las amenazas a las sociedades abiertas»; Garry Kasparov, campeón de ajedrez y crítico del Kremlin; Alex Stamos, antiguo jefe de seguridad de Facebook y actual director del Observatorio de Internet de Stanford; Kathryn Murdoch, nuera distanciada de Rupert Murdoch, y el príncipe Harry, hijo distanciado del príncipe Carlos. Uno de los objetivos de la comisión es determinar «cómo el gobierno, la empresa privada y la sociedad civil pueden trabajar juntos… para involucrar a las poblaciones descontentas que han perdido la confianza en la realidad basada en la evidencia», siendo la confianza un prerrequisito bien conocido para la realidad basada en la evidencia.
LA GRAN DESINFORMACIÓN
La Comisión para el estudio de la Desinformación –o más literalmente, sobre el Desorden informativo– es la última incorporación (y la del nombre más espeluznante) a un nuevo campo de producción de conocimiento que surgió durante los años de Trump de la confluencia entre los medios de comunicación, el mundo académico y la investigación política: la Gran Desinformación. Una especie de EPA1 de los contenidos que busca exponer la propagación de varios tipos de «toxicidad» en las plataformas de redes sociales, los efectos posteriores de esta propagación, y los intentos torpes, deshonestos y poco entusiastas de las plataformas para detenerlo. Como si se tratara de un proyecto de limpieza del medio ambiente, presupone un modelo de consumo de contenidos perjudicial. Al igual que, por ejemplo, fumar provoca cáncer, el consumo de información errónea debe provocar cambios en las creencias o en el comportamiento que son malos, según alguna norma. Si no, ¿por qué preocuparse de lo que la gente lee y ve?
La Gran Desinformación ha encontrado un enérgico apoyo en las más altas esferas del centro político estadounidense, que lleva advirtiendo de una crisis existencial de contenidos de forma más o menos constante desde las elecciones de 2016. Por poner solo el ejemplo más reciente: en mayo, Hillary Clinton le dijo al exlíder tory Lord Hague que «las empresas tecnológicas deben rendir cuentas de alguna manera por el papel que desempeñan en el debilitamiento del ecosistema de información que es absolutamente esencial para el funcionamiento de cualquier democracia».
Hace solo cinco años, Zuckerberg dijo que era una «idea bastante loca» que los malos contenidos de su web hubieran sido capaces de persuadir a un número suficiente de votantes como para inclinar las elecciones de 2016 del lado de Trump
Sorprendentemente, las grandes empresas tecnológicas están de acuerdo. En comparación con otros gigantes corporativos más literalmente tóxicos, los integrantes de la industria tecnológica se han apresurado a reconocer el papel que han desempeñado en la corrupción de la corriente supuestamente pura de la realidad estadounidense. Hace solo cinco años, Mark Zuckerberg dijo que era una «idea bastante loca» que los malos contenidos de su sitio web hubieran sido capaces de persuadir a un número suficiente de votantes como para inclinar las elecciones de 2016 del lado de Donald Trump. «Los votantes toman decisiones basadas en su experiencia vivida», dijo. «Hay una profunda falta de comprensión en la afirmación de que la única razón por la que alguien pudo votar como lo hizo es porque vio noticias falsas». Un año más tarde, repentinamente escarmentado, se disculpó por ser simplista y se comprometió a poner de su parte para frustrar a los que «difunden la desinformación».
Negarlo era insostenible, para Zuckerberg en particular. El llamado techlash2, una época de cobertura mediática tardía y brutal y la presión política tras el Brexit y la victoria de Trump, lo hicieron difícil. Pero fue el argumento empresarial básico de Facebook lo que hizo imposible la negación. La compañía de Zuckerberg consigue sus beneficios al convencer a los anunciantes de que puede modelar su audiencia para lograr una mejor persuasión comercial. ¿Cómo podría afirmar entonces simultáneamente que la gente no es persuadida por su contenido? Irónicamente, resultó que las grandes plataformas de redes sociales compartían una premisa fundamental con sus más severos críticos en el campo de la desinformación: que las plataformas tienen un poder único para influir en los usuarios, de manera profunda y cuantificable. En los últimos cinco años, estos críticos han contribuido a destruir el mito de las bondades cívicas de Silicon Valley, a la vez que han pulido su imagen de supervisor ultrarracional de un futuro consumista.
He aquí lo que proclaman tanto las plataformas como sus críticos más acérrimos: cientos de millones de estadounidenses en una red interminable, listos para ser manipulados, listos para ser activados. ¿Quieres cambiar un output, conseguir un resultado, digamos, como una insurrección o una cultura de escepticismo sobre las vacunas? Cambia tu entrada, el input. ¿Quieres resolver la «crisis de confianza en las instituciones clave» y la «pérdida de confianza en la realidad basada en la evidencia»? Adopta entonces una mejor política de moderación de contenidos. El arreglo, como ves, tiene que ver con el algoritmo.
EL NACIMIENTO DEL MARKETING POLÍTICO
En el período previo a las elecciones presidenciales de 1952, un grupo de donantes republicanos estaba muy preocupado por la fría imagen pública de Dwight Eisenhower. Recurrieron entonces a una empresa de publicidad de Madison Avenue, Ted Bates, para que creara anuncios destinados al nuevo y fascinante aparato que de repente estaba en millones de hogares. En Eisenhower Answers America, la primera serie de anuncios políticos de la historia de la televisión, un Ike muy sonriente daba respuestas concisas a preguntas sobre el fisco, la guerra de Corea o la deuda nacional. Los anuncios marcaron el inicio del marketing de masas en la política estadounidense. También introdujeron la lógica de la industria publicitaria en el imaginario político estadounidense: la idea de que la combinación correcta de imágenes y palabras, presentada en el formato adecuado, puede persuadir previsiblemente a la gente para que actúe, o no actúe.
La premisa psicológica de la condición manipulable del ser humano», escribió Hannah Arendt, «se ha convertido en una de las principales mercancías que se venden en el mercado de la opinión común, vulgar, y también de la erudita»
Esta visión mecanicista de la humanidad no estaba exenta de escépticos. «La premisa psicológica de la condición manipulable del ser humano», escribió Hannah Arendt, «se ha convertido en una de las principales mercancías que se venden en el mercado de la opinión común, vulgar, y también de la erudita». En su opinión, Eisenhower, que obtuvo 442 votos electorales en 1952, probablemente habría ganado incluso si no hubiera gastado un céntimo en televisión.

Lo que se necesitaba para acallar las dudas sobre la eficacia de la publicidad entre la gente que contrata anuncios era una prueba empírica, o al menos la apariencia de ello. La persuasión política moderna, escribió el sociólogo Jacques Ellul en su histórico estudio de 1962 sobre la propaganda, se define por sus aspiraciones de rigor científico, «el creciente intento de controlar su uso, medir sus resultados, definir sus efectos». Los clientes quieren persuadirse de que el público ha sido persuadido.
Por suerte para los aspirantes a propagandistas en la época de la Guerra Fría, la industria publicitaria estadounidense había perfeccionado su discurso. Había pasado la primera mitad del siglo tratando de justificar su valor mediante la asociación con los florecientes campos de la gestión científica y la psicología de laboratorio. Cultivar a los científicos del comportamiento y apropiarse de su jerga, escribe la economista Zoe Sherman, permitió a los vendedores de publicidad ofrecer «un barniz de certeza científica» al arte de la persuasión:
«Afirmaban que el público, al igual que los trabajadores en un lugar de trabajo taylorizado, no necesitaba ser persuadido mediante la razón, sino que podía ser entrenado mediante la repetición para adoptar los nuevos hábitos de consumo deseados por los vendedores».
La provechosa y rentable relación entre la industria de la publicidad y las ciencias sociales adquirió un cariz turbio en 1957, cuando el periodista Vance Packard publicó The Hidden Persuaders (en español, Las formas ocultas de la propaganda), su exposición acerca de la «investigación sobre la motivación», que era entonces la punta de lanza de la colaboración entre Madison Avenue y la investigación psicológica. La alarmante imagen pública que creó el bestseller de Packard –publicistas esgrimiendo una mezcla impía de Paulov y Freud para manipular al público estadounidense con el fin de que comprara pasta de dientes– sigue vigente. Y la idea de la manipulabilidad del público es, como señaló Arendt, una parte indispensable del producto. La publicidad se dirige a los consumidores, pero se vende a las empresas.
El informe de Packard se basaba en lo que le decían los investigadores de la motivación. Entre sus propias motivaciones, apenas ocultas, estaba el deseo de parecer clarividentes. En un capítulo posterior, Packard afirmaba en este sentido:
«Algunos de los investigadores eran propensos en ocasiones a sobrevalorarse a sí mismos, o en cierto sentido a explotar a los explotadores. John Dollard, [un] psicólogo de Yale que realizaba trabajos de consultoría para la empresa, reprendía a algunos de sus colegas diciendo que los que prometían a los anunciantes “una forma leve de omnipotencia eran bien recibidos”».
En la actualidad, un aura de omnipotencia aún mayor que a sus antepasados de la prensa escrita y la radiodifusión rodea al creador de anuncios digitales. Según Tim Hwang, un abogado que anteriormente dirigió la política pública de Google, esta imagen se mantiene gracias a dos «pilares de confianza»: que los anuncios digitales son más medibles y más eficaces que otras formas de persuasión comercial. El activo que estructura la publicidad digital es la atención. Pero, según argumenta Hwang en su libro de 2020 Subprime Attention Crisis, la atención es más difícil de estandarizar, y por tanto vale mucho menos como mercancía, de lo que parecen pensar quienes la compran. La «ilusión de una mayor transparencia» que se ofrece a los compradores de publicidad esconde así un mercado «profundamente opaco», automatizado y empaquetado de forma invisible y dominado por dos empresas sombríamente secretas, Facebook y Google, con todo el interés en hacer que la atención parezca lo más uniforme posible. Esta es quizás la crítica más profunda que se puede hacer a estos gigantes de Silicon Valley: no es que su reluciente política de información empresarial genere desagradables filtraciones, es que, antes de nada, no es tan valioso lo que sale de la fábrica.
MENSAJES PARA LOS YA CONVENCIDOS
Una mirada más cercana hace evidente que gran parte de la atención con la que se comercia en Internet es fortuita, no medible o simplemente fraudulenta. Hwang señala que, a pesar de estar expuesto a una enorme cantidad de publicidad en línea, el público es en gran medida apático hacia ella. Además, los anuncios online tienden a generar clics entre personas que ya son clientes fieles. Se trata, como dice Hwang, de «una forma cara de atraer a usuarios que, de todas formas, habrían comprado». Confundir la correlación con la causalidad ha dado a los compradores de publicidad una sensación muy exagerada de su capacidad de persuasión.
También lo han hecho los datos de los consumidores sobre los que se basa la publicidad segmentada, y que distintas investigaciones han revelado cómo, a menudo, resultan ser de mala calidad o estar sobrevalorados. En documentos judiciales recientemente desvelados, los directivos de Facebook menospreciaron la calidad de su propia publicidad segmentada precisamente por esta razón. Un correo electrónico interno de Facebook sugiere que la directora de operaciones Sheryl Sandberg sabía desde hace años que la empresa exageraba el alcance de sus anuncios.
La industria de la publicidad digital depende de nuestra percepción de su capacidad de persuasión tanto como de cualquier medición de su capacidad para hacerlo realmente
¿Por qué, entonces, a los compradores les gusta tanto la publicidad digital? En muchos casos, concluye Hwang, es simplemente porque va bien en una reunión, desplegada en un panel de análisis: «Es un gran teatro». En otras palabras, la industria de la publicidad digital depende de nuestra percepción de su capacidad de persuasión tanto como de cualquier medición de su capacidad para hacerlo realmente. Se trata de una cuestión de relaciones públicas, de contar historias. Y, en este punto, el marco de la desinformación ha sido una gran baza.
Los mitos de la industria de la publicidad digital han desempeñado un papel decisivo en la forma en que los más críticos con las grandes empresas tecnológicas cuentan la historia de la persuasión política. Esto se debe a que el contenido político de pago es el tipo de desinformación digital de mayor impacto, la nefasta influencia a la que los observadores liberales de todo Occidente achacan el Brexit y la llegada a la presidencia de Trump. Como cualquier relato realmente convincente, este tiene también buenos y malos. Los héroes del drama de la desinformación son personas como Christopher Wylie3, que denunció la magia negra de Cambridge Analytica y luego pidió al mundo que comprara su libro. Los villanos son personas como Brad Parscale4, el extravagante estratega que, con su metro ochenta de estatura, no podría haberse escondido de la prensa aunque quisiera, cosa que en absoluto hizo.
EL CASO DE PARSCALE, DIRECTOR DE CAMPAÑA DE TRUMP
Director digital de la exitosa campaña de Trump en 2016, Parscale fue ascendido a director de campaña para la reelección. Al percibir que este hombre de barba idiosincrásica era el arquitecto secreto del supuesto dominio digital de Trump, la prensa lo convirtió en un Señor Sith de la persuasión de la derecha, un maestro de la fuerza de la desinformación. Un perfil de Parscale en el New Yorker de marzo de 2020 lo promocionaba como «el hombre detrás del gigante de Facebook de Trump», que había «utilizado las redes sociales para influir en las elecciones de 2016» y estaba «preparado para hacerlo de nuevo». Parscale interpretó el papel con alegría kayfabiana5, tuiteando en mayo:
«Durante casi tres años hemos estado construyendo una campaña gigantesca (Estrella de la Muerte). Está funcionando a toda máquina. Datos, digital, televisión, política, sustitutos, coaliciones, etc. Dentro de unos días procederemos a pulsar FIRE por primera vez».
Apenas dos meses después, ante las críticas de que Parscale no sabía manejar los elementos offline de una campaña, Trump lo relegó. Dos meses después, los agentes de policía detuvieron al gran manipulador, sin camisa e hinchado, en la puerta de su mansión del sur de Florida, donde había cargado una pistola durante una discusión con su esposa. Tras una hospitalización a la fuerza renunció a la campaña, alegando un «sobrecarga de estrés». (Desde entonces ha montado una nueva consultoría política digital.)
La narrativa de los medios de comunicación sobre el siniestro control mental digital ha ocultado un cuerpo de investigación que se muestra escéptico sobre los efectos de la publicidad política y la desinformación. Un estudio de miles de usuarios de Facebook realizado en 2019 por politólogos de Princeton y la Universidad de Nueva York descubrió que «compartir artículos de dominios de noticias falsas era una actividad poco frecuente»: más del 90% de los usuarios nunca habían compartido ninguno. Un estudio de 2017 de Stanford y la NYU concluyó que:
«Si un artículo de noticias falsas fuera tan persuasivo como un anuncio de campaña en televisión, las noticias falsas de nuestra base de datos habrían cambiado las cuotas de voto en una cantidad del orden de centésimas de punto porcentual. Esto es mucho menor que el margen de victoria de Trump en los estados clave de los que dependía el resultado».
No es que estos estudios deban tomarse como prueba definitiva de nada. A pesar de su protagonismo en los medios de comunicación, el estudio de la desinformación todavía está en proceso de responder a las preguntas que lo definan y no ha comenzado a considerar algunas cuestiones epistemológicas básicas.
CARENCIAS DE LAS INVESTIGACIONES
El estudio más exhaustivo del campo hasta la fecha, una revisión de la literatura científica de 2018 titulada Social Media, Political Polarization, and Political Disinformation (Redes sociales, polarización política y desinformación política), revela algunos déficits asombrosos. Los autores culpan a la investigación sobre desinformación por no explicar por qué cambian las opiniones; por carecer de datos sólidos sobre la prevalencia y el alcance de la desinformación; y por negarse a establecer definiciones comunes para los términos más importantes del campo, como información errónea, desinformación6, propaganda online, noticias hiperpartidistas, noticias falsas, clickbait, rumores y teorías conspirativas. La sensación que prevalece es que no hay dos personas que investiguen la desinformación que hablen de lo mismo.
Esto le sonará a cualquiera que siga el actual debate mediático en torno a la propaganda online. «Desinformación» (entendida como información errónea sin más) y «desinformación» (como aquella fabricada o extendida con el propósito de manipular o dañar) se utilizan de forma casual e indistinta para referirse a una enorme gama de contenidos, que van desde las trilladas estafas hasta la agregación de noticias virales; desde las operaciones de inteligencia extranjera hasta el troleo; desde la investigación de la oposición hasta el acoso. En su uso más crudo, los términos son simplemente una jerga para «cosas con las que no estoy de acuerdo». Los intentos de definir la «desinformación» de forma suficientemente amplia como para despojarla de perspectiva política o ideología nos dejan en un territorio tan abstracto como absurdo. Como dice la revisión bibliográfica
«la “desinformación” pretende ser una categoría amplia que describa los tipos de información que uno podría encontrar en línea y que podrían conducir a percepciones erróneas sobre el estado real del mundo».
¡Eso lo acota!
El término siempre ha sido político y beligerante. Cuando la dezinformatsiya apareció como una entrada en la Gran Enciclopedia Soviética de 1952, su significado era despiadadamente ideológico: «Difusión (en la prensa, en la radio, etc.) de informes falsos con el fin de engañar a la opinión pública. La prensa y la radio capitalistas hacen un amplio uso de la dezinformatsiya». Hoy día, periodistas, académicos y políticos siguen enmarcando la cuestión de la desinformación en un lenguaje marcial, como una «guerra contra la verdad» o «mentiras armadas». En el nuevo contexto, sin embargo, la mala información es un arma esgrimida en un conflicto político interno violento puntualmente, más que en una guerra fría entre superpotencias.
¿Las redes sociales están creando nuevos tipos de personas, o simplemente descubriendo tipos de personas olvidadas durante mucho tiempo a un segmento del público que no estaba acostumbrado a verlas?
Dado que los criterios del nuevo campo de estudio son tan turbios, la comprensión popular de los efectos persuasivos de la mala información se ha vuelto excesivamente dependiente de anécdotas surreales que privilegian el papel de una novedosa tecnología por encima del contexto social, cultural, económico y político (Resuenan aquí temores de lavado de cerebro de la Guerra Fría). Estas historias de persuasión, al igual que la historia de la publicidad en línea, están marcadas por la dificultad de separar la correlación de la causalidad. ¿Las redes sociales están creando nuevos tipos de personas, o simplemente descubriendo tipos de personas olvidadas durante mucho tiempo a un segmento del público que no estaba acostumbrado a verlas? Esta última posibilidad tiene implicaciones embarazosas, tanto para los medios de comunicación como para el mundo académico.
UNA POSICIÓN DEFENSIVA
Con todo, una cuestión aún más molesta para el campo de la desinformación es la postura supuestamente objetiva que adoptan los investigadores de los medios de comunicación y los periodistas respecto al ecosistema informativo al que ellos mismos pertenecen. Sorprendentemente, este empeño ha tenido lugar al mismo tiempo que los medios de comunicación se han cuestionado de forma agónica y tardía el daño causado por los criterios profesionales de objetividad no examinados. Al igual que el periodismo, la erudición y todas las demás formas de creación de conocimiento, la investigación sobre desinformación refleja la cultura, las aspiraciones y los supuestos de sus creadores.
Basta un rápido vistazo a las instituciones que publican con mayor frecuencia e influencia sobre la desinformación: La Universidad de Harvard, el New York Times, la Universidad de Stanford, el MIT, la NBC, el Atlantic Council, el Council on Foreign Relations, etc. El hecho de que las instituciones liberales más prestigiosas de la era pre-digital sean las que más invierten en la lucha contra la desinformación revela mucho sobre lo que pueden perder o esperan recuperar. Cualquiera que sea la brillantez de los investigadores y reporteros de la desinformación, la naturaleza del proyecto los coloca inevitablemente en una posición lamentablemente defensiva en el debate contemporáneo sobre la representación de los medios de comunicación, la objetividad, la creación de imágenes y el conocimiento público. Por muy buenas intenciones que tengan estos profesionales, no tienen un acceso especial al tejido de la realidad.
La primavera de 2021, a la luz de nuevos informes y de un renovado esfuerzo político bipartidista para investigar los orígenes de la COVID-19, Facebook anunció que dejaría de eliminar las publicaciones que afirmaran que el coronavirus había sido creado o fabricado por el hombre. Muchos trabajadores de la desinformación, que pasaron meses pidiendo a las empresas de redes sociales que prohibieran tales afirmaciones alegando que eran teorías conspirativas, han guardado un incómodo silencio cuando los científicos han empezado a admitir que una fuga accidental de un laboratorio de Wuhan es una posibilidad poco probable, pero plausible.
Sin embargo, la Gran Desinformación apenas puede contener su deseo de devolver el poder de la difusión del conocimiento a un conjunto de guardianes «objetivos». En febrero, el sitio web de noticias tecnológicas Recode informó sobre una iniciativa de noticias no partidista de 65 millones de dólares llamada Project for Good Information (Proyecto para la Buena Información). Su creadora, Tara McGowan, es una veterana representante de los demócratas y directora general de Acronym, una organización sin ánimo de lucro de centro-izquierda dedicada a la publicidad digital y a la movilización de los votantes, cuyo PAC7 está financiado, entre otros, por Steven Spielberg; el cofundador de LinkedIn, Reid Hoffman; y el capitalista de riesgo, Michael Moritz. El antiguo director de la campaña de Obama, David Plouffe, actualmente estratega de la Iniciativa Chan Zuckerberg8, es asesor oficial de Acronym. Mientras tanto, un artículo del New York Times de febrero de 2021 sugería humildemente el nombramiento de un «zar de la realidad» que podría «convertirse en la punta de la lanza de la respuesta del gobierno federal a la crisis de la realidad».
INVESTIGADORES AL SERVICIO DEL ESTADO
La visión de un científico que, como si de un dios se tratara, controla los medios de comunicación en nombre del gobierno de Estados Unidos tiene casi un siglo de antigüedad. Después de la Primera Guerra Mundial, el estudio académico de la propaganda fue explícitamente progresista y reformista, tratando de exponer el papel de los poderosos intereses en la configuración de las noticias. Luego, a finales de la década de 1930, la Fundación Rockefeller comenzó a patrocinar a los evangelizadores de una nueva disciplina llamada investigación de la comunicación. Los psicólogos, politólogos y consultores que estaban detrás de este movimiento pregonaban su sofisticación metodológica y su absoluta neutralidad política. Vendieron la «predisposición psicológica de la manipulabilidad humana» de Arendt a los funcionarios del gobierno y a los hombres de negocios, al igual que lo hicieron los primeros ejecutivos de anuncios de televisión. Se pusieron al servicio del Estado.
Jack Bratich ha argumentado que la industria contemporánea de la contradesinformación forma parte de una «guerra de restauración» librada por un centro político estadounidense humillado por las crisis económicas y políticas de los últimos veinte años
El experto en medios de comunicación Jack Bratich ha argumentado que la industria contemporánea de la contradesinformación forma parte de una «guerra de restauración» librada por un centro político estadounidense humillado por las crisis económicas y políticas de los últimos veinte años. La sociedad civil despolitizada se convierte, según Bratich, en «el terreno para la restauración de los que dicen la verdad con autoridad» como –vaya– Harvard, el New York Times y el Consejo de Relaciones Exteriores. Con este argumento, el establishment ha aplicado los métodos para desacreditar la información de sus enemigos geopolíticos contra sus propios ciudadanos.
La National Strategy for Countering Domestic Terrorism (Estrategia nacional para contrarrestar el terrorismo interno) de la administración Biden –la primera de este tipo– promete «contrarrestar la polarización a menudo alimentada por la desinformación y las peligrosas teorías de la conspiración online». El informe completo advierte no solo de las milicias de derechas y de los incels9, sino también de los activistas anticapitalistas, ecologistas y de los derechos de los animales. Esto se produce en un momento en que los gobiernos de todo el mundo han empezado a utilizar las leyes de emergencia sobre «noticias falsas» y «desinformación» para acosar y detener a disidentes y periodistas.
Sin embargo, no hace falta comprarle la historia a Bratich para entender lo que las empresas tecnológicas y determinadas organizaciones de medios de comunicación ganan con la visión del mundo de la Gran Desinformación. Los gigantes de contenidos –Facebook, Twitter, Google– llevan años intentando aprovechar la credibilidad y la experiencia de ciertas formas de periodismo mediante iniciativas de verificación de hechos o fact-checking y de alfabetización mediática. En este contexto, el proyecto de desinformación no es más que una asociación no oficial entre las grandes empresas tecnológicas, los medios de comunicación corporativos, las universidades de élite y fundaciones con mucho dinero. De hecho, en los últimos años, algunos periodistas han empezado a quejarse de que su trabajo consiste ahora en verificar contenidos de las mismas plataformas sociales que están desintegrando su sector.
Irónicamente, en la medida en que este trabajo crea una alarma indebida sobre la desinformación, apoya el argumento de venta de Facebook. Después de todo, ¿qué podría ser más atractivo para un anunciante que una máquina capaz de persuadir a cualquiera de cualquier cosa? Este supuesto beneficia a Facebook, que difunde más información errónea, lo que crea más alarma. Los soportes o medios tradicionales, con marcas de prestigio, son tomados como socios de confianza a la hora de determinar cuándo los niveles de contaminación en el ecosistema informativo (del que se han desprendido mágicamente) son demasiado altos. Para las viejas instituciones mediáticas se trata de una apuesta por la relevancia, una forma de autopreservación. Para las plataformas tecnológicas es una estrategia superficial para evitar cuestiones más profundas. Un campo de desinformación de confianza es, en este sentido, algo muy útil para Mark Zuckerberg.
¿Y con qué resultado? En 2020, Facebook empezó a poner etiquetas de advertencia en las publicaciones desinformativas de Trump. BuzzFeed News informó en noviembre de que las etiquetas habían reducido la difusión en solo un 8%. Era casi como si a la gran mayoría de la gente que difundía lo que Trump publicaba no le importara si un tercero había calificado su discurso como poco fiable. (De hecho, uno se pregunta si, para cierto tipo de personas, esa advertencia podría ser incluso un incentivo para compartirla.) Facebook podía decir que había escuchado a los críticos y, además, podía señalar las cifras que indicaban que había limpiado el ecosistema de la información en un 8%. Sus críticos, al haber sido escuchados, podrían quedarse con las manos en los bolsillos.
UNA METÁFORA EPIDEMIOLÓGICA
Cuando el virus se apoderó del mundo, una nueva metáfora epidemiológica se impuso para tratar la mala información. La desinformación ya no era una toxina exógena, sino un organismo contagioso, que tenía como efecto la persuasión de forma inevitable tal y como sobreviene tos o fiebre tras haber estado expuesto a dicho organismo. En una inversión perfecta del lenguaje de los medios digitales, «volverse viral» era ahora algo malo. En octubre de 2020, Anne Applebaum proclamó en The Atlantic que Trump era un «superdifusor de desinformación». Un estudio realizado a principios de ese mes por investigadores de Cornell descubrió que el 38% de la «conversación sobre desinformación» en inglés en torno a la COVID-19 incluía alguna mención a Trump, lo que le convertía, según el New York Times, en «el mayor impulsor de la “infodemia”».
Esta apreciación encaja con diversas investigaciones anteriores que sugieren que la desinformación suele necesitar el apoyo de las élites políticas y mediáticas para difundirse de forma generalizada. Es decir, la capacidad de persuasión de la información en las redes sociales depende del contexto. La propaganda no aparece de la nada, y no funciona toda de la misma manera. Ellul escribió sobre el papel necesario de lo que llamó «pre-propaganda»:
«La propaganda directa, destinada a modificar las opiniones y las actitudes, debe ir precedida de una propaganda de carácter sociológico, lenta, general, que busque crear un clima, una atmósfera de actitudes previas favorables. Ninguna propaganda directa puede ser eficaz sin la pre-propaganda, que, sin agresión directa o visible, se limita a crear ciertas ambigüedades, reducir prejuicios y difundir imágenes, aparentemente sin finalidad alguna».
Otra forma de pensar en la pre-propaganda es considerar como un todo el contexto social, cultural, político e histórico. En Estados Unidos, ese contexto incluye un proceso electoral muy particular y un sistema bipartidista que se ha polarizado e inclinado asimétricamente hacia una derecha patriótica del ‘american first’ y de retórica antielitista. También incluye una ética social libertaria, un «estilo paranoico», un «americanismo autóctono», unos medios de comunicación nacionales profundamente irresponsables, la desaparición de las noticias locales, una industria del entretenimiento que glorifica la violencia, un ejército hinchado, una desigualdad de ingresos masiva, una historia de racismo brutal e intratable que ha destrozado una y otra vez la conciencia de clase, unos hábitos mentales conspiranoicos y temas de declive y redención histórico-mundial. La situación específica de Estados Unidos estaba creando tipos específicos de personas mucho antes de la llegada de las plataformas tecnológicas.
Es tener en cuenta el contexto en su totalidad, o al menos todo lo que sea posible del conjunto, y comprobar lo ridículo e insuficiente de culpar a estas plataformas de los tristes extremos de la vida nacional norteamericana, incluidos los disturbios del 6 de enero de 2020. Y sin embargo, dado el determinismo tecnológico del discurso de la desinformación, ¿es sorprendente que los abogados de algunos de los alborotadores del Capitolio estén planeando defensas legales que culpen a las empresas de redes sociales?
Solo ciertos tipos de personas responden a ciertos tipos de propaganda en ciertas situaciones. Los mejores reportajes sobre QAnon10, por ejemplo, son los que han tenido en cuenta la popularidad del movimiento conspirativo entre los evangélicos blancos. Los mejores reportajes sobre el escepticismo ante las vacunas y las mascarillas han tenido en cuenta el mosaico de experiencias que conforman la actitud estadounidense respecto a la competencia de las autoridades de salud pública. No hay nada mágicamente persuasivo en las plataformas de las redes sociales; son una parte nueva e importante del panorama, pero están lejos de ser el todo. Facebook, por mucho que Mark Zuckerberg y Sheryl Sandberg quieran que lo pensemos, no son el motor inmóvil, el único dios creador.
Para cualquiera que haya utilizado Facebook recientemente, esto debería ser obvio. Facebook está lleno de feos memes y grupos aburridos, argumentaciones absurdas, sensacionalismo y clickbait, productos que nadie quiere y artículos inútiles que no interesan a nadie. Y, sin embargo, las personas más alarmadas por la terrible influencia de Facebook son las que más se quejan de lo malo que es el producto. La pregunta es: ¿por qué los trabajadores de la desinformación creen que son los únicos que se han dado cuenta de que Facebook apesta? ¿Por qué debemos suponer que el resto del mundo ha sido hipnotizado por él? ¿Por qué hemos estado tan dispuestos a aceptar el cuento de Silicon Valley sobre lo fáciles que somos de manipular?
Dentro de las profesiones que generan conocimiento existen explicaciones estructurales afines. Los científicos sociales obtienen financiación para proyectos de investigación que puedan aparecer en las noticias. Los think tanks quieren estudiar problemas políticos cuantificables. Los periodistas se esfuerzan por desenmascarar a los poderosos hipócritas y crear «impacto». De hecho, las plataformas tecnológicas son tan ineptas y se les pilla con tanta facilidad violando sus propias normas sobre información vetada, que una generación de reporteros ambiciosos ha encontrado un filón inagotable de hipocresía a través de historias sobre desinformación que llevan a la moderación. Como política, es mucho más fácil centrarse en un algoritmo ajustable que en las condiciones sociales arraigadas.
EL COMPRADOR, «VÍCTIMA Y PRESA»
Sin embargo, los incentivos profesionales no son suficientes para explicar por qué el marco de la desinformación se ha vuelto tan dominante. Ellul rechazó la «opinión común de la propaganda como obra de un puñado de hombres malvados, seductores del pueblo». Comparó esta historia simplista con los estudios de mediados de siglo sobre la publicidad «que consideran al comprador como víctima y presa». Por contra, escribió, el propagandista y aquel que es objeto de la propaganda la harían de forma conjunta.
Es posible que el establishment necesite el teatro de la persuasión de las redes sociales para construir un mundo político que todavía tenga sentido, para explicar el Brexit y Trump y la pérdida de fe en las decadentes instituciones de Occidente
Una de las razones para aceptar los supuestos de Silicon Valley sobre nuestra persuabilidad mecanicista es que nos impide pensar demasiado en el papel que desempeñamos al asumir y creer las cosas que queremos creer. Convierte una enorme pregunta sobre la naturaleza de la democracia en la era digital –¿qué pasa si la gente cree cosas locas, y ahora todo el mundo lo sabe?– en una negociación tecnocrática entre empresas tecnológicas, empresas de medios de comunicación, grupos de reflexión y universidades.
Pero hay una razón más profunda y relacionada con la anterior, por la que muchos críticos de las grandes tecnologías se apresuran a aceptar la historia de los tecnólogos sobre la capacidad de persuasión humana. Como ha señalado el politólogo Yaron Ezrahi, la opinión pública confía en las demostraciones científicas y tecnológicas de causa y efecto político porque sostienen nuestra creencia en la racionalidad del gobierno democrático.
De hecho, es posible que el establishment necesite el teatro de la persuasión de las redes sociales para construir un mundo político que todavía tenga sentido, para explicar el Brexit y Trump y la pérdida de fe en las decadentes instituciones de Occidente. Las rupturas que surgieron en gran parte del mundo democrático hace cinco años pusieron en tela de juicio los supuestos básicos de muchos de los participantes en este debate: los ejecutivos de las redes sociales, los académicos, los periodistas, los expertos en investigación y los encuestadores. Una explicación común de los efectos persuasivos de los medios sociales proporciona una explicación conveniente de cómo tanta gente pensó de forma tan equivocada más o menos al mismo tiempo. Además, crea un mundo de persuasión que es legible y útil para el capital, para los anunciantes, los consultores políticos, las empresas de comunicación y, por supuesto, para las propias plataformas tecnológicas. Es un modelo de causa y efecto en el que la información que circula por unas pocas corporaciones tiene el poder total de justificar las creencias y los comportamientos del demos. En este sentido, este mundo es un mundo cómodo. Fácil de explicar, fácil de ajustar y fácil de vender, es un digno sucesor de la visión unificada de la vida americana producida por la televisión del siglo XX. No es, como dijo Mark Zuckerberg, «una idea loca». Sobre todo si todos nos la creemos.
(Copyright © Harper’s Magazine. Todos los derechos reservados. Artículo reproducido del número de septiembre con autorización especial).
Traducción: Pilar Gómez.
NOTAS
1. EPA. La Environmental Protection Agency o agencia de protección medioambiental es una agencia ejecutiva independiente del gobierno federal de los Estados Unidos que se ocupa de asuntos relacionados con la protección del medio ambiente.
2. El TechLash es un término que acuñó The Economist en 2018 para denominar las reacciones críticas contra los gigantes tecnológicos de Silicon Valley como Facebook, Google y Amazon derivadas de sus malas prácticas.
3 Más info: https://elpais.com/internacional/2018/03/26/actualidad/1522058765_703094.html
5 Kayfabe es un término de la lucha libre y alude a la representación ficticia de eventos organizados como «reales» o «verdaderos», específicamente a la escenificación de rivalidades entre los participantes.
6 En español se suele utilizar la palabra «desinformación» para traducir dos términos en inglés: “misinformation” y “desinformation”. Ambas hacen referencia a información errónea o falsa, pero lo que varía es el propósito: en la primera no existe intencionalidad de engañar o confundir, al contrario que en la segunda. El autor se detiene a continuación en ambos términos y su uso equivalente.
7 PAC. Political Action Committee o Comité de acción política es un comité que reúne las aportaciones de sus miembros y dona esos fondos a campañas a favor o en contra de candidatos, iniciativas electorales o legislación. Los PAC suelen ser creados en favor de intereses empresariales, laborales o ideológicos por personas que desean recaudar dinero de forma privada para donarlo a las campañas a las que sirven.
8 La fundación que Mark Zuckerberg y su mujer, Priscilla Chan, anunciaron al hacer público el nacimiento de su hija. La iniciativa se ha creado con la donación del 99% de sus acciones en Facebook.
9 Incels o célibes involuntarios son un grupo o subcultura agrupada alrededor de comunidades virtuales donde expresan sus sentimientos de odio, misantropía, misoginia, resentimiento y violencia contra un mundo donde no pueden satisfacer sus deseos sexuales como o con quién les gustaría. La palabra se ha usado ya en referencia a autores de tiroteos o matanzas llevadas a cabo en los últimos años en Estados Unidos.
10 QAnon (abreviatura de Q-Anónimo) es el término con el que se designa a quienes respaldan y difunden teorías conspirativas según las cuales el mundo es gobernado por un grupo de pedófilos secuestra niños y adoradores de Satán organizados contra Donald Trump. Políticos (demócratas), famosos y autoridades religiosas formarían parte de esta trama. Más info: https://www.nytimes.com/es/2020/08/21/espanol/qanon-que-es.html
Los centennials o generacion Z 1 han llegado a la universidad. Veamos los datos y sus características principales.
Conforme a la estadística que ofrece el Sistema Integrado de Información Universitaria (SIIU) de la Secretaría General de Universidades, en el curso 2020/2021 en España se encontraban matriculados en las distintas universidades españolas un total de 1.679.518 estudiantes; de ellos, el 79.8 por 100 en una titulación de grado, un 14.8 por 100 de máster y un 5.4 por 100 en programas de doctorado.
Se trata del mayor volumen de estudiantes del último decenio. Si solo comparamos el dato con el correspondiente para el curso 2016/2017, cinco años atrás, se observa un incremento del número de estudiantes matriculados del 7.3 por 100. Dicho aumento se aprecia tanto en grado, como en máster y doctorado, aunque es en estos dos últimos donde resulta más significativo, lo que muy probablemente habrá que explicar como manifestación de la integración de la oferta formativa en sus distintos niveles de grado, máster y doctorado, y, sobre todo, con una mayor propensión a continuar y ampliar la formación académica universitaria, estrechamente relacionada con las oportunidades que ofrece un mercado de trabajo cambiante y muy exigente con los jóvenes.
Pese a la situación crítica en que la universidad fue puesta en los años de la Gran Recesión, los datos ponen de manifiesto que esa demanda sigue siendo todavía creciente
Aunque cualquier estimación de lo que esa cantidad representa sobre el conjunto de la población que podría estar cursando estudios universitarios es bastante difícil (no hay una edad que determine la inhabilitación para estudiar en la universidad y es muy habitual el caso de personas que se incorporan a ella incluso después de su jubilación laboral), puede intentarse una aproximación tomando como referencia los grupos quinquenales de población de edad que elabora el INE2 y aceptando convencionalmente que la franja de edad de un estudiante universitario tipo (y típicamente de grado) sería la comprendida entre los 18 y los 25 años. Estamos hablando, por tanto, de un grupo de unas 3.860.000 personas; algo más del doble de los 1.679.518 matriculados en las universidades españolas en el curso 2020-2021. No hace falta insistir en que estas cuentan con estudiantes de todas las franjas de edad, pero también es evidente que en su gran mayoría pertenecen a las cohortes indicadas.
Haciendo descender algo más el punto de mira, se puede observar el crecimiento en el grupo de estudiantes de entrada. Estos alcanzaron en el curso 2020-2021 un total de 358.457, algo más del 6.5 por 100 de los llegados cinco cursos atrás.
Hasta aquí, la primera conclusión es evidente. Pese a la situación crítica en que la universidad fue puesta en los años de la Gran Recesión y pese a que en el horizonte se avizoran algunas nubes sobre la futura demanda de estudios universitarios, los datos ponen de manifiesto que esa demanda sigue siendo todavía creciente.
En cuanto al perfil sociodemográfico de los estudiantes universitarios actuales, un primer acercamiento muestra como tendencia muy consolidada la mayor presencia femenina en la gran mayoría de universidades, representado el 55.6% del total del estudiantado gracias a la mayor presencia femenina en los estudios de grado y de máster, siendo la de doctorado más similar. Esas diferencias se mantienen y acentúan para el egreso, teniendo las mujeres una mayor tasa de rendimiento académico.
Una consideración sobre la nacionalidad del estudiantado universitario español permite apreciar que se consolida y ve reforzada la presencia de estudiantes de otras nacionalidades en nuestros campus; sin embargo, no lo hace con la fortaleza que sería deseable, ni con un reparto homogéneo entre los distintos niveles. Tomando de nuevo como referencia el curso 2016/2017, cinco años atrás, la proporción de estos estudiantes ha pasado de representar un 7.3 por 100 del total a un 9.4 por 100. Pero los estudiantes extranjeros solo representan un 6.0% en estudios de grado. La mayor presencia se da en los niveles de máster (21.3 por 100) y doctorado (27.5 por 100), por su mayor orientación a la investigación, la especialización, la internacionalización y, en definitiva, a la movilidad universitaria3.
Todos los estudios advierten de que disponer de un título de educación superior reduce la posibilidad de situarse en riesgo de pobreza
Respecto de las condiciones de vida de nuestros universitarios, hay que tener en cuenta las desigualdades en un país como España, cuyo índice de Gini se sitúa, en el 2020, en el 32.1 por 100, según la Encuesta de Condiciones de Vida que elabora el INE. La tasa de riesgo de pobreza en España se sitúa, también en 2020, en un 21 por 100, siendo algo superior en las mujeres. Y por edades es superior en los colectivos juveniles: entre los 16 y 29 años, es de un 22.7 por 100, y si contamos los menores de 18 años, asciende a un 27.4 por 100. Frente a ello, todos los estudios advierten de que disponer de un título de educación superior reduce la posibilidad de situarse en riesgo de pobreza. La diferencia de estar en riesgo de pobreza con un nivel de educación superior, respecto a un nivel de educación secundaria inmediatamente anterior, es menor en casi diez puntos porcentuales, aumentando la diferencia cuanto menor es el nivel educativo. Por tanto, las universidades siguen siendo instituciones que no solo forman ciudadanos, sino que mejoran sus condiciones de vida.
De ahí la importancia de facilitar el acceso a la universidad, independientemente del origen social. Sin embargo, esto sigue siendo todavía una aspiración: el Informe Juventud en España 2020 muestra cómo la proporción de población juvenil con estudios universitarios es mayor entre aquellos que proceden de un hogar cuyos progenitores son directivos o profesionales. Eso hace, además, que la búsqueda de ingresos mediante alguna actividad remunerada sea habitual. Según la Encuesta de inserción profesional de titulados del INE, sobre los universitarios del curso 2013-2014, un 28.2 por 100 de los menores de 30 años, trabajaban mientras estudiaban, en empleos que no suelen mantener una vez finalizada la carrera.
MÁS ALLÁ DE LOS DATOS
Además de la pérdida del peso relativo del colectivo juvenil en la población total, el Informe Juventud en España 20204 destaca el aumento de la diversidad de origen y los cambios en las estructuras familiares en las que se produce la primera socialización, siendo más diversas en su configuración y de tamaño más reducido. Nos hallamos, por tanto, ante un segmento poblacional menos numeroso, aunque no obsta a su mayor presencia en las aulas universitarias. Y, sobre todo, nos encontramos ante un grupo de edad más diverso, tanto en sus características sociodemográficas como en su origen social.
Conocer con más detalle cómo son los estudiantes que están llegando a las universidades españolas en este comienzo de la segunda década del siglo XXI es mucho más complicado. Parece claro que la gran mayoría de los actuales estudiantes universitarios son nacidos en torno al año 2000, de modo que si se atiende a la clasificación por generaciones, puede convenirse que la universidad actual, la de comienzos de la segunda década del siglo XXI, está poblada mayoritariamente por lo que los estudiosos denominan centennials o «generación Z»5.
Analizar cualquier aspecto de la realidad social siempre resulta complejo por la dificultad de percibirla como un todo. Sin embargo, somos plenamente conscientes de su existencia y evolución por sus manifestaciones en las estructuras de funcionamiento y en las personas. Y en este sentido, hablar de generaciones implica asumir que trabajamos con una clasificación puramente convencional, pero que facilita una representación general de ciertos rasgos comunes entre grandes colectividades coetáneas6.
Es lo que ocurre con la generación de personas nacidas ya en ese mundo líquido que poco a poco va conformándose tras el cambio de milenio. Como es sabido, hacia el año 2000, autores como Zygmunt Bauman7 advertían ya de que el paradigma flexible del nuevo capitalismo estaba impactando en la formación de nuestro carácter y en el desarrollo de una sociedad individualista donde todo fluye sin certezas. Y es ese nuevo mundo el que debe albergar a una nueva generación que termina tomando identidad propia como resultado de los grandes cambios sociales, económicos, culturales y tecnológicos que de manera vertiginosa se han sucedido desde entonces. La llamada «Generación Z», que sigue a la denominada «Generación Y» o millennials, y que hoy llena masivamente nuestros campus universitarios8.
A los centennials se les atribuye un carácter práctico, autodidacta, multitarea, globalizado, comprometidos con su entorno social y natural, emprendedores. Pero si hay un aspecto que les identifica y singulariza de forma inequívoca es ser «nativos digitales»
Sin dejarse llevar por el evidente rastro mercadotécnico apreciable en este agregado generacional, no cabe duda de que las universidades se enfrentan a nuevos perfiles de estudiantado que deben conocer y, sobre todo, comprender. Es decir, no se trata solo de disponer de taxonomía del estudiante universitario de la segunda década del siglo XXI, sino principalmente de conocer sus expectativas y motivaciones, sus proyectos vitales o sus formas de entender las relaciones. De esta capacidad de comprensión deberá emanar una adecuada gestión de la «brecha generacional» que permita el conocimiento mutuo y el intercambio fluido de ideas y emociones entre el profesorado (generacionalmente boomers o Generación X) y el estudiantado. Porque lo que no admite duda es que las diferencias generacionales existen y se expresan en nuevas y diferentes formas de pensar, de trabajar, en nuevas necesidades o en nuevos proyectos que desarrollar. Y este conjunto de motivaciones e intenciones forma parte de la vida de cada persona, de su cotidianeidad, y también, naturalmente, de la que se desarrolla en nuestros espacios universitarios.
Como rasgos positivos, a los centennials se les atribuye un carácter práctico, autodidacta, multitarea, globalizado, comprometidos con su entorno social y natural, emprendedores. Pero si hay un aspecto que les identifica y singulariza de forma inequívoca es ser «nativos digitales». Llegaron a un mundo globalizado e interconectado por medio de tecnologías de la informatización y la comunicación, un mundo que comenzaba a vislumbrar nuevas tecnologías disruptivas superadoras de los patrones analógicos. Y han crecido usando de forma cotidiana herramientas tecnológicas e incorporando de forma intuitiva una serie de capacidades y herramientas cognitivas relacionadas con la búsqueda de información, el trabajo en red o la cultura de la imagen. Como resultado de ello, se caracterizan, además, por su dominio de los medios de producción digital, que utilizan para aumentar su capacidad creativa. En definitiva, usan nuevos dispositivos tecnológicos, se comunican a través de diversas aplicaciones de comunicación y redes sociales y obtienen información de forma inmediata9.
Todos estos patrones están modificando de forma considerable cómo entienden la relación y el compromiso con sus proyectos académicos y profesionales; sobre todo porque, al mismo tiempo, la sensación de control sobre el mundo en derredor, consecuencia da su pericia en el uso de las tecnologías, les hace ser —o parecer— autodidactas, independientes, rebeldes y consumistas.
En todo caso, para las universidades está representando un reto este cambio en el perfil de su estudiantado real y potencial, porque se trata en realidad de un cambio en la forma de estar en la universidad. Hay quien señala incluso que esta generación recela de la educación superior por falta de pragmatismo y lejanía de las vanguardias tecnológicas10. Y también se ha destacado la falta de continuidad en el ciclo universitario; es decir, que cada vez con más frecuencia la estancia en la universidad implica cierta discontinuidad en la trayectoria académica, cambio de opciones, situaciones relacionadas con el absentismo o simultaneidad con otras actividades vitales. En este sentido, se habla del «estudiante periférico», caracterizado por una gestión del esfuerzo de cada actividad, la externalización de las actividades de aprendizaje y la autonomía y autorregulación de los aprendizajes11.
Los centennials valoran más otros aspectos en orden a la satisfacción de sus aspiraciones vitales, lo que podríamos denominar el «salario emocional», como la flexibilidad horaria, la conciliación con la vida personal, un buen clima de trabajo o la presencia de determinados valores en la empresa
Otro aspecto muy relevante que identifica al actual estudiante universitario es la forma con que define sus proyectos profesionales, muy diferente a generaciones previas. La rapidez con que se suceden los cambios y la inseguridad e inestabilidad política, económica y social ofrecen un panorama de continua oportunidad y escaso compromiso. Nada es duradero, todo está en cambio y movimiento. Una vez asumido que el empleo ya no es para toda la vida, se impone el paradigma opuesto: la máxima movilidad laboral favorecida por una gran inestabilidad empresarial debida no solo a la velocidad con que se suceden los cambios tecnológicos y productivos, sino a la Gran Recesión y últimamente a la crisis sanitaria, social y económica provocada por la pandemia de la covid-19.
No puede extrañar, por tanto, que el compromiso con la organización se haya convertido en uno de los aspectos más valorados por los empleadores de titulados universitarios, ya que este se ve mermado en la estructura de relaciones que establecen los centennials. No se da un compromiso verdadero con la organización en la que trabajan. En parte, quizá como rechazo al incremento de la flexibilidad en la gestión de las relaciones laborales y, sobre todo, a la cada vez menor estabilidad laboral; pero también porque los centennials valoran más otros aspectos en orden a la satisfacción de sus aspiraciones vitales, lo que podríamos denominar el «salario emocional», como la flexibilidad horaria, la conciliación con la vida personal, un buen clima de trabajo o la presencia de determinados valores en la empresa12. Aspiran a un trabajo motivador, y no tanto a desempeñar toda su vida laboral un mismo trabajo, puesto que sus objetivos profesionales van cambiando.
CONSIDERACIÓN FINAL
Para terminar estas breves líneas, conviene recordar que la identificación y descripción social de cualquier perfil es un modelo, un constructo que sirve de herramienta para analizar una parcela de la realidad, al modo «tipo ideal» weberiano, por lo que su aplicación a la misma para medir tales fenómenos dará tantos resultados como casuísticas caben en la misma. Con esto, se quiere advertir de que, en cualquier caso, en nuestras universidades conviven perfiles muy diversos que se ajustarán a un perfil modelo en distintos grados. Y precisamente por ello, hemos de estar especialmente atentos a las implicaciones que los cambios sociales tienen sobre el modo en que hemos de hacer nuestro trabajo.
Las universidades nos encontramos en una posición privilegiada como espectadores y como agentes promotores de un futuro que siempre resulta inminente. Somos capaces ya de teorizar sobre los efectos que la 4ª Revolución Industrial puede tener, las posibilidades y aplicaciones del desarrollo tecnológico o los retos que todo ello plantea en el ámbito de la formación universitaria. Pero no podemos mirar solo hacia delante, hay que ampliar la visión en un círculo de 360º sabiendo que, en el centro mismo de lo que es y será la universidad, se encuentran los y las estudiantes. Porque el objetivo es que la universidad siga siendo un espacio abierto, inclusivo y participativo, un foro de debate, discusión y propuesta. El centro de referencia de la generación y transmisión del conocimiento en libertad y democracia.
NOTAS
1 Esta generación seguiría a la denominada milennial conformada por las personas nacidas desde el comienzo de los años ochenta del pasado siglo XX hasta la mitad de la siguiente década. Antes de ella, se habla de Generación X para referirse a la formada por personas nacidas desde mediados de los años sesenta del siglo XX hasta comienzos de los ochenta. Los Baby Boomers serían los nacidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la mitad de los años sesenta. En fin, tras la Generación Z ya se anuncia la nueva Generación Alfa donde quedarían incluidos los nacidos a partir de 2015 aproximadamente.
2 Para 2020, esa estadística da un total de 2.360.667 en el grupo 20-24; 2.523.499 en el grupo 15-19 y 2.360.667 en el grupo 25-29.
3 Para obtener una comparativa de nuestro estudiantado en el contexto europeo puede consultarse el informe monográfico de CRUE Comparación Internacional del Sistema Universitario Español, elaborado por F. MICHAVILA, JORGE M. MARTÍNEZ Y RICHARD MERH, relativo a 2015.
4 Instituto de la Juventud (2021). Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030.
5 Véase Nota 1.
6 Sobre la teoría de las generaciones se ha escrito mucho y por ello no es preciso dejar aquí referencia bibliográfica. No obstante, como excepción, me permito recordar la aportación esencial de ORTEGA Y GASSET, básicamente en su En torno a Galileo (Obras completas, Revista de Occidente Vol. V, 1951). Y, sobre ella, MARIAS, J. El método histórico de las Generaciones, Revista de Occidente, Madrid, 1961.
7 BAUMAN, Z., Modernidad Líquida, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2000. Véase también SENNET, R., La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, Anagrama, Barcelona, 2000.
8 La bibliografía al respecto es abundante. En todo caso cabe reseñar ZARRA, E.J., Generación Z, la generación con derechos: cómo educar para llegar a sus mentes y a sus corazones, Narcea, Madrid, 2019; VILANOVA, N. y ORTEGA, I., Generación Z, Plataforma Editorial, Barcelona, 2017; DOARDE, D., «Entorno digital y generación Z», Teoría de la educación, Vol. 33, núm. 2, 2021, págs. 27-47; MAGALLÓN ROSA, R., «El ADN de la Generación Z: entre la economía colaborativa y la economía disruptiva», Revista de Estudios de Juventud, núm. 114, 2016, págs. 29-44; LLAMAS, GARCÍA ÁLVAREZ y PÉREZ, «Generación Z: las claves de la construcción de una identidad», Investigación y marketing, núm. 142, 2019, págs. 18-25; MOURET, S., «Los auténticos nativos digitales: ¿estamos preparados para la Generación Z?, Revista de Estudios de Juventud, núm. 114, 2016, págs. 157-170.
9 ALCOCEBA HERNANDO, J. A., «Juventud, TICs y aprendizaje invisible. El desarrollo generacional de habilidades y talentos digitales», Revista de Estudios de Juventud, 117, 2017, págs. 21-35.
10 VILANOVA, N. y ORTEGA, I., Generación Z, passim.
11 TURULL, M. (Coord.), Manual de Docencia Universitaria, ICE (IDP-ICE)-Octaedro, Barcelona, 2020, págs. 59 y ss.
12 Universidad de Murcia, Informe Diálogo UMU-Empresa. Una oportunidad para el empleo universitario. COIE, Observatorio de empleo, 2019.
AVANCE
Los procesos de modernización, el paso de un país esencialmente rural a la creación de grandes centros urbanos, la pluralidad étnica y lingüística son solo algunos de los factores que el autor enumera como detonantes de la explosión cultural del país. El artículo se completa con un detallado repaso el auge e internacionalización de los distintos sectores culturales, desde la literatura al teatro, desde la música a las artes plásticas, pasando por el cine o la producción para la televisión.
El historiador colombiano Jaime Jaramillo Uribe decía que Colombia era un país mediterráneo que miraba fijamente hasta sus montañas. La figura que utilizaba era mucho más que una metáfora. En el país se extienden, de norte a sur, tres grandes cordilleras andinas y en el norte, al pie del mar Caribe, emerge la Sierra Nevada de Santa Marta, el conjunto montañoso más alto junto al mar de todo el planeta. Sin embargo, la razón del aislamiento no es solo la altura de sus montañas.
En el último siglo, la internacionalización de la cultura colombiana ha sido un fenómeno cada vez más importante. En primer lugar, por los densos procesos de modernización y secularización que se inician a fines del siglo XIX y que abarcan especialmente el siglo XX. Un país rural da paso a la conformación de núcleos urbanos y a un profundo fenómeno de urbanización de la vida social, mientras la sociedad deriva hacia formas de secularización que replantean algunos de los lazos de su propia cohesión.
En segundo lugar, Colombia fue uno de los países latinoamericanos con una inmigración menos abundante y unos procesos de mestizaje interno presentes no sólo en sus tendencias de poblamiento y afirmación territorial, como en las circunstancias dramáticas de sus violencias vividas durante décadas.
En tercer lugar, la conformación de grandes macro regiones – el Caribe, el Pacífico, los Andes Orientales, los Andes Occidentales, la Orinoquia-Amazonía y el Macizo- con una gran diversidad ambiental y biológica, ha estado acompañada de una diversidad cultural prodigiosa que se manifiesta en su pluralidad étnica, la diversidad de lenguas (84 lenguas americanas nativas, 2 lenguas creoles, una de ascendencia británica y la única existente de ascendencia hispana en el mundo, una lengua rom y el español), y una desbordante creatividad que se expresa en la música, sus cocinas, las artes o sus artesanías y que como dijo Gabriel García Márquez conforman “una comunidad orgullosa de ser como es: independiente, inconforme, dividida e ingobernable”.[1]
En cuarto lugar, ha existido a través del tiempo, una presencia persistente de artistas, pensadores y difusores culturales que han acentuado una visión internacional frente a los énfasis provincianos. Provenientes de diferentes países del mundo se asentaron en uno que consideraron el propio, mientras participaban activamente en la vida cultural colombiana a través de la pedagogía, el estímulo de iniciativas culturales, el aporte a la irrupción de nuevas perspectivas de la ciencia y el desarrollo de las artes. Fueron decisivos para que la cultura atravesará las montañas.
A comienzos del 2000 se estrenaron 8 películas colombianas, mientras que veinte años después, en el 2021 y en medio de la pandemia, se estrenaron 30
Casimiro Eiger creó galerías de arte y escribió textos memorables sobre las transformaciones del arte moderno en Colombia,[2] Ernesto Volkening[3] elaboró reflexiones brillantes que permitieron entender mejor y más profundamente un país que a ojos de otros no cambiaba y Marta Traba[4] acompañó con lucidez las propuestas nacientes de los jóvenes artistas de la modernidad cultural colombiana. A mediados del siglo XX, el japonés Seki Sano introdujo al teatro colombiano en las teorías de Stanislavski antes de ser expulsado por subversivo, Hans Ungar[5] y Karl Buchholz mantuvieron importantes librerías junto a salas de arte y publicaciones como la Revista Eco, Leopoldo Rother[6], Karl Brunner[7] y Bruno Violi aportaron su visión a la arquitectura y José Antonio Roda[8] compartió sus conocimientos de pintura con jóvenes artistas que años después se destacarían nacional e internacionalmente.
No hay prácticamente ningún resquicio de la vida cultural del país que no haya recibido esta “irrigación” crítica y provechosa -museos, editoriales, revistas, formación musical, arquitectura, filosofía, urbanismo, artes visuales- que reemplazó la orfandad de una inmigración consistente y se ubicó en lugares estratégicos de la experiencia simbólica colombiana.
Junto a estos inmigrantes intelectuales, la figura del viajero[9] ha sido una de las presencias que ha atravesado la historia de la cultura en Colombia y particularmente la construcción de una escena internacional. Viajeros colombianos en el exterior como los filólogos Ezequiel Uricoechea y Rufino José Cuervo, el poeta Porfirio Barba Jacob, la pintora Emma Reyes o más recientemente escritores como Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Marvel Moreno, Óscar Collazos, Helena Araujo, Luis Fayad, Juan Manuel Vásquez o Santiago Gamboa o pintores como Fernando Botero, Luis Caballero o Doris Salcedo, para citar solamente a algunos de diversas generaciones. También viajeros que han estudiado, pintado o escudriñado las realidades de un país que fueron conociendo a través de la combinación entre arte y exploración, observación y reconocimiento.
En el primer caso, el viajero parte del país mediterráneo hacia otros más abiertos y cosmopolitas. En el segundo, artistas y científicos extranjeros descubren las posibilidades de ese mismo país y dejan testimonio de su asombro frente a lo que descubren en sus costumbres, en sus formas de organización social, en su naturaleza o inclusive en sus terribles tensiones.
De un siglo a otro la figura de los viajeros cambia, pero hay perspectivas que se mantienen: la vivencia del tránsito, la voluntad de ver, la confrontación de modos de vida, la admiración ante las novedades y las constataciones de las diferencias.
Numerosos autores han mostrado la influencia de estos visitantes en la cultura y el pensamiento colombianos. Una de ellas, la pintora Beatriz González, en su Manual del arte del siglo XIX en Colombia mostró que este transcurrió entre el trabajo de los pintores de la Expedición Botánica dirigida por el Sabio Mutis, el énfasis en el paisaje de Humboldt y la incorporación de los habitantes y sus costumbres en el paisaje que hizo la Comisión Coreográfica.[10]
El sentido inverso del viaje también ha contribuido a la internacionalización de la cultura colombiana, ya sea porque se ha aumentado el número de colombianos que estudian en el exterior o que enseñan e investigan en prestigiosas instituciones internacionales o porque creadores y expresiones culturales y artísticas colombianos aparecen en exigentes escenarios internacionales.
Pero el país que había adolecido de una inmigración contundente, con excepción de la costa Caribe y especialmente de Barranquilla, si ha sido una sociedad con flujos migratorios internos y externos de una gran repercusión cultural. En las décadas de los 60, los 70 y los 80 millones de personas migraron y se asentaron en Venezuela[11], Estados Unidos y España.[12] Medio siglo después, el país ha recibido un importante flujo migratorio de venezolanos y venezolanas para los que el gobierno del presidente Iván Duque creó el Estatuto Temporal de Protección para migrantes venezolanos (2021), que se ha apreciado en el contexto internacional como una medida de relevancia y sentido humanitario. La migración es sin ninguna duda uno de los escenarios más importantes de otra modalidad de la internacionalización producido por problemas internos de los países, pobreza y búsqueda de oportunidades, en que la cultura es una de las dimensiones fundamentales, ya sea por la defensa de los derechos culturales de quienes migran, los procesos de hibridación e interculturalidad que se generan, la posibilidad de conservar y desarrollar los trazos culturales del arraigo y del desarraigo, el fortalecimiento de las identidades culturales propias y el desarrollo de las oportunidades de expresión social y simbólica de los migrantes.
Es en el siglo XX cuando se produce una mayor internacionalización de la cultura colombiana: por una parte, por las transformaciones que se dan en la escena internacional y por otra, por las modificaciones nacionales producidas por procesos internos.
La modificación del escenario internacional fue definitivo tanto por el fortalecimiento de la mundialización, el fin de la guerra fría, el papel “soft” de la cultura dentro de la diplomacia internacional, el interés en ascenso de la comunidad internacional en temas como el medio ambiente, la resolución pacífica de conflictos o la protección de la diversidad cultural, el auge de la economía cultural y creativa, el fortalecimiento de la creatividad de las regiones, el desarrollo progresivo de las industrias culturales y creativas, el papel de convenciones internacionales de la cultura y la expansión vertiginosa del nuevo ecosistema digital. Todas estas dimensiones del nuevo escenario internacional tuvieron implicaciones directas en la internacionalización de las diversas expresiones culturales colombianas.
La globalización tocó de inmediato las puertas de la economía con el llamado proceso de “apertura”, mientras que en el terreno político el hecho central fue la aprobación de una nueva Constitución Política (1991). Ambos procesos, con sus logros y sus limitaciones, incidieron en la internacionalización de la cultura a través de la creación del Ministerio de Cultura (1997), la promulgación de la ley general de cultura (1997), el reconocimiento del país como pluriétnico y multicultural y la valoración de la importancia de la cultura en la imagen de Colombia en el exterior, golpeada por numerosas vicisitudes con implicaciones internacionales, como la violencia interna, el desplazamiento forzado y las acciones del narcotráfico.
La apertura de los mercados, entre ellos los culturales, se produjo en consonancia con otros cambios que se estaban generando en el campo de la cultura como el reconocimiento de que la producción, circulación y apropiación cultural tenían que ver con el empleo, la industrialización, el intercambio de bienes culturales y la ubicación estratégica de la creatividad en el escenario internacional. La mundialización suponía una mayor receptividad de los productos culturales, pero también el peligro de la homogenización y unos procesos de selección que estaban muy determinados por las propias demandas del mercado.
La diplomacia cultural se incentivó por la mundialización y se impulsó por el papel de los medios de comunicación electrónicos, como la radio y la televisión y se amplió con la creación de internet, los soportes digitales y las redes sociales. En la radio ha sido decisiva la presencia emocional de la música en que Colombia presentaba ya hacia la mitad del siglo XX avances significativos y una patente diversidad y en la televisión fue clave el desarrollo de las telenovelas que empezaron a competir internacionalmente con los países que en la segunda mitad del mismo siglo tenían una producción más avanzada como México, Brasil, Argentina y Venezuela. Lo interesante es que el melodrama colombiano, que circuló inclusive en países más allá de la órbita iberoamericana, significó un notable esfuerzo de recreación y una búsqueda de identidad que le facilitó no solo diferenciarse de otros modelos narrativos, sino participar activamente del mercado internacional.
La agenda de los intereses de la comunidad internacional sobre Colombia ha sido decisiva en la internacionalización de su cultura, porque el país ha estado muy vinculado con algunos de sus grandes temas de preocupación y además porque esos temas están conectados estrechamente con dimensiones y formas de expresión de la cultura. El medio ambiente ha estado ligado a la vida de los pueblos, comunidades étnicas y demás pobladores a través de expresiones de la danza, la música, las cosmovisiones y la artesanía; el conflicto armado ha impactado en la vida cultural de millones de colombianos y colombianas (se estima en 8.000.000 los desplazados internos), como también en sus procesos de reintegración comunitaria y territorial y en las manifestaciones artísticas de la memoria; y la diversidad cultural se expresa cotidianamente en un acervo lingüístico impresionante, un conjunto plural de tradiciones y manifestaciones patrimoniales tangibles e intangibles y unas creatividades que se relacionan y viven de la cartografía regional del país. Si se revisan los programas de la cooperación internacional, así como de instituciones y organizaciones no gubernamentales de carácter internacional, se puede visualizar un interés bastante sostenido en estos temas, así como en los procesos de transformación y cambio social aún necesarios.
Paralela a estas modificaciones en el contexto internacional transcurría una renovación profunda de las industrias culturales y creativas en muchos aspectos: se modificaba su estructura industrial, se expandían los mercados mundiales, se incorporaba la digitalización a la producción y apropiación de los bienes simbólicos, se cambiaban dramáticamente los modos de circulación tradicionales aumentando las posibilidades de internacionalización de las expresiones culturales locales, se animaban los procesos de importación y exportación de bienes culturales a la vez que se reformaban los marcos regulativos nacionales e internacionales, por ejemplo los referidos a la propiedad y los derechos de autor.
Las convenciones internacionales, particularmente las promovidas por la UNESCO, han contribuido a la internacionalización de la producción cultural dentro de parámetros que suelen ir más allá de los determinados simplemente por el mercado. Muchas expresiones culturales populares colombianas han tenido una recepción muy interesante en escenarios internacionales que hasta hace unos años no frecuentaban como grupos de músicas tradicionales, cantadoras/es populares, creadores indígenas, jóvenes artistas de barrios populares o de sus diferentes regiones.
Si bien el contexto internacional ha tenido una gran importancia hay señas decisivas que provienen en las dinámicas propias, de los signos de identidad nacional, es decir, de los acentos más territoriales. En otras palabras: la internacionalización de la cultura nace muchas veces de los procesos más locales y de lugares y experiencias tan entrañables como desconocidas. No es posible pensar el desarrollo del cine colombiano sin estos arraigos particulares o la vitalidad de rock nacional sin la convocatoria internacional de Rock al Parque, ni la presencia internacional del reguetón colombiano y de sus grandes figuras como J. Balvin o Carol G sin las particularidades culturales de Medellín,[13] ni las proezas excepcionales de la experimentación coreográfica del Colegio de Cuerpo sin su diálogo con la corporeidad, la sensibilidad y las estéticas de una danza que interactúa con los trazos más profundos de la vida social en Cartagena de Indias.
No es posible el reconocimiento de la producción audiovisual colombiana para televisión o para plataformas como Netflix o HBO, sin la recurrencia a las realidades que vive el país, así la creatividad las transforme o inclusive las exagere, ni conmoverse con géneros como la cumbia, hecha también en México o en las barriadas populares argentinas, sin vincularla al sentido del baile y la fiesta como también con los sufrimientos de regiones azotadas por formas de violencia a las que enfrentan con un sentido comunitario de una enorme resiliencia.
Entre 2018 y 2019, el sector editorial creció un 4.6% y en ese último año se publicaron 19.996 títulos y se produjeron cerca de 40 millones de ejemplares, con un 4.7% destinados al mercado internacional
Pero estas conexiones no se encuentran solamente en las manifestaciones culturales populares, barriales o étnicas, sino también y de una manera muy vívida e interesante en expresiones artísticas, propuestas experimentales y manifestaciones culturales innovadoras. De esta manera muchas expresiones culturales colombianas de las artes visuales, la música, la danza, el teatro, el cine o lo audiovisual que circulan en centros mundiales especializados también llevan esta marca, sin caer en nacionalismos limitantes, pero si nutriéndose creativamente de los problemas que circulan en el país, como de los dinamismos que se viven en sus territorios mas recónditos o en sus comunidades más aisladas.
Los caminos de la internacionalización cultural de Colombia son muy variados. Van desde el fortalecimiento de su economía cultural y creativa hasta la definición de políticas públicas en los Ministerios de Cultura, Relaciones Exteriores y Comercio y Turismo, la actividad de instituciones del Estado como Proimágenes o Procolombia, los programas de cooperación internacional y la labor de centros culturales y embajadas. Y además de grandes redes formales e informales de relaciones promovidas por los propios creadores, organizaciones culturales, ciudades, contactos solidarios, festivales e instituciones educativas.
El desarrollo de las industrias culturales y creativas en el siglo XX fue decisivo para la internacionalización de la cultura. Cuando a fines de los 90, se inició el proyecto de Economía y cultura del Convenio Andrés Bello, respaldado por el Ministerio de Cultura y la Cooperación Española[14], se constató la evolución y asimetría de las industrias, la incorporación de las iniciativas privadas en ciertos sectores como el audiovisual, la música y el editorial, la conformación de empresas culturales, la evolución del empleo y el consumo cultural, el aporte de estas industrias al PIB y los niveles logrados de exportación de bienes culturales. A todo ello se sumó el avance del país en políticas culturales, el fortalecimiento de la institucionalidad cultural, la creación del Sistema Nacional de Cultura y los instrumentos de medición cultural como la encuesta de consumo cultural o la cuenta satélite de cultura, que permitieron observar en detalle la transformación de las industrias culturales y su participación en los escenarios internacionales.
La concesión del Premio Nobel de Literatura al escritor colombiano Gabriel García Márquez en 1982 fue un parteaguas en la internacionalización cultural de Colombia[15], por el significado global de la distinción, como por la manera como el país celebró en Estocolmo el premio con música de cumbia acompañada de tambores y flautas de millo, vestidos que emparentaban con el liqui liqui tropical que vistió el premiado en medio de los trajes negros de ceremonia y danzas alegres que contrastaban el formalismo del banquete palaciego con los modos tradicionales de celebración de un país en fiesta.
Ya para entonces los escritores significaban una presencia cultural fundamental en el exterior y la industria editorial despegaba hasta desafiar a los centros habituales de la publicación en español. Entre 2018 y 2019, el sector editorial colombiano creció un 4.6% y en ese último año se publicaron 19.996 títulos y se produjeron cerca de 40 millones de ejemplares, con un 4.7% destinados al mercado internacional, un porcentaje que se aumenta con las ediciones de autores nacionales en editoriales internacionales. En el mismo 2019, las ventas por canales electrónicos crecieron un 25.3%.[16]
A comienzos del 2000 se estrenaron 8 películas colombianas, mientras que veinte años después, en el 2021 y en medio de la pandemia, se estrenaron 30.[17] Las leyes de cine, una de las cuales promueve exenciones a la producción internacional en Colombia, el trabajo consistente de Proimágenes con los distintos momentos y actores de la cadena de valor, el apoyo a la circulación del cine en los principales festivales internacionales y el énfasis en la formación, son políticas que han fructificado en producciones cinematográficas de calidad.
La creación musical colombiana ofrece una diversidad impresionante. La escena internacional es frecuentemente impactada por intérpretes populares, por su maestría instrumental y el desarrollo de géneros como el vallenato, la cumbia, el joropo, los bambucos, la champeta, la salsa o recientemente el reguetón, que solo componen una parte de su rico paisaje sonoro. Este panorama está acompañado de figuras de la música clásica como Andrés Orozco Estrada, director de la Orquesta Sinfónica de Viena, el violonchelista Santiago Cañón o la soprano Betty Garcés así como de compositores y grupos de música experimental que actúan en el exterior. El trabajo ya consolidado de instituciones público-privadas como el Teatro Mayor o públicas como la Orquesta Sinfónica o la Orquesta Filarmónica de Bogotá, así como el aporte pedagógico de universidades, conservatorios y centros de formación musical han sido fundamentales en la presencia cultural internacional de Colombia. Festivales como el Iberoamericano de Teatro, el Carnaval de las Artes en Barranquilla, el Festival de Cine de Cartagena, el Festival de la Imagen de Manizales, el Festival Gabo de Periodismo o el Petronio Álvarez en Cali, o los más recientes de Música y el Hay festival de Cartagena, carnavales como el de Barranquilla o el de Negros y Blancos en Pasto, han sido centrales en la internacionalización cultural del país.
El turismo es uno de los campos importantes de la proyección internacional de Colombia, hasta el punto de que en el 2019, se superaron todas las previsiones de afluencia de visitantes extranjeros al país. ProColombia ha publicado “COcrear, COnectar y COnservar, Manual ilustrado para guías de turismo de cultura en Colombia”, un texto que une el turismo con la cultura, en un recorrido por las diferentes macro regiones del país y que ganó recientemente un premio en la Fitur de Madrid.
Aún queda mucho camino por recorrer para enriquecer el diálogo constructivo de Colombia en el exterior. Pero las montañas dejaron de ser una barrera no sólo física sino simbólica, porque las expresiones diversas de su vida cultural tienen la suficiente fuerza y argumentos para atravesarlas. Y lo han hecho.
NOTAS
[1] “Gabo le dijo no al Mincultura”, En: El Tiempo, Bogotá, 22 de junio de 1997.
[2] Casimiro Eiger. Crónicas de Arte colombiano, 1946-1960, Mario Jursich (compilador), Bogotá: Banco de la República, 1995.
[3] “Ernesto Volkening, un pensador colombiano”, Gerardo Ardila, Bucaramanga: Revista Encuentros, 2021.
[4] Marta Traba en facsímil, Fernando Zalamea, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, Rectoría, Colección Apuntes Maestros, 2014.
[5] “Crestomanía Ungariana (Veintiocho notas sobre y -en torno a- la biblioteca de Hans Ungar”, Mario Jursich, Boletín cultural y bibliográfico, Banco de la República, Bogotá, Vol 51, N° 92, 2017.
[6] Hans Rother, Arquitecto Leopoldo Rother, Bogotá: Fondo Editorial Escala, 1984.
[7] Tania Maya, Karl Brunner o el urbanismo como ciencia del detalle, Revista Bitácora Urbano Territorial, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Volumen 1, N° 8, enero-diciembre 2004, pp. 64-71.
[8] Juan Antonio Roda, Habitar la pintura, Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá, 1992.
[9] Son numerosos las publicaciones de viajeros que han visitado a Colombia y hablado de ella, entre los que se pueden mencionar a Cochrane, Hamilton, Stuart, Humboldt, Jean Baptiste Boussingault, Augusto Le Moyne, Theodore Mollien, Charles Saffray, Edouard Andre, Charles Empsom, Alphons Stube, Trautwine o Candelier entre muchos otros.
[10] Beatriz González Aranda, Manual de arte del siglo XIX en Colombia, Presentación: Germán Rey, Bogotá: Ministerio de Cultura, Biblioteca Nacional de Colombia, 2017.
[11] Dinámica de la migración colombiana a Venezuela en las últimas décadas, Alcides Gómez y Flérida Rengifo, En: Colombia-Venezuela, Agenda común para el siglo XXI, Socorro Ramírez y José María Cadenas (editores), IEPRI Universidad Nacional de Colombia y Universidad Central de Venezuela, 1999, páginas 319-361.
[12] Dinámica de la migración colombiana a Venezuela en las últimas décadas, Alcides Gómez y Flérida Rengifo, En: Colombia-Venezuela, Agenda común para el siglo XXI, Socorro Ramírez y José María Cadenas (editores), IEPRI Universidad Nacional de Colombia y Universidad Central de Venezuela, 1999, páginas 319-361.
[13] Carolina Sanín, Un elogio del reguetón, En: Revista Arcadia, N°176, Bogotá, 30 de septiembre al 31 de octubre de 2019, páginas 11-15.
[14] Varios autores, Impacto Económico de las Industrias culturales en Colombia, Convenio Andrés Bello, Bogotá, 2003.
[15] “Cuando Colombia se volvió Macondo”, Documental de Gloria Triana y Álvaro Perea, Señal Colombia y Bright Pictures (Suecia), 2018. https://www.rtvcplay.co/peliculas-documentales/cuando-colombia-se-volvio-macondo
[16] Estadísticas de la Cámara Colombiana del Libro.
[17] Cifras de los Informes anuales de Proimágenes sobre la situación del cine colombiano.
Es un tópico, a veces algo irritante, atribuir a las normas jurídicas un carácter críptico y misterioso. Las leyes son -se afirma- una suerte de laberinto, al que una persona normal (el manoseado y aburrido «ciudadano de a pie») no puede acceder sin el auxilio de un abogado, por lo menos. Se acusa al lenguaje jurídico de contener, como indica un artículo aparecido en El País, «Formulaciones enrevesadas», «párrafos infinitos», y hasta «términos técnicos».
Cómo negar esta realidad tan aparente. En ocasiones nos vemos obligados a admitir una media verdad porque la fuerza de las palabras no nos permite el contrataque. Nadie en sus cabales se permitiría abogar por un lenguaje jurídico intrincado, como nadie se pronunciaría contra la muerte digna, así enunciada. La aclaración del lenguaje legal es algo que suena bien; es necesario, imprescindible. Pleitos tengas y los ganes… Eso explica el entusiasmo de las administraciones en ese esfuerzo democratizador de hacer realidad la vieja máxima de que la justicia emana del pueblo.
Por qué razón una ciencia -el derecho lo es- debe renunciar a su carácter científico en el ámbito de su propio lenguaje
Sin embargo, si apartamos la falsa evidencia, vemos que hay mucho campo para el matiz. El primero, si se me permite una mínima desfachatez, es preguntar por qué razón una ciencia -el derecho lo es- debe renunciar a su carácter científico en el ámbito de su propio lenguaje. No se me entienda mal. Es que científico no significa enrevesado. Significa, por el contrario, preciso y exacto. Todas las ciencias, las naturales, las sociales, las experimentales, tienen su propio tecnolecto, y el derecho, la norma social por antonomasia, exige tanta certeza en la expresión como la farmacia, la sociología o la ingeniería. Cuando dos contratantes pactan la entrega de una cosa a cambio de dinero, es justo que tengan a mano un término que identifique sin duda -cuánta nostalgia del Derecho romano- qué están haciendo. Porque, recordemos, también somos, y hacemos, lo que no somos y lo que no hacemos. «Arrendamiento», «usufructo», «mandato» o «poder para pleitos» son palabras con contenido exacto. Antes que barrera, el lenguaje jurídico es protector y garantista. Cualquier explicación lo pervierte, lo pone en riesgo y lo despoja de auctoritas. Como esas ediciones que pretenden «adaptar» el Quijote, o la Odisea, a lectores jóvenes, y lo que hacen es desvirtuarlas, es decir, arrebatarles su esencia (porque no se trata de abajar la obra, sino de que madure el lector).
Por otra parte, y este matiz es, me parece, muy adecuado al artículo en cuestión, ¿se diferencia bien entre el lenguaje jurídico o legal, y el administrativo, que es otra cosa, y muy distinta? El lenguaje jurídico compone los términos legales (arriba quedan algunos ejemplos) y justifica por eso su necesidad. Se caracteriza por definir un acto con resonancia jurídica, y de naturaleza coercitiva, puesto que contiene un mandato del poder legislativo.
El administrativo, el objeto del artículo, en cambio, no es más que la traducción seca de unas instrucciones. Que, por regla general, se presentan envueltas en unos términos leñosos, escuetos, escritos con una completa separación entre el autor y el receptor, y en el cual se denota una simple finalidad utilitaria. No contienen un mandato legal, como ocurre con el jurídico: simplemente son normas vicarias, y, por lo tanto, fungibles:
Para solicitar la expedición del pasaporte, será imprescindible la presencia física de la persona a quien se le vaya a expedir, el abono de la tasa legalmente establecida y la presentación de los siguientes documentos: Documento Nacional de Identidad del solicitante en vigor (y cuyo estado no implique su renovación por deterioro), que será devuelto en el acto de su presentación, una vez comprobados los datos de este documento con los reflejados en la solicitud.
Este texto no es una norma jurídica, quiero decir. Por lo tanto, antes de entrar en críticas fáciles, quizás fuera mejor determinar qué hay de razonable, y hasta de cierto, en lo que se critica. Quiero decir que se deben diferenciar objetos y finalidades. No se caiga en la perversión de estudiar juntas la geografía y la historia, por el simple hecho de que una se desarrolló en la otra. Quitarle significado al lenguaje jurídico, para hacerlo más comprensible, es lo mismo que intentar reducir a español de la calle un diagnóstico médico, o las instrucciones técnicas de un arquitecto. Otra cosa muy distinta es aligerar de carga administrativa -cascotes lingüísticos- las normas de uso, pero nada más. Porque esos textos llenos de pasivas reflejas, gerundios, tajantes adverbios y muletillas importadas, simplemente, no son textos legales. Y, de hecho, para corregirlos no hace falta un jurista, sino alguien que domine mínimamente el español.
Los poderes públicos deberían poner el esfuerzo en redactar leyes claras, concisas y con un margen de interpretación mínimo. In claris non fit interpretatio.
Dicho esto, y ya para terminar, sí es cierto que se observa, desde hace ya un par de décadas, una constante degeneración de los verdaderos textos legales. Los llamados técnicos han sustituido a los juristas en la redacción de las leyes, incluso de las que constituyen el espinazo del ordenamiento del Estado (basta con ojear el pobre y remendadísimo Código Penal, sin ir mucho más lejos). Aunque esto, en rigor, se manifiesta, sobre todo, en el ordenamiento fiscal -una verdadera maraña de normas indescifrables, que incluso hacen peligrar los principios básicos del ordenamiento, como la presunción de inocencia-; y en el mercantil, que se ha plagado de textos afectados de gigantismo, y cuya interpretación es tarea arqueológica. Creo que sería aquí, sobre todo aquí, donde los poderes públicos deberían poner el esfuerzo. En redactar leyes claras, concisas y con un margen de interpretación mínimo. In claris non fit interpretatio. Los excesos ampulosos del lenguaje administrativo de los que advierte el artículo (y cuyas soluciones, por cierto, no pasan de ser cosméticas) tienen una importancia casi anecdótica al lado del verdadero problema, que es ya, hoy, la ininteligibilidad de las leyes. Porque basta leer los periódicos para plantearse el dilema de si las normas se han vuelto jeroglíficos, o, por el contrario, los ciudadanos se han vuelto analfabetos. Personalmente apuesto por la primera posibilidad.
En cuanto que se habla de educación del carácter, se cita a Sócrates. Se trata de una asociación automática que tiene hondas raíces filosóficas, desde luego, aunque también conlleva algunos espejismos que conviene disipar. Basta con algo tan elemental como distinguir los fines de los medios.
EL FIN
La razón del patronazgo socrático de la forja del carácter es, en realidad, el fin último de su filosofía. Para Werner W. Jaeger (Padeia, 1933), «Sócrates es el fenómeno pedagógico más formidable en la historia de Occidente»; pero no lo es por los métodos y los procedimientos que empleó, sino por su intención. Recogió el espíritu de su época y lo perfeccionó. Pericles, en su oración fúnebre ante los caídos en la guerra, había afirmado que, para Atenas, ningún mérito auténtico ni ningún talento personal tenían cerrado el camino a la vida política. Sócrates, que fue en sí mismo la prueba viviente de esto, en cuanto que no pertenecía a ninguna de las grandes familias ni le respaldaba una fortuna ni siquiera el atractivo físico, fija el sentido del mérito auténtico. Y hace todavía más, limpia la maleza del camino que lleva a su consecución.
Si no está ni en la sangre ni en el dinero ni en la belleza, ¿dónde reside el mérito auténtico?, se pregunta el filósofo. A través de los siglos nos lo pregunta
Si no está ni en la sangre ni en el dinero ni en la belleza, ¿dónde reside el mérito auténtico?, se pregunta el filósofo. A través de los siglos nos lo pregunta. En el carácter, responde, ganándose a pulso el título de patrón tutelar de todos los que buscamos educarlo y forjarlo. ¿Y dónde reside ese carácter? En el espíritu de cada cual. «De Sócrates deriva esta remisión al alma como a su dominio más genuino y peculiar, una nueva fuerza de afirmación de sí mismo», subraya Jaeger. Tan expedito dejó ese sendero Sócrates que veinticinco siglos después seguimos recorriéndolo. ¿O qué otra cosa hace el filósofo brasileño Olavo de Carvalho cuando dice esto tan socrático: «Solamente aquel que es señor de sí mismo es libre –y nadie es señor de sí mismo si no soporta mirar, en soledad, el fondo de su propio corazón»?
Pero dejemos que nos lo explique Sócrates, porque nadie lo haría con más rotundidad y belleza: «Jamás, mientras viva, dejaré de filosofar, de exhortaros a vosotros y de instruir a todo el que encuentre, diciéndole según mi modo habitual:
Querido amigo, eres un ateniense, un ciudadano de la mayor y más famosa ciudad del mundo por su sabiduría y su poder, y ¿no te avergüenzas de velar por tu fortuna y por su constante incremento, por tu prestigio y tu honor, sin que en cambio te preocupes para nada por conocer el bien y la verdad ni de hacer que tu alma sea lo mejor posible? Y si alguno de vosotros lo pone en duda y sostiene que sí se preocupa de eso, no le dejaré en paz ni seguiré tranquilamente mi camino, sino que le interrogaré, le examinaré y le refutaré, y si me parece que no tiene areté alguna, sino que simplemente la aparenta, le increparé diciéndole que siente el menor de los respetos por lo más respetable y el respeto más alto por lo que menos respeto merece. Y esto lo haré con los jóvenes y los viejos, con todos los que encuentre, con los de fuera y los de dentro; pero sobre todo con los hombres de esta ciudad, puesto que son por su origen los más cercanos a mí. Pues sabed que así me lo ha ordenado Dios, y creo que en nuestra ciudad no ha habido hasta ahora ningún bien mayor para vosotros que este servicio que yo rindo a Dios. Pues todos mis manejos se reducen a moverme por ahí, persuadiendo a jóvenes y viejos de que no se preocupen tanto ni en primer término por su cuerpo y por su fortuna como por la perfección de su alma».
LOS MEDIOS
Este prioritario cuidado del alma es el corazón de la enseñanza socrática, como explicaba el filósofo checo Jan Patocka y recoge, a la mínima ocasión, Rob Riemen en su La nobleza de espíritu. La posible confusión estriba en olvidarlo o arrinconarlo. Y poner, en cambio, en el centro de la herencia socrática el método mayéutico, esto es, el intercambio de preguntas y respuestas entre los alumnos y el maestro.
Para Sócrates la mayéutica no es una manera de entretener egos y capturar la atención mientras uno se esconde en un rincón de la tertulia. Si no existe la verdad, es un método innoble donde el resultado final termina siendo indiferente
La tentación es enorme. Primero, por la propia belleza del método en sí. Después, porque, en un mundo académico cada vez más cuidadoso con las subjetividades y susceptibilidades de los alumnos, hacer recaer en las opiniones de éstos el mensaje de unas sesiones tan delicadas como las dedicadas a la forja del carácter o el cuidado del alma, funciona como un mecanismo de seguridad. Sin embargo, para Sócrates la mayéutica no es una manera de entretener egos y capturar la atención mientras uno se esconde en un rincón de la tertulia. Si no existe la verdad, es un método innoble donde el resultado final termina siendo indiferente. ¿Da lo mismo Juana que su hermana o, dicho todavía más en castizo, como el pintor del refrán: «Si sale con barba, san Antón;/ si no, la Purísima Concepción»? Todo lo contrario. En los diálogos socráticos se ve claramente que sabe muy bien adónde quiere llegar. Mucho cuidado puso en diferenciarse de los sofistas. Él es un filósofo con ideas claras y distintas, no un animador cultural.
¿Por qué entonces no se conforma con exponerlas y asume el riesgo cierto de que las conclusiones de la conversación no lleguen al puerto deseado? Porque nada resulta más convincente para la propia alma que alcanzar sus conclusiones por sí misma. Esa es la gran oportunidad que Sócrates ofrece a sus discípulos. Pero obsérvese que se trata de llegar a unas conclusiones concretas y compartidas, no de concluir con cada cual reafirmando por su cuenta y riesgo lo mismo que pensaba cuando entró al simposio. Ese es un riesgo real, sin duda, que ha de ser reconducido.
El riesgo se traduce en arduas exigencias para el maestro. Ha de dejar rodar la conversación libremente y, a la vez, dirigirla. Para lo cual tiene que estar 1) mucho más seguro de lo que cree que si diese una clase magistral; 2) ha de prepararse más todas las posibles objeciones y sus réplicas; y, por último, 3) requiere una serie de habilidades sociales, como el sentido del humor, la empatía, la cultura general, la capacidad de improvisación o la flexibilidad que no hacen falta para una exposición monóloga.
En conclusión, estamos ante un gran método. Además, su aplicación en nuestros tiempos añade, a sus reconocidas ventajas clásicas, algunas especialmente apropiadas para nuestros tiempos líquidos, como ya hemos señalado. Sin embargo, ni es lo principal de la enseñanza de Sócrates ni fue su único método de trabajo. Jaeger enfatiza la variedad de formas pedagógicas que puso en juego. Por supuesto, el método de la pregunta y la respuesta, pero también el mito, la prueba, la explicación de los poetas, el sentido del humor, la insolencia irónica y hasta la fuerza plástica de su propia retórica. Esto da una base también legítimamente socrática al empleo de los grandes libros en las iniciativas para la forja del carácter.
LA PRUEBA DEFINITIVA
Que el medio para Sócrates era secundario lo demuestra con su propia vida (y muerte). No hay una prueba más irrefutable ni más conmovedora. Él era consciente –según el testimonio de Jenofonte– de que podría haberse defendido tirando de demagogia y sofistería. Habría vencido en el juicio, pero optó por decir la verdad, aunque estuviese así abocándose a la condena. Le compensaba: «Prefiero morir después de haberme defendido de este modo, que vivir por haberme defendido de otra manera». ¿Por qué? Porque haberse defendido de otro modo hubiese implicado algo peor que la muerte: la mentira, el engaño y la maldad, esto es, el empeoramiento del alma. No cabe lección más alta.
Las últimas palabras de Sócrates no dejan lugar a dudas de cuál fue su interés prioritario: el cuidado exquisito del alma
Por eso, aunque es condenado por un tribunal, su muerte adquiere la condición de un sacrificio personal, que nos marca el camino. Ese matiz de injusticia suprema asumida con voluntariedad destaca un impresionante paralelismo con Cristo, el otro gran debelador del alma y educador del carácter.
Las últimas palabras de Sócrates no dejan lugar a dudas de cuál fue su interés prioritario: el cuidado exquisito del alma. Cualquiera que reclame el noble título de «socráticas» para sus enseñanzas hará bien en no olvidar este testamento: «Solo les pido una cosa: cuando mis hijos sean mayores, os suplico que los castiguéis como yo os he atormentado a vosotros si os parece que prefieren las riquezas o cualquier otra cosa antes que la virtud, y llegan a creerse algo cuando no son nada; no dejéis de reprocharles, como yo os he reprochado, que no se preocupen de lo que deben y creen ser lo que no son; porque así es como yo he obrado con vosotros». O sea, verdad, virtud y conocimiento propio. Fácil no nos lo pone; pero claro nos lo dejó.
La crisis sanitaria producida por la COVID-19 ha puesto de manifiesto, de forma más evidente aún, la necesidad del trabajo conjunto de la academia y el sector productivo para dar respuesta a los grandes desafíos que se le plantean a la sociedad. La vacuna contra el coronavirus de Astrazeneca es el resultado de la unión de fuerzas entre el gigante farmacéutico anglo-sueco con la Universidad de Oxford. Este modelo es la combinación ideal soñada por todos los defensores de una estrecha colaboración entre el mundo universitario y el empresarial, con beneficios para ambas partes y, sobre todo, para la población en general. Así mismo, supone una victoria de la cooperación público-privada como mecanismo para aunar esfuerzos financieros destinados al impulso de la innovación científica.
La profesora de la Universidad de Oxford, Sarah Gilbert, recientemente galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica, lidera un grupo de científicos apoyados en un esquema de proyección universitaria que permite a las empresas, sin renunciar a la búsqueda del beneficio, participar en proyectos públicos poniéndose en segundo plano para alcanzar un bien común. La reconocida vacunóloga y su colega, Adrian Hill, fundaron en 2015 Vaccitech, una de las 16 spin-off que Oxford lanzó ese año, empresa destinada a comercializar y obtener beneficios de sus descubrimientos. La Universidad de Oxford retiene, según el acuerdo firmado, un 50% de las participaciones.
Oxford Sciencie Innovation (OSI) es el mayor fondo universitario de capital riesgo del mundo, llegando a recaudar 670 millones de euros de inversores privados
La institución académica anima a sus investigadores a crear compañías privadas para atraer inversión externa permitiéndoles participar de los frutos económicos de la apuesta. Oxford Sciencie Innovation (OSI) es el mayor fondo universitario de capital riesgo del mundo, llegando a recaudar 670 millones de euros de inversores privados. Es el principal accionista de Vaccitech, junto a otros gigantes como GV, The Welcome Trust o el conglomerado sanitario chino Fosun. Los dos científicos siguen siendo profesores contratados por la universidad a pesar de poseer el 10% de la compañía. En el caso de la vacuna contra la COVID-19, Sarah Gilbert exigió a Astrazeneca que el proyecto fuera sin ánimo de lucro mientras durara la fase de pandemia. Llegado el momento de vender libremente la vacuna, la universidad recibirá un 6% de las ventas.
NI GLOBLAMENTE COMPETITIVAS, NI LOCALMENTE COMPROMETIDAS
¿Es esto posible en España? En nuestro país esta extraordinaria capacidad de intervención activa en el progreso colectivo no suele ser desplegada por las universidades, ni aprovecharse por los agentes económicos y sociales con la intensidad que debiera. Es más, es generalizada la percepción social de que las universidades no son ni globalmente competitivas ni localmente comprometidas, y de que su contribución al desarrollo del país y sus diferentes territorios debería ser más amplia y decisiva de lo que actualmente es. En el informe La contribución socioeconómica del Sistema Universitario Español de 2019, auspiciado por la CRUE y la Conferencia de Consejos Sociales, se destaca que uno de los aspectos que más se ha de mejorar es la transferencia de conocimientos al tejido productivo y social, es decir, la cooperación universidad-empresa.
¿En qué situación nos encontramos hoy? A escala internacional, el porcentaje de empresas activas en innovación en 2016 fue de un 37%, nivel muy por debajo de países de nuestro entorno
¿En qué situación nos encontramos hoy? España ocupa el puesto 11 del mundo en número de trabajos científicos publicados, en cifras absolutas, por delante de países como Corea del Sur o Suecia. En cuanto a la innovación, ocupa el puesto 30 en el Global Innovation Index y aparece como «innovador moderado» en el ranking europeo, en el puesto 16. Según el Informe CyD 2020, recientemente publicado con datos de la Encuesta sobre Innovación en las Empresas de 2019, siguiendo el Manual de Oslo de 2018, en el periodo 2017-2019 un 20,8% de las empresas españolas se consideraron innovadoras: el 49,1% de las que tenían 250 o más empleados frente al 20% de las que empleaban entre 10 y 249 trabajadores. Asimismo, de acuerdo con la misma fuente, las empresas cooperaron en mayor medida con empresas privadas distintas a las de su grupo (64,26%), seguidos por las de su mismo grupo (16,48%) y, a gran distancia, las universidades (9,78%). A escala internacional, el porcentaje de empresas activas en innovación en 2016 fue de un 37%, nivel muy por debajo de países de nuestro entorno. En cuanto a la cooperación en innovación, España se sitúa con un 32% de empresas activas en innovación que cooperan con otras entidades. El volumen total contratado, según la Encuesta de I+TC de 2019 ascendió a 581 millones de euros.
A la vista de estos datos debemos preguntarnos cuáles son los problemas a los que se enfrenta la transferencia en nuestro país y qué soluciones pueden aplicarse para definir un modelo de relación universidad, sociedad y empresa realmente efectivo y que provoque los impactos esperados. El sistema español de innovación carece de fundamentos firmes para propiciar la creación, el intercambio y la aplicación del conocimiento. El compromiso político de mantener y estabilizar los recursos a lo largo del tiempo, la coordinación entre los diversos actores institucionales –Estado y comunidades autónomas– y la difusión de la cultura de la innovación en todas las capas sociales deben ser los pilares sobre los que se construya un pacto social sostenible sobre ciencia, innovación y transferencia. Este pacto social será el fundamento firme para construir un sistema robusto y perdurable.
La transferencia de conocimiento y en particular la colaboración universidad-empresa han sido sistemáticamente obstaculizadas por el sistema de gobernanza de las universidades públicas. La sociedad tiene escasa capacidad para participar en la toma de decisiones sobre el uso que se hace de los recursos públicos mientras que el sistema universitario está excesivamente expuesto a la politización y severamente restringido en su capacidad de atracción de talento externo a los puestos académicos y de gestión. Este sistema debe dar voz y escuchar a los consejos sociales como representantes de las partes externas interesadas en el establecimiento de la estrategia de la universidad y, sin embargo, la orientación de la nueva legislación que ahora se plantea va en dirección opuesta.
En 2014, la Conferencia de Consejos Sociales en colaboración con la Red Española de Fundaciones Universidad-Empresa realizó y publicó un profundo estudio del sistema español de transferencia de tecnología en las universidades españolas en el que se analizaron cinco modelos de éxito internacionales, entre ellos el de Oxford University Innovation. Resulta desalentador comprobar que tanto sus conclusiones como las recomendaciones que allí se formularon siguen totalmente vigentes siete años después y que lo que entonces eran modelos de éxito hoy lo son aún más si los ponemos en relación con la inacción española en materia de modernización universitaria.
El sistema de incentivos a instituciones y personal académico para promover la transferencia y la relación universidad-empresa no resulta efectivo y coherente, mostrándose ineficaz. Es esencial incrementar el reconocimiento de los méritos de transferencia, tanto para investigadores como para instituciones. En el primer caso no es solo una cuestión de remuneración, sino fundamentalmente un problema de promoción. Si los méritos de transferencia no tienen un peso específico suficiente en los procesos de selección y promoción interna de profesores e investigadores, su realización no constituirá una prioridad para estos. En el caso de las instituciones, su financiación basal debe estar ligada a la consecución de resultados en este ámbito; y no suele estarlo salvo en algunos casos y de forma testimonial.
Avanzando en esta línea, es justo aplaudir la promulgación de la Resolución de 14 de noviembre de 2018 de la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora (BOE de 26 de noviembre) reformulando el marco de evaluación de las actividades de transferencia del conocimiento e innovación, con el objetivo de que la investigación realizada en las universidades y Organismos Públicos de Investigación (OPIs) llegue a la sociedad y a las empresas.
Los agentes intermediarios, como las OTRI, adolecen de falta de formación especializada y de recursos suficientes, actuando en la mayor parte de los casos como gestores de contratos y convocatorias de proyectos y no como verdaderas oficinas de innovación
En sistemas complejos, especializados y descentralizados como el nuestro son muy importantes los agentes intermedios que faciliten la identificación, conexión y selección. Estos agentes intermediarios, como las OTRI (Oficinas de Transferencia de Resultados de Investigación) adolecen de falta de formación especializada y de recursos suficientes, actuando en la mayor parte de los casos como gestores de contratos y convocatorias de proyectos y no como verdaderas oficinas de innovación. Funcionando como tales podrían promover el desarrollo de capacidades innovadoras en los sectores empresariales que impulsen actividades de mayor valor añadido. Nuestro tejido productivo está formado mayoritariamente por pymes que no tienen entre sus prioridades la innovación y que necesitan apoyo para moverse en el complejo sistema de ayudas e incentivos fiscales.
Otro de los grandes problemas de nuestro sistema es la falta de seguimiento y evaluación de las políticas públicas de transferencia y colaboración. Es cierto que esta evaluación es especialmente compleja, puesto que sus efectos se materializan a medio-largo plazo y, por tanto, su valoración resulta de difícil atribución. Pero sin una evaluación sistemática del conjunto de programas de apoyo a la transferencia, no podremos mejorar el sistema ni identificar solapamientos y sinergias. ¿Qué tiene, pues, que hacer nuestro sistema para crear relaciones efectivas entre la universidad, la sociedad y la empresa?
CAMBIAR LA VISIÓN DE LA TRANSFERENCIA
Por el lado universitario cada una de nuestras universidades debe conocer sus capacidades científicas y tecnológicas en materia de transferencia y establecer unos objetivos claros con las metas que han de alcanzarse a medio y largo plazo. Esto les permitirá definir sus estrategias teniendo en cuenta factores como los recursos de que disponen o a los que pueden acceder y los entornos tanto jurídicos como económicos en los que actúan o a los cuales se quieren dirigir. Estas estrategias deberán incluir los mecanismos de transferencia necesarios para potenciarlas, como la I+D colaborativa, las patentes y licencias, la creación de empresas o la subcontratación de servicios e instalación, entre otros. Para ello es importante que cambie la visión de la transferencia y no sea considerada como gasto sino como fuente de ingresos, porque en estos tiempos de presupuestos escasos y de inversiones tecnológicas cuantiosas, los ingresos por transferencia pueden y deben contribuir a la excelencia de la universidad.
Estas estrategias de transferencia han de incidir en varias direcciones. Es fundamental que las unidades de transferencia sean potenciadas y cuidadas acercándolas al centro del sistema y dotándolas de recursos humanos especializados y bien formados, así como de recursos financieros suficientes y de autonomía de acción, aunque teniendo como objetivo su autosuficiencia financiera. Los derechos de los diferentes agentes del sistema tienen que estar claros y garantizados para salvaguardar la seguridad jurídica, lo cual significa que las universidades tienen que tener unos reglamentos y manuales de procedimiento únicos, claros y sencillos en los que se regulen los mecanismos de transferencia que garanticen dichos derechos.
Las capacidades de cada una de las instituciones se deben recoger en una cartera que los investigadores han de actualizar registrando sus invenciones y descubrimientos, de modo que permita a las unidades de transferencia identificar aquellos que tienen potencial comercial y son susceptibles de transferencia al mercado. Las funciones y responsabilidades deben estar claras y delimitadas, por lo que es necesario que las unidades de transferencia dispongan de agentes capaces de acompañar a la empresa y al investigador durante todo el proceso. Estos especialistas deben contar con habilidades comerciales, conocer el mercado y tener experiencia previa en la industria, lo que facilitará la comunicación manejando el mismo lenguaje.
Las universidades no están acostumbradas a vender sus productos (…) Un producto no existe si no se muestra y se vende. Por ello es conveniente que las unidades de transferencia utilicen el marketing y las técnicas de venta
La comercialización facilita y garantiza que el proceso sea lo más eficiente posible tanto en recursos económicos como humanos. Pero las universidades no están acostumbradas a vender sus productos; incluso en muchas de ellas esta actividad está mal considerada y desprestigiada. Nada más lejos de la realidad competitiva y globalizada en la que vivimos. Un producto no existe si no se muestra y se vende. Por ello es conveniente que las unidades de transferencia utilicen el marketing y las técnicas de venta, documenten las tecnologías de forma atractiva para la industria y el mercado, identifiquen las compañías con potencial de negocio, hagan el oportuno seguimiento de clientes y actualicen la red de relaciones. En este proceso, es crucial el trabajo en equipo del investigador y las unidades de transferencia. Nadie mejor que el científico, el descubridor, conoce el potencial de su descubrimiento o tecnología, por lo que su implicación resulta decisiva para construir el argumentario de venta. De igual forma, el investigador debe participar en los beneficios de la comercialización. La legislación española actual es tremendamente constrictiva en materia de transferencia. El actual sistema de incentivos debe ser revisado al completo al objeto de equipararlo, en la medida de lo posible, a los modelos de éxito internacionales.
El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), ejemplo de éxito en transferencia de conocimiento, considera que cualquier universidad puede adoptar un modelo exitoso de transferencia. Para lograrlo recomienda adoptar los siguientes criterios: trabajar con personal de cualificación excepcional; aplicar políticas claras y articuladas; contar con capital para arrancar el desarrollo de patentes; y generar una cartera inicial y ser pacientes y no esperar alcanzar beneficios en un periodo de cinco años. Cabe añadir que la progresiva implantación de este nuevo modelo de relación entre la universidad, la sociedad y la empresa ha de hacerse con perspectiva global, teniendo en cuenta el mundo globalizado en el que actuamos.
Por ello es crucial la internacionalización de la oferta científico-tecnológica de las universidades, tarea que ha de incentivarse institucionalmente y redundar en la financiación que reciben los grupos de investigación; lo cual propiciará la atracción de capital humano y, por consiguiente, el fortalecimiento y la excelencia investigadora. Sin duda, el impulso que las universidades pueden dar con este giro profesionalizado a la gestión de la transferencia favorecerá su flexibilización y apertura, lo cual redundará en beneficio propio y de la sociedad en su conjunto.
Por el lado de la sociedad, es condición imprescindible que la misma pueda ejercer su papel como propietaria de la universidad. La universidad pública española se financia mayoritariamente con los impuestos que pagan todos los contribuyentes, por lo que no es patrimonio de los actuales miembros de la comunidad universitaria, sino que constituye un auténtico servicio público que debe redundar en beneficio del conjunto de la sociedad. Este papel debe ejercerse con rigor y exigencia, desde luego, pero también con generosidad y compromiso, entendiendo que el futuro de la sociedad española pasa por el óptimo futuro de su universidad.
PROTAGONISMO EMPRESARIAL EN LA UNIVERSIDAD
Finalmente, por el lado de las empresas es necesario que incrementen sus capacidades de innovación y que se comprometan con la educación superior aumentando su presencia en la estructura de gobierno universitario y participando activamente en los procesos de toma de decisiones, especialmente en materia de oferta de formación y de requerimientos de innovación. En esta dirección, el protagonismo empresarial en la universidad, mayormente asumido por las patronales, debería dar un paso más, puesto que las necesidades de los diferentes sectores productivos son amplias y diversas, como también lo son la formación de talento y la generación de conocimiento en las universidades.
Es significativo que las empresas españolas declaren no encontrar algunos de los perfiles profesionales que necesitan entre los egresados de nuestras universidades o no disponer de oferta innovadora que le sea de utilidad entre las investigaciones que en ellas se realizan
Cuando reclamamos el acercamiento de la empresa a la universidad lo hacemos pensando tanto en las grandes empresas, más dispuestas a llevarlo a cabo por su dimensión y estructura, como en las pymes y microempresas, más necesitadas de apoyo para la implantación de innovaciones que aseguren su supervivencia. Por ello esta participación no debe quedar confinada a los máximos niveles institucionales, sino descentralizarse en las organizaciones empresariales y diseminarse por los campus universitarios en función de la conexión existente entre los diferentes sectores empresariales y las específicas competencias profesionales de las titulaciones y las líneas de investigación que se cultivan en cada universidad. La articulación de redes de cooperación sectorial facilitaría mucho la permanente retroalimentación de los planes de estudio para mejorar su orientación a la empleabilidad y, también, la toma en consideración de una producción investigadora enfocada a dar respuesta a los requerimientos productivos. Es significativo que las empresas españolas declaren no encontrar algunos de los perfiles profesionales que necesitan entre los egresados de nuestras universidades o no disponer de oferta innovadora que le sea de utilidad entre las investigaciones que en ellas se realizan. Es decir, se trata de que quienes necesitan la aplicación del talento y la innovación para la creación de riqueza y empleo interactúen con quienes capacitan a sus profesionales del futuro y generan el conocimiento y la tecnología que impulsa el incremento de la eficiencia, la productividad y la competitividad, tal y como sucede en otros países.
CONCLUSIÓN
En síntesis, en el ámbito crucial de la colaboración entre la universidad, la sociedad y la empresa, las mejoras no solo son posibles sino necesarias, requiriendo de esfuerzos bidireccionales por parte del mundo académico y del empresarial y de la implicación de la sociedad y las administraciones públicas.
Los gobiernos han de propiciar unos marcos normativos y financieros (los primeros flexibles y los segundos estables y suficientes) que faciliten la relación entre la universidad y la empresa
Las universidades han de adaptar su oferta formativa y orientar su actividad investigadora hacia la satisfacción de las demandas del tejido productivo. Las empresas han de mirar hacia las universidades como socios prioritarios en sus esfuerzos de implantar innovaciones y de reclutar talento si quieren hacer frente a los retos que les plantea la economía globalizada. Y los gobiernos han de propiciar unos marcos normativos y financieros (los primeros flexibles y los segundos estables y suficientes) que faciliten la relación entre la universidad y la empresa.
Se trata, por tanto, de un empeño colectivo en el que nos estamos jugando el futuro del país, que en este cambio de era pasa necesariamente por la capacidad y disposición que tengan las universidades de orientarse hacia la solución de los problemas de su entorno y la intensidad con que las empresas e instituciones apuesten por el talento y el conocimiento.
Un tema sobre el que Rafael Pampillón ha escrito profusamente a lo largo de su larga e interesante carrera como economista de referencia, ha sido los ciclos económicos y las causas que motivan las crisis y posibles medidas económicas a tomar para salir de las crisis.
Existe un consenso, según el cual los ciclos de las economías son inevitables; la cuestión es que desde finales del siglo XX parece que el tiempo de cada ciclo, desde la recesión hasta el auge se va reduciendo
Existe un consenso, según el cual los ciclos de las economías son inevitables; la cuestión es que desde finales del siglo XX parece que el tiempo de cada ciclo, desde la recesión hasta el auge se va reduciendo. En este mundo globalizado en el que conviven dictaduras, autocracias y democracias, se puede analizar como en estas últimas los ciudadanos pueden cambiar sus gobernantes de forma pacífica.

Rafael Pampillón analiza en su nuevo libro, Cuando los votantes pierden la paciencia, (Cambios radicales de política económica). de forma detallada aquellos cambios que son motivados por el descontento de los votantes con la situación económica que atraviesan sus respectivos países antes de una convocatoria electoral.
A lo largo de sus páginas nos situamos, por ejemplo, en la República de Weimar en Alemania y el final de la década de los 70 en Estados Unidos, siendo estos dos de los varios ejemplos que el autor utiliza con su enorme conocimiento económico y capacidad didáctica, para explicar cómo cuando los ciudadanos están hartos y decepcionados con la gestión de los gobernantes casi siempre exigen o votan por un cabio de líder y/o del partido gobernante.
En el caso de Alemania, podemos ver cómo los ciudadanos concedieron a Hitler el acceso al poder que permitía a la economía germana salir de la Gran depresión, sin que eso supusiese el apoyo explícito al movimiento social o partido político que representaba. Y en el de EE.UU., como cuando Jimmy Carter ganó las elecciones en 1976 lo hizo principalmente porque los gobiernos republicanos precedentes no acertaron con sus políticas económicas. Carter intento atajar diversos problemas muy agudos, como una inflación y un desempleo elevados, y tuvo un relativo éxito en la reducción del desempleo y el déficit público; pero la apreciación de los ciudadanos fue que no supo acabar por completo con la recesión, de forma que le dieron la espalda y en la siguiente contienda presidencial dieron su apoyo masivo a Ronald Reagan. Le faltó un apoyo más decisivo al sector empresarial la oferta productiva, la reducción de costes y el apoyo a la adaptación de las empresas a las nuevas tecnologías.
Desde Nixon hasta la actualidad los votantes norteamericanos han ido alternando entre presidentes demócratas y republicanos dependiendo de la frustración económica de cada momento. La famosa y breve declaración de principios: “The economy, stupid” fue acuñada por un estratega de la victoriosa campaña de Bill Clinton frente a George W. Bush, que tras ganar la primera guerra del Golfo vio como sus ciudadanos le dieron la espalada por la incipiente recesión económica sólo un año después.
Además de analizar a Estados Unidos y Europa Occidental, el libro de Pampillón se ocupa del gigante asiático para comprender la situación actual en China
Además de analizar a Estados Unidos y Europa Occidental, el libro se ocupa del gigante asiático para comprender la situación actual en China. Sostiene que es fruto del cambio pendular de su economía dado desde finales de la década de los cincuenta. También aborda Europa del Este, tan de actualidad en el momento actual, desgranando los acontecimientos acaecidos desde el 25 de diciembre de 1991, fecha de desintegración de la antigua URSS hasta la actualidad.
Siendo Pampillón un economista tan pegado a la actualidad, los últimos capítulos se centran en la pandemia del 2020, las políticas keynesianas de Joe Biden y el ascenso de los populismos a nivel global. Encontramos en el epílogo la siguiente reflexión: cuando los votantes insatisfechos de sus gobernantes logran un cambio de liderazgo, estos nuevos líderes impulsarán nuevos paradigmas que, en muchos casos, producirán mayor bienestar. Se trata en fin de unos ciclos derivados de una palanca que es el voto popular que producirá nuevos líderes y nuevas medidas económicas a implantar.
En suma, se trata de una lectura muy aconsejable para entender que está sucediendo a nuestro alrededor con ejemplos diversos, variados y globales. Seguro que el lector especialista o generalista lo disfrutará.
“China no tiene capacidad de influencia suficiente sobre Putin para parar la guerra de Ucrania. Si éste decide un día sentarse a la mesa a negociar es porque la guerra está siendo un fracaso, no porque se lo diga Xi Jinping” señaló Georgina Higueras, vicepresidenta de la Cátedra China, en una sesión del seminario Pensar el siglo XXI celebrada en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).
Explicó que China no quiere exponerse ahora a que le pase lo que le ocurrió con Corea del Norte: “Después de pasar mucho tiempo intentando que se desnuclearizara, sin conseguirlo; Pekín no va a dar un paso adelante, y salir diciendo soy la mediadora y voy a parar el conflicto de Ucrania”.
Higueras, excorresponsal de Efe en Pekín y profesora asistente en Universidad de Hubei (Wuhan), analizó el crecimiento del gigante asiático y su aspiración de jugar un papel relevante en el nuevo escenario geoestratégico, y lo hizo junto con otros dos expertos, Claudio Feijóo, catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid, codirector de la Sino-Spanish Campus en la Tongji University de Shangai y autor de El gran sueño de China, tecnosocialismo y capitalismo de Estado; y Juan Pablo Cardenal, excorresponsal en Pekín, y autor de La imparable conquista china.
El ciclo de conferencias está organizado por el Consejo Social de la UNIR, y dirigido por el catedrático emérito de Sociología, Emilio Lamo de Espinosa. Este recordó la idea de que “China es una civilización disfrazada de Estado”, y lanzó la pregunta de si debemos temerla, ante el nuevo escenario geoestratégico.
“Xi Jinping está obsesionado porque el modelo político de China esté lo más alejado posible de la democracia liberal”
Georgina Higueras indicó que “Xi Jinping está obsesionado por dar forma definitiva al pensamiento político de China del siglo XXI, con elementos leninistas y la tradición confuciana, y quiere que el modelo esté lo más alejado posible de la democracia liberal”. Resaltó que este planteamiento ha sido incluido en los estatutos del Partido Comunista, «lo cual coloca a Xi a la altura de Mao”, ya que son “los dos únicos líderes que estando vivos han conseguido plasmar su ideario” en el Partido.
El líder chino -añadió- considera que “su sistema es el correcto, y que el orden internacional debería ser más justo; y quiere implicarse en la gobernanza global”
En el ámbito económico, explicó, “Xi ha revitalizado el socialismo con características chinas de Deng Xiaoping, que quiso convertir al país en una potencia económica”; en el ámbito de la política interna, “ha reforzado su poder para retomar la ideologización maoísta y lograr el sueño del rejuvenecimiento de China”; y en el ámbito del liderazgo mundial pretende construir “un relato que reemplace la modernidad de Occidente, que significa el atraso de China”.
NUEVA GUERRA FRIA Y CHOQUE DE IDEOLOGÍAS
Esto supone -indica la experta- “una nueva guerra fría en la que la ideología va a tener tanto poder como en la anterior”. Ya que “al otro lado, está Biden” y éste ha hablado de un pulso “entre las democracias y los regímenes autoritarios”. Xi considera que estamos en una etapa de transición, “con un poder establecido (Estados Unidos) y un poder emergente que le reta (China)”.
A nivel interno, “el talón de Aquiles” del país asiático es “el envejecimiento, provocado por la política del hijo único, impuesta por Deng” agregó Higueras. Por otro lado, subsisten las desigualdades y “la imposición de la uniformidad ideológica a minorías como la de los iugures, que ha dado origen a campos de reeducación por el trabajo”.
En China, la subsistencia y el desarrollo económico tiene prioridad sobre los derechos humanos, explica. “China insiste que es una mentira que los hombres nazcan libres e iguales, porque el feto no crece de igual forma en un mujer rica que en una que no tiene para comer”
Concluyó señalando la distinta concepción del mundo y la política del gigante asiático y Occidente. Citó al politólogo Zhang Weiwei que afirma que la excepcionalidad de civilización china procede de cuatro “super”: “superpoblación, super territorio, super larga tradición y super rica cultura”. Con estos “cuatro super” no es “ningún escándalo tener un régimen de partido único” para la mentalidad china. Porque “lleva dos mil años regida por un partido único: eso era el mandarinato que gobernaba a todo lo que había bajo el cielo. Y este es el ideal meritocrático a lo que Xi aspira”.
“El caso de China nos lleva a plantearnos la pregunta de si puede un sistema autoritario generar innovaciones disruptivas”
El catedrático Claudio Feijóo, por su parte, manifestó que el caso de China plantea una serie de cuestiones para la reflexión, como el “de la economía planificada -que Pekín nos ha traído de vuelta- versus economía de mercado; las ventajas de gestión del sistema autoritario sobre el democrático; el papel de una sociedad cohesionada con visión común y liderazgo fuerte para construir un gran país”; o la pregunta de si “puede un sistema autoritario generar innovaciones disruptivas”.

“¿Qué podemos aprender de ellos?” planteó. Y mencionó la eficacia “del sistema público, la paciencia, la perseverancia, el ser capaces de planes a largo plazo”. Entre los aspectos negativos destacó Feijóo que “la sociedad civil está escondida, que los ciudadanos han sido convertidos en empleados, la deshumanización y la pérdida de dignidad”.
DOBLE ESTRATEGIA: ECONÓMICA Y DE IMAGEN
Finalmente intervino el periodista Juan Pablo Cardenal que se refirió a la doble estrategia exterior de Pekín: en primer lugar la económica, con “inversiones en países en desarrollo”, que, entre otras cosas, benefician a la industria china, y “logrando la tecnología, la pieza del puzzle que le faltaba” para crecer. El mundo “ha cometido un error estratégico al no exigirle a China lo que ésta ha exigido a los inversores extranjeros durante los 40 años de modernización”.
Y en segundo lugar, la estrategia de la influencia política y la imagen, “mediante acuerdos institucionales” o “la captación de elites de otros países, mostrándoles la cara amable del régimen, y convirtiéndolas así en embajadores de facto”.

El gran problema -advirtió- es que en Occidente “tenemos un profundo desconocimiento de China y del funcionamiento del Partido Comunista, en tanto que China nos conoce a nosotros mucho mejor”.
“No considero que China se vaya a democratizar, porque Xi cree que su modelo es superior al de Occidente”
«No considero que China se vaya a democratizar, -añadió Cardenal-, porque Xi cree que su modelo es superior al de Occidente”. Y también porque “Occidente perdió la oportunidad de influir políticamente cuando China ingresó en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001”. Occidente exigió reformas económicas, “pero se olvidó de las políticas”. Lo cual va a hacer más difícil la cohabitación con el gigante asiático. “Con una democratización de China, las posibilidades de que el pulso con EE.UU. acabe en guerra, serían más difíciles” agregó.