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Wyoming Catholic College: Una educación en el modo poético

Los estudiantes de Wyoming Catholic College emprenden su carrera universitaria con una aventura en las montañas del Wind River, una de las múltiples cordilleras del gran ecosistema de Yellowstone. Durante 21 días caminan cerca de 200 kilómetros, ascienden unos 4000 metros, preparan su propia comida, duermen bajo un cielo estrellado y aprenden habilidades básicas de supervivencia en la montaña. Tres semanas son suficientes para formar una pequeña comunidad, adoptar posiciones de liderazgo, enfrentarse a dificultades, peligros naturales y agotamiento. Hay quienes ven estos días como un rito de paso, un desafío físico e intelectual que sirve como fundamento de la educación que continuará en las aulas por ese camino que va del asombro a la sabiduría.

Una educación para el ocio y la libertad

Aparte de sumergir a jóvenes estudiantes en la belleza áspera de las Montañas Rocosas, la excursión tiene la singular ventaja de dar un tono épico al comienzo de la singladura universitaria y de sugerir que los años en la universidad van a ser una aventura apasionante. ¿Cómo podría ser de otra manera si es una época para descubrir mundos extraños, comprometerse con la búsqueda de la verdad, hacerse grandes preguntas y forjar amistades en el empeño por responderlas? El hecho de que la mayoría de los jóvenes no vayan a la universidad con la expectativa de tener una aventura intelectual es, tal como lo ha visto el filósofo estadounidense Allan Bloom, uno de los síntomas de la decadencia de las universidades contemporáneas, en donde se ha fraguado la sospecha y el desencanto por la noción de la verdad.

En lugar de privilegiar la indagación por la verdad, el empeño de las universidades se ha centrado en ofrecer una multitud de programas y una creciente flexibilidad curricular que permita a los estudiantes escoger lo que deseen. Sin embargo, a falta de una visión de conjunto y sin una idea clara de los fines de la educación, la universidad no puede ofrecer más que algo semejante a la oferta de un supermercado: una variedad de alimentos para el gusto del consumidor. A este modelo de multiversidad se le puede aplicar la caracterización que Platón hace de los sofistas como «vendedores ambulantes de las mercancías de que se nutre el alma» (Protágoras, 313c). Y así como el tendero en un supermercado no tiene por qué saber cuáles son los alimentos saludables, tampoco el sofista se ocupa de lo que es bueno o nocivo para el alma, ni la multiversidad de lo que es una educación como un bien intrínseco y distinto a lo que un diploma pueda atestiguar.

A falta de una visión de conjunto y sin una idea clara de los fines de la educación, la universidad acaba pareciéndose a un supermercado: gran variedad de oferta a gusto del consumidor

En lugar de abrirles las puertas a un supermercado, Wyoming Catholic College invita a sus estudiantes a un banquete. En la tradición de las artes liberales, todos los estudiantes cursan un mismo currículo. Tienen cursos de humanidades, teología, filosofía, música y bellas artes, matemáticas y ciencia, retórica y latín. Como las asignaturas están ordenadas de tal manera que unas son fundamento de otras y todas se relacionan entre sí, Wyoming Catholic no acepta créditos transferidos de otras universidades. Su idea de educación se distingue así de la de otros programas en artes liberales que, al poner el énfasis en la libre elección de las clases, han contribuido a crear una opinión cada vez más generalizada de que una educación liberal es un cierto batiburrillo de ciencias y humanidades. En realidad, la sabiduría a la que aspira una educación liberal requiere un conocimiento ordenado y la integración de los saberes entre sí y en la propia alma. El currículo ya establecido que ofrece Wyoming Catholic ofrece un mapa claro a quienes apenas están conociendo la tradición y no saben aún cuál es el orden de los saberes que deben estudiar. Dada la amplitud de disciplinas que caracteriza su currículo, los estudiantes cursan asignaturas que no hubieran elegido por iniciativa propia y que precisamente por su dificultad o extrañeza suponen la ocasión de forjar los hábitos intelectuales que perfeccionan al ser humano.

Una educación no es equivalente a la capacitación para el mercado laboral. El principal fin de la educación en Wyoming Catholic College es la perfección de cada estudiante respecto a la humanidad que tienen en común, no en cuanto a aquello que los distinguirá posteriormente como ingenieros o carpinteros; algo insólito en una época que mide el éxito de una universidad en términos de empleabilidad y que ha olvidado la noción de que en la vida humana hay una jerarquía de fines. A los estudiantes se les recuerda que el objetivo próximo de la educación que allí reciben es prepararlos para el ocio —el fundamento de toda cultura, atendiendo al significado del término latino otium—antes que para un trabajo en específico. La especialización vendrá después y se verá enriquecida por la educación generalista adquirid. Sin está educación previa, los especialistas terminan convirtiéndose en los «sabios-ignorantes» de los que habla Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, aquellos que se comportan en todas las cuestiones que ignoran con la petulancia de quien se considera un sabio por conocer bien su mínimo rincón del universo.

La perfección de cada estudiante respecto a la humanidad que todos tienen en común es el fin de esta universidad; algo insólito en una época que mide el éxito en términos de empleabilidad

Inmersos en la realidad

Glenn Arbery, el presidente de Wyoming Catholic College, suele hablar de «inmersión» para explicar lo que distingue al centro y su educación en el modo poético. A diferencia del conocimiento científico, el conocimiento poético es aquel que tiene lugar en la experiencia emocional del asombro. Este modo elemental de entrar en contacto con la realidad corresponde a lo que Platón llamaba los modos poéticos de la gimnástica y la música, llamados a cultivar los sentidos externos e internos, sobre todo la imaginación y la memoria, a través de la experiencia de la realidad, ya sea directamente, mediante actividades que requieran ejercicio físico, o indirectamente, a través de historias y poemas.

De acuerdo a ese ideal inmersivo, los estudiantes comienzan con aquella incursión en las montañas rocosas, equivalente al primer curso del «Programa de Liderazgo Experiencial, y continúa con otras como la expedición de invierno, que incluye largas travesías de esquí de fondo y la construcción de refugios para pasar la noche en la nieve. La educación gimnástica también incluye un programa de equitación en uno de los ranchos locales. No en vano, a Wyoming se le conoce como el estado vaquero de los Estados Unidos y su símbolo icónico es el de un jinete en un caballo dando corcovos. A través del programa de equitación, los estudiantes exploran las raíces del lugar y experimentan un arte ancestral que provee puntos de reflexión sobre la naturaleza de uno de los animales más nobles y el tradicional simbolismo —que encontramos, por ejemplo, en el Fedro de Platón— del dominio del caballo como imagen del dominio de sí.

A través de la práctica de la equitación los estudiantes exploran las raíces del lugar. A través de los siglos y la lectura de Platón llegan ecos del dominio de los caballos como dominio de sí

Una educación en el modo poético

De acuerdo con el profesor y escritor John Senior, quien inspiró gran parte de los ideales y métodos educativos de Wyoming Catholic College, el propósito de la gimnástica no es solo el entrenamiento del cuerpo con vistas a la salud y el descanso, sino la educación de la agudeza de los sentidos. La palabra «gimnástica» proviene del griego gymnos, «desnudo», dada la costumbre que tenían los atletas griegos de entrenar desnudos. Senior le da un nuevo giro al significado de gymnos e interpreta la gimnástica como la experiencia «desnuda» de la realidad. En esta acepción, la gimnástica es el fundamento de toda educación pues, como reza el dicho escolástico, no hay nada en el entendimiento que no esté previamente en los sentidos. Es esta experiencia directa lo que Wyoming Catholic College ofrece a sus estudiantes a través de la inmersión en la naturaleza, en las fuentes primarias de la tradición occidental, en el latín que está en los orígenes de esta tradición (como lengua viva: loquendo, colloquendo et scribendo), en la liturgia (tanto romana como bizantina) y en Lander, la ciudad donde tienen lugar las clases, que bien podría ser el escenario de un western contemporáneo.

Junto a la gimnástica, la música es el otro aspecto de la educación poética de la que hablaba John Senior y que guía el currículo de Wyoming Catholic College. Si la gimnástica es el encuentro «desnudo» con la realidad, por música se entiende la participación en la realidad a través del arte, en particular la poesía y la narrativa, especialmente adecuadas para despertar el asombro. La literatura ocupa un lugar central en el currículo, como elemento esencial para formar los sentidos, la imaginación y los sentimientos. En el documento fundacional de Wyoming Catholic College, Robert Carlson, discípulo de John Senior, cita las bellas palabras de Lorenzo en El mercader de Venecia: «El hombre que no tiene música en sí, ni se emociona con la armonía de los dulces sonidos, es apto para las traiciones, las estratagemas y las malignidades; los movimientos de su alma son sordos como la noche y sus sentimientos tenebrosos como el Erebo. No os fiéis jamás de un hombre así. Escuchad la música». Uno de los mayores tesoros que los estudiantes se llevan al graduarse es el de una veintena de poemas en la memoria. Esa intimidad con ​​Shakespeare, Donne, Keats, Blake, Wordsworth, Hopkins, Yeats, Frost es música que llevarán dentro de sí y que seguirá siendo fuente de alegría y consuelo durante años.

Gimnástica y música guían el currículo de Wyoming Catholic College. La primera entendida como encuentro «desnudo» con la realidad y la segunda como participación en la misma

La educación en el modo poético es el horizonte en el que se desarrollan todas las clases, pero es también el nombre de una asignatura, «Introducción al Modo Poético», que pretende ayudar a los estudiantes a hacer del objeto de sus estudios materia para la vida. En la descripción de esta se lee: «La encarnación de la cultura no ocurre únicamente ni principalmente en los niveles más altos de influencia social, sino que se realiza, ante todo, en la comunidad local y ‘alrededor del hogar’. La Odisea debería ser una historia contada durante la cena, y recitar poesía es una forma exquisita de pasar el tiempo con amigos. El curso ayuda a los estudiantes a reflexionar sobre su ocio y les ofrece la oportunidad de practicar varios pasatiempos gimnásticos y musicales». Aunque cada año el curso tiene matices distintos, los estudiantes podrían esperar lo siguiente durante las siete sesiones de las que consta. Comienza con una cena en casa de uno de los profesores, como un recordatorio de que es alrededor de la mesa donde surgen las más animadas conversaciones. Allí tienen lugar las primeras discusiones filosóficas acerca de la naturaleza del conocimiento poético. La siguiente sesión gira en torno a los cuentos de hadas, con la guía de los apuntes de C.S. Lewis sobre el tema, y la narración de algunos de los ejemplos que los estudiantes atesoran desde su infancia. Otras clases versarán sobre el arte, el teatro, la danza. En la sesión dedicada al arte, los estudiantes pueden elegir entre caligrafía, acuarela o pintura de iconos en vidrio, pero antes deben completar una tarea: contemplar un amanecer o un atardecer y tomar nota de lo que va pasando en el cielo y en sus cabezas. Finalmente, una noche irán todos a las montañas a ver las estrellas y, mientras localizan las constelaciones, se narrarán unos a otros las historias mitológicas que les dieron nombre.

El cultivo de la atención en la era digital

Fieles a su misión de ofrecer una auténtica inmersión en la realidad, Wyoming Catholic College ha prohibido desde sus inicios en el 2007 el uso de móviles en el campus. Al comienzo de cada semestre, los estudiantes entregan sus móviles y se desentienden de ellos, con la sola excepción de viajes fuera de la ciudad o alguna emergencia. Es un requisito que cada vez sorprende menos. Incluso en los ámbitos más liberales, ya no hay quien niegue los estragos que los móviles han causado en la atención y en la comunicación entre los jóvenes. Y sin embargo, los estudios se reciben con un encogimiento de hombros, una sensación de impotencia y una vaga esperanza de que la humanidad saldrá triunfante de alguna manera. La postura de Wyoming Catholic College ha sido más radical y sincera. Los estudiantes siguen teniendo acceso a wifi a través de sus ordenadores personales, así que las oportunidades que les brinda internet siguen estando a su alcance. Sin embargo, la universidad reconoce que lo que ofrece internet en los ordenadores es distinto a lo que ofrece en los móviles. Los mismos estudiantes se dan cuenta de los beneficios y abrazan la norma como una liberación. Sin las distracciones más fáciles, los efectos académicos e interpersonales en toda una comunidad universitaria son prodigiosos. Los visitantes de Crux, el café universitario que está en el corazón de Lander, suelen notar la ausencia de móviles, las conversaciones animadas, los rincones de lectura. Si, como dice el filósofo Gregorio Luri, «la atención es el nuevo cociente intelectual», no es exagerado decir que en Wyoming Catholic College se encuentra una comunidad intelectual privilegiada de estudiantes universitarios.

Con excepciones, los móviles no están permitidos en el campus. La norma redunda en el cultivo de la atención y, finalmente, los estudiantes la ven como una liberación

Los liberal arts colleges y la aventura universitaria

En Wyoming Catholic College la noción de que los años universitarios son una aventura está presente desde el comienzo, cuando reciben sus primeras lecciones en las montañas, el pórtico del asombro por el que entran a estudios más filosóficos. El tono épico de los primeros días se extiende a las clases, donde se discute con seriedad los grandes libros, continuando así esa conversación con los muertos comenzada mediante la lectura. Esa promesa de que en Wyoming les espera una aventura, tanto intelectual como física, en el aula y la montañas, es un ideal que muchos jóvenes quisieran oír, pero que pocas universidades pueden ofrecer.

Recientemente, al hilo de la publicación del ensayo Una educación liberal. Elogio de los grandes libros, del profesor de filosofía José María Torralba, ha resurgido el debate acerca de la educación universitaria. La buena recepción del libro manifiesta un deseo de recuperar la tradición humanística Europea y traer al mundo hispano el modelo norteamericano de la educación liberal a través de seminarios sobre los grandes libros de nuestra cultura. El core curriculum del que habla Torralba en su libro se puso en práctica primero en la Universidad de Columbia y luego en la de Chicago. Es el modelo que mejor se puede aplicar en universidades ya existentes, como se hizo en la Universidad de Navarra bajo el liderazgo del mismo Torralba. Sin embargo, también existe ese otro modelo de los liberal arts colleges, universidades cuyo número de estudiantes por lo general no supera los 500 y que ofrecen grados en artes liberales y otras disciplinas humanísticas. Entre estas se encuentra el paradigmático St. John’s College (en Maryland y Nuevo México), Thomas Aquinas College (en California y Massachusetts), Thomas More College (en New Hampshire), Hillsdale College (en Michigan) y Wyoming Catholic College. En Estados Unidos, a pesar del pragmatismo que lo caracteriza, hay más de 200 liberal arts colleges, y sigue habiendo espacio para que sigan naciendo nuevos, como el Hildegard College, que planea abrir sus puertas en el 2023, o Ralston College, que este año ha recibido a los primeros estudiantes en un Máster en Humanidades. Aunque hay gran diversidad entre los liberal arts colleges y no todos gozan del mismo prestigio, los aquí mencionados tienen la búsqueda de la verdad en el corazón de su misión, y la seriedad de su empeño atrae cada vez más a un mayor número de estudiantes.

La renovada discusión en el mundo hispano sobre los grandes libros y las artes liberales ha demostrado el creciente interés por una educación de este estilo. Cabría esperar que tanto en España como en Latinoamérica se abra la posibilidad de instituciones educativas superiores que recuperen la tradición de una educación liberal, con currículos basados en los grandes clásicos y comunidades académicas pequeñas. El catedrático de Derecho, Pablo Salvador Coderch ha trazado algunas líneas que harían posible comenzar una institución de este tipo en Barcelona. Sería un gran triunfo replicar algo así en Hispanoamérica, con el canon adaptado a esta tradición, tan rica en pensadores, novelistas y poetas.

“Con la pandemia han crecido el sector editorial y el índice de lectura” afirma Nuria Cabutí, CEO de Penguin Random House

“Con la pandemia, el sector editorial ha crecido más de dos dígitos en España, algo que no habíamos visto en mucho tiempo, y ha aumentado el índice de lectura” afirmó Nuria Cabutí, consejera delegada de Penguin Random House Grupo Editorial en una sesión sobre el mercado de las editoriales celebrada en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). La experta lo atribuye a que “la lectura fue, durante el confinamiento, un refugio para muchos, una cura a través la imaginación”.

Se trata de la sexta sesión del ciclo de seminarios El futuro de los medios de comunicación, organizado por el Consejo Social de UNIR, y  codirigido por Javier Moreno, exdirector de El País; y Andrés Cardó, economista y consultor estratégico.

Nuria Cabutí.

Explicó Cabutí la compañía de la que es consejera delegada es la división en lengua española de Penguin Random House, surgida a su vez de la unión de las editoriales Random House (propiedad de la germana Bertelsmann) y Penguin Books (propiedad de la británica Pearson PLC). Está presente en 9 países, atendiendo a un mercado de 500 millones de hispanohablantes, agrupa a 48 sellos editoriales (entre los que destacan Alfaguara, Debate, Aguilar, Plaza & Janés etc.) y vende 40 millones de libros al año (100.000 cada día), con un amplio catálogo de autores, que incluyen a 39 premios Nobel.

“Cuando se introdujo kindle, se auguraba que para 2020 el 80% de los libros se leerían en formato digital; y sin embargo, en la actualidad el 80% de las ventas son de libros en formato físico

A preguntas de Javier Moreno, sobre la vigencia del libro impreso frente a la competencia del digital, Nuria Cabutí recordó que “cuando se introdujo kindle en 2007, se auguraba que para 2020 el 80% de los libros se leerían en formato digital; y sin embargo, en la actualidad el 80% de las ventas son de libros en formato físico”. Explicó que “en Random House conviven de manera sana ambos formatos. Vendemos libro digital y, desde 2014, audiolibro (tenemos 4.000 en catálogo), pero siempre hemos invertido en el libro impreso, conscientes de que la gente quiere leer en papel, incluso gente joven”.

Javier Moreno

Destacó la paradoja de que ese interés por la lectura en papel se da también en jóvenes conectados al móvil. “El momento de la lectura en papel es el momento de la desconexión”. Argumentó que la lectura en pantalla es más superficial y que, como subrayan estudios neurológicos, “la retención de la atención en la pantalla es más limitada que en el papel”.

Aunque la pandemia “supuso un crecimiento de las ventas online, el usuario está volviendo ahora a la librería física, como se está viendo en España, EE.UU., Canadá etc.”

Andrés Cardó preguntó por el futuro de las librerías, ante el auge del comercio electrónico e innovaciones en la distribución como Amazon. Cabutí matizó que “son más las librerías que se han abierto que las que se han cerrado”; y que con “3.000 puntos de venta” las librerías independientes constituyen en España “un tejido de gran resiliencia”, sobre todo las especializadas. De hecho, “la mitad de la ventas del sector editorial provienen de librerías”. Aunque la pandemia “supuso un crecimiento de las ventas online, el usuario está volviendo ahora a la librería física, como se está viendo en España, EE.UU., Canadá etc.” agregó.

Respecto a Amazon, que nació en 1994 con el objetivo de ser la gran librería global, ha ido ganando terreno frente a las editoriales, desde 2011; pero “esa competencia nos ha hecho mejorar como sector y llevamos tiempo invirtiendo en la cadena de suministros”.

Andrés Cardó.

La experta aludió al proceso de concentración de marcas que se ha producido durante los últimos diez años, provocado en parte por la crisis económica. En el caso de Penguin Random House, “algunos activos proceden del grupo Prisa -Aguilar-, o del grupo Z -Bruguera-; o se trata de sellos afectados por el cambio generacional -como Salamandra, cuyos propietarios optaron por depositar su legado en un gran grupo editorial y que fuera preservado-”.

Por otro lado, las pequeñas y medianas editoriales juegan un papel y “ofrecen propuestas muy interesantes”, pero “la complejidad de la distribución” les aboca a “asociarse a un grupo de envergadura les permita llegar eficientemente al punto de venta”.

DONDE SE VENDE, POR QUÉ SE VENDE

Una gran incógnita es adecuar la oferta editorial a la demanda de los lectores. La CEO de Penguin House destacó “la importancia de la analítica de datos para detectar por qué se vende, donde se vende y cómo se vende”. Con la particularidad de que “las ventas se hacen predominantemente en librerías, pero la búsqueda se hace en internet”. El estudio de los gustos de los lectores, permite hacer prescripciones, si bien el negocio editorial “tiene mucho de impredecible; y hay libros que inesperadamente se convierten en un fenómeno”. Puso el ejemplo de algunos títulos sobre feminismo que Penguin publicó hace unos años, «cuando era un tema muy novedoso editorialmente y actualmente ya es una tendencia consolidada”.

A preguntas de Javier Moreno sobre si se publica un exceso de títulos, Nuria Cabutí dijo que, en principio, “una gran oferta de libros supone una riqueza cultural” aunque es “necesario gestionarlo”. “La tecnología permite ahora llegar mejor a una demanda muy amplia de lectores, desde la editorial hasta el punto de venta”.

“TikTok sorprendentemente prescribe tanto novedades como libros de fondo e incluso libro físico”

¿Cómo conseguir que los libros lleguen a los lectores, a través del marketing y la comunicación? planteó Andrés Cardó. Cabutí señaló dos grandes canales: el marketing digital y los medios de comunicación: “Gracias a internet, hacemos un marketing muy segmentado que nos permite tener una conexión directa con los lectores”; y “la relación con los medios es clave, tanto los impresos como la radio, que es un gran prescriptor de libros; y ahora también las redes sociales, donde TikTok, por ejemplo, sorprendentemente prescribe tanto novedades como libros de fondo e incluso libro físico”. No hay que olvidar, añadió, el mercado potencial de “18 millones de personas que siguen a Penguin Random House en redes sociales”.

Por otro lado, la web de la editorial facilita material a los moderadores del club de lectura; e incluso ofrece cursos de técnica de escritura, a través de la plataforma Cursiva, atendiendo a una audiencia creciente interesada por la creación literaria.

TENDENCIAS EN AUGE

Finalmente, la CEO de Penguin House subrayó la vitalidad del sector editorial, cuya próxima cita es la Feria del Libro de Francfort, “a la que asistimos para conocer el mercado y comprar derechos de obras en otros idiomas”. El interés por el libro, tanto en su vertiente “cultural como de entretenimiento, no ha decrecido” añadió. Lo subrayan las tendencias en auge: “la ficción, los autores locales (en el caso de España); la novela gráfica -asociada al mundo audiovisual y del videojuego-; y la no-ficción novelada; y todo ello conviviendo con los clásicos de la literatura”.

La revolución del podcast y la digitalización de la radio, analizadas por directivos de RCN de Colombia y Cadena SER

El impacto de negocio y de contenidos que ha provocado la digitalización en la radio, y la revolución de los hábitos de consumo con formatos como el podcast, el smartphone o el smartspeaker fueron algunos de los temas sobre los que reflexionaron Jorge Heili, director gerente de RCN (Radio Cadena Nacional) en Colombia; y Ignacio Soto, director general de la Cadena SER, en un debate celebrado en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

La sesión forma parte del ciclo de seminarios “El futuro de los medios de comunicación”, organizado por el Consejo Social de UNIR, y codirigido por Javier Moreno, exdirector de El País; y Andrés Cardó, economista y consultor estratégico.

Andrés Cardó enmarcó la cuestión en «el tsunami que para los medios de comunicación supuso la crisis de 2008, con una caída de casi el 50% de los ingresos publicitarios». Con la paradoja de que un año antes, “el ecosistema informativo comenzaba a asistir a una revolución de la tecnología digital”, según apuntó Jorge Heili, refiriéndose a avances como el iPhone, la aplicación de la Inteligencia Artificial o el desarrollo de las redes sociales.

Andrés Cardó.

La invención del smartphone -añadió este- “lo cambió todo, porque abarató el coste de acceso del usuario; pero también supuso una fuerte competencia para los medios convencionales, a la hora de retener la atención del público, incluida la radio. Si hace unos años el tiempo de atención en la radio era de 8 minutos, ahora es solo de 9 segundos”.

Ignacio Soto, por su parte, consideró que han estado conviviendo “la transformación disruptiva de los medios, con nuevas crisis globales, como la pandemia, o la crisis energética o la provocada por el conflicto de Ucrania”.

Heili: “La radio goza de buena salud, pero deberá adaptarse a los nuevos hábitos de consumo”

Respecto a la radio, Heili sostiene que “en general goza de buena salud, pero que deberá adaptarse a los nuevos hábitos de consumo”, ya que el segmento más joven “ni lee papel, ni oye radio -salvo en dispositivo digital-, ni tiene en cuenta el valor de las marcas, por consolidadas que estén”.

Jorge Heili.

Las audiencias siguen siendo amplias (más del 55% de la población en Colombia, alrededor del 50% en España), y el consumo es relevante (en España 3 horas diarias; y en EE.UU., 90 minutos diarios), pero buena parte de esos oyentes superan los 50 años y la tendencia del consumo es, lentamente, a la baja, coincidieron en señalar Heili y Soto.

Otro problema es que “la tarta de los ingresos publicitarios tiende a reducirse, ya que los medios digitales tienen cada vez más porcentaje de la misma”. Ignacio Soto explicó que el mercado publicitario, un sector muy intermediado por las agencias, “sigue siendo muy tradicional, con un anunciante poco transversal y que juega poco con la combinación de medios distintos”.

No obstante, la industria radiofónica sigue siendo un mercado rentable: en Estados Unidos por cada dólar invertido en radio, el retorno es de 6 dólares.

También están en proceso de transformación formatos y canales. Cardó recordó que además de “la antigua división de radios habladas, musicales o temáticas, han surgido players que compiten con ellas, como Spotify o Deezer; y los nuevos dispositivos rompen el monopolio del coche y del hogar que tenía la radio”.

“La radio controlaba el canal y la tecnología” apuntó Jorge Heili, “con internet cambia eso, porque en el mundo digital están todas las plataformas y todos los contenidos”. La audiencia de esos nuevos dispositivos va a provenir cada vez más de público joven. “Las audiencias mayores de 50 años son las que más tiempo consumen radio hablada; entre los 30 y 50 años la dieta de radio es más musical; y los de menos de 20 solo en algunos momentos conectan con radio musicales” subrayó.

Ignacio Soto matizó que “el deporte es otro segmento de contenidos donde sí está conectando una audiencia más joven, aunque muchos no la escuchen en directo, sino enlatada, en podcast”.

Ignacio Soto: “La radio es hoy en día algo mucho más amplio y habría que definirla con más exactitud como audio”

A propósito de la digitalización, el director general de la SER sugirió que es preciso redefinir conceptos: “La radio es hoy en día algo mucho más amplio -catálogos de podcasts, eventos etc.- y habría que definirla con más exactitud como audio, aunque la radio es el principal productor de contenidos y posee el know how sobre cómo se hace el audio”.

Ignacio Soto.

Significativamente, “el 80% de los contenidos que se consumen de audio en digital provienen de la radio -bien radio convencional, a la carta o de podcast-; y las plataformas de podcast buscan el talento en profesionales de la radio”. En este sentido, concluyó Soto, “la digitalización separó a la prensa, pero la radio lo unifica, da igual donde escuches los contenidos”.

RETROALIMENTACIÓN DE PODCAST Y RADIO

Jorge Heili recordó que aunque su uso no se generaliza hasta 2015, el podcast existía una década antes, y el programa El larguero, de la SER, ya estaba disponible en podcast en 2009.  Coincidió con Ignacio Soto en subrayar las posibilidades que tiene lo que para muchos es “una radio a demanda”. Si bien la cantidad de oyentes es marginal comparada los alcances de la radio, “la fidelidad de ese formato es creciente, y el tiempo de atención es muy superior al de la radio”.

Indicó que “quienes mejor pueden sacarle partido son los profesionales de las ondas; y que el tipo de contenidos que mejor se consumen son los atemporales, que tienen vigencia más allá de la información -historia, documentales, humor-”. Consideró, finalmente, que “el podcast tiene lecciones que darle a la radio, y viceversa, de suerte que la retroalimentación puede ser muy valiosa”.

FUTURO DE LA INDUSTRIA RADIOFÓNICA

Respecto al futuro de la industria radiofónica, Ignacio Soto afirma que “la tecnología y la digitalización no canibalizan, sino que suman”. Y lo demuestran cuatro tendencias. “En primer lugar, proliferan los dispositivos, como el smartphone; además todo el mundo tiene auriculares, lo cual multiplica las oportunidades para llegar al usuario. En segundo lugar, la digitalización permite formatear los contenidos, adaptarlos, enlatarlos etc. Tercero, los asistentes de voz, los llamados smartspeaker, están siendo muy demandados, y esa puede ser otra  fuente de empuje del negocio. Por último, las nuevas tecnologías aplicadas a las comunicaciones, está habilitando autovías que permitirán al audio viajar mas rápido y más barato”.

Heili concidió con el pronóstico de Soto, subrayando la demanda del smart speaker o altavoz inteligente que por sus capacidades (operar via internet con servicios online) puede convertirse en “el gran socio de la radio”. Todo indica que los mandos de voz van a ser el detonador de la aceleración de estos cambios.

La ética de las virtudes en la gobernanza global

Hace más de medio siglo que la ética de las virtudes ha regresado al debate académico. La filósofa Elisabeth Anscombe, titular de la cátedra de filosofía de la Universidad de Cambridge (1970-1989), declaraba en un influyente artículo de 1958 que las teorías morales contemporáneas estaban desligadas de la realidad del actuar del ser humano.[i] Fue entonces como si se disparase el pistoletazo de salida en la carrera para recuperar la teoría aristotélica de las virtudes e incorporar el estudio de las virtudes humanas en numerosas disciplinas científicas. Podría decirse que el libro de Jan Klabbers, Virtue in Global Governance. Judgment and Discretion (Virtud en la Gobernanza Global. Juicio y Prudencia) es el último en hacerlo así, y el primero en posicionarse desde el derecho internacional, una disciplina marcada por el énfasis positivista de los internacionalistas del siglo XX.

Virtue in Global Governance.
Jan Klabbers.
Cambridge University Press, 2022
320 págs.

El libro comienza con el conocido principio de Emmanuel Kant, que establece que reglas y normas siempre necesitan de un ser humano que las aplique. Entre otras cosas, esta idea ha servido de arma afilada en manos de los teóricos críticos legales –los critical legal scholars – en su ataque a la neutralidad de la ley positiva internacional. La ley, afirman, siempre es a la vez ejercicio de la política. Klabbers convierte este principio en una oportunidad para presentarnos una ética de la responsabilidad de los líderes de la gobernanza global. El autor reconoce que vivimos en un mundo de reglas, normas y leyes, y que de ninguna manera podemos prescindir de ellas, si bien matiza que la sociedad civil no se puede sostener solo con reglas. Así, Klabbers plantea si los encargados de aplicar leyes y normas en instituciones internacionales (como el Tribunal Penal International o la ONU), y otros, como los mediadores internacionales, presidentes de gobierno, escritores, etc., deberían tener ciertos rasgos virtuosos en su carácter; y si es así, cuáles serían esos rasgos. (p. 9)

LAS VIRTUDES DEL LÍDER INTERNACIONAL

Virtue in Global Governance trata primero de cuestiones preliminares fundamentales que no se han de dar por supuestas, como el papel de los individuos en tanto que actores del derecho internacional, el marco y jurisdicción de la gobernanza global y la relación entre la ley y las virtudes. Además, en la primera parte del libro se introduce una abundante literatura sobre la ética de las virtudes. El autor contrapone con destreza la moralidad de virtudes a la deontología y al consecuencialismo ético. Y señala que las virtudes más propias del líder internacional son la valentía, la veracidad y honestidad, la justicia, y la prudencia entendida en sentido clásico aristotélico como phronesis.

Klabbers trata con cierta extensión el tema de la unidad de las virtudes. Difícilmente alguien injusto será laborioso y, por otro lado, lo más probable es que alguien magnánimo tenga también gran capacidad de servicio

La segunda parte relata historias de individuos concretos, en su mayoría diplomáticos, dirigentes políticos, jueces y miembros de organizaciones internacionales, que en períodos más o menos recientes han demostrado que poseían, (o no) el carácter esperable en alguien de su posición. Entre otros muchos, Klabbers analiza el papel que el actual director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus ha desempeñado durante la pandemia COVID-19. Ghebreyesus pasa el test del líder virtuoso, aunque sin nota máxima.

El libro, por tanto, da más importancia a la virtud en cuanto que se relaciona con funciones concretas necesarias para desempeñar un cargo de liderazgo específico, que a la virtud como una habilidad del ser humano en general. Así, del secretario general de Naciones Unidas se puede esperar que sea un hábil diplomático, pero también un valiente, para mantenerse firme cuando se dan presiones injustas de países poderosos o con políticas recalcitrantes.

Como bien se sabe, no hay dos situaciones idénticas, y por más que se produzcan normas y leyes de gran calidad –una meta a la que Klabbers por supuesto anima– los jueces y otros líderes internacionales siempre acabarán teniendo un gran espacio de decisión y discreción. Negar esto es refugiarse en un positivismo jurídico decimonónico y eludir preguntas incómodas, pero importantes, como la de qué podemos esperar en términos de virtud y responsabilidad de los funcionarios públicos y de líderes políticos con una jurisdicción global. (p. 52)

CONDUCTA PÚBLICA, CONDUCTA PRIVADA

Klabbers trata con cierta extensión la unidad de las virtudes. Difícilmente alguien injusto será laborioso y, por otro lado, lo más probable es que alguien magnánimo tenga también gran capacidad de servicio. Pero el autor sostiene que su teoría de integrar las virtudes en la gobernanza global no tiene por qué tener este requisito aristotélico. En su opinión, para determinar si una persona es apta para un cargo determinado o si ha incumplido con sus responsabilidades, bastaría con evaluar su carrera pública; y argumenta que es imposible saber lo que pasa en la vida privada de una persona. Si bien admite, al final de su análisis, que tampoco debería dejarse de valorar este aspecto, como pone de manifiesto, entre otros casos, el escándalo sexual en que se vio envuelto Dominique Strauss-Kahn, que provocó su dimisión como presidente del FMI y su renuncia a concurrir a las elecciones presidenciales de Francia.

Para determinar si una persona es apta para un cargo determinado, bastaría con evaluar su carrera pública; y argumenta el autor que es imposible saber lo que pasa en la vida privada de una persona

El autor descarta la opción de crear códigos éticos como única solución para garantizar la responsabilidad de líderes internacionales, teniendo en cuenta la complicada relación entre ley y virtud, como señala J.G.A. Pocock, historiador del constitucionalismo británico; una relación que no puede describirse simplemente con una ecuación del estilo de que “lo que es legal es virtuoso y lo que es virtuoso debe ser legal”. El autor se pregunta si la ley debería promover el comportamiento ético, y para ello explora, entre otros el importante trabajo del jurista Lawrence Solum. En la situación de Kulturkampf en que nos movemos esta es una pregunta muy compleja. Y en cierto sentido la respuesta que da se adecúa sin estridencias al liberalismo imperante, defendiendo que debemos resistir la tentación de hacer que la ley refleje nuestra particular concepción de lo que las virtudes pueden exigir en la vida diaria. (p. 128).

Sin embargo es elogiable la constante búsqueda de equilibrio en este ensayo: al retomar la cuestión desde el punto de vista de la educación concluye Klabbers que es necesario formar a los niños y jóvenes en la ‘buena vida’ y en el deseo de un compromiso activo de promoción del bien común, y el respeto a los demás ciudadanos. Con palabras de David M. Carr, añade que en la educación ‘simplemente no existen aptitudes alternativas (a la virtud) que puedan inculcarse.’ (pp. 259-260)

Quizá la única afirmación extravagante que se lee en Virtue in Global Governance es que “el cristianismo produjo una especie de hiato en el pensamiento sobre la ética personal y la moral social.” (p. 72) Siendo Aristóteles y Santo Tomás de Aquino (uno de sus comentadores más prestigiosos), los teóricos más importantes de la historia de la ética de la virtud, esa afirmación puede quizá considerarse como una decisión secularista de mantenerse, por así decirlo, en el campo meramente aristotélico. Klabbers es un excelente contador de historias, aunque es difícil negar que éstas contienen también, en parte, la opinión e inclinación personal del autor –veáse por ejemplo la discusión sobre el silencio de Albert Camus durante la Guerra de Independencia de Argelia en el noveno capítulo–. Es ahí precisamente donde se aprecia cuán escurridizo es el juicio adecuado de los demás sobre el carácter de una persona, ante una situación que nunca se ha dado y nunca se repetirá y de la que solo un ser humano concreto poseyó una visión relativamente completa; o alternativamente, que el método deviene excesivamente complejo cuando en ocasiones un juicio posterior legítimo requiere una investigación demasiado exhaustiva de los hechos. Quizá es este aspecto de su proyecto el que necesitará en más desarrollo en el futuro.

UN LIBRO FECUNDO

No obstante, la realidad de que la acción virtuosa es irrepetible, más que disminuir, aumenta la fuerza de la tesis de Klabbers de que ha llegado el momento de la virtud a los debates sobre la gobernanza global.  En efecto, en su aspecto teórico Virtue in Global Governance es un libro fecundo, de abundante pensamiento cuyo fuerte es la creatividad. El autor exhibe un manejo erudito de un número impresionante de obras antiguas y recientes sobre la ética de la virtud. Lo cual será de valiosa ayuda para introducir a juristas y estudiosos de las relaciones internacionales en la literatura y debates actuales en torno a la virtud humana.

En definitiva, Klabbers ha escrito un texto que internacionalistas y politólogos encontrarán intrigante y provocador, y que si tenemos suerte hará temblar el suelo de sus disciplinas

Con este ensayo, Klabbers se aventura en un nuevo pensamiento internacional, post-positivista y post-realista que busca integrar la moralidad y el derecho –y de entre el puñado de autores con intentos similares recientes vienen a la mente Rafael Domingo, The New Global Law (CUP, 2010) y Steven R. Ratner, The Thin Justice of International Law: A Moral Reckoning of the Law of Nations (OUP, 2015) –. En definitiva, un texto que internacionalistas y politólogos encontrarán intrigante y provocador, y que si tenemos suerte hará temblar el suelo de sus disciplinas.

[i] Elizabeth Anscombe, “Modern Moral Philosophy” (1958) 33 Philosophy, 1–16.

Estadistas y profetas: el liderazgo según Kissinger

En mayo de 1953, un estudiante norteamericano de intercambio en Europa preguntó a Churchill cómo podría prepararse para acometer los retos inherentes al liderazgo. Study history, study history. In history lie all the secrets of statecraft fue su categórica respuesta. No sabemos si esta anécdota, referida por Henry Kissinger, fue la motivación que le llevó a dedicar una importante parte de su vida académica en Harvard al estudio de la Historia, primero como alumno, más tarde como profesor de ciencias políticas. Sea como fuere, lo cierto es que su notable producción literaria está toda impregnada de un profundo conocimiento del pasado histórico que utiliza con maestría para comprenderlo y tratar de otear el futuro.

Leadership: Six Studies in World Strategy. Penguin Books- 2022

Pocas dudas pueden caber de que Kissinger es una de las figuras más sobresalientes de la segunda mitad del siglo XX. Marcado por una experiencia vital difícil que le llevó a dejar Alemania huyendo de la persecución nacionalsocialista, y equipado con un intelecto extraordinario, alimentado por una formación académica excepcional, Kissinger ha sido, desde su privilegiada atalaya política bajo las presidencias de Nixon y Ford, uno de los forjadores del orden mundial de posguerra que, aunque maltrecho, aún sobrevive.

EL «PATRÓN-ORO» DEL LIDERAZGO ESTRATÉGICO 

Además de esto, este gran intelectual norteamericano ha sido ‒sigue siendo‒ un perspicaz observador de la psicología humana. En largos años de relación directa con los principales estadistas mundiales, cuyas personalidades ha analizado y ponderado cuidadosamente, Kissinger ha ido destilando la esencia de lo que considera como el «patrón-oro» del liderazgo estratégico, que propone ahora en su librp  Leadership. Six Studies in World Strategy, el libro que acaba de publicar cuando está a punto de cumplir sus primeros cien años de vida.

A pesar de la provecta edad de su autor ‒quizás por eso haya en la obra ciertas concesiones, disculpables, al ego‒, no estamos ante una obra crepuscular, sino ante un lúcido título que aúna un retrato, limitado pero fascinante, de la Guerra Fría con un estudio del liderazgo estratégico hecho a través de la semblanza de seis de las figuras que dejaron una huella más profunda en aquellos años yendo en pos, en ocasiones a contracorriente, de una visión de futuro construida sobre la base de un profundo amor a sus respectivas naciones.

El libro es un estudio del liderazgo estratégico a través de la semblanza de seis figuras decisivas en los años de la Guerra Fría

Las primeras páginas del libro las dedica Kissinger a plantear el marco conceptual del liderazgo estratégico, cuya necesidad considera apremiante en momentos de transición, cuando los valores e instituciones en vigor comienzan a ser cuestionados y los rasgos del futuro orden permanecen aún sin definir. En esas situaciones, algunas cualidades de liderazgo aparecen ya como fundamentales en el capítulo inicial: las dotes de análisis, la capacidad de inspirar a otros, la de comunicación, el valor ‒en sus acepciones de físico y moral‒ para elegir un camino entre opciones difíciles, la firmeza de carácter para mantener ese camino incluso frente a la adversidad, o la habilidad para gestionar riesgos dibujan un retrato del líder ideal que quedará completo cuando el autor formule sus conclusiones finales.

DOS MODELOS DE LIDERAZGO: ESTADISTAS Y PROFETAS 

Sobre la base de estas cualidades esenciales, Kissinger define una tipología del liderazgo articulada sobre los dos modelos básicos del «estadista» y del «profeta». Ambos deben aspirar a reunir todas las cualidades propias de un líder pero, mientras que el primero es, ante todo, un buen gestor que aplica su esfuerzo a la preservación del modelo de sociedad que lidera, moderando la visión de futuro con un ejercicio de cautela; el segundo es, por el contrario, un visionario orientado al futuro que no se conforma con gestionar el statu quo, sino que aspira a transformarlo.

Como sucede a menudo con los modelos teóricos, es difícil hallar en la práctica líderes «puros» de cada uno de los tipos definidos conceptualmente. Más frecuentemente, lo que la realidad ofrece son ejemplos híbridos que participan de las características de los dos tipos, con líderes que muestran una tendencia natural al predominio de uno sobre el otro, o con otros que son capaces de transitar de uno a otro tipo en función de las circunstancias. Este es el caso de los seis perfiles ‒Adenauer, de Gaulle, Nixon, Sadat, Lee Kuan Yew, y Thatcher‒ que utiliza Kissinger para diseccionar el liderazgo estratégico.

Entre las cualidades de liderazgo no deben faltar las dotes de análisis, la capacidad de inspirar y comunicar, el valor o la firmeza de carácter

A todos ellos los trató el autor de forma directa. Todos dejaron en él un poso que justifica su presencia en un reducido elenco de líderes en el que se echan de menos figuras coetáneas tan relevantes como el Papa Juan Pablo II o el presidente Ronald Reagan quienes, por su estatura como líderes que transformaron el orden internacional, merecerían haber sido objeto de estudio. No es, sin embargo, este el criterio fundamental de selección. Por encima de la relación que pudieran haber tenido con Kissinger, todos comparten la herencia común de un orden internacional sacudido por la que el autor llama la «Segunda Guerra de los Treinta Años» (1914-1945), y el hecho de que, sobre los escombros de esa guerra, fueran capaces de articular una visión de futuro para sus respectivas naciones dentro de un sistema internacional en transición.

Seis protagonistas, seis capítulos monográficos en los que Kissinger va desgranando cualidades de liderazgo que, al final de la obra, han compuesto un mosaico completo de lo que, a juicio del autor, debe ser un líder estratégico ideal. Adenauer, por ejemplo, es mostrado como un líder no carismático, pero de una gran estatura moral, elevada aún más por su visión de una Alemania renacida de las cenizas de la guerra y con su soberanía plenamente recuperada, unida y, sobre todo, integrada en una Europa democrática. Su proverbial integridad, su perseverancia, y una cierta dosis de desconfianza hacia el compromiso norteamericano con la seguridad de Europa, fueron instrumentos con los que abrió para Alemania las puertas de un futuro digno a través de lo que Kissinger llama una «estrategia de humildad».

La realidad trae líderes híbridos de profetas y estadistas como las figuras que retrata Kissinger: Adenauer, de Gaulle, Nixon, Sadat, Lee Kuan Yew, y Thatcher

Charles de Gaulle aparece, en contraposición a Adenauer, como un líder carismático dotado de una ambiciosa visión de futuro para la Francia postrada por la ocupación alemana, pero no derrotada; de una determinación férrea para llevar a cabo esa visión, a pesar de las enormes dificultades que tuvo que arrostrar; y de un extraordinario dominio de sí mismo. Estas, y otras, cualidades personales elevaron a De Gaulle, desde la posición de una oscura y poco relevante personalidad que no se resignó a entregar el espíritu de la nación en manos del totalitarismo nacionalsocialista, al rango de figura mítica salvadora de la República. Charles de Gaulle agotó su vida en los empeños de mantener vivo el ideal de una Francia libre y soberana, y de devolver a su país a la grandeza a la que, consideraba, estaba predestinada. Claramente en el campo de los líderes visionarios era también, de acuerdo con el retrato de Kissinger, un estadista frío y calculador, como quedó de manifiesto, por ejemplo, en las hábiles maniobras que llevó a cabo para evitar verse postergado como líder de la Francia Libre por el general Giraud, favorito de los aliados por su mayor docilidad.

Margaret Thatcher es otra de las grandes figuras europeas del siglo XX escogidas por Kissinger para diseccionar el liderazgo estratégico. De esta extraordinaria mujer destaca la fortaleza personal con la que fue capaz de superar barreras tan elevadas como la de su condición femenina o la de su extracción social para erigirse como el líder conservador británico más sólido desde Winston Churchill. Esa admirable fortaleza no solo lo era en el sentido moral, sino también en el físico, como quedó probado con la entereza que desplegó en 1984 cuando el IRA atentó contra su vida en un hotel de Brighton. Con esa fortaleza, apuntalada con otras muchas cualidades ‒laboriosidad, autodisciplina, y pragmatismo al servicio de unos sólidos principios y convicciones morales y políticas‒ Thatcher transformó la Gran Bretaña en decadencia y desmoralizada que recibió en 1979 en una nación segura de sí misma y de su posición en el mundo, con el orgullo recuperado tras la victoria en la Guerra de las Malvinas, y con una economía saneada y robusta.

La estrategia de humildad de Adenauer, el carisma de De Gaulle o la fortaleza de Margaret Thatcher son aspectos en los que se detiene el autor

La mirada de Kissinger, empero, no se detiene en el ámbito cultural occidental. La nómina de líderes por él seleccionada incorpora dos figuras procedentes de tradiciones diferentes; el egipcio Anwar Sadat, y el asiático Lee Kuan Yew, padre de la moderna Singapur. El primero de ellos descuella como el líder visionario que cambió radicalmente el rumbo de Egipto para labrarle un futuro en paz. En el capítulo que el autor le dedica, Sadat se alza mayestático como un gobernante dotado de fortaleza, empatía, serenidad forjada en años de confinamiento solitario, y gravedad, a la vez mística y práctica, puestas al servicio de un profundo amor a su nación. Su audacia y su capacidad de decisión le llevaron al punto de abandonar la posición tradicional de su país en la escena internacional para suscribir un valiente acuerdo de paz con Israel que, literalmente, le costó la vida.

Margaret Thatcher se refirió a Lee Kuan Yew como «uno de los más competentes estadistas del siglo XX» lo que da una buena idea de su talla como líder. Bajo su dirección y, en gran medida, gracias a sus dotes personales, Singapur superó las enormes dificultades a las que se enfrentó en el momento de la independencia ‒un país dividido étnicamente, enclavado en un entorno tan estratégico como hostil‒, forjando una identidad nacional sobre la diversidad étnica para convertirse en un emporio económico, ejemplo de pujanza y equilibrio en el que se prima la excelencia como vía inexcusable a la supervivencia. Tanto fue su talento como líder que, tras dejar la política activa, acabó por convertirse en una suerte de mentor internacional al que otros líderes acudían en busca de consejo. Fue, según Kissinger, el epítome de líder híbrido perfecto, estadista y profeta al mismo tiempo; capaz de destilar la esencia de cualquier asunto, prescindiendo de lo superfluo.

NIXON, THE SPECIAL ONE

Mención aparte merece el capítulo dedicado a Richard Nixon; no solo porque, de los seis, es el líder con el que Kissinger mantuvo la relación más estrecha, como asesor de seguridad nacional primero, como secretario de Estado después, sino porque el capítulo que le dedica se aparta un tanto del patrón seguido en los demás para acercarse un poco más al retrato psicológico.

La frase con la que abre el capítulo, «Richard Nixon fue uno de los presidentes más controvertidos de la historia de Norteamérica» no es, únicamente, la constatación de una realidad objetiva, sino el anuncio de que no se va a ahorrar la crítica al ex-presidente. A diferencia de lo que ocurre con los otros cinco líderes, el cuadro que Kissinger pinta de Nixon pone un inusitado énfasis, no en sus cualidades como líder sino, más bien, en sus defectos y debilidades. De él resalta, por ejemplo, la inseguridad que sentía sobre su imagen pública y su autoridad; la falta de valor personal que mostraba para confrontar situaciones incómodas, y que le llevaba a utilizar intermediarios para transmitir órdenes poco gratas; la confusión que sembraba a veces con sus afirmaciones, a menudo incendiarias, y de las que no esperaba se siguiese ninguna acción por parte de sus colaboradores; los celos que sentía cuando alguien resaltaba los méritos de Kissinger por encima de los suyos; o el lenguaje y trato áspero que dispensaba a muchos de sus colaboradores. No parecen estos rasgos que eleven a un líder.

No es que Kissinger presente a un Nixon desvestido de cualidades de liderazgo; de hecho, entre ellas, destaca su capacidad de decisión, encapsulada en la frase «pagas el mismo precio por ejecutar una política a medias, o dudando, que si lo haces correctamente y con convicción» que acostumbraba a repetir. Esas cualidades, sin embargo, aunque reconocidas, quedan un poco desdibujadas por ese énfasis en sus defectos, y por la sensación que deja la lectura del capítulo de que Kissinger ha tratado en él de resaltar sus logros personales y salvarse de un juicio negativo, más que de valorar los méritos como líder del protagonista.

En el caso de Nixon el autor se detiene en sus debilidades. Sus cualidades, aunque reconocidas, quedan algo desdibujadas por ese énfasis en sus defectos

PALABRAS FINALES Y MALAS PERSPECTIVAS 

El capítulo de conclusiones puede resultar especialmente atractivo para quien se aproxime al libro buscando un tratado sobre liderazgo por encima de una mera aliteración de biografías o de un relato histórico. Más allá de lo que diferencia los diferentes estilos de liderazgo de los personajes analizados, aquí se trata de identificar el hilo conductor que tienen en común. Todos ellos transformaron sus respectivas sociedades, contribuyendo a forjar un orden mundial nuevo; fueron capaces de articular el interés nacional, y sobresalieron por su búsqueda de la excelencia, y por sus cualidades de autodisciplina, patriotismo, valor, capacidad de decisión, y fe en sí mismos.

Quizás el rasgo más importante que todos compartieron fue el de su profunda formación humanística. Todos ellos eran personas de carácter, tenían un alto sentido de la Historia y de su papel ante la misma, y habían recibido una sólida formación espiritual, cada uno en la tradición religiosa o filosófica propia de su propio ámbito cultural. Este hecho no es trivial, pues les habría dotado de un sentido de la trascendencia gracias al cual habrían sido capaces de articular una visión de futuro elevada para sus naciones.

Ser personas de carácter, con formación humanística, alto sentido de la Historia y también de trascendencia son cualidades comunes a los seis líderes

Al final de la obra, Kissinger se pregunta si el mundo actual puede generar líderes de la altura de los seis modelos analizados, capaces de pilotar sus naciones en medio de los cambios en el orden internacional a los que asistimos. Su respuesta no es optimista. En su opinión, las condiciones que posibilitaron el desarrollo de líderes como los estudiados han entrado en un proceso de decadencia, al menos en Occidente. El patriotismo cívico ha sido orillado desde distintos flancos por nociones como el globalismo o el faccionalismo identitario, que reniegan de la idea tradicional de nación; el estudio de las humanidades, fundamental en la formación del liderazgo, ha sido abandonado en los sistemas educativos de todo el mundo en beneficio de la formación de técnicos y activistas; el predominio de la imagen ha acabado con la erudición ‒que denomina deep learning, favoreciendo el triunfo de las emociones sobre el autodominio; o una visión del poder más como un derecho, y menos como un privilegio o un servicio no son sino algunos de los factores que le llevan a sentenciar, categórico y pesimista, que «la era actual va a la deriva sin moral ni visión estratégica».

Recuperar el liderazgo estratégico pasa por reconocer su esencia, que Kissinger destila en los dos pilares básicos de la educación y el carácter. Únicamente con estas cualidades pueden forjarse auténticos estadistas, o líderes en el sentido lato de la palabra, que no son sino aquellos de los que Kissinger dice, refiriéndose a Thatcher, que «operan en el límite exterior de lo que, ordinariamente, se considera posible, sondeando los límites de la ortodoxia en lugar de repetir mecánicamente sus dictados».

Colombia, la experiencia de quererla

Amo Colombia. Querer a un país tiene consecuencias: para llegar a ello, debes conocerlo de cerca, haber vivido sus controversias, sus angustias y su risa, y para mantener ese amor, esa cercanía, ese apoyo que de lejos y de cerca merecen su historia, su alegría y también sus sufrimientos, has de saber de él por sus categorías y por sus anécdotas, por su escritura y por su arte, por su política y por su ciudadanía.

A lo largo de más de treinta años (1991-2022) he vivido esa experiencia de quererla desde la primera noche en que llegué a aquel bullicio de Bogotá, la ciudad herida aun entonces por una guerra de la que había ecos concretos en las noticias y en la calle, pues el mal del terror seguía imperando desde hacía décadas, arrancando a jirones la esperanza de un país entero que, aun así, seguía comportándose como si mañana fuera a ser el final de todo lo arisco y el principio de los nuevos abrazos.

Aquella era una guerra civil, prolongada por la maldad del terrorismo, marcada a fuego por esa barbarie, nosotros sabíamos de eso, y también sabíamos de los exilios y del miedo

Aquella era una guerra civil, prolongada por la maldad del terrorismo, marcada a fuego por esa barbarie, nosotros sabíamos de eso, y también sabíamos de los exilios y del miedo, así que aquel mayo de 1991, cuando toqué de cerca esa neblina real y moral que habitaba sobre la capital del país, sentí que una cosa es ver desde fuera las naciones en conflicto y otra es compartir el país de la comida, las risas, la tinta fresca de los periódicos, la música de la calle, la ambición de vivir en un lugar que no es sólo el que dicen los noticiarios.

Entonces, cuando llegué, Bogotá era una ciudad lenta, la noche y el día eran cómplices del alma del país, atónito, pero esperanzado, desperezándose cada día de un atentado más, de una amenaza, y sin embargo viviendo, buscando una esperanza para seguir viviendo, por decirlo con un verso muy conocido del canario José Luis Pernas. Conocía ya a algunos colombianos, entre ellos a Gabriel García Márquez, o a Belisario Betancur, entre los más destacados de sus representantes en la tierra, y empezaba a saber de jóvenes como Héctor Abad Faciolince o William Ospina o Antonio Caballero o Laura Restrepo o Santiago Gamboa o Daniel Samper y los varios Samperes de Colombia, o de veteranos como Álvaro Mutis o Fernando Vallejo, alejados estos en los peculiares exilios de México, o de la extraordinaria periodista que es Ana Cristina Navarro, o tantos y tantos escritores, artistas, folkloristas, incluso futbolistas, que ya eran conocidos en España y en el mundo.

Siempre he soñado que algún día se hará la luz en Colombia y será de día a todas horas, y serán los libros y la buena voluntad los que habrán ayudado a que los hombres sean libres

Conocía a muchos colombianos, pero nunca había pisado Colombia, empezando por Bogotá. Luego he estado a lo largo de los años, en Manizales, en Cartagena de Indias, en Santa Marta, en Aracataca, en Medellín. Tantos lugares, y tantas almas como tiene el país. Y tantas hermosas bibliotecas. Vi su paisaje desde helicópteros o aviones, por carretera y desde los barcos, y siempre me sentí, en esos trayectos, escuchando la cadencia del extraordinario castellano que se transparenta en la calle y en la literatura, y en la excelente radio, en los cronistas extraordinarios, me sentí siempre como un colombiano, atravesado pues por los avatares de su historia.

***

La casualidad hizo que conociera primero al más grande de todos aquellos escritores que luego frecuenté mucho antes de viajar a Bogotá aquel día de mayo de 1991. Gabriel García Márquez vivía en la calle Caponata de Barcelona, y me recibió un día del invierno de 1970 sentado en el suelo de su casa, mientras observaba jugar a sus hijos. Tenía entonces el autor de Cien años de soledad la costumbre de usar un mono azul, como de trabajo bajo los automóviles, y allí estaba, recibiendo a un joven periodista que le había sido recomendado por una lista corta de generosos amigos comunes. Ya había pasado la curiosa clandestinidad de Gabo en Barcelona, adonde llegó antes del boom de su libro que pronto fue legendario, recibido por amigos como Beatriz de Moura o los Feduchi (Luis, el psiquiatra, el principal anfitrión de Gabo y de Mercedes, acaba de morir en Barcelona), y García Márquez era ya, ampliamente, el señor y dueño de la referencia literaria de Colombia en el mundo.

En ese momento era anécdota su cierta clandestinidad barcelonesa, donde contaba por las noches, en las salas de fiesta, como si no fuera suya, la trama tan colombiana de su libro ya hiperfamoso, y era un habitante habitual de las Ramblas y de los restaurantes, así recibía a Pablo Neruda o a Juan Carlos Onetti, y así recibió a este joven periodista, que nada más quería saludarlo, y al que él le hizo más preguntas que las que yo mismo llevaba preparadas. Así fue siempre después, y con todo el mundo: el hombre al que tantas preguntas quisieron hacerle los grandes y los medianos o los ínfimos periodistas eran en realidad víctimas de la curiosidad incesante de este hombre de la infinita metáfora colombiana, el autor del libro que mejor describe la paciencia que es de su país y que él con tanto tino describió, El coronel no tiene quien le escribe. El hombre que te interrumpía diciendo siempre, para que le contaras más, “oye tú, ven acá…”

Después Gabo levantó el vuelo de Barcelona y volví a verlo en muchos sitios, y también en Madrid, adonde vino, entre otras cosas, a saber en El País, donde yo era un junior todavía, si era posible hacer en Colombia un periódico que se le pareciera, pues tras el Nobel él quiso emprender una aventura así. El periódico, además, iba a llamarse Uno (así se llamó luego otro en Mendoza, Argentina) para que, al llegar al kiosco, los lectores dijeran “Deme Uno”… Lo vi, naturalmente, en Estocolmo, en la recepción de su Nobel, cuando los suyos convirtieron la capital sueca en cualquier sitio de Barranquilla o de Cartagena de Indias, y le vi varias veces en su casa de este lugar del mar que acogió el enorme homenaje que le dedicó el mundo académico, con Clinton como parte más vistosa de los invitados.

Por entonces ya Gabo iba perdiendo la memoria, pero aun así seguía haciendo preguntas, en este tiempo para situarse ante aquellos que le eran conocidos, pero de los que ya, con tanto dolor, pero también con tanta pericia, requería datos para situarlos en la historia de su vida… Aquel hombre que en torno a 2005 ya dudaba sobre quién era me respondió años atrás, una noche de 1995, por teléfono, desde México, a una pregunta que yo le hacía desde Extremadura, porque en El País querían saber cuál había sido el tenor de una cena que luego fue famosa, con Carlos Fuentes, con William Styron y con Clinton, ya presidente de los Estados Unidos, en una casa veraniega en Martha’s Vineyard… Cuando supo que le llamaba desde la tierra de Gabriel y Galán, el Nobel se lanzó a decir de memoria El Cristu Benditu, hasta que dejó sin baterías el primitivo móvil que me había regalado precisamente su agente Carmen Balcells… Mucho tiempo después lo vi abrazar a unos y a otros sabiendo todos que cuando él prodigaba ese cariño risueño, él no sabía ya ni su nombre propio ni dónde estaba, y estaba por cierto en Guadalajara, México, condecorando con su premio de Periodismo a la más grande de las amantes de Colombia, Alma Guillermoprieto…

Mientras ocurrió aquel homenaje a Gabo en Cartagena de Indias el periódico me mandó a ver qué había de él en Aracataca, y allá fui, en sucesivos medios de transporte, pasando por Santa Marta y por otros espacios tan hermanos de los paisajes humanos (y divinos) de Macondo, incluida una finca que tenía el nombre de mi tierra, Tenerife. Aracataca era un espectro polvoriento que contenía, uno a uno, todos los elementos que parecían misterios en Cien años de soledad… Su casa era la casa que se vislumbra en todos los libros de sus primeros tiempos, descascarillada y luminosa, sus recuerdos incrustados a golpes de chincheta en las paredes rotas, una muchacha que parecía un alfiler de ébano mostrando las estancias como si estuvieran habitadas por fantasmas…

En uno de los huecos del camino que llevaba al patio de los grandes árboles (que aparecen en Cien años de soledad) me señaló una cuna inexistente sobre un trozo de tierra que a mis ojos era como me iba diciendo la joven guía, de modo que no me costó nada ver ahí, dentro de aquella fantasmagoría de tierra, la figura menuda del Gabo niño durmiendo… Mientras me recuperaba de tales fantasmas cruzó al más allá que llegaba hasta una pared tupida la figura blanca, de ojos glaucos, de una mujer a la que la guía llamó Soledad Noches, como si fuera uno de los nombres que se dieron los Buendía… Ya en la calle, meciéndose bajo el sol sin brisa de Aracataca, un hombre vestido con pantalones negros, sandalias y una camisa de asillas, que era el hermano de aquella dama y que se llamaba Nelson Noches, el mejor amigo de la infancia de Gabo, declaró ante mi desvarío que Gabo, a quien hacia un siglo que no veía, había estado esa misma noche jugando ajedrez con él como hacían siempre…

   De pronto el gran libro se convirtió para mí en una historia realista, y ahí quise más a Gabo, un Pérez Galdós del realismo mágico, puntilloso retratista de todo lo que veía, y por tanto de lo que yo estaba viendo como verdad dicha por sus ojos…

Yo estaba ya en una atmósfera en la cual no fue imposible que creyera que en medio de los trastos de una cocina de los alrededores estuviera la fábrica del hielo a la que se rinde homenaje el famoso libro, nada más abrirse este, y que cerca estaban las grandes piedras, y así sucesivamente…

De pronto el gran libro se convirtió para mi en una historia realista, y ahí quise más a Gabo, un Pérez Galdós del realismo mágico, puntilloso retratista de todo lo que veía, y por tanto de lo que yo estaba viendo como verdad dicha por sus ojos…

***

Colombia, tantas Colombias. Conocí muy pronto, ya en Madrid, a un personaje que luego fue creciendo en mi vida, Sergio Cabrera, rescatado para la historia humana, y no solo cinematográfica, en la que ya estaba, por Juan Gabriel Vásquez, cuya novela Volver la vista atrás entró en la historia de Colombia con la fuerza de la calidad de contar, fenómeno tan colombiano. En esa novela del que ya es una de las realidades literarias más sólidas de la lengua española se propone, y lo hace con éxito, contar la insólita historia de Sergio y de su hermana Marianella, llevados a China por su padre para seguir al dedillo los dictados de la revolución de Mao, y luego desengañados de aquel desatino… La narración que de esas historias humanas que desembocaron (para eso fueron llevados a aquella China) en la guerrilla comunista colombiana es en cierto modo una metáfora redonda de la incomprensible historia de los sufrimientos, rabiosamente humanos, de Colombia… Y ahora siempre que lo encuentro en Madrid, y hablo con él, y lo escucho hasta en sus silencios, veo en Sergio a una víctima y a un héroe de aquella aventura que sólo se entiende mirándole a los ojos y leyendo a la vez, si eso se puede, el libro tan ilustre ya, de este hombre admirable que es el escritor Juan Gabriel Vásquez, aquel joven que años atrás vi hacer fila para que le firmara un libro en la Feria de Bogotá su maestro Mario Vargas Llosa, ahora su amigo y su crítico, el que da nombre al premio que obtendría años después en Guadalajara con el libro ya dicho, Volver la vista atrás…

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Qué generación esa, la de Vásquez, qué grandes escritores nacieron años después de Gabo, y cuánto les costó salir de la estela del maestro, pues los españoles, por ejemplo, siempre tan comparativos, querían ver en ellos epígonos del Nobel, cuando en realidad cada uno era de su padre y de su madre, exactamente. En esa generación despuntó en seguida, y yo lo vi saliendo del cascarón con mis propios ojos, Héctor Abad Faciolince, que vino como un adolescente en busca de cobijo y con sus libros bajo el brazo, y al principio, en esta patria del desapego hacia lo latinoamericano entonces, sólo encontró silencio o desdén… Hasta que un día, mucho más tarde, apareció su recuento amargo, y no tan solo, del asesinato del padre y luego de la soledad de recordarlo… Ahora Héctor es un habitante de Madrid, en busca siempre de cobijo o amparo, este hijo desolado y pródigo, buscando siempre en las geografías (Colombia, Italia, España) el asidero a sus literaturas… Aquel libro, El olvido que seremos, es ahora también cine español (y colombiano, y mundial) debido a Fernando Trueba, con un español genial, Javier Cámara, haciendo de su padre, don Héctor Abad, cuya memoria es ahora la de Colombia y también la de todos nosotros…

***

La literatura de Héctor, qué memoria fértil. Como la del que fue su amigo Fernando Vallejo, algún día se encontrarán otra vez, aunque sea en los sueños de sus glorias… A Fernando Vallejo lo descubrí en París, sentado al sol. Había comprado en francés su La virgen de los sicarios… Una escritura absorbente, como un bebedizo de ritmo y de gloria, y también de gloria maldita, como la revelación de una nueva manera de contar el mal y el bien en una especie de vallenato que incluye muerte y amor y violencia y música en la Sabaneta de Medellín… Fui luego el editor de ese libro, y conocí a Fernando, que es una de las personas más adorables y pacíficas con las que he tenido relación en todos los años de mi vida, capaz sin embargo de arrasar, desde el lenguaje, desde la mirada incluso, con los paisajes que parecerían lechos de paz para su vida. Denuncia como el Quijote, escribe como los dioses, pero su lengua escrita es como una brasa que da fuego a su país y al papa. Un genio que ha hecho de su amor por Colombia un monumento de vidrio que rompe los ojos del que se acerca a tocarlo. La sangre que produce es también amor y es literatura.

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Entre todos los hombres y las mujeres y los libros y el paisaje y la historia tan dura que ha sufrido Colombia hubo, en las conversaciones que ocurrieron, en las relaciones que he mantenido, siempre tuve la sensación de que aquella dureza de la vida que representó el asesinato como forma de amedrentamiento tenía su metáfora mayor en el disparo que segó la vida de don Héctor, el padre de Héctor Abad. Cuando lo conocí era aquel joven que ya he descrito, pero dentro de sí tenía un habitante que ahora esa Colombia capaz de acabar con la vida de quien más quería. De modo que cuando escribió al fin (en 2006) El olvido que seremos y lo publicó, me pareció que la purga de su corazón nos alcanzaba a todos, a los colombianos y a los que queríamos a Colombia.

Ese libro era como el don apacible de su carácter, escrito sin otro vuelo que el de contar, nos señaló exactamente el origen ruin de la matanza que había en Colombia, la naturaleza sin alma del terrorismo disfrazado de guerra patriótica por una parte y por la otra, y además tenía como víctima a un hombre bueno, don Héctor, escrito por un hombre bueno, su hijo, al que yo jamás le he quitado de mis recuerdos como aquel joven que acompañaba, en las horas tristes que todo escritor tiene cuando no encuentra eco de sus primeros libros, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. De pronto, leyéndolo en la misma playa tinerfeña donde ahora explico estos recuerdos, Héctor fue creciendo como un adulto, y su literatura se convirtió en Colombia, con sus heridas familiares verdaderas, un llanto que parecía, siendo sobre un hombre solo, aunque fuera un padre, un llanto por todos los que antes habían sido acribillados por metralla del mismo origen, el odio. Ese muchacho de guedejas rubias se hizo adulto con ese libro, que precedió, por las casualidades que tiene la vida, en la señal que se dio en Colombia para que se fuera envainando la maldad de la guerra.

Unos años antes de la publicación de ese libro decisivo para mi propio y personal entendimiento de lo que había sucedido en Colombia, estuve en un desayuno en un hotel como inglés de Bogotá. Allí estaban amigos como Conrado Zuluaga, R. H. Moreno-Durán y la poeta María Mercedes Carranza… Hablábamos del porvenir de aquel desastre, y ella, que estaba penando porque un hermano había sido secuestrado y no sabía nada de él, dijo que aquel desafuero sólo lo arreglarían cincuenta años más o un poeta. Ella se suicidaría meses después (11 de julio de 2013) de esa profecía triste, dicha en medio de las discusiones sosegadas que de todos modos tenía con sus compañeros…

Moreno Durán me dijo que este país, Colombia, abrigaba el síndrome del doctor Jekyll y míster Hyde: lo que hace de día lo deshace de noche. Se refería a aquel proceso de paz que entonces parecía la duda permanente y que aquella noche de Medellín era evidente que iba descarrilar si no lo remediaba un poeta.

No fueron cincuenta años, sino algunos menos, cuando Colombia fue llamada a votar a favor de la iniciativa de paz más seria de los últimos decenios. Estaba abierta una esperanza a la que se sumó Héctor Abad Faciolince, que padeció tan grandemente la herida del terror. Él quería paz, sus palabras eran de paz, la paz que su padre buscó hasta que fue abatido por el horror mezquino que encerró en el frío a su país y a su gente aterida… Y en su pueblo, Medellín, viví la noche en que ese referéndum iba a decidir al menos el estado de ánimo con el que Colombia se enfrentaba a la disyuntiva: sí o no a la barbarie de matar…

Ahí triunfó el no, que luego recondujo la política, pero cuando se supo el mal resultado, de tan mal augurio, sentí que se estremecía en mi el lector de El olvido que seremos, e imaginé el rostro de aquel joven que escribió ese libro… Él era en cierto modo el poeta que reclamaba la poeta Carranza, y los años que lo precedían eran los años que quizá habían pasado simbólicamente para que Colombia fuera otra, el país soñado y verde y libre de la mala sangre. En aquella reunión en la que estaba la poeta que auguraba cincuenta años para que acabara el asesinato de los hombres por los hombres y también de la poesía, R. H. Moreno Durán me dijo que este país, Colombia, abrigaba el síndrome del doctor Jekyll y míster Hyde: lo que hace de día lo deshace de noche. Se refería a aquel proceso de paz que entonces parecía la duda permanente y que aquella noche de Medellín era evidente que iba descarrilar si no lo remediaba un poeta.

Siempre he soñado que algún día se hará la luz en Colombia y será de día a todas horas, y serán los libros y la buena voluntad los que habrán ayudado a que los hombres sean libres para tener en su sitio la alegría y la esperanza sin que una bala, como aquella que mató al padre de Héctor, esté por el aire amenazando acabar con la paz del aire y de la noche y de la vida. Ojalá Colombia, ojalá.

Leyendas de Roma (1)

La frase italiana se non é vero é ben trovato viene a cuento para ilustrar las leyendas de Roma, que vamos a repasar. Significa que con una pequeña vuelta de timón, se convierte  en verídico lo que antes no lo era, consiguiendo que sean aceptadas por todos, las ideas escondidas bajo un lenguaje mistérico.

El Campidoglio

La plaza del Campidoglio se encuentra en el centro mismo de Roma, cercano a la Piazza Venezia, al Foro y al monumento a Vittorio Emanuele (también llamado La Tarta). Reúne todos los requisitos para ser admirado por los turistas y por los curiosos del arte. En el centro, se encuentra una figura ecuestre que en principio se creía representaba a Constantino, primer emperador cristiano, pero que más adelante, se consideró que era la representación de Marco Aurelio montado sobre un caballo de bronce.

Decía la leyenda que “cuando el caballo de Marco Aurelio se volviese de oro, ése día sería el momento del Juicio Universal”.

Plaza del Campidoglio (Roma). Foto: © Wikimedia Commons/ Palickap

Han pasado los años, las décadas y los siglos, y el bronce continúa con el verdín del tiempo y del propio metal, con alguna huella dorada.

El augurio no se ha producido todavía y quizá nunca se haga realidad, pero los romanos miran con sospecha y angustia si entre el moho del caballo, crece la mancha dorada, como queriendo perpetuar en la materia, su propio deseo de inmortalidad…

La Bocca della Veritá

¿Quien no ha introducido su mano en la Bocca della Veritá?  Turistas, niños, parejas, multitudes, se acercan a la cabeza del Tritón para probar su suerte y comprobar qué sucede… Sin embargo, pocos conocen el origen de esta historia tan original.

En el Medioevo, se sometía al Juicio de Dios a los posibles culpables de delitos, haciéndoles meter la mano en la boca del bajorrelieve, al tiempo que repetían en alta voz, sus afirmaciones y defensas. Si mentían, la mano quedaba cortada, pero si decían la verdad, quedaba intacta. Sin embargo los jueces de los tribunales ayudaban un poco al oráculo como elemento ejemplarizante, o para no perder su veracidad ante el pueblo. Ponían detrás de la figura, un esbirro con una espada afilada, para segar la mano de los delincuentes en los casos en los que la opinión del tribunal estaba fijada previamente. De esa manera, se hacía justicia con los condenados y se salvaba el renombre de los jueces…

Hoy en día nadie cree en los oráculos y mucho menos en éste mito. Sin embargo los niños que han sido cogidos en flagrante mentira por sus padres, son obligados a confesar su culpa, bajo la amenaza de introducir su mano en La Bocca della Veritá

La “Bocca della Veritá” (Roma). Foto: © Wikimedia Commons./Jorge Franganillo

Nieve el 5 de agosto

También los milagros son frecuentes en Roma. Han sucedido, suceden  y sucederán. Es cuestión de interpretarlos.

Así, la Basílica de Santa María la Mayor, debe su realización a un precioso milagro. Hacia el año 350 vivía en Roma un patricio muy devoto y millonario. No teniendo descendientes, deseaba que a su muerte, toda su riqueza se emplease en una obra de Dios. Pidió a la Virgen que le ayudase, dándole una señal para guiarse. Aquella noche, la del 5 de Agosto, se le apareció la Virgen en sueños y le dijo que debía construir una iglesia en el lugar donde encontrase nieve fresca en la madrugada siguiente.

Debo decir que la nieve en Roma es algo casi imposible, incluso en los meses de invierno, así que en agosto, cuando el calor y la humedad ahogan a sus ciudadanos, el anuncio de la nieve, puede considerarse un milagro en sí mismo… De hecho, los romanos llaman a ése mes ferragosto, como significando que un hierro (ferro) candente, cae sobre las calles de Roma haciendo enloquecer a sus moradores.

Incluso se decía que hace unos milenios, los ciudadanos de Roma, presos de la angustia que les producía el calor, tiraban sus muebles por la ventana en ésas fechas como prueba de su desesperación. Esto último no lo puedo afirmar con certeza ya que lo considero una exageración no muy comprobada, fruto de la intrepidez e inventiva de sus habitantes… Pero volvamos a la historia.

El patricio, dudoso de la veracidad de su sueño, fue a consultar al papa Liberio, quien para su asombro había tenido la misma visión aquella noche. La Virgen le había pedido que se acercase al Esquilino,  donde encontraría la nieve caída en el mismo lugar y que allí era donde tenía que edificar la Iglesia.

Basílica de Santa María la Mayor (Roma). Foto: © Wikimedia Commons./Pierre-Selim Huard

Por si fuera poco y para profundizar en el milagro, empezó a correr la voz por toda Roma de que había nevado en el Esquilino. El patricio y el papa se acercaron al lugar y admiraron el blanco tapete de nieve, señalando el lugar deseado por la Virgen.

La basílica de Santa María Maggiore fue edificada inmediatamente, aunque ha sido sometida a varias restauraciones a lo largo de los siglos (en el año 432, el 1.750 etc…), sin embargo, cada 5 de Agosto se dice una misa conmemorativa del precioso milagro, durante la cual, caen desde la cúpula central, una serie de pétalos de flores blancos,  asemejando copos de nieve, en recuerdo del misterioso suceso acontecido aquel 5 de agosto…

El obelisco de San Pedro

La colocación del obelisco en medio de la Plaza de San Pedro en el Vaticano es producto de esta leyenda conocida y aceptada por el pueblo romano.

Se dice que había sido erigida en otro lugar diferente al que ahora se encuentra y que varios papas desearon cambiarle de sitio para embellecer la plaza, pero no  llevaron a cabo la obra por su gran dificultad y trabajo. Nicolás V (1447-1455), Pablo III (1.534-1549), Gregorio XIII (1572—1585) lo intentaron, pero fue Sixto V (1585- 1590) quien tuvo el valor de llevar a término la empresa.

Siendo la altura del obelisco de 25 metros y el peso de 350 toneladas, se necesitaba la fuerza de 800 hombres y de 75 caballos para movilizarla.

La plaza de San Pedro con el obelisco en el centro (Roma). Foto: © Wikimedia Commons./Draupnir3

Su realización fue encargada a Doménico Fontana, quien, ante la dificultad y el peligro que se avecinaba, oyó la misa con todos sus trabajadores para pedir ayuda a Dios y luego dio una orden incomprensible a sus ayudantes: solo ellos podían estar presentes en la plaza, mientras duraba el trabajo y debían permanecer en silencio absoluto bajo pena de muerte para quien desobedeciera la orden.

El 10 de septiembre debía ser alzado el obelisco, levantándolo de la base y depositándolo verticalmente, cuando sucedió lo inesperado: las cuerdas que lo ataban cedieron y la mole empezó a caer verticalmente… Cuando la situación parecía sin esperanza y el silencio mortal rodeaba la plaza se oyó un grito que decía: ¡Agua a las cuerdas!… Un marinero genovés, con larga práctica y familiaridad en el uso de las ataduras de las naves, había encontrado, él solo, la solución a esta terrible catástrofe. Las cuerdas bajo la acción del agua, se tensaron y el obelisco quedó perfectamente colocado….

Faltaba sin embargo el cumplimiento de la ley, y ésta decía que el marinero de nombre Brescia no la había respetado y por consiguiente debía ser condenado a la pena de muerte. Sin embargo fue llamado ante el papa y perdonado de su castigo, al tiempo que se le animó a pedir una gracia al sumo pontífice  por su gran decisión y hazaña. Habiendo nacido en Liguria, donde crecen palmas y flores en los jardines, pidió al papa el privilegio para él y sus descendientes de abastecer al Vaticano las palmas del Domingo de Ramos, y así le fue concedido.

El monopolio fue acordado y la familia y descendientes del pobre marinero Brescia consiguieron de este modo unos ingresos jugosos que les condujo a un bienestar económico de por vida.

La Piazza Navona

Es bien conocido que los dos arquitectos más famosos del Seiscientos, Bernini y Borromini se odiaban a muerte debido a sus celos artísticos y al deseo de cada uno de ser el mejor. Su envidia se materializó cuando,  Borromini llevó a cabo la Iglesia de Santa Agnes en la Plaza Navona, y Bernini, fue encargado de realizar una fuente monumental en el centro de la Plaza, es decir enfrente de la Iglesia de Borromini…

Llevó a cabo La fuente de los cuatro ríos: El Danubio (Europa), el Ganges ( Asia), El Río de la Plata (América) y el Nilo (Egipto). Pero como expliqué en mi libro Lo que esconde la Mitología, las figuras representativas se tapaban la cara o se ponían de espaldas hacia la iglesia de Santa Agnes, para demostrar su horror y su desprecio ante la obra de su enemigo.

Podía terminar aquí esta leyenda, sin embargo tiene una justificación y un final, que no conté en aquella ocasión y que sin embargo endulza y justifica la historia.

La Piazza Navona (Roma). Foto: © Wikimedia Commons./ Georges Jansoone (JoJan)

Según avanzaba la construcción de la Fuente, Borromini se dio cuenta de que Bernini había hecho mal los cálculos de entrada del agua, de forma que una vez construido, el reservorio del acuífero era insuficiente, y por tanto no podría correr ésta durante mucho tiempo. Su técnica constructiva era superior a la de Bernini y en consecuencia encontró su venganza a sabiendas de que la inauguración de la fuente, sería un verdadero fracaso…

Borromini esperaba con impaciencia la solemne inauguración, pero pasaba el tiempo y ésta no llegaba y, mientras tanto, Roma se reía de él a la vista de las esculturas de la Fontana.

Una noche, desesperado, se fue de juerga con sus amigos y , en medio de su embriaguez gritó: ”Reíros de mí, pero reirá mejor el que ría el último. La fontana ha sido construida con cálculos erróneos…».

No tardó mucho un compañero de Bernini que se encontraba en la fiesta, en ir a decirle a su amigo lo que había oído de Borromini… En absoluto secreto y de noche,  acudió Bernini a buscar la causa del error pero no encontró la solución por ninguna parte, así que comprendió que tenía que recurrir a su enemigo Borromini para conseguir averiguarla. Sin embargo prefería morir antes de humillarse ante su contrincante.

¿Qué hizo? Como tantas veces en la historia de la Humanidad,  lo más fácil era recurrir al sexo débil, y así lo hizo. Borromini  tenía una sirvienta, bastante fea y vieja para ayudarle en los trabajos de la casa. Bernini mandó a uno de sus discípulos, el más joven y atractivo, que acudiese a la casa y conquistase el corazón de la desgraciada mujer, hasta el punto de permitirle echar una ojeada a los famosos cálculos de la fontana.

El resultado de tan ingeniosa idea, fue que el día de la inauguración, Borromini comprendió con desesperación que no había problema alguno en el correr del agua de la fuente y que el triunfo de Bernini había sido total.

Verídica o no, esta leyenda trasciende los límites de la realidad, y al tiempo nos sumerge en el alma romana tan llena de ingenio, de espejismos y de gracia.

San Pedro y San Pablo en el recuerdo

San Pablo llegó  Roma en el año 61 para ser juzgado y condenado a muerte. Pero antes fue encerrado en un lugar que ahora se nos muestra como un mundo tranquilo inmerso en el sueño y rodeado de flores y árboles. Me refiero a Le tre Fontane, donde el santo fue objeto de suplicio.

Cuenta la leyenda que al ser decapitado, la cabeza sangrante del santo rebotó tres veces en el pavimento y, en esos tres puntos surgieron tres inesperadas fuentes. De ahí el nombre de Tre Fontane.

Abadía de Tre Fontane (Roma). Foto: © Wikimedia Commons./Andrea Bertozzi

En el lugar del martirio, los cistercienses fundaron una Iglesia, que pasó más adelante a los franciscanos, quienes tuvieron que abandonarla debido a la malaria que infectaba la zona. Solamente hacia 1868 los trapenses franceses consiguieron el modo de superar la maldición y erradicar la enfermedad.

Era conocido que los eucaliptus tenían la propiedad de absorber mucha agua y la experiencia había demostrado que en las zonas donde estaban estos árboles, disminuía el número de anofeles, el mosquito transmisor de la malaria. Los monjes plantaron unos cuantos eucaliptus de forma que mejoraron las condiciones sanitarias del lugar. Los fieles lo atribuyeron a causas milagrosas,  hasta el punto de que hoy en día acuden a beber agua o se lavan en ella como remedio contra cualquier enfermedad.

San Pedro es recordado en la Iglesia de San Pietro in Vincoli  donde se guardan las cadenas con las que fue apresado. Los dos apóstoles sufrieron nueve meses de prisión en la carcel mamertina que se ubica a los pies del Campidoglio y donde se cuenta que tuvo lugar la siguiente leyenda:

En un sótano oscuro y húmedo en el que parece imposible la supervivencia humana, san Pedro, mediante la palabra, consiguió convertir al cristianismo a dos de sus carceleros y a cuarenta presos encerrados con él. Quiso bautizarles, pero le faltaba el agua, de forma que pidió ayuda a Dios y al momento brotó una fuente, gracias a la cual pudo llevar a cabo los bautizos de los antes mencionados… Los romanos, una vez más, creyentes y devotos, acuden hoy en día a la Cárcel Mamertina para beber el agua de la fuente y así curar todos sus males.

Los medallones de los papas en San Pablo de Extramuros

He contado al principio que a veces las leyendas parecen no encontrar salida a un final ejemplarizante. Pero los romanos con esa intuición cargada de inteligencia, encuentran siempre la solución retorciendo un poco, solo un poco, la realidad.

Voy a demostrarlo con la explicación de este mito. San Pablo es Extramuros es una de las cuatro fabulosas basílicas romanas. Construida después de la promulgación del Edicto de Milán por el emperador Constantino (en virtud del cual se terminaron las persecuciones a los cristianos), fue construida  en un primer momento como una pequeña iglesia para que los fieles honrasen a san Pablo. Enseguida se vio que  era necesario ampliarla. Se derribó la primera, manteniendo solo el ábside principal y se construyó la más grande basílica papal después de San Pedro del Vaticano. Consta de cinco naves, la central y cuatro naves laterales, sostenidas por 80 columnas de granito.

Interior de San Pablo de Extramuros. Foto: © Wikimedia Commons./ Antoine Taveneaux

León el Grande (440-461), ordenó la realización de una serie de retratos de todos los papas desde San Pedro hasta el actual papa Francisco. En la noche del 15 al 16 de Julio de 1823, un terrible incendio destruyó la Basílica. Se hundieron las naves y solo permaneció erguido el transepto que por milagro soportó la caída.

El papa León XII fue quien abordó la reconstrucción. No teniendo suficiente dinero para cubrir los costes, pidió ayuda económica al mundo católico mediante una encíclica, y de hecho la recibió con creces, no solo por los fieles sino incluso por el Zar Nicolás I, que regaló varios bloques de malaquita y lapislázuli que sirvieron para los dos altares laterales. Fue reconstruida de forma idéntica a la anterior, con piezas rescatadas del incendio y enriquecida con columnas de alabastro regaladas por el Rey Fhad I de Egipto.

…Y hasta aquí la historia de la Basílica, pero ¿donde está la leyenda? Tenía yo 14 años y vivíamos en Roma. Mi padre era entonces consejero cultural de la Embajada de España ante el Quirinal  y yo visitaba con frecuencia las basílicas, los barrios y los museos romanos para enseñarlos a los españoles que venían a hacer turismo.

Se contaba entonces, que el día que se cubriese el último hueco donde estaban los retratos papales, ése sería el momento del Juicio Final. El gran problema era que quedaba solo un hueco, y el pontífice que se asentaba en aquel momento en la Silla Papal era Pío XII y según el oráculo, el instante de su muerte acarraría el final de la Humanidad.

Cada vez que visitaba Santa María Maggiore sentía un cierto escalofrío, como si todos nosotros estuviéramos emplazados por el efímero paso el tiempo… ese  Tiempo que como he dicho alguna vez es el gran enemigo del hombre, porque aunque estemos en “perpetua guerra” por vencerle, éste acaba siempre consumiendo a los seres humanos.

Meses más tarde nos fuimos de Roma y francamente olvidé el oráculo y el misterio. Pasaron más de 25 años y ya casada y con hijas, volví a la Ciudad Santa con mi marido en virtud de que él había sido nombrado presidente de la  conferencia general de la FAO de 1979.

Entonces me acordé de la amenaza mistérica y acudí a la basílica a ver cómo lo habían resuelto los romanos. Y fue asombroso comprobar su sentido del humor y su ingenio: habían colocado otra hilera de retratos papales debajo de la existente y de esa forma cabían muchos papas más…

Allí estaban Pío XII llamado Eugenio Pacelli (1939-1958), Juan XXIII llamado Giuseppe Roncali (1959-1963), Pablo VI  llamado Giovani Montini(1963-1978), Juan Pablo I que solo permaneció en la silla papal un mes y dos días, llamado Albino Luciani; y finalmente Juan Pablo II (1978-2005.) llamado Karol Woytyla  (1978-2005.)

Años más tarde colocaron también el retrato de Benedicto XVI y del actual papa Francisco, siendo éste, el número 265 desde el Obispado de San Pedro…

Los romanos habían vencido a Saturno, es decir al Tiempo en la mitología clásica, cosa que, ni las Pitonisas ni las Sibilas ni los Augures habían conseguido en la Antigüedad. Para ellos, el deseo de lo imposible era el  triunfo de la inteligencia. Pero en Roma todo es posible: contraer el tiempo y alargarlo, vencer la dificultad de lo insuperable con su pensamiento y con su fe, hacer que en el mar gris del mundo todo sea perpetuamente posible.

Y así lo real y lo irreal se confunden y se mezclan, desde el punto de vista que cada cual ocupa, permitiéndonos ver, que no siempre lo más verdadero es lo que parece más verosímil,  o recordando a Maurois, podríamos decir, que “las leyendas renacen a menudo de ellas mismas y están muy cerca de ser y de convertirse  en realidad…”.