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Ver productosFabrizio Hochschild fue secretario general adjunto de Naciones Unidas para operaciones estratégicas. Ex excoordinador residente y humanitario de la ONU en Colombia.
El autor del artículo constata que, en treinta y tres años de trabajo en Naciones Unidas en cinco continentes, no conoce ningún otro proceso de paz que le haya dado tanta importancia a las víctimas, como el de Colombia. Hochschild se centra en ese aspecto positivo, sin dejar de señalar graves carencias del proceso, como el hecho de que haya comunidades de Colombia que siguen amenazadas por la violencia, o el confinamiento y desplazamiento de la población. Y destaca tres puntos sobre el papel de las víctimas en el proceso. En primer lugar, que se incluyeron en la agenda de negociaciones. En un ejercicio que jamás se había hecho antes, —subraya— se llevaron a La Habana a 60 víctimas en cinco delegaciones para que intervinieran formalmente en la mesa de negociaciones. Eran de diversas clases sociales y tendencias políticas, pero se unieron en un mensaje común: “Lo que nos pasó a nosotros no puede pasarle a nadie más”. En segundo lugar, el sistema de justicia transicional que se creó “es probablemente el más ambicioso de cualquier proceso de paz”. La Corte Penal Internacional reconoció que se pudieran reducir sentencias punitivas cuando los victimarios inculpados colaborasen al reconocer la responsabilidad penal, desmovilizarse o participar en el esclarecimiento de la verdad. Lo cual supuso un reconocimiento de la complementariedad de la justicia punitiva con otros elementos de la justicia transicional. En tercer lugar, el sistema de Justicia Transicional sirvió para visibilizar el horror de la guerra.
El autor se plantea, finalmente, si es posible replicar las buenas prácticas del proceso de Colombia a otros conflictos armados. En muchos de estos ha sido clave el papel jugado por representantes de la Iglesia. Otro común denominador de todos ellos, a la hora de buscar soluciones, es ir contra el crimen organizado y sus lazos internacionales; así como actuar sobre el caldo de cultivo que para la violencia representan la pobreza, la carencia de oportunidades para los jóvenes, y la falta de presencia del Estado. Investigar la relevancia de las lecciones del proceso de Colombia para otros conflictos pudiera ser una aportación importante a la paz en la región, concluye Hochschild.
S i se puede resumir en una frase la perspectiva internacional sobre el proceso de paz con las FARC en Colombia, sería la siguiente: un proceso que en su diseño fue innovador y ejemplar pero que ha tenido atrasos graves y otras carencias en su implementación, una parte importante de la cual queda por hacer. Quizá el mayor ejemplo de la disonancia entre el acuerdo y la realidad es respecto a las víctimas.
En treinta y tres años de trabajo con Naciones Unidas con víctimas en cinco continentes no conozco ningún otro proceso de paz que haya dado tanta importancia a las voces de las víctimas. Ni conozco otro proceso que creara tantos mecanismos para asegurar la implementación del modelo de justicia transicional adoptada y la no repetición.
Sin embargo, después de la firma del acuerdo, sigue creciendo el número de víctimas en Colombia y sobre todo en los municipios donde el proceso de paz debiera haber tenido el mayor impacto.
Las comunidades de Colombia que deberían haber sido objeto de los dividendos del acuerdo de paz están siendo actualmente amenazadas por una violencia persistente aunque transformada. La tasa de homicidios es, en promedio, más que el doble en los municipios PDET (Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial) —los más afectados por los sesenta años de conflicto con las FARC— que en el promedio nacional.
Los homicidios selectivos a defensores de derechos humanos y líderes sociales siguen en números altísimos. Entre diciembre de 2022 y marzo de 2023 ya se habían denunciado (sin verificar) 35 homicidios, casi nueve homicidios por mes.
Los confinamientos y desplazamientos de la población siguen en números altísimos: más de 100.000 personas desde el año pasado viven confinadas en sus territorios por cuenta de las disputas entre grupos armados.
Pero el conflicto —dejando al lado al ELN (Ejército de Liberación Nacional)— ahora es distinto: hay fragmentación de grupos que tienen intereses locales; ninguno quiere tomar el poder nacional por las armas, sino perpetuar su hegemonía local. Las economías ilícitas, son el mayor incentivo: minería, coca, extorsión y corrupción para apropiarse de dinero público.
Sin embargo, a mí parecer el tratamiento de las víctimas en el proceso sí ha tenido un aspecto positivo importante. En particular, las instituciones creadas a partir del acuerdo con las FARC, ha hecho que más víctimas tengan un rostro.
La inclusión de las víctimas en el proceso de negociación con las FARC fue clave para humanizar el dolor de la guerra, incrementar la legitimidad del proceso y hacer que avanzara en un momento en el que estaba paralizado.
Destacaría tres puntos importantes sobre el papel de las víctimas en el proceso con la FARC que, en mi experiencia, no tienen precedentes:
Primero. El proceso de paz incluyó a las víctimas en uno de los cinco puntos de la agenda. El fin, según el acuerdo final, era de mostrar que “resarcir a las víctimas está en el centro del acuerdo.”
Como consecuencia de ello, en 2013 las comisiones de paz del Congreso y del Senado encargaron a las Naciones Unidas reunir victimas para traer sus aportaciones a la mesa de negociación. Organizamos en varias regiones reuniones con cientos de víctimas para escucharlas y resumir sus perspectivas que transmitimos luego a los negociadores.
Una demanda principal que surgió de estos foros fue que las victimas deberían ir a La Habana para poder presentar sus perspectivas directamente a los dos partes [los representantes del Gobierno y los representantes de las FARC]. Esa demanda fue transmitida al presidente Santos, que después de una discusión interna, aprobó la propuesta.
En un ejercicio que jamás se había hecho antes de una manera tan estructurada, entre agosto y diciembre de 2014, llevamos a La Habana, junto con la Iglesia y la Universidad Nacional, a 60 víctimas en cinco delegaciones para que intervinieran formalmente en la mesa de negociaciones.
Eran víctimas de todos los victimarios. En esa época las negociaciones eran cerradas y las víctimas fueron el primer grupo de representantes de la sociedad civil que pudieron intervenir formalmente con los representantes del gobierno y de las FARC (1).
Hicimos un trabajo enorme para elegir entre los más de cinco millones de víctimas del conflicto, a sesenta personas, víctimas de crímenes emblemáticos. Algunos eran de alto perfil, como el general Mendieta y el gobernador Alan Jara, secuestrados durante años por las FARC, o Marisol Garzón, hermana del humorista Jaime Garzón asesinado por paramilitares y militares.
Otras eran víctimas desconocidas, como Luz Marina Bernal Parra, madre de un discapacitado que fue asesinado y encontrado en una fosa común, un caso más de los llamados “falsos positivos”; o Débora Barros, una indígena wayuu de la Guajira, líderesa de las víctimas de una masacre de los paramilitares en la que fueron asesinadas cinco mujeres de su familia. O una líderesa afrocolombiana del Cauca, víctima de amenazas y de los ataques contra su comunidad, que era activista de los derechos humanos y el medio ambiente, en aquella época poco conocida en Colombia… hoy lo es más, porque se trata de la vicepresidenta de la República, Francia Marquez.
Vinieron víctimas de muy diversas clases sociales, ocupaciones, etnias y tendencias políticas completamente contrarias. Sin embargo, en sus intervenciones no se perdieron en sus diferencias, ni en la extrema polarización del debate nacional sobre el diálogo con las FARC, sino que se unieron todos alrededor a un mensaje (2): “Lo que nos pasó a nosotros no puede pasarle a nadie más; la paz tiene que avanzar”.
Según varios integrantes de las dos delegaciones, el testimonio que ellos compartieron —muy humano, mesurado, fáctico, elocuente y valiente— ayudó no solamente a avanzar en la discusión sobre el tema de las víctimas, sino también en todo el proceso en un momento en el que estaba atascado. Sirvió para poner ante los negociadores la realidad de los que más sufren de la guerra; y enmarcó las discusiones no en las diferencias políticas, sino en el dolor sin fin y universal que la violencia había provocado.(3).
Según el padre Pacho de Roux, ex padre provincial de los jesuitas y actual presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad: “Las victimas cambiaron, de ese modo, el desarrollo de las conversaciones de La Habana… lograron que las conversaciones se centraran en este problema fundamental: la negación entre nosotros del valor sagrado de la vida.”
La gran mayoría de las sesenta victimas que se desplazaron a La Habana fueron mujeres. Un aspecto poco conocido del proceso es que ellas se unieron de manera informal en cada visita juntamente con las mujeres de la delegación de las FARC y la delegación del Gobierno. Lo cual fue un aportación a la construcción de confianza y quizá ayudó también a promover una actitud más pragmática frente a los temas de negociación.
Segundo. El sistema de justicia transicional que se creó es probablemente el más ambicioso de cualquier proceso de paz y uno de los pocos de esta sofisticación que no incluye un elemento importante de justicia a través de un mecanismo internacional (4).
En un avance normativo importante, la Corte Penal Internacional —que estaba en modo de investigación preliminar con Colombia—, reconoció que se pudieran reducir sentencias punitivas por crímenes definidos en el Estatuto de Roma, cuando los victimarios inculpados hacían aportaciones a otros elementos de la justicia transicional: El reconocimiento de la responsabilidad penal, la desmovilización, la garantía de la no repetición, y la participación en el esclarecimiento de la verdad, entre otras medidas.
En un discurso clave, el 13 de mayo de 2015 en la Universidad del Rosario, James Stewart, fiscal adjunto de la Corte, concluyó: “Estas medidas podrían justificar una reducción de la pena que, de otro modo, sería proporcional a la gravedad del delito y al grado de responsabilidad del autor”.
Se trató de un reconocimiento importante de la complementariedad de la justicia punitiva con otros elementos de la justicia transicional y también de la necesidad de ver todos los elementos de la justicia transicional de manera holística. En mi opinión, fue el primer pronunciamiento de la Fiscalía de la Corte al respecto y abrió la puerta para el sistema y los mecanismos que nacieron del acuerdo.
Tercero. El sistema de Justicia Transicional —Comisión de la Verdad, Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), Unidad de Búsqueda de personas desaparecidas— ha visibilizado el horror de la guerra.
Un colega nacional de Naciones Unidas —y él mismo víctima de la guerra—, que ha seguido los procesos de paz de Colombia muy de cerca, dijo: “Hemos empezado a conocer hechos, testimonios, dolores que de otra manera no habríamos sabido. También hemos visto actos públicos de reconocimiento de responsabilidades.
Como consecuencia del sistema de la justicia transicional, empezamos a ver cada vez más un avance hacia un arrepentimiento de los victimarios guiados por la contrición (por el genuino deseo de enmendar el daño y arrepentirse) y menos por la atrición (por miedo al castigo).”
Ante la pregunta de ¿cómo pueden UNIR y la Fundación Ciudadanía y Valores (FUNCIVA) apoyar a los procesos de paz y reconciliación en América Latina tomando a Colombia como ejemplo? Lo primero que hay que tener en cuenta en el contexto colombiano es que el conflicto armado, la violencia y el posconflicto son temas ampliamente estudiados desde la academia nacional e internacional(4). Debemos tener en cuenta este ecosistema de desarrollo académico.
Habiendo dicho eso, puedo sugerir algunas preguntas para investigar.
¿Cómo se negocia con “nuevos” grupos armados que actuan en distintas regiones, con intereses menos políticos que económicos? ¿Qué incentivos se pueden ofrecer para que abandonen la violencia, cuando esa violencia es parte de un modelo de negocio ilícito extremamente lucrativo? Y además ¿qué limites se establecen en la justicia cuando los grupos armados no son considerados políticos, pero ejercen tipos de violencia propios de los conflictos armados internos?
A pesar de ser de la mayor importancia para el Continente, hay una falta de investigación sobre un tema tan controvertido como la negociación con grupos criminales.
Quiero destacar la labor importante de una organización que nació del proceso de paz en Colombia: The Institute for Integrated Transitions que ha publicado una serie de trabajos importantes al respeto.
¿De qué manera se puede incluir a las víctimas en estos procesos nuevos?
Si en el proceso con las FARC se logró incluir a las víctimas en las conversaciones de paz, hay que buscar mecanismos para humanizar estos nuevos esfuerzos de negociación del Gobierno. Hay diversas fórmulas para lograrlo, no solamente la fórmula que se usó con las FARC.
Para mí, quizá la más importante, es examinar la replicabilidad de las buenas prácticas del proceso de paz de Colombia, y en particular el modelo de justica transicional, a otros conflictos armados en otros países de la región.
Las diferencias entre los conflictos en Colombia, en el sur de Chile, en el Salvador, o en Honduras son enormes, pero hay al menos tres elementos en común:
En primer lugar, en muchos países latinoamericanos la Iglesia refleja la polarización que hay en la sociedad frente a la posibilidad de negociar con grupos armados al margen de la ley. Al mismo tiempo, es enorme y clave el papel de algunos integrantes de la Iglesia para facilitar tales procesos de manera siempre discreta y muchas veces secreta.
Es muy difícil pensar en la paz en Colombia sin figuras como Pacho de Roux o el padre Darío Echeverri o muchos más sacerdotes viviendo en las partes de Colombia más golpeadas por el conflicto que, día a día, se ponen del lado de las víctimas para promover la paz local. Hay mucho que aprender de los esfuerzos de una parte importante de la Iglesia sobre negociaciones locales, el activismo por las víctimas y las características de mediaciones que rinden resultados.
En segundo lugar, en casi todos los conflictos de la región hay un elemento importante o dominante del crimen organizado. El uso de violencia no es tanto, para fines tradicionales políticos si no para ejercer o ganar control sobre una región con fines de lucro y crear un vacío en el Estado de derecho, un espacio sin régimen de la ley para hacer crecer negocios ilícitos.
Además, aunque muchas veces los grupos y el conflicto responden a dinámicas muy locales, hay lazos con economías y grupos que transcienden fronteras. Por ejemplo, el conflicto entre el Estado y los mapuches en Chile es un conflicto local que empezó en la época colonial, pero hoy esta nutrido, según varias fuentes, por organizaciones criminales de Venezuela, notablemente El tren de Aragua. Y el crecimiento de las maras en El Salvador tenía que ver, como se ha documentado, con las políticas de deportaciones desde las cárceles de los Estados Unidos.
Y en tercer término, en las raíces de la mayoría de los conflictos del continente hay otro elemento en común: las regiones o los barrios con mayor incidencia de violencia se caracterizan por pobreza y marginalización, por una carencia de oportunidades para los jóvenes, y por una falta de presencia del Estado más allá de las fuerzas armadas, incluyendo la provisión de justicia conforme con un Estado de derecho.
El proceso de paz en Colombia intentó enfrentar estas últimas características de negocio ilícito, vínculos regionales, pobreza y marginalización. Y en lo acordado, sí lo logró.
Pero no está claro que se pueda replicar. Por ejemplo, los mecanismos de la justicia transicional que salieron del acuerdo se construyeron sobre la base de una estructura de justicia nacional robusta y sofisticada. No está claro que esto se puede replicar fácilmente en otros países.
Investigar la relevancia de las lecciones del proceso de Colombia para otros conflictos pudiera ser una aportación importante a la paz en la región.
NOTAS
(1 ) Por una descripción y análisis detallado de estas visitas, vease padre Darío Echeverri, El corazón de las víctimas, Bogotá 2016, https://dev.comisiondeconciliacion.co/wp-content/uploads/2021/05/El20corazon20de20las20victimas_compressed_compressed-3-3.pdf
(2) Padre Pacho de Roux, ex padre provincial de los jesuitas y actual residente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad en La audacia de la paz perfecta. Bogotá 2018: Las víctimas a través de sus visitas “dejaron claro que el problema de fondo había sido y seguía siendo la capacidad de destruirnos, de excluirnos a muerte, de odiarnos, de rompernos, de someter a las comunidades y los pueblos al terror y al silencio…… Las victimas lograron que las conversaciones de La Habana se centren en este problema fundamental: la negación entre nosotros del valor sagrado de la vida y la aceptación de que siendo colombianos nos matábamos de manera absurda por razones ideológicos y políticas….Las victimas cambiaron de ese modo el desarrollo de las conversaciones de La Habana.”
(3) Cabe destacar que, a mi entender, es uno de los pocos ejemplos, si no el único, donde la Corte Penal Internacional estaba siguiendo formalmente la situación en un país —en este caso Colombia— y terminó, después de una investigación preliminar, concluyendo que los mecanismos previstos en el acuerdo eran suficientemente robustos para no necesitar la intervención de la Corte. Creo que el acuerdo de cooperación que fue firmado después es también una innovación.
(4) Cada mes se publican libros y artículos sobre las nuevas dinámicas de violencia y sobre el posconflicto. Todas las grandes universidades en Colombia tienen uno o varios observatorios y centros de investigación que monitorean y analizan el avance de la implementación del proceso de paz. Por añadidura, hay unos centros de pensamiento que explícitamente están designados en el acuerdo de paz para dar seguimiento a su implementación. El instituto Kroc (de la Universidad de Notre Dame), que monitorea la implementación de los acuerdos en su generalidad; y luego están el CINEP y el CERAC, las organizaciones que apoyan a los Notables (los expresidentes José Mujica y Felipe González).
John Kampfner. Escritor y periodista británico. Ha sido corresponsal en Moscú y Bonn, e informó de la caída del Muro y la reunificación de Alemania para The Daily Telegraph. Ha sido corresponsal político jefe del Financial Times y comentarista político de la BBC. Ha publicado otros cinco libros.

John Kampfner: Por qué los alemanes lo hacen mejor. Notas sobre la primera economía europea. Capitán Swing, 2023.
El autor, prestigioso periodista y comentarista, con experiencia profesional en Alemania, presenta una radiografía de este país por medio de algo como un sistema de coordenadas: un recorrido cronológico desde 1945, en el que destacan cuatro momentos históricos: la creación de la Alemania Federal (1949), el enfrentamiento con su terrible pasado (1968), la caída del Muro (1989) y la crisis de los refugiados (2015); y un análisis de diversos aspectos del país: la economía, la cohesión social, la política exterior, la inmigración, la memoria histórica o la figura de Angela Merkel. El balance es tan positivo como sugiere el título.
Aunque no carezcan de problemas o tareas pendientes, los alemanes extrajeron valiosas lecciones de su pasado y han sabido construir una sociedad cohesionada y estable, muy atenta al medio ambiente, y una economía social de mercado que está en la base de su milagro económico y se apoya en valores como el ahorro, la prudencia o la importancia de la vida comunitaria. Alemania, cuya constitución como República Federal en 1949 considera el autor uno de los mayores triunfos de la democracia liberal, le parece hoy la mejor esperanza de Europa, sobre todo tras la salida de Gran Bretaña, y un bastión del decoro y la estabilidad.
En el verano del 2020, recuerda el autor de este libro, algunos periódicos británicos que jamás hubieran dicho nada positivo de Alemania empezaron a preguntarse porqué los alemanes lo estaban haciendo mucho mejor. John Kampfner decidió recoger ese guante, y reconoce que, cuando empezó pensar en la respuesta afirmativa que sugiere el título, la veía más como una hipótesis a verificar que como la constatación de una realidad. «Pero a medida que iba examinando cómo han abordado su historia reciente, su manera de hacer política, su manera de hacer negocios, su manera de gestionar las crisis, su trato mutuo y su actitud en relación con el resto del mundo, fue aumentando mi convencimiento de que en efecto [los alemanes] lo hacen mejor». El estilo alemán es lento pero seguro. Su reticencia a innovar, a arriesgarse, puede tener un efecto paralizante, admite Kampfner. Pero esa manera puntillosa y reflexiva de proceder ha actuado como un escudo protector frente a los bandazos imprevistos y ha permitido a Alemania superar con éxito los cuatro momentos clave de su historia posterior a 1945.
El libro desarrolla la tesis del título a través de diversos aspectos de la realidad del país (política exterior, cohesión interna, inmigración, papel de una figura destacada como Angela Merkel…), tomando como mojones históricos los cuatro momentos clave aludidos: 1949, cuando se crea la arquitectura política de la RFA, «uno de los mayores triunfos de la democracia liberal»; 1968, cuando, ante la interpelación de los jóvenes a la generación anterior, el país encara su pasado; 1989 y la caída del Muro, y la crisis de los refugiados de 2015.
Tras constatar que «ningún país ha causado tanto daño en tan poco tiempo» y que «ningún país ha conseguido tan buenos resultados en tan poco tiempo», el autor sostiene que «Alemania se mantiene firme como bastión del decoro y la estabilidad», que, «en comparación con las alternativas que se ofrecen en Europa y más allá, tienen muchos motivos de orgullo» y que «la Alemania actual es la mejor que ha conocido el mundo».
En la reconstrucción física, política y moral de Alemania (hasta 1989, el libro se centra en la RFA occidental) la memoria colectiva juega un papel importante. Si en un primer momento, predominó un vaivén entre el recuerdo y el olvido, incluso el silencio en aras de reconstruir una nación devastada, más tarde se impuso una tarea de expiación que dio paso a un intenso estado de alerta moral, todavía vigente y provechoso.
Y si ha habido una coyuntura que haya puesto a prueba al país, esta fue la de la reunificación. Proceso cuyo mayor error le parece a Kampfner el de no haber sabido encontrar a más personas del Este capaces de ocupar puestos de responsabilidad. Pero, pese a todos los errores y agravios, Alemania llevó a cabo lo que otros no habrían sido capaces de hacer, sostiene el autor con palabras que –iguales o parecidas- se repiten a lo largo del libro. «¿Qué otro país podría haber capeado una situación como esa con tan pocos altibajos? La tarea habría arruinado a otros Estados y el trauma social habría sido mucho mayor».
Una excepción a esa integración de personas del Este es Angela Merkel, dirigente que —le parece al autor— tiene un lugar de honor entre sus colegas. «Ella ha sido la personificación del profundo anhelo de estabilidad del país». La fiabilidad y la prudencia han sido dos de las características dominantes de la vida en la Alemania actual, y ambas las ha personificado esta mujer que ocupará un lugar en la historia mucho más destacado que la mayoría de sus homólogos europeos y occidentales.
Merkel jugó un papel importante en «uno de los momentos más extraordinarios de la rehabilitación de Alemania después de la guerra», la crisis de los refugiados de septiembre de 2015, cuando la espontánea solidaridad de la gente hizo que Alemania mostrara su mejor cara. «Ningún país manifestó ni por asomo una generosidad equiparable». Merkel ha destacado también en la tarea de recordar el Holocausto, «una responsabilidad que no acaba nunca» y cuya conciencia forma parte de la identidad nacional alemana, según sus propias palabras. Aunque la relación con la inmigración se haya vuelto más complicada en Alemania, nada corrobora la sospecha de que las tendencias xenófobas sean allí más pronunciadas. El aumento de la intolerancia en los últimos años es global, y lo que distingue a Alemania es su contexto histórico, que es precisamente lo que permite albergar la esperanza de que resistirá mejor a la era de la intolerancia.
La asignatura pendiente de Alemania es la política exterior, y la pregunta a este respecto es: ¿cuándo empezará a actuar como una potencia de primer orden? En este aspecto, como en otros de los que se ocupa el libro, el autor repasa la trayectoria alemana desde 1945; concretamente sus relaciones con Estados Unidos y con la URSS y luego Rusia. Con esta última, Merkel mantuvo (por oposición a su predecesor, Gerhard Schröder) una línea dura, asumiendo incluso un riesgo muy poco de su estilo, pero que define su mandato, y logrando la «hazaña notable» de no haberse dejado intimidar nunca por Putin. Lo malo es que, al igual que Schröder, muchos alemanes conceden al Kremlin el beneficio de la duda (el libro es anterior a la invasión de Ucrania). Actitud preocupante, pero (insiste el autor en lo que parece un estribillo) muchos países, antes de criticarla, deberían ver qué hacen ellos. Como sea, el futuro se presenta más incómodo, y, como dijo la propia Merkel, ya no se pueden apoyar en otros. Ya no son la criatura protegida que han sido demasiado tiempo y, tras el brexit, Alemania ha devenido la piedra angular de Europa. Le corresponde jugar un gran papel y tomar decisiones difíciles; ese es el reto del actual canciller.
Pero si en algo destaca Alemania es en su milagro económico, basado en la economía social de mercado, síntesis entre la libertad de mercado y la protección social. Esta economía se basa, a su vez, en el llamado Mittelstand (la clase media); las empresas medianas, que ocupan a las tres cuartas partes de la fuerza de trabajo alemana, generan más de la mitad de su producto económico. El Mittelstand se caracteriza por la vinculación regional, los lazos familiares (las empresas familiares generan alrededor del 80% del PIB alemán), responsabilidad social y el acento en la especialización (muchos de los empresarios más exitosos han ideado un solo producto). Otro aspecto destacado de la economía alemana es la presencia por ley de los trabajadores (elegidos habitualmente por la vía sindical) en los consejos de administración. Esa participación tiene efectos neutros o muy positivos según todos los criterios de evaluación del éxito empresarial; y contar con sindicatos fuertes y canales de participación regulados es preferible a una representación de los trabajadores más débil y airada, y menos predecible. «Los alemanes no ven ninguna contradicción entre el éxito económico y la cohesión social… Cuando en Alemania se convoca una huelga, se trata invariablemente de un último recurso, y la mayoría suelen desembocar en un compromiso». Por supuesto, ni el país carece de problemas (la puntualidad de los trenes es nula, leemos con estupefacción) ni de tareas pendientes, como poner orden en un sistema financiero desastroso o progresar en el campo de las tecnologías de la información y la comunicación, y la inteligencia artificial. Pero nada de eso demuestra que el sistema haya dejado de funcionar o que no siga obteniendo mejores resultados que sus rivales.
La cohesión social, plasmada como tal en documentos oficiales del Ministerio del Interior (en qué otro país ocurriría algo así, se pregunta el autor), tiene otras facetas. Además de las tradicionales coaliciones de gobierno (de socialdemócratas y conservadores o, como ahora mismo, de liberales, verdes y socialdemócratas), algo que parece anecdótico y, a primera vista, un inconveniente, como los limitados horarios de las tiendas, es la manifestación de un orden de prioridades más equilibrado, con la vida comunitaria como eje social.
Algo en lo que Alemania fue pionera es la preocupación por el cambio climático. Su movimiento verde, ligado al principio a la agenda antinuclear, es uno de los más antiguos e influyentes del mundo. El medio ambiente, siempre importante en Alemania, hoy ocupa la primera línea de su guerra cultural. «Los alemanes han enraizado el ecologismo en el corazón de sus comunidades como pocos países lo han hecho».
Una conclusión del libro es que «el sentido de identidad nacional que desarrollaron los alemanes después de la guerra está basado en la vergüenza por el legado nazi y la aversión al mismo, junto con las lecciones que hubo que aprender». Por eso «en Alemania no ha sido necesario recuperar valores que el mundo anglosajón había desdeñado perentoriamente como anticuados, como la familia, la responsabilidad personal y el papel del Estado. Simplemente no se habían perdido». Alemania ha instaurado un nuevo paradigma de estabilidad, y en esta época de nacionalismo, contrailustración y miedo, es la mejor esperanza de Europa, en opinión del autor del libro.
Ignacio Sánchez Cámara. Catedrático de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos. Colaborador del periódico digital El Debate. Académico correspondiente de la Academia Argentina de Ciencias Morales y Políticas y de la Española de Jurisprudencia y Legislación. Ha sido consejero de Educación de la Embajada Española en Italia, Grecia y Albania.
El autor de este texto sostiene que el aumento de los derechos ha conducido a un declive de los mismos. Las razones apuntan hacia su fundamento. A partir de ahí Ignacio Sánchez Cámara plantea, en primer lugar, una reflexión sobre el significado de tener un derecho, y escribe: «Tener un derecho es poseer la obligación de coaccionar a todos los demás, a toda la sociedad, para satisfacerlo». Desde este punto de vista los derechos fundamentales se reducirían a tres: derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. El autor recuerda que no se trata de un producto de la Modernidad sino que la «teoría de los derechos surge en la Edad Media entendidos como límites al poder real». De ese modo los derechos nunca serían concesiones del Estado, sino límites frente a él.
El tema de los fundamentos lo inicia el autor a partir de una anécdota que cuenta Maritain en su obra El hombre y el Estado. En las discusiones sobre la redacción del contenido de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, alguien manifestó su extrañeza al ver que defensores de ideologías opuestas se ponían de acuerdo: «Claro, estamos de acuerdo en esos derechos a condición de que no se nos pregunte por qué». El autor defiende que «el verdadero fundamento de los derechos humanos es religioso» y «que durante siglos se ha intentado ocultar esta fundamentación religiosa o incluso negarla». Con éxito, hasta el punto de que «en la actualidad los derechos humanos pasan a ser considerados como positivos, no naturales; se tienen como absolutos. Lo cierto es que la verdad es justo lo contrario. Es la moral la que es absoluta mientras que el derecho es relativo y variable». Y concluye reiterando que el verdadero fundamento de los derechos humanos es religioso, pues estos «son exigencias de la ley natural, de la ley moral, aunque tienen carácter verdaderamente jurídico. Por eso cabe hablar de derechos naturales».
La hipótesis que me propongo analizar afirma que vivimos, al menos en España, un profundo desorden jurídico, y que buena parte de la causa de esta situación se encuentra en el estado de los derechos humanos. La hipertrofia de los derechos, su crecimiento patológico, ha conducido a su declive.
Las dos cuestiones filosóficas por excelencia son el sentido y el fundamento de la realidad en general o de alguna en particular. La primera se refiere al qué y la segunda al por qué. Así, las dos cuestiones filosóficas referidas a los derechos serían qué son los derechos y cuál es su fundamento o razón de ser. El principio de razón suficiente puede formularse, según Heidegger, así: Nada es sin razón o fundamento. En este sentido, es posible enunciar cuáles son los derechos que todo hombre tiene por el hecho de serlo y además cuál es la razón o fundamento en el que estos derechos se apoyan. Una cosa es determinar qué derechos tenemos, y otra aducir las razones o motivos por los que los tenemos. Y la cuestión del fundamento es, evidentemente, fundamental. Se trata, pues, de las razones de los derechos.
En primer lugar, debemos ocuparnos del concepto de los derechos, de su sentido, de cuáles son. Es el problema del concepto del derecho subjetivo. ¿Qué significa tener un derecho? Una conducta puede resultar despenalizada. Antes era un delito y ahora ha dejado de serlo. Pero eso no significa que constituya un derecho. Simplemente, no está castigada. Una conducta puede ser lícita, estar permitida, sin constituir un derecho. Por ejemplo, yo puedo sentarme en un banco de un parque público sin que nadie me lo impida. Pero siempre que haya un puesto libre. No puedo exigir mi puesto. Puedo viajar de vacaciones a Grecia, pero no tengo derecho a ello. Tengo derecho a vacaciones con sueldo, pero no a viajar donde me apetezca. Tener un derecho es poseer la obligación de coaccionar a todos los demás, a toda la sociedad, para satisfacerlo. Por eso, Kant afirmó que el derecho (subjetivo) consiste en la capacidad de obligar o coaccionar. No existe un derecho a todo lo que no está penado ni a todo lo que es lícito.
Existe una hipertrofia de los derechos y un crepúsculo de los deberes (Gilles Lipovetsky). Cada día se nos reconocen más derechos, de forma retórica, y se vulneran los fundamentales. Si hay un derecho a todo, no hay un derecho a nada. La tendencia actual consiste en convertir el deseo (si acaso con la condición de que no cause un daño a otro, y no siempre) en derecho. Se entiende que el libre desarrollo de la personalidad obliga a la consideración de todo deseo como derecho. Un ejemplo claro es el del derecho a la salud. En realidad, no existe el derecho a la salud. Si así fuera, el enfermo podría recurrir a los poderes públicos para que se le restablezca la salud. En realidad, sólo hay un derecho a la prestación sanitaria, y eso sólo dentro de los límites que permita la situación económica de una nación. La hipertrofia de los derechos coincide con el olvido de los deberes. Pero no hay derecho que no vaya acompañado de algún deber correlativo. Tenemos derecho a la educación, pero también el deber de estudiar. Además, todo derecho lleva consigo el deber general de respetarlo. No hay derechos sin deberes.
En este sentido, hay derechos problemáticos, derechos que en sentido estricto no lo son. Así, muchos de los llamados derechos económicos y sociales. Nuestra Constitución, con buen criterio, no los considera derechos fundamentales, sino principios rectores de la política económica y social. Nadie, creo, puede estar en contra de que toda persona tenga una vivienda digna (aun cuando el adjetivo sea un concepto muy indeterminado), pero si existe un derecho a la vivienda, toda persona que no posea una podría exigir a los poderes públicos que le proporcionen una. Y así con el derecho al trabajo y tantos otros, por no hablar del derecho a la felicidad. La Constitución de los Estados Unidos estableció el derecho a buscar la felicidad por uno mismo, pero jamás afirmó la sandez del derecho a la felicidad.
Pero si hay derechos problemáticos, siendo condescendiente, hay derechos imposibles. Por más que los establezca un Parlamento, muchos o la comunidad internacional. Se puede defender el castigo penal del aborto, su despenalización y su licitud. Pero no es posible defender con razón un derecho al aborto. Ni tampoco un derecho a morir. Conservar la vida es un derecho (y un deber), morir y matar no. No existe un derecho a morir, pues si lo hubiera, existiría el correspondiente deber de matar.
Los derechos naturales, en su sentido clásico, constituían, y constituyen, limitaciones al poder del Estado. Los «nuevos derechos» producen el efecto contrario: el incremento del poder estatal. Los derechos fundamentales son el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. Y conviene recordar que no se trata de productos de la Modernidad. La teoría de los derechos surge en la Edad Media entendidos como límites al poder real. Es cierto que no se trata de derechos propiamente democráticos, sino de los derechos erigidos por los nobles frente al Rey. Pero se trata de límites, barreras, resistencias frente al poder. Los derechos surgen en los castillos, no en la Bastilla. Los derechos nunca son concesiones del Estado, sino límites frente a él. La libertad no es algo que se recibe por concesión del poderoso, sino algo que uno se toma.

En una ocasión, afirmó el filósofo del derecho italiano, Norberto Bobbio que después de la aprobación de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, «el problema de los fundamentos ha perdido gran parte de su interés. Si la mayor parte de los Gobiernos existentes están actuando de acuerdo en una declaración común, es signo de que han encontrado buenas razones para hacerlo». Lo decisivo es que se respeten y no las razones que se aporten para su justificación. No puedo compartir su tesis. Por un lado, porque filosóficamente es una posición insostenible. Pero lo peor es que la cuestión del fundamento influye en la determinación del contenido. Cuenta Jacques Maritain, en su libro El hombre y el Estado, que durante una de las reuniones de la Comisión nacional francesa de la UNESCO en que se discutía sobre los Derechos del Hombre, alguien manifestó su extrañeza al ver que ciertos defensores de ideologías violentamente opuestas se habían puesto de acuerdo para redactar una lista de derechos. Y ellos replicaron: «Claro, estamos de acuerdo en esos derechos a condición de que no se nos pregunte por qué». Con el por qué comienza la discusión. Pero el por qué es decisivo no sólo filosóficamente, sino también para determinar el contenido. Es fácil conseguir un acuerdo en favor de la declaración del derecho a la vida. Compromete a poco. Pero sin la determinación del fundamento del derecho a la vida, su contenido queda indeterminado. No entienden del mismo modo el contenido del derecho a la vida quienes la consideran como un don de Dios indisponible para el hombre que quienes la conciben como una mera propiedad de ciertos seres que llamamos vivos. En este sentido, según quién hable, la afirmación del derecho a la vida puede ser compatible con la pena de muerte o con su exclusión, con la legalización del aborto voluntario o con su prohibición, con la permisión de la eutanasia o con su proscripción. No hay auténtico acuerdo. Defendemos el derecho a la vida mientras no se nos pregunte por qué. Pero la cuestión del fundamento influye decisivamente en la determinación del contenido.
Algo semejante puede aplicarse al derecho de propiedad. La Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU proclama que «todos tienen derecho a la propiedad, individual o colectivamente». El acuerdo no planteaba problemas. Todos quedaron conformes: los países democráticos y liberales, los socialistas y comunistas y los del Tercer Mundo. Aquí ya no se trata sólo de omitir la cuestión del fundamento. Es que el contenido queda abierto. Para cumplirlo basta con que haya propiedad privada o colectiva. Todos cumplen. Con estas palabras no pretendo desacreditar una Declaración que posee un alto valor histórico, pero sí advertir de que el acuerdo es más bien nominal y retórico.
Tampoco entienden del mismo modo la naturaleza y fundamento de los derechos las diferentes actitudes hacia la persona y la vida social: el individualismo, el colectivismo y el personalismo. En este sentido son muy relevantes las reflexiones de Maritain en su antes citado libro El hombre y el Estado.
Se tiende en nuestro tiempo a invertir la naturaleza y el carácter de las relaciones entre la moral y el derecho. Se extiende la idea, a mi juicio equivocada, de que la moral es algo relativo que, por ello, puede quedar encomendada al criterio de la mayoría, mientras que, y precisamente por ello, el derecho es absoluto. Los derechos humanos pasan a ser considerados como positivos, no naturales, y como absolutos. Lo cierto es que la verdad es justo lo contrario. Es la moral la que es absoluta mientras que el derecho es relativo y variable. Esto no significa que no existan deberes morales particulares, no universales. Es lo que sostiene el perspectivismo. Max Scheler postuló la existencia (para algunos paradójica) de «lo bueno en sí para mí», de algo que es bueno en sí mismo, pero sólo para mí. El propio Scheler sostiene que el relativismo ético es insostenible porque todo relativista es un absolutista de lo relativo. No niega lo absoluto, sino que convierte en absoluto lo que, de suyo, es relativo. Por ejemplo, el derecho.
No es extraño que los derechos humanos se hayan convertido en instrumento de propaganda y arma arrojadiza contra los adversarios o enemigos políticos. Estos derechos deben ser entendidos como algo propio de la persona y cuya validez no depende de su reconocimiento por el Estado. Los derechos no son nunca concesiones de los poderes públicos. Estos los reconocen y garantizan o no lo hacen. El Estado no es creador ni dispensador de derechos. Como afirma José María Rodríguez Paniagua, en su libro Moralidad, derechos, valores: «Sólo Dios en la concepción religiosa, sólo la moralidad en la concepción subrogada o paralela, pueden contar como puntos de referencia definitiva para determinar lo que corresponde al hombre en cuanto hombre, al margen y por encima del Estado o de cualquier otra instancia».
En definitiva, el verdadero fundamento de los derechos humanos es religioso. Sólo la concepción del hombre como creado por Dios a imagen y semejanza suya puede constituir el fundamento de la determinación de lo que le corresponde al hombre por el hecho de serlo, y, con ello, de los derechos humanos. Lo que sucede es que durante siglos se ha intentado ocultar esta fundamentación religiosa o incluso negarla. La fundamentación religiosa de los derechos humanos estaba incluida en el borrador de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos redactado por Jefferson. Después de afirmar que los hombres han sido «creados libres e independientes». Y añadía que «de esta creación igual derivan derechos». Al final se sustituyó por la fórmula «los hombres están dotados por su creador con derechos».
Esto no significa que sólo los creyentes puedan fundamentar los derechos humanos. Cabe también la fundamentación metafísica. Pero el verdadero fundamento de los derechos humanos es religioso. En definitiva, son exigencias de la ley natural, de la ley moral, aunque tienen carácter verdaderamente jurídico. Por eso cabe hablar de «derechos naturales».
La garantía de los derechos humanos requiere claridad y rigor. En caso contrario, será muy difícil escapar del desorden jurídico en el que nos encontramos. La filosofía debe prevalecer sobre la propaganda y la retórica.
José Ignacio Torreblanca. Coordinador de este número, profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations (ECFR) y patrono de la Fundación Felipe González.
Los casi 45 años transcurridos desde la firma, en 1978, de nuestro pacto constitucional han sido, sin duda alguna, los mejores de nuestra historia. En ellos se han resuelto o encauzado de manera satisfactoria los múltiples problemas y conflictos cruzados que han caracterizado nuestro pasado reciente. Gracias a ese pacto, la ciudadanía española disfruta hoy de la gama de libertades más amplia y profunda de su historia, y lo hace, tras haber puesto fin a décadas de aislamiento, junto a las democracias más avanzadas del planeta, de las que es socia y aliada. Esas libertades y derechos se ejercen, además, en un contexto de prosperidad económica también sin parangón en nuestra historia, y lo que es tanto o más importante, también en condiciones de igualdad y justicia social inéditas. Por lo demás, en un país fraguado sobre múltiples identidades y sentimientos nacionales, el reconocimiento de la pluralidad, el respeto de esas identidades y la protección y fomento de las lenguas y tradiciones tampoco tiene precedente.
Nada de ello puede ser utilizado para ocultar o minusvalorar los problemas que tiene la España de hoy. Pero sí para ponerlos en contexto. Desde luego, España tiene numerosos problemas: el envejecimiento, la desafección, la polarización, la desigualdad, el mantenimiento de la calidad de servicios y prestaciones públicos esenciales como la sanidad, la educación o las pensiones, la sostenibilidad medioambiental, la productividad o la despoblación. Problemas a los que hay que sumar aquellos que provienen de un entorno internacional cambiante dominado por la reaparición de la guerra en el continente europeo, la fragmentación de la globalización, la crisis del multilateralismo, las rivalidades entre grandes potencias y las dificultades para proveer bienes globales como la salud o el medio ambiente o la gestión de los flujos migratorios generados por un mundo desigual, en conflicto y carente de libertad y justicia social. Contribuir a la solución de esos problemas compartidos con otros es también nuestra obligación, aunque a veces el ensimismamiento nos impida entender cuáles son nuestras responsabilidades internacionales.
Sin embargo, con toda su gravedad y dificultad, los problemas que enfrenta España son, por fortuna, los típicos de los que adolecen las democracias avanzadas más prósperas y libres. En otros términos: lo que España ha dejado de «tener» es un problema o, mejor dicho, en la medida que las tesis sobre el «problema de España» pudieran ser ciertas, lo que es muy discutible y en cualquier caso excedería el propósito y alcance de estas páginas, España ha dejado de «ser» un problema. Y si lo ha dejado de ser, es sin duda gracias al pacto constitucional de 1978.
Como toda construcción, sería absurdo no admitir que en nuestro pacto político se observan algunas grietas importantes. Unas se deben al mero paso del tiempo, que ha desactualizado o puesto en evidencia lenguajes y estructuras de pensamiento que han evolucionado. Otras se deben a la desidia de los ocupantes del edificio, incapaces de mantener algunas estancias en condiciones de uso y habitabilidad. Pero otras se deben al socavamiento activo que algunos actores han practicado.
Unos lo han practicado desde dentro del sistema, como es el caso de los dos grandes partidos políticos, con unas miopías, egoísmos, ventajismos y acaparamientos institucionales (por no hablar de los daños generados por la corrupción y la financiación ilegal de los partidos), incompatibles con su papel sistémico. Otros han ejercido esa labor extramuros practicando un revisionismo cuyo objetivo en modo alguno ha sido ampliar, profundizar o incorporar a nuevas generaciones, sectores o territorios al espíritu y filosofía que alumbró el pacto de convivencia constitucional.
Entre ellos está la derecha radical que representa Vox, con su empeño en negar la pluralidad de identidades y sentimientos que constituye España y su sistemático cuestionamiento de consensos básicos internacionales como la violencia de género o el cambio climático. Les acompaña en la tarea la izquierda populista, empeñada en demoler desde el extremo opuesto la arquitectura constitucional misma con su propuesta de un modelo republicano y federalista que supondría la ruptura irreversible no ya del marco constitucional, sino del país. Y cierran el trío los irredentismos independentistas, siempre prestos, como se ha podido constatar en la reciente historia de España, primero en el País Vasco de ETA y luego en la Cataluña del 1-0, a partir sus propias sociedades en dos excluyendo y antagonizando a la mitad de su población como paso previo para romper con España.
Algo une a estos tres elementos que se han agrupado bajo una etiqueta impugnatoria: el negar que, en España, como en Europa, el único supuesto sobre el que se puede asentar la convivencia pacífica, la libertad, los derechos y la prosperidad es bajo esa divisa que en la Unión Europea se formula como «Unidad en la diversidad» y que nuestra Constitución dibuja en su artículo 2 articulando una nación política sobre un lienzo de diversidad de sentimientos e identificaciones.
No se trata de sacralizar el pacto constitucional ni de convertirlo en un tótem al que interpelar para resolver mágicamente nuestros problemas. En absoluto. La Constitución se puede y se debe reformar, pero siempre que se reproduzcan las capacidades de acuerdo que la forjaron. Y en ausencia de esas reformas, los pactos entre las grandes fuerzas políticas pueden permitir resolver mediante leyes orgánicas muchos de los grandes problemas que enfrentamos. De lo que se trata es de entender que con los mimbres que nos ha dejado la historia reciente, las diferencias (legítimas) que nos caracterizan, y los desafíos que nos plantea el presente y futuro, solo los acuerdos son capaces de movilizar las energías para progresar, individual y colectivamente.
Un buen número de esos pactos y acuerdos se analizan y discuten en este monográfico, cuya coordinación he asumido por encargo de la Fundación Felipe González, de la que me honra ser Patrono, y de Nueva Revista, a cuyo equipo quiero agradecer su trabajo y cuidadosa edición de los textos. Para diseccionar dichos pactos, entender cómo funcionaron, qué aportaron al progreso del país, qué aprendemos de ellos y cómo mantenerlos vivos y renovarlos de cara al futuro, hemos invitado a dieciséis autores de primer nivel provenientes de diversos campos del conocimiento académico, la praxis profesional y el activismo político. A lo largo de las siguientes páginas, y de la mano de sus autores, los lectores se adentrarán en una reflexión que hemos estructurado en tres partes desde tres ángulos complementarios.
En la primera, «el valor de los pactos», Víctor Lapuente nos señala una gran paradoja: que cada vez discrepamos más sobre diferencias que cada vez son más pequeñas y que se refieren a problemas sobre los que tenemos poco margen de actuación. Y encima lo hacemos de forma airada y pasional, con una dramática consecuencia: el estancamiento económico de nuestro país. A continuación, José Juan Toharia nos señala otra gran contradicción: que frente a la idea extendida de que la sociedad está dividida y enfrentada y que penaliza a los que pactan, la realidad es la contraria: la sociedad sigue siendo pactista, son los políticos los que han dejado de hacerlo, especialmente en el ámbito nacional, en contraste con municipios y comunidades autónomas, donde se pacta mucho más de lo que parece. Por su parte, Ignacio Urquizu examina la dinámica de los gobiernos de coalición y también nos deja una observación contraintuitiva: en ocasiones, puede ser más rentable pactar el gobierno con los diferentes que con los afines, ya que los socios de gobierno corren menos riesgo de entrar en disputas que supongan trasvase de votos entre ellos. Claro que eso exige unas negociaciones muy detalladas y mecanismos de coordinación y gobierno eficaces, lo que no siempre es el caso. Míriam Juan-Torres nos explica cómo y por qué funciona esa gran lacra democrática que es la polarización: se extiende más sobre los sentimientos, las identidades y las ideologías que sobre las políticas, y su consecuencia es que la política sea un juego de suma cero plagado de trincheras y bloques que nadie se atreve o puede cruzar para poder pactar. Por último, Soraya Sáenz de Santamaría reivindica la capacidad y voluntad de pactar precisamente en los momentos y temas más divisivos y de mayor enfrentamiento como vía para resolver los problemas de gran complejidad que enfrentamos y así desinflamar y prestigiar de nuevo la política.
En la segunda parte, «los pactos que somos, pactos para la convivencia», se analizan los mimbres con los que se ha tejido y salvaguardado la convivencia en la España democrática. Javier Moreno se adentra en el pasado reciente para mostrar que nuestro denostado siglo XIX tuvo y mantuvo un importante núcleo de pactos que, con todas sus imperfecciones y disfuncionalidades, permitió progresos importantes, entre ellos, una Constitución, la de 1876, inusualmente longeva (cuarenta y siete años). A continuación, Juan Moscoso examina los Pactos de la Moncloa, a los que también se refiere el presidente González en su prólogo, y enfatiza cómo consiguieron generar una dinámica de acuerdos y de confianza entre interlocutores políticos, económicos y sociales clave para resolver los problemas económicos del país, encauzar las negociaciones constitucionales y dejar instaurada e institucionalizada una dinámica de concertación y negociación colectiva que ha pervivido hasta nuestros días. Por su parte, José Enrique Serrano, en un texto que estará accesible próximamente en la versión en línea de la revista, analiza los elementos básicos que permitieron alcanzar el pacto constitucional. Le sigue Ramón Jáuregui con un análisis de una de las piezas más centrales, pero a la vez más delicada y frágil de nuestro entramado constitucional y de convivencia: el pacto territorial, siempre objeto de fricciones e incluso amenazas de desbordamiento, y cuyas posibles avenidas para la reforma discute en profundidad. Continúa Fátima Báñez con un detallado examen de los pactos sociales en España, también objeto de amplios acuerdos entre gobierno y oposición, imprescindibles para poder materializar los derechos que se proclaman en la Constitución y que muy oportunamente enmarca en un contexto internacional y europeo que nos habilita y a la vez obliga a esa concertación continua. Concluye José Antonio Zarzalejos con uno de los pactos de más alcance y profundidad alcanzados en España entre los dos grandes partidos: el Pacto Antiterrorista, reflejo de una sociedad ansiosa de disfrutar la democracia y ejercer sus derechos y libertades sin las coacciones ni imposiciones de aquellos que pagaron la generosidad de la democracia con ellos con una violencia exacerbada destinada a hacerla naufragar.
En la tercera y última parte del monográfico, «Pactos a los que mirar y en los que mirarnos», ahondamos ese recorrido por los grandes acuerdos que se han alcanzado en este país y sus problemas, limitaciones y necesidades de actualización. Elena Valenciano abre la sección con el Pacto Europeo, otro gran acuerdo que al hacer posible la reconciliación franco-alemana pone fin a los que los historiadores han denominado la «larga guerra civil europea». Se trata, no obstante, de un pacto que, como se ha visto en el contexto de la salvaje agresión unilateral de Rusia a Ucrania, ha vuelto a traer la guerra al continente, y que requiere completarse de tal manera que los valores y principios europeos puedan sobrevivir y hacerse valer globalmente. Por su parte, Cristina Monge nos habla de otro desafío existencial que enfrentamos, el cambio climático, que puede poner en riesgo tanto nuestra prosperidad como cohesión social, además de ser fuente de conflictos internacionales, pero cuya gobernanza es, inevitablemente compleja y descentralizada. A continuación, Ángeles Álvarez se centra en un pacto, el feminista y contra la violencia de género, que ha pasado de concitar un gran consenso político y social a sufrir un doble asedio: desde la derecha radical, empeñado, contra toda la legislación internacional, incluida la Convención de Estambul, en cuestionar su misma existencia, pero también desde una cierta izquierda que adoptando postulados muy dogmáticos, excluyentes y sectarios, ha partido el movimiento feminista en dos y dado alas al cuestionamiento de avances que se creían ya consolidados. En esta sección no hemos querido dejar de mirar al exterior, especialmente al mundo latinoamericano, también víctima de la polarización y huérfana de pactos, y por eso pedimos a Natalia Roa que nos explicara cómo se logró ese gran acuerdo de paz que permitió a Colombia superar la guerra civil más larga y con más víctimas del continente latinoamericano. Concluye María González Romero con un texto que no podía ser más oportuno y necesario como cierre del monográfico pues trata de cómo debemos educar a los niños para desarrollar el hábito y la cultura de pactos y acuerdos que los acompañarán cuando sean adultos.
«Pactos», «acuerdos», no «unanimidad» ni necesariamente «consenso», un término que en ocasiones se muestra tan pesado normativamente y tan absoluto y sin matices que acaba impidiendo el alcance de acuerdos que, por su naturaleza, tienen que ser pragmáticos, incompletos, imperfectos y revisables y ajustables a la evolución de la realidad. Unos son pactos con mayúsculas, otros con minúsculas, unos se conciben como medios, otros como fines, unos crean estructuras en los que la política es posible, otros conceden agencia a los actores para que puedan resolver problemas, unos son más estáticos, otros son más dinámicos. Los pactos, nos dicen los autores de este monográfico, son el mejor y más poderoso antiinflamatorio del que disponemos contra la mayoría de los males que aquejan a nuestras democracias. Son el músculo que permite ejercer la democracia de forma saludable, tanto para las instituciones como para los actores políticos y lograr que la política se ejercite honrando su fin último: servir a la ciudadanía.
Víctor Lapuente. Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Oxford, catedrático en la Universidad de Gotemburgo (Suecia) y profesor visitante en ESADE. En sus investigaciones, estudia la diferencia de calidad de los gobiernos y compara las políticas públicas de países.
Los grandes pactos son más necesarios que nunca para sacar a la política de la inercia continuista en la que ha caído, afirma Víctor Lapuente en este artículo. Es especialmente importante en el caso de España, porque en lo que llevamos de siglo nuestro país está estancado. En productividad y renta per cápita, calidad institucional y control de la corrupción, educación y natalidad, hemos progresado poco o nada. En las comparativas internacionales, hemos sido superados por países a los que llevábamos ventaja, como algunas naciones de la Europa del Este.
No ayuda la escasa tradición pactista en España y la ausencia, también extraña en el ámbito europeo, de fuerzas políticas centrales que actúen de bisagra, facilitando los acuerdos entre la izquierda y la derecha. En España, recuerda Lapuente, cada vez usamos más términos sentimentales y menos racionales. Dentro de los términos emocionales, predominan los negativos, y eso se nota especialmente en internet. Las redes sociales se han sumado a la deriva negativista de los medios de comunicación digitales creando «máquinas del cabreo»: algoritmos que viralizan los contenidos más irritadoramente polarizados.
Según Lapuente, el caos informativo actual tiene unas consecuencias más nocivas para las democracias que para las dictaduras porque toda democracia se basa en el debate y, por tanto, «un ágora contaminada de ruido, mentiras y gritos es incompatible a la larga con el funcionamiento del sistema». Para Lapuente, «la debilidad inherente a la democracia tiene la misma fuente que su fortaleza: la libertad de expresión».
El pacto cívico que España necesita no será posible si no hay un cambio en la ciudadanía. Lo particularmente pernicioso es la caída de la confianza que los españoles tienen en aquellas personas que no conocen personalmente, que no forman parte de su círculo familiar o de amistades. Nada es posible sin un mínimo de confianza en los demás.
Una aproximación pragmática al problema del pacto, por imperfecta que sea, parece lo más sensato para reconstituir un espíritu de acuerdo cívico.
La paradoja de nuestro tiempo es que cada vez hay menos diferencias sustantivas entre los programas de los grandes partidos, pero cada vez es más difícil que lleguen a pactos. En las democracias modernas el margen de maniobra de la política se ha estrechado mientras el frente de choque entre los partidos se ha ampliado. Pero que las divergencias en políticas sean pequeñas no quiere decir que los grandes pactos no sean necesarios, sino, todo lo contrario, lo son más que nunca para sacar a la política de la inercia continuista en la que ha caído. Solo acuerdos entre los principales actores políticos serán capaces de poner en marcha las reformas estructurales que España necesita para afrontar el futuro, del pacto intergeneracional a la regeneración institucional.
En lo que llevamos de siglo, España está prácticamente estancada. En productividad y renta per cápita, calidad institucional y control de la corrupción, educación y natalidad, hemos progresado poco o nada. En las comparativas internacionales, hemos sido superados por países a los que llevábamos ventaja, como algunas naciones del Este de Europa, y no nos hemos acercado a los países más avanzados. A quien más nos parecemos es a Italia, cuya economía apenas ha crecido desde la entrada en el euro. También nos estamos «italianizando» en otro aspecto fundamental: la creciente desigualdad territorial. Como en Italia, nuestras regiones del «norte» (País Vasco y Navarra en servicios públicos; Madrid en economía) se distancian de las del «sur» (la mayoría, incluida Cataluña). A eso hay que sumar la consolidación de la desigualdad económica y el incremento de la segregación escolar, que dificulta todavía más el funcionamiento del ascensor social. Los que crecimos en la España rural de finales del siglo XX y fuimos a sus colegios públicos, gozamos de unas oportunidades de movilidad social que no están al alcance de las chicas y chicos de hoy, sometidos a unas barreras cada vez más insuperables.
Para dinamizar un país adormecido no basta con un partido o una ideología concreta. Necesitamos el concurso de todas las energías, vengan de la izquierda o de la derecha. Desgraciadamente, eso es difícil en el contexto político a pesar de que, o más bien precisamente porque, las diferencias entre los partidos no son muy importantes.
Nunca ha importado menos que nos gobierne un partido de izquierdas o de derechas. A medida que las instituciones y políticas de una democracia se consolidan, las posibilidades de cambio se reducen. Los cambios de gobierno implican cambios graduales, no sistémicos, sobre todo en el contexto de la Unión Europea. En política económica, las instituciones europeas o bien determinan unilateralmente el camino, como ocurre con la política monetaria o la regulación de la competencia, o bien lo marcan con unos límites cada vez más precisos, de los presupuestos a los regadíos, pasando por las pensiones. En asuntos tradicionalmente controvertidos, como la pertenencia a la OTAN, las diferencias se han limado, y en las controversias más novedosas, de los derechos reproductivos a la gestación subrogada, las discrepancias son más superficiales que antaño.
La reforma de la conocida como ley del «solo sí es sí» es un buen caso de estudio. Miradas con lupa, las diferencias entre lo votado a iniciativa del PSOE y la propuesta de sus socios de gobierno eran infinitesimales. De facto, las consecuencias legales de que la violencia y la intimidación fueran consideradas un subtipo legal (como defendía la reforma) o un agravante aplicable a cualquier caso (como pretendían Unidas Podemos, ERC o Bildu) eran prácticamente idénticas. Como mucho, uno o dos años de cárcel de diferencia para unos supuestos muy determinados. Además, esas discrepancias prácticas fueron estrechándose todavía más durante las semanas previas al debate de la reforma en el Congreso. A medida que aumentaba el conflicto retórico, las diferencias sustantivas se iban evaporando. Sin embargo, la impresión general que intentaron transmitir los protagonistas es que las divergencias eran estructurales, que el futuro de la libertad y casi de la especie humana dependía de esa votación. Lo mismo se puede aplicar a muchos otros temas, de la ley de Vivienda a las rebajas del IVA: diferencias minúsculas, conflictos mayúsculos.
En general, la política, que debería ser una nevera que enfriara los debates sociales, se ha convertido en un horno que los calienta. Incluso ahí donde existe un relativo consenso ciudadano. No es un problema idiosincrático de nuestro país, fruto de nuestro cainismo secular, aunque no ayuda la escasa tradición pactista en España y la ausencia, también extraña en el ámbito europeo, de fuerzas políticas centrales que actúen de pivote o de «bisagra» facilitando los acuerdos entre las principales fuerzas de la izquierda y la derecha.
Esos lastres históricos de nuestro país se han visto agravados por dos tendencias globales en las democracias: el ascenso de la negatividad y de la trivialidad. La política se ha llenado de contenidos cargados, por un lado, de una emocionalidad negativa; y, por el otro, de un tono trivial. El resultado es un doble deterioro del debate público.
En primer lugar, toda la sociedad vive un auge de las emociones en el lenguaje —y una consecuente caída del discurso racional—. En «Ascenso y caída de la racionalidad en el lenguaje», un estudio publicado en la prestigiosa revista Proceedings of the National Academy of Sciences, se analiza el vocabulario de millones de libros, tanto de ensayo como ficción, publicados en inglés y español desde 1850 hasta 2019. Y lo primero que se observa es una tendencia esperanzadora, asociada a la industrialización: los términos ligados al procesamiento racional de la realidad (como «determinar» o «conclusión») fueron usados crecientemente en el periodo entre 1850 y 1980. Al mismo tiempo, las palabras ligadas a una interpretación emocional del mundo (como «sentir» o «creer») fueron perdiendo peso. Pero, a partir de 1980, se invierten estas tendencias: cada vez usamos más los términos sentimentales y menos los racionales.
Además, no todos los términos emocionales ganan el mismo peso, sino que predominan los negativos. Es un lugar común que lo negativo, lo trágico, atrae más que lo positivo. En las redacciones anglosajonas se ha hablado siempre del if it bleeds, it leads («si sangra, mueve»), haciendo referencia a cómo noticias con sangre suelen traer más ventas que las buenas. Y es también una asunción entre muchos analistas que esta tendencia se ha agravado con la digitalización y las redes sociales. Estas sospechas no siempre se han podido corroborar empíricamente, pero un reciente estudio publicado en la también prestigiosa revista Science documenta claramente cómo la negatividad alimenta el consumo digital de noticias. Para empezar, ese consumo es un fenómeno crecientemente relevante, pues la inmensa mayoría de ciudadanos en las democracias contemporáneas obtienen parte de su información a través de internet. Los medios online, aviesos conocedores de la psicología humana, y del hecho de que las informaciones negativas son más pegajosas en nuestro cerebro que las positivas, lo explotan para generar más clics, más tráfico y, por ende, más ingresos. En este estudio en concreto se manipularon los titulares de noticias, cuyo texto era idéntico, y en unos casos se insertaron palabras con connotaciones positivas (como «apoyo», «beneficio», «favorito» o «bonito») y, en otros, negativas (como «enfadado», «daño», «problemático» o «feo»). Los resultados son descorazonadores: la inclusión de términos positivos redujo significativamente el número de clics que una noticia recibía mientras que introducir términos negativos los aumentaba. Por cada palabra negativa las visualizaciones de una noticia incrementaban un 2,3 por ciento.
Las redes sociales se han sumado a la deriva negativista de los medios de comunicación digitales creando lo que el psicólogo Jonathan Haidt denomina la «máquina del cabreo»: algoritmos que viralizan los contenidos más irritadoramente polarizados. No fue siempre así. En sus tiernos inicios, las redes sociales cumplieron con su función primordial: conectar a los ciudadanos. Es icónica la portada de la revista Time con la cara de un joven Mark Zuckerberg declarado persona del año en 2010 con el alias «el conector». Eran tiempos de esperanza en el poder democratizador de las nuevas tecnologías. Las revistas, populares y científicas, se llenaban de estudios sobre cómo Facebook y otras plataformas servían para coordinar las acciones de protesta y articular las oposiciones democráticas a los regímenes autoritarios. Y, sin duda, las redes sociales jugaron un papel importante en, por ejemplo, las revueltas de la primavera árabe y movimientos liberalizadores inmediatamente posteriores.
Sin embargo, pasada su inocencia infantil, las redes sociales mutaron a una fase más oscura, que se puede fechar hacia el año 2009 cuando Facebook introdujo la opción del «me gusta» y Twitter el retuit. A partir de entonces, la obsesión de las plataformas ha sido maximizar la atención de sus usuarios y, para eso, han recurrido a todo un arsenal científico-tecnológico, que ha incluido tanto los más sofisticados algoritmos como los más sencillos experimentos científicos —comparando los efectos de una determinada manipulación en dos grupos de usuarios similares, uno de «tratamiento» y el otro de «control»—. El resultado es que un grupo pequeño de usuarios, los más radicalizados del espectro ideológico, se han adueñado de la mayor parte de discusiones de la plaza pública digital, con unos mensajes de ira que intentan despertar el sentimiento tribal de los receptores, utilizando sin escrúpulos las noticias falsas. Las redes se han convertido así también en «máquinas del caos». Algunos medios se han dado cuenta y, en una rectificación curiosa, la revista Time llevó de nuevo a Zuckerberg a su portada, pero, en esta ocasión, su rostro es más pálido y siniestro y con una ventana sobre su boca en la que se lee «¿Eliminar Facebook?» y dos opciones: «Cancelar» o «Eliminar».
El caos informativo actual tiene unas consecuencias más nocivas para las democracias que para las dictaduras. Porque toda democracia se basa en el debate y, por tanto, un ágora contaminada de ruido, mentiras y gritos es incompatible a la larga con el funcionamiento del sistema. Como ha observado algún agudo analista, el fascismo solo ha surgido en sistemas democráticos, ya fuera la República romana o la Italia de los años veinte. En las dictaduras no hay espacio para el surgimiento de fascismos, de líderes mesiánicos que se proyectan a través de un verbo envenenado, porque la palabra no tiene el mismo poder que en una democracia. La debilidad inherente a la democracia tiene la misma fuente que su fortaleza: la libertad de expresión.
Desgraciadamente, como recordaba hace poco el filósofo Yuval Noah Harari en The Economist, el problema de desinformación se puede agravar de forma exponencial con la inteligencia artificial. Pongámonos en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2024: ¿cómo sabremos que tal o cual noticia, o tal o cual foto, o tal o cual video con la voz real de un candidato, es verdadero o producido por un robot? La inteligencia artificial ha jaqueado el sistema operativo de la civilización humana y las consecuencias de esa intromisión son, en el mejor de los casos, perturbadoramente desconocidas.
De forma paralela al descenso en el tribalismo y la mentira, el mundo digital se ha transformado también en una «máquina de trivialidades». Como señala Haidt, la capacidad de viralización de las redes ha hecho que lo frívolo se magnifique hasta límites insospechados hace unos años. Por ejemplo, la discusión política en EE.UU. quedó secuestrada por el vestido que la representante Alexandria Ocasio-Cortez lució en la gala Met con el slogan tax the rich o por el abrigo que llevó Melania Trump a un aniversario del 11-S, cuyo bordado recordaba a una de las torres gemelas impactada por un avión.
En España tenemos nuestras dosis continuas de frivolidad, como el incidente de la celebración del 2 de mayo en Madrid cuando al ministro Félix Bolaños le fue denegado el acceso a la tribuna del desfile conmemorativo. A esto hay que sumarle un lastre característico de nuestro ecosistema mediático: el periodismo declarativo. Más que en otros países de nuestro entorno, en España los informativos de las televisiones, radios, amén de los medios digitales, abren a menudo con reproducciones literales de las palabras de los políticos. Conocedores de su valor «performativo», nuestros representantes —a todos los niveles, porque esto aqueja a todas las administraciones: estatal, autonómica y local, como mínimo, en los ayuntamientos más grandes, pero extendiéndose a otros— dedican una ingente, y creciente, cantidad de recursos a asesores de prensa, community managers y demás maquinaria para tratar de estructurar el debate público.
Que los poderes ejecutivos de nuestras administraciones destinen dinero público a la impúdica promoción de sus ocupantes es una tergiversación del principio de imparcialidad sobre la que, curiosamente, se habla muy poco en nuestro país y que resultaría inaceptable en, por ejemplo, una democracia del norte de Europa, donde se admitiría que el ministro X o la presidenta regional Y emitieran opiniones políticas desde su móvil y cuenta personal en horas fuera del trabajo y sin asistencia de ningún servidor público pagado con el impuesto de todos. El resultado es que somos una sociedad donde los trending topic están, a diario, copados por los nombres de los políticos mediáticamente más ruidosos. El número de seguidores en Twitter de nuestros líderes políticos también supera la media de seguidores que tienen sus correligionarios en otros países.
En este contexto de toxicidad negativa, tribalismo y frivolidad, un pacto entre los grandes actores políticos es una quimera. Los «nuevos políticos», que emergieron hace una década de la mezcla de escándalos de corrupción, crisis financiera y de representación, han envejecido rápido y mal. En lugar de tratar de atajar los problemas de fondo que acertadamente venían a denunciar —como el desprecio hacia el futuro, con unas perspectivas vitales menguantes para los jóvenes, y el deterioro de las instituciones, colonizadas por los grandes partidos y usadas como coto privado para colocar a amiguetes y para blindarse en el poder—, se han contagiado de, y en algunos casos, amplificado, los males de la vieja política. Si tuviéramos una revista Time española, son muchos los líderes políticos que podrían haber pasado, en el espacio de diez años, de una portada elogiosa bajo el eslogan del «conector» o el «reformador» a una en la que se pide su desaparición de la vida pública.
El pacto cívico que España necesita no será posible si no hay un cambio en la ciudadanía. Hay una lectura positiva, como los datos que presenta José Juan Toharia en este número: la sociedad española demanda pactos. Pero, desgraciadamente, también hay un lado negativo en la opinión pública: se ha desplomado la confianza ciudadana. Primero, en las instituciones públicas, lo cual es malo en sí mismo, pero admite correcciones si, por ejemplo, se consolidaran gobiernos vistos como ejemplares por la población. Lo particularmente pernicioso es la caída de la confianza social; es decir, la confianza que los españoles tienen en aquellas personas que no conocen personalmente, que no forman parte de su círculo familiar o de amistades. Uno de los efectos más destructivos de las crisis políticas es el que tiene sobre ese imprescindible pegamento social que facilita la vida cotidiana, desde hacer negocios a donar sangre o pagar impuestos. Nada es posible si no tenemos un mínimo de confianza en los demás.
Y una de las relaciones causales mejor documentadas en las ciencias sociales es la que va de unas instituciones públicas percibidas como corruptas a una sociedad donde la gente no confía en el prójimo. España sufre ese problema en estos momentos, sobre todo en aquellos lugares donde las instituciones han sido más manoseadas, como Cataluña, región que aparece, en algunos indicadores, como la comunidad con menos confianza social de España. En el extremo opuesto aparece el País Vasco, con una confianza social particularmente alta incluso para los estándares europeos. Con muchos problemas y arrastrando sombras del pasado, el País Vasco puede ser un buen lugar para que el resto de España se inspire a la hora de intentar vertebrar pactos entre las grandes fuerzas políticas. A pesar de algunas lagunas, el parlamento vasco presenta recientemente numerosos ejemplos de acuerdos amplios entre partidos políticos en posiciones ideológicas teórica y tradicionalmente antagónicas. Y, aunque el oasis vasco devenga un espejismo como el catalán, es mejor comenzar por experiencias cercanas que por la lejana e idílica Dinamarca.
Una aproximación pragmática, por imperfecta que sea, parece lo más sensato para reconstituir un espíritu de pacto cívico. Lo perfecto es enemigo de lo bueno siempre, pero en política es «El Enemigo», con mayúsculas. Han sido los vendedores de mundos perfectos quienes lo han puesto todo patas arriba. Para quien persigue una visión perfecta, y totalizante, de la política, sentarse con el rival es pactar con el diablo. Los defensores de esa política sacralizada son los enemigos de una cultura de pactos.
José Juan Toharia. Catedrático emérito de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente y fundador de Metroscopia, uno de los más destacados institutos de investigación de la opinión pública.
Las sociedades requieren, para sobrevivir como democracias, una predisposición permanente al diálogo, al pacto y a la cooperación entre los respectivos líderes políticos. No es usual, como ocurre ahora en nuestro país —recuerda José Juan Toharia en este artículo—, que sean los ciudadanos los que reclamen capacidad de negociar y de llegar a acuerdos a quienes son sus representantes. Tampoco es normal que los que tienen por misión negociar y alcanzar acuerdos lo más amplios posible sean quienes propendan a un clima de crispación en la vida pública que prácticamente los haga inviables.
Nuestra sociedad, en su conjunto, sigue siendo fundamentalmente pactista, pero sus representantes políticos ya no lo son, subraya el autor con datos de Metroscopia. Los españoles declaran sentirse, en este tiempo complejo y difícil, ajenos e indiferentes a un ruido político que les decepciona tanto como les disgusta. De forma masiva, los españoles creen necesaria ahora una suerte de «segunda Transición» que restablezca modos de relacionarse y actuar cívicos y pactistas. En plena pandemia del coronavirus, un 85 % de los españoles consideraba que la forma usual de actuar de nuestra clase política constituía un mayor peligro para nuestra vida colectiva y para nuestra democracia que lo que entonces estaba suponiendo la pandemia. Resulta difícil imaginar una evaluación comparativa más severa.
Desde hace ya cuatro decenios, el 80 % de los españoles sigue declarando su total identificación con la monarquía democrática, constitucional y parlamentaria ahora vigente en nuestra patria. Un idéntico porcentaje considera que nuestro actual sistema político, con todas sus posibles deficiencias o desgastes, constituye el mejor periodo político de toda nuestra historia. La disyuntiva realmente relevante en el mundo actual es entre más o menos libertad, más o menos pluralismo político, más o menos democracia. Porque en toda democracia avanzada, y con independencia de la forma que adopte la Jefatura de su Estado, la vida política es siempre, en su sentido semántico más estricto, «republicana»: es decir, cosa de todos.
En la actualidad, entre quienes en 2019 votaron al PSOE, solamente un 27 % piensa —como cabría esperar— que al PSOE y al PP les unan más cosas de las que les separan. Ahora bien, al mismo tiempo, un 67 % de esos votantes piensa que, pese a ello, PSOE y PP deberían buscar una cercanía política mayor que la que ahora mantienen: es decir, una interlocución razonablemente fluida, por encima de sus divergencias. Y, significativamente, esto resulta ser también (y de forma milimétricamente similar) lo que, por su parte, opinan quienes en las últimas elecciones generales votaron al PP: entre ellos, solo un 26 % cree que PP y PSOE tengan en común más de lo que les diferencia, y un 80 % opina que, por encima de esa distancia ideológica, ambas formaciones deberían tener una relación más estrecha.
Es decir, de forma igualmente mayoritaria, los electorados de los dos partidos que han tenido (y tienen) un papel determinante en la vertebración de nuestra actual democracia, coinciden en reclamar una mayor capacidad de diálogo y comunicación entre sus respectivos líderes, por encima de sus diferencias ideológicas.
Y ocurre, además, que incluso entre los propios votantes de Unidas Podemos y de Vox está asimismo ampliamente extendida esta idea de que PP y PSOE deberían acercarse políticamente en mayor medida (la expresan un 56 % y un 51 %, respectivamente) (1). Es decir, hasta los propios votantes de las dos formaciones más extremadas en los bloques ideológicos que lideran PSOE y PP se muestran proclives a una mayor y mejor conexión entre estos dos partidos. Y ello a pesar del continuado empeño de los líderes de UP y Vox en trazar entre aquellos una línea roja separadora lo más gruesa posible.
Estos datos permiten pensar que la pulsión ciudadana por el diálogo entre las distintas formaciones políticas (y, especialmente, entre las que mayor peso relativo tienen en nuestra escena pública) se encuentra tan extendida socialmente como, al mismo tiempo, desajustada respecto del estilo, tan sumamente acre, crispado, que ahora caracteriza a quienes protagonizan, dándose la espalda, la escena política nacional (algo que —conviene señalar— se da en mucha menor medida en la vida política municipal o autonómica).
Las sociedades fuertemente fragmentadas, con divisiones internas profundas y difícilmente conciliables, requieren —para lograr sobrevivir como democracias— una predisposición permanente al diálogo, al pacto y a la cooperación entre los respectivos líderes políticos. Ese entendimiento continuo «por arriba» permite canalizar la intensa tensión social existente, evitando las catastróficas consecuencias que su desbordamiento podría ocasionar. El caso de estas democracias «consociacionales», o de concertación, quedó ya certeramente codificado hace ahora 55 años por Arend Lijphart, en un texto justamente devenido referencia inexcusable (2). En contraste claro, y sin excesiva exageración, cabe pensar que la España actual podría constituir en buena medida el caso opuesto al tipo de situaciones límite que considerara Lijphart. No es ciertamente usual, como ocurre ahora en nuestro país, que sean los ciudadanos los que reclamen capacidad de negociar y de llegar a acuerdos a quienes son sus representantes para que canalicen, o resuelvan, las grietas o desgarros en el tejido social en vez de exacerbarlos. Y tampoco es usual que quienes tienen por misión negociar y alcanzar acuerdos lo más amplios, y por tanto más sólidos posible, sean precisamente quienes, de forma sistemática, propendan a crear un clima de crispación en la vida pública que prácticamente los haga inviables.
Ocurre, sencillamente, que nuestra sociedad, en su conjunto, sigue siendo fundamentalmente pactista; pero sus representantes políticos ya no lo son. Por ahora, la clara divergencia, en modos y estilo, entre representantes y representados solo se traduce en un creciente desapego de los segundos respecto de la actual vida política, con el consiguiente descrédito de quienes protagonizan la escena pública (pero no de la democracia misma, como más adelante se verá). La permanente belicosidad de la escena política no logra —al menos por ahora— traspasar la burbuja en que vive encerrada y, por tanto, no logra desteñir sobre la ciudadanía ni enfebrecerla, como parecería ser su objetivo. Los españoles declaran sentirse, en este tiempo complejo y difícil, fundamentalmente serenos… y cansados, según datos reiterados de Metroscopia: es decir, ajenos e indiferentes a un ruido político que les decepciona tanto como les disgusta.
En el actual imaginario colectivo de nuestra sociedad, la Transición a la democracia (quizá algo idealizada con el tiempo) ha adquirido ya, y ahora quizá además por contraste, la condición de referencia mítica. Ocho de cada diez españoles piensan hoy (igual que hace veinte años) que aquella constituye un motivo de orgullo para nuestro país. Esa misma proporción cree que aquel tránsito (trabajoso y complejo como fue) desde una dictadura de cuarenta años a una democracia plena fue posible por la altura de miras, capacidad de mutuo respeto, de concesiones recíprocas, de acuerdos y pactos entre líderes con posicionamientos ideológicos en ocasiones muy alejados. Su forma de actuar en aquel período ha quedado consagrada entre nuestra ciudadanía como un modelo de discusión y gestión de los asuntos públicos. De ahí que, una vez más de forma masiva (ocho de cada diez), los españoles crean necesaria ahora alguna suerte de «segunda Transición» que restableciera —entre la clase política— los modos de relacionarse y actuar que un día tuvo y que ahora ha perdido.
El actual radicalismo en las propuestas, las descalificaciones mutuas, la intransigencia en el debate, el dogmatismo y, quizá sobre todo, la permanente tendencia a trazar «líneas rojas» supuestamente intraspasables (sin otro fin que el de demonizar cualquier intento de contacto con quienes se encuentran fuera del propio, e impermeable, bloque ideológico) han contribuido, con seguridad, a que en esta hora los españoles, de forma masiva, piensen que quienes dicen actuar en su nombre en realidad no les representan.
Probablemente, el primer toque de atención sobre este —entonces incipiente— desacoplamiento entre ciudadanía y clase política se produjo en 2010: un 22 % de los españo
les declaraba en esa fecha considerar a los políticos como el tercer problema más importante de los que entonces pesaban sobre el país (3) (tras el paro, mencionado por un 78 %, y la situación de la economía, citada por un 53 %).
Apenas un año después (15 de mayo de 2011), la acampada de «los indignados» en la madrileña Puerta del Sol fue interpretada por un 71 % de los españoles como expresión del generalizado deseo ciudadano de regeneración de nuestra vida democrática para resintonizarla con la ciudadanía, como un día estuvo. La ciudadanía no lo entendió, pese al sentido que posteriormente se le intentó dar, como un cuestionamiento radical del que algunos —desde la presbicia que propicia el fanatismo ideológico— decidieron etiquetar como «Régimen del 78».
En abril de 2012, otro sondeo de Metroscopia captó la triple y severa acusación que la ciudadanía formulaba contra su clase política: desinterés (según un 90 %, no prestaba la atención debida a lo que realmente pensaba y quería el ciudadano medio); autismo autocomplaciente (para un 88 % los partidos solo pensaban en lo que les beneficiaba e interesaba a ellos); y endogamia: selección sesgada de sus efectivos, pues para un 73 % de la ciudadanía, los partidos, tal y como están organizados y ahora funcionan, difícilmente pueden atraer para la actividad política a las personas más competentes, mejor preparadas, y más representativas socialmente.
En 2020, ya en plena pandemia del coronavirus, un 85 % de los españoles consideraba que la forma usual de actuar de nuestra clase política (un permanente y crispado enfrentamiento) constituía un mayor peligro para nuestra vida colectiva y para nuestra democracia que lo que entonces estaba suponiendo la pandemia del coronavirus. Resulta difícil imaginar una evaluación comparativa más severa.
Finalmente, y desde 2021, un 84 % (en promedio) de la
ciudadanía viene reiterando su impresión de que los actuales políticos y partidos forman más parte de los problemas que pesan sobre España que de su posible solución.
Esta breve enumeración de algunos de los muchos datos de opinión disponibles en esta misma línea revela el intenso grado de decepción de los ciudadanos respecto de quienes, en principio, los representan. Los perciben desatentos y poco receptivos a lo que realmente preocupa e interesa a la sociedad, y con una forma de actuar y expresarse que masivamente reprueban. Los españoles distan mucho de coincidir con quien, desde un muy alto cargo del actual Gobierno, llegó a declarar que «hay que naturalizar que en una democracia avanzada, cualquiera que tenga presencia pública o cualquiera que tenga responsabilidad en una empresa de comunicación o en la política, lógicamente están sometidos tanto a la crítica como al insulto en las redes» (4).
El tema del diálogo entre partidos y de los posibles pactos y acuerdos entre las distintas formaciones merece una consideración especial. El desacoplamiento, en este punto, entre lo que la clase política cree que la sociedad piensa y lo que la misma realmente opina y desea resulta especialmente profundo. En conjunto, la ciudadanía considera que la propensión a dialogar, negociar y acordar debe ser permanente y generalizada, no circunstancial y «a la carta»; además, debe propiciar la convivencia y mutua acomodación de ideologías distintas, pues nadie puede creerse nunca en posesión de la verdad en todas las cuestiones. El «patriotismo de partido», el fanatismo ideológico, que lleva, a lo Carl Schmitt (¡a estas alturas!) a considerar como enemigo irreductible, y por tanto indigno de respeto alguno, a quien no comparta sin fisuras ni ambigüedades los propios planteamientos, y la adjetivación (despectiva y descalificadora) de «equidistantes» a cuantos intenten aportar matices a planteamientos dogmáticos tenidos, por definición, como intocables, son actitudes y formas de proceder incompatibles con una cultura cívica genuinamente democrática y que, por fortuna, la amplia mayoría ciudadana no comparte en modo alguno.
A este respecto, una segunda selección —sucinta pero representativa— de datos recientes ilustra la profundidad del desajuste entre cómo enfocan la ciudadanía, por un lado, y la clase política, por otro, el diálogo y la negociación entre formaciones políticas.
—En julio de 2019, un 81 % de los votantes del entonces pujante Ciudadanos se mostró partidario de una coalición de gobierno de esta formación con el PSOE considerándola la alternativa más conveniente en ese momento para el país. Propuesta, por cierto, que asimismo aprobaba el 57 % (frente al 40 %) de los votantes del PSOE. Pero nadie, en la burbuja política, pareció considerar que esto mereciera ser tenido en cuenta.
—En esa misma fecha (julio, 2019), un 71 % de los votantes de Ciudadanos declaraba que la abstención de su partido para permitir la investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno, sin necesidad de coalición alguna, sería una muestra de responsabilidad y madurez política; solo un 23 % pensó que constituiría una traición a su electorado. Esta voz mayoritaria fue, por supuesto, ignorada.
—En cuanto a la tan manoseada cuestión de la posible fidelidad o traición al propio electorado, resulta clamoroso el desconocimiento entre los representantes políticos de lo que realmente piensan al respecto sus votantes. En ocho ocasiones distintas, entre mayo de 2015 y enero de 2020, Metroscopia ha formulado a los españoles esta misma pregunta: «Si su partido llegara a un acuerdo con otro (de ideología muy distinta) que implicara ceder ambos, en parte, lo que querían y proponían, ¿para usted esto supondría una muestra de sentido de la responsabilidad política o una infidelidad a sus propios ideales y planteamientos?». En promedio (con muy leves oscilaciones) un 65 % de nuestra ciudadanía contesta, sistemáticamente, que interpretaría esa decisión como una muestra de responsabilidad política. Dato conocido, y sistemáticamente ignorado, por los elegidos para representarla: sistemáticamente recurren a la tópica (y, como puede verse, infundada) excusa de que «nuestros votantes no lo entenderían».
—En abril de 2020, en plena pandemia del coronavirus, el 92 % de los españoles reclamaba un gran acuerdo entre todas las fuerzas políticas (al estilo de los Pactos de la Moncloa de 1977) que, atendiendo exclusivamente a lo mejor para nuestra sociedad, facilitase la gestión conjunta de la grave situación existente. Pero la ciudadanía no se hacía ilusiones: un resignado 79 % reconocía que era sumamente improbable que ese deseado acuerdo llegara a ser realidad. Y, lamentablemente, así fue.
—En octubre de 2021, el 71 % de los votantes de Unidas Podemos prefería contar con el apoyo de ERC y Bildu para aprobar los nuevos presupuestos y solamente un 17 % deseaba ampliar ese apoyo hacia el centro (PNV y Cs). Ahora bien, entre los votantes del PSOE las preferencias en este asunto se dividían claramente casi por tercios: una mayoría relativa (39 %) prefería abrirse a apoyos del centro (PNV y Cs); un 31 %, optaba limitar el apoyo al ya conseguido el año anterior de ERC y Bildu; pero un apreciable 22 % proponía incluso abrir el acuerdo hasta incluir al PP. Los votantes socialistas se mostraban mucho más flexibles e integradores que quienes les representaban. Sin mayor trascendencia, obvio es decirlo. Sencillamente, la ciudadanía, en su conjunto, entiende que nuestra vida política debería ser más naturalmente fluida y menos rígidamente envarada y trabada por líneas rojas. Añora la capacidad, que un día existió, de debates serenos y de acuerdos transversales, sin exclusiones, y reprueba severamente la incapacidad (o falta de voluntad) de partidos y dirigentes de propiciar puntos de encuentro y consenso entre ellos.
Por otra parte, conviene destacar que esta sólida pulsión pactista detectable en nuestra sociedad se estaría ahora reforzando con el «giro pragmático» que el Pulso de España de Metroscopia lleva detectando en estos últimos meses en el ánimo de los españoles. Una especie de orteguiano «Españoles, a las cosas» que estaría propiciando actitudes mucho más moduladas en cuestiones enfocadas, usualmente, desde criterios de orden ideológico-político, pero para las que ahora se acepta, en creciente medida, la consideración adicional de factores coyunturales de conveniencia. Así, en este momento, la sociedad española:
—Sigue siendo pacifista pero, al mismo tiempo, aprueba de forma claramente mayoritaria la intervención de la OTAN, y de España, en defensa de Ucrania y confía muy ampliamente en nuestras fuerzas armadas;
—Sigue preocupada con el cambio climático, pero entiende que algunas de las medidas adoptadas para prevenirlo puedan ser dosificadas, temporalmente, para permitir la recuperación de determinados sectores económicos;
—Sigue recelando de la energía nuclear, ahora ya considerada oficialmente «energía verde», pero cada vez en clara menor medida;
—Pese a su todavía básica ambivalencia respecto del mundo empresarial, los españoles se muestran crecientemente partidarios de la cooperación público-privada como modo mejor de gestión de determinados servicios públicos de especial importancia;
—Nuestra sociedad se identifica de forma inequívoca con una panoplia, ampliamente compartida, de valores cívicos básicos; pero rechaza de forma firme los planteamientos radicales, excluyentes y extremistas. Y se muestra mínimamente receptiva a la ola woke, tan extendida en algunos países de nuestro entorno, pero mínima (y muy selectivamente) acogida entre nosotros.
En todo caso, cabe celebrar que este profundo desaco- plamiento entre ciudadanos y clase política en cuanto a su cultura política más básica (es decir, en cuanto a los modos y usos que deben imperar en la gestión de nuestro sistema democrático) no se esté traduciendo, al menos por ahora, en erosión alguna de la confianza en la democracia liberal (tal y como esta es entendida en nuestra Unión Europea).
Desde hace ya cuatro decenios, el 80 % de los españoles sigue declarando, en promedio, su total identificación con la democracia y, específicamente, con la concreta variante de la misma (monarquía democrática, constitucional y parlamentaria) ahora vigente en España. Y un idéntico porcentaje considera que nuestro actual sistema político, con todas sus posibles deficiencias o desgastes, constituye el mejor período político de toda nuestra historia.
Desde hace ya tiempo, siete de cada diez españoles consideran que España es una democracia plena (5), diagnóstico que, por cierto, coincide con el que expresan regularmente agencias evaluadoras reconocidas (como, por ejemplo, la Intelligence Unit del rotativo británico The Economist), con algún reciente ligero matiz a la baja, derivado, fundamentalmente, de cuanto ha supuesto el fallido proceso independentista catalán.
Entre las diez democracias que nuestra ciudadanía considera particularmente ejemplares (6) (nueve de ellas, por cierto,
europeas) unas son, en cuanto a la forma de su Estado, repúblicas, y otras monarquías. Y resulta llamativo que entre los votantes de partidos de izquierda (algunos de ellos explícita, e incluso activamente, autodefinidos como republicanos) los países más citados como democracias especialmente avanzadas (Noruega, Suecia, Dinamarca) resulten ser monarquías. En cambio, entre los votantes del espacio ideológico de la derecha, son consideradas democracias especialmente avanzadas Alemania, Francia y Estados Unidos: tres repúblicas (y, dos de ellas, además, federales o fuertemente descentralizadas). Datos que sugieren, una vez más, la creciente vacuidad de la nominalista contraposición, que todavía hay quien se empeña en plantear como sustantiva, entre monarquía y república como forma preferible del Estado. La disyuntiva realmente relevante en el mundo actual es entre más o menos libertad, más o menos pluralismo político, más o menos democracia. Porque en toda democracia avanzada, y con independencia de la forma que adopte la Jefatura de su Estado, la vida política es siempre, en su sentido semántico más estricto, «republicana»: es decir, cosa de todos.
(1) Véase Andrés Medina, La última frontera. Los límites de los españoles a los partidos políticos, en Pulso de España (Metroscopia, 23-12-2021). En adelante —y salvo cuando se indique otra cosa— todos los porcentajes que se mencionan corresponden a sondeos del proyecto Pulso de España que, desde 2010, lleva a cabo, semanalmente, Metroscopia.
(2) Arend Lijphart, The Politics of Accommodation (1968).
(3) Barómetro mensual del CIS, julio de 2010.
(4) Quien así hablaba no pretendía, realmente —como algunos interpretaron— propiciar el insulto como práctica normal en democracia. Sus palabras parecían, eso sí, indicar que ignoraba que el insulto, desde hace tiempo, está ya naturalizado en nuestra sociedad: aparece formalmente reconocido (que es lo que significa naturalizar), en el Código Penal (artículo 208), con el nombre de injuria, algo ante lo que procede no una resignada aceptación como mal inevitable, sino una reacción de tajante rechazo e incluso denuncia ante la Justicia.
(5) Véase Pulso de España de Metroscopia, 6 de julio de 2022.
(6) Alemania, Francia, Estados Unidos, Noruega, Suecia, Dinamarca, Finlandia, Reino Unido, Suiza y España.
Ignacio Urquizu. Profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, ha sido diputado en el Congreso, diputado en las Cortes de Aragón y alcalde de Alcañiz, donde gobernó en coalición.
Los pactos de gobierno en España han sido muy frecuentes en los ámbitos autonómicos y municipales, pero se tuvo que esperar hasta 2019 para ver el primer gobierno de coalición en nuestro país, recuerda Ignacio Urquizu en este artículo. Hasta 2019, España era una excepción en los sistemas políticos más avanzados.
Analizando las veintidós principales democracias parlamentarias de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) de 1945 a 2019, se observa que el 68 por ciento de los gobiernos fueron de coalición, pero menos del 11 por ciento de los gabinetes estuvieron, al mismo tiempo, en minoría y configurados por varias formaciones políticas. Por lo tanto, aunque en 2019 España entró en el club de democracias desarrolladas con gobierno en coalición, lo hizo como excepción.
Si se miran de nuevo los datos en las veintidós democracias de la OCDE entre 1945 y 2019, se comprueba que los gobiernos de un solo partido duran 733 días de media, mientras que los gobiernos de coalición reducen esta cifra a los 607 días.
Por resultados económicos, según muestra la evidencia empírica, no existen diferencias notables entre los gobiernos de un partido y los de coalición: ni el desempleo, ni la inflación, ni el crecimiento económico muestran cambios significativos según el tipo de gobierno. Sin embargo, en un escenario de ajuste económico, los gobiernos de coalición tienden a generar más déficit. Cuando la economía crezca, el presupuesto se incrementará en menor medida en un gabinete multipartidista que en uno de un solo partido. Los socios habrán pactado para gobernar, aunque la tarea no será sencilla a la hora de elaborar el presupuesto.
Finalmente, subraya Urquizu, la acción de gobierno no podrá ser controlada desde un punto de vista democrático con la misma facilidad en un gobierno de coalición que en un gabinete de un solo partido. En coalición, la responsabilidad por las decisiones se diluye.
Cuando dos personas u organizaciones llegan a un acuerdo, lo hacen porque tienen algunas cosas en común y persiguen objetivos similares. Es decir, es difícil que dos personas muy distintas entre sí trabajen en un mismo objetivo, a no ser que las circunstancias sean excepcionales y se vean obligados a ello. En política, algo similar ocurre con los partidos. Para que lleguen a acuerdos de gobernabilidad, es necesario que compartan algunas cosas. Y solo en situaciones excepcionales y fuera de lo común, formaciones muy distantes pueden llegar a pactos de gobierno.
No obstante, pactar para gobernar es algo mucho más complejo que una simple relación entre dos personas. La política, en la medida en la que entraña relaciones de poder con múltiples actores implicados, hace que los pactos de gobierno sean mucho más complejos y exijan de un análisis más detallado y poliédrico. Y eso, el poder, es lo que a veces nos lleva a observar extraños «compañeros de viaje». Ocurrió, por ejemplo, contra todo pronóstico, en 1999 en Aragón. Hasta entonces, el Partido Aragonés había gobernado de una u otra manera con el Partido Popular. Eran dos socios predecibles. Los dos ocupan el centro-derecha aragonés y se habían apoyado mutuamente en los dieciséis años anteriores. Todo parecía indicar que tras las elecciones del 13 de junio de 1999, cuando el Partido Popular obtuvo la victoria, quedándose a 6 escaños de la mayoría absoluta, el PAR volvería a apoyarlo, como había hecho en la legislatura anterior bajo la presidencia de Santiago Lanzuela. Pero contra todo pronóstico, el centro-derecha aragonés se decantó entonces por la segunda fuerza política, el Partido Socialista, iniciándose doce años de colaboración en unos gobiernos de coalición muy estables y trasversales. ¿Por qué el PAR cambió de pareja de baile? Como veremos a continuación, pactar para gobernar implica más consecuencias que la mera implementación de políticas públicas.
En el caso español, los pactos de gobierno han sido muy frecuentes en los ámbitos autonómicos y municipales, mientras que tuvimos que esperar hasta 2019 para ver el primer gobierno de coalición en España. Hasta ese año, nuestro país era una excepción en los sistemas políticos más avanzados. Como acabo de señalar, la política española nunca había experimentado un gobierno de coalición en el ámbito nacional. Si analizamos las veintidós principales democracias parlamentarias de la OCDE desde 1945 hasta esa fecha, veríamos que el 68 por ciento de los gobiernos habían sido de coalición. Eso sí, menos del 11 por ciento de los gabinetes habían estado, al mismo tiempo, en minoría y configurados por varias formaciones políticas. Por lo tanto, aunque en 2019 España entró dentro de la norma de las democracias desarrolladas, lo hizo como excepción.
El origen de los gobiernos de coalición tiene que ver con la aritmética: es la única forma de alcanzar una mayoría tanto en la sesión de investidura como en las votaciones que vendrán después, algunas tan trascendentales como unos presupuestos, cuando no existe un partido político que se haya ganado la confianza amplia de la ciudadanía. Y si algo sabemos por la literatura académica es que una vez que se eligen los socios de gobierno, el reparto de carteras suele ser bastante proporcional al peso que tiene cada uno en el parlamento o en el pleno municipal. Pero no es sólo un reparto cuantitativo, sino que la ideología de los partidos también influye en las responsabilidades que se asumen. Así, por ejemplo, los partidos verdes tienden a desempeñar la cartera de medio ambiente.
Dicho en otras palabras, los pactos nacen de la necesidad de gobernar cuando los números no permiten hacerlo en solitario. Y cuando se elige pareja de gobierno, el reparto de carteras dependerá tanto de la aritmética parlamentaria como de las preferencias ideológicas que cada formación política tiene. Aunque elegir pareja para gobernar es algo más complejo que el peso de cada partido en un parlamento. Como veremos a continuación, los problemas son muchos y variados, sin existir una respuesta sencilla a cómo se gobierna en coalición.
Elegir bien a los socios es fundamental a la hora de gobernar juntos después. De nuevo, la literatura académica nos dice que hay una mayor tendencia a optar por compañeros de viaje que tengan el mismo color político. Es decir, los partidos progresistas suelen mirar a su izquierda y los partidos conservadores se aproximan más a su derecha. El argumento para seguir este comportamiento es doble. Por un lado, en principio, es lo que piden sus militantes y sus votantes más ideologizados. Es decir, si se opta por socios alejados ideológicamente, las bases de apoyo a estos partidos, si tienen una preferencia ideológica muy fuerte, pueden acabar argumentando que se están traicionando los principios y valores de la formación política. Así, una parte importante de militantes y simpatizantes pedirán socios de gobierno en el mismo espacio ideológico.
Por otro lado, pactar con alguien que piensa como tú, hace más sencilla a priori la gobernabilidad. En principio, los debates dentro de la coalición sobre las políticas deberían ser más sencillos. Puesto que se comparten los mismos principios y valores, sería más fácil a la hora de ponerse de acuerdo en las políticas públicas a desarrollar como, por ejemplo, la educación, la sanidad o los servicios sociales. Pero, como veremos a continuación, esto es sólo teoría. La práctica política es mucho más compleja.
Cuando se elige un compañero de viaje en un gobierno, además de pensar en las bases de apoyo y en la implementación de las políticas, hay que tener en cuenta algunos factores más. El primero de ellos es el de la competición electoral. Los que comienzan siendo socios de gobierno serán competidores electorales en un futuro no muy lejano. Y esto no es una cuestión menor. Cuanto más próximos están ideológicamente, más potenciales votantes compartirán. Y no hay nada peor para un gobierno que la inestabilidad. Conforme avance la legislatura, los nervios aflorarán porque uno siempre puede sospechar que el otro le «roba» sus votantes. Así que cuanto mayor sea la proximidad ideológica, mayor será la competición electoral y, por tanto, más probable será la inestabilidad política. Si miramos de nuevo los datos en las 22 democracias de la OCDE entre 1945 y 2019, veremos que los gobiernos de un solo partido duran 733 días de media mientras que los gobiernos de coalición reducen esta cifra a los 607 días. Por tanto, la inestabilidad es bastante manifiesta en los gabinetes de más de un partido. Y conforme se acerquen los comicios, los nervios aflorarán y la inestabilidad se incrementará.
Esta competición electoral explica algunos casos como el que da inicio a este texto. Si en 1999 el Partido Aragonés decidió cambiar de socio de gobierno y decantarse por el Partido Socialista en Aragón, fue porque temían ser absorbidos por el Partido Popular. Vieron que en la Comunidad Valenciana había ocurrido algo similar entre PP y Unión Valenciana. Y ante el temor de que compartir votantes acabara derivando en que el pez grande se comiera al chico, el PAR decidió pactar un gobierno con una formación política con la que no compitiera por los mismos electores. Esto no sólo dio estabilidad, sino que permitió algo nunca visto en la política aragonesa: un ciclo de gobernabilidad de 12 años ininterrumpidos.
El segundo factor a tener en cuenta es que proximidad ideológica no significa que se esté de acuerdo ni en las formas ni en los instrumentos a la hora de conseguir un objetivo político. Quizás un ejemplo pueda clarificar lo que quiero decir. Pensamos en un gobierno formado por dos partidos nacionalistas, donde uno es mucho más moderado que el otro. Los dos pueden compartir el objetivo de lograr la independencia del territorio al que representan, aunque no compartan ni los instrumentos ni las formas. Así, uno puede optar por saltarse las normas, caer en la ilegalidad y movilizar a la ciudadanía contra las instituciones. Digamos que el socio A de la coalición opta por la ruptura y la revolución. El otro, en cambio, el socio B puede tener una visión de más largo plazo y, utilizando los instrumentos legales, opta por una estrategia mucho más lenta de transformación de la sociedad para que en un futuro una amplia mayoría apoye la independencia del territorio.
Estas dos visiones estratégicas, en el caso de gobernar juntos, pueden acabar socavando la coalición y generar una enorme desconfianza entre los compañeros de viaje. Por lo tanto, la proximidad ideológica no significa que se compartan ni los medios, ni las formas. O dicho de otra manera: la proximidad ideológica de los socios de gobierno puede debilitar la gobernabilidad cuando no se comparten las estrategias.
Una vez elegidos los miembros de la coalición y se produce el reparto de carteras, el siguiente paso es gobernar. Y, de nuevo, la literatura es bastante clarificadora al respecto. Si evaluamos a un gobierno multipartidista por sus resultados económicos, los cierto es que no existe una diferencia notable entre los gobiernos de un partido y los de coalición: ni el desempleo, ni la inflación, ni el crecimiento económico muestran diferencias significativas según el tipo de gobierno. Es lo que dice la evidencia empírica.
Entonces, ¿dónde está la disparidad en materia económica? En la gestión del gasto público. El punto de partida es que los miembros de una coalición pueden tener capacidad de veto respecto a la elaboración de un presupuesto. Es
decir, pueden decidir si apoyan las cuentas de un gobierno en función de que se cumplan sus peticiones. Por lo tanto, ni aumentar ni disminuir las partidas presupuestarias serán tareas sencillas en los gabinetes multipartidistas. Lo que nos dice la evidencia empírica es que, en un escenario de ajuste económico, los gobiernos de coalición tienden a generar más déficit. En cambio, cuando la economía crece, los gabinetes multipartidistas no pueden aumentar el gasto público tanto como desean, puesto que todos van a querer incrementar su participación del presupuesto. Dicho en otras palabras, en situaciones de ajuste, el déficit será mayor en los gobiernos de coalición, mientras que cuando la economía crezca, el presupuesto se incrementará en menor medida en un gabinete multipartidista que en uno de un solo partido. Los socios habrán pactado para gobernar, aunque la tarea no será sencilla a la hora de elaborar el presupuesto.
La última de las dificultades llegará en el momento de rendir cuentas de la gestión. Cuando el mandato llegue a su fin y el gobierno de coalición se enfrente a las urnas, la pregunta que se harán muchos votantes es: ¿quién es el responsable de las políticas? Si hay una idea extendida en la literatura académica es que la ciudadanía tendrá dificultades a la hora de asignar responsabilidades por la acción de gobierno cuando éste esté formado por más de una formación política. Este argumento ya lo encontramos desarrollado por Alexander Hamilton en The Federalist Papers de 1788 y sería compartido en 1988, doscientos años después, por Karl Popper en su The open society and its enemies revisited. Las ciencias sociales actuales han seguido reproduciendo esta idea. Así, la acción de gobierno no podrá ser controlada desde un punto de vista democrático con la misma facilidad en un gobierno de coalición que en un gabinete de un solo partido. Cuando sean varias las formaciones políticas que han determinado la acción de gobierno, ¿quién será el responsable de las decisiones? ¿Han sido decisiones colegiadas? ¿Han existido vetos que impidieran el buen gobierno? ¿O la coalición funcionó con compartimentos estancos donde cada partido fue responsable de sus propias decisiones?
Los votantes no cuentan con la suficiente información como para responder a estas preguntas. Por ello, cuando llega el día del «juicio final», los electores concentran toda la responsabilidad en el partido del primer ministro, que no necesariamente es la formación política de mayor tamaño en la coalición. Es decir, será el partido del presidente quien aglutine los premios o los castigos de la acción de gobierno, siendo, a juicio de los votantes, el máximo responsable de todo lo acontecido. Dicho en otras palabras, los votantes asignarán las responsabilidades de la gestión de una coalición al partido que ha encabezado el gabinete, mientras que el resto de formaciones políticas tendrán más posibilidades de evadir su responsabilidad de la acción de gobierno.
A este déficit democrático hay que añadir una segunda dificultad. Cuando el sistema político está compuesto por diversos partidos, algunos de ellos tienen una cierta tendencia no sólo a pactar con todos, sino a estar largas temporadas en el gobierno. Dicho de otra manera, que la ciudadanía tenga más o menos capacidad de discernir quién es el responsable de las políticas no significa que tenga la capacidad de mandarle a la oposición. Hay formaciones políticas que, indistintamente de sus resultados electorales y de su gestión en el gobierno, siempre ostentan el poder. Puesto que siempre son necesarios para sumar una mayoría, son capaces de sobrevivir largas temporadas en el gobierno con unos u otros partidos. Es decir, en este escenario, la ciudadanía pierde la capacidad de castigar a una formación política mandándole a la oposición, puesto que siempre podrá pactar con alguien que le permita sobrevivir.
Una vez visto el diagnóstico de lo que significa pactar para gobernar, podemos hacernos una última pregunta: ¿cuál es la mejor opción a la hora de elegir un compañero de viaje? Es decir, ¿con quién pactar para gobernar? Existen dos posibles escenarios. Por un lado, se puede optar por un partido que sea próximo ideológicamente. Eso implicará que se compartan los objetivos políticos, aunque no necesariamente existan coincidencias en las políticas o las estrategias a seguir. Además, en la medida que se comparte parte del electorado, es muy probable que la convivencia no sea pacífica y, por lo tanto, haya una gran inestabilidad por la competición electoral. Finalmente, si ya de por sí es difícil saber quién es el responsable de la gestión en un gobierno de coalición, cuando haya proximidad ideológica, esta dificultad se incrementará. Si ambos partidos comparte ideología, aunque sea en parte: ¿quién será el autor intelectual de las políticas? Por lo tanto, las coaliciones entre compañeros de viaje próximos ideológicamente presentan numerosos problemas de gestión, aunque son las más frecuentes. Quizás, la presión de las bases explica por qué es más probable pactar con quien piensa como tú. Por otro lado, es posible que la coalición la formen partidos que tenga una cierta lejanía ideológica. En este caso, seguramente se opte por acuerdos de mínimos tanto en lo que les une como en lo que discrepan. Es decir, el pacto inicial será mucho más específico en las discrepancias. Además, la ciudadanía sabrá de forma más nítida quién es el autor de qué en cada una de las decisiones, en la medida que son conscientes de las diferencias ideológicas de cada uno de ellos. Pero hay algo más que cabe destacar en la gestión dentro de este escenario. Cuando las políticas son diseñadas por partidos que tienen visiones distintas, es muy probable que sean mucho más duraderas en el tiempo. En la medida que abarcan a un mayor espectro ideológico, cuando alguno de estos partidos pase a la oposición, es probable que esa política pública siga implementándose, puesto que es compartida por políticos que tienen ideologías diversas. Dicho de otra manera, si la política pública es muy ideológica, es muy probable que sea reemplazada cuando cambie el gobierno. En cambio, si las medidas del gobierno gozan de una cierta transversalidad, es más probable que se mantengan aunque el gobierno sea reemplazado.
En definitiva, pactar para gobernar no es una tarea sencilla. Las dificultades son diversas tanto desde el punto de vista de la gestión, como del funcionamiento de la democracia. No obstante, en la medida en que la idea de representación se ha fragmentado en todos los sistemas políticos y el multipartidismo es lo más extendido en las democracias contemporáneas, la ciudadanía tiene que aprender a convivir con gobiernos de coalición.
Míriam Juan-Torres González. Jefa de investigación del programa Democracy & Belonging Forum del Othering & Belonging Institute en la Universidad de Berkeley (California). Asesora senior de la organización internacional More in Common. También ha trabajado como profesora asociada en derechos humanos en la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha sido consultora de la ONU en Ghana y Colombia. Experta en polarización social, derechos humanos y política.
La polarización no es simplemente la falta de acuerdo, no se trata de divergencias en diversos temas. ¿Qué es, pues, la polarización? Míriam Juan-Torres responde con la clasificación de la profesora Jennifer McCoy: se puede concebir como un proceso, un estado, o una estrategia. Este artículo se centra en la llamada polarización afectiva, un tipo de polarización ligada a cómo se construyen las identidades de grupo y que «si se descontrola, hace que los pactos entre determinados actores sean prácticamente imposibles». La razón es un tomar la parte por el todo: «Ocurre –explica la autora– cuando existe una multiplicidad de diferencias que se van alineando en torno a una sola dimensión y que hace que las personas perciban y describan la sociedad y la política como dividida entre un “nosotros” contra “ellos/los otros”». Si esto sucede, el futuro o la viabilidad «del grupo (o de la nación, el proyecto de país, etc.) depende de la derrota de la parte opuesta. La política se convierte en un juego de supervivencia y de suma cero. Por lo tanto, en este contexto, el pacto es una traición».
¿Cómo es posible combatirla? Evitando la ruptura, intentando tender puentes. En vez de encapsularse, mirando hacia afuera buscando a los demás «para conectar y trabajar explícitamente con otros» a la búsqueda de un proyecto común. Los ingredientes necesarios son empatía y «la decisión deliberada de ver al otro como un ser complejo, capaz de multiplicidades, y con un rol legítimo en la sociedad».
Importante: la autora llama la atención sobre el hecho de que, aunque las partes estén en polos opuestos, en ocasiones «tender al centro sería desastroso». Y da el ejemplo de la sociedad norteamericana del siglo XIX, extremadamente polarizada en torno a la esclavitud hasta el punto de acabar en la guerra civil. En ese caso, la solución no era negociar una posición intermedia. La polarización no tiene, por desgracia, soluciones predeterminadas, pero contar con espacios de diálogo y líderes que no echen mano de prácticas polarizantes siempre ayuda.
La negociación y la deliberación son procesos esenciales en una democracia. Son aspectos fundamentales del proceso, que adquieren aún más relevancia en sociedades fracturadas donde las grandes mayorías son cada vez más elusivas y en las que los pactos se convierten en indispensables para poder gobernar.
A veces, esa fractura o división puede tomar la forma de polarización, que en su modo más extremo hace que los pactos sean mucho más difíciles de alcanzar, si no imposibles. Cuando esto sucede, la democracia puede entrar en un proceso de declive, como estamos viendo hoy en día [1]. Es en este contexto que fuerzas antidemocráticas y antiliberales encuentran un campo fértil para que sus estrategias, tácticas y discursos tomen arraigo.
La polarización no es la falta de acuerdo. El desacuerdo es parte natural de cualquier sociedad, y especialmente de una sociedad democrática. La polarización a la que me refiero no se trata de divergencias (menores o mayores) en temas concretos, sino lo que se conoce como polarización afectiva, un tipo de polarización ligada a cómo se construyen las identidades de grupo y que, si se descontrola, hace los pactos entre determinados actores prácticamente imposibles.
Dada la popularidad del término, quizás es un poco irónico que no haya consenso en cómo definir exactamente la Polarización [2]. Como término, se usa para describir situaciones muy distintas y frecuentemente de forma inadecuada. Según la profesora McCoy y compañeros, la polarización se puede concebir como un proceso, un estado, o una estrategia [3].
Primero, como proceso, la polarización ocurre cuando existe una multiplicidad de diferencias que se van alineando en torno a una sola dimensión y que hace que las personas perciban y describan la sociedad y la política como dividida entre un «nosotros» contra «ellos/los otros». En este sentido, el proceso lleva a que se desarrollen identidades grupales (sociales) que subsumen esas diferencias. Es parecido a lo que se conoce en inglés como «conflict extension» o extensión de conflictos, donde las posiciones en temáticas completamente distintas acaban yendo ligadas. Usando el caso paradigmático de Estados Unidos como ejemplo, país polarizado a nivel partidista entre republicanos y demócratas, si uno sabe qué piensa una persona sobre la posesión de armas, es posible que pueda adivinar su opinión sobre el aborto o la inmigración. Es como si una, al saber qué piensa otra persona sobre el Madrid o el Barça, pudiera deducir también qué piensa sobre los regadíos ilegales o la inmigración, como si esa identidad pasara a resumir todo un conjunto de ideas que siempre van juntas.
A nivel psicológico, eso conlleva que, al identificar a una persona «del campo contrario», se infieran directamente (y usualmente de forma subconsciente) todo un conjunto de ideas. Lleva a tener versiones estereotipadas del otro.
En el Reino Unido, en cambio, país que está menos polarizado, las opiniones no confluyen en los mismos grupos. Por ejemplo, hay sectores de personas más progresistas, comprometidas con la lucha contra el cambio climático y que favorecen la migración. Pero también hay sectores opuestos a la migración con altos niveles de preocupación por el medio ambiente.
Segundo, como estado, la polarización llega a un nivel de equilibrio cuando una sociedad se encuentra dividida en campos binarios, con desconfianza mutua, donde ninguna de las partes tiene un incentivo para seguir una estrategia despolarizadora. En este sentido, lo cierto es que, aunque a veces usamos «polarización» para describir a nuestras sociedades, la mayoría de ellas no han llegado a este extremo, sino que estamos más bien en una situación de fragmentación.
Es ahí donde solemos encontrar diferencias entre las élites políticas y la sociedad. Solemos observar cómo a nivel político podemos ver que sí se han generado y solidificado esos bloques a pesar de que la sociedad no siente o vive la política o la realidad social del mismo modo. No obstante, se produce un proceso de arriba hacia abajo en el que a través de las narrativas se van conformando estos grupos. La consolidación en grupos opuestos puede llegar a romper la cohesión social.
Tercero, como estrategia, la polarización se usa instrumentalmente por élites y emprendedores políticos para ganar y mantener el poder, consiguiéndolo a través de ilegitimar la opinión de la contraparte y fomentar su descrédito moral.
La polarización como estrategia es muy útil para movilizar, puesto que activa miedo y emociones, pero puede ser demoledora a medio y largo plazo. Puede llevar incluso a que se creen realidades paralelas, como por ejemplo en Estados Unidos donde, hoy en día, incitados por el expresidente Trump y varias teorías de la conspiración, grandes sectores del electorado no están de acuerdo en quién ganó las últimas elecciones generales. Si no se tiene un mínimo nivel de acuerdo en ciertos hechos es imposible llevar a cabo una negociación que resulte en un pacto.
Común a estas tres concepciones de la polarización es la parte afectiva, quizás el aspecto que más preocupa a los expertos en conflictos y polarización. No nos referimos a la polarización temática (las discrepancias extremas en un tema o una serie de temas específicos) o a la división ideológica (que puede existir sin que se llegue a la polarización afectiva), sino a la situación en que se crean esas identidades de grupo cada vez menos porosas y que no se superponen, rígidas, que llevan a ver a los miembros del grupo propio muy favorablemente y a los del otro grupo muy desfavorablemente [4].
Este tipo de polarización afectiva se convierte en un «hiperproblema», es decir, el tipo de problema que hace que la solución a cualquier asunto sea mucho más difícil de lograr.
Tener opiniones más favorables de aquellos con los que nos identificamos y desfavorables del grupo que se percibe como contraparte es totalmente natural. No obstante, ese diferencial entre cómo se percibe cada grupo puede intensificarse y llevar a la construcción de identidades sin puntos de encuentro.
Todos tenemos múltiples identidades. Pueden ser identidades basadas en rasgos demográficos o, por ejemplo, en gustos, opiniones, o preferencias (ideología, afición a un deporte, etc.) y éstas se suelen superponer con las de diferentes individuos según cuál de ellas se trate. Esos puntos en común facilitan la comunicación. Pero la polarización afectiva puede llevar a que se reduzca a otra persona a un solo elemento de su identidad y su ser, en un proceso de otredad que redefine las fronteras entre grupos. La identidad de grupo actúa como un marcador para otras divisiones agregadas que vinculan a los ciudadanos con un líder particular o una identidad partidista.
Un ejemplo absurdo pero ilustrativo: como firme defensora del chocolate negro, veo de manera escéptica a aquellos que perciben el chocolate con leche como el mejor chocolate (el blanco no es chocolate, así que no hace falta ni hacer mención). Ser amante del chocolate negro es un aspecto de mi identidad, pero tengo múltiples identidades y esta no es la dominante. Una siempre tiene conciencia de que ese también es el caso de aquellos que prefieren el chocolate con leche, y, además, no percibo sus preferencias como una amenaza existencial a las mías o a mi ser. Además, habrá otras preferencias, e incluso identidades, en las que coincidimos, suavizando esa diferencia.
¿Pero qué sucede cuando un elemento de nuestra identidad se convierte en el más importante de todos y a su vez reducimos al otro a solo ese aspecto en el que divergimos?
¿Pongamos que me identificara como persona de derechas, ese aspecto se convirtiera en la identidad más importante que llevo conmigo, estuviera constantemente activada porque percibo que está bajo amenaza, y viera a la gente de izquierdas como una amenaza existencial? ¿Sería capaz de pactar con esas personas? La ruptura parece un escenario más plausible. Con el tiempo, el eje izquierda-derecha, un constructo social y por lo tanto ficticio, se iría solidificando.
Una de las principales consecuencias (y, a su vez, causa) de la polarización afectiva es la ruptura. En palabras del líder y académico del Instituto Othering & Belonging de la Universidad de Berkeley, John A. Powell, la ruptura (en inglés, breaking, siguiendo las teorías de capital social de Robert Putnam) conlleva que nos volquemos hacia adentro, solo hacia lo que sabemos y a quiénes conocemos [5]. Este camino conduce a una política de aislamiento y facilita que tengamos visiones estereotipadas y simplistas del «otro».
Al usar la polarización como estrategia, a la otredad se le añade la demonización y en su caso más extremo, la deshumanización. En ese sentido, la polarización afectiva impide la comunicación efectiva. No importa lo que se dice sino quién lo dice. Para pactar, es necesario ver a la contraparte como a un interlocutor válido, pero la polarización afectiva puede llevar a la situación contraria. A veces, este juicio no se realiza a nivel consciente. Como humanos, a nivel psicológico nuestras mentes siempre toman atajos para hacer juicios rápidos sobre cómo interpretar un hecho o a una persona. Ese proceso de otredad arraiga en nuestra mente la idea subyacente que el otro es malo o no es de fiar, y sin que nos demos cuenta dejamos de interactuar con el contenido y juzgamos con base en quién es el mensajero, quién asumimos a priori y en un juicio rápido que no es de fiar.
Cuando esto ocurre nos podemos encontrar en situaciones que rozan lo absurdo. Por ejemplo, sabemos que a nivel de política pública existen grandes consensos en sociedades como la española, la francesa o la británica [6]. A nivel ciudadano, hasta hace poco, ha habido pocas divergencias entre amplios sectores de la ciudadanía en cuestiones como el cambio climático o económicas (o en la necesidad de hacer frente al fenómeno de la España vaciada). Pero a pesar de ese consenso en la opinión pública, de ese consenso social, debido a como se ha usado la polarización a nivel discursivo es muy difícil llegar a pactos.
No es posible estar pública y constantemente pintando al otro de demonio y luego salir de la mano. En parte, porque quizás no te la va a tomar, pero, por otra parte, porque después de mandar esas señales, el coste de cara al público de desdecirse puede ser alto. Si se llega al extremo de demonizar al oponente, es muy difícil luego justificar «pactar con el demonio». Además, la demonización y/o deshumanización de la contraparte suele ir ligada a presentarla como una amenaza.
Esa amenaza no se perfila solo como física o material (a nivel de seguridad o de competición por recursos) sino que se describe como una amenaza ontológica, existencial. Trump suele hacer uso de esta estrategia discursiva. En 2023, al anunciar su candidatura a las elecciones generales, usaba estos términos: o se asegura la victoria, se asegura al país, o «nuestro país se va a perder para siempre» («our country will be lost forever»).
La supervivencia del grupo (o de la nación, el proyecto de país, etc.) depende de la derrota de la parte opuesta. La política se convierte en un juego de supervivencia y de suma cero. Por lo tanto, en este contexto, el pacto es una traición, ya que pone en riesgo la supervivencia de uno mismo.
Hay pocos ganadores en un escenario de polarización afectiva, pero es un escenario ideal para el auge del populismo autoritario (que suele, a su vez, fomentar la polarización). En un escenario de polarización afectiva y de división de la sociedad en grupos, de «nosotros contra ellos», la estrategia populista de dividir entre «las élites» enemigas y el pueblo por el que los populistas dicen hablar es más efectiva. El «nosotros» se define de manera maleable para excluir todo aquél que no está de acuerdo con ese actor, y normalmente también de manera nativista e identitaria.
Es más, en escenarios de polarización extrema donde el debate electoral se convierte en una batalla existencial, es más fácil explotar miedos y emociones, de ese modo aumentando las ansiedades y la sensación de inseguridad. Ante esa situación, los discursos antagonistas y simplistas, que reducen cuestiones complejas a falsos binarios suelen tener más éxito, ya que alivian esa ansiedad y dan una falsa sensación de control y pertenencia.
Es el terreno perfecto para las batallas culturales en las que las lógicas populistas e identitarias pueden triunfar. El «otro» al que se refieren los populistas autoritarios es la raíz de todos los males, y por lo tanto, todo está justificado para combatirlo: la desinformación, ampliar el poder ejecutivo, o debilitar el poder judicial, son ejemplos clásicos de las tácticas autoritarias que se emplean en este contexto que llevan al control absoluto que no requiere pactos (véase Viktor Orbán en Hungría).
En vez de optar por la ruptura y la estrategia polarizante, es posible tender puentes. Si la ruptura consiste en mirar hacia dentro del grupo, tender puentes consiste en tornarse al exterior para conectar y trabajar explícitamente con otros para buscar formas de construir un proyecto común. Requiere empatía y la decisión deliberada de ver al otro como un ser complejo, capaz de multiplicidades, y con un rol legítimo en nuestra sociedad.
Para ello es importante entender cómo se forman las identidades de grupo, cómo se construye y se mantiene una identidad común y cómo se puede cocrear un proyecto compartido de sociedad.
A su vez, también es necesario hacer un diagnóstico correcto y tener en cuenta que, si bien muchas sociedades están en procesos de polarización y ésta es una estrategia en alza, también es cierto, con respecto a la política pública, que en muchas cuestiones las partes «opuestas» no están en polos de opinión opuestos. A veces quieren llegar a lo mismo de forma distinta. A veces tienen posiciones distintas dentro un espectro, sin estar en los límites.
A veces, y esto es importante, las partes sí están en polos opuestos, pero tender al centro sería desastroso. Es esencial entender que este proceso de tender puentes no supone que la solución sea el centrismo o que se deba tender a una posición intermedia. Para llevarlo a un caso extremo, la sociedad norteamericana del siglo XIX estaba extremadamente polarizada en torno a la tenencia y posesión de esclavos. Una polarización que llevo a la guerra civil. Pero la solución a esa diferencia entre los abolicionistas y los favorables a la esclavitud no era negociar un pacto a favor de una posición intermedia. En este último ejemplo, el conflicto desembocó en guerra y, de hecho, los datos sugieren que la polarización en sus extremos puede llevar a un auge de la violencia política. Pero este proceso no está predeterminado.
Lo que es evidente es que es necesario crear espacios de diálogo distintos y que los líderes abandonen prácticas polarizantes. Si no, el riesgo es que se erosione la democracia y la posibilidad de realizar un proyecto de sociedad inclusiva en la que se garantice el goce y disfrute de derechos y libertades de todos sus integrantes.
NOTAS
[1] «Understanding and Responding to Global Democratic Backsliding», Thomas Carothers y Benjamin Ress, Carnegie Endowment for Peace: https://carnegieendowment.org/2022/10/20/ understanding-and-responding-to-global-democratic-backsliding-pub-88173
[2] «First Principles: The Need for Greater Consensus on the Fundamentals of Polarisation», Mark Freeman, IFIT: https://ifit-transitions.org/wp-content/uploads/2023/05/First-Princi- ples-The-Need-for-Greater-Consensus-on-the-Fundamentals-of-Polarisation-Final.pdf
[3] «Reducing Pernicious Polarization: A Comparative Historical Analysis of Depolari- zation», Jennifer McCoy, Benjamin Press, Murat Somer, and Ozlem Tuncel, Carnegie Endowment for Peace: https://carnegieendowment.org/2022/05/05/reducing-perni- cious-polarization-comparative-historical-analysis-of-depolarization-pub-87034
[4] «The Origins and Consequences of Affective Polarization in the United States», Shanto Iyengar, Yphtach Lelkes, Matthew Levendusky, Neil Malhotra, and Sean J. Westwood, Annual Review of Political Science, 2019, https://www.annualreviews.org/ doi/abs/10.1146/annurev-polisci-051117-073034
[5] «Bridging and Breaking», john a. powell, Othering & Belonging Institute: https:// belonging.berkeley.edu/bridging-and-breaking
[6] Veáse resultados encuestas de la organización More in Common: https://www. moreincommon.com/our-work/publications/