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Aldea Poética
Editorial Opera Prima
Sistema Editorial
Madrid, 1997,196págs.
Para sentirme todo lo honesto que pretendo ser cuando describo las aventuras o prácticas literarias de otros, tengo que empezar declarando que detesto cordialmente las antologías, al igual que aborrezco a los coleccionistas de objetos. Las antologías siempre me han recordado los muestrarios de bisutería o los ejemplares de colonias o perfumes, que riegan nuestras manos a la hora de escoger aureola, creando una sinfonía de horrores olfativos en la pituitaria.
Dicho esto, apuntemos algunas salvedades. En primer lugar, la antología de un solo autor, que puede dar a conocer a lectores menos informados el conjunto de la obra de un poeta poco valorado en su día, o poner a su disposición libros ya agotados o de difícil acceso de otro suficientemente valorado. Carece del misterio del libro de poesía. Del libro elaborado en el arcano de cada escritor, donde cada poema ocupa un lugar tan delicadamente pensado e inspirado, como el lugar de cada verso en el poema. Si está bien encuadernada, la antología puede llenar dignamente unos centímetros en una estantería elegante. Salvedades ejemplares, las realizadas por el propio autor con criterios creativos, más que meramente acumulativos, como las de Juan Ramón Jiménez.
En segundo lugar, la antología de varios autores en la que alguien con talento creador o crítico reúne, en uno o varios volúmenes, a distintos poetas del pasado que representan una estética o una cultura determinadas, o bien una época histórica, todo ello con fines didácticos o meramente estéticos (Martín de Riquer). También puede tratarse de una antología de poetas actuales, que tenga el fin de clarificar o deslindar del polvo y barro lo que luego podría resultar "una generación" al uso. Ejemplo señero de este caso, la de Gerardo Diego —recientemente rememorada con acierto por Miguel García Posada-, que desbrozó del anonimato a quienes más tarde se llamarían "Generación del 27". Menos señera sería, por ejemplo, la llamada Nueve Novísimos de Castellet, antología que ha permitido prolongar más de un cuarto de siglo algunas ficciones poéticas, dando lugar a un modelo obediente, sobre todo, a razones de marketing ideológico o político.
Una modalidad de las anteriores es la que considera, en insigne verso ya hecho tópico de Gabriel Celaya, la poesía como "un arma cargada de futuro". Por ejemplo, la antología Con Nicaragua de la editorial Endymion, que reunió en su día a poetas en lengua española que apoyaban ingenuamente -me incluyo como culpable partícipe del engendro— lo que después resultó el fiasco de la torticera revolución sandinista.
Y podríamos seguir hasta agotar las posibilidades que han permitido a críticos superficiales clasificar el superabundante -en cantidad- mundo de la poesía, simplificándolo en generaciones, mediante antologías enfrentadas y contrapuestas, utilizadas como instrumento de combate por las formaciones políticas que, al parecer, precisan adornarse con la flor maloliente de poetas de cámara.
Después vendrían las "antologías al peso", tipo "Las mil mejores poesías", destinadas a lavar la mala conciencia de lectores que precisan de cierto adorno cultista. Así las cosas, bienvenida pues la enorme antología de Aldea Poética que, prologada por Gloria Fuertes, agrupa aproximadamente a doscientos poetas en lengua española y amenaza con dos mil, que son las contribuciones que dice haber recibido desde 29 países la editorial Opera Prima, convocados bajo el lema general "La Poesía Nos Une". Defiendo esta antología por una sola razón: pienso que a sus jóvenes promotores -capitaneados por la traviesa y provecta poetisa, que en el prólogo utiliza la siguiente metáfora: "El mundo es una colonia (tenemos que oler bien)"-, les mueve no el ánimo de lucro, inútil empeño por lo demás tratándose de poesía, sino el de ganar lectores para su causa fundacional de dar a conocer la obra de autores jóvenes e inéditos.
Al solicitar poemas no publicados, sin más especificación, a demasiados autores (entre los que se encuentran buenos, malos y pésimos poetas) buscando un resultado coral, olvidaron que la profunda individualidad de la que brota la creación poética impediría en cualquier caso la coherencia de conjunto que seguramente buscaban. La antología es fiel por tanto a los supuestos de cantidad y calidad ya expuestos, aunque lo bueno que pueda contener siempre brilla para el lector experto -como querría T. S. Eliot-, como "ajo y zafiros en el barro".
Es preciso destacar, en este último sentido, la brillante sorpresa de algunas voces de Hispanoamérica -entre ellas las cubanas-, que resuenan con acentos, ritmos y vibraciones hasta ahora no escuchados por nuestros pagos, quizá debido al alejamiento real entre los ámbitos trasatlánticos y los localistas de nuestra cultura, que siguen todavía bajo el influjo maléfico de la tradicional política de Juegos Florales.
En París, en la Sorbona, en el mes de mayo de 1882, Ernest Renan pronunció una conferencia con el título ¿Qué es una nación? Para el polígrafo francés, el fundamento último de la nación no era la raza, la lengua, la geografía o la religión, sino los intereses comunes de un pueblo.
«Una nación —decía Renan— es un alma, un principio espiritual. Dos cosas, que a decir verdad, no son más que una, constituyen esta alma. Una está en el pasado, la otra en el presente. La una es la posesión en común de un rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar haciendo valer la herencia que se ha recibido, indivisa».
Como puede verse, Renan hacía referencia al pasado, a un legado de cosas objetivas que serían condición necesaria, pero no suficiente, del concepto de nación. Pero lo que sobre todo acentuaba era un elemento subjetivo: la voluntad de sus integrantes. «La existencia de una nación —decía Renan— es un plebiscito de todos los días, del mismo modo que la existencia del individuo es una perpetua afirmación de vida».
Pero esa voluntad, expresa o tácita, de caminar por la senda del futuro, exigiría, claro está, un estímulo funcional, lo que Ortega postuló como «un proyecto sugestivo de vida en común». Ortega pensaba en lo que la nación tiene de empresa colectiva, por lo tanto, de un proyecto abierto hacia el futuro, de una energía central que estimulara a vivir «como partes de un todo y no como todos aparte». Lo que me interesa subrayar es que la viabilidad de una nación tiene mucho más que ver con el futuro que con el pasado. Ahora bien, por lo mismo que el presente es, a la vez, novedad y rememoración, el porvenir está también, en buena parte, contenido en el pasado.
Como el conductor que va hacia adelante sin dejar de mirar de soslayo el espejo retrovisor, así deben avanzar las sociedades, con la lógica retroprogresiva, buscando nuevas ubicaciones en el escenario de la Historia, pero sin olvidar las enseñanzas adquiridas por circunstancias anteriores. En ese sentido conviene, pues, dejar sentado que, con independencia de su origen, una nación es, sobre todo, un proyecto incitador de voluntades. Los particularismos son siempre un fenómeno reactivo, y el síntoma de que no se vislumbra un futuro lo bastante seductor.
La nacionalidad es la manifestación ideológica del Estado, forjada voluntariamente mediante la educación o el culto de algunos símbolos. La nación es un hecho político producto de la fuerza o del pacto, pero artificial en todo caso. Un resultado, pues, de la voluntad, no de la Providencia.
Es difícil concebir la idea de nación sin remontarse a algunos orígenes más o menos míticos, pero, desde luego, ese componente histórico es poco importante al lado de una voluntad o de un proyecto hacia el futuro. Las naciones las hacen los hombres y solo ellos; la historia es libertad, no destino.
Historia, lengua, geografía incluso, si tuvieran algún fundamento las tesis de Federico Ratzel, son condicionantes objetivos o simbólicos del destino de la formaciones nacionales. Pero, por encima de todo, la nación es una vocación de serlo. Por lo tanto, considero irrelevante a la hora de proyectar nuestro futuro mirar hacia el pasado más atrás de lo conveniente.
La primera identidad nacional de España se produjo, como en Francia o en Gran Bretaña, a lo largo del siglo XVIII. La creación de las Reales Academias marca el comienzo de este proceso. Todavía bajo Carlos m había políticos extranjeros al frente de los designios españoles. No hubo bandera nacional hasta 1843, aunque sí el germen de un sentimiento de comunidad nacional auspiciado por cierto chovinismo que se enfrentó a Esquilache o ensalzó al Goya de majos y manolas o promovió manifestaciones contra Alemania por la ocupación de las islas Carolinas. La integración de mercados, el desarrollo de un sistema educativo común, la fundación del Banco de España y el sistema fiscal unificado tendrán que esperar hasta la segunda mitad del XIX. El control del Estado sobre la sociedad no se refuerza hasta la creación de la Guardia Civil en 1844. También la unificación del Derecho arranca por esas mismas fechas. Sin embargo, el localismo dominó la vida social, económica, cultural y política española hasta bien entrado el siglo xx. En 1910, todavía había más de 4.000 pueblos sin comunicación de un total de 9.266, es decir, la quinta parte de la población estaba aislada.
Pero hemos hecho muchas cosas en poco tiempo. La aceleración de los acontecimientos sociales y técnicos es pasmosa, a veces casi aterradora.
El escenario, pues, ha cambiado y ha cambiado el atrezzo y debería cambiar la obra. ¿Por qué, pues, el necesario destino de vertebrar una comunidad española transregional no acaba de hacerse realidad? ¿Por qué con la boca pequeña o a las claras se sigue cuestionando la pertinencia de construir el orteguiano sugestivo proyecto de vida en común? Las respuestas que en el pasado encontró esa pregunta no sirven ya para el momento presente. Las discrepancias religioso-ideológicas que alumbraron el marbete de «las dos Españas» están amortizadas. Las desigualdades sociales que resultaban potencialmente explosivas se han atemperado bastante. Las galopantes globalizaciones de los procesos económicos, políticos y mediáticos hacen insolventes las autarquías nacionales y, desde luego, altamente peligrosas porque la determinación de la nación a partir de realidades lingüísticas o étnicas teñiría los mapas de incoherencia.
Bien, por más que la nación española tiene una fecha menos antigua que la propia conciencia española, es evidente que proponer un proyecto nacional español es la solución mejor y más justa para los pueblos concretos de sus diversas partes. Especialmente ahora que el mestizaje de las Españas se ha convertido en un dato más relevante de cara al futuro que otros acontecimientos históricos del pasado. Nunca como ahora se han dado las condiciones para que España alcance un alto grado de vertebración y una elevada integración cultural. Las provincias, que fueron la única realidad diferencial durante siglos, son hoy circunstancias administrativas que acogen conciencias intercambiables. Nunca como hoy las condiciones sociales, culturales y económicas resultan tan favorables para consumar un proyecto compartido. Por ello, desde ese escenario objetivo procede construir lo que Tocqueville llamaba un «patriotismo reflexivo», una conciencia inclusiva que permita sentirse español siendo vasco o catalán, aragonés o asturiano, andaluz o gallego.
Mirando hacia el futuro, trataré de explicar por qué la España invertebrada de Ortega ha dejado de ser una realidad. En este fin de siglo, España es un país plenamente europeo, con la novena economía de mercado del mundo en términos de su Producto Interior Bruto, con una tasa de crecimiento económico en las tres últimas décadas solo superada por Japón entre los países de la OCDE. Tras largos años de aislamiento, una nueva España se ha presentado en sociedad como nación democrática, moderna, próspera y estable, capaz de conjurar los demonios de su historia. Repasaré algunos rasgos significativos de las mutaciones recientes.
Desde el punto de vista territorial, España es un país eminentemente urbano y con una población crecientemente metropolitana. Tomando el límite de los 5.000 habitantes como definitorio de los núcleos rurales, en 1960 el 71,1% de la población podía considerarse como urbana, mientras que en 1991 la población que vivía en municipios mayores de 5.000 habitantes había pasado a ser el 83,3%. Además, la población que habitaba ciudades de más de 100.000 habitantes era tan solo del 27,8% en 1960, mientras que en 1991 ésa era la condición del 42,4% de los españoles. Pero la población se distribuye muy desigualmente sobre el territorio. Los datos de 1991 vuelven a poner de manifiesto la consabida dicotomía entre la España interior y la España periférica. Resulta contundente la oposición entre una España periférica, más Madrid, que engloba nada menos que al 71% del total de la población y una España interior con apenas el 29%. Pero más significativo es el hecho de que la distribución espacial de la población española se caracteriza por su fuerte concentración en unas determinadas áreas. Las cuatro grandes áreas dinámicas del país -Madrid, Cataluña, País Vasco y Comunidad Valenciana-, con tan solo el 14% del territorio nacional y 11 provincias, albergan nada menos que el 43,22% de los habitantes, mientras que sobre el 86% restante, en 13 comunidades autónomas, residía el 56,7%. Este proceso de concentración se inicia relativamente temprano ya que en 1900 las provincias de Madrid, Barcelona, Vizcaya y Guipúzcoa albergaban al 15% de la población, para en 1950 superar el 20%. Este proceso se agudiza a partir de los años cincuenta como consecuencia de la dinarnización de la economía española, que consolida plenamente un modelo de desarrollo altamente polarizado en unas pocas áreas del país, La consolidación de este modelo ha traído como resultado la pervivencia de profundos desequilibrios demográficos, con cifras tan distantes como los 598 habitantes/km2 de Madrid y los escasos 26 habítantes/km2 de Extremadura. Sin embargo, el descenso desigual de la tasa de natalidad está propiciando una mayor homogeneización entre las distintas regiones. Las regiones que tenían una mayor tasa de natalidad han sufrido el mayor retroceso. Es el caso de Murcia y Canarias, dos Comunidades que tradicionalmente han presentado tasas muy altas dada la estructura joven de su población; pero también el caso, más significativo, de Madrid, País Vasco, Cataluña, Comunidad Valenciana y Baleares, centros dinámicos donde la inmigración rejuveneció una estructura de la población en vías de envejecimiento y que desde 1975 han visto hundirse espectacularmente sus tasas hasta situarse en algunos casos por debajo de la tasa nacional. Por el contrario, los descensos más pequeños aparecen en aquellas regiones que presentaban en 1975 las tasas más bajas de natalidad.
La transformación de la estructura ocupacional es aún más profunda. Los españoles trabajan hoy en actividades muy diferentes a las que eran mayoritarias hace 40 años. Por ello, el perfil social de España es muy semejante al de la media europea, con todo lo que ello comporta como homogeneización de las formas de vida. En 1950, casi la mitad de la población trabajaba en la agricultura; en 1994 la proporción se había reducido al 8,6%.
Paralelamente al descenso de la ruralidad, los trabajadores industriales aumentaron de forma significativa durante la primera fase del despegue económico, pasando del 25% en 1950 al 37% en 1970, para luego decaer hasta el 28% en 1994, como consecuencia de la crisis y de una política de reindustrialización insuficiente durante la década de los ochenta. Pero, como en todas las sociedades desarrolladas, son las actividades de servicios las que han ido empleando a una proporción creciente de la población, aumentando desde un 25% en 1950 al 54% en 1994.
La modernización de la estructura social ha significado, paralelamente, un notable incremento en el grado de aceptación del sistema, es decir, una mayor cohesión social en el consenso básico de la sociedad. Consideremos, como hace Víctor Pérez Díaz (La primacía de la sociedad civil) el caso de las actitudes morales de los trabajadores en relación a la economía de mercado, las empresas y los sindicatos. En España, como en la Europa de posguerra, los obreros rechazaron la versión extremadamente negativa del capitalismo que articuló la tradición marxista; y, sobre todo, así lo demostraron en su conducta. A escala microsocial, los trabajadores aceptaron la empresa, del mismo modo que habían aceptado la economía de mercado, lo cual es un indicio claro de cohesión.
Al tiempo que se producía un vuelco en la estructura social y se consolidaba el consenso básico, el modelo demográfico español ha pasado de un perfil de sociedad semi-tradicional a una población estabilizada y madura que se diferencia aún de sus vecinos europeos por su mayor proporción de jóvenes (que, sin embargo, se reduce de forma cada vez más intensa), teniendo en cuenta la fecha más tardía en la que España adoptó un comportamiento restrictivo en términos de natalidad. Junto al descenso de las tasas de mortalidad típico de las sociedades desarrolladas, la demografía española de los últimos años se caracteriza por otros rasgos directamente relacionados: el descenso de la fecundidad y natalidad y el descenso del crecimiento natural de la población.
Por ese reciente, aunque brusco, cambio de las tendencias demográficas, la población española aún sigue siendo relativamente joven. Las consecuencias del desplome de la natalidad en España empezarán a sentirse sobre todo hacia finales de la primera década del siglo XXI. Pero ese escenario cargado de potencialidades negativas no es ineluctable. España, por tener una pirámide de edades más equilibrada que la de la mayoría de los países de la UE, dispone aún de cierto periodo de tiempo hasta llegar a situaciones críticas en la reproducción de las clases de edad más jóvenes y podría aún cambiar de nuevo la tendencia, evolucionando hacia tasas de fecundidad y natalidad más altas. En efecto, el descenso de la natalidad puede ser una tendencia reversible en las sociedades desarrolladas. Las pautas recientes de las sociedades escandinavas prueban esta posibilidad de la que también nosotros empezamos a tener indicios.
Bien, no es preciso ser muy perspicaz para concluir de estos datos que acabo de repasar que el referente de España que Ortega tenía in mente cuando en 1921 dio a la imprenta su España invertebrada, poco tiene que ver con la España de la que hoy disfrutamos, cuyo dato más relevante podría ser éste: nuestro Producto Interior Bruto (Pm) se ha multiplicado en términos reales cuatro veces desde 1960. Pero, por sí mismo, este registro apenas dice algo en términos de vertebración del país. De un país, por otra parte, de una variedad cultural tal, que es capaz de abarcar desde manifestaciones celtas en Galicia hasta afinidades caribeñas en las islas Canarias. Para medir el grado de vertebración, es decir, de articulación y, por lo tanto, de armonía funcional, debemos considerar tanto los desequilibrios territoriales como las desigualdades sociales. Y a ello dedicaré las próximas líneas.
La concentración desigual del poder del Estado y de los centros industriales y financieros a lo largo de nuestra historia produjo desde finales del XIX el predominio económico de Madrid, Cataluña y el País Vasco sobre las otras regiones españolas, mientras que Andalucía y Extremadura, dominadas por el latifundio, y Galicia, castigada por el minifundio, se constituían en la periferia española. Tal desequilibrio tuvo como efecto principal grandes movimientos migratorios desde las zonas rurales hacia los centros urbano-industriales y desde las regiones más pobres hacia las más ricas. Como consecuencia de dicho proceso de igualación relativa de las condiciones de vida de la población residente en cada región (mediante el traslado de los más pobres de las regiones pobres a las regiones ricas), la desigualdad entre las regiones españolas en los años ochenta no es mucho mayor que la de otros países europeos.
En este proceso de igualación han desempeñado un papel esencial los efectos redistributivos del sistema de financiación autonómica.
La financiación de las Administraciones autónomas tiene lugar por tres vías: las transferencias presupuestarias, el Fondo de Compensación Interterritorial y los fondos comunitarios procedentes de la UE. El Fondo de Compensación Interterritorial, establecido en aplicación del principio constitucional de solidaridad interregional, ha desempeñado un papel notable en la redistribución de recursos, en la medida en que son las Comunidades de menor desarrollo relativo las que han recibido mayor financiación por habitante. Por Ley de 23 de diciembre de 1985, se puso en práctica una nueva política de incentivos regionales que se inició en la práctica a finales de 1988. Los resultados obtenidos hasta el momento parecen indicar que estas medidas pueden tener efectos positivos en las regiones más deprimidas, ya que son las que están recibiendo proyectos más incentivados.
Para financiar las políticas estructurales, la Unión Europea cuenta con tres grandes fondos: el Fondo Europeo de Orientación y Garantía Agrícola (FEOGA), el Fondo Social Europeo (FSE) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER).
Pues bien, con independencia de los frutos que hasta la fecha hayan dado estas estrategias de corrección de desequilibrios territoriales, la entrada en vigor del Acta Única y la previsible duplicación de estos fondos estructurales nos autorizan a ser optimistas sobre un futuro a medio plazo.
Por otro lado, la investigación demuestra que los sistemas de financiación autonómica tienen un efecto positivo sobre la redistribución regional de la renta. Por tanto, el Estado de las Autonomías es un factor de reequilibrio territorial y de disminución de la desigualdad entre las regiones. Ello no implica automáticamente, sin embargo, una disminución de la desigualdad social para los ciudadanos, lo que hace plantear la necesidad de distinguir entre los objetivos de la política regional y los esfuerzos para paliar las desigualdades sociales.
España se ha caracterizado históricamente por un alto grado de desigualdad social, en comparación con los países de su entorno. Esa realidad ha estado en la base de las tensiones que han convulsionado la sociedad. Pero es preciso recordar que la desigualdad social es un rasgo permanente de toda estructura social históricamente conocida.
Ahora bien, la tendencia a una mayor desigualdad social no es equivalente por sí misma a un incremento de la pobreza en el país o a la aparición de una sociedad dual, como a veces se argumenta. En teoría al menos, en un país se puede producir un aumento de la desigualdad y al mismo tiempo una mejora de la situación de la mayoría de sus ciudadanos. Solo hay dualidad en estricto sentido y, por lo tanto, riesgo de desvertebración, cuando los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres en términos absolutos y no solo relativos. Ese no es, afortunadamente, el caso de España. Sin embargo, la rapidez del crecimiento económico, del cambio estructural del sistema productivo, de los valores culturales y de las instituciones democráticas no ha sido acompañada (por falta de recursos suficientes y por las constricciones de la política económica, que ha dado prioridad a la lucha contra la inflación y al equipamiento productivo) de una generación de mecanismos económicos e institucionales suficientes para la plena inserción de la población. No es ésta la ocasión de detenerme en el riesgo de desvertebración que para las sociedades supone el fenómeno de la exclusión o de la marginación, pero sí quiero apuntar un par de riesgos emergentes en el escenario de las sociedades desarrolladas que empiezan a manifestarse también en España y que explican, de paso, el papel de los nacionalismos en el seno de Estados consolidados.
Sin perjuicio de la permanencia de ciertas constantes históricas, el nacionalismo sufre una transformación notable en sus objetivos y justificaciones con el paso del xrx al xx. Dellegitimismo organicista y antiliberal evoluciona hacia una forma de hacer política, es decir, hacia un uso astuto de la conciencia de singularidad con el objetivo de obtener poder político en algunos territorios. Los irredentismos casticistas ceden en favor de fenómenos apegados a la lucha por el poder. El aroma inconfundible de la patria chica, de la «nación cultural», lo descubren los poetas y lo explotan los políticos en beneficio de grupos sociales que se sirven del propio campanario más como medios que como fines de sus actuaciones.
Lo malo es que la explotación política de estos hechos diferenciales convive con particularismos de nuevo cuño que coadyuvan a la desvertebración social. Me refiero a los fenómenos del comunitarismo y del victimismo. A ambos les dedicaré un par de líneas porque los considero un episodio de alto riesgo para la autoridad del Estado y para su capacidad de redistribución de los recursos, conditio sine qua non de la paz social.
Edward Luttwak, especialista en estrategia y consejero del Pentágono, ha bautizado con el nombre de «comunitarismo» a un conjunto de impulsos localistas y ecologistas. Son dos fuerzas distintas puesto que la una nace de la defensa de las ventajas, privilegios o calidad de un solo lugar (por ejemplo, el movimiento norteamericano de los nimby —acrónimo que resume la expresión «not in my back yanf’, es decir, «Hacedlo donde queráis, pero no en mi patio trasero»— y la otra se propone objetivos planetarios (salvar las pluviselvas brasileñas, defender la atmósfera de la Tierra). Pero, en sus manifestaciones más radicales, localismo y ecologismo están destinados a unirse porque los localistas tienen necesidad de una bandera ecológica que prohíba todo aquello que consideren indeseable en su propia casa, y los ecologistas deben dedicar sus reivindicaciones, una por una, a un territorio. La convergencia de estas dos fuerzas plantea un reto muy duro. Propone como modelo el presente, que debe congelarse, igual que una imagen en la moviola, a costa de desposeer, no a la generación que vendrá después, sino a la que ahora tiene el poder democrático.
El motor, la reserva energética y la estructuración de la mentalidad de estos colectivos encuentran su combustible en una impostura que Pascal Bruckner llama «victimización». Se trata, dice Bruckner, de «esa tendencia del ciudadano mimado del paraíso capitalista a concebirse según el modelo de los pueblos perseguidos, sobre todo en una época en que la crisis mina nuestra confianza en las bondades del sistema». Los comunitaristas, los localistas, estos nuevos particularistas, una vez travestidos de víctimas, consagran la paradoja del individuo contemporáneo pendiente hasta la náusea de su independencia pero que al mismo tiempo reclama cuidados y asistencia. Los antiguos conflictos de la modernidad giraban sobre todo en tomo a la inclusión de los que hasta ese momento habían quedado excluidos, se tratara del derecho de sufragio, al principio, o de los sistemas de protección social, después. Los nuevos movimientos sociales abogan en no pocos casos por una nueva exclusión. Dice Bruckner que «la victimización es la versión fraudulenta del privilegio ( … ) el derecho como protección de los débiles desaparece tras el derecho como promoción de los hábiles». En las sociedades opulentas, el lugar de la innovación y del cambio lo ha tomado al asalto el oportunismo que sabe sacar ventaja del síndrome burocrático que afecta al Estado. El progreso ya no consiste en avanzar, sino en protegerse de las contingencias del sistema. La democracia reivindica la integración y la cooperación, el horno homini socius, pero estos colectivos actualizan desde la sociedad civil el diagnóstico hobbessiano de que el hombre es un lobo para el hombre. Cuando los intereses particulares se imponen a la voluntad general, cuando frente a las partes de un todo se propone el todos aparte, se gripa el libre juego de las instituciones democráticas y se desvertebra la sociedad. Si fuera cierto el vislumbre de Albert Hirschmann sobre la alternancia de periodos solidarios y egoístas habría que constatar que el que nos está tocando vivir es egoísta y, por lo tanto, disgregador.
Afortunadamente, los fenómenos que he tratado de describir son en España solo incipientes y aún no se manifiestan con la agresividad irascible con que se manifiestan en otros lugares como Estados Unidos, Canadá o Francia. Pero quede ahí la constancia de una nueva amenaza a la vertebración de España. Un particularismo corporatista que sería por sí mismo peligroso, pero mucho más si se uniera a nuestras dificultades en la definitiva vertebración territorial del Estado, asunto al que dedicaré unas breves consideraciones.
Desde 1940 hasta 1975 se regionaliza España desde el punto de vista eclesiástico, militar, agronómico, ferroviario, forestal, fiscal, hidrológico, judicial, laboral, marítimo, minero, notarial, postal, universitario, etc., y siempre con criterios distintos entre sí. Esa caprichosa casualidad se acaba con la Constitución del 78, que establece los criterios a los que se debe ajustar el nuevo mapa territorial. Para ello parte en su artículo 2° de fundamentar la propia Constitución en «la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles», reconociendo y garantizando «el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». Se establece con ese artículo un modelo de Estado distinto del Estado integral propuesto en la Constitución de la 11 República, en el que la autonomía va a ser la regla. Un modelo de Estado que no es identificable con ninguno de los modelos de Estado contemplados por la doctrina jurídica: unitario, regional y federal, y sobre cuyo significado, alcance y contenido no estaban, ni están aún de acuerdo, científicos y políticos, pues mientras para unos se aproxima más a un Estado federal, para otros está más cerca del modelo regional italiano. Por ello ha sido calificado de modelo semifederal, semirregionalizado, semicentralizado. La Constitución del 78 quiso dar respuesta a lo que Azaña había llamado «enfermedad crónica» del pueblo español, su problema regional. Quiso integrar tres realidades diferentes igualmente relevantes: España, o sea, la idea de nación española; las nacionalidades, es decir, los territorios que perciben su pasado y su cultura como elementos de una identidad genuina y diferenciada; y las regiones, partes singulares de España, pero no diferenciadas de la nacionalidad española. Sin duda, tal pretensión era saludable y, también sin duda, los legisladores hicieron bien su trabajo, tan complejo por otra parte. Cierto es, sin embargo, que algunos constitucionalistas eminentes como el añorado Tomás y Valiente observaron algunos defectos técnicos, tales como el «carácter inacabado», «indefinidamente abierto» del modelo por un exceso de prudencia del legislador, que habría preferido que fueran la experiencia y el transcurso del tiempo los elementos que aquilataran la perfección del nuevo tipo de Estado y propiciaran el definitivo «cierre autonómico». Pero esa voluntaria ambivalencia de la Constitución no es ni desidia, ni capricho, sino un intento razonable de adaptar el modelo a la realidad. Saludable cautela porque hay una ley histórica, casi física, no enunciada que postula que la realidad acaba imponiéndose a cualquier tipo de prótesis que no convenga a su anatomía.
Naturalmente, la Constitución vigente funda su legitimidad en la legitimidad democrática del proceso constituyente. Ésa es su legitimidad y no la historia o la tradición. Pero esa Constitución tuvo en cuenta la historia de España, la plural estructura política de España y se adecuó a ella en la organización territorial del poder. Siendo eso así, ocurriendo que la Constitución democráticamente legitimada y legitimadora ha reflejado mejor que ninguna otra desde la de Cádiz hasta la de 1931 la peculiar estructura política de España a través de su historia, ¿por qué hay síntomas evidentes de debilitamiento de la conciencia nacional? No es fácil encontrar topónimos cuya continuidad histórica respecto a una población estén más claros. Ni Francia se llama Galia, ni Alemania Germanía, ni Suiza Helvetia… pero Hispania es esencialmente España. Y, sin embargo, es muy difícil encontrar en otros ámbitos geográficos ciudadanos que se hayan planteado tantas veces el problema de su identidad histórica, racial, religiosa, política, etc. El problema llega hasta nuestros días y, puesto que no se reflexiona sobre lo evidente, sino sobre lo problemático, habría que aceptar la complicación del empeño de construirnos en tanto que nación. Pero esto, más que una invitación a seguir mareando la perdiz de la historia y de las esencias, es una invitación a mirar las cosas de otra manera, porque ni una nación ni un Estado son instituciones divinas ni naturales, sino meros artificios ingeniados por los hombres como sistemas de seguridad para propiciar la convivencia y exorcizar los miedos. Están al servicio de los hombres y no al revés y, por lo tanto, son mutables, históricas.
Acerca de los inconvenientes de la inmovilidad y con un catálogo de jardinero en mano, refutó Gide a un Maurice Barres que hacía en Los desarraigados un elogio de la inmovilidad. André Gide pudo sostener que cuantas más veces es trasplantado el álamo en su juventud, más seguro es su vigor futuro. Esto no solo vale para los álamos, sino que es especialmente cierto en el reino de las ideas, la cultura y las instituciones. Por otra parte, Payne, en el capítulo II de Los derechos del Hombre, afirmaba que no se recordaría una sola de las antiguas formas de gobierno, pero que las Revoluciones Francesa y Americana se recordarían siempre por haber comenzado con equidad, es decir, por haber convertido un sistema de seguridad tiránico en un sistema de seguridad correcto.
Pues bien, con esas dos vocaciones, con la de suponer un nuevo trasplante y aspirar a ser un sistema de seguridad correcto, ha nacido la Constitución española. Sin ignorar el pasado común que hizo posible el pacto entre representantes de todas las regiones y naciones de España y apelando a la conocida fórmula de Renan de que la nación es «un plebiscito de todos los días», deberíamos proyectar el futuro. Así funciona el nacionalismo de los Estados Unidos; los norteamericanos no saben con rigor de dónde proceden, pero saben muy bien cuándo han comenzado. Esa necesidad de empezar de nuevo está asistida por la posibilidad material de hacerlo. «Y no se diga que es demasiado tarde para intentarlo, las naciones no envejecen de la misma manera que los hombres. Cada generación que nace en su seno es como un pueblo nuevo que se ofrece al legislador». Estas palabras que acabo de citar las escribió Tocqueville en La democracia en América. El mismo Tocqueville reiteró su admiración por la forma en que en los Estados Unidos se vivía sin conflicto la vinculación afectiva al Estado federado donde cada ciudadano nace y vive y el sentimiento de «patriotismo reflexivo» en relación con la Unión. Pues bien: esa realidad dual e inclusiva es trasladable a nuestro país y sin duda es el íntimo designio de nuestra Constitución. Pero la conciencia de los pueblos, la imagen que se forman de su propio pasado y de su porvenir, la intrahistoria, la sociología, el imaginario simbólico, tiene tanto que ver con leyes y decretos como con el ejemplo y el impulso de sus líderes. Bien está la Constitución, pero no basta la Constitución para hacer realidad lo que postula. Las dificultades que hoy todavía sigue encontrando España para constituirse con alguna estabilidad en «nación de nacionalidades y regiones», en supranación, si se quiere, en Estado multinacional, tienen mucho que ver con la desoladora ausencia de objetivo de cuantos interpretan la Constitución desde la conveniencia del momento.
Pero quiero dejar claro que mi insistencia en la necesidad de desnudar de sacralidad al pasado no exige la desafección absoluta. Al contrario, sé que el sentimiento de pertenencia es socialmente cohesivo y psicológicamente benéfico. Efectivamente, no hay democracia sin conciencia de pertenencia a una colectividad política, a una nación en la mayoría de los casos, pero también a una región o incluso a un conjunto federal, tal como aquél hacia el que parece avanzar la Unión Europea. Los seres humanos experimentan un profundo malestar —la anomía, como lo llamaba Durkheim— ante la ausencia de normas y de reglas que los vinculen a los otros y este malestar lo atenúa o lo corrige la pertenencia a una comunidad. Por eso, la democracia liberal que se perfila como el producto final de una civilización, como le gusta postular a Francis Fukuyama, no puede ser enteramente «moderna». Dicho de otra manera —y cito aquí palabras del propio Fukuyama— «para que las instituciones de la democracia y del capitalismo funcionen correctamente, deben acompañarse de ciertos hábitos culturales premodernos que aseguran su buena marcha. El derecho, el contrato y la racionalidad económica son una base necesaria, pero no suficiente, tanto para la estabilidad como para la prosperidad de las sociedades postindustriales; deben estar impregnados de reciprocidad, de obligación moral, del sentido del deber hacia la comunidad, y de confianza, actitudes éstas que descansan más en la costumbre que en el cálculo racional.» Lejos, pues, de ser un anacronismo el sentido de comunidad, de pertenencia, es una conditio sine qua non de una sociedad moderna.
El individuo solo se eleva a la conciencia real manifestándose como miembro de una comunidad. El arraigo es necesario, pero es un punto de partida, no una meta. El nacionalismo es malo cuando agrede, cuando amenaza, cuando se expresa como afección delincuente.
Los «hechos diferenciales» pueden tener su sentido y hacer su juego en la sociedad industrial ensoberbecida por la razón instrumental y el economicismo. Los caminos futuros de la democracia habrá que trazarlos sobre las coordenadas de un hombre escindido en una confrontación dual: la identitaria de las naciones y la integradora del universalismo. Han de cumplir la llamada de Ortega: la superación no debe olvidar el «detalle» de que las conciencias nacionales existen. La libertad de los modernos es una libertad que no tendría efectos si no produjese sociedades diversificadas, múltiples, atravesadas por relaciones, conflictos, compromisos o consensos. Sociedades, pues, como la española que, a las doce menos cinco del siglo XXI tiene que resolver un problema del siglo XIX: la tensión entre los anhelos de igualdad de todos los territorios y la vocación por resaltar lo diverso de otros. Sin duda, es un rasgo perturbador de nuestra vida política.
El futuro es un largo camino, y muy probablemente no le faltaba razón a Sir Winston Churchill cuando lo percibía como «ese secreto rodeado de misterios con un enigma dentro», pero desde luego, sea lo que sea lo que nos espere, tendrá mucho que ver con nuestras decisiones y con nuestras actitudes. El hecho es que nuestro presente no es ya, ni mucho menos, un escenario de «desaliento, de amargura y de aspereza», que era como tipificaba Giner de los Ríos la circunstancia española que le tocó vivir. Tampoco es el «pantano de agua estancada» del que pudo hablar Unamuno. De una España caracterizada por el estancamiento agrario, el fracaso industrial, la debilidad de la burguesía, la ausencia de clase media, la ineficiencia del Estado como creador de la nación, hemos pasado a una España, con sus más y sus menos, homologable a los países más prósperos del mundo. Hemos dado, con bastante fortuna y algunos traspiés, los primeros pasos de un nuevo comienzo. La historia de las sociedades ha sido siempre una multiplicidad de comienzos, consumaciones y malogros, una pluralidad de culturas que florecieron y se marchitaron, de imperios que se fundaron y se arruinaron. Nosotros ya no podemos creer que la Historia camine inevitablemente hacia estadios superiores. La concepción racionalista de la Historia como un proceso o estructura que se desarrolla hacia un destino ha quedado sobradamente desautorizada por la realidad de las cosas. Todo lo que se ha logrado se puede perder. Pero podemos evitarlo porque sabemos, también, que toda política sigue siendo la elección de lo preferible frente a lo temerario y que no hay más que un medio de progresar, y es la profundización en los grandes valores de la democracia, de la razón, de la educación, de la responsabilidad, de la prudencia y del buen sentido.
Cervantes, creo, amó y desdeñó la literatura en igual medida. Desde mozo se sintió atraído por las letras romances y aspiró a labrarse una reputación cultivándolas con una resuelta vocación de originalidad. Jamás le faltó la confianza en sí mismo, la convicción de que era capaz de escribir obras largamente superiores a cuantas corrían en lengua vulgar: las comedias que apalabraba en 1592 iban a ser «de las mejores (…) que se han representado en España»; con las Novelas ejemplares, «no imitadas ni hurtadas», se sabía «el primero» en ilustrar el género en castellano; el Persiles había de «llegar al estremo de bondad posible».
Tenía la literatura en un concepto no poco alto, pero no sacralizado, y le complacía ensayar nuevos caminos, pero sin experimentalismos a cualquier precio, consciente de cuáles eran los límites de los «libros de entretenimiento», como los suyos, y de hasta qué punto los condicionaban el «deseo de gloria» y de ganancia y el imperativo de asegurar el placer de la lectura. Nunca quiso, con todo, ganarse al público a costa de traicionar los ideales estéticos que había hecho suyos de joven, al arrimo de Italia.
Cuando rondaba la cuarentena, llevó a las tablas con buen éxito «hasta veinte o treinta comedias, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza», y no es dudoso que lo hizo conjugando «los preceptos del arte» y una clara voluntad de renovación. «Entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica». Volvió Miguel a componer algunas piezas, templadamente abiertas a las orientaciones del Fénix, pero sin renunciar al meollo del neoclasicismo. Ningún empresario se interesó por estrenarlas. No había «pájaros en los nidos de antaño».
Jamás le faltó a Cervantes confianza en sí mismo, la convicción de que era capaz de escribir obras largamente superiores a cuantas corrían en lengua vulgar
En la España de Felipe III, en efecto, Cervantes (1547-1616) es un «poetón ya viejo», un superviviente de otro siglo, otros principios y otros gustos. Las luminarias del momento lo sentían distinto y distante, y él desdeñaba la teoría y la práctica de la literatura que entonces contaba con más crédito. El Prólogo al Quijote, hacia agosto de 1604, dice precisamente esa doble marginación.
El Quijote es declaradamente «una invectiva contra los libros de caballerías», pero el Prólogo solo lo explica al final y casi al desgaire, y en cambio enfila con complacencia dos blancos capitales: por un lado, la fácil exhibición de «letras humanas», que da a los autores patente de «hombres leídos, eruditos y elocuentes», y, por otra parte, «la inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse». Que en el Quijote falte toda esa balumba lírica, porque Lope y las demás estrellas no quisieron aprestarla, pudo depender de piques personales, pero en última instancia responde a la disidencia cervantina que tan cristalinamente expresan las andanadas contra el primer blanco.
Es que las modas de la época ponían en los altares la literatura de la literatura, la literatura como ostentación de un saber cuyo prototipo eran las aulas de los jesuitas —entre humanismo en declive y cuatro ochavos de escolástica—, la literatura para iniciados y selectos, menos alerta a la enjundia de los conceptos que a la manera de «intricarlos y escuiecerlos ». Cervantes, por el contrario, creía en una literatura de la verdad, de la experiencia y de la vida: una literatura abundante en casos estupendos, no ajena siquiera al prodigio, pero atenida fundamentalmente al criterio de la verosimilitud, como tertium quid entre la realidad de la historia y la fantasía de la fábula; una literatura amena y ejemplar, escrita «a la llana, con palabras significantes», para que, pongamos, «el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla».
Cervantes, por el contrario, creía en una literatura de la verdad, de la experiencia y de la vida: atenida fundamentalmente al criterio de la verosimilitud
Los libros de caballerías, pese a los buenos ratos que le dieron a Miguel, eran una contravención andante de toda verosimilitud y ejemplaridad. Pero Cervantes, con un pelo de abuso, los presenta asimismo como espejo (por no decir que alegoría) de algunas de las direcciones que más le desagradan en la literatura contemporánea. Así (bastará una muestra), los laberintos al modo de «la razón de la sinrazón que a mi razón se hace… » y los períodos hinchados por «el rubicundo Apolo» y la «meliflua armonía» están lejos de ser tan arquetípicamente caballerescos como nos proponen los dos primeros capítulos del Quijote, y más bien reflejan, al sesgo, el creciente prurito de «intrincar y oscurecer» que Cervantes contemplaba con tanta alarma (y con cuánta clarividencia: a cortísimo plazo, ese prurito desembocó en un callejón sin salida y desbarató la suprema aportación del Renacimiento español y la novedad también suprema de las letras europeas, la novela realista).
«Con estas razones» perdió Alonso Quijano el juicio: la mala literatura de los libros de caballerías lo decidió a «irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras». Despojada de la función militar que otrora le había correspondido, gran parte de la nobleza del Quinientos sentía tentaciones semejantes. En la corte y en las ciudades, la nostalgia de las glorias guerreras de la Edad Media se mitigaba con juegos de cañas, entradas, saraos…, y particularmente con torneos y pasos de armas en que a menudo se escenificaban episodios de los relatos caballerescos y los contendientes asumían la personalidad de sus más célebres protagonistas. Alonso Quijano hubiera querido participar en tales escapes imaginativos, «y lo primero que hizo» para completar el arnés de sus bisabuelos fue justamente fabricarse una celada de papier maché, como las de esas mascaradas. Pero no las había en su pequeño «lugar», y no puede sorprendernos, por ende, que de leer y proyectar escribir libros de caballerías pasara al cabo a vivirlos de otra forma, en la locura de recuperar el papel de relieve que sus antepasados habían tenido en la sociedad y a él, sin más ocupación que no decaer de su rango de hidalgo, tan penosamente le tocaba ahora preservar.
Cervantes revoluciona la ficción concibiéndola no en el estilo artificial de la literatura, según la norma de mayor prestigio entre 1605 y 1615, sino en la prosa familiar de la vida
El delirio anacrónico de Don Quijote es, pues, social y literario, consistiendo como consiste en tomar en tanto modelo de vida una literatura inverosímil y corrigiéndolo como el narrador lo corrige con una perspectiva que toma la vida como modelo de la literatura. Pero menos que en el desarrollo de ese tema y, desde luego, en las incidencias de la trama que lo sirve, el realismo profundo del Quijote está en el lenguaje con que se cuenta. Cervantes revoluciona la ficción concibiéndola no en el estilo artificial de la literatura, según la norma de mayor prestigio entre 1605 y 1615, sino en la prosa familiar de la vida. «A la llana», con la libertad, los cambios de registro, los zigzagueos de una conversación entre amigos bienhumorados, hasta los lances más implausibles desde el punto de vista del naturalismo decimonónico quedan situados en el ámbito de la experiencia diaria (con el sentido común, clave principal a su vez del pensamiento de Cervantes).
Esa radical innovación tiene que ver con la teoría literaria, pero aún más con el mercado del libro y, sobre todo, con el talante humano del bueno de Miguel.
Con la renuncia de González a la jefatura de los socialistas el 20 de junio de 1997, a los veinte años de las primeras elecciones, se ha cerrado un importante capítulo no solo en su partido sino en todo un trecho de la democracia española.
José Manuel Sánchez Ron
Diccionario de la ciencia
Planeta
Barcelona, 1996, 301 págs.
El autor, catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid, es sobradamente conocido en los medios intelectuales y científicos de nuestro país. Nos encontramos ante una visión subjetiva del mundo de la ciencia. El propio José Manuel Sánchez lo confiesa en una introducción que constituye un modelo de autobiografía científica, género muy poco cultivado, por cierto, entre nosotros. El autor lo reconoce así: «Se trata de «construir», y ofrecer a aquéllos que la quieran leer, mi propia visión del mundo de la ciencia». Además, añade, «un diccionario de autor constituye un magnífico instrumento para semejante propósito. No se tiene que responder de la elección de términos realizada; se sabe que ésta no es sino una excusa que sirve a los propósitos -o a los gustos- del autor».
En todas sus páginas, el autor manifiesta su profundo humanismo, su preocupación por los problemas concretos y reales del hombre. «No acepto la idea de que la ciencia está por encima de nosotros mismos, que es un valor supremo, ante el que debemos abandonar cualquier otro tipo de consideración o justificación. Así, siempre que he podido, he buscado, para incluir en este diccionario, la dimensión moral y humana que surge en, o está asociada a, la ciencia».
Todos los artículos, que constituyen definiciones de términos o sucintas biografías de autores, son muy sugerentes. Pero algunos lo son de una forma particular. Por ejemplo, el dedicado al reduccionismo. Aquí el autor se proclama un celoso defensor de la autonomía y la independencia de las ciencias: «La química es algo más que física aplicada; la biología más que química aplicada; la psicología más que biología práctica. Para que un físico teórico intente resolver desde su disciplina problemas de la química, tiene que recurrir a ideas, conceptos, e incluso fórmulas, que han surgido de la química, entendida ésta como una ciencia caracterizada por una historia, problemas y técnicas propias. Y cuando nos situamos en los niveles de la biología o de la psicología, estos rasgos no reduccionistas son aún más marcados».
Entre los artículos dedicados a una personalidad científica, es particularmente notable el dedicado a Karl Popper, al que niega la calidad de científico. «No fue un científico, aunque en ocasiones pretendió -con escaso éxito serlo, en los campos de la física cuántica y la biología evolutiva, sino un filósofo». Y continúa: «Si lo traigo a esta ensayística reunión es porque representa uno de los esfuerzos más notables y ambiciosos, aunque a la postre frustrados, que se han producido en nuestro siglo para acercar la ciencia a la reflexión filosófica».
En estos momentos de acaloradas y, con frecuencia, ridículas discusiones feministas, merece la pena reseñar el artículo dedicado a las mujeres y la ciencia. En primer lugar, nos proporciona una serie de datos muy poco conocidos. Por ejemplo, que «la disciplina en la que se encuentra un número mayor de mujeres es la astronomía». Así, entre 1650 y 1720, «las mujeres constituían alrededor del catorce por ciento de los astrónomos de Alemania, un porcentaje desde luego superior al de otros países». Sobre la presunta inferioridad de las mujeres para el conocimiento científico, la opinión del autor es terminante: «No se ha descubierto, y no veo ninguna razón para que se encuentre en el futuro, ninguna característica que distinga los dos géneros de nuestra especie en lo que a su capacidad para la investigación científica se refiere».
En definitiva, lo que nos presenta el autor es una visión personal, selectiva, apasionada e intensa de la ciencia.
Además de un notable éxito editorial desde su promulgación en 1992, el Catecismo de la Iglesia Católica, «uno de los mayores acontecimientos de la historia reciente de la Iglesia» (Juan Pablo II), significa también un acontecimiento cultural de primer orden. A la asimilación objetiva del texto sin duda contribuye todo esfuerzo de comprensión, en particular si es pluridisciplinar o interdisciplinar. Complementando la abundante bibliografía aparecida sobre el Catecismo y los rigurosos esfuerzos hermenêuticos que desde las ciencias sociales toman el texto catequético como referencia, AEDOS (Asociación para el Estudio de la Doctrina Social de la Iglesia) y Unión Editorial han editado un volumen que toma cumplida nota de la polivalente riqueza de su contenido.
Bajo el título «Estudios sobre el Catecismo», los 32 trabajos que componen el libro, precedidos por la lúcida presentación del presidente de AEDOS y coordinador del volumen, se articulan en una neta trabazón de fondo, que da razón de su carácter de obra colectiva; ésta se encuentra dividida, por otra parte, en 5 apartados: «Aspectos globales», «Antropología», «Familia y vida humana», «Política y sociedad» y «Economía y empresa».
Por este orden, se tratan asuntos histórico-teológicos, presupuestos filosóficos del cristianismo, de incardinación epistemológica de la doctrina catequética, historiográficos y de pragmática; directamente antropológicos (los relativos a la fundamentación de la libertad y a la dualidad varón-mujer), de orientación ética de las disciplinas biomédicas, y demográficos; políticos (y de teología política), jurídicos y éticos, y -cubriendo finalmente el amplio espectro de lo teórico-económico y la práctica empresarial- también socioeconómicos. Destacan de estos últimos, además de los dedicados al liberalismo y al Estado de bienestar, los estudios «Economía de mercado y dignidad humana» (J.A. García Durán y A. Carol) y «Amor de preferencia por los pobres y dinámica económica del cristiano» (R. Rubio de Urquía). La obra se cierra con un excelente índice de materias, más que suficiente para quien desee orientarse por el contenido general del volumen.
Los autores, muy reconocidos en sus respectivas disciplinas, manifiestan diferencias, discrepancias y divergencias en sus análisis, siempre desde una coincidencia fundamental metodológica y desde el respeto al texto de referencia y al objetivo de AEDOS (estudiar y difundir la doctrina social de la Iglesia «con el fin de hacerla lo más práctica y operativa posible»). Esas discrepancias responden tanto a su variada formación científica como a sus diversas preocupaciones teóricas y prácticas. En lo que en ningún caso cae ninguno de los autores es en la lectura parcial; es decir, ninguno pierde la conexión-orgánica propia del género catequético. La labor de mediación intelectual que ejercen, de inducción a una reflexión que trasciende la práctica casuística, se convierte así en una de las muchas a las que el Catecismo invita, para que cada cual actúe luego según su ciencia, experiencia y deseo de compromiso.
Hay una nota distintiva de estos estudios, y es que responden a la constante llamada de Juan Pablo II a una «nueva evangelización» de Europa a través de la renovación de su cultura. La preocupación por esta radical reorientación que la asimilación del mensaje cristiano exige a la cultura occidental para que manifieste la raíz originariamente cristiana de muchos de sus valores (premodernos, pero también modernos y postmodernos), no solo late en el fondo de los estudios, sino que es en algunos explícita (como en «Catecismo católico y estrategias culturales», de Jacinto Choza). De esta forma, los autores animan —cada cual desde su disciplina científica- a una labor personal e institucional, concreta y operativa.
El resultado es, en definitiva, una obra interdisciplinar de consulta imprescindible a la hora de profundizar en los últimos desarrollos e interpretaciones de la doctrina catequética y, en particular, en el momento de abordar la reorientación de la acción humana desde la persona y desde la irrenunciable dignidad que brota de su libertad. Como dice el coordinador del volumen, AEDOS se apresta ahora a celebrar el definitivo acontecimiento de la Encarnación con una nueva obra sobre los retos que el tercer milenio presenta a toda doctrina social, y a la de la Iglesia en particular.
Puede ser tentador acceder a este temprano libro de MaríaZambrano solo con la carga de nuestro conocimiento posterior, y adjudicarle asomos, intuiciones o presencias que reconocemos tan solo porque son patentes más tarde. Que conste que no sería del todo injusto,ni constituiría un excesivo abuso. Pero hay que renunciar al juego fácil ante un pensamiento que es demasiado complejo para someterse a las «profecías del pasado». Será mejor ver lo que hay, no prever cómodamente lo que será.
Pensamiento y poesía en la vida española se compone de tres conferencias mexicanas de 1939, recién concluida la Guerra Civil y en plena diáspora de la inteligencia española. Cuando la autora tiene treinta y cinco años de edad. María Zambrano ya es ella misma, sí, pero quedan lejos aún sus obras señeras. No es que estén en ciernes aquí, sino que de aquí se parte hacia ellas, y como el futuro nunca está escrito, tuvo ella que escribirlo arrancando a la realidad las habitabilidades ocultas en las entrañas del logos, descendiendo a los inferas y trayéndonos la vida palpitante y el testimonio de lo sagrado. Estamos ante un canto temprano, mas no todavía frente al corpus poético y polifónico que conocemos como la música zambraniana. Invitamos a algunas de sus sugerencias, intuiciones, exploraciones.
Se hace el pensamiento de Zambrano con incitaciones (más que con materiales) de esa tradición ajena al optimismo racionalista cuyos nombres son, entre otros, Pitágoras, el Platón de los mitos, las religiones mistéricas, los gnósticos, San Buenaventura, el hermesismo y la alquimia, la mística (no solo la española), y pensadores cercanos como Scheller o Bergson. Pero se nutre, sobre todo, de una necesidad, la creada por la penuria del racionalismo a la hora de explicar determinadas esencialidades. «Zambrano -escribe Jesús Moreno Sanz- parte de una doble crítica al método racionalista: de una parte, tal método, cuya esencia es sistematizar, solo lo puede ser de la mente, de la conciencia. De otra, y paradójicamente, si la propia conciencia es discontinua, no es fácil ver cómo un método continuo puede adecuarse al mismo vivir de la conciencia, que es discontinua». Hay que recomendar obras culminantes como El hombre y lo divino (1955), Claros del bosque (1977) y Notas de un método (1989), disponibles, respectivamente, en Siruela, Seix & Barral y Mondadori; de gran importancia es también la amplia antología de la obra de María Zambrano preparada por Jesús Moreno Sanz con el título La razón en la sombra (Siruela, 1993). Estos títulos darán cumplida cuenta al lector de las respuestas de Zambrano a aquella inquietud. Y acaso logren inquietarle más todavía.
Si a esto llegará María Zambrano, es lógico que en su visión de la filosofía española no se lamente ni espante por la ausencia de universos sistemáticos. Al contrario, señala las limitaciones de los sistemas: «Soberbia de la razón es soberbia de la filosofía, es soberbia del hombre que parte en busca del conocimiento y que cree tenerlo, porque la filosofía busca el todo y el idealista hegeliano cree que lo tiene ya desde el comienzo. No cree estar en un todo, sino poseerlo totalitariamente. La vida se rebela y se revela por diversos caminos» (pág. 20). Y si «para la poesía nada es problemático, sino misterioso», si «la realidad para el poeta es inagotable», es lógico que los derroteros de la aprehensión de la realidad vayan por otros caminos: por la historia, pues del pasado no nos hemos liberado, y del estoicismo español», donde tienen lugar otros recorridos. «Cuando por la poética, ya que ésta constituye un amor, un querer, que lleva a la comprensión como apoderamiento: «… la historia llama a la poesía. Y así, este nuevo saber será poético, filosófico e histórico». Ése será el campo de otro pensamiento distinto al sistemático, y acaso el ámbito propio de un pensar como el español: «Nos hemos reprochado muchas veces nuestro pobretería filosófica, y así es, si por filosofía se entiende los grandes sistemas. Mas de nuestra pobretería saldrá nuestra riqueza» (pág. 23). Tal es el asunto de la primera conferencia, «Razón, poesía, historia», que se desarrolla con el examen de lo que Zambrano considera esencialidades españolas: un determinado realismo cuya base es la soledad y que cruza tanto la mística como la lírica; un materialismo, especialización de aquel realismo, que es alejamiento de idealismo y racionalismo, con brotes sensualistas como seña de espiritualidad, «presencia de la naturaleza escueta sin mezcla de panteísmo alguno» (pág. 41); lo imposible como meta en la tradición española (mística, donjuanía, picaresca, no importa); la literatura nacional como fuente de conocimiento imprescindible, precisamente por la ausencia de sensibilidades que cristalizaran en sistemas…
Una aplicación práctica se da en la segunda conferencia, «La cuestión el español no ha vivido dentro de una religión ha venido a ser fatalmente estoico» (pág. 55), podríamos citar como punto de partida en un itinerario que se detiene en la acepción española de filosofía como «resistencia», o como «aguante», y que busca en Grecia, claro está, el origen del sentido laico que encierra la actitud estoica. De manera que, más adelante, pueda escribir Zambrano: «El estoicismo es el traje mínimo del hombre culto de todo tiempo, la túnica escueta, el alimento sobrio a que se queda reducido cuando los lujos se han disipado. Es la doctrina de la pura necesidad» (pág. 69). Y entonces examina estoicos españoles de la tradición culta como Manrique y la
La tercera conferencia, «El querer», parte ya del conocimiento poético como algo esencialmente español. La voluntad, el «querer» español, vive al margen de la sistemática racionalista, y hay dos maneras de ese querer: la voluntad estoica, resistente, no absoluta, desanoramada, desligada (amística, pues); la voluntad cristiana pura, con negaciones absolutistas como el quietismo y el voluntarismo ignaciano. Una reflexión por las profundidades de la España imperial o del Siglo de Oro lleva a la constatación del callejón sin salida del querer hispano: «España, en aquellos días, se cerraba también, prisionera, en una empresa imposible, absoluta: el sueño de irrenunciable racionalidad en busca de un método y un objetivo más o ensueño de la Contrarreforma. Por este ensueño quedó su vida detenida, al margen del tiempo, prisionera» (pág. 97). No olvidemos que son los tiempos del desengaño quijotesco. Surgirán con el tiempo reacciones monstruosas, como el tradicionalismo, que desconoce la tradición, pues es hijo de la desmemoria. Por ello será preciso el conocimiento de la historia inmediata, «como examen de los propios errores y espejismos». Mientras, queda el verdadero ser de esa España desmemoriada y pasional en testimonios como el corpus galdosiano, y en especial algunos de sus personajes, como Fortunata o Misericordia; en la prosa poética de Azorín; en la poesía que renace precisamente con este siglo…
En el libro abundan reflexiones sobre el destino, el pasado y el ser de España, en esa tradición que tiene cimas como Ganivet o como Ortega. Las hemos obviado en pro de un hilo que tenga más que ver con el método. Pero leyendo esas reflexiones de 1939, ¡nada menos que 1939!, puede advertirse que es muy cierto aquello que escribió Antonio Colinas: «La obra de María Zambrano nunca dice lo que el lector quiere que diga; nunca es sectaria; nunca está contra algo». Al mismo tiempo, puede señalarse que este libro de Zambrano es temprana entrega de ese camino suyo allá del racionalismo. El tema: España. En este fin de siglo, a siete años del centenario de doña María, es un tema que ya no nos pone tan nerviosos como hace tiempo. Y es el caso que esos nervios a ella parecían no afectarle.
La Universidad alemana exigía habilitarse para la docencia con la presentación de un escrito y su defensa pública. Krause (1781-1832), alumno de Fichte y coetáneo de Schelling y Hegel, lo hizo en tres ocasiones con distintos textos breves versados todos ellos sobre la misma cuestión: el principio de la ciencia y las directrices fundamentales del sistema del saber. Las tres habilitaciones tuvieron lugar, además, en tres momentos cruciales de su trayectoria filosófica: en la Universidad de Jena (1802), nada más terminar los estudios; en la de Berlín (1814), mediada esa trayectoria; y en la de Gotinga (1824), coincidiendo con la madurez. Esta obra presenta la traducción del latín de los tres textos, así como las posteriores correcciones y comentarios de Krause, anotados bien en sus ejemplares de uso privado, o bien mientras los vertía al alemán para una mayor difusión. Algunos de estos textos han sido inéditoshasta ahora. Su traducción al castellano viene precedida de un Estudio Preliminar que incluye dos apartados fundamentales: en uno se detalla la progresiva redacción de estos textos, su defensa, publicación, etc. y, en el otro, se repasan brevemente los temas fundamentales de la metafísica krausiana desde el marco de las habilitaciones, lo que facilita su lectura y comprensión.
El reto fundamental de esta filosofía, acorde con la aspiración compartida por los idealistas alemanes, es la consecución de un sistema del saber fundado sobre un único conocimiento, el principio. Éste ha de ser la idea rectora desde la que sea posible cualquier otro conocimiento, de tal modo que el conjunto de las ciencias parciales conformen un único corpus del saber, el sistema. Si bien en Jena Krause propuso como principio el mundo en cuanto conjunto armónico de las cosas, en Berlín y, luego, en Gotinga, defendió que es un ser absoluto y supremo, esto es, Dios, quien incluye dentro de sí dicho mundo. Esta modificación en el carácter del principio determinó una evolución paralela en la concepción de la divinidad, que pasó de una panen un segundo nivel de notas, también a pie de página, ha incluido teísta a otra que el mismo Krause dio en llamar panenteísta. Ésta última se caracteriza por conjugar la idea teísta de la trascendencia del Dios personal sobre el universo con la panteísta de su inmanencia y permanente presencia en lo finito. Asimismo, con el paso de los años acentuó el perfil religioso de su pensamiento, sin aminorar su carácter racional, y concibió la labor científica como parte de la relación del hombre con Dios.
Krause luchó también por dotar a su filosofía de una crítica equiparable a la kantiana y evitar así el dogmatismo filosófico, que consiste en suponer el principio del sistema sin demostrarlo o evidenciarlo. Frente a un intento fallido en la habilitación de Jena, la de Berlín fue la primera ocasión en la que enunció los rasgos fundamentales de la vía mediante la que habría de elucidarse el principio. Esto exigió la división de su sistema en dos partes: una analítica, que corresponde a un autoanálisis mediante el cual aflora la idea de Dios en tanto que principio, y una sintética, donde son deducidos los teoremas fundamentales de todo saber y que conforman la metafísica.
La traducción de los textos del latín ha estado a cargo de los profesores Luis y Carlos Baciero, mientras que las notas alemanas de Krause, introducidas a pie de página, han sido traducidas por Rafael V. Orden, quien, aclaraciones y acotaciones dirigidas especialmente al investigador, bien para corregir errores de las ediciones originales, bien para clarificar algunos conceptos y términos, o bien para advertir ciertas dificultades en la interpretación del texto original.
Con Las habilitaciones filosóficas de Krause se da un paso importante en el conocimiento y estudio del pensamiento krausiano. Primero, por el novedoso análisis de los textos, que aporta una datación ajustada de su redacción y la corrección de varias erratas de sus publicaciones y datos inexactos reiterados en la literatura secundaria. Esto último ocurre con la tercera habilitadión, cuya referencia era incluida en las bibliografías de Krause con un título equivocado y sobre la que había dudas sobre su efectiva publicación. Segundo, por facilitar el conocimiento y la lectura de la obra krausiana, sobre la que se cernían numerosos prejuicios que estos textos desmienten, como la dificultad de su terminología. Como señala el autor, la lectura conjunta de las tres habilitaciones «posibilita una rápida, fácil y ajustada aproximación a la filosofía fundamental de Krause, incluida su progresiva evolución». Y, tercero, por su Estudio Preliminar, que resulta la primera exposición concienzuda de la filosofía fundamental de Krause. Este texto resulta, además, de fácil acceso para el neófito.
Pero no son solo los amantes y los estudiosos de la filosofía alemana quienes están de enhorabuena, sino también el historiador del pensamiento novecentista español, dada la influencia que Krause ejerció en la segunda mitad del siglo XIX con el movimiento filosófico-social conocido como Krausismo español. Esta obra es un útil material para el conocimiento de la fuente alemana de las ideas que marcaron a pensadores como Francisco de Paula Canalejas, Gumersindo de Azcárate, Nicolás Salmerón o Francisco Giner de los Ríos. Todos ellos fueron discípulos de Julián Sanz del Rio, introductor en nuestro país de la filosofía krausiana. Aunque durante un siglo hubo dudas del débito que Sanz del Río tenía para con Krause, y se reivindicaba más bien la autonomía del Krausismo español respecto de su fuente alemana, en 1988 da a conocer el profesor Enrique M. Ureña los textos de Krause traducidos literalmente al castellano por Sanz del Río en su obra más conocida, El ideal de la humanidad para la vida (1860). El fundador de esta escuela filosófica hispana hizo creer a sus discípulos y posteriores investigadores que la autoría de tal obra era suya y que no había texto alguno del que procediese, lo que se corroboraba en cierta medida cuando se efectuaba una comparación con el libro del filósofo alemán de título semejante, Das Urbild der Menschheit (1811). Pero Ureña descubre entonces que El ideal de la humanidad es la traducción literal de una obra publicada por Krause en su revista Tagblatt des Menschheitlebens (1811). Tras este descubrimiento, la investigación sobre el Krausismo español ha dado un giro notable, pues es consciente de la conexión directa que liga este movimiento filosófico con la filosofía krausiana, y está necesitada de textos y estudios de Krause para precisar hasta dónde llegó su influencia en nuestro país. La obra aquí reseñada es una importante contribución para llevar a cabo esta tarea.