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Un coro de versos

VV. AA.
Aldea Poética
Editorial Opera Prima
Sistema Editorial
Madrid, 1997,196págs.

Para sentirme todo lo honesto  que pretendo ser cuando describo  las aventuras o prácticas literarias  de otros, tengo que empezar declarando  que detesto cordialmente las  antologías, al igual que aborrezco a los  coleccionistas de objetos. Las antologías  siempre me han recordado los muestrarios  de bisutería o los ejemplares de colonias  o perfumes, que riegan nuestras  manos a la hora de escoger aureola,  creando una sinfonía de horrores olfativos  en la pituitaria.

Dicho esto, apuntemos algunas  salvedades. En primer lugar, la antología  de un solo autor, que puede dar  a conocer a lectores menos informados  el conjunto de la obra de un poeta  poco valorado en su día, o poner a  su disposición libros ya agotados o de  difícil acceso de otro suficientemente  valorado. Carece del misterio del libro  de poesía. Del libro elaborado en  el arcano de cada escritor, donde cada  poema ocupa un lugar tan delicadamente  pensado e inspirado, como el  lugar de cada verso en el poema. Si  está bien encuadernada, la antología  puede llenar dignamente unos centímetros  en una estantería elegante.  Salvedades ejemplares, las realizadas  por el propio autor con criterios creativos,  más que meramente acumulativos,  como las de Juan Ramón Jiménez.

En segundo lugar, la antología de  varios autores en la que alguien con  talento creador o crítico reúne, en uno  o varios volúmenes, a distintos poetas  del pasado que representan una estética  o una cultura determinadas, o bien  una época histórica, todo ello con fines  didácticos o meramente estéticos  (Martín de Riquer). También puede  tratarse de una antología de poetas actuales,  que tenga el fin de clarificar o  deslindar del polvo y barro lo que luego  podría resultar "una generación" al  uso. Ejemplo señero de este caso, la de  Gerardo Diego —recientemente rememorada  con acierto por Miguel García  Posada-, que desbrozó del anonimato  a quienes más tarde se llamarían "Generación  del 27". Menos señera sería,  por ejemplo, la llamada Nueve Novísimos  de Castellet, antología que ha permitido  prolongar más de un cuarto de  siglo algunas ficciones poéticas, dando  lugar a un modelo obediente, sobre  todo, a razones de marketing ideológico  o político.

Una modalidad de las anteriores es  la que considera, en insigne verso ya  hecho tópico de Gabriel Celaya, la  poesía como "un arma cargada de futuro".  Por ejemplo, la antología Con  Nicaragua de la editorial Endymion,  que reunió en su día a poetas en lengua  española que apoyaban ingenuamente  -me incluyo como culpable  partícipe del engendro— lo que después  resultó el fiasco de la torticera revolución  sandinista.

Y podríamos seguir hasta agotar  las posibilidades que han permitido a  críticos superficiales clasificar el superabundante  -en cantidad- mundo de  la poesía, simplificándolo en generaciones,  mediante antologías enfrentadas  y contrapuestas, utilizadas como  instrumento de combate por las formaciones  políticas que, al parecer,  precisan adornarse con la flor maloliente  de poetas de cámara.

Después vendrían las "antologías  al peso", tipo "Las mil mejores poesías",  destinadas a lavar la mala conciencia  de lectores que precisan de  cierto adorno cultista. Así las cosas,  bienvenida pues la enorme antología  de Aldea Poética que, prologada por  Gloria Fuertes, agrupa aproximadamente  a doscientos poetas en lengua  española y amenaza con dos mil, que  son las contribuciones que dice haber  recibido desde 29 países la editorial  Opera Prima, convocados bajo el lema  general "La Poesía Nos Une". Defiendo  esta antología por una sola razón:  pienso que a sus jóvenes promotores  -capitaneados por la traviesa y  provecta poetisa, que en el prólogo  utiliza la siguiente metáfora: "El  mundo es una colonia (tenemos que  oler bien)"-, les mueve no el ánimo  de lucro, inútil empeño por lo demás  tratándose de poesía, sino el de ganar  lectores para su causa fundacional de  dar a conocer la obra de autores jóvenes  e inéditos.

Al solicitar poemas no publicados,  sin más especificación, a demasiados  autores (entre los que se encuentran  buenos, malos y pésimos poetas) buscando  un resultado coral, olvidaron  que la profunda individualidad de la  que brota la creación poética impediría  en cualquier caso la coherencia de  conjunto que seguramente buscaban.  La antología es fiel por tanto a los supuestos  de cantidad y calidad ya expuestos,  aunque lo bueno que pueda  contener siempre brilla para el lector  experto -como querría T. S. Eliot-,  como "ajo y zafiros en el barro".

Es preciso destacar, en este último  sentido, la brillante sorpresa de algunas  voces de Hispanoamérica -entre  ellas las cubanas-, que resuenan con  acentos, ritmos y vibraciones hasta  ahora no escuchados por nuestros pagos,  quizá debido al alejamiento real  entre los ámbitos trasatlánticos y los  localistas de nuestra cultura, que siguen  todavía bajo el influjo maléfico  de la tradicional política de Juegos  Florales.

España neo-vertebrada

En París, en la Sorbona, en el mes de mayo de 1882, Ernest Renan pronunció una conferencia con el título ¿Qué es una nación?  Para el polígrafo francés, el fundamento último de la nación  no era la raza, la lengua, la geografía o la religión, sino los intereses comunes de un pueblo.

«Una nación —decía Renan— es un alma, un principio espiritual. Dos  cosas, que a decir verdad, no son más que una, constituyen esta alma.  Una está en el pasado, la otra en el presente. La una es la posesión en común de un rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar haciendo valer la  herencia que se ha recibido, indivisa».

Como puede verse, Renan hacía referencia al pasado, a un legado  de cosas objetivas que serían condición necesaria, pero no suficiente,  del concepto de nación. Pero lo que sobre todo acentuaba era un elemento  subjetivo: la voluntad de sus integrantes. «La existencia de una nación —decía Renan— es un plebiscito de todos los días, del mismo modo que la existencia del individuo es una perpetua afirmación de vida».

Pero esa voluntad, expresa o tácita, de caminar por la senda del futuro, exigiría, claro está, un estímulo funcional, lo que Ortega postuló  como «un proyecto sugestivo de vida en común». Ortega pensaba en lo  que la nación tiene de empresa colectiva, por lo tanto, de un proyecto  abierto hacia el futuro, de una energía central que estimulara a vivir «como partes de un todo y no como todos aparte». Lo que me interesa  subrayar es que la viabilidad de una nación tiene mucho más que ver  con el futuro que con el pasado. Ahora bien, por lo mismo que el presente  es, a la vez, novedad y rememoración, el porvenir está también,  en buena parte, contenido en el pasado.

Como el conductor que va hacia adelante sin dejar de mirar de soslayo  el espejo retrovisor, así deben avanzar las sociedades, con la lógica  retroprogresiva, buscando nuevas ubicaciones en el escenario de la  Historia, pero sin olvidar las enseñanzas adquiridas por circunstancias  anteriores. En ese sentido conviene, pues, dejar sentado que, con independencia  de su origen, una nación es, sobre todo, un proyecto incitador  de voluntades. Los particularismos son siempre un fenómeno reactivo,  y el síntoma de que no se vislumbra un futuro lo bastante seductor.

La nacionalidad es la manifestación ideológica del Estado, forjada voluntariamente mediante la educación o el culto de algunos símbolos. La nación es un hecho político producto de la fuerza o del pacto, pero artificial en todo caso. Un resultado, pues, de la voluntad, no de la Providencia.

Es difícil concebir la idea de nación sin remontarse a algunos orígenes  más o menos míticos, pero, desde luego, ese componente histórico  es poco importante al lado de una voluntad o de un proyecto hacia el  futuro. Las naciones las hacen los hombres y solo ellos; la historia es  libertad, no destino.

Historia, lengua, geografía incluso, si tuvieran algún fundamento  las tesis de Federico Ratzel, son condicionantes objetivos o simbólicos  del destino de la formaciones nacionales. Pero, por encima de todo, la  nación es una vocación de serlo. Por lo tanto, considero irrelevante a la  hora de proyectar nuestro futuro mirar hacia el pasado más atrás de lo  conveniente.

La primera identidad nacional de España se produjo, como en Francia  o en Gran Bretaña, a lo largo del siglo XVIII. La creación de las Reales  Academias marca el comienzo de este proceso. Todavía bajo Carlos  m había políticos extranjeros al frente de los designios españoles. No  hubo bandera nacional hasta 1843, aunque sí el germen de un sentimiento  de comunidad nacional auspiciado por cierto chovinismo que  se enfrentó a Esquilache o ensalzó al Goya de majos y manolas o promovió  manifestaciones contra Alemania por la ocupación de las islas Carolinas. La integración de mercados, el desarrollo de un sistema educativo  común, la fundación del Banco de España y el sistema fiscal  unificado tendrán que esperar hasta la segunda mitad del XIX. El control  del Estado sobre la sociedad no se refuerza hasta la creación de la  Guardia Civil en 1844. También la unificación del Derecho arranca por  esas mismas fechas. Sin embargo, el localismo dominó la vida social,  económica, cultural y política española hasta bien entrado el siglo xx.  En 1910, todavía había más de 4.000 pueblos sin comunicación de un  total de 9.266, es decir, la quinta parte de la población estaba aislada.

Pero hemos hecho muchas cosas en poco tiempo. La aceleración de los acontecimientos sociales y técnicos es pasmosa, a veces casi aterradora.

El escenario, pues, ha cambiado y ha cambiado el atrezzo y debería  cambiar la obra. ¿Por qué, pues, el necesario destino de vertebrar una  comunidad española transregional no acaba de hacerse realidad? ¿Por  qué con la boca pequeña o a las claras se sigue cuestionando la pertinencia  de construir el orteguiano sugestivo proyecto de vida en común?  Las respuestas que en el pasado encontró esa pregunta no sirven  ya para el momento presente. Las discrepancias religioso-ideológicas  que alumbraron el marbete de «las dos Españas» están amortizadas.  Las desigualdades sociales que resultaban potencialmente explosivas  se han atemperado bastante. Las galopantes globalizaciones de los procesos  económicos, políticos y mediáticos hacen insolventes las autarquías  nacionales y, desde luego, altamente peligrosas porque la determinación  de la nación a partir de realidades lingüísticas o étnicas teñiría  los mapas de incoherencia.

Bien, por más que la nación española tiene una fecha menos antigua  que la propia conciencia española, es evidente que proponer un proyecto  nacional español es la solución mejor y más justa para los pueblos  concretos de sus diversas partes. Especialmente ahora que el mestizaje  de las Españas se ha convertido en un dato más relevante de cara al futuro  que otros acontecimientos históricos del pasado. Nunca como ahora  se han dado las condiciones para que España alcance un alto grado  de vertebración y una elevada integración cultural. Las provincias, que  fueron la única realidad diferencial durante siglos, son hoy circunstancias  administrativas que acogen conciencias intercambiables. Nunca  como hoy las condiciones sociales, culturales y económicas resultan  tan favorables para consumar un proyecto compartido. Por ello, desde  ese escenario objetivo procede construir lo que Tocqueville llamaba un  «patriotismo reflexivo», una conciencia inclusiva que permita sentirse  español siendo vasco o catalán, aragonés o asturiano, andaluz o gallego.

Mirando hacia el futuro, trataré de explicar por qué la España invertebrada  de Ortega ha dejado de ser una realidad. En este fin de siglo,  España es un país plenamente europeo, con la novena economía de  mercado del mundo en términos de su Producto Interior Bruto, con una  tasa de crecimiento económico en las tres últimas décadas solo superada  por Japón entre los países de la OCDE. Tras largos años de aislamiento,  una nueva España se ha presentado en sociedad como nación democrática,  moderna, próspera y estable, capaz de conjurar los demonios  de su historia. Repasaré algunos rasgos significativos de las mutaciones  recientes.

Los cambios demográficos y sociales

Desde el punto de vista territorial, España es un país eminentemente  urbano y con una población crecientemente metropolitana. Tomando  el límite de los 5.000 habitantes como definitorio de los núcleos rurales,  en 1960 el 71,1% de la población podía considerarse como urbana,  mientras que en 1991 la población que vivía en municipios mayores de  5.000 habitantes había pasado a ser el 83,3%. Además, la población  que habitaba ciudades de más de 100.000 habitantes era tan solo del  27,8% en 1960, mientras que en 1991 ésa era la condición del 42,4%  de los españoles. Pero la población se distribuye muy desigualmente  sobre el territorio. Los datos de 1991 vuelven a poner de manifiesto la  consabida dicotomía entre la España interior y la España periférica.  Resulta contundente la oposición entre una España periférica, más Madrid,  que engloba nada menos que al 71% del total de la población y  una España interior con apenas el 29%. Pero más significativo es el hecho  de que la distribución espacial de la población española se caracteriza  por su fuerte concentración en unas determinadas áreas. Las cuatro  grandes áreas dinámicas del país -Madrid, Cataluña, País Vasco y Comunidad  Valenciana-, con tan solo el 14% del territorio nacional y 11  provincias, albergan nada menos que el 43,22% de los habitantes,  mientras que sobre el 86% restante, en 13 comunidades autónomas, residía el 56,7%. Este proceso de concentración se inicia relativamente  temprano ya que en 1900 las provincias de Madrid, Barcelona, Vizcaya  y Guipúzcoa albergaban al 15% de la población, para en 1950 superar  el 20%. Este proceso se agudiza a partir de los años cincuenta como  consecuencia de la dinarnización de la economía española, que consolida  plenamente un modelo de desarrollo altamente polarizado en unas  pocas áreas del país, La consolidación de este modelo ha traído como  resultado la pervivencia de profundos desequilibrios demográficos, con  cifras tan distantes como los 598 habitantes/km2 de Madrid y los escasos  26 habítantes/km2 de Extremadura. Sin embargo, el descenso desigual  de la tasa de natalidad está propiciando una mayor homogeneización  entre las distintas regiones. Las regiones que tenían una mayor tasa  de natalidad han sufrido el mayor retroceso. Es el caso de Murcia y  Canarias, dos Comunidades que tradicionalmente han presentado tasas  muy altas dada la estructura joven de su población; pero también el caso,  más significativo, de Madrid, País Vasco, Cataluña, Comunidad Valenciana  y Baleares, centros dinámicos donde la inmigración rejuveneció  una estructura de la población en vías de envejecimiento y que desde  1975 han visto hundirse espectacularmente sus tasas hasta situarse  en algunos casos por debajo de la tasa nacional. Por el contrario, los  descensos más pequeños aparecen en aquellas regiones que presentaban  en 1975 las tasas más bajas de natalidad.

La transformación de la estructura ocupacional es aún más profunda.  Los españoles trabajan hoy en actividades muy diferentes a las que  eran mayoritarias hace 40 años. Por ello, el perfil social de España es  muy semejante al de la media europea, con todo lo que ello comporta  como homogeneización de las formas de vida. En 1950, casi la mitad  de la población trabajaba en la agricultura; en 1994 la proporción se  había reducido al 8,6%.

Paralelamente al descenso de la ruralidad, los trabajadores industriales  aumentaron de forma significativa durante la primera fase del  despegue económico, pasando del 25% en 1950 al 37% en 1970, para  luego decaer hasta el 28% en 1994, como consecuencia de la crisis y  de una política de reindustrialización insuficiente durante la década de  los ochenta. Pero, como en todas las sociedades desarrolladas, son las  actividades de servicios las que han ido empleando a una proporción  creciente de la población, aumentando desde un 25% en 1950 al 54%  en 1994.

La modernización de la estructura social ha significado, paralelamente,  un notable incremento en el grado de aceptación del sistema, es  decir, una mayor cohesión social en el consenso básico de la sociedad.  Consideremos, como hace Víctor Pérez Díaz (La primacía de la sociedad  civil) el caso de las actitudes morales de los trabajadores en relación  a la economía de mercado, las empresas y los sindicatos. En España,  como en la Europa de posguerra, los obreros rechazaron la versión  extremadamente negativa del capitalismo que articuló la tradición marxista;  y, sobre todo, así lo demostraron en su conducta. A escala microsocial,  los trabajadores aceptaron la empresa, del mismo modo que  habían aceptado la economía de mercado, lo cual es un indicio claro de  cohesión.

Al tiempo que se producía un vuelco en la estructura social y se  consolidaba el consenso básico, el modelo demográfico español ha pasado  de un perfil de sociedad semi-tradicional a una población estabilizada  y madura que se diferencia aún de sus vecinos europeos por su  mayor proporción de jóvenes (que, sin embargo, se reduce de forma  cada vez más intensa), teniendo en cuenta la fecha más tardía en la que  España adoptó un comportamiento restrictivo en términos de natalidad.  Junto al descenso de las tasas de mortalidad típico de las sociedades  desarrolladas, la demografía española de los últimos años se caracteriza  por otros rasgos directamente relacionados: el descenso de la fecundidad  y natalidad y el descenso del crecimiento natural de la población.

Por ese reciente, aunque brusco, cambio de las tendencias demográficas,  la población española aún sigue siendo relativamente joven. Las  consecuencias del desplome de la natalidad en España empezarán a  sentirse sobre todo hacia finales de la primera década del siglo XXI. Pero  ese escenario cargado de potencialidades negativas no es ineluctable.  España, por tener una pirámide de edades más equilibrada que la  de la mayoría de los países de la UE, dispone aún de cierto periodo de  tiempo hasta llegar a situaciones críticas en la reproducción de las clases  de edad más jóvenes y podría aún cambiar de nuevo la tendencia,  evolucionando hacia tasas de fecundidad y natalidad más altas. En  efecto, el descenso de la natalidad puede ser una tendencia reversible  en las sociedades desarrolladas. Las pautas recientes de las sociedades  escandinavas prueban esta posibilidad de la que también nosotros empezamos  a tener indicios.

Bien, no es preciso ser muy perspicaz para concluir de estos datos  que acabo de repasar que el referente de España que Ortega tenía in  mente cuando en 1921 dio a la imprenta su España invertebrada, poco  tiene que ver con la España de la que hoy disfrutamos, cuyo dato más  relevante podría ser éste: nuestro Producto Interior Bruto (Pm) se ha  multiplicado en términos reales cuatro veces desde 1960. Pero, por sí  mismo, este registro apenas dice algo en términos de vertebración del  país. De un país, por otra parte, de una variedad cultural tal, que es capaz  de abarcar desde manifestaciones celtas en Galicia hasta afinidades  caribeñas en las islas Canarias. Para medir el grado de vertebración, es  decir, de articulación y, por lo tanto, de armonía funcional, debemos  considerar tanto los desequilibrios territoriales como las desigualdades sociales. Y a ello dedicaré las próximas líneas.

Desequilibrios territoriales y desigualdades sociales

La concentración desigual del poder del Estado y de los centros industriales  y financieros a lo largo de nuestra historia produjo desde finales  del XIX el predominio económico de Madrid, Cataluña y el País  Vasco sobre las otras regiones españolas, mientras que Andalucía y Extremadura,  dominadas por el latifundio, y Galicia, castigada por el minifundio,  se constituían en la periferia española. Tal desequilibrio tuvo  como efecto principal grandes movimientos migratorios desde las zonas  rurales hacia los centros urbano-industriales y desde las regiones  más pobres hacia las más ricas. Como consecuencia de dicho proceso  de igualación relativa de las condiciones de vida de la población residente  en cada región (mediante el traslado de los más pobres de las regiones  pobres a las regiones ricas), la desigualdad entre las regiones españolas  en los años ochenta no es mucho mayor que la de otros países  europeos.

En este proceso de igualación han desempeñado un papel esencial los efectos redistributivos del sistema de financiación autonómica.

La financiación de las Administraciones autónomas tiene lugar por  tres vías: las transferencias presupuestarias, el Fondo de Compensación   Interterritorial y los fondos comunitarios procedentes de la UE. El Fondo  de Compensación Interterritorial, establecido en aplicación del principio  constitucional de solidaridad interregional, ha desempeñado un papel notable en la redistribución de recursos, en la medida en que son  las Comunidades de menor desarrollo relativo las que han recibido mayor  financiación por habitante. Por Ley de 23 de diciembre de 1985, se  puso en práctica una nueva política de incentivos regionales que se inició  en la práctica a finales de 1988. Los resultados obtenidos hasta el  momento parecen indicar que estas medidas pueden tener efectos positivos  en las regiones más deprimidas, ya que son las que están recibiendo  proyectos más incentivados.

Para financiar las políticas estructurales, la Unión Europea cuenta  con tres grandes fondos: el Fondo Europeo de Orientación y Garantía  Agrícola (FEOGA), el Fondo Social Europeo (FSE) y el Fondo Europeo  de Desarrollo Regional (FEDER).

Pues bien, con independencia de los frutos que hasta la fecha hayan  dado estas estrategias de corrección de desequilibrios territoriales, la  entrada en vigor del Acta Única y la previsible duplicación de estos  fondos estructurales nos autorizan a ser optimistas sobre un futuro a  medio plazo.

Por otro lado, la investigación demuestra que los sistemas de financiación  autonómica tienen un efecto positivo sobre la redistribución regional  de la renta. Por tanto, el Estado de las Autonomías es un factor  de reequilibrio territorial y de disminución de la desigualdad entre las  regiones. Ello no implica automáticamente, sin embargo, una disminución  de la desigualdad social para los ciudadanos, lo que hace plantear  la necesidad de distinguir entre los objetivos de la política regional y  los esfuerzos para paliar las desigualdades sociales.

España se ha caracterizado históricamente por un alto grado de desigualdad  social, en comparación con los países de su entorno. Esa realidad  ha estado en la base de las tensiones que han convulsionado la  sociedad. Pero es preciso recordar que la desigualdad social es un rasgo  permanente de toda estructura social históricamente conocida.

Ahora bien, la tendencia a una mayor desigualdad social no es equivalente  por sí misma a un incremento de la pobreza en el país o a la  aparición de una sociedad dual, como a veces se argumenta. En teoría  al menos, en un país se puede producir un aumento de la desigualdad y  al mismo tiempo una mejora de la situación de la mayoría de sus ciudadanos.  Solo hay dualidad en estricto sentido y, por lo tanto, riesgo de  desvertebración, cuando los ricos son cada vez más ricos y los pobres  cada vez más pobres en términos absolutos y no solo relativos. Ese no es, afortunadamente, el caso de España. Sin embargo, la rapidez del  crecimiento económico, del cambio estructural del sistema productivo,  de los valores culturales y de las instituciones democráticas no ha sido  acompañada (por falta de recursos suficientes y por las constricciones  de la política económica, que ha dado prioridad a la lucha contra la inflación  y al equipamiento productivo) de una generación de mecanismos  económicos e institucionales suficientes para la plena inserción de  la población. No es ésta la ocasión de detenerme en el riesgo de desvertebración  que para las sociedades supone el fenómeno de la exclusión  o de la marginación, pero sí quiero apuntar un par de riesgos  emergentes en el escenario de las sociedades desarrolladas que empiezan  a manifestarse también en España y que explican, de paso, el papel  de los nacionalismos en el seno de Estados consolidados.

Sin perjuicio de la permanencia de ciertas constantes históricas, el  nacionalismo sufre una transformación notable en sus objetivos y justificaciones  con el paso del xrx al xx. Dellegitimismo organicista y antiliberal  evoluciona hacia una forma de hacer política, es decir, hacia un  uso astuto de la conciencia de singularidad con el objetivo de obtener  poder político en algunos territorios. Los irredentismos casticistas ceden  en favor de fenómenos apegados a la lucha por el poder. El aroma  inconfundible de la patria chica, de la «nación cultural», lo descubren  los poetas y lo explotan los políticos en beneficio de grupos sociales  que se sirven del propio campanario más como medios que como fines  de sus actuaciones.

Lo malo es que la explotación política de estos hechos diferenciales  convive con particularismos de nuevo cuño que coadyuvan a la desvertebración  social. Me refiero a los fenómenos del comunitarismo y  del victimismo. A ambos les dedicaré un par de líneas porque los considero  un episodio de alto riesgo para la autoridad del Estado y para su  capacidad de redistribución de los recursos, conditio sine qua non de la  paz social.

Edward Luttwak, especialista en estrategia y consejero del Pentágono,  ha bautizado con el nombre de «comunitarismo» a un conjunto de  impulsos localistas y ecologistas. Son dos fuerzas distintas puesto que  la una nace de la defensa de las ventajas, privilegios o calidad de un solo  lugar (por ejemplo, el movimiento norteamericano de los nimby  —acrónimo que resume la expresión «not in my back yanf’, es decir,  «Hacedlo donde queráis, pero no en mi patio trasero»— y la otra se propone objetivos planetarios (salvar las pluviselvas brasileñas, defender  la atmósfera de la Tierra). Pero, en sus manifestaciones más radicales,  localismo y ecologismo están destinados a unirse porque los localistas  tienen necesidad de una bandera ecológica que prohíba todo aquello  que consideren indeseable en su propia casa, y los ecologistas deben  dedicar sus reivindicaciones, una por una, a un territorio. La convergencia  de estas dos fuerzas plantea un reto muy duro. Propone como  modelo el presente, que debe congelarse, igual que una imagen en la  moviola, a costa de desposeer, no a la generación que vendrá después,  sino a la que ahora tiene el poder democrático.

El motor, la reserva energética y la estructuración de la mentalidad  de estos colectivos encuentran su combustible en una impostura que  Pascal Bruckner llama «victimización». Se trata, dice Bruckner, de  «esa tendencia del ciudadano mimado del paraíso capitalista a concebirse  según el modelo de los pueblos perseguidos, sobre todo en una  época en que la crisis mina nuestra confianza en las bondades del sistema».  Los comunitaristas, los localistas, estos nuevos particularistas,  una vez travestidos de víctimas, consagran la paradoja del individuo  contemporáneo pendiente hasta la náusea de su independencia pero  que al mismo tiempo reclama cuidados y asistencia. Los antiguos conflictos  de la modernidad giraban sobre todo en tomo a la inclusión de  los que hasta ese momento habían quedado excluidos, se tratara del derecho  de sufragio, al principio, o de los sistemas de protección social,  después. Los nuevos movimientos sociales abogan en no pocos casos  por una nueva exclusión. Dice Bruckner que «la victimización es la  versión fraudulenta del privilegio ( … ) el derecho como protección de  los débiles desaparece tras el derecho como promoción de los hábiles».  En las sociedades opulentas, el lugar de la innovación y del cambio lo  ha tomado al asalto el oportunismo que sabe sacar ventaja del síndrome  burocrático que afecta al Estado. El progreso ya no consiste en  avanzar, sino en protegerse de las contingencias del sistema. La democracia  reivindica la integración y la cooperación, el horno homini socius,  pero estos colectivos actualizan desde la sociedad civil el diagnóstico  hobbessiano de que el hombre es un lobo para el hombre.  Cuando los intereses particulares se imponen a la voluntad general,  cuando frente a las partes de un todo se propone el todos aparte, se gripa  el libre juego de las instituciones democráticas y se desvertebra la  sociedad. Si fuera cierto el vislumbre de Albert Hirschmann sobre la alternancia de periodos solidarios y egoístas habría que constatar que el  que nos está tocando vivir es egoísta y, por lo tanto, disgregador.

Afortunadamente, los fenómenos que he tratado de describir son en  España solo incipientes y aún no se manifiestan con la agresividad  irascible con que se manifiestan en otros lugares como Estados Unidos,  Canadá o Francia. Pero quede ahí la constancia de una nueva amenaza  a la vertebración de España. Un particularismo corporatista que sería  por sí mismo peligroso, pero mucho más si se uniera a nuestras dificultades  en la definitiva vertebración territorial del Estado, asunto al que  dedicaré unas breves consideraciones.

Hacia una definitiva vertebración territorial

Desde 1940 hasta 1975 se regionaliza España desde el punto de vista  eclesiástico, militar, agronómico, ferroviario, forestal, fiscal, hidrológico,  judicial, laboral, marítimo, minero, notarial, postal, universitario,  etc., y siempre con criterios distintos entre sí. Esa caprichosa casualidad  se acaba con la Constitución del 78, que establece los criterios a  los que se debe ajustar el nuevo mapa territorial. Para ello parte en su  artículo 2° de fundamentar la propia Constitución en «la indisoluble  unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los  españoles», reconociendo y garantizando «el derecho a la autonomía de  las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas  ellas». Se establece con ese artículo un modelo de Estado distinto  del Estado integral propuesto en la Constitución de la 11 República, en  el que la autonomía va a ser la regla. Un modelo de Estado que no es  identificable con ninguno de los modelos de Estado contemplados por  la doctrina jurídica: unitario, regional y federal, y sobre cuyo significado,  alcance y contenido no estaban, ni están aún de acuerdo, científicos  y políticos, pues mientras para unos se aproxima más a un Estado federal,  para otros está más cerca del modelo regional italiano. Por ello ha  sido calificado de modelo semifederal, semirregionalizado, semicentralizado.  La Constitución del 78 quiso dar respuesta a lo que Azaña había  llamado «enfermedad crónica» del pueblo español, su problema regional.  Quiso integrar tres realidades diferentes igualmente relevantes:  España, o sea, la idea de nación española; las nacionalidades, es decir,  los territorios que perciben su pasado y su cultura como elementos de una identidad genuina y diferenciada; y las regiones, partes singulares  de España, pero no diferenciadas de la nacionalidad española. Sin duda,  tal pretensión era saludable y, también sin duda, los legisladores hicieron  bien su trabajo, tan complejo por otra parte. Cierto es, sin embargo,  que algunos constitucionalistas eminentes como el añorado Tomás  y Valiente observaron algunos defectos técnicos, tales como el  «carácter inacabado», «indefinidamente abierto» del modelo por un exceso  de prudencia del legislador, que habría preferido que fueran la experiencia  y el transcurso del tiempo los elementos que aquilataran la  perfección del nuevo tipo de Estado y propiciaran el definitivo «cierre  autonómico». Pero esa voluntaria ambivalencia de la Constitución no  es ni desidia, ni capricho, sino un intento razonable de adaptar el modelo  a la realidad. Saludable cautela porque hay una ley histórica, casi  física, no enunciada que postula que la realidad acaba imponiéndose a  cualquier tipo de prótesis que no convenga a su anatomía.

Naturalmente, la Constitución vigente funda su legitimidad en la legitimidad  democrática del proceso constituyente. Ésa es su legitimidad  y no la historia o la tradición. Pero esa Constitución tuvo en cuenta la  historia de España, la plural estructura política de España y se adecuó a  ella en la organización territorial del poder. Siendo eso así, ocurriendo  que la Constitución democráticamente legitimada y legitimadora ha reflejado  mejor que ninguna otra desde la de Cádiz hasta la de 1931 la  peculiar estructura política de España a través de su historia, ¿por qué  hay síntomas evidentes de debilitamiento de la conciencia nacional?  No es fácil encontrar topónimos cuya continuidad histórica respecto a  una población estén más claros. Ni Francia se llama Galia, ni Alemania  Germanía, ni Suiza Helvetia… pero Hispania es esencialmente España.  Y, sin embargo, es muy difícil encontrar en otros ámbitos geográficos  ciudadanos que se hayan planteado tantas veces el problema de su  identidad histórica, racial, religiosa, política, etc. El problema llega  hasta nuestros días y, puesto que no se reflexiona sobre lo evidente, sino  sobre lo problemático, habría que aceptar la complicación del empeño  de construirnos en tanto que nación. Pero esto, más que una invitación  a seguir mareando la perdiz de la historia y de las esencias,  es una invitación a mirar las cosas de otra manera, porque ni una nación  ni un Estado son instituciones divinas ni naturales, sino meros artificios  ingeniados por los hombres como sistemas de seguridad para propiciar la convivencia y exorcizar los miedos. Están al servicio de  los hombres y no al revés y, por lo tanto, son mutables, históricas.

Acerca de los inconvenientes de la inmovilidad y con un catálogo  de jardinero en mano, refutó Gide a un Maurice Barres que hacía en  Los desarraigados un elogio de la inmovilidad. André Gide pudo sostener  que cuantas más veces es trasplantado el álamo en su juventud,  más seguro es su vigor futuro. Esto no solo vale para los álamos, sino  que es especialmente cierto en el reino de las ideas, la cultura y las instituciones.  Por otra parte, Payne, en el capítulo II de Los derechos del  Hombre, afirmaba que no se recordaría una sola de las antiguas formas  de gobierno, pero que las Revoluciones Francesa y Americana se recordarían  siempre por haber comenzado con equidad, es decir, por haber  convertido un sistema de seguridad tiránico en un sistema de seguridad  correcto.

Pues bien, con esas dos vocaciones, con la de suponer un nuevo  trasplante y aspirar a ser un sistema de seguridad correcto, ha nacido la  Constitución española. Sin ignorar el pasado común que hizo posible el  pacto entre representantes de todas las regiones y naciones de España y  apelando a la conocida fórmula de Renan de que la nación es «un plebiscito  de todos los días», deberíamos proyectar el futuro. Así funciona  el nacionalismo de los Estados Unidos; los norteamericanos no saben  con rigor de dónde proceden, pero saben muy bien cuándo han comenzado.  Esa necesidad de empezar de nuevo está asistida por la posibilidad  material de hacerlo. «Y no se diga que es demasiado tarde para intentarlo,  las naciones no envejecen de la misma manera que los hombres.  Cada generación que nace en su seno es como un pueblo nuevo  que se ofrece al legislador». Estas palabras que acabo de citar las escribió  Tocqueville en La democracia en América. El mismo Tocqueville  reiteró su admiración por la forma en que en los Estados Unidos se vivía  sin conflicto la vinculación afectiva al Estado federado donde cada  ciudadano nace y vive y el sentimiento de «patriotismo reflexivo» en  relación con la Unión. Pues bien: esa realidad dual e inclusiva es trasladable  a nuestro país y sin duda es el íntimo designio de nuestra Constitución.  Pero la conciencia de los pueblos, la imagen que se forman de  su propio pasado y de su porvenir, la intrahistoria, la sociología, el imaginario  simbólico, tiene tanto que ver con leyes y decretos como con el  ejemplo y el impulso de sus líderes. Bien está la Constitución, pero no  basta la Constitución para hacer realidad lo que postula. Las dificultades que hoy todavía sigue encontrando España para constituirse con alguna  estabilidad en «nación de nacionalidades y regiones», en supranación,  si se quiere, en Estado multinacional, tienen mucho que ver con  la desoladora ausencia de objetivo de cuantos interpretan la Constitución  desde la conveniencia del momento.

Pero quiero dejar claro que mi insistencia en la necesidad de desnudar  de sacralidad al pasado no exige la desafección absoluta. Al contrario,  sé que el sentimiento de pertenencia es socialmente cohesivo y psicológicamente  benéfico. Efectivamente, no hay democracia sin conciencia  de pertenencia a una colectividad política, a una nación en la  mayoría de los casos, pero también a una región o incluso a un conjunto  federal, tal como aquél hacia el que parece avanzar la Unión Europea.  Los seres humanos experimentan un profundo malestar —la anomía,  como lo llamaba Durkheim— ante la ausencia de normas y de reglas  que los vinculen a los otros y este malestar lo atenúa o lo corrige  la pertenencia a una comunidad. Por eso, la democracia liberal que se  perfila como el producto final de una civilización, como le gusta postular  a Francis Fukuyama, no puede ser enteramente «moderna». Dicho  de otra manera —y cito aquí palabras del propio Fukuyama— «para que  las instituciones de la democracia y del capitalismo funcionen correctamente,  deben acompañarse de ciertos hábitos culturales premodernos  que aseguran su buena marcha. El derecho, el contrato y la racionalidad  económica son una base necesaria, pero no suficiente, tanto para la  estabilidad como para la prosperidad de las sociedades postindustriales;  deben estar impregnados de reciprocidad, de obligación moral, del  sentido del deber hacia la comunidad, y de confianza, actitudes éstas  que descansan más en la costumbre que en el cálculo racional.» Lejos,  pues, de ser un anacronismo el sentido de comunidad, de pertenencia,  es una conditio sine qua non de una sociedad moderna.

El individuo solo se eleva a la conciencia real manifestándose como  miembro de una comunidad. El arraigo es necesario, pero es un  punto de partida, no una meta. El nacionalismo es malo cuando agrede,  cuando amenaza, cuando se expresa como afección delincuente.

Los «hechos diferenciales» pueden tener su sentido y hacer su juego  en la sociedad industrial ensoberbecida por la razón instrumental y el  economicismo. Los caminos futuros de la democracia habrá que trazarlos  sobre las coordenadas de un hombre escindido en una confrontación  dual: la identitaria de las naciones y la integradora del universalismo. Han de cumplir la llamada de Ortega: la superación no debe olvidar  el «detalle» de que las conciencias nacionales existen. La libertad  de los modernos es una libertad que no tendría efectos si no produjese  sociedades diversificadas, múltiples, atravesadas por relaciones, conflictos,  compromisos o consensos. Sociedades, pues, como la española  que, a las doce menos cinco del siglo XXI tiene que resolver un problema  del siglo XIX: la tensión entre los anhelos de igualdad de todos los  territorios y la vocación por resaltar lo diverso de otros. Sin duda, es un  rasgo perturbador de nuestra vida política.

El futuro es un largo camino, y muy probablemente no le faltaba razón a Sir Winston Churchill cuando lo percibía como «ese secreto rodeado  de misterios con un enigma dentro», pero desde luego, sea lo  que sea lo que nos espere, tendrá mucho que ver con nuestras decisiones  y con nuestras actitudes. El hecho es que nuestro presente no es ya,  ni mucho menos, un escenario de «desaliento, de amargura y de aspereza»,  que era como tipificaba Giner de los Ríos la circunstancia española  que le tocó vivir. Tampoco es el «pantano de agua estancada» del  que pudo hablar Unamuno. De una España caracterizada por el estancamiento  agrario, el fracaso industrial, la debilidad de la burguesía, la  ausencia de clase media, la ineficiencia del Estado como creador de la  nación, hemos pasado a una España, con sus más y sus menos, homologable  a los países más prósperos del mundo. Hemos dado, con bastante  fortuna y algunos traspiés, los primeros pasos de un nuevo comienzo.  La historia de las sociedades ha sido siempre una multiplicidad  de comienzos, consumaciones y malogros, una pluralidad de culturas  que florecieron y se marchitaron, de imperios que se fundaron y se  arruinaron. Nosotros ya no podemos creer que la Historia camine inevitablemente  hacia estadios superiores. La concepción racionalista de  la Historia como un proceso o estructura que se desarrolla hacia un  destino ha quedado sobradamente desautorizada por la realidad de las  cosas. Todo lo que se ha logrado se puede perder. Pero podemos evitarlo  porque sabemos, también, que toda política sigue siendo la elección  de lo preferible frente a lo temerario y que no hay más que un medio  de progresar, y es la profundización en los grandes valores de la democracia,  de la razón, de la educación, de la responsabilidad, de la prudencia  y del buen sentido.

La dimisión de González

Con la renuncia de González a la jefatura de los socialistas el 20 de junio de 1997, a los veinte años de las primeras elecciones, se ha cerrado un importante capítulo no solo en su partido sino en todo un trecho de la democracia española.

Hace poco más de un cuarto de siglo, Felipe González Márquez asumió la capitanía de un grupo de jóvenes sevillanos de las clases medias y profesionales, con los que concibió el audaz proyecto de ocupar unas «tierras de nadie» en lo que había de ser el mapa político de España después de Franco. República y PSOE parecían cosas muy antiguas, de antes de la Guerra Civil, y de poco porvenir para un escenario en el que muchos pensaban que el día D+l se iban a enfrentar continuismo y revolución, terrenos acotados por franquistas y PC. Socialistas del PSOE apenas había en España y casi no se dejaban oír. Unos veteranos de la Guerra Civil, al borde de la senectud, y ciertos grupos ideológicos más bien intelectuales y urbanos. Los de Tierno (que eran cuatro) sonaban más que los neosocialistas de Madrid y los jóvenes del sindicato de estudiantes, de la ASU o del «felipe» y lo que quedaba de los intentos de reconstrucción del PSOE que habían significado los del desafortunado Amat. Las siglas, más que amortiguadas, eran propiedad de impenitentes exiliados, entre los que, tras la desaparición de Prieto, no quedaban figuras con credenciales históricas.
 
Pero González y los suyos acertaron a diseñar una estrategia a la que se mantuvieron fieles durante diez años. Lo primero sería conquistar una marca que en el interior estaba tan olvidada que parecería nueva. Los del exterior eran unos nostálgicos que no se enteraban de nada. Seguían pensando, como en el 45, que el régimen se iba a caer solo y que llovería del cielo la república sin tener que hacer nada por traerla.
 
A los jóvenes de Sevilla y a otros vascos, nuevos en política o provenientes del PC, no les faltaron algunos maestros entre veteranos de segunda fila que, tras perder la guerra y sufrir cárceles, destierros e inhabilitaciones, seguían siendo socialistas y a la vez se horrorizaban de que se pudiera volver a las andadas. Las figuras más significativas entre quienes contribuyeron a facilitar a los nuevos un principio de legitimidad socialista fueron seguramente Alfonso Fernández Torres y Ramón Rubial Cavia, a los que se unirían otros de fuera o de dentro del país. Entre Toulouse (1972), a donde algunos, más o menos fichados por la policía, pudieron acudir con pasaportes de favor, y Suresnes (1974), los de González se alzaron con las siglas y la legitimidad del PSOE. Lo que no tenían en ese momento era partido. Un discreto reclutamiento les permitió sumar algunos adeptos, en general jóvenes, procedentes de sectores cristianos de izquierda o de familias de tradición republicana.
 
Instalados en las siglas, aunque sus efectivos fueran cortos, se lanzaron a buscar la homologación internacional y los apoyos técnicos y económicos para el postfranquismo que se veía venir a pasos acelerados en el año 74 y a lo largo del 75. (En esa operación ayudaron a González -y no poco- el anticomunismo de su oferta política y particularmente el favor de los alemanes, dueños del título y de los recursos de la Internacional Socialista). A la restauración de la monarquía mantuvieron en un primer momento un republicanismo formal, pero sin estridencias, y sin pretensiones «irrealistas» que les alejaran del sentir general de una nación que quería cambiar lo que hiciera falta para seguir viviendo en paz. La aspiración del PSOE renovado que dirigía González era ganarle por la mano a los otros grupos o partidos que en aquellos años 76 y 77 pretendieran llamarse socialistas. A unos les quitaron líderes o activistas metiéndolos en su propias listas y a otros los arrinconaban sin piedad. En las elecciones del 77 tuvieron un éxito notable con los más de cinco millones de votos que hiceron del PSOE y de su jefe una alternativa para cuando el país y las instituciones hubieran perdido el miedo a un trompicón. Pero también para los gobiernos de la transición resultaba tranquilizante que el rival fuera ése y no el PC, con su prosovietismo sustancial apenas maquillado por el eurocomunismo (cuando Carrillo se iba de viaje, el verdadero interlocutor para el gobierno era Romero Marín). Lo cual no impedía que hubiera que entenderse también con los del PC para encauzar la siempre posible agitación de la calle.
 
Los socialistas de González obtuvieron tan brillante resultado electoral sin necesidad de desplegar una ideología ni programas de gobierno. Simplemente se presentaban como «otra cosa», que en el 77 ni siquiera reivindicaba la herencia de la república y de los vencidos en la Guerra Civil, aunque les guiñaran el ojo y contara con sus apoyos. Pero es que lo mismo sucedió en el 82, a los veinte meses del 23-F, con cuyo estrepitoso fracaso habían desaparecido del horizonte nacional los riesgos golpistas. El hundimiento y la desmoralización de la UCD les facilitaron el triunfo. Después, desde el 82 al 96, han gobernado ellos, es decir, ha gobernado González.
 
Como no podía dejar de ocurrir en tan dilatado espacio temporal, ha habido éxitos y fracasos, logros importantes para España y espectáculos penosos capaces de sonrojar a toda la nación. Ha habido también algo de ideología, pero más que ideología socialista, o de lo que ahora se llama socialdemócrata, una ideología burguesa radical-socialista de Tercera República francesa y de la que quisieron tener los más lúcidos izquierdistas socialistas o no de la II República española. Trataré de explicarme sin alargarme mucho, porque no es todavía el momento de análisis más profundos.
 
Bajo el mando de González el PSOE ha nacionalizado los internacionalismos vocacionales de los socialismos históricos. Se han monarquizado los republicanos, que eran ellos mismos, primero diciendo que eran «juancarlistas» y después aceptando simplemente y sin reservas la institución de la Corona, como una realidad beneficiosa para la identidad histórica y la unidad de España. En tercer lugar, han liberado al partido obrero del cautiverio sindical. Lo que ha hecho Blair con la Transport House y los «Unions», lo consiguió González resistiendo la huelga general del 14 de diciembre, que tenía tan poca razón de ser como demostraron los hechos y ante la que el gobierno no perdió los nervios. Después de haberse opuesto al ingreso de España en la OTAN, lo propugnaron, con grave riesgo de perder un referendum, una vez que desde el poder se enteraron de que eso tenía que ver con la entrada en las instituciones comunitarias europeas. Sus mayores fracasos han venido de planteamientos ideológicos de esos que he llamado radical-socialistas y de conductas personales y políticas del mismo signo. Me refiero a los políticos de ese signo de los que se pudo decir que tenían «los ojos puestos en el ideal y las manos en el cajón del pan».
 
No sería exagerado decir que con los diez millones de votos del 82 no pocas de las personas e instituciones del PSOE perdieron la cabeza. Pensaron que con las mayorías se podía hacer todo, como Napoleón había dicho de las bayonetas, cuando Talleyrand repuso que «sí, todo menos sentarse en ellas». Igual que en el año 31 se dijo que la República era para los republicanos, se pensó que la nación era para los socialistas. Primero hubo arrogancia y «entrismo» en las instituciones públicas. De los restos de la vieja ideología socialista de otros tiempos, cuando las cosas eran de otro modo, la acción de no pocos órganos del poder se impregnó de «igualitarismo». Se sustituyeron los modos de acceso a buena parte de la función pública, incluso la judicatura, se aplanó la carrera universitaria, se modificó la elección del poder judicial, se partidizaron muchos nombramientos de índole profesional, etc., etc.. En fin, se favoreció a amigos, se arrolló a contrarios y se ignoró a los indiferentes. Junto a todo ello se fomentó la permisividad y se elevó a rango de ley disposiciones que ponían en juego valores universales y en España históricos, como la vida y el derecho efectivo a la enseñanza de la religión de la inmensa mayoría de los nacionales en las escuelas públicas.
 
La arrogancia del poder y el fundamentalismo de la permisividad («mientras no me pillen todo vale») degeneraron en una cadena de hechos tan graves y numerosos como pocas veces se han juntado en un solo país y en tan corto tiempo y hoy llenan las secciones de sucesos y de tribunales de la prensa. No son las páginas de NUEVA REVISTA el lugar para mencionar nombres o siglas. Pero es un dolor para España que hayan ocurrido en los últimos tiempos tan penosos hechos, que inevitablemente empañan la historia de los trece años del poder socialista.
 
Nada más lejos del ánimo del autor de estas líneas que culpar de esos males a personas concretas y mucho menos al presidente González, bajo cuyo mandato España ha consolidado su presencia en la OTAN, ha ingresado en la Unión Europea, ha mantenido relaciones económicas y políticas más que aceptables con casi todos los Estados, en particular con los vecinos, ha contribuido a heroicas acciones de paz, ha mantenido y desarrollado lo que se suele llamar el «Estado del bienestar», que es el de los servicios sociales, ha celebrado brillantemente una Olimpiada y una Exposición Universal, etc. etc. No obstante, para tanto tiempo como han durado sus gobiernos el saldo final no resulta muy brillante por los lamentables episodios aludidos más que mencionados más arriba. Pero todo ese largo «periodo González», como se suele decir, ha de ser asumido por España igual que el resto de su historia y de él se han de extraer las oportunas lecciones.
 
La marcha de González no es ni una tragedia ni una bendición. Es simplemente la consecuencia correctamente extraída de hechos políticos. Los socialistas han perdido las últimas eleciones europeas, locales y autonómicas, y finalmente el año pasado las generales. Esos datos electorales le pedían el gesto de dimitir, que es lo que se espera de los políticos cuando son vencidos. Las más o menos ruidosas, pero inefectivas rebeliones internas de sus lugartenientes ni le han forzado a marcharse ni servían para echarlo. González ha hecho lo que tenía que hacer. Quizá lo único que se podría criticar es que un jefe político tan experimentado y conocedor del mundo de la democracia no hubiera tomado esta decisión hace un año, con un Congreso Extraordinario, tras las elecciones del 96.

Ciencia de autor

José Manuel Sánchez Ron
Diccionario de la ciencia
Planeta
Barcelona, 1996, 301 págs.

El autor, catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid, es sobradamente conocido en los medios intelectuales y científicos de nuestro país. Nos encontramos ante una visión subjetiva del mundo de la ciencia. El propio José Manuel Sánchez lo confiesa en una introducción que constituye un modelo de autobiografía científica, género muy poco cultivado, por cierto, entre nosotros. El autor lo reconoce así: «Se trata de «construir», y ofrecer a aquéllos que la quieran leer, mi propia visión del mundo de la ciencia». Además, añade, «un diccionario de autor constituye un magnífico instrumento para semejante propósito. No se tiene que responder de la elección de términos realizada; se sabe que ésta no es sino una excusa que sirve a los propósitos -o a los gustos- del autor».

En todas sus páginas, el autor manifiesta su profundo humanismo, su preocupación por los problemas concretos y reales del hombre. «No acepto la idea de que la ciencia está por encima de nosotros mismos, que es un valor supremo, ante el que debemos abandonar cualquier otro tipo de consideración o justificación. Así, siempre que he podido, he buscado, para incluir en este diccionario, la dimensión moral y humana que surge en, o está asociada a, la ciencia».

Todos los artículos, que constituyen definiciones de términos o sucintas biografías de autores, son muy sugerentes. Pero algunos lo son de una forma particular. Por ejemplo, el dedicado al reduccionismo. Aquí el autor se proclama un celoso defensor de la autonomía y la independencia de las ciencias: «La química es algo más que física aplicada; la biología más que química aplicada; la psicología más que biología práctica. Para que un físico teórico intente resolver desde su disciplina problemas de la química, tiene que recurrir a ideas, conceptos, e incluso fórmulas, que han surgido de la química, entendida ésta como una ciencia caracterizada por una historia, problemas y técnicas propias. Y cuando nos situamos en los niveles de la biología o de la psicología, estos rasgos no reduccionistas son aún más marcados».

Entre los artículos dedicados a una personalidad científica, es particularmente notable el dedicado a Karl Popper, al que niega la calidad de científico. «No fue un científico, aunque en ocasiones pretendió -con escaso éxito serlo, en los campos de la física cuántica y la biología evolutiva, sino un filósofo». Y continúa: «Si lo traigo a esta ensayística reunión es porque representa uno de los esfuerzos más notables y ambiciosos, aunque a la postre frustrados, que se han producido en nuestro siglo para acercar la ciencia a la reflexión filosófica».

En estos momentos de acaloradas y, con frecuencia, ridículas discusiones feministas, merece la pena reseñar el artículo dedicado a las mujeres y la ciencia. En primer lugar, nos proporciona una serie de datos muy poco conocidos. Por ejemplo, que «la disciplina en la que se encuentra un número mayor de mujeres es la astronomía». Así, entre 1650 y 1720, «las mujeres constituían alrededor del catorce por ciento de los astrónomos de Alemania, un porcentaje desde luego superior al de otros países». Sobre la presunta inferioridad de las mujeres para el conocimiento científico, la opinión del autor es terminante: «No se ha descubierto, y no veo ninguna razón para que se encuentre en el futuro, ninguna característica que distinga los dos géneros de nuestra especie en lo que a su capacidad para la investigación científica se refiere».

En definitiva, lo que nos presenta el autor es una visión personal, selectiva, apasionada e intensa de la ciencia.

Mapas para el nuevo catecismo

Además de un notable éxito editorial desde su promulgación en 1992, el Catecismo de la Iglesia Católica, «uno de los mayores acontecimientos de la historia reciente de la Iglesia» (Juan Pablo II), significa también un acontecimiento cultural de primer orden. A la asimilación objetiva del texto sin duda contribuye todo esfuerzo de comprensión, en particular si es pluridisciplinar o interdisciplinar. Complementando la abundante bibliografía aparecida sobre el Catecismo y los rigurosos esfuerzos hermenêuticos que desde las ciencias sociales toman el texto catequético como referencia, AEDOS (Asociación para el Estudio de la Doctrina Social de la Iglesia) y Unión Editorial han editado un volumen que toma cumplida nota de la polivalente riqueza de su contenido.

Bajo el título «Estudios sobre el Catecismo», los 32 trabajos que componen el libro, precedidos por la lúcida presentación del presidente de AEDOS y coordinador del volumen, se articulan en una neta trabazón de fondo, que da razón de su carácter de obra colectiva; ésta se encuentra dividida, por otra parte, en 5 apartados: «Aspectos globales», «Antropología», «Familia y vida humana», «Política y sociedad» y «Economía y empresa».

Por este orden, se tratan asuntos histórico-teológicos, presupuestos filosóficos del cristianismo, de incardinación epistemológica de la doctrina catequética, historiográficos y de pragmática; directamente antropológicos (los relativos a la fundamentación de la libertad y a la dualidad varón-mujer), de orientación ética de las disciplinas biomédicas, y demográficos; políticos (y de teología política), jurídicos y éticos, y -cubriendo finalmente el amplio espectro de lo teórico-económico y la práctica empresarial- también socioeconómicos. Destacan de estos últimos, además de los dedicados al liberalismo y al Estado de bienestar, los estudios «Economía de mercado y dignidad humana» (J.A. García Durán y A. Carol) y «Amor de preferencia por los pobres y dinámica económica del cristiano» (R. Rubio de Urquía). La obra se cierra con un excelente índice de materias, más que suficiente para quien desee orientarse por el contenido general del volumen.

Los autores, muy reconocidos en sus respectivas disciplinas, manifiestan diferencias, discrepancias y divergencias en sus análisis, siempre desde una coincidencia fundamental metodológica y desde el respeto al texto de referencia y al objetivo de AEDOS (estudiar y difundir la doctrina social de la Iglesia «con el fin de hacerla lo más práctica y operativa posible»). Esas discrepancias responden tanto a su variada formación científica como a sus diversas preocupaciones teóricas y prácticas. En lo que en ningún caso cae ninguno de los autores es en la lectura parcial; es decir, ninguno pierde la conexión-orgánica propia del género catequético. La labor de mediación intelectual que ejercen, de inducción a una reflexión que trasciende la práctica casuística, se convierte así en una de las muchas a las que el Catecismo invita, para que cada cual actúe luego según su ciencia, experiencia y deseo de compromiso.

Hay una nota distintiva de estos estudios, y es que responden a la constante llamada de Juan Pablo II a una «nueva evangelización» de Europa a través de la renovación de su cultura. La preocupación por esta radical reorientación que la asimilación del mensaje cristiano exige a la cultura occidental para que manifieste la raíz originariamente cristiana de muchos de sus valores (premodernos, pero también modernos y postmodernos), no solo late en el fondo de los estudios, sino que es en algunos explícita (como en «Catecismo católico y estrategias culturales», de Jacinto Choza). De esta forma, los autores animan —cada cual desde su disciplina científica- a una labor personal e institucional, concreta y operativa.

El resultado es, en definitiva, una obra interdisciplinar de consulta imprescindible a la hora de profundizar en los últimos desarrollos e interpretaciones de la doctrina catequética y, en particular, en el momento de abordar la reorientación de la acción humana desde la persona y desde la irrenunciable dignidad que brota de su libertad. Como dice el coordinador del volumen, AEDOS se apresta ahora a celebrar el definitivo acontecimiento de la Encarnación con una nueva obra sobre los retos que el tercer milenio presenta a toda doctrina social, y a la de la Iglesia en particular.

Zambrano, en el origen

Puede ser tentador acceder a este temprano libro de MaríaZambrano solo con la carga de nuestro conocimiento posterior, y adjudicarle asomos, intuiciones o presencias que reconocemos tan solo porque son patentes más tarde. Que conste que no sería del todo injusto,ni constituiría un excesivo abuso. Pero hay que renunciar al juego fácil ante un pensamiento que es demasiado complejo para someterse a las «profecías del pasado». Será mejor ver lo que hay, no prever cómodamente lo que será.

Pensamiento y poesía en la vida española se compone de tres conferencias mexicanas de 1939, recién concluida la Guerra Civil y en plena diáspora de la inteligencia española. Cuando la autora tiene treinta y cinco años de edad. María Zambrano ya es ella misma, sí, pero quedan lejos aún sus obras señeras. No es que estén en ciernes aquí, sino que de aquí se parte hacia ellas, y como el futuro nunca está escrito, tuvo ella que escribirlo arrancando a la realidad las habitabilidades ocultas en las entrañas del logos, descendiendo a los inferas y trayéndonos la vida palpitante y el testimonio de lo sagrado. Estamos ante un canto temprano, mas no todavía frente al corpus poético y polifónico que conocemos como la música zambraniana. Invitamos a algunas de sus sugerencias, intuiciones, exploraciones.

Se hace el pensamiento de Zambrano con incitaciones (más que con materiales) de esa tradición ajena al optimismo racionalista cuyos nombres son, entre otros, Pitágoras, el Platón de los mitos, las religiones mistéricas, los gnósticos, San Buenaventura, el hermesismo y la alquimia, la mística (no solo la española), y pensadores cercanos como Scheller o Bergson. Pero se nutre, sobre todo, de una necesidad, la creada por la penuria del racionalismo a la hora de explicar determinadas esencialidades. «Zambrano -escribe Jesús Moreno Sanz- parte de una doble crítica al método racionalista: de una parte, tal método, cuya esencia es sistematizar, solo lo puede ser de la mente, de la conciencia. De otra, y paradójicamente, si la propia conciencia es discontinua, no es fácil ver cómo un método continuo puede adecuarse al mismo vivir de la conciencia, que es discontinua». Hay que recomendar obras culminantes como El hombre y lo divino (1955), Claros del bosque (1977) y Notas de un método (1989), disponibles, respectivamente, en Siruela, Seix & Barral y Mondadori; de gran importancia es también la amplia antología de la obra de María Zambrano preparada por Jesús Moreno Sanz con el título La razón en la sombra (Siruela, 1993). Estos títulos darán cumplida cuenta al lector de las respuestas de Zambrano a aquella inquietud. Y acaso logren inquietarle más todavía.

Si a esto llegará María Zambrano, es lógico que en su visión de la filosofía española no se lamente ni espante por la ausencia de universos sistemáticos. Al contrario, señala las limitaciones de los sistemas: «Soberbia de la razón es soberbia de la filosofía, es soberbia del hombre que parte en busca del conocimiento y que cree tenerlo, porque la filosofía busca el todo y el idealista hegeliano cree que lo tiene ya desde el comienzo. No cree estar en un todo, sino poseerlo totalitariamente. La vida se rebela y se revela por diversos caminos» (pág. 20). Y si «para la poesía nada es problemático, sino misterioso», si «la realidad para el poeta es inagotable», es lógico que los derroteros de la aprehensión de la realidad vayan por otros caminos: por la historia, pues del pasado no nos hemos liberado, y del estoicismo español», donde tienen lugar otros recorridos. «Cuando por la poética, ya que ésta constituye un amor, un querer, que lleva a la comprensión como apoderamiento: «… la historia llama a la poesía. Y así, este nuevo saber será poético, filosófico e histórico». Ése será el campo de otro pensamiento distinto al sistemático, y acaso el ámbito propio de un pensar como el español: «Nos hemos reprochado muchas veces nuestro pobretería filosófica, y así es, si por filosofía se entiende los grandes sistemas. Mas de nuestra pobretería saldrá nuestra riqueza» (pág. 23). Tal es el asunto de la primera conferencia, «Razón, poesía, historia», que se desarrolla con el examen de lo que Zambrano considera esencialidades españolas: un determinado realismo cuya base es la soledad y que cruza tanto la mística como la lírica; un materialismo, especialización de aquel realismo, que es alejamiento de idealismo y racionalismo, con brotes sensualistas como seña de espiritualidad, «presencia de la naturaleza escueta sin mezcla de panteísmo alguno» (pág. 41); lo imposible como meta en la tradición española (mística, donjuanía, picaresca, no importa); la literatura nacional como fuente de conocimiento imprescindible, precisamente por la ausencia de sensibilidades que cristalizaran en sistemas…

Una aplicación práctica se da en la segunda conferencia, «La cuestión el español no ha vivido dentro de una religión ha venido a ser fatalmente estoico» (pág. 55), podríamos citar como punto de partida en un itinerario que se detiene en la acepción española de filosofía como «resistencia», o como «aguante», y que busca en Grecia, claro está, el origen del sentido laico que encierra la actitud estoica. De manera que, más adelante, pueda escribir Zambrano: «El estoicismo es el traje mínimo del hombre culto de todo tiempo, la túnica escueta, el alimento sobrio a que se queda reducido cuando los lujos se han disipado. Es la doctrina de la pura necesidad» (pág. 69). Y entonces examina estoicos españoles de la tradición culta como Manrique y la

La tercera conferencia, «El querer», parte ya del conocimiento poético como algo esencialmente español. La voluntad, el «querer» español, vive al margen de la sistemática racionalista, y hay dos maneras de ese querer: la voluntad estoica, resistente, no absoluta, desanoramada, desligada (amística, pues); la voluntad cristiana pura, con negaciones absolutistas como el quietismo y el voluntarismo ignaciano. Una reflexión por las profundidades de la España imperial o del Siglo de Oro lleva a la constatación del callejón sin salida del querer hispano: «España, en aquellos días, se cerraba también, prisionera, en una empresa imposible, absoluta: el sueño de irrenunciable racionalidad en busca de un método y un objetivo más o ensueño de la Contrarreforma. Por este ensueño quedó su vida detenida, al margen del tiempo, prisionera» (pág. 97). No olvidemos que son los tiempos del desengaño quijotesco. Surgirán con el tiempo reacciones monstruosas, como el tradicionalismo, que desconoce la tradición, pues es hijo de la desmemoria. Por ello será preciso el conocimiento de la historia inmediata, «como examen de los propios errores y espejismos». Mientras, queda el verdadero ser de esa España desmemoriada y pasional en testimonios como el corpus galdosiano, y en especial algunos de sus personajes, como Fortunata o Misericordia; en la prosa poética de Azorín; en la poesía que renace precisamente con este siglo…

En el libro abundan reflexiones sobre el destino, el pasado y el ser de España, en esa tradición que tiene cimas como Ganivet o como Ortega. Las hemos obviado en pro de un hilo que tenga más que ver con el método. Pero leyendo esas reflexiones de 1939, ¡nada menos que 1939!, puede advertirse que es muy cierto aquello que escribió Antonio Colinas: «La obra de María Zambrano nunca dice lo que el lector quiere que diga; nunca es sectaria; nunca está contra algo». Al mismo tiempo, puede señalarse que este libro de Zambrano es temprana entrega de ese camino suyo allá del racionalismo. El tema: España. En este fin de siglo, a siete años del centenario de doña María, es un tema que ya no nos pone tan nerviosos como hace tiempo. Y es el caso que esos nervios a ella parecían no afectarle.

El sistema del saber

La Universidad alemana exigía habilitarse para la docencia con la presentación de un escrito y su defensa pública. Krause (1781-1832), alumno de Fichte y coetáneo de Schelling y Hegel, lo hizo en tres ocasiones con distintos textos breves versados todos ellos sobre la misma cuestión: el principio de la ciencia y las directrices fundamentales del sistema del saber. Las tres habilitaciones tuvieron lugar, además, en tres momentos cruciales de su trayectoria filosófica: en la Universidad de Jena (1802), nada más terminar los estudios; en la de Berlín (1814), mediada esa trayectoria; y en la de Gotinga (1824), coincidiendo con la madurez. Esta obra presenta la traducción del latín de los tres textos, así como las posteriores correcciones y comentarios de Krause, anotados bien en sus ejemplares de uso privado, o bien mientras los vertía al alemán para una mayor difusión. Algunos de estos textos han sido inéditoshasta ahora. Su traducción al castellano viene precedida de un Estudio Preliminar que incluye dos apartados fundamentales: en uno se detalla la progresiva redacción de estos textos, su defensa, publicación, etc. y, en el otro, se repasan brevemente los temas fundamentales de la metafísica krausiana desde el marco de las habilitaciones, lo que facilita su lectura y comprensión.

El reto fundamental de esta filosofía, acorde con la aspiración compartida por los idealistas alemanes, es la consecución de un sistema del saber fundado sobre un único conocimiento, el principio. Éste ha de ser la idea rectora desde la que sea posible cualquier otro conocimiento, de tal modo que el conjunto de las ciencias parciales conformen un único corpus del saber, el sistema. Si bien en Jena Krause propuso como principio el mundo en cuanto conjunto armónico de las cosas, en Berlín y, luego, en Gotinga, defendió que es un ser absoluto y supremo, esto es, Dios, quien incluye dentro de sí dicho mundo. Esta modificación en el carácter del principio determinó una evolución paralela en la concepción de la divinidad, que pasó de una panen un segundo nivel de notas, también a pie de página, ha incluido teísta a otra que el mismo Krause dio en llamar panenteísta. Ésta última se caracteriza por conjugar la idea teísta de la trascendencia del Dios personal sobre el universo con la panteísta de su inmanencia y permanente presencia en lo finito. Asimismo, con el paso de los años acentuó el perfil religioso de su pensamiento, sin aminorar su carácter racional, y concibió la labor científica como parte de la relación del hombre con Dios.

Krause luchó también por dotar a su filosofía de una crítica equiparable a la kantiana y evitar así el dogmatismo filosófico, que consiste en suponer el principio del sistema sin demostrarlo o evidenciarlo. Frente a un intento fallido en la habilitación de Jena, la de Berlín fue la primera ocasión en la que enunció los rasgos fundamentales de la vía mediante la que habría de elucidarse el principio. Esto exigió la división de su sistema en dos partes: una analítica, que corresponde a un autoanálisis mediante el cual aflora la idea de Dios en tanto que principio, y una sintética, donde son deducidos los teoremas fundamentales de todo saber y que conforman la metafísica.

La traducción de los textos del latín ha estado a cargo de los profesores Luis y Carlos Baciero, mientras que las notas alemanas de Krause, introducidas a pie de página, han sido traducidas por Rafael V. Orden, quien, aclaraciones y acotaciones dirigidas especialmente al investigador, bien para corregir errores de las ediciones originales, bien para clarificar algunos conceptos y términos, o bien para advertir ciertas dificultades en la interpretación del texto original.

Con Las habilitaciones filosóficas de Krause se da un paso importante en el conocimiento y estudio del pensamiento krausiano. Primero, por el novedoso análisis de los textos, que aporta una datación ajustada de su redacción y la corrección de varias erratas de sus publicaciones y datos inexactos reiterados en la literatura secundaria. Esto último ocurre con la tercera habilitadión, cuya referencia era incluida en las bibliografías de Krause con un título equivocado y sobre la que había dudas sobre su efectiva publicación. Segundo, por facilitar el conocimiento y la lectura de la obra krausiana, sobre la que se cernían numerosos prejuicios que estos textos desmienten, como la dificultad de su terminología. Como señala el autor, la lectura conjunta de las tres habilitaciones «posibilita una rápida, fácil y ajustada aproximación a la filosofía fundamental de Krause, incluida su progresiva evolución». Y, tercero, por su Estudio Preliminar, que resulta la primera exposición concienzuda de la filosofía fundamental de Krause. Este texto resulta, además, de fácil acceso para el neófito.

Pero no son solo los amantes y los estudiosos de la filosofía alemana quienes están de enhorabuena, sino también el historiador del pensamiento novecentista español, dada la influencia que Krause ejerció en la segunda mitad del siglo XIX con el movimiento filosófico-social conocido como Krausismo español. Esta obra es un útil material para el conocimiento de la fuente alemana de las ideas que marcaron a pensadores como Francisco de Paula Canalejas, Gumersindo de Azcárate, Nicolás Salmerón o Francisco Giner de los Ríos. Todos ellos fueron discípulos de Julián Sanz del Rio, introductor en nuestro país de la filosofía krausiana. Aunque durante un siglo hubo dudas del débito que Sanz del Río tenía para con Krause, y se reivindicaba más bien la autonomía del Krausismo español respecto de su fuente alemana, en 1988 da a conocer el profesor Enrique M. Ureña los textos de Krause traducidos literalmente al castellano por Sanz del Río en su obra más conocida, El ideal de la humanidad para la vida (1860). El fundador de esta escuela filosófica hispana hizo creer a sus discípulos y posteriores investigadores que la autoría de tal obra era suya y que no había texto alguno del que procediese, lo que se corroboraba en cierta medida cuando se efectuaba una comparación con el libro del filósofo alemán de título semejante, Das Urbild der Menschheit (1811). Pero Ureña descubre entonces que El ideal de la humanidad es la traducción literal de una obra publicada por Krause en su revista Tagblatt des Menschheitlebens (1811). Tras este descubrimiento, la investigación sobre el Krausismo español ha dado un giro notable, pues es consciente de la conexión directa que liga este movimiento filosófico con la filosofía krausiana, y está necesitada de textos y estudios de Krause para precisar hasta dónde llegó su influencia en nuestro país. La obra aquí reseñada es una importante contribución para llevar a cabo esta tarea.