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Introducción al escándalo

Pese a los distintos usos en que aparece la expresión, creo que es posible entender el escándalo político como un fenómeno distinto al de la corrupción. Además de como sinónimo de «corrupción», «patología» o «desviación», el término «escándalo» se utiliza en el lenguaje coloquial para referirse a una manifestación peculiar de la opinión pública. En este sentido, cabe definir el escándalo político como una reacción de la opinión pública contra un agente político al que se considera responsable de una conducta que es percibida como un abuso de poder, o una violación de la confianza social sobre la que se basa la posición de autoridad que mantiene o puede llegar a mantener tal agente. Así, como reacción pública negativa hacia la desviación, el escándalo constituiría una forma de control social. Algunas de sus peculiaridades son las que comentaré en estas páginas.

Escándalo político y confianza social

De la anterior definición del concepto se desprende que la naturaleza del escándalo político está relacionada estrechamente con la fundamentación de la autoridad política en la confianza social. Giovanni Sartori ha señalado que uno de los rasgos definitorios de la política en la Modernidad ha sido el que esa base fiduciaria de la autoridad se haya fundado a su vez sobre la idea de representación. No cabe duda de que la clase política de las democracias liberales occidentales ha sustentado su autoridad en el carácter representativo de los gobiernos de estos regímenes. El fundamento último de este carácter representativo no descansa tanto en la coincidencia fáctica de las decisiones de los gobernantes con los deseos de los gobernados, como en la posibilidad siempre presente de que estos últimos puedan exigir explicaciones a sus representantes cuando observen que se alejan de sus intereses, deseos, principios, etc., o de las normas que regulan el ejercicio de los cargos públicos en el Estado de derecho. Por tanto, el núcleo esencial de la representación estriba en la idea de responsabilidad, esto es, en la obligación de rendir cuentas a los representados. De esta manera, la idea de representación no excluye la posibilidad del liderazgo, es decir, la posibilidad de conducir a los representados en una dirección que puede chocar con sus deseos, pero que éstos pueden aceptar seguir si se convencen de que es mejor para sus intereses. En concreto, por lo que se refiere a la representación política, la clave para considerar que un sistema político es representativo se encuentra en que el pueblo, o determinado electorado, esté presente en la acción de gobierno.

Por consiguiente, para que el pueblo esté presente en la acción de gobierno, ha de cumplirse una serie de requisitos que se pueden resumir, como hizo en su día Hanna Pitkin, en por lo menos dos: en primer lugar, tiene que haber una maquinaria, unas instituciones, para que los representados puedan expresar sus deseos. En segundo lugar, ha de haber unos mecanismos institucionales que aseguren que los representantes estarán listos para responder a estos deseos, bien mediante las acciones de gobierno que correspondan, bien mediante sus explicaciones cuando estimen oportuno contradecir tales deseos. De este modo, el concepto de representación engloba aspectos sustanciales -la idea de que el pueblo está presente de alguna manera compleja en las acciones del gobierno- e institucionales -mecanismos históricos concretos que tratan de asegurar la ejecución de esa idea en la práctica

La relación que guarda el escándalo político con la confianza social sobre la que se establece la posición de autoridad del gobernante (o del aspirante a serlo) tiene lugar, en la Modernidad, a través de la idea de representación y, más concretamente, a través de la idea de responsabilidad del representante ante el representado que se asocia con ella. El escándalo pone en cuestión la confianza social o la representatividad sobre la que descansa la autoridad del agente político implicado. Exige una respuesta por parte de ese agente que, de ser satisfactoria, podrá dar lugar al restablecimiento de la situación de confianza. En caso contrario, la continuidad del escándalo llevará probablemente a que las instituciones que aseguran el carácter representativo del sistema político (como, por ejemplo, el parlamento o el proceso electoral) sean quienes obliguen al agente en cuestión a dar una respuesta satisfactoria. Si, ante la persistencia del escándalo, estas instituciones no son capaces de lograr ese efecto, es posible incluso que, en determinados contextos, los sujetos escandalizados pasen a cuestionar no ya solo la autoridad del tal agente, sino las propias instituciones del sistema político, por su incapacidad para asegurar la representatividad de éste.

Representatividad y opinión pública

Pero, para que se pueda dar esa relación entre el escándalo y el cuestionamiento de la representatividad de un agente político, es imprescindible que se dé al menos una de las dos condiciones necesarias del gobierno representativo mencionadas más arriba; es decir, es necesario que exista alguna maquinaria, algún entramado institucional, para que los representados puedan expresar sus deseos. En definitiva, lo que se necesita es que esté asegurada la expresión de una opinión pública. Por esta razón, los regímenes que tratan de afianzar su carácter representativo -como son los democráticos-, pretenden asegurar la formación y la expresión de una opinión pública libre otorgando una dimensión institucional -es decir, una protección mayor- a las libertades que contribuyen a ello como la libertad de expresión o el derecho a la información.

Como una forma de control social que es, la opinión pública entra en juego decisivamente en aquellas situaciones en las que existe confusión tanto sobre si hay normas jurídicas para regularlas, como sobre si es adecuada su aplicación al caso concreto. La relevancia de analizar la creación de un clima de opinión en el estudio del escándalo político estriba en el papel que desempeña la opinión pública en los procesos políticos, sobre todo en los regímenes representativos (pero no solo en ellos). Éste consiste en su carácter de fuerza latente que puede ser movilizada para enfrentarse a los líderes políticos en determinadas ocasiones. Esta posibilidad permanente de que las reacciones del público espectador puedan influir sobre las negociaciones que llevan a cabo las élites políticas -reforzando la posición defendida por algunos y, consiguientemente, debilitando la del resto- le otorga a la opinión pública una función de tercero en discordia. Como han dicho Gladys y Kurt Lang, su papel no es el de un mero árbitro que pone paz en una disputa, sino el de un aliado o enemigo potencial que puede cambiar el equilibrio de fuerzas existente entre las élites.

La opinión pública como forma de centro social

Es necesario comenzar tratando de aclarar a qué nos referimos con ese término de uso tan común como poco preciso: el de opinión pública. Elisabeth Noelle-Neumann propuso en La espiral del silencio (1980) una famosa definición de acuerdo con la cual se puede considerar opinión pública a todas aquellas «opiniones sobre temas controvertidos que uno puede expresar en público sin temor a quedar aislado». La base de esta definición está constituida por tres hallazgos empíricos que Noelle-Neumann resumía de la siguiente manera: «1) la capacidad de los hombres para darse cuenta de cómo ciertas opiniones públicas crecen con fuerza o se debilitan; 2) la reacción a esta percepción que lleva, bien a un discurso más seguro, bien al silencio; y 3) el temor al aislamiento, que hace que la mayor parte de la gente quiera prestar atención a la opinión de otros».

Según este clarificador punto de vista, el proceso de la creación de un determinado clima de opinión o el mecanismo que Noelle-Neumann denomina «la espiral del silencio» funcionan a partir de la cristalización de las concepciones y las opiniones en estereotipos cargados emocionalmente. Como dice la autora alemana, ésta fue la mayor aportación que Walter Lippmann realizó en su conocida obra Public Opinión (1922). Según Lippmann, los estereotipos se difunden rápidamente, llevan consigo asociaciones valorativas que pueden ser positivas o negativas y guían las percepciones. En un mundo tan complejo, tan grande y tan cambiante como el que vivimos (y en el que tenemos que actuar, pese a carecer del equipamiento necesario para lidiar con tanta variedad y sutileza), no nos queda más remedio, como decía Lippmann, que «reconstruirlo en un modelo más simple antes de que podamos enfrentarnos con él». Esta imagen simplificada de la realidad, de la que surge un «pseudo-mundo» (pseudo-environment), proviene de un ejercicio de percepción selectiva según el cual el conjunto de hechos que somos capaces de percibir y la forma en que los percibimos vienen determinados por un modelo concreto de estereotipos. Como añade Noelle-Neumann, los estereotipos son indispensables para poner en marcha los procesos por los que se extiende la conformidad sobre algún tema: «El estereotipo es tan conciso y tan claro, tanto si es positivo como si es negativo, que permite que cada uno sepa cuándo hablar y cuándo permanecer callado».

Por tanto, a la hora de estudiar el proceso de creación de un determinado clima de opinión, hay que prestar especial atención a la cuestión de la procedencia y, sobre todo, la difusión de tales estereotipos. En tal proceso, como ya advirtió Lippmann, desempeñan un papel fundamental los medios de comunicación. Para Lippmann, los periódicos (el único medio de comunicación que existía cuando escribió su obra) graban los estereotipos en las mentes de los lectores a través de repeticiones innumerables, convertidas en los ladrillos con los que se construye esa imagen simplificada de la realidad que actúa como pseudo-mundo intermedio entre nosotros y el mundo exterior que nos es inabarcable. O como dice Noelle-Neumann: «Los medios influyen en la percepción que el individuo tiene de lo que puede decirse o hacerse sin peligro de quedar aislado».

La aproximación funcionalista al escándalo

Esta manera de entender el funcionamiento de la opinión pública desde el punto de vista de su génesis supone una aproximación más compleja que la que se limita a contemplarla como la expresión de la conciencia colectiva de una comunidad en un momento dado. Esta segunda idea, que toma el significado de la expresión «opinión pública» como algo evidente por sí mismo y que, en lugar de estar referida a grupos de individuos más o menos numerosos en una sociedad, la convierte en un atributo de esa misma sociedad en su conjunto, es la que está en la base de la aproximación funcionalista a los escándalos políticos. En efecto, siguiendo la idea de Durkheim de que hasta los actos más asocíales, amorales o patológicos son funcionales para la integración de la sociedad -dado que la transgresión de una creencia compartida no solo refuerza a ésta, sino al propio grupo social que la mantiene-, la aproximación funcionalista sostiene que los escándalos políticos sirven para reforzar la conciencia colectiva de una comunidad. Como dicen, por ejemplo, los sociólogos norteamericanos Markovits y Silverstein en un libro sobre la política del escándalo, «mientras que un acto escandaloso supone siempre un desafío a las normas y valores de la comunidad, el ritual público de la investigación, la discusión y el castigo sirve, en último término, para reforzar la primacía de tales normas y valores compartidos».

Sin embargo, el escándalo político no es un proceso automático de control social, en el que a una violación de la confianza social le siga inmediatamente la sanción correspondiente, sino que es un proceso abierto cuyo resultado es incierto y depende del juego de una serie de variables intermedias. Ese proceso consiste en la creación de un clima de opinión favorable para la estigmatización de un agente político concreto, mediante su adscripción a un estatus moral inferior. El papel desempeñado por ciertas élites sociales -especialmente los líderes de grupos políticos y los periodistas- en la configuración de ese clima de opinión (tanto mediante las versiones de los hechos que ofrecen los distintos sectores de esas élites, como mediante la interpretación de su significado, de su relevancia para la sociedad) constituye un factor decisivo.

Lo que quiero decir es que el significado que se dé a la conducta generadora del escándalo no está implícito en la misma, sino que depende de la labor de interpretación de los distintos sectores de las élites en un determinado marco cultural, histórico e institucional. Del mismo modo, las consecuencias de la emergencia del escándalo para el sistema político no dependen únicamente de las características de esa conducta, sino también de la interacción entre las tensiones acumuladas entre las élites antes del estallido del escándalo y la evolución de éste. Por todo ello puede decirse que todo escándalo es una batalla por la opinión pública porque, aunque es cierto que todos los actores apelan a ella como si ya estuviera configurada, en realidad estos mismos actores luchan entre sí para determinarla.

La razón para mantener que el escándalo no es un proceso automático de control social sino, más bien, un proceso abierto que consiste en el intento de crear un determinado clima de opinión, tiene que ver con la naturaleza de las normas que regulan la corrección moral del comportamiento de los políticos. Por un lado, las normas que regulan los deberes y el comportamiento legítimo de los gobernantes (y de los aspirantes a serlo) no forman un conjunto preciso que defina claramente la línea que separa el comportamiento lícito del ilícito. Aplicando el análisis sobre la corrupción de Arnold J. Heidenheimer (1970) al fenómeno del escándalo político, cabe distinguir tres zonas distintas en el espectro del comportamiento ilícito de los gobernantes. Entre la zona claramente negra que, según Heidenheimer, está formada por aquellas conductas sobre las que hay un consenso mayoritario para condenarlas y castigarlas tanto entre las élites como entre las masas, y la zona blanca compuesta por las conductas que son toleradas por la mayor parte de las élites y las masas, existe una zona gris intermedia constituida por el conjunto de actos sobre los que no hay un consenso. Además, por otro lado, aunque el comportamiento en cuestión perteneciera a la zona negra, aún habría que determinar quién es el actor (o actores) responsable(s) de tal comportamiento.

Por tanto, dado que es imposible determinar a priori y de una vez para siempre quién es políticamente responsable, y dado que se trata de un asunto muy controvertido, la batalla por la opinión pública del escándalo se traduce inmediatamente en una lucha partidista entre los distintos sectores de las élites sociales que toman parte en la misma. Por esta razón, el resultado del debate es abierto e incierto e, indudablemente, va más allá de las características propias de la conducta en cuestión. La misma conducta de un político puede escandalizar unas veces, pero no otras. Como he sostenido en otra ocasión, hay otras variables, además del propio comportamiento, que determinan el resultado del debate: el conjunto de actores que toman parte en el mismo, la cultura política de la sociedad afectada (y las de sus distintos sectores), el contexto histórico (sobre todo, las relaciones entre las distintas élites políticas y entre éstas y las élites de los medios de comunicación), las fases que atraviesa el escándalo y, finalmente, las instituciones del sistema político.

La Literatura Hispanoamericana al final del siglo

¿Quién conoce en España al uruguayo Tomás de Mattos, a los argentinos Ricardo Piglia y Andrés Rivera, a la chilena Elena Castedo, a los mexicanos Carmen Boullosa y Daniel Sada? Y, sin embargo, se trata de escritores de innegable prestigio en sus respectivos países, en algunos casos con una obra dilatada y, sobre todo, de gran actualidad. Son los autores que están escribiendo en el momento presente, en este momento en el que, por otra parte, conocemos de allá otros nombres: Luis Sepúlveda, Antonio Skármeta, Abel Posse, Isabel Allende, Zoé Valdés, etc. No hay por qué escandalizarse: en Hispanoamérica padecen ignorancias parecidas. Arturo Pérez Reverte es mucho más apreciado que Luis Landero.

La explicación es comercial. Las grandes editoriales han ocupado el tráfico transatlántico de los libros que otrora quedaba reservado a los intelectuales y demás francotiradores del mundillo literario hispánico. Hispanoamérica ha dejado de ser térra australis incógnita para contar en el mercado internacional de la cultura. En ese escaparate, no obstante, solo interesa aquello que parece representativo de lo diferente, el «elemento diferencial», como se dice ahora en una imaginativa, lírica y bellísima expresión. Parece como si lo iberoamericano fuera lo ya recogido por los grandes narradores de los años sesenta. O sea, «el realismo mágico», cierta exuberancia en el lenguaje, la exageración en todo (en las denuncias políticas, en la violencia, en la promiscuidad sexual). Son los clichés de una tradición muy joven. Nosotros, desde Europa, interpretamos Iberoamérica desde esos clichés, lo cual parece hasta cierto punto inevitable. Pero la identidad de las naciones, como la de las personas, no es un punto fijo, sino algo más bien móvil, dinámico, que se va definiendo a lo largo del tiempo.

La identidad y la tradición

Hay un consenso bastante extendido en considerar toda la historia de la literatura iberoamericana como un largo itinerario en busca de la propia identidad cultural. Identidad, no lo olvidemos, que se determina con relación a los otros, a los que no son de Brasil, Argentina o Venezuela. Y el Otro por antonomasia es Europa, por razones históricas, políticas, artísticas, étnicas y hasta sentimentales.

Los escritores hispanoamericanos han tratado de hacerse un sitio dentro del canon literario occidental a la vez que intentaban crear una voz y un pensamiento originales frente a los modelos del Viejo Mundo. Esto lo consiguieron hace relativamente pocos años, tres décadas para ser exactos.

Hoy día todo esto es verdad, pero también es historia. Los grandes dinosaurios (García Márquez, Vargas Llosa, Donoso, Onetti o Cortázar) han ido desapareciendo y los que quedan ya lo han dado todo. Por otra parte, el interés por la literatura de más allá del Atlántico ha perdido vigencia. Como decía más arriba, si echamos un vistazo por las librerías, nos topamos con algunos nombres más jóvenes, muchos de ellos femeninos, como corresponde a esta época feminista en que vivimos: la omnipresente Isabel Allende, Marcela Serrano, Angeles Mastretta, Gioconda Belli, Laura Esquivel, la muy reciente Zoé Valdés… No obstante, pese a la controvertida calidad de alguna de estas escritoras, hay un hecho cierto: ni ellas ni ellos influyen en los creadores europeos como lo hicieron sus antecesores. Podrán tener más o menos éxito de ventas, podrán hacerse más o menos tesis doctorales sobre sus libros, pero ya no tienen el poder de seducción de un Borges o un Carpentier.

Por eso, con independencia del sexo de los escritores, lo que quiero exponer en este artículo es la situación algo confusa en que se encuentran público y escritores con respecto a las letras hispanoamericanas de la hora actual.

Dos ideas irán sobrevolando el resto de estas páginas que el lector audaz tendrá a bien afrontar: la primera, que la literatura producida en Hispanoamérica ha dado sus mejores frutos cuando ha indagado en una expresión que la defina en medio de sus acuciantes problemas de identidad cultural; la segunda, que tras los años sesenta, verdadera cima de la narrativa del subcontinente, se ha creado por fin una tradición canónica de autores que pone muy difícil el camino de esa misma indagación a los que han seguido después.

Una retrospectiva necesaria

Tras la Independencia, durante el siglo XIX, los escritores hispanoamericanos son al mismo tiempo políticos o periodistas. Pocos sienten la vocación de las letras como un don, sino que, al contrario, se sirven de ella para escalar posiciones o para actuar en la vida pública. Se trataba de una literatura periférica, aislada todavía del resto del mundo mientras otras naciones -Rusia, Estados Unidos- se incorporaban con fuerza a la trayectoria de Europa. Por eso los mejores ejemplos del siglo XIX hispanoamericano son aquéllos que anuncian en sus raíces el gran motor del desarrollo posterior: la búsqueda de una expresión nueva, distinta a la vez que similar a la europea. El Martín Fierro de José Hernández representa en grado excelente esa inquietud.

Con el período de relativa estabilidad política, económica y social que trae el final del siglo XIX, la vida cultural de las jóvenes repúblicas comienza a estabilizarse y madurar. Germinan las grandes capitales del mañana, con sus esplendores importados de París y sus miserias autóctonas en forma de poblaciones suburbanas y marginales: México, Buenos Aires, Caracas, Bogotá o Santiago experimentan un crecimiento demográfico y urbanístico considerable. El simbolismo, el parnasianismo, el naturalismo, el decadentismo vienen con cierto retraso, pero llegan todos casi a la vez y forman el primer conglomerado caótico y original de Hispanoamérica: el Modernismo.

Nunca se insistirá lo suficiente en la importancia de esta crisis. Con el Modernismo, los escritores hispanoamericanos van a perder el sentimiento de inferioridad, primero con respecto a España, luego frente al mundo. Rubén Darío influyó en Juan Ramón Jiménez o en Antonio Machado. A partir de aquí, Vicente Huidobro será una referencia inexcusable para Gerardo Diego y Juan Larrea; Pablo Neruda marcará la obra de Luis Rosales y César Vallejo la de los poetas sociales y existenciales de los años cuarenta y cincuenta.

A su vez, los novelistas mexicanos, peruanos o venezolanos descubren la naturaleza indómita de sus patrias respectivas. De repente, en los años veinte y treinta, surgen novelas telúricas que expresan el conflicto irremediable que se ha establecido desde tiempo inmemorial entre el hombre y la tierra. Igual que en cierta literatura norteamericana del siglo XIX (pensemos en Moby Dick) la Naturaleza se inviste de caracteres inhumanos, se enfrenta al hombre y lo devora, lo destruye, lo mata. El paisaje pastoril de tantas églogas clásicas, la montaña o el mar románticos, la austera llanura castellana de los noventayochistas, eran otros tantos correlatos de la imaginación del escritor europeo. En ellos se podía depositar la subjetividad, tender un puente entre los deseos o penas más íntimos. Nada de eso en América. Títulos como Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes o La vorágine de José Eustasio Rivera forman un trío frecuentemente citado para definir a esta novela exploradora en el sentido «más común de la palabra.

Pero los novelistas telúricos estaban llegando tarde. La sociedad hispanoamericana caminaba a lo largo del siglo hacia una modernización imparable de sus estructuras. Las capitales se transformaban al mismo ritmo que su arquitectura. Durante los años cincuenta comienza el éxodo rural indiscriminado en casi todas las repúblicas. Consecuencia: los desequilibrios demográficos. Las megalópolis llegan a absorber en muchos casos la mitad de la población de cada país. La realidad americana dejaba de ser rural para ser urbana.

Y al compás de la traumática modernidad, afloran durante los años cuarenta los primeros grandes libros de relatos y las novelas verdaderamente precursoras: El pozo de Juan Carlos Onetti, La invención de Morel de Bioy Casares, Ficciones y El aleph de Jorge Luis Borges, El señor presidente de Miguel Ángel Asturias, Al filo del agua de Agustín Yáñez, Adán Buenos ayres de Leopoldo Marechal, El reino de este mundo de Carpentier, El túnel de Ernesto Sábato, Bestiario de Julio Cortázar, etc. Por aquellos años España -conviene recordarlo- poco podía ofrecer frente a tanta variedad, tanta imaginación y tanto poder intelectual. Desde cualquiera de estos libros se proponía una reflexión a todos los niveles sobre la cultura propia, la cubana, la argentina o la mexicana, siempre desde la base de la comparación con Europa y la íntima voluntad de superación del modelo tradicional. Dicho en otras palabras, cuando un autor tan erudito y «occidentalizado» como Carpentier citaba a Monteverdi, a Goya o a Marivaux en sus historias, lo hacía mezclándolos junto a los ritos yorubas, la exuberante selva del Orinoco o el malecón de La Habana. La gran novela iberoamericana nacía como una excrecencia del hondo mestizaje cultural que se había vivido a lo largo de siglos. Y así, la masiva entrada en la vida urbana no hizo sino facilitar las cosas, mediante el desarrollo de una vida editorial más consolidada, la afluencia de un mayor número de lectores y la penetración en la ciudad de otras mentalidades más enraizadas con la América «profunda».

Se estaban poniendo las bases para que, de forma efectiva, fueran entrando en las dos décadas siguientes todos los nombres clásicos de la narrativa hispanoamericana. Todos esos escritores eran conscientes de estar participando en la empresa de «contar» América de una forma diferente, de estar dando a conocer la realidad multiforme de sus países mediante una fórmula mestiza, que incorporara el conocimiento de la tradición europea con las vivencias americanas. Se trataba, en definitiva, de forjar un nuevo lenguaje literario para describir en toda su profundidad una realidad que se escapaba con los ejemplos occidentales. Decía Julio Cortázar: «En un país donde hay una rica tradición literaria, y por lo tanto el lector corriente pasa a lo largo de su evolución cultural por toda la historia de su propio idioma, como puede ser el caso de España, Francia o Alemania, la sensibilidad estilística, la exigencia auditiva y formal son muy elevadas. Pero en la Argentina estamos privados de todo eso». Y continuaba en otro lugar: «¡Estamos creando un idioma!».

Y así lo hicieron. En nuestro país, ciertos libros magistrales como Cien años de soledad, La casa verde o Tres tristes tigres acompañaron sentimentalmente a una generación inconformista durante su travesía del desierto hasta la democracia. Sus autores eran leídos con avidez por muchos que encontraban allí una frescura y una desinhibición en el lenguaje, en las costumbres, en el humor, más bien desconocidos en nuestras latitudes.

A mediados de los setenta, se podía atisbar un canon de obras que estaba empezando a crear una tradición autóctona. Borges ya estaba dentro del santoral literario de los franceses, Neruda y Asturias habían recibido el Nobel, en Estados Unidos los especialistas en literatura hispanoamericana comenzaban a dominar los Departamentos tradicionales. Si, para hablar de Perú, Vargas Llosa utilizaba el magisterio de Flaubert o de Faulkner, ahora Bryce Echenique se apoyaba en Vargas Llosa. Si la teoría del «realismo maravilloso» se había importado de las vanguardias europeas, ahora aparecían libros que debían mucho más a García Márquez. El ejemplo epigonal de La casa de los espíritus es más que elocuente.

Notas definitivas para una definición provisional

En un artículo reciente, George Steiner comentaba el éxito de la novela hispanoamericana de hace treinta años en relación con el ascenso de la burguesía en todos aquellos países. Es una explicación ingeniosa, desde luego más original que las habituales (compromiso con la izquierda militante, reencuentro del intelectual con la verdadera realidad nacional, etc.). Sin embargo, Steiner vaticinaba que en esas sociedades, como según él ya ocurre en Europa, se produciría un hundimiento de la novela en cuanto las nuevas tecnologías informáticas se implantasen también allá. La novela, generó burgués y decimonónico, estaría dando sus últimas boqueadas con los países del Tercer Mundo, ya que éstos van retrasados. Aunque no sé si esto que voy a decir le gustaría a Steiner, no puedo dejar de pensar que ese razonamiento encubre un férreo determinismo histórico de origen marxista a lo Lukács, sin ir más lejos. Se hace difícil hablar de la decadencia de la novela en Europa y del florecimiento en Hispanoamérica, cuando el público lector de nuestro continente ha devorado las obras de García Márquez, y cuando Borges ha influido en autores tan distintos como Antonio Tabucchi, John Barth o ítalo Calvino.

Más bien, uno tiende a creer que las letras hispanoamericanas (o la narrativa, al menos) están viviendo una época de difícil despegue de la pesada herencia de los grandes patriarcas. Hay, por un lado, datos que confirman la existencia de autores de talento: me remito a la breve lista de preguntas con que comenzaba este artículo. Pero, por otro lado, se percibe también un deseo barato (o caro, según el precio de la contraportada) de impresionar al lector con trucos que siguen la estela de aquellos míticos sesenta. Así, la popular Laura Esquivel propone a sus lectores la experiencia de alternar la lectura de cada capítulo con la audición de un bolero incluido en un CD adjunto. Ni Cortázar hubiera soñado con una cosa así. La aparente originalidad de la idea de no es sino un refrito de aquella doble opción de la Rayuela de 1963: el lector podía elegir una lectura convencional o «a saltos», según una tabla indicadora que aparecía en las primeras páginas de la edición. Con una diferencia: Cortázar elaboraba toda una teoría sobre la estética contemporánea; Esquivel solo dice que ama los boleros.

De todos modos, de acuerdo con la disparidad de corrientes que es posible comprobar, no-resulta fácil arriesgar algunas notas que definan la situación actual. Por un lado, parece claro que los experimentos formales, tan en boga hace veinticinco años, han dejado de interesar. El ejemplo anterior demuestra que la mínima innovación, lejos de ser inquietante o dificultosa, pretende sorprender sin golpear. El murmullo acariciante de las canciones populares como música de fondo no tiene nada que ver con los saltos al vacío que pedían libros como Conversación en la catedral, Paradiso o Pedro Páramo.

Por otra parte, el «realismo mágico» se abandonó hace tiempo. El mismo García Márquez se ha vuelto mucho más sobrio. El ingrediente mítico ha dejado paso en realidad a un mayor peso de la historia, siguiendo una dirección que también se produce en el resto del mundo. La novela histórica está de moda también en Hispanoamérica.

Ahora bien, el desencanto también ha llegado a la narrativa que reflexiona sobre la historia. Los ideales utópicos han perdido fuerza. Casi ningún escritor iberoamericano de peso cree seriamente en la necesidad de la revolución socialista, aunque por supuesto no puedan negar sus orígenes intelectuales. Pocos apoyan el liberalismo conservador de Vargas Llosa, pero tal vez no sea inútil comprobar que la Revolución cubana tiene ya muy pocos valedores.

La década de los ochenta ha traído el fin de las dictaduras militares y (paradójicamente) de los experimentos marxistas, con la excepción de Cuba. Pero hay que recordar que se ha vivido un durísimo proceso de decadencia económica y de corrupción en la clase política de casi todos los países de la zona. De ahí que el desengaño político del escritor hispanoamericano haya corrido en pareja con el literario y el existencial.

Ya que hablamos de utopías fracasadas, no es posible olvidar que los rumbos novelescos de hoy dejan una estela mucho más ligera que la de los grandes proyectos de los años sesenta. Por aquel entonces, en volúmenes ciertamente espesos, los escritores hispanoamericanos intentaban ofrecer una visión completa de sus sociedades y hasta del universo mismo. Esas grandes novelas, verdaderas summas literarias, explotaban una multitud de registros lingüísticos, documentaban la vida de numerosas capas sociales, debatían una diversidad de claves de la mentalidad occidental. La estética, la ética, la política y hasta la metafísica eran integradas en Cien años de soledad, Paradiso o Rayuelo.

Ahora, en cambio, acaso sean enormemente significativas las palabras del chileno Antonio Skármeta, internacionalmente conocido por Ardiente paciencia (en el cine, El cartero y Pablo Neruda). Para él, la creación literaria es «un acto de convivencia con el mundo y no una lección interpretativa sobre él». Menos ambiciones englobadoras y más testimonio directo y cotidiano, sin tantas complejidades intelectualistas, es la opción que Skármeta y otros muchos han tomado.

Notas melancólicas para un futuro incierto

¿Se pueden barajar otras soluciones? A diferencia de George Steiner, uno no se siente profeta ni hijo de profeta. De cualquier manera, parece que una vía sería la de imaginar nuevos planteamientos de interrogación sobre la realidad americana. En los años treinta era inconcebible imaginar México como un grandioso escenario de fantasmas trágicos en medio de un secarral inhumano. Pero luego Rulfo lo hizo con su extraordinaria Pedro Páramo y permitió entender México de una forma desconocida hasta entonces, al utilizar materiales míticos de siempre y fundirlos en una estructura moderna. Se trataría de abrir caminos nuevos que yo, como español, no puedo imaginar.

Y todavía se adivina otra posibilidad: abandonar el tema de la identidad. Sin embargo, esto parece difícil para un periodo histórico en el que los nacionalismos todavía tienen una gran influencia, también en Hispanoamérica.

Cabe también esperar mucho de otros géneros «nuevos» que han ido surgiendo en los últimos veinte o treinta años. Me refiero, por ejemplo, a los libros de misceláneas o a los microcuentos (o short short story), que se caracterizan precisamente por su insultante brevedad. Estamos tal vez en las puertas de una época en que la rapidez -Calvino dixit– será una excelencia estética. Hay excelentes minicuentos en América. Veamos éste muy famoso del guatemalteco Monterroso: «Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». O éste del argentino Marco Denevi:

«Requerida de amores por un pastor y por el rey Salomón, la Sulamita no duda. Alguna boba, borracha de romanticismo, habría elegido al pastor y, transcurrida la luna de miel, hubiese empezado a soñar con el rey Salomón. Ese sueño dorado terminaría por estropearle la vida junto al pastor. En cambio la Sulamita opta por el rey Salomón y después, cuando sueña con el pastor, ese sueño de contigo pan y cebolla la enaltece ante sus propios ojos.»

Tal vez la parodia, una de las armas principales para combatir la tradición, sea ya uno de los recursos más ricos e inteligentes para la literatura hispanoamericana del futuro, que se está encerrando más sobre sí misma y dejando, en definitiva, de hacerse preguntas trascendentales sobre su identidad.

De cualquier manera, a lo mejor es bueno saber que toda esta historia de cócteles literarios y de barroquismos a la americana se está repitiendo en otros idiomas. Poco después del «boom» comenzaron a surgir los Rushdie, V.S. Naipaul, T. Mo, V. Seth, Amy Tan, etc., que venían a demostrar que un birmano o una cingalesa podían escribir mejor en la lengua del Imperio que un británico. Y basta por ahora recordar que la última ganadora del Gran Premio de la Academia Francesa ha sido la camerunesa Calixthe Beyala con Les honneurs perdus, una novela sobre los africanos marginales en París.

Iberoamérica, el continente de la mezcla por antonomasia, tiene aún mucho que contar. La literatura del mañana será multicultural o no será.

Nuno Júdice

Fue mi amigo y maestro Luis Miguel Enciso, Comisario General de la Sociedad Estatal Lisboa ’98, quien, por teléfono, me leyó el poema de Nuno Júdice que aparece hoy en estas páginas. «Escucha esta maravilla», me dijo, y me recitó, con la unción y el cariño que pone Luis Miguel en las cosas que de verdad le importan, «Um invernó em Lisboa» en la versión castellana del jovencísimo poeta y crítico asturiano Martín López-Vega (Clarín, núm. 5, septiembre-octubre, 1996, pág. 62). Su lectura me dejó patidifuso. Le agradecí el descubrimiento de un poeta de tal calibre y le prometí incluirlo en esta sección, cosa que ahora hago con muchísimo gusto, no sin antes haber llevado a cabo una nueva traducción del poema, bien sabe Dios que no por enmendarle la plana a mi admirado López-Vega, sino por zascandilear durante un rato sobre unos versos tan apasionantes.

Nació Júdice en el Algarve en 1949. Ha escrito diez o doce libros de poemas decisivos para entender la poesía portuguesa actual. Ultimamente ha optado en el plano estético por nuestra querida «línea clara», componiendo poemas de corte narrativo que lo acercan a la mejor poesía española del fin de siglo. «El poema -ha escrito Martín López-Vega— no puede caer en el absurdo: en eso se diferencia de la vida». La inteligencia y la razón están ahí por algo y para algo, y la llamada a la irracionalidad que propugnan ciertos poetas no es más que el público reconocimiento de su propia impotencia comunicativa. Con Júdice, la poesía portuguesa se suma al nuevo clasicismo figurativo que, oponiéndose al inane retoricismo abstracto y al nonsense neovanguardista, caracteriza la mejor poesía de Occidente en vísperas del siglo XXI.

UN INVIERNO EN LISBOA

Es verdad que Lisboa, en invierno, no tiene la
consistencia de una ciudad del norte. El aire
es húmedo, el frío no entra en el alma, y no
existen los blancos puros, ni los cenicientos que
duran, ni siquiera el sentimiento inquietante
de que el mundo se detuvo bajo la mortaja celeste.

Las ciudades, no obstante, engañan. Y en Lisboa,
en invierno, hay quien sufre con la soledad
que cae con la tarde. Un final de frase puede traer
consigo la percepción de la muerte, y ninguna palabra
conseguirá dar un sentido a quien no sabe
qué camino seguir, o en qué café entrar.

En Lisboa, en invierno, puede verse, de
vez en cuando, una mariposa perdida entre
los coches mal aparcados. Sus alas
no brillan, y hasta puede dudarse
si estará viva o muerta. Pero cuando los dedos
se aproximan para cogerla, ella se agita,
parece huir y, finalmente, cae al suelo.

Es verdad que, en invierno, poco le queda
a una mariposa salvo morir. Pero quien ve
en ella la ilusión de que la primavera se aproxima,
se pregunta después: «¿Es esto la vida: crisálida
de nada, vacío, angustia de nunca haber sido?».

La lógica del genio

Kazuo Ishiguro: «Los inconsolables», Anagrama, 2006

¿Qué ha pretendido Kazuo Ishiguro en Los inconsolables? ¿Desconcertar al lector, explorar nuevos caminos narrativos, transgredir con todo? Resulta difícil averiguarlo.

La última novela del autor de la imprescindible Los restos del día (premiada con el prestigioso Booker Prize) produce en el lector confusión, extrañeza. Conforme discurre el argumento (¿el argumento?), uno se pregunta cada vez con más insistencia si se encuentra ante una magna obra o ante una brillante tomadura de pelo. Y, a ratos, es difícil decidirse por uno de los dos extremos.

Seis años ha tardado Ishiguro en volver a publicar desde su última novela. En su reaparición, ha querido huir de etiquetas y se ha presentado con un relato a todas luces inteligente, que ha sido calificado de «proeza literaria» por la crítica más quisquillosa.

Los inconsolables es una obra extensa, que exige una atención especial por parte del lector, pues pocas cosas y pocos personajes de la novela le resultarán reconocibles o cotidianos. Ryder es un importante y conocido pianista inglés que llega un buen día a una ciudad de provincias (europea, está claro, pero anónima), cuyos habitantes le esperan expectantes. Entusiasmada por la música, la ciudadanía ha intuido en Ryder, que debe ofrecer allí un concierto, el salvador que pondrá fin a todos sus males. Desde su llegada, el pianista atenderá a todo un cortejo de personajes que, desde Gustav, el mozo de hotel, hasta los «intelectuales» de la ciudad o la mujer con la que, al parecer, vivió una confusa historia de amor en el pasado, creen ver en él la semilla de la redención de las discordias, incomprensiones, odios, culpas, rencores, malos sentimientos… El artista es como el agua fresca para una comunidad marchita y sin vida. Desde el comienzo del relato, son enormes las expectativas que el protagonista no puede defraudar y que le arrastrarán de escena en escena, de personaje en personaje, de historia en historia, dando lugar a un mosaico laberíntico que no permite tanto una lectura focalizada como de conjunto, sin que ello reste autonomía a cada una de los «pedazos» de vidas que aquí se cuentan.

El absurdo de la situación -que ha llevado a no pocos a buscar similitudes con El proceso, de Kafka, aunque quizá esté más cercana de la olvidada América— se acrecienta con la ausencia de contexto casi permanente. Un ejemplo: a su llegada, Ryder tropieza con un mozo de hotel ya entrado en años que le suplica su ayuda para resolver los problemas que tiene con su hija. El pianista conoce así a Sophie (otro de los personajes importantes de la novela), a la que en principio nada le unía. Él se dirige a ella tratándola de usted, pero ella no reparara en ello y saluda a Ryder como a un antiguo amante. Si en un principio esto parece causar extrañeza en él, enseguida se adapta a la nueva situación. Ésta es una de las constantes de la novela, que obliga al lector a adaptarse a situaciones, personajes y, sobre todo, diálogos, que carecen de lógica.

Cuando parecía que la novela experimental había conocido tiempos mejores, Ishiguro se presenta con un auténtico ejercicio de experimentación, con algo más que un mero ejercicio de estilo. El autor de 43 años nacido en Nagasaki, pero «adoptado» por los británicos, consigue en muchos sentidos la ruptura total de algunos de los elementos considerados básicos en un relato. Escrito en primera persona, el narrador es, por ejemplo, a veces, omnisciente. De todo ello se deriva esa escritura onírica, enigmática, casi irreal. Sería demasiado fácil hablar, en el caso de Los inconsolables, de una parábola de la incomunicación o del desencanto. Su grandeza no se encuentra ahí, sino en ese punto inasible, en esa frontera difusa entre el genio y el brillante fuego de artificio. Probablemente se trate de lo primero.

Ciencia de autor

José Manuel Sánchez Ron
Diccionario de la ciencia
Planeta
Barcelona, 1996, 301 págs.

El autor, catedrático de Historia de la Ciencia en la Universidad Autónoma de Madrid, es sobradamente conocido en los medios intelectuales y científicos de nuestro país. Nos encontramos ante una visión subjetiva del mundo de la ciencia. El propio José Manuel Sánchez lo confiesa en una introducción que constituye un modelo de autobiografía científica, género muy poco cultivado, por cierto, entre nosotros. El autor lo reconoce así: «Se trata de «construir», y ofrecer a aquéllos que la quieran leer, mi propia visión del mundo de la ciencia». Además, añade, «un diccionario de autor constituye un magnífico instrumento para semejante propósito. No se tiene que responder de la elección de términos realizada; se sabe que ésta no es sino una excusa que sirve a los propósitos -o a los gustos- del autor».

En todas sus páginas, el autor manifiesta su profundo humanismo, su preocupación por los problemas concretos y reales del hombre. «No acepto la idea de que la ciencia está por encima de nosotros mismos, que es un valor supremo, ante el que debemos abandonar cualquier otro tipo de consideración o justificación. Así, siempre que he podido, he buscado, para incluir en este diccionario, la dimensión moral y humana que surge en, o está asociada a, la ciencia».

Todos los artículos, que constituyen definiciones de términos o sucintas biografías de autores, son muy sugerentes. Pero algunos lo son de una forma particular. Por ejemplo, el dedicado al reduccionismo. Aquí el autor se proclama un celoso defensor de la autonomía y la independencia de las ciencias: «La química es algo más que física aplicada; la biología más que química aplicada; la psicología más que biología práctica. Para que un físico teórico intente resolver desde su disciplina problemas de la química, tiene que recurrir a ideas, conceptos, e incluso fórmulas, que han surgido de la química, entendida ésta como una ciencia caracterizada por una historia, problemas y técnicas propias. Y cuando nos situamos en los niveles de la biología o de la psicología, estos rasgos no reduccionistas son aún más marcados».

Entre los artículos dedicados a una personalidad científica, es particularmente notable el dedicado a Karl Popper, al que niega la calidad de científico. «No fue un científico, aunque en ocasiones pretendió -con escaso éxito serlo, en los campos de la física cuántica y la biología evolutiva, sino un filósofo». Y continúa: «Si lo traigo a esta ensayística reunión es porque representa uno de los esfuerzos más notables y ambiciosos, aunque a la postre frustrados, que se han producido en nuestro siglo para acercar la ciencia a la reflexión filosófica».

En estos momentos de acaloradas y, con frecuencia, ridículas discusiones feministas, merece la pena reseñar el artículo dedicado a las mujeres y la ciencia. En primer lugar, nos proporciona una serie de datos muy poco conocidos. Por ejemplo, que «la disciplina en la que se encuentra un número mayor de mujeres es la astronomía». Así, entre 1650 y 1720, «las mujeres constituían alrededor del catorce por ciento de los astrónomos de Alemania, un porcentaje desde luego superior al de otros países». Sobre la presunta inferioridad de las mujeres para el conocimiento científico, la opinión del autor es terminante: «No se ha descubierto, y no veo ninguna razón para que se encuentre en el futuro, ninguna característica que distinga los dos géneros de nuestra especie en lo que a su capacidad para la investigación científica se refiere».

En definitiva, lo que nos presenta el autor es una visión personal, selectiva, apasionada e intensa de la ciencia.

Mapas para el nuevo catecismo

Además de un notable éxito editorial desde su promulgación en 1992, el Catecismo de la Iglesia Católica, «uno de los mayores acontecimientos de la historia reciente de la Iglesia» (Juan Pablo II), significa también un acontecimiento cultural de primer orden. A la asimilación objetiva del texto sin duda contribuye todo esfuerzo de comprensión, en particular si es pluridisciplinar o interdisciplinar. Complementando la abundante bibliografía aparecida sobre el Catecismo y los rigurosos esfuerzos hermenêuticos que desde las ciencias sociales toman el texto catequético como referencia, AEDOS (Asociación para el Estudio de la Doctrina Social de la Iglesia) y Unión Editorial han editado un volumen que toma cumplida nota de la polivalente riqueza de su contenido.

Bajo el título «Estudios sobre el Catecismo», los 32 trabajos que componen el libro, precedidos por la lúcida presentación del presidente de AEDOS y coordinador del volumen, se articulan en una neta trabazón de fondo, que da razón de su carácter de obra colectiva; ésta se encuentra dividida, por otra parte, en 5 apartados: «Aspectos globales», «Antropología», «Familia y vida humana», «Política y sociedad» y «Economía y empresa».

Por este orden, se tratan asuntos histórico-teológicos, presupuestos filosóficos del cristianismo, de incardinación epistemológica de la doctrina catequética, historiográficos y de pragmática; directamente antropológicos (los relativos a la fundamentación de la libertad y a la dualidad varón-mujer), de orientación ética de las disciplinas biomédicas, y demográficos; políticos (y de teología política), jurídicos y éticos, y -cubriendo finalmente el amplio espectro de lo teórico-económico y la práctica empresarial- también socioeconómicos. Destacan de estos últimos, además de los dedicados al liberalismo y al Estado de bienestar, los estudios «Economía de mercado y dignidad humana» (J.A. García Durán y A. Carol) y «Amor de preferencia por los pobres y dinámica económica del cristiano» (R. Rubio de Urquía). La obra se cierra con un excelente índice de materias, más que suficiente para quien desee orientarse por el contenido general del volumen.

Los autores, muy reconocidos en sus respectivas disciplinas, manifiestan diferencias, discrepancias y divergencias en sus análisis, siempre desde una coincidencia fundamental metodológica y desde el respeto al texto de referencia y al objetivo de AEDOS (estudiar y difundir la doctrina social de la Iglesia «con el fin de hacerla lo más práctica y operativa posible»). Esas discrepancias responden tanto a su variada formación científica como a sus diversas preocupaciones teóricas y prácticas. En lo que en ningún caso cae ninguno de los autores es en la lectura parcial; es decir, ninguno pierde la conexión-orgánica propia del género catequético. La labor de mediación intelectual que ejercen, de inducción a una reflexión que trasciende la práctica casuística, se convierte así en una de las muchas a las que el Catecismo invita, para que cada cual actúe luego según su ciencia, experiencia y deseo de compromiso.

Hay una nota distintiva de estos estudios, y es que responden a la constante llamada de Juan Pablo II a una «nueva evangelización» de Europa a través de la renovación de su cultura. La preocupación por esta radical reorientación que la asimilación del mensaje cristiano exige a la cultura occidental para que manifieste la raíz originariamente cristiana de muchos de sus valores (premodernos, pero también modernos y postmodernos), no solo late en el fondo de los estudios, sino que es en algunos explícita (como en «Catecismo católico y estrategias culturales», de Jacinto Choza). De esta forma, los autores animan —cada cual desde su disciplina científica- a una labor personal e institucional, concreta y operativa.

El resultado es, en definitiva, una obra interdisciplinar de consulta imprescindible a la hora de profundizar en los últimos desarrollos e interpretaciones de la doctrina catequética y, en particular, en el momento de abordar la reorientación de la acción humana desde la persona y desde la irrenunciable dignidad que brota de su libertad. Como dice el coordinador del volumen, AEDOS se apresta ahora a celebrar el definitivo acontecimiento de la Encarnación con una nueva obra sobre los retos que el tercer milenio presenta a toda doctrina social, y a la de la Iglesia en particular.

Zambrano, en el origen

Puede ser tentador acceder a este temprano libro de MaríaZambrano solo con la carga de nuestro conocimiento posterior, y adjudicarle asomos, intuiciones o presencias que reconocemos tan solo porque son patentes más tarde. Que conste que no sería del todo injusto,ni constituiría un excesivo abuso. Pero hay que renunciar al juego fácil ante un pensamiento que es demasiado complejo para someterse a las «profecías del pasado». Será mejor ver lo que hay, no prever cómodamente lo que será.

Pensamiento y poesía en la vida española se compone de tres conferencias mexicanas de 1939, recién concluida la Guerra Civil y en plena diáspora de la inteligencia española. Cuando la autora tiene treinta y cinco años de edad. María Zambrano ya es ella misma, sí, pero quedan lejos aún sus obras señeras. No es que estén en ciernes aquí, sino que de aquí se parte hacia ellas, y como el futuro nunca está escrito, tuvo ella que escribirlo arrancando a la realidad las habitabilidades ocultas en las entrañas del logos, descendiendo a los inferas y trayéndonos la vida palpitante y el testimonio de lo sagrado. Estamos ante un canto temprano, mas no todavía frente al corpus poético y polifónico que conocemos como la música zambraniana. Invitamos a algunas de sus sugerencias, intuiciones, exploraciones.

Se hace el pensamiento de Zambrano con incitaciones (más que con materiales) de esa tradición ajena al optimismo racionalista cuyos nombres son, entre otros, Pitágoras, el Platón de los mitos, las religiones mistéricas, los gnósticos, San Buenaventura, el hermesismo y la alquimia, la mística (no solo la española), y pensadores cercanos como Scheller o Bergson. Pero se nutre, sobre todo, de una necesidad, la creada por la penuria del racionalismo a la hora de explicar determinadas esencialidades. «Zambrano -escribe Jesús Moreno Sanz- parte de una doble crítica al método racionalista: de una parte, tal método, cuya esencia es sistematizar, solo lo puede ser de la mente, de la conciencia. De otra, y paradójicamente, si la propia conciencia es discontinua, no es fácil ver cómo un método continuo puede adecuarse al mismo vivir de la conciencia, que es discontinua». Hay que recomendar obras culminantes como El hombre y lo divino (1955), Claros del bosque (1977) y Notas de un método (1989), disponibles, respectivamente, en Siruela, Seix & Barral y Mondadori; de gran importancia es también la amplia antología de la obra de María Zambrano preparada por Jesús Moreno Sanz con el título La razón en la sombra (Siruela, 1993). Estos títulos darán cumplida cuenta al lector de las respuestas de Zambrano a aquella inquietud. Y acaso logren inquietarle más todavía.

Si a esto llegará María Zambrano, es lógico que en su visión de la filosofía española no se lamente ni espante por la ausencia de universos sistemáticos. Al contrario, señala las limitaciones de los sistemas: «Soberbia de la razón es soberbia de la filosofía, es soberbia del hombre que parte en busca del conocimiento y que cree tenerlo, porque la filosofía busca el todo y el idealista hegeliano cree que lo tiene ya desde el comienzo. No cree estar en un todo, sino poseerlo totalitariamente. La vida se rebela y se revela por diversos caminos» (pág. 20). Y si «para la poesía nada es problemático, sino misterioso», si «la realidad para el poeta es inagotable», es lógico que los derroteros de la aprehensión de la realidad vayan por otros caminos: por la historia, pues del pasado no nos hemos liberado, y del estoicismo español», donde tienen lugar otros recorridos. «Cuando por la poética, ya que ésta constituye un amor, un querer, que lleva a la comprensión como apoderamiento: «… la historia llama a la poesía. Y así, este nuevo saber será poético, filosófico e histórico». Ése será el campo de otro pensamiento distinto al sistemático, y acaso el ámbito propio de un pensar como el español: «Nos hemos reprochado muchas veces nuestro pobretería filosófica, y así es, si por filosofía se entiende los grandes sistemas. Mas de nuestra pobretería saldrá nuestra riqueza» (pág. 23). Tal es el asunto de la primera conferencia, «Razón, poesía, historia», que se desarrolla con el examen de lo que Zambrano considera esencialidades españolas: un determinado realismo cuya base es la soledad y que cruza tanto la mística como la lírica; un materialismo, especialización de aquel realismo, que es alejamiento de idealismo y racionalismo, con brotes sensualistas como seña de espiritualidad, «presencia de la naturaleza escueta sin mezcla de panteísmo alguno» (pág. 41); lo imposible como meta en la tradición española (mística, donjuanía, picaresca, no importa); la literatura nacional como fuente de conocimiento imprescindible, precisamente por la ausencia de sensibilidades que cristalizaran en sistemas…

Una aplicación práctica se da en la segunda conferencia, «La cuestión el español no ha vivido dentro de una religión ha venido a ser fatalmente estoico» (pág. 55), podríamos citar como punto de partida en un itinerario que se detiene en la acepción española de filosofía como «resistencia», o como «aguante», y que busca en Grecia, claro está, el origen del sentido laico que encierra la actitud estoica. De manera que, más adelante, pueda escribir Zambrano: «El estoicismo es el traje mínimo del hombre culto de todo tiempo, la túnica escueta, el alimento sobrio a que se queda reducido cuando los lujos se han disipado. Es la doctrina de la pura necesidad» (pág. 69). Y entonces examina estoicos españoles de la tradición culta como Manrique y la

La tercera conferencia, «El querer», parte ya del conocimiento poético como algo esencialmente español. La voluntad, el «querer» español, vive al margen de la sistemática racionalista, y hay dos maneras de ese querer: la voluntad estoica, resistente, no absoluta, desanoramada, desligada (amística, pues); la voluntad cristiana pura, con negaciones absolutistas como el quietismo y el voluntarismo ignaciano. Una reflexión por las profundidades de la España imperial o del Siglo de Oro lleva a la constatación del callejón sin salida del querer hispano: «España, en aquellos días, se cerraba también, prisionera, en una empresa imposible, absoluta: el sueño de irrenunciable racionalidad en busca de un método y un objetivo más o ensueño de la Contrarreforma. Por este ensueño quedó su vida detenida, al margen del tiempo, prisionera» (pág. 97). No olvidemos que son los tiempos del desengaño quijotesco. Surgirán con el tiempo reacciones monstruosas, como el tradicionalismo, que desconoce la tradición, pues es hijo de la desmemoria. Por ello será preciso el conocimiento de la historia inmediata, «como examen de los propios errores y espejismos». Mientras, queda el verdadero ser de esa España desmemoriada y pasional en testimonios como el corpus galdosiano, y en especial algunos de sus personajes, como Fortunata o Misericordia; en la prosa poética de Azorín; en la poesía que renace precisamente con este siglo…

En el libro abundan reflexiones sobre el destino, el pasado y el ser de España, en esa tradición que tiene cimas como Ganivet o como Ortega. Las hemos obviado en pro de un hilo que tenga más que ver con el método. Pero leyendo esas reflexiones de 1939, ¡nada menos que 1939!, puede advertirse que es muy cierto aquello que escribió Antonio Colinas: «La obra de María Zambrano nunca dice lo que el lector quiere que diga; nunca es sectaria; nunca está contra algo». Al mismo tiempo, puede señalarse que este libro de Zambrano es temprana entrega de ese camino suyo allá del racionalismo. El tema: España. En este fin de siglo, a siete años del centenario de doña María, es un tema que ya no nos pone tan nerviosos como hace tiempo. Y es el caso que esos nervios a ella parecían no afectarle.

El sistema del saber

La Universidad alemana exigía habilitarse para la docencia con la presentación de un escrito y su defensa pública. Krause (1781-1832), alumno de Fichte y coetáneo de Schelling y Hegel, lo hizo en tres ocasiones con distintos textos breves versados todos ellos sobre la misma cuestión: el principio de la ciencia y las directrices fundamentales del sistema del saber. Las tres habilitaciones tuvieron lugar, además, en tres momentos cruciales de su trayectoria filosófica: en la Universidad de Jena (1802), nada más terminar los estudios; en la de Berlín (1814), mediada esa trayectoria; y en la de Gotinga (1824), coincidiendo con la madurez. Esta obra presenta la traducción del latín de los tres textos, así como las posteriores correcciones y comentarios de Krause, anotados bien en sus ejemplares de uso privado, o bien mientras los vertía al alemán para una mayor difusión. Algunos de estos textos han sido inéditoshasta ahora. Su traducción al castellano viene precedida de un Estudio Preliminar que incluye dos apartados fundamentales: en uno se detalla la progresiva redacción de estos textos, su defensa, publicación, etc. y, en el otro, se repasan brevemente los temas fundamentales de la metafísica krausiana desde el marco de las habilitaciones, lo que facilita su lectura y comprensión.

El reto fundamental de esta filosofía, acorde con la aspiración compartida por los idealistas alemanes, es la consecución de un sistema del saber fundado sobre un único conocimiento, el principio. Éste ha de ser la idea rectora desde la que sea posible cualquier otro conocimiento, de tal modo que el conjunto de las ciencias parciales conformen un único corpus del saber, el sistema. Si bien en Jena Krause propuso como principio el mundo en cuanto conjunto armónico de las cosas, en Berlín y, luego, en Gotinga, defendió que es un ser absoluto y supremo, esto es, Dios, quien incluye dentro de sí dicho mundo. Esta modificación en el carácter del principio determinó una evolución paralela en la concepción de la divinidad, que pasó de una panen un segundo nivel de notas, también a pie de página, ha incluido teísta a otra que el mismo Krause dio en llamar panenteísta. Ésta última se caracteriza por conjugar la idea teísta de la trascendencia del Dios personal sobre el universo con la panteísta de su inmanencia y permanente presencia en lo finito. Asimismo, con el paso de los años acentuó el perfil religioso de su pensamiento, sin aminorar su carácter racional, y concibió la labor científica como parte de la relación del hombre con Dios.

Krause luchó también por dotar a su filosofía de una crítica equiparable a la kantiana y evitar así el dogmatismo filosófico, que consiste en suponer el principio del sistema sin demostrarlo o evidenciarlo. Frente a un intento fallido en la habilitación de Jena, la de Berlín fue la primera ocasión en la que enunció los rasgos fundamentales de la vía mediante la que habría de elucidarse el principio. Esto exigió la división de su sistema en dos partes: una analítica, que corresponde a un autoanálisis mediante el cual aflora la idea de Dios en tanto que principio, y una sintética, donde son deducidos los teoremas fundamentales de todo saber y que conforman la metafísica.

La traducción de los textos del latín ha estado a cargo de los profesores Luis y Carlos Baciero, mientras que las notas alemanas de Krause, introducidas a pie de página, han sido traducidas por Rafael V. Orden, quien, aclaraciones y acotaciones dirigidas especialmente al investigador, bien para corregir errores de las ediciones originales, bien para clarificar algunos conceptos y términos, o bien para advertir ciertas dificultades en la interpretación del texto original.

Con Las habilitaciones filosóficas de Krause se da un paso importante en el conocimiento y estudio del pensamiento krausiano. Primero, por el novedoso análisis de los textos, que aporta una datación ajustada de su redacción y la corrección de varias erratas de sus publicaciones y datos inexactos reiterados en la literatura secundaria. Esto último ocurre con la tercera habilitadión, cuya referencia era incluida en las bibliografías de Krause con un título equivocado y sobre la que había dudas sobre su efectiva publicación. Segundo, por facilitar el conocimiento y la lectura de la obra krausiana, sobre la que se cernían numerosos prejuicios que estos textos desmienten, como la dificultad de su terminología. Como señala el autor, la lectura conjunta de las tres habilitaciones «posibilita una rápida, fácil y ajustada aproximación a la filosofía fundamental de Krause, incluida su progresiva evolución». Y, tercero, por su Estudio Preliminar, que resulta la primera exposición concienzuda de la filosofía fundamental de Krause. Este texto resulta, además, de fácil acceso para el neófito.

Pero no son solo los amantes y los estudiosos de la filosofía alemana quienes están de enhorabuena, sino también el historiador del pensamiento novecentista español, dada la influencia que Krause ejerció en la segunda mitad del siglo XIX con el movimiento filosófico-social conocido como Krausismo español. Esta obra es un útil material para el conocimiento de la fuente alemana de las ideas que marcaron a pensadores como Francisco de Paula Canalejas, Gumersindo de Azcárate, Nicolás Salmerón o Francisco Giner de los Ríos. Todos ellos fueron discípulos de Julián Sanz del Rio, introductor en nuestro país de la filosofía krausiana. Aunque durante un siglo hubo dudas del débito que Sanz del Río tenía para con Krause, y se reivindicaba más bien la autonomía del Krausismo español respecto de su fuente alemana, en 1988 da a conocer el profesor Enrique M. Ureña los textos de Krause traducidos literalmente al castellano por Sanz del Río en su obra más conocida, El ideal de la humanidad para la vida (1860). El fundador de esta escuela filosófica hispana hizo creer a sus discípulos y posteriores investigadores que la autoría de tal obra era suya y que no había texto alguno del que procediese, lo que se corroboraba en cierta medida cuando se efectuaba una comparación con el libro del filósofo alemán de título semejante, Das Urbild der Menschheit (1811). Pero Ureña descubre entonces que El ideal de la humanidad es la traducción literal de una obra publicada por Krause en su revista Tagblatt des Menschheitlebens (1811). Tras este descubrimiento, la investigación sobre el Krausismo español ha dado un giro notable, pues es consciente de la conexión directa que liga este movimiento filosófico con la filosofía krausiana, y está necesitada de textos y estudios de Krause para precisar hasta dónde llegó su influencia en nuestro país. La obra aquí reseñada es una importante contribución para llevar a cabo esta tarea.