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El mercado de transgénicos

Primero tuvo lugar la hibridación experimental en plantas. Más tarde, el trabajo de Mendel puso los cimientos de la Genética como ciencia. A principios de la década de los setenta, empezó a hablarse de la Ingeniería Genética Molecular que, entre otras cosas, ha dado lugar a las polémicas plantas transgénicas. El autor del texto explica las distintas técnicas utilizadas para obtener este tipo de plantas y se hace eco de los posibles riesgos ecológicos y sanitarios que puede comportar su producción y utilización.


Histórica y conceptualmente, los trabajos experimentales de Mendel -considerados la piedra angular de la Genética- constituyen la culminación de una serie de estudios sobre hibridación en plantas iniciados por el botánico alemán German Joseph Gotlieb Kölreuter en el siglo XVIII. En 1761, Kölreuter publicó en Nicotiana su trabajo sobre híbridos titulado «Informe preliminar de experiencias y observaciones en relación con algunos aspectos de la sexualidad de las plantas». Esta pequeña obra fue sucesivamente ampliada (1763, 1764 y 1766) y, aunque tuvo poca difusión en su época, ha pasado a la historia de la Biología como una de sus obras clásicas. En ella describe con detalle 65 experimentos de hibridación y los mecanismos de polinización y fecundación.


Kölreuter continuó ampliando el número de hibridaciones y publicándolas en la revista de la Academia de Ciencias de San Petersburgo. En total, realizó unas 500 hibridaciones diferentes entre 138 especies. El objetivo último del botánico era comprobar experimentalmente la «teoría de las dos capas» propuesta por Karl Linneo. Este autor, en un ensayo presentado a un premio convocado por la Academia de Ciencias de San Petersburgo, interpretaba el papel masculino y femenino en la reproducción de la forma como se creía en aquella época que ocurría en los animales: la capa externa, incluyendo el sistema vascular, derivaría del padre, y la capa interna, incluyendo el sistema nervioso, derivaría de la madre. De este modo, Linneo postulaba que, en las plantas, las hojas y la corteza del tallo procederían del genitor masculino, mientras que la parte central de la flor, la «fructificación» y el ápice del tallo derivarían del genitor femenino.


Kölreuter refutó la hipótesis de Linneo basándose en tres aspectos de sus resultados experimentales obtenidos en el género Nicotiana: la condición intermedia de los híbridos (N. rustica x N. paniculata), la identidad de los híbridos obtenidos por cruzamientos recíprocos (N. rustica x N. paniculata y N. paniculata x N. rustica, donde la especie indicada en primer lugar es la utilizada como genitor femenino en los cruzamientos respectivos) y la «transmutación» de una especie (TV. rustica) en otra (N. paniculata) tras varios cruzamientos sucesivos (retrocruzamientos) con la especie N. paniculata como parental polinizador [(TV. rustica x N. paniculata) x N. paniculata x…x N. paniculata].


Sucesor directo de Kölreuter y precursor de Mendel fue Cari Friedriech von Gärtner (1772-1850). Éste había estudiado Medicina en Stuttgart, donde obtuvo el doctorado en 1796. Sin embargo, a la muerte de su padre -botánico y amigo de Kölreuter- decidió continuar su famosa obra en tres volúmenes De fructibus et seminibus plantarum, concentrando su experimentación en la hibridación y fecundación en plantas.


Fue en 1825 cuando la Academia de Ciencias de Holanda ofreció un premio a quien supiera dar una contestación a la siguiente pregunta: «¿Qué enseña la experiencia en relación a la producción de nuevas especies y variedades por medio de la fecundación artificial de flores de una con polen de otra y qué plantas económicas y ornamentales pueden ser producidas y multiplicadas de este modo?». Al no haberse presentado candidato alguno, el plazo fue prorrogado hasta 1836. Gärtner se enteró de la convocatoria del premio en 1835 y se apresuró a enviar a la Academia un resumen de su trabajo. Como este resumen fue del agrado de la Comisión del Premio, le fue concedido más tiempo para que lo completara y presentara un informe total. Gärtner lo envió en 1837 y se le concedió el premio. El trabajo fue publicado en 1838, después de haber sido traducido al holandés. Posteriormente, ese mismo trabajo fue revisado y ampliado. En 1849 fue publicado en alemán con el título Experimentos y observaciones sobre hibridación en el reino vegetal. Esta gigantesca obra contiene unos 10.000 experimentos distintos entre 700 especies pertenecientes a 90 géneros, que dieron lugar a 250 híbridos diferentes. Entre las muchas especies que manejó Gärtner en su experimentación está el guisante, Pisum sativum, que años más tarde habría de utilizar Mendel en su propia experimentación.


De la hibridación experimental en plantas a la Genética


¿Qué relación guardan los hechos hasta ahora mencionados con el origen de la Genética? Gregor Johann Mendel (1822-1884) inicia su trabajo fundamental Experimentos sobre híbridos de plantas (1866) con estas palabras: «La experiencia de la fecundación artificial, tal como se realiza en plantas ornamentales para obtener nuevas variedades en el color, ha conducido a los experimentos que se van a describir aquí’. Y un poco más adelante, añade: «…a este objeto (estudiar los híbridos en su descendencia) han dedicado parte de su vida, con inagotable perseverancia, cuidadores observadores como Kölreuter, Gärtner… y otros».


¿Cuál fue el objetivo que se había planteado Mendel en su trabajo? Su propósito queda bien plasmado en la introducción de la publicación. Así, dice Mendel: «En realidad, requiere cierto ánimo emprender un trabajo tan extenso: no obstante, hacerlo parece ser la única vía buena para alcanzar finalmente la solución de una cuestión (la cursiva es mía) de tanta importancia en relación con la historia de la evolución de los seres orgánicos». La «cuestión» era la controversia sobre si pueden aparecer nuevas especies por hibridación de otras preexistentes. Posiblemente, Mendel trataba de dilucidar con sus experimentos entre las ideas evolucionistas de Franz Unger -su profesor de Fisiología Vegetal en la Universidad de Viena- y las ideas fijistas de sus antecesores, los hibridistas experimentales Kölreuter y Gärtner.


La importancia y justificación que dio Mendel a su trabajo en relación con los de los mencionados autores se pone de manifiesto en las observaciones finales: «No carece de interés -dice Mendel- comparar las observaciones realizadas estudiando Pisum [el guisante] con los resultados conseguidos en sus investigaciones por las dos autoridades en esta rama del conocimiento, Kölreuter y Gärtner», para concluir más adelante: «Los resultados de estos experimentos de transformación [de una especie  en otra por retrocruzamientos sucesivos] condujeron a Gärtner a oponerse a la opinión de los naturalistas que disputan la estabilidad [inmutabilidad] de las especies de plantas y creen en una continua evolución de los vegetales».


El acierto conceptual de Mendel se basó en aceptar la existencia de «unidades hereditarias», adoptando en consecuencia un modelo de «herencia particulada» frente al de «herencia mezclada» hasta entonces admitido (Kölreuter, Darwin), en el que las diferencias parentales son diluidas en la descendencia, de modo que la variación disminuye
constantemente. Esas unidades o «factores hereditarios» -hoy llamados genes- que se reúnen en un híbrido (Aa) se separan cuando éste forma los gametos (A o a). Este «principio de segregación» le permitió a Mendel establecer lo que él llamó «ley o serie de desarrollo» de los híbridos: Aa->AA+2Aa+aa, es decir, la proporción 1:2:1 en la descendencia obtenida por autofecundación del híbrido. La presencia de descendientes con caracteres constantes (AA o aa) le permitió a Mendel concluir que sus datos experimentales confirmaban «la observación hecha por Gärtner, Kölreuter y otros de que los híbridos tienden a revertir a las formas paternas», añadiendo que «el número de híbridos que se originan de una fecundación (…) disminuye continuamente, pero, no obstante, no puede desaparecer por completo». El propio Mendel daba la formulación matemática de que, en la generación enésima de autofecundación a partir del híbrido, la proporción de descendientes con caracteres constantes o híbridos era: 2n-l (AA): 2 Aa : 2n-l (aa), donde se ve que la proporción de híbridos (heterocigotos, en lenguaje actual) disminuye al aumentar el valor de «n».


Si recordamos las palabras antes mencionadas con que Mendel inicia su trabajo Experimentos sobre híbridos de plantas, observamos que él utilizó una técnica experimental manejada por los cultivadores y mejoradores de plantas de su época. Puede decirse, por tanto, que esta actividad de tipo práctico indujo al nacimiento de la Genética como ciencia y, a su vez, esta nueva ciencia que empezaba a nacer, al dar una base científica a esas técnicas prácticas, convirtió la actividad de los mejoradores de plantas «de misterio a ciencia», según palabras de William Bateson, un influyente biólogo de la época y primer paladín del mendelismo. Tanto es así, que las reuniones internacionales que hoy se consideran como los tres primeros congresos internacionales de Genética fueron convocadas con los nombres de International Conference on Hybridization (Londres, 1899), International Conference on Plant Breeding and Hybridization (Nueva York, 1902) y Conference on Hybridization and Plant Breeding (Londres, 1906).  Fue precisamente en esta tercera reunión donde Bateson afirmó que «la ciencia que antes era consideraba como misterio no tenía nombre y que él proponía el de Genética». Desde aquel momento se publicaron los resúmenes y acuerdos de dicha reunión bajo el nuevo título de Third International Conference on Genetics.


La Nueva Genética: genes tangibles y manipulables


Normalmente suele decirse que la Genética nació en 1900 con el redescubrimiento de las leyes de Mendel. Sin embargo, en mi opinión, eso no es del todo correcto, puesto que el nacimiento de la Genética como la nueva ciencia que explicara los fenómenos hereditarios biológicos habría de estar condicionado a su capacidad para dar respuesta a dos preguntas fundamentales: ¿cuáles son las leyes por las que se transmiten los caracteres biológicos de padres a hijos? Y ¿cuál es la base molecular de la herencia? La respuesta a la primera pregunta se obtuvo a partir de las experiencias de Mendel, publicadas en 1866. La respuesta a la segunda se obtuvo en 1944, cuando Avery y sus colaboradores demostraron por vez primera que la información genética está contenida en el ácido desoxirribonucleico (ADN); es decir, que los genes son ADN. Por consiguiente, el «parto» de la Genética duró casi ochenta años. La identificación del ADN como material hereditario ha supuesto tanto en el desarrollo de la Genética, que su historia puede dividirse en un «antes del ADN» y un «después del ADN».


Conocidas la naturaleza y propiedades del material hereditario (1944-1960) y los mecanismos de acción génica (1960-1975), la Genética entró en una nueva etapa (1975-1985) basada en el dominio de % la tecnología de los ácidos nucleicos (fragmentación, hibridación, secuenciación y amplificación del ADN). En esta etapa, denominada»Nueva Genética», los factores hereditarios de Mendel pasaron de ser entes abstractos a ser genes tangibles y, por tanto, manipulables, pudiendo ser identificados y aislados de entre toda la masa de ADN que constituye el genoma de los organismos y transferidos de unas células a otras o de unos individuos a otros de la misma o de distinta especie.


La Ingeniería Genética Molecular surgió a principios de la década de los setenta, cuando Berg y sus colaboradores obtuvieron las primeras «moléculas de ADN recombinante», es decir, moléculas de ADN formadas por fragmentos de procedencia distinta. En el desarrollo progresivo de la Ingeniería Genética Molecular, cabe mencionar entre otros logros la construcción de «bibliotecas» o «genotecas» de ADN de organismos superiores, la expresión de genes humanos en células bacterianas, la disección molecular o «secuenciación del genoma» de los organismos (cuya expresión máxima es el Proyecto Genoma Humano), la obtención de «animales y plantas transgénicas», «la terapia génica», etcétera.


La Mejora Genética de Plantas


En un sentido amplio, podría decirse que la Mejora de Plantas se remonta a los tiempos más antiguos, en los que ya se realizaba la aplicación intuitiva de procesos de selección. Así, se puede citar como ejemplo concreto el caso del descubrimiento hecho en la «Cueva de los murciélagos» de México. Allí se encontraron restos de mazorcas de maíz, correspondientes a estratos geológicos sucesivos, que mostraban un aumento gradual de tamaño correlativo con la sucesión cronológica. Estos hechos indican sin duda alguna que el hombre del Neolítico, haciendo uso de su inteligencia racional, aplicaba ya un proceso de selección en el maíz que cultivaba.


Tal como indicaba al comienzo de este texto, los orígenes de la Genética están íntimamente relacionados con la investigación de los hibridistas experimentales de plantas. Esta vinculación se hace más estrecha si recordamos cómo en 1825 la Academia de Ciencias de Holanda convocó un premio para quien diera contestación a la posible utilización de la fecundación artificial para la producción de nuevas especies y variedades indicando «qué plantas económicas y ornamentales pueden ser producidas y multiplicadas de este modo». No cabe duda de que la tradición holandesa en Mejora de Plantas arranca en el tiempo desde la convocatoria de dicho premio.


A partir del redescubrimiento de las leyes de Mendel, la aplicación de los conocimientos genéticos a la Mejora de Plantas impulsó de forma extraordinaria su desarrollo.


La Mejora Genética de Plantas tiene como fin obtener los genotipos
(constitución genética) que produzcan los fenotipos (manifestación externa
de los caracteres) que mejor se adapten a las necesidades del
hombre en unas circunstancias determinadas. Aspectos parciales de ese
objetivo final podrían ser:
• Aumentar el rendimiento:
—Mejora de productividad, aumentando la capacidad productiva
potencial de los individuos.
—Mejora de resistencia, obteniendo genotipos resistentes a plagas,
enfermedades y condiciones ambientales adversas.
—Mejora de características agronómicas, obteniendo nuevos genotipos
que se adaptan mejor a las exigencias y a la aplicación de
la mecanización de la agricultura.
• Aumentar la calidad:
—Mejora de calidad, atendiendo, por ejemplo, al valor nutritivo
de los productos vegetales obtenidos.
• Extender el área de explotación, adaptando las variedades de las
especies ya cultivadas a nuevas zonas geográficas con características
climáticas o edafológicas extremas.
• Domesticar nuevas especies, transformando a especies silvestres
en cultivadas con utilidad y rentabilidad para el hombre.


Los métodos que podemos llamar convencionales en la Mejora de Plantas han sido los cruzamientos y la selección, complementados en ocasiones con técnicas citogenéticas (poliploidía, haploidía, manipulación genómica y cromosómica) y de mutagénesis artificial. Sin embargo, en esta década se ha iniciado la aplicación de la ingeniería genética
molecular mediante la utilización de plantas transgénicas.


Normalmente, en los organismos animales o vegetales superiores, la información genética se transmite por mecanismos de reproducción sexual; es lo que se conoce como «transmisión genética vertical». Sin embargo, hace poco más de diez años se logró obtener ratones transgénicos mediante «transferencia génica» por inyección directa de ADN extraño en un cigoto obtenido por fecundación in vitro; es decir, se trataba de una transmisión genética horizontal». Como era de esperar, a los ratones transgénicos siguieron los conejos, ovejas y cerdos transgénicos, a los que se les había introducido en uno de los pronúcleos del cigoto, por microinyección, el ADN del gen humano que codifica para la hormona de crecimiento. La Biotecnología ha aplicado estas primeras técnicas experimentales y ya hoy se están estableciendo las primeras «granjas farmacéuticas» en las que se crían ovejas o cabras transgénicas que producen en su leche proteínas terapéuticas humanas o cerdos transgénicos inmunogenéticamente preparados para ser los futuros donantes en transplantes de órganos a pacientes humanos.


La obtención de plantas transgénicas ha sido posterior en el tiempo a la de los animales transgénicos, pero su utilización en programas de mejora se va incrementando de día en día. Algunos expertos han llegado incluso a predecir que, hacia el año 2005, el 25% de la producción agrícola en Europa será de plantas transgénicas.


En los programas de Mejora de Plantas interesa en ocasiones incorporar un gen determinado a una cierta variedad para dotarla, por ejemplo, de resistencia a un patógeno o para darle cierta calidad. El método convencional consiste en realizar un primer cruzamiento con un individuo que lleve el gen deseado. Después, mediante un proceso continuado de cruzamientos con individuos del genotipo original (retrocruzamiento) y selección para el carácter (gen) que se quiere introducir, se puede llegar a obtener tras un proceso más o menos largo individuos con el genotipo original al que se ha añadido el gen deseado. Este método convencional tiene varios inconvenientes, como son las muchas generaciones necesarias y, en ocasiones, la limitación que supone la reproducción sexual cuando lo que interesa es introducir el gen de otra especie. ¡Y con más razón si esta otra especie ni siquiera pertenece al reino vegetal, sino que se trata de una especie bacteriana o animal!


Técnicas de ingeniería genética molecular


Las técnicas de ingeniería genética molecular suponen un método alternativo de incorporación de un gen deseado en el genoma de una planta mediante la obtención de plantas transgénicas.


La transferencia génica (transmisión horizontal) en plantas se puede realizar utilizando el ADN-T (transferible) del plásmido TÍ (inductor de transformación)  de la bacteria Agmbacterium tumefaciens, que produce los tumores o «agallas» en las heridas que se originan en las plantas. En el proceso de infección, el ADN-T tiene la propiedad de poder pasar de la célula bacteriana a las células de las plantas, incorporándose al ADN de los cromosomas de éstas. Dicho de forma muy esquemática, la manipulación genética en este caso consiste en incorporar al ADN-T el gen que se desee introducir en la planta. La mayor eficacia de la técnica se consigue utilizando cultivos celulares de hoja o de tallo que son capaces de regenerar plantas adultas completas a partir de células que han sido genéticamente modificadas (transformadas) usando como vector el ADN-T.


Otras técnicas de transferencia de genes consisten en la introducción del ADN en protoplastos (células desprovistas de la pared celulósica por medios enzimáticos o químicos) utilizando el polietilenglicol o la electroporación. También se puede introducir el ADN en las células por bombardeo, con microproyectiles formados por partículas de oro o tungsteno recubiertas con ADN del gen deseado. En cualquier caso, después se induce la regeneración de la planta adulta a partir de los protoplastos o de las células tratadas.


Con las técnicas mencionadas (especialmente utilizando el ADN-T del plásmido Ti de Agrobacterium tumefaciens) se han obtenido plantas resistentes a virus, a insectos, a herbicidas, etc. Por ejemplo, desde hace más de treinta años se viene utilizando en agricultura y jardinería un insecticida especialmente eficaz contra las larvas de los lepidópteros cuya eficacia reside en la proteína Bt producida por la bacteria Bacilllus thuringiensis. Pues bien, la ingeniería genética molecular ha permitido identificar y aislar el gen bacteriano que codifica para la proteína Bt y ha logrado transferirlo a plantas transgénicas de algodón, patata, tomate y maíz, haciéndolas resistentes a los insectos.


Otro caso interesante ha sido la obtención de plantas transgénicas de tomate, soja, algodón, colza, etc., a las que se les ha incorporado un gen que produce la resistencia al principio activo (por ejemplo, el glifosato) de los herbicidas de amplio espectro. Esto permite eliminar las malas hierbas de especies de hoja ancha y crecimiento cespitoso tratando los campos con herbicidas que no dañan al cultivo.


También se han obtenido plantas transgénicas de tomate con genes que alargan el periodo de conservación y almacenamiento, evitando la síntesis de la poligalacturonasa que produce el reblandecimiento del fruto. En plantas ornamentales, se ha logrado introducir genes que producen un color o una distribución de colores nunca encontrada en la especie natural. La rareza que eso conlleva ha hecho, obviamente, aumentar su valor económico.


Por último, podría citarse también el caso de las plantas transgénicas utilizadas como biorreactores para producir lípidos, hidratos de carbono, polipéptidos farmacéuticos o enzimas industriales.


El caso de la soja y el maíz transgénico


El pasado mes de diciembre se produjo en España una cierta alarma social a propósito de la llegada al puerto de Barcelona de semilla de soja transgénica importada de Estados Unidos. Esta alarma fue producida especialmente por la actitud de algunas organizaciones ecologistas.


La soja se utiliza en un 60% de los alimentos procesados: aceite, margarina, alimentos dietéticos e infantiles, cerveza, etc. Europa importa anualmente 9 millones de toneladas de Estados Unidos por un importe de unos 210.000 millones de pesetas. España, que importa 1,5 millones de toneladas de soja, es el cuarto país importador detrás de Japón, Taiwan y Holanda.


El 2% de la soja producida en Estados Unidos es transgénica. Un 40% de ella se exporta a Europa. A la soja transgénica, que fue obtenida por la compañía Monsanto, se le ha transferido un gen que produce resistencia al glifosato, que es el elemento activo del herbicida Roundup. Se da la circunstancia de que esta compañía es también la misma que fabrica el herbicida. Este hecho (absolutamente lícito, por otra parte) ha sido interpretado por algunos como un abuso de la compañía; algo así como si ésta fuera juez y parte en un caso, ya que produce tanto el herbicida como la semilla resistente al mismo.


Ante la protesta de los movimientos ecologistas y la posibilidad de que fuera rechazada la semilla transgénica, los exportadores han decidido mezclarla con semilla de soja normal, para evitar su identificación. Sin embargo, alguna compañía (Genetic ID, Iowa, EE.UU.) ha comercializado ya un test de diagnóstico que permite saber si la semilla de soja (o de maíz, que tiene el mismo problema) es transgénica o no; es decir, si lleva el gen de resistencia al herbicida. Es importante señalar que la comercialización de la soja transgénica está autorizada en Estados Unidos, Canadá, Japón y la Unión Europea.


Otro caso parecido es el del maíz transgénico producido por la multinacional Ciba-Geigy. Este maíz, además de resistente al herbicida Basta, lo es también al «taladro», un insecto que horada el tallo de la planta, destruyéndola. La resistencia es producida por el gen procedente de la bacteria Bacillus thuringiensis que, como he señalado antes, produce la proteína Bt, que es tóxica para la larva de los dípteros. Este maíz transgénico puede presentar un problema: la manipulación genética realizada ha unido el gen Bt a otro gen utilizado como marcador genético que produce resistencia a antibióticos beta-lactámicos (incluida la ampicilina). Los movimientos ecologistas han alertado sobre la posibilidad de que las bacterias del tracto intestinal animal y humano puedan incorporar directa o indirectamente la información genética que da la resistencia a tales antibióticos, con el consiguiente peligro sanitario. En relación con este aspecto, es preciso señalar que no existe evidencia científica alguna de que ello pueda ocurrir en la práctica, aunque teóricamente fuera posible. Podría decirse que la probabilidad de que ello suceda es cero.


La comercialización del maíz transgénico está autorizada en los Estados Unidos (donde supone del 1 al 2% del maíz cultivado), Canadá y Japón, pero todavía no en la Unión Europea, donde fue sometida a debate el pasado mes de junio. En España, la Comisión de Sanidad y Consumo del Congreso de los Diputados aprobó por unanimidad una Proposición No de Ley pidiendo al Gobierno que se oponga a la importación de maíz modificado genéticamente. La cuestión es si la Comisión del Congreso tuvo acceso a algún tipo de informe elaborado por expertos o si, por el contrario, actuó algo precipitadamente por la presión ambiental que los medios de comunicación ejercían aquellos días. En nuestro país existe una Comisión Nacional de Bioseguridad que fue  creada oficialmente hace unos años. Sin embargo, su constitución empezó a tramitarse mucho tiempo después de que tuvieran lugar los hechos relatados.


Por otro lado, es necesario tener en cuenta que España está obligada a adquirir 2,5 millones de toneladas de maíz a Estados Unidos por un acuerdo vinculado a su adhesión a la Unión Europea y que el país exportador mezcla en origen la semilla transgénica con la tradicional. La realidad es que la Dirección General xi de la Unión Europea advirtió a los países comunitarios en noviembre de 1996 de que en octubre de ese mismo año habían salido desde Estados Unidos cargamentos de maíz transgénico (de 4.000 a 5.000 toneladas) con destino a los puertos de Rotterdam, Lisboa y Barcelona. El organismo comunitario recordaba al mismo tiempo que dichas importaciones no estaban autorizadas. De los hechos mencionados se deduce que la situación es muy confusa.


Riesgos ecológicos y sanitarios


¿Cuál es la perspectiva bioética de la producción y utilización de las plantas transgénicas? En el contexto bioético, resulta imprescindible tener en cuenta dos aspectos: el sanitario y el ecológico.


Desde el punto de vista sanitario, ya se ha indicado antes el riesgo teórico que supone que el gen que da resistencia a los antibióticos betalactámicos (ampicilina) pase a bacterias del tracto intestinal humano directa o indirectamente, vía bacterias del tracto intestinal de los animales que se alimenten con el maíz transgénico no procesado. ¿Justificaría ese riesgo potencial con una probabilidad prácticamente nula la prohibición del maíz transgénico con el gen Bt de Bacillus thuringiensisl Posiblemente, no. Por otro lado, nunca se ha demostrado que un gen consumido por vía oral haya sido transmitido a una bacteria del tracto intestinal.


Otro aspecto sanitario de interés consiste en la aparición de alergias insospechadas a causa del consumo de alimentos transgénicos. Por ejemplo, se han citado casos de alergias producidas por soja transgénica manipulada con genes de la nuez de Brasil o de frambuesas resistentes a las heladas por llevar incorporado un gen de pescado. En este segundo supuesto, las personas alérgicas al pescado podrían sufrir una crisis alérgica al ingerir las frambuesas transgénicas.


Las situaciones anteriormente descritas justificarían la petición de las organizaciones de consumidores y de los grupos ecologistas de que los productos elaborados con plantas transgénicas lleven la etiqueta correspondiente. De cualquier manera, cuando se legisle el etiquetado de un producto vegetal como «manipulado o modificado genéticamente», la comisión pertinente deberá analizar y matizar claramente el concepto de «manipulación» o «modificación» genética. ¿Se incluirán en las normas de etiquetado solamente los casos de transferencia interespecífica de genes?


En cualquier caso, es importante poner de manifiesto que, desde 1990, organizaciones como la FAO, la OMS y la FDA norteamericana vienen evaluando con rigor los pros y los contras de los alimentos transgénicos. Desde el punto de vista ecológico, se ha denunciado la posibilidad de que, al crear las variedades transgénicas resistentes a herbicidas, se incremente notablemente el uso de éstos. Es posible que esto dé lugar a efectos  secundarios negativos como la contaminación del suelo y del agua.


En especies alógamas (de fecundación cruzada) existe la posibilidad de que una parcela sembrada con plantas transgénicas contamine con su polen a otras parcelas vecinas no transgénicas del mismo cultivo. Por ejemplo, si el polen de un campo de maíz transgénico poliniza plantas normales de una parcela próxima, la semilla que se produzca en esta parcela puede haber incorporado el gen Bt transmitido por el polen; es decir, se convertiría en una semilla transgénica. También podría ocurrir que la resistencia al herbicida de una variedad transgénica se transfiriera por fecundación interespecífica espontánea a una especie silvestre afín, con el consiguiente daño para la agricultura. ¿Se va a legislar sobre medidas de aislamiento (distancia, barreras naturales, etc.) de los cultivos transgénicos? Estas medidas se pueden aplicar durante el periodo de experimentación, pero ¿es posible mantenerlas una vez autorizada su comercialización?


Las plantas transgénicas constituyen un reto de la Biotecnología actual que ha creado un cierto grado de alarma social. Esta alarma es consecuencia, en cierto modo, del temor a lo desconocido y a lo novedoso. De todas formas, es bueno que se plantee en la sociedad un debate que permita el avance de la ciencia y evite a la vez peligros y riesgos innecesarios.

Jardiel Poncela en sus cartas a López Rubio

Jardiel Poncela pertenece, como Lope y muy al contrario que Cervantes, al género de autores que dejaron amplia noticia de su vida (idas, venidas, amores, enconos, escrituras y polémicas). Todo ello, prolijamente contado en los prólogos de sus obras. No obstante, aún carecemos de biografía imparcial o edición rigurosa de sus obras completas, a la altura de su singular figura y su abundante producción. Resulta chocante, además, que hombre tan trabajador (desde adolescente hubo de mantener a los suyos), que publicó numerosas novelas de éxito —siempre bajo el sello de Biblioteca Nueva-, gracias al gran editor y amigo que fue José Ruiz Castillo, y estrenó cerca de treinta títulos, producidos por empresarios como Tirso Escudero y Arturo Serrano, sin olvidar su carrera en cine, amén de innumerables artículos y conferencias, falleciera a los cincuenta y un años en la más absoluta pobreza. Ni sus frecuentes visitas a los casinos de Montecarlo o San Sebastián, ni los extravagantes negocios de su padre, ni siquiera el holgado tren de vida que se permitió a veces explican el declive final.

Lo cierto es que, a la altura de 1950 (año de las cuatro cartas inéditas ahora publicadas), no aparece el mismo hombre brillante, optimista, ingenioso, seguro de sí, que envió largas cartas hasta Hollywood a su amigo. Quedan lejos los tiempos en que ambos se divertían jugando a ser actores de las películas que dirigían o adaptaban para la Fox (por ejemplo, Primavera en otoño o Una viuda romántica, ambas de 1933), la etapa de tertulias, paseos y confidencias literarias. Y aquí es preciso recordar algo que no hemos visto publicado en ninguna parte, ni siquiera en la apasionada biografía Mío Jardiel, de Rafael Flórez: el propio Jardiel afirma -y así se viene repitiendo-, que cambió el título de su comedia Lo que le pasó a Pepe después de muerto (1939) por el de Un marido de ida y vuelta, al parecerle éste más comercial. Hubo otra razón más: la obra se titulaba Lo que le pasó a Paco después de muerto Pepe, pero alguien advirtió a Jardiel de la coincidencia con que, muerto en accidente el general José Sanjurjo (1936), Francisco Franco pasó a ser cabeza del levantamiento militar. Una casualidad que invitaría al chiste fácil o a la sospecha macabra. Aquel estreno de 1939 coincidió con el de Cario Monte en Montecarlo, opereta con música del maestro Jacinto Guerrero, para la que Jardiel solicitó de Paco López Rubio (hermano de Pepe y excelente dibujante) unos decorados bellísimos. También, entre amigos, más de una vez comentó López Rubio la historia de un granadino pariente suyo que, víctima de una depresión, se metió en la cama y jamás volvió a levantarse de ella. A él mismo le sirvió de personaje en una novela que ha quedado manuscrita e incompleta, con el título de Un hombre acostado. Tal personaje fue aprovechado por Jardiel para convertirlo en el Edgardo de Eloísa está debajo de un almendro. Han pasado demasiadas cosas desde las primeras, larguísimas cártas: una guerra civil de tres años (con breve detención de Jardiel y consecuente viaje suyo por Europa y América) y el inicio de una actividad nueva: la de empresario teatral, que le deparará no pocas amarguras, entre ellas el violento incidente producido por los exiliados republicanos españoles en Montevideo (1944), cuando allí se presentó con sus cómicos, tras el cual Jardiel regresa arruinado a España. Desde 1945 en adelante, su economía va dando tumbos cada vez mayores y, paralelamente, también la salud de su sistema nervioso. Su comedia Como mejor están las rubias es con patatas (1947) resultó un fracaso. Por si fuera poco, también su corazón sufre un revés sentimental. Debe dinero a la actriz Catalina Bárcena, a la Sociedad de Autores, que bloquea su cuenta, a la revista La Codorniz (dirigida entonces por Alvaro de Laiglesia) por el cobro anticipado de unos artículos que no llega a entregar, razón por la cual le embargan el automóvil. Solo sus artículos diarios en El Alcázar (sin fuerzas para escribir otra cosa) y la generosidad de los amigos (entre ellos, López Rubio y el joven actor Fernando Fernán Gómez) le ayudan a sobrevivir. Su último estreno teatral, Los tigres escondidos en la alcoba (1949), un éxito, no logra sacarlo de la alcantarilla espiritual en la que se hunde. No importa que tenga dos comedias comenzadas y bastantes en proyecto. La novedad de la penicilina llegaría tarde para su última neumonía. Víctima de la enfermedad, de la incomprensión de unos, del afecto de otros y hasta víctima de sí mismo, moría Enrique Jardiel Poncela, el 18 de febrero de 1952, en su domicilio de la calle Infantas 40 de Madrid.

La primera de las cartas siguientes, fechada en 16 de febrero, se localiza gracias a Celos del aire, obra que López Rubio estrenó el 25 de enero de 1950, estreno retrasado por la permanencia imprevista en cartel de Historia de una escalera, del entonces novel Buero Vallejo. Triunfo éste que a Jardiel molestaba -suponemos que por motivos principalmente ideológicos-, como puede verse en varias cartas a Pepe (ver II y IV). La falta de dinero para vivir sin tribulaciones le impide concluir una nueva comedia. El antiguo colaborador y amigo Jacinto Guerrero, que llevaba dos años como presidente de la SGAE, y a es para él un "malvado" al que desea eliminar (el músico toledano moriría al año siguiente a los cincuenta y un años). No ha cobrado aún el trabajo aludido en una película que no hemos localizado, al unir los nombres de Sáenz de Heredia (Peloto entre amigos) con el de Pío Ballesteros, y que tal vez no se rodara. Uno de los críticos que más le defendió, Alfredo Marqueríe, recibe suenojo y amenaza por algo tan simple como señalar la coincidencia de dos escenas, una de López Rubio y otra de Jardiel.

La segunda carta (9 de junio de 1950), que arranca mencionando la visita del actor José Crespo, con fama de buena persona aunque inoportuno, y amigo desde los tiempos de Hollywood, centra la atención de Jardiel hacia la Editora Nacional por dos razones: una, la intercesión de López Rubio ante su amigo Pedro Rocamora —a la sazón director de ella-, para que se le contrate la edición de un libro autobiográfico que se titularía Sinfonía en mí, que no llegó a concluir. Otro, cotejar la representación vista de Celos del aire con el libro ya impreso por dicha editora. Jardiel aparece como sagaz espectador y lector de teatro. La datación de la tercera carta resulta sencilla por el sobre y matasellos: 18 de agosto de 1950. Fue enviada por Jardiel al Monasterio de El Paular -donde se había retirado su amigo a escribir la comedia Veinte y cuarenta-, en un tremendo estado de postración y explícito presentimiento de muerte. Su recepción debió entristecer tanto a Pepe, que secó su inspiración humorística e inmediatamente le mandó dinero dentro de un sobre por correo. Jardiel responderá (ver carta IV) agradeciéndole el embuchado, aunque censura el riesgo de enviar billetes en un sobre; le pide disculpas por interferir su creación con penas y agradece la invitación para compartir el retiro segoviano. Esta última carta, del 22 del mismo mes y año, concluye con algo que siempre hemos mantenido: la ósmosis creadora entre Mihura, Neville, Tono, López Rubio y Jardiel, cuando éste reconoce tener pensada una comedia más adecuada para ser escrita por Pepe que por él mismo.

La caligrafía de estas cuatro cartas es más irregular y descuidada, con garabatos, indecisiones y tachaduras impensables en la pulcritud juvenil (Jardiel era minucioso y limpio hasta para tachar algo). La firma aparece casi escondida por la rúbrica. Está claro que Jardiel no solo ve venir la muerte (su conocido afán por viajar a Zaragoza a la tumba materna en sus últimos momentos) sino que la desea. Pero Enrique Jardiel Poncela se mantuvo firme hasta el final, incluso para evitar el matrimonio in articulo mortis con Carmen Sánchez Labajos. Con todas sus contradicciones, Jardiel había sido, usando el título de aquella comedia juvenil firmada con López Rubio, Un hombre de bien. 

Segunda Antología

En el número extraordinario de verano de NUEVA REVISTA correspondiente a 1996 incluí por primera vez en mi sección una antología. Figuraban en ella seis poetas: Miguel d’Ors, Abelardo Linares, Lorenzo Martín del Burgo, Julio Martínez Mesanza, Amalia Bautista y Roger Wolfe. En este verano de 1997 he decidido repetir la experiencia y ofrezco otro pequeño florilegio de la mejor poesía española de línea clara, con José Luis García Martín, Javier Salvago, Juan Antonio Olmedo, Karmelo C. Iribarren, José Fernández de la Sota y Carlos Martínez Aguirre como protagonistas.


No todo el mundo sabe que José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, Cáceres, 1950) es, además de un excelente conocedor de la poesía española última, un poeta magnífico. De su precioso libro Treinta monedas (Gijón, Ateneo Obrero, 1989) procede este poema, titulado El avaro :


De pronto, en la lectura (versos
de Altolaguirre o de Quevedo,
un olvidado artículo
de un estilista de Falange,
unas líneas de Chesterton),
o en triviales recuerdos, obsesiones
de las noches de insomnio, miradas
indiferentes al pasar, un cuerpo
que quise y no fue mío, el cansancio
de un viaje (turbia
estación entre dos trenes),
deslumbra el áureo canto
de algunas monedas. Las desentierro
incrédulo, las limpio bien, las cuento y las recuento,
las sueno contra el mármol
para saber su ley -¿serán,
por desventura, falsas?—, doy
gracias a no sé quién,
las marco con mi nombre
—¡que nadie me las robe!—
y avaro las voy atesorando
entre los libros de mi biblioteca.
A veces, muy alta ya la noche,
tembloroso despierto:
¿De qué traición son pago?


De Javier Salvago (Paradas, Sevilla, 1950), finísimo neobecqueriano y manuelmachadiano militante, es la segunda flor de este ramillete, rotulada «Un vividor retirado habla del deseo». Pertenece a Volverlo a intentar (Sevilla, Renacimiento, 1989):


En otro tiempo fue mi huésped,
mi inseparable compañero,
mi camarada. Compartía
conmigo mesa, cama y techo.
Como al hermano que no tuve
le confiaba mis secretos,
y él me llevaba de la mano
por mundos mágicos y nuevos.
Me descubrió y abrió caminos
en la frontera de los sueños.
Me señaló ocultos tesoros
sobre los mapas de los cuerpos.
Con él, la noche estaba llena
de tentaciones y de vértigos.
Con él, tenía sentido todo:
el paraíso y el infierno.


Juan Antonio Olmedo, malagueño de 1951, es autor de estas deliciosas «Soleares», insertas en su libro Secreto juego (Sevilla, Renacimiento, 1991):


Tus lágrimas son cuchillos
que atraviesan hoy mi pecho.
Y mañana mis bolsillos.
* * *


Me enamoró una novicia
que resultó darle a Lesbos
los diezmos y las primicias.
***


Tú de mí no tienes queja
ni yo me quejo de ti:
será que el amor nos deja.
* * *


Ni requiebros ni suspiros;
hay guerras que el amor gana
sin pegar un solo tiro.


Dentro del «realismo sucio» que el genial Roger Wolfe puso de moda a raíz de la aparición de su libro Días perdidos en los transportes públicos (Barcelona, Anthropos, 1992), Karmelo C. Iribarren, donostiarra de 1959, ha brillado con luz personalísima. Su libro La condición urbana (Sevilla, Renacimiento, 1995) incluye «Estas cosas siempre suceden de repente»:


No pasa nada. Ella está
en un expreso con dirección
a Barcelona, y yo aquí, en mi mesa de trabajo, escribiendo
estos versos. Hace apenas
dos horas que se ha ido. Mañana
charlaremos por teléfono. Sobre
la tele, su espléndida
sonrisa. No pasa nada, como
digo. Y de repente, no sé
qué hacer con tanta soledad.


José Fernández de la Sota nació en Bilbao en 1960. En su libro de versos La gracia del enano (Sevilla, Renacimiento, 1994) hay un soneto, «Golden Gun», que me encanta. Dice así:


Es bueno ser el malo algunas veces,
sobre todo al principio del rodaje,
cuando uno estrena chica, estrena traje
y su maldad feroz crece con creces.


Tienes por fin el arma que mereces
—una pistola de oro— y el visaje
entre protervo y cínico y salvaje
de un villano implacable. No pareces


entonces el guiñapo que serás
cuando la peli avance y el fornido
superagente venga y te recuerde


que el héroe siempre gana por demás
y que el pequeño, el feo, el resentido
y pobre antagonista siempre pierde.


Mi último poeta se llama Carlos Martínez Aguirre, es madrileño y nació en 1974. Estudia Filología Clásica en la Complutense. La camarera del cine Doré y otros poemas (Madrid, Hiperión, 1997) es su primera entrega poética. En la página 26 de ese libro se encuentra «El amor es un género literario», un poema estupendo que bien merece clausurar esta breve antología:


He pensado escribirte como si no existiera
aún el feminismo. Como si nuestro tiempo
no fuera el fin de siglo, ni nadie conociese
la igualdad de los sexos, ni causara extrañeza
oír que te dijera que el amor que yo siento
por ti jamás podrías sentirlo tú por nadie.
Tal vez el amor sea sólo literatura
que cambia con el tiempo. Supongo que nosotros
no amamos como Shakespeare, ni Shakespeare como Dante,
ni Dante como Safo, ni Safo como nadie.

El alma en armas

Aunque el nombre y los versos de Julio Martínez Mesanza (Madrid, 1955) figuran en cuantas antologías, resúmenes, balances y estudios de nuestra poesía más reciente han sido publicados en la última década, hay hechos que cubren de sombras esta atención crítica aparentemente general. Me explicaré: las sucesivas entregas de un work in progress de la ambición, la hondura y la radicalidad de su libro Europa (1983, 1986, 1988 y 1990) nunca merecieron el comentario de las páginas literarias de los diarios punteros e influyentes; pero no hay en ello, sin embargo, contradicción, sino tan solo una muestra de que en lo referido a poetas distintos, poetas que no cumplen con el patrón de la interpretación en boga, resulta más fácil reconocer su calidad con su inclusión en alguna de las casillas de la taxonomía crítica (algo obligado, para no fallar) que adentrarse en el mundo creado por su poesía.

En el caso de Mesanza, y concretamente en el suyo, esto sirve de bien poco. Nada dice de sus poemas señalar por aquí y por allá su «escrupuloso interés formal», nada insistir en su «poderosa imaginación visual figurativa», nada en su «vocación épica» (en su «ironía épica borgiana», se ha llegado a decir). Éstas y otras son comodidades para traer a colación al enojoso pariente del que, antes de destacar su particularidad y su diferencia, conviene resaltar las débiles señales que lo hacen pertenecer a la familia, aunque sea pasando por alto las que resulten incómodas, sospechosas o disculpables. Y lo cierto es que lo son. Lo son cuando la crítica y la literatura, veinte o treinta años después del apogeo nihilista del estructuralismo, todavía prescribe la abolición del pensamiento y el sometimiento de cualquier creencia (ideas y creencias no eran lo mismo, según la diferencia de Ortega) y de cualquier relato a su función como elemento de la ambigüedad en la mera superficie del texto. «Me enfrento al sincretismo, a toda ambigüedad y a la tibieza», decía Julio en uno de los contundentes e indudables poemas de Europa, por si cupieran dudas del reto lanzado, en aras de la expresión de una intimidad innegociable, contra los postulados que han hecho de la última modernidad el almacén donde se acumulan las rebajas de exigencias, los saldos de la menoridad y los retales de la triunfante experiencia cotidiana.

Y es ahora, cuando Julio Mesanza acaba de publicar su último libro de poemas, Las trincheras (Renacimiento, Sevilla, 1996), un libro que es y no es Europa, que prolonga en composiciones más largas, más narrativas, más discursivas, el agónico y combativo aliento religioso que aparecía en series anteriores («Trento» o «Laudes Virgini»), cuando merece la pena pararse a pensar más en lo que le diferencia que en lo que le asemeja a las listas comunes de la incontinencia antologizadora. Solo así repararemos en la rareza de un hombre común cuya transfiguración como poeta resulta del afán de acometer un proyecto de alto aliento consistente en la creación de un contramundo alegórico para el que el lenguaje de la poesía no transporta mensajes meramente informativos o ideológicos —de ahí mi alusión anterior a la intimidad y de ahí la confusión de la «crítica democrática»— sino efectos, sentimientos y emociones no susceptibles de ser reducidos al significado de los lenguajes públicos o de la crónica política de los telediarios. Y en cuanto a la alegoría en Mesanza, a su impar poder de construir, como si se tratara de «composiciones de lugar» ignacianas, una geografía simbólica, desierta o poblada, pero siempre afectiva, resonante en la caja negra de las almas, solo cabe el recuerdo de las páginas que Eliot dedicó a su experiencia de lector de Dante / (del Dante querido y traducido por Julio) en las que comienza diciendo que «lo sorprendente de Dante es que sea, en un sentido, extremadamente fácil de leer», quizá por el poder universal de sus «imágenes visuales claras», y continúa deshaciendo el desprestigio de la alegoría («no un artificio de los no inspirados, sino un hábito mental de los visionarios») para concluir señalando la diferencia entre una «creencia filosófica» y un «asentimiento» poético. Pues bien, la poesía de Las trincheras mesancianas puede leerse solo como poesía, y no será poco, pero tampoco todo: escapará precisamente lo medular, lo íntimamente terrible, siniestro, tierno y cordial, lo que no depende de su significado público sino de lo sentido en el alma («el alma, lo que los iletrados llaman psicología», decía Gabriel Ferrater), en el anima animat ubi amat que en los últimos poemas ha preferido temblar en los extrarradios, en las escombreras, en un desierto, en «un descampado / en el que solo puede comprenderse / la perpleja tristeza de los hombres».

«Solo lo humano, lo que tiene que ver con «este valle de lágrimas» despierta en mí la emoción que llaman artística», decía Julio en sus «Textos beligerantes», una muestra de sus escasísimas e irreductibles prosas publicada en esta misma revista (n° 40, junio-julio 1995). Y ésa es la indisociabilidad de significado y sentido, de estética y moral, de pensamiento y sentimiento a la que apela y de la que brota esta poesía incómoda, tan incómoda como la fe -no la certeza- para quienes las palabras no son más que signos flotando aleatoriamente en la plaza pública y en el mercado sin piedad de su lenguaje.

De verdad eran liberales

Título y subtítulo definen perfectamente el punto de vista y el contenido del trabajo de José María Marco. Cuidadosamente escrito, éste llama la atención, ante todo, por su lucidez. El autor, al contrario de lo que suele ocurrir, no se ha contagiado de las contradicciones, paradojas y la pura y simple confusión que muchas veces caracteriza la obra de los más destacados intelectuales regeneracionistas del primer tercio de nuestro siglo, sino que, sin perjuicio de sus diferencias, consigue analizarlos dentro de una pauta común de racionalidad. Ésta, fruto de una adecuada mezcla de sensatez y espíritu crítico, no excluye la ternura hacia sus personajes (con la posible excepción de Unamuno). Tampoco se trata de un libro que pretenda ser polémico, pues su bibliografía se limita a la obra de los autores analizados, sin incluir ninguna referencia a los múltiples trabajos existentes sobre ellos. No obstante, al convertir el liberalismo de todos ellos no en una premisa indiscutible, sino en un problema especialmente confuso y ambiguo, sería lógico que suscitara discusión.

Las razones para considerar críticamente esa condición liberal de los intelectuales del 98 y del 14 se encuentran en la mencionada pauta de racionalidad con la que es analizado este grupo de intelectuales. Ésta se apoya en dos componentes. En primer lugar, el examen de su diagnóstico sobre los problemas españoles, el cual, pese a las variantes de cada autor, muestra las notas comunes de radicalidad y abstracción que desembocan, irremediablemente, en lo contradictorio. Porque ¿podía regenerarse un país por definición tan catastrófico? Nada más lejos del cuidadoso y prudente amor a lo empírico de los ilustrados, en primer término, de un Jovellanos. En líneas generales: a una España medieval idealizada, que culmina en los Reyes Católicos, le sigue el desastre de la España imperial, mientras que las transformaciones que tienen lugar a lo largo de los siglos XVIII y XIX sencillamente no existen o son desdeñadas. Tal ignorancia o menosprecio por la obra de la Ilustración, del liberalismo y del capitalismo en nuestro país suscita, a su vez, el problema de la ambigua relación con la modernidad de todos estos intelectuales regeneracionistas. Un problema que Marco analiza brillantemente, sobre todo en el caso de los ensayos dedicados a Azaña y Ortega y Gasset, que son quienes conservan hoy un mayor interés, junto al caso aparte de Prat de la Riba.

La conclusión de esa mezcla de brillantez literaria, apasionamiento, pesimismo metafísico, radicalismo, demagogia, sentido del espectáculo e irresponsabilidad política que, en proporciones diferentes, caracterizó a todos estos maestros del ensayo político-metafísico fue que había que refundar España y, con ella, a los españoles. Esto podía lograrse arrancando el catolicismo de la cultura, la Monarquía del Estado o el caciquismo de la sociedad española; enterrando al Cid y a don Quijote; o reorganizando España como un Estado compuesto de diferentes naciones. Pero, en ningún caso se trataba de un proyecto reformista. Ni por el tipo de análisis, ni de objetivos ni, sobre todo, de método, puesto que éste se basaba en la convulsión, la polarización y la confrontación políticas. Por tanto, anda más opuesto al régimen de compromisos entre partidos y equilibrios constitucionales que representaba la Restauración. Vocación pacífica mediante la cual se había consolidado y continuado la doble construcción jurídico- administrativa y económica del Estado liberal y de la economía de mercado, emprendidas en la primera mitad el XIX, a las que no era ajena la obra del reformismo borbónico del siglo anterior. La enemiga de estos intelectuales regeneracionistas hacia ese liberalismo «realmente existente», fruto de un largo y difícil proceso histórico, no es ningún secreto. Pero, en lugar de darlo por sabido, el otro elemento fundamental del análisis llevado a cabo por Marco consiste, precisamente, en señalar su inconsistencia y el aventurerismo político al que conducía, aspecto en el que destacan de nuevo los casos de Azaña y Ortega. La libertad traicionada se localiza así en la confluencia de análisis desaforados con inconsistencias políticas que se convirtieron en una especie de pantalla deformante justo cuando en España, como en otros países europeos, pero con el agravante de nuestro atraso relativo, se planteaba el paso de un régimen constitucional de élites a otro democrático, basado en los valores y las reglas del liberalismo. Aquéllos que vivieron lo suficiente pudieron comprobar que sus sueños regeneracionistas -en contacto con una realidad y unas fuerzas sociales que no supieron comprender, sino solo denunciar— habían quedado demolidos. El libro, por todo eso y bastante más, no es únicamente valioso en sí mismo. Constituye también un hito interesante en el estudio crítico del papel de la tradición revolucionaria española en la construcción del liberalismo y la democracia en nuestro país.

Hace más de mil años

La España cristiana de la Alta Edad Media muestra un complejo y cambiante panorama de reinos que se constituyen como tales, nobles levantiscos que los amenazan, incursiones musulmanas, matrimonios de conveniencia entre familias rivales y conflictivos testamentos regios que dan lugar a sucesiones violentas. Avatares estos de la Historia que, por su número y variedad, requieren un serio esfuerzo de retentiva y comprensión por parte de quien, sin ser especialista en la materia, desee abrirse a su conocimiento.


Como consecuencia de esta dificultad, una serie de interesantes figuras cronológicamente anteriores al Cid Campeador son casi desconocidas para muchos españoles de hoy. Una de estas ilustres personalidades ignoradas es la reina doña Toda Aznar, mujer de gran carácter perteneciente a la familia Arista, casada con Sancho Garcés I, rey de Navarra de 905 a 925.


La autora presenta en su relato a la soberana en el ocaso de su vida. Ya octogenaria, se dispone a viajar de Pamplona Pamplona a Córdoba con su hijo y heredero, el rey navarro García Sánchez y su nieto, Sancho I el Craso, que depuesto del trono de León, se ha refugiado en Pamplona.


El doble objetivo que se persigue con un viaje tan largo y agotador es, por un lado, sellar una alianza con Abderramán III, sobrino de Doña Toda, y por otro, intentar que los médicos del califa alivien a Sancho de la obesidad que le valió el apodo con que ha pasado a la posteridad. La enérgica reina confiaba en que, con el apoyo de tropas califales y de su mejor forma física, podría el destronado nieto vencer a Ordoño IV y recuperar la corona de León.


La obra, finalista del premio Herralde en 1990, comienza el 23 de junio del año 958, con los ajetreos de la partida hacia la capital cordobesa en los que Doña Toda, llena de energía, lo mismo apremia a sus damas que da órdenes a los hombres de armas. Infatigable, actúa como una auténtica gobernante, aunque su título sea solo el de reina viuda.


Tras oír Misa, parte por fin la comitiva y comienza la ingeniosa sucesión de peripecias que jalonan las etapas de un viaje azotado por el polvo, los calores veraniegos, algunos encuentros poco gratos y el peso de unas vestimentas pensadas para las frías tierras del norte, pero que resultan sofocantes a medida que avanzan hacia el sur.


La acción se desarrolla a lo largo de este trayecto y de la estancia en Córdoba, que fue muy placentera para la reina. Tanto ella como sus acompañantes pudieron comprobar que en Al-Andalus el nivel de civilización era mucho más alto que en Navarra, además de contar con la nada despreciable ventaja de poseer tierras más fértiles y clima más benigno.


En la obra alternan personajes, hechos y situaciones reales con episodios imaginarios que, pese a serlo, respetan la autenticidad histórica y encajan sin esfuerzo en un marco ambiental convincente, que demuestra estar construido a partir de un cuidado estudio documental de la época.


La personalidad de la protagonista se describe con acierto desde una perspectiva novelística, acompañada por una amplia galería de personajes, de mayor o menor relieve, que forman un conjunto armónico y variado.


Doña Toda no pierde nunca de vista su condición real ni el carácter político de la misión que ha emprendido. Sin embargo, es también una mujer anciana que confunde nombres, tiene lagunas de memoria y pierde el hilo de las conversaciones. Reina y matriarca a la vez, de lengua viva y respuesta rápida, resulta tan lejana como próxima. Le separan del lector actual más de mil años, pero a éste le resultará cercana por lo intemporal de sus muy humanos deseos y temores.


Quizá no actuó ni sintió Doña Toda exactamente como aquí se cuenta, pero puede suponerse que tampoco lo haría de modo muy distinto. En todo caso, Ángeles de Irisarri ha narrado su historia de forma atractiva, con un estilo cuidado, de discreto sabor medieval en el léxico y la construcción gramatical y con un desarrollo argumental fluido que evita la monotonía.


Éste constituye el mejor acierto de una novela que evoca los tiempos de la España de las tres culturas. Judíos, árabes y cristianos convivían entonces de forma tolerante, estimándose entre sí, aunque las circunstancias no siempre les permitieran hacerlo de modo pacífico.

Desde dentro, líneas exteriores

La renovación producida en determinadas parcelas de la historia, otrora privilegiadas y más tarde denostadas por la historiografía, como es el caso de los relatos biográficos, no permite dudas. La primacía del acontecimiento y de lo singular, así como su carácter eminentemente descriptivo, hicieron de la biografía un terreno susceptible para la crítica -en ocasiones excesiva- de las «nuevas historias» que se enseñorearon por el panorama historiográfico de los años sesenta y setenta. Las investigaciones biográficas fueron declinando desde aquellas fechas, si bien ya desde el inicio de la década de 1980 el género empezó a recuperar poco a poco protagonismo gracias al impulso de estudiosos británicos y franceses fundamentalmente.

El retorno de la biografía vino acompañado de un profundo cambio en la metodología de trabajo y hasta en los objetivos que se propusieron los nuevos cultivadores de este tipo de estudios. Ya no se trataba tanto de analizar y proponer tan solo el perfil del individuo biografiado, por otro lado siempre escurridizo, como de fijar las líneas maestras, a veces tan abstractas, de la historia colectiva mediante el esclarecimiento de la historia personal. En 1969, el maestro de los contemporaneistas españoles, Jesús Pabón, adelantándose en buena medida a los acontecimientos, exponía dos modelos de investigación biográfica: «Existe, en principio, una opción -una disyuntiva- para el autor de la biografía. Trazar la vida del personaje desde dentro, psicología individual, intimidad, proceso y reacciones del carácter. Trazarla contrariamente, por líneas exteriores a base de las realidades -las cuestionespúblicas que el personaje estudió o vivió».

Con todo, no creo que ambas perspectivas sean irreconciliables, y menos aún contradictorias. El mejor ejemplo de ello es esta obra de Javier Paredes. En estos años de reflexiones sobre el fragmentalismo disciplinar de las ciencias sociales, sobre «l’histoire en miettes«, el historiador o el simple lector puede sorprenderse por la aparición de un libro de este tipo, una biografía que, desde la reconstrucción de la trayectoria personal de un hombre de proyección pública -«vida desde dentro y líneas exteriores»-, recrea toda una época de la historia reciente de España.

Javier Paredes ya había trabajado en el campo biográfico hacía bastantes años. Fruto de esa labor fueron sus estudios publicados sobre Serafín Olave y Pascual Madoz; este último especialmente, dada su trascendencia para la historia contemporánea española, reclamaba un análisis en profundidad como el que nos ofreció en su momento Paredes Alonso. Por otra parte, el autor llevaba varios años interesado en la persona de Félix Huarte, cuyo rico archivo particular había recopilado y ordenado, y a partir del cual realizó una breve introducción sobre su relevancia pública (Félix Huarte, Fuentes históricas, Madrid, Rialp, 1993).

La figura de este empresario navarro es, huelga señalarlo, muy sugerente. Representa un claro ejemplo del hombre hecho a sí mismo que, sin una familia potentada o unos recursos financieros que lo avalasen, inició con extraordinaria tenacidad a finales de la década de los veinte una exitosa carrera económica que comenzó a consolidar en los años republicanos. Después de que la Guerra Civil hiciera tambalear sus logros, consiguió sobreponerse y continuar su marcha ascendente en el mundo de los negocios, con sus empresas constructoras como base. De hecho, su grupo industrial acabaría siendo santo y seña de la España del desarrollo en los sesenta. Esta gran capacidad de trabajo se vio nítidamente reflejada en el impulso a la industrialización de Navarra, tanto por su labor empresarial como por su gestión al frente de la Vicepresidencia de la Diputación Foral del Viejo Reino, desde donde puso en práctica el conocido Programa de Promoción Industrial, de tanta trascendencia futura para aquellas tierras. Los Nuevos Ministerios de Madrid o el estadio de fútbol Santiago Bernabéu quedan como testigos de algunas de las obras más significativas realizadas por la constructora Huarte.

Javier Paredes no ha desperdiciado las grandes posibilidades que le ha brindado el acceso al archivo personal de Félix Huarte y, utilizándolo como pilar de su investigación, ha rastreado los datos que sobre el personaje y su actividad pública existen en el Archivo General de Navarra y en las hemerotecas, además de cotejar y complementar éstos con el recurso a las fuentes orales. La elaboración posterior, con un estilo ágil y ameno a la par que riguroso, nos pone en contacto con una obra meditada, perfectamente articulada, capaz de engarzar la actividad pública del biografiado en la líneas gruesas de la evolución más reciente de España. Se trata, por tanto, de una obra que no pasará desapercibida en nuestro panorama historiográfico y en la que Javier Paredes ha alcanzado sin lugar a dudas ese conocimiento de ser histórico propio de todo hombre que Heidegger denominada «historicidad».

Homenaje de plata

Plácido Domingo goza de un enorme prestigio mundial. Para el gran público significa la voz y la imagen de la música clásica. Si bien es cierto que su mayor popularidad la ha conseguido en los últimos tiempos a través de numerosas actuaciones de carácter populista, con repertorios de canción más o menos ligera y tradicional, y grabando numerosos discos, su verdadero prestigio se asienta en una brillante carrera operística que empieza en los años sesenta en los escenarios de ópera más importantes del mundo.

El 12 de diciembre del pasado año se celebró en el Covent Garden londinense una emotiva gala que conmemoraba al mismo tiempo el aniversario «de plata» del debut de Plácido Domingo en ese escenario y el «de oro» desde que la Royal Opera House comenzara su producción operística propia tras el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial. Han sido alrededor de veinte los distintos personajes de ópera que Plácido Domingo ha interpretado en el Covent Garden, desde Cavaradossi de Tosca de Puccini en 1971, hasta Siegmund de La Walkiria de Wagner en ese mismo mes de diciembre del 96. En esta Gold and Silver Gala se rindió homenaje a Plácido Domingo, con la participación del gran tenor español junto a una serie de jóvenes cantantes y la orquesta de la Royal Opera House. Este disco constituye la grabación en directo de aquel brillante concierto, en el que Plácido Domingo cantó con entusiasmo un variado recital de arias diversas de ópera, para terminar dirigiendo él mismo la orquesta en el vals Gold und Silber de Lehar.

Aunque el teatro del Covent Garden data de 1858, sus antecesores, construidos en el mismo lugar, fueron los que desde el siglo XVIII dieron vida a las óperas de Haendel. Desde entonces, han mantenido la continuidad del género en Londres, ciudad de tan larga tradición teatral y tan extendida afición por la escena. Por este teatro han desfilado todas las que son y han sido primeras figuras del canto y de la dirección orquestal y escénica; muy especialmente, en estos últimos cincuenta años en los que sus producciones propias han rivalizado con las más importantes del mundo.

Durante estos últimos veinticinco años, el prestigio del primer teatro de ópera inglés se ha visto aumentado por la presencia casi constante de Plácido Domingo en repertorios muy diversos. Destacan de manera especial sus versiones de las óperas de Verdi y Puccini y, sobre todo, su Otello, un papel que representa la cima para cualquier tenor, y que Domingo ha interpretado en varias ocasiones en el Covent Garden con notable éxito. Los aficionados ingleses recuerdan cómo en 1976 representó con gran maestría en una misma noche a Turridu de Cavalleria Rusticana de Mascagni y Canto de Pagliacci de Leoncavallo.

Plácido Domingo reúne una refinada musicalidad, una voz muy expresiva y un talento teatral p co habitual entre los grandes cantantes, además del encanto y la simpatía personal, que convierten sus apariciones en el escenario en momentos únicos. En este merecido homenaje, interpretó arias de ópera que nunca había cantado en este escenario, como Le Cid de Massenet, L’Elisir d’amore de Donizzetti o el Don Cario de Verdi. Destacó, entre sus partenaires, la soprano rumana Leontina Vaduva.