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Lenguaje político y retórica

Mi preocupación concierne, en última instancia, a la responsabilidad que tenemos todos, ciudadanos y dirigentes políticos, de hacer un buen uso del lenguaje político. Quiero justificar esta llamada a la responsabilidad a través de una reflexión que se sitúa en el plano de la filosofía política; más específicamente, por una reflexión centrada sobre la fragilidad del lenguaje político, en tanto que forma particular de empleo del lenguaje. De entrada, reconozcamos el anclaje de nuestra empresa en lo que la tradición filosófica, desde Sócrates hasta la teoría del discurso, ha designado con el término «retórica», donde la retórica, más allá incluso del discurso político, constituye ya un empleo frágil del lenguaje. Quisiera precisamente mostrar por qué es un empleo particularmente frágil cuando penetra en la esfera política.


Comencemos pues por decir por qué la retórica constituye un uso frágil del lenguaje. Ella debe esta desgracia a su situación ambigua – a medio camino entre el nivel más elevado de la demostración racional y el argumento francamente sofístico-, por la cual designo la construcción hábil de sofismas que apuntan a extorsionar a un auditorio en favor de una mezcla de falsas promesas y verdaderas amenazas. Es entre la seguridad de la prueba y el uso perturbador de argumentos hábiles en donde se despliega la retórica. Aquella retórica de la cual Aristóteles decía que era la «antístrofa de la dialéctica», es decir, según él, la apelación a los argumentos solamente probables. Es éste, de entrada, el problema que se sitúa entre la demostración y el sofisma.


Antes de intentar caracterizar la política en función del uso del lenguaje, me gustaría recordar, después de Platón y de Aristóteles, de Hobbes y Rousseau, de Kant y de Hegel, de J. S. Mili y de Rawls, el lugar que la política ocupa en la vida humana, y más precisamente en relación a la acción humana. Quisiera insistir sobre el hecho de que la acción humana reviste su significación primera solo cuando está coronada por las actividades relativas a la búsqueda de un buen gobierno, sea de la ciudad, de la nación o la humanidad entera.


Para demostrar esta circularidad entre el plano político y el plano práctico tomado en el sentido más amplio, me gustaría recurrir al concepto, muy del gusto de Hannah Arendt, de espacio público de aparición, que ella identificaba con el espacio político. A través de él, esta pensadora de lo político quería decir más o menos lo siguiente: antes de toda determinación específica en términos de Estado, es decir, finalmente de dominación, la ciudad humana constituye el medio de visibilidad requerido por las actividades que caracterizamos por prácticas tan elaboradas como los oficios y las profesiones, las artes y los depones, los juegos y las actividades de esparcimiento. Si nosotros debemos poder ejercer con toda seguridad esas actividades, tenemos necesidad de un espacio público bien ordenado, en el seno del cual los intereses y los fines particulares están unidos a los intereses profesados en común por cualquier entidad colectiva, que llamamos pueblo o nación, o incluso humanidad. En el mejor de los casos, se trata de una relación de convergencia; en un caso menos favorable, de subordinación; y en el peor de los casos, de impugnación y finalmente de subversión. La comunidad de intereses y de fines que está aquí en cuestión y que nos permite identificar una entidad colectiva, precisamente en tanto que comunidad, constituye el primer umbral de dominio político, antes incluso de que la distinción entre gobernantes y gobernados —la relación de dominación- intervenga y determine el nivel estatal de esta comunidad. En este sentido es en el que los griegos hablaban de la polis y de la politeia. Le corresponde en Hegel la noción de Sittlichkeit, o moral concreta, en la que el Estado constituye la estructura una y diferenciada a la vez.


La existencia de tal espacio público y de tal comunidad de intereses y de fines plantea una alternativa decisiva para toda la antropología de la acción humana. ¿Podemos, con Locke, Mili y más recientemente Nozick, concebir la existencia de un sujeto individual, portador de poderes y de derechos relativos a esos poderes, «antes» de la intervención de la sociedad, y considerar el aparato institucional de la sociedad como un instrumento extrínseco a esos derechos previos? ¿O bien debemos, con Aristóteles, Hegel y Marx, considerar como arbitraria esta representación de un sujeto portador de derechos, fuera de todo vínculo comunitario, y tener la dimensión política por constitutiva del ser mismo del hombre obrante? Como Hannah Arendt nos ha ayudado a reconocer, la elección entre estas dos interpretaciones de la pertenencia política del sujeto humano no es in diferente en lo que concierne al estatuto de las obligaciones que resultan de ella. En la primera perspectiva, todas las obligaciones respecto de la comunidad son condicionales, es decir, relativas a un consentimiento revocable del individuo. En la segunda, esas obligaciones son irrevocables, por la simple razón de que solo la «mediación» de la comunidad de pertenencia permite desplegar las potencialidades humanas.


No dudo en señalar mi preferencia por la segunda interpretación, por las razones extraídas de la antropología del obrar. El atomismo presupuesto por la primera interpretación carece en efecto de bases antropológicas. Es una construcción hipotética que representa la proyección retroactiva de la adquisición de la evolución social, a saber, la promoción del individuo autónomo a la cima de la jerarquía de valores de la sociedad humana1. Por el contrario, solo una antropología que hace lugar a las nociones de capacidad de obrar, de disposición, de desarrollo, de cumplimiento, puede dar cuenta del hecho de que las capacidades que tenemos a justo título por inmediatamente dignas de respecto solo se pueden desplegar dentro de un cierto tipo de sociedades; por consiguiente, su desarrollo no se puede dar en cualquier sociedad política. Es decir, si el individuo deviene humano solo bajo la condición de ciertas instituciones, entonces la obligación de servir esas instituciones es ella misma una condición para que el agente humano continúe desarrollándose2.


No es pues inocente profesar una u otra concepción relativa al origen (en sentido más lógico que cronológico) de la política. Una vez más, si el individuo se considera como originariamente portador de derechos, tomará a la asociación y todos los cargos que se derivan de ella por un simple instrumento de seguridad al abrigo del cual perseguirá sus bienes egoístas y considerará su participación como condicional y revocable. Si, por el contrario, se tiene por endeudado de nacimiento respecto a las instituciones, que son las únicas que le permiten devenir un agente libre, entonces se considerará como obligado respecto a esas instituciones, obligado muy particularmente a hacerlas accesibles a los otros.


El concepto de autoridad política no tiene otro origen ni otro sentido. La autoridad designa la contrapartida de la obligación nacida de la pertenencia a un espacio político, a saber, la obligación de obedecer las reglas comunes que son la condición del desarrollo de las capacidades en virtud de las cuales el hombre se considera como humano. Dicho de otro modo, no es lícito que el individuo recoja los beneficios de su pertenencia a la comunidad sin pagar los cargos. Pertenecer desarrolla una obligación, en la medida misma en que las capacidades cuya expansión está condicionada por esta pertenencia son en sí mismas dignas de respeto.


Este argumento no sirve para legitimar cualquier tipo de régimen político. Se limita a decir, negativamente, que no hay agente libre fuera de un cierto medio asociativo; positivamente, que el individuo debe tener cuidado de la forma de sociedad en tanto que todo indivisible, por lo mismo que ésta autoriza el desarrollo de las capacidades que hacen al hombre digno de respeto.


La relación recíproca entre las capacidades inmediatamente dignas de respeto y la institución política que mediatiza la actualización de esas capacidades permite a la teoría política no caer en el exceso contrario al atomismo político, exceso que merecería el término de «holismo». Sí, la política se inscribe sobre el trayecto de la realización de lo humano en tanto que tal; no es pues extrínseca a la humanidad del hombre. No, la política no es la invención de lo humano y sí importa qué institución política es «buena». Si el individuo no es originariamente portador de derechos subjetivos, no obstante su ser social desarrolla esas capacidades que hacen de él un agente inmediatamente digno de respeto. Esa relación recíproca, en virtud de la cual la teoría se mantiene a igual distancia del atomismo que del holismo, ha encontrado su expresión más adecuada en el concepto de «reconocimiento» que está en el centro de la filosofía política de Hegel en la época de Jena y que ha conservado una posición mayor en los Principios de la filosofía del derecho del período berlinés del filósofo. Este concepto de reconocimiento solo puede ser formulado en la época moderna. Supone un desarrollo social, cultural y moral tal que la autonomía haya devenido el concepto dominante de la auto-interpretación del hombre obrante. No que el individuo lo sea de un modo intemporal y absoluto, como lo pretendían los pensadores del siglo XVIII. La autonomía forma precisamente parte de la Sittlichkeit del hombre moderno. Es un valor público, aun cuando coloca al individuo en la cima. Y ella no prospera más que en las constituciones políticas que reconocen la autonomía como un valor tal. El reconocimiento es así un fenómeno de doble entrada: que la autonomía individual no puede prosperar más que en una forma de sociedad donde su valor es reconocido tiene como contrapartida el reconocimiento por parte del individuo de una deuda respecto a las instituciones políticas sin las cuales el individuo moderno no habría visto la luz; nuestro «vínculo» a esa sociedad no es pues ni condicional ni opcional, sino que tiene valor de obligación.


Ha llegado el momento, después de haber considerado la dimensión política de la acción humana, de situar al «lenguaje» en la vida política. Para hacerlo, ahora voy a caracterizar la política por su propia manera de «usar» el lenguaje. Sabemos que toda acción puede ser llevada al lenguaje en la misma medida en que hablar es una suerte de acción. Es claramente el caso de los actos de discurso del género de la promesa, la orden, la advertencia, como lo ha mostrado el filósofo Austin en How to do things with words. ¿Cómo se aplica este rasgo al lenguaje político en particular? ¿Qué «cosas» hace? ¿Qué hace a la fragilidad de este hacer?


Se ha comenzado a responder la cuestión cuando se ha propuesto considerar esta fragilidad como ligada al funcionamiento retórico de ese lenguaje. Antes de entrar en detalles, permítaseme decir con alguna insistencia que esta fragilidad retórica, lejos de condenar al lenguaje político, lo confía sobre todo a nuestro cuidado y a nuestra protección y nos invita a velar para que funcione tan bien como sea posible, estando dado al nivel de argumentación que le es propio (a saber, una vez más, el nivel retórico, que lo sitúa en la zona vulnerable entre la prueba rigurosa y la manipulación falaz).


Quisiera ahora examinar el funcionamiento retórico en tres niveles sucesivos. De entrada, el de la deliberación política, con su aspecto necesariamente conflictivo; después, el nivel más elevado de la discusión sobre los fines del «buen» gobierno, donde una insuperable pluralidad de fines agrava la fragilidad del lenguaje político; finalmente, en el plano más elevado, el del horizonte de valores en el seno del cual el proyecto mismo de un buen gobierno atañe a la representación de lo que nosotros tenemos por la verdadera vida, por la vida «buena». De un plano al otro, el lenguaje político parece convertirse cada vez más vulnerable al mal uso.


I EL DEBATE POLÍTICO


En lo tocante a la deliberación, situémonos en el marco de las democracias occidentales modernas, caracterizadas por un Estado de derecho en el cual las reglas de juego «son» objeto de un consentimiento amplio. Se puede decir que, en un Estado tal, el lenguaje político está esencialmente implicado en las actividades de deliberación pública que se despliegan en un espacio libre de discusión política. La noción de «publicidad» es aquí la noción cardinal, no en el sentido de propaganda, sino en el sentido de espacio público. La primera conquista de las democracias es la constitución de un espacio público de discusión, con su corolario obligado: la libertad de expresión, donde la libertad de publicar, en el sentido usual del término, afecta a la prensa, a los libros y al conjunto de los grandes medios de comunicación. En este espacio público se confrontan las corrientes de opinión más o menos organizadas en partidos. Esta confrontación pone en juego la segunda noción importante para nuestra reflexión sobre el lenguaje, a saber, la articulación entre «consenso» y «conflicto». Lejos de oponerse, dichas nociones se reclaman mutuamente y se complementan. Por un lado, la democracia no es un régimen político sin conflicto, sino un régimen en el cual los conflictos son abiertos y además negociables. Eliminar los conflictos —de clases, de generaciones, de sexos, de gustos culturales, de opiniones morales y de convicciones religiosas- es una idea quimérica. En una sociedad cada vez más compleja, los conflictos no disminuyen ni en número ni en gravedad, sino que se multiplican y se profundizan. Lo esencial, como se lo ha sugerido, es que se expresen públicamente y que existan reglas de juego para negociarlos. Es aquí donde los conflictos requieren el consenso en la misma medida en que ese consenso hace posible la negociación. Ahora bien, ¿cómo negociar los conflictos sin acuerdo sobre las reglas comunes del juego? De esta situación resulta para el lenguaje político un constreñimiento fundamental que define el marco de lo que he llamado, para abreviar, «deliberación pública». El lenguaje político funciona mejor en las democracias occidentales modernas como lenguaje que confronta las pretensiones rivales y que contribuye a la formación de una decisión común. Es pues un lenguaje a la vez conflictual y consensual3.


De ahí su extrema vulnerabilidad. Aquí son confrontados numerosos criterios que manifiestan un primer grado de indeterminación en el espacio público de discusión. Estos criterios intervienen en la motivación de las elecciones necesariamente partidarias canalizadas por los órganos de una discusión organizada: partidos, sindicatos, grupos de presión, sociedades de pensamiento, con sus órganos de prensa y su aparato de publicidad (en el sentido indicado antes). Bajo este régimen, el conflicto no es un accidente, ni una enfermedad, ni una desgracia; es la expresión del carácter no decidible de modo científico o dogmático del bien público. No hay lugar donde ese bien sea percibido y determinado de modo tan absoluto que la discusión pueda ser tenida por concluida. La discusión política no concluye, aunque pueda dar lugar a una decisión. Pero toda decisión puede ser revocada según los procedimientos aceptados y ellas mismas tenidas por indiscutibles, al menos a nivel de la deliberación donde nosotros nos situamos.


Ahora bien, otra discusión permanece abierta en otro nivel: una discusión de más largo alcance y susceptible de afectar en un plazo más largo a la estructura del espacio de discusión, una discusión que descansa sobre lo que llamamos el régimen (como se habla de «Antiguo Régimen»). Este nivel es el de los fines del «buen» gobierno.


II LOS FINES DEL «BUEN» GOBIERNO


Aquí se descubre una fragilidad más grande. Se expresa de un modo más visible en las controversias en torno a palabras clave, tales como «seguridad», «prosperidad», «libertad», «justicia», «igualdad». Estas palabras alimentan la discusión en torno a lo que se considera que son los «fines» del «buen» gobierno. Ellos se perfilan indefectiblemente en el horizonte de la discusión regulada en un Estado de derecho como las democracias occidentales modernas. Son entonces términos emblemáticos los que dominan desde lo alto la deliberación política. Sin embargo, ellos conciernen a la discusión política cotidiana solo cuando ponen en cuestión el consenso mismo sobre cuyo fondo se desarrollan los debates políticos. Su función es la de justificar no la obligación de vivir en un Estado en general, sino la preferencia por un forma de Estado, por una «constitución», en el sentido amplio que se encuentra en Aristóteles y Hegel.


Esos términos emblemáticos tienen una connotación emocional que va mucho más allá de su significación estrictamente literal. Por esa razón se prestan tan fácilmente a la manipulación y ofrecen armas a la propaganda, más que argumentos para la discusión. Admitido esto, la filosofía política no debe renunciar a su tarea de clarificación ni, sobre todo, a su esfuerzo por reconocer la validez de la cuestión a la que esas palabras clave pretenden responder, a saber, la cuestión de los fines del «buen» gobierno. Es decir, esos conceptos tienen una historia respetable, solidaria a la reflexión fundamental de los grandes pensadores políticos: Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Rousseau, Kant, Hegel, Marx, Tocqueville, Mili… Repuestas a su historia conceptual, resisten a lo arbitrario de los propagandistas que les querrían hacer decir cualquier cosa. Arrojarlos pura y simplemente del lado de las evaluaciones emocionales irrecuperables para el análisis es consentir precisamente los malos usos ideológicos, en el peor sentido de la palabra. Por el contrario, la tarea es desgajar sus nudos de sentido, precisamente en tanto que términos apreciativos relativos a los fines del «buen» gobierno.


Lo que ha podido hacer creer que esos conceptos no podían ser salvados es que no se han tomado en cuenta dos fenómenos mayores que una filosofía de la acción de tipo hermenéutico está preparada para reconocer: a saber, en primer lugar, que cada uno de esos términos tiene una pluralidad de sentidos irreductible; en segundo lugar, que la pluralidad de fines del «buen» gobierno es quizá irreductible; dicho de otro modo, que «la» cuestión del «fin» del buen gobierno es quizá indecidible. En lo que concierne a la polisemia de términos tales como «libertad», «justicia», «igualdad», ella es reconocida por Aristóteles en las primeras líneas de su tratado sobre la Justicia en la Ética a Nicómaco, libro V; ahora bien, si esta polisemia es tan suprimible como lo dice Aristóteles, es necesario prever que tal significación parcial, digamos, de la libertad, recubre tal significación parcial de la igualdad, mientras que tal otra repugna enteramente a otra significación parcial del término adverso. Pero es la irreductible pluralidad de los fines del «buen» gobierno lo que debe detenernos más; ella significa esencialmente que la realización histórica de un valor no puede ser obtenida sin perjudicar a otro; que lo trágico de toda acción humana es que no puede servir a todos los valores a la vez. Si tal es el caso, y yo creo que lo es, el carácter a la vez fragmentario y conflictivo del pensamiento político tiene con qué irritar la voluntad de totalización de los espíritus dogmáticos, la cual se encuentra paradójicamente del mismo lado que la ideología en tanto que representación global, simplificadora y esquemática del espacio público de discusión. Ahora bien, que la simplificación ideológica sea inevitable depende de la finitud esencial de la acción en general y de la acción política en particular. En la acción, es necesario primero elegir, después preferir, luego excluir. El constreñimiento es más grande en el campo político. Aquí, ninguna práctica puede satisfacer a todos los fines a la vez; por consiguiente, cada constitución expresa una escala de prioridades irreductibles la una a la otra en virtud de razones contingentes, tributarias de una coyuntura geográfica, histórica, social y cultural, no transparentes a los agentes políticos del momento. Por esa razón, un equilibrio perfecto entre al menos tres de esas ideas —la justicia, la libertad y la igualdad- es una pretensión quimérica donde se atestigua el lado trágico de toda acción. Quien una vez ha reconocido la inconmensurabilidad de fines perseguidos por la acción política está listo, no para salir del campo de la confrontación política, sino para penetrarlo con un sentido de la medida, la cual prepara a su vez para ejercer un respeto más grande por la fragilidad de la verdadera vida, de esta vida «buena» respecto a la cual el «buen» gobierno constituye la figura más aproximada que sea accesible a nosotros, animales políticos.


III. LA CRISIS DE LEGITIMACIÓN


El tercer nivel de la práctica política que propongo considerar concierne al horizonte de valores en virtud de los cuales la proyección de lo que es tenido por el «buen» gobierno reúne la representación de la vida «buena». No es solo a la ambigüedad que el lenguaje político es confrontada, sino a la ambivalencia. La ambigüedad consistía en que las principales palabras de la práctica política, desde la idea de seguridad hasta la de igualdad, tenía más de un sentido y que sus significaciones parciales estaban condenadas alternativamente a recubrirse o a oponerse. La ambigüedad podía ser respondida con un cuidado más atento de la pluralidad de las significaciones de cada uno de los términos emblemáticos y de la pluralidad de sus relaciones mutuas. La ambivalencia constituye un fenómeno más grave, a saber, que los hombres puedan por buenas razones amar y detestar las mismas cosas, apreciar y reprobar los mismos valores. Es el caso para los valores que definen menos las constituciones —en el sentido de Aristóteles y Hegel- que las elecciones más fundamentales que deciden acerca de la «forma de sociedad» o, si se prefiere, de la «identidad» del hombre moderno, común a los regímenes democráticos occidentales. La cuestión es menos de vínculo (¿por qué debo obedecer al Estado?) que de legitimidad (¿me reconozco en esta forma de sociedad?). Se ha dado el nombre de «crisis de legitimación» a la sospecha que cae sobre las orientaciones globales de la sociedad moderna, detrás de una interrogación dirigida por Habermas al capitalismo de las sociedades industriales avanzadas, después extendidas al conjunto de las sociedades nacidas de la propia elección del crecimiento ilimitado y del consumo sin límites. A este criterio no escapan los regímenes socialistas asociados, de buena o mala gana, al destino de las democracias occidentales. Lo que está en cuestión es la modernidad o, más exactamente, la auto-interpretación del hombre moderno. Por consiguiente, este hombre ha llegado a detestar lo que ama, sin haber encontrado una alternativa creíble a la forma de sociedad que define su identidad.


Que detestamos lo que amamos es algo de lo que conocemos los síntomas. Hemos elegido el crecimiento, poniendo así la prosperidad sobre el mismo plano que los valores más antiguos de libertad, justicia e igualdad. Pero, recordando la condena de Aristóteles en la que los Antiguos sancionan la pleonexia, el frenesí de poseer siempre más, nos sorprendemos de la invención ilimitada de necesidades artificiales que introducen el «mal infinito» en el deseo. Se puede leer, en los Principios de ¡a filosofía del derecho de Hegel, una descripción sin ilusiones de los efectos de esta pleonexia que, de vicio, ha devenido si no virtud, en todo caso destino, bajo el signo de lo que Hegel llama el «Estado exterior» o el «Imperio de las necesidades». Nos ponemos entonces como románticos trasnochados a deplorar el aplastamiento de la espontaneidad, la ruina de las comunidades tradicionales, la pérdida de la memoria cultural y la pérdida de interés por la cosa pública que llamamos «despolitización» y que va a la par de una total privatización de los fines y de las prácticas. Pero no dejamos por lo mismo de amar el proyecto de sociedad en el cual percibimos los efectos perversos. ¿No es a la elección del crecimiento y de la sociedad de la abundancia a la que debemos la conquista de un espacio privado, condición material misma de la autonomía moral? ¿Cómo nos opondríamos al acceso de las masas a los bienes de consumo antiguamente reservados a una minoría? Lo que se llama «individualismo» designa a la vez esta conquista y el precio en perjuicios de esta conquista. Este discurso es tan conocido que mezcla el elogio y la deploración. Se conservan aún los síntomas. ¿Cómo es la «interpretación de sí» que subyace a esos síntomas?


Aquí es necesario volver al plano de la antropología fundamental en su dimensión histórica y simbólica. Es, en efecto, a largo plazo cuando es necesario reponer la interpretación de sí de la identidad moderna y la ambivalencia que la caracteriza hoy. Lo que acabamos de llamar «individualismo» ha nacido con el proyecto de domino ejercido de entrada respecto a la naturaleza sobre la base de la cosmología científica triunfante en el siglo XVII. Es el mismo proyecto que, con las Luces, se ha extendido a la historia humana y luego a la esfera política. Robert Koselleck, en Die Vergangene Zukunji, señalaba no hace mucho la aparición en el vocabulario del siglo XVII de la expresión Machbarkeit der Geschichte, la historia objeto del «hacer humano». La autonomía moral, proclamada por Kant, pertenece al mismo ciclo de la dominación: dominio de la naturaleza, dominio de la historia y de la política, dominio de sí. Es este dominio puesto de relieve por el desarrollo tecnológico el que se expresa en la auto-interpretación del hombre moderno como individuo autónomo. Por tanto, es esta misma auto-interpretación la que se vuelve hoy contra ella y produce esta «identidad escindida», hecha de entrelazamientos entre una actitud positiva respecto a su propio logro y una conciencia crítica con ella misma. Todo sucede como si el dinamismo de la dominación hubiera superado su propio fin y pagado su triunfo con un precio cada vez más inaceptable. Los síntomas evocados antes no son más que los efectos más visibles de esta paradoja: a la identidad del hombre moderno pertenece la creación conjunta de un espacio público de deliberación y de decisión y de un espacio privado de vida familiar y de intimidad (pero también, excediendo este doble fin, la desafección simultánea por la práctica política y por los vínculos afectivos en la familia nuclear). El mismo hombre que se descubre autónomo, se descubre solo. Es esta coincidencia entre la culminación de un gran designio y su rebasamiento patológico la que produce la ambivalencia moderna. Todo esto ha sido dicho, mejor de lo que podemos hacerlo nosotros, por Horkheimer y Adorno en su crítica a la Aufklärung, para ellos, el desencantamiento del mundo, sobriamente registrado por Weber, expresa el desencantamiento de la razón conducida de su estatuto de sabiduría práctica a su función instrumental. Que casi todos nuestros contemporáneos se piensan de entrada como consumidores, después como trabajadores y, solo finalmente como ciudadanos, no es más que el signo más notable, más caricaturezco, de la autodecepción de un gran proyecto.


¿Cuál es en esta situación la tarea de la filosofía, más particularmente, de la filosofía política? La primera tarea es la de tomar una conciencia más audaz de esta condición del hombre moderno y de su identidad. Reconocer que «pertenecemos a una sociedad que tiene una tendencia a minar las bases de su propia legitimidad»4 constituye un acto de sinceramiento que condiciona todas los emprendimientos ulteriores. La segunda tarea es la de tomar una medida más «relativa» de la forma de sociedad que es hoy objeto de una confianza minada. Después de todo, esta forma de sociedad ha aparecido en Occidente en una época relativamente reciente. Esta relativización debe ir más lejos, me parece, que un retorno a la herencia de la Aufklärung simplemente liberada de sus perversiones; no es que niegue el propósito de Habermas cuando declara que el proyecto de la Aufklärung está inacabado – yo acepto de buena gana que la autocrítica que hoy atraviesa la autocomprensión del hombre moderno es producto de la crítica que, en última instancia, define la Aufklärung, después de todo, la crítica moral que dirigimos a esta sociedad procede en gran parte de los ideales que la han engendrado. Pero un retorno al «puro» ideal de la Aufklärung no parece hoy suficiente. Para liberar esta herencia de sus perversiones, hace falta relativizarla, es decir, colocarla de nuevo sobre la trayectoria de una historia más larga, enraizada por un lado en la Torah hebraica y el Evangelio de la Iglesia primitiva, y por otro en la ética griega de las Virtudes y la filosofía política apropiada. Dicho de otro modo, es necesario saber «hacer memoria» de todos los comienzos y recomienzos y de todas las tradiciones que se han sedimentado sobre su zócalo. Es en la reactualización de las herencias más antiguas que la de la Aufklärung —y menos agotadas que esta última- donde la identidad moderna puede encontrar los correctivos adecuados para los efectos perversos que hoy defiguran los logros irrecusables de esta misma modernidad.


Terminemos con una observación que prolongará hasta el tercer nivel la reflexión sobre la que concluía el análisis de los fines del «buen» gobierno en el segundo nivel. Si los valores resultantes en este segundo nivel son equívocos (o, sobre todo, plurívocos) e irreductiblemente múltiples, por una razón de mayor peso lo serán los que enlazan los fines del «buen» gobierno a las representaciones de aquello que hace a la vida (privada y pública) «buena». Resulta así que no hay saber absoluto que ponga fin a la polémica concerniente a los fines últimos y, por consiguiente, a la relación del «buen» gobierno con la vida «buena». Éste fue precisamente el error – o , sobre todo, el crimen- del totalitarismo al querer imponer una concepción «unívoca» de lo que creía ser un hombre nuevo, de eclipsar los titubeos históricos de la comprensión de sí por una organización autoritaria de poderes, puesta al servicio de esta concepción unívoca. Mi defensa final será en favor del reconocimiento de una «indeterminación última en cuanto al fundamento del poder de la Ley y del Saber, y al fundamento de la relación del uno con el otro bajo todos los registros de la vida social»5. La democracia, según Claude Lefort, nace de una revolución a nivel del simbolismo más fundamental del que proceden las formas de sociedad. Es el régimen quien acepta sus contradicciones hasta el punto de institucionalizar el conflicto. «La democracia se revela así como la sociedad histórica por excelencia, sociedad que, en su forma, acoge y preserva la indeterminación, en notable contraste con el totalitarismo que, edificándose bajo el signo de la creación del hombre nuevo, se dispone en realidad contra esta indeterminación, pretende detener la ley de su organización y de su desarrollo y se diseña secretamente en el mundo moderno como sociedad sin historia»6.


Todo lo que puede ser dicho respecto a la fragilidad del lenguaje político resulta de la acumulación de las debilidades del lenguaje en los tres niveles de su uso político: irreductible conflicto a nivel de la deliberación política en el seno de un Estado de derecho; invencible pluralidad de fines del «buen» gobierno; indeterminación del horizonte de valores en el seno del cual el proyecto del «buen» gobierno reúne las representaciones de la vida «buena». La extrema fragilidad del lenguaje político, para siempre alejado del saber incontrovertible, explica su vulnerabilidad al mal uso sofístico de la retórica: pues el lenguaje político «es» retórico no por vicio, sino por esencia. Lo que le da su límite también le ofrece su grandeza. El hombre no tiene un mejor órgano para interpretarse a sí mismo como animal político. Solo entonces una deontología de la medida y del respeto, aceptada por todas las partes del juego político, puede preservarlo de las perversiones propias de su funcionamiento retórico. ¡Una «buena» retórica es posible!


1 Cfr. Louis Dumont: Essais sur l’individualisme, Éd. du Seuil, 1984.
2 Este argumento dirigido contra el atomismo político está notablemente desarrollado
por Charles Taylor: «Atomism in Philosophy and the Human Sciences», en
Philosophical Papers, Cambridge University Press, 1985, págs. 187-210.
3 N o es casualidad que un número considerable de trabajos en ciencia política, en
el sentido preciso y estrecho que se ha dicho, descanse sobre las actividades deliberativas,
tales como procedimientos de regateo -bargaining- o procedimientos
electorales. La madurez de nuestras democracias se juzga sobre la claridad, la
complejidad, la precisión de esos «procedimientos» y la deontología que regula su
ejercicio.
4 Charles Taylor: «Legitimation Crisis», en Philosophy and the Human Sciences,
Cambridge University Press, 1985.
5 Tomo prestada esta declaración de Claude Lefort: Essais sur le politique, Éd. du
Seuil, París, 1986.
6 Ibid. pág. 25.

La administración del Mal

El breve opúsculo de Nicolás Maquiavelo, escrito en 1513 durante su forzoso retiro en su villa de El Albergaccio, con el conciso y sugerente título de El Príncipe, es, en el mejor y más genuino sentido del término, un clásico.

No todas las grandes obras de la literatura o del pensamiento universal han merecido tal apelativo. Existen razones poderosas, aunque no demasiado precisas, para establecer un acuerdo raayoritario que asigna a La Ilíada, a Hamlet o a El espíritu de las leyes la categoría de clásicos, mientras se lo niega, pese a su indudable genialidad y belleza, a auténticas cumbres de la producción intelectual y estética, tales como Las amistades peligrosas o En busca del tiempo perdido.

No es fácil concretar las características que debe reunir una tragedia, un poema épico, un tratado filosófico o una novela para entrar en el panteón de los valores inamovibles y consagrados, y constituirse en referencia perenne para todas las generaciones posteriores. Sin embargo, parece claro que un clásico emerge sobre el conjunto de su época para trascender en el espacio y en el tiempo, fijando un conocimiento dotado de vigencia por encima de coyunturas y de modas, en el que cualquier ser humano, sea cual sea su raza, su religión, su entorno tecnológico o su circunstancia vital y social, puede encontrar inspiración y aumentar su capacidad de comprender el mundo.

La universalidad del clásico no solo se refiere a su validez para todos los hombres, sino también a la dimensión de su contenido. Cuando nos sumergimos en sus páginas, nos arrebata la sensación de ocupar el centro de un espacio inmenso, de horizontes dilatados y de posibilidades inagotables, que nos exalta y nos enaltece. Homero, Dante, Shakespeare, Cervantes, Montesquieu o Stevenson contienen todo aquello que es relevante en la vida humana, el núcleo profundo del que emanan nuestros deseos, nuestras pasiones, nuestros sueños, nuestros crímenes y nuestros heroísmos, y lo que no mencionan o desdeñan adquiere de inmediato la condición de trivial o prescindible. Los clásicos son como columnas de destilación del espíritu, que separan lo esencial de lo accesorio, lo auténtico de lo falso, lo grandioso de lo ínfimo. La sabiduría nueva, y muchas veces dramáticamente auroral, que aportan parece que hubiese estado siempre en nuestro interior, oculta tras un velo que solo ellos han sido capaces de levantar. Nos describen mientras nos configuran, desentrañan la realidad al tiempo que la recrean, proporcionan respuestas definitivas que son a la vez insospechados y decisivos interrogantes. Cada vez que leemos -y asimilamos- a un clásico, ascendemos un peldaño en la escala de la dignidad humana, nuestra alma adquiere mayor consistencia y nos hacemos misteriosamente más completos. Examinado bajo esta luz, El Príncipe es, sin duda alguna, uno de esos hitos fronterizos en la aventura de la mente al enfrentarse con lo que la rodea y la desconcierta, y su prosa sobria y directa traza una línea divisoria en la historia del pensamiento político, social y ético, que se ve obligado a partir de su publicación a explorar territorios agrestes e ingratos en los que antes no se había adentrado.

Al igual que todos los clásicos, El Príncipe se encuentra sometido a una de las servidumbres inevitables que tal condición conlleva: la de la simplificación vulgarizadora, que reduce a un único rasgo grueso la inmensa riqueza de un texto sin par. Si Ulises es la aventura, Don Quijote la locura y Otelo los celos, el arquetipo maquiavélico es, en el tosco universo de los tópicos inmediatos, la carencia de escrúpulos. No hay duda de que un examen lineal y apresurado de los capítulos xv al xix de El Príncipe justifica sobradamente este lugar común, que lo consagra como el prontuario por antonomasia para gobernantes desaprensivos que supeditan a cualquier precio los medios al fin. Cuando se leen máximas del tipo «es necesario que un príncipe que se quiera mantener deba aprender a no ser bueno» o bien «el príncipe no debe preocuparse de incurrir en la infamia de aquellos vicios sin los cuales difícilmente podría salvar al Estado», o se recibe un consejo tan edificante como «un príncipe que actúe con prudencia no puede ni debe observar la palabra dada cuando vea que va a volverse en su contra», la conclusión no puede ser otra, en una primera aproximación, que, tal como expresara brutalmente Bertrand Rusell, El Príncipe constituye «un manual para rufianes».

Pero más allá de este significado superficial, El Príncipe contiene un abundante y polimorfo entramado de posibilidades e interpretaciones, y a lo largo de sus muy medidos veintiséis capítulos se alzan cimas inaccesibles y se abren simas insondables, desde las cuales el comportamiento humano en su vertiente social y política aparece bajo luces y sombras inéditas, y el fenómeno del poder es diseccionado exhaustivamente por una fría inteligencia manejada a la manera de un despiadado escalpelo.

Como cualquier clásico, El Príncipe manifiesta una vocación omnicomprensiva, de abarcar la totalidad de aquello que analiza. Por eso, por ese deseo de agotar la cuestión objeto de su interés, cae a veces en aparentes contradicciones, y lo que no es sino mirada desde ángulos distintos puede confundirse con colisión entre posiciones irreconciliables. Así, la célebre contraposición entre el carácter republicano y democrático de Los Discursos y el despotismo autoritario de El Príncipe ha sido frecuentemente señalada como una inconsistencia del gran pensador florentino, que restaría unidad y coherencia al conjunto de su obra. Mayor interés que este pretendido conflicto entre Los Discursos y El Príncipe, más ficticio que real, como ha puesto de manifiesto magistralmente Giulano Procacci, lo ofrecen, a mi entender, los elementos de contradicción que alberga el propio El Príncipe en su seno, donde dentro del tono general de vademecum para tiranos indiferentes a la suerte y a las aspiraciones del pueblo, surgen de vez en cuando, como rosas en un campo de abrojos, atisbos de nítido contenido liberal, que entroncan con las modernas teorías del constitucionalismo democrático.

Lo asombroso de las numerosas interpretaciones y glosas de El Príncipe a lo largo de los últimos cinco siglos es que no solo afectan a matices o acepciones de este o aquel término, o a enfoques más o menos divergentes, sino al mismo meollo del libro, a su calado más radical y esencial, a su significado más fundamental y a su intención más palmaria. Aunque Javier Conde, en su interesantísimo estudio, ha señalado cuatro principales (la interpretación genialista, la demónica, la decisionista y la estética), Isaiah Berlin, en su deslumbrante ensayo La originalidad de Maquiavelo apunta una veintena de aproximaciones distintas, todas ellas con ánimo de esclarecimiento definitivo.

El Príncipe ha sido considerado por autorizados comentaristas de diferentes épocas una fábula moralizante destinada a prevenir a los hombres contra la acción intolerable de autócratas despóticos, un alegato anticristiano, un arrebato de náusea moral ante el envilecimiento intrínseco al ejercicio del poder, un manifiesto patriótico, un manual aséptico de técnicas para perpetuarse en el gobierno, un anuncio del moderno Estado centralista, la queja amarga de un hombre resentido que desea venganza, un símbolo antropomórfico de la voluntad general, una guía para estadistas, un folleto de instrucciones para gánsters, un tratado de la gestión pública entendida como obra de arte o una muestra degradante de adulación a los Medicis por parte de un funcionario servil caído en desgracia que desea recuperar su puesto. Y la lista no está completa porque muchos de los que se han entregado a la lectura de El Príncipe, políticos o filólogos, moralistas o cínicos, historiadores u hombres de armas, han querido descubrir su verdadero arcano.

En este trabajo, nos planteamos una aspiración mucho más modesta. Se trata de detectar, en un material ya tan cribado, premoniciones de las modernas doctrinas liberales, de buscar en un libro escrito en principio para orientación de soberanos absolutos en unos tiempos poco proclives al respeto de los derechos individuales tal como hoy los entendemos, destellos de aquellos componentes básicos que articularían más adelante la teoría social demoliberal, cuyos inicios explícitos no florecerían hasta el siglo xvm. Y este rastreo lo llevaremos a cabo en dos planos: uno más obvio, de localizar y resaltar aquellos párrafos de El Príncipe en los que se advierten indisimuladamente esos balbuceos prometedores, y otro, más ambicioso, de extraer de la esencia oculta -y quizá no advertida por el mismo Maquiavelo- de su obra celebérrima, consecuencias de orden conceptual y moral que nos lleven a los pilares básicos de nuestras convicciones éticas contemporáneas en torno a la libertad como valor supremo y fundamento de cualquier otro valor.

TRAZAS DE PREMONICIONES LIBERALES EN EL PRÍNCIPE

El Príncipe no es, ni en su contenido ni en su propósito, una obra escrita en defensa de las libertades individuales, la soberanía popular, el habeas corpus o la separación de poderes. Es más, todos estos conceptos le hubieran parecido a Maquiavelo fantasías exóticas o incluso aberrantes. De hecho, el libro exhibe una permanente apología, implícita o declarada, del poder absoluto en manos de un gobernante fuerte, decidido y heroico. Las referencias al «pueblo» son casi siempre despectivas o paternalistas. Alguien capaz de sentenciar «cuando es preciso discurrir, el pueblo no sabe más que ir a tientas en la oscuridad», no parece especialmente llamado al fervor democrático. Marcarse el objetivo de hallar indicios de liberalismo, tal como hoy lo entendemos, en El Príncipe, podría asimilarse a una excursión por el desierto de Kalahari en busca de tulipanes. Pese a ello, precisamente por el carácter unlversalizante de todo clásico, Maquiavelo no puede evitar que, muy de vez en cuando, se deslicen briznas de lucidez liberal entre las robustas columnas de su gigantesco monumento al conductor de hombres poseído por una férrea voluntad de dominio. Su localización y aislamiento representa una tarea tan ardua como estimulante.

Así, cuando en el capítulo ni recomienda para la conservación de Estados conquistados «no alterar ni sus leyes ni sus impuestos», o en el caso de tratarse de países con lenguas y costumbres diferentes, «uno de los remedios mejores y más eficaces sería que el mismo conquistador fuera a vivir allí» para poner coto inmediato a posibles desórdenes y para evitar «que el país sea saqueado por funcionarios», resulta tentador suponer que Maquiavelo acepta, aunque sea de refilón y en un contexto puramente pragmático, los principios del respeto a los órdenes espontáneos fruto de la experiencia, de la proximidad de la administración al administrado y de la necesidad de frenar el crecimiento inmoderado de la burocracia.

En el capítulo IV, al comparar al Imperio Turco con el Reino de Francia, alaba la existencia de los privilegios de los nobles «que el rey no les puede quitar sin correr peligro», y después llega a la conclusión de que Francia «resulta más fácil de ocupar, pero muy difícil de mantener», al contrario que el Impero Turco, que «es difícil de conquistar, pero, una vez vencido, muy fácil de conservar». De su exposición se desprende un soterrado desprecio por un sistema de gobierno como el otomano, en el que los representantes del Sultán, que administran territorios en su nombre, son sus «esclavos», a los que «cambia y sustituye a placer», así como una cierta simpatía por el sistema imperante en la Francia de su tiempo, donde el monarca «se halla rodeado por una multitud de señores feudales a los que sus subditos reconocen y aman».

Esta supremacía de un régimen institucional más complejo, con equilibrios y contrapesos, que en el capítulo IV únicamente se insinúa, se hace claramente aparente en el capítulo XIX, donde, utilizando de nuevo como ejemplo a Francia, inserta un párrafo sorprendente que hubiera podido ser rubricado por Locke o Montesquieu: «Entre los reinos bien organizados y bien gobernados que existen en nuestros tiempos, está el de Francia, que posee numerosas instituciones buenas de las que dependen la libertad y la seguridad del rey. La primera de ellas es el Parlamento y su autoridad. El que organizó el reino, conociendo la ambición y la insolencia de los poderosos, y creyendo que era necesario poner un freno en sus bocas para poder manejarlos, y conociendo, por otra parte, el odio basado en el miedo que las masas sienten hacia los grandes, y queriendo controlarlas, no quiso que ése fuera un deber específico del rey, para evitarle los problemas que podría tener con los grandes por favorecer al pueblo, y con el pueblo por favorecer a los grandes. Así que instituyó un tercer juez, para que se encargara de reprimir a los grandes y favorecer a los pequeños sin menoscabo del rey. Y esta institución no pudo ser mejor ni más sabia, y no pudo haber una garantía más firme para la seguridad del rey y del reino». No puede darse una defensa más entusiasta de la conveniencia de diversificar los poderes del Estado, de forma que se compensen y vigilen mutuamente, protegiendo así tanto a los más débiles como al propio soberano. Quizá sea este fragmento, citado aquí in extenso, la muestra más evidente de la presencia de algunas piezas liberales en el bien dibujado mosaico absolutista de El Príncipe.

Tampoco son desdeñables determinadas concesiones a la importancia de contar con el pueblo en aras a un buen gobierno, lo que cabe interpretar como un reconocimiento avant la lettre del principio de la soberanía popular. Así, en el capítulo V, hallamos una orientación inequívoca, cuando Maquiavelo aclara que «es más fácil gobernar una ciudad acostumbrada a vivir en libertad utilizando a sus propios ciudadanos que de cualquier otra forma», y en el capítulo IX, una admonición contundente, al sentarse la conclusión de que «un príncipe debe tener al pueblo de su parte». Maquiavelo incluso denota irritación hacia los que infravaloran la importancia del apoyo popular: «y que nadie me oponga el consabido refrán de que quien se sostiene en el pueblo se sostiene en el barro». La misma idea se remacha en el capítulo XX, al dejar bien sentado que «la mejor fortaleza que existe es la de no ser odiado por el pueblo. Aunque tengas fortificaciones, si el pueblo te odia, no te servirán para salvarte». Con toda probabilidad, una apreciación de esta naturaleza no hubiera sido compartida, ni tan siquiera comprendida por uno de los más ensalzados modelos maquiavélicos, el gran Ciro de Persia, aunque sí por sus también admirados Julio César o Septimio Severo.

La exaltación de la libertad individual como valor que defender y preservar no puede ser considerada un leit motiv en El Príncipe, pero tampoco está completamente ausente. En la parte final de la obra, se encuentran tres rotundas negaciones del determinismo en la conducta humana combinadas con entusiastas invocaciones a la libertad que se enfrenta al destino. En el capítulo XXV, Maquiavelo acota el ámbito de autonomía de nuestras decisiones al apuntar que «para no anular completamente nuestro libre albedrío, considero que tal vez sea cierto que la suerte gobierna la mitad de nuestras acciones, pero que aún así nos deja gobernar aproximadamente la otra mitad». Un poco más adelante, insiste en el mismo concepto: «Lo mismo ocurre con la suerte, que demuestra su poder allí donde no hay ninguna virtud preparada para hacerle frente». Pero donde su proclamación de la capacidad de los hombres para decidir por sí mismos adquiere un tono restallantemente reivindicativo, casi retador, es en el último capítulo, el XXXVI, cuando exclama: «Dios no quiere hacerlo todo, para no quitarnos el libre albedrío y la parte de gloria que nos corresponde». Si bien en El Príncipe la libertad solo es reclamada como un requisito indispensable para que la grandeza del héroe maquiavélico no quede empañada por la ciega inexorabilidad del fatum, la rotundidad con la que se la afirma encierra el germen de su exaltación a la primera línea de los valores éticos, tal como se llevaría a cabo progresivamente a lo largo de los siglos XVII y XVIII.

Otra señal evidente de sensibilidad liberal es un saludable horror al gasto público desbocado y a la voracidad fiscal. Algunos párrafos concretos de El Príncipe están impregnados de una notable prevención respecto a los tributos exageradamente onerosos. En el capítulo xvi se advierte al gobernante que «puesto que no puede practicar la virtud de la liberalidad sin perjudicarse a sí mismo, a un príncipe no debe preocuparle, si es inteligente, tener fama de mísero», a lo que se añade, con envidiable sentido práctico, una líneas más allá, «de modo que viene a ser liberal con todos a los que no quita, que son muchos, y tacaño con todos a los que no da, que son pocos». En este mismo registro nos tropezamos en el capítulo XXI con un sensato elogio a los incentivos fiscales a la economía productiva, expresado de una forma que no degradaría al mismo Milton Friedman: «Además, debe promover en sus ciudadanos el tranquilo ejercicio de sus profesiones, ya se trate del comercio, la agricultura o cualquier otra actividad humana. Y debe quitarles el miedo a aumentar sus bienes por temor a que se los quiten, o a abrir un negocio por temor a los impuestos; al contrario, el príncipe debe disponer premios para quienes quieran hacer estas cosas». No sería honesto, aunque sí conveniente, ocultar que un socialdemócrata diligente que se lanzara a husmear en la prosa inmortal de El Príncipe también encontraría motivos de alegría y de apuntalamiento de sus errores. Una única mención servirá para hacer una exhibición suficiente de objetividad sin dar más facilidades de las necesarias a las fuerzas adversarias: el capítulo IX termina con un consejo que haría estremecer de casto gozo a Matilde Fernández, y que reza textualmente: «Por eso un príncipe sabio tiene que buscar la manera de que sus ciudadanos siempre lo necesiten a él y al Estado, tanto en los buenos como en los malos tiempos; entonces, siempre le serán fieles».

No se agotan aquí las gemas liberales incrustadas en la ganga de nostalgias bíblicas, persas y grecolatinas de la que se alimenta la cosmovisión social y política de Maquiavelo. Sorprendentemente, aparece en el capítulo xxn la necesidad del imperio de la ley, «los fundamentos principales de todos los Estados, ya sean éstos nuevos, viejos o mixtos, son las buenas leyes y los buenos ejércitos»; en el xv, la superioridad del empirismo humilde que se pliega a la realidad sobre los riesgos de la utopía idealista, «muchos han imaginado repúblicas y principados que nunca han sido vistos ni conocidos en la realidad, y es que hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo habría que vivir, que el que no se ocupa de lo que se hace para preocuparse de lo que habría que hacer, aprende antes a fracasar que a sobrevivir», observación de nítidas resonancias hayekianas escrita cuatro siglos antes del nacimiento del artífice de la escuela austríaca de economía liberal; en el XIX, el derecho de todo hombre a un juicio justo que le ponga a salvo de la arbitrariedad del tirano, «pasemos a Alejandro, cuya bondad fue tal que entre las virtudes que se le atribuyen está que en los catorce años que duró su mandato no mandó matar a nadie sin juzgarle primero»; o en el xxi, el protagonismo de la sociedad civil como dinamizadora de la vida colectiva, «y puesto que todas las ciudades están divididas en corporaciones y gremios, debe tener en cuenta a esos grupos, reunirse con ellos de vez en cuando y dar ejemplo a la humanidad».

La mirada insaciable de los clásicos barre circularmente la rosa de los vientos y hemos seleccionado en el caso de El Príncipe aquella dirección que, aunque tenue y esporádicamente en el mundo maquiavélico, señala a la libertad individual como eje vertebrador del orden, la legitimidad y la prosperidad de las sociedades humanas. Entraremos a continuación en aguas abisales y, abandonando la agradable superficie de las ilustraciones específicas -y, confesémoslo, descontextualizadas-, intentaremos sumergirnos hasta esos fondos sobrecogedores y helados de los interrogantes límite a los que Maquiavelo, como clásico arquetípico, despiadadamente nos conduce.

UN INTERROGANTE IRRESOLUBLE

Al igual que otros grandes pensadores, Maquiavelo abre nuevos caminos que él mismo no explora y que, probablemente, ni tan siquiera advierte. Es una característica común a todos los creadores de sistemas filosóficos auténticamente innovadores el ofrecer a las generaciones posteriores vastos territorios vírgenes para la colonización intelectual con consecuencias tan fructíferas como imprevistas, y que se traducen en no pocas ocasiones en refutaciones espectaculares de las ideas originales.

Maquiavelo no fue en absoluto un liberal, en la acepción que este término tiene hoy en día. Su visión social, tal como se refleja en El Príncipe y en los Discursos, se encuentra a enorme distancia del acervo doctrinal acumulado a lo largo de cuatrocientos años por figuras de la talla y del talante de Smith, Locke, Montesquieu, Constant, Tocqueville, Mises o Hayek, y en muchos aspectos fundamentales, es antagónica con las bases del liberalismo. Maquiavelo no denota el menor entusiasmo por los elementos caracterizadores de las democracias liberales, ni existen entre sus muchas y notables aportaciones referencias expresas a cuestiones que se asemejen a la división de poderes, el sufragio universal, el papel del mercado como eficaz asignador de recursos o la igualdad ante la ley. Las agujas liberales que hemos hallado tras cuidadosa búsqueda en el pajar absolutista de El Príncipe, y que hemos descrito en el apartado anterior, son rarezas ocasionales y no rasgos definidores, y suenan más a deslices involuntarios que a observaciones deliberadas.

Sin embargo, del planteamiento de fondo que subyace en la filosofía social de Maquiavelo, de la entraña íntima de su explicación de los mecanismos que operan en las sociedades humanas, dimana un corolario inquietante y trascendental, que él no previo, y que abre de par en par los batientes de la puerta por la que en años posteriores haría su entrada triunfal la dimensión moral del laissez faire. Isaiah Berlin lo ha apuntado de manera inigualable en su prodigioso ensayo sobre la originalidad del pensamiento maquiavélico, y nos apoyaremos sustancialmente en su análisis.

Pero antes de entrar en lo que constituye nuestro objetivo central, resulta interesante considerar un aspecto de la doctrina maquiavélica que enlaza curiosamente con una de las proposiciones más iconoclastas de la escuela austríaca de pensamiento liberal. Nos referimos a la manifiesta incompatibilidad entre las recomendaciones de Maquiavelo al buen gobernante y la ética cristiana. Esta oposición entre los métodos maquiavélicos para regir el Estado y los preceptos evangélicos ha sido resaltada -y criticada- por numerosos autores. Cuando la efigie de Maquiavelo fue quemada por los jesuítas en Ingolstadt en 1559, las iras de la Compañía no eran fruto de la animadversión caprichosa o de un exceso de celo represivo. Si el rector de la cosa pública es invitado a asesinar, saquear, mentir y coaccionar, a utilizar el terror y la perfidia como herramientas de trabajo no necesariamente excepcionales, hay que comprender que un escalofrío de repulsión recorra las almas pías al leer determinados capítulos de El Príncipe.

La imposibilidad de armonizar los principios de la moral cristiana con las reglas que deben imperar en la conducción de los pueblos hacia el orden, la prosperidad y el éxito está expresada con toda claridad en los Discursos, mientras que en El Príncipe su formulación es implícita. En cualquier caso, bien sea de forma directa o indirecta, Maquiavelo establece sin ambages que los asuntos de Estado no pueden ser enfocados desde la caridad fraterna, el amor a los enemigos y el perdón de las ofensas. El gobernante que pretenda ser a la vez un buen cristiano y alcanzar sus objetivos políticos en la lucha contra sus adversarios internos y contra las naciones competidoras acabará deshonrado y derrotado. En este punto Maquiavelo es tajante y no deja ningún resquicio a la duda. Aquél que desee vivir ofreciendo la otra mejilla, dedicando todos sus desvelos a las desgracias ajenas y practicando la mansedumbre y la pobreza, debe reducir el ámbito de su actividad al estrictamente privado y mantenerse alejado de las tareas del gobierno y del liderazgo social, porque intentar simultanear ambas cosas implica indefectiblemente el fracaso. Si alguien es lo bastante incauto como para intentarlo, su destino inevitable será la ruina y la burla de sus conciudadanos, al tiempo que provocará el debilitamiento del Estado y su sometimiento al yugo de pueblos enemigos. Organizar y dirigir las sociedades humanas a partir de las enseñanzas de Jesucristo, y muy especialmente de su formulación histórica a través de la Iglesia y del Papado, equivale a ignorar la auténtica naturaleza del hombre en su dimensión colectiva y aboca al Estado a los peores desórdenes y fragilidades. Abrigar la ilusión de que los hombres pueden cambiar superando su ignorancia, su maldad, su egoísmo y su pereza, constituye una ingenuidad imperdonable, cuando no una soberana estupidez. Legislar y gobernar para seres angélicos no solo constituye una loable manifestación de bondad, sino que revela una incompetencia irresponsable. La humanidad es como es y jamás modificará sus características esenciales. Soñar en el hombre nuevo, depositario de las más excelsas virtudes y liberado de los vicios y miserias derivados del pecado original es permisible como entretenimiento inofensivo en el plano de la especulación mental, pero intentar conseguirlo en la práctica resulta estéril e incluso inhumano.

Esta visión maquiavélica guarda un estrecho paralelismo con la advertencia de Hayek sobre la inviabilidad de la solidaridad generalizada y obligatoria. En La fatal arrogancia se afirma textualmente que «un orden en el que todos tratasen a sus semejantes como a sí mismos desembocaría en un mundo en el que pocos dispondrían de la posibilidad de multiplicarse y prosperar». Por supuesto, el enfoque hayekiano difiere del realismo descarnado y pesimista que impregna la obra de Maquiavelo en la medida en que su descripción de la naturaleza humana está desprovista de los trazos despectivos y sombríos presentes en El Príncipe. Cuando Hayek señala las ventajas de la solidaridad espontánea ejercida en un entorno próximo del individuo frente a los mecanismos coactivos de redistribución universal de la riqueza de ámbito universal, pone más acento en la fuerza creativa de la libertad que en la inexorabilidad de las tendencias perversas del homo sapiens. Para Hayek el egoísmo y la búsqueda del propio bienestar no deben ser vistos como signos de nuestra maldad intrínseca, sino como motores de la prosperidad general. En la escuela austríaca, el altruismo extremo practicado por comunidades muy poco numerosas y primitivas no es trasladable a órdenes sociales más extensos y complejos, y su denuncia de la caridad evangélica se circunscribe a la imposibilidad de su aplicación de forma generalizada e impuesta por un poder central planificador, pero sin negar su carácter positivo en un ámbito individual voluntario y directamente asequible. Dejando aparte el hecho de que en un plano estrictamente moral la solidaridad obligatoria pierde todo su mérito, Hayek demuestra su carácter inhibidor de la creación de riqueza al entorpecer los impulsos individuales espontáneos que son la base fundamental del dinamismo social. Maquiavelo, en cambio, enfatiza la imposibilidad de ser a la vez un buen gobernante y un buen cristiano, habida cuenta de que articular la convivencia de seres rapaces, envidiosos, lúbricos y soberbios, sobre la base de que son capaces de superar estos defectos para entregarse al amor puro, a la generosidad y a la humildad, representa una peligrosa falta de lucidez impropia de un conductor de hombres digno de tal función. Karl Popper ha expresado insuperablemente esta dramática verdad en su archicitado aserto de que todo intento de traer el Cielo a la Tierra acaba convirtiendo la Tierra en un Infierno. Resulta sugerente, en cualquier caso, que tanto un sagaz funcionario de la República de Florencia a principios del siglo XVI como un esclarecido grupo vienés de estudiosos de la economía y las ciencias sociales en la primera mitad del siglo XX llegasen a la conclusión, aunque desde perspectivas muy distintas, de que el mensaje evangélico no es literalmente trasladable al gobierno de colectividades humanas amplias y numerosas, y que su aplicación estricta por parte de políticos en activo, titulares de elevadas responsabilidades públicas, es tan aconsejable como caminar descalzo sobre brasas candentes confiando en la protección taumatúrgica de la fe.

Sin embargo, el auténtico e involuntario descubrimiento de Maquiavelo, el de mayor trascendencia, no está en su inapelable separación de la moral cristiana, que proporciona a los hombres la salvación eterna en el más allá, y la moral ciudadana que engrandece y fortalece al Estado en este mundo, aun a costa de pisotear las virtudes evangélicas. Al contraponer de forma irreconciliable dos sistemas éticos igualmente consistentes, que igualmente proponen fines últimos y los medios de conseguirlos, Maquiavelo pulsa una nota recóndita y terrible de una posible armonía latente en el avatar humano, introduciendo una disonancia imposible de apagar, y que, a partir de su obra, ha seguido sonando, hiriente y amenazadora, para desesperación de muchas generaciones.

Porque Maquiavelo, como bien apunta Isaiah Berlin, no disoció la moral de la política, no cavó ningún foso insalvable entre el reino de los fines y el de los medios, sino que eligió con pulso firme, entre dos opciones éticas distintas e imposibles de reunir en una síntesis apaciguadora, aquélla que garantiza la gloria, el prestigio, el esplendor y la fortaleza de la polis por encima de la consecución individual del Bien entendido a la luz de la Revelación. Y al dar semejante y arriesgado salto en el vacío, sin criterio alguno que justificase su elección en función de una referencia superior, Maquiavelo iluminó el verdadero destino del hombre, su naturaleza más profunda y más real, su inmarcesible y sobrecogedora soledad ante el interrogante irresoluble que pende sobre su vida y que tiñe de incertidumbre su mente: ¿cuáles son las reglas a las que hay que ajustar el comportamiento humano para que éste sea acorde con nuestra auténtica esencia y nos proporcione una existencia digna de ser vivida? Maquiavelo se dio a sí mismo una respuesta, una respuesta cuya validez no hizo reposar en ninguna apoyatura trascendente exterior a su propia elección, consagrando así, con varios siglos de adelanto, el desafío en el que se consumirían grandes atormentados como Nietzsche, Dostoievsky o Camus.

Pero hizo algo más, todavía más grave y radical. Si existen dos posibles universos morales en los que habitar, pagano el uno y cristiano el otro, si nuestros actos pueden ajustarse al modelo marcado por Pericles y Septimio Severo o al legado que emana de las enseñanzas de Jesús de Nazareth y Pablo de Tarso, y los dos dominios son disjuntos e incongruentes, sin que nada ni nadie nos guíe en el momento decisivo de tomar una de las dos vías de esta bifurcación sin retorno salvo nuestra conciencia transformada en espejo infinito, si la ecuación que contiene las soluciones a nuestras preguntas últimas sobre lo que somos y cómo debemos vivir es como mínimo de segundo grado, entonces el firmamento se oscurece sobre nuestras cabezas y el suelo se abre bajo nuestros pies. El pilar sobre el que descansa todo el pensamiento occidental desde Platón hasta nuestros días, a saber, que existe una verdad inefable, una explicación total a todo cuanto vemos, intuimos o soñamos, un principio único del que emana la inmensa diversidad que nos apabulla y desconcierta, un polo en el que convergen los innumerables hilos de nuestro conocimiento titubeante, fragmentario y provisional, una referencia indiscutible, eterna e inalterable donde se funden el alfa y la omega y nuestro espíritu podrá saciar al fin su devoradora sed de certidumbres, toda esa esperanza que enhebra nuestras vidas contingentes se tambalea y se agrieta de manera angustiante y desoladora. No se trata ya de que este puerto definitivo para nuestros espíritus desarbolados, esta fuente de ilimitada sabiduría, llámese Dios, Naturaleza, teoría del campo unificado o materialismo histórico, nos esté vedada provisional o definitivamente o pueda o no ser conseguida mediante nuestras acciones en esta vida terrenal, cuestiones sin duda lacerantes y cruciales. El problema que plantea Maquiavelo inaugura una nueva dimensión y nos arroja a un océano espiritual misterioso, proceloso y amargo. Si existe más de una inmanencia, si el absoluto no es único y no hay forma de saber cuál es el verdadero porque la misma pregunta carece de sentido, solo nos queda el vacío perplejo de un cosmos huérfano.

LA ADMINISTRACIÓN DEL MAL

Pese a todo, esta herida abierta según Berlin en el flanco de la civilización occidental y todavía no cerrada, que contiene la semilla del escepticismo, del relativismo, del nihilismo, o de la simple desesperación, despide una fragancia que nos ennoblece y que despierta una nueva esperanza. En efecto, si es imposible fijar un conjunto único de valores últimos que nos sirva de norte seguro, si existe más de una panoplia de virtudes a la que ajustar nuestra conducta sin posibilidad inequívoca de seleccionar la auténticamente excelsa, la consecuencia que se desprende es que carece de justificación cualquier intento de imponer nuestra verdad a los demás. Y que el respeto a la opinión del otro, la preservación de los derechos de las minorías y la convivencia en libertad constituyen elementos indisociables de la condición colectiva del ser humano. De esta forma, de las aguas más profundas de la visión maquiavélica del mundo y del hombre, emerge una conclusión consoladora y benéfica, y el Maquiavelo partidario de los gobiernos fuertes y autoritarios nos obsequia paradójicamente con una fundamentación éticamente irrebatible del liberalismo. El sometimiento de nuestros semejantes, de sus ilusiones, aspiraciones y deseos, a abstracciones supraindividuales de carácter absoluto queda así proscrito y condenado como maligno e inhumano, y todos los campos de exterminio, todas las limpiezas étnicas, todas las hogueras purificadoras y cruzadas sangrientas emprendidas en aras de la única y verdadera fe, del sentido de la Historia o de la Nación suprema y soberana, aparecen como intolerables muestras de barbarie, no solo física sino metafísica.

Hayek lo ha expresado con contundente claridad: «Por mucho que nos desagrade, nos veremos obligados a concluir que no está al alcance del hombre establecer ningún sistema ético que pueda gozar de validez universal». Maquiavelo no lo formuló de manera tan precisa y rotunda, pero basta seguir el hilo que arranca de El Príncipe y su confrontación de dos esquemas morales completos e irreductibles entre sí, para llegar a La Fatal Arrogancia, a La Sociedad Abierta y sus Enemigos o a Cuatro Ensayos sobre la Libertad.

Mises dejó dicho que el Poder era el Mal porque sabía que la libertad es el único valor seguro al ser el fundamento de todos los demás, y que el Poder, con independencia de quién lo ejerza, es siempre una amenaza potencial a nuestra capacidad de decidir sin coacciones. Así, las páginas inmortales de El Príncipe no son otra cosa que un manual de administración del Mal, un mapa para no desviarnos de la senda estrecha que atraviesa el pantano pestilente en el que se han hundido tantos cetros, una defensa contra el engendro demoníaco que se esconde detrás de cualquier púrpura, una advertencia imperecedera, en fin, sobre la necesidad de reservar el ejercicio del Poder a hombres de corazón puro y voluntad insobornable. Porque solo los espíritus limpios y valientes pueden moldear la Oscuridad para ofrecernos el cuerpo esplendente de la Luz.

Europa modera su paso

La Unión Europea (UE) aspira a convertirse en uno de los campeones del nuevo orden internacional, y no le faltan condiciones. Supera a Estados Unidos tanto en PIB (1.218 billones de pesetas frente a 1.044) como en población (370 millones de habitantes frente a 263) y, a partir de enero de 1999, va a disponer de una moneda común que tratará de tú a tú al dólar. Fred Bergsten, director del Instituto de Economía Internacional de Washington, calculaba en el último número de Foreign Affairs que cerca de 150 billones de pesetas que hoy están invertidos en dólares se pasarán al euro. «Un régimen monetario bipolar, con Japón como socio menor, sustituirá al sistema centrado en el dólar que ha prevalecido la mayor parte de este siglo». Las implicaciones políticas de este cambio son considerables. Estados Unidos no es tan vulnerable como los países europeos a las fluctuaciones en los tipos de cambio. Dispone de un enorme mercado interior en el que la industria encuentra casi todas las materias primas que necesita, y las que tiene que salir a buscar fuera fijan su precio en dólares. De modo que las autoridades pueden dejar que su cotización caiga sin temor a rebrotes inflacionistas. Pero en Europa, la depreciación del dólar provoca a menudo un alza del marco no solo frente al billete verde, sino frente a todas las divisas de la Unión. Esto tiene un efecto desastroso en las exportaciones de Alemania, que traslada inmediatamente el frenazo al resto de las economías continentales. «En varias ocasiones -escribía el profesor C. Randall Henning en la revista Política Exterior-, la amenaza de un precipitado movimiento en los tipos de cambio presionó sobre los gobiernos europeos para que reactivaran o frenaran sus economías de acuerdo con las preferencias norteamericanas». La unión monetaria acabará con esta asimetría. «Estados Unidos se enfrentará a un socio mayor, más unido, seguro de sí mismo y poderoso». Pero, con euro o sin él, la influencia real de la UE en los asuntos internacionales seguirá sin corresponderse con su peso económico. Europa puede alardear de ser el primer socio comercial de Israel o el principal donante de ayuda a la Autoridad Palestina, pero está claro quién tiene la última palabra en Oriente Próximo. Tampoco en Bosnia se encauzó el diálogo hasta que la OTAN dio un puñetazo encima de la mesa.

La UE necesita también una buena reforma de interiores. Sus mecanismos decisorios son complejos y poco transparentes, y las sucesivas ampliaciones han ido erosionando su base de legitimidad. La sobrerrepresentación de los países pequeños es escandalosa. Alemania, el Reino Unido, Francia, Italia y España, que suponen el 79% de la población, solo tienen el 55% de los votos en el Consejo de Ministros. La apertura al Este empeorará el desequilibrio. En la Europa de los Doce, España podía reunir una minoría de bloqueo sumando a sus votos los de Francia o Italia y los de Grecia o Portugal. Era el «veto mediterráneo», que se logró conservar -debilitado- tras el ingreso de Austria, Suecia y Finlandia, gracias al compromiso de Ioannina. Pero si no se cambia la ponderación del voto, la influencia de los países del sur se diluirá definitivamente ante el avance del nuevo y homogéneo bloque centroeuropeo.

UNIÓN ECONÓMICA Y UNIÓN POLÍTICA

El Grupo de Reflexión encargado de preparar la reforma del Tratado de Maastricht resumió todas estas carencias en una frase lapidaria: «La Unión no dispone de medios a la altura de sus ambiciones».- El remedio que la Comisión propuso fue profundizar en la vía de la integración: más unión política. Pero, evidentemente, eso no se hace tan deprisa como se dice. Hay que romper las naturales tendencias centrífugas. En la cumbre de Amsterdam han prevalecido claramente, y cabe esperar que sigan haciéndolo algún tiempo. Es incluso deseable, si hay que hacer caso a Ortega y Gasset. «La unidad -escribe en España invertebrada– solo es definitivamente buena cuando unifica grandes fuerzas preexistentes». La rapidez con que España la logró «mientras el pluralismo feudal mantenía desparramado el poder de Francia, de Inglaterra, de Alemania» no fue un «síntoma de vital poderío. Al contrario: la unidad se hizo tan pronto porque España era débil, porque faltaba un fuerte pluralismo sustentado por grandes personalidades». A la luz de este análisis, Europa no va tan desencaminada.

Pero no se trata solo de un problema de grandes personalidades. También ha influido un cierto nivel de improvisación. Mientras la moneda única es una vieja aspiración en la que los europeos llevan trabajando desde la década de los sesenta, la unión política es una oportunidad que solo se planteó tras el final de la Guerra Fría. Incluso a lo largo de 1989, cuando ya el imperio soviético se desmoronaba a ojos vistas, los asuntos financieros seguían dominando los Consejos Europeos. El de Madrid, en junio de 1989, discutió el informe del Comité Delors sobre las etapas de la unión económica y monetaria (UEM). En diciembre, el muro de Berlín ya se había venido físicamente abajo, pero la cumbre de Estrasburgo convocaba una conferencia intergubernamental (CIG) solo sobre moneda única. Es decir, lo que terminaría siendo el Tratado de Maastricht tuvo en su origen un contenido exclusivamente económico.

El consenso para avanzar en la unión política cuajaría en los meses posteriores. En abril de 1990, el Consejo extraordinario de Dublin añadía a la CIG sobre la UEM, una segunda CIG de carácter político. Los trabajos se desarrollaron paralelamente, a lo largo de 1991, con una suerte muy dispar. Mientras los ministros de Economía disponían de unos documentos técnicos previos y operaban sobre la experiencia de un Sistema Monetario Europeo con más de una década de funcionamiento, las discusiones sobre la unión política resultaron erráticas y tuvieron que superar una falta absoluta de preparación.

Así y todo, la firme voluntad de hombres como Helmut Kohl, François Mitterrand, Jacques Delors o Felipe González hizo posible que Maastricht alumbrara un Tratado de la Unión Europea (TUE) que suponía la superación de la mera integración económica. Por primera vez, un tratado comunitario hablaba de ciudadanía europea, abordaba cuestiones no económicas (educación, cultura) y, sobre todo, planteaba actuaciones en áreas constitutivas del núcleo duro de la soberanía nacional: moneda, policía, fronteras, diplomacia, defensa. Pero el texto eludía mencionar el objetivo final del proceso de integración -las referencias a una Europa federal desaparecieron- y la aplicación ulterior dejaría en evidencia lo mucho que el ejercicio tenía de voluntarismo.

Los propios padres fundadores de la Europa de Maastricht eran conscientes de que habían dejado la sinfonía inacabada y, en el mismo tratado, incluyeron un artículo que preveía la convocatoria en 1996 de una nueva CIG para negociar los asuntos que no habían sido capaces de cerrar. Se trataba de una agenda mínima con seis puntos muy técnicos y aburridos, relacionados con la obscura teología comunitaria: codecisión, jerarquía normativa, procedimientos de cooperación, etc.

En diciembre de 1991, cuando el Consejo de Europeo adoptó solemnemente el TUE, nadie dudaba de que, seis años después, el último movimiento quedaría completo.

LOS PROBLEMAS CRECEN

Las primeras dificultades surgieron a la hora de ratificarlo. De los tres países que convocaron refrendos, solo Irlanda aprobó el tratado con claridad (68,7%). Los franceses lo aceptaron por un escuálido 51,05% y en Dinamarca hicieron falta dos consultas, porque en la primera ganó el «no». En Gran Bretaña, la Cámara de los Comunes dio el visto bueno a Maastricht después de un debate sanguinario del que el Partido Conservador ya nunca se repondría. Incluso en Alemania hubo que esperar a que el Tribunal Constitucional se pronunciara.

Los políticos atribuyeron estos contratiempos a la falta de transparencia: el TUE es largo y aburrido, y el texto está lleno de giros misteriosos y referencias a directivas, decisiones y reglamentos a las que se alude con un número y una fecha. Pero el problema no era únicamente de pedagogía. La economía tampoco acompañaba. El PIB se desplomó y el desempleo empezó a marcar máximos históricos. Otras veces Europa había superado el bache con una buena inyección de gasto público, pero ahora el tratamiento estaba contraindicado por la convergencia. Peor aún: para cumplir las exigencias de Maastricht, muchos gobiernos estaban aprobando recortes en los gastos sociales y subidas de impuestos. Cada vez más ciudadanos tenían el euro entre ceja y ceja.

APLAZAMIENTO FATAL

El TUE había previsto dos fechas para la entrada en vigor de la moneda única. La primera era el 1 de enero de 1997 y, llevados por la euforia del momento, en 1992 muchos pensaron que se trataba de un plazo razonable. Pero la crisis económica hizo inalcanzables los objetivos de convergencia, y hubo que posponer la UEM hasta enero de 1999. El retraso no resultó tan inocuo como inicialmente parecía. Convertía el bienio 1997-98 en un período decisivo. Los mercados estarían pendientes del menor titubeo. Y en mayo de 1998, la Comisión debía hacer públicos los datos que servirían para decidir qué monedas se incorporaban al euro desde el principio.

Pero si la CIG se cerraba en Amsterdam en junio de 1997, el debate y la ratificación del nuevo tratado también se llevarían a cabo durante el período decisivo de 1997-98. Era difícil que los dos procesos no se interfirieran. El esfuerzo final de la convergencia contagiaría su impopularidad al nuevo tratado, complicando su ratificación. Y dificultades en la ratificación era precisamente el tipo de señal que los mercados esperaban para desatar una tormenta monetaria. La cumbre de Amsterdam, concebida seis años atrás como una especie de revisión de los 10.000 kilómetros del TUE, se había convertido de repente en una delicada operación de microcirugía que podía poner en peligro todo el proceso de integración. El cuadro médico presentaba, además, bajas notables. Ya no estaba González, y Delors había cedido su puesto al frente de la Comisión a un grisáceo Jacques Santer. El tándem franco-alemán, motor de los avances de la última década, tampoco funcionaba: Mitterrand había muerto y Jacques Chirac compartía el sillín con un primer ministro socialista que había ganado las elecciones proclamando que el Pacto de Estabilidad era «una concesión absurda a los alemanes». Kohl, por su parte, llegaba a la cumbre maniatado por las exigencias localistas de unos länder fundamentales en las elecciones del año siguiente.

Desempleo, opiniones públicas escépticas, París tirando para un lado y Bonn para otro, cambios de mayoría en países clave y, gravitando sobre todo ello, el peligro de que una reforma demasiado ambiciosa y complicada de ratificar pusiera en peligro el euro: eran demasiadas complicaciones. En este ambiente enrarecido, los jefes de Estado y de Gobierno se limitaron a consolidar los avances en la moneda única y poco más.

LUCES Y SOMBRAS

En política exterior, la cumbre acordó la creación de una «célula» de análisis que ayudará a definir estrategias. A su frente estará un Alto Representante, el Mister Pesc que reclamaba Francia, aunque sin el rango jerárquico que pretendía. Los ministros de Exteriores también podrán adoptar algunas decisiones por mayoría.

En lo que se refiere a las parcelas de interior y justicia, se ha incluido Schengen en el tratado y se refuerza la cooperación en la lucha contra el crimen. El asilo se ha convertido en un derecho limitado cuya concesión se entenderá, por principio, «manifiestamente infundada». Habrá que ver cómo se aplica en la práctica.

Amsterdam incorpora al TUE un capítulo sobre el empleo, pero poco ambicioso en sus objetivos -no obliga a armonizar legislación y solo permite al Consejo «hacer recomendaciones»- y en su dotación -los incentivos proceden de un capítulo ya muy explotado-. En materia de derechos humanos, la Unión podrá, a partir de ahora, tomar medidas contra los Estados que los conculquen, aunque el procedimiento sancionador es lento y complejo. También se ha mejorado la lucha contra el fraude y se han reforzado los poderes del Parlamento, la única institución comunitaria cuyos miembros se eligen por sufragio universal directo.

En defensa, el bloqueo británico ha impedido cualquier avance, pero el resultado más decepcionante es seguramente el del capítulo institucional. Para evitar que la ampliación convirtiera la Comisión en un colegio multitudinario e ingobernable, había que limitar el número de comisarios, pero la CIG ha elegido el peor camino: dejar uno por país, lo que nacionaliza el órgano. Como señala el ex secretario de Estado para la UE, Emilio Fernández-Castaño, «parece difícil que pueda sobrevivir el actual mecanismo de decisión» en el que cada comisario tiene un voto y las resoluciones se adoptan por mayoría simple, porque supondría aceptar «la legitimidad de un voto que puede en algún caso dejar en minoría al 90% de la población europea». En cuanto al Consejo, Fernández-Castaño cree que el aplazamiento de la reforma del voto resulta peligroso porque coincide con otra novedad: la extensión de la cooperación reforzada, que permitirá progresar en la integración a aquellos países que lo deseen, sin necesidad de esperar a los menos dispuestos. La UE no podía seguir avanzando a la velocidad del más lento y la cooperación reforzada impedirá su parálisis. Pero instaurarla sin tocar antes el marco institucional común no producirá «un efecto de arrastre, sino de exclusión de los rezagados»; una especie de lucha darwinista por la supervivencia en la que los más poderosos se desembarazarán «de los menos aptos para obtener avances más rápidos y menos costosos».

Si Amsterdam debía acercar Europa a sus ciudadanos, ofrecerle medios para hablar con una sola voz en la escena internacional y preparar sus instituciones para la ampliación, es evidente que la cumbre se ha cerrado con un balance modesto. Pero seguramente nos habíamos dejado llevar por unas expectativas exageradas. Se ha salvado el euro, que solo unas semanas antes parecía en peligro, y nadie ha renunciado a la unión política, aunque ya no parezca tan absurdamente sencilla como a la salida de Maastricht. Bruselas haría bien en aprovechar el ritmo más pausado que, presumiblemente, tendrá en lo sucesivo la construcción europea para realizar un ejercicio de autocrítica y convertir su programa en ese «proyecto sugestivo de vida en común» que, según Ortega, impulsa y nutre los procesos de integración.

La génesis de «Retorno a Brideshead»

Sin duda la novela más popular del escritor inglés Evelyn Waugh (1898- 1966) es Retorno a Brideshead (Brideshead Revisited: The Sacred and Profane Memories of Captain Charles Ryder).

Escrita entre el primer día de febrero y el veinte de junio del año 1944, en plena Guerra Mundial, Waugh la concibió obsesionado con lo que entonces creía que iba a ser su mejor novela, «la primera» en orden de importancia.

A diferencia de sus anteriores obras -incluida Put Out More Flags (1942)-, en Retorno a Brideshead los elementos cómicos, hasta entonces predominantes, están ocultos ante el esplendoroso romanticismo y la hondura existencial patentes a lo largo de todo el relato. Paradójica­mente, ambas novedades temáticas serían objeto de duras críticas por parte de quienes hasta entonces habían apoyado incondicionalmente la obra satírica de Waugh. Como él había concebido este libro de un modo tan sentido y personal, estas críticas le afectaron mucho más que las dirigidas a cualquier otra de sus novelas. En realidad, tal como muestra muy objetivamente M. Stannard en Evelyn Wtiugh: The Critica! Heritage (London, 1984), algunas críticas fueron muy favorables. Gran parte del debate generado por Retorno a Brideshead giró alrededor de la gracia y la fe católicas, de modo que las previas posturas personales de los críticos hacia este tema determinaron muy subjetivamente todo lo que escribieron al respecto.

En cualquier caso, estas críticas minaron la confianza que Waugh te­nía en su obra. Por eso la sometió a sucesivas reelaboraciones, que culminaron en una edición revisada (1960). Aunque las reformas del texto fueron finalmente muy pocas, el prólogo del autor  a  esta  edición  es muy ilustrativo. Waugh afirma que el tema sobre el cual versa su libro es «la influencia de la gracia divina en un grupo de personajes muy diferentes entre sí, aunque estrechamente relacionados». Entonces duda sobre si quizá era un tema demasiado ambicioso. Por otra parte, trata de explicar el clima romántico de la obra -revelado sobre todo en su carácter nostálgico, sentimental y trágico, aunque esperanzado por las circunstancias en las que fue redactada:

Escribí con una fruición que no era propia de mí, pero también con impaciencia para volver al combate. Era una época deprimente, de privaciones y continuas amenazas -la época de las judías y del inglés elemental-, y en consecuencia el libro está teñido de un matiz de sibaritismo, de nostalgia por la buena comida y los buenos vinos, por los esplendores de un pasado reciente, y por un lenguaje retórico y ornamental, que ahora -con el estómago lleno encuentro de mal gusto.

La autocrítica de Waugh no hace justicia a una novela que obtuvo un notable éxito editorial en su primera aparición  y que -pasadas cuatro décadas de críticas adversas ha merecido un aprecio generalizado por parte de los críticos y del público (cfr. R.M. Davis, Brideshead Revisited: The Past Redeemed, Boston, 1990). El mismo autor lo intuyó cuando ofrecía su obra «a una generación de lectores jóvenes como un recuerdo  de la Segunda Guerra Mundial».

Guillermo Peris ofrece en esta ocasión una selección y traducción excelentes de las Cartas y Diarios de Evelyn Waugh -inéditos en castellano que ilustran la génesis de Retorno a Brideshead. A continuación me limitaré a subrayar algunos aspectos contextuales que pueden  aclarar el sentido de estos textos.

Martín Stannard ha señalado que el estilo narrativo íntimo -la no­ vela está escrita en primera persona no logra ocultar el fundamento autobiográfico de esta obra: por primera vez, Waugh se daba a conocer abiertamente. Esto es particularmente cierto respecto al tema de la gracia divina, cuya experiencia había atraído a Waugh hasta la Iglesia Católica en 1930.

Respecto a los Diarios, debe tenerse en cuenta que Waugh los escribió con una finalidad -al menos implícitamente literaria; en concreto, sus referencias al abuso del alcohol son a menudo hiperbólicas. Evelyn Waugh era ciertamente un alcohólico, un adicto a la bebida, y esta circunstancia se sumó a la necesidad de utilizar bromuro y cloral para combatir sus crónicos insomnios, lo que minó seriamente su salud. En otra de sus novelas cómicas, aún no traducidas al castellano -The Ordeal of Gilbert Pinfold (1957)-, Waugh describe con notable sinceridad y capacidad de auto ironía cómo una deficiente medicación le llevó por entonces a padecer incluso alucinaciones.

Otro punto que debe ser aclarado es el hondo patriotismo de Waugh. Algunas expresiones despectivas sobre el ejército responden al hecho de que, una vez movilizado, su escasa habilidad militar le relegó a una molesta inactividad, fuente de interna inquietud. Por otra parte, la inopinada coalición de los Aliados con la Unión Soviética -una vez que Hitler rompió su alianza con el gran imperio comunista supuso para Waugh y para muchos otros cristianos un motivo de perplejidad. Todas estas circunstancias explican su interés por encontrar un hueco para su actividad literaria, con el pretexto de colaborar con el Ministerio de Propaganda (colaboración que nunca fue sino papel mojado). Absorto en su novela, Waugh parece insensible al nacimiento de su hija Harriet; en realidad, siempre amó entrañablemente a sus hijos, por cuya educación se preocupó de forma extraordinaria.

Los extractos traducidos de sus Diarios concluyen en la misión de inteligencia militar que Waugh desempeñó en Croacia a finales de la guerra, bajo la dirección del hijo de Churchill. Ésta fue, sin duda, su misión militar más importante.

Del nueve al tres y me llevo una

Lo malo es que la prueba del nueve demuestra poco y la regla de tres no es una demostración. Sin embargo, parece que está de moda atribuirles unos mágicos poderes de convicción, aunque sea tomándolas por lo que no son. Esto durará, supongo, lo que duran las muletillas, es decir, no mucho, pero lo aprovecharé para hilvanar estos comentarios, tan poco relevantes como los que publiqué con el título De las proporciones y sus malos ejemplos en un número anterior de esta revista. No faltará en lo que sigue alguna referencia a él.

LA PRUEBA DEL NUEVE

La otra sandez que florece en la más reciente habla palmípeda es «la prueba del nueve». Apenas se aduce una razón, una demostración, una evidencia de que algo es verdadero, los neohablantes dicen que aquello es «la prueba del nueve». Parece muy probable que muchos sepan en qué consiste esa operación aritmética con que se verifica la exactitud de una división. Pero es aún más verosímil que, en esta época de ¡as calculadoras, tan rápidas y exactas, sean muchos más los desconocedores del gozo que nos producía a los escolares de antaño la aparición de dos cifras iguales a ambos lados del aspa.

Fernando Lázaro Carreter

Razón le sobra al ilustre maestro en su pulla, ingeniosa y aguda como todas; y aun diré que, en este caso, se deja ganar de cierta indulgencia y generosidad. Porque la prueba del nueve ni siquiera sirve para asegurar que una operación está bien hecha sino, a lo más, para saber si se ha hecho mal. Ya dije que demuestra poco.

Recordemos, aunque brevemente, cómo funciona. Hemos multiplicado, por ejemplo, 138 por 23 y nos ha dado 3.174; sustituimos cada factor por su resto al dividir por 9: 138 por 3 y 23 por 5; el producto de estos restos, 15, da resto 6 al dividir por 9, el cual tiene que coincidir con el resto de 3.174, que efectivamente también es 6. Si no coincide, la multiplicación está mal hecha, pero ha de recordarse que el hecho de coincidir no garantiza la bondad del resultado. En efecto, 4 2 da igualmente resto 6 y nadie dirá que 138 x 23 = 42, aunque salga bien la prueba del nueve. Lo que significa, acudiendo también a un latiguillo muy en uso, que el cumplimiento de la prueba del nueve es una condición necesaria pero no suficiente para que el resultado de la operación sea correcto.

El lector sabe, sin duda, que todo esto no es más que la aplicación de la teoría de las congruencias, que son compatibles con las operaciones racionales. Por eso ciaría igual tomar como divisor el 9 o cualquier otro número: existiría la prueba del 3, la del 7, la del 11 o la que quisiéramos, todas ellas afectadas de la misma deficiencia: se puede saber cuándo una cuenta está mal pero no asegurar, sin otro argumento, que esté bien. Si se elige el 9 es, entre otras razones, porque el resto de dividir por 9 cualquier número se obtiene muy fácilmente sin necesidad de dividir: es el mismo que el que daría la suma de sus cifras. Así, el 138 anterior tiene el mismo testo que 1+3+8=12, y éste el de 1+2=3; y lo mismo los demás. Es lo que aprendíamos de pequeños.

Y si esto es la prueba del nueve, ¿qué tendrá que ver con un comentario como éste?: «El incremento del consumo eléctrico en un 2,7%, durante los primeros meses del año, es una prueba del nueve que sirve para comprobar que a Rodrigo Rato le está saliendo bien la cuenta del proyecto económico del Gobierno». O con la frase que a las pobres clarisas de Lerma, que no se han acercado a nadie salvo para ofrecer exquisitas pastas y dulces, les dedica una periodista: «Siempre con un dejo de alegría en los ojos: vivir en un lugar donde te alegras de que el que está a tu lado exista. La prueba del nueve estaba hecha ya. ¡Qué más quieres!».

Por supuesto que sé que ésta no es más que una manera de hablar sin otro significado que el que Lázaro Carreter le atribuía: el de creer que es «un elegante modo de expresarse comme il faut‘. Yo llegué incluso a pensar que se vería desbancada por otra expresión que empezó a hacer fortuna: «la prueba del algodón». Pero no, parece que para sentirse moderno al hablar hay que seguir con el nueve. ¡Bueno, moderno! El invento de esta prueba – s i se me permite esta pedantería- data de los indios. Por su parte, Avicena incluye ya entre las operaciones aritméticas la regla de «expulsar los nueves», que no es sino la de pasar a los correspondientes restos.

Tal vez por eso, a un pueblo antiguo, como el vasco, le suena bien esa locución; al menos es frecuente en las declaraciones de algunos de sus personajes. Como el ministro de Interior que, al referirse a las desavenencias que empezaban a aparecer en el PNV, decía que la auténtica prueba del nueve vendría a la hora de negociar el concierto económico. O las palabras de Iturgaiz: «Para eso estamos los políticos. La prueba del nueve era el acuerdo sobre los presupuestos y lo hemos superado». Con tanta prueba del nueve, y dejándome llevar por la maldita curiosidad, me empeñé en indagar cómo se podría decir eso en vascuence: ¿estaría bien bederatziaren proba?

LA REGLA DE TRES

Cuando era pequeño y estaba estudiando el Bachillerato, el hermano Deogracias nos explicaba en clase que había dos suertes o modos de regla de tres: la directa y la inversa… «Veamos, veamos. La primera ya la dimos ayer; consideremos ahora un ejemplo de la segunda, que es la dificil si diez obreros erigen una tapia en noventa días, ¿cuánto tardarán cinco?… Escriba: 10 es a 5 como 90 es a x. Por tanto, x= 10 por 90, o sea, 900, partido por 5, o sea, 180. Eso significa que 5 obreros tardarán 180 días, ni uno más ni uno menos. ¡Era la respuesta correcta!». Animado por el éxito, le dije al profesor: «Hermano, ¿y si en vez de 10 obreros metemos 183.820?». El hermano Deogracias se puso furioso, me dio un capón en la cabeza y una patada en el culo y me echó de clase.

Camilo José Cela

Para la regla de tres sí he encontrado una traducción, aunque sea un neologismo: lain-arau. Y me parece muy bien, porque lain significa en vascuence «proporción’, y no otra cosa es la regla de tres, ya sea directa o inversa, como explican Cela y el hermano Deogracias. Por cierto que les ha salido un serio competidor en uno de esos lectores que suelen escribir a los periódicos. Dice así el muy atrevido: «De niño, en el colegio, sufrí mucho con las matemáticas, entre otras cosas con la regla de tres directa e inversa. Para mí no cabía duda: si un obrero abre una zanja en una hora, tres obreros tardarán tres horas… Ahora, Suzuki-Santana me ha dado la razón: si un japonés hace una pieza en una hora, tres españoles la harán en tres horas… Los japoneses se quieren ir porque no comprenden mis matemáticas».

Sí, aparte de su sarcasmo, parece que el buen lector había confundido siempre las dos reglas de tres y solo «se sabía» la directa. Por cierto, de ese modo plantea también Cela su proporción, aunque luego opere bien convirtiéndola en inversa. La directa, en su ejemplo, podría ser: diez obreros que levantan una tapia han llegado en un cierto tiempo hasta una altura de 150 centímetros; ¿a qué altura habrían llegado en el mismo tiempo cinco obreros? Aquí sí diríamos que 10 es a 5 como 150 es a x, es decir, la proporción 10/5=150/x, de la que se obtiene: x=5xl50/10= 75 centímetros. En el caso de Cela, habría que haber puesto 10/5=x/90 para que x= 10×90/5 =180. Yo recuerdo que, en mis tiempos escolares, para saber si una regla de tres era directa o inversa recitábamos la cantinela: «a más, más» o «a más, menos», respectivamente. A más obreros, más altura de la tapia: directa. A más obreros, menos días tardarán: inversa. Eso siempre que haya una proporcionalidad entre las correspondientes magnitudes, que hay que ir con mucho cuidado: un compañero mío prevenía a sus jóvenes alumnas contra el vicio de tomar las cosas fuera de su contexto: «Tenéis 12 años y un cierto tamaño de pie, y habéis observado hasta ahora que, a medida que pasaba el tiempo, os crecían los pies: a mayor edad, mayor tamaño. ¿Quiere eso decir que a los 60 años tendréis los pies cinco veces más grandes que hoy? ¡Seriáis unos monstruos!». Y venía a cuento porque existía la mala costumbre de decir que «dos cosas son directamente proporcionales cuando a más, más, y a menos, menos», frase en la que el dislate aritmético es incluso superior al gramatical.

¡La proporcionalidad! Esa sí que es la verdadera regla de tres, como diría cualquiera de nuestros actuales comunicadores. En la proporcionalidad entran la regla de tres, los porcentajes, las partes alícuotas, los repartimientos, todo lo que, al menos antes, se aprendía en primera enseñanza y hoy se maltrata en tantas informaciones. Algún ejemplo incluí en el artículo al que antes aludía dedicado precisamente a las proporciones, de modo que me excuso de seguir por ese camino en el que, además, creo que se me ha ido un poco el bolígrafo. Porque lo que yo quería presentar únicamente era esa manía de estar diciendo a cada paso: «y por esta regla de tres…». Por ejemplo: «El visitante, el Logroñés, ha goleado al Sevilla, y por la misma regla de tres…» ¡¿Regla de tres?! Bueno, a lo mejor pensamos que hablando así estamos muy à la page.

Pues tampoco, porque la regla de tres, la de verdad, ya era conocida por los chinos en los primeros tiempos de nuestra era; a través de la India pasó a los árabes y de éstos, a Europa, donde desde el Renacimiento se hizo muy popular para resolver problemas comerciales. Así que, de novedad, nada. A la vista de ello se me ocurre pensar si no podría llamarse también regla de tres la que atribuye al hombre paleolítico uno de esos chavales cuyas regocijantes respuestas nutren la conocida Antología del disparate. «Era primitivo, pero con tres esposas». De todos modos, no está más lejos de nuestro tema que la novela de Gala, La regla de tres, que lo toma por título.

Y UNA QUE ME LLEVO

¿Qué sería del NI, como del PASOC, sin IU? Pero al mismo tiempo hay que volver la oración por pasiva e intentar saber qué sería de IU sin esa fachada traicionera que, de todos modos, le cubre la osamenta comunista.

Lorenzo Contreras

He creído que, existiendo en la jerga actual tantos estribillos sin verdadero sentido, era abusar un poco de mi deformación profesional tener solo en consideración aquéllos que hacen referencia a nuestra aritmética elemental, y que un mínimo asomo de cortesía me obligaba a buscar en otros predios locuciones equivalentes a las anteriores. Enseguida me salta una a la vista la que se enreda con la voz pasiva. Y ésta es la que me llevo, apartándola de mis otras cuentas.

De pequeño me enseñaban que una oración de verbo transitivo podía ponerse en forma pasiva tomando como sujeto el complemento directo y pasando el verbo a su conjugación pasiva: el tiempo correspondiente del verbo auxiliar «ser» seguido del participio pasado del verbo correspondiente. Hablando en plata: la oración «Paquito ama a Elenita» quedaba en forma pasiva: «Elenita es amada por Paquito». La misma cosa pero dicha de distinta forma.

No se entiende, pues, muy bien qué se quiere decir con la frase que he puesto como entradilla u otras parecidas, como ésta: «Hay quienes entre los afines antes de reconocerle inteligencia la definen como profundamente lista. Vuelto por pasiva, son sus adversarios quienes le atribuyen una muy avispada ambición». Ni tampoco cosas como las siguientes, no tan graves, pero que siguen la misma moda y que pertenecen a conocidos personajes de la política: «No pienso ni por activa ni por pasiva desvelar el contenido de los papeles. Yo no revelaré ningún secreto porque la razón de Estado es predominante». O esta otra: «Ninguna de las medidas que hemos tomado tiene ningún signo privatizador y hemos dicho por activa y por pasiva que no tenemos ningún propósito en ese sentido».

Analizando aquellos otros ejemplos me dan barruntos de que, cuando se habla de poner la oración por pasiva, se está pensando en algo así como pasar a la proposición recíproca, como si «volver por pasiva» quisiera decir «viceversa»; la pasiva de «Paquito ama a Elenita» sería para ellos «Elenita ama a Paquito». También inciden en ello, de otra manera, expresiones más o menos parecidas, como una que ya denuncié en el artículo del que antes he hablado. Al citarla ahora, me es obligado reconocer humildemente el escaso éxito que tuvo. Por lo menos no lo leyó Fernando Sánchez Dragó, ya que ha vuelto a caer en el mismo error: «Y ello -sospecho- de tal suerte y hasta tal punto que bien podría cambiarse el célebre axioma clásico de la mens sana in corpore sano por su complementario (que no, en modo alguno, su contrario). Vale decir: corpore sano in mens sana«.

¡Pero de qué estás hablando, Fernando! Hace más de cincuenta años que no he vuelto a tocar en serio el latín que durante cuatro cursos intenté aprender en aquel viejo Bachillerato que los sabios de hoy tal vez desprecien. Sin embargo, fue suficiente para saber que lo que habría que decir es corpus sanum in mente sana, y no esas declinaciones que no encajan. No excluyo que su mismo autor lo haya sospechado porque días después de aquello, como tentándose la ropa, solo se atrevía a escribir esta sosa mezcla: «Sic transit la gloria de la literatura». Pues sí.

No obstante, y termino, parece tenerse hoy por más elegante hablar en voz pasiva, incluso cuando no se debe: con verbos intransitivos o poniendo como sujeto el complemento indirecto. Reconozco que este campo no es de mi territorio y que, como dije, entro en él por cortesía y con todos los riesgos de salir trasquilado. Pero es que, no puedo evitarlo, me zumban los oídos cada vez que oigo, pongamos por caso, «Fulanito es preguntado…». O, peor todavía, para decir que a un pobre señor le habían disparado unos tiros, se expresaba así, hace unos días, el locutor de tumo: «Mengánez ha sido disparado…», con lo que el pobre señor Mengánez pasaba, de ser la diana del pistolero, a convertirse en un auténtico hombre-bala. O sea, de ser hombre pasivo a ser activo. ¡A que vamos a acabar inventando por ese camino algo así como «volver la oración por activa»!

Fernando Lanzas

Fernando Lanzas nació en Madrid en 1951. Lo conocí en «Balmoral» hará media docena de años, en unas circunstancias lo suficientemente disparatadas como para recordarlas aquí. Yo estaba con unos amigos, entre los que recuerdo la canosa cabeza de Fernando González de Canales. De repente, una silueta masculina, espigada y borbónica, abandonó una mesa cercana y se dirigió a la nuestra, enarbolando un ejemplar de mi Poesía 1970-1989 publicada por Renacimiento, la editorial hispalense de Abelardo Linares. Figura en ese libro una fotografía mía que me hizo José del Río Mons en su mítico estudio de General Zabala. La silueta, que luego resultó ser Lanzas, había reparado en mí al entrar y había colegido que el de la foto y yo éramos una y la misma cosa, de manera que dijo: «Disculpen. Acabo de comprar este libro y me parece que es usted su autor. ¿Le importaría dedicármelo?»

A partir de ese momento, me honro con la amistad de Fernando Lanzas, brillante economista donde los haya y genial hacedor de versos. Leí, con una mezcla de fruición y complicidad, sus poemas inéditos, que muy pronto dejarían de serlo para agruparse en un tomito de 52 páginas titulado El .frente de Madrid (Sevilla, Renacimiento, 1993). Ese libro, único hasta la fecha publicado por Lanzas, no tiene desperdicio: divertido, ingenioso, fresco, vivo, constituye un ejemplo sobresaliente de esta «línea clara» de mis pecados con la que tanta lata estoy dando. A Fernando lo influye Gil de Biedma, que no es mala influencia, ¡voto a bríos!, y, además, aprovecha del autor de Poemas póstumos lo mejor de su voz, renunciando al tedioso malditismo que acecha en las esquinas de la obra de Jaime. Buena prueba de ello es la estupenda pieza «Visita a las tías de Alcira», que ofrezco a mis sufridos lectores en versión corregida por el poeta para la presente ocasión.

VISITA A LAS TÍAS DE ALCIRA

Sin ti esta vez, camino de Levante,
un viernes de febrero por la noche,
ciento cuarenta, no hay quien me adelante
ni guardias que persigan a mi coche.

No hay absurdo mayor que este viaje
-tú sabes que tenías que venir­
sin tabaco, ni radio, ni equipaje,
ni ganas de parar ni de seguir.

La Partida de Gíjara es el huerto
de naranjos, la casa familiar
que recibe la brisa de los puertos
en la alta torre que domina el mar.

Murió Milagros y casó Mercedes
a los cuarenta años de enviudar;
doña Isabel de Lanzas y Barrede
es ahora la reina del lugar.

Sentados en el porche luminoso,
dimos cuenta de casi una botella
de mistela, y de un pasado hermoso
que un día me contó que vivió ella.

A fuerza de café recuperó
mi tía la memoria, y a la sexta
generación llegamos. Se perdió
por las guerras carlistas nuestra siesta.

Con las últimas luces, Isabela
me preguntó por ti: «¿Y esa paloma
que sale de tu boca y vuela y vuela,
y en todo lo que dices va y se asoma?»

 

Al claro de la luna valenciana
conté a mi tía abuela nuestra historia,
y a eso de las tres de la mañana
abrimos el champán en plena euforia.

Le daba mucha risa: a los noventa
las cosas se ven ya de otra manera.
«No corras, Fernandet, más de la cuenta,
y ten cuidado con la carretera».

Entre Jávea y Altea me he parado
a escribirte esta carta. Ya amanece.
Cuando despiertes yo estaré tumbado
al sol en una playa, y tú en tus trece.