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De Versalles a un mundo en busca de nuevos equilibrios

Antonio Truyol Serra nació en Alemania el 4 de noviembre de 1913. Sus padres, mallorquines, se dedicaban al comercio. Su infancia y adolescencia transcurrió en diversos países, regalándole un dominio envidiable de unos cuantos idiomas. Posee un curriculum espléndido e inabarcable: ha sido, entre otras muchas cosas, catedrático de Derecho Natural y Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho de las Universidades de La Laguna y Murcia, catedrático de Derecho y Relaciones Internacionales y de Derecho Internacional Público de la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales de la Universidad Complutense; doctor honoris causa por la Universidad Literaria de Lisboa y por la Universitat de las liles Balears; académico de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, de la que es vicepresidente; miembro asociado de la Real Academia de Ciencias, Letras y Bellas Artes de Bélgica; Gran Cruz de Oro por méritos de la República de Austria, Cruz de Honor austríaca de la Ciencia y el Arte de primera clase y Medalla de la Escuela Diplomática de Madrid. Antonio Truyol ha sido también magistrado del Tribunal Constitucional, ha impartido clases en un buen número de universidades españolas y extranjeras y forma parte de un sinfín de asociaciones, instituciones y revistas científicas de gran relieve internacional. Muchas de sus publicaciones han sido traducidas al inglés, francés, alemán y portugués. Entre sus obras cabe destacar: El Derecho y el Estado en San Agustín (Ed. Revista de Derecho Privado, Madrid, 1944), Los principios del Derecho Público en Francisco de Vitoria (Ediciones Cultura Hispánica, Madrid, 1946), Historia de la Filosofía del Derecho y del Estado, tomo i (ed. Revista de Occidente, Madrid, 1954; 12° ed. revisada y aumentada, Alianza Editorial, Madrid, 1995), La teoría de las Relaciones Internacionales como Sociología. Introducción al estudio de las Relaciones Internacionales (Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1957; 3o ed., 1973), Los Derechos humanos. Declaraciones y Convenios Internacionales (Tecnos, Madrid, 1968; 3o ed., 1982), Der Wandel der Staatenwelt in neuerer Zeit im Spiegel der Voelkerrechtsliteratur des 19. Und 20. Jahrhunderts (Verlag Gehlen, Homburg, 1968), Dante y Campanella. Dos visiones de una sociedad mundial (Tecnos, Madrid, 1968), La sociedad internacional (Alianza Editorial, Madrid, 1974), Historia de la Filosofía del Derecho y del Estado, tomo // (ed. Revista de Occidente, Madrid, 1975; 4o ed. revisada y aumentada, Alianza Editorial, Madrid, 1995), Théorie du droit international public. Cours général (M. Nijhoff Publishers, Dordrecht/Boston/Londres, 1981), Histoire du droit international public (Editions Economica, Paris, 1995).

José María Beneyto— Profesor Truyol, sus campos de interés han sido muy amplios. Vd. ha tratado el Derecho Internacional, las Relaciones Internacionales, la Filosofía del Derecho, ¿qué es lo que le llevó a tener esa vocación filosófica internacionalista y europeísta?
Antonio Truyol— De las dos vocaciones, una no tiene una causa clara. Mis padres no tenían formación superior, en mi casa no había una gran biblioteca. El interés por la religión y la filosofía surgió en parte de mis lecturas y de las clases. No creo que mi vocación filosófica tenga una raíz clara, aunque indiscutiblemente ésta se ha ido ampliando a lo largo de los años con las lecturas. En cambio, en lo que se refiere a mi interés por el Derecho y las Relaciones Internacionales, creo que influyeron mucho las condiciones en las que se desarrolló mi niñez. Mi infancia y adolescencia transcurrieron en un ambiente internacional: nací en Alemania, en Saarbrücken, aunque mis padres eran españoles. Estuve desde los pocos meses hasta los siete años en Mallorca y después viví en Ginebra hasta los once, para trasladarme más tarde a Saarbrücken, que entonces formaba parte de la región alemana del Sarre, donde continué mis estudios en un instituto francés. Recuerdo muy bien las personas y las noticias que en aquella época estaban en primer plano de la política internacional. En el territorio autónomo del Sarre, por ejemplo, existía en ese momento la particular situación de un gobierno internacional nombrado por la Sociedad de Naciones. La revolución bolchevique es otro de los hechos históricos que mejor recuerdo de aquellos años. Naturalmente, hechos como éstos tenían que suscitar en mí una reflexión motivada. Mi vocación internacional se asentó así sobre una experiencia propia en una edad en la que se graban mucho los recuerdos. También tuvieron que ver algo en ello los idiomas. Yo vivía en una región, el Sarre, en la que se hablaba el alemán. Sin embargo, a tan solo unos quince kilómetros se encontraba la frontera lingüística, por donde se pasaba al francés, lengua que yo había aprendido en Ginebra. De ahí el que en esa zona hubiese mucha gente bilingüe. No solo eso: entre mis compañeros de estudio, algunos de Alsacia hablaban un dialecto germánico.

-Verdaderamente, su perspectiva vital abarca todo un siglo. Como ha mencionado, ya desde muy pequeño tiene recuerdos como el de la revolución bolchevique. Ahora que vamos a despedir el siglo, ¿podría señalar cuáles han sido para Vd. los grandes acontecimientos? ¿Dónde se han producido cesuras definitivas?
—Cesuras… Yo creo que Versalles fue una de ellas. Visto de forma retrospectiva, Versalles fue una paz desgraciada, una paz que, por un lado, deshizo Austria-Hungría y, por otro lado, dejó a Alemania humillada (aunque no lo suficiente debilitada como para que ésta no recobrara poco después su fuerza). Versalles no fue una paz negociada, sino dictada por el Consejo de los Aliados. Clémenceau se llegó a plantear si la orilla izquierda del Rin debía ser anexionada a Francia. Lloyd George trató de frenar esas intenciones francesas; hubo quien llegó a sugerir irónicamente que el político británico se había convertido en aliado de los alemanes. A Versalles se debió también en parte la ascensión del nacionalsocialismo en Alemania. Yo fui testigo, durante la República de Weimar, de las huelgas y las cargas de la policía contra los huelguistas. El antagonismo entre nacionalsocialistas y comunistas fue trágico, como lo fue entre los comunistas y los socialdemócratas. Estuvo a punto de estallar la guerra civil. Fue el ejército alemán, en retirada ordenada bajo el primer gobierno socialdemócrata, el que lo impidió. En Múnich se había proclamado una república soviética. Finalmente, el acuerdo entre el Ministro del Interior, Noske, y el jefe del ejército alemán logró aplastar el movimiento insurgente. Recuerdo a los comunistas manifestándose en la calle y gritando «wer hat uns verraten, die Sozialdemokraten!», que significa «los socialdemócratas nos han traicionado». Ése fue un momento de crisis, al igual que la ocupación del Ruhr, que además no fue apoyada por Gran Bretaña, sino por Francia y Bélgica, que la aprobaron en concepto de reparación. Los años de la inflación fueron también muy duros. La inflación está todavía hoy en la memoria colectiva de la población porque representó un momento muy crítico; la gente prefería el paro a aquella inflación que producía unas oscilaciones de los precios enormes de un día para otro. Todo eso dio lugar a un empobrecimiento y un gran descontento entre la clase media que tuvo su importancia en el éxito inicial del nacionalsocialismo.

Otra de las grandes cesuras de este siglo ha sido la Segunda Guerra Mundial. Hitler se había excedido en las reivindicaciones alemanas. No comprendo cómo después de anexionarse Austria, de forzar el Anschluß (Anschluß que los austríacos habían aceptado, pues después de la Primera Guerra Mundial, Austria quedó reducida a su núcleo alemán y su Asamblea parlamentaria pidió la unión con Alemania, el Anschluß, porque no creían que Austria pudiera ser viable), continuó con Checoslovaquia y el pasillo polaco. Esta ausencia de saber ponerse límites también se observa en Napoleón, si lo piensa bien. Algunos de los primeros objetivos de Hitler eran legítimos, como restablecer Alemania tras su derrota. Los ingleses llegaron a reconocer algunas de sus reivindicaciones. Sin embargo, después ya no había motivos, no había explicación para continuar, en especial con Bohemia, Moravia y el pasillo polaco. En eso la Segunda Guerra Mundial fue diferente de la anterior. Hay que recordar que la población fue a la Primera Guerra Mundial sin percibir su alcance. Cuando uno estudia lo que ocurrió en los meses de julio y agosto del año catorce, queda impresionado por la ligereza con la que los estadistas del momento llegaron a aquella guerra.

He mencionado la revolución bolchevique. Ésta supuso el derrumbamiento del imperio zarista y durante cuatro años (de 1917 a 1922) surgió una serie de grandes Estados independientes en las Repúblicas Soviéticas. Más tarde se reestableció el imperio con el nombre de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Versalles y la revolución rusa constituyen, sin duda, dos grandes momentos de la primera mitad del siglo xx. Creo que en este momento estamos en una época de vuelta a Versalles. Si observamos el mapa, vemos cómo se ha derrumbado la Unión Soviética, han reaparecido los Estados bálticos, se ha incrementado el número de pequeños Estados, dando lugar a una situación de balcanización en esa parte de Europa. La disolución del Imperio Austrohúngaro está en la base de todo esto. Debo reconocer que siento por él cierta simpatía. Creo que, si no hubiera existido, habría que haberlo inventado porque fue capaz de mantener una zona de convivencia pacífica bajo el gobierno, en parte paternalista, del emperador austríaco, logrando así la convivencia entre distintas nacionalidades.

—A lo largo de todo este siglo hemos visto también cómo el Derecho Internacional se transformaba radicalmente. Hoy en día no sabemos realmente qué es el Derecho Internacional. Lo que está claro es que hoy sus bases no responden en absoluto a lo que fueron en el siglo XIX y a comienzos del actual.
—En efecto, en 1914 el Derecho Internacional era un derecho internacional claramente interestatal, que establecía las normas, sobre todo de procedimiento, que debían respetar los Estados; indicaba cómo debía hacerse la guerra y la paz. Pero después empiezan a irrumpir los pueblos, las minorías (algo que después de la Primera Guerra Mundial había sido ignorado) y un elemento de cambio más: el individuo, que terminará siendo un factor importante que conmueva la interestatalidad del Derecho Internacional. Añada a todo esto la presencia de las grandes empresas multinacionales, auténticos actores formalmente no integrados debidamente en el sistema.

Otro de los factores que han dado lugar a esta transformación del Derecho Internacional hay que buscarlo en los intentos de organización internacional. Después de los primeros intentos, aparece la Sociedad de Naciones. La idea era norteamericana -yo creo que en parte inspirada por Kant, no olvide que Wilson era al fin y al cabo catedrático de Derecho Político-, pero, sin embargo, Estados Unidos no llegó a ratificar el Tratado de Versalles ni a ingresar en la Sociedad de Naciones. La Sociedad de Naciones pretendía ser universal, pero no lo fue. El peso de Europa estaba muy presente; en concreto, el de los países europeos vencedores. Sin embargo, de la Sociedad de Naciones parte un movimiento que llevaría al mundo internacional actual, a toda esa serie de organismos en los que la interestatalidad ha quedado sumida. La ONU ha sido un paso más, mucho más ambicioso y ciertamente más universal. De todos modos, es verdad que ha habido cambios, aunque no tan profundos como creemos. La política de fuerza sigue hoy presente. La influencia de las grandes potencias ha seguido siendo decisiva. Europa ocupó un lugar central hasta 1914. Hoy, sin embargo, la ONU es un ejemplo de mundialización que muestra que Europa ya no es el centro de las grandes decisiones. Observe este dato: la Primera Guerra Mundial empezó llamándose «la Gran Guerra» o la «Guerra Europea». Después se la llamó la Primera Guerra Mundial porque hubo una segunda, que desde el primer momento fue calificada de «mundial». En la actualidad, eso ha cambiado, pues Europa busca una acción más eficaz a partir de la unión, de la Unión Europea.

—Hablaremos de Europa, pero no querría perder la oportunidad, ya que Vd. la ha mencionado, de preguntarle sobre la ONU. Las Naciones Unidas se encuentran en un momento central dentro de su historia. La ONU ha cambiado en los últimos años, ha sido utilizada de muy diversas formas -fundamentalmente por Estados Unidos-y, en estos momentos, es una institución muy distinta de lo que fue la ONU de la Guerra Fría. Ahora actúa al abrigo del derecho de intervención militar y de un nuevo derecho humanitario. ¿Cuál va a ser su futuro?
—Es difícil decirlo, pues la ONU nació con dos condiciones. La ONU comenzó bajo la dirección colectiva de los miembros del Consejo de Seguridad, los llamados «cinco Grandes», que debían actuar bajo el principio de unanimidad. Por otra parte, la representación en la Asamblea General era igualitaria. Estas dos circunstancias, desde mi punto de vista, han sido sus defectos. Por ejemplo, la igualdad de voto en la Asamblea General hace que el voto de un país pequeño pese lo mismo que el de una superpotencia. El derecho de veto fue precisamente concebido como un freno para restar la posible imposición de una mayoría que no era real. Pero tampoco se ha logrado una ponderación en la representación de los Estados; en las asambleas europeas la situación sí es más real, pues los votos allí no pesan lo mismo. En cualquier caso, las propuestas para modificar el Consejo de Seguridad plantean dificultades: unas prevén el ingreso de países como Alemania y Japón, que en la actualidad no son miembros del Consejo por pertenecer al bando de los países vencidos en la Segunda Guerra Mundial. Otras solicitan que el Consejo se abra a otros continentes e ingresen en él Brasil, la India, Indonesia, Nigeria… Debo decir que, en mi opinión, se cometió un error al incluir sin más en la ONU a todos los Estados del globo, incluyendo los micro-Estados. Aquí se ha echado de menos la ponderación en el voto. Siguiendo el modelo de la Confederación Germánica, algunos Estados podrían tener más delegados que otros y varios micro-Estados deberían compartir un representante o un voto. En cuanto a sus tareas, es evidente que la mayoría de los problemas internacionales que se han planteado en los últimos tiempos se han resuelto fuera de la ONU; me refiero a la Guerra Fría y a todos aquellos conflictos que de una manera u otra han perturbado la paz. La ONU está hoy más orientada hacia la ayuda y la intervención humanitaria, que no deja de ser decepcionante. La prueba es que no se ha conseguido impedir genocidios ni masacres horribles.

—Los genocidios que menciona han influido en la nueva configuración del Derecho Internacional y han provocado la reaparición de los Tribunales Internacionales y la persecución de crímenes de guerra, con la consiguiente sanción internacional. ¿No le parece curioso ese desarrollo?
—Volvemos a Versalles. Una de las innovaciones del Tratado fue la cláusula que responsabilizaba al gobierno alemán. Después se constituyó el Tribunal de crímenes de guerra de Nuremberg, que presentaba, sin embargo, un aspecto problemático: fue el tribunal de los vencedores. A partir de ese momento, el desarrollo que se esperaba de estos tribunales no se dio. Es ahora cuando ha surgido, tal vez por el mayor protagonismo de las fuerzas sociales. Es sintomático que ese desarrollo se haya producido con la crisis de la ex-Yugoslavia. Se habla también de un tribunal para el genocidio en el Zaire. Éste tendrá la ventaja de ser más internacional, y eso es muy esperanzador. De todos modos, fíjese en el caso de la ex-Yugoslavia: todos los principales acusados políticos hasta ahora han escapado, y no resulta fácil que caigan en poder de los gendarmes. Los genocidios que hemos presenciado en los últimos años también están en contra de la tradición anterior a la Primera Guerra Mundial: antes no tenían lugar porque, al menos en principio, la guerra era lícita si se sometía a los procedimientos establecidos por el Derecho Internacional.

—Junto a eso hay que reseñar la transformación que ha conocido la guerra y el mismo concepto de guerra; el papel que está desempeñando el comercio internacional dentro de la pacificación; la competencia entre los países y los bloques regionales en lo que se refiere a acuerdos comerciales… Esa enorme presencia de la economía, del comercio, también está colaborando en la transformación del Derecho Internacional.
—En el siglo xix, muchos economistas confiaban en que el comercio internacional podía ser bueno para frenar las guerras. Creían conveniente ampliarlo, porque se dieron cuenta de que el comercio crea vínculos de interdependencia. Sin embargo, eso no es automático. Lo que ocurre es que la interdependencia entre los Estados y los pueblos es creciente, aunque no impida las guerras locales o regionales. Ahora no hay guerras mundiales, pero todavía persisten algunos de esos conflictos que en el período de la Guerra Fría eran utilizados por los países grandes para no chocar directamente entre sí, pero sí a través de potencias interpuestas. De todas formas, lo que se ha podido observar es que la interdependencia generada en parte por el comercio internacional no ha impedido los genocidios ni las matanzas. La guerra tradicional respetaba más a la población civil; en el fondo, era un enfrentamiento entre ejércitos. Eso ya se frustró con las guerrillas, pero hoy en día se ha producido un cambio fundamental, al sacrificar la guerra a las poblaciones civiles de modo aterrador…

—Lo cierto es que en la actualidad, si se da un conflicto, éste es especialmente intenso. Estoy pensando en el fenómeno terrorista, por ejemplo.
—Claro, los conflictos armados afectan cada vez más a los individuos. Las guerras clásicas eran como un juego de ajedrez entre los monarcas. Los ejércitos luchaban entre sí, y la población civil estaba mucho menos afectada de lo que lo está hoy. Sin embargo, a partir de la Revolución Francesa, con la llamada Levée en masse, con la idea de que es el pueblo el que se defiende a sí mismo, la guerra afecta más a los individuos. Eso intensifica las represiones; las guerras se han hecho más duras porque la presencia de los individuos se ha hecho mayor.

—También la tecnología ha sido importantísima en ese recrudecimiento de la guerra.
—Sí, en efecto, aunque no debe olvidarse que su uso puede ser doble. La tecnología, por una parte, trata de limitar el número de las víctimas. Esto se observó, por ejemplo, en la guerra del Golfo, donde una tecnología muy sofisticada trataba de limitar al mínimo las pérdidas humanas; es asombroso el escaso número de víctimas que causó entre las fuerzas aliadas la acción del Golfo. Como contrapartida, es cierto que también su efecto puede ser mayor. Pero no se producen las matanzas de antes. Recuerdo al respecto la guerra entre Irán e Irak, que estuvo a punto de diezmar un país. Muchos hablan de la posibilidad de una guerra atómica, pero yo nunca he creído que se pueda llegar a una situación como ésa.

—Pensemos ahora en Europa. ¿No echa en falta la presencia activa de nuestro continente en los escenarios internacionales?
—Sí, el antiguo escenario de la rivalidad franco-británica en el Próximo Oriente, por ejemplo, es todo un mapa donde hoy arbitran los Estados Unidos.

—Sin embargo, desde el punto de vista cultural, la herencia, la tradición y la densidad cultural europea siguen no teniendo igual…
—Exacto, en avances tecnológicos, no cabe duda de que Estados Unidos y Japón son líderes indiscutibles. En cambio, en las ciencias del espíritu, Europa sigue siendo un referente, aunque también es cierto que se ha producido un cierto declive del pensamiento. Yo no veo hoy las grandes figuras que había a comienzos de siglo. Con todo, las áreas musicales o artísticas ponen todavía de relieve ese mayor y más directo contacto de los europeos con su herencia cultural.

—En mi opinión, avanzamos hacia lo que hoy denominamos multiculturalismo, a esa situación de homogeneización de las situaciones, de transculturación…
—Ese es un gran problema. Por un lado, es evidente que la técnica va unificando progresivamente las mentes y las comunicaciones, que ahora son electrónicas. Ha llegado a unificar hasta el vocabulario, que naturalmente es en inglés. Las distintas culturas están teniendo una especie de defensa frente a esto, y tienden a buscar una identidad nueva o reafirmar la anterior. Ese pluralismo, ese progreso del regionalismo en todas partes, ese resurgir de las lenguas vernáculas es, desde mi punto de vista, un hecho que quizá esté fomentando por reacción los fundamentalismos, el islámico, por ejemplo. ¿Hasta qué punto no es una defensa frente a esta unidad -que quizá Hegel llamaría abstracta- que pugna con la diversidad inherente a la multiplicidad de lo humano?

—Volviendo al papel político de Europa, ¿no le parece que la Unión Europea no está demostrando ser el vehículo capaz de devolver a Europa una presencia internacional suficiente, acorde con sus ambiciones y sus medios? Mi impresión es que la Unión Europea va avanzando a ritmo de crisis.
—Yo creo que el drama de la Unión Europea es que, por un lado, la entendemos como necesaria y, al mismo tiempo, resulta muy difícil de alcanzar por la propia naturaleza de Europa. No olvide que Europa es una síntesis entre unidad y pluralidad, síntesis de la que proviene un forcejeo. Por una parte, los europeos tenemos ideales comunes, compartimos grandes tradiciones e intereses. Por otra, sin embargo, cada pueblo tiene su historia, una historia cultural, política, religiosa, que cuesta poner en segundo lugar. Habrá que pagar un precio, si queremos lograr una auténtica unión política. Todo está en conciliar esta diversidad histórica con esa unidad que vemos tan necesaria. Piense en lo que para cada pueblo supone su tradición literaria: para los alemanes, Goethe, Schiller; para los italianos, Dante; para nosotros, Cervantes, Lope, etc. Ése es un patrimonio al que los europeos están intrínsecamente vinculados y que desean preservar para que no se diluya en un mundo en el que solo se hable inglés o español. A pesar de todo, hoy en día se observa un desinterés por las lenguas muy significativo. Cuando yo era joven, tratábamos de aprender más lenguas que la propia, pero no solo por razones utilitarias, sino también culturales. Hoy, en cambio, el idioma que más se estudia es el inglés. Sin embargo, para un jurista europeo, el francés, el alemán o el italiano pueden ser más importantes que el inglés. Los italianos han sido grandes maestros en Derecho Civil y Penal; Francia fue una cuna del Derecho Administrativo. En fin, el hecho de que todos sepamos inglés también resta valor a otras lenguas, y ése sí constituye para mí un proceso no deseable desde el punto de vista cultural. Debemos hablar inglés, es indudable, pero no limitarnos a él. Estoy pensando en lo que esta mañana me ha ocurrido mientras me tomaba un descafeinado en un bar. En el establecimiento veía productos con etiquetas como «bavarian kreme», «frosted almendras», «frosted fresa»… Diga Vd. «crema bávara», «fresa helada»… Ponga Vd. todo en inglés o póngalo todo en español. Lo mismo sucede con «Aladín». En España, antes se decía siempre «Aladino», pero ahora no hay un niño al que no se le escuche decir «Aladín». Hay palabras en inglés que justifican su empleo, pero muchas otras no. Este abandono supone una erosión importante de nuestra cultura. Otro aspecto que para mí es significativo: ya no hay en muchos lugares algo tan español como lo son las galletas. La galleta es entrañable, su toma puede graduarse: se pueden tomar dos, cuatro, seis. Hoy es preciso comprarlas en las tiendas, pues en los bares representan un signo de rareza. Estas cosas son anecdóticas, pero muy reveladoras.

—Ha hablado de la necesidad de conciliar unidad y diversidad. Siempre he pensado que un camino para ello debería de ser la literatura comparada. El estudio de las literaturas remite a culturas nacionales distintas, pero precisamente la comparatística permite derivar de esas conclusiones criterios e identidades comunes.
—Es cierto, y en ello creo que la escuela debería ser más importante. Los alumnos deberían aprender a comparar las distintas culturas. La literatura, además, facilita mucho ese trabajo: el Renacimiento se da en Italia, España, Francia… Lo mismo ocurre con el Romanticismo. Hasta ahora se ha hecho una historia de la literatura -incluso una historia general- demasiado nacional. Hay que devolver a la literatura su importancia como vehículo cultural. Volviendo al inglés: mucha gente lo aprende por su utilidad, pero no se puede ignorar que el inglés es la lengua de Shakespeare, de Dickens, un auténtico tesoro, no una simple herramienta de mil palabras con la que poder viajar por el mundo y escribir a entidades bancarias. La mística española, por ejemplo, se comprende mucho mejor desde nuestro idioma. Los idiomas encierran un evidente interés cultural. Recuerde que Unamuno estudió danés para leer a Kierkegaard en su lengua original. Y es que, pensemos por un momento: ¿cómo se puede hacer filosofía sin saber alemán? Yo tengo la experiencia de que muchas traducciones son imperfectas. En fin, esto es cuestión de la educación y quizá de un cierto hedonismo. Huimos del esfuerzo. Por eso creo que Europa debe mantener esa pluralidad; hay quien ha propuesto que cada europeo conozca su lengua materna, el inglés y un idioma más en función de sus intereses, de la región en la que viva, etc. Y creo que tiene razón; de no ser así, crearemos una Unión Europea solo a base del inglés. En la Edad Media, el latín era la única lengua culta, la lengua de la teología, la filosofía, el pensamiento… El inglés no es hoy en día la única lengua de la cultura.

—Por cerrar de algún modo esta reflexión acerca de la situación internacional, hábleme de los nuevos países emergentes: China, Japón, los países del sureste asiático, África… ¿cuál va a ser a partir de ahora su papel en el concierto internacional?
—Bueno, todos esos países constituyen todo un mundo. China es un caso aparte. Por un lado, la civilización más antigua es la china porque se remonta a siglos antes de Cristo y llega hasta hoy sin interrupción a lo largo de dinastías. China históricamente era el centro, un imperio rodeado de países satélites como Japón, Corea, Vietnam, etc. Eso le dio una visión del mundo en la que ella siempre se ha sentido el centro. Creo que, todavía hoy, China sigue conservando esa mentalidad. Es un caso especial por su gran cantidad de población, que le otorga una gran potencialidad. Japón es un pueblo que además ha conservado su concepción propia, a pesar de que en un siglo se ha transformado mucho, se ha incorporado a la cultura mundial y ha conquistado grandes metas del desarrollo tecnológico occidental. Los demás países de esa área geográfica están ahora eligiendo su futuro y aún es pronto para predecir con seguridad qué es lo que puede ocurrir. En cualquier caso, parece que serán actores internacionales decisivos del mañana.

—Si le parece bien, profesor Truyol, podemos cambiar ahora de perspectiva para centrarnos en la Filosofía del Derecho, otro de sus grandes temas. ¿Quiénes son para Vd. los grandes pensadores de los últimos siglos? ¿Cuáles son verdaderamente actuales, los más adecuados para analizar el momento en el que vivimos?
—Hay dos autores que siempre están presentes: Platón y Aristóteles. ¡Hay que ver lo que ha supuesto Aristóteles! Tomás de Aquino también ha sido una fuente importante. De los modernos, creo que Locke y Hobbes, con una diferencia muy grande de talantes, han sabido plantear (el segundo de forma más genial que el primero) los problemas del Estado y de la legalidad de un modo que todavía se observa en nuestros planteamientos. También mencionaría a Rousseau. A partir de ahí, es obligado hablar de tres grandes pensadores: Kant, Fichte y Hegel. En Fichte aparecen los llamados derechos sociales, que él desarrolla además de los derechos individuales. Kant es de algún modo el nuevo Aristóteles, el recomienzo de la filosofía. Y Hegel, independientemente de las interpretaciones que de él se han hecho, es un pensador que admite varias lecturas. En Hegel está presente la sociedad civil, que remite a esa distinción tan actual entre mercado y Estado. Y es que el mercado no puede quedar entregado a sí mismo porque, al final, el fuerte se impone al débil. Para Hegel, el Estado es precisamente el factor que introduce el equilibrio. Este filósofo supo ver que la entraña económica no se puede desconocer, pues presupone y condiciona. Insisto: una cosa es determinar y otra condicionar. Todos estos autores son, en mi opinión, los más actuales. También habría que mencionar la filosofía de los valores. En realidad, toda gran filosofía es siempre actual. Ahora, según las épocas, unos pensadores actúan más que otros. El hombre no puede dejar de actuar, pues no actuar es ya una manera de actuar. Esta idea me la transmitió un profesor de filosofía al que debo mucho. Él solía explicarnos que no actuar es también una forma de responder a una situación.

—Vd. apuntaba que se ha producido, en efecto, una baja de la especulación filosófica. A la vez, sin embargo, tengo la impresión de que capas cada vez más amplias de la población buscan, en las grandes filosofías, respuestas a la falta de sentido. Ha renacido así el interés por la filosofía, una filosofía muy divulgativa. Por otro lado, la filosofía política también vive momentos de esplendor. No existe en estos momentos gran política, pero sí un debate sobre el liberalismo, el comunitarismo…, en resumidas cuentas, sobre la organización de la vida social.
—Tiene razón. Todo ese impacto es nuevo. También la filosofía difunde las respuestas a los problemas que plantea nuestro entorno como no lo había hecho nunca. Antes parecía estar restringida a un círculo más o menos pequeño. También es verdad que hay épocas en la historia de la filosofía de gran densidad especulativa, otras de epígonos, de comentarios, etc. Nos encontramos en un momento no tanto creador en filosofía como recapitulador Es la hora de hacer balance de lo ocurrido desde el siglo XIX.

—Vd. realizó precisamente una magnífica labor como director de una colección que se ha convertido en un clásico del pensamiento político.
—Sí, interesados por la filosofía política, comenzamos en la editorial Tecnos, bajo el estímulo de su director Don Gabriel Tortella, una colección bajo el nombre de Res publica. El director que me sucedió amplió la rúbrica a Clásicos del pensamiento. Se trata de obras que procuramos poner al alcance de públicos amplios, en ediciones que siempre van acompañadas de una buena introducción. El que se difundan este tipo de obras es para mí un motivo de gran satisfacción.

—Aprovechemos para hablar de nuestro país. ¿Cómo ve la situación actual de la cultura española? ¿Cómo la describiría, en comparación con épocas pasadas? Creo que está generalizada la impresión de que ha descendido el nivel de nuestra producción intelectual. Sin embargo, yo observo que se trabaja, que se va poco a poco avanzando…
—Yo no creo que nos encontremos en un mal momento. Hay grandes figuras que han desaparecido: Unamuno, Ortega, García Morente, Zubiri… Pero, por otra parte, existe una gran labor de investigación. Por ejemplo, las ediciones de clásicos han sido muy mejoradas, el nivel de la investigación es más alto. Hay también más personas dedicadas a la investigación y, sobre todo, más obras, más material sobre el que discutir… Como antes le decía, hoy asistimos a una asimilación de lo anterior, y eso me parece positivo. También es necesario tener en cuenta que el libro se ha remozado, se presenta mejor. Hoy están al alcance de cualquiera muchos libros en los que hace veinte años era imposible pensar. Si nosotros hubiésemos tenido esos libros…

—Ha dicho «nosotros». ¿Se siente Vd. vinculado a una determinada generación intelectual de España?
—Uno es hijo de dos generaciones. Yo creo que es muy importante, aparte de la niñez, la etapa en la que uno estudia el bachillerato. Éste es el que deja una huella indeleble. Naturalmente, la otra época que deja una marca inolvidable es la de la formación académica. Entre hombres como García Pelayo, Gómez Arboleya, Lissarrague, Ollero, Diez del Corral, Ruiz Giménez, Poch, etc. (por limitarme a colegas de mi especialidad), existe un nexo porque a pesar de las diferencias ideológicas, temperamentales, y políticas, hemos leído más o menos los mismos libros y nos hemos criado en un mismo ambiente. Compartimos una comunidad de experiencias vividas, de recuerdos, de autores. Ésta es la generación que más me ha marcado.

—Terminemos con más lectura. ¿Qué libros ha leído últimamente?
—Después del «accidente cardiovascular», como lo llaman los médicos, he hecho examen de conciencia y he llegado a la conclusión de que últimamente me había dispersado un poco con las lecturas. Hace muchos años empecé con una Historia de la Filosofía del Derecho y del Estado cuyo tomo primero está en la duodécima edición y el segundo en la cuarta. Ahora estoy preparando el tomo tercero. Estoy trabajando sobre el idealismo alemán; he terminado Schelling y ahora estoy inmerso en Hegel. Me gusta releer obras que he leído antes, tanto como leer obras nuevas. También leo poesía, pues siempre he sido muy aficionado a ella. Podría recitarle muchos poemas en inglés y alemán de memoria. No tantos en español porque yo aprendí el castellano a una edad más avanzada. En francés, leo más prosa que poesía. Novelas que he releído son, por ejemplo, Rojo y Negro y La Cartuja de Parma. Pero, sobre todo, Tolstoi. Ana Karenina es, en mi opinión, una de las mejores novelas que se han escrito nunca. En cierta época leí mucho a Blasco Ibáñez porque fue un autor muy traducido al francés. Hoy sigo volviendo a obras de este tipo porque les encuentro un nuevo frescor. Hace poco que he leído una novela impresionante del albanés Ismael Kadaré: El nicho de la vergüenza, una lectura que recomiendo. Describe la estructura de un imperio opresivo de una manera perfecta.

—Observo, por lo que dice, que le interesa la literatura como camino.
—Naturalmente. Yo he llegado a muchas de mis convicciones a través de la literatura. Hay textos que me han quedado muy grabados. Le ofrezco un ejemplo: de joven leí en Víctor Hugo este verso: «Dans vos fétes d’hiver, riches, heureux du monde» («En vuestras fiestas de invierno, ricos, los felices del mundo»). Esas palabras me hacían entrever un mundo social misteriosamente ajeno al mío, de modesta clase media. Otro ejemplo: en el prólogo de Fausto se dice que el mundo en sus orígenes era «herrlich wie am ersten Tag», «magnífico, como en el primer día». Se refiere a la idea de la creación nueva, incontaminada. Otras obras que me gustaría mencionar son Adiós a las armas, de Hemingway y Canaima, de Rómulo Gallegos. Ésta última me ha impresionado siempre por su descripción de la selva. Canaima, el mismo título ya tiene la sonoridad que destila la novela.

Antonio Tabucchi: La dignidad bien entendida

¿Crónica de sucesos? ¿Novela policíaca? ¿Periodismo de investigación? Una vez más, Antonio Tabucchi (Vecchiano, 1943) recuerda a los lectores sus magníficas dotes de narrador. Y lo hace con una pequeña novela que, como Sostiene Pereira, destila carácter político. Eso no impide que La cabeza perdida de Damasceno Monteiro sea, ante todo, buena literatura.

La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (Anagrama), 192 págs.

El comienzo es fabuloso. Manolo el Rey (uno de esos personajes breves, pero memorables, de toda gran obra literaria) descubre un cuerpo decapitado en un descampado de las afueras de Oporto. El diario lisboeta Acontecimiento envía a Firmino, un joven periodista, a investigar el suceso. A partir de ese momento, empieza a entretejerse una historia que pone en acción a alguien indispensable en el relato, el inolvidable abogado Fernando Diogo Maria de Jesus de Mello Sequeira, un personaje esencialmente tabucchiano sin el cual la narración no podría prosperar. Excéntrico, cultivado, marginal a su manera y de origen aristócrata, Fernando de Mello es la voz de la conciencia que recorre La cabeza perdida…

El tema: la tortura («la tortura puede venir de cualquier parte, ése es el verdadero problema»), la razón de Estado, la Grundnorm o Norma Base, el concepto jurídico de Hans Kelsen que aparece hacia la mitad de la novela e ilumina el resto de la lectura. La grundnorm, «si usted quiere, una hipótesis metafísica» situada en el vértice de la pirámide que representa el Derecho, la Justicia. La «grundnorm», el concepto que permite a los individuos abdicar de su responsabilidad individual y ampararse en la Norma Absoluta, con mayúsculas.

Lo que la última entrega de Antonio Tabucchi relata bien podría haber sucedido en cualquier país de Europa Occidental

Son unos cuantos los elementos de La cabeza perdida de Damasceno Monteiro que remiten a Sostiene Pereira. De nuevo, el protagonismo descansa sobre la figura de un periodista (aunque bien es verdad que la presencia de Fernando de Mello es insustituible). De nuevo, la acción transcurre en Portugal; ésta vez no se trata de la bella Lisboa, sino del viejo Oporto. Con todo, es preciso recordar que no estamos ante una novela «portuguesa». Lo que la última entrega de Antonio Tabucchi relata bien podría haber sucedido en cualquier país de Europa Occidental. De nuevo, el valor de la dignidad humana preside cada una de las frases del relato. Todo ello sin contar los guiños del autor a sus lectores habituales, que recordarán cómo la víctima de su anterior novela (galardonada con unos cuantos premios de prestigio internacional) se llamaba también, como la de ésta, Monteiro, Monteiro Rossi.

La narración discurre con una agilidad sorprendente y con un sentido del ritmo que mantiene la tensión dramática de forma perfecta. La sobriedad, el arte de utilizar las palabras justas —ni más, ni menos— para contar lo que ocurre es una de las grandes virtudes de este escritor.

No es del todo típico recomendar lecturas en estos meses del año. Pese a todo, hay que indicar a los lectores de NUEVA REVISTA que La cabeza perdida de Damasceno Monteiro no les defraudará. Si les gustó Sostiene Pereira, no dejen de leerla.

Foto: Portada del libro «La cabeza perdida de Damasceno Monteiro» editada en Canva.

Paul Ricoeur y los conflictos de la politica

Paul Ricoeur (1913), profesor emérito de la Universidad de París, es actualmente uno de los referentes más importantes del panorama filosófico del mundo occidental. Autor, entre otras monografías, de Philosophie de la volonté I. Le volontaire et l’involontaire (1950), Philosophie de la volonté. Finitude et culpabilité: L’homme faillible et La Symbolique du mal (1960), De l’interprétation. Essai sur Freud (1965), Le conflit eies interprétations. Essais d’herméneutique (1969), La métaphore vive (1975), Temps et récit I, II, III (1983-4-5), Du texte a l’action. Essais d’herméneutique II (1986), A l’école de la phenomenologie (1986), Lectures on Ideology and Utopia (1986), Soi-meme comme un autre (1990), y de numerosos artículos en revistas especializadas, buena parte de su obra ha sido traducida al castellano.

Poseedor, como pocos, de una notable capacidad para el diálogo, no hay conclusión a la que arribe que no esté precedida de una lenta y rigurosa discusión con los interlocutores más célebres, tanto de la historia de la filosofía como de sus contemporáneos. No hay nada en Ricoeur que recuerde la figura del pensador solitario encerrado en una torre. Más bien, ejemplifica el ideal de la filosofía como conversación con la humanidad. Se explican así sus frecuentes encuentros con autores como Aristóteles, San Agustín, Descartes, Hume, Kant, Hegel, Husserl y Heidegger, además de Freud y los estructuralistas, Wittgenstein o Arendt, Gadamer y Habermas.

En materia de ética, su preocupación ha sido una constante a lo largo de toda su obra, aunque en los últimos años se ha visto reforzada; concretamente, en ocasión de su tematización de la identidad narrativa. Así, a la luz de sus más recientes publicaciones, cabe hablar de la «ética ricoeuriana», siendo tal vez su aportación más original la mediación que opera entre la tradición aristotélica y la kantiana o, dicho de otro modo, entre las dos corrientes que dominan la discusión ética actual: el comunitarismo y el universalismo.

De entrada, Ricoeur reconoce que ni desde el punto de vista etimológico ni desde el punto de vista de la historia de su empleo se puede establecer una distinción tajante entre el significado de los términos «ética» y «moral». Ambos remiten, según él, a la idea de costumbre. No obstante, Ricoeur reserva el término «ética» para la intencionalidad de una vida realizada (perspectiva teleológica) y el término «moral» para la articulación de dicha intencionalidad dentro de un conjunto de normas obligatorias caracterizadas tanto por su pretensión de universalidad como por su efecto de restricción (perspectiva deontológica).

Ahora bien, esta distinción tiene como propósito establecer una relación de subordinación y de mutua complementariedad entre la ética y la moral. De subordinación, porque el objetivo ético, que se corresponde con la estima de sí, prima sobre el momento deontológico, el cual se corresponde con el respeto de sí. De complementariedad, por la necesidad que tiene el objetivo ético de pasar por el tamiz de la norma; en este sentido, el respeto de sí es el aspecto que reviste la estima de sí bajo el régimen de la norma. De subordinación y de complementariedad, porque cuando el deber y la norma conducen a atascos prácticos – como bien lo ejemplifica la interpretación hegeliana de la tragedia de Antígona, donde se señala la estrechez del compromiso de cada uno de los personajes- es necesario recurrir y privilegiar el objetivo ético, esto es, la estima de sí. A esta apelación al objetivo ético para arbitrar los conflictos que se susciten entre lo deseable y lo obligatorio, Ricoeur la llama «sabiduría práctica del juicio moral en situación», semejante en buena medida a la phronesis aristotélica.

El artículo que NUEVA REVISTA se complace hoy en presentar a sus lectores, «Langage politique et rhétorique», recogido en un volumen recopilatorio titulado Lectures 1. Autour du politique (Seuil, París, 1991, págs. 161-75), apunta a arrojar luz sobre el tipo de conflictos que puden tener lugar en el ámbito de la práctica política. Se trata, para empezar, del carácter esencialmente conflictivo de la deliberación política; luego, de la insuperable pluralidad de fines del «buen» gobierno; y, finalmente, del tipo de valores que persigue una sociedad política. Este carácter conflictual de la práctica política, propio de las democracias modernas, Ricoeur lo liga estrechamente a la irreductible plurivocidad de términos como «justicia», «igualdad» y «libertad».

Una rara intensidad

El escritor y diplomático Paul Morand (París, 1989-1976), pese a su condición rigurosamente occidental, tenía facciones de mandarín chino, cosa que se aprecia en el retrato que le hizo Valentine Hugo en 1922. Quizá por eso, y porque vivió increíblemente mimado por la fortuna, se retrató como Buda, «al que su familia ocultó hasta los treinta años la existencia de la muerte». Morand fue protagonista de otra importante paradoja: coqueteó con el régimen colaboracionista de Vichy (De Gaulle impidió durante muchos años su acceso a la Academia), pero después de muerto su obra ha sido redescubierta por los jóvenes de extrema izquierda. Los intrépidos repertorios de historia de la literatura universal y las enciclopedias cuentan que alcanzó notoriedad con la colección de narraciones Abierto por la noche (Ouvert la nuit, 1922) y su continuación Cerrado por la noche (Fermé la nuit, 1923), y que gran parte de su obra se inspira en recuerdos y experiencias de sus viajes a través del mundo, recogidos en novelas y relatos -La Europa galante {L’Europe galante, 1925), Buda viviente (Boudha vivant, 1927), Campeones del mundo (Champions du monde, 1930)- o en ensayos y libros de crónicas viajeras —La tierra sólo (Rien que la terre, 1926), Crónicas del hombre delgado (Chroniques de l’homme maigre, 1941), Agua bajo los puentes (L’eau sous lesponts, 1954).

Paul Morand participó de esa condición excesiva y elegante de vivir la vida que tienen algunos poetas («Comprendí que no se puede servir al Estado y a otros amos. No puede haber un segundo oficio»). Eso lo llevó a abandonar la política. Como poeta, dejó cinco libros: Lámparas voltaicas {Lampes à are, 1919), Hojas de temperatura (Feuilles de température, 1920), Veinticinco poemas sin pájaros (Vingt-cinq poèmes sans oiseaux), USA. Album de fotografías líricas (USA. Album de photographies lyriques), Papeles de identidad (Papiers d’identité, 1931). Viajero impenitente y hombre de mundo -«veinticinco años en Suiza, diez en Tánger o en España, ocho años en Inglaterra»- Morand dispuso de muchos lugares para vivir —»el Berlín expresionista, la Inglaterra de Huxley, la Roma de Malaparte, el Nueva York del Dial’- y dos ciudades para volver siempre: París y Venecia. Conocida es también su larga vinculación con España. Aquí pasó muchas temporadas: año y medio, entre 1918 y 1919, duró la primera, en Madrid, como secretario de Embajada. Dos años más tarde visitó la isla de Mallorca, a donde volvería un tiempo después y a la que dedicó un libro. Al final de los años cuarenta pasó unos cuantos meses en Sevilla, escenario de su novela El flagelante de Sevilla {Le flagellant de Seville, 1959). Desde esa ciudad universal, Marie Christine del Castillo ha traducido con pericia, sensibilidad e inteligencia los poemas de estas Poesías Completas, incorporando en el Apéndice algunas composiciones aparecidas antes en la revista Grecia de Rafael Cansinos Assens o en La Gaceta Literaria de Giménez Caballero.

Es ésta una poesía que capta muy bien los gustos de los treinta primeros años del siglo, y que se elabora contando – de esa forma alusiva y elusiva a un tiempo en que cuentan sus cosas los poetas y las personas inteligentes- anécdotas fugaces, descubriendo momentos de rara intensidad. El poeta Morand percibe desde el comienzo de su vagarosa trayectoria que los signos del nuevo siglo, lejos del lenguaje celulítico del XIX, son las rotundas palabras ante los micrófonos, los rostros expuestos a la pública luz de los reflectores, el tráfago de automóviles y gentes bajo el pálido neón nocturno, la peripecia humana volcada en los llamativos titulares de los periódicos. La de Morand es una poesía poblada de viajeros errantes y evocadora de erráticas y dramáticas aventuras y atenuada por la frialdad de las metáforas y el calculado sabotaje vanguardista de las imágenes. «Aquellos años locos llaman la atención hoy por el número de víctimas, los suicidados, los desesperados, los desertores, los fracasados ¡Cuántos Picassos se quedaron en el camino!», recordará más tarde. Vaivenes de la Bolsa y fluctuaciones del mercado monetario; obreros en huelga y patronos intratables; tenderos arruinados por el golpe brutal de 1929 y el rostro crispado de los suicidas; los alegres compases de los cabarés y la vida miserable de los arrabales… Todo eso y mucho más, captado simultáneamente por el «ojo cinematográfico» de Dos Passos para describir el mundo americano en su trilogía novelesca USA —Morand dio igual título a su cuarto libro de poemas— lo traspasa Morand al verso libre y a la polimetría de los versículos. Trazos ágiles y estampas escuetas que nos hablan de la vieja Europa (Praga, Venecia, París, San Sebastián, Madrid) y de las grandes ciudades norteamericanas (otra coincidencia con Dos Passos su libro Nueva York, paralelo a la novela Manhattan Transferáú americano).

Poesía de ritmo trepidante, con trenes cosmopolitas y venturosos paquebotes captados por las cámaras imprecisas de Pathé. Poesía también de esforzada imaginería vanguardista, con su carrusel de vocabulario desconcertante, que hoy suena algo averiado o simplemente antiguo cuando sentimos al sujeto poético – e l poeta o quien quiera que hable en el poema- obsesionado por prestigiar sus inventos léxico-semánticos con su «tic» de incurable ventrílocuo, audaz, moderno, temerario. Poesía de distanciamiento irónico cuando el poeta hace sociología de tertulia (La calle Réamur está llena de lesiones, de ganancias agotadoras, / de fallos morales / y de errores de contabilidad), y poesía de trote épico (En mil novecientos veinte / las naciones tuberculosas, los regímenes anémicos que para perdurar tomaban hierro, / las autocracias y sus accidentes terciarios, / e incluso las democracias arterioescleróticas, / […] zozobran, / se van a pique, / haciendo agua por todas las deshonestas averías / que no quisieron restañar) cuando traza la crónica desalentadora de su época. Poesía vitalista y espléndida la de este corazón infatigable que se sabe único en su intento desesperado de estar en el mundo. De otra forma – e n otro sitio— dejó Morand un lema: «Se nos brindaba todo, esperando que lo tomáramos, y todo lo tomamos». Algo de esa ambición se echa en falta en numerosos poetas de este final de siglo.

Inteligente y combativo

Aristóteles estableció que toda virtud se encuentra en el justo medio, actitud ésta que rehúye de dos actitudes erróneas, la que peca por exceso y la que lo hace por defecto. Así, la generosidad se encuentra entre la prodigalidad y la tacañería. Pero no se trata de ser generosos. Una vez que se opta por la generosidad, Aristóteles nos invita a que lo seamos en grado sumo. Esta vieja enseñanza aristotélica tal vez permita encontrar el límite entre el sano centro político y el enfermizo Toda gran política y todo político genial que en la historia han sido pueden caracterizarse por el «centrismo», por el acierto al conciliar términos aparentemente opuestos e inconciliables. Más concretamente, la democracia nunca ha sido la consecuencia del radicalismo (aunque exista una democracia radical que suele ser la antesala del totalitarismo). En Atenas fue el resultado de la concordia entre la aristocracia y el pueblo frente a los tiranos y consistió en la paulatina extensión a una porción de ciudadanos cada vez mayor del ideal civilizatorio de la aristocracia. El régimen parlamentario inglés, aurora de la democracia moderna, fue obra de concordia entre los partidarios del poder real y quienes propugnaban la soberanía del Parlamento. El liberalismo político de Constam, Tocqueville, Lord Acton o los doctrinarios constituye una posición superadora de la antítesis entre el radicalismo revolucionario y la ofensiva reaccionaria. La reciente Transición  española, en suma, fue también obra de la concordia, triunfo del reformismo frente al rupturismo y al continuismo. En este sentido, la virtud política reside en el centro. Una vez que se consolida un régimen moderado, nacido de la concordia, también cabe la existencia de un espacio político de centro. No faltan, desde luego, opiniones que reducen el centrismo a mero talante que debería adornar, como la elegancia o la veracidad, tanto a la derecha como a la izquierda. Tampoco invita a confesarse de derechas o de izquierdas la conocida aseveración de Ortega: «Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser imbécil; ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral. Además, la persistencia de esos calificativos contribuye no poco a falsificar aún más la ‘realidad’ del presente, ya falsa de por sí, porque se ha rizado el rizo de las experiencias políticas a que responden, como lo demuestra el hecho de que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías». Bien es verdad que el filósofo se refería a una época europea no caracterizada precisamente por el imperio del buen sentido político. Lo que no entraña el centro, en el sano sentido de la palabra, es la ausencia de convicciones, el eclecticismo, el pragmatismo electoral nacido de la sospecha de que las elecciones, como los partidos de fútbol, se ganan en el centro, la traición a los ideales y el imperio de la interesada componenda.


Ésta, y no por razones estrictamente impersonales, parece ser la causa de la inteligente diatriba anticentrista que se contiene en el muy inteligente, irónico, combativo y absolutamente recomendable (salvo, quizá, para izquierdistas con escaso sentido del humor y propensiones sectarias) ensayo de Alejo Vidal-Quadras La derecha. Un intento de destilación axiológica, que es, aunque no solo eso, un magistral panfleto político. Baste mencionar la poco inocente cita evangélica con la que comienza: «Y serán reunidas delante de Él todas las gentes, y los apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda». No hará falta decir que el autor no se limita a caracterizar a la derecha, sino que no desaprovecha la ocasión para zaherir y fustigar a una izquierda, a la que reconoce el mérito de haber  ganado en España, por ahora, la batalla de la propaganda, hasta el punto de que la «derecha contrita» reviste sus «miserias» bajo el púdico ropaje centrista. Ésa es la razón de que la izquierda pueda descalificar a su adversario con el anatema de «la derecha», convirtiendo una palabra definitoria en un apestoso estigma. Mientras la derecha  es identificada con su tradición más autoritaria, la izquierda no se recata en asumir su no escasa raigambre violenta y solo cubre con un púdico silencio los episodios más cruentos. Y es que izquierda y derecha son elementos de la topografía política que distan de ser conceptos unívocos. «Hablar de la derecha como especie única y poner en el mismo saco al conservadurismo liberal y reformador de Cánovas y Maura, al carlismo integrista y montaraz, al monarquismo autoritario de Primo de Rivera, a la férrea dictadura de Franco y al moderantismo democrático y conciliador de la UCD, indica hasta qué punto se puede intentar abusar de la simplificación interesada con fines de movilización electoral».


Para caracterizar a la derecha contemporánea, Vidal-Quadras propone un criterio axiológico: la actitud hacia el binomio libertad-igualdad. Frente a la izquierda, la derecha otorga primacía a la libertad sobre la igualdad y opta por la libertad «negativa» frente a la «positiva». Mientras «la derecha es el conjunto de ideas y actitudes que derivan de la elección de la libertad negativa como objetivo moral primordial», «la izquierda es el conjunto de ideas y actitudes que derivan de la elección de la libertad positiva como objetivo moral primordial». La distinción entre libertad positiva y negativa, que deviene privilegiado criterio diferenciador, ha sido propuesta por Isaiah Berlin a partir de una concepción clásica en la tradición liberal, al menos desde el célebre ensayo de  Constant sobre la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos. La libertad «positiva» o «libertad para» consiste en la capacidad de actuar, de hacer cosas, de participar en la vida pública. La libertad «negativa» o «libertad de» consiste en la ausencia de coacción, en la reserva de un espacio lo más amplio posible en el que nadie, ni la sociedad ni el Estado, puede intervenir. Aunque las dos clases de libertad son compatibles, se producen tensiones entre ellas, tensiones en el fondo entre libertad e igualdad. Mientras la derecha se decanta hacia la libertad «negativa», la izquierda lo hace hacia la «positiva». El problema de la izquierda suele ser que al caminar ansiosamente hacia la igualdad suele perjudicar a la libertad y, al final, no consigue ni la una ni la otra. Decir que en el comunismo soviético había igualdad pero no libertad es una prueba de la pérdida de contacto con la realidad.


Tal vez el criterio propuesto por el autor, bien es verdad que solo como criterio diferenciador contemporáneo, insista demasiado en las diferencias económicas entre la derecha y la izquierda. Cabría añadir, sin duda, su oposición en torno a otros valores, cosa que el autor en algunos casos apunta. Son tantos los desatinos intervencionisas del socialismo que se le puede perdonar algún exceso neoliberal, si bien jocandi causa, como la humorística analogía entre los atracadores y los inspectores de Hacienda. Vidal-Quadras ha escrito un ensayo combativo e inteligente que, con un humor inusual en textos políticos (menos aún en los propios de la izquierda, que se toma a sí misma demasiado en serio) propone un criterio axiológico para deslindar la derecha y la izquierda, vapulea al centro como derecha contrita y vergonzante y de paso fustiga al «ogro filantrópico» izquierdista mediante el arma exquisita de la ironía.  

Nova et Vetera

Había empezado a escribir  esta reseña siguiendo un  procedimiento que me parecía  muy adecuado a la naturaleza  del libro: condensar en una, dos o  tres palabras, en una frase rápida, como  en un juego de asociaciones, la  lectura de cada poema, para sumarlas luego y explicar el resultado. Pero  luego descubrí que el resultado (la  descripción, la apreciación del libro) estaba hecho: lleva escrito más de  quince siglos.

Luis Alberto de Cuenca
Por fuertes y fronteras
Visor Libros
Madrid, 1996, 79 págs.

Respondiendo a la pregunta de  un abogado amigo suyo sobre la clase  de estudios en que podía ocuparse  durante unas vacaciones, Plinio le  aconsejaba, entre otras cosas, que de  vez en cuando escribiera poesía: «No  me refiero a ese género de poema extenso  y seguido (que solo es posible  terminar si no se hace otra cosa) sino  a este otro ingenioso y breve, que nos  saca maravillosamente de ocupaciones  y preocupaciones por grandes  que sean. ‘Juegos’, los llaman, pero  juegos que reportan a veces una gloria  no menor que las obras serias. (…)  Es sorprendente cómo estos pequeños  escritos absorben y relajan nuestro  espíritu. Pues son sus temas los  amores, los odios, la indignación, la  compasión, el humor, todo lo que la  vida, en suma, nos ofrece a diario».

Entonces (como ahora) esta poesía  tuvo que defenderse de los cargos  de frivolidad, superficialidad, intrascendencia,  ligereza, simple juego.  Otro poeta antiguo -más sensible a  esta crítica, pues en su caso era con  más frecuencia merecida— echaba  mano del argumento más contundente: los que de verdad se burlan y  juegan son los que escriben poemas  grandilocuentes sobre historias truculentas  o inverosímiles. Cierto que  son ellos quienes reciben las mayores  alabanzas y el reconocimiento; cierto,  sí, los alaban, pero los que la gente  lee son éstos.

Naturalmente, éste no es un criterio  adecuado. Hasta el propio  Marcial lo habría reconocido: no sirve  como criterio, pero escuece. La  verdadera defensa se encuentra en las  virtudes propias, exigidas siempre y  sin concesiones: brevedad, claridad,  concisión, agudeza, contención, ritmo,  forma, equilibrio, inteligencia.

¿Hubo alguien más que hablara  de este libro hace más de quince siglos?  Ausonio, cuando recomendaba  el suyo: «Lectura de mañana hay en  él y lectura de tarde; con lo alegre/  hemos mezclado lo serio, para que  todo agrade en su momento./ Ni la  vida es de un solo color, ni el lector  de poesía, de un único/ modelo; cada  página tiene su ocasión;/ esto es  del gusto de Venus, delicada, aquello,  de Minerva, belicosa;/ esta parte  complace al estoico, a Epicuro, aquella…».

¿Y en qué quedaron aquellas breves  notas mías? ¿Son igual de actuales?  Más o menos, en esto: ars ovidiana;  Machado (Manuel); Borges,  cruel; Catulo, siglo XX; mirada en  movimiento: serie negra; Ausonio,  pero a lo bestia; ocurrencias, cinismo  de salón, «pub-poetry»; name-dropping,  emblemata-, juegos peligrosos;  hasta el límite justo: alegorías, a cargo  del lector; varias veces: chapeaul, «susurros de soledad», «cálices de  amargura», un nudo en la garganta…

Y antes de dejar en manos de la  única persona autorizada la sentencia  final, volveré a Plinio: en otra carta,  pidiéndole a un amigo una crítica  sincera sobre sus propios versos, escribe:  «por lo demás, el lector informado  e inteligente no debe comparar  entre sí cosas distintas, sino enjuiciar  de por sí cada una, sin tener  por inferior a otra cosa lo que es perfecto  en su género». Suum cuique…

Suave intimismo

La melodía ocupa un lugar particular en el corazón de Debussy. Sus primeros  pasos en la composición, siendo todavía estudiante, fueron canciones sobre poemas de escritores de su tiempo como Verlaine y Baudelaire. Estos poetas ejercieron sobre el músico, sin duda, una mayor influencia estética y expresiva que los propios compositores de aquel tiempo. En su afán por recrear la atmósfera de los poemas y seguir su estructura, Debussy fue ideando un lenguaje personal hasta crear un estilo único que se apartaba a pasos agigantados de la forma de hacer música del siglo XIX.

Fue alrededor de 1880 cuando Debussy escribió las canciones que se recogen en este nuevo disco, tituladas aquí Canciones Olvidadas, y ciertamente poco frecuentes en los repertorios habituales. El Recueil Vasnier es un grupo de canciones compuestas entre 1882 y 1884, escritas especialmente  para Mme. Vasnier, una soprano coloratura que había conocido en las clases del conservatorio. Marie Vasnier era mayor que el joven Debussy y además estaba casada, pero reunía todos los requisitos para convertirse en el amor platónico del músico. Junto a los Vasnier, Debussy encontró su segundo hogar en aquellos años de estudiante. Antes de marchar hacia Roma para disfrutar de la beca de estudios que había obtenido gracias al codiciado Premio de Roma en 1884, Debussy le regaló estas melodías con una fervorosa dedicatoria: "A Mme. Vasnier, estas canciones que solamente han vivido por ella y que per­ derán su gracia encantadora si no pasan por su boca de hada melodiosa".

Las Ariettes Oubliées, con textos de Paul Verlaine y compuestas durante su estancia en Roma (1885-87), estaban igualmente concebidas para Mme. Vasnier, pero no solo presentan una mayor distancia emocional, sino también un alejamiento de las líneas vocales melodiosas de las canciones anteriores, e iban adoptando poco a poco un estilo más cercano al recitativo.

Los Cinco Poemas de Charles Baude/aire (1887-89), extraídos de Las flores del mal, constituyen el giro definitivo hacia una expresión más filosófica y en consonancia con los textos de los poetas simbolistas con los que Debussy siente una gran afinidad. La idea de Baudelaire de que "los perfumes, los colores y los sonidos se responden" encuentra en Debussy un eco inmediato y se conviene en uno de los ejes de su inspiración. Fascinado igualmente por la música de Wagner, Debussy busca la obtención al piano de sonoridades más grandiosas, mientras la voz es tratada como un  instrumento más. Así, estas canciones suponen la definitiva adopción de un lenguaje propio y se apartan definitivamente de las compuestas con anterioridad. Como ocurre con la música de Wagner, los leitmotiv o ideas recurrentes constituyen el procedimiento que utiliza Debussy para dar unidad al ciclo de canciones y a cada una en particular. Igualmente se apunta esa idea de la unendliche me/odie, o melodía in­ finita wagneriana, que en Debussy se transforma en un proceso de variación continua que modifica sutilmente los motivos, y que constituye una de sus señas de identidad.

No solo es precioso el repertorio de voz y piano del primer Debussy, sino también este nuevo disco que rescata del olvido melodías exquisitas. La versión es muy buena, gracias a la magnífica voz de la soprano norteamericana Dawn Upshaw, de amplia tesitura y gran agilidad en los agudos, y al gran músico que es James Levine, que en esta ocasión ha dejado el podio por el teclado, para desenvolverse en él con gran soltura y musicalidad. Nos encontramos ante un disco con el que disfrutar del suave intimismo de Debussy. Ambos intérpretes consiguen crear esa atmósfera plenamente sugerente en la que poesía y música se funden para alcanzar lo sublime.

Lenguaje político y retórica

Mi preocupación concierne, en última instancia, a la responsabilidad que tenemos todos, ciudadanos y dirigentes políticos, de hacer un buen uso del lenguaje político. Quiero justificar esta llamada a la responsabilidad a través de una reflexión que se sitúa en el plano de la filosofía política; más específicamente, por una reflexión centrada sobre la fragilidad del lenguaje político, en tanto que forma particular de empleo del lenguaje. De entrada, reconozcamos el anclaje de nuestra empresa en lo que la tradición filosófica, desde Sócrates hasta la teoría del discurso, ha designado con el término «retórica», donde la retórica, más allá incluso del discurso político, constituye ya un empleo frágil del lenguaje. Quisiera precisamente mostrar por qué es un empleo particularmente frágil cuando penetra en la esfera política.


Comencemos pues por decir por qué la retórica constituye un uso frágil del lenguaje. Ella debe esta desgracia a su situación ambigua – a medio camino entre el nivel más elevado de la demostración racional y el argumento francamente sofístico-, por la cual designo la construcción hábil de sofismas que apuntan a extorsionar a un auditorio en favor de una mezcla de falsas promesas y verdaderas amenazas. Es entre la seguridad de la prueba y el uso perturbador de argumentos hábiles en donde se despliega la retórica. Aquella retórica de la cual Aristóteles decía que era la «antístrofa de la dialéctica», es decir, según él, la apelación a los argumentos solamente probables. Es éste, de entrada, el problema que se sitúa entre la demostración y el sofisma.


Antes de intentar caracterizar la política en función del uso del lenguaje, me gustaría recordar, después de Platón y de Aristóteles, de Hobbes y Rousseau, de Kant y de Hegel, de J. S. Mili y de Rawls, el lugar que la política ocupa en la vida humana, y más precisamente en relación a la acción humana. Quisiera insistir sobre el hecho de que la acción humana reviste su significación primera solo cuando está coronada por las actividades relativas a la búsqueda de un buen gobierno, sea de la ciudad, de la nación o la humanidad entera.


Para demostrar esta circularidad entre el plano político y el plano práctico tomado en el sentido más amplio, me gustaría recurrir al concepto, muy del gusto de Hannah Arendt, de espacio público de aparición, que ella identificaba con el espacio político. A través de él, esta pensadora de lo político quería decir más o menos lo siguiente: antes de toda determinación específica en términos de Estado, es decir, finalmente de dominación, la ciudad humana constituye el medio de visibilidad requerido por las actividades que caracterizamos por prácticas tan elaboradas como los oficios y las profesiones, las artes y los depones, los juegos y las actividades de esparcimiento. Si nosotros debemos poder ejercer con toda seguridad esas actividades, tenemos necesidad de un espacio público bien ordenado, en el seno del cual los intereses y los fines particulares están unidos a los intereses profesados en común por cualquier entidad colectiva, que llamamos pueblo o nación, o incluso humanidad. En el mejor de los casos, se trata de una relación de convergencia; en un caso menos favorable, de subordinación; y en el peor de los casos, de impugnación y finalmente de subversión. La comunidad de intereses y de fines que está aquí en cuestión y que nos permite identificar una entidad colectiva, precisamente en tanto que comunidad, constituye el primer umbral de dominio político, antes incluso de que la distinción entre gobernantes y gobernados —la relación de dominación- intervenga y determine el nivel estatal de esta comunidad. En este sentido es en el que los griegos hablaban de la polis y de la politeia. Le corresponde en Hegel la noción de Sittlichkeit, o moral concreta, en la que el Estado constituye la estructura una y diferenciada a la vez.


La existencia de tal espacio público y de tal comunidad de intereses y de fines plantea una alternativa decisiva para toda la antropología de la acción humana. ¿Podemos, con Locke, Mili y más recientemente Nozick, concebir la existencia de un sujeto individual, portador de poderes y de derechos relativos a esos poderes, «antes» de la intervención de la sociedad, y considerar el aparato institucional de la sociedad como un instrumento extrínseco a esos derechos previos? ¿O bien debemos, con Aristóteles, Hegel y Marx, considerar como arbitraria esta representación de un sujeto portador de derechos, fuera de todo vínculo comunitario, y tener la dimensión política por constitutiva del ser mismo del hombre obrante? Como Hannah Arendt nos ha ayudado a reconocer, la elección entre estas dos interpretaciones de la pertenencia política del sujeto humano no es in diferente en lo que concierne al estatuto de las obligaciones que resultan de ella. En la primera perspectiva, todas las obligaciones respecto de la comunidad son condicionales, es decir, relativas a un consentimiento revocable del individuo. En la segunda, esas obligaciones son irrevocables, por la simple razón de que solo la «mediación» de la comunidad de pertenencia permite desplegar las potencialidades humanas.


No dudo en señalar mi preferencia por la segunda interpretación, por las razones extraídas de la antropología del obrar. El atomismo presupuesto por la primera interpretación carece en efecto de bases antropológicas. Es una construcción hipotética que representa la proyección retroactiva de la adquisición de la evolución social, a saber, la promoción del individuo autónomo a la cima de la jerarquía de valores de la sociedad humana1. Por el contrario, solo una antropología que hace lugar a las nociones de capacidad de obrar, de disposición, de desarrollo, de cumplimiento, puede dar cuenta del hecho de que las capacidades que tenemos a justo título por inmediatamente dignas de respecto solo se pueden desplegar dentro de un cierto tipo de sociedades; por consiguiente, su desarrollo no se puede dar en cualquier sociedad política. Es decir, si el individuo deviene humano solo bajo la condición de ciertas instituciones, entonces la obligación de servir esas instituciones es ella misma una condición para que el agente humano continúe desarrollándose2.


No es pues inocente profesar una u otra concepción relativa al origen (en sentido más lógico que cronológico) de la política. Una vez más, si el individuo se considera como originariamente portador de derechos, tomará a la asociación y todos los cargos que se derivan de ella por un simple instrumento de seguridad al abrigo del cual perseguirá sus bienes egoístas y considerará su participación como condicional y revocable. Si, por el contrario, se tiene por endeudado de nacimiento respecto a las instituciones, que son las únicas que le permiten devenir un agente libre, entonces se considerará como obligado respecto a esas instituciones, obligado muy particularmente a hacerlas accesibles a los otros.


El concepto de autoridad política no tiene otro origen ni otro sentido. La autoridad designa la contrapartida de la obligación nacida de la pertenencia a un espacio político, a saber, la obligación de obedecer las reglas comunes que son la condición del desarrollo de las capacidades en virtud de las cuales el hombre se considera como humano. Dicho de otro modo, no es lícito que el individuo recoja los beneficios de su pertenencia a la comunidad sin pagar los cargos. Pertenecer desarrolla una obligación, en la medida misma en que las capacidades cuya expansión está condicionada por esta pertenencia son en sí mismas dignas de respeto.


Este argumento no sirve para legitimar cualquier tipo de régimen político. Se limita a decir, negativamente, que no hay agente libre fuera de un cierto medio asociativo; positivamente, que el individuo debe tener cuidado de la forma de sociedad en tanto que todo indivisible, por lo mismo que ésta autoriza el desarrollo de las capacidades que hacen al hombre digno de respeto.


La relación recíproca entre las capacidades inmediatamente dignas de respeto y la institución política que mediatiza la actualización de esas capacidades permite a la teoría política no caer en el exceso contrario al atomismo político, exceso que merecería el término de «holismo». Sí, la política se inscribe sobre el trayecto de la realización de lo humano en tanto que tal; no es pues extrínseca a la humanidad del hombre. No, la política no es la invención de lo humano y sí importa qué institución política es «buena». Si el individuo no es originariamente portador de derechos subjetivos, no obstante su ser social desarrolla esas capacidades que hacen de él un agente inmediatamente digno de respeto. Esa relación recíproca, en virtud de la cual la teoría se mantiene a igual distancia del atomismo que del holismo, ha encontrado su expresión más adecuada en el concepto de «reconocimiento» que está en el centro de la filosofía política de Hegel en la época de Jena y que ha conservado una posición mayor en los Principios de la filosofía del derecho del período berlinés del filósofo. Este concepto de reconocimiento solo puede ser formulado en la época moderna. Supone un desarrollo social, cultural y moral tal que la autonomía haya devenido el concepto dominante de la auto-interpretación del hombre obrante. No que el individuo lo sea de un modo intemporal y absoluto, como lo pretendían los pensadores del siglo XVIII. La autonomía forma precisamente parte de la Sittlichkeit del hombre moderno. Es un valor público, aun cuando coloca al individuo en la cima. Y ella no prospera más que en las constituciones políticas que reconocen la autonomía como un valor tal. El reconocimiento es así un fenómeno de doble entrada: que la autonomía individual no puede prosperar más que en una forma de sociedad donde su valor es reconocido tiene como contrapartida el reconocimiento por parte del individuo de una deuda respecto a las instituciones políticas sin las cuales el individuo moderno no habría visto la luz; nuestro «vínculo» a esa sociedad no es pues ni condicional ni opcional, sino que tiene valor de obligación.


Ha llegado el momento, después de haber considerado la dimensión política de la acción humana, de situar al «lenguaje» en la vida política. Para hacerlo, ahora voy a caracterizar la política por su propia manera de «usar» el lenguaje. Sabemos que toda acción puede ser llevada al lenguaje en la misma medida en que hablar es una suerte de acción. Es claramente el caso de los actos de discurso del género de la promesa, la orden, la advertencia, como lo ha mostrado el filósofo Austin en How to do things with words. ¿Cómo se aplica este rasgo al lenguaje político en particular? ¿Qué «cosas» hace? ¿Qué hace a la fragilidad de este hacer?


Se ha comenzado a responder la cuestión cuando se ha propuesto considerar esta fragilidad como ligada al funcionamiento retórico de ese lenguaje. Antes de entrar en detalles, permítaseme decir con alguna insistencia que esta fragilidad retórica, lejos de condenar al lenguaje político, lo confía sobre todo a nuestro cuidado y a nuestra protección y nos invita a velar para que funcione tan bien como sea posible, estando dado al nivel de argumentación que le es propio (a saber, una vez más, el nivel retórico, que lo sitúa en la zona vulnerable entre la prueba rigurosa y la manipulación falaz).


Quisiera ahora examinar el funcionamiento retórico en tres niveles sucesivos. De entrada, el de la deliberación política, con su aspecto necesariamente conflictivo; después, el nivel más elevado de la discusión sobre los fines del «buen» gobierno, donde una insuperable pluralidad de fines agrava la fragilidad del lenguaje político; finalmente, en el plano más elevado, el del horizonte de valores en el seno del cual el proyecto mismo de un buen gobierno atañe a la representación de lo que nosotros tenemos por la verdadera vida, por la vida «buena». De un plano al otro, el lenguaje político parece convertirse cada vez más vulnerable al mal uso.


I EL DEBATE POLÍTICO


En lo tocante a la deliberación, situémonos en el marco de las democracias occidentales modernas, caracterizadas por un Estado de derecho en el cual las reglas de juego «son» objeto de un consentimiento amplio. Se puede decir que, en un Estado tal, el lenguaje político está esencialmente implicado en las actividades de deliberación pública que se despliegan en un espacio libre de discusión política. La noción de «publicidad» es aquí la noción cardinal, no en el sentido de propaganda, sino en el sentido de espacio público. La primera conquista de las democracias es la constitución de un espacio público de discusión, con su corolario obligado: la libertad de expresión, donde la libertad de publicar, en el sentido usual del término, afecta a la prensa, a los libros y al conjunto de los grandes medios de comunicación. En este espacio público se confrontan las corrientes de opinión más o menos organizadas en partidos. Esta confrontación pone en juego la segunda noción importante para nuestra reflexión sobre el lenguaje, a saber, la articulación entre «consenso» y «conflicto». Lejos de oponerse, dichas nociones se reclaman mutuamente y se complementan. Por un lado, la democracia no es un régimen político sin conflicto, sino un régimen en el cual los conflictos son abiertos y además negociables. Eliminar los conflictos —de clases, de generaciones, de sexos, de gustos culturales, de opiniones morales y de convicciones religiosas- es una idea quimérica. En una sociedad cada vez más compleja, los conflictos no disminuyen ni en número ni en gravedad, sino que se multiplican y se profundizan. Lo esencial, como se lo ha sugerido, es que se expresen públicamente y que existan reglas de juego para negociarlos. Es aquí donde los conflictos requieren el consenso en la misma medida en que ese consenso hace posible la negociación. Ahora bien, ¿cómo negociar los conflictos sin acuerdo sobre las reglas comunes del juego? De esta situación resulta para el lenguaje político un constreñimiento fundamental que define el marco de lo que he llamado, para abreviar, «deliberación pública». El lenguaje político funciona mejor en las democracias occidentales modernas como lenguaje que confronta las pretensiones rivales y que contribuye a la formación de una decisión común. Es pues un lenguaje a la vez conflictual y consensual3.


De ahí su extrema vulnerabilidad. Aquí son confrontados numerosos criterios que manifiestan un primer grado de indeterminación en el espacio público de discusión. Estos criterios intervienen en la motivación de las elecciones necesariamente partidarias canalizadas por los órganos de una discusión organizada: partidos, sindicatos, grupos de presión, sociedades de pensamiento, con sus órganos de prensa y su aparato de publicidad (en el sentido indicado antes). Bajo este régimen, el conflicto no es un accidente, ni una enfermedad, ni una desgracia; es la expresión del carácter no decidible de modo científico o dogmático del bien público. No hay lugar donde ese bien sea percibido y determinado de modo tan absoluto que la discusión pueda ser tenida por concluida. La discusión política no concluye, aunque pueda dar lugar a una decisión. Pero toda decisión puede ser revocada según los procedimientos aceptados y ellas mismas tenidas por indiscutibles, al menos a nivel de la deliberación donde nosotros nos situamos.


Ahora bien, otra discusión permanece abierta en otro nivel: una discusión de más largo alcance y susceptible de afectar en un plazo más largo a la estructura del espacio de discusión, una discusión que descansa sobre lo que llamamos el régimen (como se habla de «Antiguo Régimen»). Este nivel es el de los fines del «buen» gobierno.


II LOS FINES DEL «BUEN» GOBIERNO


Aquí se descubre una fragilidad más grande. Se expresa de un modo más visible en las controversias en torno a palabras clave, tales como «seguridad», «prosperidad», «libertad», «justicia», «igualdad». Estas palabras alimentan la discusión en torno a lo que se considera que son los «fines» del «buen» gobierno. Ellos se perfilan indefectiblemente en el horizonte de la discusión regulada en un Estado de derecho como las democracias occidentales modernas. Son entonces términos emblemáticos los que dominan desde lo alto la deliberación política. Sin embargo, ellos conciernen a la discusión política cotidiana solo cuando ponen en cuestión el consenso mismo sobre cuyo fondo se desarrollan los debates políticos. Su función es la de justificar no la obligación de vivir en un Estado en general, sino la preferencia por un forma de Estado, por una «constitución», en el sentido amplio que se encuentra en Aristóteles y Hegel.


Esos términos emblemáticos tienen una connotación emocional que va mucho más allá de su significación estrictamente literal. Por esa razón se prestan tan fácilmente a la manipulación y ofrecen armas a la propaganda, más que argumentos para la discusión. Admitido esto, la filosofía política no debe renunciar a su tarea de clarificación ni, sobre todo, a su esfuerzo por reconocer la validez de la cuestión a la que esas palabras clave pretenden responder, a saber, la cuestión de los fines del «buen» gobierno. Es decir, esos conceptos tienen una historia respetable, solidaria a la reflexión fundamental de los grandes pensadores políticos: Platón, Aristóteles, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Rousseau, Kant, Hegel, Marx, Tocqueville, Mili… Repuestas a su historia conceptual, resisten a lo arbitrario de los propagandistas que les querrían hacer decir cualquier cosa. Arrojarlos pura y simplemente del lado de las evaluaciones emocionales irrecuperables para el análisis es consentir precisamente los malos usos ideológicos, en el peor sentido de la palabra. Por el contrario, la tarea es desgajar sus nudos de sentido, precisamente en tanto que términos apreciativos relativos a los fines del «buen» gobierno.


Lo que ha podido hacer creer que esos conceptos no podían ser salvados es que no se han tomado en cuenta dos fenómenos mayores que una filosofía de la acción de tipo hermenéutico está preparada para reconocer: a saber, en primer lugar, que cada uno de esos términos tiene una pluralidad de sentidos irreductible; en segundo lugar, que la pluralidad de fines del «buen» gobierno es quizá irreductible; dicho de otro modo, que «la» cuestión del «fin» del buen gobierno es quizá indecidible. En lo que concierne a la polisemia de términos tales como «libertad», «justicia», «igualdad», ella es reconocida por Aristóteles en las primeras líneas de su tratado sobre la Justicia en la Ética a Nicómaco, libro V; ahora bien, si esta polisemia es tan suprimible como lo dice Aristóteles, es necesario prever que tal significación parcial, digamos, de la libertad, recubre tal significación parcial de la igualdad, mientras que tal otra repugna enteramente a otra significación parcial del término adverso. Pero es la irreductible pluralidad de los fines del «buen» gobierno lo que debe detenernos más; ella significa esencialmente que la realización histórica de un valor no puede ser obtenida sin perjudicar a otro; que lo trágico de toda acción humana es que no puede servir a todos los valores a la vez. Si tal es el caso, y yo creo que lo es, el carácter a la vez fragmentario y conflictivo del pensamiento político tiene con qué irritar la voluntad de totalización de los espíritus dogmáticos, la cual se encuentra paradójicamente del mismo lado que la ideología en tanto que representación global, simplificadora y esquemática del espacio público de discusión. Ahora bien, que la simplificación ideológica sea inevitable depende de la finitud esencial de la acción en general y de la acción política en particular. En la acción, es necesario primero elegir, después preferir, luego excluir. El constreñimiento es más grande en el campo político. Aquí, ninguna práctica puede satisfacer a todos los fines a la vez; por consiguiente, cada constitución expresa una escala de prioridades irreductibles la una a la otra en virtud de razones contingentes, tributarias de una coyuntura geográfica, histórica, social y cultural, no transparentes a los agentes políticos del momento. Por esa razón, un equilibrio perfecto entre al menos tres de esas ideas —la justicia, la libertad y la igualdad- es una pretensión quimérica donde se atestigua el lado trágico de toda acción. Quien una vez ha reconocido la inconmensurabilidad de fines perseguidos por la acción política está listo, no para salir del campo de la confrontación política, sino para penetrarlo con un sentido de la medida, la cual prepara a su vez para ejercer un respeto más grande por la fragilidad de la verdadera vida, de esta vida «buena» respecto a la cual el «buen» gobierno constituye la figura más aproximada que sea accesible a nosotros, animales políticos.


III. LA CRISIS DE LEGITIMACIÓN


El tercer nivel de la práctica política que propongo considerar concierne al horizonte de valores en virtud de los cuales la proyección de lo que es tenido por el «buen» gobierno reúne la representación de la vida «buena». No es solo a la ambigüedad que el lenguaje político es confrontada, sino a la ambivalencia. La ambigüedad consistía en que las principales palabras de la práctica política, desde la idea de seguridad hasta la de igualdad, tenía más de un sentido y que sus significaciones parciales estaban condenadas alternativamente a recubrirse o a oponerse. La ambigüedad podía ser respondida con un cuidado más atento de la pluralidad de las significaciones de cada uno de los términos emblemáticos y de la pluralidad de sus relaciones mutuas. La ambivalencia constituye un fenómeno más grave, a saber, que los hombres puedan por buenas razones amar y detestar las mismas cosas, apreciar y reprobar los mismos valores. Es el caso para los valores que definen menos las constituciones —en el sentido de Aristóteles y Hegel- que las elecciones más fundamentales que deciden acerca de la «forma de sociedad» o, si se prefiere, de la «identidad» del hombre moderno, común a los regímenes democráticos occidentales. La cuestión es menos de vínculo (¿por qué debo obedecer al Estado?) que de legitimidad (¿me reconozco en esta forma de sociedad?). Se ha dado el nombre de «crisis de legitimación» a la sospecha que cae sobre las orientaciones globales de la sociedad moderna, detrás de una interrogación dirigida por Habermas al capitalismo de las sociedades industriales avanzadas, después extendidas al conjunto de las sociedades nacidas de la propia elección del crecimiento ilimitado y del consumo sin límites. A este criterio no escapan los regímenes socialistas asociados, de buena o mala gana, al destino de las democracias occidentales. Lo que está en cuestión es la modernidad o, más exactamente, la auto-interpretación del hombre moderno. Por consiguiente, este hombre ha llegado a detestar lo que ama, sin haber encontrado una alternativa creíble a la forma de sociedad que define su identidad.


Que detestamos lo que amamos es algo de lo que conocemos los síntomas. Hemos elegido el crecimiento, poniendo así la prosperidad sobre el mismo plano que los valores más antiguos de libertad, justicia e igualdad. Pero, recordando la condena de Aristóteles en la que los Antiguos sancionan la pleonexia, el frenesí de poseer siempre más, nos sorprendemos de la invención ilimitada de necesidades artificiales que introducen el «mal infinito» en el deseo. Se puede leer, en los Principios de ¡a filosofía del derecho de Hegel, una descripción sin ilusiones de los efectos de esta pleonexia que, de vicio, ha devenido si no virtud, en todo caso destino, bajo el signo de lo que Hegel llama el «Estado exterior» o el «Imperio de las necesidades». Nos ponemos entonces como románticos trasnochados a deplorar el aplastamiento de la espontaneidad, la ruina de las comunidades tradicionales, la pérdida de la memoria cultural y la pérdida de interés por la cosa pública que llamamos «despolitización» y que va a la par de una total privatización de los fines y de las prácticas. Pero no dejamos por lo mismo de amar el proyecto de sociedad en el cual percibimos los efectos perversos. ¿No es a la elección del crecimiento y de la sociedad de la abundancia a la que debemos la conquista de un espacio privado, condición material misma de la autonomía moral? ¿Cómo nos opondríamos al acceso de las masas a los bienes de consumo antiguamente reservados a una minoría? Lo que se llama «individualismo» designa a la vez esta conquista y el precio en perjuicios de esta conquista. Este discurso es tan conocido que mezcla el elogio y la deploración. Se conservan aún los síntomas. ¿Cómo es la «interpretación de sí» que subyace a esos síntomas?


Aquí es necesario volver al plano de la antropología fundamental en su dimensión histórica y simbólica. Es, en efecto, a largo plazo cuando es necesario reponer la interpretación de sí de la identidad moderna y la ambivalencia que la caracteriza hoy. Lo que acabamos de llamar «individualismo» ha nacido con el proyecto de domino ejercido de entrada respecto a la naturaleza sobre la base de la cosmología científica triunfante en el siglo XVII. Es el mismo proyecto que, con las Luces, se ha extendido a la historia humana y luego a la esfera política. Robert Koselleck, en Die Vergangene Zukunji, señalaba no hace mucho la aparición en el vocabulario del siglo XVII de la expresión Machbarkeit der Geschichte, la historia objeto del «hacer humano». La autonomía moral, proclamada por Kant, pertenece al mismo ciclo de la dominación: dominio de la naturaleza, dominio de la historia y de la política, dominio de sí. Es este dominio puesto de relieve por el desarrollo tecnológico el que se expresa en la auto-interpretación del hombre moderno como individuo autónomo. Por tanto, es esta misma auto-interpretación la que se vuelve hoy contra ella y produce esta «identidad escindida», hecha de entrelazamientos entre una actitud positiva respecto a su propio logro y una conciencia crítica con ella misma. Todo sucede como si el dinamismo de la dominación hubiera superado su propio fin y pagado su triunfo con un precio cada vez más inaceptable. Los síntomas evocados antes no son más que los efectos más visibles de esta paradoja: a la identidad del hombre moderno pertenece la creación conjunta de un espacio público de deliberación y de decisión y de un espacio privado de vida familiar y de intimidad (pero también, excediendo este doble fin, la desafección simultánea por la práctica política y por los vínculos afectivos en la familia nuclear). El mismo hombre que se descubre autónomo, se descubre solo. Es esta coincidencia entre la culminación de un gran designio y su rebasamiento patológico la que produce la ambivalencia moderna. Todo esto ha sido dicho, mejor de lo que podemos hacerlo nosotros, por Horkheimer y Adorno en su crítica a la Aufklärung, para ellos, el desencantamiento del mundo, sobriamente registrado por Weber, expresa el desencantamiento de la razón conducida de su estatuto de sabiduría práctica a su función instrumental. Que casi todos nuestros contemporáneos se piensan de entrada como consumidores, después como trabajadores y, solo finalmente como ciudadanos, no es más que el signo más notable, más caricaturezco, de la autodecepción de un gran proyecto.


¿Cuál es en esta situación la tarea de la filosofía, más particularmente, de la filosofía política? La primera tarea es la de tomar una conciencia más audaz de esta condición del hombre moderno y de su identidad. Reconocer que «pertenecemos a una sociedad que tiene una tendencia a minar las bases de su propia legitimidad»4 constituye un acto de sinceramiento que condiciona todas los emprendimientos ulteriores. La segunda tarea es la de tomar una medida más «relativa» de la forma de sociedad que es hoy objeto de una confianza minada. Después de todo, esta forma de sociedad ha aparecido en Occidente en una época relativamente reciente. Esta relativización debe ir más lejos, me parece, que un retorno a la herencia de la Aufklärung simplemente liberada de sus perversiones; no es que niegue el propósito de Habermas cuando declara que el proyecto de la Aufklärung está inacabado – yo acepto de buena gana que la autocrítica que hoy atraviesa la autocomprensión del hombre moderno es producto de la crítica que, en última instancia, define la Aufklärung, después de todo, la crítica moral que dirigimos a esta sociedad procede en gran parte de los ideales que la han engendrado. Pero un retorno al «puro» ideal de la Aufklärung no parece hoy suficiente. Para liberar esta herencia de sus perversiones, hace falta relativizarla, es decir, colocarla de nuevo sobre la trayectoria de una historia más larga, enraizada por un lado en la Torah hebraica y el Evangelio de la Iglesia primitiva, y por otro en la ética griega de las Virtudes y la filosofía política apropiada. Dicho de otro modo, es necesario saber «hacer memoria» de todos los comienzos y recomienzos y de todas las tradiciones que se han sedimentado sobre su zócalo. Es en la reactualización de las herencias más antiguas que la de la Aufklärung —y menos agotadas que esta última- donde la identidad moderna puede encontrar los correctivos adecuados para los efectos perversos que hoy defiguran los logros irrecusables de esta misma modernidad.


Terminemos con una observación que prolongará hasta el tercer nivel la reflexión sobre la que concluía el análisis de los fines del «buen» gobierno en el segundo nivel. Si los valores resultantes en este segundo nivel son equívocos (o, sobre todo, plurívocos) e irreductiblemente múltiples, por una razón de mayor peso lo serán los que enlazan los fines del «buen» gobierno a las representaciones de aquello que hace a la vida (privada y pública) «buena». Resulta así que no hay saber absoluto que ponga fin a la polémica concerniente a los fines últimos y, por consiguiente, a la relación del «buen» gobierno con la vida «buena». Éste fue precisamente el error – o , sobre todo, el crimen- del totalitarismo al querer imponer una concepción «unívoca» de lo que creía ser un hombre nuevo, de eclipsar los titubeos históricos de la comprensión de sí por una organización autoritaria de poderes, puesta al servicio de esta concepción unívoca. Mi defensa final será en favor del reconocimiento de una «indeterminación última en cuanto al fundamento del poder de la Ley y del Saber, y al fundamento de la relación del uno con el otro bajo todos los registros de la vida social»5. La democracia, según Claude Lefort, nace de una revolución a nivel del simbolismo más fundamental del que proceden las formas de sociedad. Es el régimen quien acepta sus contradicciones hasta el punto de institucionalizar el conflicto. «La democracia se revela así como la sociedad histórica por excelencia, sociedad que, en su forma, acoge y preserva la indeterminación, en notable contraste con el totalitarismo que, edificándose bajo el signo de la creación del hombre nuevo, se dispone en realidad contra esta indeterminación, pretende detener la ley de su organización y de su desarrollo y se diseña secretamente en el mundo moderno como sociedad sin historia»6.


Todo lo que puede ser dicho respecto a la fragilidad del lenguaje político resulta de la acumulación de las debilidades del lenguaje en los tres niveles de su uso político: irreductible conflicto a nivel de la deliberación política en el seno de un Estado de derecho; invencible pluralidad de fines del «buen» gobierno; indeterminación del horizonte de valores en el seno del cual el proyecto del «buen» gobierno reúne las representaciones de la vida «buena». La extrema fragilidad del lenguaje político, para siempre alejado del saber incontrovertible, explica su vulnerabilidad al mal uso sofístico de la retórica: pues el lenguaje político «es» retórico no por vicio, sino por esencia. Lo que le da su límite también le ofrece su grandeza. El hombre no tiene un mejor órgano para interpretarse a sí mismo como animal político. Solo entonces una deontología de la medida y del respeto, aceptada por todas las partes del juego político, puede preservarlo de las perversiones propias de su funcionamiento retórico. ¡Una «buena» retórica es posible!


1 Cfr. Louis Dumont: Essais sur l’individualisme, Éd. du Seuil, 1984.
2 Este argumento dirigido contra el atomismo político está notablemente desarrollado
por Charles Taylor: «Atomism in Philosophy and the Human Sciences», en
Philosophical Papers, Cambridge University Press, 1985, págs. 187-210.
3 N o es casualidad que un número considerable de trabajos en ciencia política, en
el sentido preciso y estrecho que se ha dicho, descanse sobre las actividades deliberativas,
tales como procedimientos de regateo -bargaining- o procedimientos
electorales. La madurez de nuestras democracias se juzga sobre la claridad, la
complejidad, la precisión de esos «procedimientos» y la deontología que regula su
ejercicio.
4 Charles Taylor: «Legitimation Crisis», en Philosophy and the Human Sciences,
Cambridge University Press, 1985.
5 Tomo prestada esta declaración de Claude Lefort: Essais sur le politique, Éd. du
Seuil, París, 1986.
6 Ibid. pág. 25.