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Ver productosPresentamos aquí el primer libro en español de lo que es ya de hecho una nueva disciplina en América, la Socioeconomía. Prologado por su fundador, Amitai Etzioni, el librito posee el mérito de introducir de manera sucinta no solo lo que tendrá un espacio en la academia como área curricular, sino también una nueva política-economía que se ve a sí misma como alternativa entre el neoliberalismo y el socialismo intervencionista.
La Socioeconomía como materia teórica viene a llamar la atención sobre las limitaciones de la metodología neoclásica que actualmente impera en los ámbitos universitarios. Al homo economicus abstracto y atomatizado que utiliza la economía hay que enfrentar el homo sociologicus. Son muchas las reducciones empobrecedoras que hay que transformar. La motivación humana no puede igualarse al resumen de las preferencias egoístas e interesadas; existen también las decisiones colectivas y no-lucrativas. Junto a la razón calculadora, hay que integrar la imaginación y la afectividad prudencial; junto al afán de dominio, la coexistencia y la cooperación; junto al beneficio maximalista, la solidaridad. Se trata de un cambio de paradigma de la racionalidad económica que quiere hacer más justicia a la realidad. La libertad del individuo económico es una abstracción cuyas consecuencias lógicas (en la dirección política) son el desmembramiento de la sociedad, el crecimiento de la desigualdad (la acumulación de poder) y la explotación de la naturaleza. La socioeconomía como nueva sensibilidad se apunta a todas las protestas post-capitalistas: el ecologismo, el globalismo, el feminismo y el antiestatalismo entran por la puerta grande y tienen su lugar como denuncias disfuncionales producidas por la homogeneización de los valores economicistas.
El núcleo central de la socioeconomía lo posee el trabajo como valor intrínseco en sí mismo. Adán hace un recorrido sobre el concepto de trabajo desde los albores de nuestra civilización con una brevedad tan arriesga da que puede pecar de ingenua. No se atiende a la revolución ilustrada que hizo del mundo medieval y renacentista la gran sociedad del comercio, de las profesiones y el funcionariado (ni son mencionadas las órdenes mendicantes como el gran precedente de la profesionalización). El humanismo comercial y la ilustración hicieron posible una «excelencia para todos» gracias a la transacción del trabajo por dinero. Pero esta revolución no es vista con buenos ojos por la Socioeconomía. Para ella es urgente un cambio de paradigma con respecto a la valoración del trabajo en la actualidad: no es justo que se considere «trabajo» exclusivamente a la actividad remunerada. Hay trabajos que, sin ser pagados (labores de casa, acciones sociales…), son igualmente dignos. Adán cree que el no estar remunerados es una de las causas de la discriminación de la mujer o de que en la sociedad capitalista exista una crisis de valores crónica. Pero creer que las acciones que están fuera del mercado deban ser remuneradas es pretender que entren en el intercambio monetario. El borrador de las líneas generales de la Socioeconomía, tal como es propuesto aquí, simplifica los grandes problemas de la actualidad política económica a fuerza de denunciar una ciencia reduccionista y su aplicación en la planificación política: las leyes que describe la economía parecen favorecer a los más ricos y, por otro lado, la ayuda social a los más pobres conviene en ser, en el fondo, un intervencionismo estéril. Otro ejemplo: se aboga por la identidad planetaria -el globalismo- como parte de la cultura del futuro. Pero se hace sin reconocer que tal identidad fue creada por el liberalismo (sin intercambio libre no hay posibilidad de crecimiento económico). Uno más: se apuesta por una corporativización de la sociedad frente a la actual relación abstracta entre individuo y Estado, pero se deja de lado, como si se desconociera, el verdadero problema de la actualidad: la identidad de las minorías frente a un Estado mayoritario, el Estado multinacional y el Estado multiétnico. Lo curioso es que estos problemas sí son tratados por las teorías liberales (Kymlicka), pero no desde luego por el liberalismo del que se habla en el libro (malvado y catastrófico).
Adán enfatiza en muchas ocasiones que el cambio de paradigma economicista por el socioeconómico es una cuestión de estilos de vida. La idea no es reformar el sistema de producción y consumo, sino transformar las mentalidades. Y en verdad hay que decir a su favor que esta introducción poco tiene de economía (se duda en repetidas ocasiones de la autonomía de estas ciencias). La Socioeconomía, tal como se presenta aquí, es una propuesta moral: a ella no le interesa la eficiencia económica sino la finalidad de las actividades, no le interesan los índices del paro sino la marginación de los sin-trabajo, no el producto interior bruto sino la riqueza cultural de una nación. Reprocharle a la economía neoclásica -ante la que la Socioeconomía hace frente- el saberse una ciencia de leyes que solo atiende a los hechos económicos no parece muy afortunado. Que ver las cosas bajo el filtro del beneficio tenga repercusiones en la vida práctica o en las políticas económicas es cosa distinta. Lo que se le pide a una ciencia es que sea capaz de anticiparse a la realidad con descripciones comprensibles para todos, no que nos salve de nuestra insensibilidad. Si se trata de un cambio de paradigma científico, es preciso discutir en términos científicos.
Existe una confusión de fondo que la Socioeconomía, si desea convertirse en ciencia social, debe aclarar: que el mundo no funcione no es sinónimo de que la ciencia económica tenga desenfocado su punto de mira. Si ese fuera el caso, parecería sospechoso que una propuesta moral negara la autonomía de unas ciencias. La ética es la ciencia que se ocupa de los casos imposibles, de los problemas que la inteligencia creó y no ha podido solucionar (Marina). En este sentido, es legítimo decir que el problema de fondo es que las cosas se hacen mal, o que no todos hacemos lo que debemos. Pero esa legitimidad no autoriza a tomar los problemas de una ciencia como problemas éticos para negar su derecho a solucionarlos, y es confuso desde el punto de vista metodológico dotar a esas propuestas éticas de un aire científico del que en realidad carecen. Adán repite que la Socioeconomía no ha hecho más que empezar, que «el trabajo está todavía por hacer». Hay peligros patentes de que ese trabajo se convierta en un discurso del «deber ser». Aristóteles vio también este peligro en el pesimismo de Platón, con respecto al mundo que tenía delante. Por eso no se cansó de decir que las ciencias tratan de los hechos y las opiniones, que deben describir este mundo para clarificarlo, no para desviar nuestra mirada hacia la perfección normativa de un mundo que nadie ha visto
Hay vidas de Jesús escritas por exégetas, por teólogos, por novelistas, por poetas, por periodistas, por pensadores… Y otras que son, fundamentalmente, obra de historiadores. A esta última variedad pertenece la recientemente publicada por Francisco Fernández Carvajal. El autor, a quien conozco desde que cursaba Historia en la universidad, es también teólogo, sabe exégesis, narra bien y está inspirado por la vocación pedagógica y pastoral de un buen sacerdote. Pero en su libro destaca en primer plano su perfil de historiador.
La fuente principal de ésta y de cualquier otra biografía seria de Jesús son los relatos evangélicos, con sus sublimes enseñanzas y sus portentosos milagros. Pero el Jesús del que Fernández Carvajal refiere esos hechos y esas palabras es un ser encarnado en una naturaleza humana, que vive y actúa en un momento y en un lugar de la historia, desde el seno de una cultura y de una sociedad determinadas. Jesús aparece en este libro situado en su ambiente, hablando y obrando con las palabras y con las experiencias y saberes del mundo al que pertenece. Jesús, por ejemplo, sabía cómo jugaban los niños judíos en las plazas de los pueblos, pues había jugado también él. Conocía las faenas de la labranza -la siembra, la siega, la trilla, etc.- y las de los pescadores del mar de Galilea, el oficio de los artesanos que había practicado él mismo; las técnicas dialécticas de los escribas; el servicio de los soldados romanos, de los policías de Herodes y de los guardias del templo, las disputas doctrinales de fariseos y saduceos y sus repercusiones políticas. Estaba familiarizado con las preocupaciones de las amas de casa de aquella sociedad, que fabricaban el pan, disponían el hogar y rebuscaban las monedas ahorradas para gastarlas bien. Jesús participaba de los hábitos sociales de sus contemporáneos palestinos, había asistido a sus escuelas, hablaba sus dos lenguas y nada de la vida de su entorno era para él ajena o postiza: las ceremonias religiosas, las cortesías sociales, los ágapes protocolarios y los «picnics» campestres, el calor de los lazos familiares y los «modos» y grados de la amistad, las peregrinaciones y los viajes, con bastón, alforja y provisiones, etc.
Jesús, en una palabra, estaba impregnado de la cultura de un pueblo: el suyo. Oraba como un israelita piadoso (sin perjuicio de su íntima relación intratrinitaria con las otras Personas divinas), recitaba los salmos y componía oraciones con el estilo de los antiguos rezos hebreos. Aprendidas en las propias escrituras y en la vida, dominaba las artes de la persuasión y utilizaba la fuerza mnemotécnica de las antítesis y del ritmo literario de los buenos discursos.
Éste es el Jesús que presenta Fernández Carvajal. En este contexto describe el autor la vida de Jesús, acertando a insertar en ella su acción y su doctrina. En esta «vida» se capta muy bien cómo diseñaba Jesús sus parábolas y cómo construía sus comparaciones y enunciaba sus enseñanzas: a partir de la experiencia de su propio mundo, de la naturaleza y de los paisajes de su tierra, así como de la realidad y de las tradiciones espirituales de aquel pueblo. Su genialidad -si es que cabe emplear sin irreverencia esta palabra en relación con el Hijo de Dios consistió en convertir todas esas vivencias y saberes en el marco y en el asiento de un mensaje de trascendencia universal, capaz de hablar a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las culturas.
En las páginas de esta biografía se advierte, además, como en una lúcida transparencia, la singularidad del personaje de Jesús de Nazaret, el misterio de su condición divina y el incalculable alcance de su misión en la historia de la humanidad. En este libro se ve y se escucha al Jesús que fue y al Jesús que es y que será para cada uno de los humanos y para el universo.
La biografía de Fernández Carvajal enriquecerá la espiritualidad de los lectores cristianos y mostrará ese Jesús de la historia, vivo y real, a quienes se asomen a este libro desde otras perspectivas religiosas o ideológicas.
En septiembre de 1965, centenario del nacimiento de Ángel Ganivet García, salía a la calle la primera edición de la obra de Antonio Gallego Morell, Ángel Ganivet. El excéntrico del 98, reeditada ahora con motivo del centenario de su muerte. El pensador granadino desapareció en 1898, a escasas fechas del Desastre que tan profundamente había de marcar la realidad de la España finisecular.
Está fuera de toda duda -o, al menos, así hemos de pensarlo- que este año a punto de comenzar va a ser pródigo en recuerdos y conmemoraciones de los acontecimientos habidos hace un siglo, entre ellos la muerte de Ganivet. Conferencias, ciclos de actividades y congresos van a poner sobre el tapete todo un momento, vivo y palpitante entonces, objeto ahora del sereno análisis que permite la distancia del tiempo transcurrido y el necesario alejamiento e imparcialidad que esto conlleva.
La publicación de este volumen hay que enmarcarla en ese más amplio contexto. Y hay que hacerlo de una forma muy particular y positiva, por lo que de permanente tiene la obra impresa. En este caso, gracias a una edición muy cuidada de la Editorial Comares, que ha sabido presentarlo de forma elegante y atractiva.
Forma y fondo se aúnan en este caso. Encabezado por un nuevo prólogo del autor, fechado en el verano de 1997, el texto se ha mantenido inalterable, salvo alguna corrección de detalle que se hacía imprescindible. El texto conserva toda su viveza, su lozanía, su agilidad. Es lo que suele suceder con las obras que marcan un momento y que el correr de los años las convierte en clásicas, de lectura y cita ineludibles. Antonio Gallego es ganivetiano por nacimiento, por herencia y por vocación, y esto es algo que rezuman las páginas de su libro. Pero es también un investigador nato, minucioso, perseverante (¿detectivesco?), incansable, ecuánime en sus juicios, crítico en ocasiones. Gallego es un hombre de un inmenso bagaje cultural, al que difícilmente escapa ese sutil entramado que sustenta el pasado histórico, ya sea en el ámbito local, nacional o mundial. Posee una pluma fácil y ligera, que va desgranando un lenguaje a la vez correcto y coloquial, que encadena al lector sin esfuerzo alguno.
En la unión de todo ello estriba la virtud del escritor que es Antonio Gallego Morell. No solo en esta obra, pero de forma muy particular en ella. De su mano vamos recorriendo, paso a paso, la trayectoria vital de Angel Ganivet. Desde sus primeros años en la Granada que se abría a la segunda mitad del siglo, hasta su final dramático y en gran medida inesperado en aquella lejana ciudad de Riga. De su mano, vemos asomar al tardío pero magnífico estudiante que fue Ganivet; al diplomático; al amante frustrado y atormentado; al escritor, sobre todo. Y, llegados a ese momento, asombra comprobar en qué corco espacio de tiempo fue saliendo de su pluma el conjunto de trabajos que constituyen la obra ganivetiana, el mejor legado que pudo dejar a la posteridad. Muchas de las claves de la vi da de este hombre complejo y de su pensamiento se condensan en este libro.
Ángel Ganivet. El excéntrico del 98 es una obra biográfica; Pero, al mismo tiempo, es mucho más. Es el reflejo de una época convertida en historia. Una época que resulta cercana, próxima, casi familiar. Cada una de sus páginas constituye una viñeta de intenso colorido, donde queda prendido un momento, un lugar, un personaje, un acontecimiento… Contemplada desde Madrid, Granada, Barcelona, Helsingfors o Riga, la realidad de España es el constante telón de fondo de esta narración.
Por todo esto y mucho más, su reedición constituye una aportación fundamental a la conmemoración del 98.
Para muchos españoles, patria es un concepto turbio y poco deseable. Con abuso, lo utilizó el franquismo contra la sociedad civil mediante exceso de gestos y sevicias; ahora abusan de él nacionalismos periféricos que buscan convertirse, unas veces mediante el crimen y siempre con voracidad y reivindicación del privilegio, en naciones excluyentes, casi siempre a partir de un pasado que, a fuerza de reinventado, resulta a menudo imprevisible. No vendrá mal, aunque razonablemente enemistados con todo lo que recuerde a nación, patria, patriota y cosas por el estilo, la lectura de este libro de Maurizio Virolli. Porque abandonar el patriotismo en manos de los nacionalistas acaso sea un mal negocio histórico.
Propone Virolli una antinomia manifiesta ya en el subtítulo: al «patriotismo» de raíz republicana, adhesión a una tierra cuando es defensora de libertades, a ese patriotismo propio de los ciudadanos más que de los súbditos, se le opuso en un momento dado de la historia un enemigo surgido de él mismo: el «nacionalismo», entendido como defensa de lo telúrico, lo esencialista, lo propio, lo inmutable, lo excluyente. El primero idealiza la Roma republicana: son autores itálicos cuya ideología culmina en el Quattrocento (Matteo Palmieri, Leonardo Bruni) y, sobre todo, en ese defensor de la libertad que fue Maquiavelo. La del Maquiavelo de los Discorsi y otros escritos es la ideología de las libertades de las ciudades italianas cuando ya no se justifica el dominio de las oligarquías familiares y se advierte la quiebra del sistema de «mosaicos» nacionales como el de Italia. Esos republicanos tendrán una ilustre descendencia, aunque durante mucho tiempo el absolutismo venza en Europa cualquier otra tendencia. En el siglo XVII, ningún pensador de la altura de Maquiavelo defiende el patriotismo republicano. Sin embargo, en el XVIII, los ilustrados franceses (Montesquieu, Voltaire) toman el relevo, mientras Rousseau lo trasciende y le aporta un viraje que, en defensa en un principio, será la grieta por la que se cuele el nacionalismo.
Vendrá entonces el integrismo nacionalista por sus pasos contados: desde Herder, «primer teórico del patriotismo como algo ajeno a la libertad», hay un pulso que acabará ganando el nacionalismo concebido como integridad en detrimento del patriotismo entendido como convivencia en libertad. Si la Revolución francesa había puesto en marcha este patriotismo («Vive la Nation » expresaba una lealtad nueva frente a «Vive le ROÍ’), a finales del siglo XIX la reacción se había hecho con el discurso nacional-patriótico: en Francia será, además, antirrepublicano. Liberales, progresistas y socialistas se quedaron sin discurso nacional. Es más, lo abandonaron con asco semejante al antes evocado a las fuerzas reaccionarias, acaso porque unían éstas a su sinrazón un furioso mal gusto. Quedaron por el camino profetas del patriotismo republicano como Mazzini.
Virolli propone, entonces, un «patriotismo sin nacionalismo», título del epílogo. Evoca nombres y testimonios como los de Cario Roselli, un socialista que no se conformaba con que el patriotismo lo monopolizaran los fascistas; o Simone Weil y el último Croce. Y la curiosa propuesta de Jürgen Habermas, que rehizo un concepto de patriotismo constitucional en un contexto arduo, el de la Alemania que se curaba de la resaca criminal-nacionalista. Virolli destaca la polémica de su compatriota Rusconi con Habermas, al que consideraba demasiado racional. De él creía que no apelaba a nada profundo. Mas Virolli, que admite esa crítica en parte, no cree que apelar a ciertas profundidades sea prudente ni propicio en defensa de libertad alguna. Desde Herder, la etnia de la nación ha ido demasiado a menudo en contra de la libertad de los ciudadanos como para no estar en guardia. Virolli plantea «la posibilidad de un patriotismo sin nacionalismo» (pág. 228), porque «el patriotismo de la libertad no requiere homogeneidad social, o cultural, o religiosa o étnica» (pág. 229). Ni lingüística, repite aquí y allá.
Tan sumaria exposición deja fuera muchos nombres y matices: tómela el lector como incitación a la lectura del libro, una feliz iniciativa de Acento, una magnífica traducción de Patrick Alfaya MacShane, un libro recomendable para rearmarse (estamos inermes) ante los integrismos de casa y de fuera.

La ética se puede aprender, pero propiamente no se puede enseñar. Ésta es la premisa de la que parte el último libro de Carlos Soria, precisamente profesor de Ética de la Información de la Universidad de Navarra, donde desde hace años ejerce su magisterio. La afirmación puede causar sorpresa o incluso estupor, pero la lectura de este libro demostrará que no puede ser de otra manera. Entre otras cosas, porque como bien dice el autor, «solo se puede saber Ética de la información sabiendo información»; porque «solo se puede saber de Información sabiendo, entre otras cosas, de Ética de la información»; porque «la Ética de la información es poder responder a estas preguntas: qué es, por qué es y para qué es la información» y porque, en definitiva, profesión y Ética son una misma cosa.
El libro está estructurado en dos partes. En la primera de ellas, Soria aborda, entre otros temas, las enfermedades que padece la Ética de las empresas informativas y los problemas y falsos dilemas que plantea; la cuestión siempre candente de la actuación en conciencia y la necesidad de armonizar el Derecho a la información (siempre de la mano de la Ética) con el resto de los derechos humanos. Todo ello desde la convicción profunda de que los criterios éticos deben encontrar su piedra de toque en la experiencia profesional, pues día a día los periodistas se enfrentan a situaciones que exigen una ética abierta, que aporte algo más que soluciones fosilizadas. El autor es consciente de que no solo hay razones para ser ético, sino también para no serlo, y las enumera con la gracia y el espíritu provocador que siempre le han caracterizado.
La segunda parte va al corazón de profesión. Soria no huye de temas espinosos (información y derecho a la vida) ni explica con distancia los criterios que debe seguir la información sobre lo público, lo privado y lo íntimo. Al concepto del honor, uno de los temas centrales en el campo de los derechos de la personalidad, el autor le dedica un capítulo completo, pues no en vano el derecho al honor desempeña un papel configurador (atención, no delimitador) del derecho a la información.
Se equivoca quien crea que El laberinto informativo. Una salida ética ignora las situaciones reales para embarcarse en aventuras abstractas poco realistas. Carlos Soria desciende al detalle en capítulos como el que explica la ética de los procedimientos.
Partiendo del principio insobornable de que el fin no justifica los medios, Soria compone una lista de diez procedimientos «que plantean perplejidades, dudas o fuertes aristas éticas»: la ocultación de la condición de periodista y cambio de identidad; la apropiación indebida de documentos; el «periodismo de rebaño»; la aceptación de dádivas, regalos y agasajos; el plagio de textos, fotos e infográficos, etc. ¿Le suenan conocidos? El autor ofrece incluso un cuestionario práctico para que cada periodista resuelva las dudas que puedan suscitarle algunos de sus propios procedimientos.
No se queda ahí. Soria reflexiona también sobre la información de la violencia, las tentaciones del fotoperiodismo, los fundamentos éticos de la presunción de inocencia y la ética de la comunicación audiovisual, la información publicitaria y las relaciones públicas. Termina con unas páginas absolutamente necesarias, las dedicadas a los deberes del periodista de responder, trascender, mantener o rectificar la información.
En definitiva, un bienvenido manual para alumnos y una excelente reflexión para cualquier informador preocupado por el deterioro que la ética periodística sufre a diario en las sociedades de la información. Como señala el autor en algún momento, un sistema ético para una comunicación underground, la que hoy conocemos.
El mundo en que vivimos es un mundo en el que la música ha pasado a formar parte del ruido ambiental. Estamos en la sala de espera del dentista hilvanados sin poder remediarlo a un «hilo musical» en el que el ritmo automático impuesto a algo que sospechamos conocido nos impide corroborar que «aquello» fue alguna vez una exquisita sinfonía de Mozart. En Navidad, las calles de las ciudades se convierten en vías de asfalto encadenadas sin piedad a villancicos enlatados en cónicas gargantas de metal con amplificación, que impunemente lanzan al aire infectado de claxons voces chillonas con mensajes de paz al son de zambombas, ritmos de salsa caribeña y reclamos publicitarios de ventas masivas con sintonías de Adeste fideles. Incluso los más venerables cafés han renunciado a darle voz a la palabra y, olvidando los tiempos en que la música era cuando menos un necesario paréntesis en la conversación, los tiempos en los que el gozo de una interpretación avivaba el fuego del espíritu para seguir manteniendo la solaz comunicación, sojuzgan (en el mejor de los casos) la voluntad de tertulia al imperio de la «música culta en off«, entrometida comadre que cotillea, banalizando los misterios más sagrados de la casa en la que habita. De eso nos salvaría quizá nuestra pasividad. Pero ¿quién nos exime de culpa cuando la más cuidada versión de El clave bien temperado que suena mientras trabajamos en la redacción de un artículo para una revista universitaria en la biblioteca, revisamos un expediente de dominio en la notaría o atendemos al público en la ventanilla de un banco, puede ser pérfidamente atacada por cualquier sirena de policía y/o ambulancia procedente de la calle plebeya, o por la voz inoportuna de un colega que nos solicita urgentemente para una reunión inmediata? ¿O cuando incluso la presuntamente inocente intromisión del obstinato de la batidora de la vecina del quinto a través del patio puede dinamitar la más excelsa de las músicas en el momento en que, inmersos en el trajín de caseras labores, nos preparábamos inconscientemente para la lenta resolución del preludio n° 1 en do mayor que sonaba en Radio dos? No se asuste el lector. Ni se trata de no volver al dentista, ni de evitar pasear por las calles, ni de eludir responsabilidades profesionales, ni mucho menos de obligar a la vecina del quinto a que aplique un silenciador a su batidora.
LA NECESIDAD DEL SILENCIO
La propuesta del compositor John Cage puede tildarse de consecuente, cuando afirmaba que es necesario crear en estos tiempos una música a la que el ruido no conturbe porque lo acepte sin más en sus estructuras. Pero con la que ya forma parte de lo existente en este mundo, quizá la solución está en considerar que la música, para serlo, no necesita únicamente de una ordenación más o menos artística de unos sonidos cualesquiera, y a partir de ahí, que suene, como sea, donde sea, y en cualquier circunstancia. Se trata también del silencio. Porque la música, para serlo, necesita ser escuchada. Y la primera condición del escuchar es la anterioridad del silencio. Escuchar procede del latin auscultare. Este término nos hace evocar de modo inmediato la atmósfera tensamente silenciosa que precede a la audición del pulso del corazón en las visitas médicas. Escuchar implica atención a lo no inmediatamente audible, exige el esfuerzo de acallar lo exterior para encontrar lo interior, para encontrar el latido regular y rítmico del espíritu. Y silencio no es tanto la ausencia de ruido como un estado interior en el que el ruido se diluye en el vago sfumato ambiental que circunda aquello que se va encontrando, desadjetivándolo, cercando su sustantividad.
No propongo la eliminación del ruido de la vida cotidiana. Es imposible y, de no serlo, sería pavoroso, pues la exterioridad que nos rodea es ella misma ruidosa. El ruido da testimonio de la vitalidad del mundo exterior. La batidora de la vecina del quinto nos da prueba de la existencia del otro, nos acompaña en la elaboración de la comida, y nos incita a intercambiarnos una receta de cocina en el ascensor. La calle es algo vivo por el entrecruzamiento de gritos y voces, el trasiego de pasos lejanos y cercanos, las bocinas de los coches y las sirenas de la policía y/o ambulancia, el traqueteo del taladro de esa calle siempre en obras. En el ruido encontramos la confirmación del mundo exterior; y a nosotros en él. Pues quizá no podríamos ya suponernos sin los nítidos sonidos de los vasos de cristal con café colonial regado de chupito de aguardiante, ligados para siempre a aquellas conversaciones, rivales de la noche en alcanzar el día, que marcaron el resto de nuestras vidas; ni sin las inquietas campanadas del reloj de la catedral cada cuarto de hora, tempus fugit, que nos acompañaban en el duro remontar de los minutos de las tardes enteras de aquellos meses ante libros a los que queríamos arrancar sus secretos; ni acaso sin los quejidos nocturnos de los barcos arribando al puerto, bajos improvisados de nuestras vidas momentáneas en un lugar donde el mar no era circunstancia, sino melodía.
UNA ATENCIÓN QUE EXIGE EXCLUSIVIDAD
Lo que propongo es que ni aceptemos la música como ruido, ni convirtamos la música en ruido. Ruido es el mundo sonoro que nos circunda cuando no le prestamos atención. Y la música se vuelve ruido cuando está donde no debe. No se merece El clave bien temperado ser sometido a la esquizofrenia de no saber a qué atender, si a la anciana señora de nuestra ventanilla que no entiende el recibo de Telefónica o a la maravillosa resolución del preludio n° 1. Probablemente haremos, además, ambas cosas mal. Atención exige exclusividad. Quizá nuestro tiempo adolece de profundidad porque atiende a demasiadas cosas a la vez, con lo que no atiende verdaderamente a ninguna y pierde todo criterio selectivo en la admisión de lo que nos rodea. Oír una sinfonía de Mahler mientras compramos en unos grandes almacenes implica que nunca volveremos a ser capaces de concebir algo grandioso en ella, porque se pierde aquella conciencia de estar ante lo inaudito (lo nunca antes oído) que es cada encuentro con la música. Todo arte posee la magia de colocarnos momentáneamente en el ámbito de la excepción, de lo siempre nuevo, de la infinita capacidad de ser origen, como el mar que agitaba a Valéry («la mer, la mer, toujours recommencèe«..). Pero la velada alusión a lo indescriptible sugerida por una melodía de Schumann se hunde en el pozo irrecuperable de lo banal cuando se automatiza en una máquina tragaperras. La alegría pascual de aurora eternamente rediviva que canta exultante un allelluia gregoriano se vuelve tumulto intrascendente en un pub de moda ahito de hit parades (aunque sea interpretado por los monjes de Silos). El frenético y angustioso ardor del más trepidante de los solos de Charlie Parker naufraga en insulto a la desesperación en cualquier zona de tránsito de cualquier aeropuerto internacional.
Porque en la música, como en la vida, el secreto no está en el qué, sino en el cómo. Y en la música, el cómo se configura por la arquitectura interior construida por el silencio. Escuchar música es escuchar «a la música». Y escucharla es atender a una propuesta, aceptar el juego que nos sugiere, construyendo un espacio interior cuyos límites formales retraen al olvido momentáneo de la difuminación todo aquello que pueda violar la presencia de los sonidos. No se trata de una sacralización de la música, ni de establecer una liturgia de la escucha en escenarios plenos de mística elevación para iniciados. Se trata de recuperar la solicitud por lo que solo quedamente se muestra (independientemente del volumen de decibelios), de volver a encontrar en los sonidos lo que en definitiva «ponemos» nosotros en los sonidos. La música es cosa de dos, como toda relación amorosa: ella y nosotros. Escuchándola, la «dejamos hablar», y así evocamos lo que ella es. Permitiéndole mostrarse, hallamos en la música también aquello que de nosotros mismos desconocíamos. Mitigar el esfuerzo de la atención, desatender la magia de bemoles introspectivos, soslayar la invitación amistosa al diálogo con el tiempo que es la música solo puede conducir a la trivialización de nuestra dimensión temporal.
Lo que propongo es una ecología musical del medio ambiente que libere nuestros oídos de la tiranía de la divulgación indiscriminada y extemporánea de cualesquiera formas musicales. Y, reclamando el derecho al goce incierto pero tranquilizador del ruido circundante tal como es y sin paliativos, reclamo en definitiva el derecho inapelable a poder elegir libremente el momento de encuentro único con el murmullo sonoro de lo imposible.
Veinte años después de la muerte de María Callas, su voz y su leyenda continúan vivas y encienden la imaginación y la sensibilidad de aquellas nuevas generaciones de amantes de la ópera que no tuvimos la oportunidad de verla en la escena.
Hoy, el descubrimiento de María Callas es posible por la nueva publicación de todas las grabaciones que realizó durante su carrera. Este año, coincidiendo con el vigésimo aniversario de su muerte, la EMI -con la que María Callas había firmado una exclusiva en 1953- ha sacado a la luz todo su catálogo renovado y digitalizado para ofrecerlo con el mejor sonido. Son más de veinte los discos recién publicados: 11 óperas {entre las cuales se encuentra su indiscutible éxito, Norma de Bellini, y una interesante y apasionada Traviata de Verdi registrada en vivo), 11 discos de recitales y 2 de programas infrecuentes y grabaciones en directo.
María Callas: La voz del siglo es un doble compacto que recoge 27 arias de ópera seleccionadas entre las de su catálogo, que presenta lo más granado de su arte.
Si el gran triunfo de la Callas fue doble, como cantante y como actriz, hoy, su legado no puede ser valorado más que en una de sus vertientes: la musical. Como cantante poseía una voz de extraordinaria amplitud, que remontaba hasta los agudos de la soprano ligera y se sumergía hasta los sonidos más graves de la soprano dramática, con un timbre oscuro y sólido en el registro grave. Su extraordinaria extensión vocal le llevó a interpretar en ocasiones papeles de mezzo soprano (Carmen, Sanson y Dalila).La Callas adquirió una técnica vocal magnífica a través de la soprano española Elvira de Hidalgo, pero también aprendió con ella a trabajar de forma exigente y con afán perfeccionista.
María Callas había nacido para el canto, aunque indudablemente también para la escena, pues tenía un talento muy especial para la interpretación teatral: se movía con gran libertad por el escenario y conseguía encarnar los personajes de forma muy convincente. Pero si actuaba con empeño y se movía con soltura, era capaz al mismo tiempo de utilizar la voz como medio de expresión de ese personaje; es decir, modelaba con la voz los sentimientos del personaje que encarnaba, dando a cada palabra su significación, y a cada nota, su acento más adecuado. Éste es uno de los valores intrínsecos de sus grabaciones, que no son sino verdaderas interpretaciones, en el sentido más literal del término.
La Callas triunfa en La Scala de Milán durante la época de grandes directores escénicos -Visconti, Zeffirelli…- que abordan su oficio desde un punto de vista más globalizador y conciben la ópera como un espectáculo artístico total en el que música, texto y movimiento escénico han de subordinarse unos a otros. También en la dirección musical, Tullio Serafín y Víctor de Sabara contribuyeron a engrandecer aquellos montajes operísticos y supieron obtener de esta magní fica cantante su mejor arte. Para Visconti, María Callas era la mejor actrizcantante y de ella supo sacar buen provecho, pues encarnaba la síntesis perfecta del teatro in música. Los grandes personajes operísticos como Norma, Tosca o Violeta (Traviata, Verdi) se enriquecieron con las versiones de la Callas, llenas de humanidad y realismo escénico.
De carácter apasionado y temperamental, ejerció de diva con todas las consecuencias, con contratos cada vez más exigentes y algunos desplantes tan sonados como el protagonizado en cierta ocasión en Roma, abandonando la representación de Norma tras el primer acto. Tuvo una vida complicada que incidió poderosa mente en su carrera artística, que empezó a decaer a finales de los años sesenta. Atrás dejaba grandes éxitos en los principales teatros de ópera del mundo y un gran número de admira dores, que siguieron aplaudiéndole en recitales cada vez menos frecuentes. Su arte seguía siendo emotivo pero sus posibilidades vocales se fueron empobreciendo por una serie de circunstancias acumuladas: los problemas personales, el abuso de fármacos para combatir la depresión y las inevitables consecuencias de una mala dosificación de la voz en los años anteriores.
La figura de María Callas constituye el mito de una época. Su forma de cantar ha quedado registrada y constituye el documento excepcional de una heroína romántica, verista, trágica, moderna y opuesta a las de más grandes figuras de su tiempo.
La reciente reinauguración del Teatro Real de Madrid supone la recuperación del espectáculo operístico al más alto nivel y el retorno de este importante foro a las actividades para las que fue concebido hace más de un siglo. De este modo, se cubre una de las más importantes necesidades culturales de nuestro país, pues desde que el malogrado Teatro del Liceo de Barcelona desapareció, no poseíamos un escenario adecuado, similar al de las más importantes naciones europeas.
Exceptuando la actividad desplegada por el Liceo y las temporadas de ópera en Madrid y algunas otras ciudades españolas, lo asombroso es constatar que España se ha caracterizado por la producción de grandes cantantes a pesar de no tener una intensa actividad operística. A lo largo de los últimos cien años, las voces españolas han constituido un elenco de primer rango en los escenarios del mundo. Hasta época reciente, las posibilidades de los grandes cantantes españoles para desarrollar su carrera en nuestro país eran más bien escasas. Suele afirmarse que las condiciones climáticas de España favorecen la constante aparición de voces cálidas, potentes y de gran agilidad, y prueba de ello es que entre los más destacados cantantes de ópera de la actualidad se encuentran muchos españoles. Sin embargo, esta facilidad natural no llegaría nunca tan lejos de no existir una tradición en el estudio del canto; y es que muchas de estas grandes voces han querido dejar también un legado a través de su dedicación a la enseñanza o de la transmisión de su técnica vocal a las generaciones posteriores. La Escuela Superior de Canto de Madrid, fundada por Lola Rodríguez de Aragón a finales de los sesenta, es el más claro exponente de este afán.
Este doble compacto cumple un doble cometido: constituye un homenaje a las grandes figuras de la lírica española de este siglo, a la vez que quiere ser testimonio de los cien años de fonografía a través de nuestras mejores voces. Recoge grabaciones verdaderamente antológicas, como la voz de Adelina Patti en un aria de La Sonnambula de Bellini, grabada en 1906; la de Elvira de Hidalgo cantando Una voce poco fa del Barbero de Sevilla de Rossini en 1908, o la del legendario Miguel Fleta con el «Adiós a la vida» de Tosca de Puccini. Pero, junto a estos ejemplos operísticos, y en un alarde de reconstrucción técnica, María Barrientos interpreta al piano junto a Manuel de Falla dos de sus canciones españolas. En lo que respecta a épocas más recientes y, por lo tanto, de mejor calidad técnica, hay ejemplos muy entrañables, como el Voi que sapete (Mozart, Las Bodas de Fígaro) por Teresa Berganza, el Pourquoi me réveiller (Massenet, Werther) por Alfredo Kraus o Un bel di vedremo (Puccini, Madame Butterfly), bordado por Montserrat Caballé. Y así hasta 37 voces distintas con canciones de Granados, García Lorca, fragmentos de zarzuela y ópera.
Nos encontramos ante una grabación de interés histórico, con un programa que sintetiza casi un siglo de canto en España. Esta recopilación ayudará a conocer mejor la trayectoria lírica de nuestro país.