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Ver productosLlena de satisfacción poder comentar un nuevo disco de música española. Y en esta ocasión resulta además motivo de doble alegría, pues si por una parte contiene tres de las más atractivas obras de Oscar Esplá, se trata también de una nueva grabación de la gran Victoria de Los Ángeles. Aunque llevaba bastantes años sin pisar un estudio de grabación, desde hace un tiempo Victoria actúa esporádicamente en los escenarios, dando recitales de canción de concierto.
Oscar Esplá (Alicante, 1886-Madrid, 1976) ocupa junto a Falla y Turina un lugar preeminente en la música española anterior a la Guerra Civil. Su importante personalidad está acreditada por un extenso catálogo de obras musicales y un gran número de escritos sobre música. Injustamente, no ha recibido la atención que su obra merece. Por eso es preciso dar una calurosa bienvenida a este disco, que viene a rescatar del olvido la figura y la obra del compositor alicantino.
Esplá nunca quiso adoptar los nuevos criterios estéticos derivados del dodecafonismo de Schonberg, pero tampoco permaneció al margen de ellos, sino que mantuvo una postura decididamente contraria. Para él la melodía es un elemento intrínseco a todo discurso musical y, salvo algunas incursiones ocasionales en cierto atonalismo, su música permanece fiel a los principios de la armonía tonal.
Sus obras, y muy especialmente estas tres que aquí se recogen, son el legado de un compositor con conciencia mediterránea. Esplá no es un nacionalista en el sentido más estricto de la palabra. Su honda sensibilidad mediterránea es la que aflora de forma espontánea en unas obras que no suelen utilizar citas folklóricas textuales. Con un estilo personalísimo, al igual que lo hiciera Turina con lo andaluz, la música de Esplá se convierte en la voz de la región levantina, en el sonido de las tierras bañadas por el Mediterráneo, con toda su luz y sensibilidad.
Las Canciones Playeras (1929), con poemas de Alberti (del Alba del Alhelí), son una joya de la canción española, y supone todo un lujo escucharlas en la voz de Victoria de Los Ángeles. Y es que Victoria, aunque no con la misma agilidad de antaño, sigue siendo el paradigma de la ductilidad expresiva. Posee una sensibilidad única para la música española, que le permite ofrecer una impresión de delicada ligereza en unas canciones de enorme dificultad, pues no en vano es muy amplia la gama de matices que requieren la música de Esplá y los textos de Alberti.
La Sinfonía Aitana (1958) es la segunda obra sinfónica del compositor alicantino. Estrenada en 1964 por la Orquesta Nacional con Frühbeck de Burgos, toma su nombre de la sierra mas elevada de la región levantina y «su título -dice Esplá- responde a situaciones líricas vividas en aquellas sierras». Con un estilo muy personal, cercano al poema sinfónico, la obra discurre entre los acentos impresionistas y el colorido mediterráneo. La Pájara Pinta es una suite orquestal inspirada en algunas canciones populares que fue concebida, en una primera versión más reducida para piano, para acompañar una representación de marionetas.
Manuel Galduf, uno de nuestros mejores directores, logra una interpretación magnífica frente a la Orquesta de Valencia, agrupación que se encuentra en un momento de éxito creciente. Ojalá este valioso disco de Esplá, junto a otros que han sido publicados últimamente, abra las puertas a un mayor número de grabaciones de música española y contribuya a una mejor proyección internacional de nuestros compositores y de los grandes solistas y agrupaciones españoles.
Semiótica o semiología es todo estudio de la producción de significado. Naturalmente, la primera semiótica es la lingüística, que estudia la producción de significados por medio de las lenguas naturales o idiomas. No obstante, la actividad humana de la significación no se agota ni con la comunicación idiomática verbal ni con sus diversas posibles transcripciones escritas.
Entendemos también la historia que nos cuenta un cuadro de pintura o unos frescos en la pared, leemos tiras de tebeo que no tienen palabras, podemos ser aficionados al cine mudo o sacar consecuencias de una representación de mimo. Incluso cuando el cine es sonoro y la representación teatral tiene detrás un texto, sus significados no son solo los transmitidos de modo verbal.
Además, encontramos significados donde a primera vista parecería que no los hubiera, como, por ejemplo, en el vestido. Si observamos el cuello de los varones que pasan por la acera a nuestro lado, vemos que lo llevan de tres diferentes formas: 1) cerrado y con corbata, 2) abierto y 3) cerrado y sin corbata. Con ello «dicen» que son ejecutivos, estudiantes o campesinos. No es una cuestión económica, desde luego, porque el estudiante descorbatado puede tener mucha mayor capacidad adquisitiva que el empleado de banca en cuestión. Lo mismo pasa con las formas de etiqueta o muchas decisiones urbanísticas.
En suma, el ser humano es el rey de los signos. Ha creado muchos sistemas de signos: desde las señales de humo al lenguaje de las banderas, desde la liturgia a las señales de tráfico. Ha convertido en códigos, según hemos visto, manifestaciones que inicialmente no surgieron para la comunicación. Es capaz, en fin, de hacer signo (al menos para sí mismo) de cualquier cosa: unas cuantas cañas entremezcladas con escayola son recogidas de un derribo y puestas sobre una peana porque han significado «escultura» para la sensibilidad artística que pasaba por allí.
Todo esto y más justifica la sugerencia al respecto del profesor ginebrino Ferdinand de Saussure (1857-1913), padre de la lingüística del siglo XX. Es concebible, dice, un estudio de la vida de los signos en el seno de la sociedad que se podría llamar semiología (del griego semeiom signo). Se trataría de una ciencia sobre la constitución de toda clase de signos (no solo las palabras) y las leyes que los gobiernan, disciplina que «aún no existía» pero que en su profética opinión tenía derecho a existir y un lugar asegurado en el futuro.
En este contexto surge la discusión académica de si la semiología, como previo Saussure, es la ciencia general de los signos y la lingüística constituye tan solo una parte, la dedicada a los signos idiomáticos o, más bien, como sugiere Lotman (1922-1993), la lengua natural es el modelo de todo código y, por consiguiente, la semiótica es una parte de la lingüística. A la mayoría de los especialistas no les parece fundada la segunda opinión.
Sea como fuere, en la práctica, la semiótica como conjunto engloba sin duda la lingüística. Cuando se trata, por ejemplo, de analizar una película, la semiótica fílmica integra, además del estudio de la composición cinematográfica, el de los diálogos (semiótica de la comunicación verbal o lingüística), el de las secuencias de la historia (narratología o semiótica de la narración) etc., etc.
Paralelamente al enfoque lingüístico, la producción de signos es susceptible de un tratamiento filosófico . Los signos son representaciones de otras realidades y, por consiguiente, factores de primera importancia en el orden cognoscitivo. Así lo entendió en Norteamérica Charles Sanders Peirce (1839-1914), reconocido como la otra instancia fundacional de los estudios semióticos en nuestro siglo.
La divulgación de esta línea norteamericana se ha hecho, sobre todo, a través de la obra de Charles William Morris (1901-1979), quien distinguió tres dimensiones de la semiótica: sintaxis o estudio de la relación de los signos entre sí, semántica o estudio de la relación de los signos con las realidades que representan y pragmática o estudio de la relación de los signos con sus usuarios en las circunstancias concretas.
En las últimas décadas se ha ido subrayando la importancia del componente pragmático hasta tal punto que se ha llegado a constituir la pragmática, al margen de la semiótica, como estudio autónomo que englobaría, entre otros factores, la sintaxis y la semántica. El ejemplo de solo, que significa en España «sin compañía» en el diccionario y «café» ante la barra de un bar, nos puede hacer ver lo razonable que resulta en ciertos casos la primacía del enfoque pragmático, que empieza por preguntarse ante qué acto de comunicación estamos (una definición/una demanda hostelera) para pasar después a precisar la semántica y la sintaxis que han intervenido en su configuración.
El conocimiento de las artes se ha beneficiado mucho del desarrollo de la semiótica. La literatura, en particular, supone una encrucijada de sistemas de signos lingüísticos, estéticos y retóricos que se desentrañan con especial lucidez a esta nueva luz. Román Jakobson (1896-1982), Roland Barthes (1915-1980) o Algirdas Julien Greimas (1917-1992) han sido nombres señeros en estas investigaciones. Umberto Eco (1932) no solo ha divulgado sus hallazgos, sino que al hacer a un semiólogo avant la lettre, Guillermo de Baskerville, protagonista de su famosísima novela El nombre de la rosa, ha llevado el término «semiótica» al gran público.
Los nombres de estos estudios -semiótica, semiología- estaban ya en el diccionario, aunque en el sentido restringido de disciplina que trata de los signos (síntomas) de las enfermedades. Los hechos que estudian han sido objeto de atención de uno u otro modo a lo largo de la historia de la cultura. Su importancia y emancipación ha sido, sin embargo, cosa propia de este siglo XX.
Este siglo de los medios de comunicación social (la radio, el cine, la televisión, las infovías), que ha visto multiplicarse con eficacia antes insospechada las fórmulas de publicidad y propaganda, no es extraño que sea también el siglo de la semiótica. La proliferación de signos ha propiciado la constitución de claves de estudio y, a la vez, el desarrollo de estas claves ha suministrado métodos para descubrir nuevas fórmulas.
Nadie crea, sin embargo, que la semiótica sea una investigación que aspire a sustituir a las Ciencias Humanas y Sociales. Sí es un punto de vista que las enriquece.
Publicado en Nueva Revista nº 53 (1997)

Selección y traducción de
[GUILLERMO PERIS]
Voy a hacer una entrevista en AMGOT [Gobierno Militar Aliado de Territorios Ocupados]. Me aburre tanto todo lo que sea militar, que ya no consigo recordar ni los detalles más sencillos. N o me gusta el ejército. Quiero volver al trabajo. N o deseo vivir más experiencias nuevas. Tengo más que suficientes embotelladas y cuidadosamente almacenadas en la bodega, algunas todavía madurando, la mayoría listas para beber, unas pocas empezando a perder su cuerpo. Muy al principio de la guerra, le escribía a Frank que la principal utilidad de ésta sería la de curar a los artistas de la ilusión de creerse hombres de acción. En mi caso, la cura ha surtido efecto. También he logrado desentenderme en gran medida del resto del mundo. No me afectan sus notorios disparates, y no quiero ejercer influencia alguna sobre opiniones o acontecimientos, ni exponer memeces ni nada que se le parezca. N o quiero serle útil a nadie ni a nada. Solo quiero hacer mi trabajo de artista.
Tengo el honor de solicitar un permiso de tres meses de duración, sin sueldo, por los motivos que a continuación expongo:
1. He alcanzado los 40 años de edad y el empleo de teniente en la Real Guardia Montada. Desde 1939 he prestado servicio en: a) La Real Infantería de Marina, b) El Comando número 8, c) Lay Forcé [unidad de comandos], d) El Cuartel General de la Brigada de Servicios Especiales, e) El Cuartel General de Operaciones Conjuntas, f ) El Regimiento de la SAS [fuerzas especiales].
No he recibido, por lo tanto, la preparación técnica que me haga útil para mi regimiento en su actual funcionamiento mecanizado.
2. Ya no poseo la agilidad física que requiere un oficial operativo en el tipo de operaciones para las que he sido adiestrado.
3. No poseo la experiencia administrativa requerida para el tipo de cargo habitualmente encomendado a un oficial de mi edad.
4. No poseo el conocimiento de lenguas extranjeras requerido para desempeñar un cargo en los departamentos de inteligencia o en departamentos para-militares.
5. En la vida civil soy novelista, y ya tengo el diseño de una novela nueva, cuya redacción precisará aproximadamente de tres meses.
6. Esta novela no tratará de la guerra en modo directo alguno, y no se pretende que tenga ningún valor propagandístico inmediato. Por otra parte, se confía en que sea motivo de inocuo esparcimiento y de descanso para un número indeterminado de lectores, considerando que la diversión es entendida últimamente como una contribución legítima a la empresa común de la guerra.
7. Es una peculiaridad de la profesión literaria el que, una vez la idea ha tomado cuerpo en la mente del autor, no pueda dejar de explotarse sin deterioro. De hecho, si el libro no se escribe ahora, nunca se escribirá.
8. Al término de su redacción estaré en disposición de incorporarme al servicio con la mente libre de preocupaciones y de la incertidumbre económica motivada por la necesidad de sustentar a una familia numerosa con el sueldo de teniente. Entonces estaré en condiciones de presentarme con la esperanza de que, en aquel momento, haya surgido la posibilidad de servir a mi regimiento.
Después de aguantar solo en Londres (Laura [su esposa] aquejada de paperas), llevando una vida cada día más limitada, atrapado en un círculo vicioso de aburrimiento y apatía, decidí escapar y solicitar un permiso para escribir una novela, petición contestada por el coronel Ferguson, adjuntando una orden para adiestrar a los Home Guard en Windsor. Perseveré y finalmente conseguí tres meses, condicionados por el compromiso de trabajar a tiempo partido -muy partido- para el Ministerio de Propaganda. El sábado abandoné el hotel Hyde Park y mis uniformes, y marché a Pixton. Hoy he llegado a Chagford con la intención de empezar una ambiciosa novela mañana por la mañana. Sigo resfriado y anímicamente en baja forma, pero me encuentro rebosante de una fuerza literaria que solo esta misma tarde ha cedido su lugar a dudas sobre mi capacidad.
En pie a las 8:30, dos horas y media antes que en Londres, y trabajando antes de las 10. Encontré la mente agarrotada y mi dicción artificiosa, pero a la hora de la cena había completado 1.300 palabras, todas reescritas dos veces —muchas incluso tres— antes de lograr una secuencia temporal y unas transiciones satisfactorias, aunque creo que ahora están bien. He comprado un brebaje carísimo de aceite de halibut con el que esperaba recobrar mi vitalidad, pero que, tras leer la etiqueta, resulta ser un remedio para los sabañones. El hotel está lleno de señoras mayores que no me distraen del trabajo. Carolyn me ha dado la habitación que llaman «the middle lounge» a efectos de sala de estar privada, pero la chimenea produce tanto humo que debo elegir entre congelarme o acabar cegado.
Trabajando con constancia. Mucha reescritura; 1.500-2.000 palabras diarias. Muy ardua tanto la revisión como la puesta en limpio y reordenación en el día de hoy. Ha llegado un escrito inquietante del Ministerio de Propaganda dando a entender que mi permiso no está ni mucho menos garantizado. Norman ha ido a Stinchcombe a traerme un poco de mi propio vino clarete. La sidra es un pobre sustituto.
Mi vino llegó el jueves. Al parecer, ha habido algún robo en la bodega; solo había tres botellas de Yquem donde yo había dejado once. El Pontet Canet del 34 no es bueno, pero lo bebo a gusto después de tanta sidra.
He caído en un cenagal de reescritura. Cada día parezco revisar lo que hice el día anterior, abreviándolo. Me estoy volviendo quisquilloso con el estilo.
La batalla de Nettuno no promete. Es duro estar luchando contra Roma. Hemos bombardeado Castelgandolfo [residencia veraniega del Papa]. Ahora los rusos proponen un reparto de Prusia oriental. Ya es un hecho que los alemanes se muestran como Europa contra el mundo. Gracias a Dios, Japón tampoco está de nuestro lado.
Ayer, después de pasar el día mariposeando y leyendo periódicos, me senté tras la cena y escribí 3 . 0 0 0 palabras en tres horas. En consecuencia, hoy me he tratado a mí mismo como a un inválido o algo parecido, pero tendré acabado el tercer capítulo antes de acostarme.
Esta mañana terminé el tercer capítulo (33.000 palabras en total) y, de muy buen humor, lo llevé a la oficina de correos. Tras la comida, justo cuando me disponía a empezar el cuarto capítulo, me llamaron por teléfono. Era el Coronel Ferguson desde Windsor. el Ministerio de Guerra me había denegado el permiso. Debían asignarme destino. Se me había encontrado uno como ayudante de campo de un general cuyo nombre se le había olvidado al coronel Ferguson; era un tipo muy agradable. Tenía que almorzar con él el lunes a las 12.45 en el restaurante Apéritif. Así se van al traste mis pretensiones de otros dos meses de trabajo serio. Vuelta a las frivolidades militares.
Llegué el domingo a Londres, donde encontré a todo el mundo temeroso de los ataques aéreos y, en contraste con mi propia salud, muy pálidos y envejecidos. Estuve bebiendo todo el lunes en White’s, excepto la hora que pasé con Audrey y Phil en el Ritz, el té con Maimie y el almuerzo con el general Thomas, el cual me aceptó como ayudante de campo a pesar de mis advertencias en contra. Le juzgué un simple soldado, pero más tarde oí decir que es un hombre de ambición insaciable, sin miramientos respecto a los medios que emplea para su promoción personal. El martes fui a su cuartel general para trabajar una semana a prueba. Hoy he sido rechazado, lo cual es un gran alivio. Al parecer, la principal causa de su falta de simpatía hacia mí está motivada por el hecho de haberme encontrado ligeramente borracho en sus comedores la primera tarde. Yo le expliqué que no iba a cambiar las costumbres de toda una vida por un capricho suyo. El cuartel general era arquitectónicamente deplorable, y el personal triste y sombrío. Ahora me entero de que el Ministerio de Guerra ha rechazado mi solicitud y que he de volver a Windsor. En estos momentos solo me interesa mi novela.
Tan pronto como me libran de un general, se sacan a otro de la chistera: Miles Graham; a juzgar por las apariencias, un tipo más humano que Tomkins. Fui a Pixton a pasar el fin de semana y me desperté el lunes con la vieja sensación de abatimiento que me era familiar en el campamento Stobs, y que no he vuelto a sentir desde entonces. Estuve con el general a las 3.45: me manifestó que esperaba no necesitarme hasta dentro de seis semanas, y que le sería posible darme permiso para escribir hasta entonces. Se me antoja demasiado bueno para ser verdad. Entretanto, he renovado mi solicitud a Brendan para conseguir un permiso total, pero todavía no sé nada del asunto.
Llamé por teléfono al general Graham aceptando su oferta de ser su ayudante personal, y me fue concedido el permiso de seis semanas. Es mejor de lo que hubiera podido desear. Telefoneé a Chagford y a Pixton, y llegué aquí ayer, recogiendo a Laura de camino. He pasado estos tres días en un estado de gran excitación nerviosa que debe remitir antes de empezar a trabajar. Pasé los últimos días de Londres frecuentando White’s. Sin ataques aéreos.
Un fin de semana perfectamente delicioso en Chagford con Laura, procurando adquirir la calma que me permita empezar a trabajar hoy. Ayer, durante un paseo solitario, estuve planeando el trabajo de las próximas cinco semanas. Esta mañana ha llegado una carta del general Graham cancelando nuestro apaño.
De no haber sido por la conmoción de la mañana del lunes, habría convencido a Laura para que se quedase conmigo. He trabajado poco, en constante estado de sobresalto. He tenido que cambiarme de habitación a causa de la llegada de Lord Grantley con una actriz de cine que solicitaba mi sala de estar, por la cual, al estar usándola gratis, no podía hacer alegato alguno. Ahora su fulana se lo ha llevado y he vuelto a los mismos aposentos, aunque no con el mismo brío que tenía hace tres semanas. Un solo día, creyéndolo el primero de un largo periodo de trabajo, equivale a toda una semana de días azarosos aguardando en vilo la orden de incorporación a filas.
Por fin he logrado retomar el ritmo, escribiendo 2.700 palabras, 700 de las cuales tendrán que ser reescritas mañana. Fatigado, pero no duermo y he estado tomando medicamentos todas las noches esta semana. No hay noticias de Windsor, a excepción de una nota de Hall diciendo que ya ha regresado. Londres castigada otra vez por el fuego enemigo. En Italia avanzamos en medio de la desolación que abrimos a nuestro paso.
Hoy he enviado otras 13.000 palabras al mecanógrafo, y ya estoy bien metido en harina con un nuevo capítulo. Los escritores ingleses, al cumplir los cuarenta años, o se ponen a profetizar o bien adquieren estilo. Gracias a Dios, me parece que estoy empezando a tener un estilo.
No hay noticias del Ministerio de Guerra. Es de justicia que, habiendo sufrido tan frecuente y agudamente sus dilaciones, acabe beneficiándome de ellas.
Mi tentación al escribir es siempre la misma: intentar que todo culmine en un solo día, en una hora y en una página, echando a perder todo el dramatismo y el suspense. De modo que me he pasado el día entero reescribiendo y estirando el texto hasta acabar entumecido.
He enviado otras 8.000 palabras.
He enviado otras 7.800 palabras.
Otras 8.500 palabras. Fin del Libro II (27.000 palabras, 62.000 en total). Laura me hizo la última visita antes del nacimiento de su hijo.
He recibido un telegrama de Londres ordenándome presentarme el martes por la mañana a un tal coronel Tufton —o Tusnon— en Londres. La noticia no es todo lo desastrosa que podría ser, ya que he llegado a un alto en el libro, y una semana o dos lejos de él no hará daño.
En los dos meses siguientes, la redacción del libro fue frecuentemente interrumpida por diversos acontecimientos. Al parecer, existía la intención de asignarle un trabajo en el departamento de Relaciones Públicas del Ejército, consistente en guiar a periodistas por el denominado «segundo frente». Tras dos semanas en Londres esperando «ociosamente» confirmación de dicho puesto, en el registro del 16 de abril, Waugh dice haber escrito a Relaciones Públicas desde Chagfbrd, haciéndoles saber su paradero en caso de que hubiese novedades. Ajínales de abril le comunican que no hay puesto para él. No es de extrañar la «manía persecutoria» que dice sufrir. Todavía le esperaban más órdenes de incorporación a tareas diversas, gestiones para eludirlas, contraórdenes, y los correspondientes periodos de tensa espera. Sin duda fue una experiencia que determinó la irónica visión del ejército que refleja su posterior trilogía sobre la guerra, titulada The Sword of Honor (1952- 1961).
Sin embargo, entre periodos de espera, acontecimientos sociales (en uno de los cuales, organizado para honrar al nuevo arzobispo de Westminster, comparte mesa con Graham Greene) y el nacimiento y bautizo de su segundo hijo, Harriet, su novela avanza. El registro del domingo 21 de mayo refleja su estado de Ánimo ante la perspectiva de encarar la recta final de la que consideraba su obra más ambiciosa: «He escrito en torno a 15.000 palabras durante esta semana. Estoy en un continuo vaivén de abatimiento y exultación acerca de mi libro. En cualquier caso, el final está ahora muy cerca. Pienso que quizá sea la primera de mis novelas, en lugar de la más reciente».
He retomado el trabajo con dos semanas de retraso por mis visitas a Pixton y a Londres, terminando el reordenamiento del Libro II. Lo llevé a correos y volví a empezar el capítulo que tenía entre manos cuando me reclamaron de Londres. Maltby, el encuadernador de Oxford, con quien he tratado desde mis tiempos de estudiante —hace ya más de veinte años- , me dice por carta que está demasiado ocupado con «encargos del gobierno local» como para atender los míos.
Ayer fui a Misa andando. Una pareja de recién casados de las Fuerzas Aéreas, alojados justo encima, me impidieron trabajar durante todo el día. Hoy he conseguido que los cambien de habitación. He puesto en orden los incisos, y estoy en la recta final, el último capítulo. Espero acabarlo para el día de Corpus Christi.
Esta mañana el camarero me comunicó en el desayuno que se había abierto el segundo frente1. Me puse a trabajar temprano, escribiendo un estupendo fragmento sobre la última agonía de Lord Marchmain. Carolyn vino a decirme que se había abierto el frente popular2. Envié un sacerdote que le administrase los últimos sacramentos a Lord Marchmain. Seguí trabajando hasta las 4 en punto y terminé el último capítulo – e l diálogo final es pobre-, lo llevé al correo y regresé andando por el camino alto. Solo me queda el epílogo, que es pan comido. Mi único miedo es que la invasión sobresalte a mi mecanógrafo en St. Leonard’s, o al repartidor que le lleva mi manuscrito.
El día de Corpus Christi de 1944, después de comulgar en Gidleigh, terminé la última versión de Retorno a Brideshead y la envié para ser mecanografiada. Al día siguiente Laura vino desde Pixton y pasó la semana conmigo, tiempo en el que hice las correcciones del libro, que McLachland ha pasado a máquina a una velocidad tremenda. El viernes 16 de junio fui a Londres. El día anterior, aunque no hubo mención alguna en los periódicos, había comenzado el bombardeo con «aviones sin piloto». Permanecí en Londres hasta el miércoles 21. Hubo constantes «alertas» y explosiones esporádicas. La incomodidad principal llegaba por la noche, cuando uno se sorprendía intentando captar el sonido de los aviones, indiscernible del de un motor de coche para un oído como el mío. Esto dificultaba mucho el sueño, obligándome a cerrar las ventanas del hotel y a tomar sedantes. Alrededor de la 1:30 de la madrugada del día 20, oí un avión volando raso y cerca: por primera —y espero que la última en mi vida— tuve miedo. Reflexionando sobre esta desagradable experiencia, creo que se debió al deterioro de mis nervios a causa de la bebida (estuve bebiendo desmedidamente todos esos días en Londres) y, en consecuencia, hoy he resuelto no emborracharme nunca más.
Cuando aún quedaban por despejar algunas dudas sobre mi futuro, me llegan el 2 8 de junio una serie de recados diciendo que Randolph [Churchill, hijo del Primer Ministro] estaba en Londres y que me andaba buscando. Llegué a Londres el día de san Pedro y san Pablo por la mañana y, tras asistir a Misa en Brompton Oratory, fui a verle. Me pidió que le acompañase a Croacia, de acuerdo con el supuesto de que yo podría sanar el gran cisma existente entre la iglesia Católica y la Ortodoxa (algo que no conocía hasta ahora, y que entorpece la política de guerra de Randolph). Acepté entusiasmado, pero, hasta ayer, me parecía que tenía pocas posibilidades de acabar consiguiéndolo —he sufrido tantos tropiezos en los últimos tres años…-. Sin embargo, he recibido un telegrama asegurándome que todo está arreglado. El martes partimos en avión. He venido para despedirme de mi familia y marchar a Londres mañana lunes.
AVANCE
«Tarde o temprano, tendrá que ser reconocida como una de las figuras fundamentales de su generación, la del 27», decían los autores de esta entrevista realizada a Ernestina de Champourcin en su domicilio en el verano de 1997. Ella tenía entonces 91, mucho carácter, mucho humor y la lucidez de siempre. Recuperamos aquella entrevista mítica, una de las últimas que se le hicieron y donde se expone como nunca: «Pues pregunten ustedes lo que quieran…», dijo a sus tres entrevistadores. Julio Martínez Mesanza, Nazareth Echart y Manuel Fontán del Junco le hicieron caso.
Acompañan la entrevista algunos de sus versos a los que siempre quiere volver cuando la conversación se marcha por otros derroteros.
ENTREVISTA
Nacida en Vitoria el 10 de julio de 1905, Ernestina de Champourcin se casó en 1936 con el poeta Juan José Domenchina. Al terminar la Guerra Civil, el matrimonio marchó a México, donde Juan José moriría (1959). Ernestina volvió a España de forma definitiva en 1972. Desde su primer libro, En silencio (1926), hasta el último, Presencia del pasado (1996), la palabra poética de Ernestina de Champourcin ha sido fiel a la espiritualidad y a la trascendencia. Amiga y discípula de Juan Ramón Jiménez, a quien emula en intensidad, y antologada por Gerardo Diego en 1934, junto a la plana mayor de la poesía de la época, Ernestina, tarde o temprano, tendrá que ser reconocida como una de las figuras fundamentales de su generación, la del 27.
Ernestina de Champourncin tiene ya 92 años, bastantes dificultades para ver y oír y un sorprendente carácter, lleno de sentido del humor. Sus contundentes respuestas son la mejor carta de presentación de una mujer lúcida, sola —que no solitaria—, que relata una vida tan apasionada, por otra parte, como sus poemas.
Nos presentamos en su casa del Paseo de La Habana una tarde desasosegadora de este último mayo, una de esas tardes grises a las que ella ha preguntado eso de Para cuando la lluvia / con su lujo de agua, una de esas tardes que ella definirá después, respondiendo a una de nuestras preguntas con dos heptasílabos espontáneos y tristísimos: «Las tardes son muy largas / y yo las paso sola…». Nos recibió en una salita con muebles franceses y un poco antiguos. Delgadísima y coqueta, se expone: «pues pregunten ustedes lo que quieran…».
¿Por dónde quiere que empecemos a hablar?, ¿le parece que empecemos por el momento en que empieza usted a interesarse por la poesía?
De acuerdo, aunque ésa es una pregunta muy difícil porque tenía, todo lo más, seis años. Yo aprendí a leer en francés, en inglés y en español, y no los he olvidado nunca. He leído siempre en los tres idiomas, aunque empecé leyendo en francés porque ése era el origen de mi familia paterna.
De hecho, sus primeros cuentos y su primer poema fueron redactados en francés. ¿Qué recuerda de aquellas primeras lecturas de poesía?
Recuerdo mucho a Víctor Hugo, porque tenía muchas institutrices francesas. Recuerdo a Víctor Hugo, a Lamartine…, aunque leí a otros muchos que ya he olvidado.
Sin embargo, ha comentado, en alguna ocasión, que un buen día se dijo a sí misma que, si era española, debía escribir en español. Y dicho y hecho.
Para facilitarles a ustedes las cosas: me van a preguntar qué poetas españoles me interesan más. De poesía española creo que he leído casi toda, aunque en español quienes más me han interesado han sido Juan Ramón Jiménez y San Juan de la Cruz. En otros idiomas, muchísimos: me gusta Keats, me encanta Shelley… Lo malo es que he tenido una memoria estupenda y la estoy perdiendo.
Juan Ramón Jiménez y san Juan de la Cruz… En su libro Españoles de tres mundos, el poeta de Moguer se preguntaba: «¿En qué peligrosa zarza ardiendo de lo estraño (sic) se ha metido Ernestina? ¿Qué boca de lobo hay al fondo del bosque de Ernestina y adonde largamente dará?» A Juan Ramón Jiménez le conocía usted personalmente, y además mucho.
Sí, aunque pasaron muchos años hasta que él escribiera aquellas palabras. Recuerdo bien mi primer encuentro con la figura de Juan Ramón Jiménez. Yo tenía unas vecinas de mi edad que leían también mucho. Vivíamos en el mismo edificio y los domingos nos reuníamos a leer full time. Y así, un domingo, conocí Platero y yo. En mi habitación había un cuarto oscuro lleno de libros. Encendíamos la luz y nos pasábamos la tarde leyendo. Allí conocí a Platero, que me pareció una maravilla, pero tardé mucho en hacer amistad con Juan Ramón poeta, en conocerlo y hacernos amigos. También tuve mucha amistad con Zenobia, la esposa de Juan Ramón Jiménez, porque estaban siempre juntos. Nos entendíamos muy bien.
Su primer libro de poesía es En silencio. Cuéntenos qué es lo que le lleva no solo a leer, sino también a escribir poesía.
Pues, aunque no me crean, debo decirles que no me acuerdo. Empecé a escribir poesía mucho más tarde de empezar a leerla.
En cualquier caso, era usted muy joven cuando publicó por primera vez.
Sí, mis primeros poemas, muy malos, como todos los primeros poemas, los escribí en español. Estuve mucho tiempo sin decir a nadie que escribía poesía, mucho tiempo. No se los enseñaba a nadie. Cuando tenía ya veinte años, creo, se lo dije a mi padre, y a mi padre le hizo tanta ilusión que hizo publicar una colección de unos cuantos poemas sueltos en Espasa Calpe. Mi primer libro, En silencio, fue ilustrado por un primo uruguayo de mi madre, José Castellanos, que vivía en Pollensa. Como ven, las ilustraciones están ahora enmarcadas en el salón de mi casa. De mi primer libro no me queda ni un solo ejemplar. No sé qué pasa siempre con mis libros, pero todos van desapareciendo. Pero yo había tardado mucho en decir que escribía poemas.
¿Por qué?
Porque a nadie le interesaba eso más que a mí. La prueba es que yo no leo jamás un poema mío. Ni he recitado nunca un poema mío. Así es que es mío, y nada más.
FIRMEZA
Se hundió inútilmente
la red de tus palabras,
en el cauce sereno y limpio
de mi alma.
Ha salido vacía…
Nada tembló en la zona ardiente
que incrédulo acechabas
Ni el cristal se ha quebrado
al sentir tu mirada
como hubieras querido.
La dulce luz de plata
que brilla silenciosa
en la copa cerrada
tan frágil y tan pura
que es el cáliz del alma,
no vaciló siquiera.
Eternamente blanca
esperó que el minuto
de tu anhelo pasara.
Ha salido vacía
la red de tus palabras,
sin lograr conmover
el cáliz de mi alma.
de Ahora (1928)
La historia de la poesía de estas últimas décadas, más que una historia de libros y autores, es una historia de antologías. No mucho tiempo después de publicar En silencio, Gerardo Diego le incluye en su conocida antología Poesía española (Contemporáneos). Era el año 34. ¿Cómo fue recibida en su momento la antología de Diego?
Gerardo Diego me incluyó en su antología porque había sido muy criticado por no incluir en ella mujeres. Lo pusieron verde. Yo creo que le criticaron tanto que se decidió a meternos a dos mujeres.
Durante los años sesenta y setenta, usted escribe unos libros plenamente religiosos: El nombre que me diste (1960), Cárcel de los sentidos (1964), Poemas del ser y del estar (1972)… Hay críticos que piensan que a lo largo de su producción poética su sentido religioso se ha ido acentuando. ¿Le parece cierto?
Pues a mí me parece que no, porque el sentido religioso lo he tenido siempre. Lo habré expresado de una manera o de otra, pero lo he tenido siempre.
¿Cuáles son para Vd. los temas principales de su poesía?
Yo diría que Dios, la naturaleza, los paisajes y el amor. El amor divino y humano.
Háblenos de Juan José Domenchina, su marido.
A mi marido lo conocí con su primer libro, que no me gustaba nada, y que sigue sin gustarme. Es que él —como poeta— es muy anterior a mí, muy anterior, de la época del barroquismo. Y sus primeros libros gustaban mucho porque entonces estaba de moda el barroquismo. Yo creo que fue en México cuando empezó a ser un poeta extraordinario.
A Juan José le conocí en el estudio de unos pintores amigos muy conocidos entonces: los hermanos Zubiaurre, que eran sordomudos. Yo era muy amiga de su hermana, que era quien les hacía de intérprete. Los Zubiaurre tenían su estudio en la calle Cedaceros, y allí ella invitaba a gente y «les hacía» el ambiente; iban poetas, escritores, pintores… Allí fue donde nos presentaron. La invitación a Juan José y a mí fue con toda intención, y les salió bien. A partir de ese momento empezamos a salir juntos, a ir a exposiciones, museos…
Usted ya escribía cuando conoció a Juan José Domenchina, y él también. El ya había publicado...
Sí, él publicó muy pronto. Su mamá [en esa palabra se advierten los años pasados en México] tenía algo de dinero y le costeaba los libros. Después se hizo amigo de Ruiz Castillo, quien se encargó a partir de entonces de publicarlos…
EL RETRATO
Mírame en ti. Mi efigie verdadera
se esconde en tus pupilas y en la albura
de esa imagen sin cuerpo que perdura
cuando el trazo más nítido se altera.
Sólo existo en tu amor. La primavera
que en mis labios descubre tu ternura
florece para ti y es mi hermosura
el signo luminoso de tu espera.
No busques en el agua mi reflejo.
Eres tú sólo el invisible espejo
donde oculto mi auténtico retrato.
Al quererme creaste mi belleza
y ahora tu afán sin brújula tropieza
con la mentira cuya ley no acato.
de Cántico inútil (1936)
Juan José y yo nos casamos en plena guerra, el 6 de noviembre de 1936, para embarcarnos a México. Recibimos una invitación de Cárdenas (una invitación de la Casa de España de México, fundada y presidida por Alfonso Reyes). Por cierto, parece que su hijo va a ser presidente, me da mucha risa…
Bueno, no se trataba solo de una invitación para ir a México; se marchaban exiliados, y se ha dicho que usted supo adaptarse al exilio con gran entereza.
Nos marchamos exiliados como otros muchos, no fuimos los únicos. Había terminado la guerra y todos buscábamos donde refugiarnos. Fuimos de un lugar a otro y, finalmente, llegamos a Veracruz en junio del 39. Nos casamos en Madrid y nos casamos en México.
Antes de su marcha, vivió la guerra como voluntaria de enfermeras, ¿qué recuerdos tiene de esa época?
Yo trabajé como auxiliar de enfermera en el instituto que tenía Rivas Cherif, el cuñado de Azaña. Rivas era uno de los mejores oculistas de Madrid. Puso un hospital para los heridos de la Sierra y allá fuimos unas cuantas: la mujer de Casares Quiroga, Lola Azaña, que iba y venía, yo, que me me había quedado sola en mi casa porque mis padres estaban siendo perseguidos… Fui al hospital a ayudar a los enfermos hasta que Azaña se marchó. Pero, oigan, todo esto ya no es poesía.
De acuerdo, pues entonces volvamos a la poesía, los alejandrinos y los heptasílabos. Hay un verso suyo que dice algo así como «Poesía sin misterio ¿es eso poesía?»
No, no, dice así: ¿Poesía sin misterio es acaso poesía?
No sé hablar de esas cosas que se han puesto de moda
basura en las esquinas y vómitos de perro,
hedores adheridos al quicio de las puertas;
esa puerta en bostezo de hotelucho o cantina…
La poesía «social» no se me da tampoco…
—¿Poesía sin misterio es acaso poesía?—
y prefiero callarme y acercarme al problema
llevándoles Tu amor que lo resuelve todo.
Por eso te dedico estas cartas cerradas
que Tú has leído ya infinidad de veces.
Si Tú quieres que otros alcancen a leerlas
haz que el sobre cerrado se transparente un día…
Poesía de «protesta»; poesía con «mensaje»:
que cada uno torne en ella lo que quiera.
La vida del poeta es dialogar contigo,
Y que después Tú solo lo expliques al que lee…
de Cartas cerradas (1968)
Dice que ha perdido la memoria, pero ¡en absoluto!… Si ese misterio se pudiera definir, no sería tal misterio, claro; de ahí que no le pidamos una definición, sino que tan solo nos diga qué entiende por «misterio» en la poesía.
Lo que quiero decir es que los poetas decimos cosas que la gente no entiende; pero nosotros sí las entendemos.
Como aquello de san Juan de la Cruz de «toda ciencia trascendiendo»… ¿qué le atrajo de san Juan de la Cruz, el otro de los grandes poetas que antes ha mencionado?
Todo. De san Juan de la Cruz, todo. Es un poeta maravilloso.
[Hacemos una interrupción. Ernestina de Champourcin pregunta qué hora es, porque se imagina que ya es la hora del té: «Para el que no quiera té, tengo unos vasos chiquitos en los que tomar vino». Nos decidimos todos por el té y por unas barritas de chocolate que, al parecer, le encantan. Llevamos más de una hora de conversación, pero nuestra anfitriona no se muestra cansada y departe animada con sus invitados, sobre todo si se trata de hablar de poesía: «Yo no me canso nunca. Estoy un poco triste porque aquí apenas viene nadie y a mí me gustan mucho las visitas. Depende, claro, hay gente pesada que le cansa a uno».
Es el turno para recuerdos deshilvanados, sucesos y anécdotas algo menguados por la distancia y el tiempo. «La gente me preguntaba si nos llevábamos bien Juan José y yo estando casados y siendo poetas los dos, y yo respondía: ‘divinamente’. La verdad es que, poetas que se llevaran bien, Juan Ramón y Zenobia, porque los demás…». Del amor de Ernestina por Juan José Domenchina nos queda, entre otros, un poema impresionante titulado El último diálogo. En él la autora habla de la noche anterior a la muerte de su marido. Pertenece a Primer exilio.
La conversación vuelve a recalar en México, donde Ernestina de Champourcin residió durante 34 años, con Juan José Domenchina viviendo en el Distrito Federal de Polanco, donde ella se ganaba la vida como traductora de libros e intérprete en congresos y conferencias internacionales. El Fondo de Cultura tiene unos 40 libros escritos en francés o inglés traducidos por ella: «más del inglés, porque para entonces ya estaba la moda del inglés». Son libros de todo tipo de materias, salvo de poesía. Pero Ernestina no solo dedicaba su tiempo a la traducción; también realizó durante aquellos años crítica de libros en las revistas Gaceta e Ismo. Ya en 1972, Ernestina vuelve por fin a España, aunque regresaría unas cuantas veces al país centroamericano que tan bien la acogió. Seguimos].
Después de 30 años en México, se vuelve a España. ¿Por qué?
Mi marido murió en el 59. Yo estaba muy a gusto en México. Así como a él no le gustaba, a mí sí. Pero mi madre vivía y me escribió diciendo: «¿es que te has propuesto morir en México?» Y entonces me vine, pero me volvería a ir a México mañana mismo.
¿Cómo encontró España cuando volvió?
Horrible. Solitaria, aburrida, la gente antipática, no pensando más que en ganar dinero. Pero, oigan, ¡esto tampoco es literatura!
Tiene usted razón. Volvamos a lo que nos ocupaba… Ernestina, en 1970 publicó la antología Dios en la poesía actual. Antes decía que el sentido religioso ha estado siempre presente en su poesía. Por tanto, quizá sí pueda afirmarse que a usted siempre le ha interesado Dios desde el punto de vista poético…
No, no, no, no, a mi me ha interesado siempre Dios mismo, Dios «solo», y después de eso ha sido cuando ha pasado a mi poesía, porque todo lo mío pasa a la poesía.
Tú solo. Nada más.
Tú solo. Nada menos.
Tu presencia en mi alma
y la ausencia en mi cuerpo
de lo que no eres Tú.
¡Qué trueque de silencios!
Silencio tuyo en mí
y silencio secreto
de todos los vacíos
que Tu mano va abriendo.
Entre tanto callar
qué marcha hacia lo eterno.
Usted es la autora de una antología que se llama Dios en la poesía española contemporánea. ¿Cómo le parece que está «tratado» Dios en la poesía actual?
Pues, lamentablemente, debo decirles que ya apenas leo. Piensen ustedes lo que son 91 años. ¿Se dan cuenta de lo que esta edad significa?
Es muy probable que no. De todas formas, sigue usted trabajando, pues tiene una secretaria que le atiende la correspondencia y le ayuda… Incluso publicó el pasado año un nuevo libro, Presencia del pasado.
Sí, pero deben saber que no he dado ningún ejemplar porque es un libro que no me gusta. Y no me gusta porque han incluido unos versos que yo no he escrito nunca. La verdad es que ahora apenas escribo. De cuando en cuando, cuando tengo alguien a quien puedo dictar, dicto una poesía. Y también tengo un cuaderno, pero no se entiende lo que escribo porque ya no sé escribir.
¿Qué significa eso?
Cuando me mandaron impreso el último libro, vi que en la primera página dice: «La autora añadió a última hora estas estrofas». Eso no es verdad, pero ahí están.
Mantuvo usted una estrechísima relación con los poetas de la generación del 27. Háblenos de aquéllos a los que más conoció: Gerardo Diego, Luis Cernuda…
Gerardo Diego fue un gran amigo mío. ¿Qué les voy a contar? Yo solía ir a sus tertulias del Café Gijón. Gerardo no abría la boca en ninguna tertulia; se iba siempre sin haber abierto la boca. Pero es verdad que conmigo era encantador. Con Luis tuve un principio muy amistoso. íbamos juntos al cine y a merendar, hasta que un día, no sé, pensé (y era verdad) que con él me aburría y dejé de salir con él. Nos encontramos en México. Él vivía en casa de Concha Méndez, muy cerca de la nuestra. Un día lo encontraron allí muerto.
También fue amiga de Dámaso Alonso. En su primer libro, Hijos de la ira, hay también una gran presencia de la temática sobrenatural…
Sí, Dámaso y su mujer eran muy simpáticos, yo solía ir a comer con ellos muchas veces, y con el tiempo, es cierto, él cambió mucho. Cambió mucho en lo que se refiere a su relación con Dios y se hizo bastante religioso.
De todos modos, Ernestina, no nos ha dicho, como poeta, qué poeta de la generación del 27 le interesó más.
Les voy a decir una barbaridad: Emilio Prados. Porque su poesía es la que más me llena.
Dos grandes poetas de esta generación son Lorca y Alberti, a los que no hemos mencionado. Usted solía asistir a las tertulias de este último en la Residencia de Estudiantes. ¿Qué piensa de su poesía?
Alberti me parece maravilloso, me gusta más que Lorca. Lorca me parece que, como diría yo en francés, lo han «sourffé» un poco, que lo han exagerado. Me gusta, pero no tanto como otros…
Se ha dicho que Juan Ramón Jiménez y usted están unidos por una filiación lírica, estética, que en muchos de sus poemas se percibe cierta tensión juanramoniana. En su precioso libro en prosa La ardilla y la rosa (1981) rememora esa amistad: «Juan Ramón no fue para mí únicamente el gran poeta admirado, sino una especie de compañero de sentimientos y vivencias».
Sí, fuimos muy amigos. En Estados Unidos lo vi muchas veces. Solía pasar fines de semana en casa de Juan Ramón y Zenobia, cuando ellos trabajaban en la universidad. Más aún, como Juan Ramón estaba enfermo en el hospital cada dos por tres, me quedaba yo a dormir en su casa y de día íbamos a visitar a Juan Ramón.
¿Qué piensa de la enemistad final entre Juan Ramón y los poetas del 27? Son conocidos, por ejemplo, sus roces con Cernuda.
Tonterías de poetas. Niñerías. Hubo una época en la que en España se portaron mal, muy mal, con Juan Ramón Jiménez. Para la gente no era nadie. Ahora, sin embargo, se observa una resurrección asombrosa. No sé a quién se debe ni a qué se debe. Es curioso, cuando yo volví de México, aquí no se podía hablar de Juan Ramón. Entonces decían que era un pesado, y ahora publican cualquier cosa suya.
En la Antología de Gerardo Diego de la que antes hablábamos, usted escribe: «¿Mi concepto de poesía? (…). Cuando todo el mundo define y se define, causa un secreto placer mantenerse desdibujado entre los equívocos linderos de la vaguedad y la vagancia». También ha escrito en alguna ocasión: «¿Poesía elaborada, poesía estructurada? Yo solo puedo decir que un buen día tras un batiburrillo de lecturas, sale, brota, un verso». Siempre se ha mostrado reacia a elaborar poéticas, a teorizar sobre la poesía…
Es que eso es un secreto. Guárdenmelo. De eso yo no sé nada.. Ni una palabra. Para mí, poesía es algo que de repente se me ocurre y lo escribo. Eso es todo lo que es poesía. A veces no me gusta lo que he escrito, pero no sé decir nada más. Ahora, en estos últimos años, no se me ocurre nada y, si se me ocurre algo, es curioso, se me ocurre en forma de romance. Y es malo, es malo el romance.
Ernestina, usted no tiene radio ni televisión, pero demuestra estar al día de lo que sucede. Por ejemplo, ha terminado de leer La Reina, el libro de Pilar Urbano, muy amiga suya. ¿Qué es lo que más le interesa de la actualidad?
Cosas imposibles: por ejemplo, poder leer, ver exposiciones, tener alguien que me lea bien sin cansarse (yo siempre leo los libros a pedazos). Todo eso. Y son cosas imposibles…*
* Los autores agradecen a María Angustias Torres Rojas su inestimable ayuda para esta entrevista.
Bibliografía
Poesía
En silencio…, Talleres Espasa-Calpe, Madrid, 1926.
Ahora, Ed. León Sánchez Cuesta, Madrid, 1928.
La voz en el viento (1928-1931), Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, Madrid, 1932.
Cántico inútil, M. Aguilar Editor, Madrid, 1936.
Presencia a oscuras, Rialp, Col. Adonais, n°87, Madrid, 1952.
El nombre que me diste…, Finisterre (Ecuador 0o 0′ 0″), México, 1960 (2a ed., 1966).
Cárcel de los sentidos, Finisterre (Ecuador 0o 0′ 0″), México, 1964.
Cartas cerradas, Finisterre (Ecuador 0o 0′ 0″), México, 1968.
Hai-Kais espirituales, Finisterre (Ecuador 0o 0′ 0″), México, 1968.
Poemas del ser y del estar, Alfaguara (Col. Ágora), Madrid, 1972.
Primer exilio, Rialp (Col. Adonais, n° 355), Madrid, 1978.
Poemillas navideños, Programas educativos, S.A., México, 1983.
La pared transparente (Madrid, 1979-1980), Los libros de Fausto, Madrid, 1984.
Huyeron todas las islas, Caballo griego para la poesía, Madrid, 1988.
Antología poética (Prólogo y selección de Luzmaría Jiménez Faro), Torremozas, Madrid, 1988.
Prosa
La casa de enfrente [novela], Signo, Madrid, 1936.
La ardilla y la rosa (Juan Ramón en mi memoria), Los libros de Fausto, Madrid, 1981.
Traducción
Emily Dickinson, Obra escogida. Selección, traducción y apunte biográfico de E. de Champourcin y Juan José Domenchina, Centauro, México, 1946 (2a ed. Torremozas, Madrid, 1989).
Otras publicaciones
Dios en la poesía actual. Antología seleccionada y prologada por E. de Ch., Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1970.
Juan José Domenchina, Poesía (1942-1958). Selección y prólogo de E. de Champourcin, Editora Nacional (Col. Alfar, n° 6), Madrid, 1975.
El siglo XX se abrió en filosofía como una crítica al psicologismo característico del XIX. La filosofía analítica, la fenomenología y la hermenéutica, a las que podrían añadirse la dialéctica, el estructuralismo o la más actual antropología simbólica, presentan una inspiración común: lo humano del hombre no es una corriente de conciencia, unas experiencias psicológicas. No es nuestra vida mental la que nos distingue de animales y máquinas. Más bien, lo específicamente humano radica en la capacidad de pautar simbólicamente la conducta. Los significados, tanto los lingüísticos como los que hacen de un movimiento físico una acción humana, no están en la cabeza de nadie. Son públicos.
Esta nueva comprensión de lo humano no nació sin embargo en el seno de un pensamiento que se autocalificara de antropológico. Como le ocurrió después a Heidegger y a muchos otros, si algo no quería hacer Frege era antropología, sino lógica y filosofía de las matemáticas; y, sin embargo, precisamente porque no quería hacerla lo hizo disolvió el psicologismo y dejó libre el campo para una nueva comprensión de lo pro piamente humano.

En la tradición abierta por Frege y Russell, el Tractatus logico-philosophicus de Wittgenstein, escrito durante la Primera Guerra Mundial aunque publicado como libro en 1922, marca un jalón que terminaría por variar la concepción misma de la filosofía. Porque el Tractatus, más que un libro de lógica, resulta ser una obra fundamental del pensamiento ético. La lógica es la herramienta usada para llevar a cabo un objetivo moral: el análisis lógico del significado del lenguaje se dirige por entero a probar que no caben proposiciones significativas sobre ninguna de las grandes cuestiones de la vida humana. Por eso, la genialidad de Wittgenstein no radica simplemente en sus ideas éticas o religiosas, que no son ni tan buenas ni tan originales como a veces se pretende, ni tampoco simplemente en sus contribuciones a la lógica: consiste en una cierta articulación entre lógica y ética por la que la lógica —el análisis lógico del lenguaje— permite sacar la ética de una vez por todas del ámbito de la ciencia positiva y del lenguaje significativo.
En el Tractatus la lógica —el análisis lógico del lenguaje— permite sacar la ética del ámbito de la ciencia positiva y del lenguaje significativo
El Tractatus no es un libro sobre ética, sino sobre lógica, pero es un acto ético, que cambia la autocomprensión del lector. Porque la actividad del filósofo deja de entenderse como una contemplación del ser, pero también como una especulación que cambia lo realmente real por la vida o la bondad. Situándose a la vez contra los tradicionales «sistemas» filosóficos y contra los vitalismos e irracionalismos característicos de finales del XIX, Wittgenstein no teje especulaciones ni mucho menos desarrolla doctrinas morales. Entiende y vive de otro modo la relación entre filosofía y vida. La filosofía no es un bios theoretikós aristótelico; tampoco una filosofía de la vida a la Schopenhauer. Como si la reflexión pudiera suplantar la existencia.
La filosofía es simplemente el esfuerzo por aclarar los problemas que en la vida se plantean, por responder con honestidad las preguntas relevantes y, en su caso, desenredar el nudo mostrando que la cuestión está mal planteada. Eso sí: sin dejarse engañar, con una voluntad de verdad que admite muy pocos parangones, con una lucidez a veces terrorífica. Si no se está dispuesto a dejarse engañar o a confundir lo verdadero con lo cómodo, lleva mucho trabajo contestar las preguntas que nos salen al paso de la vida. Cuando Wittgenstein creyó haberlas respondido, abandonó la filosofía, se olvidó de su ya importante prestigio, y se puso a ejercer de arquitecto, de jardinero en un monasterio y de maestro en el Tirol austriaco. Mientras era explicado en las universidades, contaba cuentos de hadas a los niños. Hasta que se dio cuenta de que se había equivocado y tuvo que volver a empezar. Si resolver definitivamente los interrogantes filosóficos le había costado cinco años, el lustro que va desde 1913 hasta 1918, desmontar el error que había añadido a los precedentes, volver a plantearlo todo en continua discusión consigo mismo le llevó hasta el final de sus días. Aunque ya no volvería a escribir un libro: solo análisis puntuales, parágrafos, notas y observaciones.
Lleva mucho trabajo contestar las grandes preguntas de la vida. Cuando Wittgenstein creyó haberlo hecho, abandonó la filosofía y se puso a ejercer de jardinero, de maestro…
Durante un par de décadas la importancia y la influencia del Tractatus creció a la par que su incomprensión. Quizá causada —y desde luego prevista— por el propio Wittgenstein. El monopolio que sobre el Tractatus ejerció el Círculo de Viena lo incrustó en un contexto en que resultaba imposible entenderlo. El Tractatus no era solo una multitud de cuestiones puntuales, algunas tan decisivas como qué sea el sentido de una proposición (Wittgenstein no había dicho que el sentido de una proposición fuera su método de verificación, sino sus condiciones de verdád). Era todo el proyecto el que quedaba invertido. Solo la propia revisión del Tractatus que Wittgenstein llevó a cabo y los trabajos de quienes fueron sus mejores discípulos en su segunda época iluminaron las preguntas de las que el Tractatus es respuesta. Si no cabe entender las Investigaciones Filosóficas sin el Tractatus, tampoco puede comprenderse el segundo sin las primeras. Son los dos interlocutores de un diálogo filosófico apasionante cuyo primer efecto ha sido la modificación de la autocomprensión filosófica. La filosofía ya no consiste en decir la verdad del ser; pero tampoco en desenmascarar con gesto incendiario una presunta verdad absoluta poniendo de relieve sus orígenes metafóricos. Consiste simplemente en aclararse, en lograr la lucidez sin dejarse (auto) engañar; en pensar de forma fría lo candente.
Los que somos aficionados a los relatos adquirimos cierta deformación que nos lleva a ir siempre buscando sorpresas: una historia inesperada, un giro inaudito, un golpe de efecto. Pero esta deformación trae consigo cierta complejidad en el gusto, un afán de encontrar personajes rebuscados o finales artificiosamente originales. Y poco a poco podemos alejarnos de la realidad cotidiana, de esos fascinantes e increíbles personajes con los que nos cruzamos cada día por la calle.
Los veintiún cuentos que se recogen en este primer libro de Carlos Cebrián suponen, en este sentido, una refrescante y acertada terapia. Los protagonistas que se asoman en estos cuentos son personajes corrientes, con su sabiduría popular, con sus grandes o pequeños problemas, con sus amores y sus vados. Un zapatero psicólogo, un fotógrafo que recobra su pasado, un pescador que aún cree en la dignidad, un tabernero que hace de su trabajo un arte, un niño ciego que le enseña a mirar a un adulto que va demasiado de prisa, un viudo que ya no sabe vivir so lo, una pareja mayor que se reencuentra, unos rateros con un resto de corazón… todos ellos son perfilados con breves y certeros trazos, y casi se podría decir que están fotografiados en la pos tura más característica y conmovedora de sus almas. Y en tres, cuatro o cinco páginas, el autor nos presenta a un nuevo personaje que pasa a engrosar la galería de nuestros afectos, el horizonte de nuestro mundo interpretado.
El lugar por donde merodean los protagonistas de estas historias es la tierra de la autenticidad. Todos buscan algo que haga real su existencia, aquello que convierta la vida que viven en "su vida», el rostro que tienen en "su rostro", la gente con la que conviven en "su gente". En un mundo anónimo, donde todos nos sentimos un caso más de lo mismo, que un libro despierte y subraye esa genialidad irrepetible que esconde cada ser humano -sean cuales sean sus circunstancias personales- resulta una eficaz llamada al optimismo.
Lo que más destaca de estos relatos no es la escritura en sí: no se busca esa perfección formalista que tantas veces distrae de lo esencial. A veces, incluso, parecen escritos con excesiva espontaneidad y despreocupación. Lo que le importa al autor no es la brillantez, si no la carga significativa de las historias, la sutil imaginación que da vida a los personajes. Las situaciones, los comentarios, las emociones, ahí se encuentra el centro de atención, lo que realmente interesa. Lo que se dice en cada relato aparece en aquello que se esconde, está medio insinuado, y por eso el lector debe filmar en su imaginación las escenas del cuento.
El estilo directo, cargado de ex presiones callejeras y de esas ocurrencias (retazos de pensamiento) que brotan del interior sin que uno casi se de cuenta, da viveza a los relatos. Las frases truncadas, o las torpezas en el decir o el pensar, hacen más reales a los protagonistas y, paradójicamente, más expresivos: al doblar una esquina de la historia, esos fragmentos cobran un sentido repentino. Todo resulta muy sencillo, sin caer en la simpleza; conmovedor, sin hacerse ñoño; significativo, sin caer en la moraleja.
Algunas pinceladas resultan genialmente acertadas, como la construcción en paralelo de las dos historias de Artes punzantes (¡muy buen cuento!), o el diálogo entre Marías y don Justo en Tú, primero, o el itinerario interior de Jaime en Perrosusto, o la descripción de Jevi en Los Reyes Magos no son los padres, o aquel cordón suelto de un zapato que remata una descripción del protagonista de Imdgenes.
Todos los relatos dan que pensar, abren un espacio en el que la imaginación se ensancha, llaman la atención sobre la vida corriente que nos ha toca do vivir. En resumen: enseñan a mirar. Y no es poca cosa esto.
Se podría decir que todo libro, una vez publicado, hace consciente al autor de sus errores y de sus aciertos; entonces es cuando uno cae en la cuenta de que esto lo tendría que haber dicho de otra manera, aquello mejor habría sido quitarlo, de que sobra esta frase o tendría que haber aprovechado más ese final… Por eso un segundo libro, sobre todo si se trata de un autor joven, gana en madurez y precisión. Espero que el autor siga escribiendo, porque va por buen camino.
No se ha traducido al castellano el título original del libro. Éste incluye un subtítulo que realmente consigue explicar de qué va el libro, a qué se refiere su título Una teoría liberal de los derechos de las minorías.
"Muchos liberales de posguerra -escribe Kymlicka, director del Centro Canadiense de Filosofía y Política Pública del Departamento de Filosofía de la Universidad de Ottawahan considerado que la tolerancia religiosa basada en la separación de la Iglesia y el Estado proporciona un modelo para abordar las diferencias etnoculturales". Tomando como modelo la separación Iglesia- Estado, el liberalismo exige que la política se independice de la nacionalidad, como ya lo ha hecho de la religión.
Ésa es la propuesta que Kymlicka revisa críticamente en este libro. Y lo hace no desde una postura comunitarista, como podría hacer pensar su nacionalidad canadiense, sino desde los propios presupuestos del liberalismo.
La concepción de los derechos humanos como algo de carácter exclusivamente individual que en ningún caso corresponde al grupo, sino a las personas consideradas singularmente, justifica la defensa liberal de una "omisión bienintencionada" por parte del Estado: el Estado debe ser ciego en materia de color, raza o sexo, igual que lo son los derechos, del mismo modo que lo es en materia de religión. Es precisa mente a partir de este principio básico del liberalismo como el autor justifica la necesidad de una "ciudadanía diferenciada".
Para ello se basa en la constatación de que, en la práctica, el Estado necesariamente fomenta determinadas identidades culturales y perjudica, en consecuencia, a otras. Ello ocurre cuando adopta, por ejemplo, una determinada lengua para la enseñanza o cuando designa las festividades públicas. Y esto supone no solo una discriminación para el grupo, sino también para cada uno de los individuos, ya que la pertenencia a un grupo con una cultura propia dota de significado a la elección individual. Por lo tanto, la doctrina liberal de los derechos -como algo que corresponde a cada persona singularmente considerada- debe incorporar el tratamiento de los derechos en función de la pertenencia a un grupo para que efectivamente los individuos disfruten de ese marco que dota de sentido a sus acciones.
Por otra parte, la cultura otorga al individuo un horizonte de significado no solo en su vida privada, sino también en su dimensión social. De ahí la necesidad de lo que Kymlicka denomina una "cultura societal", es decir, "una cultura que proporciona a sus miembros unas formas de vida significativas a través de todo el abanico de actividades humanas, incluyendo la vi da social, educativa, religiosa, recreativa y económica, abarcando las esferas públicas y privada".
Kymlicka considera necesaria, por tanto, la adopción de una "ciudadanía diferenciada". Ésta consiste en la con cesión de derechos específicos en función del grupo al que un individuo pertenece, y está destinada a superar las discriminaciones que existen en la realidad en las sociedades no homogéneas desde el punto de vista racional o cultural, es decir, en la mayoría. Estos derechos pueden incluir la representación especial de determinados grupos minoritarios en las instituciones políticas; la adopción de una política lingüística "positivamente discriminatoria"; la demarcación de distritos electorales para que la minoría, cuando está geográficamente localizada, pueda constituirse en mayoría en algún momento o, final mente, la elección de las festividades públicas.
Por otro lado, "muchas formas de ciudadanía diferenciada en función del grupo son, de hecho, ejercidas por los individuos"; por eso la existencia de una ciudadanía diferenciada no contradice la idea de los derechos como algo singular. Y no solo no es contradictoria con los planteamientos liberales, sino que es exigida por ellos mismos. Precisamente porque los derechos son ciegos en materia de color, raza o sexo, el Estado no puede serlo. Tiene que adoptar una "ciudadanía diferenciada" como medida para lograr que la política sea independiente de la cultura, la raza y el sexo, del mismo modo que lo es de la religión. Esa "ciudadanía diferenciada" no debe favorecer a un grupo cultural más que a otros. Por ello, las medidas de "discriminación positiva" son siempre circunstanciales, están encaminadas a superar un lastre histórico, a salvar una situación de marginación. Es el caso de Estados Unidos, donde la inclusión de los grupos minoritarios pasó hasta principios de la década de los setenta por la "angloconformidad", lo que dio lugar al meltingpot estadounidense.
Dado que la concesión de derechos especiales a las minorías está encaminada a vencer una situación discriminatoria dada en un momento histórico, debe ser continuamente revisada para confirmar o no su validez aquí y ahora. Solo así la "política de la diferencia" no representará una amenaza para la democracia liberal. Solo así la reivindicación de los derechos de las minorías no representará la amenaza de una nueva Ruanda o una nueva Yugoslavia.
De nuevo el verano, y con él, otro inédito de Eugenio d’Ors, escrito durante el verano de 1925 y publicado en la revista Blanco y Negro, dentro de la serie «La Vida Breve».
«Calendario y Lunario. La Vida Breve», que d’Ors firmaba con el seudónimo «Un Ingenio de esta Corte», aparece por primera vez el 11 de enero de 1925 -«Incipit vita brevis…»-, y se prolonga hasta el 15 de marzo de 1931. Son más de cinco años de colaboración semanal casi ininterrumpida en el Blanco y Negro, habitualmente dentro de la sección «Gran Mundo. Crónica de la semana. Ecos varios de sociedad». Su contenido, intencionadamente frívolo, es un reflejo inteligente de la vida social y cultural de esos años. Por ella desfilan los personajes habituales del momento, y se da noticia de sus actividades, sus comentarios, pero siempre desde dentro, porque el autor es uno más de ellos y forma parte de ese juego social. Se hace referencia a temas muy diversos: las nuevas adquisiciones del Prado, los cursos y conferencias que se llevan a cabo en Madrid, las exposiciones, conciertos, la actividad teatral, la hípica o hasta la descripción detallada de los distintos tipos de tejidos populares españoles siguiendo la obra de Mildred Stapley.
La vida madrileña del momento queda reflejada en las «hojas del carnet» -como a él le gustaba llamarlo- de «La Vida Breve». Pero este carnet no se limita a reflejar solo los acontecimientos de Madrid, ni de España, sino que lo acompaña en sus viajes —muy frecuentes— de los que nos quedan crónicas deliciosas.
La selección que he realizado corresponde justamente a un viaje —unas vacaciones de verano durante los meses de agosto-septiembre de 1925—, que tiene un interés adicional para el conocimiento de la obra del autor; y es que estas «hojas» contienen el germen de lo que será años más tarde una de sus novelas: Sijé. Este personaje aparece por primera
vez dentro de la obra de d’Ors en «La Vida Breve», y más concretamente en la crónica del 30 de agosto, donde desaparece o se le nombra por última vez el 25 de octubre —»¿qué estará haciendo nuestra Sijé a estas horas? Procuraremos no pensar más en ella. Desde luego ya no la nombraremos más»—. Son un total de ocho crónicas de las que, por razones de espacio, reproducimos únicamente las seis primeras -hasta el 11 de octubre inclusive—, que son las que constituyen el núcleo fundamental de este relato.
Tres años después (entre 1928 y 1929), Eugenio d’Ors escribe una serie de 67 glosas, ya bajo el título de «Sijé», que se publican en el diario barcelonés El Día Gráfico. Posteriormente, con motivo del centenario del nacimiento del autor, Carlos d’Ors editará estas glosas en forma de libro (Editorial Planeta, Barcelona, 1981).
Sijé forma parte, junto con La Bien Plantada, Gualba, Cartas a Tina, y otros apólogos, de la serie denominada «Las Oceánidas»; título que según su autor, en una nota a la primera edición castellana de su fardin Botánico, «alude a la función de compañía en la castigada soledad que lo Eterno Femenino desempeña en el Prometeo de Esquilo».
Pero ahora callemos para escuchar a Sijé, que «fue una Voz antes de ser un Cuerpo…».
Domingo
Atrás se quedaba San Remo, durmiendo su borrachera de sol. Por hábito adquirido en invierno, el tren, a pesar de su alta categoría, se detiene —ahora en verano- en cada pueblecillo de la Riviera ligur. Parece que con sólo hacerle una seña condescendería a detenerse también ante cada uno de los villinos que se reparten la sombra sucinta de las palmeras y ante cada uno de los rótulos inscritos en mármol, «Miramare» o «Quisisana»,»Nid blanc» o «Villino Mimosa»… A la derecha se tiende el infinito azul; a la izquierda avanza la carretera, estrecha y cálida, serpenteando perezosamente entre los muros de las quintas y los pámpanos polvorientos de la viña virgen. Se filtra en el aire el crepúsculo como un café en su cafetera, y diríase que el sol nos hace ver todas las cosas a través de lentes rojos, lilas o azules —así en el fumoir del » Garitón, de Cannes—. Y extrañas sensaciones: alguna vena de perfume precioso suscita el de la madera lacada; algún soplo de calor de la tierra, aunque atenuado, dulce como un arpegio de órgano, en una iglesia, entre el incienso de los oficios; una gota salobre, de pronto, en la mano o en la lengua; el deslumbramiento de un kimono rojo o el deslumbramiento de una desnudez tostada, junto a las olas, en el momento en que precisamente el tren está a punto de acordarse de su denominación oficial de «directísimo’…
Esta parada, empero, en que estamos no se podía excusar. Hemos llegado a Alassio, que durante diez y siete siglos ha sido un sencillo refugio de pescadores, pero que ya era el Albingaunum de los romanos y ahora parece querer superar el esplendor antiguo con la prosperidad de su doble juego de estaciones —bañera y veraniega para los italianos, invernal y helioterapéutica para los ingleses-… Alassio, donde hoy, como en el Lido, el traje de baño se guarda hasta las seis de la tarde, muy cubierto a veces por un pyjama de los colores más vivos, con la ventaja aquí de que tampoco a las seis de la tarde se va por el smocking.
En maillot, en capa verde, en turbante, en caftán rosa o en pijama naranja se acude, en Alassio, a la estación del ferrocarril, al paso del tren. Se acude para despedir a los conocidos y para echar, entre risas, besos volantes a los desconocidos, cuando el tren se aleja, a la hora clemente de la caída de la tarde… Pero ha ocurrido que, apenas avanzados unos metros, nuestro convoy se para. Como si no estuviese bien decidido a partir del delicioso lugar, o como si quisiera dejarnos admirar un friso expectante de quince bañistas con carne de bronce —atléticos muchachos ahora—, que nuestro amigo Fó —así llamado por el orientalismo de su sabiduría profunda- admira, socrático, desde la ventanilla.
En este punto, lento, insidioso, todo volutas y espirales, todo gemidos y deseos inexpresados, se eleva en el aire el canto de un acordeón… Y no sé qué tiene aquí esta voz vulgar, conocida tantas veces, mofada tantas veces. No sé qué tiene, que a la vez le absuelve y le imbuye de sutiles venenos para la sensibilidad. No sé qué tiene, de italiano y de lejano a un tiempo, que los ojos se nos nublan y que sentimos en el cuello el palpitar de la sangre de un corazón, que ni siquiera debe ser el nuestro, sino acaso el de este ser, todo ojos, todo ojos azul claro en la fina cara medallera, con la melena de cabellos negros encrespada a lo Medusa -¿muchacha, muchacho?-, que envuelve su carne dorada en una capa de baño verde y levanta el brazo derecho en señal de adiós a alguien que se va más lejos en un vagón de tercera clase, mientras que con el meñique de la izquierda aprieta, sin pudor, una lágrima en el mismo nativo saco lagrimal.
Fó, con la portezuela abierta, ha dicho:
—¿Despides a tu novia, muchacho…? ¡Si quieres, te llevo!
Y yo, alargando la mano, ya:
-¿Despides a tu novio, muchacha…? ¡Si quieres, te llevo!
El ser, de un salto, ha subido a nuestro compartimiento. Sólo al encontrarse arriba, cuando el tren ya había arrancado de nuevo, esta vez definitivamente, han reído sus dientes deslumbradoramente blancos.
Es una muchacha.
—Bueno -dice Fó—; ahora te llevaremos al lado de tu viajero, y no te preocupes del billete.
Pero ella, con su imprevisto semblante de terror, rehúsa.
-¡No! ¡Qué espanto…! ¡Lo que me diría!
Se queda con nosotros. Empieza a contar con volubilidad cosas algo incoherentes. Pasa un revisor… La suerte está echada.
En otras estaciones, a que llegamos cuando ha amanecido ya —en otras estaciones, también con palmeras, negras ahora, yviñas vírgenes, y olor a madera preciosa, y caftanes de colores vivos—, suenan igualmente los acordeones melosos, turbadoramente sentimentales.
Martes
Génova. Génova nocturna, porque aquí vivimos solamente de noche, repartiendo sus horas entre el puerto pecador y las calles señoriles y mercaderas, con los palacios de Galeazzo Alessio, de puertas agigantadas que se diría montadas sobre zancos.
Para divertir a Sijé (la llamamos «Sijé‘; y, como una buena acción es siempre recompensada, su presencia entre nosotros nos ha traído el «buen tiempo fijo’, por cuyo barométrico advenimiento tanto suspiramos en Lausanne), para divertir a Sijé y poner contenta su sangre plebeya, hemos asistido a una representación de teatro dialectal genovés. Nosotros, en realidad, no hemos entendido nada; pero nuestra salvajita de la Riviera se ha reído tanto, que es su risa la que nos ha hecho reír.
De la comedia, con todo, se nos transparentaba lo suficiente para adivinar todo el valor de la compañía de Gilberto Govi, heredera de grandes tradiciones locales. Y el genio de Nicolo Bacigalupo, actor-autor -como una magnífica ley de simetría histórica quiere siempre en estos casos—, sainetero inspirado, de vena popular generosa.
Después de la representación, para nuestra cena de mariscos en el puerto, han sido invitados también los cómicos y las cómicas.
Miércoles
Osbert ha llegado de Florencia. Y, apenas entrado en el cuarto de Fó, lanza un grito de admiración. Allí está Sijé, que posa. Su gracia andrógina ha vencido, por fin, el despego del artista, y éste ha condescendido a nuestro deseo de que fijase, en una sanguina bien apurada, los rasgos turbadores de la pequeña vagabunda. Pero Sijé posa vestida, y el vestido es precisamente lo que subraya su feminidad. Si con la melena al aire parece un Baco adolescente, con el manto se la diría una Madona.
—¿Para qué fatigarse en su retrato? —dice Osbert, después del grito—. El retrato de esta muchacha está hecho ya. Acabo de verlo en Florencia, en la nueva galería que acaba de abrirse al público, con la colección del anticuario Stefano Bardini. ¡Colección adorable! La componen principalmente estucos, esos famosos stucchi florentinos, imágenes de santidad, Madonas casi siempre, que sirvieron de muestra y enseña a tiendas de artesanos y mercaderes…
He aquí, en fotografía, una de las mejores piezas. Se trata de un estuco polícromo de un artista ignoto del Renacimiento. Pues bien: quitadle el niño de los brazos y decidme si éste no es el retrato de vuestra Sijé…
(«De nuestra Sijé» corrige Osbert, al repetir el nombre, unos minutos más tarde).
6 DE SEPTIEMBRE DE 1925
Viernes
Osbert trae noticias frescas de Salzburgo… Aunque la semana de la Sociedad Internacional de Música moderna haya sido trasladada a Venecia hogaño, allí no se dan por vencidos. El gran teatro, que hace dos años no era más que un proyecto, ha debido inaugurarse ayer. Max Reinhardt, desde su castillo de Leopold-skron, la antigua villa de los arzobispos soberanos, ha preparado una serie de espectáculos excepcionales. Ha hecho más: invitó, y tiene como huésped en el castillo, a Morris Gest, el empresario americano famoso.
Acerca de esta visita, un rumor corre estos días últimos por las orillas del Salzach.
Dícese que Morris Gest y Max Reinhardt preparan juntos, para darla pronto en América, una escenificación de El sueño de una noche de verano, de Shakespeare… Hasta aquí, nada de particular. Lo que ya lo parece más es el detalle de quién ha de representar uno de los papeles recitados de la obra. Nada menos que Charlie Chaplin, es decir, Chariot, el cómico cinematográfico famoso.
Cuando Osbert, en el jardín de la Cova milanesa, ahora —¡manes del almibarado Bellini, estremeceos!— convertido en dancing, con músicas de negros y todo, cuenta estas noticias, alguna de las damas del grupo amigo inicia una disertación estética sobre la escenografía contemporánea a base de arte ruso, y de catálogos de la actual, Exposición de París… Pero tal vez ‘! nosotros no la escuchamos con/ demasiada atención. Cruzamos miradas donde, a la vez que un resplandor de mutua inteligencia, pasa, de los ojos del uno a los del otro, una sombra casi imperceptible de recelo… Es que —por primera vez sola, desde que la pescamos al paso del tren en Alassio— Sijé, nuestra sirenita prisionera, está esperándonos, apartada de esta mesa por las crueldades de liturgia social, cenando, tal vez tristemente,
en una pobre trattoria detrás de San Sátiro.
El mismo viernes (última hora y madrugada)
¡Cuánta efusión luego! ¡Cuánta ternura sentimental y besucona en el encuentro del jardín público! ¿A qué celado huerto de cipreses de las afueras nos llevará la que hemos
aprendido a llamar aquí, sin más, «la máquina», a qué huerto de cipreses, con un cielo maravilloso encima y unas botellas de Asti puestas en fresco al agua de una grotta, estilo Villa d’Este?
Sijé está divina. Entre los cinco la hemos hecho lugar. No me he fijado en si al venir de su cenita de San Sátiro estaba descalza. Ahora sí, como en la playa de Alassio. Su misma capa de baño de entonces, ceñida de otra manera, le sirve de traje. La fina garganta ostenta esta noche el collar de perlas reconstituidas con que nuestro Fó ha querido pagar las sesiones de pose de la antigua modelo. (Lo que empezó siendo un retrato ha concluido, naturalmente, en un San Sebastián). Y los cabellos, negrísimos, se levantan, sueltos, en el gran viento de la carrera del coche y dan a la cabeza un coronamiento de Gorgona.
Sijé ha cantado. Ha dejado pasar por su garganta y por sus labios toda esta basura lírica del populacho italiano – tan conmovedora, después de todo, en una noche como esta noche—, y en una boca como la de Sijé. Canzonetas fáciles, elegías de sentimentalidad pegajosa…
«Smetti, bambino, mia
D’interrogar i fiori
Perche il mister dei cuori
Ifiori non lo san.
Quando la margherita
Ha perso ogni sua foglia
Tu resti con la voglia
E con un gambo in man… «
Y el melodrama también:
«Quante amare lagrime
la mamma aveva pianto
per le triste femmine
che il figlio amare ancor…»
Pero no hay paciencia para seguir una narración de este linaje hasta el final. Más vale el lirismo puro y los ritornelos, que, además, se aprenden en seguida y que, a la segunda copla, ya se pueden cantar a coro:
«Frin! Mía Carmela bella!
Fron! Cara caramella!
Fron,frin,
dischuidi il finestrin
Fron! certo sei a letto
Frin! Voglio per dispetto.
Frin, fron,
cantarti ‘sta canzon…
Cuando entramos en la ciudad, ya el tambor del Bramante, en Santa María de las Gracias, parece desteñir lentamente su color de rosa en el cielo lívido.
Domingo
¡Esta manía, sobre todo cuando el reposo en los jardines, de
precisiones autobiográficas, que
nadie le pide, «como si quisiera
—dice Fó— exhibir un certificado
de buena conducta de onceava
clase»
—Yo estaba ¿sabes? hace un mes en Alassio. Mi pintor me había tomado por modelo y trabajábamos cada día. Además, yo tomaba los baños de mar… Me había dejado
todavía pagada una semana de hotel. Después yo tenía que volver a mi casa, Vercelli… Tomé vuestra invitación como un juego, que duraría hasta la estación de Novara todo lo más… Pero no importa. Mamá se figurará que estoy todavía en Alassio, o que he encontrado trabajo en Niza… ¿Sabes? Mi padre también es pintor, aunque no ha tenido suerte, y ahora no puede, por la vista…
Una mano un poco brutal le tapa la boca.
—¡Basta, Sijé; basta! Esta historia ya la hemos visto en el Edén Cinema…
Ella ríe, ríe…
Peor es cuando, en vez de contar, le da por preguntar. Advertimos que el grupo de nuestras damas amigas de la Cova la intriga demasiado.
Martes
En una hoja del carnet de «La vida breve» se dejó un elogio para el cartel de la Exposición de Arte decorativo de Monza. Hoy he visto esta Exposición… ¡Nada, tampoco, en el interminable desfile de salas regionales! Tal vez algún vidrio de esos de Murano, que ahora se fabrican en estilizaciones simples, de líneas a veces muy dichosas.
De lo folk-lórico, sólo Sicilia. Las carretas y tartanas pintarrajeadas, los arreos de tantas campanillas son encantadores. Me he comprado un chaleco verde esmeralda, con adornos rosa y amarillo, y bordado en hilo de oro y pedacitos de espejo cosidos a la tapa de los bolsillos.
Luego hay muchos muebles calabreses. Muebles calabreses de estilo vasco, como dice Octavio de Romeu.
13 DE SEPTIEMBRE DE 1925
Jueves
No es lo más importante que en Venecia no haya automóviles. Lo más importante es que no hay bocinas.
Ni en el Lido. Cierto, las «máquinas» son embarcadas en San Giuliano directamente para el Lido. Pero en el trayecto parecen corregirse del vicio de gritar. Entre los hoteles, por los jardines del Lido, aprenden a deslizarse sin voz, como patinadores refinados. También ellas tienen su ley de corrección: escape cerrado y bocina muda.
Hay este año en el Lido demasiada gente. El mal ya empezó el año pasado. El saneamiento de la moneda alemana ha venido a agravarlo considerablemente. Es lástima, porque así acabará por destruirse el exquisito sentido que había alcanzado de libertad suprema, de vacación esencial. El pijama en sociedad es cosa gratísima, a condición de que la sociedad no sea multitud.
Ahora la que se baña y se desnuda en el Lido, desde la popularidad pululante del Alberoni hasta el privilegio, de todos modos demasiado laxo, del Excelsior, es una multitud. Y su festín de libertad no va siempre acompañado de aquel innato y oculto sentido del límite, característico de las verdaderas selecciones. De esta falta no se eche toda la culpa a los alemanes. Italianos son los primeros en pecar. Ni faltan ingleses e inglesas -la verdad es que su número y su calidad se han rebajado bastante en los últimos tiempos— contaminados con el eclipse del buen gusto. ¿No era miss K** T** quien ayer, tomando el aperitivo en «Chez-vous’, proponía coronar la serie de las fiestas de noche con un baile de pyjamas…? La verdad, por otra parte, es que más fantasía que hay en éstos no se puso nunca en travestis y dominós.
Los verdaderamente apurados, como consecuencia de todo ello, son -aparte de alguna mamá calvinista caída aquí por equivocación- los empresarios de espectáculos del
» Chez vous», que no saben cómo vestir o desvestir a sus muchachas —demasiado gordas, por cierto— para que la función de pago de la noche no resulte sosa ante los panópticos gratuitos de la jornada. Lo de tenderse en la arena al resplandor de las bengalas formando con los cuerpos entrelazados las cuatro letras de la palabra LIDO, fue bueno para el año anterior. Las famosas «Saturnalia 1924», este año, con tanta gente desconocida, habría tal vez algún peligro en darlas de nuevo… Lo más cómodo, pero también lo más aburrido, es repetir al pie de la letra las tabarinadas parisienses del invierno anterior.
En cuanto a nosotros, tenemos los problemas resueltos. Nos hemos dividido para lo de la habitación. No acudimos al Lido sino para el baño y el almuerzo, en que aquél se termina, porque no somos de estos que van acercando progresivamente la vida playera al camping puro. La hora primera de la tarde es para dormir, y a la del té —bastante tardío— son las amigas que viven en el Lido las que nos devuelven la visita matinal. En cuanto a la noche —¡ah, la noche es para Venecia, para sus rincones obscuros, para sus canales extraviados!-. Si las damas no se quedan para la comida en la trattoria de los salmonetes, quien viene es Sijé, nuestra sirenita cautiva, a quien hemos puesto la jaula en una habitación de la Giudeca, y que desde el queso empieza a cantar y ya no lo deja hasta que, con la luz primera del alba, empieza a distinguirse el blanco del negro en la cúpula de Santa María de la Salute… Después, si toca madrugada de dormir, nos dispersamos. Osbert al Danielí, Fó y los otros, al Cavalletta Cavalletta, yo, a mi tronado palacio de alquiler.
Viernes
Osbert ha recibido noticias frescas de la estación de Salzburg. Los espectáculos de Max Reinhardt han sido este año algo más intensos que nunca. En la representación
de El milagro, el mago escenógrafo fue acumulando cuantos instrumentos de sugestión del terror y de la muerte puede inventar la fantasía humana. Si ha llamado al esnobismo, hay que reconocer que ha castigado duramente al esnobismo. Ha empezado por dejar salvaje la vegetación en el emplazamiento del nuevo gran teatro. Para alcanzar sus localidades las grandes damas llegadas de Viena y de Nueva York han tenido que sufrir los pinchazos de las ortigas a través de sus medias sutiles.
La víspera de la representación, este año, como aquel del Malade imaginaire, ha habido en Leopoldskron, la arzobispal residencia de Reinhardt, un ensayo general por invitación. En él se ha apreciado más que nunca el genio de lady Diana Manners. Mientras llega la hora de que Reinhardt lleve al de Charlot a representar Shakespeare, bueno es que el auditorio cosmopolita de Salzburgo empiece a acostumbrarse a los entronques imprevistos, ligando, en una sensación compleja y única, Estados Unidos con Edad Media.
Sábado
Fiesta de noche en el Gran Canal. Nada en rigor. Cuatro faroles… Sarach que ilumina su casa… La fábrica de mosaicos que echa el resto… Un poco de juerga verbenera en Rialto… La suspensión del tráfico del vaporetto… ¡Nada y tanto!
Nuestro problema «¿Sijé o las amigas del Lido?» ha tenido una solución ecléctica. Los más nos hemos dejado tentar por la invitación de estas últimas y por su modo de celebrar la verbena a lo norteamericano, por la gran góndola con mesa puesta y reserva de hielo.
Nuestro tradicionalismo estético y la Religión de la Vida Sencilla nos lo perdonarán por una vez… » Oportet haereses esse». Y lo del «margen de ironía».
Pero Fó, el filósofo socrático y extremo-oriental (parecido en esta doble calidad a nuestro grande y admirado Dickinson), tiene todavía otro grupo un poco extraño, del que, por ciertas razones, los demás no queremos saber nada. Fó ha mantenido el purismo estético con más rigor. Su góndola, con las cortinas cerradas o poco menos, se ha deslizado silenciosamente por el Gran Canal. Dentro iban algunos representantes del grupo ambiguo, y esta góndola ha llevado también a Sijé.
(Me sorprendo a punto de escribir -¡oh, impiedad!— «cargado con..» ¿Es que ya queremos menos a nuestra prisionera? No; pero, confesémoslo, los seres más adorables a veces nos estorban un poco).
Lunes
Esta noche, en el Excelsior, el baile de la Muñeca Italiana. Este substituye, con ventaja, al baile de pyjamas de miss Catalina. Por muñeca italiana entendemos aquí ahora los «Leuci dolls», memorable revolución en la juguetería y una de las más sabrosas invenciones del arte en los últimos tiempos.
27 DE SEPTIEMBRE DE 1925
Miércoles
Adelante, adelante el cortejo magnífico de la Música Nueva, que ahora, de todos modos, para entrar, por ministerio de la Sociedad Internacional de Londres, en esta Venecia hospitalaria, tendrá que dejar carros y corceles, tomando la góndola o andando a pie,» tutto diritto» -como aquí se dice paradójicamente—, «tutto diritto», por el laberinto zig-zagueante de muelles, puentecillos y callejuelas! ¡Adelante, que su festival número tres promete obscurecer, por la intensidad de su gloria, el lustre de los anteriores, el de Salzburgo, en 1923, y los de Salzburgo y Praga, el primero para la música de cámara, el segundo para la orquestal, cumplidos el año pasado! Para recibir a heraldos y coribantes, hoy la Reina Adriática se ha vestido de sol. Se ha vuelto verde como nunca este mediodía, verde esmeralda, el agua del Canalazzo. Mil lenguas de oro la hacen centellear, transeúntes inquietas. Un viento fuerte, alegre y joven en su picante frialdad, la ha despoblado un poco, haciendo fatigosa la navegación de las góndolas. ¿Qué importa? Una góndola, una góndola a toda prisa, requiere ahora, de pie ya en los escalones del traghetto de Zobenigo, la figura de Edward Dent, nuestro presidente, invariable desde Salzburgo, en su mefistofélica rubicundez. De Eduardo Dent, a quien da ahora el sol en las gafas, que despiden centellas, como al Poniente, los cristales pequeños, en lo alto de la fachada de San Marcos.
Más tarde, en el Florián, a la hora del café, suenan los grandes nombres. Richard Strauss está ya aquí; se hospeda en el Lido. Strawinski no podrá venir hasta mediada la semana que viene, a tiempo apenas de ejecutar su Sonata per pianoforte, anunciada para el concierto del 8. —Esta sonata y su ejecución me dan un poco de miedo-. En cuanto al gran Schoenberg, ya ensaya. De su Serenata para orquesta de camera se cuentan horrores. Parece que jamás oído humano recogió ramillete de cacofonías semejante.
Generoso, el maestro Toscanini ha venido también, en calidad de puro oyente. La princesa Polignac, la que dio a conocer en París el Retablo, de nuestro Falla, tiene aquí su casa, y vive en ella desde hace días. Y, a propósito, ¿por qué nada hay de Falla en las cinco sesiones del festival; de Falla, tan celebrado en Salzburgo? Se ha dicho un momento
si Salazar… Pero quien va a representar la música española es Gaspar Cassadó, compositor también, además de astro del violoncelo. Una Sonata suya, para piano y violoncelo, se dará en el concierto del 4; al día siguiente, él mismo interpretará otra Sonata de Honnegger. De Barcelona, como Cassadó, ha venido también Frank Marshal, con su mujer, una Cabarrús… Es lástima que, entre los amigos de la música de España, no haya venido nadie más. Allá, por el mes de Junio, desde Madrid, la señora de Baüer había prometido su
presencia. No la hemos visto hoy en el té del Excelsior, donde estaban lady Sasson, la princesa de San Faustino, la princesa Giovannelíi, el príncipe Leopoldo de Prusia, la
Reina Aspasia de Grecia, la Melba-
La Melba ha cantado esta noche, en el Canalazzo, a beneficio de no sé qué. Antes había cenado, en aquel de los comedores del Grand Hotel que no tiene balcón, sino ventana, sobre el agua y en compañía, hay que decirlo, un poco desagradable. Vestidas con sus trajes de noche, esas gentes se asestaban bolitas de miga de pan e imitaban las voces de distintos animales. Tal vez este desorden ha dañado a las facultades de la artista. El caso es que, cuando ha terminado de cantar, de ambas orillas del Gran Canal, desde San Marcos como desde la Salute, ha sonado y ha corrido en la obscuridad el estridor ultrajante de una silba. Pero ¡qué silba…! Silbaban -ignoro si exigentes o simplemente contagiados— hasta los pasajeros de los vaporetti.
Sábado
Por culpa de nuestra Sijé (decididamente a las sirenas, incluso a las sirenas domesticadas, les cuesta un poco comprender ciertas cosas, y esta nuestra tiene, además —nadie lo hubiera dicho—, una disposición lacrimosa bien lamentable) parte de nosotros ha perdido los dos primeros conciertos. En rigor, dentro del desorden en que vivimos (habrá que corregir esto, evitando que La vida breve se convierta en La vida loca), nos sería ahora difícil precisar el por qué.
Esta noche, la del tercer concierto, el teatro «La Fenice» brillaba como un ascua de oro. ¡Cuán bien sientan a la graciosa decoración rococó las pantallitas, las innúmeras pantallitas, en los brazos de las lámparas! En alguna sala de espectáculos de Madrid debería ensayarse el sistema. Luego, la ausencia de gallinero ennoblece a todo un teatro. Pienso en mi amigo T**, que, en sus casi continuos viajes a Ultramar, únicamente puede soportar la travesía en vapores de clase única.
Aun sin querer, uno recoge desde la entrada muchos potins, sobre presencias y ausencias. Strauss no ha venido. Como se le sabe en Venecia, la falta del autor de Salomé es comentadísima. Toscanini sí está; centenares de impertinentes no se cansan de fisgar en su palco. En el del lado, la princesa Polignac. En un palco del segundo piso, o -como decimos aquí los viciosos de arquitectura- «del segundo orden’, Dent, con el ya glorioso Francesco Malipiero y con Alfred Casella, que pronto se sentará al piano para ejecutar, con Gaspar Cassadó, la Sonata de Honnegger… ¡Qué lástima que nuestro amigo Trend no haya venido! Quien sí está es otro hispanista ilustre, Mr. Starkie, que el invierno pasado trajo el duque de Alba, de Dublin a Madrid, para que diese conferencias sobre el teatro español contemporáneo. Giuletta Gordigiani von Mendelshon, que ayer acompañaba a Cassado, le aplaude calurosamente hoy desde su poltrona.
La más viva delicia del concierto, los Joueurs de flüte, de Albert Roussel, maestro de vanguardia…, nacido en 1869. Monsieur Louis Fleury, flautista exquisito, nos roba
el corazón a todos. Ya se adivina que este francés delicado, a quien acompaña al piano su mujer, va a ser el héroe de la simpatía en todo el festival… Me acuerdo del dibujante Naudin, concertista también en instrumentos dulces y antiguos. Y de que un día, al terminar de hacer cantar a su flauta un «aire de la vieja Francia», me decía, con lágrimas en los ojos: «Ah, mon ami, vous savez quand l’on est français, c’est pour toujours!».
M. Fleury ha reaparecido, al fin del concierto, en la Sonata para piano, flauta, oboe y fagot, de Vittorio Rieti, compositor, éste sí, muy joven, nacido en Egipto… Por sus audacias —un poco gratuitas, conviene decirlo-, Rieti ha estado a punto de naufragar. Hasta cierto punto, esto es un mal presagio para Schoenberg.
Domingo
Anoche, terminado el concierto, embarqué para el Lido, donde se celebraba, para cerrar la estación, una magnificente Fantasía Persiana… Allí estaba Strauss con lady Sasson. Y con las aristocracias de los dos continentes, ahora reunidas en Venecia.
Esta vez, Aldo Molinari hizo bien las cosas, ayudado por la imaginación de pintor Brilli. La sala del baile del Excelsior aparecía verdaderamente convertida en una calle-bazar de Oriente, con sus mercaderes en las colmadas tiendas, con sus bailes de almeas, sus músicas salvajes de negros. En el tuk y en chez vous se bailó después furiosamente hasta que la luz primera del día extinguió, en el jardín, las fuentes luminosas.
Hoy es el día de las regatas. En este momento avanza por el Canal el cortejo del duque de Aosta.
4 DE OCTUBRE DE 1925
Lunes
En la sala del Maggior Consiglio del Palacio Ducal, esta tarde, el concierto de música italiana y antigua, dirigido por Alfredo Casella. Este y Francesco Malipiero han sido, por otra parte, los héroes de todas estas jornadas. Han impuesto —por obra, a medias, de la sabiduría y de la gracia— aquello que en materia de arte, y quién sabe si en toda materia, podría ser el mejor programa de los pueblos latinos; quiero decir el programa que identifica la más áspera novedad con la más auténtica tradición.
No hay palabras para decir de la justeza, de la elegancia, de la cálida profundidad que, en su oro dulce, tenía esta tarde, la luz de Venecia, cortada a medias por una cortina color de cuero, en la sala del Maggior Consiglio. Jamás han podido reunirse tan admirablemente las dos cualidades que —demasiado ligeramente— se juzgan contrarias, la solemnidad y la intimidad, como en esta atmósfera suntuosa y extinta. En el estrado, la reducida orquestina de cuerda y madera. En sillas libres, en los bancos de madera adosados a los
muros ilustres, mil personas, quinientas figuras, ya meditabundamente penetradas por la emoción, antes de que la nota primera de los violines se elevase en un aire denso de historia. Strauss no faltaba esta vez. Ni Strawinski, ni Toscanini. La princesa Polignac había traído su corte. Pero más lucida era aún la de las grandes patricias venecianas: la condesa Annina Morosini, con su cabellera de joyel; la condesa Robilant-Mocenigo, la condesa Dada-Albrizzi… Aunque nuestro Fó opinaba que el nombre de esta última era un
poco peligroso en un concierto y en unas fiestas cuyo sentido ha consistido precisamente en la derrota de lo dadá.
Casi todo el Comité de la S. I. de M. C. estaba también, con Edward Dent a la cabeza. Y Arnold Schoenberg, nada inquieto por el riesgo de su Sonata, que va esta noche. Mussolini hubiera querido venir, según me dicen; se lo han impedido algunos deberes relacionados con la catástrofe marítima que hoy llora Italia. Dos de sus ministros se encuentran presentes, los señores Giurati y Volpi, que ayer acompañaron al duque de Aosta. Y el conde de San Martino y Valperga, presidente de la Academia de Santa Cecilia, de Roma. Y Hertzka, el gran editor vienés. Y Alexander Russel, que dirige la Facultad de Música en la Universidad de Princeton. Y nuestro amigo Starkie, el hispanófilo de Irlanda…
Monteverde y Marcello, al ser evocados, por magia y erudición de Casella, se han encontrado en su casa. Por esto, tal vez, no han hecho ningún aspaviento. Nosotros, tampoco. Hemos aplaudido, no demasiado… Había quien lloraba. Este es su aplauso mejor.
¿Me atreveré a confesar, también, que las cantantes nos han producido cierta ligera decepción? Medio siglo de wagnerismo, según Octavio de Romeu, ha podido corromper
hasta tal punto a los artistas del canto, que ya no saben imponer la primacía -la monarquía eufónica- de la voz humana. Porque esta primacía debiera ser siempre articulada, verbal, plenamente; no interjeccional. El buen cantante, el cantante que aspire a resucitar la buena escuela del melodrama monteverdiano, debe emitir palabras, no solamente sonidos… ¡Cuán lejos están de esta exigencia muchos artistas de hoy! No se les entiende. Cuando el que se entiendan las palabras es algo que un buen amigo mío y religioso franciscano
lo exige hasta de los curas que rezan en los entierros… Más de una vez le he visto, en coyuntura así, separarse de la presidencia del duelo, acercarse a los oficiantes y soltarles alto, en tono de autorizada reprimenda: — «¡No se comprende nada de lo que están ustedes diciendo al difunto!»
Pero olvidemos los detalles. El crepúsculo es demasiado bello. Aún queda tiempo para ir a beber en el Lido un té tardío, el último té playero de la temporada.
Miércoles
La «máquina» asciende, sin apresurarse demasiado, por la estrada de los Dolomitas.
No hace frío.
La nieve de las cumbres vecinas parece puramente espectacular… La estación será clemente con nuestros retardos. No apresurará demasiado las lluvias de otoño. Y,
si Dios quiere, nos dará todavía una buena settembrata. De cuando en cuando un cementerio de guerra, conmovedor en su humildad. Unas maderas blancas, unas cruces blancas, un rótulo. Y flores que dentro de una semana esconderá la nieve. Aquí, entre el quince y el diez y siete, fueron las grandes batallas entre los austriacos y los alpinos italianos. El general Cantore cayó en la primera de las Tofanas, a cuya sombra duerme Cortina d’Ampezzo.
Pero hoy, cada pueblecillo sonriente, cada iglesiuca de agudo campanile, cada río murmurador, cada árbol de esos que según Fó están realizando una huelga colosal
de brazos caídos, parece decir quedamente una palabra de perdón… ¿Nos perdonará también, en su rincón de la Giudecca veneciana, nuestra sirenita cautiva, nuestra Sijé,
a quien hemos dejado —no sin un pinchazo en el corazón— para venir a encontrar en estas monta ñas al grupo mundano y amigo…? Bien hubiéramos querido traerla; pero esto es imposible. Ya en Venecia, con la constante comunicación entre el Lido y el Canalezzo, hubo algunas dificultades. Aquí hubiera sido peor, porque vamos a vivir todos juntos. Y hasta Osbert y otros con su familia.
Sijé no ha escatimado las lágrimas. Ha habido que prometerle excursiones frecuentes y nocturnas. Lo hemos prometido de buena fe. Pero nosotros mismos dudamos del cumplimiento de la promesa.
El caso es que las campanas del campanile de Cortina d’Ampezzo, al señalar ahora —acabamos de llegar y el sol se pone— la oración de la tarde, nos han dejado largamente
silenciosos y nostálgicos.
Sábado
De la melancolía de estas primeras jornadas no ha podido curarnos el baile de máscaras del hotel Cristallo. Singular baile de máscaras, donde, aparte de los que nos vestíamos juntos, a los demás les conocíamos menos todavía cuando se quitaban la máscara.
Así le decía Fó, insolente, a una dama de Trieste, en travestí de napolitana.
-Señora, por favor; no se descubra, no me diga su nombre… Porque todavía Nápoles yo sé muy bien dónde cae y me es familiar. Pero, la verdad, de Trieste no sé nada. Hasta esta mañana creía que en Trieste se había celebrado un Concilio; pero mi amigo Osbert me acaba de advertir que el Concilio de Trento no se había celebrado en Trieste, sino en Trento.
(Temo, además, que con el Oriente jamás haremos buenas migas… Lo más oriental que nosotros podemos amar es Venecia).
11 DE OCTUBRE DE 1925
Lunes
Habíamos confiado excesivamente en nuestra buena estrella. He aquí el otoño, que, en estos Alpes de Cortina, quiere decir el invierno. Los abetos no conocen, como los árboles de hoja caduca, esta hora fina de los vestidos de fuego y oro. Y, como las blancuras de la nieve también son visibles en el verano, el término de éste no lo señala sino el gris, el gris de las nubes y de los cielos bajos cargados de lluvia. Toda la noche ha llovido y toda la mañana. Hacia el mediodía, la piedad del tiempo ha acabado por concedernos un tímido rayo de sol. Y éste solo ha servido para iluminar nuestra melancolía. Suerte que la melancolía gustada en grupo de unos cuantos es como una botella, con cuyo contenido se llenan a la vez varias copas. Con un poco de licor amargo en cada una, todavía se puede brindar.
Lluvia en el alto valle de Ampezzo quiere decir nieve en la montaña. Tanto como han crecido las aguas en nuestro río habrán crecido las nieves en el paso de Tre Croci. En el paso de Tre Croci hay un hotel. Junto al hotel, un cementerio de guerra… ¡Ay! El cosmopolitismo del hotel, donde a cada té, y a cada cena, y a cada excursión se afirma sin pudor la unidad de la Europa danzante, y majongante, y flirtante, es un inevitable insulto a la presencia de los pobres muertos que yacen debajo de las cien cruces iguales de madera pintada de blanco.
Blancas en lo blanco, sólo a medias emergerán hoy estas cruces del manto monótono de la nevada. Y el rótulo altanero «El crepúsculo de los héroes no conocerá noche», se ocultará -ya a las cinco de la tarde— en una sombra muy tupida. En el ara pequeña, con las tres quimeras en bronce mal fundido, se habrá apagado la lucecilla de la lámpara. Cuando ya la soledad de la noche tenga tres horas, volverá a nevar.
Cada uno de estos cementerios de guerra —frecuentes en estas montañas que en 1917 conocieron tantos combates entre las tropas austríacas y los alpinos italianos— tiene un nombre de consagración. El de allí arriba se llama, con el paraje, «Tre Croci», el de la altura del Belvedere, «Aquile delle Tofane», el que está en el mismo Cortina d’Ampezzo, «General Cantore»… El general Cantore cayó aquí en la primera de las Tofanas. Junto a la estación tiene un monumento. Es lo primero que ven los innúmeros turistas de Munich
y de Viena cuando, al bajar al andén, entregan sus maletas a los porteros de los hoteles, que les saludan obsequiosamente en alemán.
Martes
La catástrofe, de que, naturalmente, tenemos nosotros la culpa, ha estado a punto de envolvernos en sus derivaciones grotescas. Una Sijé rabiosa se ha plantado de improviso
en Cortina d’Ampezzo. Su imprudencia ha llegado al punto de venir a sorprendernos en el hall del Savoy a las seis de la tarde, en pleno corro de amistad. Alguno de los nuestros, como Osbert, tenía allí, no sólo a los amigos, sino a la familia, su puritana y archientonada familia inglesa. Había necesidad de que rápidamente alguien se sacrificara, y Fó, el filósofo, se ha sacrificado. El ha sido quien, con paso decidido, ha salido al encuentro de la sirenita alocada, dispuesta al escándalo. El quien la ha tomado autoritariamente
del brazo y la ha llevado al vestíbulo, donde ha aguantado un aguacero más ruidoso que el de la noche pasada y, desde luego, mucho más de lo que la corrección del lugar permitía… El quien, por el pronto, ha corrido con indemnizaciones y regalos. El será mañana quien, a hora matinal, acompañe a la desobediente a la estación. Pero no él solo, sino casi todos, reunidos en una especie de cruel consejo de guerra, han dictado la sentencia esta noche y pronunciado, con la moraleja, la última página de esta historieta dulce y triste:
—Sijé, pequeña amiga, ¿cómo, al faltar a tu ley, has podido de este modo romper tu encanto? Criatura ligera, clandestino argumento de unas vacaciones, juguete de mediodías y de culturas, ¿qué ímpetu loco te ha llevado a quebrar el límite donde te encerraba, a la vez, tu naturaleza y nuestra condición; a salir del secreto reino, donde, con ser esclava feliz, eras caprichosa soberana…? Aparte de ti, teníamos nosotros nuestro mundo, nuestro lugar en este mundo, nuestras ocupaciones y deberes. Todo esto convenía que permaneciera, no solamente lejos de ti, sino ignorado por ti; tanto como ignorante de ti. Tú eres la mano izquierda, que no debe saber lo que hace la mano derecha. Tú eres la aventura, oasis de misterio dentro de la norma. Tú eres la noche, y convenía que de ningún modo cayeras en la tentación de encender la luz… Sijé te habíamos puesto, y, para amigos de las letras helenas, como nosotros somos, no era mal nombre. Que el viejo mito de Psiquis, en tu destino, Sijé, se reproduce. El mito de Psiquis, que, no contenta con su dicha en la sombra, prendió la lámpara para descubrir el rostro del Amor dormido. Su curiosidad le costó la ventura, que el Amor huyó, para no volver ya más… Tu curiosidad costará la tuya y la
nuestra, de paso. Porque nosotros huiremos también y te dejaremos y ya no volverás a verter tu gracia en nuestras soledades y en nuestras compañías. Se nos desgarró el
corazón al pronunciar esta sentencia, y más se desgarrará mañana, al cumplirla. No temas. Tu recuerdo será para nosotros un perfume, que acaso el tránsito del tiempo no desvanezca dentro de nosotros jamás. Pero la ley es la ley, y la vida, la vida. Así como así, nuestras vacaciones iban a terminarse. Dentro de ocho días todos nos habremos dispersado y cada cual estará de nuevo en su lugar y en su tarea… Adiós, Sijé. Recibe, para despedida, con nuestra gratitud, nuestra bendición. Y tú, por otra parte, danos sin rencor, hoy también, la otra incomparable bendición de tu alegría alada.
La Sirenita no es mala. Todavía esta noche ha cantado muy dulcemente y ha florecido para nosotros por última vez.
Sábado
Génova. Comida brillante, a bordo de un acorazado.
Sentado frente mío, el marinero elegante ha tenido una atención para mí, en un brindis que parece, por otra parte, haber ya sido pronunciado en Santander:
—Bebo —ha dicho mirándome por la futura Reina de Italia.