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En el número extraordinario de verano de NUEVA REVISTA correspondiente a 1996 incluí por primera vez en mi sección una antología. Figuraban en ella seis poetas: Miguel d’Ors, Abelardo Linares, Lorenzo Martín del Burgo, Julio Martínez Mesanza, Amalia Bautista y Roger Wolfe. En este verano de 1997 he decidido repetir la experiencia y ofrezco otro pequeño florilegio de la mejor poesía española de línea clara, con José Luis García Martín, Javier Salvago, Juan Antonio Olmedo, Karmelo C. Iribarren, José Fernández de la Sota y Carlos Martínez Aguirre como protagonistas.


No todo el mundo sabe que José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, Cáceres, 1950) es, además de un excelente conocedor de la poesía española última, un poeta magnífico. De su precioso libro Treinta monedas (Gijón, Ateneo Obrero, 1989) procede este poema, titulado El avaro :


De pronto, en la lectura (versos
de Altolaguirre o de Quevedo,
un olvidado artículo
de un estilista de Falange,
unas líneas de Chesterton),
o en triviales recuerdos, obsesiones
de las noches de insomnio, miradas
indiferentes al pasar, un cuerpo
que quise y no fue mío, el cansancio
de un viaje (turbia
estación entre dos trenes),
deslumbra el áureo canto
de algunas monedas. Las desentierro
incrédulo, las limpio bien, las cuento y las recuento,
las sueno contra el mármol
para saber su ley -¿serán,
por desventura, falsas?—, doy
gracias a no sé quién,
las marco con mi nombre
—¡que nadie me las robe!—
y avaro las voy atesorando
entre los libros de mi biblioteca.
A veces, muy alta ya la noche,
tembloroso despierto:
¿De qué traición son pago?


De Javier Salvago (Paradas, Sevilla, 1950), finísimo neobecqueriano y manuelmachadiano militante, es la segunda flor de este ramillete, rotulada «Un vividor retirado habla del deseo». Pertenece a Volverlo a intentar (Sevilla, Renacimiento, 1989):


En otro tiempo fue mi huésped,
mi inseparable compañero,
mi camarada. Compartía
conmigo mesa, cama y techo.
Como al hermano que no tuve
le confiaba mis secretos,
y él me llevaba de la mano
por mundos mágicos y nuevos.
Me descubrió y abrió caminos
en la frontera de los sueños.
Me señaló ocultos tesoros
sobre los mapas de los cuerpos.
Con él, la noche estaba llena
de tentaciones y de vértigos.
Con él, tenía sentido todo:
el paraíso y el infierno.


Juan Antonio Olmedo, malagueño de 1951, es autor de estas deliciosas «Soleares», insertas en su libro Secreto juego (Sevilla, Renacimiento, 1991):


Tus lágrimas son cuchillos
que atraviesan hoy mi pecho.
Y mañana mis bolsillos.
* * *


Me enamoró una novicia
que resultó darle a Lesbos
los diezmos y las primicias.
***


Tú de mí no tienes queja
ni yo me quejo de ti:
será que el amor nos deja.
* * *


Ni requiebros ni suspiros;
hay guerras que el amor gana
sin pegar un solo tiro.


Dentro del «realismo sucio» que el genial Roger Wolfe puso de moda a raíz de la aparición de su libro Días perdidos en los transportes públicos (Barcelona, Anthropos, 1992), Karmelo C. Iribarren, donostiarra de 1959, ha brillado con luz personalísima. Su libro La condición urbana (Sevilla, Renacimiento, 1995) incluye «Estas cosas siempre suceden de repente»:


No pasa nada. Ella está
en un expreso con dirección
a Barcelona, y yo aquí, en mi mesa de trabajo, escribiendo
estos versos. Hace apenas
dos horas que se ha ido. Mañana
charlaremos por teléfono. Sobre
la tele, su espléndida
sonrisa. No pasa nada, como
digo. Y de repente, no sé
qué hacer con tanta soledad.


José Fernández de la Sota nació en Bilbao en 1960. En su libro de versos La gracia del enano (Sevilla, Renacimiento, 1994) hay un soneto, «Golden Gun», que me encanta. Dice así:


Es bueno ser el malo algunas veces,
sobre todo al principio del rodaje,
cuando uno estrena chica, estrena traje
y su maldad feroz crece con creces.


Tienes por fin el arma que mereces
—una pistola de oro— y el visaje
entre protervo y cínico y salvaje
de un villano implacable. No pareces


entonces el guiñapo que serás
cuando la peli avance y el fornido
superagente venga y te recuerde


que el héroe siempre gana por demás
y que el pequeño, el feo, el resentido
y pobre antagonista siempre pierde.


Mi último poeta se llama Carlos Martínez Aguirre, es madrileño y nació en 1974. Estudia Filología Clásica en la Complutense. La camarera del cine Doré y otros poemas (Madrid, Hiperión, 1997) es su primera entrega poética. En la página 26 de ese libro se encuentra «El amor es un género literario», un poema estupendo que bien merece clausurar esta breve antología:


He pensado escribirte como si no existiera
aún el feminismo. Como si nuestro tiempo
no fuera el fin de siglo, ni nadie conociese
la igualdad de los sexos, ni causara extrañeza
oír que te dijera que el amor que yo siento
por ti jamás podrías sentirlo tú por nadie.
Tal vez el amor sea sólo literatura
que cambia con el tiempo. Supongo que nosotros
no amamos como Shakespeare, ni Shakespeare como Dante,
ni Dante como Safo, ni Safo como nadie.


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